Kitabı oxu: «Ganar sin ganar»
Ganar sin ganar

Ganar sin ganar
Nación e identidad en la selección de fútbol de Colombia

ANDRÉS DÁVILA LADRÓN DE GUEVARA

Reservados todos los derechos
© Pontificia Universidad Javeriana
© Andrés Dávila Ladrón de Guevara
Primera edición:
Bogotá, D. C.,
septiembre de 2019
ISBN: 978-958-781-400-2
ISBN DIGITAL: 978-958-781-401-9
DOI: https://doi.org/10.11144/
Javeriana.9789587814019
Conversión ePub: Lápiz Blanco S.A.S.
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Pontificia Universidad Javeriana. Biblioteca Alfonso Borrero Cabal, S. J.
Catalogación en la publicación
Dávila Ladrón de Guevara, Andrés, autor
Ganar sin ganar : nación e identidad en la selección de fútbol de Colombia / Andrés Dávila Ladrón de Guevara. -- Primera edición. – Bogotá : Editorial Pontificia Universidad Javeriana, 2019.
Incluye referencias bibliográficas (páginas 323-326)
ISBN : 978-958-781-400-2
1. Selección colombiana de Fútbol (Equipo de fútbol) - Historia 2. Fútbol colombiano -Historia 3. Futbolistas colombianos - Historia 4. Identidad nacional en el fútbol 5. Política deportiva I. Pontificia Universidad Javeriana. Facultad de Ciencias Sociales
| CDD 796.334 edición 21 | |
| inp | 27/08/2019 |
Autor
Andrés Dávila Ladrón de Guevara, politólogo de la Universidad de los Andes, maestro y doctor en Ciencias Sociales de la Flacso. Actualmente es profesor asociado y director del Departamento de Ciencia Política de la Pontificia Universidad Javeriana. Como politólogo ha trabajado los temas del poder en la convulsa realidad colombiana. Ha publicado Clientelismo: el sistema político y su expresión regional, en coautoría con Francisco Leal; El juego del poder: historia, armas y votos; Democracia pactada: el Frente Nacional y el proceso constituyente de 1991 en Colombia y los dos libros de El confiicto en contexto. Como aficionado de fútbol ha sido fiel hincha de Millonarios, pero también seguidor de Santa Fe, pues sus hijos dividieron afectos, y ha seguido con fervor el desempeño del combinado patrio.
Contenido
Introducción
Fútbol y cultura nacional
Subiendo por la escala de Milán (o la Ópera de los cuatro centavos)
La nación bajo un uniforme: la selección Colombia, 1985-2001
El fútbol del milenio: a propósito del mundial, de la sociedad y de la vida bajo una mirada caleidoscópica
Fútbol, selección y nación: reflexiones y replanteamientos desde la derrota
Retomando el hilo. Selección y nación en Colombia: ahora somos gracias a un argentino
Fútbol y política en Colombia: reflexiones politológicas en un año mundialista
Naciones en campo: fútbol, identidades y nacionalismos en América Latina
¡Ay, mi selección!: imaginarios, significados y sentidos de nación desde un muy personal ejercicio de memoria
Referencias
Introducción
Este libro recoge un conjunto de trabajos que, desde 1989, desarrollé en torno a la compleja relación entre la sociedad colombiana y la selección nacional de fútbol. La hipótesis, detrás de los distintos ejercicios reunidos en este libro, apunta a señalar que, de manera simbólica y significativa, los colombianos nos identificamos como tal, gracias a la selección Colombia. O, en otros términos, que lo único que hoy –simbólica, comunicacional y empíricamente (aunque esta mención abra un horizonte muy amplio de expectativas)– nos une es, algo así, como la selección Colombia. Y que en ello, el fútbol –por sus características propias y por la forma como se ha hecho imprescindible en la sociedad contemporánea, a nivel mundial, y en la colombiana, de manera particular– resulta fundamental para generar ese tipo de sentimiento, muy específico, que nos lleva a reconocernos como parte de un algo común: Colombia.
Paradójicamente, su gran potencia y su increíble fragilidad residen en que, en el caso de una sociedad ávida de referentes colectivos y necesitada de símbolos e imaginarios que propicien, mantengan y actualicen un algo en común, sujetan lo nacional a procesos en los que se exacerban, por todos y para todos, algunos rasgos profundos en que, al final, los colombianos terminamos por reconocernos. Algunos de ellos son presentables y nos gustan; otros son impresentables y nos avergüenzan; unos más, al presentarlos con orgullo y fervor patriótico, resultan luego vergonzantes y otros más, que en principio los asumimos dolorosamente, terminan por tejer un sentido profundo en el que vale la pena reconocernos. Podría, de una vez, ejemplificarlos, pero considero que es mejor dejar aquí la mención y sugerir al lector que en la lectura de los distintos capítulos los identifique y reflexione en torno a ellos.
Prefiero, más bien, hacer un recuento de la manera en que llegué al tema y explicar cómo y por qué me he quedado en él, en ya casi treinta años de haberlo trabajado. Es una historia que he revivido en el proceso de recolectar los textos y seleccionar cuáles se publican. Por lo mismo, al describir este ejercicio quedan presentados los capítulos que conforman el libro.
Al respecto, no sobra señalar que desde niño fui un aficionado al fútbol y un jugador dedicado, hasta los veintitantos. Como parte de una familia particularmente futbolera, hincha de Millonarios y fiel seguidora de la selección Colombia en aquellos años en que jugaba poco y no ganaba casi nunca, el fútbol era algo mucho más que un deporte y el estadio El Campín como una segunda casa. En el capítulo final se hacen algunas referencias a esta historia, que tuvo mucho de sufrimiento y fe y que contó con esporádicas y profundas satisfacciones. No obstante, hasta bien avanzados mis estudios de ciencia política en la Universidad de los Andes, la relación entre el fútbol y mis estudios profesionales no existió. En un ensayo para un curso sobre los filósofos griegos, en torno a los diálogos de Platón sobre la belleza, recogí una jugada de un partido para plantear la cuestión; por fortuna, el monitor era futbolero y consideró audaz y pertinente lo planteado.
La cuestión comenzó a surgir cuando, ya graduado, trabajé en el Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales, Iepri, de la Universidad Nacional de Colombia. La realidad del fútbol de aquellos años fue el contexto propicio. En efecto, se mezclaron de manera visible y macabra una generación de futbolistas de lujo, la violencia y los recursos del narcotráfico. De esta forma, el tema se me presentó por dos caminos paralelos, absolutamente separados en aquel entonces. En primer lugar, un par de artículos en El Espectador de aquellos años, sobre las consecuencias del asesinato de un árbitro y la suspensión del torneo en noviembre de 1989, propició el interés por escribir un artículo académico acerca de la relación entre fútbol y política, entre fútbol y violencia en Colombia. En segundo lugar, un grupo de amigos, muy aficionados al fútbol y seguidores fieles y constantes de la selección Colombia, decidimos hacer un libro sobre la historia del fútbol colombiano, con el rigor de los investigadores que habíamos estudiado, pero con el tono y el estilo de los hinchas, para resaltar lo que Maturana y sus muchachos estaban consiguiendo.
En el primer camino, el buen consejo de dos colegas de entonces abrió una veta de trabajo muy interesante: Iván Orozco me sugirió leer al filósofo holandés Johan Huizinga y su ya clásico Homo Ludens. Desde entonces, todo el trabajo que he adelantado ha tenido como primer gran referente la idea del juego como la actividad espiritual que diferencia al hombre de las demás especies; y Álvaro Camacho (q. e. p. d.) hizo algo que me mostró un gran aprecio y confianza por su parte: me prestó el libro El deporte rey del antropólogo inglés Desmond Morris. Allí encontré la posibilidad de indagar en esa pasión que seguía y practicaba con varias herramientas conceptuales y metodológicas de las ciencias sociales, en particular, con la ‘imaginación sociológica’, de la que había leído en un libro, así titulado, de C. Wright Mills.
A estos autores se fueron sumando, con acuerdos y desacuerdos, Vicente Verdú con Mitos, ritos y símbolos, Janet Lever con La locura por el fútbol, Gerhard Vinnai con El fútbol como ideología y Humberto Quiceno con su artículo “Jugar es algo más que ganar” en la Revista Foro. No obstante, la intención de publicar un artículo en Análisis Político, la revista del Instituto, cuyos artículos tenían que pasar por el inclemente filtro del “Gólgota”, no pasó de allí. Hubo un borrador que se presentó y no pasó. Hoy pienso que la principal razón no fue, solamente, cierta rigidez de los miembros del Instituto, que no consideraban serio ni académico publicar sobre estos temas en la revista que llevaba la imagen del rigor académico propio del Instituto y de la Universidad, sino dos hechos más de fondo que tenían que ver conmigo.
El primero estuvo relacionado con el hecho de que comenzar por el tema de fútbol y violencia, fútbol y narcotráfico, me resultaba forzado, como un trabajo más, de mi profesión de politólogo, que me obligaba a renunciar a temáticas y asuntos que me resultaban más interesantes y llamativos en esa relación, pero que todavía no estaban claros. Así como nunca recibí un pago en ninguno de los equipos en que jugué, para no mezclar el fútbol como pasión y placer con una actividad paga, no quería escribir sobre fútbol si no resultaba, principalmente, grato y divertido.
El segundo, que no había madurado suficientemente la cuestión ni había encontrado la forma, el estilo y el tono de abordarlo, lo que sucedería, posteriormente, durante los estudios de la maestría en Ciencias Sociales de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, Flacso, en México. Esta maduración estuvo asociada a una toma de distancia de la formación del pregrado y de aquellos maestros que, como Francisco Leal Buitrago, habían sido tutores y guías en mi formación como politólogo e investigador y al normal proceso de maduración como cientista social que la formación de posgrado en el extranjero sin duda propició. Adicionalmente, dada la formación en ciencias sociales que recibí, tuve la oportunidad de tener como profesores a dos reconocidos científicos sociales latinoamericanos que trabajaban desde perspectivas de tipo culturalista: Roger Bartra, antropólogo mexicano que, sin duda, me permitió convencerme de que la Ciencia Política no tenía por qué renunciar a temas y problemas que ignoraba o consideraba peyorativamente de menor valor e importancia y Néstor García Canclini, antropólogo argentino. Durante la maestría accedí, también, a la perspectiva de análisis y los trabajos de Norbert Elías que se convertirían en referente central, en especial el libro con Eric Dunning, Deporte y ocio en el proceso de la civilización.
Esta maduración se haría palpable con la elaboración, como trabajo final del seminario que nos dictó, de un ensayo sobre “Fútbol y cultura nacional” que, gracias a los buenos oficios del profesor Bartra, salió publicado en la revista dominical del diario La Jornada. Luego sería publicado en la Revista de la Universidad de Antioquia, después de que, por azares del destino, le llegó a su entonces director, Héctor Abad Faciolince, quien lo publicó en una edición especial sobre el fútbol en junio de 1994. Este trabajo es el que abre la reflexión temática en mi vida profesional, e inaugura lo que sería prácticamente un artículo cada cuatro años, salvo en 2010, y, por ello mismo, inicia el abordaje académico de la cuestión en este libro.
Esta maduración, asimismo, permitió que ese grupo de amigos, que tuvo la iniciativa, publicara una historia del fútbol profesional colombiano hasta aquel mundial de Italia 90, en el cual se logró una angustiosa clasificación a octavos de final con el empate agónico ante Alemania. El libro se tituló Colombia Gol, de Pedernera a Maturana: grandes momentos del fútbol. Lo coeditamos con Juan Gonzalo Zapata, economista y politólogo, artífice inicial de la idea, y con José Arteaga, comunicador social y periodista quien, por entonces, hacia también sus primeros pinitos como escritor en torno a su otra gran pasión: la salsa. En él, participaron hoy conocidas figuras del periodismo como Fidel Cano, Eduardo Arias, Gonzalo de Francisco, entonces funcionario del gobierno de César Gaviria, y César Arizmendi, un amigo de universidad que nos aportó su visión como hincha del Unión Magdalena de Santa Marta. La portada fue un dibujo del fallecido Miguel Camacho, basado en la foto histórica de José Clopatofsky, entonces director de deportes de El Tiempo, en la que se congela, para la posteridad, el grito de gol de Fredy Rincón luego de anotar contra Alemania, en aquel empate que, precisamente, es uno de los hitos de la selección como referente de nación. Lo coeditaron Cerec y L. de G. Editores.
La inexperiencia hizo que no se pidiera el permiso al diario El Tiempo y, dado que uno de los coautores era Fidel Cano de El Espectador, se tuvo que entregar una buena parte de la edición para evitar una demanda. El libro no se vendió como se esperaba, pero con el paso del tiempo fue allegando satisfacciones y una tarea hasta hoy no efectuada: sacar una segunda edición que actualice esa historia hasta la actualidad. De este libro, se reproduce el capítulo sobre la participación de Colombia en Italia 90, que escribimos a cuatro manos con José Arteaga. En Colombia Gol se incluyó un texto que es hoy referencia sobre el combinado nacional: “Ay, la selección Colombia”, escrito por Eduardo Arias.
Con la feliz conclusión de esos dos procesos, no exenta de contratiempos –el hecho es que al volver del doctorado y luego de haber sido analista político y columnista deportivo de El Espectador desde México y Bogotá–, el trabajo sobre fútbol y política, selección y nación, era ya un hecho. Al entrar como profesor de planta de la Universidad de los Andes en el Departamento de Ciencia Política, la posibilidad de dictar un curso en el Ciclo Básico de la Facultad de Ciencias Sociales, sobre deporte y sociedad, constituyó una oportunidad para mantener la atención sobre el tema y dar inicio a otra línea que se ha ido fortaleciendo: los estudios sobre el barrismo en Colombia. De hecho, el artículo sobre “el fútbol del milenio” recoge un conjunto de reflexiones en torno a este deporte y sus transformaciones, que se enriqueció de esa mirada compleja, amplia y problematizadora que se fue elaborando como sombrilla necesaria para completar la reflexión sobre la temática central aquí mencionada, extendida al deporte como fenómeno social. Un trabajo sobre la historia de los mundiales, que finalmente nunca se publicó, obligó a tener mucha mayor información, análisis e hipótesis de trabajo sobre el devenir histórico de esta competencia y los hechos relevantes sucedidos cada cuatro años.
No obstante, un evento convocado por el Ministerio de Cultura sobre fútbol y política en el primer semestre de 1999 sirvió para establecer nexos que, poco después, constituirían un escenario inmejorable para decantar el tema y desarrollar una investigación exclusivamente en esta materia. De una parte, se pudo participar en el grupo de Deporte y Sociedad del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, liderado por Pablo Alabarces, y gracias a los buenos oficios de Sergio Villena. Tras un encuentro en Quito, en el cual se compartieron trabajos de investigación en curso, se logró publicar el segundo libro del grupo Futbologías: fútbol, identidad y violencia en América Latina. De otra parte, el Ministerio de Cultura lideró el proyecto de Cuadernos de Nación, en el cual –en conjunto con Germán Ferro, antropólogo, e Ingrid Bolívar, politóloga e historiadora– desarrollamos tres estudios, en el proyecto, sobre “Ídolos, íconos y símbolos: tentativas para la construcción de nación, 1947-2000”; del cual resultarían dos Cuadernos de Nación: Nación y sociedad contemporánea escrito por Ingrid Bolívar, pero producto de la discusión en conjunto, y Belleza, fútbol y religiosidad popular, en el cual se presentan los resultados de los tres estudios de caso: el reinado nacional de belleza, el “Divino Niño” y la selección Colombia. Este último, trabajado con Catalina Londoño, se incluye en este libro.
La convergencia afortunada de esos dos procesos permitió enriquecer, decantar, profundizar y fijar un derrotero de análisis que alcanzó para algunos textos en revistas académicas y para iniciativas que tardarían en hacerse realidad, hasta diciembre de 2011, como la de una exposición sobre fútbol y nación en el Museo Nacional: “Un país hecho de fútbol”. De allí surgió el texto de 2006, a invitación de la revista Quórum de la Universidad de Salamanca. No obstante, como funcionario público, la posibilidad de renovar la atención en el tema y mantener abiertas las líneas de investigación, deporte, fútbol, selección y nación y barrismo, fue prácticamente imposible, aunque se accedió a otras experiencias como la del fútbol callejero y el Golombiao, iniciativas que desarrollaba el Gobierno. La ausencia de publicaciones hacia 2010 tiene que ver con esto.
Aunque retomar el tema y darle nuevos desarrollos y alcances tomó algo de tiempo, lo sucedido en torno al mundial de Brasil en 2014 fue, de nuevo, una convergencia de hechos afortunados y fundamentales que explican esta iniciativa. La cuestión comenzó con la convocatoria de un grupo de jóvenes para escribir en una revista sobre fútbol, El Escorpión. Aunque allí finalmente no se llegó a buen puerto, el texto elaborado vio la luz en la Revista Javeriana en junio de 2014. Finalmente, se decidió incluirlo, pues fue un simbólico punto de quiebre. Entre tanto, tuve la oportunidad de participar en dos iniciativas en las que se plasmaba la experiencia y el conocimiento acumulados. En efecto, fui invitado a participar de la consultoría que elaboró, a instancias del Ministerio del Interior, el Plan Decenal de Seguridad, Comodidad y Convivencia en el Fútbol. Como parte de ese mismo proyecto, fui invitado por el Centro Nacional de Consultoría para, a partir de una encuesta nacional sobre el fútbol y la selección, escribir en conjunto, con varios consultores más, el libro El poder del fútbol.
Dados los impresionantes resultados de la encuesta, los temas de identidad, pertenencia y reconocimiento del profundo significado de la selección para el país se sumaron a una valoración, también muy positiva, del fútbol en general. Surgieron, así, dos colaboraciones que, gracias al trabajo adelantado, permitieron, desde la perspectiva de la política pública y gracias a la encuesta, que lamentablemente no se ha repetido, actualizar, precisar, confirmar y enriquecer los análisis adelantados.
Mientras, Marco Palacios, el conocido historiador, me invitó a aportar el trabajo de “Fútbol y cultura nacional”, publicado en 1994, para un libro sobre Colombia, en inglés, publicado por Duke University Press. El libro se titula The Colombia Reader: History, Culture, Politics, lo cual relanzó el texto, ahora en inglés, y renovó la importancia de la temática allí abordada. De manera semejante, la iniciativa de hacer una mesa sobre fútbol y política en el III Congreso de Ciencia Política de la Asociación Colombiana de Ciencia Política, ACCPOL, que se celebró en Cali con la organización de la Universidad Javeriana Seccional Cali, el Icesi y la Universidad del Cauca, me obligó a elaborar una ponencia sobre el tema que se convertiría luego en un artículo publicado en la revista Desbordes: “Fútbol y política en Colombia: reflexiones politológicas en un año mundialista”, texto que también se incluye acá.
La participación en aquel evento resultó muy interesante, pues el auditorio se mantuvo bastante lleno hasta el final, un viernes casi a las seis de la tarde; pero lo anecdótico fue la intervención de un profesor cuyo nombre nunca conocí, quien básicamente quiso mostrar que ni por lo teórico, ni por las lecturas de lo empírico, ni por las referencias comparadas, lo planteado en mi ponencia tenía algún sentido. Poco tiempo después se presentó la situación opuesta: fui contactado por David Quitián para asistir al lanzamiento de un libro sobre fútbol y nación en toda la región que, a instancias de la Universidad Nacional Abierta y a Distancia (UNAD) y de la Asociación Colombiana de Estudios del Deporte, (Asciende), se había desarrollado. Allí me pidieron que hablara como padre fundador de la temática. Fue grato encontrar un reconocimiento no solicitado, pero útil, para restablecer la confianza y encontrar voces de exalumnos cabalmente metidos en la temática. De aquí se desprende la reseña que fue publicada en Desbordes e incluida en este libro.
La ponencia convertida en artículo y la reseña fueron el mecanismo para volver sobre la temática desde una perspectiva netamente académica. De allí que, cuando llegó la convocatoria de la revista Historia Crítica, en el segundo semestre de 2015, intentara con Mariana Toro actualizar una mirada sobre el tema desde la perspectiva de los imaginarios. Como en el año 1991, la no publicación fue una buena oportunidad para tener otro impulso de fondo en la materia. Fue así como, en el IV Congreso de ACCPOL, que se realizó en Bogotá, se organizaron ya no una, sino dos mesas: una sobre fútbol y nación y otra sobre barrismo. En este contexto, y del reencuentro con Omar Rincón e Ingrid Bolívar, surgió, entonces, la iniciativa de un libro que ya está listo, pero no ha visto la luz aun, y que se titula Colombia fútbol club, editado por Omar Rincón. Precisamente, el incumplimiento inicial en la entrega del artículo para esta publicación constituye la motivación inicial del libro que aquí se presenta. Ante la angustia de no publicar el artículo, encontré la paz en la iniciativa de producir este libro que, como se ha señalado, recoge textos diversos que fueron escritos desde lo sucedido en el mundial del 90 hasta hoy. Paradójicamente, hay casi un artículo por mundial, salvo en 2010. Queda, por tanto, el reto en relación con el mundial de Rusia, que se jugó y cuyos desenlaces ameritarán nuevos análisis y aproximaciones.
Pues bien, el libro se cierra con un artículo inédito que pretende actualizar, hasta la actualidad, el análisis de la cuestión. Ahora bien, ante el reto de escribir algo novedoso y diferente, se da cuenta del mismo problema desde dos ópticas distintas: la historia larga de la relación entre selección y nación, poco referida en lo relativo a lo que se vivió antes de 1985, desde una perspectiva de experiencia personal, y una reflexión de lo que va de 1985 a hoy, centrada en dos rasgos que la selección ha dejado como impronta en la sociedad colombiana: ganar sin ganar y perder es ganar un poco, aspectos que conforman también el texto del libro editado por Omar Rincón. Al final del artículo inédito, se hace un balance de lo que se tiene, hasta hoy, en la reflexión y se puntualizan asuntos por trabajar en los próximos años.
En el libro, entonces, es posible establecer, desde una perspectiva histórica, diversas aproximaciones frente al tema. En algunas, el objeto central es, en efecto, la nación y la selección. En otras, son otros los componentes o aspectos considerados para dar cuenta de la nación y el fútbol. En la práctica, lo que vale la pena señalar es la continuidad de una temática y de un problema de investigación que, en relación con su propio desarrollo, pero también de acuerdo con mi propia experiencia de vida, ha sido objeto de una mirada cuidadosa en el tiempo. En algunos asuntos, encuentra el lector una perspectiva muy semejante e incluso algo repetitiva. En otros, se arriesgan nuevas temáticas y enfoques. Al final, queda abierta una agenda de investigación todavía robusta y pertinente.
Es cierto, como se repite muchas veces, que el fútbol, al final, es solo un juego. Sin embargo, el recorrido sobre el tema de la selección y la nación, la nación bajo un uniforme, posiblemente lleve al lector a pensar que es un juego, entendido como aquella actividad trascendente, espiritual, que nos diferencia de las demás especies.
Fútbol y cultura nacional *
Notas
* Publicado originalmente como: Dávila, A. (1994a). Fútbol y cultura nacional. Revista Universidad de Antioquia, 236, 22-26.
Los previos al juego
“La cultura se juega”, escribía con atrevimiento el académico holandés Johan Huizinga (1986). El juego, así entendido, no es solo un anexo en el desarrollo de la sociedad, una representación o una instancia de desfogue de los males a los bienes de cada colectividad. El juego es y ha sido, a lo largo de la historia, un componente central en la conformación de nuestra cultura. En la sociedad actual, el juego se manifiesta de muchas maneras. Una de ellas son los deportes y, en particular, los deportes profesionales. Entre ellos, el fútbol ocupa una posición especial.
Originado en la Inglaterra industrial del siglo XIX, en menos de un siglo y medio, ya goza de la fervorosa aceptación en, prácticamente, todo el mundo, tal vez con la significativa excepción del Norte de América. La FIFA, entidad rectora a nivel mundial, se vanagloria de tener más afiliados que la ONU y, cada cuatro años, se da el lujo de paralizar, no es una exageración, los cinco continentes.
¿Por qué y cómo ha llegado a ocupar ese lugar? La respuesta no es nada fácil. A su favor cuentan la sencillez de sus reglas, la capacidad insuperable para generar tensión y placer en la competencia, la facultad de simular una guerra o las luchas de la vida real y algunas situaciones estéticas innegables. También es importante preguntarnos por cuál es el proceso inexplicado que le sirvió para convertirse en un deporte de masas, en un esperanto deportivo, según la acotación de una científica social norteamericana (Lever, 1985). Algunos, sin desconocer esa forma de hipnotizar a las masas, enfatizan cualidades negativas: su utilización para alienar, a través de la catarsis semanal, a las masas que lo siguen o, como lo señala Umberto Eco, su función de inmovilizar, por el tipo de adhesión consumista que genera.
Pero tal vez el eje de la respuesta debe buscarse en su complejo papel de factor generador de cultura. En este se combinan, de manera particular, sus características propias como juego –por cierto, el único fundamentalmente jugado con los pies– y su específica traducción de los demás componentes del devenir social. Es, por tanto, un fenómeno inmerso en el desarrollo actual de la humanidad y ha jugado tanto funciones loables como otras cuestionables. Pero ello, precisamente, lo ha convertido en algo más que un deporte, no simplemente un juego. De él no han dependido ni la felicidad ni la justicia ni la verdad, pero en él han vivido todas estas manifestaciones representadas.
Y como parte conformante de la sociedad contemporánea, el fútbol se ha convertido, mucho más que cualquier otro deporte, en el eje condensador de adhesiones y arraigos detrás de los cuales se nutre el sentimiento nacionalista. En épocas de ausencia de símbolos unificadores y, especialmente, allí donde ni los odios ancestrales ni tampoco el mercado o los mitos fundacionales alcanzan para unificar a una comunidad, se da ese inexplicado proceso que Camus (1994) resumió así: “Patria es la selección nacional de fútbol”.
Primer tiempo
Estamos en 1990, un 19 de junio. Faltan dos minutos para terminar el partido y Colombia pierde 1 a O luego de jugar de igual a igual con la poderosa Alemania, futura campeona del mundo. De repente, y sin saber muy bien cómo, el equipo recupera su identidad, su estilo y su forma de juego, desdibujados minutos antes a raíz del gol en contra. Sobre el tiempo, el equipo retoma el control del balón y arma una parsimoniosa y excelente jugada que culmina con el gol del empate. La celebración no se hace esperar entre los jugadores, los periodistas –uno de los cuales gritaba desaforadamente “Dios es colombiano”–, los pocos colombianos presentes en el estadio y todos en Colombia.
Aquel festejado empate servía para comprobar no solo a Colombia, sino al mundo del fútbol, la evolución de lo que se denominó el proceso. Un proceso signado por el éxito y la continuidad en el trabajo deportivo, pero, además, –y es lo que aquí importa– por su hondo significado, que desbordó los límites espacio-temporales del juego y del ritual. Un proceso anclado en una atractiva idea de lo que era el fútbol de Colombia. En términos futbolísticos la propuesta era, a la vez, moderna y lírica y científica y lúdica; en realidad, una síntesis inesperada pero convincente: ganar, pero jugando bien; obtener resultados, pero sin renunciar a divertir; lograr triunfos, títulos, epopeyas futbolísticas, pero sin perder una identidad, un estilo, una imagen de lo que debe ser el juego del fútbol y, en particular, el fútbol de Colombia, en cuanto espectáculo generador de manifestaciones estéticas.
Para algunos, dentro del mundo del fútbol y dentro del mundo del mundo, un conjunto de valores, de planteamientos y de ideas que no concuerdan con la época y, mucho menos, con el país. La Colombia de finales de los ochenta estaba marcada por un incremento inusitado de la violencia debido, en buena parte, al fenómeno del narcotráfico (que además tuvo bastante que ver en el mejoramiento del nivel futbolístico). Por ello, resultaba inesperado que el fútbol de la selección no tuviera nada que ver con las normas de ganar a cualquier precio y menos con aquella máxima de un prestigioso entrenador: “ganar no es lo importante, es lo único”.
En aquella Colombia, sin referentes colectivos distintos a la inexistencia de referentes colectivos, crecientemente absorbida por la violencia, la corrupción y el enriquecimiento fácil, sumida en una crisis de valores unificadores y mecanismos legitimadores tradicionales perdidos (la Iglesia, los partidos), con significativos procesos de descomposición social, decíamos: el fútbol se convirtió en la única instancia aglutinadora en términos constructivos. Como lo manifestaba un científico social colombiano: “Maturana (el entrenador-ideólogo) integra lo negro-paisa-costeño en torno al pueblo-barrio; marca el juego en coordenadas temporales y espaciales y con unos signos locales”. Y, “con la selección el pueblo existe realmente, no porque salga a la calle a vitorear los triunfos, sino porque el pueblo es una categoría real, presente en el juego de la selección” (Quinceno, 1990, pp. 93-98).
Entretiempo
Al igual que los demás deportes profesionales, el fútbol ha logrado mantener su lugar de importancia gracias a su capacidad para adaptarse a las transformaciones sociales y para traducir, a su manera y sin perder nunca del todo su esencia lúdica, las tensiones políticas, sociales, económicas y culturales que giran a su alrededor. Pero a diferencia de otros deportes, y de allí su singularidad, ninguno como el fútbol ha logrado jugar un papel integrador, cohesionador y generador de adhesiones y lealtades.
Ellas se despliegan desde la más local hasta esa indescriptible que se genera en torno a las selecciones nacionales. Unos han querido explicarlo, como todo, a causa de la alienación propia del mundo capitalista; otros han preferido referirla a una particular concatenación de sentimientos primordiales, lealtades tribales y profesión de fe religiosa; y otros más se inclinan por valorar la expresión ritual, sagrada, en que se convierte un partido o la participación en un determinado torneo. Uno, el poeta Vinicius de Moraes, lo inmortalizó al decir de la selección brasileña:
Mi seleccionadito de Oro… Goooool deeeel Braaaaaaaasil qué belleza mayor belleza no hay ni puede haber toda esta raza vibrando con una disnea colectiva ah qué vasoconstricción pero linda la sangre entrando verde por el ventrículo derecho y saliendo amarilla por el ventrículo izquierdo y fundiéndose en el cuerpo amoroso de pobres y ricos enfermos de pasión por la patria y hasta la revolución social en marcha se detiene por ver a seu Mané… o si no a los profesores Nilton y Djalma Santos a los que hay que canonizar porque nunca piensan en sí únicamente en Gilmar más solito que Cristo en el Huerto en medio de ese rectángulo abstracto en cuyo torbellino se oculta el himen de la patria-niña que todos nosotros tenemos que defender hasta la última gota de nuestra sangre. (De Moraes, 1994, pp. 83-84)
Patria, nación, selección, identificación de todo un pueblo unido en torno a un equipo por mecanismos pasionales, que no racional-instrumentales. Pero, ¿cuáles son los alcances y límites de esta adhesión? Para la política clásica, gobiernos, autoridades, partidos y candidatos, el fútbol podría servir para alcanzar legitimidad. Para los empresarios, publicistas y medios de comunicación, qué mejor que un mercado-espectáculo, un mercado-deporte. Pero, evidentemente, tal manipulación tiene sus límites. Los mecanismos y los alcances del fervor nacionalista que despierta el fútbol obedecen a mediaciones más profundas y complejas. Ellos no se agotan en la burda utilización politiquera y menos en la manipulación publicitaria. Más allá hay procesos, símbolos, mitos, imaginarios y mediaciones que subyacen a los factores aparentemente evidentes y a partir de los cuales se construye tal adhesión.
En ellos tal vez sea posible identificar elementos relacionados con la puesta en juego de determinados valores, con la ruptura temporal de diferencias sociales y económicas o con la eliminación inmediata de rivalidades ideológicas o políticas. Pero, ¿es factible distinguir un orden en su conjugación?
Segundo tiempo
El escenario es ahora el estadio Monumental de River Plate en Buenos Aires. Colombia y Argentina disputan la clasificación al mundial de fútbol. A favor de Argentina el hecho de que juega de local y, como lo dijo Maradona, la historia. A favor de Colombia la tabla de clasificaciones y su fútbol: con el empate está en el anhelado mundial. Noventa minutos más tarde y luego de una soberbia demostración futbolística, Colombia está en Estados Unidos. Venció por 5 goles a 0 a la historia. Otra vez el proceso y la adhesión a un estilo dieron sus frutos. Para los argentinos: vergüenza, como tituló una prestigiosa revista deportiva (y para Maradona 0 en historia, como lo destacó un aviso publicitario en un diario colombiano).
Para los colombianos esa inocultable satisfacción de derrotar al poderoso, de humillar al prepotente, de alcanzarlo todo gracias a “la fe en lo nuestro”. Un equipo y unos jugadores que, sin importar las circunstancias, imponen sus condiciones y no olvidan ceñirse a sus principios, aquello en lo cual se reconocen y hace que los colombianos se reconozcan; esos factores múltiples, inexplorados, que sirven de vínculo y de mediación entre la selección y su pueblo, y entre su pueblo y una imagen de lo colombiano. Pero, además, esta victoria tenía algo nuevo: la contundencia, los goles, la novedosa experiencia de conseguirlo sin tanto sufrimiento. Como si de verdad el país, por fin, encontrara la ruta de salida del purgatorio.
De allí en adelante, la celebración, la fiesta inagotable que involucró al país, el presidente que recibió a la selección y en un estadio colombiano abarrotado les impuso la máxima condecoración que se le otorga a los buenos hijos de la patria (como Álvaro Mutis). También, algunos muertos, pero no más que los que se producen en cualquier fin de semana a raíz de las violencias. Y una solicitud unánime, en el estadio, por la liberación del exarquero de la selección, en prisión por intermediar en un secuestro.
El país, con sus contradicciones, allí representado. Desmesurado, absurdo y oportunista; seguramente eso y mucho más. Solo que allí había algo más que una locura colectiva improductiva o un aprovechamiento puramente político y económico de lo sucedido. En aquel histórico triunfo se desplegaba, de nuevo, pero ahora con mayor fuerza, un proceso intangible de construcción de la nacionalidad, de afianzamiento de una identidad, de surgimiento de mitos futbolístico-vitales fundacionales y de confirmación de símbolos y mecanismos mediadores. Esto tal vez sea lo atractivo del lenguaje, que el juego de la selección repite hasta el cansancio: el trabajo en equipo que no niega las individualidades, la profunda adhesión al proceso, con sus triunfos y derrotas, y el aprendizaje permanente, tanto de logros como de fracasos.
Esto puede sonar contradictorio y paradójico, puede tener aspectos virtuosamente rescatables y otros asquerosamente reprochables (como cualquier otro proceso de formación de una identidad nacional). Pero la pregunta de fondo es: ¿hasta dónde? Sí, ¿hasta dónde lo forjado en la realidad paralela del juego puede trasladarse a la realidad real? ¿Es factible que el proceso de identificación nacional adquiera raíces profundas y duraderas? O ¿está condenado a la fragilidad y fugacidad del triunfo deportivo?
En los vestidores
Se han establecido, con alguna certeza, instancias de relación profunda entre juego y cultura, fútbol y sociedad y, más en particular, entre fútbol y mecanismos forjadores de la identidad nacional. Definitivamente, hay que superar las visiones puristas del juego y aquellas simplificadoras que ven en los deportes algo así como mecanismos de reproducción y readecuación de la fuerza de trabajo alienada.
No obstante, parece que falta algo. Tal vez ordenar los argumentos; precisar, de mejor forma, el lugar del fútbol en el devenir de la sociedad o indagar, en los términos de Norbert Elias, al deporte como una manifestación específica pero central de la sociedad. Ahora bien, en la reflexión concreta sobre identidad, nación y legitimidad, este trabajo, como un boxeador contra su sombra, golpea y golpea porque intuye que las interrelaciones y los entrecruzamientos son más diversos y más significativos de lo que hasta aquí se ha podido esclarecer.
El ejemplo examinado indica, con fuerza, que allí están los procesos, los mecanismos y los hechos. Pero señala, además, que hay una necesidad de delimitar cada esfera y sus interacciones, para avanzar en el análisis. Es una situación algo paradójica porque simultáneamente se constatan los nexos, pero suena un tanto exagerada la extrapolación.
Por lo pronto, basta con señalar que el juego del fútbol, gracias a sus elementos agonales, lúdicos, estéticos, de figuración y representación, genera una particular adhesión y lealtad en los espectadores y fanáticos. Tal adhesión, apoyada en sentimientos primarios, religiosos, de tensión y placer, deriva en determinadas competencias y, bajo circunstancias particulares, en procesos de identidad nacional, de forjamiento o construcción de la nación. Estos procesos, por situaciones sociales y políticas, adquieren mayor relevancia y parecen proyectarse a nuevas instancias. En ellas, la propia gramática del juego se suma, primero, a los ritos, mitos y símbolos generados ya no solo por el juego, sino por la relación con el pueblo que apoya a su selección, y se adiciona, luego, a la relación compleja con la situación del país, hasta constituir verdaderos factores de consolidación de una identidad, de unos mitos fundacionales, de referentes colectivos que aglutinan, expresan y transforman. Pueden darse allí, sin duda, las condiciones y los factores para sustentar una comunidad imaginada que se reconoce y es reconocida.
Y, sin embargo, tales referentes son a la vez profundos y frágiles, pero, sobre todo, dependen del fútbol como juego. La manipulación, la utilización abierta de la legitimidad que una selección nacional genera a su alrededor o incluso los intentos por ganar otras adhesiones a costa de las reglas y figuraciones propias del fútbol solo llevan, como quien rompe un hechizo, a la inmediata y sorprendente desaparición de los mecanismos, las identidades y las funciones.
Subiendo por la escala de Milán (o la Ópera de los cuatro centavos) *
Andrés Dávila Ladrón de Guevara y José Arteaga
Notas
* Publicado originalmente como Dávila A. y Arteaga J. (1991). Subiendo por la escala de Milán. En J. Arteaga, A. Dávila y J. Zapata (comps.), Colombia gol: de Pedernera a Maturana, grandes momentos del fútbol (pp. 165-179). Bogotá: Cerec / L. de G.
Desde hacía un mes no se hablaba más que de fútbol y el Mundial aún no había comenzado. Llevábamos veintiocho años sin asistir a un evento de esa magnitud como participantes, de modo que era cuestión natural tanta noticia, especialmente tanta noticia sobre Colombia.
A todos nos parecía que eso solo ocurría aquí, pero el mundo entero padecía la misma pasión, con reconocidas excepciones que no valían la pena. El mundo miraba el recorrido de un balón entre dos arcos y los países, que tenían a sus escuadras dentro del campeonato, miraban ese recorrido con una evidente ansiedad.
El jueves 7 de junio, las calles de Bogotá presentaban un aspecto irreconocible. Salvo la Navidad, ninguna fecha del año podía producir situaciones similares. Docenas de vendedores ambulantes con cajas de cartón y madera repletas de monas para cambiar y vender. Puestos de revistas donde el color de la bandera italiana cubría hasta los paquetes de cigarrillos. Gigantescos afiches de los jugadores tapando la entrada de los bancos. Llaveros, boinas, banderines, escapularios, cachuchas, viseras, escudos, calcomanías y encendedores, todo con el símbolo del Mundial. ¡Qué fiebre la que se había desatado!
Los estudiantes estaban en vacaciones, las empresas habían adecuado su horario a las transmisiones de televisión y el campeonato colombiano de fútbol entraba en receso. Nadie quería hacer nada, nadie quería saber nada de otra cosa que no fuera el Mundial, y todo porque la selección Colombia estaba allí.
En los anteriores mundiales la cosa no era tan enfermiza, tan demencial. Se cambiaban monas, se llenaban álbumes, se leían y escuchaban las noticias, se gritaban los goles, pero la fiebre no estaba presente porque Colombia no estaba allá. Y la gente prefería concentrarse en el evento a fin de olvidar las embarradas del “Boricua” Zárate, ese gol que se comió “Kiko” Barrios o ese árbitro de los mil demonios que parecía comprado en Montevideo.
Esta vez era diferente. La expectativa rondaba el Campeonato Mundial más que de costumbre, sobre todo porque se confiaba en una buena actuación. Desde hacía tres años éramos hinchas acérrimos del combo de Maturana, salvo unos que no olvidaban ciertos hechos ocurridos durante la Copa Libertadores de América del año anterior.
A las seis de la tarde, el centro de la ciudad era un hervidero humano. Las labores rutinarias se aceleraron y sobre el filo de la noche todo había quedado listo para la mañana siguiente.
Sudorosos y jadeantes por el trote, vimos la inauguración. Lo mejor fueron las modelos, especialmente aquellas que mostraban los diseños semitransparentes de Gianfranco Ferré. Entre los himnos y el inicio del partido, leímos los periódicos. No había nada en el mundo que tuviera más importancia.
Maradona mordió el polvo esa mañana de viernes y medio mundo respiró tranquilo, no solo por la personalidad del jugador, sino por esa inevitable necesidad interna de estar siempre a favor del equipo chico. Escuchamos la radio, los lamentos en lunfardo y los comentarios de periodistas que le cayeron al caído, como quien hace una cosa rutinaria. Sospechamos entonces que, el día que eliminaran a Colombia, muchos de ellos obrarían igual.
La tarde del viernes fue igual a la del día anterior, solo que lo que se avecinaba no era cualquier cosa: el debut colombiano en un mundial. “¡Qué orgullo, hermano!”. La radio no cesó de entrevistar a Marcos Coll, al “Caimán” Sánchez y a los héroes de Arica. Un Adolfo Pedernera, anciano y con la voz cansada, habló desde Buenos Aires, se refirió a los viejos jugadores como sus muchachos y reconoció que estaba tan emocionado como cualquier colombiano.
La televisión mostró una y mil veces la rabia de Lev Yashin por el único gol olímpico de la historia de los mundiales. Más adelante aparecían imágenes de un dribling de “Maravilla” Gamboa ante tres soviéticos. Sentimos nostalgia por las imágenes, sabíamos en el fondo que, al otro día, ya no las veríamos más, así que encargamos a los amigos que tenían betamax que las grabaran. El teléfono estaba ocupado.
A las nueve de la mañana del sábado 9 de junio era imposible conseguir un taxi. Cuarenta minutos más tarde las calles estaban vacías. Diez minutos más y había llegado la imagen a la televisión. Media hora después teníamos las uñas destrozadas y la garganta seca, todo porque jugaba Colombia, a pesar de que el partido en realidad era frío…
Colombia vs. Emiratos (2-0) (Redín, Valderrama)
Fue el partido del debut, esperado por jugadores, cuerpo técnico, directivos, medios e hinchas desde el ya lejano día del sorteo. De un buen comienzo dependía que sirviera el sacrificio de tantos meses de concentración y prácticas. Para todos los jugadores era su primera presentación en un torneo de tales características. Solo Higuita había sido suplente, por una lesión, en el Mundial Juvenil de la Unión Soviética.
Lo que muchos llamaron el temor escénico, el aparecer frente a miles de cámaras en un partido del Mundial, afectó a los jugadores. El comienzo fue tenso. Emiratos se paró defensivamente, con los jugadores en mitad de la cancha y haciendo dos líneas de cuatro que cerraban espacios e incomunicaban al equipo colombiano. Este mostró en la cancha su esquema táctico bien definido, pero con la obligación de ganar el partido y de ir al ataque. Al peso de la primera aparición se sumó la obligación de proponer fútbol para conseguir un resultado.
Para mantener la fidelidad del estilo, Colombia impuso un ritmo pausado y de andar cansino. El primer tiempo transcurrió en esa tónica. Al combinado nacional le costaba demasiado llegar. Trataba de controlar el partido, pero no había cambios de ritmo acertados ni explosión ofensiva. Aunque era claro que técnica y tácticamente los colombianos eran mucho más, la superioridad se diluyó paulatinamente. El pressing se hacía desde la cancha de ellos y Colombia, además de tener sus líneas adelantadas, ganaba buena parte de los rebotes. Sin embargo, cuando atacaban, perdían el balón a los dos o tres pases, debido a la insistencia en llegar por el centro. Hubo dos llegadas de peligro en los pies de Rincón. En la primera, le negó el pase a Redín y culminó con un disparo desviado a la entrada del área. En la otra, luego de un excelente pase al vacío de Valderrama, se engolosinó con el balón y no supo definir. Lo demás fueron tres tiros libres desviadísimos y aproximaciones al área, con algún peligro, que morían en la imprecisión de los volantes. No funcionaron los cambios de frente, los marcadores no ayudaron a abrir la cancha y la intrascendencia se apoderó de todo el equipo, aunque sin llevarlo a perder los papeles ni la brújula. Valderrama fue el organizador del equipo hasta tres cuartos de cancha, pero, cada vez que intentó pases al vacío o acelerar el ritmo, se equivocó. Como producto del querer, buscar y no poder, fue más punzante el único contragolpe de los Emiratos. En los últimos cinco minutos, Colombia se desconcentró, especialmente, en la línea defensiva y estuvo a punto de irse al descanso con un gol en contra. Un cobro de costado desde unos 35 metros fue cabeceado libremente por el delantero rival e Higuita tuvo que rechazar. Inmediatamente después, Andrés Escobar equivocó una devolución y lo salvó la salida rápida de Higuita y la falta de definición del delantero contrario. Para la perspectiva de Emiratos, el partido salía a pedir de boca.
Para el segundo tiempo Colombia tenía la obligación de liquidar el partido jugando bien o mal, bonito o feo. Esa disposición se vio cuando los marcadores se fueron al ataque y Leonel se la pasa a Barrabás, quien la devuelve de primera al vacío y evita el fuera de lugar. Leonel entra al área, va al fondo, levanta la cabeza y mide el centro atrás. Redín entra y cabecea al primer palo, midiendo al ángulo más difícil para la reacción del arquero. Gol: 1 a 0.
Por primera, y única vez durante el Mundial, Colombia estuvo arriba en el marcador. En esos momentos mostró algo más de su estilo y de su fútbol. Los volantes se juntaron, la salida se hizo más clara y se lograron combinaciones de más de quince pases seguidos. Cuando atacó, adquirió mayor peligrosidad porque las combinaciones fueron hacia adelante y de primera intención. Higuita sacaba largo para aprovechar que Emiratos ya había adelantado sus líneas. Los rebotes se ganaban en cualquier lugar de la cancha. Las pocas veces que resultaron los pases al vacío, los atacantes colombianos fueron ‘fauleados’ cerca del área. Sin embargo, los cobros resultaron improductivos. No obstante, se perdieron muchos balones. Redín y Rincón se equivocaron seguido en tres cuartos de cancha. Colombia fue un equipo intermitente e incapaz de demoler definitivamente a un rival débil. Hubo desconcentraciones y baches que armaron a Emiratos y que, a pesar de sus limitaciones, le permitieron arrimarse con peligro, con balones ‘globeados’ al centro de la defensa. En una de esas salvó René, en otras tuvo que salir del área a rechazar o a jugar casi hasta la mitad del campo.
Sobre los 30 minutos del complemento, entró Estrada, y en los últimos quince Colombia empezó a sostener el resultado. Sin retrasar las líneas, lateralizó el balón y usó el achique para dejar a los delanteros de Emiratos en fuera de lugar. La tensión se apoderó de los jugadores criollos. No arriesgaban mucho y cuidaban el balón. El partido no era complicado, pero del enredo y la intermitencia cualquier cosa se podía esperar. Colombia no había matado a su rival y desperdiciaba balones arriba, especialmente en los pies de Estrada, Redín y Rincón. Por momentos se rifó el balón.
Sobre el minuto 41, hubo un tiro de esquina en contra, el rechazo defensivo lo recibió Estrada, quien antes había perdido tontamente dos o tres balones. Hizo un pase magistral al vacío para el contragolpe mortífero. Picó Valderrama, encaró cuando llegaba Estrada por derecha, sacó a un defensor y disparó colocado con alguna fuerza al ángulo izquierdo del arquero. Gol. Colombia manejaba el partido e intentaba de nuevo. Emiratos también buscó el descuento, pero ya no había argumentos ni tiempo.
Fue un juego irregular. Colombia no tuvo continuidad en su labor ni alcanzó gran dimensión individual o colectiva. No tuvo la contundencia necesaria para comprobar su superioridad. Sin embargo, consiguió un triunfo que, para arrancar en el Mundial, era indispensable. Hizo cerca de 550 pases acertados y, tal vez en ese regular 2 a 0, quedó demostrada su jerarquía, su nueva mentalidad y su competitividad. Una reflexión a posteriori deja la inquietud por la no utilización de dos delanteros. Poner desde un comienzo los cinco volantes era entendible por la intención de manejar el balón antes que nada y darle ritmo al equipo que enfrentaría los duros compromisos contra los europeos. No obstante, al menos en ese primer tiempo de 0 a 0 y escasas llegadas, hizo falta alguien que abriera la cancha y llegara hasta el fondo con mayor disposición. La no inclusión de un jugador de tales características permitió imponer el estilo y pasar el susto del debut, pero faltó poco para que ese empate se convirtiera en un problema insoluble con las desconcentraciones del final del primer tiempo. Se ganó, por 2 a 0, y eso bastaba. Pero ni los jugadores ni el técnico ni la prensa ni los hinchas estaban satisfechos. Colombia era mucho más y tenía que demostrarlo.
“La primera victoria en un Mundial” tituló la prensa al día siguiente y se nos hinchó el pecho de emoción como si fuera lo más importante de nuestras vidas. Colombia en el Mundial podía volver romántica hasta una piedra pómez. Habían vuelto a resonar los himnos populares, los verdaderos: temas rumberos, las cumbias, los porros y la salsa. Joe Arroyo cantaba, Zumaqué cantaba, Raíces tocaba. Fiesta, pura fiesta. “Ese Pibe, ese Pibe, ¿lo viste?”. “Un crack”. “Higuita no se ha mostrado”. “¿Sí viste lo que decía esa güeva de Ramiro? Que dizque este es el único partido que vamos a ganar en el Mundial”. “Si supiera que prácticamente estamos en la final”. “¿Contra quién nos tocará, ah?”. “De pronto contra el mejor equipo que se ha visto hasta ahora”. “¿Contra esas bestias alemanas?”. “Sí, a la fija”. “¿O sea que jugaremos dos veces contra ellos?”. “A lo mejor”.
Alemania había asustado desde el comienzo, cuando goleó sin misericordia a los yugoslavos, pero no les teníamos miedo. Solo una cadena radial trataba de hacernos ver débiles y menores a nuestra condición. De todas formas, el siguiente partido era frente a los derrotados del domingo por 4 a 1. Confiábamos en ganarles también, si “El Guajiro” estaba en su día.
Ahora la ciudad estaba más tranquila, pero el gusanito del Mundial hacía estragos por todas partes. Valderrama, Mathaeus, Makanaki, la mascota número 7 y el escudo de Irlanda se habían vuelto dificilísimos para los cambiadores. Sin embargo, ciertos papás obligados desembolsaban verdaderas fortunas por cada lámina. Incluso, algunos vendedores descarados les mostraban a los niños el álbum lleno hasta la última página. A estos se les iban las babas de la envidia y el deseo.
El 14 volvió a jugar Colombia, a las diez de la mañana, en Bolonia. Un rival que nos conocía de memoria era la pesadilla del momento. Otra vez a comernos las uñas, a agotar la botella de aguardiente y a frotarnos las manos para quitar el sudor. Uno o dos gritos obscenos al árbitro y el corazón que latía a mil por minuto…
Colombia vs. Yugoslavia (0-1) (Susic)
Partido difícil. Primer enfrentamiento contra un equipo europeo que, además, necesitaba reivindicarse después de la aplastante derrota frente a Alemania. Tenían un detallado conocimiento de Colombia por la presencia en el cuerpo técnico de Popovic y Draskovic. El partido comenzó con dos equipos que se respetaban y trataban de imponer sus características de juego para controlar el partido. La primera media hora fue excelente para Colombia, dueña de la media cancha. Tuvo llegada, manejo y perfecta disposición defensiva y ofensiva.
Tal vez un solo pecado: en su afán por aprovechar el buen momento y definir el partido, se olvidó de aquietar el balón, de quitarle ritmo a los europeos y de acabar de desconectarlos con una fórmula a la que no le tienen respuesta. Luego de ese lapso, y con un ingrediente de desgaste físico y juego fuerte de los yugoslavos, el partido cambió de dueño. Los últimos quince minutos mostraron a una Yugoslavia que, luego de no tener ni el balón ni el terreno, salió a atacar y logró cortar la comunicación del equipo nacional. Sin embargo, no hubo llegadas de riesgo.
Los primeros veinte minutos del segundo tiempo se mantuvieron en la misma tónica, con la diferencia de que hubo varias llegadas de peligro que mostraron que los yugoslavos sabían romper el sistema zonal de Colombia. En uno de ellos, el remate del centro delantero, recién ingresado, rebotó en el pecho de Higuita. Algunas dudas sobre el fuera de lugar pueden explicar esta situación, aunque también el acertado cambio del técnico. Otro acierto del estratega europeo fue colocar un líbero delante de la línea de cuatro que incomunicó a los volantes colombianos, los anticipó, los confundió y terminó ganándoles gracias a su fortaleza física y a algo de violencia.
Al minuto 25, más o menos, Colombia logró equilibrar el juego y volvió a manejar el esférico. No llegaba con peligro, pero tenía el balón, lo trasladaba por todo el terreno y hacia un acertado uso de los cambios de frente. Ante las dificultades para acercarse con riesgo, los colombianos intentaron pálidamente la media distancia, aunque siempre desviada. “Barrabás” Gómez buscó convertirse en la alternativa de ataque, pero no tuvo fortuna. Maturana arriesgó con la entrada de Rubén Darío Hernández por Freddy Rincón. En dos o tres piques por su costado, confundió e inquietó a la defensa. Los pases los recibía de un inspirado Higuita que cortaba todos los balones y detenía todos los pelotazos del equipo contrario, cerca de la mitad de la cancha, para convertirse en generador de contragolpes. En ese buen momento de Colombia, cuando Yugoslavia había perdido el manejo del partido y no se le veía en disposición de arriesgar, llegó el golazo de Susic. Por el costado izquierdo de la defensa colombiana, los balcánicos rompieron el pressing. Stojkovic metió el pase al vacío, queda enganchado el “Chonto” Herrera, y el volante yugoslavo la recibió de pecho y, sin dejarla caer, fusiló a Higuita.
Vinieron luego los peores cinco minutos de la selección desde que fue convocada. El desespero trajo desánimo y desconcentración. En ese lapso, una llegada de los yugoslavos pega en el palo. Los colombianos perdían todos los balones en tres cuartos de cancha y dejaban armado el contragolpe del contrario. Para rematar el mal momento, Perea cometió una mano innecesaria dentro del área y el árbitro no dudó en sancionar el penal. Higuita lo detuvo, Colombia pensó y Yugoslavia se recogió un poco en su campo y decidió cuidar el 1 a 0. Después Colombia atacó desordenadamente, pero sin regalarse ni descomponerse. No obstante, la asimilación de la derrota no fue suficiente y perdió su estilo de juego. La entrada de Estrada por Redín no sirvió y dejó en claro que Fajardo tiene que estar, como mínimo, en el banco y que Iguarán no es efectivo frente a la velocidad y potencia de los europeos. Había que insistir en la habilidad, en el juego a ras de piso y en el ritmo lento y pausado. El equipo quiso llegar al pelotazo, al ‘ollazo’, al área, que, obviamente, ganaron los europeos. Aun así, Hernández logró acercarse con algún peligro gracias a su habilidad. El partido terminó y la clasificación de Colombia, tan anunciada y tan deseada, quedó pendiendo de un hilo. El siguiente rival era la tromba alemana que goleó a los yugoslavos y debería hacer lo mismo con los Emiratos y con los colombianos. Pero los partidos hay que jugarlos primero, diría Maturana, y tendrían que escucharlo los portadores de malos presagios.
“Se embolató la clasificación”, anunció la prensa y nadie dijo nada más. Aparecieron los periodistas, del primer día, como aves de rapiña sobre su presa agonizante. Los hinchas callamos ante la realidad, pero saltamos ante los buitres. Había que cambiar algunas cosas. Sin embargo, no era para tanto. Un aficionado, incluso, pensó en viajar a Italia a pegarle a los que eran capaces de sacar armas tan sucias para empañar nuestro desempeño.
—“¿Faltan delanteros? No creo, porque llegamos varias veces”. “Y entonces, ¿qué nos pasó?”. “Un error”. “De esos que nunca faltan, ¿cierto?”. “Sí, hermano, ¡qué vaina!”. “Fresco, que contra Alemania mejoramos, y además no estamos eliminados todavía”. “Ah, lo que pasa es que me da rabia, hermano, jugando bien. Es que jugamos mejor que ellos, y vienen y nos ganan, ¿ah?”. “Fresco, no te pongás a llorar que no sacás nada”.
Claro, ni siquiera el penal que tapó Higuita sirvió para evitar la derrota, aunque sí había servido para mantenernos dentro del campeonato. Un golpe de suerte era lo que hacía falta contra los tanques alemanes que ahora habían aplastado, sin la menor muestra de misericordia, a la inocente selección de Emiratos Árabes. Bogotá caminó cabizbaja de norte a sur y viceversa. Valderrama había bajado de precio momentáneamente y muy pocos preguntaban ahora por los afiches a todo color con las firmas en alto relieve. La preocupación rondaba en las caras de los adultos y la confianza en la de los niños, que seguían jugando en los potreros como si nada hubiera pasado. Se llamaban a sí mismos Leoneles y Andreses, sin pena ni vergüenza en sus rostros. La gente los oía gritarse y pensaba que, siendo tan pequeños, nada podían saber de fútbol.
El estadio Giuseppe Meazza de Milán era precioso, el mismo de la inauguración; allí aparecieron los hinchas alemanes como fanáticos romanos en tiempos de César. Rugían, gritaban y coreaban, con voces de tenores borrachos, a sus ídolos. Parecían pedir sangre. Por un túnel salieron los protagonistas: 11 hombres de rojo como judíos indefensos y 11 leones hambrientos vestidos de blanco. Durante la segunda parte del himno colombiano, se escuchó muy claro el grito de “Deutschland, Deutschland”. No había dudas: Colombia era el visitante y Alemania, el local.
Colombia vs. Alemania (1-1) (Littbarski, Rincón)
Era el partido esperado desde el sorteo en diciembre. El desafío del fútbol colombiano para mostrar su verdadero nivel y su verdadera dimensión. La posibilidad de confirmar un innegable avance técnico y táctico y la verdadera jerarquía competitiva del equipo, puestos en duda por quienes, en las horas previas al cotejo, olímpicamente olvidaban las pruebas suficientes que se habían dado en estadios de todo el mundo. Ganar parecía imposible frente a una máquina que había logrado nueve goles en dos partidos y que se perfilaba como candidato al título mundial. Empatar era para muchos, y en especial para cierto resentido sector del periodismo, un sueño de quienes creíamos en Maturana, en el equipo y en el proceso. Los despectivamente tratados como soñadores sabíamos que había con qué, pero dudábamos por la magnitud del contendor. Perder era lo lógico. Con un optimismo muy raro se pensaba que un 1 a 0 en contra nos daba posibilidades de clasificar como uno de los cuatro mejores terceros, con dos escasos puntos y dependiendo de los demás resultados. Una derrota por ese marcador nos dejaría satisfechos, en cambio la goleada nos pondría en nuestro sitio y, obviamente, nos produciría tristeza por no haber mantenido el 0 a 0 frente a Yugoslavia. Algunos fieles de Maturana y su combo preferíamos aceptar la opinión general de dientes para afuera, pero confiábamos calladamente en las posibilidades.
El antídoto era claro: robarles el balón, jugarles a ritmo de bolero y extremar la marcación en zona y el funcionamiento de la línea y el fuera de lugar. Atacar sería la respuesta a unas avalanchas que, al no fructificar, los confundirían, los desgastarían y les harían perder los papeles. Solo que había que cuidarse hasta el último minuto. Un primer punto a favor fue la suspensión de Andreas Brehme, reemplazado por Pflügler.
Desde un principio, Colombia puso el partido en la nevera. Ciertamente, Alemania ya estaba clasificado y esto, sumado al inmenso favoritismo, los pudo hacer aflojar. Pero también es verdad que, desde el primer minuto, empezó el aplicado trabajo de Colombia en defensa y ataque. En los primeros quince minutos, se evitó que Alemania se acercara con peligrosidad. El pressing a los costados, el fuera de lugar y los anticipos de Higuita a Voeller y a Klinsmann desarmaron paulatinamente a los alemanes. Cada vez que Colombia recuperaba el balón intentaba retenerlo a uno o dos toques, pero sin afán. Tampoco se cayó en un exceso de faltas, y, por el contrario, al herir el orgullo alemán, ellos fueron los que pegaron sin consideración, favorecidos por un mediocre árbitro irlandés que solo creía en el dolor de los alemanes. Los colombianos triangulaban en todos los sectores y, aunque los alemanes apretaban la salida, la suficiencia individual ayudaba a superar la marca. En una sola ocasión, el gran ariete alemán Rudi Voeller hizo una genialidad y se la globeó de puntazo a Higuita. Higuita respondió y envió el balón por encima, luego de una espectacular estirada hacia atrás.
Después del minuto quince, vino el mejor momento de Colombia. Luego de soportar el anunciado chaparrón alemán, que terminó siendo una leve llovizna, el equipo se apoderó de la media cancha, empezó a tocar hacia adelante, a ubicar sus líneas cerca a la mitad de la cancha y a desnudar los problemas defensivos de la imperfecta maquinaria alemana. En dos ocasiones, se hicieron jugadas de más de quince pases continuos, sin que la fuerza y potencia física de los alemanes alcanzaran para cortar los avances. En dos ocasiones, también, se acercó Colombia al gol. Estrada, cerca de la esquina derecha, amagó, giró y tocó suavemente para Valderrama. Este ingresó al área, tocó el balón preciso a los pies de Fajardo quien la quiso asegurar y descolocar al arquero. En forma increíble desperdició la ocasión más clara de anotar. Pocas jugadas después la llegada fue por el otro extremo. Rincón picó al vacío por la izquierda, controló el balón, amagó, entró y frenó, volvió a amagar y frenó, volvió a amagar y centró (su marcador todavía lo está buscando). Estrada se levantó entre dos defensas, midió el golpe de cabeza y la envió por encima del horizontal. Colombia no apretaba el ritmo sino que tejía con precisión sus avances, sin apuro, con jerarquía y criterio. En defensa hacía equivocar a los alemanes que entregaban mal, erraban los pases y, cuando se desesperaban, pegaban descaradamente. Pensamos que un gol a esa altura podía ser una maravilla, pero también un peligro porque, heridos los alemanes, podían reaccionar sin consideración y así eran más peligrosos. Colombia se tomó un respiro y Alemania se volvió a acercar, pero sin real peligro.
Faltando cinco minutos vino la doble falta sobre Valderrama, luego de que también habían golpeado a Rincón. Intentó driblar y lo golpearon. Se levantó del primer golpe y, en el segundo intento por gambetear a su adversario, lo volvieron a bajar. Quedó tendido en el piso y el árbitro no permitió el ingreso del cuerpo médico y tampoco sacó una justa tarjeta amarilla. Cuando algún alemán caía, inmediatamente podía ser atendido. Valderrama permaneció allí contra la grama, mientras el partido continuaba. Álvarez cobró, por sus propios medios, la falta sobre su compañero. Una violenta plancha sobre un alemán le valió la tarjeta amarilla. Sin embargo, esta acción equilibró las cargas. Los colombianos también pegaban y no se iban a dejar. Entró la camilla y sacó a Valderrama, quien pocas veces se queda en tal situación. Al poco rato volvió y tuvo que jugar el resto del partido soportando el rugido de los fanáticos alemanes cada vez que tocaba el balón, pues no le perdonaban lo que consideraban un papelón antifutbolístico. Empero, había que parar esa irracional violencia e indicarle al árbitro que fuera neutral. Terminó el primer tiempo, al cual se le había acabado de aquietar el ritmo con todos estos sucesos, y quedó la duda sobre el estado real del “Pibe”. La labor táctica había dado sus frutos, era cuestión de repetirla en el segundo tiempo con la misma concentración y sin desaprovechar las oportunidades de gol.
Beckenbauer, en la banca, se veía descompuesto, furioso y extrañado (imagen que quedó grabada pues contrastaba con su tranquilidad, su elegancia y su gesto de satisfacción después de cada goleada). Para el segundo tiempo, dispuso cambios. Sin embargo, la intención fue desbaratada por una escapada de Estrada sobre los cinco minutos. Se llevó el balón y remató fuerte ante la salida del arquero, quien logró rechazar. Después, Colombia perdió llegada y le costó acercarse a predios alemanes. Estos tampoco llegaban con claridad y sus hábiles y peligrosos delanteros perdían ante la velocidad mental de Higuita, caían como principiantes en repetidos fuera de lugar o eran incapaces de superar la fortaleza en los cierres de Perea y la desfachatez de Herrera y Gildardo para ganar balones con viveza gracias a un amague o un dribling. Se llegó a los 30 minutos, los alemanes se habían mostrado peligrosos en una entrada por el centro que Matthaeus resolvió con un globo, sobró a Higuita y fue a estrellarse en el horizontal. Pero René reaccionó y llegó a puñetear el balón al tiro de esquina, luego de superar la arremetida de Voeller.
Los últimos quince minutos los jugó Colombia con la tensión propia de quien se juega su clasificación a la siguiente ronda. No era solo el empate contra Alemania, sino la posibilidad de seguir en la lucha. Con criterio, entonces, volvió a aparecer Valderrama para hacer correr el balón por toda la cancha, sin regalarlo, sin rifarlo y sin comprometerlo. El reloj, desobediente y odioso, se negaba a correr. Cuando faltaban cinco minutos, era claro que Alemania no sabía cómo llegar al gol, pero tampoco cejaba en su intento. Rincón, el “Pibe” y Leonel trataban de llegar a un arreglo con los alemanes, mientras la tensión y el paso lento de cada segundo incrementaban la angustia. En la banca calentaban todos los jugadores. No había razón para cambiar a nadie, a no ser el pretexto de ganar segundos que nunca se descuentan por completo. Sin embargo, Maturana no quiso arriesgarse. Y vino el baldado de agua fría. Voeller, con su jerarquía y calidad, logró driblar a dos colombianos. Todos esperábamos una falta, así costara la expulsión. Igual, mientras cobraban, se terminaba el tiempo. Nadie hizo la falta, no es el estilo del equipo. Con gran calidad, este se la entregó a Littbarski quien, entrando solo al área, fusiló a Higuita.
Cuántos colombianos lloraron con ese gol, injusto luego del trabajo desarrollado, por ver cómo quedábamos fuera del Mundial aunque matemáticamente quedaban posibilidades mientras no llegara otro gol. El equipo quedó muerto, como todo el país en ese instante. En la siguiente jugada regalaron el balón. No querían correr, no querían jugar más. Sin embargo, en la banca, Diego Barragán, el preparador físico, se levantó y les gritó con el alma que no se entregaran, que lo intentaran de nuevo.
Leonel la ganó con calidad en la entrada de su área y tocó para Valderrama, quien recibió de espaldas y picó el balón a un costado. Gracias a esta recepción del balón, se pudo deshacer de tres alemanes que venían a apretarlo. Al girar, apenas si había ganado la mitad de la cancha. Entonces, tocó para Rincón, quien picaba por derecha. Este recibió y buscó a Fajardo. Fajardo no recibió, pero su toque le llegó a Valderrama, quien se la puso al vacío a Rincón. El reloj estaba por el minuto 47, en cualquier momento se acababa el partido y Rincón apenas entraba al área con la posibilidad de hacerlo o botarlo, consagrarse para la historia o caer bajo las garras de los críticos. Illgner salió con todo, como mandan los cánones, achicando el ángulo, limitando las posibilidades de gol y proponiéndole al delantero contrario que la botara, que le disparara al cuerpo o que intentara eludirlo con pocas posibilidades de éxito. Y Rincón la envió mansita por donde nadie lo hubiera podido imaginar: por entre las piernas. Yo no sé si lo pensó o pateó para cualquier lado o qué. Solo sé que me acuerdo y todavía me da escalofrío; me emociono y veo a Rincón gritando el gol con el alma, a Maturana fuera de sí abrazándose con los suplentes, a Perea (el locutor) gritando el gol como cuando quería a la selección, a los locutores dándole gracias a Dios y al país feliz y borracho, llorando y gritando en un frenesí colectivo que, desgraciadamente, no se volvería a repetir. El partido terminó, pero la celebración y la felicidad continuaron por cinco días, solo había un tema recurrente y único: la selección Colombia.
De esos tres minutos, en que se estuvo en el infierno y se retornó al cielo, se debe rescatar la fuerza anímica del equipo luego del lógico bajón por el gol recibido. El grito de Barragán fue el “culpable” de esa voltereta del alma de los jugadores. También, la fe en el estilo, la adhesión inexplicable a recurrir a las armas de siempre para remontar el marcador adverso sin importar que fuera el minuto 1 o el 47. Y en la jugada, la jerarquía de Leonel y del “Pibe”. De este último para quitarse a tres jugadores en un giro y luego para escoger el destinatario preciso de su mortífero lanzamiento. Porque si la manda al otro costado… Y de Rincón, la frialdad para definir. Si lo pensó, si fue chepa o no, nada importa. Lo hizo, definió como un crack. El partido terminó 1 a 1 y Colombia pasó a octavos de final.
Faltaba saber si el próximo rival sería Italia o Camerún. Llanto, llanto y solo llanto, pero de la emoción. La gente se volcó a las calles a gritar, a beber, a abrazarse, a besarse. Bailaban todos, brincaban todos en las capotas de los carros y en mitad de las avenidas. Bogotá vivía un carnaval que desde la clasificación en Tel Aviv no se dejaba sentir. De hecho, la capital no sabe qué es eso de carnaval, y solo el fútbol es capaz de darle una muestra gratis. En el resto de Colombia también se gozaba, pero con todo el conocimiento del caso y toda la harina del mundo. “Ya se acabó el mito de jugar como nunca y perder como siempre” fue la frase presidencial del momento, y todos entendimos lo que significaba. Estábamos locos de alegría por un gol en el último minuto, el mejor gol de todo el Mundial, y porque los alfileres que le clavamos a Bodo Illgner dieron resultado.
“¿Qué tal el guayabo?”. “Pues, hombre, si Colombia sigue así no sé qué va a pasar por acá”. “Qué golazo, ¿no?”. “¿Vos te imaginás si es otro jugador el que tiene esa oportunidad?”. “Lo bota”. “O a lo mejor le da por gambetearse al arquero”. “Y la embarra”. “Claro que con el pase que metió el “Pibe” hasta yo hago ese gol”. “No te emociones de a mucho. Todavía falta mucho trecho”. “¿Mucho trecho para qué?”. “Para llegar a la final, hermano”. “Roma, allá vamos”.
Y nos tocó en la siguiente ronda contra Camerún, el equipo sorpresa de la primera fecha. No era tan fácil como Emiratos, pero confiábamos en ganarle. Al fin de cuentas Valderrama estaba costando más que Makanaki…
Colombia vs. Camerún (1-2) (Redín, Milla, 2)
El primer tiempo mostró a una selección Colombia, más agresiva y más decidida, que llevó la iniciativa. Hasta el minuto 20, fue clara dominadora, con buen manejo del balón, aunque con dificultades para superar la poblada defensa del equipo africano, principalmente de tres cuartos de cancha hacia adelante. Hubo dos llegadas claras: una, al minuto 7, por pase al vacío de Fajardo a Estrada que este no supo resolver frente al arquero. La otra, al minuto 22, una llegada por el costado derecho, pase de Estrada a Fajardo quien, dentro del área, levanta con la derecha y saca el zurdazo que lame el vertical derecho. De allí al minuto 33, Camerún se sacudió, se acercó tímidamente, impuso su estilo violento, que tanto éxito tuvo contra Argentina, y aprovechó las erráticas entregas de Colombia. Higuita tuvo que salir de su área a solucionar problemas, detuvo un golpe de cabeza suave de Oman Biyik. Sobre el minuto 30, este jugador se escapó en contragolpe, dentro del área se frenó e hizo el pase atrás para el remate franco, pero desviado, de Makanaki. Después del minuto 35, Colombia recuperó el manejo del balón y del partido. Se acercó con un centro de “Chonto” Herrera que no capitalizaron ni Rincón ni Estrada. Después intentó de pared y los cameruneses recurrieron al juego fuerte. El primer tiro libre muy cerca al área lo cobró Estrada, pegó en la barrera y el rebote lo recibió incómodo el mismo jugador, quien disparó para la atrapada de N’Kono. El siguiente tiro libre, más alejado y del otro costado, lo cobró Andrés Escobar. Volvió a pegar en la barrera y salió al tiro de esquina. De este resultó un golpe de cabeza forzado y desviado del mismo Escobar. En otra ocasión se acercaron Fajardo, Valderrama y Rincón, este último fue quien disparó incómodo y desviado. En el último minuto hubo falta sobre Gildardo Gómez. El árbitro amonestó por fin a un jugador camerunés, luego de repetidas faltas. “Barrabás” le pasó suave el balón a Rincón, quien estrelló un violento disparo en todo el vértice derecho del arco defendido por N’Kono. El rebote quedó para los colombianos y la primera parte concluyó cuando pasaban por su mejor momento.
Para el segundo tiempo, ambos conjuntos comenzaron con la misma nómina. No obstante, Camerún salió con mayor disposición ofensiva. En los primeros minutos, se adueñó del partido y llegó con algún peligro, hasta que el equipo colombiano se acercó con un disparo de media distancia de Andrés Escobar que hizo estirar a N’Kono. Desde ese momento, el partido fue de toma y dame, con lapsos breves de no más de cinco minutos a favor de uno u otro equipo. Al minuto 9, ingresó Roger Milla, el veterano centro delantero. Pocos minutos después, entró Amoldo Iguarán en Colombia, en sustitución del “Bendito” Fajardo. Como ambos equipos habían sumado hombres al ataque, cada recuperación del balón por el equipo contrario se transformaba en un contragolpe peligroso. En esta labor, mostró gran precisión y rapidez el equipo africano. Con cambios de frente y triangulación, rápida rompieron repetidamente el pressing colombiano y los achiques que siempre habían sido efectivos.
Aunque cerca de siete veces quedaron en fuera de lugar, los balones cruzados a la espalda de la línea defensiva o en la mitad de los dos centrales desnudaron problemas frente al perfecto trabajo defensivo del primer tiempo. Igualmente, balones colocados entre los dos volantes defensivos y los dos centrales complicaron a la defensa, que perdió lentamente precisión en sus movimientos. Una llegada franca de Oman Biyik, que disparó desviado ante el achique de Higuita, y un disparo cruzado de Milla fueron las jugadas de mayor peligro. Camerún mostró conocimientos tácticos y virtudes técnicas para contrarrestar a Colombia, que desvirtuaban por completo la supuesta superioridad nuestra. Eran dos equipos muy parejos, en la confrontación vencería el que primero clavara la estocada o aprovechara el error.
En ataque, Colombia se acercaba con cierto peligro, pero no definía. Siguió sin aprovechar los tiros libres repetidos y las faltas reiteradas minaron el físico de sus atacantes. Valderrama, perseguido por toda la cancha, perdió precisión Y desapareció por ratos del partido, pero cuando logró hilvanar jugadas, fue importante. El acompañamiento de Leonel, con sus piques a zona libre, la distribución pausada de “Barrabás” y las incursiones de los marcadores, en especial del “Chonto” Herrera, fueron las fórmulas para suplir a Valderrama y al intermitente Fajardo. El ingreso de Iguarán le dio proyección al equipo, le permitió abrir la cancha, acelerar y distraer de tres cuartos de cancha hacia adelante. En cuatro ocasiones, Iguarán produjo zozobra con sus veloces incursiones y con centros pasados. Sin embargo, el gol no se concretó.
Del minuto 22 al 33, Colombia pasó su peor bache. Luego de que el débil árbitro italiano le perdonó la expulsión al número 8 de Camerún, en una falta alevosa sobre Luis Carlos Perea, al combinado nacional se le perdieron los papeles. Una falta no cobrada sobre Estrada produjo casi inmediatamente la respuesta necesaria de Perea para detener a Milla, quien ya había mostrado su contundencia. Pocos segundos después, una mano de “Barrabás” le significó la tarjeta. A pesar de que los africanos habían casi cometido el doble de faltas y merecido por lo menos una tarjeta roja, las faltas de los colombianos implicaban inmediatamente la tarjeta amarilla. Nuevamente se favorecía la táctica de ablandamiento del equipo africano. En Camerún salió Makanaki, un volante de manejo y pases precisos y punzantes. Fue reemplazado por Djondip, de similares características. Sobre el minuto 33, en Colombia ingresó Redín por “Barrabás” Gómez. El volante de marca amonestado fue reemplazado por un volante de creación. El equipo retomó las riendas, luego de un momento de confusión, entregas erráticas y adornos innecesarios. y produjo cinco minutos finales en los que reeditó los méritos para ganar el partido. Pero, en este momento, la displicencia y la falta de puntería e inspiración fueron los factores que lo impidieron. Estrada y Redín se acercaron al borde del área, se frenaron, se devolvieron y terminaron perdiendo la pelota en más de dos ocasiones. Ninguno se atrevió a disparar de media distancia, ninguno quiso meterse al área. Preferían frenar y encarar. En dos ocasiones Iguarán buscó la fórmula de gol, pero no estaba en su época goleadora. Cabeceó un centro de Herrera, fuerte al piso como él sabe hacerlo, pero le salió un remate a la mitad del arco y allí estaba N’Kono.
En el último minuto Estrada mostró que debió ser relevado. Recibió pase al vacío de Iguarán, amagó por derecha, ingresó al área y, cuando debía sacar el centro atrás o un disparo seco, que por un rebote se introdujera en el arco, quiso hacer la jugada que lo inmortalizara individualmente. “La Gambeta” finalmente terminó con el balón fuera de la cancha y enredado entre sus piernas, mientras en la mitad del área Iguarán, Redín y Valderrama esperaban el pase. Es verdad que el centro podía ser rechazado, que había por lo menos cinco jugadores de Camerún listos al cierre y a evitar el gol, pero estaban a contrapierna, con las marcas perdidas, con la presión y el cansancio del minuto 45 del segundo tiempo. Cuando la televisión repetía la jugada, sonó el pitazo final y todavía faltaban 30 minutos de sufrimiento y desgaste.
Una evaluación de los 90 minutos indica que el partido entre dos conjuntos parejos había sido equilibrado. De pronto, por disposición, número de llegadas, riesgos corridos y faltas recibidas. Colombia había hecho más méritos, merecía más el triunfo. Pero víctima de su anemia ofensiva, que no era producto de la falta de delanteros, había sido incapaz de concretar. Estrada había fallado comenzando el partido, Rincón había estrellado el tiro libre en el vértice derecho, Iguarán había cabeceado como mandan los cánones, pero al centro del arco y Estrada, nuevamente, había confirmado sus vicios de jugador egoísta en esa última jugada. Además, la cantidad de faltas a favor y cerca del arco solo produjeron real peligro en el tiro de Rincón. No hubo variables exitosas. El disparo pegaba en la barrera o el balón iba con buena intención, pero sin receptor. En cambio, los africanos cobraron un solo tiro libre y el balón fue fuerte y seco a las manos de Higuita. No fue peligroso, pero sí estuvo más cerca que el 90 por ciento de los cobros colombianos, con todo y que varios rebotes fueron bien aprovechados. La ‘sobradez’, la excesiva confianza y la displicencia se apoderaron de algunos jugadores y fueron vicios notorios en algunas jugadas. Visto el partido en conjunto, no fue la causa principal del empate al cabo de los 90. Faltó contundencia y faltó la pizca de suerte. Pero Camerún no era inferior a nosotros. Era un rival difícil, como lo demostró más adelante frente a los ingleses, y las estadísticas del grupo que le correspondió lo mostraron como un equipo que sabía defenderse, aguantar y, en cualquier momento, resolver con un gol mortífero. Además, tuvo a su favor la timidez del juez italiano para detener con tarjetas la efectiva labor de ablandamiento que, con reiteradas faltas, hacía parte de la estrategia defensiva del conjunto africano.
Para el primer tiempo suplementario, el partido se veía para cualquiera de los dos. El que aprovechara el error ganaba. Igual, se podía llegar hasta los cobros desde el punto penal. Ambos equipos se habían desgastado física y mentalmente y no habían cedido nada; si habían mostrado fisuras en sus esquemas, esto obedecía a las virtudes del contrario. El partido había sido interesante, aunque lento y de muchas precauciones en algunos pasajes. A pesar de las faltas, había primado el buen manejo del balón y se habían visto buenas jugadas de ataque y defensa, lujos en momentos difíciles, pero que habían resuelto la situación. Cualquier cosa podía pasar.
En ese primer tiempo, nuevamente, Colombia mostró mayor intención ofensiva, mientras Camerún esperaba, aparentemente dispuesto a llegar a la definición desde los doce pasos. No obstante, aprovechaba cualquier descuido para lanzar punzantes contragolpes y para buscar al peligroso Milla. Por el cansancio, ambos equipos perdieron precisión en los pases y la fortaleza física se impuso sobre la habilidad. Colombia llegó tímidamente, solo un disparo de Iguarán tuvo algún peligro. Lo demás moría en los rechazos de los defensas o en centros pasados de Iguarán. Camerún llegó una vez con bastante peligro, aprovechando un descontrol defensivo por lesión de “Chonto” Herrera. El árbitro acertaba en la mayoría de las faltas poco visibles. Al final de ese tiempo, nuevamente, Estrada mostró displicencia y terminó peleando con Rincón al negarle un balón fácil y buscar el lucimiento personal. Dos nuevas faltas cerca al área fueron desaprovechadas con cobros que no tuvieron ninguna incidencia. Valderrama participaba poco, pero cuando el balón pasaba por sus pies el equipo adquiría la claridad necesaria. Rincón y Leonel hacían una excelente labor de anticipo y recuperación en tres cuartos de cancha. La defensa tenía algunos problemas con Milla, pero mantenía su eficiente labor reflejada en los permanentes fuera de lugar. El segundo tiempo se insinuó parecido, con algo más de intención por parte de los africanos. Muy pronto llegó el gol, a los dos minutos, cuando por el costado izquierdo estos pudieron romper el pressing al costado de los colombianos, habilitaron a Milla y este aplicó toda su técnica y potencia para superar a Perea y a Escobar y fusilar a Higuita con un disparo al ángulo superior de su mano derecha. Colombia adelantó las líneas y con algo de desesperó intentó acercarse al arco de N’Kono.
Un rechazo largo fue recibido por Higuita casi en mitad de cancha y con un pase preciso reinició el ataque. Pocos minutos después se repitió la escena. Recibió el balón, lo pasó a Perea, quien debía continuar la salida o enviarlo adelante sin importar la dirección. Al ver a sus compañeros marcados, se la devolvió a Higuita quien, acosado por Milla, intentó un lujo. Perdió el balón y el veterano delantero de Camerún se dirigió solitario al arco colombiano. En menos de cinco minutos, Camerún había tenido la contundencia y la suerte y había aprovechado el error del contrario para asegurar el partido. Una gran injusticia se había cometido con Higuita, el “arquero loco” que le había ofrecido novedad y espectáculo al Mundial. Sus críticos y detractores tenían ahora toda la justificación para negar la validez de su estilo.
Distensionado por un 2 a 0 que se antojaba imposible de igualar, Colombia volvió a ser fiel a su estilo. Con gran manejo de balón, con toque a ras de piso y con distribución pausada conquistó el descuento en uno de los mejores goles del Mundial. Iguarán inició la jugada, y Redín y Valderrama se encargaron de construir una hermosísima pared. Pero quedaban menos de cinco minutos para empatar. Camerún quemó tiempo, retuvo el balón, enfrió el juego y aseguró finalmente el triunfo. Colombia tuvo otra oportunidad luego de un tiro de esquina, pero el disparo de Leonel salió desviado. Ganó el que supo, en un momento dado, imponer la diferencia a través de un gol, pero el partido ha debido terminar 1 a 0, sin esa tremenda falla de Higuita que no le hacía justicia a su calidad, a su aporte al fútbol del mundo y a la seriedad de su trabajo. El encuentro fue parejo, entre dos equipos distintos tácticamente, pero similares técnicamente. Al mayor manejo de Colombia, Camerún oponía mayor contundencia, y a la propuesta más lírica y de fútbol bien jugado que desarrollaba Colombia, Camerún respondía con una fidelidad absoluta a la búsqueda del resultado. Para ellos el empate era un triunfo y esto les permitió ganar, igual que contra Argentina y Rumania. A Colombia, por la labor de su prensa y cierta “sobradez” del cuerpo técnico y los jugadores, le obligaba ganar, y el empate se convirtió en un castigo que no permitió mantener el resultado. Cuando Colombia se atrevió a atacar más, su falta de contundencia fue castigada con el triunfo del rival. (Fue lo paradójico de su planteamiento táctico y su propuesta estratégica en el Mundial). Ellos no eran más que nosotros, pero sí muy parecidos y tenían un gran delantero.
“Colombia, elimillada”, un jueguito de palabras que no sabíamos si aprobar o rechazar. Qué duro le dio al país la actuación del veterano Roger Milla, el excompañero de Valderrama en Francia. La gente no habló al día siguiente y muchas personas prefirieron volver al trabajo después de ese sábado. El Mundial ya no era el mismo.
Los buitres agitaron sus alas. Eligieron la presa más apetitosa, apuntaron a la pechuga y le clavaron a René Higuita varios picotazos. Luego siguieron con el resto sin medida ni clemencia, como si nunca hubiéramos ganado un juego, como si no estuviéramos por encima de 120 naciones futbolísticas del mundo.
“Qué vaina”. “Sí, qué vaina”. “Pero Milla es un berraco”. “Sí, ese señor es oro en polvo”. “Lástima que ahora todos le echen la culpa a Higuita”. “Pero, bueno, la tiene, aunque no de la eliminación, sino del gol”. “¿Será que del gol también?”. “A mí más me parece que fue culpa de Perea”. “O de la falta de gol nuestro. ¿Viste qué fácil llegaron al área Redín y el “Pibe” cuando ya nos habían clavado el segundo?”. “Bueno, será para otro Mundial”. “Además Higuita tiene para dos o tres mundiales más”. “Qué vaina”. “Sí, qué vaina”.
De pronto, la cotización en la bolsa de valores de las monas había bajado considerablemente para Colombia y, como país productor, esta devaluación afectaba a los demás. Goycoechea no estaba en el álbum, Schilacci tampoco y Canniggia no daba para tanto. Solamente los alemanes podían sentirse beneficiados con el crack financiero de la 19. Todo por culpa… de nadie, en realidad. Son cosas del fútbol, así esa frase sea tan elástica como la vida misma, como el Mundial mismo. Así al menos lo pensamos ese día. Los análisis quedaron para más tarde. El miércoles 27 de junio regresó la selección al país. En el aeropuerto una multitud aguardaba, paciente, el retorno a casa de sus ídolos. La gente estaba cansada, los jugadores también llegaron cansados y trataron de irse a dormir temprano. Casi ninguno lo consiguió. Los hinchas merodeaban sus casas, atentos a la menor señal de vida. Y esta era la mejor prueba de un fanatismo, de un cariño que el periodismo no pudo contener.
A lo largo de la avenida El Dorado, cientos de hinchas agitaban banderitas y trataban de mirar por las ventanas de los buses a ver si se encontraban con Higuita. Que Milla le había robado el balón. A quién le importaba ahora, si él, el loco, el mago, estaba al frente. Los niños lo querían ver especialmente, pero casi nadie pudo hacerlo. Todo se quedó en buenas intenciones.
En los medios noticiosos se dio algo muy curioso. Los de acá criticaban duramente y los de allá se mostraban muy elogiosos. Alguien, por estos lados, se atrevió a decir que la incursión fue un fracaso. Muchos de los mejores periodistas del mundo definieron a Colombia como la selección que, durante el campeonato, mostró la propuesta táctica más interesante. La gente, pensando más en sus ídolos de carne y hueso, decidió no hacer caso a los de aquí. Fue la mejor decisión.
Para los medios reunidos en Italia, Colombia había presentado una de las tres mejores selecciones del campeonato en cuanto a riqueza técnica. Las otras dos eran Bélgica y Alemania. Y solo esta última avanzaba con paso firme. Sorpresivamente se quedaron las otras, ambas por goles agónicos y por dos verdugos que se enfrentaron a muerte en la siguiente ronda.
Camerún fue considerada la sorpresa del Mundial por su triunfo ante Colombia. De haber ocurrido lo contrario, esa sorpresa seríamos nosotros sin importar lo que sucediera más tarde ni lo que hubiera acontecido con Higuita. De hecho, un arquero tan veterano como Shilton cometió un error peor sin que nadie lo hubiera comprometido.
Alemania, por su parte, llegó a la final con buena parte de su pólvora mojada y con unos rivales que la complicaron a veces, luego del partido con Colombia. Fue en este duelo, que tanto hizo vibrar al país, que Alemania mostró sus debilidades, o, mejor, que Colombia las supo develar. Al final, terminaría siendo campeón ante un pobre pero astuto elenco argentino. Beckenbauer diría más tarde que nunca sufrió tanto como en los últimos minutos del partido con Colombia. 30 millones de personas, al otro lado del Atlántico, estaban seguras de que “El Kaiser” decía toda la verdad y nada más que la verdad.
Más allá del resultado obtenido, de los errores cometidos, Colombia le demostró al mundo y, lo que es más importante, se demostró a sí misma que “sí puede”. Ya existe un estilo propio. Gracias a Maturana, Marroquín, Castaño y demás técnicos de esta generación, Colombia ha logrado construir su propio camino y ha conseguido consolidar una escuela de verdadera importancia mundial.
Esta historia aún no termina. Ojalá que el proceso Marroquín-Maturana sea apenas el primer capítulo de una gran novela y no un relato corto que se quedó ahí por falta de continuidad, de fe y de confianza en el fútbol colombiano.
La nación bajo un uniforme: la selección Colombia, 1985-2001 *
Andrés Dávila Ladrón de Guevara y Catalina Londoño
Notas
* Publicado originalmente como Dávila A. y Londoño, C. (2001). La nación bajo un uniforme: la selección Colombia 1958-2001 (II). En I. Bolívar, G. Ferro y A. Dávila. (comps.), Belleza, fútbol y religiosidad popular (pp. 85-118). Bogotá: Ministerio de Cultura. El autor agradece a Catalina Londoño, coautora de este capítulo, su permiso para incluirlo en el presente libro.
¿Qué es Colombia?, les preguntaron a unos niños colombianos.
Colombia es un partido de fútbol, respondieron.
Ha sido común la idea de Colombia como una nación huérfana de símbolos, instituciones e ídolos que cristalicen las identidades colectivas y que sirvan de sedimento en la construcción de una nación. Se señala, como constatación para ello, la pérdida paulatina de influencia de aquellos referentes que, históricamente, jugaron un papel básico en este proceso: los partidos políticos, la lglesia, el Estado y el mercado.
Esta lectura, sobre la posible orfandad y la no identificación de los ciudadanos en torno a un referente identitario común, puede problematizarse a la luz del estudio de algunas formas de identificación colectiva producidas por las prácticas culturales de los diversos sectores sociales. Esto obliga a varios ejercicios simultáneos: a considerar de manera más amplia, compleja e incluyente las aproximaciones teóricas y empíricas al tema de la nación, la identidad nacional y los nacionalismos; a preguntarse acerca de nociones que, como la de nación e identidad nacional, necesitan de miradas renovadoras y dinámicas acerca de sus modos de constitución, permanencia y transformación y a prestar atención a fenómenos que, si bien hacen converger y manifestar diversas prácticas culturales, no habían sido suficientemente considerados en relación con los procesos profundos de construcción de identidades, referentes y discursos de nación.
Este obligado replanteamiento de la cuestión lleva a examinar cómo se han manifestado algunas tentativas de construcción de nación y qué ha pasado con las búsquedas y los proyectos que, desde los diferentes ámbitos de la sociedad, se han generado para intentar construir e imaginar posibles tipos de “nosotros” en torno a los cuales se definen las identidades fundamentales de una colectividad, en un tiempo determinado. En particular, estas inquietudes se aplican a un fenómeno que, como el de la selección colombiana de fútbol, ha constituido sin duda un referente central de lo nacional, especialmente desde 1985.
Para ello, en una primera parte, se hace un recorrido conceptual que permite ubicar el lugar de la reflexión acerca de cómo, a través de un seleccionado nacional de fútbol, se pueden construir narrativas y discursos que, bajo determinadas circunstancias, cumplen el papel de referentes de identidad nacional. En una segunda parte, se hace un breve recuento histórico del desempeño de la selección colombiana de fútbol en el periodo escogido, con énfasis en los discursos y prácticas con significados identitarios y nacionalistas que, gracias a su desempeño, parecieron constituirse. En una tercera parte, se presentan los resultados del análisis de los discursos sobre la nación, construidos en los medios de comunicación y, específicamente, a través de una interpretación de los titulares de prensa sobre el desempeño de la selección en ese periodo; este análisis se le aplicó a una muestra de triunfos y derrotas escogidos. Finalmente, se adelanta un ejercicio tentativo de conclusiones que recoge los planteamientos, los hallazgos y las preguntas abiertas que aún quedan.
Fútbol y nación en Colombia: algunas cuestiones conceptuales
En el espectáculo del fútbol concurren múltiples narrativas que hacen pensar el tema de las identidades desde diversas perspectivas como son las de género, territorio, clase, generacionales, etc.; todas son perspectivas que hacen del ritual futbolero un espacio de disputa simbólica. Diversos actores buscan desplegarse y redefinirse en relación al “otro” durante el desarrollo lúdico del espectáculo, del drama, de la batalla sublimada. Sin embargo, al responder a las preguntas sobre identidades, no se busca, como decía Archetti, mirar el fútbol como “reflejo de la sociedad”, sino entenderlo como la arena simbólica privilegiada donde leer, oblicuamente, características de la sociedad (Alabarces et ál., 2000). No hay, entonces, un reflejo a manera de espejo, sino un lugar privilegiado para la construcción y reelaboración de identidades diversas y fluidas que hacen del fútbol un espacio condensador de adhesiones y arraigos detrás de los cuales, entre otros, se nutre el sentimiento nacionalista.
Es factible, entonces, estudiar el fútbol como una arena pública y como un espacio comunicativo denso en el cual interactúan múltiples discursos y se confrontan y cohesionan diversos actores sociales, de manera dinámica, no esencialista, permanente y cambiante, todo a la vez. Esta perspectiva ayuda al replanteamiento de diversas cuestiones identitarias. Entre ellas, la de la identidad nacional y la de la nación en tanto: “comunidad imaginada”. Es por ello que este fenómeno, en apariencia pueril, permite cuestionar y replantear lugares comunes de muchos científicos sociales sobre supuestas crisis de identidad y crisis de nación frente a las cuales los procesos que atraviesan al fútbol resultan suficientemente ilustrativos. Estos ayudan, también, a introducir en estas cuestiones, un carácter crecientemente mediático, en donde los discursos y los lenguajes propician ámbitos de interacción susceptibles de ser analizados.
A través de las narrativas y de los discursos que se dan en el fútbol acerca de la nación, retomamos a Bhabha, quien resalta que ‘’la historia nacional y los discursos nacionales no solo representan algo que existe o existió, sino que, en el mismo momento de invocarlos, están produciendo una específica realidad. De ahí que se insista en que las narrativas constituyen la nación y no solo la reflejan; claro está que al constituirla producen también las diferenciaciones y las jerarquías que constituyen al pueblo como sujeto político” (Bolívar, 2001, p. 27). Es decir, es un proceso vivo, cambiante y en constante elaboración y reelaboración.
En esa narrativa que construye realidad, entrevemos un relato cotidiano que emerge en torno al juego, los jugadores, los dirigentes, los técnicos, los patrocinadores, los hinchas, los espectadores, los detractores, etc. Un relato que hunde sus raíces en aquellos atributos que dan sentido a quiénes somos, cómo, dónde y en qué nos reconocemos y autopercibimos, en esas formas que Catherine Palmer ha llamado formas triviales y banales de construcción de lo nacional; atributos que a su vez están influenciados y recreados por la memoria, las tradiciones y la historia. Son esos atributos del nacionalismo banal los que constituyen el tipo de retórica que inunda lo que Bolívar llama el mundo mundano de la vida diaria (2001). No obstante, y a la vez, el fútbol produce y permite relatos épicos y vivencias de situaciones excepcionales que traspasan lo banal y se acercan a las gestas emancipatorias y revolucionarias, de protesta e incorporación, presentes en muchas reseñas históricas y en los mitos fundacionales de diversos grupos sociales.
Todos estos referentes de lo nacional, alrededor del fútbol, se desarrollan y se reelaboran en un ámbito diferenciado, el del partido en tanto espectáculo-ritual-batalla, que está regido por sus propios parámetros y sus reglas como juego organizado, en principio separado de aquellas que rigen la vida cotidiana. No obstante, pese a la mencionada especificidad, el fenómeno futbolero está en permanente interacción con los otros campos o instancias del acontecer social, en un juego inacabable de entradas y salidas y de distanciamientos y entrecruzamientos, en el cual resulta inútil concebir causalidades unidireccionales. En este espacio se puede hablar de un posible tipo de communitas, categoría acuñada por el antropólogo Víctor Turner, donde se da la reducción de todos los hombres a una masa común en la cual se reconocen unos a otros en la vivencia del mismo drama; masa en la cual hay una comunión entre aquellos que habitualmente se encuentran separados. A pesar de sus características agonales (de competencia), el espacio del fútbol puede propiciar una experiencia de communitas, si atendemos a lo que decía Janet Lever de la capacidad del fútbol para integrar por la vía de la rivalidad y la enemistad simbólica del juego competitivo (Lever, 1985). Es allí, en esa communitas, en torno a ella y desde ella, donde se plasman, elaboran y reelaboran los discursos de lo nacional, prioritariamente atados a lo que sucede con la selección.
Ahora bien, si el fútbol es el lugar de los procesos descritos, es válido que en este escrito se intente responder a dos tipos de cuestionamientos: ¿por qué el fútbol es capaz de construir referentes de identidad nacional?, ¿qué define al fútbol y cómo conforma visiones colectivas e identitarias?, ¿de qué manera una selección de fútbol se convierte en factor identitario?, ¿a partir de qué momento la selección Colombia se constituye en escenario-referente de lo nacional? y ¿cómo lo hace?
La adhesión y pasión por el fútbol obedecen a una sumatoria amplia, diversa y, a veces, paradójica, de rasgos que surge del juego mismo y de la apropiación que hacen del juego aquellos que lo viven y lo sienten. La categoría más amplia a la cual se puede adscribir el fútbol es al juego. Si a la manera de Johan Huizinga (1987), consideramos al juego como un componente central de la actividad humana y un componente originario de la cultura, las actividades que caben bajo esta denominación forman parte de un ámbito significativo y representativo de la vida social y no son, simplemente, de segundo orden, debido a su carácter no serio.
Algunas de las particularidades que, desde el juego, explican el éxito y vigencia del fútbol permiten responder el primer cuestionamiento:
• La sencillez y aparente simplicidad de las reglas del fútbol, con excepción de la norma del fuera de lugar, ha sido una de las características que, para muchos, explica la adhesión fácil y rápida de quienes lo practican o siguen como espectadores.
• El campo de juego en el fútbol tiene un claro referente campestre y bucólico que genera un ambiente particularmente atractivo para los practicantes y espectadores. Ir a fútbol, tiene ese pequeño sabor de salir de paseo en domingo, sujeto a todas las contingencias del clima. El campo, así, permite actualizar permanentemente esa ancestral necesidad de lo rural y lo natural, contrario a los ambientes de la vida urbana y laboral modernas.
• El fútbol es una manifestación estética. Independientemente del triunfo o la derrota durante el juego, se pueden ofrecer acciones creativas y bellas de singular importancia y significado, al margen incluso del resultado y de las limitaciones impuestas por los agrupamientos defensivos y tácticos de un equipo. Además, en esta posibilidad creativa y estética influye el hecho de que el fútbol sea el único deporte fundamentalmente jugado con los pies, lo cual, paradójicamente parece hacerlo más llamativo, más exclusivo y, gracias a ello, significativamente más poderoso para atraer y generar adhesiones.
• Además de las tensiones generadas por lo competitivo, en el fútbol se suma la tensión de un tiempo perfectamente igual al de la vida real y frente al cual jugadores y espectadores se enfrentan de la misma manera: luchan contra el paso inexorable del tiempo, de cuyo final solo un único e inescrutable juez, “el señor juez”, es el responsable.
• El fútbol, como juego, cuenta con los cuatro componentes o impulsos que Caillois (1985) les asigna a estos. En primer lugar, está presente el agón, base fundamental, dado su carácter de deporte de equipos en contienda. Estos se enfrentan en condiciones de igualdad y el más habilidoso es recompensado con la victoria. En segundo lugar, el recurso de la suerte también está presente y, aunque subordinado a lo agonal (lo competitivo), es, a veces, protagónico y prioritario. El desarrollo de un partido no es conocido previamente y el placer del juego consiste en el riesgo de perder. En tercer lugar, el fútbol es un lugar privilegiado para la mimicry o representación. Contiene este elemento en diferentes dimensiones y todas ellas hacen de este juego algo en lo cual el ser humano se identifica. Por un lado, hay una representación de una batalla en la cual el fracaso o la victoria tienen valor simbólico, pero son permitidas manifestaciones propias del ser humano que en la vida cotidiana no son consideradas dignas de ser expresadas. Por otro lado, para el que no es un jugador, todo juego de competencia es un espectáculo, una representación múltiple y compleja. El fútbol necesita de espectadores para que compartan, juzguen, simpaticen y atiendan al juego; en esta medida, el fútbol quiere hacer una representación lúdica, estética y agonal, una representación que permita la identificación y atraiga al público. En cuarto y último lugar, el fútbol también da cabida al vértigo. La búsqueda de vértigo, aquel que destruye la estabilidad de la percepción, embriaga y libera, también se encuentra en el fútbol, en su capacidad insuperable de generar tensión y placer. Dentro de este impulso o componente, entra, también, el conjunto de sensaciones y sentimientos que Norbert Elías (1992) catalogaba bajo el nombre de mimesis (aquellas emociones en que en la práctica reproducimos los placeres y sufrimientos de la vida ordinaria), y que incorpora una dimensión de regulación y desregulación de las manifestaciones de placer, éxtasis y violencia, la catarsis, dado que en esa reproducción pueden evitarse los desenlaces cruentos y los resultados oprobiosos o excesivos de tales manifestaciones.
Pues bien, todos estos factores, mezclados de diversas maneras y en diversos grados y adosados con otros de acuerdo con épocas y lugares, configuran el complejo y diverso menú de motivos que le han dado al fútbol ese lugar tan especial en la sociedad contemporánea. Lugar en el cual está evidentemente acompañado por varios deportes, pero lugar también de una indescriptible soledad.
Ahora bien, el papel alcanzado por los seleccionados nacionales de fútbol refleja bien lo hasta aquí planteado. Sin duda, no es solo en el fútbol donde se juega la representación o la imagen de un país, ni es exclusivo del fútbol ese potencial para generar referentes de identidad nacional, aspecto añorado ávidamente por políticos y gobiernos a lo largo del siglo XX. Los juegos olímpicos y los torneos mundiales de muchas disciplinas cumplen una función parecida y dan amplios referentes al respecto. No obstante, dado el tipo de organización y competencia desarrollado por el fútbol, es tal vez el deporte que por sí solo, y en una dimensión planetaria más abarcante, ha construido los escenarios y los torneos propicios para sublimar, desarrollar y expandir, a veces sin control, esta potencialidad.
En efecto, la configuración de una competencia de carácter mundial entre selecciones conformadas por los mejores jugadores de cada país, profesionales o no, ha dado lugar a un escenario más que propicio para desarrollar plenamente esta función. El mundial y las múltiples copas regionales, en varias categorías, han servido para que esa especie de sublimación de la guerra mundial, tal y como lo señaló Lever (1985), se convierta no solo en un gran negocio, sino en un sucedáneo complejo, inmensamente activo y pleno para el desarrollo de referentes identitarios nacionales densos y profundos y potentes y, a la vez, frágiles, en tanto dependen de un juego, el fútbol, y de un resultado. Diversos países lo han vivido (y sufrido), y hay estudios varios sobre ello. Brasil y Argentina en América Latina, con su larga e importante historia futbolística y con la profunda pasión que el tema genera en el conjunto de la sociedad, tienen, sin duda, agudas referencias al respecto. Pero el fenómeno se reedita, con toda la carga pasional del caso, cada cuatro años cuando se realiza la Copa Mundial.
Colombia, como se verá, llegó tarde a este proceso (que en algún sentido implica una lucha entre naciones e imágenes de lo nacional), pero llegó y se ha sostenido. Con avances y retrocesos y proceso claros y otros muy contradictorios. Y con rasgos específicos donde dos variables parecen tener mucho significado: en primer lugar, la construcción de símbolos e imágenes de identidad nacional y de discursos de lo nacional, en donde parecen converger de manera a veces virtuosa y a veces perversa los distintos y complejos matices de lo regional; y en segundo lugar, lo nacional, el referente de nación colombiana, como instancia promisoria, esperanzadora, legítima y aceptable que, no obstante, se enfrenta a una imagen no deseable pero inevitable de lo que es ser y vivir como colombiano. Solo que estas ideas requieren de un contexto histórico mínimo para que puedan comprenderse.
En consecuencia, una vez planteada la reflexión sobre el fútbol como factor generador de elementos cohesionadores, procederemos con nuestro segundo cuestionamiento acerca de la selección Colombia: ¿de qué manera una selección de Fútbol se convierte en factor identitario? ¿A partir de qué momento la selección Colombia se constituye en escenario-referente de lo nacional?, ¿cómo lo hace?
Para intentar una respuesta a este segundo cuestionamiento parece imprescindible la siguiente reseña histórica.
De jugar como nunca y perder como siempre a perder es ganar un poco
El fútbol profesional colombiano aparece tardíamente, si se le compara con lo sucedido en otros países de la región. Apenas a finales de la década de los años cuarenta (1948), logra organizarse el primer torneo profesional con diez equipos. Desde entonces, varios rasgos caracterizaron distintivamente la configuración de ese fenómeno que, paulatinamente, se convirtió en el espectáculo deportivo masivo de mayor incidencia a nivel nacional.
En primer lugar, el fútbol profesional colombiano surgió en medio de uno de los procesos de violencia que, de manera recurrente y casi permanente, han caracterizado al país en el último medio siglo. En efecto, el primer torneo se jugó el mismo año en que se dio el “Bogotazo”, uno de los levantamientos populares de mayor amplitud y significación en la historia latinoamericana y colombiana. Desde entonces, también, se produjeron profundos e inexplicados vínculos entre este deporte y el conflicto político, que muchos han querido resolver con la simplificadora explicación de “pan y circo”. El fútbol, ese lugar que Norbert Elías (1992) considera privilegiado para una manifestación desregulada pero controlada de violencia, pareció servir de contrapunto complejo y cambiante a esa tendencia aparentemente insuperable de la sociedad colombiana que la ha llevado a resolver las diferencias con la eliminación violenta del otro. Y el fútbol, con su fuerza envolvente y su capacidad para inmiscuirse en la vida de las sociedades, se convirtió, a la vez y en relación con este fenómeno específico de Colombia, en espejo y reflejo, alternativa y diferencia, receptáculo y propuesta para esa sociedad atravesada por un conflicto que la desangra y la enceguece. Mientras liberales y conservadores se mataban cada vez con más saña y sevicia, los equipos profesionales eran competencia, espectáculo, negocio y arte, al menos para núcleos predominantemente urbanos que comenzaban a crecer y a masificarse con gran dinámica.
En segundo lugar, y en perfecta consonancia con el carácter de país de regiones y ciudades, el fútbol sirvió para expresar las diferencias regionales y, al mismo tiempo, para integrar por la vía de la rivalidad y la enemistad simbólica del juego competitivo. El torneo nacional sirvió para que compitieran y se reconocieran formas de vida y estilos de juego regionales: paisas, vallunos, costeños, santandereanos y, solo muy tímidamente, capitalinos. En las principales ciudades (Bogotá, Medellín y Cali), surgieron dos equipos, rasgo que parece reflejar una cierta semejanza con una arena política siempre, y hasta ahora, dividida en dos, alrededor de los partidos políticos tradicionales. Sin embargo, ni siquiera en Bogotá, donde los dos equipos adoptaron para sus uniformes los colores de los dos partidos, la ruptura política se reprodujo en el fútbol. Lo interesante y diciente para el caso colombiano ha sido la ausencia de esta o alguna otra ruptura fácilmente descifrable que explicara la aparición y consolidación de grupos de seguidores de los equipos profesionales. Ni el factor clase social ni lo étnico ni lo rural/urbano, o barrial o cualquier otro clivaje identificable, jugaron un papel diferenciador significativo. Sin embargo, desde esa época los equipos gestaron sus hordas de seguidores, comparativamente muy leales, pero fríos y poco apasionados hasta épocas muy recientes.
En tercer lugar, prácticamente desde sus comienzos se gestó una particular afinidad entre fútbol e ilegalidad. La importación de grandes figuras argentinas afectadas por la huelga de futbolistas profesionales de aquellos años (a finales de los años cuarenta), sin atenerse a las reglamentaciones de la FIFA, hicieron del fútbol colombiano uno de los mejor jugados y pagados de entonces, pero en un contexto clarísimo de irrespeto a las normas futbolísticas internacionales. Esta afinidad con lo fronterizo entre lo legal y lo ilegal resurgiría en la década de los ochenta con la presencia de los dineros y los intereses del narcotráfico en el fútbol.
En cuarto lugar, fue un fútbol de foráneos, quienes provenientes de toda América Latina copaban los cupos de los futbolistas locales. Algunos con grandes figuras mundiales, que llegaron a conformar verdaderas pléyades de estrellas internacionales como fue el caso del “Ballet Azul” de Los Millonarios entre 1949 y 1953 o, como muchos otros, a conformar equipos con jugadores del montón provenientes de países exportadores de fútbol. Hasta finales de los ochenta, el fútbol colombiano sería un fútbol de extranjeros, buenos, regulares y malos, los cuales siempre ocuparon las posiciones más importantes dentro de la cancha (porteros, volantes creativos y goleadores) y retardaron considerablemente la consolidación del futbolista colombiano como profesional competitivo nacional e internacionalmente.
En quinto y último lugar, en gran parte por lo mencionado, los seleccionados nacionales tardaron mucho en conseguir algún resultado significativo. Aunque tales participaciones se remontan a 1945, antes de la aparición del profesionalismo en Colombia, la carencia de equipos competitivos fue la constante. Esporádicamente hubo pequeños logros que, ante la ausencia de verdaderos triunfos, se convirtieron en referentes reiterados por la prensa, los hinchas y, en general, la historia y los historiadores del fútbol colombiano. Tal es el caso del primer triunfo en un Suramericano, ante Uruguay en 1957; el empate ante la Unión Soviética de Lev Yashin en 1962, con todo y gol olímpico incluido; y la obtención del subcampeonato en la Copa América de 1975, luego de una muy destacada actuación a lo largo del torneo, aunque sin llegar a enfrentar a Brasil ni a Argentina.
Como bien lo ha señalado Eduardo Arias:
selección Colombia de fútbol. Estas tres o cuatro palabras significan mucho, poco, nada, hacen reír o llorar, dan vergüenza, son motivo de orgullo (…). Pero la historia como tal no existe. Es una colcha de retazos cosida con hilos contradictorios, parches que la mayoría de las veces han sido pequeñas narraciones de éxitos y fracasos efímeros y aislados, para volver a empezar. Volver a empezar. Sobre todo, volver a empezar cada vez que salíamos del estadio, abatidos y con las banderas arriadas o cada vez que apagábamos el transistor o el televisor amargados por la derrota, pero con la secreta convicción de que los jugadores colombianos son buenos. (1991, p. 51)
Fueron décadas de una búsqueda inagotable, pero siempre frustrada por hallar un referente que pudiera catalogarse de único y que eliminara el manido recurso a un supuesto y definitivo recomienzo. Por eso, la necesidad de ampararse en cualquier buen resultado que siempre pudo aparecer, pero que nunca alcanzó para definir un estilo y una identidad. “Cada selección ha sido una historia aparte, (…) cada técnico y cada grupo de jugadores anteriores a 1985 (…) le han dado a cada equipo una identidad, muy pocas veces propia, al fútbol colombiano” (Arias, 1991, p.54).
En síntesis, se tiene un fútbol rentado que, pese a lo tardío, se consolida nacionalmente desde aquella época de El Dorado y consigue superar épocas de vacas flacas, de pobreza, de inasistencia a los estadios y de magro nivel internacional, con un claro déficit en la configuración de una identidad en el juego y de un estilo que lo hiciera reconocerse en sí mismo, pero que desde siempre se nutrió de la escuela rioplatense (Pedernera, Di Stefano, Rossi, Moreno) y, especialmente, bonaerense. Un fútbol que en medio de dificultades se encontró en los años ochenta con un nuevo Dorado, solo que este tenía dos facetas bastante contradictorias y una fase aparentemente superada: la de un volver a empezar que por más de una década dejó de ser un asunto para tener en cuenta.
Por una parte, estaba la faceta de la irrupción de los ingentes recursos y múltiples intereses de los narcotraficantes, que hallaron en el fútbol una opción inigualable para legitimarse socialmente, para obtener estatus y reconocimiento en las cerradas elites locales y regionales, para incluso desarrollar una parte del negocio, el lavado de dólares, con las grandes contrataciones y la inflación de los precios de los jugadores locales. Y que, sin duda, y desde sus formas paradójicas de leer la realidad colombiana, vislumbraron la potencialidad y riqueza de este fenómeno para forjar una imagen de lo colombiano bastante más incluyente y llena de contradicciones que la existente hasta entonces.
Por la otra, encontramos la faceta de la azarosa y afortunada combinación de factores que permitió no solo la presencia convincente y competitiva de Maturana en el Nacional, sino su extensión a la selección nacional, con su nombramiento como director técnico del combinado de mayores en abril de 1987, durante el preolímpico en Bolivia. Detrás de Maturana se pudo experimentar con una propuesta que paradójicamente poco tenía que ver con los valores y principios del narcotráfico, pues se hacía mucho énfasis en que lo importante era jugar y divertirse; ser buenas personas, hombres íntegros y un grupo de amigos y, en la cancha, imponer las condiciones a partir de los rasgos técnicos y tácticos que mejor se adaptaban al futbolista colombiano, a sus posibilidades y sus condiciones futbolísticas y personales1.
Pero antes de Maturana hubo un antecedente que es necesario mencionar, dado que fue el primer atisbo, en aquella década y en ese complejo mundo, que mezclaba el deporte y ciertas actividades de dudosa reputación, de la propuesta y el proceso que permiten hablar de la definición de una identidad y un estilo. Tal fue el caso de la selección juvenil que obtuvo la clasificación al mundial de esa categoría en la Unión Soviética, luego de un destacado e inesperado papel en el suramericano de Asunción. Aquel equipo fue, a diferencia de muchos de los equipos colombianos que anteriormente habían competido sin éxito, “algo así como el manual de instrucciones de lo que debe ser el fútbol de Colombia’’ y “la gente se identificó con un estilo de juego que podía llamarse colombiano” (Arias, 1991, p. 61).
Estos hechos son los que justifican la decisión de fijar aquel año de gracia de 1985 como fecha de inicio del proceso en el cual la selección Colombia comenzó a generar imágenes, símbolos y relatos que servían o parecían servir de referentes de identidad nacional. Allí comenzó paulatinamente la ruptura, mientras se experimentaba el fracaso de aquello que siempre se había intentado. Si bien las “hazañas” ya reseñadas del 57, del 62 y del 75, las actuaciones sobresalientes en preolímpicos mas no en olímpicos y los esporádicos triunfos sobre seleccionados brasileños, argentinos y uruguayos en diversos torneos, conforman la historia no ignorable del fútbol colombiano a nivel de selección, parece evidente que no constituían un hito de identidad fuerte, capaz de sobrevivir las adversidades del tiempo. Por el contrario, constituían rasgos de lo colombiano en que, a partir del fracaso, la discontinuidad, “el volver a empezar”, el logro esporádico pero insostenible, tales imágenes se diluían en medio del resto de eventos, procesos y circunstancias por las que atravesaba la sociedad colombiana.
Lo que sucede a partir de I985 y, con mayor fuerza y continuidad, a partir de la Copa América de 1987 en Argentina, marca sin duda una fase diferente, un “Proceso”, como se le llamó entonces, que no solo le daría un lugar reconocido y competitivo al fútbol de la selección Colombia y de los futbolistas colombianos en el mundo, sino que permitiría con mayor amplitud, extensión, profundidad y contradicciones generar discursos de nación e identidad nacional, instancias de reconocimiento colectivo y experiencias de comunidad imaginada, que antes no habían conseguido transcurrir por el fútbol colombiano. Todos ellos apoyados en un tipo de juego, en un estilo de hondas raíces rioplatenses, bajo la traducción y adaptación de algunos “ideólogos” del fútbol como Maturana y el Bolillo Gómez. Y todos ellos, también, en una aguda, compleja y difícil coexistencia y tensión con los dineros y los personajes del narcotráfico que habían calado en el fútbol colombiano (y en toda la sociedad colombiana), desde algunos años atrás.
Una selección y un fútbol que, además, tuvieron que luchar a brazo partido ese nuevo papel y esas opciones de reconocimiento y construcción con un deporte como el ciclismo, entonces triunfante y, sin duda, popular y masivo, como lo ha sido también desde los años cincuenta del siglo XX.
El fútbol y la selección Colombia, entonces, irrumpen en el periodo 85-87 en el escenario en disputa por la construcción de discursos de nación e identidad nacional, que ayudaran a recomponer y relevar los desgastados papeles de las instituciones, las instancias y las personas que habían jugado ese papel a lo largo de la historia de Colombia. De allí el interés en reconstruir cualitativamente los rasgos centrales de tales sucesos.
De la propuesta liderada por Luis Alfonso Marroquín, técnico de la juvenil de 1985, quedaron, como antesala del “Proceso” y de la significación del fútbol en lo nacional, dos hitos centrales. Por una parte, un primer fenómeno de reconocimiento hacia un estilo preciosista, no necesariamente atado a los resultados, y hacia unos jugadores que, a diferencia de sus antecesores, mostraban personalidad y capacidad de anteponer técnica, creatividad y goce a cualquier presión o compromiso con el desempeño final. Fue, en verdad, una especie de nacimiento del fútbol colombiano para la región y el mundo. Esto se reflejó en algo que nunca, o muy excepcionalmente, había sucedido antes: en las calles, en los partidos de barriada, en los colegios y escuelas; los niños no se pedían ser Maradona, Platini, Junior, Sócrates o Zico. Ellos querían ser Higuita, entonces todavía un portero inseguro y tímido, Núñez, Ampudia, Hurtado, Tréllez o Castaño.
De otra parte, esa selección, en ese torneo, remarcaría y reeditaría un rasgo de todo el Proceso: obtener los resultados deseados, pero sin nunca llegar a obtener con claridad y diferencia el triunfo, dejando siempre una dosis importante de sufrimiento y angustia en los partidos decisorios. Ganar sin ganar, sería la pauta impuesta por este seleccionado, rasgo que, a la manera de los más profundos estructuralismos, fijaría el derrotero de todo lo que posteriormente se iría a conseguir. Así como a los uruguayos se les reconocería por la “garra charrúa’’, a los brasileños por el jogo bonito y a los argentinos por esa mezcla “épica y lírica” del fútbol, a Colombia se le identificaría desde entonces por algo así como el “toque-toque” y el cuasi triunfo, que serían otras formas de nombrar el “ganar sin ganar” que aquella selección sembró como una impronta para el fútbol de las selecciones nacionales. Por ello, se consiguió el cupo al mundial juvenil, pero sin ganar el suramericano y dejando, eso sí, la referencia del equipo revelación, marca que no alcanzaría a permear el desempeño en el mundial del cual nos despedimos con un doloroso retorno a la realidad: 6 a 0 contra Brasil, futuro campeón del mundo. No obstante, un hálito de esperanza y de ilusión llenaría los corazones de hinchas acostumbrados a las sinrazones de las reiteradas frustraciones.
Este breve sueño identitario quedó en un limbo del cual salió en 1987 gracias al azar y a cierto tipo de resultados que jugaron a favor del Proceso. En efecto, las derrotas del América de Cali en la Copa Libertadores y de la selección a nivel de mayores entre 1985 y 1987 evitaron que los parámetros del director técnico más renombrado de entonces, Gabriel Ochoa Uribe, se impusieran; de igual modo operó a favor el rápido ascenso de Maturana como director técnico en un equipo de “puros criollos”, paradójico término para referirse a once colombianos en la cancha. En ese transcurrir se produjo su deseado nombramiento como seleccionador del equipo que asistiría al Preolímpico en Bolivia en abril-mayo de 1987 y, luego, su ratificación como conductor del seleccionado de mayores para la Copa América en Argentina a mediados del mismo año.
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