Kitabı oxu: «Mejores decisiones, menos lamentos»

Şrift:

«Típico de Andy, comprensible para todos los que deseamos cambiar, pero bastante profundo como para retarte si crees que conoces las respuestas».

—MAX LUCADO, pastor y autor superventas de New York Times

«Parece que cuanto más importante es la decisión, más nos cuesta decidirlo. En este mensaje muy necesario, Andy nos proporciona la sabiduría que necesitamos y las preguntas que podemos hacernos, y ambas nos llevarán a las decisiones que pueden mejorar nuestras vidas. No sé tú, pero mi vida es bastante complicada sin la confusión de la incertidumbre o, peor aún, la confusión del lamento. Este libro no solo es una guía necesaria para mejorar las decisiones, es un cuaderno de la vida que de seguro marcará una diferencia en la tuya».

—LYSA TERKEURST, autor superventas # 1 de New York Times y presidente de Proverbs 31 Ministries

«Andy es la voz en la que he confiado durante mucho tiempo en mi vida. Una de las tantas cosas que me gusta de Andy es que él no barniza la verdad, sino que la dice tal como es, con bondad y mucha sabiduría. Este es el libro perfecto para el momento perfecto. Tenemos algunas decisiones importantes que tomar y este libro nos ayudará a formular las preguntas adecuadas que debemos hacernos».

—BOB GOFF, esposo de Sweet María y autor superventas de New York Times de El amor hace, A todos siempre y Dream Big [Sueña en grande]

«Cuando éramos niños, nos advertían sobre no hacer caras porque se podrían quedar así para siempre. En Mejores decisiones, menos lamentos, Andy Stanley nos hace ver una luz cautelosa que va mucho más allá de sacar la lengua y arrugar la frente. En estas páginas descubrirás que el tiempo no cambia, solo te hace más de lo que eres hoy. El “tú” futuro es una versión exagerada del “tú” actual. Ahora es el momento de cambiar tus decisiones para no tener nada que lamentar en el futuro. Andy te enseñará cómo hacerlo».

—LEVI LUSKO, pastor de Fresh Life Church y autor

«¡Andy Stanley me sorprende otra vez! Este libro desafiante, práctico y cautivador te ayudará a tomar mejores decisiones y te llevará a la vida que realmente deseas. Si buscas un libro que está lleno de sabiduría, enseñanza profunda y ese humor característico de Andy Stanley, ya no busques más, ¡este es el indicado! ¡Solo puedo recomendarlo!».

—IAN MORGAN CRON, autor, El camino de regreso a ti

«¡Vaya! En este libro, Andy emplea las intuiciones, el conocimiento e incluso el humor para brindar mayor claridad respecto a las decisiones que todos tendremos que tomar, esas que alteran la vida. Tomar la decisión de adquirir este libro ahora podría llevarnos sin duda a menos lamentos en el futuro».

—MICHAEL JR.


Mejores decisiones, menos lamentos

© 2021 por Andy Stanley

Publicado por Editorial Patmos, Miami, FL 33166.

Todos los derechos reservados.

Originalmente publicado en inglés como Better Decisions, Fewer Regrets por Zondervan, 3900 Sparks Dr. SE, Grand Rapids, Michigan 49546, EE.UU. ©2020 por Andy Stanley.

El texto Bíblico ha sido tomado de la Santa Biblia, NUEVA VERSIÓN INTERNACIONAL® NVI® © 1999, 2015 por Biblica, Inc.®, Inc.® Usado con permiso de Biblica, Inc.® Reservados todos los derechos en todo el mundo.

Traducido y editado por Grupo Scribere

Adaptación del diseño por Adrián Romano

e-ISBN: 978-1-64691-123

Categoría: Vida cristiana/Crecimiento espiritual

Conversión a epub: Cumbuca Studio

Para Andrew, Garrett y Allie.

No podría sentirme más orgulloso de los caminos

que han escogido y las historias que están escribiendo.

—PAPÁ

Contenido

1  Portada

2  Portadilla

3  Creditos

4  Contenido

5  Introducción

6  1. Más que una decisión

7  2. La pregunta de la integridad: ¿Realmente estoy siendo sincero conmigo?

8  3. La pregunta del legado: ¿Qué historia quiero relatar?

9  4. La pregunta de la consciencia: ¿Hay una tensión que merezca mi atención?

10  5. La pregunta de la madurez: ¿Qué es lo más sensato que se puede hacer?

11  6. La pregunta de la relación: ¿Qué exige de mí el amor?

12  Conclusión

13  Apéndice: Las cinco preguntas

Landmarks

1  Portada

2  Portadilla

3  Creditos

4  Dedicación

5  Contenido

6  Introducción

7  Conclusión

8  Apéndice

9  Agradecimientos

Introducción

Mi papá tenía una mala costumbre.

Al menos yo pensaba que era algo malo.

No me decía qué hacer. Concretamente, no me decía qué hacer cuando yo no sabía qué hacer y quería que me dijera lo que él pensaba que yo debería hacer.

Es verdad, a algunos niños no les gusta que sus padres les digan qué hacer. Yo era como la mayoría de los niños muchas veces, pero en una ocasión, yo quería que él me dijera qué hacer, pero no me decía. Peor, en vez de responder mis preguntas, ¡me hacía preguntas! Su pregunta de referencia era: ¿Qué harás cuando ya no esté contigo para decirte qué hacer?

Mi respuesta de referencia era: Pero estás conmigo, ¡así que dime!

Obviamente, su respuesta no indicaba una falta de interés de su parte; más bien, lo opuesto. Resulta que usé la misma estrategia con mis hijos, o al menos eso intenté. A lo mejor un día escribiré un libro al respecto.

Su pregunta de referencia no era su única pregunta. Durante la secundaria y la preparatoria, su arsenal de preguntas incluía una de las cinco que exploraremos más adelante: ¿Qué es lo más sensato que se debe hacer? Como adolescente, esa inoportuna pregunta generalmente eliminaba gran parte de mis opciones preferidas. Sin embargo, cuando acepté el desafío, también eliminó lamentos innecesarios.

Lo que no apreciaba entonces, que ahora con toda seguridad aprecio, era por qué. ¿Por qué todas esas preguntas? ¿Por qué simplemente no me decía lo que pensaba que yo debería hacer? La razón fue sencilla: me estaba enseñando a tomar decisiones. Buenas decisiones. Empezó pronto. Tal vez demasiado pronto. Pero en su favor y mi ventaja, empezó cuando no había mucho en juego.

Quizá sin que se diera cuenta, mi papá también me estaba enseñando algo más. Ese algo es el objetivo de este pequeño libro. Al elegir las preguntas en vez de la dirección, mi papá conectó dos puntos, puntos que muchas personas nunca conectan. Me ayudó a hacer la conexión entre buenas preguntas y buenas decisiones. Para sonsacar un poco, me ayudó a hacer la conexión entre preguntas bien ubicadas, oportunas, que hagan reflexionar, y buena toma de decisiones. En pocas palabras:

Las buenas preguntas llevan a mejores decisiones.

Y las mejores decisiones llevan a menos lamentos.

Es por eso que, en el otro lado de una mala decisión, es común escucharle a alguien decir: «Debí haber preguntado más». ¿Por qué? Porque sabemos intuitivamente que cuantas más preguntas hagamos, más información tendremos, lo que nos lleva a una mejor comprensión y, ojalá, mejores decisiones. No obstante, hacer una pausa para reflexionar sobre una lista de preguntas potencialmente comprometedoras no es ni fácil ni intuitivo.

La verdad es que muchos de nosotros nos resistimos a las preguntas no deseadas cuando tomamos una decisión. En el momento, sentimos como si estuviéramos siendo cuestionados en lugar de simplemente hacernos una pregunta. Gran diferencia. Cuando confundimos una cosa con la otra, nuestras defensas suben y nuestras aptitudes de aprendizaje bajan. Es virtualmente imposible recibir nueva información o conocimiento cuando estamos convencidos de que nuestro juicio está siendo cuestionado. Esto especialmente se aplica cuando tomamos decisiones personales. Después de todo, ¡son personales! En otras palabras, no le incumbe a nadie.

Pero seamos honestos.

Nunca tomaste una decisión personal que no se haya convertido en el asunto de otra persona. Las decisiones privadas casi siempre tienen repercusiones públicas, ¿verdad? Cada decisión que tomamos afecta a alguien de nuestro público, que empieza con las personas más cercanas a nosotros. No hay manera de evitar que las preguntas bien formuladas, oportunas, que hacen reflexionar den lugar a mejores decisiones y menos lamentos.

Clay Christensen, un profesor de la Facultad de Administración de Harvard, dijo: «Las preguntas son espacios en tu mente donde encajan las respuestas. Si no has formulado la pregunta, la respuesta no tiene adónde ir. Se te viene a la cabeza y rebota de inmediato. Tienes que formular la pregunta, tienes que desear saber, con el fin de abrir el espacio para que encaje la respuesta».

MIGAJAS

Los buenos consejeros entienden esto: que nosotros los homínidos tenemos una mayor propensión a seguir con las decisiones que tomamos en lugar del consejo que nos recomendaron. Así los consejeros cuidadosamente esparcen migajas en nuestros caminos para guiarnos hacia nuestras propias buenas decisiones. Las migajas son… lo adivinaste… preguntas bien formuladas, oportunas y que hacen reflexionar.

Pero…

Pero ¿qué pasaría si supieras las preguntas anticipadamente?

¿Qué pasaría si tuvieras una lista de preguntas que podrías hacerte cuando tienes que tomar decisiones importantes? ¡Imagina cuánto dinero te ahorrarías si evitaras ir a ver al consejero!

Bromeo.

Un poco.

En serio, ¿te imaginas tener una lista de preguntas que sirvieran como rejilla o filtro mediante el cual evaluar tus opiniones? Si la idea de una rejilla para la toma de decisiones te parece extraña, no debería serlo. Ya tienes una. La tienes a diario. Simplemente no lo sabes. Cada vez que tomas una decisión, inconscientemente te haces preguntas como estas:

• ¿Estaré contento con esto?

• ¿Lo disfrutaré?

• ¿Me lastimará?

• ¿Lastimará a otras personas?

• ¿Se enterará alguien?

Aunque algunas preguntas que intuitivamente nos hacemos son útiles, otras no lo son, especialmente las dos primeras; estas son ingredientes esenciales para la receta del lamento.

¿Conoces esa receta? Sí. Todos la conocemos.

Mi propósito al escribir este libro es proporcionarte las preguntas anticipadamente. No todas las preguntas, sino cinco de ellas, que estoy convencido darán lugar a mejores decisiones y menos lamentos.

Quiero añadir cinco preguntas a tu arsenal existente de interrogantes; te las harás cada vez que tomes una decisión que tenga alguna consecuencia. Estas cuestiones son tan sencillas que, cuando veas la lista, te preguntarás si aún necesitas terminar el libro.

Eso depende de ti.

Aun así, antes de que vayas a buscar tu receta, considera esto:

No hay correlación necesaria entre saber y hacer.

Debería haber, pero no lo hay. Saber las preguntas que hacerse y pausar para hacerse las preguntas son dos cosas completamente diferentes; y aunque no te conozco, puedo prometerte esto: Desarrollar una disciplina para pausar y hacerse estas cinco preguntas dará como resultado mejores decisiones y menos lamentos. Entonces, espero que puedas terminar de leer el libro. Mi deseo es que estas cinco preguntas informen a tu conciencia y de ese modo se conviertan en elementos permanentes en el proceso de tu toma de decisiones.

Aquí están:

La pregunta de la integridad

¿Realmente estoy siendo sincero conmigo?

La pregunta del legado

¿Qué historia quiero contar?

La pregunta de la consciencia

¿Hay alguna tensión que merezca mi atención?

La pregunta de la madurez

¿Qué es lo más sensato que se puede hacer?

La pregunta de la relación

¿Qué exige de mí el amor?

En los capítulos 2 a 6, nos sumergiremos profundamente y descifraremos cada una de las cinco preguntas. Sin embargo, primero necesito resaltar una relación extraordinaria e importante, pero fácil de pasar por alto, entre tus decisiones y tu futuro.

— 1 —

Más que una decisión

La vida se trata de la toma de decisiones. Cada día. Varias veces al día. A veces estamos seguros. A veces estamos inseguros. Algunos de nosotros somos rápidos para decidir. Otros (me incluyo) no podemos ni siquiera encontrar suficiente información antes de decidir. Pero al final, estamos donde estamos por las decisiones que hemos tomado. Nuestros futuros también dependerán de nuestras decisiones.

Tus decisiones, junto con tus respuestas a las decisiones de otras personas, que también son tus decisiones, son lo único que puedes controlar en la vida, lo cual significa que tus decisiones son la manera en que controlas tu vida. Las decisiones son tu volante; tu palanca de mando; tu teclado, lo cual significa que tus decisiones determinan tu historia, y esto es importante.

La historia de tu vida.

Cada decisión se convierte en una parte permanente de nuestras historias. Siendo ese el caso, debemos detenernos en cada punto de la toma de decisiones y considerar la historia que queremos contar. Tal vez más interesante, deberíamos considerar qué historia queremos que se cuente sobre nosotros. La buena noticia es que tú decides, pero tomas una decisión a la vez porque tú escribes la historia de tu vida, una decisión a la vez.

Nuestras decisiones han determinado la dirección y la calidad de nuestras vidas. Tus decisiones han definido la dirección y la calidad de tu vida hasta ahora, para bien y para, bueno, tal vez no tan bien. Estás donde estás en gran parte por las decisiones que has tomado.

Así que sí, es tu culpa.

Pensé que deberíamos aclarar eso desde un principio.

Sin embargo, no todo son malas noticias.

El lamento y la decepción no son lo único que se derrama de tu fuente de decisiones, sino también tus más grandes alegrías y logros. Moraleja de esta historia: sin importar cómo estén las cosas o cómo hayan estado, tú eres responsable de ti. Tú escribes la historia.

Si eres como la mayoría de las personas, te gustaría volver al pasado y desharías algunas decisiones, las decisiones que te llevaron a los capítulos de tu vida que desearías volver al pasado y borrarlas; o volver a vivirlas. Probablemente tú saliste de esa etapa no tan gloriosa de la vida comprometido a tomar mejores decisiones en el futuro. Tal vez tú sí. Por extraño que parezca, la mayoría de las personas no.

La mayoría de las personas no aprende de las malas decisiones porque están convencidas de que sus malas decisiones fueron por culpa de otra persona. Así que, siempre y cuando se alejen de la «otra persona», no necesitarán ningún cambio real por su parte. Has visto eso. Es fácil ver cuando se trata de otra persona. Prácticamente es imposible verlo en el espejo.

Más adelante también veremos más sobre eso.

Si recuerdas la última decisión que te gustaría deshacer, no tendrás que recordar algo muy lejano en el tiempo. El desayuno que te saltaste. El almuerzo que comiste. Las clases de crossfit a las que no fuiste. Otra vez. La cama que no tendiste; eso hace que otra persona se sienta como si fuera tu sirvienta.

Seguramente son decisiones de bajo impacto, pero decisiones en las que participaste. De hecho, pasaste por eso a causa de todas tus malas decisiones, y también de las buenas.

Sin embargo, no estás leyendo un libro sobre la toma de decisiones porque has vencido a la bestia. Entonces, volvamos a tu más reciente y no muy buena decisión.

Solo detente.

Deja de tomar malas decisiones.

Las malas decisiones no dan lugar a una buena vida. Las malas decisiones en las relaciones no dan lugar a buenas relaciones. Las malas decisiones financieras no dan lugar a… ya lo sabes.

Así que, detente, y devuelve este libro antes de sentirte tentado a subrayar algo.

Si tan solo fuera así de fácil, ¿verdad? Si fuera así de fácil, no habría una fila tan larga en las heladerías. Te encantan los helados en tu heladería favorita, ¿verdad?

Algunas de nuestras malas decisiones simplemente nos avergüenzan. Otras nos obstaculizan. Algunas nos dejan cicatrices. Otras nos perjudican.

Hacer cuatro pagos de 29,95 dólares por algo que vale 29,95 dólares es ridículo. Sin embargo, una deuda de consumo de 25.000 dólares puede ser enorme.

Elegir una acción cuyo valor supuestamente iba a duplicarse, pero no fue así, al final no es nada más que una historia vergonzosa que contar.

Escoger un cónyuge a pesar de las varias señales de advertencia y las decenas de llamadas telefónicas de tu mamá, es algo completamente diferente.

ES COMPLICADO

Una razón por la que no aprendemos de la experiencia, a pesar de nuestra inteligencia, es que tomar decisiones está fuertemente influenciado por algo más que las experiencias del pasado o incluso las experiencias del pasado de otros. Nuestras decisiones están fuertemente influenciadas por nuestras emociones y nuestros gustos. Las investigaciones sugieren que no podemos tomar decisiones separadas de nuestras emociones. La experiencia confirma que nuestros gustos muchas veces prevalecen sobre nuestra inteligencia; de otro modo, nadie nos tendría que recordar hacer ejercicios y alimentarnos correctamente.

Nunca se toman decisiones en un entorno emocionalmente neutral. En lo que respecta a las decisiones que te conciernen a ti, no hay entornos emocionalmente neutrales. Por eso, muchas veces es más fácil saber lo que tu vecino, tu esposo o esposa o tu compañero de trabajo debería hacer que lo que tú deberías hacer. Por esta razón, decimos cosas como «Fácil para mí decirlo», o cuando hablamos con nuestros hijos: «Hagan lo que les digo, no lo que hago». Eso nunca funciona.

Ambas afirmaciones son admisiones de que sabemos mejor de lo que hacemos, y esto va en contra tanto de la inteligencia como de la experiencia. Sin embargo, reitero, nuestras decisiones se rigen por fuerzas más fuertes que cualquiera de estas dos. Saber lo inteligente que hay que hacer de ninguna manera garantiza que hacemos lo que es inteligente. Saber lo que hay que hacer no garantiza nada.

Entonces, ¿qué deberíamos hacer?

Deberíamos ponernos en tiempo de espera.

Deberíamos pausar y hacernos cinco preguntas.

Por otro lado, basta de nosotros por un momento. Cambiemos el foco de atención a esas «otras personas».

MALA PLANIFICACIÓN

Cuando vemos que otras personas toman lo que sabemos que son malas decisiones, es como si estuvieran minando su propia felicidad de manera estratégica e intencional. Se necesita mucha planificación para casarse con alguien con quien eres incompatible. Se necesita tiempo y energía para lanzar una empresa creada sobre suposiciones erróneas y un deficiente análisis de mercado. Piensa en todo el papeleo con que tienen que lidiar las parejas para comprarse una casa que no pueden permitirse o solicitar un préstamo que les costará pagar. En la mayoría de los casos, no fueron decisiones improvisadas. Requirió planificación.

Planificaron un lamento.

¿Alguna vez has planificado un lamento?

Eso es lamentable. Lo siento.

Nadie decide acabar con un matrimonio. Sin embargo, cada divorcio se encuentra al final de una serie de decisiones, entre ellas la decisión de casarse en primer lugar. Nadie decide criar hijos irresponsables y codependientes. No obstante, al igual que tú, he observado que los padres toman decisiones que encaminan a sus hijos a esa dirección. Nadie decide ser adicto, pero cada adicción está conectada a las decisiones. Nadie planifica enterrarse bajo una montaña de deudas en tarjetas de crédito, pero las personas que se encuentran enterradas así se enterraron al tomar una decisión de hacer una compra a la vez.

Nadie planifica complicar su vida con una mala decisión. El problema es… lo que me llevó a escribir este libro es… muchas personas no planifican para no hacerlo. No planifican para no complicar sus vidas con malas decisiones innecesarias y totalmente evitables. No establecen unas sencillas salvaguardias para asegurarse un final más feliz.

Estas cinco preguntas son una salvaguardia.

VENDERLO

Es posible que no seas bueno para vender todo a otras personas, pero cuando se trata de autovenderte algo malo, das una clase magistral, ¿verdad? Yo también. Nuestros más grandes lamentos están relacionados con las cosas, «las oportunidades» y las personas a las que nos hemos autovendido.

Recuerda tu última mala decisión de relación. Parecía correcto en ese momento. Estabas enamorado; o era lujuria; u otra cosa. Lo que sea que haya sido, estuviste metido en ello; y aunque puede no haber sido algo racional, definitivamente era algo emocional. Claro que sí. Las relaciones son emocionales. Tu mamá trató de advertirte. Tu mejor amigo o amiga trató de advertirte. Pero les aseguraste que sabías lo que estabas haciendo, y en ese entonces estabas seguro que sabías lo que estabas haciendo. Sin embargo, al mirar el pasado, te preguntas: ¿Qué estaba haciendo? Debí haberme informado mejor. Debí haber escuchado. Debí haber visto que venía ese tren de carga.

¿Qué tal esto…?

Tu más reciente y mala decisión de compra.

Tal vez este libro. Espero que no.

Todos hemos tomado malas decisiones de compras. Es que, una vez que tu corazón se vio apoderado por eso, lo que haya sido, se acabó. Era como que algo se adueñó, y lo siguiente que supiste era que estabas pasándole tu tarjeta de crédito a alguien que no conocías para comprar algo que no necesitabas y tal vez no podrías o no deberías permitírtelo.

Demasiado para el intelecto y la experiencia. Algo más se apoderó de ti.

Ese algo más eras tú. Tú te apoderaste. Tú empezaste a autovenderte. ¡Resulta que tú eres un fanático de ti! Exploraremos esta rara dinámica con mayor profundidad más adelante, pero en caso de que más adelante nunca llegue, me adelantaré y te atraeré con un consejo: en cuanto tú empieces a autovenderte algo, deberías hacer una pausa. Esta es la razón. Rara vez tenemos que autovendernos algo bueno.

Otra vez.

Rara vez tenemos que autovendernos algo bueno.

Simplemente lo sabemos, ¿no es así? Más adelante te diré cómo dejar de vender y empezar a escuchar.

¡SORPRESA!

Los entornos más difíciles para la toma de decisiones son los que no esperábamos, los que nos toman por sorpresa. Decisiones de compras, escoger una escuela, seleccionar un destino de vacaciones o navegar por un menú en un restaurante nuevo, vemos que esas decisiones aparecen, pero en el camino, todos estamos obligados a tomar decisiones que nunca imaginamos que tendríamos que tomar. Decisiones inesperadas.

Se presenta un nuevo trabajo y tienes una semana para decidir.

Sorpresa.

Ya tienes una relación y luego alguien que nunca esperabas que mostraría interés en ti empieza a mostrar interés.

Sorpresa.

O tal vez tienes una relación… y pensaste que las cosas iban bien, y luego descubres información preocupante del señor o la señora Correcta. Ahora tienes que decidir si quieres causar problemas o hacer la vista gorda.

Sorpresa.

Decisiones sorpresivas. ¿No las aborreces? Si eres padre o madre de familia, las decisiones sorpresivas son una forma de vida. En algún punto del camino, tal vez incluso hayas dicho: «Desearía no tener que decidir» o «desearía que otras personas decidieran por mí».

Lo desafiante de las decisiones sorpresivas es el plazo. Suele ser poco tiempo. Dado que el plazo es ajustado, raramente tenemos tiempo para conseguir la información que necesitamos para tomar una buena decisión. Sin embargo, ¡debe tomarse la decisión!

Si te has encontrado alguna vez en una relación tóxica, sabes de lo que estoy hablando. Con tóxico me refiero a que la relación no fue buena para ti. La otra persona no necesariamente era mala, pero era mala para ti. Ustedes estaban mal juntos. Las cosas empezaron bien, pero con el tiempo, pues, se volvieron poco saludables: tóxicas. Como la mayoría de las personas en relaciones tóxicas, minimizaste lo malo y te enfocaste en lo bueno. Después de todo, te gustaba; pero te estabas pareciendo más a él (o ella), y no necesariamente te gustaba eso en lo que te estabas convirtiendo.

Luego, alguien lo remarcó.

Tenías una decisión que tomar.

Una decisión que nunca pensaste que tendrías que tomar. Una decisión que no querías tomar. Una decisión que estabas tratando de evitar. De cualquier manera que decidieras, perderías algo. Perderías un amigo o seguirías perdiéndote a ti mismo. Tenías que optar por lo uno o por lo otro. Podrías estar en una situación similar ahora mismo. Podría ser la razón por la que alguien te dio este libro. Es un lugar terrible.

Buena suerte.

En realidad, sigue leyendo.

Y luego aparece esto: la perspectiva que la mayoría de las personas considera al último cuando, en realidad, deberían considerarlo primero.

TUS HUELLAS DIGITALES EN EL FUTURO

El término legado es uno que no se considera mucho en nuestra cultura. Eso es lamentable.

Las decisiones que tomas determinan tu legado, tu marca, tus huellas digitales en el futuro. Así como lo descubriremos con la pregunta número dos, pensar desde el punto de vista del legado nos brinda una claridad extraordinaria y un contexto en el proceso de toma de decisiones.

La verdad es que no sabemos lo que pende del hilo de nuestras decisiones. No podemos predecir los resultados con precisión. Pero… y este es un gran pero… sabemos con seguridad que hay resultados asociados con cada una de nuestras decisiones; incluso con las pequeñas decisiones. Una pausa de cinco minutos para considerar los resultados generacionales podría marcar una gran diferencia.

Dado que no sabemos lo que pende del hilo de las decisiones que tomamos, nos lo debemos a nosotros mismos… y a otros… especialmente a otros… para considerar los resultados, los de largo plazo. Se necesita toda una vida para que los resultados de algunas decisiones se desarrollen; en algunos casos, generaciones. Por ejemplo (de acuerdo, es un poco exagerado), ¿qué tal si George Washington hubiera decidido dejar que el congreso lo proclame rey? Piensa en las implicaciones de esa sola decisión. Los beneficios nacionales de su decisión de rechazar la corona han llevado a que avancen generaciones.

¿Qué tal si el doctor Martin Luther King Jr. hubiera decidido quedarse en el norte y permanecer callado sobre lo que sabía que estaba pasando en el sur? Los resultados de sus decisiones de salir de su zona de confort siguen avanzando hasta el día de hoy.

Lo sé. No eres George Washington ni el doctor King, pero generaciones de personas probablemente se vean afectadas por tus decisiones. De hecho, si planificas traer hijos al mundo o si ya los trajiste, conoces con seguridad que tus decisiones personales tienen implicaciones generacionales.

¿No estás convencido?

Vamos a darle la vuelta.

Piensa en cuán diferente sería tu vida si tus padres o tus abuelos hubieran tomado una decisión diferente sobre algunas cosas importantes. Tus padres o tus abuelos tomaron lo que les parecía ser unas decisiones pequeñas e insignificantes, pero esas decisiones determinaron la trayectoria de tu vida, ¿no es así? En algunos casos, determinaron si incluso tendrías una vida o no. No estaban pensando en ti en ese momento. No existías para que pensaran en ti.

Sin embargo, sus decisiones te afectaron, para bien o para mal. Tal vez tu vida sería muy diferente si tu papá no hubiera decidido seguir tomando esa botella, o quizás conoces a alguien cuya vida sería diferente si su mamá no hubiera huido y abandonado a su familia.

Lo contrario también pasa.

Tal vez tu padre es el que superó ese hábito y mantuvo unida a la familia. Tal vez tu madre decidió quedarse cuando otra mujer se hubiera ido. El punto es este: no sabemos quién o qué pende del hilo de las decisiones que tomamos, pero lo que sí sabemos es que las decisiones privadas tienen resultados públicos. Tus decisiones privadas probablemente dejarán de ser privadas. Tus decisiones personales afectarán a otras personas.

Sé que quieres decirlo bien. Quieres escribir una historia digna de contar. Estoy convencido de que puedes.

Estas cinco preguntas, hechas de manera constante, asegurarán que tus huellas digitales en el futuro sean dignas de celebrarse.

Así que empecemos.

— 2 —

La pregunta de la integridad

¿Realmente estoy siendo sincero conmigo?

La persona más fácil de engañar es la persona que ves en el espejo.

No debería ser así, pero lo es.

Hablaremos del porqué en uno o dos párrafos, pero por el momento, reflexionemos. De hecho, permíteme recordarlo. Te has autoconvencido de… te has autoengañado de… cada mala decisión que has tomado. Peor aún, eras el genio detrás de la mayoría de tus lamentables decisiones: financieras, de relación, profesionales y académicas. Estuviste presente y participaste voluntariamente en todas ellas.

Has tomado más acciones para socavar tu propio éxito y progreso que ninguno en el planeta. De acuerdo, había presiones externas: otras voces; gente que te prometía cosas; tal vez incluso que te amenazaban con cosas, pero al final, tú decidiste. Sin embargo, en muchos casos, no decidiste evaluar cuidadosamente todas las opciones ni buscar consejos sabios. Hiciste lo opuesto.

En muchas ocasiones, tal vez incluso en la mayor parte, lo sabías. O deberías haberlo sabido. Sin embargo, como mencionamos antes, ignoraste ser sensato y empezaste a autoconvencerte de lo que querías en ese momento.

Es vergonzoso. Les enseñamos a los niños a no participar en este tipo de tonterías. Y no estoy acusando a nadie. Yo también participé en todas mis malas decisiones. Y sí, en muchas ocasiones, lo sabía bien.

Entonces, ¿qué pasa?

Lo que pasa es que, cuando se trata de una buena toma de decisiones, enfrentamos nuestro mayor desafío cada mañana cuando nos vemos en el espejo. El autoliderazgo es el mayor desafío de liderazgo que todos enfrentamos, pero el autoliderazgo es un componente crítico de nuestro éxito en cada escenario de la vida. Nunca serás un líder digno de seguir si no te autolideras bien. Y aunque eso es evidente si tienes un papel de liderazgo organizacional, debería ser igualmente evidente si eres un padre o madre de familia.

Si tienes hijos, los resultados de tus decisiones son los resultados con los que se verá obligada a vivir la persona que amas. Tu autoliderazgo impactará en gran medida a otros seres.

Considera esto. Si quieres ser como tus padres o no, depende de cómo se autolideren ellos, no de lo que te exigieron ni de lo que te enseñaron; y si tus hijos querrán ser como tú o no…

Lo mismo.

Esta es la razón.

El autoliderazgo excepcional, no la autoridad, es la clave para una influencia constante. Casi nunca nos abrimos a la influencia de las personas que no respetamos, incluso si ellas tienen autoridad sobre nosotros. Así que, ya sea que estemos hablando de tu vida profesional o tu vida personal, el autoliderazgo excepcional es importante. Tu influencia no durará si primero tú no te autolideras bien. Los grandes líderes duran porque primero se autolideran ellos.

Sin embargo, este es el desafío.

No puedes autoliderarte si te mientes a ti mismo.

¿Alguna vez intentaste liderar a un mentiroso? Es casi imposible liderar a un mentiroso. En entornos profesionales, despides a un mentiroso. Más adelante te desafiaré a hacer justamente eso: despedir a la versión deshonesta de ti y contratar a un nuevo tú: un tú honesto, un tú que siempre te dice la verdad, aunque te haga sentir mal contigo mismo. Además, la deshonestidad se fuga. Miéntete y mentirás a otros. Para tu información, si te cuesta decirles la verdad a otras personas cuando la verdad te hace quedar mal, probablemente tampoco estás siendo honesto contigo mismo. Funciona en ambos sentidos.

Sabes por experiencia que la deshonestidad deteriora la credibilidad y socava la autoridad moral. De la misma manera, cuando somos deshonestos con nosotros mismos, se deteriora la credibilidad con nosotros mismos. Suena extraño, lo sé. Pero cuando mentimos en voz alta, ¿qué hacemos inmediatamente en nuestro interior? ¿En nuestras mentes?

Justificar la mentira.

¿A quién?

A nosotros mismos.

Es nuestro deber. De otra forma, estamos en desacuerdo con nosotros mismos, un estado que las personas en su sano juicio no pueden mantener durante mucho tiempo. Aun así, nuestras justificaciones internas y privadas son, pues, en el mejor de los casos, medias verdades. ¡Las medias verdades que creemos! Los mentirosos mienten. No eres un mentiroso, ¿verdad? Entonces, ¿por qué mentiste? Y listo, creas una historia que rescata tu autoestima tambaleante. Y luego… ¡Luego decides creerlo! ¡Eres tan fanático de ti mismo! Puedes autoconvencerte de todo.

Yo también. No practicaba ningún deporte en la secundaria ni en la preparatoria; al menos nada oficial. Sin embargo, cuando estaba lejos de casa y alguien me preguntaba si hacía algún deporte, sobre todo las chicas guapas y los chicos atléticos, de inmediato respondía: «Practiqué atletismo y jugué fútbol». Técnicamente es cierto. Corrí alrededor de la pista en educación física y jugué fútbol informal, pero eso no es lo que ellos estaban preguntando y lo sabía. Mentí. ¿Por qué? Pues puedes adivinar. Pero tardó un tiempo para que llegara allí. Al mirar el pasado, quiero echarle la culpa al desarrollo del lóbulo frontal, pero la verdad es…

La verdad es…

…más difícil de reconocer que querer admitir. Pero debemos admitirlo.

La verdad es que, en mi preparatoria, si no eras un atleta, simplemente no lo eras. No eras nada. Por supuesto, eso tampoco era verdad, pero así parecía. Así que creaba una historia prácticamente falsa y la presentaba en el momento en que mi tambaleante autoestima se sentía amenazada.

La autora y profesora Erin Brown define una historia falsa como una «verdad plástica». Escribe:

Lo que hemos dicho tantas veces en nuestra mente se convierte en nuestra verdad plástica. Con el tiempo, esas partes falsas de la historia, los pedazos que hemos inventado, en realidad se cimientan en los vacíos en medio de la verdad.

Las historias falsas se convierten en una muleta. Nos contamos a nosotros mismos historias internas para evitar ver errores. […] Es mucho más fácil crear una historia en donde se culpe a otro que enfrentar las cosas difíciles de la vida.1

¿Tienes historias falsas que llevas a todas partes, por si acaso? Llévalas a todo lado durante mucho tiempo y lo falso se puede transformar prácticamente en verdadero. Cuando eso pasa, estás a pocos pasos de definirte como una verdad plástica.

Mis amigos de Alcohólicos Anónimos, Narcóticos Anónimos y la Asociación de Consumidores me han recordado repetidamente que la honestidad rigurosa es la primera regla para la recuperación. Decían que la deshonestidad impulsa las adicciones de todo tipo. Cada adicción está al final de una serie de decision}es, decisiones que a menudo son impulsadas y protegidas por una historia falsa, una historia que empieza sobre todo como si fuera verdadera y a partir de allí se deteriora. Nada cambia hasta que somos completamente honestos con la persona que vemos en el espejo.

Así que, ¿por qué esperar hasta que se necesite un cambio?

Sé sincero contigo mismo incluso si te hace sentir mal contigo mismo.

Y ¿qué tiene que ver la «verdad plástica» y las historias falsas con la toma de decisiones?

Una falsa premisa dará lugar a una decisión incorrecta.

No puedes tomar la mejor decisión para ti hasta que seas honesto contigo mismo.

Además, si no eres honesto con respecto a por qué eliges lo que eliges, tendrás dificultades para asumir la responsabilidad por el resultado de tu elección. Tenemos un adjetivo para las personas que se niegan a asumir la responsabilidad de sus decisiones:

Irresponsable.

Una falta de sinceridad en el proceso de la toma de decisiones suele dar lugar a una incapacidad de participar en los resultados. Esto crea una espiral viciosa y descendente que deja a las personas quebradas y confundidas. ¿Quieres estar quebrado y confundido? Claro que no. Entonces, erradica tus historias falsas, plásticas y sobre todo las verdaderas autocreadas, y dales un beso de despedida.

Bueno, no les des un beso.

Te parecerá más difícil de lo que pensaste al principio. De hecho, ¡el primer paso que debes dar es ser honesto contigo mismo respecto a que no siempre eres honesto contigo mismo! Cada recorrido empieza con un paso.

Así que, para decidir nuestro camino a un futuro mejor, debemos desarrollar el incómodo hábito de decirnos la verdad incómoda en cuanto al porqué elegimos lo que elegimos hacer. Esto nos lleva al menos a la primera de las cinco preguntas que todos debemos hacernos siempre:

Pregunta #1: La pregunta de la integridad

¿Realmente estoy siendo sincero conmigo?

Puede que no tengas esa obligación para con todas las personas, pero tienes esa obligación para contigo mismo, para ser honesto sobre por qué eliges lo que eliges y por qué decides lo que decides. No ganas nada al venderte a ti mismo. No ganas nada al justificar opciones.

Solo sé sincero.

Eso te ayudará a hacerte esta pregunta dos veces, pero en la segunda ronda, te ayudará a añadir una palabra.

• ¿Estoy siendo sincero conmigo mismo, realmente?

• ¿Por qué hago esto, realmente?

• ¿Por qué lo estoy evitando, realmente?

• ¿Por qué lo pospongo, realmente?

• ¿Por qué sigo poniendo excusas, realmente?

• ¿Por qué estoy yendo, realmente?

• ¿Por qué dije que sí, realmente?

• ¿Por qué decidí ponerme esto, realmente?

• ¿Por qué decidí comprarlo, alquilarlo, realmente?

• ¿Por qué lo conduzco, realmente?

• ¿Por qué lo pedí, realmente?

• ¿Por qué me mudé, realmente?

• ¿Por qué me voy, realmente?

Como se mencionó antes, cuando se trata de autoconvencerse de algo malo o malas decisiones, somos los mejores. Cuando se trata de convencernos de hacer lo incorrecto, somos expertos. Cuando se trata de armar y argumentar un caso de por qué debemos hacer algo que sabemos que no debemos hacer, somos necios refutables y litigantes. Todos merecemos títulos honoris causa en derecho.

Así que dejemos todo eso.

Solo sé sincero contigo mismo, sin filtros.

No te hará daño. Bueno, dañará tu ego. Puedes dañar tus propios sentimientos. Puedes avergonzarte, a ti mismo. Pero al final, eso puede ayudarte. Apropiarse del verdadero porqué detrás de tu qué puede hacer que se prendan las luces. Las luces pueden ser espantosas. Las cucarachas y las ratas lo creen, sin duda alguna, pero la luz puede ser un desinfectante. La verdad también puede serlo. Ambas van de la mano. Así que trae a la luz tus historias, tus justificaciones y tus excusas. Podrías aprender algo.

Empecemos con algo sencillo: el postre.

Recuerda tu último postre. ¿Recuerdas lo que te dijiste a ti mismo? «Ya que no comí postre en el almuerzo, un poco de postre ahora no me hará daño».

¿Qué?

¿Qué tipo de argumento es ese para comer postre con la cena? No tiene sentido. La mayoría de nuestras justificaciones privadas no lo tienen, pero no nos impiden aprovecharlas. Una gran parte de nuestra conversación interna no tiene sentido. ¿No me crees? La próxima vez, dilo en voz alta. Cuando escuchas las palabras en lugar de solamente pensar las palabras, adquieren un nuevo significado. En realidad, menos significado. No tienen sentido.

O ¿qué tal esto?

«He estado trabajando mucho. Me merezco algo dulce».

¿Qué tiene que ver el trabajar mucho con meter algo a tu cuerpo cuando sabes que tu cuerpo estaría mejor sin eso? O esto: «Planeo hacer ejercicios mañana». En realidad, esa es una razón para no comer postres.

Tú entiendes lo que quiero decir.

Venimos al mundo con una propensión a autoconvencernos de lo que queremos hacer en vez de lo que deberíamos hacer. Soy fanático de mí mismo. Eres un fanático de ti mismo. En cuanto vemos algo que queremos, empezamos a vender.

Sin embargo, todo eso simplemente es una forma amable de decir que nos mentimos a nosotros mismos y creemos nuestras propias mentiras.

De acuerdo, un postre más de vez en cuando no es el fin del mundo, solo es el fin de la dieta; pero hay decisiones en las que todo tu futuro podría depender. Te convences de algunas cosas y pagas. En algunos casos, pagas por el resto de tu vida.

¿Tuviste una condena por conducir bajo la influencia del alcohol o una sentencia por un delito grave que levanta su fea cabeza en los momentos más inoportunos? ¿Un ex o una ex que sigue volviendo por más dinero? ¿Recibes llamadas de un cobrador de deudas? ¿No desearías volver y autoconvencerte de no tomar, en vez de tomar, la decisión que te llevó a esos resultados? De seguro que sí.

Como bien afirmó Steven Covey:

¡No puedes salir con palabras de una situación que has provocado con tu comportamiento!

Eso es absolutamente cierto. De igual manera es cierto que nos autoconvencimos del comportamiento que creó el problema que estamos intentando solucionar. Nuestros problemas generalmente empiezan cuando tomamos nuestra propia mala decisión. Y todos somos culpables. Todos nos convencemos de cosas que no podemos solucionar.

LAS TRES «D»

Gracias a mi trabajo habitual, conozco con seguridad las categorías de las decisiones que crean la mayor parte de los lamentos:

• Compras

• Relaciones

• Hábitos

Muchas veces, los tres están relacionados. Un hábito caro puede arruinar una relación. Una relación abusiva puede llevar a una persona a un hábito costoso. La causa número uno de las tensiones en el matrimonio es el problema económico relacionado con los malos hábitos financieros de alguien.

Lo más probable es que todos tus mayores lamentos se encuentran en uno de esos tres baldes. Es importante tener en cuenta que hay compras responsables, relaciones maduras y hábitos saludables. Así que el problema no es la categoría. El problema surge del adjetivo que nuestra defectuosa toma de decisiones nos hace asociar con cada categoría. Nos referiremos a estas, en todo el libro, como «las tres D».

• Compras descabelladas

• Relaciones destinadas al fracaso

• Hábitos destructivos

Empezaré con el primero.

Compras descabelladas

Soy un fanático de «También te puede interesar». «Los clientes que compraron esto, también compraron». ¿Cómo lo sabían? ¿Cómo puedo decir que no? Muy a menudo, no lo digo. No obstante, no me preocupo mucho si compro un libro que posiblemente nunca lea, un aparato que muy pocas veces use o una camisa que me pondré una vez y se la pasaré a uno de mis hijos. Todos hemos hecho compras descabelladas de las que nos hemos reído después. Sin embargo, antes de meterme de lleno en el asunto de tus compras personales tan lamentables, quiero que pienses en el diálogo interno que está asociado con las compras incluso inofensivas, asequibles e improvisadas. ¿Qué te dijiste a ti mismo?

No fue como cuando estabas parado en un concesionario de autos donde el vendedor estaba presionándote, ¿verdad? Lo más probable es que estabas solo mirando los pixeles de la pantalla de una computadora. Te presionaste a ti mismo. Te vendiste. Te autoconveciste. ¿Qué te pareció? ¿Cuál fue tu argumento? Esto es importante. No es importante por lo que hayas comprado, sino para que reconozcas, sin ofender, la lógica infantil que usaste para justificar tu compra. Es importante porque los procesos de pensamiento poco razonables que usamos para justificar las compras inofensivas son las mismas que usamos para justificar las que no son tan inofensivas.

Estoy empezando irrisoriamente y con bajo riesgo porque sé que admitirás con mayor facilidad las justificaciones cuestionables que usaste para la blusa que no era exactamente lo que estabas buscando o ese disco duro que no necesitabas tanto como necesitarás ese arrendamiento de auto del que te gustaría deshacerte.

Si un vendedor real usara el mismo argumento contigo que tú usaste contigo mismo, ¿qué tan convincente habría sido eso?

No tanto. Te ofenderías.

«Si llegas a casa y decides que no te gusta, dónalo».

«Solo cómpralo; puedes permitírtelo».

«Ya tienes uno de estos que hace todo lo que este hace, pero este es más reciente».

Te gustaría empacar todo lo que has comprado y pedir una gran devolución. Te vendiste. Lo mismo ocurre con los artículos de costo elevado.

El vendedor de autos te brindó la información para respaldar la decisión que ya querías tomar. No puedo culparlo. Toda esa deuda que tienes, nadie te hizo hacer pasar esa tarjeta. ¿Quién te convenció de hacer ese pago mínimo mes tras mes tras mes? Tú te autoconvenciste. Tú te vendiste a ti mismo.

Pero ¿cuál era tu argumento?

¿Cómo lo hiciste?

¿Cómo lo haces?

Deberías saberlo. Porque muy pronto, lo harás de nuevo.

¿Eres estrictamente honesto contigo mismo cuando se trata de cómo gastar tu dinero? No me incumbe lo que compres. Es tu asunto. Me importa lo que te digas a ti antes de la transacción.

Escucha cuidadosamente la próxima vez.

Segunda D.

Aceleraré esto.

Relaciones destinadas al fracaso

Tal vez tienes una, ahora mismo. Espero que no.

Probablemente sabías que él no era bueno para ti después de dos citas, si puedes llamarlas citas. Una parte de tu cerebro intentaba convencer a la otra parte de tu cerebro de que él no era el que estabas esperando toda tu vida, pero luego la otra parte de tu cerebro comenzó a vender. ¿Recuerdas el argumento? Algo parecido a esto:

«Es verdad, él no tiene empleo ni lo ha tenido durante un tiempo. Pero es un gran hombre. Solo está esperando una oportunidad perfecta. El que viva todavía con sus padres… es un hombre de familia. Sí, eso es. Él valora a la familia. Además, no solo me prometió pagarme, dijo que me pagaría con intereses. Y qué tal si mi mamá no está de acuerdo. Ella no está saliendo con él. ¡Yo sí!».

Imagina si un amigo usara la misma incongruencia para tratar de convencerte de salir con su hermano.

«Él es perfecto para ti. No, no tiene trabajo ni lo ha tenido durante un tiempo…».

Te perdonaré.

Casi todo en la lista serían argumentos negativos que vienen de la boca de otra persona, pero cuando se origina en nuestras mentes, de alguna manera es diferente, y eso lo hace peligroso.

En el caso de los hombres…

«Cierto, ella puede ser manipuladora y admitió que no es buena con el dinero. Constantemente le envía mensajes de texto a su exnovio; dice que ella le debe dinero. Pero es graciosa. Y la has visto, ¿verdad? Tiene un gusto refinado con los restaurantes, gustos caros, pero creo que es porque ella aprecia la calidad».

Por otro lado, si alguien diferente a ti usara ese argumento contigo…

Mirando el pasado, nos preguntamos cómo es que no vimos las señales. ¿Cómo pudimos haber sido tan despistados? Sin embargo, el problema no es que somos despistados. El problema es, como todo buen vendedor, nos ayudamos a ver lo que queremos ver, mientras ignoramos todas las luces de advertencia que se encienden justo frente a nosotros.

Más detalles del porqué más adelante.

Hábitos destructivos

Luego, claro, hay hábitos destructivos.

Si tú no los tienes ni conoces a alguien que los tenga, puedes saltarte esta parte.

Recuerdas la primera vez que… lo que sea que hagas que no puedes parar. ¿Recuerdas lo que el vendedor dentro de ti susurró? Sí, y ni siquiera estaba ahí: «Puedes hacerlo». Seguido de una versión de «No te preocupes, siempre serás el que domina, nunca serás dominado». Y te creíste a ti mismo, pero lo que empezó como un grato pasatiempo, resultó ser un camino, un camino que llevaba a un hábito. Tal vez una adicción. Una adicción que podría evitarse… como esa relación destinada al fracaso y esas decisiones de compras imprudentes. Si hubieras pausado y te hubieras preguntado: ¿Estoy siendo sincero conmigo mismo, en realidad? ¿Realmente por qué estoy haciendo esto?

La oración que le sigue a esta es tan importante que la he añadido para asegurarme de que no la hayas leído tan rápido.

Casi nunca tienes que autoconvencerte de algo bueno.

Casi nunca tienes que autoconvencerte de lo correcto que se debe hacer, lo sano que se debe hacer, lo responsable que se debe hacer. Lo sabes. Las cosas buenas rara vez necesitan alguna justificación. Cuando empiezas a convencerte, debes presionar el botón de pausa y preguntarte: «¿Realmente estoy siendo sincero conmigo mismo? Si es así, ¿por qué me autoconvenzo tanto?». Lo prudente que se debe hacer suele ser tan persuasivo que no necesita venderse.

Así es como funciona:

Nuestros corazones se envuelven alrededor de algo o alguien y experimentamos el deseo. El deseo. Entonces, el corazón le envía un mensaje al cerebro: «Hola, cerebro, deseo esto. Encuentra una manera de justificarlo y consíguemelo». Ahora, nuestros cerebros son inteligentes. Por eso, los llamamos cerebros. Y nuestros cerebros saben que, aunque es difícil de justificar un deseo, no es tan difícil justificar una necesidad. Así que lo primero que hace el cerebro es actualizar el mensaje a algo mucho más sofisticado que el deseo. El cerebro dice: «NECESITAS esto».

Una vez que nos convencen de que NECESITAMOS algo, es fácil autoconvencernos de eso. Dentro de poco, ya tenemos una lista de justificaciones para comprarlo, beberlo, quedarnos, irnos, acostarnos, invitarlo a salir o invitarlo a entrar; pero las razones que usamos para autoconvencernos, en realidad, no son razones; son justificaciones. Justificaciones de lo que deseamos hacer. Así que aquí está la segunda versión de la misma idea que he señalado en los párrafos anteriores.

Casi nunca tienes que justificar algo bueno.

Justificar es similar a falsificar. Te falsi-ficas a ti mismo, y en muchas ocasiones lo sabes. Sin embargo, escuchamos nuestro razonamiento complicado y confundido hasta que de verdad lo creemos. Y una vez que empieza eso, es muy difícil ser honestos con nosotros mismos, ¿no es cierto? Siempre hay un conflicto interno entre las opciones que conocemos intuitivamente que debemos elegir y las opciones que estamos tentados a elegir, entre las opciones que son las mejores para nosotros y aquellas de las que nos autoconvencemos.

Por otra parte, cuando se trata de autoconvencernos de algo malo, somos sorprendentes, lo que es muy extraño, porque al mismo tiempo, todos estamos comprometidos cien por ciento con lo que es mejor para nosotros. Al menos, en nuestras mentes, pero no siempre en nuestras decisiones. ¿Desearías tener buena salud? Claro que lo desearías. Todos desearíamos eso, pero todos decidimos lo contrario siempre que nos sentamos a comer. ¿Quieres tener buena situación financiera y una relación sana? Claro que quieres. De nuevo, todos queremos eso. Entonces, ¿por qué somos tan propensos a decidir lo contrario?

¿Por qué es tan difícil tener el autocontrol cuando nosotros juraríamos que queremos lo que es mejor para nosotros?

Es extraño, ¿no?

Todos nos hemos mirado en el espejo y nos hemos preguntado: «¿Por qué hice eso? ¡Otra vez!». Otra forma de hacerse la misma pregunta es: «¿Por qué decidí hacer eso de nuevo?», lo que nos lleva a una pregunta que quiero que abordemos mientras vamos concluyendo este capítulo.

¿Por qué somos tan propensos a la autodecepción?

¿Por qué nos mentimos a nosotros mismos?

¿Por qué nos mentimos a nosotros mismos acerca de nosotros mismos?

¿Por qué nos autoconvencemos de cosas que después nos arrepentimos? Sobre todo, ¿cómo nos detenemos?

Primero por qué, luego cómo.

FILTROS

Cuando se trata de por qué nos cuesta tanto ser sinceros con nosotros mismos, los psicólogos sugieren que en realidad no es del todo nuestra culpa.

Tendría que amar a los psicólogos.

Aparentemente, todos somos víctimas de un sesgo cognitivo denominado sesgo de confirmación. El sesgo de confirmación es la tendencia que todos tenemos para buscar información o argumentos que defiendan lo que ya creemos y las razones que respalden lo que ya tendemos a hacer. El sesgo de confirmación nos capacita para ver lo que queremos ver y oír lo que queremos oír y para desconectarnos de todo lo que argumenta lo contrario. Buscar información para confirmar nuestras suposiciones es algo natural. Buscar proactivamente o incluso ser abierto a información que argumenta lo contrario es extraordinario. No natural. Si deseamos que algo sea cierto con todas nuestras fuerzas, las estrellas se alinean mágicamente. En nuestras mentes, al menos. Y se elimina la información que argumenta lo contrario. No solo no analizamos de forma objetiva, sino que también quemamos calorías para no analizar objetivamente. Esposamos nuestras suposiciones y prejuicios.

Los Estados Unidos en la actualidad están divididos respecto a tres cuestiones sobre las que probablemente tienes una opinión: aborto, control de armas de fuego y cambio climático. Temas que en lo emocional no son neutrales para la mayoría de las personas. Hasta donde sé, no existe información secreta sobre estos tres temas. Las estrellas, la historia y la ciencia están allí para todos los que estén interesados en descubrirlos. Si eres sincero, que es el punto de este capítulo, probablemente nunca has buscado, de manera proactiva, información contraria a tu opinión sobre estas tres cuestiones candentes, ¿verdad? Sin embargo, cuando te encuentras con algo que respalde tu punto de vista, ¡eso te encanta!

Lo pasas a un amigo. Publicas el enlace.

La moraleja de la historia es que (y me vas a aborrecer por esto) la mayoría de nosotros queremos tener la razón antes de querer saber lo que es verdadero. No estamos en búsqueda de la verdad. Estamos en búsqueda de la confirmación.

El sesgo de confirmación explica en parte por qué las mamás y sus hijas llegan a conclusiones opuestas sobre el mismo muchacho. Los teístas miran la naturaleza y llegan a la conclusión de que hay un diseño y un diseñador, mientras que los no teístas no ven ninguno de los dos. Para los demócratas, el Presidente Obama no podría cometer ningún delito. Para los republicanos, todo lo que él hizo estaba mal.

Por supuesto, ninguno era correcto.

Eso probablemente desencadenó tu sesgo de confirmación.

Engañoso.

Para que sepas, incluso el Presidente Obama admitió haber cometido errores. Para que conste, cada presidente comete errores. Sin embargo, durante el tiempo que un presidente está en el poder, nuestro sesgo de confirmación es más fuerte que cualquier realidad política y cultural. Y eso no cambiará. Y probablemente eso no te hará daño.

Sin embargo, a nivel personal, el querer tener la razón antes que querer saber lo que es verdad socavará tu habilidad de tomar decisiones. Peor aún, garantiza las malas decisiones más que nada. Una búsqueda de confirmación es una búsqueda peligrosa. No te dejará ver lo que puede hacerte daño. Te tiende una trampa para elegir libremente, con alegría y con confianza, la opción equivocada.

Todos somos víctimas potenciales del sesgo de confirmación. Las personas que logran escaparse de sus garras son personas excepcionales que reconocen lo que pasa y van a buscar información que no se alinea con sus sesgos. Ese es un individuo excepcional. Se necesita una seguridad extraordinaria y una medida especial de curiosidad.

NADA NUEVO

El término «sesgo de confirmación» fue introducido por el psicólogo inglés Peter Watson en los años sesenta, pero se ha observado esta característica por mucho más tiempo. Francis Bacon, otro inglés, hizo la siguiente observación en el siglo XVII:

El entendimiento humano, una vez que ha adoptado una opinión […] dibuja todo lo demás para apoyar y mostrar conformidad con ella. Y pese a haber un gran número de ejemplos, y de peso, que demuestran lo contrario, los ignora o los desprecia, prescinde de ellos o los rechaza.2

El historiador griego Tucídides, allá por el siglo IV a.C., observó:

… porque los seres humanos tienen la costumbre de confiar con una esperanza despreocupada lo que ellos anhelan y rechazar con razonamientos arbitrarios lo que no es de su agrado.3

Sin embargo, cientos de años antes de Tucídides, en el siglo VII a.C., un consejero áulico, que se volvió profeta, hizo una observación similar. El contexto de su observación es fascínate e instructiva.

SALUD CARDIACA

Jeremías sirvió como consejero para una serie de reyes que gobernaron el antiguo reino de Judá, cuyos reinados hubieran sido más tranquilos y las vidas de los reyes se hubieran prolongado si hubieran escuchado el consejo de Jeremías. ¡Pero claro, la ventaja, tal vez el propósito, de ser rey es que no tienes que escuchar el consejo de nadie!

La difícil trayectoria de Jeremías empezó cuando fue consejero para el joven rey Joacim. Israel recientemente se había convertido en un estado títere, al pagar un tributo económico anual a Babilonia, el cual, a cambio, le proporcionaba asistencia militar, aunque permitía que Israel maneje sus propios asuntos. Después de tres años, el rey Joacim decidió que ya había sido suficiente y decidió retener su tributo y declaró su lealtad al archienemigo de Babilonia: Egipto. Cuando Jerusalén escuchó por ahí sobre los planes de Joacim, advirtió al rey de las consecuencias de rebelarse contra el poderoso Nabucodonosor, quien recientemente había sido derrotado por el ejército egipcio y ya estaba de muy mal humor militar. No obstante, Joacim no hacía caso.

Para hacernos una idea, esto sería como la ciudad más pequeña de tu estado que le declara la guerra a los Estados Unidos.

Inútil y peligroso.

Jeremías le aseguró al rey que no solo era una mala idea, sino que era una directa oposición a la voluntad de Dios para la nación en ese tiempo. A Joacim no le preocupaba eso tampoco. Hacía tiempo que había abandonado los caminos del judaísmo. Los escritos rabínicos describen al rey Joacim como un tirano sin piedad cuyos apetitos sexuales lo llevaron mucho más allá de las prohibiciones morales descritas en la ley judía. Además, para cuando Jeremías llegó hasta él, ya había tomado una decisión.

Hizo exactamente lo que había planeado hacer.

Pulsuz fraqment bitdi.

15,22 ₼

Janr və etiketlər

Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
23 iyun 2025
Həcm:
161 səh. 3 illustrasiyalar
ISBN:
9781646911233
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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