Kitabı oxu: «Excombatientes y fascismo en la Europa de entreguerras»

HISTÒRIA / 197

DIRECCIÓN
Mónica Bolufer Peruga (Universitat de València)
Francisco Gimeno Blay (Universitat de València)
M.ª Cruz Romeo Mateo (Universitat de València)
CONSEJO EDITORIAL
Pedro Barceló (Universität Postdam)
Peter Burke (University of Cambridge)
Guglielmo Cavallo (Università della Sapienza, Roma)
Roger Chartier (EHESS)
Rosa Congost (Universitat de Girona)
Mercedes García Arenal (CSIC)
Sabina Loriga (EHESS)
Antonella Romano (CNRS)
Adeline Rucquoi (EHESS)
Jean-Claude Schmitt (EHESS)
Françoise Thébaud (Université d’Avignon)

Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial.
© Ángel Alcalde, 2022
© De esta edición: Universitat de València, 2022
Publicacions de la Universitat de València
http://puv.uv.es
Coordinación editorial: Amparo Jesús-María Romero
Ilustración de la cubierta:
‘Stahlhelm Besuch bei den Faschisten’ (Erich Schilling),
Simplicissimus, 2 Diciembre 1929.
Imagen cortesía de Herzogin Anna Amalia Bibliothek, Projekt Simplicissimus Online.
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera
Corrección: Letras y Píxeles, S. L.
Maquetación: Iván Martínez Navarro
ISBN (papel): 978-84-9134-927-3
ISBN (ePub): 978-84-9134-928-0
ISBN (PDF): 978-84-9134-929-7
ÍNDICE
LISTA DE TABLAS E IMÁGENES
ABREVIATURAS
AGRADECIMIENTOS
INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE LA POSGUERRA
1. LOS EXCOMBATIENTES DE LA GRAN GUERRA Y LOS ORÍGENES DEL FASCISMO, 1914-1919
La experiencia italiana de la Primera Guerra Mundial
Los veteranos y las consecuencias de la guerra en Europa occidental.
Los excombatientes y el nacimiento del Fascismo italiano
Los excombatientes antibolcheviques: una apropiación simbólica
2. EL ASCENSO DEL FASCISMO ITALIANO, 1920-1922
Del arditismo al squadrismo
Los excombatientes fascistas: un estereotipo en circulación
Los excombatientes italianos y la toma fascista del poder
Los veteranos y el impacto transnacional de la Marcha sobre Roma
SEGUNDA PARTE LOS AÑOS VEINTE
3. EXCOMBATIENTES BAJO EL FASCISMO, 1923-1925
Los comienzos de una relación: los veteranos y el Gobierno de Mussolini
La lucha por la organización: la ANC y el PNF
La lucha por la ideología: combattentismo y apoliticità
La fascistización de la ANC, 1924-1925
4. FASCISMO Y EXCOMBATIENTES: CONSOLIDACIÓN Y EXPANSIÓN EUROPEA, 1925-1929
Francia y el mito de los excombatientes fascistas: el Faisceau
Alemania y el mito de los excombatientes fascistas: el Stahlhelm y el NSDAP
Los excombatientes fascistas y la FIDAC
La ANC fascista
TERCERA PARTE LOS AÑOS TREINTA
5. FASCISMO TRANSNACIONAL Y EXCOMBATIENTES, 1929-1935
Nuevas direcciones: 1929-1930
Diferentes caminos a través de la crisis
El Tercer Reich
La conexión excombatiente Italia-Francia-Alemania
6. ENTRE FASCISMO Y ANTIFASCISMO, GUERRA Y PAZ, 1936-1940.
Los excombatientes fascistas y la guerra de Etiopía
Excombatientes en la crisis del antifascismo y el pacifismo
La Italia Fascista, la España franquista y la culminación del modelo
Fascistas, excombatientes franceses y el camino hacia la Francia de Vichy
CONCLUSIÓN
FUENTES
BIBLIOGRAFÍA
LISTA DE TABLAS E IMÁGENES
TABLA
1.1. Vista general de las principales asociaciones y organizaciones de veteranos mencionadas en este libro
IMÁGENES
1.1. «¡Así que soy yo el derrotado!». I Combattenti, 6 de diciembre de 1919
1.2. «Contrastes», «Los desertores a Montecitorio… y los veteranos al furgón policial», I Combattenti, 21 de diciembre de 1919
1.3. Spartacus (Milan, 15 de enero de 1920)
2.1. «El golpe fascista en Italia», Wiener Bilder. Illustriertes Familienblatt, Viena, 5 de noviembre de 1922
2.2. «Camaradas», Il Popolo d’Italia, 7 de noviembre de 1922
4.1. «Los vencedores», L’étudiant français. Organe bi-mensuel de la Fédération Nationale des Étudiants d’Action Française, 1 de enero de 1925
4.2. «– ¡Ha resucitado!», Le Nouveau Siècle, 16 de abril de 1925
4.3. Arminius, Kampfschrift für deutsche Nationalisten, 1 de mayo de 1927
5.1. Emblema de la Croix de Feu
5.2. Emblema de la NSKOV
6.1. «En la guerra, tu sangre. En la paz, tu trabajo». Emblema y lema de la Delegación Nacional de Excombatientes
6.2. Emblema de la Legión Française des Combattants
ABREVIATURAS
| ACS | Archivio Centrale dello Stato |
| AGA | Archivo General de la Administración |
| AMAE | Archivio del Ministero degli Affari Esteri |
| AN | Archives Nationales |
| ANMIG | Associazione Nazionale fra Mutilati e Invalidi di Guerra |
| ANRZO | Associazione Nazionale Reduci Zona Operante |
| ANC | Associazione Nazionale Combattenti |
| ARAC | Association Républicaine des Anciens Combattants |
| b. | busta |
| BArch | Bundesarchiv |
| BUF | British Union of Fascists |
| CIAMAC | Conférence Internationale des Associations de Mutilés et Anciens Combattants |
| CAUR | Comitati d’Azione per l’Universalità di Roma |
| CIP | Comitato Internazionale Permanente |
| CR | Carteggio Riservato |
| DDI | Documenti Diplomatici Italiani |
| DNVP | Deutschnationale Volkspartei |
| DNE | Delegación Nacional de Excombatientes |
| DNSE | Delegación Nacional del Servicio Exterior |
| f. | fascicolo |
| FIDAC | Fédération Interaliée des Anciens Combattants |
| FET-JONS | Falange Española Tradicionalista y de las JONS |
| JONS | Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalistas |
| LFC | Légion Française des Combattants |
| MAE-AD | Ministère des Affaires Étrangères. Archives Diplomatiques |
| MI | Ministero dell’Interno |
| MVSN | Milizia Volontaria per la Sicurezza Nazionale |
| NSDAP | Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterparte |
| NSKOV | Nationalsozialistische Kriegsopferversorgung |
| ONC | Opera Nazionale Combattenti |
| PPI | Partito Popolare Italiano |
| PNF | Partido Nacional Fascista |
| PSI | Partido Socialista Italiano |
| PSdA | Partito Sardo d’Azione |
| PSF | Parti Social Français |
| PS | Pubblica Sicurezza |
| RFB | Rote Frontkämpferbund |
| RSI | República Social Italiana |
| SA | Sturmabteilung |
| SDNA | Archivos de la Sociedad de Naciones |
| sf. | Sottofascicolo |
| SPD | Secretaría Particular del Duce |
| UNC | Union Nationale des Combattants |
| UNCi | Unione Nazionale Combattenti |
| UF | Union Fédérale |
| UNRG | Unione Nazionale Reduci di Guerra |
| UNUS | Unione Nazionale Ufficiali e Soldati |
AGRADECIMIENTOS
Este libro nació de una tesis doctoral defendida en el Instituto Universitario Europeo (Florencia, Italia) en junio de 2015. Su investigación y escritura constituyeron un periodo extraordinario de mi vida, en el cual recibí el apoyo y la ayuda de muchas personas e instituciones. Me gustaría agradecer al Ministerio de Educación por concederme una beca predoctoral del programa «Salvador de Madariaga» y proporcionarme apoyo económico adicional durante los meses que pasé como investigador visitante en la Universidad de Constanza (Alemania) y la Universidad de Roma-La Sapienza (Italia). El Departamento de Historia y Civilización del Instituto Universitario Europeo financió generosamente mis viajes de investigación al extranjero y me dio muchas otras facilidades para llevarlos a cabo. Mi trabajo se vio también beneficiado por mi condición de miembro del proyecto de investigación «Discursos e identidades de género en las culturas políticas de la derecha española, 1875-1975», financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad. En junio de 2016, el Instituto Storico della Resistenza en Toscana galardonó mi tesis con el premio Ivano Tognarini de Historia Contemporánea, una distinción por la que estoy muy agradecido. Durante las últimas etapas de redacción del manuscrito fui investigador posdoctoral en el Instituto Leibniz de Historia Europea (Mainz, Alemania), el cual me ofreció numerosos recursos, así como un estimulante ambiente académico.
Por sus esclarecedores comentarios sobre mi trabajo le estoy sinceramente agradecido a mi director, el profesor Federico Romero, así como a los miembros del jurado que examinó mi tesis doctoral, los profesores Ángela Cenarro, Sven Reichardt y Lucy Riall. Debo una especial gratitud a la profesora Ángela Cenarro, que me guio en mis primeros años como historiador y también supervisó mi investigación doctoral. Al mismo tiempo, el profesor Sven Reichardt me dio consejos cruciales durante el tiempo que pasé como investigador en Constanza, por los cuales estoy en deuda con él. Querría también mostrar mi más profundo aprecio por el profesor Giovanni Sabbatucci, quien con gran generosidad y hospitalidad me recibió en Roma para hablar sobre cuestiones históricas que él mismo había investigado magistralmente cuatro décadas atrás.
Además, mi trabajo mejoró gracias a las críticas constructivas de muchos otros historiadores. Los profesores Heinz-Gerhard Haupt, Laura Lee Downs y Robert Gerwarth leyeron partes de mi tesis y me hicieron comentarios realmente útiles. Al mismo tiempo, los revisores anónimos del manuscrito también apuntaron cuestiones muy relevantes para mejorarlo. Dónal Hassett y Stephanie Wright no solo me dieron sus puntos de vista sobre mi trabajo, sino que colaboraron revisando cuidadosamente el manuscrito. Jessica Bate contribuyó a hacer el texto final más legible. Jay Winter y Michael Watson me guiaron durante el proceso final de edición. Por supuesto, la responsabilidad de cualquier error o inexactitud que se pueda encontrar en el libro es exclusivamente mía.
Quiero también expresar mi gratitud a muchos otros historiadores con los cuales he disfrutado debatiendo sobre preocupaciones intelectuales y profesionales en aquellos años: David Alegre, Giulia Albanese, Miguel Alonso, Miguel Ángel del Arco, Aurora Artiaga, Arnd Bauerkämper, Romain Bonnet, Zira Box, David Brydan, Jesús Casquete, Antonio Cazorla, Gustavo Corni, Robert Dale, Lourenzo Fernández Prieto, Miriam Franchina, Ferran Gallego, Bernhard Gissibl, Claudio Hernández, Anke Hoffstadt, Mark Jones, Daniel Knegt, Anna Lena Kocks, Nicola Labanca, Daniel Lanero, José Luis Ledesma, Francisco Leira, Elissa Mailänder, James Matthews, David A. Messenger, Jaremy McMullin, John Paul Newman, Xosé M. Núñez Seixas, Stephen R. Ortiz, Rubén Pallol, Mercedes Peñalba-Sotorrío, Alejandro Pérez-Olivares, Pierluigi Pironti, Alejandro Quiroga, Javier Rodrigo, Miguel Ángel Ruiz Carnicer, Pedro Rújula, Alessandro Salvador y Martina Salvante. Muchas otras personas, investigadores y profesionales de las diferentes instituciones académicas, archivos y bibliotecas que visité contribuyeron directa o indirectamente a hacer mi trabajo más fácil y satisfactorio. Debo mencionar especialmente a mis amigos y colegas Natalia Galán, Cloe Cavero, Miguel Palou y José Miguel Escribano, quienes me ayudaron y apoyaron en diferentes fases de mi investigación. Por último, si bien no menos importante, quería agradecer profundamente a mi familia y especialmente a Neha: este libro es una compensación insignificante por todo el tiempo que no estuvimos juntos.
AGRADECIMIENTOS EN ESTA EDICIÓN
Esta traducción al español no habría sido posible sin el apoyo que tuve de la Universidad de Melbourne (Australia), School of Historical and Philosophical Studies, para realizarla. Agradezco también al traductor, Miguel Alonso Ibarra, por su paciente y efectivo trabajo, así como a Julián Sanz Hoya, a Amparo Jesús-María y a la dirección de Publicacions de la Universitat de València por su ayuda, interés y flexibilidad para publicar este libro.
INTRODUCCIÓN
Esta obra analiza la relación transnacional entre los veteranos de guerra y el fascismo en la Europa de entreguerras.1 Durante décadas, los historiadores han tratado de explicar por qué el continente europeo, apenas veinte años después de un cataclismo bélico de dimensiones homicidas sin precedentes, se vio envuelto en un nuevo conflicto mundial todavía más catastrófico. Es cierto que se dieron importantes experiencias democráticas y avances significativos en diversos campos en el periodo de entreguerras, pero también que este asistió a la progresiva demolición del orden pacífico surgido tras la Gran Guerra, en el que mucha gente había puesto sus esperanzas. Aunque a comienzos de 1919 las democracias dominaban claramente Europa, en junio de 1940 eran la excepción a la norma. Este eclipse, marcado por violentos conflictos y guerras civiles, no puede comprenderse sin situar en su centro al fascismo, un producto de la experiencia de la Primera Guerra Mundial, que además fue el principal detonante de la segunda. En este contexto, explicar los vínculos entre el fascismo y los veteranos de guerra es esencial, porque estos hombres fueron también un legado directo de la Gran Guerra.
Si quisiéramos sugerir que los veteranos de la Primera Guerra Mundial estuvieron estrechamente conectados con los orígenes de fascismo, podríamos encontrar fácilmente multitud de indicios superficiales. Por ejemplo, ya es un cliché afirmar que Hitler fue uno de los millones de soldados desmovilizados del derrotado ejército alemán. Al igual que él, Mussolini también combatió en la Gran Guerra. Los historiadores han señalado en innumerables ocasiones que los grupos paramilitares de la primera posguerra, como los Freikorps y el primigenio fascismo italiano, estaban formados por muchos excombatientes. Durante los años veinte y treinta, los movimientos fascistas alcanzaron notoriedad casi por toda Europa con sus desfiles paramilitares en los que sus miembros, ataviados con uniformes, lucían las medallas que habían obtenido en las trincheras. El militarismo fue una característica definitoria del fascismo, y aparentemente la guerra y el fascismo fueron de la mano. Pero ¿fueron estos hechos simples coincidencias circunstanciales, o por el contrario revelan una conexión esencial entre el fascismo y los veteranos de guerra? Los historiadores todavía no han conseguido dar con la respuesta a esta pregunta.
La historia que cuenta este libro reexamina la compleja relación entre los veteranos de guerra y el fascismo. Este trabajo analiza los procesos de transnacionalización y fascistización de la política excombatiente del periodo, examinando los orígenes culturales, sociológicos y políticos del fascismo y su expansión europea, para reinterpretar este fenómeno y subsanar vacíos existentes en el conocimiento histórico. Si bien es cierto que se ha escrito mucho sobre los movimientos excombatientes de entreguerras y que la historiografía del fascismo es inmensa, solamente unos pocos trabajos han abordado directamente los lazos históricos entre ambos. Y aunque muchos de estos estudios han girado en torno a la controvertida tesis de la «brutalización» propuesta por el historiador George L. Mosse, nunca se ha alcanzado una interpretación universalmente aceptada; un debate que, además, ha ignorado muchas facetas de la relación entre excombatientes y fascismo.
VETERANOS DE GUERRA
Centrarse en los veteranos del periodo de entreguerras significa observar la historia de los excombatientes de la guerra industrializada. En la edad contemporánea, como señaló el teórico militar alemán Carl von Clausewitz,2 hacer la guerra se convirtió en una iniciación a la política. Desde la Revolución francesa, el servicio militar estuvo estrechamente ligado a nociones de ciudadanía, y el Estado comenzó a compensar generosamente la participación en la defensa de la nación. La adopción del servicio militar universal, conectada con la nacionalización del ejército, fue un proceso transnacional. Sin embargo, todavía permanecían ciertas tensiones por resolver: si bien los ciudadanos varones garantizaban su futura libertad política a través de su servicio militar, este también comportaba someterse al ejército: un sistema coercitivo aislado del conjunto de la sociedad.3 Además, durante el siglo XIX los ejércitos europeos fueron adoptando nuevas funciones que también condicionaron las actitudes político-sociales de sus veteranos. Los Estados utilizaron sus fuerzas armadas para expandir y retener imperios coloniales, para acelerar procesos de unificación nacional o para solventar guerras civiles. A menudo, las autoridades estatales asignaron tareas de orden público a los militares, confiándoles la represión de las protestas obreras y la defensa de la propiedad.4 No sorprende, pues, que el reclutamiento forzoso se volviese altamente impopular.5 Como resultado, la figura del soldado comenzó a asociarse con la defensa del establishment, la agresión nacionalista o imperialista y la coerción.6
Fue en este contexto en el que los antiguos soldados se movilizaron para crear asociaciones, que se consolidaron en el seno de una más amplia y emergente sociedad civil. Sus organizaciones cultivaban la memoria de las guerras nacionales y desempeñaban funciones de asistencia mutua. De igual modo, estaban estrechamente ligadas con los militares en activo. En Italia, por ejemplo, los grupos patrióticos de excombatientes de las guerras de independencia tenían una cierta influencia a nivel político.7 Por su parte, algunas asociaciones patrióticas de veteranos se tornaron en baluartes del conservadurismo social y el antisocialismo, como el Deutscher Kriegerbund (Kyffhäuserbund) en la Alemania guillermina.8 Pero dado que el número de antiguos soldados era minúsculo en proporción a la población, el peso de los veteranos en política era mínimo. Esto cambiaría drásticamente con el advenimiento de la Primera Guerra Mundial.
Es razonable suponer que todos los excombatientes de diferentes periodos históricos comparten un conjunto de atributos comunes basados en una experiencia bélica comparable.9 De hecho, se puede aprender mucho sobre los veteranos de entreguerras observando las experiencias vividas por los soldados entre 1914 y 1918. No en vano, los historiadores han hablado de una «generación de la guerra» típicamente formada por jóvenes burgueses alistados como voluntarios y que en ocasiones regresaron creyendo haberse convertido en individuos distintos y mejores.10 Sin embargo, resulta imposible hallar un patrón en las respuestas políticas a las experiencias bélicas, pues estas variaron notablemente en función de la clase social y la procedencia sociológica de los actores.11 Aunque algunos historiadores creen que todos los excombatientes comparten un conjunto de características que reflejan la naturaleza de su experiencia bélica,12 sería erróneo sostener que, consecuentemente, todos los veteranos coinciden en un instinto político común.
De hecho, la propia noción de «excombatiente» puede encarnar significados notablemente diferentes dependiendo no solo del Estado nación, sino también del idioma. Al fin y al cabo, ¿qué es un «veterano de guerra»? Incluso antes de que esta noción se definiese oficialmente a nivel legal, los actores históricos ya le habían conferido toda una serie de connotaciones implícitas y subjetivas que variaban según la lengua empleada. No era exactamente lo mismo decir, como en Gran Bretaña, ex-servicemen, que emplear el término más agresivo combattenti, tal y como hacían los italianos. De igual modo, tampoco era neutral denominarlos como Kriegsopfer («víctima de guerra») o Frontkämpfer («combatiente del frente»), como hicieron los nazis en ciertas ocasiones, en lugar de llamarlos ehemalige Kriegsteilnehmer (literalmente, «antiguos participantes en la guerra»). Las razones que explican tamaña variedad de nociones y significados han de buscarse en los marcos nacionales y regionales que condicionaron y dieron forma a las luchas políticas por definir el símbolo del veterano, tal y como veremos. Este libro utiliza el concepto de «veterano», más común en los Estados Unidos, como el menos sesgado para analizar este capítulo de historia europea.13*
Aunque sea difícil definir a los excombatientes como un grupo histórico claramente identificable y políticamente coherente, los historiadores de los veteranos de entreguerras han intentado a menudo determinar su orientación política predominante. Durante los años cincuenta y sesenta, los académicos solían recordar la afinidad de las asociaciones de veteranos con los partidos fascistas y derechistas.14 Los grupos paramilitares posbélicos, muchos de los cuales estaban formados por excombatientes, fueron descritos como «vanguardia del nazismo».15 Posteriormente, una historiografía en transformación revisaría esta percepción de los veteranos como potenciales fascistas. Los historiadores alemanes eran conscientes de que los veteranos de entreguerras habían creado asociaciones muy diversas a nivel político.16 En Italia, donde la idea de los excombatientes como protofascistas había pervivido, el historiador Giovanni Sabbatucci recuperó la historia del ambicioso, aunque fallido, proyecto democrático por una «renovación» política de Italia (rinnovamento) que los veteranos transalpinos impulsaron entre 1919 y 1920.17 Antoine Prost, en un exhaustivo estudio sobre el movimiento de veteranos franceses, planteó que estos, lejos de representar una amenaza fascista, constituyeron una barrera contra la expansión del fascismo en Francia.18 Durante los años setenta, un conjunto de estudios sobre los excombatientes mostró que no era posible asignarles una orientación política clara, ya que estos no solo abrazaron causas de derechas sino también de izquierdas: las diversas organizaciones de veteranos dentro de un mismo país eran, a menudo, rivales políticos. Así, corrigiendo la tendencia general a ver a los grupos de veteranos como predominantemente de derechas y potencialmente fascistas, estos trabajos generaron una imagen más sopesada.19
Esto no significa que se pasase a ignorar la importancia de la política y la ideología de los excombatientes en los orígenes del fascismo, que importantes contribuciones al estudio del fascismo y el nazismo siguieron abordando. Emilio Gentile explicó los orígenes del fascismo como una ideología totalitaria y revolucionaria surgida de la experiencia de la Primera Guerra Mundial.20 Según Gentile, el combattentismo, una suerte de instinto de rebeldía que animó a los veteranos italianos en su regreso, fue uno de los componentes cruciales de la ideología fascista. George L. Mosse apuntó que la revolucionaria ideología nacionalsocialista y el nacionalismo völkisch adquirieron una base de masas tan solo después de la Gran Guerra; según él, las organizaciones de veteranos (como el Stahlhelm) contribuyeron a expandir esta ideología.21 En su libro Soldados Caídos, Mosse definió la persistencia de la violencia en entreguerras como la «brutalización» de la política.22 Afirmó que la experiencia de la guerra de trincheras, con su confrontación diaria con la muerte, originó una deshumanización y trivialización posbélica de la violencia que, en última instancia, conduciría al genocidio. La derecha política y, fundamentalmente, los veteranos de guerra aparecían como los agentes clave de esa «brutalización» de la política.
El debate generado desde entonces en torno a la tesis de la «brutalización» continúa en la actualidad. La idea de «brutalización» se ha convertido, para algunos historiadores, en una herramienta de análisis con la que entender la violencia del periodo de entreguerras. De hecho, los estudios de la historia cultural de la guerra han planteado que la Gran Guerra fue la matriz del totalitarismo, señalando a los veteranos como importantes vectores de violencia.23 Otros historiadores, por el contrario, se han mostrado escépticos con el impacto de la experiencia de la Gran Guerra a largo plazo e incluso han negado la existencia de dicha «brutalización».24 En esta línea, se ha subrayado el hecho de que los veteranos franceses, tal y como señaló Prost, estaban comprometidos con el pacifismo. Richard Bessel, que analizó detalladamente la situación socioeconómica de Alemania tras la Gran Guerra, apuntó que los soldados del frente se reintegraron efectiva y pacíficamente; tan solo una pequeña minoría se unió a los mercenarios Freikorps.25 De hecho, recientemente Benjamin Ziemann ha resaltado la importancia de una cultura republicana y democrática entre los veteranos alemanes, sosteniendo que la experiencia de guerra generó, más bien, sentimientos pacifistas entre los excombatientes.26
En los últimos años, los historiadores han utilizado los conceptos de «desmovilización cultural», «culturas de la victoria» y «culturas de la derrota» para explicar por qué las experiencias bélicas traumáticas y violentas, aun siendo similares para todos los combatientes, solo tuvieron efectos «brutalizadores» en determinados países.27 A través de un análisis de los procesos de desmovilización, se han detallado los diferentes caminos que siguieron los veteranos de diversos países tras 1918. En Gran Bretaña y Francia, la población en general, y los veteranos en particular, abandonaron las actitudes y mentalidades propias del tiempo de guerra más fácilmente que, por ejemplo, en Alemania o Italia.28 En estos países, la circulación de mitos posbélicos, como el de la «puñalada por la espalda» (Dolchstoß) y la «victoria mutilada», muy probablemente lastraron el proceso de desmovilización mental.29 Es cierto que en Alemania y Austria, numerosos veteranos, sobre todo antiguos oficiales, y jóvenes estudiantes nacionalistas, se unieron a las unidades paramilitares contrarrevolucionarias, pero más que la experiencia de guerra, fueron la derrota y la revolución las catalizadoras de su reacción violenta.30 La violencia de posguerra fue el resultado del colapso de la autoridad estatal y de la radicalización política de muchos grupos sociales diferentes –no solo los veteranos de guerra– como consecuencia de la movilización y la desmovilización militares.31
El caso de Italia, uno de los países vencedores en 1918 pero afectado de «brutalización» de la política, es crucial para entender el contexto en el que surgió el fascismo, pero existen muchos huecos todavía por llenar en su conocimiento.32 La interpretación predominante sostiene que el Estado liberal italiano y la izquierda política fracasaron a la hora de desmovilizar y reintegrar en la sociedad a las tropas retornadas del frente; por ende, algunos veteranos se habrían convertido en fascistas o en seguidores de D’Annunzio en Fiume, mientras que la neutralidad y la obediencia al Estado de los oficiales del ejército se debilitaban progresivamente.33 En la primera parte del presente libro, revisaré esta interpretación analizando la desmovilización desde un punto de vista cultural y transnacional. Más allá de las paradojas a las que conduce el paradigma de la «brutalización», estas innovadoras perspectivas son fundamentales para responder cómo y en qué medida los veteranos de guerra estaban conectados con las nuevas ideas, movimientos y regímenes fascistas del periodo de entreguerras.
FASCISMO
Observando la historia de los movimientos y regímenes fascistas europeos, este libro ofrece una perspectiva geográfica y cronológica más amplia que la mayoría de los trabajos sobre la desmovilización posbélica. Al examinar la historia del fascismo en su relación con los excombatientes, debemos observar las más de dos décadas de su evolución, así como trascender el marco del Estado nación que habitualmente ha dado forma a las investigaciones.34 Analizando trasnacionalmente los múltiples estratos de la duradera relación entre los excombatientes y el fascismo, este libro cubre vacíos importantes en el conocimiento del tema y contribuye a una nueva interpretación del fascismo como fenómeno trasnacional.
Aunque la bibliografía sobre el fascismo es ciertamente inmensa, los historiadores apenas han explorado cómo los símbolos, mitos y discursos sobre la guerra construidos por esta ideología se tradujeron en prácticas y políticas sociales. En especial, la relación entre la política excombatiente y el fascismo permanece todavía insuficientemente estudiada. Si bien es cierto que muchos trabajos se han ocupado de examinar la presencia de excombatientes y soldados dentro de los movimientos fascistas,35 tan solo unos pocos han considerado la idea del combatiente como un constructo cultural manipulado tanto por dichos movimientos como por los regímenes fascistas.36 Aunque la importancia de la guerra para el fascismo,37 y en particular para el nacionalsocialismo alemán,38 haya sido resaltada como una cuestión seminal, estos trabajos han tendido a situarse dentro del debate de la «brutalización»39 y raramente han empleado enfoques transnacionales o de largo alcance. Por consiguiente, reconstruir la historia de los discursos y organizaciones fascistas dirigidos a los veteranos de la Gran Guerra es una tarea pendiente, y es desde una perspectiva transnacional desde donde podemos obtener nuevas conclusiones.
¿A qué me refiero cuando hablo de fascismo? Hoy en día existe una creciente tendencia a considerar «fascismo» como un una categoría vaga y contradictoria que los propios sujetos históricos usaron para alcanzar sus objetivos, dentro de un contexto transnacional.40 Siguiendo este planteamiento, parto de la premisa de que existe un fenómeno fascista plural de carácter transnacional que englobaba a diferentes movimientos y regímenes, empezando por el Fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán. En este sentido, rechazo que el fascismo sea un objeto estático o una categoría abstracta en la que deba identificarse un núcleo esencial, ya que los regímenes y movimientos fascistas nunca estuvieron herméticamente aislados de otras manifestaciones políticas de corte autoritario, parafascista o contrarrevolucionario.41 Tal y como ha planteado Michel Dobry, «la categoría de fascismo es el producto de las acciones, luchas y la autoidentificación de los propios actores políticos».42 Por tanto, la mejor manera de comprender esta ideología es situarla en su contexto histórico y poner de manifiesto su transformación y difusión a lo largo y ancho del continente europeo.43 Aquí observaremos el fascismo en acción, es decir, como un proceso expansivo de rápida evolución que, tras su nacimiento en Italia, se manifestó en el contexto transnacional de la Europa de entreguerras. En definitiva, este libro trata del «fascismo transnacional».
Estudiar una ideología y un movimiento político como el fascismo desde un punto de vista transnacional implica atender a las «transferencias multidireccionales» y a la circulación de «ideas, información y recursos».44 La historia transnacional va «más allá de los límites nacionales y busca explorar las conexiones transfronterizas», «entre individuos, identidades no nacionales y agentes no estatales, […] en términos de objetivos compartidos por actores y comunidades, independientemente de su nacionalidad».45 Así, los trabajos sobre «fascismo transnacional» han revelado interconexiones, contactos y rivalidades existentes entre la Italia Fascista y la Alemania nazi, procesos que condujeron a la coalición entre ambas potencias a finales de los años treinta. Se han evidenciado no solo similitudes y diferencias entre ambos regímenes, sino también su estrecho parentesco, lazos e influencia mutua: los movimientos y regímenes fascistas fueron al mismo tiempo ultranacionalistas y transnacionales. Al enfatizar las conexiones e intercambios, los historiadores han demostrado el enorme grado de circulación –incluso transatlántica– del fascismo en entreguerras.46 Hoy en día tenemos claro que, durante los años veinte, el Fascismo italiano inspiró a diversos grupos contrarrevolucionarios, nacionalistas y de derechas en muchos otros países;47 pero también que, a la altura de 1934, Hitler ya había sustituido a Mussolini como el referente principal de la extrema derecha europea. Tras los primeros intentos de cooperación entre fascistas italianos y nacionalsocialistas germanos, su pugna por el liderazgo terminó por consolidar a los nazis como el modelo que seguir por los fascistas europeos, y a Alemania como fuerza motriz del Eje.48 Como quiera que sea, esta estrecha imbricación entre ambos fenómenos evidencia la extensión del fenómeno fascista en la Europa de entreguerras y permite entrever su compleja «naturaleza». De hecho, la perspectiva transnacional puede llegar a promover una redefinición del propio concepto de fascismo.49 Este libro contribuye a extender la práctica de la historia transnacional al observar no solamente el papel de redes de sociabilidad política, de instituciones internacionales y de comunidades de inmigrantes, sino también la transmisión, de un país a otro, de mitos y estereotipos que sintetizaban la ideología fascista, como habrá ocasión de demostrar.
Si la idea de un fascismo transnacional constituye un avance historiográfico ciertamente reciente, un análisis transnacional de la relación histórica entre los veteranos y el fascismo supone ir un paso más allá. Algunas investigaciones ya han sugerido la importancia de los contactos internacionales entre veteranos fascistas, abordando así la dimensión trasnacional de la política excombatiente de entreguerras.50 Por ejemplo, un pequeño número de publicaciones ha indagado en los contactos internacionales y las influencias mutuas entre dirigentes fascistas, nacionalsocialistas y otros líderes excombatientes de diversos países.51 No obstante, el amplio fenómeno transnacional que se percibe detrás de estos contactos bilaterales permanece todavía inexplorado. Este libro revela con detalle esa compleja red de conexiones, encuentros y transferencias que dieron forma a la relación histórica entre excombatientes y fascismo en la Europa de entreguerras.
METODOLOGÍAS
La primera pregunta necesaria para analizar la relación transnacional entre el fascismo y los veteranos en la Europa de entreguerras es la siguiente: ¿por qué y cómo la figura del excombatiente llegó a asociarse con el emergente movimiento e ideología fascista? Para responderla, evitaremos lecturas esencialistas de la tesis mosseana de la «brutalización». También eludiremos ideas preconcebidas sobre los veteranos de guerra. Es erróneo percibirlos como colectivo histórico cohesionado y coherente, que pudo convertirse en un grupo internacionalista pacifista o bien nacionalista y belicoso. Los historiadores a veces se han planteado la cuestión de cuántos veteranos se convirtieron en fascistas «brutalizados» y cuántos no lo hicieron, para de ahí sacar conclusiones sobre la base de un análisis cuantitativo. Pero esta perspectiva simplista conduce a interpretaciones inconcluyentes y superficiales y, lo que es más, comporta asumir de manera acrítica una noción de «veterano» monolítica, esencialista y dada de antemano. Como demostraremos, la categoría de «veterano» fue sobre todo un constructo cultural, cuyo significado se definió históricamente a través de una serie de luchas discursivas y organizativas. Para explicar estos procesos, por tanto, no recurriré al concepto de «brutalización», sino más bien a los de «apropiación simbólica», «estereotipo», y «mito».
El primero de estos conceptos, «apropiación simbólica», es un término empleado habitualmente por antropólogos culturales y sociales. Con él, nos referimos a un proceso por el cual los símbolos, materiales culturales y objetos adquieren un significado específico, asociándose a un determinado grupo humano o poder político. Así, observaremos al «veterano de guerra» como un símbolo transnacional al que le fueron conferidos nuevos significados como resultado de la experiencia de la Primera Guerra Mundial. El capítulo primero abordará el proceso transnacional de apropiación simbólica que tuvo lugar en Europa occidental entre 1917 y 1919 y cuyo resultado fue la consolidación de un conjunto de creencias en torno a lo que llamaré «veteranos antibolcheviques». En este sentido, analizaré los discursos y las representaciones de los excombatientes de ese periodo en diversos países, especialmente la Italia de posguerra, y que dieron lugar a una idea estereotipada del «veterano fascista».
A continuación, el concepto de «estereotipo» nos permitirá examinar el comienzo del proceso de circulación europea del fascismo. «Un estereotipo es un conjunto de creencias acerca de las características personales de un grupo social».52 Aunque los estereotipos tienden a ser negativos, también son una «ayuda para explicar la realidad… un mecanismo que nos ahorra energía… una creencia compartida por un grupo»; siempre contienen un núcleo de verdad.53 Resulta llamativo ver cómo la teoría sobre el origen de los estereotipos54 es aplicable a la formación de la creencia de que muchos fascistas italianos eran veteranos de guerra y viceversa. Una vez que arraigó esta idea, el estereotipo del excombatiente fascista circuló por todo el continente europeo a través de procesos comunicativos que, de acuerdo con la teoría, «pueden jugar un rol esencial en la extensión y perpetuación de los estereotipos sociales».55 De esta manera, el excombatiente fascista se convirtió en una de las encarnaciones más icónicas del fascismo. Tal y como veremos, este estereotipo tuvo una notable influencia a nivel político, ya que no solo los fascistas serían –mayoritariamente–vistos como veteranos de guerra, sino que en muchas ocasiones los veteranos en general fueron suspicaz o entusiásticamente identificados como fascistas o potenciales fascistas. Comprender este fenómeno es extremadamente importante porque, como es bien sabido, en realidad solo una proporción muy pequeña de los excombatientes se convirtieron al fascismo, al menos al principio.
La existencia y circulación de un estereotipo del «veterano fascista» podría haber sido un fenómeno inocuo si el fascismo no hubiera conquistado nunca el poder, pero la Marcha sobre Roma consiguió cristalizar un importantísimo mito. La extendida creencia de que los veteranos italianos habían formado el núcleo de un movimiento político capaz de hacerse rápidamente con el poder, de destruir la amenaza bolchevique y conferir a la comunidad excombatiente un liderazgo al que presuntamente tenían derecho, es lo que denominaré como el «mito de los veteranos fascistas»: una narrativa que permitió dotar de sentido a aquellos eventos, y atribuirles una profunda significación.56
Este libro no solo busca entender cómo se construyó una idea generalizada del «veterano fascista», sino también analizar de qué forma el modelo fascista de política excombatiente se extendió por toda Europa con el paso del tiempo, particularmente durante los años treinta. Para ello, se estudian fenómenos históricos transfronterizos tales como «transferencias», «redes», «circulación» y «encuentros»;57 unos procesos acontecidos en el seno de un poroso espacio geográfico que se correspondió –esencialmente, aunque no exclusivamente– con cuatro países: Italia, Alemania, España y Francia. El Fascismo nació en Italia, por lo que los acontecimientos que tuvieron lugar en dicho país tendrán una relevancia capital para nuestro análisis. Alemania no solo requiere atención para la década de los treinta, sino remontándose hasta 1919. Por su parte, España y Francia se vieron profundamente afectados por lo que sucedía en los países de su entorno, ya que en ambos se impusieron dictaduras de inspiración fascista entre 1939 y 1940. Fascistas y veteranos de guerra desarrollaron contactos transfronterizos en múltiples direcciones, sobre todo dentro de la región que conformaban los cuatro países mencionados. No obstante, diversos acontecimientos importantes también tuvieron lugar lejos de este crucial espacio de comunicación. Por ejemplo, lo que sucedía en determinados momentos en Rusia, Rumanía o Estados Unidos es para nosotros igual de importante que lo sucedido en Milán en 1919, Roma en 1922, Berlín en 1933, París en 1934 o Madrid en 1939. En este sentido, espero que el lector no tome mis poco convencionales saltos narrativos de un país a otro como un síntoma de inconsistencia metodológica, ya que más bien se trata de ajustar este particular marco geográfico al espacio político transnacional del fascismo.
En definitiva, lo que este libro sostiene es que la relación histórica entre excombatientes y fascismo estuvo definida por la manipulación de un conjunto de ideas trasnacionales, culturalmente construidas, y míticas acerca del veterano de guerra. Primero, dicha manipulación permitió al Fascismo italiano convertirse en un movimiento político diferenciado, original e influyente. Segundo, contribuyó a su crecimiento, toma del poder y consolidación dentro de Italia. Tercero, posibilitó la transformación del Fascismo italiano en un fenómeno transnacional en Europa: el fascismo con minúscula. Cuarto, abrió el camino para la creación de una entente fascista internacional entre el Fascismo italiano, el nacionalsocialismo alemán, y otros movimientos. Y quinto, contribuyó de manera crucial a la expansión militar del fascismo y a la imposición de nuevos regímenes fascistas, o inspirados en esta ideología, en España y Francia.
Para sostener estos planteamientos, este libro se cimienta en una robusta base empírica compuesta por fuentes de archivo y publicaciones contemporáneas procedentes de diversos países, sobre todo Italia, Alemania, Francia y España. En este sentido, la fuente primaria empleada con mayor frecuencia ha sido la prensa excombatiente,58 junto a libros y folletos de la época. Por su parte, los archivos estatales, incluyendo los de los ministerios de exteriores, han aportado un significativo componente de fuentes primarias. Aunque algunos historiadores ya habían trabajado este material, yo lo he analizado desde nuevos puntos de vista y buscando evidencias de la a menudo soslayada dimensión transnacional, así como de la circulación transfronteriza de símbolos y discursos. Yendo más allá de la perspectiva del Estado nación, mi comparación sistemática de la prensa publicada simultáneamente en varios países durante el periodo revela una imagen de los acontecimientos históricos distinta y más completa. Además, he recuperado un conjunto de fuentes impresas que nunca habían sido sistemáticamente utilizadas en la investigación histórica, como por ejemplo los diarios de la fascista Associazione Nazionale Combattenti, L’Italia combattente y L’Italia grigio-verde, al tiempo que he recopilado información sobre las acciones y el pensamiento de sujetos históricos que habían sido en buena medida obviados hasta ahora por los historiadores.
La estructura del libro es relativamente simple. Se compone de tres partes, cada una de ellas formada por dos capítulos. La primera aborda los inicios de la conexión transnacional entre veteranos y fascismo: el capítulo primero analiza los orígenes de este vínculo durante la Gran Guerra y la inmediata posguerra, mientras que el capítulo segundo, centrado en Italia, muestra cómo se construyó el Fascismo italiano sobre dicha base y cómo esto tuvo un tremendo impacto en el extranjero. La segunda parte de la obra analiza los años veinte: el capítulo tercero estudia la fascistización de la política excombatiente en Italia, al tiempo que el cuarto muestra cómo el vínculo mítico entre veteranos y fascismo se extendió por Europa, contribuyendo a la aparición de otros movimientos fascistas. Finalmente, la tercera parte profundiza en los años treinta: el capítulo quinto explica cómo las políticas excombatientes fascistas confluyeron en Europa occidental, mientras que el capítulo sexto aborda los acontecimientos finales de esa relación transnacional entre veteranos y fascismo, esto es, las nuevas guerras y la imposición de dictaduras en Francia y España.
1 En este libro, fascismo, en minúscula, se refiere al fenómeno transnacional, y Fascismo, en mayúscula, únicamente al movimiento original italiano y al posterior régimen.
2 Carl von Clausewitz: On War (editado y traducido por Michael Howard y Peter Paret), Princeton, Princeton University Press, 1984, p. 605.
3 Thomas Hippler: Citizens, Soldiers and National Armies. Military Service in France and Germany, 1789-1830, Londres, Routledge, 2008.
4 John Gooch: Army, State and Society in Italy, 1870-1915, Houndmills, Macmillan, 1989; Anja Johansen: «Violent Repression or Modern Strategies of Crowd Management? Soldiers as riot police in France and Germany, 1890-1914», French History 15, 2001, pp. 400-420.
5 Rafael Núñez Florencio: Militarismo y antimilitarismo en España, Madrid, CSIC, 1990.
6 Véase, por ejemplo, Gérard de Puymége: Chauvin, le soldat-laboureur: contribution à l’étude des nationalismes, París, Gallimard, 1993.
7 Marco Fincardi: «I reduci risorgimentali veneti e friulani», Italia contemporanea 222, 2001, pp. 79-83.
8 Alex Hall: «The War of Words: Anti-socialist Offensives and Counter-propaganda in Wilhelmine Germany 1890-1914», Journal of Contemporary History 11, 2-3, 1976, pp. 11-42.
9 Stéphane Audoin-Rouzeau: Combattre. Une anthropologie historique de la guerre moderne, XIXe-XXIe siècle, París, Seuil, 2008; David A. Gerber (ed.): Disabled Veterans in History, Michigan, University of Michigan Press, 2000.
10 Robert Wohl: The Generation of 1914, Cambridge (MA), Harvard University Press, 1979; Paul Fussell: The Great War and Modern Memory, Oxford, Oxford University
Press, 1975 [traducción al español: Paul Fussell: La Gran Guerra y la memoria moderna, Madrid, Turner, 2006]; Mario Isnenghi, Il mito della Grande Guerra, Bari, Laterza, 1970.
11 Véase Richard Bessel: «The Front Generation and the politics of Weimar Germany», en Mark Roseman (ed.): Generations in Conflict. Youth Revolt and Generation Formation in Germany, 1770-1968, Cambridge, Cambridge University Press, 2005, pp. 121-136.
12 Eric J. Leed: No Man’s Land. Combat & Identity in World War I, Cambridge, Cambridge University Press, 1979; Martin Crotty y Mark Edele: «Total War and Entitlement: Towards a Global History of Veteran Privilege», Australian Journal of Politics and History 59, 1, 2013, pp. 15-32.
13* N. del T.: En castellano, el término de uso más frecuente es excombatiente, que también se empleará en este libro como equivalente de war veteran o veteran. El empleo del término excombatiente para definir a los veteranos de guerra proviene en buena medida de la época franquista, ya que fue empleado por la dictadura para denominar a los soldados que habían combatido en la Guerra Civil española.
14 René Remond: «Les anciens combattants et la politique», Revue française de science politique, 5ème année, 2, 1955, pp. 267-290; Graham Wootton: The Politics of Influence.
British Ex-Servicemen, Cabinet Decisions and Cultural Change (1917-57), Londres, Routledge & Kegan Paul, 1963; Elliott Pennell Fagerberg: The ‘Anciens Combattants’ and French Foreign Policy, tesis doctoral inédita, Université de Genève, 1966.
15 Robert G. L. Waite: Vanguard of Nazism. The Free Corps Movement in Postwar Germany 1918-1923, Cambridge (MA), Harvard University Press, 1952.
16 Volker R. Berghahn: Der Stahlhelm. Bund der Frontsoldaten, Düsseldorf, Droste, 1966; Alois Klotzbücher: Der politische Weg des Stahlhelm, Bund der Frontsoldaten in der Weimarer Republik. Ein Beitrag zur Geschichte der ‘Nationalen Opposition’ 1918-1933, conferencia inagural, Friedrich-Alexander-Universität zu Erlangen-Nürnberg, 1964; Karl Rohe: Das Reichsbanner Schwarz Rot Gold: Ein Beitrag zur Geschichte und Struktur der politischen Kampfverbaende zur Zeit der Weimarer Republik, Düsseldorf, Droste, 1966; Kurt G. P. Schuster: Der Rote Frontkämpferbund 1924-1929, Düsseldorf, Droste, 1975; C. J. Elliot: «The Kriegervereine and the Weimar Republic», Journal of Contemporary History 10, 1, 1975, pp. 109-129; Ulrich Dunker: Der Reichsbund jüdischer Frontsoldaten 1919-1938. Geschichte eines jüdischen Abwehrvereins, Düsseldorf, Droste, 1977.
17 Giovanni Sabbatucci: I combattenti nel primo dopoguerra, Roma / Bari, Laterza, 1974. Véase igualmente Ferdinando Cordova: Arditi e legionari Dannunziani, Padua, Marsilio, 1969.
18 Antoine Prost: Les Anciens Combattants et la Societé Française 1914-1939, 3 vols., París, Presses de la Fondation Nationale des Sciences Politiques, 1977; también, Antoine Prost: In the Wake of War. The ‘Anciens Combattants’ and French Society, Providence / Oxford, Berg, 1992. Cf. Chris Millington, From Victory to Vichy. Veterans in Inter-war France, Manchester / Nueva York, Manchester University Press, 2012.
19 Stephen R. Ward (ed.): The War Generation. Veterans of the First World War, Port Washington (NY) / Londres, Kennikat Press, 1975.
20 Emilio Gentile: Le origine della ideologia fascista, Bari, Laterza, 1975; igualmente, Emilio Gentile: Storia del partito fascista. 1919-1922. Movimento e milizia, Roma / Bari, Laterza, 1989.
21 George L. Mosse: The Crisis of German Ideology, Intellectual Origins of the Third Reich, Nueva York, The Universal Library, 1964, pp. 254-257.
22 George L. Mosse: Fallen Soldiers. Reshaping the Memory of the World Wars, Nueva York, Oxford University Press, 1990 [traducción al español en George L. Mosse: Soldados caídos. La transformación de la memoria de las guerras mundiales, Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2016].
23 Omer Bartov: Mirrors of Destruction. War, Genocide, and Modern Identity, Oxford, Oxford University Press, 2000, pp. 16-22; Stéphane Audoin-Rouzeau y Annette Becker: 14-18, retrouver la Guerre, París, Gallimard, 2000, pp. 313-314; Angelo Ventrone: La seduzione totalitaria. Guerra, modernità, violenza politica (1914-1918), Roma, Donzelli, 2003; Enzo Traverso: A ferro e fuoco. La guerra civile europea, 1914-1945, Bolonia, Il Mulino, 2007 [traducción española: Enzo Traverso, A sangre y fuego. De la guerra civil europea (1914-1945), Valencia, Publicacions de la Universitat de València, 2009]; Alexander Mesching: Der Wille zur Bewegung. Militärischer Traum und totalitäres Programm. Eine Mentalitätsgeschichte vom Ersten Weltkrieg zum Nationalsozialismus, Bielefeld, Transcript, 2008.
24 Dirk Schumann: «Europa, der Erste Weltkrieg und die Nachkriegszeit: eine Kontinuität der Gewalt?», Journal of Modern European History 1, 1, 2003, pp. 24-43; Antoine Prost:
«Les limites de la brutalisation. Tuer sur le front occidental, 1914-1918», Vingtième Siècle. Revue d’histoire 81, 2004, pp. 5-20.
25 Richard Bessel: Germany after the First World War, Oxford, Clarendon Press, 1993.
26 Benjamin Ziemann: War Experiences in Rural Germany 1914-1923, Oxford / Nueva York, Berg, 2007, pp. 211-268; Íd., Contested Commemorations, Republican War Veterans and Weimar Political Culture, Cambridge, Cambridge University Press, 2013.
27 John Horne (dir.): «Démobilisations culturelles après la Grande Guerre», 14-18 Aujourd’hui, Today, Heute 5, 2002; Julia Eichenberg y John Paul Newman (eds.): The Great War and Veterans’ Internationalism, Nueva York, Palgrave, 2013.
28 Bruno Cabanes: La Victoire endeuillée. La sortie de guerre des soldats français (1918-1920), Seuil, París, 2004; Jon Lawrence: «Forging a Peaceable Kingdom: War, Violence, and Fear of Brutalization in Post-First World War Britain», The Journal of Modern History 75, 3, 2003, pp. 557-589; Adam R. Seipp: The Ordeal of Peace. Demobilization and the Urban Experience in Britain and Germany, 1917-1921, Farnham, Ashgate, 2009.
29 Boris Barth: Dolchstosslegenden und politische Desintegration. Das Trauma der deutschen Niederlage im Ersten Weltkrieg 1914-1933, Düsseldorf, Droste, 2003.
30 Robert Gerwarth: «The Central European Counter-Revolution: Paramilitary Violence in Germany, Austria and Hungary after the Great War», Past and Present 200, 2008, pp. 175-209.
31 Robert Gerwarth y John Horne (eds.): War in Peace. Paramilitary Violence in Europe after the Great War, Oxford, Oxford University Press, 2012; Mark Edele y Robert Gerwarth (eds.): Special Issue: «The Limits of Demobilization», Journal of Contemporary History 50, 1, 2015.
32 Giulia Albanese: «Brutalizzazione e violenza alle origini del fascismo», Studi Storici 55, 1, 2014, pp. 3-14.
33 Marco Mondini: La politica delle armi. Il ruolo dell’esercito nell’avvento del fascismo, Laterza, Roma / Bari, 2006; Marco Mondini y Guri Schwarz: Dalla guerra alla pace. Retoriche e pratiche della smobilitazione nell’Italia del Novecento, Verona, Cierre edizioni / Istrevi, 2007, pp. 23-113.
34 Ángel Alcalde: Los excombatientes franquistas. La cultura de guerra del fascismo español y la Delegación Nacional de Excombatientes (1936-1965), Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2014; Niels Löffelbein: Ehrenbürger der Nation. Die Kriegsbeschädigten des Ersten Weltkriegs in Politik und Propaganda des Nationalsozialismus, Essen, Klartext: 2013; Robert Weldon Whalen: Bitter Wounds. German Victims of the Great War, 1914-1939, Ithaca / Londres, Cornell University Press, 1984; Deborah Cohen: The War Come Home. Disabled veterans in Britain and Germany, 1914-1939, Berkeley, University of California Press, 2001.
35 Michael Mann: Fascists, Cambridge / Nueva York, Cambridge University Press, 2004 [edición en castellano: Fascistas, Valencia, Publicacions de la Universitat de València, 2007]; Sven Reichardt: Faschistische Kampfbünde. Gewalt und Gemeinschaft im italienischen Squadrismus und in der deutschen SA, Colonia / Weimar / Viena, Böhlau, 2002.
36 Matthias Sprenger: Landsknechte auf dem Weg ins Dritte Reich? Zu Genese und Wandel des Freikorpsmythos, Paderborn, Ferdinand Schöning, 2008. Véase también Benjamin Ziemann: «Die Konstruktion des Kriegsveteranen und die Symbolik seiner Erinnerung 1918-1933», en Jost Dülffer y Gerd Krumeich (eds.): Der verlorene Frieden. Politik und Kriegskultur nach 1918, Essen, Klartex-Verlag, 2002, pp. 101-118.
37 Simonetta Falasca-Zamponi: Fascist Spectacle. The Aesthetics of Power in Mussolini’s Italy, Berkeley, University of California Press, 1997, pp. 162-182; Philip Morgan: Italian Fascism, 1915-1945, 2.ª ed., Nueva York, Palgrave Macmillan, 2004.
38 Gerd Krumeich (ed.): Nationalsozialismus und Erster Weltkrieg, Essen, Klartext, 2010; Thomas Kühne, Kameradschaft. Die Soldaten des nationalsozialistischen Krieges und das 20. Jahrhundert, Gotinga, Vandenhoeck & Ruprecht, 2006.
39 Arndt Weinrich: Der Weltkrieg als Erzieher. Jugend zwischen Weimarer Republik und Nationalsozialismus, Essen, Klartext Verlag, 2013, pp. 21-25: Alessandro Salvador y Anders G. Kjøstvedt (eds.): New Political Ideas in the Aftermath of the Great War, Cham, Palgrave Macmillan, 2017, p. xiv.
40 Kevin Passmore: «L’historiographie du “fascisme” en France», French Historical Studies 37, 3, 2014, pp. 466-499; Samuel Huston Goodfellow: «Fascism as a Transnational
Movement: The Case of Inter-War Alsace», Contemporary European History 22, 1, 2013, pp. 87-106.
41 Aristotle A. Kallis: «“Fascism”, “Para-fascism” and “Fascistization”: On the Similarities of Three Conceptual Categories», European History Quarterly 33, 2, 2003, pp. 219-249.
42 Michel Dobry: «Desperately Seeking “Generic Fascism”: Some Discordant Thoughts on the Academic Recycling of Indigenous Categories», en António Costa Pinto: Rethinking the Nature of Fascism, pp. 53-84; cf. Roger Griffin: The Nature of Fascism, Londres, Printer Publishers, 1991.
43 Robert O. Paxton: The Anatomy of Fascism, Nueva York, Knopf, 2004 [traducción española, en Robert O. Paxton: Anatomía del fascismo, Madrid, Península, 2005]; Philip Morgan: Fascism in Europe, 1919-1945, Londres, Routledge, 2003.
44 Martin Durham y Margaret Power (eds.): New Perspectives on the Transnational Right, Nueva York, Palgrave Macmillan, 2010, p. 3; véase también Sven Reichardt y Armin Nolzen (eds.): Faschismus in Italien und Deutschland. Studien zu Transfer und Vergleich, Gotinga, Wallstein, 2005.
45 Akira Iriye: Global and Transnational History: The Past, Present and Future, Basingstoke, Palgrave Macmillan, 2012, pp. 11 y 15.
46 Federico Finchelstein: Transatlantic fascism. Ideology, violence, and the sacred in Argentina and Italy, 1919-1945, Durham, Duke University Press, 2010.
47 Hans Woller: Rom, 28. Oktober 1922. Die faschistische Herausforderung, Múnich, Dtv, 1999, pp. 20-57; Christian Goeschel: «Italia Docet? The Relationship between Italian Fascism and Nazism Revisited», European History Quarterly 42, 2012, pp. 480-492.
48 Arnd Bauerkämper: «Transnational Fascism: Cross-Border Relations between Regimes and Movements in Europe, 1922-1939», East Central Europe 37, 2010, pp. 214-246; véase también Salvatore Garau: «The Internationalisation of Italian Fascism in the face of German National Socialism, and its Impact on the British Union of Fascists», Politics, Religion & Ideology 15, 1, 2014, pp. 45-63.
49 Glenda Sluga: «Fascism and Anti-Fascism», en Akira Iriye y Pierre-Yves Saunier (eds.): The Palgrave Dictionary of Transnational History, Basingstoke / Nueva York, Palgrave Macmillan, 2009.
50 Martina Salvante: «The Italian Associazione Nazionale Mutilati e Invalidi di Guerra and its International Liaisons in the Post Great War Era», en Julia Eichenberg y John Paul Newman (eds.): The Great War and Veterans’ Internationalism, pp. 162-183.
51 Véase, por ejemplo, Claire Moreau Trichet: Henri Pichot et l’Allemagne de 1930 à 1945, Berna, Peter Lang, 2004.
52 Tood D. Nelson: Handbook of Prejudice, Stereotyping, and Discrimination, Nueva York, Psychology Press, 2009, p. 201.
53 Craig McGarty, Vincent Y. Yzerbyt y Russell Spears: Stereotypes as Explanations. The Formation of Meaningful Beliefs about Social Groups, Cambridge, Cambridge University Press, 2002, p. 2.
54 Perry R. Hinton: Stereotypes, Cognition and Culture, East Sussex, Psychology Press, 2000, pp. 7-8.
55 Anthony Lyons, Anna Clark, Yoshihisa Kashima y Tim Kurz: «Cultural Dynamics of Stereotypes: Social Network Processes and the Perpetuation of Stereotypes», en Yoshihisa Kashima, Klaus Fiedler y Peter Freytag: Stereotype Dynamics. Language-Based Approaches to the Formation, Maintenance, and Transformation of Stereotypes, Nueva York / Londres, Lawrence Erlbaum Associates, 2008, pp. 59-92, p. 83.
56 Para una explicación de los mitos políticos como narrativas básicas que responden a una necesidad de significación, véase Chiara Bottici: A Philosophy of Political Myth, Nueva York, Cambridge University Press, 2007.
57 Sobre estas herramientas analíticas véase Pierre-Yves Saunier: Transnational History, Nueva York, Palgrave Macmillan, 2013 [traducción española: Pierre-Yves Saunier: La historia transnacional, Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2020].
58 Para una visión general de la prensa excombatiente italiana véase Giovanni Sabbatucci: La stampa del combattentismo (1918-1925), Bolonia, Cappelli, 1980.
PRIMERA PARTE
LA POSGUERRA
1. LOS EXCOMBATIENTES DE LA GRAN GUERRA Y LOS ORÍGENES DEL FASCISMO, 1914-1919
Observar las vicisitudes de la participación italiana en la Primera Guerra Mundial sirve para explicar los orígenes de la relación entre excombatientes y fascismo. De hecho, el origen primario tanto del Fascismo italiano como del fascismo «genérico» europeo fue la Gran Guerra, que constituyó simultáneamente un acontecimiento global y europeo y una constelación de experiencias nacionales diversas. Aunque la participación italiana en el conflicto no fue radicalmente distinta a la de otros países contendientes, debemos tener en cuenta algunas de sus particularidades, por ejemplo, los vaivenes y experiencias de Mussolini durante el conflicto que determinaron la génesis ideológica del movimiento fascista. Como mostraré en el primer apartado, en el contexto crítico de 1917, mientras la revolución bolchevique tenía lugar en Rusia e Italia sufría una severa derrota militar en Caporetto, Mussolini comenzó a dar forma a una nueva ideología en la que los veteranos de guerra tendrían un papel clave. Para muchos otros futuros fascistas la experiencia bélica resultó igualmente fundamental.
El nacimiento del fascismo y sus tempranas relaciones con los excombatientes de la Gran Guerra tampoco fueron fenómenos exclusivamente italianos, ya que la profunda crisis de posguerra del país transalpino se inscribió en una tendencia europea más amplia. Como el resto de los Estados nación, Italia se vio azotada por el descontento social, crisis económicas e inestabilidades políticas. Una de las consecuencias transnacionales de la Primera Guerra Mundial fue el paramilitarismo y la aparición de movimientos de veteranos. Por ello, el segundo apartado desgranará el amplio contexto histórico en el que se ha de situar el caso italiano. Centrándonos en los acontecimientos internacionales de 1919, veremos el marco europeo en el que debemos entender el nacimiento del Fascismo, la irrupción de las organizaciones de excombatientes y los paramilitarismos: la imbricación de todas estas fuerzas históricas es clave para entender cómo evolucionó el vínculo entre veteranos y fascismo.
Los dos últimos apartados del capítulo se centrarán en la experiencia italiana de posguerra, ya que fue en Italia donde el fascismo y los veteranos se vincularon originalmente. Una serie de peculiaridades de la particular experiencia italiana durante la Gran Guerra marcaron el surgimiento de las asociaciones de veteranos en este país, pero este fenómeno también entroncaba con cosmovisiones más amplias, como las de la contrarrevolución centroeuropea, construidas en torno a otros acontecimientos históricos cruciales. Serán, por ello, factores transnacionales los que expliquen tanto la aparición del movimiento fascista original en Italia, como la ambición fascista de reclutar excombatientes a sus filas. La participación en la política de los veteranos fascistas se observará como un fenómeno conflictivo de apropiación simbólica, de orígenes y consecuencias transnacionales, y que tuvo lugar, sobre todo, en el ámbito de lo discursivo y lo ideográfico. Demostraré que la consolidación de una percepción de los excombatientes como figuras nacionalistas y antibolcheviques, comúnmente aceptada pero alejada de la realidad histórica, fue el precedente crucial que explica la posterior fusión simbólica entre aquellos y el Fascismo.
LA EXPERIENCIA ITALIANA DE LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL
Un peculiar fermento social e intelectual caracterizó a las sociedades europeas antes del estallido de la Gran Guerra, incluida Italia. Como en otros Estados europeos atrapados dentro del sistema internacional de alianzas que provocó el conflicto, también en Italia podían encontrarse intelectuales defensores de un nuevo nacionalismo militarista, emparentado con la ideología revolucionaria derechista francesa propia de los años prebélicos.1 Pero a pesar de que Italia participaba en una incómoda Triple Alianza con Alemania y Austria-Hungría, aquellos italianos que entendían la guerra como un fenómeno transformativo vieron frustradas sus expectativas de crear un mundo nuevo y mejor, pues su país no entró en el conflicto en agosto de 1914. Con todo, estos precedentes ideológicos y políticos permiten entender por qué el Fascismo se originó en Italia y cuál fue la responsabilidad de los veteranos en su desarrollo.
El movimiento intervencionista italiano fue la semilla del Fascismo. Mientras jóvenes voluntarios y soldados de Alemania, Francia y Gran Bretaña comenzaban a matarse a lo largo del frente occidental, en Italia escritores como Giuseppe Prezzolini y Giovanni Papini a través de sus artículos en la revista La Voce, y Gabriele D’Annunzio y Filippo Tommaso Marinetti con sus poemas, alentaban a la «generación de la guerra» del país. Aquellos apóstoles de la intervención opinaban que la guerra tenía un significado existencial.2 Junto a diversos políticos jóvenes, revolucionarios y republicanos, abogaban por unirse al conflicto del lado francobritánico. La mayoría de los intelectuales italianos comulgaba con esta agresiva postura, aunque por motivos divergentes. Unos veían la guerra como una oportunidad histórica para completar por fin el Risorgimento y la unificación; otros la percibían como la oportunidad, largo tiempo esperada, de redimir al proletariado y defenestrar a las viejas élites políticas. En otras palabras, creían que la guerra sería una experiencia palingenésica para la nación italiana. De este modo, diversos grupos y organizaciones desde la extrema derecha nacionalista a la izquierda revolucionaria convergieron en torno al intervencionismo, un movimiento en favor de la participación en la contienda que adquirió elementos cada vez más antidemocráticos. Aunque se afirmaría que los agitadores belicistas habían triunfado en su objetivo de imponer la intervención frente a la decadente nación burguesa durante los «días radiantes» (radiose giornate) de mayo de 1915, la decisión de entrar en la guerra en el bando de la Entente en esas fechas ya había sido cuidadosamente negociada por vías diplomáticas, habiéndose alcanzado en un acuerdo secreto entre el gobierno italiano y los británicos, franceses y rusos: el Pacto de Londres.3
Una característica llamativa de la experiencia bélica italiana, sin apenas parangón en ningún otro sitio, fue la profunda división social y política provocada por la intervención, especialmente en el seno del Partido Socialista. La gran mayoría de la población italiana, que en líneas generales se oponía totalmente a la guerra, no mostraba el menor interés en la posibilidad de que Italia obtuviera los territorios del Tirol y Dalmacia –entre otros– en caso de victoria. Jóvenes educados de clase burguesa solían ser los típicos intervencionistas, mientras que la clase trabajadora temía, razonablemente, que la guerra trajese escasez y peores condiciones de vida. Así, en Italia no existió el tipo de tregua nacional o «Unión Sagrada» que se dio en Francia y Alemania en 1914 y atrajo a los socialistas a apoyar el esfuerzo de guerra. En estos dos países los socialistas antimilitaristas fueron marginados; fue el caso de Jean Jaurès, asesinado al poco de comenzar la guerra, o Karl Liebknecht, expulsado del Partido Socialista Alemán. Muy al contrario, en el socialismo italiano lo que prevaleció fue el antimilitarismo y el internacionalismo, quedando los intervencionistas en clara minoría. Por ello, si ya el denominado espíritu de 1914 se ha revelado como un mito para el caso alemán,4 la intervención italiana de mayo de 1915 tampoco estuvo definida por el entusiasmo social ni por el alistamiento masivo de voluntarios. Ahora bien, la izquierda política italiana tampoco constituía un bloque unánimemente pacifista, internacionalista y neutralista. Socialistas como Leonida Bissolati y Gaetano Salvemini, representantes de un intervencionismo democrático, sí que abogaron por la entrada de Italia en la guerra como forma de combatir el imperialismo alemán.
La actitud de Benito Mussolini en aquellos momentos ha de ser entendida dentro del contexto del intervencionismo. Mussolini había sido un socialista revolucionario y, desde 1912, editor del periódico socialista Avanti! en Milán. Sus ideas ya habían entrado habitualmente en conflicto con la ortodoxia socialista, pero sería con el movimiento intervencionista cuando derivaría hacia la derecha política.5 De acuerdo con su particular visión de la ideología revolucionaria y movido por sus lecturas de los intelectuales de La Voce, Mussolini abogó por la intervención en el otoño de 1914. Fundó su propio periódico intervencionista, Il Popolo d’Italia: Quotidiano socialista, y cortó sus lazos con el Partido Socialista Italiano (PSI) en noviembre para posteriormente participar en el encuentro fundacional de los Fasci d’Azione Rivoluzionaria, un grupo que defendía la intervención «revolucionaria» en la guerra. Tras una serie de agrias disputas con los socialistas en las páginas de su periódico, Mussolini aplaudió la declaración de guerra y fue llamado a filas por el ejército italiano como simple recluta. Al igual que él, muchos otros jóvenes siguieron un camino similar hacia la experiencia bélica, algunos presentándose como voluntarios, si bien la mayoría fueron reclutas forzosos.
El ejército italiano de la Primera Guerra Mundial movilizó a casi seis millones de personas, que en su mayoría tuvieron que ser persuadidas de combatir y hacer sacrificios en nombre de la patria. Los campesinos componían el 45 % del ejército, mientras que los trabajadores industriales solían quedar exentos de servir en la línea del frente. La vida militar se caracterizó por unas relaciones entre oficiales y tropa extremadamente jerarquizadas. Los oficiales de alto y medio rango solían provenir de las clases sociales acomodadas; eran una élite de unos 250.000 individuos, de los cuales 200.000 no eran militares de carrera sino civiles movilizados. La propaganda bélica italiana cultivó una imagen del «campesino soldado» (contadino soldato), dechado de obediencia, devoción y resignación, pero este mito, desarrollado por los oficiales de clase burguesa, contrastaba con las duras realidades del frente,6 donde una férrea disciplina atenazaba a los reclutas. Durante los primeros años de la guerra, no se generó ningún tipo de consenso bélico entre los italianos. De hecho, los socialistas terminaron por adoptar una posición ambigua en torno al esfuerzo de guerra, expresada en el lema «ni apoyo, ni sabotaje» (né aderire, né sabotare). De hecho, la lucha contra los austrohúngaros carecía de sentido para muchos individuos, exasperados por los minúsculos pero costosos avances y retrocesos en los frentes de los Alpes, a lo largo del río Piave, en el Monte Grappa, en la meseta rocosa del Carso, o en las recurrentes batallas del río Isonzo.7 Fue en este último lugar donde Mussolini tuvo su propio bautismo de fuego.
¿Cómo se materializó el interés de Mussolini por los combatientes como futuros actores políticos? Que Mussolini concebía la guerra como un hecho revolucionario era algo evidente ya en 1914, pero su particular fe en los soldados y veteranos como agentes políticos tardaría en madurar. En verdad, si bien la experiencia bélica confirió a Mussolini un aura de guerrero, su expediente militar no destacó por heroico, ya que pasó mucho tiempo hospitalizado en retaguardia y su última acción de guerra data de febrero de 1917, cuando fue herido de manera accidental. Mussolini tampoco pudo cumplir su deseo de alcanzar el grado de oficial, aunque se sintiese identificado con estos y fuesen jóvenes oficiales de rango medio los principales lectores y colaboradores de su periódico.8 Fue su fuerte compromiso nacionalista con las reclamaciones territoriales que exigía Italia lo que le indujo a exaltar a los soldados del frente como ariete del esfuerzo bélico. Ya en diciembre de 1916 escribió que en las trincheras estaba asistiendo al nacimiento de una nueva y mejor élite que gobernaría Italia en el futuro: la «trincherocracia» (trincerocrazia).9 Sin embargo, por muy grande que fuese su entusiasmo por los combatientes de primera línea, en febrero de 1917 Mussolini volvió a Milán como periodista y editor de Il Popolo d’Italia. No sería hasta más tarde, durante el crítico año de 1917, cuando la ideología de Mussolini daría el giro crucial.
La Revolución rusa es el primer y principal factor para explicar la deriva de Mussolini hacia una nueva ideología que ensalzaría a los futuros excombatientes como campeones de la nación. Al estallar la revolución de febrero de 1917, los intervencionistas de Il Popolo d’Italia celebraron ver el supuesto carácter revolucionario de la guerra dando sus primeros frutos.10 No obstante, pronto comenzaron a temer que esta revolución podría suponer la retirada del aliado ruso del conflicto.11 Esta posibilidad horrorizaba a Mussolini por dos razones. Primero, porque tal «traición» sería perjudicial para Italia y los países aliados. Y segundo, y aún más importante, porque una paz negociada en Rusia como consecuencia de la revolución sería un hecho que desmentiría radicalmente su propia interpretación sobre la pretendida naturaleza revolucionaria de la guerra. Il Popolo d’Italia insistía en esta última idea: el periódico apuntaba que los soldados rusos, sobre todo los oficiales jóvenes, habían apoyado la revolución, pero al mismo tiempo afirmaba que estos debían continuar combatiendo hasta la victoria final.12 En julio de 1917, Mussolini, eufórico por el avance de los soldados rusos frente a los alemanes, se decía partidario de una posible dictadura encabezada por Kerensky.13 Como vemos, Mussolini se inclinaba por la continuación de la guerra a cualquier precio, subordinando toda mejora social destinada a la población –incluyendo a los soldados– a los intereses superiores del esfuerzo bélico nacional. Cuando se frustró la última ofensiva rusa debido a la falta de entusiasmo de las tropas, Mussolini acusó a los agitadores bolcheviques del fracaso. En general, para la burguesía intervencionista italiana, ese giro indeseado de la Revolución rusa presagiaba posibles peligros en Italia. Muchos individuos como Mussolini ya planteaban ominosos paralelismos con Rusia cuando el ejército italiano, tras años de guerra brutal, rozó el colapso en el otoño de 1917. La duodécima batalla de Isonzo, el denominado desastre de Caporetto, fue una derrota traumática que empujó al ejército y la sociedad italiana a una profunda crisis.14
Al coincidir con la fase final de la Revolución rusa, Caporetto fue el segundo acontecimiento que condujo a Mussolini a identificar a los veteranos como heraldos de una nueva ideología emergente. Tengamos en cuenta que entre octubre y noviembre de 1917, mientras tenía lugar la masiva retirada de Caporetto, otros ejércitos contendientes como el francés mostraban severos problemas de agotamiento y amotinamiento entre sus soldados,15 y una segunda revolución se estaba produciendo en Rusia. Los bolcheviques se habían granjeado la lealtad de los combatientes rusos que, entusiasmados ante la posibilidad de una pronta paz, protagonizarían una auténtica revolución en los frentes.16 En Italia, mientras tanto, las divisiones entre los socialistas se acentuaban ante el impacto de los acontecimientos rusos y la invasión del territorio patrio. Sometidos a escrutinio a través de las lentes deformantes del ejemplo ruso, los socialistas italianos fueron acusados de haber debilitado la moral de las tropas y por tanto de haber provocado el desastre de Caporetto. Incluso el general Cardona, principal responsable del desastre militar, señaló a los socialistas como chivo expiatorio, lo cual no le libró de ser reemplazado por el general Armando Diaz al frente del Estado Mayor; un cambio que, dicho sea de paso, no sería suficiente para insuflar nuevas energías en el esfuerzo de guerra, ni para poner fin a la propaganda antisocialista. Sea como fuere, el contexto no solo influyó en la evolución ideológica de Mussolini, sino que también provocó transformaciones que facilitarían la futura manipulación política del símbolo del veterano de guerra.
Caporetto condujo a toda una batería de medidas destinadas a motivar a los soldados y a mantener su disciplina y compromiso con la causa nacional, y este esfuerzo daría forma a las mentalidades y expectativas de los futuros veteranos de guerra.17 El ejército, usando extensivamente una propaganda nacionalista y patriótica que demonizaba al enemigo y glorificaba los instintos agresivos, promovió un nuevo modelo de motivado «combatiente» (combatente) que se alejaba de la simple idea del obediente «soldado» (soldato).18 Estos nuevos discursos comportaban considerables promesas hacia las tropas, pues tendían a subrayar la enorme deuda contraída por la patria para con sus salvadores. Los propagandistas dibujaban un futuro de reconocimiento moral absoluto por parte de la sociedad, prometiendo «amar», «respetar» y «honrar» a los combatientes. Tal y como apuntaba un periódico, «el soldado será también el primero en cuanto a derechos».19 Es probable que estas promesas ayudaran a mejorar el espíritu combativo en el frente, pero sin duda también crearon expectativas irreales para el retorno posbélico de los combatientes.
El ideal de un nuevo combatiente hipermotivado encontró su expresión arquetípica en las recién creadas tropas de asalto: los arditi. Estos aguerridos soldados de élite hacían gala de una elevada moral y disfrutaban de determinados privilegios: mejor comida, paga más elevada y más largos periodos de descanso. Sus acciones ofensivas combinaban el elemento sorpresa con la violencia extrema. No obstante, el número de unidades de asalto (reparti di assalto) era limitado, reuniendo en torno a 35.000 efectivos. Como emblema, utilizaban el agresivo símbolo de una calavera y una espada rodeadas por una corona de laurel. Si bien los arditi rivalizaban con los batallones de alpini en prestigio y fiabilidad en el campo de batalla, su contribución militar no puede decirse decisiva. Su mayor relevancia fue la de representar el arquetipo de una nueva mentalidad militar elitista, violenta e intransigente, que respondía a los anhelos de diversos intelectuales, como los futuristas, que habían enfatizado la acción y la violencia como medios para la consecución de un fin.20
De 1917 en adelante, mientras la Revolución rusa continuaba, todas las naciones contendientes21 –e Italia no fue una excepción– se vieron en la necesidad de implementar medidas de removilización para incrementar la moral de sus soldados. Es cierto que los discursos patrióticos lograron permear, en parte, a las clases bajas de los países beligerantes, proveyéndoles de un cierto sentido del honor con el que enfrentarse a una probable muerte en el campo de batalla, pero lo cierto es que el soldado medio continuó experimentando la guerra como una imposición.22 Para generar consenso entre las masas de soldados y sus familias, la propaganda del Estado combinó iniciativas de asistencia social con promesas de compensación material. En Italia, miembros de comités de retaguardia y nuevos periódicos de trinchera extendieron el espíritu intervencionista, difundiendo odio contra quienes eludían sus responsabilidades: «desertores» (emboscati), «oportunistas» (profittatori), pacifistas y derrotistas.23 No en vano, las autoridades se mostraban profundamente preocupadas por los eventos acaecidos en Rusia, donde los combatientes habían alimentado la revolución al unirse a los consejos de trabajadores y soldados (Soviets).
Por su parte, Mussolini observaba atentamente todos estos acontecimientos. En noviembre de 1917, cuando Georges Clemenceau fue nombrado primer ministro en Francia, Mussolini alabó la enérgica actitud del estadista francés, que se había comprometido con un mayor esfuerzo bélico nacional. Mussolini pensaba que la manera democrática de conducir la guerra conduciría «fatalmente» –como en Rusia– «al régimen de los Soviets, a los comités de trabajadores y soldados, y a asambleas de soldados que debatirían y rechazarían los planes estratégicos de los generales».24 El 20 de noviembre de 1917, Clemenceau declaró, en un discurso que abordaba las necesidades de los soldados franceses, que estos tenían «derechos por encima de los nuestros» (ils on des droits sur nous), una frase que haría fortuna entre los combatientes y veteranos franceses y que incluso les generó un sentido de superioridad moral. En Italia, mientras tanto, Mussolini se mostraba entusiasmado con las primeras iniciativas legislativas destinadas a apoyar a las familias de los soldados,25 como aquella que prometía tierras para los trabajadores agrícolas que ahora luchaban en el frente y que constituían el grueso del ejército italiano. Otra fue el establecimiento de la Opera Nazionale Combattenti (ONC), constituida en diciembre de 1917 por el Gobierno de Orlando. Esta institución abordaba los problemas endémicos de la agricultura italiana y propulsaba el desarrollo de la Italia meridional (Mezzogiorno), así como la reintegración de los soldados tras la guerra. La ONC transformó el viejo lema de «la tierra para los campesinos» (la terra ai contadini) en el eslogan «la tierra para los combatientes» (la terra ai combattenti). También en diciembre de 1917, el ministro del Tesoro Francesco Saverio Nitti creó políticas de seguro gratuito para soldados y oficiales.26
Más importante aún, en 1917 el Estado italiano, al igual que el resto de los países europeos, comenzó a abordar el problema de los soldados mutilados mediante una serie de medidas oportunamente promulgadas y que tuvieron éxito a la hora de mantener lealtades al esfuerzo bélico. Una institución oficial, la Opera Nazionale Invalidi di Guerra, comenzó a hacerse cargo de los veteranos discapacitados a partir de marzo de 1917, al tiempo que estos empezaban a organizarse para defender sus intereses. Diversos periódicos –sobre todo Il Popolo d’Italia– informaban de las actividades, reuniones y declaraciones de aquellos grupos. Estos fundaron la Asociación Nacional de Mutilados e Inválidos de Guerra (Associazione Nazionale fra Mutilati e Invalidi di Guerra, ANMIG), la cual se ganó la benevolencia de las autoridades al adoptar una postura patriótica distanciada de los socialistas y de cualquier otro partido. De hecho, la ANMIG se convirtió en la interlocutora del gobierno en materia de pensiones. Durante la crisis de Caporetto, algunos grupos de mutilados fueron todavía más lejos en su apoyo al esfuerzo bélico y, alineados con los intervencionistas, se lanzaron a perseguir a los enemigos internos con extremado celo.27 Así, el Gobierno y los intervencionistas consiguieron impedir que se formase el tipo de organizaciones de veteranos socialistas o de orientación democrática que sí surgieron en Francia o Alemania.28
A lo largo de 1917, los discursos y representaciones de los veteranos mutilados en Il Popolo d’Italia presagiaron la función mítica que los excombatientes tendrían en el Fascismo. En la primavera, el periódico defendía que no solo había que ofrecer a los veteranos pensiones y asistencia, sino también el honor y el respeto de la patria. Además, admitiendo que el Estado había adquirido compromisos con los exsoldados incapacitados, se apuntaba que estos no estaban exentos de la obligación de contribuir de forma productiva a la nación, es decir, que no se les debía permitir convertirse en «parásitos». Los intervencionistas celebraron especialmente esta última idea, ya que subrayaba el compromiso inquebrantable de los mutilados con el esfuerzo bélico.29 Así, el ideal representado por estos veteranos patrióticos se convirtió en un elemento esencial de la cosmovisión protofascista de Mussolini.
El texto que sirvió para definir el papel mítico que tendrían los veteranos en la ideología del Fascismo originario fue un notorio artículo escrito por Mussolini en Il Popolo d’Italia, «Trincerocrazia». Es muy importante considerar el contexto en el que Mussolini lo escribió: no fue otro que diciembre de 1917, tras la batalla de Caporetto, cuando diversas partes del norte de Italia se encontraban todavía bajo la ocupación enemiga. En aquellos días, la ANMIG se iba asentando en múltiples ciudades italianas; grupos de activistas mutilados animaban en prensa a la lucha contra el enemigo exterior e interior. Pero los sacrificios también estaban engendrando expectativas para el futuro. Como un herido escribió en La Voce dei Reduci: si tras la guerra pudiera llegar a convertirse en primer ministro, lo primero que haría como tal sería ratificar los derechos de los combatientes: «derechos nuevos para gente nueva».30 Inspirado por el mismo espíritu, Mussolini, que muy probablemente leyó ese artículo,31 recuperó entonces su concepto de trincerocrazia para delinear el papel que se otorgaría a los veteranos de guerra en el futuro. Mussolini describió la formación en las trincheras de una «nueva aristrocracia» –concepto que en realidad procedía de Prezzolini–. «La trincherocracia es la aristocracia de las trincheras. Es la aristocracia del mañana», afirmó Mussolini. Según él, Italia estaba siendo dividida entre aquellos que habían combatido y los que no: una idea de «dos Italias» que también había creado Prezzolini. Y Mussolini utilizó las actividades de los soldados mutilados para apoyar sus premisas: los mutilati eran la vanguardia del gran ejército que pronto regresaría a casa. Su espíritu daría nuevo sentido a nociones ya carentes de significado, como «democracia» y «liberalismo». Los excombatientes, una suerte de trabajadores que retornaban de los «surcos» del frente –las trincheras– a los «surcos de la tierra», fusionarían las ideas de clase y nación, y crearían así una nueva ideología: un «socialismo nacional» y «antimarxista».32
Los historiadores han señalado este artículo de «Trincerocrazia» como la primera evidencia clara del abandono del socialismo por parte de Mussolini.33 Este giro a la derecha se ha explicado como una consecuencia de Caporetto y como resultado de la percepción de Mussolini de que la guerra había transformado profundamente al país y convertido a los soldados del frente en una fuerza política completamente nueva para la posguerra.34 Sin embargo, deberíamos entender «Trincerocrazia» no como una predicción clarividente y ajustada del futuro, sino más bien como una profecía autocumplida. El artículo no solo fue una manifestación temprana de ideología fascista, sino también la revelación de una ambición política. Mussolini proclamaba un nuevo estilo político que, esperaba, daría forma al nuevo orden de posguerra, a una nueva sociedad imaginada en la que los excombatientes jugarían un papel esencial. Con estas palabras, Mussolini se estaba dirigiendo a los soldados, potenciales lectores de su artículo. Probablemente ya pensaba en ellos como futuros seguidores de un nuevo movimiento político. En cualquier caso, fue en ese momento cuando nació la legendaria conexión entre excombatientes y Fascismo. Pero ¿por qué Mussolini estaba tan interesado en movilizar precisamente a los veteranos de guerra?
Había una motivación crucial. Recordemos que el devenir de la Revolución rusa desde la primavera de 1917 había empujado a Mussolini a posicionarse violentamente contra los socialistas italianos.35 Tampoco olvidemos que Mussolini había apoyado la intervención porque creía en la naturaleza revolucionaria de la guerra, una idea mítica que se había visto inicialmente confirmada por los acontecimientos rusos. Ahora bien, la revolución real había tenido consecuencias indeseadas, pues los bolcheviques, abrumadoramente apoyados por soldados del frente, pretendían terminar la guerra y hacer la paz con las Potencias Centrales, traicionando así a los países aliados. Mussolini, convertido en un nacionalista intransigente, temía profundamente un desenlace análogo en Italia. Por ello, a mediados de diciembre de 1917, Mussolini debía estar absolutamente desolado: el mismo día en que se publicó «Trincerocrazia», un armisticio firmado entre Rusia y los imperios centrales abrió el camino para las negociaciones de paz en Brest-Litovsk. Este acuerdo diplomático destruyó el mito de la guerra revolucionaria en el que Mussolini había creído. Si bien la guerra había conducido a la revolución, esta había llevado a la consecuencia más aborrecida por los intervencionistas: una paz sin victoria. Una vez que se manifestó esta contradicción teórica, Mussolini optó por apoyar la guerra, rechazando definitivamente el socialismo y centrándose en la lucha para alcanzar los objetivos bélicos nacionalistas. Ahora bien, esta elección implicaba buscar una nueva clientela política: los veteranos de guerra, que en el Fascismo representarían la fuerza revolucionaria y simultáneamente nacionalista, para revertir el papel jugado por los excombatientes en la revolución bolchevique. Como vemos, el artículo «Trincerocrazia» muestra hasta qué punto la concepción de un nuevo fenómeno ideológico, el Fascismo, implicaba creer en los veteranos de guerra, como una nueva fuerza política motriz. En cierto modo, la naciente ideología fascista no era sino una estrategia más para evitar lo sucedido en Rusia, afianzando la lealtad de las tropas hasta las últimas consecuencias en la lucha nacionalista. En definitiva, la conexión ideal entre Fascismo y excombatientes, surgida del ala revolucionaria del intervencionismo italiano, fue catalizada ante todo por el frustrante e inesperado desenlace de la Revolución rusa.36
Mussolini no era el único que defendía estas ideas. Por ejemplo, el intelectual intervencionista Agostino Lanzillo argumentó por aquel entonces que la guerra había derrotado al socialismo.37 Este autor, que había traducido al italiano la obra del teórico del sindicalismo revolucionario Georges Sorel, y que también había servido y recibido heridas como soldado durante el conflicto,38 compartía la fe en el carácter revolucionario de la guerra. Ahora bien, Lanzillo denunciaba categóricamente los acontecimientos acaecidos en Rusia como una «revolución que ocultaba la derrota».39 En su libro La derrota del socialismo, finalizado en 1918, afirmó que las generaciones que habían combatido en el frente saldrían «renovadas» de la guerra, con una «nueva mentalidad» y con unas «cualidades individuales mejoradas», constituyendo una fuerza humana determinante en el futuro. Según Lanzillo, las acciones de los veteranos asumirían una «dirección nacional» ya que los soldados retornados del frente instintivamente valorizarían su sacrificio; sería improbable que adoptaran ningún tipo de «actitud revolucionaria», sino que más bien lucharían «para reemplazar a la clase dirigente, en nombre del poder y el coraje que representan».40 Retrospectivamente, las predicciones de Lanzillo podrían interpretarse como correctas, pero deben considerarse más bien como parte del mismo conjunto de mitos intervencionistas del que también formaba parte la noción Mussoliniana de trincerocrazia. Esta cosmovisión cristalizaría en un programa y una estrategia política para el periodo de la posguerra.
Así pues, tras Caporetto y ante la confirmación de la paz «revolucionaria» rusa, la identificación de los intervencionistas con los soldados en el frente todavía se reforzó. Il Popolo d’Italia modificó su línea editorial para presentarse como el defensor de los derechos de los combatientes, un cambio que se hizo evidente durante la última fase de la guerra, mientras se acrecentaba la polarización de la sociedad italiana y se perseguía a los «derrotistas», denostados como «enemigo interno». En sus páginas, Prezzolini escribiría que el mayor enemigo estaba «en casa», pero que los combatientes regresarían de la guerra para «renovar» el país.41 Il Popolo d’Italia abogó por la implantación de una dictadura que militarizaría la sociedad italiana hasta la obtención de la victoria. En el diario, los «hombres de la trinchera» (trinceristi) podían plantear sus reclamaciones materiales; jóvenes oficiales utilizaron este foro para expresar sus preocupaciones.42 Sin embargo, la idea programática de distribuir la tierra expropiada entre los soldados de origen campesino fue perdiendo peso,43 y finalmente, en agosto de 1918, Mussolini adoptó un nuevo subtítulo –Diario de los combatientes y los productores (Quotidiano dei combattenti e dei produttori)– que simbolizaba su definitivo rechazo del socialismo. Ahora, las nociones de «combatientes» y «productores» se incorporaron a su lenguaje político, sustituyendo los conceptos más comunes de «soldados» y «trabajadores», teñidos de socialismo.44
Pese a que Mussolini todavía no había desarrollado plenamente una ideología excombatiente ni un programa político sólido, su activismo preparó el terreno para la posterior emergencia del símbolo del veterano fascista. Algunos exsoldados italianos, de hecho, abrazaron la idea de la trincerocrazia; líderes de los mutilados se presentaban públicamente como la «gran vanguardia» de los que volverían del frente.45 Hasta el final de la guerra, Mussolini e Il Popolo d’Italia prestaron atención a las expectativas expresadas por los soldados, abogando por una rápida desmovilización de la mayoría de las tropas.46 No obstante, el grupo de Mussolini fue un simple observador más que su impulsor de la irrupción del movimiento excombatiente italiano. Y la cuestión de la trincerorazia quedó sin desarrollar. Ante la victoria italiana en Vittorio Veneto y el «Boletín de la Victoria» (Bollettino della vittoria) firmado por Armando Díaz el 4 de noviembre de 1918, Mussolini reaccionó con entusiasmo, como el intervencionista nacionalista y antisocialista en que se había convertido en virtud de la experiencia bélica.47 La Primera Guerra Mundial terminaría dos semanas después, aunque esto no traería consigo la paz real para muchas partes del continente europeo.
LOS EXCOMBATIENTES Y LAS CONSECUENCIAS DE LA GUERRA EN EUROPA OCCIDENTAL
Las consecuencias de la Primera Guerra Mundial traumatizaron tanto a los países contendientes como a otras naciones europeas que permanecieron en la no beligerancia. Las experiencias nacionales variaron en función del resultado militar de la confrontación, pero todos los participantes sufrieron considerables pérdidas humanas (10 millones de muertos en total), independientemente de si habían sido derrotados o no; sus poblaciones salieron del conflicto profundamente transformadas. Pese a vencer, ciertos países –incluyendo Italia– atravesaron muchos meses de descontento social y conflictos violentos sin precedentes. El fantasma de una revolución social y guerra civil como la rusa de 1917 era omnipresente entre los derrotados, aunque el desmembramiento de los Imperios Centrales desembocase en el nacimiento de nuevos Estados nación democráticos como la República de Weimar. En Versalles en 1919, los diplomáticos difícilmente restablecieron el equilibrio en las relaciones internacionales. La transición económica de una guerra total a una economía de paz también fue un tanto turbulenta, y el problema de cómo desmovilizar a millones de excombatientes marcó la posguerra de los beligerantes. Todas estas naciones vieron surgir diversas organizaciones excombatientes de muy distinto signo político, advirtiendo a los políticos y a la sociedad civil de la urgencia de reintegrar a aquellos hombres. En la esfera pública, los veteranos eran nuevos y llamativos actores a quienes no podía ignorarse tras las experiencias sufridas en nombre de la nación. Muchos de ellos volvieron a casa con la esperanza de hacer realidad las promesas que se les habían hecho durante la guerra.
La desmovilización cultural posbélica, reintegrar a los veteranos y pacificar a los sectores más belicistas de cada país, fueron tareas necesarias para recobrar la normalidad tras una guerra «total»,48 y cuyos resultados variaron según los países, regiones, grupos sociales y de edad o género. El fracaso de esos procesos tras la Primera Guerra Mundial explica, en parte, el florecimiento en toda Europa del paramilitarismo.49 La violencia continuó teniendo presencia, sobre todo en Europa central y oriental donde la aparición de «guardias cívicas» armadas respondió a la percepción de una amenaza bolchevique. De hecho, fueron excombatientes quienes solían incorporarse a este tipo de formaciones cuasimilitares, aunque el surgimiento de milicias de autodefensa se produjo incluso en países que no habían combatido en la Gran Guerra, como España.50 Esta amplia e importante reacción fue transnacional, tuvo efectos transfronterizos, y se dio independientemente de si el país en cuestión había salido derrotado, victorioso, o había siquiera tomado parte en la Primera Guerra Mundial.51 Este terreno fértil posibilitó la irrupción del movimiento fascista. Aquí abordaré sus elementos contextuales más importantes para entender cómo y por qué se estableció un vínculo entre el Fascismo y los excombatientes en Italia, que posteriormente se extendería a otros países. Igualmente analizaré la aparición de organizaciones de veteranos que, en los años siguientes, llegaron a ser importantes protagonistas históricos (tabla 1.1), examinando en particular su relación con el Fascismo.
TABLA 1.1 Vista general de las principales asociaciones y organizaciones de veteranos mencionadas en este libro
| Italia Población en 1914 = 36 millones 6 millones de soldados movilizados 4 millones de combatientes en los frentes 3 millones de veteranos desmovilizados en 1918-19 | ANMIG: asociación de veteranos inválidos fundada en 1917. Orientación patriótica y no política, aunque progresivamente nacionalista. Miembros en 1919 = 220.000; 1934 = 500.000. Bajo control fascista desde 1925. ANC: fundada en 1918. Diversa políticamente y democrática; en junio de 1920 pasó a ser oficialmente no política. Miembros a mediados de 1919 = 100.000-300.000; 1920 = c. 500.000; 1929 = c. 400.000; 1936 = 850.000; 1940 = c. 1 millón. Bajo control fascista desde 1925. Associazione fra gli Arditi d’Italia: creada en enero de 1919 por arditi futuristas. Inicialmente vinculada al movimiento fascista. Posterior escisión entre el sector d’annunziano, el antifascista y el mussoliniano. Desde septiembre de 1922, los arditi fascistas se organizaron en la Federazione Nazionale Arditi d’Italia. Miembros en diciembre 1918 = 10.000. ANRZO: fundada en 1918, solo importante en Turín y el Piamonte. De inspiración liberal (mazziniana). Se fusionó con la ANC en 1920. UNRG: fundada en 1919. Católica y conectada al PPI. Se disolvió hacia 1925. UNUS: asociación nacionalista, intervencionista y antibolchevique creada en abril de 1919. Miembros en octubre de 1919 = 450. Disuelta a finales de 1919. Lega Proletaria: fundada en 1918. Socialista y pacifista. Miembros en abril de 1919 = 50.000. Disuelta hacia 1925. |
| Francia Población en 1914 = 41 millones 6,4 millones de soldados movilizados 5 millones de veteranos desmovilizados en 1918-19 4 millones de titulares del «carné del veterano» en 1937 | UF: Creada en 1917-18 como una federación de asociaciones de veteranos. Republicana, con orientación de centro-izquierda. Miembros en 1920 = 120.000; 1921 = 191.000; 1922 = 251.000; 1923 = 280.000; 1927 = 350.000; 1931 = 700.000; 1932 = 900.000. Durante los años treinta la UF viró políticamente a la derecha hacia el autoritarismo. UNC: fundada en 1918. Republicana, conservadora, antiizquierdista. Miembros en febrero de 1919 = 100.000; diciembre de 1919 = 300.000; junio de 1920 = 510.000; 1927 = 290.000; 1932 = 850.000. ARAC: fundada a comienzos de 1919. Pacifista, republicana, izquierdista. Posteriormente pasó a ser comunista. Miembros en 1930 = c. 20.000. Croix de Feu: fundada en 1929 como una asociación de veteranos condecorados. Miembros en enero de 1930 = c. 23.000; 1932 = c. 23.000; 1933 = c. 28.000; febrero de 1934 = c. 100.000; 1935 = c. 500.000. Conservadora y autoritaria, fue progresivamente adquiriendo rasgos fascistas y paramilitares, y abandonó su carácter exclusivamente excombatiente. Légion Française des Combattants: organización creada por el régimen de Vichy en 1940 mediante la fusión de las principales asociaciones, la UF y la UNC. Miembros = 1,5 millones. |
| Alemania Población en 1914 = c. 65 millones 13,2 millones de soldados movilizados | Reichsbund der Kriegsbeschädigten, Kriegsteilnemer und Kriegerhinterbliebenen: fundada en 1917. Asociación de carácter socialdemócrata. Miembros en 1921 = 639.000; 1922 = 830.000. Reichsbanner Schwarz-Rot-Gold: fundada en 1924 como una liga de veteranos republicanos y socialdemócratas. Miembros en 1925-26 = c. ¿900.000? Rote Frontkämpferbund: fundada en 1924 como una liga comunista de veteranos. Posteriormente incluyó una sección de mujeres y aceptó a no veteranos. Miembros a comienzos de 1925 = c. 15.000; junio de 1925 = 51.000; pico máximo a mediados de 1927 = 120.000; noviembre de 1928 = 106.000. Prohibida en 1929. |
| Kyffhäuserbund: Fundada en 1900. Asociación patriótica y antisocialista. Miembros en 1921 = 2,2 millones; 1929 = 2,6 millones. En 1938 fue fusionada en el NS Deutscher Reichskriegerbund (Kyffhäuser) Stahlhelm: fundada en 1919 como un grupo de autodefensa, pronto se hizo antirrepublicana y posteriormente fue influida por el Fascismo. Miembros iniciales = ¿1.000?; septiembre de 1919 = c. 2.000; 1924 = ¿24.000? Desde mediados de los años veinte incluía a miembros sin experiencia bélica. Mayor número de miembros en los años treinta = 160.000-500.000 veteranos de un total de 1,5 millones de miembros. La organización pasó a estar bajo control nazi tras 1933, cambiando su nombre por el de NSDFB (Stahlhelm), con 500.000 miembros en 1935, año de su disolución. NSKOV: Creada por el NSDAP a comienzos de los treinta como una agencia de asistencia social y propaganda para los veteranos de guerra. | |
| España Población en 1936 = c. 25 millones 1,2 millones de soldados movilizados en el ejército franquista | DNE: Creada en agosto de 1939 como una agencia de FET-JONS para veteranos del ejército franquista. Miembros en 1963 = c. 372.000. BCMGP: organización creada en 1937 para el control y asistencia de los veteranos mutilados del ejército franquista. Miembros en 1939 = c. 70.000. |
Fuentes: Berghahn (1965), Sabbatucci (1974), Klotzbücher (1964), Schuster (1975), Prost (1977), Rochat (1981), Finker (1982), Cointet (1995), Ungari (2001), Kennedy (2007), Millington (2012a, 2015), Ziemann (2013), Löffelbein (2013), Alcalde (2014).
Alemania
Alemania fue un caso único y dramático debido a su peso específico en Europa central y occidental, su derrota en la Gran Guerra y su Revolución, con consecuencias de largo alcance sentidas en todo el continente. Allí, el final de la guerra estuvo marcado por un conjunto particular de procesos sociales, políticos, económicos y psicológicos.52 El caótico regreso de los soldados del frente no solo generó un severo problema económico, sino que también condicionó el devenir de la Revolución alemana. Tras la abdicación y huida del Kaiser, los consejos de soldados (Soldatenräte) se extendieron rápidamente por toda Alemania, con sus hombres agitando banderas rojas y portando brazaletes del mismo color revolucionario.53 No obstante, el poder recayó en manos de los socialdemócratas. Por su parte, muchos oficiales asistieron consternados al derrumbamiento del ejército imperial, y no pocos se sintieron públicamente humillados al ver arrancadas las insignias de sus uniformes militares.54 Entre noviembre y diciembre de 1918, mientras la Liga Espartaquista propulsaba el movimiento comunista revolucionario, 1,5 millones de soldados (Frontsoldaten, comúnmente conocidos como Frontschweine) regresaron a casa. Aunque generalmente la población les dio la bienvenida, algunos acabaron por emplear la violencia contra los revolucionarios, como por ejemplo durante los enfrentamientos del 24 de diciembre de 1918 en Berlín. Sin embargo, también muchos revolucionarios eran antiguos veteranos desmovilizados, soldados de retaguardia –llamados Etappenschweine– y marineros rebeldes. Sea como fuere, el Gobierno socialdemócrata, para restaurar la «tranquilidad y el orden», reprimir la revolución y defender las fronteras orientales, promovió la creación de unidades mercenarias: los Cuerpos Francos (Freikorps). La mentalidad despiadada y sanguinaria de estos paramilitares ultraviolentos se cimentó en el imaginario bélico.55 No en vano, al principio el grueso de sus miembros provino de unidades que habían luchado en el frente. Sus métodos de combate fueron empleados contra civiles en un contexto de extrema ansiedad y miedo,56 tal y como sucedió el 15 de enero de 1919 en Berlín cuando soldados gubernamentales y voluntarios asaltaron la sede del periódico socialista Vorwärts –ocupado por los revolucionarios– y asesinaron brutalmente a los líderes espartaquistas Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo.57
Los dramáticos acontecimientos de Alemania son cruciales para entender cómo nació del movimiento fascista en Italia, y nos permiten conectar este con los excombatientes. Las terribles noticias acerca del destino de la insurrección espartaquista en Berlín pronto trascendieron fronteras. En Italia, el diario socialista Avanti! anunció que el «peligro militarista» alemán se había despertado de nuevo con la represión; el periódico reprodujo en italiano el último mensaje de Liebknecht, en el que este reconocía que los revolucionarios habían sido abandonados «por los marinos y los soldados».58 Los rumores sobre el espantoso final de los líderes del Partido Comunista Alemán también se confirmaron; aquellos soldados retornados del frente, o «tropas gubernamentales» como todavía se las llamaba, habían aplastado la insurrección comunista. Parecía evidente que los excombatientes alemanes en Berlín habían abortado una revolución de corte similar a la rusa.
Mussolini, enterado de lo sucedido, reforzó su fe en el decisivo papel político que atribuía a los veteranos: frenar a la expansión del fenómeno «asiático» del leninismo. De hecho, Mussolini estaba convencido de que los oficiales del antiguo ejército alemán habían sido el instrumento clave para derrotar a los espartaquistas.59 Conforme se sucedían los acontecimientos en Berlín, Il Popolo d’Italia fue dando publicidad al apoyo que los consejos de soldados y trabajadores otorgaron al gobierno socialdemócrata alemán, destacando el pensamiento conservador de los soldados que habían tomado esa importante decisión: «los soldados que vuelven de las trincheras no quieren, no toleran el desorden. Han pasado por mucho, por el trágico y terrible caos de las batallas, como para no sentir desprecio por el caos y repugnancia por la guerra civil».60 Así, hacia finales de enero de 1919 las violentas acciones de los Freikorps alemanes ayudaron a forjar, en países vecinos como Italia, una percepción transnacional de los excombatientes como efectivos agentes antirrevolucionarios.61
Es importante destacar que, aunque muchos jóvenes nacionalistas de derechas, estudiantes y cadetes que no habían combatido en la guerra se apresuraron a ingresar en estas organizaciones antirrevolucionarias, tan solo una pequeña parte de los veteranos alemanes lo hizo. No obstante, los Freikorps tuvieron una intensa experiencia de combate al actuar militarmente en el Báltico y al destruir la efímera República Soviética de Baviera de abril y mayo de 1919. Con sus mismos rasgos contrarrevolucionarios, en Hungría Miklós Horthy también creó unidades paramilitares que contribuyeron a derribar la breve República Soviética allí instalada, inaugurando el llamado «terror blanco». Gracias a estas gestas contrarrevolucionarias, algunos historiadores definieron a los Freikorps como «heraldos de Hitler», aunque estas unidades mercenarias en realidad carecían de una ideología política clara y coherente.62
Además del fenómeno de los Freikorps, otros veteranos alemanes contribuyeron de forma significativa a la formación de grupos conservadores de autodefensa en 1919. El Stahlhelm («Casco de acero») fue creado por Franz Seldte en Magdeburgo entre noviembre y diciembre de 1918 como una de aquellas organizaciones cuyo propósito era restaurar la «tranquilidad y el orden» social.63 Pero si el Stahlhelm era un grupo formado exclusivamente por «soldados del frente» (Bund der Frontsoldaten), la mayoría de las guardias cívicas de la época fueron principalmente integradas por civiles. Ya en febrero de 1919, Wolfgang Kapp, un político nacionalista estrechamente vinculado a los militares y los Junkers, escribía que para contrarrestar la inminente «guerra civil» los terratenientes más ricos de cada distrito rural debían «comprar coches y luego equiparlos con ametralladoras y granadas de mano… llenándolos con gente joven [patriótica]… preferentemente oficiales o estudiantes».64 Tales grupos de «defensa cívica» fueron particularmente importantes en Baviera. Por su parte, la asociación conservadora Kyffhäuserbund, una organización de veteranos antisocialista y presuntamente apolítica proveniente del periodo guillermino, contaba con más de dos millones de miembros.65
Sin embargo, algunas de las organizaciones de excombatientes más importantes surgidas en Alemania no eran ligas paramilitares sino entidades de beneficencia, y junto a los grupos de veteranos nacionalistas existían también los pacifistas. La Liga de Exsoldados por la Paz (Friedesbund der Kriegsteilnehmer) alcanzaría los 30.000 miembros en 1919, aunque terminase por disolverse en 1922. Por su parte, la Liga Socialdemócrata del Reich de Heridos de Guerra, Antiguos Soldados y Familiares de Muertos de Guerra (Reichsbund der Kriegsbeschädigten, Kriegsteilnehmer un Kriegshinterbliebenen) sumaba 830.000 miembros en 1922. Incluso los veteranos alemanes judíos crearon, en febrero de 1919, su propia asociación, comprometida con la defensa de la memoria de su patriotismo alemán durante la guerra y la lucha contra el antisemitismo.66 Es cierto, sin embargo, que la mayoría de los veteranos alemanes no se unió a ninguna organización política. Como ha señalado Benjamin Ziemann, «las experiencias bélicas de los veteranos pusieron límites a la movilización paramilitar, en vez de favorecerla».67 No obstante, los veteranos fueron un factor de agitación social durante este periodo. En las ciudades de la Alemania de Weimar, los desmovilizados protestaron y se enfrentaron a las autoridades, luchando por obtener compensaciones derivadas de su sacrificio en la guerra, como parte de la cuestión más amplia de las víctimas de guerra (Kriegsopfer), que incluía a un importante número de viudas y huérfanos.68
Muchos veteranos y el ejército alemán percibieron la firma del Tratado de Versalles en junio de 1919 como una humillación. El tratado impuso unas condiciones extremadamente duras a Alemania, considerándola como la única responsable del estallido de la guerra. Fue en este contexto donde comenzó a propagarse el mito de la «puñalada por la espalda» (Dolchstoß): la derrota de Alemania habría sido supuestamente provocada por un puñado de saboteadores desleales, comunistas o judíos (dependiendo de la versión), mientras que los soldados habrían permanecido invictos en el frente.69 El Stahlhelm inició una deriva antirrepublicana con un creciente número de militantes, adoptando la bandera monárquica –negra, blanca y roja–, e incrementando sus contactos con otras agrupaciones nacionalistas. Implementar las cláusulas del tratado de Versalles implicaba reducir sustancialmente el tamaño y armamento del ejército, así como la disolución de los Freikorps, una medida que reducía drásticamente las posibilidades de perseguir una carrera militar para muchos jóvenes excombatientes que no habían conocido otro oficio. Además, la constitución democrática de Weimar, promulgada en agosto de 1919, acrecentó el distanciamiento de estos militares con la República. La nueva carta magna, pese a introducir todo un conjunto de nuevos símbolos nacionales que rompían con la tradición monárquica, permitía a los soldados lucir las medallas y condecoraciones obtenidas en la guerra. Aun así, los militares antirrevolucionarios despreciaron los nuevos uniformes y banderas, y en unos pocos meses, tanto oficiales como soldados se sentían unidos en su generalizada oposición al Gobierno.70
Fue en este marco de desmovilización caótica, agitación revolucionaria y contrarrevolucionaria, dramáticas transformaciones políticas y violencia, en el que surgió la primera organización nacionalsocialista, el Partido de los Trabajadores Alemanes (Deutsche Arbeiterpartei), creado por Anton Drexler en Múnich en enero de 1919. En el mes de octubre, un veterano de guerra frustrado y resentido llamado Adolf Hitler, que ejercía de agente propagandista del ejército dando charlas antibolcheviques, solicitó afiliarse. Aunque Hitler se presentó a sí mismo ante el partido como un Frontsoldat, en realidad había sido un Etappenschwein durante la mayor parte de la guerra.71 Sea como fuere, en 1920 el partido cambió su denominación por la de Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes (Nationalsozialistische Deutsche Arbeitpartei, NSDAP) donde Hitler comenzó su carrera política.72 Entre sus preocupaciones destacaba la supuesta influencia perniciosa de los capitalistas judíos angloamericanos que habían impuesto a Alemania un humillante tratado de paz.73 Sin embargo, el primer programa del NSDAP no contenía una sola palabra en referencia a los excombatientes, siendo sus principales características el antisemitismo y el nacionalismo völkisch. Con características que lo diferenciaban claramente de las organizaciones de veteranos del país, el movimiento nazi permaneció confinado en Baviera.
La animosidad de oficiales del ejército y voluntarios antirrevolucionarios contra la joven república derivó en marzo de 1920 en el putsch de Kapp-Lüttwitz, cuyo propósito era imponer una dictadura militar.74 La movilización de la clase obrera desbarató esta intentona mediante una huelga que salvó a la República de Weimar, pero la posterior ola de enfrentamientos desatada entre comunistas y derechistas alcanzó cotas más violentas. En este contexto, algunas voces propusieron la formación de un gobierno compuesto por soldados del frente (Frontsoldatenregierung) como una opción para trascender la polarización entre lo «social» y lo «nacional» en la política,75 pero este vago proyecto nunca acabó por materializarse. La amenaza antirrepublicana fue neutralizada, pero evidenció que importantes elementos militares y paramilitares se oponían frontalmente a Weimar. Esto era particularmente claro en Baviera, donde el putsch facilitó la imposición de un gobierno de corte militarista liderado por Gustav Ritter von Kahr, el cual mantendría una buena relación con las organizaciones paramilitares, patrocinando diversas conmemoraciones en honor de los veteranos y los soldados caídos.76 Así, Múnich se convirtió en el centro de la agitación antirrepublicana. Aunque una de las mayores organizaciones de veteranos, el Reichsbund, condenó rotundamente el putsch,77 grupos antirrepublicanos como el Stahlhelm continuarían creciendo y consolidándose. Poco tiempo después, los círculos militaristas recibieron otro varapalo con la promulgación, en abril de 1920, de la Ley Nacional de Pensiones (Reichsversorgungsgesetz), pues esta significaba la completa desmilitarización del cuidado de veteranos y víctimas. Sin embargo, los mutilados de guerra no se mostraron completamente satisfechos con las pensiones y la asistencia pública que les fueron concedidas.78 La República de Weimar se iba consolidando poco a poco en la superficie, pero era incapaz de reintegrar importantes grupos de veteranos en el sistema.
Pero todos estos acontecimientos no implican que los excombatientes alemanes fueran precursores del fascismo, ni heraldos de Hitler o del movimiento nazi. En 1920, solo algunos oficiales del ejército y grupos de soldados desmovilizados se unieron a las fuerzas voluntarias antirrevolucionarias. Aunque estas eran la más activa y flamante ala de la extrema derecha alemana, radicalmente antirrepublicana,79 sus proyectos políticos de corte reaccionario y defensivo no pueden definirse como fascismo. Tampoco existían en Alemania planes para transformar a veteranos y soldados del frente en una suerte de vanguardia política. Además, el NSDAP era todavía una pequeña organización incapaz de aumentar su militancia y ganar audiencia, y no estaba particularmente interesada en movilizar excombatientes. Pese a que el símbolo del veterano de guerra fue progresivamente asociado a las políticas de extrema derecha –gracias a la efectividad de los Freikorps a la hora de masacrar comunistas–, el conjunto de exsoldados alemanes no actuaba unánimemente en la política, ya fuese de izquierdas o de derechas, revolucionaria o contrarrevolucionaria. Este carácter diverso de la política excombatiente, como veremos a continuación, también se percibe en Francia.
Francia
En Francia, 1918 no fue el año de la derrota ni de la revolución, sino de la victoria, y la historia de sus 6,4 millones de excombatientes ofrece un marcado contraste con la de los alemanes. Francia había sido invadida por el enemigo y había sufrido destrucciones considerables. Cuando todavía se estaba librando el conflicto, los mutilados de guerra franceses, al igual que sus homólogos italianos, fueron los primeros en promover sus intereses mediante la creación de asociaciones para mejorar sus condiciones de vida por medios legales. A lo largo de 1919, los veteranos galos crearon una miríada de asociaciones valiéndose de la potente tradición asociativa de la República francesa. Así, las dos principales organizaciones de veteranos experimentaron un rápido crecimiento. La republicana y centrista Union Fédérale (UF) se fundó en febrero de 1918 bajo el liderazgo de Henri Pichot, mientras que Charles Bertrand dirigiría la conservadora Union Nationale des Combattants (UNC), creada en octubre de ese mismo año. La lealtad de estos grupos hacia la república contrasta con la tibia actitud que mostraron muchas asociaciones de veteranos germanos hacia Weimar.80 La diferencia estribaba en que la República francesa había obtenido una gran victoria, mientras que la de Weimar era el resultado de la derrota.
Diversos movimientos políticos en Francia desarrollaron programas específicos destinados a los soldados que volvían del frente. La postura de la izquierda francesa hacia los veteranos estaba perfectamente representada por el escritor Henri Barbusse, cuya exitosa novela Le Feu (1917) había descrito las experiencias de guerra de los poilus. Barbusse afirmaba que, durante la guerra, los soldados habían combatido contra el nacionalismo y el militarismo y por los ideales republicanos de libertad y justicia. No en vano, su crítica contra los belicistas franceses se acompañó de un inicial apoyo al proyecto de la Sociedad de Naciones. Barbusse fundó una pequeña asociación de veteranos comunistas, la Association Républicaine des Anciens Combattants (ARAC), creada para defender los intereses materiales de los veteranos discapacitados. Con ella, proyectaba participar en política en búsqueda de la justicia social y la paz internacional,81 ideales de los que también se hacían eco los socialistas italianos a comienzos de 1919.82 En contraste, la extrema derecha antirrepublicana francesa, encarnada por la Action Française de Charles Maurras y sus colaboradores Léon Daudet y Georges Valois, estaba más interesada en recompensar a los veteranos por su servicio. Su programa se cimentaba esencialmente en la idea de dar a los veteranos la «parte de la victoria» –«la parte de los veteranos» (la part du combattant)–, a la que tenían derecho.83 Estos extremistas de derechas habían ido desarrollando el concepto de «la parte de los veteranos» desde 1916, y para hacerlo realidad tras la victoria –decían–, Alemania debía pagar las reparaciones de guerra al completo, pues la compensación económica a los veteranos debía venir directamente «de las manos del agresor».84 Entre todas estas diversas posturas políticas de 1919, los veteranos franceses estaban lejos de posicionarse unívocamente: mientras algunos clamaban por endurecer la acción gubernamental contra el bolchevismo, otros anunciaban la creación de la «internacional de los veteranos» (l’internationale des combattants) para hacer la revolución.85
Aparte del descontento con su situación socioeconómica y su hostilidad por los políticos, en general los excombatientes franceses sentían que la guerra los había convertido en hombres nuevos imbuidos de un nuevo espíritu, encargados por tanto de ejercer de guías morales del país. Antoine Prost ha argumentado que el leitmotiv de la historia del movimiento de veteranos franceses fue crear una gran asociación unificada de carácter apolítico comprometida con el mantenimiento de la paz nacional e internacional.86 Un compromiso que no resulta sorprendente si tenemos en cuenta que el Tratado de Versalles favorecía considerablemente los intereses franceses. Pero en realidad, las dos principales asociaciones de veteranos galos mantenían marcadas diferencias políticas.87 La UNC, a diferencia de la UF, no creía en la Sociedad de Naciones y temía que Alemania todavía encarnase una amenaza. Para defender sus intereses internacionales, la UNC creó en noviembre de 1920 la Fédération Interaliée des Ancien Combattants (FIDAC), una organización interaliada de veteranos inicialmente presidida por Charles Bertrand. Por su parte, la UF crearía en 1925 su propia entidad internacional –la Conférence internationale des associations de mutilés et anciens combattans (CIAMAC)–, mientras la comunista ARAC mantuvo algunos contactos internacionales con otras asociaciones de veteranos de izquierdas. Estos ejemplos muestran la creencia, firmemente asentada en Francia, de que los veteranos constituían un grupo con una identidad y unos intereses compartidos, una convicción que rápidamente empujó a veteranos de guerra de diversa orientación a establecer contactos internacionales con excombatientes de su misma ideología.
Los otros aliados y España
Para completar este fresco de la temprana posguerra debemos mencionar otros países que, tras la Primera Guerra Mundial, tuvieron que lidiar con procesos de desmovilización o sufrieron la crisis socioeconómica de los años 1918-1921. Canadá, por ejemplo, hizo frente a la reintegración de 500.000 veteranos, que ya habían formado asociaciones a la altura de 1916. El Gobierno canadiense se apresuró a crear una agencia para facilitar la rehabilitación de los 70.000 mutilados, mientras que los excombatientes, que a través de su movilización asociativa materializaron algunas aspiraciones,88 consiguieron unificar su movimiento en 1925 con la Legión Canadiense, organización hecha a imagen y semejanza de la Legión Americana. Igualmente, los veteranos estadounidenses, descontentos con la situación encontrada tras su periplo europeo, se habían comenzado a organizar en 1919 para proteger sus intereses y reafirmar su identidad. En Estados Unidos los antiguos soldados siempre habían sido venerados tradicionalmente como figuras de prestigio, y tras la Gran Guerra sus nuevas asociaciones se convirtieron rápidamente en influyentes plataformas políticas que facilitaban la entrada de los excombatientes en la política americana. En ambos países, Canadá y Estados Unidos, los veteranos crearon organizaciones que actuaban de manera similar a las de Europa. Por ejemplo, la Legión Americana destacaría por su carácter antibolchevique.89 Sin embargo, a este lado del Atlántico no surgió todavía ningún movimiento fascista que sedujese a los veteranos: en consecuencia, estos consiguieron unificar sus asociaciones más fácilmente, integrándose sin demasiados problemas en el sistema político y la sociedad civil.
La situación en Gran Bretaña era en cierto modo similar. Durante la propia guerra se formaron hasta cuatro organizaciones diferentes para defender la causa de los mutilados, obteniendo algunos triunfos en sus reivindicaciones. En las elecciones de diciembre de 1918 –llamadas elecciones caqui por el color de los uniformes que simbolizaban la relevancia de las cuestiones posbélicas–, la lista electoral excombatiente obtuvo malos resultados: solo uno de ellos llegó al Parlamento. Probablemente, esto se debió a que muchos soldados todavía no habían sido licenciados, quedando imposibilitados para ejercer el voto. Cuando se llevó a cabo la desmovilización, los retornados no encontraron aquel «país preparado para acogerlos como héroes» que Lloyd George había prometido durante la campaña electoral, y la decepción generó disturbios y agrias protestas. En este turbulento contexto de 1919, los veteranos crearon nuevas asociaciones como la Unión Nacional de Antiguos Soldados y la Unión Internacional de Antiguos Soldados, que no obstante no consolidaron ninguna línea política clara. En el clímax del descontento social, los excombatientes llegaron a boicotear las celebraciones de la paz de julio de 1919, aunque a finales de ese mismo año los ánimos se apaciguaron gracias a la promulgación gubernamental de una serie de medidas en su favor. Al final, el tan extendido temor a la «brutalización» de los desmovilizados demostró no tener demasiado fundamento, y en 1921 la fusión de diversos grupos de excombatientes derivó en la formación de la Legión Británica bajo el liderazgo de Mariscal de Campo Earl Haig; esta sería una respetable, prestigiosa y conformista asociación para mediar entre los veteranos y el Estado.90
Por el contrario, en la península ibérica la cuestión de los veteranos solo tuvo un impacto muy indirecto en la política, lo que no quiere decir que Portugal y España eludieran la alta inestabilidad del periodo 1919-21. Portugal había luchado en la Primera Guerra Mundial del bando Aliado enviando un pequeño contingente de soldados al frente occidental. Estos no lograron formar una asociación, la Liga de los Veteranos de la Gran Guerra (Liga dos Combatentes da Grande Guerra), hasta una fecha tan tardía como 1921.91 Por su parte, España no había participado en el conflicto, pero su política interna se había visto profundamente influenciada por lo que pasaba en el resto del continente. Durante la contienda se produjo una importante división entre aquellos que apoyaban a los Aliados, los aliadófilos, y los que apoyaban a los Imperios Centrales, denominados germanófilos. En 1917, toda una serie de alteraciones de carácter militar, social y político empujaron al país a una crisis,92 lo que abrió hasta 1923 un periodo de descontento social, turbulencias parlamentarias, sindicalismo y violencia, particularmente destructiva en la ciudad de Barcelona.93 Además, en 1919 se desató un nuevo conflicto armado contra las tribus rifeñas en el Protectorado español en Marruecos que condujo a una derrota sin precedentes de las tropas españolas en Annual en julio de 1921, cuyo consiguiente escándalo acabó por minar los cimientos del frágil sistema político liberal, despreciado por los oficiales africanistas. Estos, un grupo militar corporativo forjado en las guerras de Marruecos, mantenían una enconada rivalidad con los oficiales destinados en la España peninsular, quienes habían organizado juntas militares y se oponían a la promoción por méritos de guerra.94 Como veremos, todos estos conflictos lastraron el devenir político del país en los años siguientes.
Pese a la naturaleza transnacional de los desafíos históricos del periodo de entreguerras, Italia fue el único país de Europa occidental en el que la crisis de posguerra terminó con la consolidación de un movimiento fascista. El Fascismo italiano fue el primer movimiento de esta índole capaz, en el periodo de entreguerras, de establecer una dictadura y acabar con la democracia liberal en un país europeo.95 El fascismo apareció como ideología en la Italia de 1919, y los Fasci di combattimento se convirtieron en movimiento de masas entre 1920 y 1921, y se transformaron en partido político –el Partito Nazionale Fascista (PNF)– en noviembre de 1921. Ya en octubre de 1922, tras la llamada Marcha sobre Roma, el orden liberal democrático había sido derribado. El Fascismo italiano fue el primer, original y más influyente movimiento fascista durante los años veinte, y sus orígenes entroncan directamente con la experiencia de la Primera Guerra Mundial.
LOS EXCOMBATIENTES Y EL NACIMIENTO DEL FASCISMO ITALIANO
Pese a la victoria, 1919 fue un año de profunda crisis en toda Italia.96 Tras cuarenta y un meses de guerra total, el país se enfrentó al traumático fin repentino de las hostilidades. Durante el primer año de paz, mientras Europa intentaba ubicarse en el nuevo escenario posbélico, Italia se embarcó en un amplio proceso de desmovilización,97 tarea llevada a cabo mientras el coste de la vida se incrementaba vertiginosamente. Mientras en París se desarrollaban complejas negociaciones de paz, los campesinos italianos se lanzaron a ocupar las tierras de labranza; huelgas de trabajadores, disturbios y protestas recorrieron la península. La sociedad italiana, lejos de estar unida moralmente bajo los laureles de noviembre de 1918, intensificó su agria confrontación entre intervencionistas y pacifistas, entremezclada ahora con la lucha de clases. Ese mismo año vio surgir tanto el movimiento excombatiente como el fascista. Para los protofascistas mussolinianos, había llegado la hora de comprobar si se cumplían sus predicciones sobre la orientación política de los veteranos en el contexto de desmovilización. En este apartado analizaré los orígenes de la relación de los fascistas con los excombatientes italianos.
Fue el Ministerio de Guerra el encargado de lidiar con la pesada tarea de desmovilizar a unos 3,7 millones de hombres en armas. Entre noviembre y diciembre de 1918, las quintas más mayores (los nacidos entre 1874 y 1884) fueron enviadas a casa, mientras que la desmovilización del resto de conscriptos (nacidos entre 1885 y 1900) experimentó una considerable ralentización entre enero y marzo de 1919. A la altura de la segunda fecha, casi dos millones de soldados habían regresado ya a la vida civil, pero el proceso sufrió un parón entre marzo y junio debido a las tortuosas negociaciones de paz que estaban teniendo lugar en París.98 Los antiguos combatientes fueron acumulando rencores por la desaceleración de la desmovilización y los problemas de reintegración en el mercado laboral.99
Bajo la atenta mirada de Mussolini y sus colaboradores, el movimiento excombatiente comenzó a definirse más claramente durante la primera mitad de 1919. Al firmarse el armisticio de noviembre de 1918, la ANMIG publicó un «Manifiesto al País» (Manifesto al Paese) que detallaba un programa político, socioeconómico y moral destinado a renovar la nación. Simultáneamente, anunció la fundación de una gran asociación de veteranos que se denominaría Associazione Nazionale Combattenti (ANC).100 Il Popolo d’Italia, insistiendo en que la nación debía dar la bienvenida a aquellos trabajadores que regresaban del frente, apoyó esta idea alegando que los excombatientes consideraban difuntos a todos los viejos partidos políticos,101 pero el periódico de Mussolini no se mostró explícitamente de acuerdo con el programa democrático y reformista de los veteranos,102 sino que pronto empezó a dar forma a su propia línea política en torno a los problemas de los retornados.
Así, Il Popolo d’Italia se centró en preparar el regreso a casa de los considerados como los «líderes de la nueva Italia» (I quadri della nuova Italia): una casta de oficiales a los que el periódico denominó «trincherarcas» (trincerarchi), un nuevo concepto basado en la previa idea de trincerocrazia y que parecía formulado para ensalzar a aquellos jóvenes que habían comandado tropas. Estos líderes, se decía, habían madurado lentamente durante la guerra, adquiriendo consciencia de nuevos derechos y abriendo sus mentes a nuevos horizontes. Mientras nadie en Italia parecía interesarse por defender los intereses de aquellos 200.000 oficiales, Il Popolo d’Italia se presentó como defensor de sus aspiraciones, y las equiparó al interés general de la nación. Por ello, quienes escribían en el diario mussoliniano exigieron a la sociedad que se «hiciese hueco a la trincerocrazia»; recopilaron sus numerosos agravios y quejas, con las que posteriormente elaboraron un programa que exigía una rápida y eficiente desmovilización; y conectaron las aspiraciones de estos veteranos con el proyecto político de una «Asamblea Constituyente» (la Costituente dei Combattenti). Ya que los trincerarchi habían conducido a las tropas a la victoria (indiquadratori della vittoria), estos debían por tanto liderar la nueva Italia, razón por la cual había que licenciarlos a la mayor brevedad. Ciertos oficiales y arditi que se veían a sí mismos como trincerarchi tendieron a abrazar esta retórica, entendiendo la trincerocrazia como un gobierno formado por veteranos. Por ejemplo, Italo Balbo, en aquella época un joven teniente de los alpini, escribió a Il Popolo d’Italia mostrando su apoyo explícito a la Constituente, como hiceron otros veteranos. Sin embargo, esta Constituente nunca llegó a materializarse y los planes de Mussolini, en línea con los de los grupos nacionalistas e intervencionistas, permanecieron irrealizados.103
En aquel momento, los elitistas arditi eran el único grupo de veteranos adheridos al movimiento de Mussolini. Este les había rendido un tributo entusiasta durante las celebraciones por la victoria del 10 de noviembre de 1918 en Milán, donde declaró que estos soldados representaban los «maravillosos guerreros jóvenes de Italia».104 En septiembre de ese mismo año, el ardito Mario Carli,105 junto con los escritores Marinetti y Emilio Settimelli, habían fundado la revista Roma futurista. Y por aquellos días, espoleados por el discurso futurista revolucionario que proclamaba la «supremacía del combatiente»,106 arditi desmovilizados deambulaban sin control por Milán y otras regiones del norte de Italia agrediendo a civiles, particularmente a socialistas.107 En enero de 1919, algunos de ellos crearon la Asociación de los Arditi de Italia (Associazione fra gli Arditi d’Italia) para expresar el espíritu de estas tropas de asalto. El día 11 de dicho mes los arditi provocaron disturbios particularmente graves en el teatro de La Scala en Milán, que marcaron la desintegración del bloque político intervencionista. En estos incidentes, los mussolinianos atacaron públicamente a aquellos intervencionistas como Bissolati que habían renunciado a algunas de las aspiraciones territoriales del nacionalismo italiano. Entre aquellos arditi inadaptados a vida civil estaba Ferruccio Vecchi, que no tardó en acuñar la noción de arditismo para definir la cosmovisión agresiva y temeraria y el comportamiento violento de su grupo.108 Como vemos, el símbolo de los arditi se convirtió pronto en una clave de la mitología intervencionista y antisocialista.
Siguiendo su propia y particular agenda, el movimiento excombatiente comenzó a expandirse en la primera mitad de 1919. Mientras soldados desmovilizados descontentos se hacían oír con sus protestas en las ciudades del centro y el norte de Italia, la ANC se extendió geográficamente, estableciendo una tupida red de periódicos, así como secciones provinciales y locales.109 Las páginas de Il Popolo d’Italia solían mencionar y comentar brevemente la fundación de células organizativas tanto de la ANC como de la ANMIG, sus asambleas y su incipiente actividad de asistencia social.110 Paralelamente, también fueron surgiendo otras asociaciones de veteranos con amplia variedad de orientaciones ideológicas y dispar implantación territorial.111 En Turín, un grupo de excombatientes formó la Asociación Nacional de Veteranos Zona Operante (Associazione Nazionale Reduci Zona Operante, ANRZO) con un vago programa mazziniano, empleando una retórica revolucionaria pero antibolchevique.112 Otros formaron la Unión Nacional de Veteranos de Guerra (Unione Nazionale Reduci di Guerra, UNRG), que representando las inclinaciones sociales y pacifistas de la Iglesia católica se mantuvo próxima al nuevo Partido Popular Italiano (Partito Popolare Italiano, PPI) y obtuvo mayor seguimiento en las áreas rurales y tradicionalmente católicas como el Véneto.113 Por su parte, veteranos de unidades de élite formaron la Asociación Nacional de Alpini (Associazione Nazionale Alpini) en las regiones montañosas septentrionales, manteniendo un discurso tendencialmente conservador. Todas estas entidades surgieron a partir de la extendida y optimista creencia en el potencial de los excombatientes para cambiar el país, pero también de las preocupaciones y conflictos provocados por el empeoramiento de la situación social y política.
Todavía más importante, el creciente miedo de las clases medias y altas italianas a la expansión del bolchevismo marcó el desarrollo de las asociaciones de veteranos. Al final de la guerra, la tendencia maximalista del PSI, inspirada por la Revolución rusa, devino hegemónica en el socialismo italiano. Por aquellos días, también se creó una asociación socialista para veteranos: la Liga Proletaria (Lega proletaria fra mutilati, invalidi, orfani e vedove di guerra), vinculada al propio PSI.114 Esta asociación se proponía defender los intereses de los excombatientes desde una perspectiva de clase, considerándolos más como víctimas de guerra, junto a inválidos, huérfanos y viudas, que como héroes o exsoldados. En consecuencia, la Liga Proletaria hizo gala de un discurso pacifista y antimilitarista que enfatizaba los horrores de la guerra, representada como una masacre inútil y una locura fratricida. El número de miembros de esta asociación comenzó a crecer progresivamente, fundamentalmente en los bastiones socialistas del norte, y a la altura de la primavera de 1919 superaba los 50.000 afiliados. Los ejemplos de Henri Barbusse y la francesa ARAC sirvieron como inspiración para sus actividades.
Dentro de este agitado contexto de proliferación de grupos de veteranos, el Fascismo emergió formalmente. Il Popolo d’Italia publicó la convocatoria para la fundación de los Fasci di combattimento a comienzos de marzo de 1919, especialmente dirigida a los veteranos –«combatientes y excombatientes» (combattenti, ex combattenti)– y haciendo hincapié en el potencial de estos individuos para expulsar del poder a las viejas clases dirigentes. Agostino Lanzillo urgió a los excombatientes a «intervenir y hacerse con el gobierno del Estado» y establecer inmediatamente un «régimen enérgico» que haría frente al crítico momento que se estaba viviendo.115 Sin embargo, los agitadores de Il Popolo d’Italia no fueron demasiado exitosos, ya que tan solo algunos grupos locales de veteranos mostraron su apoyo.116 Como es bien sabido, el «pintoresco» mitin fundacional del Fascismo, celebrado el 23 de marzo de 1919 en la Piazza San Sepolcro de Milán, pasó prácticamente inadvertido.117 Únicamente asistieron trescientas o cuatrocientas personas, incluyendo intervencionistas revolucionarios, estudiantes y periodistas. Puede que en torno a la mitad de los asistentes fuesen veteranos de guerra, en su mayoría arditi como Ferruccio Vecchi o futuristas como Marinetti. Aparte de radicales y contradictorias proclamas nacionalistas y diatribas antibolcheviques, los fascistas no presentaron ningún programa político coherente, aunque es importante resaltar que lo primero que Mussolini dejó claro fue el apoyo fascista a las demandas de las asociaciones de combattenti.
A lo largo de la primavera de 1919, varios acontecimientos demostraron que oficiales y exsoldados podían constituir una fuerza reactiva contra la izquierda, a pesar de que la abrumadora mayoría de los veteranos de guerra italianos no estaban interesados en unirse a las manifestaciones nacionalistas. Mientras las noticias de la creación de las Repúblicas Soviéticas de Hungría y Baviera, establecidas respectivamente el 21 de marzo y el 6 de abril, circulaban por toda Europa, en Italia proliferaban los periódicos y organizaciones independientes de veteranos de signo diverso. Por ejemplo, los miembros de la minúscula pero abiertamente antibolchevique Unión Nacional de Oficiales y Soldados (Unione Nazionale Ufficiali e Soldati (UNUS)), liderados por un oficial nacionalista llamado Giovanni Giuriati, lanzaron su propio manifiesto el 7 de abril.118 Mussolini era muy crítico con esta dispersión de fuerzas: solo unos días después del mitin en San Sepolcro, llamó a la unificación de todas las fuerzas «nacionales» de veteranos en un único y poderoso organismo que debía hacer frente al peligro interno que veían en el socialismo.119 En Roma, los socialistas convocaron una huelga general el día 10 de abril, pero el mismo día se celebró una contramanifestación de corte antisocialista en la que muchos oficiales del ejército participaron. El futurista y ex ardito Mario Carli se atrevió a afirmar que quienes habían tomado parte en esta marcha antibolchevique habían sido combatientes de toda condición, mostrando así su supuesto espíritu unificado.120 Por fin, el 15 de abril, tras una sucesión de huelgas y manifestaciones similares acaecidas en Milán, los arditi fascistas asaltaron y destruyeron la oficina del diario socialista Avanti!. El uso de armas de fuego y cuchillos en estos enfrentamientos dejó un saldo de cuatro muertos, unos hechos considerados por los historiadores como el primer caso de violencia squadrista.121 La destrucción de las oficinas de Avanti! tendría consecuencias todavía más funestas, ya que se vio sucedida por una serie de violentos ataques a manos de los arditi contra socialistas en diversos lugares.122
Sin embargo, es importante destacar que los perpetradores del asalto a los locales de Avanti! en Milán eran parte de una muy pequeña y radicalizada minoría –aunque excepcionalmente activa– de excombatientes italianos. En este contexto, es paradójico, aunque entendible, que la simple noción de «excombatientes» comenzase a asociarse exclusivamente a un grupo realmente marginal. Si bien es cierto que los veteranos eran un colectivo de individuos extremadamente diverso y heterogéneo, los contemporáneos tenían un limitado abanico de conceptos a su alcance para dotar de sentido a esta pluralidad. Los numerosos miembros del gigantesco ejército italiano albergaban opiniones políticas muy dispares, y las experiencias de desmovilización habían acentuado las contradicciones entre las expectativas de los soldados, por un lado, y las mentalidades de los mandos y oficiales, por otro.
Ciertamente, muchos militares profesionales y antiguos oficiales burgueses esperaban mantener los privilegios obtenidos durante la guerra y recibir el respeto y el honor del país. Igualmente, esperaban y deseaban que la conferencia de paz satisficiera los objetivos nacionales por los que el ejército había luchado. Pronto, no obstante, se sintieron decepcionados por la hostilidad y la frialdad que la nación mostraba hacia ellos.123 Desde el armisticio, los intervencionistas habían demandado que se cumpliesen las promesas hechas en el Pacto de Londres, y que la ciudad «italiana» de Fiume se incorporase territorialmente al país. Furibundos intervencionistas como Mussolini y el grupo de Il Popolo d’Italia, así como los antiguos arditi y los oficiales nacionalistas de la UNUS, despreciaban con violencia a los políticos que «renunciaban» a tales reclamaciones territoriales. Aunque los diplomáticos italianos defendieron las aspiraciones intervencionistas (las promesas del Pacto de Londres más la ciudad de Fiume), estas reclamaciones chocaban con el espíritu wilsoniano que presidía la conferencia de paz, por lo que el resultado de las negociaciones decepcionó a los italianos, que nunca recibirían ni Dalmacia ni Fiume. Este fracaso diplomático se produjo a finales de abril de 1919 y destruyó las esperanzas de fervientes nacionalistas e irredentistas como D’Annunzio, que sintieron que la victoria se había perdido. Aunque el creciente mito de la «victoria mutilada» era solo una media verdad,124 ciertos rumores comenzaron a circular sobre la inminencia de un golpe militar.
Estas elevadas preocupaciones patrióticas ocupaban únicamente las mentes de los veteranos educados de clase media, soldados u oficiales, que habían sido los principales promotores de la intervención en la guerra. Pero por su parte, los veteranos corrientes se mostraban más preocupados por hacer realidad las promesas materiales que habían recibido de parte del Estado italiano. Sin ir más lejos, en el medio rural, las masas de contadini ex combattenti manifestaron su impaciencia ante el incumplimiento de las promesas de reparto de tierras, lo que explica su protagonismo en los motines contra el elevado coste de la vida (carovita) estallados entre junio y julio de 1919 en todo el Mezzogiorno, especialmente en Cerdeña.125 Desde comienzos de dicho año en el Lazio, y durante el verano y el otoño en muchas provincias del Sur (Puglia, Calabria y Caltanissetta), también se produjeron ocupaciones de tierras por parte de veteranos de guerra que aspiraban a una distribución más justa de la tierra, e incluso a la revolución social.126 Aunque en esas manifestaciones no era difícil encontrar excombatientes proletarios ataviados todavía con ropas militares, los socialistas no movilizaron de forma sistemática la figura del veterano para legitimarlas. Fueron más bien los nacionalistas quienes afirmaron su voluntad de recompensar materialmente a cada soldado por su servicio, mientras denunciaban la idea, difundida por los socialistas, de que la guerra y el cumplimiento del deber militar habían sido sacrificios inútiles.127 ¿Cuáles eran las posiciones del movimiento fascista y de la ANC respecto a las masas de veteranos? El historiador Giovanni Sabbatucci señaló acertadamente que los Fasci di combattimento, pese a los esfuerzos de los colaboradores de Mussolini, no fueron capaces de atraer a demasiados excombatientes; la ANC absorbió a buena parte de ellos.128 Esta asociación alcanzó los 300.000 miembros en el otoño de 1919. Su base popular se encontraba en el Mezzogiorno y se componía, por ende, de campesinos, mientras que los veteranos de clase media de las ciudades del norte y el centro del país copaban los puestos dirigentes. Aunque su discurso político dominante adolecía de falta de claridad, definición y dirección, la ANC intentó articular una mayor concreción política. Todos sus veteranos parecían compartir una instintiva actitud antigubernamental y un sentido del patriotismo, fusionados en la idea de «renovación» (rinnovamento). Los líderes y representantes de secciones procedentes de toda Italia se reunieron en el primer Congreso nacional de la ANC, celebrado en Roma entre el 23 y el 28 de junio de 1919. A lo largo de seis días de acaloradas discusiones, los miembros de la organización debatieron un tema central: si la organización debía adoptar una postura política o apolítica. Aunque resultó tremendamente difícil consensuar una posición política compartida por todos, en última instancia el congreso aprobó un programa escrito por un tal Renato Zavataro, que no era sino una clara muestra de las preferencias democráticas y pacifistas de la mayoría de los miembros de la ANC. En definitiva, el congreso puso de relieve la falta de competencia de unos líderes inexpertos y la imposibilidad de definir una ideología política clara para los combattenti.129
Pero el aspecto más fascinante de aquel congreso de excombatientes en Roma fue el intento de los fascistas de imponer su orientación política a la ANC. En los días previos al encuentro, la prensa afirmó que Mussolini y D’Annunzio asistirían, aunque al final solo Mussolini estuvo en la capital. La atmósfera política romana estaba densamente cargada debido a la formación de un nuevo gobierno encabezado por Nitti tras el fracaso italiano en Versalles. Ya en la primera sesión del congreso, Francesco Giunta, un exoficial filofascista e intervencionista venido en representación de los excombatientes florentinos, abogó por la acción violenta contra el recién formado gobierno. Subido encima de una mesa, presentó una resolución (ordine del giorno) radical que llamaba a poner en marcha un gran movimiento insurreccional de inmediato.130 Frente a este intento de organizar en el acto una manifestación de veteranos con el objetivo derrocar a Nitti, la moderación se impuso, siendo la nota dominante del congreso. No en vano, justo tras el fracaso de la iniciativa de Giunta, los excombatientes expulsaron al ardito Ferrucio Vecchi de las sesiones debido a sus declaraciones incendiarias, y cuando Agostino Lanzillo, también presente en las sesiones, argumentó que los veteranos debían hacer uso de su fuerza para hacerse con el poder y establecer «en vez de la dictadura del proletariado, la dictadura de los combatientes» («in luogo della dittatura del proletariato, la dittatura dei combattenti»), la mayoría de los delegados acogió esta declaración con frialdad. En última instancia, vista la falta de simpatía de los líderes de la ANC hacia estos intentos fascistas de atracción, la postura de Mussolini se centraría en destacar los elementos comunes entre el programa fascista y el de los veteranos: «su armonía es absoluta», adujo.131 De igual modo, los arditi también señalaron las similitudes existentes entre su programa y los de la ANC y los Fasci, abogando en favor de una colaboración.132 Pero a pesar de estas evaluaciones exageradamente optimistas, la realidad era que la ANC había reafirmado en el congreso su autoridad y su independencia con respecto a otras organizaciones, particularmente los Fasci di combattimento: el símbolo del excombatiente estaba todavía lejos de ser patrimonio de los fascistas.
LOS EXCOMBATIENTES ANTIBOLCHEVIQUES: UNA APROPIACIÓN SIMBÓLICA
En la primera mitad de 1919, el concepto del veterano todavía no estaba políticamente definido. Pero en la segunda mitad del año, tras la firma del Tratado de Versalles, un proceso de apropiación simbólica consolidó una representación transnacional muy extendida del excombatiente como paradigmático antibolchevique. En Italia, este constructo cultural jugó un papel determinante en los orígenes del Fascismo, aunque esta consecuencia nunca fuese inevitable. En este apartado demostraré que la supuesta orientación antisocialista de los veteranos italianos fue un fenómeno contingente y construido, producto de una larga evolución de los discursos y representaciones promovidos sobre todo por el Fascismo. Al mismo tiempo, mostraré que la adhesión de los veteranos italianos al movimiento fascista fue tan solo un fenómeno relativo. Se trató sobre todo de una construcción discursiva, resultado de un proceso de apropiación simbólica en el que el verano de 1919 fue un momento clave.
Pese a su fracaso en el Congreso de la ANC de junio de 1919, los fascistas no cejaron en sus intentos de atraer a los excombatientes hacia su organización, pues poderosas razones tanto ideológicas como políticas motivaban su interés por reclutarlos. Como sabemos, desde 1917, Mussolini había cimentado sus proyectos en la movilización de los excombatientes. Y, en efecto, como el historiador Emilio Gentile ha señalado, jóvenes italianos de clase media-baja influidos por el mito de la experiencia de guerra, sobre todo aquellos que habían combatido en cuerpos de élite como los arditi o habían llegado a convertirse en oficiales, habían interpretado la contienda como una iniciación a la política y habían regresado de las trincheras convencidos de tener «una misión que llevar a cabo en nombre de la nación».133 No extraña que hombres como Giuseppe Bottai (intervencionista, voluntario de guerra y ex ardito) se unieran a los Fasci. Estos individuos creían en el mito de las «dos Italias», en la existencia de una nación de intervencionistas revolucionarios y combatientes y otra de traidores neutralistas, desertores, profittatori, políticos liberales y bolcheviques, a quienes los intervencionistas odiaban como enemigos internos. Esta forma de pensar llevó a algunos a abrazar el movimiento fascista, considerado como un «antipartido» (antipartito). Los vanguardistas florentinos antes de la guerra habían desarrollado todas estas nociones ideológicas, luego recicladas por Mussolini. No extraña, por tanto, que Florencia fuese la ciudad en la que fascistas, futuristas y líderes excombatientes establecieran sus más estrechos vínculos.134 Sin embargo, el Congreso de la ANC en Roma había evidenciado que los excombatientes radicales eran una excéntrica minoría dentro del país.135 Los exsoldados italianos, en conjunto, no eran aquellos hombres de acción, fieros antibolcheviques y revolucionarios que los fascistas imaginaban.
No obstante, tras la firma del Tratado de Versalles, los burgueses nacionalistas intensificaron la lucha para hacerse con el control del símbolo del veterano de guerra. Su animadversión hacia el Gobierno de Nitti y su frustración con la «victoria mutilada» condujeron a momentos de una gran tensión, como el producido el 30 de junio de 1919 después de un mitin nacionalista de protesta en el teatro Augústeo de Roma, que desató violentos enfrentamientos entre la policía y los manifestantes. Entre los más agresivos en la concentración se encontraban muchos jóvenes oficiales ataviados con sus uniformes, algunos de los cuales fueron arrestados o heridos en los altercados. Al día siguiente, el órgano nacionalista L’Idea Nazionale salió afirmando en primera plana, de forma apasionada, que el vil Gobierno había atacado a los «veteranos» (combattenti).
Referirse a estos grupos de oficiales y estudiantes nacionalistas como «los veteranos» era altamente manipulativo. Más bien, estos eran individuos radicalizados, tales como Giovanni Giuriati y Nino Host-Venturi,136 quienes incluso, en contacto con D’Annunzio, habían comenzado a reunir apoyos para formar fuerza militar voluntaria que ocupase la ciudad de Fiume. Estos excombatientes diferían enormemente de los representantes que se habían dado cita en el congreso de la ANC los días previos. Aun así, ante la situación, miembros de la ANC y de la ANMIG expresaron su condena al gobierno y se sumaron a la indignación nacionalista por las agresiones cometidas contra «los veteranos». Incluso D’Annunzio, en un artículo acusatorio que llamaba a la desobediencia contra el Gobierno, se recreó en la indignante imagen del manifestante mutilado con una sola pierna vilmente golpeado por la policía.137 El recurso literario de D’Annunzio a esta provocadora representación del veterano de guerra sirvió como incentivo para fomentar la deslealtad del ejército. Como vemos, ya antes de que los socialistas fuesen capaces de desarrollar discursos y políticas para el regreso de los combatientes, los nacionalistas y fascistas se destacaban en una lucha virulenta por controlar su simbología. Pero la frustración de las aspiraciones nacionalistas fue solo uno de los factores que explican el intento de monopolización de dicho símbolo; la otra clave fue el antibolchevismo.
En estos primeros momentos, debemos entender la adhesión de antiguos oficiales y arditi al joven movimiento fascista en un confuso contexto de creciente reacción antisocialista y antigubernamental. Los fascistas, aprovechando que los excombatientes carecían de una orientación política clara, trataban de dar una dirección política a su fuerza aparentemente considerable.138 En Roma, por aquellos días, muchos oficiales del ejército asistían vestidos de uniforme a las asambleas de los Fasci, donde los arditi instaban a emprender acciones violentas contra el Gobierno y los bolcheviques.139 Este clima de agitación también vio aparecer grupos de excombatientes de ideología anarquista, «subversivos» (sovversivi) que conspiraban igualmente contra el Gobierno. Por ejemplo, en julio de 1919 el ardito anarquista Argo Secondari organizó un complot fallido contra Nitti desde el cuartel militar del fuerte de Pietralata en Roma.140 En Verona, algunos trabajadores anarquistas se unieron a un grupo de excombatientes y antiguos arditi para fundar el Fascio.141 Y en Florencia, las autoridades calificaron de «impresionante» la agitación combinada de veteranos, fascistas y arditi.142 En esta ciudad fueron veteranos de guerra quienes fundaron el Fascio en la propia sede local de la ANC,143 pero esta colusión era un caso excepcional.
Como vemos, no existía ningún patrón general que definiera la proximidad entre los veteranos y el movimiento fascista, relación que a lo sumo se daba en regiones del norte y el centro de Italia. Pero incluso en una ciudad septentrional como Ferrara los veteranos repartían su fidelidad entre la ANC y los socialistas, siendo favorables a Mussolini tan solo un pequeño grupo de arditi locales.144 En Bolonia, diferencias entre veteranos condujeron a una escisión entre los que ingresaron en la ANC y los que lo hicieron en la liga antibolchevique local, mientras que algunos oficiales se afiliaban al Fascio.145 A la luz de estos problemas para movilizar excombatientes, los líderes fascistas optaron por intentar reclutar no solo veteranos, sino también individuos sin experiencia directa de guerra. Como aclaró el organizador fascista Umberto Pasella, el Fascio era «una cosa muy distinta a una organización de veteranos»,146 aunque el hecho de que se tuviese que explicitar la diferencia es ya de por sí revelador.
Hacia mediados de 1919, el movimiento excombatiente había atraído el interés no solo de fascistas y nacionalistas, sino también de la izquierda. En este explosivo contexto en el que todos los bandos aludían a los combattenti en su retórica política, no resulta sorprendente que los representantes del intervencionismo democrático –como el intelectual Gaetano Salvemini– intentasen movilizar a los veteranos para fomentar un movimiento de renovación política y social, especialmente en el Mezzogiorno. Aunque muchos socialistas mostraron escepticismo ante este tipo de estrategias,147 la Liga Proletaria también celebró su propio congreso nacional en el que la desmovilización y la amnistía fueron los eslóganes principales. Para entonces, ya se había extendido en Alemania y en otras regiones europeas un temor a que los individuos licenciados del ejército cayesen bajo la influencia de agitadores bolcheviques.148 Las autoridades italianas eran también conscientes de este peligro, así como del papel de voluntarios y antiguos oficiales en las fuerzas reaccionarias alemanas.149 Por este motivo, la propaganda militar italiana dirigida a los soldados se dedicó a insistir en que los auténticos combatientes (combattenti) querían «paz, trabajo y orden». Se acusó a las «masas de obreros que no combatieron en la guerra» de generar inestabilidad y disturbios; una agitación que habría de ser aplacada por aquellos «combatientes, oficiales y soldados» en defensa del orden.150 Mientras tanto, los socialistas, que creían en la existencia de una profunda brecha entre soldados de origen proletario y oficiales burgueses, se esforzaban por poner de relieve el instinto revolucionario de los primeros frente al conservadurismo de los segundos. De hecho, las noticias de la reacción contrarrevolucionaria, dirigida por oficiales del ejército, contra la República Soviética de Hungría parecían confirmar esta interpretación.151
Es evidente que el antagonismo entre socialistas y militares se incrementó como consecuencia de la guerra. Ahora bien, cabría preguntarse si el conjunto de los veteranos de guerra italianos también se volvió hostil a los socialistas y, por ende, si se inclinó hacia el Fascismo. Las interpretaciones retrospectivas en ese sentido realizadas por socialistas como Giovanni Zibordi, Pierto Nenni y Angelo Tasca, asumidas como correctas por muchos historiadores,152 deberían ser tomadas con un cierto grado de escepticismo.153 Zibordi señaló que el elemento excombatiente, es decir, jóvenes exoficiales que se sintieron desplazados y amenazados en su estatus económico, fue proclive al Fascismo. Este autor llegó a culpar a los socialistas de esta deriva, dada la supuesta inacción de la izquierda a la hora de «desmovilizar» esas actitudes.154 Zibordi, no obstante, obviaba sus propias tempranas llamadas públicas a «desmovilizar los cerebros» tras la guerra, así como los discursos en los que él mismo había celebrado el retorno a casa de los veteranos mutilados.155 Como vemos, asumir que los socialistas estaban en contra de «los veteranos» implica ocultar y simplificar una parte crucial de la historia. En realidad, hacia el verano de 1919 incluso el prominente pensador socialista Antonio Gramsci defendía que la experiencia de las trincheras había convertido a las masas de campesinos-soldados italianos en potenciales agentes de una revolución similar a la que había tenido lugar en Rusia.156
El mito posbélico sobre las agresiones socialistas a los «veteranos» (reduci) es, aún hoy, asumido acríticamente por los historiadores.157 Angelo Tasca sostuvo que la Lega Proletaria había hecho gala de unas políticas maximalistas y sectarias que habían alienado a los combattenti: el eslogan de «¡abajo la guerra!» (abbasso la guerra!) habría sido interpretado como «¡abajo los veteranos!» (abbasso i combattenti!).158 Los combattenti habrían reaccionado –tal y como hizo el ejército– en defensa de su victoria, protegiendo una versión honorable de la experiencia bélica y, por consiguiente, contra el socialismo y a favor del Fascismo. Ciertamente esta explicación tiene una parte de verdad, pero sigue siendo una simplificación. Sin estar fundamentada en una perspectiva comparativa, critica el enfoque que los socialistas dieron a la política excombatiente como algo esencialmente inapropiado, y minusvalora el papel agresivo de veteranos antisocialistas y fascistas desde el armisticio. En realidad, los socialistas italianos reforzaron su campaña antimilitarista tras haber sufrido violentos ataques a manos de arditi fascistas y oficiales militares. Y más importante si cabe, la construcción simbólica del excombatiente antibolchevique había empezado ya con anterioridad, como consecuencia de la reacción contrarrevolucionaria en Alemania y Hungría. Y a pesar de todo, la campaña antimilitarista del socialismo italiano nunca estuvo dirigida contra los veteranos de guerra, por mucho que los grupos antisocialistas afirmaran lo contrario como estrategia para apropiarse en exclusiva del símbolo político del excombatiente.
Es cierto que el desdén de los socialistas hacia la guerra, conectado con sus quiméricas llamadas a la revolución social, generó una considerable indignación entre militares e intervencionistas, que veían en el socialismo al odiado enemigo interno. La publicación del notorio informe sobre las responsabilidades militares del desastre de Caporetto, coincidiendo con el fin de la censura de prensa, enardeció la campaña antimilitarista del verano de 1919. Desde las páginas de Avanti!, los socialistas defendieron sin ambages que la guerra había sido un horrible engaño que solo había beneficiado a unos pocos capitalistas burgueses para empobrecer, mutilar y destruir la vida de millones de personas.159 Denunciaron vigorosamente la actitud extremadamente represiva de los oficiales hacia sus propias tropas, los castigos y las ejecuciones. Con estas denuncias, los socialistas decían «desenmascarar» todos los horrores de la guerra.160
Es importante subrayar que mientras los socialistas insultaban y menospreciaban a los oficiales del ejército, su campaña –tal y como apuntaban sus promotores– no pretendía «denigrar ni a los soldados ni a aquellos que habían combatido convencidos de cumplir con un deber sagrado u honorable».161 Más bien se dirigía contra los que «habían deseado la guerra, contra los que la habían conducido mal y contra los que, incluso peor, la habían glorificado».162 En vez de atacar a los soldados, los socialistas condenaron la terrible experiencia de las trincheras, contrastándola con la imagen distorsionada construida por la propaganda nacionalista de guerra.163 Denunciaban a los belicistas por haberse desentendido rápidamente de los exsoldados, los mismos hombres a quienes habían adulado y obsequiado en 1915.164 Los socialistas condenaban que los oficiales, a pesar de no haber combatido en las trincheras, disfrutasen de unas elevadas pensiones, mientras que los reclutas que habían estado sufriendo en el frente eran ahora perseguidos y encarcelados por el Estado.
En líneas generales, la explicitación de estas realidades no resultaba particularmente ofensiva para la mayoría de los veteranos. Tampoco se diferenciaba demasiado de cómo, en la victoriosa Francia, algunos grupos de excombatientes habían representado su propia experiencia en su propaganda para obtener beneficios materiales.165 De hecho, aunque los nacionalistas italianos envidiaban la exitosa celebración de la victoria que tuvo lugar en Francia el 14 de julio de 1919, la propia izquierda gala se había mostrado muy crítica con esta conmemoración patriótica, empleando para ello una retórica antimilitarista muy próxima a la utilizada por los socialistas italianos.166
En todo caso, la campaña antimilitarista llevada a cabo en Italia generó indignación no solo entre oficiales del ejército, sino también entre algunos de los líderes del movimiento excombatiente. Arditi como Ferruccio Vecchi se sintieron ultrajados y se declararon defensores de la élite militar a través de varios artículos publicados en L’Ardito e Il Popolo d’Italia. Desde estos círculos radicales se tramaron nuevas agresiones contra los socialistas167 y se pusieron en circulación panfletos incitando a atacar a partidos y personas que con su propaganda pretendían desacreditar «a aquellos que habían deseado la guerra y a los que la habían hecho».168 Diferentes órganos de prensa de la ANC también publicaron duros ataques contra los socialistas,169 a quienes caracterizaron como «cuervos» que ensuciaban la memoria de los muertos con fines partidistas. Se representó a los socialistas como «derrotistas» que intentaban «devaluar la victoria»,170 una descripción empleada profusamente tanto por fascistas como por la ANC.171 Por aquellas fechas, los resultados de la investigación oficial sobre la derrota de Caporetto, aun saldada simplemente con algunos castigos administrativos a generales y con la amnistía a miles de individuos acusados de deserción, contribuyó a debilitar todavía más la lealtad del ejército italiano hacia el Gobierno.
El deterioro de la neutralidad y la disciplina de las fuerzas armadas facilitó la movilización de tropas y voluntarios impulsada el 12 de septiembre de 1919 por el poeta y héroe de guerra D’Annunzio con el objetivo de ocupar la ciudad de Fiume. Con esta acción, D’Annunzio se convirtió en un referente para los veteranos nacionalistas revolucionarios, arditi y futuristi que respondieron a su llamada.172 Entre los legionarios que participaron en la ocupación se encontraban algunos que luego tendrían un papel importante en el régimen fascista, como Giovanni Giuriati y futuros líderes fascistas de la ANC como Nino Host-Venturi. De hecho, algunos excombatientes fascistas llegaron incluso a abandonar sus hogares para unirse a la empresa de D’Annunzio, respaldada en líneas generales por la prensa de la ANC.173
Esta acción pretendía provocar la caída del Gobierno de Nitti, si bien no consiguió su objetivo.174 Aunque el primer ministro italiano cerró el debate sobre las responsabilidades de Caporetto salvando la honradez del ejército en una guerra que presentó como inevitable, también denunció la ocupación de Fiume como un caso de «sedición» (sedizione).175 Más tarde, Nitti moderó su actitud y mostró cierta empatía por los veteranos, aunque su política respecto al problema fiumano repugnaba a los ultranacionalistas, y no satisfacía a los líderes del movimiento excombatiente. Por su parte, Mussolini no perdió la oportunidad de alabar la predominante orientación de las organizaciones de veteranos en favor de D’Annunzio y en contra de Nitti.176 La ocupación del enclave adriático se extendió hasta finales de 1920, y durante ese tiempo los intervencionistas y una parte del movimiento excombatiente apoyaron las fuerzas d’annunzianas. Además, el episodio de Fiume ofrecería precedentes para el Fascismo en áreas como la estetización política y la ritualización.177 Con estos procesos, el símbolo del veterano de guerra siguió adquiriendo una serie de significados implícitos que serían posteriormente explotados por el movimiento fascista.
En buena medida, resulta entendible que, en el marco de una situación crítica como la provocada por la ocupación de Fiume, Nitti no impulsase ninguna conmemoración oficial de la victoria del 4 de noviembre, tal y como le pedían los nacionalistas y algunos sectores de la ANC.178 No es seguro que una celebración oficial hubiese ayudado a apaciguar a los grupos intervencionistas, pero no realizarla tampoco contribuyó a aliviar las frustraciones de nacionalistas y líderes militares. Lo que sí representaría una oportunidad para que los descontentos expresasen su malestar fueron las elecciones de noviembre de 1919, que se encontraban a la vuelta de la esquina. La ANC se preparó para participar en la lucha electoral e irrumpir con un grupo político específicamente excombatiente en el Parlamento italiano.179
Tanto la ocupación inconsecuente de Fiume como las tensiones políticas derivadas de la campaña electoral tuvieron consecuencias decisivas a nivel europeo, ya que amplificaron el proceso transnacional de apropiación simbólica del veterano de guerra. En este momento, los observadores extranjeros veían a los veteranos italianos como una parte homogénea de una reacción mayoritariamente militarista, antigubernamental y antisocialista. El 4 de octubre de 1919, un informe enviado desde Italia al Ministerio de Asuntos Exteriores francés dibujaba un panorama político bipolar en el que los veteranos (combattenti), los fascistas y casi todo el ejército estaban contra Nitti, mientras que los socialistas apoyaban al primer ministro: «los socialistas organizan manifestaciones contra los veteranos», se decía.180 De igual modo, otro informe de la embajada británica destinado al Foreign Office mencionaba que había una «importante confusión» respecto a la ANC, la ONC y «los Fascii di Combattenti [sic] o grupos locales de veteranos», pero como vemos el documento tampoco era capaz de presentar una distinción adecuada entre el movimiento excombatiente y el fascista.181 Semanas después, uno de los pocos diarios que se pudieron leer en París durante la huelga de prensa francesa de noviembre de 1919 publicaba un reportaje de la situación italiana mencionando los violentos choques entre socialistas y los «Fascio de los combattants», «arditi» y nacionalistas.182 Por su parte, el diario de izquierdas L’Humanité afirmaba que el programa de la ANC para los veteranos era apolítico, aunque también apuntaba que los comunicados de la asociación eran claramente hostiles a los socialistas.183 En este sentido, es interesante señalar que el mismo número de L’Humanité incluyó una llamada de Henri Barbusse y Anatole France al voto socialista en las próximas elecciones francesas, en la cual no se hacía referencia alguna a los veteranos. Evidentemente, la idea del excombatiente antibolchevique iba cobrando cada vez mayor relevancia.
A pesar de estas representaciones confusas, el modo en que fascistas y combattenti abordaron el proceso electoral italiano difirió profundamente en lo simbólico. En términos discursivos, la posición política de los veteranos de la ANC –tal y como defendía su líder Renato Zavaro– era oponerse tanto a aquellos que habían deseado la guerra pero que no había combatido en ella (un dardo contra los intervencionistas y las élites nacionalistas), como a aquellos que no habían buscado la guerra y la habían saboteado (es decir, la fuerzas «antinacionales» de izquierdas). En cambio, el movimiento excombatiente decía representar implícitamente a todos aquellos que no habían querido la guerra pero que habían combatido lealmente en ella –esto es, la mayoría de los soldados italianos–. Los socialistas obstaculizaron la participación de la ANC en la pugna electoral, pero los fascistas también la criticaron, y otros sectores políticos, incluidos los intervencionistas, la vieron con hostilidad.184 La actitud fascista era cuestión de simple rivalidad: en Milán, los fascistas se presentaron a las elecciones con una lista de diecinueve candidatos encabezada por Mussolini en la que casi todos sus integrantes eran presentados como veteranos. De este modo, los fascistas buscaban representar a aquellos que habían querido la guerra y además habían combatido en ella.
Más allá de un vago programa que perseguía una renovación de las élites políticas, la postura política real de los grupos de veteranos varió ostensiblemente en función de la región y de sus alianzas electorales. Los símbolos elegidos para representarse e identificar sus candidaturas electorales pusieron de manifiesto una cierta diversidad. Muchos adoptaron el casco como emblema electoral, siendo el icono que identificaría mayoritariamente a los veteranos también en las elecciones posteriores de 1921. En este sentido, el casco reflejaba una percepción esencialmente defensiva del papel político de los soldados.185 Por el contrario, otras candidaturas de excombatientes en las áreas del sur eligieron la imagen de una escalera de mano como representación simbólica de sus aspiraciones de ascenso social. Por su parte, los fascistas escogieron como símbolo identificativo el fascio romano, ampliamente enraizado en la tradición intervencionista, aunque también una candidatura excombatiente lo empleó: la de los miembros de la ANRZO en Turín. Sea como fuere, para cuando se celebraron las elecciones existía una clara oposición simbólica entre los veteranos y la izquierda. Las candidaturas de los socialistas estaban marcadas por el símbolo de la hoz y el martillo y, a diferencia de los excombatientes, su propaganda se esforzaba por dar voz a las víctimas de la guerra, a las viudas, los huérfanos y a todos aquellos que habían perdido a alguien en el conflicto.
Los resultados electorales decepcionaron grandemente a veteranos, fascistas e intervencionistas. Los combattenti habían albergado la esperanza de que su autoridad moral sobre la nación se viera recompensada con votos, pero sus candidaturas obtuvieron unos resultados muy pobres en casi toda Italia. Los dos claros ganadores de las elecciones fueron los socialistas –que obtuvieron 156 escaños– y los popolari católicos. El grupo parlamentario de veteranos promovido por la ANC, una plataforma heterogénea sin una dirección política definida, consiguió tan solo 232.923 votos (un 4,1 % del total), lo que se tradujo en veinte escaños en el parlamento.186 De hecho, los resultados cosechados por los fascistas fueron incluso peores. Este panorama contrastaba con la victoria electoral obtenida por el Bloque Nacional conservador en Francia, en cuyo parlamento, la presencia de un 44 % de veteranos de guerra entre sus miembros llevó a bautizar la cámara como Chambre bleu horizon, dado el color azulado de los uniformes militares franceses. En contraste, solo el 27,97 % de los integrantes de la italiana Camera dei Deputati eran antiguos combatientes, siendo irónicamente el PSI el grupo con un mayor porcentaje de veteranos entre sus diputados (un 47,4 %), aunque este no haciese hincapié alguno en esa condición de sus miembros.187 Para empeorar aún más las cosas, resultaba evidente que la mayoría de los veteranos italianos, incluso miembros de la ANC, habían votado por opciones antimilitaristas y revolucionarias. A pesar de estas realidades, mucha gente en Italia entendió el resultado electoral como una victoria del pacifismo socialista frente a los excombatientes, quienes ahora los medios representaron como individuos resentidos y derrotados (figura 1.1). De hecho, en algunos periódicos excombatientes los resultados fueron descritos como un nuevo «ensayo general para la revolución bolchevique».188
Tras las elecciones, los fascistas quedaron en una situación crítica, pero el símbolo del excombatiente había terminado por consolidar un significado antisocialista más amplio. El mismo día en que comenzaba su andadura un nuevo parlamento, una manifestación en Roma protagonizada por oficiales monárquicos degeneró en enfrentamientos directos con grupos de socialistas en los que los manifestantes «patrióticos» agredieron al menos a un parlamentario de izquierdas. Furiosos, los socialistas convocaron inmediatamente una huelga general, lo que provocó que en muchas ciudades como Roma, Milán, Turín, Florencia, Bolonia o Mantua los huelguistas atacasen violentamente a oficiales en uniforme.189 Esta virulenta reacción evidenció el amplio apoyo del que gozaban los socialistas, pero las noticias de agresiones contra oficiales espolearon las ansiedades de la burguesía y sus odios hacia la izquierda, contribuyendo a expandir el mito del «veterano ultrajado». Mientras, los líderes fascistas fueron arrestados bajo acusación de alterar el orden público. La confluencia de todos estos eventos nutrió la idea de que mientras que los auténticos «veteranos» –elocuentemente simbolizados como arditi– eran enviados a prisión, eran los desertores quienes entraban en el Parlamento (figura 1.2).190 Aunque los veteranos nacionalistas y los fascistas tuvieron que someterse a las inmediatas consecuencias de su debacle electoral, lo cierto es que habían obtenido una victoria crucial: el poderoso símbolo de los excombatientes había quedado vinculado a ellos en tanto que individuos y grupos esencialmente opuestos a la izquierda.
Fig. 1.1. «¡Así que soy yo el derrotado!». En los carteles que portan los socialistas se lee: «¡Viva Lenin!», «El que no trabaje que no coma», «¡Viva la huelga!», «¡Viva la derrota!», «¡Abajo la guerra!». I Combattenti, 6 de diciembre de 1919 (del diario ilustrado Pasquino). (Imagen cortesía del Ministero dei beni e delle attività culturali e del turismo, Biblioteca Nazionale Centrale di Firenze. Prohibida toda reproducción).
Fig. 1.2. «Contrastes» «Los desertores a Montecitorio… y los veteranos al furgón policial», I Combattenti, 21 de diciembre de 1919 (del diario ilustrado Pasquino). (Imagen cortesía del Ministero dei beni e delle attività culturali e del turismo, Biblioteca Nazionale Centrale di Firenze. Prohibida toda reproducción).
Por su parte, los socialistas, bien conscientes del apoyo que habían obtenido por parte de muchos excombatientes, se mostraban encantados y confiados en que tenían la revolución a su alcance. En octubre, el Partido Socialista había confirmado su orientación maximalista con el propósito de establecer una dictadura del proletariado. No en vano, incluso habían barajado la posibilidad de emplear la violencia contra la burguesía. Su objetivo ahora era hacerse con el control de los concejos locales (comuni) a través de las elecciones administrativas de 1920, un proceso en el que tanto los veteranos como las víctimas de guerra debían jugar un papel estratégico fundamental.191 En este sentido, y aunque los socialistas carecían de un programa coherente destinado a la creación de un «ejército rojo»,192 algunos de ellos atribuían a los veteranos una misión revolucionaria.193 La Liga Proletaria sería la encargada de organizarlos. Significativamente, la pretendida naturaleza revolucionaria de esta organización se hace evidente si se observa el título de su órgano periodístico, Spartacus, un nombre que no solo hacía referencia a la facción de los comunistas alemanes, sino que también aludía a aquel esclavo del siglo I d. C. que, tras ser forzado a luchar como gladiador, había roto sus cadenas para encabezar una rebelión contra sus amos. Este símbolo emancipatorio figuraba en la portada del periódico y reflejaba la interpretación socialista de la experiencia bélica de los soldados (figura 1.3).
Aun así, ese paralelismo con el proletario italiano nunca llegó a materializarse o a ponerse en práctica. De hecho, las actividades de la Liga Proletaria durante el año 1920 no tuvieron ningún carácter revolucionario, a lo que habría que sumar las divisiones internas surgidas entre comunistas y socialistas que debilitaron a la organización, sobre todo tras 1921. Y lo cierto es que la derecha política y los nacionalistas habían conseguido prácticamente monopolizar el símbolo del excombatiente. A comienzos de 1920, cuando los maximalistas italianos lanzaron su proyecto para la creación de soviets revolucionarios, su estrategia ya no se basó en la vieja idea de «soldados» y «trabajadores» que había caracterizado las revoluciones rusa y alemana en su origen. La época dorada del exsoldado socialista y revolucionario había terminado.
Fig. 1.3. Spartacus (Milán, 15 de enero de 1920). (Imagen cortesía del Ministero dei beni e delle attività culturali e del turismo, Biblioteca Nazionale Centrale di Firenze. Prohibida toda reproducción).
En suma, el año 1919 asistió a un proceso transnacional de apropiación simbólica de la idea del excombatiente, por el cual este se convirtió en un símbolo característicamente antiizquierdista con una fuerte carga ideológica. Hacia finales de 1919, los veteranos eran esencialmente interpretados como un grupo que podía ser instrumentalizado contra la amenaza bolchevique interna. Si a finales de 1918, a consecuencia de la Revolución rusa, las masas de soldados eran generalmente vistas como una nueva clase de proletariado con inclinaciones socialistas, los eventos posteriores, como el desbaratamiento de las revoluciones en Europa central y la ocupación de Fiume, parecieron evidenciar el potencial contrarrevolucionario y nacionalista de los excombatientes. No en vano, diversos grupos derechistas se esforzaron por imponer esta percepción, con Mussolini y los primeros fascistas entre los más radicales. Pese a que esa imagen de las organizaciones de veteranos como baluartes contra los «rojos» también existía en otros países como Alemania o Estados Unidos, fue en Italia donde el proceso de apropiación simbólica tuvo mayores consecuencias. Aunque Italia estaba dominada por socialistas antimilitaristas y pacifistas católicos, el símbolo del veterano se fue convirtiendo en propiedad exclusiva de los grupos nacionalistas. Tal y como veremos en el siguiente capítulo, la manipulación fascista del modelo del veterano antibolchevique fue crucial para el auge del Fascismo italiano.
1 Zeev Sternhell: La droite révolutionnaire 1885-1914. Les origines françaises du fascisme, París, Fayard, 1997.
2 Walter L. Adamson: Avant-Garde Florence. From Modernism to Fascism, Cambridge (MA) / Londres, Harvard University Press, 1993; Wohl: The Generation of 1914, pp. 168-170.
3 El clima social e intelectual previo a la intervención italiana en Mario Isnenghi: Il mito della grande guerra, Bolonia, Il Mulino, 1989 (1.ª ed. 1970), pp. 11-178; Angelo Ventrone: La seduzione totalitaria. Guerra, modernità, violenza politica (1914-1918), Roma, Donzelli, 2003, pp. 3-48; Mario De Nicolò (ed.): Dalla trincea alla piazza. L’irruzione dei giovani nel Novecento, Roma, Viella, 2011, passim.
4 Jeffrey Verhey: The spirit of 1914. Militarism, Myth and Mobilization in Germany: Cambridge / Nueva York, Cambridge University Press, 2000.
5 Renzo De Felice: Mussolini il rivoluzionario, 1883-1920, Turín, Einaudi, 1965, pp. 221-418. Paul O’Brien: Mussolini in the First World War. The Journalist, the Soldier, the Fascist, Oxford / Nueva York, Berg, 2005.
6 Giovanna Procacci: Soldati e prigionieri italiani nella Grande Guerra. Con una raccolta di lettere inedite, Roma, Editori Riuniti, 1993, pp. 90-93.
7 Mark Thompson: The White War. Life and Death on the Italian Front, 1915-1919, Nueva York, Basic Books, 2009.
8 Véase el diario de guerra de Mussolini, publicado en varios capítulos en Il Popolo d’Italia durante la guerra, en Edouardo y Duilio Susmel (eds.): Opera Omnia di Benito Mussolini, Volume XXIV, Florencia, La Fenice, 1961, pp. 1-113.
9 Il Popolo d’Italia, 27 de diciembre de 1916.
10 Ibíd., 19 de marzo de 1917; 4 de abril de 1917.
11 Ibíd., 13 de abril de 1917.
12 Ibíd., 15 de abril de 1917; 5 de mayo de 1917.
13 B. Mussolini, «Bandiere rosse», Il Popolo d’Italia, 5 de julio de 1917; B. Mussolini: «Il tramonto di Zimmerwald», Il Popolo d’Italia, 7 de julio de 1917; B. Mussolini, «Viva Kerensky!», Il Popolo d’Italia, 26 de julio de 1917.
14 Isnenghi: Il mito della grande guerra, pp. 261-394.
15 André Loez y Nicolas Mariot: Obéir/desobéir. Les mutineries de 1917 en perspective, París, Éditions La Découverte, 2008.
16 Allan K. Wildman: The End of the Russian Imperial Army, Princeton, Princeton University Press, 1980-1987, pp. 3-72.
17 Sabbatucci: I combattenti, pp. 9-19.
18 Mondini: La politica delle armi, p. 43.
19 Il giornale del soldato (Milán), 4 de noviembre de 1917.
20 Giorgio Rochat: Gli arditi della Grande Guerra. Origini, battaglie e miti, Milán, Feltrinelli, 1981; Ferdinando Cordova: Arditi e legionari Dannunziani.
21 John Horne: «Remobilising for “total war”: France and Britain, 1917-1918», en John Horne (ed.): State, society and mobilization in Europe During the First World War, Cambridge, Cambridge University Press, 2002, pp. 195-211.
22 Antonio Gibelli: L’officina della guerra. La Grande Guerra e le trasformazioni del mondo mentale, Turín, Bollati Boringhieri, 2007 (1.ª ed., 1991), pp. 99, 106, 115.
23 Andrea Fava: «Assistenza e propaganda nel regime di guerra (1915-1918)» en Mario Isnenghi (ed.): Operai e contadini nella Grande Guerra, Bolonia, Cappelli, 1982, pp. 174-212.
24 «Il senso di una crisi», Il Popolo d’Italia, 18 de noviembre de 1917.
25 «La patria ai combattenti», Il Popolo d’Italia, 20 de noviembre de 1917.
26 Giuseppe Barone: «Statalismo e riformismo: l’Opera Nazionale Combatteni (19171923)», Studi Storici, 1984, pp. 203-244. Il giornale del soldato, 23 de diciembre de 1917.
27 Sabbatucci: I combattenti, pp. 19-30; Barbara Bracco: La patria ferita. I corpi dei soldati italiani e la Grande guerra, Florencia / Milán, Giunti, 2012, pp. 159-181.
28 Véase Prost: Les anciens combattants, vol. 1, pp. 20-44; Whalen: Bitter Wounds, pp. 121-129.
29 Il Popolo d’Italia, 28 de abril de 1917, 2 de noviembre de 1917.
30 La Voce dei Reduci (Bolonia), 9 de diciembre de 1917.
31 Mussolini menciona la publicación de La Voce dei Reduci en «Trincerocrazia».
32 B. Mussolini: «Trincerocrazia», Il Popolo d’Italia, 15 de diciembre de 1917.
33 De Felice: Mussolini il rivoluzionario, pp. 399-403; véase igualmente Adamson: Avant-Garde Florence, pp. 257-262.
34 De Felice: Mussolini il rivoluzionario, pp. 362-418; Gentile: Le origini dell’ideologia fascista.
35 O’Brien: Mussolini in the First World War, pp. 123-140.
36 Para una discusión más amplia de este proceso histórico, véase Ángel Alcalde: «War veterans and the transnational origins of Italian Fascism (1917-1919)», Journal of Modern Italian Studies 21, 2016, pp. 565-583.
37 Agostino Lanzillo: La disfatta del Socialismo. Critica della guerra e del socialismo, Florencia, 1918.
38 Lanzillo, nacido en Reggio Calabria en 1886, estudió Derecho y se unió a las tendencias sindicalistas revolucionarias italianas antes de la guerra. Colaboró con La Voce y con el mussoliniano Avanti! Intervencionista y fundador del Fascio rivoluzionario d’azione, colaboró con Il Popolo d’Italia. Se unió al movimiento fascista en 1919 en Milán, y tras la Marcha sobre Roma fue elegido miembro del Parlamento en 1924. Sin embargo, en los años treinta se enfrentaría a Mussolini y criticaría las políticas económicas del régimen. En 1944 huyó a Suiza, y regresó a Italia en 1945. Murió en 1952.
39 Lanzillo: La disfatta del socialismo, p. 218.
40 Ibíd., pp. 289-291.
41 Giuseppe Prezzolini: «Mea culpa», Il Popolo d’Italia, 17 de enero de 1918.
42 Véase, por ejemplo, Il Popolo d’Italia, 25 de agosto de 1918; 29 de septiembre de 1918.
43 Il Popolo d’Italia, 14 de mayo de 1918. 44 Ibíd., 1 de agosto de 1918.
45 Aldo Cingolani: «Le due Italie», La Voce dei Reduci. Giornale dei mutilati e invalidi di guerra, 23 de diciembre de 1917; Il Popolo d’Italia, 11 de marzo de 1918.
46 Mussolini: «Interessi dei soldati - Le vecchie classi», Il Popolo d’Italia, 5 de agosto de 1918.
47 Il Popolo d’Italia, 4 de noviembre de 1918.
48 Horne (dir.): «Démobilisations culturelles après la Grande Guerre».
49 Gerwarth y Horne (eds.): War in Peace.
50 Eduardo González Calleja y Fernando del Rey: La defensa armada contra la revolución, Madrid, CSIC, 1995.
51 Gerwarth y Horne: Vectors of Violence.
52 Bessel: Germany after the First World War.
53 Ulrich Kluge: Soldatenräte und revolution. Studien zur Militärpolitik in Deutschland 1918/19, Gotinga, Vandenhoeck & Ruprecht, 1975; Scott Stephenson: The Final Battle. Soldiers of the Western Front and the German Revolution of 1918, Cambridge, Cambridge University Press, 2009.
54 Richard Bessel: «Die Heimkehr der Soldaten. Das Bild der Frontsoldaten in der Öffentlichkeit der Weimarer Republik», en Gerhard Hirschfeld, Gerd Krumeich e Irina Renz (hg.): “Keiner fühlt sich hier mehr als Mensch…” Erlebnis und Wirkung des Ersten Weltkriegs, Frankfurt am Main, Fischer Taschenbuch, 1996, pp. 260-282; Mark Jones: «From “Skagerrak” to the “Organisation Consul”: War Culture and the Imperial German Navy, 1914-1922», en James E. Kitchen, Alisa Miller y Laura Rowe (eds.): Other Combatants, Other Fronts. Competing Histories of the First World War, Newcastle, Cambridge Scholars Publishing, 2011, pp. 249-274.
55 Klaus Theweleit: Männerphantasien, Frankfurt am Main, Verlag Roter Stern, 1977-1978.
56 Mark Jones: Founding Weimar: Violence and the German Revolution of 1918-1919, Cambridge University Press, 2016.
57 Heinrich Hannover y Elisabeth Hannover-Drück (eds.): Der Mord an Rosa Luxemburg und Karl Liebknecht. Dokumentation eines politischen Verbrechens, Gotinga, Lamuv, 1989.
58 Avanti! (Milán), 16 y 17 de enero de 1919; Rote Fahne (Berlín), 15 de enero de 1919.
59 Mussolini: «Liebknecht è stato fucilato», Il Popolo d’Italia, 17 de enero de 1919.
60 «Operai e soldati solidali con Ebert», Il Popolo d’Italia, 19 de enero de 1919.
61 Alcalde: «War Veterans and the Transnational Origins of Italian Fascism».
62 Waite: Vanguard of Nazism; Nigel H. Jones: Hitler’s Heralds. The Story of the Freikorps, 1918-1923, Londres, Murray, 1987; Gerwarth: «The Central European Counter-Revolution»; Dirk Schumann: Political Violence in the Weimar Republic 1918-1933. Fight for the Streets and Fear of Civil War, Oxford, Berghahn Books, 2009, pp. 3-53; Jones: Founding Weimar.
63 Berghahn: Der Stahlhelm, pp. 14-15.
64 «Vorschläge Kapps an Prinz Udo von Löwenstein-Wertheim-Freudenberg, eine von den Grossgrundbesitzern gebildete Bürgerkriegstruppe zu schaffen. O. O., Februar 1919», en Erwin Könnemann y Gerhard Schulze (eds.): Der Kapp-Lüttwitz-Ludendorff-Putsch. Dokumente, Múnich, Olzog Verlag, 2002, p. 2.
65 James M. Diehl: Paramilitary Politics in Weimar Germany, Bloomington, Indiana University Press, 1977; Elliot: «The Kriegervereine and the Weimar Republic».
66 Dunker: Der Reichsbund jüdischer Frontsoldaten; Ziemann, Contested Commemorations.
67 Ziemann: War Experiences in Rural Germany, p. 240.
68 Whalen: Bitter Wounds; Seipp: The Ordeal of Peace.
69 Barth: Dolchstosslegenden.
70 «Information des Reichs- und Staatskommissars für Überwachung der öffentlichen Ordnung über Ansehensschwund der Reichsregierung» (Berlín, 8 March 1920), en Könnemann and Schulze (eds.): Der Kapp-Lüttwitz-Ludendorff-Putsch, p. 122.
71 Adolf Hitler: Sämtliche Aufzeichnungen 1905-1924, Stuttgart, Deutsche Verlag-Anstalt, 1980, p. 91.
72 Thomas Weber: Hitler’s First War. Adolf Hitler, the Men of the List Regiment, and the First World War, Oxford, Oxford University Press, 2010, pp. 227-287; Othmar Plöckinger: Unter Soldaten und Agitatoren. Hitlers prägende Jahre im deutschen Militär 1918-1920, Paderborn, Ferdinand Schöningh, 2013.
73 Brendan Simms: «Against a “world of enemies”: the impact of the First World War on the development of Hitler’s ideology», International Affairs 90, 2, 2014, pp. 317-336.
74 Johannes Erger: Der Kapp-Lüttwitz-Putsch. Ein Beitrag zur deutschen Innenpolitik 1919/20, Düsseldorf, Droste Verlag, 1967.
75 Vossische Zeitung (Berlín), 18 de abril de 1920.
76 Adam R. Seipp: «“Scapegoats for a Lost War”: Demobilisation, the Kapp Putsch, and the Politics of the Streets in Munich, 1919-1920», War & Society 25, 1, mayo de 2006, pp. 35-54.
77 Reichsbund. Organ des Reichsbundes der Kriegsbeschädigten, Kriegsteilnehmer und Kriegshinterbliebenen (Berlín), 3 de abril de 1920.
78 Cohen: The War Come Home.
79 Gabriele Krüger: Die Brigade Ehrhardt, Hamburg, Leibniz-Verlag, 1971.
80 Prost: Les Anciens Combattants; Robert Soucy: «France: Veterans Politics Between the Wars», en Ward (ed.): The War Generation, pp. 59-103.
81 Nicolas Beaupré: Écrire en guerre, écrire la guerre, France, Allemagne 1914-1920, París, CNRS, 2006; Jean Relinger: Henri Barbusse. Écrivain combattant, París, PUF, 1994; Henri Barbusse: Paroles d’un combattant. Articles et Discours (1917-1920), París, 1920; Le Populaire (París), 8 de enero de 1919.
82 Avanti!, 15 de enero de 1919.
83 Charles Maurras: La part du combattant, París, 1917; Georges Valois: La réforme économique & sociale, París, 1918, pp. 54-55.
84 L’Action française, 19 de enero de 1919.
85 Informe al Président du Conseil des Ministres (París, 11 de marzo de 1919), e informe sobre la Fédération ouvrière des mutilés des Bouches-du-Rhône (Marseille, 25 de agosto de 1919), AN, F7/13243, «Associations de Mutilés et Victimes de la guerre», «Notes générales sur les dites associations».
86 Prost: Les anciens combattants. 87 Millington: From Victory to Vichy.
88 Desmond Morton y Glenn Wright: Winning the Second Battle. Canadian Veterans and the Return to Civilian Life 1915-1930, Toronto / Buffalo / Londres, University of Toronto Press, 1987.
89 William Pencak: For God & Country. The American Legion, 1919-1941, Boston, Northeastern University Press, 1989.
90 Stephen R. Ward: «Great Britain: Land Fit for Heroes Lost», en Ward (ed.): The War Generation, pp. 10-37; Íd.: «The British Veterans’ ticket of 1918», Journal of British Studies 8, 1, 1968, pp. 155-169; Wootton: The Politics of Influence, pp. 203-210; Lawrence: «Forging a Peaceable Kingdom»; Niall Barr: The Lion and the Poppy. British Veterans, Politics, and Society, 1921-1939, Londres, Praeger, 2005.
91 Silvia Correia: «The veterans’ movement and First World War memory in Portugal (1918-33): between the Republic and Dictatorship», European Review of history. Revue européenne d’histoire 19, 2012, pp. 531-551.
92 Francisco J. Romero Salvadó: Spain 1914-1918. Between War and Revolution, Londres / Nueva York, Routledge, 1999; Íd.: The Foundations of Civil War. Revolution, Social Conflict and Reaction in Liberal Spain, 1916-1923, Londres / Nueva York, Routledge, 2008.
93 Eduardo González Calleja: El máuser y el sufragio. Orden público, subversión y violencia política en la crisis de la Restauración (1917-1931), Madrid, CSIC, 1999, pp. 11-253.
94 Sebastian Balfour: Deadly embrace. Morocco and the road to the Spanish Civil War, Oxford / Nueva York, Oxford University Press, 2002.
95 Julián Casanova: Europa contra Europa 1914-1945, Barcelona, Crítica, 2011, pp. 61-71.
96 Roberto Bianchi: Pace, pane, terra. Il 1919 in Italia, Roma, Odradek, 2006.
97 Mondini and Schwarz: Dalla guerra alla pace, pp. 23-113.
98 Giorgio Rochat: L’esercito italiano da Vittorio Veneto a Mussolini (1919-1925), Bari, Laterza, 1967, pp. 17-37.
99 Cf. Cabanes: La victoire endeuillée, pp. 277-358.
100 Sabbatucci: I combattenti, pp. 52-61.
101 Il Popolo d’Italia, 7 y 9 de noviembre de 1918.
102 Ibíd., 25 de diciembre de 1918, 14 de enero de 1919.
103 Il Popolo d’Italia, 4, 8, 9, 10, 13, 14, 20, 27 y 30 de diciembre de 1918, 7, 14, 16 y 17 de enero de 1919. Italo Balbo, siguiendo sus convicciones mazzinianas, interpretó la iniciativa como potencialmente capaz de «rejuvenecer» Italia; cf. Claudio G. Segré: Italo Balbo. Una vita fascista, Bolonia, Il Mulino, 1988, pp. 37-63. El fracaso del proyecto de la Costituente en De Felice: Mussolini il rivoluzionario, pp. 470 y ss.
104 Il Popolo d’Italia, 11 de noviembre de 1918.
105 Mario Carli, nacido en San Severo (Foggia) en 1889, fue un miembro muy activo en la escena vanguardista florentina antes de la guerra. Junto a otros futuristas, se unió al movimiento intervencionista y se alistó como voluntario en los arditi, donde alcanzó el rango de capitán y fue herido, por lo que recibió una medalla. Carli tomó también parte en la ocupación de Fiume desde septiembre de 1919. Posteriormente, se convirtió en uno de los seguidores más importantes de Mussolini, dirigiendo la sección mussoliniana de los arditi hasta la Marcha sobre Roma. Vinculado a la tendencia fascista de Farinacci a mediados de los años veinte, ostentó diversos cargos políticos durante la dictadura fascista, siendo cónsul italiano en Brasil y Grecia en los años treinta. Falleció en 1935.
106 Roma Futurista. Giornale del Partito Politico Futurista (Roma), 20 de noviembre de 1918.
107 Gentile: Storia del partito fascista, pp. 20-21; Fabio Fabbri: Le origini della guerra civile. L’Italia dalla Grande Guerra al fascismo, 1918-1921, Milán, Utet, 2009, pp. 11-16.
108 Ferruccio Vecchi: «Arditismo», Roma futurista 9, 2 de marzo de 1919. Vecchi, nacido en Sant’Alberto (Rávena) en 1894, alcanzó el rango de capitán de arditi durante la
guerra. En tanto que ex ardito futurista, y junto con Mario Carli, fundó la Associazione fra gli Arditi d’Italia y el periódico L’Ardito. Fue uno de los activistas más violentos del primer movimiento fascista, y uno de los cabecillas del asalto a los locales de Avanti! en Milán en abril de 1919. Tras pasar brevemente por la cárcel en diciembre de ese mismo año, continuó su militancia activa en el movimiento filofascista de los arditi. No obstante, en diciembre de 1920 fue obligado a renunciar a sus puestos tanto en la asociación como en el periódico. Tras esto, abandonó toda actividad política y se convirtió en novelista y artista, cultivando la escultura y la pintura durante el régimen fascista.
109 Sabbatucci: I combattenti; Íd.: La stampa del combattentismo.
110 Por ejemplo, Il Popolo d’Italia, 28 de enero, 22 de febrero y 15 de marzo de 1919.
111 Sabbatucci: I combattenti, pp. 86-ff.
112 A Noi! (Turín), 20 de enero, 20 de febrero, y 1 de marzo de 1919; Il Popolo d’Italia, 1 de febrero de 1919.
113 Livio Vanzetto: «Contadini e grande guerra in aree campione del Veneto (19101922)», en Isnenghi (ed.): Operai e contadini, pp. 72-103.
114 Gianni Isola: Guerra al regno della guerra. Storia della Lega proletaria mutilati invalidi reduci orfani e vedove di guerra (1918-1924), Florencia, Le Lettere, 1990; Íd.: «Socialismo e combattentismo: la Lega proletaria. 1918-1922», Italia contemporanea 141, 1980, pp. 5-29.
115 Agostino Lanzillo: «L’ora dei combattenti», Il Popolo d’Italia, 20 de marzo de 1919; Íd.: «L’ora dei combattenti. Politicanti e soldati», Il Popolo d’Italia, 21 de marzo de 1919.
116 Especialmente de ciudades toscanas como Siena y Livorno; véase Il Popolo d’Italia, 15, 31 de marzo de 1919.
117 L’Idea Nazionale (Roma), 25 de marzo de 1919.
118 Andrea Ungari: «Tra mobilitazione patriottica e suggestioni eversive. La vicenda dell’Unione Nazionale Ufficiali e Soldati nel primo dopoguerra», Nuova Storia Contemporanea 5, 2001, pp. 41-76.
119 Mussolini: «Convergere gli sforzi!», Il Popolo d’Italia, 9 de abril de 1919.
120 Mario Carli: «Lo sciopero dello stento», Roma futurista, n.º 15-16, 13-20 de abril de 1919.
121 Fabbri: Le origini della guerra civile, pp. 38-49; De Felice: Mussolini il rivoluzionario, pp. 519-521.
122 Fabbri: Le origini della guerra civile, pp. 54-59.
123 Mondini: La politica delle armi.
124 H. James Burgwyn: The Legend of the Mutilated Victory. Italy, the Great War, and the Paris Peace Conference, 1915-1919, Westport, Greenburg Press, 1993.
125 Bianchi: Pane, pace, terra, pp. 205-220. Véase, por ejemplo, en Puglia, Simona Colarizi: Dopoguerra e fascismo in Puglia (1919-1926), Bari, Laterza, 1971, pp. 11-26.
126 Sabbatucci: I combattenti, pp. 184-203; Roberto Vivarelli: Storia delle origini del fascismo. L’Italia dalla grande guerra alla marcia su Roma, Bolonia, Il Mulino, 2012, vol. 1, pp. 436-460.
127 L’Idea Nazionale, 18 de junio de 1919. 128 Sabbatucci: I combattenti, p. 70.
129 Un exhaustivo relato del congreso en ibíd., pp. 98-119.
130 Cf. Francesco Giunta: Un po’ di fascismo, Milán, 1935, p. 66. Giunta, nacido en Florencia en 1886, fue un estudiante intervencionista que alcanzó el grado de capitán durante la guerra. Fundador de la ANC en Florencia, impuso una postura nacionalista y antisocialista en el movimiento excombatiente florentino. Ingresaría oficialmente en el movimiento fascista en octubre de 1919. Transferido a Trieste en 1920, fundó el diario Il Popolo di Trieste. Escuadrista activo, participó en la Marcha sobre Roma. Ostentó el cargo de secretario del Gran Consiglio del Fascismo hasta 1929. Entre octubre de 1923 y abril de 1924, fue también secretario del PNF. Y entre 1927 y 1932, subsecretario de la Presidenza del Consiglio. Tras algunos años alejado de la actividad política, se convirtió en el líder de la Camera dei Fasci e delle Corporazioni, y en 1943 en gobernador de Dalmacia. Se unió a la Reppublica Sociale Italiana (RSI). Tras la guerra, fue absuelto de todos los cargos y se retiró de la vida política. Murió en Roma en 1971.
131 Il Popolo d’Italia, 25 de junio de 1919. 132 L’Ardito (Milán), 29 de junio de 1919.
133 Gentile: Le origini dell’ideologia fascista (citando la edición en inglés: Nueva York, Enigma, 2005, p. 54); cf. Mosse: «Two World Wars».
134 Adamson: Avant-Garde Florence, p. 227.
135 Giuseppe Bottai: «Combattenti», Roma futurista, n.º 27, 6 de julio de 1919, n.º 29, 20 de julio de 1919.
136 Ambos individuos alcanzarían importantes posiciones dentro del régimen fascista. Giuriati, nacido en Venecia en 1876, ejerció como abogado, siendo un irredentista activo antes de la guerra. Fue voluntario en el conflicto y alcanzó el rango de capitán, siendo también herido y condecorado. Tras la aventura de Fiume, se unió al movimiento fascista, siendo diputado en 1921. Después de la Marcha sobre Roma, ocupó diversos cargos ministeriales en el régimen de Mussolini. Fue secretario del PNF en 1930-31, así como senador, aunque posteriormente se retiró de la política y rechazó ocupar cualquier cargo en la RSI. Murió en Roma en 1970. Por su parte, Host-Venturi nació en Fiume en 1892, fue también voluntario de guerra y capitán de los arditi y los alpini. Tras la ocupación de Fiume, se unió a la ANC y al movimiento fascista, y después de 1922 trabajó para integrar a los fascistas fiumanos en el régimen. Miembro de la ejecutiva nacional de la ANC, fue elegido presidente provisional de la asociación en 1924. Fue también secretario general de la federación fiumana del PNF entre 1925 y 1928, al tiempo que ocupó otros cargos ministeriales en el partido en la década de los treinta, siendo por ejemplo ministro de comunicaciones entre octubre de 1939 y febrero de 1943. Posteriormente se uniría a la RSI, aunque sin ocupar ningún puesto de relevancia. Dejó Italia tras la Segunda Guerra Mundial, y falleció en 1980 en Buenos Aires.
137 Sabbatucci: I combattenti, pp. 144-146; ACS, MI, PS (1920), b. 105, ff. ‘Fascio Romano di Combattimento’ I and II; L’Idea Nazionale (Rome), 30 de junio, 1 y 2 de julio de 1919.
138 Giuseppe Prezzolini: «Il compito dei combattenti», Il Fascio (Milán), 30 de agosto de 1919.
139 ACS, MI, PS (1920), b. 105, f. ‘Roma. Fascio di combattimento’.
140 ACS, MI, PS (1919), b. 84, f. ‘Movimento sovversivo Roma II’.
141 Il Fascio, 20 de septiembre de 1919.
142 ACS, MI, PS (1921), b. 89, f. ‘Firenze’, documento fechado el 1 de julio de 1919.
143 Il Fascio, 15 de agosto de 1919.
144 Paul Corner: Fascism in Ferrara, 1915-1925, Londres, Oxford University Press, 1975, pp. 56 y 68.
145 ACS, MI, PS (1920), b. 104, f. ‘Bolonia. Associazione Nazionale dei Combattenti’; Giornale del Mattino (Bolonia), 10 de abril de 1919.
146 Carta de U. Pasella a G. Maggi (1 de septiembre de 1919), citada por Gentile: Storia del partito fascista, p. 38.
147 L’Unità (Florence), 17 de julio, 7-14 de agosto de 1919.
148 Véase, por ejemplo, «Bericht des Reichswehrgruppenkommandos 1 an den Reichswehrminister Noske über mögliche Folgen der bevorstehenden Entlassung von 90.000 Offizieren und Mannschaften. Berlin» (julio de 1919), y «Anonyme Denkschrift über die Notwendigkeit eines Umsturzes» (12 de agosto de 1919), en Könnemann y Schulze (eds.): Der Kapp-Lüttwitz-Ludenforff-Putsch, pp. 19-23. Para los Balcanes, véase John Paul Newman: Yugoslavia in the Shadow of War. Veterans and the Limits of State Building, 1903-1945, Cambridge, Cambridge University Press, 2015, pp. 136-138.
149 Informe «Situazione militare della Germania» (Berlín, 5 de agosto de 1919), AMAE, Affari Politici 1919-1930, Germania, b. 1125.
150 [Sezione ‘P’ del Governo della Dalmazia], Battute di propaganda. Per i giovani Ufficiali nelle conversazioni coi soldati, Ancona, 1919.
151 Avanti! (Turín), 1, 2, 3 y 4 de julio de 1919.
152 Por ejemplo, De Felice: Mussolini il rivoluzionario, p. 428; Sabbatucci: I combattenti, p. 47; Mondini: La politica delle armi, passim.
153 Cf. Salvatore Lupo: Il Fascismo. La politica in un regime totalitario, Roma, Donzelli, 2000, p. 49.
154 Giovanni Zibordi: Critica socialista del fascismo, Bolonia, Cappelli, 1922, pp. 15-28, ahora en Renzo De Felice: Il Fascismo. Le interpretazioni dei contemporanei e degli storici, Roma / Bari, 1998, cita en p. 41.
155 G. Zibordi: «La smobilitazione dei cervelli», Avanti!, 22 de enero de 1919; «L’ord. D.G. politico» (sin fechar, pero probablemente de diciembre de 1918 o enero de 1919), ACS, MI, PS (1919), b. 84, f. «Reggio Emilia. Movimento sovversivo».
156 L’Ordine Nuovo (Turín), 2 de agosto de 1919.
157 Sabrina Sgueglia della Marra: «Le aggressioni agli ufficiali nel primo dopoguerra», Nuova Storia Contemporanea 3, 2012, pp. 117-134.
158 Angelo Tasca: Nascita e avvento del fascismo, Milán, La Nuova Italia, 2002 (1.ª ed. 1950), p. 195.
159 Avanti!, 4 de agosto de 1919.
160 Ibíd., 14 de agosto de 1919
161 Ibíd., 19 de agosto de 1919. Véase también Il Soviet (Nápoles), 7 de septiembre de 1919.
162 Avanti!, 4 de agosto de 1919.
163 Ibíd., 24 de agosto de 1919. 164 Ibíd., 17 de agosto de 1919.
165 Journal des mutilés et reformés des anciens combattants et des victimes de la guerre (París), 14 de junio y 19 de julio de 1919.
166 Annette Becker: «Du 14 julliet 1919 au 11 novembre 1920. Mort, où est la victoire?», Vingtième siècle, Revue d’histoire 49, 1996, pp. 31-44; Informe sobre la ARAC (11 de julio de 1919), AN, F/7, c. 13243, «Associations de Mutilés et Victimes de la guerre».
167 Documento del prefetto de Milán (9 de septiembre de 1919), ACS, MI, PS (1920), b. 104, f. «Milano. Associazione segreta fra combattenti e arditi di principi rivoluzionari».
168 Informe policial (22 de agosto de 1919), ACS, MI, PS (1920), b. 104, f. «Associazione fra gli “Arditi” d’Italia». La cursiva es mía.
169 La Libera Parola (Parma), 5 de julio de 1919.
170 Priamo Brunazzi: «Bisogna chiudere il becco ai corvi!», I Combattenti (Génova), 30 de agosto de 1919.
171 Cf. Il Fascio, 15 de agosto de 1919. Il Maglio. Giornale Settimanale degli ex Combattenti e Smobilitati (Varese) cambió su subtítulo a Settimanale dei Fasci di Combattimento della Lombardia, en el número 15, el 16 de agosto de 1919.
172 Cordova: Arditi e legionari Dannunziani.
173 Il Fascio, 4 de octubre de 1919; I Combattenti, 21 de septiembre de 1919.
174 Mondini: La politica delle armi, p. 42.
175 Por ejemplo, La Stampa (Turín), 14 y 17 de septiembre de 1919.
176 Sabbatucci: I combattenti, pp. 158-161; Il Popolo d’Italia, 21 de septiembre de 1919.
177 Michael A. Ledeen: The First Duce. D’Annunzio at Fiume, Londres, Johns Hopkins University Press, 1977.
178 Marco Mondini: «La festa mancata. I militari e la memoria della Grande Guerra, 1918-1923», Contemporanea 4, 2004, pp. 555-578. Íd., La politica delle armi, pp. 28-51; Victor Demiaux: «Dov’è la vittoria? Le rôle de la référence interalliée dans la construction rituelle de la sortie de guerre italienne (1918-1921)», Mélanges de l’École française de Rome, Mélanges de l’École française de Rome - Italie et Méditerranée modernes et contemporaines [en línea], 125/2, 2013, [consultado el 22 de febrero de 2014]. URL: http://mefrim.revues.org/1426
179 Para un relato detallado de las elecciones, véase Sabbatucci, I combattenti, pp. 203-223.
180 MAE-AD, Europe 1918-1929, Italie, 58, «Politique intérieure. Dossier général. Aout-Dec 1919», pp. 65-66.
181 «Memorandum by Mr. Rodd on the Nationalist Party in Italy» (25 de octubre de 1919), en: Documents on British Foreign Policy 1919-1939. First Series. Vol. IV. 1919, Londres, Herr Majesty’s Stationery Office, 1952, pp. 130-134.
182 La Presse de París. Édition du soir (París), 16 de noviembre de 1919. Este periódico se publicó en colaboración con 56 diarios diferentes, incluyendo Le Temps, Petit Journal, Action Française, París-Midi, La Victoire, Intransigeant y La Croix, entre otros. Por ende, el texto debió de ser ampliamente leído.
183 L’Humanité (París), 6 de noviembre de 1919.
184 Por ejemplo, véase Mussolini: «Rilievi elettorali», Il Popolo d’Italia, 16 de octubre de 1919.
185 Il Combattente (Capitanata), 2 de noviembre de 1919.
186 Pier Luigi Ballini: Le elezioni nella storia d’Italia dall’Unità al fascismo. Profilo storico-statistico, Bolonia, Il Mulino, 1988, pp. 186-187. Los mejores resultados se obtuvieron en Cerdeña y Puglia, gracias a la influencia de Gaetano Salvemini.
187 Andrea Baravelli: La vittoria smarrita. Legittimità e rappresentazioni della Grande Guerra nella crisi del sistema liberale (1919-1924), Roma, Carocci, 2006, p. 183.
188 I Combattenti, 6 de diciembre de 1919.
189 La Stampa, 2, 3 y 4 de diciembre de 1919; Corriere della Sera (Milan), 2 y 3 de diciembre de 1919; Avanti!, 2, 3, 6 y 7 de diciembre de 1919.
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