Kitabı oxu: «El punto original»
ÁNGEL LARGO MÉNDEZ
El Punto Original
Una indagación profunda acerca de lo que somos

Editorial Autores de Argentina
Largo Méndez, Ángel
El punto original / Ángel Largo Méndez. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2020.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: online
ISBN 978-987-87-0760-0
1. Ensayo Espiritual. I. Título.
CDD 301.01
Editorial Autores de Argentina
www.autoresdeargentina.com
Mail: info@autoresdeargentina.com
El gran principio se extiende hasta la parte más extrema, y desde la parte más extrema retorna al gran principio, a la naturaleza única, ser o no ser.
Hipócrates
A mi madre, padre y hermanos
Gracias por ser y estar
A Roger y May
Los tres fuimos
la idea, la tinta y la pluma
A Jiddu, José María, Sri Aurobindo, Abhinavagupta
Este texto es una prolongación de sus ideas, una prueba más de que somos el mismo Ser reconociéndose
Nota Preliminar
Durante el desarrollo de este ensayo voy a generar varios conceptos acerca del principio del universo, la vida en la tierra, quién soy, adónde voy, para qué estoy aquí y el propósito de la existencia; para esto utilizaré más de un nombre o etiqueta; esto será con el fin de entender. Pero no nos atemos a estos nombres o etiquetas, lo que busco es la comprensión mental que los guíe hacia una experimentación íntima. Los conceptos son brújulas, no el continente que busco.

Introducción
Una comprensión intuitiva
Hasta ahora, la teoría científica más aceptada sobre el origen del Universo es el Big Bang, así como el concepto que, antes de esa explosión-expansión, no se sabe qué había con exactitud. En la biblia, el Génesis nos dice en el principio no había nada, una nada que los sabios orientales nunca la identificaron como vacío o carencia de algo, sino como un aquello con la potencia para crear. A lo largo de los siglos, le fueron entregando nombres más elaborados como: Absoluto, Vacuidad, Lo Real, entre otros; adjudicándole una serie de sustantivos y adjetivos a aquello que pese a los esfuerzos del conocimiento humano por comprenderlo, no pasa de una presunción.
En este trabajo trataré de expresar, de la forma más natural posible, lo que intuyo sobre cómo funciona este Universo, de dónde parte, hacia dónde va y qué papel jugamos en él. En resumen, una nueva forma de describir a ese aquello que permita a cualquier lector, sea cual sea su dogma, reconocer el origen de lo que somos.
En este ensayo hablo de intuición porque es la facultad del Ser que me permite la elaboración de una hipótesis más armoniosa sobre el origen de todo. Para poder lograr argumentos propios me he retirado de la jaula del intelecto, espacio donde el hombre actual se ha exiliado y refugiado. Si bien el intelecto se ha construido como algo admirable y beneficioso para el desarrollo del hombre y su historia, su propiedad de herramienta para la solución de enigmas ha hecho que, dentro del sistema social, se excluya a quienes buscan otras formas de crecimiento cognitivo, entre estas formas está la intuición, es decir lo sublime.
Algo con lo que solemos confundir a la intuición es con la imaginación. La imaginación es la capacidad que tiene la mente humana de visualizar, hacia adentro, lo que deseamos o deploramos a través de nuestras ideas, condicionadas o no, fuera de la necesidad de comprobaciones externas. Es el reino de las posibilidades manipulables, donde todo puede darse siempre que se ajuste al molde moral y placentero de su portador.
Entonces, para ampliar horizontes y sentar bases sobre este ensayo, me quedo con la premisa de la intuición, palabra que viene del latín intueri que significa mirar hacia dentro o contemplar. Su mejor descripción la dotó el filósofo español Ferrater, que dijo: “el conocimiento intuitivo es distinto de todas las demás formas de conocimiento. Tal ocurre especialmente cuando la intuición es entendida como un acceso a la realidad absoluta”.
Hasta la fecha para muchos psicólogos y psicoanalistas, el no-reconocible origen de los conocimientos intuitivos es producto de incertezas que ponen en duda las conclusiones o deducciones hechas por esta vía. No obstante, al ser estudiado desde una base de pensamiento racional, cualquier inferencia sobre la validez de la intuición pierde base, ya que el método de estudio y lo estudiado parten de circunstancias del todo disímiles.
Su importancia ha sido reconocida por los sabios espirituales de Oriente hace mucho tiempo. Uno de ello fue Swami Shantidharmanada, quien indicó que “…la Intuición es el acto de aprehensión directa de la conciencia. Es ese poder que se experimenta en la esfera más elevada de la mente y que percibe la verdad de las cosas inmediatamente, independientemente de la sensación, del razonamiento, de la inducción, la deducción o de cualquier otro tipo de mediación. La Intuición es una toma de conciencia activa del Sí Mismo interior, inmortal y pleno de felicidad. Es el ojo por el que cualquiera puede experimentar incluso las cosas de tipo abstracto- el Alma omni-abarcante, auto-luminosa, la Realidad Pura. Este es el único método de discernir la Verdad a fin de alcanzar la Realización del Sí Mismo. Es la fuente última de todas las pruebas de conocimiento.”
Por tal razón es que damos cabida a la intuición como una forma válida de pensamiento capaz de resolver interrogantes que desde lo racional e imaginativo quedan truncados. Este trabajo, que presenta una serie de teorías e ideas que desde el punto de vista del conocimiento puede no ser adaptable a la visión actual que un puñado de subjetividades proponen como un dogma, tratará de establecer la validez de sus palabras por las vías de la percepción y la sensibilidad.
Aunque en varios momentos habrá una que otra referencia a artículos científicos, a pasajes de las vedas y otros saberes orientales, estas páginas no son una reproducción de ensayos, argumentos o pasajes. Son algo más.
Quizás este documento es tan solo una pequeña aportación a esa conciencia total que como raza estamos abocados a conseguir, tarde o temprano. Es a través de la intuición que llegué a la conclusión de qué es la no dualidad, filosofía espiritual sobre la que se levanta este libro.
Advaita es una palabra en sánscrito que se traduce como no dual o no dos. Mónica Cavallé, filósofa española, estudiosa de esta línea espiritual milenaria oriental, explica que la expresión no-dualidad alude a la intuición y a la constatación vivencial de que el fondo de la realidad es no-dual, es decir, de que, en su última raíz, no hay separación ni dualidad entre el fundamento de la realidad, lo Absoluto y el mundo, ni entre lo Absoluto y el yo, ni entre el yo y los otros, como no la hay entre el percibidor y lo percibido, el sujeto y el objeto. Si bien en ningún caso los no-dualismos niegan que la dualidad sea la lógica propia del mundo relativo, consideran que la visión no-dual es la modalidad más profunda y radical de experimentar la realidad.
Sin embargo, pese a que está basada en esta tradición, debo aclarar que no considero a este un libro de Advaita Vedanta tradicional, como tampoco lo ajustaría a lo que se conoce ahora como Neo-Advaita. Tampoco es una versión occidentalizada del Shivaismo de Cachemira (que descubrí después de escribir este libro y en donde encontré grandes coincidencias con el Vedanta). No me gustan las etiquetas. Me atrevería a decir que este documento trata la esencia del conocimiento milenario de la no dualidad desde una perspectiva muy occidental. A lo largo de este ensayo voy desde lo macro a lo micro, pasando por el momento presente en que el ser humano se debate. El objetivo de este libro es mostrar el proceso natural de las cosas, dando la posibilidad a todo quien lo lea de darse cuenta de la realidad.
Avanzaremos en cada capítulo revisando las expresiones de las formas, en un recorrido que se manifiesta circular donde el retorno es seguro. Nada de lo que sucede se considerará una limitante, sino más bien, una experimentación necesaria en la realización total de aquello. A este aquello lo relacionamos como aquel punto en el centro de la circunferencia, un punto que carece de dimensión y de lugar por lo tanto escapa a nuestra percepción, pero del que se extiende todo el potencial para la creación de la forma. Hablamos del Punto Original.
La propuesta es sencilla: visualizar cómo se originó todo a partir de aquello, en base a figuras y formas de la geometría simple. Esto con el objeto de tener presente el movimiento de las cosas visibles y no visibles, y su continua interacción.
En los primeros dos capítulos de este ensayo detallaré cómo todo lo conocido tiene su origen en lo desconocido, y para su correcta interpretación utilizaremos una serie de imágenes que a su tiempo funcionarán como ejercicio práctico que nos permitirá dibujar una idea global del maravilloso Cosmos. Para ello será importante, si así usted lo quiere, que durante la lectura de estas páginas tenga a mano un papel en blanco, un compás, un lápiz y una regla.
Luego del planteamiento de la teoría gráfica haré un análisis de aquello que llamamos yo o ego y su función vital dentro del desarrollo de nuestra cotidianeidad. A partir de esta revisión exhaustiva el yo/ego será reubicado en su sitio real como vehículo predilecto del Ser en Lo Manifiesto, y no como se lo entiende en la actualidad: como lo único que existe.
En la parte final, a través de distintas experiencias revisaremos las formas en las que la humanidad se ha acercado a este conocimiento no dual; algunas de estas formas son naturales y otras psíquicas. Revisaremos cómo este darse cuenta de lo que llamaré Punto Original es la línea de partida para la expansión que nunca se detiene y del que somos parte inobjetablemente.
Todo esto acompañado de una historia. Mi historia. Aquí cuento las razones y circunstancias que propiciaron que estas líneas existan y estén hoy frente a usted.
Este ensayo tiene acercamientos a la teoría evolucionista, a las nociones sobre el pensamiento y el ahora en Krishnamurti, además de referencias a la Supramente que explicaba Sri Aurobindo, quienes en definitiva son un aporte mayúsculo a este ensayo. No obstante, he tratado de concebir una postura que represente la idea original de la intuición que recayó en mí, y que no dista de muchas propuestas de personajes que vislumbraron con antelación cómo el hombre comenzaría a caminar en el terreno de la no dualidad.
Quiero dejar en claro desde el principio que no soy ni me considero un iluminado. Primero por que aquel estado no es una experiencia a alcanzar, sino que es la esencia de lo que somos, ella no cambia ni se inmuta. En el estricto sentido de la palabra, iluminarse no tiene sentido porque la luz está siempre, eternamente, dentro de cada uno de nosotros. Así que todos somos iluminados. Yo simplemente aporto, al movimiento continuo del Ser, una percepción de aquel traslado. Solo soy una forma más a través de la que el Ser se experimenta y que acaba de darse cuenta de cómo y por qué funciona todo, con toda la revolución interna y externa que para el cerebro humano esto significa.
Este no es un libro para agradar, sino para mostrar un conocimiento que trasciende verdades, mentiras, placeres o culpas. A muchos el conocer lo real de forma directa les puede resultar chocante, pero digerido despacio, puede resultar un proceso interesante, emocionante y terriblemente natural. Habrá muchos momentos en los que le parecerá estar leyendo en círculos, con conceptos y palabras que se repiten una y otra y otra vez, así como la vida misma. Justamente esa es la idea, posicionar de manera completa una razón que por su sencillez podría resumirse en dos o tres líneas, pero que prefiero expandir hasta el límite, tratando de que su descripción y presentación repetitiva cale profundo dentro de usted, querido lector.
Todo lo que deduzco en estas páginas no representa una doctrina a seguir, muchos menos a adorar. Lea, analice, juzgue, critique, utilice este texto y su propia sagacidad para generar conocimiento. Si lo cree justo, comparta su contenido con quienes lo rodean para así convocar mayores criterios entorno a esto que abarca a todos: la vida. Quizás sea este el inicio de una concepción distinta de lo que considera lo normal y sea el momento justo para replantear prioridades dentro de esta vuelta tan corta que tenemos en la tierra, con el traje que llevamos puesto.
Estoy convencido que la verdad es una tierra sin caminos como expresó Krishnamurti, aquel sabio indio que desde su percepción total guío a mi ser hasta su autoindagación. Aquí no se muestra una ruta, lo que dejamos en estas líneas es una observación, una rigurosa interpretación de nuestro origen con el propósito de que una vez entendido nuestro proceder, logremos des-identificarnos de todas aquellas ropas que tenemos encima y quedar desnudos antes la impoluta certeza de nuestra naturaleza divina, única e inmortal.
Este ensayo, que me he preocupado por no sacar a la luz hasta convertirlo en una expresión totalmente sincera de aquella intuición abrumadora de un segundo, será la oportunidad para uno, dos o tal vez más de conectar con la corriente universal de la totalidad. La poca literatura sobre el tema en países occidentales, sobre todo latinos, mantiene a muchos bloqueados en sus capacidades innatas para percibir una realidad distinta a la que nos han contado, y por tal razón, ahogan esas sensaciones en la pesada pared de la costumbre y la seguridad. A todos aquellos en quienes este material resuene en su interior, y sirva como brote para iniciar una cosecha, va dedicado profundamente.
INTERLUDIO I
Para sincerar un poco el origen de la propuesta hay que explicar su fuente de inspiración. Lo que tienen en sus manos es la versión ampliada del conocimiento intuitivo que una tarde recaló en mí y, como agua que fluye por su sendero, comenzó a recorrerme sin parar. Estas letras son su visualización, su forma corpórea, su manera. Pero si escarbo un poco más en la memoria, esta concepción de la vida tiene una historia propia, no un origen que contar; y es el relato de una desafiante búsqueda personal de años, que al final me mostró la dura y bendita realidad: no había ni hubo nunca nada que hacer.
Como la mayoría de niños en Latinoamérica nací bajo la tradición católica, una postura que en la adolescencia asumí con convicción, participando activamente en la iglesia de mi parroquia. Pasé por todas las etapas laicas consagradas: comunión, confirmación, grupos juveniles, catequistas, incluso fui monaguillo. Aunque la idea del sacerdocio nunca pisó mi cabeza, desde temprana edad la sensación de entregar a mi existencia un significado que venga desde lo divino me abrazó por completo. De alguna u otra forma estaba contento con mi participación en el espacio social religioso de mi ciudad, Durán, lugar donde formé amistades que perduran hasta hoy.
A los 18 años un momento trágico cambió el rumbo de mi vida. Fue uno de esos golpetazos que sin duda te mandan al piso o te llevan hacia otra dirección. Es justo a esos golpes a los que la mente más le teme, a lo que no puede prevenir. Mi mejor amiga, aquella chica de ojos cafés llenos de bondad a quien había declarado mi amor en un cine tan solo días atrás, moría de manera inesperada en un accidente.
No lo podía creer. Apenas la noche anterior estuvo en mi casa realizando un trabajo en mi computador. Aunque su mirada ya tenía la respuesta a mi petición, sus labios callaron esa noche. Pero, ni ella ni yo sabíamos que horas después lo harían para siempre. Así de inverosímil y cruel puede ser este juego llamado vida, y para un joven de 18 años esto es una marca de las que no se borran.
Internamente destrozado busqué refugio en la religión, cosa que no encontré. La necesidad de una respuesta cabal sobre la situación que atravesaba el alma de mi amiga me hizo iniciar una investigación profunda sobre la muerte y su significado. Este ejercicio personal en un principio tuvo dos resultados: mi primer trabajo periodístico y mi alejamiento de la doctrina cristiana. Como una paradoja, una respuesta coherente al estado que la llamada alma asumiría al dejar la forma física, fue lo único que no conseguí dentro de la estructura de pensamiento y creencias en las que me encontraba inmerso.
¿Cómo es que un ser tan puro como ella tiene que morir así? ¿Por qué debe ir al infierno? ¿Al purgatorio? ¿Todo eso porque no se confesó antes? Señor, murió un lunes de mañana atropellada luego de estar conmigo en la iglesia la noche anterior, y ¿está condenada porque no recordó confesarse?
No quiero ahondar en los debates que se generaron a mi alrededor y sobre todo en mi cabeza, pero lo cierto es que mientras más información sobre el más allá investigaba, más lo conocido hasta ahora se me hacía ilógico, inexacto y sesgado. Este acontecimiento despertó todas esas interrogantes que pululaban en mi mente desde siempre, pero que las apariencias acallaban. La tradición del deber ser comenzó a flaquear por primera vez, y de la forma más ingrata posible, con dolor en el corazón, tuve la entereza de ir por más.
Esa experiencia abrió a mi ser una gama de nuevas posibilidades, algo que pensaba cerrado y cubierto. La espiritualidad tomó una relevancia absoluta en mi cotidianidad al mismo tiempo que alejaba de mi conciencia todas las normas y restricciones propias de la religión. La revolución fue hecha. Fueron años en que para el mundo que conocía hasta entonces yo andaba perdido, mientras que, para mí mismo, estaba en camino, aún sin saber a dónde.
Pasaron cerca de 5 años en los que mi situación espiritual podría calificarse como fría. No es que no creía en nada, sino que no estaba en nada. Ahora que lo medito fue como un espacio de relajación, algo debía florecer pronto y para eso necesitaba que las aguas se calmaran. En esta pausa, en el momento más inesperado, sobrevino la etapa de la nueva era.
Probé con todo tipo de lectura proveniente de canalizaciones, mensajes celestiales o alienígenas contactados. Todo este bagaje de conocimiento metafísico transformó a mi mente en un receptor más amplio y creativo. Recuerdo con cariño como el libro Conversaciones con Dios de Neal Donald Walsch fue de lo mejor que encontré en esa época. Y es que simplemente nada me parecía descabellado e intuitivamente, iba agarrando de todo material que caía en mis manos, mensajes o teorías que resonaba en mi interior como bálsamos de felicidad.
Sin embargo, no estaba satisfecho. Algo me pedía ir más allá, hacia una fuente que imaginaba única de donde todo provenía. Lo que comenzó como una búsqueda de respuestas a la muerte física se convirtió gradualmente en un llamado hacia esa unidad, que presentía como la respuesta final. Era una sensación diaria, no alarmante, pero sí fuerte y punzante. Con el pasar del tiempo, y sin que haya una explicación tácita del por qué, noté como todas las formas o etiquetas que permitían la división entre humanos comenzaron a perder sentido para mí: las nacionalidades, los estados, las religiones, los estratos sociales, incluso los grupos neo-espirituales a los que asistía. Todo. Me importaba solo llegar hacia el trasfondo: ese amor inmutable presente en cada expresión pero que no lograba comprender, siquiera concebir.
Con 27 años, recién casado, una enfermedad grave redujo por cuatro meses mi humanidad a escombros. El diagnóstico de mi enfermedad demoró en descubrirse; preso de la incertidumbre y de los síntomas, la ansiedad se apoderó de mí y el miedo a la muerte apareció por primera vez frente a mis ojos. El miedo a mi muerte. El dolor y el sufrimiento hicieron que cuestione mi camino espiritual del que me jactaba con una felicidad egoísta. Con la ayuda de mi prima psiquiatra, un ser maravilloso que ya dejó esta forma corpórea, y de un buen amigo naturópata munido de conocimientos místicos, logré salir del atolladero y sentí que volvía a nacer. Resurrección. No volví a ser el mismo, la puerta hacia una compresión total se había abierto a puntapiés.
La palabra del sabio indio Krishnamurti apareció en la alborada y penetró como un cuchillo afilado en mi psiquis, revolucionando mi pensamiento. Llegó la respuesta que esperaba para aceptar que esa fuerza, esa presencia, esa sensación que germina en el anonadado corazón de mi ser. Su fuente soy Yo o, mejor dicho, lo que Soy.
La enseñanza de Krishnamurti me dejó ante el sol que me iluminó por completo. Al descubrir el advaita la puerta de la casa de mi alma se abrió y pude entender dónde estuvieron, todo este tiempo, esos aposentos celestiales: a un latido de distancia en mi corazón, en mi propio corazón.
El advaita no se considera una enseñanza, filosofía o creencia, solo es. Para quienes lo han tomado como camino, no hay camino. Es decir, para el conocimiento de la verdad no existe ruta, solo la percepción de la realidad, una observación total de la constitución de las cosas que reduce cada expresión hacia su primer componente no dual: El Punto Original.
Cuando la tierra está fértil la semilla no tiene excusa para no crecer. Estaba donde debía, pero necesitaba explicarle al resto del mundo lo que me pasaba. ¿Cómo lo hago? ¿De qué manera lo hago? La fresca mañana de un sábado de mayo llegó a mí la respuesta como un rayo que estremeció mi cuerpo;
una imagen:
¡Un punto!
Todo tiene sentido.
Al hablar de un origen no dual de todo Lo Manifiesto, estamos ante una autoindagación que la propia creación hace de sí misma. En la geometría, una ciencia que se ocupa de las formas en el espacio, encontré un medio asequible a todo conocimiento para dibujar el modelo que representa la transición de lo no dual hacia la manifestación dual. No hablo aquí de geometría sagrada, solo tomo como referencia a una ciencia milenaria que me permite explicar de forma visual y directa lo que resulta complicado traducir al lenguaje escrito, pese a su determinación simple.
Esto es información universal que me encontró como medio.
Este ensayo no es producto mío, es a pesar de mí.