Kitabı oxu: «Ser y tiempo de Heidegger, en perspectiva»
Ser y tiempo de Heidegger, en perspectiva
Tras más de noventa años de la publicación de Ser y tiempo de Martin Heidegger, una de las obras más emblemáticas e importantes del siglo pasado, resulta un hecho sorprendente constatar su vigencia, no solo a través de los estudios e interpretaciones que continúan ofreciéndose sobre ella, sino también del amplio espectro de problemas que inauguró y que anima un número importante de discusiones filosóficas en la actualidad. La publicación de la casi totalidad de volúmenes de la Gesamtausgabe, así como de un número importante de epistolarios, ha permitido ganar un conocimiento más claro del origen y de las motivaciones de la obra, del proyecto original (mantenido hasta 1932) y de su ulterior abandono, pero también una imagen más nítida del joven profesor que en 1927 empieza a ser reconocido como uno de los filósofos más importantes en todo el mundo.
El presente libro recoge quince colaboraciones de especialistas en la materia y tiene como objetivo contribuir en el estudio de Ser y tiempo desde tres perspectivas. En primer lugar, la analiza desde el punto de vista de su despliegue temático y del lugar que ocupa a partir de su obra posterior. Posteriormente, la aborda desde su génesis, esto es, desde sus lecciones en los primeros años en Friburgo y su relación con la fenomenología husserliana. Finalmente, expone algunas recepciones críticas de la obra en ámbito francés y anglosajón.
Ángel Xolocotzi Yáñez es doctor en Filosofía por la Albert-Ludwigs-Universität de Friburgo, Alemania. Es director de la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP (México), donde también es profesor de tiempo completo, coordinador de la maestría en Filosofía, del cuerpo académico “Fenomenología, hermenéutica y ontología” y dirige la revista Graffylia. Ha sido becario del KAAD, DAAD, Alexander von Humboldt-Stiftung (Alemania), O’Gorman Grant (Columbia University) y del programa de estancia de doctores y tecnólogos (Universidad Complutense de Madrid-Grupo Santander). Forma parte del Sistema Nacional de Investigadores de México (nivel III) y participa en múltiples comités científicos como el del Heidegger-Jahrbuch. Es presidente de la Sociedad Iberoamericana de Estudios Heideggerianos (SIEH). Tiene en su haber más de cien conferencias y ponencias, tres traducciones de Heidegger, así como once libros coordinados y otros diez de su autoría.
Ricardo Gibu Shimabukuro es doctor en Filosofía por la Pontificia Università Lateranense de Roma. Se desempeña como profesor investigador en el Colegio de Filosofía y en el posgrado en Filosofía de la BUAP (México), y como coordinador del posgrado en Filosofía. Forma parte del Sistema Nacional de Investigadores de México (nivel II). Autor de Unicidad y relacionalidad de la persona: la antropología de Romano Guardini (2008), Proximidad y subjetividad: la antropología filosófica de Emmanuel Levinas (2010), coordinador junto con Ángel Xolocotzi de los libros Imagen y sentido. Reflexiones fenomenológicas y hermenéuticas (2016) y Temple de ánimo. Consideraciones heideggerianas sobre la afectividad (2016).
ÁNGEL XOLOCOTZI YÁÑEZ
RICARDO GIBU SHIMABUKURO
coordinadores
SER Y TIEMPO DE HEIDEGGER, EN PERSPECTIVA

Índice
Cubierta
Acerca de este libro
Portada
Presentación, por Ángel Xolocotzi Yáñez y Ricardo Gibu Shimabukuro
Introducción. Ontología y pregunta por el ser: el lugar de Ser y tiempo, por Ángel Xolocotzi Yáñez
I. Ser y tiempo en su despliegue temático y su lugar desde la obra posterior heideggeriana El ideario metafísico de Heidegger en torno a su concepción de la ontología fundamental entre Ser y tiempo (1927) e Introducción a la metafísica (1935). Jorge Uscatescu Barrón Ceticismo, verdade e necessidade existencial. Róbson Ramos dos Reis ¿Se contrapone la analítica del Dasein a la antropología filosófica y a la biología? Una lectura crítica del parágrafo 10 de Ser y tiempo. Enrique Muñoz Pérez La atestiguación de la existencia propia: Ser y tiempo y la fenomenología de la conciencia moral. Jean Orejarena Torres Ser y tiempo y la diferencia ontológica. Arturo Romero Contreras La interpretación de Heidegger del lugar de Ser y tiempo tras la Kehre. Pablo Veraza Tonda
II. De camino a Ser y tiempo La comprensión del fenómeno de la vida en los primeros cursos friburgueses de Heidegger. Jorge Enrique Pulido Blanco Heidegger: anotaciones en torno a una reconstrucción del nombre fenomenología en clave aristotélica (1919-1927). Jorge Luis Quintana Montes Temporalidad como entrelazamiento en Husserl y como cuidado en Heidegger: convergencias y divergencias entre los Manuscritos de Bernau y Ser y tiempo. Diego Ulises Alonso Pérez La tematización acerca de la vida en Ser y tiempo. Jeannet Ugalde Quintana
III. Recepciones y lecturas críticas en torno a Ser y tiempo La noción de acontecimiento de Heidegger a Deleuze. Patricia Castillo Becerra Repensar la pasividad: la lectura de Ser y tiempo del joven Levinas. Ricardo Gibu Shimabukuro Gilbert Ryle: una recepción anglosajona de Ser y tiempo. Fernando Huesca Ramón Vorlaufen des Todes, clave de la construcción de la humanidad futura. Luis Tamayo Pérez
Sobre los colaboradores
Créditos
Presentación
Ángel Xolocotzi Yáñez y Ricardo Gibu Shimabukuro
En abril de 1927 aparece Ser y tiempo de Martin Heidegger como volumen ocho del Phänomenologisches Jahrbuch y a la vez como separata en la editorial Max Niemeyer. La extensión comprende 28 pliegos, es decir, 438 páginas. Hoy, a más de noventa años de su publicación, somos conscientes de diversos hechos: que se trata de un libro que nunca fue proyectado como tal, sino que tuvo su origen en una reseña de un epistolario de Wilhelm Dilthey, que fue un texto recibido como antropología o existencialismo, que se trata de un libro pensado como primer volumen por lo menos hasta 1932, etc. Con la inminente conclusión de la publicación de la Gesamtausgabe y un buen número de epistolarios, contamos hoy con un panorama general del pretexto y contexto del libro. Sabemos que es un libro que ha marcado el rumbo de la historia de la filosofía contemporánea y ha renovado caminos en otros ámbitos del saber. A pesar de que ya en la década de 1920 Heidegger comenzaba a tener impacto debido a sus polémicas interpretaciones sobre Aristóteles, será Ser y tiempo el texto que lo corone en el escenario filosófico. Después de esta publicación encontramos caminos del pensar de complicada aprehensión. Ser y tiempo se constituye, pues, en una especie de escalón obligado para entender no solo la obra posterior de su autor, sino gran parte de las líneas filosóficas abiertas en la así llamada filosofía continental. Es innecesario repetir la lista. Baste decir que, sin Heidegger, y, de manera específica, sin Ser y tiempo, el panorama filosófico actual sería muy distinto. Incluso frente a publicaciones polémicas recientes, como son las aseveraciones que aparecen en los Cuadernos negros, el opus magnum heideggeriano mantiene su lugar. De hecho, ha logrado enlistarse ya como un clásico de la filosofía.
Ser y tiempo ha cimbrado el camino de la filosofía y ha logrado entablar discusiones en múltiples sentidos. La publicación reciente de fuentes da pie para revisar el panorama en torno a los impulsos dados en diversas direcciones y a la vez destacar algunas perspectivas que ha abierto el libro y en las cuales se mantiene buena parte de la discusión contemporánea. Por ese motivo, el Cuerpo Académico “Fenomenología, hermenéutica y ontología” de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla ha coordinado la presente publicación. Confiamos en que los aportes de reconocidos investigadores, aquí contenidos, contribuyan a mantener abierta la discusión en torno a tópicos contemporáneos derivados de lecturas de un libro cuya vigencia perdura, Ser y tiempo.
Introducción
Ontología y pregunta por el ser: el lugar de Ser y tiempo*
Ángel Xolocotzi Yáñez
El motivo central del presente texto es conmemorar ya varias décadas de la publicación de un libro que ha marcado el rumbo de gran parte de la filosofía contemporánea: Ser y tiempo de Martin Heidegger. Sabemos que se trata de un libro sui géneris, cuya peculiaridad yace en diversos aspectos. Por un lado, no fue pensado nunca como un libro unitario cuyo contenido daría respuesta al planteamiento de un problema específico. La publicación final como libro es la tercera redacción de un manuscrito sobre el tiempo, cuyo origen fáctico remite a una reseña iniciada en 1923 de las cartas entre Wilhelm Dilthey y Peter Yorck von Wartenburg. Ya para 1924 el documento había ganado extensión de tal forma que pasaba de ser reseña al manuscrito El concepto del tiempo (GA 64).1 En 1925, sobre la base de este, Heidegger redactará el texto de la lección Prolegómenos para la historia del concepto del tiempo (GA 20) y en 1926 llevará a cabo la redacción final de lo que conocemos como Ser y tiempo. A diferencia de otros textos, Ser y tiempo es una obra que, por un lado, resume; por otro, presupone y, a la vez, menciona simplemente diversas problemáticas. Si no vemos solamente el lugar del libro respecto del camino previo, si no tomamos en cuenta los 90 volúmenes ya publicados de la Gesamtausgabe, entonces el papel de Ser y tiempo en el marco de la obra heideggeriana adquiere un espacio digno de ser tematizado.2 A continuación, señalaré algunos aspectos en torno a ello, comenzando por hacer referencia a la recepción inmediata del texto para después ligar algunos rubros de lo contenido en Ser y tiempo con planteamientos desplegados anteriormente.
1. La recepción de Ser y tiempo
En una carta del 3 de septiembre de 1929, Heidegger expresa a su alumno Karl Löwith la impresión que dejó en él la acogida de Ser y tiempo: “Que simplemente se haya hecho de ello una moda y que aparentemente también las habladurías reconciliadoras y bien intencionadas se hayan dado de forma tan desmesuradamente superficial (por ejemplo, Misch), eso no lo hubiese esperado” (Heidegger y Löwith, 2017: 169). Para ese entonces habían transcurrido apenas dos años desde su publicación, pero la atención de un público ávido de novedad ya no estaba puesta en la intención fundamental del texto, ni en su propósito provisional, a saber, el planteamiento de la pregunta por el ser desde un horizonte temporal de sentido. La radicalidad de la propuesta filosófica plasmada en las páginas introductorias se consumió muy pronto en la medianía de las vertientes antropológicas y existencialistas de la época, mientras que su contenido analítico-existenciario se interpretó bajo la influencia que ejercían pensadores consumados como Max Scheler, Karl Jaspers y Edmund Husserl.
De hecho, el mismo Scheler escribirá ya en 1927 una de las primeras reseñas de Ser y tiempo, donde indica lo siguiente:
Heidegger no posee en absoluto los medios para distinguir entre la esencia del Dasein accidental y el hombre. El Dasein es –Heidegger en su completa y accidental concreción– con el color de cabello y con cada forma accidental de su cuerpo. La tesis de que “el hombre es solo un modo de ser” pasa por sobre la esencia del hombre de la misma manera que el Heidegger accidental la hunde. El modo de ser se dirige según la esencia.3
Frente a este señalamiento de Scheler, el resto de las reseñas buscan interpretar Ser y tiempo a partir de la distancia de Heidegger con filósofos como Henri Bergson, Søren Kierkegaard, Friedrich Nietzsche, Karl Marx y Wilhelm Dilthey. Ese es el caso de la primera reseña extensa publicada en 1928 por Maximilian Beck. Para él, a pesar de su hálito renovador, “Ser y tiempo es, en verdad, solo una síntesis de todas las tendencias actuales de la filosofía –es decir, el antónimo directo de un comienzo revolucionario–” (Beck, 1928: 5).
Desde otro punto de vista, pero en continuidad con esta línea interpretativa, se encuentra el libro Dialektik in der Philosophie der Gegenwart de Siegfried Marck (1929), quien también da lectura a la analítica existenciaria bajo la luz de la terminología hegeliana, al concebirla como una dialéctica crítica; quizá debido a estas reseñas es que Jaspers escribe el 8 de julio de 1928 a Heidegger que este “es relacionado con el marxismo” (Heidegger y Jaspers, 2003: 83).
Más allá de las comparaciones con Hegel, existe otro comentario que se desarrolla a partir de una fuerte sospecha: la posible recaída en la tradición vieja y estática que ya Dilthey había intentado superar mediante la renovación del concepto de vida. Nos referimos expresamente a Lebensphilosophie und Phänomenologie de Georg Misch (1931) quien, a pesar de conocer la obra de Heidegger hasta entonces publicada, no vaciló en clasificarla como un apéndice de la filosofía diltheyana.
Parece que Misch no logra dar cuenta de la diferencia que existe entre el término heideggeriano Dasein y el concepto diltheyano Leben, debido a que su lectura de Ser y tiempo sigue inserta en la dinámica cartesiana de la distinción entre sujeto y objeto; sin embargo, el verdadero problema estriba en querer introducirse a la problemática ontológica a partir del uso de la cúpula “es”, cuando en realidad no se trata de un asunto cualquiera ni de la misma pregunta que se desarrolla en los manuales de filosofía. Se trata de la más profunda y misteriosa de todas las preguntas que el Dasein pueda plantearse y, precisamente por ello, después de haber leído la reseña, Heidegger (2011: 133-134) reiterará enérgicamente que a estas alturas: “Ya no podemos desarrollar la filosofía a partir de lo lógico […] sino a partir de la historicidad de nuestro Dasein”.
Oscar Becker, por su parte, creyó ver en Ser y tiempo una línea de continuidad necesaria para la tarea fenomenológica. Para el segundo asistente de Husserl que sucedió a Heidegger, uno no podría malinterpretar las intenciones de la fenomenología husserliana por el hecho de confrontarlas con la hermenéutica de la facticidad; por el contrario, esta última representa la concreción psicológico-antropológica de la fenomenología trascendental expuesta en las Ideas.4
Por otro lado, a pesar de haber reconocido la importancia del giro hermenéutico para la fenomenología, Paul Hofmann llevó a cabo una lectura más crítica, poniendo en conflicto la relación entre el planteamiento de la pregunta ontológica y la máxima fenomenológica “¡A las cosas mismas!”. A su parecer, dado que “sentido” no es lo mismo que “cosa”, el método fenomenológico resulta como inadecuado para abrir el ámbito del ser. Ante la falta de vinculación entre el problema del ser en general y el ser de las cosas, Hofmann se pregunta si acaso el sentido es una categoría subjetiva en virtud de la cual los entes son experimentados, o si, por el contrario, el sentido corresponde al lado objetivo del ente como fundamento suyo. Como podremos observar, esta intervención meramente comparativa carece de vigencia, sobre todo cuando Heidegger ya se había adelantado a este tipo de objeciones aclarando expresamente que “el sentido es un existenciario del Dasein y no una propiedad que se adhiera al ente, que esté «detrás» de él o que se cierna a alguna parte como «región intermedia»” (Hofmann, 1921: 12).
En “Drei Richtungen in der Phänomenologie”, Erich Przywara lleva a cabo una lectura de la ontología fundamental bajo la influencia de la doctrina aristotélico-tomista, según la cual la propuesta heideggeriana parece tener lugar a manera de inversión. Así, por ejemplo, cuando Tomás de Aquino habla de la esencia intelectiva de la vida espiritual como el modo de ser específico del espíritu, Heidegger sostiene que el hombre es la esencia del ser en general. De hecho, concluye el sacerdote jesuita, la filosofía heideggeriana es en realidad una antropología enmascarada, mientras que la supuesta rehabilitación de la filosofía aristotélica consiste, en realidad, en una Aristotelisierung de Dilthey (Przywara, 1928: 252).
Desde otro punto de vista, Heinrich Barth lee Ser y tiempo bajo la clave de un idealismo renovado y crítico del racionalismo, aunque más cercano al existencialismo que a la filosofía trascendental. Si bien manifiesta su inconformidad con respecto a una obra de la que –ciertamente– esperaba algo “más grande”, su lectura no deja de reiterar el pensamiento de un “yo” antropológicamente orientado (Barth, 1932: 113). En esta misma dirección se desarrolla el comentario de Alfred Delp (1933: 441, 484), quien a pensar de compartir el tono crítico con el que Heidegger habla de la modernidad, interpreta el fenómeno del “Uno” como un intento por salvaguardar la individualidad frente al ajetreado modo de vida de las grandes ciudades. Por si fuera poco, hubo quien llegó a clasificar Ser y tiempo como parte de la literatura expresionista debido tanto a su fuerza expresiva como al intento de superar la resolución moderna del hombre. Además de Beck, hacia esta misma dirección apunta el trabajo de Heinemann (1929: 373) cuando afirma que existe un paralelismo entre la filosofía de Heidegger y el arte de la época.
Como podemos observar, este tipo de lecturas no aportaron gran novedad para la comprensión del auténtico propósito de Ser y tiempo, sobre todo porque –al igual que Heidegger– otros intelectuales de la época como Bloch, Rosenzweig y Barth recurrían a la fuerza de sentido concentrada en la etimología, o bien a la violencia del neologismo con tal de explotar las posibilidades ocultas del lenguaje. Por otro lado, es un hecho que las interpretaciones comenzaron a alejarse cada vez más del núcleo ontológico, hasta perder de vista el objetivo delineado desde el epígrafe de la obra.
La principal causa del corto aliento que insuflaba las voces de su tiempo estriba, según escribe Heidegger a Bultmann, en la influencia indirecta que todavía ejercía una extraña mezcla entre filosofía y teología cristiana:
Las recensiones más o menos superficiales de mi libro muestran cada vez más claramente cuán difícil es hacer ver a la gente que la función indirecta de la teología cristiana en la historia del espíritu, y el aprovechamiento indirecto de la misma para la filosofía, nada tienen que ver con una mezcla poco clara entre teología y filosofía. (Heidegger y Bultmann, 2011: 97)
Quizá solo en el texto titulado Grundzüge der Entwicklung der Phänomenologie zur Philosophie und ihr Verhältnis zur protestantischen Theologie de Karl Löwith se logró desarrollar una postura crítica dentro del horizonte estructural, metódico y conceptual de Ser y tiempo, tomando como punto de partida lo que a su parecer representaba un cambio desafortunado en el itinerario heideggeriano, a saber, la despedida del tratamiento fenomenológico de la vida fáctica, a favor del despliegue de la analítica existenciaria, como fue el caso de alumnos que habían escuchado al maestro directamente en Friburgo o Marburgo y posteriormente leyeron Ser y tiempo. En esa posición encontramos también a Hans-Georg Gadamer, quien en diversas ocasiones habló de una caída de Ser y tiempo en planteamientos trascendentales de la tradición.5
2. Ser y tiempo: entre la ontología y la pregunta por el ser
Después de esta breve historia de la recepción inmediata de Ser y tiempo no parece fuera de lugar la actitud defensiva de Heidegger respecto de lo que consideraba objeto y meta de su tratado. Ejemplo de ello es la carta que escribe a Julius Stenzel en abril de 1928 donde Heidegger intenta precisar los objetivos de su libro:
El objetivo no es una antropología (cf. la introducción), no es una determinada ética, ni mucho menos una cosmovisión dirigida contra la antigüedad, sino que el único problema es la pregunta universal por un posible suelo para una estricta interpretación del ser de acuerdo con todas sus posibles transformaciones y regiones. Y quien vea la historia de los problemas filosóficos fundamentales en su más elemental simplicidad –y solo así pueden ser aprehendidos de manera radical– tendrá que decir, y yo también estoy convencido, que Ser y tiempo es el libro más pasado de moda que hoy día haya sido escrito. (Heidegger y Stenzel, 2000: 11-12)
Sabemos que lo “pasado de moda” en Ser y tiempo remitía a una tematización que se pensaba, y aún se piensa, ha quedada superada o es obsoleta: la tematización del ser. Sin embargo –y eso será parte de lo que muestra la amplia obra de Heidegger–, la pregunta por el ser no se agota en la ontología. A pesar de que esta ha sido desde antaño el modo privilegiado de pensar al ser, Heidegger insiste a través de varios caminos en la posibilidad de acceder a algo así como ser, partiendo del suelo que proporciona la tradición ontológica misma. Ante ello surge la pregunta de si acaso la búsqueda del suelo para la estricta interpretación del ser que Heidegger enfatiza constituye solo un hilo conductor frente a lecturas de diverso matiz. Más allá de ello, ¿cómo se inserta tal énfasis ontológico respecto de lo planteado posteriormente? Es decir, ¿cómo puede entenderse la diferencia heideggeriana entre ontología y pregunta por el ser? En este sentido, ¿puede mantenerse la idea de un hilo conductor con cierta identidad, o más bien se trata de una ruptura? ¿Cómo se inserta pues la ontología en el marco de la pregunta por el ser? Todas estas son cuestiones surgidas a partir del horizonte interpretativo con el que contamos a raíz de la publicación del legado. En múltiples ocasiones se ha abordado ya la Kehre, el giro de la filosofía heideggeriana, por un lado, apelando a una continuidad; por otro, enfatizando un quiebre irreconciliable. En otros momentos se han desplegado aspectos que abonan cierta comprensión de ello, por ejemplo, la crítica a la trascendencia y al horizonte tal como se deja ver en el marco de la ontología fundamental (Xolocotzi, 2011a: 57, 69).
No obstante, en esta ocasión lo que aquí presento buscará destacar algunos aspectos de la tematización ontológica planteada en Ser y tiempo para enfatizar el papel que ocupa en los despliegues posteriores, agrupados bajo la caracterización de “pregunta por el ser”, especialmente respecto de la crítica a la ontología y sus derivados expresados en la subjetividad y la historiografía.
Bien conocido es el punto de partida del prólogo de Ser y tiempo donde, después de la cita del Sofista, cuestiona nuestra posible perplejidad en torno al ser e indica que “será necesario, por lo pronto, despertar nuevamente una comprensión para el sentido de esta pregunta” (Heidegger, 1977: 1; 2012: 21). La forma específica en la que procederá la investigación es tematizada al inicio y al final del libro. En el prólogo se plantea como propósito del tratado “la elaboración concreta de la pregunta por el sentido del ser”; mientras que al final se reitera que el debate acerca de la interpretación del ser no ha sido desencadenado. El desencadenamiento del debate requiere preparativos, señala Heidegger (1977: 437; 2012: 449), y la investigación se encamina a ello: esa sería la meta de Ser y tiempo.
Es interesante contrastar lo planteado al inicio y al final del texto, ya que nuestro autor presupone un proceder fenomenológico que se dirige al ser no como un problema especial, sino como una pregunta concreta, la cual en su despliegue hace ver lo limitado de la visión y la exigencia de abrir la investigación. Ya desde 1919-1920, Heidegger (1992: 26; 2014b: 38) hacía notar el modo de proceder fenomenológico al que adhería su modo de trabajo:
En la fenomenología en cuanto ciencia del origen no hay problemas especiales. Esto no significa que ella se dedique a los denominados problemas universales y universalísimos en el sentido de ese vago razonamiento general que es propio de la filosofía al uso. No hay en ella problemas especiales porque y en tanto lo que hay son problemas concretos. No es lo mismo. La fenomenología hace ver por vez primera que, en lugar de la nebulosidad en que se mueve la filosofía usual, es posible y necesario hacer fenomenológicamente aprehensible lo concreto.
Así, el programa de la elaboración concreta de la pregunta por el sentido del ser se insertaba plenamente en el despliegue fenomenológico que se pretendía. Sin embargo, a la concreción de la pregunta se debe añadir otro elemento central que permitió un tratamiento radical de la tematización. En la lección de invierno de 1923-1924, así se indica: “Con este descubrimiento de la intencionalidad se da expresamente por primera vez, en la historia de toda la filosofía, el camino para una investigación ontológica fundamental” (Heidegger, 1994: 260; 2008: 261). De esta forma, la cuestión del ser no sería un problema especial sino aquello que se devela ya en un comportamiento como es el preguntar. Veamos esto.
Heidegger detecta que hay muchas formas de abordar al ente, especialmente a partir de la multiplicidad de referencias particulares, esto es, a partir de los respectos o los lados desde el que puede ser tematizado; no obstante, el Dasein en su respecto ontológico lo que indica es el carácter formal, es decir la forma, en la que este ente está en el mundo: comportándose de una u otra manera. Precisamente las posibilidades de tematización de las ciencias parten de las posibilidades del comportarse del ente. Para pensar el movimiento, el ente ya se ha movido; para pensar la vida, el ente ya vive, etc. El Dasein entonces no se contrapone a otra determinación de este ente, ya que no busca una caracterización de contenido sino una caracterización formal: remite al hecho de que se comporta de una u otra forma. A partir de ahí, Heidegger despliega el conocido análisis y detecta que no puede plantear una pregunta específica sobre el ser porque estaría llena de presupuestos, pero descubre que el ente pregunta. Ya en el preguntar y en todo comportamiento se hallan elementos comunes, por ejemplo, que todo comportamiento siempre es un salir de sí hacia sí; que todo comportamiento expresa una relación de sí; que todo comportamiento es posible en tanto ser-en-el-mundo. A eso remite el hecho de que “a este ente le va en su ser este mismo ser” (Heidegger, 1977: 12; 2012: 32). Se com-porta, porta su ser, y esto hace al ser mera relación de ser, lo cual significa que al comportarse cuida su ser. Se trata de su ser en cada comportamiento, al preguntar, por ejemplo, si hay un interés en algo. Puede ser que me interese saber porque me inquieta el desconocimiento, puede ser que quiera saber algo específico a partir de una necesidad práctica –como saber dónde hay un restaurante–; en cada comportamiento se trata de mi ser, aunque no haya una tematización del propio preguntar. Hay algo que me lleva a no poder hacerme a un lado, sino a estar condicionado a que debo participar en todo comportamiento.
El comportamiento en este sentido muestra al ente. El ente aparece al comportarse y hay pues una primera relación entre formas de aparecer y modos de comportamiento. El comportamiento hace aparecer al ente, por eso Heidegger, con la idea de proceder fenomenológicamente, se dirige a analizar al Dasein a partir de sus comportamientos, y esto también lo hace porque sabemos que lo fenomenológico no es el mero aparecer, sino los modos de aparecer. La forma en la que aparece algo no es indiferente para comprender a ese algo; de esta manera, el ente pensado ontológicamente en una referencia al ser –Dasein– debe ser aprehendido fenomenológicamente a partir de sus modos de aparición, que son los modos de comportamiento. Con esto tenemos ya de entrada un cuestionamiento a la idea de que un ente es algo cerrado y determinado esencialmente desde una base concreta. Aquí, como hemos visto, la concreción busca aclarar los modos de aparición del ente y por ende no aceptar presuposiciones heredadas.
De esta manera, los modos de comportamiento en tanto modos de aparición del ente aprehendido respecto de su ser –Dasein– serán pensados en una dirección que permita desplegar el hilo conductor del ser. Los comportamientos podrían ser pensados también a partir de una visión específica como podría ser la mecánica, la cinética, la social, la biológica, entre otras. Heidegger en este punto procede de la misma forma, es decir, tratando de ver aquello de lo que parten todos estos otros modos de aprehensión. En ese sentido, busca una y otra vez mantener el hilo conductor ontológico propuesto. Para llevar a cabo esto, se apoya en dos preguntas como guía: ¿cuál es la esencia de todo comportamiento donde el ente se cuida? y ¿cómo es posible tal esencia?
En Ser y tiempo responderá de modo extenso la primera pregunta, mientras que la segunda será objeto de diversos escritos hasta 1930. A la pregunta por la esencia del ente que se comporta, sabemos que Heidegger responderá: la existencia; mientras que aquello que posibilita tal esencia en cuanto existencia será nombrado trascendencia (Xolocotzi, 2011a: 57-69).
En un caso se trata de la pregunta tradicional por el qué de algo y en el otro, por las condiciones de posibilidad de ello. Así, como nuestro autor parte de la pregunta por el ser en general para profundizar en ella y darle un sentido fenomenológico a partir de los modos de aparecer del ente que pregunta, así aquí se parte de la esencia y de la trascendencia a la luz de este ente y manteniendo el apego fenomenológico a los modos de aparición.
Sin embargo, al hablar de la existencia como nivel esencial, hay que aclarar el sentido de tal perspectiva. Frente a planteamientos esencialistas que determinarían al acto a partir del objeto, es decir, a partir del contenido del acto, Heidegger ve más bien que el contenido del comportamiento no viene dado por un qué determinado, sino por el cómo de la ejecución misma. De tal manera, la esencia de todo comportamiento remite al modo en el que se da; efectivamente se trata de una relación, pero no de una relación en la cual un contenido –qué u objeto– determine la forma de aprehensión de un sujeto, sino de una relación en la cual este algo que aparece al comportarse se comporte de tal modo que en ello le vaya eso que es. Heidegger (1977: 12; 2012: 32) lo señala así en el parágrafo 4 de Ser y tiempo: “Lo que lo caracteriza ónticamente es que a este ente le va en su ser este mismo ser”. Como sabemos, en este “irle” su ser, le importa su ser y cuida su ser. La estructura del cuidado en cada comportamiento puede ser analizada en el sentido de que, por un lado, le va su ser y, por otro, esto ocurre en su ser. Pero ¿de qué hablamos si no sabemos lo que es ser? ¿Qué es lo que me va en tal hablar de “irme mi ser”?
La tematización de esto ha dado pie en la tradición a dos elementos que se copertenecen: a hablar en primera persona con una tendencia a delimitar el ámbito personal de referencia. Como Heidegger señala en diversos momentos, esto ha constituido una tendencia para tematizar epocalmente –bajo diversos nombres– cierto fenómeno:
La tendencia, no siempre inequívoca y clara hacia el sujeto, se funda en el hecho de que el cuestionar filosófico comprendió de algún modo que debería y que podría procurarse el suelo para todo problema objetivamente filosófico a partir del esclarecimiento suficiente del “sujeto”. (Heidegger, 1975: 444; 2000: 372)
Sin embargo, resulta relevante que, aunque el respecto ontológico del ente en cuestión pensado a partir de los modos de comportarse sea el Dasein, los análisis de Ser y tiempo buscarán en gran medida contrastar este respecto ontológico con la subjetividad moderna. Ya en el parágrafo 6 de Ser y tiempo, nuestro autor justificará la necesidad de una destrucción de la historia de la ontología a partir del hecho de que ha ocurrido “la omisión de una ontología del Dasein” (Heidegger, 1977: 24; 2012: 45). El alcance de tal omisión se inserta en determinaciones de carácter histórico que remiten al ser a partir de una significación ontológico-temporaria de “presencia” (1977: 25; 2012: 46). Aunque en el mencionado parágrafo el término “presencia” sea la traducción de ousia, queda claro para Heidegger que tal determinación ontológico-temporaria será la hegemónica en toda significación de ser. A partir de ello, Heidegger comprende que la subjetividad moderna constituya el despliegue de la omisión de una ontología del Dasein y se determine sobre la base del ser como presencia.
Así, la confrontación de Heidegger con la tradición más reciente se dirige directamente a la correspondencia entre representación y presencia, resumido bajo el epíteto “crítica a la subjetividad”. En ello es necesario ver que Heidegger lleva a cabo una traducción que desempeñará un papel central en gran parte de sus escritos donde toca la mencionada crítica. Para el filósofo de Friburgo, las cosas en su entidad serán aprehendidas en el ámbito óntico, mientras que su ser –la presencia– será determinado como la dimensión ontológico-temporaria, cuyo acceso será la representación, determinada como el pensar mismo.
De esta forma, el problema de la subjetividad no consiste simplemente en el traslado de la ousia en tanto hypokeimenon al subjectum cartesiano; es decir, del sustrato de todo ente al fundamentum incocussum en una “cosa” (res cogitans). Más bien se trata de una concatenación tripartita: ya no está en juego solo la cosa, lo óntico, sino su determinación ontológico-temporaria, la presencia, y su modo de acceso, la representación. Por ello, una crítica radical a la ontología que sustenta esto, tendrá no solo que cuestionar la homologación mencionada, sino abrir la perspectiva para pensar más allá de las determinaciones implicadas y así sostener que los entes no solo son las cosas, que el ser no es solo la presencia y que el pensar no es solo la representación.
La importancia de la tríada cosa-presencia-representación radica en el hecho de que a partir de ahí se establecieron todos los saberes y las formas de relacionarnos con el mundo. Este solo era comprensible desde la presencia de las cosas y la posibilidad de su representación. Si hemos anticipado que la crítica heideggeriana se dirige a ella, debemos revisar ahora el espacio en el cual se produce un posible rompimiento de la tríada hegemónica, la cual parece ser incuestionable.
El núcleo de la crítica heideggeriana a la estructura tripartita moderna consiste en divisar la posibilidad de descubrir a los entes como otros y no como idénticos, ya que el presupuesto principal de la identidad incluye la copertenencia entre presencia y representación. El descubrimiento del ente en su diferencia es abrirlo más bien como algo no presente. Considero que tal posibilidad es lo que Heidegger muestra ya desde el primer capítulo de Ser y tiempo, al llevar a cabo un análisis fenomenológico de la cotidianidad. Como sabemos, ahí enfatiza que las “cosas” de la cotidianidad no son entes que simplemente estén ahí, sino que fungen como útiles. En la última página de Ser y tiempo se pregunta precisamente eso: “¿Por qué se «concibe» el ser «primeramente» a partir de lo que está-ahí (de lo presente) y no a partir de lo a la mano (útil), que está mucho más cerca? ¿Por qué esta cosificación se vuelve una y otra vez dominante?” (1977: 437; 2012: 449).
No es necesario hacer referencia a las experiencias negativas como la ausencia de algo, sino que ya en el útil se da cierta negatividad en tanto ausencia de presencia. Al caminar sobre el piso hay ya una negatividad en tanto no está presente el piso. Tal negatividad se hace patente mediante la irrupción del piso mismo. Esto es así porque el modo de ser del útil se sustenta en la cadena referencial en la que está inmerso y no en una relación con otros entes presentes. Así, el qué o esencia del útil –tal como ha llamado la tradición metafísica– no yace en la identidad consigo mismo, como habría enseñado Platón mediante el eidos, sino en la alteridad de la cadena respectiva en la que tiene lugar. Por ello, indica Heidegger (1977: 85; 2012: 107) en el parágrafo 18 de Ser y tiempo que la “condición respectiva es el ser del ente intramundano” y por ende su modo de ser no puede ser la presencia.
Lo importante no es pues la crítica a lo óntico pura y simplemente, sino la crítica a cierta determinación óntica y su presupuesto ontológico. De esa forma, la diferencia ontológica no es meramente la diferencia entre ser y ente, donde Heidegger juegue a favor del ser; la radicalidad de su planteamiento yace en enfatizar más bien la diferencia en tanto diferencia y no lo ontológico. En una anotación de los Cuadernos negros así lo indica: “Ontología […] es la última forma del olvido del ser; pues la pregunta por el ser del ente en tanto pregunta por el ente en su ser ha olvidado ya la diferencia, en la medida en que este preguntar se inserta en ella como su elemento inexperienciable” (Heidegger, 2015a: 487).
Es decir, no se trata simplemente de indicar que ser es diferente del ente, sino que en esa diferencia se da históricamente una identidad que hace del ente algo presente. La ontología, por tanto, no hacía otra cosa que sostener al ente en su identidad presencial. El énfasis en la diferencia, como indicamos, hace que haya un desfase entre lo que aparece y aquello que lo determina. Tanto el útil de la cotidianidad como el ser humano que manipula yacen en una ausencia de identidad. Hay un desfase entre lo que se presenta como ente y la posible remisión a su fundamento. En todo caso, lo que se descubre es una alteridad que posibilita su salir a la luz.
El gran problema para Heidegger es tratar de tematizar esta ausencia de identidad o este desfase en la diferencia. La diferencia ontológica se presenta como un estar fuera de sí: el ser del ente no es lo idéntico a él mismo, sino una alteridad que lo hace ser lo que es. Me parece que esa es una de las consecuencias asumidas a partir de la ontología fundamental y que conduce al pensar ontohistórico con el énfasis ya no en lo ontológico, sino en la diferencia. De esta forma, considero que hay elementos para justificar el hecho de que Heidegger hable más bien de pregunta por el ser y no de ontología e incluso llegue a decir que “La «ontología» ni siquiera conoce la pregunta por el ser” (2014a: 90, 2015b: 79).
Pese a ello, y eso es lo que he querido presentar aquí, este desconocimiento no es una falla, sino el necesario punto de partida para el despliegue de la pregunta por el ser. Aunque en varias aseveraciones pareciera justificarse un origen radicalmente otro que tome su distancia del tratamiento ontológico, aquí hemos visto que hay por lo menos dos cuestiones que hacen de la ontología una estación determinante en el camino de la pregunta por el ser. Por un lado, el hecho de que mediante la fenomenología el preguntar ontológico no se centre en el contenido esencial, sino en los modos de aparición y, por otro, que tal tematización conduzca a una confrontación profunda en la idea de subjetividad. Con ello, me parece, Heidegger da un lugar preeminente a la ontología en la pregunta por el ser.
Referencias
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* Este texto fue presentado originalmente como una ponencia en las XIII Jornadas Peruanas de Fenomenología y Hermenéutica “Ser y tiempo: noventa años después”, que se llevaron a cabo el 25, 26 y 27 de octubre de 2017 en Lima, Perú. La versión original de esta ponencia se puede consultar en las actas de las jornadas: http://textos.pucp.edu.pe/texto/Ontologia-y-pregunta-por-el-ser-El-lugar-de-Ser-y-tiempo-Angel-Xolocotzi.
1. A lo largo de este libro se empleará GA para referir a la Gesamtausgabe.
2. La publicación del volumen 82 de la Gesamtausgabe, Zu eigenen Veröffentlichungen, dará cuenta de la amplia discusión que Heidegger llevó a cabo en torno a Ser y tiempo. Por lo menos doscientas páginas están dedicadas a su tematización alrededor de 1936, año en el que comienza la redacción de los Beiträge zur Philosophie, texto nuclear del pensar ontohistórico.
3. “Heidegger besitzt keinerlei Mittel, zu scheiden das Wesen vom zufälligen Dasein des Menschen. Das Dasein ist – Heidegger in seiner ganzen zufälligen Konkretion – mit Haarfarbe und jeder zufälligen Gestalt seines Körpers. Die These der „Mensch ist nur Seinsweise“ übersteigt das Wesen des Menschen so sehr, als sie der zufällige Heidegger untersteigt. Die Seinsweise richtet sich nach dem Wesen” (Scheler, 1976: 296). Para una interpretación de este texto ver Muñoz (2013: 23).
4. Cabe destacar que, además de Ser y tiempo, el otro texto publicado en el anuario filosófico-fenomenológico de Husserl en 1927 fue Mathematische Existenz. Untersuchungen zur Logik und Ontologie der mathematische Phänomene de Oscar Becker.
5. Gadamer (1986-1987: 16) escribe lo siguiente en relación con Ser y tiempo: “De forma diferente a la común debemos ver a Ser y tiempo como una publicación montada muy rápidamente, en la cual Heidegger, en contra de sus intenciones más profundas, nuevamente se amolda a la autoconcepción trascendental de Husserl”.
I SER Y TIEMPO EN SU DESPLIEGUE TEMÁTICO Y SU LUGAR DESDE LA OBRA POSTERIOR HEIDEGGERIANA
El ideario metafísico de Heidegger en torno a su concepción de la ontología fundamental entre Ser y tiempo (1927) e Introducción a la metafísica (1935)
Jorge Uscatescu Barrón
La gran cantidad de investigaciones filológico-filosóficas y las interpretaciones realizadas con botas de siete leguas son tantas, tan variadas y tan minuciosas a veces que ocultan en su frondosidad el núcleo de la filosofía de Heidegger, tal como queda expuesto en pasajes señalados de Ser y tiempo. En estas páginas quiero elaborar el concepto heideggeriano de metafísica que se gesta en esos años. Aunque esta idea de metafísica u ontología viene preparada y esbozada en sus lecciones de Marburgo anteriores a Ser y tiempo, donde finalmente culmina, no entraré aquí a explorar la génesis de aquella desde la “hermenéutica de la facticidad” al comienzo de su andadura filosófica hacia la metafísica, pero sí allegaré los textos de esas lecciones en los que se asome la idea de una metafísica de nuevo cuño.
Solo afinando el concepto positivo heideggeriano de metafísica es posible ponderar cabalmente la crítica que hace Heidegger a la metafísica por esos años y que practicará también en las décadas sucesivas. Es hora, pues, de reparar en su programa metafísico considerando los textos, eso sí, dispersos en los escritos de esos años y corregir así la atención obsesiva al aspecto “des-tructivo” de su historia crítica de la filosofía anterior que predomina no sin razón en la exégesis heideggeriana.
1. La ontología universal como ideario de Ser y tiempo y la relación de esta con la ontología fundamental
Ser y tiempo se abre con la exigencia de plantear de nuevo la cuestión acerca del ser. El lector se encuentra de pronto in mediis rebus. Solo con la lectura más avanzada cobran mayor nitidez los contornos, y el alcance de la cuestión preliminar y fundamental de la filosofía se vuelve más claro. Heidegger (1967: 38) entiende por filosofía la “ontología universal y fenomenológica”.1 En este artículo me centraré en el concepto de “ontología universal”, término mucho menos frecuente y conocido, que, sin embargo, encierra en sí el entero ideario ontológico o metafísico apuntado en esta obra y explicitado, un tanto, en los escritos y las lecciones subsiguientes, no obstante el empleo de otros términos en años sucesivos, como “metafísica del Dasein”2 u “ontocronía” (Heidegger, 1997: 144, véase nota 47). Por de pronto, baste recordar que los términos “ontología” y “fenomenología” se coimplican. La fenomenología se presenta como el método capaz de hacer aparecer algo como siendo en sí mismo (Heidegger, 1967, § 7). Como la ontología en cuanto elaboración explícita de la pregunta por el ser tiene a este por tema y, además, el ser es el fenómeno por excelencia, fenomenología y ontología son lo mismo. Con esto queda aclarada una parte de la expresión.
El término “universal” no es explicado en parte alguna cuando aparece adjetivando el sustantivo “ontología”, pero en la enumeración de los prejuicios acerca del concepto de ser en la tradición metafísica hay un leve apunte de su sentido. Según el primer prejuicio de la ontología tradicional, el ser es el concepto más general. Con ello se traduce el término griego καθόλου, que Aristóteles emplea al definir el ente como lo más general.3 Este concepto se interpreta en el sentido de que el ser supera todos los géneros, los transciende, no siendo su generalidad de naturaleza genérica, como se hace en el parágrafo 7 sobre el método, en que se vincula la “generalidad máxima del concepto de ser” con la trascendencia o superación de todo género (Heidegger, 1977a: 3, 38). Trascendencia, universalidad y máxima generalidad se emplean aquí como sinónimos, si bien hay que subrayar que la idea de trascendencia que Heidegger (1977a: 38) maneja es diversa de la escolástica, como se verá más tarde.
Fuera de Ser y tiempo, en la lección del semestre de verano de 1928, se perfila mejor la cuestión de lo universal y se ilumina el pasaje de Ser y tiempo. En la universalización del problema del ser (Universalisierung des Seinsproblems) (Heidegger, 1978: 191) se encierra el problema de los distintos modos de ser de cada área o sector ontológico (el ser de la naturaleza, el de la historia, el del hombre etc.), con sus modi essendi y modi existendi (Heidegger, 1977a: 2; 1978: 192),4 y con él el de la unidad del ser frente a la multiplicidad de modos de la esencia y de los modos de existir. La universalidad del ser significa tanto su generalidad (Allgemeinheit) transgenérica como su unidad (Einheit) frente a los múltiples modos de ser en el sentido de lo que Heidegger (1977a: 2; 1978: 192) llama, retomando la tradición filosófica escolástica, la unidad de analogía. En estas aclaraciones se asoma, sin embargo, lo universal en el sentido de la totalidad de los entes y de los sectores o regiones en que se distribuyen. Esta idea de lo universal en el sentido de la totalidad, que no es absolutamente ajena a Ser y tiempo5 (1977a: 7), no se encuentra, sin embargo, explícitamente recogida en la explicación de los prejuicios sobre el ser.
Pero en un pasaje afín a este en Ser y tiempo, tras establecer la conexión de la ontología universal con las ontologías regionales y admitir una relación de las distintas ontologías regionales entre sí, Heidegger no solo habla del ser que es siempre cada vez ser de un ente,6 sino también del universo del ente (All des Seienden) y de las distintas áreas del ser como naturaleza, historia, existente humano, etc., introduciendo así un nuevo sentido del “en general”. Cada área temática (Sachgebiet) es tratada por una ciencia particular, que obtiene los conceptos fundamentales del objeto primero de esa área óntica a partir de una experiencia precientífica del objeto mismo en su ámbito (Heidegger, 1977a: 9). A cada ciencia propia de un área temática independiente le antecede una ontología regional que forma el concepto de ser de esa área determinada. Si bien en ese pasaje no se habla de “ontología regional”, sí se está aludiendo a ella, como se advierte en pasajes paralelos.7
Así, la pregunta de la ontología universal y trascendental ante todo no es otra que la pregunta por el sentido del ser en general,8 es decir, de la idea del ser en general (Idee des Seins überhaupt) (Heidegger, 1977a: 13). La elucidación de este tema o explicación del ser exige previamente la tarea de destacar el ser del ente (1977a: 27). En esta segunda tarea se inscribe claramente el ejercicio de la diferencia ontológica como paso preparatorio para la explicación del ser.
Lo universal no alude, pues, solo a lo transgenérico o lo transcategorial, como se desprende de la consideración a primera vista aristotelizante de lo universal como lo que transciende todo género (1977a: 3), sino a lo total, a lo que abarca a todos los entes y recoge las ontologías regionales respectivas de esas regiones de la realidad. Así queda esbozado el tema de la ontología universal. En Ser y tiempo Heidegger parece interpretar a sabiendas el καθόλου en sentido tradicional concibiendo la ontología fundamental como la elaboración de la pregunta por el ser en general, que exige, por su parte, elucidar la posibilidad de la comprensión del ser. Como esta pertenece al existente humano, la ontología fundamental tiene por tarea, en primer lugar, elucidar la estructura ontológica del existente humano, y por eso viene designada por Heidegger (1977a, § 5) como analítica del existente humano o “hermenéutica de la facticidad”, como se indica en Ser y tiempo: “Die Herausstellung der Seinsverfassung des Daseins bleibt nur “ein Weg”. Das Ziel ist die Ausarbeitung der Seinsfrage überhaupt” (1977a: 436), ya que la Daseinsanalytik sirve para desarrollar completamente la pregunta por el ser y a la vez para explicar la idea misma de este. La analítica del existente termina con la mostración de la temporalidad como sentido del ser del existente, la cura (Sorge), pero a la ontología fundamental le falta aún mostrar la temporalidad en cuanto sentido de los otros modos de ser.
La ontología fundamental significa, en primer lugar, la fundamentación de la metafísica como ciencia del ser, en la medida en que el existente es el fundamento de la comprensión del ser. A la ontología fundamental le pertenece la analítica del comprender humano, del comportamiento del existente con el ente en general (percepción), en cuanto que este contribuye al conocimiento, de los temples afectivos y del lenguaje como elemento articulador de los tres existenciales anteriores.
La ejecución del proyecto de la ontología fundamental pasa además por realizar, de modo parcial en cualquier caso, las ontologías regionales, pero exige una panorámica general de todas las ontologías regionales en cuanto que estas contribuyen a la elaboración de la pregunta por el ser en general.
En Ser y tiempo se muestra que el ser del existente con sus estructuras ontológicas se hace comprensible en el horizonte de la temporalidad (Zeitlichkeit). Este paso se despliega en dos fases con otras tantas tareas: primero se hace ostensible la estructura fundamental de la cura y, en segundo lugar, se revela esta como temporalidad (Heidegger, 1977a, §§ 45-83). Así se obtiene la donación del todo del existente humano, llevándose a cabo el análisis de su estructura ontológica: la comprensión del ser del existente humano, el comportamiento con el ente en general o la llamada intencionalidad en su pluralidad (Besorgen des Zuhandenen, Erkennen des Vorhandenen, Fürsorge des Anderen, etc.), el estar afectivamente templado al mundo (Befindlichkeit) con el correspondiente estar arrojado (Geworfenheit) a la totalidad de los entes, estructura que abraza a todos los temples, y la comprensión del ser o proyecto (Entwurf), fundamentándose así el lenguaje, que conjunta los tres momentos anteriores.
En la Daseinsanalytik llega a la conclusión de que la constitución ontológica del existente, la cura, se funda en la temporalidad (Heidegger, 1989: 323). Partiendo del estudio fenomenológico de la intencionalidad, Heidegger va a mostrar cómo el comportamiento con los entes se proyecta sobre el éxtasis del presente, el estar arrojado a la totalidad de los entes, sobre el éxtasis del pasado, y la comprensión del ser de los entes, sobre el del futuro. Presente, pasado y futuro constituyen los horizontes parciales de la temporalidad de la cura como unidad de comportarse con los entes, estar arrojado a la totalidad de los entes y la comprensión del ser. La temporalidad es esencialmente un fenómeno extático con un movimiento en forma de ímpetu o pujanza (Schwung), de carácter libre, que se extiende o hacia adelante (futuro) o hacia atrás (pasado) o al frente (presente) (Heidegger, 1989, § 12).9 En el ímpetu del éxtasis este se proyecta sobre un esquema horizontal, que se abre como ámbito en que aparece la totalidad de los entes o el ser del ente. En Ser y tiempo Heidegger hace mención explícita del triple adónde de la proyección propia de los tres éxtasis: el por mor de sí mismo (horizonte de lo porvenir), el adónde del estar arrojado (horizonte de lo ya sido) y el para-qué del presente (horizonte del presente). Como los esquemas horizontales carecen de un ulterior adónde, la temporalidad misma no se proyecta, a su vez, sobre otro horizonte. En consecuencia, la temporalidad es un autoproyectarse autolimitativo (1989: 437),10 con que se muestra la finitud del tiempo y de la cura y, a fin de cuentas la de la comprensión del ser y del ser mismo.
De este modo se concluye el primer paso de la ontología fundamental ordenada a revelar el sentido de la cura como temporalidad (Zeitlichkeit). En Ser y tiempo Heidegger no se limitó a esto solo: por el contrario, prosiguió con el análisis de la temporalidad en el parágrafo 65, donde dilucida la temporalidad subyacente y constitutiva de la cotidianidad y, en última instancia, de la historicidad, como ya había hecho en la conferencia sobre Dilthey pronunciada en Kassel en 1924 (Heidegger, 2004).
En Ser y tiempo se testimonian tres términos para designar la disciplina con que se denomina el propio ejercicio filosófico: “ontología fundamental”, “analítica del estar-ahí” y “hermenéutica del estar ahí”. Aunque en no pocos pasajes parece imponerse una distinción terminológica neta, sobre todo entre ontología fundamental y analítica del Dasein, que, por lo tanto, sería una parte de aquella, que, a su vez, abarcaría otros ámbitos, en realidad son sinónimos, como asegura el propio Heidegger en las reflexiones finales de Kant y el problema de la metafísica (1929) al hablar de una “analítica fundamental-ontológica del estar ahí” (“fundamentalontologische Analytik des Daseins”), que tiene por tema la interpretación de la cura y de la angustia con el fin de estudiar la posibilidad de la comprensión del ser (Heidegger, 1991: 237-238), y, en fin, el esclarecimiento de la cura como temporalidad (1991: 238). Todas estas tareas fueron ya cumplidas en Ser y tiempo, solo faltó la elaboración cabal de la pregunta por el ser en general.
Con la conclusión real de Ser y tiempo queda, pues, el ideario de este a medio hacer. De esta obra solo llegaron a publicarse las dos primeras secciones de la primera parte, faltando, pues, la tercera sección y toda la segunda parte. El público tuvo que esperar hasta 1975, año en que se publicó por vez primera la lección Los problemas fundamentales de la fenomenología del semestre estivo de 1927, en la que se advierte una verdadera continuación, eso sí, reelaborativa de la temática de Ser y tiempo en la forma de redacción parcial de la tercera sección de la primera parte. Con esta lección se prosigue y se complementa en más de un aspecto el proyecto ontológico de Ser y tiempo, pero lo que se anuncia que se va a tratar en la lección misma no se lleva a cabo tampoco en su totalidad.
Ser y tiempo y esa lección conjuntamente constituyen una unidad en la medida en que ambas desarrollan la elaboración de la pregunta por el ser. La lección del semestre estivo de 1927 es, según palabras del propio Heidegger (1989: 1) en una nota del texto, “una elaboración de la tercera sección de Ser y tiempo”, esto es, de la tercera sección de la primera parte de Ser y tiempo, sin que por ello se modifique el concepto de ontología ya anunciado en su opus magnum, cuando Heidegger insiste esta vez en que la ontología es el ejercicio de la diferencia ontológica (1989: 27).11 Pero en vez de tomar directamente el tratamiento interrumpido de la temática de esa obra prefiere, bajo el signo de la ontología universal,12 dar un rodeo al problema desplegando un estudio histórico de cuatro tesis sostenidas en la metafísica tradicional: 1) el ser no es un predicado real (Kant); 2) la distinción entre essentia y existentia; 3) la distinción entre res extensa y res cogitans, y 4) el ser de la cópula. El esclarecimiento de las cuatro tesis es a la vez a un análisis crítico de estas y de sus presupuestos, y prepara el camino para abordar los cuatro problemas fundamentales de la fenomenología, que se recortan sobre el fondo de las cuatro tesis tradicionales (1989: 20-25).
El primer problema de la fenomenología es la diferencia ontológica, tema que no fue explícitamente mencionado en Sein und Zeit, si bien abundan alusiones a aquel a lo largo de esa obra. Sin la distinción entre ser y ente no habría la posibilidad de una ciencia del ser. Sin una previa comprensión de ser del enser (Zeug) no puede salirnos al encuentro un enser concreto e individual. La prioridad de la comprensión del ser del ente entraña también la copertenencia esencial de ente y del ser de ese ente. De esta manera la diferencia ontológica está en estrechísima relación con la diferencia entre intencionalidad y trascendencia (1989, §§ 7-9: 22). Al interpretar la diferencia ontológica se puso de manifiesto la cuestión de la diferencia entre esencia y existencia; según la escolástica, a la constitución del ser del ente pertenecen la esencia (ser-qué o Wassein) y la existencia (Vorhandensein), pero sin que esa articulación, a juicio de Heidegger, constituyese jamás un problema.
Si bien Heidegger finaliza solo el tratamiento de la diferencia ontológica, se puede reconstruir, al menos parcialmente, la elucidación sistemática de las demás tesis de la fenomenología. El problema de la distinción de la esencia y la existencia fue ya mencionado de pasada y sin eludir la paradójica aseveración en Ser y tiempo de que el estar-ahí era el ser cuya esencia era la existencia. Con esta expresión, sin duda, provocativa, recordaba la definición del ente supremo Dios, cuya esencia es toda ella existencia, y, por otro, parecía adherirse a la naciente filosofía existencialista en la estela de Kierkegaard. Ahora bien, en otro pasaje aquilata más la expresión y da a entender que la existencia tiene precedencia con respecto a la esencia del existente humano en el sentido de que la esencia de este tiene que ser comprendida a partir de su existencia, con que solo se afirma una prioridad o preeminencia de la existencia sobre la esencia del existente13 y no, como en el existencialismo, la supresión de su esencia, que no es otra que la mismidad.
En la lección del semestre de verano de 1927 ofrece una presentación histórica del problema basándose en la trigésimoprimera disputación de Suárez, a la que más adelante siguen en el texto algunas consideraciones sistemáticas. Aunque en el capítulo de este segundo problema de la fenomenología la explicación de la tesis histórico-filosófica acerca de la distinción de essentia y existentia ocupe la mayor parte de la explicación ontológica, Heidegger llega a presentar algunas piedras sillares del desarrollo del problema mismo de la articulación fundamental del ser que permiten una reconstrucción parcial de su posición al respecto.14
En la estructura del ser del enser (Zeug) Heidegger patentiza la articulación fundamental del ser que toma la forma de la diferencia entre el para-qué del enser (Wozu o Bewandtnis) y el estar a mano (Zuhandenheit).15 Del otro lado está lo que está enfrente (Vorhandenes), cuyo ser se articula en un ser-qué (Wassein) y estar enfrente (Vorhandensein), que es revelado en el conocimiento teórico (Erkennen). En esta lección Heidegger analiza también la variante de la articulación fundamental del ser respecto del existente humano, algo que no había hecho explícitamente en Ser y tiempo, aunque el análisis de la cura había sido completo. En esta lección habla, sin embargo, de la existencia como el modo de ser y de la mismidad (Selbstheit) o ser-quién (Wersein) como el modo de ser esencia (1989: 169-171). De esta forma corrige su paradójica expresión, ya que también el existente humano no solo tiene una existencia sino también una esencia, o ser-quién frente al ser-qué y al ser-para-qué. Si se consulta la lección del semestre de invierno de 1929-1930 Los conceptos fundamentales de la metafísica: mundo-finitud-soledad, se encontrará un complemento de suma importancia a Ser y tiempo no solo con respecto a las ontologías regionales. En esa lección se incluye una verdadera ontología regional del viviente (1983, §§ 45-63), de la que se pueden extraer algunas notas aclaratorias respecto de la articulación del ser del viviente. La esencia del viviente es el ser propio del viviente, la particularidad (Eigentümlichkeit), distinta de la mismidad del existente, y el modo de ser del viviente es la viveza (Lebendigkeit), diferente de la existencia del existente concebida como comprensión del ser en general. De esta forma se hace ostensible la pluralidad de los modos de ser, por una parte: el estar enfrente, el estar a mano, la existencia y la vida, y la pluralidad de los modos de la esencia, por otra: el para-qué, el ser-qué, la mismidad y la particularidad.
Aunque el tercer problema contenido en la tesis tradicional de la diferencia entre la res cogitans y la res extensa16 debe concebirse como parte integrante del problema más general de la articulación fundamental del ser, cobra una importancia histórica y sistemática que desborda el marco estricto de tal articulación. La tradición filosófica se ha esforzado en elucidar el ser propio y diverso de la cosa pensante, del existente humano, pero lo ha hecho operando con conceptos ontológicos tomados del estar enfrente. En este marco se propone una doble tarea: la elucidación de las formas distintas de la comprensión del existente (Heidegger, 1989: 247) y el ver de dónde viene la tendencia a cosificar la mismidad del existente. El planteamiento del tercer problema es guiado por dos tareas: la elaboración explícita de la constitución del ser de los distintos entes y la cuestión de la unidad de ser en su totalidad (1989: 247), es decir, la cuestión de la analogia entis en la perspectiva abierta por la ontología universal aquí desarrollada. Aquí se ve cómo la ontología de Heidegger retoma un tema central de la metafísica occidental como es el de la unidad de los distintos sentidos del ser, tema al que había llevado el planteamiento de la segunda tesis. Mientras que en la metafísica transmitida la οὐσία por ser el ente por excelencia funda la unidad del ser de los distintos modos de ser o categorías, para Heidegger hay una pluralidad de modi existendi (Seinsweisen) y de modi essendi (Weisen des Wasseins); de este modo el primado de la οὐσία entendida como Vorhandenheit dentro del marco de la analogia entis es puesto en tela de juicio (cuál sea el primum analogatum es una cuestión que Heidegger no decide en este lugar). En este tercer problema se condensa lo que Heidegger llama universalización de la ontología o metafísica, que entraña dos problemas: la pluralidad de los modos de ser-qué y del hecho de que es (Daßsein) así como la unidad del ser frente a esa multiplicidad de sentidos (1978: 191-192).
En la destrucción fenomenológica de la tercera tesis Heidegger se ha limitado a analizar la constitución del ser del existente humano con el énfasis puesto en la comprensión del ser. En primer lugar, se resalta la indiferencia primera de esta comprensión del ser en que se confunden en un solo concepto nivelador todas las especies o modos de ser (1989: 250-251). En segundo lugar este fenómeno es confirmado claramente en su estudio de la cópula del juicio, que a lo largo de la historia de la filosofía ha ido adoptando diversos significados (esencia, existencia, ser veritativo, valor, etc.). Esta pluralidad de sentidos constituye el rasgo característico de la cópula, y también es el índice de la riqueza encerrada en la idea del ser. Al hilo de la interpretación de la cópula se van haciendo ostensibles los momentos estructurales de la proposición, que se funda en la apertura del existente humano y en la diferenciabilidad dentro de la comprensión del ser (1989: 302).
El cuarto problema concierne al carácter veritativo del ser. Esta temática fue tratada en realidad en Ser y tiempo, parágrafos 43-44. Mientras que en ese pasaje Heidegger se limitaba a mostrar que la verdad es un existencial, en la lección de 1927 sitúa el problema dentro de la ontología universal y, por tanto, dentro del problema de los distintos modos de ser verdad, del que la verdad del Dasein o Erschlossenheit es una modulación más junto con la verdad de lo que está enfrente y la de aquello que está a la mano,17 si bien la decisiva. Lo relevante es la coimplicación de ser y de verdad (la verdad como trascendental), por un lado, y la del ser existente y el ser, por otro. Este cuarto problema remite, también, al problema de la trascendencia, que se va a tratar en De la esencia del fundamento (1929).
Con todo y con eso, la idea del ser no ha sido agotada en toda su riqueza.18 Aquí se inserta el problema de la temporale Exposition des Seinsproblems (1978: 196). De este hasta ahora solo se había tratado la temporalidad del existente humano. Por ello no se ha revelado aún el sentido del ser en general, sino solo el sentido de un modo concreto de ser, la cura del existente humano.
En las lecciones posteriores a Ser y tiempo están diseminados fragmentos del análisis temporal de otros modos del ser, como el de estar a mano y del estar enfrente, así como de la vida. En Los problemas fundamentales de la fenomenología Heidegger (1989: 432) estudia el éxtasis del presente en el comportamiento preocupativo (besorgender Umgang) y señala que lo presente no es el ente a mano mismo sino el nexo de los enseres. El éxtasis del presente en el trato con los enseres proyecta el esquema horizontal de la presencia, que constituye el sentido del estar a mano (1989: 433-35). Sea como fuere, la temporalidad (Zeitlichkeit) en cuanto unidad extático-horizontal no constituye solo el sentido de la cura, sino también el del ser en general, incluyendo así la temporaneidad (Temporalität) (1989: 453). Con hacer manifiesta la temporaneidad del ser del ente no se habría concluido la tercera sección de Ser y tiempo; antes bien, habría sido necesario aún esclarecer la conexión interna entre la temporalidad extática de la cura y la temporaneidad horizontal del ser no existencial, ya que temporalidad y temporaneidad constituyen una unidad, la esencia del tiempo mismo. Este complejo de preguntas sobre el tiempo dejó de ser abordado tras Los problemas fundamentales de la fenomenología, si bien en los textos relativos a Kant, especialmente en aquellos que giran en torno al problema de la autoafección, se anuncia un esclarecimiento que va más allá de lo hasta ahora declarado.
No hay que olvidar que de este ideario metafísico de Heidegger formaba parte, sin duda, la lógica filosófica que presenta en su lección del semestre estivo de 1928 Los principios metafísicos de la lógica a partir de Leibniz. La relación entre metafísica y lógica se concibe de tal modo que la lógica se funda necesariamente en la metafísica de la verdad, formando la lógica filosófica en cuanto que tiene por tema la verdad (1978: 281) parte integrante de la metafísica misma sin ser previa a esta (1978: 123-133). En este contexto Heidegger menoscaba el argumento de que la lógica como ciencia del pensar en general precede a la metafísica, pero en cuanto ciencia sobre las reglas del pensamiento tiene que fundamentar esas reglas, y al hacer esto pasa a convertirse en metafísica. La lógica en cuanto tal se funda por ello necesariamente en una metafísica.
En suma, la ontología universal propuesta y desarrollada en Ser y tiempo, así como en la lección inmediatamente posterior, Los problemas fundamentales de la fenomenología, consiste en la elaboración de la pregunta por el ser en general, que abarca todos los modos de ser según los respectivos ámbitos o dominios de la realidad, apareciendo todos ellos como en una unidad. En la idea de ontología universal faltan algunos extremos por aclarar. Estas tareas urgentes del proyecto metafísico de Heidegger pueden estudiarse en los escritos siguientes, en los que se va a ocupar entre otras cosas de explicar relativamente por extenso el concepto de ontología o metafísica de la tradición filosófica, que es precisamente el tema de mi estudio.
2. La ontología como conjunto de ontología fundamental y ontologías regionales (met-ontología)
2.1. La aparente estructura bifronte de la idea aristotélica de πρώτη ϕιλοσοϕία o metafísica y la ontología universal o metafísica de Heidegger
Al ocuparse de la Crítica de la razón pura de Kant, Heidegger interpreta esta como una fundamentación de la metafísica. Para explicar esto Heidegger se vuelve al concepto moderno de metafísica tal como lo recibió Kant de Wolff y de sus discípulos (Heidegger, 1991: 5-9; 1977b: 11-17), pero no solo movido por el interés histórico-filosófico, sino sobre todo para aquilatar cada vez más finamente si cabe su propio concepto de metafísica. De acuerdo con la metafísica de Baumgarten, que Kant tomaba a modo de hilo conductor en sus lecciones, que darán como resultado su opus magnum, la metafísica en cuanto ciencia de los principios primeros del conocimiento humano19 se divide en metaphysica generalis y metaphysica specialis. La metafísica general es la ciencia que se ocupa del ente en cuanto ente y corresponde a la ciencia cuyos contornos se dibujan con firmeza en el libro Γ de la Metafísica de Aristóteles y con la definición que de ella ofrece Suárez en su primera disputación metafísica, que recoge una larga y vasta tradición desde la Antigüedad tardía hasta el siglo XVI.20 Esta metafísica general se llamó ya a partir de principios del siglo XVII, aun antes de que lo hiciera Johann Clauberg, ontología o ciencia del ente en cuanto ente. La metafísica especial comprende, en realidad, tres ciencias filosóficas más especiales con sus respectivos objetos: la psicología racional como ciencia del alma humana y de sus facultades cognitivas y apetitivas, la cosmología o ciencia del mundo y, en fin, la teología racional o ciencia de Dios en cuanto dado a la razón y con independencia de la revelación.
Al recordar el concepto tradicional de metafísica, pretende Heidegger, en primer lugar, contextualizar la Crítica de la razón pura como ensayo de fundamentación metafísica y, en segundo lugar, contraponer su propia concepción a la kantiana de forma que su proyecto de ontología se distinga netamente del transmitido. Por de pronto, Heidegger en su opus magnum y en las lecciones inmediatas hasta 1928 prefiere hablar de ontología, por lo que en vez de metaphysica generalis o de ontologia emplea el término “ontología fundamental” (Fundamentalontologie). Tanto en esa lección como en Ser y tiempo por ontología fundamental se entiende la fundamentación de la objetivación o conceptualización del ser (1977b: 36) incluyendo, por tanto, como ya se vio en Ser y tiempo, el análisis de la comprensión de ser, que es por esencia anterior a la conceptualización del ser en general. Ahora bien, hay diversas áreas de la realidad: naturaleza, historia, lo que está a mano, lo que está enfrente, lo matemático-geométrico y el viviente. Cada ciencia particular se ocupa de un área de la realidad, de un ente específico con el objeto de objetivar este y formar su concepto. La ciencia se dirige al ente de esa región determinada, pero para objetivarlo precisa de una comprensión previa del ser de este ente específico, que forma parte de la ontología regional respectiva de esa ciencia particular (1977b: 36). La tarea de configurar las ontologías regionales pertenece a la ontología fundamental en que se fundan aquellas. En esta lección el término “ontología fundamental” adquiere un significado, por tanto, distinto que en Ser y tiempo, ya que esa ontología es tal por fundar las ontologías regionales subyacentes a las respectivas ciencias particulares (1977b: 39). Así pues, la ontología universal, al transformar la metafísica recibida de Wolff, comprende la ontología fundamental y las ontologías regionales.
La transformación que lleva a cabo Heidegger de la metafísica tradicional no se produce en exacta correspondencia de los nuevos con los viejos términos. En primer lugar, la metafísica general es ciencia del ser en general; la ontología fundamental se desarrolla, sin embargo, en varios pasos. Antes de todo, es una investigación de la posibilidad no del ser mismo, sino de la comprensión del ser, y como esta pertenece al existente humano, la ontología fundamental es analítica del existente, que tiene, a su vez, por tarea la elucidación de la cura –un modo particular y específico del ser en general– como ser del existente y de la temporalidad en tanto sentido de la cura. En la ontología fundamental se incluyen, pues, la metafísica general y una parte de la metafísica especial, la que concierne a la psicología racional, si bien refundidas por completo.
Por otro lado, la metafísica especial considera tres regiones de la realidad: Dios, el alma humana y el mundo concebido al modo de totalidad de las cosas físicas. Para Heidegger, las regiones del ser son, sin embargo: el estar a mano, el estar enfrente, la coexistencia de los Otros, la existencia, el mundo matemático y geométrico, el ser del viviente (vida biológica), etc. Estas son reinos de la realidad independientes y no reducibles los unos a los otros. En el proyecto de las ontologías regionales se amplía la metaphysica specialis tripartita, que no corresponde al conjunto de las ontologías regionales apuntado en la ontología fundamental.
Heidegger indica expresamente que la ontología fundamental no agota el concepto de metafísica con que él mismo opera, ya que aquella exige la nueva problemática del ente en su totalidad (das Seiende im Ganzen).21 Para Heidegger la ontología plantea no solo la pregunta por el ser en general, sino también la pregunta por el ente en su totalidad, en todas sus áreas. La ontología universal propuesta en Ser y tiempo abraza, pues, la ontología fundamental y las ontologías regionales, que versan sobre los distintos modos de ser y se subordinan a la ontología fundamental, ya que la ontología universal, esto es, la ontología entendida en el sentido más vasto en cuanto elaboración de la pregunta por el ser en general en el sentido de totalidad –y no del ser de un determinado sector de la realidad– es la condición de posibilidad (Bedingung der Möglichkeit) de las ontologías sectoriales que fundan la ciencia particular de cada una de las regiones del ser, esto es, de las ontología regionales (Heidegger, 1977a, §2).22
En la lección del semestre de verano de 1928 no acontece de ningún modo cambio radical alguno en el proyecto metafísico de Heidegger, pero sí se produce una modulación significativa de este sin que se abandone el cauce del discurso, que apunta, antes bien, a una aclaración del concepto de metafísica mismo. En este lugar haré algunas consideraciones sobre el sentido de lo universal y presentaré la estructuración que de la metafísica ofrece Heidegger no como alternativa a la de Ser y tiempo, sino como una versión más depurada y completa de esta.
Conocida es la llamada doble definición de la filosofía primera (πρώτη ϕιλοσοϕία) de Aristóteles: por un lado, ciencia (ἐπιστήμη) del ente en cuanto ente y de las propiedades de este23 y, por otro lado, ciencia teológica (ἐπιστήμη θεολογική), que se ocupa de lo divino, esto es, del ente más noble de todos (Aristóteles (Metafísica, Γ 1, 1026a 18). En el semestre estivo de 1926 Heidegger (1993a: 149 ss., 286 ss.) habla de un concepto doble de la filosofía primera en Aristóteles siguiendo en esto a Paul Natorp, al que asimismo sigue muy de cerca cuando cree adivinar las vacilaciones (Schwanken) de Aristóteles a la hora de determinar lo que es la filosofía primera.24
Unos años más tarde, al interpretar de nuevo este pasaje, Heidegger reconsidera el objeto mismo, lo divino (θεῑον), que es determinado como lo “sobrepoderoso” (Übermächtiges), convirtiendo así la ciencia teológica de Aristóteles en una ciencia de lo sobrepoderoso (Heidegger, 1996a: 12-13), que queda distinguida netamente de la ciencia sobre Dios (θεός) como Dios personal (1983: 65). Precisamente de la teología cristiana y de su concepto de Dios como ente personal Heidegger se aleja explícitamente. Así, en Ser y tiempo, pero con más claridad en otros escritos de esos años, Heidegger, además de separar tajantemente la filosofía en tanto que ciencia del ser y la teología (cristiana) en cuanto ciencia óntica positiva del Dios revelado en el sentido de cristiandad (Christlichkeit),25 abraza un principio metodológico a-teo en el ejercicio de la filosofía. Tal a-teísmo no es, sin embargo, ni una negación de que Dios existe (ateísmo en sentido estricto) ni menos aún la afirmación contraria de que Dios existe (teísmo); por el contrario, la filosofía se mueve más acá de la distinción entre ateísmo y teísmo, porque no es una cienca óntica como la teología. La filosofía no puede, por tanto, decidir si un ente existe o no.26 Pero la razón fundamental que lleva a Heidegger a esa posición es la radical separación de fe y filosofía, a la que explícitamente niega que posea un órgano para la revelación de Dios (1993b: 79).
Partiendo de la interpretación de Natorp acerca de la bifrontalidad de la metafísica de Aristóteles como ciencia del ser y ciencia de lo divino a la vez, con la consiguiente duplicidad del objeto de esa ciencia, Heidegger señala, aun admitiendo la constitución ontoteológica de la metafísica, la dificultad de entrelazar la teología con la ontología (1996a: 17). Pues si es así que tiene dos objetos distintos, no puede haber sino otras tantas ciencias, dado que la ciencia lo es de un solo objeto. Al citar el espurio escrito de Aristóteles De mundo 391b 4 da a entender, por otro lado, que la teología es una consideración teórica del mundo (κόσμος) y con ello apunta la solución del problema de la doble naturaleza de la filosofía primera de Aristóteles, al menos en su propia concepción de esta.27
Para comprender la solución propuesta por Heidegger a este problema es necesario adentrarse en su ideario metafísico mismo. Como la elaboración de la pregunta por el ente en cuanto tal exige elucidar la estructura del existente humano, que esencialmente se comporta con los entes, en la ontología fundamental está implícito un giro a las diversas ontologías de las regiones del ser mencionadas y una versión al ente en su totalidad.28 La conversión exigida por la ontología fundamental recibe la denominación de met-ontología.29 Poco más adelante propone el término metaphysische Ontik (Heidegger, 1978: 201), que se opone a la metafísica inductiva, esto es, a una metafísica especulativa a partir de los datos allegados por las ciencias particulares (Eduard von Hartmann, Wilhelm Wundt y otros filósofos de finales del XIX y principios del XX). Con el término met-ontología Heidegger parece haber encontrado una denominación adecuada del conjunto de ontologías regionales que se perfilaba como tarea de la ontología universal de Ser y tiempo. En los textos posteriores a Ser y tiempo las ontologías regionales se describen como disciplinas que estudian, entre otras cosas, los modos específicos del ser de cada región del mundo y también del mundo de su respectiva región. Pero la met-ontología tal como la define ahora Heidegger en este pasaje cardinal no se corresponde exactamente ni con una ontología regional particular ni con todas a la vez, sino en el fondo con la elaboración del concepto de ente en su totalidad o mundo, cuestión que entraña necesariamente la realización de las distintas ontologías regionales, tarea que por ello se asigna a la met-ontología misma.
Vistas así las cosas, ¿puede haber una correspondencia entre la aparente bifrontalidad temática de la metafísica de Aristóteles con la ontología universal articulada en ontología fundamental y met-ontología?
A primera vista aparece clara la correspondencia de la ciencia del ente en general y sus propiedades con la ontología fundamental, que también se ocupa del ser en cuanto tal, en general, pero no hay ningún pasaje en la obra de Heidegger que afirme esta ecuación. Si esto fuera así, ¿equivaldrá la met-ontología a la ἐπιστήμη θεολογική de Aristóteles?
Reparemos en este giro de la ontología fundamental al conjunto de ontologías regionales. Lo importante es que este giro viene exigido por la propia ontología fundamental y, por tanto, por la elaboración misma de la pregunta por el ser en general. ¿Cómo se produce esta conversión de la ontología fundamental en met-ontología? En el análisis de la posibilidad de la comprensión del ser, que es el objeto de la ontología fundamental, no solo se harán ostensibles los momentos del ser, sino también se pondrá de manifiesto que tal comprensión o noción del ser radica en la existencia fáctica del estar-ahí. El existente humano en su facticidad se constituye en el fundamento óntico de la ontología y de la comprensión misma del ser en que sucede la diferencia entre el ser y el ente. La existencia fáctica del existente no es, a su vez, algo aislado, sino plenamente imbricado con la totalidad de los entes, con la naturaleza, a la que el existente mismo está arrojado (Geworfenheit) (Heidegger, 1978: 199). Por eso, la pregunta por el ser en general de la metafísica, de la ontología y de la ontología fundamental, en último lugar, se transforma necesariamente en la pregunta por el ente en su totalidad. La conversión o alteración (Umschlag) de la ontología fundamental en met-ontología está prefigurada en la pregunta por el ser en general. De ahora en adelante la pregunta por el mundo se situará en el centro de interés del proyecto metafísico, sobre el que pivotan los demás temas como fundamento, verdad, trascendencia, libertad y finitud.
Es obvio que el término “met-ontología” está formado análogamente al de metafísica. No voy a entrar en la cuestión harto discutida del origen del término metafísica. Conforme a la interpretación tradicional a la que se suma Heidegger, se trata de un término biblioteconómico que significa lo que va detrás de los libros sobre física. Así, la metafísica será la ciencia que trata de lo que viene después de la física. Es en este sentido como interpreta Heidegger el término, solo que añade que tal posterioridad expresada por la preposición griega μετά la va entender en el sentido de conversión basándose en el término griego también formado con la misma preposición μεταβολή (alteración) (Heidegger, 1991: 6, nota 68).30 Heidegger advierte, además, el sentido de transpaso (Überschritt) propio del término y valorado por la tradición filosófica, que interpreta μετά en sentido de la preposición latina trans y concibe la metafísica en términos de ciencia de los objetos suprasensibles, en especial de Dios y del alma (Heidegger, 1977b: 13 ss.; 1991: 6 ss.; 1983: 64 ss.). Para Heidegger la conversión hay que interpretarla, en cambio, no en el sentido de una trascendencia óntica a un sector del ente en su totalidad, como es el dominio suprasensible, dejando “tras” de sí, “abstrayendo”, lo sensible, sino de la trascendencia ontológica o giro al ente en su totalidad sin exceptuar región óntica alguna. Aquí estriba la diferencia esencial entre la concepción heideggeriana de la ontología universal o metafísica y el concepto aristotélico de metafísica. La met-ontología no puede equivaler por principio a la ἐπιστήμη θεολογική de Aristóteles, se la interprete o bien como equivalente a la filosofía primera o ciencia del ente en cuanto tal, o bien como ciencia yuxtapuesta a aquella (Aristóteles según Natorp y Jaeger).
En un pasaje más temprano aborda la aparente bifrontalidad de la πρώτη ϕιλοσοϕία de Aristóteles con una meridiana claridad y originalidad a la vez. En esa lección de 1924 Heidegger presenta la metafísica de Aristóteles de una forma bien distinta a lo que va a ser habitual en él. Conforme a esta exégesis, Aristóteles no solo planteará la cuestión del ente en general, sino también la del todo del ente (πάντα, ὅλον); resalta, además, la doble temática de la metafísica como ontología y teología. La teología aristotélica no tiene ya por objeto elucidar el ente más noble (τιμιώτατον), sino el ente en cuanto todo, el mundo, la naturaleza, incluido el motor inmóvil, Dios. Heidegger precisa que tanto la ontología como la teología tienen por objeto el ente mismo en su totalidad. Pero mientras la teología se ocupa de la “más auténtica y elevada presencia (Anwesenheit) del ente”, la ontología lo hace del ente en cuanto que está presente con todas sus determinaciones sin restricción a un área concreta.31 De esta manera ofrece una interpretación unitaria de ambas definiciones aristotélicas de la filosofía primera al establecer un solo tema para ambas disciplinas, que, por su parte, tratarán respectivamente un aspecto del ente en su totalidad: una ciencia se ocupará del ente en cuanto tal y la otra, del ente más excelente.32 En esta nueva interpretación de la primera filosofía aristotélica Heidegger (1978: 11-18) recompone la ciencia teológica al hacer de ella ciencia de lo sobrepoderoso. Con el término sobrepoderoso Heidegger (1978: 13) traduce el griego θεῑον, que distingue netamente de θεός.33
En este último pasaje ni se alude al problema del todo, si bien más adelante se pone junto al problema del ente en cuanto tal el del mundo o del ente en su totalidad (Heidegger, 1978: 33), ni se dice menos aun que la ciencia teológica se ocupe del ente en totalidad, ya que sobrepoderoso no coincide ni con la totalidad del ente ni con el ente en su totalidad, por más que sobrepuje o envuelva a este. La propia concepción de Heidegger, guiada por la idea de la totalidad de las regiones del ser y no solo por la idea de lo sobrepoderoso, irradia sobre su propia interpretación bifronte de la metafísica aristotélica, por lo que la ἐπιστήμη θεολογική en cuanto ciencia sobre la “máxima y más auténtica presencia de la totalidad del ente”, esto es, de lo divino (θεῑον), no se corresponderá tampoco con la met-ontología, en la que se da la versión a la totalidad de los entes. Por consiguiente, no se puede sostener en ningún caso una equivalencia exacta entre met-ontología heideggeriana y la ciencia teológica aristotélica, por más que a esta se la redefina en tono heideggerizante como theiología.34 El tema del ente en su totalidad pertenece con pleno derecho al concepto heideggeriano de metafísica porque la pregunta por el ente en cuanto ente pregunta a la vez por el ente en su conjunto sin restricción a un sector de la realidad.
Ontología fundamental y met-ontología forman una unidad, que es la metafísica de nuevo cuño ahora propuesta en la estela de Ser y tiempo por Heidegger, quien, sin embargo, no se desdice de lo que afirmó en esta obra respecto de la ontología universal (1978: 202). Con todo, esto no impide que la met-ontología se subordine a la ontología fundamental, como la misma preposición griega μετά indica. Como la pregunta por el ente en su totalidad solo puede plantearse después de la elaboración de la pregunta por el ente en general, la met-ontología viene después de la ontología fundamental y depende esencialmente de esta: ¿cómo si no se va a obtener un concepto de mundo o de totalidad sin haber forjado antes el concepto de ser que guía a priori toda investigación de cada región óntica y, por ende, de la región de las regiones, el mundo? Esta subordinación de la met-ontología a la ontología fundamental que viene exigida por la constitución de ambas permite, por otro lado, también distinguirlas entre sí, eso sí dentro de la unidad de la metafísica u ontología universal. Como en Ser y tiempo se trataba del planteamiento de la pregunta por el ser, la cuestión del ente en cuanto tal ni fue tratada de forma explícita, ni tampoco se entró a ponderar el lugar de la pregunta por el mundo dentro de la ontología universal, lo que explica por qué Heidegger, al presentar su ontología universal, ofreciese la versión tradicional del concepto universal, evitando así distorsionar la marcha de la cuestión fundamental misma, temática de esa obra.
El término metafísica cobra un matiz positivo, como ya había ocurrido en una lección anterior, al presentar la Seinsfrage como una cuestión propia de la metafísica (Heidegger, 1993b: 7-10) o al hablar de una metafísica trascendental distinta de la metafísica vulgar, que trata del ente detrás de lo manifiesto, pero también diversa de la filosofía trascendental kantiana (1989: 23). Es más, para Heidegger lo que se llama ahora “ciencia trascendental del ser” constituye el concepto científico de metafísica, que hace equivaler al de filosofía, esto es, al de ciencia trascendental crítica del ser u ontología. En este pasaje se testimonia bien a las claras que “filosofía”, “ontología” y “metafísica” en el sentido que Heidegger los toma son términos con idéntico significado.
Con el nuevo concepto de metafísica se reformula y se profundiza la noción de ontología universal esbozada en Ser y tiempo sin corregirla. Por ello, la ontología fundamental en el sentido de la analítica del estar-ahí se había ocupado de elucidar la posibilidad de la comprensión del ser. La analítica del estar-ahí como había sido llevada en Ser y tiempo, va a ser retomada con el fin de mostrar la finitud de la comprensión del ser y del estar-ahí mismo (Heidegger, 1991: 229). Este es el tema de la nueva metafísica del estar-ahí.
2.2. ¿Es la “metafísica del Dasein” el nuevo proyecto metafísico de Heidegger tras Ser y tiempo?
En los últimos años se ha establecido una especie de consenso entre los exégetas de Heidegger, según el cual después de Ser y tiempo el filósofo se habrá esforzado en fundar una metafísica de nuevo corte, que él mismo había bautizado con el nombre de Metaphysik des Daseins, término que por vez primera se testimonia en su lección de 1927 (1978: 125, 214, 240), donde dice explícitamente que la “metafísica del Dasein” remite al problema de la trascendencia y con ello al problema del mundo, que es como se muestra el ente en su totalidad y que es, a su vez, como ya se ha visto, parte del objeto de la metafísica. Pero es en su libro de 1929 Kant y el problema de la metafísica donde da a conocer ese término que poco después dejará de emplear. ¿Compendia esta nueva designación de la metafísica el proyecto heideggeriano que en esos años completa el de Ser y tiempo?35
En lo que sigue trataré de minar esta opinión para que pueda refulgir con mayor fuerza el ideario metafísico que Heidegger está revisando y remodelando en esa época tras la publicación de Ser y tiempo, sin modificar, eso sí, sustancialmente, el proyecto precedente.
Con el término “metafísica del Dasein” Heidegger intenta reordenar la ontología fundamental y la analítica del estar-ahí sin refundirlas por ello en una sola, para así poder distinguir su concepción estrictamente ontológica del estar-ahí y el análisis meramente ontológico de este llevado a cabo en Ser y tiempo de la antropología física en general y, en especial, de la filosófica en su versión scheleriana. En efecto, el término “metafísica del Dasein” se menciona por vez primera en la lección del semestre de verano de 1928 en Marburgo (1978: 125).36 En esa lección hay dos excursos muy interesantes sobre Max Scheler en los que las interpretaciones sostenidas sobre este lo acercan a las propuestas metafísicas que aquí ofrece Heidegger y con ello lo presentan como un pensador metafísico. En su primer excurso, una nota necrológica (In memoriam, 1978: 62-64), Heidegger ve la originalidad de Scheler en su propuesta de un preguntar totalizante. Especial interés tienen las palabras de Heidegger referidas, sin duda, a la última obra de Max Scheler, Die Stellung des Menschen im Kosmos. A juicio de Heidegger, el último Scheler se plantea la pregunta por el hombre y la sitúa dentro de la filosofía entendida al modo de la teología aristotélica, ya que el hombre es visto en su relación con Dios, pero con un Dios “débil” (schwach) que no puede subsistir sin el hombre –esto es cuando menos poco aristotélico–. Con esta interpretación acertada del teísmo y de la antropología tardíos de Scheler, Heidegger deja entrever el cauce por el que discurrirá el proyecto metafísico que trata de realizar. Aunque el hombre y Dios son temas de la metafísica heideggeriana, con el término “metafísica del Dasein” discrepa ya de Max Scheler, porque Dasein no equivale sin más a Mensch, que, por otro lado, no está excluido del concepto de Dasein. Más adelante vuelve Heidegger (1978: 165-168) a hablar sobre Scheler a propósito de la última conversación que mantuvo con él en diciembre de 1927 y de la que destaca cuatro puntos de acuerdo. En el último de ellos, que es el que aquí importa, se afirma que la relación objeto-sujeto, que debe ser reconsiderada y no tratada en forma de cuestión de teoría del conocimiento –punto segundo–, es básica para la fundamentación de la metafísica, pero de una metafísica auténtica (eigentliche Metaphysik).37 Aunque no lo diga Heidegger explícitamente, la expresión Metaphysik des Daseins alude a un ideario metafísico semejante, pero en el fondo diverso de la metafísica scheleriana, basada en la antropología filosófica. Por eso no debe sorprender que por esta expresión entienda una “fundamentación de la metafísica” al modo kantiano. En el término “metafísica del Dasein” se recoge, por un lado, la pregunta por el hombre que late en la tendencia del tiempo a cultivar la antropología (Heidegger, 1996b: 10 ss.) y, por otro, eleva a esta al plano del preguntar metafísico, ya que la pregunta por el hombre se decanta finalmente en la pregunta por la comprensión del ser, lo que equivale a fundamentar la metafísica. Como la elucidación de la comprensión del ser exige preguntar por el ente en su totalidad, la “metafísica del Dasein” no es sino una versión más del ideario metafísico de Heidegger y no una nueva metafísica que reemplace la ontología universal de Ser y tiempo. La expresión misma más que una circunscripción de la metafísica, se antoja una consigna de combate contra la tendencia antropolozigante de la época contemporánea, que, por un lado, subraya la dimensión eminentemente ontológica de lo presentado en Ser y tiempo, y, por otro, anuncia el contenido, como ahora vamos a ver.
Es en este contexto de análisis crítico de la obra de Scheler y polémico a la vez contra la metafísica de este38 donde hay que interpretar el sentido de la “metafísica del Dasein” y la crítica a la antropología como tendencia fundamental de la filosofía39 y, en consecuencia, el rechazo de la llamada antropología filosófica en cuanto disciplina fundamental de la filosofía, por nacer de aquella antropología como tendencia fundamental, que está viciada ab origine.40 Pero, a diferencia de la antropología física, la “metafísica del Dasein” sí surge de la esencia de la filosofía. Baste recordar que el Dasein no es exactamente el hombre, como puede verse partiendo de un análisis del concepto de Dasein según Ser y tiempo y los escritos o anteriores o inmediatamente posteriores a este. En todos los textos en que se elabora el concepto de Dasein se observa también la disparidad básica entre la filosofía o metafísica y la antropología filosófica.41
¿Cómo se relaciona la ontología fundamental con la nueva metafísica del estar-ahí? Heidegger presenta en Kant y problema de la metafísica una concepción de metafísica del estar-ahí amplia. Su primer grado o paso es la ontología fundamental, que se ocupa de la posibilitación de la comprensión del ser en cuanto radicada en el estar-ahí. Como en Ser y tiempo, la ontología fundamental incluye aquí también el tratamiento de la cotidianidad y de la cura así como la elucidación de esta como temporalidad. Lo nuevo de la ontología fundamental y de la metafísica del estar-ahí es el problema de la finitud, que podríamos llamar el objeto del segundo paso o grado de la metafísica del estar-ahí. En esta expresión se reflejan los esfuerzos por pensar la finitud del estar-ahí. Pero tanto en este escrito como en los subsiguientes, esto es, en la lección del semestre estival de 1928, la del semestre invernal de 1928-1929, De la esencia del fundamento de 1929 y la lección del semestre invernal de 1929-1930, son otros los temas sobre los que gravita este incipiente pensar metafísico: fundamento, mundo, trascendencia, libertad y verdad. Resulta, pues, a todas luces paradójico que el tema de la finitud, solemnemente anunciado y repetidas veces evocado tanto en su libro sobre Kant como en los escritos de esos años, apenas merezca sino breves y fugaces alusiones;42 con que parece poco menos que inconveniente reducir todo a la finitud y, por tanto, a la metafísica del estar-ahí propuesta casi de pasada, no obstante la innegable importancia de este tema.
Entre ambas fechas y antes de la conferencia sobre la metafísica de 1929 intercala Heidegger una lección sobre filosofía en la estela directa de Ser y tiempo, pero en combinación con la cuestión recientemente abordada de la trascendencia y también con la de la Weltanschauung, ya algo más antigua en el pensamiento de Heidegger. Aunque Heidegger hable en esta lección principalmente de filosofía, que hace equivaler, como en Ser y tiempo, a la ontología, afirmando así una vez más que la filosofía no es sino la elaboración de la pregunta por el ser (1996a: 217), propone un concepto auténtico de metafísica en el que se incluirá el problema del ser (Seinsproblem) y el del mundo (Weltproblem),43 por lo que se ve claramente que el concepto auténtico de metafísica y el de filosofía coinciden plenamente.44 Heidegger elabora, pues, un concepto metafísico auténtico al replantear ambas preguntas. Lo novedoso de esta lección estriba en la insistencia en el entrelazamiento de ambas preguntas y en el orden de su exposición, ya que en el artículo de De la esencia del fundamento se hacía solo mención de ambas cuestiones, concentrándose la mirada en el problema de la trascendencia y del fundamento. Al final de la lección, tras haber pasado revista a los conceptos de mundo en la historia de la filosofía –resumiendo, en el fondo, lo dicho en la contribución al homenaje de Husserl en 1928–, desglosa el contenido conceptual del problema del mundo en sus elementos: fundamento, libertad, nada e irrupción de la trascendencia en el ente y ente en su totalidad según los poderes que gobiernan cada totalidad regional (1996a: 394). A esta síntesis de lo dicho en su artículo mencionado añade algo importante al señalar que el problema del mundo solo puede ser acometido una vez esclarecida la pregunta por el ser (1996a: 394). Este orden ahora determinado, pero que ya estaba prefigurado en el concepto de met-ontología como ciencia de lo que viene después de la ontología en forma de conversión al ente en su totalidad, obedece al hecho de que en la tradición metafísica el problema del ser es mucho más conocido, por tanto más tratado que el problema del mundo, pero ambos problemas están mutuamente interconectados y constituyen en su conjunto la temática de lo que Heidegger da ahora en llamar filosofía sin más (1996a: 394).
3. La metafísica como preguntar total: la idea de metafísica como pregunta por el ente en cuanto ente y por el ente en su totalidad
No es en la metafísica del estar-ahí sino en la metafísica totalizante o incluyente donde está encerrada la nueva versión de la ontología universal presentada en Ser y tiempo. Este proyecto se esboza en los escritos de 1929 y de 1930.
En primer lugar, quiero referirme a una lección de importancia capital en la obra de Heidegger, la lección del semestre de invierno de 1929-1930 Los conceptos fundamentales de la metafísica: mundo-finitud-soledad, texto que pertenece a la fase entre el principio metodológico de la ontología fundamental de 1927-1928 y los pródromos del pensamiento sobre la historia del ser, en 1936. En esta extensa lección Heidegger teje una serie de reflexiones generales acerca del concepto de metafísica en Aristóteles mostrando, a la vez, la estructura ontoteológica de la metafísica aristotélica, que finalmente es rechazada. Sin embargo, Heidegger, en numerosos pasajes, interpreta su filosofía misma abiertamente como metafísica, pero sin concretar el significado de este término. Merced a la temática anunciada en el título de la lección –mundo, finitud y soledad– es, sin embargo, fácil formarse una idea de la metafisica que aquí se está esbozando. En algunos pasajes Heidegger nos lega, en fin, una caracterización de la metafísica en cuanto preguntar totalizante o inclusivo (inbegriffliches Fragen) condensado en las preguntas por el mundo, la finitud y la individuación (Vereinzelung) (1983: 37). El carácter totalizante de esta metafísica obedece básicamente al hecho de que el preguntar metafísico abarca el todo del ente de tal modo que el mismo que pregunta queda incluido también en la pregunta (1983: 86, 268), extremo este último, por otra parte, ya descrito por Heidegger en Ser y tiempo al explicar los rasgos característicos del preguntar la cuestión del ser –de ahí su carácter incluyente o inclusivo– (1977a, § 2). La metafísica aquí presentada tiene por temática el todo, incluido el hombre, y, por tanto, el mundo como problema, sin ser por ello una versión, al menos, corregida de la cosmología como parte de la metaphysica specialis. ¿Queda así relegada a un segundo plano la pregunta por el ser? ¿Rectifica Heidegger su opinión y pone el mundo en vez del ser como tema de la metafísica?
Aunque el título de la conferencia ¿Qué es metafísica? de 1929 prometa una presentación del nuevo concepto de metafísica que está gestando Heidegger en ese período, desde el comienzo la pregunta sobre la nada requiere todos sus esfuerzos metafísicos. No obstante, desarrolla esta pregunta en forma de introducción a la metafísica, que ahora se caracteriza, de una forma más precisa que en la lección, en términos de un preguntar que va más allá del ente para obtener el ente en cuanto tal y en su totalidad con vista a la conceptualización de ambos (1976b: 118). De esta forma, Heidegger resume de una forma más que concisa todos los esfuerzos anteriores por delimitar el concepto de metafísica propio, así claramente desgajado del modelo ontoteológico de la metafísica aristotélica y de su heredera final, la metafísica wolffiana, que se divide en metafísica general y especial. Ser y mundo, incluido en este el existente humano, pero con un lugar especial dentro de él por su comprensión del ser mismo, constituyen el objeto unificado de la metafísica heideggeriana, en vez del ente en cuanto ente y de Dios de la metafísica desde Aristóteles (1996a: 324). En esta concepción contrapuesta a la “ontoteología” culmina también el pensamiento sobre la trascendencia, que ya deja de ser entendida como una trascendencia óntica hacia el ente supremo, en el sentido de una trascendencia ultramundana, para concebirse ahora cual trascendencia que supera el ente para dirigirse al mundo como totalidad de los entes, esto es, al ente en su totalidad (Seiendes im Ganzen). Una vez se instala uno en este nivel trascendental, se puede llegar a revelar la noción y el concepto de ser.
Examinemos más atentamente el concepto de “ente en su totalidad”, que ocupa un lugar preeminente en estas lecciones que ahora consideramos, pero que es también un tema frecuente en los numerosos tratamientos del concepto de metafísica. La expresión “en su totalidad” (im Ganzen) traduce el término aristotélico καθόλου, que Heidegger (1992a: 78-90) ha estudiado atentamente y que traduce por “totalidad” (Ganzheit) en vez de “en general”, como lo entiende Aristóteles.45 Esta totalidad no es una Allheit o conjunto de todas las entidades individuales (πᾱν), sino una Ganzheit en sentido del griego ὅλον. De esta manera, el ente en su totalidad se interpreta en términos de mundo, que viene a ser definido finalmente como la forma en que se da el ente en su totalidad (Wie des Seienden im Ganzen), o sea, la manifestación del ente múltiple en sus distintos nexos de ser (“Offenbarkeit des mannifaltigen Seienden in seinen verschiedenen Seinszusammenhängen”, 1983: 513-514). En esta lección del semestre de invierno de 1929-1930 la cuestión del ente en su totalidad desemboca en la cuestión de la ϕύσις, que se cifra, a su vez, en el imperar del ente en su totalidad (1983: 28-29), porque la ϕύσις, que en el sentido en que la toma Heidegger, esto es, en cuanto ente en su totalidad, no se opone a otros sectores de la realidad; es más, llega incluso a abrazar lo divino (1983: 39). Este es el segundo sentido frente al primer sentido de ϕύσις en cuanto opuesta a los entes artificiales (1983: 46-47) el que alcanza aquí su máxima dilatación y con-tenido. Por ello la cuestión teológica está lejos de ser excluida de la metafísica, como tampoco la teología o theiologia dejará de tener cabida en la met-ontología porque en la totalidad de los entes se transparece lo divino como lo sobrepoderoso y envolvente, pero también como perteneciente al mundo mismo, al ente en su totalidad.
Al final de la conferencia, a la pregunta por la nada se le asigna un lugar dentro de la metafísica a la par que a la pregunta por el ser. Ambas confluyen en la pregunta de la metafísica (leibniziana): ¿por qué el ente en general en vez de la nada? (1976b: 22).46 A tenor del texto esta pregunta debe emanar necesariamente de las dos preguntas que constituyen la metafísica. Cuál sea la conexión entre nada, ser y ente en su totalidad es algo que en parte ha sido abordado en la conferencia, pero en modo alguno tratado exhaustivamente. Por eso este tema tan inextricable seguirá atareando al proyecto metafísico y posmetafísico de Heidegger.
A partir del semestre de verano de 1930, cuando Heidegger parece haber renunciado a la palabra metafísica para denominar su ideario filosófico, en las lecciones subsiguientes o interpretaciones históricas de Hegel (GA 32),47 Aristóteles (GA 33), Platón (GA 34), Anaximandro y Parménides (GA 35), la pregunta por el ser es ya la pregunta de la filosofía en vez de ser la pregunta de la metafísica, como ya se ve con mayor claridad en la lección del semestre de verano de 1933 (2001: 3 ss.), en que el título de metafísica queda reservado para la filosofía anterior y no ya para la suya propia. La filosofía de la tradición se interpreta ya en clave de ontoteología, que culmina en la onto-teo-lógica de Hegel (Heidegger, 2001: 75-77).48 A la vez Heidegger (1998) desbroza en la lección del semestre de verano de 1934 un nuevo camino con reflexiones sobre la lógica y el lenguaje,49 iniciándose así a partir del semestre de invierno de 1934-1935 un ciclo de lecciones sobre Hölderlin que serán prolongadas hasta la quinta década del siglo.
Pese al licenciamiento del término metafísica en la primera mitad de la década de 1930 para designar la filosofía, vuelve a plantear directamente el problema de la metafísica en la lección del semestre de verano de 1935 Introducción a la metafísica y lo hace retomando lo que había dicho en su conferencia ¿Qué es metafísica?, según la cual la metafísica se cifraba en la pregunta ¿por qué es el ente en vez de la nada? En 1935 Heidegger distingue claramente la metafísica, que pregunta por el ente en cuanto tal, y la filosofía, que pregunta por el ser en el ejercicio de la diferencia ontológica (1976a: 20 ss.), por lo que abandona pronto la cuestión propuesta para adentrarse en otros temas como el ser, la historia, el lenguaje. Con esta lección se deja definitivamente tras de sí la metafísica como ideario filosófico, sin que por ello desaparezca la temática misma inscrita en la metafísica anteriormente esbozada, como es la pregunta por el ser (en vez del ente en cuanto ente) y por el ente en su totalidad, visto ya bajo el concepto griego de ϕύσις, que reemplaza en esos años el problema del mundo. El ideario metafísico de Heidegger no hace sino clarificarse aún más, al pasar ya a ser un ideario filosófico sin más, pero los temas permanecen los mismos pese a su transformación.
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1. En el comentario a este pasaje Friedrich Wilhelm von Herrmann (1987: 382-397) se esfuerza en destacar lo propio de la ontología de Heidegger frente a la ontología tradicional y alude al sentido de lo universal, que lo pone en relación con el überhaupt, pero sin aclarar el sentido especial que este término toma en esas lecciones y en Heidegger en general. Sobre el sentido de “universal” en Ser y tiempo véase más adelante en este trabajo.
2. Cf. Heidegger (1978: 125). En ese pasaje se define la “metafísica del Dasein” y equivale a una aclaración (Aufhellung) de la constitución del ser del Dasein.
3. “ταῡτα (scilicet: τὸ ἕν καὶ τὸ ὄν) γὰρ ἔστι καθόλου μάλιστα πάντων” (Aristóteles, Metafísica, B 4, 1001 a 22).
4. Heidegger se ocupa de este tema en relación con Aristóteles en Aristoteles: Metaphysik Θ, 1-3 GA 33. Vom Wesen und Wirlichkeit der Kraft (1981, §§ 4-6: 26-48). En Ser y tiempo y en Los problemas fundamentales de la fenomenología se cifra la unidad en la conjunción de temporalidad y temporaneidad.
5. En ese pasaje se enumeran varios sentidos de ser: el hecho de que es, el ser así, la realidad, el estar en frente, la consistencia (Bestand), la validez, el estar ahí, el “hay”.
6. “Sein ist jeweils das Sein eines Seienden” (Heidegger, 1977a: 9).
7. Es en las lecciones inmediatamente posteriores a Ser y tiempo en los semestres de verano de 1927 y de invierno de 1927-1928 cuando Heidegger emplea el término y aclara pormenorizadamente el concepto de ontología regional y la relación de esta con la ciencia particular respectiva (cf. 1989: 15-19; 1977b: 17-39, pasaje capital).
8. Cf. überhaupt (Heidegger, 1977a: 13).
9. Esto va más allá de lo que dijo en Sein und Zeit.
10. Por eso ve en la horizontalidad de los éxtasis temporales la esencia de la finitud del tiempo mismo y por ende del ser del Dasein: “Zeit ist selbst das innerste Wesen der Endlichkeit des Daseins” (Heidegger, 1992b: 46).
11. Ahora bien, la ontología es primeramente ejercicio de la diferencia ontológica y luego explicación del ser mismo.
12. Cf. Heidegger (1989: 16): “Die Philosophie muß sich aus sich selbst als universale Ontologie rechtfertigen”.
13. Cf. Heidegger (1977a: 42): “Das «Wesen» des Daseins liegt in seiner Existenz”; “der Vorrang der «existential» vor der essentia” (43).
14. Sobre este tema véase Uscatescu (1992). Hasta ahora no he visto monografía o artículo alguno ni tratamiento de alguna extensión en parte alguna, dejando de lado menciones más breves o solo monolineales. Incluso ni en léxicos ni en la nueva concordancia se registra el término como lema, exceptuados los más familiares de essentia, existentia o Wesen, Existenz, aunque el término se mencione repetidas veces, aún más a menudo se repare en la cosa misma en las lecciones entre 1927 y 1932 y, en fin, la cuestión sea aludida hasta sus últimos escritos. Hay que notar la importancia que Heidegger sigue otorgando a este problema después de 1927. Por ejemplo, en la lección del semestre de verano de 1928 se propone la destrucción de la teoría leibniziana del juicio en siete pasos. El sexto paso se intitula “Concepción fundamental del ser en general: essentia y conatus existentiae” (1978: 37). Heidegger desiste del empeño por razón de economía lectiva, pero el motivo último es que habrían sido necesarios una notable ampliación de la consideración filosófica y un análisis más detenido de los textos, por otra parte, muy escasos y dispersos, sin mencionar lo arduo del examen de las profundas raíces teológicas (teodicea) en el sistema leibniziano (cf. Heidegger, 1978: 123). Aunque en ese pasaje citado remita a Die Grundprobleme der Phanomenologie (GA 24), hay en esta lección otros pasajes muy interesantes en que retoma la cuestión de la articulación fundamental. En el primero señala cómo Max Scheler calificó de imposibles el realismo y el idealismo por fracasar en su intento de querer aclarar la relación entre essentia y existentia (véase Idealismus - Realismus, aparecido de forma póstuma en 1927-1928, ahora recogido en las obras completas de Scheler, 1976: 183-241). En un segundo pasaje (Heidegger, 1978: 192-194), menciona la articulación fundamental como el segundo problema de la ontología. Asimismo, en la lección del semestre estivo de 1929 (1992b: 43), aun sin mencionarse el término, se alude a la cosa misma.
15. Implícitamente se halla este análisis en Sein und Zeit, parágrafos 15-18, pero explícitamente se lleva a cabo en Die Grundprobleme der Phanomenologie (1989: 432-433).
16. Cf. Sobre Descartes: Heidegger (1989, §§ 13-15; 1977a, §§ 19-21).
17. Sobre este trío de verdades se explaya ampliamente Heidegger en la lección del semestre de invierno de 1928-1929 con el título Introducción a la filosofía (1996a: 105 ss.).
18. En mi libro Die Grundartikulation des Seins (1992: 303-315) hago un esbozo de lo que es esa idea del ser basándome en Ser y tiempo, las lecciones de Marburgo y la lección de Friburgo del semestre invernal de 1929-1930 (Heidegger, 1983) así como en los escritos antes de la Kehre. A esta idea del ser pertenecen también el fundamento (Grund: Heidegger, 1983: 138, 282-283) y la identidad (Heidegger, 1996: 92-105).
19. Cf. Alexander G. Baumgarten (1757: 1): “Metaphysica est scientia primorum in humana cognitione principiorum”.
20. Cf. mi estudio “El concepto de metafísica en Suárez: su objeto y su dominio” (1995: 215-236). El trabajo toma en consideración todas las disputaciones –y no solo la primera– para poder elaborar mejor el concepto suareciano de metafísica.
21. Cf. nota 28 de este trabajo.
22. En ese pasaje Heidegger no habla de las ontologías regionales, sino, utilizando un circunloquio, de “las ontologías que anteceden a las ciencias particulares” respectivas (1989, 1977b) con el término técnico de origen husserliano “ontología regional” (1977a, § 7: 27). Por otro lado, en su opus magnum la cuestión del ente en su totalidad no es explícitamente planteada. El término lo emplea en 1913 Edmund Husserl (1976a: 23) en Ideen zu einer reinen Phänomenologie und phänomenologischen Forschung.
23. Aristóteles (Metafísica, Γ 1, 1003a 21-22). Sobre la interpretación ontoteológica de la metafísica de Aristóteles propuesta por Heidegger véase Enrico Berti (2007: 85-103). Berti estudia críticamente el origen de la interpretación ontoteológica de Heidegger (Natorp y Jaeger), pero por desgracia solo se basa en Die Grundbegriffe der Antiken Philosphie (GA 22). Para este autor, que entona una palinodia de sus anteriores explicaciones de la metafísica de Aristóteles, deudoras de la tradición en la que Heidegger también se inscribe, la filosofía primera versa sobre las causas del ente en cuanto ente (objeto unitario), especialmente de los primeros principios, de los que lo divino forma parte, pero no exclusiva (Berti, 2007: 101). La discusión sobre si la exégesis ontoteológica se adecua a la idea que Aristóteles forjó de la metafísica queda fuera del ámbito del presente estudio.
24. Cf. Natorp (1888: 49 ss.). Ahí insiste en la doble tarea de la filosofía primera aristotélica, si bien no niega la unidad temática misma de esta (1888: 549).
25. Cf. la conferencia pronunciada en 1927 con el título Phänomenologie und Theologie, recogida en Heidegger (1976b: 47-77, en especial, 52).
26. Geschichte der Philosophie von Thomas von Aquin bis Kant (semestre de invierno 1926-1927, Heidegger, 1993b: 77-80 y 230-231). En la lección del semestre de verano de 1928, Heidegger está dispuesto a admitir que su ontología fundamental, en virtud del sesgo radicalmente existencial que le imprime, toma la apariencia de un ateísmo radical y extremadamente individualista (1978: 177), llegando incluso a dar por buena la acusación de ateísmo en sentido óntico (1978: 211, n. 3).
27. Xavier Zubiri, quien asistió a cursos de Heidegger en Friburgo, recogió esta interpretación en su curso de 1931-1932 profesado en la Universidad Central de Madrid bajo el título “Introducción a filosofía: la metafísica de Aristóteles”, publicado ahora en Cursos universitarios I (Zubiri, 2007). En general la lección recoge no pocas ideas tomadas de las lecciones y los seminarios de Heidegger, unas veces sin más como ideas erráticas, otras veces siendo retocadas o modificadas notablemente. En ocasiones llega a mencionarse a Heidegger, del que Zubiri se confiesa discípulo. El editor de los textos zubirianos habla de la originalidad total del enfoque zubiriano (Zubiri, 2007: VII). Tal juicio no parece descansar en conocimiento de los textos ahora disponibles de Heidegger. Según el mismo editor, Zubiri profesó estos cursos ahora publicados entre septiembre de 1931 y diciembre de 1935 tras su reincorporación a la universidad después de dos años de estudio en Alemania al parecer con Heidegger. Según Ángel Xolocotzi Yáñez, quien ha tenido acceso a la documentación universitaria in situ, Zubiri estudió, sin embargo, solo un año bajo la dirección de Heidegger asistiendo en el semestre de invierno de 1928-1929 a la lección “Introducción a la filosofía” (ahora en GA 27) y al Oberseminar con el título “Los principios ontológicos y el problema de las categorías”, y en el semestre de verano de 1929 a la lección “El idealismo alemán: Fichte, Schelling y Hegel” (ahora en GA 28) así como al Proseminar titulado “Sobre realismo e idealismo” (Xolocotzi, 2013: 182). De estas lecciones –no hay que olvidar naturalmente los textos que hasta la fecha había publicado el mismo Heidegger– pueden advertirse bastantes de esos préstamos. Pero, a juzgar por algunas ideas, pudiera haber seguido algún curso posterior. Dejo solo apuntado este asunto, pero no sin dejar de señalar el interés del estudio de los numerosísimos préstamos zubirianos de Heidegger en su curso universitario madrileño tanto por lo que atañe a la génesis y el desarrollo del pensamiento de Zubiri cuanto a la recepción y difusión de la filosofía de Heidegger.
28. “Gerade im Horizont des radikal gestellten Seinsproblems zeigt sich, daß all das nur sichtbar ist und als Sein verstanden werden kann, wenn eine mögliche Totalität von Seiendem schon da ist. Hieraus ergibt sich die Notwendigkeit einer eigentümlichen Problematik, die nun das Sein im Ganzen zum Thema hat. Diese neue Fragestellung liegt im Wesen der Ontologie selbst und ergibt sich aus dem Umschlag, ihrer μεταβολή. Diese Problematik bezeichne ich als Metontologie. Und hier im Bezirk des metontologisch-existenziellen Fragens ist auch der Bezirk Metaphysik der Existenz (hier erst läßt sich die Frage nach der Ethik stellen” (Heidegger, 1978: 199).
29. Como no podía ser de otro modo, este término ha suscitado una cierta controversia. Mientras que al principio se interpretó de una forma más ajustada al texto en que se testimonia el término, como puede verse por ejemplo en mi trabajo Die Grundartikulation des Seins (1992: 12) y también en el de Jean Greisch (1994: 481-483). Con el andar del tiempo se han ido formulando otras interpretaciones. El mismo Greisch en su contribución titulada “Der philosophische Umbruch in den Jahren 1928-1932” (2013: 92), interpreta la met-ontología como transformación de la ontología fundamental en “metafísica del Dasein”, que él verá desarrollada en Heidegger (1996a: 93). Greisch no aporta texto alguno; además, por la temática, esta “metafísica del Dasein” “met-ontologizada” no se correspondería con la met-ontología, que no se limitará a ofrecer una ontología regional del Dasein. En todo caso, no se podría admitir –esto no lo sugiere Greisch– tampoco una equivalencia de la “metafísica del Dasein” con la ontología regional del Dasein apuntada y distinguida de la Daseinsanalytik en Ser y tiempo mismo. En un pasaje importante ya citado (véase nota 28) el mismo Heidegger incluye la “metafísica de la existencia” en esa met-ontología. Aunque la expresión pueda ser equivalente a la “Metaphysik des Daseins” en Kant y el problema de la metafísica (GA 3), porque Dasein es tomado en un sentido muy amplio, el texto de 1927 deja bien claro que la existencia y el Dasein es solo un sector de la realidad y por tanto solo una parte de la met-ontología, por lo que en ningún caso el giro postulado puede serlo solo a esa metafísica existencial del Dasein. Otra interpretación más sostenible es la que presenta François Jaran (2010: 167-170). En este caso la met-ontología será la ciencia teológica de Aristóteles sin más. Pues, así como la ontología fundamental en cuanto elaboración de la pregunta por el ser se corresponderá con la filosofía primera de Aristóteles entendida como ciencia del ente en cuanto ente, la met-ontología equivaldrá necesariamente a la ciencia teológica. Aunque la correspondencia postulada sea muy sugerente y encuentre apoyo, eso sí algo remoto, en algún texto, no es del todo exacta como tampoco es exacta la correspondencia entre el objeto de la met-ontología, el ente en su totalidad, y el objeto o tema de la ciencia teológica aristotélica, lo divino, como confío en mostrar en las líneas siguientes. Finalmente, quisiera salir al paso de un posible malentendido. En Gesamtausgabe 26 (1978: 201) la alteración o conversión de la ontología en met-ontología se denomina también Kehre (“giro”). Aquí se trata evidentemente del paso o giro que da la ontología después de haber llevado a cabo el análisis de la temporalidad del ser (temporale Analytik) hacia la met-ontología, esto es, hacia la totalidad de los entes. La Kehre del pensar heideggeriano después de 1936 es, en cambio, el giro hacia al ser como acontecimiento. No hay, pues, nada más dispar que una Kehre como giro desde el ser hacia los entes en su conjunto y la Kehre del pensar el ser como acontecimiento.
30. Sobre este aspecto de la interpretación de Heidegger (1978: 199) del concepto aristotélico de metafísica, véase Jean-François Courtine (2005: 83-99).
31. Cf. Heidegger (1992a: 221-223; 1993a: 149-151, 286-288). Este texto es más esquemático y parco que el anterior, que resulta así más rico y más aprovechable para interpretar mejor la idea que Heidegger se forjó de la bifrontalidad de la metafísica de Aristóteles.
32. Jaran (2010: 183-184) asigna en su interpretación de este pasaje a la teología exclusivamente el tratamiento del ente en su totalidad, pero no es lo que Heidegger dice aquí.
33. Cf. Zubiri (2007: 246). En este pasaje Zubiri recoge la interpretación heideggeriana de θεῑον como “momento absoluto de la naturaleza” frente al θεῑον o “Dios personal”. En las dos lecciones a las que asistió Zubiri no se menciona, sin embargo, esa idea, que, por otra parte, muy bien pudiera estar circulando ya entre los estudiantes.
34. Así, Jean-François Courtine (2005: 123-152), quien, sin embargo, no identifica la theiologia o la teología aristotélica con la met-ontología.
35. Esta es la interpretación propuesta por Jean Greisch (1994, nota 34) y que Jaran desarrolla in extenso (2010, especialmente 19 ss., 125-128). Para estos autores la “metafísica del Dasein” es el título del ideario metafísico que Heidegger profesa en esos años posteriores a Ser y tiempo. La interpretación de Jaran corre pareja con la idea de que la “metafísica del Dasein” se corresponde con el proyecto kantiano de una metafísica conforme a la naturaleza humana. Pese a la proximidad de los planteamientos kantiano y heideggeriano, no parece nada claro que por de pronto tanto Heidegger como Kant pretendan elaborar una metafísica natural; además, Heidegger entiende la naturaleza humana de una forma bien distinta a Kant. Básandose en Kritik der reinen Vernunft B 21-22 Heidegger (1984: 205-206) interpreta a Kant de modo que este concibe la naturaleza humana como vertida a la idea de Dios, alma y mundo, pero tal metafísica es rechazada por Kant mismo en su dialéctica.
36. Cf. notas 29 y 35.
37. Obsérvese el testimonio más temprano de este término en Gesamtausgabe 24 (1989: 23).
38. Sobre las relaciones entre Scheler y Heidegger consúltense Otto Pöggeler (1994: 166-203). Sobre temas más especiales, véase Enrique Muñoz Pérez (2013). En estas monografías no se trata este asunto especial que nos ocupa, pero sí los textos que aquí comentamos a la luz de la cuestión concreta del presente estudio.
39. Esto se ve en la lección de semestre de verano de 1929 en Gesamtausgabe 28 (1992b: 10-20), en especial las páginas 14-18, y en la conferencia “Philosophische Anthropologie und die Metaphysik des Daseins” pronunciada el 24 de enero de 1929 y ahora recogida en Vorträge. Teil 1, 1915-1932 (2016: 215-251), pero, sobre todo Kant und das Problem der Metaphysik (1991: 208-218).
40. Sobre la antropología filosófica, véase Heidegger (2016: 223-229). Aquí rechaza la antropología filosófica como núcleo de la filosofía por el límite interno de la misma disciplina (Heidegger, 1991: 212; 2016: 227). Es decir, la antropología filosófica no se fundamenta a partir de sí misma, sino a partir de la esencia de la filosofía, esto es, del problema fundamental de esta, que es la pregunta por el ser. La razón estriba en que el “hombre” es básicamente comprensión de ser.
41. Véanse las aclaraciones de lo que es el Dasein en la lección del semestre de verano de 1928 sobre Leibniz (Heidegger, 1978: 171-177).
42. En las lecciones dedicadas al idealismo alemán en los semestres siguientes el tema de la finitud es recurrente como Leitmotiv en los pasos de la elucidación de los principios filosóficos del idealismo en los que precisamente se prima la incondicionalidad (Heidegger, 1997: 52-57), donde se insiste en la finitud del ser mismo. Esto es índice cierto de que la cuestión de la finitud del Dasein y del Seinsverständnis tiene una gran importancia en esa fase del pensamiento heideggeriano, a pesar de la escasez de aclaraciones en alguna medida pormenorizadas del asunto.
43. Cf. Heidegger (1996a: 324). Poco antes Heidegger dice que la filosofía se dirige a la vez al ser y al ente en su totalidad (1996a: 219).
44. Cf. Heidegger (1996a: 391-395). En ese pasaje los problemas de la filosofía son los mismos que los de la metafísica, expresada ya en la definición de filosofía primera de Aristóteles al interpretar καθόλου no como “en general”, sino como “en su totalidad”. Cf. Heidegger (1996a: 249): “Metaphysik ist Erkenntnis des Seienden als solchen (ὂν ᾗ ὄν) im Ganzen (καθόλου)”.
45. En este pasaje Aristóteles se esfuerza por mostrar la conexión de la expresión aristotélica con la predicación y la sensación y estudia la diferencia entre καθόλου y lo concreto (καθ᾽ἕκαστον). Por cierto, Zubiri (2007: 162 ss.) también interpreta καθόλου del mismo modo que Heidegger.
46. Sobre la interpretación que Heidegger hace de Leibniz, véase Neumann (2017: 27-75).
47. En esa lección Heidegger describe su ideario metafísico en Ser y tiempo como ontocronía (Ontochronie) por comprender el ser a partir del tiempo (1997: 144). Con ello no se reescribe su ideario metafísico; por el contrario, se clarifica aún más.
48. Sobre la ontoteología como estructura pivotal de la filosofía tradicional desde Platón hasta Hegel y después según la interpretación de Heidegger, véase mi artículo “Metaphysik als Ontotheologie: Zur Rekonstruktion der Heideggerschen Auffassung der Geschichte der Philosophie” (2010: 165-182).
49. Véase mi reseña (Uscatescu, 1996: 195-214) a la edición pirata del texto hecha por Víctor Farías a partir de los apuntes de Helene Weiss.
Ceticismo, verdade e necessidade existencial*
Róbson Ramos dos Reis
1. Necessidade da verdade e interpretação fenomenológica do ceticismo
De acordo com a analítica existencial de Ser e Tempo, a identidade dos entes que desfrutam do modo de ser da existência é formada por projeção em possibilidades herdadas. A primazia do possível sobre o efetivo, explicitamente afirmada por Heidegger (1977: 191), sugere que as demais categorias modais não possuiriam correspondentes na dimensão existencial.1 Não obstante, não há um impedimento de princípio para conceber a existência como dotada de outras estruturas modais e que também as noções de efetividade e necessidade possam ser apresentadas em termos existenciais. Mais do que uma suposição, pode-se constatar na analítica existencial de Ser e Tempo a ocorrência de enunciados que expressam um condicionamento necessário entre estruturas e fenômenos existenciais.2
Heidegger declarou, por exemplo, que “a sintonia (Stimmung), que já abriu a cada vez o ser-no-mundo como um todo e faz possível pela primeira vez todo dirigir-se para…” (1977: 182). Considerando que as sintonias afetivas estão referidas à estrutura existencial da Befindlichkeit e que a expressão “dirigir-se para…” denota a intencionalidade dos comportamentos, segue-se que Stimmung e Befindlicheit são necessárias para que seja possível a intencionalidade.3 Assim sendo, a ocorrência de enunciados flexionados na modalidade do necessário é um forte indicador da presença da necessidade no modo da existência.
O problema modal é especialmente visível quando se considera uma das mais fundamentais relações de condicionamento que é enunciada na analítica existencial: a verdade em sentido originário –a transcendência compreensiva do ser-aí para os modos de ser– é condição de toda intencionalidade. Todavia, essa relação de condicionamento é modalizada como necessária, ou seja, deve-se pressupor a verdade em sentido originário:
Nós devemos pressupor a verdade, ela deve ser como abertura do ser-aí, assim como este mesmo deve ser como a cada vez meu e este. Isto pertence ao essencial estar lançado do ser-aí no mundo. O ser-aí decidiu alguma vez livremente, e poderá alguma vez decidir, se quer ou não vir à “existência”? “Em si” não se pode ver de modo algum por que o ente deve ser descoberto, por que deve ser verdade e ser-aí. A refutação usual do ceticismo, da negação da verdade ou da cognoscibilidade da “verdade”, fica a meio caminho. (Heidegger, 1977: 302)
A pressuposição de verdade é necessária, ou seja, não se pode negar que acontece a compreensão de ser que condiciona os comportamentos intencionais. A referência ao ceticismo neste contexto é natural, pois uma possível formulação do ceticismo é precisamente a negação da verdade. Deste modo, um exame da abordagem fenomenológica do ceticismo se apresenta como relevante para elucidar o estatuto modal da pressuposição da abertura para ser e, hipoteticamente, para uma tematização do significado existencial de “necessidade”.4
Nas sumárias observações que Heidegger registrou sobre o ceticismo verifica-se um duplo movimento. O primeiro toma em consideração o entendimento tradicional do ceticismo como resultante de uma atitude teórica. Neste registro, é introduzida uma distinção que permite, de um lado, uma operação de dissolução de pseudoproblemas e, de outro, uma apropriação construtiva que concebe o ceticismo como integrante de uma investigação mais ampla. O segundo movimento é uma breve indicação que aponta para uma acepção não teórica, mas existencial do ceticismo. Uma interpretação fenomenológica resulta, portanto, numa eliminação das pressuposições que dão lugar aos problemas que fomentam as refutações do ceticismo, bem como uma construção que reconhece o cético como alguém que leva a cabo uma inspeção e, no limite, um modo extremo de existir.
2. Pseudoproblemas no ceticismo e nas suas refutações
O ceticismo pode ser compreendido como uma atitude teórica da qual resulta um conjunto de concepções filosóficas, por exemplo, a negação da existência ou da cognoscibilidade da verdade. Assim entendido, este conceito é usualmente reconhecido como um obstáculo fundamental a ser removido na filosofia da Lógica. De outro lado, a forma moderna do ceticismo, gerada a partir do problema cartesiano da prova da existência do mundo externo à mente, é reconhecida por Heidegger no âmbito do assim chamado “problema da realidade” (1977: 273).5 Diante destas concepções supostamente fundamentais, a fenomenologia hermenêutica não julga como filosoficamente apropriado empreender uma refutação. Não se trata de responder criticamente às negações céticas, mas de identificar e recusar as suas pressuposições implícitas.
Com a dissolução das pressuposições a questão é resolvida criticamente. Entre estas pressuposições situa-se, por exemplo, uma noção exclusivamente proposicional de verdade, uma subjetivação equivocada da noção de intencionalidade (1976a: 83-84), um primado irrestrito da atitude teórica e da exigência de prova, e uma transgressão categorial na determinação do ente capaz de conhecimento e verdade. Tais pressuposições dão origem aos programas de fundamentação da Lógica e da epistemologia, gerando internamente as variantes do ceticismo como negação da verdade ou da realidade do mundo exterior.
Algumas destas pressuposições estão presentes no que Heidegger denominou de “refutação usual” do ceticismo, tendo em vista provavelmente aquela elaborada por Husserl (1968, I, capitulo VII) em suas Investigações Lógicas. Neste contexto, a refutação do psicologismo é uma tarefa propedêutica para o estabelecimento dos fundamentos da Lógica. Nas variadas formas de psicologismo Husserl identifica diferentes tipos de relativismo. Genericamente entendido, o relativismo implica o que pode ser chamado de “teoria cética”, cuja formulação esquemática resulta na conjunção de três sentenças: r) não há verdade; s) não há verdade eterna; t) uma proposição é verdadeira quando é reconhecida como verdadeira. Esta formulação evidencia a inconsistência da teoria cética, porque ela é a asserção de que a conjunção (r, s, t) é eternamente verdadeira independentemente de ser reconhecida como tal. Exibir essa inconsistência é a refutação usual do ceticismo. A observação de que esta refutação fica a meio caminho é elucidada Heidegger nos seguintes termos:
O que ela mostra, numa argumentação formal, é unicamente que, quando se julga, verdade é pressuposta. É a indicação de que “verdade” pertence ao enunciado, e de que o mostrar é, segundo seu sentido, um descobrir. Nisso permanece sem esclarecer por que isto deve ser assim, onde reside o fundamento ontológico dessa necessária conexão ontológica entre enunciado e verdade. Do mesmo modo, permanece totalmente obscuro o modo de ser da verdade e do sentido do pressupor e de seu fundamento ontológico no ser-aí mesmo. Além de que se desconhece que, também quando ninguém julga, verdade já foi pressuposta, na medida em que em geral o ser-aí é. (Heidegger, 1977: 302)
Em resumo, compreendido como uma atitude teórica –por exemplo, como a negação da verdade– o ceticismo não precisa ser refutado, mas desaparece como problema quando suas pressuposições são dissolvidas. A refutação comum do ceticismo, por outro lado, não apenas partilha destas mesmas pressuposições, mas é insuficiente como elucidação do complexo de questões referidas ao fenômeno da verdade.
Aprofundando a operação de eliminação de pseudoproblemas, Heidegger também levanta a suspeita de que apresentar o ceticismo como negação da verdade pode ser parte de uma estratégia retórica: “Talvez este ceticismo seja apenas a construção do oponente, que gostaria de refutá-lo para assegurar-se a si mesmo pelo caminho da refutação” (1976b: 21).
Com a suspeita crítica sobre a apresentação do significado do ceticismo em termos negativos abre-se uma linha construtiva de entendimento, segundo a qual o ceticismo seria uma atitude teórica investigativa pertencente a um complexo mais amplo de perguntas:
A questão –o que é verdade?– é certamente a questão fundamental, não no sentido de que ela tenha o problema do ceticismo como já de antemão eliminado por si mesmo, mas no sentido de que este problema a ela pertence essencialmente como o conjunto de perguntas pela condição de possibilidade da verdade em geral. (1976b: 22)
Heidegger sustenta, portanto, que o problema do ceticismo integra a questão da verdade, não em termos negativos, mas como parte do contexto de perguntas sobre a condições da verdade em geral. Deste modo, certa legitimidade é concedida ao ceticismo, na medida em que originado de uma oposição em parte correta ao absolutismo e dogmatismo do conceito de verdade:
Propor verdades eternas segue sendo uma afirmação fantástica, do mesmo modo como resulta um mal-entendido ingênuo crer que, se somente há verdade enquanto o ser-aí existe, ela foi entregue ao relativismo e ao ceticismo. Ao contrário, as teorias do relativismo e do ceticismo surgem de uma oposição em parte correta contra um dogmatismo e absolutismo equivocado do conceito de verdade, o qual tem seu fundamento no fato de que se toma superficialmente o fenômeno da verdade como determinação do sujeito ou do objeto, ou então, quando ambos não procedem, como algum terceiro reino do sentido. (1976a: 316)
Como atitude teórica, portanto, o ceticismo toma parte na investigação sobre as condições da verdade, originando-se de uma oposição às determinações da verdade com base nos conceitos de sujeito e objeto ou, inclusive, com base na postulação de um âmbito não físico nem metal, o terceiro reino do sentido válido. Observa-se que, neste contexto, o ceticismo continua sendo compreendido como uma atitude teórica, cuja origem seria em parte justificada. Não obstante, Heidegger diferencia em Ser e Tempo um significado de “ceticismo” que não corresponde a uma atitude teórica.
3. Ceticismo ontológico-existencial e a necessidade da verdade
Nem o cético pode ser refutado, nem o ser da verdade pode ser demonstrado. Assim se pronuncia Heidegger (1977: 302-303) numa passagem muito densa:
Um cético não pode ser refutado, tão pouco como o ser da verdade pode ser “demonstrado”. O cético, se ele facticamente é no modo da negação da verdade, também não precisa ser refutado. Na medida em que é e se compreendeu neste ser, ele terá extinguido, no desespero do suicídio, o ser-aí e com isso a verdade. A verdade não pode ser demonstrada em sua necessidade, porque o ser-aí não pode por ele mesmo submeter-se à demonstração.
O texto apresenta a negação de dois enunciados modalizados sobre refutação e demonstração. A negação da possibilidade de refutação do cético baseia-se no significado existencial de ceticismo. Existir no modo da negação da verdade é a maneira de ser do cético, que não se define por sustentar uma opinião, mas por existir projetando-se em uma possibilidade existencial. Aqui não se trata, portanto, de um ceticismo dóxico derivado de uma atitude teórica, mas de uma práxis na vida, um ceticismo ontológico existencial (Fehér, 1998: 8).
Esta maneira de ser consiste na negação da verdade. “Verdade” refere-se à acepção originária que designa a abertura para ser, isto é, a transcendência para os modos de ser que constituem a normatividade dos comportamentos intencionais para com algo. Por sua vez, “negação” não designa uma operação executada sobre o valor de verdade de um enunciado. Assim sendo, “negação da verdade” não significa sustentar que sejam falsos os seguintes enunciados: “Existe verdade”, “Verdade é cognoscível”, “Há experiência intencional”, etc. “Negação” não deve ser entendida como uma operação, mas sim como privação. Portanto, a negação da verdade significa a ausência da abertura para ser que possibilita todo comportamento intencional e toda normatividade. Assim sendo, existir no modo da privação da abertura para ser é o que caracteriza o cético em sentido ontológico-existencial.
Para compreender porque o cético existencial não pode e não precisa ser refutado deve-se considerar a noção de refutação. “Refutação” designa usualmente a apresentação de uma evidencia da falsidade ou inconsistência de um enunciado, opinião ou concepção (ou de suas consequências). Deste modo, o cético existencial não pode ser refutado, porque, não sendo dóxico, não é capaz de refutação (ou confirmação) em sentido usual. Contudo, apesar de correto, este não é o sentido mais especifico em que não é possível nem requerida a refutação do cético existencial.
Em acepção existencial, “refutação” significa evidenciar que uma maneira de existir é inconsistente, ou seja, que sua específica determinação implica uma determinação oposta. Portanto, refutar o cético existencial significa mostrar que, caso ele seja facticamente no modo de ser da negação da verdade (a privação da abertura ontológica), então ele ainda tem abertura e intencionalidade, ou seja, não existe no modo da negação da verdade. Em suma, o ceticismo existencial é refutado existencialmente, porque o cético, determinando-se em uma maneira de existir, ainda não está privado de abertura ontológica. No entanto, esta análise implica prima facie que, ao contrário do que afirma Heidegger, o cético pode ser refutado. Para resolver essa dificuldade é preciso considerar as razões pelas quais o cético existencial não precisa ser refutado.
Heidegger ressalta que são requeridas duas condições para que se dê o caso do cético existencial: 1) se ele é facticamente no modo da negação da verdade e 2) se ele compreendeu a si mesmo neste ser. A primeira condição enuncia a característica existencial e não dóxica deste ceticismo. A segunda introduz uma cláusula adicional, cujo significado baseia-se na acepção técnica do termo “compreender” no âmbito da analítica existencial. Compreender é projetar-se em possibilidades existenciais. No caso do cético, projetar-se na possibilidade da negação da verdade, isto é, na ausência da abertura de ser e da experiência intencional de entes.
Quando estas duas condições estão satisfeitas, então o cético dissolveu de maneira extrema o ser-aí e a verdade. A abertura para ser e o próprio ser-aí são levados à extinção no desespero do suicídio.6 Conclui-se, portanto, que o cético existencial extinguiu a verdade no suicídio. Esta é propriamente a negação da verdade, mas com isso não resta nenhum existir em algum modo de ser. Seria preciso refutar o cético como existencialmente inconsistente, caso ele ainda estivesse em alguma maneira fáctica de existir. Como não há mais nenhuma maneira fáctica de existir, não é preciso refutá-lo.
A razão pela qual não é preciso refutar o cético revela também porque ele não pode ser refutado. Trata-se aqui de um sentido mais forte de impossibilidade, distinta daquela que resulta do fato do ceticismo existencial não ser dóxico. Para que uma maneira fáctica de existir possa ser internamente inconsistente é preciso que ela seja uma maneira de existir, ou seja, que nela aconteça a projeção em uma possibilidade existencial. Porém, compreender-se e projetar-se no modo da negação da verdade significa extinguir no suicídio o ser-aí e toda abertura. Por conseguinte, isto implica que não há mais nenhuma maneira de existir, o que suprime a condição que tornaria possível refutar o cético como existencialmente inconsistente. Em resumo, o cético existencial não está na atitude que possibilita a refutação em sentido usual, mas tampouco está na dimensão que permite a refutação em sentido existencial.
A impossibilidade de refutar o cético existencial evidencia que a verdade, a abertura para ser, pode deixar de ser o caso. No suicídio o cético extingue o ser-aí, evidenciando que verdade não é necessária. Contudo, se poderia objetar que a verdade é necessária numa outra acepção, na medida em que o suicídio do cético acontece a partir do factum do ser-aí e da verdade. É pensável, portanto, que o factum do ser-aí seja necessário. Para lidar com esta objeção, Heidegger correlaciona com o enunciado sobre a irrefutabilidade do cético um enunciado sobre a indemonstrabilidade do ser da verdade.
Inicialmente, Heidegger esclarece que a impossibilidade da prova do ser da verdade equivale a não ser possível provar a necessidade da verdade. A razão para que não seja demonstrável a necessidade da verdade supõe a correlação entre verdade, como abertura para ser, e o ser-aí. Provar que a verdade é necessária significa, assim sendo, provar que o ser-aí é necessário, no sentido de que o factum do ser-aí não poderia não ter sido o caso. Desta forma, a demonstração da necessidade da verdade requer a demonstração de que o ser-aí existe porque deveria existir, isto é, porque algum fator determinante tornou necessário o acontecer do ser-aí.
Para que esta alternativa seja pensável, no entanto, são requeridas duas condições: 1) que o ser-aí possa ser posto sob uma demonstração e 2) que possa ser por si mesmo submetido a tal demonstração. A demonstração em questão deve resultar na conclusão de que o factum do ser-aí é necessário. Contudo, a segunda condição exige que esta prova não contenha referência a fatores externos ao ser-aí, por exemplo, considerações sobre uma legalidade natural ou sobrenatural que teria feito necessária a ocorrência do ser-aí. Caso sejam pensáveis, estas considerações exigem um ponto de vista externo ao ser-aí, como, por exemplo, a perspectiva de um absoluto transcendente ou imanente à natureza. Uma restrição ao acesso filosófico a essa perspectiva pode ser lida na seguinte passagem:
Porém, nunca pode ser demonstrado que seja necessário ou eterno um ente do caráter do ser-aí, ou seja, um ente que segundo sua essência existe na verdade. Pode-se acreditar nisso a partir de fundamentos religiosos ou quaisquer fundamentos similares, mas não falamos de um conhecimento que, de acordo com seu sentido demonstrativo, estaria muito distanciado de ser apropriado para ser um fundamento de um conhecimento científico. Decidiu alguma vez um ser-aí facticamente existente, algum de nós enquanto tal pôde decidir livremente por si mesmo e poderá decidir por si algum ser-aí existente se quer ou não vir à existência? De modo algum. (Heidegger, 1976a: 316)
O ponto de vista que permitiria provar a necessidade da existência do ser-aí poderia ser adotado, mas não a partir de supostos filosóficos e científicos. Por conseguinte, não se pode provar a necessidade da verdade. É relevante frisar que se fosse dada uma situação em que se pudesse decidir querer entrar na existência, então essa decisão livremente voluntária tornaria pensável a existência necessária do ser-aí. Contudo, tal situação é excluída por princípio. Com base nestas considerações, a possibilidade de refutação do cético e de demonstração da necessidade da verdade é negada. No entanto, há uma objeção quase trivial a este resultado, pois ele será falseado com a simples exibição de uma demonstração de que há verdades eternas e de uma refutação do cético. Em razão disso, é preciso considerar a existência factual de tais provas.
4. Verdades eternas e o cético real
Após negar a possibilidade de refutação do cético e de demonstração da necessidade da verdade, Heidegger (1977: 303) considera outra correlação de enunciados. Desta feita, são dois enunciados factuais:
Assim como não está demonstrado que há “verdades eternas”, também não está demonstrado que alguma vez “houve” um cético “efetivo” – o que no fundo acreditam, apesar do seu próprio empenho, todas as refutações do ceticismo. Talvez tenha havido mais frequentemente do que imagina as tentativas dialético-formais de tomar de surpresa o “ceticismo”.
A menção da expressão “verdades eternas” é uma referência não explicita à refutação do psicologismo e do ceticismo apresentada por Husserl.7 Referindo-se criticamente à posição de Sigwart, Husserl sustenta que condicionar a verdade de um enunciado ao seu reconhecimento ou descoberta resulta numa consequência inaceitável.8 Por exemplo, caso a verdade do juízo que expressa a fórmula da gravitação seja condicionada pela descoberta feita por Newton, então antes dessa descoberta ele seria falso. Mais exatamente: haveria uma inconsistência entre este condicionamento e a intenção da afirmação de tal juízo, pois ela inclui a validade incondicionada no tempo. Tornar a verdade dependente do reconhecimento implica relativizá-la a vivências da consciência, que são temporalmente qualificadas e dotadas de início e fim no tempo. Ao contrário: a verdade é “eterna” ou supratemporal, afirma Husserl (1968: 127-128).
Diante deste argumento, a objeção de Heidegger baseia-se na análise da dependência da verdade proposicional em relação à verdade como abertura do ser-aí. Isto implica a relatividade da verdade ao ser-aí, o que, por certo, não significa psicologismo ou antropologismo. Ao contrário, antes da sua descoberta, um juízo não era nem verdadeiro nem falso. Por conseguinte, para provar a eternidade atemporal da verdade é preciso provar a atemporalidade de sua condição mais fundamental:
Que há “verdades eternas somente será suficientemente demonstrado quando se conseguir provar que o ser-aí foi e será por toda a eternidade. Enquanto esta prova faltar, a proposição não deixa de ser uma afirmação fantástica, que não ganha legitimidade porque os filósofos comumente nela “acreditam”. (Heidegger, 1977: 300)
Deste modo, assim como falta uma prova da atemporalidade da verdade, tampouco está disponível uma demonstração da necessidade da verdade. O enunciado sobre ausência de uma demonstração de que em algum momento existiu um cético real está relacionado com a falta de uma refutação efetivamente ocorrida do cético. Mais exatamente: se não está provado que alguma vez existiu um cético efetivo, então as pretensas refutações do ceticismo são baseadas numa construção. Talvez essa seja a construção de que retoricamente precisa o oponente do cético.
Naturalmente, avaliar se alguma vez existiu ou não um cético real depende do conceito de ceticismo que se maneja. Neste sentido, há um ponto filológico conceitualmente esclarecedor relacionado com a afirmação em questão. Aparentemente a afirmação da falta de uma prova da existência de um cético é inconsistente com a declaração sobre o cético existencial que dissolveu a verdade no suicídio. O tema foi detalhadamente examinado na literatura, que apontou uma correção feita por Heidegger na frase em questão. Até a 7ª edição de Ser e Tempo, a frase declarava que não estava provado que nunca (nie) existiu um cético. As edições posteriores trazem a alteração com a palavra alguma vez (je). Esta não é apenas uma correção estilística, pois promove uma completa inversão no sentido da frase. Quando se analisa a expressão “não está provado” em termos modais, resulta o operador “não é necessário”, ou seja, “é possível”.9 As duas versões da frase seriam as seguintes:
Nunca: Não é necessário que “um cético efetivo nunca existiu” ou é possível que “um cético efetivo tenha existido”.
Alguma vez: Não é necessário que “um cético efetivo existiu alguma vez” ou é possível que “um cético efetivo não tenha existido”.
A solução para a inconsistência originada com a substituição de “nunca” por “alguma vez” é encontrada quando se entende que a versão “nunca” lida com o conceito existencial de ceticismo. Neste caso, não estar provado que nunca existiu um cético existencial significa que é possível que o ceticismo existencial encontre instâncias nos atos suicidas ao longo da história (Fehér, 1998: 9). Com a mudança para a variante “alguma vez”, Heidegger está usando o conceito dóxico de ceticismo. Assim sendo, que não tenha sido provado que alguma vez existiu um cético real significa que não há evidências que alguém tenha efetivamente sustentado uma teoria cética. Pelo contrário, paira a suspeita de que esta não seja uma crença do cético, mas sim do seu oponente, que procura assegura a sua própria doutrina através da refutação de tal construção. A conjectura final na citação permite ser lida tanto com o conceito existencial de ceticismo, quanto a partir do entendimento do ceticismo como integrante da investigação sobre a verdade. Em todo caso, é plausível supor que não se trata do conceito de ceticismo como uma teoria que em seus enunciados nega a verdade de enunciados.
Em resumo, Heidegger sustenta que não estão disponíveis demonstrações de que há verdades atemporais e de que alguma vez existiu um cético real. A justificação desta negação representa uma resposta importante à estratégia que tenta falsificar factualmente a declaração sobre a impossibilidade de refutação do cético e de demonstração da necessidade da verdade. Todavia, estes resultados não são relevantes apenas para estabelecer uma noção de apropriada de ceticismo, mas contribuem para a abordagem do problema do estatuto modal da verdade.
5. A modalização da verdade
Heidegger sugere um conceito de ceticismo que não implica uma negação da verdade de enunciados, conjecturando que uma teoria cética que afirme a inexistência ou incognoscibilidade da verdade talvez seja uma construção retórica. Visto em outro aspecto, o ceticismo no plano dóxico integra o complexo de questões sobre as condições da verdade em geral. Além disso, diferentemente de qualquer atitude teórica, o ceticismo existencial refere-se a uma forma de projetar-se na possibilidade extrema que extingue no suicídio o ser-aí e toda verdade. Este cético não pode nem precisa ser refutado. Referindo-se a Sexto Empírico, Heidegger declara que, “para nós, céticos são aquele que duvidam apenas para duvidar; verdadeiramente, porém, eles são os que examinam [die Prüfenden]” (1998: 94).
Assim entendido, é consistente que o cético tenha ensinamentos para oferecer. Uma lição mais geral por ele ensinada relaciona-se com o estatuto modal da verdade. Com base na relatividade da verdade ao ser-aí, Heidegger argumentou que não é possível provar a necessidade da verdade: a verdade pode ser extinguida no suicídio e o ser-aí não pode ser posto sob uma demonstração. Não há, portanto, necessidade incondicional da verdade. Contudo, uma necessidade interna pode ser identificada no modo de ser da verdade. Neste caso, trata-se da necessidade que resulta do condicionamento de toda intencionalidade pela abertura para os modos de ser. Se há normatividade, então a verdade, a abertura para os modos de ser, está necessariamente pressuposta.
Por outro lado, a relatividade da verdade ao ser-aí não resulta na relativização dos veritadores dos enunciados justificados como verdadeiros. Ao contrário, tais enunciados promovem um descentramento do ser-aí, no sentido específico de que as proposições verdadeiras descobrem entes cujas determinações são independentes do ser-aí. Referindo-se ao exemplo das Leis de Newton, Heidegger sublinha qual é exatamente o modo de ser da verdade:
Que as leis de Newton não eram nem verdadeiras nem falsas antes dele não pode significar que o ente que elas mostram no seu descobrir não tenha sido antes. Essas leis se tornaram verdadeiras por meio de Newton; com elas o ente se tornou acessível em si mesmo para o ser-aí. Com o estar descoberto do ente, este se mostra precisamente como o ente que já era antes. Descobrir assim é o modo de ser da “verdade”. (1977: 300)
O modo de ser da verdade não oferece nenhuma necessidade incondicional, mas uma necessidade interna que, no caso específico das verdades enunciativas, permite o acesso a domínios de entes cuja existência e determinação não são relativas ao ser-aí. Sendo a abertura relativa ao ser-aí, refratário a toda prova e aniquilável no suicídio, o cético ensina que a necessidade da verdade é condicionada. No entanto, suas lições também se estendem para a dimensão modal da existência em geral.
6. Necessidade existencial
Oskar Becker (1952: 72-74) examinou os aspectos em que se pode encontrar um elemento modal de necessidade no modo de ser da existência. Baseando-se na distinção feita por Aristóteles, Becker descreve o necessário como sendo o compulsório, a força obrigante (die zwingende Gewalt). Segundo esta acepção, a necessidade existencial localiza-se na facticidade do ser-aí, dado que as possibilidades em que alguém se projeta estão limitadas por uma situação fáctica em que está lançado. No entanto, a situação enquanto tal é contingente, pois poderia ser outra qualquer. Dado que a opacidade derivada do estar lançado impede que se possa encontrar alguma legalidade explicativa do encontrar-se em uma situação específica, então esta é uma necessidade impura.
Essa mesma determinação modal também está presente na abertura para os modos de ser. Há uma força obrigante que opera na limitação da compreensão de ser que desvela os modos de ser, na medida em que ela está facticamente situada. Isso significa que a normatividade ontológica proporcionada pelos modos de ser é sempre situada, o que implica, certamente, uma limitação. Contudo, essa força constrangedora da facticidade da abertura para os modos de ser é relativa ao ser-aí, o qual, por sua vez, não pode ser demonstrado como necessário. Trata-se, portanto, de uma necessidade existencial condicionada, na medida em que, mesmo sendo limitadora da compreensão de ser e da normatividade ontológica, ela é contingente.
Entretanto, o cético existencial guarda uma derradeira lição sobre a necessidade existencial. Como foi visto antes, o ser-aí não pode ser provado como necessário, porque não decidiu chegar à existência. Contudo, o ser-aí e a verdade podem ser levados até a extinção no desespero do suicídio. A dissolução suicida da verdade aparentemente revela uma assimetria no constrangimento da existência, pois, diferentemente do chegar à existência, talvez a extinção da verdade e do ser-aí possa ser decidida. No entanto, o ceticismo existencial revela a continuidade da necessidade existencial, mesmo com o aniquilamento da existência. A rigor, esse contínuo do necessário na existência precisa ser compreendido com uma acepção diferente de “necessidade existencial”.
O ponto decisivo neste contexto é a interpretação do suicídio como fenômeno existencial. De acordo com a analítica existencial, entes que desfrutam do modo de ser da existência são determinados por possibilidades existenciais e a sua individuação é uma tarefa a ser cumprida. Neste marco teórico, o suicídio é interpretado como sendo a forma extrema de realização da tarefa essencial da existência:
O ser é para esse ente propriamente tarefa e possibilidade, e isso essencialmente; o ser-aí não pode se esquivar dessa tarefa e dessa possibilidade enquanto existe, mas precisa sempre e a cada vez, de um modo ou de outro, levar a termo essa tarefa. O suicídio é apenas uma forma extrema na qual a tarefa essencial da existência do ser-aí pode chegar a resolver-se. (1996: 325)
Ainda que de maneira extrema, o suicídio continua sendo uma forma de realização da existência, ou seja, de levar a termo a tarefa de determinar-se de um modo ou de outro, preservando a situação fáctica de possibilidades herdadas a partir da qual efetiva-se a projeção na dissolução do ser-aí e da verdade. Há, no entanto, algo mais que se revela no fenômeno existencial do suicídio. Com ele evidencia-se uma ambiguidade que mostra a presença integral de uma necessidade interna ao existir. O ponto é enunciado no Curso sobre o hino “O Reno”:
Com efeito, pensamos sermos nós quem dirige inteiramente o nosso ser e dele dispõe. Em certo sentido isso é verdadeiro, mas em certo sentido também é não verdadeiro, visto que nem entregamos a nós mesmos este ser (Seyn), nem podemos nos tirar deste seer; e mesmo no suicídio mais livre, se é que se pode saber o que aí deve significar livre, bem podemos nós próprios tirar o seer, mas nunca podemos tomar a nós e, por assim dizer, livrarmo-nos do seer, porque com a devastação do seer devastamo-nos a nós próprios, de modo que passa a faltar aquele que, agora, poderia “ser” (!) livre do seu seer. Precisamente aqui é que se mostra a singular relação do homem, enquanto um ente, com o ser deste ente. (1999: 175)
O suicídio é uma evidência de que se pode tirar o próprio modo de ser (a existência, o ser-aí, a verdade). No entanto, visto sob outro aspecto, continua havendo uma limitação interna ao poder-ser existencial. Não se trata, note-se bem, de uma negação da liberdade que supostamente estaria presente na consecução do suicídio. O limite refere-se à impossibilidade de tomar a si mesmo, extinguir o próprio ser-aí e a verdade, e ainda continuar sendo sem este modo de ser. Não há, portanto, uma assimetria do necessário na existência, pois a falta da autoria é contínua desde a entrega até a retirada do próprio modo de ser.
A lição que permanece da inspeção derradeira do cético, que dissolve o ser-aí e a verdade no desespero do suicídio, é que na dimensão da existência, mesmo sendo determinada como poder-ser, a necessidade é contínua. Entretanto, este fenômeno modal é capturado mais propriamente com o terceiro significado de “necessário” analisado por Becker. O necessário, neste caso, é o indubitável, o inequívoco, o inquestionável: o que simplesmente acontece porque deve acontecer e não pode acontecer de maneira diferente (Becker, 1952: 72).10 A verdade, a abertura do ser-aí para os modos de ser, apresenta-se como o que simplesmente acontece e não pode acontecer de modo diferente enquanto o ser-aí continuar existindo.
Conclusão
O exame de algumas declarações de Heidegger sobre o ceticismo permite extrair dois resultados gerais. De um lado, a interpretação fenomenológica dissolve as premissas que tornam possível o ceticismo (entendido como uma concepção teórica que nega a verdade e sua cognoscibilidade) e os seus antagonistas. De outro lado, a noção positiva de ceticismo resultante da construção fenomenológica fornece indicações relevantes para identificar um fenômeno modal de necessidade existencial. A diferença entre os conceitos dóxico e existencial de ceticismo, bem como as razões que sustentam a declaração de que o cético não pode ser refutado e a necessidade da verdade não pode ser provada, apontam para um conjunto de aspectos de natureza modal. Estes aspectos foram caracterizados com base na análise do conceito de necessidade feito por Oskar Becker. Inicialmente, a abertura para os modos de ser apresenta-se como necessária, no sentido de que os modos de ser são constituintes e determinantes de toda normatividade intencional. Trata-se do necessário como o indispensável que é requerido para os comportamentos intencionais. Em segundo lugar, a abertura para os modos de ser é sempre situada facticamente. Neste sentido, ela apresenta-se como uma força limitante que constrange facticamente os comportamentos intencionais e suas respectivas normatividades. Vista sob a perspectiva da abertura que faculta o acesso aos entes tais como são independentemente do existente humano, a transcendência para os modos de ser permite uma vinculação aos entes que é limitativa do poder-ser existencial. Por fim, entendido como o que não pode acontecer de maneira diferente, há uma continuidade do necessário na existência, que se evidencia no fato de que não se pode dar a si mesmo o próprio modo de ser, mas também não se pode dele retirar-se. Com o cético, portanto, aprende-se que o campo modal da existência não se esgota no possível, mas integra também, ao seu modo, um fenômeno complexo de necessidade existencial.
Referências
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* Este trabalho recebeu o apoio do CNPq/Brasil.
1. O tema foi explicitamente abordado por Becker (1952), Müller-Lauter (1960) e Mohanty (1999). Sobre o conceito de dimensão na obra de Heidegger, cf. Andrew Mitchell (2010, 2015: 121-128) e Reis (2018).
2. Neste ponto situa-se o conhecido problema da tensão entre as interpretações transcendental e existencialista de Ser e Tempo. O primado da possibilidade histórica favorece a leitura existencialista, ao passo que o reconhecimento de estruturas essenciais apoia a leitura transcendentalista. Uma via intermediária foi apresentada por Wayne Martin (2013), com base numa semântica exemplarista do termo Dasein, e também por Nate Zuckermann (2015), com base na noção de generalidade categorial.
3. Outros enunciados modalizados com operadores de necessidade foram identificados em Ser e Tempo por Wayne Martin (2013: 102-103).
4. Sobre o problema do ceticismo em Ser e Tempo, cf. Fehér (1998), Minar (1999: 288-293; 2001).
5. Sobre o ceticismo “cartesiano” e a refutação do idealismo, cf. Richardson (1986: 119), Stevenson (1993), Frede (1986).
6. Fehér (1998: 8, note 10) sugere que uma interpretação mais desenvolvida da afirmação sobre o suicídio poderia iniciar com um exame do conceito de desespero em Kierkegaard. Heidegger (1994: 439; 1996: 325; 1983: 426; 1999: 175) referiu-se ao suicídio em outras ocasiões. Contudo, uma análise sistemática do tema do suicídio na obra de Heidegger excede os limites do presente ensaio.
7. O ponto foi detalhadamente examinado por Fehér (1998: 12-13).
8. Sigwart respondeu criticamente às objeções de Husserl, caracterizando-as como baseadas em más-compreensões e implicando falsas consequências. Sobre o tópico exemplificado com as Leis de Newton, Sigwart (1904: 23) declara que hipostasiar proposições ao estatuto de essências independentes é mitologia.
9. Agradeço a Frank Sautter por essa observação sobre a análise modal de “estar provado que”.
10. Neste caso, porém, Becker identifica o necessário como sendo próprio do domínio Para-existencial, ou seja, do aspecto natural exterior à existência. O problema é complexo, porque no suicídio evidencia-se a relação de unidade entre os modos de ser da vida e da existência.
¿Se contrapone la analítica del Dasein a la antropología filosófica y a la biología? Una lectura crítica del parágrafo 10 de Ser y tiempo
Enrique Muñoz Pérez
Introducción
Algunas lecturas del pensamiento de Heidegger tienden a obviar apresuradamente la relación entre el programa de Ser y tiempo, la antropología filosófica y la biología. Tal parece que basta con interpretar correctamente el parágrafo 10 de la obra principal de Heidegger para dar por terminada la discusión. En otras palabras, dado que Heidegger sostiene allí que la analítica del Dasein tiene que ser diferenciada de ciertas disciplinas particulares, el desarrollo del problema antropológico y biológico a partir de la filosofía heideggeriana sería un esfuerzo inútil e innecesario.
Será necesario mostrar que los cuestionamientos e investigaciones hechos hasta ahora apuntando hacia el Dasein, sin perjuicio de su productividad en los respectivos campos de averiguación, yerran el verdadero problema, el problema filosófico, y que, por ende, mientras persistan en este error no pueden pretender siquiera estar capacitados para llevar a cabo aquello a que en el fondo aspiran. La fijación de los límites de la analítica existencial frente a la antropología, la psicología y la biología se refiere solamente a la pregunta ontológica fundamental. (Heidegger, 2009: 66-67)
La intención de este artículo es discutir esta interpretación del pensamiento heideggeriano, es decir, la pregunta orientadora es la siguiente: ¿es tan cierto que se contraponen la analítica del Dasein con la antropología filosófica y la biología? La hipótesis que pretendo sostener al respecto es que las críticas de Heidegger a la antropología filosófica y a la biología, que se expresan en el parágrafo 10 de Ser y tiempo, tienen algunas modificaciones relevantes unos años más tarde, por ejemplo, en la conferencia de 1929, denominada Antropología filosófica y metafísica del Dasein (GA 80), donde Heidegger esboza lo que podría llegar a ser una antropología filosófica de tintes “heideggerianos”. Algo similar ocurre con la biología, la que es leída filosófica o metafísicamente en la lección Los conceptos fundamentales de la metafísica: mundo, finitud, soledad (GA 29-30), donde Heidegger discute, entre otros, el concepto de animalidad con biólogos como Hans Driesch, Wilhelm Roux y Jakob von Uexküll. En el fondo, lo que quisiera mostrar es el ejercicio filosófico mismo de Heidegger que vuelve sobre sus planteamientos acerca de la antropología filosófica y la biología, modificando de manera importante su forma de pensar.
En consecuencia, este artículo se dividirá en tres partes: 1) “El lugar de la antropología filosófica y la biología al interior de Ser y tiempo”; 2) “El lugar de la antropología filosófica y la biología en el entorno de Ser y tiempo”, y 3) “Algunas consideraciones finales”.
1. El lugar de la antropología filosófica y de la biología al interior de Ser y tiempo
1.1. La insuficiencia de la antropología
Desde su publicación en 1927, Ser y tiempo es un texto que ha sido interpretado desde las más diversas perspectivas. La obra fundamental de Heidegger ha sido entendida, cuando menos, como una ruptura con la tradición metafísica occidental –que va, a juicio de Heidegger, de Platón a Hegel–, como una heterodoxa manera de interpretar la fenomenología de Husserl, como uno de los impulsos decisivos del pensamiento posmoderno o como una original, pero a la vez compleja, manera de comprender la condición humana. Sobre esta última manera de entender Ser y tiempo se pronunció el propio Heidegger explícitamente en desacuerdo. Hay que recordar aquí que la pregunta por la interpretación antropológica de Ser y tiempo fue planteada, entre otros, por Richard Wisser en el diálogo con Martin Heidegger a propósito de su octogésimo cumpleaños.1 Sin embargo, tal parece que este “provechoso malentendido” (Figal, 1999: 660) ha seguido permaneciendo.
No pretendo insistir en una interpretación antropológica de la mencionada obra de Heidegger, sino que busco esclarecer el rol que ocupa la antropología y la biología en Ser y tiempo, y bosquejar sus proyecciones en el entorno de esa obra. Por ello, comenzaré caracterizando a la antropología como “ambigua”, aunque “con proyección”.
La noción de “antropología” en Ser y tiempo es, sin duda alguna, “ambigua”. Heidegger, por ejemplo, utiliza expresiones como “antropología”, “antropología filosófica”, “antropología tradicional” e incluso “a priori de una antropología existencial”. Con los primeros usos, es decir, “antropología” o “antropología tradicional”, busca Heidegger deslindar, por un lado, metodológicamente la analítica existencial y, por otro, mostrar la insuficiencia ontológica de caracterizaciones del ser humano como “animal racional”, “imagen y semejanza de Dios”, “conciencia” o “sujeto”. Este es el objetivo principal del parágrafo 10 de Ser y tiempo.
Heidegger identifica ya en la definición griega de hombre como ζῷον λόγον ἔχον la mencionada situación –esto es, sus insuficientes fundamentos ontológicos–. La antropología tradicional, sostiene él, comporta lo siguiente:
La definición del hombre como ζῷον λόγον ἔχον, en el sentido de animal rationale. Ahora bien, el modo de ser del ζῷον es comprendido en este caso como estar-ahí y encontrarse delante. El λόγον es un acondicionamiento superior, cuyo modo de ser queda tan oscuro como el del ente así compuesto. (Heidegger, 2009: 70)
Con la noción del “estar-ahí” (Vorhandensein) y del “encontrarse delante” (Vorkommen) se asocia la ontología de la sustancia. Es sabido que para Heidegger Vorhandenheit es un sinónimo del término latino existentia. Esto es, el “estar-ahí” (Vorhandensein) describe sencillamente el modo de ser de las cosas que yacen ante nuestros ojos. El problema para Heidegger es que, en definitiva, la noción tradicional de existencia como Vorhandenheit iguala en su explicación al hombre, los animales y los objetos. Por eso mismo el Dasein “no es ni cosa, ni sustancia ni objeto” (Heidegger, 2009: 69).
Algo similar ocurre con la interpretación teológico-medieval del hombre. Si bien ella alcanza con el cristianismo una nueva perspectiva, según Heidegger, la mencionada interpretación es realizada con medios filosóficos que provienen de la ontología clásica.2 Es por ello que Heidegger caracteriza los fundamentos de la antropología antiguo-cristiana como ontológicamente insuficientes; esa antropología ha olvidado la pregunta por el ser del hombre3 y ha comprendido el ser de ese ente como algo “obvio”, que esta-ahí ante los ojos.
Uno podría suponer entonces que los análisis antes mencionados no serían extensibles a la filosofía moderna, porque la noción de sujeto sería el fundamento de esa perspectiva filosófica. Sin embargo, es claro para Heidegger que, en la filosofía del sujeto que va entre Descartes y Husserl, yace todavía una dificultad: el estatus ontológico de la subjetividad. De este modo, uno puede entender todavía la noción de hombre en esta época bajo una influencia “sustancial”. Esa “influencia sustancial” puede ser identificada en los esfuerzos modernos por alcanzar una res cogitans. Pero, todavía más, es evidente para Heidegger (2009: 67) que “toda idea de «sujeto» –si no está depurada por un previa determinación ontológica fundamental– comporta ontológicamente la posición del subiectum (ὑποχείμενον) […] No es, pues, un capricho terminológico el que nos lleva a evitar estos términos [alma, conciencia, espíritu, persona], como también las expresiones «vida» y «hombre», para designar al ente que somos nosotros mismos”.
Podría considerarse, a partir de lo expuesto, que Heidegger ha hecho un conjunto de afirmaciones lapidarias en contra de la antropología. Sin embargo, uno mismo puede identificar en Ser y tiempo una sorprendente línea argumentativa que se relaciona con un tratamiento diferente de la cuestión del hombre: en Ser y tiempo Heidegger reserva un espacio para una posible “antropología existencial” (existenziale Anthropologie), cuestión a la que nos referiremos más adelante. Antes, me resta presentar el tratamiento que hace Heidegger de la biología en el parágrafo 10 de Ser y tiempo.
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