Kitabı oxu: «Mi obsesión»

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Mi obsesión

Los personajes, eventos y sucesos que aparecen en esta obra son ficticios, cualquier semejanza con personas vivas o desaparecidas es pura coincidencia.

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© de la fotografía de la autora: Archivo de la autora

© Angy Skay 2020

© Editorial LxL 2020

www.editoriallxl.com

04240, Almería (España)

Primera edición: abril 2020

Composición: Editorial LxL

ISBN: 978-84-17160-56-2

Mi

obsesión

PARTE I

Angy Skay

A ti.

Gracias por creer en esta historia más que yo.

Íncide

Agradecimientos

Introducción

1

Enma

2

3

4

5

6

7

Edgar

8

Enma

9

10

11

12

13

14

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Edgar

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Enma

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18

19

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22

23

Edgar

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Enma

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Edgar

26

Enma

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Edgar

29

Enma

30

31

Edgar

32

Enma

33

34

Continuará…

Biografía de la autora

Agradecimientos

Muy pocas personas saben lo que me ha costado terminar esta historia y sacarla a la luz. Muy pocas saben lo que quería que fuese y lo que terminó siendo.

A la madre que me parió, Merche, por ser tan persistente en que termine todos mis proyectos, incluso los que más me cuestan. Te quiero tanto, mamá, que no te haces una idea de lo que eres para mí.

A mi hermana, Patricia, que siempre será la que me impulsó como nadie a lanzarme a aquella piscina con o sin agua. Eres una de las personas más importantes de mi vida, nunca lo olvides.

A los tesoros de mis días: Bryan, Eidan, Freya y William. Perdonadme por todo el tiempo que os quito. Ojalá algún día sepáis ver en mí lo que muchos no creyeron.

A mi marido, Luis, por comprender que hay cosas que no pueden esperar y momentos en los que necesito la soledad de mi casa, y por saber dármelos sin rechistar. Te quiero, papito.

A mi mafia. Gracias, Ma Mcrae, por querer sacarme los ojos por dejarte a medias, porque, aun sin saberlo, me pusiste una meta para terminar esta historia. A Noelia Medina. Gracias por quererlos tanto, por entenderlos tanto y, lo más importante, por hacerlos tuyos también de manera desinteresada. Gracias por todas las veces que me hacéis reír a carcajada limpia. No podéis llegar a imaginar lo que eso significa para mí.

A mi correctora, Carol Santana, porque nadie como tú sabe entenderme y porque nadie como tú me sube la autoestima cada vez que coge entre sus maravillosas manos uno de mis libros. Tú sí que tienes magia, nunca lo olvides.

Y a ti, mi querido lector, que empezaste siendo un provocador, espero que mi obsesión se convierta en la tuya. Gracias por todo lo que me dais. Gracias por hacerme más fuerte.

Angy Skay

Introducción

Esa fue la última vez que hablé de él.

El día en el que intenté olvidarme de su boca, de sus caricias, de su carácter y de sus desquiciantes besos. O por lo menos hice lo posible para que no volviese a suceder.

Él era quien me llevaba hasta el firmamento, el que me hacía tocar las estrellas con la punta de mis dedos; ese a quien un día decidí que borraría de mi mente a base de martillazos si era necesario. Porque una cosa tenía clara: Edgar Warren solo se quería a sí mismo.

Y no me refería a que fuese un hombre malo, no, sino a que jamás sería capaz de amarme como yo lo hacía. Porque estaba empezando a amarlo de una forma desgarradora y bestial, igual que lo eran nuestros encuentros fortuitos.

Edgar era un tipo duro, una persona que no se dejaba pisar por cualquiera con facilidad, alguien temible y respetado. Pero en la intimidad, conmigo, le gustaba que me adueñase de sus sentidos, que mandara en él, cediéndome el control casi siempre. Y digo amante porque estaba casado y tenía dos hijos con cinco años.

Eso a él no le importaba, y yo…, simplemente, era la otra; pensamiento que en más de una ocasión me planteé. Si el no respetaba a su familia, ¿de verdad creía que alguna vez lo dejaría todo por mí? La respuesta era sencilla: no. No iba a hacerlo nunca. Y cometí, bajo mi estado de enamoramiento hasta las trancas, el peor error de mi vida al ser consciente de los sentimientos que florecían como una tormenta arrolladora dentro de mi corazón. Me encantaba poder controlar su cuerpo a mi antojo cuando nos veíamos, adoraba ser la que lo dominara.

Esa noche, después de un tiempo, me di cuenta de lo que podía llegar a gustarme estar a su maldito lado, ser su sumisa hasta desfallecer si me lo pedía y dejar que guiara todos mis pasos hasta que el sol asomara por la ventana de mi dormitorio. Y ese fue otro de los fallos más grandes que cometí, porque una vez que crees que estás anulada por completo, es muy difícil dar marcha atrás. Y lo peor es cuando te sientes vacía, como a mí me pasó. Porque tenía claro que jamás encontraría a otro Edgar Warren.

Pero, ahora, centrémonos en aquella noche.

Toqué mis dedos entre sí por detrás de la silla. La cuerda no raspaba, y su tacto era tan suave que me pedía ser acariciada sin descanso. Tenía las muñecas cogidas con fuerza al respaldo, y mis ojos, tapados con un antifaz que desprendía un olor excesivo a cuero. Notaba cómo mi pecho subía y bajaba por la incertidumbre de no saber dónde se encontraba él.

Acabábamos de asistir a una de las enormes fiestas que Edgar organizaba en su mansión, donde la gran mayoría de los trabajadores de Waris Luk habían asistido gracias a la invitación del jefe para celebrar un nuevo comienzo por los futuros proyectos de la empresa. Era la típica fiesta en la que el alcohol volaba de un lado a otro. Las drogas, aunque no querían que las viésemos, también. Se respiraba tanto dinero en el ambiente que, en un determinado momento de la noche, decidí marcharme porque no lo aguantaba más. Había nacido en una familia humilde, que se buscaba la vida y luchaba día a día por llenar la nevera de su casa, y ver aquel despilfarro de dinero me superaba con creces. La sorpresa vino cuando, al salir por el enorme jardín que rodeaba la vivienda, una gran mano me sujetó con fuerza la muñeca. Al girarme, me di cuenta de que el jefe no se quedó solo en eso, sino que me contempló con sus fieros ojos cargados de promesas y lujuria.

Ahora, subyugada a su merced en la silla y a la espera de que regresase, con solo recordar el deseo en su mirada, mi vientre me dio un pinchazo tan doloroso que incluso me quemó y me encendió como una hoguera.

Escuché sus pasos en la lejanía, indicio inequívoco de que no estaba allí conmigo en el salón. Sin embargo, segundos después, oí la cremallera de su pantalón. Su caro perfume impactó contra mis fosas nasales, ocasionando que un leve mareo se apoderara de mí. Solté un jadeo ahogado y entreabrí los labios para dejar escapar el aire que no llegaba con suficiente fuerza a mis pulmones.

Sentí su gran mano posarse sobre mi pelo. Tiró con ímpetu hacia atrás, creando así una larga coleta que me rozaba la cintura. Cuando llegó al final de esta, la sujetó con fuerza, haciendo que mi cabeza se fuese en la misma dirección. Su boca se posó en mi cuello y repartió pequeños mordiscos que rozaban lo doloroso. Y me gustaba… Más que eso, me encantaba.

Un pequeño gemido salió de mi garganta. Se detuvo durante unos segundos, en los que escuché como decía:

—Shhh… O tendré que amordazarte.

Y esa última palabra ocasionó que mi cuerpo desnudo se tensara de pies a cabeza.

Siguió con su reguero de mordiscos hasta llegar a mis pezones, donde se entretuvo haciéndolos sufrir con sus dientes y constantes pellizcos. Reaccionaron a su tacto poniéndose duros como una piedra, y me dolieron de lo erectos que estaban. Bajó su dedo por mi boca y se detuvo en mi labio inferior para tirar de él hacia abajo. Noté la punta de su glande húmedo recorrer mi garganta, hasta que se posó en mi boca, donde acentuó unos círculos lentos y precisos. Con parsimonia, fue aplastándolo contra mis labios, y deseosa, los abrí para recibirlo.

—No.

Su voz firme y tajante resonó en la estancia como el rugido de un león, y eso provocó que mis instintos desearan arrepentirse de haber dejado que él tomara el mando esa vez.

El mando sin poder poner objeción a nada.

Sus manos bajaron por mi pecho y descendieron con una cadencia aplastante hasta llegar a la abertura de mi sexo. Escuché que respiró con dificultad cuando su dedo pasó varias veces por ella, para después tocar mi botón y presionarlo con una fuerza desmedida.

Si algo tenía Edgar, era que podía hacer perder la cabeza a cualquiera con una simple mirada de esos ojos tan azules como el océano; su porte, elegante y sensual, con aires de grandeza; su rostro, con un mentón fuerte y cuadrado junto a una barba perfectamente recortada, y su cuerpo bronceado, tan duro como el acero, tan terso que añoraba a cada instante poder rozar cualquier parte de esos casi dos imponentes metros de altura, aunque solo fuese por un instante. Era perfecto, pero a la vez estaba tan maldito que ni él mismo era consciente de ello.

Introdujo un dedo en mi sexo y se empapó por completo de la humedad chorreante que albergaba, para después abandonarlo y dejarme frustrada. Todos mis sentidos estaban alerta, y fue entonces cuando supe que se había puesto de pie. Apoyó las manos en el respaldar de la silla, a ambos lados de mis hombros, y se quedó inclinado muy cerca de mi rostro. Sentía en mi cara su respiración y ese particular olor a hombre sexy y demoledor que siempre llevaba con él.

El mismo dedo que había introducido en mí lo llevó a mi boca. Lo movió en círculos y lo chupé hasta saciarme. Un rugido salió de su garganta cuando vio tal énfasis, y en menos de lo que esperaba, lo sacó para sustituirlo por su grueso y amplio miembro. Dio un golpe en mis labios, indicándome que podía continuar, y así hice. Los abrí con unas ganas desbordantes de saborearlo. Paseé mi lengua por su hinchada cabeza y descendí hasta llegar a sus testículos, los cuales embadurné durante un rato con mi saliva hasta oír cómo perdía los papeles lamida tras lamida. Pero no podía engañarme; él tenía el control y aguantaría lo que fuese necesario.

Me acostumbré a su longitud poco a poco, y él se perdió en un abismo de sensaciones mientras se la chupaba con maestría. Sujetó mi cabeza y presionó hasta el final, soltando pequeños gruñidos desde lo más profundo de su garganta. Deseaba poder quitarme el antifaz de los ojos para verlo. Y pareció escucharme, pues se deshizo de él con rapidez. Pero necesitaba mis manos para tocarlo hasta que perdiera la poca cordura que tenía. Sus impresionantes ojos me atravesaron, fundiendo su azul cristalino con el mío destellante, diciéndonos tantas cosas y deseando otras tantas que no tendríamos noche para llevarlas a cabo.

Se apartó ligeramente de mí y se situó detrás de mi cuerpo. Noté que las cuerdas se aflojaban y pensé que me soltaría al fin. Aunque nada más lejos de la realidad, pues no me dejaría tocarlo; el juego continuaba, para mi desolación. Se colocó en la posición anterior y me quedé encajada entre su miembro, ya tapado, y la silla. Elevó mis manos con destreza y las subió hasta dejarlas en alto para terminar de apretar las cuerdas.

Sabía que no podía hacerlo, pero la necesidad de pasear mis manos por su espeso cabello negro, por su hermosa barba, por su fuerte pecho, estaba ganando la batalla. Las ganas estaban pudiendo conmigo, y de nuevo me arrepentí de estar en la maldita silla y de aquel maldito juego. Restregué mi nariz por su vientre, aspirando su olor por un instante, y se movió hacia atrás gruñendo, como solía hacer siempre.

—Enma, no.

Mi nombre en sus labios sonó a amenaza; una amenaza terrible y tentadora que no pude sostener. Me arriesgué a ser una impertinente y no lo obedecí. Descendí mis manos atadas con rapidez, tanta que se le escaparon de las suyas, y las paseé por su piel hasta llegar a su abultada erección, que, en silencio, pedía a gritos ser liberada. Me levanté como un huracán, posé mis dedos en su pecho y serpenteé por él a toda prisa. Necesitaba acariciarlo.

Esa vez no dijo nada. Se apartó veloz, sujetó mis manos con una de las suyas y me giró con brusquedad, de manera que quedé de cara a la silla. Las ató con fuerza para impedir que me soltase y colocó una de mis rodillas en el asiento. Por último, tiró de mis caderas con rudeza y desesperación hacia atrás.

—Mal, nena, mal —me reprendió con tono mordaz.

—Edgar… —musité, llena de deseo.

De repente, desapareció de detrás de mi espalda, pero segundos después noté su piel junto a la mía. Una piel suave, perturbadora y apetecible, la cual deseaba que se rozara conmigo hasta desfallecer. Supe que estaba desnudo porque su erección golpeó mi trasero con esmero. Sus manos rozaron mi pelo, y una mordaza —efectivamente, tal y como me había dicho antes— se colocó en mi boca con agilidad. La mordí con una sonrisa que él notó y apreté mis dientes. Iba a ser duro, lo veía venir.

Antes de introducirse en el fondo de mis entrañas, le dio tal palmetazo a mi cachete que como mínimo me dejaría marca durante unos días. Pero eso no era suficiente para mí después de todo lo que había visto y vivido con él. Necesitaba más. Contoneé mi trasero para que supiera lo que estaba buscando, y no tardó en coger la indirecta. Otra fuerte cachetada resonó en la austera habitación cuando me golpeó en el mismo lugar. El placentero picor me hizo cerrar los ojos. Durante un largo rato perdí la cuenta, y dejé de sentirlas por lo acostumbrada que estaba la zona afectada a recibir aquellos impactos en mi piel.

Me penetró de una manera tan bestial que la silla se movió unos milímetros. Con una de sus manos me agarró la pierna que mantenía flexionada, y con la otra sujetó con firmeza mi cadera, clavando sus ágiles dedos en ella hasta casi hundirlos en mi cuerpo. Me movió a una velocidad de vértigo. Sus embestidas eran extremadamente salvajes. Mis pechos tocaban el respaldo de la silla con golpes rudos y secos. Intenté sujetarme a la madera, pero con el nudo que había creado alrededor de mis muñecas me fue imposible.

Mientras bombeaba como un demente, maltratando mi sexo de tal manera que creí que moriría de placer, me permití pensar en varias cosas. ¿Qué futuro podría tener con él? Estaba el tema de su familia, que, en cierto modo, era una de las cosas más importantes. Pero también debía ser consciente de que nuestros encuentros solo se reducían a cosas del trabajo —dado que era mi jefe en Waris Luk, la cadena de cruceros más conocida de Europa— y a las veces que follábamos como locos en cualquier parte. Daba igual si era en su despacho, en mi casa o incluso en el aparcamiento de la empresa. Y lo peor de toda esa situación era que mi pecho comenzaba a quemar cuando lo veía, indicándome que un sentimiento tan profundo como el amor estaba naciendo dentro de él.

Tuve que abandonar mi reflexión cuando un terrible orgasmo se apoderó de mí sin darme unos minutos para procesar lo que estaba ocurriendo. Seguía como un loco pujando, rasgándome el alma. Los rudos y continuos palmetazos impactaban en la zona contraria de mi trasero dolorido; sensación que no despreciaba, puesto que me llevaba hasta límites insospechables de placer.

Después de un intenso rato en el que nuestros cuerpos no se separaron y Edgar no me permitió tocarlo bajo ningún concepto, terminamos satisfechos y rendidos. Desató los nudos de mis muñecas con tanta delicadeza que me quedé hipnotizada mientras se afanaba por deshacerse de ellos y dirigirme a la cama. Al tumbarnos, contemplé su rostro tranquilo cuando cerró los ojos durante unos instantes. Grabé en mi retina a fuego lento cada facción suya: su fuerte y perfilado mentón; sus grandes ojos, que te arrastraban a un abismo con tan solo mirarlos aunque estuviesen cerrados; su pequeña nariz y sus carnosos y llamativos labios, que me pedían a gritos que los devorara de nuevo, y aquel cabello moreno, tan oscuro como el azabache, donde deseaba enterrar mis dedos hasta saciarme.

En ese momento, me di cuenta de una sola cosa: no podía volver a verlo nunca más.

1
Enma

Dos años después

—¡Jane! ¡Jane! Como te hagas daño, ¡tus padres me matan! —le grité, dejándome la garganta.

Maldita fuera la hora en la que decidí quedarme con la renacuaja de Katrina y Joan, mis mejores amigos. Solo se me ocurría a mí, sabiendo lo terremoto que era, decirles que se marchasen a cenar, que yo cuidaba de mi sobrina postiza. ¡Me cagaba en la leche!

—Nooo acha ada —me contestó en su media lengua, como si supiese perfectamente lo que estaba hablando.

Tenía que intuir, según su idioma, que no pasaba nada, como si ella fuera consciente de que subirse sobre la mesa del salón no implicaba peligro alguno. Bufé con desesperación y di grandes zancadas hasta llegar a ella. La sujeté por la cintura y la deposité en el suelo mientras se dedicaba a patalear como una poseída y mi cabello rubio se estampaba en ambos lados de mi rostro al intentar sostenerla en mis brazos.

—¡Jane! ¡No estamos haciendo natación!

—¡Étameee!

—¡No voy a soltarte! —la advertí tajante.

No podía llegar a comprender cómo siendo tan pequeña era tan lista y loca. El teléfono sonó y, sin soltarla de mis brazos, me dirigí a la encimera de la cocina.

—¿Sí? —pregunté con brusquedad una vez que descolgué.

—Menudo humor. —Se rieron al otro lado de la línea.

—Mira, Susan, como te rías otra vez, te mando a tu sobrina en un paquete con un lazo —le espeté, mirando a la pequeña lagartija.

Ella puso morritos de esos que te dan ganas de comértelos a bocados y tuve que sonreír.

—¡Oh, vamos! No seas tan exagerada. Si es un amor de niña… —se recochineó su verdadera tía.

—¡Y una porra! —Se carcajeó a mi costa—. ¿Para qué me llamas, bonita?

—Tienes un genio que es imposible decir que no eres española.

—Y tú tienes un pavo que es imposible decir que no eres inglesa —la piqué.

Pero ella, como hacía siempre, volvió a reírse. Nunca imaginé que una persona como Susan —por lo menos cuando la conocí junto con toda la historia de Katrina, Joan y Kylian1— fuese a ser tan risueña en comparación con cómo se mostraba por aquel entonces.

—Te llamaba porque mañana tenemos una reunión con uno de los directivos de la cadena Lincón. ¿Sabes de quién te hablo?

—Sí, claro. ¿De qué se trata?

—Han concertado un viaje para varias agencias y entre ellas estamos nosotras. Lo típico: ver los nuevos trasatlánticos y sus instalaciones. Ya sabes, unas minivacaciones de una semana.

Hacía dos años que mi vida cambió de manera radical. Me compré un diminuto apartamento en un pueblo de Mánchester, nada que ver con el piso que tenía antes en el centro de la ciudad, supergrande y con una orientación que muchos envidiaban. Había pasado del lujo a algo mucho más discreto y, sobre todo, pequeño. Me fui del trabajo sin firmar siquiera el finiquito, y dejé una carta sobre la mesa del despacho de mi jefe, Edgar Warren, donde me despedía de la empresa por voluntad propia. Ese mismo día me trasladé a la casa de Katrina, donde guardaba la mudanza esperando a que me dieran las llaves de mi nuevo hogar, y a las dos semanas me mudé. Cambié mi número de teléfono y no volví a saber nada ni de mis compañeros de trabajo. Si alguien se enteraba de mi paradero, estaba segura de que Edgar vendría en mi búsqueda, y eso era lo que intentaba evitar a toda costa.

—¿Iremos las dos? —le pregunté sin apartar los ojos de Jane, que intentaba escapar de mis brazos.

—No creo. Recuerda que tenemos pendientes varios viajes y vendrán a por los papeles dentro de tres días.

—¿Y cuándo se supone que debo marcharme? —me interesé.

—Pasado mañana.

—¡¿Pasado mañana?! ¿Y avisan con tan poco tiempo? —me extrañé.

—Sí, hija, ha sido todo deprisa y corriendo. Quieren lanzar las ofertas para noviembre, y si no terminan de cerrar los trámites, es imposible que lleguen para las campañas navideñas.

—Bien, entonces, mañana pasaré para que me des los datos y volveré a casa a preparar la maleta.

—¡Genial! Pues nos vemos mañana, jefa.

Un año y medio más tarde, decidí montar mi propia agencia de viajes, llamada Garlys. No era de las más reconocidas en Mánchester, pero a mí me bastaba para poder sobrevivir y pagarle a Susan, la hermana de Joan, que comenzó a trabajar conmigo el mismo día de la inauguración.

Enfoqué toda mi atención en la niña, quien, curiosamente, se había calmado en mis brazos.

—Bueno, Jane, ¿quieres que juguemos a algo? ¿O vemos una peli en el sofá con un cubo de palomitas de colores?

Alzó una ceja con picardía y moví las mías con énfasis al ver el brillo en sus ojos. La niña aplaudió, y yo me volví loca de contenta al saber que ¡por fin! podría sentarme en el sofá durante un rato.

No supe cuánto tiempo pasó hasta que escuché el timbre de casa. Abrí los ojos, pegados por el sueño, y miré a Jane, que descansaba tranquilamente apoyada en mi pecho. La separé un poco, la dejé tumbada y me levanté. Observé mi reloj: la una de la mañana. Debía ser Katrina.

En efecto, no me equivoqué cuando abrí y me encontré a un radiante matrimonio que, con el paso de los días, evolucionaba y se profesaba el amor que sentían el uno por el otro.

—¡Hombre, la parejita del año! —susurré, en broma, para no despertar a Jane.

Joan se rio y Katrina depositó un beso en mi mejilla. Entraron. Su fabuloso padre se acercó a ella sin hacer ruido, la estrechó entre sus enormes brazos y, por último, le dio un pequeño beso en su cabecita.

—¿Cómo se ha portado? —me preguntó Katrina.

—¡Bien! —le contesté con mucha euforia—. Ya sabes cómo es. —Le guiñé un ojo.

—No sabes cómo te lo agradezco, Enma.

—No tienes que hacerlo, para eso están las amigas. Además, lo más seguro es que me quede como la tía de los gatos. Mejor que por lo menos mis sobrinos vengan a verme. —Hice una mueca graciosa.

—No creo que termines quedándote como tal. El problema es que tampoco lo buscas. —Joan rio.

—Agh. —Hice un movimiento con la mano, dándole a entender que no me importaba, y ambos sonrieron.

—Buenas noches —se despidió Katrina.

Sonreí y les dije adiós. Di la vuelta sobre mis talones para dirigirme a mi dormitorio. Tras quitarme el reloj, lo metí en el joyero que tenía en la cómoda. En ese momento, un fino collar llamó mi atención al asomar por él. Dejé que se escurriera entre mis dedos, y allí estaba.

—Debería haberme deshecho de ti hace mucho tiempo… —murmuré, mirándolo.

El collar que Edgar me regaló con su inicial apareció para llevarse otra noche de sufrimiento; una en las que me era imposible conciliar el sueño, pensando en todas las veces que lo había echado de menos durante tantísimo tiempo, y ahora que por fin había conseguido pasar página de verdad, aparecía como si nada. Siempre dije que la inicial que llevaba era por mi nombre, sin embargo, aunque él nunca me lo dijo, sabía de sobra que esa E significaba la posesión que tenía sobre mí. No era por Enma, sino por Edgar.

—Mañana te irás de mi vida para siempre —musité perdida.

Estaba claro, al día siguiente lo tiraría, aunque le hubiese costado una pequeña fortuna.

Me levanté a la misma hora de todos los días para ir a abrir la agencia. Cuando terminé de vestirme, cogí mi bolso junto con la agenda que siempre me acompañaba y salí disparada hacia mi pequeño coche. No era mucha cosa. Además, siempre había sido una persona de bienes materiales normales, y aunque en un tiempo sí pude permitirme aquellos caprichos como comprarme un coche de alta gama, no lo quería. Mi chatarrilla, como yo la llamaba, era estupenda para una sola persona.

—¡Hola, hola! —saludé con efusividad a Susan.

—Buenos días, ¿quieres un café?

Me enseñó la taza y no pude evitar arrugar el entrecejo cuando la levantó.

—¿Café solo? ¿Desde cuándo tomas café solo? ¡Si lo odias! —me extrañé.

—Ufff —bufó, y después comenzó a soplarlo.

—Anoche estuviste de juerga —evidencié.

—Sí. —Sonrió—. Kylian me invitó a cenar, y después nos dieron las mil y pico tomándonos una copa. —Movió su cucharilla con nerviosismo, observando su contenido. Me crucé de brazos en silencio, esperando a que alzase su rostro y me mirase. Al hacerlo, frunció el ceño al no saber el motivo de mi inspección—. ¿Qué pasa?

—Susan… —Resoplé y tiré de la silla hacia atrás para sentarme frente a ella—. Sabes que estás jugando con fuego, ¿verdad?

—¡Y dale! ¡Que yo no estoy jugando a nada!

—No me vengas con tonterías. No me trago tus cuentos, y lo sabes. ¿Cuánto va a durarte el tonteo con Kylian? —La señalé.

Desde que abrí la agencia y ella entró a trabajar, el trato que creamos fue increíble, dando paso a una amistad verdadera, y lo que menos quería era que sufriese por amor. De eso, yo sabía un poco.

—Enma —dejó su café y extendió su mano en mi dirección para tocarme—, te juro que no nos hemos acostado. —Negó con la cabeza, intentando apartar ese pensamiento de su mente—. ¡Es que no nos hemos ni besado! Tenemos una buena relación: quedamos, nos contamos nuestras cosas y después cada uno se marcha a su casa —terminó con hastío.

Asentí sin convencimiento, para después descruzar mis brazos y apuntarla con el dedo.

—Muy bien. Pero que sepas que el problema no está en acostarse o no con alguien, sino en que sé que tus sentimientos hacia él son diferentes, aunque no lo admitas. Y recuerda —volví a señalarla con más énfasis y me levanté de la silla para marcharme a mi despacho— que lleva tu misma sangre.

—No del todo… —murmuró, intentando que no la oyese cuando me giré.

Me di la vuelta y la fulminé de un solo vistazo.

—¡Es tu hermanastro! —Elevé los brazos al techo.

Ella rio y negó con la cabeza a la vez.

—Lo sé, por eso mismo no debes preocuparte. No ocurrirá nada.

Asentí. Sin embargo, en el fondo sabía que el día menos pensado se buscaría un buen lío; o, mejor dicho, se buscarían. Porque cuando ella no lo llamaba, lo hacía él.

—Aquí tienes todos los papeles del viaje. El recorrido es por Italia. Espero que lo pases bien. —Sonrió.

Los ojeé de uno en uno.

—¿Sabemos cuánta gente va? —me interesé.

—Sí, sobre unas dos mil personas.

—O sea, que va vacío relativamente.

—Casi. Es una inspección, por así decirlo, con las agencias más relevantes y demás. Lo de siempre con esta compañía.

—Perfecto.

—Aquí detrás —me indicó la última hoja— vienen también los invitados de la competencia. Ya sabes que esto es un «A ver quién mea más qué yo». Irán bastantes cadenas. Es una oportunidad para que saludes a los directivos.

El corazón se me paralizó como hacía mucho tiempo que no ocurría. Revisé la lista, desesperada, rezando para mis adentros por no encontrarme el nombre de la persona a la que juré que nunca más volvería a ver, y como si Susan hubiese leído mi pensamiento, dijo:

—Waris Luk está en la lista.

Por no decir: «Edgar Warren está en la lista».

El día llegó, y a las dos de la tarde estaba con el gran maletón turquesa y la bolsa de mano —que más bien era otra maleta pero en pequeño— en el puerto de Barcelona. Dirigí mis pasos hacia los controles que había antes de entrar y llegué al final de la estancia, donde un gran photocall se alzaba para todas las personas del barco. Algunos venían con la familia al completo, y yo, como de costumbre, iba sola.

Avancé por delante de los fotógrafos y de la gente que esperaba la cola y escuché que uno de ellos me llamaba:

—Señorita, ¿no quiere un recuerdo?

Me giré en dirección a la voz y negué con la cabeza, dándole las gracias en silencio. Cuando estuve a punto de continuar con mi paso, una mano firme me sujetó de la cintura, girándome.

—¡Hola, hola! —me saludó con euforia.

—¡¡Luke!!

Nos fundimos en un gran abrazo lleno de risas. Antes de despegarnos, observé que estaba más fuerte de lo que recordaba. Verlo allí fue un soplo de aire fresco que necesitaba para afrontar aquel viaje. El apasionante Luke Evanks, amigo y confidente en algunos casos, había aparecido de la nada provocándome la mayor sorpresa que habría podido imaginar. Analicé su esculpido cuerpo durante unos segundos, dándole un repaso que el agradeció con media sonrisa en sus bonitos y finos labios mientras me atravesaba con aquellos ojos tan oscuros como la noche. Elevé mi rostro para poder mirarlo mejor, pues era bastante más alto que yo.

—¡Vaya! Estás machacándote bien, ¿eh? —lo halagué, tocando su brazo.

—En algo tendré que invertir las vacaciones.

Alcé una ceja de forma interrogante, pero no le pregunté por el motivo en cuestión. Imaginé que ya me lo contaría con más tranquilidad.

—Vamos, hagámonos una foto de recuerdo. Hace dos años que no te veo. —Me guiñó un ojo, sin borrar esa espectacular sonrisa que siempre poseía.

Reí. Con su mano en mi cintura, nos dirigimos hacia el dichoso photocall, donde el fotógrafo sonrió por haberlo conseguido de una manera u otra. Segundos después accedimos al puerto, y no pude evitar soltar un murmuro de sorpresa:

—Madre mía… No sé si habrá alguno que pueda superarlo.

—Ejem… —carraspeó—, gracias. —Me miró mal.

—No digo que los tuyos sean malos, pero esto… —musité anonadada.

—Es una enorme máquina, las cosas como son.

Luke también tenía una cadena de cruceros, llamada Evanks, que más o menos se creó a la misma vez que las del señor Lincón, el dueño del gran trasatlántico que teníamos delante. A Luke lo conocí cuando trabajaba para Waris Luk, con Edgar, quien en ciertas ocasiones programaba viajes a medias con su empresa.

Sin palabras, admiré cada detalle del barco. Sus catorce plantas ocasionaron que una especie de vértigo se apoderase de mí, y tuve que bajar la vista para no marearme. Era de color blanco, con algunos adornos en las líneas que separaban las plantas de color naranja, y toda la cubierta era de un azul tan intenso como el mar de noche.

—No es apto para cardíacos —me aseguró con una sonrisa de oreja a oreja.

—No, desde luego que no lo es —le respondí de la misma forma.

—¿Vamos?

Extendió su mano para que pasase delante de él y así lo hice, mostrándole un gesto de agradecimiento. Él solo llevaba una simple maleta de mano pequeña. Le lancé un vistazo a mi gran equipaje, haciendo una mueca con los labios.

—Me da la sensación de que he venido para quedarme más de una semana —musité con desgana.

—No te fijes en mi maleta. Cabe más de lo que te imaginas.

En la entrada, dos hombres de la tripulación escanearon nuestros equipajes y después pasaron el detector por los papeles con el código de acceso que nos habían facilitado. Un hermoso vestidor con una iluminación bestial se abrió paso ante nuestras miradas sorprendidas. Me dio tiempo a contar siete ascensores que tardaban dos segundos en llenarse hasta las trancas, y frente a ellos, una gran escalera tan ancha que podrían caber quince personas de lado, como mínimo. Los suelos estaban cubiertos de una moqueta de color rojo, con una gran hilera en los filos de un oro intenso. Contemplé el plano en una de las columnas, sorprendiéndome al ver la cantidad de cosas que tenía, muy similares a otros. Pero eso sí, con todo lujo de detalles.

—Bien, señorita, dejamos las maletas y ¿adónde vamos? ¿Prefieres tomarte una copa en la terraza o quizá bañarte en la piscina olímpica, o tal vez sentarte en los taburetes de la otra piscina? —Hizo un gesto de indiferencia—. No sé, hay tantas cosas que está empezando a dolerme la cabeza.

Solté una carcajada por su comentario. Luke siempre fue un loco risueño de la vida, y eso no había cambiado en los dos años que no nos veíamos.

—La verdad es que no lo tengo muy claro, pero primero —volví mis ojos a las maletas— vamos a dejar el equipaje.

—¡Pues andando!

Esperamos pacientes el ascensor, sin hacer ningún comentario fuera de lugar. La gente que se subió minutos después con nosotros eran familiares, amigos o conocidos del resto de los dueños de otras cadenas que también estaban en el barco. Llegamos a la cuarta planta y, de casualidad, Luke tenía la habitación de al lado.

—Cinco minutos. —Me señaló—. Tenemos que hablar de muchas cosas.

Sonreí.

—¡Oído cocina!

Pasé la tarjeta por el lector y la puerta se abrió, mostrándome una habitación gigantesca con una cama de al menos dos metros de ancho, vestida con unas sábanas blanquecinas y una colcha a juego con los cojines de un rojo intenso. Disponía de un cabecero de color negro de la misma medida, y junto a él había unas amplias cortinas de diversos tonos un poco más apagados que dejaban entrever una diminuta terraza con una mesa y dos sillas de diseño.

Tras inspeccionar la habitación con minuciosidad, dejé la maleta a un lado y me permití tirarme en la cama. Todavía me quedaban dos minutos. Sonreí al comprobar mi reloj. Echaba de menos a Luke, pero jamás fui capaz de ponerme en contacto con él por miedo a que le revelase a Edgar mi paradero. Y ahora solo rezaba para que no hubiese acudido al crucero, o el tiempo y el esfuerzo que había puesto por apartarme de todo lo que se relacionaba con él se irían al traste de un plumazo. Por mucho que intentara convencerme de que mis sentimientos hacia él ya no existían, en el fondo sabía que era mentira.

Salí de la habitación y Luke lo hizo a la vez. Me observó con cara de interesante, y no pude evitar soltar una carcajada cuando en su boca se mostró una perfecta O, indicándome el lujazo que teníamos alrededor.

—Voy a tener que empezar a plantearme el diseño de mis barcos de otra manera.

—¡Oh, vamos! No seas tonto, tus barcos son estupendos. Solo que este es nuevo y tiene más chorradas. Además, no puede competir con tus precios. —Le guiñé un ojo.

Bajamos las escaleras andando con tal de no esperar a que los ascensores llegasen y nos paramos en la cubierta tres, donde se encontraba el restaurante. Cogimos una mesa para dos y enseguida las cartas tomaron posición en nuestras manos.

—Me comería la mesa con las dos sillas —comentó.

—Ya somos dos.

A lo tonto a lo tonto, nos dieron las tres y media de la tarde, y el estómago nos rugía con fuerza. Le pedimos nuestras comidas al camarero, quien nos atendió con amabilidad. Cuando se fue, Luke apoyó sus codos encima de la mesa y me miró con intensidad.

—¿Por qué no trabajas conmigo?

—Ya tengo trabajo —le contesté, y le pegué un sorbo a mi copa de vino.

—Eso ya lo sé. Me refiero al motivo por el cual no me has llamado para concertar mis cruceros.

Dejé la copa en la mesa, notando cómo se me iba un color y me venía otro. Nadie tenía constancia de mi pequeña agencia, por eso mismo no trabajaba con ninguna persona con la que lo hubiese hecho con anterioridad.

—¿Cómo…? —Casi me atraganté.

—¿Qué haces aquí, Enma?

Miró a su alrededor con una sonrisa de oreja a oreja y, con dos de sus dedos, señaló la estancia. Me había pillado.

—Viajar. Obvio.

—Sabes que esto es una comprobación preliminar de las instalaciones, ¿no?

«Detalle que habías pasado por alto», me dijo mi mente.

—¿Y? A veces invitan a personas que no tienen nada que ver con el mundillo. Eso también lo sabes. Tú mismo lo haces con las promociones —disimulé, y le di otro sorbo a mi copa.

—A este tipo de viajes no suelen invitar a personas que no tengan nada que ver, Enma. Ni promociones ni sorteos ni pollas.

Aguanté la risilla que a punto estuvo de salirme por su tono.

—Algunas veces sí, y lo sabes. No sé a qué viene tanta tontería.

Dejé mi copa en la mesa y lo miré fijamente, sin titubear y segura de poder salir de aquella trampa mortal. Me observó juguetón al ver mi gesto, pues sabía que estaba engañándolo. El juego terminó cuando añadió:

—¿Pensabas que era un secreto que tenías una agencia de viajes desde hace un año y medio? —Alzó una ceja con interés.

—¿Y cómo sabes eso? —Puse mi habitual gesto de confusión: juntar mis manos en mi regazo acompañado de un rostro sorprendido; aunque, esa vez, enfurruñado más bien.

—¡Todos lo sabemos! O por lo menos todos los que trabajamos de vez en cuando con Warren.

El cuerpo me dio una fuerte sacudida que por suerte pude controlar.

—¿Que… qué? —Puso cara de no entender qué era lo que le preguntaba, así que opté por dejarme de tonterías y continué; a fin de cuentas, me había pillado—: No te llamé porque quería empezar de nuevo, y tampoco iba a usar los contactos de Waris Luk para mi beneficio. Eso sería una desfachatez por mi parte después de llevar ocho años allí —me excusé.

—¡Vamos, Enma! Todo el mundo sabe que cuando te marchas de un trabajo, y más si montas una agencia de viajes, ¡usas los contactos que tengas! —evidenció con una mueca graciosa—. Y tú más, que eras la que hablabas con todos los gerentes constantemente para cerrar los acuerdos.

Tragué saliva, intentando canalizar el nudo que estaba creándose con lentitud en mi garganta, sin dejarme respirar, asfixiándome.

—¿Y tú…? ¿Cómo…? —titubeé, temiendo la respuesta.

—No es malo que hayas querido forjar un futuro de manera independiente. Warren es un capullo, eso lo sabemos todos.

Ni por asomo se imaginaba cuánto.

Luke nunca estuvo al tanto de nuestra supuesta «relación». En realidad, nadie lo supo. Por parte de los dos fuimos lo más discretos que pudimos, y creí que, hasta entonces, nadie sospechaba. La discreción fue esencial y nadie fue consciente de lo contrario. Lo que sí sabía era que Luke tenía un trato especial con Edgar y eran íntimos amigos desde hacía muchísimos años, aunque en los negocios siguieran siendo rivales.

—No es eso. Es que no sé cómo te has enterado estando tan lejos y siendo una agencia tan pequeña y poco llamativa. Me ha sorprendido, nada más.

Traté de no darle importancia al tema.

—Pues muy sencillo. —Le presté suma atención—. El día de tu desaparición y tras esa carta de despedida que le dejaste a tu exjefe sobre la mesa, comenzó un reto personal para el señor Warren. —Esas palabras me alteraron, y se me notó—. Comenzó a buscarte hasta debajo de las piedras, incluso me pidió que si sabía de tu paradero lo avisara. Pero, obviamente, no le hizo falta. Ya sabes que él tiene su propia liga de contactos.

—¿Y… se supone que me encontró?

—¡Claro que te encontró!, ¡por Dios, Enma! ¿Acaso se le escapa algo de las manos? No sé ni cómo me haces esa pregunta. Edgar tiene oídos en el mundo entero.

No podía creérmelo…

Todo ese tiempo había sabido dónde estaba, que tenía mi propia agencia de viajes, y jamás de los jamases vino a por mí. ¿Y yo con una preocupación que me asfixiaba?

—En cuanto inauguraste, lo llamaron. Tiene amigos, o enemigos, llámalo como quieras, por todos sitios. Y eso también lo sabes.

—¿Te dijo algo? —le pregunté ansiosa.

—¡Qué va! Me enteraba a retazos de las cosas, pero lo hacía. Dos días después de que te marcharas, fui a su despacho para ofrecerle un nuevo trato, y al no verte, me extrañé. —Se echó hacia atrás en la silla, como si el tema que estábamos tratando no tuviese importancia—. Si te digo la verdad, nunca lo había visto tan desquiciado. —Intenté no abrir mis ojos más de la cuenta por la impresión que en ese instante sentía. «Lo sabía… Sabía dónde estabas y no te buscó… Estúpida»—. He de decir que le ha costado bastante que otra persona ocupe tu puesto. No era lo mismo, y tampoco daba pie con bola a la hora de cerrar los acuerdos, por lo menos los primeros días. Pero al final imagino que terminó acostumbrándose. —Hizo un gesto de indiferencia.

—¿Es alguien que ya trabajaba en Waris Luk?

—Para no querer saber nada, estás preguntona —bromeó.

Negué con la cabeza e instalé una falsa sonrisa en mis labios, restándole importancia.

—Creo que se llama David, si no recuerdo mal. —Hizo un gesto como de pensar—. Sí, David era. Ya se ha acostumbrado, pero al principio tenía a Warren desquiciado. No sabes cómo gritaba y se enfadaba cuando las cosas salían mal.

Pues sí, sí que lo sabía, aunque no se lo diría a él. Conocía de sobra el carácter que Edgar manejaba en los negocios, y algunas veces era tan exigente que daba miedo llevarle la contraria, indistintamente de que a mí eso no me amilanaba cuando tenía que decirle dónde estaba fallando.

—No he tenido contacto con nadie, como te decía —traté de cambiar el foco de la conversación—, por eso mismo no sabía nada. He estado trabajando con compañías más pequeñas. Mi agencia no es que sea famosísima, pero funcionamos bien.

—También lo sé. —En ese momento, sí que tuve que abrir los ojos, tanto como el plato que tenía frente a mí—. Edgar lo tiene todo muy controlado. —Se rio—. Volviendo al tema de antes, si quisieras trabajar para mi compañía, estaría dispuesto a enfrentarme al mayor enemigo del mercado —terminó con una sonrisa risueña.

—Estoy bien ahora, pero gracias por la propuesta. Lo meditaré.

El camarero terminó de servirnos la comanda y ambos nos sumimos en la comida; eso sí, sin dejar de hablar.

—He de reconocer que esta vez don Lincón —comentó con retintín, refiriéndose al dueño del transatlántico— se ha superado con todo esto. —Señaló el restaurante con el tenedor en la mano haciendo círculos, y lo observé confundida.

—¿A qué te refieres?

Me miró sin entenderme.

—Enma, estás un poco espesa hoy. Lincón y Warren son socios. Todo esto es de los dos. Se unieron para el proyecto hace cosa de un año.

Paralizada y con la mandíbula que casi me llegaba al suelo, no supe qué responder, ni mucho menos qué hacer. Miré a mi alrededor cuando un extraño calambrazo me atravesó, seguido de un escalofrío nada más y nada menos que aterrador. Guie mis ojos por el salón, y justamente en una de las mesas del fondo lo vi. Sus cristalinos ojos brillaban más de lo normal mientras me penetraba con tal intensidad que mi cuerpo comenzó a temblar. Su gesto rígido y autoritario ocasionó que mi boca se secase y que fuera incapaz de apartar mi mirada de él. Paseó una de sus enormes manos, esas que tanto me habían tocado, por su espeso cabello negro. Su camisa se apretó más a su pecho cuando cogió aire copiosamente, dejando que desde mi posición atisbara aquel pequeño detalle que indicaba que estaba enfadado.

Me había visto, y lo peor era que lo sabía todo.

Y no hizo nada.

2

—Si me disculpas un momento, necesito ir a mi habitación. He olvidado una cosa.

Luke asintió y me levanté a toda prisa para abandonar la sala, tanta que hice un tremendo ruido al arrastrar la silla hacia atrás. Edgar dejó su lugar en la barra y encaminó sus pasos de manera intimidante y decidida hacia nuestra mesa. Bajé los dos escalones que me separaban de la puerta principal del comedor y, antes de salir, vi que llegaba y estrechaba la mano de Luke con fuerza. Sin darle importancia, giró su rostro en mi dirección con la misma intensidad que antes. Ese simple gesto provocó que mis piernas corrieran a más velocidad.

Sin detenerme.

Sin pensar.

Con el corazón en la boca y torpemente, pasé la tarjeta por el lector de la puerta. Si Luke le revelaba la habitación en la que estaba, no dudaría en preguntarle cual era la mía, e iba a ser prácticamente imposible evitarlo, porque ya me quedaba claro que si no me había buscado en todo el tiempo pasado, ahora no iba a hacerlo, ¿o sí? Igualmente, no quería quedarme para descubrirlo. No quería caer de nuevo.

Pensé en la posibilidad de bajarme y largarme lejos antes de que fuese demasiado tarde, pero cuando me fijé en la terraza, comprobé que ya habíamos zarpado. ¡Maldita fuera! Sujeté mi teléfono y llamé a Katrina con urgencia. Contestó al segundo tono, para mi alivio.

—¡Hola! —me saludó con euforia.

—Katrina… —murmuré nerviosa—. No puedes imaginarte lo que acaba de ocurrirme.

—¿Estás bien? Te noto muy acelerada.

—Es que… Es que…

Un miedo atroz recorrió mis venas. Balbuceé, sin conseguir que se entendiese nada de lo que intentaba contarle. Respiré con profundidad varias veces antes de continuar, y miré incesantemente la puerta, rezando para que nadie llamase. Una cosa era saber todo lo que Luke me había contado y otra muy distinta poder contener los nervios que me recorrían la piel cada vez que su simple nombre pasaba por mi cabeza y, lo peor, cada vez que lo veía. No. Desde luego que eran dos cosas completamente distintas. ¿Sabéis esa sensación que traspasa tu cuerpo cuando anhelas tanto a alguien que al recordarlo o verlo no puedes evitar notar una extraña sensación en el estómago? Pues así me sentí yo.

—Enma, tranquilízate, ¿qué sucede?

Escuché que Joan hablaba por detrás y le preguntaba. Le respondí de manera atropellada:

—Katrina, Edgar está aquí. Está en el barco.

—Dios mío…

La última vez que lo había visto fue un mes antes de que mi amiga diera a luz. Ella se pensaba que estaba engañándola cuando le dije que no volvería a saber nada de él por decisión propia, y mi cura fue uno de los motivos por los cuales estuve tan distante al final de su embarazo. Necesitaba pensar las cosas con claridad y tomar una decisión cuanto antes. Poco después del nacimiento de Jane, le conté lo ocurrido con Edgar durante todos esos años.

—Cuéntame qué ha pasado. Pero, por favor, cálmate. —Le expliqué lo que Luke me había contado, sumándole la aparición de Edgar en el restaurante. ¿Cómo no pude darme cuenta de que estaba allí?—. Lo primero, Enma —comenzó cuando acabé mi relato—, es que ese tío ha sabido dónde estabas desde el minuto uno y no se ha molestado en buscarte. ¿A qué vienen tantos nervios?

Suspiré con pesadez e histeria.

—¡No lo sé, Katrina! Pero sé que no puedo…, que no quiero estar cerca de él. Parezco una gilipollas que se contradice. ¡No sé explicarte por qué tiemblo al verlo!

—¿Le tienes miedo?

—¡No! —le respondí convencida—. No es miedo. Lo que no quiero es volver a pasar por lo mismo de hace años. ¿Sabes cuánto tiempo lloré todas las noches, Katrina? ¿Sabes cuántas veces fantaseé con que dejaría a su mujer?

Un silencio se hizo al otro lado de la línea. Nadie mejor que ella me entendía. Nadie mejor que ella sabía por lo que había pasado. Y no quería volver atrás como los cangrejos. No quería promesas, no quería súplicas, no quería nada de aquel irresistible hombre.

Porque era malo.

Porque era el demonio en persona.

Porque él era el problema.

—¿No puedes bajarte del barco? —me preguntó con voz firme, dispuesta a encontrar una solución meramente viable.

—No. Hemos zarpado ya.

Me senté en la cama, dejándome caer, agotada. ¿Por qué tenía que estar él allí y no cualquier persona de Waris Luk? ¿Por qué no me había enterado antes de ese supuesto trato con el señor Lincón? Mis dudas se acrecentaban por segundos, y supe en aquel instante de meditación que, si yo estaba allí, había sido porque la mano de Edgar tenía algo que ver. ¿Acaso estaba riéndose a mi costa? Dejé mis pensamientos a un lado cuando mi amiga habló:

—Pues bájate en el próximo puerto, coge un avión y vuelve a casa si no puedes soportarlo. No te martirices, Enma. A veces, las cosas se superan sin más; otras necesitan más tiempo del que creemos.

Exhalé un fuerte suspiro. ¿Desde cuándo había sido tan cobarde? Si tenía claro que mi corazón ya no le pertenecía y sabía que no volvería a caer en sus redes, ¿por qué no era capaz de afrontarlo sin más?

—Puede que esta sea la prueba de fuego que tenía que llegar algún día. Si no, debería haberme dedicado a la moda —le aseguré con desgana.

—Entonces, amiga, solo son siete días y, de nuevo, no volverás a verlo nunca más. Piensa antes de caer en la trampa que sabía dónde te encontrabas y no ha hecho ni el amago por verte. Por lo tanto, ya sabes que solo eras su capricho. Su polvo pasajero y su amante cuando a él le apetecía.

Y tenía razón, aunque me doliese.

—Te llamaré si tengo novedades.

Tras eso, me despedí y colgamos el teléfono. Extendí mis brazos hacia atrás, dejando que el sueño me atrapase durante unas cuantas horas.

Un buen rato después, escuché unos fuertes golpes en la puerta. Abrí los ojos con pesadez y los dirigí hacia el sonido. Había anochecido.

—¡Enma! ¡Enma!

La voz de Luke me alivió, y respiré profundamente antes de llegar hasta la puerta. La abrí con lentitud, asomando mi cabeza para asegurarme de que no había nadie más con él. Efectivamente, estaba solo.

—¿Qué haces? Te has dejado la comida entera y al menda. —Puso morritos, señalándose.

Me reí. Se notaba en exceso que seguía teniendo expresiones de su madre española.

—Lo siento. No sé qué me ha pasado, pero he empezado a marearme y al tumbarme me he quedado dormida. —Le puse carita de niña buena.

Negó con la cabeza y apoyó las manos en su cintura.

—En una hora es la cena de gala con el capitán. A ver si vas a quedarte dormida también —renegó, sin creerse mucho mi excusa—. Te espero en el pasillo, ¿vale?

Asentí con una sonrisa que él imitó y se dio la vuelta para dirigirse a su habitación.

Cerré, dejé caer mi cuerpo sobre la puerta y me pasé una mano por la cara. Tendría que ignorarlo si se acercaba a mí, y en el caso de que quisiese entablar una conversación, la eludiría. Fui a por mi maleta, saqué toda la ropa y la puse sobre la cama, hasta que di con el vestido de color verde oliva que había escogido para la ocasión. Entré en el baño con rapidez para darme una ducha y me arreglé el pelo. Cuando estaba terminando de maquillarme, contemplé la hora: me quedaban quince minutos. A toda prisa, metí mis pies por el bajo del vestido y me lo subí hasta arriba. Sin embargo, ¿qué pasa cuando no llegas a la cremallera? Pues que la cagas.

Me calcé los tacones y cogí el bolso de mano antes de salir. Al abrir, me encontré a un radiante Luke con un traje de chaqueta negro y su pajarita a juego. Sonreí al ver lo elegante que iba, y él hizo lo mismo silbando con descaro.

—Si tu marido te escuchase… —dije con media sonrisa.

—Me divorcié hace un año.

Mi cara de asombro no pasó desapercibida para él.

—Ah…

—Tranquila —se rio—, lo tengo más que superado. Era un cretino.

Vaya… El mundo estaba lleno de ellos, por lo que se veía. Me giré con urgencia para indicarle con mi mano la cremallera y de esa manera echar al olvido la metedura de pata que creí haber tenido.

—¿Me la subes, por favor?

—Claro.

Se puso manos a la obra, y antes de lo esperado, tenía el vestido ceñido a mi cuerpo. Bajamos por las escaleras hasta llegar a la cubierta donde se encontraba el gran escenario de espectáculos y desde el que en unos minutos saldría la tripulación al completo, dando paso al discurso del capitán.

—Mi amigo Dexter ha sufrido un desengaño hace poco también. Espero que lo hayas podido superar mejor que él.

Hacía cosa de seis meses, Dexter, el amigo de Katrina y mío, se encontró al que era su amor platónico pegándosela con una mujer, nada más y nada menos. El pobre se hundió de tal manera que Katrina y yo tuvimos que acogerlo cada una un mes en casa.

—No fue nada que no esperara. Estaba dedicándose a robarme todo lo que podía para dárselo a su otra pareja —me miró e hizo una mueca de disgusto—, pero nada que no pudiera resolverse con una buena demanda.

Solté un suspiro cuando dijo lo último.

Antes de entrar en la gran estancia, nos sacaron otra foto. Sujeté uno de los cócteles que los camareros servían y me senté en una de las butacas de la séptima fila. La poca luz que las iluminaba me hacía imposible ver quién había en la sala. Alisé mi vestido cuando mi trasero tocó la suave tela aterciopelada del butacón mientras contemplaba el enorme escenario que tenía delante. Las pequeñas luces de neón brillaban en exceso y las figuras de las personas que ya estaban en la sala iban de un lado a otro, riendo, bebiendo, hablando, pero yo sentía un nudo en el estómago difícil de digerir.

—Ah, mira. —Me señaló a alguien dos filas más abajo—. Ese de allí es David, el que te comentaba antes que ocupa ahora tu puesto en Waris Luk.

—¿Y Edgar?

Me observó alzando una ceja. No tenía claro si él era consciente de algo, pero sí sabía que de tonto no tenía ni un pelo, y tarde o temprano se daría cuenta de muchas cosas.

«Siete días».

Eran siete días.

—Si no te conociera, te diría que me ha dado la impresión de que has salido corriendo por él.

Y allí estaba el gran adivino de Luke. Aunque también debía decir que mis gestos desquiciados no dejaban lugar a dudas. Mentalmente, me pedí tranquilizarme como fuese. Estaba dando demasiado la nota. Se rio, y yo lo acompañé para que no se diera cuenta de que era verdad. ¡Claro que era verdad!

—No lo he visto todavía —mentí—. ¿Y Morgana? —le pregunté por su mujer, aunque me repatease hacerlo. Era la única forma de despistar.

—Ah, no, ella no ha venido. Nunca la trae a estas cosas. Ya sabes cómo es de reservado.

Lo dijo con ironía, haciendo dos cuernos con su mano. Si él supiera…

Enfoqué mi atención en el público en cuanto el presentador anunció que el capitán y la tripulación saldrían al escenario. Minutos después, una hilera de personas con sus trajes de gala descendió las escaleras hasta llegar al escenario, donde se juntaron. El capitán tomó el poder del micrófono, dándonos las gracias por aceptar el viaje, y todos los asistentes aplaudieron efusivos. Luke me pidió un segundo con la mano y vi cómo bajaba agachado, para no quitarle la visión al resto del público, hacia la fila cercana que me había señalado cuando entramos. Se sentó junto a una mujer que no conocía y empezaron una conversación.

Tomé un sorbo de mi cóctel mientras le prestaba suma atención al capitán. Justo a mi lado, escuché una voz ronca, sexy y tan varonil que te deshacía solo con oírla:

—Tu finiquito sigue en el cajón de mi despacho.

Con lentitud, me quité la copa de los labios, intentando que el pulso no me temblara. Noté mis piernas convirtiéndose en gelatina, subidas a esos dos grandes andamios, los cuales odié en ese instante por habérmelos puesto; con ellos era imposible salir corriendo. Mi cuerpo se tensó al contemplar de reojo que me observaba con fijación.

—No lo quiero. Puedes quedártelo —le contesté, recuperando la voz.

Seguí con la vista fija en el escenario, ignorándolo, haciendo como que no estaba, y escuché un fuerte suspiro salir de su nariz. Quizá parezca una tontería, pero cuando tienes al lado al hombre por el que has bebido los vientos durante tanto tiempo, es difícil poder controlar las sensaciones extrañas que recorren tus entrañas sin ningún permiso. Traté con todas mis fuerzas de no mirarlo, sintiendo que mi corazón desbocado quería salir por mi garganta. Su perfume se coló de lleno por mis fosas nasales, mareándome.

—¿Por qué? —me preguntó de repente tras un breve silencio.

Comenzó a temblarme el brazo de lo histérica que estaba poniéndome. De forma alternada, lo miré de reojo a él y a la salida, la cual, ¡maldita fuera, se encontraba muy lejos! Suspiré con fuerza antes de preguntarle, haciéndome la tonta:

—¿Por qué qué?

Se revolvió incómodo en su asiento. Para poder mirarme a la cara, incorporó su llamativo cuerpo hacia delante, provocando que su chaqueta y su camisa se tensaran y dejaran ver los perfectos músculos bajo la tela. Tuve la intención de cerrar los ojos. Recé para desmayarme allí mismo, para que me despertase al día siguiente en mi habitación sola y poder pensar que aquello había sido un sueño, pero no. Su excitante voz volvió a sonar, esa vez con más fuerza:

—Enma, mírame —me ordenó.

—Estoy viendo el…

No me dejó terminar de hablar, como acostumbraba a hacer:

—Me importa una mierda que estés viendo el discurso. ¡Mírame, joder! —me exigió.

Giré mi rostro con lentitud cuando la gente comenzó a aplaudir. El tiempo se detuvo. Se detuvo al fijarme en aquellos ojos cristalinos que echaban fuego. Debido a la poca luz que iluminaba la sala, aprecié cómo brillaban más de la cuenta tratando de descifrar alguna parte de mí, de meterse en mi cabeza. Deslicé los míos hasta sus labios, su mentón perfilado, su cuerpo tan tenso a punto de reventar el traje… Sentí cómo mi pecho se movía de forma inquietante porque no conseguía tranquilizarlo. Colocó dos de sus dedos en aquel arrebatador mentón y los pasó con pausa por su incipiente barba. Llevaba su oscuro cabello hacia atrás; un poco más largo de lo que recordaba, pero muy poco. El aspecto que mostraba, de tipo temible e implacable, me resecó la garganta. Su aroma, ese tan fuerte, tan apasionante, tan elegante, volvió a atravesar de pleno mis fosas nasales, dejándome aturdida durante unos segundos.

—¿Qué? —le pregunté altiva, tratando de sostener mi mentón todo lo alto que pude.

—¿Por qué cojones me abandonaste? —rugió como un animal.

Abrí mi boca para contestarle, pero al final terminé cerrándola de la misma forma. Enfoqué mi mirada de nuevo en el escenario e intenté llenar mis pulmones de aire. La gente se levantaba con rapidez, y yo, para no arrepentirme y contestarle algo que no debía, traté de abandonar la sala. No obstante, antes de que pudiese llevar a cabo mi cometido, sujetó mi mano con firmeza. Contemplé su piel tocando la mía, aferrándose a mi muñeca. Acto seguido, Luke llegó como una salvación, aunque eso no quitó que una extraña conexión nos invadiera. No solo a mí, sino a los dos. Me observó con tanta intensidad que por muy poco no me desmayé. Nos observó con cara interrogante. Edgar no apartó sus ojos de mí de aquella manera que lo caracterizaba tanto y que me ponía la piel de gallina. Su mano fue aflojando la presión que ejercía hasta dejar la mía libre y, tratando de olvidarme de aquel breve contacto, moví mi muñeca.

—Eeeh…, ¿interrumpo? —nos preguntó Luke, pensativo.

—No —le respondí con demasiado énfasis.

Edgar lo hizo al unísono, solapando mi respuesta:

—Sí.

Intenté tranquilizar mis nervios buscando esa paz interior que todos tenemos en algún sitio, la misma que yo no encontraba, hasta que escuché a Luke hablar:

—Si queréis, os espero fuera y ahora nos ve…

Lo corté a toda prisa sin darle tiempo a terminar, poniendo una mano en su brazo:

—No, ya nos íbamos.

Pasé por delante de él a la carrera, subiendo los escalones con dificultad pero con premura para llegar la primera a la salida. Una vez que lo conseguí, separé a la gente que estaba en medio impidiéndome avanzar, pues notaba que Edgar me pisaba los talones.

—¡¡Enma!!

Me giré al escuchar la voz de Luke, situado al lado de mi maldita pesadilla. Respiré siete veces seguidas antes de acercarme a él, que me observaba como si hubiese perdido la cabeza.

—¿Adónde vas? —Sonrió—. El restaurante está por allí. Desde luego, en este viaje estás sembrada. Los dos años apartada de la civilización te han pasado factura —bromeó.

Pero yo no me reí. No me hizo ni puta gracia.

Y a Edgar tampoco.

Asentí sin mirar a la persona que acompañaba a Luke, pues, sin hacerlo, intuía que sus ojos estaban fijos en mí; en mis gestos, en mis excusas baratas. Y lo que más me jodía era saber que era consciente de lo que me provocaba cuando lo tenía cerca. Y lo hacía aposta.

—Perdona. Con tanta gente, me agobio —me excusé.

Iban a ser los siete días en los que más excusas diría.

—No pasa nada. ¿Vienes entonces? ¿O tampoco tienes hambre?

Alzó una ceja y creí que moriría. Después extendió un poco su brazo izquierdo con caballerosidad para que pudiera introducir el mío por el hueco e ir cogida a él. Acepté, y comprobé de reojo cómo a Edgar estaban a punto de saltarle todos los dientes por la manera en la que apretaba la mandíbula.

—Señor Lincón —lo saludó Luke con un fuerte apretón de manos.

—Hola, Luke, ¿cómo estás? Me alegro mucho de verte por aquí, tan bien acompañado. —Sonrió en mi dirección—. Señorita. —Hizo una inclinación de cabeza. Luego, cogió mi mano y depositó un beso en ella. Lo miré con una sonrisa forzada y me imitó el gesto con entusiasmo—. Después de cenar, si queréis, podéis venir conmigo y os enseño el barco a fondo. Así no os perderéis ningún detalle.

—Oh, eso sería fantástico —añadí con sarcasmo, sin pretenderlo.

Luke me dio un pequeño codazo sin que lo notase nadie, excepto Edgar, que estaba detrás y al que dudaba mucho que se le hubiese escapado ese detalle. Era de esas personas que aunque estuviese en cuatro conversaciones se enteraba de todas.

—Pues no se hable más, ¿verdad, Warren?

Luke se volvió en su dirección, y al hacerlo, como estaba cogida de su brazo, también me vi obligada a girar, lo que provocó que casi chocara con el impactante cuerpo de Edgar, quien, alterado, respiró con dificultad debido a ese simple roce. Mis manos comenzaban a temblar al haberme quedado codo con codo junto al hombre que tanto tiempo robó mis sueños. Por otro lado, Lincón esperaba una respuesta que no llegaba. Tampoco apartaba su mirada de mí.

—¿Warren? —lo llamó.

Sus cristalinos ojos me atravesaron hasta lo más hondo de mi ser, y fue entonces, después del segundo toque de atención, cuando los posó sobre su socio y asintió con desagrado. Seguidamente, dio media vuelta y se marchó, perdiéndose entre la multitud. Pude respirar con tranquilidad, la misma que se esfumó como el viento en el instante en el que los ojos de Luke cayeron sobre mí.

—Este hombre y su carácter endemoniado. —Lincón rio.

—Sí, Edgar siempre ha tenido ese pequeño defecto —secundó Luke, sin quitarme la vista de encima.

—O virtud, depende de cómo se mire.

El señor Lincón le guiñó un ojo, se despidió de nosotros con la mano y se alejó para hablar con el resto de las personas que lo esperaban. En silencio, nos dirigimos hacia la planta del restaurante, donde por ser la cena de gala y en honor a que al día siguiente atracaríamos en puerto italiano, había montones y montones de pasta en las bandejas. Me senté en la silla y cuatro personas que no conocía lo hicieron a nuestro lado en la mesa que escogimos, porque no había ninguna vacía para dos. Luke se levantó el primero para servirse y yo fui tras él a coger un plato. Contempló por encima todas las bandejas plateadas que había sobre la encimera, sin saber muy bien qué elegir.

—El risotto está de escándalo —me informó.

—Gracias por la recomendación, pero creo que cogeré algo de pasta.

—Tú misma, pues. —Sonrió y se llenó el plato de arroz.

Avancé por el pasillo contrario y esperé en la cola de la multitud de personas que intentaba llenarse los platos de comida. El hombre que había delante de mí se apartó con una sonrisa para dejarme paso. Cuando fui a coger el cucharón para servirme, una mano se colocó sobre la mía.

—Perdón —le dije sin saber de quién se trataba. Levanté la vista y me encontré con el chico que en ese instante ocupaba el que fue mi puesto—. ¿David?

—Sí, ¿te conozco?

El muchacho era muy joven, y me compadecí de él. Tenía toda la pinta de ser noble, y comparado con lo tirano que podía llegar a ser Edgar cuando se lo proponía, no podía hacerme a la idea de cómo había aguantado en el trabajo más de dos días.

—Soy Enma —me presenté, y le extendí mi mano—. La que estaba antes en tu puesto de Waris Luk, hace dos años.

—¡Oh, ya sé quién eres! —Dejó su plato sobre la encimera para estrechar mi mano con fuerza—. No te conocía en persona, pero casi te cojo hasta manía —me confesó con una tímida sonrisa.

—¿Y puedo preguntar por qué?

—Bueno, no es por nada. A ver, que… —balbuceó. Yo lo miré de forma interrogante—. Es que… No sabes lo que es que tu jefe esté constantemente con Enma en la boca.

Alcé una ceja por la sorpresa.

—¿Edgar está con mi nombre en la boca siempre? —le pregunté con incredulidad.

—¿Edgar? —Me observó—. ¡Ah, el señor Warren! Jamás se me ha ocurrido tutearlo, perdona mi torpeza.

—No te preocupes. Y espero no haberte causado muchos problemas.

La señora que esperaba detrás carraspeó, indicándonos que nos moviésemos para hablar en otro sitio o que cogiésemos la santa comida y nos fuésemos a nuestra mesa. David rio por lo bajo e imité su gesto. Nos servimos y avanzamos cada uno hasta nuestras mesas; en concreto, él donde se encontraba su dichoso jefe y yo a la mía con Luke.

—Hablaremos en otro momento si quieres —le dije antes de sentarme.

—Sí, cuando lo desees, Enma.

Cuando tomé asiento, vi que Luke no me había esperado para comer.

—Puedes empezar. —Señalé su plato al ver que casi lo había terminado.

—Estaba esperándote, pero estos de la mesa son un poco raritos y no conozco a nadie —murmuró para que no lo oyesen.

Me reí por su comentario y, sobre todo, por la cara del que estaba a mi lado, que se enteró de lo que había dicho. Le di un pequeño codazo en el costado y se llevó la mano a esa zona con exageración. Elevé mis ojos en una ocasión, sin saber por qué motivo, buscándolo. Y allí estaba, con el plato sobre la mesa, sin prestar atención a nada de lo que el capitán, su socio o sus mismos trabajadores le decían. Como si una extraña señal se hiciera eco entre nosotros, volvió su rostro hacia mí. Sus ojos me abrasaban, amenazantes, lascivos y también dolidos, y sentí que mi apetito menguaba de manera considerable. Me traspasó con profundidad buscando una respuesta muda a su pregunta de antes.

¿Qué tendría que decirle? ¿La verdad? No. Ya no volvería a caer en la tentativa de desproteger mi frágil corazón.

—Esperaré paciente a que quieras contarme el rollo que te llevas con Edgar.

Aparté mi mirada del susodicho con confusión y posé mis ojos en el moreno que tenía al lado devorando lo que quedaba de su plato como si la bomba que acababa de soltar por su boca no significara nada.

—¿Cómo dices? —disimulé.

Bebió un sorbo de su copa de vino y me observó después de pasarse la servilleta por los labios con una lentitud desquiciante.

—Come, que va a enfriársete.

—No tengo hambre. —Lo aparté con un pequeño gesto, enfurruñándome. Me contempló durante unos segundos. Después asintió y siguió comiendo mientras lo observaba a la espera de que hablase. Pero no lo hizo, sino que ignoró mi mirada acusatoria, aunque sabía que la culpa la había tenido yo por mostrar mis pensamientos de manera involuntaria—. Luke, no es lo que estás pensando —añadí sin poder aguantar la tensión que se creó entre los dos.

Alzó sus oscuros ojos y los posó sobre los míos.

—Ya.

No se lo creía, y pensé que no era para menos. Edgar tampoco había dejado mucho lugar a la imaginación con su comportamiento.

—¿Ya qué? —le espeté, comenzando a enfadarme.

Todo me cabreaba, y Luke no tenía la más mínima culpa. ¿Por qué demonios tenía esa suerte? ¿Es que dos años de sufrimiento no habían bastado?

—Enma, no tienes que darme explicaciones, pero si seguís comportándoos de esa forma, todo el mundo se dará cuenta de que algo no cuadra.

«¡El impertinente es él!», me dieron ganas de gritarle. Lo que nunca hizo en el pasado, estaba sudándole las pelotas en aquel instante. No lo entendía.

—No tengo nada que esconder, Luke. No saques conclusiones, o te equivocarás.

Se metió la última cucharada de arroz en la boca y me miró de nuevo.

—¿Vas a comértelo? —me preguntó, señalando mi plato.

Negué sin quitarle los ojos de encima. Cogió el contenido y lo vertió en el suyo, dejando el mío más limpio que un jaspe. Hice una mueca cuando sentí que mi estómago pesaba, dando por concluida la cena que ni había probado.

—Me ha dicho Lincón que dejaremos la visita por el barco para mañana después de desayunar. ¿Podrás venir?

—Claro. De momento, no tengo planes —ironicé.

Luke me contempló con cara de pilluelo y se fijó en la mesa a la que había mirado yo hacía pocos minutos. Volví mi rostro y me topé con sus intensos ojos aniquiladores. Solté un pequeño suspiro al escuchar que Luke se reía por lo bajo y después arrugué el entrecejo.

—Me voy. Mañana nos vemos —le espeté incómoda y enfadada por la situación.

—Vale, buenas noches. —Sonrió mientras bebía de su copa, sin darle más importancia.

Dejé la servilleta sobre la mesa de malas maneras. Antes de irme, renegué:

—Esto es increíble.

Salí del salón con rapidez, sin molestarme siquiera en volver la vista hacia Edgar. Toqué el pulsador del ascensor varias veces, hasta que un instante después se abrió. Pulsé el botón de la planta de mi habitación con urgencia y alguien entró detrás de mí cuando las puertas estaban cerrándose.

Era él.

Joder, era él.

—Te veo muy cómoda con Luke —me dijo con retintín.

—A ti no debe importarte una mierda con quién esté —le contesté malhumorada, presionando el botón de la cuarta planta con más énfasis.

Edgar se aproximó a mí por la espalda. Me estremecí, aunque traté de controlar los temblores. Cuando creí que las puertas se abrirían en mi planta, le dio al botón de stop. Elevé mis ojos llenos de cólera hacia él, sintiendo que mi sexo clamaba las atenciones de alguien que no debía.

—¿Qué coño haces? —le pregunté con rabia.

Pulsé el número de mi planta, rozando su mano, pero no se movió. ¡Me cagaba en la leche!

—¿Por qué te fuiste? Si no me contestas a eso, nos queda un largo rato en el ascensor. Explícamelo —me exigió.

Se miró el reloj con chulería, para después meterse las manos en los bolsillos y dar un par de pasos hacia atrás, quedándose apoyado en la pared del ascensor y sin dejar de mirarme. Noté mis mejillas encenderse de la rabia que sentía, y no fui incapaz de controlar mis impulsos cuando le grité:

—¡Me fui porque me dio la gana! ¡¿Acaso tengo que darte explicaciones de cada paso que doy en mi vida?!

No me dio tiempo siquiera a que terminara la pregunta cuando ya estaba contestándome con una afirmación rotunda:

—Sí.

Estupefacta, lo miré sin saber cómo reaccionar, y antes de decir cosas de las que luego me arrepentiría, aporreé el botón como una descosida. Necesitaba salir de allí, dejar de respirar su aire, dejar de estar cerca de aquel maldito demonio.

—Pon el puto ascensor en funcionamiento, Edgar. Estás cabreándome de mala manera —bufé, mostrando una fuerza que no sentía ni por asomo.

Su cuerpo se pegó a mi espalda, y tuve que cerrar los ojos para tratar de tranquilizar mi respiración. De nuevo, aquel olor masculino, tan atrayente y perturbador, me nubló. Suspiré de manera casi imperceptible y solté con lentitud el aire que había estado aguantando.

—Te he echado de menos…

Me quedé paralizada al escuchar aquellas palabras de sus labios. Metió su rostro entre la curvatura de mi cuello y aspiró mi olor, de tal manera que mi sexo comenzó a humedecerse. Escuché que inhalaba con fuerza, que rozaba cada centímetro de mi piel, erizándola, quemándome a una velocidad de vértigo.

—Edgar… —musité en un susurro apenas audible—. Abre el ascensor, por favor.

Mi tono salió casi suplicante, y sentí en mi cuello una leve sonrisa asomar por sus maravillosos labios. Maldito fuera mil veces, porque sabía perfectamente lo que provocaba en mí. Su tono de voz, tan ronco, excitante y sensual, me desarmó:

—Oblígame. —Y esa simple palabra me llevó a un tiempo que no quise recordar, que juré enterrar para siempre. Me llevó a dos años atrás, cuando en ocasiones yo era la dueña y señora de su cuerpo y de todos sus sentidos—. ¿A qué estás esperando? —me susurró de nuevo, retándome.

Me aparté de él como si quemara, consiguiendo ponerme en la otra esquina del ascensor. No pude explicarme cómo. Desde la distancia que nos separaba, lo miré con mala cara y grité:

—¡Ayuda!

De una sola zancada llegó hasta mí, tapó mi boca con su gran mano e hizo que su nariz quedase prácticamente pegada a la mía.

—No hagas eso, nena. —Volver a escuchar ese apelativo de sus labios refiriéndose a mí ocasionó que ardiese como una llamarada sin control. Intenté zafarme de él, pero me fue imposible. Sujetó mi cadera con una mano, ejerciendo una notable presión en mi vientre, donde noté el gran bulto que emergía de entre sus piernas. Sus ojos me traspasaron y los míos trataron de esquivarlos, sin éxito—. Estoy esperando —volvió al ataque.

Lo miré sin pestañear, notando aquella humedad en mis ojos que tanto odiaba. Su mano destapó mi boca y, con su dedo pulgar, delineó mi labio inferior, rozándolo con delirio, con pasión. Sus labios quedaron tan cerca de los míos que tuve que contener todo el aire para no morir mientras pensaba que su maldita boca me devoraría de un momento a otro. Las piernas comenzaron a flojearme, y supe que el gran muro que había forjado solo para él estaba resquebrajándose sin remedio. Justo cuando creí que mis defensas terminarían por romperse, se separó de mí con lentitud como si no hubiese pasado nada y marcó un pequeño código para que el ascensor continuase.

En cuanto las puertas se abrieron, salí como un huracán, con los ojos emborronados debido a las lágrimas que se agolparon en ellos, dispuesta a no abandonar mi habitación en toda la noche. Sin embargo, justo antes de detenerme a pensar en el motivo de todo lo que había ocurrido, me giré para observarlo.

Las puertas del ascensor se cerraban.

Él estaba apoyado en la barandilla de metal, con sus manos extendidas, mirándome.

Sonriendo con picardía.

3

A la mañana siguiente me levanté con una imagen grabada en mi retina: un hombre que condenaba el resto de mis días a la soledad.

Durante el tiempo que me alejé de él intenté rehacer mi vida en varias ocasiones, pero nunca dio su fruto ni tuve una mínima posibilidad. Siempre se me escapaba de las manos y me sabía a poco todo en general: los besos de otra persona, el carácter, incluso la cosa más simple como lo era un piropo. Y el problema solo tenía un nombre: ninguno era Edgar. Ninguno tenía su voz, sus facciones o su actitud a la hora de volverme loca. Y un millón de veces me pregunté si era así como pretendía pasar página. Totalmente ofuscada, me dejaba llevar por las situaciones cotidianas, y lo único que hacía era blindar mi corazón de forma permanente.

Y, ahora, la persona que tenía la llave se encontraba en ese mismo barco. Por ende, era a la que más intentaba evitar, porque tenía claro que, con él, seguiría siendo el segundo plato por el resto de mis días. Sería «la otra». No tenía ni puñetera idea de cómo trataría a su mujer y tampoco me importaba, pero me daba rabia. Mucha. Solo la vi una vez en una gala benéfica de Waris Luk, y con eso me bastó para odiarla el resto de mi vida. Porque, aunque era yo la que estaba metiéndose dentro de una familia, era ella la que se lo llevaba todas las noches a su cama, la que recibía sus buenos días o el simple beso mañanero que ansiaba.

Edgar nunca se quedó a dormir conmigo. Perdí la cuenta de las veces que nos habíamos acostado cuando solo llevábamos «juntos» dos meses, o como quisiera llamarse esa relación, si es que podía catalogarse como tal. Quizá el problema no radicaba solo en que él estaba obsesionado conmigo. Quizá el problema era que yo también estaba obsesionada con él. Ya no sabía qué pensar.

Pegué un manotazo en las sábanas y después me tapé la cara con la almohada, desesperada. ¿Tanto tiempo para esto?, ¿para que en solo un día derribase las pocas defensas que tenía? Porque sabía de sobra que si el suceso del ascensor se repetía, no sería capaz de contenerme ni aunque mi conciencia estuviera chillándome. Y así era mi vida: una puta montaña rusa de emociones que ni yo misma podía controlar. Y lo peor era cómo cojones pensaba afrontar una semana con esos ojos clavándose en mí a todas horas.

Apoyé mis pies en el suelo, obligándome a ir a desayunar por la cuenta que me traía, o me tiraría los siete días metida en la cama; que, por cierto, ganas no me faltaban. Quizá sería una manera de evitarlo a toda costa, aunque la idea estúpida me trajese peores consecuencias de las que imaginaba. ¿Y si me dejaba llevar solo esos días?

No. No. No. Y mil veces no.

Si conseguía caer en las redes de Edgar, sí sería verdad que estaría perdida durante otros dos años más hasta que consiguiera despegar su olor de mi cuerpo.

Me puse un vestido de color crema y debajo un bikini azul marino que tenía guardado en el cajón desde hacía bastante tiempo. Quizá un baño en alguna de las piscinas me iría bien después de hacer la visita por el barco. Visita a la que esperaba que Edgar no acudiese.

Quince minutos después detuve mi paso en la entrada de la cafetería adaptada para el desayuno. Busqué con la mirada a Luke y lo encontré en la zona de las tortitas.

—Buenos días —lo saludé con una sonrisa.

Se giró para contemplarme y esbozó una gran sonrisa.

—Buenos días, dormilona. ¿Quieres tortitas? —Me señaló una de ellas y puse cara de asco—. ¡Pues vas a perder diez kilos cuando llegues a Mánchester! —exageró.

—Lo dulce no es uno de mis puntos fuertes —le aseguré.

—Pues allí tienes lo salado —me indicó con la mano mientras me giraba en la dirección que estaba señalando—. Claro que, si quieres cogerte algo de allí, tendrás que compartir turno con el maravilloso Edgar.

El pecho se me oprimió de nuevo y miré con mala cara a Luke, que hizo un gesto de no haber dicho nada malo.

—¿Te crees que le tengo miedo? —le pregunté ofuscada.

—Yo no he dicho tal cosa. —Alzó una ceja con diversión.

—Voy a enseñarte yo a ti el miedo que le tengo a tu amigo —me envalentoné.

Sujeté el plato con fuerza, aunque por dentro estaba como una jodida gelatina. Encaminé mis pasos hasta él y, con cara arrogante, le lancé una mirada a Luke, que me sonreía de oreja a oreja desde la distancia. Cuando se dio la vuelta, cambié mi gesto de manera radical y el puñetero pánico se apoderó de mí. Edgar se giró al notar una presencia tras él. Al verme, su rictus se tensó. Pasé mi mano por encima de su brazo sin llegar a tocarlo y después me serví un par de cosas más para marcharme de allí cuanto antes.

—Espero que recuerdes que tienes una visita guiada por el barco con Lincón en media hora.

Lo miré de reojo, contemplando cómo cruzaba sus poderosos brazos en el pecho. Iba vestido de manera informal, con camiseta básica y pantalones de deporte, y verlo de esa forma hizo que temblase de pies a cabeza. Era tan… condenadamente sexy. Tragué el nudo de la garganta y, con toda la decisión que encontré, le contesté:

—No hace falta que vengas tú a recordármelo. Tengo memoria.

Me escrutó con la mirada de una forma temeraria, y eso ocasionó que las piernas me cimbrearan como una hoja. Intenté mantenerme firme, aunque supe que no lo aguantaría si seguía así durante más tiempo cerca de él. Fui a darme la vuelta para irme, pero lo escuché decir:

—Y también te recuerdo que tienes una conversación conmigo, y no te bajarás de este barco hasta que me lo expliques.

Sin mirarlo, moví mi rostro un poco hacia la derecha.

—No creo que deba darte explicaciones sobre por qué hago las cosas.

Cuando tuve la intención de dar un paso para marcharme, se colocó delante de mí y me detuvo.

—¡Sí que me las debes! —bufó furioso sin llegar a gritar, aunque, en el fondo, sabía que estaba deseándolo.

Lo observé altiva. Sin añadir nada más, pasé por su lado, dejándolo como una estatua en medio del salón. Me senté en la mesa para dos en la que Luke estaba desayunando y dejé mi plato con un fuerte golpe que resonó en toda la cafetería.

—Si quieres pasar desapercibida, lo has conseguido —se mofó.

—Ja, ja, qué gracioso eres —me enfadé.

—No aguantas una broma. Estas más arisca de lo que te recordaba.

Suspiré y tomé asiento.

—Lo siento, es que… —Al darme cuenta del gran error que estaba a punto de cometer, paré de hablar. Me pasé las manos por la cara para intentar despejarme—. No he dormido bien. Solo es eso —me excusé.

—Ya. —No se lo creía—. Pues yo, ayer por la noche, estuve de copas con Warren en la cubierta. —Alcé mis ojos hacia él cuando pronunció su apellido, y pude apreciar que estaba sonriendo como un bellaco—. ¡Tranquila! No pregunté nada que no debiera, por supuesto. Y mucho menos le hablé de ti.

—No estoy preguntándote ni recriminándote nada.

Alzó una ceja con ironía.

—Se te nota en la mirada. No te digo más.

Negué con la cabeza y me dispuse a desayunar, por lo menos. Al terminar, dejé la taza de mi café solo encima del plato y noté que alguien posaba su mano en el respaldo de mi silla.

—¿Nos vamos?

La ronca y varonil voz de Edgar me hizo revolverme incómoda en mi asiento. No miré hacia atrás, sabiendo que estaba a mi espalda, y Luke en ningún momento cometió la impertinencia de observarme para ponerme más nerviosa. Luke tenía que encajar pocas piezas: el comportamiento de Edgar, el mío al verlo, los comentarios… Por mucho que siguiera ocultándolo, tarde o temprano lo descubriría.

—Sí, claro. Si me das unos segundos, voy a por una botella de agua.

Edgar no contestó, pero supe que había asentido cuando Luke le lanzó el pulgar hacia arriba en señal de aprobación. Cuando se marchó, no fui capaz de levantarme de la silla, hasta que, en mi oído, escuché un leve susurro seguido del tacto de sus labios, muy muy pegados a mi piel:

—La última vez que te follé hasta volverme loco fue en una silla muy parecida a esta.

Noté mis mejillas arder. Como movida por un resorte, me levanté de mi asiento, dispuesta a desaparecer. ¿Por qué demonios me hacía aquello? Tenía ganas de gritar y los ojos me escocían por las lágrimas acumuladas, ya no sabía si gracias a la rabia o al anhelo, ¡o por las dos cosas! Desbocada, llegué a la cubierta, me sujeté a la barandilla y contemplé el mar, quizá buscando esa paz que no conseguía encontrar.

—¿Todo bien?

Miré a Luke con un enfado considerable. Y eso que él no tenía la culpa.

—No. No vuelvas a dejarme sola.

Sonrió.

—¿Y puedo saber por qué motivo? —Le dio un trago a su botella de agua, mirándome de reojo.

—Porque… —Resoplé—. Luke, deja de hacerte el tonto, ¡por favor!

Lo contemplé molesta en el instante en el que Edgar y Lincón salían de la cafetería, este último con un pantalón corto y una camiseta hawaiana.

—Bueno, ha llegado la hora de hacerle una visita integral a este barco. —Lincón sonrió y dio dos palmadas en el aire.

Pero mis labios solo se curvaron un poco, y con esfuerzo.

Durante el recorrido, que duró más de una hora y media, sentí los ojos de Edgar clavarse en mi espalda de manera intimidante. No fui capaz de darme la vuelta para mirarlo ni una sola vez, y Luke, que se dio cuenta de ese detalle, intentó quedarse de vez en cuando detrás con él, dejándome a mí con Lincón, que hablaba y hablaba sin parar de todos los maravillosos espacios de los que disponía. Parecía querer vendérmelo.

—Tiene usted un barco muy bonito, señor Lincón.

—Sí, querida. Mi trabajo me ha costado, pero por fin lo he conseguido. Lo hemos conseguido —recalcó, volviendo la vista hacia atrás para mirar a Edgar—. Luke me ha dicho que tiene una agencia de viajes. Discúlpeme, pero no llevo aquí toda la información de los pasajeros. —Sonrió mientras se tocaba una de las sienes—. Quizá le interesaría trabajar con nuestra cadena. Sería todo un honor para nosotros contar con su presencia, Enma.

—Sí, claro. Cuando llegue, le diré a Susan que se ponga en contacto con usted.

—Aunque me gustaría, siento decirle que los temas de las promociones y las ofertas seguirá llevándolos el señor Warren, pero él estará encantado de atenderla, ¿verdad, Warren? —Se giró para mirarlo, y al no escucharlo contestar, supe de sobra que lo único que había hecho era asentir. En ese momento, tuve claro que jamás lo llamaría, y menos teniendo que cerrar los acuerdos con él—. Es un poco serio, pero en el fondo es buena persona —murmuró Lincón para que no lo oyesen.

Asentí justo en el momento en el que Luke nos alcanzaba, dejándome entre ellos dos y Edgar. Porque por nada del mundo pensaba ponerme a su lado, o habría sido capaz de morirme.

—En diez minutos te espero en mi habitación. Planta cinco, número seis, al fondo del pasillo.

El aire dejó de entrar en mis pulmones cuando su aliento rozó mi oído. ¿De verdad pensaba que iría?

—Ni lo sueñes, Edgar —le contesté sin mirarlo.

—Más te vale aparecer.

Cuando fui a responderle de la misma forma, se había marchado.

—¡Visita terminada! —anunció Lincón—. Ya podéis volver a disfrutar de estas instalaciones. Mañana llegaremos a Marsella, y os tengo preparada una excursión que os encantará. —Frotó sus manos con ansias.

—¡Bien! Entonces, mañana nos vemos. —Luke le guiñó un ojo. Puso su mano en mi espalda para guiar nuestros pasos hasta la cubierta y me preguntó—: ¿Vamos a la terraza?

—Sí, me he traído el bikini.

—Estás hecha una provocadora. Veremos a ver cómo salimos de la piscina.

Me reí por su comentario desmesurado, acompañado de una cara de rufián imperdonable.

Durante el trayecto a la piscina, pensé que Edgar debía estar esperándome en su habitación, aunque por nada del mundo pensaba subir. Mi cuerpo quedó cubierto por el simple bikini tras deshacerme de mi vestido, el cual dejé sobre la tumbona, y me encaminé hacia el agua, donde un montón de personas comenzaron a meterse para la fiesta de pompas que tendría lugar en menos de quince minutos. Tiré del brazo de Luke, pero negó con la cabeza.

—¡Vamos, será divertido!

—Yo te espero en la barra —me dijo muy convencido.

—¡Oh, venga, Luke! No seas aguafiestas.

—Que no, que no. Las pompas que van a soltar me dan repelús. Pensaba que serían de otra cosa, y ni loco me meto con esas cosas redondas llenas de jabón hasta las trancas. ¡Quita, quita!

Puse los ojos en blanco. Antes de entrar y perderlo de vista entre tantas personas, le dije adiós con la mano. Me coloqué en uno de los rincones, rodeada de gente que no conocía. Un monitor se detuvo en una especie de tarima, visible para las tres piscinas que circundaban la cubierta. Entre tanto barullo, era imposible ver a Luke, aunque rápidamente dejé de pensar en él cuando la música sonó y las pompas salieron disparadas desde enormes cañones incrustados en las paredes laterales de la piscina. Todo el mundo bailaba y se divertía al son de la música con los ejercicios que el monitor indicaba, y yo, como era habitual en mí, le seguí el ritmo. Porque si algo me gustaba, era bailar y la música.

—Te he dicho cinco minutos, ¿y tú te vienes a la piscina a bailar?

La tensa voz de Edgar ocasionó que diese un bote, asustándome, cuando de nuevo su aliento rozó mi oído. Me quedé paralizada durante unos segundos, pero me recompuse inmediatamente, bailando, como si él no estuviera. «Sabías que vendría», me dijo mi subconsciente. Y sí, lo sabía, aunque no querer asimilarlo era bien distinto. No me habría buscado en dos años, pero allí tenía siete días para no dejarme respirar.

—Si sigues moviéndote así, vas a hacer que pierda la cabeza.

—La cabeza la perdiste hace mucho tiempo, Edgar —repuse, ignorándolo.

El habitual escalofrío que me recorría las entrañas cada vez que se encontraba cerca resurgió. Sentí una de sus manos posarse en mi espalda y bajar con mucha lentitud, delineando mi columna vertebral hasta mi trasero. Mientras, con la otra sujetaba mi cintura con precisión, para terminar chocando con su duro pecho después de atraerme hacia él. Mis fuerzas flaquearon y mis sentidos se fueron al traste por aquel sensual roce, ocasionando que un pequeño gemido saliese de mi garganta de manera involuntaria. Me había oído, porque sentí, junto con el roce de sus labios en mi cuello, una pequeña sonrisa que no dejó lugar a dudas.

Intenté retomar el ritmo de la música, pero me fue imposible concentrarme cuando sus manos pasearon por mi cuerpo a su antojo, sin permiso, sin que nadie fuese consciente de ello. Miré alrededor, asegurándome de que nadie nos observaba, y ese morbo irremediable me calentó escandalosamente. La mano que tocaba mi trasero con decisión descendió lo suficiente hasta colocarse entre mis muslos mientras una de sus piernas se colaba por las mías, dándole paso a algo que no debía dejar que ocurriera. Pero estaba paralizada.

—¿Por qué huyes, Enma? ¿Por qué si no puedes? —murmuró con la voz cargada de erotismo.

Tocó por encima de la fina tela hasta apartarla y quitarla de su camino. A continuación, se introdujo por la abertura de mi sexo y, antes de que pudiera reaccionar, uno de sus dedos removió las cenizas que aún no estaban apagadas. Involuntariamente, me arqueé cuando lo sacó, y volvió a introducirlo con brío. Su pulgar presionó con maestría aquel botón que tan bien sabía manejar, instante en el que otro jadeo ahogado salió de mi garganta, esa vez más fuerte de lo que pretendía.

El monitor se giró, de manera que yo también lo hice, impulsada por la mano libre de Edgar, quedándome contra su pecho desnudo y ocasionando que la intrusión desapareciese. Elevé mis ojos hasta toparme con los suyos, que me observaban ansiosos. Subió la mano que había tocado mi zona más íntima hasta su boca y, con una sensualidad aplastante, se chupó los dedos sin apartar su mirada turquesa, que brillaba en exceso.

—Edgar…

No me dejó continuar cuando traté de detener aquella locura:

—Estás mojada… —musitó sin dejar de contemplarme.

Siguió el compás de la música, y la conexión tan habitual en nosotros resurgió de la nada. Los sentidos se me nublaron y pensé que caería al agua, pero eso no llegó a ocurrir, pues sus manos me tenían firmemente sujeta por la cintura. Sus labios se acercaron de manera peligrosa a los míos y mi mirada se desvió hacia ellos; tan rellenos, tan apetecibles, que sentí cómo se resecaba mi garganta, cómo lo deseaba.

Me miró con fijación y, rozando mi boca, murmuró:

—Podría follarte en medio de toda esta gente y no me importaría, Enma. No lo haría. —Detuvo sus ojos en los míos, que destellaban con fuerza—. Podría devorar ese coño de mil y una maneras en todos los rincones de este barco. —Su voz, cada vez más sensual, me atrapó—. Pídemelo. Solo pídemelo.

Sentí que el aire me fallaba por completo cuando, sin previo aviso, sujetó mis caderas y tiró de mi cuerpo hasta casi fundirme con él. Notaba su respiración acelerada, veía sus pupilas dilatadas por la excitación, y fui consciente del gran bulto que crecía bajo aquel bañador. Restregó su duro miembro en mi vientre de manera intencionada, apretando mis nalgas con euforia. Colocó su rostro en el hueco de mi cuello y le pegó un leve mordisco. Solté otro gemido más grande que el anterior.

—Necesito oír cómo te corres. —Su mano volvió a la misma zona de antes, apartando la tela—. Necesito que grites mi nombre, que me pidas más.

Tuve el impulso de contonearme, de restregarme contra él, de dejar que me hiciese lo que quisiese, y más en la piscina, sin importarme una mierda que al día siguiente nos echaran del barco, que diéramos un escándalo. Pero me di cuenta de que ese era mi gran error. Estaba cayendo en las redes de aquella araña gigantesca; de la araña que, debajo de su capa animal, era el mismísimo diablo vestido de traje.

Elegante.

Tentador.

Aniquilador.

A mi alrededor, la gente seguía entusiasmada de manera casi exultante al ritmo del joven, quien agitaba su cuerpo sin vergüenza delante de tantas personas. Aproveché el hueco que quedó libre a mi derecha para escapar de las garras de Edgar; huyendo, como de costumbre. No podía enfrentarlo. No podía, y lo supe desde el minuto uno en el que vi el nombre de su agencia en esa dichosa lista.

Pero mi intento se vio abocado a un fatídico fracaso cuando al dar dos pasos me sujetó de la muñeca y ejerció una presión inhumana. Me giré y me quedé frente a él, llena de rabia por no saber controlar los sentimientos que inspiraba en mí. Me observó entrecerrando los ojos, y supe que había perdido los papeles.

—Suéltame… —siseé entre dientes.

Negó con la cabeza, sin moverse del sitio y sin importarle quién pudiera vernos. Caminó conmigo casi a rastras por toda la cubierta, sin soltarme en ningún momento. Intenté por todos los medios deshacerme de su agarre, pero nada consiguió romper ese contacto.

—¡Edgar! Estás haciéndome daño. —Elevé mi tono de voz sin pretenderlo.

—Te he dado cinco minutos. Ni uno más ni uno menos —sentenció con voz firme e implacable.

—¡Que me sueltes, joder!

Aprecié que varias personas que estaban en la terraza de la cafetería, antes de entrar a los pasillos que daban a los ascensores, nos miraban con cierto interés. Mis mejillas se encendieron como una hoguera al ser consciente del espectáculo que estábamos dando. A simple vista no parecía nada normal, pues Edgar seguía sosteniendo mi muñeca con énfasis, sin importarle que no alcanzara su paso. Me conocía, y sabía que a la mínima de cambio huiría.

Al llegar a las escaleras no se molestó en mirar atrás cuando subió los escalones con furia. Forcejeé con su agarre desmesurado y conseguí sujetarme con la mano que tenía libre a la barandilla de las escaleras. Él se giró como un basilisco y me aniquiló de un simple vistazo.

—¡He dicho que me sueltes! —Esa vez grité con toda la ira posible, porque sabía que iba de cabeza al matadero, con él de la mano. Me ignoró, y pegó un pequeño tirón que casi me lanzó contra la moqueta roja del suelo. Moví mi muñeca sin parar durante un rato, sin ser consciente de dónde estábamos, hasta que mis ojos se fijaron en el pasillo y me di cuenta de que era la puñetera planta donde se encontraba su habitación—. ¡Edgar! No pienso ir contigo a ningún sitio. ¡Que me sueltes, joder!... ¡Edgar! —Me dejé la garganta llamándolo.

Parecía estar sordo o directamente pasaba de mí, pues no se detuvo ni un solo segundo. Justo en el momento en el que encontré un blanco fijo para darle una patada en la espinilla y de esa manera poder salir corriendo, alguien a mi espalda habló con la voz seria, aunque intentando mantener la calma:

—Suéltala, Edgar.

4

Detuvo su paso, haciendo que me estampase contra su perfecta espalda desnuda, sin embargo, en ningún momento soltó mi muñeca. Se giró como si estuviera poseído. Al ver que su semblante se teñía de tal furia que pensé que estaría a punto de cometer el mayor asesinato de la historia, decidí también mirar en la dirección que lo hacían sus ojos. Antes de que los míos se posasen sobre la persona que venía a rescatarme, recé para mis adentros por haberme equivocado al reconocer el tono de voz.

—¿Vas a decirme tú lo que tengo que hacer? —escupió con desdén.

Lo miré suplicante para que no siguiese con la conversación, ya que entonces sí era verdad que lo mataría en la misma puerta de su habitación. El carácter de Edgar, en muchas ocasiones, producía un miedo atroz en quien no lo conocía.

—Te ha pedido que la sueltes unas cuantas veces. Creo que ya está bien. —Se cruzó de brazos.

Edgar dio un paso al frente de forma intimidante, soltando mi muñeca con mucha lentitud, pero Luke no se movió del sitio ni separó sus ojos de él. Me interpuse antes de que pudiese avanzar, porque estaba cegado por la rabia.

—Y, si se puede saber —ironizó con tono rudo—, ¿qué coño te importa lo que haga con ella?

Su nariz se hinchó, inhalando con mucha fuerza con tal de no perder los pocos papeles que le quedaban. Esperó sin un ápice de paciencia a su contestación, y Luke respondió sin alterar su voz:

—Sí, me importa. Así que haz el favor de dejarla tranquila. Ya has dado un espectáculo. No quieras dos.

Edgar achicó sus ojos tanto que pensé que los perdería. Dio otro paso más, esa vez con la intención de no retroceder. Apretó los puños con fuerza y se encaminó en dirección a su amigo, quien, con total tranquilidad, lo contemplaba sin pestañear. Entretanto, yo trataba de permanecer frente a él para que no se enzarzaran en una pelea brutal. Como anteriormente había dicho, el temperamento de Edgar era ninguno.

—¡Edgar! —Toqué su hombro, llamando su atención.

Se detuvo para observarme, atravesándome hasta el alma con esa mirada tan profunda.

—Enma, vete. —Pude ver en los ojos de Edgar los instintos asesinos que pocos minutos antes solo habían asomado como una amenaza—. Si lo que quiere es pegarme por defender algo de lo que, creo, no tiene derecho, que lo haga —añadió Luke con valentía.

—Lo que quizá no sepas es que no te quedará un diente en la puta boca —lo advirtió con rudeza su amigo.

Luke alzó una ceja, acompañando el movimiento con una mueca de sus labios, y elevó sus manos lo suficiente, llamando su atención.

—Veámoslo entonces —le chuleó.

El rostro de Edgar se contrajo, encendiéndose de una manera temeraria. Intenté evitar a toda costa que no pasase por delante de mi cuerpo, ya que el pobre Luke se llevaría la paliza de su vida.

—Edgar, mírame —le pedí con la poca tranquilidad que me quedaba. No me escuchaba; al revés, intentaba zafarse de mi cuerpo con pequeños empujones—. Luke, vete —añadí sin apartar los ojos del hombre enrabiado.

—¡No voy a dejarte con este enfermo mental! —me aseguró, sin inmutarse por su comentario.

—¡¿Qué me has llamado?! —le vociferó el otro.

Sujeté sus hombros como pude, sin embargo, su gran cuerpo hizo que, con un simple movimiento, yo retrocediese un paso hacia atrás. Si no llega a ser por la mano de Luke, que me aferró con decisión, a punto habría estado de caerme. Cuando contemplé que Edgar alzaba su puño para estampárselo en la cara, dije en tono autoritario:

—¡Edgar, basta!

Como si fuese la mayor de las fieras, a la que con un simple silbido podía amansarse, sus ojos brillantes se clavaron en mí y detuvo su paso. Bajó aquel puño cargado de fiereza, sin dejar de contemplarme.

—Luke, vete, por favor —musité agotada.

—Pero… —intentó protestar.

—¿Piensas que voy a hacerle daño? —le preguntó Edgar con enfado.

Luke alzó una ceja con ironía. Edgar dio otro paso. Ya no quedaba distancia, pues los dos tenían sus frentes casi chocando.

—Luke, hazme caso. Por favor, no empeoremos más las cosas. Déjanos solos.

Traté de que razonasen, empujando a ambos para distanciarlos. Escuché cómo resoplaba, y giré mi vista hacia los ojos que habían vuelto a mí con urgencia.

—Si me necesitas, llámame.

—No va a necesitarte para nada. —Edgar bufó.

—¡Ya basta! —solté casi en un grito.

Le eché un breve vistazo a Luke y me volví en la dirección contraria, cogiendo una cantidad de aire gigantesca para lo que me esperaba a continuación.

—Si todo este numerito es porque quieres hablar conmigo, hablemos —le espeté de malas formas, y di un paso hacia delante.

—Quiero más que eso.

Su tono rudo me tensó, y mi voz interior me pidió que me olvidase de una maldita vez de todas las tonterías que tenía en la cabeza. Pasé por delante y me detuve frente a la puerta de su habitación. Él, por su parte, no apartó su felina mirada de mí ni para sacar la tarjeta, y en ese momento fui consciente de algo de lo que no me había percatado en los cinco años que estuve a su lado de una manera u otra.

Miedo.

El miedo a perder de vista lo que tanto anhelas. El miedo a sentir que se te escapa de las manos sin poder controlarlo. Y el miedo a ser consciente de que tu mayor demonio está ante ti y se llama obsesión.

Entré con paso acelerado, echándole un vistazo por encima a la gran suite. Obviamente era el jefe, pero aquello no tenía palabras. Era la elegancia personificada, el lujo y el poder en una simple habitación. Todo lo que poseía tenía un nombre, y se llamaba riqueza. Giré mi cuerpo de manera inmediata, me crucé de brazos y lo enfrenté con mal humor:

—¿Te crees que es normal el comportamiento que has tenido? —Se acercó con parsimonia hacia mí, y retrocedí un paso cuando alzó su mano con la intención de rozarme. Estaba deseándolo, podía verlo en sus ojos—. ¡Ni se te ocurra tocarme!

Soltando un fuerte resoplido, me obedeció. Se pasó una de sus grandes manos por aquel rostro perfecto, con una barba de varios días y un semblante serio y estremecedor. Después, se la llevó hasta su cabello negro y repitió el gesto. El corazón se me detuvo al observar, como tantas veces lo había hecho, aquel contraste con sus ojos tan claros que casi rozaban el gris plata.

—Era la única manera de que me hicieras caso. No voy a tirarme toda la vida detrás de ti. —Eso último lo dijo enfadado.

Alcé una ceja, sin poder creerme lo que acababa de soltar.

—¿Toda la vida? —le pregunté con ironía, y él supo por qué estaba diciéndolo—. Quizá no te hayas enterado o tengas tanto ego que no veas más allá de ti, pero cuando una persona te ¡evita! —elevé mi tono más de la cuenta al pronunciar la última palabra—, está claro que es porque no quiere saber nada de ti.

Alzó su rostro de manera altiva y movió sus labios de forma sensual, siéndome imposible obviarlos. Se dio cuenta de ese detalle y sonrió como un rufián.

—El problema es que esa persona a la que evitas no te ha hecho nada —añadió en tono neutro.

—O quizá puede ser que la persona a la que evito sea tan tonta que no quiere darse cuenta.

Se quedó callado durante unos segundos antes de pasar por mi lado para servirse una buena copa de alcohol, que no tenía ni idea de qué sería. Me señaló el vaso, invitándome, y negué con la cabeza, estupefacta. Porque Edgar Warren también tenía esa condición: la de pasota, la de «Me sudan los cojones, literalmente». Eso me sacaba de quicio, y siempre lo había hecho, o por lo menos las pocas veces que conseguíamos decir más de dos palabras coherentes cuando hablábamos, casi siempre de trabajo.

Se lo bebió de un trago. Después miró hacia el balcón y se sirvió otro, que acabó en su estómago de la misma forma que el anterior. Sin cambiar mi postura, lo miré.

—Me abandonaste con una puta carta —siseó entre dientes—. ¿Alguien te ha dicho que eso es de cobardes?

Noté que mi pecho iba a explotar; ya no sabía si de rabia o de todo lo que acumulaba.

—No te equivoques. Yo no te abandoné. —Se giró y fijó su atención en mí de manera desafiante—. Me despedí.

—Sin motivos. —Nuevamente, me contestó antes de darme tiempo a terminar.

Apreté los dientes, a punto de reventarlos.

—Tú y yo no éramos nada —escupí de malas formas—. Solo nos veíamos, como bien decías, para follar de vez en cuando. —Repetí su habitual palabra de cortesía con cierto sarcasmo y tonito—. Y hasta donde yo sé, a personas que no tienen nada —recalqué—, no se les debe ninguna explicación.

—A mí sí.

Sentí cómo mis mejillas quemaban. No sabía cuánto me quedaba para estallar como una bomba, pero intuí que poco. Amaba estar con él, pero cuando se ponía en aquel plan chulo y prepotente a partes iguales me desquiciaba.

—¿Por qué? —le pregunté con arrogancia—. ¿Te crees el dios del universo?

—¿Lo soy? —me vaciló.

Descrucé mis brazos, sin poder contener las ganas de matarlo con mis propias manos, y cerrando mi mano en un puño, lo estampé contra el escritorio que tenía a mi izquierda, movimiento que él siguió hasta que el sonido inundó la habitación.

—¡Maldita sea, Edgar!

Encaminó sus pasos hacia mí y, al quedar justamente enfrente, me preguntó en un susurro como si nada de lo que acababa de hacer o mi simple tono de voz le demostrasen lo cabreada que estaba:

—¿Puedo tocarte?

Sentí unas terribles ganas de llorar por su comportamiento, y la impotencia resurgió en mí como un ave fénix al no poder estamparle la cabeza contra la madera.

—No —sentencié—. No puedes tocarme.

—¿Y si no te hago caso? —Sonrió burlón.

Pero no me hizo ni puta gracia, y mucho menos cuando acercó su rostro tanto que casi rozó mis labios.

—Yo no soy tu dueña, Edgar —el aire comenzó a fallarme—, y no tengo que decirte lo que tienes que hacer o no —le respondí con desdén.

—Sí lo eres, y lo sabes —murmuró sensual.

Podía apreciar la tensión en sus brazos. En sus músculos. En su rostro. Apretaba tanto la mandíbula que puse en duda el aguante de esa perfecta y blanquecina dentadura. Cerró los ojos un instante, tratando de tranquilizarse; imaginé que por la cercanía que teníamos. Lo escuché respirar profundamente, para después volver a soltar el aire contenido. Pero lo que más me desarmó fue ver en esos preciosos ojos, cuando los abrió, la necesidad que tenía de mí.

¿Por qué? ¿Por qué yo y no otra persona? ¿Qué más daba? Mi pecho subía y bajaba a toda velocidad; mis manos, aunque traté de disimularlo, temblaban. Me traspasó, y pude apreciar un azul tan intenso y oscuro como muy pocas veces había visto. Lo único que podía era hacerle daño, de alguna forma tendría que entrar en razón, y no pensaba volver a pasar por lo mismo nunca más.

—No —hablé con decisión—. Lo único que sé es que eres un jodido demente que tiene un problema muy grande.

Mi firmeza lo dejó traspuesto, sin embargo, no se me olvidaba con quién hablaba. Segundos después, se recompuso tras apartarse de mí, sabiendo que no conseguiría ablandarme con un simple acercamiento. Porque, aunque en mi fuero interno ardiese de deseo por fundirme con su cuerpo, mi cabreo monumental y mi orgullo no lo permitirían.

—Ah, ¿sí?, ¿y cuál es? —me cuestionó con soberbia.

Ahora, la que acercó el rostro a su cara fui yo. Rechinando los dientes, le dije:

—Tu obsesión.

Sonrió lascivo.

Antes de que pudiera ser consciente, sujetó mis caderas y me pegó a él para que notase su dureza contra mi vientre. Acto seguido, le propiné un fuerte empujón y me aparté.

—La única obsesión que tengo ahora mismo —rio como un tirano, pasándose una mano por la barbilla— es la de tirarte sobre esa cama y follarte hasta que no recuerdes tu nombre. —Negué con la cabeza, sin poder entender su forma de actuar, mientras el continuaba—: Me debes dos años, nena.

Hizo una señal con dos de sus dedos y después los movió con chulería.

—¡No te debo una mierda! —Bufé con furia—. Sabías dónde estaba, y aun así ¡nunca viniste! —Irremediablemente, el despecho hizo acto de presencia.

—Tú sabías el camino a casa. No creo que tenga que recordártelo —añadió con una sonrisa exasperante.

«A casa… El camino a casa, dice», pensé con ironía.

Ante su forma irritante de hablarme, sus ojos vivaces llenos de deseo y todo su ostentoso cuerpo pidiéndome a gritos que lo tocase, decidí ser la Enma que tendría que haber sido antes de marcharme de aquella maldita oficina con el rabo entre las piernas. Porque una cosa tenía muy clara: a Edgar Warren no le gustaba el amor, no le gustaban los sentimientos y no le gustaba nada que no tuviera que ver con él mismo.

—¿No has encontrado a otra persona que quiera ser tu segundo plato cuando a ti te apetezca? ¿Es eso?

Me crucé de brazos otra vez y lo contemplé altanera, como si su simple mirada no me intimidara y me hiciera perder la cabeza. Negó, esa vez más serio de lo normal, y todo rastro del hombre gracioso —véase la ironía— y duro que minutos antes tenía desapareció. Volví al ataque con saña:

—¿Y por qué no se lo pides a tu mujer?

—No estamos hablando de ella. —Apretó los dientes y me señaló con un dedo, el cual aparté de un manotazo.

Me resquebrajé por dentro al ver que la defendía a capa y espada. ¿Y para qué? ¿Para engañarla después con miles de mujeres?

—¿Quieres saber por qué me fui? —le pregunté llena de odio; obviamente, por sus sentimientos no recíprocos. Asintió en un ademán casi imperceptible, sin romper la fina línea que juntaba sus labios. Sus insípidos gestos confirmaron mis pensamientos al respecto y supe que ese era mi momento. Si no lo soltaba todo de carrerilla, no sería capaz de hacerlo nunca—: Me fui porque me tiré cinco malditos años siendo tu amante —añadí con rabia—. Porque solo obtenía algo de ti cuando querías un puto revolcón o que te sometiera a mi antojo. —Su mirada se oscureció, confusa—. Y… —Alcé mi barbilla, arrogante, intentando que no me temblara la voz, aunque me fue imposible—: porque te amé.

Su gesto no cambió, incluso percibí que su respiración agitada aumentaba, pero ni una sola palabra separó sus labios. Y eso terminó por hundirme. Yo había cogido carrerilla y no pensaba parar hasta soltarlo todo, por mucho que don Edgar Warren no quisiese escucharlo. Él había preguntado. Él sabría la verdad. Así que continué:

—Te amé tanto que cada día se hacía eterno si no te tenía. Te amé tanto que me costaba respirar, y aunque te odiara más que a mí por no saber controlar esos malditos sentimientos, seguí amándote sin importarme una mierda que tú no fueras capaz de verme con otros ojos jamás en la vida. —Tragué el nudo que se creó en mi garganta al ver que no se pronunciaba—. Me fui porque necesitaba curarme —siseé, con los ojos llenos de lágrimas. Él no despegó la vista de mí ni por un instante. Tampoco se movió del sitio—. Porque necesitaba salvarme de ti.

Dos días habían transcurrido.

Dos días desde que expulsé de mi vida todo el rencor que sentía, sin un movimiento de cabeza siquiera por su parte cuando terminé mi monólogo.

Y no estaba mejor. No encontré esa maldita paz de la que siempre hablaba.

Dos días en los que nadie lo había visto por el barco, y sospeché que quizá había bajado en el puerto de Marsella cuando llegamos, ciudad a la que ni siquiera me atreví a ir por temor a encontrármelo.

En la soledad de mi habitación o mientras estuve vagando por el barco esos dos días intentando evitar a Luke por todos los medios, pensé en la de veces que había engañado a Katrina, mi mejor amiga, diciéndole que iba a dejar a su mujer, cuando todo eso no eran nada más que invenciones mías para conseguir convencerme de que algún día lo tendría solo para mí. Y me equivocaba. No sabía cuánto por aquel entonces.

Ese día llegaríamos a Roma. Aunque me hubiese perdido las maravillosas ciudades de Marsella y Génova, tenía claro que esa mañana, o salía de mi habitación, o moriría de asco dentro, por lo que me cambié de ropa a toda prisa. Al abrir la puerta, me encontré a Luke apoyado en la pared, mirándome con mala cara.

—Pensaba que te había comido la losa del cuarto de baño.

Tuve que reírme.

—No. Como ves, no lo ha hecho.

Pensativo, asintió. Después dijo:

—¿Vas a desayunar conmigo?, ¿o, por el contrario, también vas a evitarme como llevas haciendo dos días? He pensado que estabas cogiéndole gusto.

—Sí. —Sonreí—. Iré contigo a desayunar.

Movió su rostro en señal afirmativa, esbozando una leve sonrisa pícara. Pocos minutos después, al entrar en la cafetería, lo busqué con la mirada por todo el salón.

—No está.

Lo miré y le pregunté:

—¿Quién?

Alzó una ceja con ironía.

—Enma, ya vale —murmuró agotado.

Suspiré con fuerza, cogí mi plato y me senté de golpe. Luke hizo lo mismo y comenzó a comer, dando el tema por perdido. Mis ojos se quedaron fijos en el vaso que tenía frente a mí, hasta que, sin esperarlo, le solté a bocajarro:

—Fui la amante de Edgar durante cinco años, y me fui de Waris Luk porque me enamoré de él y supe que jamás me amaría de la misma forma. Fin de la historia, ¿te vale?

Dejó su tenedor en el aire, sin llegar a meterse la comida en la boca, y fijó sus ojos en mí de manera alarmante. Bajó el utensilio hasta su plato, se limpió con la servilleta y se pasó una mano por la barbilla.

—¿Cinco años? —me preguntó sin poder creérselo. Asentí; él suspiró—. ¿Qué viste en él para estar cinco años a su lado? Es… Es… —Las palabras no querían salir de su boca—. Es que no tendría peores calificativos para definirlo. A fin de cuentas, es una persona huraña, gruñona, está todo el día enfadado… No sé, Enma. Y si me equivoco, entonces es que no han servido para nada los veinte años que he estado con él, tanto en el trabajo como en la parte que me corresponde como amigo, si es que eso existe ya… —Añadió eso último taciturno.

—Él no es así. —Elevó sus ojos como si estuviera loca—. No siempre es así —rectifiqué.

Sentí ese escozor habitual. Escozor que me tragué con mucho sufrimiento, porque tenía ganas de llorar y llorar. De desahogarme con alguien que no fuese conmigo misma. De dejarme mimar mientras me consolaban.

—Ahora entiendo muchas cosas. —Lo observé sin entenderlo—. Su comportamiento cuando te fuiste fue desmesurado, algunas veces incluso aterrador. Fue… —pensó durante un momento— como si hubiera perdido el poco juicio que le quedaba.

—Pues no lo pareció cuando no vino a buscarme.

—Él no te echó. —Me miró y después me señaló con el dedo—. Tú te fuiste.

—No me quedó otro remedio. No iba a cambiar su perfecta vida por una don nadie como yo.

Se rio a mandíbula batiente.

—En serio, Enma, ¿en qué mundo vives?

—No te entiendo, Luke. Será que estoy espesa esta mañana…, o siempre —ironicé, porque vaya viajecito estaba dándole.

—Edgar está en la ruina. —Abrí los ojos como platos—. ¿Por qué te piensas que se ha unido a Lincón? O busca soluciones, o el negocio se va a la mierda, y poco le queda.

—Eso es imposible. Waris Luk es una de las cadenas de cruceros más grandes de Europa —defendí mordaz.

—Una cosa no tiene que ver con la otra. —Prosiguió con su desayuno mientras yo lo escrutaba, esperando una respuesta que él pareció no querer darme. Tras dos minutos intimidándolo de esa forma, puso los ojos en blanco y dejó el tenedor sobre la mesa—. Apártate de Edgar todo lo que puedas y más, Enma. Es mi amigo, le tengo mucho aprecio, pero no es un buen hombre, y eso lo sabe todo el mundo. Eres una mujer inteligente, olvídate de lo que tiene entre las piernas. Seguro que habrá más personas que puedan darte lo mismo.

Qué equivocado estaba si pensaba que todo giraba en torno al sexo.

—Luke, no me enamoré de su polla; me enamoré de él —le espeté malhumorada.

—Me imagino —me contestó con diversión, aunque su comentario había estado fuera de lugar. Puse mala cara, bufando como un toro al ver que la situación lo divertía, cuando a mí lo único que estaba consiguiendo era sacarme de mis casillas—. Edgar es un tío con muchos problemas tras él, y no olvides a Morgana, su mujer. —Recalcó eso último—. Por no hablar de que jamás hará sufrir a sus hijos por un simple capricho.

—Si lo que quieres es minarme la moral, estás consiguiéndolo. Pero también te diré que hace tiempo que mi corazón se cubrió con una coraza para Edgar Warren.

Medio mentí, porque estaba visto que la coraza de la que hablaba no era lo suficientemente fuerte.

—Bajo mi punto de vista, te esfuerzas poco en disimularlo, o esa coraza no funciona. —Lo fulminé con los ojos—. Lo que no entiendo es por qué reaccionó de esa manera cuando le dijiste que parara. Edgar no es un hombre al que le den órdenes. Él da las órdenes.

—Yo tampoco lo sé.

«Mentira».

Claro que lo sabía. Pero jamás desvelaría que el hombre más imponente de aquel negocio, el más agresivo, serio e implacable que todo el mundo veía, estaba obsesionado conmigo. Porque yo podía sufrir el resto de mi vida, pero nunca se me ocurriría destrozársela a él.

—Aun así, no me gustó. Me sentí incómodo hasta yo, y eso no debes permitirlo.

—Simplemente, detuve aquella locura, Luke. No saques las cosas de contexto —intenté desviar el tema para que no le diese más importancia.

—Eso no es lo que vi. O eso, o es que iba hasta las cejas y con una simple palabra tuya se perdió.

Arrugué el entrecejo al no saber qué había querido decir, y él pareció darse cuenta de la gran cagada que había cometido. Por lo visto, todos le guardábamos secretos al señor Warren. Lo insté con los ojos a que continuase, pero Luke movió los hombros quitándole importancia a su comentario.

—Luke, no voy a decirle nada. Estoy contándote cosas que no debería, aunque te agradezca el gran acto de valentía que tuviste por tu parte, pero…

Me cortó:

—¿Quieres decir que me habría ganado en una pelea?

Se hizo el ofendido, pero yo sabía que solo estaba intentando evitar la conversación; más o menos como había hecho yo con anterioridad.

—Sí, estoy segura de ello. —Tuve que reírme cuando arrugó el entrecejo.

—Sí. —Asintió mientras masticaba—. Creo que habría terminado en el hospital con las costillas rotas y los dientes en la mano.

Aunque Luke era un hombre fuerte, alto y grande, yo sabía que en una pelea con Edgar pocas personas podrían decir que habían salido ilesas, y el pobre Luke sería uno más del montón.

—Luke… —Me cansé de esperar.

Suspiró, mirándome con pesadumbre.

—Edgar se mete de todo menos miedo.

—No sé si te entiendo. ¿Estás diciéndome que… consume drogas? —Me dijo que sí con un simple gesto, sin ninguna emoción en su rostro—. Yo nunca lo he visto —le aseguré.

—Pues lo hace cuando le da la vena, Enma. Hazme caso, cuanto más lejos esté de ti, mejor te irá.

Dejamos de hablar cuando Lincón se acercó a nuestra mesa. Tomó asiento en una de las sillas y nos indicó que en diez minutos empezaría una breve reunión para las agencias en la sala de congresos de la cubierta principal, donde se encontraba la recepción. Tras ese tiempo, aligeramos el paso por el gran pasillo hasta que llegamos a unas puertas dobles en las que había más gente esperándonos. Miré el final de la mesa. Había espacio para unas veinte personas. Presidiéndola, se encontraba Edgar, que no se percató de mi presencia.

—¿Tú para qué vienes? —murmuré en el oído de Luke.

—No lo sé. Si me lo ha dicho, será por algo. —Movió sus hombros—. Mira, a lo mejor se piensa que somos pareja. —Sonrió travieso.

—No digas tonterías. Todo el mundo sabe que no te gustan las mujeres, aunque no lo aparentes.

—Oh, vaya —se lamentó, bromeando—, y yo que pensaba que iban a partirme dos costillas más —se mofó.

Le propiné un pequeño codazo, y por un «¡Auch!» que salió de sus labios, media mesa nos miró, incluido Edgar. Llevaba una camisa celeste con coderas de distintas formas. Se había remangado las mangas hasta media altura, luciendo tan endemoniadamente sexy como de costumbre. Nuestros ojos se encontraron, y no pude evitar apartarlos al sentir que me quemaban.

—Bien, gracias por venir a todos y darnos un poco de vuestro tiempo a mi socio —lo señaló— y a mí. El motivo de esta reunión será muy breve, pero queremos daros diez razones por las que vuestros clientes deben visitar esta nueva cadena.

Tras eso, Edgar tiró de una pequeña cortina que tenía a su lado, y de esa manera sus bíceps se apretaron más de lo normal a su camisa, provocando que varias de las mujeres que había en la sala suspirasen ruidosamente. Sin poder evitarlo, las mire mal. Rectifiqué de inmediato mi actitud, que no pasó inadvertida para Luke, instante en el que me pregunté a mí misma por qué coño pensaba de esa manera tan posesiva.

Él no era nada mío.

Durante la reunión, Edgar permaneció sumido en sus pensamientos, sin decir ni una sola palabra. Golpeó con su bolígrafo el papel blanco que tenía, y de vez en cuando sentí cómo me buscaba con la mirada, pero no era capaz de apartar los ojos de la pantalla por temor a deshacerme ante él como una auténtica gilipollas.

Nunca salimos a cenar juntos ni al cine o simplemente a dar un paseo, y me amoldé a eso. Me amoldé a lo que me daba. Me encantaban nuestros encuentros arrebatados en su despacho, me apasionaban las noches en las que llamaba a mi puerta sin esperarlo o quedábamos en cualquier hotel para recurrir a nuestras perversiones más oscuras. Sin embargo, mirándolo desde el punto de vista de una idiota enamorada, como lo era yo, no había nada más. No podía aspirar a nada más. Y al principio me dio igual, porque ambos solo buscábamos complacernos, pero con el tiempo la cosa se torció, para mi maltrecho corazón.

La mujer de Edgar, Morgana, era una persona a la que nunca podría alcanzar. Lo que más rabia me dio durante todo ese tiempo fueron los momentos que ella me robó de manera inconsciente, aunque también sabía que Edgar era un mujeriego y que jamás le había sido fiel a la madre de sus hijos. Y muchas veces me cuestionaba si eso era lo que en realidad había querido para mí en un futuro. Quizá no, pero en aquellos entonces me consideré la persona más feliz del mundo, porque en la intimidad era otro. Cuando estábamos solos no gruñía, no imponía, solo se dejaba manejar al antojo de una rubia alocada o al revés. Solo pensar en aquello ocasionó que me revolviese incómoda en la silla.

Elevé mis ojos desde el punto fijo en el que los mantenía al escuchar la voz de Lincón volver de aquella lejanía inventada:

—Espero que, por lo menos, todo esto os haya convencido. Edgar está poco participativo hoy. —Intentó gastar una broma que el hombre del final de la mesa ignoró.

Uno por uno, nos despedimos con un gesto agradable, y yo me marché sin haberme enterado de la mitad de la reunión porque, aunque había estado pendiente de la pantalla, mis pensamientos estuvieron funcionando a mil por hora. Esperé mi turno para estrecharle la mano, y Luke me dijo:

—Nos vemos en la entrada. Porque vas a visitar Roma, ¿no?

Asentí y él imitó mi gesto. Cuando el señor Lincón se quedó libre, traté de avanzar hacia él, pero sentí una mano posarse en mi cintura. Bajé los ojos sin girarme, sabiendo de quién se trataba. Por su perfume, podría reconocerlo a cien millas.

Controló mi cuerpo y mis pasos a su antojo, llevándome hasta el final de la sala, y nos quedamos escondidos tras la enorme pantalla que se desplegaba en la pared. Alzó su dedo y me ordenó silencio, hasta que la sala entera se vació y su socio apagó las luces. Temblorosa y con las pulsaciones revolucionadas, sus devastadores ojos me devoraron hasta tal punto que pensé que el corazón se me paralizaría causándome una muerte repentina. Entreabrió sus labios, respirando con dificultad. Sus manos paseaban alegremente por su rostro en señal de desesperación. Y yo morí por ser esas manos.

Todos los días.

A todas horas.

—No puedes amarme —me anunció de repente, tan firme como una roca—. No puedes ni siquiera quererme.

Mi lengua murió y, con ella, todas las contestaciones posibles que pudiera darle. Lo observé, sin mostrar ningún gesto de emoción. «No puedes amarme», me repetí mentalmente. ¿Y quién era él para controlar mis pensamientos y la voluntad de mi corazón?

Asentí sin saber qué hacer, y al ser consciente de que daba un solo paso hacia mí, un escalofrío me recorrió. No podía dejar de observarlo: su pelo negro perfectamente peinado, su barba de varios días exquisitamente recortada y aquella camisa junto a los pantalones del traje… No tenía palabras para describir el impacto que producía en mí.

—Y tampoco puedes abandonarme —aseveró con determinación.

Otro paso más.

Y otro.

Tragué el nudo de mi garganta mientras lo contemplaba con fijeza. Delineó mi mentón con sus dedos perdido en otra parte, pero no en aquella sala. Perdido en mi boca, en mi nariz, en mis labios, pero no allí. No conmigo. Acercó su rostro a mi cuello de esa manera tan particular que tenía de volverme loca: aspirando mi aroma y haciendo que miles de sensaciones recorrieran mi cuerpo por su simple tacto.

—Dímelo… —me suplicó en un susurro.

No podía. No podía dejarme llevar por él, pero tampoco era capaz de detenerlo, de marcharme de allí sin mirar atrás. ¿Por qué veía aquella puta necesidad en esos ojos tan bonitos? ¿Por qué no luchaba más por apartarme de él? «Porque en realidad no quieres». Y mi batalla se vio interrumpida por su ronca voz:

—Enma… Dímelo —me pidió, esa vez de manera más firme, rozando con su nariz mi cuello.

Se apartó escasos milímetros para buscar mi boca, aunque también encontró mis ojos anegados de lágrimas. Sin saber por qué motivo lo hice, mi lengua avanzó antes que mi mente:

—De rodillas.

Y sin más, el todopoderoso Edgar Warren cayó rendido a mis pies.

5

La respiración se me cortó.

Mis manos comenzaron a sudar y mis piernas flaquearon. Posé mis ojos en el hombre que tenía arrodillado frente a mí, subí la mano y agarré su pelo con fuerza para que me mirase. Lo hizo, y comprobé que su pecho subía y bajaba a una velocidad de vértigo con mi simple contacto. Tiré de él hacia atrás con firmeza, apretando mis dientes y maldiciéndome por ser tan vulnerable.

Sus manos descansaban a ambos lados de sus piernas arrodilladas y su pecho casi podía rozar mi vientre. Observé su boca entreabrirse lo suficiente, buscando ese aire que parecía no querer llegar. En ese instante sentí que quemaba, que me arrebataba la poca voluntad, y el deseo irrefrenable por él explotó como un volcán lleno de lava. Agaché mi rostro hasta pegarlo al suyo, lo miré directamente a los ojos y pude contemplar la necesidad que tenía de mí. Después, junté mi frente con la suya y exhalé un fuerte suspiro que me rompió en dos mientras cerraba los ojos, disfrutando de esa sensación de tener lo que has anhelado durante tanto tiempo.

Rocé sus labios con los míos en varias ocasiones, de manera muy suave y fugaz, lo que provocó que un ronco gruñido saliera de su garganta porque no permití que llegase a besarme del todo. Y ese fue el último empujón que me faltó para lanzarme a sus brazos como si fuese mi salvavidas.

—Tócame —le ordené.

Sus grandes manos aprisionaron mi cuerpo y lo abrazaron por completo, de manera que caí encima de él con las rodillas a ambos lados, quedándome a horcajadas sobre su cuerpo. Con sus manos bordeó mi rostro, y con uno de sus dedos bajó por el filo de los botones de mi camisa, tocando mi piel por encima de la tela. Mi pecho se oprimió por el contacto. Sus ojos ascendieron hasta encontrarse con los míos y sus malditos labios volvieron a entreabrirse buscando su propio tesoro. Los míos también lo hicieron, y dejaron escapar un pequeño gemido cuando sujetó mi cabello con fuerza.

Su boca buscó con desespero la mía, sin embargo, se tomó su tiempo deleitándose con el roce, repartiendo pequeños besos en mis mejillas, en mi mentón, hasta terminar de nuevo sobre mis labios, donde su lengua lamió los míos con premura, con exigencia y con un ímpetu inhumano que me desarmó. Nunca supe cómo podía besar tan jodidamente bien, cómo podía hacer que perdiese la cabeza con un simple beso.

Sujeté su pelo con más ahínco. Noté que todo mi cuerpo cosquilleaba con el vaivén de sus roces, destruyéndome con un beso salvaje y brusco. Me restregué con desesperación sobre su cuerpo y le di rienda suelta al torbellino de emociones que me ahogaba. Sentí su gran bulto a punto de reventar justo cuando sus manos descendieron para tocar mi sexo por encima de la tela de mis pantalones.

Jadeé.

Nuestras respiraciones se tornaron descompasadas, nuestros cuerpos pidieron alivio con urgencia y nuestras manos volaron por el cuerpo de ambos, buscando ese contacto que durante dos años se había perdido. Eché mi cabeza hacia atrás al dejar salir otro gemido, más grande que el anterior, cuando Edgar abandonó mi boca para devorar con delirio mi cuello. Segundos después, esos carnosos y chispeantes labios se reunieron con los míos para volver a la batalla. A una batalla que decía a gritos lo mucho que se habían echado de menos.

El sonido de la puerta al abrirse nos separó, ocasionando que ambos nos mirásemos sin soltarnos y sin perder nuestra conexión visual, con la respiración tan entrecortada que era imposible ocultar lo que había ocurrido.

—¿Enma?

La voz de Luke me sacó del ensimismamiento. Traté de levantarme, pero Edgar sujetó mis caderas con fuerza para que eso no ocurriese. Le hice un pequeño gesto con las manos para que me soltase, y en sus ojos pude ver la súplica para que no lo hiciera. Volví a pedírselo en silencio y al final cedió. Me incorporé como una pluma y me levanté.

—Ya iba —lo informé, asomándome por detrás de la pantalla.

Luke arrugó el entrecejo con confusión. Antes de salir, me toqué los labios hinchados, gesto que no pasó desapercibido para Edgar. Aunque trató de disimular la sonrisa, por las arruguitas de sus ojos supe que le divertía mi preocupación.

—¿Qué hacías detrás de…? —La pregunta se quedó en el aire, lo que me dio a entender que su amigo acababa de salir de su escondite, detrás de mí. Me giré para fulminar a Edgar. Con semblante serio e implacable, como era habitual en él, se mostró sin ningún pudor. Aprecié una negación con la cabeza por parte de Luke. Me observó, y después lo hizo en dirección a su amigo—. Te espero fuera —murmuró con desgana.

Fui a dar un paso para llegar hasta él, pero Edgar me detuvo sujetándome por el codo. Me volví molesta por su arrebato.

—¿Por qué has salido?

—No tengo que esconderme de nadie —me dijo mordaz.

—Sí, sí que tienes que hacerlo. Te recuerdo que tienes mujer.

Me crucé de brazos mientras me observaba sin pestañear, y comenzó a enfadarse por mi reprimenda.

—Si me entero de que tienes algo con Luke… —me señaló, dando un paso en mi dirección—, te juro que dejará de respirar en menos de dos minutos.

Su amenaza me cortó la respiración, y su semblante, aún más.

—¿De qué estás hablando? —murmuré atónita—. Solo somos amigos. Y en el caso de que estuviera con otra persona, ¿acaso tendría que darte explicaciones? —Entrecerré los ojos.

Apretó los dientes, soltó su agarre sobre mí muy despacio y, deteniéndose a mi lado con esa determinación que poseía, sentenció:

—Yo soy tuyo, pero tú eres mía.

Acto seguido, se encaminó hacia la puerta, dejándome confundida y temblorosa. Escuché el fuerte golpe al cerrar con malas formas, y no pude evitar apoyarme en una de las sillas y esconder mi cara entre mis manos.

Y lloré.

Lloré de rabia, de impotencia, por no entenderlo. Si tanto me necesitaba, ¿por qué nunca se planteó dejarlo todo por mí? ¿Por qué siempre fui el segundo plato para sus necesidades? Tantas preguntas se agolpaban en mi mente que no fui capaz de centrarme en todas.

La puerta volvió a abrirse y Luke entró con el semblante teñido por la tristeza. Giré mi rostro hacia el frente para que no viera las lágrimas recorriendo mis mejillas, las limpié con premura y decidí levantarme para marcharme.

—Enma… —Rozó mi brazo antes de que pasase por su lado. Me volví y comprobé que sus ojos se apagaban al ver el gran dolor que reflejaban los míos—. Te dije que te alejaras de él. Y no me hiciste caso.

—No puedo hacerte caso, Luke —murmuré, rota de dolor.

Sus labios se juntaron en una triste mueca. Sin poder soportarlo durante más tiempo, avancé hasta la salida, por la que me perdí entre los pasillos intentando mitigar los latidos de mi corazón.

Pasadas las doce de la noche, decidí salir de mi agujero particular llamado habitación. Jamás lo había pasado tan mal en un crucero, y estaban quitándoseme las ganas de volver a alguno; aunque, tomándomelo de una manera positiva, por así decirlo, solo me quedaban dos días a bordo y todo pasaría. Lo que no tenía tan claro era el tiempo que necesitaría para recuperarme.

Me puse un vestido blanco con flores estampadas de color azul y bajé al restaurante para coger un par de trozos de pizza. Al final, la pobre Roma se quedó sin ver, y menos mal que era la cuarta vez que iba, o no me lo habría perdonado.

Paseé por las cubiertas hasta que llegué. Mientras esperaba la cola, vi que un hombre trajeado salía de una de las salas de la parte derecha.

—¿Hay alguna fiesta esta noche? —le pregunté al italiano que me servía un par de trozos.

—Ah, sí, bueno —puso los ojos en blanco—, es una fiesta solo para los gerentes de otras cadenas. La han organizado los propietarios del barco.

Asentí agradecida, apreciando una sonrisa en los labios del camarero, y me encaminé hacia la zona por donde había visto salir al hombre. En la entrada, observé que dos tipos con traje la guardaban, lo cual me extrañó.

El hombre que segundos antes había salido de la estancia movió sus pies en dirección a la entrada, borracho como una cuba, tropezando con todo lo que encontraba a su paso. Dejé los trozos de comida en una esquinita y me lancé a por él, sabiendo que era mi única baza para acceder. Agarré sus solapas de inmediato.

—¡Eh, cuidado! —le murmuré mimosa, haciendo como que se había chocado conmigo—. Casi te caes.

Le puse ojitos de felina ligona, cosa que casi nunca fallaba cuando quería conseguir algo con babosos como el que tenía delante. El tipo mostró una sonrisa lasciva de oreja a oreja.

—¿Estás sola, guapa? —me preguntó, trabándosele la lengua. Asentí como una tonta, toqueteándome el pelo con descaro, y volvió a preguntarme—: ¿Te apetece venir a una fiesta?

Mi sonrisa fue triunfal, y accedí a la vez que enroscaba mi cabello con sensualidad en uno de mis dedos.

—Bueno, no tengo nada que hacer.

—Entonces, vas a disfrutar, y de muchas maneras. —Soltó una pequeña carcajada, echándome con ello su apestoso aliento.

Al detenernos en la entrada, el tipo con el que iba tuvo que hablar con los de seguridad para que me dejasen entrar. Aun así, no estuvieron muy convencidos. En la fiesta, pude escuchar que estaba totalmente prohibido el acceso a personas que no tuviesen la invitación expresa de los dueños del trasatlántico. Cuando entré, los ojos se me abrieron de par en par al ser consciente de lo que había.

El mundo de la perversión y la fantasía se encontraba delante de mis ojos, y no pude evitar buscar a Edgar en todos los pequeños escenarios de la sala, a cual más particular. Me dio tiempo a contar cuatro.

Mi acompañante me empujó y, pegándose a mi oído, murmuró:

—¿Demasiado, muñeca?

Negué con la cabeza y sonreí, provocándolo un poquito más.

—¿Dónde están los dueños del barco?

Traté de no darle importancia a la pregunta. Con la mano que sostenía su nueva copa, señaló hacia uno de los escenarios, en el que encontré a Lincón con tres mujeres. Una de ellas estaba de rodillas metiéndose su pequeña polla en la garganta. Otra se masturbaba con un consolador frente a él, en cuclillas, y la última se colgaba de una tela, dejando que el hombre la devorase. La simple imagen me produjo un daño cerebral difícil de olvidar. No soportaba a ese hombre, y mucho menos lo hacía viéndolo desnudo.

—Ahí solo hay uno —me aseguró como si nada.

Y no me extrañó que la fiesta fuese privada… Las mujeres se paseaban sin ropa con las bandejas en las manos. Los hombres hacían lo mismo y en las mismas condiciones. Algunos llevaban complementos de cuero, otros de purpurina, y así un sinfín de cosas que no me dio tiempo a contemplar bajo la tenue luz de las distintas zonas.

El público observaba expectante los diversos espectáculos que se realizaban en la sala. Al lado de Lincón, dos mujeres se masturbaban ante la mirada de varios hombres que se encontraban apoyados en el filo del escenario lleno de luces de neón, lanzándoles billetes o metiéndoselos entre la tela del tanga y su piel. Cerca de ellas, dos hombres arremetían duras embestidas contra una mujer con los ojos vendados y las manos atadas a una silla. En la última que faltaba, una chica demasiado joven, bajo mi punto de vista, se desnudaba contoneando sus caderas al son de la música, excesivamente alta.

—Creo que el otro está en el reservado cuatro. —Lo miré sin haberlo escuchado bien y sonrió, deseando comerme de pies a cabeza—. Allí.

Señaló con el dedo unas cortinas que se encontraban en la otra parte de la estancia, separadas de la sala principal por cuatro escalones de color rojo y negro; imaginé que para diferenciar la zona reservada de las demás.

Sentí que mi estómago se agitaba y mi cuerpo temblaba de los nervios.

—Si me disculpas un momento, voy a los aseos y ahora mismo vuelvo.

Le hice un gesto con la mano, sonriendo como una idiota. Se confió, así que sentó en una de las butacas frente a Lincón. Con paso acelerado, me encaminé hacia las cortinas rojas del reservado número cuatro.

Detuve mis pies al ver salir del interior a un hombre robusto con pinta de matón. Comprobé las alternativas que tenía para colarme, pero no atiné con ninguna cuando vi que se quedaba quieto frente a la única entrada por la que podía acceder. Pensé durante unos segundos en un plan suicida. No me quedaban más opciones, por lo que, tras echar un leve vistazo hacia atrás para verificar que mi acompañante no me había seguido, anduve hacia el mastodonte.

Tal y como pensaba, el matón —porque ya lo había bautizado así— posó su mano en mi hombro y negó con la cabeza. Observé la distancia para llegar, y con solo dos zancadas más estaría dentro.

—El señor Warren me ha llamado —le aseguré con tono firme.

—El señor Warren no está aquí. —Su tono no fue para nada amigable. Ni siquiera se dignó a mirarme.

—Eso no es cierto. Sé que está aquí —añadí mordaz.

—Pues no tengo constancia de que alguien haya quedado con él —dictaminó con rudeza.

Resoplé, y cuando me giré solo un poco para despistarlo, esquivé su mano y conseguí llegar a las putas cortinas rojas que me separaban de él. ¿Por qué tanta seguridad?

Porque cuando las abrí lo entendí todo.

Todo.

Mis ojos se posaron en su mano, que sostenía una pequeña tarjeta para rejuntar lo que supuse que sería coca, esparcida por la mesa. Con la otra amontonaba el polvo blanquecino que se salía del espacio rectangular que él creaba.

Cinco mujeres se contoneaban alrededor de él. Una de ellas lo sobaba de arriba abajo, en su lado izquierdo, y las otras tres se daban el festín lamiéndose las unas a las otras, creando una cadena de lujuria sobre el largo sillón rojo. La que tocaba con lascivia por encima de la ropa a Edgar se agachó para introducirse la droga por la nariz y después se tocó su sexo, llevando luego sus impregnados dedos llenos de flujos hacia la boca de la otra mujer, que se encontraba tumbada para que los chupara. Él tenía la camisa con unos cuantos botones desabrochados, las mangas en los antebrazos y la concentración fija en su asquerosa tarea.

Elevó sus ojos hasta toparse con los míos circunspectos, momento en el que el matón me sujetó de la cintura y me sacó a rastras de allí. Me revolví como una lagartija, siendo incapaz de soltarme de sus fuertes brazos tatuados, chillando para que me bajase. Con el sonido de la música tan alto y la gente tan pendiente de los espectáculos, nadie se dio cuenta de la que se había montado en un segundo. Edgar se levantó y extendió su mano hacia el hombre que me sostenía mientras yo pataleaba como una descosida.

—Suéltala —le ordenó.

El tipo me observó con desprecio al obedecer. Me arreglé el vestido como pude y lo aniquilé con la mirada. Edgar me miró sin saber qué hacer; lo pude notar en sus ojos histéricos y rojos, que se fijaban en mí y después volvían a la droga. Di un paso firme hacia el reservado, cerré las cortinas con un fuerte movimiento de mis brazos cuando entró y le lancé una mirada a las cinco mujeres que había para que se marchasen. Cuando desaparecieron, lo contemplé con asco.

—¿Qué cojones haces?

No me contestó. Pasó por mi lado sin inmutarse, se sentó como si oyera llover y de nuevo cogió la maldita tarjeta para rejuntar la droga ante mi mirada confusa y acusatoria, la misma que él ignoró cuando volcó toda su atención en el polvito.

—¿Qué haces aquí, Enma?

La pregunta sin venir a cuento me crispó al ver cómo me ignoraba. Sin pensármelo, pasé una mano por la mesa con fuerza, tirando todo el contenido al suelo. Abrió los ojos de par en par, tratando de retener en la mesa lo poco que quedaba.

—¡¿Qué coño estás haciendo?! —me gritó como un demente. Acto seguido, se levantó del sofá de manera abrupta.

—¡¿Por qué estás metiéndote esta mierda?! —le pregunté en el mismo tono, señalando el suelo.

Arrastré mis pies varias veces por la losa, queriendo eliminar cualquier rastro de aquel veneno. Seguía observándome desencajado.

—¡¿Estás loca?!

Pero no. El loco era él, o por lo menos eso me pareció. La mesa tembló y mi mano también por el gran palmetazo que di sobre ella.

—¡¡¡Contéstame!!! —le exigí.

—¡¿Qué quieres que te conteste?! —vociferó, fuera de sí.

Se acercó como un diablo enloquecido, pero no consiguió intimidarme. Apreté mi mandíbula y dirigí mis ojos hacia los suyos de manera temeraria.

—¿Desde cuándo te metes esto?

Se frotó la cara varias veces, seguido de los ojos, y dio dos pasos para bordear la mesa y llegar hasta mí. Se alzó amenazante, pero en ningún momento se me ocurrió bajar la mirada con miedo, aunque en el fondo estaba temblando como una hoja.

—¿Con qué derecho has hecho eso? —me escupió con rabia.

—Con el derecho que me dé la gana. —Recalqué lo último, sílaba por sílaba, pegando mi rostro prácticamente al suyo.

Sentí su respiración feroz en mi cara, y sus ojos recayeron sobre mí, echando humo. Elevó su dedo índice para apuntarme directamente a la cara, pero antes de que pudiera decir ni una sola palabra, le propiné un manotazo que provocó que se moviera una milésima. Bufó como un toro, y al intentar levantar de nuevo la mano, elevé la mía para repetir el gesto. La sujetó con una fuerza desmedida.

—No vuelvas a darme un manotazo de esa manera —gruñó.

—¡Y tú no vuelvas a señalarme con el dedo!

El fuego de sus ojos se reflejó en los míos. Parecíamos dos titanes a punto de enzarzarse en una pelea. Su nariz por poco tocó la mía. En ese instante, las cortinas se abrieron y entró mi acompañante de la puerta.

—Muñeca, estaba buscándote —me dijo lascivo.

Dio un fuerte palmetazo en mi trasero, ocasionando un respingo por mi parte. Lo miré con mala cara cuando fue a cogerme del brazo para sacarme del reservado. Entonces, uno de los tres perdió la poca cabeza que le quedaba.

Pulsuz fraqment bitdi.

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Yaş həddi:
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Litresdə buraxılış tarixi:
13 noyabr 2024
Həcm:
400 səh.
ISBN:
9788417160562
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Bookwire
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