Kitabı oxu: «Mi perversión»
Mi perversión
Los personajes, eventos y sucesos que aparecen en esta obra son ficticios, cualquier semejanza con personas vivas o desaparecidas es pura coincidencia.
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© de la fotografía de la autora: Archivo de la autora
© Angy Skay 2021
© Editorial LxL 2021
www.editoriallxl.com
04240, Almería (España)
Primera edición: febrero 2021
Composición: Editorial LxL
ISBN: 978-84-18390-22-7
Mi
perversión
parte ii
Angy Skay
Las personas llegan a tu vida.
Otras veces, te sacan de ella.
Angy Skay
A mi niña, Ellery.
Índice
1
Edgar
2
ENMA
3
EDGAR
4
ENMA
5
6
7
EDGAR
8
ENMA
9
10
11
12
EDGAR
13
ENMA
14
15
16
17
18
EDGAR
19
ENMA
20
21
EDGAR
22
ENMA
23
EDGAR
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ENMA
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27
28
EDGAR
29
ENMA
30
31
Continuará…
Agradecimientos
Biografía de la autora
1
Edgar
La villa que habían escogido para esa ocasión me pareció más que ostentosa. No recordaba haber estado tan poco receptivo en ninguna de las fiestas que Waris Luke había organizado en el pasado. Ni siquiera había mostrado el nulo interés que tenía por que aquella celebración se llevase a cabo.
La gente vestía tan elegante que pensé que iban a una boda en vez de a un acto que informaba sobre los nuevos avances en los negocios. «Como siempre en este tipo de fiestas», me recordó mi mente. Quizá había hecho una desconexión total de mi anterior vida y ya ni siquiera guardaba los recuerdos que no me interesaban.
Observé a Mark al otro lado del jardín, que elevaba una copa en mi dirección y me miraba con una gran sonrisa. Aquel cabrón sí que había tenido suerte al seguir trabajando para mí. Con la evolución de la cadena, había triplicado el sueldo y subido unos cuantos peldaños.
A mi izquierda, pude ver a Lincón con un par de mujeres y con aquella cara de viejo verde que lo perseguía allá donde fuese. Di gracias a mi nuevo abogado, ya que consiguió sacarlo de cualquier negocio a medias que tuvimos en el pasado. Aun así, él aseguró que seguiríamos igual, sin rencores, pero yo no me creí sus palabras ni una mierda. No hay que ser muy listo para darse cuenta del sentimiento maligno que provoca que te aparten de cualquier tipo de negocio, y más aún cuando sabes que está dándote unos frutos que pueden hacerte muy rico. A mi anterior abogado, Paul, no volví a verlo, detalle que agradecí. La lealtad era una de las virtudes que sumaban puntos en mi lista, y él la había destrozado, aunque ahora la relación con Morgana fuese tan distinta y extraña como nunca imaginé.
Dos palmadas en mi espalda provocaron que girara el rostro lo justo para ver a Luke, que aceleraba el paso por el jardín perfectamente decorado hacia el escenario que había en medio de la mansión. Un breve vistazo fue suficiente para fijarme en los detalles de la piscina, iluminada hasta decir basta; en el escenario de delante, hacia donde Luke se encaminaba; en el gigantesco espesor verde que rodeaba toda la casa, colmada de luces llamativas, y en los altavoces último modelo que amenizaban el ambiente con música clásica.
Qué asco daba.
Qué asco dábamos la gente que teníamos dinero.
Sin embargo, en mis tiempos de miseria, había aprendido —o, más bien, una persona me había enseñado— lo que significaba la palabra humildad. Empatía. Y lo había aprendido a base de bien. Ahora, contemplando todo lo que tenía a mi alrededor después del levantamiento de Waris Luk y los éxitos que se sucedieron tras la detención de Oliver, veía que lo tenía todo. Incluso mucho más que antes. Pero había algo crucial que me faltaba en la vida, y se llamaba Enma Wilson.
Cinco meses.
Cinco meses sin saber nada de ella desde la última visita a la comisaría, sin poder localizarla, sin conseguir que cualquier amigo suyo me diese una pista; ni siquiera Luke, que se había cerrado en banda y no tocaba siquiera el tema. Lo único que me decía era «Estará bien», y a mí me entraban unos instintos asesinos tan grandes que un día, si no lo maté, fue porque mi madre estaba conmigo.
«Juré que no hablaría de ella, y esta vez cumpliré mi promesa». Promesa, había dicho el gran mamón, y esa vez sí que se fue con un ojo morado. Sabía que Luke no era el culpable, sino yo, que la había apartado de mi lado yo solito. Sin embargo, los días se sucedían como si de una rueda se tratase y mi vida se encontraba vacía. Por no hablar de mi hija.
Había visto una ecografía; y de puro milagro, porque le cogí el teléfono móvil a mi madre, a escondidas y como si tuviese trece años, y abrí una conversación muy asidua con Enma ese mismo día. No sabría calcular la de semanas que estuve tan cabreado que ni siquiera fui capaz de mirarla. Juliette argumentó que pensaba contármelo, que se la había enviado esa misma mañana. Y era verdad, pero la rabia me cegó tanto que no supe controlarla. La relación que ambas tenían se terminó tan pronto como añadí su número y comencé a llamarla como un desesperado, bajo la amenaza constante de mi madre para que no lo hiciese. Eso fue muy pocos días después de enterarme de que ya se había marchado a saber dónde. Desde ahí, la única posibilidad que tenía de saber de ella también se fue al traste.
Dakota.
La pequeña se llamaría Dakota, tal y como le dijo Lion. Y hasta ahí podía leer, porque no sabía una mierda más. ¡Si hasta mis hijos habían hablado con ella! Me preguntaban a todas horas cuándo vendrían, si tendrían una prima nueva o una amiga. ¡Una prima o una amiga! ¿Y cómo les explicaba que su padre se había portado como un cabrón con Enma y que Dakota no sería su prima, sino su hermana? Pues a esas alturas no lo sabía, porque tampoco tenía claro que pudiera conocer a mi hija.
—No tienes mucha prisa por llegar.
La dulce voz de Morgana me sacó de mis pensamientos a medida que llegaba a la primera barra. Alcé el mentón y me la encontré tan despampanante como siempre. Su figura estaba cubierta por un vestido de noche de color blanco hasta los pies, con una gran abertura en la pierna derecha. El contraste con aquel cabello rojo como el fuego era espectacular, y de no saber cómo era ella —o, según decía, había sido—, habría caído en sus redes por segunda vez sin pensarlo.
Me acerqué con pasos largos y deposité un beso en su mejilla.
—No. La verdad es que ninguna —le contesté. Ella sonrió y posó su mano con cariño en mi hombro. Obvié la caricia oculta en ese gesto—. ¿Cómo te encuentras hoy?
—Mucho mejor. Parece que las heridas de guerra van curándose poco a poco.
Había tardado unos meses en poder recuperarse de la herida de bala, gracias a su padre. Durante un tiempo, estuvo en estado crítico. Luego, la valentía que Morgana siempre tuvo salió a relucir y sobrevivió, incluso cuando su madre y yo pensábamos que moriría en el hospital tras un gran bajón.
—Entonces, disfruta esta noche. Emborráchate y permítete una buena juerga.
—De eso, tú sabes mucho últimamente. —Se acercó a mí.
Esa vez no retrocedí. La miré con atención y enarqué una ceja.
—¿Quién dice eso?
Sonrió, y noté un leve rubor en sus mejillas al sentirse inspeccionada por mí.
—Ya sabes, la gente habla. ¿Cómo estás? —me preguntó, cambiando el tono. Aunque nunca había hablado sobre Enma, sabía que se refería a ella.
—Bien —me limité a responderle de manera tajante.
Llevaba meses intentando que la dejase aparecer por casa; la casa de mi madre, la cual seguíamos manteniendo y que arreglamos por completo después del incendio. Todavía no concebía la idea de dejarla a solas con Jimmy y Lion. Ni siquiera me veía capacitado para contarles quién era ella, aunque tampoco lo requería. Y así me lo hizo saber Morgana en los cientos de veces que mantuvimos la misma conversación. Los mismos cientos que le había dicho que no. Podría estar equivocándome, como tantas veces lo hacía, pero si durante todos esos años no se había preocupado por los que un día fueron sus hijos, ahora tampoco tenía tanta importancia, y no pensaba permitir que les pusiese la vida patas arriba. Una cosa era comenzar a fiarme de ella y otra ser gilipollas. Retomó su trabajo en Waris Luk y se encargaba de llevar el cierre de acuerdos con algunas cadenas e incluso viajes concretos. Sabía de sobra que le encantaba aquel cargo, y en cierto modo estaba en deuda con ella por haber salvado a Enma de aquel disparo que podría haber sido mortal para ella o para el bebé.
Carraspeó y cambió de tema, tratando otra vez de sonar distendida:
—Estarías mejor en tu casa, arreglando esa tartana de coche lleno de grasa hasta las cejas. Me parece increíble que te hayas vuelto así. —Rio con fuerza.
Pedí un whisky, le di un sorbo y volví mi atención a ella, que me contemplaba expectante.
—Es un Mustang del 64, no una tartana. Y no me he vuelto así; siempre lo fui.
Puso los ojos en blanco y se llevó su copa de champán a los labios con mucha delicadeza, más de la habitual, y supe que mi comentario le había dado de lleno. Porque eso solo quería decir que, durante todo el tiempo que habíamos compartido, no se había molestado en conocerme ni en prestarme la suficiente atención para averiguar esos detalles. No hurgó en el asunto, siendo consciente de dónde acabaría la conversación. Otra cosa no, pero Morgana era experta en desviar temas que no le interesaban o que no era capaz de afrontar porque no podía rebatirlos.
—Con todo el dinero que tienes, podrías comprarte el coche que quisieras sin tener que mancharte las manos de grasa. Y, por supuesto, de una época moderna.
Negué con la cabeza y me marché de allí en dirección a Luke, dejándola con una sonrisa en la boca y, seguramente, con un suspiro de tranquilidad. Intentaba alejarme lo suficiente de Morgana. No quería que malinterpretásemos nuestra situación. No quería que se confundiese. Y sus ojos, desde hacía unos meses, me decían todo lo que pensaba.
A medida que avanzaba, fui saludando a la mayoría de los invitados. Habíamos cerrado un acuerdo con la cadena de Luke y la fiesta se había organizado por todo lo alto. Luke había conseguido subir a la cima y mantenerse allí y me alegraba, aunque no me apeteciese permanecer en aquella fiesta. Solo esperaba que, con el tiempo, no se diese un golpetazo.
Al verme, Luke le sonrió a la mujer con la que hablaba y se despidió de ella con un breve apretón en su brazo. Encaminó sus pasos hacia mí y yo le di otro trago a mi bebida.
—Creo que alguien está haciéndote ojitos —le dije con picardía y una sonrisa.
—¿Te refieres a los mismos ojitos que lleva haciéndote meses tu exmujer? —malmetió.
—Eso es trampa. —Lo señalé—. Eres un rastrero.
—Un rastrero al que le gustan los hombres y que, por supuesto, tiene razón. ¿Has pensado que casarte conmigo sería una buena opción?
Lo miré muy mal y me bebí el whisky de un trago. Solté el vaso en la bandeja de uno de los camareros que avanzaba por mi derecha y me reajusté la chaqueta de mi traje negro.
—Que te jodan, Luke.
Levantó las manos en son de paz y rio con mucha fuerza.
—Es verdad —comenzó con voz de orangután—, soy muy macho para tan poco hombre. —Cambió el tono a uno más afeminado, nada que ver con el suyo habitual, y lo acompañó de un aleteo de pestañas—: Cari, ¿subes conmigo al escenario?
Me reí y le propiné un golpe con el puño en el hombro.
—Eres un gilipollas.
—Un gilipollas que te encanta. Venga, no me jodas, seríamos la pareja perfecta. Es que no lo entiendo. Solo pones impedimentos para que nuestra relación funcione. Si luego quieres acostarte con mujeres, lo entenderé, y me dará igual quién sea. No seré un celoso de mierda. Te lo juro.
Lo examiné durante unos segundos, y supe que arrugaría el rostro en cuanto escuchara mis siguientes palabras:
—Dime dónde está Enma y me caso contigo.
Una sonrisa afloró en mis labios al ver su mueca de desagrado. En el fondo, no pretendía estar repitiéndoselo constantemente, pues era consciente de que él sufría en muchas ocasiones.
—Sabes que no lo sé —añadió, sin despegar sus ojos de mí; esa vez, con mucha seriedad.
Lo ignoré y caminé con decisión hasta el dichoso escenario, al que no me apetecía subir para nada. Dejé que Luke tomara la palabra e inspeccioné a las personas que nos contemplaban mientras escuchaban la verborrea que mi amigo soltaba. Sin embargo, pocos minutos después, apreté los dientes al fijarme en una figura situada bajo uno de los árboles que había al final del jardín. Supe que mi rostro se había transformado, pues no estaba escuchando a Luke, que me observaba con la mano extendida; seguramente, para darme paso en la conversación que debíamos llevar los dos entre risas y estupideces. Pero mis ojos no se apartaban de aquella figura.
—¿Edgar? —me llamó Luke, y fui consciente de que todo el mundo me miraba.
Giré sobre mis talones y anduve en dirección al árbol, no sin antes pedir unas simples disculpas ante la cara de asombro de Luke. La gente me escudriñaba, aunque a mí no me importaba. Seguí caminando; cada vez más rápido, cada vez más frenético. Hasta que mi cuerpo se perdió en la oscuridad de la noche al acecho de unos ojos verdes que destellaban en exceso sin dejar de observar mis pasos.
—Warren.
—Campbell.
Nos desafiamos con la mirada durante muchos minutos. No supe cuántos, pero los ojos me escocían y los dientes rechinaban dentro de mi boca. Tenía mis motivos para hacerlo. Las amenazas volaban de un lado a otro.
Al ver que no pronunciaba ni una sola palabra, decidí intervenir:
—Márchate de aquí. No eres bienvenido.
Abrió los labios, como si tuviese la intención de pronunciar algo, y después los cerró. A continuación, se juntó mucho a mi rostro y me dijo:
—Lark está vivo.
Arrugué el entrecejo, sin querer entender lo que acababa de decirme. Di un paso adelante, acercándome más a él.
—¿Qué has dicho?
—Que Lark está vivo. Hasta el momento, creo que hablo a la perfección. Pensaba que eras un tipo listo, pero ya veo que me equivocaba.
—Déjate de soplapolleces —gruñí.
Lo vi dudar, sin embargo, terminó diciendo:
—Eso quiere decir que, si no damos con él, Oliver saldrá de la cárcel y tendremos que poner a Enma en…
—A Enma no tienes que ponerle nada —escupí con malas formas, sin dejarlo acabar.
—¿Acaso sabes algo de ella después de cinco meses? —me preguntó con inquina. En sus ojos pude ver el reflejo de la victoria, lo que me dio a entender que él sí sabía dónde estaba.
—Si lo sé, no pienso decírtelo.
Sonrió con superioridad y me dieron ganas de borrarle la sonrisa a puñetazos.
Tenía que encontrarla.
Y debía hacerlo antes que él.
2
ENMA
Me tumbé en la orilla de la playa y elevé mi rostro para que los rayos del sol incidieran directamente en mi piel. Toqué mi abultado vientre y permití que el vestido, el cabello y todas las partes de mi cuerpo se impregnaran de arena. Cerré los ojos y suspiré.
Habían pasado cinco meses desde el incidente de la cabaña y lo recordaba todo a la perfección. Oliver fue detenido por asesinato, falsificación de datos, blanqueo de capitales y un sinfín de delitos más que no quise ni escuchar. Antes de que se lo llevaran, contempló el cuerpo casi sin vida de Morgana y algo en él cambió. Algo tan grande como las ansias de venganza. Mirándome a los ojos, me juró y perjuró que me arrepentiría de lo ocurrido, como si el simple hecho de volverse loco disparando a todos hubiese sido mi culpa. Como si que su hija estuviese herida hubiese sido mi culpa. En un primer momento, entré en shock al ver que Edgar se escurría a la vez que Oliver, sin embargo, el que recibió los dos impactos de bala en la pierna fue Oliver, por parte de Klaus, el inspector de policía que llevaba el caso.
A Edgar también lo detuvieron por secuestro premeditado, pero ya no sabía si todo había sido una patraña más entre la Policía y él o no. Mientras lo tenían apoyado sobre un escritorio colocándole las esposas, me contempló con una clara súplica en su mirada; una súplica que pedía perdón pero que también decía verdades. No obstante, mi mente había llegado a un punto de desconexión, y lo único que deseaba era estar sana y salva, lejos de engaños, falsas promesas, mentiras y asuntos turbios, como el motivo por el que me encontraba allí.
Terminé enterándome de todos los planes que unos y otros habían urdido en conjunto con el fin de cazar a Oliver y de que la Policía lo detuviese. Edgar le hizo creer que estaba de su lado; aunque en el fondo siempre lo estuvo, pues me había engañado desde el minuto uno. Y por mucho que se hubiese enamorado de mí, no tenía perdón ni excusa para no habérmelo contado.
Morgana trató de confundirlo de la misma manera, y a eso se le sumó la supuesta noticia falsa de que ellos dos se reconciliaron, dándole como recompensa lo que Oliver siempre había querido: que Waris Luk fuese de Morgana para después poder quitársela a su hija. También era otra mentira como una catedral de grande, pues, a efectos legales, nada de eso había ocurrido. Luke, simplemente, los ayudó a cada paso, lo que dio como resultado que yo estuviera en aquella cabaña como cebo. Edgar tuvo el plan urdido al milímetro, e hizo pensar a Oliver que me había engañado con sus artimañas con el fin de que firmara aquellos documentos que declinaban la herencia para después, tal y como dijo, deshacerse de mí. Morgana había avisado a la Policía semanas atrás, y junto con Luke llevaron a cabo una investigación para que pudieran juzgarlo por más de un cargo. De esa manera, Oliver se pasaría una buena temporada en la cárcel.
A fin de cuentas, me sentía la persona más utilizada por todo el mundo. Y cuando Oliver apareció en mi agencia, supe que su única intención no era otra sino asustarme y hacerme saber con quién estaba tratando, para que, llegado el día, si me enteraba de la ostentosa cantidad de dinero que me había dejado su hermano, tuviera claro a quién pertenecía. Al final, Oliver creyó que todos estaban de su lado, cuando lo que en realidad sucedió fue que confabularon en su contra. Incluida su mujer, al enterarse del asesinato de Lark; cuerpo que supuestamente también tenían localizado. Todo era un sinfín de suposiciones que no acababan nunca.
No acudí al hospital para ver a Morgana. Milagrosamente, la bala no la había matado y se recuperó con lentitud. No me parecía lo correcto visitarla, y pese a que ella había recibido esa bala por salvarme, pensé que no era apropiado aparecer allí como si nada cuando, con seguridad, su madre sabría muy bien quién era yo. No quería darle el día a nadie, y mucho menos estando tan crítica. Supe por Luke que Edgar sí había ido a visitarla constantemente, y también pude ser testigo de que, gracias a un periodista que se encontraba en el momento ideal en el hospital, no solamente se decían dos palabras, no. También había abrazos en sus visitas, caricias y tenues sonrisas arrebatadas que durante unos días me llenaron de celos pero que, tan pronto como pude, sustituí por odio.
En esa semana, mis amigos no se separaron ni un instante de mí, incluido Luke, quien, enfadado por no haberle contado lo de mi embarazo, no había día que no me lo recriminase. Me mudé a la casa de Susan de manera provisional, pues, aunque Katrina y Luke insistieron, no quise prolongar más de unos días el viaje a Galicia. Por supuesto, la casa de Luke no era una opción. Por nada del mundo pensaba encontrarme con Edgar cara a cara. De hecho, no quería volver a encontrármelo nunca.
La última mañana que estuve en Mánchester, Susan y Dexter me acompañaron a la comisaría. No tenía muy claro para qué debíamos volver, porque no me habían dado muchas explicaciones por teléfono. Edgar había estado llamándome desde el día en que lo detuvieron en la cabaña. Primero, con su número de móvil, por lo que el segundo día, cuando vi que no cesaba, lo bloqueé de todos los sitios posibles para que no continuara insistiendo. Pero, obviamente, no fue así. Después, un día tras otro, los números desconocidos fueron apareciendo en mi pantalla, así que al final opté por cambiar el mío. Hasta la fecha, no había tenido noticias de él.
Necesitaba olvidarme definitivamente de Edgar Warren.
Antes de acudir a la cita, le pregunté a Klaus unas diez veces si solo me habían citado a mí, y me confirmó que sí. Con esa tranquilidad, entré en la comisaría acompañada de mis amigos. Miré a mi alrededor y lo vi a lo lejos, saliendo de una de las salas con cara de mal humor. Alzó el mentón y sonrió, lo que me puso nerviosa. Era como si el mal carácter se le hubiese esfumado de un plumazo.
—Uh, el poli está haciéndote ojitos —añadió Dexter, dándome un codazo.
—¡Cállate! —lo regañé—. ¿Tú has visto la barriga que tengo? Si se fija en mí el ginecólogo, es porque no le queda más remedio.
Toqué con delicadeza mi prominente vientre, pequeño pero llamativo por aquel entonces.
—Ahí viene. Derecho —murmuró Susan, dándome esa vez un suave codazo en el costado.
Carraspeé al verlo avanzar con grandes pasos. El uniforme le quedaba como anillo al dedo. Llevaba el cabello rubio un poquito largo y peinado de forma desenfadada. Sus ojos verdes brillaban en exceso según se acercaba, y el aspecto de chico malo, desde luego, no le pegaba para nada con el trabajo que tenía.
—Buenos días, Enma. ¿Cómo va esa herida?
Sonrió, y esa sonrisa se me antojó deslumbrante. Desde el primer momento en el que me tomó una breve declaración en la cabaña, había estado preocupándose con asiduidad por mi estado de salud. De hecho, había acudido tres o cuatro veces a la casa de Susan. En este caso, se refería al rasguño de la bala que llevaba en el brazo gracias a Oliver.
—Buenos días… Bien —musité sin escucharme.
Su sonrisa se hizo más grande. Miré de reojo a Susan, que casi babeaba. Dexter estaba al asalto y se juntaba en exceso a mi costado.
—No te robaré mucho tiempo. ¿Me dijiste que te marchabas mañana?
—Sí. No quiero demorarlo más.
—¿Adónde me dijiste que te ibas? —me preguntó con picardía y una sonrisa ladina.
—No te lo dije.
Volvió a sonreír y escuché el carraspeo, esa vez, por parte de Susan. Klaus ensanchó más sus labios y, cabeceando, añadió:
—Eres dura. Pero me lo dirás. —Me señaló con el dedo.
—No lo creo.
—Ya tengo tu teléfono —me vaciló.
—No me quedó otro remedio —me justifiqué.
—No tendrías que haberle dado el nuevo, ejem..., ejem…—La voz de Dexter nos sacó de aquella batalla de puntadillas. Lo miré con mala cara por soltar ese comentario.
Klaus soltó una pequeña carcajada y alzó sus cejas con gracia. De reojo, pude ver cómo le guiñaba un ojo a mi amigo.
—Ahora os la devuelvo.
—Si quieres, puedes entretenerte un rato. No tenemos prisa —puntualizó Dexter.
Miré hacia atrás y le hice un gesto con mi dedo como que iba a cortarle el cuello cuando saliésemos. Él me lanzó un beso y Klaus se rio un poquito más a nuestra costa. Por lo menos, con nosotros se lo pasaba bien. A la vista estaba.
Me ofreció su mano para que lo acompañase y adelanté el paso, agachando la mirada un pelín. Pasé parte de mis cabellos rubios por detrás de mi oreja, y cuando elevé mis ojos, seguía mirándome. Enarqué una ceja, con una interrogación patente en mi gesto, y volvió a mostrarme su perfecta dentadura blanca, para después pasarse una mano con cierto erotismo por el fuerte mentón, enmarcado por una barba incipiente, rubia también.
—Ah, Enma, se me olvidaba. No me habían comentado nada, pero han citado también… —Abrió la puerta. En vez de entrar, me quedé paralizada y dejé de escucharlo. Klaus colocó una mano en mi espalda con tacto y, al ver mi cara, me sugirió—: Si quieres, podemos hacerlo en otra sala. Solos.
El hombre que se encontraba sentado en una de las sillas alrededor de la mesa se levantó con gesto intimidante. Me miró con mala cara, con los labios sellados y aparentemente tenso. Llevaba el brazo escayolado y un aspecto impecable. Como de costumbre.
—¿Por qué iba a tener que irse a otra sala? No muerdo.
Esto último lo dijo con un tono para nada amigable. Me fulminó de un simple vistazo al ver que la mano de Klaus seguía en mi espalda. Sus ojos se iban de esa mano y después a mi rostro. No le quité la mirada. Ya no lo haría, aunque intentara evaluarme y ponerme nerviosa. Ya no quería nada que tuviera que ver con Edgar Warren.
Lo medité durante toda la última semana que estuve en Mánchester, aun sabiendo que trataba de ponerse en contacto conmigo. Las mismas preguntas que se repetían en mi mente una y otra vez surgieron con más fuerza: ¿Qué me esperaría con él?, ¿con una persona que había estado engañándome desde el principio? Igualmente, aunque de verdad me hubiese querido, ¿por qué no me lo contó nunca? No habría tenido que montar aquella película absurda que casi nos costó la vida. No habría tenido que engañar a nadie, porque habría firmado aquellos papeles sin mirar atrás. Sin pensarlo. Porque habría seguido haciendo todas y cada una de las cosas que hice por él. Siempre.
—No te preocupes. Estoy bien.
Mis ojos buscaron los de Klaus. Sin embargo, aunque lo dije con autoridad, su rostro fue como un libro abierto y supe que el inspector no lo tenía tan claro. De hecho, tanto duró la conexión que tuvimos al mirarnos que escuché cómo el titán se preparaba para sacar su mal genio:
—¿Vamos a estar toda la mañana con la batallita de miradas? Porque tengo un negocio que levantar, por si a alguien se le ha olvidado.
Klaus desvió sus ojos hacia él. La mirada, que en un principio había sido risueña, llena de alegría, y esa boca que constantemente sonreía se convirtieron en sendas líneas infranqueables; la primera, con abrasadores destellos parecidos al fuego que sus prados verdes despedían.
—Señor Warren, si tiene prisa… —lo atravesó con los ojos—, se espera.
Edgar alzó una ceja, se reajustó la corbata con la mano que tenía sin escayola y elevó el mentón de manera desafiante.
—Señor Campbell, si no tiene prisa… —usó su mismo tono y le lanzó la misma mirada—, aligere.
La tensión podía cortarse con un cuchillo, así que decidí que ya era hora de romperla. Arrastré una de las sillas para llamar la atención de los dos presentes y me senté. Coloqué mis manos entrelazadas sobre la mesa y Klaus me miró.
—Enma, ¿te suenan estas imágenes? Son un poco crudas, pero necesito que me digas si esto es lo que te enseñó Oliver Jones cuando estuvo en tu agencia.
—Veo que los formalismos se han terminado —intervino Edgar, tamborileando sus dedos sobre la mesa.
No nos quitaba los ojos de encima, y lo peor era que cuanto más lo contemplaba de reojo, más rabioso lo veía. Lo conocía; poco, por lo que había comprobado después de todo lo sucedido. Pero su carácter sí lo tenía muy presente, y estaba a punto de perder los estribos.
Klaus lo ignoró y me mostró las fotos.
—Son las mismas que me enseñó, sí —le aseguré.
Se encontraba con una mano en la mesa, repartiéndolas, y la otra, apoyada en el respaldo de la silla. Estaba muy cerca de mi cuerpo. De hecho, notaba su respiración en mi cuello.
Los dedos de Edgar me distraían. No dejaban de dar golpecitos en la mesa, cada vez con más fuerza. En varias ocasiones, mientras escuchaba a Klaus hablar sobre el caso, desvié mi mirada hacia los golpes.
—¿Podemos dejar la orquesta, por favor? —dijo Klaus con malas pulgas, enfrentándolo.
Edgar mantuvo con los dedos en alto, tan chulo y vacilón como siempre. Temí por la respuesta, pero nada de eso ocurrió, sino algo peor.
Se levantó, ocasionando un ruido terrible con las patas de la silla, y avanzó con pasos largos y firmes hasta mi posición. Lo tenía justo al lado, pero no se dirigió a mí, sino a Klaus:
—Claro. No has estado tan cerca de mí mientras me interrogabas.
Ni corto ni perezoso, quitó la mano del inspector del respaldo de mi silla, provocando que esta cayese bruscamente. Contuve el aire al ser consciente de que ambos se analizaban con muy mala cara.
—El cuerpo que encontró Morgana allí no era el de Lark, sino el de otro hombre desaparecido hace dos años. Hemos estado investigando la relación que tenía con Oliver, pero no hemos encontrado nada. —No le quitó los ojos de encima a Edgar en ningún momento—. ¿Llegó a decirte quién había sido su informante?
—No. Te lo he dicho cinco veces con esta —bufó con mal humor el aludido.
—Como si tienes que repetírmelo veinte —le contestó en el mismo tono.
Mantuve mi mirada en un punto fijo de la pared al ver por el rabillo del ojo que Edgar se erguía intimidante. ¿Estaba loco o qué?
—Quítate el uniforme y vuelve a hablarme así —lo amenazó.
No di pie a más. Empujé mi silla, con cuidado de no chocar con ninguno de los dos, y me levanté, quedándome en una posición peor, pues tenía uno a cada lado.
—Klaus, si necesitas algo más, llámame.
Sujeté mi bolso con fuerza para salir de allí.
—Sí. Será lo mejor —murmuró él con desgana.
—Si me permites la pregunta, ¿cómo se supone que va a llamarte si no tienes teléfono?
Me detuve antes de mover la manivela de la puerta, sin atreverme a girarme. No le contesté, aunque pude escuchar su respiración desde la distancia. Abrí sin esperar ni un segundo más y caminé hacia la salida. Justo antes de llegar, me di cuenta de que Susan y Dexter ya no estaban. Miré por la puerta de la entrada y vi que fumaban en la calle. Di un respingo al escuchar la voz de Klaus:
—Te invito a cenar esta noche.
Me volví para mirarlo.
—No puedo, tengo que…
—Llevas una semana preparando el equipaje para irte. —Sonrió como un gañán y le correspondí.
Pero la sonrisa se me borró de un plumazo cuando escuché a Edgar detrás de él:
—Esta noche ya tiene planes. —Recalcó mucho ese «ya».
—No estaba hablando contigo —añadió Klaus como si nada, y guio sus ojos de nuevo hasta los míos—. Te recojo a las siete.
Mis labios se sellaron; no supe si presa del pánico que estaba comenzando a sentir o porque necesitaba salir de allí cuanto antes. Edgar me contempló con un enfado monumental y sujetó mi antebrazo con rabia.
—Te he dicho que esta noche ya tiene planes. Y no es contigo precisamente.
Su tono rudo me encogió el pecho. Tiró de mi brazo hasta sacarme casi a rastras a la calle. Contemplé a Klaus un segundo, pidiéndole perdón con una mirada que no entendió. Lo que sí vio fue el agarre desmedido que aquel loco llevaba.
Dexter y Susan abrieron los ojos de par en par cuando me vieron salir. Les pedí un momento con la mano para que no se acercasen. No quería enfrentamientos, y menos en la puerta de una comisaría, o a saber cómo acabaríamos todos.
—Suéltame —le pedí sin alzar la voz.
Si hubiese podido matarme, lo habría hecho con un simple vistazo. Sus ojos no echaban fuego porque no podían. Lanzó tantas preguntas de carrerilla y con tan malas formas que me dieron ganas de abofetearlo en mitad de la calle:
—¿Por qué tiene tu teléfono?, ¿por qué yo no lo tengo? ¡Esa es la jodida pregunta del millón! —Entrecerró los ojos, sin dejar de caminar a grandes zancadas mientras yo daba pequeños tirones para soltarme, sin éxito—. ¿Dónde estás viviendo?, ¿por qué no me has devuelto una puta llamada? Y, lo más importante —se detuvo en seco—, ¿por qué cojones tiene ese gilipollas tanta confianza contigo? —Si no le salió espuma por la boca fue de milagro.
—Suéltame —le repetí, contemplándolo.
—No me da la gana. —Subrayó cada palabra, acercando mucho su rostro al mío.
—Edgar, por favor, está mirándonos todo el mun…
—¡Me importa una mierda quién nos mire! —bufó—. Como te ponga una sola mano encima, te juro que…
No le dio tiempo a finalizar la amenaza, ya que alguien habló detrás de él con tono firme y tajante:
—Warren, te ha dicho que la sueltes, y no creo que sea necesario que te lo repita de nuevo.
Se apartó de mí de forma instantánea y se giró tan despacio que me asustó. Como si fuese un pavo hinchando pecho, dio un paso hacia Klaus y lo contempló intimidante.
—¿Vas a decirme tú, Campbell, lo que tengo que hacer?
—Edgar… —lo llamé, tocando su brazo al sentir que lo soltaba con mucha lentitud.
—Te recuerdo que todavía puede denunciarte por secuestro. No deberías haber retirado la denuncia.
Klaus me miró antes de volver a posar sus ojos sobre el hombre al que poco le quedaba para perder los papeles.
—Mira, Klaus —pronunció su nombre con tanto asco que me molestó—, no me toques los cojones y ve a hacer de detective, que se te da muy bien.
—No olvides con quién estás hablando, Edgar.
—¿Estás amenazándome?
—Puedes tomártelo como quieras —le advirtió el rubio sin titubear.
Edgar se acercó tanto que sus frentes casi se tocaron. Tiré de su brazo otra vez, pero no me hizo ni caso.
—Ten cuidado. A lo mejor, el que no sabe con quién está hablando eres tú.
Sin decir nada más, ni siquiera mirarme, se separó, le lanzó una última amenaza muda a Klaus y desapareció por la esquina.
Tenía mis dudas, pero estaba casi segura de que se conocían.
Desconecté mi mente de todos aquellos recuerdos cuando escuché un silbido en mitad de la playa en la que me encontraba. Abrí los ojos y vi a Dexter, que me decía a voces desde lejos:
—Tienes visita, rubia.
3
EDGAR
—¿Qué coño haces, Edgar?
Agazapé mi cuerpo al lado del coche y asomé medio rostro por la ventana. Miré a un lado y a otro, esperando. Los toques de Luke en mi espalda se hicieron más insistentes, aunque los ignoré. Entrecerré los ojos al darme cuenta de que una mujer, morena y con el pijama, levantaba una de las persianas de la primera planta del edificio que teníamos delante.
—Toc, toc. Son las —miró el reloj de su mano y bostezó— ocho de la mañana, y estamos escondidos como si fuésemos a robar, detrás de un coche. Lo peor de todo es que, todavía, no entiendo por qué has venido a buscarme y por qué he dicho que te acompañaba.
Hacía unas horas que nos habíamos acostado después de la esplendorosa fiesta y ni siquiera había podido pegar ojo pensando en la forma que tendría de encontrar a Enma. Seguí contemplando a Luke en el reflejo del cristal del coche y comprobé la cara de amargado que tenía a aquellas horas de la mañana. Metí la mano dentro del bolsillo de mi pantalón, saqué un objeto y se lo ofrecí. Abrió los ojos como platos y yo los puse en blanco.
—Escúchame con atención. Mientras yo la distraigo, tú le colocas…
—¡No pienso ponerle un pinganillo a nadie! ¿Desde cuándo te crees un detectivesco de pacotilla como para hacer eso en la intimidad de cualquier persona?
Detectivesco y pacotilla. Dos palabras que, con seguridad, se le habrían pegado de la rubia a la que tanto estaba buscando. Lo miré con mala cara.
—Si me ayudases un poco, no tendría que hacer esto como un demente.
—Es que eres un demente —apostilló con saña—. ¿Qué se supone que quieres de Susan Jonhson?
Lo observé como si el que hubiese perdido la cabeza fuese él y no yo. Alzó una ceja, impaciente, a la espera de mi contestación:
—Necesito encontrar a Enma cuanto antes. —Soné tajante.
Elevó los ojos al cielo.
—Edgar, déjalo ya. No vas a conseguir información de ella.
—Si le colocas ese puto pinganillo donde sea —lo señalé—, en cuanto hablen por teléfono, conseguiremos sacar algo.
—Ya, claro —comentó con hastío—. ¿Y te piensas que va a decirle: «Hola, Susan, ¿qué pasa? Nada, te llamaba para decirte que estoy en el Caribe»?
Apreté los dientes. Quizá tenía razón, pero…
—¡No me dejas otro remedio! —me desesperé, y apreté los puños a ambos lados de mi cuerpo—. Dímelo tú y aquí termina nuestra misión. Te llevo a tu casa, te acuestas y yo voy a coger un avión.
Su saliva bajó por su garganta con lentitud. Se resbaló por el lateral del coche y se quedó sentado en el pavimento.
—En realidad… —me contempló con un poco de pánico—, nunca he sabido el paradero de Enma. Ni siquiera he vuelto a hablar con ella desde que se marchó.
Mi sorpresa fue tan mayúscula que no pude evitar que se me notase en el rostro. Resbalé, igual que lo había hecho él, y me senté a su lado, ensuciándome los pantalones.
—¿Por qué no me sacaste del error? —le pregunté en tono neutro. Tal vez me había impactado tanto que ni siquiera había pensado en esa pequeña posibilidad.
—Siempre te dije que no lo sabía. Tú has dado por hecho lo contrario. Igualmente, creo que es lo mejor para que te olvides de ella.
—Eso es una excusa muy gilipollas —bufé. Ya notaba el enfado subir por mis entrañas.
—Sí, lo es —recapacitó—, pero tienes que dejarlo ya, Edgar. Está consumiéndote y no estás dándote cuen…
—Lark está vivo. —Cerró la boca de golpe en cuanto lo interrumpí. Abrió mucho los ojos y después esperó ansioso una explicación—: Ayer no pude decirte nada, pero por eso estaba Klaus en la fiesta, cuando bajé del escenario. —Lo miré, esperando una reacción por su parte, pero parecía haberse quedado sin palabras, así que me dije que era hora de darle un pequeño impulso más—: Si no encontramos a Enma, en cuanto Oliver ponga un pie en la calle, será su primer blanco.
Impelido por una fuerza que no conocía de Luke, se levantó enérgico y extendió su mano en mi dirección.
—Dame el puto micro. A ver qué vas a decirle y cómo vas a justificar que nos presentamos a esta hora en su casa.
Dos segundos después estábamos cruzando la calzada casi sin mirar. Llegué al portero, y un simple asentimiento por parte de Luke me bastó para tocar el timbre y esperar una respuesta de Susan, la amiga de Enma.
—¿Hola?
—Buenos días, señorita. Disculpe las horas, pero vengo para reparar una avería de las cañerías principales. Están a punto de reventar y nos ha llamado una vecina. —Miré asombrado a Luke por su agudo ingenio, en el que yo no habría caído en ningún momento. La puerta se abrió antes de que el telefonillo se colgara. Ni una simple pregunta—. No pensarías entrar diciéndole quién eres, ¿no?
Por mi cara, debió adivinar que sí, porque negó varias veces.
Comenzó a subir las escaleras hasta llegar a la primera planta. Nos detuvimos en su puerta y me lanzó una breve mirada. Teníamos claro que la fuerza bruta no iba a usarla él. Nos apartamos de la mirilla y esperamos uno a cada lado de la puerta para que no nos viese. Aquel debía ser uno de esos días en los que quizá, solo quizá, tendría más suerte que nunca, porque esa puerta también se abrió sin más cerrojos aparentes, así que empujé. La cara de Susan fue de tal asombro que casi se le salieron los ojos de las órbitas.
Todo fue muy rápido y sin pensar.
Elevé mi mano, tapé su boca cuando iba a soltar un grito de socorro y empujé su cuerpo hacia atrás. Luke pasó, cerró la puerta y tiró con disimulo el pinganillo en el jarrón de la entrada. Me guiñó un ojo y se metió las manos en los bolsillos.
—Susan, no pretendo hacerte nada. No grites, por favor, solo quiero que…
Pues no, no sería mi día de suerte. Efectivamente, el destino no iba a ponerse de mi lado jamás.
Un vozarrón para nada conocido sonó frente a mí. Tras desviar mi atención de Susan, me encontré a otro amigo de Enma, con unos simples calzoncillos.
—Suéltala ahora mismo si no quieres que te abra la cabeza.
Con malas pulgas, alcé una ceja y destapé la boca de Susan, poco a poco y sin dejar de mirar al tipo.
—¿Estás con este? —le preguntó Luke, sin venir a cuento—. ¿No es tu hermano o algo de eso?
—¡¿Qué coño hacéis en mi casa?! ¡¿Tú eras el fontanero?! —nos gritó mientras se acercaba al hombre con calzoncillos, que no conseguía recordar cómo se llamaba.
Alcé las palmas de mis manos para pedir una calma que no llegó.
—Susan, necesito que me ayudes…
—¡¡Lárgate de mi casa!!
Agarró el libro que tenía en una mesita a la derecha y me lo lanzó a la cabeza. A continuación, el que dio el paso hacia adelante fue él.
—Kylian, tengamos la fiesta en paz —le pidió Luke—. No hemos venido a hacerle daño a nadie.
Ya está. Era el hermano de Joan, el marido de Katrina. Lo del supuesto lío que tenían entre hermanos no lo había entendido, aunque tampoco me interesaba.
—Ah, ¿no? —ironizó—. ¿Y entráis así a todos los sitios?, ¿tapando bocas y cerrando puertas con urgencia? ¡Largaos de aquí antes de que llame a la Policía!
—Nadie va a llamar a nadie porque… —Intenté explicarme, pero no me dejó.
Avanzó de manera muy intimidante en mi dirección. Llevaba unos meses en los que aplacaba bastante bien mis cambios de humor y mis arranques de ira repentina, pero una cosa era que pasara en ciertas ocasiones y otra ser gilipollas y permitir que te diesen de hostias sin venir a cuento. Por ahí no pasaba.
Kylian levantó el puño en dirección a mi cara. Sin embargo, antes de que eso llegase a producirse, me aparté a la izquierda, sujeté con fuerza su cuello y lo estampé contra la puerta.
—¡Malditos hijos de puta! ¡Voy a denunciaros! ¡Suéltalo!
Susan corrió hacia mí mientras Kylian intentaba darse la vuelta, sin éxito. Si apretaba un poco más…, como mínimo le rompía algún hueso. Suspiré y canalicé mi rabia, tal y como me habían enseñado en las terapias con personas con el mismo temperamento que el mío. Reuniones que había finalizado hacía un mes escaso.
—Susan, solo necesito que me digas dónde está Enma. Es muy urgente que hable con ella, porque está en peligro —solté con tranquilidad y sin olvidarme del tipo que tenía agarrado del cuello.
Debo decir que, pese a las terapias a las que mi psicólogo me instó a apuntarme, también lo hice a boxeo. Por eso de desfogar. Y hasta el momento me iba de maravilla.
—¡Te voy a matar! —ladró Kylian, tratando de soltarse de mi agarre.
—Edgar…, se nos va de las manos —añadió Luke.
Entretanto, Susan seguía vociferando y dando grandes zancadas hacia mí:
—¡El peligro eres tú! ¡Suéltalo!
Me dio un manotazo en el hombro cuando llegó. Después, un bofetón que me giró la cara. Luke corrió en mi ayuda y la apartó de mí. Me toqué la mejilla con la mano y, con la lengua, la zona afectada por dentro.
—Tiene genio… —murmuré por lo bajo—. Si nos tranquilizamos todos, no tendríamos que estar en esta tesitura —intenté poner paz, aunque aquello ya no había quien lo arreglase.
Sentí la mano de Kylian clavarse en mi muslo y, a continuación, un pellizco que provocó que lo soltase. El tío tenía agallas, no lo dudaba, pero ya estaba tocándome los huevos considerablemente.
De nuevo, se tiró en mi dirección, y ese gancho sí que no lo vi venir. Impactó en la misma mejilla que el bofetón de su hermana, su novia o lo que narices fuera. Resoplé con poca paciencia, y cuando elevó su mano para golpearme de nuevo, alcé la mía y detuve el puñetazo, devolviéndole otro en las costillas que lo dobló.
—¡¡Ya está bien, joder!! —El berrido de Luke ocasionó que todos lo mirásemos—. Susan, si no nos dices dónde está Enma, la encontrarán y le harán atrocidades que ninguno queremos que le sucedan. Por favor, no hemos venido buscando una guerra, solo necesitamos que nos ayuden.
Susan tiró del hombro de Kylian cuando este se cagaba en mis muertos y escupía y tosía a partes iguales, sin poder erguirse. La morena nos miró con ojos aniquiladores y sentenció:
—¡No pienso ayudaros en nada! ¡Largaos de mi casa o llamo a la Policía!
Di un pequeño paso que se vio interrumpido por la mano de Luke, que me sostuvo del hombro.
—Por favor, Susan, no estoy engañándote, y…
Muy altanera, elevó su mentón y dijo:
—Ella ya está bien protegida por la Policía.
Aquello me sentó como si me hubiesen dado el mismo golpe, en el mismo lugar que a Kylian, solo que un poco más fuerte.
Mucho más fuerte.
De camino a mi casa, ni siquiera me atreví a pronunciar una sola palabra. Iba cabreado y ciego de rabia. Bueno, rabia… Podríamos llamarlo celos puros y duros, porque yo sabía que Susan no lo había dicho por decir, sino que los dos éramos conscientes de que aquella «Policía» era un agente en concreto, y se llamaba Klaus Campbell.
—Deja de pensar en eso y conecta el altavoz. Tendrá que llamar a alguien para contárselo.
Pareció leerme el pensamiento y lo miré. Entramos en el camino de tierra que llegaba a mi casa y saqué el aparatito para escucharlo.
—No va a llamar a Enma para decirle lo que ha pasado —farfullé.
—El genio, Warren, que te pierde —añadió como si nada—. Claro que no. A Enma no, pero a Katrina sí. Hazme caso.
Activé el sonido y, en efecto, nadie estaba hablando. Miré a Luke y este me pidió calma con los ojos.
Al llegar a mi casa, vi el coche de Morgana aparcado en la entrada. Lion y Jimmy jugaban con Goofy Bob en el jardín mientras Nana y mi madre, Juliette, charlaban con mi exmujer en el porche. Me bajé con urgencia; mis pasos fueron muy rápidos. Noté que Luke me pisaba los talones con la misma celeridad con la que yo andaba.
—¡Papá! —escuché en la lejanía. Sin embargo, no era capaz de mirar a ningún punto que no fuese a Morgana.
Mi madre dio un paso para llegar a mí, aunque no le di tiempo a saludarme:
—¿Qué haces en mi casa? —le espeté a mi exmujer, recalcando con muy malas maneras esto último.
Morgana entreabrió los labios con un poco de pánico. Con la voz entrecortada, me contestó:
—So… Solo he venido a dejarte unos papeles que hace falta que firmes hoy.
—¿Y no podía esperar a mañana? —continué con enfado, llegando a su altura. La miré desde arriba y fruncí más el ceño antes de añadir—: Acordamos que mi casa no se pisaba ni por ti ni por nadie de tu familia. ¡Esas eran las condiciones! —ladré.
—Edgar… —intervino mi madre. También sentí la mano de Luke tirar de mi brazo para que me callase.
—Yo… No pensé que fuese a…
—¡Todos dentro! —grité, y nadie rechistó.
Mi madre llamó a los niños, seguida de Nana, que lo hizo con Goofy Bob, y desaparecieron en el interior de la casa. Luke continuó pegado a mi espalda.
—Edgar, te juro que no he hablado con los niños. Solo los he saludado cuando he venido y… —me dijo de carrerilla.
Pero la corté:
—Este tema ya lo hemos tratado en varias ocasiones. Y, hasta el momento, sabes que no voy a dar pie a nada. No quiero que haya confusiones. No quiero que los confundas a ellos ni quiero que te vean por aquí. Así que hazme el favor y vete.
—Pero…
—Que te marches, Morgana —le ordené.
Di dos pasos a su lado, pisando con fuerza los escalones y observando de reojo cómo su rostro se tornaba en una tristeza infinita. Lo habíamos hablado, sabía que no daría mi brazo a torcer después de tantos años. No pensaba dejar que, ahora, cuando antes no quiso ni verlos, intentase recuperarlos. Quizá fuese egoísta, quizá no se entendiese. Está claro que todo el mundo merece una segunda oportunidad, pero ni por asomo lo haría como su madre, sino como una completa desconocida que los visitaría de vez en cuando. Y, para eso, el primero que debía estar preparado era yo, y ese momento aún no había llegado.
Escuché una breve disculpa por parte de Luke. También oí los pasos de Morgana alejarse y el motor de su coche rugir. Lo siguiente que haría sería poner otra puerta a mitad del camino y así evitaríamos disgustos innecesarios.
Al entrar en el salón, las dos mujeres me contemplaron con un poco de desaprobación, aunque el rostro les cambió al escuchar el comunicador del pinganillo que habíamos puesto en la casa de Susan. De repente, comenzó una conversación en la que se nos puso como un trapo, hablando de Luke y de mí. Mi madre y Nana nos miraron como si hubiésemos perdido el juicio, la primera con más malicia que la segunda, como cuando una madre va a regañarte por haber hecho una trastada.
Miré a Luke y enarqué una ceja. Él sonrió victorioso, pero yo lo hice más cuando escuché a Katrina decir, un rato después:
—Me ha mandado unas fotos preciosas de San Andrés de Teixido y los alrededores de la aldea.
Luke y yo nos contemplamos con una sonrisa. Alcé los ojos, brillantes por la emoción, y miré a Juliette, que me observaba con verdadera devoción y con una alegría inmensa.
—La he encontrado, mamá.
4
ENMA
Cerré los ojos y dejé que la brisa me acariciase otra vez. Noté unas piernas a ambos lados de mi cuerpo y sonreí al oler su perfume. No me hacía falta abrirlos para saber de quién se trataba.
—Has tardado dos días en volver.
—Te echaba de menos —musitó muy cerca de mí.
Sentí un pequeño tirón del lóbulo de mi oreja y la piel se me erizó sin remedio. Sonreí como hacía meses que no lo hacía.
—Al final, tengo que alquilarte una habitación.
Esa vez, sentí una lengua caliente y sedosa descender por mi cuello.
—La alquilaré encantado si estás viviendo tú también. Los amigos también comparten casa.
—Y los amigos con derecho a roce lo hacen con más gusto. Según dicen.
Sonrió socarrón y rio con ganas.
Cerré la llave de los recuerdos que únicamente traían dolor a mi mente y a mi corazón y abrí los ojos. Encontré unas grandes y suaves manos alrededor de mi vientre, haciéndole caricias y círculos invisibles con sus pulgares. Las aparté con delicadeza y me volví para sentarme a horcajadas sobre el rubio que tenía a mi espalda. Me miró con verdadera devoción, y a pesar de que escuché un breve carraspeo cerca de nosotros, lo besé.
—Voy a tomarme un café. Estaré en el bar de allí —nos anunció Dexter—. Vale, me ha quedado claro que sabéis dónde estaré. Hasta luego. —Esto último lo dijo con retintín. Se alejó de nosotros; lo supe por su exagerado bufido.
Sonreí en la boca de Klaus y él me correspondió colando sus manos bajo la tela de mi vestido. Apretó mi cintura y jadeé en su boca.
—Deberíamos irnos. Está a punto de anochecer y hace un frío horrible para estar en la playa —musitó, dándome castos besos en los labios.
Dejé que mi sexo se rozara con el suyo y un gruñido salió de su garganta. Chupé sus labios, descendí mis manos por su duro y escultural torso y llegué hasta las suyas para permitir que adivinara qué ocurriría a continuación. Las impulsé hacia delante y, con mi ayuda, aparté a un lado mi braguita. Me entretuve con mis movimientos muy poco, pues desabroché su bragueta en un abrir y cerrar de ojos, descubriendo al alcance de mi mano un falo de tamaño considerable. Deslicé su piel hacia abajo, sin perderme ni un solo detalle de cómo sus labios se entreabrían de puro gozo.
—Tú has empezado —ronroneé felina, sin apartarle la mirada.
Jadeó en mi boca y noté su miembro endurecerse con rabia al traspasar las estrechas paredes de mi sexo, hasta llenarme por completo. Me moví en círculos lentos, exasperándolo, deseosa de sentirlo. Tiré de su pelo rubio hacia atrás y me observó con sus ojos verdes, tan brillantes como la luna que ya amenazaba con asomarse en el cielo. El sol se escondía, y solo quedaron en aquella playa nuestros gemidos y dos siluetas que se balanceaban sin parar. Arriba y abajo. Arriba y abajo. Impregnándome del placer que tanto me daba cada vez que nos acostábamos. Marcando mi cuerpo con cada caricia, con cada mimo y con cada palabra que susurraba en mi oído mientras me pedía más y más.
Devoré con intensidad sus carnosos labios y, de nuevo, sus manos apretaron con saña mi cintura. Sonreí con fuerza en su boca, ajustando todo lo que podía y más mi pelvis a la suya. Se recostó sobre mi bolso y me observó con deleite, dejando que nuestros cuerpos se separasen lo justo para darle mucho más espacio a mi abultado vientre. Me moví ansiosa por llegar a la cima a la que siempre me transportaba con sus embestidas y advertí sus manos descender hasta posarse en mis caderas para acometer con más rudeza. Junté mis rodillas a sus costados, dejándolo entrar y salir a su antojo, abarcando mi interior por completo. Y cuando creí que explotaría en mil pedazos, salió de mí y me colocó a cuatro patas sobre la arena. Mi cabello chocó con mis mejillas de manera abrupta cuando se introdujo con ganas. Su miembro comenzó a bombear a una velocidad infernal y desquiciante. Sus mordiscos y besos no tardaron en recorrer mi cuello, hombros y espalda mientras sus manos azotaban y masajeaban mis nalgas.
Klaus era un hombre fogoso y a la vez tan delicado que en ocasiones me hacía plantearme si en realidad había sentido que alguien me hubiera mimado de esa manera en la cama. Pero no quise interrumpir nuestro momento con pensamientos que no venían a cuento, así que me concentré en los jadeos desgarradores que salían de la garganta de aquel escocés que embestía mi sexo de tal forma que sabía que ambos nos aproximábamos al final. Sentí sus manos rodear mis enormes pechos, más grandes que hacía algunos meses, y estrujarlos con lujuria hasta hacerme gritar.
Una. Dos. Tres. Cuatro. Sus acometidas se tornaron más tensas, más secas. Y cuando creí que las piernas me fallarían y caería desplomada, un orgasmo arrollador me arrastró como las mismísimas olas que ya rozaban las puntas de los dedos de mis manos. Noté cómo se hinchaba y se derramaba en mi interior al mismo tiempo que soltaba un gruñido tan grave que me calentó sin dejarme tiempo para respirar siquiera. Apoyé los codos en la arena, permitiendo que el agua salada me bañase casi hasta la mitad del cuerpo. Exhausta, seguí de rodillas y me giré despacio para quedar bocarriba. Solté un gran suspiro de satisfacción mientras mi vestido se empapaba entero.
No supe por qué, pero una sonrisa iluminó mis ojos al volver el rostro hacia él. También sonreía, y una pequeña carcajada salió de mi garganta. No existía nada ni nadie. Solo nosotros, tirados en aquella playa, dejando que las olas nos mojasen y contemplando el oscuro cielo que nos observaba con envidia.
Me descubrí tragando saliva al ser consciente de que, por mucho que quisiera, todavía había algo en mi interior que no terminaba de llenarme por completo. No conseguía alcanzar esa felicidad infinita que todos buscamos. Sin embargo, ¿no es la felicidad un momento pasajero? Pues si así era, ahora mismo estaba experimentándola.
—Creo que estoy a punto de desmayarme del hambre que tengo —soltó, rompiendo aquel silencio maravilloso que se había creado entre los dos.
—Pues mi madre me ha traído hoy mucha comida.
—¿No cocinas? —Su tono salió jocoso.
Le di un manotazo de broma y rio con fuerza. El sonido que salió de su garganta me hechizó; aunque, ciertamente, lo hizo después de aquella cita que tuvimos cuando salí de la comisaría, antes de ir a Galicia. Después de esa, se sucedieron muchas más en los meses que llevaba en España.
—¡Sí que cocino! Pero se empeña en que tengo que comer bien: que si la niña, que si las comidas gallegas son las mejores… Ya sabes, cosas de madres.
—Pero no cocinas —apuntó.
—¡Oye!
Le di otro manotazo por su tono bromista y sujetó mis muñecas con fuerza. Rodó y terminó encima de mí, encajándose como pudo entre mi vientre y mi cuerpo. Su nariz rozó la mía. Después, sus labios delinearon con lentitud mi boca, trazando la línea hasta el final, solo con el fin de absorber aquellos instantes como si fueran los últimos.
—Mañana a mediodía tengo que irme —añadió con verdadera tristeza.
Fruncí el ceño y lo miré.
—¿Y has venido para estar una noche? —le reproché.
—¿Quieres que me vaya? —Se hizo el asombrado, siempre con su tono bromista, aunque me pareció que evitaba decirme algo importante—. Pues, discúlpeme, señorita, pero sí, he venido para disfrutar de su compañía una noche y para que me dé de cenar, aunque veo que esto último no será cosecha suya.
Reí y empujé su hombro, olvidando todo atisbo de duda sobre sus intenciones. Me vi reflejada en las personas que se enamoran por primera vez, en las que hacen ese tipo de tonterías tan tontas y tan bonitas que, con el paso del tiempo, las recuerdas y sonríes sin más.
—Pero la comida está muy bien —añadí. Sujeté su mano, que me invitaba a levantarme de la arena.
—Me siento engañado —aseveró con dramatismo.
—¡Oh, Klaus, cállate ya!
Reí con más energía, sin dejar de advertir los gestos de su cara y escuchando su tono al preguntarme:
—No pensarás subirte en el coche de alquiler de esa manera, ¿verdad? —Me señaló cuando ya llegábamos a la carretera.
Me miré. Sí, iba hecha un puro desastre. La ropa se pegaba a mi piel, la arena se metía en los rincones más recónditos de mi cuerpo y, por si fuera poco, íbamos chorreando.
—¿Te has mirado tú? —le espeté.
Sonrió y coló sus manos por el bajo de su camiseta. Se la quitó y abrió las manos en cruz para que pudiese contemplarlo bien.
—Sí quieres, puedo quitarme los pantalones y los calzoncillos. ¿Te he dicho alguna vez que el nudismo es lo mío?
Mis labios se curvaron en una sonrisa y me acerqué a él con parsimonia. Lo miré a los ojos, pero justo cuando mi boca volvía a buscar la suya, escuché a Dexter detrás de mí:
—A mí me encantaría ver el espectáculo que queréis dar, pero tengo hambre e intuyo que el coche de Enma tendré que llevármelo yo. Así que dejad de hacer manitas y vaaamooos. ¡Vais a coger una pulmonía!
Me separé de Klaus y entré en el vehículo de alquiler para, efectivamente, irme con él. El rubio se acercó a mí y susurró en mi oído:
—Es un envidioso, que lo sepas.
Lo observé con gracia y le dije en el mismo tono:
—Y tú tendrías que haber buscado trabajo en un circo, no en una comisaría.
—¿Acabas de llamarme payaso? —Pareció asombrado, aunque yo sabía que no era así.
—Eso mismo —intervino Dexter—. Y yo no soy ningún envidioso. Tengo a los hombres que quiera y cuando quiera —dijo, muy pagado de sí mismo.
—Me debes, como mínimo, una empanada gallega y dos revolcones. —Me señaló con el dedo, bordeando el coche.
Con una sonrisa en los labios, me monté. Mi amigo y él se llevaban de maravilla. No había habido insultos, malas miradas ni nada por el estilo desde el primer día que se conocieron. En realidad, Klaus era una persona de las que debías tener en tu vida a la fuerza. Era un hombre que brillaba desde lejos, que te miraba y sonreías, que siempre te sacaba una carcajada y con el que nunca te aburrías porque tenía cuerda y conversación para todos los temas. Había conocido a mis padres hacía unas semanas. Los días que podía cogerse de descanso en la comisaría los usaba para ir hasta las afueras de la aldea de San Andrés de Teixido, donde mis padres tenían una casita en pleno bosque, y se quedaba conmigo unos días cuando Dexter se marchaba. De hecho, mi amigo lo haría al día siguiente, y esa vez sí que me quedaría más sola que la una, como decía mi madre.
Nunca había advertido el maravilloso paisaje que poseía Galicia; lo bonitos que eran los acantilados, en los que por las noches escuchaba chocar con fuerza el mar contra las rocas desde la ventana de mi dormitorio; sus bosques, con esos paisajes tan frondosos; la comida, sus gentes… Todo. Y me di cuenta de que, por mucho que me gustase Mánchester, en realidad, Galicia siempre había sido mi hogar, y lo sabía.
—He pensado que cuando Dakota nazca, compraré una casita en Cedeira —dije sin más, mirando por la ventanilla.
—¿Te gusta?
—Creo que es el sitio ideal para criarnos las dos.
No lo vi, pero supe que ese pequeño silencio se había creado por algo muy obvio. Si yo me quedaba en Galicia, él no estaría conmigo. Y no teníamos nada, pero estaba más que claro que si seguíamos así, nos uniría una relación más fuerte que un simple polvo.
—En ese caso, y si es lo que te gusta, tendré que plantearme las vacaciones de otra manera. O, en su caso, pedir un préstamo para comprarme un avión. —Lo miré con los ojos como platos aunque risueña. Aclaró—: No me sale rentable. El sueldo se me va en vuelos.
Soltó una carcajada y negó con la cabeza, supuse que pensando en que la posibilidad de comprarse un avión era nula. De repente, me di cuenta de que yo sí podría haberme comprado un avión si hubiese querido. Y una ciudad. Todos los millones que mi verdadero padre me había dejado seguían en mi cuenta. Solo había gastado lo justo para mí y una parte que había querido darles a mis padres para que viviesen mejor de lo que estaban.
—Para tu cumpleaños, te regalaré un bono de vuelos.
Desvió la vista de la carretera unos segundos y me contempló con una espléndida sonrisa.
—Quieres que venga más a menudo. Lo veo en tus ojos.
—Si pides más días de asuntos propios, van a despedirte.
—No pueden. Perderían la esencia de la comisaría.
—Eres un creído.
—Un creído al que adoras, y lo sabes. —Sonreí con ganas y me asombré cuando me propuso—: He pensado que podríamos hacer un viaje.
Alcé los ojos con gracia antes de contestar:
—¿Y a dónde quiere llevarme el caballero andante esta vez?
—¡Venga!, ¿recorrer Galicia te parece un viaje? —Asentí—. ¡Pero si vives aquí!
—También hemos estado en Portugal cuatro días —le rebatí.
—No es comparable con mi adorada Escocia.
Su tono teatral provocó que riera con fuerza. Asentí, pensando en el próximo destino, y me apoyé en el reposacabezas cuando casi cogíamos el camino por el que llegaríamos a la casita. Hacía muchos años que mis padres la habían comprado, aunque ellos no vivián allí, sino en Cariño, a poca distancia de donde me encontraba.
Me gustó la idea de alejarme de la sociedad. Y allí, que parecía el fin del mundo, se estaba en la gloria, o por lo menos yo encontré durante los cinco meses que llevaba allí la paz que necesitaba. La casita no era muy grande. Tenía un gran campo alrededor; a la espalda, un frondoso bosque al que muchas veces daba miedo mirar por las leyendas que contaban, y su interior era tan pequeño y acogedor que no necesitaba más. No íbamos a necesitar más. Tenía dos habitaciones, el salón y una cocina juntos, un baño y el pequeño porche, en el que había colgada una hamaca donde solía sentarme a leer o simplemente a mirar hacia el horizonte cuando anochecía. Me dejaba envolver por las olas de los acantilados, por la magia del lugar. Encontraba tanta paz que Mánchester se me hacía lejano, y volver alguna vez, muchísimo más.
A punto estaba de contestarle a Klaus cuando mis ojos se posaron en un coche que había aparcado en la puerta. Un coche que no conocía.
Dexter no tardó en adelantarnos. No entendí el motivo, como tampoco la tensión que se marcaba en los brazos de Klaus. Me dio la sensación de que nuestro coche iba cada vez más despacio en vez de ir más rápido. No supe por qué, pero noté una presión en el pecho muy extraña. Una presión que hacía mucho que no sentía.
Con las manos temblorosas, me bajé, buscando al dueño de aquel oscuro coche, y me encontré con que había otro justo detrás de la cabaña del que no logré atisbar más que el morro. Klaus, sin camiseta y totalmente desprovisto de algo que pudiese tapar su pecho, me colocó detrás de su espalda cuando no escuchamos ni un simple ruido. Abrió con cautela la parte trasera de su vehículo y sacó su arma reglamentaria. Me pidió silencio con la mano.
Antes de que pudiese dar un paso, escuché una voz. Miré a ambos lados al reconocer a mi madre y después a mi padre. Hablaban con alguien, pero no sabía con quién, aunque mi pálpito, ese que nunca se equivocaba, me advirtió al ser consciente del cambio de idioma.
En medio de aquella noche, de aquella oscuridad, de ese malestar que mi cuerpo comenzaba a sentir y tras cinco tortuosos meses, unos ojos tan azules como el mar que teníamos a nuestros pies chocaron conmigo con la misma intensidad que las olas al romper contra las rocas.
5
Tragué saliva.
No supe cuántas veces.
Tampoco cuántos minutos estuve sin respirar.
Solo sentí que mi garganta se secaba, que mis ojos no podían abrirse más y que las palabras no conseguían salir, aunque las de mi madre sí que las escuché con claridad:
—Pues menos mal que he traído un montón de platos, porque de haber sabido que veníais dos más, habría preparado más. Enma no me ha comentado nada.
Mi madre seguía hablando como una cotorra, y después lo hizo mi padre:
—¿Y decís que sois amigos de Enma? —La desconfianza se palpaba en su voz.
Noté esa sensación de pánico que te recorre las venas cuando hay algo que no quieres ni ver, cuando sientes que el mundo se abre bajo tus pies, cuando notas tanta tensión que no solo un cuchillo podría cortarla, sino que tú mismo podrías morir de lo rígido que tu cuerpo se pone, de los nervios que estás conteniendo y de la falta de aire que comienzas a experimentar. Sentí los dedos de mis manos sin vida. Las piernas me flaquearon, y supe que poco tiempo le quedaban para derrumbarse.
No aparté mis ojos de aquel hombre, que me contemplaba como si fuese lo más maravilloso que había visto en su vida y también dolido por lo que estaba viendo a mi lado. La tensión era tan grande que el aire no me entraba en los pulmones, y creí que se me había olvidado respirar.
Klaus continuaba con su mano detrás de su espalda, palpando la pistola. Dexter no había parpadeado siquiera, y mi madre y mi padre estaban siendo conducidos a una conversación que ni escuché por parte de Luke, que me miraba de reojo con verdadero pavor.
Edgar.
Edgar.
Era él.
Él.
No podía creer que fuese cierto. Sencillamente, no podía ser. No podía.
El pinchazo en mi pecho se hizo un poquito más evidente al mismo tiempo que Dakota no detenía sus movimientos. Tras llevarme las manos al vientre, vi los celestes ojos de Edgar mirar hacia ese punto. Seguidamente, los elevó hasta posarlos de nuevo en los míos. ¿Cómo narices había dado conmigo? Pareció dudar, pero ese estado se le pasó en los dos segundos que tardó en ver la mano de Klaus rozar la mía. Se observaron con tanto odio que me dolió incluso a mí.
—Enma.
La grave voz de Edgar resonó por todo el lugar y provocó que todos se callasen. No adiviné el motivo, pero las siete personas que estábamos allí no le quitamos los ojos de encima. Sentí un escalofrío al advertir cómo me miraba a mí y después al rubio que me protegía.
Un rubio semidesnudo.
—¿Klaus? —Mi madre reparó en él—. Niño, vas a resfriarte. Por Dios, ¿de dónde venís?, ¿de revolcaros en la playa?
No lo dijo con intención, sin embargo, todos nos miraron de nuevo, algunos con más ahínco que otros. Decidí que ya era hora de dejar de estar escondida, que no necesitaba ser valiente pero sí afrontar mis problemas. Abrí mi bolso y toqué el hombro de Klaus para entregarle las llaves. Cuando se giró, no quedaba ni rastro del hombre risueño y gracioso que me maravillaba, sino de uno completamente distinto y enfadado.
—Toma, entra en casa y ponte algo. Dúchate si quieres, ahora iré yo.
—No pienso dejarte sola con ese capullo —sentenció en voz baja para que no lo escuchase nadie.
Xiana, mi madre, habló:
—Bueno, mi niña, como tienes visita, idos a ducharos. Cuando salgáis, cenaremos.
Tragué saliva, sin dejar de mirar a Klaus. ¿Cenar? ¿Todos? Estaba loca. Rematadamente loca. Mi madre no sabía muchos de los detalles de por qué había regresado a Galicia. Mi padre sí, pero ambos eran desconocedores de quién era el padre de Dakota. De hecho, lo habían preguntado en varias ocasiones y siempre había evadido la respuesta argumentando que eso era algo que solo desvelaría el día que estuviese preparada.
Porque pronunciar su nombre me dolía.
Escuchar su voz me dolía.
Y después de casi haberla olvidado o creer que lo había hecho, la piel se me puso de gallina cuando pronunció mi nombre. Todo pasó a cámara lenta: mi madre se extrañó de que ni hubiese saludado a mis invitados, a Klaus se le marcó la vena del cuello, a Dexter, seguramente, se le había parado el corazón, y yo no sabía cómo manejar una situación de ese calibre sin tener que dar explicaciones.
—Meteos todos en casa —fue lo único que se me ocurrió—. Todos menos tú.
El tono y mi mirada furibunda me salieron tan despectivos que no me reconocí. Quizá era el daño y toda la ira acumulada, no lo sabía, pero me di cuenta de que me observaron con desconcierto. Luke se acercó a mí con cautela, sin dejar de mirar a Klaus, y le preguntó:
—¿Debo pedirte permiso para verla?
Entendí que Luke era amigo de Edgar y que, inevitablemente, este tenía que caerle mal aunque no supiese ni la relación que Klaus tenía conmigo. Toqué el brazo del rubio y le pedí de nuevo con una mirada que se marchase. Asintió sin convencimiento. Eso sí, aniquiló a Edgar con los ojos y luego se marchó. Cuánto rencor había en aquellas miradas, y no sabía por qué. Claro estaba que tampoco había indagado en el tema, aunque en su día llamara mi atención en la comisaría.
Mi madre y mi padre entraron en casa sin replicar, seguidos de Dexter. Lo agradecí, y aunque sabía que mi madre estaba deseosa de pedir explicaciones por la curiosa tensión y por la situación en sí, pude ver que mi padre la sostenía del brazo y tiraba de ella hasta el interior.
—Me alegro de verte —murmuró Luke, sin atreverse a tocarme y a una distancia prudencial. El gesto me pareció incluso incómodo. Señaló mi barriga y sonrió con tristeza tras decir—: Veo que la niña ha crecido mucho.
No le contesté, sino que mis ojos se posaron sobre Edgar, que seguía sin moverse. Escuché la saliva de Luke descender por su garganta. Me apenó darme cuenta de que la conexión que antes teníamos parecía haber muerto, o tal vez yo no era capaz de canalizar las emociones por las que estaba pasando en tan pocos minutos.
Respiré hondo. Sin desviar los ojos de Edgar, me quedé donde estaba cuando Luke giró sobre sus talones y se internó en la vivienda. No sabía qué me daba más pánico. No sabía tampoco si quería salir corriendo, aunque fuese acantilado abajo, o meterme en la casa y cerrar la puerta como una niña pequeña para que no pudiera encontrarme.
—¿Cómo empezamos esta conversación? —fue lo primero que me preguntó, en un tono hosco.
Yo tenía ganas de meterme debajo de la cama para que el monstruo no me alcanzase, pero esa no era una respuesta. Crucé los brazos a la altura de mi pecho y lo miré desafiante, como nunca. Él no se movió de la esquina de la casa. Tenía las manos metidas en los bolsillos de su pantalón. Vestía de traje —como de costumbre, impecable—, y su rostro no había cambiado nada. Llevaba la barba como siempre: recortada y perfectamente perfilada. Su cuerpo me parecía más fornido que antes, pero no me atreví a confirmarlo, y tampoco quería entretenerme en algo tan innecesario. Lo único que deseaba con todas mis fuerzas era que el bosque se lo tragase y desapareciese.
—Yo no he ido a buscarte. Tú sabrás qué quieres —le solté en el mismo tono.
Apretó los dientes, sin dejar de contemplarme con un brillo tan especial que parecía haber descubierto la luna. Dio dos pasos hacia mí y casi me desmayé. Sentí el temblor tan fuerte en mis piernas que tuve que apoyarme en el coche para no caer desplomada. Alcé un dedo en su dirección, sin necesidad de decirle una sola palabra. Él levantó las manos en son de paz, me observó y detuvo su paso.
—Prepara la maleta. Mañana por la tarde nos volvemos a Mánchester.
Lo miré atónita. Después, comencé a reír como una desquiciada. Loca y desquiciada.
¿Había hecho a saber cuántos kilómetros solo para imponerme que volviese a Mánchester? Desde luego, no estaba bien de la cabeza. Y eso lo sabía desde hacía mucho tiempo, pero nunca imaginé que fuese tan grave.
Me contempló como si hubiese perdido el juicio, sin embargo, en ningún momento hizo el amago de sonreír. No era para menos, pues mi gesto cambió de un segundo a otro, y las risas histéricas se convirtieron en un rostro y un tono huraños que pocas veces sacaba a relucir:
—Vete a tomar por culo, Edgar. Coge tu coche y lárgate de aquí antes de que llame a la Policía.
—Enma…
Avancé en dirección a la casa, no sin antes darle un buen empujón en el hombro y mirándolo como una auténtica chula de barrio. Impidió mi avance sosteniéndome del brazo, pero me zafé de él con tanto brío que casi tropecé con mis propios pies. Lo aniquilé con la mirada.
—No te atrevas a ponerme una mano encima —escupí con rabia.
Acercó su rostro al mío y temblé.
—Ya veo que hay alguien que sí puede ponértela.
Apreté los dientes y mi mano voló en dirección a su cara. Sin embargo, me sujetó del otro brazo. Detuve el movimiento al escuchar a Klaus en la puerta:
—¿No la has escuchado, Warren? Te ha dicho que la sueltes. ¿Tienes problemas de audición tal vez?
Edgar alzó sus ojos con tanta ira que, si las miradas matasen, lo habría fulminado de un vistazo y dejado hecho una pegatina en la pared de piedra. Me soltó con mucha lentitud y dio un paso adelante, alzando el mentón, desafiante. Justo al llegar a su altura, Edgar escupió en el suelo, al lado de los pies de Klaus, con un desprecio que jamás había visto en él, y le soltó con maldad:
—Que te follen, payaso.
Todo lo que había pasado a cámara lenta, todo lo que había evitado para no dar un espectáculo delante de mis padres, se fue al garete cuando Klaus lo sujetó de la pechera y lo empujó hacia atrás. Tal fue su agarre que vi cómo la carne de Edgar se entremezclaba con su camisa entre los dedos del escocés.
Unas gotas comenzaron a caer del cielo; con seguridad, enfadado por el revuelo que estábamos montando. O eso quise pensar, porque la tormenta que se desató en segundos fue horrible. Parecía que iba a acabarse el mundo con nosotros en primera fila. Para mí, casi lo fue.
—Lárgate de aquí, arrogante de mierda —ladró Klaus.
Parecían dos titanes a punto de darse de hostias. Recé para que no ocurriese así, sobre todo cuando la cabeza de mi padre asomó por el quicio de la puerta, buscando explicaciones a las pequeñas voces que habrían oído desde el interior. Edgar no se lo pensó dos veces y le atestó tal cabezazo a Klaus que este tuvo que soltarlo sin más remedio. Se llevó la mano a la frente y después a la nariz, donde comprobó que la sangre salía a borbotones. Edgar, comenzando a mojarse por la lluvia, se quitó la chaqueta de un tirón y los botones salieron despedidos por el campo. Avanzó con grandes zancadas mientras yo lo veía todo e intentaba llegar hasta ellos.
—¿Qué demonios os pasa, chicos? —preguntó mi padre desde la puerta cuando el primer puñetazo de Edgar tiró de espaldas a Klaus.
El rubio no tardó ni medio segundo en levantarse del suelo, agachar lo justo el cuerpo y cargar como si fuese un toro en dirección a Edgar. Soltó un grito de guerra y se abalanzó sobre él con tanta brusquedad que pensé que, como mínimo, le habría partido una costilla, porque ambos salieron despedidos y lejos de donde estaban aparcados los coches.
—¡¡Parad!! —vociferé, y comencé a correr hacia el bosque.
Rodaban como dos niños por la hierba, con la diferencia de que las hostias se sucedían una detrás de otra y sin demora. No tenían tiempo ni de respirar. Ni siquiera me era posible discernir quién repartía más o menos, quién salía más perjudicado o quién era el que estaba encima del otro, porque se cambiaban con tanta rapidez y brutalidad que era imposible.
Mi padre corrió tras de mí con el fin de acabar con algo que no sabía ni de qué se trataba. Chillé con todas mis fuerzas para que se detuvieran, pero estaban inmersos en reventarse el uno al otro.
—¡Voy a matarte! —le escupió Edgar en la cara, golpeando con fuerza su mejilla derecha, que sangraba también.
—¡Y yo voy a sacarte los ojos, hijo de puta! —le advirtió Klaus, quitándose de encima a su oponente tras darle un rodillazo.
Edgar cayó a la hierba y rodó por ella, hasta que frenó su avance colocando las manos en el suelo. Elevó su rostro y me vio acercándome a ellos justo en el momento en el que mi padre me alcanzaba y tiraba de mí para que no me entrometiese en la pelea.
—¡¿Estás loca?! ¿Adónde te crees que vas, mi niña? —Su tono fue autoritario, pero no por eso dejó de usar el apelativo cariñoso por el que siempre me llamaba.
—Papá… —le supliqué para que me soltase.
—¡Eh! ¡Eh! ¿Qué estáis haciendo? —preguntó la voz de Luke con apuro desde la puerta.
—Se matan. ¡Van a matarse! —aseguró Dexter, llegando tras él.
A Luke y a mi amigo los detuvo mi madre negando con la cabeza para que ninguno se acercase más de la cuenta. Lo que no sabía era cómo podía estar tan entera después de lo que estaba viendo.
Llovía. Y ya no eran gotas, sino que lo hacía a mares. Edgar me echó un vistazo desde el suelo y pude ver su pómulo inflamado y su labio partido. Se quejó al intentar levantarse, sin embargo, se llevó una mano a la costilla derecha y apretó los dientes para así poder ponerse de pie.
Tan ensimismada estaba en él que no fui consciente de la exclamación que mi padre soltó y el pequeño grito que salió de la garganta de mi madre. Posé mi mirada en Klaus, quien, de pie, lo apuntaba con su arma. Abrí los ojos como platos y me zafé de mi padre en un pequeño descuido por su parte.
—Enma, ¡no!
—¿Quién crees que va a matar a quién, listo? —le preguntó Klaus con rabia. Escupió una gran cantidad de sangre en el suelo y siguió contemplándolo con un rencor infinito.
Se encontraban encarados de tal forma que todos podíamos ver los movimientos de uno y otro, porque estaban de frente y las luces de la calle nos alumbraban.
—Klaus… —traté de llamarlo, aproximándome a él.
Lo que no esperaba era que Edgar lo apuntara también con un arma. Sin darme tiempo a reaccionar, moví mi cuello y lo observé tras escuchar el breve sonido de una pistola al quitarle el seguro.
—Si tienes cojones, dispárame —lo retó Edgar.
—¡Warren, no eches más leña al fuego! —le gritó Luke a su amigo.
—Warren… —murmuró mi padre en voz baja. No me hacía falta ser bruja para saber que estaba atando cabos y que ya había descubierto quién era la visita inesperada.
Ignoraron a Luke. Se desafiaron mutuamente con los ojos, sin soltar las armas y sin que les temblara el pulso. ¿Habían perdido la cabeza? Saber que la disputa era por mi culpa no hizo más que acrecentar las ganas de lanzarme al vacío por uno de los acantilados que a tan poca distancia se encontraban, aunque también lo medité y aquel combate improvisado no parecía ser solo por mí.
—Por favor, soltad las armas… —musité, colocándome al lado de Klaus.
Pude escuchar la rabia de Edgar al apretar la pistola. Aparté el pelo mojado de mi rostro y miré al rubio con más atención, pues no retiraba ni un ápice su mirada de Edgar. Tenía los dientes tan apretados que estaban a punto de saltársele por los aires. Aun así, no apartó sus felinos ojos de su contrincante.
—Klaus… —Lo toqué para que me prestase atención—. Por favor, estáis perdiendo los papeles sin razón.
La voz de mi padre, un tipo robusto y curtido por el campo, sonó con vehemencia a mi espalda, como cuando era pequeña y hacía alguna trastada. Sin embargo, esa vez no pude buscar su mirada y agachar la cabeza, arrepentida, pues no podía olvidar que estaba en medio de una batalla que era, nada más y nada menos, mía.
Miré a Edgar con temor y, sin poder evitarlo, con desprecio. Mis ojos impactaron con los suyos, y pareció notar el cambio en ellos de mirar a Klaus a hacerlo con él, porque sus nudillos se tornaron blanquecinos alrededor del arma.
—Edgar, baja la pistola —le ordené.
Él, en cambio, sí me observó con una fijeza que asustaba, aunque no rehuí sus ojos como habría hecho en otras ocasiones. Lo contemplé con rabia, con dolor y con un sentimiento en el que siquiera me detuve a pensar, pues me había costado mucho crear aquel muro que creía que no se rompería nunca.
Nunca hasta que volviese a verlo.
Porque era muy sencillo decir que has olvidado a una persona sin verla. El problema aparece de nuevo cuando el sujeto en cuestión se planta, después de miles de kilómetros, delante de tus narices. Y, para colmo, lo primero que hace es imponerte que debes marcharte con él sin una simple explicación. Tenía claro que mi vida no era un cuento de hadas, pero tampoco pensaba retroceder todo lo que había conseguido, que no había sido poco. Como, por ejemplo, darme más valor a mí misma, mirar más por mí y quererme por encima de todo.
Todos esos pensamientos en plan coach se fueron al garete cuando sentí la rabia cegarme. Apreté los dientes y no lo pensé, incluso escuchando los gritos de los demás para que me detuviese y el casi agarre que Klaus intentó en mi brazo. Llegué a la altura de Edgar y lo empujé con saña, provocando que desviara sus manos en otra dirección a la vez que le ponía el seguro a la pistola. No quería ni saber cómo había conseguido introducir el arma en un avión, por mucho que fuese el suyo.
—Enma, basta —bufó cuando lo empujé de nuevo.
Lo golpeé otra vez en el hombro contrario y apreté los dientes; con más fuerza, con más saña si es que podía. La voz de Dexter se escuchó de fondo:
—Enma, por favor, déjalo ya…
Pero no escuchaba nada, solo lo veía a él. No se movía. No apartaba la mirada de mí. Solo se dejaba golpear, sin importarle. Sus ojos me mostraron una pena infinita, seguramente, al verme en ese estado, pero me daba igual. Todo me daba igual. Necesitaba desahogarme, y la mejor diana que tenía era él.
—¡¿A qué coño has venido?! —Golpe—. ¿A buscar problemas?, ¿a joderme la vida? —Golpe, golpe y más golpes. Cada vez más fuertes, pero Edgar solo se movía una milésima, y eso me enfadaba muchísimo. Me dejé la garganta chillando cuando le dije—: ¡¡¿Qué cojones quieres?!! ¡¿Qué es lo que quieres?!
Sentí que me faltaba el aliento, que las venas me latían condenadamente rápido, que no podía respirar. Mi padre se acercó con urgencia a mi lado para sostenerme con su mano; mano que volví a rechazar para abalanzarme sobre Edgar de nuevo, esa vez con el puño en alto y sin miramientos. Sin embargo, su voz me detuvo cuando vi que sus ojos se fijaban con rabia en Klaus:
—No se lo has contado. —Rio de manera irónica.
Fruncí el ceño y miré al escocés, que me observaba con cara de culpable. Guardó la pistola también, que la mantenía en dirección al suelo.
La voz de George, mi padre, sonó antes que la mía:
—¿Qué tiene que saber?
—Papá, no te metas. —Miré a Klaus de nuevo—. ¿Qué es lo que no me has contado?
Me observó con cautela y suspiró. Se llevó una mano al pelo y se lo mesó, dándome a entender que estaba nervioso. Desvié la vista hacia Edgar, que se mantenía inmóvil, y escuché a Luke justo en el instante en el que mi respiración se apresuraba y el pánico latía en cada uno de mis sentidos:
—Enma, deberías calmarte y…
—¡No! ¡Cállate! ¡¿Qué tengo que saber?! —grité desesperada.
Otro silencio más grande se hizo eco en mitad de aquella tormenta, de aquel oscuro cielo y de aquellos dos hombres que no cejaban en su desafío visual.
El primero en hablar, para mi sorpresa, fue Klaus:
—Iba a contártelo ahora, pero…
Edgar lo interrumpió antes de que terminase:
—Lark está vivo. Y si Lark está vivo —continuó, con una chulería tan aplastante que me molestó—, Oliver estará fuera de la cárcel esta misma semana.
Eso se reducía a algo muy simple: Oliver quería su dinero.
Y yo lo tenía.
6
—¿Estás loca, mujer? —espetó mi padre con mal genio, delante de todos.
Mi madre pareció entrar en un constante estado de nervios y comenzó a empujar a todo el mundo hacia el interior de la casa, pero cuando llegó a nosotros, di un paso atrás para que no me tocase. Mi padre no se movió del sitio. Ni Klaus. Ni Edgar.
—Vete de aquí ahora mismo, o llamaré a la Policía —sentencié con más firmeza que antes.
—He hecho miles de kilómetros para…
—No te necesito para nada. Y tampoco te he pedido que vinieses. Ya has escuchado a Klaus: iba a contármelo.
Rio con cinismo. Yo pensé en qué momento había sido capaz de usar aquel tono tan dañino y venenoso con él.
—Ya. ¿Eso ha sido lo primero que ha hecho cuando te ha visto?, ¿contártelo? Porque estaba muy preocupado, supongo —ironizó.
El pecho de Klaus se pegó a mi espalda, pero no permití que entrase en un nuevo conflicto por algo que yo estaba provocando.
—Será mejor que no te diga qué es lo primero que ha hecho cuando me ha visto.
A Edgar se le hinchó la vena del cuello visiblemente. Alzó una ceja de forma intimidante y dio un paso hacia mí. Mi padre se interpuso entre los dos con cara de pocos amigos.
—Te ha dicho que te vayas. Créeme que de haber sabido quién eras, ni siquiera estarías aquí, porque yo mismo te habría echado a patadas de mi casa.
—Eso es entrar con buen pie… —se escuchó la voz de Luke al fondo, seguida de una regañina por parte de Dexter, a quien le importunó su descaro y humor a juzgar por cómo estaba la situación.
—¿Acaso sabe quién soy? —Edgar levantó el mentón, desafiante.
Mi padre también.
—Sí. El hijo de puta que ha estado engañando a mi hija para robarle la fortuna que Robert le dejó. ¿Me equivoco?
Edgar no se hizo pequeño ni mucho menos. Mi padre tampoco se amilanó, a pesar de que su oponente era un gigante.
—Yo no he robado nada. Si estoy aquí, es por la seguridad de su hija. Créame, a mí más que a nadie le interesa que esté bien. —Su tono fue ascendiendo según hablaba.
Tragué saliva por enésima vez, rezándoles a los dioses que existiesen para que no saliera también el tema y el motivo por el que intuía esa preocupación. Como si Dakota estuviese prestando atención, una patada rebotó en mi vientre.
—¿Y se puede saber cuál es ese motivo? —quiso saber mi padre.
Los truenos resonaron con más fuerza en el cielo. Apenas notaba el agua entrar en mi ropa de lo calada que estaba.
Edgar me miró.
Yo lo miré.
También le supliqué que no lo hiciese.
Observó a mi padre por encima del hombro, pasó por su lado manteniéndole la mirada y, antes de abrir la puerta del coche, justo a mi lado, me dijo:
—Mañana vendré y nos iremos.
No contesté. Ya lo hizo mi padre por mí:
—Y yo estaré esperándote en la puerta con la escopeta de caza.
Tenía claro que mi padre no decía nada a la ligera. Y que Edgar le caía muy mal.
El rugido del motor al arrancar provocó que girase mi rostro y mi mirada impactase con la suya. Alcé mis ojos y me encontré con los de Luke, quien me transmitía preocupación y tristeza por todo lo que había ocurrido. Antes de montarse en el coche, me susurró:
—Por favor, si no quieres escucharlo a él, escúchame a mí.
No contesté.
Nadie lo hizo. Sin embargo, la mano de Klaus afianzando mi cintura le demostró a Edgar algo que no quiso ver, pues pisó el acelerador marcha atrás y salió de allí casi derrapando y sin tiempo para meditar.
Antes de que todo el mundo comenzase a hacerme preguntas —y con «todo el mundo» me refería a mi madre—, alcé la mano y la hice callar cuando casi escupía como una ametralladora la primera andanada de palabras.
—Estoy muy cansada, empapada y sucia. ¿Podemos dejar esta conversación para mañana?... Por favor.
Mi madre agachó la mirada y asintió sin estar conforme.
—Yo me quedaré aquí.
Posé una mano sobre el hombro de mi padre y lo empujé para que entrase bajo el porche. No quería que siguiese calándose, o al final cogeríamos todos una pulmonía. Besé su mejilla con cariño y lo miré con una ternura que me embriagó el corazón. Cuánto los quería y cuánto los había necesitado.
—Esperarás a que te llame. Te quedarás en casa, tranquilo, porque yo estaré bien.
—Ese cabrón volverá —aseguró.
—No lo hará.
No me lo creía ni yo. Tampoco me pasó desapercibida la mirada de Dexter, quien tampoco se lo creía.
—¿Estás segura? —Mi padre pareció dudar—. ¿Cuándo te marchas, Klaus?
Puso su atención en él y respiré un poco aliviada, aunque me enfadó el hecho de que pensara que necesitaba a Klaus para sobrevivir.
—Mañana a primera hora —le contestó él.
Pareció molestarle tener que irse tan pronto. A mí también me apenaba esa marcha tan repentina, aunque encajé piezas y supe que, en realidad, había venido no solo para verme, sino para contarme lo que Edgar había soltado como una bomba.
Les ordené a mis pies que entrasen en la casa. Besé la mejilla de mi madre con el mismo cariño y apreté su mano para que se tranquilizase. Le eché un último vistazo a mi padre y Dexter asintió con la cabeza, dándome a entender que esa noche la pasaría con ellos. Había muchas noches en las que mi amigo prefería una buena copa de brandy en compañía de mi padre a estar conmigo hecho un ovillo en el sofá. Durante todo el tiempo que estuvo a mi lado, jamás me lo tomé a mal, y le agradecí con una mirada que me permitiese quedarme a solas con Klaus las horas que nos quedaban.
Tras poner los pies en la moqueta marrón de la entrada, suspiré y miré las vigas de madera del techo. Segundos después, escuché que la puerta de la calle se cerraba. Al enfocar mis ojos en esa dirección, me percaté de la cantidad de golpes que Klaus tenía; no solo en la cara, sino en el costado, en el hombro derecho… Lo que venía siendo una pelea con todas las letras.
No dijimos nada.
No hizo falta.
Me ofreció su mano y la acepté. Me fundí en un abrazo que me reconfortó lo justo y necesario para seguir siendo aquella mujer en la que me había convertido: la que no lloraba por las esquinas o, en su defecto, a la que ya no le quedaban más lágrimas que verter.
Nos encaminamos en silencio hacia el cuarto de baño. Me desprendí de mi ropa empapada y la tiré al suelo de la misma manera que lo hizo él. Juntos, entramos en el pequeño rectángulo y dejamos que el agua caliente templara nuestros congelados cuerpos. Me permití el lujo de permanecer bajo el agua el tiempo suficiente mientras notaba la boca de Klaus besar mi hombro y ascender hasta mi cuello. Me noté la piel de gallina; también mis sentidos disparándose en un sinfín de emociones con cada roce, cada caricia y cada mirada robada. Me volví para encararlo y lo besé con tantas ganas que olvidé sus heridas, hasta que gruñó por lo bajo.
—Lo siento, lo siento —añadí con rapidez, separándome de él.
Me sostuvo por la cintura y volvió a juntarme todo lo que pudo a su cuerpo.
—Voy a necesitar una enfermera que me cure las heridas y que me dé de comer. —Alzó una ceja con picardía.
Yo no sabía cómo podía seguir manteniendo ese humor pese a los acontecimientos de los últimos momentos. Quizá lo llevaba en la sangre. Desde luego, desde el minuto uno que lo conocí, lo que más había conseguido de mí eran risas y carcajadas a todas horas. Muchas veces hablaba con él por un simple mensaje de wasap y me sorprendía a mí misma sonriendo como una boba.
No pensé en el amor. No me planteé siquiera la posibilidad de estar enamorada de Klaus Campbell. Pero lo que sí sabía a ciencia cierta era que con él no lloraba, que con él sonreía, que, con él, los días eran más alegres y las penas, menos penas. Y eso me gustaba mucho.
Salimos de la ducha después de unos cuantos tonteos más y alguna que otra caricia provocativa. Vestidos y secos, llegamos al salón y me entretuve, a horcajadas sobre él, en curarle las heridas del rostro.
—Esto está cogiendo un color feo —apunté, señalando su costado.
—Mañana será un arcoíris —comentó como si nada, con tono guasón.
Lo miré a los ojos, esperando que comenzara una conversación. De nuevo, había algo que me interesaba mucho, y no sabía por qué.
—¿Qué ha pasado con Oliver? —le pregunté con un poco de miedo en mi tono.
Suspiró y me apartó de sus piernas para colocarme sentada en el sillón. Extendió una manta por encima de nuestros cuerpos y me miró muy serio.
—Resulta que han dado con el paradero de Lark, pero no han conseguido localizarlo cuando han ido a buscarlo a su casa. —Lo observé sin interrumpirlo. Bastante me había sorprendido aquella noticia. Instintivamente, pensé en Morgana. ¿Lo sabría?—. No sabemos el motivo, pero, o bien todo apunta a que Oliver organizó una treta mucho más grande de lo que pensamos, o bien algo no cuadra.
—Si Lark está vivo…
—Oliver saldrá de la cárcel, con seguridad. —Se apoyó en el respaldo del sofá—. Sus abogados están haciendo lo imposible para que le rebajen la condena. De hecho, ya han conseguido quitarle dos cargos por los que se le imputó. Es un tipo listo. —Resopló con pesadez, y yo, sin ser consciente, apreté la manta que tenía sobre mí. Contemplé las llamas del fuego de la chimenea y me vi huyendo por el mundo con tal de que aquel hombre no me encontrase—. Tranquila, Enma. No permitiré que te ocurra nada.
—No puedes encerrarme en una burbuja —objeté, sin quitar la vista del fuego—. Me encontrará.
—Podemos registrarte como un testigo protegido y…
Lo miré con mala cara, sin pretenderlo, y lo interrumpí:
—No pienso tirarme toda mi vida encerrada en un piso, custodiada por un policía al que pueden sobornar en cualquier momento.
El rostro de Klaus se tornó más circunspecto, aunque al final lo relajó.
—Tú ves muchas películas de acción. —Sonrió y después volvió a la seriedad—. Yo te protegeré.
—Tú estás en Mánchester. Yo, en Galicia.
Sus ojos enfocaron las llamas también, quizá pensativo por lo que acababa de decirle, lo que me demostró cuando se pronunció de nuevo:
—Buscaremos la solución.
Sabía que soluciones había pocas. Klaus no podía permitirse el lujo de andar las veinticuatro horas del día detrás de mí. Yo no quería vivir con miedo, y tenía claro que, ni dándole todo el dinero que me había dejado Robert, me perdonaría la vida. Lo vi en su mirada en la cabaña. Se me había quedado grabado a fuego. Aprecié tal rencor en él que sabía que una persona con los medios de los que disponía aquel hombre no lo frenarían ante nada ni nadie.
Agarré un mechón de mi pelo y lo retorcí, pensando en cómo formular la siguiente pregunta, y como no me vi capacitada para ello, me levanté e hice tiempo colocando unos platos sobre la mesilla baja del salón. Le ofrecí una cerveza que no rechazó y me serví un vaso de agua hasta arriba. Casi me lo bebí de una tacada, bajo la atenta mirada de Klaus. Elevó un poquito su mentón, dándome a entender que podía acribillarlo a preguntas. Él no era como Edgar. Me daba rabia tener que compararlos, pero con Klaus podías hablar de lo que te diese la gana, que no ponía impedimento alguno, y mucho menos tenías que sacarle la información con una cucharilla.
—Os conocéis, y esa pelea de ahora guarda rencores muy grandes. Aparte de lo evidente, que soy yo —le expuse.
Asintió y volvió sus ojos al fuego.
—¿Por dónde quieres que empiece? —me preguntó.
Miré la cena y después a él, que en ese momento se encontraba contemplándome fijamente.
—Podemos empezar cenando y después lo hablamos…, si quieres.
Aproximó su cuerpo al borde del sofá y, con una sonrisa de oreja a oreja, me aseguró:
—A mí, ese gilipollas no me quita el hambre.
Se llevó un trozo de empanada gallega a la boca y lo imité. Esperé impaciente a que hablase, y no se hizo de rogar demasiado, pues en cuanto se comió el primer trozo y le dio un trago a su cerveza, comenzó a hablar como el que le pregunta a un amigo qué día hace:
—Edgar y yo fuimos amigos.
—¿Amigos? —me extrañé, y detuve el movimiento de mi mano, que iba directo a mi boca con la empanada. Klaus sujetó mi muñeca para que continuase y comiese.
Obedecí y prosiguió:
—Mi madre y la suya fueron muy buenas amigas, y nosotros, prácticamente, nos criamos como hermanos. De hecho, vivíamos a muy poca distancia, íbamos al mismo colegio, después al mismo instituto, y jugábamos al baloncesto en el mismo equipo. En fin, lo que viene siendo unos colegas a muerte.
—Pues, perdóname, pero precisamente amor no es lo que sé ve en vuestras miradas cuando os encontráis.
Carraspeó un poco, se inclinó hacia delante y miró el fuego.
—En la adolescencia, éramos los que partíamos la pana allá donde íbamos. Siempre juntos y siempre liándola. —Sonrió con tristeza—. Las chicas se tiraban a nuestros brazos, nos montábamos unas fiestas impresionantes, y si teníamos que llorar, lo hacíamos el uno en el hombro del otro. —De repente, su tono cambió—: Hasta que crecimos. —Silencio—. Hasta que Edgar empezó en el mundo empresarial y consiguió llegar a la cima. —Me miró con intensidad y sus iris se apagaron poco a poco—. Hasta que se olvidó de su amigo de barrio y ya solo fui un estorbo para él en su meta hacia la fama y el dinero.
Mis labios permanecieron sellados mientras contemplaba la tristeza y la rabia a partes iguales que su rostro mostraba. Qué pena da esa sensación de sentirse abandonado de la noche a la mañana por una persona en la que confías plenamente. Había tenido amigos de esos, aunque intuía que lo que a ellos los unió fue algo mucho más fuerte que cualquier amistad adolescente pasajera.
—Es muy triste… —musité, sin apartarle la mirada.
—Lo es. —Suspiró con fuerza—. Pero las personas son malas por naturaleza, Enma. Y cuando crees que nunca te fallarán, lo hacen.
Medité mi pregunta antes de hacerla:
—¿Alguna vez lo hablasteis?
Negó con la cabeza.
—Imagínate cómo me sentí la primera vez que me lo crucé por la calle cuando ya no nos hablábamos. Yo solo quise darle la enhorabuena por lo que había conseguido. Ni siquiera me había llamado para contármelo. De hecho, llevábamos meses sin hablar. Al contrario que él, yo me presenté en su casa para felicitarlo.
—Y te apartó de su vida —comenté, prediciendo su respuesta.
Rio con amargura y le dio un sorbo a su botellín.
—Me cerró la puerta en las narices. —Abrí los ojos como platos, aunque nada me extrañaba del carácter huraño de Edgar—. Nunca supe por qué lo hizo. Nunca más le pregunté. Me dolió tanto que ni siquiera puedo contarte la de días que le di vueltas al tema, preguntándome qué había hecho mal. Yo no quería ni por asomo nada que tuviera que ver con Waris Luk; al contrario, por aquel entonces, ya estaba a punto de entrar en la Policía.
Tomé una extensa bocanada de aire y miré mis pies. Pobres relaciones las que acaban así. Da una lástima enorme saber que has perdido a alguien sin siquiera tener una explicación. Pero, como la vida misma, esas cosas ocurren, y por el tono de Klaus, a él le había afectado mucho.
Elevé mi vaso y sonreí a la vez que usaba el tono bromista del que Klaus nunca se desprendía:
—Brindemos por las amistades nuevas, pues.
Alzó su botellín a la par que su ceja:
—De momento, prefiero no considerarte una simple amistad. Pero… —alargó mucho la primera vocal y sonrió— brindemos.
—Echa el freno, amigo nuevo.
Reí y tiró de mi mano para juntarme de nuevo al calor sofocante que su cuerpo emanaba. Sus dedos se introdujeron en mi cabello y lo masajearon, ocasionando que cerrase los ojos de puro placer más de una vez. Restregué mi mejilla con su duro pecho y me permití dibujar círculos invisibles por debajo de la manta sobre su muslo derecho.
Su siguiente pregunta me pilló de improviso y detuve mi movimiento en seco:
—Es el padre de Dakota, ¿verdad? —Tragué saliva, intentando que no se me notase. No supe por qué, pero no me atreví a mirarlo. Él, en cambio, despegó mi cuerpo del suyo y agachó el rostro para mirarme a la cara. No era interés lo que había en sus bonitos ojos, sino una afirmación aplastante. Chasqueó la lengua—. No tienes que temer. La vida es así. El destino es así.
Noté que el pecho se me oprimía y que unas ganas de llorar se hacían con el control de mis ojos y mi garganta, que ya se cerraba.
—Klaus… Yo… Lo sien…
—No te disculpes por algo que no debes, Enma. Solo era una pregunta. No le des más importancia, porque para mí no la tiene y el futuro solo depende de ti. —Me atreví a mirarlo pese a que sentía mis ojos arder. Intentó quitarle hierro al asunto soltando un comentario gracioso de los suyos—: Sé mucho de ti. Recuerda que soy poli.
Sonreí, y una lágrima resbaló por mi mejilla. Él la recogió con su pulgar, se lo llevó a los labios y lo besó. Sentí que su pecho se desinflaba cuando volvió a cobijarme bajo sus brazos, e imaginé sin poder evitarlo los pensamientos que debían estar pasando por su cabeza en ese instante. A veces me preguntaba si el destino quería jugárnosla a todos de alguna manera, pues nunca fallaba y siempre daba en el clavo que más dolía. A la vista estaba.
Un silencio extraño se creó entre nosotros, hasta que noté sus dedos tamborilear sobre mi hombro. De reojo, vi que miraba el reloj en su muñeca.
—Bueno, yo creo que ya está bien de lamentos, de silencios y de cena que casi no hemos probado —objetó—. Y ya va siendo hora de calentar el ambiente.
Le dio un puntapié a la mesilla baja y la separó. Empujó mis brazos con suavidad para poder mirarme, apartó un mechón de mi pelo y lo colocó detrás de mi oreja. Alcé una ceja con gracia cuando me puso morritos.
—¿Quiere decirme algo, señor Campbell?
—¿Nos vamos a Escocia entonces? —me preguntó, apartando la manta.
—Tendremos que esperar a que Dakota nazca —puntualicé.
—Trato hecho. Y, ahora, señorita Wilson, ¿es usted tan amable de decirme qué tenemos de postre, o me sirvo yo?
Me fijé en que sus ojos brillaban y una sonrisa maquiavélica asomaba en sus gruesos labios. Reí al sentir uno de sus dedos clavarse en mi cadera e intenté apartarlo, sin éxito. Enarqué una ceja para hacerme la insinuante, aunque de poco me sirvió, porque al final terminamos sobre la moqueta y tan calientes como lo estaban las llamas de la chimenea.
7
EDGAR
Le di una patada a la rueda del coche.
Después, un puñetazo al capó, y se hundió.
Ni siquiera notaba el pómulo inflamado, el labio partido, la costilla que estaba matándome ni el dolor en mis nudillos ensangrentados. Solo experimenté ira, dolor, tristeza y miles de emociones. Me miré unos segundos en el reflejo de la ventanilla del coche de alquiler. No me reconocía.
¿En qué momento de mi vida había comenzado a perder los papeles de aquella manera? «Siempre —me respondí a mí mismo—. Pero nunca por una mujer —me contradije como un loco». Exhalé un fuerte suspiro, llené de aire mis pulmones y contemplé la espesura del bosque. Escuché el clic del maletero al abrirse. Luke no había dicho nada. Ni siquiera se había pronunciado, hasta ese momento:
—A tomar por culo la fianza con ese bollo. —Apuntó hacia él y lo miré con muy mala cara. Levantó las manos, excusándose, sacó el paraguas y lo abrió. Después me ofreció uno a mí que no acepté—. Pero yo no digo nada. ¡Que me aspen! Toma, que vas a pillar una pulmonía. Creo que deberías cambiarte de ropa. —Señaló mi traje, completamente pegado a la piel.
A mí sí que iban a crucificarme, pero a base de bien. Por mucho que intentara hacer las cosas en condiciones, era imposible. De nada servían las terapias, la gente que había conocido, los controles de rabia por parte del psicólogo. De nada. Porque lo había soltado todo en la cara de Klaus.
Maldito cabrón. Y tampoco podía culparlo, ya que cualquier persona con dos dedos de frente —no como yo, precisamente— se enamoraría de Enma. Era la mujer ideal, la pareja perfecta, con la que piensas vivir hasta que tu piel se arrugue. Sin embargo, era muy cierto eso de que no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes.
Y tanto.
Suspiré. Abrí la puerta del coche, miré al cielo y cerré los ojos, dejando que la lluvia me empapase, si es que había algún recoveco de mi cuerpo que no se hubiese mojado. Me deshice de la chaqueta y de la corbata. Me aflojé las mangas y me las subí a media altura, sobre el antebrazo. Cerré de un portazo que casi provocó que me llevase la puerta enganchada en la mano y giré sobre mis talones en dirección al bosque.
—¿Edgar?... ¿Adónde coño vas? —No le contesté—. ¡Edgar! ¡Vas a morirte de frío! —Seguí caminando como si no lo escuchase—. Maldito cabezón de mierda.
Un portazo más y el sonido de unas llaves al cerrar, seguidos de unos pasos apresurados, me indicaron que Luke venía tras de mí. Anduve sin rumbo durante muchos minutos, los suficientes como para percibir que me dolían hasta los huesos del frío. Pensé mucho. En demasiadas: la vi entrando por la puerta de mi despacho el primer día; la vi caminando como una persona normal, sin estirarse ni sacar pecho, como solían hacer la mayoría de mis trabajadores; la vi riendo, bailando, comiendo, ayudando, siendo humana. No la merecía, y eso estaba consumiéndome.
La imagen de su perfecto y redondeado vientre me vino a la mente y las lágrimas asomaron por mis ojos. Intenté retenerlas, y lo conseguí justo en el instante en el que frenaba mis pies y me detenía cerca de la casa donde habíamos estado hacía muy poco. Tragué saliva, consciente de que no era yo quien estaba con ella, quien la abrazaba, sino otro.
Otro que no era yo.
Otro que no era yo.
«Otro que no eres tú», me repetía como un mantra.
Apreté los dientes tanto que pensé que se partirían. Estrujé los puños con más fuerza, provocándome dolor, mientras contemplaba las tenues luces en el interior de la casa de piedra. Tomé aire con más vigor y lo solté con más energía todavía. ¿Qué quería hacer? ¿Qué pretendía? Sabía que no llegaría y se arreglaría todo de la noche a la mañana; no habiendo estado lejos de ella tanto tiempo y habiéndole causado un dolor tan grande como el de sentirse utilizada. No actué bien, y estaba dispuesto a asumir las consecuencias, aunque también tenía claro que iba a remediarlo y que la recuperaría, costase lo que costase. Mi yo interior rio con fuerza al ser consciente de ese último pensamiento.
Había visto su cara, sus ojos cuando me encontró en la esquina de la casa. Ya no eran iguales ni trasmitían lo mismo que antes. Ni siquiera aprecié un atisbo de amor en ellos, y eso terminó por rematarme. También ocasionó que me cegara con Klaus de forma desmedida y que ella lo viera todo.
Más rabia se sumó a su mirada.
Más pesar a mi conciencia al no saber en qué posición se encontraba esa relación. Si es que la había.
—¿Pretendes entrar de nuevo? —me preguntó Luke con tono neutro. Su voz había perdido todo rastro de broma. Estaba bastante serio.
No le contesté, pero seguí mirando la casa. Discerní por una pequeña ventana la silueta de alguien que se movía en el interior. Pocos segundos después, otra silueta se acercó a la primera y se fusionaron. «Solo es un abrazo, seguro», pensé, y mi mente maquiavélica se carcajeó con más hincha. El nudo en mi garganta me ahogaba tanto que, o lo soltaba, o terminaría pegándome un disparo con la misma pistola que llevaba sujeta en la cinturilla del pantalón.
Me giré hacia la izquierda y comencé a caminar sin rumbo, hasta que el sonido de unas olas me hizo comprender que estaba muy cerca de los acantilados. Los pasos de Luke me seguían de cerca; seguramente, al no fiarse de mí. No estaba todo el tiempo pensando en el suicidio; tampoco era tan grave. O yo no lo veía así.
Nos habíamos instalado en el coche. Literalmente. Llevábamos una tienda de campaña en el maletero, pero viendo el tiempo que hacía, montarla en el suelo empapado iba a ser una tarea complicada.
Los pisotones en los charcos eran cada vez más sonoros por parte de Luke.
—Edgar…
Sonó a llamada de atención, sin embargo, iba tan cegado que ni siquiera lo escuché cuando comenzó a hablar. Mis pasos se volvieron más rápidos, más decididos. Mi agonía también crecía por momentos y estaba consumiéndome.
Llegué al borde.
Al filo del acantilado.
—Edgar, por lo que más quieras, apártate de ahí —me suplicó, un paso por detrás de mí.
No le contesté. No pensaba saltar…, ¿no?
Cerré los ojos y me cuestioné si alguna vez había hecho algo bueno en la vida, si eran motivos de peso para seguir adelante, para no mandarlo todo a la mierda y olvidarme del mundo. Y en medio de esas meditaciones, que no sabía por qué habían llegado en ese instante, abrí los ojos de golpe. Tal vez necesitábamos una última gota que colmara nuestro vaso para darnos cuenta de lo que teníamos delante. O tal vez era el dolor, que hablaba por sí solo.
Pensé en todas las posibilidades, en lo que quería y en lo que no, en lo que necesitaba y en lo que sabía que debía cambiar. Deseaba esforzarme, que ella se diese cuenta de que había cambiado, que ya no era el mismo tirano de antes. Aunque un tirano que siempre la amó. Sin embargo, eso solo eran palabras, y las palabras se las lleva el viento cuando menos te lo esperas. No me había comportado bien. Merecía su desprecio, pero haría lo imposible por volver a recuperar aunque fuese una mínima parte de la Enma que conocí.
Me giré y encaré a Luke, que me observaba con horror. Su rostro solo se discernía gracias a los escasos rayos de la luna, suficientes para que en aquella oscuridad destacáramos.
—Tengo un plan —solté a bocajarro.
Luke alzó una ceja. Se encontraba con la mano extendida hacia mí y el pelo completamente pegado a la cara. Parecía que había aflojado la lluvia un poco. Ya ni siquiera lo notaba.
—Está bien, tienes un plan. Pero si llega una ráfaga de viento, te vas a tomar por culo y el plan también. ¿Puedes apartarte de ahí, por favor? No me molaría nada tener que organizar tu puto entierro.
En ese momento, fui consciente de lo cerca que estaba del abismo. Aparté mis pies y Luke soltó una bocanada de aire contenido. Sujetó con fuerza mi camisa, que ya era casi una fusión de mi piel, y tiró de mí hasta separarme lo suficiente. Después entrecerró los ojos con mal genio y me instó a que caminase en dirección al coche.
Media hora después, estábamos en la parte trasera del vehículo, contemplando la luna delantera y sin hablar. Solté el humo de mi cigarro y bajé la ventanilla lo justo para que no entrase mucho frío. Habíamos abatido los asientos hacia delante para poder apoyar los pies con más comodidad.
—Sabes que es una locura, ¿verdad?
Asentí.
—Tenemos que buscar la opción más adecuada. De momento, avisa a Brad y a Milo. Vamos a necesitarlos.
—¿Quieres que ponga al corriente a Mark?
Negué.
—Cuanta menos gente lo sepa, mejor.
—¿Tienes claro que no es un buen plan? —Frunció el ceño.
—No hay más opciones.
—No puedes re…
—No hay más opciones, Luke —repetí con más ahínco.
Una llamada resonó en el extenso silencio en el que estábamos sumidos, después del resoplido monumental de mi amigo. Desbloqueé el teléfono y me encontré con la cara de mi madre. Al descolgar, los tres me esperaban tras la pantalla.
—¡Hola, papi! —Lion me saludó el primero.
—¿Has encontrado ya el tesoro ese que has ido a buscar? —me preguntó Jimmy, con Goofy Bob sobre él.
—El perro fuera del sofá. Ahora —le ordené, y el niño puso los ojos en blanco.
—Vamos, Jimmy, hazle caso a tu padre —le espetó mi madre, mirándolo. Aunque yo sabía que en cuanto colgase el teléfono, el perro estaría subido en el sofá de nuevo. Luego los delatarían los pelos del animal, montaría en cólera y a los pocos minutos se me pasaría con cualquier tontería.
—¿Y bien? —insistió Lion.
Sorpresa.
Sorpresa era la que iban a llevarse cuando se dieran cuenta de que Dakota no era una amiga ni una prima, sino su hermana. Sabía Dios que todavía no tenía ni idea de cómo iba a afrontar aquella conversación.
—Estoy en ello.
Los ojos se me fueron a mi madre, que me observó con tristeza. Llevaba tiempo sin saber nada de Enma por mi culpa. Como todo. Era algo que me enrabietaba por dentro, pues sabía que la quería y no se lo merecía, pero también era consciente de que, si mi madre conocía el paradero de Enma, haría muchísimo tiempo que estaría en Mánchester y no en Galicia.
—¿Y cuándo vas a contarnos la sorpresa? —me preguntó Jimmy.
—Vaya rollo. A mí no me gustan las sorpresas —intervino Lion, en sus trece, como de costumbre.
Suspiré e intenté mantener una conversación que no incluyera la sorpresa que iban a llevarse, porque, en el punto en el que estaba, dudaba si conseguiría lo que quería o no.
Pasamos toda la noche en el interior del coche, sin apenas pegar ojo. Di gracias a que Luke era un excelente conversador y sabía por dónde tirar para que olvidaras que estabas en un momento de mierda. De vez en cuando, miraba al frente y esperaba ansioso verla aparecer entre los árboles. Obviamente, no fue así.
Salí de allí temprano. Luke abrió un ojo y negué para que no viniese conmigo. Necesitaba hablar con ella a solas y que nadie interfiriera por mí.
—¿Tú has escuchado la amenaza de su padre? Porque de broma no tenía nada.
—Asumiré las consecuencias —le respondí, terminando de atarme los cordones de las zapatillas de deporte.
Ropa deportiva era lo único que tenía para cambiarme, y menos mal, porque el traje seguía chorreando en el techo del coche. Cerré la puerta y caminé hasta la casa. Al llegar, esperé detrás de los arbustos, comprobando que no hubiese nadie en mi camino.
No me equivoqué cuando la puerta de la casa se abrió y de ella salió Klaus con una sonrisa de oreja a oreja. Enma lo seguía con una bata envolviendo su esbelta figura. Se acercó con una tímida pero sentimental sonrisa. Transmitía tanto mimo que incluso tuve que apartar la mirada de lo mal que me sentó. Sin embargo, saber qué pasaría me pudo más y volví a fijarme en ellos.
Ella se acercó a él, que no dejaba de mirarla con pasión. Klaus le ofreció la mano y la abrazó entre sus enormes brazos. Besó su pelo y buscó sus labios sin ningún tipo de reparo. Me encontré apretando los puños con tanta fuerza que me hice hasta daño. Notaba que el aire no entraba bien en mis pulmones, sentí la necesidad de salir como una bestia del bosque y liarme a golpes con él hasta matarlo, y de no ser porque una mano interceptó mi antebrazo, lo habría hecho. Miré hacia atrás y me encontré a Luke negando con la cabeza.
Las entrañas me ardían.
«Ya no es tuya. Ahora es de otro», rio mi diablo interior, que esos días estaba pasándoselo en grande a mi costa.
Celos.
Aquella palabra apareció reflejada en mi mente sin venir a cuento. ¿Los celos eran así? ¿Eran tan dañinos? Porque nunca los había sentido de aquella forma, con esa fuerza tan descomunal que te dan ganas de segar cuellos con una sola mano, como cercenar la cabeza de Klaus Campbell y ponerla en una pica, de recuerdo.
—Imagino que estás pensando algo macabro. Pero sé consecuente con tus actos y piensa que el asesinato, de momento, es delito.
El tono de voz de Luke volvió a ser el mismo de antes, jocoso y desenfadado, aunque eso no sirvió para calmar el pesar que bullía en mi interior. Los vi besarse. No solo una vez, sino varias, y cada vez más acaramelados. No obstante, como si estuviera castigándome, no pude apartar la mirada de ellos por mucho dolor que me causara verlos.
Escuché el suspiro de Luke, imaginé que sintiéndose mal por lo que estaba ocurriendo. Para mi sorpresa, respiré aliviado cuando Klaus se montó en el coche y desapareció de allí.
—Ahora viene el problema número dos.
Seguí con mis ojos a lo que se refería Luke: Xiona y George aparcaban en la entrada de la casa. Tomé asiento en una de las rocas de los laterales donde nos encontrábamos y saqué un cigarrillo.
—Fumar mata —me espetó, señalando mi cigarro.
—Los celos también —le respondí, perdido en mis propios pensamientos—. Vete, Luke. No tenemos tiempo. Ya sabes lo que debes hacer. —Lo miré con seriedad—. No dejes que Klaus se te escape. Confío en ti.
Tendría que esperar, aunque la paciencia no era uno de mis puntos fuertes y no sabía cuánto aguantaría.
Haría lo que hiciera falta hasta que pudiese abordarla sola.
8
ENMA
—Pondremos vigilancia. Ahora podemos permitírnoslo.
—No voy a vivir encerrada y vigilada por nadie —sentencié mientras colocaba los platos del desayuno sobre el fregadero.
—Eso no es vida para nadie. Y aunque se quedara con nosotros, ¿qué íbamos a hacer?, ¿cómo iban a protegerla dos abuelos chochos? Ni siquiera quiero pensar en los contactos que puede tener ese tirano. —Mi madre se refería a Oliver.
—Yo tengo una escopeta de caza y tampoco me temblará el pulso —argumentó mi padre, obviando el comentario de mi madre sobre su capacidad para «protegerme».
—George… Estás muy pesado con la escopeta, la cual hace mil años que no sacas del armero.
—No hables sin saber, mujer —le espetó, con un dedo levantado.
—¡Cuánto drama! —exclamé, tratando de quitarle hierro al asunto.
Mi madre me contempló con mala cara a la vez que terminaba de colocar las mantas sobre el respaldo del sofá. Mi padre removió lo que le quedaba del café, pensativo y sin mirarme. Hubo un momento en el que pensé que hablaba con la pared, aunque no me importó y seguí dando mi opinión en medio de aquella conversación en la que mis progenitores solo pretendían mostrar sus opiniones.
—Sigo sin entender por qué Robert te dejó esa desorbitada cantidad de dinero. El motivo de ponerte en su testamento no tiene sentido —opinó mi madre.
—Xiona, es muy sencillo. Ya te lo ha dicho la niña: era una manera de purgar sus pecados. Y si encima sabemos que no se llevaba bien con el resto de la familia, pues ahí lo tienes.
—Los pecados los habría purgado…—Mi madre se mordió la lengua cuando la miré. Su rostro pasó del enfado a la ternura en segundos, imaginé que por el simple motivo de que ellos no serían mis padres si Robert no me hubiese abandonado—. Precisamente, no de esta forma. ¡Ha estado a punto de costarle la vida! ¡Y a saber! Si ese tipo sale de la cárcel… No quiero ni pensarlo.
Yo tampoco quería dar cuenta de aquello, aunque tarde o temprano tuviese que enfrentarme a la aplastante realidad.
Llegué hasta la cocina y me asomé por la ventana al percibir un leve movimiento entre los árboles. Entrecerré los ojos y lo vi. ¡Maldito fuera! Edgar estaba detrás de ellos, ¡otra vez! Sin quererlo, le di un golpe a la taza que llevaba en la mano y se hizo añicos contra el fregadero. Mi madre se exaltó y corrió hacia mí, cortando la conversación que tenía con mi padre.
—¡Hija! ¿Estás bien? ¿Te has hecho algo? —Me miraba las manos con urgencia mientras yo intentaba por todos los medios tapar la ventana. O, por lo menos, esperaba que el estúpido de Edgar se escondiese. Mi padre había dejado muy claro cuál era su postura con respecto a él, y lo que menos quería era que se liaran a golpes también.
Que Dios me amparase el día que se enteraran de quién era el padre de Dakota.
—Mamá, no pasa nada. La taza ha chocado con el fregadero. No montes un drama. —Puse los ojos en blanco.
Resoplé, me separé de ella con una sonrisa en los labios y le di un abrazo para que dejase de preocuparse. Con suspicacia, volvió a mirarme una última vez antes de meterse en la primera habitación. Miré de reojo para ver si Edgar se había escondido. Por lo menos, ya no lo veía. ¿Habría sido una ilusión?, ¿una mala pasada de mi mente? Lo dudaba.
Estaba esperando el momento idóneo para entrar, y pensé —más bien, recé— que no lo hiciese mientras ellos estuviesen allí. Error mío al imaginar siquiera por un segundo que aquel hombre al que tanto había amado fuese a ser paciente por una vez en su vida.
En la puerta sonaron tres golpes inmediatamente después de ese pensamiento. Me tensé de pies a cabeza, tanto que noté la rigidez en cada uno de mis huesos. Segundos después, me di cuenta de que no podía quedarme paralizada con temor a abrir. Mi padre seguía removiendo su café mientras leía el periódico de aquella mañana.
—¿Le abres a Dexter o voy yo? —me preguntó mi madre, asomando la cabeza desde el pasillo.
Dexter.
Menuda ilusa.
Giré la llave y el sonido me puso nerviosa. No es que pareciera que iba a ralentí. Es que las hacía. Separé la puerta un filito tan pequeño que solo uno de mis ojos podía ver al tremendo hombre que se encontraba al otro lado, vestido de deporte y demasiado apetecible como para no dejarlo entrar. Pero ese pensamiento se esfumó de mi mente en cuanto me di un bofetón imaginario. Me había costado casi la salud y la vida intentar pasar página, y aunque todavía no lo había conseguido, debía poner todo mi empeño en ello.
Edgar seguiría siendo un capullo toda su vida.
Un mentiroso.
Un manipulador.
De su boca solo podían salir falsedades, y no estaba dispuesta a escucharlo.
Mis ojos se cruzaron con los suyos una milésima. Los míos, cargados de odio; los suyos, tenaces.
—Abre —me ordenó tajante.
Eso provocó que intentase cerrarle la puerta en las narices, pero fue tan ágil que ni siquiera me percaté del pie que puso para impedírmelo. No supe si le había hecho daño o no; tampoco me importaba. Con maldad, pensé que ojalá le hubiese partido como mínimo un dedo.
—Vete de aquí —le susurré para que no me escuchase nadie. O eso creía yo.
—No pienso marcharme hasta que hablemos.
—Y yo no tengo nada que hablar contigo. Lárgate —le espeté con los mismos modales que estaba teniendo él.
—He dicho que abras —volvió a ordenarme.
—¡Y yo te he dicho que no! —susurré más bajito y con un poco de nerviosismo.
Empujé otra vez y él detuvo mi intento con la mano. Lo miré muy mal.
—Deja de comportarte como una niña de quince años y ábreme.
—Y tú deja de tocarme las narices y vete de aquí. —Nada, no se movía—. ¡Vamos!
Todo el apaciguamiento que trabajamos durante el tiempo que estuvimos más unidos se fue al traste. Lo supe con solo escuchar su tono tajante y ver sus ojos felinos, que me aniquilaban.
Empujó la puerta con más brío. Yo lo hice en dirección contraria para cerrarla, hasta que una mano la agarró por encima de mi cabeza.
Mi padre.
Él no tuvo miramientos y me apartó con mucho tacto hacia un lado para poder abrirla del todo. Se contemplaron desafiantes, midiéndose las fuerzas con una simple mirada.
—¿Qué parte no has entendido de que te largues? —le preguntó mi padre con rudeza.
Edgar lo ignoró. Tal cual. Desvió su atención hacia mí.
—Esperaré lo que haga falta. Así que tú misma.
Se cruzó de brazos, mostrando unos bíceps de infarto. La sudadera que llevaba puesta se le ajustó al torso y creí escuchar un suspiro detrás de mí. Ya no sabía a ciencia cierta si mi madre suspiraba por la pesadez que le producía Edgar o por lo mismo que acababa de ver yo.
—Escucha, chico… —empezó mi padre con sarcasmo.
Edgar tardó cero coma dos en cortarlo:
—No soy ningún chico. Y no me hable como si fuese un gilipollas. No he venido a hablar con usted, George.
Mi padre no se sorprendió por que supiera su nombre. Elevé mi mano cuando dio un paso en dirección a Edgar, tratando de detenerlo.
—Muy bien. Pues escucha, imbécil. Vete de mi casa y deja de tocar los cojones. Mi hija ya te ha dicho que no quiere saber nada de ti.
—¡Eh! George, ¡por Dios! ¿Qué maneras son esas de tratar a la gente? —Mi madre corrió para tirar de mi padre desde atrás. Lo sujetó de la camiseta e intentó que se separase de la puerta, pero no lo movió ni un ápice.
Esa vez, fue Edgar el que avanzó y se quedó a escasos centímetros de su rostro. Eran los dos casi igual de altos. Se observaron con fiereza, y pude ver cómo el pecho de mi padre subía y bajaba con rabia, mientras que a Edgar comenzaban a hinchársele las aletas de la nariz. Mi madre seguía tirando de mi padre, sin éxito.
—Se han terminado los formalismos. La próxima vez que vuelva a faltarme al respeto, no miraré que sea su padre —le ladró.
—Adelante, capullo.
—¡Papá! —Me metí en medio de los dos como pude, separándolos, y mi dirigí primero a él—: Edgar, espera aquí fuera. —Ahora, a mi progenitor, ordenándole—: Adentro. Vamos.
Empujé a mi padre, que parecía un bloque de hormigón. No le quitaba los ojos de encima y Edgar tampoco. Antes de conseguir entrar, lo escuché decir:
—No me moveré de aquí hasta que salgas.
Le eché un vistazo rápido y cerré la puerta con urgencia. Coloqué las manos sobre la madera y arrugué el entrecejo, dispuesta a regañarlo:
—¿Qué te crees que haces? ¡No puedes tratar a la gente así!
—Cuellos más grandes soy capaz de romper. Abre la puerta, que a mí ese no me chulea —se envalentonó mi padre, dando una zancada en mi dirección.
—¡George! ¡Basta ya! —le suplicó mi madre, tirando de su manga.
—¿Sabes lo que ha pasado la niña por su culpa? —Alzó una ceja, muy enfadado—. No, no lo sabes, y por eso no entiendes mi comportamiento.
—Pero ¿qué te ha hecho ese hombre? —Mi madre me miró.
—Mamá, ahora no…
No supe el motivo, sin embargo, no podía dejar de pensar en Dakota, que pataleaba sin parar en mi vientre.
—¡No! ¡Cuéntale la de mentiras que te ha echado ese tipejo! Su exjefe ha estado manipulándola desde que la conoció. ¡Maldita sea! ¡Se marchó de nuestro lado por ese puesto de trabajo y todo era una puñetera treta!
—¿Qué? —Mi madre no entendía ni la mitad de lo que estaba diciéndole.
—Papá, por favor, ya basta —le pedí, viendo que perdía los papeles.
—¡Todos son iguales! Estos ricos, asquerosos y egocéntricos, se piensan que tienen el mundo controlado con sus aires de poder —teatralizó con mal genio—. Pero que no se te olvide que ante todo eres mi hija. Y si tengo que ir a la cárcel, yo mismo lo…
Puse las manos en su pecho.
—Papá, vas a conseguir que te dé un infarto. Sabes que no es bueno que te alteres de esta manera, y menos con tu estado de salud tan delicado. Por favor, marchaos a casa y después nos vemos. Te prometo que estaré bien, que no me ocurrirá nada. —Me miró con los ojos abiertos de par en par después de mi discurso de carrerilla—. No me hará daño.
—¿Pretendes que te dejemos sola con ese? —Señaló la puerta despectivamente.
Alcé las dos manos pidiendo un poco de paz. Mi madre se encontraba ida, supuse que tratando de juntar todas las piezas que le faltaban hasta llegar al punto de involucrar a mi exjefe en todo el jaleo de la herencia. Cerré los ojos, me sujeté el vientre por la parte inferior e inspiré y espiré alternadamente. Los dos se alteraron enseguida, pero los detuve con la palma de mi mano hacia ellos.
—Tengo los suficientes años como para saber apañármelas sola con él. No necesito que me protejáis. Y aunque os lo agradezco, esto es un asunto que debo solucionar yo. —Mi padre me contempló sin convencimiento alguno—. Papá, por favor,
—Y sin favores. He dicho que no.
Entrecerró los ojos y solté un suspiro enorme.
—Fuera. Los dos —sentencié. Era la única manera de que no se enzarzaran en una pelea, en una discusión o que a mi padre le diese un infarto y a mi madre, un ataque de histeria.
—¿Estás echándonos? —me preguntó mi madre, sin creérselo.
La miré a los ojos y entendió que lo único que pretendía era que no se involucrasen más de lo que ya lo habían hecho desde que todo comenzó.
—Yo no me muevo. —Mi padre juntó las dos manos delante de su regazo y alzó la barbilla con escepticismo.
Puse los ojos en blanco. Mi madre se acercó a él y tocó su brazo. Él la miró con todo el amor que le profesaba y, con una simple mirada y un asentimiento de cabeza por parte de ella, a regañadientes, cedió.
—Llámanos después, mi niña.
—Sí, mamá.
Mis labios la despidieron con un simple gracias y me devolvió una mirada que requería más de una explicación. Asentí, y supe que tendría que sentarme con ella tarde o temprano, y más después de todo lo acontecido en los últimos días.
Mi padre abrió la puerta con énfasis y a punto estuvo de quedarse con ella en la mano. A Edgar casi le sacó la piel a tiras de un solo vistazo. Él lo contempló con la misma altivez o más, e incluso pude ver una tenue sonrisa en sus labios. Por poco se rozaron cuando uno salió y el otro entró. El que entraba lo hizo con una mueca de satisfacción que te daban ganas de borrarle la prepotencia a puñetazos.
—Si le tocas un pelo… —lo amenazó mi padre.
Edgar fue cerrando la puerta con mucha lentitud. Cuando solo quedaba un resquicio, le dijo arrogante:
—Al final, yo entro y usted sale.
Sonrió con chulería y se la cerró en las narices. Lo último que me dio tiempo a ver fue a mi padre poniéndose rojo como un tomate y a mi madre sujetándolo del brazo. Echó la llave dos veces, asegurándose así de que nadie pudiera interrumpirnos. Después se dedicó a observar la estancia.
Cuando ya escuchaba el motor del coche, exploté:
—¡¿Se puede saber qué coño ha sido eso?! ¿Quieres pegarle a mi padre también? ¡¿Eh?!
—Que yo sepa, y hasta el momento, solo le he pegado a ese novio tuyo que tienes —me dijo como si nada, dando pequeños pasos por la casa y observándolo todo.
—¡Klaus no es mi novio! ¡Y…! —Cerré la boca, aunque tarde, más bien al darme cuenta de la sonrisa torcida que mostró su deslumbrante boca. Maldito capullo, que sabía cómo hacer y cómo sonsacar la información que quería.
Apreté los dientes con rabia y anduve dos pasos hasta colocarme delante de él. Llevaba las manos metidas en los bolsillos del pantalón, pero tan pronto como llegué a su altura, las sacó y cruzó los brazos sobre su pecho otra vez.
—¿Te he dicho alguna vez que me encanta cuando te cabreas?
Entrecerré los ojos tanto que creí que se me cerrarían por completo. Notaba que mi pecho subía y bajaba a una velocidad de vértigo. Pero lo peor no era eso. Lo peor era que su presencia me provocaba algo que pensé que ya estaba dormido. Me sentí descolocada al notar que tragaba saliva bajo aquel escrudiño al que estaba sometiéndome. Sus ojos descendían y ascendían sin ningún reparo desde mis pies hasta mi cabeza, y eso me ponía más nerviosa de lo que habitualmente me había puesto con él.
—¿Qué coño haces aquí? —le pregunté de malas formas, tomando la misma postura que él, gesto que ocasionó que mi delantera subiera unos cuantos centímetros y la mirara con descaro.
Suspiró y señaló el sofá.
—¿Puedo sentarme?
Casi no lo dejé terminar la pregunta cuando ya estaba respondiéndole:
—No.
—Bien. Pues de pie.
Dio un paso, y nos quedamos a una distancia que casi me provocó pequeños infartos. Su aroma se colaba por mis fosas nasales de manera inevitable. Traté de apartar los pensamientos que ni siquiera quería que apareciesen en mi mente, sin embargo, teniéndolo tan cerca, me era meramente imposible.
—Dime qué quieres y márchate —le pedí casi en un susurro, sin poder apartar mis ojos de los suyos. Aprecié algunos cardenales en su cuello y en uno de sus pómulos.
—Tienes que venirte conmigo a Mánchester —me soltó sin más.
Reí como una histérica; tanto que desapareció de mi campo de visión durante unos instantes.
—Estás loco. Desde luego. —Cambié mi gesto y la seriedad se apoderó de mí—. No pienso marcharme a ningún sitio. Mucho menos contigo.
Alzó una ceja, imaginé que comenzando a perder los nervios. Dio otro paso y casi me rozó. Me aparté por inercia cuando su mano se elevó lo justo para quedar a la altura de mi barriga.
—Supongo que tampoco puedo tocar a mi hija. —Su gesto se endureció.
—Supones bien. Y mi hija —recalqué— todavía no está aquí.
—También es mía —adjudicó con tono duro.
—Eso ya lo veremos.
Ahora el que rio fue él.
—Ni se te ocurra jugar con fuego, Enma.
Soltó mi nombre con tanto énfasis que casi me atraganté debido a su tono provocativo y sensual. Era un conquistador nato, y eso no podía negarlo. Daba igual que fuese una amenaza o una advertencia, que sabía cómo y cuándo hacerlo.
—No te has preocupado de ella en ocho meses. Ahora no creo que tengas ningún derecho a reclamar nada. —Di un paso atrás al ver la vena de su cuello.
—¿Me has dejado? —soltó con ironía—. Porque, la verdad, no sé cuándo. ¡Si has desaparecido del mapa! ¡Si no he visto una puta ecografía! Ah, no, espera, ¡que encima la culpa es mía! —Su tono fue subiendo de decibelios según hablaba.
Ahora estaba enfadado.
Por mucho que quisiese, no podía quitarle la razón. Ninguno de los dos éramos tontos, y tanto él como yo sabíamos que la niña que llevaba dentro era suya y que no tenía derecho a privarle de la posibilidad de estar con ella. Un sentimiento de culpa me arrastró muy lejos de allí. Me sentí la peor persona del mundo al darme cuenta de que había apartado también a personas que me importaban con tal de alejarlo a él de mi vida. Llevaba mucho tiempo sin hablar con Juliette o con las dos fieras que tenía por hijos y a quienes yo adoraba. Me resultaba amargo pensar en el último día que los vi, y me avergoncé de mí misma al ser consciente de que ellos también podrían haber estado sufriendo por mi egoísmo.
Supe que había notado el cambio en mi rostro, pues el suyo también se relajó, aunque su pecho seguía subiendo y bajando de forma acelerada. Edgar y la ira seguían sin llevarse bien, por lo que pude observar.
Carraspeé levemente y me giré en dirección a mi habitación. Lo dejé en el salón y no me siguió. Abrí el cajón donde guardaba todos los informes del médico y saqué todas las ecografías de la niña. Exhalé con mucha fuerza antes de pisar el pasillo, pues unas ganas horribles de llorar me atormentaron. Yo no era de piedra, no era invencible, y mucho menos me sentía la mitad de fuerte de lo que me pensaba. Podía tener genio acumulado por culpa de la rabia, pero en el fondo sabía que no era nadie y no era capaz de evitarlo.
Di un paso, después otro y llegué al salón. Me lo encontré de pie, en la misma posición, mirando el crepitante fuego. Traté de controlar los latidos de mi corazón cuando pasé por su lado, sin mirarlo, y lo golpeé en el pecho con las ecografías. De reojo, vi que no apartaba la mirada de mí, ni siquiera cuando elevó una de sus manos para cogerlas. Seguí mi camino y me senté en el sofá central. Apreté los dientes, clavándolos en mi lengua y tratando de que esa angustia que se colaba hasta el fondo de mi garganta no me asfixiase. Noté mis ojos ardiendo y le supliqué a mi mente que no derramase una sola gota. Mucho menos delante de él. Ya había tenido bastante. Quizá tuviera una personalidad distinta, o tal vez el raro era él, pero no quedaría en mí todo el esfuerzo posible por detener aquel torrente de lágrimas que se aproximaba.
Lo contemplé de soslayo. Tenía los ojos brillantes, y eso me mató. Se sentó de golpe en el pequeño sillón de una plaza que tenía justo a la derecha. Examiné cada uno de sus movimientos, lentos y precisos. Contemplaba cada foto con parsimonia. Su ceño se fruncía cuando deslizaba alguno de sus dedos por encima de la ecografía. De vez en cuando, una diminuta sonrisa cargada de tristeza se dibujaba en sus labios. De nuevo, sentí sobre mis hombros el peso de ser la peor persona del mundo.
Una lágrima traicionera resbaló por mi mejilla izquierda y la limpié con disimulo y rapidez. Ni siquiera fui capaz de abrir la boca para respirar, ya que el llanto me arrollaría. Lo escuché suspirar y contemplé el fuego, mordiéndome el labio. No podía mirarlo. No podía.
Sentí el peso del sofá hundirse a mi lado. Había dejado una plaza libre para estar distanciada de él, pero ni eso había surtido efecto. O quizá le importara una mierda, como solía decir a menudo.
—Siento haberte gritado. —Elevé mi rostro lo justo para contemplar un punto fijo en la chimenea. ¿Estaba pidiéndome perdón? Sí, eso estaba haciendo. Tragué saliva y asentí, sin poder hablar—. Enma, mírame.
Pensé que el cuerpo me temblaba. Y si no lo hacía, era mi mente la que provocaba aquel pensamiento. No quería mirarlo. No quería. Sin embargo, Edgar era Edgar, como siempre decía. Colocó dos de sus dedos bajo mi mentón y sentí que la tierra se abría bajo mis pies. No pude moverme siquiera. Ahora, la estatua parecía yo.
Giró mi barbilla lo suficiente y nuestros océanos chocaron. Los míos estaban tristes, desolados y arrepentidos. Los suyos eran un pozo oscuro lleno de temor, desasosiego y anhelo; un anhelo tan grande que era imposible no verlo bajo esa capa brillante que los hacía centellear.
Sin despegar su mano de mi barbilla, un silencio se apoderó del momento y no dejó de contemplarme, como si ese contacto estuviese dándole las fuerzas suficientes para continuar.
—¿A qué has venido? —le pregunté con un hilo de voz y casi atragantándome.
—Para que vuelvas conmigo a Mánchester.
Solté un resoplido y hundí los hombros.
—Edgar, no voy a volver. Me gusta estar aquí. Quiero —incidí— estar aquí.
Me miró con… ¿dudas?
—No puedo permitir que te quedes.
—¿Por qué? —quise saber.
—Porque no —sentenció, y miró hacia otro punto de la casa.
Odiaba los misterios. Sobre todo, los misterios que escondía Edgar Warren.
Me levanté del sofá con la intención de terminar con la absurda conversación. Di dos pasos y, sin darme la vuelta, solo lo justo para poder observarlo de reojo, le dije:
—Márchate, Edgar. —Tragué la congoja que sentí por lo que iba a decirle a continuación. Giré mi rostro para no verlo, pues estaba a punto de derrumbarme—. Y no vuelvas nunca más.
Noté su presencia detrás de mí al instante. El cuerpo me tembló. Las piernas también. Aspiré su aroma, sentí su cercanía, y lo peor de todo era que mi cuerpo vibraba al son del suyo cuando estaba tan cerca. Entreabrí los labios, tratando de que el aire entrase en mis pulmones, cuando lo escuché tan cerca de mi oreja que se me erizó la piel:
—Sabes que nunca he sido un hombre de: «Si me dices que no me quieres, desapareceré para siempre». —Hizo una breve pausa—. Yo sigo amándote de la misma manera, Enma. Sigues siendo mi obsesión. Y, por encima de todo, tu seguridad y la de mi hija irán sobre mis principios y mi moral. —Arrugué el entrecejo. No sabía a qué se refería con eso último. No me dio tiempo a volverme cuando añadió—: Lo siento, nena.
Pulsuz fraqment bitdi.