Kitabı oxu: «Mi tentación»
Mi tentación
Los personajes, eventos y sucesos que aparecen en esta obra son ficticios, cualquier semejanza con personas vivas o desaparecidas es pura coincidencia.
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© de la fotografía de la autora: Archivo de la autora
© Angy Skay 2021
© Editorial LxL 2021
www.editoriallxl.com
04240, Almería (España)
Primera edición: febrero 2021
Composición: Editorial LxL
ISBN: 978-84-18748-35-6
Mi
tentación
parte iii
Angy Skay
Busca tu puto equilibrio.
Ojalá todos sintieran, aunque fuese una vez en la vida,
ese amor que te quita el aliento,
que no te deja respirar.
Brindo por ello y por la profundidad que eso significa.
índice
1
Enma
2
3
4
5
6
Edgar
7
8
Enma
9
10
Edgar
11
Enma
12
13
14
15
16
Edgar
17
Enma
18
19
20
Edgar
21
22
23
24
25
Enma
26
27
Edgar
28
Enma
29
Epílogo
Edgar
Fin
Agradecimientos
Biografía de la autora
1
Enma
—Lion, Jimmy, ¡no os alejéis de aquí! —les grité al ver cómo corrían de un lado a otro mientras caminaba y sujetaba la mano de Dakota con la mía.
—¿Estás segura de que quieres hacerlo? —me preguntó mi padre con tono serio.
Desvié la vista hacia él de manera momentánea.
—Sí, papá.
Detuve mi paso un instante y lo miré al escucharlo de nuevo:
—¿Segura? —cuestionó, arrugando un poco su frente.
—Sí, papá —repetí, y sonreí feliz.
Descendí mi mirada hasta Dakota, que no dejaba de tirarme de la mano para que nos acercásemos a los revoltosos que corrían por el campo. Me disculpé con mi padre y lo abandoné para encaminarme hacia el otro extremo. La pequeña había comenzado a dar sus primeros pasos y todavía no se sostenía lo suficiente para caminar durante mucho tiempo, y menos sola. Aquel día hacía un calor asfixiante. Tiré del cuello de mi camisa y noté que se me pegaba a la piel.
Corrí dentro de mis posibilidades hasta llegar a la espesura del bosque y relajé el ritmo de mis pasos al encontrarme con mi madre, al lado de los niños. Alcé el rostro unos minutos después, cuando escuché el balido de dos corderos que acompañaban a mi padre tras una reciente adquisición. Los niños sujetaron a los animales con brío y los pasearon con una felicidad desbordante.
—¡Mira lo que nos ha hecho el abuelo! —vociferó Lion con una efusividad desmedida, señalando un trozo de cuerda improvisada atada al cuello del animal.
Todo había cambiado.
Mi vida había cambiado.
Mi recuperación personal había sido más complicada de lo que en un principio pensé. Sin embargo, tener allí de manera constante a esa familia a la que tanto adoraba me había ayudado a superar muchas dificultades. Era consciente de que Edgar sabía ese detalle. Los niños mantenían el nombre de su padre en el anonimato, como si estuviesen sentenciados a muerte si lo pronunciaban delante de mí.
Había pasado un año y medio desde que me marché de Mánchester y dejé la mitad de mi corazón allí. Porque siempre sería de él, y me había dado cuenta con el paso de los días. Apenas hablábamos; podría decirse que nuestra relación era inexistente. Siempre se decantaba por hacerlo con mi madre, con la que parecía tener una relación muy afín. Nosotros únicamente intercambiábamos un par de wasaps cuando se refería a algún tema de los niños.
Era lógico. Yo misma me lo había buscado, y no podía pedirle más cuando estaba haciéndolo por mi bienestar; para que me olvidara de él, para que pudiera pasar página e intentar recomponer los trozos partidos de mi alma. No había sido sencillo, y ni siquiera era consciente de si había podido pasar página en algún momento. Por mis sentimientos arraigados, supuse que no.
Me dolía no tener una relación fluida con Edgar. Eso no entraba en mis planes cuando me marché. Sin embargo, quizá había llegado un punto en su vida en el que él también necesitaba recuperarse de mi marcha, como era lógico.
Había estado viajando de Mánchester a Galicia con asiduidad. Susan era plena conocedora de aquello, pues la agencia estaba organizando esos viajes de un día para otro. Al final la había abierto en el centro de Mánchester, junto a las oficinas de Luke, quien, por cierto, había sido mi gran sustento en los peores días. No avisaba a nadie, y me marchaba y volvía en el mismo día. Rara vez era la que me quedaba más de uno, aunque sí era cierto que en alguna ocasión me vi plantada frente al edificio de Waris Luk, con la intención de pisar aquel suelo ostentoso para aparecer como si nada en el despacho de Edgar. No obstante, y pese a mis impulsos y ganas, justo cuando estaba en la puerta, me daba cuenta de que eso era egoísta, de que él me había concedido el espacio que yo siempre le pedí, y solo tenía que verlo con aquel año y medio que había transcurrido, y ni siquiera había hecho aparición aquella prepotencia que lo caracterizaba.
Nunca lo vi cara a cara, pues solo venía a por Dakota. Incluso cuando estaban los tres niños, se los llevaba y no miraba atrás. Ya no era como las primeras veces en las que preguntaba por mí. Ya no había dolor en esos ojos tan bonitos que siempre amé cuando mi madre me excusaba y yo lloraba por su presencia detrás de una puerta, viendo cómo se alejaba con ellos. En algunas ocasiones nos mandábamos un wasap o un audio cuando Dakota o los niños decían alguna cosa sobre cualquiera de nosotros, pero siempre intentábamos no aparecer en aquellas imágenes ni vídeos. Era muy triste pensar que algo tan fuerte como lo que nos había unido había terminado de aquella manera, y más fuerte fue darme cuenta de que el amor que sentía por él jamás desaparecería, por mucho que intentara ocultarlo. De ahí a tomar mi decisión final en las últimas semanas, la misma que había llevado a mi padre de cabeza.
Recordé las insistencias de Klaus desde el primer momento en que llegué a Galicia. Él me aseguró en muchas ocasiones que, por más tiempo que quisiese darle, aunque entendiese mi postura, sería insuficiente, porque nunca me recompondría. Pese a todos los desánimos que albergaba, me había dado cuenta de que, por una vez en la vida, aquel camino que tomé me sirvió para valerme por mí misma. Para pensar siempre en mí y para ser más fuerte.
—¡Abuelo! ¿Vamos a darle de comer a los conejos? —le preguntó Jimmy.
Ese era otro cantar. Los niños habían decidido llamarles abuelos a mis padres, y supe por Juliette que, cuando se lo contó a Edgar, no se tomó nada bien que mi padre entrase en esa ecuación. Continuaban llevándose a matar. A matar de verdad.
A los pequeños les encantaba ir a Galicia, y viajaban muchas veces a lo largo del mes. Mi padre poseía una granja pequeñita pero muy suculenta, llena de animales, y los niños se lo pasaban pipa echándoles de comer y dándoles todos los mimos que podían y más. Yo los veía sonreír de aquella manera, y se me partía un poquito más el corazón al saber que nuestra pequeña gran familia nunca estaría unida si alguno de los dos no lo remediaba.
Los días en los que Dakota pronunció sus primeras palabras, quise morirme. Dijo «papá», pero su padre no estaba allí para poder escucharlo. Me enfadé mucho al ser consciente de que eso mismo lo había provocado yo, de que yo lo había privado de aquel momento tan bonito. Sin embargo, y pese a las insistencias de Luke por que dejara de martirizarme, estaba claro que nuestra vida estaría unida para siempre. Porque los hijos te unían, y porque Dakota, Jimmy y Lion ya no eran solamente de él, sino míos también.
El día en el que mis pequeños terremotos decidieron llamarme «mamá», creí que la tierra se abrió bajo mis pies. Argumenté e intenté explicarles, en vano, que no podían decir mamá a la ligera y a cualquiera, que esas cosas tenían que hablarlas con su padre primero. De la misma forma, Lion —el más sabiondo, como siempre— se excusó diciendo que mientras estuviesen en Galicia era su mamá, y que, por mucho que dijese su padre, para ellos era como la madre que nunca tuvieron. Esa noche, las lágrimas volvieron a mí con mucha fuerza y me desvelaron. No sabía cuál habría sido la reacción de Edgar al enterarse de aquel detalle, pero lo imaginé sonriendo sin llegar a mostrar sus dientes, y entonces recordé con tristeza muchos momentos vividos. Vino a mi mente cómo me asusté cuando me dijeron en el lago esa palabra que tanto significaba. Podría sonar muy egoísta, pero las ganas de verlo se intensificaban cada día más y estaba al borde de presentarme en su casa.
Mis amigos no habían parado de viajar para verme; no como me hubiese gustado, pero no se habían olvidado de mí. Klaus lo hacía continuamente cuando el trabajo se lo permitía, pues lo habían ascendido y ahora se le multiplicaban las horas del día. No habíamos tenido ni un arrebato pasional, aunque en ocasiones no nos habían faltado las ganas. Sin embargo, era consciente de que él se sentiría mal si eso ocurriese después de haber recuperado la amistad de Edgar. A los pocos minutos, meditaba y llegaba a la conclusión de que, si yo no tenía intenciones de volver a Mánchester con él, ¿qué había de malo en tener algún escaqueo de vez en cuando? Luego me decía con aquella sonrisa pilluela de siempre: «Mejor que desfogues conmigo que con un desconocido», y yo terminaba esquivándolo para no caer en la tentación. Sonreí al acordarme de aquello y de la estrecha relación que ya nos unía.
Garlys iba viento en popa, y lo que comenzó como una pequeña agencia, terminó siendo una gran cadena de agencias de viaje por todo el mundo. Volví a decirme lo mismo: «Lo que hacía el dinero, no podía compararse con nada». Todo lo pequeño terminaba siendo grande. Muy grande. Cuanto más dinero amansabas, más gigantesca era la fortuna.
Juliette había avanzado muchísimo con Alan. Me alegraba enormemente por ella, y en alguna ocasión habíamos hablado sobre lo incómodo que era para Edgar. No quería entrar en detalles con tal de no hacerme daño, aunque sí le pregunté si le había dado la oportunidad de explicarse sobre algo que no tenía explicación, como el abandono de un padre. Sus palabras fueron: «Un día se sentó delante de él, escuchó lo que tenía que decirle y se marchó». Eso quería decir que todavía no lo había perdonado y que de momento no se veía capaz de darle ninguna oportunidad. Seguramente, si yo hubiese estado allí, habría intentado que esa relación fluctuase de alguna manera. No todo el mundo encontraba a su padre después de casi treinta y siete años y tenía la posibilidad de retomar una relación que nunca imaginó.
Me senté en la hierba y miré a los niños corretear alrededor de mi padre. Se le veía feliz y había aparcado aquel tono gruñón que siempre lo caracterizaba, aunque cuando el padre de las criaturas ponía un pie en su casa…, el buen rollo se terminaba en un suspiro. Había mantenido largas y tendidas conversaciones con mi madre cuando los sentimientos dejaron de ahogarme. Ella había sido otro de mis grandes sustentos, junto con George.
Con quien también hablaba casi todos los días era con Luke. Se había encargado de mis finanzas, que cada día daban más y más dinero. Todo lo que quería gastar para no tener que seguir siendo esa megamultimillonaria estaba sirviendo de poco. Había vuelto a invertir en Waris Luk, y supe que Edgar puso el grito en el cielo cuando se enteró. Aun así y pese a sus insistencias para que retirase mi dinero, me negué.
También transferí una pequeña aportación a Evanks, la cadena de Luke. De poco servía aquella separación de ambos amigos, pues continuaban trabajando juntos, incluso más que antes.
—¿Queréis comer ya? —la voz de mi madre me apartó de mis pensamientos.
—¡Sí, sí! —gritaron los niños, y dejaron a los conejos para correr hacia nuestro mantel improvisado.
Otra cosa no, pero la comida de la abuela era sagrada, tanto que en varias ocasiones los había escuchado decir: «Papá nos ha dicho que, si no volvemos con un táper de pulpo a la gallega de la abuela, no nos deja entrar en casa». Cada vez que lo escuchaba, reía por la suavidad de las palabras de su padre —véase la ironía—. Eso seguía dándome a entender que a Edgar le gustaba mucho mi madre; o, más bien, su comida.
Se sentaron a mi lado para acurrucarse, sobre todo Jimmy, que era el más cariñoso y el que más mimos me pedía constantemente. Besé su cabeza con cariño y lo estrujé en mis brazos. Tenían nueve años, y poco a poco iban haciéndose mayores.
—Las próximas vacaciones tendréis que pasarlas con la abuela Juliette y el abuelo Alan, o van a enfadarse —argumentó mi padre.
Los niños sonrieron, y Lion, tan eficaz como de costumbre, soltó:
—Bueno, podemos decirles a los abuelos que se vengan y quedarnos con vosotros aquí, como hacemos muchas veces, todos juntos. Así mamá podrá irse de vacaciones con papá.
—¡Sí! —lo apoyó Jimmy—. ¡Así viviremos todos juntos de nuevo!
Lo dijo con una enorme sonrisa y yo sentí un pellizco en el corazón. Apreté los labios, ocultando las enormes ganas de llorar que tenía, y de reojo atisbé la mirada triste de mi madre. Mi padre no aportó nada, pero supo cómo salir de aquella situación con rapidez:
—¡Venga!, a ver qué ha preparado la abuela hoy. Veamos si nos sorprende por una vez, que últimamente está sin iniciativas.
Mi madre le dio un pequeño golpecito en el hombro y rio.
—La abuela, por lo menos, sabe hacer comida, ¿a que sí? —les preguntó ella, mirándolos.
Dakota se revolvió en mis brazos y comenzó a gatear, la muy gandula, en dirección a la enorme cesta de mimbre de su abuelo. Mi teléfono sonó, pero pensé que podríamos dejarlo para más tarde y disfrutar de la comilona. Últimamente, entre correos electrónicos, llamadas y mensajes, estaba saturada.
—¡Tío Luke! —vociferó Jimmy, y señaló con un dedo en dirección al susodicho.
Habíamos quedado en vernos para arreglar algunos temas sobre las inversiones. Lo miré con mala cara, diciéndole sin palabras que era mediodía y que llevaba esperándolo desde las ocho de la mañana.
Los niños se abalanzaron sobre él, quien movió su cuerpo lo justo para dar dos pasos atrás por el impulso.
—Lo siento, pero el avión se ha retrasado.
—No me vengas con excusas —le dije.
—No son excusas. —Arrugó el entrecejo como lo hacía su amigo.
Mi teléfono volvió a sonar, con más insistencia.
—Bueno, pues ya que vienes, hacéis lo que tengáis que hacer después de comer —añadió mi madre con media sonrisa.
—Tu hija es una renegona —comentó Luke, con su sonrisa pilluela habitual.
—Y tú eres un impuntual —aseveré con tono duro.
El aludido llegó hasta nosotros, me dio un beso en la mejilla y se sentó, dejando sus pertenencias a un lado. Cogió un trozo de tortilla y se lo llevó a la boca sin decir ni mu. Los niños rieron y Lion hizo su típico comentario:
—Viene el último y come el primero. ¡No es justo!
—Lion, hay para todos —lo regañó mi madre.
El pequeñajo sabelotodo puso mala cara y se cruzó de brazos de manera inconformista. Reí con ganas al ver ese gesto y mi teléfono volvió a sonar.
—¿No deberías cogerlo? —me preguntó Luke con la boca llena, señalando mi bolso de mano.
Suspiré con mucha fuerza cuando abrí la pequeña cremallera para sacar el aparato. Al ver aquel nombre en la pantalla, mi corazón dio un vuelco que hacía mucho tiempo que no sentía.
Edgar.
Ponía Edgar.
¿Me habría leído el pensamiento?
Alcé la barbilla para mirar a mi amigo y este elevó una ceja sin saber por qué mi cara se descomponía por segundos. No le había comentado a nadie nada sobre mi vuelta, excepto a mis padres. Era imposible que lo supiese. Dejé de hacer suposiciones tontas cuando escuché a mi padre:
—¿Qué te ocurre, hija? Parece que has visto un fantasma.
—Eso digo yo —señaló Luke.
Miré la pantalla de nuevo, incapaz de pronunciar una palabra, y se la enseñé a mi amigo. Supe por su gesto que ya era consciente de que esa llamada llegaría en algún momento. Lo contemplé con extrañeza y seguí escuchando de fondo las constantes preguntas de mi padre. Estaba incorporándose para quitarme el aparato de las manos, pero alcé la palma en su dirección para detenerlo cuando ya levantaba su cuerpo del suelo. Se detuvo, mirándome con asombro.
Era la cuarta vez que me llamaba, porque había vuelto a sonar. Solo había dos opciones: o había pasado algo grave, o me necesitaba por algún motivo.
—¿Vas a cogerlo? —me preguntó Luke con desespero.
Tragué saliva y miré la pantalla de nuevo. No podía describir lo que significaba hablar con él después de tantísimo tiempo, después de haber anulado nuestra relación por completo.
Pulsé el botón verde hacia arriba y cerré los ojos antes de colocarme el aparato en la oreja. Me sentí observada por todos los presentes, incluidos los niños, que me contemplaban con cierto interés. Mientras descolgaba, me levanté de la hierba con la intención de apartarme los suficientes metros para que nadie pudiese notar el nerviosismo que recorría mis venas, pues me sudaban hasta las manos.
—¿Sí? —pregunté sin ser capaz de decir otra palabra, incluso sabiendo que era él.
Hubo un silencio perturbador, en el que me lo imaginé cerrando los ojos. Sin querer, a mi memoria vino aquel último día cuando se arrodilló delante de mí y me suplicó que no me marchase, cuando le pedí que se levantase con la fuerza que siempre lo había caracterizado. Sentí un nudo tan grande que apenas conseguía respirar. Pero, también, la ilusión por tener una llamada suya me embaucó.
Cuando habló, el corazón se me detuvo:
—Vamos a lanzar el nuevo transatlántico esta semana. Como tu aportación ha ido directa a este proyecto, lo ideal sería que estuvieses para la gala de presentación y el previo viaje. O eso dice Luke —añadió con desgana, para mi disgusto.
Apenas pude musitar una pequeña broma; siempre muy habitual con él y sus formas:
—Se dice buenas tardes.
Silencio.
Un silencio inmenso y desgarrador que me provocó replantearme los futuros planes.
—Necesito que me confirmes si vendrás o no. La gala es pasado mañana.
Su tono era duro, como de costumbre, firme y sin una pizca de delicadeza, por lo menos la delicadeza que había conocido un año y medio atrás. Me apenaba saber que seguramente habría retrocedido como los cangrejos.
Me llené los pulmones de aire antes de darle una contestación. Tras permitir que otro silencio más extenso se apoderara de aquella incómoda conversación, le dije:
—Cuando terminemos de comer, buscaré algún alojamiento y cogeré un vuelo mañana a primera hora.
—No es necesario que cojas ningún vuelo —dijo con tono hosco, sin apenas dejarme terminar—. Te mandaré el número de pista desde el que sale el avión de la cadena para recogerte a ti y a los niños. Te quedarás en mi casa con ellos.
Tenía ganas de preguntarle cómo estaba, qué era de su vida y mucho más, de hablar con él más de dos minutos y de conseguir que su tono gruñón cambiase. Tenía ganas de abrazarlo, de oler su perfume y de ver y besar aquellos labios con los que tanto había soñado. Y me daba igual lo egoísta que pudiese sonar, pero estaba dispuesta a intentarlo, a forjar de nuevo la familia a la que tanto amaba y a recuperar al hombre al que tanto necesitaba.
—Pero…
No tuve tiempo de objetar nada más, porque el pitido de la línea al colgar me perforó el oído.
Solté todo el aire contenido y sentí cómo mi mano se deslizaba con lentitud hasta dejarla en mi costado.
Iba a verlo.
Iba a estar con él en el mismo espacio.
Íbamos a hacer un viaje juntos.
Y por Dios que sabía que aquello provocaba que mi corazón brincase y una sonrisa asomase junto con unas lágrimas que aparecieron de la nada en mis ojos. Emoción. Esa era la palabra que definía mi estado en aquel instante.
Miré hacia atrás y vi que Luke me contemplaba con afecto. Después, agachó la mirada e intentó esquivar mis ojos. Pensé que su gesto se debía a que esa conversación ya la había tenido con Edgar antes de acudir a Galicia.
Iba a volver a verlo, y no podía sentir más felicidad. Ya me encargaría de borrarle aquel tono gruñón y de reprenderlo por colgarme sin decirme siquiera adiós.
Lo importante era que esa noche no dormiría pensando en el siguiente amanecer.
2
Decir que iba con los nervios a flor de piel era quedarse corto. No sentía las piernas de lo temblorosas que estaban según daba pasos y más pasos en el aeropuerto, ya entrada la tarde. Mis padres habían insistido en acompañarme para no tener que cargar con los tres niños sola, sin embargo, había declinado su ofrecimiento e iba con una sonrisa implantada en mi boca, aunque miedosa por lo que pudiese ocurrir.
Durante todo el viaje desde Galicia a Mánchester estuve en un constante desasosiego. No había podido pegar ojo, y di gracias a que los niños habían caído rendidos en cuanto entraron en el dormitorio. Me hizo gracia ver a Dakota, tan pequeña, en medio de aquellos dos, que la rodeaban entre sus brazos contra todo pronóstico. Como si fuese a caerse de la cama con esas barreras…
Había transcurrido mucho tiempo, tal vez más del necesario, y las dudas comenzaron a asaltar mi mente como fogonazos intermitentes. Las preguntas se sucedían una detrás de otra en mi cabeza: ¿Y si ya no quería saber nada de mí?, ¿y si prefería que mantuviésemos la distancia?, y si, y si, y si… Así avancé hasta llegar al coche que nos esperaba en el aparcamiento del aeropuerto, con una ilusión desbordante. Esperé con el corazón en un puño encontrarme con él, pero volvió a sorprenderme que, en vez de Edgar, apareciese Alan. Supe que la decepción se había reflejado en mi rostro, pues sus ojos me lo dijeron sin palabras.
Sonreí de manera tímida cuando vi cómo abría los brazos para que los pequeños corriesen a cobijarse bajo ellos. Dakota movió sus diminutas manitas en su dirección y apresuré el paso hasta llegar a su altura.
—Hola, Alan —lo saludé con una pequeña sonrisa.
—Hola, Enma. —Besó mi mejilla y se apartó. Acarició mi hombro y, en un susurro, me dijo—: Lo siento.
Sí, todavía continuaba siendo un libro abierto, parecía ser.
Los niños gritaban, jaleaban y se reían sin parar mientras se montaban en el impresionante coche que tenía su nuevo y descubierto abuelo. Era grande y muy largo, no me fijé en qué marca, pero el espacio que albergaba era impresionante.
—La poli tiene coches muy chulos —comentó Jimmy.
—Pero este no es de la poli —apostilló Alan, guiñándole un ojo.
Monté a Dakota en su sillita y acoplé a los niños en los asientos de al lado. Me coloqué con pesar en el asiento del copiloto y mis labios se sellaron como si no tuviesen ganas de mantener ninguna conversación después de llevar sin verlo casi un mes.
—No hemos podido ir a Galicia antes. Pensábamos hacerlo esta semana —añadió como si me leyese el pensamiento, y eso provocó que me acordase de su hijo.
—No pasa nada —murmuré con voz débil.
Un largo y extenso silencio se hizo entre los dos mientras la música sonaba con tono bajo y los niños charlaban entre ellos. Miré por la ventanilla y contemplé el paisaje que tantas veces había visto en los últimos meses. Cerré los ojos durante unos segundos y suspiré de manera imperceptible, pensando en el momento en el que mis ojos se cruzasen con una de las personas que más amaba en mi vida.
—No ha podido venir —se excusó Alan, imaginé que adivinando en quién pensaba—. Últimamente, está todo el día en la oficina terminando los preparativos para el lanzamiento del transatlántico, por lo que me cuenta su madre.
Asentí sin querer saber más, pues me podía más el dolor de pensar que tal vez no había querido acudir al aeropuerto porque sabía que estaría allí. Era egoísta por mi parte enfadarme, sin embargo, no podía evitarlo. Él me había concedido el espacio que le pedí, y yo sentía agonía si no lo tenía delante de mis narices cuándo y cómo quería. Y la vida no funcionaba así.
Un rato después, vislumbré la verja de la entrada al camino de la casa de Edgar. Mis nervios se avivaron cuando los niños comenzaron a decir que verían a papi. Me giré hacia atrás y comprobé que ese tono infantil era porque hablaban con Dakota. El nudo en mi garganta se hizo más evidente a medida que atravesábamos el camino.
—Tengo que marcharme a trabajar, pero Juliette está aquí. Y Nana también. Puede que esta tarde venga y así hablamos un rato. Contando con que mi hijo no esté muy tocapelotas, claro.
Ese fue un detalle bastante esclarecedor para saber que Edgar no se encontraba en la casa y que la relación con ellos no había mejorado ni un ápice. Otro halo de tristeza prendió mi estómago mientras las dichosas mariposas revoloteaban a sus anchas.
—De acuerdo, Alan. Gracias por venir a recogernos. —Bajé del coche y agaché el rostro para mirarlo, sintiéndome culpable—. Disculpa que no haya estado tan parlanchina, pero estoy un poco inquieta.
Sonrío de aquella manera que derretía polos y entendí el motivo por el que Juliette seguía enamorada de él hasta las trancas, igual que yo de su hijo. Tenían aquella sonrisa tan deslumbrante que maravillaba. Que embelesaba. Cada vez que atendía más a sus gestos, más cuenta me daba de que eran casi idénticos.
—Y yo entiendo tus nervios y los respeto. No te preocupes.
Saqué a los pequeños del vehículo. Mientras agarraba las maletas, pude ver de reojo cómo una de las mujeres más importantes de mi vida besaba los labios de Alan por la ventanilla. Sonreí interiormente y sentí envidia de no poder hacer lo mismo con la persona a la que yo también quería.
Los pequeños desaparecieron en busca de Goofy Bob, y Dakota fue atrapada entre los brazos de su abuela de inmediato.
—¿Cómo estáis? —me preguntó con una ilusión desmedida—. Te veo muy delgada, ¿cuántos kilos has perdido?
La contemplé con incertidumbre tras escuchar su último comentario. Arrugó el entrecejo y me repasó de los pies a la cabeza varias veces. Había perdido casi diez kilos y la delgadez se me notaba en exceso. Era consciente de ello.
—¿Quieres que te diga la verdad o te miento? Hace casi un mes que no me ves, pero llevo perdiendo peso bastante tiempo, aunque no te hayas dado cuenta —añadí en un murmuro, sin llegar a curvar mis labios del todo.
—Prefiero que siempre me digas la verdad. Y no, ahora estás mucho más delgada. —Sonrío, refunfuñó y me abrazó con su brazo libre.
—Estoy histérica —le confesé, y alcé los ojos al cielo para armarme de paciencia.
Juliette me contempló con tristeza y asintió con mucha lentitud. Demasiada.
—Ha pasado mucho tiempo, Enma.
—Lo sé. Y… —la miré con intensidad y el pecho a punto de reventarme— esta vez he venido para quedarme.
Le sonreí con amplitud. Sin embargo, su gesto no pasó desapercibido para mí, y tampoco me gustó. Quise ver alegría en sus ojos, pero se apagaron con la misma rapidez que se iluminaron. Entrecerré los míos al notar aquel cambio cuando ella apartó su mirada.
—Las cosas… han cambiado. —Dudó si seguir o no con su comentario.
Por su mirada, supe que la incomodidad era demasiado grande como para continuar con aquella conversación. Asentí, quitándole hierro al asunto, y la animé a que entrásemos en la casa, maletas en mano.
—No te preocupes, sabré cómo sobrellevarlo. Sea lo que sea que haya cambiado.
Advertí cómo su garganta se movía con lentitud mientras acompañaba el movimiento con un gesto afirmativo de su cabeza. Avancé con pasos decididos hacia el interior de la casa como si supiese en qué sitio me alojaría durante esos días.
—Edgar me ha dicho que puedes quedarte en la habitación de Dakota. Ha preparado una cama justo al lado.
—Pero nosotros queremos que Dakota duerma en nuestra habitación —apuntó Jimmy, poniendo los brazos en jarra.
Sonreí y pensé que la buhardilla que tanto me gustaba tampoco la pisaría esa vez.
—Entonces, vamos al cuarto de Dakota, y después hablaremos con papá para ver si conseguimos colocar la cama de la pequeña en vuestra habitación, si quiere.
Un pellizco se me instaló en el pecho al referirme a él como si fuésemos una familia feliz. Menuda ilusa.
A medida que subía las escaleras, comencé a recordar demasiadas cosas; muchas más de las que debería en aquel estado de nervios. Atisbé de soslayo el salón y cerré los ojos al sentir su presencia sin que estuviese allí. Tras abrir la puerta del dormitorio, un bofetón de su perfume chocó con mi nariz. Inspiré en profundidad y avancé sin dejar de revisar la estancia, que seguía exactamente igual que como la dejé. Tuve miedo de encontrarme algún detalle que me indicase que la vida de Edgar había cambiado, pero no fue así.
Llegué al vestidor y me encontré mi ropa perfectamente colocada y en la misma posición que cuando me marché. Me pregunté si lo habría dejado de esa forma intencionadamente, para no olvidarse de mí. No pude reprimir los instintos y las ganas de acercarme al lateral donde estaban todos sus trajes pulcramente colocados. En cuanto toqué la tela con mis manos, mis dedos sintieron una corriente eléctrica que añoraba. Cerré los ojos y aspiré con delicadeza la fragancia que desprendían.
Tras colocar todas mis pertenencias, darme una ducha y cambiarme de ropa, las ansias me pudieron y bajé los escalones de cuatro en cuatro, con unos tacones de infarto. No sabía cómo era capaz de caminar como si nada con ellos, habiendo estado tantísimo tiempo andando en zapatillas de deporte, porque las únicas ocasiones en las que me ponía unos buenos zapatos era cuando tenía que ir a la agencia o reunirme con otros gerentes.
Me encontré a Juliette en el salón, jugando con los niños. Nana me sonrió con verdadera emoción justo cuando pasaba por mi lado.
—Me alegro de verte —murmuró, y le dio un pequeño apretón a mi hombro con su arrugada mano.
—Yo también me alegro mucho de volver a verte, Nana. —Le sonreí con verdadero cariño y la abracé, para su sorpresa. Busqué los ojos de Juliette y lo solté sin más, pues el ansia terminaría conmigo si no me aligeraba—: Voy a ir a Waris Luk —le dije con una firmeza aplastante.
Dudó, y pude verlo reflejado en sus ojos. Nana también puso una cara extraña, pero la ignoré.
—No te preocupes por los niños. Yo me quedaré con ellos y los acostaré después de cenar.
Su mirada era temerosa. Ya no sabía a qué atenerme, porque estaba claro que todo se refería a su hijo y había algo muy importante que no quería contarme. Pero yo estaba demasiado feliz y con las energías renovadas como para que algo me afectase. Únicamente deseaba verlo y tirarme a sus brazos hasta desfallecer, abrazarlo y cerrar los ojos pegada a su cuerpo, sentirlo, volver a ver aquellos ojos que tanto echaba de menos.
—Nos vemos luego.
Le lancé un beso a los niños desde la distancia y salí de allí marcando en mi teléfono el número de un taxi. En treinta minutos estaría plantada en aquel edificio al que no me había atrevido a entrar en mis anteriores viajes.
Al llegar, miré hacia arriba y discerní la última planta. ¿Sería capaz de verme desde su gran ventanal? Seguramente, sí. Sonreí, sintiendo que el corazón galopaba en mi pecho con mucho vigor y que mis manos sudaban debido a los nervios. Las restregué contra mi falda de tubo azul marino y me adentré en el vestíbulo de la cadena de cruceros más importante de Europa, recolocándome la blusa blanca de manga corta. Pulsé el botón del ascensor, entré cuando llegó y comencé a subir pisos con una rapidez que cada vez me ponía más histérica. En esa ocasión, un par de trabajadores se sumaron a la carrera de aquel cubículo, deteniéndose en otras plantas. Evocar la última vez en las oficinas también me rasgó el alma al recordar los terribles acontecimientos que habían ocurrido allí.
Las puertas se abrieron y anduve los suficientes pasos como para darme cuenta de que la planta estaba vacía y que David no se encontraba en su puesto de trabajo. Eso me extrañó, pero continué hacia la enorme puerta doble que se encontraba semiabierta. Tragué saliva y cerré los ojos antes de colocar mi temblorosa mano en la manivela. No conté cuántas respiraciones fui capaz de dar a medida que iba abriendo la puerta con lentitud. Estaba muy nerviosa, tanto que pensé que mis temblores eran evidentes para cualquiera, y en el último momento estuve a punto de darme la vuelta y echar a correr escaleras abajo, sin molestarme en esperar al ascensor.
Mis ojos impactaron con otros tan azules como los míos, que me contemplaron estupefactos. No quería demostrarlo, sin embargo, sus gestos lo delataron. Tragué saliva de nuevo y me quedé como una estatua, sin moverme del sitio, sin poder reaccionar ni articular una simple palabra. Solo fui capaz de mirarlo sin parpadear. Se encontraba sentado en su gran sillón negro, con una montonera de papeles alrededor, tan guapo, tan atractivo y tan varonil que cortaba el aliento con solo mirarlo. Dejó de sumergirse en ellos y me observó, completamente absorto, con los labios apretados y un semblante perturbador.
—Hola, Edgar —conseguí musitar de tal manera que apenas me escuché.
No me contestó.
Di un paso y me aventuré a entrar en su territorio. No me quitó los ojos de encima; de hecho, pude ver cómo me repasaba de manera repetida como si estuviese viendo a un fantasma de verdad.
—¿Puedo pasar? —le pregunté, en vista de su mutismo.
Continuó sin responderme, y pensé que había sido una pregunta absurda cuando ya estaba dentro. Sin inmutarse y sin siquiera levantarse, cerré la puerta. Al girarme, me tomé esos segundos necesarios para poder calmar mis nervios; nervios que parecían no querer darme una tregua, porque estaban entrándome ganas hasta de vomitar. Entreabrí los labios y lo enfrenté de nuevo. Me di cuenta de que su gesto no había cambiado, de que no había movido ni un músculo.
No supe cuánto estuvimos midiéndonos las fuerzas, pero de lo que sí fui consciente fue del gran daño que me provocó su pregunta con tono dañino:
—¿Qué haces aquí?
Agachó el rostro y volvió a los papeles como si hubiese visto a un espectro y, con las mismas, hubiese desaparecido. Apreté los puños a ambos lados de mi cuerpo. Avancé con paso firme y el mentón muy alto hasta colocarme delante de su mesa. Templé mi enfado y mis ganas de estrangularlo.
«He venido a verte porque las ganas de tirarme a tus brazos y abrazarte hasta que te asfixiaras han podido conmigo. Te he echado tanto de menos que no puedes ni imaginártelo. Y no puedo esperar a que llegues a casa. Sí, a casa, porque pienso quedarme contigo para siempre», pensé.
—¿Cómo estás? —me interesé, cambiando por completo mi momentáneo monólogo. Me detuve delante de él, con la mesa de cristal como barrera infranqueable.
—Bien —me contestó de inmediato, sin dar pie a más conversación ni elevar su rostro.
Otro silencio nos envolvió. No supe cómo reaccionar al sentirme tan idiota por estar allí, por pensar que tal vez le hiciese la misma ilusión que a mí volver a rencontrarnos. No obstante, por lo que se veía, no era así. Tragué el nudo que comenzaba a asfixiarme y me senté en la silla delante de él, sintiendo una angustia que a cada segundo me ahogaba más. Tenía tantísimas ganas de abrazarlo que las ansias estaban pudiendo conmigo. Entrelacé mis manos y las coloqué sobre la mesa de cristal, y ese gesto provocó que sus ojos ascendiesen una chispa para mirarlas, aunque volvió a bajarlos con la misma velocidad.
Exhalé un fuerte suspiro y musité con voz firme, queriendo decirle lo que de verdad pensaba, el motivo por el cual había ido allí, el monólogo que había desechado instantes antes:
—Tenía ganas de…
Me vi interrumpida por un torbellino que arrasó en el despacho, deteniendo la nula conversación y la incómoda sensación cuando la puerta se abrió como un huracán y alguien, con una voz un tanto irritante, dijo en alto:
—¡Cariñito!, he traído tu café y… —Se detuvo—. Disculpa, no sabía que estabas ocupado.
Mi corazón, ese que galopaba con tanta fuerza, se paralizó de inmediato, y sintió mucho más dolor al escuchar el apelativo cariñoso. Mis ojos se habían elevado para mirar con asombro al hombre que tenía delante y que no me prestaba atención. Por su parte, había detenido todos los movimientos de papeles; de hecho, sus dedos se quedaron con los planos inclinados pero estáticos.
Su contestación fue suficiente para darme cuenta de que lo que estaba haciendo me humillaba más que otra cosa:
—Y no estoy ocupado. Ella ya se marcha.
Apreté los labios, conteniendo las ganas tan inmensas de llorar que me inundaban, y me levanté con lentitud de la silla. Lo miré con rabia e incertidumbre una vez más antes de sujetar mi bolso con fuerza. «Idiota», me dije. Fue tan cobarde que ni siquiera me miró a los ojos. Me giré despacio y vi a aquella mujer, que me sonaba demasiado para no reconocerla: era una reconocida periodista de Mánchester.
—Hola —me saludó con efusividad, extendiendo su mano en mi dirección.
No supe cuándo ocurrió, pero Edgar llegó al lado de la despampanante y menuda morena de ojos castaños y se colocó muy cerca de ella.
—Te he dicho que ya se marchaba. No es necesario que te presentes —añadió él con mal genio.
Ella abrió los ojos con asombro y le preguntó con sorpresa y un poco de reproche:
—¿De verdad no piensas presentármela?
Mis labios se mantuvieron sellados, sin quitarle los ojos de encima al hombre por el que tantas noches había llorado. Maldito cobarde, que no era capaz ni de mirarme de refilón. No dijo nada, así que preferí tomar la iniciativa por mi cuenta. Acepté su mano y se la estreché con fuerza. Desvié los ojos hacia ella con una seriedad que no me caracterizaba.
—Enma Wilson.
—Lo sé, eres la madre de sus hijos. —Me asombré de que supiera ese detalle y de que lo pluralizara de aquella manera, pero no lo demostré—. Encantada, soy Helena Berry, la pareja de Edgar.
Sonreí de manera altanera al apreciar un deje extraño en su voz, como si estuviese marcando territorio. Edgar continuó de la misma forma que cuando había llegado: sin mirarme y sin menear un simple músculo.
—Encantada, Helena. ¿Y cómo sabes tanto de mí? —me interesé, y aprecié que Edgar apretaba los labios.
—¡Oh!, mi cariñito tiene una foto tuya con los niños en su mesa. —La señaló y miré hacia atrás momentáneamente, para descubrir un marco con una foto. En concreto, yo estaba embarazada de Dakota y era el cumpleaños de Lion y Jimmy. Después, mis ojos se desviaron hacia ella, que colocaba las manos con suavidad sobre su pecho—. Vamos, Edgar, quita esa cara, que no voy a ponerme celosa.
Sonrió con una falsedad que me asqueó, y no tuve que preguntarme el motivo de por qué estaba con él.
—Sí me disculpas, tengo que marcharme —le dije, pasando por su lado.
No esperé contestación, aunque sí vi una sonrisa instalada en la boca de ella que me dieron ganas de borrársela a puñetazos. No quise pensar. Lo que sí tenía claro era que debía salir de allí cuanto antes.
Escuché a lo lejos un entusiasmado adiós que ni respondí. Apreté el circulito que llamaba al ascensor con tanta brutalidad que casi me partí el dedo. Me monté cuando se abrió. Al entrar y girarme de cara al despacho, los ojos de Edgar chocaron serios con los míos. Helena se encontraba colgada de su cuello, como tantas veces había estado yo. Se tiró a sus labios y le regaló varios besos.
Besos que no debían ser suyos.
Besos que yo le habría dado si me lo hubiese permitido nada más cruzar aquella puerta.
Besos que creí míos y que ya no lo eran.
Besos que se habían muerto en mi pensamiento y que ya no saldrían de allí.
Deseé que las puertas se cerraran cuanto antes, así que apreté el botón con más intensidad bajo su expectante mirada, aunque me dio exactamente igual que estuviese viendo cómo intentaba hacerle un agujero al estúpido botón de su estúpido ascensor. Lo último que escuché de ella mientras le metía las manos por el interior de la chaqueta me rompió un poco más:
—¿Te apetece soltar esa tensión?
3
Lloré.
Dios mío de mi vida, cuánto lloré, sola y sentada en la barra de aquel bar. No sabía cuántos tragos de tequila llevaba en el cuerpo ni la hora que era, pero me daba igual. El lugar estaba abarrotado de moteros vulgares a los que les saqué el dedo corazón en más de una ocasión cuando escuché algún que otro piropo desproporcionado, sin importarme si al final terminarían partiéndome la cara o no.
El camarero acudió cuando alcé el dedo.
—Deja la botella aquí.
—Pero…
No le di tiempo a contestar. Solté un billete que pagaba de sobra la cantidad de lo que costaba la botella y le dije tajante:
—Quédate con el cambio. Tendrás una buena propina.
Me rellené el vaso con urgencia y me lo bebí de una tacada, sintiendo varias miradas sobre mí. Me importó una mierda, y me sentí muy mal al tener aquellos pensamientos tan malignos.
Había rehecho su vida.
Su vida con otra.
Y yo, ilusa e imbécil, pensando en decirle que me quedaría con él para siempre.
Una risa sarcástica resurgió de mi garganta y el camarero me contempló como si hubiese perdido el juicio. Maldito fuera él y maldita fuera yo; porque el tiempo ya no importaba, pero los hechos sí me demostraban lo que en realidad había sido para él. Noté el resquemor del odio subir por mis venas y me cagué en todos sus ancestros y en su madre, que no tenía culpa de nada. También le deseé cosas muy malas a la despampanante de Helena, y pensé que si se moría, tampoco pasaba nada.
Otro tragó me quemó la garganta.
Rellené el vaso y solté la botella con un fuerte golpe que quedó amortiguado por la estridente música de aquel bar de carretera al que solíamos ir de vez en cuando Klaus y yo. Me había mandado un mensaje hacía un rato y le había dicho que estaría allí. Le di vueltas a mi mente como un puñetero mantra, recordando una y otra vez la escenita del despacho y la chirriante voz que lo llamaba «cariñito». Qué ganas tenía de pegarle a alguien. Qué ganas. Sujeté el vaso con tanta fuerza que pensé que se rompería, y lo deseé con vigor. Lo mismo una buena herida suplantaría el dolor que sentía mi pecho y el resquemor que bullía en mi garganta. Qué enfadada estaba con él; con ella, que no la conocía de nada, solo de la televisión, y con el mundo entero.
Pensando en el mundo estaba cuando me di cuenta de que todos los que vivían en Mánchester sabrían de su relación. Me jugaba el cuello. No había llamado a mis amigos, pero pensaba hacerlo y cantarles las cuarenta. El término «pataleta» se quedaba corto con lo que sentía. Di gracias a que no podía echar fuego por la boca, que, de lo contrario, lo hubiese hecho y habría abrasado la cabeza de unos cuantos.
Otro trago y directo. Si no terminaba en el hospital, sería de milagro.
—Tiene que ser grave para que haya una botella de tequila y no una cerveza en nuestra mugrienta barra.
Cerré los ojos despacio y me moví lo justo para ver que Klaus no venía solo.
—¡Tú!
Me levanté como impelida por un resorte y empujé el pecho de Luke con rabia. Me miró sorprendido y Klaus trató de ponerse en medio para separarme de él.
—¡Eh! —Luke alzó las palmas de sus manos en mi dirección, detuvo otro golpe que iba directo a su pecho y me gritó—: ¡¿Qué te pasa, loca?!
—¡Lo sabías! —Lo señalé con el dedo, muy cerca de él—. ¡Lo sabías y no me has dicho nada! ¡Encima, tú has sido el instigador para que viniese! ¡¡Porque seguro que si no llegas a meter el dedo en la llaga, ni me habría llamado!! —le grité con rabia, y todo el bar nos miró.
Klaus se acercó. Con severidad, me sujetó del brazo y me preguntó:
—Enma, ¿qué demonios te ocurre?
Fui consciente de que mi pecho subía y bajaba a una velocidad de vértigo. Observé a Luke, que me contemplaba con arrepentimiento y dolor, pues le había contado todos mis planes justo después de comer el día que Edgar me llamó. Al notar que las lágrimas descendían por mis mejillas, me pasé una mano por el rostro y las arrastré con una rabia desmedida. Le di la espalda a los dos y me senté en la barra para terminar mi vaso y volver a rellenarlo.
La presencia de ambos fue inmediata: uno a cada lado. No dijeron nada. Antes de llevarme el vaso a los labios, le recriminé a Luke el no habérmelo contado:
—¿Por qué no me dijiste que Edgar había rehecho su vida? —Atisbé un gesto extraño por parte de Klaus y solté un suspiro de derrota—. No me lo puedo creer… Tú también lo sabías… —musité dolida.
—Enma… —trató de explicarse el escocés.
—¡Ni Enma ni mierdas! —voceé furiosa.
Solté un sollozo mientras me llevaba las manos a la cara. Me tapé el rostro y mis hombros se sacudieron. Lloré de nuevo, rota por encontrarme en otra situación similar, solo que esa vez dolía mucho más que las anteriores, y no sabía por qué. Tal vez porque lo había echado mucho de menos y porque, durante el tiempo que habíamos estado separados, mi amor se había intensificado tanto que era insoportable.
—No podía contártelo. No me pertenecía a mí —se excusó Luke.
Separé las manos de mi rostro, lo aniquilé con la mirada y apreté los dientes.
—¿Y tampoco has podido decírmelo antes de subirme en el avión, aun sabiendo mis intenciones?
—¿Qué intenciones? —se interesó Klaus.
El silencio se apoderó de nosotros, pero mis ojos no se despegaron de Luke. Él me aguantó la mirada como pudo y carraspeó, mirando al frente.
—No. Yo no…
Lo corté:
—¡¿Tú no qué?! —le chillé—. ¿Vas a inventarte otra excusa tonta para que te crea?
—¡Yo no me invento nada! —me contestó, y dio un bote de su asiento para quedarse de pie, frente a mí.
Nos retamos con los ojos y lo empujé de nuevo, dándole un golpe en el pecho.
—Pensaba que eras mi amigo. Pensaba que me entendías y que estabas ahí. Y te digo que vuelvo para quedarme ¡y no me cuentas que ha rehecho su puta vida! —Fui subiendo de tono según hablaba.
—¡Y no tenía por qué contártelo! —me respondió de la misma manera.
Klaus dio un paso y se colocó a mi lado. Me observó con asombro y tiró de mí para que me alejase de Luke.
—¿Pensabas quedarte y no me has contado nada?
Negué con la cabeza, mirando a Luke e ignorando a Klaus, y me senté en el taburete para vaciar mi vaso de nuevo.
—Parece ser que no soy el único que tiene secretos. Y, para tu información, todos los que están aquí, incluidos tus amigos, sabían que Edgar estaba con Helena. —Se apresuró a coger su chaqueta, me observó con soberbia y soltó con saña—: Así que disculpa si no he sido yo el primero.
Posé mi mirada en él y lo miré con desprecio.
—Que te den, Luke.
Apretó los labios y dejé de mirarlo. Estaba muy enfadada con el mundo. Supe que se había marchado cuando sentí que su presencia desaparecía de mi lado. Tragué saliva, pensando que había sido demasiado dura con él. El rubio que tenía a mi lado tampoco dijo nada. Durante muchos minutos, bebió de su botellín de cerveza sin soltar palabra alguna, y yo me dediqué a vaciar aquella botella, que ya iba por la mitad.
—¿Piensas hablarme? Llevamos media hora callados y el silencio no es mi fuerte. —No le contesté y seguí mirando mi vaso, apreciando en él el reflejo de mis ojos enrojecidos y algunas marcas de pintura negras debajo de ellos—. Ninguno te dijimos nada porque todos sabíamos cómo estabas, Enma. No puedes juzgarnos por intentar que estuvieras bien. Estos últimos meses has estado bien —recalcó con redundancia—. Parecías feliz.
—Y eso ya lo sabes tú —le solté con desprecio.
Escuché un resoplido por su parte.
—Tú tampoco me has contado nada sobre tu vuelta.
Reí como una desquiciada. «Volver… ¿A qué?, ¿a ver cómo se lo pasa en grande con otra? No, gracias». Haría de tripas corazón, pero su nombre acababa de pasar a la lista de las cosas más odiadas de mi mundo, aunque siguiese amándolo. Ya haría lo que fuese para que eso se extinguiera.
—¿Sabes lo que ha supuesto entrar en su oficina y que casi ni me mirase? Debería haber sido más lista. Por su tono cuando me llamó, tendría que haberlo adivinado. —Hablé como una desquiciada mientras me sorbía la nariz.
—No eres bruja.
—No. ¡Soy gilipollas! —bramé.
El movimiento de mi vaso para que llegase a mi boca fue lo siguiente.
—Deberías dejar de beber ya, Enma. —Noté la mano de Klaus en mi muñeca y desvié la mirada hacia su contacto—. Siento mucho que estés así. De verdad que no te imaginas el gran cariño que te tengo, y no me gusta que parezcas uno de esos moteros, porque al final terminarás uniéndote a ellos.
Les lancé un breve vistazo y vi que reían a carcajada limpia, borrachos como cubas y con sus cervezas en alto. Bueno, a fin de cuentas, al final no sería tan malo unirme a ellos si se daba el caso.
Tragué saliva y sentí que el nudo subía de nuevo. Mis ojos se cristalizaron y lo miré con intensidad. Estaba muy cerca.
—No le importo. —Una lágrima cayó a plomo en mi barbilla.
Su dedo pulgar buscó la gota salada y la recogió, con una triste sonrisa que no llegó a permitir que asomaran sus dientes.
—Le importas más de lo que parece. Él también ha estado muy jodido, puedo asegurártelo. Y Helena…
Apreté los dientes y levanté la mano en su dirección en una clara amenaza.
—¡No me hables de esa zorra!
Sonrió y envolvió mi cuerpo con sus brazos. Alcé el rostro, que se encontraba apoyado en su pecho, y lo miré.
—Acabas de hablar como una endemoniada celosa. Y esa rabia me dan ganas de borrártela a besos. ¿Estás segura de que no quieres venirte conmigo?
—Klaus… —lo advertí.
—Tendrías que haberme dejado ser tu consolador humano. Sabes que lo habríamos pasado muy bien —ronroneó con una risilla que imité.
—Está claro que el que no corre, vuela. Y yo no he sabido desplegar siquiera mis alas.
Me apretujé a él con vigor. Poco después, me levanté y me sorbí la nariz por enésima vez. Estaba mirándome con una sonrisa malvada. Lo golpeé en el pecho mientras reía y cogía su chaqueta para marcharnos de allí en su coche.
—Déjame en la verja de abajo. No quiero que te vea —le pedí cuando faltaban pocos metros para llegar a la casa de Edgar.
—No ocurrirá nada. En cierto modo…, le medio prometí que no te pondría una mano encima.
Lo miré con asombro y negué con la cabeza. Con todo lo que había insistido, me asombraba.
—Eres un cruel mentiroso.
—Pero si la cosa no termina como quieres… —movió el rostro de un lado a otro con gracia y detuvo el coche—, tendré que romper esa promesa.
Reí y me acerqué a él para darle un beso en la mejilla. Se movió y mis labios terminaron dándole un casto beso en los labios entre risas y risas.
—Eres tonto —murmuré sin dejar de reírme, y abrí la puerta.
Lo vi sonreír, y pensé que tenía la sonrisa más bonita del mundo. Mi rostro cambió y se dio cuenta.
—¿Estás bien?
—Ojalá hubieses sido tú, Klaus. Ojalá —me sinceré con tristeza.
Meditó su respuesta durante unos segundos. Al final, desmontó, rodeó el coche y llegó a mí. Agarró mi cintura con ganas y me acercó a él para fundirme en un enorme abrazo.
—Puedo ser muy insistente, y no me asusta otro combate.
Solté una pequeña carcajada, sabiendo que se refería a Edgar. Me separé de él, y esa vez le di un beso en la mejilla. Me despedí y empujé la verja, que se encontraba abierta.
El ruido del motor del coche de Klaus se escuchó en la lejanía. Me quité los zapatos, pero al hacer el intento, la pierna me falló y caí de lado en el suelo, perdiendo el equilibrio que evidentemente no tenía con tantas copas de tequila encima. Unas piedrecitas se clavaron en mis brazos y en mis piernas y noté un sabor metálico en la boca.
—Qué bien… —murmuré con desgana. Me había mordido el labio al caer.
Me levanté como pude, cogiendo los zapatos del suelo, y mis neuronas de borracha y yo nos pusimos en marcha por el sendero hasta llegar a la casa. Medité durante todo el camino lo dura que había sido con Luke. Yo no era así; tenía que pedirle perdón. Y para mi suerte o mi desgracia, su coche estaba en la entrada de la casa. ¿Por qué había ido a contárselo? Me enfadé inmediatamente, sacando conclusiones; tal vez equivocadas, aunque lo dudaba.
Miré mi teléfono y me di cuenta de que era más de medianoche. A saber cuántas horas me había tirado en aquel bar de mala muerte. Alcé el mentón todo lo que pude y más cuando atravesé el camino, y vi que Edgar y Luke estaban sentados en el gran escalón del porche. De reojo, advertí que había una piscina enorme en el lateral de la casa, e inmediatamente pensé en mis niños y en ese detalle que me habían contado y que yo casi había olvidado. ¿Tal vez la hubiese estrenado con su adorada Helena? Helenita, iba a llamarla de ahora en adelante. Así le pegaba más al cariñito.
«Rabia, olvídame. Yo no soy así. Yo no soy así», me repetí mentalmente.
Sentí la mirada de los dos hombres que estaban sentados. El primero que se levantó fue Luke. Antes de que se marchara, me acerqué a él sin importarme que Edgar estuviese delante observándome con meticulosidad.
«Como en su despacho», pensé con ironía.
—Bueno, mañana nos vemos…
—Luke. —Le toqué el brazo y me miró sin mostrar emoción alguna. A mí no me daba miedo pedir perdón, así que me lancé a sus brazos y me apretujé a su cuerpo. Pegada a su pecho, alcé el mentón para buscar sus ojos y le dije—: Lo siento.
Me observó durante muchos segundos, pero yo sabía que estaba haciéndose de rogar y que ya me había perdonado.
—La disculpa no es válida hasta que no me invites mañana a desayunar. —Sonreí y asentí—. ¿A las ocho?
—A las ocho.
Me abracé con más fuerza a su cuerpo y le di un beso en la mejilla.
—¿Vienes de revolcarte con un gato? —me preguntó como si nada.
Me separé de él y vi que llevaba la camisa sucia, la falda arrugada y de cualquier manera, y el cabello enmarañado; por lo menos fue lo que pude apreciar cuando me pasé la mano. Fui a contestarle, pero una voz que no esperaba que hablase se metió en la conversación:
—No. Viene de revolcarse con Klaus.
Miré a Luke, que negó con la cabeza y después reprendió a Edgar por su tono duro. Me volví despacio y con calma, controlando los nervios que me suponía escuchar su voz tan cercana y con tanto odio. Apreté los dientes con mucha rabia acumulada y le dije:
—Y eso lo sabes tú, que eres más listo que nadie, ¿no? ¡Anda! Pero si has aprendido a decir más de una palabra, ¡felicidades! Vas a perdonarme, pero si me revuelco o no con Klaus, no es de tu incumbencia —le solté con sarcasmo. Me giré de cara a Luke y cambié el tono—: He tenido un incidente en la entrada. Mañana te lo cuento, que tengo ganas de acostarme y me molesta su presencia.
—Sí… —Luke pareció dudar por mi comportamiento—. Mejor nos vemos maña…
Edgar lo cortó con malhumor:
—Klaus es mi amigo. Como comprenderás, sí me importa.
Suspiré con mucha fuerza y volví a enfrentarlo:
—¿Decides tú con quién se acuestan tus amigos también? —ironicé.
Se levantó, y ese gesto provocó que su camisa se adhiriese mucho a su torso. Me crucé de brazos para protegerme no sé de qué, y saqué todo el valor alcoholizado del que disponía.
—No quiero que te acerques a él —sentenció con tono rudo y mirada severa.
No me amilané y alcé la barbilla con más brío.
—Y yo quiero que te mueras y sigues vivo.
«No estás hablando en serio. Tú no eres así», me decía mi subconsciente, pero yo me sentía muy bien soltando mierda.
—Enma…
La advertencia de Luke no me detuvo; al contrario, me dio más alas:
—Tranquilo, Luke. Márchate. Cobardes más grandes han caído, y a este ya me lo conozco —le dije a mi amigo, sin quitarle los ojos al otro.
—Yo no soy ningún cobarde —bufó.
—No. Tú eres un cabrón prepotente sin escrúpulos —solté sin pensar.
Sonrió de manera perversa y dio un paso para estar más cerca de mí. Me miró con muy mala cara, y en vez de notar ese temblor que provocaba que mis piernas flaqueasen, sentí que era más fuerte que nunca. No me moví.
—Buenas noches. Por favor, no os matéis, que mañana es la gala —murmuró Luke, pero ninguno de los dos le contestó porque continuábamos con nuestro arrebato de miradas asesinas.
Su ego crecía a pasos agigantados, y dudé un segundo cuando acercó su rostro mucho al mío. Sabía por qué lo hacía, pero esa vez estaba muy borracha y muy enfadada como para dejarme convencer o camelar lo justo para flaquear.
—¿Hablas tú o una mujer celosa?
—¡Yo no estoy celosa! —ladré casi sin dejarlo terminar.
—Seguro. —Rio como un tirano y añadió dañino—: No pensarías que estaría esperándote hasta morirme, ¿verdad?
«Pues yo sí lo hice», pensé, y comenzó a darme algo parecido a una flojera por su comentario. La cabeza me aguijoneó y un nudo apareció de la nada en mi garganta.
—No necesito que me esperes para nada. Por mí, puedes irte a tomar por culo.
Pasé por su lado con unas ganas terribles de llorar, pero sobre todo de perderlo de vista. Mal asunto, porque estaba en su casa.
Detuve mi paso al oírlo de nuevo:
—Vaya. Me sorprendes. Se ve que este año y medio te ha hecho evolucionar —sentenció con retintín y mucha ironía.
Me giré y apreté los dientes antes de responderle:
—No necesito evolucionar porque yo no soy ningún tirano, aunque este carácter puede que lo tenga por culpa de uno.
—Entonces, sí estás celosa.
Entrecerré los ojos y me dieron ganas de abofetearlo.
—Me da igual lo que hagas con esa tía. ¡A ver si te enteras y entra en tu cerebro de mosquito la información! —Rio, y más ganas me dieron de pegarle un guantazo. Negué con la cabeza. Con un desprecio patente en mis ojos y en mi voz, siseé—: Te odio.
Avancé para marcharme, no sin antes ver de reojo el cambio en su rostro cuando solté aquellas últimas palabras, y me detuve cuando lo escuché otra vez:
—¿Y por qué no te has quedado con Klaus esta noche? Así no habrías tenido que verme si tanto desprecio te ocasiono.
Pensé antes de volverme de cara a él y soltarle a bocajarro cosas que no debería decirle. Tragué saliva y me armé de valor antes de mirarlo.
—Porque no me ha salido del coño quedarme con Klaus. —Lo miré altanera—. ¿Quieres que te responda a alguna pregunta más, o te das por satisfecho? —Quiso hablar, pero lo interrumpí—: No te preocupes. Para no ser una molestia, mañana mismo me marcho de aquí.
Giré sobre mis talones para entrar en la casa, pero tuve que volver a detenerme.
—No con mi hija —aseveró.
Cerré las manos en puños. Al volverme, casi me estampé con su torso por el impulso.
—Sí. Con mi hija. Y dale gracias a que no tengo el derecho legal sobre los niños, porque si no también se vendrían conmigo. Y, ahora, haz como que no existo. ¡Mira!, como has hecho esta tarde en tu despacho, por ejemplo.
La conversación o pelea, dependiendo de cómo se mirase, estaba siendo tan irónica que me dolía de verdad encontrarme en aquella tesitura con él. Me pareció ver un atisbo de sonrisa en sus labios al decir eso sobre los niños.
—Si tanto asco me tienes, ¿por qué has vuelto? —me preguntó como si nada.
Lo miré a los ojos durante tanto rato que se me hizo eterno. Pensé muchas cosas, muchas excusas, pero al final le dije lo que verdaderamente había ido a hacer, permitiendo también que mi rudeza se apartara y dejara paso a mi sinceridad, como de costumbre:
—Acepté porque pensé en volver la semana que viene. Volver para quedarme contigo y con los niños. —Su gesto chulesco, pese a no quererlo, fue cambiando según hablaba. Me crucé de brazos como si eso me protegiese de él—. Porque me di cuenta de que seguía… —Sellé mis labios y los apreté, conteniendo unas enormes ganas de llorar.
—Después de un año y medio —añadió con desdén.
—Después de un año y medio —repetí, y me aferré a la poca fuerza que me quedaba—. Pero no te preocupes. Ya veo que tú sí has sabido escoger tu camino, y yo haré lo mismo.
Noté que los ojos me quemaban, así que me giré para marcharme de allí cuanto antes. No podía seguir mirándolo, o rompería a llorar como una idiota delante de él.
Subí los escalones del porche y lo sentí muy cerca de mí. No me detuve hasta que su mano se posó en mi antebrazo y me giró. El contacto me abrasó.
—¿Sabes cuánto tiempo he esperado a que me dejases verte?, ¿que dieses señales de vida? ¿Sabes cuánto, Enma? —me preguntó con dolor y rabia. Sus ojos brillaban—. ¿Sabes acaso lo que he sentido yo como para que ahora me juzgues? ¿O piensas que como soy un monstruo no tengo sentimientos?
Me solté de su agarre con malas maneras. Sin dejar de mirar aquellos bonitos ojos, le espeté:
—Ya da igual.
Me tragué mis emociones a flor de piel e intenté entrar en la casa, pero no me lo permitió. Me sujetó por la misma zona y volvió a colocarme de cara a él con mucho enfado.
—¡Un puto año y medio! ¡Un puto año y medio! —repitió como si no se lo creyese, con la voz demasiado alta y acercándose mucho a mí—. Y ahora me vienes con celos y reproches que no vienen a cuento porque…
Lo corté furiosa:
—¡Yo no tengo celos!, ¡deja de decir eso!
—¿Te has visto la cara cuando ha aparecido Helena? Y vienes atacando después de todo, ¡como si encima la única dolida fueses tú!
Rechiné los dientes, y supe que mi paciencia se encontraba al límite.
—Puedes meterte a Helena por el culo, ¡que me importa una mierda! —siseé con más fuerza, aproximando mi rostro a sus labios.
—Ya veo —murmuró con prepotencia.
Ya sí, lo empujé con un golpe seco en el hombro.
Se movió una milésima.
—No importa el tiempo, ¡sino lo que sientes de verdad con el transcurso de los días! —le solté con furia—. Y si he ido a tu despacho, era porque solo quería verte. —Lo empujé con más rabia y descendió un escalón y otro de espaldas—. Porque quería saber cómo estabas. ¡Porque quería contarte mis planes y compartirlos contigo! —le grité, y una lágrima traicionera rodó por mi mejilla. La limpié de un manotazo bajo su expectante mirada y sus labios sellados. Sin embargo, sus ojos comenzaron a mostrar arrepentimiento, aunque no quisiesen revelarlo; el mismo arrepentimiento que reflejaron en su despacho—. Yo sí te esperé, porque en el fondo sabía que te amaba tanto que sería imposible no volver a tu lado. Porque cada día me dolía más. Y… Y… —Tragué el sollozo y musité, apenas sin voz—: Porque hoy necesitaba tanto abrazarte que pensé que iba a morirme si no lo hacía en cuanto pusiese un pie en Mánchester.
El sollozo se hizo evidente, y quise morirme cuando extendió una mano hacia mí. Sus ojos repararon en mi cuello y en mi colgante. Me había olvidado de él por completo. Me lo quité con rabia y se lo lancé al pecho como si no valiese nada. Lo cogió al vuelo.
—Enma…
—¡¡No me toques!! —le grité con ira y con los ojos repletos de lágrimas que ya no contenía—. Vete y haz tu vida perfecta con tu chica perfecta. ¡Y olvídate de mí!
Hice el amago de marcharme, pero me sujetó con más fuerza, esa vez de los dos brazos. Yo ya no veía. Necesitaba irme de allí, o me daría un ataque de ansiedad que no sabría sobrellevar.
—Enma…
—¡¡Que me dejes!! ¡¡Que no me toques!! —Lo empujé con fiereza y me observó dolido. Mis dientes chocaron entre sí y siseé con más fuerza, sin dejar de llorar; ya no podía contener las lágrimas por mucho que quisiese—: Te odio.
Me soltó con lentitud y sin dejar de mirarme, completamente ido. Me giré y encaminé mis pasos con mucha urgencia hasta el dormitorio. Necesitaba cerrar los ojos y dormirme ya. Necesitaba calmarme y olvidarme de lo que había ocurrido desde que había puesto un pie en Mánchester.
Al día siguiente lo vería todo de otro color, sin el alcohol en mis venas.
4
Abrí los ojos con pesadez y un dolor de cabeza terrible. Dakota no había dormido en mi habitación, y vi que al final habían movido la cama al dormitorio de los niños sin preguntar. Antes de conseguir cerrar los ojos, escuché el rugido del motor del coche de Edgar. Un dolor punzante me indicó que se había marchado, y suponía adónde.
No conseguía mitigar aquel dolor que me pinchaba desde dentro al imaginarlo con otra. Con otra y sin que estuviese yo. Tampoco pude calcular las horas que me pasé llorando hasta que me quedé dormida entre hipidos.
Me levanté de la cama y animé a los niños a que hiciesen lo mismo. Los bajé a los tres y preparé un desayuno digno de reyes. Durante un corto periodo de tiempo, me olvidé de la mierda de vida que volvía a tener y de lo importante que era no enamorarse. De eso sabía muy poco, pues llevaba media vida enamorada de mi anterior jefe. Pese a eso, debía ponerme una nueva meta y pensar en que esquivar aquella palabra era lo más sensato que podría volver a hacer mientras siguiese respirando.
—¿Qué os parece si echamos la mañana en el lago? —les pregunté con media sonrisa y una bolsa de chocolatinas en alto.
—¡Sí! —gritaron los dos al unísono.
Alcé la mano de Dakota, que estaba sentada en su silla, e hice el gesto de victoria con ella. La pequeña sonrió y besé su cabeza con ternura. Qué grande se hacía y qué rápido pasaba el tiempo. Nos cargamos de energía con una nevera repleta de refrescos y alimentos varios que encontré y salimos al sofocante calor. Resoplé y tiré de mi vestido, casi adherido a mi piel.
Al llegar al lago, los niños corretearon con Goofy Bob, y Nana no tardó en aparecer para quitarme a Dakota de los brazos.
—Llevo muchos días sin ver a mi pequeña. —Sonrió y la besuqueó.
Me gustaba aquella mujer, tan seria y firme, pero luego era un amor con los niños, y ellos la adoraban tanto como Dakota. Me permití cerrar los ojos un momento y dejar que los rayos del sol impactaran en mi rostro, pero aquella tranquilidad me duró poco.
—Me he quedado dormida y no he escuchado ni cuándo habéis salido.
Juliette se sentó a mi lado y yo le solté a bocajarro:
—He conocido a Helenita.
Abrí los ojos y la enfilé con la mirada. Hizo una mueca de disgusto y asintió.
—Parece un reproche.
—¿Lo es? —Alcé una ceja.
—Dímelo tú.
—Lo es —afirmé—. Y no pretendía que sonase así…, pero lo es.
El silencio se alargó más de lo debido y esperé con una falsa tranquilidad a que ella tomase la palabra. No se merecía mis reproches, y mucho menos mis desmesurados celos, sin embargo, y pese a que lo intentaba, no podía controlarlos.
—Estás enfadada —evidenció.
—Mucho.
—¿Del uno al diez?
—Un cuarenta. ¿Es suficiente? —Volví a mirarla.
—Enma…, yo…
—Vale —la corté—. No tengo derecho a recriminarte nada, porque entiendo perfectamente que es tu hijo y siempre será más importante. Como es normal.
—Eso no significa que esté de acuerdo con sus decisiones, y tú más que nadie deberías saberlo.
—Ahora, ¿quién está recriminando a quién? —le eché en cara.
Resopló.
—Enma, sé que él te quiere. Y también sé que lo de Helena…
—Helenita —la corregí, y ella rio sin llegar a mostrar los dientes.
—Helenita no significa nada para él. Porque sé que te ama.
Elevé los ojos al cielo, poniéndolo en duda, aunque no lo verbalicé. Si me hubiese amado tanto, no estaría con otra persona.
Escuché el rugido de su deportivo desde la lejanía y recordé la barbaridad de cosas que nos habíamos dicho la noche anterior.
—Anda, hablando del rey de Roma… Seguro que ha pasado una noche de infarto. Con su cariñito.
—Deja de hacerte mala sangre —me espetó, molesta por mis comentarios.
—Te juro que no los hago intencionadamente, que son los celos y que pienso cosas muy malas. De los dos. —Ni imaginármelos quería.
—Enma, si no cambias tu actitud, es imposible…
—¡Ni lo menciones! No pienso hacer nada, y mucho menos meterme. Él ha decidido; ahora que se atenga a las consecuencias.
Pareció dudar, pero al final lo dijo:
—¿Las consecuencias se llaman Klaus Campbell?
La miré con interés y adiviné que sabía más de lo que me contaba. No me afané en negarle que con Klaus no pasaría nada, porque no me apetecía y porque estaba harta de que todo el mundo controlase mi vida.
—Si necesito un revolcón, no tengo que joderle la vida a nadie. Ya tengo mi propia lista de contactos, y solo tengo que pulsar un botón.
—¡Enma!
Su tono me sonó a regañina y cambié de tema con una sonrisa retorcida:
—¿Conoces a tu recién estrenada nuera?
—¡No es mi nuera! —Su voz se me antojó enfadada y sonreí sin mirarla—. Y no. No la conozco, ni yo ni los niños.
Lion y Jimmy no debían saberlo, porque con toda seguridad ya me lo habrían soltado «sin querer». Reí por la estupidez que dije a continuación sin pensar:
—¿Crees que si le pido la parte de la custodia que me corresponde de los niños a tu hijo, estará de acuerdo?
—¿Estás bien? —Me tocó la frente, y volví a reír.
—Creo que el tequila todavía corre por mis venas. Pero sí, estoy bien. —Moví las cejas a la vez, arriba y abajo—. ¿Y bien?
—No.
Solté una pequeña carcajada sin quitarle los ojos de encima a Juliette, que puso cara de circunstancia al percatarse de la presencia de su hijo detrás de mí. Me levanté y me limpié las hierbas del trasero. Lo contemplé con gracia y repasé su aspecto desaliñado de los pies a la cabeza. Llevaba la misma ropa que la noche anterior. ¡Bingo para la adivina! Había estado con Helenita, seguro.
—Eso ya lo veremos. Pasan más tiempo conmigo en Galicia que contigo aquí —lo chuleé.
Su rostro era algo perturbador y muy serio.
—No me toques los cojon…
No le di tiempo a terminar; moví la mano para que se ahorrase la verborrea:
—No me interesa. Haz de padre un rato, que yo voy a ver qué me pongo para la gala de esta noche. —Le di un pequeño palmetazo en el pecho y alcé el mentón lo justo para ver cómo me aniquilaba con los ojos—. Por cierto, date una duchita. Estás hecho un desastre.
Escuché una exclamación de su madre, seguramente porque no se creía que aquello hubiese salido de mi boca, y moví los pies en dirección a la casa sin esperar una respuesta. Lo último que vi fueron las aletas de su nariz hinchándose. Me sentí bien por haber conseguido vacilarle de esa manera delante de sus narices. Pero esa entereza se me fue al traste en cuanto entré en el dormitorio y me metí en la ducha, aunque estaba segura de que con el tiempo la reforzaría. Como todo en esta vida.
A la hora de comer tuvimos otra reyerta, pero la detuve en cuanto cruzamos dos palabras. No quería que los niños se sintiesen mal, y mucho menos discutir delante de ellos. Juliette había preparado un asado muy rico, pero en mi estómago entraba menos comida de la que debería, y de eso se dio cuenta más de uno. Di dos pinchadas a mi plato y lo aparté.
—¿No te gusta? —me preguntó Juliette con preocupación—. Puedo hacerte otra cosa.
—Oh, ¡no! Está buenísimo, pero estoy llena —me apresuré a decir para sacarla de su error.
—Llena de aire y con a saber cuántos kilos menos.
Giré mi rostro a la izquierda, porque, para mi desgracia, Edgar se encontraba a mi lado, presidiendo la mesa. Alcé una ceja y le contesté:
—¿Quieres que te diga de lo que estoy llena? —Pensé en continuar con la frase diciéndole el asco que le tenía, pero me detuve al sentir la atención de toda la mesa sobre mí.
—Adelante —me provocó, soltando la servilleta con chulería.
Le di un empujoncito más grande a mi plato y chocó con el suyo.
—Mejor me lo guardo para mí y tú intentas adivinarlo.
Su rostro de vacilón cambió a uno serio en un instante. Movió el plato en mi dirección con otro empujón y me ordenó:
—Come.
—No me da la gana —solté con brusquedad y sin dejar de mirarlo con fiereza.
—Come, o te lo daré yo.
Reí como una desquiciada y escuché un «Oh, oooh…», de alguno de los niños. Los miré y sentencié:
—A lo vuestro y a comer. —Desvié los ojos hacia su padre, me levanté con socarronería y me acerqué a su oído para susurrarle—: Que te den por culo.
Aprecié perfectamente su mandíbula apretada. Cuando fui a separarme, me apresó por la muñeca, pero me solté con un breve aunque discreto movimiento y lo aniquilé con la mirada, para seguidamente abandonar el salón y salir a la calle; necesitaba aire.
Durante el resto del día no crucé una palabra con él y apenas lo vi hasta ya entrada la noche; más bien, hasta la hora de arreglarnos para la maldita gala a la que no tenía ningunas ganas de ir.
Me escabullí en el vestidor y saqué el vestido rojo pasión que había elegido para la ocasión. Llevaba una larga abertura en la pierna derecha y un buen escote. Me lo había probado por la mañana para asegurarme de que no me quedaba demasiado grande, y como era ceñido, se adaptaba a la perfección a mi nueva figura.
Me encontraba con un sujetador y un tanga en mi cuerpo cuando Edgar irrumpió sin permiso, con una toalla liada a su cintura.
—Puede que hayas perdido algo de visión, pero estoy yo. Así que espera tu turno.
Lo miré con mala cara y él detuvo su paso justo frente a mí. Lo único que nos separaba era el banquito. No podía mantenerle la mirada porque los recuerdos se amontonaban en mi cabeza.
Colocó sus brazos en jarra y añadió con tonito:
—¿Algún problema? No tienes nada que no haya visto.
—Ya. —Chasqueé la lengua, sonreí con sarcasmo y señalé la entrada para que se marchase—. Igualmente, te esperas fuera. Mañana tendrás el vestidor para ti solito.
Me volví de espaldas a él y cogí los pendientes y los zapatos. Al agacharme, me topé con algo, o más bien con alguien, y puse los ojos en blanco. Suspiré mientras me levantaba y me estampé con su fuerte pecho, que subía y bajaba a una velocidad desmedida. Mostré cara de desagrado.
—¿Se puede saber a qué cojones viene tu comportamiento? —me preguntó como si fuese un ogro y no una persona.
Tomé aire y mis pechos se elevaron, provocando que sus ojos se instalasen ahí.
—Estoy aquí. —Chasqueé los dedos y me miró de nuevo—. Deja que me vista. Sal de aquí. —Recalqué cada palabra.
—No quiero.
Alcé una ceja por su tono firme pero desesperante.
—Bien. Pues me voy yo. Aparta.
O saltaba el banco, o lo saltaba a él. La segunda opción no era viable ni pretendía llevarla a cabo. Me contempló sin intención de moverse. Bufé y alcé una pierna para saltar el dichoso banco. Él fue más rápido y se colocó en la puerta del vestidor, impidiendo cualquier posible huida.
—Seguro que con esa lista de contactos no tienes tanto pudor.
Reí.
—¿Celoso? —le pregunté con el mismo tono que él había usado conmigo.
—No.
—Pues entonces quítate. No tengo tiempo para tonterías. —Di un paso y no se movió. Tampoco dejó de observarme. Tiré de su brazo y nada; era una jodida roca—. Me imagino que a tu adorada Helenita no le haría ninguna gracia verte conmigo aquí, y mucho menos de esta manera. Así que, o te quitas, o la próxima vez que la vea le cuento que te dedicas a entrar en sitios con mujeres casi desnudas.
Soltó una carcajada tan grande que me erizó la piel. Cerré los ojos y suspiré con fuerza antes de enfrentarlo de nuevo.
—¿Hacemos lo mismo y yo se lo mando a Klaus?, ¿o a esa lista interminable de amiguitos?
Me acerqué a él muy despacio. A escasos milímetros de su boca, le dije en un susurro provocador, sin dejar de mirarlo:
—Como quieras. Si te apetece, cuando esté follándome a alguien de mi lista de contactos, te mando una foto. Quizá consigas ponerte más cachondo con tu cariñito.
Alcé las cejas con un cruel entusiasmo y él me miró con muy muy mala cara. Sellé mis labios y esperé una contestación que no llegó. Pasó por mi lado y salí victoriosa del vestidor, con una sonrisa implantada en mi boca. Había ganado unas cuantas batallas aquel día.
Dos horas después, estábamos en la puerta de casa intentando marcharnos.
—¿Vas a volver? —me preguntó Jimmy, enganchado a mi pierna.
—¿Qué pregunta es esa? ¡Pues claro! —exclamé mientras me colocaba el pendiente que todavía no había conseguido ponerme.
—¿A qué hora vendrás? —me preguntó Lion, situándose en el otro extremo.
Dakota berreaba en los brazos de Juliette. Al final, Edgar tuvo que cogerla para que se calmase.
—Pero papá ha dicho que dentro de unos días tendréis que iros los dos.
Suspiré y me agaché. Lion se enganchó en mi cuello y Dakota extendió sus brazos en mi dirección, llamándome la atención con soniditos.
—Lion, ¡vas a quitarme todo el maquillaje! —me quejé.
—¡Que no quiero que te vayas!
—Niños, ya basta. Enma vendrá con vuestro… —Juliette no pudo terminar la frase.
—¡No te vayas, mamá! —soltó Jimmy.
Casi me atraganté, ya que se agarró a mi cuello también. Me pegué a su oreja para reprenderlo:
—Habíamos dicho…
—¡Me da igual llamarte mamá delante de papá! —adjudicó sin dejarme terminar.
Resoplé. Temí elevar los ojos y encontrarme con los de Edgar. No habíamos hablado nada de eso. Bueno, en realidad no habíamos hablado nada de nada; las peleas se nos daban mejor. Modo irónico activado.
—Ahora volveré. Si seguís así, Dakota no dejará de llorar en toda la noche y no podréis dormir. Os prometo que cuando abráis los ojos, estaré aquí para prepararos el desayuno. —Los dos me miraron sin fiarse, así que alcé la mano como pude para ofrecerles mi dedo meñique. Esa era la señal de nuestras promesas. Lo aceptaron y sonreí—. Las promesas no pueden romperse, recordadlo.
Más convencidos, se separaron a regañadientes y me levanté. Cogí el bolso que sostenía Juliette y aprecié en ella una tímida sonrisa. Mi mirada se topó con la de Edgar y sus ojos no me mostraron enfado, sino una mezcla de alivio, pesar, dolor, ternura… No supe descifrarlo bien. Me encaminé hacia la salida y les lancé un beso que ellos capturaron con sus manitas y se lo guardaron en el bolsillo. Sonreí y nos metimos en el deportivo.
Teníamos cuarenta insoportables minutos para llegar a la gala, que no se haría en las oficinas de Waris Luk, sino en uno de los hoteles más prestigiosos de Mánchester. Cuarenta minutos aguantando esa cara de perro rabioso. Eso era insufrible para cualquiera.
Moví una mano y puse la música, dándole la suficiente voz como para no escuchar ni su respiración. Pensé en coger un taxi, pero después me di cuenta de que eso desencadenaría otra bronca monumental y pasé del tema. Pensaba llegar a la fiesta, ponerme en la puñetera rueda de prensa y marcharme en cuanto acabase sin darle explicaciones a nadie.
Edgar presionó el botón y apagó el equipo. Lo miré con mala cara y él me imitó.
—¿Quieres dejarme sordo? —me preguntó con genio.
Lo miré desafiante. Llevé la mano al botón otra vez y respondí antes de activarlo:
—Ojalá.
Bufó, y de qué manera lo hizo que lo escuché por encima de la música. Apagó el botón con malas formas y me fulminó, desviando después los ojos de la carretera por un instante.
—¿Quieres dejar de comportarte como si tuvieras quince años?
—¿Yo? —me ofendí, y lo encaré—. Disculpa si no quiero ni que respires cerca de mí, pero me parece que tengo motivos de peso para hacerlo.
Cerró la boca solo unos segundos. Muy pocos para mi gusto.
—¿Podemos hablar?
—No —le respondí inmediatamente, casi sin dejarlo terminar de hacer la pregunta.
—¿Por qué?
—Porque no.
Me giré y miré por la ventanilla, dándole la espalda. Suspiró con más fuerza y la tensión voló de un lado a otro del coche. Ya no se acordaba de cómo solía abordar los temas que no le interesaban ni de cómo desviarlos si era necesario para no responder a una pregunta, y ahora que le pagaba más o menos con su misma moneda, se ofendía. Bien le podían dar por culo. Tenía un nivel de enfado que no sabría ni calificarlo.
—Has cambiado tanto en un año y medio que no te reconozco —musitó en tono neutro, y me sorprendió. No le contesté, y pareció querer sacar un tema de conversación a toda costa—. No pretendía ser un capullo.
—Felicidades, no lo has conseguido —solté con sarcasmo.
—Enma, intentemos tener una conversación como dos adultos y…
—Y nada, Edgar. No me interesa ni quiero tus disculpas. Puedes metértelas por el culo.
Se hizo otro largo silencio y supe que estaba incómodo al verme de aquella manera. Me sentía bien, e intenté enterrar las ganas locas por tirarme a sus brazos. Él había rehecho su vida y yo tenía que hacerlo con la mía.
—Pensé que nunca volverías.
—Ya veo —espeté de mala gana y sin mirarlo.
Se detuvo en un semáforo y me contempló.
—¿Te haces una idea de por lo que he pasado yo?, ¿lo has pensado? —Su tono volvió a intensificarse.
—De una manera muy diferente a la mía, por lo que veo. —Lo miré—. ¿Cuánto llevas con ella?
Pareció incómodo, así que volvió su mirada al frente, cerró los ojos unos segundos y tomó aire.
—¿De verdad vamos a hablar de esto y no de todo lo demás?
—Eso ya quise hacerlo cuando fui a verte a tu despacho y me trataste como a una mierda. Dime, vamos —le urgí con chulería, y se desesperó. Pude notarlo en sus nudillos, que cada vez apretaban más el volante.
—Cuatro meses.
Tragué el nudo de emociones. Sentí que los ojos me quemaban y que, si pestañeaba, lloraría sin poder evitarlo.
«Cuatro meses…».
Asentí casi de manera imperceptible y lo medité mucho, pero mi lengua habló antes:
—¿La quieres? —musité en un susurro ahogado.
Otro pequeño silencio se extendió entre nosotros. Al final, contestó escuetamente:
—Me gusta. —Asentí de la misma forma, con la vista fija en la carretera que ya habíamos retomado—. ¿Y tú? —me preguntó con tono estrangulado.
Sellé mis labios y me presioné con los dientes la lengua. «Aguanta», me dije, tratando de no echarme a llorar con desconsuelo.
—Yo no estoy con nadie, Edgar. Con nadie —murmuré con derrota.
Los veinte minutos restantes no hablamos absolutamente de nada. Yo iba sumida en mis pensamientos, e imaginé que él en los suyos. Ya daba igual. No quería más conversaciones, no quería explicaciones ni quería nada. Únicamente deseaba alejarme de él y curarme las heridas sola.
Aparcamos en la entrada del hotel y casi me bajé en marcha. No lo esperé, aun escuchando cómo me llamaba desde la entrada. Atravesé el recibidor y vi que Luke estaba en una esquina hablando con Klaus. Helenita pasó por mi lado y me miró con una sonrisa retorcida, para después saludarme como si nada. Ni siquiera le contesté, la ignoré, dándome igual si eso era de mala educación o no.
—¡Hombre! Aquí viene la estrella más deslumbrante de la noche.
Sonreí sin llegar a mostrar mis dientes al comentario de Luke, que llevaba un traje de chaqueta espectacular.
—Dónde están las copas. Necesito una con urgencia.
5
La rueda de prensa fue un auténtico rollo, lleno de preguntas y sonrisas falsas; no solo por los presentes más gorrones que personas normales, sino por las constantes muestras de cariño que Helena le profesaba a Edgar delante de todo el mundo. Él trataba de esquivarla, pero pocas veces conseguía que se soltase de su brazo. Me reí con muchas ganas en la barra cuando vi su cara y lo poco que le apetecía seguir allí, aguantando a una novia pesada y celosa. Porque no hacía más que marcar territorio allá por donde pisaba. «Es mi pareja», pensé con tono infantil, y le di otro trago a mi copa.
Cuando nos pusimos en el enorme photocall con el nombre del barco, la cara de Helena cambió de manera drástica. Me marqué otro punto al ver que el transatlántico se llamaría Wilson, y automáticamente pensé en mi padre y en la cara de asco que pondría cuando se lo dijese, por mucho que fuese su apellido. Los ojos de Edgar me buscaron cuando la plaquita con el nombre se mostró, sin embargo, yo intenté evitarlo a toda costa. Y lo conseguí, porque su desbocada novia no lo dejaba a solas ni un segundo.
—¿Tienes las maletas listas para nuestro superviaje? —me preguntó Luke.
Lo miré y me giré, apoyada en la barra. Puse morritos y negué.
—Luke… Te debo una disculpa. Al final no hemos ido a desayunar. —Moví la mano y la coloqué sobre la suya—. Siento haberme comportado así contigo. No tendrías que haberte comido toda mi rabia y…
No me dejó terminar. Tiró de mi brazo y me abrazó a él, con un estrujón de esos que si te descuidabas te partía las costillas. Carraspeé un poco y sentí que su boca le daba un casto beso a mi frente. Después, se acercó a mi oído.
—No quiero ni pensar en lo que ha supuesto para ti encontrarte con este pastel. Y… me siento fatal por no habértelo contado.
Me separé de su abrazo y lo miré, todavía con mis brazos entrelazados con los suyos.
—No eras el único que lo sabías —le resté importancia.
Su rostro me mostró arrepentimiento de verdad, y me sentí peor por haber cargado contra él.
—Si te sirve de consuelo, a mí tampoco me cae bien. Y sé que, como siempre, me meto donde no me llaman, pero él sigue amándote igual que antes.
Me separé de Luke y agarré mi copa para darle un trago.
—No lo pongo en duda. Pero si ha rehecho su vida, ya no tiene importancia. Ahí ha demostrado lo que de verdad me amaba.
Un silencio se creó entre nosotros cuando un esculpido cuerpo se colocó a mi lado; en medio segundo, advertí que era Edgar. Elevó la mano para llamar al camarero y este le sirvió una copa que apenas rozó sus labios cuando Luke abrió su bocaza:
—¿Has perdido de vista a tu cachorrito?
Edgar lo contempló muy mal, pero no le contestó.
Yo estaba en medio de los dos. Le di otro trago a mi bebida, sujetando el vaso con una fuerza innecesaria.
—¿Te gusta el nombre del transatlántico?
Me miraba con fijeza y yo con altanería. Estábamos en una esquina de la barra, por lo que pasábamos bastante desapercibidos entre el resto de los invitados.
—Si te digo la verdad, ni me gusta ni me disgusta. Me da igual.
Volví la vista a la barra, ignorándolo. Sabía que estaba contemplándome estupefacto; aunque, como siempre, intentaba disimularlo.
—A tu padre va a encantarle. Le mandaré una foto —murmuró socarrón.
—Sí. Puede que tengas huevos y se la envíes —añadí con arrogancia.
Luke ni se pronunció.
—Los tengo. Para eso y para muchas cosas más.
—Pues muy bien. —Lo ignoré de nuevo.
Escuché su resoplido y sentí que se juntaba demasiado a mi cuerpo.
—En la rueda de prensa, estabas bien. ¿Por qué ahora…?
—En la rueda de prensa… —me giré lo necesario para encararlo y lo corté—, había que hacer un paripé y es lo que he hecho.
Vi que apretaba la mandíbula.
—¿Conmigo también has hecho el paripé? —me preguntó con rabia.
—Qué va. Eso se te da mejor a ti que a mí. —Bebí de mi copa y aparté los ojos de los suyos, que me quemaban.
—Eso es un golpe muy bajo, Enma —ladró, sabiendo que me refería a nuestros inicios y al dichoso trato con Oliver.
Ignorándolo de nuevo, alcé el mentón para señalar con la mirada a la despampanante morena que encaminaba sus pasos con mucho brío hacia nosotros.
—Mira, por ahí viene tu cariñito. Pregúntale a ella a ver qué opina del nombre de tu barquito. Seguro que le ha sentado de maravilla.
Me giré para no verle la cara de malas pulgas y sentí que me abrasaba con los ojos. Se aproximó lo justo cuando oí de fondo:
—¡Cariñito!
Los labios de Edgar casi rozaron mi oreja y el vello se me erizó al escucharlo:
—Hay otras cosas que le sientan de maravilla. Y seguro que, con esas, el enfado por el nombre de un simple barco se le pasa.
Moví los ojos con arrogancia y asentí con chulería al mirarlo. Lo tenía muy cerca, y la pobre de Helenita tiraba de su brazo cada vez con más vigor. Lo señalé con la mirada y espeté:
—Pues creo que lo necesita.
El tiempo pareció detenerse. Yo sabía que estaba librando su propia batalla dentro de su cabeza. Como de costumbre, al final ganó la prepotencia y que nadie se quedase por encima de su ego. Se volvió hacia su novia, que estaba casi montada sobre él, y tiró de su mano sin quitarme los ojos de encima, en dirección a lo que imaginé que sería una especie de almacén y que se encontraba a mi izquierda.
—Edgar… —El tono de advertencia de Luke provocó que colocase una de mis manos en su antebrazo y negara con la cabeza. Elevé la otra mano para pedirle otra copa al camarero.
—Déjalo, Luke.
Movido por la impotencia, su amigo tragó saliva y se sentó a mi lado al darse cuenta de que no me marcharía de allí. No pensaba levantar mi trasero. Tampoco interrumpirlos, porque era muy consciente de a qué se había llevado a Helena a un almacén, y lo constaté cuando los gemidos de ella se hicieron muy sonoros.
Miré mi vaso y noté que la ira bullía en mi interior como un fuego desgarrador, aunque no supe si ese sentimiento fue engullido por la tristeza que me provocaba saber que había retrocedido como los cangrejos y continuaba siendo un cabronazo sin escrúpulos.
Los gemidos se convirtieron en gritos de placer y no me molesté ni en mirar hacia atrás para ver quién más estaba enterándose. La cara de Luke era un poema y se movía constantemente sin saber qué hacer. Al final optó por lo que mejor se le daba: hablar.
—Me ha dicho Klaus que ahora volvía. Se ve que tiene una compañera tocapelotas. —No le contesté, sumida en mi vaso. Tras un extenso silencio, volvió a la carga con un tono mucho más débil—: Si quieres, nos vamos de aquí.
Negué con la cabeza.
—Estoy bien. Me tomaré esta copa y me marcharé —le aseguré con tono neutro.
Luke se acercó más a mí.
—Enma, no tienes por qué aguantar esto. —Parecía enfadado, y su gesto me demostró que el encuentro pasional había terminado cuando vi que su mano se cerraba en un puño con mucha fuerza.
—Uh, ¡estoy seca! ¿Qué bebes?
Sentí que se me detenía el corazón cuando la voz de Helena se escuchó a mi lado. Vi que su dedo señalaba mi vaso y pensé que le estrellaría el vidrio si me ponía una mano encima. Sellé mis labios en una fina línea y alcé los ojos, dejando de mirar la barra. De reojo pude ver que Edgar iba detrás y se recolocaba la chaqueta. Me volví de cara a Luke, dándole la espalda a Helena.
—¿Vamos a fumar?
Luke no despegaba los ojos de Edgar; lo contemplaba con mala cara. No quise girarme porque sabía que el gesto de su amigo sería de chulería y, con toda seguridad, mi mano no aguantaría las ganas y se estrellaría contra su mejilla. Tiré del brazo de Luke para llamar su atención, pero antes de marcharnos, no pudo evitar soltar un último comentario:
—Eres un gilipollas —siseó, y lo señaló mientras yo tiraba de su brazo con más fervor para no dar un espectáculo—. Un gilipollas de verdad. Y un capullo asqueroso. No tienes medida, Edgar, no tienes medida.
—Vamos, Luke, ya está bien. —Seguí empujándolo.
—Eres odioso. —Rechinó los dientes, pero su amigo no contestó.
La tensión se palpó en el ambiente cuando un par de los allí presentes se giraron hacia nosotros y se percataron de los ojos desencajados de Luke.
—¡Eh! ¿Qué pasa por aquí? ¿Me he perdido mucho?
El tono jovial de Klaus se detuvo en cuanto se dio cuenta de que algo no iba bien. Frunció el ceño, pero evité darle explicaciones, o el nudo de mi garganta me asfixiaría.
—¿Me ayudas a sacarlo a la calle? —le pregunté con desespero al ver que me era imposible mover a Luke.
Asintió y miró en dirección a Edgar. Continué empujando a Luke, y Klaus me ayudó hasta que llegamos a la calle. Luke no abrió la boca. En su gesto se mostraba un enfado que jamás había visto.
—¿Vais a contarme qué ha pasado? —nos preguntó el rubio, que estaba tremendamente guapo con aquel traje.
—¿Tienes un cigarro? —le pedí, y se extrañó.
Luke también me miró con asombro.
—¿Desde cuándo fumas? —me preguntó el escocés, sabiendo que evitaba un tema del que no quería hablar.
—Desde nunca —le dije, cogiendo el cigarro—. Si ves que empiezo a toser, intenta que no me vea nadie, o perderé mi reputación de chica dura.
Los dos rieron al saber que aquello era mentira y prendí la llama del mechero que me ofreció. Sin embargo, Luke estaba muy enfadado, más de lo que me temía, porque no soportó siquiera esperar a que ese cigarro se consumiese.
—Mañana nos vemos. —Asentí despacio y se acercó a mí—. Y tú deberías hacer lo mismo y marcharte de esta mierda de fiesta.
Depositó un beso en mi sien y asentí con la cabeza, dándole a entender que no tardaría mucho en irme. Klaus nos contempló de manera interrogante, pero no objetó nada. Imaginé que ya estaba acostumbrado a mis constantes silencios y los entendía.
La música comenzó a sonar en el interior con una melodía dulce y lenta. Extendí la mano con el cigarro en ella y le dije con tono teatral:
—¿Me concede este baile, señor Campbell?
Sonrió como un gañán. Asintió y tiró de mi mano hasta apretujarme bien contra su cuerpo. Lo imité muy cerca de sus labios y lo escuché decir:
—¿Estas insinuándome algo que no entiendo?
Reí. Después de esa risa, mis ojos se humedecieron, dando paso al sentimiento de la tristeza. Sabía que poco tardaría en aparecer, por mucho que intentara retenerlo. Me había hecho daño, y eso era más que evidente.
Me observó y se extrañó. Apoyé la mejilla en su hombro, sin dejar de movernos al compás de la música que sonaba en la sala. Las personas que salían a la gran terraza nos contemplaban como si hubiésemos perdido el juicio, pero nosotros continuamos bailando muy juntos.
—¿Me haces olvidar? —le pregunté en un susurro ahogado.
Apoyé la mano derecha en su hombro, con el cigarro aún en ella, y la otra sobre su pecho. Klaus sujetó mi muñeca con cariño y besó mis nudillos con mimo. Contuve las lágrimas cuando me levantó la barbilla con dos de sus dedos. Consiguió que me tragase la angustia que me consumía al escucharlo hablarme con su habitual tono bromista:
—¿Qué llevas debajo de ese vestido rojo?
Sonreí débilmente.
—Un conjunto de encaje negro.
—Mmm… Sugerente.
—¿Quién es esa compañera que te trae de cabeza?
Chasqueó la lengua y me separó un poco de él, me quitó el cigarro de la otra mano y se lo colocó en los labios de manera chulesca.
—No me revientes la noche hablando de esa mujer, por favor.
Solté una pequeña carcajada al saber qué podría significar aquel tono.
—¿Crepes de chocolate con doble de nata? —le sugerí.
—Delicioso para echártelo sobre el conjunto de encaje. Creo que es la combinación perfecta.
—Mmm… Sugerente —lo imité, y nos echamos a reír.
Me junté de nuevo a él. Me permití cerrar los ojos y sentir la música mientras nuestros pies se movían con pasos cortos y las manos de Klaus se afianzaban a mi cintura. Al tirar el cigarro, sentí sus labios en mi cuello, y a continuación un mordisco que ocasionó que un pequeño grito saliera de mi garganta.
—Mira que si llegas a dormirte y te me desplomas como Blancanieves…
Puse los ojos en blanco y lo pellizqué en el abdomen con saña.
—Vamos a por el postre.
Se frotó las manos, pasó un brazo por mis hombros y me apretujó contra él. Al salir de la terraza, vislumbré unos ojos azules tan turquesas que encandilaba mirarlos. Tan altanera como había estado desde que llegué, los obvié sin reparar en ellos más de lo necesario y llegamos hasta el aparcamiento en busca del coche de Klaus.
El centro de Mánchester por la noche era una locura. Hacía mucho tiempo que no paseaba a esas horas por allí. Tras recoger en un puesto ambulante nuestro suculento postre, nos sentamos en un banco cercano a la noria de la ciudad, incrustada allí, en pleno centro, zona más bien conocida como The Triangle.
—¿Te has subido alguna vez? —me preguntó, señalándola y llevándose un trozo de su postre a la boca.
—Sí, bastantes. —Reí y admiré la grandeza de aquel cacharro.
—Eso quiere decir que esta zona te la has pateado a base de bien.
—Hay muchos pubs. Y he cogido muchas cogorzas. Y después me he subido a la noria. —Sonreí.
—Cierto. Siempre se me olvida que has sido una loca fiestera.
Le di un codazo y suspiré con añoranza por aquellos recuerdos que vinieron a mi mente sin más. Eché de menos a mi panda de amigos y recordé las grandes fiestas que nos dábamos en las calles de la ciudad industrial.
—¿Vas a contarme quién es esa mujer?
—¿Vas a contarme por qué querías marcharte de la superfiesta de postín?
—Edgar se ha follado a su novia en el almacén que había a mi espalda —le contesté como si nada y sin hacerme de rogar.
Klaus bajó la mano y arrugó el entrecejo. Apoyó lo que quedaba de su crepe en sus rodillas y no me apartó su confusa mirada.
—Es… —dudó, todavía sin poder creerse lo que le había dicho— una compañera tocapelotas que acaba de llegar. Nos llevamos a matar. ¿Estás bien? —Apartó el plato de cartón y se giró completamente hacia mí.
—Sí, estoy bien. ¿Te gusta?
—¿Por qué tenemos que llevar dos conversaciones a la vez? —me preguntó con una sonrisa deslumbrante—. Ven, vamos a dar un paseo.
Sujetó mi cintura y anduvimos por las calles de la ciudad un rato en silencio, sin dejar de contemplarlo todo y cada uno sumido en sus pensamientos. No quise permitir que Edgar ocupara todos ellos, y menos después de lo que había hecho para… ¿Para qué? Me había demostrado que era un capullo sin escrúpulos de verdad. Eso me provocó enfado y otros sentimientos que no quise permitir que se colaran en mi cabeza.
Escuché a Klaus y sonreí al darme cuenta de que no podía estar mucho tiempo callado:
—Creo que van a trasladarme de comisaría en breve. —Me separé de él y lo observé con asombro. Sonrió—. Si tienes claro que vas a pegarle una patada a mi amigo en el trasero, te ofrezco que te vengas conmigo.
—¿De comisaría significa de ciudad? —quise saber, no sin cierto temor.
Asintió con pesar.
—Y de país.
Intenté suavizar el nudo que se instaló en mi garganta y le pregunté con tonito guasón:
—¿Y la «compañera»?
—¿Qué? ¡Oh, vamos! No saques conclusiones que no son. No ha pasado nada y nos odiamos. Espero que no venga.
Al pensar en que Klaus podría marcharse de un momento a otro, el cuerpo se me aflojó y la tristeza volvió a invadirlo.
—¿Cuándo te vas?
—No lo sé. Todavía no hay nada claro, pero no mucho más de un año, imagino. —Movió los hombros en señal de que era lo que había.
—¿De qué se trata?
—Narcotráfico.
—Oh, debe hacerte mucha ilusión.
—Es mi especialidad. —Sonrió y llevó uno de sus dedos a mi cuello para hacerme cosquillas.
Lo aparté de un manotazo suave y me acurruqué de nuevo junto a él, sin dejar de caminar.
—¿Al final vendrás al crucero? —me interesé.
—Es imposible que me den cinco días. Y más ahora que se nos han juntado cuatro casos nuevos. Tendrás que apañártelas sin mí —dramatizó, y reí.
—Ya no tendré quien me quite los vestidos con los dientes.
Rio con ironía y sentenció:
—No juegues con fuego, que cuando hago una promesa…
—Se te olvida al momento —terminé por él.
—Y más si dentro de esa ecuación entras tú.
Me estreché más a su cuerpo y medité sobre los odiosos días que me esperarían en la prueba del nuevo transatlántico Wilson. El recorrido era breve, pero no dejaban de ser cinco días. Saldríamos de Londres y recorreríamos Ámsterdam, Hamburgo y Dinamarca, para terminar en Edimburgo como colofón a la prueba antes del lanzamiento. Me había fijado en la enorme lista de personas invitadas y también en las que se bajarían en distintos puertos sin terminar el viaje al completo; entre ellas, Helena. Me alegré enormemente de no tener que verle la cara hasta el final del trayecto, y deseé con todas mis fuerzas que su amante se bajase con ella y así poder disfrutar en condiciones de aquellas minivacaciones.
—Pues menos mal que tengo a Luke —le dije, cambiando de tema.
—Y menos mal que Luke no puede meterte mano.
Reímos.
—Si pudiera, daría igual. Buscaré un amigo de compañía. Hablando sexualmente, claro.
—Eso es darme celos sin miramientos —se quejó.
Me detuve en mitad de la acera y lo encaré. Entrelacé sus manos con las mías mientras le sonreía con timidez. Él puso los ojos en blanco, dándome a entender que ya iba a soltar algún discurso de los míos.
—Gracias por ser como eres. Sé que a lo mejor no entiendes el motivo de apartar la relación que teníamos antes y…
—Claro que lo entiendo, Enma. No quieres que don Warren me machaque. Aunque es obvio que yo le ganaría.
Sonreí, enseñándole mi dentadura, y me fijé en sus bonitos ojos verdes, que brillaban tanto como los míos bajo aquella luna.
—Te quiero mucho, Klaus. Muchísimo.
Me envolvió con sus brazos y apretó mi cuerpo al suyo, suspiró y besó mi cabello con mimo.
—¿Sabes? Recuerdo demasiado lo que me dijiste el otro día. —Se hizo un pequeño silencio—. Eso de que ojalá hubiese sido yo. Nunca le había dado importancia. Hasta ahora. —Confusa, alcé el mentón para observarlo—. ¡Ni por asomo pienso que esto se convierta en un trío amoroso! —Reí por su tono—. Pero sí me habría gustado saber qué podría haber ocurrido, o por lo menos ahora lo veo de otra manera.
—¿Estás insinuándome algo? —Alcé una ceja y rio socarrón.
—¿Quieres que te insinúe algo, rubita? —inquirió muy cerca de mi boca.
—Es un error —le aseguré.
—Un beso no hace daño a nadie —murmuró, llegando a mis labios—. Además, te recuerdo que el cabrón de tu ex se ha follado a su novia para que la escuchases.
—Eres un picón. Y no es mi ex. En realidad, creo que nunca fuimos nada.
—Mmm…
Sonreí al notar la calidez de aquella boca que tanto me había dado y volví a notar el breve pinchazo en mi sexo, clamando atenciones del rubio que tenía delante apresando mis labios y sonriendo como un gañán.
—Voy a echarte de menos —le confesé—. El día que vayas, tendré que comprarme un avión de verdad.
Rio con fuerza y se separó, imaginé que dándose el espacio que necesitaba para no calentar más el ambiente. Habíamos estado una infinidad de veces muy juntos; pero, a mi pesar, debo decir que de una manera muy distinta. Como amigos. Como verdaderos amigos, aunque sin poder olvidar la cantidad de encuentros tórridos que habíamos mantenido en el pasado. Deseé con más fuerza que ojalá hubiese sido él, aunque en el fondo de mi alma sabía que Klaus siempre me recordaría a Edgar y que jamás me perdonaría que perdiesen la amistad por mi culpa.
—Bueno —añadió jocoso— siempre puedes pedírselo al padre de tus hijos y listo. Así no haces una inversión a lo tonto.
—¿Para verte a ti? —Volví a enarcar una ceja.
—¡Eh!, que ahora somos amigos a muerte… Hasta que se dé cuenta de que estoy paseando por Mánchester contigo y cada vez que puedo aprovecho para restregarme.
—O besarme —puntualicé.
—O besarte —repitió.
—Pero él sigue siendo un capullo y quiero que se ahogue con una copa de champán.
—Eres muy perversa.
—La oferta es tentadora, no te creas. —Sonreí.
Llegamos a una de las avenidas centrales y nos detuvimos ante un hombre que organizaba junto con otro un espectáculo de fuego en mitad de la calle. Klaus me estrujó de nuevo y atisbé de reojo que sonreía.
—Creo que es hora de que vuelvas a casa. Son las dos de la mañana.
Lo miré y asentí, sabiendo que su apartamento se encontraba a pocas calles de allí. Habíamos aparcado el coche cerca de su casa y no le supondría mucho camino.
—Ni me invitas a la última en tu casa. ¡Qué desfachatez! —le dije de broma, con un falso tono de enfado.
—En ese caso…
—En ese caso nada, porque nos vamos a casa.
Lo miré sin poder creer a quién pertenecía aquella voz detrás de mí. Klaus alzó las cejas y sonrió, y supe que había sido consciente, a saber durante cuánto tiempo, de que Edgar estaba allí.
—Te espía —musitó el rubio con gracia.
—Helena vive a dos calles de aquí —se excusó el aludido con tono hosco. Yo no me molesté en girarme para mirarlo.
—No nos interesa —espetó Klaus. Movió la mano en dirección a su amigo y me observó—. ¿Quieres que te lleve?
Negué, pero antes de que pudiera decirle nada, escuché a Edgar:
—No. Se viene conmigo.
Al volverme desafiante hacia él, lo vi con un semblante turbio y serio.
—¿No tienes otra cosa que hacer que seguirnos? —le pregunté con enfado.
—No.
Alcé los ojos al cielo y miré a Klaus, me acerqué a él y le di un beso en la mejilla. El muy rufián sonrió y rio con más fuerza cuando movió su rostro y casi besó mi boca, otra vez. Le di un empujón en el pecho.
—Ten cuidado. Te mando un mensaje cuando llegue —le dije. Apreté su mano antes de separarme de él, gesto que no pasó desapercibido para Edgar.
—He dicho que te vienes conmigo —adjudicó el ignorado.
—Buenas noches, rubita. —Me guiñó un ojo y se giró, dejándonos solos.
Aquello duró menos de un segundo, pues conforme Klaus se marchaba, yo lo hacía en dirección a la hilera de taxis que había en la avenida principal.
—Enma. —Lo ignoré y seguí caminando con más brío. Los tacones ya comenzaban a amenazar con provocarme unas bonitas heridas—. ¡Enma! —rugió con más fuerza, y me giré.
Lo desafié con los ojos y él se detuvo muy cerca de mi rostro. Alcé la barbilla con más descaro del que ya tenía y le espeté:
—Que te den viento fresco y olvídame.
Fui a girarme, pero se colocó delante de mí.
—¡Deja de comportarte así! —me gritó.
—¡Que me dejes! ¡Habló el de los arrebatos sexuales! —siseé con rabia, y di un paso para estar muy cerca de él.
Nos medimos las fuerzas con la mirada. Pude ver en sus bonitos ojos lo arrepentido que estaba por lo ocurrido en la gala. Ahora, el libro abierto era él, y me alegraba que por una vez en la vida las tornas hubieran cambiado.
—Vamos al coche —me ordenó.
—¿Vas a obligarme tú? —lo chuleé. Levanté la mano para llamar a un taxi.
—Sí. —Apretó la mandíbula visiblemente.
Sonreí con arrogancia sin dejar de mirarlo. Antes de girarme para abrir la puerta del taxi que tenía detrás, le dije con bravuconería:
—Que te follen, Edgar Warren.
6
Edgar
Le di un golpe al volante. Y otro. Y otro seguido. Y así hasta que me hice daño en la mano de golpear con tanta rabia. No podía echarle en cara nada, ni siquiera el estúpido beso que Klaus le había dado. ¿Por qué había hecho aquello con Helena? ¡¿Por qué, maldita fuera?!, si sabía que le haría daño. «Eres un gilipollas. Un gilipollas», me repetí furioso y muchas veces. No podía reprocharle nada cuando yo desfogaba con otra mujer desde hacía cuatro malditos meses. Y aunque no fuera una excusa, todo había sido por intentar olvidarme de la rubia que me había sacado de mis casillas hacía escasos minutos.
Estaba harto de escuchar los lamentos de todo el mundo, pero nadie atendía los míos. El caso era que, si buscaba consuelo en otra persona, mal. Si no lo hacía, mal también. Si la buscaba, mal. Si no la buscaba, como había sido el caso y como ella me había pedido, mal también. Entonces, ¿qué cojones era lo correcto? Había tenido su espacio. Un puto año y medio para ser más exactos. Un puto año y medio en el que mi vida se había puesto patas arriba y no sabía cómo manejarla. ¡Si hasta mis hijos la llamaban mamá! ¡Era el puto colmo de los colmos! Y Dakota… La niña era igual que su madre, con el tono de piel y el cabello de su padre, lo que hacía más insoportable su ausencia.
Espiré e inspiré un millón de veces mientras conducía a una velocidad no permitida. Estaba furioso, me encontraba fuera de mí, y lo peor era que eso provocaba yo en los demás cuando los trataba de la misma manera que Enma lo había hecho conmigo.
Sin venir a cuento, recordé el día en el que Helena apareció por la puerta de mi despacho para ofrecerme aquella entrevista en uno de los periódicos más populares de Mánchester. ¿Qué ocurrió? Nada en concreto. Cenamos en uno de los restaurantes más caros de la ciudad, follamos en su casa y hasta días después no supe nada más de ella. De hecho, yo no insistí en volver a verla. Y cuando Helena lo hizo, pensé que, ¿por qué no?, podría buscar un rato de diversión y olvidarme de la persona que se había marchado a kilómetros de distancia, de la cual no había vuelto a saber nada hasta la fecha y que, con toda seguridad, jamás volvería a ver.
Ni una puta llamada.
Ni un puto mensaje.
Ni una mierda.
—¡Joder! —grité con rabia, y golpeé el volante de nuevo.
Pisé el acelerador con vigor cuando el semáforo parpadeó con aquel color ámbar, indicando que en breve se pondría en rojo. No podía decir que la había olvidado. ¡Maldita fuera, si la seguía amando de la misma manera! Ni siquiera otras mujeres habían hecho que la apartara de mi mente durante un segundo. ¡Ni siquiera era capaz de follarme a Helena mirándola a la cara! Y ahora que estaba de nuevo en Mánchester, la culpa y sus palabras me hacían sentirme un miserable otra vez.
El teléfono sonó y no me molesté ni en mirar quién era. Descolgué, con el altavoz incorporado en el coche, y la ira bulló con más intensidad.
—Imagino que vas a una velocidad no permitida y…
—Si te pillo delante, te rompo la tráquea —siseé con brutalidad.
—¡Guauu! —me vaciló con tono adolescente—. Aprecio por tu voz que el nivel de enfado que tienes es de… —pareció meditarlo— ¿mil?, ¿dos mil, tal vez?
—Que te den por culo, Klaus.
Fui a colgar, pero lo escuché de nuevo:
—Ahí te han mandado a ti hace unos momentos. —Rio con malicia.
—Estás jugándote que vaya a tu casa y te reviente a hostias, payaso —bufé.
—Venga, déjate de soplapolleces y escúchame.
—Dudo mucho que tengas algo interesante que contarme.
Klaus había sido uno de mis grandes pilares durante aquel tiempo, el tipo que, junto con Luke, habían aguantado mis constantes borracheras, peleas por tonterías con tíos que ni conocía en los bares, cambios de humor tan drásticos que incluso asustaban y las interminables ganas de coger un vuelo y presentarme en Galicia para traerla a rastras, aunque de aquello último se había encargado más bien otra persona. ¿Y todo para qué? Para que al final le concediera su puto espacio y ahora viniese con reproches y como un caballo desbocado al que no conocía.
—Tú tratas a la gente igual. No deberías estar tan enfadado.
Recordé el revolcón en el almacén y se me revolvieron las tripas. Si hubiese sido ella…, la habría estrangulado. Vamos, que sabía que no habría permitido ni que cerrase la puerta.
—La has besado —le eché en cara, ignorando su anterior comentario.
—Y tú nos has seguido, y eso no se hace.
—Te voy a matar. —Rechiné los dientes y apreté las manos en el volante, imaginando que podría ser el cuello de Klaus.
—¿Estás más enfadado por mi beso o por su comportamiento? —No le contesté; el silencio ya lo hizo por mí—. Te ofrezco la revancha mañana en tu gimnasio. Nos vemos a las nueve en tu casa y lo debatimos, ¿OK?
Le contesté un rápido «Vale» y colgué, porque mis ojos se habían quedado clavados en la verja de la entrada de mi casa. Atravesé la carretera con urgencia y la vi bajarse del taxi. Me reí interiormente al darme cuenta de que no llevaba llaves. El día anterior había podido acceder porque dejé la puerta abierta. Me sentí poderoso y con ganas de reírme en su cara por chula. Pulsé el botón del mando que abría y accedió sin mirar atrás, aun sabiendo que la seguía. El rugido del deportivo no pasaba desapercibido para nadie. Me adelanté sin esperar a que la verja se cerrase y frené justo a su lado. Llevaba los zapatos de tacón en la mano.
—Sube —le ordené, bajando la ventanilla. Como respuesta, obtuve un gesto vulgar de su dedo corazón y continuó caminando sin mirarme. Aceleré un poco y me puse a su lado de nuevo—. Te he dicho que subas. Vas a lastimarte los pies —ladré más bien.
Esa vez no repitió el gesto, sino que me ignoró directamente y continuó con su paso. Lleno de rabia y a punto de estallar como una bomba, aceleré con un fuerte pisotón y las piedras y la tierra del camino salpicaron por todos lados. Ni siquiera la vi cubrirse por el espejo retrovisor, y me sentí mal al instante. Detuve el motor en la siguiente puerta que accedía a la casa y me bajé. Apoyé mi trasero en el capó del coche y me encendí un cigarrillo mientras esperaba a que llegase. Había sido un gesto estúpido hacer aquel medio derrape para salir despavorido, pero más estúpido sería si daba la vuelta y le suplicaba que se montase. ¿Quería andar descalza? Pues que así fuera.
Discerní su melena rubia a muchos metros de distancia y noté que mi cuerpo se tensaba. Aquel vestido rojo se ceñía a su figura como un guante, y los tirabuzones de su cabello destellaban bajo la luna llena. Me remangué las mangas de la camisa hasta los antebrazos, preparándome para una nueva batalla.
Había cruzado el coche de manera que la entrada quedaba completamente tapada y tenía muy pocas opciones para atravesarla, sin olvidar que las llaves estaban en mi poder. Solté el humo del cigarro con una parsimonia aplastante y prensé la boquilla con mis labios. Me crucé de brazos y ella se detuvo a unos cuantos metros de distancia, los suficientes como para que ni nos rozásemos.
«Demasiado lejos», pensé.
—Dime, ¿cuál es tu plan maestro ahora?, ¿saltar el coche, quizá? —le vacilé.
Me miró con desprecio, y aquel sentimiento reflejado en sus ojos me dolió. Apartándome la vista, avanzó y murmuró:
—Mandarte a la mierda.
Bufé con malhumor y tiré el cigarro a un lado, lo pisé con vehemencia y encaminé mis pasos con largas zancadas hasta colocarme detrás de su espalda.
—No te pega nada esta actitud de chula que estás teniendo, ¿lo sabes? —me quejé con el ceño fruncido.
—Ah, ¿no? Tal vez se me haya pegado de alguien. Fíjate, las cosas malas son las primeras con las que se queda una.
—¡Ya está bien! —sentencié con tono duro al ver que me devolvía los ataques. Me observó con más desdén todavía y abrió el pequeño bolso de mano—. ¿Qué haces ahora? ¿Llamar a alguien de tu lista de contactos para que venga a socorrerte? —le pregunté con desgana.
Desafiante, alzó la mirada.
—No. Llamar a Juliette para que me abra la puerta. —Le quité el teléfono de las manos y lo lancé al suelo. Crucé los dedos para que se hubiese hecho añicos cuando me gritó—: ¡¿Qué coño haces, capullo?!
—No vas a provocarle un infarto a mi madre a las dos de la mañana.
Se acercó un paso y nos quedamos muy cerca.
—Ojalá tenga suerte y te lo provoque a ti. —Nos retamos demasiado rato; tanto como para apreciar que su pecho subía y bajaba a una velocidad de vértigo, tanto como para detenerme en sus sabrosos labios más de lo necesario—. Abre la puerta.
Su tono rudo me sacó de mi embobamiento.
—No me da la gana —le respondí con rabia.
Suspiró y cerró los ojos con pesar. Aprecié que apretaba los puños a ambos lados de sus costados y después lo hacía con sus dientes. La mandíbula seguía manteniéndola tensa cuando me miró de nuevo.
—No tengo ganas de hablar contigo, ¡ni siquiera de verte! —se desesperó—. Deja tu puto ego de mierda para quien te lo permita y ábreme la jodida puerta.
—Pues fíjate, yo sí tengo ganas de verte y de hablar contigo —la chuleé.
Apretó los dientes y alzó el mentón con valentía.
—Para eso imagino que tienes a tu adorada Helena. Así que puedes irte a tomar por culo y calentarle la cabeza a ella.
Tragué saliva al ser consciente de que su cabreo estaba más que justificado. Me había comportado como un cabronazo sin escrúpulos.
—Enma, lo de la gala…
Me interrumpió antes de que consiguiese decir una sola palabra más:
—¡Ni si te ocurra! —Me señaló con el dedo índice y mucha decisión—. ¡Si me pides perdón por haber hecho lo que querías, te guanteo la cara ahora mismo!
Cerré los ojos unos instantes y volví a abrirlos, para darme cuenta de que seguía fija en mí, con los ojos rojos de la rabia y las manos apretadas.
—Pues bien que te has ido con Klaus a toda mecha para besuquearos por el centro de Mánchester —le dije con tono teatral.
—No tienes vergüenza. —Rio con amargura—. Tienes los cojones de echarme cosas en cara cuando tú eres peor que nadie —sentenció con malicia.
—¡Provocas que haga cosas que no quiero! —me desesperé a grito pelado en mitad de la noche.
—¿Estás echándome la culpa a mí de tus arrebatos? —Se señaló—. ¡Lo que me faltaba!
Pareció ofenderse más por mi absurdo comentario. Me pasé la mano por el rostro, desquiciado. No sabía cómo barajar una situación como aquella, y estaba claro que los reproches no me llevarían a buen puerto. Conté hasta diez mentalmente antes de intentar cambiar de táctica. Elevé la mano derecha, pero cuando hice ademán de tocarla, se apartó con brusquedad.
—Enma, por favor…
—¡¡Ni se te ocurra!! —repitió gritando, seguido de un manotazo.
Tragué saliva y me apresuré a dar un paso para estar más cerca. Retrocedió, marcando esa distancia que tanto odiaba.
—Ella no significa nada para mí —le dije de carrerilla y sin pensar.
Se detuvo dos segundos y me contempló con más cólera, si es que eso era posible.
—No quiero escucharte. —Se giró con rapidez y comenzó a andar en dirección a la salida.
Evidentemente, la seguí.
—¡Enma! —Nada. No me hacía ni caso y seguía caminando sin detenerse—. ¡¡Enma!!
Llegué a su altura y la giré. De la misma manera que se volvió hacia mí, su mano se estrelló contra mi mejilla con fiereza. Me pasé la lengua por el interior de la boca y la miré con mala cara. Apreté con más fuerza su antebrazo e intentó soltarse sin éxito. Fue a levantar la otra mano, pero la detuve con agilidad.
—¡¡Suéltame!! —gritó, y lo siguiente que hizo fue tratar de darme una patada.
—¡Para! ¡Para! —Me puse a su altura, esquivando sus pies descalzos y llevándome algún que otro puntapié.
—¡No quiero escucharte! ¡Suéltame de una vez!
Se movió mucho y con tanta agilidad que me era imposible retenerla. Nos medimos las fuerzas con brutalidad y sin dejar de darnos voces: yo pidiéndole que se detuviese, y ella, que la soltase, entre otros insultos que preferí obviar en mi mente para no estrangularla. Me armé de valor y conseguí, con mucho esfuerzo, envolverla en mis brazos hasta inmovilizarla. Eso provocó que cayese de espaldas y me hincase una de las piedras del camino. Evité aullar de dolor por vergüenza.
Pasé una pierna por las suyas. Con mi mano derecha, apreté su rostro contra mi pecho, mientras que con el otro brazo conseguí detener sus movimientos en mi vientre, al que no dejaba de clavarle las uñas y golpearlo sin ejercer mucha fuerza. Sus gruñidos cesaron. Tras unos segundos, solo quedaron unos tenues movimientos con los que intentaba zafarse de mí. Apenas podía respirar del esfuerzo. Me sentía agotado, y tenerla tan cerca no ayudaba.
—Yo sigo amándote de la misma forma —susurré muy cerca de su oído, y conseguí apartar algunos mechones de su oreja.
Noté su pecho subir y bajar, pero no dijo nada. Aproveché ese momento de tranquilidad para permitirme el lujo de inspirar el olor de su cabello. De su cuello. De su cuerpo. De ella. La había echado tanto de menos que el dolor punzante no desaparecía por mucho que intentase olvidarla. Por más que quisiese apartarla de mi mente, era imposible, y no lo conseguí en ese año y medio que estuvo lejos de mí. Recordar el último día todavía me dolía, y aunque sabía que aquello ocurriría y que terminaría marchándose, me podía más pensar que tal vez, al final, podría habérselo pensado y haberse quedado conmigo, donde siempre debió haber estado. Hasta ese pensamiento prepotente me dio igual.
—¿Por qué estás tan enfadada? —le pregunté con tono neutro, notando que sus movimientos cesaban del todo. No me atreví a separarme ni a aflojar mi agarre.
—No puedes jugar con las personas de esa manera.
Supe a quién se refería.
—Ni siquiera te cae bien. ¿Qué más te da?
Alzó la barbilla para mirarme con mala cara.
—Porque yo fui tu segundo plato durante ocho malditos años. ¡No puedes tratar a la gente como si fuese basura!
Chasqueé la lengua con pesar y miré hacia otro lado sin poder mantenerle la mirada durante más tiempo.
—Tú nunca fuiste mi segundo plato. Estoy cansado de repetírtelo.
Hubo un extenso silencio, y me sorprendió gratamente notar que se acomodaba en mi pecho de nuevo. Mi cuello estaba al borde de una cervicalgia de un mes de recuperación.
Con cuidado y midiendo cada movimiento que hacía por si se me escapaba, conseguí sentarme y la abracé sin ejercer aquella presión desmedida que había marcado las venas de mis brazos más que nunca durante unos minutos insufribles. Pareció dudar, aunque al final no se movió y dejó que la adaptara a mi cuerpo. Coloqué las piernas estiradas y la senté en mi regazo, de manera que su rostro siguió acomodado en mi pecho.
—No tengo derecho a recriminarte nada y sé que me he comportado como una idiota al descubrir que estabas con otra. Entiendo que ha pasado un año y medio, y que yo no haya estado con otra persona no significa que tú no hayas querido pasar página. Y ahora también entiendo que no tengo ningún derecho sobre ti…
No la dejé terminar:
—La única persona que tiene derecho sobre mí has sido, eres y serás tú. Por mucho que no quieras reconocerlo y por mucho que ahora me odies. La única mujer que ha conseguido dominarme… —susurré muy bajito, más para mí que para ella.
Otro silencio se hizo más largo de lo que pretendía, sin embargo, le dejé su tiempo para que meditase y descargara contra mí lo que fuese, si es que le quedaba algo.
—Yo no te odio, Edgar —musitó.
Nuestros ojos se encontraron, y allí, en el fondo de aquel océano turquesa que tanto amaba, que tanto me encandilaba y tanto había echado de menos, lo vi. Aprecié el atisbo de la esperanza, y eso me reconfortó y me insufló las fuerzas suficientes para seguir adelante, para pensar en un mañana ahora que volvía a tenerla en mis brazos, aunque solo fuese de aquella manera.
Aparté con cariño los mechones que cubrían parte de su rostro y la miré con detenimiento. Estaba mucho más delgada de lo que la recordaba, pero eso no quitaba que siguiese siendo la mujer más bonita de todo el universo. Tragué el nudo de emociones que me carcomía por dentro y vi el movimiento de sus labios al entreabrirse. Ese gesto no pasó desapercibido para ella y descendió sus ojos hasta los míos. Con rapidez, apartó la mirada y apoyó su rostro en mi torso.
—¿Puedes abrazarme?
Me quedé paralizado al escucharla, al recordar lo que me dijo y las ganas que tenía de abrazarme en cuanto llegó a Mánchester. No opuse resistencia, como era obvio, y envolví su cuerpo con más énfasis y una pequeña sonrisa en mis labios. Sin darme cuenta y ensimismado en mis pensamientos con el pequeño halo de luz que comenzaba a vislumbrar, murmuré:
—Por ti, haré lo que me pidas, Enma. Lo que me pidas.
A las nueve de la mañana estaba en el gimnasio golpeando el saco con fuerza mientras Klaus y Luke se encontraban sentados con un café en la mano, en el banquillo de al lado y sin dejar de mirarme.
—¿Vas a cansarte en algún momento? Llevas una hora, y algunos tenemos que trabajar.
—Eres una mierda de contrincante, que lo sepas —le espeté a mi amigo el poli.
Le dio un sorbo a su café y contestó como si nada:
—Prefiero que descargues tu rabia con el saco y ahora te doy dos hostias como Dios manda.
Miró a Luke y puso morritos.
—¿Dónde está la mujer que te tiene tan enfadado? —me preguntó Luke, remangándose las mangas de la camisa. Habíamos hecho las paces la noche anterior, cuando me presenté sin avisar en su casa. No me libré de una buena colleja, acompañada de varios insultos.
—Se ha ido temprano con los niños al centro. Me lo ha dicho mi madre —le respondí con esfuerzo.
Dos golpes más y el saco se tambaleó. Mi teléfono sonó por décima vez en lo que llevábamos de mañana. Helena había estado llamándome desde la noche anterior. Lo vi un poco desmesurado, pues apenas iba a su casa. De hecho, nunca me había quedado a dormir.
Recordar la noche anterior me oprimía el pecho. No había ocurrido nada. Simplemente, nos habíamos abrazado durante quince largos minutos. Sin hablar. Me atrevería a decir que casi sin respirar. Después nos habíamos levantado y, como si no hubiese existido aquel mágico momento, habíamos vuelto a casa con nuestros semblantes circunspectos. El de ella mucho más que el mío.
No fui capaz de quedarme esa noche tampoco; no estando Enma en la puerta de al lado de mi habitación, no tan cerca de mi cama. Me detuve en el borde del colchón y puse los brazos en jarra, mirando las sábanas y pensando en la de veces que habíamos dormido abrazados y enredados. Resoplé, sintiéndome observado por ella. Tenía la puerta del dormitorio de Dakota abierta y me veía perfectamente por el filo que quedaba. Di media vuelta y salí de allí antes de cometer una locura y arrastrarla hasta mi cama.
—¿Durante cuánto tiempo tengo que dejarte la cama en mitad del salón? —me preguntó Luke.
Apoyé las manos en el saco y después la cabeza.
Los días que me había marchado de allí no había estado con Helena, sino que me había plantado en la casa de Luke, y allí me quedaba cuando los problemas o la cabeza me pesaban en exceso.
—No lo sé. Pero si tienes planes —golpeé el saco de nuevo y limpié el sudor de mi frente—, puedo quedarme aquí.
—Alejarte de ella no es la solución —añadió Klaus.
—Quedarme donde está, tampoco —opiné.
—Estás dando lugar a que piense equivocadamente. —Lo miré sin entender. Luke puso los ojos en blanco, para después preguntar como si fuera obvio—: ¿Cómo que estás con Helena?
—Es su pareja. Tampoco sería nada malo —añadió Klaus.
Lo señalé con el dedo.
—Cállate, que todavía te debo una paliza por haberla besado. Y no uses calificativos sin saber.
—También puedes venirte a mi casa —objetó, ignorando mi comentario.
Sabía que entre los dos no había vuelto a ocurrir nada, pero eso no quitaba que me reventasen las entrañas cuando los veía juntos y con aquella complicidad que yo no tenía con Enma. Antes de llegar a mi casa, llamé a Klaus y nos tomamos el primer café a las siete de la mañana en el apartamento de Luke. Aquello era un estercolero. Sobre todo, las noches en las que nos daba por beber o tirarnos en el sofá cama hasta las tantas.
El teléfono volvió a sonar y Luke puso los ojos en blanco. No había que ser adivino para saber qué era lo que pensaba de ella.
—O le coges el teléfono, o descuelgo yo.
—Se cansará, Luke —espeté, y continué con golpes certeros.
—Lo dudo. —Resopló—. Qué mal me cae.
—Lo sabemos —dijimos Klaus y yo al unísono.
Pensé en todos los días que estuve tan insoportable que no fui capaz de cruzarme ni con mis hijos, ni siquiera de olvidarme momentáneamente de ella arreglando el coche; que, por cierto, ya había terminado. ¿Era posible volverme más hermético de lo que ya lo era? Pues sí. La prueba la tenía en mí mismo y en que no había permitido que nadie se entrometiese en mi mal de amores, excepto mis dos amigos.
Me fue inevitable preguntarles por ella a Klaus o Luke cada vez que iban a Galicia a verla, aunque nunca pensé que hubiese cambiado tanto. Tal vez aquel cambio se debió a mi actitud cuando apareció en mi despacho. Sin embargo, sin pretender justificarme, noté dos sentimientos muy distintos al verla: uno era el alivio por tenerla de nuevo delante de mí, y el otro, el sentimiento de coraje por haber sido tan egoísta durante ese año y medio y haberme privado de una simple conversación.
Lo medité durante mucho rato y supe que yo me había comportado con ella de la misma manera y en más ocasiones de las que me habría gustado admitir. No sabía si aquello tenía cura o no. No sabía siquiera en qué posición estábamos y si de verdad sería capaz de rehacer mi vida sin pensar o imaginar que era ella.
Un roce en mi nariz provocó que echase la cabeza hacia atrás.
—Espabila, ¡mamonazo!
Fruncí el ceño y aproximé mi derecha al costado desnudo de Klaus.
—No van a impresionarme tus músculos —añadí con arrogancia.
—Ni a mí los tuyos, ¡bufón! —me vaciló.
Escuché un chasquido de la lengua de Luke y después el sonido del teléfono de nuevo. El resoplido por su parte fue muy grande, y extendió la mano para cogerlo. No le presté mucha atención, aunque sí lo escuché:
—No. No está. —Pausa—. No puede ponerse. Le diré que te llame. Y, por favor, si no estás muriéndote, no lo llames más. Pesada.
Ese «pesada» lo dijo mientras se quitaba el teléfono de la oreja y colgaba, lo cual quería decir que lo habría escuchado casi seguro.
—¡Uno a cero! ¡Ja!
No me percaté de la procedencia del golpe, pero me tiró de espaldas. Al chocar con la colchoneta, sentí un punzante dolor en la misma zona donde me había clavado la piedra la noche anterior. Klaus elevó el puño, victorioso, y me levanté resoplando como un toro. Alcé las manos y me quité los guantes con rapidez.
—¡Voy a machacarte!
Me abalancé sobre él con un grito de guerra y embestí en su costado con mis hombros. Lo tiré al suelo y comenzamos a darnos hostias sin miramientos. Una de ellas me dolió de verdad y lo miré con mala cara.
—¡Te has quitado los guantes! —exclamó, intentando librarse de mi llave, que lo tenía sujeto en el suelo. Mi brazo presionó su garganta y Klaus golpeó la zona con brío.
—Menudo policía de mierda estás hecho.
Rio como un demente y me sujetó por los huevos con tanta saña que me dejó sin respiración. Caí de rodillas, notando que me costaba respirar.
—A eso lo llamo yo jugar sucio —apuntó Luke, mirando su teléfono.
—¡Me has agarrado de los huevos!
—¡No me soltabas! —se quejó, y elevó las manos.
—Si le quitas el carné de padre, tampoco pasa nada. Ya tiene tres. —Luke rio y le lancé mi camiseta del suelo, llena de sudor. Hizo una mueca de asco y la apartó.
Klaus extendió la mano para ayudarme a levantarme y la acepté, pero tiré de ella y conseguí atraparlo bajo mi cuerpo. Me puse a horcajadas encima de él y elevé el puño. Escuché cómo negaba a gritos, sabiendo que eso terminaría en un cardenal. Alzó las manos pidiendo clemencia mientras los dos chillábamos.
—Tres… —canturreé.
—¡Ni si te ocurra ponerme el ojo morado, que te mato! —vociferó.
—Dos… —canturreó Luke.
—¿Por qué lo apoyas a él si yo te caigo mejor? —le preguntó Klaus a Luke, moviendo un poco su cuello en el suelo.
—¿Te cae mejor él? —Miré a Luke, quien movió los hombros, dándome a entender que se lo había inventado. Entrecerré los ojos en dirección al rubio—. Uno…
—Envidioso —murmuró.
Incliné el puño más; puño que se detuvo a mitad de camino cuando escuché:
—¿Qué estáis haciendo?
7
—¿Por qué tienes esa herida en la espalda?
Mi madre aligeró el paso y se colocó detrás de mí después de sus dos preguntas atropelladas. Enma nos miró de soslayo, pero no dijo nada.
—¡Tío Klaus, machácalo!
El aludido sonrió desde el suelo y Lion se tiró encima de él.
—Traidor —le dije.
—¿Edgar? —preguntó mi madre detrás de mí. Me quejé cuando me tocó el corte sin delicadeza alguna—. Esto está infectado.
—Ahora me lo curaré. No es nada —le resté importancia.
Mis ojos se desviaron hacia la rubia, que besaba la mejilla de Luke con cariño y me contemplaba de reojo. Aprecié algo parecido al enfado y las palabras de mi amigo resonaron con fuerza en mi cabeza. Luke me miró y movió los labios de manera imperceptible. «Te lo dije», pude leer en ellos. Enma se acercó a Klaus, que ya estaba de pie, y mi amigo pasó su enorme brazo por sus hombros. Aparté la mirada unos segundos cuando mi madre trasteó en mi espalda.
—Parece que te has hincado algo…
—¿Vale ya? Me ha quedado claro que tengo una herida —renegué, y la miré mal.
—Qué gruñón eres, ¡de verdad!
Me giré para contemplar a Enma, que seguía inmersa en mí, sin darse cuenta. Cuando nuestros ojos se cruzaron, los apartó con rapidez como si no la hubiese visto. Sonreí interiormente al ver que sus mejillas se sonrojaban.
—¿No tenéis que iros a trabajar? —pregunté como si nada, evidentemente para que el rubio dejara de estar tan cerca de ella.
Enma guio sus ojos a Klaus y este sonrió con picardía, para después rascarse la cabeza. Se colocó la camiseta que Luke le había lanzado y le dio un beso en la mejilla a la mujer que tenía delante. Mis ojos no se despegaron de ellos. Los escuché a la perfección, a pesar de que Dakota ya pasaba de brazo en brazo hasta llegar a mí.
—No te veré hasta dentro de una semana. Como no has querido ser mi acompañante… —le dijo ella con una sonrisa.
Klaus le recogió un mechón de cabello detrás de la oreja y ese gesto me puso enfermo. Dakota llamó mi atención colocando sus manitas sobre mis mejillas para que la mirase.
—Me quedo con que te lo pasarás en grande, te reirás mucho y cogerás muchas cogorzas a nuestra salud.
Ella rio con sinceridad y me ardieron las venas.
—Tendré que buscar un método de distracción.
—Siempre te quedará el energúmeno para que te acompañe.
—¡Yo no soy ningún energúmeno! —ladré sin poder detener mi lengua.
Los dos me miraron y el resto callaron, menos los niños, que revoloteaban por la estancia. Klaus movió la cabeza de un lado a otro y rio con ganas mientras Enma hablaba con saña:
—Él ya tiene pareja que lo acompañe. —Cambió su tono de manera radical cuando volvió a dirigirse a él—: Nos vemos cuando vuelva.
Le dio un beso en la mejilla después de aquel comentario cortante y salió del gimnasio sin mirar atrás. Luke esperaba en la puerta. Me miró, indicándome que era hora de correr. Suspiré y dejé a la pequeña en brazos de mi madre, muy a su pesar. Lloriqueó y la miré un segundo.
—Ahora mismo vuelvo, princesita.
Besé su mejilla con énfasis y salí de allí a galope, escaleras arriba y en busca de la mujer enfadada con la vida. Entré en «nuestro» dormitorio y la vi en el vestidor moviéndose de un lado a otro. Me detuve en el marco de la puerta y crucé mis brazos a la altura de mi pecho para mirarla. Ella me ignoró, como si no estuviese, y siguió metiendo cosas en la maleta.
—¿No teníamos una tregua? —le pregunté, allanando el terreno al ver que no decía ni una sola palabra.
—Que yo sepa, no. Un abrazo no es una tregua. Es un sentimiento de necesidad y punto. No hay que darle más vueltas.
Me callé durante unos instantes, pues para mí ese abrazo había sido mucho más. Había sido mi esperanza olvidada, y sabía que para ella también había significado mucho.
—¿Por qué estás tan cabreada?
Dejó la ropa en la maleta y escuché desde la distancia su gran resoplido. Aun así, no contestó de inmediato. Le permití el tiempo justo, pero antes de avasallarla de nuevo, habló:
—Yo no estoy enfadada.
Continuó con sus quehaceres, ignorándome. Sin pensarlo más, solté a bocajarro:
—He estado en la casa de Luke. Siempre voy allí cuando no estoy en casa.
Detuvo sus movimientos, de espaldas a mí, colocó sus manos en jarra y se giró. Continuábamos a una distancia prudencial. Me observó con recelo, aunque yo sabía que había cierto interés bajo esa capa de indiferencia.
—¿Y?
Moví los hombros, sin saber muy bien por qué había dicho aquello y por qué me respondía de esa manera tan desinteresada.
—No he estado con Helena.
Alzó una ceja.
—Edgar… —suspiró—. No te he pedido que te justifiques ni quiero que lo hagas. No me importa. ¿Lo entiendes?
—Eso no es verdad —espeté con una pequeña y desquiciante risa.
—Sí. Sí es verdad.
Di un paso hacia ella con precisión y retrocedió casi sin mirarme, girándose hasta darme la espalda.
—Déjame. Necesito terminar de hacer la maleta.
Al llegar a su altura, cerré la tapa con un breve movimiento, me coloqué detrás de ella y acerqué mi rostro a su lateral derecho. Permaneció estática al notar mi presencia, hasta que desvió la mirada lo justo para encontrarse con mis ojos.
—Dímelo.
Alzó la barbilla con chulería y apretó los labios.
—¿Qué tengo que decirte?
—Dime que te quedas conmigo y le doy la vuelta a mi vida en un pestañeo —adjudiqué, seguro de mí mismo y sin pensarlo.
No se movió. Tampoco supe descifrar su gesto. Había cambiado tanto que ya no me parecía un libro abierto, sino todo lo contrario, muy a mi pesar. Se apartó y tiró las prendas de malas formas sobre la maleta cerrada. Atravesó el vestidor y salió de allí, tratando de alejarse a toda costa.
—No huyas más —insistí, dándole alcance.
Sostuve su muñeca y la volví de cara a mí, pero se soltó con malas formas y retrocedió. Sin embargo, avancé con decisión y una mirada perturbadora. Alzó la mano y me advirtió:
—Déjame ya, Edgar. No tengo ganas de otra bronca, y no haces más que buscarla.
Continuó retrocediendo, hasta que sus piernas toparon con el borde de la cama. Sonreí victorioso al encontrarme tan cerca, viendo que no tenía escapatoria. Elevé la mano para tocarla. Al mover la suya para que no llegase a hacerlo, perdió el equilibrio y terminó tumbada en el colchón. No me lo pensé y la apresé bajo mi cuerpo. Coloqué los brazos a ambos lados de su cabeza y la observé con chulería.
—¿Qué vas a hacer ahora?
—Apártate —bufó bajo.
—No quieres que me aparte.
Entrecerró los ojos, pero la tensión de nuestros cuerpos tan unidos y de aquella manera pudo más con el momento y el estúpido cabreo que acarreaba desde que volvió. Nos observamos durante una eternidad con tanta intensidad que la conexión fue irrompible. Deseé besarla, hacerla mía de mil maneras distintas y no salir de la habitación hasta que llegase la hora de marcharnos a Londres al siguiente día. Vi que sus labios se entreabrían y aproveché la oportunidad para descender mi boca, hasta que quedó muy pegada a la suya. Su respiración estaba descompasada; tanto como la mía, tanto como mis sentidos. Noté el bulto de mi entrepierna crecer con fervor y me clavé en ella sin querer remediarlo. Un pequeño jadeo ahogado salió de su garganta. Al moverse, sus labios rozaron los míos.
—No lo hagas —me suplicó sin dejar de mirarme.
—¿Por qué? —musité, y apresé su labio inferior con los dientes.
Tiré de él y se revolvió. Apoyó sus delicadas manos sobre mi pecho desnudo y creí desfallecer cuando ese contacto me provocó una corriente olvidada. Me clavé de nuevo en ella, pensando que lo único que nos separaba era la ropa.
—Porque no —susurró, tan deseosa como yo.
Sentí sus piernas apretarse sin querer a mis costados y sonreí con superioridad al ser consciente de que estaba igual de caliente.
—Me apuesto todo lo que tengo a que estás mojada —añadí con la voz ronca.
Desvié la trayectoria de mi boca hacia el lóbulo de su oreja, tiré de él y jadeó de nuevo. Oí el sonido de su garganta al tragar saliva, seguido de una respiración entrecortada que pedía a gritos que devorara esa boca. Moví el rostro y rocé con la punta de mi nariz la suya. En ese momento abrió los labios, tan jugosos como de costumbre, tan hambrientos como los míos.
—Edgar… —jadeó cuando impacté mi pelvis de nuevo.
—Voy a follarte, Enma. No lo aguanto más.
En sus ojos atisbé lujuria y negación a partes iguales. Desconecté mis pensamientos morales y descendí mis manos hasta colarlas por el bajo de su camiseta. Sentí sus piernas apresarme más y su respiración acelerarse por mi contacto. Los dedos me ardieron al tocar su vientre, y una necesidad de besarla me corroyó hasta morirme, por lo que busqué sus labios y después lo hice con sus ojos, que me observaban dándome a entender que la lujuria había ganado la batalla. Me aproximé con lentitud y… ni siquiera escuché que la puerta del dormitorio se había abierto.
—¡Oh! ¡Lo siento! —Bufé, a punto de perder los estribos, y miré a mi madre sin moverme. Enma se revolvió, zafándose—. Solo venía a curarte la herida y… ¡Oh, joder! —Se tapó la cara con ambas manos después de soltar aquello de carrerilla mientras Enma salía de la habitación muerta de vergüenza y sin mirar a mi madre.
Me senté en la cama para calmarme unos minutos; tal vez fueron mucho más de los que pensaba. Necesitaba una ducha de agua fría antes de irme a la oficina.
Una hora después y sin haberla visto antes de salir, estaba en Waris Luk para terminar de organizar unos papeles y recoger las cosas importantes que necesitaría para el viaje de esa misma noche. Me senté en la silla y pensé que tampoco sería tan malo beberse un vasito de whisky a las doce y media de la mañana. Abrí la botella y vertí un poco del líquido, y me olvidé de que comenzaron a pasar las horas y las horas. Sin haber hecho una pausa, miré el reloj y me di cuenta de que la noche se acercaba.
—¿Qué celebramos?
La voz de Helena me hizo levantar la cabeza y sentirme mal al instante; no por ella, sino por Enma. Me sentía mal por tener a alguien en mi vida, aunque fuese de la manera en la que yo estaba con Helena. Por haberle hecho caso y no haberla buscado, cuando tal vez no habría sido tan malo ir a buscarla y hacer que regresara a rastras, aunque el método no fuese el más apropiado.
Me fijé en sus andares decididos y firmes, en su mirada felina enfocada en su presa; esa presa que continuaba sentada en el sillón, con las manos entrelazadas y postura arrogante. Sí, seguía teniendo el mismo carácter con casi todo el mundo. Así estaban las cosas. Se situó a mi lado y no moví la silla. Fue a coger mi vaso, pero lo separé con un pequeño movimiento. Puso morritos y, a continuación, se colocó una de las manos en la cintura.
—¿Y bien? —se interesó, y repiqueteó con sus dedos sobre la mesa.
—Nada. No celebramos nada.
—Mmm… —Se inclinó para besarme y la miré a los ojos. Era guapa, pero también muy interesada—. ¿No vas a besarme?
—Estoy trabajando —la corté tajante.
Hizo una mueca de disgusto con los labios, se separó y apartó la mirada.
—¿Por qué tienes que ser tan arisco?
—Helena, ahora no puedo entrar en una estúpida discusión —sentencié, sujetando la montonera de papeles.
Apretó los dientes y me observó con los ojos vidriosos.
—¿Sabes? Llevo cuatro meses quedando contigo cómo, cuándo y dónde tú quieres. Me muestras menos cariño que ni sé, ¡ni siquiera sé si somos algo! —se desesperó—. A veces te pillo de buenas, pero el noventa por ciento de las veces eres la persona más seria que he conocido en mi vid…
La corté:
—Te he dicho que no tengo tiempo. Lo hablaremos en otro momento.
—¡Si ni siquiera eres capaz de mirarme cuando nos acostamos! ¡No te entiendo, Edgar! —Su voz fue subiendo de decibelios, algo que no me agradó—. ¿Soy tu pareja o tu juguete? —Rio al hacer aquella pregunta. Con un sarcasmo que no había escuchado nunca, terminó—: ¡Qué cosas digo! A saber cuántos juguetes tendrás.
Aparté un papel y cogí el siguiente. Le di un trago a mi vaso y sentí su presencia delante de la mesa. Escuché un bufido, así que alcé la cabeza y me la encontré con un cabreo monumental en su rostro.
—¿Puedes, por favor, aunque sea contestarme?
Eché mi cuerpo hacia atrás y suspiré con fuerza, penetrándola con la mirada. Apartó sus ojos con incomodidad cuando percibió mi escrutinio.
—Si tanto te molestan todas esas cosas —le señalé la puerta—, ahí tienes la salida. Eres libre de irte cuando quieras.
—Pero… Edgar… —musitó.
Volví al trabajo con ganas de terminar y desconecté. Los ojos me escocían del cansancio y se hacía de noche con rapidez. Se quedó petrificada en el sitio y no volví a escucharla. A quien sí oí fue a Luke:
—No cierres, David, ya lo hago yo.
Escuché que palmeaba su espalda y entró en el despacho sin pedir permiso. Pobre de aquel muchacho, que se las comía dobladas y no rechistaba. De ahí que le hubiese subido el sueldo a casi el doble. Escuchaba y tragaba lo suyo, y eso no estaba pagado. Ya me lo dijo Enma infinidad de veces cuando trabajó conmigo.
Alcé el mentón y vi que movía la cabeza como saludo en dirección a Helena. Otra voz, más bien una risa risueña y resuelta, provocó que toda mi atención se enfocara en la puerta cerrada, y obvié lo mal que a Luke le caía Helena.
—¿Está aquí? —Mi tono salió casi desesperado, sin que pudiera evitarlo. Había estado el veinte por ciento del día pensando en el lanzamiento, y el ochenta, en ella.
Los ojos de Helena no mostraron nada, aunque supe que se había dado cuenta. Me levanté como impelido por un resorte. Antes de rodear la mesa, la mano de Helena me sujetó del brazo. Lo frotó con cariño y después lo besó.
—No vamos a enfadarnos, ¿vale? Sé que estás cansado y que tienes mucho trabajo con todo esto del nuevo… trasatlántico. No ha sido el mejor momento para mantener esta conversación. —Se elevó de puntillas y le dio un casto beso a mis labios que no respondí. Cuando quise darme cuenta, Enma estaba en la puerta. Al vernos, desvió los ojos hacia otro punto. Helena lo hizo en su dirección y apretó los dientes de manera disimulada. Me prestó atención y tocó mi mejilla para que la mirase—. ¿Nos vemos luego en mi casa?
Lo hice de mala gana y la observé sin decir nada. El silencio se hizo dueño del despacho, y la tensión también.
—No lo sé. —Me separé de su contacto y me dirigí a Luke, sin quitarle los ojos de encima a Enma—. ¿Ha pasado algo?
Mi amigo me contempló con chulería. Balanceó los pies con las manos metidas en los bolsillos y miró con desdén a Helena.
—Necesitamos renegociar. —La interpelada por aquella mirada no se movió, pero él no tuvo remordimientos para decir lo que pensaba—: A solas.
Enma seguía inmersa en el gran ventanal de mi despacho, sin mirarnos y contemplando las vistas de la ciudad. Imaginé sin querer lo que sería que la ciudad viese su cuerpo desnudo en la misma posición, conmigo detrás de ella apoderándome de sus sentidos.
Deshice el nudo de mi corbata, que me asfixiaba, y me giré. Vi salir a Helena del despacho murmurando un simple «Claro» cargado de retintín. Giré sobre mis talones y me coloqué en el borde de la mesa, con los brazos cruzados sobre mi pecho. Luke se encaminó hacia el mueble del bar y cogió dos vasos más al advertir que yo ya tenía uno a mi lado.
—Hemos visto la oportunidad de invertir en un nuevo negocio. Nada de involucrarnos, solo sería una inversión que favorecería a la cadena.
—¿Ya vas a decirme que la mejor opción es que fusionemos Evanks y Waris Luk? —le pregunté socarrón.
Mi rubia seguía sin girarse. Sonreí de manera tímida al darme cuenta de ese pensamiento posesivo.
—Nada me gustaría más en esta vida, pero ya sabes que las medias…, ni para las mujeres. Se trata de una empresa textil que ha abierto hace poco en Mánchester.
—¿Textil? —me extrañé—. ¿Qué tiene que ver eso con nosotros?
—Es una oportunidad de venta, lo mires por donde lo mires, además de publicidad. Y dudo mucho que con los encantos de nuestra colaboradora —apuntó a Enma—, no vayan a querer hacer negocio.
Puse mala cara al adivinar que ese trato habría que hacerlo con un hombre. Luke sirvió las copas y la llamó para que se sentase.
—O también puedo cerrarlo yo con mis encantos particulares —aseveré con tono hosco.
—Eres un gruñón. El tipo viene mañana al crucero. Me he permitido el lujo de invitarlo sin preguntar.
—¿Podemos discutirlo en otro momento? —le pregunté, sin quitarle los ojos de encima a Enma, que le daba un largo trago a su vaso de whisky.
—Sí —se apresuró a decir Luke, alzando la mano y quitándole el vaso de los labios a su amiga—. Últimamente…, te bebes hasta el agua de los floreros. —Movió la cabeza de lado a lado con gracia—. Solo hemos venido para avisarte de que estará allí mañana. Se llama Stefan Gillies.
Aprecié un gesto de extrañeza en el rostro de Enma, sin embargo, no pronunció ninguna palabra. La escruté largo y tendido. Llevaba un pantalón corto a conjunto con una blusa blanca suelta y algo transparente. Repasé sus largas piernas desde las sandalias con un buen tacón hasta sus ojos, que esa vez sí me enfocaban. Sonreí sin llegar a mostrarle los dientes. Ella apretó los labios y desvió la mirada. Se revolvió incómoda y sonreí con más amplitud.
—Entonces —me levanté de mi asiento—, creo que tenemos que irnos. Hay ciertas personas que están esperándonos con una pizza doble de queso.
Enma se levantó y dio dos pasos hasta llegar al lado de Luke.
—Sí. Yo creo que también me marcho. —Miré a mi amigo, que me sonreía—. Nos vemos mañana en el aeropuerto. —Se giró para darle un beso a Enma y esta se asombró—. Buenas noches, rubia.
—¿No me voy contigo? —le preguntó desconcertada.
—No. Vete con él. No te preocupes por mí, estaré bien.
Esto último lo dijo cuando ya salía por la puerta del despacho, despidiéndose con un gesto de su mano en el aire y sin darle pie a que se pronunciase. Enma abrió la boca para protestar, pero la cerró a la misma velocidad. Estaba muy guapa cuando la pillabas fuera de juego. Estaba muy guapa de cualquier manera.
Al momento, se dio cuenta de que Luke la había llevado allí para dejarla a solas conmigo y que lo de renegociar había sido una excusa barata. Ya se lo agradecería más adelante.
—¿Nos vamos? —le pregunté, cogiendo las llaves del coche y el teléfono móvil de la mesa.
—No es necesario. Cogeré un taxi.
Se giró con mucha rapidez, aunque yo la apresé de la muñeca antes.
—No vamos a empezar con esto. Se acabaron las discusiones.
—Suéltame —me pidió, arrugando el entrecejo—. Me voy en un taxi y punto.
Bufó y yo chasqueé la lengua.
—Está bien, nena, tú lo has querido.
—No me llames ne… ¡Edgar!
Gritó cuando cogí su cuerpo y lo cargué en mi hombro izquierdo. Golpeó mi espalda con sus manos, y pensé que no me vendría mal regalarle un saco de boxeo para que lo pusiese al lado del mío. Con cada golpe que daba, más me reafirmaba en mi decisión de no permitir que se escapase de nuevo; esa vez, me costase lo que me costase.
—Para —le pedí, y golpeé su cachete con fuerza.
Gritó.
—¡Bájame! Tengo piernas para andar —se quejó.
Sonreí al ver que no hacía alusión a mi golpe en su trasero.
—Tienes dos opciones: o te calmas hasta que lleguemos al garaje, o sigues gritando y dándome hostias en la espalda, pero ten claro que no voy a soltarte. Ni ahora ni nunca.
Detuvo sus golpes, conocedora del doble significado de aquella frase. No la vi, aunque noté la tensión en su cuerpo. Sostuve con fuerza sus piernas y tuve la tentación de sacar mi lengua y empezar a lamer desde el empeine hasta su boca. Pulsé el botón del ascensor y, cuando las puertas se cerraron, la bajé. Sujeté sus hombros cuando se movió hacia atrás y la miré profundamente. Tenía los labios entreabiertos y un gesto de enfado que derretiría a cualquiera. Metí su cabello rubio por detrás de aquellas hermosas orejas y me entretuve con el tacto de su piel.
Nuestros ojos se cruzaron y me vi en la necesidad de no pedir permiso. Aproximé mi boca sin duda alguna a la suya y me apoderé de ella, notando que no oponía resistencia. Mis manos enmarcaron sus mejillas en un vano intento por fundirlas con mi piel. Las suyas apretaron en puños mi camisa y, seguidamente, se colgaron de mi cuello en un acto desesperado.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, no podía dejar de besarla. Una de mis manos descendió hasta su cintura al estar seguro de que no saldría corriendo y la apresé con fuerza, deseando que su ropa y la mía desapareciesen; aunque fuese en aquel garaje, aunque después de tanto tiempo se mereciese algo mejor. Deseaba mimarla, besarla y fundirme en ella hasta que muriese, hasta que no pudiese respirar.
Su lengua buscó la mía y sonreí en su boca, sabiéndome vencedor. Una de sus manos se quedó en mi cuello y la otra fue a mi cabello, provocando que el beso se intensificara más y más. No supe en qué momento nos detuvimos, pero lo hicimos y nos miramos a los ojos con la respiración agitada. Alcé el rostro al notar una presencia más allí.
—Estaba esperándote, pero da igual —musitó con congoja Helena, apoyada en la puerta de su coche. Las lágrimas corrían por sus mejillas a una velocidad de vértigo.
Enma se giró como un huracán y me soltó, ocasionando que ese acto me enfadara. No dije nada.
—Helena… —susurró Enma con pesadez en su voz. Sabía que a ella le afectaba aquello más que a nadie, por mucho que le hubiese insistido en que no había sido nunca mi segundo plato.
—Nos vemos mañana —murmuró Helena, sin hacerle caso a Enma y mirándome a mí. Se metió en el coche y salió de allí sin mirar atrás.
Enma se giró y pude ver un atisbo de reproche en sus ojos por no haber movido ni un músculo. Sin embargo, no me importó, pero más me cabreó que nuestro contacto se hubiese roto. Tragó saliva y sentí un pinchazo en el pecho cuando dijo con familiaridad:
—Vámonos a casa. Los niños estarán esperándonos.
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