Kitabı oxu: «El reencuentro»
Annabeth Berkley
El reencuentro

© Annabeth Berkley
© Kamadeva Editorial, diciembre 2021
ISBN ePub: 978-84-124240-4-1
www.kamadevaeditorial.com
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Con todo mi cariño a esas personas
que se atreven a seguir su voz interior.
«La sorpresa más deliciosa de la vida
es reconocer de repente su propio valor».
Maxwell Maltz
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El reencuentro
El reencuentro
«¿Es posible que el día vaya peor?», se preguntó Gianna Sullivan Vitale saliendo del hospital con un molesto dolor de cuello.
Siguiendo el orden, a primera hora de la mañana la habían despedido sin contemplaciones después de diez años trabajando en una prestigiosa empresa de bienes raíces. La razón que le dieron fue la falta de trabajo, aunque ella intuía que se debió a la nueva esposa del jefe y sus celos infundados. Había sido mucha casualidad que solo hubieran despedido a las tres mujeres que había en el departamento para sustituirlas, antes de que salieran por la puerta, por tres becarios masculinos.
Al salir de la empresa, el tacón de uno de sus preciosos y costosos zapatos se había enganchado en la acera y se le había roto. Había caído de rodillas delante de algunos de sus ya excompañeros. Se las sacudió como si nada hubiera pasado y fue cojeando hasta su coche, tratando de mantener la dignidad cuando solo tenía ganas de llorar.
De camino a casa, y tras comprarse unos nuevos zapatos, había tenido un aparatoso accidente de coche que la había llevado a ella al hospital a pasar la tarde y al coche al desguace, directamente.
Ante un semáforo en rojo, el coche que iba detrás había colisionado con ella y la había empotrado contra el que tenía delante. Afortunadamente estaba en punto muerto y el impacto no había sido muy fuerte, aunque sí lo suficiente como para que su coche pareciera un acordeón y se lo llevara la grúa sin posibilidad de arreglo alguno.
A esas horas, solo quería meterse en la cama. Estaba cansada, triste y abatida.
Había llamado a su recién proclamado exnovio para que fuera a recogerla, pero no le había cogido el teléfono, así que tuvo que utilizar el transporte público en hora punta para llegar a su casa.
Hacía solo una semana que habían roto la relación de tres años que mantenían, pero seguían llamándose todos los días. La falta de tiempo había sido la principal causa de la ruptura, por lo que no era incómodo, de momento, seguir manteniendo el contacto.
Le había pillado por sorpresa la llamada inesperada de Billy a mitad de una mañana de domingo. El «tenemos que hablar» con el que empezó la conversación había acabado en una inevitable ruptura. Le había sorprendido más que dolido. Apenas se veían. Ambos trabajaban muchas horas y vivían en puntos opuestos de la ciudad pero, si en esos tres años no habían encontrado motivos para eliminar las distancias, evitar la ruptura por ese mismo tema habría sido absurdo.
De cualquier manera, se había acomodado y acostumbrado a una relación sin apenas contacto. Siendo sincera con ella misma, sabía que la relación tenía los días contados y que se rompería en cuanto uno de los dos quisiera sentir algo más… pero le había contrariado igualmente.
¿Qué esperaba Billy? ¿Más ilusión? ¿Más pasión? ¿Más vida? ¿Podría darse eso en una relación? «Quizá», suspiró.
Estaba deseando darse una ducha, meterse en la cama y no despertar hasta el día siguiente.
Casi de noche, Gianna entró molesta, dolorida y frustrada en su bonito y funcional apartamento. Dejó las llaves y el bolso en el aparador de la entrada y fue decidida a su dormitorio. Se quitó los zapatos nuevos, se desnudó y se metió bajo la ducha.
Necesitaba que el agua la despejara y le ayudara a pensar con claridad.
Se enjabonó con fuerza el cuerpo, se limpió bien la cara y se lavó el pelo. No quería ninguna mala sensación pegada a ella. Parecía que un velo oscuro la envolviera.
Sin coche y sin trabajo. Suspiró. El coche probablemente se lo repondría el seguro en un tiempo pero, ¿el trabajo? Por lo menos el dinero que le habían dado por el despido sumado al de sus ahorros le daba la oportunidad de estar un tiempo sin la necesidad de aceptar la primera vacante que encontrara. ¿Qué tal buscar un trabajo que realmente le gustara? ¿Por qué no? Llevaba unos días dándole vueltas a la posibilidad de cambiar de trabajo y ahora tenía la oportunidad y la obligación de hacerlo. Sabía que podía llegar muy lejos. Era ambiciosa y muy responsable. Se organizaba muy bien y no le importaba trabajar duro.
Le pareció sentir cómo la rabia en forma de humo le salía por la cabeza, así que siguió bajo la ducha todavía un rato más.
Salió cuando escuchó el timbre del teléfono. Se refugió en su albornoz y se envolvió, con prisa, el cabello en una toalla.
Reconoció el número. No se lo sabía de memoria pero, cuando era tan largo, solo podía ser su abuela materna desde Italia. No tenía apenas trato con ella, pero la mujer a la que apenas recordaba, la llamaba de vez en cuando.
—Hola Gianna, ¿cómo estás? —le preguntó con su melosa voz y su característico acento italiano.
—Hola, abuela —le saludó extrañada por la pregunta tan directa—. Estoy bien, ¿y tú? —No pensaba entrar en detalles.
—¿Me podrías hacer un favor importante?
Gianna se extrañó por la pregunta. Nunca le había pedido un favor. Realmente nunca le había pedido nada, ni siquiera que fuera ella la que llamara alguna vez…
—Sí… Supongo…
—Un amigo de la familia falleció. Nos acabamos de enterar… El funeral es mañana en Salem, al norte de Boston, a tus siete de la tarde.
Gianna parpadeó extrañada.
—¿Quieres que vaya al funeral de un desconocido?
—No, Gianna, no es un desconocido. Es un amigo muy querido de la familia. Te pido el favor.
—De acuerdo… —aceptó, confundida.
¿Qué iba a hacer ella allí? El funeral de un desconocido, yendo en nombre de una familia a la que apenas conocía… Pensó que era el perfecto final para un día horrible. No le apetecía ir, pero sentía que no podía negarse y realmente tampoco tenía nada mejor que hacer al día siguiente.
No tenía mucha confianza ni mucho trato con la familia de su madre, y no le importaba seguir así. Nunca se había planteado establecer contacto estrecho con una familia que apenas se había interesado por ella. Su madre había muerto cuando ella era una niña y su padre apenas hablaba de ellos.
Después de hablar de cosas superfluas, colgó la llamada con el ceño fruncido. Acababa de recordar que no tenía coche. Su abuela le había dicho que debía ir al norte de Boston…, a Salem. ¿Salem? Eso le recordaba a algo sobre brujas pero, ¿a quién le importaba? Resopló. Tendría que ir en tren. Encendió su ordenador para comprar el billete. Solo tenía ganas de meterse en la cama.
Miró el itinerario. Había media hora de distancia. Por lo menos estaba cerca. Y el funeral era a las siete… Estuvo planteándose los horarios. No le gustaba ir con prisas a los sitios, aunque no tuviera nada que hacer. Se llevaría un libro para el camino. Si cogía el tren de las cinco y media, tendría una hora para encontrar la iglesia donde se celebraba y que había apuntado siguiendo las instrucciones de su abuela. A la vuelta podía coger el de las nueve. Le dio al botón de comprar y miró el teléfono que había empezado a sonar.
—¡Billy! —Cogió el teléfono aliviada—. Te llamé antes.
—Estaba en una reunión —le explicó tranquilo y cordial, como siempre—. ¿Querías algo?
Gianna se alejó de la mesa donde estaba el ordenador y se sentó en el sofá subiendo las piernas, encogida.
—Tuve un golpe con el coche. Se lo llevó la grúa.
—¿Estás bien? ¿Necesitas que vaya a tu casa?
—No, no hace falta —le respondió sintiéndose triste.
Claro que no necesitaba que fuera a su casa, pero no le hubiera importado un abrazo, una palabra amable…
—Si quieres voy, pero tardaré en llegar. Hoy es viernes. Hay mucho tráfico.
—De verdad, no hace falta —insistió baja de ánimo—. El coche se lo llevó la grúa —le repitió.
—Ya me lo has dicho, pero lo que importa es que a ti no te ha pasado nada..
Gianna asintió con la cabeza. Realmente tenía razón.
—También me han despedido —le contó abatida.
Empezaba a sentirse peor por momentos. Más desanimada y triste.
—Seguro que encuentras trabajo enseguida.
—Seguro que sí —le respondió ella sin tenerlo tan claro como parecía que lo tenía él.
No quería que la animaran. Quería que la compadecieran, que le pasaran el brazo por los hombros, que le permitieran desahogarse y sentirse mal.
—¿Quedamos mañana por la tarde? —le preguntó Billy sin dar mayor importancia a lo que le había pasado.
—Tengo que ir a Salem.
—¿Qué se te ha perdido en Salem? Nunca te han gustado las brujas.
—Voy a un funeral. Un amigo de mi abuela.
—¿La italiana? ¿Y por qué vas?
—Porque me lo ha pedido.
—Pero si apenas hablas con ella.
—Pero es mi abuela. —Se sorprendió con la fuerza con que la defendió—. Es mi familia.
—Una familia a la que no conoces y que te llama ¿cuánto? ¿Una vez al mes? ¿Cada dos meses?
—¿Y a ti qué más te da cuándo me llaman? —le preguntó molesta y extrañada por querer aferrarse a ella.
Quizá en esos momentos necesitaba sentir que tenía familia, aunque no la conociera, aunque estuviera lejos.
—No te enfades, Gianna —le respondió serio—. Es solo que no tienes coche y dices que quieres irte mañana a Salem. ¿Irás en tren?
—Sí —le respondió. Qué remedio le quedaba si él no se había ofrecido a llevarla—. Acabo de comprar los billetes. Saldré a las cinco.
—Entonces nos veremos el domingo, si quieres. Ya te llamaré.
Gianna asintió despidiéndose malhumorada. No esperaba que Billy se hubiera ofrecido a acompañarla, pero era lo que le habría gustado. Podría haber ido a casa. Podría haberla abrazado, consolado por el accidente y la pérdida del trabajo. Podría haberse ofrecido a acompañarla al funeral, a Salem. Podrían haber ido juntos a pasar el día. Seguro que había cosas por ver. A ella nunca le habían llamado la atención las leyendas de brujas. Sabía que Billy recelaba mucho de todas esas cosas, pero se trataba de acompañarla. Un novio debería hacer todo eso, ¿no? Claro, por eso era su exnovio, se recordó. Si siendo novios no la acompañaba casi nunca, ¿qué esperaba si ya habían dejado la relación?
Se levantó enfadada. Cerró el ordenador después de verificar la compra. Apagó la luz y se fue al cuarto de baño. No tenía ganas de comer nada. Billy podría haberla invitado a cenar, aunque fuera viernes. Resopló. ¿Por qué había consentido que cenaran juntos solo los sábados? La monotonía y el aburrimiento habían acabado con su relación, sin duda.
Se secó el cabello con el secador mientras pensaba en Billy. Se habían conocido en la universidad, pero no habían formalizado la relación hasta hacía tres años. Había sido un noviazgo cómodo y agradable. Ella siempre se había dejado llevar. Su padre había empezado a viajar por temas laborales y la soledad le pesaba como una losa, así que cuando un chico tan educado y formal como Billy decidió pasar de la amistad a la relación de pareja, le pareció bien. Supuso que la misma falta de pasión con la que aceptó el comienzo de la relación fue lo que acabó con ella. Suspiró mientras se miraba en el espejo. Su largo cabello castaño le quedaba perfectamente peinado. Eso le gustaba más que las ondas rebeldes con las que se levantaba cada mañana.
Estaba metida en la cama cuando recordó el vaso de agua que bebía antes de acostarse cada noche por algo que había leído sobre sus beneficios. Resopló fastidiada. Dio la luz de la mesilla y salió, disciplinada como era, para cumplir con una de sus costumbres autoimpuestas.
Al volver al dormitorio se asustó. Se quedó parada. Su pulso se había acelerado y estaba segura de que habría perdido el color de la cara. En un rincón de la habitación había una sombra enorme con la silueta de un ángel. No se atrevía a moverse, casi ni a parpadear. Buscó con la mirada de dónde provenía esa sombra. Se tranquilizó cuando se dio cuenta que era el efecto de la lámpara con el ángulo de la pared. Aun así, no se movió. Llevaba mucho tiempo con esas lámparas en ese piso y nunca había visto una sombra igual.
De puntillas, se metió por el lado opuesto de la cama y alargó la mano para apagar la luz. Se dio media vuelta y miró la hora en el reloj de su mesilla. Las once y once de la noche. Su padre estaba de viaje por alguna zona de Asia, no recordaba por dónde le había dicho. Llamarle era arriesgarse a despertarlo por la diferencia horaria. ¿Y para qué le iba a llamar? Nunca había sido bueno consolándola pese a que lo intentaba. ¿Cuánto hacía que no lo veía?
Se tapó hasta las orejas frustrada, triste, enojada. «Debería adoptar un gato», pensó. ¿Por qué un gato? Le extrañó el pensamiento. No le habían llamado nunca la atención los animales y mucho menos los gatos. Los consideraba independientes y desconfiados. Ella ya se consideraba así, ¿para qué quería un gato que se lo recordara? Se dio media vuelta y cerró los ojos intentando dormir. Lo consiguió después de varias vueltas en la cama y unos cuantos gruñidos.
Durmió fatal.

Después de un día marcado por el mal humor debido a su falta de descanso, Gianna llegó a Salem a mitad de tarde.
Nada más bajar del tren de cercanías, un escalofrío la recorrió de la cabeza a los pies. Pensó en que debería haberse cogido una chaqueta. Terminando como estaba la primavera y con la agradable temperatura de los últimos días, no se le había ocurrido pensar que pudiera sentir frío con el sobrio vestido de corte recto que se había puesto. Se pasó la mano por su repeinada y perfecta melena lisa mientras soltaba el aire que había retenido.
Llevaba anotada la dirección, así que empezó a caminar hacia Essex Street, que era la calle que había tomado como referencia para llegar a la First Church donde se celebraba el funeral. Prefería llegar con tiempo de sobra, aunque no fuera a conocer a nadie.
Le sorprendía ver a tantas personas por allí. Algunas con planos turísticos, otras haciéndose fotos… Suspiró. ¿Por qué Billy y ella no habían salido de excursión alguna vez? Seguro que Salem tenía muchas cosas que ver y no estaba tan lejos. Salem o cualquier otro lugar cerca de Boston. La pareció ver una pequeña sombra moviéndose a su derecha y giró con rapidez la cabeza. Un gato negro.
Se le heló la sangre. La respiración se le cortó. Recordó ese mismo gesto. Otro gato negro. Iba en el coche. Justo antes del accidente que le costó la vida a su madre. Ella se había cambiado de sitio con prisa para ver el gato. Le dijeron que ese movimiento le había salvado la vida. También le dijeron que su madre iba demasiado rápido. Un coche impactó contra el lateral izquierdo, donde su madre conducía sin el cinturón de seguridad puesto. Ella estaba sentada en la parte de atrás. Las lágrimas se agolparon en sus ojos. Las rodillas le empezaron a temblar. Sintió que le faltaba el aire.
Se llevó la mano al pecho temblorosa, casi jadeando. El recuerdo había sido demasiado real. Buscó apoyarse en una pared. Necesitaba sentarse. Solo unos segundos.
Su madre. La imagen que tenía de ella se había difuminado con el paso del tiempo. Pero había recordado el gato negro. Ella tenía seis años cuando tuvieron el desafortunado accidente de tráfico. Apenas tenía recuerdos de ese día. Nunca había podido hablar de ello. Su madre parecía nerviosa, asustada… y ella se había acercado a la ventana derecha cuando había visto el gato. No sabía nada más.
Se apoyó en un muro bajo de granito. Vio que había algunas piedras que sobresalían de la pared en forma de bancos. Todavía le temblaban las rodillas. Pensó en sentarse en uno de ellos. Le extrañó que en algunos hubiera pequeños ramilletes de flores o flores sueltas.
Fue a sentarse, pero se sorprendió al ver un nombre escrito: «Elizabeth Howe, colgada el diecinueve de julio de mil seiscientos noventa y dos». Pasó la mano con respeto sobre las letras doradas. Miró a su alrededor. Turistas haciendo fotos. Uno, dos, tres…, veinte bancos de piedra como el que estaba frente a ella.
Escuchó hablar a un turista sobre juicios de brujas. Retiró la mano como si la piedra le quemara. ¿Era un monumento a las brujas? Ella solo quería sentarse. No quería saber nada de brujas. Empezó a andar totalmente confundida y conmocionada por haber recordado el accidente de tráfico. Lo había visto tan nítido… Sentía tantas ganas de llorar.
Negó con la cabeza. Era absurdo sentirse así. El día anterior había sido horrible, apenas había podido dormir y ahora, de repente, recordaba el accidente en el que había fallecido su madre. Era normal sentirse más sensible, se consoló. Prefirió no seguir pensando. Negó con la cabeza, cogió aire, se echó la melena hacia atrás y decidió centrarse en encontrar Essex Street.
Le pareció simpática la escultura dedicada a la bruja de una serie de televisión. La mujer sonreía sentada encima de una escoba, sobre una nube, junto a la luna. Seguía habiendo turistas mirara donde mirara. A algunas personas las brujas les llamaban la atención, pero para ella eran algo que nunca se había planteado.
Recordaba que en su época más joven había varias series de brujas en la televisión, pero su padre enseguida cambiaba el canal diciendo que eran tonterías, que no eran cosas reales; y ella lo había asumido y aceptado como tal. Suponía que por eso nunca la había llevado a Salem ni por curiosidad, pese a estar tan cerca.
Más calmada, se distrajo mirando los numerosos escaparates de Essex Street. No podía imaginar tantas tiendas con productos esotéricos, figuritas de brujas, velas o piedras. Pensó sorprendida que aquella ciudad tenía que ser terrorífica en Halloween. También se ofrecían lecturas del tarot, de manos, de runas… ¿Quién podía creer en eso? ¿Cuántos incautos eran capaces de dejar su destino a manos de alguien que se suponía que tenía un don? Sonrió incrédula. No dejaba de ser un reclamo turístico y, sin duda, si se ofrecía era porque la gente estaba dispuesta a pagar por ello. Pensó, distraída, que esa era una de las bases de un buen negocio.
Se miró la mano con curiosidad. Además de la cicatriz que se había hecho en la muñeca, en la parte baja del pulgar cuando aprendió a ir en bicicleta, ¿qué le podían decir unas líneas? Nada. Negó con la cabeza parándose frente al escaparate de una de las tiendas pintadas de negro. Había toda clase de artículos de brujería: bolas de cristal, velas en forma de gato, amuletos protectores… Y la tienda estaba abarrotada de turistas curiosos.
Siguió andando, pensando en la posibilidad de llevarse algún recuerdo pero, ¿para qué? Afortunadamente Billy no la había acompañado. Aún era más reacio que ella a esos temas esotéricos. Para él, aquello que no podía verse ni explicarse con la lógica, no tenía sentido. En eso se parecía mucho a su padre. En eso y en muchas más cosas: atento, agradable, calmado, poco cariñoso, reservado con sus pensamientos y sentimientos, solitario… Seguro que había alguna base científica que podía probar cómo las hijas escogían como novios a hombres que se parecían a sus padres. Pero Billy pertenecía al pasado.
Paró frente a otro escaparate más discreto, más sutil, más elegante. No parecía tan orientado a los turistas. Decoración en madera, más inciensos, más velas, más amuletos…
—¿Buscas algo? —le preguntó la que debía ser dueña de la tienda dejando la puerta abierta como si de una invitación a entrar se tratara.
—Solo miraba —le comentó Gianna educada, fijándose en el cabello rojizo y largo de aquella mujer que le pareció un poco mayor que ella.
Dudando la siguió al interior, donde el olor a incienso la envolvió. La mujer llevaba un vestido cómodo, amplio, en tonos verdes. Con su piel tan blanca, parecía un hada del bosque más que una bruja, si es que lo era o lo pretendía aparentar.
—Creo que lo que buscas está allí. —La mujer le señaló unos colgantes con piedras preciosas en el mostrador.
Gianna miró extrañada hacia donde le había indicado. No buscaba nada. Lo tenía claro. Aun así, se acercó al expositor de colgantes justo cuando uno con una piedra de color azul intenso, caía sobre la mesa.
Gianna se sobresaltó. Ella no había tocado nada y la dueña de la tienda estaba en el otro extremo.
—Ya lo has encontrado —le dijo acercándose con una sonrisa.
—No, yo no…—le dijo Gianna sin poder apartar su vista del colgante que había frente a ella.
—Hummm… Sodalita… —comentó enarcando las cejas.
Gianna desvió su mirada hacia el expositor. Había muchos colgantes con piedras de diferentes colores, formas y tamaños. Todos le parecían bonitos, muy bonitos. ¿Por qué no llevarse uno? Su mirada volvió a la piedra azul que se había caído sola cuando ella se había acercado.
No sabía por qué, pero no podía dejar de mirarla. Sentía que era para ella. Frunció el ceño, incómoda. Una parte suya quería la piedra, otra parecía que se resistía a ella. Era como una batalla entre el corazón y la mente.
«Por dios, solo es un colgante», se repitió molesta ante sus dudas. No pasaba nada si lo compraba y luego no se lo ponía. No habría sido tan grande la pérdida económica y siempre podía considerarlo como un recuerdo de Salem.
Miró su reloj. Debía darse prisa para llegar a la iglesia.
—¿Te has decidido? —le preguntó la dueña de la tienda con una sonrisa.
—Sí, sí. Me lo llevo —le respondió Gianna sacando el monedero de su bolso.
—La sodalita te ayudará a equilibrar la lógica con la intuición. Creo que es lo que necesitas en este momento.
Gianna fingió una sonrisa como si entendiera de lo que le estaba hablando. No sabía a qué se refería, pero tampoco quería planteárselo. Ni siquiera creía en el poder que pudieran tener los minerales, pero le parecía mal comentárselo a una mujer que parecía creer tanto en ellos. Para ella un colgante con una piedra era solo un colgante con una piedra.
—También te facilitará la meditación, estimulará tu tercer ojo y te ayudará con la percepción espiritual.
Gianna asintió totalmente incrédula mientras pagaba y cogía la bolsita de tafetán en la que lo había metido.
Incómoda salió de la tienda y caminó más rápida en dirección a la iglesia. Decidió no entretenerse en ningún escaparate más. Sentía un molesto hormigueo por su espalda y una ligera tensión entre los ojos. Se llevó el dedo índice al punto exacto y se presionó ligeramente moviendo en pequeños círculos. ¿Le iba a doler la cabeza? De repente le entraron unas ganas enormes de irse a casa. Estaba claro que necesitaba dormir más.
Suspiró aliviada cuando distinguió la iglesia. Fue hacia ella con rapidez. Cruzó la verja que la invitaba a atravesar el jardín antes de entrar al viejo edificio de piedra gris. La torre rectangular que albergaba la puerta de madera la hizo estremecerse. Los alargados ventanales acabados en punta también le producían escalofríos. El edificio de líneas rectas y duras le pareció tétrico pese a ser de día. Y el árbol, enorme, de largas ramas que había cerca de la entrada no mejoraba la impresión en absoluto.
Había varias personas vestidas de negro a su alrededor hablando entre ellas. Suspiró. Decidió, sujetando con fuerza su pequeño bolso, que escucharía la misa, presentaría los respetos de su familia y se iría en cuanto todo eso acabara.
Se dio cuenta de que aún llevaba en la mano la bolsita con el colgante. Realmente era bonito. Decidió ponérselo conforme atravesaba la puerta. «Algo menos que tendré que guardar en el bolso», se justificó.
La planta rectangular parecía que se abría dándole la bienvenida. Gianna observó que había bastantes personas en su interior, hablando en susurros entre ellas. Vio el féretro cerrado junto a altar y a algunas personas que lo rodeaban murmurando. Junto a él había una foto del que debía ser el difunto. No pensaba acercarse. Daría el pésame a la familia cuando salieran de allí.
Decidió sentarse al final de uno de los bancos de madera. Parecía que le temblaban las rodillas o que el suelo fuera de goma conforme andaba. Nunca había sido miedosa, ni siquiera se asustaba con facilidad, pero no estaba disfrutando en absoluto de ese viaje. Y empezaba a creer que no todo se debía a su falta de sueño.
Afortunadamente Billy no había ido. Le hubiera gustado estar acompañada, así no se hubiera sentido tan ¿insegura? ¿vulnerable? Pero si ella no creía en nada que no pudiera ver, Billy aún era más estricto y tajante al respecto; y tampoco hubiera podido compartir con él tantas sensaciones como parecía que estaba experimentando.
Para entretenerse, observó a las personas que había por allí. Algunas hablaban animadamente, despreocupadas, pero otras estaban más cabizbajas y tristonas. Le extrañó percibir que algunas parecían desprender una luz más clara que las que estaban afligidas. Algunas la miraban con una sonrisa agradable, como si la conocieran. Parpadeó para estar segura de esa percepción, que no cambió al volver a mirar.
Había gente adulta de todas las edades. Le llamó la atención un hombre que tendría algún año más que ella, vestido con traje negro. Su pelo castaño estaba peinado hacia atrás. Sonreía amable a un par de abuelos mientras ponía su mano sobre el hombro de uno de ellos. «Vaya, inspira mucha calma», pensó antes de que él la mirara.
Sus miradas se cruzaron. Gianna sintió que su corazón daba un salto. Una imagen muy nítida de ella entre sus brazos, ambos desnudos, besándose, le impactó por sorpresa.
Desvió la vista cuando le pareció que él le sonreía. Se sonrojó porque supuso que le había visto mirándole descaradamente. Afortunadamente no podía saber lo que había pensado hacía unos segundos antes.
«Será italiano», se recordó mirando hacia otro grupo de personas que hablaban más animadas y a las que parecía que les rodeaba más luz. «Los italianos tienen fama de seductores y de atractivos», se dijo. Volvió a mirar al joven. Realmente la fama la merecía. Tenía un hoyuelo en la mejilla al sonreír, su boca carnosa, sus ojos marrones o verdes, alto, delgado. Le estaba costando dejar de mirarlo. Le resultaba familiar, pero tenía claro que no lo conocía de nada. Hubiera sido incapaz de olvidarlo.
Él también la miró de nuevo.
Gianna volvió a retirar la mirada para fijarse en el grupo iluminado cercano a él. Los que tenía frente a ella le sonrieron con cariño. Gianna extrañada, se fijó en la vidriera. Entraba luz, pero no tanta como para iluminar a ese círculo de personas. Pensó que serían las velas que estaban encendidas por toda la iglesia.
Volvió a mirar al joven y cuando él le mantuvo la mirada, volvió a retirarla. Se recriminó a sí misma su desvergonzado comportamiento. ¿Qué le pasaba? Parecía que no pudiera dejar de mirarlo. Como si hubiera un imán entre ellos. La sensación de que lo conocía era cada vez mayor. Se removió incómoda en el banco donde estaba sentada y se obligó a desviar la mirada, molesta consigo misma.
Se fijó en otro grupo de tres personas junto al fallecido. Un escalofrío le recorrió la espalda. Cada vez percibía con más claridad la luz en unas personas, que casi le parecían borrosas, frente a las cabizbajas vestidas de negro. Sintió como le temblaban las rodillas.
Las personas vestidas en colores oscuros empezaron a ocupar los bancos de madera. Las personas más luminosas parecía que los esquivaban o les dejaban pasar entre sonrisas. Fue un momento un tanto caótico antes de que alguien vestido de negro, supuso que el cura, empezara a oficiar la misa haciendo desaparecer el murmullo que se oía a su alrededor.
Sus ojos se volvieron a fijar en el hombre joven que había ocupado uno de los bancos de la primera fila. «Será su nieto», pensó sin prestar atención al sermón que rompía el silencio. Desde donde estaba podía apreciar su espalda ancha, su nuca fuerte… Casi tuvo que contener un suspiro que le había salido del alma, para su sorpresa. ¿Qué le ocurría? Como si nunca hubiera visto un hombre atractivo en su vida. Ella no estaba tan desesperada. Nunca había sido muy sensual ni muy sexual. Sus relaciones habían sido muy normales y no las echaba en falta. ¿Qué le estaba pasando con ese hombre? Sentía que lo conocía, pero sabía que no era así. Como si él presintiera que lo miraban, giró su cabeza para mirarla a ella.
Gianna volvió a retirar la mirada recriminándose de nuevo porque la hubiera sorprendido. Miró a su alrededor buscando otros hombres guapos. Seguro que habría alguno más que le hiciera dejar de mirar al mismo una y otra vez. Había tres jóvenes de edades similares sentados juntos. Podía aceptar que eran guapos, delgados, atractivos… Pero nada que ver con el hombre al que su mirada se dirigía sin poder evitarlo.
Afortunadamente, el oficio duró poco. En cuanto acabó, Gianna miró a su alrededor para salir ordenadamente. Quería irse cuanto antes. Entonces se dio cuenta de que las personas más iluminadas aparecían entre el resto. ¿Aparecían? Así de repente. Contuvo la respiración. Parpadeó varias veces empezando a notar un sudor frío en sus manos. Ahí estaban. Mezclándose entre los demás, susurrando cosas al oído de los que no lucían tanto. ¿De dónde habían salido? ¿Qué era eso?
De repente, le pareció que el suelo empezaba a temblar. Asustada, sintió que la sangre se le helaba. Se dejó caer en el banco. Se agarró con fuerza a él. Los cimientos de la iglesia se estaban resquebrajando. ¿Qué ocurría? Sin soltarse miró a su alrededor. Nadie se movía. Parecían estatuas. El suelo se sacudía más fuerte. Todo se movía a sus pies. Era incapaz de levantarse. Notó cómo le caía polvo por la cabeza. ¿El techo iba a caerse? Sus dedos perdieron el color de la fuerza con la que se agarraba al banco. Sentía terror. ¿Iba a morir allí? Le faltaba el aire. Quería salir corriendo. Jadeó. Intentó ponerse de pie. Todo temblaba. Se cubrió la cabeza cuando las cristaleras se rompieron con un sonido sordo. No podía oír nada. Solo su propia respiración entrecortada y los latidos de su corazón. Agitado. Acelerado. Tenía que salir de allí. Como fuera. Aunque el suelo se estuviera levantando. Aunque se abriera bajo sus pies. Aunque cascotes y ladrillos empezaran a caer a su alrededor.
Empezó a correr como pudo cuando sintió una fuerte mano agarrando la suya. Un brazo protector sobre sus hombros. Un pecho duro y firme donde apoyarse. Un aroma que la cautivó. Caminaba con prisa sacándola de allí. Se dejó conducir con rapidez hacia el exterior.
Cuando sintió el frescor en la cara, soltó el aire que había estado reteniendo. El suelo había dejado de temblar. Gianna cerró los ojos con fuerza, doblándose sobre sus rodillas. Todavía le temblaban. Aspiró aire con fuerza varias veces.
—¿Qué ha ocurrido? ¿Estás bien? —le preguntó una voz cálida a su lado.
Notó como le ponía con suavidad una mano en la espalda.
Gianna no podía articular palabra. Le daba miedo abrir los ojos. Sentía que había estado a punto de morir con el derrumbe de la iglesia. Jadeó. No había oído ningún derrumbe. Abrió los ojos en la posición en la que estaba. El suelo de piedra no se movía. Respiró más tranquila. Estaba viva.
Se incorporó despacio, con mucho cuidado. Se fijó en que las personas salían tranquilas de la iglesia, murmurando palabras entre ellas. Un escalofrío la recorrió y miró la iglesia. No se había desplomado. Seguía erguida, firme, recta. Sus vidrieras intactas. Miró al hombre que le había ayudado a salir. Estaba mirando la iglesia, igual que ella. Con la mano rozando su espalda, protector. Era él. Todo su cuerpo se estremeció.
El joven se giró mirándola. Era más bonita de lo que le había parecido en la distancia. El cabello castaño y largo como sus primas, preciosos ojos verdes con largas pestañas, nariz pequeña y labios finos. Parecía confundida y asustada. No sabía por qué motivo. Había notado el pánico en su expresión cuando la había mirado nada más acabar el funeral. La había visto agarrarse aterrada al banco de madera. Solo había sentido ganas de correr hacia ella y sacarla de aquello que estuviera sintiendo o pensando, o a saber qué. Con las mujeres de la familia Vitale no se sabía nunca qué esperar y suponía que ella, aunque viviera en Boston, no sería diferente al resto.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó Gianna casi sin voz.
—No lo sé. Dímelo tú.
Gianna se fijó en sus ojos. Eran verdes. El italiano en el que se había fijado dentro era más guapo de cerca. Y más apuesto. Y más alto. Y más fuerte. Y nunca lo había visto antes. Estaba segura de ello. Gianna le señaló con la mano temblorosa la iglesia.
—Creí que iba a caérsenos encima.
El asintió paciente. Gianna siguió mirando a las personas cabizbajas que seguían saliendo con ritmo calmado de la iglesia. ¡¡Como si nada hubiera pasado!!
—Estás bastante pálida. Vamos a tomar un café.
Gianna negó con la cabeza. Aún no podía moverse. Sus zapatos parecían anclados al suelo y sus rodillas aún temblaban.
—¿Qué ha ocurrido ahí adentro? —insistió Gianna.
El joven se encogió de hombros.
—¿El funeral de mi abuelo?
Gianna negó con la cabeza.
—Todo se movía, las vidrieras… —Las miró. Intactas, coloridas, fijas en su sitio—. Todo temblaba. El suelo se abría…
El joven asintió con calma.
—No estoy loca, no me mires así —le dijo ofendida ante su tranquilidad y parsimonia—. Todo se estaba cayendo.
El joven volvió a asentir, paciente.
—No sé lo que has visto ahí adentro, pero todo está bien. Nada se movía, nada temblaba.
—¿Me estás llamando loca?
Se sentía molesta, ridícula y confusa. No comprendía cómo le podía haber parecido todo tan real y que no fuera cierto.
El joven negó suspirando con tranquilidad. Ahí estaba el temperamento italiano, propio de las Vitale.
—Eres Gianna, ¿verdad?
Ella asintió extrañada.
—Tu abuela me dijo que vendrías. Soy Luka Ferri, amigo de la familia desde que recuerdo.— Le tendió la mano, amistoso.
—Gianna Sullivan. —Se presentó mientras le tendía su temblorosa mano—. Siento lo de tu abuelo. Mi abuela me llamó. Me dijo que viniera en representación suya.
Luka asintió sin soltarle la mano. Gianna se fijó en ella. Era una mano grande y fuerte.
—Vamos a tomar un café. —Tiró de ella con una media sonrisa.
Gianna se quedó donde estaba. El la miró al ver que no le seguía. Gianna volvió a mirar hacia la iglesia. ¿Por qué parecía que no había pasado nada? Ella lo había visto con sus propios ojos. Era real.
—¿Quieres entrar para ver que está todo en su sitio?
Gianna negó con la cabeza, asustada. Prefería salir corriendo de allí. Tan rápido como pudiera. Luka tiró de ella un poco más fuerte, haciendo que se alejaran de la iglesia.
Gianna se giró para echar un último vistazo. No vio ni una sola de las personas que antes tenían tanta luz.
Luka se detuvo al notar que ella se había vuelto a quedar parada.
—Dime que las has visto.
—¿A quiénes?
—A esas personas que no estaban tan tristes como las que están ahí ahora.
Luka se encogió de hombros.
—No conocía a todos los que han venido, pero mi abuelo era una persona muy querida.
Gianna negó con la cabeza.
—Las personas brillantes. Estaban entre nosotros. Sonreían.
Luka negó con la cabeza, ligeramente sorprendido. Tenía claro que con la familia Vitale se podía esperar cualquier cosa extraña, pero no parecía que Gianna lo supiera.
—¿Tu abuela no te ha explicado nada?
—¿De qué? —le preguntó ella dejándose llevar por él, finalmente.
—No lo sé. De vuestras cosas.
—¿Qué cosas?
Luka se encogió de hombros.
—No lo sé. De vuestras… intuiciones… o visiones, o lo que sea que hagáis unas y otras. Tú también llevas una piedra como las que tu familia suele llevar.
Gianna se llevó la mano a su recién estrenado colgante. Le pareció que estaba caliente.
—¿A qué te refieres? —insistió siguiéndole al interior de una cafetería de grandes ventanales y suelos de madera.
—Es algo que vais heredando, creo. Dones familiares que pasan de generación en generación. Tus primas también los tienen. Tu tía Orlena tiene una tienda esotérica, tu tía Filippa lee las manos… Pero no las conoces, ¿verdad?
Se sentaron en torno a una mesa de madera pequeña y redonda. Gianna casi se dejó caer en la silla.
—¿Qué quieres tomar?
—Un café solo.
—¿No prefieres una infusión? Luego quizá no duermas.
—Doy por hecho que no voy a dormir —le dijo Gianna pasándose las manos por la cara.
Luka sonrió divertido mostrando su hoyuelo en la mejilla. Gianna se fijó en él con detenimiento. En condiciones normales se sentiría orgullosa de haber llamado la atención de un italiano tan atractivo. Quizá hasta se abriría a las posibilidades que él pudiera ofrecerle, pero ese no era el caso, ni el momento. Cierto que desde que lo había visto no había podido quitar sus ojos de él, incluso sentía que lo conocía de toda la vida; se encontraba reconfortada y a gusto a su lado, aunque su mente le recordase que era un encuentro casual con fecha de caducidad.
Y, por una parte, esperaba que solo fuera eso. Además, si pensaba en reproducir la imagen que había visto en su mente de los dos desnudos besándose, su calor corporal subía unas décimas y no era lo que más le apetecía en ese momento.
Después de pedir en la barra, Luka regresó a su lado con su atractiva sonrisa.
Gianna miró la hora.
—Tengo que coger un tren de vuelta a casa.
—¿Boston?
Gianna asintió.
—Puedo llevarte yo. Tengo un coche alquilado a la entrada de Salem.
¿Estaba intentando ligar con ella o solo era amable? Sabía que no debía fiarse de los chicos italianos por lo que siempre había oído. Y aunque intuía que podía ocurrir algo bastante satisfactorio entre los dos, ese tipo de encuentros no eran su estilo. Todavía estaba bastante confundida con lo que le había sucedido en la iglesia.
—No es necesario, gracias —le respondió precavida.
—¿No vas a hablar con tu abuela? —Señaló a su móvil.
Gianna miró el teléfono extrañada.
—¿Por qué debería hacerlo?
Luka se encogió de hombros.
—Lo que te ha ocurrido ahí adentro no ha debido de ser nada agradable. Quizá ella pueda darte una explicación.
Si no habían estado para ver lo ocurrido, le extrañaba que pudieran explicárselo. Además, ¿qué les iba a decir? ¿He visto como se derrumbaba todo a mi alrededor pero realmente no pasaba nada? A ella misma también le parecía algo de locos. Negó con la cabeza. No hablaría con su abuela y, menos aún, le pediría una explicación lógica de lo que había sentido.
—¿Conoces a mi familia? —le preguntó con curiosidad.
Gianna no los conocía. Sabía que tenía primas porque su abuela se lo había dicho alguna vez. Recordaba que ella y sus tías habían venido para el funeral de su madre, pero apenas las recordaba y no las había vuelto a ver desde entonces.
Su teléfono sonó. Gianna pensó en Billy. Quizá le estuviera llamando para preguntarle por el viaje a Salem. Se sorprendió al ver que era una llamada de su abuela.
—Cariño, ¿estás bien?
—Hola abuela. Sí, sí que estoy bien. He venido al funeral de tu amigo.
—¿Ha ido todo bien?
—¿A qué te refieres? —le preguntó Gianna celosa de su intimidad. No le gustaba compartir sus sentimientos con nadie, y a su abuela apenas la conocía.
—No lo sé, cariño. Tus tías han venido a casa nerviosas y preocupadas. —Oyó voces femeninas por detrás de su abuela—. Solo quería asegurarme.
—Sí, abuela, todo bien —le mintió—. He presentado mis respetos… al nieto… de tu amigo y ya está. En un momento cogeré el tren de vuelta.
—De acuerdo, cariño. Llámame si necesitas algo.
Gianna colgó molesta. ¿Qué iba a necesitar? De verdad, ¿qué iba a necesitar? Siempre habían estado ausentes, lejos de ella. Ni cuando había sido una niña y había perdido a su madre la habían consolado. Si no hubiera sido por su padre que se la llevó de viaje a Canadá nada más salir del funeral no sabía cómo habría superado su fallecimiento.
Le debía todo a su padre. La había cuidado, la había consentido, la había llevado a largos viajes, había entregado su vida a ella, por lo menos hasta que ella se marchó a la universidad. Su padre había suplido a la madre de la que apenas le quedaban recuerdos, ni familia.
—Vaya —comentó Luka frunciendo los labios—. Siento que haya ido tan mal la llamada.
—No ha ido mal. Ha ido como siempre —le respondió molesta Gianna—. Perdona. Es que sé que tú los aprecias, pero yo apenas los conozco.
—¿Y por qué no lo solucionas? ¿Por qué no vienes a Génova? Les encantará verte. Además, eres muy parecida a tu madre.
Gianna lo miró seria y sorprendida. Ella apenas tenía recuerdos de su madre.
—¿Cómo lo sabes?
—¿Que se alegrarán de verte? Porque tus primas se han pasado la vida hablando de su prima americana. Cuando íbamos al colegio, cuando llegaban las vacaciones o las fiestas de Navidad, empezaban con sus ideas de que ibas a volver, de que la abuela iba a ir a por ti… Parecían cascabeles de lo emocionadas que estaban.
—No —le respondió muy seria—. ¿Por qué sabes que me parezco a mi madre?
—Por las fotos que hay en casa de tu abuela y de tus tías.
Gianna lo miró incrédula. Sintió algo parecido a la rabia recorriendo su cuerpo.
—Nunca vinieron a buscarme. Nunca vinieron a verme. Ni mi abuela ni mis tías.
Luka la miró confundido.
—Quizá no lo recuerdas. Sé que vinieron varias veces… Creo que hasta que fuiste a la universidad.
—Supongo que algo recordaría, alguna vez… Puedo asegurarte que no vinieron.
Luka asintió. No tenía ninguna necesidad de insistir. No cuando la veía tan dolida al respecto y acababa de conocerla.
—¿Por qué no vienes estas vacaciones a Génova?
—¿Para qué? —le preguntó con el ceño fruncido mirando la hora en su reloj de mano.
—Bueno, viajar es divertido y puedes, no sé, reencontrarte con tus orígenes.
—Bastante tengo con rehacer mi vida ahora, como para pensar en hacer un viaje.
—¿Tu vida se ha derrumbado como la iglesia de la que acabamos de salir?
—No—le respondió con una mueca—. Se ha derrumbado, de verdad.
—Quizá es lo que te parece y pasa lo mismo que con la iglesia, que sigue allí.
Gianna negó con la cabeza.
—Ni mi trabajo, ni mi novio… ni mi coche —recordó—, siguen allí. Se ha derrumbado, te lo puedo asegurar.
—Perdona que te lleve la contraria, pero ni una cosa ni las otras son tan importantes.
—¿No consideras parte importante de la vida el trabajo o la pareja?
—Los trabajos son fáciles de sustituir, igual que los coches, y la pareja no sería la correcta si se ha ido.
Gianna le mantuvo la mirada. ¿La pareja correcta? ¿De verdad creía en eso o estaba intentando camelarla para llevarla a la cama?
—¿Es que acaso no crees en el amor de pareja? —le preguntó extrañado de que una mujer no tuviera esa misma creencia o que no buscara lo que creía que buscaban todas.
—Tú, ¿sí?
Luka la miró serio. Le gustaría decirle que no. Sería lo más cómodo, lo más fácil. Pero él sí creía en la posibilidad de encontrar una mujer con la que quisiera compartir su vida, caminar a su lado, sostenerla en los momentos duros, apoyarse en los malos. Una mujer a la que no se cansara de amar, de mirar, de acariciar, con la que compartir pensamientos y sentimientos o un café, como lo estaba haciendo con ella.
—Si no creyera en eso, ¿qué sentido tendrían las relaciones?
Gianna se encogió de hombros. No sabía mucho de relaciones, pero no iba a hablar de ello con un desconocido por muy atractivo que fuera.
—Bueno, de cualquier manera, si tienes tu familia cerca, todo lo que se derrumba puede volver a construirse.
Gianna le miró incrédula. ¿Se lo estaba diciendo a ella? ¿Le hablaba a ella de familia? Su padre viajaba mucho, casi no tenían trato, y era lo único que podía considerar familia.
—¿Familia?
Ese hombre le estaba dejando intrigada. Primero, no la había tratado como si estuviera loca, luego parecía que realmente creía en el amor de pareja y ahora le decía que creía en la familia. ¿Era real? Después de lo que había pasado en la iglesia y de los días que llevaba le podía pasar cualquier cosa.
—Bueno, tu familia sigue en el mismo sitio, por lo menos tu familia italiana.
Gianna lo miró desconfiada. Quizá algo de razón tenía, pero no iba a reconocerlo. Su familia italiana nunca había formado parte de su vida, pero él no tenía por qué saberlo. Se estaba empezando a sentir incómoda. Se levantó de la silla.
—Bueno, Luka, un placer conocerte. Da recuerdos a mi familia, si quieres, cuando los veas. Buen viaje de regreso.
Luka la miró divertido. Los destellos en sus ojos desentonaban con su aspecto frío y formal.
—¿Te da miedo asumir los retos? Acobardarse no es muy común en la familia Vitale.
—Será propio de la familia Sullivan. —Se encogió de hombros mientras él se levantaba y la seguía hasta la puerta—. Y no es cobardía. Es lógica.
—¿Lógica? ¿No es lógico viajar en vacaciones? ¿O querer conocer a la familia de tu madre?
Gianna se repitió las preguntas en su cabeza. Quizá algo de lógica sí que tenía, pero no era el momento. No cuando tenía todo por rehacer en su, hasta entonces, planificada existencia.
—¿Por qué no un cambio de aires?
—¿Y a ti qué más de da? —le preguntó Gianna ante su insistencia mientras caminaban hacia la estación por las emblemáticas calles de Salem.
Luka se encogió de hombros.
—Bueno, me gustaría volver a verte, pero vuelvo a Génova mañana.
Ahí estaba el italiano seductor, pensó Gianna irónica. Había sabido hacerlo muy bien. La había encantado con su atractivo físico y su sonrisa arrebatadora, había pretendido embaucarla haciendo que se sintiera acompañada y protegida. ¿Qué tocaba ahora? ¿Una noche de sexo? Eso no iba con ella, por mucho que hubiera caído en sus redes, por mucho que le gustara mirarlo, por muy clara que hubiera visto esa imagen de los dos entrelazados… Aunque si no iba a volver a verlo, si no tenía pareja a la que ser fiel, una noche de sexo con un desconocido… «No», se ordenó a sí misma, «ni lo pienses».
—Ya… Bueno, pues que tengas buen viaje —le dijo distraída sin mirarle.
Si lo hacía corría el riesgo de caer en la tentación y ella nunca caía en la tentación. Ni con los hombres ni con la onza de chocolate que le apetecía siempre antes de acostarse.
Luka sonrió divertido.
—Ya estoy empezando a ver tu carácter italiano.
Gianna levantó la ceja inquisitiva.
—¿A qué te refieres?
—A que por fin hay vida en ti, hay carácter, hay fuerza… Aunque sea por estar enfadada.
Gianna negó con la cabeza queriendo no prestarle atención. No estaba enfadada. Solo estaba luchando ante una posibilidad que no se había planteado nunca.
—Quizá encuentres respuestas a tus preguntas —insistió Luka.
—¿Qué preguntas?
Gianna lo miró sin comprender. ¿De qué estaba hablando?
—Las que tienes o podrías hacerle a tu familia.
¿Familia? Gianna se sonrojó. Ella estaba pensando en acostarse con él y él seguía hablándole de su familia.
—No tengo nada que hablar con mi familia.
—Yo creo que sí. Pero no puedes encontrar las respuestas si no haces las preguntas a quien debes hacérselas.
Gianna suspiró ante su insistencia. No tenía preguntas que hacer a su familia. No le importaba su familia italiana. A esas alturas de su vida, no.
El la miró de reojo con una media sonrisa.
Gianna le mantuvo la mirada. Sentía como si hubiera un imán entre ellos. No podía engañarse. La atracción que ella sentía parecía ser mutua y no solo un intento de compartir la cama unas horas. No pudo evitar sonreírle. Era difícil resistirse.
—¿Cuánto hace que no cometes una locura? —le preguntó él.
Le llamaba la atención lo formal, correcta y comedida que se veía. Parecía acostumbrada a hacer lo que se esperaba de ella, a seguir las normas de una conducta intachable. Seguro que cuando había sido niña no había comido con las manos ni se había manchado la ropa de barro.
—¿Como venir al funeral de alguien que no conozco en una ciudad donde pasan cosas extrañas y parece que reinan las brujas?
Eso era demasiada locura para ella por un día. Podía resistirse a la tentación de un encuentro rápido con un italiano atractivo al que nunca más iba a volver a ver.
Luka sonrió divertido deteniéndose. La miró a los ojos. Le acarició la mejilla con su mano y, con suavidad, le besó los labios. Gianna fue incapaz de moverse. Sorprendida y encantada ante ese inesperado y breve beso.
—Como improvisar un viaje para encontrar respuestas o besar a un guapo desconocido —le respondió Luka.
Gianna sonrió mientras volvía a caminar. Ahí estaba. No eran locuras suyas imaginar que él buscaba un encuentro sexual con ella, al margen de que fuera amigo de la familia.
—No tengo preguntas y yo no te he besado.
—Porque no has querido —le sonrió caminando a su lado.
Gianna le miró divertida. No. No había querido. Claro que no. «No es mi estilo», se repitió para dejar de pensar en si estar entre sus brazos era tan placentero como había imaginado. «Que no pienses en eso», se tuvo que repetir dos veces más.
Llegaron a la pequeña estación donde varios turistas seguían ojeando planos y haciéndose fotos. Vieron el cartel que anunciaba el tren a Boston y Luka le acompañó.
—No vas a perder nada.
Gianna lo miró divertida sin saber a qué se refería exactamente.
—¿Qué quieres decir?
Gianna sintió que estaba a punto de caer en la tentación. Sentía que estaba disfrutando a su lado. Le costaba pensar en separarse de él. Aunque a esas alturas no le sorprendía que así fuera cuando habían pasado tantas cosas extrañas en una sola tarde.
—Ven a Génova. Ahora mismo, aquí no tienes nada. Allí puedes tenerlo todo.
Gianna fue a replicar, pero un escalofrío le recorrió el cuerpo. «Tenerlo todo», se repitió mentalmente. ¿Qué era todo?
—Lo pensaré. —No sabía por qué acababa de abrir esa puerta.
Quizá por quedar bien con él, quizá porque le gustaba su compañía. Quizá porque se había quedado sin trabajo, sin novio y hasta sin coche. Quizá porque cuando era pequeña se había planteado alguna vez conocer a sus primas y él se lo había recordado. Quizá porque podría conocer a la familia de su madre e incluso pedirles explicaciones… Realmente, si lo pensaba bien, podía encontrar muchos motivos para ir. Se extrañó por la cantidad de razones que le llegaban a su mente sin pretenderlo.
—¿Y si te doy algo más en que pensar?
Gianna le sonrió. Ya tenía demasiadas cosas en las que pensar antes de dejarlas aparcadas y seguir con su disciplinada existencia.
—He tenido demasiadas emociones en una sola tarde, te lo aseguro.
—Una más. —Le guiñó el ojo seductor, divertido, mientras la cogía con suavidad por la cintura.
Gianna le sonrió. Ahí estaba. «Italiano», volvió a pensar. Esperaba un casto beso. Suave, como el anterior. De despedida. Se dijo que no habría nada de malo. Ella también lo estaba deseando desde que lo había visto por primera vez.
Entonces la boca de él se posó sobre la de ella. Sin prisa. Con calma. Empezó a explorarla, a tantearla, a convencerla de que se entregara a él. Sus labios cedieron, su lengua empezó a abrirse paso, lenta, suave, tentándola para empezar a bailar, despacio… pero sin darle tregua, cada vez más exigente. La arrastró en el beso. La dejó sin aliento. Fue devastador.
El sonido que les rodeaba desapareció. Los colores, las cosas, las personas se desvanecieron. El tiempo se detuvo para ellos. Solos. A solas.
Gianna sintió que se derretía, que le faltaba el aire, que las rodillas le temblaban, que su pulso se aceleraba, que un escalofrío le recorría la espalda. Se apoyó, rendida, en él. Se dejó llevar todavía más lejos. Él la sujetó con más firmeza mientras su lengua exploraba con suavidad y ternura su boca, despertándole sentidos que creía dormidos. Con la misma lentitud se separó de ella.
—Espero verte pronto.
Gianna no podía articular palabra. Solo le miró a los ojos boquiabierta, débil, vulnerable; y asintió.
Luka dio un paso atrás dándole espacio para que se girara y subiera al tren.
Gianna no se movió. No podía hacerlo. ¿Qué beso había sido ese? Nunca había experimentado nada igual.
Luka volvió a situarse frente a ella. Le cogió la cara con las manos y le dio un beso rápido, fuerte, entusiasta, apasionado, que la sacó de su estado de ensoñación.
—Tienes que irte. Te espero en Génova.
Gianna asintió confundida. Escuchó el pitido del tren y volvió al momento presente. Despierta. Alegre. Viva.
Subió sin mirar atrás con una sonrisa dibujada en los labios. Buscó su asiento mientras el tren empezaba a ponerse en marcha. Miró por la ventana. Él la miraba sonriente. Sereno. Firme. Ella le devolvió la sonrisa y se acomodó en su asiento consternada, sorprendida e impresionada por todo lo que había ocurrido esa tarde.
Se llevó una mano a sus labios recordando el beso mientras el rubor le teñía las mejillas. Se llevó la otra al centro de su pecho. Sentía que el corazón le latía con más fuerza. Sus dedos rozaron la sodalita que se había comprado en la tienda de souvenirs. Frunció el ceño mientras rodeaba la piedra con su mano y la cerraba en un puño. Recordó lo que, inexplicablemente, había visto en la iglesia. Le había parecido tan real como ese beso.
Nada había sido un sueño. Había sido real. Le había parecido real. Ella era demasiado sensata y práctica para pensar en tonterías. El tren comenzó el viaje de vuelta. En ese momento, recordó el gato que le hizo revivir el accidente en el que su madre perdió la vida. Sacudió la cabeza para eliminar el doloroso recuerdo. Había sido una tarde muy extraña. Ni siquiera ella parecía ser ella. No encontraba explicación lógica a nada de lo que había ocurrido. Quizá lo más lógico había sido que el italiano que acababa de conocer le acompañara, atento, a la estación.
Su teléfono volvió a sonar. ¿Su abuela? ¿Otra vez?
—Gianna ¿está todo bien?
—Sí, abuela —le respondió ligeramente molesta e irritada.
—¿Por qué no vienes a pasar unos días?
Le sorprendió la pregunta tan directa. Fue a responder que no tenía tiempo, pero se contuvo. Tiempo tenía. Lo que le faltaban eran las ganas. Fue a decírselo, pero no pudo. ¿Ganas? ¿Curiosidad? ¿Incertidumbre? En ese momento lo tenía todo. No le gustaba sentirse tan confundida como se sentía.
Le llegó la imagen de la iglesia que se abría bajo sus pies. Así se sentía ella. Sin ningún pilar en el que sostenerse. Siempre había estado sola. ¿Por qué ahora sentía que necesitaba compañía? Su padre estaba de viaje, no tenía novio, no tenía trabajo…
—Solo unos días—insistió con tacto su abuela—. Quizá te venga bien.
—No sé… —¿Por qué dudaba?
Su abuela ahogó una exclamación ilusionada.
—Vuelve a casa, cariño.
Sintió tanto amor en esas palabras que no pudo evitar emocionarse. Sin saber por qué, asintió.
—Lo pensaré…
—Te esperamos, Gianna.
Asintiendo, confundida y muy sensible, colgó el teléfono. Se llevó las manos a la cara. Si lo pensaba demasiado encontraría razones lógicas y de peso para no ir, pero una parte suya le pedía a gritos que fuera. Una parte que no reconocía y que parecía que se había despertado en ella esa misma tarde.
Quizá era el momento para traspasar una puerta que siempre había estado incómodamente presente y abierta. Una puerta por la que nunca había querido entrar. Quizá era el momento de cerrarla para luego seguir con su vida normal. No tenía nada mejor que hacer… ¿Se lo estaba planteando en serio?
Miró el reloj. Tenía que dejar de pensarlo. Si esperaba mucho podría echarse atrás. Cogió su móvil con un suspiro. «¿Vuelos a Génova? Por favor, cuanto antes». Quizá así podría empezar de nuevo y encontrar respuestas a las preguntas que nunca había querido plantear. No sabía si necesitaba las respuestas. Había vivido sin ellas muy bien durante mucho tiempo. Podría seguir así… Resopló como si fuera en una carrera contra reloj revisando los vuelos. Si seguía pensando, corría el riesgo de echarse atrás y no estaba segura de querer hacerlo.
Reservó pasaje para el primer vuelo del día siguiente. Tendría el tiempo justo para hacer la maleta, dormir un par de horas, cerrar su piso y llegar al aeropuerto sin cambiar de idea. Afortunadamente siempre había hablado italiano con su madre y lo había refrescado periódicamente en los diferentes cursos a los que asistía.
Apagó el móvil y miró por la ventana. Le sorprendió no sentirse mal por haber reservado el vuelo con la fecha de vuelta abierta. Parecía que no tenía dudas. Casi le asustaba sentirse segura, fuerte e ilusionada por ir allí. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Vaya, quizá había tomado la decisión correcta.
Pensó en Luka. Se dijo que la posibilidad de volver a verlo no había sido determinante es su decisión... Pero no iba a negar que le había sorprendido. Físicamente le había encantado, pero vaya, cómo besaba; se llevó de nuevo la mano a sus labios. En la vida había sentido algo así. Quizá se habían juntado las emociones que habían estado descontroladas toda la tarde con la ilusión de un primer beso con un desconocido increíblemente atractivo. Trató de racionalizar pero, totalmente avergonzada, tuvo que reconocer que le había gustado, y mucho, ese inesperado encuentro.

Gianna fue hacia la cafetería del aeropuerto después de facturar su maleta. El avión que la llevaría a Génova no tardaría mucho en despegar y se sentía nerviosa. No había llamado a su padre para que no la hiciera cambiar de idea. Tampoco se lo había dicho a Billy, pues tendría que darle razones que ni ella misma tenía. Sabía que necesitaba muy pocos argumentos para echarse atrás. Cada vez le parecía más estúpido recorrer más de seis mil kilómetros para conocer a una familia que poco o nada le habían demostrado. Se sentía totalmente confundida ante sus agitadas emociones.
Que Luka le hubiera dicho que la habían estado tratando de conocer hasta que había ido a la universidad le había dado que pensar. Ella no se había movido de Boston y, aunque era cierto que más de una vez a lo largo de toda su vida se había ido de viaje con su padre por cuestiones de trabajo, no recordaba que él le hubiera contado nunca que la familia de su madre quería verla.
Ella confiaba en su padre. Era cierto que apenas habían hablado del fallecimiento de su madre. Era demasiado doloroso para ambos pero, si alguna vez ella cuando era pequeña le había preguntado por su familia italiana, él siempre le había contestado de manera amable.
Luka levantó la cabeza del periódico que ojeaba cuando vio a Gianna entrar en la pequeña y ruidosa cafetería. Una sonrisa le nació del alma. Estaba aún más guapa que el día anterior. Se había puesto unos cómodos vaqueros, una sencilla camisa blanca y un blazer. Apenas se había maquillado y estaba tan impecablemente peinada como recordaba. La vio dirigirse al mostrador. Parecía intranquila, nerviosa e incluso irritada. Decidió acercarse a ella. Pedirse un café no era una buena opción cuando te enfrentabas a un viaje tan largo.
—Yo no me pediría un café —le comentó a su espalda.
Pulsuz fraqment bitdi.