Kitabı oxu: «Hielo y ardor - Una novia por otra»

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Editado por Harlequin Ibérica, S.A.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

N.º 414 - febrero 2021

© 2009 Barbara Schenck

Hielo y ardor

Título original: Savas’ Defiant Mistress

© 2009 Kate Walker

Una novia por otra

Título original: Cordero’s Forced Bride

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2009

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1375-159-7

Índice

Hielo y ardor

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Una novia por otra

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Si te ha gustado este libro...


Capítulo 1

ESTABA pensando en cajitas cuadradas, llenas de gominolas –le dijo Vangie por teléfono.

Sebastian, que no la estaba escuchando, tenía fijada la atención en la pantalla de ordenador que tenía delante. Su hermana llevaba casi veinte minutos sin parar de hablar. Aunque lo cierto era que, en las tres últimas semanas, no había dicho nada importante.

–¿Sabes lo que quiero decir, Seb? ¿Seb? –insistió ella levantando la voz al ver que no le respondía–. ¿Sigues ahí?

Sí, seguía ahí.

Sebastian Savas resopló sin separar la vista de los detalles del proyecto Blake-Carmody, donde también estaba su mente. Se miró el reloj. Tenía una reunión con Max Grosvenor en menos de diez minutos y quería tenerlo todo fresco.

Había trabajado muy duro intentando encontrar ideas para aquel proyecto, consciente de lo importante que sería para Grosvenor Design que saliese adelante.

Y todavía sería mejor si él era el elegido para dirigir el equipo. Había hecho la mayor parte del trabajo. Utilizando sus ideas y las de Max, se había pasado los dos últimos meses ideando los planes estructurales y el diseño del espacio común de la torre de oficinas y apartamentos. Y la semana anterior, mientras él estaba en Reno trabajando en otro proyecto de gran importancia, Max se lo había presentado a los clientes.

Si habían ganado el proyecto, tenía sentido que en la reunión que iban a mantener, Max le pidiese que fuese él quien llevase la voz cantante.

Seb sonreía siempre que lo pensaba.

–Bueno, Seb –continuó Vangie–. Estás muy callado hoy. Entonces… ¿Qué te parece? ¿Rosa? ¿O plateado? Quiero decir para las cajitas. O… –hizo una pausa– tal vez sea demasiado infantil, lo de las gominolas. Tal vez deberíamos llenarlas de caramelos de menta. ¿Qué opinas, Seb?

Sebastian reaccionó al oír otra vez su nombre. Suspiró y se pasó una mano por el pelo.

–No lo sé, Vangie.

Lo cierto era que le daba igual.

Era la boda de Vangie, no la suya. Él no pretendía casarse nunca, así que ni siquiera le interesaba aprender de la experiencia.

–¿Y por qué no las dos cosas? –añadió, por decir algo.

–¿Tú crees? –preguntó ella, como si le hubiese sugerido algo muy extraño.

–Haz lo que quieras, Vangie. Es tu boda.

Y se estaba convirtiendo en la mayor boda de Seattle, pero si eso la hacía feliz, al menos por el momento, ¿quién era él para llevarle la contraria?

–Ya sé que es mi boda, pero tú vas a pagarlo todo –comentó ella.

–No hay ningún problema.

Toda la familia acudía siempre a Seb, para pedirle consejo, para llorar en su hombro y para que pagase las facturas. Había sido así desde que había empezado a trabajar como arquitecto.

–Supongo que podría preguntar a papá…

Seb contuvo un bufido. Philip Savas sólo sabía engendrar hijos. No los educaba. Y a pesar de que tenía mucho dinero, no lo compartía a no ser que no quisiese algo. Como otra mujer.

–No vayas a verlo, Vange, ya sabes que no merece la pena –le aconsejó Seb a su hermana.

–Supongo que no. Es sólo que… sería prefecto si se acordase de venir para llevarme al altar.

–Sí –«buena suerte», pensó Seb con tristeza. ¿Cuántas veces tendrían que decepcionar a Vange para que aprendiese?

Seb podía pagar las facturas, apoyar y cuidar de que sus hermanos tuviesen todo lo que les hiciese falta, pero no podía garantizarles que su padre fuese a actuar como un padre. En sus treinta y tres años de vida, nunca lo había hecho.

–¿Te ha llamado a ti? –preguntó Vangie, esperanzada.

–No.

Philip sólo lo llamaba para endilgarle problemas. Y Seb estaba cansado de intentar tener una relación con él. Volvió a mirarse el reloj.

–Escucha, Vange, tengo que colgar. Tengo una reunión…

–Por supuesto, lo siento. No debería haberte molestado. Siento molestarte tanto, Seb. Es que eres el único que está aquí y… –se le quebró la voz.

–Sí, deberías haberte casado en Nueva York. Te habría sobrado ayuda allí.

Cuando Seb se había mudado a Seattle después de la universidad, lo había hecho a propósito, para alejarse de su multitud de ex madrastras y hermanastros. No les importaba ayudarlos, pero no quería que interfiriesen en su vida. Ni en su trabajo. Que era más o menos lo mismo.

Había tenido la mala suerte de que Vangie, después de estudiar en Princeton, se había prometido con un chico, Garrett, cuya familia era de Seattle, y habían decidido irse a vivir allí.

Por suerte, cada uno tenía su vida, su trabajo, y no se veían casi nunca.

Pero según se iba acercando la fecha de la boda, las cosas habían cambiado. Los planes de la boda requerían constantes comentarios y consultas.

Vangie había empezado a llamarlo a diario. Luego, dos veces al día. Y recientemente, hasta cuatro y cinco.

A él le hubiese gustado decirle que se relajase y tomase las decisiones sola, pero no lo había hecho. Conocía a Vangie. La quería. Y entendía que sus planes de boda eran como hacer realidad un sueño.

Siempre había deseado formar parte de una familia «de verdad», una familia «normal».

Y a Seb le sorprendía que supiese lo que era «normal».

En cualquier caso, Max le había dejado un mensaje en su teléfono móvil la noche anterior, mientras él volvía de Reno en avión, diciéndole que quería que hablasen esa tarde.

Lo que significaba que habían ganado el proyecto Blake-Carmody.

–No sé –comentó Vangie–. Hay tantas cosas en qué pensar. Las servilletas, por ejemplo…

–Sí, bueno, ya hablaremos de eso más tarde –la interrumpió Seb intentando ser diplomático–. Ahora tengo que irme. Si tengo noticias de papá, ya te lo haré saber –añadió–, pero es más probable que te llame a ti que a mí.

Ambos sabían que lo más probable era que no llamase a ninguno de los dos. La última vez que habían tenido noticias suyas iba a casarse con su última secretaria, la cuarta en haber puesto el ojo en su fortuna. Al menos, a esas alturas Philip sabía cómo hacer un buen acuerdo prematrimonial.

–Eso espero –comentó Vangie–. O tal vez haya llamado a una de las chicas.

–¿Qué chicas?

–Las chicas –repitió ella con impaciencia–. Nuestras hermanas –le aclaró–. Nuestra familia. Van a venir esta tarde –añadió con alegría.

–¿Aquí? ¿Por qué? La boda es al mes que viene, ¿no? –Seb tenía mucho que hacer, no podía perder todo el mes de mayo.

–Vienen a ayudar –le explicó Vangie con satisfacción–. Es lo que hace la familia.

–¿Durante todo un mes? ¿Todas? –no se acordaba de cuántas eran, pero a él no le parecía una buena noticia.

–Sólo las trillizas. Y Jenna.

Entonces, todas las que tenían más de dieciocho años. ¿Cómo iba a soportarlas Vangie durante un mes entero?

–Pues que tengas buena suerte. ¿Quieres que mande a alguien a buscarlas al aeropuerto?

–No. No te preocupes. Llegan de distintas partes y a distintas horas, así que les he dicho que tomen un taxi.

–¿Sí? Me alegro por ti –le dijo, contento por Vangie y porque no le hubiese tocado organizarlo todo a él–. ¿Dónde van a quedarse?

Lo preguntó porque supuso que debía saberlo. Tal vez pudiese pasar a recogerlas a todas el domingo e invitarlas a cenar, para tener una relación de familia un poco «normal».

–Contigo, por supuesto.

Dejó caer la carpeta que tenía en las manos encima del escritorio.

–¿Qué has dicho?

–¿Dónde iban a quedarse si no? ¡Tienes un montón de habitaciones vacías! ¡Tiene que haber por lo menos cuatro habitaciones en tu ático! Yo vivo en un estudio, sin ninguna habitación. Además, ¿cómo no iban a quedarse con su hermano mayor? Somos una familia, ¿no?

Seb estaba que trinaba.

–No te preocupes, Seb, no te plantearán ningún problema. Casi ni te enterarás de que están ahí.

¡Cómo que no! Se imaginó medias colgadas en el tendedero, gotazos de laca de uñas, la casa toda desordenada.

–¡Vangie! No pueden…

–Por supuesto que sí, cuidarán de sí mismas. No te preocupes. Ve a tu reunión. Luego hablamos. Y llámame si tienes noticias de papá.

Y colgó.

Seb se quedó mirando el teléfono y lo colgó dando un golpe. Maldijo a Evangeline y a su fantasía de tener una familia «normal».

No pensaba compartir su ático con cuatro hermanas durante un mes. Lo volverían loco. Tres chicas de veintitrés años y otra de dieciocho que invadirían cada centímetro de su casa. No podría trabajar. Ni tendría un momento de paz.

¡No le importaba pagar las facturas, pero no iba a permitir que invadiesen su espacio!

Gladys, la secretaria de Max, levantó la vista del ordenador y le sonrió de oreja a oreja.

–No está.

–¿Que no está? ¿Por qué no? Tenemos una reunión.

Además, no tenía sentido. Max siempre estaba allí, salvo cuando estaba en una obra. Y nunca ponía dos citas a la vez, era demasiado organizado.

–No tardará en llegar. Debe de estar en un atasco –comentó Gladys sin dejar de sonreír–. Te llamaré cuando llegue, si quieres.

–¿Está… en una obra?

–No. Está volviendo del puerto.

–¿Del puerto? –Seb frunció el ceño. No recordaba que Max tuviese ningún proyecto allí.

Max era, o había sido desde que Seb había ido a trabajar para él, un modelo a seguir. Trabajador, centrado, brillante. Era el hombre en el que él se quería convertir, la figura paterna que nunca había tenido.

Así que, si no estaba allí a las cinco y cuarto de la tarde, después de haber sido él quien había convocado la reunión, era que algo iba mal.

–¿Está bien?

–Yo diría que no puede estar mejor –comentó Gladys con alegría–. Está de excursión.

Seb frunció el ceño todavía más. ¿De excursión? ¿Max? Tal vez había entendido mal a Gladys y había dicho «de reunión».

–Estoy segura de que no tardará –en ese momento, sonó el teléfono–. Despacho del señor Grosvenor.

Por su sonrisa, Seb supo quién llamaba.

–Sí, está aquí –dijo Gladys–. Esperándote. Ah… –miró a Seb–. Estoy segura de que sobrevivirá. Sí, Max. Sí. Se lo diré.

Colgó y, sin dejar de sonreír, levantó la vista hacia donde estaba Seb.

–Está en el garaje. Me ha dicho que puedes entrar en su despacho y esperarlo ahí.

–Está bien, gracias, Gladys –respondió él, sonriendo también.

Después de observar el impresionante paisaje, abrió la cartera y empezó a sacar los bocetos que había preparado para ponerse a trabajar lo antes posible. En ese momento se abrió la puerta y apareció Max.

Seb levantó la vista… lo miró fijamente.

–¿Max?

Por supuesto que era Max, su figura alta y ágil, el rostro delgado y de líneas duras, el pelo canoso y la sonrisa de oreja a oreja que lucía eran inconfundibles.

Pero ¿dónde estaba la corbata? ¿Y la camisa de manga larga? ¿Y los resplandecientes zapatos negros? En otras palabras, el uniforme de Max. La ropa con la que había ido a trabajar todos los días durante los últimos diez años.

–Serás más profesional si tu aspecto es profesional –le había dicho a Seb nada más contratarlo–. Recuérdalo siempre.

Y él lo había hecho. En esos momentos, llevaba su propia versión del uniforme: pantalones azules marino, camisa de rayas grises y blancas y corbata a juego.

Max, por su parte, vestía unos vaqueros desgastados y una cazadora azul marino encima de una camiseta amarilla de la universidad de Washington. Estaba despeinado y no llevaba calcetines.

–Lo siento, llego tarde –dijo enseguida–. Había ido a navegar.

Seb tuvo que hacer un esfuerzo por mantener la boca cerrada. ¿A navegar? ¿Max?

Mucha gente salía a navegar, incluso durante la semana, pero Max Grosvenor, no. Max Grovenor era adicto al trabajo.

Lo vio quitarse la chaqueta y sacar una cartera de diseño del armario.

–Habría ido a casa a cambiarme, pero había quedado contigo. Así que… –se encogió de hombros, parecía contento– aquí estoy.

Seb seguía perplejo. Lo habría entendido si Max hubiese tenido otra reunión, aunque hubiese sido en un barco. Cosas más raras habían pasado. Pero no le hizo preguntas.

A pesar de su atuendo, Max volvía a estar centrado en el trabajo. Abrió la cartera y sacó los papeles del proyecto Blake-Carmody.

–Es nuestro –comentó sonriendo.

Y Seb sonrió también, satisfecho de que todo su trabajo hubiese obtenido un fruto.

–Estuvimos echándole un vistazo mientras tú estabas en Reno –continuó Max–. Me traje también a un par de personas del proyecto. Espero que no te importe, pero el factor tiempo era esencial.

–No, no me importa –Seb lo comprendía. A pesar de que él había trabajado mucho en el proyecto, Max era el presidente de la empresa.

Y nadie podía haber ido a Reno en lugar de Seb, ya que el proyecto del complejo hospitalario era todo suyo.

Max asintió.

–Por supuesto que no –dijo Max dejándose caer en el sillón de piel que había detrás de su escritorio y cruzando los brazos detrás de la cabeza. Luego, con un gesto, le indicó a Seb que se sentase también–. Estaba seguro de que lo entenderías. Y le dije a Carmody que gran parte del trabajo era tuyo.

Seb se sentó en el otro sillón.

–Gracias.

Le alegró oírlo, así Carmody entendería que Max no era el único responsable del trabajo y no se sentiría mal cuando Seb se pusiese al frente del proyecto.

Max bajó los brazos y se echó hacia delante, apoyando los antebrazos en los muslos y entrelazando los dedos.

–Así que espero que no te molestes si llevo yo el proyecto.

Seb se quedó sin habla.

–Sé que habíamos hablado de que lo llevases tú –continuó Max–, pero has estado muchas veces en Reno. Y todavía tienes cosas que hacer en el proyecto Fogerty, y en el edificio Hayes, ¿verdad?

–Sí, es verdad –pero eso no significaba que no quisiera trabajar todavía más para llevar a cabo el proyecto Carmody-Blake.

Max asintió con alegría.

–Exacto. Así tendrás más tiempo para trabajar en el concurso del colegio de Kent. Les impresionaron mucho tus ideas.

Seb hizo un sonido inarticulado y esperó parecer contento con el cumplido. Porque era un cumplido. Pero… él también quería el proyecto Blake-Carmody.

En realidad, no tenía derecho a sentirse decepcionado. Sí, lo habían invitado a compartir sus ideas acerca del mismo, y sí, Max se las había tomado en serio. Hasta habían hablado de la posibilidad de que él lo llevase, pero nunca de manera oficial.

Y era comprensible que Max quisiese hacer ese proyecto. A pesar de que, durante los últimos meses, Max había estado hablando de tomarse el trabajo con más calma.

–Sabía que lo entenderías. Rodríguez estará al mando de la zona de oficinas. Y Chang, de la de tiendas –continuó Max.

Aquello tenía sentido. Frank Rodríguez y Danny Chang también habían contribuido al proyecto con sus ideas. Seb asintió.

–Y le he encargado a Nelly que se ocupe de las viviendas.

–¿Qué? –Seb se puso muy tieso–. ¿Neely Robson?

De pronto, le pareció que no se trataba sólo de que Max se quedase en el proyecto, sino…

Seb sacudió la cabeza.

–No puedes estar hablando en serio.

–Por supuesto que sí –contestó Max, que se había puesto tenso al oír su tono de voz.

–¡Pero si no tiene suficiente experiencia! ¿Cuánto tiempo lleva aquí? ¿Seis meses? Está verde.

–Ha ganado premios.

–Hace dibujos bonitos –Seb pensaba que podría haber sido decoradora de interiores.

Él sólo había trabajado con Neely Robson en una ocasión, durante el primer mes de ésta en la empresa. Y no habían encajado bien. A Seb le había parecido que sus ideas tenían poca sustancia y se lo había dicho. Y ella había contestado que él sólo quería construir rascacielos, que eran símbolos fálicos.

Era evidente que no se habían caído bien.

–A los clientes les gusta.

«A ti te gusta», quiso decirle Seb. «Te gusta su cuerpo curvilíneo y su larga melena de color miel. Sus seductores labios y los hoyuelos que le salen en las mejillas cuando sonríe». Pero apretó los dientes y se contuvo.

–Es buena en lo suyo –comentó Max. Y se quedó pensativo, sonriendo.

Seb se preguntó qué habría estado haciendo Neely con él, pero tampoco lo dijo en voz alta.

No obstante, tenía que decir algo. Se había dado cuenta de la atracción que sentía su jefe por Neely Robson. Era una mujer atractiva. Eso no podía negarlo.

Pero la empresa era tan grande que Max no se había fijado en ella hasta que había ganado un premio en febrero.

Desde entonces, Max le había prestado cada vez más atención.

Seb la había visto salir del despacho de Max en numerosas ocasiones durante los últimos meses, y lo había oído nombrarla. También había visto que Max fijaba la mirada en ella durante las reuniones.

No le había dado importancia. Max no era como su padre. Max era un hombre decidido y profesional, y adicto al trabajo.

Era imposible que Max Grosvenor se dejase seducir por una cara bonita. Tenía cincuenta y dos años y ninguna mujer lo había atrapado todavía.

Aunque Seb suponía que siempre había una primera vez. Si hasta había ido a navegar…

–Sólo quería decir que no tiene demasiada experiencia con edificios de viviendas y…

–No te preocupes por su experiencia. Yo trabajaré con ella. Y si está verde, ya aprenderá. Yo la ayudaré –arqueó una ceja–. ¿No crees?

Seb apretó los dientes con tanta fuerza que le dolió la mandíbula.

–Por supuesto –dijo.

Max sonrió.

–Es muy creativa. Deberías conocerla mejor.

–Ya la conozco.

Max rió.

–No tanto como yo. Ven a navegar con nosotros la siguiente vez, ¿qué te parece?

–La siguiente… ¿Has ido a navegar con…? –no fue capaz de terminar la frase.

¿Max y Neely Robson habían salido a navegar juntos? Max debía de estar pasando por una crisis. Aquél era el tipo de cosas que hacía Philip Savas, no Max Grosvenor.

–No se le da mal –comentó Max sonriendo.

–¿No? –Seb se puso en pie y recogió su cartera–. Me alegra saberlo, pero sigo pensando que vas a cometer un error.

Max dejó de sonreír. Miró por la ventana hacia el monte Rainier, aunque Seb no sabía si realmente lo estaba viendo. Por fin, volvió la mirada a los ojos de Seb.

–No sería el primer error que cometo –comentó–. Gracias por preocuparte, pero creo que esta vez no me estoy equivocando.

Se miraron fijamente. Seb quiso decirle que estaba muy equivocado, que él lo había visto muchas veces en su propio padre, sacudió la cabeza y dijo:

–En ese caso, voy a volver a mi trabajo, si no quieres hablar de nada más conmigo.

Max sacudió una mano.

–No, nada más. Sólo quería decirte lo del proyecto Blake-Carmody en persona. Me parecía poco apropiado hacerlo por teléfono. Ah, y no es mi intención ofenderte, ocupándome yo de él, Seb. Es sólo, que quiero hacerlo.

Con Neely Robson.

–Por supuesto –contestó Seb.

Ya había abierto la puerta cuando oyó a Max que le sugería:

–Deberías tomarte algo de tiempo para ti, Seb. No todo es trabajo en la vida.

Era cierto, pero no quería oírlo de boca de Max Grosvenor. Cerró la puerta sin decir palabra.

–¿No te parece estupendo? –le dijo Gladys sonriendo.

–¿El qué? –preguntó Seb, frunciendo el ceño.

–Max. Es estupendo que por fin tenga una vida.

Si Max por fin tenía una vida, a él no le daba ninguna envidia.

Las relaciones, según su experiencia, siempre eran complicadas, impredecibles y caóticas. Si Max se sentía tentado a tener una, era sencillamente porque estaba pasando por una crisis.

Y con Neely Robson, a la que le doblaba la edad. Estaba abocado al desastre.

A Seb siempre le había parecido que la vida de Max era ideal: ordenada, clara y controlable.

Sacudió la cabeza e intentó olvidarse del tema y pensar en el proyecto del colegio de Kent.

Eran más de las seis. Podría haberse marchado, pero ¿para qué? Tenía trabajo pendiente y ningún motivo para volver a casa.

Seguro que su ático estaba hecho un desastre, con sus hermanastras recién llegadas. Además del desorden, seguro que hablaban todas a la vez, acerca de la boda, de Evangeline y Garrett, de lo perfecto que era todo, de lo felices que iban a ser. Y luego lo compararían todo con sus propias vidas amorosas.

Y especularían acerca de la de él.

Sus hermanas siempre habían intentado sonsacarle acerca de su vida privada. ¿Con quién salía? ¿Iba en serio? ¿La quería?

Él no tenía vida amorosa. Y no pretendía tenerla.

Sí tenía necesidades, por supuesto. Hormonas. Testosterona. Era un hombre con todos sus instintos, pero eso no significaba que fuese a casarse.

Ni que creyese en los cuentos de hadas.

Más bien al contrario, creía en proporcionar a sus hormonas lo que necesitaban de manera sana y sensata. Y llevaba años haciéndolo mediante aventuras discretas con mujeres que querían lo mismo que él. Ni más, ni menos.

Y si su última aventura había terminado un par de meses antes, había sido porque la guapa ingeniera que había estado satisfaciendo sus necesidades se había marchado a vivir a Filadelfia a principios de año. Y eso sólo significaba que tendría que buscarse a otra para reemplazarla.

No tenía por qué meterse en una relación seria.

Aunque sus hermanas no pensaban igual. Y nunca dudaban en decírselo.

Y dado que Evangeline se las había enjaretado durante todo un mes, seguro que se sentían libres de expresar sus opiniones.

Que Dios lo ayudase.

Necesitaba buscarse un refugio, aunque fuese sólo para ese mes. Un lugar donde nadie pudiese encontrarlo.

Pensó en trasladarse a un estudio vacío que había comprado dos años antes. Era tentador, pero estaba muy cerca de su ático. Y Vangie lo sabía. Todas lo sabrían si se iba allí.

Tal vez pudiese comprar un sofá para su despacho y dormir allí, aunque Max, con su nueva actitud, no estaría de acuerdo con la idea.

Pero él no estaba pasando por una crisis, como Max. ¿Por qué no iba a trabajar veinticuatro horas al día si era lo que quería? Al menos, en su despacho, podría concentrarse.

Intentó volver a pensar en el colegio de Kent. Casi todo el mundo se había marchado a casa ya. Eran casi las seis y media. Max había desaparecido hacía media hora.

Había intentado trabajar durante otra media hora más, pero su estómago había empezado a rugir.

Por suerte, no tenía que ir a casa a cenar, podía comprar algo preparado y volver a comérselo a su despacho. No iría a casa hasta la hora de dormir.

Tomó su chaqueta y salió al pasillo.

Sólo había una luz encendida, la del despacho de Frank Rodríguez. De camino al ascensor, oyó hablar a Frank y a Danny. Y sintió envidia. Aunque no quería el trabajo de Frank, ni el de Dani. Y no era culpa suya si no había conseguido el que sí quería.

–No puedo ayudarte –oyó que decía Danny Chang–. Ojalá pudiese –decía desde la puerta del despacho de Frank–. Pensé que la habías vendido.

–Y yo –decía Frank en tono sombrío–. Cath va a flipar cuando se entere de que no he cerrado el trato. Queremos esa casa. ¿Pero cómo voy a dar la señal si no tengo el dinero?

Danny se encogió de hombros.

–Si me entero de alguien que esté interesado, te lo mandaré –se dio la vuelta y vio a Seb–. Eh, ¿quieres comprar una casa flotante?

¿Una casa flotante?

Cualquier otro día, se habría reído, pero ése, lo pensó, y sin querer, preguntó con cautela:

–¿Qué tipo de casa flotante? ¿Dónde?

Danny y Frank se miraron.

Entonces, Frank se levantó y fue hacia la puerta.

–No es demasiado grande, seguro que no la quieres. Dos habitaciones, un baño. En realidad, es bastante pequeña. Está en la parte este del lago Union. La compré cuando llevaba aquí un año. Y me encanta, pero Cath… Vamos a casarnos, y a Cath no le gusta.

–Cuéntame más.

Frank pareció sorprenderse. Y entonces, empezó a darle detalles.

–Es muy funcional. Tiene unos cincuenta años, pero está muy cuidada. Es un lugar bonito y tranquilo. Justo al final del muelle. Como es evidente, las vistas son estupendas. El inquilino iba a comprarla, pero no ha conseguido la financiación, acaba de llamarme.

–¿Tienes un inquilino?

–Alquilé la habitación que estaba vacía.

–¿Y cuánto pides por ella?

–¿En serio? –preguntó Frank.

–Te lo acabo de preguntar, ¿no?

–¡Ah! Bueno… –sorprendido, Frank le dijo una cantidad.

No era barata, pero la paz tenía su precio. Y luego, siempre podría volver a venderla.

Seb asintió.

–Te haré un cheque.

Capítulo 2

ERA PERFECTA.

Seb vio la casa flotante desde la colina. Estaba justo al final del muelle. Tenía dos pisos y parecía cómoda y acogedora. Tal y como le había dicho Frank.

No podía haber tomado una decisión mejor, pensó mientras aparcaba. Se sintió vivo, con energía, sonrió.

Le había costado mucho dinero, pero ¿para qué quería el dinero, además de para pagar la boda de su hermana, la universidad de sus otras hermanas y comprar regalos a los hijos que iban teniendo las ex mujeres de su padre?

Además, Frank le había asegurado que sería fácil de vender, que su inquilino se la compraría en cuanto consiguiese el dinero.

Aunque, en esos momentos, a Seb sólo le interesaba la tranquilidad.

La visita a su ático un rato antes, había terminado de convencerlo de que había hecho lo correcto. Los platos sin fregar. Los teléfonos móviles sonando y sus hermanas riendo. Todas habían ido a abrazarlo.

Se había preparado para ello.

Pero se había olvidado de la música, la televisión, los gritos. Y los olores. Los acondicionadores de pelo dulzones, las lacas, los geles y los miles de perfumes.

Su ático olía como un burdel.

Unos minutos allí lo habían convencido de que había tomado la decisión correcta.

Sus hermanas habían parecido disgustarse, pero él había conseguido zafarse de ellas y había ido a su habitación a hacer las maletas.

Había recogido lo que pensaba que podía necesitar, o lo que no quería que le rompiesen, como el antiguo violín que había pertenecido a su abuelo, y se había despedido de ellas.

–Volveré el domingo para llevaros a cenar –les había prometido.

Antes de marcharse, Jenna le había pedido dinero para pagar unas pizzas para la cena.

–¿Seguro que no quieres quedarte? –le había preguntado, sin devolverle el cambio.

–No.

Pero en ese momento, de camino a la casa flotante, deseó haberse quedado a tomar al menos un trozo de pizza.

No importaba. Se prepararía algo cuando se hubiese instalado, y hubiese conocido al inquilino de Frank. Si tenía alquilada una habitación en una casa flotante, se alegraría mucho cuando le propusiese que se trasladase a su estudio gratis. Y tal vez cuando quisiese vender la casa flotante, él ya habría obtenido el préstamo y podría comprársela.

Subió a bordo y empezó a silbar mientras abría la puerta.

–Hogar, dulce hogar –murmuró.

Abrió la puerta y entró en el pequeño recibidor, en el que había una escalera que daba al segundo piso a un lado, y estanterías y una puerta al otro. Al frente, al fondo del pasillo, había una ventana por la que entraba el sol. Eso, y la música, hicieron que se acercase.

Era un minué de Bach, ligero y cadencioso, rítmico, ordenado, nada que ver con el estruendo que había dejado en su ático.

Sintió que desaparecía la tensión de sus hombros. Se había preguntado cómo iba a convencer al inquilino de Frank de que se marchase. La música de Bach lo tranquilizó. Tenía que ser una persona sensata.

Llegó al final del pasillo y entró en el salón. Se quedó inmóvil al ver una jaula con dos conejos en una de las ventanas. También había un acuario en la barra que separaba la zona de la cocina del resto de la habitación. Había tres gatitos en el suelo, uno de ellos intentando subirse a una caja de cartón que les impedía atravesar la puerta.

Pero lo que más le sorprendió fue ver un par de largas y femeninas piernas subidas a una escalera en la terraza.

–¿Ya has vuelto? –preguntó la mujer que, al parecer, había oído la puerta–. Es demasiado pronto. Márchate y vuelve dentro de media hora.

Seb no se movió. Siguió mirando las piernas. Y sintió interés e irritación al mismo tiempo.

¿El inquilino era una mujer? ¿Y Frank no se había molestado en decírselo?

Bueno, tal vez para él no fuese importante.

–¿Cody? –llamó la mujer–. ¿Me has oído? Te he dicho que te marches.

Seb se aclaró la garganta.

–No soy Cody –contestó, más tranquilo al ver que no le temblaba la voz, sin dejar de mirar las piernas.

–¿No…?

La mujer bajó un par de peldaños y se agachó para asomar la cabeza.

Seb se quedó de piedra.

¿Neely Robson?

Imposible. Cerró los ojos y los volvió a abrir. Era Neely Robson.

Se miraron el uno al otro.

Y entonces, casi a cámara lenta, ella se incorporó y Seb dejó de ver su rostro. Por un instante, creyó que se lo había imaginado.

Entonces la vio bajar de la escalera y acercarse a la puerta, con una brocha en la mano.

–Señor Savas –dijo de manera educada, con voz un tanto ronca y provocativa.

Seb se preguntó si a Max también lo llamaría señor Grosvenor.

–Señorita Robson –respondió él en tono cortante.

–Lo siento. No esperaba… Pensé que era Cody con Harm –comentó. Estaba ruborizada.

Seb sacudió la cabeza, sin saber de lo que le estaba hablando.

–Mi perro. Harmony. Así se llama. El chico que vive al otro lado del muelle se lo ha llevado a dar un paseo. Pensé que ya estaban de vuelta y todavía no he terminado de pintar.

Era la primera vez que Seb oía balbucear a Neely Robson y, en otras circunstancias, le habría parecido divertido.

–No importa –añadió ella–. Ha venido a buscar a Frank.

–No.

–¿No? Entonces… ¿Por qué…? –lo miró a los ojos, luego bajó la mirada y vio las maletas. Frunció el ceño.

A Seb le hubiese gustado haber podido disfrutar más del momento, haber estado más preparado. Y mucho menos sorprendido que ella.

No importaba. Lo hecho, hecho estaba. Y Neely Robson pronto se marcharía de allí.

–Siento decepcionarla, señorita Robson. Ya he visto a Frank. Ahora, he venido a quedarme.

–¿Qué?

La vio palidecer y le gustó. Sonrió.

–Si es usted la inquilina, señorita Robson, tiene un casero nuevo. Yo.

Nelly observó desolada al hombre que estaba en su salón. Ya era horrible tenerlo allí, pero que fuese su nuevo casero, era imposible.

–Perdone, ¿qué ha dicho?

–Que he comprado esta casa.

Neely sintió que le temblaban las rodillas. Se apoyó en el marco de la puerta para no caerse.

–No.

–Sí –replicó él sonriendo. O haciendo una mueca–. Esta casa flotante –aclaró, por si no se había enterado bien–. Y vengo a vivir en ella.

Así que había oído bien. Siguió mirándolo fijamente, aterrada, incapaz de creerlo.

–Se confunde. Soy yo quien va a comprar la casa. Es mía.

–Lo siento… por usted, pero no. No es suya. Quiero decir, que Frank me la ha vendido hace un par de horas.

–¡No puede haber hecho eso! ¡Jamás lo haría! Teníamos un trato.

–Pues ya no.

Ella siguió mirándolo, como si acabasen de darle un puñetazo en el estómago. Como siempre que su madre, Lara, le decía que iban a mudarse otra vez. Y otra. Y otra más.

–Frank comentó que lo había llamado un tal Gregory. Supongo que es un asesor hipotecario, ¿no?

Neely asintió.

–Un amigo de Frank. Me prometió encontrarme una hipoteca.

–Sí, pero al parecer, no ha podido ser.

–Siempre puedo preguntar en otra parte.

Sebastian asintió, aunque no había ni rastro de compasión en su mirada.

–Sin duda, pero Frank no podía esperar. Creo que tenía que dar una entrada para una casa. Una boda. Y un bebé de camino. Estaba bastante estresado.

Pero a él le daba igual, porque la operación le había salido redonda.

Dejó el bolso de viaje en el suelo y el portatrajes encima del sofá, luego fue hacia la puerta.

–¿Qué está haciendo? –le preguntó Nelly.

–Voy a por el resto de cosas. ¿Quiere ayudarme?

Y sin esperar una respuesta, se marchó.

Y ella se quedó echando chispas. Tomó su teléfono móvil de encima de la mesa de la terraza y marcó el número de Frank.

Éste no contestó.

–Cobarde –murmuró ella.

–¿Está hablando conmigo? –preguntó Sebastian Savas, que estaba de vuelta con dos grandes cajas de cartón, que dejó encima de la mesita de café.

¡Su mesita de café!

–Eso es mío –le dijo.

Él siguió su mirada hasta la mesa.

–Disculpe. Frank me había dicho que iba a dejar algunos muebles.

–Pues esa mesa, no –dijo Neely, sabiendo que se estaba comportando de manera mezquina, pero le daba igual.

–Está bien –Seb quitó las cajas de la mesa y las dejó en el suelo–. El suelo es mío –replicó, luego volvió a sonreír y se marchó de nuevo.

Neely deseó gritar, pero se quedó viendo cómo volvía a entrar con otra caja y la dejaba al lado de las otras, en el suelo. En su suelo.

–No puedo creer que la haya comprado –murmuró, llena de ira.

–Ni yo –dijo Sebastian con alegría–, pero es perfecta.

Aquel comentario la sorprendió. Jamás habría imaginado que Sebastian Savas pudiese pensar que aquella casa era perfecta. Max le había contado que vivía en un ático. ¿Qué había pasado con él?

–No me cabe en la cabeza que piense eso –comentó ella con acidez.

–Pero es que usted no conoce mis circunstancias, ¿verdad? –dijo él, con los brazos en jarras, observando su dominio.

–¿Lo han desahuciado? –preguntó Neely con dulzura.

Él la miró de manera tan dura, que la hizo retroceder un paso. Tendría que tener más cuidado con lo que decía si Sebastian se quedaba a vivir allí.

Pero no pudo evitar añadir:

–O tal vez se haya escapado de casa.

–Tal vez.

–Sí, claro. Dígame, ¿por qué lo ha hecho?

–Danny me preguntó si quería comprar una casa flotante.

–Y usted la compró. ¿Por qué no? Sacó la chequera y dijo: la compro.

–Algo así.

Neely no podía creerlo.

–Seamos realistas.

Él se limitó a encogerse de hombros.

Era algo que odiaba de él, aquella indiferencia fría, de superioridad, aquel desdén con el que demostraba que nada le afectaba. En el trabajo lo llamaban el Hombre de Hielo a sus espaldas, aunque podían habérselo llamado a la cara, porque le habría dado igual.

Lo vio abrir una de las cajas, sacar unos libros y empezar a colocarlos en una estantería. Ella suspiró con brusquedad.

Sebastian se giró y la miró.

–¿Qué? ¿No protesta? ¿Son todas las estanterías para mí?

–Eso parece, dado que son de obra –replicó Neely entre dientes–, pero, como inquilina, tengo derecho a utilizar parte del espacio.

–Ah, sí. El alquiler.

–La cantidad está establecida –le advirtió, por si pretendía triplicársela–, en el contrato de arrendamiento.

Él no respondió a aquello.

–¿Quiere que mida y divida el espacio? ¿Para estar segura de que le corresponde la parte justa?

–Supongo que podemos llegar a un acuerdo –murmuró ella, fulminando con la mirada su cuerpo alto, fuerte y masculino, que estaba invadiendo su espacio y que la escrutaba con sus penetrantes ojos verdes.

Eran unos ojos increíbles, de un verde muy claro, que contrastaba con su piel color oliva y su pelo grueso y moreno. Y convertían su rostro fuerte, atractivo, de rasgos casi duros, en un rostro todavía más memorable… y atrayente.

En el trabajo, Sebastian Savas tenía fama de ser exigente, riguroso e imperturbable. Todo un hombre de negocios. Completamente frío.

Las mujeres, las muy tontas, coqueteaban con él, le hacían ojitos, le sonreían y le llevaban cafés con la esperanza de que les hablase, saliese con ellas y se casase con ellas.

Pero él casi ni las veía.

Needy pensaba que sólo se fijaba en los edificios, cuanto más altos y puntiagudos, mejor.

Un hecho que le había mencionado en una ocasión, sobre todo porque él había dicho de sus bocetos que parecían casas para la Barbie.

Pero no, eran despachos para una revista de moda femenina cuyo logotipo era de color rosa fucsia. No obstante, Sebastian no lo había entendido. Sólo había rechazado su propuesta de poner algo de color en los despachos.

Desde entonces, no habían vuelto a tener ninguna relación.

Ella no quería tenerla.

Seb era la mano derecha de Max y éste pensaba que era estupendo. Aunque era normal, ya que se parecían mucho.

–Te caerá bien cuando lo conozcas mejor –le había prometido Max.

Pero Neely no estaba de acuerdo, y no tenía ningún interés en conocerlo mejor.

No le hacía ninguna falta un hombre adicto al trabajo. Hacía veintiséis años que un hombre adicto al trabajo no se había casado con su madre, que estaba embarazada. Aunque su madre tampoco hubiese sido de las que se casaban.

Pero eso era irrelevante en esos momentos.

Lo importante era averiguar a qué tipo de juego estaba jugando el Hombre de Hielo.

–¿Así que ha dicho que sacó su chequera para salvar a Frank Bacon? –lo presionó.

–Nos hice un favor a ambos. Él quería vender. Y yo quería comprar. Llegamos a un acuerdo. Así de sencillo.

No era nada sencillo. Al menos, para ella. Abrió la boca para seguir discutiendo, pero se dio cuenta de que no merecía la pena.

Discutiendo no iba a cambiar nada. Había imaginado que no le darían el préstamo, ya que sólo llevaba ganando dinero de verdad desde que había terminado la universidad. De eso hacía dos años y medio y, con el dinero que ganaba, también tenía que pagar el crédito gracias al cual había podido estudiar y enviarle algo a su madre. Lara, que se había casado por fin cuando Neely tenía doce años, era viuda y tenía una pensión insignificante y un pequeño negocio de joyería. Era autosuficiente, pero no podía permitirse caprichos, a no ser que Neely se los pagase.

Ella había soñado con comprarse la casa flotante. Le había encantado nada más alquilarle la habitación a Frank, seis meses antes. Y había tenido la esperanza de que le diesen un préstamo.

Pero, al parecer, no había sido posible. Todavía.

Y Frank no había podido esperar y había tomado el camino más corto.

Se la había vendido a Sebastian Savas.

–Hablando de acuerdos. Tengo que proponerle un trato, señorita Robson –le estaba diciendo Sebastian en esos momentos. Estaba de pie, con una pila de libros en las manos, mirándola fijamente.

–¿Un trato? –repitió ella, esperanzada–. ¿Me la va a vender?

Él negó con la cabeza.

–No, pero tengo un lugar al que podría marcharse.

Neely volvió a sentirse como si le hubiesen dado un puñetazo en el estómago.

–Tengo un apartamento vacío –la miró con expectación, como si pensase que iba a saltar de alegría–. Podría dejárselo gratis durante seis meses.

Ella negó con la cabeza.

–No voy a marcharme a ninguna parte.

–Tiene que hacerlo –dijo él, frunciendo el ceño–. Yo voy a vivir aquí.

–Me alegro por usted.

Él la miró fijamente. Sus ojos verdes parecían más fríos que nunca.

–¿Está diciendo que quiere compartir casa?

Neely se encogió de hombros, haciendo acopio de indiferencia. Esperó resultar creíble.

–No quiero, pero si va a vivir aquí, tendré que hacerlo –señaló hacia las escaleras con la cabeza–. Su habitación es la de la derecha. Es más pequeña que la mía, pero tiene mejores vistas. Que la disfrute.

Y no esperó a escuchar su respuesta. No quería oírla. Además, tenía que alejarse de él antes de que no pudiese contener las ganas de lanzarle la brocha, o algo peor.

Así que volvió a salir a la terraza y se subió a la escalera para seguir pintando. En su cabeza, y en su corazón, estaba abofeteando a Sebastian Savas.

Él no se marchó, ni subió al piso de arriba. En su lugar, colocó los libros, quitó la caja que había delante de la puerta y salió a la terraza. Se apoyó en la barandilla y la miró.

–Los gatos van a escaparse –le advirtió ella.

Él ignoró su comentario.

–No quiero compartir casa, señorita Robson –dijo en tono monótono e inflexible.

Neely ya lo había oído hablar así antes, en el trabajo.

–Yo tampoco –respondió ella en el mismo tono. Metió la brocha en el cubo de pintura y continuó abofeteando la pared, sin mirar hacia abajo, aunque sabía que lo tenía detrás.

–En ese caso, tendrá que marcharse –sugirió Sebastian–. Comprenda que no la estoy echando a la calle. Mi oferta es muy justa, y el apartamento está muy bien situado.

–Sin duda, pero no me interesa –otra bofetada.

–Mire, señorita Robson –insistió él en tono comedido–. Creo que no me ha entendido. No puede quedarse aquí. Puede aceptar mi oferta o hacer las maletas y marcharse. No puede quedarse.

Neely se giró un poco para poder mirar por encima del hombro y verlo. Era grande e imponente incluso visto desde arriba.

–De eso nada, señor Savas –dijo ella también con tranquilidad–. Claro que puedo quedarme. Tengo un contrato –añadió con dulzura–. Por escrito. Cath, la novia de Frank, es abogada. Quería estar segura de que todo era legal. Intente escurrir el bulto, si quiere –terminó sonriendo de oreja a oreja.

Él apretó la mandíbula.

–Le pagaré.

Neely se encogió de hombros.

–Véndame la casa flotante. Le había ofrecido a Frank una buena cantidad.

–Una cantidad que, al parecer, no pudo reunir.

–Pero lo conseguiré, tengo un buen trabajo, perspectivas de futuro.

Él resopló con desdén.

–¿Por qué hace eso? –le preguntó ella, frunciendo el ceño.

–Por sus perspectivas. ¿Así llama a Max? Seguro que le encantará saberlo.

–¿Max? –Neely se quedó boquiabierta. Sebastian pensaba que estaba utilizando a Max.

Cerró la boca de repente. Le habría encantado tirarle la lata de pintura por la cabeza.

Él se encogió de hombros.

–Veo que no lo niega.

–¡Claro que lo niego!

–Bueno, pues no se moleste. Que él esté demasiado ciego para darse cuenta de lo que está haciendo, no quiere decir que los demás también lo estemos.

Neely apretó la brocha con los dedos, deseando tener entre las manos el fuerte cuello de Sebastian Savas.

–¿El resto? ¿A quién se refiere?

–A mí, para empezar. A Gladys.

–¿La secretaria de Max piensa que quiero utilizarlo?

–Está encantada porque lo está humanizando –comentó Sebastian–. No se me ocurre otra palabra para describirlo.

–No sabe de qué está hablando –se quejó ella.

–¿No?

–No, no lo sabe, señor Savas. Y no debería imaginar cosas que no son –se dio la vuelta y siguió pintando. ¡Estaba furiosa con él!

–Entonces, ¿qué voy a tener que hacer para echarla, señorita Robson? –insistió él–. ¿Cuál es su precio?

Neely no le hizo caso. El sol casi se había puesto. Tenía que encender la luz si quería seguir viendo lo que estaba haciendo. Aunque, ¿qué más daba? Si aquélla era la casa de Sebastian Savas, y no la suya, ¿para qué se estaba molestando en pintarla?

¡Porque sí era suya!

Ella la había pintado, la había cuidado, se había ocupado de ella cuando Frank se había ido a vivir con Cath. ¡Le había prometido que se la vendería!

Tal vez debiese haber aceptado la oferta de Max.

Cuando por fin le había quedado claro que ella no iba a renunciar a su independencia, le había dicho que podía ayudarla a financiar la casa flotante.

Ella se había negado. Era demasiado testaruda y orgullosa como para aceptar.

Si el Hombre de Hielo se enteraba de lo que Max le había ofrecido, se pondría furioso. Porque Sebastian pensaba que lo sabía todo. Era un cretino presuntuoso.

Ni siquiera quería su casa flotante. Estaba segura. Quería darle un uso en ese momento, aunque Neely no sabía cuál, pero terminaría volviendo a su ático.

Dejó la brocha y se giró para mirarlo de nuevo.

–¿Cuál es su precio, señor Savas?

–¿Mi precio? –dijo él sorprendido.

Pero entonces la recorrió con la mirada, desde los pies descalzos hasta la cabeza, respondiendo a su pregunta con ella.

Neely se ruborizó y deseó abofetearlo, aunque la culpa había sido suya por preguntar.

Entonces, lo vio sacudir la cabeza.

–No tiene nada que yo quiera, señorita Robson.

Ella volvió a desear abofetearlo.

Pero, antes de que le diese tiempo a reaccionar, Cody y Harm entraron corriendo.

–¡Ya estamos aquí! –exclamó el chico–. Harm se ha metido en el barro y necesito una toalla y…

A Harm le encantaban los extraños, corrió entusiasmado hacia Sebastian Savas y se lanzó sobre él. ¡Y ambos fueron a parar al agua!

A Neely le habría encantado poder quedarse allí, riéndose, pero sólo deseó que Sebastian supiese nadar. Lo más probable era que le pusiese una demanda de todas maneras.

Bajó la escalera y él salió a la superficie.

–¿Está bien?

Neely deseó oírlo gritar o amenazarla, o algo. No le hubiese importado que intentase estrangular a su perro.

Pero no lo hizo. Dio un par de brazadas para llegar al borde de la casa y salió del agua. Sin decir ni una palabra.

Ella lo observó y esperó a que empezase a echar humo. Estaba en su derecho. Dos de los gatitos se habían asomado de manera peligrosa a la barandilla y Harm chapoteaba contento.

Se apartó del camino de Sebastian y tomó a los gatitos, los dejó en el salón y volvió a poner la caja tapando la puerta.

–Le dije que no moviese la caja –le dijo a Sebastian–. Esto… lo siento –añadió. Aunque habría sonado más convincente si no se lo hubiese dicho sonriendo.

Sebastian se volvió a mirar a Harm, que estaba intentando volver a tierra firme.

–Yo iré a por él –se ofreció Cody. Y salió corriendo antes de que alguien le echase la culpa de lo que había pasado.

Aunque Neely no estaba enfadada con él. Y Sebastian todavía no había dicho nada.

A ella le sorprendió que, hasta empapado, siguiese pareciendo imperturbable. Aquel hombre era inhumano.

–¿Ése era su perro?

–Sí –contestó ella, riendo con nerviosismo.

–¿Y lo hace a menudo?

–¿Tirar a la gente al agua? Con más frecuencia de lo que a mí me gustaría. Aunque casi siempre me lo hace a mí, así que he aprendido a no ponerme al lado de la barandilla cuando está contento. Todavía es un cachorro. Sólo tiene un año. Lo siento –repitió.

–No, no lo siente –dijo él mirándola a los ojos.

Y Neely volvió a sentir lo mismo que la primera vez que habían discutido. Irritación, por supuesto, pero algo más, algo caliente y eléctrico y muy, muy intenso que había entre ambos.

Le entraron ganas de tirarse al agua, pero tomó aire e intentó tranquilizarse.

–Tiene razón. No lo siento.

Y volvieron a quedarse así, mirándose a los ojos, hasta que volvió Cody con Harm.

–Ya lo tengo. Al menos, ya no está lleno de barro –comentó el chico mirando a Neely, aunque se puso muy serio al volver la vista a Sebastian.

–Tengo deberes –dijo–. De matemáticas. Muchos. Tengo que irme –y salió por la puerta antes de que a ninguno de los dos le diese tiempo a volver a hablar.

Durante el silencio que siguió a su marcha, Harm se sacudió y mojó a Neely casi tanto como estaba Sebastian. Ella se llevó al perro a la cocina y se puso a secarlo.

Sebastian la siguió, todavía empapado.

–No pienso marcharme –le advirtió.

Neely levantó la vista.

–Ni yo.

–Esta casa es mía.

–Y yo tengo alquilada una habitación en ella durante seis meses.

–Le he ofrecido un lugar mejor al que ir.

–Claro que sí. ¿Con un perro y cinco gatitos, dos conejos y un cobaya?

Él apretó la mandíbula. La observó.

Neely se encogió de hombros.

–Voy a quedarme, señor Savas. Y si no le gusta, peor para usted.

Capítulo 3

HA SIDO un golpe bajo –le dijo Neely a Frank a la mañana siguiente, cuando éste le abrió la puerta del apartamento de Cath.

Se había pasado la noche hecha una furia, yendo y viniendo, pero sin salir de su habitación, porque Sebastian Savas la había invadido. Después de darse una ducha, había bajado al salón y había instalado su ordenador en el escritorio que daba a la ventana.

–¿Es mío? –le había preguntado, arqueando una ceja.

–Sí, es suyo –había contestado ella entre dientes.

Así que se había puesto a trabajar en el salón. Y ella se había subido a su habitación porque no quería que la viese disgustada.

No obstante, no le importaba que Frank se enterase de cómo se sentía.

–Muy bajo –añadió en ese momento.

A juzgar por la expresión de Frank, le hubiese dado con la puerta en las narices si hubiese podido, pero no podía.

–Esto… Hola, Neely. Buenos días –dijo desde detrás de la puerta.

–¿Buenos, Frank? No para mí –y entró con paso decidido en el salón de Cath.

–Espera un minuto… Neely, ya sabes que no lo habría hecho si te hubiesen concedido el préstamo.

Neely lo sabía, pero eso no la tranquilizaba. Apretó los dientes.

Frank se encogió de hombros.

–Sé que estás enfadada. Lo siento. No pude hacer nada, ocurrió…

–¡Al menos podías habérmelo dicho!

–¿Que la había comprado Savas?

–No, que no me iban a dar el préstamo. No debería haberme enterado por Sebastian Savas. Tu querido amigo Greg debería habérmelo dicho.

Frank juró entre dientes. Luego, se pasó los dedos por el pelo.

–Lo intentó. De verdad. A mí me llamó tarde. Me dijo que no había podido localizarte en tu teléfono móvil y que no había querido dejarte un mensaje. Por eso me llamó a mí. Pensó que tal vez estuvieses todavía en tu despacho, pero no estabas.

No, no estaba. Porque se había ido a navegar con Max.

Max la había llamado la noche anterior y le había dicho que estaba pensando en comprarse un yate, y que quería salir a navegar con él el viernes. Le había preguntado si quería acompañarlo.

Así que habían quedado a las nueve y se habían dedicado a navegar mientras a ella le denegaban el préstamo.

–Está bien –le dijo a Frank–. Ha sido culpa mía.

Frank le dio una palmadita en el hombro.

–Lo siento –repitió–. De verdad. Y… no sabía cómo decirte lo de Savas. Siéntate.

Pero Neely se quedó de pie.

–Como quieras –dijo él, encogiéndose de hombros. Tomó aire, se pasó los dedos por el pelo y se volvió hacia ella–. Savas fue… como un regalo del cielo.

–¿Sebastian Savas? Imposible.

–Ya sabes a lo que me refiero. Estaba desesperado, contándole a Danny lo que había ocurrido, cuando llegó Savas, que, para variar, se había quedado a trabajar hasta tarde, y Danny, bromeando, le preguntó si quería comprar una casa flotante. Y… –Frank se encogió de hombros, todavía parecía no creérselo–. Me la compró.

Neely tampoco podía creerlo.

–¿Qué ha pasado? –quiso saber Frank.

–¿Antes o después de que Harm lo tirase al lago?

–¿Bromeas?

–Jamás podría inventarme algo así –el recuerdo de lo ocurrido todavía la hacía sonreír–. Se lo tomó con mucho aplomo. Nadó hasta la casa, subió, y se quedó en la terraza, empapado, actuando como si fuese algo que le ocurría a diario.

Frank sacudió la cabeza.

–¿Y…?

–Luego subió, se dio una ducha, se cambió de ropa, pidió una pizza, enchufó el ordenador y se puso a trabajar. Yo me fui a la cama y lo dejé allí.

–Así que se ha mudado –comentó Frank con incredulidad–. ¿Sin avisarte antes? ¿Y qué vas a hacer tú?

–¿Yo?

–Bueno… no puedes…

–Tengo un contrato de alquiler –le recordó Neely.

–¡Pero no vas a vivir con Sebastian Savas! –exclamó Frank, como si estuviese loca.

–Bueno, ¿y qué pensabas que iba a ocurrir? –le preguntó ella, exasperada.

–Pensé… No sé lo que pensé. ¿Que era una inversión?

–Si hubiese sido una inversión, lo habría reflexionado. Tomó la decisión demasiado pronto.

–Supongo que sí, pero ¿por qué?

–Tal vez quiera poner celoso a Max.

Frank se quedó boquiabierto.

–Es broma –se apresuró a decirle Neely–, pero lo que sí es cierto es que Savas piensa que me estoy acostando con el jefe. Y es evidente que no le parece bien.

–Oh, Dios –rió Frank–. ¿No le has contado lo de Max?

–Por supuesto que no. Que piense lo que quiera. De todos modos, me odia. Así que ya tiene un motivo más.

–¿Te odia? –preguntó él, sorprendido–. ¿El Hombre de Hielo?

–Piensa que sólo diseño tonterías –le explicó Neely, aunque tal vez aquello no fuese odiarla.

–Es sólo que él tiene una visión distinta.

–Sí, una visión puntiaguda y vertical –comentó con sarcasmo.

–Sé amable con él. Vas a tener que serlo, ahora que estáis viviendo juntos.

Neely dejó de sonreír.

–Gracias a ti.

–Ya te he dicho que lo siento. Además, pensé que iba a buscarte otro lugar adonde ir.

–¿Lo hablaste con él? ¿Sabía que yo vivía allí?

–Le dije que tenía un inquilino.

–Pero no le dijiste quién era.

–Si se lo hubiese dicho, no me habría comprado la casa. Entonces, ¿no te ha ofrecido otro lugar?

–Sí, un estudio.

–Bueno…

–¿Me imaginas con Harm, los gatos, los conejos, la cobaya y el pez en un estudio? Además, no quiero irme a ninguna parte. ¡Quiero esa casa flotante!

Se había enamorado de ella nada más verla. Y cuando Frank le había dicho que quería venderla, le había hecho inmediatamente una oferta.

Además de que le encantaba, después de haber viajado tanto durante su niñez, quería echar raíces en alguna parte. Quería sentirse en casa.

–Bueno, tal vez cambie de idea –comentó Frank esperanzado–. Tal vez se haya levantado esta mañana y se haya arrepentido de la compra. En ese caso, podría vendértela.

–Sí, y tal vez esta noche pase un pato asado volando y caiga directamente en mi plato.

–¿Qué?

–Sólo quería decir que eres demasiado optimista, Frank. No importa. Al contrario que tú, yo no espero que ocurra ningún milagro. Tendré que convencerlo de que me la venda. Sólo tengo que averiguar cuál es su precio. En cualquier caso, no voy a marcharme.

Neely iba a marcharse.

Estaba seguro.

La noche anterior, antes de que se fuese a la cama, le había dicho de manera bien clara que tenía que irse.

Pero ella no había contestado. Lo había fulminado con la mirada, había recogido a los gatitos y se había subido a su habitación.

Esa mañana, cuando se había levantado, ella ya no estaba allí. Normal, ya que eran más de las nueve.

Hacía un día estupendo. El sol brillaba y él había dormido mejor que en muchos años. Le tranquilizaba dormir tan cerca del agua, le relajaba. Le recordaba a los veranos que había pasado en casa de sus abuelos, en Long Island.

La casa de éstos estaba en la costa, y su abuelo tenía un barco con el que salían a navegar. Y, de vez en cuando, convencía a su abuelo de que pasasen allí la noche. Aquello era lo más especial del verano.

La noche anterior había evocado aquellos recuerdos perdidos. E incluso esa mañana, seguía pensando en ello mientras se tomaba un café delante de la ventana.

Sólo las vistas, los recuerdos, le hacían sonreír.

Le daba igual Neely Robson. Había hecho lo correcto comprando aquella casa flotante. Ya se sentía mejor en ella que en su propio ático.

Estudió el tono que había escogido ésta para pintar la terraza. Era un gris plateado. Le sorprendió. Había imaginado que la pintaría de rosa. O morado.

El gris no estaba mal. Encajaba con el entorno. Levantó el bote de pintura y vio que todavía quedaba bastante, y se alegró. Neely había bajado las canaletas y las había pintado también. Él volvería a colocarlas y seguiría pintando lo que faltaba. Pero antes tenía que ir a comprar comida.

Entró en casa, sacó un trozo de pizza de la nevera y se la comió mientras recorría el resto de la casa.

La noche anterior, con Robson presente, no había podido inspeccionar su nueva compra.

Había subido a su habitación, se había quitado la ropa mojada, se había duchado y vestido. Así que sabía cómo era el cuarto de baño. Por suerte, había descubierto que su inquilina no era tan desordenada como sus hermanas.

Pero no se había entretenido más arriba. Había bajado al salón y se había puesto a trabajar.

–Empieza como pretendas continuar –le decía siempre su abuelo.

Y así lo había hecho Seb. Aquello lo había ayudado a soportar a las «madres» que su padre llevaba a casa.

Nunca intentaba complacer a nadie. Trabajaba duro y actuaba con sentido común. La vida era más sencilla así.

Si no le caía bien a la gente, peor para ellos.

A Neely Robson no le gustaba.

Pero le daba igual. A él tampoco le caía bien ella.

Y se quedaría muy a gusto cuando la viese salir de allí con todas sus cosas.

Con un poco de suerte, cuando volviese de hacer la compra, se la encontraría preparando las maletas.

Neely nunca había sido una exploradora.

No obstante, sabía que los exploradores siempre tenían que estar preparados para todo.

Así que cuando volvió a casa esa tarde, lo hizo preparada para hacerle una propuesta a Sebastian Savas.

Le había estado dando vueltas al tema desde que se había marchado de casa de Frank. Éste tenía razón, tal vez Sebastian se arrepintiese de la compra. Aunque era probable que no, pero no perdía la esperanza.

En cualquier caso, se había pasado tres horas en la biblioteca, porque no quería volver a casa, haciendo números. También había llamado a su madre para decirle que, durante los próximos meses, iba a andar peor de dinero. A Lara no le importaba. Ella nunca pensaba en el dinero.

Luego volvió a la casa flotante, preparada para hacerle al Hombre de Hielo una oferta que no podría rechazar.

Pero no estaba preparada para entrar en el salón y encontrarse con un hombre muy diferente del que conocía.

En los siete meses que llevaba trabajando en Grosvenor Design, sólo había visto a Sebastian en traje. Bueno, una vez, en una obra, lo había visto con el primer botón de la camisa desabrochado y la corbata aflojada. Y la noche anterior lo había visto en traje, pero empapado.

Incluso después de ducharse, Sebastian había bajado al salón con una camisa de vestir de manga larga y unos pantalones oscuros bien planchados. Aunque sin corbata, eso sí.

En una ocasión le había comentado a Max que Sebastian debía de haber nacido con gemelos.

Y su comportamiento frío y calmado era como otro traje.

Así que, ¿quién era el tipo descalzo y con unos vaqueros desgastados que estaba subido a la escalera?

Neely se quedó de piedra. Su cuerpo se paró, pero su mirada siguió ascendiendo hasta detenerse en unos fuertes y masculinos abdominales que se veían debajo de una camiseta roja descolorida por el sol.

Pudo ver incluso una línea de vello oscuro que desaparecía por la cinturilla del pantalón.

Neely se humedeció los labios. Tragó saliva. Volvió a tragar.

Se le aceleró el corazón de repente. Se obligó a tomar aire e intentó tranquilizarse.

Pero sus ojos bajaron al bulto que había debajo del pantalón. Se ruborizó y cerró los ojos.

No vio que los gatitos se le habían puesto delante y tropezó.

Los gatos maullaron.

–¡Socorro! –exclamó ella, tambaleándose y agarrándose al respaldo del sofá. Entonces abrió los ojos y vio a Sebastian, ¿quién si no?, bajar de la escalera como un bombero que fuese a apagar un incendio.

Sin dejar de mirarla, dejó la brocha en el cubo de pintura y se acercó.

–¿Qué ha pasado?

–Nada. Nada –contestó Neely.

–Si no ha sido nada, ¿por qué ha gritado? ¿Qué ha pasado?

–¡Nada! –dijo ella, todavía colorada.

Se agachó y recogió a los gatitos, los apretó contra su pecho y examinó sus cuerpos para asegurarse de que no les había hecho daño.

Sebastian la fulminó con la mirada.

–No me diga que se ha asustado al verme. Vivo aquí.

–Me he tropezado, con los gatos.

Él la miró con escepticismo, pero se encogió de hombros. ¿Por qué parecía que los tenía todavía más anchos con aquella camiseta? Era injusto.

–Debería mirar por donde anda –le dijo.

–Eso es evidente –replicó Neely, que no iba a decirle lo que había estado mirando. Enterró la cara en los animales y tomó aire de nuevo. Después, volvió a levantar la mirada–. No tiene por qué pintar.

–Es mi casa. ¿O me va a decir que es su pintura?

Neely apretó los labios.

–La verdad es que lo es, pero no importa. Lo que sí importa es… –se lanzó– que quiero comprarle la casa.

Sebastian abrió la boca para hablar, pero ella no le dejó.

–No es posible que la quiera. Hace veinticuatro horas, ni siquiera sabía que existía. Fue un impulso. Y tal vez ahora piense que la quiere, pero, en realidad, no la quiere.

Él volvió a abrir la boca, pero Neely sabía que tenía que dejarle claro lo mucho que le interesaba la casa.

–Escúcheme –insistió–. Se cansará de ella. Odiará la humedad. Se cansará de la niebla. Y no le gustará que haya pájaros rondando por la terraza. Deseará volver a su ático. ¡Estoy segura! Así que sólo quiero que sepa que, cuando ocurra, yo se la compraré por la misma cantidad que le ofrecí a Frank, o hasta diez mil dólares más. Y conseguiré la financiación.

Si era necesario, le pediría ayuda a Max.

Miró fijamente a Sebastian y esperó a que respondiese, pero él no dijo ni una palabra. Pasó medio minuto.

–¿Ha terminado ya? –le preguntó entonces.

–Sí –contestó ella.

–Entonces, dígame. ¿Por qué quiere la casa?

Neely deseó que no le hubiese preguntado aquello. Se le daba bien hacer amigos, se había visto obligada a ello, pero le costaba hablar de su vida privada. Y no quería hacerlo con un hombre que tendía a prejuzgar a los demás.

Pero no le había dicho que no fuese a vendérsela. Y estaba esperando una respuesta. Así que tenía que dársela.

–No lo sé –y lo había pensado mucho–. He vivido en muchos lugares. Aquí, en California, Montana, Minnesota, Wisconsin. Nos mudábamos constantemente, nada era permanente… Al menos, hasta que cumplí los doce años.

–¿Qué pasó cuando cumplió doce años?

–Que mi madre se casó.

Él pareció sorprenderse con la respuesta.

–Mis padres nunca se casaron –le explicó Neely–. Mi padre se pasaba el día trabajando y mi madre era un alma libre. Rompieron antes de que yo naciese. Nos quedamos un año en Seattle, pero luego mi madre decidió irse a una comuna en California. Como ya he dicho, íbamos de un lado a otro. Y entonces conoció a John y se casaron. Fue estupendo.

Él parecía todavía más sorprendido.

–De verdad –insistió Neely–. Teníamos un hogar. Me encantaba. Durante seis años, fue genial. Luego me marché a la universidad y… Ya sabe cómo es la universidad, uno nunca se siente como en casa. Cuando terminé viví primero en un apartamento, luego, en otro. Cuando llegué aquí, alquilé otro durante un mes. Cuando Frank me comentó que quería alquilar una habitación, vine a ver la casa y… lo sentí. Me sentí en casa. Ése es el motivo.

–Es todo sentimiento.

–¿Hay algo de malo en ello?

Él no contestó.

–¿Va a pintarla de rosa?

–¿Qué?

Era la acusación que le había hecho la única vez que habían trabajado juntos, que ella quería pintarlo todo de rosa. No obstante, a Neely le había dado igual, ya que había sido el cliente quien había pedido ese color.

Lo miró fijamente. Y él mantuvo la vista clavada en la suya.

Hasta que sonó su teléfono móvil.

Sebastian se metió la mano en el bolsillo del vaquero, haciendo que Neely se fijase de nuevo en su atlético cuerpo.

Frunció el ceño. ¿Por qué le había preguntado si iba a pintar la casa de rosa? Sebastian había abierto los botes de pintura, así que ya debía de haber visto que ninguno era rosa.

–Tengo que responder al teléfono –se disculpó.

–Adelante –contestó, pero él ya se había vuelto hacia la puerta.

Le sorprendió su tono de voz, mucho más dulce de lo habitual. Hasta parecía estar sonriendo.

–Eh, ¿qué ocurre?

Debía de ser su novia.

Sin saber por qué, aquello la sorprendió. Aunque era lo suficientemente guapo. Y tal vez tuviese un lado que no mostraba en el trabajo. Quizás era encantador cuando salía de allí. Aunque, según Max, Sebastian trabajaba tantas horas al día como él.

No oyó qué más decía, porque salió a la terraza. Neely tampoco quiso escucharlo a escondidas. No tenía ningún interés en oírle murmurar tonterías a su novia. No podía ni imaginárselo.

Aunque no pudo evitar hacerlo. Debía de ser una mujer alta, rubia y delgada. Inexpresiva. De las que tenían todo el día una sonrisa tonta en los labios.

¿Serían capaces, entre los dos, de generar el suficiente calor como para romper el hielo?

Entonces, Sebastian habló en voz alta.

–No llores, por favor –dijo exasperado–. Odio oírte llorar.

¿Había hecho llorar a su novia?

Lo vio hacer una mueca, suspirar, colgar el teléfono y dejarlo en la hamaca que había en la terraza.

–Eso no ha estado bien –comentó Neely en voz alta.

–¿El qué? –preguntó él, volviéndose a mirarla.

–Hacerla llorar y luego colgarle.

–Volverá a llamar –dijo Sebastian, entrando en el salón sin recoger el teléfono.

Neely frunció el ceño. ¿Así que salía con una mujer sumisa a la que podía tratar todo lo mal que quisiera?

–¿Cómo lo sabe? Yo no lo haría.

–Bueno, pero usted no es mi hermana.

¿Tenía una hermana? Neely no se imaginaba a Sebastian Savas con una familia. Siempre había pensado que debían de habérselo encontrado debajo de un témpano de hielo, en alguna parte.

–Pues yo no volvería a llamarlo si fuese su hermana.

–Ya, pero supongo que tampoco esperaría que le pagase la boda.

Aquello la sorprendió. No sólo tenía una hermana, sino que, además, la ayudaba económicamente.

El teléfono volvió a sonar.

–¿Ve? –le dijo Sebastian.

–Tal vez no sea ella.

–¿Quiere apostar algo?

–No. Bueno, ¿no va a responder?

Él suspiró.

–Supongo que debo hacerlo. De todos modos, seguirá llamando hasta que conteste.

Salió fuera de nuevo y contestó al teléfono. Neely se quedó dentro y fingió que no le interesaba la conversación.

Pero era difícil no interesarse por un hombre al que le sentaban tan bien los pantalones vaqueros.

Y no era sólo eso. Había algo en el nuevo Sebastian que le intrigaba. Tal vez fuese el hecho de saber que tenía una familia. Tal vez fuese el verlo interactuar con su hermana. La conversación no estaba siendo breve. Y él no se estaba comportando de manera exigente y desdeñosa, como en el trabajo.

Le había dicho a su hermana que odiaba oírla llorar.

Al Sebastian del trabajo no le habría importado que todo un equipo se deshiciese en lágrimas.

Era interesante, sí. Aunque, en realidad, ella no estaba interesada. Sólo tenía… curiosidad.

No obstante, seguía molesta con él. Había comprado la casa. Y había pensado que ella la querría pintar de rosa. ¡Y creía que se acostaba con Max!

Lo escrutó con la mirada. Vio que terminaba la llamada y volvía a tirar el teléfono. Luego se quedó un momento inmóvil, mirándola, aunque a Neely le dio la sensación de que no la estaba viendo.

Lo que no sabía era lo que estaba viendo.

En ese momento, sonó el teléfono de ella.

–Eh, ¿qué estás haciendo? –le preguntó Max.

Neely sonrió.

–Estoy intentando convencer a Sebastian Savas de que me venda la casa flotante de Frank.

–¿Qué? –preguntó Max sorprendido.

–Es una larga historia –contestó ella. Sebastian entró en el salón–. Luego te la contaré.

–Durante la cena.

En otras circunstancias, ella le habría dicho que no podía quedar a cenar. Ya habían estado navegando juntos el día anterior, e iban a volver a hacerlo al día siguiente. Le alegraba que Max estuviese empezando a vivir, pero toda su vida no podía girar alrededor de ella.

–He oído que hay un restaurante japonés estupendo –la tentó él.

Sebastian la miró con el ceño fruncido.

–Está bien, Max.

Sebastian apretó la mandíbula.

–Nos veremos a las siete –dijo Neely antes de colgar–. Max y yo vamos a salir a cenar –le contó a Sebastian, por si no se había enterado.

–Me alegro.

–Sí. Nos estamos divirtiendo mucho. Estamos conociéndonos.

–Seguro que sí.

–Creo que vamos a ir a un restaurante japonés nuevo. Yo tengo que trabajar un poco, pero no he podido resistirme. Me ha hecho una oferta que no he podido rechazar –añadió. Tal vez se estaba pasando un poco.

–Sí –dijo él en tono frío. No era una pregunta.

–Humm –Neely le sonrió de oreja a oreja–. Creo que llevaré a Harm a dar un paseo, luego me prepararé para salir –tomó la correa de Harm y fue hacia la puerta–. Hasta luego.

–¿Robson?

–¿Sí?

–¿Quiere comprar la casa?

–Sí, por supuesto –contestó ella, se le había acelerado el pulso–. Ya sabe que sí.

Sebastian hizo una mueca.

–Pues hágame una oferta que no pueda rechazar.

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