Kitabı oxu: «No todo es política en la orientación lacaniana»
© Antoni Vicens, 2018.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: GEBO522
ISBN: 9788424938444
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Índice
PREFACIO
INTRODUCCIÓN POLÍTICA, ESTRATEGIA Y TÁCTICA.
PRIMERA PARTE. RELATOS
1. LA ÚLTIMA VEZ QUE IDA FUE
2. LAS MANIOBRAS DEL TENIENTE LANZER
3. POLÍTICA DE SCHREBER
4. GRETL, LA DE LOS OJOS TAIMADOS
5. EL CASO AIMÉE Y LA SOBERANÍA DEL SÍNTOMA
SEGUNDA PARTE. INVENCIONES
1. ENTONCES, ALCIBÍADES
2. LA LOCURA DE HAMLET Y LA DEL MUNDO
TERCERA PARTE. RAZONES
1. REAL, IMAGINARIO Y SIMBÓLICO: NUEVA ESCRITURA
2. DISCRETA VERDAD
3. EL SINTHOME, O EL DESCIFRAMIENTO
4. NOTA SOBRE LALANGUE
5. LA POLÍTICA DEL SÍNTOMA ES EL NOMBRE ACTUAL
CUARTA PARTE. LO INHÓSPITO
1. LAS PRÓTESIS
2. FREUD Y LA CLASE MEDIA
3. LA DEMOCRACIA, FINITA E INTERMINABLE
4. LA CARTA GERNIKA
NOTAS
PREFACIO
El inconsciente: sabemos tan poco lo que es. Es tan poco representable que es inverosímil y arriesgadísimo definir cualquier cosa a partir del inconsciente. Al contrario, es siempre él, el inconsciente, el que ha de ser definido, porque no sabemos qué es.
JACQUES-ALAIN MILLER, El inconsciente es la política
Vulgar agravio es de la política el confundirla con la astucia. No tienen algunos por sabio sino al engañoso, y por más sabio al que más bien supo fingir, disimular, engañar, no advirtiendo que el castigo de los tales fue siempre perecer en el engaño.
BALTASAR GRACIÁN,
El político
Le Maire et Montaigne ont toujours été deux.
MICHEL DE MONTAIGNE,
Essais
Política, nunca demasiada. Atribuye el fascista a la política todos los males, incluida la política misma. No seguiremos este camino, desgastado y sembrado de muerte y destrucción. Corresponde, sí, a la política la precisión del lenguaje, la denominación de las cosas que quieren perdurar y, ante todo, el riesgo de morir por hablar, más que por callar. Quizá no sea fácil reconocer a la política con esta denominación, cuando atribuimos a su discurso la palabra interesada, el decir vacío y la promesa fallida. Pero, más allá de las apariencias que engalanan a una verdad tan contingente como la nuestra, nos abrimos en sesgo para creer en aquella verdad que nunca se dirá. Vivimos políticamente; amamos políticamente; nos vinculamos con los demás políticamente; calculamos nuestra forma de gozar políticamente.
Atribuyamos de entrada a la política la capacidad de dar sentido a las palabras. Los atenienses, que inventaron la democracia, la acompañaron del modo más intenso que supieron con la poesía, en la vecindad del ágora: la tragedia recordaba que las palabras traen amor y odio, guerra y paz, vida y muerte; y la comedia, que la contingencia es atrapada sin quererlo por la significación del falo, otro nombre del poder. Claro que sí: el teatro, tragedia o comedia, no era recreo, sino herida profunda en el alma, que así iba existiendo como ser de lenguaje.
El filólogo Victor Klemperer, que vivió desde dentro la destrucción más conseguida del lenguaje —hasta el punto de llegar a ser modelo para sus formas actuales—, pudo describir las astucias de la sinrazón del Tercer Reich. Esa sinrazón tomó el nombre de fanatismo. El fanatismo es el desánimo del lenguaje, su reducción reiterada a lo intraducible, ligado todo ello a un estado de estupor generalizado. El fanatismo es el otro nombre de la segregación: satisfecho cada cual con su razón, el pensamiento resulta un obstáculo para la participación colectiva. Se ofrece entonces lo inmediato: «el grito o la consigna última que llega a mi corazón para bloquearlo en una masa de sinrazón com partida».1 La psicología de las masas es, en efecto, una sinrazón com par tida en la cual, si el lenguaje es el vehículo de comunicación, es manipulado hasta hacerlo instrumento de disgregación.
Klemperer da como ejemplo la palabra Volk, ‘pueblo’, ‘gente’, que circuló abundantemente como significante amo en los años del Tercer Reich. Esta palabra habría podido designar al sujeto de la política. Pero ahí servía exactamente para lo contrario. «Volk es empleada tantas veces al hablar y escribir como la sal en la comida».2 Y rápidamente este término fue tomando, por la vía de su derivado, Völkisch, el sentido de «racial». Esto quiere decir que pueblo solo hay uno y que este equivale a la raza, de la cual tampoco hay más de una. Con este juego de manos semántico, quedaban excluidos del pueblo aquellos a quienes se excluye de la raza. Como consecuencia, habría víctimas, entre las cuales la lengua.
La cuestión es quién manda. Sobre las palabras, el amo más antiguo parece ser Dios, que habló en palabras antes de hablar con geometría, es decir, con ecuaciones matemáticas, las cuales, si nadie las comenta, son mudas. El Dios de la geometría tiene un poder difuso a la vez que universal, convertido en el aire que respiramos, el ideal del pensamiento perfecto. Saben las palabras qué quieren decir, pero mejor la matemática, que no quiere decir nada y lo sabe todo, sin la urgencia de imponerse pero con la certeza de que fuera de ella solo hay locura. Pero la política sigue empeñada en la locura, esto es, en la pretensión de fijar un signo para cada sentido. El signo siempre viene del cielo de las estrellas fijas, es decir, la ciencia lo pone en movimiento. En eso no cree el político y, salvo excepción, prefiere sostener su palabra como si fuera un meteoro. Es la lección de Maquiavelo al Príncipe: «De qué manera los príncipes han de mantener la palabra dada». El original dice Quomodo fides a principibus sit servanda. La fides ha de ser conservada; pero no es la fe, es la confianza, la convicción, la capacidad de creer en la palabra. El poderoso ha de hacer creíble su palabra. En el capítulo del Príncipe que lleva el título referido, Maquiavelo empieza con una alabanza al príncipe que mantiene su palabra, para dirigir luego nuestra mirada a la realidad: muchos príncipes hacen grandes cosas sin tenerla en cuenta. Así pues, nos remite a la base del poder: entrar en el combate y vencer. Y ahí vale tanto la ley como la fuerza. Por supuesto, como hombres de bien que somos, preferimos la fuerza de la ley, pero cuando se trata del poder hay que recurrir a la fuerza animal. «A un príncipe le es necesario saber bien actuar como la bestia o como el hombre». A Aquiles lo educó Quirón, medio hombre y medio bestia. Así las cosas, al príncipe le conviene una noción de zoología política, para empezar, distinguiendo entre la zorra y el león. Aquella no puede defenderse de los lobos; este no sabe defenderse de las trampas. Si sabe esto, puede desasirse de la responsabilidad de la palabra dada: «[...] un amo prudente no puede ni debe mantener la palabra dada cuando el cumplimiento vaya en contra de él y cuando hayan desaparecido los motivos que lo obligaron a darla».
Así pues, de los animales extrae la ciencia de la fuerza. La fuerza es necesaria para el poder, pues debe imponerse a quienes no excluyen su uso. Tampoco cumplen su palabra, los príncipes; ahí deben actuar como la zorra: hay que saber engañar. Y es fácil, porque «los hombres son tan crédulos y tan sumisos a las necesidades presentes, que quien engaña siempre encontrará a quien se deje engañar».
El arte del político se resume en saber usar las más altas cualidades morales: «parecer compasivo, fiel, humano, íntegro, religioso, y serlo». Parecer y ser a la vez, usar, no ser. Tener y observar todas estas cualidades y a la vez saber dejarlas de lado; definirse por el uso, no por la sustancia. El príncipe es un agente de la razón de Estado; para ello, «a menudo se ve forzado, para conservar el Estado, a actuar contra la fe, contra la caridad, contra la humanidad, contra la religión». El príncipe debe «no alejarse del bien, si puede, pero saber entrar en el mal, si hace falta». Por encima de la palabra, la razón de Estado; pero, sin la fidelidad a la palabra, puede dejar de ser príncipe. Maquiavelo describe aquí muy claramente la relación entre la palabra y el poder; es una relación política, pero política de Estado. La cuestión es si sería posible aprender alguna cosa de ese valor de uso de la palabra en relaciones políticas no de Estado. O sea, por ejemplo, en el amor.
Quizá más cerca de nosotros, al menos en el tiempo, está la escritura de Lewis Carroll, quien en su Alicia a través del espejo nos ofrece el apólogo más certero sobre el arte de la política.
Alicia se encontró con aquel muchacho redondo llamado Humpty Dumpty —Zanco Panco en la traducción de Jaime de Ojeda—.3 En un momento de la discusión, Humpty Dumpty le dice a Alicia: «¡Te has cubierto de gloria!», y a partir de ahí se desarrolla el diálogo siguiente:
—No sé qué es lo que quiere decir con eso de la «gloria» —observó Alicia.
Zanco Panco sonrió despectivamente.
—Pues claro que no... y no lo sabrás hasta que te lo diga yo. Quiere decir que «ahí te he dado con un argumento que te ha dejado bien ‘aplastada’».
—Pero «gloria» no significa «un argumento que deja bien aplastado» —objetó Alicia.
—Cuando yo uso una palabra —insistió Zanco Panco con un tono de voz más bien desdeñoso— quiere decir lo que yo quiero que diga... ni más ni menos.
—La cuestión —insistió Alicia— es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.
—La cuestión —zanjó Zanco Panco— es saber quién es el que manda..., eso es todo.4
Hablar para imponer un significado es un ejercicio de poder. Lo atribuimos a una persona, a un príncipe, detentador de un poder ligado a su individualidad. Shakespeare describió magistralmente, sobre todo en sus tragedias históricas, de qué modo un individuo puede hacerse con el poder y cómo puede perderlo. Pero esta es solo una de las facetas de un estudio sobre el poder, tomándolo como una cosa que alguien puede poseer. Las tragedias de Shakespeare cuentan aquello que hace visible un poder. Por supuesto, un monarca absoluto posee poder, lo hace suyo, y lo mantiene sobre el fundamento de una lucha a muerte. En el feudalismo, los límites del poder y las fronteras de los dominios se sostenían en un estado de amenaza constante; los pactos que permitieron crear las monarquías trasladaron la inestabilidad a fronteras más amplias. Los tratados internacionales, como el de Westfalia, han propiciado períodos más largos de paz, pero no han impedido que la muerte, la muerte de miles, de millones, es decir, la guerra, venga a cuestionar la frontera como límite de la paz.
La muerte es el límite de todo poder. Hegel la llamó el amo absoluto. Nos queda estudiar de qué modo esta idea hegeliana es prolongada por el dicho lacaniano según el cual «el inconsciente es la política». Si, siguiendo la sentencia de Xavier Bichat, la vida es el conjunto de las funciones que resisten a la muerte, habríamos de leer el inconsciente como la fuerza principal de esa lucha cuando se trata del ser hablante. No hay una «nuda vida» para el ser hablante. La vida es portada por un inconsciente cuya manifestación más analítica —esto es, más elemental— es el cuerpo. Esta lección forma parte de la más última enseñanza de Lacan, tal como mostró Jacques-Alain Miller en su curso El ser y el Uno. De ahí la radicalidad de la lucha política del lenguaje contra la muerte portada por el goce.
Unas frases del seminario de Jacques-Alain Miller Política lacaniana resumen bien el punto de partida de la elección política del psicoanálisis: «La comunidad analítica, tal como se formó a partir de Lacan [...] está constituida por descontados. Es un poco la comunidad de aquellos que no tienen comunidad, como lo dijo Blanchot a propósito de Acéphale. Es la definición que se obtiene si tomamos como idea reguladora de la cualidad de miembro el resultado del análisis en el sentido de Lacan, a saber, los expulsados del Otro, aquellos que pasaron por la disolución del sujeto-supuesto-saber. Es una comunidad cuyo Eros es de un tipo especial, donde el malestar y el desasosiego son cosa natural».5
Es a partir de esa comunidad imposible como hay que plantear los problemas tácticos, estratégicos y políticos de los psicoanalistas puestos en lista. De entrada, la utilización, para el cálculo político, de los términos del Uno y lo múltiple —un lugar común cuando se trata de algunas escuelas, como la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis o cualquiera de las otras que integran la AMP— merece un comentario. La inercia nos lleva a pensar en un Uno salido de la aglomeración de lo múltiple, quizá fiándonos de la imagen empirista del Leviatán popularizada por Hobbes.
Supongamos, por el contrario, que el Uno es anterior a lo múltiple. Que ese Uno es el fantasma que lo acecha, la obsesión que quedó de un mal encuentro con lo real, la pasión surgida por la ausencia de un amo. El Uno, «haylo», y, para empezar, es nuestra locura cotidiana. De ahí viene la masa, el grupo, como forma inercial de anulación de la diversidad.
Pero sigamos con Freud, sigamos con Lacan.
Si es así, la buena política no es reforzar el Uno para hacerlo más poderoso —la política de Imperio—, sino descompletar el Uno, separarlo de la totalidad, a fin de que lo múltiple se muestre diferente. El peligro es la compacidad. El aburrimiento es lo unien, lo uniano, que Lacan leía como ennui, fastidio, reacción de uniasno.
Fomentar la disensión está mal; sí, porque siempre tiene como destino rehacer un Uno debilitado. Tarea inútil, dispendio de fuerzas, caos garantizado. Es la nebulosa, término que Jacques-Alain Miller introdujo para uno de los productos antiescuela que surgieron de la crisis del 98. En la nebulosa, cada uno, sometido a la fuerza de la gravedad de los grandes y de los pequeños, se cree libre, guía de su deriva por el arte de su capricho. El resultado son grumos, adherencias mutuas, sistemas satelitales, cuajarones, pegotes, pastas y otras masas.
Entonces, política. Es nuestro sino; eliminar la política entendiéndola como el caos, el desorden, el ruido que no permite ver cuál es la buena orientación, lleva a la masa. La masa no hace política: sigue a su líder, reducido a una voz de estruendo, a una muserola negra sobre el hocico del caballo (véase el caso Juanito) o a un bigote ridículo. El dictador grita para no oír su propia voz, exhibe las partes de su disfraz, manda matar por odio a la vida; con tales prendas ahorra a quien le siga el tráfago del discurso y la incertidumbre de la existencia.
Entonces, política, es decir, arte (no ciencia) de ligar lo singular con lo general, siempre desde el punto de vista de Ockham, para quien «no hay vínculo necesario entre dos criaturas», y de Montaigne, que se separaba bien de su cargo político: «El Alcalde y Montaigne siempre se contaron como dos».
Las precauciones constantes de Montaigne contra lo universal muestran en efecto cuál es la base de la política. Pasado lo universal, sin cercenar ni uniformar lo particular, queda «lo general». Y Lacan nos enseña un paso más: lo no-todo, la superficie topológica, cuyos agujeros tienen la virtud de no disminuir el conjunto.
En su seminario Política lacaniana, Jacques-Alain Miller se refiere a la advertencia hegeliana contra la apropiación singular de lo universal: el resultado es el contrario de la dictadura, es el reino del alma bella, del delirio de la presunción, el incordiante recurso a la buena fe. «Detrás del error de buena fe, está el goce, el sentido gozado del fantasma». Una de tantas locuras.
El sinthome es la gran lección política y clínica de Lacan: desproporción entre los recursos utilizados y los efectos obtenidos, construcción de un escabel impropio para cualquier modo de relación sexual, inoperancia del tiempo geométrico, vanidad del Uno. Y siempre, arte: discreción, agudeza, anticipación.
Esto es política: quien lo probó lo sabe.
Otra cosa es el amor; pero, en cuanto a eso, si sienten el dolor de su falta, consulten con un psicoanalista, que los hay.
Este libro agrupa algunos textos publicados con otros inéditos. En la primera parte me ocupo de casos clínicos de Sigmund Freud y de Jacques Lacan. Dos nombres propios, Sócrates y Hamlet, ocupan la segunda parte. La última enseñanza de Lacan, siguiendo la orientación de Jacques-Alain Miller, es todo un desafío a la razón psicoanalítica, con su descompletamiento. El título de «Lo inhóspito» pretende traducir el término das Unheimliche de Freud.
El título del libro vino inspirado por un álbum de dibujos de Georges Wolinski, Tout est politique, que desmentía ya desde la portada el alcance de la sentencia. A ese humorista, asesinado en París el día 7 de enero de 2015 en la redacción de la revista Charlie Hebdo, le debo alguna lección de estética, de erótica y también de política —si se me permite la analogía, tal como Hamlet se la debió a Yorick—. Mientras que el filósofo se esfuerza en completar la razón de Estado, el bufón la descompleta.
Send in the Clowns!
INTRODUCCIÓN
POLÍTICA, ESTRATEGIA Y TÁCTICA
Supongámonos en un mundo caracterizado por el dominio general de la política. La política es el arte y la manera del discurso. Jacques Lacan definió el discurso como la relación que se establece entre seres hablantes, la cual tiene siempre una dimensión política. Para articular bien todo esto, Lacan formalizó un cierto número de discursos a partir del que consideró principal y al que llamó el discurso del amo. Este discurso del amo, el discurso del dominio, el discurso de la presencia, se caracteriza por la posición imperial del significante, tomado como uno solo. Es un error, el más común, creer que alguien manda conscientemente. De hecho, este significante está sostenido por un sujeto inconsciente para producir una cadena de significantes sin los cuales no sería nada. Todos los demás sujetos quedan reducidos, en ese discurso dominante, a los significantes puestos como el destinatario de la acción del primero. Ningún sujeto manda, un significante ordena y los demás sujetos se disponen en fila a seguir a su guía. En realidad, el amo no sabe que es él quien sigue a sus secuaces. Algo se produce en esta actividad, un resto, que en la sociedad capitalista encarna muy bien la mercadería, una producción destinada a la destrucción.
Tenemos interés en saber si no estamos viviendo un giro de época en el cual ese resto habría venido a ocupar el lugar dominante. Jacques-Alain Miller desarrolló este tema en una intervención realizada en 2004, en el marco del IV Congreso de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, titulada «Una fantasía».1 El resto, la mercancía como algo que nos hace gozar a la vez que pone límites a nuestro goce, está, como señala Jacques-Alain Miller, en el cénit, es nuestra brújula, en los tiempos en que el discurso del amo ha perdido su lugar en la política. El goce libertino es la condición del valor de uso, sin el cual no habría valor de cambio, es decir, mercadería. Supongamos que de este dominio del objeto sobre el significante y su circulación resulta una pérdida de sentido de la política. Ello conllevaría una pérdida del sentido del inconsciente o bien obligaría —y de hecho estamos ahí— a construir un inconsciente fuera del sentido.
LA POLÍTICA CLÁSICA
Sea como fuere, vale la pena examinar una vez más las condiciones de la política, creadora de nuestro mundo civil y gobernadora de los vínculos sociales, en sus relaciones con el psicoanálisis. Empecemos con la sentencia de Napoleón según la cual la política es hoy asunto de todos. Tenemos un relato del momento en que Europa descubrió el sentido universal de la política, escrito por uno de sus más eminentes intelectuales: Johann Wolfgang von Goethe. En unas notas de su Diario,2 Goethe relata su encuentro con Napoleón, ocurrido en 1808 (en los tiempos en que en España se libraba la llamada guerra de la Independencia). Después de comentar el Werther, Napoleón pasó a reprochar a Goethe el fatalismo de sus tragedias; ese fatalismo no correspondía a la época, sino a tiempos más oscuros: «¿A qué viene ahora hablar del destino? El destino es la política». Esta frase nos resulta familiar porque Freud la parafraseó dos veces en sus escritos «Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa» (1912) y «El sepultamiento del complejo de Edipo» (1924).3 Que la anatomía sea puesta en el nivel de lo político debería darnos que pensar. Pero si atendemos al hecho de que el término alemán de Schicksal es el que Freud utiliza para uno de los cuatro componentes de la pulsión, volveremos al tema del inconsciente más o menos cercano a la pulsión.
Así pues, la política es, a partir del retorno a las formas de la república para los grandes Estados, un asunto de todos. Es el asunto mismo. Nada en la existencia humana está fuera de un tratamiento político. Incluso la guerra descubre que su sustancia es política. El propio Goethe debía tenerlo presente, pues fue espectador de la batalla de Valmy, en la que el pueblo armado, el ejército de conscripción, formado por ciudadanos comprometidos políticamente con el destino de la Revolución, venció al profesionalizado ejército prusiano. El gran teórico de la guerra, Carl von Clausewitz, pudo afirmar: «La guerra no es un fenómeno independiente, sino la continuación de la política por otros medios».4 Añadamos que, en nuestro tiempo, Michel Foucault dio la vuelta a dicha afirmación: la política es la continuación de la guerra por otros medios, con lo que quería significar que el fundamento de todo poder es siempre la posesión de la fuerza.
Debemos distinguir, de la política, que es el arte de lo imposible, las dos dimensiones que se ponen a su servicio: la táctica y la estrategia. Estos dos términos provienen del vocabulario militar porque, en efecto, es ahí donde se ha elaborado con la mayor claridad, y por necesidades de su desarrollo, la distinción entre estos dos términos. Digamos que la política es el arte de tratar con el Otro en cuanto no existente: nada está previsto ni preparado, nada del Otro indica el camino a seguir; no hay ni victoria ni derrota, porque el Otro no es adversario. Pero eso que no existe y que constituye la dimensión de la política toma una existencia contingente en las dos otras dimensiones en las que se concreta la acción. Podemos definir como una acción táctica aquella que se orienta a la evaporación de los espejismos que se producen en toda relación especular; en la estrategia, se trata al Otro como el campo mismo de lo simbólico. Así pues, el Otro en tanto que no existe, el Otro ausente, y, por lo tanto, abierto a todas las creaciones, es el de la política; cuando una contingencia permite tomar a ese Otro como Uno, puede ser tomado como adversario.
LA POLÍTICA DE LA CURA PSICOANALÍTICA
En su escrito «La dirección de la cura»,5 Jacques Lacan no duda en referir las reglas de la práctica psicoanalítica a esta tríada clásica de términos. Al tratar de la parte que tiene el psicoanalista en el desarrollo de la cura, dice así: «El analista es menos libre en su estrategia que en su táctica». Y añade: «[...] es aún menos libre en aquello que domina estrategia y táctica: a saber, su política, en la cual haría mejor en ubicarse por su falta en ser que por su ser».6 En este desarrollo, Lacan sitúa la interpretación como un movimiento táctico, como una respuesta inmediata a un movimiento de algo que se compacta como defensa y que se puede tratar como adversario. La estrategia en la cura viene determinada por el terreno y la disposición de ese adversario: la transferencia como sujeto-supuesto-saber, real en la presencia del analista. Y por encima de todo ello está la política del psicoanálisis, dimensión en la que vienen a coincidir el psicoanálisis como cura, el discurso del psicoanálisis, la escuela del psicoanálisis, la causa psicoanalítica y, si se quiere, el deseo de Freud y de cualquier psicoanalista autorizado.
Digamos una palabra más sobre ese adversario que hemos mencionado varias veces y frente al cual se disponen las tres dimensiones que estamos estudiando. Podemos considerarlo como el «no-querer-saber» general que domina la posición del sujeto, por cuanto este se sitúa en un significante inexistente. El objetivo de la lucha va entonces más allá de la cura psicoanalítica. Si decimos que todos somos analizantes, es para significar que ese adversario lo encontramos y lo encontraremos siempre: todos somos analizantes de un «no-querer-saber» fundamental que equivale a nuestra existencia de sujetos. El propio Lacan afirma luchar también contra esto, y en este sentido se encuentra en el mismo nivel que todo sujeto; el privilegio de su saber, del que intentamos extraer provecho, está en su posición un poco más avanzada.7
En «La dirección de la cura», Lacan da precisiones sobre la manera de orientar, según sus elaboraciones en esa época, estas tres dimensiones del acto analítico. La interpretación, para empezar, se orienta por la no respuesta a la demanda. La interpretación es desciframiento, es decir, apelación a la dimensión del Otro, que sigue el procedimiento de introducir en la sincronía algo que permita, e incluso propicie, la traducción de aquello que ofrece la diacronía a los términos de la repetición. La transferencia se mide aquí en la relación con un analista en cuanto objeto particular y parcial de la cura. Es ese analista objetivado quien pone los límites del campo en el que se desarrolla la dirección de la cura; es ahí donde se muestra la importancia de la formación del analista como primera medida estratégica para garantizar su desarrollo. En cuanto a la política, esta viene dominada por el ser del analista, definido a partir de la «falta en ser del sujeto», y que es aquello que constituye «el corazón de la experiencia analítica [...] el campo mismo donde se despliega la pasión del neurótico».8 De hecho, el analista encarna esa falta en ser, la inserta en la situación analítica. Y en el último capítulo de ese escrito, que contiene elaboraciones posteriores, Lacan traduce ese «ser del analista» a los términos del deseo del analista, que hace aquí su aparición.9 A su definición dedicará Lacan una parte importante de sus elaboraciones a partir del objeto a. Digamos aquí de momento que, frente a la pasión de ser del neurótico, en la que, gracias a un objeto, encontraría la conexión entre la pulsión y el fantasma, el psicoanalista hace presente la falta constitutiva del fantasma. Ningún fantasma satura, por no decir sacia, el deseo.
A primera vista, pues, parecería que el deseo del analista es un deseo sin fantasma; pero el propio Lacan señala que el deseo del analista no es un deseo puro, sino que también está causado por un fantasma, y da los ejemplos de Ferenczi, Abraham y Nunberg, que ejercieron el psicoanálisis sostenidos cada uno de ellos por su fantasma.10 Pero con Lacan hemos avanzado en la formación del analista, y entendemos que para ser analista hay que haber tomado una distancia respecto del fantasma. Es lo que fue teorizado en un tiempo como la travesía del fantasma (que comporta un atravesamiento de la pantalla imaginaria). Quizá no estamos ya ahí, y los testimonios de los analistas de la Escuela nos presentan, más que un atravesamiento, la fórmula clave y singular de su política.
Entendemos entonces que, en un primer momento, la fórmula del atravesamiento del fantasma implicaba una cierta unificación de la política del psicoanálisis entre la dirección de la cura, la posición del psicoanalista y el trabajo de la Escuela. El término de política aplicado al síntoma (o al sinthome) implica una dispersión, unificada solamente por la soledad. De uno en uno, la experiencia del psicoanálisis lleva a esa conclusión común: cada ser-hablante-letra (parlêtre) está solo con su goce, el único partenaire del que puede llegar a dar razón. La política de la Escuela se basa entonces en la imposible coexistencia de esas políticas singulares.
En todos los casos nos remitimos a Freud. Al final de «La dirección de la cura», Lacan apela a Freud en unos términos inolvidables, caracterizando su deseo como «un río de fuego», para plantear a partir de ahí la posibilidad de una forma universal del deseo del analista. Ahora nos sigue interesando el deseo de Freud, pero en cuanto singular, ligado a una forma de goce que no sabemos condensar en ninguna fórmula. Esa ausencia de formulación guía la política de la Escuela: en su centro hay un agujero freudiano del saber al que cuidamos como nuestra riqueza, nuestro tesoro, nuestro agalma.
VOLVIENDO A LA POLÍTICA
Sigamos ahora con el examen de las diferencias que hay entre las tres dimensiones clásicas de la política. Hemos de entender que no se trata de tres acciones separadas; la acción más amplia, la política, engloba la estratégica, la cual no vale nada si no engloba a su vez la táctica. La estrategia es anterior a la táctica; esta incluye el desarrollo, frente al adversario, de la estrategia.
El teórico de la estrategia Hervé Coutau-Bégarie publicó una compilación de las teorías clásicas sobre el tema.11 Según este autor, la dualidad táctica/estrategia surgió en el siglo XVIII. El militar y escritor prusiano Dietrich von Bülow (hermano del general Friedrich Wilhelm Freiherr von Bülow, que fue gran adversario de Napoleón) las había definido así en 1799: «Denomino estrategia los movimientos de guerra de dos ejércitos fuera del círculo visual recíproco o, si se quiere, fuera del alcance del cañón. La ciencia de los movimientos que se hacen en presencia del enemigo, de manera de poder ser visto y alcanzado por su artillería, esta ciencia, es la táctica».12 Napoleón, por su parte, había precisado que «en el campo de batalla, la inspiración sólo es, las más de las veces, una reminiscencia».13 Por supuesto, esta reminiscencia se fundamenta en el trabajo previo de disposición de una estrategia, la cual impone anticipar los posibles movimientos tácticos del adversario (incluso antes de conocer su estrategia) y las respuestas eventuales a dar.
Veamos otras definiciones de estrategia. En 1778, el marqués de Silva había definido la estrategia como «la ciencia propia de lo general; ella enseña a formar los proyectos de las operaciones, y a emplear bien y a combinar todos los medios que le proporcionan las diferentes ramas de la táctica».14 El archiduque Carlos (militar austríaco, contemporáneo y rival de Napoleón, a quien no hay que confundir con el rival de Felipe de Borbón en la guerra de sucesión española) definió en 1818 la estrategia como «la ciencia de la guerra: ella esboza los planes, comprende y determina la marcha de las empresas militares, es propiamente hablando la ciencia de los generales en jefe». Y el general suizo Antoine-Henri Jomini, que sirvió en Francia y en Rusia y que es considerado como el teórico de la guerra napoleónica, la definió como «el arte de hacer la guerra sobre el mapa, de comprender todo el teatro de la guerra». Para él, la estrategia fija los fines a conseguir y la dirección que hay que tomar, mientras que la táctica se ocupa de la ejecución. Si la estrategia es el arte de concebir, la táctica es la ciencia de la ejecución. Jomini concluye así: «La táctica es el combate y la estrategia es toda la guerra antes del combate».15
Frente a esta dualidad bien articulada, a la política le queda como cometido principal la designación del adversario. Hemos de tener en cuenta que, según los clásicos, la guerra impone la dualidad: en el combate solo hay dos enemigos; un tercero eventual queda disuelto en el mismo momento en que estallan las hostilidades, puesto que se ve obligado a tomar partido. De ahí se deduce una de las condiciones de la táctica, que parte siempre de una simplificación de la situación, que se encuentra producida por la presencia misma de los dos enemigos uno a la vista del otro.
Concluyamos con Sunzi (o Sun Tzu), autor de uno de los libros más influyentes para la ciencia militar: El arte de la guerra (escrito en el siglo V a. C.). Sun Tzu establece bien que la estrategia siempre es secreta: forma parte de toda la preparación bélica. En consecuencia, el trabajo de espionaje tiene como objetivo descifrar la estrategia del adversario. La política se desarrolla en el terreno de lo inconsciente: ni el propio político entiende totalmente el sentido de su acción; sus consecuencias son impredecibles, incalculables, incluso imposibles. La estrategia parte de las condiciones particulares del terreno, de la información que se tiene de las fuerzas y la estrategia del adversario, de lo que se sabe de las capacidades de la fuerza propia (ahí entra el valor estratégico de la verdad: engañarse es un error estratégico). A diferencia de esta, entonces, la táctica es visible, y esta visibilidad misma tiene como tal un valor estratégico. Dice así Sun Tzu: «la mejor disposición de fuerzas es aquella que no se puede ver; así los espías no la podrán descubrir y los expertos no podrán preparar su estrategia. Basándome en la disposición de las fuerzas del enemigo establezco mi estrategia y obtengo la victoria, pero las masas no lo pueden comprender. Así, todo el mundo ve las tácticas a través de las cuales he obtenido la victoria, pero nadie ve la estrategia. Nunca se pueden ganar dos batallas de la misma manera; es necesario adaptar la disposición de las fuerzas a la multitud de las circunstancias».16
LA EXTENSIÓN INDUSTRIAL
Señalemos que, tras la Segunda Guerra Mundial, estos términos empezarían a ser aplicados al mundo comercial y empresarial. Hasta entonces, las industrias habían trabajado en el perfeccionamiento y la planificación de los procesos de producción; esta fue la obra de Frederick W. Taylor y de Henry Ford, en Estados Unidos. Pero tras la guerra interviene un nuevo factor, la estrategia empresarial, cuyas primeras formulaciones fueron propuestas por la llamada teoría de juegos, ideada por los matemáticos John von Neumann y Oskar Morgenstern. Esta establece que, sea cual sea el conflicto, hay siempre un margen de interés común, y, a partir del cálculo de ese margen, se evita, cuando menos, el riesgo de destrucción mutua y, cuando más, se maximizan los beneficios de ambos concurrentes.
Esto coincide con las conclusiones de los teóricos de la estrategia militar, que establecen que toda estrategia, que ya vimos que era conveniente mantener en secreto, debe darse a conocer en la batalla, en su traducción a los términos de la táctica. Siempre hay un interés, por elemental que sea, en dar a conocer las intenciones propias al adversario a partir de la idea de que las amenazas, las conminaciones, son una forma de comunicación. No nos pronunciamos aquí sobre la posibilidad de extraer de esta necesidad algún tipo de pacifismo que parta de una teoría de la comunicación y de las esperanzas de una neutralidad posible. En este sentido, Thomas S. Schelling, otro de los grandes desarrolladores de la teoría de juegos, sostiene la idea de que incluso la disuasión puede ser una vía de paz: «la disuasión pone en juego la influencia ejercida sobre la otra parte a través de la apreciación que así se ve obligado a hacer sobre las consecuencias de su propio comportamiento futuro. El objeto mismo de la disuasión es demostrar a esa otra parte que nuestro propio comportamiento estará determinado por el suyo».17 Entendemos entonces la paradoja de la disuasión: se presenta con fines pacíficos, cuando es, de hecho, una amenaza que implica un acopio de fuerza.
RETORNO AL PSICOANÁLISIS
Nuestra pregunta es cómo localizar estas dimensiones cuando se incluyen en la experiencia psicoanalítica, y sobre todo siguiendo la última enseñanza de Lacan. Entonces podemos situar la táctica en el uso de lalangue, esto es, de lo más actual y presente de la realización lingüística. Lalangue es el campo de batalla donde se libra el combate contra el saber. Entendemos aquí lalangue como la actualización de una lengua en tanto que es sin Otro, sin comunicación, como forma de goce.
La estrategia está en la presencia del cuerpo: el del analista por supuesto, con su sinthome analizado, lo que significa escrito en una lalangue transmisible. Ese cuerpo está también en el uso de lalangue.
Finalmente, y como era de esperar, la política es la del sinthome, definido, más que como una falta en ser, como un trozo de real: desecho de la civilización, síntoma incurable, soledad discreta.
Y ahora, si hablamos de la Escuela, habremos de decir que la táctica se despliega en la conversación, nunca del todo topografiada. La estrategia es la de la transmisión, por la cual la «falta en ser» del analista o su «existencia» (según los términos explicitados por Jacques-Alain Miller en su curso de 2011 sobre «El ser y el Uno») adquieren un curso legal. La política es ser el resto de la civilización sin identificarnos con él. Con todo esto, quizá podamos avanzar hacia la comunidad imposible que es una escuela de psicoanálisis: algo real.
PRIMERA PARTE
1
LA ÚLTIMA VEZ QUE IDA FUE
Dos días después del día de Navidad de 1900, Ida Bauer1 salió de paseo con un primo suyo que estaba de visita en Viena para enseñarle la ciudad. Aprovecharon para visitar una exposición, que cerraba ese mismo día 27, en el Palacio de la Sezession. El grupo de diseñadores agrupados en torno de la palabra Sezession había iniciado el movimiento de lo que sería luego conocido como Art Déco, que suponía una estilización de las formas naturales, aquellas que había explotado hasta el paroxismo el Art Nouveau, pero ahora con un esfuerzo de geometrización que ponía límites a la frondosidad de las formas naturales. El falo, la forma de la naturaleza por excelencia, empezaba a ser velado por unas líneas simbólicas que lo transformaban en un trazo, en una escritura. La exposición presentaba interiores domésticos decorados por cuatro artistas escoceses, especialmente invitados a Viena por los miembros del Wiener Werkstätte; se trataba de dos hermanas y sus respectivos maridos, el más conocido de los cuales era Charles Rennie Mackintosh. El grupo era conocido como The Four. Lo más llamativo eran dos grandes paneles de estuco decorado. Uno de ellos era obra de Margaret Macdonald Mackintosh y se titulaba The May Queen (‘La reina de mayo’); el otro era del propio Charles Mackintosh y se llamaba The Wassail (‘El vino de Navidad’).2
Esos paneles no representaban ninfas «en un bosque denso», como recogió Freud despreocupadamente;3 conocemos su poco aprecio por el arte de la Sezession. Más bien eran estilizaciones de figuras femeninas —que escandalizaron a más de un crítico por su alejamiento de la realidad— que tendían a confundirse con formas vegetales. La reina de mayo aparecía como una oronda figura central, contemplada por un par de ninfas a cada lado. También había dos pares de mujeres a ambos lados del otro panel, y en el centro, dos mujeres simétricamente ensimismadas.
Ida soñó aquella noche con el bosque por el que había caminado con el Sr. K después del paseo por el lago y donde le dio el bofetón. Como resto diurno aparecían en aquel sueño las formas vegetales vistas en la exposición. Y, tal como Freud lo descifra, las imágenes de los Mackintosh creaban la cadena asociativa entre la Madonna Sixtina, contemplada largamente por Ida en el Museo de Dresde, y el bofetón.
En efecto, unos años antes, Ida había estado de visita en Dresde, donde salió de paseo con su primo, que le enseñó la ciudad. Pero ella decidió continuar sola, y entró en la Gemäldegalerie. Allí, ante la Madonna Sixtina de Rafael, permaneció dos horas en estado de «ensoñación calma y admirada».4 Esta pintura representa a la Virgen, que lleva en brazos al Niño o, más bien, hace ostensión de él. El Niño es ya mayorcito, y, sin embargo, la Virgen lo sostiene sin ningún esfuerzo, como si su peso fuera nulo, como si se sostuviera solo en el aire, en una ingravidez fálica. Entre las dos partes de la cortina entreabiertas a los lados de la pintura, se ve un fondo de cabecitas de querubines amontonados que forman un cielo nublado. La Madre y el Niño tienen un aspecto extraordinariamente sensual; él está desnudo, sentado, con las piernas entreabiertas, y su madre lo sostiene de tal modo que sus genitales se apoyan, por encima de su manto, sobre su mano. La Madre parece estar, más que sosteniendo al Niño, sopesando su virilidad. Las miradas de ambos, de ojos oscuros, son las únicas que miran al espectador, como ensimismados y sorprendidos por su aparición ante los humanos.
El tocado de la reina de mayo que vio en la exposición de Viena recuerda el amplio pliegue semicircular que flanquea el lado izquierdo de la Madonna. A ambos lados de la reina, que mira de frente, dos pares de adoradoras curvadas hacia ella la contemplan mientras sostienen dos largas guirnaldas de flores que pasan a la altura de su pecho. El otro panel presenta a seis mujeres dispuestas simétricamente entre líneas curvas vegetales que las abarcan y las entrelazan, cálices florales, semillas bivalvas e insectos estilizados.
Esa vez, Ida no se pasó dos horas ante los paneles. Desde luego no lo merecían; su composición elemental y simplemente decorativa no llamaba tanto la atención como la impresionante pintura de Rafael. Además, esta vez, a la exposición, sí entró acompañada de su primo.
Para Ida se produjo una repetición. La Madonna irrumpiendo entre la cortina abierta en forma de ninfas —en el sentido anatómico de la palabra— recordaba a la reina de mayo entre sus sensuales ninfas. Fácilmente, por las ninfas y por la vegetación presente, se podía añadir el elemento «bosque».
La pintura de Rafael presenta tanto la ninfa-madre virgen como el caballerito que la Madonna tiene en brazos: es el «joven emprendedor» al que se refiere Freud como una de las identificaciones de Ida Bauer.5 Si tomamos ahora a Ida como siendo a su vez la ninfa —aquí en el sentido entomológico de la palabra—, esa pintura representa el tiempo que ella habrá de esperar hasta transformarse en un insecto adulto; esto es, en el niño que ya fue. Ida ha de saber esperar si quiere llegar a ser el niño que fue para aquella madre arrobada del cuadro de Rafael. Es también el tiempo que falta, en el segundo sueño, para llegar a la estación; y, en su recuerdo, el tiempo que falta para regresar, bordeando el lago, a la casita de madera.
Entre ambas exposiciones se despliega todo un paisaje imaginario que incluye tanto el bosque donde se había producido el encuentro enfermizo de su padre con la Sra. K como el otro bosque, aquel en el que se produjo el bofetón del Sr. K que produjo la ruptura que trajo consigo el desequilibrio de toda la situación entre los cuatro personajes.
Ese acto sintomático era una formación del inconsciente producida justo después de su primera visita a Freud, anterior al tratamiento de 1900, cuando Ida Bauer tenía dieciséis años. Esa formación, como señala Lacan en El Seminario, XVII,6 viene de un Otro sin tacha, de un padre amo de su deseo, de ese padre muerto presente en los dos sueños: en el primero es la muerte que el padre llevaba pintada en la cara; en el segundo él mismo está muerto y ausente. Esa misma muerte retornaría más tarde en la palidez del Sr. K cuando vio a Ida por la calle y se dejó atropellar por un vehículo. El Sr. K, por no saber el papel que había desempeñado en aquella tragicomedia, se encontró implicado en aquel accidente.7
MÁS QUE UN SUEÑO
Así pues, la visita a la exposición el día 27 provocó el sueño que sería analizado en las tres últimas sesiones, las de los días 28, 29 y 31 de diciembre. De ese sueño surgió la decisión de dejar a Freud. Si el día 31 le dijo que la decisión la había tomado hacía catorce días, fue simplemente para tratarlo como a una criada o para ponerse ella misma en el lugar de la criada que da el aviso de despedida. Y, además, para hacer surgir el tema de la institutriz de la familia K, seducida y abandonada por el señor de la casa.
En la casita de madera, Ida vio que aquella institutriz trataba al Sr. K como si no existiera, algo de que tomar ejemplo. El Sr. K le había hecho proposiciones, y con las mismas palabras que a Ida. La institutriz había cedido, pero al cabo de poco tiempo él había dejado de hacerle caso. Cuando la institutriz explicó a sus padres lo ocurrido, estos le aconsejaron que dejara aquella casa.
Freud no se dio cuenta de que Ida le estaba diciendo con esa historia que, al contrario de las pretensiones de su analista —el cual, como la ruptura lo mostraría, se encontraba transferencialmente en la serie de las institutrices—, casarse con el Sr. K no constituía ninguna salida.
Ida salió de su última sesión identificada con la pregunta a la cual ni la más espesa enciclopedia puede dar respuesta y que no puede entrar en la serie de preguntas a las que llevó la interpretación de los sueños: ¿dónde está la cajita?, ¿dónde está la llave?, ¿dónde está la estación?, ¿dónde está el cementerio?, ¿dónde está la vagina? Todo se resume en la pregunta dirigida al saber universal de la enciclopedia: ¿dónde está el goce femenino? Tampoco el padre, muerto como es, o impotente, puede darle respuesta. Además, tal como señala Lacan en «Intervención sobre la transferencia»,8 Ida pudo mantener en silencio durante todo el tiempo de la cura las conversaciones sobre el amor que había mantenido con sus maestras, especialmente la suprema, la Sra. K. Nada sabemos entonces sobre el enigma de la transmisión entre mujeres.
Esa identificación con la pregunta, sostenida por una estructura fantasmática, permitió a Ida dejar a Freud sin tiempo para actuar.
Si intentamos reordenar esos elementos en el esquema R,9 tendremos, en la pantalla imaginaria a-a’, el despliegue del bosque de las identificaciones imaginarias de Ida: las ninfas, los ángeles y la certeza de «ser un hombre». Estas identificaciones pueden ser tomadas también como simbólicas en el eje I-M, coincidente con el anterior, que organiza el ideal con el deseo de la madre. El niño sostenido por la Virgen vale ahí como el ideal que surge de su pasado como su hermano Otto.
Cuando en el bosque el Sr. K enuncia la falta de una ninfa principal —aquella de la que Ida esperaba la solución del enigma—, cuando el Sr. K dice: «Mi mujer no cuenta nada para mí», surge, de la ley del deseo, del padre muerto, el bofetón. Es un discurso tan del Otro que es la propia Ida quien recibe el golpe bajo la forma de la hemicránea derecha, en espejo con el dolor sentido por el Sr. K.
Y, en el ángulo opuesto, al otro lado de la pantalla imaginaria, queda fijada una identificación simbólica con un nuevo signo de goce: el encantamiento en la contemplación de la Madonna como planteamiento de la pregunta: ¿dónde está la mujer? El Friedhof, el cementerio, se encuentra en oposición simétrica al Vorhof, la vagina. Después del bofetón, Ida puede ya preguntar: ¿dónde está? Eso, a Ida, le permite, a la salida de su análisis, ya no enloquecida, poner al Sr. K y a la Sra. K en su sitio, sin modificar nada. Lo que era su demanda primera.
Ida sorprendió, pues, a Freud dando a su síntoma una constitución fantasmática sólida, con lo que se anticipó al inconsciente. Lo hizo porque Freud no efectuó la adecuada presión transferencial sobre el tiempo, la que habría abierto el inconsciente. La cifra del inconsciente de Ida tomó entonces la consistencia del signo —el signo fundamental del enigma— y la defensa ganó la mano al desciframiento. El resultado terapéutico fue una curación del razonamiento paranoide, aquel según el cual ella era objeto de intercambio entre su padre y el Sr. K.
2
LAS MANIOBRAS DEL TENIENTE LANZER
Mucho de lo que sabemos sobre la estructura clínica de la neurosis obsesiva está escrito en la exposición que Freud hizo del caso llamado «el hombre de las ratas».1 De ese caso tenemos, además del artículo publicado por Freud, unas páginas de notas en las que recogió durante unos días el contenido de las primeras sesiones. En la década de 1980, un psicoanalista canadiense, Patrick J. Mahony, añadió al considerable material existente algunas investigaciones que ayudan a recomponer el relato de al menos el primer período del tratamiento y los días que lo precedieron.
Comenzamos desde un principio, cuando Ernst Lanzer —este es el nombre que Mahony le atribuye— se encuentra con una mirada cruel y un cuento terrorífico que sacuden su estabilidad emocional hasta el fundamento. Encuentra ahí una situación de crisis: el Otro pierde consistencia y el pasado vuelve como una forma inconsciente de causa para el presente. Guiado por su fantasma, el sujeto se precipita hacia ese punto en el que su cuerpo parece real. No hay nada de eso, se trata tan solo de una vacilación, pero suficiente para causar la presencia, si se da el caso, de un psicoanalista. Es lo que veremos en el caso, no sin un trayecto que, si bien el sujeto lo vive como fuera del tiempo o como una forma de locura, se encuentra luego bien reglado por una condensación. En el caso al que nos referimos aquí, es el tiempo que Ernst Lanzer tarda en convertirse en el «hombre de las ratas».
EL TENIENTE BISOÑO Y EL CAPITÁN FANFARRÓN
Empezaremos en agosto de 1907, en los Cárpatos, donde Ernst Lanzer cumplía su servicio militar. Tenía veintinueve años, era estudiante de Derecho y su estancia en el ejército respondía a unas milicias universitarias que se realizaban durante el verano, fuera del período lectivo. La compañía a la que pertenecía estaba a punto de terminar unas maniobras por el monte, con las que él pondría fin al tercer y último período de instrucción, del que saldría con el grado de teniente. Al cabo de dos días habría terminado su servicio militar.
En esa última pequeña marcha, durante el rancho de los oficiales y justo antes de reemprender el camino, el capitán Nemeczeck, un vienés de apellido checo que siempre le había resultado inquietante, charloteaba defendiendo el uso de castigos corporales entre la tropa. Hablaba para el grupo, pero sin duda tenía ganas de impresionar a aquellos jóvenes oficiales universitarios, muchachos bastante delicados, no como él, un militar profesional de pelo en pecho. Puesto ante aquella fanfarronada, el teniente Lanzer picó y empezó a contradecirle enérgicamente ante todo el grupo. La cosa quedó allí porque la tropa reemprendió la marcha. Cuando llegaron a un punto de descanso, el teniente Lanzer se sentó entre dos oficiales, uno de los cuales era el capitán Nemeczeck. Este aprovechó la ocasión para seguir irritando al bisoño teniente, y con este fin se puso a contar una historia de tortura.2 Probablemente el relato provenía de una novela erótica, El jardín de los suplicios, de Octave Mirbeau,3 en la que se leen unos párrafos muy similares al relato del capitán Nemeczeck. Los protagonistas visitan un jardín oriental donde se practican una serie de torturas, para las que quedaría fijada la denominación de «chinas», y que el autor describe con gusto. Una de ellas consiste en atar al condenado arrodillado en tierra con la espalda doblada. Frente al ano se sujeta una vasija que tiene un agujero en el fondo. Se mete en ella una rata grande y hambrienta. Por el otro agujero de la vasija se introduce un hierro candente, lo que provoca que la rata se abra paso a mordiscos por el lugar «innoble». La novela precisa que rata y paciente mueren en el suplicio. Observemos que el paciente de Freud transformó la rata en «ratas», con lo que las preparaba para ser contabilizadas. Pero el problema para Lanzer fue que, mientras escuchaba el relato, le venía a la imaginación que este suplicio era aplicado a algunas personas, sobre todo a la mujer con la que mantenía relaciones, la dama de sus amores, Gisela.4
Atolondrado por la tempestad imaginaria que vino a condensarse para él, al ponerse de pie se le cayeron las gafas que llevaba, de tipo pinza, unos quevedos. Como toda la tropa reemprendía la marcha, no pudo entretenerse a buscar las gafas. De algún modo, la verdad se paga. Al volver al campamento, telegrafió a su óptico de Viena para que le mandara con urgencia un nuevo par de gafas contra reembolso. Y el caso fue que, al día siguiente, precisamente el mismo capitán Nemeczeck puso en sus manos un paquete con las gafas nuevas, al tiempo que, con un gran don de la oportunidad, le dijo: «El teniente David ha pagado por ti. Le debes el dinero del reembolso». Ahí, el teniente Lanzer respondió en su pensamiento con un doble mandato superyoico. Por una parte, la frase era: «No debes pagar; si lo haces, le será aplicado el tormento a Gisela». Por otra, la otra frase contenía el mandato más o menos lógico: «Debes pagar 3,80 coronas al teniente David».5 Señalemos un par de detalles más. La agudeza visual tenía una cierta importancia para Lanzer, y la pérdida de las gafas traía consigo una cierta degradación como militar: él pertenecía al batallón de tiradores y había descubierto su miopía durante el primer verano de su servicio, en 1901.
Siguiendo la parte lógica de su superyó, Lanzer fue a ver al sargento contable y le dio la orden de entregar al teniente David, y a cuenta de su paga, las 3,80 coronas. Esto hubiera arreglado la situación; no obstante, su síntoma, manifiesto bajo la forma de la alternativa mencionada, desencadenó un sentimiento de transgresión culpable: fallaba al no entregar el dinero en mano al teniente David. A partir de ahí, el teniente David empezó a desempeñar un papel importante en sus fantasías inconscientes, de modo que los procesos intencionales quedaban contaminados con las contingencias, y su deseo solo encontraba un lugar en el discurso del Otro introduciendo en él esas fuertes contradicciones fantasmáticas a la vez que reales. Dicho de otro modo, se borró la diferencia entre lo deliberado y lo casual, en un modo de actuar y razonar cristalinamente neurótico.
El sargento contable volvió diciendo que no pudo hacer esa entrega porque el teniente David estaba en un puesto avanzado. Eso alivió al teniente Lanzer: se sentía aligerado en cuanto a su responsabilidad y aliviado de la culpabilidad que se le adhería. Casualmente, tras la noticia dada por el sargento contable, vino a encontrarse con el teniente David. Era la ocasión para entregarle las 3,80 coronas, pero David le dijo: «No he desembolsado nada por ti. No soy yo quien se ocupa del correo, sino el teniente Engel». Ahí Lanzer se convenció de que todo el mundo iba a ser castigado. En sus fantasmas, una serie inscribía al teniente David, al teniente Engel, al padre de Lanzer, a Gisela; y, para colmo, el castigo devenía eterno. Con lo cual entró en el espacio de la Gran Duda: ¿qué sabemos del más allá? Y también: ¿qué sabemos del amor? Y el teniente Engel, que era un oficial médico, se ofreció a pagar por él las 3,80 coronas cuando fuera a recoger el correo, y le dijo que no se preocupara, que ya le daría el dinero más tarde. Pero eso incrementó la angustia de Lanzer: el mandato era dar el dinero a David, no a Engel.6
Pero intervino de nuevo la casualidad: el teniente Engel volvió del pueblo donde estaba la estafeta de correos (probablemente Nowy Sącz) diciendo que no había podido pagar el reembolso porque le habían entretenido y no le había dado tiempo. Pasado ese momento, Ernst Lanzer empezó a ser visitado por fantasías de rituales de devolución, con las coronas circulando entre él, David, Engel y un nuevo personaje —este femenino— que entraba en escena con las últimas comunicaciones del teniente Engel: la empleada de correos de Nowy Sącz. Y aquí hay algo que Ernst Lanzer sabe y no sabe a la vez: que era esa empleada quien había adelantado de su propio bolsillo el dinero del reembolso. Pero una vez más el tiempo apremiaba: era el último día de maniobras y de su servicio militar; al día siguiente volvía a Viena. Esa misma noche le tocó realizar un brindis de agradecimiento a los oficiales del ejército regular (entre los cuales estaba el capitán Nemeczeck) en nombre de los oficiales de reserva (lo que él era a partir de ese mismo momento). Lo hizo de manera satisfactoria, pero actuando como un sonámbulo. Aquella noche, atormentado por sus obsesiones, fue de insomnio.7
A partir de ahí los comportamientos de Lanzer tomaron dos caminos paralelos, en una división subjetiva bien característica de la neurosis obsesiva: lo que hacía efectivamente y lo que se proponía hacer. Lo que hacía se le presentaba siempre como algo para lo que ya era tarde para rectificar: un fait accompli, algo de lo que se puede decir «dicho y hecho» y «a lo hecho, pecho». Por otro lado, todo aquello que se proponía hacer iba quedando aplazado una y otra vez.
Y lo que se proponía hacer iba tomando la forma de un complicado ritual de pago en el que llamaría a escena al teniente David, al teniente Engel, a la empleada de correos y a él mismo. Para ejecutar ese ritual, tenían que estar los cuatro a la vez, cosa bien difícil de conseguir.
EL ÚLTIMO TRAMO (POR EL MOMENTO)
Por la mañana, tras esa última noche de sus milicias, los ya reservistas se trasladaron a caballo en dirección a Przemyśl, una ciudad que está al pie de los Cárpatos y donde hay un importante nudo ferroviario.8 El teniente David tenía que desviarse antes de llegar para dirigirse a caballo a Kanzuga. Por su parte, el teniente Lanzer avanzaba cavilando: antes de que el teniente David se desviara, tendría tiempo de hablar con él y pedirle que, junto con el teniente Engel, cabalgaran hasta Nowy Sącz, en cuya estafeta de correos podría realizar todo aquel ritual que le permitiría devolver el dinero debido a su acreedora. Pero en toda esa cavilación había algo más. En el hostal de Nowy Sącz, el teniente Lanzer había conocido a la hija del patrón, una bella muchacha que había dado muestras de aprecio hacia aquel joven teniente con un uniforme tan bonito. También la empleada de correos se había fijado en el teniente Lanzer; fue por esa razón que le dio crédito. Así las cosas, en el ritual que fantaseaba para ir a Nowy Sącz, el teniente Lanzer, acompañado de dos camaradas, se encontraría con dos mujeres.
Pero el teniente Lanzer no hizo nada de eso: dejó que el teniente David siguiera su camino, aunque mandó a su asistente a que le avisara de que él pasaría por Kańczuga para verlo a primera hora de la tarde.
Cuando el teniente Lanzer, con la tropa, llegó a la estación de Przemyśl eran las nueve y media de la mañana. Tras dejar el equipaje en la consigna, se dispuso a pasear por la ciudad y hacer algunas compras. Mientras tanto iba calculando: para ir de Przemyśl a Kańczuga en coche de caballos tardaría una hora; luego, ya acompañado del teniente David (el teniente Engel desaparece aquí de las asociaciones), necesitaría unas tres horas en tren hasta Nowy Sącz; una vez allí, podría efectuar la maniobra de intercambio, volver a Przemyśl y coger el tren de la noche. ¡Ah! Pero eso era imposible, porque imponía dos consecuencias incompatibles en su pensamiento. Por un lado, si no hacía eso, era un cobarde incapaz de pedir un favor, aun al precio de parecer loco. Por otro, si lo hacía, era un cobarde que fastidiaba a los demás para estar en paz con sus obsesiones. De modo que siguió decidiendo para él la astucia de la razón o la razón de los hechos consumados. En la estación, un mozo de cuerda se le acercó para ofrecerle sus servicios: «¿Para el tren de las diez, señor teniente?».9 Eso significaba salir ya, sin tiempo para pasear. Sin pensarlo un momento, dijo que sí. El fait accompli, el «dicho y hecho» le alivió un poco. Ya en el tren, reservó un cubierto en el vagón restaurante. Eso no impedía que él siguiera calculando mentalmente: mientras el primer tramo del trayecto del ferrocarril en dirección a Viena le iba acercando a Kańczuga y a Nowy Sącz, él iba pensando que bajaría en la próxima estación (primero Jarosław, luego Przeworsk, después Łańcut, etc.), de allí se dirigiría a Kańczuga, vería al teniente David, etc. Pero esta intención contrastaba con el recibo de reserva para el restaurante que tenía en el bolsillo —otro fait accompli—. Fue dejando pasar las estaciones hasta llegar a Rzeszów, que era la última oportunidad, digamos razonable, para realizar su ritual. Pero allí Ernst Lanzer tenía parientes; si lo encontraban por la calle le preguntarían qué hacía en Rzeszów, a lo que no sabría qué contestar. De modo que pasó de largo; a partir de ese momento, el itinerario del tren se iba alejando definitivamente de la zona de los Cárpatos para dirigirse hacia Cracovia, Ostrava, Brno y Viena. Así las cosas, decidió dejarse llevar hasta Viena, donde estaba su amigo Palatzer, también médico, que siempre le sacaba de apuros; hablaría con él nada más llegar y aún le daría tiempo para volver a Przemyśl en el tren de noche. Salvo un pequeño detalle, y es que entre la llegada a Viena del tren en el que viajaba y la salida del tren nocturno había tan solo media hora. Pero nada parecía imposible en el fantasma obsesivo en el que estaba instalado.
Llegado a Viena, Ernst Lanzer fue corriendo al restaurante donde solía encontrar a su amigo, pero no estaba allí. Se encontró con un conocido que, sabiendo que Lanzer vivía en las afueras de la ciudad, se ofreció a acogerlo en su casa. Pero él quería encontrar a Palatzer como fuera. Fue a su casa, y no estaba. Volvió más tarde, hacia las once de la noche, con temor de despertar a la anciana madre de Palatzer. Aquella vez sí que estaba su amigo, quien, tras escuchar el relato, alzó las manos al cielo: «Pero ¡no te das cuenta de que todo esto es una idea obsesiva! ¡A quien debes el dinero es a la empleada de correos!». Lo tranquilizó, y aquella noche durmió magníficamente. A la mañana siguiente fue a la estafeta de correos más cercana y ordenó un giro postal a la dirección de la estafeta de correos de Nowy Sącz.
HACIA FREUD
Freud observa de qué manera el amigo había deshecho el nudo que ahogaba a Lanzer: el dinero lo debe a la empleada de correos, aunque él mismo no lo sabía. El punto duro de su ideación obsesiva era que no podía admitir de ningún modo que el capitán Nemeczeck se hubiera equivocado al decirle: «Debes 3,80 coronas al teniente David».
Pero, de hecho, Ernst Lanzer seguía con sus dudas; lo que había hecho era tomar por un momento las ideas de su amigo Palatzer como suyas. Esa presencia aceptada de un Otro no era aún el fin de sus perturbaciones obsesivas. Decidió entonces ir a ver a un médico para que le extendiera un certificado que valiera para justificar su cobardía; armado con él podría volver a presentarse ante el teniente David tal como tenía planeado desde Przemyśl. Pero, de nuevo, la casualidad le impuso un cambio de ruta. En el mismo edificio del domicilio de la familia Lanzer vivía un amigo de Ernst, de apellido Freund, y ese amigo vino a reclamar a los hermanos Lanzer unos libros que les había prestado. Entre ellos estaba la Psicopatología de la vida cotidiana, de Sigmund Freud. Ernst sintió ganas de hojear ese libro antes de devolvérselo a su vecino, y en él encontró unos «raros enlaces de palabras» que llamaron su atención.10 Ante ese encuentro con el inconsciente, decidió ir a visitar a ese profesor Freud que tan bien explicaba el modo en que el Otro y su ausencia se combinaban para crear esas extraordinarias asociaciones y neologismos.
Pero detengámonos un momento en un detalle más. Lanzer había vuelto a Viena de sus maniobras militares el domingo 8 de setiembre; su primera visita a Freud tuvo lugar el lunes, 1 de octubre. No parece que Freud le hiciera esperar muchos días para recibirlo; tenemos razones para preguntarnos sobre lo que hizo durante esas tres semanas. De lo que debieron ser intentos de cura o aplazamientos, solo sabemos que visitó a Wagner von Jauregg, el psiquiatra más eminente de Viena.11 Él mismo le contó a Freud que Von Jauregg no le entendió y que solo supo mostrarse compasivo con sus ideas obsesivas. Cuando, por ejemplo, Lanzer le detalló una de sus ideas obsesivas —el mandato de presentarse a examen un día determinado, aunque no estuviera bien preparado y fuese indiferente hacerlo unos días más tarde—, el psiquiatra le respondió: «¡Beneficiosa obsesión!». Lanzer quedó decepcionado: no hay obsesiones beneficiosas, todas son enfermizas, aunque indiquen algo eventualmente beneficioso. Freud observó irónicamente en sus apuntes que la idea obsesiva «no cederás nunca a una idea obsesiva» sería su solución, su salvación, pero no podía ser, y añadió que faltaba el elemento sexual. Este, junto con el elemento infantil, se mostraría ya en la primera sesión con Freud. Tal como Freud lo registró en sus primeras notas del caso, Lanzer habló de impulsos e ideas obsesivos, particularmente intensos desde hacía cuatro años, pero que provenían de la infancia. Y el tema principal de ellos era que pudiera pasarles algo a dos personas amadas: su padre y Gisela, su novia. Incluso podría ser él mismo quien se viera impulsado a hacerles daño. En un tratamiento de hidroterapia que había realizado el año anterior en Múnich, pudo tener relaciones sexuales, lo que le alivió algo, pero durante el coito le surgían pensamientos sobre el padre muerto. Ahí arranca el análisis de su fantasma fálico fundamental. Tras su primer coito, unos años antes, había pensado: «Esto es grandioso; es algo por lo que uno podría matar a su padre». Nada hay aquí que sea beneficioso. Despejado ya de entrada el elemento sexual y el infantil, comienza el tratamiento de Ernst Lanzer, quien, en palabras de Freud, «padece de representaciones obsesivas». Estas vienen de lejos; la historia del goce cruel contada por el capitán Nemeczeck añadió algo imposible de tratar. Pero la misma historia contiene algo insoportable que a la vez resuena profundamente en el inconsciente: una palabra que parece nombrar el goce al cual paga tributo el sujeto. Ernst Lanzer entra en un nuevo campo de maniobras guiado esta vez por el significante «rata», que le dará nombre durante el tiempo de la transferencia con Freud.
En el curso de la cura, Ernst Lanzer recupera su dignidad de hombre, que había quedado afectada en su consciencia por la indignidad de sus pensamientos obsesivos. Las mujeres dejan de ser para él objeto de deuda, roedoras crueles, acreedoras fatales. Y la historia de su padre deja dibujar el mapa abrupto donde se despliegan las maniobras de su deseo.
3
POLÍTICA DE SCHREBER
Siguiendo las trazas de Sigmund Freud, Jacques Lacan enseñó a leer el caso Schreber, en las memorias que el enfermo dejó escritas, como portador de una enseñanza paradigmática en nuestra formación.1 En relación con este caso, y tomando como objeto ese texto, se han ido planteando diversos abordajes de la psicosis que han puesto de relieve modificaciones en la teoría. El primero fue Freud, quien describió la psicosis de Schreber como una defensa contra una sexualidad desviada, una cierta forma de homosexualidad que Lacan tradujo a los términos menos fantasmáticos de «empuje a la mujer». Por su parte, William G. Niederland presentó en 1959 la versión más atractiva y más psicologizante: la psicosis de Schreber sería la respuesta a un trauma centrado en la infancia de un sujeto sometido a un padre dictatorial que habría torturado a sus hijos haciendo uso de máquinas horribles.2 A nada de estohace referencia Jacques Lacan cuando analiza el caso, y las investigaciones de Han Israëls acabaron de demoler esta construcción, que había llegado a transmitirse incluso a los estudiosos del totalitarismo político.3 En realidad, el padre de Schreber aparece como un hombre más bien blando y ausente, más implicado en idealismos de educación de la humanidad que en la atención sobre el desarrollo de sus propios hijos.
Por su parte, Jacques Lacan, en su seminario Las psicosis y en su escrito «De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis», analiza el caso siguiendo la vía freudiana del análisis gramatical de las proposiciones axiomáticas en la psicosis. Lacan destaca el modo en que Freud consigue salirse del tema de la defensa contra la homosexualidad delirante a partir del estudio de las variaciones sintácticas de una proposición elemental —«Yo lo amo»— que se encuentran en el núcleo de varias formas de paranoia. Lacan amplía esa formalización y, para su estudio, parte de las formaciones básicas de la estructura del lenguaje que constituyen los fenómenos de código y los fenómenos de mensaje. Es con eso que estructura las formas singulares de perturbación de las relaciones entre lo simbólico, lo imaginario y lo real. Así puede sentar la tesis lacaniana fundamental según la cual la aparición en lo real de un significante singular, el que corresponde al Nombre del Padre como ordenador de las significaciones fálicas, es la causa del desencadenamiento del delirio. Siempre teniendo en cuenta que no hay que confundir la causa del desencadenamiento con la causa de la psicosis; esta permanece en el registro de lo real como «insondable decisión del ser».4
Años después, cuando Lacan vuelve de manera directa sobre la cuestión de la psicosis, no se refiere ya al caso del presidente Schreber, sino al más enigmático de James Joyce, el síntoma.5 Si hubiera que situar a Schreber en esta última enseñanza, deberíamos estudiarlo entre la pluralización de los Nombres del Padre y el Uno sin Otro. Intentamos adentrarnos en esta problemática cuando hablamos de la política de Schreber, considerando que aquello que para él hace Uno (sus convicciones) se erige contra algo que se le presenta como un poder ejerci-
do por un Otro que no existe.
SCHREBER EL «SINTHOME»
Nos ocupamos de la dimensión del síntoma Schreber apoyándonos en sus memorias, los Sucesos memorables..., y también en los trabajos de Han Israëls y Zvi Lothane.6 Estos investigadores han podido examinar el caso Schreber desde otro punto de vista, aprovechando que la caída del muro de Berlín y la reunificación alemana permitieron el acceso a archivos hospitalarios que habían estado vetados. Para nuestro comentario nos basamos en algunos puntos de doctrina que ponemos a prueba a la vez en su aplicación al caso. En primera instancia, observamos que el caso Schreber parece ordenarse según unos puntos que detallamos. En primer lugar, la política de Schreber está orientada hacia la creación de un semblante de discurso que le permita mantener conversaciones con personas inteligentes. Se trata para él, hombre de cultura refinada y que ocupa un lugar eminente en la sociedad, de salir de la segregación del asilo. Para hacer efectiva esta política, hace uso de una estrategia (y aquí reside su «cura») que consiste en separar al máximo el goce transexual o femenino de todas las demás actividades de su existencia. Y, finalmente, como recurso táctico, no deja de utilizar el lenguaje jurídico, que domina, que se dirige a un semblante de Otro y que, más concretamente, puede penetrar entre las filas de los jueces a los que quiere convencer tanto para demostrar su inteligencia como para soportar la soledad psicótica en la que vive.
En cuanto al diagnóstico, seguimos a quienes opinan que no se trata tanto de un caso de paranoia sino, como el propio Freud indica, de dementia paranoides, que se cuenta entre las variedades de la esquizofrenia (según Bleuler). A esto nos llevan también las observaciones de Han Israëls sobre la última y definitiva estancia de Schreber en un manicomio.
UNA PRIMERA ORIENTACIÓN
La biografía de Schreber ofrece algunas pistas sobre su personalidad. La cuestión reside en la forma en que tomamos los datos: bien como contingencias soportables, bien como traumas causales de sus delirios. Daniel Paul Schreber, nacido en 1842, perdió a su padre, que llevaba diez años enfermo a causa de un accidente, antes de cumplir sus veinte años. Tras realizar estudios de Derecho, inició una carrera judicial regular que lo llevó a obtener la categoría de magistrado. Cuando tenía unos treinta y cinco años, su hermano se suicidó; al año siguiente, se casó con Ottilie Sabine. En 1878 padeció una primera crisis, diagnosticada como hipocondríaca. Unos años después, ya recuperado, fue nombrado juez del Tribunal de Chemnitz. En 1884, en una extraña maniobra, decidió presentarse a las elecciones para el Reichstag, para el que no salió elegido; fue su único intento de cumplir una ambición política y, en cierto modo, su único fracaso profesional. Tras este episodio, Schreber padeció la que es considerada como su primera enfermedad, de la que fue tratado, primero, en el balneario de Sonnenberg y, luego, en el Hospital Universitario de Leipzig, dirigido por el profesor P. E. Flechsig. Después de este tratamiento, pasó su convalecencia en el balneario de Illenau. Durante los primeros días de esta enfermedad, Schreber realizó dos intentos de suicidio. Salió del hospital muy impresionado por la autoridad de Flechsig, no sin excusarle caballerosamente las mentiras piadosas que había utilizado para justificar el internamiento; es el caso, por ejemplo, de cuando atribuyó su enfermedad a una intoxicación con bromuro.
En enero de 1885 salió de esta enfermedad y fue nombrado juez del Tribunal de Gran Instancia de Leipzig. Al tiempo que iba ascendiendo en el escalafón funcionarial, transcurrieron los que él mismo calificaría como «ocho años de felicidad» con su esposa, solo ensombrecidos por la imposibilidad de tener hijos. De juez en Leipzig pasó a presidente de sala en Freiberg y en Dresde, hasta llegar a ser, en 1893, presidente del Tribunal de Apelaciones del reino de Sajonia. En esta misma fecha volvió a consultar a Flechsig. Tras algunos intentos de suicidio, fue ingresado de nuevo y con urgencia en el Hospital Universitario. Y fue a partir de ahí cuando empezó el periplo de su segunda enfermedad.
Resumamos las estaciones principales de ese recorrido. Pasó unos siete meses en el Hospital Universitario de Flechsig hasta su traslado al Asilo de Pierson, lugar al que denominaría en sus memorias la «Cocina del Diablo» (Teufelsküche), donde estuvo un par de semanas. A finales de junio de 1894, considerado ya un enfermo incurable, fue trasladado al Asilo Público Real de Sonnenstein —un establecimiento para enfermos crónicos—, situado en el castillo de Pirna, cerca de Dresde, y dirigido por el doctor Weber. Esta fue su hospitalización más larga, que duró hasta finales de 1902.
UNA POLÍTICA MEMORABLE
Podemos interesarnos por lo que ocurrió en el entorno del enfermo durante este período. Como sabemos, Schreber era un alto funcionario; el único sueldo que entraba en casa era el suyo. Durante su enfermedad, Schreber estaba, como era de rigor, de baja. Pero al prolongarse el internamiento, su esposa Sabine, para poder seguir percibiendo el sueldo de su marido, debía negociar una baja por enfermedad de larga duración. Con este fin, fue a entrevistarse con el superior de su esposo en los tribunales, el presidente del Tribunal de Casación Carl Edmund Werner. Este le recomendó que solicitara una declaración de incapacidad temporal.7 Hasta mayo de 1894, la señora Schreber había recibido el importe del sueldo de su marido contra un recibo firmado por él. Pero a partir de ese mes de junio, y coincidiendo en fechas con su traslado al asilo para enfermos crónicos de Weber, Schreber ya no pudo firmar, y la firma de la señora Schreber no valía para esa transacción. Además, el doctor Weber, de quien dependía entonces Schreber, se mostró contrario a que nadie presentara a su paciente recibos a firmar porque pensaba que ello le provocaría una agitación muy perjudicial para su salud. En esta situación, la señora Schreber acudió de nuevo a su reverenciado profesor Flechsig con la esperanza de encontrar un expediente que resolviera la situación. El doctor Weber redactó un informe sobre Daniel Paul Schreber destinado a Werner y al Ministerio de Justicia. Weber recomendaba una tutela por incapacitación temporal, que fue decretada por el tribunal de Dresde a partir de otro informe del mismo Weber. Y, en noviembre, tras un nuevo informe de Weber, esta incapacitación fue aprobada por el Ministerio de Justicia. Al año siguiente, 1895, se decretó la incapacitación permanente de Daniel Paul Schreber.
Fue a partir de entonces, más concretamente entre 1897 y 1900, cuando Schreber, ingresado en Sonnenstein, en respuesta a la incapacitación decretada sobre él, se ocupó de la redacción de sus Sucesos memorables como apelación a la justicia y como defensa de su plena capacidad de obrar. Basta leer el título completo de la obra: Sucesos memorables de un enfermo de los nervios, con varios Apuntes complementarios y un Apéndice en torno al interrogante: «¿Bajo qué supuestos es lícito recluir en un establecimiento de salud a una persona considerada mentalmente enferma en contra de su expresa y declarada voluntad?», que firmó como Daniel Paul Schreber, doctor en Derecho, presidente de sala del Tribunal Supremo de Dresde. Mientras tanto, en 1899, y en cuanto médico forense, Weber redactó un nuevo informe para esos tribunales ante los cuales Schreber defendía su capacidad de obrar. A tenor de este informe, el Tribunal confirmó su incapacidad permanente. En 1900, Weber redactó un informe más para el Tribunal Supremo de Dresde. Otro tribunal, superior al anterior, confirmó la incapacidad permanente de Schreber. Fue entonces cuando Schreber redactó un brillante escrito de apelación, articulado según un perfecto razonamiento jurídico.8 Veamos algunos puntos de su argumentación.
En primer lugar, dice Schreber, en la sentencia de incapacitación se mencionan algunos hechos inexactos. Es falso que el interesado admita ser un enfermo mental o que al menos no niegue serlo. También es falso que comparta la opinión de los médicos según la cual su permanencia en el hospital de Sonnenstein es beneficiosa para su salud. En segundo lugar, hay errores en la fundamentación jurídica de la sentencia. La concepción schreberiana de los «hombres hechos a la ligera» pertenece a una época pasada. La relación del interesado con Dios y los milagros que se hacen sobre su persona no es enfermiza. En palabras de Schreber: «La seguridad de mi conocimiento de Dios y la certeza inmediata de que estoy relacionado con Dios y con milagros divinos está muy por encima de toda ciencia humana. [...] Dios se me sigue revelando. [...] De ahí la enorme importancia que atribuyo a la publicación de mis Sucesos memorables. Pues, en efecto, si de este modo consiguiera despertar en los demás aunque no fuera más que serias dudas sobre si tal vez no me ha sido concedido echar una mirada tras el oscuro velo que oculta a los ojos de los hombres el Más Allá, entonces mi trabajo se contaría seguramente entre las obras más interesantes que han sido escritas desde que el mundo existe».9 Pero, sigue argumentando Schreber, el Tribunal no debe desviarse de la cuestión principal, que es la de decidir si el interesado posee «capacidad para una actuación razonable en la vida práctica». En este sentido, Schreber no quiere que sus Sucesos memorables sean descartados como vanas fantasías. En ellos habla muy en serio, dice, y enumera algunos de esos hechos memorables. En primer lugar, las cuerdas de su piano saltan en una cantidad desproporcionada. En segundo lugar, el interesado se ve obligado a lanzar aullidos o gritos de manera repentina. La ciencia no tiene ninguna explicación para este fenómeno; es una experiencia singular, un caso único, y es de notar que estos aullidos no son pronunciados nunca cuando está conversando con personas cultas, sino que solo se observan, dice, «cuando estoy solo en mi habitación o en el jardín y me muevo entre dementes profundos con los que es imposible entablar ningún tipo de conversación».10 En tercer lugar, se encuentra en ocasiones con la mirada rígida, haciendo extraños visajes, girando los párpados hacia arriba. «Todos mis músculos, dice, están sometidos a ciertos influjos [...] procedentes de [...] milagros divinos».11 No se trata de alucinaciones usuales; tienen una cierta realidad objetiva y proceden de voces percibidas de manera efectiva, de tal modo que hay que admitir ahí el influjo de fuerzas sobrenaturales. Más allá de eso, declara que en su cuerpo, especialmente en el pecho, se ponen de manifiesto las peculiaridades del sistema nervioso femenino. A lo que añade: «Estoy convencido de que una exploración corporal confirmaría este extremo». En suma, la redacción misma de los Sucesos memorables demuestra que su autor ha sido objeto «de experiencias y de impresiones singulares cerradas a otros hombres».12
Pero, por encima de todo, está la cuestión jurídica; y Schreber la resume preguntando si algo de todo lo mencionado le incapacita «para cuidar de sus asuntos». De hecho, en el hospital, y durante años, no ha tenido ningún comportamiento irracional. «Nunca se me ha ocurrido, dice, molestar a nadie con el relato de mis ideas alucinatorias y mis ilusiones sensoriales. [...] Mis llamadas ideas delirantes se refieren tan solo a Dios y al Más Allá y no pueden, por consiguiente, ejercer ninguna influencia sobre mi conducta acerca de las cuestiones terrenas».13 Podemos añadir, siguiendo la indicación de Lacan en «De una cuestión preliminar...» sobre la cultura de Schreber, que la obra de Schreber no resultaba tan chocante en una época en la que abundaban escritos comparables alrededor de lo que la historia de las ideas recoge como Naturphilosophie.14 Llegamos así a la conclusión del alegato de Schreber, en la que encontramos la pregunta fundamental: «¿Qué hombre de tanta categoría intelectual como la que creo poder reclamar para mí no sentiría como una humillación ser tratado en los aspectos legales como un niño de siete años, privado de toda disposición, incluso por escrito, de sus propios bienes y hasta de recibir información acerca del estado en que estos bienes se encuentran?».15
A todo esto, Weber respondió con un nuevo informe negativo, en el que dice, entre otras cosas, que «la naturaleza misma de esa enfermedad impide dar garantías de que, mientras la enfermedad exista, no esté amenazado en el futuro ningún importante interés vital del paciente, una vez liberado de la tutela».16 No obstante, tres meses después, el Tribunal Supremo de Dresde dictaba una sentencia en la que anulaba la incapacitación de Daniel Paul Schreber. Importa señalar aquí que, durante esos tres meses, el Tribunal había leído el manuscrito de los Sucesos memorables, de modo que en su argumentación pudieron afirmar de manera consecuente que no había en el libro nada que pudiera dañar la memoria del padre de Daniel Paul Schreber. Tal fue el resultado de la maniobra de Schreber. Como figura en el veredicto del tribunal, el demandante se había arriesgado, con la publicación de los Sucesos memorables, a que alguien lo considerara mentalmente perturbado; pero no se le había de escapar a su autor que, hospitalizado como estaba, aquella era la situación en la que ya se encontraba. De modo que el libro había de ser leído como un trabajo honesto realizado en busca de la verdad. Y quedaba muy claro que, si alguna vez las expresiones de las voces que le hablaban eran inadecuadas o soeces, ese carácter no provenía de la voluntad de Schreber, sino de las voces mismas. Y un punto más. Pudiera ser que Flechsig, nombrado expresamente en el libro, se sintiera ofendido por el trato que le daba Schreber. Pero Schreber sabía bien que Flechsig no era un ciudadano indefenso, sino, bien al contrario, un sujeto con plena capacidad de obrar; de modo que, si acaso se decidía a interponer contra el enfermo una querella por injurias, cosa que nadie le podría impedir, el autor del libro estaba perfectamente dispuesto a hacerle frente.
A partir de ahí, el Tribunal consideró que, aunque estaba probado que Schreber era paranoico, también era cierto que llevaba dos años sin que se le pudieran atribuir comportamientos incoherentes y que tomaba de manera regular la medicación que le era prescrita. También alega el Tribunal el delicado estado de su esposa, con quien Schreber deseaba reanudar la vida en común. El Tribunal mencionaba además otro informe de Weber (que no conocemos salvo por esta cita), posterior a los citados, en el que el médico, aun advirtiendo sobre la peligrosidad del estado del paciente, y siempre que su estado no empeorase, afirmaba que no se iba a oponer al alta que el Tribunal pudiera decidir concederle. Como vemos, el Tribunal, atendiendo a la argumentación de Schreber, se ciñe en todo a la pregunta estrictamente jurídica: «¿Está el demandante necesitado de protección en el sentido indicado (en sentido jurídico, es decir, el de reconocerle la capacidad de contratar), o puede cuidar por sí mismo de sus asuntos?».
Es a partir de ahí que el Tribunal, en su argumentación, valora la intervención de Weber: «El perito, doctor Weber, no da en ninguno de sus dos dictámenes una respuesta precisa a esta pregunta». No responde ni sí ni no, y «deja la respuesta en manos del juez». El Tribunal cita también a un jurista, Endemann, quien había argumentado en otra ocasión que bastaba un diagnóstico de paranoia para incapacitar al demandante. Pero esto sería «llevar las cosas demasiado lejos». Además, el propio Weber reconoce que «en un gran número de paranoicos [...] a pesar de sus severos trastornos psíquicos y de que su pensamiento avanza a veces por el carril de las ideas delirantes más absurdas, las personas de su entorno no advierten que estén enfermos, despachan de una manera correcta sus asuntos cotidianos y, en lo esencial, cumplen razonablemente bien con sus deberes profesionales. Se les tiene ciertamente por excéntricos, se les considera caprichosos y dominados por ideas fijas, pero de ordinario se está muy lejos de pensar que se les deba poner bajo tutela». Toda esta argumentación se inscribe en el «elemento progresivo de la nueva legislación» alemana. En efecto, en aquella nueva época de libertad religiosa, tras la Kulturkampf bismarckiana, los elementos religiosos del delirio quedaban excluidos del enjuiciamiento civil. Y, precisamente, todo el delirio schreberiano se refiere al ámbito religioso. Su caso se sitúa, pues, en la dimensión de una «demencia parcial», propia de un caso de paranoia, y esa parcialidad es interpretada como el aislamiento de un delirio respecto de todos los demás aspectos de la vida y la cultura. Prueba de ello, por ejemplo, es que Schreber administra muy bien su dinero. Y si se da el caso de que efectivamente gasta algún dinero para procurarse abalorios femeninos, las cantidades empleadas en esa excentricidad son mínimas y no tienen consecuencia alguna en el presupuesto familiar. Y un detalle más, y bien importante: la conducta de Schreber para con su mujer es irreprochable. De modo que, concluye, «el Tribunal de Apelación ha llegado al convencimiento de que el demandante está capacitado para enfrentarse a las exigencias de la vida en todos los ámbitos existenciales aquí considerados, incluidos los más difíciles, a cuya regulación se aplican las normas del ordenamiento jurídico». Y con ello revoca la incapacitación anterior de la persona de Daniel Paul Schreber.
VIVIR CON EL DELIRIO
Fue entonces cuando Schreber salió del asilo de Sonnenstein, se trasladó a vivir a Dresde y publicó sus Sucesos memorables. Llevó entonces una vida social sin extravagancias, y se ocupó profesionalmente de asuntos legales privados.
Unos años más tarde, en 1907, murió su madre. Poco después, Sabine sufrió un ataque de apoplejía con trastornos del habla. Y fue entonces cuando sobrevino el tercer episodio psicótico de Schreber, por el que fue internado en una clínica de Dösen, en las afueras de Leipzig. Tres causas se pueden invocar sobre esta última fase, que duró tres años, hasta su muerte en 1911: la muerte de su madre, la enfermedad de su esposa y las querellas a propósito de la herencia del padre de Schreber. Esta última es la que parece definitiva. Tal como comenta José María Álvarez:
se venía atribuyendo este tercer episodio a la muerte de su nonagenaria madre Pauline (14 de mayo de 1907), o a veces al ataque de apoplejía que sufrió Sabine seis meses después. Sabemos actualmente que el debate sobre el uso del apellido Schreber que venía enfrentando a algunas de las Asociaciones Schreber [creadas después de la muerte de Schreber padre, con el consentimiento de la madre] constituyó el disparador de la última y definitiva crisis psicótica. En una atmósfera rancia, los partidarios del padre se habían dividido, instando a Paul para que decidiera cuál de las Asociaciones podía llevar legítimamente el apellido Schreber. Desmintiendo cualquier partidismo, el día 1 de noviembre de 1907, el Dr. Schreber redactó una declaración (Erklärung über Schreberverein) en la que tomaba una posición ecuánime sobre el destino del nombre de su padre. Veintiséis días después ingresó para siempre en el último manicomio que escucharía sus carcajadas y aullidos.17
Añadamos que esas asociaciones, que, aun llevando el nombre de Moritz Schreber, no eran obra suya, habían usurpado ese nombre no sin una cierta impostura. Así, este episodio, causado por una apelación al Nombre del Padre promovida por una querella que exigía una solución jurídica, le llegó como venida de lo real; para resolver aquella situación, no disponía ahora de ningún apoyo simbólico.
LA POLÍTICA
Intentemos entonces averiguar cuál fue su modo propio de gozar y de qué manera se fue introduciendo en las formas de su actividad delirante. El primer paso fue el de una transformación progresiva de su cuerpo en un cuerpo de mujer, hasta hacerlo sede imaginaria del goce correspondiente, un goce no fálico. Para ello, Schreber había conseguido añadir a su defensa de que esa transformación era posible un fundamento jurídico que se podía defender públicamente como una forma de libertad civil. Schreber se esforzó asimismo en demostrar al Tribunal que, en aquella transformación, requerido como estaba a someterse a ella por el mismo Dios, no había humillación de la persona. Tal como señala Freud al comentar el caso, la emasculación devenía «acorde con el orden del universo» y había de servir más allá para la recreación del universo humano sepultado. Y añadía: «Así se ha encontrado un expediente que satisface a todos».18 Ese «expediente», Ausweg, literalmente «camino de salida», es la auténtica maniobra política que hace de Schreber un maestro del tratamiento de una subjetividad no causada por la existencia del Otro. Si el Otro no existe, entonces hay que hacer uso de la discreción política. Tal como lo expresa Freud, la solución del presente pasa «a contentarse con un cumplimiento de deseo por así decir asintótico».19 Por su parte, Lacan se refiere a esta solución por la emasculación, tomando los términos de los mismos Sucesos memorables, como «un compromiso razonable».20 Leemos así que tanto Freud como Lacan describen la maniobra schreberiana como el resultado de una verdadera negociación política. Más aún, en el delirio de Schreber, esa palabra, la política, pertenece a la lengua fundamental y la utiliza para referirse a los manejos de los que sería objeto por parte de Arimán y Ormuz (los dioses inferior y superior). Es en este sentido que él mismo se presenta como la sede de unas maniobras cuyo agente era el mismo Dios; y atribuye a ese tipo de manejos el «complot» para su incapacitación. Veamos los términos mismos en los que Schreber despliega su análisis político:
Surgió así un sistema de pactos y transacciones en el que se alternaban los intentos por curar mi enfermedad de los nervios con los esfuerzos por aniquilarme, porque como consecuencia de mi nerviosidad, siempre en aumento, me había convertido en un individuo peligroso para el mismo Dios. Se instaló aquí una política de medias tintas («de mediocre consistencia», según oí repetidas veces) perfectamente acorde con el carácter de las almas, que se han habituado a un disfrute ininterrumpido y no tienen, o la tienen sólo en un grado muy reducido, la facultad característica de los hombres de procurarse ventajas permanentes para el futuro mediante la renuncia a placeres momentáneos. [...] Fue así como se concertó un complot contra mí (hacia marzo o abril de 1894), que consistía en que una vez reconocido o dado por supuesto el carácter incurable de mi enfermedad nerviosa, se me entregaría en manos de un hombre, en el sentido de que se pondría mi alma a su merced y —con una errónea comprensión de la antes mencionada tendencia subyacente al orden cósmico— mi cuerpo, transformado en un cuerpo femenino, sería entregado a los abusos sexuales de la mencionada persona y luego, simplemente, se le dejaría tirado, es decir, se le abandonaría a la descomposición.21
De ahí viene, pues, la fórmula con la que expresa su posición subjetiva: es el Otro quien ha decidido «dejarle tirado». Y, recíprocamente, diríamos —si fuese posible admitir algún tipo de reciprocidad en este caso—, Schreber no está solo: hay Otro que se ocupa de él, aunque sea para hacer de él lo descrito.
Más aún, en una nota de 1902, Schreber precisa el orden de cosas en el que se desarrolla su combate:
La anterior exposición, dice, puede adolecer de una cierta oscuridad [...]. El orden cósmico es la relación legal que surge espontáneamente, en virtud de la esencia y de los atributos de Dios, entre Dios y las criaturas que Él ha llamado a la existencia. Dios no puede llevar a cabo, respecto de la humanidad o —como es mi caso— respecto de un individuo concreto con el que ha entablado relaciones especiales, nada que esté en contradicción con los atributos y las capacidades divinas. Como quiera que Dios, cuyos rayos tienen, en virtud de su propia naturaleza, poder creador y constructor, ha intentado, en lo que a mí respecta y bajo circunstancias excepcionales, una política exclusivamente orientada a la destrucción de mi integridad corporal y de mi capacidad intelectual, entró en contradicción consigo mismo. Por consiguiente, aquella política sólo podía provocar daños pasajeros, pero no conseguir un éxito permanente. O bien, para servirme de un oxímoron, en el combate que Dios libró contra mí, tuve a Dios de mi parte, es decir, fui capaz de llevar al campo de batalla y utilizar en mi propia defensa las cualidades y capacidades de Dios como armas protectoras de absoluta eficacia.22
El fin de la estrategia de Schreber es entonces el de conseguir la separación de la voluptuosidad femenina respecto de todo lo demás. Restringida esa dimensión de goce a un enclave bien protegido, como la sede de una privacidad políticamente bien defendida, nada de ella afectará a sus demás relaciones, que ya son normales. Los efectos de esta política del síntoma se manifiestan entonces también en su vida personal; aceptada la voluptuosidad femenina en su cuerpo y reconocidos sus efectos, Schreber puede manifestar: «En términos generales, ahora duermo por la noche mucho mejor». Su fino sentido jurídico sitúa la posesión de ese goce en términos perfectamente legales: «Considero mi cultivo de las emociones femeninas posibilitado por la presencia de los nervios de la voluptuosidad como un derecho y, a la vez, en cierto sentido, como un deber».23 Y, puesto que conoce la legitimidad de la posesión de una esfera privada, lo que se llama en general el derecho sobre el propio cuerpo, no lejos de la figura jurídica del habeas corpus, se atiene a esta convicción a sabiendas de que no concierne a nadie más que a él. Schreber sabe que, fuera del hospital, fuera del lugar donde su cuerpo no es del todo propiedad suya, de esto no tendrá por qué hablar.
La discreción se impone; este es el resultado de su operación. Es la ganancia de interpretación que quizá, en otro tiempo, habría podido adquirir en una experiencia psicoanalítica. Así queda restringido su goce excepcional a la esfera privada protegida por la ley:
Tampoco en mis relaciones con las demás personas, dice, he dejado traslucir ni el menor rastro de lascivia. Pero apenas me encuentro a solas con Dios —si así puedo expresarme— siento la necesidad imperiosa de conseguir por todos los medios imaginables y con el total despliegue de mis facultades mentales, y más en especial de mi capacidad imaginativa, que los rayos divinos experimenten en mí, de manera ininterrumpida si fuera posible, o —dado que esto está simplemente fuera del alcance humano— al menos durante algunas horas del día, la impresión de una mujer plenamente entregada a sensaciones voluptuosas.24
La curación está lograda cuando la voluptuosidad misma deviene discreta. Al final de esa operación, dice Schreber, «la relación entre Dios y yo [...] se ha convertido en ‘temerosa de Dios’, esto es, debe ser considerada como el medio a través del cual el conflicto de intereses (contrario al orden cósmico) que ha surgido puede hallar una solución satisfactoria».25 El orden cósmico está perturbado para Schreber; no hay reparación cercana de ese desorden. Pero lo que sí que hay es un cierto acuerdo para compaginar de manera civilizada los tiempos en los que no piensa nada y goza con aquellos en los que no goza y se dedica a su «actividad mental», a sus «ocupaciones espirituales». Se trata de un equilibrio: «el hombre no puede estar pensando sin cesar ni puede entregarse sin tregua a la voluptuosidad»; de modo que hay que compaginar los tiempos de no-pensar-en-nada con los tiempos de la voluptuosidad. Cuando lo consigue, no se producen ya ni el milagro del aullido, ni los dolores corporales ni los «groseros tumultos entre los locos que [le] rodean y las llamadas de auxilio por parte de Dios».26
4
GRETL, LA DE LOS OJOS TAIMADOS
De la debilidad al delirio, la consecuencia es buena. El único camino que se abre más allá es para el parlêtre [habla-ser-letra] dejarse engañar [se faire dupe —no pasarse de listo—] de algo real [d’un réel], es decir, el de montar un discurso en el que los semblantes arrinconan algo real [où les semblants coincent — traban— un réel], algo real en lo que creer sin adherir a él, algo real que no tiene sentido, indiferente al sentido, y que no puede ser distinto de lo que es. La debilidad es, bien al contrario, la engañifa [la duperie] de lo posible. Dejarse engañar, no sin mérito, por algo real [être dupe d’un réel —ce que je vante—] es la única lucidez abierta al cuerpo hablante para orientarse.
J.-A. MILLER, «El inconsciente y el cuerpo hablante»,
conferencia de clausura del IX Congreso de
la Asociación Mundial de Psicoanálisis en 2014
En 1918, mientras el Imperio austro-húngaro estaba aún en guerra, Freud recibió en consulta a una joven de dieciocho años a la que mandaban sus padres, los cuales consideraban que su desarrollo sexual estaba perturbado. Esta joven, cuyo nombre verdadero conocemos ahora, Margarethe Csonka, conocida por su familia y amigos como Gretl, se dedicaba a hacerle la corte a una cocotte, una demimondaine bien conocida en Viena, Leonie von Puttkamer.1 Esa mujer convivía con una mujer casada y mantenía relaciones nada gratuitas con hombres.
Pero el asedio al que Gretl la sometía no iba más allá de un ejercicio de amor cortés bien decoroso: esperaba a su amada en la parada del tranvía o a la puerta de su casa, la acompañaba de paseo, le mandaba flores. Al parecer, un día, mientras acompañaba a Leonie, se cruzó por la calle con su padre, quien le habría dirigido una mirada furiosa. La reacción de Gretl fue violenta: se arrojó a la zanja de un tren de cercanías. La joven se lastimó seriamente y tuvo que pasar un buen tiempo de convalecencia encerrada en casa. Aquel gesto dramático hizo que Leonie respetara a aquella joven tan, valga la expresión, arrojada. Pero el padre seguía furioso, mientras la madre mantenía una posición menos comprometida, que resultaba enigmática. Esta no se oponía tanto como el padre a la afición sensual de la hija, e incluso fue su confidente sobre el tema durante un tiempo. La madre de Gretl era una mujer neurótica, muy tierna para con sus tres hijos varones, pero que se comportaba con dureza con la niña. En realidad, lo que le molestaba de la relación de su hija con Leonie era el qué dirán, factor muy importante para ella.
El padre quería corregir a su hija como fuera: su intención era obligarla a casarse. Pero antes de obligarla a un matrimonio forzado, se le ocurrió mandar a su hija a la consulta del doctor Freud.
En aquella época, Freud estaba reescribiendo un viejo borrador que tenía en un cajón y que se convertiría en su artículo «Das Unheimliche».2 Entre la primavera de ese año y el otoño del siguiente, Freud estaría ocupado redactando Más allá del principio de placer, que supondría un cambio radical en su teoría y en su clínica.
Volviendo al caso, Freud señala en el artículo que le dedicó la primera dificultad: el analista «no estaba frente a la situación que el análisis demanda, y la única en la cual él puede demostrar su eficacia». En efecto, Fräulein Csonka no fue al psicoanálisis, sino que fue llevada, y, además, con una demanda de normalización social que solo interesaba verdaderamente al padre. No entraba en la categoría de los que podrían llamase enfermos. Más aún, si alguien pensaba que lo que podía resultar problemático era la homosexualidad de la muchacha, rectificar una elección como esa escapa, como bien señala Freud, a la acción del psicoanalista. En su presentación del caso, Freud apela a su experiencia para señalar que los homosexuales a menudo acuden al análisis con una intención secreta: demostrar, o demostrarse, que lo han hecho todo para cambiar su opción sexual, pero que esta sigue incó- lume.
Uno se pregunta entonces qué le queda al analista más allá de rubricar estas imposibilidades. Lo que hace Freud es dejar que el análisis de esta muchacha discurra por los senderos trazados por el amor, es decir, por aquellas elecciones en las que el sujeto se encuentra luchando con lo imprevisible y en las que la contingencia hace hablar a lo real. Clínica del amor, lo que significa también psicoanálisis de la pulsión de muerte, que es otro de los mil nombres del amor. Todo se juega entonces en el terreno de la transferencia, y Freud adopta la política que conviene al caso. Podemos distinguir a partir de ahí dos fases del análisis: el examen del caso (lo que Lacan llamó «la puesta en forma del síntoma») y, luego, los avatares de la transferencia establecida. En realidad, en este caso apenas se recorrió el primer tramo, mientras que el segundo quedó dominado por la resistencia.
«RAMSCH UND ROSEN»
Volvamos entonces al discurso de Fräulein Csonka. En realidad, Frau von Puttkamer no había secundado sus declaraciones de amor; cuando más, había consentido en darle algún beso. Lo que podemos observar desde el comienzo es la importancia que tiene, en la admiración de Gretl por Leonie, el porte aristocrático de esta. Respecto de ella, Gretl adoptaba el rol de amante (erastés), más que de amada, lo que tradicionalmente se atribuye a una posición masculina. La situación, al menos en el tiempo en que Gretl visitó a Freud, era la de un amor platónico o, como Lacan lo califica, de un amor cortés al estilo de los trovadores.3 El objeto, aquí Leonie, con su manifiesto libertinaje y su porte aristocrático, su destreza con los goces y la ostentación que hacía de un yo bien erguido, era sublimado y elevado a la condición de representante de un dominio sobre el objeto más oscuro.
Según el decir de Freud, Fräulein Csonka había atravesado durante su infancia un «complejo de Edipo femenino» normal, con la singularidad de que, del amor por el padre, pasó a un amor por el hermano mayor, que Freud no duda en situar en el registro de la envidia del pene. Por lo demás, no había presentado ningún síntoma neurótico ni particularmente histérico.
Lo que sí que sucedió fue que, durante una temporada, entre los trece y los catorce años, había mostrado una gran ternura por un niño pequeño, de menos de tres años, que había conocido en el parque. Tal fue el apego de Gretl por ese niño que, a fin de seguir viéndolo, se dio el trabajo de cultivar una buena amistad con sus padres. Parecía, pues, manifestarse de este modo simbólico un deseo de ser madre ella misma. Pero algo ocurrió, porque «poco después», cuando ella tenía dieciséis años, cambió el objeto de su interés y empezó a sentir atracción por mujeres que, siendo maduras, se mantenían aún jóvenes. Lo que ocurrió en ese «poco después» fue que su madre quedó embarazada del que sería el segundo de los hermanos menores.
Hasta aquí seguimos las noticias que nos da Freud sobre el caso.4 La publicación del libro de Ines Rieder y Diana Voigt,5 basado sobre todo en una serie de entrevistas realizadas a Margarethe Csonka muchos años después, además de algunos detalles difundidos por internet, nos permiten orientar la lectura del caso en el sentido de lo que denominamos la política del síntoma.
En 1917, cuando nació ese hermanito más pequeño, Gretl tenía diecisiete años y acababa de terminar sus estudios secundarios. No iba a estudiar apenas nada más. Su hermano mayor estaba en la guerra; su padre estaba muy ocupado con sus negocios, cuyo objeto principal era conseguir contratos para el suministro de petróleo y parafina al ejército. Ante la proximidad del parto del cuarto de los hijos Csonka, Gretl y su hermano pequeño, cinco años menor que ella, fueron enviados al lujoso hotel Panhans de Semmering con una institutriz. Y fue allí precisamente donde se encontró por primera vez con la baronesa Leonie von Puttkamer, que estaba de vacaciones con una amante. Gretl Csonka, que se aburría en compañía de otras jovencitas que estaban como ella en el hotel, se dedicaba a fisgar y a comentar lo que aquellas dos mujeres, de aspecto algo singular, podían estar haciendo juntas.
Al volver a Viena, Gretl se enteró de que Leonie cenaba cada día en el Grand Hotel de Viena, en el Ring. La madre, para recuperar la forma tras su parto, hacía diariamente un paseo por el Ring y su hija se ofreció para acompañarla; al terminar el paseo, tomaban el té precisamente en el Grand Hotel, justo a tiempo de ver entrar a la baronesa Von Puttkamer. La madre, que había aceptado encantada la compañía de su hija en aquellos paseos, pronto se dio cuenta del verdadero interés que tenía en acompañarla.
Pero entonces Gretl ya sabía dónde vivía su admirada y por dónde solía pasar. Leonie vivía entonces con un matrimonio, con el que formaba un ménage à trois y que la mantenía. La muchacha empezó a seguirla; varias veces se apostó en la parada del tranvía para subir con ella al vehícu lo, todo ello sin intercambiar una palabra. Pero un día de lluvia se le presentó la ocasión de entablar conversación con ella: le cedió el paso al subir, y con ese pretexto empezaron a hablar. Gretl le confesó que estaba ahí por ella. Eso despertó la curiosidad de Leonie, se hicieron amigas y, como dijimos, comenzaron a salir juntas a pasear, ir de compras, etcétera.
Fue en ese tiempo cuando se produjo la escena que iba a provocar un cambio radical en la situación. Como dijimos, un día se cruzaron por la calle con Arpád Csonka, el padre de Gretl, que tenía su despacho bastante cerca. Al parecer, el padre estaba en la otra acera, desde donde le lanzó la famosa mirada furibunda; pero también podía haber sido que el padre no las hubiera visto y que aquella mirada hubiera sido una proyección fantasmática de la hija. Pero de lo que no cabe duda es que Gretl se lo comentó a Leonie y que ese comentario produjo un efecto radical: Leonie se enfadó, exigió a la muchacha que dejara de seguirla, que no quería volverla a ver, y se alejó dejándola plantada en medio de la calle. Gretl se quedó muy abatida. La escena sucedió cerca de la estación de Kettenbrückengasse, correspondiente a una línea de trenes de cercanías. Esa estación está en el nivel de la calle, pero el tren circula en un plano inferior, siguiendo una trinchera, donde está el andén; a la altura de la calle, la zanja está protegida con un parapeto de piedra. Gretl se arrojó entonces al foso, pero no a la vía, sino al andén, donde fue asistida por la policía municipal, que la llevó a su casa con una pierna y algunas costillas rotas.
Ese acto modificó significativamente la actitud de los demás respecto de aquella relación. Los padres empezaron a mostrarse tolerantes y olvidaron pronto la causa del accidente. Y mientras pasaba su convalecencia en casa, Gretl maniobraba para recuperar el contacto con Leonie. Gracias a una amiga, que hacía de mediadora, se enteró de que Leonie estaba consternada y que había preguntado por el estado de su joven admiradora. Gretl había acertado en su estrategia: su amor era respetado por los demás y su amada empezaba a interesarse por ella. Leonie empezaba a adoptar el rol no ya de amada, sino de amante.
Pulsuz fraqment bitdi.