Kitabı oxu: «Introducción a la Apologética»

INTRODUCCIÓN
A LA
APOLOGÉTICA
- CRISTIANA -
La evidencia de Dios
Antonio Cruz Suárez

| Editorial CLIE C/ Ferrocarril, 8 08232 VILADECAVALLS (Barcelona) ESPAÑA E-mail: clie@clie.es http://www.clie.es | © 2021 por Antonio Cruz Suárez «Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 917 021 970 / 932 720 447)». © 2021 por Editorial CLIE |
Introducción a la apologética cristiana
ISBN: 978-84-18204-04-3
eISBN: 978-84-18204-05-0
Teología cristiana
Apologética
Acerca del autor
Antonio Cruz Suárez nacido en Úbeda, Jaén, España. Licenciado y Doctorado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Barcelona. Doctorado en Ministerio por la “Theological University of America” de Cedar Rapids (Iowa). Ha sido Catedrático de Bachillerato en Ciencias Naturales y Jefe del Seminario de Experimentales. Ha recibido reconocimientos de la Universidad Autónoma de Honduras, Universidad Autónoma de Yucatán (México) y Universidad Mariano Gálvez de Guatemala. Fue profesor del Centro de Estudios Teológicos en Barcelona. Asimismo trabajó en FLET “Facultad Latinoamericana de Estudios Teológicos” en el área de Maestría. Ha impartido seminarios, conferencias, y predicaciones en centenares de iglesias e instituciones religiosas en España, Canadá, Estados Unidos y toda Latinoamérica.
ÍNDICE GENERAL
Introducción
1.¿Qué es la apologética cristiana?
Los grandes apologistas del Nuevo Testamento
Errores doctrinales de los dos primeros siglos
La apologética que practicaba el apóstol Pablo
Cómo defendió el apóstol Pedro su esperanza cristiana
Las antiguas herejías, hoy
Enemigos de la apologética cristiana
Diversas escuelas apologéticas
2.Breve historia de la apologética cristiana
Período apostólico (Siglo I)
Período patrístico (Siglos II al V)
Período escolástico (Siglos VI al XIII)
Período reformado (Siglo XVI)
Período astronómico (Siglos XVI y XVII)
Período de la crítica ilustrada (Siglos XVIII y XIX)
Período apologético (Siglo XX)
Período científico (Siglos XX y XXI)
3.Argumentos sobre la existencia de Dios
El argumento cosmológico
El argumento del diseño
El argumento moral
La moralidad conduce a Dios
4.El problema del mal y la teodicea
El mal de la naturaleza
El mal desde el escepticismo
Jesús: la solución al problema del mal
5.La ciencia y la apologética
El hecho de la existencia del propio universo
El universo no es eterno sino que tuvo comienzo
Las leyes y constantes del universo están afinadas para la vida
No hay explicación científica para el origen de la vida
La información biológica del ADN requiere inteligencia
El sentido de la vida y la reproducción
La identidad del diseñador
6.El origen del universo y sus implicaciones teológicas
El universo tuvo principio
La creación desde la nada y la cosmología moderna
Afirmaciones de la cosmología contemporánea
La creación desde la nada, en el pensamiento de Tomás de Aquino
Errores y malinterpretaciones cosmológicas
¿Puede el estudio del cosmos conducirnos a Dios?
7.El origen de la vida: ¿azar o diseño?
La evolución química de la vida en un callejón sin salida
El misterio de la información del ADN
Dios y el origen de la materia
La singularidad de la molécula de ADN
El grave error del ADN basura
¿Es posible explicar el origen de la información del ADN desde el naturalismo?
La hipótesis más lógica: Diseño inteligente
8.La teoría neodarwinista de la evolución y la teología cristiana
Diversas concepciones evolucionistas
El creacionismo de la Tierra joven
El creacionismo de la Tierra antigua
9.¿Se reveló Dios en la Biblia?
EVIDENCIAS EXTERNAS A LA BIBLIA
La Biblia tiene precisión histórica
Las profecías bíblicas se cumplen
La Biblia ha resistido todos los ataques a lo largo de la historia
La Biblia transforma la vida del ser humano
EVIDENCIAS INTERNAS A LA BIBLIA
La Biblia posee unidad temática
Jesús creyó en la Biblia y esto la legitima
La Biblia fue inspirada por Dios y escrita por hombres
El texto bíblico original no contiene errores
10.El concepto de milagro: crítica de las opiniones contrarias
¿Qué es un milagro?
¿Es posible que ocurran los milagros?
¿Son creíbles los milagros?
¿Qué criterios pueden seguirse para averiguar si un milagro se ha producido realmente?
La Biblia y los milagros
¿Es Dios el responsable del mal?
¿Cómo responder a las críticas del teólogo racionalista, Rudolf Bultmann, y de sus seguidores?
¿Cuál es la finalidad principal de los milagros del Maestro?
11.¿Resucitó realmente Jesús?
Jesús y los discípulos de Emaús
El núcleo de la fe
La resurrección es un milagro
La resurrección no puede probarse científicamente
Diferencia entre “hecho” y “fábula”
Leyendas y teorías contrarias a la resurrección de Jesús
Evidencias bíblicas de la resurrección de Jesús
12.¿Son iguales todas las religiones?
Las ocho cosmovisiones religiosas principales
13.Actitud personal del apologista cristiano
No debe tener miedo
Debe santificar a Dios
Estar siempre preparado para defender la fe
Hacerlo con mansedumbre y reverencia
Objetivos principales del apologista
Bibliografía
Introducción
Vivimos en un mundo cada vez más hostil a la fe cristiana y, en general, a cualquier tipo de religiosidad. Esta desafección por todo lo religioso viene fomentada sobre todo por intelectuales ateos que culpabilizan a los creyentes de casi todos los males existentes en la sociedad, mezclando comportamientos de fanáticos violentos pertenecientes a las diversas creencias para justificar así la supuesta peligrosidad inherente a toda religión. Desde luego, el ateísmo y la beligerancia antirreligiosa ha existido siempre, pero hoy se manifiesta quizás con más virulencia que nunca. Esto puede comprobarse en manifestaciones como las del periodista ateo, Christopher Hitchens –recientemente fallecido– quien escribió en su libro, Dios no es bueno, estas frases: “Mientras escribo estas palabras, y mientras usted las lee, las personas de fe planean cada una a su modo destruirnos a usted y a mí y destruir todas las magníficas realizaciones humanas que he mencionado y que han costado tanto esfuerzo. La religión lo emponzoña todo”1. La conclusión final a que suelen conducir todos estos argumentos es que la religión es mala, mientras que el ateísmo y el agnosticismo serían las actitudes correctas, inteligentes y moralmente responsables.
Los libros que pregonan semejantes ideas contrarias a las distintas creencias humanas y, por supuesto, a la existencia de Dios, suelen convertirse pronto en éxitos de ventas. Cuando los jóvenes acceden a las universidades, muchos de sus profesores les repiten tales argumentos y los emplean para ridiculizar a los creyentes. Incluso algunos retan públicamente a quienes manifiestan su creencia en Dios y les aseguran que al finalizar el curso, todos terminarán siendo incrédulos. Tales actitudes se están dando hoy en muchos centros docentes del mundo occidental. El resultado es que numerosos muchachos y muchachas, que supuestamente tuvieron una educación cristiana, acaban perdiendo la fe y abandonando sus respectivas iglesias.
Tal situación debe hacer reflexionar al pueblo de Dios, sobre todo a los líderes y responsables principales, a los maestros y pastores, así como a los profesores de jóvenes, para que se pregunten, ¿en qué hemos fracasado? ¿Qué fundamentos teológicos y racionales hemos inculcado a las jóvenes generaciones? ¿Por qué abandonan sus creencias cristianas? ¿Cómo es que no saben dar razón de su fe? ¿Acaso se haya insistido demasiado en los sentimientos y poco en los argumentos o la reflexión espiritual? ¿Cómo podemos revertir esta realidad?
La razón principal del presente libro que acabo de escribir, La evidencia de Dios, es precisamente esta. Responder a cuestiones fundamentales del cristianismo con la intención de proporcionar herramientas apologéticas útiles, no solo para los jóvenes sino también para todos aquellos que las requieran. Los trece capítulos de que consta la obra, como puede verse en el índice, sin pretender ser exhaustivos, abarcan los principales temas de la controversia entre la fe y la increencia. El primero define y profundiza en la disciplina apologética, constituyendo una introducción a la misma. El siguiente supone una breve revisión del debate entre cristianos y escépticos a lo largo de la historia.
Los diferentes argumentos a favor de la existencia de Dios (cosmológico, del diseño y el moral) se recogen en el tercer capítulo. El tema de la teodicea, o el problema del mal en el mundo como supuestamente contrario a la existencia de Dios, se analiza en el siguiente capítulo. Las relaciones entre la ciencia y la teología (el origen del universo y la vida, así como la teoría de la evolución), se estudian en los cuatro capítulos siguientes. Las evidencias internas y externas a la Biblia que sugieren su inspiración divina se investigan en el noveno capítulo, mientras que en el décimo se analiza el concepto de milagro y las principales críticas que se le han hecho a lo largo de la historia. El tema clásico y fundamental de la resurrección de Jesús es visto en el onceavo capítulo, así como todas las teorías elaboradas por quienes no quieren reconocer su realidad histórica. En el doceavo, se comparan las principales cosmovisiones religiosas del mundo con el cristianismo, para finalizar, en el último, con la actitud que debe caracterizar al apologista cristiano, según la enseñanza del Nuevo Testamento.
Conocer bien estos temas es hoy más necesario que nunca para el creyente, ya que vivimos en un mundo poscristiano donde la llamada posverdad es como el pan nuestro de cada día. Muchas personas mantienen creencias o ideas que carecen de fundamento sólido. De ahí que, frente a tanta pluralidad ideológica y tanta creencia vana, debamos conocer bien en qué creemos los cristianos y por qué lo creemos. Este libro está pensado para ayudar a cualquier persona a defender su fe, ante cualquiera que le demande razón de la misma.
Antonio Cruz, Terrassa, 22 de mayo, 2019.

1. Hitchens, Ch. 2014, Dios no es bueno: alegato contra la religión, Debolsillo, Barcelona, p. 27.
CAPÍTULO 1
¿Qué es la apologética cristiana?
Desde luego la apologética no es el evangelio, pero puede preparar el terreno para la predicación del mismo. La apologética como defensa de la fe cristiana constituye una suerte de disciplina pre-evangelizadora capaz de alisar el camino hacia la creencia en Jesús como Hijo de Dios y Salvador del mundo. Muchos creyentes se sienten inseguros cuando están en presencia de personas escépticas. Solamente están a gusto entre cristianos que profesan su misma fe y valores. Esto se debe, en parte, a su poca preparación doctrinal o teológica. Tienen fe, pero no saben dar razones de la misma porque carecen de argumentos lógicos y de la capacidad de expresarlos claramente. Esta deficiencia es la que viene a suplir la apologética.
En las sociedades modernas abundan los mitos y las suposiciones falsas acerca de la Biblia y el cristianismo. Algunos creen que Jesús nunca existió. Otros piensan que la idea de Dios es irracional y que los milagros no pueden darse en un universo sometido a leyes inquebrantables como las de la física y la química. Los hay también que opinan que no existen evidencias en favor de la resurrección de Jesús; que la Biblia no es fiable puesto que supuestamente fue escrita cientos de años después de que muriera el Maestro; que los libros apócrifos (no incluidos en el canon bíblico) tienen la misma relevancia que los demás; que todas las religiones, en el fondo, vienen a decir lo mismo; que el cristianismo no es racional y, en fin, que si Dios existiera no habría maldad en el mundo. Pues bien, la apologética ofrece respuestas coherentes a todas estas creencias erróneas.
La palabra griega apología, de donde proviene apologética, aparece unas 17 veces en el Nuevo Testamento, tanto en forma de sustantivo como de verbo, y siempre suele traducirse como defensa de la fe cristiana. Aunque en la Biblia no hay una teoría concreta sobre la apología, esta idea de defender razonadamente la fe resulta evidente en pasajes como Fil. 1:7,16 y 1P. 3:15. Ya en el siglo II, a los seguidores de Cristo que argumentaban a favor de su fe se les empezó a llamar apologistas, debido sobre todo a los títulos que ponían a sus escritos2. Sin embargo, no fue hasta finales del siglo XVIII que la apologética empezó a considerarse como una disciplina teológica diferenciada. En la actualidad, los apologistas cristianos tratan temas muy diversos relacionados con el cristianismo, no solo de carácter teológico o religioso sino también culturales, filosóficos, éticos, históricos y científicos.
Es evidente que la fe cristiana, como todo aquello que pertenece al ámbito del espíritu, no puede ser probada mediante la razón positiva o la ciencia experimental. Sin embargo, esto no significa que tales realidades trascendentes sean contrarias a la razón humana. El cristianismo puede ser comparado con las demás religiones y sometido a un escrutinio racional o intelectual. Profesar la fe cristiana no es algo que dependa inevitablemente del lugar de nacimiento, la educación recibida, la tradición cultural o los sentimientos de cada cual. Ciertamente, buena parte de la religiosidad popular, con todo su folklore y manifestaciones culturales, puede depender de tales cosas. Sin embargo, el cristianismo de Cristo es algo diferente porque interpela a cada persona y la invita a tomar una decisión reflexiva individual. No importa la procedencia geográfica, étnica, cultural, sentimental, etc., la decisión de hacerse o no cristiano depende, por supuesto, de lo emotivo, pero sobre todo de la capacidad racional de cada ser humano. La fe que caracteriza la verdadera profesión cristiana es siempre el producto de la investigación personal, así como de la voluntad de creer y de la razón. Únicamente se llega a confiar en algo cuando existen auténticas razones para hacerlo.
De manera que la apologética cristiana ofrece evidencias y argumentos a favor del cristianismo y, a la vez, procura responder a todas aquellas objeciones contra la fe, formuladas desde la increencia, poniendo de manifiesto la falacia racional que subyace detrás de muchas ideas ateas.
Algunos teólogos protestantes, como el suizo Karl Barth (1886-1968) entre otros, manifestaron cierta hostilidad hacia la apologética, asegurando que esta no sería el negocio propio del teólogo. Él creía que intentar hacer atractivo el mensaje cristiano al mundo resulta peligroso porque el apologeta lleva siempre las de perder3. El creyente que sale buscando al enemigo no creyente pero “portando una bandera blanca” e intentando mediar con justicia entre la creencia y la incredulidad, desde una posición éticamente más elevada, está condenado al fracaso y, por tanto, a que el cristianismo salga perjudicado. ¿Cómo llegó a esta conclusión? Quizás porque se centró sobre todo en los sentimientos y reacciones típicamente humanas que despierta toda defensa ideológica.
Es verdad que, en ocasiones, al ser cuestionados sobre asuntos teológicos, los creyentes suelen percibir al interlocutor como una amenaza para la seguridad de las propias creencias. Casi de forma refleja, se tiende a contraatacar no solo las ideas sino también a la persona que las defiende. Y esta actitud, que evidentemente no es cristiana, puede llegar a parecerse mucho a la conocida lógica bélica de suponer que la mejor defensa es un buen ataque. Así nacieron todas las guerras de religión y las inquisiciones de quienes pretendían erradicar las herejías, o los errores doctrinales, quemando a los disidentes religiosos en el supuesto fuego justiciero de tantas hogueras, a lo largo de la historia. Ahora bien, ¿debe la defensa de la fe provocar persecución, ataques, descalificación personal de los oponentes o auténticas peleas dialécticas? ¿Era esta la voluntad del Señor Jesucristo? ¿Acaso no habló, más bien, de la necesidad cristiana de “poner la otra mejilla”?
Karl Barth argumentaba que la mejor apologética cristiana es simplemente una declaración transparente de la fe porque cuando se comparte clara y eficazmente la pureza del Evangelio, ocurren cosas en los corazones de las personas. Al manifestarse verdaderamente el Espíritu de Dios, las personas se dan cuenta de ello y reaccionan al respecto. La defensa de la esperanza cristiana no debe amedrentarnos, ni provocarnos temor, ni turbar nuestro ánimo, porque es una empresa del Señor. Esto significa que debemos llevarla a cabo santificando a Dios en nuestros corazones. Y santificar a Dios pasa también por respetar al ser humano.
Otros teólogos protestantes de la misma época, como Emil Brunner (1889-1966), no opinaban lo mismo que Barth con respeto a la relevancia de la apologética. Según Brunner, la tarea principal de dicha disciplina no era racionalizar la fe sino poner de manifiesto la falsedad de la comprensión que la razón tiene de sí misma. Así pues, la apologética sería siempre necesaria ya que defiende la fe cristiana de las interpretaciones erróneas que genera el uso pecaminoso de la razón humana4.
El Señor Jesús dijo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen (Mt. 5:44). La apologética que no se hace con mansedumbre, con reverencia y respeto hacia nuestro interlocutor, no es apologética cristiana. Como escribió el apóstol Pedro (1 P. 3:14-15): Por tanto, no os amedrentéis por temor de ellos, ni os conturbéis, sino santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros. Es evidente que la razón no podrá jamás sustituir a la fe. El misterio de lo milagroso siempre seguirá siendo un misterio para la razón humana. No obstante, la fe cristiana se fundamenta en evidencias lógicas y asequibles a la mente del hombre. La apologética se ocupa precisamente de estas últimas.
Los grandes apologistas del Nuevo Testamento
No cabe la menor duda de que el mejor apologista del N.T. fue el Señor Jesucristo, quien supo defender su identidad y responder con sabiduría a las insinuaciones negativas de sus opositores hebreos. El evangelista Juan recoge algunas de estas conversaciones apologéticas. Por ejemplo, a los judíos que procuraban matarle, Jesús les dijo:
Vosotros hacéis las obras de vuestro padre. Entonces le dijeron: Nosotros no somos nacidos de fornicación; un padre tenemos, que es Dios. Jesús entonces les dijo: Si vuestro padre fuese Dios, ciertamente me amaríais; porque yo de Dios he salido, y he venido; pues no he venido de mí mismo, sino que él me envió. ¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra. Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira. Y a mí, porque digo la verdad, no me creéis (Jn. 8: 41-45).
Jesús defiende aquí su identidad como Hijo de Dios ante las insinuaciones malévolas de los judíos que creían que su nacimiento había sido ilegítimo. Su argumento apela a la conciencia humana: “¡Las acusaciones que lanzáis contra mí carecen de base, y vosotros lo sabéis; si no sois capaces de reconocer mis palabras es porque sois extraños a Dios!”.
Más tarde, cuando el sumo sacerdote judío Anás le interroga, Jesús responde:
¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que han oído, qué les haya yo hablado; he aquí, ellos saben lo que yo he dicho. Cuando Jesús hubo dicho esto, uno de los alguaciles, que estaba allí, le dio una bofetada, diciendo: ¿Así respondes al sumo sacerdote? Jesús le respondió: Si he hablado mal, testifica en qué está el mal; y si bien, ¿por qué me golpeas? Anás entonces le envió atado a Caifás, el sumo sacerdote (Jn. 18:21-24).
Jesús presentó defensa ante sus opositores con una extraordinaria mansedumbre.
El apóstol Pablo, después del Señor Jesús, es el apologista cristiano por excelencia. A los cristianos de Corinto, les describe su ministerio con estas palabras:
Pues, aunque andamos en la carne, no militamos según la carne; porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo (2 Co. 10: 3-5).
Pablo practicó una apologética externa con los escépticos de la fe cristiana y otra apologética interna contra las falsas doctrinas generadas en el seno de la Iglesia. A los filósofos griegos epicúreos, que no creían en Dios y pensaban que el mundo se había formado por una agrupación casual de átomos, les habló de la milagrosa resurrección de Jesucristo.
El evangelista Lucas escribe en el libro de los Hechos de los Apóstoles:
Y algunos filósofos de los epicúreos y de los estoicos disputaban con él (Pablo); y unos decían: ¿Qué querrá decir este palabrero? Y otros: Parece que es predicador de nuevos dioses; porque les predicaba el evangelio de Jesús, y de la resurrección (Hch. 17:18).
Los filósofos estoicos estaban también presentes en el discurso apologético que Pablo dio en la colina de Marte (Areópago) (Hch. 17:16-34). Estos creían que Dios era la “Razón universal” y les daban una interpretación simbólica a las mitologías tradicionales. Por eso Pablo usó algunas de sus creencias y su simbología, como el altar “AL DIOS NO CONOCIDO”, para ofrecerles un contenido cristiano. El apóstol de los gentiles se enfrentó también a los errores doctrinales de los cristianos judaizantes, así como a los de los cristianos helenistas. Más adelante veremos cómo denunció asimismo el gnosticismo.
El apóstol Pedro, aunque no tuvo acceso a una educación tan selecta como Pablo, fue también un buen apologista. Él escribió precisamente estas palabras que ya han sido citadas: santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros (1 P. 3:15). Los cristianos tenemos que saber lo que creemos y por qué lo creemos. Debemos defender nuestra fe con cortesía y no por medio de ninguna beligerancia arrogante.
El apóstol Judas practicó también la apologética. En su epístola dice:
Amados, por la gran solicitud que tenía de escribiros acerca de nuestra común salvación, me ha sido necesario escribiros exhortándoos que contendáis ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos (Jud. 1:3).
¿Ante quién había que contender ardientemente por la fe? El v. 4 nos lo aclara:
Porque algunos hombres han entrado encubiertamente, los que desde antes habían sido destinados para esta condenación, hombres impíos, que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios, y niegan a Dios el único soberano, y a nuestro Señor Jesucristo (Jud. 1:4).
Se refiere a ciertos miembros de la iglesia que apelaban a la gracia infinita de Dios para continuar pecando y llevando vidas licenciosas o de relajación moral, creyendo así que seguían siendo salvos. Sin embargo, Judas les dice que, aunque los cristianos no están bajo la Ley dada a Moisés, sí son llamados a cumplir la ley del amor. Tal como también Pablo escribió:
Porque: No adulterarás, no matarás, no hurtarás, no dirás falso testimonio, no codiciarás, y cualquier otro mandamiento, en esta sentencia se resume: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor (Ro. 13:9-10).
Esta manera libertina y equivocada de pensar de algunos miembros de la iglesia primitiva (conocida como antinomismo) generalmente se asocia al gnosticismo y, en la actualidad, sigue presente todavía en movimientos como la Nueva Era.
Otro gran apologista del Nuevo Testamento fue el judío Apolos:
Llegó entonces a Éfeso un judío llamado Apolos, natural de Alejandría, varón elocuente, poderoso en las Escrituras. Este había sido instruido en el camino del Señor; y siendo de espíritu fervoroso, hablaba y enseñaba diligentemente lo concerniente al Señor, aunque solamente conocía el bautismo de Juan (Hch. 18:24-25).
En el versículo 28 puede leerse:
Porque con gran vehemencia refutaba públicamente a los judíos, demostrando por las Escrituras que Jesús era el Cristo.
Sin duda, Apolos era un judío helenista, es decir, un hombre abierto a las corrientes culturales del mundo grecorromano y que, precisamente por eso, tenía interés en ir a Grecia a extender el conocimiento del Evangelio.
Errores doctrinales de los dos primeros siglos
1. Fanatismo judaizante
El problema surgió cuando ciertos judíos cristianos o mesiánicos, llegaron a las iglesias de Asia menor:
Entonces algunos que venían de Judea enseñaban a los hermanos: Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés no podéis ser salvos. Pablo y Bernabé tuvieron una discusión y contienda no pequeña con ellos. Por eso se dispuso que Pablo, Bernabé y algunos otros de ellos subieran a Jerusalén, a los apóstoles y a los ancianos, para tratar esta cuestión. (Hch. 15:1-2).
¿Bastaba la sola fe y la identificación con la obra del Mesías en la cruz para ser salvo y entrar a formar parte del Israel de Dios o, por el contrario, había que adherirse a los ritos de la Ley mosaica y ser circuncidado para ser salvo y discípulo de Cristo? Para responder a estas cuestiones de apologética interna, la iglesia, celebró un concilio en Jerusalén y se llegó a la conclusión de que no era necesaria la circuncisión para los cristianos.
2. Sacralización de reyes y emperadores
Los cristianos primitivos sufrieron persecución por negarse a dar culto al emperador romano y a las imágenes de los dioses. Plinio el Joven, que fue gobernador de Bitinia, en una carta dirigida a Trajano, emperador de Roma, le comentó:
He seguido el siguiente procedimiento con los que eran traídos ante mí como cristianos. Les pregunté si eran cristianos. A los que decían que sí, les pregunté una segunda y una tercera vez amenazándoles con el suplicio; los que insistían ordené que fuesen ejecutados.5
Pero Plinio también escribió:
Decidí que [otros] fuesen puestos en libertad. ¿Por qué? Porque renegaron de su fe maldiciendo a Cristo y adorando la estatua del césar y las imágenes de los dioses que el gobernador había llevado al tribunal.6
Para los romanos, era inconcebible que una religión exigiera devoción exclusiva a un solo dios. Si los dioses romanos no lo pedían, ¿por qué había de hacerlo el Dios de los cristianos? Además, el culto a las divinidades imperiales se consideraba como un simple reconocimiento del orden político. Por consiguiente, se tomaba como traición la negativa a realizar dichas ceremonias. Pero, como bien pudo comprobar Plinio, no había manera de obligar a la mayoría de los cristianos a efectuarlas. Ellos las veían como una infidelidad a Dios y al Señor Jesucristo, por lo que muchos preferían morir antes que idolatrar al emperador. Las palabras de Jesús seguían resonando con fuerza en sus oídos: Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás (Mt. 4:10).
3. Religiones paganas
Las deidades veneradas en el Imperio romano eran tan diversas como los idiomas y culturas que este abarcaba. El paganismo dominaba en todo el Imperio y adoptaba múltiples formas en cada localidad. La mitología griega era también ampliamente aceptada, lo mismo que la adivinación. Y de Oriente habían llegado las llamadas religiones mistéricas, o de los misterios, las cuales prometían inmortalidad, revelaciones personales y unión con las divinidades mediante ritos místicos.
El libro de Hechos ofrece claras indicaciones del ambiente pagano que rodeaba a los cristianos. Por ejemplo, en Chipre, el procónsul romano tenía por asesor a Barjesús, un mago y falso profeta judío (Hch. 13:6-7). En Listra, la gente confundió a Pablo y Bernabé con los dioses Mercurio y Júpiter (Hch. 14:11-13). En Filipos, Pablo se topó con una esclava que practicaba la adivinación, proporcionando gran ganancia a sus amos (Hch. 16:16-18). En Éfeso, vio lo arraigado que estaba el culto a la diosa Diana (Hch. 19:1, 23, 24, 34). Y en la isla de Malta, Pablo fue aclamado como un dios porque no se enfermó al ser mordido por una víbora (Hch. 28:3-6). En un ambiente así, los cristianos necesitaban defender su fe continuamente para no contaminarse, ni caer en errores religiosos.
© 2021 por Antonio Cruz Suárez «Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 917 021 970 / 932 720 447)». © 2021 por Editorial CLIE