Kitabı oxu: «La invasión de América»
LA INVASIÓN DE AMÉRICA
© del texto: Antonio Espino López, 2021
© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.
Primera edición: febrero de 2022
ISBN: 978-84-18741-39-5
Diseño de colección: Enric Jardí
Diseño de cubierta: Anna Juvé
Imagen de cubierta: © Episodios de la Conquista: La matanza de Cholula, Félix Parra Maquetación: Àngel Daniel
Producción del ePub: booqlab
Arpa
Manila, 65
08034 Barcelona
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Antonio Espino López
LA INVASIÓN DE AMÉRICA

SUMARIO
PRÓLOGO A UNA NUEVA EDICIÓN
INTRODUCCIÓN
I. GUERRA Y ALTERIDAD: DE CANARIAS A LAS INDIAS
1. Precedentes: los años finales de la conquista de Canarias
2. El preámbulo americano: las Antillas y Panamá
3. El mundo de los conquistadores: armas y tácticas
II. LAS PRÁCTICAS ATEMORIZANTES EN LA INVASIÓN Y CONQUISTA DE AMÉRICA
1. Amputación de las manos
2. Masacres
3. Ejecuciones en la hoguera, aperreamiento, empalamiento
4. Ahorcamiento
III. SITIOS Y CAMPAÑAS
1. Sitio de México-Tenochtitlan, 1521
2. Sitios de Cuzco y Lima, 1536-1537
3. Conquista de Nueva Galicia, 1530-1531
IV. RESISTENCIAS
1. Chichimecas
2. Cakchiqueles
3. Reches
4. Muzos
5. Chiriguanos
CONCLUSIONES
BIBLIOGRAFÍA
NOTAS
PRÓLOGO A UNA NUEVA EDICIÓN
Como ya nos señalaba hace muchos años el filósofo y teólogo argentino-mexicano Enrique Dussel, hablar de Descubrimiento de las Indias o de América no dejaba de ser, en realidad, una interpretación sesgada desde «arriba» de lo acontecido. En efecto, los europeos, y en primer lugar los castellanos, pero no solo ellos, habrían quitado el «velo» que cubría unas tierras para ellos desconocidas, pero no para sus habitantes originarios, y de esa manera las mostraron al resto de la Humanidad. Desde una óptica eurocéntrica de la Historia, algo se «descubre», se desvela —o incluso se «inventa», como diría otro filósofo e historiador: Edmundo O’Gorman—. Pero si la mirada viene desde «abajo», de los mal llamados indios, entonces más bien lo que se produjo fue un encuentro —un mal encuentro en realidad—, una «invasión» del extranjero, del ajeno a aquel mundo, del que viene de afuera (Dussel, 1988: 481-488).
El verbo conquistar (o conquista), si bien incluye una acepción que señala el hecho de ganar un territorio o una población mediante una operación de guerra, también lo utilizamos para señalar cómo hemos conseguido algo, en general con esfuerzo, dedicación y habilidad. A menudo nos hemos referido a la conquista del espacio, del aire o del fondo del mar, ámbitos donde no habita nadie, al menos de momento. Es más, podemos conquistar el ánimo de alguien e, incluso, su amor. Pero el verbo invadir es mucho más inequívoco. Implica irrumpir, entrar por la fuerza, así como ocupar anormal e irregularmente un lugar. Y eso es lo que ocurrió en el caso de América. Asimismo, en un proceso de adueñamiento o de dominio de un territorio y sus habitantes se producen ambos fenómenos: a una fase inicial de invasión le seguiría otra de conquista en profundidad del territorio, incluyendo el control total y absoluto del mismo al impedir que levantamientos o rebeliones de los invadidos y, más tarde, de los conquistados lograsen alterar el nuevo orden establecido, en este caso colonial. El propósito principal de este libro será establecer las culturas de la violencia empleadas a la hora de invadir el territorio americano y, una vez dicha invasión estuvo en marcha, cómo se mantuvieron durante el tiempo en que se completaron las diversas conquistas emprendidas.
En los últimos tiempos, y por circunstancias muy diversas, la invasión española de América parece haberse puesto de moda. Aunque el movimiento indigenista estadounidense llevaba cierto tiempo mostrándose receloso con respecto a figuras como fray Junípero Serra, denostado desde la Universidad de Stanford, y cierto concejal de Los Ángeles insistió en la retirada de una estatua del almirante Colón de un parque de dicha ciudad a finales de 2018, y no ha sido el único caso, lo cierto es que la demanda efectuada por el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, a Felipe VI de España en marzo de 2019 solicitándole disculpas oficialmente por hechos acontecidos hace quinientos años tuvo un amplio eco, recogido de manera oportuna por los medios de comunicación. A lo largo de 2020 y 2021 se han ido sucediendo los ataques y las retiradas preventivas de ciertas estatuas, todas ellas representativas, en el fondo, de una época dominada por el imperialismo más desaforado, el esclavismo y, en definitiva, por el racismo. Por todo ello, determinados personajes históricos, pero no solo de la órbita hispánica, han visto sus estatuas destruidas, mancilladas o retiradas por las autoridades, como se ha comentado. Sea como fuere, las reacciones suscitadas estos últimos años nos convencieron, tanto a mi editor, Joaquim Palau, como a mí mismo de la conveniencia de reeditar este libro aparecido por primera vez bajo el sello editorial de RBA en 2013.
Sin entrar a valorar el oportunismo del presidente de México, quien no iba a dejar pasar la ocasión que le ofrecía una efeméride como el Quinto Centenario del inicio de la conquista del Imperio mexica por Hernán Cortés, 1519-2019, lo deseable en todo caso es que desde España se asimile de una vez por todas la verdadera y trágica dimensión de la invasión y conquista de América. El auténtico problema de fondo, a mi juicio, es que con respecto a la invasión y la conquista nunca se quisieron aceptar sus aspectos más negativos, que toda actuación imperialista, por otro lado, conlleva. Solo una ideología conservadora, nacionalcatólica, racista e imperialista heredera del franquismo nos permite sostener hoy en día, en pleno siglo XXI, que el colonialismo castellano de los siglos XV a inicios del XIX, prolongado hasta 1898 en los casos de Cuba, Puerto Rico, Guam y Filipinas, tuvo aspectos positivos. Incluso aspectos civilizadores. Todavía hay quienes se niegan a considerar la conquista española de las Indias como lo que fue: una hecatombe poblacional de dimensiones colosales. Y a día de hoy están utilizando las voces, en general muy poco autorizadas, de algunos mal llamados intelectuales para dotar de (falsos) argumentos su concepción sobre lo ocurrido, desde una posición casi siempre acrítica, cuando no simple y llanamente reaccionaria.
En el imaginario de la nación española quedó establecida una verdad axiomática, cuasi sagrada, pues fue y es uno de sus máximos fundamentos: la invasión y conquista de América fue un hecho de una extraordinaria trascendencia para toda la humanidad, del que somos los únicos y brillantes responsables, ergo ese hecho tan fundamental para el devenir de la civilización occidental no podía ser mancillado por ninguna valoración negativa. La historia oficial, ese es el drama y no otro, de la invasión y conquista de América nunca se puso en la piel del vencido. Es que no hubo vencidos, así de sencillo. La historiografía americanista, en especial durante la época franquista, creó un discurso en el que la conquista de las Indias fue muy sui generis, ya que la guerra fue irrelevante y casi no se produjeron víctimas; fue un imperialismo sin explotación, algo realmente asombroso en el devenir de la humanidad si hubiera sido cierto; fue un colonialismo amable y heterodoxo puesto que, en lugar de sustraer, enriquecía: proporcionó una lengua, una religión, una cultura… Facilitó, en definitiva, la civilización de todo un continente y sus gentes. No se arrasó nada importante, pues poco había de importante que se perdiera.
Es muy extraordinario que en pleno siglo XXI el pensamiento y la actitud con respecto a estos temas de buena parte de la sociedad no haya evolucionado apenas un ápice desde las posiciones colonialistas defendidas por el cronista regio Juan Ginés de Sepúlveda en el famoso debate de Valladolid de 1550-1551. Es más, a veces considero que es un pensamiento más retrógrado que el del propio Sepúlveda, un intelectual orgánico, al fin y al cabo, un justificador de la presencia hispana en las Indias, pero cuyo deseo era que los conquistadores fuesen gentes no solo valerosas, sino además justas, moderadas y humanas (Fernández Santamaría, 1988: 223 y ss.). En definitiva, nunca se quiso contemplar el fenómeno de la conquista como lo que fue: la explotación de un continente y sus gentes por unos invasores extranjeros, cuyos ancestros también fueron invadidos por otros antes, como si dicha circunstancia fuese un eximente.
Insisto en que la visión sobre lo acontecido en América a nivel social o popular no solo no ha evolucionado en positivo, sino que más bien lo ha hecho en negativo. Los viejos argumentos franquistas con respecto a América triunfan por doquier puesto que, en el fondo, no dejan de ser parte fundamental del argumentario nacionalista español. Y este parece sentirse agredido en los últimos años.
Me temo que durante demasiado tiempo se ha considerado que mostrarse crítico con las hazañas hispanas en América era sinónimo de ser un «mal español», cuando debería ser todo lo contrario. Hay que demostrar valentía intelectual para analizar, comprender y aceptar los excesos del imperialismo patrio, que no fue ni mejor ni peor que el desarrollado por otras potencias internacionales a lo largo de los últimos siglos, y dejar meridianamente claro que una cosa es la propaganda antihispánica de los siglos XVI al XVIII, conocida como «Leyenda Negra», y otra muy distinta un cierto sentimiento de inferioridad con respecto a otras potencias que hubiera podido derivar de la misma por parte de la nación española. Me da la sensación de que, por una cuestión de patriotismo mal entendido, siempre se ha negado cualquier exceso cometido en América o, todo lo más, se ha insinuado que si se produjeron algunas desgracias ocurrieron como una típica «acción de guerra» que, además, en el caso que nos ocupa duró muy poco tiempo. Como si las guerras, o la violencia, no tuvieran responsables. Además, siempre se recurre a la comparación con los muchos males que causaron otros. Y lo cierto es que así fue. Como señalan J. Osterhammel y J. C. Jansen (2019: 64-65):
Los crímenes de los conquistadores españoles en el Nuevo Mundo, que han permanecido grabados durante siglos en la conciencia histórica como «leyenda negra» a cargo de la propaganda antiespañola, no bastaban para ocultar que la forma estructuralmente más violenta de la expansión europea era la colonización por asentamiento del tipo «neoinglés».
O sea, la colonización de la Norteamérica británica. Por lo tanto, ¿a qué viene esa obsesión por negar la evidencia? ¿Por qué esa excentricidad de considerar el imperialismo propio como diferente al de los demás?
En realidad, me pregunto si no podríamos aplicar al caso del colonialismo hispano en las Indias el concepto desarrollado por Christian Gerlach acerca de las «sociedades extremadamente violentas», si bien desde presupuestos contemporaneístas: en dichas sociedades, y no digamos ya en los primeros momentos, de «conquista y primera colonización», asevera Gerlach que:
Ciertos grupos de población se convierten en víctimas de violencia física en masa en la que, por numerosas razones, participan diversos grupos sociales y órganos del estado. En otras palabras, existen cuatro rasgos característicos: distintos grupos de víctimas, amplia participación, numerosos factores causales y gran cantidad de violencia física. Por encima de todo, este concepto trata de explicar la participación popular y por qué existen diversas víctimas.
Para el autor alemán, «las formas modernas de violencia de masas que algunos han descrito como genocidios aumentaron en frecuencia y magnitud durante los gobiernos coloniales, especialmente desde el siglo XIX» (Gerlach, 2010: 146, 150). También lo consideraba así Sven Lindqvist en su extraordinario Exterminad a todos los salvajes (2004).
Diversas cuestiones son recurrentes cuando se trata de analizar la invasión y conquista de América con un espíritu acrítico, o desde un presentismo preocupante cuando ejerce de historiador o historiadora alguien que no lo es por formación. Cuando, por delante de la necesaria búsqueda de información, análisis documental, interpretación de los contenidos y la no menos necesaria reflexión crítica antes de proceder a explicitar unos resultados negro sobre blanco, lo que se antepone es la ideología. No negaré que todo el mundo tenga la suya, y a todos nos influye, pero lo que no es de recibo es que dé pie a una subjetividad intelectual apabullante y que se disfrace, además, de buena historiografía. El uso, y el abuso, acerca de cuestiones como la existencia de leyes que defendían a los aborígenes, de las cuales carecieron otros imperialismos; el hecho de no ser las americanas técnicamente colonias, en el sentido jurídico, y dicha circunstancia las eximía de toda explotación colonial; el tan llevado y traído mestizaje y la extensión de la lengua castellana, además de no poderse evaluar lo sucedido, en especial los aspectos escabrosos y violentos de la Conquista, desde una mentalidad actual, a quinientos años de lo sucedido, son algunas de dichas cuestiones, que más tarde valoraré.
La ausencia de formación crítica en amplias capas de la sociedad facilita la tarea a terribles propagandistas de su verdad, que suele contener las consideraciones más aberrantes sobre el devenir de la presencia hispana en las Indias. Una de las figuras más destacadas en los últimos años en cuanto al revival de la causa imperial hispanocatólica es la señora María Elvira Roca Barea. Autora de, en realidad, un panfleto exitoso que se ha querido presentar como un riguroso ensayo histórico, la doctora Roca Barea, una filóloga de formación, docente en el ámbito de la enseñanza secundaria, ha sido acusada por José Luis Villacañas, catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, de haber pergeñado su texto no desde el deseable rigor histórico y académico, sino desde un burdo «populismo intelectual reaccionario»1. No puedo estar más de acuerdo. Y no haría falta decir mucho más. Apenas recordar unas palabras del profesor Ronald H. Fritze cuando, en un momento de su recomendable obra Conocimiento inventado. Falacias históricas, ciencia amañada y pseudo-religiones, asevera:
En la cultura popular son muchas las personas incapaces de distinguir las pruebas válidas de las inválidas, o la argumentación empírica y lógica de la retórica de apariencia impresionante, pero en última instancia vacía. Tristemente, la educación formal ha descuidado el desarrollo del pensamiento crítico. Es algo difícil, lento, infravalorado, y hasta peligroso de enseñar para los educadores. Así pues, muchos no lo enseñan, y otros muchos no son capaces de enseñarlo. Esto deja libre el camino para que los pseudohistoriadores y pseudocientíficos vendan libros y conquisten seguidores entre los ingenuos, los desinformados y aquellos que simplemente quieren creer en alguna cosa sin importarles las abrumadoras evidencias en su contra (Fritze, 2010: 267).
Como se ha anotado antes, se ha recurrido a diversos argumentos para intentar evidenciar las bondades del imperialismo hispano en las Indias. Uno de los más populares es mencionar toda una nómina de leyes pensadas para favorecer los niveles de vida de los aborígenes. Es un entramado argumental fácil de desmontar. Si bien es indudable que existieron las leyes de Burgos y Valladolid de 1512-1513, no debieron funcionar muy bien cuando en 1526 volvía a legislarse con las Ordenanzas de Granada. Pero es que en 1542 la Monarquía se vio obligada a tomar de nuevo cartas en el asunto con las llamadas Leyes Nuevas, otro cuerpo legislativo cuya intención última, más que indigenista, era establecer nuevas barreras al poderío económico, el prestigio social y el incipiente poder político de los conquistadores y los encomenderos. Grosso modo, en lo que respecta al bienestar de los aborígenes, todas ellas fueron papel mojado. Y eso es lo que cuenta. Así, el primer obispo de México, fray Juan de Zumárraga, reaccionó ante «estas conquistas, que son oprobiosas injurias de nuestra Cristiandad y fe católica, y, en toda esta tierra no han [sido] sino carnicerías cuantas conquistas se han hecho» (Carrillo Cázares, 2000, II: 422). Es decir, que las Ordenanzas de 1526 que preveían mejorar la manera de plantear los descubrimientos, poblaciones y rescates en las Indias o, lo que es lo mismo, la colonización y asentamientos, además del primer comercio desigual, poco o nada habían legislado con relación a la brutalidad de la guerra. No obstante, y eso es harina de otro costal, el propio Zumárraga cambiaría un tanto su parecer cuando la resistencia de los aborígenes aumentase. Pero, con todo, en sus conocidas Relectio de Indis (1539), Francisco de Vitoria señalaba lo siguiente:
No escuchamos hablar más que de matanzas de seres humanos, de expoliaciones de hombres inofensivos, de soberanos destituidos y privados de sus bienes y posesiones: tenemos demasiadas razones para dudar de la justicia de todos esos actos y para creer en su iniquidad (Vitoria, 1946: 24, 108-109).
Apenas nada se había mejorado, por lo tanto, a pesar de los esfuerzos legislativos desplegados. Y con respecto a las Leyes Nuevas de 1542 —derogadas de forma parcial por Carlos I pocos años más tarde—, ya en un memorial de 1543 el padre Bartolomé de las Casas, insatisfecho, rogaba que todas las guerras y conquistas fueran proscritas de una vez y para siempre, dado que «en todas las ordenanzas que V. M. ahora ha mandado hacer no hay ninguna en que expresamente prohíba que no se haga de aquí adelante guerra ni conquista alguna» (Pereña, 1992a: 163-177. Bataillon y Saint-Lu, 1974: 228-229). En definitiva, si se había legislado a favor de los indios desde 1512, cómo es posible que en 1542, en las Cortes de Valladolid reunidas dicho año, los propios procuradores castellanos le recomendasen a Carlos I lo siguiente: «Suplicamos a V. M. mande remediar las crueldades que se hacen en las Indias contra los indios, porque dello será Dios muy servido y las Indias se conservarán y no se despoblarán, como se van despoblando» (cita en Manzano, 1948: 103).
En cualquier caso, como consecuencia de la Junta de Valladolid de 1550-1551 (Hanke 1988: 346 y ss.), se abandonó oficialmente en 1556 el sistema de conquistas armadas para someter, cristianizar y explotar los territorios, siendo sustituidas por la población pacífica y el gobierno colonial en los territorios no sometidos. La instrucción de 1556 fue revalidada en la Junta de Madrid de 1568, pero sería, por último, en 1573 cuando llegasen las Nuevas Ordenanzas de descubrimiento, nueva población y pacificación de las Indias. Felipe II ordenaba de forma severa que no se concedieran permisos para realizar nuevas conquistas sin consultárselo a él y sus consejeros previamente. Y si bien el monarca legislaba en el sentido de que «Los descubridores por mar o tierra no se empachen en guerra ni conquista en ninguna manera, ni ayudar a unos indios contra otros, ni se revuelven en cuestiones ni contiendas con los de la tierra, por ninguna causa ni razón que sea, ni les hagan daño, ni mal alguno», no obstante, en los siguientes decenios las excepciones fueron tantas que, una vez más, lo legislado cayó en saco roto. Y no hubo que esperar mucho: ya en 1574, tanto en Perú como en Chile, a causa de la guerra contra los indios rebeldes, las Nuevas Ordenanzas quedaron derogadas de facto. Es más, el propio Consejo de Indias reconocía ese último año que «mientras dura la guerra, los tribunales, los magistrados y oficiales del rey no son necesarios […] y los asuntos deben llevarse más bien según lo que requiere la necesidad que según la letra de la ley». Sin ánimo de ser prolijo, tanto en Nueva España como en Chile o Filipinas se continuó esclavizando indios amparándose en las viejas leyes de la guerra hasta bien entrado el siglo XVII (Hanke, 1988: 307-330. Hanke, 1968: 152-158). Ese fue el verdadero alcance legislador con respecto a dicha cuestión.
Una de las mayores estulticias escritas en los últimos años, autoría de Roca Barea, es considerar que al no ser técnicamente colonias2 no existió en las Indias explotación o expoliación como tales. Si bien es cierto que a partir de las Leyes Nuevas de 1542 las tierras americanas recibieron el estatus jurídico de Reinos de Indias y se asimilaron al resto de los reinos que conformaban la Corona de Castilla, de entrada fueron unos reinos sin representación en Cortes y, por otro lado, en la práctica, y desde el primer momento, se instauró en las mismas el régimen de la encomienda que, si bien varió de naturaleza a finales de la década de 1540 en los territorios nucleares americanos, en otras palabras, aquellos que conformaban los núcleos iniciales de los virreinatos de Nueva España y el Perú, en las nuevas tierras que se iban conquistando, incluso a finales del siglo XVII, como partes del Yucatán, la encomienda se aplicó como en los tiempos del gobernador de La Española: Nicolás de Ovando (1502-1509). De hecho, la encomienda como institución no sería abolida hasta 1791. Y todo el mundo medianamente informado sabe que, al fin y al cabo, la encomienda fue un sistema de esclavitud encubierto. De explotación salvaje en muchos casos. Como escriben Juan Carlos Garavaglia y Juan Marchena en su excelente manual: «La explotación intensiva del indígena como recurso fundamental del régimen colonial fue la más mortífera de las epidemias» (Garavaglia y Marchena 2005: 408). Porque, y ese es otro lugar común, los aborígenes no solo fueron víctimas de las enfermedades portadas por los europeos —y los esclavos africanos— (una causalidad de muerte indirecta y muy apropiada si lo que se quiere es acallar moralmente las conciencias), sino por una triple circunstancia en la que estuvieron presentes los abusos de un sistema colonial de dominación terrible, las guerras y, por último sí: las enfermedades que cursaron en forma de epidemia. Querer justificar la terrible hecatombe poblacional ocurrida en América acusando en exclusiva a las enfermedades solo es un recurso más para aquellos que desean negar la intervención directa de la voluntad colonialista de la Monarquía Hispánica en la destrucción de las Indias.
A nivel social la extensión del mestizaje, la expansión de una lengua europea que sirviese como vehículo de comunicación a lo largo y ancho de los virreinatos o la creación de universidades han sido otros de los argumentos usados hasta la saciedad para justificar las bondades del régimen hispánico en ultramar. Pero casi nadie quiere preguntarse por el origen de ese mestizaje, porque referirse a los reiterados abusos sobre la población femenina americana es un tema tabú. Apenas lo tratamos, luego no existió. La lengua fue un vehículo no solo de comunicación, sino de dominación. La Monarquía se mostró favorable a que las élites aborígenes colaboradoras aprendieran el castellano para facilitarle la labor de dominación a la metrópoli. Pero el indio pechero, el indio vasallo de la Corona, en la práctica un semiesclavo, no hizo falta ni siquiera que aprendiera la lengua del invasor. No era necesario. A decir verdad, incluso se promocionaron algunas lenguas aborígenes para facilitarle las cosas a los nuevos señores; se apostó por algunas lenguas francas nativas en detrimento de otras: el náhuatl, el quechua, el guaraní. Muchísimas otras lenguas se perdieron, junto con sus poblaciones originarias. De hecho, hubo dos lenguas de dominación en numerosos territorios: el castellano y una de las lenguas aborígenes que no fuese la propia de la etnia en cuestión.
La jactancia por haber introducido universidades en las Indias desde bien pronto —Santo Domingo en 1538, si bien las universidades reales fueron creadas al unísono en Ciudad de México y Lima en 1551— oculta el tema fundamental de quién estudiaba en ellas. Lo importante, en definitiva, no es solo la existencia de la institución —otra discusión sería, y no menor, sus posibilidades financieras, planes de estudio, etcétera—, sino qué sectores de la sociedad se pudieron beneficiar de las mismas. Los mestizos, por ejemplo, estuvieron excluidos de la enseñanza superior. Una gran ruindad.
Por último, se ha usado hasta la extenuación el argumento de la imposibilidad de evaluar y criticar desde nuestro presente los comportamientos violentos del pasado, propios de aquellas centurias, además de hacer mención a la crueldad extrema de las civilizaciones aborígenes. Son dos cuestiones muy distintas. Ya en su momento, Tzvetan Todorov distinguió entre el homicidio religioso (o sacrificio) del homicidio ateo, es decir, el cometido por los conquistadores cuando se producía una matanza, entre otros (Todorov, 2000: 156). Los aborígenes eran crueles y los europeos también lo eran. Eso es algo indiscutible. Lo que debato en este libro es que no se quiera reconocer e, incluso, que se desee negar la utilización de la crueldad sistemática, el terror y la violencia extrema en la invasión y conquista de las Indias. El fenómeno de la violencia es consustancial a cualquier colonialismo de dominación, dado que a la fase inicial de brutalidad conquistadora ejercida por la hueste indiana, mejor o peor controlada por caudillos sin escrúpulos movidos fundamentalmente por la codicia, le siguió la violencia que de manera regulada ejerció la metrópoli. La fórmula que podemos aplicar a esta cuestión para analizarla desde la historiografía fue sugerida por Lauro Martines: cuando se desvincula la historia social de la guerra de la política y la diplomacia caen las barreras que nos impedían plantearnos cuestiones de tipo ético. Por consiguiente, cuando los historiadores quedan liberados «por la necesidad de formular preguntas morales, pueden al fin proyectarlas contra la política […]», y es entonces cuando se pueden poner en tela de juicio las acciones de los grandes caudillos conquistadores, analizar sus victorias y sus fracasos desde una óptica crítica y, quizás lo más importante, podremos «someter a juicio sus acciones» (Martines, 2013: 267). Las de ellos y las de la Monarquía Hispánica.
Es más, aquellos que han negado la posibilidad de que desde nuestro presente se evalúe moralmente el pasado, en este caso el colonial hispano en su fase inicial de invasión y conquista, no muestran reparo alguno en valorar las acciones bélicas emprendidas por los conquistadores, en especial los grandes nombres como Núñez de Balboa, Cortés, Alvarado, Olid, Pizarro, Almagro, Belalcázar, De Soto o Valdivia, como si de gestas heroicas se tratase, cuando dicha consideración igualmente posee una carga de presentismo incuestionable. Y, al mismo tiempo, han negado la evidencia de que los aborígenes, en todo caso, tenían el derecho legítimo a defenderse. Como señaló el padre Tello, si los indios respondían fue a causa de ser siempre «ocasionados, maltratados y aperreados, y no les quedaba otro recurso para su defensa, que procurar la muerte de los que tan grandes daños les haçian» (Tello, 1968, II: 75-76).
Sea como fuere, mi intención con esta obra, que ahora podemos recuperar, revisada y aumentada, merced al buen hacer de la editorial Arpa, siempre fue recordar y hacer llegar a todos los ciudadanos en estos tiempos revueltos las palabras del conde de Lemos, virrey del Perú, dirigidas al monarca hispano, Carlos II, cuando en 1670 visitó la gran mina de Potosí y descubrió que sus trabajadores aborígenes ni siquiera veían la luz del sol, puesto que permanecían sepultados en las galerías jornada tras jornada de agotador trabajo: «No hay nación en el mundo tan fatigada. Yo descargo mi conciencia con informar a Vuestra Majestad con esta claridad; no es plata lo que se lleva España, sino sangre y sudor de indios» (citado en Lohmann, 1946). Y yo descargo la mía como historiador haciendo llegar al gran público la dimensión más trágica de la invasión hispana de las Indias.
Mollet del Vallès, octubre de 2021
INTRODUCCIÓN
No es ninguna casualidad que se dotase la invasión de las Indias de una «dimensión clásica» otorgada por su comparación con las guerras de Roma. El propio Hernán Cortés llegó a comparar el asedio de México-Tenochtitlan con el de Jerusalén, ya que era de su gusto, según Bernal Díaz del Castillo, recordar los hechos heroicos de los romanos. El impresor Juan Cromberger apostillaba al final de su edición sevillana de la Segunda carta de relación cortesiana dirigida a Carlos I: «[En el sitio de Tenochtitlan] murieron más indios que en Jerusalén judíos en la destrucción que hizo Vespasiano», aunque equivocándose de emperador (Cortés, 1522). Gonzalo Fernández de Oviedo también utilizó dicha comparación, señalando cómo en el sitio de México «no murieron menos indios que judíos en Jherusalem, quando Tito Vespasiano, emperador, la ganó e destruyó», aunque, incluso alegaría que el cerco de Tenochtitlan no tenía comparación «con ejército ni cerco alguno de aquellos que por muy famosos están escriptos de los pasados» (Fernández de Oviedo, 1959, IV: lib. XIV, caps. XXIX-XXX).
En realidad, comparar el imperialismo romano, y sus crueldades, con la actuación hispana en las Indias era algo muy peligroso. Melchor Cano ya hizo notar, en 1546, que las guerras imperialistas de Roma eran, básicamente, guerras injustas. Y el padre Bartolomé de las Casas usaría en la controversia de Valladolid el ejemplo romano (de Pompeyo, en concreto, en su lucha contra el rey Tigranes de Armenia y la conquista romana de Judea) para atacar las acciones, muy parecidas, de Hernán Cortés en su conquista (Lupher, 2006: 190-194). Para el padre José de Acosta, en su De procuranda indorum salute, la crueldad hispana en las Indias fue superior a la de griegos y romanos —«Jamás ha habido tanta crueldad en invasión alguna de griegos y bárbaros. No son hechos desconocidos o exagerados por la fantasía de los historiadores»— (citado en López Lomelí, 2002: 66). El padre Acosta aseguraría que el maltrato dado a los indios era fruto de la falta de información o de conocimientos de aquellos que los subyugaron, «sirviéndose dellos poco menos que de animales, y despreciando cualquier género de respeto que se les tenga». Así, el lamentable resultado fue que «entramos [en las Indias] por la espada, sin oyrles, ni entendeles, no nos parece que merecen reputación las cosas de los indios, sino como de caça avida en el monte, y trayda para nuestro servicio y antojo» (Acosta, 1590: 395-396).
El caso es que la crueldad exhibida por los españoles en las Indias no puede ser puesta en duda. Apenas diez años después del inicio del segundo viaje colombino, verdadero comienzo de la conquista cruenta, en el testamento de Isabel I de Castilla, fallecida en 1504, se puede leer cómo se debería evitar hacer la guerra a los pacíficos y humildes indios para que se les quite «el temor que tienen de ver los españoles tan fieros, y de tener experiencia de sus crueldades […]» (Carriscondo, 2014: 296).
Hasta cierto punto, la opinión (favorable) que ha merecido la invasión y conquista hispana de las Indias —un ejemplo podría ser Pedro Pérez Herrero3, quien alude a una interpretación de «corte hispanista» que entiende «la conquista como un acontecimiento benefactor al haber introducido la lengua castellana, la religión católica y los valores hispánicos» (Pérez Herrero, 2002: 57)— casi siempre pareció estar exenta de cualquier comentario profundo sobre los excesos que acarrea la guerra —y la forma de practicar esta4—, salvo algunas excepciones5. Unos excesos que, como sabemos, también se cometían en la Europa de la Época Moderna y que, además, se seguirían cometiendo hasta los conflictos del siglo XX. Porque, aunque se haya argumentado que «la atrocidad no compensa, que el uso selectivo de la brutalidad llevó al éxito a corto plazo, pero que a largo plazo fue un desastre», lo cierto es que en el caso de la invasión y conquista de las Indias, la atrocidad sí compensó, quizás porque la brutalidad empleada fue menos selectiva que generalizada6. Joanna Bourke señala que «las atrocidades fueron una característica del combate tanto en las dos guerras mundiales como en Vietnam». Es más, según esta autora, lo que ella llama un comportamiento de combate eficaz «sí exigía que los hombres actuaran de forma brutal y sangrienta. Durante la batalla, era normal que los hombres perdieran su capacidad para sentirse conmovidos o perturbados» al principio, pero más tarde lo habitual era acostumbrarse de alguna forma a la matanza, que «pasaba a ser algo común». De hecho, según Joanna Bourke, «aunque la asociación del placer con el acto de matar y la crueldad puede resultar escandalosa, es sin duda familiar […]» para muchos de los combatientes. En realidad, muchos soldados mostraban emociones contradictorias, deplorando el haber matado a otro ser humano en unas ocasiones, y sintiéndose perfectamente felices cometiendo actos de extrema violencia en otras. El problema es que la mayor parte de los historiadores han tendido a considerar que el placer en la matanza era «enfermizo» o «anormal» y que, por contra, el trauma era «normal» (Bourke, 2008: 175, 346, 361-366).
Es este un punto de vista muy interesante y considero que puede aplicarse al caso de la conquista hispana de las Indias. Es más, en el caso que nos ocupa se fue creando un aprendizaje de las maneras de someter a las poblaciones aborígenes merced a las tradiciones bélicas heredadas de la Edad Media, de modo que la actuación hispana en las islas del Caribe acabó siendo «una especie de escuela de los horrores para muchos balboas, ojedas, bastidas, que se desparramaron por las costas del continente practicando lo que allí habían aprendido» (Garavaglia/Marchena, 2005, I: 129). Por ese motivo, el primer punto del presente ensayo lo hemos dedicado a la transición geográfica-bélica habida entre la guerra de conquista del reino nazarí de Granada, las operaciones de dominio sobre las islas Canarias y hasta alcanzar el espacio caribeño.
La aparición de una famosa leyenda negra anti-hispana7, de gran trascendencia historiográfica, y la consiguiente reacción que generó —Esteban Mira Caballos se refiere a lo que él llama «una historia sagrada de la conquista», por supuesto apologética, que se puede rastrear desde el siglo XVI al XXI (Mira, 2009: 19-23)—, tuvo, desde mi punto de vista, como principal secuela, entre otras muchas consecuencias, el hecho de que apenas si se haya reflexionado acerca de los componentes militares de la invasión y conquista de las Indias desde una perspectiva historiográfica competente. Si, efectivamente, la moderna historiografía internacional que aplica sus esfuerzos a la Historia de la Guerra —la New Military History— se ha interesado de manera muy escasa por la evolución del fenómeno bélico allende de Europa, por los enfrentamientos entre los pueblos de Ultramar y los europeos antes del siglo XIX8, la historiografía americanista ha reflexionado muy poco, creo, sobre estas cuestiones desde los presupuestos de una Historia de la Guerra muy renovada, historiográficamente hablando, en los últimos años.
Así, durante muchos decenios en el panorama americanista habían triunfado los presupuestos de historiadores como Rómulo D. Carbia, quien, sin negar la existencia de desmanes e «inexcusables delitos» durante la ocupación por parte de la Monarquía Hispánica de las tierras americanas, acentuó el hecho de que tales prácticas no fueron «indicios de un sistema sino síntomas que evidenciaron la calidad humana de la obra». Es más, «[…] la crueldad, el exceso, la perversidad y el delito no fueron lo normal sino lo excepcional en la hazaña de trasladar a América la civilización del Viejo Mundo»9. Decía esto último Rómulo Carbia por su deseo de enfrentarse a los conocidos postulados del padre Bartolomé de las Casas, razón última de la obra del historiador argentino, quien en su célebre Brevísima relación de la destrucción de las Indias (Sevilla, 1552) había denunciado que la sistematización de la crueldad y del uso de la violencia extrema de manera persistente fueron las claves de la ocupación militar de las Indias por parte de la Monarquía Hispánica, como es bien sabido. Señalaba Las Casas que
Dos maneras generales y principales han tenido los que allá han pasado, que se llaman cristianos, en estirpar y raer de la haz de la tierra a aquellas miserandas naciones. La una por injustas, crueles, sangrientas y tiránicas guerras. La otra, después que han muerto todos los que podrían anhelar o sospirar o pensar en libertad, o en salir de los tormentos que padecen, como son todos los señores naturales y los hombres varones […], oprimiéndolos con la más dura, horrible y áspera servidumbre en que jamás hombres ni bestias pudieron ser puestas. A estas dos maneras de tiranía infernal se reducen o se resuelven o subalternan como a géneros, todas las otras diversas y varias de asolar aquellas gentes, que son infinitas (Las Casas, 1992: 78).
A mi entender lo fácil siempre fue atacar a un propagandista de atrocidades poco hábil con su propia arma: con la contrapropaganda. Y de esta forma se han ido desarticulando, hasta cierto punto, las denuncias del padre Las Casas. Un ejemplo de ello es la afirmación de P. Pérez Herrero de que miembros de las órdenes religiosas presentes en las Indias (y por encima de todos ellos, como es lógico, estaba el padre Las Casas) utilizaron como método para criticar el modelo de sociedad, que pretendían asentar en América los conquistadores-encomenderos e imponer la conquista pacífica del territorio, la sistemática denuncia de los maltratos que aquellos infligían a los nativos para «deslegitimar su principio de autoridad». Pérez Herrero en ningún caso explicita si cree que dichas denuncias son verdaderas. Más bien su intención parece ser dejar entrever que, quizás, se exageraron las cosas. O así lo entiendo yo (Pérez Herrero, 2002: 99). Muy distinto, por supuesto, es el punto de vista crítico con la «legitimidad de la colonización americana» según Las Casas que aparece en el trabajo de Eduardo Subirats (1994: 125 y ss.). Para Subirats, la propuesta de Las Casas contemplaba la llegada del aborigen a una condición de vasallo natural no mediante el concurso a la violencia primitiva de la conquista, sino gracias a la conversión pacífica que conducía a la libertad, pero a una libertad sometida al discurso hispano. Es decir, que la «verdadera legitimidad de la conquista debía ser espiritual e interior» (Subirats, 1994: 142 y ss., 174).
No es mi intención concurrir ahora a un debate que ha dado muestras de ser muy fértil, pero sí reconocer que ha sido la lectura de otra de las obras clásicas del dominico, su Historia de las Indias, la que me ha permitido encontrar, y de manera muy clara en cuanto a su explicación, la técnica empleada de forma habitual por los españoles cuando se proponían controlar un territorio. Y no me olvido de que Georg Friederici ya se hizo eco en su momento de dicha realidad: «Los españoles tomaban terrible y feroz venganza de las más leves bajas sufridas por ellos en combate», y dichas venganzas, que se repetían una y otra vez, eran algo «perfectamente característico, que respondía a un principio y a un plan» (Friederici, 1973: 396). En años más recientes, Matthew Restall se ha referido a las «técnicas teatrales de intimidación» (Restall, 2004: 54 y ss.).
Pero volvamos con el padre Las Casas. Las técnicas empleadas para domeñar al otro en las Indias podríamos calificarlas como una diabólica trinidad: en primer lugar, se trataba de hacerse con las personas de los caciques porque, una vez aquellos muertos, «fácil cosa es a los demás sojuzgallos». Una variante era tomar presos a algunos indios de la zona —preferiblemente principales— para que, tras torturarlos, les descubriesen sus «secretos propósitos y disposición y gente y fuerzas que en ellos hay». En segundo lugar,
Tenían los españoles […] en las guerras que hacían a los indios, ser siempre, no como quiera, sino muy mucho y extrañamente crueles, porque jamás osen los indios dejar de sufrir la aspereza y amargura de la infelice vida que con ellos tienen, y que ni si son hombres conozcan o en algún momento piensen; muchos de los que tomaban cortaban las manos ambas a cercén, o colgadas de un hollejo, decíanles: «Anda, lleva a vuestros señores esas cartas».
Por último, Bartolomé de las Casas señala la utilización de las masacres como una técnica habitual para domeñar la resistencia de muchos. Fray Diego de Landa, en su Relación de las cosas de Yucatán (1566), ya señaló lo siguiente: «Hicieron [en los indios] crueldades inauditas [pues les] cortaron narices, brazos y piernas, y a las mujeres los pechos y las echaban en lagunas hondas con calabazas atadas a los pies; daban estocadas a los niños porque no andaban tanto como las madres, y si los llevaban en colleras y enfermaban, o no andaban tanto como los otros, cortábanles las cabezas por no pararse a soltarlos […] Que los españoles se disculpaban con decir que siendo pocos no podían sujetar tanta gente sin meterles miedo con castigos terribles» (Landa, 1985: cap. XV) cuando deben ser dominados por pocos10. Así, refiriéndose a la actuación de Nicolás de Ovando en La Española, dice que
determinó de hacer una obra por los españoles en esta isla principiada y en todas las Indias muy usada y ejercitada; y ésta es, que cuando llegan o están en una tierra y provincia donde hay mucha gente, como ellos son siempre pocos al número de los indios comparados, para meter y entrañar su temor en los corazones y que tiemblen […], hacer una muy cruel y grande matanza (Las Casas, 1981, II: 232-233, 237, 259, 522-539).
Lo cierto es que el padre Las Casas —y otros autores, no precisamente lascasianos, como fray Toribio de Benavente o Gonzalo Fernández de Oviedo, nos ofrecen testimonios parecidos— decía toda la verdad. Recurriendo de nuevo a Esteban Mira, este nos recuerda: «Basta echar un vistazo a la documentación del Archivo General de Indias para darnos cuenta de la veracidad de la mayor parte de las atrocidades descritas por el dominico» (Mira, 2009: 33). Porque, ¿cómo no iba a ser verdad, si la propia Monarquía utilizó tales argumentos para, de este modo, terminar con la trayectoria política de Hernán Cortés? En efecto, entre las acusaciones principales en su juicio de residencia (1526-1529) se hizo mención a «crímenes, crueldades y arbitrariedades durante la guerra» (Martínez, 1992: 560). Y en el caso del conquistador de Perú, Alonso de Alvarado, en el proceso levantado contra él en 1545, se lee: «El dicho capitán Alonso de Alvarado con los compañeros españoles que en su compañía andaban, iban a hacer la guerra a las dichas provincias y a los caciques e indios de ellas, y les hacía la guerra a fuego y sangre como se suele hacer a los indios» (Assadourian, 1994: 30). Significativa frase. Un testigo de los hechos acontecidos en Perú, Cristóbal de Molina, llamado el Almagrista, no dudó en señalar que
si en el real había algún español que era buen rancheador y cruel y mataba muchos indios, teníanle por buen hombre y en gran reputación […] He apuntado esto que ví con mis ojos y en que por mis pecados anduve, porque entiendan los que esto leyeren que de la manera que aquí digo y con mayores crueldades harto se hizo esta jornada y descubrimiento y que de la misma manera se han hecho y hacen todas las jornadas y descubrimientos destos reinos, para que entiendan qué gran destrucción es esto de estas conquistas de indios por la mala costumbre que tienen ya de hacerlas todas (Molina, 1968: 85).
No deberíamos dejar de lado otro factor. Esteban Mira dedica estremecedoras páginas en su obra Conquista y destrucción de las Indias al uso y abuso de las indias por la mayor parte de los conquistadores. El milanés Girolamo Benzoni explicaba que en la zona de Maracapana, en la costa oriental de Venezuela, el capitán Pedro de Cádiz regresó con cuatro mil esclavos tras recorrer setecientas millas. Y un detalle que pocos cronistas cuentan: «No había jovencita que no hubiera sido forzada por sus captores, por lo que con tanto fornicar había españoles que enfermaban gravemente» (Benzoni, 1989: 71-72). En Yucatán, el oidor de la Audiencia de México, Francisco Herrera, fue acusado, cuando había ido a cursar el juicio de residencia contra Francisco de Montejo, principal conquistador del área, de no castigar a ciertos españoles que tomaron a «las hijas y mujeres de algunos naturales por fuerza», y a pesar de que fueron denunciados ante él en persona (Bolio, 2018: 201). Por lo tanto, muchos crímenes hubieron de quedar impunes. Fray Pedro Simón, cronista de Nueva Granada, escribió que una de las razones del alzamiento de los indios cuicas en 1556 fue el abuso sobre sus mujeres protagonizado por algunos jóvenes soldados del retén de la recién fundada ciudad de Trujillo: «[…] y aprovechándose de sus mujeres é hijas tan desvergonzadamente, que no se recataban de poner en ejecución sus torpes deseos dentro de las mismas casas de sus padres y maridos, y aun á su vista […]» (Simón, 1627, V: cap. XXIII). Las indias como botín de guerra; el abuso de sus mujeres para hundir psicológicamente al enemigo amerindio (Mira, 2009: 231 y ss.).
Algunos, por algún escrúpulo, pretendían actuar de manera más adecuada siguiendo los preceptos marcados por la Corona y por la Iglesia. Es el caso de Pedro de Heredia, gobernador de Cartagena de Indias, a quien, en la entrada que perpetró en el Cenú en la década de 1530, se le acusó de lo siguiente: «Todas las indias que se tomaban [y] eran de razonable gesto, las tomaba para sí para se echar con ellas; y para tener mejor color las bautizaba y daba agua del Espíritu Santo». Heredia hubo de ser un sanguinario personaje, ya que se le culparía de dejar morir de hambre a unos trescientos de sus hombres, mientras alimentaba mucho mejor a los esclavos africanos de su propiedad, o permitía que sus indias concubinas se lavasen con la escasa agua disponible mientras la hueste se moría de sed (DIHC, III, 1955: 230 y ss.).
Cristóbal de Molina explicaba en su crónica cómo, tras el avance de las tropas hispanas por Perú, los indios se percataron de que lo más seguro era servirles «por las grandes muertes que en ellos habían hecho». Pero ¿qué ocurría con sus mujeres?:
y la india más acepta a los españoles, aquella pensaba que era la mejor, aunque entre estos indios era cosa aborrecible andar las mujeres públicamente en torpes y sucios actos, y desde aquí se vino a usar entre ellos de haber malas mujeres públicas, y perdían el uso y costumbre que antes tenían de tomar maridos, porque ninguna que tuviese buen parescer estaba segura con su marido, porque de los españoles o de sus yanaconas era maravilla si se escapaba (Molina, 1968: 62).
En plena guerra civil el asunto no mejoró en Perú. Según el cronista Pedro Cieza de León, tras su victoria en la batalla de Las Salinas (1538), elementos del bando pizarrista se desmandaron «por las provincias de Condesuyo y Chinchaysuyu, e robaban a los indios todo lo que podían […] e las mujeres de los señores e las indias hermosas eran llevadas en cadena para tenerlas por mancebas, e si sus maridos quejándose las pedían los mataban» (Cieza de León, 1985, I: 144-146).
En el caso de Paraguay, desde 1545 menudearon los asaltos a los pueblos en busca de mujeres jóvenes y adultas, en edad de reproducir y, sobre todo, trabajar en los campos. El motivo principal aducido es que no se habían repartido los indios en encomienda. Para 1556, Juan Muñoz Carvajal escribió a Carlos I cómo
desde el día de la prisión del governador Cabeça de Vaca hasta el día de la fecha desta […] [los españoles] traen manadas de destas mugeres para sus serviçios, como quien va a una feria y trae una manada de ovejas, lo qual a sido cabsa de poblar los çimenterios de las yglesias desta çibdad y aver peresçido en la tierra mas de veynte mill animas y averse despoblado gran parte de la tierra (Roulet, 1993: 62).
Además, no solo sufrían las mujeres, también lo hacían sus hijos. Sin abandonar Paraguay, el sacerdote Martín González explicaba, en la década de 1570, por qué abundaban los casos de aborto e infanticidio entre las indias: las guaraníes debían salir a trabajar en los campos con sus bebés a cuestas
y tráenlos metidos en sacos porque no lloren y no los coman moxquitos que a temporadas [h]ay muchos […] y cuando están cansadas de traerlos hazen hoyos en tierra y los meten en ellos y los cubren con la tierra hasta la cabeça, y allí están llorando y la madre trabajando y por no ver esto los matan en los vientres y a los naçidos no les quieren dar de mamar porque se mueran.
En otras ocasiones, si dejaban a los niños en sus chozas mientras se iban a trabajar, estos permanecían todo el día solos, sin comer y llorando. Entonces algunos españoles, molestos por el llanto ininterrumpido, «danles porque callen, y ansí los hallan sus madres perdidos y maltratados y por ver esto los matan» (Roulet, 1993: 256).
Y en Tucumán en 1588, el gobernador Ramírez de Velasco condenó a un tal García de Jara por «haber corrompido ocho muchachas [de una encomienda], doncellas, que causó la muerte de dos de ellas por ser de tierna edad […] haber mandado cortar los dedos pulgares a cinco indios […] cortar a dos indios las lenguas […] desjarretar dos indios» (Rodríguez Molas, 1985: 57-58). Vergüenza y desolación.
Y no solo eso. Como señala Francisco de Solano, «los remordimientos por los excesos de la guerra podían remediarse espiritualmente mediante el pago de unas bulas de composición ante el pontífice: en 1505 se lograba una para las Antillas, en 1528 para Nueva España» (Solano, 1988: 35). Bernal Díaz del Castillo así lo explica: envió Hernán Cortés a Juan de Herrada a Roma con un rico presente para tratar dicho negocio con el papa Clemente VII, el cual «entonces nos envió bulas para nos absolver á culpa y á pena de todos nuestros pecados, é otras indulgencias para los hospitales é iglesias, con grandes perdones; y dio por muy bueno todo lo que Cortés había hecho en la Nueva España»11. Y, como es lógico, solo puede haber remordimientos cuando se sabe que se ha cometido una mala acción. Aunque, para muchos era lícito despreciar a los indios por ser gentes «sin Dios, sin ley y sin rey». Con esos términos describía el dominico fray Reginaldo de Lizárraga la opinión que tenían los suyos sobre los chiriguanos, si bien era una idea bastante común (Lizárraga, 1987: 350). En efecto, tampoco debemos olvidar una observación de fray Pedro Aguado, cronista de la conquista de Nueva Granada, quien aseveró cómo «los (soldados) que hoy son vivos de aquel tiempo dicen que era tanta su ignorancia en esto de matar indios, que les parecía que [no] solo no se cometía pecado en ello, pero que eran dignos de galardón […]» (citado en Córdoba Ochoa, 2013: 268, n. 381).
Es más, otros miembros del clero, incluso enfrentados al padre Las Casas, como el franciscano Toribio de Benavente (Motolinía), también desarrollaron ideas propias respecto a la actuación hispana muy semejantes a las del dominico:
Más bastante fue la avaricia de nuestros Españoles para destruir y despoblar esta tierra, que todos los sacrificios y guerras y homicidios que en ella hubo en tiempo de su infidelidad, con todos los que por todas partes se sacrificaban, que eran muchos. Y porque algunos tuvieron fantasía y opinión diabólica que conquistando a fuego y a sangre servirían mejor los Indios, y que siempre estarían en aquella sujeción y temor, asolaban todos los pueblos adonde allegaban12.
Fuera del ámbito de los religiosos, entre los pocos autores críticos con la actuación hispana desde las filas de los propios conquistadores o sus allegados nos encontramos con Pedro Cieza de León, quien veía en la excesiva codicia de los españoles una de las causas fundamentales de la destrucción de las sociedades aborígenes, en este caso de Perú:
no es pequeño dolor contemplar que, siendo aquellos Incas gentiles e idólatras, tuviesen tan buen orden para saber gobernar y conservar tierras tan largas. Y nosotros, siendo cristianos, hayamos destruido tantos reinos; porque por donde quiera que han pasado cristianos conquistando y descubriendo, otra cosa no parece sino que con fuego todo se va gastando.
Continuando con su indagación, Cieza de León advertía que
las guerras pasadas consumieron con su crueldad […] todos estos pobres indios. Algunos españoles de crédito me dijeron que el mayor daño que a estos indios les vino para su destrucción fue por el debate que tuvieron los dos gobernadores Pizarro y Almagro sobre los límites y términos de sus gobernaciones, que tan caro costó (citas en Assadourian, 1994: 26 y ss.).
Aunque también Cieza tenía una opinión parecida para el conjunto de los territorios americanos: algunos de los gobernadores y capitanes se caracterizarían por su crueldad, «haciendo a los indios muchas vejaciones y males, y los indios por defenderse se ponían en armas, y mataron a muchos cristianos y algunos capitanes. Lo cual fue causa que estos indios padecieron crueles tormentos, quemándolos y dándoles otras recias muertes» (Cieza de León, 1984, I: 7).
Abundando en el ejemplo peruano, fray Vicente Valverde pudo escribirle a Carlos I la siguiente reflexión:
Como cada uno de los governadores [Pizarro y Almagro] tenía necesidad de contentar a la gente, no osavan castigar lo que mal se hazía contra los indios, porque no se fuese la gente y ansí cada uno se tomava licencia de hazer lo que quería, robando y haziendo otros agravios a los indios y como en estas turbaziones el un governador y el otro han quitado indios y dado a otros, los indios están atónitos y no saven a quien han de servir porque piensan que los han de tornar a quitar a los amos que tienen13.
Y fray Francisco Maldonado hizo lo propio con Felipe II en el sentido de que el (mal) ejemplo dado por los españoles solo conduciría a que «no crean [los indios] la verdad y que entiendan que no [h]ay otro dios ni otra vida sino oro y plata y vicios sucios, pues no [h]an visto otra cosa en nosotros» (citado en Barnadas, 1973: 337, n. 465).
Asimismo, el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, en su Historia General y Natural de las Indias, dijo: «Cosas han pasado en estas Indias en demanda de aqueste oro, que no puedo acordarme dellas sin espanto y mucha tristeza de mi corazón». O, también, con respecto a la disminución de la población aborigen:
Cansancio es, y no poco, escrebirlo yo y leerlo otros, y no bastaría papel ni tiempo a expresar enteramente lo que los capitanes hicieron para asolar los indios e robarlos e destruir la tierra, si todo se dijese tan puntualmente como se hizo; pero, pues dije de suso que en esta gobernación de Castilla del Oro había dos millones de indios, o eran incontables, es menester que se diga cómo se acabó tanta gente en tan poco tiempo (Fernández de Oviedo, 1959, III: lib. X, cap. X).
Otro ejemplo es el licenciado Tomás López Medel, que supervisó la aplicación de las Leyes Nuevas de 1542 en Popayán y Chiapas: aseguraba que cinco o seis millones de indios habían «muerto y asolado con las guerras y conquistas que allá se trabaron y con otros malos tratamientos y muertes procuradas con grande crueldad», a causa, básicamente, de la «insaciable codicia de los hombres del mundo de acá ponía en aquellas miserables gentes de Indias» (Pereña, 1992b: 101). Bernardo de Vargas Machuca supo reconocer en su Milicia y descripción de las Indias que la codicia de los españoles había sido la causante principal de numerosos alzamientos de los indios, que habían costado la vida a muchos soldados, amén del despoblamiento de comarcas enteras y el alargamiento inútil de muchas guerras (Vargas Machuca, 2003: 72-73). Una idea que, en realidad, ya estaba presente en Vasco de Quiroga, quien en su Información en derecho alegó: «La cobdicia desenfrenada de nuestra nación», que llegaba al extremo de forzar los levantamientos de los indios para poder esclavizarlos: «[…] a los ya pacíficos y asentados los levantan, y siempre han de levantar que rabian, y los han de hacer levantadizos, aunque no quierean ni les pase por pensamiento, inventando que se quieren rebelar, o haciéndoles obras para ello» (Quiroga, 1992: 75-76). Fray Toribio de Benavente no dejó de advertir a los codiciosos y crueles con los indios que Dios terminaría por castigarlos:
Hase visto por experiencia en muchos y muchas veces, los españoles que con estos indios han sido crueles, morir malas muertes y arrebatadas, tanto que se trae ya por refrán: «el que con los indios es cruel, Dios lo será con él», y no quiero contar crueldades, aunque sé muchas […] (citado en Valcárcel Martínez, 1997: 163).
Como bien señala Bethany Aram, «sin la codicia, la conquista de América hubiera sido irrealizable» (Aram, 2008: 149). Pero no solo eran codiciosos los particulares, también la Corona.
En definitiva, y si bien no todos los conquistadores se comportaron de la misma manera, ni mucho menos, eran públicos y notorios los enormes abusos cometidos en todas partes sobre los indios. Pedro Cieza de León, el gran cronista sobre lo acontecido en tierras peruanas, lo resumió de manera magistral:
Yo sé, por la experiencia que tengo del tiempo largo que residí en las Indias, haberse en ellas hecho grandes crueldades e otros daños en los naturales, que no así ligeramente se podrían decir, pues todos saben cuán poblada fue la isla Española […] e ahora no queda otro testimonio de haber sido poblada, que las grandes sepulturas de los muertos y los asientos de los pueblos donde vivieron: en la Tierra Firme e Nicaragua ya tampoco ha quedado indio ninguno, pues desde Quito hasta Cartago pregúntenle a Belalcázar los que halló, y quieran saber de mí los que ahora hay, ya tampoco ha quedado indio ninguno […] Pues en el Nuevo Reino de Granada y en Popayán se han hecho cosas tan crueles, que yo mismo quiero pasar por ellas (Cieza de León, 1985, II: 277 y ss.).
Partiendo de la base de que las Indias fueron invadidas y conquistadas no por un ejército real, aunque también actuaran huestes reales, sino por bandas organizadas de honda raigambre medieval14, compuestas por voluntarios armados, reclutadas y financiadas por empresarios militares independientes en la mayor parte de los casos —unos empresarios que, como señala Silvio Zavala, «procuraban un enriquecimiento rápido y aun abusivo a fin de rescatar sus gastos y obtener utilidades; muchos censores aconsejaron a la Corona que no permitiera tales empresas», censores como Alonso de Zuazo o el propio padre Las Casas (Zavala, 1991: 87)—, aunque siempre actuasen en nombre de la Corona tras la firma de una capitulación, intentaré demostrar cómo el uso de la violencia extrema, la crueldad y el terror15, no solo estuvo más extendido de lo que de forma habitual, salvo honrosas excepciones16, se ha dicho y reconocido, sino que el hecho de enfrentarse a unas poblaciones racialmente distintas17, en algunos casos muy numerosas, en otros muy difíciles de domeñar, y no a ejércitos convencionales, en un ámbito geográfico tan diferente con respecto al Viejo Mundo, llevó a los grupos conquistadores, a la llamada hueste indiana o compañía, a la utilización de unas prácticas militares que sin ser desconocidas ni mucho menos en Europa, sí fueron una práctica común, sistemática, en las operaciones que condujeron a la invasión y ocupación de América.
Lo que trataré de demostrar en este libro es cómo la aplicación de la crueldad, del terror y de la violencia extrema fue directamente proporcional a la cantidad de personas que hubo que dominar en un territorio determinado debido a la expectativa de obtención de oro y otras riquezas —incluyendo los esclavos— tras el control militar —y político— de dicho territorio, o bien a las dificultades halladas en el proceso de conquista, el cual no fue, en ningún caso, un proceso fácil. Porque, como señala Steve J. Stern, «las conquistas fáciles crean místicas falsas» (Stern, 1986: 59). Es de sobra sabido que la legitimidad de todo el proceso vendría dada por la existencia de la famosa bula papal de donación, la bula Inter Caetera de Alejandro VI (1493), y por la firma, pero no de forma necesaria, de una capitulación de conquista con la Corona. El premio fue el control sobre enormes poblaciones aborígenes o bien la promesa de lograrlo en un futuro inmediato. Por ello, es obvio que los conquistadores no querían eliminar de manera total y absoluta a sus futuros súbditos nativos, puesto que ellos se veían a sí mismos como señores de vasallos, pero sí hubieron de emplearse a fondo para conseguirlo, causando las bajas necesarias y utilizando cualquier medio. Es decir, que el sistema colonial hispano se basase en la explotación de la población autóctona no es un argumento para demostrar que la conquista fue relativamente incruenta como se percibe en los escritos de tantos y tantos historiadores.
En definitiva, el objeto de análisis de este libro es, citando a Garavaglia y Marchena, «el problema de la violencia desatada por el blanco. Este aspecto, que también desde la época de Bartolomé de las Casas era uno de los que más había llamado la atención, fue posteriormente casi abandonado por los estudiosos» (Garavaglia/Marchena, 2005, I: 210). O, como señaló Thierry Saignes, «lo que exigiría una verdadera etnosiquiatría histórica es el furor invertido por los conquistadores europeos para matar, torturar y destruir al morador amerindio […]» (Saignes, 2000: 275). Al mismo tiempo, se tratará de demostrar cómo la Corona, cuando se puso al frente de la expansión territorial, por ejemplo, en el norte de México-Tenochtitlan, nunca dudó a la hora de aplicar prácticas atemorizadoras para conseguir sus propósitos.
Por otro lado, mi punto de vista también implica descartar otra posibilidad. Según Carmen Bernand y Serge Gruzinski: «La tensión perpetua que mantenía la inmersión en un medio ajeno, hostil e imprevisible» podría explicar «las explosiones de barbarie y las matanzas “preventivas” que van marcando el avance de las tropas». El caso es que, si ello fuera cierto, la matanza de parte de la nobleza mexica ordenada por Pedro de Alvarado el 23 de mayo de 1520 en México-Tenochtitlan sería únicamente producto del miedo, puesto que se hallaba con escasas fuerzas dentro de la ciudad custodiando la persona del huey tlatoani Moctezuma II (Motecuhzoma Xoyocotzin). Creo que razonar el porqué de una actuación basándose como explicación en el miedo o, a causa de este, de la tensión del momento, es incompatible con la alusión a una, y típica, además, reacción preventiva. Creo que hubo cálculo, producto de la experiencia previa, en las acciones militares «preventivas» que se desplegaron en las Indias. Se desarrolló una cultura de la agresión y, como se ha dicho, las formas de actuar se aprendieron y se aplicaron. Estoy convencido, como han sugerido algunos historiadores, que la acción de Pedro de Alvarado, independientemente de la tensión con la que seguramente vivió aquellos días, responde a la puesta en práctica de una experiencia previa: la masacre de parte de la población de la ciudad de Cholula meses atrás, poco antes de la entrada de Hernán Cortés en México-Tenochtitlan (8 de noviembre de 1519) y esta última, a su vez, a toda una tradición de comportamiento bélico en las Indias, pero que tenía unos precedentes en las conquistas de Granada y, sobre todo, Canarias —y en la guerra, en definitiva, contra un enemigo no cristiano—, además de en la violencia propia de las sociedades medievales18.
C. Bernand y S. Gruzinski, por otro lado, nos dan la clave para entender determinados comportamientos militares en las Indias y su utilización sistemática en los diversos territorios que se iban atacando: «La posición del conquistador no deja de parecer asombrosamente frágil: una sola derrota y los españoles estarían acabados» (Bernand & Gruzinski, 1996: 259-260, 271). De ahí, precisamente, el uso de la crueldad, de la violencia extrema, del terror…
Trataré, pues, de ofrecer en la medida de lo posible datos demostrativos acerca de lo ocurrido en las Antillas, Veragua y Darién, Nueva España, Guatemala, Yucatán, Florida, Nueva Granada, Venezuela, Río de la Plata, Perú y Chile desde los inicios de la presencia hispana en las Indias y hasta 1598, año de la muerte de Felipe II, y también de una gran ofensiva nativa (reche) en Chile, el llamado Flandes indiano. En cambio, no nos va a interesar analizar en esta obra los muchos enfrentamientos habidos entre españoles, tanto los más importantes —las guerras civiles de Perú—, como otros menores —la expedición de Pedro de Ursúa y la tiranía de Lope de Aguirre sería el ejemplo paradigmático—, o bien la lucha por expulsar a incipientes colonias de súbditos de potencias enemigas de la Monarquía Hispánica —la actuación, por ejemplo, de Pedro Menéndez de Avilés en Florida—, temáticas muy interesantes pero que se apartan del objeto central de estudio y análisis del presente ensayo.
El principal vehículo de información elegido ha sido el análisis profundo —una relectura— de toda una nómina de crónicas de Indias —pero no solo de ellas—19, teniendo muy presente, como dice Esther Sánchez Merino, que «la violencia ha de ser […] narrada, y esa narración se hará siempre bajo los principios del discurso dominante de la cultura del narrador, según el cual será interpretado el acto violento en sí mismo. La violencia no existe si no hay una cultura que la interpreta como tal» (Sánchez Merino, 2007: 96). Por lo tanto, y añado, si no hay una cultura que la ejerce —y sabe que la está ejerciendo— y otra que la padece. Como sugiere Brian Bosworth en un interesante trabajo donde establece algunos paralelismos entre las obras militares —¿las podemos llamar carnicerías?— de Alejandro Magno y Hernán Cortés, en las crónicas hispanas, y asimismo en los testimonios de la Antigüedad, apenas si aparecen referencias a las matanzas perpetradas, a las terribles heridas infligidas al derrotado enemigo, porque de lo contrario, «las batallas perderían su aura heroica, y los conquistadores parecerían más bien matarifes». En el caso del macedonio, son muy escasos, o inexistentes, los testimonios generados por los vencidos. De esa forma, asegura Bosworth, solo leyendo los relatos de los autores proclives a Alejandro, «uno se vuelve inmune a las cifras de víctimas. Los hombres de Alejandro pueden haber matado a miles de personas, pero uno tiene la impresión de que nadie resultó realmente herido» (Bosworth, 2000: 38). El cronista de la conquista y de las guerras civiles de Perú, Pedro Cieza de León, confesaba en sus escritos la omisión deliberada de muchas de las horribles hazañas de los españoles en las Indias, dado que explicar la crueldad hispana sería un «nunca acabar si por orden las hubiese de contar, porque no se ha tenido en más matar indios que si fuesen bestias inútiles […] Mas pues los lectores conocen lo que yo puedo decir, no quiero sobre ello hablar» (Cieza de León, 1985, iii: 218). El problema es la reiteración por parte de otros autores de argumentos semejantes, entre ellos Jerónimo de Mendieta: «Y trataban á los indios con tanta aspereza y crueldad, que no bastaría papel ni tiempo para contar las vejaciones que en particular les hacían» (Mendieta, 1980, III: cap. L). En Gonzalo Fernández de Oviedo: «Y tampoco hobo castigo ni reprensión en esto, sino tan larga disimulación, que fué principio para tantos males, que nunca se acabarían de escribir» (Fernández de Oviedo, 1959, III: lib. X, cap., IX). O en Pedro Aguado: «Y con esto no tengo más, o no quiero decir más de la conquista de [la ciudad de] los Remedios, pues, como he dicho, sería renovar extrañas crueldades» (Aguado, 1956-1957, I: lib. XIV, cap. IX). Todos ellos cronistas con sensibilidades e intereses distintos. No puede ser una coincidencia que quieran olvidarse, de prácticamente lo mismo.
Por otro lado, la violencia hispana en las Indias —como Alejandro en sus campañas asiáticas— perseguiría unos fines muy claros, quedando justificada por la necesidad de conseguir tales fines. «El beneficio social que los resultados de la actuación violenta producen sobre la comunidad evita la reflexión ética sobre dicha actuación», asegura Esther Sánchez Merino, si bien en el caso hispano en las Indias sí se produjo dicha reflexión ética, pero solo por parte de algunos20. Como señalaba Raymond Aron, durante milenios:
El volumen de riquezas de que los conquistadores eran capaces de apoderarse por las armas era enorme, comparado con el volumen de las que creaban por medio de su trabajo. Esclavos, metales preciosos, tributos o impuestos exigidos a las poblaciones alógenas, los beneficios de la victoria eran evidentes y soberbios.
Y el caso de la conquista hispana de las Indias puede ser un ejemplo paradigmático de ello (Aron, 1985: 317).
Es más, nuestra principal intención al tratar esta temática no busca la exculpación de nadie atendiendo a la comparación con lo que hubieran hecho, o lo que hicieron a la hora de la verdad, otras potencias europeas del momento durante su expansión ultramarina21. Es el caso de Philip W. Powell en su obra Árbol de odio (Madrid, 1972), quien se muestra partidario de pensar que los ingleses, en el siglo XVI, hubieran hecho lo mismo que los españoles en caso de haber podido. O de Irving A. Leonard en su conocido trabajo Los libros del Conquistador (México D. F., 1953), quien aseguraba que aquellos se comportaron igual, es decir, de modo cruel e inmisericorde, en sus campañas irlandesas o en sus colonias de América del Norte en el siglo XVII. Así, concretamente, cita el caso de Thomas Dale en Virginia, quien no dudó en mandar ahorcar, quemar, tostar, fusilar o dar tormento en la rueda, pero no a indios, sino a algunos de sus propios hombres, quienes habían pretendido fugarse a territorio aborigen para escapar del rigor del trabajo en la colonia (Leonard, 1953: 21 y ss.). La pregunta obvia es la siguiente: si así trataba a los suyos, ¿qué no haría a los indios?
Tengo la sensación de que demostrar una opinión matizada a favor de la conquista y la colonización hispanas de América en su comparación con las actuaciones de otras nacionalidades —Inglaterra, Francia, las Provincias Unidas, Portugal, los alemanes en la conquista de Venezuela, un ejemplo muy recurrente (Friede, 1961)— fue, durante algún tiempo, el signo de poseer un pensamiento dotado de una cierta modernidad, cuando no de gozar de una posición historiográfica avanzada o, simplemente, era una actitud de justicia; un deseo, en definitiva, de dejar atrás los excesos de la burda leyenda negra. Reconocidos historiadores aportaron argumentos a favor de una mayor comprensión a la hora de valorar las acciones hispánicas en las Indias. Pero se me antoja que dicha actitud tampoco ayudaba a entender mejor los comportamientos militares en las Indias. Georg Friederici escribió:
Hay que decir […] que estas brutales y anticristianas concepciones y este modo de proceder no eran, ni mucho menos, algo propio, específico y exclusivo de la conquista española de América durante los primeros siglos, un baldón de ignominia para esta nación, sino que, por el contrario, estaban dentro del modo de pensar y de conducirse, no sólo de España, sino también de toda Europa (Friederici, 1973: 300).
Lewis Hanke por su parte no dudó en señalar lo siguiente: «No se puede negar que hubo saqueo y crueldad [durante la conquista]. Pero también es verdad que España, en el mismo proceso de modelar su imperio, fue agitada durante décadas por su esfuerzo de gobernar con justicia» (Hanke, 1968: 334). Y W. A. Reynolds utilizó un manido argumento:
Además, muchas de las cosas que hoy se consideran como crueldades no lo eran en el siglo XVI, como la práctica de cortar las manos a los espías, fuesen espías europeos o mexicanos […] Verdaderamente, si hemos de juzgar a Cortés tocante a la crueldad, es justo que lo hagamos con los patrones morales del tiempo y la sociedad que lo engendró (Reynolds, 1978: 256).
Desde luego, no comulgaré nunca con el trasfondo conservador de opiniones como las de Francisco Morales Padrón:
América había de conquistarse tal como se hizo. Los hombres que allí fueron no eran una pandilla de asesinos desalmados; eran unos tipos humanos que actuaban al influjo del ambiente, determinados por su época, por las circunstancias, por el enemigo, por su propio horizonte histórico (Morales Padrón, 1974: 79).
Ninguna objeción. Si todo ello es cierto, cabría añadir que utilizaron la crueldad, el terror y la violencia extrema, típicos de su época, para imponerse en una guerra que, por supuesto, no tenían ganada en absoluto de antemano (Oliva de Coll, 1974). Que los indios podían ser crueles (según los parámetros europeos) y torturaban a sus enemigos, sin duda22. Que utilizaban el terror para imponerse, también23. Pero, por un lado, no es el objetivo de este libro analizar semejante tema para la época precolombina, y, por otro, cabe reconocer que las huestes indianas actuaron como una tropa invasora de los diferentes territorios americanos y, por lo tanto, las reacciones de los aborígenes, del tipo que fuesen, cabe contemplarlas como legítimas. Sin olvidar que, a menudo, fue el contacto con los europeos la causa principal de la introducción de prácticas crueles y del uso de la tortura entre los indios (Friederici, 1973: 250-251. Jacobs, 1973: 97 y ss.).
En definitiva, se trata, como ya reconociera un hoy en día olvidado, que no olvidable, autor, Luis Vega-Rey, a finales del siglo XIX:
Por la ligera reseña histórica que dejamos trazada, vemos que del descubrimiento del Nuevo Mundo y de las conquistas que produjo, surgió en el espacio de menos de 30 años una serie no interrumpida de atropellos, desmanes, arbitrariedades, despojos, ruinas y crímenes. Y esto, por lo que respecta á las noticias que la Historia ha recogido, y á las que han consignado en sus relaciones, que en su mayor parte permanecen inéditas ó desconocidas, algunos curiosos observadores. Pero lo que no se ha recogido ni escrito, lo que permanecerá para siempre sepultado en el olvido, es, sin duda, infinitamente más de lo que se sabe. La historia de los pueblos no se ha escrito nunca tan verídica (Vega-Rey, 1896: 85).
La tarea del historiador será, pues, recuperar en la medida de lo posible dicha veracidad.
* * *
Durante cerca ya de tres décadas, mis obligaciones docentes me han conducido a impartir enseñanza sobre la América colonial hispana en la Universidad Autónoma de Barcelona. Sin duda, la obra que el lector tiene en sus manos es un reflejo de mis intereses acerca de la Historia de la Guerra en la Época Moderna, temática a la que he dedicado casi todos mis esfuerzos en lo que se refiere a la investigación, entendiendo que la guerra en Indias es solo un aspecto más de las múltiples posibilidades que ofrecía la mencionada temática, y con ese espíritu y no otro he abordado el presente trabajo. Pero, sin duda, el ejercicio docente ha debido dejar su impronta, de modo que, fueran conscientes de ello o no, todos mis alumnos de estos casi tres decenios son, de una forma u otra, copartícipes de la decisión de interesarme por la historia de la violencia ejercida en la invasión y conquista de América. He procurado aprender todo lo posible por y para ellos. Numerosas crónicas y otras fuentes han podido ser consultadas merced al esfuerzo de muchas instituciones por digitalizar dichos materiales (entre otros, la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Memoria Chilena, el portal PARES, etcétera), a quienes doy las gracias desde aquí. También quisiera mostrar mi agradecimiento al servicio de préstamo interbibliotecario de la Universidad Autónoma de Barcelona (Biblioteca d’Humanitats) por su diligencia a la hora de atender mis peticiones.
Mercedes Medina Vidal es el estímulo sentimental perfecto que cualquiera necesita para desarrollarse como persona, y como historiador en mi caso, y para ver culminado su trabajo intelectual. Y no lo es menos la extraordinaria acogida y el acicate proporcionados por todos los integrantes de la editorial Arpa, quienes con su esfuerzo consiguen que siguiera creyendo que todo, o casi todo, es posible en un mundo tan difícil como el nuestro. A Merche y a los integrantes de la editorial Arpa, pues, quiero dedicarles este libro.
Lamentablemente, mi madre, Trinidad López Luque (1939-2021), falleció poco antes de terminar esta nueva versión de mi libro. Por ello, y de manera muy especial, deseo dedicar esta obra a su memoria.
PARTE I
1
PRECEDENTES: LOS AÑOS FINALES DE LA CONQUISTA DE CANARIAS
«Comenzaron la conquista de indios acabada la de moros, porque siempre guerrearon españoles contra infieles», aseguraba el afamado cronista Francisco López de Gómara. El almirante Colón lo tenía, como es lógico, muy claro: su viaje se realizó «después de Vuestras Altezas haber dado fin a la guerra de los moros que reinaban en Europa y haber acabado la guerra en la muy grande ciudad de Granada». Sin olvidar que también se había «echado fuera todos los judíos de todos vuestros reinos y señoríos» (Colón, 1995: 55-57). Para Georg Friederici, por su parte, en la conquista de las Canarias —a las que trata como el eslabón entre Granada y América— se pueden observar todos los excesos que, más tarde, reaparecerán en las Indias: «el colgar y empalar a la víctima, el descuartizarla, el cortarle las manos y los pies, haciendo luego correr al mutilado, el ahogar a los infelices prisioneros y esclavizar a las poblaciones indígenas». Para el autor alemán, «las guerras intestinas de los españoles, las cruzadas contra los moros, y las campañas de conquista de las islas Canarias fueron, manifiestamente, guerras de despojo y la escuela en que se formaron los conquistadores de América» (Friederici, 1973: 388-389, 462-463). Y si bien Mario Góngora puntualiza de manera oportuna las diferencias existentes entre las guerras fronterizas peninsulares y las de las Indias, en el sentido de señalar que el medio y el enemigo eran muy distintos, no deja de reconocer que la primera generación de la conquista era descendiente de otra anterior muy marcada por una serie de tipos de guerra, o de formas de hacer la guerra, y unas situaciones sociales muy características. Góngora especifica que lo peculiar entre este tipo de combatientes, cuando actuaban en Berbería, las Canarias o, poco más tarde, en las Indias, no fue tanto el afán de obtener un botín, algo consustancial con la naturaleza de la guerra practicada por los ejércitos europeos hasta el siglo XVIII, sino más bien hacer esclavos. Así, si en la guerra contra los musulmanes en la península Ibérica la esclavitud y el rescate podían alternarse, no ocurrió lo mismo en el caso de los canarios y de los aborígenes americanos. «Las cabalgadas peninsulares, y más aún las africanas y americanas son, pues, una institución característica de guerra entre pueblos de distintas culturas, que no se reconocen efectivamente un estatuto jurídico común», escribe Góngora. Además, en el caso de las Indias, el perdurar de las correrías y de la conquista esclavista en un territorio determinado dependía del tiempo en que se tardase en introducir instituciones como la encomienda, a menudo alimentada con los aborígenes esclavizados procedentes de otros territorios (Góngora, 1962: 91 y ss.; Mena García, 2011: 217 y ss.). No es de extrañar, pues, como atestiguó el padre Mendieta, que cuando en Nueva España, por ejemplo, terratenientes y ganaderos encargaban a sus secuaces el robo de jóvenes aborígenes de ambos sexos para trabajar en sus propiedades lejos de los hogares de los primeros, estos asegurasen que iban «“a caza de morillos” como suelen decir en España en las fronteras de Berbería» (Mendieta, 1980, IV: cap. XXXV).
Tras la caída de Granada, Beatriz Alonso Acero señala, con respecto a la presencia hispana en Berbería desde la conquista de Melilla en 1497, cómo el tipo de ocupación restringida de determinados espacios —«territorios costeros situados en zonas de especial interés para el adversario»—, es decir, de presidios —no olvidemos las conquistas de Mazalquivir (1505), Peñón de Vélez de la Gomera (1508), Orán (1509) y en 1510 de Bujía y Trípoli—, fue consecuencia de la forma
en la que se llevó a cabo la conquista del reino granadino. Razzias, jornadas, cabalgadas, acuerdos con el adversario, habían definido el modo de ir avanzando por el territorio peninsular dominado por el islam. La guerra de Granada estuvo basada en correrías sobre el territorio enemigo, rápidas incursiones en las que se obtenía un fácil y abundante botín que obligaba al adversario a sentar las bases de una capitulación (Alonso Acero, 2006: 226).
A su vez, en Chile y Florida, según Amy Turner, se utilizaría «el sistema de presidios perfeccionado en el norte de África, con cada presidio subvencionado por el virreinato más cercano» (Turner en Chang-Rodríguez, 2006: 89).
El anónimo autor del informe sobre la manera de hacer la guerra en el norte de África a caballo de los siglos XV y XVI, rescatado por el bibliófilo Marcos Jiménez de la Espada, quien lo tituló con escasa inspiración «La guerra del moro a fines del siglo XV», reconocía, en concreto, que esas incursiones norteafricanas no dejaban de ser preventivas, pues los habitantes de la zona «cuando los guerrean, dejan de guerrear y ponen su cuidado en guardarse, y aun esto no saben bien hacer, guardarse, que todavía los toman como á ganados». Describe en su breve escrito nada menos que nueve entradas en Berbería, algunas protagonizadas por los castellanos, dirigidos por Pedro de Vargas, Pedro de Vera o Lorenzo de Padilla, entre otros, o bien por los portugueses, como la liderada por don Diego de Almeida, prior de Crato, en la que se obtuvieron cuatrocientos prisioneros y mucho ganado, amén de degollar a cerca de un millar de personas. La cabalgada encabezada por el jerezano Lorenzo de Padilla, compuesta por cincuenta caballeros y seiscientos peones, duró once días y se atacó La Mámora, con un resultado de varios cientos de prisioneros y dejando tras de sí numerosos muertos. El anónimo autor fue testigo de vista de todas ellas, pero «sin otras muchas cabalgadas que se han hecho sin yo ser en ellas», dejando entrever «que se puede hacer muy fácilmente la guerra en aliende» por depender, de forma básica, de la iniciativa privada y el ansia de obtener un botín (Jiménez de la Espada, 1894: 171-181).
Según Eduardo Aznar Vallejo, a estas cabalgadas realizadas desde el sur de la Península, que eleva a trece entre las conocidas de 1461 a 1498, sin dudar que debieron producirse varias más, se les sumarían las promocionadas desde las propias islas Canarias. Entre 1484 y 1486 las fuentes archivísticas solo permiten hablar de una cabalgada, seguramente por encontrarse todavía varias islas en proceso de conquista y ser más interesante volcarse en su total control, pero con las construcciones de las factorías fortificadas en la costa de Berbería —Santa Cruz de la Mar Pequeña, situada al norte de Tarfaya y en activo entre 1478 y 1527, y San Miguel de Asaca, levantada en 1500, situada al sur de Ifni—, sin duda hubieron de producirse nuevas cabalgadas, además de utilizarse estos emplazamientos fortificados para el intercambio de prisioneros (Aznar Vallejo, 1997: 407-419).
Ya fuese en la zona atlántica o en la mediterránea de Berbería, los beneficios de las cabalgadas eran varios, y no solo crematísticos: en primer lugar, se trataba de hostigar a los musulmanes en su propio territorio para evitar que, a su vez, organizasen ataques a la costa cristiana. En segundo lugar, permitía a los participantes adquirir un óptimo conocimiento sobre el territorio enemigo y planificar mejor futuras campañas y, en tercer lugar, formar militarmente a los nuevos miembros de las huestes que se incorporaban a un servicio activo, de esa manera su pericia en futuros combates estaría garantizada. Sea como fuere, las analogías con las posteriores operaciones de conquista en las Indias son muchas: entre otras, el objetivo de las cabalgadas no eran las ciudades, sino pequeños núcleos de población, y siempre que los beneficios obtenidos por la venta de esclavos fueran los adecuados, habría voluntarios suficientes para incorporarse a las nuevas expediciones que se organizasen. Ahora bien, fueron aquellos que se habían formado en las cabalgadas de los años previos quienes concurrieron a un objetivo mayor, como fue la conquista de Melilla en 1497, si bien el pacto con los aborígenes también se cuidó (Ruiz Pilares, 2019: 207-215). En el caso de las Indias, las entradas, como se denominaban en la época, en diversos territorios, ya fuesen insulares o no, caracterizados por una reducida densidad poblacional urbana, se irían compaginando con otras operaciones de mayor envergadura, como serían las conquistas de los imperios mexica o inca.
Según Anthony Pagden, la invasión y conquista de América puede asimilarse de manera más fácil con las guerras libradas por la Monarquía Hispánica en Italia que con la guerra contra los musulmanes en la Península, al menos en sus vertientes económica, política y militar (afirmación que se me antoja discutible), si bien, a nivel ideológico, «la lucha contra el islam ofrecía un lenguaje descriptivo que permitía revestir las por lo general lamentables campañas de América de un significado de similares tonos escatológicos». Así, la literatura hispana de conquista, señala Pagden, sirvió «para resaltar ese sentimiento de continuidad, redescribiendo las acciones de los más celebrados conquistadores con el lenguaje de los romances fronterizos españoles». Una observación que queda un tanto desvirtuada cuando el autor insiste en que el providencialismo hispano en las Indias, representado, entre otras, con las apariciones del apóstol Santiago, el «Matamoros» transformado en «Mataindios», en plenos combates contra los amerindios, fue recogido por la pluma de Bernal Díaz del Castillo, a quien tacha de «viejo soldado mentiroso». Cualquier lector atento de Díaz del Castillo sabe que, justamente, él fue de los pocos cronistas que, de forma sutil, no creyó en dicha aparición (Pagden, 1997: 100-101). Las apariciones apostólicas en estos lances se las debemos, más bien, a la pluma de Francisco López de Gómara, quien no solo pudo asegurar la presencia del apóstol en la conquista de Nueva España, sino también la de su caballo, el que «mataba tantos [indios] con la boca y con los pies y manos como el caballero [Santiago] con la espada». Tampoco creía del todo o, más bien, se tomó el asunto marcando algo más las distancias Pedro Mariño de Lobera, quien, sin negar las apariciones del apóstol Santiago en las primeras batallas chilenas, tras más de cuarenta años de guerras, a inicios de 1580, aseguraba, después de un nuevo encuentro militar con los araucanos, que las cosas ya habían cambiado:
dijeron después los indios que había sido mucho más eficaz la fuerza que los había rendido afirmando que el glorioso Santiago había peleado en la batalla con un sombrero de oro y una espada muy resplandeciente. Y aunque esto es verosímil y no se debe echar por alto, pues es cierto que este glorioso santo ha favorecido en otras ocasiones a los conquistadores de este reino, con todo eso se debe proceder con mucho tiento en dar crédito a indios ladinos, que son por extremo amigos de novelas y cuentos semejantes. Mayormente sabiendo muy bien todos estos lo que se lee en las historias de este glorioso patrón de España y oído mucho de ello en sermones, [a] demás de las imágenes de su figura que veían cada día por los templos (Mariño de Lobera, 1960: lib. III, cap. XX).
Como argumenta Javier Domínguez García, la presencia del apóstol en los primeros encuentros militares serios habidos en las Indias podemos entenderla como
la reiteración de un persistente proceso de autoafirmación identitario de los españoles en el Nuevo Mundo. Esta nostalgia por la recuperación de la identidad medieval se proyecta en América al encontrar allí un fundamento religioso que, mediante la simbología santiaguista, tan presente en las primeras crónicas de los conquistadores, intenta incluir los nuevos espacios del continente americano dentro de la cosmogonía cristiana medieval.
Para el clero hispano, en especial el vinculado con los asuntos americanos, era esta «una manera de legitimar la conquista del Nuevo Mundo como una continuación de la Cruzada contra el islam» (Domínguez García, 2008: 82, 88-89).
Francisco de Solano asegura que los conquistadores desplegaron en las Indias idéntico ideario religioso que el exhibido en la lucha medieval contra el islam, solo que ahora pugnando contra paganos. Por lo tanto, concluye Solano, la «operación militar es asimismo una misión evangelizadora y el conquistador es un agente religioso. La Conquista es, a la vez, cruzada, y cruzado el conquistador» (Solano, 1988: 31). Es más, según algunos testimonios, lo que no podía hacerse en las Indias era, precisamente, reproducir el tipo de guerra que se había hecho —que se hacía— a los musulmanes. Así, por ejemplo, criticando la actuación de Nicolás de Ovando en La Española a partir de 1502, fray Jerónimo de Mendieta lo acusaba de haber entrado allá «como si fuera a conquistar Orán de los moros» (Mendieta, 1980, I: cap. XV). O el propio padre Las Casas, quien en su Memorial de remedios (1542) señalaba que el término conquista aplicado a las Indias como se había hecho era «vocablo tiránico, mahomético, abusivo, impropio e infernal. Porque en todas las Indias no ha de haber conquistas contra moros de África o turcos o herejes que tienen nuestras tierras, persiguen los cristianos y trabajan de destruir nuestra sancta fe» (citado en Bataillon/Saint-Lu, 1974: 220).
Enrique Florescano considera que la guerra por la conquista de Nueva España, una guerra justa de cristianos contra infieles, se hizo «a la manera como la habían hecho sus antepasados en la lucha contra el islam». Y Luis Weckmann, de quien recojo la cita del anterior, pudo argumentar que «el espíritu que desde un principio prevaleció en la conquista española de América fue semejante al que animó al avance peninsular desde el siglo viii hasta las postrimerías del XV» (Weckmann, 1984, I: 21 y n. 6). Esteban Mira entiende la Conquista no como una Cruzada, sino como una guerra santa, dado que la expansión de la fe no fue el objetivo principal de la misma. Más bien lo fue el deseo de riquezas, la codicia. Como escribió Pedro Cieza de León, «el conseguir oro es la única pretensión de los que vinimos de España a estas tierras». Concluye Esteban Mira: «Los conquistadores supieron trasladar la guerra santa de la Reconquista a la Conquista, llevando implícito en el propio concepto la posibilidad de enriquecimiento» (Cieza de León citado en Mira, 2009: 89, 91-93). Pero no deja de ser cierto también, como señala Eduardo D. Crespo, que la guerra fue percibida a nivel popular como una Cruzada: logró encauzar toda una serie de fuerzas internas, en especial en Castilla, hacia un objetivo muy claro y común; y, quizás lo más importante —desde mi punto de vista al menos—: el éxito alcanzado en el conflicto de Granada ayudó sobremanera a implantar en la mentalidad castellana la idea de que la Providencia Divina bendecía todas sus empresas basadas en la expansión de la fe mediante el uso de las armas. Por ello, el fervor de la Cruzada, al menos según se entendía siguiendo la lógica papal de la dilatatio Christianitatis, se mantuvo en el transcurso de la conquista de Canarias, en los intentos por dominar el norte de África con la intención de prolongar la lucha contra el islam hasta alcanzar Jerusalén, que se fueron apagando desde 1510, y, por último, se trasladó hasta las Indias (Crespo, 2010: 100-117).
En cualquier caso, cabe ver la invasión y conquista de las Indias como una prolongación de la conquista de los reinos musulmanes de la península Ibérica también en su vertiente crematística —así lo hace Carmen Mena para los primeros compases de la conquista del Darién (Mena García, 2011: 307 y ss.)—, si bien los conquistadores no alcanzaron en general los privilegios conseguidos por la nobleza castellana en su ocupación del sur de la Península. No obstante, es muy significativo que Hernán Cortés, a la hora de comparar Tenochtitlan con una ciudad hispana del momento, lo hiciese precisamente con Granada: «Para la mentalidad de los conquistadores era evidente que la anexión del Nuevo Mundo constituía una suerte de prolongación de las acciones bélicas de la Reconquista» (De la Puente Brunke, 1992: 233-234). Aunque ello no significa que la guerra fuese igual de dura; al menos para Alonso Enríquez de Guzmán era peor la practicada en las Indias:
Hallo y puedo çertificaros que es la más cruel guerra y temerosa del mundo que pintaros pueda, porque la de entre cristianos, tomándose a vida el contrario, halla entre los enemigos amigos y por lo menos proximidad. Y si es entre cristianos e moros, los unos a los otros tienen alguna piedad e sígueseles ynterés de rescates, por do llevan algund consuelo los que se toman a vida. Pero aquí entre estos yndios e los de qualquier parte de Yndias, ni tienen razón ni amor ni temor a Dios ni al mundo ni ynterese para que, por él, os den vida, porque están llenos de oro e plata y no lo tienen en nada. Y sin dexaros entrar en plática ni aprovecharos cosa ni avellos tratado bien e syn ser su amigo ni seros en cargo, os dan la más cruel muerte que pueden (Enríquez de Guzmán, 1960: 151).
Por otro lado, las diferencias entre las Indias y la Península en cuanto a cuestiones bélicas también fueron tan notorias como para que, en lo que respecta a Hernán Cortés, Beatriz Pastor lo vea más bien como un creador de modelos y no tanto como un imitador de los mismos (Pastor, 2008: 156 y ss.). De hecho, el caso de Hernán Cortés, o modelo cortesiano de conquistador y de conquista, sería el que todos los restantes caudillos quisieron revivir, o emular, pero con ellos como protagonistas supremos, claro está. No obstante, y según Pedro Cieza de León, el propio caudillo de Medellín se vería a sí mismo como un caballero cruzado y, a ese nivel, mucho más «perfecto» que sus colegas conquistadores del Incario:
E cuentan que el marqués del Valle, don Hernando Cortés, espejo de gobernadores e capitanes de Indias, dijo públicamente muchas veces, que Blasco Núñez [primer virrey peruano] no tendría en paz al Perú porque la gente que en el vivían eran mal corregidos, absolutos en hacer su voluntad, e que él, cuando iba descubriendo el reino de la Nueva España, por todos los caminos iba poniendo cruces; e los capitanes que habían descubierto el Perú siempre en ellos hubo envidias, e rencores disimulados, e negocios que vinieron a términos de dar las batallas que todos habían oído (citado en Crespo, 2009: 117).
Nunca debemos olvidar que, mientras Cristóbal Colón se aprestaba para realizar su primer viaje atlántico, un drama se estaba viviendo en las islas Canarias24. Tras el impulso inicial de Juan de Bethencourt en 1402, cuando se ocuparon Fuerteventura, Lanzarote y parte de El Hierro, y el de los Peraza a partir de la década de 1420, cuando se terminaría de controlar El Hierro y se ocupó La Gomera (Fernández Armesto, 1988: 192 y ss.), la intervención de la Corona solo llegaría en 1477 y, sin duda, viendo en la conquista de Canarias «una empresa semejante a la que les ocupaba en España contra los moros» (Zavala, 1991: 20). Precisamente a causa de la guerra civil castellana y la intervención portuguesa en la misma (1475-1479), con el peligro que suponía la injerencia portuguesa en las Canarias, además de la falta de capacidad militar para tomar Gran Canaria demostrada por Diego García de Herrera desde un ya lejano 1461, los Católicos se decidieron por comprarle a este último sus derechos sobre las islas no conquistadas en 1477 y, al año siguiente, firmaron una primera capitulación para la conquista de Gran Canaria con el obispo de Lanzarote, Juan de Frías, y con el capitán aragonés Juan Rejón. Rejón estaría acompañado por un clérigo sevillano: Juan Bermúdez, deán de Rubicón (Lanzarote). Pero la conquista de Gran Canaria, tras múltiples peripecias y desavenencias entre los integrantes del bando hispano, no finalizó hasta 1483 y fue obra, más bien, del gobernador Pedro de Vera, quien sustituyese a Juan Rejón en 1480. En abril de 1483, el gobernador Vera, con unos mil efectivos, incluyendo tropas de gomeros, así como de habitantes de Lanzarote y Fuerteventura, cercó en Ansite a los últimos grancanarios resistentes, donde se rindieron, si bien el rey de Telde y uno de sus fieles prefirieron el suicidio arrojándose desde un despeñadero.
Alonso Fernández de Lugo capitularía con la Corona las conquistas de La Palma y Tenerife, pero estas tendrían que esperar un decenio. Mientras tanto, en La Gomera el gobernador Hernán Peraza se involucró en las luchas intestinas entre parcialidades autóctonas —había cuatro—, resultando muerto. Su viuda, Beatriz de Bobadilla, solicitó ayuda al gobernador Pedro de Vera, quien se personó en la isla con cuatrocientos hombres. Tras informarse sobre quiénes eran los causantes del delito, los bandos de Pala y Mulagua, cuyos integrantes se habían hecho fuertes en Garagonay, fueron cercados y derrotados, muriendo muchos de ellos en el encuentro, y, según la crónica conocida como Matritense,
[…] sentenciaron a muerte a todos los que quinze años arriba, y dado que los matadores fueron pocos, los condenados a muerte fueron muchos, que a unos arrastravan y los desquartisavan, y a otros les cortaban pies y manos, y a otros ahorcavan, y a otros muchos echavan a la mar en barcas a lo largo, atados de pies y manos y con pesgas a los pescuesos.
En la crónica de Pedro Gómez Escudero, se especifica que «fueron diversos los géneros de muerte porque ajorcó, empaló, arrastró, mandó echar a la mar vivos con pesgas a los pescuesos; a otros cortó pies i manos vivos, y era gran compasión ver tal género de crueldad en Pedo (sic) de Vera». Los menores fueron embarcados y vendidos como esclavos para subvenir en los gastos de guerra. Según Juan de Abreu, como se ejecutó de modo tan horrible a gente inocente,
de que Dios entiende no haber sido servido, pues todos los más que fueron ejecutores pararon en mal, y mas por haber enviado a vender muchos niños y mujeres a muchas partes, y un Alonso de Cota ahogó muchos gomeros que llevaba desterrados a Lanzarote en un navío suyo.
Entendiendo el gobernador Vera que los gomeros que habían luchado en Gran Canaria habían participado en la conspiración y asesinato de Peraza, avisó a los alcaldes de las villas de Telde y Gáldar, donde habitaban, para que los prendiesen; estos cumplieron con éxito el encargo, dado que fueron atrapados «casi doszientos, y a todos los condenaron a muerte poblando muchas horcas y [em]palisadas de ellos y echándolos a la mar atados de los pies y con pesgas». J. Pérez Ortega disiente sobre el número de gomeros ejecutados, amparándose en los estudios del antropólogo austriaco Dominik Wölfel, para señalar que se ejecutarían entre doce y diecisiete hombres y se esclavizaron de doscientas a doscientas sesenta personas, pero sus ideas no nos parecen del todo concluyentes y sí algo contradictorias (Pérez Ortega, 1984: 183-193). El obispo Juan de Frías se quejó por la esclavitud de los muchachos gomeros, ya cristianizados, pero el gobernador Vera argumentó «que aquellos no eran christianos, sino hijos de unos traidores que mataron a su señor y se querían alçar con la isla». Las protestas del obispo ante los Católicos acabaron con la destitución de Pedro de Vera, sustituido por Francisco Maldonado en 1488. Más tarde, los gomeros esclavizados fueron puestos en libertad, lo cual no quita que, en otras ocasiones, los Católicos pudiesen confiar una conquista, como la de La Palma, argumentando que la isla estaba «en poder de canarios infieles», o sea, de gentes esclavizables en un momento dado, se asevera en la crónica Matritense. En realidad, desde el primer ataque normando a las Canarias en 1402, lo habitual fue esclavizar a sus habitantes, atacando nuevas islas y comunidades cuando estas se iban entregando y cristianizando25.
Muchos de los castigos que sufrieron los gomeros nos los encontraremos en la ocupación de las Indias. Como veremos, el castigo de las gentes ya sometidas que se atrevían a sublevarse, en pocas palabras: la rebeldía, era tremendo, pues no se podía dejar la retaguardia con un mínimo asomo de inseguridad. Si dicha circunstancia a nivel insular queda demostrada, piénsese en cómo sería en las Indias, donde grupos muy reducidos de hispanos debían hacerse con el control de enormes territorios que, una vez dominados, dejarían a sus espaldas mientras se proseguía con el avance. El uso del terror, de la violencia, de la crueldad por imperativo militar —o de conquista colonial— estaba más que justificado para seguir adelante con los planes de ocupación.
La conquista de la isla de La Palma se inició, antes de que capitulase Alonso Fernández de Lugo, entre finales de 1491 y abril de 1492, cuando el gobernador de Gran Canaria, Francisco de Maldonado, el obispo de Canarias y el cabildo catedralicio consiguieron que algunos de los caudillos palmeros se cristianizasen, una vez fueron llevados a Gran Canaria, y luego hiciesen proselitismo entre los suyos en su tierra. Así, Fernández de Lugo, cuando capituló la conquista de la isla en junio de 1492, ya tenía buena parte del trabajo hecho. Cuando desembarcó en la isla en septiembre, hasta cuatro bandos palmeros se pusieron de su lado. La resistencia la protagonizó el caudillo Tanausú quien, una vez preso mediante engaños, se dejó morir de hambre. Algunas revueltas en mayo de 1493 no consiguieron alterar el curso de los acontecimientos, tanto es así que a finales de año Alonso Fernández de Lugo se trasladó a la metrópoli para capitular en la conquista de Tenerife. Entre otras mercedes, recibió ciento cuarenta cautivos de La Palma (Morales Padrón, 1993: 34-35. Zavala, 1991: 54). Según Juan de Abreu, el capitán enviado para sofocar las revueltas, Diego Rodríguez Talavera, «puso la isla en paz y sosiego, haciendo en los alzados castigo ejemplar, con el cual estuvieron siempre leales y obedientes».
La hueste que organizó en Sevilla, a la que se sumarían tropas en Gran Canaria, alcanzó los ciento cincuenta jinetes y mil quinientos infantes que se embarcaron en una treintena de navíos, aunque quizás estas cifras incluyen varios cientos de auxiliares guanches. Entre finales de abril y primeros de mayo de 1494 se desembarcó en la zona de Añazo, donde más tarde se edificaría la ciudad de Santa Cruz. Nueve parcialidades, dominadas por otros tantos menceyes, se dividían la isla, de las cuales cinco, localizadas en el norte y occidente de Tenerife, se mantenían en pie de guerra. Así, Alonso Fernández de Lugo entró en negociaciones con los menceyes de paz para asegurar los frentes que se dejaban a retaguardia (el oriental y el meridional).
Tras desembarcar en Añazo, y antes de iniciar las operaciones, Fernández de Lugo ordenó algunas cabalgadas para la captura de ganado; el capitán Castillo operó con veinte lanceros y treinta infantes, pero al día siguiente, buscando más movilidad, se envió al capitán Alarcón con sesenta de caballería. Si bien se capturaron ganados, pudieron comprobar las dificultades orográficas de la isla y cómo algunos guanches vigilaban las evoluciones del campamento cercano desde las sierras más próximas. El 4 de mayo de 1494 comenzó a moverse la hueste hacia La Laguna, atrapándose un guanche que informó de la presencia de efectivos isleños. Tras fijar un nuevo campamento en Gracia, la hueste prosiguió su avance hacia el barranco de Acentejo donde unos tres mil guanches emboscados esperaron su oportunidad. Según Javier García de Gabiola, con deducciones bastante creíbles a partir de las extrapolaciones de los casos de las islas menores, es factible pensar que los opositores isleños serían unos mil seiscientos (García de Gabiola, 2019: 173-174). Demorándose los castellanos, atrapando unos ganados dejados allá por los tinerfeños, el escuadrón isleño les cayó encima; los hombres de Lugo intentaron defenderse «formando un pedazo de batallón». Tras una hora y media de lucha, el enfrentamiento reverdeció ante la llegada de nuevos efectivos guanches. Poco después, la resistencia castellana empezó a decaer. Según la crónica de Pedro Gómez Escudero,
retirándose los españoles de tanta mortandad que fue uno de los días más tremendos que hubo en las yslas, solamente escaparon muy pocos; treinta españoles retirándose i peleando, viéndose acosados, se entraron en una cueba pendiente de un cerro onde se defendían citiados a que muriesen. Estubieron hasta el día siguiente; iban siguiendo más de mil i quinientos Guanchos a ciento veinte Canarios christianos i quatro portugueses arrojándose por unos barrancos i despeñaderos a las parte del [A]Centejo, se metieron por el agua a guarecerse en una baja o rocha, siguiéronles más 160 que se ajogaron i otros de enfadado se fueron.
Siguiendo con Gómez Escudero, la batalla duró cuatro horas. Seis mil guanches, que tuvieron dos mil muertos, se enfrentaron a mil doscientos hispanos y canarios, de quienes hubo ochocientos muertos y sesenta heridos; «este citio llamaron la matança». Como veremos en las próximas páginas, el mismo nombre se aplicará en otro lugar de las Indias en circunstancias parecidas. Francisco Morales Padrón refiere la pérdida de noventa jinetes y mil doscientos infantes, casi con toda seguridad a causa de su bisoñez. Juan de Abreu da como cifra seiscientos muertos, recalcando que la elección del lugar del combate por los guanches hizo que los castellanos «no pudieran valerse ni pelear, ni aprovecharse de los caballos, que era la fuerza de la gente». Alonso Fernández de Lugo, que escapó a duras penas de la muerte, quedó herido y se vio obligado a evacuar su gente cuando, quedándole apenas doscientos efectivos, fueron atacados de nuevo en la torre de Santa Cruz por una escuadra de cuatrocientos guanches. En aquella ocasión, estos tuvieron ciento sesenta muertos y cien heridos, por tan solo tres muertos y quince heridos del lado hispano, según la evaluación hecha por Pedro Gómez Escudero. Pero ¿son cifras reales o es una compensación por el desastre de Acentejo? A primeros de junio ya se hallaban en Las Palmas.
Una vez obtenida en la Corte una prórroga para la conquista de Tenerife y para constituir una nueva sociedad con los antiguos armadores, que seguirían aportando medios económicos y materiales, así como para recibir ayuda de los señores de Lanzarote (Inés Peraza) y de las islas del Hierro y La Gomera (Beatriz de Bobadilla), además del gobernador de Gran Canaria, Francisco Maldonado, cooperando los dos últimos con hasta ciento cincuenta efectivos, Alonso Fernández de Lugo desembarcó un primer contingente a inicios de 1495. Su primer objetivo fue hacerse fuerte levantando dos torres en Añazo y Gracia, mientras se renovaban los pactos de paz con los bandos de Anaga, Adeje, Abona y Güimar. En noviembre llegaría a la isla un segundo contingente, aportado por el duque de Medina Sidonia —seiscientos cincuenta infantes y cuarenta efectivos de caballería, de modo que las tropas de Alonso Fernández de Lugo alcanzaron el millar de infantes y setenta caballos, según Juan de Abreu—, mientras las fuerzas guanches, unos once mil efectivos, comenzaban a padecer los efectos de la enfermedad —Pedro Gómez Escudero habla de seis mil muertos—, como ocurriría en el caso de la caída de México-Tenochtitlan. Cerca de la ciudad de La Laguna, en terreno favorable para la caballería hispana, se trabó el 14 de noviembre de 1495 una batalla con los tinerfeños, que recularon, con bajas por ambas partes, haciéndose fuertes los castellanos en una eminencia, donde les llegaron refuerzos, de modo «que llegó a [h]aber para cada uno de los nuestros dies y dose [h]onbres». Esta apreciación puede ser más que correcta, dado que, también según Pedro Gómez Escudero, las tropas de Lugo eran un millar de hombres, además de setenta jinetes. En la batalla hubo treinta y cinco bajas entre los infantes y cincuenta entre los efectivos de la caballería —muchas si solo eran setenta— que, sin duda, tuvo un papel muy destacado «alanseando i atropellando enemigos», por mil setecientas del lado guanche (Abulafia, 2008: 137-138. Zavala, 1991: 83 y ss.). Más tarde, un grupo hispano de doce soldados que acompañaban a dieciocho heridos a curarse fue apresado por los guanches, que los harían prisioneros, pero al coste de trece bajas. En este encuentro murió el jefe militar Chimenchia (Tinguaro), vencedor de la primera batalla de Acentejo. Su cadáver, a decir del cronista Gómez Escudero, fue mutilado:
Dábanle a el (sic) cuerpo muerto grandes lanzadas algunos soldados que en ella estubieron, diciendo: «a moro muerto gran lançada». Quitada la caueza, mandó el general Lugo que, fuesse de Rey o capitán, se pusiese en una gruesa lanza i marchando delante de el exército subieron la Laguna en busca de el enemigo.
Tras la batalla, los hombres de Alonso Fernández de Lugo se atrincheraron en un lugar apropiado para la defensa (Santa Cruz de Añazo) esperando acontecimientos. De creer en todo punto a la crónica Ovetense, hubo quien defendió la idea de dejar la campaña para regresar al año siguiente con tres o cuatro veces el número de tropas empleadas en aquella ocasión. Pero fue la enfermedad, que diezmaba y desmayaba a los guanches, la causante de su derrota el 25 de diciembre de 1495 en Acentejo.
Antes de producirse la victoria, los hombres de Fernández de Lugo recorrieron la tierra trayendo a su campamento ganado y demás mantenimientos, si bien se veían obligados a salir en grupo de hasta quinientos hombres. En una ocasión, el capitán Gonzalo Castillo fue rodeado por numerosos guanches, no regresando de su misión. Solo la soberbia del rey de Taoro, que lo devolvió a los suyos para poder matarlos más tarde a todos juntos, le salvó la vida. En otra oportunidad, hallaron en una cueva a un viejo y dos muchachos quienes les indicaron dónde encontrar ganado. Cuando el grupo regresó con su presa descubrieron a los dos muchachos degollados y al viejo herido de muerte: había preferido aquel final para sí y los suyos antes que servir a otro. Tras dividirse en cinco escuadras, siguieron con el robo de ganado hasta que un contingente de unos mil doscientos guanches los atacó: «Fueron desvaratados y huieron todos de tropel lo que los cauallos pudieron escaramusear, mataron a muchos». Otro lance fue protagonizado por doce hombres, camaradas de campamento, si bien la simbología numérica da que pensar: tras lograr un botín de cuatrocientas cabras en su salida fueron rodeados por hasta doscientos guanches. Sin aceptar la rendición propuesta, los atacaron y con sus ballestas causaron veinte bajas al contrario antes que este los alcanzase. Luego, con sus espadas les hicieron frente y consiguieron hacerlos huir. Fue el preludio de lo que ocurriría en la segunda batalla de Acentejo: cinco mil guanches hicieron frente al contingente hispano (o bien apenas ochocientos), pero tras cinco horas de lucha se retiraron. La crudeza del invierno impidió acabar la guerra inmediatamente, pero de creer a los cronistas en el verano de 1496 se rindieron sin apenas lucha los últimos caudillos de la parcialidad de Anaga.
No obstante, en el sur de Tenerife la resistencia de pequeños grupos, dedicados a la guerra de guerrillas parapetados en sus riscos, se prolongó hasta 1501 (o 1506). Ante la dificultad para acabar con ellos, se hubo de contratar a un capitán flamenco especializado en artillería y armas de fuego portátiles, cuyo nombre castellanizado era Jorge Grimón, quien consiguió ir abatiendo poco a poco con sus disparos a los guanches rebeldes del menceyato de Abona. Pero los últimos resistentes, unos doscientos, bajo el mando de Archajuaga, solo pudieron ser atrapados mediante un ardid (García de Gabiola, 2019: 176-177). Así, tras más de un siglo de operaciones, iniciadas en 1402, las Canarias estaban conquistadas.
2
EL PREÁMBULO AMERICANO: LAS ANTILLAS Y PANAMÁ
Las desgracias de los mal llamados indios a causa de la, en el fondo, impericia de Cristóbal Colón, comenzaron bien pronto. Son harto conocidas las descripciones del almirante genovés, ya en su primer viaje, acerca de la incapacidad militar de los taínos de las Bahamas, primero, y de las Antillas Mayores más tarde. En el Diario de a bordo, en fecha tan temprana como el propio 12 de octubre de 1492, Colón señala: «Ellos no traen armas ni las cognosçen, porque les amostré espadas y las tomavan por el filo, y se cortavan con ygnorançia». Insistía el 16 de diciembre: «Ellos no tienen armas, y son todos desnudos y de ningún ingenio en las armas y muy cobardes, que mil no aguardarían tres». Para entonces, el almirante Colón ya se regodeaba con la presumible facilidad de la ocupación de unas tierras que, de poder hacerse con escasos efectivos hispanos, le podrían reportar pingües beneficios. Por ello, el 26 de diciembre el Almirante torna a asegurar: «Tengo por dicho que con esta gente que yo traigo sojuzgaría toda esta isla [La Española] […] y [con] más gente, al doblo; más son desnudos y sin armas y muy cobardes fuera de remedio». Solo el 13 de enero de 1493, los indios ciguayos en número de cincuenta y cinco osaron enfrentarse a siete tripulantes de la expedición. Dos de aquellos fueron heridos; el resto se presentó al día siguiente en son de paz. El piloto mayor de la carabela Niña, Peralonso Niño —o bien Sancho Ruiz, piloto de idéntica nave—, impidió que se produjese una masacre frenando a los hombres. De todas formas, el 26 de diciembre, tras el hundimiento accidental de la Santa María el día anterior, el almirante Colón se decidió por dejar treinta y nueve tripulantes al cuidado del cacique taíno Guacanagarí. Lo trascendente ahora es señalar que no solo ordenó Cristóbal Colón construir una «torre y fortaleza, todo muy bien, con una grande cava» para resguardo de aquellos que se quedasen en el nuevo asentamiento, sino que previamente el Almirante hizo disparar una lombarda y una espingarda ante la presencia de Guanacagarí, quien quedó maravillado de la «fuerça hazían y lo que penetravan», mientras que sus gentes, cuando oyeron los tiros, «cayeron todos en tierra». Esta exhibición de poderío militar tanto podía servir para asegurar la amistad de los taínos, puesto que se podría usar contra sus enemigos caribes, como para atemorizarlos. Además, fue un recurso que se utilizaría en otras muchas ocasiones con diferentes grupos humanos a lo largo y ancho de las Indias (Colón, 1995: 113, 263, 302-307, 348-353).
Tras el asentamiento permanente colombino en la isla La Española, a partir del segundo viaje, 1493-1496, el almirante Colón enviaría a Alonso de Ojeda con una tropa de cuatrocientos hombres a ocupar el interior rico en oro, el famoso Cibao que el genovés asimilase en su primer viaje con el Cipango (Japón) de Marco Polo, utilizando el terror. Como señala el padre Bartolomé de las Casas, el almirante Colón sentó un precedente que todos los demás siguieron en aquellas tierras, pues
lo primero que trabajaron siempre, como cosa estimada dellos por principal y necesaria para conseguir sus intentos, fué arraigar y entrañar en los corazones de todas estas gentes su temor y miedo, de tal manera, que en oyendo cristianos, las carnes les estremeciesen; para lo cual efectuar hicieron cosas hazañosas (Las Casas, 1981, I: 382).
La presión a la que fueron sometidos los taínos de La Española condujo a su levantamiento; la muerte de diez españoles a manos del cacique Guatiguará llevó a Cristóbal Colón a la movilización de una hueste conformada por doscientos infantes, veinte efectivos de caballería y otros tantos perros de presa, además de centenares de indios aliados. Las Casas no desaprovechó la ocasión para tratar la desigualdad de la tecnología militar empleada por unos y otros, un argumento muy recurrente en sus escritos. La desnudez de los indios, signo de sencillez y simplicidad en los escritos del padre Las Casas, los hacía especialmente desvalidos y vulnerables ante las armas hispanas, sobre todo las ballestas y espingardas, pronto sustituidas por escopetas y arcabuces, además de las espadas, los caballos y los perros, que parecen fascinar a Las Casas. De ellos dice:
Esta invención comenzó aquí [La Española] excogitada, inventada y rodeada por el diablo, y cundió todas estas Indias, y acabará cuando no se hallare más tierra en este orbe, ni más gentes que sojuzgar y destruir, como otras exquisitas invenciones, gravísimas y dañosísimas a la mayor parte del linaje humano, que aquí comenzaron y pasaron y cundieron adelante para total destrucción de estas naciones.
La ignorancia de los indios alcanzaba el hecho de creer que el escaso número de los hispanos iba a ser una gran ventaja para ellos, de modo que apenas si tomaban medidas tácticas oportunas jugando con el número superior de hombres que podían poner en el campo de batalla. Así se comprobó en la denominada batalla de la Vega Real, en la que Cristóbal Colón destrozó el ejército improvisado por los taínos. Se hicieron muchos esclavos. Según Michele de Cuneo, de los mil seiscientos esclavizados, quinientos cincuenta se enviaron a la Península. En el camino murieron unos doscientos, y la mitad de los supervivientes llegaron enfermos (Cuneo citado en Todorov, 2000: 55). Por cierto que Las Casas señala que no supo el número de hombres con los que el cacique aliado Guacanagarí ayudó a Colón. Como vemos, desde el primer momento el auxilio de los indios, siempre mal recogido en los relatos hispanos, fue importante. Colón mantendría su presión en el centro de la isla, la llamada Vega Real, durante otros nueve o diez meses (Las Casas, 1981, I: 405, 413-416).
Pero no se puede seguir adelante de ninguna de las maneras sin advertir el hecho de que Michele de Cuneo, amigo del almirante Colón y de procedencia genovesa, asimismo, iba a protagonizar en el segundo viaje colombino un comportamiento que, lamentablemente, iba a menudear desde entonces: la primera violación de una nativa americana relatada como tal. La narración del propio Cuneo es tan impactante que deja sin aliento al lector:
Mientras estaba en el barco, pude hacerme con una bellísima mujer caníbal que el señor almirante me había concedido, y cuando la tuve en mi camarote, denuda (sic), según su costumbre, sentí un fuerte deseo de jugar con ella e intenté safisfacer mis ansias, mas ella no quiso saber nada de eso y me arañó de tal modo con las uñas que, en aquel momento, deseé no haber comenzado nunca. Le explicaré cómo acabó todo: conseguí una cuerda y le propiné tal paliza que lanzó unos alaridos como yo nunca había oído antes, increíbles. Por fin llegamos a un acuerdo tal que, al realizar el acto, créame, parecía que había aprendido en una escuela de rameras (citado en Abulafia, 2009: 241).
Mientras el almirante Colón se hallaba en la Península antes de iniciar su tercer viaje en 1498, se envió título de adelantado de las Indias a Bartolomé Colón, con el cual se hubo de enfrentar no solo a la revuelta del antiguo mayordomo de su hermano, Francisco Roldán, sino también a los caciques Guarionex y Mayobanex, que movilizaron a unos seis mil hombres —quince mil según Gonzalo Fernández de Oviedo—, hastiados por el comportamiento de unos y otros, a quienes derrotó con apenas noventa infantes, algunos caballos y la ayuda inestimable de tres mil indios aliados. Para Fernández de Oviedo, la causa principal de la victoria fue ser los indios «gente salvaje e desarmada, e no diestra en la guerra a respecto de los cristianos», y así «mataron muchos dellos» (Fernández de Oviedo, 1959, I: lib. iii, cap. II). Una de las medidas usuales en aquellos casos, hasta que los caciques indios eran totalmente sometidos, consistía en destruirles su país. Así, el adelantado Bartolomé Colón ordenó «quemar y destruir cuanto hallasen; quemaron los pueblos que allí e por los alrededores había» (Las Casas, 1981, I: 461). Dos años más tarde, como es ampliamente conocido, los hermanos Colón cayeron en desgracia.
El comendador de Lares, fray Nicolás de Ovando (1451-1511), alcanzó el privilegio de gobernar La Española a partir de 1502. Una de sus primeras medidas de gestión consistió en controlar ambos extremos de la isla, una tarea que los hermanos Colón, Cristóbal, Diego y Bartolomé, no habían realizado años atrás. En el origen de las operaciones militares desatadas, y como fuera tan habitual en las Indias, estuvo la necesidad de castigar la muerte de algunos españoles, asesinados vilmente por los indios. O esa fue la justificación de lo que aconteció después. Pero, en realidad, en la base de tal política se hallaba la necesidad de hacerse con botines, en forma de reparto de esclavos, para contentar a su gente. Y el expediente más sencillo siempre era pro-mover las hostilidades en territorios no sometidos todavía a la autoridad real (Cassá, 1992: 200). En la provincia de Higüey, que se hallaba alzada por la muerte de un cacique, al parecer despedazado por un perro, se encontraba a una legua la isla de Saona, donde ocho desprevenidos españoles que desembarcaron fueron muertos. Como ya era costumbre, y lo seguiría siendo en el futuro, en este caso Nicolás de Ovando apercibió a cuantos hispanos pudo, unos trescientos o cuatrocientos, habiéndose declarado la guerra a sangre y fuego. Su capitán fue Juan de Esquivel (c.1465-1513), posterior conquistador de Jamaica. El padre Bartolomé de las Casas escribió acerca de la escasa capacidad bélica de los indios de La Española, reduciéndose su enjundia militar a escapar del empuje de las tropas hispanas en cuanto podían. Más tarde, en cuadrillas, los españoles se echaban al monte en busca de los indios huidos, «donde hallándolos con sus mujeres e hijos, hacían crueles matanzas en hombres y mujeres, niños y viejos, sin piedad alguna». Según Las Casas, en Saona Juan de Esquivel, para escarmentarlos, encerró seiscientos o setecientos presos en un bohío, y luego los mandó pasar a todos a cuchillo. Entre cuarenta y ochenta caciques pudieron perecer en la hoguera. El resultado fue que, al poco tiempo, «comenzaron a enviar mensajeros los señores de los pueblos, diciendo que no querían guerra; que ellos los servirían; que más no los persiguiesen». Miles de supervivientes fueron conducidos a las zonas de explotación aurífera, donde, debido a una sobreexplotación horrorosa, fenecerían en breve plazo (Cassá, 1992: 200). Según el testimonio de Alonso de Zuazo, en carta al señor de Chièvres, Guillermo de Cröy, consejero del rey Carlos, a quien escribía desde Santo Domingo a finales de enero de 1518, quince años atrás el gobernador Nicola de Ovando habría enviado
gente a la provincia de Higüey, donde fizo matar por mano de su criado, Juan Desquibel, natural de Sevilla, siete u ocho mil indios, so color que aquella provincia dizque se quería levantar, que son gente desnuda, que solo un cristiano con una espada basta para doscientos indios (citado en Julián, 2011: 51-52).
Para domeñar la resistencia de la provincia de Jaraguá, dominada por la reina Anacaona, Nicolás de Ovando destinó trescientos infantes y setenta efectivos de caballería y mediante un ardid tomó presos unos ochenta señores de la zona y los encerró en un bohío al que prendieron fuego —según la versión de Diego Méndez, un criado de Cristóbal Colón, fueron setenta los caciques quemados vivos—; mientras, el resto de la tropa se dedicó a matar a todos los indios que hallaban a su paso, a estocadas o alanceándolos. Anacaona fue ahorcada. La justificación para tamañas acciones fue, y ello ocurrió en otras muchas ocasiones, la sospecha de estar concertándose una alianza para destruir a los hispanos. Lo que no es tan fácil es encontrar un testimonio como el del padre Las Casas, quien asegura que, meses después de aquellos hechos, y temiendo la reacción que se pudiese producir en la Península, Nicolás de Ovando decidió abrirles un proceso por traición a todos los caciques ejecutados y a la propia reina Anacaona. En todo caso, la violencia engendró más violencia y tras el ahorcamiento de Anacaona, el cacique Guaorocaya, sobrino de la anterior, «se alzó en la sierra que dicen Baoruco, e el comendador mayor envió a buscarle e hacerle guerra ciento e treinta españoles que andovieron tras él hasta que lo prendieron e fué ahorcado» (Fernández de Oviedo, 1959, I: lib. III, cap. XII). Las Casas critica igualmente a Gonzalo Fernández de Oviedo, quien siempre condenaba a los indios y excusaba a los españoles, «porque, en este caso hablando, dice que se supo la verdad de la traición que tenían ordenada y cómo estaban alzados de secreto, por lo cual fueron sentenciados a muerte» (Las Casas, 1981, II: 239). Para Fernández de Oviedo, «el castigo, que se dijo de suso, de Anacaona e sus secuaces fué tan espantable cosa para los indios, que de ahí adelante asentaron el pie llano e no se rebelaron más». Años después, el cronista Antonio de Herrera recoge fielmente el rechazo que produjo en la Corte la quema de los caciques de Jaraguá y el ahorcamiento de Anacaona, pero mantiene en pie la teoría de la conspiración, la traición y la búsqueda de una alianza para destruir a los españoles (Herrera, 1601, I, VI: 192). Si todo ello era cierto, ¿por qué se enojaron con Ovando la reina Isabel I o don Álvaro de Portugal, presidente del consejo de Justicia?
Tras la masacre de Jaraguá no es de extrañar que las provincias vecinas de Guahaba y Hanyguayaba se alzaran en armas, donde los capitanes Diego Velázquez (1465-1524) y Rodrigo Mejía castigaron a sus gentes de la forma ya descrita. Velázquez, futuro conquistador de Cuba, se fue fogueando en tan particulares técnicas bélicas aplicadas en La Española. Mientras, los indios del Higüey volvieron a alzarse en armas, designando otra vez Ovando a Juan de Esquivel como capitán general de la expedición de castigo. Esta contó con unos trescientos o cuatrocientos hombres, que parece ser el número máximo de efectivos que Ovando podía permitir sacar de los diversos asentamientos para ir a combatir, solo que entonces, señala el padre Las Casas, incluso recibieron la ayuda de los aborígenes de la provincia de Ycayagua, indios de guerra, «los cuales en los de Higüey alzados no hicieron poco guerra ni poco daño». Las Casas siempre se muestra muy crítico con la desigualdad entre las armas hispanas y las de los aborígenes, no dando las primeras opción alguna de victoria a los segundos. Y eso que en aquellos años apenas si había espingardas, pero con los perros, los caballos, las espadas y las ballestas había suficiente. Así, los indios de Higüey se perdieron por los bosques para salvar la vida ante el empuje militar hispano, siendo perseguidos por cuadrillas de españoles, quienes se hacían guiar por algunos indios atrapados, a los que se torturaba para lograr su cooperación. Y como se ha dicho antes, cuando se hallaba un grupo de indios escondido en la maleza no se solía dar cuartel, para dar ejemplo, menudeando entre los que se salvaban el corte de sus manos. Una vez más, asegura Bartolomé de las Casas cómo a muchos de estos:
les hacían poner sobre un palo la una mano, y con el espada se la cortaban, y luego la otra, a cercén o que en algún pellejo quedaba colgando, y decíanles: «Andad, llevad a los demás esas cartas»[…], íbanse los desventurados, gimiendo y llorando, de los cuales pocos o ningunos, según iban, escapaban, desangrándose y no teniendo por los montes, ni sabiendo dónde ir a hallar alguno de los suyos, que les tomase la sangre ni curase; y así, desde a poca tierra que andaban, caían sin algún remedio ni amparo (Las Casas, 1981, II: 257-260).
Por cierto que, una vez iniciadas estas prácticas de amputación de manos, no tenían por qué ser de uso exclusivo de los castellanos: años más tarde, relata Gonzalo Fernández de Oviedo que un lugarteniente del cacique Enrique, rebelado en La Española, mandó cortar la mano derecha a un preso español (Fernández de Oviedo, 1959, I: lib. V, cap. V). En su guerra, el cacique Enrique solía despojar a los caídos hispanos de sus armas y algunos de sus hombres llevaban hasta dos espadas. También aprendió de las tácticas ajenas de combate (Mira, 1997: 322). Llegaría a disponer de una fuerza de seiscientos seguidores, de modo que la Real Audiencia se vio obligada a formar varias cuadrillas especializadas en el rastreo de los sublevados, asistidas por indios auxiliares motivados por recompensas si se lograban los objetivos. Tras varios años de sublevación, ya que se inició en 1519, en 1527 se consiguieron reunir noventa hispanos, además de los ayudantes aborígenes, para intentar capturarlo, pero fue en vano. El peligro, además, estuvo en que, con su ejemplo, nuevos sublevados se sumaban a la causa general rebelde, incluyendo antiguos esclavos africanos escapados a las montañas, es decir cimarrones. En 1533, tras la idea de movilizar un contingente de trescientos soldados en la propia Península para remitirlos a La Española al mando de Francisco de Barrionuevo, con quien el cacique Enrique pactó el abandono de su actividad rebelde a cambio de la libertad de su grupo. Ello llevaría a la ruptura con los grupos de resistentes cimarrones, quienes pasaron a ser perseguidos incluso por antiguos seguidores del cacique Enrique. Uno de los grupos mejor organizados de cimarrones, el de Sebastián Lembá, en la segunda mitad de la década de 1540, llegó a destruir un poblado de antiguos seguidores de Enrique y masacraron a su población. También en Cuba hubo grupos de insurrectos que, desde el inicio de la década de 1520, se mantuvieron largos años en rebeldía. En 1542, el cabildo de Santiago llegó a formar algunas cuadrillas de indios asalariados que se dedicaban en exclusiva a la caza de los aborígenes rebeldes (Cassá, 1992: 243-247, 252-253).
Y cuando no era el corte de las manos era el fuego o el ahorcamiento. El acoso al cacique Cotubanamá, quien acabó ajusticiado en Santo Domingo tras su captura en la isla de Saona, sirve al padre Las Casas para realizar una especie de resumen del horror, siempre con la idea final de «meter miedo por toda la tierra y viniesen a darse». Los dominicos de La Española, en un informe sombrío de 1519 al señor de Chièvres, consejero flamenco de Carlos I, corroboraron todos los crímenes y atrocidades cometidos en las personas de los aborígenes por los colonos —«comenzaron a romper e destruir la tierra por tales e tantas maneras, que no decimos pluma, pero lengua no basta a las contar»—, quienes, por un lado, creían que asesinar, torturar o violar a gentes sin fe no era ningún delito, y, en segundo lugar, se aprovecharon de «ser ellos gentes tan mansas e pacíficas e sin armas» (Bataillon/Saint-Lu, 1974: 73-74).
Testigo de vista de la conquista de Cuba a partir de 1511, su primer gobernador, Diego Velázquez, hubo de sortear un escollo inicial en la persona del cacique Hatuey, quien, huido de La Española e instalado en la isla vecina, más que ofrecer resistencia, si bien durante algunas semanas organizó cierto número de emboscadas, optó por escapar con su gente a los montes, siendo consciente de que la resistencia militar no tenía futuro; Hatuey pagó su osadía, y las molestias ocasionadas, muriendo en la hoguera. Antes de su captura, diversos aborígenes fueron torturados para que dijesen dónde se escondía. Como en otras ínsulas, la cacería de esclavos estuvo a la orden del día. La reacción de los indios, que fue muy similar en otros lugares, iba desde la huida hacia delante, nunca mejor dicho, a las provincias contiguas, donde daban cuenta de sus males a otros hasta la entrega voluntaria al invasor hispano, pasando por la resistencia a ultranza. Tras dominar la zona oriental de la isla, Diego Velázquez fundó la localidad de Bayamo (San Salvador), desde donde procedería un tiempo más tarde a controlar el centro de la isla. Pero todavía quedaron focos de resistencia rebelde en la zona oriental, tan duramente reprimidos por Francisco de Morales, quien ordenó una masacre en la región de Maniabón, hoy en día Holguín, que hasta el propio Velázquez se sintió obligado a enviar preso a Santo Domingo a Morales (Cassá, 1992: 233-234).
Uno de los capitanes de Velázquez, Pánfilo de Narváez (1470-1528), a quien más tarde nos encontraremos en Nueva España y en Florida, protagonizó una terrible masacre en la provincia de Camagüey en 1513. Alcanzando sus tropas la localidad de Caonao tras una marcha agotadora por la falta de agua, fueron atendidos por una multitud de unos dos mil indios, si bien en un gran bohío calcula el padre Las Casas que se hallaba otro medio centenar de ellos; la multitud quedó sorprendida al ver la hueste hispana, en especial los caballos, aunque solo eran cuatro. A la tropa hispana la acompañaban, como era habitual, indios de apoyo, en este caso unos mil. Sin mediar razón alguna, en principio, los españoles desenvainaron sus espadas —que, en presagio funesto, habían afilado aquel mismo día en unas piedras apropiadas dejadas al aire por la sequía del río que atravesaron; a la sequedad del río seguiría, claro, la mucha sangre derramada después, una imagen muy cara a Las Casas— y mataron a una gran cantidad de personas sin que su capitán, Pánfilo de Narváez, hiciese nada por impedirlo. Más adelante cundió la sospecha, o bien se buscó el atenuante justificador, de que algunos indios bien pudieran estar tramando una traición para matar al grupo hispano. El padre Las Casas, aunque es una opinión muy particular, típica de su pluma, aseguraba que el motivo no fue otro que el gusto por el derramamiento de sangre humana. Tzvetan Todorov se ha referido a este episodio como «si los españoles encontraran un placer intrínseco en la crueldad, en el hecho de ejercer su poder sobre el otro, en la demostración de la capacidad de dar la muerte» (Todorov, 2000: 155). En cualquier caso, y esa sí era una lección repetida en otras muchas ocasiones, el pavor se apoderó de los habitantes de la zona al conocer la masacre (Las Casas, 1981, II: 522-539). Antonio de Herrera reprodujo el pasaje siguiendo a Las Casas, consiguiendo, no obstante, que el lector perciba lo acontecido como si todo hubiese sido un pequeño incidente. Pero incluso leyendo a Herrera se descubre la contradicción, porque, si apenas pasó nada, ¿a santo de qué los indios abandonaron masivamente la zona en dirección al cercano archipiélago llamado Jardines de la Reina? (Herrera, 1601, I, X: 329). Como cabía esperar, Diego Velázquez justificaría la acción de su lugarteniente al alegar la traición de los aborígenes y su determinación de exterminar a los españoles cuando entrasen en su poblado, que llamó Yahayo. Además, redujo a un centenar el número de muertos entre los indios (Cassá, 1992: 235).
En Boriquén (Puerto Rico), los hombres de Juan Ponce de León (c. 1465-1521), que llegó a la isla en agosto de 1508 y fundó un fuerte en Caparra, fueron atacados en 1511 tras tres años de excesos merced a una sublevación general de los caciques de la zona. Murieron unos ochenta hispanos en la localidad de Aguada tras ser atacados por varios millares de taínos. La respuesta cristiana consistió en ir a buscar a los indios allá donde se hallasen congregados y destruirlos. Parece que Ponce de León no buscó una batalla campal, sino ir destruyendo la resistencia de la isla atacando las fuerzas de los caciques uno a uno. De hecho, Ponce de León utilizó las emboscadas para atacarlos, dado que apenas si contaba con un centenar de hombres tras las fuertes pérdidas iniciales del contingente hispano presente en la isla. Una vez recuperada la iniciativa, Ponce enviaba regularmente a sus capitanes como fuerza de choque contra los caciques, concurriendo él mismo con refuerzos más tarde si era necesario. Así, el capitán Diego de Salazar derrotó al cacique Mabodamacá, que contaba con seiscientos hombres, haciéndole ciento cincuenta muertos. Tras huir a la provincia de Yagueca, los indios, nada menos que once mil según Gonzalo Fernández de Oviedo, fueron contenidos por las tropas de Juan Ponce de León, apenas ochenta hombres, gracias al uso de la formación en escuadrón y las armas europeas, ventaja que les permitió escaramucear con ellos sin demasiado peligro mientras fortificaban su posición; aunque los indios lanzaron algunas acometidas, las tropas hispanas supieron mantenerse unidas, mientras que los indios se retiraban a distancia prudencial del alcance de los disparos de arcabuz. Tras morir de un disparo el cacique Agueybaná, la resistencia fue reduciéndose hasta desaparecer, salvo las ocasionales incursiones de los feroces caribes. Hasta aquí Antonio de Herrera; en su versión de los hechos, el cronista Fernández de Oviedo señala que Ponce de León, ante el tamaño del ejército aborigen,
como la misma noche fué bien escuro, se retiró para fuera el gobernador, e se salió con toda su gente, aunque contra voluntad e parescer de algunos, porque parescía que de temor rehusaban la batalla; pero en fin, a él le paresció que era tentar a Dios pelear con tanta moltitud e poner a tanto riesgo los pocos que eran, y que a guerra guerreada, harían mejor sus hechos que no metiendo todo el resto a una jornada (Fernández de Oviedo, 1959, I: lib. XVI, caps. IX-X. Oliva de Coll, 1974: 46-47. Herrera, 1601, I, VIII: 283-286).
A partir de 1507, pero sobre todo desde 1509, comenzó a organizarse el envío de indios de paz capturados en las Lucayas (Bahamas) en dirección a las llamadas Antillas Mayores: primero La Española y, poco más tarde, a Puerto Rico y Cuba. Con la excusa de la resistencia mostrada, cualquiera de los habitantes de las islas inútiles, denominadas tan despectivamente por no haberse encontrado oro en ellas, era susceptible de ser esclavizado. La Corona, en 1511, incentivó aquellas capturas alegando que los indios serían instruidos en la fe. Desde La Española, pues, se saquearon las Lucayas intensamente entre 1512 y 1516. Era un gran negocio. Todavía en la década de 1530 se organizaban expediciones esclavistas y la Corona, a pesar de su ocasionalmente cacareada política indigenista, cobraba puntualmente todos los impuestos estipulados (Mira, 2009: 298 y ss.). Y, con todo, la guerra desatada en el propio Puerto Rico había encontrado su manera de financiarse, dado que los prisioneros capturados eran vendidos como esclavos, no sin que antes se les marcara en los brazos y en la frente una F, por Fernando el Católico, claro está (Cassá, 1992: 26-227). En efecto, siguiendo a Jennifer Wolff, todavía en 1515 los españoles arrasaban conucos en la sierra, señal de que los alzados no habían sido suprimidos. La guerra sirvió de pretexto para la captura de esclavos, y el Gobierno de Juan Cerón (1511-1513) se caracterizó por ser «de cacería humana en la selva tropical». El propio rey Fernando había dejado claro el tono de aquella guerra ya a mediados de 1511: «[…] les haréis guerra a sangre y fuego, procurando matar los menos que se puedan y tomando los otros […] enviando luego a La Española cuarenta o cincuenta para que sirvan como esclavos». Y en los siguientes años, siempre que fuese necesario, la Corona repetiría la orden de esclavizar a los alzados. Según las estimaciones de la autora, entre 1510 y 1513 se vendieron en pública almoneda no menos de mil doscientos cuarenta y cuatro esclavos (Wolff, 2013-2014: 237, 239).
No obstante, el área de las Antillas Mayores no era un lugar del todo seguro. En verdad, tras su aventura de 1513, en la que descubrió Florida, Juan Ponce de León fue nombrado capitán general de Puerto Rico, pues ahora su cometido era proteger la isla de los ataques de los indios caribes, mientras se seguían organizando cabalgadas, como las ya señaladas que se efectuaban en el norte de África, en los territorios aledaños a Puerto Rico, y donde se capturaban para hacerlos esclavos tanto a caribes como a taínos (Cassá, 1992: 229-230). En 1528, una partida de caribes de la isla Dominica atacó Puerto Rico y se llevó preso a uno de sus vecinos, Cristóbal de Guzmán, así como a varios indios de su encomienda y esclavos. La familia de Guzmán y el cabildo de San Juan organizaron una expedición punitiva con doscientos hombres, al mando de Juan de Yucar, con el propósito de costearla con los esclavos que se hiciesen. Tras un viaje dificultoso, una primera incursión en tierra de Dominica les valió ochenta esclavos, mientras el capitán Yucar dio orden, una vez conocida la muerte de Cristóbal de Guzmán, de que «hiciesen la guerra a aquellos indios, y que al que no pudiesen haber vivo para esclavo y aprovecharse de él, le dieren la más cruel muerte que les pareciese, y todo lo que pudiesen destruir y arruinar lo destruyesen y arruinasen». Así se hizo, y mientras el capitán Vázquez con cuarenta hombres atacaba un poblado, donde «muchos mató a cuchillo, y muchos quemó vivos en los bohíos», el propio Juan de Yucar arremetió contra una pequeña flotilla de canoas, pasando también a cuchillo a los habitantes de un poblado cercano. Un día más tarde, Yucar probó un desembarco con ochenta de sus mejores hombres, llevando delante de sí a seis de ellos a distancia de un tiro de arcabuz para evitar emboscadas. Tras cuatro días de avance por el interior, en los que quemaron una treintena de asentamientos deshabitados, al quinto toparon con una posición firmemente defendida, y Juan de Yucar decidió retirarse hacia la costa colocándose él y sus veinte mejores hombres en la retaguardia. En todo momento fueron acometidos por los indios, pero estos no pudieron derrotarlos. No obstante, tras descansar la hueste algunos días en la costa, donde les esperaban dos bergantines y una carabela, los caribes les atacaron tomándolos desprevenidos: con diez piraguas los dos bergantines hispanos recibieron daños, sobre todo uno en el que murieron veinticinco de sus tripulantes flechados; Juan de Yucar apenas si pudo reaccionar, atacando las embarcaciones enemigas desde el segundo bergantín y la carabela. Al fin y a la postre, mientras los bergantines regresaron a Puerto Rico con sus esclavos, los hombres de la carabela permanecieron en la Dominica intentando hacer un botín a toda costa (Aguado, 1956-1957, I: lib. iv, caps. XXV-XXVII).
Juan de Esquivel recibiría órdenes directas de Diego Colón hijo, virrey de La Española desde 1509, para ocupar Jamaica a partir de idéntica fecha. Con un contingente de sesenta hombres, Esquivel, que no encontró oro, se dedicó a la caza y captura de los esquivos taínos, quienes se refugiaban en los bosques, mediante el uso de jaurías de perros (Cassá, 1992: 230-232).
* * *
Mientras las conquistas de Puerto Rico (1508) y Jamaica (1509) siguieron el protocolo ya establecido en La Española, lo ocurrido con los gobernadores Alonso de Ojeda (1466-1516) y Diego de Nicuesa (1477-1511) —ambos con experiencia en la conquista de Santo Domingo— en Veragua (o Castilla del Oro) y Nueva Andalucía (Urabá) a partir de 1510 sirve, hasta cierto punto, como compensación a favor de los indios de los muchos males causados en otras partes. Aunque contradiciéndose, ya que siempre había asegurado la indefensión de los indios, como hemos visto, el padre Bartolomé de las Casas comenta cómo los indios flecheros envenenaban sus saetas en aquellas tierras, causando estragos no conocidos hasta entonces en las filas hispanas. Así, Alonso de Ojeda, tras comenzar la campaña con la derrota de los indios caramairí, a quienes esclavizó, y con la quema de algunos notables atrapados en sus bohíos, comenzó a perder hombres de manera dramática —setenta, incluyendo a Juan de la Cosa (1449-1510)26, en un encuentro en la localidad de Turbaco—, viéndose en la obligación de contactar con el grupo de Nicuesa. No fue un caso aislado. Rodrigo de Colmenares, un veterano de las primeras campañas italianas del Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, quien salió en 1510 de La Española para socorrer a Nicuesa y los suyos, tuvo cuarenta y tres muertos —o bien cuarenta y siete— por flecha envenenada en un enfrentamiento con indios en la zona de Paria (Mártir de Anglería, 1989: 110-111. López de Gómara, 1991: cap. LIX). Ojeda y Nicuesa, con cuatrocientos hombres, quienes atacaron por tres lugares a la vez, destruyeron Turbaco a sangre y fuego como represalia, no perdonando a ningún habitante. El cronista Francisco López de Gómara señaló cómo los indios cayeron víctimas del fuego o del «cuchillo de los nuestros, que no perdonaron sino a seis muchachos». Según Gonzalo Fernández de Oviedo, Diego de Nicuesa, la noche anterior al asalto, dio órdenes rigurosas a sus hombres de no hacer prisioneros, prohibiéndoles también que perdiesen el tiempo intentando procurarse un botín: solo anhelaba ver el asentamiento arrasado. Poco después, siendo ya conocido por todos los indios cómo las gastaban los españoles, aquellos apenas se dejaban ver, jugando con sus flechas envenenadas contra estos, quienes irían muriendo lentamente de hambre, cansancio y enfermedades en el territorio más inhóspito que hasta entonces habían hollado sus pies. Según el padre Las Casas, de los setecientos ochenta y cinco hombres de la expedición de Diego de Nicuesa —quinientos ochenta para el teniente de Nicuesa, Rodrigo de Colmenares— apenas si cuarenta y tres restaron en el territorio en los años en activo de Vasco Núñez de Balboa (1475-1519). Mientras que de los trescientos comandados por Alonso de Ojeda —o bien doscientos veinte, según Colmenares—, solo treinta o cuarenta sobrevivieron, entre ellos Francisco Pizarro. Más tarde, con el refuerzo que llevó consigo Rodrigo de Colmenares, unos sesenta hombres, el número de españoles a disposición de Balboa subiría a ciento cincuenta27.
Sobre la conquista del Darién a partir de 1511 —Balboa sería designado gobernador interino del territorio por Fernando el Católico el 23 de diciembre de dicho año—, el padre Las Casas reseñó cómo
la costumbre de Vasco Núñez y compañía era dar tormentos a los indios que prendían, para que descubriesen los pueblos de los señores que más oro tenían y mayor abundancia de comida; iban de noche a dar sobre ellos a fuego y sangre, si no estaban proveídos de espías y sobre aviso.
Pero es asimismo interesante constatar cómo, en su caso, la falta de efectivos hispanos obligaba a endurecer la política de uso del terror indiscriminado por imperativo militar. Para la historiadora Bethany Aram, la política indígena de Núñez de Balboa fue «una mezcla de cooperación, intimidación y brutalidad», en la que este no dudó en torturar, ahorcar o echar a los perros a todos aquellos nativos que se negasen a proporcionar oro. Y de forma inteligente señala: «Tales acciones, aunque crueles, reforzaban la lealtad de sus aliados nativos y españoles. Es posible que incluso hubieran aumentado el interés por conservar su amistad» (Aram, 2008: 51-55). Lógico, era justamente eso lo que se pretendía. Asimismo, Carmen Mena reconoce cómo el método de actuación habitual de Núñez de Balboa consistía, una vez habían sido convenientemente aterrorizados los caciques invadidos «con un gran despliegue de fuerzas y con prácticas muy crueles», en ofrecerles su amistad y protección, que podía alcanzar hasta la cooperación militar para enfrentarse a otros caciques enemigos de los primeros (Mena, 2011: 155-157). Así, mientras Núñez de Balboa se veía obligado a operar con ciento treinta hombres contra Chima, el cacique de Careta —aunque Francisco Pizarro y seis de los suyos se enfrentaron a cuatrocientos indios, matando ciento cincuenta, según el padre Las Casas, circunstancia muy poco creíble—, y con ochenta para hacer lo propio contra el cacique de Ponca, lo cierto es que demandaría a Diego Colón hijo (c. 1482-1526), por entonces virrey y gobernador de las Indias, hasta mil efectivos para proseguir su conquista. Sin ningún rubor, Núñez de Balboa le señaló a este cómo había ahorcado ya a treinta caciques y habría de ejecutar de la misma manera «cuantos prendiese, alegando que porque eran pocos no tenían otro remedio hasta que les enviase mucho socorro de gente» (Las Casas, 1981, II: 576). En la provincia de Dabaibe, por ejemplo, tras llegar a oídos de Núñez de Balboa la existencia de un complot para acabar con todos ellos, consiguió adelantárseles y, dividiendo a sus hombres en dos grupos, tras hacer prisioneros a numerosos caciques, mandó colgarlos sin excepción
delante [de] todos los captivos, porque esta fue y es regla general de todos los españoles en estas Indias, observantísima, que nunca dan vida a ningún señor o cacique o principal que a las manos les venga, por quedar, sin sospecha, señores de la gente y de la tierra (Las Casas, 1981, II: 584).
Pedro Mártir de Anglería asegura que Rodrigo de Colmenares, al mando del segundo grupo, actuó de forma parecida: tras atrapar a algunos caciques, ahorcó al principal de un árbol y lo hizo asaetear a la vista de los indios de su pueblo, mientras terminaba por colgar al resto tras fabricar un patíbulo. El resultado fue el esperado: «Impuesta esta pena a los conjurados, infundió tanto miedo en toda la provincia, que ya no hay uno que se atreva ni siquiera a levantar el dedo contra el torrente de ira de los nuestros» (Mártir de Anglería, 1989: 130). Antonio de Herrera repite casi las mismas palabras, pero introduce, una vez aprovechadas las operaciones narradas, la idea de la sagacidad militar, en la que como es obvio destacaba Balboa, siendo este promocionado a excelente soldado: entre otras cosas, dirá Herrera de él que «siempre peleó más con el consejo y buen gobierno, que con las armas, y fortaleza», y, al mismo tiempo, «en todos los trabajos llevaba la delantera, como imitador de los antiguos Capitanes Romanos» (Herrera, 1601, I, X: 304 y Herrera, 1601, II, II: 49). Francisco López de Gómara relata cómo un soldado de Núñez de Balboa, herido en una reyerta con indios del cacique Abenamaque, una vez cautivo este «le cortó un brazo después de preso, sin que nadie lo pudiera estorbar: cosa fea y no de español» (López de Gómara, 1991: cap. LXI).
Otra de las técnicas coactivas consistía en tomar rehenes entre los caciques y sus familias para terminar de domeñar la resistencia de un territorio. Como nos recuerda Carmen Mena, «los españoles lo habían practicado con los musulmanes durante los siglos de la Reconquista. No inventaban nada nuevo» (Mena, 2011: 158).
Siguiendo el relato del padre Bartolomé de las Casas, el uso de los perros de presa —que también fueron muy importantes en la conquista de Puerto Rico y previa a ella en La Española y Canarias— lo asocia en especial con la expedición que culminaría con el hallazgo del Mar del Sur en septiembre de 1513. Portando consigo unos ciento noventa hispanos y ochocientos indios de apoyo, Núñez de Balboa sojuzgó al cacique Quareca, en cuya tierra murieron en batalla unos seiscientos indios, siendo otros ajusticiados mediante aperreamiento: los famosos cuarenta sodomitas, aunque la justificación de dicha crueldad, sin duda, estuvo mediatizada por los prejuicios de la época; casi cincuenta sodomitas ejecutados señala Gonzalo Fernández de Oviedo, quien, como sabemos, alaba en especial la trayectoria como caudillo de Núñez de Balboa: «Y de aquella escuela de Vasco Núñez salieron señalados hombres y capitanes […]», para otras conquistas (Fernández de Oviedo, 1959, III: lib. X, cap. V). Pedro Mártir de Anglería añade que la batalla duró poco rato, habida cuenta de la diferencia del armamento, si bien la matanza se extendió, al dar pronto la espalda los indios, un buen trecho de terreno. «Como en los mataderos cortan a pedazos las carnes de buey o de carnero, así los nuestros de un golpe quitaban a este las nalgas, o a aquel el muslo, a otros los hombros; como animales brutos perecieron seiscientos de ellos, junto con el cacique» (Mártir de Anglería, 1989: 165).
Desde entonces, tanto en la tierra del señor de Chiapes como en la de Pacra, se aterrorizaba a los indios con la perspectiva de ser ejecutados de manera tan terrible. La fama les precedía, a decir del padre Las Casas. De esta forma, los indios huidos para evitar tener que servir al amo hispano eran obligados a ponerse a su disposición. La negativa del cacique Pacra en señalar las fuentes del oro, escaso, que poseía su gente se saldó con su ajusticiamiento y el de otros tres indios principales mediante aperreamiento —«Hízolo, en fin, echar a los perros con los otros tres señores que habían venido a acompañallo, que los hicieron pedazos, y después de muertos por los perros, hízolos quemar»— (Las Casas, 1981, II: 602). En la versión de estos hechos de Francisco López de Gómara, el cacique Pacra fue aperreado no solo por su negativa a ceder información sobre el oro, sino por algunas acusaciones de tiranía vertidas contra él por sus súbditos. Así, Balboa se transforma en fuente de justicia para los aborígenes (López de Gómara, 1991: cap. LXIV). Como nos recuerda Carmen Mena, Gonzalo Fernández de Oviedo también hizo mención de las crueldades de Balboa para con los indios, a quienes, como se ha señalado, no dudaba en torturar para conseguir su oro arrojándolos a los perros de presa, además de apoderarse de sus mujeres, una práctica que sus hombres seguirían sin ninguna cortapisa. Por todo ello, no se puede dudar que la expedición descubridora del Mar del Sur degeneró en una invasión del territorio «en toda regla y estaba animada por la mayor crueldad» (Mena, 2011: 186-187).
En cuanto los indios exhibían una cierta disciplina y un cierto nivel táctico, además de su arrojo, los problemas para la hueste conquistadora se incrementaban. Cuando no era así, la victoria no solía estar comprometida, sobre todo si no tenían que vérselas con la flecha envenenada. En particular, en el Darién, en 1511, parte de la hueste de Núñez de Balboa se enfrentó a quinientos hombres de los caciques Abibaibe y Abraibe. La táctica hispana consistió, una vez embistieron los aborígenes, en lanzarles saetas con sus ballestas para, inmediatamente después, desbaratarlos utilizando las picas; una vez roto el frente de los indios, entraron en ellos espada en mano. La mortandad fue enorme. Los supervivientes serían esclavizados. Su mayor lastre fue carecer de la flecha envenenada. Como asegura Pedro Mártir de Anglería, sus armas eran espadas de madera, palos chamuscados y lanzas, «mas no con saetas, pues la gente de los golfos occidentales no pelean con arcos», a diferencia de los indios del golfo de Urabá. Los españoles no parece que dispusieran de armas de fuego portátiles entonces (al menos no se citan en las crónicas). En cambio, sí las tenían en 1513. Tras descubrir el Mar del Sur (océano Pacífico), Núñez de Balboa derrotó a los hombres de Chiapes: la táctica consistió en dispararles primero y, seguidamente, soltar la jauría de perros de combate contra ellos. Luego, se les atacó «en escuadrón cerrado, y guardando las filas al principio; después sueltos alcanzan a muchos, matan a pocos y prenden al mayor número, pues se habían propuesto conducirse amigablemente y explorar aquellas tierras en paz» (Mártir de Anglería, 1989: 124, 128, 166-167). López de Gómara coincide en señalar la actitud clemente de Núñez de Balboa, quien buscaba «ganar crédito de piadoso». Los indios no aguantaron el empuje hispano, huyendo «de miedo de los perros, a lo que dijeron, y principalmente por el trueno, humo y olor de la pólvora, que les daba en las narices». Chiapes fue advertido de que se le haría guerra a sangre y fuego si no aceptaba la paz ofrecida y hubo de claudicar (López de Gómara, 1991: cap. LXII).
Tras la llegada de Pedrarias Dávila (c. 1440-1531) como gobernador general al territorio en 1514 —veterano de la guerra de Granada, Dávila, entre 1508 y 1511 participó también en las campañas norteafricanas promocionadas por el cardenal Cisneros—, acompañado oficialmente por mil doscientos cincuenta hombres de los que morirían muchos al poco tiempo, la ineficaz política hispana del momento, con el nombramiento de adelantado del Mar del Sur y gobernador de Panamá y Coiba para Vasco Núñez de Balboa en 1515, solo conduciría al enfrentamiento entre ambos, saldado por último en 1519 con el ajusticiamiento del segundo (Aram, 2008: 132 y ss.). La competencia, en cualquier caso, se instaló entre ambos caudillos. Y a partir de 1515, cuando se intentó controlar la costa de Nueva Andalucía y las pequeñas Antillas, territorio de los caribes, las cosas no marcharon tan bien. Diversas expediciones enviadas por Pedrarias Dávila fueron quebrantadas: Juan Solís fue muerto junto con todos los hombres que desembarcaron con una chalupa en la isla de Guadalupe. Juan Ponce fue rechazado cuando intentó desembarcar asimismo en Guadalupe. El terror a la flecha envenenada era muy grande. Desde el Darién, Pedrarias Dávila envió a Francisco Becerra —decía de él Gonzalo Fernández de Oviedo que era un veterano (baquiano) «e hizo más crueldades que ninguno», trayendo siete mil pesos de oro y trescientos esclavos en su primera entrada. Más tarde fue enviado hacia Urabá con doscientos hombres (Fernández de Oviedo, 1959, III: lib. X, cap. X)— con ciento cincuenta hombres —ciento ochenta dice Las Casas— bien pertrechados hacia territorio de Turufey, donde había operado Alonso de Ojeda: llevaban consigo tres bombardas, cuarenta ballesteros —arqueros dice P. Mártir de Anglería— y veinticinco escopeteros «[…] para que desde lejos puedan herir a los caribes, que pelean con flechas envenedadas». Otro capitán, Francisco de Vallejo, actuó en Urabá, pero por una zona distinta a la asignada a Francisco Becerra. Tuvo peor suerte: de setenta hombres los caribes le mataron cuarenta y ocho. En vista de tales peligros, no es de extrañar que, en su momento, Núñez de Balboa hubiese demandado permiso a Fernando el Católico para exterminarlos en la hoguera: «[…] estos indios del Caribana tienen merecido mil veces la muerte, porque es muy mala gente y han muerto en otras veces muchos cristianos […] y no digo darlos por esclavos según es mala casta, más aún mandarlos quemar a todos chicos y grandes, porque no quedase memoria de tan mala gente» (citado en Pereña, 1992b: 42).
Necesitando explorar mejor el occidente del Darién, el incansable gobernador Pedrarias Dávila enviará diversos contingentes con tal propósito: Gonzalo de Badajoz llevaba ochenta hombres, Luis Mercado cincuenta. Tras devastar al menos un poblado, el del cacique Pananomé, del resto de la tierra consiguieron acumular hasta ochenta mil castellanos en oro mediante el trueque y la violencia. Pero, confiados, se dejaron rodear en territorio del cacique Pariza: este mató a unos setenta hombres y el resto pudo huir sin oro y sin sus esclavos —llevaban cuatrocientos—. Muy pocos regresaron. Dicha circunstancia exigió la obligatoria respuesta militar, que consistió en devastar las comarcas que atravesaron en su retorno al Darién (Mártir de Anglería, 1989: 241 y ss. Las Casas, 1981, III: 64-70).
Asimismo, Tello de Guzmán fue despachado hacia el poniente del Mar del Sur para explorar sus posibilidades. Tras entrar en el pueblo de Tubanamá, ya arrasado por Juan de Ayora —tiempo atrás, Ayora, con cuatrocientos hombres, atacó las provincias de Ponca, Comagre y Tubanamá, territorio de los indios Cuevas. Carmen Mena afirma: «Se torturaba a los indios para que hablasen y luego los asesinaban con una crueldad despiadada, ya fuera ahorcándolos en los árboles, echándoles a los perros para que los despedazaran o lanceándolos desde sus caballos» (Mena, 1992: 61)—, el grupo de Guzmán avanzó hacia Chepo y Chepancre «quemando y abrasando, matando y robando cuanto vivo hallaban; decían que por hacer venganza de un español que le mataron a la entrada». Pero a la postre regresaron al Darién sin conseguir gran cosa. En cualquier caso, la crítica de Gonzalo Fernández de Oviedo recaía, inmisericorde, sobre los hombres del rey en el territorio, Pedrarias Dávila y compañía, quienes recibían parte de los botines obtenidos sin castigar los excesos de ninguno de sus capitanes.
Por su parte, Gaspar de Morales viajaría con ochenta hombres en dirección al Mar del Sur con la intención de obtener perlas. Alcanzó la tierra de Tutibrá, entrando a saco en una zona previamente arrasada por la expedición de Francisco Becerra, y, seguidamente, la de Tunaca, cuyos habitantes se defendieron a causa de la mala fama que ya tenían los castellanos. Solo la intervención de algunos indios de apoyo logró que se hiciese la paz. Tras obtener un buen botín, el intento de los caciques de Tutibrá de organizar una conjura contra Gaspar de Morales se desarticuló con un ataque preventivo, diríamos, dirigido por Francisco Pizarro, que se saldó con setecientos muertos del lado aborigen. Diecinueve caciques del territorio fueron aperreados «[…] para diz que meter miedo en toda la tierra». El ataque sería preventivo, pero la solución se buscaba que fuese definitiva. Según el padre Las Casas, lo habitual en aquellas regiones era quemar los poblados, que ardían fácilmente al ser de paja, y tomar desprevenidos a sus habitantes. Una vez extinguido el fuego se escarbaba entre las cenizas para recuperar el oro que hubiese (Las Casas, 1981, III: 46 y ss.). En su retirada, Gaspar de Morales perdió veinticinco hombres, pero cuando la situación degeneró, «Morales no tuvo otra idea que la de ordenar pasar a cuchillo, de trecho en trecho, a todos los prisioneros que llevaba encadenados». Los indios, espantados, quedaron inertes, permitiendo la huida del grupo hispano. Noventa o cien indios fueron muertos tan cruelmente (Mena, 1992: 88. Fernández de Oviedo, 1959, III: lib. X, cap. X).
Tras muchos meses sin noticias de Francisco Becerra, el propio Pedrarias Dávila se puso, a finales de noviembre de 1515, al frente de una expedición de doscientos cincuenta hombres y doce caballos en dirección a las peligrosas tierras de Urabá y Cenú donde, además, apenas si se habían hallado buenos botines. Poco después, Dávila fundaba el puerto de Acla situado a veinte leguas de Santa María la Antigua y, en línea recta atravesando el istmo, justo enfrente de las islas de las Perlas ya en el Pacífico. Enfermo, Pedrarias Dávila se retiró a Santa María, no sin dejar un reducido contingente de quince hombres para levantar un fortín en Acla, mientras confiaba a Gaspar de Espinosa la continuación de la expedición.
La entrada de Gaspar de Espinosa en tierras de Comogre, Pocorosa y Chimán, que duró dos años, fue muy dura. Con doscientos infantes y diez caballos —trescientos infantes según Las Casas—, Espinosa se enfrentó a tres mil indios, que desmayaron al ver actuar los caballos. Una vez rota su formación, los infantes los diezmaron con sus espadas, escapando pocos del cautiverio. Como era habitual, Espinosa ordenó dar un escarmiento aperreando a unos, ahorcando a otros, cortando narices y manos. El franciscano Francisco de San Román fue testigo de los hechos, a partir del cual los conoció el padre Las Casas. En tierras de Comogre había quedado Benito Hurtado —Fernández de Oviedo lo calificó como «maltratador de indios y vicioso […] pues todo su intento era lujuriar y tomar a los indios sus mujeres e indias» (citado en Mena, 2011: 284)— con ochenta hombres en la localidad de Santa Cruz, una fundación del capitán Ayora. Estimulados por los consabidos excesos padecidos por los autóctonos, los caciques de Comogre y Pocorosa unieron sus fuerzas, devastaron el asentamiento hispano y «no dejaron con vida a hombre chico ni grande de todos aquellos del asiento». El licenciado Gaspar de Espinosa tomó cartas en el asunto tiempo después y, según su propia declaración, mandó quemar cinco caciques de la zona acusados de asolar el asentamiento de Santa Cruz (Mena, 2011: 200).
Tras arrasar Comogre y Pocorosa, la hueste de Espinosa se dirigió a Natá (en 1517), donde se hicieron fuertes construyendo un palenque de madera «que para contra indios era como Salsas para contra franceses», puntualiza el padre Las Casas. Se refería el dominico, claro está, a la fortificación mejorada a finales del siglo XV que protegía la entrada al Rosellón. Allá permanecieron cuatro meses abasteciéndose a costa de los indios. Más adelante, atacarían al cacique Escoria (o Escolia), al que derrotaron, y entraron en tierras del cacique Pariza (o Paris), buscando el oro perdido por Gonzalo de Badajoz. Espinosa envió a Diego Albítez con noventa hombres por delante, quienes frenaron tras mucho esfuerzo los envites del cacique Pariza y sus cuatro mil hombres. Pero una vez llegado Gaspar de Espinosa, cuando vieron los caballos y se soltaron los perros, todos los indios huyeron. Poco después arribó el capitán Valenzuela al mando de ciento treinta hombres como refuerzo. Gaspar de Espinosa pasó al territorio del cacique Quema, donde halló ochenta mil castellanos de los sustraídos por Gonzalo de Badajoz. En abril de 1517 regresó Espinosa a Acla con el dinero y dos mil esclavos. Bethany Aram ha encontrado nueva documentación de archivo que esclarece la expedición de Espinosa: si bien se puede criticar en algunos puntos lo aseverado por el padre Las Casas, lo cierto es que el propio Gaspar de Espinosa admitió que se habían producido algunas matanzas, si bien aseguraba que se debieron «al temor de los cristianos, al verse ampliamente superados en número» (Aram, 2008: 131). Carmen Mena, si bien reconoce que «todos los relatos de la época coinciden en señalar el régimen de terror impuesto por los capitanes de Pedrarias y sus métodos brutales a lo largo y ancho del territorio», se caracteriza no solo por no explicitarlos en demasía, sino que resalta algunas contradicciones de una de las principales fuentes, la crónica de Fernández de Oviedo, quien habitó en el territorio en cuestión, no lo olvidemos. Aunque tenía simpatías y antipatías, Gonzalo Fernández de Oviedo nunca dudó en señalar los excesos de los suyos. Cinco siglos más tarde parece que aún cuesta un tanto reconocerlos —o se procura, como se ha señalado, no cargar las tintas en demasía sobre los mismos— (Mena, 2011: 206, 282-289).
En agosto de 1517, una vez mejorada la posición de Acla, Vasco Núñez de Balboa partió con doscientos hispanos, trescientos esclavos africanos y numerosos indios del cacicazgo de Careta hacia el Mar del Sur. Núñez de Balboa tomó la terrible decisión de cortar madera en Acla para construir cuatro bergantines con los que explorar el golfo de San Miguel y el archipiélago de las Perlas en el Pacífico, como si en aquella costa no hubiese, posiblemente, madera de calidad. Además, también se hubo de transportar todos los aparejos y herramientas necesarios para construir y hacer navegables algunos barcos, aunque fuesen de pequeño tamaño. Tras un largo y temible camino de doce leguas, entre quinientos y dos mil indios sucumbieron a la hercúlea tarea. Además, no sirvió de nada, dado que los tablones aserrados en Acla se habían podrido. Núñez de Balboa fue reponiendo por el camino los indios muertos por el tremendo esfuerzo tras atacar a los caciques de la zona. Solo en octubre de 1518 se pudieron botar dos bergantines con los que Núñez de Balboa y cien hombres recorrieron las aguas del Pacífico, tomando algunos indios esclavos en tierras del cacique Chochama, mientras el resto de la expedición construía otros dos bergantines de mayor tamaño. Tras permanecer en la zona esperando noticias del relevo como gobernador de Pedrarias Dávila, finalmente Vasco Núñez de Balboa sería apresado y mandado ejecutar por aquel acusado de traición en enero de 1519 (Las Casas, 1981, III: 70-87; Mena, 1992: 92-113).
Según el testimonio del alavés Pascual de Andagoya (1495-1548), quien llegó al Darién en el séquito de Pedrarias Dávila en 1514, durante tres años, es decir, hasta 1517,
los españoles que iban hacia aquella parte a la tierra [Mar del Sur], y traían grandes cabalgadas de gente presos en cadenas […] Y como proveían por capitanes, por el favor de los que gobernaban, deudos e amigos suyos, aunque hubiesen hecho muchos males ninguno era castigado; y desta manera cupo este daño a la tierra hasta más de cien leguas del Darién […] En todas estas jornadas nunca procuraron de hacer ajustes de paz, ni de poblar: solamente era traer indios y oro al Darién, y acabarse allí (Andagoya, 1986: 86-87).
Una vez fundada la ciudad de Panamá en 1519, tres años más tarde el propio Andagoya recibió permiso para explorar hacia el este la provincia de Virú a partir de la provincia sometida de Chochama. Pascual de Andagoya consiguió derrotar a las gentes de Virú, que peleaban con paveses que les cubrían toda su anatomía, porque buscaron el cuerpo a cuerpo con la hueste hispana armada con espadas de acero y rodelas. Un accidente frustró la conquista de Andagoya, que, por consejo de Pedrarias Dávila, cedió sus derechos a Francisco Pizarro, Diego de Almagro y Hernando de Luque. El resto es historia (Andagoya, 1986: 97-99).
Asimismo, recién fundada la nueva posición de Panamá, en el Pacífico, Pedrarias Dávila envió a uno de sus más firmes colaboradores, Gaspar de Espinosa, con dos bajeles a tierras de Poniente. Espinosa alcanzó la provincia de Burica, en la costa de Nicaragua (hoy en día Panamá), y más tarde la de Huista por tierra, enviando comida a Panamá, donde hacía mucha falta, mientras los bajeles descubrían aquellas costas. Seguidamente avanzaron por tierras de Tobreytrota y Natá, entrando en Veragua. En todo aquel camino se significó el capitán Francisco Pizarro, quien, a decir del padre Las Casas, «con el terror de las crueldades que hacía, los [indios] que no pudieron defenderse o esconderse o huirse, viniéronse a subjetar y ponerse en sus manos». Fue una buena escuela. Para moverse por aquellas tierras, cuya costa atlántica descubriese el almirante Colón en su cuarto viaje, Bartolomé de las Casas nos recuerda que por cada soldado hispano se necesitaban diez indios, mujeres y hombres, para su servicio y el transporte de cargas insoportables. El cacique Urraca, de Veragua, fue el único que les pudo hacer frente gracias a «la aspereza de la tierra, que no se podían bien aprovechar de los caballos, y donde esto hay en aquellas Indias, mucho menos pueden los españoles contra los indios y no hobieran tan presto asolándolos» (Las Casas, 1981, III: 392-393).
Tras comprobar la fertilidad y el mucho oro de aquellas tierras, Gaspar de Espinosa dejó atrás a Francisco Compañón con cincuenta hombres y dos caballos por orden de Pedrarias Dávila, mientras ambos trataban en Panamá sobre la colonización del territorio de Natá, comarcano de Veragua. El cacique Urraca trató de tomar desprevenido a Compañón, quien se defendió, pero no sin demandar ayuda urgente. El gobernador Pedrarias Dávila envió por mar a Hernán Ponce con cuarenta hombres en apoyo de Compañón, mientras él mismo avanzaba por tierra con ciento sesenta hombres, dos caballos y algunos tiros de artillería. Tras alcanzar la posición de Compañón, dejó allá treinta hombres de Hernán Ponce mientras con el resto de sus tropas se lanzó a buscar la batalla con Urraca. Este se hizo fuerte en tierra del cacique Exquegua, una posición poco favorable para el uso de los caballos, dice el padre Las Casas, pero ya hemos visto cómo, según su testimonio, solo llevaban dos, pues sin duda por entonces había quedado bien claro que aquel no era un país para jugar con la caballería. Según Las Casas, tras luchar durante cuatro días, la clave del triunfo estuvo en el uso que se hizo de las armas de fuego, y en el hecho que las armas de los indios causaban heridas, pero no muertes entre los hispanos. Con todo, Urraca pudo escapar, siendo acosado por las tropas de Pedrarias Dávila. Tras enviar tras él al capitán Diego de Albítez con cuarenta hombres, Urraca los derrotó, quedando casi todos heridos. Poco después, el mismo Albítez lo envistió con sesenta hombres, resultando de la misma manera heridos casi todos, pero rechazando al cacique Urraca. Sin duda, la orografía estaba del lado de los indios. Por ello, la técnica empleada, como ya hemos visto, consistió en enviar numerosas cuadrillas a operar por varias zonas al mismo tiempo, impidiendo así el apoyo de unos indios a otros; tales cuadrillas fueron «robando y quemando y asolando y cautivando cuanto y cuantos hallaban […] y así quedó toda aquella tierra lastimada y menoscabada, despoblada y la gente della huía por los montes amedrentada, dejados los muchos muertos y cautivos que della faltaban» (Las Casas, 1981, III: 394-399).
Tras muchos años de violencia, con numerosas muertes de ambas partes, por último el cacique Urraca jamás fue derrotado, si bien su mundo fue destruido para siempre. Como refirió Gonzalo Fernández de Oviedo, cuando hizo mención de las entradas efectuadas en el Darién, lo que sus compatriotas «llamaban pacificar era yermar e asolar e matar e destruir la tierra de muchas maneras, robando e acabando los naturales de ella» (citado en Medin, 2009: 61).
3
EL MUNDO DE LOS CONQUISTADORES: ARMAS Y TÁCTICAS
Sin duda, no solo el armamento utilizado, sino también las tácticas empleadas en los combates frente a unos grupos humanos diferentes a los que se combatía habitualmente hubieron de adaptarse con rapidez a tales circunstancias. A las luchas en la frontera sur peninsular y en el ultramar más cercano, ya fuese el norte de África o las Canarias, pronto se les sumaron, casi sin solución de continuidad y como se ha visto, las experiencias habidas en las Antillas y en el istmo panameño. De esa forma, antes de iniciarse el conflicto por la conquista del Imperio mexica a partir de 1519, los españoles habían acumulado una experiencia de algo más de medio siglo de combates frente a un enemigo no europeo, si bien la lucha contra el islam no dejaba de ser algo muy recurrente en el ethos bélico hispánico. Con todo, las nuevas experiencias marciales vividas a raíz del estallido de las guerras de Italia desde 1494 de igual forma iban a marcar notablemente las primeras generaciones de hombres que peleasen en las Indias. Pero queda claro que sin las experiencias relatadas en las páginas anteriores hubiera sido muy difícil afrontar las posteriores conquistas que habrían de venir.
EL OFICIO DE LAS ARMAS
Mucho se ha escrito sobre las armas europeas y la invasión y conquista de América28. A priori, parece obvio que para hacer la guerra los europeos, en este caso los castellanos, estaban mejor preparados tecnológicamente que los mesoamericanos o los incaicos, y a una distancia abismal del resto de los amerindios. Por otro lado, los caballos de guerra —descritos por el cronista Lucas Fernández de Piedrahita como «el nervio principal de nuestras fuerzas en las partes que pueden aprovechar á sus dueños»; «no teníamos, después de Dios, otra seguridad sino la de los caballos», dirá Hernán Cortés; en los terrenos donde los españoles podían aprovechar sus caballos «[…] todo lo asegura y deshace», señala Bernardo de Vargas Machuca— parecen fundamentales29. También fray Pedro Simón señalaba que muchas victorias se conseguían «por llevar muchos y buenos caballos los nuestros, que son los nervios y fuerzas de la guerra, donde se pueden servir de ellos en las que se tienen con estos naturales» (Simón, 1627, IV: cap. XIV). Y el padre Pedro Aguado comentaba: «[…] son la fuerza principal para la guerra y amparo de los españoles, porque es ya cosa muy averiguada en las Indias que adonde no se llevan caballos para la guerra de los indios no puede dejar de haber gran riesgo y peligro y trabajo demasiado para los españoles» (Aguado, 1956-1957, II: lib. VIII, cap. III). ¿Pero fue su número realmente decisivo? Esteban Mira se ha referido a la caballería como «la base de las huestes». Era un arma «absolutamente insalvable para los indios. Su movilidad y su posición dominante hacía que un hombre a caballo hiciese por diez españoles de a pie y por medio millar de indios. Las tribus indígenas sucumbían una detrás de otra a la ofensiva de la caballería». Pero, más adelante de su escrito, el autor se contradice un tanto cuando asegura que «muy pocos españoles pudieron disponer en los primeros años de estos équidos». Sin pretender subestimar el concurso de los caballos, relativamente escasos, que participaron en las primeras fases de la conquista, las más trascendentes, pues estamos convencidos del choque psicológico que significaron al inicio de toda operación militar, lo cierto es que Esteban Mira parece incidir sobre todo en la limitada capacidad militar de los indios en sus enfrentamientos con la poderosa maquinaria militar hispana, lo que, de hecho, no deja de ser la explicación tantas veces expuesta por el padre Las Casas como causa fundamental para revelar el porqué de tan fácil, rápida y cruenta conquista (Mira, 2009: 207 y ss.). Mi posición sería, más bien, considerar, como ya se ha expuesto, que la guerra fue muy difícil de ganar, entre otras razones porque jamás se contó con una «caballería» a la altura de la de los ejércitos europeos de la época, de ahí la necesidad de recurrir sistemáticamente a las más diversas prácticas atemorizantes, además de a los indios aliados. Con todo, soy consciente de testimonios como el de Pedro Cieza de León, quien aseguraba que los poco menos de cuarenta caballos que acompañaban a Francisco Pizarro en su primera acometida peruana eran «fuerza grande para la guerra de acá, porque sin ellos no se podrían sojuzgar tantas naciones». Y en el caso de la campaña de Sebastián de Belalcázar en tierras de lo que sería Ecuador, el mismo Cieza de León señala «que la fuerza de la guerra y quien la ha hecho a estos indios, los caballos son» (Cieza de León, 1984, III: 259 y 299). A nadie se le escapaba su importancia, y menos a los propios españoles. En tierras de Santa Marta, en Nueva Granada, el hecho de que los contumaces habitantes aborígenes no solo se negaran a aceptar la presencia hispana, sino que comenzasen a matar en los campos, cuando pacían, los caballos de sus enemigos llevó, tras la correspondiente petición del cabildo de Santa Marta, a la Corona, a finales de 1532, a declararles la guerra «a sangre y fuego» y a proclamarlos susceptibles de ser esclavizados en caso de apresarlos (DIHC, 1955, II: 351-352).
Sin duda, el caballo produjo una cierta sensación inicial, pero no fue la causa única y cardinal de la derrota aborigen a pesar de algunos testimonios: como señalaba el padre Aguado, en la conquista de las tierras de Zenú,
los indios siempre en la primera vista que con los españoles tienen, se les acercan y se juntan con ellos muy bestialmente y sin ninguna orden, pareciéndoles que son gentes inferiores a ellos, pero después que son lastimados con sus espadas y atropellados con los caballos, sin ser ellos poderosos para damnificar a los españoles, cobran gran temor, el cual pocas veces pierden y les parece que todo el daño que han recibido se lo han hecho los caballos, y así tiemblan de ver su terrible aspecto, y así hace más un solo caballo en una guazabara que muchos soldados (Aguado, 1956-1957, II: lib. VIII, cap. X).
No hay que abusar de los choques psicológicos: los tlaxcaltecas mataron tres caballos en las escaramuzas iniciales contra las tropas de Cortés y este hubo de disimular como pudo «la pena que tuvo de que los indios hubiesen entendido que los caballos eran mortales» (Herrera, 1601, II, VI: 181); cuando se atacó Cholula, en la ciudad se habían preparado trampas para los caballos. Los cachiqueles de Guatemala también lo hicieron: «Abrieron pozos y hoyos para los caballos y sembraron estacas agudas para que se mataran» (cita del Memorial de Sololá en Vallejo, 2008, I: 482, n. 381). En la llamada Noche Triste (la huida de Cortés y los suyos de México-Tenochtitlan el 30 de junio de 1520), los caballos de Hernán Cortés fueron atacados en las calzadas de Tenochtitlan «con lanzas muy largas que habían hecho [los mexicas] de las espadas que nos tomaron, como partesanas, mataban los caballos con ellas» (Díaz del Castillo, 2011: cap. CXXVIII). En la conquista de Paraguay, los guaycurúes huyeron como los que más ante la primera visión de los caballos y el espanto que les causaron, pero ese miedo no fue eterno. Al menos uno de ellos no perdió el brío, y según el testimonio del propio Alvar Núñez Cabeza de Vaca, «se abrazó al pescuezo de la yegua en que iba el caballero, y con tres flechas que llevaba en la mano dio por el pescuezo a la yegua, que se lo pasó por tres partes, y no se lo pudieron quitar hasta que allí lo mataron» (Roulet, 1993: 98).
Desde luego, no todos los historiadores contemporáneos se han dejado llevar por esas ilusiones psicológicas. Ross Hassig desde luego no lo hace cuando señala: «[…] los españoles eran tan pocos, y los aztecas tan flexibles en sus respuestas que la mayor parte de esta tecnología [barcos, cañones, armas de fuego, ballestas, espadas de acero…] no fue decisiva» (Hassig, 1992: 163-164). También pensaba así J. H. Parry cuando aseveraba: «La posesión de armas de fuego era naturalmente un factor importante, pero probablemente no decisivo». Parry aseguraba asimismo que los caballos fueron más importantes que las armas de fuego en la conquista, aunque inmediatamente recuerda que la mayor parte de los hombres eran infantes armados con espada, pica y ballesta, y si bien tenían la ventaja del acero sobre la piedra, «[…] no eran un ejército europeo bien equipado que luchaba contra una horda de salvajes indefensos» (Parry, 1966: 95-96).
Quizás, más que como arma, al caballo cabría entenderlo como una ilusión para muchos guerreros aborígenes: quien pudiese matarlo, y sobre todo capturarlo y ofrecerlo a sus dioses, alcanzaría un gran prestigio. En todo caso, hubo más caballos en Perú, donde, por cierto, el terreno era menos apto para ellos, que no en la conquista de México, y muchos más proporcionalmente en Chile (donde no fueron del todo decisivos, ya que la guerra se hizo eterna) o en el intento de conquistar Florida por parte de Hernando de Soto (quien incorporó trescientos cincuenta en su hueste). Del mismo modo, en los primeros compases de la conquista de Perú procuró Pizarro disimular la muerte de algún caballo, aunque bien pronto pudieron colegir sus hombres cómo los indios temían tanto a sus caballos como «el cortar de las espadas». Por ello, algunos de los ciento setenta compañeros que seguían a Pizarro comenzaron a murmurar al iniciar la ascensión a la sierra, «porque con tan poca gente se iba a meter en manos de los enemigos; que mejor hubiera sido aguardar en los llanos, que no andar por scierras, donde los caballos valen poco» (Cieza de León, 1984, III: 269-272). Inca Garcilaso de la Vega asegura que el capitán Alonso de Alvarado, en su larga marcha hacia Cuzco, hubo de enfrentarse a menudo en terrenos fragosos donde los caballos eran de muy poca utilidad. En aquellos casos, solía enviar cuarenta o cincuenta arcabuceros quienes, con la ayuda de los indios auxiliares, limpiaban el terreno (Inca Garcilaso, 1617, II: cap. XXXIII). Muy posiblemente, Pedro de Mendoza, primer fundador de Buenos Aires, perdiera casi todos sus caballos (setenta y dos) en una batalla en 1536 contra los indios querandíes, que usaron lazos con bolas, las famosas boleadoras, para domeñarlos (Díaz de Guzmán, 1835, I: cap. XI). En Chile, por ejemplo, la obsesión de algunos jefes araucanos era lograr que los hispanos peleasen a pie y no a caballo, pues «la fuerza que tenían era los caballos». También se prepararon allá zanjas y hoyos con estacas para frenarlos. Al final, como se sabe, ellos mismos adoptaron al equino como instrumento de guerra. Y con mucha fortuna (cita en Góngora Marmolejo, 1960: cap. XXII. Rosales, 1877, II: 74).
Los caballos alcanzaron precios astronómicos por la poca disponibilidad que había de los mismos en los primeros compases de la conquista, de ahí que los cronistas siempre resaltasen sus muertes en combate. Y, abundando en ello, tampoco es de extrañar el comentario de Cristóbal de Molina, que admite una segunda lectura, por supuesto, sobre la forma de cuidar a los potros: en la expedición de Diego de Almagro a Chile en 1535 se vio cómo «algunos españoles, si les nacían potros de las yeguas que llevaban los hacían caminar en hamaca y en andas a los indios, y otros por su pasatiempo se hacían llevar en andas, llevando los caballos del diestro porque fuesen muy gordos» (Molina, 1968: 84). Pero tratar al caballo como «el tanque de la Conquista» a la manera de John Hemming es excesivo (Hemming, 2000: 130). Sobre todo, porque no era de metal y se agotaba igual que los propios hombres. En todo caso, no se iba a permitir que los aborígenes los matasen sin respuesta. En la expedición de Francisco Vázquez de Coronado a las míticas Siete Ciudades de Cíbola, una vez alcanzada una provincia llamada por los castellanos Tiguex, se dispusieron a pasar el invierno cuando los habitantes más cercanos al campamento hispano les hurtaron cuarenta y una mulas y caballos que pacían junto a un río. Una vez llevados al interior de la localidad, los naturales mataron los animales y se atrincheraron. La respuesta hispana fue todo lo contundente que cabía esperar: entraron en la localidad y tras lograr su rendición a base de dispararles con sus arcabuces e incendiar el pueblo, «los ataron a todos y los metieron en una tienda, más de çiento y treinta gandules, y a todos los mataron y quemaron diciéndoles que eran caballos […]» (Tello, 1968, II: 257-258).
A menudo, las tácticas hispanas de combate se desplegaban en función de la necesidad de preservar los propios caballos, agotados por los encuentros previos. Tras los primeros compases bélicos, insistimos, los amerindios también se acostumbraron a los caballos, además de a la forma de guerrear de los españoles; un informe de Rodrigo de Albornoz, contador de Nueva España, a Carlos I en 1525 nos parece harto elocuente: si bien en los primeros combates
huían ducientos y trezientos de uno o dos de caballo, y agora acontece atenerse un indio con un cristiano que esté a pie como él, lo que antes no hacían, y arremeter al de caballo diez o doze indios por una parte y otros tantos por otra para tomarle por las piernas; y así viendo comos los cristianos pelean y se arman, ellos hacen lo mesmo y de secreto procuran de recoger armas y espadas, y saben hacer picas con oro que dan a los cristianos […]
Ello sin contar con que, en sus enfrentamientos, los españoles se habían valido de otros indios, una conducta que castigar, ya que era la mejor fórmula «para que un día que les esté bien o tengan aparejo no dexen cristiano con nuestras mesmas armas y ardides» (Simpson, 1970: 198-199). En realidad, se dieron numerosas reflexiones en el sentido de no dilatar los conflictos para evitar que los indios aprendieran a hacer la guerra contra sus invasores. Según Bernardo de Vargas Machuca, los indios eran «[…] gente que no guarda más que la primera orden, que es hasta representar la guazavara [batalla], porque luego se revuelven y pelean sin orden […]» (Vargas Machuca, 1994: 99). Pero con el tiempo fueron aprendiendo. Algunos, incluso, muy pronto, o bien ya disponían de elementos ofensivos propios que usaron contra los castellanos. Jerónimo de Vivar, cronista de la conquista de Chile, comenta respecto al armamento de los reches en la década de 1540:
llevan picas de a veinte y cinco palmos de una madera muy recia, e ingeridos en ellas unos hierros de cobre a manera de asadores rollizos de dos palmos y de palmo y medio. Con unas cuerdas que hacen de niervos [nervios] muy bien atados, los ingieren de tal manera en aquella asta como puede ir un hierro en una lanza (Vivar, 1966: cap. CIV).
No obstante, cabría añadir otro factor. En el ambiente cultural propio de la época, todos, tanto los participantes en los hechos de armas como los cronistas, alguno de ellos coincidentes en ambas tareas, estaban imbuidos, como no podía ser de otra manera, por una ideología bélica caballeresca muy reacia, todavía, a aceptar la sustitución de la caballería por esa nueva infantería pertrechada con arma de fuego portátil, en realidad, como sabemos, un número de hombres muy escaso, y con picas como elemento clave de la práctica militar. Tanto es así que, creemos, los lances de guerra en los que participaba la caballería, no en vano era un arma que ennoblecía, fueron magnificados mientras que, sin ser ninguneados, los estragos de las armas de fuego en el contrario tuvieron una justa remembranza en los trabajos de los cronistas, pero sin mitificaciones. Porque en la ideología militar caballeresca, como es harto conocido, matar a distancia no era honorable, aunque en los enfrentamientos contra las masas de amerindios dicha circunstancia no tenía que pesar demasiado. Así, mientras la táctica de combate en el mundo mexica exigía luchar cuerpo a cuerpo con el objetivo de obtener prisioneros para que fuesen sacrificados —o bien, sencillamente, eliminar al enemigo—, de modo que «matar a distancia significaba la deshonra para los indígenas»; dicha táctica —y mentalidad bélica— obligaba a los guerreros a esperar el desenlace de una primera oleada o línea de combate en su enfrentamiento contra el grupo invasor europeo —y sus aliados aborígenes— antes de que una segunda línea de combatientes probara fortuna, de manera que no podían aprovecharse ni de su número, cuando las armas de fuego europeas y las ballestas podían matarlos a distancia, porque, según Hugh Thomas, a los castellanos «les era indiferente el modo de matar a un enemigo: lo importante era matarlo» (Thomas, 1994: 274). En realidad, sí era importante cómo se mataba al enemigo, y la mejor prueba, creemos, es cómo se narraban dichas muertes y batallas. En definitiva, la memoria de la violencia ejercida. No obstante, en momentos de apuro, sin duda lo importante era la eliminación física del contrario como fuese. En todo caso, fueron dichas limitadas tácticas de combate tradicionales del mundo mexica y no otras las utilizadas contra los españoles en los primeros compases del encuentro entre ambos contingentes, o ambos mundos, y, como se ha señalado, el elemento sorpresivo inicial tuvo que durar muy poco tiempo; por otro lado, los mexicas se vieron forzados a combatir de un modo distinto, en concreto: nunca habían luchado en el interior de su propia ciudad.
Tampoco vamos a subestimar el concurso de los perros de presa, mastines y alanos, muy útiles en especial descubriendo emboscadas en las selvas. En un libro que hoy en día ya es un clásico, el matrimonio Vaner, John y Jeanette, reflexionaba de la siguiente forma acerca de los canes, quienes
funcionó en la conquista como arma de guerra letal ha sorprendido e incluso escandalizado a muchos, pero este fue uno de los usos para los que, a lo largo de los siglos, los europeos criaron y cultivaron perros. Desarrollaron ciertas cepas de sangre con nombres de razas para significar las tareas para las que los perros eran más útiles, y establecieron una cepa de perros de sangre pura que los colombófilos trataron de mantener impoluta (Vaner y Vaner, 1983: XIV).
Pocas descripciones tan vívidas de ellos como las que siguen de fray Bernardino de Sahagún y Pedro Mártir de Anglería son capaces de transmitir el significado de la utilización de los perros de presa: el primero señaló cómo «ansimismo ponían grand miedo [en los indios] los lebreles que traían consigo, que eran grandes. Traían las bocas abiertas, las lenguas sacadas, y iban carleando. Ansí ponían gran temor en todos los que los v[e]ían». Por su parte, Mártir de Anglería aseguraba que «se sirven los nuestros de los perros en la guerra contra aquellas gentes desnudas, a las cuales se tiran con rabia, cual si fuesen fieros jabalíes o fugitivos ciervos […] de suerte que los perros guardaban en la pelea la primera línea, y jamás rehusaban pelear» (Sahagún, 1995, II: 830. Mártir de Anglería, 1989: 165). La sorpresa ante la visión de caballos, perros y cañones estuvo a la orden del día: según relata Francisco de Aguilar cuando, tras las batallas de tanteo habidas con los tlaxcaltecas en septiembre de 1519, al entrar en la ciudad de Tlaxcala la hueste de Cortés, sus habitantes ofrecieron comida no solo a los hombres, también a los caballos, a los perros y hasta a los cañones —«[…] de manera que a cada caballo, ponían una gallina y su pan, y a los perros así mismo y a los tiros» (Aguilar, 1980: 75)—. Asimismo, Gonzalo Fernández de Oviedo se había referido a la cuestión, señalando cómo «aperrear es hacer que perros le comiesen o matasen, despedazando el indio, porque los conquistadores en Indias siempre han usado en la guerra traer lebreles e perros bravos y denodados; e por tanto se dijo de suso montería de indios» (Fernández de Oviedo, 1959, II: lib. XVII, cap. XXIII). Luis de Morales30, en 1543, llegó a demandar a la Corona que se matasen los perros utilizados hasta entonces en los aperreamientos —«que solamente los tienen avezados para aquel efecto y los crían y los ceban en ellos [los indios]» (Mira, 2009: 226)—. De hecho, en una Real Cédula del 7 de octubre de 1541 dirigida a Francisco Pizarro y a Cristóbal Vaca de Castro se demandaba que, ante las noticias recibidas sobre cómo
los españoles tienen perros carnyceros cebados en los yndios e que de tal manera están los dichos perros encarnyçados que yendo por la calle o por el campo o por otras partes los dichos perros denonadamente arremeten con los dichos yndios y los maltratan e yeren […], [los perros] se matasen porque al presente no avia neçesidad dellos (citado en Barnadas, 1973: 323, n. 403).
Numerosos testimonios son un verdadero compendio del horror. Pascual de Andagoya, en una de sus diversas entradas hacia la región del istmo panameño, pudo observar cómo numerosos indígenas, capturados por los cristianos, estaban «atados en cadenas, de cerros en cerros y de tierras en tierras, como apatas acarreando el oro que hurtaban a los otros; y después los daban de comer a los perros como si fueran venados». Pedro Cieza de León menciona en sus escritos un terrible portugués, habitante del pueblo de Pescado, cerca del río de Santa Marta, quien a menudo «tenía cuartos de indios para criar perros»; en concreto explicaba: «Yo conoscí un Roque Martín, vecino de la ciudad de Cali, que a los indios que se nos murieron, cuando viniendo de Cartagena llegamos aquella ciudad, haciéndolos cuartos los tenía en la percha para dar de comer a sus perros […]» (citado en Benzoni, 1989: 254n. 126). Francisco Cieza, un encomendero del Yucatán, fue ajusticiado acusado de perpetrar numerosas muertes de aborígenes, quemados vivos unos, aperreados otros. El propio Sebastián de Belalcázar, uno de los más importantes conquistadores peruanos, consintió en su gobernación de Popayán «ir a cazar con ellos [se refiere usando los perros] indios para cebarlos y darles de comer» (testimonios citados en Bueno Jiménez, 2011: 189). También el padre Antonio Tello cita el caso de un encomendero de Nueva Galicia, Pedro de Bobadilla, quien «tenía unos lebreles, y como si saliera a caza de fieras y animales, cazaba despedazando muchíssimos [indios]». El resultado fue el alzamiento de la provincia de Culiacán, cuando numerosos indios prefirieron quemar sus poblados y cosechas y marcharse a la serranía en busca de refugio (Tello, 1968, II: 26).
Por lo tanto, una cosa es el perro utilizado en combate —a saber, en el conocido Códice Ramírez se dice que los españoles llevaban consigo «perros de ayuda […] que eran muchos, muy feroces y diestros en la guerra» (citado en Vázquez, 1987: 142)—, acostumbrado al ruido de los arcabuces (Vargas Machuca, 1994: 54), y otra muy distinta el adiestrado para que, en grupos de diez o doce, practicaran la justicia del vencedor. Es de lo que se quejaba el visitador Alonso de Zorita, cuando señalaba, entre horrorizado e indignado, que había averiguado cómo «los españoles tenían perros impuestos en despedazar indios vivos, y se comían sus carnes […], y que los imponían para las entradas, guerras y conquistas que hacían» (Pereña, 1992b: 106). Zorita había laborado en Nueva Granada donde, en la conquista del país de los muzos, los perros fueron una pieza clave en la victoria. A decir del cronista Lucas Fernández de Piedrahita,
debióse todo el buen éxito de esta conquista á los perros de que usaban los españoles, á quienes los Muzos preferían á las armas de fuego y caballos; y á la verdad, como no se suelten al atacar las batallas, son de grande conveniencia en las guerras de Indias, porque acometiendo cara á cara peligran los más a los tiros de las flechas, y valiéndose de ellos al tiempo que los indios huyen ó se retiran, hacen tal estrago, que los dejan acobardados para los encuentros futuros y aun para turbarlos con su vista […] (Fernández de Piedrahita, 1881, I: lib. XII, cap. VI).
En cuanto a la tecnología armamentística europea —en los últimos años, Victor D. Hanson ha intentado revitalizar «el papel esencial de la tecnología y la superioridad militar occidentales», en este caso de los castellanos en la conquista de México, pero lo hace de una forma muy poco convincente y sin aportar, efectivamente, ningún argumento nuevo a la discusión (Hanson, 2004: 251-260)—, las armas de fuego —portátiles y la artillería31— y las de acero, tanto ofensivas como defensivas —y el uso estratégico y, sobre todo, táctico de estas (la formación en escuadrón, del que trataremos más adelante)—, fueron muy útiles —Juan de Grijalva, en su expedición por la costa del Yucatán en 1518, tuvo suerte de contar con cañones (dos tiros medianos de bronce y una lombarda de hierro), ballestas y arcabuces para vencer a los indios, que se emboscaron tras el choque inicial. En palabras de Gonzalo Fernández de Oviedo, «e si no fuera por el artillería y esos pocos ballesteros y escopeteros que tenían los nuestros, peligraran más cristianos, porque no se podían aprovechar de otras armas. Y créese qué los tiros de pólvora y ballestas hicieron mucho daño en los contrarios y mataron hartos indios, de los cuales no se pudo saber la cantidad, aunque vieron caer algunos, sino por el temor que se vido en ellos, se entendió su trabajo. Y no es de maravillar que se espantasen los que nunca habían visto ni oído el artillería, ya que a los que la tractamos y a quien mejor la entiende, más espanta» (Fernández de Oviedo, 1959, I: lib. XVII, cap. XI)— a la hora de enfrentarse a las armas de piedra y madera, con una muy escasa presencia del bronce y el cobre, de los aborígenes americanos quienes, además, aprendieron demasiado tarde de las tácticas de combate de sus dominadores —en el Epítome de la conquista del Nuevo Reino [de Granada] (1892) se puede leer cómo los muiscas, quienes teóricamente confundieron a los españoles con dioses, pero «[…] sabido que eran honbres como ellos, quisiseron probar la bentura; cuando esto fue era ya muy metidos en el Nuevo Reyno en la probincia de Bogotá»— y, sobre todo, cuando, como en el caso mexica o inca, carecían de la flecha envenenada (Friederici, 1973: 365 y ss.).
Esta fue, sin duda, el arma más mortífera de los indios, pero no, como decíamos, entre las grandes civilizaciones aborígenes, pero sí en partes de Nueva Granada y Venezuela, Paraguay, Panamá y en zonas del Caribe32. De hecho, después de la guerra civil iniciada en 1529 (o 1531, según la data de la muerte del emperador Huayna Cápac que contemplemos) incluso quedaron pocos flecheros en las filas del ejército inca. Y si además carecían de la saeta empozoñada, mucho peor para ellos. Y, con todo, durante el levantamiento de Manco Inca, cuando sitió el Cuzco en 1536 y 1537, sus flecheros serían claves en algunas victorias. Eran vasallos incas de las selvas próximas, donde también estos se aprovisionaron de arcos y flechas para sus tropas. Estos suministros faltaron en otras ocasiones a los incas, quienes los echaron mucho en falta en sus batallas contra los españoles y sus aliados (Vega, 1992: 149, 281). Al menos en una ocasión, que sepamos, fueron los propios hispanos quienes de forma indirecta proporcionaron una nueva arma a los indios. En 1558, en Asunción, parte de la compañía de Nuflo de Chaves regresó acompañada por indios aliados, quienes habían guerreado cerca de Charcas con los indios chiquitos, hábiles flecheros de jaras envenenadas. Con ellos llevaron el secreto y se sublevaron contra los españoles:
Movió a esa gente a esta novedad el haber traído de aquella entrada que hicieron con Nuflo de Chaves, gran suma de flechería enherbolada, de que aquella cruel gente, llamada los Chiquitos, usaba, de la cual los de esta provincia habían recogido y guardado lo que habían podido haber para sus fines contra los españoles; y vueltos a sus pueblos de la jornada, mostraron por experiencia a los demás, el venenoso rigor de aquella yerba, de cuya herida ninguno escapaba, ni hallaba remedio ni triaca contra ella (Díaz de Guzmán, 1835, III: cap. VIII).
Los amerindios nunca fueron seres inermes, carentes de ideas e iniciativa, y mucho menos en momentos en los que la vida estaba en juego. Los informantes del padre Bernardino de Sahagún, concretamente, explican cómo los mexicas, en pleno sitio de su ciudad,
cuando vieron, cuando se dieron cuenta de que los tiros de cañón o de arcabuz iban derechos, ya no caminaban en línea recta, sino que iban de un rumbo a otro haciendo zigzag; se hacían a un lado y a otro, huían del frente. Y cuando veían que iba a dispararse un cañón, se echaban por tierra, se tendían, se apretaban a la tierra. Pero los guerreros se meten rápidamente entre las casas, por los trechos que están entre ellas: limpio queda el camino, despejado, como si fuera región despoblada (León-Portilla, 1978: 424).
No fue el único caso. Aquellos que gozaron de un mayor margen de tiempo, gracias a la sangre vertida, para luchar contra los hispanos también intentaron buscar soluciones para oponerse a sus armas de fuego. Según el cronista de las guerras de Chile, Alonso de Góngora Marmolejo,
traían los indios en este tiempo [1557] para defenderse de los arcabuces unos tablones tan anchos como un pavés, y de grosor de cuatro dedos, y los que estas armas traían se ponían en el avanguardia, cerrados con esta pavesada para recebir el primer ímpetu de la arcabucería, y ansí se vinieron poco a poco hacia los cristianos (Góngora Marmolejo, 1960: cap. XXVII).
Pienso que, quizás, de entre el armamento europeo, fuese la espada de acero la principal arma, pues permitió al infante hispano permanecer un día más en el campo de batalla, es decir, sobrevivir. Con ella se logró, más que la victoria, evitar la derrota en los primeros enfrentamientos, que eran siempre fundamentales. En el combate cuerpo a cuerpo, frente a armas de la edad de piedra o, como mucho, de inicios de la del bronce, no tenía rival. «Las espadas españolas tenían la longitud precisa para alcanzar a un enemigo que careciese de un arma similar», y sin las protecciones adecuadas (Restall, 2004: 204). Por otro lado, las heridas que podían llegar a infligir —como las causadas por las armas de fuego— desconcertaron a los aborígenes. A decir verdad, a veces, fue suficiente su contemplación para facilitar la rendición de algún gobernante local. Es lo ocurrido con un curaca (cacique) de la tierra de Chachapoyas, quien pidió a Alonso de Alvarado una espada porque «[h]avia entendido que cortaban mucho […] y después de averla mirado, provado y considerado, con grande admiración fue a assentar la paz» (Herrera, 1615, V, VII: 218). En las campañas iniciales de Vasco Núñez de Balboa en el Darién, las gentes del cacique Torecha, que tuvieron seiscientas bajas a decir del cronista Francisco López de Gómara, quedaron «espantados de ver tantos muertos en tan poco tiempo, y los cuerpos unos sin brazos, otros sin piernas, otros heridos por medio, de fieras cuchilladas» (López de Gómara, 1991: cap. LXII). Tras uno de los primeros encuentros con los tlaxcaltecas, estos aseguraron a Hernán Cortés que «estaban maravillados de las grandes y mortales heridas que daban sus espadas» (Herrera, 1601, II, VI: 185). En la batalla de Otumba, las escasas fuerzas de Cortés, a decir de Bernal Díaz del Castillo, recibieron órdenes en el sentido de que «todos los soldados, las estocadas que diésemos, que les pasásemos las entrañas» (Díaz del Castillo, 2011: cap. CXXVIII). Según López de Gómara, en la plaza de Cajamarca, al ser tomado preso Atahualpa, «murieron tantos [indios] porque no pelearon y porque andaban los nuestros a estocadas, que así lo aconsejaba fray Vicente [Valverde], por no quebrar las espadas hiriendo de tajo y revés» (López de Gómara, 1991: cap. CXIII). En Nueva Granada, Pedro Cieza de León explica cómo la fama de las armas hispanas precedía la llegada de la hueste:
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