Kitabı oxu: «El fruto de la vida diversa»

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EL FRUTO DE LA VIDA DIVERSA

ARTÍCULOS SOBRE LITERATURA NORTEAMERICANA

BIBLIOTECA JAVIER COY D’ESTUDIS NORD-AMERICANS

http://puv.uv.es/biblioteca-javier-coy-destudis-nord-americans.html http://bibliotecajaviercoy.com

DIRECTORAS

Carme Manuel

(Universitat de València)

Elena Ortells

(Universitat Jaume I, Castelló)


Toni Montesinos

El fruto de la vida diversa:

artículos sobre literatura norteamericana

1ª edición de 2020

Reservados todos los derechos

Prohibida su reproducción total o parcial

ISBN: 978-84-9134-592-3

Ilustración de la cubierta: Sophia de Vera Höltz

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

Publicacions de la Universitat de València

http://puv.uv.es

publicacions@uv.es

Edición digital

A mi familia de pasaporte estadounidense: lan y Emil. Y a sus hermanas Alma y Nora

Índice

NOTA INICIAL

John Ashbery y el espejo pictórico

Margaret Atwood: la mujer como propiedad

Louis Auchincloss: caduca Nueva York

Paul Auster

Elif Batuman: avatares rusos de una estudiante

L. Frank Baum: la vigencia del mundo de Oz

Elizabeth Bishop: recuerdos de una niña

Paul Bowles y su centenario protector

Ray Bradbury: escribir para no morir

Arthur Bradford: amores perros

T. C. Boyle

Pearl S. Buck: China en el corazón

Charles Bukowski: cierto encanto detestable

Truman Capote: la maestría de un niño

Don Carpenter: el sueño de ser escritor

Raymond Carver con los perdedores anónimos

John Cheever: correspondencia compulsiva

Emma Cline: las diabólicas de Mason

Don DeLillo: una pelota de béisbol

Philip K. Dick y sus paranoias

Emily Dickinson: una mente fúnebre

E. L. Doctorow

John Dos Passos

Dave Eggers: el reino del niño lobo

T. S. Eliot: el británico adoptivo

R. W. Emerson

Marian Engel: la mascota sexual

John Fante: escapar del padre

William Faulkner

F. S. Fitzgerald

Jonathan Safran Foer: un niño frente al 11-S

Richard Ford: dos siglos de short stories

Jonathan Franzen

Joshua Furst: el activista bipolar

Martha Gellhorn: la antifascista americana

Sue Grafton: un alfabeto truncado

Nathaniel Hawthorne y el Salem de las brujas

W. C. Heinz: un periodista frente al ring

Lillian Hellman: homenaje a Dashiell Hammett

Ernest Hemingway y la inutilidad de morir

O. Henry: apariencias

George V. Higgins: la mafia de Boston

Patricia Highsmith: carne de pantalla

John Irving: entre México y Filipinas

Washington Irving: tradiciones navideñas

Lee Israel: el arte de la estafa epistolar

Henry James: el lector soberbio

Jack Kerouac, Allen Ginsberg y otros

Stephen King

Nicole Krauss: el escritorio de García Lorca

Ring Lardner: un idealista desilusionado en Manhattan

William Least Heat-Moon: 13.000 millas en furgoneta

David Leavitt: la visita del matemático

Harper Lee

Jack London

H. P. Lovecraft: el maestro de la locura

Norman Mailer

Cormac McCarthy

Mary McCarthy: vuelos de grandeza

Herman Melville y el afecto desigual con Hawthorne

Arthur Miller: una sex symbol y el FBI

Henry Miller y sus cartas hamletianas

Toni Morrison: poética, dolorosa, necesaria

Alice Munro: biografiar a las mujeres

Joyce Carol Oates

John O’Hara: máscaras que caen

Eugene O’Neill

Chuck Palahniuk: la actriz crepuscular

Edgar Allan Poe: el crítico más exigente

Katherine Anne Porter: el Sur vulnerable

Richard Powers: elogio de la vida natural

Annie Proulx: la madera como negocio

Thomas Pynchon

Philip Roth

J. D. Salinger: publicar y arrepentirse

James Salter

William Saroyan: la familia en Broadway

Budd Schulberg

Linda Gray Sexton: en la calle Misericordia

Lionel Shriver: los Estados Unidos de la incertidumbre

Upton Sinclair: el dandi anticapitalista

Susan Sontag: el éxtasis del intelecto

John Steinbeck y la California prometida

Wallace Stevens: el poeta en lugar de Dios

Donna Tartt

Paul Theroux

Hunter S. Thompson: miedo y asco de un gamberro

H. D. Thoreau

John Kennedy Toole: el adolescente erudito

Lionel Trilling: la verdad de las novelas

Dalton Trumbo: el soldado muerto en vida

Mark Twain y el hogar donde nació Tom Sawyer

John Updike: el escritor de la clase media

Gore Vidal: una Italia exclusiva

Kurt Vonnegut: un autor sin complejos

David Foster Wallace: la vida antes de suicidarse

Eudora Welty: recuerdo infantil del Sur

Edith Wharton: ricos y puritanos

Walt Whitman y la igualdad celebrada

Thomas Wolfe: la ansiedad de la juventud

Tom Wolfe: malditas etiquetas

… para nosotros, lo esencial es lo estético. En los Estados Unidos, como en Inglaterra, los grupos y cenáculos literarios son menos importantes que el individuo. Las obras surgen como fruto natural de vidas diversas. Hemos preferido pues dejarnos guiar por la atracción que ejercieron sobre nosotros las obras mismas.

JORGE LUIS BORGES Y ESTHER ZEMBORAIN

Del prólogo a

Introducción a la literatura norteamericana (1967)

NOTA INICIAL

Reúno aquí todo lo que he escrito hasta la fecha sobre autores norteamericanos, con una salvedad: dejo fuera lo correspondiente al contenido de La pasión incontenible. Éxito y rabia en la narrativa norteamericana, que apareció en el año 2013 en la editorial Pre-Textos: un libro compuesto de una larga introducción y una serie de textos en los que emparejaba a autores por su cercanía personal o artística. Así, hablé de Herman Melville y Nathaniel Hawthorne, William Faulkner y Thomas Wolfe, Francis Scott Fitzgerald y Dorothy Parker, Dashiell Hammett y Patricia Highsmith, Ernest Hemingway y William Saroyan, John Fante y Budd Schulberg, William Burroughs y Jack Kerouac, Carson McCullers y Flannery O’Connor, Saul Bellow y Philip Roth, más Paul Auster, al que dejaba solo para que el lector le buscara un colega actual concomitante con su literatura.

Con todo, desde la primera página, se asomaban también la vida y obra de otro buen número de escritores de forma más o menos extensa: Edgar Allan Poe, Ray Bradbury, Truman Capote, Raymond Carver, Budd Schulberg, Chuck Palahniuk, Robertson Davies, Edward Lewis Wallant, Henry James, John Kennedy Toole, Washington Irving, Ralph Waldo Emerson, Henry David Thoreau y Walt Whitman (de estos tres últimos he hablado además profusamente en mis recientes libros de la editorial Ariel El triunfo de los principios. Cómo vivir con Thoreau y El dios más poderoso. Vida de Walt Whitman).

Ahora bien, de muchos de estos autores, naturalmente, he seguido escribiendo a raíz de algunas novedades editoriales u onomásticas significativas, de modo que este caudal de textos sí que los incorporo aquí, tratando en lo posible de evitar redundancias con respecto a mis trabajos anteriores. Por eso, en algunos casos, me he permitido revisar los textos para ampliar algún dato —colocando entre corchetes fechas para ubicar el momento de la redacción—, evitar repeticiones debidas a la publicación de diferentes artículos de un mismo autor, o en alguna ocasión fusionar diversos textos para dar con uno más homogéneo.

Agradezco a Carmen Manuel su amabilísima invitación a formar parte, con este libro recopilatorio que aúna mi interés por las letras americanas durante los últimos veinte y pico años, de esta magnífica colección. Son estos que el lector verá a continuación artículos y ensayos que he ido publicando, en su mayor parte, en el periódico La Razón, desde el año 2000, pero también —los más largos— en revistas como Clarín, Cuadernos Hispanoamericanos y Qué Leer. De ahí que su enfoque y extensión obedezcan a las características por las que nacieron: crítica literaria corta o mediana, o extensa en caso de que abriera el suplemento de Libros del diario citado; artículo de prensa sobre un autor determinado a raíz de alguna noticia; reportaje para la sección de Cultura a partir de un libro nuevo de tal escritor; textos necrológicos; más páginas que, a veces, lindaban con la información viajera, como algunos que vieron la luz en el suplemento El Viajero de El País

Por último, quisiera decir que, para todo este maremágnum de lecturas que tratan sobre una gran cantidad de escritores de muy diversas etapas, me decanté por una estructura basada en el orden alfabético —cuando en el índice aparece sólo el nombre del autor es que le dedico más de un texto—, para un directo y rápido hallazgo de cada uno de ellos, descartando la idea de colocarlos, como suelo hacer en este tipo de trabajos, por orden de año de nacimiento.

T. M.

John Ashbery y el espejo pictórico

Era uno de los poetas más reputados y a la vez más complejos de los Estados Unidos, pues él mismo aseguró que el experimentalismo era en sí hermoso. Se le asoció a diferentes abstracciones literarias y artísticas: a pintores como Jackson Pollock, a compositores como John Cage. Y es que sus versos eran todo un desafío intelectual y sensitivo para los críticos literarios y creadores de otros ámbitos. John Ashbery murió ayer [4 de septiembre del 2017] en su casa de Hudson, en el condado de Columbia, en la ribera del río, en Nueva York, a los noventa años de edad y por causas naturales, como comunicó su marido, David Kermani, al que conoció en 1970, cuando este tenía veintitrés años y el poeta cuarenta y dos. Había nacido en 1927 en Rochester, al norte del estado neoyorquino, y a los pocos años ya la pulsión poética llamó a su puerta, y además al mismo tiempo que la homosexual, para lo cual buscaba formas de autoconocimiento y expresión. En la adolescencia también cogió los pinceles y recibió clases, para luego graduarse en la Universidad de Harvard en 1949, donde se doctoró con una tesis sobre W. H. Auden y empezó a frecuentar a otros escritores de su generación.

Una generación estudiada de continuo por el más famoso crítico literario americano, Harold Bloom, que ha dedicado sesudos estudios a desentrañar la obra del que califica de «poeta meditabundo», por su sesgo reflexivo en torno a conceptos como el silencio o el trascendentalismo. Por eso, Bloom, nacido sólo tres años después que su admiradísimo poeta, lo relaciona con la filosofía de la autoconfianza de R. W. Emerson, con la poesía e ímpetu visionario de Walt Whitman y, ya de forma más contemporánea, con el también estadounidense Wallace Stevens. Todo es posible apreciarlo en Autorretrato en espejo convexo (aparecido en 1975, obtuvo un increíble triplete al recibir el Premio Pulitzer de Poesía, el Premio Nacional del Libro y el Premio del Círculo Nacional de Críticos de Libros), en el que «Ashbery adquiere una visión en la que el arte, en vez de la naturaleza, se convierte en aquello que aprisiona el alma», en palabras de Bloom, a partir de contemplar un cuadro del pintor del siglo XVI Parmigianino: «El alma ha de permanecer donde está, / aunque se inquiete, oyendo gotas de lluvia en el cristal, / el suspirar de las hojas de otoño azotadas por el viento, / anhelando estar libre, fuera, pero debe quedarse posando en este sitio».

Ashbery siguió toda su vida vinculado a la cavilación pictórica desde el lenguaje poético. Antes de ese libro, en un periodo de diez años, 1955-1966, vivió en París como director de la edición europea del diario Herald Tribune, y algo después desempeñó tareas de crítico de Art International y de Art News, en los años sesenta. A su regreso en su país, continuó realizando la misma labor en revistas norteamericanas y se convirtió en profesor en la Universidad de Brooklyn, para luego en los ochenta enseñar lengua y literatura en Bard College, en Annandale-on-Hudson, hasta un año tan tardío como 2008, cuando decidió jubilarse.

Los reconocimientos con los que le habían agasajado, como la Medalla Nacional de Humanidades entregada por el presidente Obama en 2011, siguieron llegándole a este hombre que compuso el poema experimental «Saliendo de la estación de Atocha», publicado en 1962, en el libro El juramento de la pista de frontón, y al que es posible leer en nuestro idioma por medio de una docena de ediciones; entre ellas, por supuesto, su poemario cumbre, Autorretrato…, y también otros como Galeones de abril, Diagrama de flujo, Una ola —largos poemas en prosa en que el poeta busca nuevas vías expresivas, para poetizar asuntos eternos como el amor, la muerte y la memoria—, Secretos chinos (2002) —otra de las obras que, por su atrevimiento metafórico y extravagancias visuales puede vincularse con la escritura automática y el surrealismo—, Un país mundano —en que el Ashbery más complejo sintácticamente hablando acudía con versos llenos de encadenamientos que se arriesgaban a lo ininteligible—, o el último aparecido entre nosotros, Pasaje techado (2016).

Margaret Atwood: la mujer como propiedad

Es como si el 1984 de George Orwell y su control al ciudadano, la sociedad que Ray Bradbury predijo en Fahrenheit 451, donde es delito leer libros, la reivindicación femenina de Virginia Woolf, manifestando la necesidad de tener un cuarto propio, y la experiencia de otra canadiense como Alice Munro, que en 1961 aparecía en la portada de una revista en la que se destacaba su doble faceta de ama de casa y… escritora, estuvieran concentrados en la obra de Margaret Atwood. En su obra de carácter distópico, en lo que tituló El cuento de la criada, en 1985, que ya tiene secuela, llamada Los testamentos: se publica en castellano el 12 de septiembre [Salamandra, 2019], dos días después de su lanzamiento internacional en lengua inglesa.

Sensible desde siempre a la literatura que brinda una mirada diferente, de que la ficción más mágica encierre una lección próxima y actualizada —«Ese autoproclamado mago de Oz tiene una larga genealogía, podría ser desde un chamán hasta el Próspero de Shakespeare y siempre encuentra su par en cada época», afirmó comentando la obra infantil de L. F. Baum que se hizo tan famosa al adaptarse al cine—, Atwood concibió esta nueva novela mostrando una sociedad no tan diferente a la que, décadas atrás, o aún en ciertos países, trata a las mujeres como objetos o esclavas. Ahora, ya tiene lista la continuación, en que se narra la historia de tres mujeres y cómo se encuentra el país que ideó, Gilead, según ella, a raíz de las reacciones durante estos lustros frente a una obra adaptada y premiada de continuo. «Queridos lectores y lectoras: vuestras preguntas sobre Gilead y su funcionamiento interno han sido la fuente de inspiración de este libro. ¡Bueno, casi todo! La otra es el mundo en el que vivimos», escribió esta escritora natural de Otawa, de setenta y nueve años, miembro de Amnistía Internacional y una de las personas que presiden BirdLife International, organización en defensa de las aves.

La protagonista, Offred (es decir, «de Fred»; la mujer es una simple propiedad), había ocupado unas páginas finales, en El cuento de la criada (Salamandra, 2017), que insinuaban un futuro abierto en que no estaba claro su destino: la libertad, la prisión o la muerte. Con Los testamentos, Atwood traza ese camino de baldosas amarillas, vuelve a colocar un Gran Hermano en una sociedad ultramasculinizada; incide, quince años después de ocurridos los hechos en la primera novela, en la falta de derechos humanos fundamentales para las mujeres —en un argumento en que se promueve el miedo y la sospecha entre ellas—, con un ambiente de población jerarquizada en que un libro es un peligro, una opinión libre, una amenaza global. Una trama tan lejana y ajena como cercana y posible.

La trayectoria de Margaret Eleanor Atwood (1939), que en la actualidad divide su tiempo entre Toronto y Pelee Island, en Ontario, con todo, es mucho más que esa narración tan célebre, pues muchas de sus obras, pertenecientes a muy diversos géneros literarios —una veintena de libros de poesía, ensayos, libretos, obras de teatro, relatos infantiles…—, se han traducido a más de cuarenta idiomas. Entre sus novelas destacan Ojo de gato (1988), finalista del Premio Booker, un galardón que obtuvo con El asesino ciego (2000), su décima novela, y las que la editorial Salamandra ha ido publicando en los últimos tres años. Nos referimos a Alias Grace (1996), recreación de la vida íntima de una de las figuras femeninas más populares del siglo XIX en Canadá: Grace Marks, de dieciséis años, que en 1843 es declarada cómplice de participar en los asesinatos de un hombre a cuyo servicio trabajaba como sirvienta, y de su ama de llaves y amante, y condenada finalmente a cadena perpetua.

Así las cosas, la figura de la criada sufridora ya es parte del imaginario literario que ha ido desarrollando la autora a lo largo de décadas de escritura que, asimismo, le han valido reconocimientos tan señeros como el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, el Governor General’s Award, la Orden de las Artes y las Letras, el Premio Montale, el Premio Nelly Sachs, el Premio Giller, el National Arts Club Literary Award, el Premio Internacional Franz Kafka y el Premio de la Paz del Gremio de los Libreros Alemanes. En Alias Grace, como suele hacer en sus narraciones, Atwood lanzaba al lector el dilema de ponerse en un lado u otro, pues había división de pareceres con respecto a la que podía ser tanto una víctima como una criminal: unos consideraban a la mujer inocente, mientras que otros sostenían que era una persona malvada o loca; más adelante, ante una Grace amnésica, un especialista en el campo de la psicopatía entrevistaba a la reclusa, quien le relataba los detalles de su historia, desde su infancia en Irlanda y sus años de pobreza y marginalidad en el Canadá Occidental hasta ir desvelando los sucesos de aquel día.

La otra obra destacable que el lector español pudo conocer gracias a Salamandra fue Por último, el corazón, otro texto que podría inscribirse en el ámbito de la ficción especulativa. En la novela, una pareja que padecía una crisis económica se instalaba en su coche tras perder su casa y, malviviendo en empleos miserables, les llegaba la información de un proyecto singular, llamado Positrón, un experimento social en el que los habitantes de la idílica ciudad de Consiliencia se dividían en dos grupos que alternaban su modus vivendi cada treinta días: mientras la mitad se recluía en la Penitenciaría Positrón para «mantener el sistema», el otro cincuenta por ciento estaba en plena libertad, llevando una vida acomodada un mes, momento en que volvían a cambiarse las tornas. Atwood, con esta imaginativa trama, lograba reflexionar sobre lo que se ha dado en denominar la extinción de la clase media, y también en torno a los hábitos de vida de la pareja moderna.

La también autora de unos Nueve cuentos malvados (Salamandra, 2019) llenos de situaciones donde se desenvolvían criaturas extrañas en torno a asuntos como la enfermedad, la vejez y la muerte, con trasfondo fantástico también, vuelve, pues, a protagonizar a escala mundial un momento importante en el plano editorial. La adaptación de El cuento de la criada se estrenó en abril de 2017 y no ha parado de recibir premios y un seguimiento masivo por parte de la audiencia de la plataforma HBO y por parte de Antena 3 en España. «Esta novela visionaria, en la que Dios y el gobierno se funden y Estados Unidos se convierte en una teocracia puritana, puede leerse como un volumen gemelo de 1984 de Orwell; de hecho, como su reverso», dejó escrito E. L. Doctorow, acerca de una historia que combina realismo y fantasía de forma inquietante, y que podría ser tanto un vaticinio de lo que vendrá como una forma de ver el pasado atroz en torno a la vulnerabilidad de las mujeres durante la historia.

En esos Estados Unidos terribles, alternativos, que Atwood propuso en los años ochenta, unos políticos teócratas se hacían con el poder, suprimiendo la libertad de prensa y, sobre todo, los derechos de las mujeres. Nacía así la República de Gilead, en la que la hembra es sólo una herramienta para hacer crecer la natalidad, pues los nacimientos han descendido de manera alarmante por culpa de las enfermedades de transmisión sexual y la contaminación ambiental; en caso contrario, de rebelarse, la ley dicta que se la ejecute de forma pública o se la destierre a unos terrenos donde le espera una muerte probable a causa de la polución de los residuos tóxicos. Se dejaba entrever, con este argumento, el fundamentalismo religioso, la crueldad de la sociedad patriarcal, el fanatismo político. Las mujeres no pueden hacer nada, no pueden poseer nada; si son fértiles, servirán, simplemente —y se las llama criadas—, y ello se justifica mediante una interpretación extremista de un versículo de la Biblia.

Algunos acontecimientos ejemplifican cómo ha trascendido el libro de Atwood y su versión televisiva: en varias manifestaciones en diversas partes del mundo, a favor del aborto legal, en contra de la misoginia o en repulsa a la elección de Donald Trump como presidente del Gobierno estadounidense, la gente acudió disfrazada de Criadas con un lema que aparece en la segunda temporada de la serie, escrito en latín: «Nolite te bastardas carborundum», una inscripción que ya se había asomado en el cuarto episodio de la temporada anterior pero que tomaba protagonismo cuando el personaje de June Osborne, Defred (encarnada por Elisabeth Moss), la sirvienta asignada a la familia del comandante Fred Waterford (con el rostro de Joseph Fiennes) descubría estas palabras grabadas en el armario por una anterior criada, que se había suicidado al no poder soportar los horrores de Gilead. Así, en una partida de Scrabble entre Defred y Fred, esta preguntaba por el significado de la expresión, a lo que él contestaba algo como «No dejes que los cabrones te hagan polvo».

Y así se continuará intentando en Los testamentos, pese a que no se ha divulgado apenas nada de su contenido, en que sin duda se seguirán las peripecias de las criadas entrenadas y educadas para servir a los líderes políticos, siendo violadas para abastecer de hijos a las élites familiares, en una sociedad distópica pero tan real en ciertas naciones hoy en día en que el color distingue a las mujeres: las de verde son las llamadas Marthas (amas de casa y cocineras), las de azul son las esposas, las de gris son las que representan la mano de obra barata y, ya saben, las vestidas de rojo son las criadas.

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