Kitabı oxu: «Retórica»
Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por CARLOS GARCÍA GUAL .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
López de Hoyos, 141, 28002-Madrid.
www.editorialgredos.com
PRIMERA EDICIÓN , 1990.
SEXTA EDICIÓN: JUNIO DE 2014 .
Ref.: GEBO252.
ISBN 9788424931810.
INTRODUCCIÓN
1. LA «SITUACIÓN» DE LA RETÓRICA
Desde hace algo más de medio siglo —en particular, desde el encuentro entre las obras de W. Jaeger y los métodos de análisis de la filosofia hermenéutica 1 — viene hablándose de la «escritura» como de un problema fundamental de la interpretación de Aristóteles. Para comprender este problema hay que partir de la base, según acaba de hacerlo E. Lledó, de que «las palabras aristotélicas se han incorporado frecuentemente al discurso de sus intérpretes y han formado con ellos una amalgama en la que adquirían inesperadas, anacrónicas y sorprendentes resonancias» 2 . El problema de la «escritura» se plantea, desde este punto de vista, como la necesidad de restablecer el lenguaje originario de Aristóteles mediante una restitución de «la historia real de la que, en todo momento, se alimentó ese lenguaje» 3 . Pero como lo que obstaculiza esa tarea es precisamente el discurso de los intérpretes, resulta entonces que la restitución de tal lenguaje originario está condicionada a la crítica de los otros lenguajes: al aislamiento de las tradiciones en que ellos nacen y de las adherencias que incorporan, todas las cuales ocultan la historia real del discurso aristotélico en la medida en que postulan, y reproducen, su propia historia.
El problema de la «escritura» se ofrece, pues, en principio, y acaso prioritariamente, como el problema de las «lecturas» de Aristóteles. Ahora bien, considerado así el asunto, tal vez ninguno de los que hoy conocemos como libros del filósofo ha conocido una suerte tan peculiar como la Retórica: ninguno, cuando menos, ha provocado a lo largo de la historia un conjunto de juicios —de lecturas — tan extrañamente variables. Aun si nos atenemos en exclusividad a la crítica contemporánea, es llamativo el que la diferencia de opiniones alcance no sólo a la interpretación particular del texto o a problemas concretos de la composición del libro (cosas ambas nada sorprendentes en Aristóteles), sino a zonas un tanto más insólitas, como, por ejemplo, a su posición en el Corpus , a su importancia y significado teóricos o, en fin, a la naturaleza misma del objeto —del saber— a que se refiere. En la banda más extrema de estas opiniones, Ross ve en la Retórica «una curiosa síntesis de crítica literaria y de lógica, de ética, de política y de jurisprudencia de segundo orden, mezcladas hábilmente por un hombre que conoce las debilidades del corazón humano y que sabe cómo jugar con ellas» 4 . Si se plantea así el análisis, no es difícil concluir que la obra «tiene menos vivacidad que la mayoría de las otras obras de Aristóteles» 5 . Pero también podría decirse que una tal opinión responde sólo al clima de ignorancia o de hostilidad hacia la retórica —«un arte olvidado y malquerido», por usar las palabras de B. Munteano 6 —, que ha dominado el lenguaje de la crítica durante el último siglo y medio. En la banda opuesta, en efecto, Perelman ha reivindicado a la retórica como el modelo propio de una «lógica de lo preferible» 7 , que debe decidir en materia de las opciones éticas y políticas y que ha de ser concebida, por lo tanto, con mayor extensión que la lógica de las ciencias. Basta este cambio de coordenadas y la óptica corrige estrictamente su sentido. El paradigma de tal «lógica», dice Perelman, es la Retórica de Aristóteles. Su importancia crece en el contexto del Corpus . Y la obra misma resulta ser ahora «una obra que se acerca extrañamente a nuestras preocupaciones actuales»… 8 .
En realidad, los movimientos favorables a una enérgica recuperación de la retórica en general y del análisis del modelo aristotélico en particular comienzan hoy a ser amplios y acreditados. Incluso limitándose a investigaciones comunes del ámbito filosófico (es decir, excluyendo parcelas más concretas, como las del análisis estético o de la historia y crítica literarias, en las que el fenómeno es semejante, si no más fértil 9 ), el panorama que se ofrece resulta significativo. La reivindicación de Perelman se ha visto en parte atendida por las reflexiones de teoría de la comunicación que, aplicando al programa aristotélico los análisis semiótico-pragmáticos de Morris, pretenden introducir una «nueva retórica científica», en el sentido, por ejemplo, en que la ha delimitado W. Schramm 10 . La propuesta de I. A. Richards 11 de superar «la superstición del significado propio» mediante un recurso a la retórica como «estudio de las malas interpretaciones del lenguaje», caminaba ya de hecho en esa misma dirección, si bien fijaba más su interés en el carácter refutativo (igualmente aristotélico) de los razonamientos retóricos. Y, por lo demás, ambas perspectivas han sido unificadas y sistematizadas en una serie de trabajos recientes, que parten de S. E. Toulmin 12 y que coinciden en considerar la retórica, de nuevo y sin exclusiones, en el contexto de los «usos de la argumentación» 13 .
Desde otro punto de vista, la recuperación de la retórica se ha hecho asimismo plausible. En Verdad y Método de Gadamer 14 , el análisis de la retórica aparecía como un problema esencial para la «historia de la recepción de las tradiciones». Y en La metáfora viva de P. Ricoeur, como uno de los dos vectores —juntamente con la poética— de la transformación del lenguaje natural en los lenguajes codificados de los distintos saberes 15 . Ahora bien, si con ello el papel de la retórica ha crecido (como se ve por Apel y Habermas 16 ) hasta el punto de convertirse en un nivel de análisis necesario para el diálogo de las tradiciones ideológicoculturales, por otra parte, el encuentro de la hermenéutica y el estructuralismo ha traído consecuencias que explícitamente incluyen la consideración del análisis retórico. La situación de «extrañamiento», a que se refiere R. Barthes 17 y sin la que no cabe concebir interpretaciones textuales solventes, ha resultado ser un principio de gran eficacia, tanto si se aplica a la semántica en el sentido de J. Greimas 18 , como si se refiere a la recepción social (y a su papel como fenómeno del «mensaje») de que tratan algunos trabajos de G. Genette, J. Durand y C. Bremond 19 . Que todos estos estudios no deben ser considerados como piezas aisladas o como fragmentos fortuitos, lo demuestra el que han sido transformados en una «disciplina» del programa estructuralista cuyo mejor ejemplo es ahora la Rhétorique générale del grupo μ 20 . Y, por otra parte, que las propuestas hermenéutico-estructuralistas no tienen por qué ser discrepantes o inconciliables con el punto de vista semiótico, se percibe con claridad a través de los análisis de D. Breuer 21 , en los que ambas perspectivas conviven y se exigen mutuamente. Con ello, en fin, aparecen justificadas las palabras de H. Schanze, según las cuales «se ha formado una nueva situación que sólo puede designarse como renacimiento de la retórica» 22 .
Por referencia a esta situación de la retórica —a sus múltiples enjuiciamientos sobre el fondo de su malquerencia y olvido—, se comprenden mejor las especiales condiciones en que se ha desarrollado la literatura específica sobre la Retórica de Aristóteles. Ciertamente, en el descrédito de este saber milenario, otrora tan prestigioso, una parte importante de responsabilidad hay que situarla en el predominio de una determinada «lectura» de esta obra aristotélica, de cuya constatación histórica evidente no pueden deducirse, sin embargo, conclusiones axiológicas efectivas. Tal «lectura» surgida en el interior mismo del Liceo y, por lo que sabemos, que se abrió paso con bastante rapidez, derivó hacia lo que podríamos llamar una «preceptiva del discurso», en la que, según comenta Barthes, «la retórica dejó de oponerse a la poética en favor de una noción trascendente que hoy designaríamos con el término Literatura» 23 .
Es lógico pensar, a tenor de este planteamiento, que las oposiciones entre filosofía, retórica y poética tenderían a reorganizarse, así, como A. Rostagni ha estudiado en detalle, en torno a la oposición más amplia entre el «filósofo» (philósophos) y el «literato» (philólogos) 24 . Y estas son ciertamente las noticias que tenemos de la historia del Liceo. Para describir los cambios que introdujo Licón a partir de su rectoría en el 268, Diógenes Laercio retrata su personalidad con esa misma palabra: «literato» 25 . Un eco semejante nos llega de la postura sostenida por Critolao a propósito de la retórica, durante la embajada extraordinaria que reunió a éste en Roma, en el 156, con el académico Carnéades y el estoico Diógenes de Babilonia 26 : Quintiliano remite «a los peripatéticos y a Critolao» la tesis de aquellos que han convertido la retórica en un usus dicendi (nam hoc τρίβη significat) 27 . El mismo resultado se desprende, además, de la reorganización del Corpus hecha por Andrónico, en la que la Retórica forma cuerpo con la Poética y queda excluida del Órganon . Y esta misma operación la vemos ejecutarse también en Dionisio de Halicarnaso —el gramático contemporáneo de Augusto que mejor conoce la obra de Aristóteles, de la que transcribe amplios pasajes—, para quien, de acuerdo con una herencia preceptista y clasificatoria , que parece ya codificada en la interpretación de la Retórica , el análisis del discurso no se funda en la lógica, sino en un valor autónomo del estilo , que el propio Dionisio fija ahora como derivado del orden y composición «de los argumentos y las palabras» 28 .
Que esta tradición hermenéutica ha decidido el destino de la retórica en general y de la interpretación de la Retórica de Aristóteles en particular, es cosa que ofrece pocas dudas. Desgajado de la lógica, el razonamiento retórico queda recluido en una trama de lugares comunes, paulatinamente cosificados por el uso, de los que el orador se sirve una y otra vez como materia de sus argumentaciones. El razonamiento se hace, así, un componente más del estilo y, desde este punto de vista, termina constituyendo no otra cosa que un repertorio de estereotipos, que excluyen, desde luego, toda innovación como una falta , pero de los que también toda innovación prescinde como una carga . Frente a este destino se impone decir, sin embargo, que ni comprende la única interpretación posible de la Retórica de Aristóteles ni es tampoco la única que de hecho se ha perpetrado en la historia; e incluso que podemos seguir, con bastante detalle, los sucesivos desgajamientos de la hermeneusis, cuyas pérdidas trazan las líneas de otras interpretaciones reales, igualmente perceptibles en la historia de la recepción.
En el caso de la lógica ello es claro, por lo pronto. La definición que Teofrasto ofrece del «lugar común» le lleva a identificarlo con la premisa del silogismo hipotético 29 , de suerte que, en este punto, toda la lógica de la retórica queda orientada en torno a la demostración anapodíctica. No es difícil imaginar que, a partir de ahí, el silogismo retórico tendería a sistematizarse dentro del marco del silogismo dialéctico —es decir, tendería a desgajarse de la Retórica para formar parte de los Tópicos —, lo que por cierto confirma Alejandro de Afrodisia 30 , que lo engloba en el comentario de esta última obra. Pero lo importante es que tal «desgajamiento», si hace posible, por una parte, la aparición de la retórica preceptista del Perípato, es también el origen, por otra parte, de la retórica lógica de los estoicos, en cuya génesis, como ha demostrado Plebe, la fuente principal es la Retórica de Aristóteles 31 . No es éste, claro está, el lugar ni la ocasión para llevar a cabo un análisis —por breve que fuera— de este nuevo episodio de la historia de las tradiciones. Baste con decir, a los efectos del debido contraste con las noticias del Liceo, que la interpretación de los rhetorikoi tópoi de Aristóteles, primero como hipótesis inductivas (en el sentido de Teofrasto) y después como tesis de la argumentación (según los razonará Hermágoras), aboca en la Estoa a una «lectura», en la que la retórica resulta ser, según constata un fragmento del Perì Semainónton de Cleantes 32 , una de las dos partes del Órganon , al lado de la dialéctica. Lo cual demuestra —y esto es lo único que ahora nos incumbe— que la Retórica de Aristóteles admitía también una hermeneusis sistematizadamente lógica (no sólo poéticopreceptista) y que tal hermeneusis ha acontecido de hecho en el marco del pensamiento antiguo.
Por lo demás, estos «desgajamientos» de que estoy hablando no son tampoco los únicos que pueden citarse, y testimonios como el que aporta el De Rhetorica del epicúreo Filodemo de Gádara 33 permiten entrever otras posibilidades hermenéuticas, igualmente excluidas del aristotelismo tradicional y, no obstante, reintroducidas en otras tradiciones filosóficas. La crítica que Filodemo hace de Aristóteles por haber combatido a Isócrates usando de sus mismos métodos retóricos, se dirige a señalar que, con ello, el Estagirita ha desertado de la filosofía y ha confundido la retórica con la política 34 . Es verdad que en la tradición epicúrea pervive sobre todo el recuerdo de las obras exotéricas juveniles de Aristóteles y que es por referencia a este marco como la crítica de Filodemo se ha transmitido a diferentes autores 35 . Pero que tal interpretación no constituye un testimonio aislado y que expresa un parecer que, de alguna manera, vincula a la configuración de la Retórica de Aristóteles, lo demuestra un pasaje de Quintiliano sobre Aristón, el predecesor de Critolao en el Perípato, según el cual él había definido la retórica como scientia videndi et agendi in quaestionibus civilibus per orationem popularis persuasionis 36 . Esta misma lectura de la Retórica como un tratado sobre la ciencia de la previsión y la acción políticas se desprende también del análisis de algunos argumentos desarrollados por Cicerón en el De Oratore , cuya dependencia de fuentes antiguas ha establecido G. A. Kennedy 37 . Y hasta una obra tan tardía como el Comentario de Gil de Roma a la Retórica —único en la Edad Media, según la investigación de J. Murphy— reproduce un punto de vista semejante, cuando tiene a la obra de Aristóteles por una «aliada de la ciencia política y de la ética» 38 . Lo cual quiere decir probablemente que el tránsito de la Edad Antigua a Media había aislado esta interpretación de la Retórica de Aristóteles (desgajándola, en consecuencia, de la retórica formal reorganizada en el Trivium) y, en todo caso, que tal interpretación existía y operaba de hecho como tradición hermenéutica en la historia de la recepción 39 .
Para el fenómeno del renacimiento actual de la retórica y, en su seno, para la recuperación de la «escritura» de Aristóteles, no se puede prescindir de la evidencia de estas tradiciones interpretativas, a cuyo mejor conocimiento se ha de conceder un papel de primer orden en la interpretación global de la Retórica . Por lo pronto, como ya he señalado, su propia pluralidad descarta que la lectura canónica, preceptista , constituya la única lectura posible de esta obra aristotélica. Pero aún es más significativo el que esa misma pluralidad sea reproducida ahora por la bibliografía contemporánea, en unos términos que, no por generales, resultan menos evidentes. Y, en efecto, prescindimos de los problemas derivados de las lecturas genéticas sobre la composición de la obra —problemas de los que nos ocuparemos más abajo—, los estudios de Solmsen y Gohlke 40 , aunque discrepantes entre sí, conciben a la Retórica como una parte de la lógica, abusivamente truncada por Andrónico del cuerpo del Órganon . También la interpretación de Russo 41 se inscribe en un contexto parecido, si bien desde fórmulas más cercanas a los modelos escolásticos. E igualmente los recientes estudios de W. H. Grimaldi y J. Sprute 42 , para quienes el interés de la Retórica se halla centrado en la doctrina de la «argumentación» desde un punto de vista que permite situar el libro de Aristóteles entre los méthodoi o escritos de lógica. Sin embargo, esta dirección de las investigaciones no es compartida en la actualidad por todos los estudiosos. De la mano del estructuralismo, R. Barthes y, más aún, P. Ricoeur 43 han iniciado una recuperación de la visión tradicional de la retórica y la poética, en la que, como ya he dicho, ambas aparecen como modos especializados de la codificación de los lenguajes naturales (al lado de y por oposición a las codificaciones científicas establecidas en el Órganon) . Pero tampoco este modelo de análisis —cuyos precedentes han de situarse en los trabajos de A. Rostagni y, más atrás, en ideas de Croce 44 — goza de un acuerdo pleno. Todavía en tercer lugar, y prolongando ahora las antiguas tesis de Thurot y Zeller 45 , para quienes la retórica llevaba a cabo la conexión entre la dialéctica y la ética y política, otros estudiosos, especialmente de círculos americanos, como Ch. L. Johnston y L. Arnhardt 46 , o italianos, como C. Viano y A. Pieretti 47 , acentúan, en fin, una interpretación de la Retórica , que ve en ella un instrumento racional de los discursos éticopolíticos y que debe ser analizada, por tanto, en relación con la problemática específica de la praxis .
Esta lista no pretende ser completa, ni siquiera aproximativa. Pero basta para percibir la cercanía entre las actuales líneas de investigación y las posibilidades abiertas en la historia de las tradiciones, unas y otras organizadas en torno a tres núcleos hermenéuticos de orden lógico, literario y ético-político. Sin duda, como señalé ya anteriormente, esto quiere decir que las lecturas antiguas no han carecido de justificación y que sobre la noción aristotélica de retórica pesa una oscuridad conceptual de la que hay que hacerse cargo ante todo. Pero, como con tanto acierto lo ha señalado H. Schanze 48 , esto quiere decir también que en el pensamiento del filósofo dicha noción opera con un carácter de ubicuidad sistemática , verificable en los varios contextos diferenciados en los que puede intervenir y cuyos usos y articulaciones es necesario examinar. Estos dos hechos sólo pueden comprenderse, ciertamente, por referencia a la situación de la retórica. Pero, por ello mismo, tal situación debe ser considerada como un punto de partida obligatorio, si se quiere restablecer la «escritura» de Aristóteles en este ámbito concreto de su reflexión.
2. EL «GRILO» Y LA HERENCIA PLATÓNICA
He señalado al principio de estas páginas que la recuperación del pensamiento retórico de Aristóteles depende de una recuperación previa del horizonte de problemas reales —históricos—, a que dicho pensamiento debe su génesis. Ahora bien, aunque sólo relativamente, tal horizonte de problemas podemos representárnoslo a través de las noticias que nos quedan del Grilo , un lógos ekdedoménos o escrito público, dedicado al análisis de la retórica, que hace el núm. 5 del catálogo de Diógenes y que, según todas las fuentes, constituye la primera obra del Estagirita 49 . En realidad, no son muchos los datos de que disponemos acerca de esta obra. Hay general acuerdo en que tenía forma de diálogo y en que su modelo debió ser el Gorgias de Platón 50 . Y también hay acuerdo, a partir de un pasaje del mismo Diógenes 51 , en que Aristóteles escribió la obra como reacción a la multitud de elogios que se dedicaron a Grilo, hijo de Jenofonte, con ocasión de su temprana muerte durante las primeras escaramuzas de la batalla de Mantinea, lo que sitúa la cronología del diálogo en torno a la fecha —o muy poco después— de esa batalla, en el 362 a. C.
De las intenciones críticas de Aristóteles estamos bien informados. Por lo que se deduce de la cita de Diógenes, el filósofo interpretaba los elogios del joven Grilo, no tanto como un medio de ensalzar al muchacho, cuanto de «congraciarse» (charizómenoi) con su poderoso padre, cuya influencia como amigo de Esparta había crecido considerablemente en las precarias circunstancias de la coalición espartano-ateniense. Este uso del verbo charízesthai , con que en el vocabulario académico se describía el servilismo de los sofistas 52 , presupone que el filósofo desarrollaba en el diálogo la misma tesis del Gorgias sobre que la esencia de la retórica se cumple en la «adulación» política. Pero, a su vez, la aplicación de esta tesis a un tema de actualidad sugiere igualmente que la obra se servía de la crítica a los elogios fúnebres de Grilo como medio de intervenir en la polémica ideológica, en ese instante dominada por las consecuencias y expectativas panhelenistas del Congreso de Esparta (371 a. C.). Se sabe que este asunto era el centro de atención de los isocráticos 53 . Además, el párrafo de Diógenes que sigue a su cita de Aristóteles asegura que también Isócrates había compuesto un elogio al hijo caído de Jenofonte 54 , elogio que sólo puede comprenderse, como en seguida veremos, en el marco de la paideía retórica defendida por el célebre orador. Y si a esto se añaden, en fin, los testimonios —algo posteriores, pero que deben arrancar del diálogo aristotélico— acerca de la disputa entre Aristóteles y el isocrático Cefisodoro 55 , el cuadro que se nos ofrece confirma entonces lo que acabo de decir sobre que el Grilo significaba una toma de posición ante los debates político-ideológicos del momento y, en esa hipótesis, que el blanco principal de sus críticas y argumentaciones no era otro que Isócrates.
Ciertamente, a pesar de numerosos cambios en los destinatarios, la doctrina de Isócrates había permanecido en lo fundamental estable 56 . Los grandes discursos chipriotas de 370-62, pero también los inmediatamente anteriores de la década de 380-70, y otros más antiguos, como Busiris (390) y Helena (389), adoptan la forma de un nuevo género literario, el «elogio oratorio», que toma su originalidad de la unión entre el encomio tradicional y la meditación sobre los sucesos actuales, encarnados en la acción virtuosa de sus respectivos protagonistas 57 . Es evidente que sobre esta correlación entre elogio, virtud y actualidad política apoyaba Isócrates el derecho de la retórica a constituirse como elemento rector de la paideía , igualmente distanciado del inmoralismo sofista y de las abstracciones de la dialéctica platónica 58 . Por una parte, mediante la alabanza de la areté , el «elogio oratorio» era susceptible de proporcionar un modelo para la acción pública, que podía ser fácilmente comprendido y seguido por las masas. El que tal modelo se atuviese al criterio de obediencia a la ley y a las constituciones buenas —de conformidad con las enseñanzas socráticas, que Isócrates razona en Contra sofistas 59 — permite comprender los motivos por los que este último designaba su actividad con el término «filosofía». Pero, por otra parte, la filosofía era para él, como se desprende de los análisis de Antídosis 60 , no otra cosa que aquella «cultura general» que hace a los hombres capaces de un juicio sereno y que se resuelve técnicamente —en cuanto arte o paradigma de saber— en la posesión de los medios adecuados para persuadir sobre la mayor conveniencia de cada decisión. Al centrarse en un modelo de paideía basado en el aprendizaje de tales medios, Isócrates postulaba, así, una identificación entre filosofía y retórica que organizaba sus objetivos en torno al ideal de un nuevo hombre: el hombre político , el hombre suficientemente cultivado, que no cree tanto en la existencia de la «ciencia de la virtud», cuanto en la sensatez (phrónesis) y en el cálculo racional (logismós) para convencer al pueblo de lo que es más provechoso en el marco de una práctica razonable y compartida de virtudes 61 . Pero es patente que tal punto de vista, con su concepto utilitario de la areté 62 y con su recurso a la persuasión como instrumento de la acción política, no podía ser sentido en el interior de la Academia sino como los antípodas de la búsqueda de la verdad y del programa de mejoramiento ético de los hombres en que los platónicos hacían consistir los altos ideales de la filosofía.
Es, pues, en el marco de estos debates donde el joven Aristóteles iba a alzar por primera vez su voz y donde radican las motivaciones teóricas del Grilo . Sabemos ya que el diálogo reproducía la tesis del Gorgias acerca del carácter meramente adulador de la retórica. El análisis de Aristóteles no podía ser en este punto muy distinto del que leemos en el diálogo platónico. Sin el fundamento de un saber más general, por el que pudiera pronunciarse sobre la justicia, la retórica se reduce a una simple praxis, semejante a la mañas culinarias: ella consiste, en resumen, en una forma de adulación, que, en su afán de obtener el beneplácito del auditorio, sustituye por las apariencias de un fácil triunfo el conocimiento de la verdad y la práctica del bien 63 . De esta tesis y de su complementaria sobre que la retórica se dirige a las pasiones, Aristóteles habría obtenido la consecuencia —según razona convincentemente Solmsen 64 — de que el ejercicio retórico se sustrae a las reglas morales. Y todavía otra noticia, transmitida esta vez por Quintiliano 65 , añade que Aristóteles negaba a la retórica la condición de arte, lo que parece que argumentaba el filósofo en la capacidad de esta última para persuadir sobre tesis antitéticas.
De todos modos, si todas estas afirmaciones muestran una filiación estricta respecto de las correspondientes del Gorgias , no por ello debe suponerse que los razonamientos del Grilo se subordinasen por entero a los de este diálogo platónico. Quintiliano se refiere además a que tales razonamientos estaban presentados «conforme a una cierta sutileza propia» (quaedam subtilitatis suae) , lo que indica que a la obra no le faltaba originalidad. Y, por otra parte, algunas de las tesis que Quintiliano expone a continuación— y que sólo son plausibles, dado su carácter platonizante, si también están tomadas del Grilo — se aproximan de un modo notorio a los análisis del Fedro 66 , sobre cuya fecha anterior al diálogo del Estagirita (hacia el 370/69) existen ya pocas dudas 67 . Cabe concluir, así, que el Grilo contenía una síntesis de las principales opiniones de Platón a propósito de la retórica —no sólo de las críticas negativas del Gorgias , sino también de los análisis positivos del Fedro — y que, por tanto, a través de la censura de Isócrates, el interés de Aristóteles se dirigía, en realidad, a la reafirmación de los valores del platonismo y a la propaganda de la paideía filosófica practicada en la Academia.
Esta caracterización del Grilo , como una obra de síntesis de las posiciones platónicas en el marco del debate ideológico sobre el significado de la paideía , es esencial para clarificar el trasfondo teórico del diálogo y con ello la índole de los problemas a que a partir de ahora tendría que enfrentarse Aristóteles. Ciertamente, ante el modo como Isócrates había razonado la naturaleza de la retórica, el núcleo de la cuestión no podía ya reducirse a la crítica del inmoralismo sofista (denunciado por Platón en el Gorgias , pero no menos por el propio Isócrates en Contra sofistas) , sino que radicaba ahora en que la retórica al uso (la de los sofistas, pero, en este caso, también la de Isócrates) carecía de criterios veritativos por los que pudiera reconocer los bienes en sí y regular, conforme a ellos, las conductas de los hombres. Frente a esta situación de la retórica, las exigencias enunciadas por Platón en el Fedro consistían en señalar, ante todo, que sólo son verdaderos discursos los discursos que son verdaderos; y, después, que tal requisito se cumple únicamente cuando los discursos remiten a un adecuado plano de referencia ontológica , es decir, no a las opiniones o a las realidades sensibles, sino a las Ideas o Formas 68 . Para ello era preciso, a juicio de Platón, que todos los discursos dependiesen de un órganon o «discurso de los discursos», que pudiese establecer la conexión del lógos con el objeto esencial comprendido en él. Y tal órganon era la dialéctica, en cuanto que, mediante divisiones y composiciones de conceptos, permitía garantizar la validez de las definiciones y la necesidad de los procesos deductivos, relacionando así legítimamente los enunciados del lenguaje con los objetos mencionados en ellos.
De aquí se desprendían dos consecuencias sin duda fundamentales para la interpretación de la retórica. La primera, que los discursos verdaderos son exclusivamente los discursos científicos , pues sólo ellos, por el cumplimiento de las exigencias de la dialéctica, reproducen de un modo adecuado (orthôs) el orden real, esencial, de las Ideas 69 . Y la segunda, que la retórica no puede ser entonces nada distinto de la dialéctica misma 70 , ya que, no siendo la retórica una ciencia particular, un saber que se refiera a un género o clase de objetos de la realidad —es decir, pretendiendo ser ella también un órganon o «discurso de los discursos»— ha de cumplir las exigencias todas de la dialéctica y en nada puede diferenciarse de ella. Sobre la base de estas conclusiones, Platón justificaba, en sus análisis del Fedro , la subordinación de la retórica a la dialéctica: a la retórica, en efecto, no podía caberle ninguna función propia y debía reducirse a ser una forma subsidiaria, más relajada y psicagógica 71 , de presentar los razonamientos de las ciencias, al modo de lo que hace la poesía dramática 72 . Pero es palmario que toda esta argumentación se sostenía exclusivamente sobre aquella tesis de principio, suscrita sin disputa en el punto de partida, según la cual sólo hay verdad cuando hay denotación de objetos (esenciales), de suerte que sólo son discursos verdaderos los que remiten a entes y nexos objetivos de la realidad. De acuerdo con esta tesis —de la que apenas es necesario decir que iba a resultar decisiva para el destino del saber y de la cultura en Grecia 73 — la verdad debía situarse, así pues, íntegramente en el plano de la referencia , no en el de la comunicación . Y ello pone en claro entonces que la reducción platónica de la retórica a la dialéctica no significaba otra cosa, como tan agudamente lo ha señalado Apel 74 , que la subordinación de las competencias comunicativas del lenguaje a su función de designación .