Kitabı oxu: «Formas dignas de co-existencia»


Esporanza
Fuente: KOVO. Muestra microscópica de una espora que dignifica la co-existencia.
FORMAS DIGNAS
DE CO-EXISTENCIA

Formas dignas de co-existencia. Experiencias agroecológicas para la transformación social en Colombia
Resumen
Este es el segundo libro de una trilogía dedicada a los procesos agroecológicos, al reconocimiento de la agricultura campesina familiar y comunitaria y a las formas dignas de coexistencia que desde allí se tejen en Colombia. Procura aportar desde un enfoque socio político una categoría social que enriquece de manera complementaria la invitación que la agroecología hace para entender los procesos ecosistémicos y la importancia de revalorizar los saberes y haceres de las comunidades locales para transformar su realidad. Gustavo Wilches-Chaux insiste en que este es un libro urgente en estos tiempos de grandes exigencias donde el cuidado mutuo se convierte en una prioridad y el llamado nos convoca a reexistir con dignidad y armonía. En esta ocasión la Cátedra Unesco en Desarrollo Sostenible presenta el trabajo articulado entre el Instituto de Estudios Ambientales IDEA de la Universidad Nacional y la Universidad del Rosario, el cual enaltece estas experiencias agroecológicas como estrategias ejemplarizantes de conectividad y transformación social en el país.
Palabras clave: Ecología agrícola, agricultura sostenible, cambio social, conservación de los recursos agrícolas, Colombia.
Reputable ways of coexistence. Agroecological experiences for social transformation in Colombia
Abstract
This is the second book in a trilogy dedicated to agroecological processes and to the acknowledgment of family and communal peasant agriculture based on which reputable forms of coexistence are created in Colombia. It seeks to propose, from a socio-political perspective, a social category that is complementary to the invitation made by agroecology to understand ecosystem processes and the importance of revaluating the knowledges and doings of local communities to transform their reality. Gustavo Wilches-Chaux insists that this is an urgent book in these times of great demands where mutual care becomes a priority and there is a call for all of us to re-exist with dignity and harmony. On this occasion, the UNESCO Chair in Sustainable Development presents the joint work between the Institute of Environmental Studies (IDEA) of the Universidad Nacional and the Universidad del Rosario, which highlights these agroecological experiences as exemplary strategies of connectivity and social transformation in the country.
Keywords: Agricultural ecology, sustainable agriculture, social change, conservation of agricultural resources, Colombia.
Citación sugerida / Suggested citation
Cepeda Valencia, J. y Jiménez Reinales, N. (cords.), (2020). Formas dignas de co-existencia. Experiencias agroecológicas para la transformación social en Colombia. Bogotá: Editorial Universidad del Rosario; Universidad Nacional de Colombia.
https://doi.org/10.12804/tp9789587844856
FORMAS DIGNAS
DE CO-EXISTENCIA
Experiencias agroecológicas para
la transformación social en Colombia

NATHALY JIMÉNEZ REINALES
JULIANA CEPEDA VALENCIA
—Compiladoras—
Formas dignas de co-existencia. Experiencias agroecológicas para la transformación social en Colombia / Nathaly Jiménez Reinales, Juliana Cepeda Valencia, compiladoras. – Bogotá: Editorial Universidad del Rosario – Universidad Nacional de Colombia, 2020.
Incluye referencias bibliográficas
1. Ecología agrícola – Colombia. 2. Agricultura sostenible – Colombia. 3. Cambio social. 4. Conservación de los recursos agrícolas. I. Universidad del Rosario. II. Título.
630 SCDD 20
Catalogación en la fuente – Universidad del Rosario. CRAI
| JAGH | Agosto de 2020 |
Hecho el depósito legal que marca el Decreto 460 de 1995
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https://editorial.urosario.edu.co/
Primera edición: Bogotá D. C., 2020
ISBN: 978-958-784-485-6 (ePub)
ISBN: 978-958-784-486-3 (pdf)
https://doi.org/10.12804/tp9789587844856
Corrección de estilo: Gustavo Patiño Díaz
Imagen de cubierta: Koexistenz, KOVO
Diseño de cubierta: Juan Ramírez
Diagramación: Precolombi EU-David Reyes
Conversión ePub: Lápiz Blanco S.A.S.
Hecho en Colombia
Made in Colombia
La responsabilidad de lo escrito es de los autores y no representa necesariamente la opinión de las instituciones.
El contenido de este libro fue sometido al proceso de evaluación de pares, para garantizar los altos estándares académicos. Para conocer las políticas completas visitar: editorial.urosario.edu.co
Todos los derechos reservados. Esta obra no puede ser reproducida sin el permiso previo por escrito de la Editorial Universidad del Rosario.
Contenido
Agradecimientos
Prólogo dinámico. Un libro urgente
Gustavo Wilches-Chaux
Introducción
Capítulo 1
La deconstrucción del desarrollo hacia formas dignas de co-existencia
Juliana Cepeda Valencia
Nathaly Jiménez Reinales
Capítulo 2
Enfoque teórico y propuesta conceptual-metodológica: el enfoque sociopolítico de la agroecología en las formas dignas de co-existencia
Nathaly Jiménez Reinales
Juliana Cepeda Valencia
Capítulo 3
Rutas y caminos hacia otras formas de habitar Bogotá-Región
Juliana Cepeda Valencia
Capítulo 4
Agrosembradores del macizo colombiano: reforestar la cabeza y el territorio. Luchas y reexistencias en el Cauca
Carlos Enrique Corredor Jiménez
Capítulo 5
Desde adentro y hacia todas las direcciones: en defensa y por la preservación de la vida, la semilla y el ambiente sano (Mocoa, Putumayo)
Nathaly Jiménez Reinales
María Angélica Arias Naranjo
Capítulo 6
Educación en agroecología. Estrategia para lograr la vida querida en contextos rurales
Arlex Angarita Leiton
Capítulo 7
Estrategias juveniles para la transformación del campo: Campinagro-reencantamiento del joven rural
José H. Gallego A.
Daniel H. Vanegas R.
Capítulo 8
Dossier de aportes para la educación rural; pedagogías para la co-existencia
María Angélica Arias Naranjo
con la colaboración de
Ingrid Tatiana Fernández
Jairo Andrés Peña
Mónica Beatriz Silva Gutiérrez
Santiago Manuel Sáenz Torres
Nicolás Gaitán-Albarracín
Lina María Cortés
Jairo Andrés Peña
Jhon Freddy López Medina
Conclusión
Epílogo
Autoras/compiladoras
Agradecimientos
Como compiladoras, agradecemos a todas y todos los artífices de la transformación social en Colombia, manos y corazones que hacen de las experiencias agroecológicas muestras ejemplarizantes de co-existencia, dignidad y armonización, pese a las escasas condiciones que favorecen su desarrollo en el territorio.
Un agradecimiento especial a las personas detrás de las formas dignas de co-existencia en Bogotá-región: Samzará, Mercado Agroecológico Tierra Viva, Jero el granjero, Red de Permacultura de la región del Tequendama, La Canasta Agroecológica, Parque temático en salud pública Chaquén, Reserva natural de la sociedad civil Tenasucá y Tienda agroecológica La Canasta Solidaria. Al Comité de Integración del Macizo Colombiano (CIMA) en el Cauca. Al etnocampesinado organizado en el Nodo Mocoa. A la región sur de Bolívar y los protagonistas del “Campus Universitario del Sur de Bolívar (CUSB)”. A la Red de Jóvenes por el Oriente de Caldas, al Jardín Botánico de la Universidad de Manizales y los hacedores de Campinagro en Manzanares. Al Colectivo de Agroecología Tierra Libre, al programa UTOPIA de la Universidad de la Salle, al Programa Especial de Admisión y Movilidad Académica (PEAMA), sede Sumapaz de la Universidad Nacional de Colombia y al Laboratorio de Innovación para la Paz.
A los autores, que con una lectura atenta y respetuosa han interactuado, hecho parte y puesto al servicio su labor cuidadosa de reconocer, visibilizar y acompañar las formas dignas de co-existencia en Colombia.
A la Red Nacional de Agricultura Familiar (RENAF), por todo el esfuerzo de articulación que desde el 2012 ha logrado configurar en el país y que nos honra con su presencia en la Cátedra Unesco de Desarrollo Sostenible.
Al Convenio entre el ZEF de la Universität Bonn y el Instituto de Estudios Ambientales (IDEA) de la Universidad Nacional que financió parcialmente la investigación aquí consignada, vinculando a Juliana Cepeda Valencia como beneficiaria del “Programa bilateral de apoyo a la formación doctoral en construcción de paz, ambiente y desarrollo en Colombia” con el proyecto “Identificando y valorando formas dignas de co-existencia: ciudadanos y comunidades que apuestan por el desarrollo territorial”.
A la Editorial Universidad del Rosario (Juan Felipe Córdoba), por su trabajo coordinado para desarrollar el proceso editorial que da como resultado la publicación de esta obra.
A Gabriela González, por su apoyo en traducción, y a las asistentes de investigación Juanita Delgado y Sofía Pérez, por su colaboración.
Y, sobre todo, a la Tierra y su inconmensurable generosidad y paciencia para con esta humanidad que poco a poco aprende a cuidarse como se cuidan las abejas y a honrarla como lo hacen las semillas.
Prólogo dinámico. Un libro urgente
Gustavo Wilches-Chaux
Texto y contexto
Desde cuando recibí el primer borrador de este libro, en enero de 2020, decidí que el título del prólogo que Juliana Cepeda y Nathaly Jiménez me invitaron a escribir sería: Un libro urgente. Mantengo esa decisión porque este libro es cada día más urgente… Y le agrego un antetítulo: Prólogo dinámico.
Juliana y Nathaly son coautoras, junto con todas las demás personas que, con sus teclados y con sus herramientas de labranza, han contribuido a la construcción de este vivero de esperanza.
En ese momento, y desde varias décadas atrás, una creciente cantidad de las personas que somos parte de este país (de este planeta en general) requerimos con urgencia argumentos concretos para reafirmar la esperanza —o para recuperarla quienes la hayan perdido— en que la vida misma, de la cual los seres humanos también somos expresiones, encontrará estrategias adecuadas para superar esta multitud de crisis interrelacionadas que se tornan cada vez más complejas, y que, de una u otra manera, se han convertido en la manera de existir de una multitud de especies (hoy me atrevo a escribir que incluida la humana), que, por distintas razones, están cada vez más en peligro.
En esos primeros días del año la expresión más evidente de la crisis global se daba en los procesos del clima y del tiempo atmosférico, hasta el punto de que poco después, en distintos lugares del mundo, incluida Colombia, se comenzaron a dar pasos para la declaración de la crisis climática; o, más exactamente, para reconocer oficialmente la existencia de una crisis climática, concepto que supera cuantitativa y cualitativamente al de cambio climático.
En diciembre se confirmó que con 2019, el año más caluroso que hasta ese momento se había registrado, culminaba también la década más calurosa registrada hasta entonces en la Tierra. Incendios forestales, algunos de los cuales se prolongaron hasta 2020, devastaban millones de hectáreas en Australia, en África, en California y en el Amazonas (Brasil, Bolivia, Colombia…), mientras otros más pequeños, pero igualmente destructivos para los ecosistemas que afectaban, tenían lugar en otros lugares del mundo, incluidas regiones de Colombia, como Bogotá y sus alrededores.
A principios de febrero nos enteramos de que en la estación argentina Esperanza, situada en la punta norte de la Antártida, se registró una temperatura récord de 18,3 ºC, mientras en la vereda Toquilla, a 2945 msnm y a 10 km del casco urbano del municipio de Aquitania (junto al lago de Tota, en Boyacá, Colombia), se registró una temperatura, también récord, de -11,2 °C. Este último es otro ejemplo de cómo el calentamiento global, paradójicamente, puede generar fríos extremos en algunos lugares.
De tiempo atrás, los científicos venían alertando sobre el hecho de que el descongelamiento del permafrost, la delgada capa de hielo que cubre los suelos de los lugares más fríos del planeta, estaba teniendo lugar 70 años antes del momento en que estaba previsto que ocurriera, y de lo que eso significaría en términos de la aceleración del cambio climático.
Pero esta no era la única crisis que afectaba en ese momento al país ni al resto del planeta. En un texto denominado “Pactos por la TOTA-lidad”1, que forma parte del libro Boyacá Compleja, transcribí estos apartes de un artículo de El Espectador2 (19 de junio de 2019), que hoy tomo prestados de nuevo:
Desde 2015, [Colombia] es el país que más desplazados internos tiene, superando a Siria que ya llega a 6’183.900, luego de más de ocho años de una guerra civil. Así lo reportó el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) en su informe ‘Tendencias globales: desplazamiento forzado en el 2018’, que se publicó hoy.
En el mundo el desplazamiento forzado se incrementó durante el año pasado, pues la cifra de desplazados llegó a 41,3 millones de personas, 1,3 millones más que en 2017. Además, es la cifra más alta que ha reportado el Centro de Monitoreo de Desplazamiento Interno (IMDC, por sus siglas en inglés), que desde 1998 documenta este fenómeno a escala mundial.
En Colombia 7’816.500 de personas han huido de la violencia. Supera a República Democrática del Congo, Somalia, Etiopía, Nigeria y Yemen. Durante el 2018, según el documento, 118.200 colombianos abandonaron sus hogares huyendo de la guerra.
Estas cifras aterradoras no incluyen a los cerca de dos millones de migrantes y refugiados venezolanos que, ‘según datos de las autoridades nacionales de inmigración y otras fuentes’ que recogen la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR), y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), han llegado al país. Esa cifra sigue aumentando y no es fácil saber con exactitud hoy cuantos son.
A esto se sumaban otras tensiones nacionales e internacionales, y otros dramas internos, como los asesinatos sistemáticos de líderes sociales, en distintas regiones de Colombia.
Cuando a finales de marzo de 2020 escribía la segunda versión de este Prólogo dinámico, no habían transcurrido todavía 3 meses desde cuando recogía esos y otros datos validados para caracterizar ese panorama desolador. En esos menos de 90 días, ya la Tierra se había convertido en un planeta diferente. Y hoy, a casi un mes de ese momento, el mundo está mucho más lleno de procesos amenazantes en cuanto a nuestra especie humana hace referencia.
Aparece un nuevo actor
El 11 de marzo de 2020, “la Organización Mundial de la Salud declaró oficialmente el Coronavirus como una Pandemia”3. En ese momento, dijeron las noticias, ya se había detectado una enfermedad llamada COVID-19 en 114 países del mundo, donde por esa causa ya habían muerto 4000 personas; 14 días después, el 25 de marzo, según datos del Gobierno colombiano, ya se registraban 186 países afectados por la enfermedad, 416.916 casos confirmados en el mundo y 18.565 personas muertas. En Colombia había 470 personas contagiadas, 4 personas muertas y 8 recuperadas.
Hoy, 24 de abril, cuando retomo la escritura del Prólogo dinámico, se han registrado en el mundo 2.588.068 personas contagiadas, de las cuales han fallecido 182.8084.
Según datos oficiales, en Colombia se han registrado hasta ahora 4561 casos, 927 personas recuperadas y 250 fallecidas.
Cuando acabo de transcribir estas cifras —y, por supuesto, para cuando el libro esté disponible en su versión virtual—, ya estarán desactualizadas, porque aumentan cada segundo con la velocidad de un taxímetro adulterado. Y porque presentan variaciones de una fuente a otra, o se ajustan a medida que se van volviendo más eficaces los sistemas de detección y de registro.
Mientras tanto, la crisis climática se sigue consolidando, con todas las consecuencias que ello implica para los ecosistemas y los procesos que hacen posible la vida en la Tierra, a pesar de que hoy existen indicios de que algunas de las causas estructurales de esa crisis —como las emisiones de gases de efecto invernadero por el consumo de combustibles fósiles— se pueden estar reduciendo como consecuencia del “encierro obligado” de la especie humana con motivo del coronavirus (sobre esto volveremos más adelante); sin embargo, es tal la acumulación de esos gases en la atmósfera que aunque las emisiones llegaran a cesar totalmente, las que ya están allí seguirán produciendo sus efectos —en el mejor de los casos— durante, mínimo, 100 años más.
En Colombia siguen los incendios forestales. De acuerdo con información publicada el 26 de marzo por la revista Semana Sostenible, a esa fecha
Un total de 11 incendios se encuentran activos en este momento en el territorio nacional, de acuerdo con el último reporte de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres.
Según se dio a conocer, las conflagraciones se registran en los municipios de Pailitas, Valledupar y La Jagua de Ibirico, en el departamento del Cesar; Riosucio, en Chocó; Puerto Gaitán y Vistahermosa en el Meta; Ciénaga y El Banco en Magdalena; Contratación y Rionegro en Santander y Tolú Viejo, en Sucre. De acuerdo con la entidad, entre el primero de enero de este año y el 25 de marzo se han registrado un total 1.033 conflagraciones, de las cuales 1.019 ya se encuentran totalmente liquidadas y tres más están controladas. Estas últimas en los municipios de Barrancas, Guajira y Pueblo Bello y El Copey en el departamento de Cesar.5
Otro proceso de necrodiversidad que no se detiene es el de los asesinatos de líderes sociales. De acuerdo con el Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (INDEPAZ), entre el 2 de enero y el 10 de marzo de 2020, en Colombia fueron asesinados 57 líderes sociales, y entre el 1 de enero y el 15 de febrero, corrieron igual suerte 10 excombatientes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) que se habían acogido plenamente al acuerdo de paz. Desgraciadamente, esas cifras también se desactualizan con trágica rapidez6.
Todos estos procesos se entrelazan, entonces, con los efectos del coronavirus, ese nuevo actor que ha irrumpido en el panorama mundial, y que tiene total y literalmente sitiada a la especie humana… a la que se suele llamar la civilización humana, y ello confirma lo que desde hace años ya se veía venir como una crisis civilizatoria, aunque sin sospecharse que podría ser disparada por un virus.
Esa crisis fractal nos afecta desde el ámbito planetario a los 7800 millones de seres humanos que formamos parte de la Tierra, hasta lo más íntimo de la vida personal de cada cual. Ni siquiera se han salvado algunas de esas cerca de 100 comunidades indígenas del mundo que han intentado mantenerse —en ejercicio de lo que reclaman como un derecho— en aislamiento voluntario7, un concepto sobre el cual inevitablemente debemos reflexionar quienes hoy nos encontramos en aislamiento obligatorio.
A escala mundial parece existir ya la convicción (si bien no unánime, en muchos casos sí expresa) de que cuando salgamos de esto —suponiendo, con optimismo, que sí vamos a poder salir de esto— el planeta Tierra y la gran mayoría de las comunidades humanas van a ser muy distintas de como éramos la víspera de que se declarara que había llegado la pandemia a Colombia.
En cuanto al planeta hace referencia, ante las noticias reiteradas de cómo, en distintas partes del mundo, muchas especies de animales silvestres están retomando espacios terrestres y acuáticos de los cuales los humanos las habíamos desplazado, pensaba que nos encontramos en una especie de tráiler con nosotros, de ese “mundo sin nosotros” que describió Allan Weisman en su libro con ese título, y que explora la manera como las especies animales y vegetales comenzarían a retomar el planeta en caso de que súbitamente despareciéramos los seres humanos, por alguna causa no determinada, que solamente afectara a nuestra especie, pero sin implicar la destrucción planetaria. ¿Habrá pensado Weisman que esa causa podría eventualmente ser un virus?
Esa retoma de la Tierra por parte de la vida silvestre y el impacto positivo que está demostrando esa pausa obligada de la voracidad humana sobre los que llamamos “recursos naturales”, así como la reducción notable de las emisiones de gases de efecto invernadero y de otras muchas formas de contaminación atmosférica y de los suelos y de los cuerpos de agua continentales y de las aguas oceánicas (incluida la contaminación sonora, que tanto afecta a los seres del mar), nos permiten suponer que cuando los humanos salgamos de nuestro encierro vamos a encontrar —por lo menos, en su dimensión específicamente ecológica— un planeta mejor.
¿Seremos capaces, entonces, de redefinir el papel que nuestra especie ejerce en el conjunto planetario y en cada territorio local?
Un libro cada vez más urgente
El primer capítulo de este libro se dedica, precisamente, a cuestionar la manera como los seres humanos hemos entendido “el desarrollo” bajo la batuta directora de los países que se han autodenominado “desarrollados”, y que hoy se encuentran entre los más amenazados por la pandemia del COVID-19 (hasta el 23 de abril, en Nueva York habían muerto 16.388 personas). El virus está demostrando que el camino no era por ahí.
Toda esta muy larga introducción se justifica para justificar lo que ya enuncié desde el primer párrafo: que este es un libro cada vez más urgente.
Urgente porque nos aporta ejemplos reales, en plena marcha, concretos, tangibles, caminables, y en muchos de sus aspectos replicables en otros lugares, de cómo distintas comunidades colombianas han venido construyendo, paso a paso y en un permanente diálogo horizontal con los demás seres vivos con los cuales comparten el territorio, formas dignas de co-existencia, a partir de experiencias agroecológicas llevadas a cabo con un objetivo ético expreso: la transformación social. O, más aún: una profunda transformación cultural.
Co-existencia entre humanos, entre humanos y no humanos, entre instituciones y comunidades, entre agencias de cooperación y organizaciones colombianas…
Seguramente, ni cuando yo comencé a esbozar este prólogo ni cuando Juliana y Nathaly comenzaron la investigaciones cuyos resultados se presentan aquí éramos conscientes de la importancia vital que este libro iba a llegar a tener. Pienso que se va a convertir en un libro de primera necesidad.
Con base en las experiencias documentadas en la llamada Bogotá-Región, en la porción caucana del macizo colombiano, en los departamentos de Bolívar y Caldas, y en Mocoa, Putumayo, este libro se convierte en un manual para una transformación cultural profunda enraizada en la Tierra con mayúscula y en la tierra con minúscula. Cuando escribo una con mayúscula y otra con minúscula no quiero indicar que la una sea más importante que la otra, sino, precisamente, resaltar que ambos niveles extremos deben mantenerse en permanente correlación, como un ying y un yang inseparables.
Para entender mejor esto, que no es un mero juego de palabras, intentemos definirnos a partir de estas preguntas: ¿Cuál es la Tierra que yo soy? Y ¿Cuál es la tierra que yo soy?
Finalmente quiero resaltar varias cosas que me parecen importantes:
La una, que, como lo afirman y lo reiteran las autoras en distintas partes del texto, si bien
[…] en total se listaron ocho ‘formas dignas de co-existencia’ […] se incluyen en realidad más de 30 iniciativas ya que de las ocho estrategias listadas varias son redes. Así la Red de Permacultura cuenta con 48 iniciativas (de las cuales se visitaron 26) y el Mercado Tierra Viva cuenta con 15 iniciativas asociadas aproximadamente.
Otra es que cada uno de esos procesos es, en sí mismo, una escuela de vida. Al igual que sucede con el Thul, esa huerta en la cual las comunidades nasa cultivan plantas alimenticias, plantas medicinales y plantas rituales, esos espacios-tiempos son, sobre todo, lugares de encuentro entre distintas generaciones, en los cuales se transmiten saberes ancestrales y se mantiene viva la memoria colectiva, nervio central de eso que ahora llamamos la resiliencia de un territorio. Allí no solamente se enseñan saberes, digamos, “técnicos”, sino, sobre todo, cosmovisiones, mitos, valores. Habilidades todas para interactuar no solamente entre humanos, sino con todos los demás seres que comparten sus territorios, incluyendo, por supuesto, al agua. Es también en esos espacios donde el suelo es fértil para que germinen los llamados diálogos de saberes.
Bien lo dice Mamá Charito, mujer indígena kamëntsá del Putumayo, en el epílogo de este libro (que bien habría podido ser también la introducción):
Si volvemos a nuestra propia sensibilidad, de volver a reconectarnos con la Madre Tierra y que a través de nuestras semillas, sea la estrategia de volvernos a conectar con ella y así podernos garantizar una vida digna con derechos fundamentales como sociedad civil, como indígenas, como afros y campesinos.
Que si nos conectamos como los ríos y las montañas se conectan entre sí, la sociedad se pueda conectar de la misma manera y que hagamos eco para que las voces de nuestros niños, de nuestras mujeres y de nuestros ancianos, sean escuchadas y podamos garantizar una alimentación sana, saludable y nutritiva para poder alimentar el espíritu con coherencia de las actividades de lo que decimos y hacemos en el momento.
Pero además de que cada una de esas “formas dignas de co-existencia” es en sí misma una escuela de vida, como capítulo 8 se incluye un dossier que sistematiza “cuatro procesos pedagógicos donde se busca acabar con el extenso silencio de la ruralidad colombiana”. Dichos procesos sí tienen como su principal objetivo generar modelos educativos sembrados y cultivados en el campo mismo, y cuyos frutos son nuevas generaciones de jóvenes de la Colombia rural, preparados para transformar este mundo a partir de experiencias concretas y tangibles que, necesariamente, entran a formar parte de este libro urgente, de este catálogo para la esperanza.
Cuando terminé de leer el dossier vinieron a mi mente (de la cual realmente nunca han salido desde la primera vez que las oí) palabras del maestro Jorge Veloza que dicen:
Que vivan los campesinos / Y que los dejen vivir/ Que’l campo sin campesinos / Existe sin existir
Para el vivero de esperanza
Además de las iniciativas/redes que este libro analiza, en el territorio nacional existen muchísimas más, lo cual hace que el número de respuestas adaptativas de las comunidades colombianas para fortalecer su resiliencia ante las condiciones adversas en las que les ha tocado defender y ejercer su derecho a la vida con calidad y dignidad bien puede considerarse otra expresión de nuestra biodiversidad pluriétnica, multicultural y anfibia.
Ante la crisis actual, vemos, por ejemplo, cómo muchas comunidades étnicas y campesinas del país han puesto sus estrategias culturales-ancestrales en modo coronavirus, precisamente, para enfrentar este desafío inédito en estrecha alianza, lo vuelvo a decir, con la Tierra y con la tierra.
Que este manual sirva también para exigir que los aprendizajes y las estrategias éticas y técnicas derivadas de esa galaxia de experiencias se conviertan en políticas públicas, en la manera predominante de concebir la vida, y, por supuesto, el desarrollo.
Así sea.
Gustavo Wilches-Chaux
Notas
1 https://enosaquiwilches.blogspot.com/2020/01/pactos-por-la-tota-lidad_5.html
2 https://www.elespectador.com/colombia2020/pais/colombia-el-pais-con-mas-desplazados-del-mundo-articulo-866644
3 https://www.semana.com/vida-moderna/articulo/coronavirus-oms-declara-oficialmente-la-pandemia/656109
4 https://www.minsalud.gov.co/salud/publica/PET/Paginas/Covid-19_copia.aspx
5 https://sostenibilidad.semana.com/impacto/articulo/11-incendios-estan-activos-en-seis-departamentos-del-pais/49294
6 http://www.indepaz.org.co/paz-al-liderazgo-social/
7 http://territorioindigenaygobernanza.com/web/pueblos-indigenas-en-aislamiento-voluntario/
Introducción
Para mí, una sociedad mejor es una sociedadcapaz de tener mejores conflictos.De reconocerlos y de contenerlos.De vivir no a pesar de ellos, sino productiva e inteligentemente en ellos.Que solo un pueblo escéptico sobre la fiesta de la guerra,maduro para el conflicto,es un pueblo maduro para la paz.
Estanislao Zuleta (2016)
El presente libro es el segundo de una trilogía de libros especializados en agroecología y la inclusión de la agricultura familiar, campesina y comunitaria en Colombia. Hace parte de alianzas entre universidades, organizaciones no gubernamentales (ONG) y la sociedad civil —particularmente, con la Red Nacional de Agricultura Familiar (RENAF)—, junto a las que, dentro del marco de la Cátedra Unesco de Desarrollo Sostenible, se han venido tejiendo esfuerzos comunes para favorecer y fortalecer las interacciones entre los aliados desde un diálogo de saberes, un enfoque agroecológico y la disposición de co-crear una academia al servicio de las comunidades.
Esta segunda versión, titulada Formas dignas de co-existencia. Experiencias agroecológicas para la transformación social en Colombia, presenta una propuesta al enfoque agroecológico desde la sociología política que complementa y robustece el ejercicio juicioso y respetuoso que la agroecología ha aportado en el país logrando un diálogo fértil entre disciplinas.
Partiendo de la provocación que el libro Agroecología: ciencia y política (Altieri y Rosset, 2000) generó y a la primera publicación en Colombia sobre Agroecología: experiencias comunitarias para la agricultura familiar (Acevedo Jiménez et al., 2019), este segundo esfuerzo se orienta hacia la indagación de diversos elementos conceptuales y metodológicos de la agroecología. Buscamos un enfoque integrativo en el que se estructuren categorías sociales-reflexivas con el ejercicio ecosistémico de la agroecología.
Precisamente, tomando en cuenta que Altieri y Rosset (2000) insisten en que las bases de la agricultura se encuentran en la agricultura indígena y ancestral, se reconoce que los sistemas agrícolas de los indígenas son propicios para responder a la crisis ambiental actual, pues “la agroecología es una ciencia dotada de una ética social y ecológica, con un programa de investigación que intenta conseguir sistemas de producción respetuosos con la naturaleza y equitativos socialmente” (p. 84)1.
Así, la agroecología articula diversos conocimientos centrados en la relación justa entre el ambiente y la producción económica. Pero además de ello, involucra la dimensión política de la participación y la inclusión en la creación de escenarios colectivos2. Actualmente, la agroecología supera la visión ecológica de los agroecosistemas, lo que deriva de sus orígenes multi e interdisciplinarios, entre los cuales se pueden mencionar los movimientos ambientalistas, la explosión de investigaciones sobre los ecosistemas tropicales, el análisis de agroecosistemas indígenas desde una visión antropológica y etnobiológica y diversos estudios sobre el desarrollo rural (Toledo y Barrera-Bassols, 2008).
Así mismo, la agroecología puede entenderse como apuesta política para diversos movimientos campesinos. Ejemplo de ello es la declaración de Mali, de La Vía Campesina (2015) que menciona:
La agroecología es política; nos obliga a cuestionar y transformar las estructuras de poder en la sociedad. Tenemos que tener el control sobre las semillas, la biodiversidad, la tierra y los territorios, las aguas, el conocimiento, la cultura y los bienes comunes, estos deben estar en manos de los pueblos que alimentan al mundo... (Vía Campesina, 2015)
De esta manera, la agroecología no solo busca un cambio en la agricultura pensado desde la mejor comprensión del sistema ecológico en el que esta se implementa, sino que también pretende entender su dimensión cultural, para activar prácticas acordes con ambas dimensiones. En ese contexto ambiental, se acerca a una agricultura sustentable, que actualmente se viene definiendo en cuatro afirmaciones: a) culturalmente aceptable, b) ambientalmente sana, c) socialmente justa y d) económicamente viable (León y Altieri, 2010).
Ahora bien, para enunciar de manera específica el componente político de la agroecología, habrá que decir que esta disciplina, práctica o movimiento es, en sí misma, una manifestación de una nueva forma de entender lo político. Si bien desde la teoría política aún se insiste en las relaciones de poder como referente máximo de la política, desde las teorías de la complejidad se transita hacia un ejercicio político que privilegia la defensa de la vida. La agroecología confluye en varios aspectos con la complejidad, ya que, en esa invitación a transgredir la disciplina, ofrece un abanico de posibilidades de intervención e interpretación novedosas y complementarias de las ciencias sociales.
Adicionalmente, cuando se procura poner en valor los saberes tradicionales, la conservación de las semillas nativas y criollas y un discurso de desarrollo propio que respete y cuide el territorio, la agroecología constituye un acto político en sí mismo para las personas; por eso, tanto la soberanía como la autonomía alimentaria son temas indispensables cuando se trata de estructurar los principios orientadores y la instrumentalización de políticas nacionales con un enfoque agroecológico.
De este modo, la agroecología es una forma de cultivar la preservación de prácticas tradicionales indígenas y campesinas que promueven el cuidado y la conservación de un ambiente sano, el desarrollo de economías alternativas y solidarias y la transición hacia hábitos saludables de consumo; no obstante, la definición se encuentra abierta a las contribuciones que las personas, desde sus prácticas, puedan hacer para complementar o validar estos argumentos.
Lo que se convierte, sin duda, en un componente sine qua non para la comprensión y la aplicación de la agroecología es la educación rural. Esta necesidad de generar espacios de transmisión que propicien estrategias educativas respetuosas y cuidadoras del entorno y de los procesos de aprendizajes de las personas es indispensable en el ejercicio de transformación social de un país como Colombia.
Un aporte sustancial de este libro es la propuesta de acoger la categoría social emergente de las formas dignas de co-existencia como una herramienta para darle la visibilidad, el reconocimiento y el acompañamiento a esas manifestaciones de las personas, que desde prácticas agroecológicas y desde una ética del cuidado logran construir territorios solidarios, viables y saludables. Las formas dignas de co-existencia surgen de una primera indagación sobre el sentido que tiene el discurso desarrollista en Colombia, y alude a las formas de vivir bien en un territorio compartido e insiste en la necesidad de generar condiciones favorables para que cada ser en el territorio pueda gozar de un ambiente sano, de un buen trato y de una estructura humana y ecológica que se ocupe de garantizar la estabilidad y la flexibilidad necesarias, de manera que se logre materializar un ejercicio político armonioso, coherente y justo para todos.
Propiciar un ejercicio reflexivo sobre la manera como se ha asumido e instalado la idea del desarrollo en este país, que parece estar en una inagotable vía para alcanzarlo, es una de nuestras primeras preocupaciones en este libro. Ya habíamos comenzado a reflexionar sobre las decisiones que, desde las propias de la institucionalidad hasta las más cotidianas, han llevado al detrimento de la naturaleza, al aumento de la contaminación del ambiente y a ampliar aún más la brecha de desigualdad en nombre del desarrollo. Y, de hecho, también nos interrogamos sobre la necesidad de complejizar esa idea del desarrollo sostenible o la idea de sustentabilidad, y, como veremos en los capítulos que vienen, el esfuerzo por ahondar en las formas de entendimiento sobre el desarrollo nos invita a situarnos en, tal vez, una idea de desarrollo saludable. Y en esa medida, este libro le apuesta a dicha narrativa del buen vivir que, si bien para algunas comunidades y pueblos originarios tiene un sentido profundo conectado con la naturaleza, en países como Colombia nos desafía a ordenar esos referentes, esas expresiones y esas acciones que procuran interpretar o adaptar la narrativa del buen vivir en cada decisión que tomamos como personas que habitan el territorio colombiano y son parte de él.
Este momento presente nos permite insistir, aún más, en esta preocupación y en esa invitación que presentamos: sin ir más lejos, este año nos sorprende a todos la pandemia del coronavirus, que deja en el mundo cientos de miles de muertes, de acuerdo con el Google mapa del coronavirus (COVID-19) (2020). Tal escenario de crisis generalizada ha desafiado, al menos temporalmente, las prioridades mundiales sobre la productividad y el desarrollo. Ha puesto a prueba los engranajes de un sistema global que no ha podido dar respuesta efectiva a la crisis y en América Latina, después de la crisis social generalizada del 2019 que puso en entre dicho la legitimidad de muchos gobiernos. Se evidencia la inexistencia de una coordinación supranacional: más allá de contactos informales entre gobiernos, no se han activado aún mecanismos regionales para afrontar el problema (Abdala, 2020). Por otra parte, en dicho escenario, nuevamente, la naturaleza se transforma en protagonista: la cuarentena generalizada que se vive en el mundo —y, por tanto, el paro de las actividades industriales y de extracción— resulta en mejor calidad del aire, avistamiento de fauna nativa en los espacios urbanos y recuperación de ecosistemas acuáticos, entre otros.
Estas imágenes y vivencias propician fuertes reflexiones —al menos, en la opinión pública— sobre la imperativa necesidad del desarrollo económico, como lo hemos venido llevando a cabo, y presenta una respuesta ciudadana sin precedentes a las inadecuadas decisiones políticas tomadas por algunos gobiernos. ¿Empiezan a ser los ciudadanos conscientes de su poder y de la necesidad urgente de generar iniciativas propias ante la crisis? Esperamos no perder, como sociedad, la oportunidad de transformación, y que potenciemos esa construcción de dignidad de muchos más.
Partes del libro
Son ocho los capítulos que se encontrarán en este libro. El primer capítulo presenta una reflexión sobre el modelo desarrollista y la transición hacia la categoría social de formas dignas de co-existencia, a partir de un ejercicio transdisciplinar que responde a la necesidad de deconstruir las apuestas del sistema económico actual y explorar las narrativas sobre el buen vivir que en Latinoamérica se han convertido en piedra angular de varias luchas sociales por la tierra y la protección de la naturaleza, y que, a partir de este ejercicio reflexivo y crítico, hemos querido orientar a fin de entender las formas de vida digna que en los territorios las personas en comunidad son capaces de generar y preservar.
El segundo capítulo profundiza y fundamenta la propuesta teórica y metodológica de la categoría social emergente de las formas dignas de co-existencia, de tal manera que, con el ánimo de enriquecer el área de aplicación y explicación de la agroecología, la sociología política traza una ruta de entendimiento que pone a dialogar los distintos procesos en transición agroecológica, con miras a configurar marcos de análisis que invitan a hacerse otro tipo de preguntas, a ampliar el campo de observación y a hacer un seguimiento exaltando las relaciones humanas y no humanas en el territorio.
Los siguientes capítulos se especializan en la visibilización de las formas dignas de co-existencia en regiones colombianas distintas, con experiencias ejemplarizantes donde la agroecología es el principio orientador y herramienta de implementación y armonización de los protagonistas.
El tercer capítulo, de Juliana Cepeda, brinda un mapeo de identificación y valoración de las formas dignas de co-existencia de ciudadanos y comunidades que apuestan por el desarrollo territorial en la región de Bogotá-Cundinamarca. Se destaca aquí la identidad rural de la región más “urbana” del país.
El cuarto capítulo, elaborado por Carlos Corredor, enaltece el trabajo político que las comunidades caucanas —especialmente, el Comité de Integración del Macizo Colombiano (CIMA)— han logrado generar en el territorio por la defensa de la vida digna y la generación de procesos agroecológicos a través de las escuelas agroambientales del Macizo Colombiano.
El quinto capítulo visibiliza el proceso de resiliencia socioambiental que la población mocoana, en el departamento del Putumayo, logra generar luego de un desastre natural y frente a las condiciones desfavorables en cuanto al abastecimiento de alimentos sanos para la población. Escrito por Nathaly Jiménez, con la colaboración de María Angélica Arias, este ejercicio resalta el proceso colaborativo y regenerativo del nodo Mocoa, de la Red Nacional de Agricultura Familiar, y muestra los retos que se presentan al defender un territorio con tan alto grado de diversidad biocultural, a través de un circuito del alimento propio, solidario y saludable.
El sexto capítulo, escrito por Arlex Angarita, presenta un caso ejemplar en la región del sur de Bolívar, donde se pone en marcha una serie de modelos educativos en agroecología, como la propuesta mediante la cual es posible la formación de personas profesionales que puedan permanecer en el territorio logrando las transformaciones sociales que permitan alcanzar la vida querida.
El séptimo capítulo, elaborado por José Gallego y Daniel Vanegas, ilustra la situación de la juventud rural colombiana y pone en consideración una experiencia de reencantamiento del joven rural por el campo (Campinagro), realizada en el oriente de Caldas con jóvenes de nueve municipios, y que impacta desde lo político, lo emocional y lo ambiental la realidad de los participantes provocando transiciones agroecológicas de cuidado y en defensa del territorio.
Finalmente, el octavo y último capítulo se presenta en forma de dossier, con cuatro experiencias en educación rural que ilustran el virtuoso ejercicio desde la agroecología que han impulsado y acompañado algunos colectivos e instituciones educativas en los territorios.
Los cuatro procesos que resaltamos por su valioso aporte son: 1) Colectivo Tierra Libre; 2) UTOPIA-Universidad de La Salle; 3) Programa Especial de Admisión y Movilidad Académica (PEAMA) sede Sumapaz, y 4) Laboratorio de Innovación para la Paz. La primera experiencia, la llamada “Tierra libre”, ha promovido el desarrollo de iniciativas de educación y ordenamiento en la ruralidad. El PEAMA, un programa de la Universidad Nacional de Colombia, propone una apuesta educativa con enfoque transdisciplinar para que los estudiantes rurales puedan ingresar a la universidad. Si bien está presente en distintas regiones del país, resaltaremos la propuesta para la región del Sumapaz. El “Laboratorio de innovación para la paz”, por su parte, es una propuesta para que los jóvenes se formen con tecnologías de última generación y en habilidades de trabajo social enfocados en la creación de proyectos comunitarios. Finalmente, UTOPIA, programa de la Universidad de La Salle, forma bachilleres rurales como ingenieros agrónomos que ofrecen soluciones a las problemáticas de su territorio.
Para finalizar, hemos querido invitar a una representante campesina, indígena y defensora del territorio: Mamá Charito, kamëntsá de Sibundoy, sabedora y líder de la Asociación de Mujeres Indígenas de la Medicina Tradicional “Chagra de la Vida” (ASOMI), a compartir su palabra en el epílogo, dedicado a la dignidad.
La Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) insiste en que: “Una considerable inercia, manifiesta en las políticas públicas, las estructuras empresariales, los sistemas educativos, los hábitos de los consumidores y las inversiones en investigación, favorece el modelo de sistemas agrícolas y alimentarios actualmente dominante” (FAO en Colombia, 2019). Las prácticas agroecológicas invitan a revertir ese modelo exaltando los saberes ancestrales que dignifican y defienden la vida en los territorios, y también resignifican el proyecto humano que pone al servicio la tecnología bajo principios orientadores de cooperación y complementariedad.
Este libro es una respuesta al llamado que hacen los defensores de la vida digna, quienes co-existen de forma armoniosa en el territorio y hacen de la agroecología su práctica de vida. No pretende reemplazar los valiosos aportes conceptuales y metodológicos que se han venido proponiendo para darle a la agroecología la claridad y la contundencia que requiere con miras a ser entendida y atendida por las instancias gubernamentales. Insiste, sin embargo, en la necesaria tarea de poner a dialogar las disciplinas de manera que se logren integrar e instalar las prácticas agroecológicas en el ejercicio constante de recrear la existencia dentro de un sistema ético de valores capaz de inspirar una política para la vida, y no para la muerte.
Bien diría el filósofo y agroecólogo, Pierre Rabhi: “Nos tocará responder un día a nuestra verdadera vocación, que no es esa de producir y de consumir hasta el final de nuestras vidas, sino de amar, de admirar y de cuidar la vida en todas sus manifestaciones” (2008).
Los invitamos, pues, a explorar con curiosidad este esfuerzo de varias complicidades académicas y de generosos regalos que las comunidades y las organizaciones de base en los territorios han querido compartir; todo, para seguir contribuyendo a la incansable tarea de reconocimiento que el campesinado colombiano ha pedido desde siempre, y ante la urgencia de que las instancias que toman decisiones en Colombia finalmente entiendan la transición que las prácticas agroecológicas pueden generar, en un momento en el que la conectividad socioambiental en los territorios se fragiliza y el bien-estar se desvanece.
Bibliografía
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Vía Campesina. (2015, 27 de febrero). Declaración del Foro Internacional sobre Agroecología. Nyéléni, Mali.
Notas
1 En tanto paradigma científico, la agroecología presentó un avance sustancial para la agronomía al introducir, en la década de 1980, los aportes de la ecología y el análisis sociales como variables explicativas relevantes; sobre todo, en el estudio y el diseño de programas de desarrollo rural (González de Molina, 2011); sin embargo, el alcance de esta aproximación depende actualmente de los aportes concretos que el ámbito pluridisciplinar brinda a cualquier proceso transformador que implique un mejoramiento en la calidad de vida de los habitantes.
2 El termino agroecología se utiliza indistintamente en Latinoamérica para designar tanto una ciencia como un movimiento sociopolítico y una práctica de agricultura que, a su vez, abarca un amplio horizonte de denominaciones dentro de lo que se conoce como agriculturas alternativas al modelo de revolución verde (León et al., 2015).
Capítulo 1
La deconstrucción del desarrollo hacia formas dignas de co-existencia
Juliana Cepeda Valencia1 Nathaly Jiménez Reinales2
Resumen
Durante 2017 se presentó la propuesta de creación de la Cátedra UNESCO de Desarrollo Sostenible, cuyo objeto es promover escenarios nacionales para la integración de un sistema interdisciplinar y participativo de formación, investigación, incidencia en política pública e impacto social sobre varios de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) (Cátedra Unesco de Desarrollo Sostenible, 2017). Como estrategia, la cátedra ha promovido el Foro Agroecológico para Ciudades Sostenibles. Este ha servido como escenario para fomentar el contacto entre academia y organizaciones sociales. Uno de los resultados de dicho diálogo es la categoría social de formas dignas de co-existencia. Estas se entienden como estrategias implementadas desde las comunidades que proporcionan vida digna y un ambiente sano en el territorio. Esas formas pueden tener múltiples expresiones, por lo que aquí nos hemos enfocado en propuestas que entienden la dignidad como la búsqueda de autonomía alimentaria y protección de la vida en todas sus manifestaciones. En el presente capítulo partimos de una reflexión sobre el desarrollo y la propuesta alternativa del buen vivir, hasta presentar las reflexiones que se vienen dando desde hace cuatro años dentro del marco del Foro Agroecológico para Ciudades Sostenibles, y sobre las cuales se construye la categoría de formas dignas de co-existencia.
Palabras clave: desarrollo, buen vivir, formas dignas de coexistencia, resistencia-re-existencia, política no convencional, contrademocracia, hibridación
Abstract
During 2017, the proposal for the creation of the UNESCO Chair in Sustainable Development was presented, where the objective is the promotion of national scenarios for the integration of an interdisciplinary and participatory system of training, research, incidence in public policy and social impact on various of the Sustainable Development Goals (Unesco Chair in Sustainable Development, 2017). As a strategy, the chair has promoted the “Agroecological Forum for Sustainable Cities”. This has served as a stage to promote contact between academia and social organizations. One of the results of this dialogue is the social category of “worthy forms of coexistence”, these are understood as strategies implemented from the communities that face dignified life and a healthy environment in the territory. These forms can take multiple expressions, so here we have focused on proposals that understand dignity as the search for autonomy and protection of life in all its manifestations. In this article we start from a reflection on the development and the alternative proposal of good living, until presenting the reflections that have been giving for four years in the framework of the “Agroecological Forum for Sustainable Cities” and on which the category of “worthy forms of coexistence”.
Keywords: development, good living, dignifying forms of coexistence, resistance - re-existence, unconventional politics, counter-democracy, hybridization
Desarrollo insostenible
El concepto de desarrollo aparece hacia los años cuarenta del siglo XX, y desde ese momento hasta hoy su uso se ha extendido por todo el planeta, ya que es la expresión de un proyecto civilizatorio; es decir, un modelo ideal de sociedad al que se aspira, pero también, de una determinada manera de interpretar y entender al mundo, el cosmos y la naturaleza que llamamos modernidad (Morales, 2004).
Para el mundo construido con esta perspectiva, los conceptos de desarrollo y progreso se oponen a la idea de conservación, al igual que lo urbano y lo rural son contrapuestos. Así, en las relaciones que establecen las sociedades modernas con su entorno también se considera que el mundo en estado natural posee poco valor, y, en contraste, el desarrollo busca transformar este mundo para valorizarlo (Morales, 2004). La mirada moderna hacia la naturaleza deja una profunda ruptura que alcanza un punto de no retorno en el que esta última pasa de ser la herramienta para un futuro brillante a la tragedia; o, como lo enuncia Berman, “Encontrarnos en un entorno que nos promete aventuras, poder, alegrías, crecimiento, transformación de nosotros y del mundo y que, al mismo tiempo amenaza con destruir todo lo que tenemos, todo lo que sabemos, todo lo que somos…” (1989, p. 1). Esta crisis civilizatoria ha obligado a la reavivación y la construcción de otras miradas y otros conceptos que buscan reemplazar la hegemonía moderna cuestionando esa concepción dual del mundo; principalmente, la dualidad naturaleza-cultura, que ubica lo humano por fuera de la naturaleza y su orden (Maya, 1995).
Esta crisis ambiental también ha llevado a la reflexión sobre el lugar del conocimiento y la ciencia en el mundo; así, la crisis ambiental es también una crisis de la ciencia y la tecnología, que han pretendido negar los límites de la naturaleza, una crisis del conocimiento (Leff, 2006). Una situación que, vista como oportunidad, invita a pensar en otras formas de conocer, a romper con la creencia de ideas absolutas y de la voluntad de un conocimiento unitario, y que propone, en cambio, la posibilidad y la apertura hacia la dispersión del saber, la diferencia y el principio de incertidumbre sobre lo que se conoce.
Hablamos de crisis porque no ha sido la reflexión la que nos ha llevado como sociedad a los cambios: hasta el momento hemos optado, y seguimos haciéndolo, por improvisar respuestas a desastres que nosotros mismos hemos provocado, en lugar de prevenirlos. Así, aunque el despertar de la conciencia ambiental ha surgido de múltiples maneras como respuesta natural al amor y el respeto por la naturaleza, la mayor parte de autores sitúan este llamado como respuesta a diversos desastres ambientales.
Estas mismas situaciones son las que, además, ayudan a que el discurso ambiental pase de ser considerado meramente científico a irrumpir en los discursos sociales y políticos, más o menos, desde la década de 1960. Y así se ha logrado, desde los hechos científicos, generar serias críticas en la opinión pública hacia el desarrollo y abrir el camino a la ecología como propuesta política permeando las instituciones en busca de una salida para la crisis ambiental y el reconocimiento a la importancia de un cambio cultural e institucional. Los nexos entre lo social y lo humano son más evidentes que nunca; después de sentirnos dueños de la naturaleza, ahora entendemos que nuestro devenir está aunado al del planeta; la naturaleza, antes distante, se ha vuelto presente, se ha transformado en un importante actor político.
Esta incursión fue generada por hechos heterogéneos que, si bien aislados, tenían dos denominadores comunes: 1) todos eran problemas causados por el desarrollo y 2) todos habían alterado el equilibrio de la naturaleza, con consecuencias negativas tanto para la sociedad como para el ecosistema. León (2007) lista algunos de estos hechos o hitos despertadores de la conciencia mundial: el esmog de Londres y la muerte de 4000 personas a causa de la lluvia ácida (1954); el derrame de 177.000 toneladas de petróleo del buque Torrey Canyon en aguas de la costa sur de Inglaterra (1967); Rachel Carson escribe The silent spring, primera crítica científica a los plaguicidas (1962); Bophal (India) sufre el desastre causado en una planta de la empresa Union Carbide por el escape del gas tóxico metil isocianato, un químico usado para la elaboración del insecticida Sevin, que causó más de 30.000 muertes directas e innumerables indirectas (1984). En la actualidad, temas como el cambio climático o el declive en las poblaciones de abejas también son los detonantes que continúan dinamizando la política internacional y nacional y cuestionando el desarrollo, que, pese a su denominación de “sostenible”, sigue profundizando la problemática ambiental.
Otro punto importante aquí es la forma como los problemas ambientales han logrado que la sociedad civil se movilice —especialmente, los jóvenes— y actúe frente a las propuestas gubernamentales que amenazan el futuro. Ejemplo de esto es el reciente discurso de Greta Thunberg (2019):
Me han robado mis sueños y mi infancia con sus palabras vacías. Y, sin embargo, soy de los afortunados. La gente está sufriendo. La gente se está muriendo. Ecosistemas enteros están colapsando. Estamos en el comienzo de una extinción masiva. Y de lo único que pueden hablar es de dinero y cuentos de hadas de crecimiento económico eterno. ¿Cómo se atreven? Por más de 30 años, la ciencia ha sido clarísima. ¿Cómo se atreven a seguir mirando hacia otro lado y venir aquí diciendo que están haciendo lo suficiente, cuando la política y las soluciones necesarias aún no están a la vista?
Consideremos ahora la discusión ambientalista de las décadas de 1950 y 1960: estas se centraron en el tema fundamental de los límites del planeta y de los recursos que este provee a la humanidad, dado el crecimiento demográfico y la necesidad creciente de consumir mayores niveles de energía y materiales por la propuesta universal del desarrollo, pues el crecimiento económico implica mayores tasas de consumo de materiales (Tamames, 1980). En este escenario se crearon dos posturas definidas, las cuales, aunque con múltiples matices, marcan el imaginario de qué es conservación. Por una parte, los ecologistas partidarios del crecimiento “cero”; por otra, los desarrollistas partidarios de la continuidad del modelo imperante, con la idea de que la ciencia y la tecnología resolverán a futuro los problemas ambientales (Tamames, 1980).
Por lo anterior, se generalizó la idea de que si se quería conservar la diversidad y la funcionalidad de los ecosistemas se debía abandonar el desarrollo. Dicha propuesta generó enormes conflictos
[…] y colocaba a los partidarios de la ecología al margen de las aspiraciones de la mayor parte de las comunidades, especialmente de aquellas de los llamados países del Tercer Mundo, donde las malas condiciones de vida de un gran porcentaje de habitantes se atribuyen a la falta de desarrollo. (Wilches-Chaux, 1997, p. 58)
Se pensaba entonces que los ambientalistas eran enemigos del progreso, y, por lo tanto, de los intereses de las clases más pobres; o, visto de otra manera, que la conservación y la lucha por el medio ambiente eran cosa exclusiva de los países ricos. No obstante, el auge del pensamiento ambiental desde países no desarrollados y las críticas a los ideales del desarrollo y el progreso, como alternativa única para conseguir el bienestar humano, han transformado la visión inicial de la conservación y el ambientalismo como un asunto de “ricos”.
Muchos científicos del denominado “Tercer Mundo” han contribuido a deconstruir esta visión. Entre ellos podemos citar a: Augusto Ángel Maya (colombiano), quien plantea una nueva visión de la relación sociedad-naturaleza; Arturo Escobar (colombiano), con su obra La invención del Tercer Mundo; Amartya Sen (indio), premio Nobel de Economía en 1998, por su trabajo sobre la economía del bienestar; Manfred Max-Neef (chileno), con su propuesta de desarrollo a escala humana y famoso por su frase “La economía está para servir a las personas y no las personas para servir a la economía”, y, finalmente, Miguel Altieri (chileno), con su propuesta de la agroecología para lograr una agricultura sustentable.
Todos ellos, aunque desde diversas disciplinas y enfoques, convergen al indicar la imposibilidad del desarrollo como se lo ha planteado desde las Naciones Unidas, y, por tanto, sugieren la necesidad de que este ideal se transforme para alcanzar un “real bienestar conjunto”. La crítica central al desarrollo supera el argumento demográfico, y propone, en cambio, que el problema es que este proyecto civilizatorio pretende reproducir en todo el mundo las mismas condiciones de los países llamados “desarrollados”: altos niveles de industrialización y urbanización, tecnificación de la agricultura, rápido crecimiento de la producción material y de los niveles de vida, adopción cultural y educativa de los valores de vida “modernos”, y la consecuente extensión de la tríada de capital, ciencia y tecnología como camino único hacia la paz (Escobar, 1998).
El hecho de que el desarrollo se construya como una solución única para un sinnúmero de realidades diversas, diferentes opuestas y contrastantes, hace que para la mayor parte de las sociedades “no desarrolladas” los costos de dicha estrategia sean enormes. Esto se ha observado desde hace mucho; incluso, por las Naciones Unidas, que en 1951 reunió un grupo de expertos a fin de crear políticas y acciones para el desarrollo económico de los llamados “países subdesarrollados”. En tal documento se reconocen claramente los costos del desarrollo:
Hay un sentido en el que el progreso económico acelerado es imposible sin ajustes dolorosos. Las filosofías ancestrales deben ser erradicadas; las viejas instituciones sociales tienen que desintegrarse. Los lazos de casta, credo y raza deben romperse; y grandes masas de personas incapaces de seguir el ritmo del progreso deberán ver frustradas sus expectativas de una vida cómoda. Muy pocas comunidades están dispuestas a pagar el precio del progreso económico… (Escobar, 1998, p. 20).
Martha Nussbaum aporta, con su enfoque de las capacidades, un valioso argumento acerca del desarrollo, al señalar que en realidad todos los países están “en vía de desarrollo”, aun cuando esa expresión se utilice en ocasiones tan solo para referirse a las naciones más pobres: todos los Estados tienen mucho margen de mejora en lo tocante a proporcionar una calidad de vida adecuada para toda su población, dado que los países a los que se considera “desarrollados” también contienen grandes desigualdades (Nussbaum, 2012).
Aquí es importante resaltar el nexo existente entre dos miradas críticas del desarrollo, la social y la ecológica, que muestran cómo los conflictos sociales están muchas veces ligados a la contaminación y la pérdida de acceso a los recursos naturales y a la pérdida de servicios ecosistémicos. En consecuencia, la conservación y el ecologismo no son un asunto de países ricos: son un asunto de equidad y justicia social; por tanto, se puede hablar de un conflicto distributivo central a causa del desarrollo, y en el que algunos países reciben más perjuicios ecológicos y sociales que otros en ese juego económico (Martínez-Alier, 2000).
Si el desarrollo tiene que ver con mejorar la calidad de vida de las personas, parece necesario tomar decisiones inteligentes y con la participación dedicada de muchos individuos: las teorías dominantes que han orientado históricamente la decisión política en este terreno han canalizado la política del desarrollo hacia elecciones que son erróneas desde el punto de vista mismo de una serie de valores humanos ampliamente compartidos en todo el mundo, como el respeto a la igualdad y el respeto a la dignidad (Nussbaum, 2012).
Diversificando la hegemonía del desarrollo
Hoy el mundo está en el fondo de una grave crisis de diversidad ecosistémica y cultural. Ambas diversidades están amenazadas por las mismas causas: las tendencias de “progreso” y “modernización” bajo un discurso de desarrollo basado en principios como la competencia, la especialización, la hegemonía y la uniformidad. La diversidad se percibe entonces como problema, debido a los paradigmas de racionalidad económica y tecnológica dominantes. Como señala Ehrenfeld, “hemos perdido la capacidad de fascinarse con lo específico para admirar las leyes generales y científicas que lo produjeron. Esta es la era de la generalidad, es una forma oficial de ver el mundo” (citado por Toledo y Barrera-Bassols, 2008).
La globalización es un ejemplo de esta generalidad, y como un proceso impulsado por las empresas y las políticas neoliberales, es cada vez más un factor que amenaza todas las formas de diversidad, heterogeneidad y variedad; especialmente, la de expresión biocultural.
Así pues, se hace necesaria una apuesta que facilite la configuración del territorio como soporte para un conjunto de significados hechos por la experiencia vital de la comunidad humana, que ha interactuado con él y en él a través de generaciones sucesivas. Este llamado tiene en cuenta una perspectiva crítica y una ruptura asociada a la tendencia a la desterritorialización por parte de los discursos dominantes. Víctor Toledo y Narciso Barrera-Bassols (2008) insisten en la importancia de reconocer el territorio como fuente de las mayores reservas de biodiversidad, al mismo tiempo que lugar de práctica y recreación de la diversidad sociocultural. Es esta relación entre la diversidad biológica y la cultural (la memoria biocultural) el punto de partida a través del cual los pueblos son reconocidos como moradores y conocedores de hábitats bien conservados, cuya funcionalidad se mantiene gracias a sus creencias, sus conocimientos y sus prácticas. Sin caer en el esencialismo, es importante reconocer la importancia de los pueblos indígenas para la conservación de la biodiversidad, y viceversa, ya que ellos habitan una porción sustancial de los ecosistemas menos perturbados del planeta (Toledo y Barrera-Bassols, 2008).
De acuerdo con lo planteado, revisemos algunas de las características del territorio en el que nos encontramos, para poner en contexto los desafíos regionales del desarrollo. América Latina posee gran biodiversidad: en ella se ubican tres de los países más diversos del planeta: Colombia, Brasil y Ecuador. La mayor parte de dicha biodiversidad está representada por especies endémicas; es decir, especies con distribución restringida (NatureServe, 2005). Además, es territorio de gran diversidad cultural, encarnada en diferentes grupos humanos y sus expresiones simbólicas y sociales (Toledo y Barrera-Bassols, 2008). En nuestro continente, además, cobra importancia la agricultura tradicional campesina, con alrededor de 16 millones de unidades de producción campesina, que originan el 51 % del maíz, el 77 % del fríjol y el 61 % de la papa (León y Altieri, 2010). Entonces, aunque desde 1980 la población urbana es predominante, todavía hoy la agricultura tradicional campesina es responsable de la seguridad alimentaria del país (Forero et al., 2013) y de la región (Toledo y Barrera-Bassols, 2008). Desde este breve contexto latinoamericano, consideramos que resaltan dos ideas: la necesidad de valorar y conservar nuestra diversidad biológica y cultural, así como la apremiante necesidad de generar un desarrollo con enfoque rural, que haga tangible un bienestar común.
Históricamente, la naturaleza y las sociedades latinoamericanas han sido protagonistas, ininterrumpidamente, de constantes procesos de hibridación3. Esto último no es sinónimo de fusión sin contradicciones; dicha hibridación, producida en un espacio intercultural, está llena de proyectos nacionales de modernización y nuevas formas de conflicto. En ese sentido, como señala Papastergiadis, es “tanto el ensamblaje que ocurre cada vez que dos o más elementos se encuentran, y la iniciación de un proceso de cambio” (2000, p. 170).
Papastergiadis destaca también el aspecto de una transgresión que pueda tener la hibridación, al señalar que
[…] en la medida en que el proceso de formación de identidad se basa en la premisa de una frontera exclusiva entre ‘nosotros’ y ‘ellos’, lo híbrido, que nace de la transgresión de esta frontera, figura como una forma de peligro, pérdida y degeneración. (2000, p. 174)
Es decir, la hibridación podría inscribirse en una hegemonía reproduciendo relaciones de dominación; sobre todo, si se la considera, por ejemplo, un símbolo de resistencia del colonizado, quien genera una contaminación de la ideología, la estética y la identidad imperial que ataca la dominación colonial (Kraidy, 2005, p. 58).
Para el caso de Colombia y desde esta necesidad de deconstruir el desarrollo insostenible y reconstruir manifestaciones tangibles de bienestar mutuo, la hibridación va dirigida a trascender las únicas formas de referenciación o identificación sobre el desarrollo, teniendo en cuenta que, sin ser un caso único o aislado, Colombia es un país fascinante como lugar de observación, porque presenta varias formas de conflicto: el que concierne al uso de la tierra, la protección del territorio y los problemas políticos; en particular, su soberanía frente, entre otras cosas, a la firma del Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos o los acuerdos de La Habana (2016). Y la evidencia del enorme potencial como país en diversidad biocultural, acompañada al mismo tiempo por una asociatividad que busca protegerla, pero difícilmente se mantiene.
Esto plantea varias cuestiones, relacionadas con: ¿cómo las lógicas y los modos de acción hacia la protección de la diversidad biocultural ponen a prueba la capacidad del Estado colombiano? Y, al mismo tiempo, ¿cómo es posible la configuración de un bienestar territorial según una apuesta de desarrollo propio? De ahí se desprenden otros interrogantes relacionados con las formas de conflicto, cuando se observan experiencias colectivas que buscan defender la producción de alimentos sin modificación genética o las reservas naturales del extractivismo, o que buscan asegurar una reactivación del verde de los espacios urbanos y la protección de las semillas nativas, o, finalmente, que tratan de construir una ética de cuidado ambiental capaz de minimizar las consecuencias del modelo económico actual, el cambio climático y el olvido de la memoria biocultural.
Frente a la necesidad de generar un acuerdo alternativo al desarrollo que pase del discurso hegemónico respeto a la diversidad biocultural presente en Colombia, se ha estudiado la alternativa del buen vivir, alternativa potenciada por la firma de los acuerdos de paz de La Habana, entre el Gobierno nacional y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), donde, a través de esta narrativa, ambos actores se comprometen a impulsar el bienestar de las comunidades y los territorios. Claro para algunos, difuso para muchos, esta forma de entender la idea de “desarrollo”, principalmente en América Latina, nos invita a indagar sobre su origen, sus fundamentos y las implicaciones que para cada territorio genera la adopción de esa narrativa. Buscar animar la discusión sobre el buen vivir como narrativa desarrollista anticolonial o como referente de reconocimiento de las buenas co-existencias en los territorios, responde al esfuerzo por reforzar procesos políticos y organizativos de comunidades rurales y urbanas en Colombia, así como por visibilizar sus prácticas y facilitar el intercambio de conocimiento y saberes en diversidad biocultural desde un enfoque territorial. No obstante, aquí es importante reconocer que muchas comunidades no se sienten identificadas con el buen vivir, al que nuevamente miran de reojo, al considerarlo una etiqueta homogeneizante.
La narrativa del buen vivir está ligada a la reproducción de formas comunales de vida y a una visión del futuro que no necesariamente está conciliada con ideas como “progreso” y “desarrollo”, sino, más bien, como revaloración de la Madre Tierra, de la Pacha Mama, y que cuestiona, por lo tanto, el antropocentrismo y encuentra en la reciprocidad una racionalidad a la cual recurrir; tal vez no de manera exclusiva, pero tampoco excluyéndola por completo, sino, más bien, enhebrando con otras, de manera compleja y creativa (Montoya et al., 2017)4, a partir de esa transgresión de la que se hablaba desde la hibridez.
El llamado que estas prácticas del vivir bien lanzan a la academia invita a insistir cada vez más en la exploración que desde la comprensión del universo, las necesidades y el sentir del otro, podemos dar para generar los primeros pasos en una relación de mutuo reconocimiento diverso y plural de los procesos de construcción de nuevas realidades, que se concretan según la voluntad de actores subalternos con capacidad para crear nuevas formas de relacionamiento social y con el territorio.
Durante 2018, y gracias a los Foros Agroecológicos para Ciudades Sostenibles, realizados en Bogotá, Medellín y Popayán, pudimos acercarnos a las definiciones de buen vivir desde las comunidades y desde algunas instituciones como la Alianza por el Buen Vivir.
De esa forma, desde la Alianza por el Buen Vivir se propone al buen vivir como estrategia que incluye tres principios: 1) sobriedad, en relación con el consumo y la forma de vivir; 2) inclusión, como apuesta por el respeto a la diversidad y a las diferencias individuales, y, por último, 3) democracia para la recuperación del sentido de lo público (Gallego, 2018, comunicación personal5). Compartiendo, sin duda, los dos primeros principios, el último, sin embargo, tan amplio y ligado tan estrechamente a la lógica del pensamiento desarrollista, nos motiva, desde un esfuerzo colaborativo, a replantear ese principio a partir de lo que Pierre Rosanvallon llama la contrademocratie.6 Traducida al español, esa expresión no sugiere ir en “contra de la democracia”: más bien, propone entender el ejercicio democrático desde un lugar donde, de forma complementaria, se nutre el sentido de la participación de las personas en política procurando espacios de transformación y de apropiación mucho más solidarios y colaborativos.
En esa dirección, identificamos las ideas que algunos asistentes asociaron con el buen vivir durante el encuentro de Popayán (Samboní, 2018). En estas se hace evidente la relación recíproca entre naturaleza y comunidad, así como la inclusión del desarrollo espiritual y emocional en relación con el sustento material, a diferencia de lo que tradicionalmente hemos entendido por desarrollo. A saber:
• Satisfacer las necesidades básicas de la población con los elementos de su entorno natural
• Compartir con la familia y las personas de la comunidad
• Reproducir la vida
• Estar en equilibrio espiritual
• Comunicarse con los elementos, la tierra, el agua y la naturaleza, y vivir en armonía con el medio ambiente
• Satisfacer las necesidades a través de experiencias intangibles
• Trabajar en un oficio digno
• Acciones de bienestar con la naturaleza
• Autorreproducción y apoyo mutuo entre el mercado y la competencia
• Posibilidad de pensarnos y sentirnos como seres armónicos con nosotros, otros seres y la naturaleza
• Una forma de vivir incluyente que permita vivir armónicamente con los demás elementos del sistema
• Tener una vida que valga la pena vivir
La emergencia de la dignidad como categoría social: formas dignas de co-existencia
Es innegable que los discursos desarrollistas contemporáneos, que provienen de las corrientes emancipadoras del Sur —donde, en algunos casos, se enmarca el buen vivir—, han permitido fortalecer y contener en varios escenarios este tipo ideal, este deber ser del buen vivir. Estamos refiriéndonos a ese enfoque antipatriarcal, antiimperialista, anticolonial. Estas lógicas merecen ser revisitadas, merecen ser cuestionadas en el buen sentido, teniendo en cuenta que muchos de sus argumentos o de sus formas de legitimación dependen de la presencia de otro, el otro que se vuelve el culpable; sin ese culpable, la víctima no existe. Y si bien podríamos dar toda una disertación desde la teoría política sobre estas relaciones de poder, de tantas formas de prolongarlas —a veces, de manera inconsciente—, por ahora es más valioso tener en cuenta que el referente de las formas dignas de co-existencia no se liga, no se vincula, a este tipo de enfoques, no entra en ese juego de poder, de resistencia, por las cuales se adoptan dichos enfoques para validar y legitimar una lucha social o una postura política.
Las formas dignas de co-existencia resultan de la construcción colectiva entre organizaciones sociales y académicos, quienes a través de la Cátedra Unesco de Desarrollo Integral sostenible venimos trabajando y procurando generar vínculos de conectividad entre el campo y la ciudad, la comunidad y la ciencia. De estas discusiones surgen las formas dignas de co-existencia como categoría social, al indagar sobre el sentido que tienen en Colombia el discurso desarrollista y la narrativa del buen vivir, así como tiene sentido en Bolivia o en Ecuador, y su instrumentalización a través de sus cartas políticas.
En nuestro país, la discusión del sentido de la aplicabilidad de la idea del buen vivir es aún muy precaria. Eso responde a varios factores. Uno de ellos, podría decirse, es la escasa consolidación de la nación colombiana con principios orientadores claros y con un sistema ético de valores con la contundencia suficiente y fortalecido para que las ideas —como lo son las formas de vivir bien en un territorio compartido, de generar condiciones favorables para que cada ser en el territorio colombiano pueda gozar de un ambiente sano, de un buen trato y de una estructura de gobierno que se ocupe de garantizar la estabilidad y la flexibilidad necesarias— sean capaces de materializarse en pro de un Estado armonioso coherente y justo para todos.
Además, así como no se ha dado una discusión profunda y juiciosa sobre el discurso desarrollista convencional —ese que viene acompañado de un sistema neoliberal capitalista que responde a una aparente hegemonía establecida, sobre todo, en este continente americano—, tampoco se han dado discusiones sobre asuntos, al parecer mejor entendidos o más cercanos a lo que sería eso de vivir dignamente en la diversidad y la complejidad de los territorios colombianos.
Apartándonos de la dualidad constante entre lo bueno y lo malo, la primera invitación que se hace, a partir de esta categoría de las formas dignas de co-existencia, es, específicamente, romper con la necesidad de calificar alguna cosa como buena o mala. Este modo de vivir dignamente es el mínimo de requisitos para existir en un territorio compartido, y esa primera precisión responde a varios espacios de intercambio de saberes que se han venido generando desde 2015 en Colombia, y que desde una mirada crítica y reflexiva procuran —o, mejor, provocan— la indagación sobre las formas y las lógicas por las cuales tomamos decisiones, generamos ciertas transformaciones o no; de nuevo, con el propósito de existir de una manera digna allí donde cada quién quiere ser y quiere estar.
Para quienes desde su vida cotidiana viven mediante buenas prácticas y co-existencias, la importancia de indagar sobre estas formas dignas de co-existencia reside en visibilizar —y, por tanto, reconocer— que las alternativas prácticas al desarrollo no necesariamente surgen de los gobiernos, sino que cada vez más comunidades y colectivos de personas han reflexionado en torno al cuidado de sí mismos, del otro y de la tierra como estrategia idónea para transformar de forma positiva la relación con el territorio. Así, muchos procesos y comunidades identifican el buen vivir como un discurso desarrollista alternativo, y sus expresiones en la praxis cambian según cada comunidad que lo vive y lo experimenta, pero no existe claridad frente al concepto, debido a la mitificación narrativa y el abuso conceptual.
Arturo Escobar insiste en que los movimientos sociales y las luchas contra el desarrollo pueden contribuir a la formación de núcleos de relaciones sociales problematizadas en torno a las que pueden surgir novedosas producciones culturales “[…] vale decir, la aparición de nuevas reglas para la formación de afirmaciones y visibilidades […] ello puede implicar o no nuevos objetos y conceptos; puede estar marcado por la reaparición de conceptos y prácticas hace tiempo descartadas […]” puede ser un proceso lento, pero también puede ocurrir con relativa rapidez (Escobar, 2012)7.
Dentro de nuestras discusiones surgen dos variables que confluyen en la categoría que aquí proponemos como formas dignas de co-existencia: 1) la dignidad, como derecho inalienable y búsqueda final, como mínimo óptimo, y 2) la co-existencia, que define el desafío de vivir en medio de la realidad múltiple, desafiante, cambiante y compleja de Colombia.
A partir de esto, hemos definido las formas dignas de co-existencia como estrategias implementadas desde las comunidades de base para propiciar y mantener una vida digna y un ambiente sano en el territorio. Esta categoría también responde a la búsqueda de una mejor comprensión de los procesos territoriales y en procura de dar soluciones a diversas problemáticas ligadas a la sostenibilidad de los ambientes urbano-rurales. Nuestros principales enfoques investigativos como Cátedra Unesco e investigadoras provienen del marco socioambiental y de la agroecología, en los cuales confluyen la necesidad de acercarse al sistema ecológico y a la dimensión cultural (relación sociedad-naturaleza), para entender las interacciones entre ambas dimensiones e implementar prácticas acordes con ellas. Enfoques que, desde luego, permean esta categoría emergente, y que también propenden por ayudar al esclarecimiento de estas búsquedas y propuestas.
Deconstruimos, pues, el desarrollo para darles espacio a las formas dignas de co-existencia, que, creemos, han existido desde siempre y son las que nos permiten resistir y re-existir, pese a los desastres, las guerras y las injusticias que, en nombre del desarrollo, el progreso o el éxito, se han venido forjando en las sociedades.
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Notas
1 Profesora, Universidad Nacional de Colombia. Investigadora, Instituto de Estudios Ambientales. ZEF, Universität Bonn. Bogotá, Colombia. jcepedav@unal.edu.co
2 Profesora e investigadora, Universidad del Rosario. Bogotá, Colombia. nathaly.jimenez@urosario.edu.co
3 Dentro de las más recientes interpretaciones de la hibridación, Jan Nederveen Pieterse considera que la hibridación se refiere a la mezcla de fenómenos que son considerados diferentes o separados. Así, la hibridación se refiere a procesos con referencias cruzadas. “La hibridación funciona [...] como parte de una relación de poder entre el centro y el margen, la hegemonía y la minoría, e indica una difuminación, desestabilización y subversión de esa relación jerárquica” (2009, p. 78).
4 El tejido que recrea la narrativa del buen vivir en los países latinoamericanos es un llamado a que se consideren alternativas todas aquellas expresiones y prácticas que, dentro de un universo heterogéneo de tendencias, se caracterizan por ser las portadoras de un nuevo imaginario poscapitalista fundado o en proceso de fundación.
5 Esteban Gallego Restrepo (2018). Ponencia sobre fortalecimiento de sistemas agroalimentarios-Alianza por el Buen Vivir (III Foro para Ciudades Sostenibles, abril de 2018).
6 La contrademocracia, o alterdemocracia, no significa ir en contra de la democracia: se trata, más bien, de una propuesta desde la ciencia política para entender el ejercicio democrático más allá de la representación o de la simple participación electoral. Se trata de que el ciudadano se empodere y se apropie de las formas de trabajo no convencional que promueven escenarios de denuncia, implicación e intervención, necesarios para la transformación de condiciones desfavorables.
7 Escobar precisa además que “el proceso de deconstruir el desarrollo es, sin embargo, lento y doloroso, y no existen soluciones o recetas fáciles”. También nos recuerda que “desde Occidente es mucho más difícil percibir que el desarrollo es al tiempo autodestructivo y que está siendo desmontado por la acción social, aunque continúe destruyendo a la gente y la naturaleza” (2012, p. 295).
Capítulo 2
Enfoque teórico y propuesta conceptual-metodológica: el enfoque sociopolítico de la agroecología en las formas dignas de co-existencia
Nathaly Jiménez Reinales1 Juliana Cepeda Valencia2
Resumen
El enfoque sociopolítico de la presente propuesta surge tanto de la aproximación constructivista, pragmática y reflexiva como de un ejercicio de transgresión de la ciencia política donde se estimula la comprensión de las luchas de poder y la esencia de la política desde un lugar no convencional. Así, buscamos enriquecer la apuesta de la agroecología a través de este enfoque, el cual responde al llamado a visibilizar y reconocer los constructos sociales que las comunidades, en gran parte provenientes de la agricultura familiar, campesina y comunitaria, han venido configurando en el territorio.
Palabras clave: dignidad, co-existencia, sociopolítica, pragmatismo, actor-red, buen vivir
Abstract
The socio-political approach of this proposal emerge from the constructivist, pragmatic and reflective approach, and from an exercise of transgression in political science where the understanding of power struggles and the essence of politics is stimulated from a place non-conventional. Thus, we seek to enrich the bet of agroecology through this approach that responds to the call to make visible and recognize the social constructs that the communities, largely from family, peasant and community agriculture, have been shaping in the territory.
Keywords: dignity, co-existence, socio-politics, pragmatism, red actor, good living
Introducción
El pragmatismo (la acción haciéndose) proporciona, entre otros, una disposición reflexiva que permite entender la presencia y la interacción de todos los seres humanos y no humanos (Latour, 2005) que co-existen en un entorno dado procurando ser parte activa de la construcción colectiva, tal como lo señala Fals Borda al referirse a la práctica de investigación-acción-participativa (IAP), la cual
[…] implica que el investigador (profesor, instructor, ‘maestro’, docente, activista, ‘dirigente’, etc.) se involucre con las comunidades en un proceso de auto-reconocimiento de la vida individual y colectiva de las personas y comunidades comprometidas con el ‘proceso de conocimiento, acción transformadora y auto-organización’. (Fals Borda, 1980, p. 149)
Además, permite aproximarse a lo que Bruno Latour menciona acerca de la hibridación en el momento en que pretendemos describir una situación en la que estamos imbricados: “híbridos nosotros mismos, instalados en el interior de las instituciones científicas, medio ingenieros, medio filósofos” (Latour, 1993); también, lo que Dana Haraway (1984) ha llamado cybord: como un híbrido entre máquina y organismo, una criatura de realidad social y también de ficción.
Ese llamado a re-generar, re-crear o re-inventarse formas de dignificar y compartir la existencia en medio de cambios climáticos, condiciones desfavorables y pocos espacios para coincidir con otros sectores sobre la necesidad de colaboración antes que de competencia es el que nos motiva a proponer este enfoque híbrido, no solo disciplinar, sino flexible en las articulaciones, como redes, como esporas, que, siguiendo la recomendación de Latour (2005), deben desarrollarse concretamente en un plano dado, con la meta de rastrear conexiones a través de varios marcos de referencia.
Las formas dignas de co-existencia, como categoría social, surgen de una primera indagación sobre el sentido que tiene en Colombia la narrativa del buen vivir. Partiendo de un primer indicio construido colectivamente con varias comunidades y organizaciones de base en el Cauca (2018), esta categoría alude a las formas de vivir bien en un territorio compartido, de generar condiciones favorables para que cada ser en el territorio pueda gozar de un ambiente sano, de un buen trato y de una estructura humana y ecológica que se ocupe de garantizar la estabilidad y la flexibilidad necesarias, de manera que se logre materializar un ejercicio político armonioso, coherente y justo para todos.
Como se planteó en el capítulo 1, la degradación del discurso desarrollista traducido en una producción y un consumo excesivos que maltrata toda forma de vida en la Tierra, así como la respuesta de la agroecología que queremos fortalecer desde el enfoque sociopolítico, nos invita a partir de lo siguiente:
La agricultura como ciencia, práctica y política pública ha sido uno de los mayores motores de homogeneización en todos los ámbitos, y, por tanto, generadora de problemas ambientales, destrucción de hábitats, cambios irreversibles en los ciclos del nitrógeno y el fósforo y calentamiento climático, sin mencionar, además, las múltiples crisis sociales; todo ello, consecuencia de una agricultura sin contexto, homogénea y homogeneizante.
Aquí es donde reside el valor de las agriculturas alternativas —y, en especial, de la agroecología—, que parten, precisamente, de la necesidad de entender la complejidad del entorno y sus múltiples interacciones, para así generar una propuesta productiva que produce alimentos, pero, a su vez, respeta la diversidad biológica y cultural. Así, buscando entender principios, y no establecer recetas, siendo flexibles y autónomas, estas agriculturas proponen un habitar diferente. Cabe reconocer que la agroecología parte de una base epistemológica diferente de los principios de la ciencia occidental tradicional. El paradigma agronómico tradicional considera el desarrollo de la agricultura a partir de la difusión de tecnologías científicamente validadas. El paradigma agroecológico busca comprender los fundamentos ecológicos que subyacen a los sistemas agrícolas tradicionales, desde los cuales desarrollar una agricultura moderna más sostenible (Norgaard, 1989, p. 47, citado por Nodari y Guerra, 2015).
A lo largo de los últimos años, la agroecología en Colombia ha venido incorporándose en las narrativas de la academia (Acevedo et al., 2019) así como de las redes y los movimientos sociales. Más recientemente, la instancia gubernamental, acompañada por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), ha tratado de incorporar en sus planes de acción el componente agroecológico dentro de las áreas programáticas acordadas: alimentación y lucha contra la malnutrición; recursos naturales y gobernanza de los bosques, las tierras y el agua; innovación social y tecnológica para sistemas agroalimentarios sostenibles; agricultura familiar y mercados inclusivos, y gestión del riesgo y rehabilitación de medios de vida (FAO en Colombia, 2019).
El gran reto, más allá de instalar los aspectos técnicos de la agroecología en la formulación y la implementación de los instrumentos políticos que el gobierno elabora, es lograr que los principios orientadores provenientes de las comunidades sean entendidos y reconocidos como el componente cultural que la agroecología defiende en sus planteamientos, en tanto paradigma científico y movimiento social.
La propuesta que se presenta en la figura 1 es un mapa conceptual de las construcciones sociales que interactúan a partir de la intención de aportar de forma complementaria al ejercicio de entender cómo cada elemento se conjuga para que emerja la categoría social de las formas dignas de co-existencia.
En la figura 1 representamos la configuración de los elementos necesarios para entender el origen de la categoría social de las formas dignas de co-existencia. Partimos del sentido que las comunidades le dan a la expresión “buen vivir” entendiéndola desde dos principios teóricos orientadores: la ética del cuidado y el bienestar duradero.
Figura 1. Mapa conceptual de la categoría social formas dignas de co-existencia
Fuente: elaboración propia.
Respecto a la ética del cuidado podemos decir que se inspira, en gran parte, en los valores, las experiencias y las prácticas que las mujeres, la infancia o el adulto mayor procuran desde sus sentirpensares3 para contribuir en la construcción de territorios solidarios. También responde a la crítica feminista desde los estudios sociales de ciencia y tecnología (Olarte-Sierra, 2015) y la reflexión teórica sobre socialización política con una perspectiva de género, articulada por Carol Gilligan (Cortés y Parra, 2009; Martínez, 2016). Los estudios sobre el cuidado han sido analizados desde al menos tres aproximaciones: 1) la feminista (Martínez Martín, 2016), 2) la sociología del trabajo (Torns, 2012) y 3) el medio hospitalario —especialmente, desde la enfermería— (Watson, 2007).
La ética del cuidado no proclama una estructura normativa de ser y estar con y en el mundo, sino que asume una dimensión material de relacionarnos con labores mundanas y cotidianas que permiten la sostenibilidad y sustentabilidad del territorio, al cual, a su vez, se lo concibe, necesariamente, como interdependiente y relacional (Olarte-Sierra, 2015). Se parte de la idea de la responsabilidad asumida con otro concreto; así, el sentido de interdependencia y el principio de no violencia rigen las relaciones entre humanos y no humanos y posibilitan dignidad y co-existencia. Esta reflexión busca dar valor a algunas manifestaciones no convencionales que se especializan en el cuidado de sí mismo, del otro y del planeta, y que se conjugan con los principios orientadores de la agroecología.
De igual forma ocurre con el bienestar duradero, en el que la posibilidad de habitar un territorio propiciando un ambiente sano que sostiene y sustenta toda manifestación de vida implica que la aproximación de la agroecología sea acogida y concebida a través de los valores, las experiencias y las prácticas de las comunidades, como una herramienta interdependiente respecto al cuidado que genera bienestar bajo el signo de la reciprocidad intergeneracional, la solidaridad o el intercambio4.
Edgar Morin, filósofo francés, diría que vivir verdaderamente es vivir con comprensión, solidaridad y compasión, sin ser explotado, insultado ni despreciado (Morin, 2010). Así, asumimos que vivir dignamente implica la generación de vivencias armoniosas desde prácticas de bienestar agroecológicas, en las cuales los hábitos de cuidado, inmersos en ellas, transforman la manera como cada cual se concibe, comprende al otro y respeta su entorno. “Todo lo que desproteja la tierra, irrespete al otro y produzca sufrimiento no puede ser mantenido como práctica de vida” (Jiménez, 2014).
Cuando las intersecciones que plantea el esquema se producen, las formas dignas de co-existencia se hacen visibles y son indispensables en la construcción de territorios solidarios en los cuales es posible recrear escenarios de defensa y protección de la diversidad biocultural existente.
Finalmente, el sentido del buen vivir parte de lo que la idea de co-existencia en la categoría provoca pensar el ejercicio desde la posibilidad de que la experiencia o esas formas dignas de estar invitan a integrar la noción del interser5; es decir, a reconocer y estar en función de nuestra relación con todos los seres, a cooperar, a compartir generando una corresponsabilidad, una cohabitación y complementariedad desde esta idea de construcción conjunta, pero también de confrontación frente a su entorno que pide que se transforme de alguna manera, que cambien las condiciones que no son tan favorables en los territorios.
Si existiera una fórmula mágica para co-existir dignamente en un territorio, esta tendría que valerse de seres humanos que habiten y cuiden respetuosamente la naturaleza y armonicen su ser, su saber y su hacer de forma que puedan contribuir a un mejor vivir donde estén y con quien estén.
Lo anterior implica un proyecto humano coherente, capaz de responder a las necesidades de supervivencia respetando la vida en todas sus formas, a través de las cinco apuestas específicas (2008) que el campesino, filósofo y agroecólogo africano Pierre Rabhi nos propone:
1. Recrear las estructuras humanas y ecológicas
2. Reconsiderar la organización del territorio
3. Revalorizar la microeconomía y el artesano
4. Educar a la infancia en valores de cooperación y de complementariedad
5. Despertar la sensibilidad a la belleza y al respeto por la vida
La agroecología se posiciona actualmente como alternativa que invita a dar respuesta a las mencionadas cinco apuestas. Desde su enfoque transdisciplinar, la agroecología propone transiciones posibles hacia escenarios armoniosos donde vivir dignamente es la principal motivación de las personas.
La agroecología es una técnica inspirada en las leyes de la naturaleza. Ella considera que la práctica agrícola no debe limitarse a una técnica, sino considerar, además, todo el entorno en el que encaja con una ecología real. Integra la dimensión de la gestión del agua, la reforestación, la lucha contra la erosión, la biodiversidad, el calentamiento global, el sistema económico y social, la relación de los humanos con su entorno [...] Es basado en la recreación del humus como fuerza regenerativa de los suelos y en la reubicación de la producción-transformación-distribución-consumo como la fuerza impulsora de un nuevo paradigma social. (Rabhi, 2008, s. d.).
En las experiencias ejemplarizantes que se han reunido en este libro, se encontrarán varias de las cinco apuestas y ejemplos locales que fortalecen el enfoque sociopolítico de la agroecología que se propone, inspirada en los planteamientos de Pierre Rabhi. Particularmente en Colombia, se le dará un lugar privilegiado a la idea de transición (figura 2), entendida a partir de tres posibilidades, según lo ya propuesto: a) la de recrear escenarios en condiciones favorables, b) la de conservar lo que es esencial para vivir y c) la de transformar con acciones tangibles lo que no contribuye a la protección ni al cuidado de la vida en todas sus manifestaciones.
Figura 2. Interacciones entre los conceptos agroecológicos propuestos por Pierre Rabhi y la transición
Fuente: Elaboración propia.
La idea de transición es de gran relevancia tanto desde lo social como desde los procesos técnicos de reconversión: estos nos han enseñado la imposibilidad o el fracaso de intentos de conversión de un solo tirón; así, tanto la agricultura convencional como la sostenible representan “picos adaptativos” alternativos en el paisaje, y es posible que no se pueda subir al nuevo pico sin una pérdida temporal de rendimiento o de rentabilidad (Vandermeer, 1995); por esto, la importancia de la idea de transición donde la transformación implica, a veces, pérdidas.
Un momento de transición se está manifestando en cada forma digna que co-existe en y con el territorio. Pasar de un sistema agroindustrial a un sistema agroalimentario, de prácticas extractivistas insostenibles a la preservación de ecosistemas libres de agrotóxicos o de hábitos de consumo y posconsumo irresponsables a unos conscientes y comprometidos con la generación de un ambiente sano son apenas algunas de las transiciones que de manera urgente manifiestan las personas, cada vez con mayor visibilidad.
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