Kitabı oxu: «El duelo»

Título original islandés: Einvígið.
Publicado por acuerdo con Forlagid Publishing, www.forlagid.com
© Arnaldur Indridason, 2011.
© de la traducción: Fabio Teixidó Benedí, 2021.
© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, SLU, 2021.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
rbalibros.com
Primera edición: septiembre de 2021.
REF.: OBDO900
ISBN: 978-84-9187-836-0
REALIZACIÓN DE LA VERSIÓN DIGITAL • EL TALLER DEL LLIBRE, S. L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito
del editor cualquier forma de reproducción, distribución,
comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida
a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro
(Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org)
si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra
(www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).
Todos los derechos reservados.
1
El acomodador no descubrió el cadáver hasta que terminó la película, se encendieron las luces y abandonaron la sala todos los espectadores.
Era el pase de las cinco de un día entre semana. Como siempre, la taquilla había abierto una hora antes de la proyección y el chico fue el primero en comprar una entrada. La taquillera, una joven de unos treinta años que adornaba su permanente con una cinta de seda azul, apenas se fijó en él. En su cubículo humeaba un cigarrillo en un pequeño cenicero. Absorta en la lectura de una revista danesa de menaje y hogar, apenas se molestó en levantar la mirada cuando el joven apareció al otro lado de la ventanilla.
—¿Una? —le preguntó. Él asintió.
La chica le dio la entrada, le devolvió el cambio y le entregó el programa antes de retomar su lectura. Tras haberse guardado la vuelta en uno de sus bolsillos y la entrada en el otro, el muchacho se alejó de la taquilla.
Le encantaba ir solo al cine, sobre todo a la sesión de las cinco, y siempre se compraba una bolsa de palomitas y un refresco. Como en las demás salas, allí también tenía su butaca preferida. Tenía tantos asientos favoritos como cines había en la ciudad. Por ejemplo, cuando iba al Háskólabíó, le gustaba acomodarse arriba, a la izquierda. El Háskólabíó era el cine más grande, el de la pantalla más amplia, así que procuraba sentarse lejos para asegurarse de que no se perdía ni un detalle. Algunas películas lo impresionaban realmente, y la distancia le ofrecía cierta sensación de seguridad. Si optaba por el Nýja Bíó, prefería sentarse en una pequeña fila de la planta superior, junto al pasillo. En el Gamla Bíó, los mejores asientos eran los del centro del palco. Cuando iba al Austurbæjarbíó, se sentaba siempre en el lateral derecho, tres filas más abajo de la entrada. En el Tónabíó escogía las butacas más próximas a la puerta de acceso para poder estirar las piernas; desde allí también podía mantener una distancia de seguridad respecto a la pantalla. Y lo mismo le sucedía con el Laugarásbíó.
El cine Hafnarbíó era distinto del resto, por lo que le llevó un tiempo encontrar su asiento favorito. Era la sala más pequeña y más austera de todas. Se accedía al interior por un diminuto vestíbulo, atravesando cualquiera de las dos puertas que flanqueaban un puesto de chucherías. Alargada, estrecha y de techo abovedado, la sala conservaba el diseño original del barracón militar que había sido durante la Segunda Guerra Mundial. Dos pasillos laterales descendían hasta las salidas, una a cada lado de la pantalla. Unas veces se sentaba en las butacas superiores, en la zona de la derecha; otras, en el lateral izquierdo, al final de la fila. Finalmente, dio con su sitio: arriba a la derecha, junto al pasillo.
Como todavía quedaba tiempo para que comenzara la sesión, cruzó la calle Skúlagata hasta llegar al mar y se sentó en una roca grande bajo el sol estival. Vestido con una cazadora verde y un cárdigan blanco, sujetaba una mochila donde guardaba su nuevo reproductor de casetes. Sacó el aparato y se lo apoyó sobre las rodillas. Después introdujo una de las dos cintas que llevaba en el bolsillo de la cazadora, apretó el botón rojo de grabación y orientó el micrófono hacia el mar. Finalmente rebobinó y, tras presionar el botón de reproducir, escuchó el ruido de las olas. Volvió a rebobinar y dio por concluido el ensayo: el aparato estaba listo para grabar.
Ya había anotado en las cintas el título de la película.
Le habían regalado la grabadora por su cumpleaños hacía más de un año. Al principio no sabía cómo usarla, pero aprendió rápido. Al fin y al cabo, no había ningún misterio en grabar, reproducir, adelantar y rebobinar. Los primeros días se lo pasó en grande escuchando su propia voz, como si saliera de la radio, pero se aburrió enseguida. Se compraba casetes de música, y entre su colección figuraba una recopilación de grandes éxitos británicos llamada Top of the Pops y una cinta de Simon y Garfunkel. Sin embargo, los altavoces del viejo tocadiscos de sus padres sonaban mucho mejor, así que, después de todo, prefería escuchar discos de vinilo. Grababa el programa musical radiofónico Lög unga fólksins, el único que le gustaba. Siempre buscaba algo interesante que grabar; pero, tras haber registrado todos los sonidos posibles que era capaz de emitir y haber entrevistado a sus padres y a algunos vecinos del inmueble, la diversión llegó a su fin y el aparato terminó en un cajón.
Hasta que le encontró un nuevo uso.
Veía películas de todo tipo y siempre encontraba en ellas algo por lo que había merecido la pena pagar la entrada. Daba igual que fueran musicales con repartos de ensueño y decorados espectaculares o películas del Oeste, su debilidad, protagonizadas por actores que dejaban vagar la mirada sobre unos paisajes desérticos. También veía a menudo películas futuristas, que tan pronto mostraban la extinción de la raza humana a causa de un holocausto nuclear como una astronave surcando el espacio sideral, propulsada únicamente por el motor de su propia imaginación. El torrente de imágenes le atravesaba las pupilas y las hacía centellear en la oscuridad de la sala.
Las bandas sonoras no le causaban una menor fascinación. Podía escuchar el tumulto de grandes metrópolis, el murmullo de la gente, el rugido de aviones Jumbo al aterrizar, explosiones, música, conversaciones. Algunos sonidos procedían de siglos pasados; otros, de tiempos que aún estaban por llegar. Unas veces se oía un silencio ensordecedor, y otras, un ruido atronador. Así era como pensaba darle una nueva utilidad a su grabadora. Puede que no pudiera registrar las imágenes en la cinta magnética, pero sí podía grabar los sonidos para recrear después la película en su mente. Ya lo había hecho otras veces y tenía algunas guardadas.
Un cuarto de hora antes de la proyección, el acomodador había abierto la puerta de acceso y le había rasgado la entrada. En el puesto de chucherías trabajaba una chica joven, pero antes de acercarse a comprar algo se paseó por el vestíbulo para echar un vistazo a los carteles de los próximos estrenos. Esperaba con expectación la llegada de una película en concreto. Se llamaba Pequeño Gran Hombre, y la protagonizaba uno de sus actores favoritos: Dustin Hoffman. La describían como un wéstern inusual y le hacía mucha ilusión verla.
El acomodador bromeaba con la vendedora de dulces. En la taquilla apenas se había formado cola. Como mucho habría unas veinte personas en la sala. Dejó la mochila en el suelo y sacó del bolsillo el dinero que reservaba para las chucherías.
Se acomodó en su butaca. Como de costumbre, se entretuvo con las palomitas y el refresco antes de que diera comienzo la película. Dejó apoyada la grabadora en el reposabrazos y el micrófono en el asiento delantero. Comprobó que la cinta estaba bien metida en el aparato y que todo estaba listo para la grabación. Las luces de la sala se atenuaron. Lo grababa todo, también los anuncios de los próximos estrenos.
La película que había ido a ver se titulaba La noche de los gigantes, un wéstern protagonizado por Gregory Peck, un actor al que admiraba. The Stalking Moon, ponía en el cartel del vestíbulo. Tenía pensado preguntar si les sobraba algún cartel para poder llevárselo a casa. Incluso alguna fotografía de la película. También las coleccionaba.
La pantalla se iluminó.
Esperaba con expectación el tráiler de Pequeño Gran Hombre.
El acomodador entró en la sala poco después de terminar la proyección. Llegaba con algo de retraso porque había tenido que ayudar a la taquillera. A veces se hacían ese tipo de favores. Había asistido un número inusual de espectadores al pase de las siete y se había formado una larga fila frente a la ventanilla. Mientras tanto, no podía dejar pasar a la gente al vestíbulo, así que le pidió a la vendedora de chucherías que se encargara ella de cortar las entradas. Cuando por fin encontró un momento, entró en la sala. Su tarea consistía en abrir las puertas de salida al terminar la película y asegurarse de que no se quedaba nadie dentro con la intención de ver gratis la siguiente sesión. O de que nadie se colaba accediendo por la puerta de salida.
Como solía ocurrir cuando llegaba tarde, los propios espectadores se habían encargado de abrir las puertas y salir. Bajó por uno de los pasillos, cerró una de las salidas y cruzó la sala para cerrar también la otra. El pase de las siete iba a comenzar y sabía por experiencia que los clientes estaban impacientes por sentarse. De camino al vestíbulo paseó la mirada por las filas de butacas.
Sus ojos se detuvieron en una persona rezagada, sentada en la penumbra de la sala.
Apenas visible, el joven de la mochila seguía en su butaca, ladeado hacia el asiento contiguo. Dormía como un tronco. El acomodador lo conocía, igual que conocía a otros asiduos que tenían sus manías, como los que solo asistían a determinadas sesiones o los que se sentaban en butacas específicas. El chico que se había quedado dormido iba al cine sin importarle qué película se proyectaba; parecía tener un gusto bastante variado. A veces le preguntaba por el estreno de las próximas películas, o si podía darle alguna fotografía o cualquier otra clase de material publicitario. Parecía un poco simple, incluso demasiado infantil para su edad, y siempre iba solo.
El acomodador llamó al chico. En el suelo había una bolsa de palomitas y una botella de refresco.
Al ver que no respondía, caminó entre los asientos hasta llegar a su altura, lo empujó levemente y le ordenó que se despertara y saliera. El siguiente pase estaba a punto de comenzar. No obtuvo respuesta. Se inclinó hacia el chico y se fijó en que tenía los ojos entreabiertos. Lo empujó con más fuerza, pero siguió sin reaccionar. Finalmente, lo agarró del hombro para levantarlo, pero su cuerpo parecía extrañamente pesado, inerte. Lo soltó.
Las luces de la sala se encendieron. Y entonces vio el charco de sangre en el suelo.
2
Solo Marion Briem tenía permiso para disponer de un sofá en el despacho. En realidad no había tantos que exigieran esa clase de lujos, y era extraño que aquel mueble tan mundano hubiera causado semejante revuelo. El tresillo, amplio y tapizado en cuero fino, estaba desgastado y empezaba a deshilacharse por las esquinas. Provisto de unos cómodos reposabrazos donde apoyar la cabeza, parecía especialmente diseñado para echarse la siesta. En ocasiones, los agentes más veteranos de la Policía Judicial se tumbaban a escondidas para reposar sus cuerpos cansados mientras Marion se encontraba fuera de la ciudad, aunque siempre lo hacían extremando las precauciones, conscientes de que Marion podría enfadarse si se enterara de que alguien había estado deambulando por su despacho sin su permiso. El sofá se había convertido en una manzana de la discordia para aquellos miembros de la Judicial que envidiaban a Marion y no admitían la más mínima discriminación. Todo el mundo tenía los mismos derechos. Marion procuraba mantenerse al margen de la polémica y sus superiores nunca habían tomado cartas en el asunto por miedo a que dejara de prestarles sus excelentes servicios. El debate se reavivaba periódicamente, sobre todo cuando se incorporaban nuevos miembros que no estaban dispuestos a quedarse callados. En una ocasión, un agente recién llegado osó instalar en su despacho un sofá que compartía con otros dos compañeros. Argumentaba que, si Marion podía disponer de uno, ellos también. Al cabo de un par de días el sofá fue retirado y reenviaron al debutante a la sección de Tráfico.
Marion dormía como un tronco cuando Albert se pasó por el despacho para comunicarle que se había producido una agresión con arma blanca en el cine Hafnarbíó. Albert, de treinta años, compartía despacho con Marion y nunca había mostrado el menor interés por el sofá. Era padre de familia, vivía en un bloque de cuatro plantas en la zona de Háaleiti y trabajaba como policía para el juez de lo Penal de Reikiavik antes de que lo trasladaran al despacho de Marion Briem, en el cuartel general de la Judicial, en la calle Borgartún. Marion se había opuesto en vano a la disposición, pero el espacio de la Policía Judicial se quedaba pequeño y había que aprovechar al máximo cada metro cuadrado, ya que el edificio albergaba, además, el pequeño departamento de la Policía Científica, que cada vez tenía más trabajo. Albert, con barba y pelo largo, solía vestir de modo informal, con predilección por los vaqueros y los blusones. A Marion no le convencía su aspecto hippy y tendía a hacerle observaciones sobre su vestimenta y la longitud de su pelo; unos comentarios que se hicieron aún más frecuentes al ver que Albert poseía una serenidad y una paciencia fuera de lo común y que ignoraba cualquier clase de crítica. Albert tenía muy claro que le llevaría un tiempo meterse a Marion en el bolsillo. Al fin y al cabo, lo habían enviado a un despacho que hasta entonces había estado reservado a una sola persona y debía evitar cualquier tipo de tensión. Lo único que no podía soportar era el tabaco. Por desgracia, Marion fumaba como una chimenea y casi siempre lo hacía dentro del despacho, donde su enorme cenicero estaba siempre atestado de colillas.
Albert tuvo que llamar tres veces a Marion hasta conseguir que reaccionara. Dormía profundamente y, cuando se despertó, los ecos de su sueño todavía resonaban en su mente. O puede que fueran sus recuerdos, avivados por la siesta. Con los años le costaba más distinguir entre una cosa y otra. En cualquier caso, llevaba grabadas en su memoria las imágenes de su estancia en el sanatorio de tuberculosos de Dinamarca: las sábanas blancas secándose al viento estival; la fila de enfermos, algunos muy graves, que descansaban en una enorme terraza en curva; las mesillas de los instrumentos médicos; las largas jeringuillas que empleaban para insuflarle el aire; el pinchazo en el costado cuando el médico le clavaba la aguja en el torso.
—Marion —repitió Albert agitado—. ¿Has oído? Un chico ha muerto apuñalado en el Hafnarbíó. Nos están esperando. La Científica ya está saliendo hacia allí.
—¿Apuñalado en el Hafnarbíó? —repitió Marion mientras se levantaba del sofá—. ¿Han cogido al culpable?
—No, el chico estaba solo en la sala cuando lo encontró el acomodador —le explicó Albert.
Marion se puso en pie.
—¿En el Hafnarbíó?
—Sí.
—¿Así, sin más, mientras veía una película?
—Sí.
—¿En plena proyección?
—Sí.
Marion comenzó a impacientarse. La policía de Reikiavik había dado el aviso unos momentos antes. Un acomodador había llamado muy inquieto desde el cine, solicitando que mandaran agentes de inmediato. El telefonista le rogó que volviera a contarle lo sucedido. Antes de contactar con la Judicial, ya habían enviado dos coches y una ambulancia al lugar de los hechos. Albert recibió el aviso, habló con sus superiores, advirtió a la Científica y, por último, despertó a Marion Briem.
—¿Podrías recordarles que no lo pisoteen todo con sus sucios zapatos? —le preguntó Marion.
—¿A quiénes?
—¡A quienes ya estén allí!
En ocasiones, los primeros en llegar a la escena del crimen, que generalmente eran los de Tráfico, ponían en peligro la investigación pisándolo todo como si nada.
Al cine Hafnarbíó se podía llegar caminando desde el cuartel, pero, vista la situación, Marion y Albert optaron por ir en un coche oficial. Bajaron por la calle Borgartún, giraron a la altura de Skúlagata y continuaron hasta la esquina con Barónsstígur, donde se encontraba el cine, un edificio revestido de chapa ondulada, vestigio de la Segunda Guerra Mundial y recuerdo del papel de Islandia en distintos eventos históricos. La construcción había servido de barracón militar y se había usado como lugar de reunión de los oficiales de las tropas de ocupación británicas. La fachada, de cemento, estaba pintada de blanco, mientras que el resto del edificio era una construcción de hierro y madera.
—¿Quién es esa famosa madre de Sylvia? —preguntó Marion sin venir a cuento de camino hacia el cine.
—¿Quién? —dijo Albert, que iba al volante, sin entender la pregunta.
—Esa de la canción que ponen a todas horas en la radio. ¿Quién es esa Sylvia? ¿Y por qué hablan de su madre? ¿De qué va la canción?
Albert escuchó con atención. Por la radio emitían un gran éxito estadounidense, Sylvia’s Mother, que llevaba semanas sonando en los programas musicales.
—No sabía que escucharas pop —observó.
—Es imposible quitarse esa canción de la cabeza. ¿Son hombres los que cantan?
—Sí, de hecho, es un grupo muy conocido —señaló Albert.
Aparcó frente al cine.
—No nos viene nada bien que ocurra algo así precisamente ahora —añadió mirando los carteles del vestíbulo.
—No le hace ningún favor a la Federación de Ajedrez —comentó Marion mientras bajaba del coche.
Albert se preocupaba por el nuevo evento histórico que iba a acontecer en Islandia. Reikiavik estaba atestada de periodistas extranjeros procedentes de todos los rincones del mundo, representantes de las principales agencias de prensa, cadenas de televisión, emisoras de radio y periódicos que, sin duda, iban a sacarle jugo a lo ocurrido en el Hafnarbíó. La ciudad también albergaba esos días a un buen número de expertos y aficionados al ajedrez, así como a enviados estadounidenses y soviéticos, y, en general, a todos aquellos cuyo interés por dicha disciplina era tal que no podían perderse el evento, siempre y cuando pudieran costearse el largo viaje hasta Islandia. Todo el mundo estaba con el alma en vilo esperando que comenzara el llamado «duelo del siglo» que iba a disputarse en Reikiavik entre los dos grandes maestros del ajedrez: Bobby Fischer y Boris Spassky. Islandia nunca se había visto envuelta en un torbellino semejante desde su ocupación militar durante la Segunda Guerra Mundial.
No obstante, todavía no era seguro que el duelo fuera a celebrarse. El campeón mundial, Boris Spassky, ya había llegado al país. Sin embargo, su rival, Bobby Fischer, no cesaba de poner dificultades. Prácticamente cada día planteaba nuevas y estrafalarias exigencias, sobre todo en lo referente a la cuantía del premio. Ya había causado el retraso de varios aviones de pasajeros en Nueva York al negarse a embarcar en el último momento y se había mostrado especialmente caprichoso durante los preparativos. Por el contrario, Spassky era la amabilidad en persona y procuraba quitarle hierro al revuelo causado por Fischer. Había ido a Islandia para jugar al ajedrez y todo lo demás carecía de importancia. La intachable conducta del campeón mundial derretía el corazón incluso de los mayores detractores de la Unión Soviética. Los medios occidentales magnificaban la importancia del duelo y lo enfocaban como un enfrentamiento entre el Este y el Oeste, entre las naciones libres y democráticas y las dictaduras opresoras. Los grandes periódicos redactaban titulares sin tapujos: LA GUERRA FRÍA LLEVADA A LAS CALLES DE REIKIAVIK.
Durante un tiempo, Islandia había estado en el punto de mira debido a las disputas con los británicos en torno a la decisión tomada por los islandeses de ampliar sus aguas jurisdiccionales. Los británicos enviaron un buque militar a los caladeros para defender sus barcos pesqueros, y la prensa internacional se hizo eco de las refriegas entre el guardacostas islandés y el buque de combate y los arrastreros británicos. El Campeonato Mundial de Ajedrez que estaba a punto de celebrarse en Reikiavik no hacía sino avivar el interés de los medios por el país.
El acceso a la sala del cine todavía no estaba cerrado cuando llegaron Marion Briem y Albert. Frente al edificio vieron aparcados varios vehículos policiales y una ambulancia con las puertas traseras abiertas. En la acera se habían congregado los espectadores que estaban esperando a que comenzara la sesión de las siete y los que habían querido comprar con tiempo la entrada para las nueve. Los más curiosos se habían adentrado en el vestíbulo. Lo primero que hizo Marion fue ordenar a los agentes que despejaran la sala para que la Científica pudiera trabajar con tranquilidad; después mandó cerrar con llave para preservar intacta la escena del crimen. Mientras tanto, Albert se encargaba de vaciar el vestíbulo. De pie, junto al puesto de chucherías, la taquillera preguntó qué iba a pasar con la sesión de las nueve. Albert le comunicó que no se proyectarían más películas hasta el día siguiente como muy pronto.
—Venía muy a menudo —dijo la joven, consternada—. Era un chico la mar de tranquilo. No me cabe en la cabeza que alguien haya podido hacerle algo así. Ni a él ni a nadie.
—¿Lo conocías? —le preguntó Albert.
—No, solo como a cualquier otro asiduo. Se tragaba todas las películas. Hay más de uno como él.
—¿Iba solo?
—Sí, siempre iba solo.
—¿Más de uno como él? ¿En qué sentido?
—Gente que va sola al cine. Sobre todo a la sesión de las cinco. Prefieren evitar la muchedumbre de las nueve. Hay muchos así. Vienen para disfrutar tranquilamente de la película.
—Los asientos están numerados, ¿verdad?
—Sí, pero cuando vienen tan pocos se sientan donde quieren.
—¿Notaste algo peculiar en su actitud?
—No —respondió la joven, que se presentó como Kiddý—. Nada.
—¿Puedes hacer memoria?
—No caigo en nada en especial. Llevaba una mochila.
—¿Una mochila?
—Sí.
—Pero en verano no hay clase, ¿no?
—Ya, pero llevaba una.
A su lado, la vendedora de chucherías escuchaba la conversación. Tenía dieciocho años y estaba muy afectada; había llorado, y Kiddý había tratado de consolarla. «No vino casi nadie a comprar dulces —le explicó a Albert—. Solo unos chicos». Se fijó en que había una mujer. El resto de los asistentes eran hombres que no le sonaban de nada y no sabría describir con exactitud. Tampoco podía confirmar si el fallecido llevaba una mochila.
Marion observaba trabajar a la Científica cuando Albert entró en la sala para darle la noticia de la mochila. Los agentes solicitaron unas lámparas más potentes; aun con todas las luces de la sala encendidas, la iluminación no era precisamente buena. Nadie había tocado el cadáver desde que el acomodador intentó despertarlo. A falta de algo mejor, los policías tuvieron que contentarse con sus linternas para alumbrar la sangre que impregnaba el cadáver, la butaca y el suelo. Uno de los agentes fotografiaba el cuerpo, la sangre y la bolsa de palomitas vacía. Los fogonazos de la cámara iluminaron puntualmente la sala hasta que el fotógrafo decidió que ya tenía suficientes imágenes.
—Ha sangrado muchísimo —observó el doctor que había acudido al lugar de los hechos y había dictaminado la muerte del chico—. Dos puñaladas en el corazón. Apenas le quedará sangre en el cuerpo.
—¿Veis una mochila por alguna parte? —preguntó Marion a los de la Científica.
Uno de los agentes levantó la mirada.
—¡Aquí no hay ninguna mochila! —voceó.
—Por lo visto, llevaba una —informó Marion—. ¿Podéis comprobarlo, por favor?
Otro agente había recorrido las butacas examinándolas con una linterna más potente. Llamó a Marion para que se acercara. Alrededor de los asientos que habían ocupado los espectadores quedaban algunos desperdicios: bolsas de palomitas, botellas de refresco, envoltorios de caramelos. Marion se fijó en la ausencia de restos de palomitas y dulces cerca del cadáver. El agente iluminó con la linterna una botella de alcohol tirada entre los asientos centrales de la primera fila. Se acercó para alumbrarla mejor.
—¿Qué es eso? —preguntó Marion Briem.
—Ron. Una botella de ron vacía. Puede que haya bajado rodando desde arriba, aunque la pendiente de la sala no es muy pronunciada. No hay nada más alrededor.
—No la toques —ordenó Marion—. Hay que trazar un croquis de la sala para hacernos una idea del contexto.
—Creo que ya tengo suficiente material —anunció el fotógrafo después de haber fotografiado la botella, y salió a la calle atravesando el vestíbulo. Marion lo siguió, y de camino se encontró con el acomodador, de nombre Matthías. Le indicó que se acercara y volvieron a entrar en la sala. Marion le pidió que le explicara detalladamente cómo había descubierto el cadáver. El hombre lo describió procurando no dejarse nada que pudiera ser relevante.
—¿Cuántas entradas habéis vendido para este pase? —preguntó Marion.
—Lo acabo de comprobar con Kiddý. Se han vendido quince.
—¿Os eran familiares algunos de los espectadores? ¿Había habituales?
—No, yo solo conocía a ese chico —respondió el acomodador—. No he prestado mucha atención. Ahora proyectamos un wéstern bastante famoso; creo que la mayoría eran hombres. Como casi siempre cuando ponemos una del Oeste. Y encima a las cinco. Rara vez vienen mujeres a esa hora.
—¿La mayoría eran hombres? —repitió Marion.
—Sí, solo había una mujer. No la había visto antes. O no me había fijado en ella. También vinieron unos adolescentes y unos hombres que no sé ni cómo se llaman. Ah, y el de la tele.
—¿Quién?
—¿Cómo se llama? Uno que es bastante conocido. Presenta el parte del tiempo. ¿Cómo se llama?
—¿Es periodista? ¿Meteorólogo?
—Sí, sale dando el tiempo. Reparé en él cuando compró la entrada.
—¿Y notaste algo en particular? ¿Conocía al chico? ¿Hablaban entre ellos?
—No, creo que no. En todo caso, yo no vi nada. Solo lo conozco de la televisión. ¿Sabéis quién es el chico?
—No —respondió Marion—, todavía no. ¿Te sonaba, como empleado de esta sala?
—Sí, venía muy a menudo, se tragaba todas las películas. Muy buen chico, por lo poco que lo conocía. Era amable, pero había algo raro en él. Como si no tuviera muchas luces, el pobre. Y siempre iba solo. Nunca acompañado. Estoy convencido de que en los otros cines también lo conocen. Si es que eso os puede ser de alguna ayuda. Seguro que en esos también tenía sus asientos favoritos. Lo hacen muchos, lo de sentarse siempre en el mismo sitio.
—¿Él también lo hacía?
—Sí, casi siempre se sentaba arriba a la derecha.
—¿Cabe la posibilidad de que alguien supiera que solía sentarse ahí? —preguntó Marion Briem.
El acomodador se encogió de hombros.
—Ni idea —respondió—, pero todo podría ser.
—¿Te fijaste en si llevaba una mochila?
—Sí, me parece que llevaba una.
—¿Merece la pena ese wéstern? —preguntó Marion Briem, señalando el cartel de La noche de los gigantes.
—Sí, es excelente. Ha tenido mucho éxito. ¿Te interesan los wésterns? A muchos islandeses les gustan. Les recuerdan las sagas.
—Sí —respondió Marion Briem—, Centauros del desierto es una de mis favoritas. Lo que pasa es que Gregory Peck no es santo de mi devoción.
—Pues a mí me gusta.
—¿Quince entradas vendidas, dices?
—Sí.
—Como en la canción de La isla del tesoro, ¿no?
—¿La isla del tesoro?
—«Quince hombres sobre el cofre del muerto —tarareó Marion—. ¡Y una botella de ron!».
3
Marion había entrado en la cabina y hablaba con el acomodador cuando Albert apareció en la puerta y le hizo una señal con gesto serio.
—Han encontrado el carné del chico. Tenemos su dirección —susurró—. Nació en 1955, tenía dieciocho años y se llamaba Ragnar. Ragnar Einarsson. Vivía en el barrio de Breiðholt.
Marion bajó con Albert hasta el vestíbulo y regresaron a la sala, donde el cadáver seguía en la misma posición en que lo había hallado el acomodador: ligeramente ladeado hacia el asiento contiguo. Un agente de la Científica le mostró el carné de identidad. Estaba ensangrentado, lo llevaba en el bolsillo de la chaqueta.
—Vamos a ir a hablar con su familia —anunció Marion—. Por aquí ya vais terminando, ¿no?
—Sí. Estamos acabando. No hay ni rastro del arma del crimen. Han buscado en los contenedores de los alrededores, pero no han encontrado nada. Un equipo ha bajado hasta al mar y otro ha subido hasta la calle Hverfisgata. A ver si tienen suerte. ¿Sabéis algo más acerca de lo que ha ocurrido?
—No, nada —respondió Marion.
Al salir, Albert se detuvo frente a un póster donde se leía el título original de la película: The Stalking Moon.
—¿Así se llama La noche de los gigantes? —se preguntó—. ¿A qué vendrá eso de los gigantes?
Marion se asomó de nuevo por la sala.
—Ahora que lo pienso, hay algo curioso en la escena del crimen.
—¿Qué?
—En La noche de los gigantes la muerte acecha continuamente.
Hacía una bonita tarde de verano. Vestidos con ropa ligera, un grupo de curiosos se aglomeraba frente al cine para intentar enterarse de lo que había ocurrido en la sala. En la radio habían anunciado la muerte del joven. Marion y Albert tuvieron que apartar a la gente para llegar hasta el coche. Kiddý y el acomodador los siguieron con la mirada desde el vestíbulo. Una vez cerrada la puerta del cine y recuperada la calma, el acomodador se inclinó hacia Kiddý y le susurró:
—¿Alguna vez te ha pasado que no sabes si una persona es hombre o mujer?
—Qué cosas. Eso mismo estaba pensando.
Ragnar vivía en un inmueble de Efra-Breiðholt, el barrio más reciente de Reikiavik, que se extendía hacia el sureste desde el centro de la ciudad y todavía estaba en construcción. Marion y Albert tuvieron que caminar por tablones, saltar charcos y bordear silos de cemento hasta llegar al patio de la escalera. En las colinas de alrededor, conocidas por algunos como los «Altos del Golán», se alzaban enormes bloques de hasta diez pisos de altura que se alineaban formando calles interminables. A los pies de las colinas estaban edificando casas adosadas y viviendas unifamiliares para la gente pudiente. Los bloques de pisos, de construcción pública, estaban destinados a familias de bajos ingresos que llevaban viviendo en la austeridad desde los años de la crisis y la guerra, una época en la que la gente del campo tuvo que mudarse en masa a la capital en busca de trabajo y se alojaba en sótanos maltrechos, desvanes y barracones militares desvencijados. Sin embargo, ahora se vislumbraba la llegada de una vida mejor en aquellos modernos bloques de apartamentos con dos o tres dormitorios, un cuarto de baño alicatado, un salón amplio y una cocina totalmente equipada.
En el interior estaban enluciendo las paredes para luego proceder a pintarlas. Todavía faltaba el interfono, pero los buzones ya estaban instalados. Marion Briem localizó el nombre de la familia. Vivían en el segundo piso, puerta izquierda. Padre, madre y tres hijos, contando a Ragnar.
—Tenía dos hermanas —observó Marion.
La puerta de acceso a la escalera estaba abierta, y al subir se cruzaron con un grupo de niños armados con espadas y escudos que habían confeccionado con trozos de madera. Los pequeños vikingos bajaron dando gritos y salieron del inmueble sin prestar la menor atención a los representantes de la ley.
Albert se dispuso a llamar a la puerta, pero Marion lo detuvo.
—Concedámosles un minuto más.
Albert dudó unos segundos. El tiempo pasaba. Marion comenzó a murmurar:
Escucha, artífice del cielo,
la plegaria del poeta,
que llegue hasta mí
tu dulce misericordia.
Albert esperó paciente sin moverse del sitio.
—Expón los hechos tal y como han ocurrido —le indicó Marion haciéndole una señal para que llamara—. No digas ni más ni menos que lo necesario.
La puerta se abrió y apareció una niña de unos diez años que miró con cara de interrogación a aquellos dos invitados inesperados. Del apartamento emanaba una mezcla de olor a comida, pescado pasado, sebo derretido, detergente y tabaco.
—¿Está tu papá en casa, pequeña? —le preguntó Albert.
La niña entró a buscar a su padre, que se había tumbado a leer un rato después de cenar. Se acercó a saludarlos un hombre despeinado, entrado en carnes, vestido con una camisa de trabajo y tirantes. Al mismo tiempo salió la mujer de la cocina, acompañada de una segunda chica algo mayor.
Albert comenzó a hablar.
—Perdonad que os importunemos de esta manera...
No pudo continuar.
—No, no pasa nada —dijo el hombre—. No os quedéis ahí fuera, pasad. ¿En qué os puedo ayudar? ¿Algún problema con el inmueble?
Albert sacó el carné de identidad de Ragnar y entró en el salón, seguido de Marion.
—Tiene que ver con tu hijo —le anunció—. ¿Ragnar Einarsson?
—¿Qué ocurre con Ragnar? —preguntó la mujer, bajita y delgada, con una expresión mucho más inquieta. Su marido había dado alguna cabezada con el libro en la mano y no había terminado de despertarse.
—¿Ragnar Einarsson, de dieciocho años?
—Sí.
—¿Es este de aquí? —preguntó Albert mostrándoles la fotografía en blanco y negro.
—Sí, es Ragnar —confirmó el hombre—. ¿Qué ha pasado? ¿De qué está manchado el carné?
—Me... —comenzó a decir Albert.
—Quizás las niñas prefieran ir a su cuarto —interrumpió Marion.
La mujer alternó la mirada entre las niñas y Marion antes de pedirles a sus hijas que se metieran en su habitación. Las niñas obedecieron sin rechistar.
—Me veo en la obligación de informaros de que Ragnar ha fallecido —anunció Albert después de asegurarse de que las niñas no podían oírlo—. Ha sido apuñalado mientras veía una película en el cine. Todavía desconocemos quién lo agredió y por qué.
El matrimonio intercambió una mirada sin entender lo que acababan de escuchar.
—¿Qué...? —murmuró la mujer.
—¿Quiénes habéis dicho que erais? —preguntó el hombre.
—Somos de la policía —aclaró Albert—. Lamentamos mucho tener que comunicaros la noticia. Hay un pastor de camino, viene con retraso. Suponemos que estará al llegar, si es que deseáis su presencia.
El hombre se derrumbó sobre una silla. Marion reaccionó inmediatamente y lo sujetó para que no se cayera al suelo. La mujer miró a su marido y después a los agentes.
—¿Qué estás diciendo? —suspiró—. ¿Qué significa eso? Ragnar nunca le ha hecho nada a nadie. Será una equivocación. ¡Tiene que ser una equivocación!
—Vamos a hacer todo lo posible por esclarecer lo ocurrido —afirmó Albert—. Según nos han informado, había ido solo al cine. ¿Había quedado con alguien...?
—¿Solo? —dijo la mujer, pensativa—. Ragnar pasa mucho tiempo solo.
—No, no había quedado con nadie —informó el hombre.
—¿Tiene algún amigo en el inmueble con quien podamos hablar? Cabe la posibilidad de que hubiera quedado con alguien sin que lo supierais.
—Aquí no tiene muchas amistades —explicó la mujer—. Acabamos de mudarnos desde el barrio de Selbúðir. No llevamos aquí ni medio año, así que no ha tenido mucho tiempo para conocer a gente.
—Es un poco especial —comentó el hombre.
—¿En qué sentido?
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó la mujer—. ¿Podéis explicarme qué ha pasado? ¡Decidme qué ha pasado, por favor!
Albert describió la escena del Hafnarbíó con la mayor delicadeza posible pero sin omitir ningún detalle relevante. El matrimonio no había asimilado aún la gravedad del caso, no comprendía todavía que su vida nunca volvería a ser la misma.
—El procedimiento exige que identifiquéis el cadáver —añadió Albert después de explicarles que su hijo había sido apuñalado.
—¿Identificarlo? —preguntó la mujer—. ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Podemos ir ahora mismo? ¿Podéis acompañarnos?
—Por supuesto —respondió Albert—. Podéis venir con nosotros.
La mujer se apresuró a sacar su abrigo del armario de la entrada. El hombre se levantó y se puso una chaqueta. Ensimismados, se despidieron de sus hijas, que miraban a sus padres con cara de interrogación. Seguidos del matrimonio, los agentes bajaron las escaleras y caminaron hasta el vehículo. Armados hasta los dientes, los niños de la escalera se dieron una tregua y vieron pasar el coche sin distintivos hacia la calle Breiðholtsbraut.
El cuerpo de Ragnar había sido trasladado al tanatorio del Hospital Nacional, en la calle Barónsstígur, para que se le practicara la autopsia. Bajo una sábana blanca, el cadáver yacía sobre una mesa helada de acero cuando Marion y Albert llegaron acompañados de los padres del chico. El forense, vestido con una bata blanca, los recibió estrechándoles la mano. Seguidamente, se acercó a la mesa y destapó el rostro del muchacho. Llevaba la misma ropa que cuando había salido de casa.
La mujer se llevó la mano a la boca, como si ahogara un grito. El hombre miró inmóvil a su hijo y asintió.
—Es Ragnar —confirmó—. Nuestro Ragnar.
En ese instante se extinguieron las escasas esperanzas que aún albergaban, sumidos en una angustia silenciosa, de que todo había sido un malentendido, un absurdo error del destino, y de que todo volvería a ser como antes. La mujer rompió a llorar y el hombre la abrazó, deshecho en lágrimas.
Marion Briem frunció el ceño, golpeó levemente a Albert con el codo, salió al pasillo y cerró la puerta con cuidado.
4
Durante su primer verano en Reikiavik, Marion Briem acompañó al chófer hasta el lago Þingvallavatn para pescar las truchas que después introducían en el pequeño estanque situado en la parte trasera de la casa. Se trataba de una antigua costumbre que se remontaba a los tiempos en que los hijos de los dueños eran todavía unos niños. Cada verano las truchas distraían a los chicos y los peces parecían estar a gusto nadando de aquí para allá. En los días más cálidos, cuando los niños refrescaban los pies en el agua, las truchas se movían a su alrededor. Por las tardes flotaban cerca de la superficie y parecían observar a la gente que charlaba sentada en el jardín. Los chicos tenían prohibido pescarlas o hacerles daño, pero, a veces, cuando no los veía nadie, se acercaban a hurtadillas, las agarraban por la cola y las sujetaban unos instantes hasta que las dejaban escapar. Al llegar el otoño, antes de que el estanque se congelara, el chófer llevaba las truchas de vuelta al este y, en cuanto las soltaba en el lago, desaparecían rápidamente en las heladas aguas del fondo.
Todos los veranos iban al Þingvallavatn en busca de truchas con que repoblar el pequeño estanque, y la tradición se mantuvo hasta que los hijos crecieron. El chófer tenía un nombre inusual: Aþanasíus. Llevaba bastante tiempo prestando sus servicios a la familia y se ocupaba de un buen número de labores domésticas. El hogar disponía, además, de dos sirvientas, una de las cuales era la cocinera. Aþanasíus se encargaba del mantenimiento de la casa y de todos los bienes. Se ocupaba de que todo saliera bien cuando recibían invitados, tanto en cenas como en aperitivos, y también cuidaba del jardín, cosa que hacía con gran deleite, como reflejaban sus buenos resultados. Pero lo que más le gustaba era conducir hasta el lago Þingvallavatn con una tina donde transportaba las truchas que pescaba.
Marion se llevaba muy bien con él y solía ayudarlo. Aþanasíus, que se autodenominaba el «cortesano», siempre se mostró benevolente y comprensivo. Le enseñaba a realizar pequeñas tareas y se implicaba al máximo en su educación, ya que se consideraba prácticamente su protector. Por eso, Marion se pasaba las horas con él en el jardín aprendiendo sobre todas las variedades de plantas, la fertilidad del suelo, los distintos tipos de nubosidad que auguraban lluvias y la energía reverdeciente del sol. La familia poseía un huerto en las afueras de la ciudad donde Aþanasíus cultivaba zanahorias, colinabos y patatas. Estaba situado en Kringlumýri, cerca de las turberas que explotaban los habitantes de Reikiavik. Al llegar la época de la recolecta, todos los miembros del servicio iban hasta allí montados en un camión enorme y regresaban con el vehículo cargado de hortalizas.
Cuando hablaban entre ellos, los empleados se referían siempre a sus patrones como «la familia». A finales de la Gran Depresión, cuando muchos esperaban la llegada de la prosperidad, la economía del hogar mejoró notablemente. El patrón de la casa era uno de tantos hombres previsores que se habían atrevido a invertir en el sector de la pesca y se había hecho armador. Evitaba los despilfarros, pero sin caer en la avaricia. Su esposa, danesa, era una persona decidida, como su marido. Los tres hijos del matrimonio habían estudiado en Copenhague. El mayor había regresado unos años atrás, había formado una familia y trabajaba como abogado. Los otros dos todavía residían en Dinamarca, pero volvían a casa todos los veranos para trabajar en la empresa de su padre.
Subidos a un camión Ford del negocio familiar, Marion y Aþanasíus avanzaban traqueteando por la pista de tierra que llevaba hacia Þingvellir. Aunque no eran más que unos pocos kilómetros, tardaban una eternidad en recorrer aquel trecho.
—Allí en Manitoba sí que tenían carreteras hechas y derechas —suspiró Aþanasíus tratando de sortear una enorme roca que al final terminó por golpear los bajos del vehículo con un estruendo. Se había instalado en Norteamérica con sus padres a la edad de Marion. Pasó su juventud en los asentamientos islandeses de Canadá, y ya de adulto regresó a Islandia, donde encontró trabajo en la empresa del armador. Marion ya le había oído decir en repetidas ocasiones que siempre debió haberse quedado en Canadá en lugar de volver a Islandia, y empezó otra vez con la misma cantinela nada más salir de la ciudad. Insistía en que no sabía qué cable se le había cruzado. En realidad, no tenía ninguna queja de su estancia con «la familia». Antes al contrario, respetaba tanto a su jefe como a su esposa danesa y nunca podría recriminarles nada. Salvo el trato que había recibido Marion.
—Mira que son buena gente —comentó, presa de una irritación impropia de él. Aþanasíus, un cincuentón calmado, campechano y servicial, era bondadoso con todo el mundo. Calvo, de boca grande y nariz achatada, no era particularmente agraciado—. Por eso no entiendo que se porten así contigo —añadió—. Seguro que es su mujer la que maneja los hilos. ¡La remilgada de la danesa!
Habían abierto la pista pocos años antes, con ocasión del milésimo aniversario del primer Parlamento. Atravesaba el altiplano de Mosfellsheiði y conectaba con la vieja carretera de Þingvellir a la altura de Þorgerðarflöt. Debido a las escasas labores de mantenimiento, las lluvias la habían empantanado y Aþanasíus tenía que extremar la precaución.
—Aun así, me parece que deberían afrontar la realidad —opinó antes de evitar un bache dando un volantazo que hizo que Marion se moviera bruscamente en su asiento—. Más les valdría dejarse de tonterías y reconocer quién eres —añadió—. No me cabe en la cabeza que pudieran portarse así con tu madre.
—¡Cuidado! —gritó Marion.
—¡Lo veo! —exclamó mientras esquivaba por los pelos un enorme pedrusco—. Naturalmente, todo es cuestión de dinero. Tienes derecho a una parte de la herencia, y está claro que no quieren oír hablar del tema.
La hostilidad de Aþanasíus se debía a la visita del hermano mayor, el abogado, esa misma mañana. No se dejaba caer mucho por la casa, pero en esa ocasión había llegado acompañado de su mujer y sus dos pequeñas. Todo el mundo sabía que era el padre no reconocido de Marion. La madre de Marion se llamaba Dagmar y, al igual que la patrona de la casa, era de origen danés. De madre danesa y padre islandés, había nacido y crecido en Reikiavik. Sus padres fallecieron durante la epidemia de gripe de 1918, y «la familia» acogió a Dagmar por mediación de unos conocidos. Tres años más tarde, el hijo mayor de los patrones la dejó embarazada, pero nunca reconoció aquella relación. El hijo, un don nadie a ojos de Aþanasíus, fue enviado a Copenhague en el primer barco y le rogaron a Dagmar que se marchara. Tras dar a luz se mudó a una granja cerca de Ólafsvík, en la península de Snæfellsnes, en el oeste del país. Trató de contactar alguna vez con el padre, pero este no quiso saber nada de ella, y Dagmar nunca llegó a enterarse de que se había casado en Dinamarca.
Cuando Marion aún no había cumplido tres años, Dagmar asistió con más gente a un baile en Hellissandur. Para llegar aprovecharon el momento en que la marea era más favorable para poder bordear el promontorio Ólafsvíkurenni, un tramo bastante peligroso. Era pleno invierno y el grupo había pasado la noche en Hellissandur. A la hora de regresar, el mar se embraveció, y faltaba poco para la marea alta. Al ver que el paso sería impracticable, decidieron dar media vuelta, pero en ese preciso momento una ola rompió con tal violencia que algunos perdieron el equilibrio y dos mujeres murieron ahogadas, arrastradas por el mar. Una de ellas fue Dagmar. Dos días después, encontraron los cuerpos varados al oeste del río Hólmkelsá y las enterraron en Ólafsvík.
Marion no recordaba aquellos sucesos; creció en la granja, donde le prodigaron los mismos cuidados que a los demás niños del matrimonio. Aþanasíus sentía un gran cariño por Dagmar y la apoyó en los momentos más duros. Se cartearon durante los años que ella pasó en la península de Snæfellsnes y, después de su fallecimiento, Aþanasíus se siguió escribiendo con el dueño de la casa para que le diera noticias de Marion. En verano los visitaba y les prestaba ayuda, en la época más ajetreada, con la siega del heno y otros quehaceres. Así aprovechaba también para pasar un tiempo con Marion.
Marion nunca había enfermado, salvo algún resfriado puntual y unas décimas de fiebre. Pero un otoño de intensas lluvias presentó un cuadro de fiebre persistente acompañada de tos y un peculiar dolor en el pecho. Un ataque de tos le había dejado en la boca un sabor a sangre. Tenía diez años. El dueño de la granja avisó al médico, que llegó a lomos de su caballo negro cruzando el arroyo de la finca en un gélido día de lluvia, vestido con una gruesa gabardina y un sombrero chorreante con las alas combadas por el peso del agua. El granjero salió a recibirlo y lo invitó a pasar al interior de la casa, donde su mujer lo ayudó a quitarse la gabardina y el sombrero para ponerlos a secar antes de que se marchara. Primero hablaron del tiempo: la lluvia no parecía dar señales de tregua. Después, el médico entró en el salón, sacó el estetoscopio del maletín y auscultó atentamente a Marion, que inspiraba y espiraba en el sofá, siguiendo sus instrucciones. Le dio unos leves golpecitos en distintas partes del pequeño cuerpo, desde la espalda hasta el pecho, y le pidió que tosiera varias veces. «Vuelve a inspirar, coge todo el aire que puedas —le indicó el médico mientras apoyaba el estetoscopio en el pecho—. ¿Has tosido sangre?», le preguntó a Marion, quien contestó afirmativamente. El salón estaba frío y húmedo; el médico estaba empapado y deseaba regresar a casa lo antes posible. Volvió a auscultarle el pecho y finalmente dio su diagnóstico. «Creo que has contraído la tuberculosis —anunció—. Es muy frecuente en el campo. Debería evitar el contacto con otros niños —explicó, dirigiéndose al granjero mientras se ponía en pie—. Lo mejor sería que ingresara cuanto antes en el sanatorio de Vífilsstaðir».
El dueño de la granja consideró que la mejor solución era avisar a Aþanasíus, quien reaccionó de inmediato y acudió a la finca para trasladar a Marion a Reikiavik, donde mantuvo una larga conversación con la patrona. Nadie supo de qué habían hablado, pero, contra todo pronóstico, la danesa se ablandó al entender cuál era la situación de Marion y tomó la decisión de que se quedara con «la familia», bajo el cuidado de Aþanasíus. La patrona se encargaría de que recibiera la mejor asistencia médica en el sanatorio de Vífilsstaðir y también barajaba la idea de un posible ingreso en un centro danés especializado en tuberculosis, donde el clima era mutcho mejog, como dijo con su acusado acento danés.
No había contado con su hijo a la hora de tomar esas decisiones, y este nunca se preocupó por Marion. La única condición que impuso la mujer fue que no se mencionara nunca quién era el padre. Nunkeh. Ese fue el acuerdo que alcanzaron con Aþanasíus.
—Era esperar demasiado —murmuró Aþanasíus dejando escapar un hondo suspiro mientras pensaba en el padre de Marion y metía en el agua el bote que siempre pedía prestado a una familia que tenía una casita de campo a orillas del lago. Había llevado dos cañas de pescar, una para él y otra para Marion, y primero remó unos doscientos metros con la tina a bordo antes de ensartar las lombrices en los anzuelos.
—¿Tienes frío? —le preguntó a Marion, que sujetaba su caña desde el banco delantero con sus hombros enclenques cubiertos por una manta—. Si te entra frío, dímelo. No es bueno para esa cochinada que tienes en los pulmones.
—Estoy bien —respondió Marion.
El bote se mecía suavemente sobre las olas del lago. El sol brillaba en lo alto del cielo, pero del volcán Skjaldbreiður soplaba un viento gélido procedente de las tierras altas del interior que comenzó a preocupar a Aþanasíus. Al cabo de un momento ya había pescado dos hermosas truchas que se contorneaban en la tina. «Una más y basta», dijo.
—¿Hay muchos hombres en Islandia que se llamen como tú? —preguntó Marion de repente.
—No sé de ninguno más, aparte de mí —respondió Aþanasíus mientras recogía el sedal antes de lanzarlo de nuevo—. Soy del oeste de la península de Snæfellsnes, no muy lejos del lugar donde enfermaste. Allí la gente usa unos nombres bien raros, como ya debiste de observar.
—El único Aþanasíus que conozco, además de a ti, es el obispo de Alejandría.
—Me suena.
—El nombre significa «inmortal» —señaló Marion.
—Entonces no puedo decir que me disguste. ¿Crees que le sacarás algún provecho a ser un ratón de biblioteca?
—Me paso la vida leyendo —respondió Marion al mismo tiempo que un pez picaba el anzuelo con tanta fuerza que casi le arrebató la caña de las manos. El carrete zumbó al desenrollarse el sedal a toda velocidad y la caña se curvó hasta tocar la superficie del lago.
Aþanasíus se acercó lentamente a Marion para no hacer volcar el bote. Marion seguía sosteniendo la caña. Aþanasíus la agarró a su vez e intuyó que había picado un pez enorme.
—Hay que ver lo grandes que llegan a hacerse en este lago —murmuró—. Debes de haber pescado una trucha gigante.
—¿Quieres sujetar la caña tú solo? —preguntó Marion.
—No, sácala tú, deja que tire un poco más y luego empieza a recoger. A ver qué hace.
Cuando notó que el sedal dejaba de desenrollarse, Marion comenzó a recogerlo. Las violentas sacudidas de la trucha hacían temblar la caña encorvada. Pensando que se habría tragado el anzuelo, Aþanasíus estaba seguro de que el pez no se iba a escapar y volvió a su asiento para comenzar a remar hacia la orilla. Marion sujetaba la caña con firmeza mientras seguía tratando de enrollar el sedal. Al llegar, Aþanasíus detuvo el bote, puso un pie en tierra y ayudó a Marion a bajar. El animal comenzaba a fatigarse, igual que Marion, pero Aþanasíus prefirió mantenerse a un lado. Marion había conseguido arrastrar la trucha hasta la superficie, donde todavía forcejeaba a escasos metros de la orilla, tratando de liberarse en vano. Marion la sacó del todo y Aþanasíus se acercó para atraparla y lanzarla al bote.
—¡Menudo bicho! —exclamó arrodillado junto a la pieza, que pesaría unas doce libras—. Nunca había visto un pez tan grande en este lago.
—¿Podemos llevárnosla a casa? —preguntó Marion.
—¡Pues claro!
Aþanasíus desenganchó con cuidado el anzuelo de la boca, agarró la trucha y la metió en el recipiente junto con las otras dos. Después tapó la tina y la subió a la plataforma trasera del Ford. Aturdido, el animal se quedó inmóvil en el fondo del barreño.
—Menudo ejemplar para nuestro estanque, Marion —dijo Aþanasíus—. El más grande que hemos pescado nunca.
—¿Está muerta?
—No, se está recuperando. A un pez tan grande no lo matas así como así. En otoño lo devolveremos al lago. ¿Cuándo ingresas en Vífilsstaðir?
—La semana que viene —respondió Marion.
—Muy bien. Te va a venir de maravilla.
—No tengo ganas de ir.
—No hay discusión que valga. Tienes que quitarte eso de encima.
Aþanasíus acarició la cabeza de Marion.
—La camarada que llevas a cuestas no es la más agradable de las compañías.
—¿Qué camarada?
—La muerte —respondió Aþanasíus.
5
Hacia el mediodía del día después de descubrir el cadáver, Marion Briem y Albert volvieron al enorme inmueble en construcción de Efra-Breiðholt. El matrimonio no había ido a trabajar y las hermanas no habían ido al colegio. La mujer era dependienta en una tienda recién abierta del barrio. El hombre trabajaba en una constructora. Albert los había llevado a casa en coche desde el tanatorio. Les habían contado a sus hijas lo ocurrido: que su hermano había fallecido a manos de un criminal que se hallaba en paradero desconocido. El dolor y la tristeza se habían adueñado de la casa. Las cortinas estaban cerradas y las velas que habían encendido se consumían lentamente, sumidas en el silencio de una familia desgarrada por la muerte de un ser querido.
—No me entra en la cabeza —le confesó la mujer a Marion—. Se fue al cine y nunca volvió. ¿Cómo puede alguien hacer una cosa así? ¿Cómo es posible? ¡¿Apuñalado?! ¿Cómo es posible? ¿Quién ha podido tener el valor de apuñalar a Ragnar?
—Einar, tu marido, mencionó anoche que vuestro hijo era un poco especial. ¿Qué quería decir exactamente? —le preguntó Marion.
Los tres conversaban sentados en el salón. El marido, Einar, por fin había conseguido dormir a media mañana, igual que sus hijas. Solo su esposa estaba levantada. Desvelada, había recibido a los policías y se esforzaba en ayudarlos lo mejor que podía.
—¿Tenéis algún indicio de lo que ha ocurrido? —preguntó la mujer, que se llamaba Klara. Estaba rendida después de haber pasado la noche sin dormir.
—Me temo que no —respondió Albert.
El cine Hafnarbíó se disponía a reabrir sus puertas al público ese mismo día. Habían registrado el viejo barracón para intentar encontrar pistas sobre el agresor y habían peinado los alrededores en busca del arma del crimen o de cualquier otro objeto que pudiera ser relevante para la investigación. Hicieron un llamamiento en busca de testigos oculares o de personas que hubieran detectado algo sospechoso en las proximidades del Hafnarbíó durante la sesión de las cinco, y, muy especialmente, solicitaron a todos aquellos que hubieran comprado una entrada para aquel pase de La noche de los gigantes que contactaran con la policía. De los quince espectadores, algunos respondieron, pero otros no lo habían hecho todavía. Los empleados del cine se esforzaron en describir lo mejor posible a los clientes de la sesión de las cinco. Recordaban a una mujer bastante joven, al hombre del tiempo y a unos adolescentes; el resto eran hombres adultos de distintas edades. Los empleados no se habían fijado en nada en especial y no se acordaban de todos los espectadores, pues se trataba de una sesión normal y corriente. La gente solía pasar por allí sin llamar particularmente la atención.
—¿En qué sentido era Ragnar especial? —quiso saber Marion.
—Tenía pasión por el cine —respondió Klara—. Iba a ver todas las películas que ponían. Leía y coleccionaba cualquier cosa relacionada con ellas. Pasaba el tiempo de sala en sala y, si le gustaba mucho una película, la veía dos veces.
—Pero eso no lo hace particularmente especial —objetó Marion—. Hay mucha gente que va al cine con frecuencia.
—No..., claro. Ragnar era..., cumplió diecisiete años en primavera, pero no tenía la madurez de un chico de diecisiete. La madurez mental, quiero decir.
—¿Por qué motivo?
—Tuvo un accidente.
—¿Qué tipo de accidente?
—Se cayó de lo alto de una escalera a la edad de cuatro años. Nunca se recuperó del todo. La caída le provocó una hemorragia cerebral y los médicos dijeron que ciertas partes habían sufrido daños irreparables. Ciertas partes del cerebro. No maduró de forma normal. Vivíamos en el ático de una casa vieja de madera y se lo pasaba en grande jugando en la buhardilla. Una tarde no prestó atención y se cayó de cabeza desde una altura considerable. Estuvo dos días inconsciente.
Klara miró a Marion a los ojos.
—Quizás ocurrió por nuestra culpa. Tal vez debimos estar más pendientes de él. No me he podido quitar esa idea de la cabeza en toda la noche. En realidad, era como cualquier otra persona. Había que conocerlo para darse cuenta de que era diferente. No he dejado de darle vueltas. Podía llegar a ser muy cabezota e inflexible. No daba el brazo a torcer. Conocíamos bien su carácter. Pero nunca le hizo nada a nadie. Ragnar no le habría hecho daño ni a una mosca. A lo mejor irritó a alguien. Alguien que no supiera cómo era. Cómo era por dentro.
—No parece que se produjera ninguna pelea —señaló Marion Briem—. En todo caso, no hemos hallado pruebas de ello.
A juzgar por los primeros indicios, Ragnar no había tenido la oportunidad de defenderse. Existían pruebas de que lo habían agredido por sorpresa, de forma repentina. Sus manos no mostraban evidencias de lucha. Su ropa estaba intacta, salvo las rasgaduras causadas por las dos puñaladas en su cárdigan blanco. En el momento de la agresión, Ragnar se había terminado las palomitas y el refresco; los envases estaban tirados en el suelo. No se encontraron más restos de basura en las butacas vecinas, lo cual podía indicar que no hubo nadie sentado cerca de él. Aunque no era seguro. No todo el mundo compra dulces ni tira los envoltorios al suelo en el lugar donde se ha sentado. Se sabía poco del arma que le había quitado la vida a Ragnar. Aun así, creían que la hoja del cuchillo no era muy larga; podía tratarse de una navaja grande. En todo caso, las dos puñaladas se habían asestado en el lugar donde podían causar los mayores daños.
—¿Era propenso a discutir con desconocidos? —preguntó Albert—. ¿Recuerdas algo parecido? ¿Debido a su forma de ser?
Klara le sostuvo la mirada.
—No —respondió—. Sabía evitar ese tipo de situaciones. No recuerdo nada así.
—¿Y algo más reciente? —preguntó Marion Briem—. ¿Se te ocurre alguien que pudiera tener razones para vengarse de él o para borrarlo de la faz de la Tierra? ¿Alguien con quien hubiera tenido problemas? No tuvo que habértelo contado necesariamente, pero si sospechas de alguien, nos gustaría saberlo.
—No, nadie —declaró Klara estupefacta—. En absoluto. No sé cómo puedes pensar una cosa semejante.
—¿Podemos ver su habitación? —preguntó Albert.
—Está ahí —indicó Klara levantándose—. No hemos tocado nada.
Los siguió hasta el pasillo que accedía a tres pequeños dormitorios. Las hermanas dormían en uno y el matrimonio, en otro, mientras que Ragnar tenía el suyo para él solo; era el de menor tamaño, y la ventana daba al jardín trasero y al solar en obras. A lo lejos se distinguían unas grúas y las viviendas en construcción de los «Altos del Golán». Lo primero que llamó la atención de los policías fueron tres grandes carteles de películas: El planeta de los simios, con Charlton Heston, Bonnie y Clyde y Doctor Dolittle.
—¿Qué simios son esos? —preguntó Marion con la mirada clavada en la imagen de El planeta de los simios.
—Esa la he visto —comentó Albert—. La echaban en invierno en el Nýja Bíó. El final es buenísimo.
—La verdad es que no voy mucho al cine —se disculpó Marion al tiempo que miraba a Klara.
—Los empleados siempre se portaban muy bien con él —explicó la mujer—. Le gustaba coleccionar cualquier cosa que tuviera que ver con las películas. Le daban fotos de actores y carteles. Esa le encantaba —añadió, señalando El planeta de los simios.
Junto a la ventana había un pequeño escritorio bien ordenado y, pegada a la pared, una cama impecablemente hecha. Enfrente, una estantería alojaba una colección de libros de aventuras y revistas extranjeras de cine.
—¿Podemos abrir estos cajones? —preguntó Marion, y Klara asintió con un gesto de aprobación.
El escritorio tenía tres cajones que contenían utensilios escolares, libros de texto, hojas de papel, un bolígrafo, un lapicero, una goma de borrar, un sacapuntas y unos cuantos casetes de audio. Marion sacó algunas de las cintas. Dos estaban etiquetadas con el nombre El desafío de las águilas, y sus caras estaban numeradas del 1 al 4. En otras, también numeradas, figuraban los nombre de dos películas: Zabriskie Point y Los cañones de Navarone.
—¿Tienes idea de qué es esto? —preguntó Marion tendiéndole a Klara una de las cintas de El desafío de las águilas.
La mujer observó el casete y luego leyó el rótulo escrito por su hijo.
—No, no sé lo que es —admitió—. Pero tiene una grabadora que le regalamos para su cumpleaños. Pensaba que ya no la usaba.
—Son títulos de películas —observó Albert—. He visto Zabriskie Point. Y El desafío de las águilas. Las proyectaron en el Gamla Bíó. Y me suena haber visto anunciada Los cañones de Navarone en el Stjörnubíó.
Marion le lanzó a Albert una mirada de asombro.
—Voy bastante al cine —confesó su compañero.
Marion examinó las cintas que llevaban por título El desafío de las águilas.
—¿Cómo se financiaba todo esto?
—Se lo pagaba él —respondió Klara—. Al terminar la enseñanza obligatoria, encontró un trabajo a media jornada en una tienda del barrio. Normalmente salía a las dos.
—¿Dónde está la grabadora? —preguntó Albert—. ¿Aquí, en la habitación?
—Sí, tiene que estar en alguna parte —respondió Klara antes de ponerse a buscar el aparato. Al no encontrarlo, entró en la habitación de las hermanas. De ahí pasó al salón y después, a la entrada.
—Por lo visto llevaba una mochila al entrar en el cine —le comentó Marion—. Pero no la tenía cuando hallaron su cuerpo.
—Puede que las niñas sepan algo —dijo Klara entrando de nuevo en la habitación de sus hijas. Albert y Marion esperaron un buen rato junto a la puerta. Solo se oía el ruido de las obras.
—Hacía poco que había empezado a hacerlo —explicó Klara al salir, visiblemente consternada—. Ragnar se llevaba la grabadora al cine para grabar las películas que veía. No nos lo había querido contar por miedo a que eso pudiera ser ilegal. Las niñas creen que la metía en la mochila antes de salir de casa. Por aquí no la veo. Solía dejarla encima del escritorio.
—No llevaba la grabadora encima cuando lo encontraron —señaló Marion—. Ni tampoco la mochila.
—Es decir, ¿que alguien se la quitó? —preguntó Klara.
Marion vio que la mujer se exaltaba. Aquel acto que hasta entonces le había parecido incomprensible cobraba de pronto cierto sentido. Si el móvil del asesinato había sido un robo, al menos ahora podía hacerse una idea de lo ocurrido.
—Puede ser —respondió Marion—. Si es que, efectivamente, se la había llevado al cine.
—¿Será eso, entonces? ¿Puede que ese sea el motivo?
—Tal vez se negó a soltar la grabadora —aventuró Marion—. Siendo como era. Has dicho que era un poco cabezota.
—Sí que lo era —confirmó Klara—. ¿Puede que lo hayan matado a causa de la grabadora? ¿Es posible?
—Me parece improbable —afirmó Marion—. A no ser que el aparato tuviera alguna singularidad. ¿Era de alta gama?
—Para nada. No nos podemos permitir cosas caras. Era el más barato que encontramos. Me cuesta creer que alguien hubiera podido tener algún interés en robárselo.
—No, más bien cabría pensar... —Marion se detuvo a mitad de la frase—. Has dicho que grababa el audio de las películas, ¿no?
—Eso es.
—Puede que el motivo de la agresión no fuera el aparato en sí.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Albert.
—La grabadora era barata, no tenía nada de especial, ¿para qué robarla? No valía tanto como para matar a alguien.
—No.
—Tal vez el agresor quería otra cosa de Ragnar.
—¿Como qué?
—Si no era la grabadora lo que buscaba —explicó Marion—, entonces puede que fueran las cintas.
—Tampoco han encontrado ninguna cinta en el cine —señaló Albert.
—A juzgar por las que hemos visto en la habitación, Ragnar necesitaba dos casetes por película. Han desaparecido junto con el aparato.
Albert miró fijamente a Marion.
—¿Insinúas que la grabadora no era precisamente lo que buscaba el hombre de la navaja, sino...?
—... el contenido de las cintas —concluyó Marion.
6
El jefe de la tienda de ultramarinos donde trabajaba Ragnar a media jornada se deshizo en halagos hacia el chico. Era puntual y fiable. Un empleado excelente. Además de conocer su pasión por el cine, todos sabían también que podía ser un poco simple de mente, incluso infantil. Pero era buena gente y estaba siempre dispuesto a echar una mano. Los empleados no sabían de nadie que se hubiera metido con él o que le hubiera pegado recientemente, ni en el barrio ni en cualquier otro sitio. En todo caso, Ragnar no había mencionado ningún incidente y nadie había presenciado nada. El jefe no podía imaginarse que alguien pudiera querer hacerle daño; lo ocurrido le parecía una tragedia y toda la plantilla estaba desolada. Ninguno de los trabajadores había ido nunca al cine con Ragnar.
—¿Te contó que tenía una grabadora? —le preguntó Marion a la cajera que más contacto había tenido con Ragnar.
—No —respondió la chica, maquillada hasta las cejas, mientras se tomaba una pausa para fumar en la salita del café del sótano. Iba por su segundo cigarrillo—. ¿Qué tipo de grabadora?
—Una de cinta magnética. Con micrófono.
—¿De las de casete?
—Sí, de casete.
—Ah, ¿tenía una?
La joven llevaba puesta la bata roja de la tienda y mascaba chicle mientras fumaba. Marion le preguntó cómo era su relación con Ragnar.
—No estábamos juntos —respondió la cajera, malentendiendo a Marion—. La verdad es que..., vamos, que...
Poco después, Marion y Albert se despidieron y salieron de la tienda. Era un día de verano, hacía calor y, según el pronóstico, se mantendría el buen tiempo. Marion se detuvo junto al coche y alzó el rostro hacia el sol.
—Bobby no ha llegado en el último avión —comentó Albert.
—No, ya lo he leído en el periódico. La paciencia que tiene Spassky ante su falta de educación es insólita.
Según los periódicos matutinos, Bobby Fischer había hecho que el avión de la compañía Loftleiðir lo esperara en Nueva York para luego no hacer acto de presencia.
—Se ve que no le iba bien ese día —dijo Albert—. Dudo que el duelo se celebre si sigue mostrando esa actitud.
—Trata de desconcertar a los rusos —opinó Marion—. Vendrá.
—Eso espero. Dicen que el ajedrez es una guerra psicológica.
—Lo único que no entiendo es cómo tolera Spassky ese comportamiento. Los rusos están furiosos, pero él es la calma en persona.
—Todavía quedan unos días hasta el encuentro —apuntó Albert—. El duelo aún no ha comenzado.
—Fischer hace tiempo que ha movido sus piezas —señaló Marion Briem mientras se subía al coche—. Y algo me dice que los rusos se acaban de dar cuenta.
En un plató de los estudios de televisión de la calle Laugavegur, el hombre del tiempo preparaba el parte que se emitiría por la tarde. Estaba de pie junto a un cubo del tamaño de una caja de vino, uno de los accesorios más rudimentarios de la cadena. En cada cara del dispositivo había un mapa distinto. Cuando el cubo giraba, aparecía una nueva imagen del país en las pantallas de los islandeses, y el meteorólogo, desde su asiento, señalaba con una especie de batuta los anticiclones, las borrascas y los milibares. El cubo parecía haberse quedado atascado cuando entraron Marion Briem y Albert. Se negaba a cumplir las órdenes del hombre, que parecía estar de bastante mal humor. Los expertos de la Oficina Meteorológica de Islandia encargados de dar el parte del tiempo en la televisión eran rostros conocidos. Todos eran hombres de mediana edad que no destacaban precisamente por su sentido del humor, si bien es verdad que el tiempo islandés no daba pie a muchas bromas. A la mayoría de ellos les importaba poco la fama adquirida en la televisión, más bien les suponía un incordio.
—¡Mierda de caja! —se oyó gruñir al meteorólogo mientras trataba de hacer girar los mapas.
—¿Algún problema? —preguntó Marion Briem.
—¡No logro que gire!
—Qué faena.
—Sí, bueno, ¿qué?, ¿quién?
—Somos de la policía —anunció Marion—. Nos gustaría hablar contigo sobre lo ocurrido ayer en el cine Hafnarbíó. Tenemos entendido que asististe a la sesión de las cinco.
El hombre alternó su mirada entre Marion y Albert.
—Así es. ¿Me vieron allí?
—El acomodador te reconoció.
—Ya no se puede hacer nada sin que la gente lo sepa.
—Esto lo ve todo el mundo —comentó Marion Briem, señalando el cubo.
—Es verdad. De hecho, me iba a poner en contacto con vosotros con motivo de esa tragedia. He oído que habéis difundido un comunicado dirigido a quienes estuvimos en esa sesión.
La mitad de los espectadores ya habían contactado con la policía. La llamada a los testigos se había emitido por la radio, y los periódicos la publicaron junto con las noticas sobre el crimen. Se esperaba que pronto respondieran más personas. El suceso había causado conmoción y había sembrado el pánico. Un muchacho inocente había sufrido una brutal agresión, y el hecho de que se desconociera al autor suscitaba inquietud entre la población.
—No te has dado mucha prisa en venir a hablar con nosotros —observó Marion.
—No —respondió el meteorólogo—, es que... en realidad no tengo nada que decir. Lo lamento. Creo que no os voy a ser de gran ayuda.
—¿Recuerdas haber visto a este chico?
Marion le mostró una fotografía de Ragnar. En los medios aún no se había publicado una imagen suya.
—No me acuerdo de nadie en especial —respondió mientras observaba la foto—. No me fijo mucho en la gente. Ni en el cine ni en ningún otro lado. Todo el mundo se me queda mirando y eso me incomoda.
El meteorólogo les dio detalles de lo que recordaba. Dijo que se había sentado más o menos en el centro de la sala y que no reparó en nada extraño durante la proyección. Al terminar la película y encenderse las luces, el público se levantó. Vio a dos chicos abrir la puerta del lateral derecho. Salió con el resto de los espectadores y se dirigió a su coche.
—Nada fuera de lo normal —añadió el meteorólogo, un hombre más bien rechoncho, de acusada calvicie, que caminaba con la cabeza agachada y los hombros caídos. Se dejaba el pelo largo en uno de los lados para poder peinárselo por encima de la calva, pero no estaba pendiente y le sobresalía de la cabeza en horizontal, como una manga de viento.
—¿Recuerdas haber visto a una mujer? —preguntó Albert.
—Pues ahora que lo dices, sí. Salimos a la vez. Es la única persona en la que me fijé.
—¿Iba sola?
—No me di cuenta.
—¿Qué edad tendría?
—Unos treinta años, diría yo. Una chica muy guapa. Aunque tampoco es que le prestara mucha atención —añadió.
—El joven agredido se sentaba en las butacas superiores, cerca del pasillo de la derecha. ¿Oíste algún ruido procedente de esa zona? —preguntó Marion Briem.
—No, no oí nada.
—¿Viste a alguien sentado en esas filas?
—No, llegué muy pronto —respondió el meteorólogo al tiempo que se percataba de su cabeza despeinada y se tapaba la calva—. Había gente delante de mí, unos niños, o adolescentes. No me fijé en nadie más. No me giro nunca. Ya veis por qué no me apresuré a ponerme en contacto con vosotros.
—¿Tampoco te fijaste en si había alguien que pareciera estar borracho?
—No. ¿Un borracho?
—¿Alguien que hiciera eses al salir del cine?
—No. Creo que no.
—¿Bebes? —preguntó Marion de repente.
—¿Perdón? —dijo el hombre.
—¿Bebes ron?
—¿Ron?
En la reunión que habían tenido por la mañana los agentes encargados de la investigación, Albert expuso su teoría de que la botella de ron hallada en la sala podría indicar que Ragnar había sido apuñalado por alguien en estado de embriaguez que ni siquiera supiera lo que estaba haciendo, alguien que hubiera perdido el control de sus actos por efecto del alcohol. Se estaban analizando las huellas dactilares dejadas en la botella para compararlas con las de otros delincuentes y alcohólicos registrados por la policía. Los empleados del Hafnarbíó juraban que no habían dejado entrar a ningún individuo ebrio. No solía darse el caso, y, además, tenían estrictas normas al respecto.
—Hemos encontrado una botella de ron vacía en la sala —le informó Marion—. No muy lejos de tu asiento. Alguien entró con ella a la sesión de las cinco. Habían limpiado la sala por la mañana, así que no había nada en el suelo antes de la proyección.
—Yo no llevaba ninguna botella —aseguró el meteorólogo sin salir de su asombro por aquella pregunta—. De hecho, soy abstemio —añadió con grandilocuencia.
—¿Te diste cuenta de si alguien salió de la sala a media película? —preguntó Marion.
El hombre negó con la cabeza. Los empleados del cine tampoco habían visto salir a nadie antes de que terminara la sesión. A veces se daba el caso, si la película era particularmente mala, o por razones personales. Solo había dos formas de abandonar el recinto: por la propia sala o atravesando el vestíbulo. No se había hecho el intermedio habitual, ya que el número de espectadores era muy reducido y no salía a cuenta hacer una pausa para vender más dulces.
—Por las puertas de abajo no salió nadie —declaró el hombre—. Me habría dado cuenta.
—¿Y no oíste nada? ¿Ningún gemido?
—No. La película hacía un ruido tremendo. Habría anulado cualquier sonido.
—No sueles llevar encima ningún arma blanca, ¿verdad? —preguntó Albert.
El meteorólogo se volvió bruscamente hacia él. Al hacerlo le dio un manotazo al cubo, con tan mala fortuna que el dispositivo se cayó del soporte y se rompió con un estruendo.
—¡Maldito cacharro! —exclamó el hombre—. ¡No! —respondió furioso—. ¿Pero qué clase de pregunta es esa? Yo no ando por ahí con un chuchillo. No voy apuñalando a la gente. ¡Soy meteorólogo!
Por la tarde sonó el teléfono en casa de Marion. Con una copita de vino en la mesilla y la Saga de San Olaf en la mano, disfrutaba de su lectura sobre el antiguo duelo de ajedrez político disputado entre Canuto el Grande, rey de Dinamarca, y Úlfur, un conde noruego. A Marion le gustaba relajarse con una copa de oporto blanco y una caja de bombones islandeses.
Marion sonreía mientras leía. La partida terminó en desastre y el rey de Dinamarca atacó al conde y lo mató.
Al teléfono se oyó una voz vieja y débil.
—¿Hola? ¿Eres Marion?
—Sí.
—¿Marion?
—Sí.
—Si quisieras hacerme una visita, Marion, no sabes cuánto te lo agradecería.
—¿Hacerte una visita?
—Necesito verte. Me gustaría poder verte. No me queda..., no me queda mucho tiempo.
Marion guardó silencio.
—Hazlo por mí, me encantaría —insistió la voz al otro lado del aparato—. Debería ser pronto. Tengo miedo de que se me agote el tiempo.
Marion no esperaba en absoluto recibir aquella llamada y tardó en asimilar el significado de aquella conversación, de aquellas palabras. Se hizo un silencio ensordecedor. Marion prefirió no romperlo y colgó despacio antes de retomar su lectura.
7
En la salita del café de la Policía Judicial, en Borgartún, Marion bebía de su taza mientras leía el último comunicado de la Federación Soviética de Ajedrez en uno de los diarios. Fischer no había asistido a la ceremonia inaugural del duelo en el Teatro Nacional, y la Federación Internacional de Ajedrez había tomado la medida de aplazar dos días la primera partida con el fin de concederle al estadounidense la última oportunidad de presentarse en Islandia para participar en el evento. Hartos de aquella pantomima, los soviéticos exigían la expulsión de Fischer.
—Menudo imbécil —murmuró Marion mirando fijamente su taza de café.
—¿Quién es un imbécil? —preguntó un agente desde la puerta. Se llamaba Hrólfur y todo el mundo sabía de sus grandes ambiciones en el seno de la policía.
—¡Hombre! ¿De nuevo al pie del cañón? —preguntó Marion alzando la mirada. Pese a sus aspiraciones, Hrólfur no mostraba un gran interés por las labores policiales y era conocido por cogerse un buen número de bajas por enfermedad a lo largo del año.
—Albert te está esperando abajo. Me han pedido que te avisara —le informó Hrólfur con sequedad antes de marcharse.
Todos los espectadores del pase de las cinco se hallaban bajo sospecha de haber cometido el homicidio de Ragnar. Lo mismo ocurría con los empleados del cine. El meteorólogo no había encajado bien la noticia y consideraba una majadería que se pudiera barajar la posibilidad de que era culpable de un acto tan atroz. Los otros asistentes que habían contactado con la policía mostraron más paciencia y comprensión. Se trataba de dos grupos de adolescentes: por un lado, tres muchachos de catorce años del colegio de Vogar que la policía no tenía fichados, y, por otro, cuatro amigos del barrio de Árbær que también habían estado presentes en la sala pero no habían visto nada fuera de lo normal. La policía aún buscaba a los seis espectadores que faltaban. Entre ellos, la única mujer que había ido a ver el wéstern de Gregory Peck a esa hora.
—Tu amigo Bobby no va a dejarse ver por aquí —comentó Marion mientras subía al coche sin distintivos que Albert había solicitado. Se dirigían al cine Gamla Bíó.
—No. Si no llega hoy o mañana, se acabó todo —dijo Albert antes de arrancar y salir del aparcamiento.
—Es una deshonra para la disciplina.
—Sí.
—¿Y aun así lo admiras?
—Es el mayor genio del mundo —respondió Albert. Aficionado al ajedrez, de joven había participado en algunos campeonatos organizados por la Federación de Reikiavik.
—Dicen que Kissinger está azuzando a Bobby.
—No me sorprendería. Está en juego el honor de los estadounidenses. Ahora ya todo se reduce a si se atreverá a enfrentarse a Spassky o no.
—Si viene, ¿te ofrecerás para formar parte de la patrulla de vigilancia? —preguntó Marion, que había asistido por la mañana a una reunión en la que se había hecho notar la falta de recursos para poder escoltar a Bobby Fischer y a Boris Spassky en caso de que finalmente se celebrara el duelo.
—Me lo estoy pensando —respondió Albert—. Me haría gracia estar cerca de Fischer. Si es que aparece.
Gamla Bíó era la antítesis del Hafnarbíó. El imponente edificio de la calle Ingólfsstræti, de estilo clásico y pintado de blanco, había sido concebido específicamente como sala de proyecciones en los años veinte, en pleno apogeo del cine mudo, y no se reparó en gastos durante su construcción. La fachada estaba ornamentada con cuatro columnas jónicas y un magnífico hastial. La entrada lucía una bóveda con bonitos elementos decorativos y la sala estaba salpicada de columnas griegas. Tenía un aforo de seiscientas personas.
El acomodador los esperaba en el vestíbulo y los saludó con un apretón de manos. Dos empleadas de la limpieza que bajaban del palco por una pequeña escalera pertrechadas con cubos y fregonas les dieron los buenos días antes de entrar en la taquilla.
El hombre los acompañó al patio de butacas y tomó asiento. Albert lo imitó y se sentó al otro lado del pasillo. Marion prefirió quedarse de pie entre ambos.
Albert y Marion habían discutido las hipótesis en torno a las grabaciones de Ragnar, las cintas halladas en su habitación y la grabadora que llevaba en la mochila. Era evidente que había registrado a escondidas el audio de algunas películas. Con toda probabilidad se había llevado el aparato al Hafnarbíó para repetir su operación con La noche de los gigantes. Se hacía extraño pensar que alguien hubiera querido asesinarlo para hacerse con la grabadora y las cintas. A Marion y a Albert les parecía un móvil demasiado raro. Lo más seguro era que Ragnar hubiera grabado algo que no podía o no debía haber oído. Difícilmente podría haberse tratado del monólogo de una persona sentada cerca de él, sino más bien de una conversación entre al menos dos individuos que, aparentemente, no habrían vacilado ni un segundo al darse cuenta de que los grababan. Su violenta reacción había tenido trágicas consecuencias para Ragnar. No le habían concedido la oportunidad de defenderse. Según las conclusiones del forense, lo habían apuñalado en la zona más letal, muy cerca del corazón. Ragnar tuvo una muerte rápida e indolora. No le dio tiempo ni de pedir ayuda. Nadie lo oyó.
El acomodador del Gamla Bíó, un señor mayor de aspecto calmado, se acordaba de Ragnar, que era un asiduo del cine. El hombre reconoció inmediatamente la fotografía que los padres del chico le habían dado a Albert. También había visto imágenes suyas en la prensa.
—Me acuerdo bien de él —declaró el hombre—. Venía prácticamente a todas las sesiones. Y a las reposiciones. Ya de jovencito trataba de colarse para ver las películas que no eran aptas para menores. Lo intentan todos. Los chicos como él no quieren dejarse ni una película por ver. No es divertido tener que prohibirles el acceso, pero es nuestro deber.
—¿Recuerdas haberlo visto recientemente? —preguntó Albert.
—Sí, me preguntó si tenía alguna fotografía de los protagonistas de una película que proyectábamos aquí, El desafío de las águilas. Se vio metido en un apuro, el pobre.
—¿Qué tipo de apuro? —preguntó Marion.
—Un hombre se puso a regañarle. Yo no me metí, solo los vi de lejos.
—¿A regañarle?
—Sí, por una grabadora que llevaba el chico. Eso es todo lo que pude oír.
—¿Conocías al hombre?
—No.
—¿Qué problema tenía la grabadora?
—No lo sé —respondió el acomodador—. Me mantuve al margen. Se fueron al cabo de un rato. El hombre no dejaba en paz al chaval y vi que lo seguía hasta Bankastræti.
—¿Sabrías decirnos qué tipo de aparato era?
—No.
—¿Te pareció que el hombre supusiera algún peligro para el chico? —preguntó Albert.
—No me dio esa impresión.
—¿Oíste algo de lo que se decían?
—El hombre le estaba echando un buen rapapolvo. El chico metía la grabadora en su mochila mientras el otro, muy alterado, se inclinaba sobre él y señalaba con el dedo sus pertenencias.
—¿No iban juntos? —preguntó Marion Briem.
—No, ese chico iba siempre solo.
—¿Y no tienes idea de quién podía ser el hombre que lo reprendía?
—No.
Poco después, Marion y Albert salieron a la calle y se detuvieron un momento bajo el sol. Había atasco en las calles Ingólfstræti y Bankastræti. Marion se encendió un cigarrillo. El aire estaba en calma, hacía calor y el denso tráfico avanzaba por delante de ellos. Se oyó el rugido de un camión que pasaba por la calle Hverfisgata. Albert se movía inquieto frente a los escalones de la taquilla, como si lo reconcomiera algo que no se atrevía a mencionar. Marion se percató de su agitación.
—¿Qué te pasa? —le preguntó.
—¿Qué? Nada.
—No disimules.
—No me pasa nada.
—¿Qué ocurre, Albert?
—El otro día, cuando te desperté —respondió Albert—, se te cayó al suelo una postal que habías estado leyendo. La cogí y la dejé sobre tu escritorio.
—¿Y?
—Solo quería que lo supieras. No me gustaría que pensaras que la he leído.
—No lo había pensado.
—El fiordo de Kolding que salía en la foto está en Dinamarca, ¿no?
—Correcto.
—¿Has estado allí?
—Sí, conozco bien ese lugar.
Marion dio una calada a su cigarrillo.
—¿Puede que ese hombre hubiera estado también en el Hafnarbíó? —preguntó Albert—. ¿El que abroncó a Ragnar aquí, en el Gamla Bíó?
—No hay que descartar esa posibilidad —respondió Marion—. Tenemos que preguntárselo a los empleados del Hafnarbíó.
—¿Cómo puede justificar alguien semejante crimen? —dijo Albert pensativo mientras se dirigían hacia el coche, aparcado en el pasaje que había entre el Teatro Nacional y la Biblioteca Nacional. Marion dejó caer el cigarrillo al suelo y machacó la colilla con el pie.
—Obviamente, no hay justificación posible —afirmó Marion antes de recoger la colilla y tirarla a una papelera—. Salvo a ojos de los autores. Deben de tener algo que esconder. Algo que no quieren que se sepa. Algo que no puede quedar registrado en una cinta. Dudo mucho de que lo hayan hecho por diversión.
—Supongamos que se trata de un móvil de ese tipo.
—De acuerdo.
—En ese caso, Ragnar ha sido víctima de la mala suerte —observó Albert—. Algunos espectadores de la sesión de las cinco utilizan el Hafnarbíó como lugar de encuentro. Ahí pueden hablar tranquilamente, protegidos por el ruido de la película, al abrigo de la oscuridad. Nadie se percata de su presencia. Llegan al cine por separado y tratan de pasar desapercibidos.
—Se sientan cuando la sala ya está en penumbra —prosiguió Marion Briem—. La película está empezada. No detectan la presencia del muchacho, que quizás está ocupado manipulando su grabadora. De pronto se dan cuenta de que está sentado detrás de ellos.
—Por algún motivo, se fijan en que lleva una grabadora —prosiguió Albert—. Ven que está grabando su conversación. Sus ojos se detienen en el aparato y el micrófono.
—No se lo piensan.
—Matan al chico.
—No sé, ¿te parece una forma islandesa de actuar? ¿Hay algo de islandés en todo esto?
—¿Qué quieres decir?
—¿A un islandés no le habría bastado con quitarle la grabadora y las cintas? ¿Y dejarlo estar?
—Sí, ¿por qué ir tan lejos?
—Querían que no se fuera de la lengua —especuló Marion Briem—. Seguramente pensaban que había oído su conversación. Puede que no se contentaran solo con arrebatarle la grabadora. No sabían hasta qué punto había escuchado o entendido lo que habían dicho, no tenían ni idea de quién era. Tenían que despejar cualquier sombra de duda.
—¿Y deciden apuñalarlo porque los había escuchado?
Marion levantó la mirada hacia las columnas basálticas de la fachada del Teatro Nacional.
—La ciudad está abarrotada de extranjeros. No ocurría nada igual desde la época de la Segunda Guerra Mundial.
—¿Insinúas que eran extranjeros? —preguntó Albert—. ¿Los hombres del cine?
—Quizás pensaron que alguien había enviado al chico para espiarlos, escucharlos y grabar sus conversaciones.
—¿Extranjeros?
—Sería una insensatez ignorar esa posibilidad —señaló Marion—. Una completa insensatez. Estaban nerviosos hablando de algo que no debía salir a la luz, casi literalmente. Cualquier otra hipótesis me parece menos convincente. Ragnar no llevaba un duro encima, así que no tiene sentido hablar de un robo de dinero. No era el tipo de chico que fuera causando molestias a la gente. Además, nadie oyó sonidos en la sala. Lo único que tenía era esa grabadora. ¿Quién estaría dispuesto a matar por ella?
Sentado frente a su escritorio, el forense estaba terminando de escribir su informe sobre la muerte de Ragnar. Al entrar en el tanatorio de Barónsstígur, Marion oyó por el pasillo el sonido de la máquina de escribir y lo siguió hasta llegar al despacho del médico. El forense, un hombre de unos cincuenta años que se había graduado en un hospital universitario de Estados Unidos, era una persona calmada y silenciosa. Al ver aparecer a Marion por la puerta, dejó de teclear, cogió una pipa que reposaba en un cenicero y la vació antes de rellenarla.
—No he deducido nada acerca del arma utilizada —anunció—. Si es eso lo que quieres saber.
—¿Y no tienes ninguna idea? —preguntó Marion sin concederse un tiempo para sentarse. Iba de camino a casa.
—Podría tratarse de una navaja normal y corriente —respondió el hombre mientras apretaba el tabaco en la pipa. La hoja no es ni muy larga ni muy ancha. El autor acertó en el lugar exacto y la punta del arma es lo suficientemente afilada como para rasgar la ropa y alcanzar el corazón.
—¿Se puede hacer eso con una simple navaja?
—En manos de la persona adecuada, sí —respondió el forense antes de encender la pipa—. Sin ninguna duda.
8
El acomodador del Gamla Bíó había descrito al hombre que había reprendido a Ragnar. Su apariencia era bastante normal: de baja estatura, mediana edad, cazadora azul y un pelo castaño que comenzaba a clarear. Cuando preguntaron en el Hafnarbíó esa misma tarde, los empleados no recordaban a ningún espectador del pase de las cinco que encajara con esas características.
Marion interrogó a Kiddý en la taquilla antes de que abriera la ventanilla. Aparte de unas revistas danesas de menaje y hogar que descansaban sobre un estante, no cabían muchos más objetos, salvo el rollo de las entradas y la caja registradora. Según la joven, no había dejado de desfilar gente por el cine desde la noticia del homicidio y se había multiplicado el número de espectadores que iban a ver el wéstern de Gregory Peck. Miró a Marion a los ojos y añadió que obviaba decir que los asistentes no iban precisamente con la intención de disfrutar de la película, sino para ver el lugar donde el joven había sido apuñalado. Habían procurado limpiar toda la sangre del suelo y habían retirado las dos butacas más ensangrentadas con la intención de cambiarlas. En la fila quedaba un hueco, como una herida abierta a la vista de los clientes.
—No tengo ni idea de quién compró una entrada para esa maldita sesión —declaró Kiddý después de que Marion le hubiera descrito al hombre del Gamla Bíó y le pidiera más detalles—. Me paso el día aquí sentada, vendiendo entradas, y hace mucho que dejé de fijarme en la gente. Y ya ni te cuento si encima hay ajetreo. A veces reparo en los que vienen siempre. Quizás en algún famoso. Pero para de contar.
—No es que estemos hablando de un gran número de personas —objetó Marion.
—No, eso es verdad.
—A lo mejor estabas leyendo tus revistas —añadió Marion señalando los magacines daneses.
—Ya, eso también puede ser. Soy penosa como testigo, lo sé.
—Vamos a ver si te puedo ayudar —le dijo Marion sonriendo—. ¿Recuerdas a algún hombre de pelo castaño con una cazadora azul?
—No. Me acuerdo del chico porque lo conocía de antes. Y de la mujer, porque venía a ver un wéstern a las cinco. Ya os la describí el otro día.
—Cierto. También estoy buscando a dos o tres hombres. No sé exactamente de qué edad. Llegaron por separado y actuaron con discreción, pero se sentaron juntos.
—Me acuerdo del hombre del tiempo. Tendrá cuarenta y pico —dijo Kiddý.
—Sí, pero ahora no estamos preguntando por él. Uno de esos hombres, o quizás todos, podría ser extranjero. ¿Sabes si vino alguien de fuera a ver la película?
Kiddý reflexionó. Miró hacia las revistas. Podía leer danés, pero hablarlo se le daba peor. No sabía inglés. Aunque había dejado los estudios después del primer ciclo de secundaria, tenía conocimientos de danés porque era obligatorio en el colegio y porque su madre estaba suscrita a Hjemmet y a Familie Journal y le daba las revistas después de leérselas.
—Nadie me habló en una lengua extranjera, de eso estoy segura —afirmó mientras se ajustaba la cinta del pelo. Después cogió un paquete de tabaco, se puso un cigarrillo entre los dedos de enormes uñas pintadas y lo encendió. Dejó escapar una bocanada de humo.
—¿No te pidió nadie una entrada en un idioma que no fuera islandés? —insistió Marion.
—No. A veces la gente no dice nada. Se limita a levantar uno o dos dedos, según las entradas que necesite. Yo... diría que no vinieron más que cuatro hombres y un grupo de adolescentes.
—Ya. ¿Hay más afluencia de extranjeros estos días? La ciudad está llena debido al duelo.
—¿El duelo de ajedrez, quieres decir? Yo no he notado nada.
—De acuerdo. ¿Ha llegado ya el acomodador?
—No, vendrá luego. ¿Le vas a preguntar por lo de los extranjeros?
—Sí.
—Es que el que trabaja aquí normalmente se ha ido de vacaciones. Matthías es el que lo sustituye y...
—¿Sí?
Marion percibió en la chica cierta inseguridad.
—Tuvo que salir un momento —respondió Kiddý.
—Sí, ya me has dicho que vendrá luego.
—No, digo que tuvo que salir cuando le tocaba estar en la puerta el día que ocurrió.
—Ah, pues a mí no me comentó nada.
—Ya.
—Pero me dijo que había visto a la mujer, al chico y a otros espectadores —señaló Marion—. También sabía que había venido el meteorólogo.
—Se lo conté yo. Me preguntó después de ver lo que había ocurrido. Estaba en estado de shock. Fue él quien encontró el cadáver. Matti es muy majo, pero siempre anda con problemas.
—¿Y el día de los hechos no estuvo en la puerta en ningún momento?
—Sí, al principio. Normalmente empezamos a dejar pasar a la gente unos quince o veinte minutos antes de que comience la sesión para que los clientes no se pelen de frío aquí fuera, sobre todo en invierno. Pero entonces ella vino a verlo y las puertas se quedaron abiertas mientras yo me ocupaba de las entradas aquí en la taquilla.
—¿Quién vino a verlo?
—Tiene una novia dos calles más arriba, en Laugavegur. Trabaja en una tienda de moda y apareció de repente. Tienen alguna movida. Salieron a la parte trasera.
—Pero, en ese caso..., puede que alguien se colara mientras tanto, ¿no?
Kiddý no respondió. La cinta de seda azul que llevaba en el pelo hacía juego con su minifalda.
—Es muy buen tipo, pero no se atrevía a reconocer que había abandonado su puesto —explicó la chica—. Cuando volvió, la película llevaba unos cinco minutos empezada. No es nada grave, pero... luego va y ocurre aquello..., aquella desgracia.
—O sea, que la entrada a la sala se quedó abierta —dijo Marion señalando hacia la puerta—. Y tú estabas aquí, en la taquilla.
—Sí.
—¿Piensas que pudo entrar alguien sin que tú lo vieras?
Kiddý miró de nuevo hacia donde estaban las revistas danesas. Entre estas figuraba el folletín que con tanto interés estuvo leyendo aquel día.
—No lo sé.
—¿Y tú qué crees? ¿Incluso puede que se colara un hombre de cazadora azul?
—No lo descartaría, supongo —admitió la chica.
Albert estaba al teléfono con su esposa. Llevaban casados casi diez años y tenían tres hijas. Su mujer, Guðný, ardía en deseos de reintegrarse al mercado laboral después de haber cuidado del hogar y de las niñas desde el nacimiento de la mayor. En otoño tenía pensado apuntarse a los nuevos cursos para adultos del instituto de Hamrahlíð y terminar el bachillerato con la intención de estudiar Derecho en la universidad.
—¿Cómo lo quieres organizar? —se apresuró a preguntarle Guðný. El tono de voz de Albert daba a entender que tenía que colgar.
—¿A qué te refieres?
—A tu cumpleaños, tonto. A las niñas les hace muchísima ilusión. Te están preparando un pastel gigante de chocolate. ¿Quieres que vengan también las abuelas o prefieres que estemos solo los cinco?
—¿No es mejor que vengan las abuelas? —preguntó Albert—. No me gustaría que se sintieran ofendidas. Además, luego pueden cuidar de las niñas cuando salgamos.
—¿Cuándo salgamos?
—Estaba pensando en ir a cenar a algún sitio, quizás al restaurante Naustið.
—¿Ahí? ¿Nos lo podemos permitir?
—No sé, tú eres quien lleva las cuentas.
—¿Me invitarás a un alexander?
—Puede.
—Voy a hablar con las abuelas.
El departamento científico de la Policía Judicial parecía un pequeño laboratorio encajado entre los despachos de Borgartún. El exiguo espacio de sus instalaciones estaba repleto de aparatos destinados a examinar las escenas del crimen. La Científica no se encargaba de todos los análisis; los más complejos, como los estudios detallados de los proyectiles, se llevaban a cabo en el extranjero. En cambio, el personal se había hecho con excelentes dispositivos tanto para detectar huellas dactilares como para revelar fotografías, y aprovechaba al máximo todo el material que el departamento tenía a su disposición.
Con los guantes puestos, el jefe de la Científica le mostraba a Albert una serie de huellas que habían encontrado alrededor del cuerpo de Ragnar: en los reposabrazos de las butacas, los respaldos, la bolsa de palomitas y la botella de refresco.
—El problema —expuso— es que, obviamente, en un cine se acumula un conjunto caótico de huellas. Las butacas no se limpian. Se pasa el aspirador por el suelo, se barre el vestíbulo, se quita el polvo y todo eso, pero los asientos, los respaldos y los reposabrazos no se tocan, ya que tampoco hay razón para hacerlo.
—No, claro —convino Albert.
—Estamos tratando de reconstruir los hechos —siguió explicando el hombre, que se llamaba Þormar, un tipo inusitadamente alto, de cabeza grande y barriga prominente—. Como sabéis, creemos que el chico no tuvo tiempo de defenderse. El forense lo ha confirmado. Las únicas lesiones que ha encontrado son las dos puñaladas en el corazón. Lo más seguro es que el agresor se llevara después la mochila con la grabadora y las cintas.
—Marion piensa que había al menos dos personas, y que el chico grabó sin querer su conversación.
—Podéis hacer todas las conjeturas que queráis —señaló Þormar—. No tenemos nada que respalde esa teoría. Sin duda, el agresor tenía la mano y la manga salpicadas de sangre. Incluso puede que el rostro. Damos por hecho que tenía los dedos ensangrentados cuando cogió la grabadora y las cintas. Lo más probable es que pasara por encima de las butacas para alcanzar la mochila en lugar de dar la vuelta y caminar entre los asientos. No quería hacer ruido.
—¿Lo hizo a tientas, en la oscuridad?
—No necesariamente. El resplandor de la pantalla le habría bastado para actuar.
—¿Habéis obtenido alguna conclusión a partir de las huellas?
—Todavía tenemos que analizarlas y compararlas con vuestro registro. Como es lógico, la mayoría pertenecen a espectadores inocentes. Si Marion piensa que puede tratarse de un extranjero, o de más de uno, entonces tendremos que enviar las huellas fuera del país. Y ya sabes que eso tardará lo suyo.
—Se llevaron todas sus cosas —recalcó Albert.
—Si Marion está en lo cierto, quisieron ir sobre seguro llevándose las cintas. No podían dejar allí la mochila.
—¿Crees que podría repetirse el crimen? —preguntó Albert.
Esperó la respuesta de Þormar, pero este se limitó a encogerse de hombros.
—No podemos deducirlo a partir de lo que tenemos —respondió.
—¿Es necesario padecer algún tipo de trastorno para hacer una cosa así?
Albert y Marion habían barajado la posibilidad de que el agresor volviera a actuar. No existían precedentes de ese estilo. Se sabía de asesinos en serie en el pasado, pero no en la actualidad. Sin embargo, el asesino, o asesinos, no tenía por qué ser necesariamente islandés, la ciudad estaba repleta de extranjeros debido al duelo de ajedrez. Entre ellos habría todo tipo de gente, como era lógico.
—¿Así que todo lo espantoso, desagradable y terrorífico viene de fuera? —preguntó Albert.
—En buena parte —respondió Marion.
—¡¿Incluidos los aficionados al ajedrez?!
—¿Por qué deberían ser mejores que otros? —concluyó Marion.
9
El funeral de Ragnar se celebró en la catedral y fue una ceremonia discreta sin apenas asistentes. El pastor dedicó unas palabras a la joven vida que había sido arrebatada de una forma trágica y sin precedentes, y también a la familia del chico, devastada por el dolor. Marion Briem desconectó cuando el eclesiástico cambió de tema y comenzó a hablar de resurrección, redención de pecados y vida eterna. Los familiares de Ragnar se sentaron en los dos primeros bancos. Aquellas humildes personas todavía no habían recibido respuestas a todas las preguntas que les habían atormentado los días anteriores. Y, aun en el caso de que llegaran a recibirlas, no serían más que respuestas dadas por el hombre. Siempre quedarían por contestar otras preguntas de mayor envergadura, otras que quizás solo tuvieran cabida en las iglesias.
Todas esas reflexiones rondaban por la mente de Marion durante la ceremonia, mientras en la catedral resonaba el conmovedor himno coral Allt eins og blómstrið eina. El doloroso canto de alabanza a una flor única avivaba los recuerdos que habían perseguido a Marion desde que recibió aquella postal. Se la habían enviado desde el extranjero a su antiguo domicilio. El texto era escueto: «Llegaré pronto». Nada más. Un breve mensaje que Marion había estado esperando durante mucho tiempo.
El pastor invitó a los asistentes a levantarse para recitar el credo, pero Marion se abstuvo de hacerlo.
Unos familiares jóvenes portaron el ataúd y lo introdujeron en el coche fúnebre, que esperaba frente a la catedral. Los asistentes esperaron antes de dar sus condolencias a la familia de Ragnar. Seguidamente, los parientes más cercanos se marcharon para darle sepultura. Poco a poco el grupo de disgregó, y al cabo de un instante todo volvió a la calma. Marion no había observado nada sospechoso o fuera de lo normal. Ni rastro de un hombre con una cazadora azul. Ni de una mujer que fuera a ver todas las películas de Gregory Peck.
Marion regresó al coche. Las cintas de El desafío de las águilas que Ragnar había grabado en el Gamla Bíó seguían en el asiento delantero, a la espera de ser escuchadas. Era probable que contuvieran la discusión que Ragnar y el hombre de la cazadora azul habían mantenido al finalizar la proyección. Albert había ido a buscar las cintas por la mañana. Se había pasado la noche haciendo guardia en la casa de loterías DAS, en la calle Vogaland del barrio de Fossvogur. Su sueño de ver a Bobby Fischer se había hecho realidad. El ajedrecista había llegado finalmente al país para medirse con el «oso ruso» y se alojaba en la casa de loterías. Albert apenas había pegado ojo y habló sin cesar en cuanto vio a Marion al mediodía. Pensaba que la intervención de Kissinger había sido determinante en la decisión de Fischer de participar en el duelo. Todavía le duraba el entusiasmo. La gente se había agrupado frente al edificio DAS para recibir al estadounidense. Al final del día, cuando la muchedumbre comenzó a dispersarse, a Fischer le apeteció salir a dar una vuelta. La policía lo llevó en coche a las montañas del este, y estuvo con él hasta las seis de la mañana. En realidad, Albert no había sido uno de los acompañantes, pero sus compañeros le contaron que el gran ajedrecista parecía un niño con zapatos nuevos.
Marion aparcó en Borgartún, subió con el ascensor y tomó prestado un magnetófono de la Científica antes de encerrarse en su despacho. La grabación estaba dividida en dos cintas. Introdujo la primera en el aparato, se acostó en el sofá, cerró los ojos, lo puso en marcha y escuchó.
Lo primero que pensó fue que El desafío de las águilas era una película estruendosa. El acomodador les había contado el argumento por encima. Estaba basada en una novela de intriga de Alistair MacLean y los protagonistas eran Richard Burton y Clint Eastwood, que interpretaban a unos soldados de las tropas aliadas encargados de liberar a unos generales que los nazis tenían presos en una fortaleza impenetrable al otro lado del frente de combate. La grabación sonaba nítida y la acción parecía acelerarse hacia el final de la película.
—¡Pero qué escándalo! —exclamó Marion cuando los tiroteos, los gritos y la trepidante música alcanzaban su punto culminante.
Seguidamente, todo pareció calmarse. Las ametralladoras y las bombas dejaron de hacer ruido y los gritos cesaron. Se oyó el motor de un avión al despegar: se acercaba el ajuste de cuentas cuando se descubría la presencia de un traidor en el grupo. Poco después solo se escuchaba la música. La película había terminado.
Marion se incorporó en el sofá y observó el aparato. La cinta giraba lentamente bajo la tapa de plástico.
—«¿Qué llevas ahí?» —preguntó de repente una agresiva voz masculina.
De fondo se oía un zumbido y el ruido de la gente al plegar los asientos y caminar por el suelo de madera.
—¿Qué es ese aparato? —escuchó Marion.
No hubo respuesta.
—«¡Eh, chico!».
Marion se imaginó al hombre agarrando a Ragnar.
—«Enséñame eso».
—«Déjame en paz» —dijo una voz juvenil.
—«¿Un casete? ¿Qué estás haciendo en el cine con un casete?».
—«Nada» —respondió Ragnar.
—«¿Eso de ahí es un micrófono? ¿Estás grabando? ¿Qué estás grabando?».
A juzgar por el tono de voz, el hombre estaba furioso. Era fácil intuir que Ragnar se sentía intimidado.
—«¿Estás grabando la película en una cinta?».
El ruido de la gente se desvaneció. Solo quedaban ellos dos en la sala.
—«No» —respondió Ragnar en voz baja.
—«Ya lo creo que sí» —le espetó el hombre—. «¿Por qué lo haces? ¿No sabes que está prohibido?».
—«Devuélveme la grabadora» —le rogó Ragnar.
—«¿Qué vas a hacer con esto? ¿Escuchar la película? Sabes perfectamente que tiene derechos de autor. ¡No se pueden grabar películas así como así!».
—«Devuélvemela» —repitió Ragnar—. «Me tengo que ir a casa».
—«¿Cómo? ¿Es que eres tonto o qué?».
—«No».
A continuación se oyeron unas interferencias y, unos segundos después, se escucharon ruidos de tráfico, cláxones y rugidos de motores. Habían salido del cine. El acomodador del Gamla Bíó los había visto subir por la calle y meterse por Bankastræti.
—«¿Vas a venderla luego? ¿O vas a usar la música para algo? ¿Qué piensas hacer con eso?».
—¡Que me dejes en paz!
—«¿Por qué lo haces? No puedes... ¿Estás grabando...? ¿Pero es que todavía estás...?».
La grabación terminó repentinamente. Marion rebobinó, la escuchó una segunda vez; luego, una tercera y apagó el aparato. Albert se había sentado frente a su escritorio para escuchar también el intercambio de palabras entre Ragnar y el hombre.
—Pobrecillo —dijo.
—Ese tipo es un cretino —opinó Marion.
—Le habla en tono amenazante. No parece muy contento con lo que hace el chico.
—¿No crees que se trata simplemente de un imbécil? —preguntó Marion—. ¿A santo de qué se pone a hablarle de derechos de autor? ¿Por qué regaña a Ragnar con tanta dureza? ¿Qué sabrá él de derechos de autor? ¿Por qué le preocupan tanto?
—Por lo visto es un tema delicado para él —señaló Albert.
—¿A qué tipo de gente podría parecerle una cuestión delicada?
—A los músicos, supongo. ¿No tienen una asociación?
—¿De autores?
—Y a los abogados, claro.
—¿No te parece que habla un poco como un abogado? —preguntó Marion.
—Arrogante, presuntuoso, insoportable... Encaja —convino Albert.
—¿Qué me cuentas de Bobby?
—Lo van a trasladar al hotel Loftleiðir. No quiere alojarse en esa casa de loterías.
—¿Es simpático?
—Muy amable, a juzgar por lo poco que he visto. Los que lo acompañaron no entienden cómo ha podido enemistarse con tanta gente.
—A lo mejor solo es duro de pelar a la hora de establecer acuerdos. Los que llegan tan lejos como él tienen que cuidar de sus intereses. ¿Vas a seguir escoltándolo?
—Puede. Están diseñando unos turnos de guardia en los que han incluido a los que trabajamos para el juez de lo Penal. Puede apuntarse quien quiera. Pero, claro, la pregunta es...
Albert guardó silencio.
—¿Cuándo empieza todo el follón?
—Mañana por la tarde juegan la primera partida.
—Yo creo que más valdría concentrarnos en el trabajo que tenemos aquí en lugar de andar detrás de unas celebridades —dijo Marion levantándose del sofá—. Deberías empezar por conseguir todas las cintas del chico y escucharlas. Si se vio metido en problemas en el Gamla Bíó, puede que también le ocurriera en otros cines.
Se había tomado declaración al meteorólogo y a los dos grupos de adolescentes. Contando a Ragnar, ya conocían a nueve de las quince personas que habían comprado una entrada para aquella sesión. Cabía la posibilidad de que uno o más sujetos se hubieran colado en la sala mientras el acomodador no estaba y la chica vigilaba la puerta desde la taquilla, aunque no se sabía con certeza. Todavía quedaba por encontrar al dueño de la botella de ron, y aún no se sabía nada de los análisis de las huellas. Por otro lado, la única mujer que había asistido al pase de las cinco aún no había dado señales de vida, a pesar de los comunicados que se habían emitido expresamente pidiéndole que contactara con las autoridades.
Cuando Albert se marchó, Marion releyó los informes con la esperanza de hallar algún detalle que pudiera ser útil para la investigación. El teléfono sonó y una voz masculina preguntó jovialmente si hablaba con Marion.
—Sí, soy yo.
—Aquí Rikki.
—¿Qué quieres? —preguntó Marion repentinamente.
—Hey, ¿qué pasa?
—¿Qué quieres?
—Nada, nada. No te molesto.
—Muy bien —dijo Marion disponiéndose a colgar.
—Bueno..., espera...
—¿Qué?
—Te... te interesará oír esto. ¿No estáis buscando a la gente que fue al cine el otro día?
—Sí.
—Pues igual puedo echaros un cable.
Marion aguzó el oído. El hombre se hacía llamar Rikki y la policía lo conocía bien por sus pequeños delitos, hurtos y robos con allanamiento de morada, aunque la mayoría de sus problemas guardaban relación con el alcohol. A veces había colaborado con la policía filtrando información sobre el submundo de Reikiavik, un submundo tan reducido y desorganizado que apenas podía decirse que existiera.
—Está bien —convino Marion.
—Vaya, ¿ya se te han bajado los humos?
—No te pases, Rikki. ¿Qué decías de la gente del cine?
—Me ha dicho un pajarito que buscáis a todos los asistentes de aquella sesión. Yo sé de uno que quizás te pueda interesar.
—¿Y bien?
—¿Te acordarás de mí la próxima vez que vayáis a meterme en el trullo?
—¿Que vayamos a meterte en el trullo? Querrás decir cuando nos pidas dormir aquí, en comisaría. Cuéntame qué has escuchado.
—Konni estaba en la sala.
—¿Konni?
—Fanfarronea de ello y todo, o eso dice Svana. Me lo ha contado ella. El tío iba como una cuba, como siempre.
—¿Svana, la del Pólinn?
—Sí. Svana me contó que Konni había estado en la sala y que, por lo visto, sabe lo que ocurrió.
—Ajá.
—Como te lo cuento.
—Supongo que beberá ron —dijo Marion.
—¿Quién?
—Konni.
—¡Ron! —exclamó Rikki—. ¡Y tanto que le da al ron!
10
En el sanatorio de Vífilsstaðir se oía la misa matutina por la radio todos los domingos. Los cánticos de los salmos resonaban tanto en los pasillos como en la sección de pediatría, donde Marion reposaba en su habitación, entre una puerta y una ventana abiertas. Se insistía mucho en dejar pasar la corriente cuando hacía buen tiempo para que el aire limpio pudiera recorrer sin obstáculos todos los departamentos.
Los pacientes paseaban por los pasillos. Algunos se acomodaban con una manta de lana y un libro en la espaciosa sala de reposo, al oeste del edificio. Orientada hacia el sur, la sala estaba siempre iluminada por el sol y ofrecía unas vistas preciosas sobre el lago Vífilsstaðavatn que llegaban hasta la bahía Straumsvík. Otros caminaban hasta Gunnhildur, un mojón de piedras que se alzaba sobre una colina situada al este del edificio. Nadie conocía el origen del nombre, pero se decía que si un enfermo conseguía alcanzarlo sin ayuda de nadie, significaba que estaban mejorando. Otros remaban en el lago. El centro disponía de un proyector y por las tardes veían películas que estaban en cartelera en Reikiavik.
—¿A que te encuentras bien aquí? —le preguntó el doctor amablemente mientras le apoyaba el gélido estetoscopio sobre el pecho caliente.
Era la segunda mañana de domingo que Marion pasaba en el sanatorio. Un buen número de visitantes iba y venía por los alrededores del hospital. Los amigos y los parientes de los enfermos acudían a Vífilsstaðir para pasar allí el día, aunque tenían prohibido entrar en el edificio y debían situarse bajo las ventanas de la fachada sur del sanatorio para hablar con los pacientes. A menudo, la separación entre padres e hijos resultaba dura, y alguna vez se oían llantos desgarradores desde el otro lado del lago.
Como en otros muchos veranos, se había tomado la medida de instalar unas tiendas junto al edificio para ingresar a más enfermos, ya que la cantidad de pacientes era tal que superaba la capacidad del hospital. Las tiendas estaban destinadas a hombres adultos. Frente al sanatorio se hallaban la vivienda del médico jefe y una enorme vaqueriza que alojaba al numeroso ganado vacuno de Vífilsstaðir.
El médico, un hombre de mediana edad con el pelo repeinado hacia atrás, tenía unas enormes manos que inspiraban confianza. Al ser domingo, no llevaba puesta su habitual bata blanca. Solo se había acercado un momento para saludar a Marion y a los otros niños.
—Sí —respondió Marion, consciente de la intención bondadosa del médico. A lo largo de su dilatada carrera, el doctor había visto sucumbir a muchos de sus pacientes después de que hubieran librado con asombrosa vitalidad su batalla contra la muerte. Su mirada transmitía aquella realidad sin poder disimularla. Marion había leído que en Islandia el índice de mortalidad relacionado con la tuberculosis era uno de los más elevados del mundo. La causa de una quinta parte de los fallecimientos que se producían en la isla se atribuía a la enfermedad.
—Primero debemos dejar que repose el pulmón infectado —explicó el médico—. Lo haremos practicando insuflaciones, como ya te comenté cuando te hicimos la radioscopia. Te lo explicaré mejor mañana. No tengas miedo, se trata de una intervención muy simple que apenas duele. Dentro de lo malo, podríamos decir que has tenido suerte de tener un solo pulmón afectado. Vamos a intentar que siga siendo así. No queremos que se extienda.
Al día siguiente, Marion se sometió por primera vez a la intervención que le había mencionado el médico. Aþanasíus había llegado desde Reikiavik y le habían permitido estar presente. Desde su asiento, junto al aparato de radioscopia, las jeringuillas de la anestesia y el maletín con el material para practicar las insuflaciones, el médico explicó con su voz sosegada cada paso de la intervención. Comenzó hablando de un italiano llamado Forlanini, inventor del neumotórax artificial, un método que consistía en insuflar aire entre la pleura y el pulmón para que este colapsara debido a la presión ejercida por el gas. Así se evitaba la progresión de la tuberculosis y se aislaba el foco de infección. Con el tiempo, el pulmón se depuraba.
—¿Sabes si has tenido pleuritis alguna vez? —le preguntó el doctor a Marion mientras hojeaba su historial médico.
—Creo que no —respondió.
El médico interrogó a Aþanasíus con la mirada y el hombre le indicó con un gesto que no lo sabía.
—¿No te suena?
—No —respondió Aþanasíus.
—¿Cómo... cómo vas a insuflarme el aire dentro? —preguntó Marion, que apenas había podido dormir a causa del miedo. No había revistas que leer y el progreso de la tuberculosis le causaba malestar, fatiga, tos y sudores.
—Con una jeringuilla como esta —respondió el médico, levantando la mirada del historial y cogiendo de la mesilla una fina aguja alargada para mostrársela a Marion. La introduciré entre las costillas, aquí —explicó, apoyando un dedo sobre el costado de Marion—. Te hará un poco de daño, como ya te dije ayer, pero no queda más remedio. Como es lógico, te anestesiaré levemente, pero aun así lo notarás. Tendremos que repetir la intervención cada cierto número de semanas ya que el aire se escapa de la caja torácica y el pulmón se hincha de nuevo. Lo que queremos es que repose. La tuberculosis necesita oxígeno para progresar. Nosotros le cortamos el suministro.
—¿Crees que podría tener adherencias?
El médico miró a Marion, asombrado.
—¿Has oído hablar de ellas?
—Anton me ha contado que tenía muchas adherencias y que tú trataste de quemárselas.
—El estado de Anton es más grave que el tuyo —le aclaró el médico—. No se puede comparar. A veces, al contraer una pleuritis, los pulmones y la pleura se adhieren entre sí. Entonces, introducimos un cable eléctrico finísimo y tratamos de quemar esas adherencias para despegarlos. De lo contrario, no podemos inyectar aire entre ambos, y el pulmón no puede colapsar, ¿entiendes?
Marion había oído a Anton mencionar la intervención del cable eléctrico incandescente, y pensar en ello era mucho peor que la idea del pinchazo en el costado. Anton, un chico de catorce años originario de la región de Snæfjallaströnd, en los fiordos del noroeste, padecía una grave infección tuberculosa en ambos pulmones. Recientemente habían descubierto que la tuberculosis se había extendido. Pasaba la mayor parte del tiempo acostado, tanto en su habitación de la sección de pediatría como en la sala de reposo. Hablaba de su familia, de la impresionante colonia de aves en la isla Æðey y del hielo que bordeaba la laguna Kaldalón.
—Tengo entendido que está previsto tu traslado a Dinamarca —comentó el médico.
—Sí.
—Me parece una idea excelente. Aquí andamos justos de espacio, como habrás podido comprobar. Hemos recomendado que te envíen al fiordo de Kolding, en Jutlandia, donde hay un sanatorio enorme para niños con tuberculosis.
—Anton me ha contado que no conseguiste quitarle las adherencias.
—Así es —constató el médico—. Son muy difíciles de tratar. Por desgracia.
—¿Qué le va a pasar, entonces? —prosiguió Marion.
—Ya veremos —respondió el médico—. Vamos a ocuparnos primero de tu caso.
La intervención fue prácticamente indolora. Marion procuraba no pensar en cada paso que daba el médico y se esforzaba en no mirar cómo desaparecía la aguja en su cuerpo esquelético. Por el contrario, Aþanasíus observaba sin perder detalle, como si quisiera asegurarse de que se cumplían todos los protocolos, aun desconociéndolos. Marion emitió un gemido y el médico le advirtió de que el más mínimo movimiento podría hacerle daño. Después terminó la intervención. La presión del aire mantenía aplanado el pulmón infectado.
Aþanasíus acompañó a Marion a pediatría. Sentado en la cama, con el sombrero y la gabardina sobre las rodillas, comenzó a darle nuevas de «la familia». «Las truchas del estanque están como una rosa», dijo para subirle los ánimos, pero le pareció que Marion tenía la cabeza en otra parte, que guardaba silencio mientras un profundo dolor oprimía su pecho, y no en el sentido puramente médico. A Aþanasíus siempre le había alegrado ver que, a pesar de las vicisitudes, aquel pequeño ser a su cargo no perdía la vitalidad, el arrojo y la curiosidad por todo lo habido y por haber. Marion pasaba todo el tiempo con un libro en la mano y asimilaba lo que leía con pasmosa rapidez. Tenía una memoria de elefante y recordaba cualquier cosa sin dificultad: no solo hechos, réplicas y personas, sino también poemas y cuentos, así como todas las enseñanzas que Aþanasíus nunca pensó que podrían despertar el interés de una mente infantil.
—Aunque está claro que ya tienen ganas de regresar al lago Þingvallavatn —añadió con una sonrisa.
—Aquí todo el mundo tiene ganas de volver a casa —dijo Marion—. Al menos los niños. Aunque, en realidad, no estamos mal. Anton quiere volver a casa. No habla de otra cosa.
Anton y Marion apenas habían tenido tiempo de conocerse. Anton había pasado buena parte de su corta vida en el sanatorio, y cuando Marion ingresó, la salud del niño había empeorado gravemente y pasaba en cama casi todo el tiempo. Aun así, siempre se preocupaba de conocer a los recién llegados y se interesaba por ellos, en especial por todo lo relativo a su enfermedad, como dónde la habían contraído y cuál era su estado de gravedad. También le gustaba saber de qué parte del país procedían. Si venían del campo o de algún pueblo, les preguntaba por el ganado y la pesca. A pesar de su aparente seriedad, los niños ingresados en pediatría se acercaban a él porque siempre terminaba animándose.
—Es normal que sea difícil mantener amistades en un sitio como este —observó Aþanasíus mientras contemplaba el lago a través de la ventana abierta.
—Eso mismo me dijo ayer Anton. Se le han ido buenos amigos desde que llegó. Quiere irse a casa, pero no cree que vaya a salir de aquí alguna vez. Está muy enfermo.
—Tu estancia aquí te va a venir muy bien —le aseguró Aþanasíus.
—No puedo dejar de pensar en Anton. Lo está pasando muy mal.
Por la tarde, cuando Aþanasíus ya se había marchado y la calma había regresado al hospital, una enfermera entró en la habitación de Marion empujando la silla de ruedas de un muchacho enfermo. Encorvado y con dificultades respiratorias, el chico parecía extenuado.
—Anton quería darte las buenas noches —anunció la enfermera—. Vendré a por él enseguida.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó Anton.
—Bien, creo —respondió Marion—. Me han clavado la aguja entre las costillas, como me dijiste.
—¿No tienen que quemar?
—No.
—¿No tienes adherencias?
—No.
—Qué bien.
La luz estival de la tarde iluminaba la habitación mientras Anton contemplaba en silencio el lago Vífilsstaðavatn. Sus aguas en calma parecían un espejo, casi un objeto divino.
—Qué día más bonito —murmuró.
A la mañana siguiente, cuando Marion fue a la habitación de Anton para darle los buenos días, lo encontró tumbado, inmóvil bajo una fina sábana que habían extendido sobre su cuerpo para que solo se apreciara el contorno de su frágil figura. Junto al cabecero de la cama, Marion observó los pliegues de la tela. Una extraña calma reinaba en la estancia, y el hospital, que normalmente bullía de vida, estaba sumido en el más absoluto silencio.
Marion dejó escapar un suspiro imperceptible al tiempo que hundía sus pequeños hombros y dejaba caer los brazos. Inmóvil, contemplaba los pliegues blancos mientras imaginaba a su nuevo amigo sobrevolando las montañas de Snæfjöll, de regreso a casa.
Pulsuz fraqment bitdi.