Kitabı oxu: «La interpretación de los sueños»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 128


Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL.

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por CARLOS GARCÍA GUAL .

© EDITORIAL GREDOS, S. A. U., 2008

López de Hoyos, 141, 28002 Madrid.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO239

ISBN 9788424931681.

INTRODUCCIÓN 1
1. Datos biográficos

Las noticias que tenemos sobre este autor son muy escasas. En realidad, nuestra mejor fuente es la propia obra, cuya versión ofrecemos. Al margen de ella tan sólo se han conservado tres magras citas, que sepamos 2 .

La primera obligación, al hablar de un escritor, es situarlo en el espacio y en el tiempo. Sobre la primera coordenada poseemos información precisa. Artemidoro nos cuenta que era natural de Éfeso, pero que, dada la notoriedad de su ciudad natal, prefirió proclamarse oriundo de Daldis, pequeña localidad lidia, y de la que procedía por línea materna 3 . El gesto nos parece enternecedor: por sus ribetes de piedad filial 4 y por el ingenuo objetivo de sus pretensiones, ya que tiene la certeza de que su valía personal redimirá del anonimato a una aldea desconocida 5 . En cambio, no nos proporciona ninguna pista sobre la fecha de su nacimiento, ni menciona explícitamente algún otro elemento cronológico de su peripecia vital. Sin embargo, los datos internos esparcidos a lo largo de su tratado nos permiten localizarle en el siglo II d. C. 6 .

Respecto de sus estudios o lugar de formación tampoco sabemos nada. No obstante, debió de recibir una instrucción de un cierto nivel. Su obra no está ayuna de citas literarias 7 y su manejo del lenguaje denota un relativo dominio del mismo, aunque bien es verdad que entendido como un mero instrumento de comunicación de unas doctrinas. Su prosa pone de manifiesto las aspiraciones aticistas del autor, de acuerdo con las tendencias de la época. Quizá se pueda aducir como prueba de su respeto por la elocuencia el hecho de haberle dedicado los tres primeros libros de su manual onirocrítico a Casio Máximo, un consumado y amanerado maestro de retórica. A pesar de sus buenos deseos, encontraremos en sus escritos numerosas huellas del habla popular 8 , motivadas en gran parte por la naturaleza de sus fuentes, puesto que sobre este profesional pesaba el influjo de una literatura mántica de cortos vuelos y, por consiguiente, ajena a las cuestiones de índole formal. Incluso cabe pensar que sus textos hayan sufrido una manipulación tardía con el fin de propiciar una mejor comprensión de su contenido en aras de un público iletrado o, al menos, poco cultivado. En realidad, menudean en su léxico vocablos y locuciones formularias que también figuran en las obras de astrología. Este estrecho parentesco corrobora que el universo de la adivinación se servía de unas expresiones técnicas muy codificadas y que Artemidoro fue un fiel seguidor de una tradición secular.

Por otra parte, su bagaje intelectual se vio enriquecido a través de las experiencias adquiridas en sus numerosos y lejanos desplazamientos. Proclama con una vanidad mal disimulada que ha recorrido los caminos de Grecia, Asia e Italia y, así mismo, las grandes islas del Mediterráneo 9 . Estos viajes estaban directamente relacionados con el ejercicio de su profesión, como más adelante veremos. Artemidoro deseaba perfeccionar sus conocimientos sobre el mundo de la mántica; por ello frecuentará los lugares donde esta modalidad adivinatoria gozaba de un mayor prestigio, aprovechando las ocasiones que eran más idóneas para el desarrollo de dichas actividades, esto es, fiestas públicas, competiciones deportivas, celebraciones religiosas, etc. El material así acumulado llegó a ser enorme y variopinto. Este rico conglomerado le consentirá cimentar sus elucubraciones teóricas, de forma que sus escritos serán fruto de una feliz coyuntura: la especulación personal apoyada en unas exhaustivas fuentes bibliográficas 10 y la aplicación de una casuística controlada por la vía de la experiencia.

Hay otro dato, deparado por el autor, que completa este apartado. Se trata de la existencia de un hijo que ostenta el mismo nombre —comme il se doit — y que, probablemente, ejerció la misma profesión paterna. El tenor de los consejos de Artemidoro trasluce un gran afecto hacia el heredero, en quien pretende depositar todo su saber en lo que atañe a su oficio. Esta faceta de su personalidad cierra el somero recuento de las noticias fidedignas de carácter biográfico que poseemos sobre él.

Este bosquejo de su «identikit», a todas luces insuficiente, puede perfilarse algo más. Todos somos hijos de nuestro tiempo; por tal razón, quizá, convenga recordar los rasgos principales de la época en que le tocó vivir, ya que, dada la escasez de información sobre su persona, al menos nos será posible captar el clima reinante en el período cronológico que aproximadamente coincide con su etapa vital, o lo que es lo mismo, la segunda mitad del siglo II . La bibliografía existente sobre esta centuria es abundante. Amén de estudios de carácter general, existen algunas monografías excelentes que nos permiten conocer en profundidad el entramado político, social y espiritual de esas décadas 11 . A través de dichos trabajos queda manifiesto que aquellos años estuvieron marcados por el signo de la contradicción. En efecto, resulta posible detectar un sentimiento difuso de tristeza y de agotamiento y, al mismo tiempo, observar un florecimiento intelectual que tiene por norte la revalorización de algunas facetas del pasado, entendidas como modélicas. Esta ambivalencia justifica el calificativo de bifronte que se le ha otorgado al ciclo 12 . Sin lugar a dudas, el arco temporal de los Antoninos supuso un momento de equilibrio en el terreno político y de esplendor en el ámbito cultural. No obstante, se traslucen los síntomas de una sociedad cansada: decadencia biológica 13 , proliferación de sectas y de creencias, crisis generalizada de valores, triunfo del agnosticismo, reinstauración de los ideales clásicos en el universo de la creación artística, etc.

Si dejamos a un lado estos caracteres generales y nos centramos en el terreno de la literatura, constataremos que en esta época la poesía queda relegada a un segundo término y que, en cambio, se produce un claro predominio de la prosa. Esta vía de expresión ofrece muestras de muy variada índole. B. P. Reardon 14 propone establecer una distinción entre las obras según respondan a unos esquemas nuevos, en lo que concierne a su temática y géneros, o bien se atengan a los cánones tradicionales. El primer grupo estaría compuesto por todas aquellas creaciones artísticas relacionadas con la paradoxografía, la pseudociencia, las religiones en general, la literatura cristiana, en particular, y la novelística. Como se puede apreciar, esta relación comprende asuntos muy dispares que van desde el relato de pura ficción hasta las más sutiles argumentaciones teológicas. Y, precisamente, en este cajón de sastre tiene cabida el tratado de Artemidoro, en tanto que claro exponente de la corriente paracientífica. Este autor es, por tanto, un fiel testimonio de determinadas inquietudes intelectuales. Sus elucubraciones se definen por un cierto aire de modernidad en lo que se refiere a su tratamiento y a su orientación. Sus libros estaban destinados a ser degustados por las clases populares 15 , las cuales acceden masivamente al fenómeno de la fruición literaria en torno a estas fechas en búsqueda de vías redentoras de la realidad cotidiana, bien a través de la evasión deparada por una narrativa folletinesca, bien a través de unas recetas soteriológicas.

2. Análisis de la producción artemidorea

Hasta nuestras manos tan sólo han llegado los cinco libros dedicados a la interpretación de los sueños. Pero tenemos la certeza de que compuso otras obras. Él mismo reconoce haber redactado precedentemente escritos de teoría oniromántica 16 , amén de su producción sobre temas diversos 17 . De todas formas, sospechamos que el trabajo objeto de nuestro estudio fue el más laborioso y el que le otorgó una mayor fama.

El Onirocrítico es un magnum opus , al menos, por su tamaño. La denominación a la que tradicionalmente responde es válida en la medida en que nos ilustra sobre un asunto examinado monográficamente a lo largo de muchas páginas, pero resulta inadecuada si analizamos la técnica compositiva del mismo. El tratado está formado por cinco libros, según acabamos de indicar. Ahora bien, esta agrupación es algo ficticia. El hecho de que existan dos destinatarios diferentes ya evidencia una falta de homogeneidad; pero es que, además, los fines perseguidos por el autor también divergen. Por tanto, cabe señalar una línea divisoria neta entre los tres pirmeros libros dedicados a Casio Máximo y los dos últimos concebidos a modo de legado paterno. Mas aún se puede hilar más fino. En el primer caso no se trata de una auténtica trilogía. El libro I y el II reflejan una planificación previa, llevada a término felizmente. El propio Artemidoro expone los temas que va a desarrollar y justifica el orden seguido en el tratamiento de los mismos 18 . En el Proemio del libro II subrayará que se ha mantenido fiel a las promesas hechas precedentemente. Hasta aquí el texto responde a un criterio único y armónico. En cambio, el libro siguiente tiene carácter de apéndice. El autor reconoce que hay un cierto desorden estructural y una falta de conexión entre los capítulos. La razón de este suplemento es doble: acallar las críticas provenientes de especialistas puntillosos y evitar la posibilidad de que otros aborden la materia omitida. Este conglomerado será llamado por su creador El amigo de la verdad o Vademécum .

El libro IV está compuesto primordialmente para asesorar al hijo y, de paso, para replicar a los lectores que han señalado algunas deficiencias en los volúmenes precedentes 19 . Artemidoro aconseja a su descendiente que el texto permanezca en su poder y que no facilite copias; de esta forma destacará por su saber y gozará de prestigio 20 . Los primeros capítulos están dedicados a reproducir o a resumir algunos aspectos de la teoría onirocrítica expuesta en la parte inicial de la obra. En los apartados restantes se considerarán diversos fenómenos hípnicos, siguiendo el procedimiento expositivo habitual, con la salvedad de que en todos ellos se pretende aleccionar al neófito con el fin de que sepa sortear las dificultades y se convierta en un experimentado y hábil intérprete. El autor considera que a esas alturas de su vida domina la técnica profesional y que sus escritos revelan un notable grado de maestría. Esta constatación le produce un legítimo orgullo y le lleva a desear que su hijo sea el continuador de su obra y el transmisor de sus saberes. Sus aspiraciones son harto comprensibles: en toda paternidad subyace un deseo de perpetuarse por persona interpuesta. Su afecto y deseo de protección hacen que ilustre al vástago sobre los secretos y los trucos que deberá poner en práctica en ocasiones para ganarse a la clientela. Así mismo le advierte que no hay que pecar de ingenuo, ni desmoralizarse ante situaciones conflictivas, ni dar motivo para el descrédito… En estas páginas se aprecia un didactismo bien dosificado. Esta tendencia culmina en la conclusión, donde le anuncia su proyecto de componer una nueva obra en su honor, en la que sólo figuren experiencias oníricas rigurosamente comprobadas.

En la introducción del libro V justifica su tardanza en cumplir la promesa debido a la dificultad que encierra la tarea acometida: «Tal vez sería justo, hijo mío, censurar mi lentitud, si estuviese motivada por la pereza, mas como mi propósito era recoger para ti información sobre sueños que han tenido cumplimiento, se trataba de una empresa difícil y laboriosa, al menos, para quien se propone registrar visiones oníricas dignas de ser descritas». Unas líneas más abajo analizará las características de las cuatro partes precedentes. Quiere decirse, pues, que el autor concibe como un corpus único este conjunto de escritos consagrado a la oniromancia, a pesar de que se trate de un totum revolutum . El último libro, en efecto, difiere de los anteriores. Es una mera compilación de casos —noventa y cinco en total— tratados esquemáticamente desde el punto de vista del contenido y de la forma. De cada sueño ofrece un «abstract» en la mejor tradición científica actual.

A modo de resumen podemos afirmar que La interpretación de los sueños es un tratado de vastas proporciones y de penosa gestación. Es el fruto de toda una vida de ejercicio profesional. De ahí que sea una muestra de «work in progress» 21 . En un primer momento concibe un plan bien estructurado para transmitir a la posteridad el cúmulo de sus conocimientos sobre esta disciplina. Mas en ningún momento confesará este objetivo llanamente. Preferirá encubrir su motivación mediante el recurso a dos expedientes convencionales 22 , pero no por ello menos eficaces. Según él su obra responde a una doble necesidad: poner en práctica las recomendaciones divinas y satisfacer los requerimientos de un amigo ilustre. El ser sobrenatural en cuestión no es otro que Apolo, deidad que gozaba de una especial veneración en Daldis. Artemidoro reconoce que se le ha aparecido en sueños en diversas ocasiones 23 y, en particular, desde que ha trabado conocimiento con Casio Máximo, que desempeña el papel de mentor de esta obra artemidorea; al menos, de parte de ella. La identificación de este personaje se ha podido realizar gracias a una inocente fórmula de cortesía empleada por nuestro autor 24 . En ella se asegura que entre los lidios y los fenicios han existido de siempre unos vínculos solidarios de hospitalidad. Este dato hace suponer que el interlocutor que figura en el Proemio sea Máximo de Tiro, famoso conferenciante y filósofo platonizante que encarna muy bien los ideales de una cierta clase intelectual 25 . La hipotética familiaridad entre ambos escritores, la mención de M. Cornelio Frontón, maestro de Marco Aurelio, y la alusión a los múltiples viajes realizados por el propio Artemidoro nos inducen a suponer que tal vez este autor formó parte de una de esas cohortes de hombres de letras y de especialistas de muy variado cuño que con carácter itinerante iban dando a conocer los frutos de su minerva en actuaciones públicas y privadas. Desde luego, no tenemos elementos de juicio suficientes para determinar su status social, pero sabemos que no fue un adivino modesto y mediocre como tantos otros colegas suyos, caracterizados por su charlatanería y su falta de preparación, porque nos habla de ellos con un cierto distanciamiento, pero sin caer en el desprecio, ya que los considera portadores de unos conocimientos empíricos de indiscutible valía. Incluso llega a afirmar que ha convivido con ellos durante años con el fin de ejercitarse plenamente. Por otra parte, se muestra orgulloso de haber manejado todas las fuentes escritas sobre esta modalidad mántica y de aportar en sus obras unas doctrinas innovadoras y, al mismo tiempo, convincentes 26 . En consecuencia, Artemidoro ofrece de sí la imagen de un profesional que sabe aunar la teoría y la práctica en el ejercicio de su cometido. Investiga y acumula información sin cesar, trabajando de noche y de día 27 , según sus propias palabras. Tal vez gozó de un cierto prestigio y pudo vivir desahogadamente a expensas de una clientela acomodada. Lo que sí resulta evidente es la oposición que sus escritos encontraron en determinados sectores. Esta crítica le hace mella, como se puede apreciar en algunos pasajes en los que da rienda suelta a su amargura 28 . Y, en definitiva, el libro III será una especie de mentís contra sus detractores.

Los prólogos y los epílogos, que arropan el cuerpo doctrinal, merecen toda nuestra atención. Son auténticos retazos a través de los cuales vamos descubriendo su personalidad. En estas líneas se asoma el ser humano con sus debilidades y aciertos, y, aunque estas secuencias adolezcan de un anquilosamiento impuesto por el género, nos es posible rescatar elementos de carácter individual. En su haber señalaremos, como cualidades esenciales, su entusiasmo profesional, su afán de perfeccionarse continuamente, su curiosidad insaciable y su espíritu de trabajo. En él consignaremos la falta de rigor científico, la fragilidad argumental de sus exposiciones teóricas y, como rasgo menor, su vanidad infantil. En el momento en que se abandonan estos umbrales, se penetra en un mundo impersonal y aséptico. Incluso desde un punto de vista lingüístico se aprecia el cambio. Los capítulos puramente especulativos se caracterizan por la aridez de su estilo, por el empleo de fórmulas que se repiten cansinamente, por unas construcciones elípticas y por una cierta monotonía. En cambio, los pasajes transicionales revelan un deseo de expresarse con elegancia. Los períodos son largos, la estructura sintáctica se desarticula y da la impresión de que remeda cadencias latinas a través del hipérbaton. Su forma de decir sigue los modelos vigentes en la época y su pensamiento discurre por unos cauces amanerados. Aquí el científico cede el paso al hombre de letras. Y demuestra que conoce su oficio, a pesar de que en la realización práctica incurra en torpezas.

3. Manifestaciones oníricas y el pensamiento griego

El sueño fue en la Antigüedad una incógnita más de las muchas que rodeaban al ser humano. La especificidad del fenómeno onírico determinó que desde muy pronto el hombre griego sucumbiese a la tentación de indagar su naturaleza y de aprovechar sus recursos. Como veremos, se conservan algunos testimonios —directos o indirectos—que ejemplifican esta curiosidad, pero, como suele acontecer en el terreno de la filología clásica, son mucho más abundantes las lagunas y los interrogantes.

En un primer momento debió de primar en estas enseñanzas la tradición oral, basada en una experiencia secular de casos prácticos y profundamente teñida de influencias orientales 29 . Los monumentos literarios más antiguos conservados nos confirman la existencia de unos conocimientos sobre esta materia muy difundidos a nivel popular. A través de estas fuentes se observa que el sueño era juzgado como un vehículo idóneo para que la divinidad diese a conocer su voluntad y que, al mismo tiempo, ya se realizaba la interpretación de las visiones consideradas como portadoras de un mensaje expresado en clave alegórica. Estas creencias, muy arraigadas en el pueblo helénico, perdurarán durante muchas centurias y se irán enriqueciendo con otras diversas aportaciones de varia procedencia. En realidad, se puede rastrear sus huellas hasta la etapa bizantina, época en la que se confeccionarán prontuarios que recogerán de forma indiscriminada las doctrinas onirománticas del período clásico y helenístico con vistas a un uso individual.

Por otra parte, estas actividades fueron objeto en su momento de un análisis más racional gracias a los representantes de una clase intelectual, defensora del espíritu de la ilustración griega. La especulación filosófica, cuando dejó de ser cosmológica para convertirse en antropocéntrica, fijó también su atención en este fenómeno como una faceta más del ser humano. A partir de entonces es posible señalar una corriente que discurrirá paralela a la anterior, aunque bien es verdad que con menos caudal y con múltiples infiltraciones. Por razones metodológicas un estudioso de esta cuestión, Dario del Corno 30 , ha introducido una distinción terminológica que nos parece oportuna y esclarecedora. El citado profesor propone el neologismo de «onirología» para denominar la rama que comprende los estudios filosóficos o científicos tendentes a investigar la etiología y la fenomenología de los hechos vinculados con el estado de reposo fisiológico. En cambio, se servirá de la voz «oniromancia» para referirse al antiguo arte de la predicción del porvenir por medio de la interpretación de los sueños. En teoría la división es neta y pertinente, pero no responde a la realidad de los hechos. A través de los testimonios conservados veremos cómo los exponentes de la primera tendencia siempre dejarán abierta la posibilidad de que exista un fenómeno premonitorio en determinadas circunstancias. De igual modo, la vía adivinatoria se esforzará en encontrar argumentos racionales que justifiquen las prerrogativas proféticas. La relación permanente y dialéctica entre manifestaciones sustancialmente diferentes, pero confundidas en un único género, consiente que se siga empleando la forma «onirocrítica», «per comodità d’uso», según confiesa el autor de esta distinción.

Vamos a trazar esquemáticamente el desarrollo histórico de esta dualidad, empezando por la orientación más especulativa. En verdad, no es de extrañar que el primer documento consagrado a esta cuestión proceda del ámbito de la medicina. Se trata de uno de los escritos que forman parte del Corpus Hippocraticum , concretamente el libro IV del tratado Sobre la dieta 31 . En este breve opúsculo los sueños son estudiados en cuanto que son signos premonitorios de determinados desarreglos corporales. El autor anónimo de estas páginas comienza afirmando que «poseen una gran influencia de cara a cualquier asunto». A continuación expone su punto de vista. Aunque la cita sea un poco larga, creemos que merece la pena su transcripción, porque es muy ilustrativa de un estado de opinión generalizado en los medios cultivados de la época:

Pues el alma, en tanto que está al servicio del cuerpo despierto, dividiéndose en muchas atenciones no resulta dueña de sí misma, sino que se entrega en alguna parte a cada facultad del cuerpo: al oído, a la vista, al tacto, al caminar, a las acciones del cuerpo entero. La mente no se pertenece a sí misma. Pero cuando el cuerpo reposa, el alma, que se pone en movimiento y está despierta, administra su propio dominio, y lleva a cabo ella sola todas las actividades del cuerpo.

Así que el cuerpo no se entera, pero el alma despierta lo conoce todo, ve lo visible y escucha lo audible, camina, toca, se apena, reflexiona, quedándose en su breve ámbito. Todas las funciones del cuerpo o del alma, todas ellas las cumple el alma durante el sueño. De modo que quien sabe juzgar estas cosas rectamente posee buena parte de la sabiduría.

En cuanto a todos los sueños que son divinos y que anuncian, sea a las ciudades o a los particulares, bienes o males, hay personas que tienen el arte de interpretarlos. También aquellos en los que el alma indica de antemano padecimientos del cuerpo, un exceso de plenitud o de vaciedad de las sustancias naturales o una evolución de elementos desacostumbrados, también éstos los juzgan. Y unas veces aciertan, y otras se equivocan, y en ninguno de los casos conocen el por qué de lo que sucede, ni cuando aciertan ni cuando se equivocan, sino que dan consejos a fin de precaverse de que no ocurra algún daño. Mas no enseñan, desde luego, cómo hay que precaverse, sino que recomiendan rezar a los dioses. Cierto que invocar a los dioses es bueno; pero conviene invocar a los dioses y ayudarse a sí mismo 32 .

Algunas de las afirmaciones aquí contenidas se hallan —en forma de eco desvaído— en los textos de Artemidoro. Por otra parte, en este fragmento se reivindica la existencia de unos sueños de origen corpóreo, cuyo estudio compete al ámbito de la medicina 33 , lo cual no es óbice para que también se reconozca que otras manifestaciones son susceptibles de una interpretación mántica. Se admite, pues, una cierta ambivalencia en el fenómeno considerado, al tiempo que se muestra un evidente escepticismo sobre los procedimientos puestos en práctica.

El siguiente testimonio que aduciremos procede de Platón. Su teoría sobre el sueño no es más que un corolario de su división tripartita del alma: si durante el estado de reposo se adormece la parte racional de la misma, se despiertan los deseos que son reprimidos en la vigilia; en cambio, si permanece ésta alerta, tras tranquilizar a las otras dos fuerzas rivales, puede «examinar por sí sola y pura, y esforzarse en percibir lo que no sabe en las cosas que han sucedido, en las que suceden y en las que están por suceder […] es en este estado cuando mejor puede alcanzarse la verdad y menos se presentan las visiones prohibidas de los sueños» 34 .

En el primer ejemplo se nos ofrecía una sintomatología del proceso hípnico y un intento de análisis del mismo con finalidades diagnósticas y terapéuticas. En el segundo, predomina una dimensión psicológica.

Aristóteles expone sus teorías sobre el mundo onírico 35 en un par de opúsculos particularmente, titulados Acerca de los ensueños y Acerca de la adivinación por el sueño 36 . En el primero analiza la naturaleza de este fenómeno. A su juicio, «el hecho de soñar es propio de la facultad sensitiva del alma en la medida en que ésta es imaginativa». Las causas que motivan estas vivencias son «los movimientos producidos por las sensaciones, tanto por las del exterior como por las procedentes del propio cuerpo». Durante el estado de vigilia la multiplicidad de los estímulos y la actividad del pensamiento nos impiden prestar atención a estas manifestaciones. «De noche, en cambio, por la inactividad de cada uno de los sentidos en particular, y por su incapacidad para actuar —a causa de que se produce el reflujo de calor desde el exterior hacia adentro—, estos movimientos vuelven al origen de la sensación y se ponen de manifiesto al apaciguarse la confusión.» Quiere decirse, pues, que emergen en el período de reposo fisiológico, cuando el alma se repliega sobre sí misma.

Para explicar la relación existente entre estos movimientos y los óneiroi recurrirá a una acertada comparación:

Igual que en un líquido, si uno lo remueve violentamente, unas veces no aparece reflejada imagen alguna, y otras veces sí aparece, pero completamente distorsionada, de manera que parece distinta de como es, mas cuando está en reposo, las imágenes son precisas y visibles, así también en sueños las imágenes y los movimientos residuales que resultan de las sensaciones unas veces se desvanecen completamente por causa del citado movimiento, en caso de que sea mayor, si bien otras veces aparecen las visiones, pero confusas y monstruosas, y los sueños incoherentes, como les ocurre a los melancólicos, a los que tienen fiebre y a los que están embriagados 37 .

Estas exposiciones teóricas presuponen un origen exclusivamente físico de los sueños. Por consiguiente, cabría esperar que quedase descartada la posibilidad de que algunos de ellos en determinadas circunstancias pudiesen revelar el futuro. Sin embargo, Aristóteles no dará este paso. Su postura será extremadamente cautelosa: «En cuanto a la adivinación que tiene lugar en el sueño […] no es fácil ni despreciarla ni darle crédito. Pues el hecho de que todos o muchos supongan que los ensueños tienen algún significado, en tanto que se dice como consecuencia de una experiencia, ofrece credibilidad» 38 .

A partir del Estagirita se abrirá paso en la onirología la hipótesis de un origen transcendente en lo que respecta a la naturaleza de este fenómeno. Las doctrinas pitagóricas ya lo habían concebido como un vehículo de comunicación por parte de los seres sobrenaturales. Los seguidores de esta escuela mantenían que la recepción del mensaje dependía del estado de pureza corporal y psíquica del individuo que era su destinatario. En esta misma línea de pensamiento se sitúan los estoicos 39 , quienes proclamarán la validez mántica del sueño. Los más conspicuos representantes —con la excepción de Panecio— defendieron la legitimidad de la adivinación en la medida en que esta práctica confirmaba la existencia de dioses y explicaba los conceptos de providencia y de hado. Uno de sus más eximios exponentes, Posidonio 40 , intentará conciliar dos principios antitéticos: el racionalismo y la fe en determinadas creencias, es decir, la ciencia y la adivinación. Para este filósofo el alma humana cuando se repliega sobre sí misma y se libera de las ataduras corporales consigue entrar en contacto con el ser sobrenatural gracias a una vía de unión denominada «simpatía». A esta situación se accede por tres caminos: el delirio profético, el sueño y la muerte. En consecuencia, en la divinidad reside la causa última de la experiencia onírica.

Finalmente los peripatéticos Dicearco y Cratipo 41 también aceptarán el origen transcendente de esta manifestación psicofisiológica.

Frente a los partidarios de esta concepción de naturaleza metafísica hay que señalar a los pensadores que, siguiendo las pautas marcadas por Aristóteles y previamente por Demócrito, consideraron el fenómeno hípnico como una consecuencia de la acción de unos átomos procedentes del exterior sobre el alma del individuo. Dichas partículas producen un movimiento y, puesto que el movimiento solamente es originado por lo que tiene existencia, quiere decirse que los sueños son reales. Ellos representan por tanto todas las cosas que atraen la atención de nuestra mente en estado de vigilia. La argumentación refleja en esencia el pensamiento de Epicuro sobre el tema, del cual se hará eco en clave poética Lucrecio 42 .

Este bando, en el que también se encontraban Panecio, ya citado, el platónico Carnéades y algunos epicúreos menores, refleja los últimos esfuerzos de la onirología clásica por defender una causa fisiopsicológica del fenómeno en cuestión. En su entorno prevalecen ideologías que ensalzan espiritualismos más o menos difusos y actitudes irracionales. En este contexto es lógico que el sueño por su propia naturaleza evanescente fuera esgrimido como un vínculo privilegiado con el mundo de la transcendencia. Esta idea, que ya fue defendida por los estoicos, será sancionada por la escuela neoplatónica que verá en el sueño la mejor prefiguración de la experiencia mística.

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