Kitabı oxu: «Correr al máximo nivel»
Arthur Lydiard
Correr al máximo nivel
Con la colaboración de Garth Gilmour

Título original: Running to The Top
Publicado según acuerdo con Meyer & Meyer Verlag
Copyright de la edición original: © 1997 by Meyer & Meyer Sport (UK) Ltd.
Edición, traducción y corrección: ebc, serveis editorials
Fotocomposición y cubierta: Montserrat Gómez Lao
Fotos de cubierta: © dpa picture alliance/epa Rainer Jensen
© Thinkstock/iStockphoto
Contracubierta: © Thinkstock/Pixland
Cabecera: Graphic © Thinkstock/iStockphoto
© 2015, Arthur Lydiard
Editorial Paidotribo
www.paidotribo.com
E-mail: paidotribo@paidotribo.com
Primera edición
ISBN: 978-84-9910-565-9
ISBN EPUB: 978-84-9910-943-5
BIC: WSKC
Para facilitar la lectura, hemos decidido utilizar el género masculino, pero la información también se refiere a las mujeres.
Este libro ha sido preparado cuidadosamente, pero no asume ninguna responsabilidad por la exactitud de la información que contiene. Ni el autor ni el editor pueden hacerse responsables de los daños o lesiones resultantes de la información contenida en este libro.
Índice
Introducción
Capítulo 1: Los veintiún factores
Capítulo 2: ¿Por qué es importante correr?
Capítulo 3: La esencia de la juventud
Capítulo 4: El desarrollo de la forma física
Capítulo 5: Cómo empezar a correr
Capítulo 6: La técnica para correr
Capítulo 7: Cómo desarrollar al máximo tu potencial
Capítulo 8: Cómo elaborar un plan de trabajo
Capítulo 9: Lesiones
Capítulo 10: Altitud
Capítulo 11: Mitos y concepciones erróneas
Capítulo 12: Planifica tu programa
Capítulo 13: El maratón
Capítulo 14: El atleta y el preparador: una relación fundamental
Capítulo 15: Alimentación, grasas, vitaminas y minerales
Capítulo 16: Entrenar en equipo
Capítulo 17: Evaluar el entrenamiento
Capítulo 18: Términos del entrenamiento
Capítulo 19: El calzado y los pies
Capítulo 20: Alimentos y grasas
Capítulo 21: El valor de una buena preparación
Capítulo 22: Calentamiento y enfriamiento

© Thinkstock/Hemera
Introducción
El diccionario Oxford define el hecho de correr como el acto de progresar avanzando con cada pie alternativamente, sin tener nunca los dos pies a la vez en el suelo. El Chambers dice que correr es el acto de proceder alzando un pie antes de que el otro toque el suelo. No hay ninguna definición que sea especialmente complicada ni ninguna que limite el momento exacto en que se da un paso adelante.
El arte y la técnica de correr, y los procesos de hablar y escribir sobre correr, también deberían ser sencillos. Correr, después de todo, es tan natural como andar. Una vez que el niño ha aprendido a andar, nadie tiene que enseñarle cómo correr.
Además, este libro está escrito de forma tan sencilla como el hecho de poner un pie delante del otro sin tener nunca los dos pies a la vez en el suelo. Su objetivo se resume en pocas palabras: permitirte ir más rápido y levantar ambos pies del suelo si así lo deseas o avanzar más; o las dos cosas, ir más rápido y más lejos, de acuerdo con tus objetivos y tus aspiraciones personales. Si deseas ser un campeón olímpico o un campeón del mundo, este libro va dirigido a ti. Si solamente deseas correr con comodidad por tu entorno cercano para mantener la forma física, este libro también va dirigido a ti.
Proponemos unas pautas generales, unos principios lógicos y sencillos que hay detrás del arte y el placer de correr mejor. Ofrecemos unos programas sobre los que basar tus propios programas de preparación para lograr aquello a lo que quieres aspirar. El resto depende de cada persona.
No es posible comparar la filosofía de Arthur Lydiard con ninguna otra. Esta filosofía tiene que ver con cualquiera que se ponga un par de zapatillas para correr. Lydiard trazó los métodos de entrenamiento que emplean actualmente los principales entrenadores y atletas en todo el mundo, en pista y campo y en muchos otros ámbitos del deporte. Inventó el ejercicio puro y simple de correr, un virus benigno que ha infectado a millones de personas.
El sistema de Lydiard se probó y se instauró con éxito en los años cincuenta. Con el tiempo, se ha ido sutilmente perfeccionando, pero los principios teóricos básicos que en un inicio clasificaron a un pequeño grupo de corredores siguen siendo los mismos. Desde el entorno más cercano a Lydiard en un barrio de Auckland (Nueva Zelanda) a la vanguardia internacional de corredores de fondo y media distancia durante más de una década, y después, a medida que Lydiard pasó de entrenar a corredores a entrenar a preparadores internacionales, su sistema se ha ido extendiendo por las pistas y los centros de entrenamiento de todo el mundo.
Arthur Lydiard ha convertido la autoconfianza en una panacea mundial para cualquier persona que busque un método para correr mejor. Su nombre y sus métodos fueron reconocidos enseguida en muchos países de lenguas diferentes. Siguen apareciendo gurús en el mundo moderno, pero él está considerado entre los mejores y, con toda probabilidad, entre los más eficaces desde el punto de vista físico y psicológico.
Durante muchos años, a mediados de los setenta, el gran preparador japonés de media distancia Kiyoshi Nakamura llevó a equipos compuestos por sus mejores corredores a Nueva Zelanda para que pasaran unos meses entrenándose en las inmensidades de la lejana isla Sur, en una zona recóndita detrás de Ashburton.
Éstos fueron los famosos corredores que, de un día para otro, recordando la explosión del equipo entrenado por Arthur Lydiard en competiciones internacionales en los años sesenta, se convirtieron en una potencia mundial, particularmente en carreras de fondo. Las estrellas fueron los hermanos Soh, además de Toshiniko Seko, la leyenda que ganó tres maratones consecutivos de Fukuoka, consiguió récords del mundo en 25.000 y 30.000 m en pista en Nueva Zelanda y corrió el maratón de Boston en 1981 en un tiempo de 2:09:26.
Nakamura, una de las figuras más respetadas del atletismo japonés, mantenía una estrecha vinculación con Nueva Zelanda que se remontaba a 1936, cuando representó a Japón en los históricos 1.500 m. En esa prueba, Jack Lovelock corrió de un modo espectacular: batió el récord del mundo y consiguió la medalla de oro. Pero ¿por qué año tras año llevaba a sus equipos de corredores de fondo a Nueva Zelanda?
La razón principal, según explicó a Tim Chamberlain, de la revista New Zealand Runner, en 1982, en su séptima visita, era que Arthur Lydiard había vivido en Nueva Zelanda.
Nakamura fue uno de los primeros japoneses en estudiar los métodos de Lydiard y el primero en invitar a éste a Japón en 1962. Había leído todos sus libros y se había llegado a creer que sabía más de su metodología que el propio Lydiard, porque en sus estudios establecía un vínculo vital entre las técnicas de Lydiard, el cristianismo y el zen.
Esto se podría discutir. Lo que era cierto era que Nakamura utilizaba a Lydiard como base para sus métodos. La filosofía de entrenamiento que colocó a Japón, durante una época, al frente en las competiciones de fondo y media distancia fue la de Lydiard. Sus corredores consiguieron casi 20 récords para Japón, diversos récords mundiales y toda una serie de éxitos internacionales.
Entre los japoneses, Nakamura era quien mejor conocía a Lydiard. Cuando murió, la chispa vital que había iluminado a Japón desapareció con él, pero había conseguido algo importante. El sistema de Lydiard, una vez entendido, había sido el factor fundamental que separó el éxito del fracaso entre los corredores japoneses.
El corredor olímpico de maratones y entrenador estadounidense Ron Daws fue un claro admirador de Lydiard. El nombre de Lydiard aparecía en la primera página de Running Your Best de Daws con la cita: «No gana el mejor atleta, sino el mejor preparado».
Sobre el sistema de Lydiard, Daws escribió: «Algunos niños esperanzados se acercan al barrio de un zapatero para que les enseñe a correr. El zapatero es un corredor de fondo retirado y sin estudios cuyo estilo y complicados procedimientos como entrenador le han dado cierto prestigio. Goza de consideración por parte de los demás entrenadores. Acepta ayudarlos y, aunque los corredores no son los mejores del país, ni siquiera los mejores de su ciudad —sólo chicos entusiasmados del barrio—, el zapatero les promete récords del mundo y medallas olímpicas si consiguen superar los entrenamientos. Uno de los chicos a quien el zapatero le predijo que conseguiría un récord del mundo públicamente tiene un brazo tullido; con respecto a otro corredor, que tenía un aspecto excesivamente musculoso y torpe, el zapatero auguró que sería el mejor corredor de media distancia. Unos años más tarde, el entrenador del contingente completo de corredores de fondo del país en los Juegos Olímpicos de 1960 era el zapatero. En un intervalo de treinta minutos, el corredor del brazo tullido y el corredor musculoso ganaron medallas de oro. Un día más tarde, otro de sus corredores, también con una constitución poco atlética, ganó una de bronce. Entre estos y otros chicos del zapatero consiguieron la mayoría de los récords del mundo, desde los 800 m hasta las carreras de una hora. Además, ganaron dos medallas de oro más y una de bronce en los Juegos Olímpicos siguientes. ¿Sueños de un loco? ¿Un cuento de hadas? Sólo estoy contando la aparición del neozelandés Arthur Lydiard, gurú de los corredores de fondo, padre del popular jogging, motor y motivador de atletas olímpicos internacionales. Lydiard ha entrenado e influido directamente sobre más corredores que han ganado récords y medallas olímpicas que ningún otro. Con una energía igualmente inagotable, ha dado conferencias en diversos países y ha ejercido de entrenador nacional en Finlandia, Dinamarca, México y Venezuela. Irónicamente, es, como muchos profetas, ignorado por completo en los círculos oficiales de su propio país. Cuando Peter Snell y Murray Halberg esprintaron para alcanzar la medalla en los 800 y los 5.000 m y Barry Magee ganó el bronce en el maratón en los Juegos Olímpicos de Roma en 1960, el resto del mundo seguía el sistema del entrenamiento intermitente. Tan arraigada está la filosofía de Lydiard actualmente, que hemos de hacer esfuerzos para recordar que, antes que él, el entrenamiento de los corredores de fondo apuntaba 180 grados en otra dirección. Lydiard fue el principio de una era mágica. El jogging se convirtió en algo grato, por no decir divino… Lydiard fue la clave y nunca dejó que olvidáramos que, como un profano sin educación, hizo lo que psicólogos, teóricos y entrenadores profesionales no habían sido capaces de hacer. Era poco sofisticado pero listo y tenía la tenacidad de un bulldog».
Fue la estrategia de Lydiard lo que dio un giro a mi carrera. Fue la base de mi concepto de una preparación eficaz.
Los métodos de Lydiard no están concebidos para conseguir unos resultados inmediatos. Lydiard habla de ir progresando a lo largo de los años, sacrificando el éxito rápido y esforzándose en el trabajo preparatorio de cara a conseguir grandes victorias más adelante. Probablemente, ni siquiera dentro de cada temporada alcanzarás tu máximo nivel hasta el último momento. Estos dos conceptos están implícitos cuando Lydiard escribió: «Conseguirás llegar a tu nivel máximo más lentamente que muchos otros y correrás el último cuando los otros vayan los primeros. Pero cuando sea realmente importante correr el primero, entonces los pasarás».
La edición de marzo-abril de 1992 de Peak Running Performance, una revista americana que publica artículos sobre investigación en relación con el jogging, estaba dedicada enteramente a un estudio sobre la filosofía del jogging de Lydiard. Se decía:
«Su legado se puede ver en los programas de entrenamiento de la mayoría de los mejores corredores del mundo de fondo y de media distancia. Aunque la época como entrenador de Lydiard acabó hace casi un cuarto de siglo, su avanzada estrategia en los entrenamientos continúa vigente.
»Tras sus grandes éxitos como entrenador en los Juegos Olímpicos de 1960 y 1964, estudiosos y psicólogos del deporte de todo el mundo han confirmado la solidez científica de sus métodos. Aunque Lydiard no era un científico, su estrategia básica en los entrenamientos era considerada de lejos la mejor por la comunidad científica en aquella época.»
El programa de Lydiard encarna un concepto general pero muy básico respecto al ejercicio y la psicología del deporte. Este principio general es la adaptación gradual. Mientras que la mayoría de atletas lo llamarían «puro sentido común», la experiencia nos dice que el sentido común no es tan común, sobre todo entre los corredores que desean firmemente mejorar su modo de correr.
La revista ilustra este concepto con la leyenda del hombre fuerte griego que alzó un becerro cuando nació y continuó levantándolo cada día hasta que se convirtió en una vaca. El aumento diario de peso casi no se notaba, aunque este aumento, con el tiempo, fuera significativo. Con el sistema de Lydiard, afirma la revista, este proceso de adaptación gradual puede producir unos resultados sorprendentes a largo plazo.
Garth Gilmour

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Capítulo 1: Los veintiún factores
Los siguientes veintiún factores influyen en cualquier atleta. Algunos son fácticos, otros son físicos, el resto, mentales. Todos ellos tienen que ver con el rendimiento del atleta, con los éxitos a los que aspira y los logros que puede conseguir.
Estos factores son los siguientes:
• La fecha de la carrera.
• El reto que la carrera representa.
• La edad.
• El talento.
• El estado físico.
• La alimentación.
• El consumo de drogas.
• Las hormonas.
• La preparación fisicoculturista.
• La técnica.
• La capacidad aeróbica.
• El peso.
• La grasa corporal.
• Los métodos de entrenamiento.
• La preparación.
• La táctica.
• La autodisciplina.
• Las condiciones de la pista.
• El estado del tiempo.
• La oposición.
• El equilibrio entre ejercicios aeróbicos y anaeróbicos.
Sobre algunos de estos factores se habla en más de un capítulo. Por ejemplo, el peso y la masa de grasa corporal en un momento determinado son hechos, pero también son condiciones físicas que pueden ser alteradas. Por otro lado, hay algunas condiciones físicas que pueden alterarse con ayuda de la mente o que pueden influir en actitudes mentales. Cada una es una parte integral del atleta y de su pequeña enciclopedia personal.
No hemos establecido ningún orden de prioridad, porque no lo hay. Pero, quizá, el factor más importante de todos ellos es el primero: la fecha de la competición.
Piensa en ello. No se necesita ser un Einstein para darse cuenta de lo importante que es la fecha de una carrera. Tanto si la carrera es un campeonato de club como una competición nacional o una final olímpica, todo lo que pasa cuando se acerca el día —y estamos hablando desde semanas hasta años, dependiendo del grado de experiencia y de la ambición del atleta— apunta a este acontecimiento único. Cualquier otra cosa en este camino no es más que un peldaño hasta el objetivo final. De modo que todo lo que haga el atleta en este periodo preparatorio debe ser controlado correcta y adecuadamente para conseguir el rendimiento óptimo cuando se oiga el disparo de salida el gran día. Si lo dudas, escucha lo que dicen algunos atletas después de una competición. Son conocidas sus excusas después de algunos campeonatos, sobre todo después de la Commonwealth de 1990 y de los Juegos Olímpicos de 1992. La mayoría de estos títulos olímpicos se ganaron en épocas en las que muchos atletas habían progresado lentamente y que, llegado el día, no consiguieron mejorar su rendimiento en ninguna parte. Una prueba clara de ello fueron los 10.000 m. La carrera se ganó en 27 minutos y 46 segundos. Hubo corredores en la pista que habían estado cerca de los 27 minutos en carreras previas y que ni siquiera pudieron bajar de los 28 minutos ese día, el más importante de su carrera deportiva.
Esto demuestra que la fecha de la carrera es, de hecho, el factor clave de un entrenamiento adecuado. A menudo digo a la gente joven: «Mirad. El último año corristeis la mejor carrera de vuestra vida. Todo fue bien y lo hicisteis lo mejor que pudisteis. Ahora, si sabéis por qué fue así y seguís vuestro programa de entrenamiento correctamente para alcanzar otra vez el máximo nivel el día de la carrera que deseáis ganar esta temporada, entonces pienso que sabéis cómo debéis entrenaros. Pero hasta que no consigáis hacer esto, no tenéis ni idea. Sólo sois unos buenos atletas que, un día, sin daros cuenta del porqué, hicisteis una buena carrera».
Frecuentemente hago referencia a Lasse Virren. Después de sus primeros éxitos olímpicos, Virren se lesionó y no pudo correr durante un par de temporadas. Sin embargo, luego volvió en tan buena forma como antes. Los americanos le acusaron de dopaje, cosa bastante ridícula. El motivo era simplemente que yo había enseñado a los finlandeses a elaborar un programa y a seguirlo para conseguir el máximo nivel cuando lo desearan; y los finlandeses me habían escuchado y habían aprendido. Virren conocía el programa que le proporcionó su primera medalla olímpica. Todo lo que tenía que hacer para continuar ganando era repetirlo.
La mayoría de los medallistas de los Juegos de 1992 no eran los mejores atletas, sino los mejor preparados el día de la competición. No puedo dejar de hacer hincapié en ello con suficiente énfasis: hay un mundo de diferencia entre ambos tipos de atletas.
Los 10.000 m de los Juegos de 1992 son el ejemplo perfecto. Claro que alcanzar este nivel no es el final. Se puede continuar manteniendo este nivel una carrera tras otra, hasta que la condición física empiece a deteriorarse. Pero entonces hay que volver y recuperarse.
Sobre esto, de manera bastante sucinta, trata este libro. Es una guía cuyo objetivo es que consigas estos veintiún elementos a la vez en el lugar y en el momento adecuados. Así podrás lograr tus objetivos en atletismo.
Empezaremos por considerar por qué correr es un deporte adecuado para todo el mundo: desde un posible campeón olímpico hasta el hombre o mujer, chica o chico, que simplemente quieren disfrutar satisfactoriamente de este deporte para sacar más provecho de la vida a partir de la salud física y mental.

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Capítulo 2: ¿Por qué es importante correr?
El oxígeno es la clave para mejorar nuestro rendimiento como corredores y corredoras. Podemos gozar de buena salud sin estar en buena forma. O podemos estar en buena forma sin gozar de buena salud. Nuestro objetivo es lograr ambas cosas.
Lo primero que hay que saber es que la mayoría de las reacciones metabólicas del cuerpo humano dependen, directa o indirectamente, del oxígeno. La clave, por consiguiente, es conseguir el mayor nivel de absorción de oxígeno posible para alimentar los procesos metabólicos.
Lo segundo es que el único modo para conseguir el máximo nivel de absorción de oxígeno es hacer ejercicio con regularidad durante largas temporadas. Y la única manera de hacerlo, día tras día, es mantener el ejercicio a un nivel aeróbico, no a un nivel anaeróbico.
¿Cuál es la diferencia? El ejercicio aeróbico requiere de la presencia de oxígeno; el anaeróbico, no. Un músculo se puede contraer durante un tiempo en condiciones anaeróbicas de escaso suministro de oxígeno. Pero más pronto o más tarde, restaurar el suministro adecuado de oxígeno es esencial para la recuperación de este músculo. En caso contrario, dejará de funcionar eficientemente.
Los doctores Laurence Morehouse y Augustus Miller, en La psicología del ejercicio, dicen, básicamente, que el metabolismo aeróbico es mucho más eficaz que el anaeróbico, porque se obtiene más energía con cierta cantidad de alimentos cuando las reacciones se producen bajo condiciones aeróbicas. Por consiguiente, se deduce que la actividad aeróbica se puede sostener extrayendo energía del oxígeno que suministramos a los músculos operativos. Cuanto más efectivo es el suministro, más eficaz y duradera será la actividad.
Esto nos lleva al corazón, el músculo más importante del cuerpo. El corazón bombea y transporta sangre oxigenada desde los pulmones, a través del flujo sanguíneo, hasta los músculos. Debemos enseñar a esta bomba a trabajar progresivamente con mayor resistencia. Así llevará más sangre y con más oxígeno a cualquier lugar. En el cuerpo sólo hay un grupo de músculos que puede trabajar tanto tiempo y tan arduamente manteniendo razonablemente alta una presión aeróbica en la sangre que circula por los sistemas vascular y cardiorrespiratorio, y conseguir el resultado deseado. Esos músculos son los cuádriceps, los grandes músculos de la parte delantera del muslo.
Un estudio realizado en diversos deportes ha llegado a la conclusión de que la actividad que mejor favorece esta presión aeróbica constante es el esquí de fondo. Cuando se practica este deporte se trabajan todos los músculos. Pero el que mejor trabaja es el cuádriceps. No todo el mundo puede practicar fácilmente esquí de fondo durante todo el año. Afortunadamente, hay una actividad sustitutiva que está al alcance de prácticamente casi todos: correr.
El acto de correr levanta el peso del cuerpo contra la gravedad. El corredor utiliza sobre todo la parte superior de las piernas y los músculos de los músculos con la suficiente fuerza y el tiempo necesario para lograr mejores resultados que si pedaleara (que es el segundo deporte más adecuado para mejorar la capacidad aeróbica), remara o caminara.
Nadar, por ejemplo, estaría por debajo en esta lista, porque el peso del cuerpo flota en el agua. Cuando los nadadores han alcanzado un nivel de resistencia y de habilidad técnica, pueden deslizarse por el agua bastante bien sin demasiado esfuerzo y sin ejercer este necesario nivel de presión en el corazón que necesitan los corredores. Compara a nadadores al final de una carrera de 1.500 m con corredores que acaban de competir en la misma distancia.
Correr puede ser la piedra angular de una buena forma física, pero dependerá del seguimiento de un programa que nos permita mantener esta presión aeróbica al máximo nivel —hasta alcanzar casi el esfuerzo anaeróbico— durante un largo periodo de tiempo.
No se puede construir una casa sin unos fundamentos sólidos; no se puede construir una buena condición física sin unos fundamentos aeróbicos consistentes. Podemos practicar ejercicios diversos para desarrollar fuerza y rendimiento muscular, pero también necesitamos resistencia muscular si queremos alcanzar una auténtica buena forma.
Entre mis fotografías preferidas hay una de dos grandes lanzadores de pesas alemanes que están de pie al lado de una corredora de maratón. Ésta pesaba la mitad que los lanzadores de pesas, pero los tests determinaron que su consumo cardíaco era el doble que el de ellos. Estos enormes atletas, en resumen, podían mover pesos pesados a una distancia considerable, pero tenían un rendimiento vascular y cardiorrespiratorio pobres. El de la chica menuda, alcanzado mediante una preparación aeróbica larga, era cien por cien mejor.
A medida que nos hacemos mayores, necesitamos no sólo fuerza muscular para mantener atléticos nuestros músculos, sino también mejorar nuestro sistema cardiovascular. Inhalamos mucho oxígeno pero, a menos que tengamos un buen rendimiento, también consumimos mucho. Si podemos mejorar la circulación sanguínea por minuto desde el corazón a los pulmones, y a la inversa, tendremos la posibilidad de asimilar más oxígeno.
Y, por supuesto, una vez que conseguimos que una cantidad de oxígeno extra entre en nuestro cuerpo, podemos mejorar el sistema circulatorio. Sabemos, a partir de pruebas realizadas a personas mayores, que han sido senderistas, corredores de fondo o ciclistas, que sus sistemas circulatorios están muy definidos y son muy eficientes; muchas veces están más desarrollados que los de las personas sedentarias.
Si queremos mejorar nuestra capacidad de transporte de oxígeno y utilizarlo, igual que el azúcar en sangre a través de la resistencia muscular, necesitamos unos buenos lechos capilares. Éstos se pueden desarrollar considerablemente utilizando aeróbicamente y de forma continuada grupos de músculos durante un largo periodo de tiempo.
Todas las células vivas, plantas y animales por igual, contienen mitocondrias, llamadas acertadamente centros neurálgicos del sistema celular. Las mitocondrias metabolizan los carbohidratos y los ácidos grasos en dióxido de carbono y agua, y en ricos compuestos de fosfatos de energía. Las células consumen energía en todas las actividades de nuestra vida: crecimiento, movimiento, irritabilidad, reproducción y otros.
El número de mitocondrias por célula puede oscilar de unos pocos a más de mil. Las mitocondrias se mueven, cambian de tamaño y de forma y se fusionan con otras para formar estructuras más grandes. En otras ocasiones se dividen para formar otras más pequeñas. Generalmente, se concentran en la zona de la célula con el índice más alto de metabolismo.
Las células vivas no son motores térmicos y no pueden utilizar energía térmica para conducir estas reacciones. En su lugar, tienen que utilizar energía química, sobre todo en forma de enlaces de fosfato ricos en energía.
El trifosfato de adenosina (ATP) es una sustancia química y es la fuente de nuestra energía. El ATP almacenado en los músculos operativos es suficiente para trabajar durante sólo unos segundos. Los músculos también contienen fosfocreatina, que está ahí para rehacer el ATP. Ésta, también, es limitada a unos 15 o 20 segundos de esfuerzo intenso.
Aquí es donde hay que tener en cuenta el delicado equilibrio entre ejercicio aeróbico y anaeróbico. Un corredor de maratón, con un ritmo de esfuerzo moderado, puede obtener suficiente oxígeno para quemar grasa corporal y glucógeno de manera eficiente. Esto permite al ATP recuperarse rápidamente después de consumirse. Un corredor preparado que trabaja aeróbicamente podrá continuar durante varias horas. En el caso de un corredor de élite, podrá hacer un esfuerzo aeróbico constante diariamente.
Lo que ocurre cuando un corredor esprinta o cambia su ritmo de esfuerzo a una fase anaeróbica es que el oxígeno no se absorbe lo suficientemente rápido para la grasa y la descomposición del glucógeno. En consecuencia, el cuerpo engañará y descompondrá el glucógeno sin oxígeno.
La diferencia es que el metabolismo aeróbico produce residuos inofensivos, que son agua y dióxido de carbono; en cambio, el metabolismo anaeróbico produce ácido láctico, que, al acumularse, evita progresivamente que los músculos se contraigan.
El sistema anaeróbico funcionará temporalmente, incluso durante una carrera larga, con un ritmo de esfuerzo básicamente aeróbico —cuando encara una cuesta dura o acelera de pronto, por ejemplo—, y sin duda también lo hará cuando el metabolismo aeróbico deje de suministrar la energía que necesita para mantener el ritmo. De hecho, incluso cuando se empieza una carrera lentamente, es probable correr anaeróbicamente hasta que el mecanismo aeróbico reacciona y se encarga de ello. Hay que preparar el mecanismo aeróbico: esto conviene tenerlo presente para no salir demasiado rápido en las carreras o en las sesiones de entrenamiento, o al hacer un calentamiento poco adecuado.
No importa si se respira con dificultad o si se respira profundamente, pues el oxígeno que los músculos pueden utilizar se limita a su máxima capacidad aeróbica o al máximo consumo de oxígeno, conocido como VO2. Se calcula por la cantidad de oxígeno que se puede consumir en cada minuto dividida por el peso libre de grasa. Por consiguiente, si todas las demás variables son las mismas, una persona gruesa puede utilizar más oxígeno que una delgada.
Naturalmente, el VO2 varía ampliamente. Un hombre activo de unos veinticinco años puede usar entre 44 y 47 ml de oxígeno por cada kilo libre de grasa cada minuto. Los corredores con mayor resistencia pueden aumentar su capacidad a más de 70 ml/kg/m. La media de la marca de las mujeres es menor que la de los hombres porque, en proporción, su masa muscular es menor. Pero la brecha entre la capacidad de VO2 entre hombres y mujeres disminuye con rapidez, pues las mujeres están siguiendo programas de entrenamiento tan duros como los de los hombres.
Hasta qué punto el VO2 puede variar se puede ver en cualquier maratón.
Los mejores corredores mantienen aeróbicamente la velocidad con un VO2 más alto durante casi cinco minutos aproximadamente a lo largo de 1,5 km; en la cola de la carrera están los corredores que no pueden cubrir 1,5 km a este ritmo, porque podría resultarles totalmente anaeróbico. Una capacidad aeróbica inferior significa que pueden correr unos metros consecutivos sólo a un ritmo mucho más lento.
En el ejercicio aeróbico, una molécula de glucógeno forma 38 moléculas de ATP. El ejercicio anaeróbico sólo produce dos. Morehouse y Miller, en La psicología del ejercicio, consideran que un trabajo anaeróbico intenso sólo es un 40 por ciento tan eficaz como el trabajo aeróbico.
El corredor de élite cubre largas distancias a grandes velocidades aeróbicamente porque sus músculos se pueden colapsar y liberar grasa de las células adiposas y oxidar la grasa como combustible. Durante el ejercicio submáximo la grasa es el principal combustible. Cuando los músculos están metabolizando grasa principalmente, la demanda de oxígeno es mayor que cuando se quema glucógeno, lo que significa que se debe coger más aire o disminuir la velocidad. Por consiguiente, la grasa no es el combustible más adecuado para correr velozmente.