Kitabı oxu: «¿Sabes lo que pasa cuando dices que me quieres?»

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Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2021 Macarena Sánchez Ferro

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

¿Sabes lo que pasa cuando dices que me quieres?, n.º 290 - marzo 2021

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

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Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Shutterstock.

I.S.B.N.: 978-84-1375-296-9

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1. Carta de la directora: un nuevo rumbo

Capítulo 2. Índice: en este número…

Capítulo 3. ¿Nuevo en la oficina?: no dejes que nadie huela tu miedo

Capítulo 4. ¡Muévete!: que el desánimo no te venza

Capítulo 5. Pesas o running: ponte guapo sin morir en el intento

Capítulo 6. Jardinería: que las malas energías no acaben con tu jardín

Capítulo 7. Trabajo: cuerpo y alma, el conjunto perfecto

Capítulo 8. Psicología: que cumplir años siempre sea una fiesta

Capítulo 9. Belleza: un esfuerzo más. La recompensa está solo a un paso

Capítulo 10. Nuevas amistades: cómo acercarte sin que te arranquen la cabeza

Capítulo 11. Tauro: hoy es tu día. El amor de tu vida se acercará inesperadamente

Capítulo 12. Salud y equilibrio: dieta y ejercicio, los mejores aliados para tu bienestar

Capítulo 13. Prepárate para la fiesta: los complementos para el triunfo o para la desgracia

Capítulo 14. Menú de batalla: platos ligeros para antes de ir a la guerra

Capítulo 15. Fuerza de voluntad: la mente es tu aliada

Capítulo 16. El esfuerzo final: prevén las lesiones con un buen calentamiento

Capítulo 17. Planes de victoria: el primer paso es el ataque

Capítulo 18. Trajes de noche: escoge el modelo que te hará triunfar

Capítulo 19. Planificación perfecta: que las sorpresas no alteren tu vida

Capítulo 20. Apocalipsis: que el fin del mundo no te pille desprevenida ni despeinada

Capítulo 21. Cambio de parejas: la compatibilidad lo es todo

Capítulo 22. Recompensas: caprichos ligeros y saludables

Capítulo 23. Nueva vida: empieza con buen pie

Capítulo 24. Sábado de fiesta: trucos para triunfar

Capítulo 25. Tips para ser un triunfador: camina como un triunfador, habla como un triunfador, tropieza como un triunfador

Capítulo 26. ¿Sabes lo que pasa cuando dices que me quieres?

Capítulo 27. Estrategia para sobrevivir al día después: analgésicos y una maleta

Capítulo 28. Tres horizontal, ocho letras: alteración emocional causada por algo imprevisto o inesperado

Capítulo 29. Convivencia: impón reglas precisas a tu nuevo compañero de piso

Capítulo 30. Cuéntaselo a Enna: consejos sentimentales para inútiles

Capítulo 31. Cocina: platos para triunfar en pareja

Capítulo 32. Asalto a la fama: actitud, actitud, actitud

Capítulo 33. ¡Muévete!: el triunfo está al alcance de tu mano

Epílogo. Editorial: un nuevo comienzo… otra vez

Agradecimientos

Capítulo 1

Carta de la directora: un nuevo rumbo

Hace unos meses nos dirigíamos a nuestros lectores para preguntarles qué echaban de menos, qué añoraban, qué demandaban de nosotros.

Tras un exhaustivo estudio de las peticiones, os anunciamos la nueva Oh! La mode…: más fresca, más actual, pero, sobre todo, más pegada a la realidad de nuestros lectores.

Por y para vosotros, en este primer número de esta nueva etapa, que se avecina apasionante, presentaremos secciones que estamos seguros os encantarán.

Porque nos gusta escucharos, como a vosotros os gusta leernos…

—Un poco… sentimental.

Lola Godrick clavó en el nuevo miembro de su equipo una mirada que en un tiempo no demasiado lejano le hubiera hecho temblar. Sin embargo, tal vez porque Reuben Barton provenía de la prensa deportiva y era evidente que no tenía ni idea de quién era ella, fue compasiva y sonrió. Esa sonrisa casaba, además, con su nueva imagen de accesibilidad.

La accesibilidad, ya se lo había dicho su terapeuta, era algo que apreciaba la gente de la calle. Y atraería ventas, según ese estudio de mercado que tanto dinero y lágrimas le había costado.

—No te he pedido tu opinión, querido.

Reuben sintió por primera vez el peso de su gélida sonrisa y Lola se sintió complacida al ver que se erguía en la silla, se alisaba el pantalón del traje, de pésima calidad y de un tono gris demasiado claro para su tono de piel, y comprobaba los botones de la chaqueta. Uno de ellos estaba flojo y no tardaría en caer, sobre todo si seguía tirando de él por los nervios.

Era agradable poder soltar zarpazos de vez en cuando para que a una no le perdieran el respeto. Una cosa era pretender parecer moderna y buena persona, y otra que de verdad lo fuera.

El hombre que le habían recomendado para que ayudara a revitalizar, cual ave fénix, su revista moribunda llevaba un corte de pelo que delataba poca atención hacia su nuevo puesto y hacia sí mismo, demasiado largo y despeinado. Hacía horas que se había afeitado por última vez y llevaba la corbata torcida y arrugada, por no hablar de que era de un tejido sintético y con un estampado ridículo, con escudos con animales rugientes. Tuvo que apartar la mirada al ver que llevaba los calcetines a juego con la corbata. Un hombre con su atractivo debería haber aprendido a vestirse solo a su edad. Tal y como se había presentado, cualquiera diría que su madre todavía le escogía la ropa interior, en paquetes de ahorro y de oferta.

Reuben podía ser un genio del periodismo, o eso le habían asegurado, quizás con cierta ironía, pero no tenía ni idea de cómo vestirse. Durante unos segundos, trató de imaginárselo en el papel que ejercería en Oh! La mode…, pero desistió, porque estuvo a punto de sufrir un aneurisma, y ella quería morir de algo espectacular y a la altura de su importancia en el mundo de la moda, como una bomba nuclear. Tendrían mucho trabajo con él. Por suerte, podría delegarlo en otros.

El pobre hombre desentonaba tanto en su despacho decorado con estilo minimalista, pero con pequeños destellos de color, como rebeldes pinceladas que delataban su gusto por salirse de las normas establecidas, que Lola se preguntó por un instante si no se equivocaba al dar ese paso. La situación era mala en la revista, pero siempre había otras decisiones que se podían tomar, medidas desesperadas que no exigieran meter a tipos que vestían calcetines con leones rampantes en el equipo. Cambiar el rumbo de una manera radical podía salir bien, pero también podía acabar con Oh! La mode… para siempre. Y eso podía ser… Prefería no planteárselo siquiera.

—Tim —dijo, sacudiendo la cabeza de un pelo negro de un tono tan oscuro que parecía absorber la luz reinante en la habitación y abriendo un cuaderno de tapas de un violento tono morado. Ante el sonido de su voz, su asistente, un joven de piel irritada y aspecto nervioso, se irguió en la silla hasta que pareció que estaba a punto de saltar—. Acompaña a Reuben a la sala de reuniones y diles que iré en unos minutos. Y comprueba que estén todos, no me gustaría tener que esperar para la presentación.

Tim se puso en pie y se colocó junto a Reuben, que lo miró desde su asiento, como si esperase una señal. Sin embargo, el joven se limitó a esperar, apretando su agenda de modo espasmódico. Con un suspiro, Reuben se puso en pie.

—Pensaba que iba usted a explicarme qué iba a hacer aquí. Porque yo no sé nada de… —señaló a su alrededor, con cierto aire de desprecio que no pudo evitar; fue una suerte que ella no lo estuviera mirando— moda.

Lola parpadeó y levantó los ojos de su libreta, sorprendida de que todavía estuviera allí y esperase su atención.

—Lo hablaremos en la reunión. —Su tono fue tan seco que él tuvo la sensación de que estaban hablando de su castigo por haber robado un pan y no de su nuevo trabajo—. Hasta luego, Reuben. Y suerte.

Los pasillos que llevaban a la sala de reuniones eran tan fríos como el despacho de Lola. La única decoración eran las portadas de los números más famosos de la revista, flores solitarias en jarrones de cristal tan frágiles que parecían a punto de deshacerse ante la más mínima vibración fuera de onda sobre mesitas de metacrilato transparente, todo a juego con una música apenas perceptible, pero irritante.

A pesar de que el ambiente era lo que Reuben consideraría femenino de un modo casi opresivo, no había nada de dulce o acogedor en ese lugar. Era como la consulta de un dentista o como se imaginaba que sería una clínica de fertilidad para gente muy rica, lleno de luces brillantes y aterradoras, donde todo el mundo parecía tenso e infeliz.

—Antes de que te atrevas a pedirme nada, te diré que solo ella y algunos escogidos me llaman Tim. Nadie más. Por supuesto, tú no estás entre ellos. Para ti seré Timothy. Cada vez que escucho Tim es como si alguien hiciera sonar una campana en mi oído y lo odio.

Reuben se preguntó si debería reír ante esas palabras, pero Tim… Timothy no parecía considerarlas un chiste, a juzgar por su expresión seria e incluso amenazadora. Visto de cerca, pudo ver que su rostro no solo parecía irritado, sino que su piel estaba descamada y se desprendía a la altura de la frente y las mejillas, como si se hubiera escaldado. Todo el resto lucía enrojecido y con una pinta horrible.

—Tú puedes llamarme Reuben.

Timothy se detuvo, como si no esperase su respuesta o la considerase un ataque. Lo miró con los ojos entrecerrados hasta que el picor de la cara le hizo frotársela con fuerza, haciéndole perder la pose imponente.

—La gente aquí es muy profesional, Reuben, y se toma muy en serio su trabajo. —Lo miró de arriba abajo antes de volver a caminar—. Te recomiendo un cambio de armario si no quieres que te despellejen el primer día. Victoria en particular es muy especial en cuanto a la etiqueta en todas las ocasiones y, quieras o no, esto es una revista de moda, y una de prestigio. Tendrás que vestir de modo apropiado durante el tiempo que dures. Que no se note que te han contratado porque conoces a alguien que conoce a alguien. —La mirada de Tim al decir esto fue tan venenosa que Reuben sintió deseos de soplarle en la cara para que le picase todavía más, por víbora.

Sin embargo, lo que más le molestó de todo lo que había dicho el muy idiota fue que, en efecto, estaba allí por enchufe y que no tenía ni idea de moda ni de lo que iba a hacer. Aunque, si lo pensaba bien, ahora se preguntaba si la recomendación era un favor o un castigo. Una cosa era que estuviera pasando una temporada de necesidad, pero aquello tal vez fuera caer demasiado bajo.

Joder, qué iban a decir sus colegas cuando se enterasen de que había terminado en una revista de tías.

Incómodo, pensó que no se había planteado nada de todo eso cuando había recibido la llamada de Lola ni al entrar allí. Más bien al contrario. Un trabajo era un trabajo. Un periodista tenía que estar dispuesto a hacer lo que fuera, sobre todo si era uno de los buenos como él.

Solo cuando había hablado con la jefa y con ese mequetrefe de Tim sobre su aspecto, que a él no le parecía tan malo, había visto ese lugar, y le habían empezado a asustar con lo de desearle suerte, había empezado a preocuparse. Cualquiera diría que se dirigía al matadero.

Intentando parecer elegante y guapo, Reuben se sacudió la chaqueta con nerviosismo y, al hacerlo, el botón que bailaba saltó al suelo, rodando hasta los pies de Timothy, que sonrió con algo cercano al desprecio.

La expresión «muy profesional» le había sonado a insulto, por no hablar de la sonrisa de ese joven que parecía a punto de perder la piel de la cara con solo suspirar. ¿Qué tenía de malo su traje? Le había servido durante años en su anterior redacción, en entrevistas, en giras, en ruedas de prensa, y jamás ningún jefe se había quejado. Solo faltaba que le dijera que su corbata no era adecuada.

—Y esa corbata… —añadió Timothy, como si escuchara sus pensamientos, levantando un dedo largo y esquelético para apuntar a uno de los escudos con león rampante que pululaban por el poliéster rojo.

—Oye, Tim… —Reuben le apartó el dedo de un golpe, con ganas de metérselo en un sitio donde no le haría tanta gracia—. Que sepas que esta corbata es el símbolo de uno de los equipos más antiguos y dignos de este país, así que no se te ocurra decir nada de lo que puedas arrepentirte.

Un carraspeo hizo que los dos se girasen hacia la puerta de la sala de reuniones.

Reuben sintió que lo que fuera que estaba a punto de decir moría en sus labios. Junto a la puerta, lo más cercano a un ángel caído en la Tierra lo recorría de arriba abajo con una mirada llena de curiosidad y cierta irritación, deteniéndose en la parte baja de su chaqueta, abierta por culpa del botón desaparecido.

Llevaba un traje de color claro que él no sabría nombrar y que solo podía calificar de elegante, con una falda hasta la rodilla, sin mostrar ni un centímetro más de lo debido, y con una chaqueta ceñida, pero sin llegar a lo indecoroso. Sus pies calzaban unos tacones de al menos diez centímetros. Sin ellos, seguiría siendo una mujer alta y esbelta. Su cabello era oscuro y largo, de la longitud justa para rozar los hombros, de una forma de seguro tan estudiada como todo el resto de su aspecto. Y sus ojos… en su vida había visto unos ojos como aquellos: azul oscuro, grandes, espectaculares. Y en ese momento estaban llenos de desaprobación.

Solo en ese instante fue consciente de que tal vez su traje ya no fuera tan adecuado como había creído instantes antes.

—Victoria —dijo Tim, dando un paso hacia ella, con la voz llena de ansiedad—. Este es el nuevo chico de los deportes, Reuben Barton —añadió, haciendo en su dirección un gesto que le hizo pensar que le presentaba como una maldición egipcia—. Viene recomendado.

Ella esbozó una sonrisa tirante y exenta de humor, como si eso lo explicara todo. Se agachó y recogió algo del suelo. Tendió una mano y lo depositó en la palma sudorosa de Reuben.

—Creo que esto es suyo —dijo, antes de dejarlos para volver a entrar en la sala, de la que salía un coro de voces y risas digno de cualquier pub.

Reuben se miró la mano y sonrió al comprobar que se trataba del botón que se le había caído.

Mientras Tim lo dejaba solo en el pasillo, dándolo por imposible, Reuben se sintió optimista ante su futuro.

Al fin y al cabo, acababa de enamorarse.

Capítulo 2

Índice: en este número…

Reuben se removió en su silla mientras trataba de tomar todas las notas posibles, al mismo tiempo que intentaba no dar la imagen, totalmente cierta, por otra parte, de que no entendía nada de lo que se contaba en esa sala.

Al entrar casi había suspirado de alivio al ver que se trataba de una sala de reuniones normal, con una cafetera, un hervidor eléctrico, algo para picar, sillas alrededor de una mesa llena de papeles y carpetas a rebosar. Hasta ahí todo era como en el resto de redacciones donde había trabajado, solo que con una apabullante abundancia de tonos blancos y luz estridente. Lo que ya no lo era tanto era la gente que lo miraba como si fuera un infiltrado.

A Victoria ya la conocía. Le dio un vuelco el corazón al ver que lo miraba, aunque solo fuera para olvidarlo al instante. Timothy lo dejó también en cuanto se encontró rodeado de sus iguales, solo junto a la puerta y mirando a su alrededor como el niño nuevo de clase.

Nadie más se presentó, siguieron hablando como si ni siquiera hubieran notado su presencia. Al principio lo agradeció. No mucho después se sintió avergonzado y al final irritado. ¿Acaso no sabían quién era? ¡Era su nuevo compañero! ¿No deberían fingir que era bienvenido?

—Buenos días, señores. ¿Qué tenemos? —preguntó, como había hecho cada mañana al entrar en salas de reuniones como esa en sus anteriores puestos.

Pero si quería causar miradas de reconocimiento o siquiera de sorpresa, fracasó estrepitosamente. Solo Tim (en adelante sería Tim para él, con campanas sonando en su cabeza o no) se dignó alzar la vista de lo que hacía para ignorarlo unas décimas de segundo después.

Ahogando un gruñido de frustración, Reuben traspasó el umbral, decidido a actuar como lo que era, el único redactor de aquella revista que vivía en el mundo real y que escribiría sobre cosas que les importaban a las personas normales.

Estaba a punto de sentarse en la silla libre, que era la que presidía la mesa cuando, entonces sí, se escuchó un grito unísono y aterrador, que lo dejó paralizado con el trasero rozando el asiento.

—¡Ahí no!

—Es la silla de Lola —se dignó explicarle una mujer de edad indefinida, como congelada entre los treinta y los cuarenta años, de sonrisa dulce—. No le gusta que nadie se siente ahí.

Reuben se irguió, sintiéndose el centro de todas las miradas por primera vez desde que había llegado. Desde luego, su aterrizaje estaba siendo de todo menos tranquilo.

—Puedes sentarte ahí, Reuben —dijo Tim, señalando una silla plegable colocada contra la pared, bien lejos de la directora y editora, y de la acción, dejando en evidencia que nadie consideraba que tuviera ningún derecho a estar ahí.

Hizo un esfuerzo por sonreír e hizo un gesto magnánimo en dirección al asistente de Lola, mientras se acercaba a la silla señalada, la abría, la arrastraba, haciendo que las patas chirriasen contra el suelo, y la colocaba junto a la que había estado a punto de usar, desplazándola.

Todos los presentes lo miraron como si no pudieran creer lo que acababan de ver.

Podían mirarlo como quisieran, pero lo habían contratado diciéndole que tendría un estatus especial en la revista y que sería un colaborador cercano a la jefatura. En ningún momento se lo había creído. Había escuchado eso mismo un montón de veces y jamás había sido verdad, pero por ver esas caras merecía la pena hacer un alarde de fuerza. Por lo pronto, se sentaría al lado de la señora Godrick, le pesara a quien le pesara.

—En fin, trabajemos —declaró Reuben, uniendo las manos ante la barbilla, fingiendo una serenidad que no sentía en absoluto.

Una a una, todas las miradas se desplazaron de su cara y su inapropiada corbata hasta las carpetas llenas de documentos y fotos que tenían ante ellos. Reuben, que no tenía carpeta, sacó una libreta y un bolígrafo de un bolsillo interior de la chaqueta y comenzó a apuntar todo aquello que le pareció interesante, así como dudas que preguntaría más adelante a la mujer rubia de edad indefinida que le había hablado antes, que parecía la más simpática de todos en aquel lugar. Pocos minutos después, sudaba tinta para seguir el ritmo de las charlas. No era solo que hablaran rápido, además lo hacían en idiomas extraños.

—Todo ese artículo es tan demodé que no me extrañaría que Aristóteles Onassis se levantase de su tumba para posar para tus fotos —dijo con acidez un caballero con cabellos plateados e impecable pajarita con lunares blancos sobre fondo azul marino—. Además, sería lo más moderno de todo el conjunto.

Victoria se retorció en su silla, haciendo asomar una ligera arruga de disgusto a su perfecto rostro.

—Querrás decir que es vintage, querido Ambrose. Demodé es tu aroma a polvo de talco.

Ambrose emitió una risa sarcástica que hizo que Reuben sintiera simpatía por lo que fuera que había escrito Victoria. ¿Qué podía saber ese carcamal de moda y elegancia si vestía como un mamarracho?

—A todo lo que huele a naftalina de la abuela lo llaman vintage ahora.

—Seguro que tú de naftalina sabes un poco…

Ambrose no pareció afectado por la puñalada, sino que miró a la joven casi con cariño.

Reuben se preguntó si todas esas reuniones eran así o solo había llegado en el mejor momento.

¿Sería de mala educación salir para comprobar el correo electrónico? Esa sala podía ser muy moderna, pero la cobertura telefónica era horrible. Se aburría entre tanto duelo dialéctico en el que no le dejaban meter baza.

Apuntó con aire diligente un par de nuevas palabras en su libreta: demodé y, sobre todo, vintage. Si la habían usado tantas veces, debía de ser importante. No estaba seguro de cómo se escribían, pero lo comprobaría en cuanto saliera de allí y tuviera acceso a Internet.

A esas horas ya debería haber recibido alguna respuesta a los currículums que había enviado. Estaba claro que aquel no era su lugar.

Justo cuando estaba a punto de disculparse para salir, alguien más entró en la sala, maldiciendo por lo bajo.

Una nube de tejido azul brillante y dorado pasó junto a él, arrastró una silla y se dejó caer en el asiento, justo a su lado, sin disculparse por interrumpir.

—¿Eso que llevas es un chándal?

La mujer que llevaba la prenda deportiva se giró hacia Victoria, que la miraba de arriba abajo, a medio camino entre la estupefacción y el dolor.

—Es un Stella McCartney. Madonna tiene uno igual.

La boca perfecta de Victoria se estiró apenas en una sonrisa de desprecio.

—Eso no quiere decir que no sea horrible.

La recién llegada colocó la cabeza sobre la mano y miró a su crítica con ironía. Al hacerlo, una coleta larga y pesada cayó sobre el brazo de Reuben, que lo apartó con nerviosismo, como si cualquier contacto con una persona que le llevara la contraria a su adorada Victoria pudiera ser considerado por esta como una traición.

—Puedes decírselo a ella la próxima vez que la veas.

—Joanne, tarde otra vez. Que sea la última, sabes muy bien que, en este momento, tal y como van las cosas, no me importaría prescindir de un sueldo.

Todos se giraron hacia Lola, que acababa de entrar, acaparando toda la atención al instante. El silencio que se hizo fue tan pesado que Reuben escuchó el tictac del reloj que le habían regalado cuando ganó el Premio al Mejor Reportaje Deportivo del Año en 2015.

Joanne tuvo la decencia de avergonzarse, aunque muy pronto se repuso, sobre todo al notar a su lado la presencia de alguien desconocido y todavía peor vestido que ella.

—¿Y tú quién eres?

En otras circunstancias, a Reuben le habría hecho gracia la situación, porque ella era la única que se había dado cuenta de que ni siquiera le habían dejado presentarse, pero en ese momento lo único que quería era pasar desapercibido. O salir corriendo para no volver. Lo que doliera menos a su orgullo.

Se giró hacia ella, dispuesto a responder, y se encontró con que ella se había acercado tanto que tenía su rostro casi pegado al suyo. De cerca, sus ojos pintados con unas sombras tan estrafalarias como los tonos de su ropa, eran grandes y curiosos, de un verde oscuro que, estaba seguro, solo se podía apreciar a una distancia tan corta. Además, su boca pintada con un brillo de un rosa tan profundo que casi dolía verlo, tenía una forma extraña, como si estuviera del revés, con el labio inferior un poco más grueso que el superior, dándole un aspecto enfurruñado.

No era guapa, ni fea, o tal vez sí, era imposible saberlo con aquella cantidad de maquillaje.

—Soy… —comenzó a decir, pero lo interrumpió un carraspeo proveniente de Lola, que miró lo que hasta ese momento había sido su lugar incontestable y se sentó sin decir una palabra acerca de la silla que ahora había junto a la suya.

Con ese solo gesto, el ambiente general se relajó al instante. Reuben pensó, de un modo demasiado inocente, que Lola le había abierto las puertas de la revista de par en par y que ya nadie cuestionaría su presencia en esa sala, e incluso en ese lugar de la mesa.

—Chicos, os presento a nuestro nuevo redactor de deportes, o lo más parecido a una sección de deportes que podemos tener en una revista de moda —dijo, sin levantar la vista hacia los demás, como era evidente que era su costumbre—. En la encuesta que hicimos, y que nos costó un riñón, por cierto, la gente nos expresó su absurdo deseo de tener una sección donde ponerse en forma y mostrar las nuevas técnicas de eso… cómo se llama… como sea… Por eso decidí traer a alguien experto en deportes. Pregunté por ahí quién podría hacerlo y me recomendaron a Reuben. —Lola dio una palmada y señaló a Reuben, como si los deseos de los lectores fueran bobadas y todos se rieron con ella. Por unos segundos, se sintió como un memo allí, sentado, mientras todos lo miraban casi con lástima. Esa mujer lo hacía sonar como que lo había comprado de rebajas—. Seguro que él encuentra cosas que contar a esa gente preocupada por la licra y las mallas. Es nuevo en nuestro sector, pero estoy segura de que tiene muchas ganas de empaparse del ambiente de Oh! La mode…, ¿verdad, querido? —terminó, alzando la vista hacia él, con una sonrisa que Reuben consideró a medio camino entre la burla y el ánimo.

Reuben entrecerró los ojos y se preguntó si alguna vez se había sentido tan insultado, pero supuso que, teniendo en cuenta que llevaba tres meses sin trabajo y que tenía que comer y pagar su casa, quedaría feo levantarse y mandarlos a todos al carajo.

Se ajustó aquella corbata que todos odiaban, sonrió y se levantó.

—Estoy encantado de estar en… —de pronto pensó que sus conocimientos de la lengua francesa solo lo dejarían en ridículo si trataba de pronunciar el nombre de la revista tal y como ella lo había hecho. Afianzó su sonrisa, de un modo que sabía que sus hoyuelos se profundizaban, generando un aura de simpatía instantánea en sus interlocutores— en este maravilloso lugar. Estoy seguro de que vamos a trabajar mucho para sacar la revista adelante.

Al instante notó que el viejo truco de los hoyuelos no había funcionado. Las miradas se habían apartado de él con incomodidad, dejándolo con una sensación de abandono total. Al parecer, Tim no era el único que no lo quería allí.

—Espero que los vídeos se te den mejor, muchacho —dijo el tal Ambrose, con un tono cruel que no disimuló en ningún instante.

—¿Vídeos?

—Veamos, ¿qué tenemos para el mes que viene? —preguntó Lola, cortando toda posible reacción a sus palabras, si es que iba a haberla, tal vez fingiendo que no había notado el aura hostil de sus trabajadores hacia el nuevo redactor.

Si ya había pensado que aquello sería un infierno, Reuben supo que se había metido en la boca del averno cuando se enteró de en qué consistía su labor exactamente, y comprendió por qué Lola no se lo había querido decir a solas. Vídeos. En su cabeza, podía verse grabando estupideces, poniendo acento de tipo del centro de Londres, vestido con ropas de diseño, con mechas rubias y patrocinando bebidas energéticas.

¿Sección de deportes? ¡Ja!

Maldita vieja revenida y seca.

Ah, pero aquello no quedaría así. Llamaría a George, que le había ofrecido aquel puesto como si se tratase de la mismísima panacea y le… le… Dios, ni siquiera se le ocurría qué sonaba peor que decirle que lo hiciera él mismo, joder.

Y ni siquiera podía escapar de esa maldita sala de reuniones, sino que tenía que estar ahí, escuchando miles de bobadas sobre trapos y cremas antiacné y remedios para las arrugas, sin entender ni la décima parte de lo que decían. Por suerte, nadie esperaba ninguna aportación por su parte. Aliviado al saberse ignorado, retomó su libreta y, durante dos horas eternas, se limitó a tomar notas y más notas con letra apenas legible. Cualquier cosa con tal de no volver a sentir la mirada de franco menosprecio de Victoria sobre él.

—Ni hablar. Otra vez no.

Joanne se levantó de golpe, haciendo que las patas de su silla rechinaran contra el brillante suelo de linóleo que imitaba el mármol con bastante acierto. Vio cómo todos apretaban las mandíbulas en un gesto de franco desagrado, pero le dio igual. Se apartó la molesta coleta de un manotazo y plantó las manos en la mesa.

—Ya perdí dos páginas en el número pasado. Y ahora me quieres quitar cinco. ¡Cinco! ¿Cómo quieres que haga una sección entera con solo cuatro páginas? Tendría que eliminar al menos diez fotos para poder comprimir toda la información en ese espacio.

Lola colocó sus palmas juntas ante el rostro y observó a la persona que osaba enfrentarse a ella.

—Podría serte sincera y decir que nadie notaría la ausencia de tu sección. Ni la de Victoria, ni la de Ambrose, ni ninguna —añadió, para suavizar sus palabras, aunque Joanne había acusado el golpe de tal manera que había vuelto a sentarse, abatida—. He recortado todas las secciones para poder dar cabida a las nuevas, aunque cada uno solo sea capaz de ver el enorme daño que he infligido a su orgullo.

Joanne adelantó la mandíbula y miró al nuevo redactor de la sección de deportes, que no había dicho una sola palabra en toda la reunión. Si no había ido a trabajar, no sabía qué diablos pintaba allí. Sin duda, llamaba la atención. Vestía un traje de baratillo, de un color de esos que no combinaban absolutamente con nada que no fuera blanco o negro, y mal, además. Y luego llevaba una corbata que podría haber usado su padre en los años 70. Su pelo de color arena mojada necesitaba un buen corte y tenía los ojos oscuros y asustados de un niño que está pasando el peor examen de toda su vida. En general, los cachorros abandonados le daban pena, pero en ese momento ella también necesitaba ayuda, y ella misma era su prioridad, así que lo lamentaba por el nuevo.

—Necesito ese espacio.

Reuben notó por primera vez que era a él a quien le hablaba. Dejó de escribir y miró a Lola, que no dijo una sola palabra.

Joanne sonrió al verlo tan desconcertado. Ese hombre podía ser muy bueno allí de donde venía, pero estaba perdido desde el mismo instante en que había cruzado el umbral de la revista.

—Cuéntame por qué debería recortar mi sección para darte mis páginas —dijo él de pronto, sorprendiéndola. Tenía el aire de alguien que no tiene ni idea de lo que está hablando y, de repente, suelta la solución perfecta a un problema matemático—. ¿Es la más popular, la más leída, la que más influencia tiene, la más copiada? Solo en ese caso renunciaré a mi espacio por ti.

Joanne sintió que la rabia la obligaba a enmudecer. ¿Cómo defender su trabajo de años, la sección que le quitaba horas de vida y de sueño, la que la obligaba a hacer cosas impensables? Y todo ante alguien que no tenía ni idea de lo que suponía llevarlo a cabo cada mes, un año tras otro. Desde que había llegado a ese lugar, hacía cinco años, había pasado por todas las fases posibles en un puesto de trabajo, desde la ilusión, pasando por la rutina, al desencanto. Ahora solo quería hacer algo digno, al menos, ya que no le permitían hacer nada nuevo ni personal. Pero ¿cómo podía hacerlo si no tenía espacio para ello?

Y encima lo decía con esa tranquilidad, como si fuera la cosa más normal del mundo.

Reuben se levantó y dejó su libreta a un lado. Comenzó a caminar por la sala de reuniones, sabiendo muy bien que era el centro de atención desde el instante en que había hablado. Había pasado de ser un convidado de piedra a ser el centro de todas las miradas. Cierto que sus miradas no eran amables, sino más bien de desconcierto, pero al fin le prestaban atención.

—Veamos, usted —dijo, señalando a Ambrose— se encarga de la sección de belleza y salud. ¿Cree que es indispensable?

Ambrose Price se llevó una mano a la pajarita, ya impecable, y lo miró, como si no supiera muy bien qué se proponía. Joanne sabía muy bien que ese era un gesto destinado a ocultar su nerviosismo, aunque él siempre procuraba mostrarse impávido.

—No me hagas hablar, jovencito. Lo que vendemos en esta revista es tan vacío que a veces creo que deberían encerrarnos por estafa.

—¡Ambrose! —exclamó Victoria, negando con la cabeza, haciendo que su cabello oscuro perdiese su perfecta forma por unos instantes—. No puedes estar hablando en serio. Nuestros lectores nos buscan para tener una guía en la que basarse a la hora de saber vestir con estilo en ocasiones especiales, al menos en mi sección. Aunque no me preguntes qué buscan al leer a Miss Trapos, porque jamás lo entenderé —añadió, con una mirada ácida en dirección a Joanne.

—Ya habló lady Perfecta, que, según se rumorea, duerme en un ataúd de cristal —replicó Joanne con una sonrisa sin humor.

Reuben se detuvo y contempló la lluvia de reproches con asombro, como si no pudiera imaginar que en esa sala aquello era algo habitual. Joanne casi sintió compasión de él, al ver que levantaba las manos para instaurar la paz.

—Pues yo creo que todas las secciones son maravillosas e indispensables para cualquiera con buen gusto.

Todos se giraron hacia Enna McBride, sorprendidos. Esa mujer rubia y callada que acababa de llegar para encargarse de las nuevas secciones de hogar y familia, más pegadas «al mundo real», como decía Lola, era tan tímida que a veces olvidaban su presencia. De hecho, nadie sabía muy bien qué era lo que iba a hacer en su sección, pero alguien tan dulce solo podía hacer algo entrañable y familiar. Según decían, provenía del mundo de las redes sociales y los blogs, pero todos fingían no tener ni idea de qué era todo aquello, así que la ignoraban con todas sus fuerzas, aunque ella no parecía tenerles ningún rencor por ello y sonreía siempre con una dulzura que empezaba a resultar incómoda.

Un par de aplausos secos interrumpieron la escena. Lola, sentada en su silla, los contemplaba con serena frialdad. Parecía cansada y un poco aburrida, pero en absoluto acabada, como decían las malas lenguas.

—Bonito espectáculo. Espero que estés encantada, querida —dijo, dirigiéndose a Joanne, que se sintió avergonzada al instante por su infantil arrebato—, pero supongo que sabes que no podemos permitirnos esto ahora mismo. Reuben no puede decidir si renuncia o no a su sección para cedérsela a nadie. Él es un redactor como los demás y tendrá suerte si no le recorto páginas como a todos. Además, recordad que, además de lo que escribáis, tendréis que grabar algún tipo de contenido para las redes sociales y que tendrá que vender una imagen fresca y acorde con el espíritu de la revista y de la sección que representáis. Eso es lo que nos piden los lectores y, por desgracia, es lo que tenemos que hacer para sobrevivir. ¡No matéis al mensajero! —exclamó, levantando las manos—. No tengo que deciros que, si queremos seguir adelante, todos, y quiero decir todos —añadió, mirándolos uno a uno—, tendremos que aprender a sacrificar cosas que creíamos intocables, ya sea el número de páginas o espacios privilegiados. Incluso nuestra vida privada.

—¡Pero, Lola! —exclamó Victoria, que se había dado por aludida con sus últimas palabras.

La expresión de la directora se cerró de golpe al sentirse cuestionada. Comenzó a recoger sus cosas sin decir una sola palabra y se puso en pie.

—Hasta hace muy poco yo tenía la última palabra en esta sala —dijo, con mirada altiva, aunque voz ligeramente temblorosa—. Si creéis que tenéis una solución mejor, tal vez sea hora de que vosotros mismos la llevéis a cabo.

—Todo esto es ridículo —masculló Ambrose, pasándose una mano por el cabello plateado. Se lo veía incómodo e incapaz de mantener las manos quietas. Cuando acabó de atusarse el pelo, volvió a comprobar el lazo de la pajarita, aunque lo dejó en cuanto se dio cuenta de lo que estaba haciendo.

—No, no lo es —dijo Enna, levantándose y poniéndose junto a Lola. Le pasó una mano por el hombro, acercándola a sí, haciendo evidente que la poderosa Lola no le llegaba más que hasta el hombro—. Lola tiene razón, tenemos que ser un equipo para salir de la crisis en la que estamos. ¡Vamos, chicos, podemos conseguirlo!

Lola miró la mano que la sostenía con algo cercano a la repugnancia, pero Enna no se dio por enterada, como no fuera para acercarla más a sí.

Joanne la miró, asombrada ante tanto optimismo. No podía haber nadie tan positivo en el mundo. Si la situación no fuera terrible, sería digna de una comedia.

Sin embargo, a su alrededor pudo ver que el resto se rendía a su sencillez y su sonrisa inquebrantable. Incluso el nuevo redactor parecía tranquilo por primera vez desde que había llegado.

Miró a Victoria, que no parecía tan satisfecha como su sonrisa podía dar a entender. La conocía, y sabía que no cedería con tanta facilidad ni sus páginas ni sus ventajas como favorita en la revista. Incluso dudaba de que hiciera esos vídeos que le pedían. No, no la princesa de la revista, la mismísima lady Perfecta, que meaba Chanel Nº5. Ambrose tampoco se lo pondría fácil a Lola, por mucho que el viejo periodista siempre dijera que odiaba su trabajo, la revista, y todo lo que significaba.

En cuanto a ella, su sección sobre moda urbana había sido su vida durante los últimos cinco años, y no estaba dispuesta a rendirse sin luchar.

Tenía que haber una forma de salvar la revista sin cambiar su espíritu. Que los lectores pidieran algo en masa, no tenía que significar por fuerza que tuvieran razón.

Capítulo 3

¿Nuevo en la oficina?: no dejes que nadie huela tu miedo

La reunión acabó en cuanto Lola afianzó su poder sobre todos los presentes, dejando bien claro que, si era dura, era por el bien de los demás, como si de una madre o un dictador se tratase.

Abatidos y sabiéndose derrotados, los miembros de la revista dejaron uno a uno la sala, sin intercambiar palabra entre ellos. A solas de repente, Reuben se encontró con que no sabía qué hacer. Tenía notas que analizar y, sobre todo, un suelo sobre el que aterrizar, pero para eso tenía que averiguar antes dónde se suponía que iba a trabajar.

Volvió a atravesar el frío y desolador pasillo, esta vez en sentido inverso, hasta la recepción, donde había varias puertas sin rotular. Una, la más grande e impresionante, era la de Lola, así que la descartó al instante. Tim, que se había sentado tras un escritorio de aspecto moderno e incómodo, lo ignoró deliberadamente, a pesar de que, estaba muy seguro de ello, sabía lo que necesitaba.

Dio un par de vueltas por el vestíbulo, fingiendo no estar acechando detrás de cada puerta que se abría, hasta que Tim levantó uno de sus dedos finos y de aspecto huesudo y le señaló el pasillo por el que había venido.

—Pregunta por ahí, alguien te asignará una mesa y un ordenador. No esperes olor a rancio ni a testosterona, esto es una redacción moderna y limpia. De este siglo, digamos.

—Gracias, Tim.

Solo entonces salió el asistente de su apatía, mirándolo con los ojos entrecerrados y llenos de cruel ironía.

—Te crees muy gracioso, pero no durarás más que el anterior, que venía de sucesos. Lola pensó que tendría un lugar entre nosotros, y él también se creía listo e imprescindible, pero salió de aquí con el rabo entre las piernas.

Reuben sintió que, por primera vez, algo le estimulaba desde que había llegado. Les demostraría a aquellos estirados que podía levantar aquella revista llena de superficialidad de la nada y convertirla en algo que una persona inteligente podía leer sin sentir arcadas.

—Seguro que lo asustasteis en la primera y acogedora reunión de trabajo —replicó Reuben, con una sonrisa llena de encantadores hoyuelos que hizo rechinar los dientes al asistente perfecto—. Pero tranquilo, yo no me asusto con tanta facilidad, fui corresponsal de la sección de tiro de martillo femenina en los principios de mi carrera y una vez intentaron usarme de blanco. Cuando me fui, lloramos todos de pena. Si sobreviví a eso, esto será coser y cantar.

Pudo ver cómo un nervio palpitaba en uno de los párpados de Tim, mientras fingía no escuchar nada de lo que decía. Volvió a lo que fuera que estaba haciendo y lo ignoró hasta que Reuben decidió seguir por el pasillo en busca de alguien que lo ayudara.

—Bonito discurso, pero prepárate para el grupo de alimañas más terrible desde que existe la palabra escrita.

Reuben frunció el ceño al ver a un hombre vestido con una camisa como recién salida del tinte y una corbata negra aflojada con elegancia, todo ello completado con un traje que parecía salido del ropero de Beckham. Su corte de pelo demostraba que era del tipo que es capaz de perder dos horas de su vida hasta que cada mechón queda despeinado de la manera perfecta. Y esa persona estaba acechando tras él, casi oliendo su champú, esperando a que se alejara de Tim para saltar sobre su espalda. Nunca había tenido fobia por el contacto, pero le molestó de igual manera. ¿Acaso allí nadie lo respetaba?

—No pueden ser tan terribles —masculló, acercándose y rozándole con el hombro para pasar, dejándole claro que aquel era su territorio y que debía dejarle paso franco.

El desconocido se dio por aludido y lo siguió con una sonrisa divertida, al parecer, nada impresionado por su despliegue de carácter.

—Soy Donald Bergen, oficialmente el corrector de esta publicación de cuarta categoría, pero también me encargo de otras cosas, como el consultorio sentimental, o lo hacía hasta que ha llegado la rubia que siempre sonríe como si el mundo fuera bonito y estuviera lleno de globos, o el horóscopo. Ojo, porque si te descuidas, Lola te pondrá a crear crucigramas.

Reuben emitió una sonrisa cascada y se paró al llegar a una intersección entre dos corredores. Miró hacia ambos lados. Odiaba la idea de preguntarle a aquel sabelotodo, pero él le ahorró el dilema cuando le señaló el de la izquierda y luego lo acompañó hacia un cubículo que parecía una caja blanca vacía, salvo por un ordenador bastante nuevo y una silla de aspecto incómodo. Si no fuera porque tenía una puerta y cuatro paredes, aquello parecería una caja de zapatos. Probó la silla, pero se tuvo que levantar al instante. Compraría una nueva si no quería dejarse su sueldo en masajes.

—Reuben Barton, el nuevo redactor de deportes. Me han dicho que llevaré algo que se llama Muévete, pero no tengo ni idea de lo que es. Ojalá lo supiera, porque…

Donald levantó una mano para interrumpirle, como si su verborrea lo aburriese.

—Ya sé quién eres, lo sabe todo el mundo aquí, desde los periodistas, pasando por los fotógrafos, hasta el personal de limpieza. Dicen que te has atrevido a cuestionar a las estrellas —añadió con una cierta incredulidad—. Déjame que te dé un consejo…

Esta vez fue Reuben el que levantó una mano. Desde que había llegado, todo el mundo había hecho lo imposible por hacerle sentir que no pertenecía a ese lugar y que no tenía ni idea de nada, pero nadie iba a enseñarle cómo hacer lo que llevaba casi media vida haciendo.

—Te lo agradezco, pero tengo mucho trabajo.

Donald no se tomó a mal su desplante, sino que echó la cabeza atrás y rio, haciendo que Reuben se sintiera todavía más molesto.

—Dentro de una semana vendrás tú mismo a por mis consejos. Pero podré esperar hasta entonces para decirte «te lo dije». Soy una persona paciente.

Desde su incómoda silla, Reuben vio marchar al corrector y redactor de horóscopos fingiendo una indiferencia absoluta. Sin embargo, sus palabras habían despertado el recuerdo de lo que había visto y escuchado en la sala de reuniones: envidias, viejas rencillas y, no quería pensarlo, pero incluso un aura de maldad.

Pero no todo podía ser tan horrible.

Victoria, sin ir más lejos. Nadie con un aspecto tan angelical podía ser mala persona. Sobre los demás, se reservaba su opinión hasta poder conocerlos más a fondo, pero sobre Victoria no tenía ninguna duda: ella era un ángel lleno de amor.

A los pocos días de haber llegado, decidió que su cubículo estaba desangelado. Era tan… blanco. Acostumbrado a trabajar rodeado de sus cosas, en redacciones llenas de voces y gente por todas partes, Reuben sintió que necesitaba compañía, aunque fuera la de un helecho. Así que a la semana se presentó con una enorme maceta y una mochila llena de estúpidos artículos personales que sabía que lo harían sentirse como en casa, aunque sabía muy bien que aquello no era ni una redacción normal, ni un lugar donde supieran lo que significaba trabajar en equipo.

Rodeado de sus cosas, se sintió más esperanzado de conseguirlo. Aunque no quisiera reconocerlo, el primer día allí había sido lo más cercano a una pesadilla que había vivido jamás. Los demás tampoco habían sido mejores, pero al menos se había ido haciendo a la idea de que tendría que quedarse, porque su buzón de entrada de correo electrónico seguía tan vacío como durante los tres últimos meses.

Aceptar aquel puesto había sido un error, pero necesitaba algo hasta que recibiera la respuesta de su anterior jefe, que sabía que necesitaba a alguien para cubrir un puesto en la sección de deporte local. Era ridículo para alguien con su trayectoria, pero los deportes de cualquier tipo eran lo suyo, aunque tuviera que patearse los barrios y los pueblos del extrarradio. Sabía que, una vez de regreso en su vieja redacción, iría escalando hasta recuperar su puesto, del que le habían echado, con miles de disculpas, cuando el diario había perdido suscriptores y lectores en su formato de papel y habían tenido que despedir a parte de la plantilla. Aquel era su ámbito natural y en ningún lugar se sentiría jamás tan realizado como allí, aunque fuera escribiendo sobre yoga en la tercera edad.

Pero, mientras tanto, tendría que aprender a sobrellevar a aquel grupo de lunáticos lo mejor que supiera.

Su día a día, lo supo ya desde la primera jornada, consistía en reuniones llenas de gritos e insultos, donde cada cual defendía su pequeña parcela como si se tratase del boletín donde se publicaba el presupuesto general del país, seguida de una pequeña charla con Lola sobre lo que ella consideraba que era la mejor estrategia para acercar Oh! La mode… al mundo real, que él no acababa de ver clara, porque lo cierto era que Lola tenía muy poca idea acerca de cómo vivía la gente común y corriente, fuera de las pasarelas y las pantallas de cine, y ni siquiera todas las pantallas.

Tal vez él no supiera nada de eso último, pero sí tenía claro que no se conseguía llegar al público general mostrando las vidas inútiles de millonarios y tratando de vender productos que jamás podrían estar al alcance de la mayoría.

Y sabía bien que mucha gente miraba esos escaparates tratando de huir de una realidad triste y gris, pero se negaba a pensar que a alguien le llenase todo aquel… vacío.

Sin embargo, si pensó que los primeros días habían sido duros, lo complicado fue cuando entregó el artículo que había escrito para el número de ese mes, que hizo fruncir los labios de Lola antes de apartarlo a un lado con desprecio.

—¿Y qué hay del vídeo?

—¿Vídeo?

Reuben reconocía que no había vuelto a pensar en el asunto desde la primera reunión. Mientras los demás cuchicheaban y se peleaban por formatos, ideas, minutos y plataformas, él no había pensado en ello y ni siquiera se había planteado qué hacer.

Él no era reportero de televisión. Él escribía y listo. De hecho, solo había tenido una experiencia en cámara y había sido un desastre. Un balón le había golpeado la cabeza durante un partido durante la retransmisión de un partido de primera la única vez que había hecho un reportaje para una televisión local y se lo habían tenido que llevar en ambulancia al hospital con una conmoción. Su madre siempre le decía que había estado muy bien, pero si a uno no le apoyaba ni su madre, estaba perdido.

Lola hizo aquel gesto, o más bien, ausencia de él, que hacía que Reuben se preocupase. Lo miraba por debajo del flequillo y permanecía inmóvil y en silencio durante un minuto, o un millón, y él sentía que le había fallado.

—Pasaré por alto que tu reportaje no vale para nada en una revista como la nuestra, pero podría valer si lo acompañamos por un vídeo adecuado.

—¿Cómo que no vale? Son dos mil palabras, como me pediste, y habla de…

Lola emitió una sonrisa minúscula y echó mano de su libreta morada, y Reuben sintió que lo que estaba diciendo iba muriendo poco a poco en su boca. Probablemente ella tendría un nombre complicado para denominar aquel color, pero él solo sabía que, cada vez que hacía eso, le daba casi más miedo que cuando no se movía.

—Veamos, querido —dijo, abriendo la libreta—. Te pedí un reportaje de dos mil palabras, en efecto, que es lo que has entregado, pero el resto de lo que te dije te entró por una oreja y te salió por la otra. ¿Hablas de las nuevas disciplinas para cuidarse? Las nuevas modas en los gimnasios, los nuevos deportes, lo que hace la gente guapa para estar todavía más guapa… Ya sabes. Porque eso es lo que te pedí. Y tú no dices ni una sola palabra de ello.

Reuben no sabía si Lola bromeaba o no, pero no se atrevió a sonreír, por si acaso. Era cierto que habían hablado de todo aquello, pero a Reuben le había parecido una idiotez y había decidido escribir acerca de un viejo estadio que habían derruido en su barrio de siempre para construir unos pisos de lujo. Aquello sí era una buena historia y digna de publicarse.

Lejos de llorar de pena, los vecinos habían convertido aquello en una fiesta y habían compartido comida y bebida mientras contaban las viejas anécdotas acerca de lo mucho que habían disfrutado en aquel viejo estadio con olor a polvo. Incluso había habido fotógrafos y periodistas que habían venido a inmortalizar aquel momento. Y habían acabado llorando, por supuesto, porque para ellos era lo más cercano a algo histórico que habían vivido, pero también había sido una oportunidad para hacer algo juntos.

Pura poesía.

Ese reportaje ganaría un premio un día.

—Zumba, Pilates, CrossFit, BodyPump, TRX, Aquagym, Aquadynamic, Adaptiv…

A medida que Lola iba hablando, Reuben sentía que los oídos le zumbaban. No entendía una sola palabra de lo que decía. ¿Hablaba de deporte o de comida japonesa?

El desconcierto debió de notarse en su rostro, porque Lola lo miró con una sonrisa llena de lástima y, juraría, de malicia.

—Ya veo. Cuando hablamos de deportes, para ti solo cuentan el fútbol, el baloncesto y… —Lola movió las manos como si tratara de recordar alguno más— lo que sea. Pues la gente de este siglo conoce alguno más, querido, y quiere que los informemos sobre ellos y, además, que les digamos qué deben llevar puesto para realizarlos y estar guapos mientras sudan.

—¿En serio?

Reuben sintió que había encogido medio metro en un instante, como si fuera un hombre de la Edad Media y le estuvieran hablando de ir a la luna.

—Voy a apuntarte a mi gimnasio y te voy a poner en contacto con mi entrenadora personal, Gretchen. Ella te enseñará todo lo que debes saber sobre las nuevas disciplinas.

Reuben trató de sonreír, pero no lo consiguió. Ir a un gimnasio a hacer pesas no era hacer deporte.

Sin embargo, aunque odiaba la idea, no se atrevió a negarse. Necesitaba ese trabajo por el momento.

—Será un placer.

Si Lola notó el tono irónico en su voz, no lo demostró. La verdad era que tenía un aire divertido que era bastante preocupante.

—Te llamará a lo largo del día. Estate pendiente, porque no le gusta que la dejen tirada. Entenderás pronto que con Gretchen la disciplina es lo más importante.

Reuben asintió y se levantó. A esas alturas, Lola ya no lo miraba, señal de que lo había despachado.

En un estado cercano a la rabia, volvió a su cubículo y miró a su helecho, que no hizo nada por calmar sus nervios. Era lo que tenían los helechos, que tenían poca facilidad de palabra.

Donald se lo había advertido y no había querido escucharlo, pero ahora sabía que se había quedado muy corto en sus advertencias. Aquella gente era lo peor.

El primero en presentarse en su despacho para ver cómo le iba, y si ya estaba dispuesto a hacer las maletas con el rabo entre las piernas, había sido Ambrose Price, con su sempiterno traje de tweed, su pajarita, y un aire de curiosa superioridad que no podía, o no quería, ocultar.

—Supongo que nos entenderemos, ya que ambos somos… ya sabes… caballeros —fueron sus primeras palabras nada más sentarse en la silla que Reuben le había ofrecido—. Por cierto, ¿qué es eso?

Reuben se giró y vio que lo que señalaba con tanta sorpresa era su helecho, que había comenzado a perder algunas hojas, al mismo ritmo que su dueño perdía el ánimo.

—Un helecho.

—No pensé que fueras a quedarte tanto tiempo como para traer mascotas al trabajo, pero, si es así, será mejor que entiendas algo: sin mis artículos vendiendo esa bazofia cosmética a mujeres incapaces de aceptar su edad o su fealdad, esta revista estará acabada antes de un año. Necesito espacio y supongo que lo entenderás, muchacho.

Reuben se recostó en su silla, anotando en su agenda mental que su siguiente adquisición debía ser una silla nueva. Había estado tan desanimado con todo lo que ocurría cada día en ese maldito lugar, confiando en secreto que no tendría que comprarla porque alguien llamaría para rescatarlo de aquel infierno, y ese en concreto esperando la llamada de la tal Gretchen, que no había vuelto a pensar en ello.

Ambrose Price parecía satisfecho después de su discurso, seguro de que otro hombre vería las cosas como él. Desde su propio asiento, observaba todo a su alrededor, como si nunca lo hubiera visto antes.

A Reuben le molestó esa aura de seguridad, sobre todo porque, a pesar de que sabía que tenía razón, no iba a darle lo que quería. Y no porque considerase que el hecho de llamarle muchacho fuera una falta de respeto hacia él como compañero, y como hombre ya mayorcito, sino porque no podía. Para empezar, porque ya había quedado claro en su primera reunión que no podía cederle sus páginas a nadie, por importante que creyera que era su trabajo. Además, a pesar de que Lola había menospreciado su artículo, él todavía pensaba que era bueno e iba a luchar por él con uñas y dientes.

Por no hablar de que darle la razón a Ambrose Price podía dar que hablar en la revista. Ambrose era un hombre, y él era un hombre. Y el resto del personal en su mayoría era femenino. Con solo cerrar los ojos podía escuchar los reproches sobre su machismo y favoritismo hacia los de su sexo.

En definitiva, tenía muchos motivos para no acceder, se dijo, y el menor de ellos era que todo lo que decía le parecía bazofia. ¿De verdad pensaba que hablar de cremas para los granos era más importante que cualquier otra cosa? Se reiría si no tuviera la espalda hecha polvo.

Pero no podía decirle a él todo eso. Algo le decía que no lo comprendería, así que hizo algo que no debería haber hecho: le dio largas.

—Lo pensaré —dijo, con una sonrisa que no prometía nada.

Fue suficiente para Ambrose. Reuben pudo ver cómo resplandecía de satisfacción por su triunfo. Su rostro brillaba con un placer casi sexual mientras se colocaba la pajarita ya perfectamente anudada.

—Sabía que nos entenderíamos.

Cuando se levantó y dejó el despacho, Reuben sintió que había cometido un error al darle aunque fuera la mínima esperanza de conseguir lo que quería. Tenía la sensación de que Ambrose no se tomaría bien un no.

—¿No tienes otra corbata?

Reuben, que había pasado la última media hora revisando sus distintas cuentas de correo electrónico en busca de una inexistente respuesta a alguna de las peticiones de trabajo que había enviado, levantó la mirada para encontrarse la magnífica visión de Victoria Saint-Field sentada frente a él.

Hacía días que la esperaba y, cuando al fin había llegado, lo había pillado de improviso y descuidado.

Se miró la corbata con leones rampantes con curiosidad, preguntándose qué tenía de malo.

—Tengo varias iguales —respondió, con una sonrisa que no encontró su reflejo en la de ella. Al menos no al principio—. Son de mi equipo. El de mi barrio…

Se calló al ver que ella no lo escuchaba. Miraba hacia algún lugar por encima de su hombro, como si él no le interesara en realidad.

—Creo que Ambrose habló contigo.

Ahora sí sonreía. Y esa sonrisa hacía que su rostro perdiera esa cierta dureza que la caracterizaba.

Él se encogió de hombros, temiendo comprometerse. Lo que no le había podido dar a Ambrose Price, no se lo podía dar a ella, por mucho que fuera el amor de su vida. Y ella lo entendería cuando estuvieran juntos, rodeados de niños preciosos con su pelo claro y los ojos azules de mamá.

Victoria no esperó su respuesta. Se puso en pie y se colocó junto a la ventana, dejando que la fría luz la bañara. Sin duda sabía que su belleza lo afectaba, porque su mirada era fija e insistente, como si tratara de hacerle admitir que ella tenía razón.

—Diga lo que diga esa vieja gloria, la sección de alta costura es la que todavía nos mantiene en el mundo de la moda. Sin ella, no somos nada. —Su sonrisa se profundizó, haciendo que Reuben sintiera una inquietante sensación en el pecho. Trataba de manipularlo con tanto descaro que le produjo una impresión a medio camino entre el regocijo y la fascinación—. Tal vez no sepas nada de todo esto —añadió, mirándolo de arriba abajo con cierto desprecio—, pero, como nuevo miembro del equipo, tendrás que admitir la opinión de una experta y creer que digo la verdad.

Molesto, Reuben se levantó también, y se colocó a su lado, evidenciando así la abismal diferencia entre los estilos de ambos. Mientras ella era elegante y sofisticada, él presentaba un aspecto arrugado y barato. Ella llevaba un peinado de diseño, escogido para hacer resaltar cada rasgo de su rostro. Nada en ella estaba elegido al azar. Y él, en cambio, no recordaba la última vez que se había hecho un corte de pelo que no hubiera conllevado una maquinilla y diez minutos sacados entre dos entrevistas o un par de cervezas en el pub.

Lo cierto era que todo en esa charla era un insulto hacia su persona, y aun así no podía evitar sentirse como un idiota enamorado, como si tuviera quince años y estuviera delante de la chica más guapa de clase, que hubiera condescendido en hablarle al fin, aunque fuera para pedirle que se tirase en el suelo para pasarle por encima para no mancharse los zapatitos con barro.

—Pero ahora recuerdo que ni siquiera nos han presentado formalmente. Victoria Saint-Field, sección de alta costura.

Reuben miró su mano fina y elegante y se preguntó si debía besarla, y si quedaría demasiado evidente que estaba colado por ella si lo hacía. Al final se limitó a tomarla y a sacudirla, midiendo la energía, temiendo comprometerse si la sostenía durante mucho tiempo o parecer indiferente si el apretón era demasiado breve. Para esas cosas, como para casi todo lo demás, trabajar con hombres era mucho más sencillo.

—Reuben Barton, deportes. Creo.

Ella sonrió, como si lo que había dicho fuera un chiste gracioso. A él le pareció encantadora por su forma de disimular que no se reía de él y de sus torpezas.

—Encantada, Reuben Barton, deportes —respondió Victoria, apoyando una cadera delgada en la pared, en una postura incómoda pero estéticamente hermosa que potenciaba la forma sinuosa de su cuerpo y la delgadez de sus miembros—. Estaré encantada de ayudarte en todo lo que necesites. Ya sé que vienes de un ámbito muy distinto a este.

Algo hizo clic en la cabeza de Reuben. No supo si fue su tono o su sonrisa, tal vez la forma en que evitaba mirarlo directamente. Sus ojos azul oscuro se dirigían siempre o a su corbata, a la botonadura de su chaqueta o a sus zapatos, pero nunca lo miraban a él.

—Tengo la sensación, aunque tal vez me engaño, de que creéis que soy idiota por venir de deportes.

La sonrisa llena de aplomo de Victoria se evaporó como por ensalmo. Una pequeña arruga, apenas visible, hizo que su ceño perfecto se arrugase.

—Reuben, eso no es cierto… —dijo, con un tono de maestra infantil que regaña a su alumno.

Él miró la mano que ella había colocado en su brazo. Si lo que pretendía con ese gesto era calmarlo, no lo estaba consiguiendo.

—¿A qué vienen estas visitas individuales? Sabéis que cualquier decisión acerca del número de páginas o sobre mi presencia aquí la toma Lola, y me temo que ya es demasiado tarde para intentar cambiarlo. Si pensáis que mi presencia aquí os va a quitar… no sé cómo decirlo… gramurrrr… tendréis que aguantarme una temporada.

Victoria perdió la poca calidez que le quedaba en el semblante:

—Se dice glamour —respondió, con gesto tenso, incapaz de perdonar un pecado semejante contra el lenguaje. Parecía que se había cansado ya de parecer amable, aunque todavía mantenía un cierto asomo de sonrisa en los labios—. Pero, Reuben, por favor, no creas que no te apreciamos. Es solo que hay cosas que, sencillamente, no cuadran, y tienes que admitirlo.

Reuben negó con la cabeza, con una sonrisa burlona, más hacia la situación y hacia sí mismo que otra cosa. Había pasado de ser ese ignorante personaje que estaba de paso, a pensar que, quizás, merecía la pena el esfuerzo de demostrar que podía hacerlo, solo por restregárselo a esa gente. Era un gran paso en su carrera.

—Me temo que acudís a la persona equivocada. Yo no puedo ayudaros. Y ahora, si me disculpas, estoy esperando una llamada, y tengo que encargar un equipo deportivo completo a cuenta de la revista —dijo con lo que pretendió ser un tono conciliador, pese a todo. Al fin y al cabo, esa mujer era el amor de su vida.

Victoria se alejó al instante, convertida otra vez en una diosa de mármol.

—No durarás mucho aquí con esa actitud.

Reuben rio. No recordaba cuántas veces le habían dicho ya las mismas palabras en poco tiempo. Sin embargo, no podía culpar a Victoria por querer sobresalir por encima del resto de sus compañeros. La ambición no era mala en sí misma, y la comprendía. Él mismo había sido ambicioso y había luchado por sus sueños en otro tiempo. Su actitud la hacía, si acaso, todavía más atractiva a sus ojos.

Capítulo 4

¡Muévete!: que el desánimo no te venza

Reuben se había cansado de comprobar que su teléfono funcionaba.

Lola le había dicho que la tal Gretchen llamaría, pero la jornada laboral transcurrió y el teléfono no sonó. No llamó la entrenadora personal de su jefa, y tampoco lo hizo nadie para sacarlo de aquel infierno, por desgracia.

Desanimado, se dejó caer en un asiento del metro y dejó la vista perdida al frente, preguntándose por qué la vida era tan injusta con él.

Todavía era joven. Era guapo y tenía un pelo precioso, o eso decía su madre. Estaba relativamente en forma, o lo había estado hasta hacía poco, aunque había ganado unos kilos en los últimos meses. Había escrito algún artículo bueno a lo largo de los años. Era un buen tipo. Hasta tenía gracia cuando entraba en confianza.

Sin embargo, de algún modo, la vida lo había llevado a un lugar donde nadie lo apreciaba y donde no sabía ni moverse ni respirar. Y parecía que tendría que quedarse allí durante un tiempo, a no ser que sucediera un milagro.

El teléfono sonó y respondió de forma automática, sin mirar quién era.

—Barton —masculló, sintiéndose miserable y arrugado.

—La señora Godrick me había avisado de que eras un ejemplar bastante mediocre, pero no me esperaba algo así.

Reuben se apartó el aparato de la oreja al escuchar la voz gritona de la mujer que le chillaba al oído.

—¿Perdone?

—Decisión, Barton. ¡Decisión! Haré de usted un hombre, alguien lleno de vida, y olvidará que fue usted ese mequetrefe gris que es ahora. Y ahora, yérgase, ¡recto!

Reuben se preguntó cómo sabía esa nazi que estaba medio tirado en el asiento. Su cuerpo reaccionó por propia voluntad a la orden, se irguió y se sentó como debía.

—Oiga…

—Le espero mañana a las siete de la mañana. Le enviaré la ubicación a su teléfono. No es necesario que traiga nada, la señora Godrick se ha encargado de su equipo —añadió casi con lástima.

Evidentemente, ninguna de las dos confiaba en que él pudiera comprar nada apropiado. Sintió que se sonrojaba sin remedio y que un par de personas a su alrededor empezaban a mirarlo con curiosidad.

Por pura rebeldía, volvió a la postura anterior.

Gretchen colgó antes de que pudiera responder ni despedirse y Reuben maldijo para sí.

En su cabeza, vio a una mujer vestida de cuero ajustado y provista de un látigo y todo tipo de instrumentos de tortura, disfrutando mientras lo veía sudar.

Si hasta ese instante su vida le había parecido de lo más deprimente, en ese momento solo deseó meterse en la cama, taparse la cabeza y no volver a levantarse. Sin embargo, una especie de rebeldía adolescente le hizo arrancarse la corbata de leones rampantes nada más cruzar el umbral de su apartamento. Abrió una lata de cerveza pensando en la mirada de lástima de Victoria, y otra mientras recordaba el desprecio de Lola hacia el artículo que le había llevado nada menos que una semana. Joder, si no escribía nada tan largo ni con tanto sentimiento desde la universidad.

Para cuando se dio cuenta, se había bebido cuatro cervezas, algo a lo que ya no estaba acostumbrado, y era incapaz de caminar en línea recta.

Se dejó caer en la cama a medio vestir y rezongó una maldición hacia la moda, el mundo moderno y contra la vida en general.

A los pocos segundos estaba roncando.

Joanne se sentó en la cama y miró hacia las puertas abiertas de su armario como si fueran lo que más odiaba en el mundo.

Ni siquiera había amanecido y ya quería que ese día terminase.

La noche anterior había recibido una llamada de Lola que, en apenas dos frases, le había ordenado que estuviera en una dirección a las siete de la mañana. Evidentemente, no le había preguntado si podía, y mucho menos si le apetecía, o si tenía otros planes. Una vez que una firmaba contrato con esa mujer, se daba por hecho que todas las horas, e incluso los órganos del propio cuerpo, le pertenecían.

De modo que ahí estaba, a las cinco y media, mirando a un agujero negro, sin apenas ver, preguntándose qué debía ponerse para una cita tan temprano.

Porque suponía que debía de ser algo importante.

Al final decidió que tal vez sería mejor despejarse primero en la ducha y desayunar, que ya pensaría después qué ponerse.

Y, como siempre, de algún modo, para cuando acabó, era demasiado tarde como para dudar demasiado entre una cosa u otra, así que se puso lo primero que vio limpio y planchado. Eran las seis y media y tendría que correr si quería llegar a tiempo.

Para entonces, Tim ya se había levantado y la miraba entre los agujeritos de la mascarilla de algodón.

Llevaba un albornoz tan peludo y esponjoso que parecía un oso polar. De algún modo, a él nunca parecía pesarle levantarse tan temprano para estar divino.

—Ese buzo te hace un michelín aquí —dijo Tim, señalándose por encima de la cintura.

Apenas había movido la boca, porque la mascarilla se lo impedía, pero el tono había sonado tan inmisericorde como siempre.

—Y yo he visto mucho pelo últimamente en la ducha, y no es mío.

El dardo fue acertado, porque Tim salió corriendo para comprobar si era cierto.

Mientras caminaba hacia la puerta, Joanne sintió vibrar el teléfono.

—Lleva algo para grabar —dijo la voz seca de Lola al otro lado de la línea.

Ni un saludo, ni un buenos días.

Joanne llamó al ascensor y miró su reflejo en el cristal. No podía verse bien, pero tampoco había nada espectacular que ver, y menos a esa hora. Iba limpia y bien vestida, no se podía esperar más.

—Espero que te valga el teléfono, porque no tengo otra cosa. Si me hubieras avisado, habría preparado las cámaras buenas, pero hace tiempo que no las uso.

Hubo un silencio incómodo. Si Lola comprendió el evidente reproche hacia su talento desaprovechado, no dio muestras de darse por enterada y, mucho menos todavía, por aludida.

Por supuesto, esa mujer jamás admitiría que infrautilizaba su talento.

—De acuerdo. Espero que tengas batería.

Joanne lo comprobó, y vio que estaba a la mitad. Teniendo en cuenta la fiabilidad de esas cosas, cuando muchas veces las redes sociales la consumían en lo que parecían minutos, y los cientos de circunstancias que se podían dar, supuso que valdría.

—Por supuesto. Una chica de hoy en día jamás sale sin la batería a tope.

Lola le regaló otro silencio incómodo, como si supiera que mentía.

—Supongo que ya estarás llegando.

Joanne acababa de llegar al portal de su casa para comprobar que estaba empezando a llover. Si volvía a subir para coger un paraguas, jamás llegaría a la hora, así que empezó a correr hacia la boca de metro, resbalando con los tacones y arriesgándose a romperse un tobillo y la crisma.

Jadeando y empujando a diestro y siniestro, le aseguró a su jefa que ya estaba viendo los carteles de la dirección que le había indicado la noche anterior.

—Bien, bien. Te dejo entonces. Quiero que grabes todo lo que ocurre. De todas formas, ya le he dado las instrucciones a Gretchen, ella sabrá qué hacer.

Joanne no pudo responder, porque Lola colgó sin despedirse. Empapada, se coló como una lagartija en el vagón del tren y esquivó con gracia a un tipo que la miraba demasiado sonriente. Nadie que sonriera así tan temprano podía ser buena persona.

Sujetó bien el bolso y sopló el cabello mojado que le caía por la frente. Al carajo todo el esfuerzo para estar decente.

Solo cuando se le calmó la respiración se preguntó quién sería esa tal Gretchen que sabría qué hacer. Se le ponían los pelos de punta de solo pensarlo.

Reuben se sentía gris y triste como una pared de cemento, y tenía la lengua como una losa del mismo material.

No había podido desayunar nada y la luz, aunque escasa a través de la lluvia, era una auténtica tortura para sus pupilas.

El gimnasio parecía la consulta de un dentista, aséptico como un quirófano, y sus clientes parecían salidos de un desfile de modelos. Un par de ellos lo habían mirado como si no comprendieran qué hacía sentado en la recepción, con un traje arrugado y despeinado, igual que si se acabara de caer de la cama y no se hubiera afeitado ni se hubiera lavado la cara.

No deberían mirarlo así. Al menos se había duchado. Y eso le había costado un esfuerzo sobrehumano y una vomitona de campeonato.

El espécimen de catálogo que había tras el mostrador de la recepción, apolíneo y con unos músculos cincelados que se podían apreciar incluso a través de la camiseta de manga larga, evitaba mirarlo, por si lo que le ocurría fuera contagioso. Una chapa metálica en su impresionante pectoral decía que se llamaba Brandon.

—Barton, supongo.

La voz, aguda y horripilante, hizo que las paredes de la recepción y los oídos de Reuben se estremecieran.

La entrenadora personal de Lola Godrick era terrible y fabulosa al mismo tiempo. De edad indefinida, pero madura, poseía un aura de poder que hizo que Reuben se sintiera débil e insignificante al mirarla, como si se encontrase ante una diosa.

Era rubia y alta como una valkiria, y hermosa, aunque jamás osaría insinuar algo semejante por miedo a ofenderla.

—Levántese, caballero. Veamos lo que tenemos aquí.

La tuvo encima en dos pasos. Le colocó los brazos en cruz y se los levantó y bajó un par de veces. Tanteó sus bíceps, sus antebrazos, su cuello, sus costillas y su abdomen, no tan firme como antes, sus piernas y sus tobillos, sus muñecas, sus dedos, y hasta su mandíbula.

Colocó las dos manos en su trasero y apretó con tanta fuerza que Reuben gimió, más de sorpresa que de dolor.

Gretchen chasqueó la lengua contra el paladar y sacudió la cabeza, con evidente decepción.

Miró a Brandon y lanzó su veredicto:

—Blando.

El herculino recepcionista puso los ojos en blanco y sacudió la cabeza como ella, como si no hubiera esperado otra cosa.

—La petición de la señora Godrick es algo especial, y comprendo que el motivo es laboral, pero debería empezar a pensar en usted mismo, si no quiere acabar con cincuenta años y tres baipás, Barton —dijo Gretchen, hundiendo un pulgar cruel en su estómago—. Todavía estamos esperando a alguien, pero Brandon lo acompañará a buscar el equipo adecuado.

—Gracias, supongo.

Reuben no pretendió sonar amargo, pero había dormido poco, tenía resaca, odiaba aquel sitio y que lo tocaran como si fuera un trozo de manteca. ¡Él no estaba gordo!

Gretchen sonrió y acercó su rostro al suyo. La valkiria era algo más alta que él y, sin duda, más fuerte, así que Reuben sintió un momento de pánico.

—Querido señor Barton, muy pronto aprenderá que la rebeldía aquí se paga cara. Pero entiendo que es usted nuevo y no comprende lo que le conviene.

Reuben sintió deseos de protestar, pero le dolía demasiado la cabeza. Solo ahora se daba cuenta de que tal vez debería comer algo, porque todo empezaba a darle vueltas.

Sin embargo, bajó la cabeza y siguió a Brandon, que le sacaba una cabeza de alto y varias de ancho. El grandullón era un buen tipo y hasta tenía conversación, y no daba tanto miedo como su jefa.

Cuando Joanne llegó a la dirección que Lola le había indicado, pensó que se había equivocado, pero luego supo que no, porque vio a alguien conocido al otro lado del cristal, así que entró en el gimnasio, preguntándose para qué diablos quería Lola que grabase a Reuben cuando había cámaras profesionales en la revista.

—Usted debe de ser Sanderson. Llega tarde, señorita. Es una mala señal, pero se lo perdonaré por ser el primer día.

La mujer que hablaba era impresionante en muchos aspectos, pero también era aterradora. Junto a ella había un tipo guapísimo, con unos músculos donde podría hundirse y dormir eternamente… Y también estaba Reuben, que la miraba como si quisiera que lo tomara de la mano y lo sacara de allí.

Llevaba unos pantalones cortísimos y una camiseta de tiras ceñida, todo de color negro con el logotipo del gimnasio, unos calcetines casi hasta la rodilla y unas zapatillas deportivas de color naranja fosforito que casi le derritieron las pupilas. Llevaba el pelo castaño claro peinado hacia atrás, aunque un mechón le caía hacia adelante todo el rato, y sus ojos oscuros estaban claramente revueltos como una noche de tormenta.

Parecía tan feliz de estar allí como ella.

Lo miró durante tanto rato que él se removió incómodo.

—No se quede ahí, Sanderson. Brandon la acompañará a vestirse y empezaremos. ¡Cielo santo, es tan tarde que no sé cómo acabaremos el día!

—¿Cómo? Reuben, ¿qué diablos es esto? A mí me han dicho que tenía que grabar lo que sea que se va a hacer aquí, no que tuviera que vestirme así. Ni de coña voy a ponerme nada como eso.

Por algún motivo le hablaba a Reuben, como si él pudiera explicarle lo que estaba ocurriendo, aunque no parecía que fuera a ser de mucha ayuda.

Él, como si fuera un soldado ya derrotado en la batalla, se limitó a encogerse de hombros y a bajarse un poco el pantaloncito corto, que marcaba un trasero de lo más interesante.

—Otra rebelde, por lo que veo —dijo la mujerona con una sonrisa que la hizo retroceder un paso a su pesar—. Esto puede ser divertido.

Joanne abrió la boca, pero no pudo protestar, porque la rubia frunció el ceño e hizo que sus rodillas temblasen.

Por suerte, Brandon le ofreció la mano y la consoló.

—No se preocupe, querida, en el fondo es como una cachorrita de dragón. Solo hay que conocerla.

Joanne trató de sonreír, pero no pudo. Solo quería salir corriendo y no parar hasta llegar al Caribe. Odiaba el ejercicio, odiaba al tío nuevo de la sección de deportes, odiaba a Lola por aquella encerrona, odiaba sudar… Pero no odiaba a Brandon. Quería hundirse en su pecho y dormir para siempre.

Capítulo 5

Pesas o running: ponte guapo sin morir en el intento

—¿Cuándo fue la última vez que hiciste ejercicio, si es que lo has hecho alguna vez?

La voz de Gretchen se le clavó en el tímpano y le obligó a entrecerrar los ojos.

Por suerte, la entrenadora no esperaba respuesta, porque Reuben no lo recordaba.

En cuanto Brandon se había llevado a Joanne al vestuario, Gretchen le había señalado un pasillo iluminado por fluorescentes blancos que llevaba hasta una sala decorada con un espejo enorme y las paredes llenas de estanterías con artilugios de tortura, desde pesas de diferentes tamaños, gomas de colores estrafalarios y pelotas gigantes. Incluso había ganchos que colgaban del techo que no podía imaginar para qué podían servir.

Se preguntó si quedaría feo que se recolocara las bolas dentro del pantaloncito de licra, porque le estaba cortando el riego. Sin embargo, no se atrevió a mover un solo músculo.

—En general, no suelo aceptar a gente como vosotros.

Reuben sintió que un nervio del ojo se le contraía al escuchar la expresión «gente como vosotros». Para empezar, se suponía que aquella era su sección. Y luego, ¿a qué se refería esa mujer? ¿Acaso era la entrenadora de la familia real?

No supo si por los nervios, por el tejido acrílico o por el sudor, sus testículos empezaron a picar todavía más.

Aprovechó que Gretchen se dio la vuelta para soltar una perorata acerca del privilegio que suponía que Sanderson y él pudieran acceder a sus instalaciones de élite, algo de lo que solo podían disfrutar unos pocos elegidos, por lo visto, para meterse la mano por dentro del pantaloncito.

—¡Ah, Sanderson! ¡Al fin podemos empezar!

Joanne se quedó muy quieta a la entrada de la sala, mirándolo, y Reuben sintió cómo su rostro enrojecía. Llevaba un conjunto deportivo con no mucha más tela que el suyo, pero ella tenía mucho mejor aspecto que él. De hecho, despojada de sus habituales colores estridentes y sus telas brillantes, Joanne era todo un descubrimiento, aunque quedara feo pensar en algo así cuando tenía la mano en sus partes íntimas.

—Solo estaba colocando… —empezó a decir, antes de darse cuenta de que todavía tenía la mano entre las piernas.

La sacó a toda prisa y buscó un lugar donde lavársela.

Joder.

—Para la próxima vez, Barton, las frutas se traen colocadas en el cesto desde el vestuario. —Dio una palmada y miró a Brandon, que venía detrás de Joanne—. ¿Has traído todo lo necesario? Queremos dar buena impresión en nuestra primera vez. ¡Que el cielo nos coja confesados!

—Dime de qué va todo esto.

Joanne tenía un poco de frío y se sentía desnuda, pero tenía miedo de protestar, como cuando en el colegio le hacían dar diez vueltas al campo de fútbol por hablar durante la clase de gimnasia.

Reuben se encogió de hombros y la miró de reojo. Tenía miedo de mirarla demasiado y se notara que le estaba mirando las tetas.

Le habría gustado decirle que no pasaba nada. Hasta ella se había mirado en el espejo durante dos minutos enteros. Y también lo había mirado a él, y eso que la ropa deportiva no era la que más la excitaba en el mundo.

—Dímelo tú —respondió Reuben al cabo de unos segundos, como si creyera que merecía algo más que un gesto—. Se supone que yo tengo que hacer unos artículos sobre el deporte en los gimnasios, pero no tengo ni idea de qué haces tú aquí.

Gretchen, que se había llevado aparte a Brandon durante unos segundos, se giró hacia ellos como tocada por un resorte.

—Voy a pasar por alto el tono en el que hablas acerca de las prácticas aquí, Barton, porque es evidente que eres un ignorante de lo que implica un entrenamiento completo y bien ejecutado. Por desgracia, no tenemos tiempo para que lo entiendas del todo, pero sí para que comiences a ver que el deporte, como tú lo llamas, no es solo jugar con balones, dar patadas, saltar vallas y correr hacia metas. No todo es competición y deporte de élite. Algunos quieren aprender algo a su alcance, y esto —añadió señalando las pesas y las gomas de colores— lo está. Se sienten bien, mejoran como personas y como grupo. Y seguro que no te viene mal aprender algo de todo ello.

Joanne levantó una mano antes de que Reuben, que había fruncido el ceño y había cruzado los brazos a modo de protesta, pudiera abrir la boca.

—Pero yo no me dedico a deportes, señora —dijo, con el tono más humilde que pudo.

Gretchen se acercó a ella y la miró desde la ventaja de su altura.

—La señora Godrick me dijo que estas sesiones de entrenamiento se grabarían, y que así servirían como publicidad para el gimnasio. Evidentemente, me pareció una buena idea, pero también le comenté que eso lo podía hacer Brandon.

—Entonces, ¿qué hago aquí?

Gretchen sonrió. Estaba tan cerca que Joanne pudo ver unas finas arrugas alrededor de sus ojos. Y también que su sonrisa no iluminaba sus ojos azules.

—¿Acaso no es todo más divertido cuando se hace en pareja, Sanderson? O, mejor dicho, contra alguien. Pensad en lo divertido que es intentar machacar a tu compañero de entrenamiento. Se lo comenté a la señora Godrick y le pareció una idea estupenda. Y ahora, sonreíd, porque vamos a empezar a calentar y no queremos que salgáis feos en vuestro debut.

Joanne miró a Reuben, que había enmudecido y miraba a Gretchen como si acabaran de salirle dos cabezas.

Aquello no podía ir en serio.

No tenía tiempo para ir a ese gimnasio y para entrenar con… ¡no!, contra Reuben cada día. Tenía una sección que sacar adelante. Y una vida, se suponía.

Hablaría con Lola y aquello acabaría ese mismo día.

Reuben miró por el rabillo del ojo a Joanne y trató de olvidar lo que había escuchado.

Lo que Gretchen había dicho era una broma. No podía ser otra cosa.

Giró la cabeza en un sentido y luego en otro, y fingió no haber escuchado un crujido desagradable. Además, ese movimiento le provocaba un leve mareo que le hacía recordar las cervezas que había tomado la noche anterior y que no había desayunado esa mañana.

Volvió a girar la cabeza mientras pensaba en cómo librarse de esa locura.

Una cosa era dar un par de carreritas por una pista, levantar unas pesas y sacarse una foto con una cinta en el pelo con cara de esfuerzo, pero otra muy distinta era hacer el ridículo compitiendo con una mujer para… ¡para qué! Para divertir a un montón de pijos que se aburrían entre foto y foto de modelito y crema cara.

Volvió a mirar por el rabillo del ojo a Joanne, que parecía tan enfadada como él. De hecho, si las miradas matasen, en ese momento Gretchen sería un charco de carne licuada y trocitos de hueso.

Se le escapó una sonrisita sin querer.

—A Barton algo le resulta muy divertido. Compártelo con nosotros.

—Hamburguesas —dijo Reuben, mostrando los dientes.

Gretchen dio una palmada y les ordenó tirarse al suelo y comenzar a hacer flexiones… Si es que podían soportarlo.

—Eso me recuerda que luego os pasaré una dieta personalizada.

Joanne, temblando por el esfuerzo, la miró por entre el cabello que le había caído sobre la cara.

—¿Dieta?

La sonrisa de Gretchen hizo que los brazos de Reuben fallasen y cayera sobre el vientre.

—Está claro que vamos a tener que organizar una charla acerca de este asunto, porque ya veo que Lola no os ha comentado nada sobre nuestro plan.

—Adelántanos algo.

Para sorpresa de todos, Brandon, que grababa todo con una cámara diminuta que apenas cabía en su mano, saltó de su asiento, emocionado. Su rostro hermoso y cincelado brillaba de entusiasmo. Tanto que Reuben sintió hasta vergüenza de querer largarse de allí.

—Os encantará, ya veréis. Será algo revolucionario y fantástico. Nada menos que un reto entre vosotros y el público, con dieta y ejercicio sano para que todo el mundo esté guapo y estupendo. ¡Pero nada de tonterías ni cosas horteras, de eso me encargo yo! Solo salud y bienestar.

Reuben se preguntó si su rostro reflejaba tanto horror como sentía en ese momento. Ese adonis no podía estar hablando en serio. Miró a Joanne, y le consoló ver que ella parecía estar sintiendo lo mismo que él. De hecho, juraría que se estaba arrastrando hacia la puerta.

—Es una lástima que Brandon nos haya fastidiado la sorpresa, pero os juro que no hoy, y tal vez no mañana, ni la semana que viene, pero un día os sentiréis felices de haber participado en esto.

Joanne musitó algo para sí y Reuben se acercó para poder oírla, porque ella seguía murmurando en bucle, con la mirada perdida en el techo, como si quisiera olvidar que estaba viviendo aquel infierno.

—Quiero despertar, quiero despertar, por favor, quiero despertar.

Reuben suspiró y se dejó caer sobre la colchoneta.

—Y yo.

Joanne trataba de llevar la cuenta de las flexiones, o lo que fuera que estaban haciendo, pero no podía, porque los ojos del animal que Reuben tenía tatuado en el brazo la miraban fijamente y le impedían concentrarse.

Al principio no había visto los tatuajes, pero era lógico, porque él tenía la mano en las pelotas, y era imposible ver algo más que eso. Y luego el shock de saber que tendría que hacer ejercicio le había impedido concentrarse en nada más.

Ahora necesitaba fijar la vista en algo para olvidarse de que iba a morir en ese sitio horrible, sudando y hecha un adefesio. Y lo más probable fuera que Victoria hablara en su funeral y dijera barbaridades sobre ella.

Leones rampantes. Eso eran. Como los que llevaba en los calcetines y en la corbata. ¿Qué le ocurría a ese hombre con los leones rampantes? ¿Acaso pertenecía a la realeza?

—Creo que es suficiente por hoy. Como calentamiento ha estado bien, pero no penséis que seré igual de blanda mañana.

Una risa de malvada de película rebotó contra las paredes, haciendo que hasta los leones rampantes parecieran más mustios de pronto.

—La odio, lo juro.

Puede que las palabras de Reuben fueran un susurro, pero Gretchen las escuchó.

—Guarda esa energía para mañana, Barton. Demuestra que puedes vencerme. —Algo en el tono de la rubia le hizo pensar a Joanne que no creía que fuera posible, y de pronto se sintió agotada, sucia y derrotada. Y no eran ni las nueve de la mañana.

Todavía le quedaba una jornada entera de trabajo por delante.

Se dejó caer en la fina colchoneta y cerró los ojos.

—¡A la ducha! Os espero mañana a la misma hora. Más tarde os enviaré la dieta personalizada. Notaré si la estáis siguiendo. Nadie engaña a Gretchen, ¿verdad, Brandon?

El musculoso adonis, que seguía grabando, rio y la hizo sentir todavía más miserable.

Camino a la ducha, arrastrando los pies, pensó que, si aquello había sido solo un calentamiento, probablemente le quedaban solo unos días de vida. El ejercicio físico jamás había sido lo suyo. Aunque, mirando a Reuben, tampoco podía decirse que él estuviera en lo alto del pódium atlético.

Aquello tenía que poder arreglarse. Lola tenía que entrar en razón.

Capítulo 6

Jardinería: que las malas energías no acaben con tu jardín

Joanne observó a su paciente con ojo clínico: deshidratación, malnutrición y tal vez algo de desidia. Sus hojas estaban caídas y presentaban un aspecto marronáceo que daba lástima.

Buscó entre sus bolsillos y sacó unas diminutas tijeras de manicura.

—¿Qué diablos estás haciendo? ¡No se te ocurra tocar a Sam!

El grito la sorprendió tanto que lanzó a la vez las tijeras y un chillido que la hizo estremecerse incluso a sí misma.

Joanne se llevó una mano al pecho y se giró con brusquedad hacia Reuben, que se había acercado a ella y la había apartado a un lado como si temiera que le hiciera algo a su criatura. Poco le faltó para rodear al helecho con las manos para protegerlo de la cruel mujer que pretendía podarlo.

—¿Sam? ¿Le has puesto nombre a una planta?

Reuben la miró, entrecerrando los ojos, como si acabara de caer en la cuenta de que aquel era su despacho, o lo más parecido a eso que tenía, y ella no debería estar allí. Durante unos instantes, le recordó a un perro defendiendo su terreno. Solo le faltó gruñir para demostrar que no quería que nadie entrara allí ni tocara sus cosas.

Pero tenía razón. No debería estar allí.

No lo había visto desde que se habían separado hacía un par de horas, a las puertas del gimnasio, sin apenas cruzar la mirada.

Se habían arrastrado, habían sudado y, en esencia, habían hecho el ridículo mientras una mujer les gritaba como si fueran gusanos. Y encima Brandon lo había grabado todo para que miles de personas lo pudieran ver y reírse.

En el viaje en metro, sin preocuparse de que el pelo mojado le cayera por el rostro después de la ducha, había estado dándole vueltas a por qué Lola habría pensado justo en ella para toda esa locura.

Comprendía que Ambrose tenía una edad considerable, por no hablar de que tendrían que atarlo para que se pusiera ropa deportiva, y que Donald no entraría en la ecuación, teniendo en cuenta que ni siquiera tenía una sección fija, pero ¿por qué no Victoria, que era la más popular en la revista, o Enna, que ya tenía una cantidad enorme de seguidores en las redes sociales? ¿Acaso no la habían contratado por eso?

Además, podría habérselo dicho. Eso habría sido un detalle, sin duda. A no ser que quisiera que su cara de susto fuera una de las cosas que deseaba ver reflejadas en ese dichoso vídeo.

—Si has venido a pedirme que renuncie a mis páginas para que te las ceda, puedes darte media vuelta. Lo que no les he concedido a los demás, no voy a dártelo a ti. Creía que todo esto ya estaba claro —dijo él con una agresividad bastante sorprendente.

Joanne frunció el ceño. Ni siquiera recordaba la discusión por las páginas que Lola le había recortado. Aunque, ahora que él se lo había comentado, sintió que la vida era muy injusta con ella. Sin duda, la jefa tenía una inquina especial contra ella. Aunque su objetivo no había sido ese, a Joanne le molestó que él lo dijera de esa forma. Se agachó para recoger sus diminutas tijeras y le apuntó con ellas. Si esperaba arredrarla con su actitud, todavía tenía mucho que aprender. ¿Acaso no había visto que trabajaba rodeado de todo tipo de criaturas de cuento, desde el ogro hasta la bruja, pasando por el dragón? Si creía que iba a asustarla con un par de gritos y ese ceño fruncido, iba listo.

—Seguro que a todos se lo has negado con el mismo tono —dijo con ironía, incapaz de morderse la lengua, pese a todo. Una cosa era que no la impresionara y otra muy distinta permitirle con docilidad que le hablase de aquella manera.

Él la recompensó con un bonito sonrojo. Joanne sintió un ramalazo de ternura ante tanta inocencia, porque debía de ser muy inocente si todavía se sonrojaba a esas alturas, pero se dijo que él no se la merecía. Estaba siendo poco educado y hasta brusco con ella, cuando lo único que deseaba era lo mismo que todos los demás.

—Les dije que…

Joanne se encogió de hombros, como si ya supiera la respuesta, y volvió a acercarse a Sam, que la miraba con sus hojas lánguidas, pidiendo auxilio. Haciendo caso omiso a la expresión de alarma de Reuben, recortó un par de ellas, ya muertas, que cayeron sobre la tierra empapada. Si el nuevo chico de los deportes seguía regando esa planta como si le diera de beber a un perro, la mataría en una semana.

—Puedo imaginarte hablando con ellos, descuida —dijo, haciendo aletear las pestañas en su dirección, fingiendo candidez—. Todo buenas palabras y balbuceos. Conmigo, en cambio, te da igual gritar y comportarte como un troglodita. Por cierto —añadió, mirándole con una ceja enarcada—, apunta esto: tierra húmeda, pero no mojada. Sam es una planta, no un animal.

Reuben levantó la barbilla, molesto por sus palabras. Sin embargo, no se defendió, evidenciando que ella no andaba muy errada en sus suposiciones.

—Tú tampoco es que seas el colmo de la amabilidad conmigo —replicó, quitándole las tijeras y tratando de imitarla con torpeza.

Joanne ahogó una protesta y se contuvo antes de decirle que, si seguía podando su helecho a ese ritmo, lo dejaría sin hojas, pero él pareció comprenderlo por sí mismo, y le devolvió la tijera, con un ademán brusco. Trataba a Sam con la misma delicadeza que a ella, y estaba por ver quién duraría menos allí.

—Igual es que no tengo nada que ocultar y me puedo permitir el lujo de presentarme ante ti tal y como soy.

Reuben sonrió por primera vez, aunque ella dudaría en calificar su sonrisa de cálida. Al ver ese gesto, supo que era de esos. Solo veía su imagen exterior, aquella que le había llevado años construir a costa de observar a la gente a su alrededor, las pasarelas, y mezclar ambas con un ingenio sin par, o al menos eso pensaba. Si ese idiota creía que todo aquello no costaba nada, era un ingenuo.

Era el típico que iba de hombre de mundo y luego caía como un idiota en las trampas de sus compañeros. Y de ahí a la victoritis solo había un paso.

—¿Y cómo eres? —preguntó Reuben, mirándola de arriba abajo con aire de sabihondo—. No, déjame adivinarlo: eres la persona que mantiene a esta revista viva, la que hace que los lectores la sigan comprando, la que la hace imprescindible. Ahórrame esos argumentos, no serás la primera en utilizarlos y no me los creo. Está claro que, para la jefa, eres muy importante, por eso te usa de payasa, dando botes y revolcándote en el suelo, como a mí —añadió, con una sonrisita que irritó a Joanne hasta el punto de que le dieron ganas de clavarle la tijerita.

Apretó los labios, notando el sabor de la barra de labios en la boca, dulce y desagradable al mismo tiempo. Ese hombre no sabía hasta qué punto se estaba conteniendo para no mandarle al infierno.

—Claro, te los ahorraré —dijo, alejándose un paso—. Al fin y al cabo, en Inglaterra todo el mundo viste de alta costura y se puede permitir esos trapos que Victoria intenta vender. Y mejor no hablemos de los potingues que Ambrose inculca que hay que usar para no envejecer, todos a precio de oro.

Reuben apartó la mirada con aire casi insultante, haciendo que deseara haber dejado morir a su helecho, con crueldad y muy, muy lentamente.

—¿Quieres decir que todo el mundo en Inglaterra debe vestir como tú? Porque, ¿cómo llamas a ese estilo? Urbanocomosellame… Seguro que es lo más de lo más y lo que la rompe ahora mismo —añadió con un sonsonete que la hizo apretar los dientes hasta que le dolieron las mandíbulas.

Si había algo que odiara en el mundo era que se burlaran de su trabajo, de lo que tenía que luchar para que la tomaran en serio.

Se contuvo y le regaló una mirada similar a la suya, acompañada de una sonrisa hiriente que hizo que se removiera. Ya no llevaba aquel traje viejo, sino uno nuevo y que le quedaba bastante mejor, la camisa blanca, sin corbata, dejaba entrever un resto de piel del pecho, tostada como si estuviera habituada al sol, pero sus calcetines eran los mismos de siempre, con aquellos ridículos bichos trepando. Desde luego, había mejorado, pero todavía tenía mucho que aprender. De todas formas, la imagen de él colocándose las pelotas por dentro del pantaloncito de deporte hizo que se le escapara una sonrisita.

—Mira quién quiere darme lecciones de estilo, don corbata con leones rampantes —comentó, apartando la larga coleta de un manotazo, con toda la acidez que pudo acumular—. Por cierto, deberías hablar con Donald acerca de la etiqueta a la hora de acudir al trabajo. Pero dile de mi parte que el traje no bastará para convertirte en alguien elegante. A pesar de lo que puedas pensar, no servirá solo con disfrazarte para encajar aquí. Y pensar que iba a llevarte para hablar con Lola para convencerla de que todo esto del gimnasio era una mala idea —añadió, con un suspiro teatral—. Creo que al final merecerá la pena intentarlo. Con un poco de suerte, Gretchen te hará correr hasta la puerta y un día no volverás más.

Reuben se llevó una mano al cuello, como si hubiera sufrido una herida allí donde normalmente colgaba su corbata favorita. Joanne sonrió. Luego comprendió lo que significaba el final de la frase y entrecerró los ojos, furioso.

—Lárgate de aquí, y no vuelvas a acercarte a Sam —dijo, con los dientes tan apretados que su voz sonó como un siseo.

Ella bajó la cabeza a modo de saludo. Por unos instantes temió que él hubiera podido entender demasiado en sus palabras, pero era evidente que él no entendía nada. Nada de nada.

—Descuida. Solo vendré a traerle flores el día de su funeral. O del tuyo. Lo que llegue antes.

—¿Y bien?

Joanne soltó todo lo que llevaba sobre el suelo del descansillo de su apartamento, nada más cruzar el umbral, y bufó. En unos segundos se deshizo del enorme bolso en el que llevaba ordenador, cuadernos, libretas de notas y cientos de cachivaches que necesitaba para trabajar cada día, y de los incómodos tacones, suspirando de alivio en cuanto se vio libre al fin.

Ese día, además, también de las zapatillas de deporte. El resto lo había dejado en el gimnasio, pero las zapatillas se las había llevado para acostumbrarse a ellas.

—Y bien…, nada. Te ahorraré los horribles detalles de nuestra charla, pero no hay nada que hacer. Lo vi ahí, con esa cara de idiota, que cree que lo sabe todo, y no he podido decirle nada.

Tim empezó a reír con suavidad al principio, pero poco a poco su risa fue ganando fuerza hasta que se convirtió en un irritante ataque que puso furiosa a Joanne. En momentos como ese era cuando se preguntaba por qué vivía con alguien con quien también trabajaba, de modo que era incapaz de desconectar. Además, Tim jamás estaba de su parte, fuera cual fuera la lucha.

—Así que vas a tener que ir todos los días al gimnasio y correr, hacer pesas, y a saber qué más. Y todo por no hablar con el chico de deportes. Muy madura.

—Ríete, sí, pero me gritó. Y no soporto que nadie me grite.

Tim dejó de reír al instante, sorprendido. Su rostro había mejorado, aunque todavía presentaba algunas rojeces en los pómulos. Joanne no le había querido preguntar nada sobre el asunto, pero había visto los productos que había usado para calmar la irritación, así que tenía la ligera sospecha de que todo se debía a una mala reacción con un tratamiento de dermoabrasión.

—No puedes hablar en serio, ese tipo no tiene carácter.

Joanne enarcó una ceja y se dejó caer junto a él en el sillón. Estiró los brazos y comenzó a quitar una a una las horquillas que le sujetaban el pelo. Unos instantes después, sostenía entre sus manos la coleta postiza que completaba su look urbano, y según las últimas tendencias, irresistiblemente femenino. Con la corta melena suelta, suspiró satisfecha, masajeándose el cuero cabelludo con los dedos.

—Me temo que Reuben Barton sí tiene carácter, Tim. Y no es el tipo de carácter que nos gusta en Oh! La mode…

Tim se estiró y le alcanzó el arsenal de desmaquillante que ella siempre tenía a mano, porque le gustaba quitarse a su otro yo de encima en cuanto llegaba a casa.

—¿Quieres decir que no es un blandengue manipulable?

Joanne suspiró con pesar mientras se embadurnaba de crema y cerraba los ojos para que no le entrase dentro. Todo lo que se ponía cada mañana en el rostro necesitaba tanto esfuerzo por su parte para eliminarlo como para ponerlo. Esa mañana se había ido por el desagüe de la ducha del gimnasio y había tenido que rehacerlo en la redacción de la revista. Era una suerte que tuviera un poco de todo en el bolso, porque aparecer desmaquillada en el trabajo hubiera sido un descredito para ella y su sección.

—Es una desgracia, amigo, pero así es. El nuevo chico de deportes no quiere ser uno más. Aunque, si te soy sincera, parece que venga de otro mundo. Aunque se ha comprado un traje nuevo, sigue con los mismos calcetines y las mismas corbatas, ¿sabes? ¿A qué espera para ir de compras y quemar toda su ropa vieja? Lleva una semana trabajando con nosotros y todavía no se le ha pegado nada. A estas alturas ya debería usar al menos crema hidratante.

Tim cruzó los brazos, enfurruñado, como si hubiera perdido una apuesta consigo mismo.

—Me siento estafado. Juraría que Donald iba a conseguirlo, aunque debo decir que no me consta que lo haya abordado en serio. De todas formas, y no te ofendas, querida, si ha de contagiarse de alguien, espero que no sea de ti.

Joanne abrió los ojos y fingió que no le molestaban las palabras de su compañero de piso. Extendió una mano para que Tim le pasara unas toallitas. Estaba tan acostumbrada a ese tipo de estocadas que había acabado por tomárselas como gestos de cariño.

—Tendrías que haberlo visto en el gimnasio. Te juro que no ha habido nadie tan perdido en el mundo jamás. Y solo por eso, puede ser hasta divertido ver lo que ocurre. Sudar y comer sano es un sacrificio por el que pasaré, si puedo disfrutar de esa cara de sufrimiento cada día —añadió, con ojos soñadores—. Aunque eso no quiere decir que le perdone a Lola lo que me está haciendo pasar. Por cierto, ¿cómo es posible que llegues antes que yo a casa cada día?

Tim se levantó del sillón, ahogando una maldición. Tomó de paso una de las toallitas calmantes de Joanne y se la pasó por el rostro. Hablar, o tan solo pensar en Lola, hacía que su irritación volviera con más fuerza.

—Se ha quedado con Enna ultimando las nuevas secciones. Me ha mandado a casa. Hay algo que están preparando y no me lo dicen. Pero te juro que me enteraré.

Joanne, con el rostro ya limpio, lo miró. No entendía que Tim se sintiera amenazado por esa mujer. Podía ser encantadora y valiosa como conocedora del mundo real, según Lola, pero no estaba a la altura de Tim en ningún aspecto. Él la conocía mejor que ella misma, sabía incluso cuándo iba a estornudar antes de que se acatarrase.

—Yo de ti no me preocuparía por ella, seguro que es una idiotez. Ya sabes cómo es Lola —añadió, encogiéndose de hombros—, a veces se comporta como los niños con sus juguetes nuevos. Enna es lo que los expertos le recomendaron, conoce los gustos del público y es tan dulce y dispuesta que Lola la devorará en unas semanas. Solo quiere divertirse un poco.

Él volvió a sentarse a su lado, y se acurrucó contra ella. Joanne a veces tenía la sensación de que Tim se sentía demasiado solo, que consideraba al personal de la revista, y a Lola en particular, como algo más que sus compañeros, y eso no era una buena idea. Lo sabía por experiencia.

—Echo de menos cuando me gritaba, Jo. Está muy rara.

Joanne rio. Lola siempre había sido rara. Pero entendía bien lo que él quería decir. La crisis de la revista la había afectado de una forma extraña, como si de pronto se hubiera dado cuenta de que había cosas más allá de las vacías páginas que hacía llegar a los kioscos cada mes. Hasta cierto punto comprendía que quisiera ganar un nuevo público, a esa gente de la calle a la que tanto nombraba de pronto, pero estaba convencida de que su estrategia estaba equivocada. Nada merecía la pena si para conseguirlo perdía su esencia.

—Hablaremos con ella y tendrá que entender que este no es el camino, descuida. Y volveremos a intentarlo con Reuben, si hace falta. Si no es tan idiota como creíamos al principio, tendrá que entender que tenemos razón y que este cambio no es una buena opción.

Tim gruñó.

—No me gusta. Me llama Tim solo para fastidiarme —añadió con un mohín infantil—. Y supongo que te has fijado en sus calcetines. Tienen leoncitos rugiendo —dijo, poniendo los dedos en garra y gruñendo—. Son horrendos.

Joanne suspiró. No quería ni imaginar lo que diría el asistente si se enterase de que no llevaba leones solo en los calcetines. Desde ese instante podía descartar a Tim como persona útil para su cruzada para tratar de convencer a Reuben.

Capítulo 7

Trabajo: cuerpo y alma, el conjunto perfecto

—Un pajarito me ha dicho que eres la nueva sensación del fitness.

Reuben soltó la hoja del helecho que estaba sosteniendo, observando cómo caía, triste y lánguida, en cuanto la soltaba. Desde que la había llevado a su oficina, la planta moría día a día a pesar de todos los cuidados que le prodigaba. Se resistía a seguir los consejos de Joanne, más que nada por no darle la razón, pero sabía que acabaría probando, porque Sam era lo único que le gustaba allí.

Y como Sam, él también languidecía día a día.

Nada allí lo llenaba ni le hacía sentir deseos de continuar con su trabajo. Los artículos que leía lo enfurecían por su superficialidad, las fotografías le parecían terribles, con aquel maquillaje y aquellos retoques irreales, por no hablar de que la imagen de riqueza y éxito que mostraba era totalmente incompatible con lo que se suponía que Lola quería vender. Pero lo peor era que lo que él hacía no era mucho mejor. Correr, saltar, ponerse unos pantalones cortos y posar delante de una cámara sonriente. Y pasar hambre. Mucha, mucha hambre. Todo para… ¡vender!

Lola seguía sin aceptar su artículo e insistía en que lo de los vídeos y alentar a los lectores a la vida sana era lo mejor. Era una especie de cruzada, según ella.

—Si vuelvo a oír que el ejercicio te hace feliz, creo que mataré a alguien —dijo Reuben con una sonrisa irónica antes de volverse hacia Donald—, y tú estás a mano, así que ándate con cuidado.

Donald se dejó caer en una silla con aire satisfecho.

—Estoy esperando a que me digas que tenía razón.

Reuben se encogió de hombros. No tenía ningún problema con ello.

—De acuerdo, tenías razón. Sois todos horribles por igual.

Donald giró la cabeza hacia un lado y amplió su sonrisa. Reuben apartó la mirada. Lo último que quería era que el corrector notase que sus palabras no eran del todo sinceras. Por mucho que intentase bajar la mirada, había alguien en la revista a quien no miraba como al resto. En su presencia, aunque ella jamás lo mirase y apenas le dirigiera la palabra, se sentía insignificante y miserable, y un inútil, más de lo habitual. Y, sin embargo, no podía evitar sonreírle como un idiota cada vez que la veía.

—No, no, no. A mí no me engañas —dijo Donald, agitando un dedo en su dirección—. No todos somos igual de horribles para ti. De hecho, tu victoritis es tan evidente que ya se comenta en los pasillos.

Reuben frunció el ceño y se giró para ocultar su rubor.

—No sé de qué estás hablando.

Donald rio.

—No empieces a hablar como en las novelas, amigo. No es que se te note mucho, al menos si no te fijas en que apenas eres capaz de mirarla de frente, pero sé reconocer los síntomas de la victoritis a distancia. No sufras, todos hemos pasado por ello, me atrevería a decir que incluso todas.

Reuben se giró hacia él, con una ceja en alto.

—¿Todas?

Donald comenzó a enumerar con los dedos, a medida que hablaba.

—Si lo piensas, es hasta lógico, es lo más parecido a una estrella que tenemos por aquí y todos caemos rendidos a sus pies, al menos hasta que la conocemos a fondo. Es guapa, elegante, inaccesible, fría y dura. A veces te mira como si te lanzase puñales con la mirada, y eso duele, pero a la vez atrae. Provoca estremecimientos en la espalda y en zonas del cuerpo más innombrables, porque ella nos azotaría si las pronunciásemos en público. Y nos contenemos y nos comportamos bien para estar a su altura, por si nos compensa con una sonrisa. Porque los hombres somos idiotas y nos gusta creer que las que nos odian nos aman en el fondo de su pétreo corazón.

—Victoria no es fría y dura. Solo es exigente con los demás como lo es consigo misma.

El corrector alzó las manos al cielo y gimió.

—Escucharte es como oírme a mí mismo cuando llegué: «Victoria me aprecia en el fondo. Si no me saluda es porque es tímida». —Donald dio una palmada contra la mesa que hizo que Reuben diera un salto atrás, asustado—. Olvídala, solo te hablará si quiere algo de ti. Si ve que no hay nada que pueda conseguir, te pasará por encima hasta llegar a otro que sí pueda dárselo. Y tú no tienes nada que pueda querer, amigo, reconócelo.

Reuben decidió que no iba a responder a ese comentario. Su Victoria no era así. Si Donald hablaba así de ella, era porque no había conseguido que le hiciera caso, era evidente. Con él siempre había sido correcta y amable.

—¿Has venido para decirme solo eso? Tengo trabajo.

Donald dejó por un momento el tema que habían estado tratando y lo miró, comprobando que su aspecto no había cambiado en absoluto desde que había llegado. Se había comprado un traje en una tienda que estaba de liquidación y había mejorado un poco, pero no se había esforzado mucho más.

—Tu primer trabajo debería ser aprender a vestirte. Puedo acompañarte de compras, si quieres. No diré que sea una orden de la jefa, pero… lo es. Esa corbata, en particular, hace que los ojos quieran salírseme de las órbitas y precipitarse por un acantilado por voluntad propia.

Reuben, ya definitivamente enfadado, tomó la corbata y se la arrancó del cuello.

—¿Puede saberse qué tiene de malo esta corbata? Es bonita, pega con todo y es agradecida con las manchas.

Donald lo miró con incredulidad, incapaz de reír siquiera ante sus absurdas palabras. Cogió un lápiz de la taza que Reuben usaba como contenedor de material de oficina y cogió la corbata por uno de los extremos, como si se tratase de una víbora todavía moribunda, dispuesta a atacar en su último estertor.

—No sé si te escuchas al hablar, pero piensa dónde estás. Debes vender una imagen, y no solo en las páginas de la revista. —Lanzó el lápiz y la corbata de pronto lo más lejos que pudo y se frotó las manos contra el pantalón, para borrar todo posible resto de contaminación—. ¿Has visto a alguien mal vestido aquí?

A Reuben le vino a la cabeza Joanne Sanderson con sus particulares estilos urbanos, en los que mezclaba tejidos brillantes y deportivos, las tachuelas con el encaje o el cuero con el algodón sin ningún pudor. Por no hablar de los colores que usaba en su rostro. Con lo guapa que estaba sin maquillaje, en el gimnasio. Al menos hasta que lo miraba con aquella cara de odio cuando hacía una flexión de más.

—Me gusta mi ropa. Es apropiada —respondió, pensando que Donald y él no estaban en la misma sintonía.

—No, Reuben, no lo es. Es horrible, anticuada, vieja, arrugada y hasta te faltan botones a veces. Lo que me extraña es que Lola no te haya puesto de patitas en la calle por eso, lo cual demuestra que ahora tiene preocupaciones reales en las que pensar. Hace un año, ni siquiera habrías entrado aquí con ese pelo.

—¿Y qué diablos le pasa a mi pelo?

Donald suspiró, dejándolo por imposible. Lo contempló en silencio y al fin sonrió, haciendo que Reuben se preocupase más todavía, incapaz de pensar por dónde podía salir el corrector y escritor de horóscopos.

—Te lo diré de otra forma: si quieres que Victoria te mire, y no hacer el ridículo a su lado cuando al fin se enamore de ti —añadió con una sonrisa tan llena de ironía que Reuben supo que no creía que eso fuera a suceder jamás—, tendrás que aparecer presentable ante sus ojos.

Reuben entrecerró los ojos.

—Eso es un vil chantaje.

—Pero seguro que te hace ver las cosas de otra manera. Además, piensa en esos vídeos que se van a ver en todas partes. Dentro de muy poco vas a ser conocido y seguro que quieres mostrar tu mejor imagen ante el mundo. Nadie echará de menos a tus leoncitos —añadió con una sonrisa ladeada que le sentó a Reuben como una puñalada en el pecho.

Donald supo que había ganado cuando vio a Reuben sentarse sin hablar, con aspecto realmente abrumado, como si estuvieran a punto de cortarle la melena como a Sansón.

—No.

—¡Pero si no he hablado siquiera!

Lola anotó un par de frases más en su libreta morada y levantó al fin su mirada hacia Joanne, que trató de permanecer inmóvil, aunque los nervios se lo impedían. Le había dicho a Reuben, y a sí misma, que no hablaría con Lola. Pero allí estaba. Iba a intentar salvar al menos su trasero. El de Reuben, por mono que fuera, le daba igual.

—Lola, tienes que admitir que esa idea del gimnasio y la vida saludable es…

Una ceja oscura alzada debería haber sido aviso suficiente, pero Joanne siguió hablando, como si no conociera a su jefa. Habló y habló acerca de lo inapropiada que era para el ejercicio, de lo que le costaba luego el trabajo diario, mantener su imagen, de la dieta, de que se quedaba atrás con respecto a los demás…

—¿Has visto el vídeo?

A Joanne le costó parar, como siempre que cogía carrerilla.

—¿Cómo?

Lola repitió su pregunta y al final le mostró su propio teléfono.

Joanne negó con la cabeza. No quería verse sudada, con el rostro enrojecido y vestida con poco menos que un biquini. De hecho, no tenía ni idea de que Gretchen hubiera mandado esas imágenes.

No habían hablado mucho del asunto. Durante esa semana ella se había limitado a aguantar y hacer lo que le mandaban, intentando olvidar que les estaban grabando. En cuanto a los vídeos, ya sabía que iba a haber un montaje con la evolución de los progresos de la primera semana, pero creía que no iba a tener que soportar el horror de verlo. Notar a Brandon cerca con la camarita era tan doloroso y humillante como las agujetas en el trasero.

—Lo he filtrado a algunos blogs especializados y dicen que puede ser… Déjame comprobarlo… —Lola abrió su libreta morada y la hojeó hasta dar con las anotaciones que buscaba—: «la bomba». Uno dice que «divertido y absurdo, como dos patos intentando ser cisnes». Y aquí, uno de mis preferidos: «Si ellos pueden, la gente normal verá que cualquiera puede hacerlo». ¿Entiendes por qué te escogí a ti?

Joanne apretó los labios, sintiendo que los ojos se le llenaban de lágrimas. Lola había hablado con su sequedad habitual, sin darse cuenta de que aquellas palabras eran ofensivas y dolorosas. En otro momento le habría dado igual, pero daba la casualidad de que hablaban de ella.

—¿Porque soy fea y torpe?

Lola parpadeó un par de veces, y entonces hizo algo que Joanne jamás había visto. Duró poco, como un rayo de sol en Escocia en pleno invierno, pero Joanne se sintió mucho mejor de pronto. Pensó que, solo por eso, merecía la pena seguir allí.

Lola le sonrió con algo similar al cariño.

—No, idiota, porque tú puedes con ello, como has podido con esa rivalidad absurda con Victoria. Estoy segura de que ella no habría aceptado jamás.

Para entonces, Lola ya no la miraba.

Joanne no estaba segura de que el hecho de que Victoria no hubiera aceptado fuera un halago para ella, pero prefirió pensar que Lola confiaba en ella, porque era menos doloroso para su ego. Además, tampoco le habían dado opción. Lola se lo había ordenado y no le había dado oportunidad de negarse. Si estaba allí en ese momento, era por eso mismo.

—En cuanto a Reuben Barton… —Joanne se quedó paralizada. Pensaba que ya había terminado y no esperaba que nombrase a Reuben—. Una de las personas que vio el vídeo me dijo esto —Lola volvió a rebuscar en la libreta y achicó los ojos como para leer mejor—: «Química pura. Deberías aprovecharla».

Joanne retrocedió un paso sin querer. De pronto, el despacho de Lola, que era enorme y blanco, se tornó oscuro y diminuto.

—El ácido corrosivo también es químico —dijo, con una sonrisa nerviosa.

¿Qué había captado ese maldito vídeo? ¿Habían grabado el momento en que había mirado sus pelotas, el trasero, o su león rampante? ¿Le había mirado él las tetas? Porque estaba impresionante con esa ropa de gimnasio de diseño, seguro que le había mirado las tetas o el culo en algún momento, si es que era humano.

—A veces la gente se equivoca.

Las palabras de Lola la hicieron sonreír, o al menos fingir que lo hacía.

—Seguro.

—Claro.

—Por supuesto.

—Umm.

—Ya.

Lola entrecerró los ojos y la miró durante unos segundos, como si no comprendiese qué hacía todavía allí, de modo que saludó con la mano y se marchó, con el corazón latiendo al doble de su ritmo habitual.

A esa hora normalmente estaría comiendo un bollo con Tim, pero Gretchen le había prohibido todo lo que sabía bien o era un aliciente en su vida.

Y además ahora alguien sospechaba que había química entre Reuben y ella.

¿Qué más desgracias podían ocurrir en su vida?

Pasaron unos minutos hasta que se dio cuenta de que ni siquiera había luchado por lo que quería. No había protestado ni le había soltado los argumentos que había preparado con cuidado durante toda la noche que había pasado sin dormir.

Maldita fuera.

Pulsuz fraqment bitdi.

Yaş həddi:
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Litresdə buraxılış tarixi:
23 oktyabr 2024
Həcm:
261 səh. 2 illustrasiyalar
ISBN:
9788413752969
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