Kitabı oxu: «Política y geopolítica para rebeldes, irreverentes y escépticos»

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foca investigación

160

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ISBN: 978-84-16842-63-6

Augusto Zamora R.

Política y geopolítica

para rebeldes, irreverentes y escépticos

3.ª edición ampliada


Nueva edición, la tercera, de un libro que, en poco más de un año, se ha convertido en un referente en el ámbito del análisis geopolítico, con nuevos materiales sobre los últimos acontecimientos en torno a Irán, Turquía, Siria, Libia, Estados Unidos, Rusia o China.

Recibimos más información que nunca, y, sin embargo, estamos más condicionados que nunca, pues la creación de enormes oligopolios mediáticos hace que dicha información esté al servicio de los intereses de sus dueños. Este hecho se ve reflejado con particular crudeza en el ámbito de la política y la geopolítica, donde la visión global de un mundo dividido entre «buenos» (neoliberales) y «malos» (todos los demás) es continuamente martilleada por televisiones, radios y cabeceras periodísticas. De ahí que, para entender mejor nuestro mundo (y tratar de cambiarlo, ahora que aún estamos a tiempo), sea necesario casi partir de cero.

Tal es el objeto de este libro. Dirigido a un público joven de 18 a 90 años, en sus páginas se desgranan los conceptos, las teorías geopolíticas y los protagonistas que han dado y dan forma al contexto sociopolítico, militar y económico que nos rodea. De las proyecciones cartográficas a la Guerra Fría, de los «Estados fallidos» a los «Estados canallas», de la «borrachera del poder» a la economía psicópata, de Estados Unidos a Afganistán y Siria, de la Guerra Fría a la militarización de Europa, del retorno de Rusia como potencia al creciente poder de China, de las guerras pasadas a las guerras futuras… Esta obra ofrece un panorama que sin duda sorprenderá al lector, pues no acaba de cuadrar con la «versión oficial» que se vende a diario.

Augusto Zamora R. está dedicado, en la actualidad, a la investigación y al periodismo. Fue profesor de Derecho internacional público y Relaciones internacionales en la Universidad Autónoma de Madrid y embajador de Nicaragua en España hasta 2013. Ha sido profesor en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua y es profesor invitado en distintas universidades de Europa y América Latina. Fue director jurídico del Ministerio del Exterior y jefe de gabinete del ministro del Exterior de 1979 hasta 1990. Formó parte del equipo negociador de Nicaragua en los procesos de paz de Contadora y Esquipulas, desde su inicio hasta la derrota electoral del sandinismo. Abogado de Nicaragua en el caso contra EEUU en la Corte Internacional de Justicia y en otras causas en este tribunal, ha participado en numerosas misiones diplomáticas y negociaciones en Naciones Unidas, la OEA y el Movimiento de Países No Alineados. Miembro de número de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua, ha colaborado en los diarios españoles El Mundo y Público, así como en otros medios de prensa en España e Iberoamérica desde hace dos décadas. Entre sus obras cabe destacar El futuro de Nicaragua (1995; 2.ª edición aumentada, 2001), El conflicto Estados Unidos-Nicaragua 1979-1990 (1996), Actividades militares y paramilitares en y contra Nicaragua (1999), El derrumbamiento del Orden Mundial (2002), La paz burlada. Los procesos de paz de Contadora y Esquipulas (2006) y Ensayo sobre el subdesarrollo. Latinoamérica 200 años después (2008).

A mis hijos

INTRODUCCIÓN

Vivimos una era única y singular. Por vez primera en la historia conocida, se vienen produciendo enormes cambios en el mundo sin que dichos cambios hayan sido consecuencia de una hecatombe bé­lica o catástrofes naturales. Los grandes cambios de poder suelen ser resultado de decisiones humanas en forma de guerras. España impuso su poder mundial con guerras; Francia la sustituyó como poder hegemónico también con guerras, y guerras de siglos dieron origen al Imperio británico. EEUU se hizo potencia mundial merced a la Primera Guerra Mundial, y poder hegemónico en Occiden­te y sus contornos gracias a la Segunda. Hechos naturales han puesto fin a civilizaciones enteras, como la minoica, destruida por una erupción volcánica, o como las pestes que asolaron Europa y retrasaron siglos su resurgimiento.

Pero los cambios del presente tienen su origen en un hecho sin parangón en la historia: el suicidio de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, la gran superpotencia que competía con EEUU por el dominio mundial –o se lo repartían–. No hay antecedentes históricos conocidos de un hecho similar. La historia muestra que las grandes potencias caen o desaparecen como consecuencia de sus declives internos, que llevan a provocar su derrota militar. Le pasó a España en Utrecht, en 1714; a la Francia napoleónica en Waterloo, en 1815; a Alemania en 1918 y 1945… La URSS desapareció por decisión de un hombre alcohólico y enajenado, un Rasputín entronizado, a quien sus asistentes terminarían encerrando en sus habitaciones para evitar que hiciera ridículos mayores, como ser encontrado en paños menores en una calle de Washington. De golpe, sin guerras externas, terremotos sociales o meteoritos apocalípticos, Boris Yeltsin declaró, en diciembre de 1991, que la URSS había dejado de existir. Y el Estado creado por Vladimir Ilich Uliánov, Lenin, en 1921 desapareció sin más, en lo que otro Vladimir, el presidente de Rusia, Vladimir Putin, ha considerado «la mayor catástrofe geopolítica del siglo xx». Efectivamente lo fue, sobre todo para Rusia que, de golpe y sin mediar derrota militar, vio desaparecer dominios adquiridos duramente a lo largo de 500 años.

La autodestrucción de la Unión Soviética desató una euforia infinita en EEUU y sus aliados. En Washington se dieron a la tarea de rediseñar el mundo para lo que, creían, sería «un nuevo siglo americano». Imponer una hegemonía mundial, un mundo unipolar, requería de conflictos armados. Una tras otra se sucedieron las guerras entre 1998 y 2013, afectando a tres continentes. Con la excepción de la agresión contra Yugoslavia, todas las aventuras armadas terminaron en fracaso. Su único resultado tangible ha sido potenciar un fenómeno antiguo en cuanto a su práctica, pero residual en el mundo –salvo contados países– hasta las guerras de agresión lanzadas por la OTAN. Ese fenómeno viejo pero residual era –es– el terrorismo. La más sofisticada tecnología militar y la maquinaria militar más potente del mundo fueron derrotadas por ejércitos desharrapados, desprovistos de misiles, blindados o aeronaves. Los ejércitos que pensaban desfilar victoriosos en sus respectivos países retornaron uno a uno en silencio y humillados. Lo único que dejaron tras de sí fueron pueblos destruidos, millones de víctimas, decenas de millones de desplazados y refugiados, y un virulento resurgimiento del fanatismo religioso. La unipolaridad y el sueño de un «nuevo siglo americano» se quedaron rápidamente sin pólvora, pero no será ése el peor de sus problemas. Mientras la OTAN se desgastaba en guerras infecundas, otras potencias emergían.

***

En los cinco siglos que duró la hegemonía europea en el plane­ta nunca ningún ideólogo consideró otro mundo que no fuera el dominado por Europa y la cultura occidental. Asia no contaba, África no existía, América era excéntrica. De repente, sin ostentaciones, alardes o prepotencia, la República Popular China emergió con fuerza inusitada, convirtiéndose, en menos de dos décadas, en el ombligo industrial del mundo, como Gran Bretaña lo fue en el siglo xix y EEUU en el xx. El ascenso chino ha sido tan fulgurante que, al día de hoy, un porcentaje considerable de población occidental sigue sin imaginarse el brusco cambio de las coordenadas económicas y políticas mundiales. No pasa igual en otras partes, como Iberoamérica o África. En 2015, China facilitó más fondos monetarios a países iberoamericanos que el FMI. Las inversiones chinas en África están cambiando el rostro de ese continente. El poder económico chino ha visto reconocido su peso con la decisión del FMI, en noviembre de 2015, de incorporar el yuan a la «cesta» de monedas de reserva que maneja ese organismo. Hasta el momento, el selecto club de monedas lo integraban dólar estadounidense, euro, libra esterlina y yen japonés. Estas monedas son las utilizadas por el FMI y otros organismos financieros internacionales para regular las tasas de cambio y controlar la deuda externa de los países, entre otras operaciones. China se había quejado de menosprecio a su moneda, no obstante ser la segunda economía mundial y primera en términos de paridad adquisitiva. Desde noviembre pasado, el yuan ha pasado a formar parte del club.

No sería China la única gran potencia en reaparecer. Tras la era Yeltsin, una Rusia dirigida con mano de hierro por Putin daba golpes contundentes en el tablero mundial (para emplear el título del libro del impronunciable Zbigniew Brzezinski), primero poniendo fin a la rebelión secesionista en Chechenia, luego al reincorporar Crimea a Rusia y parar los pies a la OTAN en Ucrania para, finalmente, irrumpir en Siria y remover drásticamente la situación en Oriente Medio y Próximo. Debe aceptarse que la enér­gica reacción rusa agarró a la OTAN por sorpresa y sin capacidad de respuesta. Tampoco la había. Bajo Putin, la economía rusa se ha reordenado y nadie –argumento definitivo– hace la guerra a un país que posee 15.000 ingenios nucleares. Más aún, el rearme de Rusia ha sido –y sigue siendo– simplemente espectacular, superando su desarrollo tecnológico incluso al alcanzado por la URSS en su periodo de esplendor.

Brzezinski escribió que uno de los objetivos de EEUU en Eura­sia era manejar su política en este vasto continente de forma que «impida la emergencia de una potencia euroasiática dominante y antagónica», creando un equilibrio continental en el que los EEUU «ejerzan las funciones de árbitro político». Quería decir que EEUU debía actuar de forma que impidiera el renacimiento de Rusia como «una gran potencia dominante y antagónica». Otro objetivo fracasado. En Eurasia, ahora, no hay sólo una potencia dominante y antagónica, hay dos grandes potencias que, además, han establecido una alianza estratégica entre ellas. Con motivo de su visita oficial a Rusia, para asistir a los actos conmemorativos del 70 Aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial, el pre­sidente de China, Xi Jinping, publicó en mayo de 2015 un mensaje en el que afirmaba que «los pueblos de China y de Rusia defenderán el mundo hombro con hombro, contribuirán al desarrollo y harán su aporte para asegurar una paz duradera en el planeta». El mensaje de Xi Jinping tenía un obvio destinatario: EEUU y la OTAN. Un mensaje a tomar en cuenta en el devenir de este siglo xxi, ahora que está próximo a cumplir su segunda década.

La gran derrotada en la nueva recomposición del mundo ha sido la Unión Europea, proyecto integracionista devorado por la OTAN. Europa es la única región del mundo donde EEUU ha podido alcanzar plenamente sus objetivos, excepción hecha de Ucrania y Georgia. Poco queda ya del proyecto europeo, salvo unas instituciones antidemocráticas al servicio del gran capital. Nada queda del proyecto social, devorado por el neoimperialismo alemán. Nada del Euroejército, convertido en anécdota. Nada de la política exterior y de seguridad común. La UE es un remedo de las «banana republics» que llenaron el mar Caribe de dictadores y sangre. «Banana republics» desarrolladas, ricas, sí, pero sometidas a Washington, igual que las subdesarrolladas y míseras Cuba o Nicaragua de los años treinta y cuarenta. Mientras los europeos se desperdician en el renacimiento de los nacionalismos –fenómeno del siglo xix– o de los fascismos –propio de los años treinta del siglo xx–, EEUU aprovecha el desconcierto europeo para militarizar el este de Europa, preparando escenarios de guerra que sólo a EEUU pueden interesar. Los países bálticos y Polonia han sido convertidos en los guardianes de los intereses estadounidenses y responden más a ellos que a cualquier proyecto europeísta. No obstante el abismo que puede abrirse en el este de Europa, los medios de comunicación occidentales apenas informan de esos hechos. ¿No interesa informar o está vetado en una prensa cada vez más concentrada en pocas manos? Europa no sólo se ha convertido en un peón de EEUU, sino que está viendo renacer el darwinismo social con la tragedia de los refugiados. Dicho más claramente, desde hace casi dos décadas, la UE vive un proceso kafkiano de convertirse, de proyecto de futuro, en triste escarabajo.

***

Una de las causas del desconcierto europeo es que, hasta ahora, no ha tomado en cuenta un factor geoestratégico que separa hondamente a Europa de EEUU. Como ha señalado Brzezinski, el «concepto estadounidense de seguridad [está] basado en la idea de que los Estados Unidos son una isla continental». Para entender cabalmente este concepto no sería mal ejercicio darle un vistazo a un mapamundi. EEUU, como todo el continente americano, está separado del resto de continentes por dos inmensos océanos, el Atlántico y el Pacífico. Es el único continente aislado completamente del resto del mundo, sin que el estrecho de Bering sirva de excepción. Unos pocos kilómetros separan Asia de Europa, y menos de 20 kilómetros España de África. Asia y Oceanía están conectadas por miríadas de islas. A América debe irse en barco o en avión. Decenas de horas y de días. Las dos guerras mundiales la enriquecieron a niveles astronómicos sin que una sola bomba afectara su territorio (en 1941, cuando el ataque japonés a Pearl Harbor, Hawái tenía el estatus de colonia). Por la misma causa que las bombas de las guerras mundiales no alcanzaron su territorio, resulta imposible para los refugiados de las guerras de la OTAN alcanzar territorio estadounidense. A EEUU, las guerras que provoca –Afganistán, Iraq, Libia, Siria– le quedan lejos, infinitamente lejos. El terrorismo también. Su condición de Estado-isla en un continente-isla determina toda su política. Puede provocar cualquier cantidad de caos en el mundo sin que ese caos llegue a rozar sus costas, salvo cuando se trata del narcotráfico, que es un fenómeno esencialmente americano y del que –aun así– escapa, pues la peor parte se la llevan países como México o Colombia. Con Europa ocurre exactamente lo contrario. Europa limita con Asia y África. Lo que ocurra en esos dos continentes le afecta de lleno, sobre todo si se trata de guerras promovidas por la Alianza Atlántica.

Los europeos no han entendido la profundidad y extensión de esta regla axiomática de la geopolítica. Han hecho una alianza a muerte con un país que nunca morirá con ellos. Todo lo contrario, los ha visto morir y se ha enriquecido hasta la obscenidad con sus desgracias. Para EEUU, las dos guerras mundiales fueron un regalo de dioses. Sin esas guerras no habría llegado nunca a lo que llegó sin sacrificar un dólar. Los europeos occidentales le siguen agradeciendo que les ayudara a vencer a Alemania, aunque, en la verdad histórica, su participación en la Primera Guerra Mundial fue simbólica y, en la Segunda, limitada, correspondiendo el mayor mérito a la URSS. Las decisiones que tome la UE respecto a Rusia nos dirán si habrá paz o guerra.

Capítulo I

De política, economía y psicología

Política: el arte –de muchos– de vivir del cuento

Término polifacético que define desde la «ciencia que trata del gobierno y la organización de las sociedades humanas, especialmente los Estados» hasta una clase o casta de personas que se dedican a tiempo parcial o completo a la actividad política. Max Weber (La política como profesión) define la política como «la aspiración a participar en el poder o a influir en la distribución del poder entre distintos Estados o, dentro de un Estado, entre los distintos grupos humanos que éste comprende». Es tan antigua como las sociedades humanas, en la medida que estas sociedades, para serlo, necesitan una organización mínima y, con la organización, a personas que ocupen o desempeñen los cargos propios de la misma, sean jefes, brujos, chamanes, dictadores, reyes o presidentes. La obra primigenia de referencia es la Política, obra escrita por Aristóteles, en el siglo v a.C. Desde entonces, se han publicado océanos de libros, tratados, artículos y similares para tratar el tema y darle razón, explicación y sistematización, los más de ellos aburridos, ininteligibles y fugaces. Aunque las ideologías jueguen lo suyo, la política, en su aplicación cotidiana, la deciden personas y grupos de intereses económicos, financieros o industriales, o todos a la vez.

Con contadas excepciones, el poder político lo suelen detentar los mismos grupos a lo largo de siglos, aunque muten de nombres, banderas o personajes. Es de referencia la frase del filme El Gatopardo, de Luchino Visconti, basado en la obra del mismo nombre del aristócrata siciliano Giuseppe Tomasi di Lampedusa. En una parte del filme, que trata del periodo de la formación de Italia (1860), Tancredo, uno de los protagonistas, expresa a su tío Don Fabrizio, príncipe de Salina: «Si queremos que todo quede como está es preciso que cambie todo», y la clase dominante se hace revolucionaria para mantener estatus y poder. La Revolución francesa fue un alzamiento contra la aristocracia, que terminó creando una nueva realeza, con el plebeyo Napoleón de emperador, para, después de su derrota, darse la restauración de los Borbones. La muerte del general Franco abrió las puertas al juego democrático en España, pero el juego lo terminaron jugando dos partidos, que se alternaban en el poder y entre ambos garantizaron que cam­biaran las cuestiones –en sustancia– accesorias (las «alianzas de ci­vi­lizaciones», por ejemplo), para no tocar nunca las fundamentales (la plutocracia que gobierna de facto, la fuga de capitales, las ba­ses militares extranjeras, el sometimiento a Alemania, etcétera).

En una pluralidad de países, la política se ha convertido en una profesión, algo que se ve favorecido cuando no se establecen límites temporales a los periodos de gobierno para presidentes, alcaldes, diputados o como sea que se denominen los cargos públicos. Hay alcaldes que lo han sido toda su vida o casi, diputados que han puesto huevos en su sillón y dejado cuatro generaciones de polluelos. Esta falta de límites temporales está en la base de la conversión de la actividad política en una profesión. Estamos, en estos casos, ante los llamados «políticos profesionales», es decir, personas que viven por y para la política, a diferencia de los políticos «ocasionales», que, señala Weber en La política como profesión, no hacen de esa actividad «su vida, principalmente, ni en sentido material ni ideal». Los políticos profesionales, dice Weber, «viven de la política». Se «es» político como otros son dentistas, agricultores o científicos, aunque el pobre grado de productividad de la clase o casta política invitaría, en no pocos casos, a cerrar congresos, diputaciones o ayuntamientos e, incluso, gobiernos. El «drama» de estos personajes suele radicar en que se han profesionalizado tanto, que no han aprendido a ser o hacer otra cosa que políticos. De ahí que no se sepa cómo librarse de ellos luego de ser jubilados, voluntaria o forzosamente. Se sabe que algunos, secretamente, escriben libros con sus memorias, esperando que la gente, después de aguantarlos cuarenta años, sea lo suficientemente masoquista –o chismosa– para leerse 800 páginas sobre cómo lograron alcanzar una perfecta simbiosis de codos y coxis con reposabrazos, respaldos y asientos de sus sillones. España se inventó un órgano –el Senado– para depositar en él a políticos jubilados. El Parlamento Europeo ha sido convertido en otro cementerio de elefantes. Así, los políticos profesionales pueden seguir colgados, de una u otra forma, usufructuando recursos de los presupuestos nacionales o internacionales. Estos políticos, en fin, llegan a parecerse tanto unos a otros que terminan formando un grupo especial, que ha sido bautizado como «casta». Están, también, las «puertas giratorias», ese sistema a través del cual empresas –generalmente privatizadas– ofrecen altos cargos honorarios o directivos a exjerarcas políticos que han abandonado su profesión, como recompensa por los «sacrificios» realizados durante tanto años por el país. De las «puertas giratorias» a entronizar sistemas políticos corruptos no hay más que un paso.

Síndrome de hybris: el poder embriaga más que el alcohol

Conocido también como «embriaguez» o «borrachera del poder», es un síndrome que afecta a cierto porcentaje de políticos. Fue estudiado en la década de los setenta del pasado siglo por el político y neurólogo británico David Owen, aunque este síndrome ha estado presente en las culturas humanas desde tiempos inmemoriales. El nombre procede del griego hubris, término que suele traducirse como «desmesura». Robert Graves, en Los mitos griegos, le da el significado de «desvergüenza». Hubris, por su parte, surgió del teatro griego clásico, pues se empleaba para referirse a los actores que robaban escenas y, luego, por extensión, a las personas ostentosas o de conductas desmesuradas o de escasa vergüenza. En la Grecia clásica no existía el concepto del pecado, tal como lo entiende el cristianismo, por lo que remitían las conductas inapropiadas a decisión de los dioses. Éstos castigaban según las normas sociales, de modo que aquellas personas que las transgredían podían ser objeto de la ira divina.

La mitología griega abunda en casos de personas que incurrían en el hybris y eran condenadas por los dioses a castigos terribles, para mostrarles sus límites y devolverlos a ellos. En el panteón griego existía la diosa Hibris, hija del Érebo y la Noche, que representaba el exceso de los instintos y la carencia de moderación. Hibris tuvo una familia extensa. «De la unión entre la Noche y el Érebo nacieron el Hado, la Vejez, la Muerte, el Asesinato […], la Discordia, la Miseria, la Vejación, Némesis, la Alegría, la Amistad, la Piedad, las Parcas y las Tres Hespérides», refiere Graves. El castigo a la hybris lo expresa Herodoto en una célebre frase: «Los dioses tienden a abatir todo lo que descuella en demasía». Se calificaba de hybris a los guerreros que, vencedores en grandes guerras, se emborrachaban de poder y empezaban a comportarse abusiva y arbitrariamente, como si fueran dioses. Para controlar a la diosa Hibris estaba Némesis, la diosa del castigo. Los romanos, conscientes de estas conductas, cuando un emperador, general o cónsul desfilaba en triunfo por Roma, le ponían al lado, en el carro, a un siervo que les susurraba al oído que seguían siendo humanos. No parece haber servido de mucho o por mucho tiempo el remedio, pues en la época del imperio hubo un grupo notable de emperadores que se proclamaron dioses. Julio César fue el primero en ser adorado como dios. A Augusto se le llamó Sebastos, que significa «el divino» en griego. Calígula se proclamó dios con el nombre de Neos Helios.

David Owen, quien pasó casi toda su vida en la política y fue parte de la clase dirigente británica, publicó en 2008 una obra titulada In Sickness and in Power (En la enfermedad y en el poder), en la que analiza el impacto del poder en las personas y la influencia de las enfermedades en la toma de decisiones. Owen señala que la megalomanía «puede ser uno de los gajes del oficio para los políticos» y que «su manifestación en forma desarrollada» es la hybris. Un acto de hybris «era aquel en el cual un personaje poderoso, hinchado de desmesurado orgullo y confianza en sí mismo, trataba a los demás con insolencia y desprecio». Owen describe la trayectoria para llegar a desarrollar el síndrome de Hybris: «El héroe se gana la gloria y la aclamación al obtener un éxito inusitado contra todo pronóstico. La experiencia se le sube a la cabeza: empieza a tratar a los demás, simples mortales corrientes, con desprecio y desdén, y llega a tener tanta fe en sus propias facultades que empieza a creerse capaz de cualquier cosa. Este exceso de confianza en sí mismo lo lleva a interpretar equivocadamente la realidad que lo rodea y a cometer errores. Al final, se lleva su merecido y se encuentra con su némesis, que lo destruye». En los políticos, interesa «la hybris como descripción de un tipo de pérdida de capacidad». En los líderes políticos, el éxito «les hace sentirse excesivamente seguros de sí mismos y despreciar los consejos que van en contra de lo que creen, o en ocasiones toda clase de consejos, y que empiezan a actuar de un modo que parece desafiar a la realidad misma». El médico-político Owen elabora un listado de 14 síntomas, para facilitar la realización de un diagnóstico, señalando que bastan tres o cuatro de ellos para que se pueda diagnosticar la existencia del síndrome. De esa lista vale destacar los siguientes:

1. Inclinación narcisista a ver el mundo como un escenario donde ejercer su poder y buscar la gloria, en vez de un lugar con problemas que requieren planteamientos pragmáticos.

2. Forma mesiánica de hablar de lo que están haciendo y tendencia a la exaltación.

3. Una identificación de sí mismos con el Estado hasta el punto de considerar idénticos los intereses y perspectivas del Estado con los de ellos mismos.

4. Excesiva confianza en su propio juicio y desprecio del consejo y crítica ajenos.

5. Exagerada creencia –rayando en un sentimiento de omnipotencia– en lo que pueden conseguir personalmente.

6. Pérdida de contacto con la realidad, a menudo unida a un progresivo aislamiento.

7. Obstinada negativa a cambiar de rumbo, por creer que su «visión amplia» y la rectitud moral de sus actuaciones hace innecesario estudiar costes y resultados.

8. Un tipo de incompetencia –«incompetencia de la hybris»–, que los lleva a no preocuparse por los aspectos prácticos de una directriz política.

El psiquiatra Manuel Franco, de la Real Academia de Medicina, resume el proceso que suelen seguir los líderes políticos hasta alcanzar el síndrome de Hybris: «Una persona más o menos normal se mete en política y de repente alcanza el poder o un cargo importante. Internamente tiene un principio de duda sobre si realmente tiene capacidad para ello. Pero pronto surge la legión de incondicionales que le felicitan y reconocen su valía. Poco a poco, la primera duda sobre su capacidad se transforma y empieza a pensar que está ahí por méritos propios. Todo el mundo quiere saludarle, hablar con él, recibe halagos de belleza, inteligencia… y hasta liga». Esto, según el psiquiatra, ocurre en la primera fase del desarrollo del síndrome. En la siguiente, al líder político «ya no se le dice lo que hace bien, sino que menos mal que estaba allí para solucionarlo, y es entonces cuando se entra en la ideación megalomaníaca, cuyos síntomas son la infalibilidad y el creerse insustituible». A partir de esta fase, los políticos «comienzan a realizar planes estratégicos para 20 años como si ellos fueran a estar todo ese tiempo, a hacer obras faraónicas o a dar conferencias de un tema que desconocen». Que el síndrome de Hybris sea más común en la política que en otros campos obedece, según el doctor Franco, a que «en otros ámbitos es más frecuente que el que esté arriba sea el más capaz, pero en política no es así, porque los ascensos van más ligados a fidelidades. El poder no está en manos del más capaz, pero quien lo ostenta cree que sí y empieza a comportarse de forma narcisista».

La historia está llena de ejemplos, algunos para reír, otros para temblar. Calígula, en un encuentro, les espetó a dos cónsules: «Lo que encuentro gracioso es que, moviendo tan sólo un dedo, puedo hacerles cortar la cabeza al instante». Un episodio de la vida del presidente argentino Hipólito Yrigoyen (1852-1933) es ilustrativo del actuar de los aduladores que suelen rodear a los poderosos y que contribuyen a agravar el síndrome de Hybris. Los colaboradores más directos del presidente argentino decidieron, para no preocuparle por la mala situación política que vivía, ¡imprimir un diario especial para él! El popular presidente no se enteraba de nada. En 1930, durante su segundo periodo presidencial, Yrigoyen fue derrocado por un golpe de Estado. Hay, en Argentina, quienes niegan la existencia del diario especial. Cierta o falsa la historia, lo que no puede ponerse en duda es que los hombres de poder han vivido y viven rodeado de aduladores, que, si no diarios, sí elaboran informes laudatorios para agradar los oídos del gran líder.

No desconocía el fenómeno el autor político más citado de la historia. En El príncipe, Nicolás Maquiavelo escribió: «No quiero pasar en silencio un punto importante, que consiste en una falta de la que se preservan los príncipes difícilmente […] Esta falta es la de los aduladores, de que están llenas las cortes; pero se complacen los príncipes en lo que ellos mismos hacen, y en ello se engañan con una tan natural propensión, que únicamente con dificultad pueden preservarse contra el contagio de la adulación».

No es baladí el síndrome de Hybris. David Owen relata en su libro que George Bush Jr. y Tony Blair decidieron invadir Iraq intoxicados como estaban de una «borrachera de poder». En mayo de 2003, tres meses después, en un portaaviones, Bush declaró que «las principales operaciones militares en Iraq han terminado» y que «la batalla de Iraq es una victoria contra el terrorismo». Embriagado del síndrome de Hybris, Bush era incapaz de ver y entender nada, aunque su decisión había condenado al infierno al pueblo iraquí y a toda la región. En Iraq pensaban lo contrario. La verdadera guerra no había comenzado aún y el terrorismo estaba en pañales. Tras nueve años de conflicto, en diciembre de 2011 se retiraron las últimas tropas de combate de Iraq, sin haber alcanzado ninguna victoria, dejando el país en ruinas y destruido. Sobre ese fondo de desolación, muerte y rabia se multiplicarán los grupos radicales y el terrorismo alcanzará su mayor expansión.

Otro sector fuertemente afectado por el síndrome de Hybris es el financiero y bancario. Sobre el tema ha escrito Mathew Hay­ward, profesor de la Universidad de Colorado y exfinancista de riesgo en Wall Street. En 2007 apareció su obra Ego Chek: Why Executive Hubris is Wrecking Companies and Careers and How to Avoid the Trap (Por qué el orgullo desmedido de los ejecutivos está arruinando a las empresas y cómo evitar la trampa), un poco el equivalente del libro de David Owen, pero en el mundo empresarial. En su obra narra cómo el «orgullo desmedido», el síndrome de Hybris, ha llevado a muchos ejecutivos a fusiones de empresas com­pletamente ruinosas, de las que analiza un centenar de casos, como la de American On Line y Time Warner. La operación terminó en fracaso, con pérdidas millonarias para los accionistas. Merck, la multinacional farmacéutica, estaba de capa caída en 1999. Para detener las pérdidas, el presidente de la empresa decidió apurar los estudios de un fármaco para el estómago, el Vioxx, descubierto en 1994. Lo sacó al mercado, pese a las advertencias de que el fármaco podía provocar enfermedades coronarias. En septiembre de 2004, Merck tuvo que retirar el Vioxx del mercado, después de que se hubieran dispensado 93 millones de recetas. En 2005, un tribunal de Texas le obligó a indemnizar con 250 millones de dólares a un consumidor. La Agencia de Medicamentos de EEUU calcularía, en un informe oficial, que el Vioxx había provocado cerca de 38.000 muertes por infartos.

El síndrome de Hybris puede afectar a cualquiera y darse en cualquier escala de poder. Se puede ver de cotidiano. Presidentes que quieren eternizarse en el poder, alcaldes que sienten que el ayuntamiento es suyo, políticos que terminan considerándose dueños de su partidos… En los años de la «burbuja financiera», España se llenó de obras ciclópeas y megalómanas que costaron al país 6.000 millones de euros, de aeropuertos sin aviones a autovías sin vehículos, pasando por museos y centros culturales. La lista es interminable y los daños también. Se precisa una vacuna para el sín­drome de Hybris, aunque es siempre preferible la medicina pre­ven­tiva: poner límites temporales a los cargos de tipo político (pre­si­dentes, diputados, alcaldes, etc.), de manera que ese límite actúe como Némesis de aquellos que han contraído el síndrome de Hybris o están en riesgo de contraerlo. Es lo de siempre: más vale prevenir que lamentar.

En 1965, el psicoanalista Erich Fromm relataba en su libro Ética y política que, hacía poco, «un alto cargo de Defensa Civil declaraba que, en caso de un primer ataque atómico a Estados Unidos, podrían morir 49.900.000 personas», y seguía desarrollando el tema. Fromm preguntaba, respecto a la frialdad del alto cargo al hablar de la destrucción del país: «¿No estamos locos?». (La verdad es que sí, hay suficiente gente en los gobiernos que debería ir por ley al psicoanalista.) Por demás, es de recordar cómo Eurípides, sumo maestro de la tragedia griega, resumía el castigo que recibían quienes se habían sumido en el síndrome de Hybris: «Aquel al que los dioses quieren destruir, primero le vuelven loco».

Pensamiento grupal: el grupo puede obturar la mente

Término o concepto elaborado por el psicólogo Irving Janis en 1972. Según lo explicaba el propio Janis, «uso el término “pensamiento grupal” [para referirme] a un modo de pensar en el que las personas se implican cuando están profundamente inmersas en un endogrupo cohesivo, cuando los esfuerzos que los integrantes realizan en pos de la unanimidad son muy superiores a su motivación de evaluar de manera realista los cursos alternativos de acción». Janis señala que utiliza el término «pensamiento grupal» siguiendo el mismo orden de las palabras de nuevo cuño empleadas por George Orwell en su novela 1984 –llevada al cine por Rudolph Cartier en 1954, por Michael Anderson en 1956 y por Michael Radford en 1984–, lo que da al término «una connotación perversa. Esta perversidad es intencional: el pensamiento grupal se refiere al deterioro de la eficacia mental, de la capacidad de contrastación de la realidad y del juicio moral que se producen como resultado de las presiones endogrupales». Janis se dio a la tarea de investigar casos de decisiones defectuosas tomadas «por un conjunto pequeño de decisores políticos que constituían un grupo cohesivo. Por decisión defectuosa entiendo aquella que es resultado de prácticas de toma de decisiones de muy baja calidad». Como resultado de sus investigaciones, encontró al menos seis importantes defectos en la toma de decisiones, que contribuían a los fracasos a la hora de solucionar problemas adecuadamente, a saber:

1. Las decisiones de grupo están limitadas a unas pocas alternativas de acción (a menudo sólo a dos), sin que se proceda a estudiar todas las alternativas de acción existentes.

2. El grupo no reexamina el curso de acción escogido al inicio por una mayoría grupal para analizar los riesgos e inconvenientes no evaluados al principio.

3. Los integrantes no prestan atención a las alternativas evaluadas inicialmente como insatisfactorias por una mayoría grupal, ni dedican tiempo a evaluar si no han pasado por alto algunas posibles ventajas o formas de reducir costos en las alternativas desechadas inicialmente por insatisfactorias.

4. Los integrantes prestan poca o ninguna atención a la obtención de información de expertos que pueden proporcionar evaluaciones de las ventajas y desventajas que cabría esperar de las distintas alternativas de acción.

5. Aparece un sesgo sobre la información real, los juicios de expertos y las críticas, de forma que el grupo tiende a preferir los hechos y opiniones que concuerdan con las opciones políticas iniciales, tendiendo a ignorar hechos y opiniones contrarias a sus opciones iniciales.

6. Los miembros del grupo dedican poco tiempo a deliberar acerca de las dificultades prácticas que puede encontrar la ejecución de la opción elegida, de manera que no elaboran planes contingentes a aplicar, en caso de que surjan los previsibles contratiempos que podrían hacer peligrar el éxito de la acción elegida.

Obviamente, la toma de decisiones equivocadas «puede originarse por otras causas comunes de la estupidez humana», como informaciones erróneas, exceso de información, fatiga, prejuicios o ignorancia. Lo relevante es que «una decisión que esté afectada por la mayoría de estos defectos, tiene pocas probabilidades de éxito». También hay que tomar en cuenta que, señala Janis, «la suerte y la estupidez del enemigo pueden a veces ofrecer un brillante resultado a una decisión equivocada». Por eso mismo, en ocasiones «el resultado es un fracaso, pero no siempre».

Sostiene Janis que «los grupos de mente débil muy probablemente serán extremadamente duros con los exogrupos y los enemigos. En sus relaciones con naciones rivales […] encuentran relativamente fácil la autorización de soluciones antihumanas como bombardeos a gran escala». Tras «adoptar soluciones militares duras», los miembros del grupo no se sentirán inclinados «a originar discusiones éticas» que impliquen «que este grupo estupendo que componemos con su humanitarismo y altos principios sea capaz de adoptar un curso de acción que sea inhumano o inmoral». La característica distintiva del pensamiento grupal es la idea de cohesión, «la tendencia a buscar la unión, lo que fomenta el superoptimismo, la falta de vigilancia y los pensamientos estereotipados sobre la debilidad e inmoralidad de los exogrupos».

Janis aclara que no «todos los grupos cohesivos [están] afectados por el pensamiento grupal». Por el contrario, «un grupo cuyos miembros tengan sus roles bien definidos, con procedimientos […] que hagan fácil la crítica, es probablemente capaz de tomar decisiones mejores que cualquier otro individuo de grupo que se enfrente solo al problema». Janis resume el tema central de su análisis recurriendo a la Ley de Parkinson: «A mayor amabilidad y espíritu corporativo de los miembros de un grupo de decisores políticos, mayor peligro de que el pensamiento crítico independiente pueda ser reemplazado por el pensamiento grupal, del cual resultan probablemente acciones irracionales y deshumanizadas dirigidas en contra de los exogrupos».

En resumidas cuentas, que todos los grupos examinados, a pesar de ser muy diferentes entre sí, «habían mostrado signos de alta cohesividad y de la tendencia paralela de búsqueda de convergencia que interfería con el pensamiento crítico, es decir, mostraban signos de pensamiento grupal, de sus aspectos centrales». Así que, ya sabemos, dos cabezas pueden pensar más que una, pero muchas cabezas pueden terminar pensando bastante peor que una sola. En una generalidad de países, la política exterior y las guerras suelen ser analizadas por grupos cohesivos que plantean los problemas en blanco y negro, y donde, normalmente los «buenos» son ellos y los «malos» los otros. Así pueden ordenar bombardeos inmisericordes contra países indefensos o de inferiores recursos (piénsese, por ejemplo, en los bombardeos estadounidenses sobre Vietnam o en la brutalidad de los de la OTAN sobre Yugos­lavia o Libia, o los de Israel sobre la franja de Gaza, en noviembre de 2012) o bien adoptar medidas de extrema crueldad contra países enteros (las sanciones contra Iraq después de la Segunda Guerra del Golfo, que incluían la prohibición de vender productos medicinales, mataron a más de medio millón de iraquíes, la mayor parte niños).


Los bombardeos de Israel sobre Gaza, en noviembre de 2012, provocaron miles de víctimas entre la población civil, muchos de ellos niños. Nadie pagó por nada.

Llévese la cuestión del pensamiento grupal a partidos y centros de poder como Bruselas y encontrará respuesta a los recortes sociales, los desahucios masivos de familias, el desempleo o la corrupción rampante. Habría que adoptar leyes que obliguen a hacer públicas las reuniones grupales de gobiernos, grandes empresas (sobre todo de aquellas que controlan los servicios básicos) y burocracias internacionales, como la existente en la Unión Europea donde, recordando a don Francisco de Goya y Lucientes, los sueños de la razón producen monstruos.

Psicópatas, sociedades y sistemas económicos

Robert D. Hare, nacido en Calgary, Alberta, Canadá, en 1934, es doctor en Psicología, profesor emérito de la University of British Columbia y autor del prestigioso test PCL (Psychopathy Check­list) y de su revisión, el PCL-R, considerado el más exacto para identificar conductas violentas. Ha sido asesor del FBI y trabajado en Gran Bretaña y Canadá desarrollando programas para tratamiento de las conductas psicopáticas. En su obra más celebrada narra cómo fue su inicio en el mundo de la psicología de cierta clase de criminales: «Después de obtener el máster en psicología a principios de la década de 1960, busqué un trabajo para alimentar a mi mujer y a mi pequeña hija y para pagar mis estudios posteriores. Sin haber trabajado nunca antes en una prisión, me encontré siendo el único psicólogo de la Penitenciaría de British Columbia». Aquella experiencia con criminales fue el principio de una ardua investigación sobre un tipo de conducta frecuente en criminales violentos, pero no sólo en ellos. Producto de 25 años de estudios e investigaciones, fue una obra que Hare tituló Sin conciencia, publicada en EEUU en 1993 y que marcó un hito en su campo. Estaba dedicada a un tipo de personalidad: la psicopatía. Se trató de la primera investigación que enfocaba el tema de las psicopatías de forma sistematizada y con estudio de casos. Hare empezaba su libro con una definición de este tipo de personas:

Los psicópatas son depredadores que encandilan, manipulan y se abren camino en la vida sin piedad, dejando una larga estela de corazones rotos, expectativas arruinadas y billeteras vacías. Con una total carencia de conciencia y sentimientos por los demás, toman lo que les apetece de la forma que les viene en gana, sin respeto por las normas sociales y sin el menor rastro de arrepentimiento o piedad. Sus asombradas víctimas preguntan desesperadamente: « ¿Quiénes son esas personas?», « ¿Por qué son así?», « ¿Qué podemos hacer para protegernos de ellas?». Aunque estas cuestiones y otras relacionadas han sido objeto de especulación clínica e investigación empírica durante cien años –y de mi propio trabajo durante un cuarto de siglo–, ha sido en las últimas dos décadas cuando el increíble misterio de la psicopatía ha empezado a revelarse.

El capítulo 7 está dedicado a los «Psicópatas de cuello blanco», es decir, no a los psicópatas criminales que tantos temas han dado al cine (M, el vampiro de Dusseldorf [1931] de Fritz Lang, Psicosis [1960], de Alfred Hitchcock, El silencio de los cordero [1991], de Jonathan Demme, o The Chaser [2008], de Na Hong-jin, son títulos insoslayables), como asesinos en serie, secuestradores sádicos o similares. Los psicópatas de cuello blanco dedican sus impulsos a acumular dinero, que es el leitmotiv del capitalismo. Dicho capítulo empieza narrando cómo sus estudios sobre psicópatas criminales le llevarán a dar con los psicópatas que habitaban en el mundo de la economía y las finanzas:

En julio de 1987, en respuesta a un artículo publicado en The New York Times que resumía mi trabajo sobre la psicopatía, recibí una carta del ayudante del fiscal del distrito, Brian Rosner, de Nueva York. Me explicaba que recientemente había participado en la vista de un hombre acusado por un fraude multimillonario a un banco internacional. «Su descripción del artículo me hizo pensar que ese hombre era un psicópata. [...] En el Departamento de Fraudes, nuestra especialidad es, parafraseándole, el abogado, el médico o el hombre de negocios sinvergüenza. Creo que su trabajo nos ayudará a hacer entender a los tribunales por qué hombres con educación, embutidos en carísimos trajes, cometen esos delitos y qué se debe hacer con ellos. Le he adjuntado, para su interés, material sobre el caso. Si alguna vez necesita hechos que confirmen esa teoría, aquí los encontrará.»

Las investigaciones de Hare permiten entender, desde perspectivas psicológicas, muchos de los hechos acaecidos en España y otros países europeos a raíz de la crisis económica originada en 2008, que ha provocado la mayor catástrofe económica y social de las últimas décadas. Los gobiernos europeos, guiados por la Troika, pusieron en marcha una suma de medidas draconianas y brutales, que se resumían en una: el sacrificio inmisericorde de las clases populares y buena parte de las clases medias para salvar los intereses de minorías privilegiadas, poniendo el sistema económico y financiero al servicio de las clases dominantes. Los gobiernos, puestos a escoger entre personas y bancos, escogieron los bancos. Las medidas de «salvación» incluyeron despidos masivos, desahucios inmorales, reducción de la protección médica, social y educativa, merma de las pensiones… Medidas inhumanas que producían terribles sufrimientos a buena parte de las sociedades. El resultado ha sido una fractura social escandalosa, más próxima al siglo xix o principios del xx que al siglo xxi (aunque se hable de «recuperación económica», esa recuperación sólo ha servido –y sirve– a una plutocracia que ha emergido de la crisis más opulenta que nunca).

Pero el hecho a destacar es el siguiente: todas esas medidas inhumanas fueron tomadas y aplicadas sin la menor compasión ni piedad. Quienes las aprobaban sabían que iban a producir enormes niveles de sufrimiento, pero ese sufrimiento no les importaba ni les provocaba dudas morales. Todo lo contrario. Argumentaban y sostenían que eran medidas absolutamente necesarias, como podía serlo una operación médica para salvar una vida. En el caso de Grecia actuaron, incluso, con sadismo, un sadismo multiplicado por el reto planteado por el primer ministro Alexis Tsipras, al convocar –y ganar– un referéndum sobre los recortes sociales que quería imponer la Unión Europea. Nadie, en los medios de comunicación, hizo una aproximación a la conducta de la Troika y sus mesnadas desde la psicología. No obstante, Hare, en la obra citada, al explicar la psicología de los psicópatas pareciera estar describiendo a la Troika y sus adláteres:

Los psicópatas muestran una increíble falta de interés por los devastadores efectos que sus acciones tienen en los demás. Frecuentemente, lo admiten sin tapujos: no tienen sentimientos de culpa. No se arrepienten en absoluto del dolor y la destrucción que han causado y afirman que no hay razón para preocuparse.

Sigue exponiendo Hare: «El débil y el vulnerable –de quienes se ríen más que otra cosa– son sus objetivos favoritos. “En el mundo del psicópata no existe el meramente débil –escribió el psicólogo Robert Rieber–. El que es débil también es un imbécil, esto es, alguien que pide que le exploten”». Eso pareciera guiar los esquemas económicos prevalecientes en la Unión Europea. No hay lugar para los débiles y desamparados. Simplemente no existen, simplemente no importan. La actitud asumida ante la tragedia de los refugiados –insolidaria, indiferente al dolor, inmoral, ilegal– re­forzaría el diagnóstico de Hare sobre este tipo de personas en puestos de poder. Bernard Madoff, el mayor estafador de la historia reciente de EEUU, es ejemplo conspicuo de psicópata incrustado en el mundo de las finanzas. Madoff, hombre encantador y convincente, alcanzó las mayores cimas financieras y fue tal su prestigio que personalidades como el director de cine Steven Spielberg, gestoras financieras, universidades y grandes bancos como el Santander le confiaron su dinero. La estafa piramidal alcanzó los 50.000 millones de dólares. Quienes llegaron a conocerlo, lo calificaron de persona malvada, cruel, amoral y arrogante, pero un «ingenioso diablo». Madoff no tuvo límites. Estafó a su propia familia y a pobres pensionistas. Los millonarios estafados duelen nada. Los pensionistas que terminaron recogiendo comida en los contenedores de basura, sí. Hasta descubrirse el fraude, Madoff era un admirado icono del capitalismo. Un auténtico ídolo de multitudes. (Hollywood, como no podía ser de otra forma, estrenó en 2017 una película sobre su vida –Wizard of lies, de Barry Levinson–, que se quedó en la superficie del psicópata.)

Sobre la estela de Robert Hare, en España, Inmaculada Jáuregui, en su artículo «Psicopatía: pandemia de la Modernidad», de 2008, sostiene que la psicopatía «parece ser una patología consustancial a la modernidad, profundamente ligada a los “valores” económicos que van filtrándose en la cultura» hasta devaluar la idea de democracia. Aplicada al mundo económico, Jáuregui resume: «El ser humano no importa al capital. El dinero no tiene ética ni moral. Quien dice dinero dice negocios, dice empresas, dice política, dice corrupción, dice especulación, pero dice sobre todo de aquellas personas que están detrás de este tipo de mercadeo: los psicópatas». El capitalismo neoliberal, continúa Jáuregui, «nos dice […] que en el mundo no hay lugar para todos, no hay comida para todos, no hay derechos para todos […] Una vez que todos hemos aceptado las reglas del juego, cualquier carnicería, cualquier atrocidad queda legitimada». Los «valores» que se inculcan a los niños desde su infancia llevan a crear sociedades psicopáticas, afirma por su parte el psicólogo Iñaki Piñuel en Mi jefe es un psicópata, publicado en 2007. En «una sociedad psicopática –dice Piñuel– el narcisismo social dominante hace, además, el resto, inoculando desde pequeños a los niños la necesidad del éxito, de apariencia y de notoriedad social. El virus del narcisismo social les conduce a la rivalidad, la competitividad, la envidia y el resentimiento contra los demás […] [Eso] explica por qué muchos de estos niños, al hacerse mayores, se convierten en depredadores en organizaciones en las que recalan como trabajadores». Piñuel también sostiene que el sistema puede cambiar a buenas personas en depredadores de muchas formas, una de ellas por los mecanismos de pertenencia e identificación con el grupo, es decir, que personas normales pueden derivar en psicópatas como «efecto colateral» del pensamiento grupal.

Escribía Bertrand Russell en los años treinta (Elogio de la ociosidad y otros ensayos) las razones por las que no aceptaba el comunismo –filosóficas, económicas, tendencia al autoritarismo, dictadura de clases…– y rechazaba el fascismo. Con una diferencia sustantiva. En palabras de Russell: «Mis objeciones al fascismo son más simples que mis objeciones al comunismo y, en cierto sentido, más fundamentales. El propósito del comunismo es un propósito con el cual, en conjunto, estoy de acuerdo; mi desacuerdo se refiere más a los medios que a los fines. Pero en el caso del fascismo me disgustan los fines tanto como los medios». Para Russell,

el comunismo es antidemocrático, pero sólo durante un tiempo, al menos en cuanto a sus fundamentos teóricos […] por añadidura, su objetivo es servir a los intereses de los asalariados, que son mayoría en los países desarrollados […] El fascismo es antidemocrático en un sentido más fundamental. No acepta la felicidad del mayor número como principio justo de gobierno, sino que elige a ciertos individuos, ciertas naciones, ciertas clases, como «los mejores» y como únicos merecedores de consideración. Los demás están para que se les obligue por la fuerza a servir a los intereses de los elegidos. Y trata de asegurar tales intereses, no tanto mediante el aumento de la eficiencia, como mediante el aumento de la opresión tanto de los asalariados como de los sectores antipopulares de la misma clase media.

De Bertrand Russell a Robert H. Hare existe un hilo conductor que es conveniente seguir. El nazismo estuvo lleno de psicópatas, como los movimientos y partidos neonazis lo están hoy. Puede verse en el tratamiento racista, inhumano y cruel hacia los refugiados que han llegado a Europa huyendo de las guerras promovidas por Europa. Pareciera existir un vínculo natural entre fascismo, capitalismo y psicopatías. Jáuregui así lo sostiene, recordando que en la ética capitalista, de origen calvinista –como recoge Max Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo–, «el lucro es un deber moral. La racionalización o racionalidad que propone la nueva religión reduce al mundo y todo lo que habita en él a un objeto de cálculo, explotación y dominación». La diferencia es que hoy no hacen falta divisiones blindadas ni campos de concentración. Los nuevos panzers son los bancos y las instituciones financieras; los campos de concentración, países enteros como ejemplifica Grecia, país-probeta usado para escarmentar a quienes quieren abandonar el campo de prisioneros. Tampoco hace falta llegar a los niveles de barbarie del nazismo. Basta con aplicar las leyes. El capitalismo social conocido como «Estado de bienestar» habría derivado a un sistema nuevo, que combina un fascismo blando con un capitalismo duro e implacable, dirigido por sonrientes y encantadores psicópatas que, de mil formas, van vaciando nuestros bolsillos y convirtiéndonos en masa esclava, demediada y prisionera del sistema. El soma –la droga que la clase dirigente administraba a los habitantes de El mundo feliz de Aldous Huxley para que vivieran en una nube que, sin el soma, no existía– adquiere forma de sobredosis de fútbol, incitación disparatada al consumismo y lavado permanente de cerebros utilizando los medios de comunicación de masas, especialmente la televisión, como anticipaba George Orwell en su célebre y aterradora novela 1984.

Refiriéndose a los psicópatas de cuello blanco, Hare citaba un artículo de Forbes titulado «Scam Capital of the World» («La capital mundial del timo»), que describía la bolsa de Vancouver como un lugar «infestado de promotores deshonestos, de hijos de promotores deshonestos y de hijos de amigos de promotores deshonestos». Hare afirmaba en Sin conciencia que, «si no pudiésemos estudiar a los psicópatas en la cárcel, mi siguiente elección sería probablemente la bolsa de Vancouver». Y hacía una observación que sigue siendo tan válida ayer como hoy:

Finalmente, el delito de cuello blanco es muy lucrativo, las posibilidades de que les pillen son mínimas y las sanciones triviales. Piénsese en los que usan información privilegiada, los reyes de los bonos basura y los tiburones de los empréstitos. Sus depredadoras operaciones financieras son espectacularmente beneficiosas para ellos, incluso cuando les pillan. En muchos casos, las reglas del juego delictivo a gran escala no son las mismas que las del delito ordinario. En el primer caso, sus protagonistas suelen formar parte de una red estructurada para proteger sus mutuos intereses. Provienen del mismo estrato social y las mismas escuelas, pertenecen a los mismos clubes e incluso desempeñan un papel decisivo en el establecimiento de las reglas de control gubernamental. Un ladrón de bancos puede ser con­denado a veinte años de prisión, mientras que un abogado, un hombre de negocios o un político que defrauda millones de dólares puede recibir sólo una multa o una sentencia (luego suspendida), después de un juicio ampliamente demorado y nada claro. Condenamos al ladrón de bancos, pero le pedimos al desfalcador que invierta nuestro dinero o se apunte a nuestro club de tenis.

En febrero de 2016, un tribunal español falló, después de años de juicio, la quiebra dolosa en 2009 de la entidad financiera Caja Castilla-La Mancha. El expresidente de la entidad, que había provocado pérdidas por 9.000 millones de euros, que tuvieron que ser puestos por el Estado, fue condenado a dos años de prisión y a una multa 29.970 euros, cuando su salario anual en la Caja era de 150.000 euros. España tuvo su símil de Bernard Madoff: el ex­banquero Mario Conde. Siendo presidente del Banco Español de Crédito, lo llevó a la quiebra en 1993, con daños para el Estado de 2.520 millones de euros. Fue condenado a veinte años de cárcel, de los que sólo cumplió realmente cuatro En febrero de 2016, el expresidente de los empresarios de España, Gerardo Díaz Ferrán, fue condenado a dos años de cárcel por apropiarse de 4,4 millones de euros. Definitivamente, «los delitos de cuello blanco son muy lucrativos». Otro es el destino de los pobres dentro del sistema: robar una gallina tasada en 5 euros costó un año de cárcel a un joven de 18; un robo de teléfono móvil, dos años; robar dos cajas de pizzas, por hambre, año y medio de cárcel… y así en un listado interminable.

Otro hecho merece atención. ¿Por qué razón estos psicópatas de guante blanco levantan tanta admiración? ¿Por qué, incluso después de conocerse la estafa, el engaño, hay tanta gente que los sigue respaldando? Hare cita el caso de Ed Lopes, que por ocho años se hizo pasar por pastor bautista, contando historias truculentas de su pasado. Descubierto por un periodista, «Lopes admitió haber violado la libertad condicional en Illinois, estrangulado a su segunda mujer, golpeado hasta la muerte a otra mujer y apuñalado y estrangulado a su novia». Conocida la noticia, algunos miembros del pueblo se mostraron consternados. Otros «reunieron el dinero para la fianza (que era ridículamente baja: tan sólo 5.000 dólares) y se manifestaron en su apoyo». Hare, desarmado, hace una confesión: «Siempre me ha sorprendido la fuerte atracción que sienten muchas personas hacia los delincuentes. Supongo que, muchas veces, vivimos nuestras propias fantasías a través de aquellos que traspasan la frontera de la ley». También constata otro hecho: «Desafortunadamente, mucha gente considera que los delitos de cuello blanco no son delitos graves porque no causan daños físicos a la gente, a diferencia del robo a mano armada o la violación». Tal vez esos oscuros e inexplicables –por ahora– mecanismos humanos eluciden por qué tanta gente vota a partidos rampantemente corruptos o por qué personas condenadas por delitos económicos se convierten en estrellas televisivas. Mario Conde, tras salir en libertad en 2012, creó un partido y se presentó de candidato a la Xunta de Galicia. Además, una importante cadena de televisión le dedicó una miniserie. Los psicópatas son lo que son. Lo inexplicable es la admiración que despiertan.

Comentaba Hare: «Por nuestro bienestar físico, psíquico y financiero es crucial que sepamos identificar al psicópata, protegernos de él y minimizar el daño que nos pueda hacer». Parece que es hora de que nos tomemos esta recomendación en serio. Los psicópatas más peligrosos no están en las cárceles. Están en los sectores económicos y en la política. El psicólogo Kevin Dutton, autor de La sabiduría de los psicópatas, de 2013, explica –entre otras muchas cosas– cómo hay psicópatas que han llegado a ser presidentes de EEUU. Dutton hizo un listado de las profesiones preferidas por los psicópatas: empresarios, reporteros, periodistas, abogados… Debería, como medida de legítima defensa, proponerse una ley que obligue a los altos cargos económicos, financieros, políticos o militares a realizar un Psychopathy Checklist, el mencionado test elaborado por un equipo dirigido por Hare, «que se usa ahora en todo el mundo para ayudar a los clínicos a distinguir, con una eficacia razonable, los auténticos psicópatas de las personas que simplemente se saltan las normas». O bien el Inventario de Personalidad NEO-PI-R. Podríamos llevarnos muchas sorpresas. ¿O no tantas?

Casta: las irresistibles mieles del poder

Del latín castus, puro, según unos, o del gótico kastan, según el Diccionario de la Lengua Española. Corominas remite al término gótico kasts, que hacía referencia a «grupo de animales» o «nidada de pájaros». Hacia 1471 significaba «especie animal»; para 1500, «clase, calidad o condición». De significados varios, se emplea el término para referirse a un grupo humano que por motivos etnológicos, políticos, sociales o religiosos –y hasta profesionales– permanece o se mantiene separado del resto de la sociedad a causa de sus prejuicios o costumbres. Aunque el sistema de castas ha estado presente en todas las sociedades humanas con distintos nombres (sacerdotes, nobles, guerreros, artesanos, plebe), es en la India donde adquiere una expresión más definida dentro del hinduismo; religión, cuyos orígenes se remontan a las invasiones de pueblos arios, entre 2.000 a 1.700 años antes de Cristo. Cuatro son las castas superiores en el hinduismo: brahmanes (sacerdotes e intelectuales), kshátriyas (reyes y guerreros), vaihyas (comerciantes) y shudras (artesanos, campesinos y trabajadores). Debajo de estas castas hay miles de subcastas, hasta llegar a los dálist o intocables, seres impuros, sin casta, a los que está prohibido tocar, debido a que realizan todos los oficios indignos o infectos. La casta «marca el estatus de las personas. Se nace, se vive y se muere en una casta y no es posible cambiar a otra», explica la Fundación Vicente Ferrer.

En política, las castas se forman a partir del control del poder por un grupo reducido de partidos que, aunque inicialmente democráticos, hacen del usufructo del Estado su modo de vida y de ascenso social y económico. Los primeros en investigar el tema fueron los periodistas italianos Sergio Rizzo y Gian Antonio Stella, quienes publicaron, en 2007, una investigación sobre la clase política italiana que titularon La casta. Cómo los políticos italianos se han vuelto intocables. En España, el periodista Daniel Montero hizo una investigación similar, publicada en 2009 con el título La casta, el increíble chollo de ser político en España. Otros dos periodistas siguieron la estela, recogida en el libro La casta autonómica. La delirante España de los chiringuitos locales, publicado en 2012. Por vez primera, se investigaba el modus vivendi de la clase política.

La formación de «castas políticas» se ve favorecida por la inexistencia de límites temporales a la ocupación de cargos públicos, como ocurre en España, donde hay políticos que lo son de la cuna a la tumba (el alcalde de Castillejos de Mesleón ocupa el cargo ininterrumpidamente desde 1964 y seguirá hasta 2019, si no fallece antes). De la eternización en los cargos a las complicidades mutuas –entre toros no hay cornadas– y a la corrupción no hay más que breves pasos. La connivencia del control de lo público con intereses empresariales termina convirtiendo el cargo público en mina de oro. De ahí surge la figura del «delincuente de cuello blanco». Este tipo de delincuente, según Hermann Manheim, citado por Piero Rocchini en La neurosis del poder, «no es ni un criminal político ni un rebelde. Se aprovecha de la debilidad de la sociedad en lugar de rebelarse contra sus iniquidades, y su interés por la reforma del sistema social, legal y político normalmente está ligada a cambios que le permitan conseguir cada vez más dinero y obtener mayor autoridad; con esta práctica la política deja de ser un servicio a la sociedad para convertirse en medio de enriquecimiento fácil, lícito o ilícito». Se hizo célebre en España la frase de un político –retirado a la fuerza– que afirmó: «Yo estoy en política para forrarme». Más descaro, imposible. Las ideas políticas se desvanecen y el sistema se transforma en un do ut des, te doy para que me des. El caso de las comisiones del 3% a Convergència i Unió, fue denunciado por el entonces president de la Generalitat de Cataluña, Pascual Maragall, en febrero de 2005, en un episodio muy difundido en los medios de comunicación. En un debate en el Parlament, el president Maragall le dice a Artur Mas: «Ustedes tienen un problema que se llama 3%». Artur Mas salta de su asiento y responde: «Usted ha perdido los papeles […] Sabe que nuestro grupo estaba dispuesto a colaborar […] pero ahora mismo acaba de mandar esta legislatura a hacer puñetas». Maragall rectificará y nadie investigará las comisiones del 3%, hasta el verano de 2015, diez años después. Este episodio es ejemplo de cómo funciona el sistema de complicidades entre partidos convertidos en «casta», sin importar la ideología. «Yo te dejo gobernar y tú me dejas hacer» y así hasta el infinito. De esa omertá salen contratos amañados, recalificaciones de terrenos, «puertas giratorias», comisiones por obras y un largo etcétera que ocuparía a los jueces una década entera.

Las castas, en la India, tienen un fundamento religioso, sin relación alguna con dinero o estatus social. Creyentes de la reencarnación, se nace donde se nace, y de la casta que ha tocado en suerte no puede moverse nadie. Las castas políticas en Europa y otras geografías tienen en lo económico su componente básico. Ingresar en la «casta» es acceder a las mieles infinitas del poder y a fondos públicos para hacer lo que se pueda, desde tarjetas black hasta el pago de hoteles, restaurantes y líneas porno. Limitar los periodos de tiempo para ser cargo público (en EEUU, un presidente sólo puede serlo dos periodos), prohibir que excargos públicos puedan pasar directa e inmediatamente a empresas (imponiendo periodos de carencia de cinco o más años) y fortalecer los sistemas anticorrupción son vacunas esenciales para curar a las sociedades de las castas políticas. Pero primero es preciso reducir el poder de la «casta». Ay, Carmela…

Medios de comunicación: ¿quién paga sus gastos?

Suponen ser los vehículos para ejercer la libertad de expresión, pero todos tienen dueño, con excepción de los medios de propiedad pública, cuyo «dueño» es el partido en el poder. Son empresas y funcionan como empresas, es decir, no tienen una función social –aunque la cumplen–, sino que deben generar beneficios a sus dueños y servir a los intereses de esos mismos dueños o de quienes representan esos dueños. Mantienen la idea –muchas veces la ficción– de que existe libertad de expresión, pero es la libertad de expresión de los dueños de los medios de comunicación (y de sus socios, cómplices, accionistas o contratantes de publicidad), no la libertad de expresión del ciudadano común, que rara vez tiene acceso a ellos. O lo tienen dentro de parámetros limitados, insertándose en los esquemas prefabricados del medio de comunicación del que se trate.

Los periodistas que trabajan en los medios de comunicación son empleados que deben cumplir las órdenes de los dueños del medio que les emplea y paga, sea radio, prensa, televisión, agencias noticiosas o de cualquier otro formato en la plataforma que sea. Como personas que reciben un sueldo, tienen la obligación de ajustarse a la política de la empresa, a riesgo de ser despedidos. Cuando se lee una noticia o un comentario, debe recordarse el verso de Bertolt Brecht: «¿Quién paga sus gastos?», lo que preguntaba en la Ópera de los cuatro cuartos: «Mackie, ¿quién paga la cuenta?». Sólo es posible entender el sistema de libertad de expresión existente en un país si se conoce cabalmente quiénes son los dueños de los medios de comunicación y a qué intereses responden.

El control de los medios de comunicación es una cuestión estratégica en toda sociedad, pues a través de estos medios se puede controlar el pensamiento de una mayoría social y «crear» ideologías. La manipulación informativa, a través de los medios de comunicación, ha sido copiosamente estudiada. Noam Chomsky, en su obra Ilusiones necesarias. Control de pensamiento en las sociedades democráticas, realizó un pormenorizado estudio de la manipulación informativa de hechos en los medios de comunicación de EEUU, demostrando que esos medios informativos, en realidad, no informaban, sino que elaboraban las noticias de forma que sostuvieran la posición del gobierno o de las grandes corporaciones que controlan el poder real en ese país. «En resumen –expresa Chomsky–, los principales medios de comunicación […] son grandes empresas que “venden” públicos privilegiados a otras empresas. No podría constituir una sorpresa el hecho de que la imagen del mundo que presentan reflejara las perspectivas y los intereses de los vendedores, de los compradores y del producto». Los directivos de los medios de comunicación, sigue diciendo Chomsky, «pertenecen a las mismas elites privilegiadas» y es «poco probable que los periodistas que penetran en el sistema se abran camino salvo si se pliegan a estas presiones ideológicas». Chomsky cita el estudio de Benjamin Ginsberg sobre la opinión popular, donde este último afirma: «El “mercado de las ideas” elaborado durante los siglos xix y xx disemina con eficacia las creencias y las ideas de las clases superiores, al tiempo que subvierte la independencia ideológica y cultural de las clases inferiores».

Esta realidad ya la había descrito Carlos Marx en La ideología alemana, obra en la que afirmaba: «Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes de cada época; o dicho de otro modo, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante». Para poder ejercer ese «poder espiritual», las clases dominantes necesitan el control de los medios de comunicación de masas, algo que se ha multiplicado como nunca antes en la llamada «Era de la Información».

Dado su carácter estratégico, las clases dominantes han puesto históricamente gran empeño en controlar la información, de forma que exista libertad de expresión, pero que sea «su» libertad de expresión. O una libertad de expresión dentro de un orden, que jamás cuestione las estructuras de dominio económico y político que defienden. Dicho de otra manera, que exista una apariencia de libertad de expresión, no una libertad de expresión real y accesible a todos los ciudadanos. Este interés por controlar, manejar y dirigir la información ha llevado a la creación de grandes conglomerados de medios de comunicación, un proceso que es paralelo al de concentración de la riqueza en pocas manos. Puede, incluso, hacerse una ecuación: a mayor concentración de poder en grupos minoritarios, mayor concentración de medios de comunicación controlados, directa e indirectamente, por esos grupos minoritarios.

El conocido diario estadounidense The Washington Post fue adquirido en 2013 por el dueño de Amazon, Jeffrey P. Bezos, quien estableció los parámetros dentro de los cuales debe operar el diario según su nuevo dueño. El principal accionista del periódico The New York Times, propiedad de la familia Ochs Sulzberger, es el multimillonario mexicano Carlos Slim, con el 19% de las acciones. La empresa es dueña de otras 40 publicaciones, entre ellas International Herald Tribune y The Boston Globe. El Grupo Time Warner de EEUU es dueño de CNN, una de las mayores cadenas de televisión del mundo, que transmite en inglés y en español (CÑN). Es, además, dueña de Chilevisión y CNN Chile, de las revistas Time, Sports Ilustrated, People, Fortune, Money Magazine y del Grupo Expansión de México, dueño, a su vez, de nueve revistas. Posee, en fin, decenas de canales de televisión, como Tooncast, Boomerang, HTV, etcétera.


Número de corporaciones que controlan una mayoría de medios de comunicación en EEUU. El cuadro refleja la enorme concentración de medios informativos en dicho país.

El conglomerado alemán Bertelsmann, como puede leerse en su página web, posee 52 canales de televisión y 29 emisoras de radio, y «cada día los lectores de Gruner+Jahr tienen la opción de escoger entre 500 revistas en distintos medios en más de 30 países». El Grupo Bertelsmann España es dueño, a través de Atresmedia, de Antena Tres, La Sexta y Onda Cero en el campo audiovisual y posee doce revistas, entre ellas Muy Interesante, Geo y Autopista, así como las editoriales Alfaguara y Taurus. RCS Mediagroup, conglomerado empresarial italiano, posee los diarios Corriere della Sera, La Gazzetta dello Sport y Corriere Economia –entre otros– en Italia y es dueño de El Mundo, Marca y Expansión en España; en total, un centenar de medios de comunicación. Mediaset España pertenece al grupo italiano Mediaset, fundado por Silvio Berlusconi. Es dueño de Telecinco y Cuatro, además de otros cuatro canales más de televisión. El Grupo Prisa, dueño de El País y la cadena de radio SER, pasó a ser propiedad de la empresa estadounidense Liberty. El diario La Razón pertenece al Grupo Planeta y ABC al Grupo Vocento, que posee, además, doce diarios territoriales, varias cadenas de radio, entre ellas Punto Radio, así como televisiones por cable, una de ellas Intereconomía. El perió­dico La Vanguardia es propiedad del Grupo Godó, perteneciente a la familia del mismo apellido, dueña también de una red importante de televisiones por cable. El Periódico de Catalunya, en fin, pertenece al Grupo Zeta, dueño a la vez de cinco diarios regionales, dos deportivos y nueve revistas, entre ellas Interviú y Tiempo. La emisora de radio COPE pertenece a la Conferencia Episcopal Española. Y así, hasta el infinito, en una inmensa mayoría de países.


Una característica común une a los dueños de conglomerados de medios de comunicación, sean de la nacionalidad que sean: son todos familias o grupos multimillonarios, que comparten el propósito común de defender el sistema económico que les ha permitido alcanzar la condición de multimillonarios. Tienen una ideología común, ideología que sostienen y defienden desde sus medios de comunicación. De esa guisa, sus líneas informativas tienden a preservar al establishment y a desinformar, por una parte, y atacar, por otra, a los gobiernos, grupos, asociaciones, partidos, etc., que promueven ideas progresistas o de izquierda que atacan los fundamentos del sistema. Por esa vía se llega a otro aspecto, no menos medular, pues afecta al corazón de la libertad de expresión: si una vasta mayoría de medios de comunicación defiende el mismo sistema, el pluralismo desaparece. La sociedad se ve saturada de noticias con el mismo o similar contenido o ideología, de forma que se produce una ficción de libertad, negada por el hecho de que esa vasta mayoría de medios coinciden en los mismos presupuestos ideológicos. El sistema va desde escoger qué tipos de programas se difunden, hasta seleccionar qué tertulianos o «expertos» son invitados a «impartir su sabiduría». Estamos, así, ante el engaño perfecto, y EEUU es el modelo a seguir. Noam Chomsky es una celebridad internacional, pero ninguno de los grandes medios informativos estadounidenses suelen abrirle sus espacios. Chomsky puede decir lo que quiera, pero sus mensajes quedan depositados en los rincones, de forma que la gran mayoría de ciudadanos se ve condenada a escuchar la misma «música», un día sí y otro también.

Como ha puesto de manifiesto un informe de la Organización de Estados Americanos sobre libertad de expresión,

uno de los requisitos fundamentales de la libertad de expresión es la necesidad de que exista una amplia pluralidad en la información y opiniones disponibles al público. Y es por ello que el control de los medios de comunicación en forma monopólica u oligopólica, puede afectar seriamente el requisito de la pluralidad en la información. Cuando las fuentes de información están seriamente reducidas en su cantidad, como es el caso de los oligopolios, o bien existe una única fuente, como los monopolios, se limita la posibilidad de que la información que se difunda cuente con los beneficios de ser confrontada con información procedente de otros sectores, limitando, de hecho, el derecho de información de toda la sociedad.

Las limitaciones a la libertad de expresión no provienen únicamente de la concentración de los medios de comunicación en pocas manos y de que esas manos defiendan un sistema monocolor, sino también de la dependencia de estos medios de los anunciantes. Es de público conocimiento que los medios masivos de comunicación dependen, fundamentalmente, de la cantidad de anunciantes que puedan captar. El círculo se cierra comprendiendo que, en cada país, los mayores anunciantes suelen ser las grandes empresas y el Estado. Los anuncios son una forma legal de aceptar, mantener en niveles manipulables o liquidar a los medios de comunicación discrepantes. L’Humanité es un diario francés, fundado en 1904 por Jean Jaurès, que pasó a ser el diario del Partido Comunista Francés. Durante la Segunda Guerra Mundial se editaba clandestinamente y muchos de sus periodistas murieron en los frentes de combate. Desde los años noventa apenas sobrevive con los aportes de sus simpatizantes porque nadie contrata publicidad y las subvenciones estatales han casi desaparecido. Las clases dominantes no necesitan cerrar con violencia o con decisiones judiciales un medio de comunicación discrepante. Les basta con negarles cualquier tipo de publicidad para que mueran solos. En España no hay un solo diario de izquierda o progresista en formato de papel. Ese espectro informativo, como el televisivo, lo copan enteramente las fuerzas conservadoras. De esa guisa, saturan a la población con programas que difunden, abierta o soterradamente, las ideas de la clase dominante. Es desde la saturación audiovisual e informativa como se hace creer a una mayoría de población que el sistema imperante es «el único sistema posible» y que, por tanto, deben sostenerlo acríticamente y cueste lo que cueste, aunque ese sistema genere enormes injusticias y crecientes desigualdades.

Afortunadamente, internet ha abierto espacios de difusión de ideas que han permitido prosperar y proliferar a miles de diarios, revistas y canales informativos discrepantes, que han roto, puede que para siempre, el monopolio ejercido sobre la información por las clases dominantes. Hoy es posible informarse ampliamente sin depender de los medios de comunicación masivos, aunque estos sigan ejerciendo una presión insoportable sobre amplias capas de las sociedades.

Esta realidad hace que uno de los derechos humanos fundamentales, recogido en el artículo 19 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de 1966, esté permanente condicionado a los intereses de los dueños de los medios. Según dispone este Pacto: «Toda persona tiene derecho a la libertad de expresión; este derecho comprende la libertad de buscar, recibir y difundir informaciones e ideas de toda índole, sin consideración de fronteras, ya sea oralmente, por escrito o en forma impresa o artística, o por cualquier otro procedimiento de su elección». La práctica totalidad de Constituciones políticas del mundo recogen este derecho, que es una demostración viva del refrán que dice que «del dicho al hecho hay mucho trecho».

Como puede colegirse, es fácil hablar de libertad de expresión y difícil que tal derecho sea debidamente respetado o sea puesto efectivamente en práctica. También es fácil confundir la libertad de expresión con el hecho de subirse a un banco, en Hyde Park, en Londres, y desahogarse sobre uno o varios temas que gusten o disgusten. La libertad de expresión es eso, pero es muchísimo más que eso. De la amplia temática que abarca el tema de los medios de comunicación se podrían destacar diversas cuestiones, pero la primera es que, desde muy antiguo, el control de la información ha sido considerado una cuestión esencial por los grupos en el poder, pues controlar la información es controlar las mentes, y quien controla las mentes no necesita de ejércitos. Necesita tertulianos. Pero tenga en cuenta siempre lo expresado por la Corte Interamericana de Derechos Humanos: «una sociedad que no está bien informada no es plenamente libre».

Geopolítica: la geografía del saber y del poder

Poco se habla hoy de geopolítica. Como parte del proceso de condena y demolición del nazismo, al que fue vinculada por geopolíticos alemanes, esta rama de investigación cayó en el descrédito público, pero no en el abandono de los gobiernos. También influiría en su consideración la Guerra Fría, que simplificó como nunca antes el mundo, pues la sociedad internacional quedará dividida entre áreas de influencia y aliados de EEUU o de la Unión Soviética. Trata la geopolítica de la influencia de la geogra­fía y las condiciones geográficas en países y poblaciones y, sobre esas premisas, de la elaboración de políticas nacionales e internacionales atendiendo el medio y las condiciones geográficas. Según Robert Strausz-Hupé, «la geopolítica se relaciona con la política de fuerza». Los orígenes de la geopolítica, así como su proyección hasta el presente, han estado vinculados a tres fenómenos que marcaron a Europa en los siglos xix y xx, a saber, el nacionalismo, el colonialismo y el imperialismo. De hecho, es casi imposible entender la geopolítica sin tomar en cuenta esos fenómenos, que alentaron de forma exponencial el interés por ella y por la geografía política.

Cultivada con esmero en Alemania desde el siglo xix, su influencia se extendió a la Inglaterra imperial, con Halford Mackinder como gran figura, así como a una Francia en plena expansión imperialista. La paternidad del término corresponde al sueco pangermanista Rudolf Kjellen, primero en distinguir entre geopolítica y geografía política. No obstante, sus raíces modernas se remontan al siglo xviii, hasta un individuo singular, el barón Dietrich Heinrich von Bülow, fallecido en 1807 en una cárcel de Riga. También es cierto que, desde muy antiguo, hubo conciencia de la influencia de la geografía en las sociedades humanas. A principios de nuestra era, el griego Estrabón, en su Geografía, intentó demos­trar que las costumbres, hábitos y divisiones políticas venían determinados por el contexto natural de un país o región (lo que hoy podría llamarse medio ambiente o ecosistemas: la ecología nacerá como ciencia a mediados del siglo xix, de la mano del prusiano Ernst Haeckel). Montesquieu sostuvo que las condiciones geo­grá­ficas y el clima determinaban la evolución política de una sociedad. Immanuel Kant consideró la geografía política una rama de la geografía física. En suma, que desde que el humano pudo pensar de forma racional, tuvo conciencia de la relación entre las sociedades humanas y el entorno geográfico en el que vivían (Tucídides comentaba, en su Historia de la guerra del Peloponeso, que «eran las mejores tierras las que sufrían permanentemente las migraciones de sus habitantes […] En efecto, a causa de la calidad del suelo, algunos se hacían con un poder mayor, lo que originaba revueltas, a resultas de las cuales se arruinaban, a la vez que se veían expuestos a los ataques de pueblos extranjeros. En cambio, el Ática, que desde los tiempos más remotos permaneció sin revueltas a causa de la aridez de su tierra, la habitaron desde siempre los hombres de un mismo pueblo». La historia evidencia, como había constatado Tucídides, que las regiones áridas del planeta rara vez han despertado el apetito de conquista o de colonización por otros pueblos).

Por otra parte, la Revolución francesa (1789), al inventar la noción de «Estado nacional», cuya base era la soberanía popular, inventó también la idea de que un Estado nacional debía poseer «límites naturales», aunque esos límites excedieran los de la nación. De esa guisa, los revolucionarios franceses decidieron que el río Rin era uno de los límites naturales del Estado nacional francés, lo que implicaba anexionar territorios alemanes, belgas y holandeses. Con esta política quedará establecida la relación entre Estado-nación y «límites naturales» del Estado nacional, que será fuente de infinitos conflictos entre países y pueblos europeos y que provocará, finalmente, dos guerras mundiales.

Von Bülow, oficial prusiano de origen noble, abandonó el Ejército para participar en los avatares de su época y luego se dedicó a oficios singulares para subsistir. En 1799 publicó su libro El espíritu del nuevo sistema de guerra, en el que sostenía que, mientras hubiera algo que repartir o tomar, habría conflictos armados. Distinguió entre fronteras naturales y fronteras comerciales, y afirmó que era el pueblo más el territorio lo que formaba el Estado moderno. Anticipó la unidad de Alemania –entonces inimaginable– y sostuvo que, por la geografía del valle del Mosa y las Ardenas, una Alemania unida, si controlaba Holanda, vencería fácilmente a Francia atacando desde Bélgica. El plan seguido por Hitler en 1940.

Nuevo impulso recibió la incipiente geopolítica de la mano del geógrafo alemán Karl Ritter, nacido en 1779, quien publicó 21 volúmenes de una Geografía comparada, en los que explicó la geografía como una «ciencia del globo viviente». Ritter definió la naturaleza como un todo armónico en el que la sociedad se desarrolla. Desde su perspectiva, «la geografía es un tipo de fisiología y de anatomía comparativa de la Tierra: ríos, montañas, glaciares, etc., son distintos órganos, cada uno de los cuales posee sus propias funciones, y, como este marco físico es la base del hombre, determinándolo durante toda su vida, así la estructura física de cada país es un elemento decisivo en el progreso histórico de cada nación». Ritter, fundador con Alexander von Humboldt de la geografía moderna y fallecido en 1859, terminó sus días como profesor de la Universidad de Berlín y de la Escuela Militar prusiana.

El filósofo alemán Johann Gottlieb Fichte, en sus Discursos a la nación alemana –escritos entre 1807 y 1808, como reacción a la de­rrota prusiana por Napoleón y cuyo «objetivo general [era] proporcionar valor y esperanza a los fracasados, anunciar alegría en la profunda tristeza y superar con facilidad y en paz la hora del aprieto», como afirma en su primer discurso–, comparó el Estado con un individuo condicionado por la historia. Para Fichte, «todos los que hablan un mismo idioma [...] hállanse unidos entre sí desde el principio por un cúmulo de lazos invisibles [...] de modo que los hombres no forman una nación porque viven en este o el otro lado de una cordillera de montañas o un río, sino que viven juntos [...] porque primitivamente, y en virtud de leyes naturales de orden superior, formaban ya un pueblo». Fichte estaba lejos de ser lo que hoy se llamaría «ultranacionalista» alemán. Para el filósofo, los alemanes, «al querer mantener su propia idiosincrasia y saber que es respetada, también reconocen a otros pueblos la suya, se la respetan y se alegran con ella». En suma, que los pueblos libres respetarán la idiosincrasia de otros pueblos y se alegrarán con ello. No obstante, sus discursos fueron punto de partida para darle fundamento al creciente nacionalismo alemán, dirigido a poner fin a la fragmentación de la nación alemana y a la creación de un único y gran Estado germánico. Los pensadores alemanes, además, sirvieron de fuente de inspiración a la multiplicidad de movimientos nacionalistas que pondrían Europa patas arriba durante los siglos xix y xx, y así… hasta el presente.

Tras la aparición de El origen de las especies, del célebre naturalista inglés Charles Darwin, donde relaciona el espacio físico con la evolución de los seres, el darwinismo fue incorporado con rapidez al estudio de la geografía, pasando a considerarse al Estado como una entidad biológica. «Un gran espacio mantiene la vida», escribió el geógrafo alemán Friedrich Ratzel, nacido en Karlsruhe en 1844 y declarado admirador de Darwin, en su obra Das lebensraum: Eine Biogeographische (El espacio vital: una biogeografía), publicada en 1901, aunque formulada por vez primera en 1897. En esta obra, Ratzel desarrolla el concepto de Lebensraum o espacio vital –luego reclamado por el nazi-fascismo–, influenciado por las teorías de Darwin.

Ratzel hacía descansar la idea de Lebensraum sobre tres conceptos: Raum (extensión), Grenzen (fronteras) y Lage (posición), que son las tres medidas sobre las cuales construye lo que denomina «organización política del suelo». Concebidos los Estados como organismos biológicos, éstos podrían crecer o disminuir, vivir, morir, expandirse, etc. Como organismos vivos, podrían necesitar unos espacios determinados para su supervivencia, lo que podría hacerse, justificadamente, extendiendo sus fronteras, hasta obtener el espacio vital que necesitaban para sobrevivir. La idea del Lebensraum se había inspirado en la teoría del «territorio vital» (Lebensgiebet), desarrollada por el naturalista y geógrafo alemán Moritz Wagner, idea que sostiene la necesidad de una especie de habitar un territorio concreto. Para Ratzel, «[l]a nación es la entidad orgánica que, en el curso de la historia, se vincula crecientemente con la tierra sobre la que vive. Así como un individuo pelea con la tierra virgen hasta que la convierte en tierra cultivable, una nación lucha con su tierra para convertirla con sudor y sangre en suya propia hasta que es imposible pensar en las dos de forma separada». Defensor del colonialismo y de crear un imperio colonial alemán y partidario de la guerra, que consideraba como «el único remedio para las naciones dolientes», Ratzel participa en el Congreso de Berlín de 1885, durante el cual un puñado de potencias europeas proceden al reparto de África, hecho histórico que marcará el punto culminante del imperialismo occidental y que marcará profundamente la mentalidad europea.

Ratzel dio forma a las ideas de la época, que propugnaban hacer de Alemania un poder mundial frente a la soberbia de Gran Bretaña. «En toda época –escribió Ratzel– sólo podemos llamar un poder mundial a aquel que está fuertemente representado en todas las partes de la tierra y especialmente en todos los puntos críticos, por sus propias posesiones». Afirmó también que, «en este pequeño planeta, sólo hay espacio suficiente para un gran Estado». Esas tesis terminarían chocando con las propugnadas por el canciller alemán, Otto von Bismarck, lo que determinará su caída y el ascenso a la Cancillería de los partidarios del Imperio alemán, la meta perseguida por Bismarck, llamado «el Canciller de Hierro». Pese a la deformación que hizo el nazismo del Lebens­raum, para Ratzel significaba el espacio que un grupo humano debía ocupar para disponer de medios suficientes de subsistencia y crear una nación dinámica, bajo la amenaza de desaparecer o, cuando menos, menguar.

Ratzel también había sido discípulo del historiador Heinrich von Treitschke, uno de los más influyentes miembros de la Escuela Prusiana de Historia en el siglo xix y primer tercio del xx. Treitschke, nacido en Dresde en 1834, fue ferviente partidario de la uni­ficación de Alemania, demandando en 1866 –año de la guerra austro-prusiana–, la anexión a Prusia de Hanover, Hesse y Sajonia. Se convierte en un ferviente defensor del poder estatal, de la guerra y del expansionismo alemán, propugnando la creación de un imperio que situara a Alemania como un igual entre las grandes potencias. Eran los años de la euforia imperialista y colonialista en Europa, y geógrafos e historiadores alemanes se sentían en desventaja ante las potencias europeas, pues Alemania llegaba tarde al festín del reparto del mundo. Para Treitschke, «la guerra es la ciencia política por excelencia. Una y otra vez se ha demostrado que únicamente en la guerra un pueblo se convierte propiamente en un pueblo». «El Estado es el poder de la raza más fuerte que consigue establecerse.»


«A cada quien su parte.» El reparto de África en1885 marca el

apogeo del imperialismo y del colonialismo europeo, y da

un impulso poderoso a la geopolítica.

Rudolf Kjellen era un politólogo e investigador sueco, nacido en la isla de Torsoe en 1864. A Kjellen se le recuerda, sobre todo, por haber acuñado el término «geopolítica» (Geopolitik, en alemán), que definió como «la influencia de los factores geográficos, en la más amplia acepción de la palabra, sobre el desarrollo político en la vida de los pueblos y Estados». Su obra más importante es El Estado como forma de vida, publicada en 1916, en plena Primera Guerra Mundial. Kjellen sostenía que solamente el Estado que poseyera libertad de movimiento, cohesión interna y espacio, podía ser considerado gran potencia. Para él, «los Estados vitalmente fuertes que posean sólo un espacio limitado, se deben a sí mismos agrandar este espacio por colonización, amalgamación o conquista». En 1914 propugnó una carrera armamentista que diera a Alemania un poder formidable. «La guerra –dijo– es el laboratorio de la geopolítica, y los Estados Mayores deben ser academias de ciencias.» La naturaleza del Estado era, esencialmente, poder, y la ley debía subordinarse al poder del Estado. La Geo­politik debía determinar el área natural del Estado, pues de ésta depen­dería que el Estado pudiera alcanzar su forma óptima de vida.

Los geopolíticos alemanes desarrollaron sus teorías principalmente en el periodo de entreguerras, abarcando casi todos los ámbitos, incluida la economía. Para ellos, una estructura económica con finalidades estratégicas entrañaba, por sí misma, la nece­sidad de una política de fuerza (desde criterios de esta naturaleza se han sustentado por siglos todos los imperialismos). Para Arthur Dix, economista y geopolítico alemán –nacido en 1875 y muerto en Berlín en 1935–, «la guerra económica se libra incluso en tiempos de paz» (Dix escribió en 1934 un artículo elogioso sobre Hitler, a quien comparó con el Fausto de Goethe). Para Kjellen, la economía «es la capacidad de un Estado para alimentarse». Como Alemania no podía satisfacer sus necesidades vitales dentro de las fronteras del Reich, tenía derecho a la expansión. Cualquier acto que se opusiera a estos designios debía considerarse hostil, de la misma forma que Inglaterra consideraría hostil todo intento de cortar las «líneas vitales» del imperio. Dix parecía beber del modelo británico, cuyo poder mundial se sustentaba en el hecho de que la Armada británica abría el camino a comerciantes y colonos, modelo que, después, seguirá EEUU. Es, en realidad, un modelo antiguo. Desde tiempos inmemoriales, los ejércitos han sido usados para saquear riquezas, asegurar rutas y apoderarse de recursos estratégicos.


Caricatura de Hitler sobre la tesis de Haushofer.

Pero la gran figura de la geopolítica germana fue el militar y doctor Karl Haushofer, autor de numerosas obras y defensor del Lebensraum. La idea del «espacio vital» tiene tal arraigo en la obra de Haushofer que llega a considerar que, a lo largo de la historia, el motivo de la mayor parte de las guerras y rivalidades políticas, hasta el presente, obedecían a la búsqueda de adquirir los territorios necesarios (el «espacio vital») para los «pueblos sin espacio». Por tanto, la conquista del «espacio vital» debía ser la guía de la política exterior de cualquier Estado dinámico. Para Haushofer, el «espacio vital» alemán no era el establecido por las fronteras internacionales, sino que abarcaba el ocupado por la etnia o lengua alemana, sin importar qué países habitaran.

Para él, la Doctrina Monroe –América para los americanos– era ejemplo conspicuo de geopolítica, de la misma forma que la teoría de Halford Mackinder –expuesta en 1904 en una conferencia titulada El Eje Geográfico de la Historia–, resumía el dilema medular de la política mundial. Según Mackinder, el poder marítimo era elemento esencial para alcanzar el dominio mundial, pero necesitaba, en el siglo xx, de «cabezas de puente» en las que pudieran apoyarse los ejércitos de la potencia marítima en su lucha contra la potencia terrestre. En contraposición al marítimo, el poder terrestre dependía del control de lo que Mackinder llamó «el corazón continental» o «región pivote» –Asia Central–, que estaba rodeado por la «isla mundial», formada por Eurasia y África. La región pivote era inaccesible a la potencia marítima, pero no a la potencia terrestre, el Imperio ruso. Mackinder temía que Alemania pudiera acceder al «corazón continental» aliándose con Rusia, por lo que creía primordial para Inglaterra impedir una alianza germano-rusa. Para evitarlo había que crear «Estados-tapón» en la Europa Oriental, que era la puerta al pivote continental. Resumía Mackinder: «quien domine Europa Oriental dominará el corazón continental; quien domine el corazón continental dominará la isla mundial; quien domine la isla mundial dominará el mundo». Según Walters, «la teoría del corazón continental sigue siendo la primera premisa del pensamiento militar occidental».

Haushofer adaptó la teoría de Mackinder a su idea de Alemania. Criticó duramente la creación de una serie de pequeños Estados tras la Primera Guerra Mundial, por obstaculizar el acceso alemán al «corazón continental». Defendió la autodeterminación que, según él, debía aplicarse a los alemanes que vivían fuera de los límites de Alemania, incluyendo a los de la URSS. La Unión Soviética, que amenazaba a Alemania y Europa, debía ser rota en sus partes, sustituyéndola por una serie de pequeños Estados nacionales y un único Estado ruso. Los pequeños Estados debían ser incorporados al territorio imperial de la Gran Alemania, «desde el Elba hasta el Amur». Para Haushofer, «corazón continental» y poder marítimo eran un todo, y juzgaba a EEUU como el único país, fuera de Europa, que aspiraba al poder mundial y que poseía todos los atributos geopolíticos para lograrlo. De ahí su admiración por la Doctrina Monroe. Un discípulo de Haushofer, Colin Ross, después de visitar EEUU en 1938, expresó que EEUU era una potencia «predestinada a dominar el mundo una vez abrace con fervor la política de fuerza». La teoría de Haushofer apuntaba a una dirección: los Estados nacionales serían cosa del pasado y el futuro pertenecía al Estado gigante. Países seguirían existiendo, pero quien dominara la isla mundial dominaría el mundo.

El pacto germano-soviético de 1939 concitó la atención de la prensa mundial sobre Haushofer, al verse dicho pacto como un resultado de la visión geopolítica del militar y profesor alemán, entonces consejero de Hitler. De igual forma, la agresión nazi contra la URSS se consideró su caída en desgracia y un error fatal desde la perspectiva geopolítica. Clausewitz había afirmado que la derrota de Napoleón se debió a su imposibilidad de dominar la in­mensidad rusa. Spengler, en 1933, expresó que «la distancia es todavía una fuerza política y militarmente no dominada». Haushofer respetaba a Rusia, que, a su juicio, conocía «la estrategia del espacio». Sostuvo que derrotar a la URSS requería una victoria fulminante que impidiera su repliegue al interior. Otros, como el doctor nazi Vowinkel, confiaron en el dominio tecnológico: «la superioridad tecnológica del Ejército alemán puede superar fácilmente la vastedad de Rusia». Alemania no logró lo uno ni lo otro. Fue derrotada por una suma de vastedad geográfica, climatología y avalancha militar soviética.

No pudieron las tropas nazis dibujar el mapa geopolítico elaborado por Haushofer. Ese papel corresponderá, paradójicamente, a la clase dirigente de la URSS. La demolición del Estado soviético, equivalente a una derrota militar, permitió la emancipación de los países del Pacto de Varsovia, muralla amortiguadora que separaba, como glacis, el territorio soviético de sus potenciales enemigos. Como deseaban los geopolíticos del III Reich, la URSS quedó rota en sus partes, siendo sustituida por una pléyade de pequeños Estados nacionales, quedando un único Estado ruso. Los pequeños Estados nacionales no fueron incorporados a ninguna Gran Alemania –como había soñado Haushofer–, sino a una entidad aún más peligrosa, la OTAN. Pero rara vez los planes salen como se quiere y una pieza quedó suelta, Ucrania, elemento geopolítico clave para arrinconar a Rusia y sacarla del tablero europeo. La idea de usar Ucrania contra Rusia, presente en los adversa­rios de este último país desde la Primera Guerra Mundial, da cuenta de que la OTAN hace depender sus relaciones con Rusia a que ésta renuncie a Ucrania y admita su inclusión en la Alianza Atlántica, que es una forma indirecta de requerir la rendición de Rusia como potencia europea. De cómo se resuelva este conflicto depen­derá en buena medida la paz mundial.

La agresión contra Yugoslavia en 1999 permitió ajustar las piezas del nuevo mapa europeo. Los «Estados tapón» se alinearon presurosamente con la OTAN (es decir, con EEUU), que establecía así una nueva frontera, que es extendida luego a los Estados bálticos. La caída del último aliado de Rusia, el gobierno de la reducida Yugoslavia de Serbia y Montenegro, gobernada por Slovodan Milosevic, devolvió a la devaluada potencia a la situación que existía en 1923, cuando el cordón sanitario impuesto por Occidente intentaba aislar la revolución bolchevique del resto de Europa. La guerra y ocupación de Afganistán por EEUU será un intento fallido de cerrar el círculo en torno a Rusia, sueño acariciado desde el inicio de la Guerra Fría, en 1947. La triunfante potencia marítima controlará efímeramente el corazón continental y tendrá, también efímeramente, bases militares propias en Asia Central. La presencia militar estadounidense intentará proyectarse sobre las repúblicas exsoviéticas de Georgia, Tayikistán y Azerbaiyán. EEUU, como pedía Treitschke, logrará tener, por unos pocos años, posesiones en todos los lugares estratégicos del mundo.

El sentimiento de poder se verá reforzado por ciertas características propias de EEUU. Por una parte, es un Estado-isla, situado en un continente-isla, separado por dos océanos del resto del mundo, una característica que lo asemeja –mutatis mutandis– a la Inglaterra imperial, cuya insularidad fue la base material de su conversión en imperio. El aislamiento geográfico ha sustentado en EEUU ideas aislacionistas, todavía vigentes en sectores relevantes, pero también ha estado en la base de sus agresivas estrategias de expansión. La condición de Estado-isla se completa con la inexistencia de rivales o adversarios continentales (nunca ha sido invadido ni sufrido guerras externas, excepción hecha de la guerra con Inglaterra en 1814) y por la extrema debilidad de sus vecinos. Tanto es así que los planes militares de EEUU consideran a Canadá y México como parte del territorio norteamericano, como el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) expresa la dependencia económica y política de esos dos países respecto de EEUU (paso que EEUU intenta dar con la Unión Europea a través del TTIP).

La economía no podía escapar del esquema. La agudización del proteccionismo y la entrega de subsidios y generosos fondos, sobre todo al complejo militar-industrial, hacen recordar que la guerra económica se libra también, como decía Arthur Dix, en tiempos de paz. Las guerras contra Iraq se situarían en este ámbito, pues implicaban, para EEUU, ampliar su dominio en la región del petróleo por excelencia, es decir, su dominio sobre las mayores reservas de energía del mundo, desde el criterio cierto de que el poder lo determina el control de la energía y, al controlar Oriente Medio, controla los flujos y precios del petróleo a nivel mundial.

No quedaban ahí las coincidencias. Tras el 11-S, el gobierno Bush situará a EEUU en la condición de Estado doliente, que pa­recía hallar en la guerra su único remedio, para decirlo en palabras de Treitschke. Las soflamas políticas, saturadas de belicismo, cris­talizaron en la doctrina de la guerra preventiva, un argumento invocado por Mussolini para justificar la agresión contra Etiopía en 1935. La nueva doctrina militar apostaba, según el gobierno Bush, por la supremacía total de EEUU, para lo cual lanzó al país a una nueva carrera armamentista que recuerda la planteada por Kjellen para garantizar la hegemonía mundial alemana. Asimismo, la fe estadounidense en su dominio de la tecnología hace recordar al doctor Vowinkel. El desprecio mal disimulado a la sociedad internacional, de la que se continúa diciendo su representante, llevaba al escenario pensado por Haushofer de un mundo sometido a un único súper-Estado. Las advertencias del presidente Bush Jr., respecto a que se debía estar a favor o en contra de EEUU, recordaban las tesis de Kjellen de que cualquier acto que se opusiera a los designios de Alemania debía llevar a considerar como hostil y enemigo a su promotor.

En tiempos de Bismarck, las fuerzas moderadas fueron desbordadas por militaristas e imperialistas convencidos del poder y el destino manifiesto de Alemania. Tal ocurrió en EEUU, donde ocupó el poder un sector extremista que pretendía imponer un imperio mundial bajo égida estadounidense, sin medir cabalmente, como no midieron teóricos e imperialistas alemanes, que, en un mundo interdependiente, de actores múltiples y complejos, los afanes imperiales de dominio continental o mundial han desembocado siempre en desastre, incluyendo en primer término al propio país. Fracasaron Carlos V y Felipe II en su sueño imperial y arruinaron a España. Fracasó Napoleón y arrastró a Francia con él. Hitler fue una tragedia, sobre todo para Alemania. Los costos de cada intento han sido cada vez mayores para la humanidad. De esa realidad pocos sacan cuentas. Del fascismo que asoma en países como Ucrania, tampoco. Está dicho. Lo único que enseña la historia es que la historia no enseña nada.

Los geopolíticos europeos de los siglos xix y xx sirvieron, en primer lugar, a sus países y, no obstante servir a intereses tan contrapuestos, participaron de un error general: actuaron como si el resto del mundo, excepción hecha de EEUU y Japón, potencias imperialistas como las europeas, no existiera, salvo para su expolio. En ese aspecto sustantivo, todos los teóricos de la geopolítica imperial fracasaron invariablemente. Ni siquiera geopolíticos clásicos de la escuela más tardía, como Nicholas Spykman, o más recientes, como Zbigniew Brzezinski, imaginaron un mundo donde países como China, India o Irán pudieran desempeñar un papel determinante en las estructuras del poder mundial. Todos eran, sobre todas las cosas, eurocentristas, racistas, imperialistas y colonialistas. En su esquema mental no cabía un mundo que no estuviera gobernado por países europeos o por descendientes de europeos, con la única excepción de Japón, país que ganó, a base de guerras imperialistas, un lugar en el concierto mundial de la primera mitad del siglo xx. Ni siquiera los promotores del «Nuevo Siglo Americano», en los años finales del pasado siglo, imaginaron un mundo cuyo ombligo estaba trasladándose aceleradamente al llamado Extremo Oriente. La idea de la preeminencia blanca era tan honda que, en la Sudáfrica racista y del apartheid, los japoneses recibían un título que les permitía compartir honores con los blancos europeos o de origen europeo. Les consideraban «blancos de honor». Generosos que eran aquellos sudafricanos.

Halford Mackinder

Geógrafo y politólogo británico, nacido en Gainsborough, en 1861 y fallecido en Dorset en 1947. Fue profesor de geografía en Oxford, donde había estudiado, cargo que mantuvo hasta 1905. Como promotor entusiasta del estudio de la geografía, en 1899 fun­da la Oxford School of Geography, logrando además, junto con otros geógrafos, que esta materia fuera incorporada como asignatura escolar. Alcanzó celebridad con una conferencia pronunciada en 1904 en la Royal Geographical Society. En ella, Mackinder sos­tuvo que el corazón de Eurasia era una vasta región de estepas que dominaba casi todos los bordes del continente eurasiático. De esta extensa estepa habían salido las hordas que, en el siglo xiv, cayeron sobre Europa; otra horda había ocupado Irán y Mesopotamia; una tercera había alcanzado China septentrional. Finalmente, una última horda había logrado franquear «la incomparable barrera del Tíbet» para penetrar en la India. «De este modo –dice Mackinder– fue como todos los bordes del Viejo Mundo llegaron a experimentar, antes o después, la fuerza expansiva del poder móvil originado en la estepa.»

La «concepción de Eurasia» mackinderiana «es la de una tierra continua», favorable «para la movilidad de los hombres que montan en caballos o en camellos. En el este, sur y oeste de este corazón terrestre se hallan las tierras marginales, en forma de amplios semicírculos, que son accesibles a los navegantes». Las «regiones marginales» que rodean el «corazón terrestre» (heartland) son cuatro. «Las dos primeras regiones comprenden los países monzónicos, volcada una de ellas hacia el Pacífico y la otra hacia el océano Índico.» La tercera región es el Cercano Oriente. La cuarta, Europa.

Para Mackinder, «la movilidad sobre el océano es el rival natural de la movilidad sobre el caballo y el camello en el corazón del continente». Los descubrimientos de nuevas rutas marítimas, especialmente la «que unió las navegaciones costaneras oriental y occidental de Eurasia […] en cierta medida neutralizaron las ventajas estratégicas de la posición central que mantenían los nómadas de la estepa, presionando sobre ellos por su retaguardia». «El océano, único y continuo, que envuelve las tierras divididas e insulares es, por supuesto, la condición geográfica fundamental para el comando del mar.» Era el dominio del mar lo que había provocado «la modificación radical de las relaciones entre Europa y Asia» en beneficio de Europa. Las «regiones marginales», con el desarrollo de la navegación y las nuevas rutas marítimas, constituían «ahora un anillo de bases exteriores e insulares para el poder marítimo y el comercio, que son inaccesibles para el poder terrestre de Eurasia». Pero ese «poder terrestre» todavía existía y lo constituía Rusia, que, «surgiendo de los bosques septentrionales, ha controlado la estepa», es decir, el «corazón terrestre» de Eurasia. De esa guisa se enfrentaban «el poder marítimo», entonces representado por el Imperio británico, con el «poder terrestre», constituido por el Imperio ruso. Reformulaba Mackinder el enfrentamiento que se había dado –y que entonces continuaba– entre Rusia y Gran Bretaña por el control de Persia y Asia Central, en lo que se llamó «el Gran Juego». Éste había concluido con el reparto de zonas de influencia, dejando a Rusia el control de Asia Central y a Inglaterra todo el Indostán.

(Admitiendo la indudable originalidad de la tesis de Mackinder, quien primero escribió sobre el enfrentamiento entre una potencia marítima y una terrestre fue Tucídides, en su célebre Historia de la guerra del Peloponeso, escrita con posterioridad al año 404 a.C. Casi al inicio de su portentosa obra escribe que, en esa guerra, los grie­gos se habían dividido en dos bandos, «unos en torno a los atenienses, otros en torno a los lacedemonios, pues claramente eran estos los dos Estados más poderosos, ya que los primeros eran una potencia naval y los segundos, terrestre». Pericles diseña la estrategia de Atenas sobre su supremacía naval, proponiendo defender sus intereses «con nuestra flota, que es donde radica nuestra fuerza. Pues, a pesar de todo, nosotros obtenemos mayor experiencia para la guerra terrestre a partir de nuestra experiencia en la guerra naval, que aquellos de la terrestre para la naval. Y hacerse expertos en las cosas del mar no les será fácil». «Gran cosa es, en efecto, el dominio del mar», exclama el propio Pericles. En otro pasaje, Tucídides recoge que «los lacedemonios eran esencialmente continentales y superiores por su infantería, mientras que los atenienses eran gente de mar, cuya superioridad radicaba sobre todo en su flota». La pérdida del dominio marítimo, tras el fracaso de la expedición ateniense sobre las ciudades aliadas de Esparta en Sicilia, es antesala de la derrota final de Atenas a manos de los peloponesios, que logran crear su propia flota y acorralan a Atenas por tierra y mar. La expedición ateniense a Sicilia es casi un manual sobre las ventajas de la potencia terrestre sobre la potencia naval, a partir de la inferioridad numérica de la fuerza invasora y la dificultad de abastecerlas cuando la invasión es por mar.)

Volviendo a Mackinder, su tesis iba más allá. Afirmó que, en décadas anteriores, «el vapor y el canal de Suez parecían haber aumentado la movilidad del poder marítimo con relación al poder terrestre», pero, en el presente, «los ferrocarriles transcontinentales están ahora modificando las condiciones del poder terrestre y en ninguna parte pueden ejercer tanto efecto como en el cerrado corazón terrestre de Eurasia». Los ferrocarriles, afirmó, «tienen un papel muy destacado en la estepa, porque reemplazan directamente a la movilidad del caballo y el camello». El nuevo medio de comunicación vendría, con el tiempo, a modificar ampliamente la situación en beneficio del «poder terrestre», pues «no habrá transcurrido una gran parte del siglo antes de que Asia esté cubierta de ferrocarriles. Los espacios comprendidos por el Imperio ruso y Mongolia son tan extensos […] que resulta inevitable que allí se desarrolle un gran mundo económico, más o menos aislado, que será inaccesible al comercio oceánico».

Para Mackinder era evidente que el «corazón terrestre» era la «la región pivote de la política mundial», inaccesible a los buques (es decir, al «poder marítimo»), pero que, merced a los ferrocarriles, poseía «condiciones de una movilidad de poder militar y económico que tiene un carácter trascendente y, sin embargo, limitado». Rusia reemplazaba al Imperio mongol y ocupaba en el mundo «la misma posición estratégica central que ocupa Alemania en Europa. Puede atacar por todos lados y ser atacada por todos lados». Fuera de la «región pivote», formando «un gran cinturón interior (inner crescent) se hallan Alemania, Austria, Turquía, la India y la China». Es pertinente recordar aquí que Mackinder se refería a los tres grandes imperios centrales europeos: el alemán, el austrohúngaro y el otomano. India pertenecía al Imperio británico y China estaba bajo control de cinco potencias extranjeras, es decir, no eran sujetos autónomos de la política mun­dial. El «cinturón exterior» (outer crescent) lo formaban Inglaterra, Sudáfrica, Australia, Estados Unidos, Canadá y Japón –en 1904, Sudáfrica, Australia y Canadá formaban parte del Imperio británico (Mapa 1).


Mapa 1.

Un cambio en el equilibrio de poder a favor del «Estado pivote» se sucedería con su expansión por las «tierras marginales de Eurasia», lo que le «permitiría la utilización de los amplios recursos continentales para la construcción de una flota y el imperio del mundo estaría a la vista. Esto podría ocurrir si Alemania se aliara con Rusia». En ese caso, Francia se aliaría con las potencias marítimas y éstas deberían establecer «otras tantas cabezas de puente donde las armadas exteriores podrían apoyar a sus ejércitos, para obligar a los aliados de las zonas pivotes a desplegar sus ejércitos terrestres», evitando así que la potencia terrestre concen­trara «en las flotas todo su poder». Así, «el frente militar inglés se extiende desde El Cabo hasta Japón, pasando por la India». En suma, concluía Mackinder, las combinaciones de poder, «desde un punto de vista geográfico, probablemente han de girar alrededor del Estado pivote, que probablemente ha de ser siempre grande, pero con una movilidad limitada si se compara con la de las potencias marginales e insulares que lo rodean».

La concepción de Mackinder ha pasado a la posteridad como la más exitosa e influyente teoría geopolítica de la historia, que aún marca pautas en este siglo xxi. Con la teoría del «pivote» o del «corazón continental», Mackinder divide el mundo en dos campos: el ascendente «corazón» de Eurasia y las tierras marítimas subordinadas. En 1919, Mackinder hace una actualización de su teoría, en un escrito titulado Ideales democráticos y realidad, donde define Asia Central como el «corazón continental», rodeado de una vasta región periférica (rimland), y afirma que Europa Oriental es la «llave» del corazón continental. Según su teoría, «quien gobierne la Europa Oriental dominará el corazón continental; quien domine el corazón continental dominará la isla mundial; quien domine la isla mundial dominará el mundo». La isla mundial la forman Eurasia y África, que suman dos terceras partes del territorio del planeta (Mapa 2).


Mapa 2.

Mackinder dotó de base teórica la política del Imperio británico, haciendo ver, del modo más explícito posible, que la única forma de hacer frente con éxito a la potencia terrestre –Rusia– era manteniendo una red de bases y puertos marítimos que, actuando como un cerco en torno al «corazón continental», impediría, por una parte, el acceso al mar del «poder terrestre» y, por otra, serviría de base de operaciones para los ejércitos de la potencia marítima. La emergencia de Japón como primera potencia mundial asiática de la historia moderna llevará a Inglaterra, en 1902, a establecer una alianza con él, para «imponer ese círculo forzoso a Rusia», como lo describe el geopolítico estadounidense Nicholas Spykman en su obra America’s Strategy in World Politics, the United States and the Balance of Power, publicada en 1942. A partir de ese acuerdo, resume Spykman, «los dos imperios insulares comparten la tarea, operando desde los flancos opuestos del continente euroasiático. Japón emprendió guardar la salida al Pacífico, y Gran Bretaña, las que dan acceso a los océanos Atlántico e Índico».

Otro punto medular de la teoría de Mackinder era la amenaza que representaba para la potencia marítima una alianza entre las dos mayores potencias terrestres, Rusia y Alemania. Mackinder creía imprescindible impedir una alianza entre Alemania y Rusia, porque ambas potencias, unidas, podían dominar el pivote continental y vencer a Gran Bretaña, a la que no le bastaría el poder marítimo para mantener su hegemonía mundial. Para Mackinder, Europa Oriental era el acceso al «corazón continental», lo que llevó a la idea de crear «Estados tapón» que mantuvieran separadas Alemania y Rusia (Mapa 3).


Mapa 3. Los «Estados tapón».

En EEUU, la teoría de Mackinder encontró fuerte apoyo en las tesis del almirante Alfred Mahan, quien, desde 1890, había defendido la conversión de EEUU en potencia marítima. Mahan, nacido en 1840, en West Point, había publicado la obra The Influence of Sea Power Upon History en 1890, en la que hacía una apología del poder marítimo, tomando como modelo el Imperio británico. Para él, ningún país podía reclamarse potencia mundial sin poseer una fuerza naval y mercante poderosa. Sus ideas tuvieron un gran impacto en las esferas gubernamentales estadounidenses, especialmente en el presidente Teodoro Roosevelt, quien asumió esa tesis y convirtió a EEUU en el tercer poder naval de su época, sentando las bases de la futura expansión marítima norteamericana. Tanto Mahan como Roosevelt creían imperiosa una alianza con Gran Bretaña para hacer frente a los imperios ruso y alemán. Los mackinderianos, en EEUU, con Spykman a la cabeza, consideraban que el control de Asia Central haría inevitable el conflicto entre la potencia del «corazón continental», la Unión Soviética, y la potencia marítima, EEUU. Ahora bien, Spykman, a diferencia de Mackinder, consideraba que la zona clave era, no el «corazón continental» (heartland), sino el «cinturón exterior» (rimland), al que llamó «margen continental». En consecuencia, como recoge Peter J. Taylor, en su Geografía política, «quien tuviera el control del margen continental podría neutralizar el poder del corazón continental».

La tesis de Spykman –que no dejaba de ser una leve variación de la de Mackinder– fue asumida como verdad absoluta en EEUU y, dice Taylor, «la tesis del corazón continental-margen continental se llegó a convertir en un instrumento ideológico de los encargados de la política exterior norteamericana». Según R. E. Walters, «la teoría del corazón continental sigue siendo la primera premisa del pensamiento militar occidental». Para Taylor, la vigencia de las ideas de Mackinder «tantos años después de que fueran formuladas no es debido a que este autor fuera algo parecido a un genio de la profecía, sino que se debe al hecho de que ideó una estructura espacial simple que encajaba a la perfección con las necesidades de la política exterior norteamericana a partir de 1945». Con la Guerra Fría, el mundo queda dividido entre dos superpotencias. La URSS poseía el dominio del «corazón continental» y EEUU el del «margen continental». La política exterior estadounidense será diseñada desde esta concepción.

La Segunda Guerra Mundial determinará el desmantelamiento del Imperio colonial británico y, por tanto, la desaparición de Inglaterra como potencia marítima, papel que asumirá EEUU, que había emergido del conflicto mundial como superpotencia, dueña de un poder naval absoluto. Inglaterra cede el testigo a EEUU y, entre otras muchas herencias, le facilita todo cuanto puede para que establezca una red mundial de bases navales, con el fin de «imponer ese círculo forzoso» a la superpotencia terrestre, la Unión Soviética. Con el inicio de la Guerra Fría, en 1947, EEUU proce­de a tejer una red de bases y acuerdos militares y políticos en torno a la URSS, en el marco de la llamada «política de contención», que había sido anticipada por Spykman, quien temía que la URSS se apoderara de lo que llamaba el «territorio marginal». El «círcu­lo forzoso» se formalizará con cuatro tratados: TIAR, OTAN, CENTO y SEATO, cuyo propósito era impedir que la potencia terrestre pudiera acceder a los océanos calientes a través de territorios del «margen continental». La red de bases navales y terrestres de EEUU se extenderá (y sigue extendida) desde Noruega hasta Alaska, abarcando tres océanos (Atlántico, Índico y Pacífico) y dos mares (Mediterráneo y Arábigo). La contención llevará a una suma de guerras periféricas, entre las que destacan las de Corea (1950-1953), Vietnam (1961-1975) y Afganistán (1979-1989).

Tras el suicidio de la URSS, la política estadounidense, lejos de modificarse al haber desaparecido la superpotencia terrestre, seguirá guiándose por la lógica mackinderiana. Despojada de buena parte del territorio del «corazón continental», el caos en que se vio sumergida desde 1992 dejaba a Rusia más vulnerable que nunca. Asia Central salía del control directo del poder ruso por vez primera en dos siglos y, como consecuencia, una parte estratégica del «corazón continental» quedaba al alcance de la potencia marítima, EEUU. Las condiciones fueron consideradas ideales para acceder al «pivote continental» y terminar con la hegemonía rusa en Asia Central. Y echar mano, de paso, a los yacimientos energéticos del mar Caspio. A partir del derrumbe soviético, el Caspio pasaría a formar parte de un tablero de ajedrez, en el mejor estilo decimonónico. Su situación estratégica y sus reservas energéticas (al parecer, 200.000 millones de barriles) llevaron al secretario de Estado norteamericano, Strobe Talbott, a afirmar, en julio de 1997, que esa región sería «trágicamente vital» para los intereses de EEUU. En la misma línea, Zbigniew Brzezinski, exconsejero de Seguridad con James Carter, manifestó que era necesario debilitar a Rusia en esa región, fortaleciendo a los nuevos Estados y promoviendo la explotación de sus recursos naturales por empresas multinacionales occidentales. La ofensiva política de EEUU para controlar el Cáucaso desembocará, finalmente, en la guerra provocada por Georgia en 2008 al invadir las regiones rebeldes de Osetia del Sur y Abjasia, que determinará la intervención militar rusa, conflicto relevante en términos geopolíticos –pese a su pequeña magnitud–, pues marcará el resurgir de Rusia como potencia mundial y establecerá una línea roja a la penetración estadounidense en los antiguos territorios soviéticos. Por otra parte, la emergencia de China como superpotencia mundial obligará a cambiar parámetros fundamentales de la política estadounidense en casi toda la región del Pacífico.

En el teatro europeo, la desaparición del Pacto de Varsovia dibujará un nuevo mapa, reabriendo escenarios de conflictos planteados desde el siglo xx. El diseño aprobado por la OTAN, tras el suicidio de la Unión Soviética, va a coincidir sospechosamente con la teoría del «pivote» o «corazón continental» de Mackinder Las condiciones creadas por la desaparición de la URSS y la crisis de Yugoslavia también coincidían con las condiciones pretendidas por Mackinder, pero sobre todo con las ambicionadas por sus discípulos norteamericanos, como Spykman. Para entenderlo es pre­ciso actualizar los términos. Cámbiese Gran Bretaña por EEUU, Alemania por Unión Europea, «cinturón interior» por «región euro-atlántica», «Estados tapón» por «ampliación de la Alianza», y se entenderán mejor las coincidencias. Las similitudes, cuando menos, son sugerentes.

Los exaliados de la URSS pasarán todos a ser miembros de la OTAN, siendo convertidos en «Estados tapón» entre Alemania y Rusia, utilizando como pretexto el marco político creado por la violenta disolución de Yugoslavia. Los proyectos de autonomía de la UE, como el Euroejército, surgidos en la década de los noventa del pasado siglo, eran vistos por EEUU con temor y desconfianza. Hegemonizados por Alemania, aquellos proyectos habrían tenido como destino natural la confluencia de todo el continente europeo, que incluía, inevitablemente, a Rusia. Una unión o alianza ruso-alemana-europea era, justamente, lo que Mackinder temía y sobre lo que había advertido que la «potencia marítima», entonces Gran Bretaña, hoy EEUU, debía evitar a toda costa. Una vez alcanzada una unión o alianza germano-ruso-europea, EEUU hubiera tenido que renunciar a su proyecto de hegemonía mundial en beneficio de una poderosa Europa, que sumaría su potencia económica y tecnológica al poderío militar y a los recursos naturales de Rusia (y Asia Central). La agresión contra Yugoslavia, so pretexto de Kosovo, sirve magníficamente al propósito de EEUU de enterrar los proyectos europeístas, que amenazaban directa y fatalmente su dominio en la zona y, por extensión, en el mundo. Esa razón convierte la guerra de 1999 en la primera guerra geopolítica del siglo xxi desarrollada en el corazón del territorio europeo. El conflicto de Kosovo marcará un antes y un después en el devenir de Europa: los proyectos europeístas son todos enterrados y la UE queda sometida, como nunca antes, a los intereses hegemónicos y estratégicos de EEUU, y así hasta el presente.

La UE, además, había venido erosionando la hegemonía norteamericana en áreas sensibles, como el exitoso proyecto Airbus. Aspiraba, incluso, a hacerse fuerte en el minusvalorado «patio trasero» del imperio, América Latina, con acuerdos con el MERCO­SUR, México y Centroamérica. Había lanzado su moneda única, el euro, que era la primera moneda que nacía para poner fin al hasta entonces monopolio del dólar. Pero lo más preocupante era, vale recalcar, el proyecto de ejército europeo. Si cristalizaba, la OTAN tendría los días contados y, sin la OTAN, la influencia de EEUU sobre la Unión Europea se vería seriamente comprometida. Demasiados tragos, demasiado amargos y en demasiado poco tiempo para que EEUU se resignara a ser mero espectador del fin de su sueño de hacer del xxi un «Nuevo Siglo Americano».

Kosovo resultará el pretexto perfecto para restablecer el dominio estadounidense sobre Europa y contra Rusia. Localización ideal: Europa. Momento ideal: año del nacimiento del euro. Fecha simbólica: cincuentenario de la OTAN. Pretexto ideal: genocidio e intervención humanitaria. Situación idónea: países este-europeos necesitados de recursos económicos e inversiones, y deseosos de aliarse con EEUU. Rusia, fuera de combate, en manos de un presidente moribundo y alcohólico y del FMI, y con sus Fuerzas Arma­das arruinadas y desmoralizadas. Por último, un objetivo óptimo: Yugoslavia, el aliado histórico de Rusia y único país que podría facilitar, en un futuro próximo, un punto de apoyo europeo a una Rusia recuperada. Era, por tanto, una ocasión irrepetible. Las negociaciones de febrero de 1999, en Rambouillet –que buscaban resolver la crisis de Kosovo–, no fueron concebidas como una negociación, sino como una celada. Las exigencias a Yugoslavia, como la de permitir que todo su territorio quedara «abierto» a las fuerzas de la OTAN, sólo podían provocar el rechazo a un plan que no buscaba la paz sino la ocupación del país. Recordaban las exigencias de EEUU a la URSS cuando el Plan Marshall, en 1947: si quería participar en él, debía abrir su economía y las de Europa Oriental al control estadounidense. El propósito lo había resumido entonces George Kennan, uno de los grandes ideólogos de la Guerra Fría: «Simplemente dejaremos que se excluyan a sí mismos». Se quería excluir a la URSS y privilegiar a Alemania occidental, evitando que una normalización de la situación europea con participación de la URSS se tradujera en una disminución de la influencia de EEUU. En 1999, como en 1947, el esquema seguía –sigue– siendo el mismo: impedir a cualquier precio el surgimiento de una entidad europea autónoma.

La decisión de atacar Yugoslavia no fue europea. Fue anglosajona. EEUU y Gran Bretaña iniciaron el conflicto y la OTAN se limitó a refrendar la decisión del presidente Bill Clinton y el primer ministro Tony Blair. Gran Bretaña ha sido el socio más ambivalente de la UE, pues, en la realidad de las cosas, su aliado indis­pensable no ha sido nunca Europa sino EEUU, país que la res­cató de la derrota en las dos guerras mundiales. Su papel dentro de la UE ha cumplido la doble función de no aislarse de su entorno geográfico y de obstaculizar un desarrollo rápido y sin EEUU del proyecto europeo. Los socios atlantistas endosaron la decisión anglosajona, presionados por EEUU y Gran Bretaña y por la enorme campaña de comunicación dirigida por la CNN, la más poderosa arma de EEUU, superior en efectividad a su poderío atómico. También por el hecho de carecer la UE de un proyecto estratégico propio e independiente, excepto en lo económico. Todo ello sin minusvalorar el reflejo condicionado de la «Guerra Fría» y la obsesión alemana por restablecer y consolidar su hegemonía en Europa Central, región que, desde hace siglos, ha sido considerada su hinterland histórico, la «zona natural de influencia» del Estado germano, desde los tiempos de Sacro Imperio Romano Germánico hasta el último intento alemán de controlar Europa Central, entre 1936 y 1945, que daría lugar a la Segunda Guerra Mundial. Este país ha tenido en este síndrome una causa central de los conflictos mundiales que ha desatado. Su situación la compelía a buscar alianzas con Rusia para hacer contrapeso de Francia y Gran Bretaña, pero sus afanes imperialistas la llevaban a combatir contra los tres países, lo que era garantía de derrota, síndrome en el que aún permanece (solamente el canciller Gerhard Schroeder tuvo una visión distinta de las relaciones de Alemania con Rusia: durante su mandato fueron firmados decenas de acuerdos de cooperación y la construcción del gasoducto Northstream. «Berlín no debe permitir que la Comisión Europea negocie la asociación de Ucrania sólo con la UE y sin traer [a la discusión] a Rusia», declarará en marzo de 2015).

La agresión contra Yugoslavia modificará profundamente el panorama europeo, con ganancia provisional para los promotores de la guerra. Europa queda bajo mando de EEUU, sin otra alternativa que acompañarle en la aventura militar. El conflicto permite a Washington colocar un obstáculo formidable al proyecto de unión europea, ahondando las diferencias y la desconfianza con Rusia. Washington, además, aprovecha su supremacía indiscutible en Europa para controlar los territorios del este, lo que se escenifica durante la Cumbre de la OTAN de 1992. Con el pretexto del conflicto yugoslavo, el control de los «Estados tapón» (iniciado con la desaparición del Pacto de Varsovia) se hace efectivo. El ingreso de Polonia, Chequia y Hungría había sido un primer paso. Con la crisis yugoslava, Eslovaquia, Rumanía y Bulgaria se agregan al cerco, sumándose al proyecto OTAN-EEUU. Desde una concepción mackinderiana de la geopolítica mundial, era natural que EEUU hiciera que el nuevo Pacto Atlántico incluyera el «corazón continental» dentro de la zona de acción e injerencia de la OTAN. Eran los años de la euforia atlantista, cuando en EEUU se empezaba a hablar del siglo xxi como de un «Nuevo Siglo Americano» (NSA). Poco les iban a durar la euforia y el sueño.

Desde esa perspectiva, el conflicto balcánico podía concluir en cualquier momento, pues ya había cumplido su propósito. EEUU, merced a la sumisión europea, tenía garantizada la prolongación de su hegemonía en la zona por tiempo indefinido y lograba avanzar sus posiciones hasta el limes de Rusia. La desaparición posterior de los últimos restos de Yugoslavia, con la separación de Montenegro de Serbia en 2006, privaban a Rusia de cualquier posible apoyo en aguas mediterráneas europeas, debilitando al máximo su capacidad de influencia (la «invitación» de la OTAN a Montenegro, en diciembre de 2015, para que se integre en dicha organización, tendría el objetivo de cerrar de forma radical cualquier posibilidad de bases navales rusas en territorio europeo). Poco podrá hacer Rusia en los años venideros para recuperar su influencia entre los «Estados tapón», convertidos –sobre todo Polonia– en la línea más dura de confrontación con ella sobre Ucrania. Kosovo era lo táctico; el control de la UE y de Europa del Este, lo estratégico. No fueron preocupaciones humanitarias ni por derechos humanos lo que llevaría a la última guerra balcánica. Lo que se había puesto en juego tras el pretexto Kosovo era el orden mundial del siglo xxi. Era la remodelación del escenario eurasiático para que, cuando Rusia emergiera de su implosión, se encontrara reducida a espacios mínimos, sin posibilidades reales de reconstruir su área de influencia. Porque la doctrina hegemónica de EEUU para hacer realidad un «Nuevo Siglo Americano» exigía impedir la reconstrucción del poder de Rusia y expulsarla, en primer término, del ámbito europeo. El proyecto de un NSA era claro en el objetivo: arrinconar a Rusia y retrasar cuanto fuese posible la recuperación de su potencia, de modo que, cuando hubiera salido de la postración, EEUU poseyera una ventaja militar y económica mundial de tal envergadura que poco o nada pudiera hacer el país eslavo para impedir la prolongación de la hegemonía norteamericana a lo largo del siglo xxi.

La reforma de la OTAN fue acompañada de un nuevo pacto entre EEUU y Japón en 1997, por el cual éste se comprometía a aumentar su gasto militar y su participación en acciones armadas externas. El proceso de cambio del papel de Japón en la región Asia-Pacífico queda sellado en septiembre de 2015 con la reforma de la Constitución japonesa, que prohibía el envío del Ejército japo­nés a acciones militares fuera del territorio nacional: ahora podrá enviar tropas donde considere necesario. Esta reforma, aprobada con muchas protestas, puede equipararse –en su contenido material– al acuerdo anglo-japonés de 1902 para hacer frente a la expan­sión rusa por el Pacífico, aunque, en el presente caso, se trataría de enfrentar a Rusia y, sobre todo, a China, en la nueva proyección de estos dos Estados sobre un océano considerado por EEUU durante casi un siglo como un «mar estadounidense».

En 1999 el nuevo cerco sobre Rusia quedaba establecido y Europa emergía hipotecada a EEUU, que pasaba a controlar zonas cons­picuas del «cinturón interior» como Israel, Pakistán, Arabia Saudí o Egipto, revalorizadas tras la «pérdida» de Irán en 1978. Es de imaginar el escalofrío que recorrió a gobernantes, políticos y militares rusos (y chinos) cuando vieron reunirse, en 1992, en Washington, como polluelos en torno a la gallina, a cuarenta países, entre ellos los exmiembros del Pacto de Varsovia y de la ex-URSS, para escenificar la proclamación de la OTAN como fuerza policial mundial.

(Cabe preguntarse, a estos propósitos, por las causas que llevaron al gobierno estadounidense a denunciar a Beijing por espionaje justo después del bombardeo de la embajada china en Belgrado, en mayo de 1999. Acorralada la Rusia de Boris Yeltsin, la única pieza fuera de control en esos años era, curiosamente, China. Podría pensarse que, viviendo una época de euforia y triunfo, quería EEUU aprovechar la coyuntura para enviar un mensaje al gobierno chino, o para preparar su conversión en el «enemigo» que necesitaban para justificar sus gastos militares, aumentados por el presidente Bill Clinton en 110.000 millones de dólares ese año 1999.)

El nuevo mapa mundial era, entonces, poco alentador. Los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 dan un giro dramático e inesperado a la situación. EEUU, bajo el gobierno de George Bush Jr., focaliza los ánimos de venganza en un país centroasiático que, curiosamente, formaba parte del «corazón continental»: Afganistán. Su invasión sirve para otros fines, además del argumentado de combatir el terrorismo (como se demostrará en los años siguientes, el terrorismo no se combate con intervenciones armadas). Arguyendo la necesidad de bases próximas al país invadido, EEUU obtiene autorización para abrir bases militares en las repúblicas exsoviéticas de Uzbekistán y Kirguistán. Lo que no había logrado el Imperio británico en el siglo xix durante «el Gran Juego», parecía alcanzarlo EEUU aprovechando la guerra afgana. Rusia reacciona enérgicamente, pero sólo de palabras. Su situación interna no le permite, por el momento, ir a más. El ascenso de Vladimir Putin, en el año 2000, al poder marcará un antes y un después, ya que, durante su gobierno, se produce un inesperado y vigoroso renacimiento del poder ruso. En 2005, el go­bierno uzbeko ordena el cierre de la base estadounidense; en 2014 es cerrada la base en Kirguistán; en 2012, Rusia firma un acuerdo con Tayikistán, para mantener hasta 2042 la base 201, que cumple «la importante misión de defender los intereses de Rusia» y de Asia Central. La base aérea rusa de Kant, en Kirguistán, ha sido reforzada. En agosto de 2012, el congresista Dan Burton refiere, en una entrevista al diario The Washington Post, que EEUU estaba buscando una base militar permanente en Tayikistán, por cuanto esa base militar «dará a EEUU la posibilidad única de tener un punto neurálgico permanente en esa región. Esto apunta, sobre todo, a Rusia y China». Si duda había sobre el interés de EEUU de poner una pica en el «corazón continental» o «región pivote», el congresista la aclaraba. No obstante, hasta este mayo de 2016, los esfuerzos estadounidenses de establecerse en Asia Central habían fracasado, pues los países exsoviéticos, bajo presión de Rusia y China, habían decidido poner fin a sus coqueteos con EEUU para dirigir sus intereses a los dos gigantes terrestres. Una situación que EEUU tiene casi imposible cambiar, tanto por el poder alcanzado por Rusia y China como por el hecho geográfico de que la potencia marítima no tiene forma material de acceder al «corazón continental» de Eurasia sin contar con la aquiescencia de las potencias terrestres, sobre todo Rusia.

Como respuesta a la política de cerco, Rusia pondrá en marcha un ambicioso –y exitoso– plan de rearme, como remedio más inmediato para hacer frente a la expansión de la OTAN en Europa del Este y a los intentos estadounidenses de establecer su influencia en el Cáucaso y Asia Central. Diez años después del ascenso al poder de Vladimir Putin, la situación había cambiado drásticamen­te en esta última región. Aunque EEUU logra consolidar su dominio sobre los «Estados tapón», la rápida e inesperada recuperación de Rusia, sumada a la potencia creciente de China, harán fracasar los intentos estadounidenses de establecerse en el «corazón continental» utilizando como pretexto la guerra en Afganistán.

La UE va a seguir por un tiempo indefinido como rehén de su particular «síndrome de Estocolmo», que le impide reaccionar contra su sumisión a EEUU, aunque sea, posiblemente, una de las regiones del mundo que más tiene que perder. En el mundo que se diseña para este siglo xxi –que no será un «Nuevo Siglo Americano»–, cabría esperar que, andando el tiempo, supere ese síndrome y decida construir una Europa «europea», abandonando el modelo de Europa atlantista impuesto por EEUU.

Fracasado el proyecto de NSA, la UE deberá optar entre tener al otro lado del nuevo muro a una superpotencia atómica adver­saria (y el riesgo de una tercera guerra, cuyos fuegos avisan en Ucrania) o a un socio insoslayable en un proyecto de unión europeísta. De ella dependerá el papel que ocupe en el mundo: si el de potencia independiente o el de región subalterna, peleando batallas que no son las suyas. Peter Taylor, en su Geografía política, hablaba del renacimiento de la geopolítica. Fue posible constatarlo en la última guerra en los Balcanes y en la interminable de Afganistán, y, en fin, verlo reconfirmado en Ucrania, última parada de la vorá­gine militarista promovida por la OTAN, tras sus guerras de agresión contra Iraq y Libia, y la atroz guerra en Siria. La geopolítica anglosajona y «democrática», pese a los descalabros sufridos, se empeña en seguir cabalgando. Con EEUU, Halford Mackinder mantiene su vigencia, aunque el mundo en nada se parezca al que inspiró su doctrina en 1904.

La irrupción de China como gran potencia mundial ha venido a trastocar la visión clásica de la dicotomía «potencia marítima-potencia terrestre». La magnitud de su poder económico y –cada día más– militar, no sólo ha dejado fuera del alcance de la potencia marítima las extensas costas del Estado asiático (recuérdese que Inglaterra tenía en Hong Kong su principal base naval en el Pacífico), sino que, además, su alianza con Rusia ha modificado, puede que para siempre, el esquema político y geopolítico construido sobre las tesis de Mackinder. La potencia marítima –EEUU– tendría que enfrentarse a las dos mayores potencias terrestres del mundo –siendo China mucho más potencia que Alemania–, que, además, están proyectando fuertemente su poderío naval sobre el océano Pacífico. Una de las primeras manifestaciones de este cambio ha sido la liquidación de la presencia de EEUU en el «corazón continental». Una segunda está en marcha, y es la proyección oceánica de las dos grandes potencias terrestres y el desarrollo de una potente tecnología militar dirigida a anular el poderío naval de la potencia marítima. Unos cambios drásticos y radicales que marcarán el rumbo del mundo a lo largo del siglo xxi.

Estado-isla: mejor solos que mal acompañados

Condición insular o aislada de un Estado, que puede ser por causas naturales, como las islas británicas o Cuba, o por obedecer a factores económicos, geográficos y militares, como ocurre con EEUU. La consideración de Estado-isla en sentido geopolítico no depende, por tanto, de causas estrictamente geográficas o naturales, sino de un conjunto de factores como la economía, el desarrollo científico-técnico y la asimetría de poder que pueda existir entre un Estado y sus vecinos, sumado esto a factores estrictamente geográficos. En geopolítica interesan poco los Estados-isla en sentido puramente geográfico, como las pequeñas islas del Caribe (Granada, Barbados, etc.) o del Pacífico, como Tonga. Tampoco se piensa en los Estados archipelágicos, como Indonesia o Filipinas, aunque sí en Japón, que reúne las condiciones de Estado archipelágico y de Estado-Isla. Dos Estados-isla han marcado los siglos xix y xx: Inglaterra y EEUU. Otro Estado-isla, Japón, marcó los primeros cuarenta y cinco años del siglo xx.

En el siglo xix, Inglaterra alcanzará su máxima expansión imperial, merced a haber destruido, durante las guerras napoleónicas, las principales flotas rivales en Europa y el mundo. Las armadas de Francia, España, Holanda y Dinamarca fueron consecutivamente hundidas por la flota británica, quedando Inglaterra como dueña absoluta de los mares. La insularidad británica está en la base de su éxito como potencia mundial e imperial. Islas hasta hace poco tiempo con baja densidad de población, hicieron de su condición de Estado-isla una muralla infranqueable frente a sus adversarios. De Felipe II de España a Adolph Hitler, pasando por Napoleón, todas las grandes potencias terrestres fracasaron en sus intentos de invadir el territorio británico, al estrellarse con la muralla de agua que le protegía.

En 1890, el almirante estadounidense Alfred Thyler Mahan, publicó su Influencia del poder marítimo en la Historia (1890), que era un estudio –y un panegírico– sobre el poder naval, sobre todo el poder naval británico. Mahan sostenía que una nación que quisiera prosperar debía dotarse de una poderosa fuerza naval y que EEUU sería la potencia mundial del futuro, pues, creando una propia y potente fuerza naval, obtendría la hegemonía en el mar Caribe y el océano Pacífico. Mahan, sin embargo, señaló el factor que hacía única a Gran Bretaña: su insularidad. El poder naval o terrestre británico no podía ser atacado desde fronteras terrestres. En cambio, todas las grandes potencias del continente europeo poseían fronteras vulnerables. Mahan advertía, de esa manera, que el poder naval no bastaría si un Estado tenía fronteras terrestres desde las cuales podía ser atacado. Esta advertencia no fue tenida en cuenta en países como Alemania, donde Haushofer, declarado admirador de Mahan, se convertirá en propagandista de un poder naval alemán y en amplificador de las ideas imperialistas y expansionistas de Mahan.

Desde el año 1066, Inglaterra no ha sufrido invasiones extranjeras ni ha combatido contra ejércitos extranjeros en su suelo. «Desde el punto de vista británico, es cien veces preferible que se destruyan ciudades extranjeras y no comarcas inglesas, y la derrota de una fuerza expedicionaria reporta consecuencias menos fatales y menos riesgos para la moral ciudadana que la derrota de un ejército defensor de la frontera», afirmaba el geopolítico estadounidense Nicholas Spykman, en su obra Estados Unidos frente al mundo (1944).

Por su parte, Japón nunca ha sido invadido, ni ha tenido que librar guerras contra fuerzas invasoras. Las misiones cristianas europeas –holandesas, portuguesas y españolas–, que llegaron en el siglo xvi, fueron expulsadas en el siglo xvii. Japón no tendrá contactos con el exterior, hasta que, en 1854, la flota estadounidense del comodoro Matthew Perry fondea en el puerto de Uraga, a 69 kilómetros de Tokio, dispuesto a imponer las condiciones exigidas por el gobierno de EEUU para abrir los mercados japoneses a las manufacturas estadounidenses. Sus argumentos dejaban poco espacio a la diplomacia: «Nuestro país acaba de tener una guerra con México, país vecino del nuestro, y ocupamos hasta su capital. Las circunstancias pueden conducir a vuestro país a una situación semejante.» Japón accederá a firmar el Tratado de Kanagawa, que sometía económicamente a ese país. Hasta la Segunda Guerra Mundial no sufrirá Japón, en sus propias carnes, el dolor de la guerra. En 1905, derrota a Rusia en los dominios coloniales que poseía en territorio chino, estableciéndose como la mayor potencia asiática. La derrota de Rusia provocará un terremoto geopolítico en el llamado Lejano Oriente pues, por vez primera en la historia, una naciente potencia marítima derrotaba a la histórica potencia terrestre merced a la superioridad de su fuerza naval y al hecho de que Rusia no podía atacar su territorio.

En cuanto a EEUU, Spykman hablaba del «foso protector de los océanos» que mantenía aislado a este país, de forma similar a como Inglaterra era protegida por sus mares. Los océanos han mantenido y mantienen resguardado de forma natural a EEUU, una protección que hace mayor el aislamiento geográfico del continente americano, único que no posee vecindad con ningún otro continente en el mundo. Las árticas islas Aleutianas, pertenecientes a Alaska, hacen un contacto meramente físico con Asia, pero sus condiciones climatológicas no permiten mayor uso de ellas, menos aún permiten servir de «puente» entre Asia y América del Norte. La condición de Estado-isla la terminan de crear los dos países vecinos de EEUU. Como explicaba Spykman en 1944, «México es un país pequeño al lado de Estados Unidos y su situación relativa de poder, como en el caso de Canadá, no es probable que experimente grandes mudanzas. Su forma, emplazamiento, topografía, aridez y condiciones de terreno excluyen la posibilidad de que lleguen a desarrollar gran poderío militar y económico». Por tal motivo, decía Spykman, «los vecinos terrestres de Estados Unidos no pueden amenazar sus fronteras». Su único peligro podía venir «tan sólo como posibles bases avanzadas de los enemigos allende los mares». En suma, la imposibilidad de que Canadá y México puedan alcanzar –en lo inmediato y en lo mediato– un poderío militar y económico suficiente es lo que hace a EEUU un país sin rivales ni amenazas próximas y con fronteras invulnerables, desde las que no puede ser atacado (no se habla aquí de narcotráfico ni de otras actividades delictivas). En suma, un país cuyos adversarios reales y potenciales se encuentran al otro lado de los océanos Atlántico y Pacífico. Por esa razón, como su par británico, EEUU «no ha sufrido invasiones extranjeras ni ha combatido contra ejércitos extranjeros en su suelo» desde la guerra de 1812-1814 contra, precisamente, el Imperio británico. El ataque japonés a Pearl Harbor, en 1941, no será un ataque al territorio de EEUU, porque, en ese entonces, las islas Hawái eran territorio colonial (no fueron Estado oficial hasta 1959). Las incursiones de Pancho Villa dentro de EEUU, durante la revolución mexicana, son anécdotas, buenas para películas de Far West, pero sin relevancia alguna en el terreno político o militar.

La insularidad le permitió a Inglaterra librarse de los estragos de las interminables guerras europeas. Su condición de Estado-isla dejó a salvo sus fábricas, ciudades e industrias –hasta los bombardeos alemanes durante la Segunda Guerra Mundial–, de forma que, tras cada conflicto, salía más rica y reforzada militar y económicamente. De igual manera, las dos guerras mundiales terminaron convirtiendo a EEUU en la mayor potencia mundial pues, además de hacer negocios astronómicos con los contendientes en la Primera Guerra Mundial, en la Segunda Guerra Mundial sus industrias suplantaron las extensas zonas industriales europeas destruidas durante el conflicto.

Ahora bien, el almirante Mahan había sostenido lo siguiente: «La historia ha demostrado de modo concluyente la incapacidad de un Estado que tenga incluso una sola frontera continental para competir en desarrollo naval con un Estado insular, aunque éste tenga recursos y población menores». Esta afirmación venía a contradecir la tesis central de su libro, sobre la perentoriedad de que EEUU construyera una poderosa fuerza naval, habida cuenta que poseía –y sigue poseyendo– 8.893 kilómetros de frontera con Canadá y 3.141 kilómetros con México. La única explicación que habría a esta contradicción es que Mahan considerara, sin decirlo, que tanto el dominio británico del Canadá, como México eran «Estados anexos» a EEUU, o «Estados-tapón», y, por tanto, sin relevancia alguna dentro de las consideraciones estratégicas sobre la expansión imperialista estadounidense. Por otra parte, la derrota del Estado-isla Japón a manos del Estado-isla EEUU demostraba que, en situaciones semejantes, ganaría el Estado-isla que poseyera mayor cantidad de recursos. Esta ventaja se ve multiplicada cuando un Estado-isla, además de mayor poderío en recursos, forma parte de una amplia coalición que obliga al Estado-isla rival a derivar recursos a otros frentes de batalla, como le ocurrió a Japón. Este país debió ocupar el grueso de su ejército y recursos en la guerra con China y otra parte importante a su extensísimo frente de guerra, que iba de Australia a Corea y, en los meses finales de la guerra, hasta la Unión Soviética.

En cualquier caso, puede concluirse que EEUU, en su condición de Estado-isla, constituye una singularidad histórica y geográfica. También que el factor que hace la diferencia estratégica y militar entre los Estados-isla y los demás Estados es si poseen o no fronteras terrestres vulnerables, desde las que puedan ser invadidos por poderes enemigos. Por último, debe señalarse que el desarrollo científico-técnico en el campo militar ha reducido, en algunos aspectos de forma drástica, las ventajas estratégicas que han otorgado la condición de Estado-isla. El desarrollo del poder aéreo y de los cohetes U-2 demostró, en la Segunda Guerra Mundial, que el territorio del Estado-isla por excelencia –Inglaterra– podía ser alcanzado y atacado desde el aire. Las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, en 1945, pusieron fin, de forma aterradora, a la inaccesibilidad de estos Estados. Como expresa Stephen E. Ambrose en Hacia el poder global, el cambio tecnológico, «especialmente en armas militares», había hecho que, «por primera vez en su historia, Estados Unidos podía ser amenazado desde fuera». Ambrose, como Mahan y Spykman, se imaginan EEUU como una isla, pues jamás tienen en cuenta a sus vecinos. El desarrollo al que se ha llegado en el siglo xxi ha relativizado al máximo el «foso protector de los océanos», del que hablaba Spykman. Los misiles intercontinentales, las armas atómicas y la diversidad enorme alcanzada por estas armas hacen accesibles a la destrucción todos los territorios del mundo. La hegemonía marítima británica se basó, durante 200 años, en impedir la emergencia de otra potencia marítima equivalente. Dado que el alcance de la artillería, hasta el desarrollo de los misiles balísticos, era pobre, la fuerza naval en que descansaba el poder marítimo resultaba inmune e inalcanzable al poder de fuego de la potencia terrestre. En el presente siglo, esa ventaja estratégica se ha diluido de muchas maneras, pero sobre todo por el enorme poder destructor de los sistemas de misiles, que pueden lanzarse desde tierra, mar y aire.

Puede servir de ejemplo el sistema balístico exhibido por China durante el desfile conmemorativo del 70 aniversario de su victoria en la Segunda Guerra Mundial. En la Plaza de Tian An Men, fue mostrado el misil balístico antibuque de medio alcance Dong Feng 21D (DF-21D, Viento del Este), diseñado, según las informaciones, para destruir portaaviones. Para Hugh White, profesor de investigaciones estratégicas de la Universidad Nacional de Australia, al diario The Australian Financial Review, «esta arma presenta un reto fundamental para la Marina de Guerra de EEUU; los portaviones son la fuerza que permitía a EEUU proyectar sus fuerzas lejos de las fronteras navales del país; este desfile nos recuerda que ahora China no sólo es una potencia continental, sino también naval». Expertos militares se apresuraron a bautizar el misil DF-21D como «asesino de portaviones», por considerar que tiene capacidad para destruir los buques estadounidenses. Rusia, por su parte, viene realizando desde hace más de una década sofisticados sistemas de armas para una guerra naval convencional, lo que incluye sistemas de misiles, submarinos, buques de guerra y aviación. En un hipotético conflicto entre la potencia marítima y las potencias terrestres, si la potencia marítima pierde su poder naval o éste se revela insuficiente, perdería su capacidad de proyección sobre Eurasia y –en tal caso– su condición de Estado-isla se revertiría en su contra, pues, privada de poder naval, la potencia marítima quedaría aislada de buena parte del mundo.

Se daría, paradójicamente, una situación similar –mutatis mutandis– a la sufrida por Alemania en la Primera Guerra Mundial, cuando queda aislada de casi todas las fuentes de aprovisionamiento debido a la pérdida de su capacidad marítima. Mientras Inglaterra, dueña del mar, podía recibir todos los recursos que requería por vía marítima, Alemania no tenía forma de hacer lo mismo. Este aislamiento, al privarla de medios de subsistencia, determinará su derrota, que será la derrota de una potencia terrestre ante el esfuerzo combinado de dos potencias marítimas, Inglaterra y EEUU. En el presente siglo, la pérdida de proyección naval por parte de la potencia marítima a causa de los nuevos armamentos, podría obligar a EEUU a replegarse sobre su territorio y, en todo caso, a renunciar a una proyección efectiva sobre la inmensa masa euroasiática. La condición de Estado-isla dejaría de ser una ventaja para convertirse en una grave desventaja. Por otra parte, como había previsto Mackinder, el desarrollo de las vías férreas está permitiendo a las potencias terrestres acceder a casi todos los océanos y mares del mundo. Los ferrocarriles comunican Beijing con Madrid, Teherán, Moscú y un extenso número de capitales y puertos. Sobre ferrocarriles, las potencias terrestres pueden proyectar su poder e intereses a casi todo el margen continental. La combinación de armamentos modernos y ferrocarriles puede que haya invertido para siempre la dicotomía potencia terrestre-potencia marítima en beneficio claro de las potencias terrestres. Ese sería el contenido geoestratégico del proyecto chino de Nueva Ruta de la Seda, que abriría rutas terrestres para unir toda Eurasia y crear rutas a todos los puertos.

Halford Mackinder llamó al poder aéreo «la caballería anfibia del futuro». Para este geopolítico británico, el arma aérea dejaría las rutas del mar Rojo y del Mediterráneo a merced del poder terrestre. Asombrado quedaría si pudiera ver la importancia casi absoluta que ha alcanzado «la caballería anfibia» en este futuro en el que estamos inmersos.

Mapamundi: según el cristal con que se mida

Mapa viene del latín mappa, que significa toalla y también plano de finca rústica, según nos explica el Diccionario de la Real Academia de la Lengua. Son representaciones geográficas de todo o parte de la superficie terrestre. Los mapamundis representan toda la superficie del planeta, dividida en dos hemisferios, norte y sur; tras su aparente inocencia, esconden construcciones ideológicas cuyo origen se remonta al siglo xvi y a la era de los imperialismos. No quiere esto decir que los autores de los mapas se hubieran guiado por ideologías, sino que los hacían tomando como referencia el mundo y la sociedad en la que vivían. Tal el caso de Gerard Kremer, nacido en Flandes en 1512 y que –como era usual en la época– latinizó su nombre para llamarse Gerardus Mercator. Trabajó en la elaboración de mapas y fue el primero en idear uno plano, que fue publicado en 1569. La idea de Mercator era hacer un mapa que sirviera para la navegación. Como habitante del hemisferio norte, cuyos marinos navegaban, fundamentalmente, por aguas del hemisferio norte, el mapamundi reflejaba la visión e intereses mercantiles de dicho hemisferio. Fue tal su éxito, que el mapamundi de Mercator –fallecido en 1594– sigue siendo el dominante desde el siglo xvi hasta nuestros días, cosa digna de admiración, debe admitirse.

La proyección Mercator, no obstante su éxito, tiene una par­ticu­laridad: sobredimensiona los territorios del hemisferio norte y reduce a mínimos los del sur. Esta deformación venía bien a los países imperialistas europeos, que, en sus colonias, hacían creer a los dominados que el continente europeo era de un tamaño superior al que poseía realmente. A la hegemonía política y militar se agregaba una hegemonía visual, que contribuía a acrecentar la dominación de los países del norte sobre las colonias del sur. Aunque Mercator –que se sepa– no poseyó en sus investigaciones ideas imperialistas, su mapamundi sirvió y ha seguido sirviendo a esos objetivos. Dicho mapa representa la visión del mundo de los europeos y sus continuadores, en primera fila EEUU. El tema no es anecdótico. La escala de un mapamundi determina la representación que nos hacemos del mundo. Viendo el mapamundi de Mercator, imaginamos Alaska (1.717.854 km2) dos veces más grande que Argentina (2,784.400 km2), y Europa (9,7 millones de km2), mayor que Sudamérica, que la duplica en extensión (17,8 millones de km2) (véase imagen siguiente).


En la proyección Mercator, el hemisferio norte, con 52 millones de kilómetros cuadrados, se presenta con un tamaño que duplica al hemisferio sur, con más de 100 millones de kilómetros cuadrados, con Groenlandia y Alaska agigantadas a tal punto que la segunda casi tiene la extensión de Sudamérica y la primera, la del subcontinente asiático (véase imagen siguiente).


Nadie, hasta 1974, puso en duda los mapamundis basados en esta proyección. Ese año, el cartógrafo e historiador alemán Arno Peters publica un nuevo mapamundi, basado en otro elaborado en el siglo xix por el cartógrafo inglés James Gall. El propósito de Peters era presentar un mapamundi que reflejara más fielmente el tamaño real de continentes y países. La proyección Peters, para alcanzar su objetivo, presenta a los países más alargados de lo que son, un efecto visual que le hizo blanco de críticas por parte de los cartógrafos clásicos, que lo acusaban de politizar la cartografía. No obstante, hasta aparecer el mapa de Gall-Peters, nadie había denunciado el fondo colonialista de los mapas de proyección Mercator, que presentaban un mundo mucho más deformado.


Proyección Mercator.

La publicación del mapamundi de Peters revela, por vez primera, el contenido ideológico de la cartografía, hasta ese momento presentada como una ciencia impoluta y neutral. Peters responde a sus críticos acusándolos de querer mantener la «sobrevaloración del hombre blanco» sobre los pueblos del sur y de defender la distorsión del mundo «para ventaja de los colonialistas». La polémica abandona las aulas y pasa a Naciones Unidas, inmersa, en esos años, en la batalla por la liquidación final de los imperios coloniales, la llamada descolonización. La ONU adopta como oficial el mapamundi de Peters, dando un espaldarazo definitivo al cartógrafo alemán. A partir de entonces, otros cartógrafos asumen la tarea de elaborar mapamundis más acordes con la realidad geográfica del planeta, y distintos países del sur proceden a elaborar sus propios mapas, para poner fin a la hegemonía visual eurocentrista. El mundo se llena de nuevas proyecciones e imágenes visuales del planeta. La aparición de los satélites facilita el cambio, pues aparecen fotografías reales del planeta Tierra, como la del siguiente mapa, elaborado a partir de fotografías tomadas por satélites de la NASA:


Proyección Gall-Peters.

Que el hemisferio norte aparezca «al norte» es otra construcción ideológica. En el espacio no existen el norte ni el sur (tampoco el este y el oeste, ni el arriba y el abajo), pues, según el principio cosmológico, el Universo es homogéneo e isótropo, es decir, es igual visto desde cualquier punto y desde cualquier dirección. Por tal motivo, no hay ley física que determine que el hemisferio norte «deba» estar al norte y el hemisferio sur al sur. Si los navegantes de los siglos xv y xvi hubieran salido, no de Portugal o España, sino de países del sur, los mapas, muy seguramente, hubieran puesto el «norte» en el «sur» y el «sur» en el «norte».

El meridiano que divide el mundo pasa, en los mapas europeos y americanos, por Greenwich, un barrio de Londres. Se trató de un tributo –que aún perdura– a la gloria del Imperio británico, porque fue en honor de los británicos imperiales que la Conferencia Internacional celebrada en Washington, en 1884 –época de esplendor de dicho imperio–, decidió que el meridiano que pasa por el observatorio astronómico de Greenwich fuera el meridiano cero. Como no hay ley física que determine que esto debe ser así, en los mapamundis rusos el meridiano divisor pasa sobre Moscú y en los mapas oficiales de China el meridiano divisor pasa casi en la mitad del territorio chino.

Siendo el Universo isotrópico, meridiano cero puede ser cualquier meridiano. Situarlo sobre la capital del mayor imperio colonial del momento fue eso, una decisión política tomada para brindar sahumerios y encomios al Imperio británico. De la política no se libran, como puede verse, ni escalas ni meridianos. Que la Organización de Estados Americanos y la Organización de Naciones Unidas tengan su sede en Nueva York responde al hecho de ser EEUU, en aquellos momentos, la potencia mundial dominante. Decisiones tomadas, simplemente, desde escalas de poder.

Economía: la fe ni te vale ni te salva

Vocablo procedente del griego oikonimía, cuyo significado original era «dirección o administración de una casa». Pasó luego a ser «administración eficaz y razonable de los bienes». A partir del siglo xix, con los llamados «economistas clásicos», la economía fue elevada a ciencia (Ciencias económicas), al fragor de las revoluciones industriales y la explosión del capitalismo, así como por el impulso que estos dos fenómenos dieron a la investigación científica y técnica que la expansión capitalista e imperialista requería en los Estados industrializados. Los primeros estudios sistematizados de los fenómenos económicos fueron obra de los fisiócratas franceses. La publicación de La riqueza de las naciones, del escocés Adam Smith, en 1776 dio un impulso definitivo a los estudios económicos con carácter autónomo y cada vez más relevante.


La Economía es ciencia en sentido muy lato. Si atendemos al significado de la palabra Ciencia, ésta es un «conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales». Pero en Economía hay tantos principios y leyes como teorías económicas, muchas de las cuales se refutan unas a otras, según los presupuestos sociales y político-ideológicos de los que parta cada teórico. Las disensiones entre las escuelas o corrientes económicas son tales que no existen «principios y leyes generales» económicas, similares a los que existen en las verdaderas ciencias como son las Matemáticas, la Física o la Química, por referir las más conocidas. La Economía carece tan ciertamente de métodos científicos que los economistas son incapaces, una y otra vez, de predecir las crisis económicas o los desastres del capitalismo, que suelen dejar en cueros las teorías más conspicuas. De ahí que se llame a los economistas, peyorativamente, «profetas del pasado», porque destacan más haciendo autopsias que previniendo las muertes. Aunque los ejemplos son más que abundantes, sirvan unos recientes. En diciembre de 2007, la revista esta­dounidense Businessweek publicó los análisis de 54 afamados expertos sobre la economía de EEUU en 2008. Todos afirmaron que la economía estadounidense sería «estable» y que no habría recesión. En septiembre de 2008 se produjo el hundimiento de Lehman Brothers, desatando la mayor crisis financiera en EEUU desde la Gran Depresión de los años 30 del siglo xx (y, de rebote, la mayor crisis financiera mundial, que arrasó también Europa.


El mundo visto desde Australia.

Tampoco los economistas han acertado en lograr sistemas económico-sociales racionales y estables ni en dar con fórmulas eficaces para resolver los más graves problemas del mundo como pobreza, exclusión y desigualdad. El economista Joseph Alois Schum­peter, abordando esta cuestión, definió como ciencia «cualquier tipo de conocimiento que haya sido objeto de esfuerzos conscientes para perfeccionarlo». Partiendo de esa definición, ciencia es todo, desde la Filosofía a la Psicología y la Historia, con lo cual desposeemos al término de todo contenido exacto. Lo que resulta evidente es que, así como físicos y astrofísicos son capaces de calcular órbitas y rutas de satélites y naves espaciales (también de misiles y drones asesinos), los economistas han demostrado sobradamente ser incapaces de hacer nada equivalente.

El tema tiene relevancia porque, cuando se dice que algo es «científico», se da a entender que ese «algo» descansa sobre fundamentos exactos, como los existentes en la Física o las Matemáticas, y no es así. Por Ciencia entendemos, no cualquier saber, sino «un saber cierto que aspira a formular mediante lenguajes rigurosos las leyes por medio de las cuales se rigen los fenómenos físicos», que diría Pedro Rodríguez Santidrián. El propósito subliminal que sub­yace en la presentación de la Economía como una «ciencia» es que un porcentaje elevado de población crea –por ejemplo– que el sistema capitalista nace de la naturaleza, como las manzanas del manzano, y, en consecuencia, es un sistema que no puede cambiarse ni modificarse, como no pueden cambiarse ni modificarse las leyes de la naturaleza. Al hacer descansar la economía sobre «presupuestos científicos», se la quiere hacer partícipe de la inmutabilidad que rige las ciencias físicas o las químicas. Entre los economistas clásicos del siglo xix fue preocupación dominante articular «leyes naturales» de orden económico que contuvieran sus propios sistemas de autorregulación, similar a las leyes que regulan los fenómenos físicos, como la ley de la gravedad universal. Sobra afirmar que aquella búsqueda fracasó estrepitosamente.

La Economía comparte no pocos elementos con las religiones. Un ejemplo de ello lo da John Kenneth Galbraith en La cultura de la satisfacción, donde narra que, durante el gobierno de Ronald Reagan, apóstol del neoliberalismo en la década de los 80, sus asesores económicos llevaban broches con la imagen de Adam Smith, como un creyente puede llevar la medallita de su santo patrono. Se cree en una teoría económica como se puede –o no– creer en una religión u otra. Un ejemplo de esta cuestión lo da el economista y filósofo austríaco Friedrich Hayek (1899-1992). Hayek aborreció desde sus años de estudiante, honda y profundamente, el socialismo. A partir de esa posición ideológica, dedicó su vida a construir una teoría que demostrara la inviabilidad económica de todos los sistemas socialistas. Se trató de un esfuerzo deliberado de adecuar la realidad a sus creencias políticas. Esa actitud lo aproximaba más a los teólogos medievales, que explicaban el mundo desde ideas preconcebidas, que a un verdadero científico, que busca desde la investigación y sin prejuicios descubrir las reglas de funcionamiento de la naturaleza. Frente a Hayek, para quien el capitalismo era inmortal (como Dios), estaba Alois Schumpeter, quien popularizó el concepto de destrucción creativa y sostenía que el capitalismo terminaría destruido a causa de su propio éxito (una versión económica del Armagedón del Apocalipsis de san Juan).

Aspecto curioso de quienes se reclaman científicos es que suelen recurrir a elementos que rayan en lo sobrenatural, como la célebre «mano invisible del mercado», de la que habló Adam Smith y que –según sus devotos creyentes– distribuye los bienes misteriosamente y prácticamente sin intervención humana. Hayek, por su parte, hablaba de un «orden espontáneo», que asigna los recursos de una sociedad de forma más eficiente de lo que podría lograr cualquier diseño humano. Espontáneo es algo «que se produce sin cultivo o sin cuidados del hombre», «que se produce aparentemente sin causa», define el Diccionario de la Real Academia de la Lengua. No parece que eso suceda en Economía, donde desde hace milenios la mano visible y dirigida de monarcas, gobiernos, plutócratas y corruptos ha cambiado las reglas en su beneficio cuantas veces lo ha considerado necesario. La escuela clásica hablaba de «leyes naturales» de un orden económico que se autorregulaba «naturalmente» a sí mismo, de igual manera que en verano hace calor y en invierno frío. Nada de esto encontramos en el cotidiano de la vida. Los grandes monopolios imponen precios y condiciones; las empresas transnacionales obligan a los gobiernos a legislar según sus intereses; las clases dominantes determinan las normas legales que favorecen sus procesos de acumulación de capital y, cuando hay crisis, los gobiernos reparten los recursos escasos privilegiando los intereses de las clases dominantes y sacrificando a los desvalidos, y un etcétera sin fin, como se ha visto en España o Grecia en la crisis terminal y provocada por humanos que abate a la Unión Europea desde 2008.

No hay manos invisibles ni procesos espontáneos, tampoco sistemas económicos que den manzanas. La Economía viene determinada por la política y la ideología pero, sobre todo, por los intereses de quienes controlan la economía de un país, una región o del mundo. Marx llamó, con acierto, a los Estados «comités ejecutivos de las clases dominantes». En EEUU, paradigma de país archiliberal en economía, el 10% más rico –que controla el 50% de las rentas del país– tiene una tasa impositiva inferior al 35%, que, además, puede reducir a la mitad gracias al sistema de exenciones fiscales existente. La regulación impositiva es tan flagrantemente favorable a los más ricos que el archimillonario Warren Buffet denunció, en 2008, que, proporcionalmente, su secretaria pagaba más impuestos que él. Y Buffet, generosamente… ¡pedía que le subieran los impuestos! Así que, cuando le hablen de economía en sentido dogmático, rece un padrenuestro, porque, posiblemente, los agentes del desahucio estén próximos a su vivienda y un usurero se esté frotando las manos, unas manos que son todo menos invisibles.

Adam Smith: el economista moral convertido en tótem

Moralista y economista escocés, nacido posiblemente en 1723, en Kirkaldy, un pueblo costero del este de Escocia y fallecido en Edimburgo, en 1790. Entre 1764 y 1767 fue preceptor del duque de Buccleugh, trasladándose a Francia tres años. De Francia viaja dos meses a Suiza, donde conoce a Voltaire, siendo éste el único periodo de su vida que vive fuera de Escocia. Vuelto a su país natal, se instala en Kirkaldy, dedicándose a lo largo de más de seis años, a escribir su obra más conocida: Una investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones, título luego resumido a La riqueza de las naciones, publicada en 1776. Este libro es considerado como la obra fundadora de la Economía como ciencia y a Adam Smith como el profeta del capitalismo (en cambio, para Marx, según expresa en su Teorías sobre las plusvalías, «fueron los fisiócratas, esencialmente, quienes se entregaron al análisis del capital dentro del horizonte burgués. Y este mérito es el que hace de ellos los verdaderos padres de la economía moderna»). Merced a ciertas afirmaciones contenidas en La riqueza de las naciones, particularmente la existencia de una «mano invisible» que, como mano de Dios, organiza mágicamente el funcionamiento del mercado, Adam Smith –sin su consentimiento– pasó a ser considerado el icono del capitalismo salvaje.

La riqueza de las naciones fue convertida en obra de referencia de los partidarios del liberalismo económico fundamentalista, que la han elevado al altar de los libros sagrados. Citar a Smith es casi como citar versículos de la Biblia o suras del Corán, despojándole de rasgos humanos. Los fieles a esta visión momificada de la obra de Smith olvidan que fue escrita en el siglo xviii, en los inicios de la Revolución industrial y de la expansión imperialista europea, y décadas antes del triunfo, en los países donde floreció la Revolución industrial, del capitalismo salvaje. Como suele suceder con libros tan mencionados como poco leídos, de la obra de Smith sólo se citan los párrafos que pueden ayudar a sustentar una posición, no así aquellos que puedan contradecirla o, peor aún, descalificarla. Otro hecho notable es que Smith fue toda su vida un académico, sin experiencia práctica en economía. Esto vendría a explicar que parte sustantiva de sus tesis emanaran del desconocimiento del funcionamiento real del mercado, como resulta evidente, para quien quiera ver, su afirmación de que una «mano invisible» lo haría funcionar y distribuir los bienes de forma equitativa, como si de la mano de un dios generoso se tratara, algo comprensible en una persona profundamente religiosa como era Adam Smith.

En los años 80, el binomio Margaret Thatcher-Ronald Reagan lanzó una vasta ofensiva ideológica contra el papel del Estado en la economía y, en pleno fervor del neoliberalismo, en EEUU llegó a ponerse de moda usar en chaquetas o corbatas insignias con la imagen de Adam Smith, convertido en profeta de aquella doctrina económica. Fue una más de las tantas falsificaciones de las teorías de Smith, que defendió el papel del Estado en ámbitos sustantivos de la vida de un país. Así, afirma en La riqueza de las naciones que es deber del soberano «proteger en cuanto le sea posible a cada miembro de la sociedad contra la injusticia y opresión de cualquier otro miembro de la misma». También afirmaba que «la opulencia de unos pocos supone la indigencia de muchos» y que «el gobierno civil, en la medida en que está instituido en aras de la seguridad de la propiedad, es en realidad institui­do para defender a los ricos contra los pobres». El soberano, sostenía Smith, debe «construir y mantener esas instituciones y obras públicas que, aunque sean enormemente ventajosas para una gran sociedad, […] no puede esperarse que ningún individuo o grupo reducido de individuos vayan a construir y mantener». El soberano, en fin, debía hacerse cargo de la educación pública, porque, «cuando más instruida está la gente, menos es engañada por los espejismos del fanatismo […] Un pueblo educado e inteligente, además, es más decente y ordenado que uno ignorante y estúpido». En esto no dejaba de tener razón Adam Smith.

John Kenneth Galbraith comentaba, en La cultura de la satisfacción: «La posición de Smith en una sociedad capitalista se aproximaba a la de un progresista estadounidense del siglo xx». Smith era, además, un hombre compasivo, como quiso dejar de manifiesto en el libro que lo lanzó a la fama, La teoría de los sentimientos morales. Smith, en esta obra, hace afirmaciones tales como que quitarle a un ser humano «lo que es realmente útil para él meramente porque puede ser tanto o más útil para nosotros […] es algo que ningún espectador imparcial podrá admitir», o que «la disposición a admirar y casi a idolatrar a los ricos y poderosos […] es […] la más extendida causa de corrupción de nuestros sentimientos morales». O, más claro aún, para Smith la justicia «es el pilar fundamental en el que se apoya todo el edificio. Si desaparece, entonces el inmenso tejido de la sociedad […] será pulverizado en átomos». Podía Smith subir a un púlpito.

Mal apoyo es Smith para el neoliberalismo, cuando se conocen sus obras. Leyendo sus opiniones sobre los sentimientos morales, difícilmente encontrarían respaldo políticas como los desahucios masivos, el empobrecimiento adrede de grandes capas de población o el sacrificio de derechos sociales como salud y educación. Smith fue un hombre del siglo xviii, progresista para su época y de fuerte moralidad. No conoció ideas socialistas, ni hay datos de que haya leído El contrato social de Rousseau, aparecido en 1762, cuatro años antes de la publicación de La riqueza de las naciones. La obra cumbre de Marx, El Capital, apareció 91 años más tarde, en 1867.

La mano invisible del mercado: agarre bien su cartera

Metáfora económica esbozada primeramente por Adam Smith, en el capítulo IV de su obra La teoría de los sentimientos morales, publicada en 1759. En ella, Smith escribe que los terratenientes,

a pesar de su natural egoísmo y avaricia, aunque sólo buscan su propia conveniencia […], dividen con los pobres en frutos de todas sus propiedades. Una mano invisible los conduce a realizar casi la misma distribución de las cosas necesarias para la vida que habría tenido lugar si la tierra hubiese sido dividida en porciones iguales entre todos sus habitantes, y así, sin pretenderlo, sin saberlo, promueven el interés general de la sociedad y aportan medios para la multiplicación de la especie.

En su obra más conocida, La riqueza de las naciones, Smith afirma lo siguiente:

Cada individuo está siempre esforzándose para encontrar la inversión más beneficiosa para cualquier capital que tenga [...] Al orientar esa actividad de modo que produzca un valor máximo, él busca sólo su propio beneficio, pero en este caso como en otros, una mano invisible lo conduce a promover un objetivo que no entraba en su propósitos [...] Al perseguir su propio interés, frecuentemente fomentará el de la sociedad mucho más eficazmente que si de hecho intentase fomentarlo.

Pulsuz fraqment bitdi.