Kitabı oxu: «Defiéndete de los ataques verbales»
Título original: Die etwas intelligentere Art
© Kosel-Verlag GmbH & Co., Munich, Alemania, 2004.
© de la traducción: Barbara Zoller, 2004.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2017.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO045
ISBN: 9788490568194
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
Una forma inteligente de contestar
Saber imponerse
Ganar sin luchar
Las réplicas a bote pronto
El cinturón negro
Agilidad en la respuesta
Elegir las réplicas
Y para terminar, una historia de consolación
Bibliografía
Una forma inteligente de contestar
Todos conocemos situaciones como éstas: un dependiente de los grandes almacenes contesta con displicencia a nuestra inofensiva pregunta; la enfermera auxiliar se muestra insolente ante nuestra necesidad de adelantar la visita médica; tío Alberto no para de importunarnos durante la celebración familiar; el compañero de trabajo nos provoca con sus bromas pesadas... Estamos constantemente expuestos a ataques verbales, a la crítica destructiva, a burlas, a bromas pesadas... Por supuesto, podemos contraatacar, pero el agresor no suele batirse en retirada, sino que acostumbra a responder con mayor violencia todavía. Es natural que nos defendamos ante las agresiones. Ojo por ojo, diente por diente. Obtenemos resultado a diario, en la calle, en debates de televisión, en fiestas familiares... Somos testigos de un intercambio continuo de agresiones desagradables, ruidosas y superfluas. Al final, todos salen perdiendo. Padecen estrés, alteraciones nerviosas, sufren dolorosas heridas psíquicas y abrigan oscuros deseos de venganza («¡Eso es inadmisible!, ¡ay de él si vuelve a venirme con ésas! Le daré su merecido») . Las agresiones verbales aún resultan más penosas para las personas que no son de reacción rápida, que se quedan mudas y perplejas ante comentarios insolentes. No encuentran la respuesta adecuada hasta que ya ha pasado todo, y entonces les corroe la ira y se sienten frustradas al quedarse con la palabra en la boca. El sueño de todo aquel que suele quedarse estupefacto es aprender a saber replicar, a sorprender al agresor con una interpelación ingeniosa.
Mi experiencia como experta en las técnicas de comunicación me ha enseñado que las bromas pesadas, las indirectas malintencionadas suelen dejar profundas heridas que tardan años en cicatrizar. En mis seminarios y prácticas sale a la luz el sufrimiento de las personas afectadas que, además, suelen plantear las mismas preguntas: ¿qué puedo hacer ante un ataque personal de mi interlocutor?, ¿cómo puedo defenderme ante una crítica injustificada de mi jefe?, ¿qué le contesto a un cliente que me ofende por teléfono?, ¿cómo puedo defenderme ante las continuas provocaciones de mi compañera de trabajo?, ¿les pago con la misma moneda?, ¿me callo?, ¿existen otras alternativas?
Sí, existen alternativas. Puedes tener la respuesta en tus manos. A lo largo de los años he desarrollado una técnica de autodefensa oral, una especie de judo verbal, de aikido retórico para todos aquellos que deseen dar réplica de forma inteligente. Como primer paso me dediqué a estudiar las técnicas básicas de las artes marciales y el aikido me llamó especialmente la atención. Esta técnica de autodefensa tiene como único objetivo hacer frente al ataque y volver a restablecer la paz. André Protin escribe en su libro Aikido: «El aikido no contempla el ataque. La base de este arte marcial es tan defensiva, tan poco combativa, que no enseña estrategias ofensivas... el aikido sustituye fuerza por sensibilidad, brutalidad por elegancia».
Decidí adoptar este criterio para la autodefensa oral. Fue así como surgió, a lo largo de los años, un buen número de llaves y asaltos orales con los que defenderse, sin que ninguno de ellos fuera ofensivo ni humillante. A pesar de que haya algunas réplicas muy duras he preferido prescindir de los golpes bajos. En primer lugar, porque el mundo está lleno de ellos y, en segundo lugar, porque quisiera insistir en una técnica de autodefensa inteligente, basada en la siguiente premisa: hacer frente al ataque y proponer al agresor una conversación sensata.
¿Pero qué podemos hacer si el agresor no responde ante nuestra táctica y continúa atacando? Las réplicas propuestas en este libro son adaptables a situaciones diversas e intercambiables entre ellas. En caso de que una observación breve no sea suficiente para repeler el ataque, podemos disparar con un refrán confuso, seguido de un cumplido y todavía nos quedan al menos cuatro posibilidades para defendernos. Dicho de otra forma: el gran número de réplicas propuestas en este libro te proporcionará la posibilidad de poder defenderte durante horas.
Los participantes en los entrenos para el desarrollo de las habilidades de negociación y para el fomento de la autoestima han puesto en práctica todas las estrategias propuestas. Además, las han corregido y mejorado, con lo que disponemos de réplicas que se adaptan a las más diversas situaciones.
El libro se estructura en cinco grandes apartados. Comienza con la postura básica de la autodefensa, el saber imponerse, y sigue con la capacidad de resistir las provocaciones. El tercer apartado ofrece una serie de réplicas formales y curiosas. El cuarto está dedicado al arte de la autodefensa en mayúsculas, es decir, enseña a saber plantar cara a las ofensas y a saber replicar al agresor. Dado que una lectura teórica no es suficiente, el último apartado del libro ofrece la posibilidad de practicar todas las estrategias de autodefensa aprendidas.
El libro es, asimismo, una ayuda para la aplicación de las estrategias de autodefensa en la vida cotidiana. Por ello hemos marcado las réplicas con un dibujo de un practicante de artes marciales en movimiento. Los ejemplos prácticos citados en el libro sirven para saber emplear las réplicas adecuadas en el momento oportuno de la conversación. Los diálogos vienen señalados con dos caras que se miran de frente.
Al principio, sin embargo, no nos ocuparemos de las palabras, sino de la energía que irradiamos en nuestras apariciones en público. El carisma, nuestro poder de convicción, serán los protagonistas.
Saber imponerse
Abandonamos elpapel de víctima en el momento en que volvemos a ser nosotros mismos. Nos alegramos de la singularidad de nuestras características diferenciales, pero también apreciamos las cualidades que compartimos con el resto de la humanidad. Nuestra vida no se rige exclusivamente por lo que los demás esperan de nosotros, sino por lo que nosotros creemos es importante.
Khaleghl Quinn
La defensa antichoque
¿Existe alguna posibilidad de que no nos afecten la insolencia y el descaro de terceros? ¿Podemos impedir que los demás nos contagien su mal humor? Casi todos nosotros hemos vivido las siguientes situaciones en la vida cotidiana: un interlocutor agresivo acaba por enfurecernos, el mal humor que reina entre nuestros compañeros se transmite y nos lo contagian, cuando los demás revolotean airadamente a nuestro alrededor también nosotros acabamos poniéndonos nerviosos. En definitiva, nos contagiamos. Los sentimientos de los demás se adueñan de nosotros. Desgraciadamente, las personas propensas a contagiarse del estado de ánimo de los demás también pueden verse implicadas con facilidad en una pelea.
Muchos de los empleados en el sector servicios o ventas son conscientes de la necesidad de tratar al cliente con amabilidad y paciencia. Sin embargo, la teoría del contagio es muchas veces más fuerte. A un vendedor que atiende a una cliente insolente enseguida se le pega el talante de ésta y eso se lo hace pagar a quien viene a continuación. Este también se contagia y sale de la tienda contrariado y molesto y contagiará, por su parte, a otra persona. El trato desconsiderado entre la gente se propaga como una epidemia de gripe. Esta situación se repite de forma tan frecuente que ya lo consideramos habitual. La persona que se apropia del mal humor de otra suele tener una justificación plausible: «Donde las dan las toman», «Hay que pagar con la misma moneda». Lo que es sinónimo de «no es culpa mía». El culpable siempre es el otro. Si se me trata de forma poco considerada, yo respondo de la misma manera. No obstante, en el fondo, este comportamiento significa que la otra persona puede convertirme en cualquier momento en su calcomanía. Cualquiera es capaz de transmitirme su mal humor, probablemente dando lugar a un problema en el momento en que pretendamos defendernos contra las agresiones externas. Necesitamos de defensas para combatir los estados de ánimo de los demás. Para ello es importante distanciarse, procurar estar por encima de las circunstancias.
Algunos consejos para defenderse de personas maleducadas
La autodefensa comienza siempre con una declaración de independencia: no permito que mi estado de ánimo dependa de los demás. Siempre que nuestro humor y nuestros sentimientos dependen del trato que nos propinan otras personas nos encontramos atrapados como peces en el anzuelo. En el momento en que alguien tira del hilo, empezamos a agitarnos. Hasta que no consigamos mantener la calma y la cabeza fría, no seremos capaces de defendernos eficazmente. La fuerza interior reside en la capacidad de no dejarnos enredar con las rarezas de los demás. No importa cómo las dan, eres tú quien ahora decide cómo las tomas. Para ello es necesario aislarse interiormente. Esté acorazamiento interior es el «escudo protector». Tu escudo protector es un airbag personal, una protección antichoque, que procura no tomarse tan a pecho la actitud de los demás. Para poder protegerse es suficiente con un escudo mental.
Construir el escudo protector:
1. Recuerda una situación en la que mantuviste la calma, a pesar de que la situación era violenta e irritante. Sumérgete de nuevo mentalmente en esa situación. Imprégnate de la sensación de que los disgustos te rebotan como lo hace una pelota de ping-pong.
2. Deja que te invada la sensación de que puedes protegerte mediante una especie de escudo invisible que levantas a tu alrededor.
3. Imagina un escudo a través del cual puedes ver y oír como ocurre con los cristales gruesos de las oficinas bancarias.
4. Elige una frase que te sirva de «música de fondo» para tu escudo protector. Incúlcate algo así como «Eso es cosa de los demás», «Eso no va conmigo» o: «Eso no me atañe».

El escudo protector
Estas instrucciones proceden de mi libro Die etwas gelassenere Art sich durch zusetzen (Una forma mas relajada de imponerse), pág. 216.
Levanta mentalmente este escudo protector invisible a una distancia adecuada. A través de él puedes oír y ver todo lo que pasa a tu alrededor con gran precisión, sin dejar de estar perfectamente protegido. El humor y los estados de ánimo de los demás ya no te afectan. Te encuentras tranquilo y seguro en tu propio espacio emocional y mental. Desde esta posición eres capaz de reaccionar de forma amable, objetiva y calmada. Puede que fuera arrecie una tormenta. A ti, sin embargo, no te afecta.
El escudo protector te puede ayudar a superar conversaciones difíciles. Asimismo te capacita para hablar con personas malintencionadas de forma tranquila y concentrada.
Hablar sin perder el hilo
Para Ricardo, el descubrimiento del escudo protector fue todo un descanso. Como encargado de una empresa de construcción tenía que tratar, prácticamente a diario, con proveedores y delegados de las administraciones. Ricardo era hábil en la negociación, con una excepción: siempre que su interlocutor alzaba una ceja en un gesto crítico o negaba con la cabeza sin pronunciar palabra, perdía el hilo de la conversación. Se trastocaba totalmente. Algunos de sus interlocutores adoptaban, desde un primer momento, una actitud de rechazo. Lo recibían con frialdad, no dejaban de mirar por la ventana, cruzaban los brazos y se mostraban lacónicos. Esta actitud hacía perder a Ricardo la seguridad en sí mismo. Comenzaba a hablar de forma atropellada, se equivocaba y, a la postre, se exasperaba por no haber sido capaz de mantener la calma. Carecía de recursos para defenderse contra las actitudes negativas de sus interlocutores. Se sentía inseguro ante cualquier gesto que demostrara una falta de cortesía o desinterés. Por ello resultaba fácilmente mani
pulable. Ricardo era consciente de sus debilidades, pero no veía solución a su problema. El escudo protector le ayudó a evaluar las reacciones de su interlocutor a distancia. Previo a cualquier negociación erigía un escudo mental, que amortiguaba el estado de ánimo del contrario. Ya no importaba que el interlocutor moviera la cabeza, la ceja, la comisura de los labios, los brazos o las piernas, Ricardo se mantenía firme en su argumentación. Se daba cuenta del comportamiento de su interlocutor, pero no le producía una sensación de inseguridad. Era capaz de hablar sin perder el hilo.
Negociar tenaz y relajadamente
Todos los profesionales cuya labor implica tratar con personas poco corteses necesitan una defensa antichoque. En los empleos en los que los insultos, las ofensas y los clientes irascibles forman parte de la rutina, es necesario contar con un buen blindaje. Todo aquel que se muestre a pecho descubierto no aguantará la presión por mucho tiempo. Se ha demostrado que las personas que ejercen este tipo de profesiones durante un período prolongado desarrollan un airbag personal.
También los individuos creativos y entusiastas necesitan de una buena protección para poder sobrevivir en este mundo duro y competitivo.
Me acuerdo de un grupo de jóvenes artistas (pintores, escultores y profesionales de las artes gráficas) que necesitaban el escudo protector para poder vender mejor sus obras. Entrené a estos artistas en la negociación. Todos estaban estrechamente ligados a su obra, por lo que les resultaba muy difícil tratar el aspecto económico. El intento de regatear el precio por parte del supuesto comprador era considerado como una ofensa personal. En los casos en que el interlocutor mostraba signos de desaprobación o escepticismo hacia la obra, los artistas se sentían profundamente heridos. Algunos se soliviantaban a la más mínima crítica relacionada con su trabajo, por lo que rompían la negociación y se negaban a seguir tratando con los que ellos calificaban de «analfabetos» y «burócratas». Ganar dinero resultaba muy trabajoso para la mayoría de estos creativos, que carecía de un buen airbag. Pero como la imaginación es algo que les sobra a los artistas, no tardaron en desarrollar fantasiosos escudos protectores. Sin embargo, mi atención se centraba en una sola cuestión: ¿eran eficaces los respectivos escudos protectores? Los sometí a una prueba definitiva. En un juego de rol interpreté a una agente durísima, que no entendía de arte, pero sí de finanzas. ¿Sería el artista capaz de dominar la negociación a pesar de la dura crítica lanzada contra su obra? Regateé sin compasión. ¿Podría el artista mantener la calma y oponer resistencia? ¿Sabría luchar sin aspavientos por el valor de su obra, a pesar de mi comportamiento impetuoso y estrepitoso? Toqué todas las teclas. Estuvimos entrenando el tiempo necesario para que, finalmente, todos dispusieran de un escudo protector capaz de repeler cualquier maniobra o manipulación. Los participantes acabaron asombrados de lo fácil que es negociar tenaz y relajadamente, siempre y cuando se vaya bien armado contra las adversidades.
Poner a prueba el escudo protector
Puedes poner a prueba tu escudo protector. Imagina situaciones cotidianas que no revisten problemática alguna, como, por ejemplo, comprar pan, ir a la peluquería o poner gasolina. Erige tu escudo protector antes de entrar en la tienda y sosténlo hasta la salida. No debería de resultar muy fatigoso, porque, en el caso contrario, tu escudo protector es demasiado complicado. Mucha gente comete el error de proveerse de un escudo agresivo, que consume todas sus energías. La defensa antichoque no es un arma agresiva contra el entorno, sino que es un blindaje seguro, parecido a un cristal antibalas. Detrás de él incluso puedes recibir las burlas con amabilidad. Ensaya hasta que tu escudo protector funcione a la perfección.
Es importante saber levantar y retirar el escudo con facilidad, como si abrieras y cerraras una puerta. No siempre es bueno mantener la puerta cerrada. A veces se necesita el roce humano, entregarse a un estado de ánimo y a sentimientos determinados sin que haya un escudo de por medio. Cuando nos mostremos abiertos y sensibles, aprenderemos a disfrutar.
Si el saber defenderse en la vida cotidiana tiene una especial importancia para ti, te recomiendo el capítulo «No tomarlo como un ataque personal», a partir de la página 000. Este capítulo es un complemento al escudo protector, porque enseña a atajar un ataque y a neutralizar formalmente al contrario. En el próximo capítulo nos ocuparemos de las pautas de conducta, del carisma. La forma en que nos comportamos puede convencer al prójimo de nuestra invulnerabilidad.
Mostrar seguridad
Si te rebajas, invitarás a los demás a que te pisen. Si aparentas ser una ovejita, atraerás a los lobos feroces. Los agresores prefieren enfrentarse a personas que ignoran el poder que poseen. La gente agresiva no suele buscar pelea, sino que quiere vencer sin implicarse personalmente. Para ello buscan una víctima fácil. Los agresores experimentados detectan enseguida a la víctima adecuada, que les asegurará la victoria. El agresor reacciona de forma inconsciente a ciertas señales emitidas por la víctima. A estas señales las denomino «vacío de poder», una expresión acuñada por Khaleghl Quinn, una profesora británica de autodefensa personal. Aprecio mucho su libro Art of Self-Defence (El arte de la autodefensa), en el que subraya la importancia de la seguridad en uno mismo para prevenir un ataque físico. Quien camina de forma encorvada, encogida y doblegada, delata su propensión a ser víctima. El posible agresor sabe que estas personas le ofrecerán poca resistencia. El vacío de poder atrae a los agresores, por lo que vale la pena estar muy atentos a la emisión de dichas señales.
Los signos de la impotencia
Analicemos más de cerca el llamado vacío de poder. Las personas que lo padecen
• Parecen cohibidas.
• Adoptan una postura ligeramente inclinada, tanto si están de pie como sentadas, y la caja torácica suele estar algo hundida.
• Tienden a encoger los hombros.
• No buscan el contacto visual.

Una postura inclinada hacia delante: el lenguaje corporal delata el vacío de poder.
• Sonríen muy a menudo con la intención de aplacar al interlocutor.
• Ocupan poco espacio, sus brazos y piernas se mantienen pegadas al cuerpo.
La falta de autoridad provoca en estas personas una adaptación excesiva, que relega a un segundo término la defensa de sus derechos. Las personas que padecen el vacío de poder
• No saben marcar los límites ni parar los pies a los demás.
• Eluden los conflictos.
• Se sienten identificadas con los demás y abandonan fácilmente sus propias metas.
• Se encuentran atrapadas en el papel de la persona amable, cariñosa y simpática.
• Tienen remordimientos de conciencia si, en alguna ocasión, logran imponerse y se niegan a acatar alguna orden. • Les cuesta romper la relación con personas poco consideradas y violentas.
Las personas que padecen un vacío de poder suelen disculparse con demasiada frecuencia, por ejemplo: «Perdone que insista», «Lo siento, pero no lo quiero comprar», «Dispense, pero yo no opino lo mismo».
Además suelen rebajarse y no valorarse a sí mismos. Estas frases son representativas: «Probablemente le aburra, pero quedan todavía algunos puntos por aclarar», «No entiendo nada de este tema, pero quisiera...», «Sólo soy un insignificante empleado», «Solamente soy ama de casa».
Los puntos de vista propios son amortiguados con expresiones como «quizás», «en realidad», «de alguna forma», «eventualmente». «En realidad, me gustaría hablar con usted ahora.» «Pienso que quizás se podría arreglar el asunto eventualmente de otra forma.» «Puede que esté equivocado, pero ¿no habíamos tomado, de alguna forma, otra decisión?»
El precio por ganarse la estima
¿Cómo se origina la falta de autoridad? No es una característica de nacimiento, sino que se debe a la educación recibida. En algún momento de sus vidas, seguramente en la temprana infancia, estas personas se han visto despojadas, lenta pero ineludiblemente, de su autoridad. Los niños obedientes lo tenían más fácil, los rebeldes recibían su castigo. La educación convirtió al niño en un muchacho atento o en una jovencita comedida, un sol para los adultos, fácil de manejar. Para obtener un resultado satisfactorio fue necesario limar el carácter obstinado del niño. El «yo lo quiero así» se convirtió en «como queráis vosotros». Era el precio por ser amado. Más tarde, los niños obedientes y amables de antaño se hicieron seres adultos adaptados, que renunciaron a una parte de su autoridad.
Librarse del papel de víctima significa hacer uso de toda nuestra autoridad, lo que nos ayudará a no emitir la señal equivocada ante un posible agresor. No hace falta presumir demasiado ni pavonearse. Basta con que nuestra autoridad nos envuelva como un aura.
Una decidida disposición a defenderse disuade al agresor
El ejemplo de Kerstin, una participante en las prácticas de autoafirmación, nos puede servir para demostrar hasta qué punto nuestro comportamiento influye inconscientemente en el agresor. Kerstin trabajaba en un taller de artesanía. Todas las mañanas tenía que soportar los comentarios mordaces de uno de sus compañeros. Solía reaccionar con indignación y consternación, lo que parecía animar todavía más a su compañero, cuyos comentarios se volvieron cada vez más crueles. Cuando conocí a Kerstin, la encontré atrapada en el papel de mujer cordial. Siempre se mostraba amable, cautelosa y solícita. No sabía comportarse de forma brusca, desagradable o agresiva, ni siquiera en los momentos que lo requerían. Le faltaba el contrapunto a la mujer amable. Parecía como si estuviera coja. Sólo utilizaba la pierna simpática y amable. La otra, la autoritaria y agresiva, estaba atrofiada. Cuando se trataba de parar los pies a alguien, Kerstin se quedaba paralizada, con lo que se convirtió en la perfecta ovejita para los lobos feroces. Éstos presentían su cojera y sabían que jamás ofrecería resistencia. Fue así como Kerstin se encontró, una y otra vez, en situaciones en las que se sentía despreciada, agredida y mal tratada. El seminario le enseñó a andar con las dos piernas: con la amable y simpática, pero también con la autoritaria y agresiva. Para llegar a poder enfrentarse a las burlas tuvo que emplear toda su autoridad. Cansada de su papel de eterna víctima, aprendió de forma relativamente rápida a imponerse. Estaba decidida a pisar fuerte en la vida. Durante el seminario preparó a fondo su siguiente encuentro con el compañero de trabajo. En sabia previsión, se apuntó las posibles réplicas a los comentarios vejatorios y guardó la «chuleta» en el bolso. «En caso de que no se me ocurra nada, saco el papel y elijo la mejor respuesta», comentó decidida. Estaba exultante porque volvía a tener seguridad en sí misma, porque confiaba en su facultad de poder defenderse y porque esperaba con ansia el momento de dar la respuesta adecuada. Dispuesta, se presentó en el lugar del trabajo. Saludó a su compañero y esperó el comentario impertinente. Pero, cuál fue su sorpresa al ver que el compañero permanecía mudo. «Únicamente me dijo buenos días», comentó más tarde Kerstin. «¿Qué debe de estar pasando? Ahora que sé cómo replicarle, no suelta ni un solo comentario. Me hubiera gustado entrenarme.» Pasaron las semanas sin que el compañero le dirigiera burla alguna. Kerstin había encontrado la tranquilidad. La confianza en sí misma había dado un vuelco a la situación sin que hiciera falta pronunciar una sola palabra. El compañero había detectado que Kerstin ya no era una ovejita desamparada e indignada. Percibió su lado decidido y resuelto y desistió porque se arriesgaba a verse involucrado en una situación incómoda.
El ejemplo de Kerstin es válido para muchos de los participantes en mis seminarios, donde aprenden a exteriorizar su capacidad de defensa. Muchos se entusiasman con la idea de poner en práctica lo aprendido. Sin embargo, a la mayoría le ocurre lo mismo que a Kerstin. La decidida disposición a defenderse disuade al agresor.
Algunos pensamientos obstructores
Antes de intentar imponerte con más autoridad, fíjate en el factor que te coarta. Escucha tu voz interior, sobre todo si quieres autoafirmarte o imponerte. ¿Qué ideas te vienen a la cabeza? ¿Te rebajas tú mismo? ¿Piensas lo siguiente?:
• No puedo luchar contra esto.
• Se reirán de mí.
• Seguro que le pongo nervioso.
• Mi parloteo aburre a todos.
• Seguramente estoy molestando.
• No tengo derecho a quejarme.
• Mis lamentaciones eran lo último que esperaban.
• Haré el ridículo.
• No debo ser tan susceptible.
• Solamente soy ama de casa. Solamente una mujer. Soy demasiado viejo/a... demasiado joven. Solamente un auxiliar administrativo. Solamente...
Si conoces las causas que te llevan a situaciones de impotencia, tienes mucho ganado. Si eres consciente de los motivos que te hacen perder la autoridad, puedes combatirlos. La clave para poder cambiar es tener conciencia de nuestras debilidades. Concédete el ser dominante y fuerte.
Saber imponerse
Saber imponerse es cuestión de práctica. No es tan difícil como parece. Sigue estos consejos:
• No te encojas: mantén la espalda recta y estirada, los hombros bajos y anchos.
• Busca el contacto visual, sobre todo en situaciones incómodas o desagradables.
• Sé amable sin ser sumiso. No sonrías dócilmente ni pongas cara de querer conquistar el cariño de los demás.
• No te rías cuando otras personas te pongan en ridículo o se rían de ti. Lo que socava tu dignidad te desautoriza.
• No te insultes («qué idiota soy»). No coquetees con tus debilidades y fallos para hacerte el simpático.
• Di claramente lo que quieres y lo que no quieres. Habla con frases cortas y sencillas, sin muchas florituras ni justificaciones.
• No supliques para que te comprendan. Tienes todo el derecho a solicitar algo o a negarte, aunque el interlocutor no muestre la más mínima comprensión. Manténte firme si los demás no respetan tus deseos. Recuerda tu solicitud una y otra vez.
• La dignidad y el respeto no son un callejón de dirección única. Trata a los demás como quisieras que te trataran a ti.
Las mejores réplicas se las lleva el viento si no se goza de autoridad. Sin embargo, si irradias la fuerza suficiente, incluso un sencillo «hola» puede tener un efecto aplastante. Es decisiva la energía que hay detrás de las palabras.
No podemos evitar, aun contando con un escudo protector o comportándonos con autoridad, que alguien se burle de nosotros. Si esto ocurre, no eres tú quien ha cometido un fallo, sino el agresor. No tienes que hacerte reproches, sino que debes cuidar de tu bienestar. En las próximas páginas te informamos sobre las medidas que puedes tomar después de la agresión.
Los primeros auxilios tras la agresión
«Me quedo atónito cada vez que alguien se burla de mí», comenta un participante en las prácticas de negociación. «Reacciono como si me hubiesen echado un jarro de agua fría y soy incapaz de pronunciar una sola palabra.» Los agresores no suelen anunciar sus ataques, por lo que nos cogen desprevenidos. El efecto sorpresa agrava el ataque. Ambos factores, primero el ataque repentino y después el hecho de sentirse vendido, resulta muy doloroso y nos bloquea. No se nos ocurre nada ingenioso, a pesar de que pasen por nuestra cabeza toda clase de pensamientos. En general, el agresor atrae toda nuestra atención. Ya no nos fijamos en nosotros, sino únicamente en él, lo que consume nuestra energía. Para romper el hechizo es necesario desviar la atención. Lo más importante no es el agresor, sino nosotros. Nuestro bienestar es lo principal. No importa lo que haya hecho nuestro adversario, lo primordial es que nos recuperemos enseguida. Más tarde le tocará el turno al agresor.
He preparado una especie de botiquín de primeros auxilios que, previo a cualquier contraataque, te ayudará a despertar del letargo.
Aplicar los primeros auxilios tras un ataque
• Respira hondo. Inspira y expira lentamente
Los ataques repentinos son un sobresalto que nos cortan la respiración. Es una reacción automática, pero nuestro cerebro necesita oxígeno para poder pensar claramente y nuestra voz necesita aire para no sonar de forma ahogada. Por lo tanto, llena tus pulmones de oxígeno. Antes de responder al agresor, hace falta tener el suficiente oxígeno. Inmediatamente después del ataque, inspira y expira hondo.
• Guarda la distancia
Reserva un espacio a tu alrededor. Sin él no puedes pensar con claridad. Retrocede uno o dos pasos. Corre la silla hacia atrás o hacia un lado. Si el ataque te coge sentado, una opción es levantarse.
• Ten sangre fría. No te sometas a presión
¿Deseas sorprender al agresor con una respuesta rápida, ingeniosa o impactante? Olvídate. No pretendas lo imposible. Únicamente conseguirías someterte a una fuerte presión, lo que sería contraproducente. Rebaja tus pretensiones.
• Tómate el tiempo necesario
El agresor necesita saber si su ataque ha tenido éxito y espera la reacción. Por lo tanto, tienes tiempo. Manténlo en ascuas y recapacita con tranquilidad. Tras reflexionar un rato, comunícale que contestarás a su comentario al día siguiente. O a la semana siguiente, el miércoles, hacia las dos del mediodía.
• Escoge la opción más fácil
Normalmente, los ataques suelen ser simplones, vulgares y descorteses, sin ningún resquicio de inteligencia o agudeza. ¿Para qué molestarse en encontrar una respuesta ingeniosa? ¿Para qué malgastar nuestro potencial de inteligencia y nuestros sentimientos? Elige la opción más fácil. En los próximos capítulos encontrarás muchas respuestas que te ahorrarán energía. Escoge lo más cómodo.
La primera reacción después de ser blanco de una burla es inspirar, que es justo lo que hay que hacer. Es necesario tener oxígeno, espacio y no estar bajo presión. Lo demás se produce por sí solo. Procura pensar con calma. A nadie le importa cuánto tiempo necesitas emplear para tomar una decisión. Es prioritario que vuelvas a centrarte y así podrás actuar serena y concentradamente. Sólo recuperarás el equilibrio interior cuando consigas reducir el estrés.
El estrés alienante
Algunos de los alumnos temían, en un principio, que las medidas de primeros auxilios fueran demasiado prolijas. «Antes de que termine de respirar, de hacerme sitio, de tomarme mi tiempo, habrá desaparecido cualquier rastro del agresor.» Están equivocados. La mayoría de los agresores quiere ver los frutos de sus ataques y espera con impaciencia la reacción de las víctimas. Confiemos en la curiosidad innata del agresor. Además, toda esta ceremonia no está pensada para el agresor, sino para nosotros mismos, para que podamos volver a pensar con claridad. Las medidas de primeros auxilios son parsimoniosas únicamente en apariencia, porque no estamos habituados a ellas. Cualquier nuevo hábito que se adquiere, sea escribir a máquina o conducir un coche, es realizado con torpeza y lentitud mientras no se convierte en costumbre. Entonces funciona solo.
Si somos demasiado exigentes con nosotros mismos nos sometemos a una presión innecesaria: «¡Has de contestar rápido !», «¡Corre, di algo!», «¿Por qué no se me ocurre nada?». La presión, por su parte, genera estrés. Y el estrés causa en el cerebro un estado de alerta, lo que desencadena un impulso de lucha o de huida. Toda nuestra fuerza se concentra en la musculatura para que estemos preparados a correr por nuestra vida o a combatir contra un tigre. Al mismo tiempo, las funciones cerebrales se reducen al mínimo y, por lo tanto, también la capacidad de reflexión que nos ayuda a buscar soluciones y a pensar de forma creativa, que es justo lo que nos hace falta para encontrar respuestas rápidas e ingeniosas. El estrés aliena. Es por ello que nos quedamos en blanco en las situaciones más difíciles. Efectivamente, la obligación que nos imponemos de contestar lo más rápidamente posible nos bloquea. Sin embargo, hay personas cuya capacidad de respuesta inmediata se incrementa cuando están furiosas. Pero sus contestaciones no suelen ser muy inteligentes. Más de una de estas «ametralladoras» se ha arrepentido, a la postre, de su espontaneidad. Una réplica mal dada puede convertirse en un gol en propia portería.
Desarrollar una autodefensa eficaz significa actuar según los propios intereses. Lo primordial es procurarse bienestar y proceder según nuestras prioridades. Impresionar al agresor con nuestra respuesta es secundario.
Lo más importante en una situación difícil es mantener la cabeza clara y no dejarse arrastrar por el torbellino de los sentimientos. Antes de defendernos deberíamos tener clara nuestra reacción. Para ello necesitamos tener la cabeza despejada. Suelo recomendar a mis alumnos que, al principio, no intenten replicar a las burlas y se concentren en practicar las medidas de primeros auxilios. Cualquier burla, cualquier comentario insolente, sirve para entrenarnos.
Con las medidas de primeros auxilios, el escudo protector y la seguridad en uno mismo estamos bien preparados para cualquier ataque. Pero todavía quedan pendientes las respuestas concretas a un ataque verbal. Los próximos tres capítulos vuelven a girar en torno a la autoridad, en torno a nuestro poder de decisión. Nos ayudarán a decidir cuándo queremos luchar y cuándo no. También se hablará de nuestra capacidad para ignorar las provocaciones y torear al agresor.
Ganar sin luchar
Quien opte por una postura pacífica disfrutará de una libertad de acción sin límites, con innumerables posibilidades para vivir y actuar según las circunstancias y según sus conocimientos y su saber.
André Protin
Ignorar al agresor
Casi todos los comentarios insolentes tienen como único objetivo la provocación. Pretenden aguijonear al contrario, descalificarlo y que le dé vueltas al comentario. La persona que está decidida a provocarte, encontrará con toda seguridad tus puntos débiles para pinchar allí donde duele. La libertad principal, que ayuda a asimilar las rarezas de los demás, es la capacidad de saber obviar las provocaciones e ignorar los comentarios insolentes. Sólo tú decides cuándo quieres luchar. Sólo tú decides qué admites y qué no. Es muy importante tomar una decisión a conciencia para evitar el peligro de ser provocado por cualquier comentario o de involucrarse en una pelea. La primera consideración ante una burla debería ser: «¿Debo admitirla?». Si en aquel momento estás ocupado en tareas más importantes, ignora al agresor.
En esta parte del libro te propongo tres estrategias para esquivar al agresor. La primera consiste en aplicar dos métodos distintos de reaccionar sin hablar, la segunda, en una desviación del tema y, la tercera, en atajar el ataque con un comentario breve y cortante. Estos métodos permiten reaccionar ante la burla sin llegar a mayores, sin necesidad de involucrarte en una pelea. Las ventajas de esta estrategia de autodefensa pacífica son evidentes: en primer lugar, no trastoca tus planes. Al fin y al cabo, tu actividad no consiste en esperar a que alguien te ataque, tienes cosas mejores que hacer. Además, cualquier discusión distrae nuestra atención y, por lo tanto, si optamos por no pelearnos podremos seguir desarrollando nuestras actividades. En segundo lugar, pasar del agresor contribuye a mantener nuestro estado emocional en armonía, evita la exasperación de los sentimientos. En resumen, prevenimos una escalada de la violencia. Además, hacer lo posible para no discutir puede ser importante si debemos mantener una relación cordial con el contrario.
Ahorrar energía
Ignorar al agresor no es una postura muy cordial. Para algunas personas, ser ignoradas es una ofensa con mayúsculas, sobre todo si la intención del ataque era lucirse. En estos casos, ignorar al agresor significa aguarle la fiesta y ahorrarse el disgusto de una pelea, en la que, tanto si ganas como si pierdes, siempre acabarás invirtiendo mucha energía. ¿Tú crees que vale la pena? Ignorar al agresor es reaccionar con un programa de ahorro de energía. Liquidarás el malestar con un esfuerzo mínimo y obligarás al agresor a llamar la atención en otra parte.

Ignora al agresor
Desde que estoy escribiendo el libro ha venido mucha gente a mi consulta para contarme sus experiencias con respecto a burlas, comentarios insolentes y críticas injustificadas. Tras contarme su historia, todos me preguntan: ¿qué es lo que podría haber contestado en esta situación? Y yo siempre respondo: ¿es necesario contestar? ¿Sacas algún provecho?
Un guiño para sarcásticos
El agresor no emplea las provocaciones como un pasatiempo inofensivo. En la vida laboral se recurre a las provocaciones como una estrategia para manipular a la víctima.
Cristina nos puede servir de ejemplo. Me habló de un compañero que le provocaba con sus comentarios insolentes. Según Cristina, su compañero era un sarcástico. Ambos fueron contratados al mismo tiempo y entre los dos existía una competencia soterrada. Cuando a Cristina le tocaba exponer sus ideas en una conferencia, su compañero se burlaba de ella justo antes de la reunión: «Tienes un aspecto deplorable esta mañana, ¿has dormido en el pajar?» o: «Por lo visto hay gente aquí que cobra por sus piernas bonitas». Ante las provocaciones, Cristina perdía los estribos, se ponía a cien justo antes de su intervención. No era precisamente un estado de ánimo adecuado ante la perspectiva de tener que ganarse a un público con su poder de convicción. Ella intentó no callarse nunca ante las provocaciones, pero lo único que conseguía era caldear aún más el ambiente.
Él se burlaba, ella le contestaba y se sentía herida, se exaltaba y su compañero volvía a llevarse el gato al agua. Cristina no cejaba en el intento de encontrar la superrespuesta para acallar de una vez por todas a su compañero, sin saber que con ello se tendía su propia trampa. Siempre que intentaba pagarle con la misma moneda, se trastornaba. En vez de reunir fuerzas y centrarse en su inminente intervención, perdía los estribos y se enzarzaba en una discusión circunstancial. Cuando nos conocimos, Cristina únicamente quiso que le sugiriera una réplica genial para vengarse de su compañero burlón. «¿Qué le respondo cuando me dice que tengo un aspecto espantoso y que parece que haya dormido en el pajar?», me preguntó. Una respuesta genial no iba a resolver nada, la solución era no dejarse provocar, dejar al burlón apurar sus burlas, sin resistencias. Nada de réplicas ingeniosas ni derroche de energías. El ataque se queda sin respuesta. La idea de ignorar al agresor sorprendió a Cristina y contestó que le resultaría difícil ignorar totalmente al agresor. Estaba de acuerdo en renunciar a contestar a sus provocaciones, pero quería reaccionar de alguna forma a sus comentarios insolentes. Repasamos con Cristina los códigos del lenguaje corporal, que encontrarás al final de este capítulo. Lo que más le gustó fue guiñar el ojo y no tardó en ponerlo en práctica. Al siguiente comentario insolente de su compañero reaccionó guiñándole el ojo con complicidad y sin pronunciar palabra. Luego relató su experiencia: «Me provocó preguntándome si me había caído dentro del pote de maquillaje. En vez de contestarle, le guiñé el ojo, lo que le cogió desprevenido. Se irritó y me preguntó si me había entrado algo en el ojo. Volví a guiñarle el ojo sin decir palabra. Me empezó a gustar este juego. Me interpeló sobre si había hecho un voto de silencio. Se me escapó la risa y le guiñé los dos ojos, lo que le dejó totalmente estupefacto. Meneaba la cabeza mientras murmuraba algo ininteligible. Ya podía decir lo que quisiera, no me afectaba, simplemente le dejé plantado». Cristina estaba radiante mientras me contaba su experiencia. Había dejado de ser una víctima. Había escapado de la trampa de las provocaciones. Su relación con el compañero, sin embargo, no había cambiado. Ambos seguían haciéndose la competencia. Lo único que había hecho Cristina era defenderse contra los ataques. Esta técnica de autodefensa «desarma» al agresor. Las situaciones y los comportamientos posteriores son harina de otro costal. Cristina podría seguir comportándose como si no pasara nada. O, en un momento dado, podría aprovechar la situación y hablar abiertamente con su compañero sobre la lucha soterrada que mantienen ambos. Decida lo que decida, ella actuará desde una posición de fuerza.
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