Kitabı oxu: «Chicos de la noche»

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Chicos de la noche

Autora: Bárbara Cifuentes Chotzen Editorial Forja General Bari N° 234, Providencia, Santiago-Chile. Fonos: 56-2-24153230, 56-2-24153208. www.editorialforja.cl info@editorialforja.cl Diseño y diagramación: Sergio Cruz Edición electrónica: Sergio Cruz Primera edición: diciembre 2020. Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados.

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor.

Registro de Propiedad Intelectual: N° 2020-A-6507

ISBN: Nº 978-956-338-506-9

eISBN: 978-956-338-507-6

Dedicado a mi papá y mamá, por creer incondicionalmente en mis sueños y en mí. Les debo más que mucho, disfruten este viaje.

PRÓLOGO
5 AÑOS ANTES Abril, 2014

Estoy despierta, o eso creo. Dejé de soñar de repente y sé que me encuentro tumbada en mi cama, pero ¿por qué no me puedo mover? No puedo mover los brazos, ni las piernas, ni el cuello, ni siquiera los párpados.

¿Qué clase de pesadilla es esta? No tengo la respuesta, pero me asusta.

—No estás teniendo un mal sueño.

Escucho una voz en mi cabeza. No, no proviene de mi mente, viene del exterior, pero sin duda es desconocida para mí.

Una vez más intento abrir los ojos, pero me resulta imposible. Esto debe ser una pesadilla o algo así, no puedo estar despierta realmente, solo sueño que lo estoy.

—Se llama parálisis del sueño. Estás despierta, sin embargo, no eres capaz de moverte.

Vuelvo a escuchar a alguien hablar. Es la voz de un chico, que no había escuchado antes.

—¿Quién eres?

Mi boca se abre y emite palabras sin previo aviso, como si no me pertenecieran.

—Vaya, pensaba yo que las personas que hablan durante una parálisis no existían, veo que me equivocaba. Eres un caso muy especial, amiga. Y por fin te encuentro.

—No soy tu amiga, ni siquiera sé quién eres. Si no me dejas en paz llamaré a papá y mamá —amenazo. Esta vez sí tengo control sobre lo que digo.

—No creo que eso funcione. Algo me dice que solo puedes hablar conmigo en estos momentos —vuelve a decir—. Además, no creo que haya nada que ellos puedan hacer, no me verían, ni me escucharían, chica.

—¿De qué estás hablando? Dime de una vez quién eres, qué quieres y qué diablos está pasando —le digo, entrando en pánico. Esto se está poniendo muy creepy y solo tengo once años.

—Soy el espíritu próximo a ti. No te preocupes, solo quiero ser tu amigo, llevo años buscando a alguien con quien hablar. Lamento si suena muy tenebroso, nunca pensé que tendría esta conversación.

Con cada palabra logra espantarme aún más.

—Por favor, no quiero nada. Solo vete y déjame tranquila.

Trato de moverme nuevamente, pero es inútil.

—Está bien, te dejaré. Eres muy pequeña aún para todo esto, lo siento. A lo mejor la próxima vez conectemos mejor.

Siento como si de pronto hubiera quedado un vacío. Un fenómeno que realmente no puedo explicar.

Finalmente, logro mover las articulaciones. Abro mis ojos lentamente y me sorprendo al encontrar mi habitación tal como estaba cuando me fui a dormir; no hay nadie.

Aunque sé que sí lo había.

Hago lo más lógico que una persona haría después de eso: gritar.

Mis padres acuden a mí, y me llevan a su cuarto para que les explique lo sucedido.

Esa noche dormí con papá y mamá, la siguiente también, las que le siguieron igual.

Y durante las otras... hice un nuevo amigo.

01
ACTUALIDAD, MAYO 2019

—Entonces, ¿tienes una cita hoy con la doctora Freeman? —pregunta Floyd frente a mí, engullendo su almuerzo de arroz con nuggets como si se lo fueran a quitar.

—Sabes que sí, las tengo todos los días —le digo. Él ríe tras mi respuesta antipática, le encanta molestarme.

—Si lo sé, solo que me encanta picanearte con el tema. Me parece tan estúpido que sigas yendo con ella cuando no hay solución, tampoco te hace daño, así que no es del todo un problema —vuelve a decir mi mejor amigo.

—Para mis padres es importante. Ellos saben que me paralizo desde pequeña, que es constante, todas las noches. Lo mejor es que piensen que pueden encontrar una solución química, ya que eso es lo que ellos creen que es, otro fenómeno como el insomnio —digo, sorbiendo el líquido por la pajita de mi refresco—. Tú eres el único que me cree y creería.

—Eso es porque soy parte del Club de los Locos Rebeldes... Y porque no me parece del todo una locura —dice, alargando las “O” en la palabra todo y terminando por sonreír ampliamente.

—¿Qué haría yo sin un amigo como tú? —pregunto con una sonrisa, bromeando.

—Serías la única en el club, pero sabemos que lamentablemente estamos atados a nuestras monótonas vidas.

—No te quejes de eso, gracias a mí tu vida es bastante más interesante —ataco, echando mi cabello hacia atrás como la diva que no soy. Hay que afrontarlo, soy todo un enigma y eso mantiene la vida de mi amigo interesante, o eso creía.

—Eso es al revés.

—Claro que no —sigo discutiendo.

—Claro que... —Floyd no alcanza a terminar de defenderse ya que suena el timbre. La hora del almuerzo ya ha llegado a su fin. Me levanto, recojo mis cosas y rodeo la mesa; al llegar al otro lado lo beso en la mejilla.

—Gané esta. Nos vemos, rebelde —digo, volteándome no sin antes revolver su negro cabello.

—Solo porque la dejo pasar, loca.

Hago una seña negativa moviendo mi dedo hacia atrás y camino por la cafetería dándole la espalda, con una sonrisa en mi rostro que nunca llegará a ver.

Al llegar al pasillo, ya he terminado mi refresco. Busco la aplicación de notas en mi teléfono. Está casi vacía en el día de hoy. Me desagrada no tener nada para contar por las noches.

—¡Verónica! —escucho que me llaman.

Me volteo con el sorbete en la boca buscando al dueño de la voz. Louis. Louis Tomarelli. Acaba de pasar a último año tras haber cumplido dieciocho en enero. Lleva cinco meses tratando de llamar mi atención, pero no le hago ni caso, soy solo una presa más y tampoco es como que me afecte. A ver, no es como si lo encontrara feo o desagradable de personalidad o físicamente; de hecho, su rizado cabello rubio, ojos verdes, pómulos angulosos y cejas pobladas, más su considerable estatura, lo hacen muy atractivo y no soy tan mensa para no ver que es encantador, pero a mí no me van esos que solo buscan a las difíciles. Él es agradable, pero no mi tipo.

—Verónica, ¿estás viva ahí adentro?

Me saca de mis pensamientos golpeándome con sus nudillos suavemente en la cabeza.

—Sí, Louis, estoy viva —me limito a decir. Damos unos pasos más hasta que en una esquina diviso un bote de basura y me apresuro a depositar mi vaso ahora vacío, dándole un último sorbo por costumbre.

—¿Qué te trae por aquí?

—Es que te perdiste en esa linda cabeza tuya. Respondiendo a tu pregunta, tú me traes por aquí, Rosita —dice, enroscando uno de mis alocados rulos con un dedo.

—No me digas “Rosita” —le indico. Me estresa que la gente se llame de cierta manera por su color de pelo, no logro entender cuál es el afán de eso, pero así es. Debí suponer que al teñirme de rosado las puntas de mi cabello negro iba a pasar algo así. Pero hasta entonces, eso me traía sin cuidado, ya que la única persona con la que hablaba en el instituto con la suficiente confianza para ponerme un apodo era Floyd, y él sabe que si me molesta, es mejor no hacerlo.

Todo eso hasta que capté el ojo de Louis.

—Vamos, es solo un apodo, no te me pongas así —me reclama el rubio por mi rudeza.

—Un apodo que no me gusta y te lo he dicho —replico con sinceridad. Se lo he mencionado, pero parece entrarle siempre por un oído y salirle por el otro—. Y créeme, para ti no me pongo de ningún modo.

Me arrepiento inmediatamente de lo dicho. Sonó muy distinto a cómo me sonaba dentro de la cabeza.

Mmm…, eso estará por verse —dice con picardía.

Hago girar los ojos, intentando imaginar que no le dio doble sentido, pero, naturalmente, es imposible. Un silencio se instala entre nosotros ya que parece no tener nada más que aportar y yo nunca hablo mucho cuando se trata de él, pero, para mi pesar, Louis recuerda algo.

—¿Qué vamos a hacer en la noche?

—Nada contigo, de eso puedes estar seguro —digo, en tono burlón.

—¿Por qué no? Siempre te invito y nunca quieres salir. —Hace un mohín con los labios, pero su vieja táctica para dar lastima no funciona conmigo.

—Ya tengo planes para esta noche —me limito a decir, de nuevo. Siempre me limito simplemente a decir cosas concisas, en vez de grandes argumentos cuando hablo con él.

—Déjame adivinar, mañana también y la siguiente, igual, y la que viene después, y después y después —reclama—. ¿Qué es lo que haces? ¿Te sientas a tejer o sales con alguien?

—No es algo que te incumba, pero ninguna de las dos.

Paro de caminar y me volteo hacia él.

—Ahora si me disculpas, tengo cosas que hacer.

Lo golpeo en el pecho a mano abierta y me dispongo a alejarme de Louis.

—¡Pronto conseguiré una cita contigo, ya lo verás! —grita, captando la atención de algunos alumnos.

—¡Sigue soñando! ¡Probablemente esté muerta antes de eso! ¡Trata de hacer que tu cerebro procese eso!

Me niego a salir con él, no me cae mal, ya lo he dicho, pero no estoy en busca de ninguna relación amorosa, menos con Louis. Espero que haya entendido eso de “no puedes salir con alguien muerto”. Probablemente le falten neuronas, aunque eso no sea muy difícil de descifrar.

****

—¡Por fin!

Escucho una voz conocida, al tiempo que cierro la puerta de la oficina de la doctora Freeman detrás de mí.

—Pensé que no ibas a salir nunca de ahí.

—¿Qué haces tú aquí?

Me sorprende encontrarme a Floyd por estos lados. Siempre aparece en los lugares más inesperados, y este, sin duda, es uno de ellos.

—¿Acaso uno ya no puede buscar a su amiga? ¿Esperarla para hacer algo luego? —inquiere dramáticamente—. Vine a buscarte, boba. Te he estado esperando bastante tiempo para ir a celebrar a algún lado —informa, poniéndose de pie y caminando conmigo hacia la salida.

—Idiota. ¿Qué celebramos? —pregunto extrañada. Que yo sepa no ha pasado nada tan importante que requiera una celebración, por lo que lo miro expectante.

—Nada en especial. Lo que sea. ¿Qué importa? El asunto es divertirse.

Caminamos uno al lado del otro hacia la salida del edificio, sonriendo.

—¿Estás drogado? Permíteme recordarte que tenemos clases mañana.

—No, ni drogado, ni tomado, ni nada. ¿Qué más da si tenemos clases mañana? Solo quiero sacarte una noche de casa. Solo una.

—¿Por qué tan repentino?

Me conduce hasta su auto azul, su color favorito, mientras trato de llegar al fondo de sus intenciones.

—Porque todas las noches te las pasas sola en tu cama. Lo he pensado hoy y es verdad que la parálisis no te hace daño, pero no creo que te haga del todo bien no hacer vida social. Sal a divertirte conmigo esta noche.

Hace una pausa mientras rodea el auto, abre la puerta y entra al vehículo. Cuando yo estoy dentro él continúa con su cháchara.

—Sabes que estoy y estaré siempre de tu lado en este asunto, y que de alguna manera te entiendo, pero por una vez que no le hables no te vas a morir, Verónica.

—Sé que no moriría, no soy estúpida. Comprendo tu opinión y por qué quieres que salga. Pero lo único que no entiendes es que no puedo salir, no puedo saltarme una parálisis ni una sola noche —explico, manteniendo la calma. Lamentablemente veo que mi amigo no puede hacerlo.

—¿Puedes decirme por qué no, entonces? Puedes confiármelo, después de todo, yo soy el que te creería —dice, tratando de convencerme, con la mirada fija en las calles, pero aun así noto el brillo de preocupación en sus ojos café claro, y el peculiar sentimiento de duda que siempre distingo cuando hablamos seriamente de esto, lo cual me permite abrirme con él sobre el tema.

—Porque me da miedo que, si paro una noche, él no vuelva —murmuro, pensando que si no lo digo en voz alta, entonces no es real. Me aclaro la garganta, tragándome el nudo que no me permitía hablar fuerte—. Me da miedo que de alguna manera pueda perderlo, Floyd.

—¿De verdad crees que por una noche que no la tengas no la tendrás más? —indaga el moreno, con el ceño ligeramente fruncido, alargando la mano derecha para el cambio.

—No lo sé, en realidad. Pero no me veo con el valor de arriesgarme. ¿Comprendes lo que intento decir?

—Creo que sí. Aunque te dejo en claro en este momento que esta no será la única vez que intente arrastrarte fuera de tu cueva, Verónica —dice él, aligerando el tono.

—No me queda ninguna duda de eso —reconozco tratando de sonar despreocupada. Lamentablemente, mis cambios de humor no son tan drásticos como son a veces los de Floyd—. Y yo te dejo claro: No me arriesgaré a perder a Charles, no sé si, después de todo, pueda afrontarlo.

Llena de dudas, prefiero mirar hacia el frente.

02

Al caer la noche, cerca de las diez, me preparo para meterme a la cama. Algo temprano para una adolescente normal, pero yo nunca he sido parte de esa categoría

Me meto entre las reconfortantes sábanas, apago la lámpara de la mesita de noche y me tapo con el cobertor hasta el cuello, ha estado haciendo frío últimamente y este día no ha sido la excepción. Repaso mentalmente lo que tengo para contar y finalmente caigo dormida por la agitación del día.

Despierto repentinamente de mi ensoñación sobre lagunas con focas, soy rara, no pregunten. No sé cuánto tiempo ha pasado desde que me acosté, pero sé que es hora porque a pesar de estar despierta no consigo moverme, no me altera este hecho ya que es costumbre, 1.825 noches después ya se me ha hecho normal.

Abro la boca y lanzo una exhalación, esa parte del cuerpo es la único que siempre he podido mover, ni Charles ni yo sabemos por qué, pero es un fenómeno muy extraño. Mentalmente me digo que ya estoy lista.

—¿Chuck? Eres tú, ¿verdad? —articulo con habilidad. El pasar de los años me ha facilitado mucho el hablar en estas ocasiones. Al principio eran palabras huecas y costosas, actualmente salen como si lo hubiera estado haciendo por cinco años, exactamente lo que he hecho.

—¿Quién más te acosa por las noches?

Se hace audible su voz en la penumbra, con su tono grave resonando en el silencio. La risa se escapa de mi garganta y trepa por las paredes de la habitación.

—Adoro tu risa.

—Me lo has dicho —comento yo, quieta como una roca; tampoco es que tenga otra opción.

—Es que de todas las veces que escuché a alguien reír en mi otra vida, ninguna me ha gustado tanto como la tuya —se justifica. Acepto su opinión, después de todos son sus gustos, no los míos.

—Lo que digas. Louis se me acercó de nuevo hoy —comento para sacar tema, no sé por qué ese, pero si de algo me he dado cuenta es que con Chuck puedo hablar de lo que sea con total libertad y él nunca se aburrirá.

—¿Es que acaso nunca se cansa? ¿Qué te dijo esta vez? —pregunta con fastidio, pero sé que en realidad está feliz, siempre lo está, sin importar qué atrocidad le cuente, él está feliz de conversar.

Y eso se puede entender, según lo que me ha dicho nunca pudo encontrar su cuerpo, por lo que no pudo ser libre. Es como cuando los ángeles de Navidad tienen que encontrar sus alas, Chuck busca su cuerpo, así de satánico suena. Me contó que desde que es alma no tenía ningún propósito, esto le dio la idea de ser un fantasma de la parálisis para así encontrar a alguien con quien hablar. Buscó hasta que me encontró a mí. Por supuesto que yo era muy pequeña, tenía solo once años, pero lo recuerdo todo muy bien, aunque con el tiempo me acostumbré y ahora es mi amigo. Le prometí que le ayudaría a encontrar lo que tanto busca, es decir su cuerpo, a lo que me respondió que no tenía tanta prisa. Pero lo que no entendí, y se lo pregunté, fue que si, según lo que me dijo, llevaba muerto varios años, su cuerpo debería estar en estado de descomposición. Me explicó que para los buscadores de cuerpos había dos opciones: Encontrar su cuerpo y que este comience a descomponerse para que el alma sea libre, o adoptar el cuerpo, que es muy arriesgado y casi nadie opta por eso. Él dice que aún no decide cuál de las dos elegir, pero tiene tiempo.

Quise preguntar más, pero dijo que ya había dicho suficiente. “Cuando necesite tu ayuda sabrás más y sé que estarás ahí para mí, pero necesito ahora que no investigues sobre mí, no todavía”, fueron sus palabras exactas, y planeo darle en el gusto.

Y eso es lo que nos lleva a la actualidad. Las conversaciones se hicieron constantes, todas las noches durante cinco años, como ya he dicho. La comodidad y la confianza llegaron muy pronto. Y no lo cambiaría por nada, porque por más raro que suene, es la verdad. Le tengo cariño a un fantasma.

¿Ven? Ya dije yo que soy anormal. Por eso, nunca se lo he dicho a nadie más que a Floyd, cualquier otra persona me internaría en un loquero de inmediato. Y no lo juzgaría. Esta es la razón por la que mi psicóloga y mis padres saben solamente sobre la parálisis, jamás les contaría sobre Charles.

—Espero que Louis eventualmente se vaya a aburrir, así lo espero —digo, motivando la risa grave de mi amigo—. Me pidió lo típico, una cita, este viernes.

—¿Le has vuelto a decir que no?

Sep. No tengo ganas de salir con Louis. Además, ya tengo una cita contigo.

—¿Sabes lo mal que eso suena considerando nuestra situación? —pregunta él, con un toque de repulsión.

—Por supuesto.

Nuestras risas resuenan a dúo y no puedo evitar sonreír cuando cesan. Todo esto es extraordinario.

—¿Por qué no sales con él? —pregunta, después de unos segundos de silencio.

—¿Hola? ¿Has escuchado todo lo que te he dicho de Tomarelli? No es un mal chico, pero a mí no me va. Ya te lo he dicho, no me da la gana.

—Tú y yo sabemos que esa no es la verdadera razón.

—¿Si ya la sabes para qué preguntas?

Odio cuando se pone así, odio este tema. No salgo porque no quiero. Punto.

—Quiero oírte decirla. No puedes dejar de vivir solo porque yo ya no lo hago, Verónica. Sabes que Louis no es el único chico que intenta arrastrarte fuera por las noches. Floyd, y sé que otros más, también. Deberías salir.

—No quiero perder una noche contigo, es más fácil y es mejor hablarte a ti que salir a hacer quién sabe qué. Amo a Floyd, pero en las noches estoy ocupada y lo sabe —contraataco.

—Puedes salir en las noches, tienes mi permiso, si eso es lo que buscas. Puedes llegar tarde y ten por seguro que a la hora que sea que estés dormida yo te visitaré, soy tu parásito —apunta—. Si sigues así te quedarás sola por siempre. Sal a disfrutar la vida de un adolescente, yo lo hice, es tu turno.

—Pues si me quedo sola por el resto de mis días, te tendré a ti. No necesito vivir lo que todo chico vive, no soy como ellos.

No estoy dispuesta a ceder en esto.

—Si tengo que dejar de venir en las noches para que salgas lo haré. Sé perfectamente que puedes conocer a alguien en el día, pero créeme, te estás perdiendo algo si no te arriesgas.

—No, no me harías eso. Está bien, saldré si tanto quieres, pero no me dejes —le suplico. Esa sola frase fue suficiente para que yo cambiara de opinión, para llegar al extremo de las súplicas.

—No lo haré si me haces caso —dice, severo.

Debo admitir que sus habilidades para calmarme no son lo mejor que he visto, o escuchado.

—Bien —me limito a decir—. Pero, solo hasta medianoche. Y para que sepas lo hago solo porque eres la segunda persona que me dice esto en el día.

Intento convencerlo, aunque ambos sabemos que la razón primordial es porque no quiero que se vaya, yo le creo porque me ha dicho que el haría todo a su alcance para que yo esté bien. Y la conexión que siento por las noches me dice que es real.

Es una conexión que no soy capaz de explicar. Es como el vínculo con una mascota, o con un amigo, incluso con un extraño con el que uno siente que lo conoce de toda la vida. Es algo real, aunque parezca totalmente sacado de la mente de un psicótico.

—¿Floyd fue el primero? —pregunta, después de la silenciosa pausa.

—Sí, tuvimos esta conversación cuando arruiné sus planes de salida después de la consulta con la doctora —respondo retomando una conversación sobre mi día.

—Ya te lo he dicho, pero me agrada Floyd, me hubiera gustado conocerlo —menciona.

—Yo lo conozco por los dos. Es el mejor amigo que alguien podría tener, no sé qué haría sin él. De verdad que es genial.

Nos quedamos en silencio por un largo rato.

—¿Verónica? —dice, después de varios segundos—. ¿Es posible que me prometas que si alguien te invita a salir irás?

—No lo sé, no veo el futuro.

Sé que querría que le diera una respuesta seria, pero estoy verdaderamente cansada de hablar de mi vida social/amorosa y deseo cambiar de tema.

—Me saqué la calificación más alta de la clase en biología.

—Sabía que te iría bien, no por nada eres una cerebrito en esa área.

Parece aceptar dejar de lado el tema que me incomoda para disfrutar de una conversación que nos complace a los dos.

—¿Quién lo diría? A alguien como yo le apasiona una cosa como la biología —digo con sorna. No soy de juzgar un libro por su portada, pero eso no quiere decir que el resto de la sociedad no lo haga y me baso en esto cuando digo que a una chica con el cabello teñido, un amigo loco y extrovertido, una apartada de la sociedad, le puede ir bien en una materia apropiada para los llamados “nerds”.

—Yo lo diría. Una chica tan asombrosa como tú es capaz de hacer cualquier cosa que se proponga —me alienta.

—Estamos poéticos hoy. Volviendo al tema de la prueba, estaba muy fácil para mi gusto, y eso que a la mayoría le fue mal.

—¿Qué te puedo decir? La poesía es parte de mí —dice burlón, pero él y yo sabemos que en realidad esa era el área de lenguaje en la que peor le iba en el colegio—. ¿Has pensado en estudiar algo relacionado con las ciencias?

—Lo he pensado, no estoy segura aún, me queda un año y medio todavía, así que no me presiones.

—Prepárate, no soy yo el que te va a presionar en unos meses.

Seguramente se refiere a mis padres.

—Lo sé, lo sé. ¿Qué era eso que tú querías estudiar? —pregunto esta vez yo.

—Quería ser arqueólogo. Hay una historia detrás de eso. ¿Te la he contado?

Por reflejo, intento negar con la cabeza, pero estoy en medio de una parálisis, por lo que simplemente respondo que no.

—Mi historia no es como la de todos los niños que les gustaba excavar cuando eran chicos. Cuando tenía unos seis años vi una película sobre los mayas o aztecas, ya no recuerdo, y me maravillé con todas las cosas que había, cómo vivían, lo que hacían. Les pregunté a mis padres que pasó con esos pueblos. Su respuesta fue lo que respondería un historiador. Yo quería saber cómo es que los historiadores sabían lo que sabían. Me hablaron de gente que sigue buscando pistas, recuerdos, lo que sea sobre ello. Desde ahí me prometí que los ayudaría a buscar objetos y se convirtió en mi profesión soñada. Lástima que nunca pude alcanzarla.

No es por tenerle compasión, pero escucharlo hablar sobre sus metas que nunca pudo cumplir debido a su muerte a los diecisiete años, me da la inspiración para seguir, pero igual siento algo de pena.

—Prometo hacerme amiga de algún arqueólogo para preguntarle sobre su trabajo, es lo mínimo que puedo hacer —digo, convencida de que lo voy a intentar, por él.

—Y luego me lo cuentas todo a mí. Hazle todas las preguntas posibles, quiero que me diga lo que yo no pude descubrir de mi sueño —dice entusiasmado, pero puedo notar la melancolía en su tono, la decepción de no poder haber vivido lo suficiente.

—Total, ya sé que vergüenza no te da.

—Cuenta con ello, Charlie —le prometo. Él suelta un quejido parecido a un gruñido, odia que lo llamen por ese nombre.

—Ya te dije que la ventaja de estar muerto es que nadie te llama de manera ridícula, pero obviamente ahí tienes que venir tú para recordarme que mis padres no sabían poner sobrenombres —se queja.

La verdad es que no sé por qué le disgusta tanto su nombre; personalmente, encuentro que es muy tierno y le queda perfecto.

—Mis padres me llamaban así y me hace sentir como un niño pequeño, así que te pido que no vuelvas a llamarme Charlie.

—Está bien, no te llamaré así, pero quiero que sepas que a mí me gusta —le informo, una vez que ya sé el porqué.

—Eso es porque tú estás loca.

—Pero eso no es una novedad, para nadie.

Me río de mi propio estado mental. Por cierto, este no tiene nada que ver con que vaya al psicólogo. Aunque perfectamente podría tener un trastorno esquizofrénico, en realidad Charles no es real. Pero eso no es aceptable para mí, yo sé que es real, lo siento en los huesos, en el alma. Y si no, nunca sabremos qué es realmente, ya que no pienso contarle a la doctora Freeman sobre él. Ella dice que es bastante normal tener parálisis del sueño, si quitamos la parte de que ocurre todas las noches. No sé porque le doy tantas vueltas a este tema si obviamente no lo voy a llevar a ningún lado, pero supongo que cualquiera en mi lugar lo haría, ¿no?

—¿Y qué más? —pregunta, sacándome de mis cavilaciones.

—¿De qué cosa? —interrogo, sin comprender.

—¿Qué más cuentas? —apunta, con un tono de obviedad.

—Pues nada, ya te he contado lo interesante.

Es verdad, no le he dicho cómo fue mi ida a la psicóloga, en parte porque hoy no hemos hablado nada relevante para mi gusto, solo preguntas tontas de cómo me siento en general, a lo que he respondido con monosílabos. Además, desde que empecé a ir con ella, con Charles acordamos que no hablaríamos de eso.

—¿Y tú? ¿Qué haces cuando no hablas conmigo?

—De todo, o nada —contesta, precavido y nervioso, sin dar una respuesta precisa.

Me doy por vencida, no importa cuántas veces intente sacarle información sobre qué hace en su “tiempo libre”, es un caso perdido. Supongo que estoy bien con eso, después de todo es justo, todos tenemos secretos, yo también tengo temas que quiero evadir o cosas que no quiero contar. Pero aun estando de acuerdo siento la corazonada de que él oculta mucho más de lo que aparenta, algo profundo, tal vez peligroso. Igual no puedo fingir que las ganas de llegar al fondo de eso no existen.

—Pues, entonces, creo que no hay nada más que decir por hoy, por lo menos no se me ocurre nada —apunto—. ¿Qué hora es?

—Las cinco de la mañana, me tardé un poco, lo siento.

Hubiera hecho una mueca si pudiera, pero en cambio suelto un quejido.

—Tengo clases en unas horas, ¿podrías permitirme seguir durmiendo? Además, esta posición es un tanto incómoda.

Casi nunca hay la manera de despedirnos de una forma normal o natural, son muy pocas las veces en que eso ocurre.

—Por supuesto —accede—. Nos vemos mañana, Verónica.

—Corrección: Nos escuchamos mañana.

Creo que lo que vino después fue caer en un sueño profundo, que hizo a un lado toda esa conversación irreal, y despertar a la mañana siguiente totalmente ajena a todo lo que va a pasar.

17,80 ₼
Yaş həddi:
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Həcm:
272 səh. 4 illustrasiyalar
ISBN:
9789563385076
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Bookwire
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