Kitabı oxu: «Antología 7: ¡Perdonado!»


Beatriz Orco, Brenda Higuera, Camila Pérez, Carina Milezzi, Christian Mark, Cristina Luchetti, Esther Szczerba, Fabiola García, Facundo Bravo, Gabriel Barrios, Graciela Vásquez, Gustavo Camarillo, Hipólito Pérez Hernández, Ingrid Avalos, Itzia Mendoza, Jorge Puzenik, Liliana Cabrera, Lucas R. Salas, Lucía Naar, Luis Daglio, Luis Lecca, Marcelo Laffitte, María Isabel Rodríguez, Marlene Flores, Mauricio Alarcón, Pabla Aquino, Reydesel Ontiveros, Rubén Ruppel, Santiago Klimiszyn, Toño Murguía, Vicky Monge Franco y Zildette Rodríguez.
Laffitte, Marcelo
¡Perdonado!: Ahora mi vida tiene sentido/Marcelo Laffitte; compilado por Esther Beatriz Werner De Schultz. -1a ed.- Pilar: M. Laffitte Ediciones, 2021.
Libro digital, PDF
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-4435-97-2 1. Vida Cristiana. I. Werner De Schultz, Esther Beatriz, comp. II. Título. CDD 230

Copyright © 2021 - Autores Varios
M. Laffitte Ediciones
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Coordinadora de Antologías
Esther Szczerba
Todos los derechos reservados conforme a la ley. Prohibida la reproducción de esta obra, salvo en segmentos pequeños, sin la debida autorización del autor.
Esta editorial destaca la noble actitud de Vicky Monge Franco, de Michigan, USA, por su ofrenda económica destinada a cubrir la participación en este libro de una feliz escritora.
Diseño & Diagramación
Estudio Qaio. DG. Pablo Gallo
ÍNDICE
PRÓLOGO
ESTOY APASIONADO POR JESÙS
Por Reydesel Ontiveros
SUPERANDO LA INFIDELIDAD DE LA MANO DE DIOS
Por María Isabel Rodríguez
ANDRÉS
Por Mauricio Alarcón
DESPUÉS DE PERDONAR
Por Camila Pérez
EST HUMANUM ERRARE, DIVINUM IGNOSCERE
Por Jorge Puzenik
¡NO QUIERO!
Por Pabla Aquino
LOS FUNDAMENTOS
Por Santiago Klimiszyn
OJOS TERRENALES
Por Ingrid Tatiana Ávalos Barquero
LOS OTROS CIEGOS
Por Luis Lecca
EL PERDÓN
Por Vicky Monge Franco
EL COSTO Y EL GOZO DE SEGUIR A CRISTO
Por Marcelo Laffitte
“¡HASTA AQUÍ LLEGUÉ!”
Por la pastora Cristina Luchetti
“MIS CAMINOS NO SON TUS CAMINOS”
Por Toño Murguía
LA PODEROSA FORTALEZA DE LA DEBILIDAD
Por Beatriz Orco
LA FUENTE Y UN MANANTIAL
Por Lucas R. Salas
EL TESORO DEL PERDÓN
Por la pastora Esther Szczerba
PERDONADO: 70 VECES 7
Por el pastor Hipólito Pérez Hernández
UN ENCUENTRO CON DIOS EN LA CARRETERA
Por Zildette Rodríguez Suárez
LA OBRA MAESTRA DE LA CRUZ: EL PERDÓN
Por Gabriel Barrios
PERDONADO Y PAGADO EN SU TOTALIDAD
Por Itzia Mendoza
VICTORIA A TRAVÉS DE LA DERROTA
Un cuento del pastor Luis Daglio
POR GRACIA
Por la pastora Brenda Higuera
SERVIR POR GRATITUD
Por Gustavo Camarillo
PERDONADA, AMADA Y TRANSFORMADA POR DIOS
Por Carina Milezzi
UN CAMBIO DE VIDA
Por Facundo Bravo
RESULTÓ QUE EL ÚNICO QUE PODÍA JUZGARME ME PERDONÓ
Por Lucía Naar
MISERICORDIA Y PERDÓN: UNA MUESTRA DE AMOR
Por Rubén Ruppel
EL CAMINO AL PERDÓN
Por Marlene Flores
RESTAURADO: DE VIEJO A NUEVO
Por Christian Mark
LLEGUÉ PARA ESCRIBIR MI HISTORIA
Por Liliana Cabrera
EL MINUTO QUE CAMBIA VIDAS
Por la pastora Graciela Vásquez
UN PERDÓN RESTAURADOR
Por Fabiola García
PRÓLOGO
UN LIBRO LLENO DE
PERDÓN Y COMPASIÓN
Tengo dos frases de cabecera: una es “El que aprendió a perdonar lo aprendió todo” porque a mi juicio es la lección más alta del Evangelio. Y la otra es: “El perdón es el regalo más grande que todo cristiano ha recibido” porque se convirtió en la llave para entrar al Cielo.
Si el Evangelio que vivimos y predicamos no se llamara “El Evangelio de Jesucristo”, sin duda se llamaría “El Evangelio del perdón”, porque todo en la Biblia gira en torno a esa palabra, perdón: el perdón que Dios me otorga y que acaba con la enorme deuda de todos mis pecados; el perdón que yo le ofrezco al que me ofendió; y el perdón que mi prójimo me brinda cuando, humildemente, le pido que me perdone.
Todo brota del amor de Dios y del perdón inmenso que él nos da.
En este libro colectivo, más de una treintena de escritores hablan sobre el perdón y las cadenas que rompió en tantas vidas liberadas.
Personalmente hago votos para que aquellos lectores que aún tienen encarceladas a personas tras los barrotes de su memoria, tomen la trascendental determinación de soltarlas por medio de un perdón lleno de misericordia. Si lo hacen, Cristo las premiará haciéndoles vivir una libertad como nunca han experimentado en sus vidas.
Marcelo Laffitte
Director de M. Laffitte Ediciones
“¡ESTOY APASIONADO
POR JESÚS!”
Sin pretenderlo, me he convertido en protagonista de milagros maravillosos que Jesús hizo en mi entorno. Y al ver actuar a Dios junto a mí, aprendí que los milagros no tienen tanto que ver con los dones sobrenaturales, sino con la pasión por Cristo.
Por Reydesel Ontiveros
Era temido por la gente de los pueblos circunvecinos. Se trataba de un loco feroz. Ni siquiera sabemos su identidad, no sabemos nada sobre él o su pasado, o qué llevó a este personaje a esa condición. La gente lo llama “el endemoniado de Gadara”. No se sabe nada más que eso sobre él.
Su historia les da rostro a muchas vidas que han sido paralelas; por ejemplo, la mía. Me identifico con él, primero porque estaba perdido y Jesús vino en mi ayuda; segundo, fue Cristo quien me libertó; y tercero, fue Él quien le dio sentido a mi vida.
Este capítulo lo dedico a los perdonados, especialmente aquellos que fueron impactados por la vida y el testimonio de la predicación de este varón (el endemoniado de Gadara). ¿Se ha puesto a pensar en eso, en la vorágine que se desata al momento de ser perdonado? Toda aquella gente que está en su radar de influencia es impactada por su vida, como un efecto dominó del perdón.
Quiero compartir algunas de las situaciones especiales que el Señor me ha dado la dicha de vivir. Esto sucedió hace algunos años, fue una de mis primeras experiencias sobrenaturales, se podría decir.
Quiero aclarar que en su mayoría las experiencias personales que he tenido han sido fuera de las cuatro paredes del templo. Las calles y el lugar donde trabajo se han convertido en mi púlpito, soy un predicador nada convencional: donde me abra el Señor una puerta, ahí voy a estar yo. Les aseguro que no desaprovecharé ninguna oportunidad.
Las ronchas de Juan
Este testimonio fue uno de los primeros en mi ministerio. Me encontraba trabajando, y había un joven llamado Juan que simpatizaba con nuestro estilo de vida: la mía y la de un joven cristiano guatemalteco, quien también era nuestro compañero de trabajo. Juan llegó una mañana al trabajo con todo su cuerpo lleno de ronchas, obviamente era alérgico a algo.
Al cabo de un tiempo, se sentó, porque era demasiada la comezón en su cuerpo y ya no podía trabajar. Le dije a Juan en un momento: “Oraremos por ti”. Él me respondió: “Gracias, estoy bien así. Soy católico”, a lo que rápidamente contesté: “Dios también sana a los católicos”.
Sin mediar más palabras, y sin autorización de él, lo tomé del antebrazo e hice una oración corta, muy corta, la cual creo que no me llevó más de un minuto: “Señor, muestra tu amor a Juan; sánale para que él te conozca”. Acto seguido, lo solté, y Juan me dio testimonio de que, al momento de retirar mi mano, aquella comezón terrible había desaparecido inmediatamente.
Pero teníamos un problema: seguían aquellas ronchas en su brazo, y esto creó un conflicto en su mente. La duda quiso entrar en acción, pero el Espíritu Santo me recordó una escritura. Fue el momento cuando Jesús maldice la higuera. Al siguiente día, cuando Jesús regresaba con sus discípulos, Pedro observó que la higuera que Jesús maldijo estaba seca.
El Espíritu Santo me había hecho una pregunta cuando yo leí esta escritura: “¿Cuándo se secó la higuera?” Yo contesté: “Al momento, Señor. Tu palabra impactó su interior, sólo que Pedro pudo verlo recién el siguiente día”.
Y volviendo al momento, entendí que el Espíritu Santo me estaba enseñando que con Juan había pasado lo mismo. Ya se había dado un suceso dentro de su cuerpo, así que le dije: “En media hora desaparecerán todas esas ronchas”.
No sé si fue Dios el que me dijo que pronunciara esas palabras, pero el milagro total sucedió en ese lapso de media hora. Desaparecieron todas las ronchas, su piel se veía tan limpia como si jamás hubiesen estado ahí esas erupciones malignas.
Juan comenzó a dar testimonio a grito abierto diciendo que Jesús lo había sanado. Decenas de personas se quedaron admiradas no solo del milagro en sí, sino de que Juan estuviera testificando de Jesús.
El varón de Gadara deseaba, en agradecimiento, irse con su benefactor. Pero Jesús lo envió a Decápolis a dar testimonio de “cuán grandes cosas Dios ha hecho en su vida”. Este varón fue el apóstol de Decápolis técnicamente, pues “apóstol” significa “enviado”. Soy de los que creen que todos los perdonados somos una suerte de apóstoles en nuestras empresas, nuestros trabajos, en nuestras comunidades, ciudades, familias, etc.
Los problemas judiciales de Omar
En otra oportunidad, estando en mi trabajo, en la hora de descanso, comencé a orar por los alimentos al lado de dos amigos simpatizantes del evangelio. Entonces, un nuevo empleado se acercó a nosotros, y al verme orar me preguntó si yo era cristiano.
Contesté como suelo hacerlo: “Por la gracia y misericordia del Señor”. Se sonrió y ahí quedó, por el momento, la plática. Sin embargo, ese día lo enviaron a mi área de trabajo. Inmediatamente se presentó, me dijo que su nombre era Omar y que se profesaba ateo. Argumentó algunas malas experiencias que había tenido con otros cristianos y me aseguró que yo estaba bajo su observación, para ver si en verdad era cristiano.
Entonces llegó el día que yo estaba esperando, el minuto que cambiaría su destino. Me comentó que tenía algunos problemas judiciales y que era muy probable que lo arrestaran, porque estaba libre bajo fianza pero ya no tenía dinero para costear un abogado. Sus problemas eran serios: según me comentó, los cargos que enfrentaba eran por posesión y distribución de enervantes, una especie de droga energizante.
Le dije a Omar con firmeza que no lo encerrarían. Me reiteró que no tenía dinero para pagar el abogado, y que además era culpable y merecía pagar, que eso era lo justo. Le contesté que Jesús había pagado por todos sus delitos, y que también incluía ese. Me contestó: “No me ilusione, eso no puede ser cierto”. Lo desafíe, y le dije: “Si no te encierran, ¿me das la oportunidad de presentarte el evangelio oficialmente?”. Me respondió: “No sé qué decir, pero lo pensaré; y mañana seguro tenga una respuesta”.
Así fue, al siguiente día me dijo que sí, que aceptaba ese desafío, pero que, si lo arrestaban, que yo me ocupara de sus gastos por tres meses en la prisión. Le contesté que sí lo haría si fuera el caso, pero que le aseguraba que él no iba a pisar la prisión.
Yo ni siquiera estaba seguro de que era Dios hablándome, pero había empeñado mi palabra de que no lo arrestarían. Era martes, y el miércoles tendría su audiencia con el juez a las ocho de la mañana. Así que a las dos de la mañana yo estaba orando al Señor y poniéndolo al corriente de que había dado mi palabra y que, si quedaba mal yo, también Él quedaría mal.
Se reportó a trabajar después de la audiencia, y le pregunté: “¿Qué pasó?” Me contestó que todo había estado bien, que Dios hizo más de un milagro, pero que estaba seguro de que lo arrestarían en la próxima audiencia. Le contesté que no sucedería, porque si no había pasado ese día, no tendría por qué pasar después.
Allí quedó la conversación. Tuve una oferta de trabajo en otra compañía así que dejé de verlo. Pero al año lo encontré, justamente donde yo estaba ahora trabajando. Entonces, me dio testimonio frente a todos mis compañeros del trabajo acerca de todas las maravillas que Dios había hecho, y cómo cada palabra que declaré sobre su vida, Dios la honró. Ahora ya no se profesaba más ateo, sino discípulo de Jesucristo.
Dice la Escritura: “Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama” (Lucas 7:47). No hay dudas de que, para seguir a Jesús, se requiere de mucha pasión. Estoy más que convencido de que el apóstol de Gadara impactó Decápolis, llamada así por las diez ciudades que la componían.
Cuando algún apasionado se pone a las órdenes de Jesús, el reino de Dios es establecido en cualquier momento y en cualquier lugar. Allí, Jesús dará testimonio de Su Palabra junto a él.
Lo que nos enseña el texto de Lucas es que al que mucho se le perdona, mucho ama. Quiero aclarar que este hombre, el gadareno, no tenía una credencial que lo avalara como diácono, ministro o pastor. Lo más importante es que Jesús te envíe; y si Él lo hace, estará contigo en todo.
José: del borde de la muerte a la vida
Y en esta línea de pensamiento, quiero compartir el siguiente testimonio. El pastor de la iglesia en la cual me congregaba estaba predicando en una emisora vía internet. Entonces, una mujer que estaba oyendo la radio contactó al pastor y le pidió que acudieran a orar a un hospital por un tío que se encontraba internado.
La situación del hombre era seria: estaba en coma, en cuidados intensivos. Así que, ¿a quién creen que envió el pastor? Efectivamente, a mí. Aclaro que no soy pastor, diácono o ministro; no tengo ninguna credencial de alguna organización que me avale, pero Dios me escogió para enviarme a orar por este señor.
Así que llegué a cuidados intensivos. El asunto era delicado: la cama estaba cubierta por unas cortinas plásticas, dos enfermeras monitoreaban su situación y lo rodeaban máquinas por todos lados. Me presenté, y me dieron permiso para entrar con dos de mis acompañantes.
El hombre estaba en estado vegetativo persistente. Dentro de la unidad de terapia intensiva, una de las hijas hablaba por teléfono con algunos otros familiares. Estaban poniéndose de acuerdo sobre el funeral, según pude escuchar. Es muy común en muchos de los hospitales desconectarlos, porque desde el punto de vista médico-científico, el enfermo tiene vida artificial, y sólo está vivo por las máquinas a las que está conectado, y es muy caro mantenerlo con vida.
Así que me presenté ante este hombre, de nombre José, y le hice saber que estaba ahí para orar por él, para que Dios hiciera un milagro. Le dije que era su única y última esperanza, pues estaba prácticamente sentenciado a muerte, ya que pronto lo desconectarían.
Aparentemente estaba inconsciente, pero lo tomé de la mano y le dije que si me escuchaba moviera un dedo. Efectivamente así lo hizo, y yo entendí que un milagro venía ya en camino. Oré. No llevaba ni un minuto de estar orando, cuando aquellas máquinas enloquecieron, emitiendo sonidos y moviendo las escalas hacia diferentes puntos. Yo no entendía qué significaba eso.
Las enfermeras corrieron alocadamente, prácticamente nos lanzaron para un lado, y empezaron a llamar al enfermo por su nombre. Aquella atmósfera de muerte se transformó en una atmósfera de vida en cuestión de minutos. Ahí estaba Jesús. Tuvimos que retirarnos, y un par de días después me informaron que José estaba en su casa, ya recuperado.
He aprendido que, tener la mano de Dios moviéndose en nuestras vidas, tiene más que ver con la pasión con que vivimos, que con los dones sobrenaturales -o naturales en algunos casos- con que fuimos bendecidos. He aprendido que Dios se mueve si yo me muevo en fe, que los milagros suceden y los dones se activan cuando yo oro por alguien o le comparto las buenas nuevas de salvación.
He aprendido que no puedo esperar a que me inviten a predicar en un evento de miles o en alguna congregación; que el reino de Dios baja en el lugar donde estés, y los milagros suceden todos los días. Solo debemos estar receptivos y alertas a la voz de Dios. Él se está moviendo siempre. Lo único que necesitamos para ver milagros suceder es pasión, ¡pasión por Jesús!
El apóstol de Gadara predicó en estas diez ciudades que Dios le entregó, y estoy seguro (aunque no lo registra la Biblia) de que muchos milagros sucedieron, porque así es la predicación del evangelio: lo siguen las señales.
Te invito a que vivas en tu ciudad esta experiencia. Si ya fuiste perdonado, entonces tu vida debe tener sentido. Predica con pasión a Jesucristo, y serás testigo en tu ciudad, en tu escuela, en tu trabajo, en cualquier lugar. Donde estés, seguramente vivirás la emoción de la predicación.
Termino parafraseando al escritor a los hebreos: “¿y qué más digo? Porque el tiempo me faltaría…” (Hebreos 11:32, JBS) para contarles tantos otros testimonios de cosas maravillosas que Dios me ha permitido vivir. Pero en una nueva oportunidad, compartiré las grandezas de nuestro Dios.
Rey Ontiveros, oriundo de México, reside actualmente en Phoenix, Arizona, USA. Está casado con Mayra Vargas y es padre de un bebé nacido en este año 2020. Su ministerio se ha desarrollado en los últimos años fuera de las cuatro paredes: grupos celulares, redes sociales y en las calles de la Ciudad, donde ha visto la mano de Dios obrar con mayor poder.
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Superando la infidelidad de la mano de Dios
Este capítulo encierra un tramo resumido del libro “Hoy soy más fuerte que ayer” recién publicado por M. Laffitte Ediciones.
Por María Isabel Rodríguez
Me decepcioné mucho de la vida con los hombres que había conocido y decidí que nadie merecía que yo lo amara. Dentro de mí una nueva mujer había surgido. Iba a pensar solo en mí misma y con la misma moneda que me pagaran, iba a pagar yo. Me gradué de Agente del Orden Público (Policía). Aunque en mi interior no era lo que más me gustaba, tener mi uniforme y mi arma de fuego me daba poder; sin embargo, cuando me lo quitaba era la misma tonta y frágil mujer sin autoestima, insegura, herida y sin voluntad.
Había decidido no tomar a ningún hombre en serio; podía tener varios novios a la vez, pero ninguno era oficial. En ese tiempo vivía en un apartamento con dos compañeras de trabajo. Una tarde el novio de una de ellas llegó a la casa acompañado de un amigo. Un muchacho más joven que yo, muy simpático. Yo no estaba interesada en tener ninguna relación, ya que estaba muy bien con la vida como la llevaba.
Un nuevo intento
Resulta que yo fui su amor a primera vista; pidió mi número y comenzó a llamarme. Comencé a contestar sus llamadas y a establecer una amistad. Nada perdía con hablarle; poco a poco, logró convencerme y acepté ser su novia. Confieso que no me di el tiempo de conocerlo y estaba confiada que con él todo sería diferente.
Cuando era jovencita me diagnosticaron endometriosis. Las personas que sufren de esa enfermedad muchas veces tienen problemas para quedar embarazadas, entonces yo creía que el riesgo de quedar encinta era nulo. Por eso, me entregué. Para mi sorpresa, con ese encuentro quedé embarazada. Al enterarme pensé: “Tendré a mi hijo sola y seré madre soltera; puedo hacerlo”.
Pero cuando el joven se enteró, me pidió que me casara con él. Fue todo un shock. Ya había sufrido tanto y pasado por tantas situaciones desfavorables que no quería casarme, y menos sin conocerlo bien. Una cosa que tenía muy clara era que quería ser feliz. Procuraba no repetir la historia de mi mamá. No merecía más dolor.
¿Era necesario ser lastimada de mil maneras? Tal vez muchas personas en tales circunstancias se hubieran refugiado en el alcohol o las drogas. Pero no puedo negar que cuando Dios tiene un propósito para tu vida, puedes ser quebrantado mil veces, pero con todo eso Jehová te ha de levantar. Por lo tanto, si sientes que Dios te está buscando no te resistas, puesto que cuanto más lo hagas, más vas a sufrir.
Un trabajo de espía
Ya casada me di cuenta de que él tenía muchas características que yo no quería para formar una familia. Era muy corto el tiempo que mi marido pasaba en la casa, así que comencé a perseguirlo. Dejaba a los niños en la casa con un familiar, mientras lo seguía.
Estaba muy nerviosa; no me atrevía a hacer algo, pero tampoco quería perder mi matrimonio. No deseaba que mis hijos se criaran sin padre y mucho menos quería volver a empezar. Una noche comenzamos a discutir muy fuerte y él se molestó mucho. No quería aceptar que había otra persona y en medio de la discusión tomó sus cosas y se fue. Lo que tanto temía, sucedió. No estaba segura adonde iría; él no conocía a mucha gente. Me sentía muy asustada pensando que le pudiera pasar algo.
Mi corazonada de mujer me decía que él se iría a la casa de la mujer de la cual yo ya tenía sospechas. Me acuerdo de que un día había buscado en su teléfono celular y había encontrado un número con el cual se comunicaba constantemente, lo anoté y lo guardé. Al otro día de haberse ido llamé a ese número y, tal como lo pensaba, estaba con ella. Aunque mi intuición de mujer no había fallado, me sentía morir. Pasaron varios días, mi bebé se enfermó y tuve que llevarlo al hospital. Entonces, llamé a su padre para que fuera también.
En ese punto, después de tantas cosas durante toda mi vida, mi autoestima como mujer estaba pisoteada; sin embargo, le pedí que regresara a la casa conmigo y los niños, pero su respuesta solo fue que lo pensaría. Mi bebé estuvo hospitalizado durante varios días. Cuando le dieron el alta médica, regresamos a nuestro hogar, pero su papá no regresó con nosotros.
Después de dos días, recibí una llamada de su parte diciendo que iba a regresar a la casa; lo recibí, estaba muy lastimada, pero a pesar de todo no le reclame nada. Cada día me hacía más daño y sufría en silencio.
Tiempos difíciles
A pesar de todo, regresamos a nuestra casa en Puerto Rico, pues queríamos dejar esa triste historia atrás. Mientras, luchaba todos los días en mi interior sin saber qué hacer. Todo continuaba igual; me sostenía por mis hijos, tenía que ser una buena madre; ellos no podían sufrir ni vivir lo que yo había vivido. Además, había algo en mi interior que me decía que algún día todo esto valdría la pena.
Regresé al trabajo, lo cual conllevaba riesgos diarios pues yo sabía que salía de mi hogar, pero no estaba segura si regresaría. En cualquier momento podía suceder algo que me arrebatara la vida; pero continué trabajando hasta que ocurrió un acontecimiento en el cual estuve muy cerca de morir y fue entonces que decidí renunciar. Había llegado el punto en que me dije: “mis hijos me necesitan y tengo que estar por ellos”.
Tomamos, entonces, la decisión de regresar a los Estados Unidos. Mi esposo comenzó a trabajar; sin embargo, las cosas nunca le salían bien. Siempre tenía dificultades para mantener su empleo. Para ese tiempo, yo pude observar que la gente se ganaba la vida recogiendo metales y recibía dinero por ello; así que compramos una camioneta y comenzamos a hacer lo mismo. Estábamos siempre juntos y hasta nos llevábamos a los niños con nosotros. Al fin logramos rentar una casa, comprar un vehículo y sobrevivir. Luego de un tiempo, mi esposo comenzó a trabajar conduciendo camiones y me pidió que no trabajara y que cuidara a los niños.
Él pasaba mucho tiempo fuera y yo solo comencé a refugiarme en la comida, los juegos y el televisor. Durante los fines de semana a mi esposo le gustaba tomar y algunas veces invitaba a sus amigos. Odiaba esa vida, pero no hacía nada por cambiarla. Entonces conocí a unas amigas y comencé a tomar también, y lo peor fue que caí tan bajo que hasta en un momento empecé a consumir sustancias controladas para escapar de la realidad. Lo único que lograba era destruirme más.
A pesar de todo, yo tenía un corazón de ayuda incomparable; así que abrí las puertas de mi casa para ayudar a una familia, pero lamentablemente hasta en eso fallé. Quise ayudarlos y les dejé la casa donde vivíamos a pesar de que en mi corazón sabía lo difícil que sería comenzar de nuevo. Pero necesitaba salir de allí. En vez de agradecimiento, recibí traición y me quedé sin amigas.
El mensaje de Dios
Entonces nos mudamos y los niños comenzaron a asistir a otra escuela; los maestros comenzaron a quejarse de sus conductas y nos otorgaron un terapista. Me sentía muy mal hasta donde había llegado, tanto que decía que mis hijos no tenían que sufrir, pero no me percataba que por mi accionar ellos también sobrellevaban las consecuencias y estaban siendo afectados. Así que no me quedaba otra opción que llevarlos a las consultas porque si no me iban a reportar. Esa experiencia fue el principio de lo que Dios me tenía preparado.
Un día llegué a la oficina del terapista y luego de haber finalizado la sesión con los niños, me solicitó que entrara como cada vez para ponerme al tanto de cómo iba la terapia. Esta vez sentí algo distinto. Me habló sobre el progreso de los niños y sobre las estrategias para trabajar con ellos. De repente me preguntó si asistía a la iglesia. Le respondí que no, porque yo consideraba que las personas que iban a la iglesia eran peores que los que estaban afuera.
Recuerdo que aquel profesional abrió sus ojos y me dijo unas palabras poderosas al momento que me entregó una invitación para celebrar el aniversario de una iglesia. La que guardé y me fui. Ya en la casa me puse a pensar mucho y comencé a llorar pidiéndole a Dios que me ayudara a ser fuerte y que necesitaba conocerlo pues ya no quería continuar igual. Fue esta la primera vez que me puse de rodillas y, sin saber orar, le hablé y le dije: “te voy a dar una oportunidad, (…) así que espero que esta vez me demuestres que verdaderamente me amas”. Un poco fuerte fue mi oración, pero eso era lo que tenía dentro de mí.
Él abrió caminos donde pensaba que no los habría y obró en maneras que yo no podía entender. También me guio y estuvo siempre a mi lado (aun cuando yo creía que me había abandonado) y me dio fuerzas. Me estaba formando y si bien es cierto que fue fuerte conmigo, era porque él sabía que yo haría grandes cosas en su nombre.
Esa visita a la iglesia fue el comienzo de una nueva vida. Jamás olvidaré la fecha: un 16 de octubre de 2013, entré por la puerta del lugar y, desde ese momento sentí la misma sensación que había percibido a los 14 años en aquella pequeña iglesia atrás de mi casa en Puerto Rico. Yo lloraba y lloraba y no podía contenerme pues era muy fuerte lo que estaba experimentando y me rendí diciéndole a Dios en esos momentos: “Dejo todo aquí; con mis fuerzas no he podido, mas con las tuyas todo lo podré”, como lo dice en Filipenses 4:13, “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”.
Hice mía esa Palabra, recibí al Señor en mi vida y esa misma noche desde el lugar donde me encontraba le prometí que yo y mi casa serviríamos a Jehová. Declaré eso sobre mis hijos, mi matrimonio, mi familia, mis finanzas y sobre mí. Dios cambiaría mi vida, sabía que no tenía que continuar luchando sola porque ahora Dios era mi escudo y mi fortaleza. Regresé a casa y le compartí a mi esposo la noticia: ¡había aceptado a Cristo en mi corazón!
Quería conocer más de Cristo, tenía sed de su Palabra, así que comencé a ir a la iglesia todos los días en los que había servicio y hasta asistía a los servicios especiales. No me cansaba y siempre llevaba a mis hijos conmigo; mi esposo no iba, pero tampoco me lo impedía. Poco a poco empecé a duplicar mis oraciones y comenzaron a haber cambios en mi hogar. Cuando uno le ora a Dios y se entrega totalmente, Él obra a su favor.
Recuperar la fuerza
Después de tantos años me sentía fuerte y segura; sabía que grandes cosas me esperaban; estaba convencida de que nuestras vidas iban a ser diferentes. Pasaron varios meses y yo cada día más me entregaba a Dios y con mis hijos no faltábamos a ningún servicio. Un domingo me levanté con los niños y comenzamos a prepararnos; mi esposo se levantó y me dijo: —Yo también quiero ir—. Me quedé perpleja, pero tranquila porque sabía que era la mano de Dios.
Fue una oración cumplida, pues cuando llegó a la iglesia él sintió algo muy fuerte y al salir me dijo: —Me gustó, quiero continuar viniendo. Desde ese momento hasta ahora mi esposo sirve a Dios fielmente. Yo me he dedicado a estudiar y he logrado varios títulos que menciono en mi libro y todo ha cambiado para bien. ¡Dios es muy bueno!
María Isabel Rodríguez reside en Pennsylvania, USA. Está casada con Osvaldo Rivera y es madre de Xavier, Yenismary y Yariel. Pertenece a unas de las Iglesias latinas más grandes en el área de Philadelphia donde es líder en diferentes áreas junto a su familia. Posee un sinnúmero de estudios y conocimientos en el área ministerial, como también empresarial, siendo propietaria de varios negocios en la comunidad. Es autora del libro “¡Hoy soy más fuerte que ayer!”
Email: airamisabel05@gmail.com
Web: maria-isabel-ministry.com
Facebook: Maria Isabel Ministry
Instagram: maria_isabel_ministry
LinkedIn: Maria Rodriguez
Twitter: @MariaMinistry

Andrés
Nos rescató, nos limpió, nos dio una casa y un nombre. Fuimos adoptados por un Dios maravilloso.
Por Mauricio Alarcón
El auto se detuvo frente a una casa de muros blancos, muchas ventanas y con lo que parecía la selección exacta de plantas ornamentales que, con su peculiar variedad de colores, le daban un toque de sencillez, alegría y elegancia.
Esa primera imagen impactó a Andrés de tal forma, que descendió del auto lentamente y sin quitar la vista de la casa. Sus ojos estaban tan abiertos como más no podrían abrirse. Su rostro, iluminado por la hermosa imagen de esa, su nueva casa. No podía disimular la grata sorpresa que se había llevado. En esos momentos, Andrés no escuchaba las voces de Iván y Paty preguntándole: “¿Te gusta tu nueva casa? ¡Andrés!, ¿Te gusta?”.
Andrés tardó unos minutos en poder reaccionar. Estaba realmente impresionado por su nueva casa. Cuando por fin logró regresar de su asombro, giró su cabeza hacia Iván y Paty, quienes, tomados de la mano, veían emocionados la expresión de Andrés, mientras le invitaban a caminar delante para entrar a la casa. Recorrieron sin prisa el endosado que cruzaba el jardín frontal. Ocasionalmente, Andrés se detenía en alguna planta para tocarla y comprobar que esos vivos colores no eran producto de un creativo truco de algún pintor. Finalmente, Iván, Paty y Andrés entraron a la casa.
Las negras cejas de Andrés se elevaron, formando un par de arcos que enmarcaban el brillo en sus ojos cafés. La luz que entraba por las ventanas, la decoración de la casa y un olor peculiar, desconocido, dejó sin aliento al pequeño Andrés, un niño de apenas once años de edad, que no podía creer lo que estaba viendo. Caminaba con prisa de un lado a otro de la casa, descubriendo cada habitación, cada rincón, cada mueble, cada detalle. Eventualmente, Andrés se detenía y levantaba la barbilla para dirigir su nariz y olfato hacia un lugar específico. Y es que, lo que causaba que Andrés recorriera toda la casa, era ese peculiar olor: quería encontrar de dónde provenía, o cuál era su origen.
Cuando hubo recorrido toda la casa, se dio por vencido y se volvió a Iván y Paty, para preguntar: “¿Qué es ese olor? ¿Por qué huele así está casa?”, preguntas que tomaron por sorpresa a Iván y Paty, quienes se miraron uno al otro con cierto desconcierto. Iván, con su característica calma y soltando la mano de Paty, se inclinó hasta llevar su cara a la misma altura que la cara de Andrés, y respondió con otra pregunta:
- ¿A qué olor te refieres? ¿Hueles algo desagradable?
- No - respondió Andrés - No es desagradable. Al contrario, es algo… algo bueno. Huele mejor que el pan recién salido del horno de la panadería; huele mejor que esta ropa nueva que me han regalado. No sé qué sea.
Iván entendió de inmediato. Mirando a Paty, le guiñó un ojo, y apoyando una rodilla en el suelo, tomó a Andrés de los hombros y le dijo:
- ¡Ah! Ya sé a qué te refieres. Ese olor que percibes - dijo Iván - es el olor al hogar.
- ¿Hogar? - preguntó Andrés.
- Si, el olor de nuestro hogar. Cada casa tiene un particular olor, generado por la suma de muchas cosas. Por ejemplo: los muebles, las plantas que hay en ella, y especialmente, por los sentimientos de las personas, como el amor y la alegría.
- En esta casa - continuó Iván - hay un olor especial para ti, y tú lo percibes porque es el olor que sale de nuestro amor por ti, y de la alegría de tenerte aquí, en esta, tu nueva casa, con nosotros.
- Entonces, ¿esta casa siempre va a tener este olor? - preguntó Andrés.
- Sí, siempre - respondió Iván - Lo importante es que sepas que este olor, es el que te estará esperando cuando regreses de la escuela, y cuando regreses de ver a tus amigos. Es el mismo que me espera a mi cuando regreso de trabajar. Es el mismo que recibe a Paty cuando regresa de las compras, el mismo olor que nos esperará cuando regresemos de la iglesia o de un paseo.
Andrés estaba maravillado con las palabras de Iván. ¿Cómo podía ser posible que una casa tuviera olor a alegría? ¿O que hubiese olor procedente del amor? ¿Sería cierto lo que Iván le había dicho?
Andrés se quedó en silencio, pensando en aquellas palabras de Iván.
- ¿Quieres saber cuál será tu habitación? - preguntó Iván.
- ¡Sí! - respondió Andrés.
Iván tomó de la mano a Andrés, y lo condujo hasta la habitación que sería su dormitorio. Tenía vista al hermoso jardín trasero de la casa. Cuando Andrés vio que solo había una cama, preguntó, extrañado:
- ¿Aquí dormiré yo solo?
- Así es jovencito - respondió Iván - Esta habitación es para ti.
- ¿Solo para mí? ¿No habrá alguien más?
- No, nadie más. - aseguró Iván. ¿Esperabas que hubiera alguien más en tu habitación?
- No. Bueno, sí. En realidad, no lo sé. Lo que sucede es que… ¡nunca he tenido una habitación para mí solo!
Un duro pasado
Andrés empezó a sollozar. La emoción de haber arribado a una nueva casa, percibir el olor al hogar, y ahora tener una habitación solamente para él, era demasiado. Y es que Andrés era un niño que había sido abandonado en sus primeros años de vida por unos jóvenes padres, quienes, al haber dado lugar a las pasiones, se encontraron con un embarazo no deseado.
Los padres biológicos de Andrés se esforzaron medianamente por hacer frente a las responsabilidades de manutención de su hijo, pero todo se complicó. Pleitos, celos, desempleo, hambre, irresponsabilidades y maltratos, provocaron que tomaran lo que ellos consideraron “la mejor decisión”: Abandonar a Andrés debajo de uno de los tantos puentes vehiculares de la ciudad, sabiendo que ahí podría ser encontrado por la policía, o por algún transeúnte, o en el peor de los casos, por algún vagabundo que, seguramente, le compartiría un pedazo de pan.
Andrés fue encontrado primero por una pareja de borrachos y vagabundos. Estos pensaron que, haber encontrado a ese niño, era como haberse encontrado un tesoro, ya que con él en brazos podrían pedir dinero. Seguramente muchas personas serían conmovidas a dar, y entonces ellos tendrían mayores ingresos. Con eso en mente, esos vividores usaron a Andrés como herramienta de ganancias.
Cuando Andrés tenía seis años, lo obligaban a trabajar pidiendo limosna en los semáforos de la ciudad. Hasta que un día, personas del gobierno local se percataron de la explotación de que era objeto Andrés, y lo llevaron a un orfanato donde, supuestamente, tendría convivencia con niños de su edad. Se suponía que recibiría mejor alimentación y educación.
Tristemente, esa institución no era capaz de albergar tantos niños en situación de calle. Había demasiadas carencias presupuestales para hacer frente a todas las necesidades. Esta falta de dinero terminaba por ahogar las buenas intenciones de la institución y de las voluntarias que en algún momento se sumaban al proyecto, hasta que desertaban y abandonaban la institución. Una de esas voluntarias había sido Paty, quien pronto se enamoró de Andrés.
La adopción
Así es que, habiendo hablado con Iván, su esposo, decidieron iniciar el proceso de adopción. Una vez terminado todo el papeleo, y cuando por fin se declaró la legal paternidad de Iván y Paty sobre Andrés, ellos tomaron ropa de la que habían comprado para el pequeño y fueron al orfanato, para llevarlo a su casa nueva.
Cuando Andrés salió del orfanato, no sabía lo que le esperaba. Él había conocido a Paty en aquella institución y sabía que ella era una buena mujer: afectiva, sincera, y alegre. Eso es lo que más le gustaba a Andrés, la alegría de Paty. Pero no estaba tan seguro de lo que le esperaba. Así es que, cuando llegó a su casa nueva, estaba por descubrir muchas cosas.
Lo primero que descubrió, fue que aquella casa realmente bonita (más que muchas otras que había conocido en su vagar por la ciudad con aquella pareja de vividores), sería su nuevo hogar. Ya no estaría sufriendo el frío o la humedad de la calle.
En el camino, Paty le había prometido que todos los días tendría comida caliente “para que crezcas sano”. Eso también era interesante, por fin dejaría de buscar comida a escondidas, en los botes de basura o sobras de las personas que le daban algo con descarado desprecio. También le habían dicho que podría ir a la escuela a aprender muchas cosas que le serían necesarias cuando fuese adulto. “¡Vaya! Iván y Paty tienen muchas promesas” - pensó Andrés - “pero habrá que ver cuántas pueden realmente cumplir”.
Todos tenemos algo de Andrés
Andrés, sin duda, es un caso típico de muchos niños de la calle. Pero también de muchas personas, jóvenes y adultos, en nuestro mundo.
¿Cuántos nos hemos encontrado a nosotros mismos huérfanos de un Padre espiritual? ¿Cuántos hemos sido explotados por un ser perverso y maligno, que en algún momento llegó a nuestra vida para robar nuestros sueños, para matar nuestras ilusiones, y terminar destruyendo nuestro futuro?
¿Acaso no hemos sufrido escasez de amor? ¿Desprecio? ¿No hemos sido arrastrados por las decisiones de otras personas, decisiones que terminaron lastimando nuestro ser? Todos, absolutamente todos, en alguna medida, hemos sido huérfanos y hemos sufrido diferentes formas de abuso, desde el físico, hasta el espiritual, pasando por lo mental, sentimental y moral.
Así como Iván y Paty lograron adoptar a Andrés, Dios nos ha adoptado. ¡Sí, Dios! El creador del cielo y de la tierra, ha hecho todo para adoptarnos a ti y a mí. Ya cumplió con el proceso legal de forma justa, para que podamos ser adoptados, a fin de que abandonemos el mundo de abuso y de desamor, en que hemos vivido por años. A cambio, nos ofrece su compañía todos los días (“y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”, Mateo 28:20).
Pero no seremos acompañados como por el celoso ojo de un vigilante, sino que Él nos acompañará por su amor hacia nosotros (“Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor”, Juan 15:9); nos ofrece una paz extraordinaria (“Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”, Filipenses 4:7); nos brinda provisión divina (“Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas”, Mateo 6:25-34).
También tendremos educación (“Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho”, Juan 14:26); disfrutaremos de la salud del reino de los cielos (“quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados”, 1 Pedro 2:24); y tendremos un propósito (“Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios”, 2 Corintios 5:20).
Así como Andrés iba de asombro en asombro mientras recorría su casa nueva, nosotros también tendremos muchas cosas que nos asombrarán recorriendo esa nueva casa. Iremos descubriendo, con gran expectativa, las maravillas que Dios ha preparado para aquellos que le aman.
Propósito
Cuando nos dejamos conquistar por el amor de Dios, no nos esperan días aburridos, llenos de solemnidad religiosa y de seriedad absoluta. Con Dios hay festejo, alegría, regocijo (“Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!”, Filipenses 4:4). Con Dios nos esperan desafíos enormes (“Id; he aquí yo os envío como corderos en medio de lobos”, Lucas 10:3); retos interesantes (“De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre”, Juan 14:12), complicaciones resueltas (“Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados”, Romanos 8:28).
Pero principalmente nos espera un propósito: tener vida abundante, vida que fluye desde el mismo corazón de Dios y a través de ti, para llevarla a otros huérfanos, a fin de que puedan ser adoptados y sean hechos hijos de Dios.
Cuando estoy en casa, disfruto de ese agradable olor de hogar, ese olor que sale de la alegría y del amor de Dios por tenernos en casa. En casa hay otros huérfanos que han sido rescatados y adoptados por Dios, pero no salen de sus habitaciones. No saben que pueden disfrutar de todas las bendiciones que Dios nos ofrece.
Te quiero pedir un favor: cuando encuentres a un huérfano, y lo traigas a casa, dile que puede usar sin problemas todas las bendiciones que Dios ha preparado para esta nueva vida. En la casa de Dios no hay escasez. Dios estará más contento arreglando lo que rompimos experimentando, que teniendo una casa intacta con personas temerosas de romper o descomponer algo. Dios detesta el temor, en cualquiera de sus manifestaciones. Él siempre nos alienta a salir para buscar a otros huérfanos. Quiere que le platiquemos a Él de ellos, a fin de que pueda adoptarlos.
Cuando voy por la calle, me identifico con Andrés. Recuerdo de dónde salí, las cosas que pasé, el abuso, los miedos, el desprecio, el frío; pero de regreso a casa, sé que el olor a hogar me espera, y puedo agradecer a Dios por todo lo que me ha dado desde que me adoptó.
Y a ti, ¿te pasa igual?
Mauricio Alarcón, orgulloso padre de Deborah (25) y Asahel (21), radica en la ciudad de Querétaro, en el centro de la República Mexicana. Inició sirviendo al Señor como líder de jóvenes hace más de 33 años y desde entonces ha servido en diversas áreas apoyando al equipo pastoral, principalmente desarrollando e impartiendo cursos bíblicos y predicaciones, además de ser responsable de la organización de eventos especiales y masivos. Actualmente es líder del equipo de evangelismo de la iglesia Taller del Alfarero en Querétaro, Qro. Mex. En un futuro cercano, confía en dar a luz su primer libro con el tema que sirvió de base al artículo escrito en la presente Antología.
WhatsApp: +52(442)576-5522
Email: ab.mauricio@gmail.com

Después de perdonar
“Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz.
En el mundo tendréis aflicción; pero confiad,
yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).
Por Camila Pérez
Es complicado interpretar este versículo cuando solo eres una criatura. El mundo te ofrece una bandeja servida para tomar solo malas decisiones y de allí salen los conceptos erróneos que se tienen por haber vivido malas experiencias.
Podría haber decidido unirme a un grupo militante y querer exigir algo que jamás va a suceder: justicia. Pero lamentablemente no siempre la justicia humana es justa. Tampoco te deja satisfecha. No obstante, no quise aceptar esa idea que me ofrecía el mundo.
He escuchado testimonios de transformaciones impactantes. Cómo Dios ha quitado del alcoholismo a hombres completamente perdidos; restauraciones de matrimonios corrompidos por la infidelidad; familias deshechas que fueron renovadas… ¡Hay tantas! Pero no me ha tocado escuchar una historia de cómo Dios actúa con el sufrimiento de niños pequeños.
Pero... ¿cómo sucedió? Siempre anhelé contar mi historia.
Llegó muy temprano
Tenía doce años, y ya creía no tener valor alguno. El abuso sexual que viví fue a tan temprana edad que no había desarrollado límites en mi vida aún. Eso me hizo creer que cualquiera podía pasarme por encima. Que no era importante lo que hicieran con mi cuerpo. Imaginaba que de grande tendría que elegir ser una prostituta porque nadie me iba a querer así. Era solo eso: una niña ultrajada y abusada en todos los sentidos.
Me di cuenta de que el mundo no era seguro. Mi entorno tampoco lo era. El miedo, la ansiedad y la inseguridad que produce un abuso es un bolso grávido imposible de cargar. Ahí estaba yo con un sentimiento de vergüenza que me invadía cada minuto de mi vida y lo llevaba conmigo a donde fuera.
De vez en cuando acudía a grupos de preadolescentes cristianos. Mi líder oraba y yo escuchaba que ella decía: “pido por mis hermanitas, que sus caminos conduzcan a ti, Señor". Y yo pensaba: “Papá, realmente quiero ser buena chica. Renueva mi inocencia. Hazme nacer de nuevo”. Estaba tan marcada por lo sucedido que yo no creía ser digna de hacer esa oración y que no merecía ser parte de ese grupo de niñas. Sí, me callé. La vergüenza y el miedo a no ser creíble me sacudían todas las noches antes de dormir.
Entonces encontré un versículo que expresaba detalladamente mi momento de aflicción. Decidí refrenar mis palabras mientras tuviera un malvado cerca de mí. Y guardé un profundo silencio; ni siquiera hablaba de lo bueno. Y mi dolor se agravó. En mi interior, mi corazón se enardeció; al pensar en esto, estalló mi enojo y no pude menos que decir: “Señor, hazme saber qué fin tendré, y cuánto tiempo me queda de vida. ¡Quiero saber cuán frágil soy!” (Salmos 39:4, RVC).
Estas palabras son la auténtica reacción de una persona que sufre abuso. Dice la Biblia que David frenaba su boca en presencia de su agresor. Yo tampoco quería hablar; me tragué mis emociones y tuve que inventarme una autoestima ficticia.
“Guardé un profundo silencio… y mi dolor se agravó" (Salmos 39:2, RVC). Se agravó porque siguió sucediendo. Ese secreto estaba enfermando mi alma. El no hablar a tiempo me causó tanto daño como el dolor físico que había padecido.
El peor de los intentos
El abuso te puede llevar a considerar la muerte. Recurrí a la idea que, como un murmullo, me decía que supuestamente le pondría fin al sufrimiento: el suicidio. Colgué un cinturón de un pilar, lo puse alrededor de mi cuello y me dejé caer; pero no funcionó.
El cinturón se rasgó por la mitad. Entonces, desbordada en llanto repetía: “¿por qué me sucede esto a mí?, ¿para qué nací?”
Una semana más tarde, mi madre me dio la noticia de que me había inscripto para asistir a un campamento para jóvenes cristianos. Hoy entiendo que fue Dios quien tocó su corazón para que lo hiciera. Toda excusa era válida para mí si se trataba de salir de mi casa, verdaderamente mi alma lo necesitaba.
Cuando me estaba yendo, mi corazón sentía mucha angustia por mi hermana menor, ya que las dos estábamos pasando por la misma situación y ella se quedaría en casa. Sin embargo, no podía arriesgarme a sentir eso en aquel momento, estaría fuera por un largo fin de semana, sola, sin preocupaciones, sin tristeza de por medio...
Al llegar al lugar, nuestra líder de grupo nos pidió que organizáramos nuestra tienda y que luego no presentáramos en el salón para comenzar con la temática. Ese día fui feliz; desde el primer momento en aquel campo, mi vida parecía no haber sufrido nunca y no se me agotaban las carcajadas.
A media noche, el ambiente se sentía poderoso. Adolescentes alabando y los músicos tocando. Pero algo no estaba del todo bien. "Esto no va a durar para siempre; después tengo que regresar y todo va a seguir igual", era el pensamiento que rondaba por mi cabeza.
Incliné mi rostro, apreté con fuerza mis ojos para cerrarlos creyendo que así iba a combatir contra mi mente. Un hombre se me acercó y como tenía la cabeza gacha solo pude ver sus zapatos bien lustrados. Con voz tenue me dijo: "Yo te conozco desde que estabas en el vientre de tu madre; confía en mí y no tengas miedo, hija; nunca te abandoné, ni te abandonaré". Al escuchar esas palabras sentí que estaba volando. Cuando abrí los ojos, empapados en lágrimas, yacía en el suelo, mientras el resto de las personas adoraba. Por primera vez en mi vida me sentí especial, amada y protegida.
Once años pasaron de ese acontecimiento, de cómo Dios no se olvida de sus hijos pequeños. Él sí responde a un corazón humillado, me respondió a mí con 12 años. Hasta el día de hoy mantengo vivo ese recuerdo, y me ayuda a querer tomar todos los días la decisión de creer en aquel Salvador que me rescató de una muerte segura.
Algo interno se había roto
Fui creciendo y conmigo, también el rencor hacia mis padres. Algo interno se había desgarrado; según mi perspectiva, mi padecimiento no tenía tratamiento.
Me había propuesto cambiar al mundo. Lo único que me había quedado era ira, ese sentimiento que de alguna manera me hacía sentir con poder, aunque no había podido ejercerlo en el momento indicado. Lo que había vivido no le tendría que pasar a nadie. Quería disciplinar a la humanidad o al menos a los más cercanos.
¡Qué difícil fue! Ver el abuso de poder y a los mismos adultos siendo injustos, para mí era devastador. Me hervía la sangre al saber que los que debían dar el ejemplo, no lo hacían. Fue ahí cuando surgieron esas ganas de querer vengarme de todos. Ese impulso me hizo perder el equilibrio en mi vida emocional.
Una ira que no se apagaba
Pasaron los años y no podía seguir mi día a día. Discutía todos los días con mi pareja, estaba irritada, malhumorada y, sobre todo, no podía ser feliz. La culpa me estaba carcomiendo la conciencia y yo -sin darme cuenta- dejaba que me devorara.
Había escuchado varias veces la frase: “yo no soy Dios para perdonar; que te perdone Dios, porque yo no". Qué palabras más soberbias para un simple mortal imperfecto. No hay nada peor que ser preso de tu propia condena. Me estaba condenando a no poder ser feliz. La falta de perdón te quita eso y más.
Cursaba la tercera cita con mi terapeuta. Era tan auténtica nuestra relación que ella misma me invitaba a su casa para compartir. Yo creo firmemente que Dios la puso en mi camino. Después de una hora de desahogo, afirmó que mi problema tenía un tratamiento. Implicaría un esfuerzo cotidiano, pero los resultados serían comprobables al pasar el tiempo. Le pregunté qué debía hacer y ella con una mirada distinta me dijo que me perdonara a mí misma. Yo no entendía qué quería decir y le pedí que me lo explicara.
“Te estuviste dañando todo este tiempo tú sola. No te autorizas a pasar un buen momento en familia; tampoco te permites descansar mentalmente con tus argumentos razonables, pero que no tienen importancia comparados con lo que te estás perdiendo. Dejaste pasar a tu corazón la autocompasión, que junto con la frustración se fusionaron para hacerte sentir odio y dolor. Al fin y al cabo, si ahora mismo tienes la posibilidad de vengarte, ¿qué ganas? ¿Me vas a decir que de la nada vas a dejar de sentir todo esto?
Déjame responder por ti. No, no vas a dejar de sentir esto, al contrario; lo vas a seguir alimentando. Porque una persona rota hiere a la otra hasta ver a su prójimo igual de perjudicado que ella. Y así vamos por la vida. Dañando, rayando hojas blancas en vez de escribir una linda historia de amor sobre sus renglones.
Quiero darte un consejo humilde, pero de gran ayuda: arrodíllate todas las noches en tu habitación y pídele a Dios que te perdone, que te dé las fuerzas para aprender a perdonarte a ti misma primero y luego a los demás”.
Me citó un versículo de la Palabra: “Si ustedes perdonan los pecados de alguien, Dios también se los perdonará” (Juan 20:23, TLA). Mi alma estaba escuchando su pronta libertad después de haber sido condenada a una ilimitada infelicidad.
Aquel viejo amigo…
Pasaron los meses y encontré a un amigo que no veía desde hacía siete años. Siempre lo recordé por su amor hacia mí y sus buenos consejos.
Nuestra relación comenzó cuando yo tenía doce años. Él me conocía muy bien. Sabía lo que me gustaba y lo que no; lo que prefería y lo que rechazaba. Podría decir que sabía más de mí que yo misma.
No me había dado cuenta lo mucho que lo extrañaba hasta que lo vi. Me preguntó cómo me sentía; fui sincera de inmediato. Entonces, me comentó que se había querido contactar conmigo, incluso me había enviado cartas. ¿Qué tan ciega estuve con mi dolor que no vi su interés por mí? Le pedí perdón por mis faltas, realmente no quería perder de nuevo mi amistad con Él. Me dijo que ya me había perdonado desde antes, porque sabe que no soy perfecta.
No me merecía su perdón; yo me olvidé de Él mucho antes de tener problemas con mis padres. Entonces, ¿por qué me perdonó? Es algo sencillo de responder: porque Dios me amó primero como lo afirma 1 Juan 4:19.
Hoy puedo ver lo necesario que fue pasar por todo aquello que una vez creí que no tendría fin. A veces no entendemos el porqué de diversas situaciones límites, que nos hacen tambalear en el trampolín de la fe y por las que no nos animamos a saltar.
Me ha tocado pasar por desolaciones tétricas. No escuchaba ninguna respuesta del cielo y llegué a pensar que no le importaba a Dios.
¿Alguna vez sintieron esa necesidad de estar en los brazos de sus padres? Es como cuando uno es pequeño y se siente con miedo o ansioso por algo y recurre a esos brazos y ahí se siente que nada puede ir en contra suyo, ni siquiera la duda. Así me he sentido mucho tiempo en mi infancia y en mi adolescencia. No tuve padres atentos. Hoy gracias a Dios tengo una relación agradable con ellos.
Tener esa falta de atención de pequeña me forzó a buscar consuelo en otra parte. Dios jamás me abandonó, y me amó tanto que caí en sus manos rendida, para ser restaurada y protegida.
Mi Papá (así le digo a nuestro Dios) me renovó. Me dio a elegir si quería obtener aquella justicia humana disconforme o aprender a perdonar y dejar mis cargas en aquella cruz. Él nada hace a la fuerza. Fue un proceso con un fin exitoso.
“En medio de la angustia clamé al Señor, y él me respondió y me dio libertad” (Salmos 118:5, RVC).
Camila Pérez, quien reside en Río Grande, Tierra del Fuego, escribe desde los 11 años poesías y cuentos breves, y espera publicarlas oportunamente. Sirve al Señor desde los 12 años. Hoy con 24 congrega en la iglesia Nueva Vida y colabora en el comedor para las familias más necesitadas.
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Est humanum errare, divinum ignoscere
(“Errar es humano, perdonar es divino”)
Por Jorge Puzenik
Era la tarde de un lánguido domingo de otoño. El sol caía en el horizonte. Todo era calma en un viaje que no llevaría más de 30 o 40 minutos. Me habían invitado a predicar a una Iglesia en el Oeste de la ciudad y hacia allí nos encaminábamos con mi familia.
¿Es usted alguien que predica o tiene en su familia alguien que lo haga? Seguramente me entenderá: no hay crítico más examinador que su propia familia. Bueno, también está la hermana que se sienta en el quinto banco y siempre compara sus prédicas con las del pastor de su juventud o ese hermano que siempre está atento a la única palabrita que se le escapó en el mensaje y que está fuera de toda exégesis, hermenéutica u homilética y se lo remarca apenas baja del púlpito.
Ellos pueden ser críticos, pero su familia es su familia y se constituyen en los comentaristas más inflexibles: cuestionan el tiempo que tardó (mi hijo hasta me cronometraba los mensajes), los temas, los ejemplos, la forma de hablar y hasta el color de corbata que usó. Y si no usa corbata, ¡lo cuestionan por eso!
Pero volvamos a ese domingo. Estábamos casi por llegar. Todo había sido un viaje tranquilo, hasta que nos detuvimos en un semáforo y el auto que estaba delante del nuestro nos dejó ver una inscripción en su luneta trasera: “Errar es humano, perdonar es divino”. ¿Puede usted ver en esta frase alguna palabra, alguna letra, algún signo de puntuación que pueda generar una discusión?, ¿puede acaso este pensamiento ser el disparador de un conflicto cósmico?, ¿piensa que no? Se equivoca… Todo era calma hasta que uno de mis hijos empezó a leer: “Perdonar es divino” …y con ello inició lo que yo llamaría una asociación ilícita de ideas.
—Perdonar… perdón… perdón…
—Papi, ¿No irás a predicar otra vez sobre el perdón, noooo?
“El público se renueva” es el eslogan que utiliza una actriz argentina cuando en sus almuerzos transmitidos por la televisión entrevista a personas que ya habían sido invitadas en años anteriores y les hace las mismas viejas preguntas de la ocasión anterior. De hecho, hasta conoce las respuestas que le darán.
La audiencia cambia y esto es verdad. Pero cuando su familia lo acompaña a todas sus prédicas, no forman parte de ese público que se renueva (no se ría… es verdad).
No es que siempre predique sobre lo mismo, pero hay temas que son esenciales a la hora de enseñar, en todo tiempo y en todo lugar. Considero que el perdón es uno de ellos. No es que yo lo haya elegido por ser mi favorito, sino que siempre hay corazones heridos por la falta de perdón en todos lados.
¿Por qué? Porque constantemente estamos pecando y tal cual decía el hijo pródigo estamos haciéndolo contra Dios y contra nuestros hermanos. ¿Hermanos dije? Hermanos, hermanas, padres, hijos, cónyuges, amigos, vecinos, jefes, empleados y hasta desconocidos como el conductor que venía atrás de nosotros. A él lo miré con mala cara cuando me tocó la bocina debido a que yo había doblado a la izquierda en una avenida sin colocar la señal de giro, ya que estaba distraído discutiendo con mis hijos sobre la importancia de predicar sobre “el perdón”.
Est humanum errare, divinum ignoscere… Y no hay otra forma de restablecer una relación que pedir perdón y perdonar. Errar es humano, pero la forma más acertada de parecernos a Dios es aprender a perdonar.
¿Quién? ¿Yo? Si él comenzó primero
Dígame que usted nunca usó esa excusa. Si tiene hermanos, seguramente lo hizo frente a sus padres; y si no los tuvo, seguramente le sucedió con alguna maestra o incluso con el director de la escuela (como varias veces me pasó a mí). Pero ¿quién iba a confesar en primera instancia que había sido el culpable? ¿Yo, señor? ¡¡No!! ¡¡Por supuesto!!
—¡Sí! Yo le pegué, pero fue en defensa propia.
—¿Por qué? ¿Él te pegó primero?
—No, pero me miró mal… primero.
Soy director de una escuela secundaria, y ahora me toca estar del otro lado del mostrador. Me traen “los chicos malos” a dirección para que haga algo cuando ya las instancias se agotaron y han pasado por manos y oídos de profesores, preceptores, orientadores escolares, jefa de preceptores, secretarias y todo personal autorizado y no autorizado para intervenir.
Esto sucede cuando ya no hay forma de hacer entrar en razón a una “adorable criatura” que le rompió la cabeza a otro alumno o cuando se debe reflexionar sobre por qué una pacífica “blanca palomita” decidió romper la puerta del baño simplemente porque esta se cerró y no podía esperar a que alguien llegara con la llave para abrirle.
Y lo difícil no es hacer que reconozcan que hicieron algo mal, sino que tengan una conducta reparadora. Por ejemplo, restablecer vínculos con el compañero con el que se agarró a las trompadas por un insignificante lápiz. Cabe aclarar que no siempre son varones los que se van a las manos. Muchas veces son “señoritas” muy organizadas, con un equipo de fans atrás que las alientan. Los motivos no son tan “materialistas” sino mucho más “espirituales” como escribir un comentario en una foto del Facebook o quitarle el novio a su amiga.
“Ay, Dios, ¡dame paciencia!” diría mi prima. Parece cosas de chicos, pero como adultos también usamos esos argumentos tan básicos para defender lo indefendible.
Luego de tratar con adolescentes, llega el momento de llamar a sus padres, para que ayuden a remediar la cuestión. Muchas veces, los alumnos cambian de actitud y arreglan todo antes de que los progenitores lleguen. Otras tantas, cuando estos llegan entiendo por qué sus hijos son así.
Es más, en infinidad de ocasiones mi impresión acerca de determinados alumnos ha cambiado al conocer a sus padres. Cuando eso pasa, no entiendo cómo algunos muchachos y chicas aún siguen concurriendo a la escuela y no se han enrolado en alguna organización terrorista o se han enclaustrado en un monasterio para huir de su familia. Dicen que los hijos son la versión potenciada de los padres. Tanto para lo bueno como para lo malo.
Y la convivencia lleva a tener conflictos; y en todo conflicto siempre hay alguien que ofende y otro que es ofendido. Cuando una relación es afectada, solo tiene una manera de curarse: pidiendo perdón y aceptando el pedido.
¿Pedir perdón yo? ¿Por qué?
Un hermoso libro de Charles R. Swindoll, Desafío a Servir, describe en uno de sus capítulos al siervo como perdonador y allí resalta que, aunque seamos los ofensores o los ofendidos, siempre el primer movimiento nos corresponde a nosotros. Charles no es muy directo cuando dice “nosotros”. El problema es que ese “nosotros” es muy ambiguo… Deberíamos decir: ¡me corresponde a mí!
Los eslavos siempre se han caracterizado por tener hermosas voces y afinados coros. Sus sopranos son, a mi gusto, muy estridentes, sin dejar de ser excelentes; pero lo más impactante era escuchar bajos tan profundos y cálidos en sus canciones cantadas a capela. Creo que solo escuché bajos así entre los eslavos y los armenios.
Hace muchos años, en una Iglesia Bautista de origen eslavo, el coro estaba decidiendo qué canción cantar en el próximo Festival de Canto y Música que anualmente se realizaba en el Gimnasio del Colegio Ward, en Ramos Mejía, Buenos Aires. Era un evento esperado cada año. Unos quince coros se reunían y cada uno interpretaba su mejor canción. Por último, un coro unido concluía el evento. Recuerdo prédicas impactantes como la del Pastor Samuel Libert y otros más, y a decenas de personas pasar al frente en el momento del llamamiento. Eran verdaderas fiestas espirituales.
Lo cierto es que en el ensayo de aquella iglesia se estaba decidiendo qué canción cantar. Vladimiro, el director del coro, era un tenor con un vibrato singular. Cualquier persona que cantara con él podía ensamblar enseguida con su voz. Su timbre era raro y cálido. Vladimiro era un líder nato, y nadie podía pensar en otro director.
Algunos hermanos propusieron entonces, cantar Господня земля¹ (La Tierra de Dios) basado en el Salmo 24. “De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan” (Salmos 24:1).
Un hermoso himno coral, con una letra y música hermosas, pero… ¡interpretado en ruso! Si bien los pocos jóvenes que estaban en el coro de la Iglesia podían leer al menos las palabras por fonética, ¿a quién se le ocurriría cantar en ruso en un Festival de Canto y Música? Bueno, a muchos de los que estaban ahí; sí… a muchos; pero no a todos.
Había entrado al coro hacía apenas unos meses un adolescente de unos 15 años cuya voz aún no había cambiado. Su registro todavía era de niño, por lo que no sabía si cantar bajo, tenor (o incluso soprano, ja, ja). Este jovencito comenzó a despotricar y a desafiar, no solo a los que proponían la canción, sino al mismo director. Empezó a discutir, a subir la voz y terminó diciendo: “Si se canta esa canción, yo no canto”. Salió del lugar de ensayo y se fue al sótano.
¿Le suena conocido? “¡Si no se hace como yo digo, no se hace!” ¡No me diga que no! Sea sincero (salvo Dios nadie le está mirando; admítalo). ¡Es así o así!
Lo cierto es que, a pesar de que el coro tranquilamente podía prescindir de esa insípida, raquítica e inexperta voz, el daño estaba hecho. El ensayo quedó empantanado en un interrogante sobre qué canción cantar, y no solo eso, sino en cómo recuperar a la oveja descarriada. Yo lo hubiera echado del Coro sin pensarlo. Usted, ¿qué hubiera hecho? ¿Pensamos igual? ¡Choque esos cinco!
Pasaron unos interminables 15, 20 o 30 minutos. Y alguien abrió la puerta del sótano para ver si el muchachito que se consideraba Luciano Pavarotti o Plácido Domingo como para imponer condiciones, aún seguía ahí enojado.
Era el director. Abrió la puerta y lo fue a buscar. El muchacho al verlo no dijo nada. La ira que irradiaba era terrible; solo le clavó una mirada comparable a la de Superman, de esas que como rayos láser podían traspasar cualquier muro blindado. Solo estaba esperando la primera palabra para reaccionar cual serpiente enroscada.
Vladimiro se acercó y puso una mano en su hombro. Y cuando el joven esperaba el reto, el correctivo, la reprimenda, un sermón, un golpe… algo que le reclamara por su mala acción, el director le dijo:
—Te estamos esperando para empezar a cantar. Vamos a cantar en español. Queremos que lo hagas con nosotros.
No hubo reacción. ¡Nada! La ira desapareció. Todos los argumentos y contraargumentos que este Pavarotti frustrado tenía en su mente para defender su posición se hicieron trizas con esa mano en el hombro, y con esas palabras cálidas.
Que difícil fue para este energúmeno subir esos dieciocho escalones desde el sótano y aparecer ante los cuarenta coreutas que con la cabeza gacha y en completo silencio esperaban a este difícil sujeto. Nadie miraba juzgando, nadie se mostraba enojado con ese mocoso malcriado; pero ¡qué vergüenza sintió al volver al coro! Olvidé decirles que ese jovencito terrible… era yo.
Doy gracias a Dios porque me permitió crecer junto a Vladimiro y a tantos otros hermanos que perdonaron mi torpe accionar a lo largo de toda mi vida.
¡Qué lección! Vladimiro fue un ejemplo para mí. Ya sea que seamos nosotros los ofensores o los ofendidos, siempre el primer movimiento nos corresponde a cada uno de nosotros. Y él lo hizo carne aun cuando todo el daño lo había causado yo.
Al final cantamos esa hermosa canción, pero en español. Muchos años después (muchos, muchos) me invitaron a predicar a esa iglesia. Desde el púlpito conté esta anécdota, pedí perdón en público y le agradecí a Vladimiro ese gesto. Hoy, él ya está con el Señor y yo anhelo cantar Господня земля en el idioma que sea. Nunca olvidaré su ejemplo…
Y usted... ¿de qué lado está?
Hace algunos años Matías Martin, un conductor televisivo, terminaba su programa preguntando: “y vos, chabón², ¿de qué lado estás?”
En toda discusión hay dos posibilidades: o somos los ofensores o somos los ofendidos… y usted, ¿de qué lado está? Lo cierto es que ambas posiciones, ambos lados, exigen de nosotros una acción de parte de Dios.
Si su vida fue empañada por la palabra agria de alguien o su alma guarda con dolor el recuerdo de una herida producida hace muchos años… si el dolor, el remordimiento o la duda empañan sus sentimientos hacia alguien, por alguna acción que le hizo alejarse de esa persona, este capítulo es sin duda para usted.
"¡Perdonado! Ahora mi vida tiene sentido" habla del perdón que recibimos de Dios, y eso da sentido a nuestras vidas. Pero ¿cómo vamos a aceptar el perdón que viene de arriba sin aplicarlo horizontalmente con aquellos con quienes vivimos? ¿Podemos recibir perdón de Dios y quedar anclados en el resentimiento sin perdonar? La respuesta es no.
¿Ofendí o me ofendieron?
Dios no le pregunta si usted tiene el 100%, el 50 % o el 11,32 % de culpa en una discusión. Muchas veces, buscamos excusas en ello: “Sí. Yo lo ofendí; pero peor es lo que me hizo él”.
Jesús no andaba con vueltas. No se puso a filosofar sobre quién tiene más culpa. No dijo que aquel que tuviera más del 50% de responsabilidad debería ir a pedir perdón. En Mateo 5:23-24 Jesús dijo: “…si traes tu ofrenda al altar, y ahí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda”.
A ver si entendí, ¿dice: “si te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti? ¡¡¡Claro que tiene algo contra mí!!! ¡¡¡Y por eso debería venir a pedirme perdón de rodillas!!! Parece que Jesús la tiene clara. No podemos acercarnos al altar, a la presencia de Dios si hay falta de perdón. Aun cuando creamos tener la razón, Jesús no nos consulta, sino que solo nos dice: “deja tu ofrenda y ve a reconciliarte”.
Muchas veces discutimos por cosas que no tienen importancia. Incluso en nuestra propia casa o iglesia. No me diga que alguna vez usted no comenzó a discutir con su cónyuge porque quedó abierta la pasta dental o la ropa sucia fuera del canasto, lo que generó una contienda en la que uno comenzaba a buscar todos los puntos flacos del otro, llegando a un nivel de discusión mayor en el que se acordaban hasta de los padres y el resto de la familia… hermanos, cuñados, primos, tíos y hasta la maestra de primer grado de cada una de las partes involucradas justificando cada uno de los argumentos, para pasar luego a los abuelos que vinieron de Europa, y llegar hasta los mismísimos Adán y Eva para volver casi a la tercera guerra mundial, sin saber si Adán hubiera cerrado la pasta dental o hubiera puesto la ropa para lavar dentro del tacho correspondiente…
¿Y después? Horas de no hablar… o tal vez días. Todo por no tapar la pasta dental. ¿Le suena conocido? ¿no le pasó? ¡Ah! Estamos de acuerdo que no soy el único.
Ir, reconciliarnos y luego volver
Hace poco vi una hermosa película llamada La lección de August basada en un libro del mismo nombre³. En un momento apareció una frase que me impactó muchísimo: “Cuando puedas elegir entre tener razón o ser amable, elige ser amable”.
¿Cuántas veces hemos discutido para tener la razón? ¿Y qué hemos ganado? Quizás ganamos la discusión, pero hemos perdido un amigo o el aprecio de alguien. Proverbios 16:2 dice que: “Todos los caminos del hombre son limpios en su propia opinión; pero Jehová pesa los espíritus”. ¿Vale la pena discutir por tener la razón en algo insignificante?
“…deja allí tu ofrenda delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano…”. La definición de reconciliar es: restablecer la concordia o la amistad entre varias partes que estaban enemistadas. En otras palabras, es tratar de que el hermano enojado renuncie a su enemistad. Y si somos los ofensores no hay dudas, debemos ir a pedir perdón. Simple y llanamente, perdón.
No excusarse ni disculparse
Muchas veces escuché estos términos como similares a pedir perdón, pero no lo son en lo más mínimo. Aunque excusar a alguien de algo signifique liberarlo de una obligación o compromiso, también significa buscar excusas para no reconocer que se ha hecho algo malo. Quien busca excusarse, busca liberarse de algo que ha hecho; pero no necesariamente implica arrepentimiento.
Pedir disculpas tampoco es pedir perdón, sino que no se le asigne una culpa. El diccionario lo define como: razón o argumento que se da para justificar un error o una falta o para demostrar que alguien no es culpable o responsable de algo. Queremos que nos quiten la culpa, justificando lo que hicimos.
Pedir perdón es algo diferente. Es avergonzarnos, es reconocer que en realidad hemos hecho algo malo que lastimó al otro. Es arrepentirnos. Pedir perdón supone vergüenza. Pedir perdón es reconocer que nos equivocamos, que somos humanos, pero que queremos reconstruir lo que hemos destruido con una acción equivocada. El perdón repara la herida. No busca excusas ni busca razones para justificarse.
Muchas veces, no nos animamos a pedir perdón, porque presuponemos que la otra persona no nos va a perdonar. Y dejamos que pasen las horas, los días, los años y la vida sin pedir perdón por no animarnos a dejar nuestra ofrenda e ir a pedir perdón.
¿Recuerda la película Mi pobre angelito? ¿Recuerda cuando el “angelito” (que no tenía nada de ángel) entró a una iglesia y se encontró con el anciano de barba que le causaba tanto miedo? Ese hombre estaba ahí para ver cantar a su nieta. Hacía años se había enemistado con su hijo, y la única forma de verla era venir al ensayo del coro de niños de la iglesia.
Cuando Kevin McCallister, el protagonista, comenzó a conversar con el anciano y se enteró de que no se hablaban desde hacía muchos años, le preguntó:
—Si le apena, ¿por qué no llama a su hijo?
— Temo que si lo hago él no quiera hablar —respondió triste el anciano.
—¿Cómo lo sabe? —insistió Kevin
—No lo sé. Solo temo que no quiera —se excusó apenado el anciano.
—No se ofenda —replicó el niño—, pero… ¿no está algo viejo para tener miedo?
Y mi pregunta es: ¿no estamos grandes para tener miedo? Ni usted ni yo somos “ángeles”. Tampoco tenemos aureolas de “santos”. Somos de carne y hueso. Pecadores con olor a pecado. Solo nos da paz haber sido perdonados por Dios. Entonces, ¿por qué tenemos tanta vergüenza de ir a pedir perdón?
Fui testigo de muchísimas personas que se reencontraron después de muchos años, y llorando se acercaron a agradecer que hubiera predicado sobre el perdón. Lo he palpado de cerca. El perdón produce un shock.
Allá por los años 70, algo había sucedido entre hermanos de una iglesia. Algo que significó enfrentamientos, broncas, disputas, dolores de cabeza y heridas al corazón. De un lado y del otro, ofensor y ofendida habían pasado durante más de treinta años, muchas noches sin dormir, saboreando dolor y respirando ira en vez de bendición.
Dios me permitió ser el nexo y llevar el pedido de perdón a la otra persona. Cuando comenté el motivo de mi visita, la mujer ya anciana y con lágrimas en los ojos, me dijo: “pero ¿por qué esperó treinta años para pedir perdón?” Treinta años que hubieran significado no masticar raíces de amargura ni soportar el peso de la culpa. Pero, aun así, después de tanto tiempo, el perdón llegó. Y valió la pena.
Ocultar una ofensa solo trae dolor, para el ofendido y para el ofensor. No importa si pasaron horas, días, semanas, meses o años. El momento para ir a pedirle perdón a esa persona que se ha herido es hoy. No mañana. No la semana que viene. Hoy.
Ocultar la ofensa trae dolor
En los primeros versículos del Salmo 32 se profundiza el efecto del perdón en nuestras vidas: “Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño. Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano”.
“Mientras callé envejecieron mis huesos”. Hasta nuestro propio cuerpo sufre por la falta de perdón. Sé que está pensando en alguien. Solo usted y Dios lo saben. Y eso basta. Ya sabe lo que tiene que hacer. No vaya al altar. Dios ya lo perdonó. Deje su ofrenda en el altar y vaya a buscar a su hermano. Pídale perdón. No pida disculpas; sino, perdón.
Sana mi corazón
Quizás usted está del otro lado. Alguien lo ofendió y usted es quien tiene que perdonar. No retenga su perdón. Negarse a perdonar es poner anclas en el pasado. A veces somos muy exigentes con aquellos que nos han ofendido. Y cuanto más cercanos y queridos son, más queremos “cobrarle” la ofensa. Pretendemos que vengan caminando de rodillas por 10 kilómetros, a la vista de todo el vecindario y se postren a la puerta de la casa implorando perdón. No creo que suceda así, pero ¡tampoco sería necesario! Muchas veces exigimos más a quienes más amamos.
A veces tenemos cerca gente que nos cansa, nos hiere, nos pide perdón y nos vuelve a herir al poco tiempo. Dígame hasta cuántas veces perdonar… una está bien; dos ya agota mi paciencia; pero ¿tres? ¡Ya es el colmo! ¡siempre lo mismo! ¿Me toma por tonto?
Pedro le preguntó a Jesús hasta cuántas veces tenía que perdonar. Y Jesús le dijo: “no te digo siete, sino hasta setenta veces siete” (Mateo 18:22). Siempre me pareció exagerado perdonar 490 (70 x 7= 490) veces a una persona; pero, aunque ilógico, es algo que es alcanzable.
Predicando en una Iglesia de Oberá, en la Provincia de Misiones una profesora de matemáticas se acercó después del sermón y me dijo:
— Vos estás equivocado.
—¿Por qué? —le pregunté.
—Jesús no dijo “70 x 7”, sino “70 veces 7” o sea: 7.777.777.777.777.777.777.777.777.777.777.777.777.777.777.777.777.777.777.777.777.777.777.777
¡Ella tenía razón! ¿Puede leer este número? ¡Imposible! Ni perdonando diez veces por segundo durante toda una vida de setenta años llegaríamos a perdonar tanto. Sin embargo, Dios nos perdona muchísimo más.
El 2020 fue un año duro. La pandemia nos confinó. Durante el aislamiento, un grupo de hermanos de varios países organizamos un coro virtual y comenzamos a cantar. A muchos de ellos todavía no los conozco personalmente, pero nos unimos en el amor del Señor, y anhelo el momento de darles un abrazo.
Cantamos para bendecir a otros y fuimos bendecidos nosotros mismos con varios himnos; uno más hermoso que otro. Sin embargo, hubo uno en particular, cuyo título es “Sana mi corazón”, que llegó a oídos de muchas personas y produjo un cambio en sus vidas. La letra dice así:
Palabras se han dicho,
promesas se han hecho,
a pocos le importa cumplir de verdad.
Parejas deshechas,
familias en guerra,
mi corazón grita:
“¿Dónde está el amor?”
Amigos que solo a mí se acercaron
por lo que yo les podía ofrecer,
y ya sin fuerzas y decepcionado,
noche tras noche llorando clamé:
“¡Dame amor, y alivia mi dolor!
¡Que yo pueda entender
y aprender a vivir
con aquel dolor que hay en mi ser!
Sana mi corazón”.
Y de rodillas le pedí a Jesús:
“hacé lo que quieras, hacelo en mí”,
Y Él me sanó, y alivió mi dolor.
Yo elegí perdonar y aprendí a vivir
con aquel dolor que hay en mi ser,
y Él sanó mi corazón.
Podemos tener el corazón herido por miles de motivos, pero Dios puede sanar las heridas. Solo conozco mi historia, no sé cuál es la tuya: si ofendiste gravemente a alguien o si sufriste una decepción terrible… pero una cosa sé: “Jehová sana a los quebrantados de corazón, y venda sus heridas”. (Salmos 147:3). Y yo lo creo.
“Errar es humano, perdonar es divino”. ¡Compruébelo! ¡Póngalo en práctica! Pero por favor, no lo escriba en la luneta trasera de su auto…
Notas
¹ William J. Kirkpatrick (William James), 1838-1921
² chabón: coloquial - Argentina: En el lenguaje juvenil, se usa como vocativo para referirse a una persona a la que no se conoce o de la que se desconoce su nombre.
³ La lección de August (título original en inglés Wonder) Libro escrito por Raquel Jaramillo Palacio, publicado en febrero de 2014. En noviembre de 2017 se estrenó una película homónima basada en este libro.
Jorge Puzenik vive en Villa Caraza, Buenos Aires, con su esposa Rosa y sus dos hijos: Aarón y Boris. Es secretario de la Convención de Iglesias Cristianas Evangélicas Eslavas de las Repúblicas del Plata. Por muchos años dirigió un coro y una orquesta llamada Agrupación Hosanna. Acompaña a Luciano Bongarrá en el Ministerio “Parlamento & Fe”. Es director de una Escuela Secundaria de gestión estatal en Lomas de Zamora. Es Licenciado en Ciencias de la Educación. Estudió en Jerusalén becado por el Estado de Israel, donde recibió el apodo de “Rabino Nik”.
Email: puzenick@gmail.com
WhatsApp: +54(911)3803-5464
Youtube: JorgeVictorPuzenikRabinoNIK

¡No quiero!
Pero cuando nos disponemos, Dios coloca el sentir, mueve las fichas, saca los escombros de nuestra vida y nos pone a andar.
Por Pabla Aquino
Beatriz se creía un fracaso en materia de perdones… Y es que lo había intentado muchas veces y a pesar de las buenas intenciones y de que se lo imponía como propósito, sencillamente no lo sentía…
Demasiado equipaje del pasado sin entender, cosas que simple y llanamente eran imposibles de borrar. Demasiados errores, dolores e historias familiares que se repetían sin que ella pudiera entender o superar. Y un Dios al que sentía lejano, muy lejano, y en el que hacía tiempo había dejado de creer.
Así que, cuando a los 42 años descubrió un nódulo en su axila, dijo: “¡basta!” Colapsó y tal vez haya sido lo mejor que pudo pasarle. Su hijo era chico aún y eso le hacía sentir miedo, mucho miedo. Pensaba en si podría ser cáncer o no. Entre el descubrimiento del nódulo y la biopsia pasó exactamente un año. Durante ese tiempo transitó entre análisis, consultas con médicos y su trabajo.
Fue un largo año en el que su mayor temor estaba relacionado con su hijo menor. ¿Qué sucedería con él si a ella le pasaba algo? ¿Cómo se iban a mantener si tenía que dejar de trabajar por un tiempo?
No había ahorros ni familia en qué apoyarse; así que la almohada de esos días fue la receptora de todo su temor. Sin embargo, ella se encontraba lejos de saber que ese problema que parecía traer muerte, en realidad cambiaría su vida para siempre.
En su angustia e ignorancia comenzó a enojarse con Dios: lloraba, rezaba, se enojaba, todo el combo completo. Solía decirle cosas tan “agradables” como: “¿Cuál es tu problema? ¿No tienes a nadie más a quien complicarle la vida que no sea a mí? ¿Estoy “de turno” acaso? ¿Qué te hice?”
Como es obvio, claramente se sentía una víctima, casi una mártir de telenovela de la tarde. No obstante, en su interior sabía que había gente con problemas mucho más grandes o dolorosos; pero se había cansado y había comenzado a escuchar los susurros de un enemigo que le decía que ella no era importante para Dios.
Hoy, no se siente orgullosa de aquella época. Siempre dice que Dios fue muy paciente con ella o de lo contrario ya la hubiera fulminado con un rayo ante tales irreverencias de su parte. También reconoce que, en medio de sus lamentos, Dios le dio luz y entonces comenzó a investigar acerca del cáncer. Encontró un artículo que se refería a este padecimiento como la enfermedad de la tristeza y decía que todos tenemos células cancerosas y que, ante ciertos episodios, se manifestaban, por así decirlo. Y entonces comprendió…
Era de tarde, pero programó una cita con Dios para esa noche. Y cuando llegó el momento dijo casi textualmente: “Perdón, ya entendí… Bah, entiendo lo de ahora, las consecuencias de la tristeza y demás, pero sigo sin entender todo lo que me sucedió cuando era chica. Yo no busqué eso; sé que perdí la fe y ya ni siquiera estoy segura de que existas o que estés ahí escuchándome; pero si es así te pido que me ayudes para que mi vida cambie. Ya no quiero seguir así, quiero vivir. Quiero conocerte. Dame una señal para saber dónde debo ir o qué debo hacer. Necesito estar segura de que me oíste...”
Esa noche durmió con el cansancio que otorgan las lágrimas soltadas a borbotones luego de un largo tiempo intentando ser o parecer fuerte.
Muchas cosas pasaron entre esa oración génesis, hasta que finalmente Beatriz llegó a una iglesia. Hubo señales que ella desechó por no tener el ojo atento a Dios; sin embargo, de repente una tía con la que no hablaba casi nunca la empezó a llamar para invitarla a una iglesia. Pero una y otra vez desechaba las invitaciones por su ya conocida “alergia” religiosa.
No obstante, su tía se había vuelto muy persistente; así que nuestra heroína pergeñó un plan “brillante” para sacársela de encima. Se dijo a sí misma: “¡ya sé! Voy a aceptar la invitación y voy a ir a su iglesia y luego le voy a decir que no me gustó; así no me molesta más”.
Parecía ser un plan brillante, solo que no contaba con el factor Dios. Luego de varios intentos fallidos en ir a la iglesia y de auto convencerse de que el no poder llegar era una señal del destino, un domingo decidió ir a almorzar a lo de una amiga. Y cuando todo estaba listo para sentarse a la mesa, su teléfono sonó. Era la esposa de un amigo para avisarle que habían sufrido la explosión de una garrafa en su galpón y que él estaba internado en grave estado en el Instituto del quemado que “casualmente” quedaba cerca del lugar donde ella se encontraba.
Obviamente dejó todo y fue a ver a su amigo, que efectivamente se encontraba muy grave. Mientras estaba allí, nuevamente recibió una llamada de su tía “la pesada” que la invitaba, otra vez, a la iglesia.
Creyéndose muy lista, Beatriz le dijo casi con desgano y cierto aire de importancia que estaba en el Instituto del quemado con su amigo accidentado y que otro día iría con mucho gusto, lo cual sabía que era mentira. Entonces, su tía llena de entusiasmo le comentó que la iglesia se encontraba a la vuelta y le insistió que fuera.
Demás está decir que se quedó sin argumentos; la trampa divina estaba puesta y ella había caído. De haber sabido que la iglesia estaba a la vuelta probablemente hubiese mentido para no ir. Así que en silencio y vencida por la “casualidad”, caminó los pocos pasos hasta la iglesia y entonces sucedió…
No terminó de cruzar la puerta, cuando solo atinó a decir casi entre susurros: “es acá”. En ese momento, había una banda en el escenario y un muchacho cantaba una canción que aún hoy recuerda, porque fue como un sello en su espíritu. Su hijo que estaba con ella, sin haberla escuchado musitó las mismas palabras: “es acá”. Y fue ahí donde media hora después, sin entender absolutamente nada, estaba bautizándose y aceptando al Señor como dueño de su vida un 28 de diciembre de 2008 a las 14:30.
Sin saberlo, en ese momento, hizo otra oración irreverente y silenciosa. Dijo simplemente: “Si estás ahí, te pido que me muestres cuál es el origen de todo el dolor que tengo dentro y que no entiendo. Te pido que me sanes”. Y así fue como en un silencioso pero implacable juego de ajedrez, un montón de piezas comenzaron a moverse.
Star Wars
Beatriz recuerda que las primeras prédicas tenían que ver, de algún modo, con perdón y promesas. Pero estaba irritada porque seguía sin entender cómo era ese asunto de perdonar sin sentirlo. Consideraba que nadie tenía realmente una explicación que no sonara a frases hechas. Y una vez más, hizo una cita con Dios.
En esos días, mascullaba y hablaba franca e informalmente con Dios y le decía que no entendía por qué debía perdonar a quienes no solo le habían robado parte de su vida, sino que nunca habían demostrado arrepentimiento; y lo que es peor tampoco sabía cómo hacerlo.
Entonces una tarde, de “casualidad”, mientras iba y venía haciendo las tareas de la casa, se detuvo de repente detrás de su hijo sin saber por qué. Él estaba en el sillón mirando una película. Le preguntó qué estaba viendo y él le respondió con desgano (como cualquiera que detesta ser interrumpido): “¡Star Wars, má!”
Realmente esa no era una película que a Beatriz le interesara y, de hecho, para sus adentros pensó: “es una película de hombres”. No obstante, se había quedado como atornillada detrás del sillón mirando una escena muy rara. Había muchos hombres sentados en círculo, una especie de concilio que “examinaba” a un chico que parecía ser una especie de elegido. El que presidía dicha reunión era un personaje que luego supo que se llama Yoda. Este observaba en silencio al niño.
Luego le preguntó si tenía miedo y si tenía dolor. De algún modo le explicó que el dolor llevaba al resentimiento; este, a la ira y la ira lo llevaba al lado oscuro. Y en ese preciso instante, Beatriz no solo entendió por qué debía perdonar, sino que supo con total y absoluta certeza que Dios realmente la escuchaba y que le había respondido de una forma simple e inolvidable.
De repente, como en un juego de dominó, “vio” que cada pieza estaba conectada y que cada perdón no soltado hacia sí misma o hacia otros era una trampa que se enlazaba con otras piezas de tristeza, enfermedad o fracaso. Y digo una trampa porque en realidad perdonar (a sí mismo o a otros) no es algo que se sienta “natural”.
Se siente más “rico” guardar rencor, tener memoria, exigir justicia, esperar que, en las vueltas de la vida, quien nos haya dañado pague por lo que hizo. Cuántas veces vemos películas, novelas o libros que exaltan la venganza de una forma heroica. Nadie esperaría que en Búsqueda Implacable o en Rambo los protagonistas busquen a los “malos” para perdonarlos.
La vida real es mucho más compleja, más llena de matices y la verdad es que con mayor o menor gravedad, queriéndolo o no, todos en algún momento somos el malo en la historia de alguien. Pero aun si somos excelentes personas y más buenos que Lassie, la verdad es que el perdón es vital, porque acumular ira o dolor se vuelve veneno que corre por nuestras venas.
Pero ¿cómo lograrlo? Siendo sinceros con Dios: “No quiero perdonar, Señor; ¡no lo siento! Pero entiendo que debo hacerlo por ti y por mí. Por lo tanto, aunque no lo sienta, hoy me perdono y perdono a otros; dejo la justicia en tus manos; ya no en las mías”. Beatriz hizo esta oración simple y descarnada. Luego, como en el juego de ajedrez antes mencionado las piezas comenzaron a moverse.
Una prima y un secreto
Como de costumbre sucedía, Beatriz notó que luego de hacer una oración tan importante, no pasaba nada visible. No hubo señales ni nada que se le pareciera.
Un día, supo que una prima cercana y a la que hacía años no veía estaba con algunos problemas. Y allí fue con la idea de escucharla y ayudarla, pero sin mucho convencimiento ni entusiasmo debido a la distancia. Ella cuenta que ese día fue una bisagra en la vida de su prima, pero no había imaginado que lo sería para ella también.
La tarde transcurría apacible entre palabras, memorias de tiempos pasados y café. Y entonces, cuando estaba por retirarse y despedirse casi en el marco de la puerta, con la miraba baja su prima le dijo:
—Hay algo que tengo que contarte; no puedo ocultarlo más… Tienes un hermano de parte de tu papá; bueno, en realidad más de uno; y hace años que te buscan. Toda nuestra familia lo sabe, pero teníamos prohibido contarte ni darle tus datos a él. No sé por qué. Pero siento pena; él es un hombre grande, enfermo y sus hijos cada tanto vienen, llaman. Hasta en programas de televisión te han buscado sin lograr nunca ningún dato. Siento que tienes que saberlo.
Beatriz no supo qué decir ni pudo articular palabra. Temblando recibió un papel donde estaba escrito el número de teléfono de su hasta ahora desconocido hermano y emprendió el viaje de regreso a su casa en un mar de emociones encontradas. Su papá estaba vivo, tenía hermanos. ¿La amarían? ¿Por qué se lo habían ocultado siendo ya toda una mujer? Demasiadas preguntas, demasiado dolor saliendo al fin de su vida a través de un tema que ya creía tener resuelto.
Cuando esa noche llamó a su hermano y luego a su papá, realmente no sabía qué decir ni qué preguntar ni qué sentir. Del otro lado del teléfono y del país, un hombre de voz llorosa le dijo:
—Te busqué tanto. Perdón…
Y en ese momento, sin discurso y sin disfraz, Beatriz solo pudo decir:
—No hay nada que perdonar. Te quiero, papá.
No hubo más palabras. Pero esa noche en medio del silencio que dan los momentos importantes, ella recordó cada oración simple, franca y descarnada que había hecho y supo que Dios es orden y por lo tanto había comenzado un proceso de sanidad, justamente por el principio; y entendió que cuando nos disponemos, Él hace todo el resto. Él coloca el sentir, mueve las fichas, saca los escombros de nuestra vida y nos pone a andar.
Claramente esto no fue un final. Muchas cosas pasaron después, pero eso queda para otro libro, otro momento.
Pabla Aquino vive en Muñiz, Provincia de Buenos Aires. Divorciada, madre, amiga. Escritora -con 2 libros que pronto saldrán a la luz- y flamante empresaria que ama trabajar, tanto como ayudar o pasar tiempo con su gente. Pero sobre todo es simplemente Pabla Beatriz, hija de Dios, a quien conoce y sirve desde el 28/12/08 a las 14:30. No por mérito suyo sino porque como gusta decir: somos amados desde antes de nacer y Dios da voces buscándonos en esta vida para transferirnos a la suya.
Whatsapp: +54(911)4038-2038
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Los
fundamentos
Un hombre prudente edifica su casa sobre la roca.
Por Santiago Klimiszyn
Una casa que no cae ante las tormentas es una casa que tiene fundamentos firmes; una mente que persevera en lo bueno y no se deja llevar por la cultura reinante es una mente con fundamentos firmes; un corazón que no fluctúa por los sentimientos cambiantes y pasajeros es un corazón con fundamentos firmes. Una decisión firme es la que se apoya en la verdad sin importar el precio que deba pagar por ello.
En la Biblia encontramos muchos pasajes que hablan sobre la importancia del suelo. Presenta a Jesús como el fundamento de nuestra fe (1 Corintios 3:11: “Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo”). También la Palabra de Dios es presentada como ‘la roca’ (Lucas 6:48: “Semejante es al hombre que al edificar una casa, cavó y ahondó y puso el fundamento sobre la roca; y cuando vino una inundación, el río dio con ímpetu contra aquella casa, pero no la pudo mover, porque estaba fundada sobre la roca”.)
Debemos entonces preguntarnos: ¿En dónde estamos pisando? Solo un suelo bien preparado puede soportar mucho peso sin hundirse. El fundamento de nuestra fe es también el fundamento de nuestras decisiones y pensamientos; en otras palabras, somos lo que creemos y pensamos. Pero todo patrón de conducta y pensamiento no se crea de la noche a la mañana, es el resultado de un proceso. En la parábola del sembrador, la semilla es la constante y lo que cambia es el suelo, dando a entender la importancia de los fundamentos.
La prueba del paraguas
La Biblia nos confirma que somos lo que pensamos en Proverbios 23:7: “Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él. Come y bebe, te dirá; mas su corazón no está contigo”.
Para probar que nuestra fe marca nuestras decisiones, pensemos en el ejemplo del paraguas. Imaginemos dos personas que salen a la calle, el cielo está nublado y ambos dicen: “Parece que va a llover”, pero solo uno de ellos decidió llevar paraguas; independientemente de que llueva o no, solo uno de ellos verdaderamente ‘creyó’ que llovería y por eso decidió llevar el paraguas; el segundo, aunque dudó, pensó que no lo necesitaría. Así que, efectivamente, podemos decir que somos lo que creemos y en base a ello decidimos y actuamos.
Otra evidencia de lo que creemos está en lo que hablamos. La Biblia dice: “De la abundancia del corazón habla la boca” (Mateo 12:34). Y de ella puede salir vida o muerte, crecimiento o destrucción.
Las palabras
Me pregunto cómo administraríamos nuestras conversaciones si pensáramos que cada palabra que decimos o escuchamos fuera un ladrillo más en la construcción de nuestra vida y la de los demás. Las palabras que decimos constituyen también un fundamento en nuestras vidas, por ellas seremos juzgados y nos comprometen o liberan según cómo las utilicemos.
La Palabra de Dios es la roca, es inamovible, no pasará, pero nuestras palabras como hijos de Dios deben parecerse cada vez más a sus palabras, deben ser verdaderas, dignas de confianza. “Pero sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede”. (Mateo 5:37).
¿Salen nuestras palabras con gracia? ¿Sazonadas con sal? (Colosenses 4:6: “Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno”.)
Pienso que, así como Dios da de su Espíritu en su Palabra, nosotros los seres humanos, también tenemos la capacidad de impartir desde nuestro espíritu lo que hay en cada uno, y pueden ser semillas de vida o de muerte, edificación o destrucción.
Es impresionante la reacción que tiene toda la creación hacia la palabra del hombre. Las plantas y los animales responden con gran entusiasmo o profunda tristeza según las palabras que les pronunciemos. En casa tenemos una perra que le regalaron a mi hija en una visita, me impresiona mucho ver cómo responde al cariño y la atención que le damos, por momentos me parece que buscara especial atención de mi parte, que soy quien menos juega con ella. Las plantas también tienen extraordinarias reacciones a las palabras y está probado científicamente. La Biblia enseña que la creación de Dios anhela la manifestación de los hijos de Dios. (Romanos 8:19: “Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios”.)
Si la Palabra de Dios es nuestro fundamento, sepamos también que nuestras palabras deben ir en concordancia con ella, al recibir a Jesús hemos recibido del Espíritu de adopción (Romanos 8:15: “Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!) y como hijos, si alineamos nuestras palabras a las suyas, repartiremos semillas de vida a donde quiera que vayamos.
El tiempo
“Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora”. (Eclesiastés 3:1) El concepto y la administración del tiempo son temas muy profundos, y relacionado a los fundamentos podemos decir que es muy importante dar a cada paso su período necesario.
Hay una frase popular que dice: “No sé lo que quiero, pero lo quiero ya”, y en el andar diario vemos que en nuestra sociedad lo ‘rápido’ supera muchas veces a lo ‘importante’. Pero ¿cuánto tiempo estamos dispuestos a invertir en lo importante? Es fácil dejarse llevar por la tendencia y querer todo rápido, el problema es que hay procesos que no se deben acelerar ni retrasar, aunque se pueda.
¿Estamos dispuestos a recorrer cada paso del camino en el tiempo de Dios para nosotros? Cada decisión que tomamos puede ponernos en tiempo o fuera de tiempo, ya sea por adelantarnos o retrasarnos. Cada cosa que queramos construir en nuestra vida necesita el tiempo apropiado.
Hace unos años, cuando éramos recién casados, nos congregábamos en una iglesia grande que trabajaba con el sistema celular, así que nos sumamos al trabajo y ofrecimos nuestra casa para ser sede de una nueva célula. Nos asignaron un líder y comenzamos. Era una célula de jóvenes y creció rápidamente; al poco tiempo quien lideraba la célula me expresó el deseo de multiplicarla y desdoblarla en 3 y que yo fuera líder de una de las nuevas células. Tomé muy seriamente la propuesta y la puse en oración, no quería tomar una decisión que no estuviera dentro de lo que Dios quería para mí.
Pronto el Señor me respondió y me dijo: “Quiero que te sientes y que hagas la base”. Esto estaba referido a que los líderes nuevos tenían muchas actividades y reuniones dentro de la iglesia y Dios me decía: “Quiero que estés disponible”. Yo veía el ritmo que llevaban los líderes con todos los programas y actividades de la iglesia y casi no tenían tiempo para estar con la gente, para conocerlos bien, para charlar con ellos y escucharlos, y eso era lo que Dios me estaba pidiendo específicamente que hiciera.
Decidí obedecer al Señor y no acepté el liderazgo, quería seguir siendo anfitrión de una célula, pero no líder de una. Las personas que me hicieron la propuesta quedaron sumamente desilusionadas, lo tomaron como un acto de rebeldía. Si bien mi decisión fue respetada, hubo personas que ya no volvieron a tratar conmigo de la misma manera, esto me sorprendió mucho.
La célula efectivamente se desdobló en 3 y junto con mi esposa continuamos como anfitriones de una de las nuevas células. Esto me permitió estar precisamente ‘disponible’ para compartir tiempo, oración y oído con muchas personas en ese período. Se acercaban a mí porque, a diferencia de sus respectivos líderes, yo les brindaba tiempo para compartir, para orar juntos, para escucharlos aun cuando no tenía nada para decir.
Con el tiempo también se acercaron algunos de los nuevos líderes, esto fue muy enriquecedor para todos, en especial para mí. Todos los que compartimos esos tiempos, crecimos y nos fortalecimos espiritualmente y de allí salieron más nuevos líderes. Lo que necesitábamos era una ‘base’.
La necesidad de disponer de tiempo para establecer algo que es básico reside en la importancia de los procesos.
El proceso
Un proceso es el grupo de cosas que tienen que suceder para que algo cambie, puede ser doloroso y casi siempre requiere esfuerzo. Los procesos para establecer fundamentos suelen ser muy poco visibles para los que nos rodean, de la misma forma en que los cimientos de una casa o edificio solo los ven los constructores y al continuar la obra se vuelven tan poco visibles que casi olvidamos que están allí.
Cuando obtenemos algo bonito todos elogian el fruto sin reparar en lo mucho que nos haya costado llegar a ello. David, antes de ser Rey de Israel, tuvo muchos procesos que establecieron fundamentos en su vida.
Cuando fue pastor de las ovejas de su padre, aprendió el valor para enfrentar a los osos y leones y aprendió la comunión y adoración a Dios. Cuando enfrentó a Goliat pudo sellar ese proceso y comenzó a tratar con las relaciones con los demás, hasta allí David solo trataba con ovejas y sus depredadores. Aprendió la amistad y lealtad con Jonatan y lo opuesto con Saúl; tuvo oportunidades para mostrar su valentía (que había adquirido en el proceso anterior) y ejercitarla; tuvo que aprender cómo tratar a los amigos y a los enemigos; tuvo que ejercer creatividad para hacerse el loco y salir de apuros frente al rey de los filisteos…
En cada proceso, David incorporaba algo fundamental que aprendía y debía aplicar en algún momento de su vida. También tuvo procesos con saldo negativo, como forzar su relación con Betsabé.
Lo bueno de los procesos es que siempre traen la posibilidad de aprender, incluso aunque nos hayamos equivocado, y aquí viene otro factor importante en los fundamentos de nuestra vida, las decisiones que tomamos.
La decisión
Decidir en la vida no es una opción, somos forzados a decidir todo el tiempo, de manera que aun la indecisión es una decisión. Dios nos dice: “Puse delante de ti la bendición y la maldición, escoge pues la bendición”. (Deuteronomio 30:19)
Aunque el tema de las decisiones es muy amplio, quiero detenerme en un solo concepto principal: el tamaño. Todos sabemos que debemos decidir basados en la Palabra de Dios y conforme a su carácter revelado a nosotros por la Biblia; algo que nos cuesta un poco más es calcular el tamaño de nuestras decisiones. Lo que quiero decir es que cuando consideramos que es una gran decisión, le prestamos mayor atención, le dedicamos tiempo y buscamos consejo para tomar tomarla; en cambio, si nos parece una decisión pequeña, la tomamos ligeramente, y es allí donde cometemos muchos errores.
Salomón escribió sobre “cazar las zorras pequeñas, que echan a perder las viñas”. (Cantares 2:15). Si una zorra grande pasa por un viñedo tendrá la suficiente fuerza y altura para atrapar un racimo y alimentarse, pero no dañará la planta; en cambio, una zorra pequeña rasgará el tronco de la vid tratando de subir a la planta y la destruirá toda desde la base. Así muchas decisiones que consideramos pequeñas tienen el potencial de destruir cosas grandes en nuestra vida. Todos sabemos que es más fácil bajar que subir, así debemos cuidar nuestras pequeñas decisiones para conservar y hacer crecer aquello que hemos alcanzado.
El fruto
Hemos hablado de las herramientas necesarias para establecer los fundamentos: las palabras, el tiempo, los procesos y las decisiones, por último, veremos el fruto de un buen fundamento.
En el pasaje de los dos cimientos (Lucas 6:48: “Semejante es al hombre que al edificar una casa, cavó y ahondó y puso el fundamento sobre la roca; y cuando vino una inundación, el río dio con ímpetu contra aquella casa, pero no la pudo mover, porque estaba fundada sobre la roca”), Jesús menciona el esfuerzo que hizo quien estableció su casa sobre la roca (cavó y ahondó hasta llegar a la roca).
El gran beneficio del fundamento sobre la roca es la permanencia de la casa en pie. En nuestro tiempo parece socialmente aceptado que todo cambia, todo pasa y hay que actualizarse. Hasta cierto punto es verdad, pero se usa como excusa para dejarse llevar por la corriente y la realidad es que, si no tenemos fundamentos fuertes, la corriente nos arrastrará sin piedad. Por lo tanto ‘permanecer’ es el gran fruto del fundamento.
La Biblia nos habla mucho de permanecer: en Cristo, en el amor de Dios, en la fe, en las buenas obras, en la doctrina de los apóstoles, y permanecer en lo verdadero es una característica que el mundo nunca tendrá. La tendencia según el espíritu de este siglo es llamar a lo bueno malo y a lo malo bueno (Isaías 5:20: “¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!”), es confundir para distorsionar y destruir toda raíz de bien, aun las bases más simples del sentido común son víctimas de este siniestro avance del enemigo.
Por ello, esforcémonos, tomemos las decisiones correctas, dediquemos el tiempo que sea necesario, entremos en los procesos necesarios y cuidemos nuestras palabras y pensamientos para que la gran Roca, que es Cristo, crezca en nosotros y nuestra fe se vuelva inamovible, tal que siendo probada sea hallada verdadera y mucho más preciosa que el oro a los ojos de nuestro señor y Él nos añada la recompensa por ello.
Santiago Klimiszyn vive en Resistencia, Chaco, Argentina. Está casado con Natalia Neumann, tienen una hija pequeña llamada Micaela, han sido músicos y consejeros bíblicos en diferentes ministerios durante más de 15 años. Santiago es Licenciado en Periodismo y también se desempeña como empleado administrativo. Como familia han impulsado siempre la creación de grupos pequeños bíblicos, la consejería y el fortalecimiento de las relaciones entre diferentes congregaciones para avanzar en la unidad cristiana. Actualmente se congregan en la Iglesia Centro Cristiano de Avivamiento, de los Pastores Robert y Susana Acosta
Email: yoymicompu@gmail.com

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