Kitabı oxu: «Psicoterapia breve con niños y adolescentes»


Psicoterapia breve con niños y adolescentes
© 2020 Begoña Aznárez
Diseño de la cubierta: ENEDENÚ DISEÑO GRÁFICO
Maquetación: Reverte-Aguilar, S. L.
Correctora: Beatriz García
Directora de producción: M.ª Rosa Castillo
© 2020 Editorial Sentir es un sello editorial de Marcombo, S. L.
Avenida Juan XXIII, n.º 15-B
28224 Pozuelo de Alarcón. Madrid
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ISBN: 978-84-267-2939-2
Producción del ebook: booqlab.com
ÍNDICE
UNA ADVERTENCIA
A MODO DE INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO I: SENTANDO BASES
1. ¿EXISTE LA PSICOTERAPIA INFANTIL?
2. EL PSICOTERAPEUTA
3. EL MÉTODO
CAPÍTULO II: LA EVALUACIÓN
1. A QUIÉN RECIBIMOS PRIMERO
2. PRIMERA SESIÓN
3. SEGUNDA SESIÓN, SESIÓN CON EL NIÑO
4. LAS SIGUIENTES SESIONES DE EVALUACIÓN CON LOS PADRES
5. LAS SESIONES DE EVALUACIÓN RESTANTES
6. LA MIRADA Y EL VÍNCULO
7. LA DISOCIACIÓN
APÉNDICE 1
APÉNDICE 2
APÉNDICE 3
APÉNDICE 4
APÉNDICE 5
CAPÍTULO III: EL INFORME Y LA ENTREVISTA DE DEVOLUCIÓN
1. EL INFORME
CASO MIMÍ
APÉNDICE 6
APÉNDICE 7
APÉNDICE 8
APÉNDICE 9
CAPÍTULO IV: EL PODER DE LA MAGIA
1. INTRODUCCIÓN
2. LA TEORÍA…
3. ¿POR QUÉ LA MAGIA? LA MAGIA COMO HERRAMIENTA
4. UTILIZACIÓN DEL ESQUEMA DE LA MAGIA EN LA EVALUACIÓN PSICODIAGNÓSTICA
CAPÍTULO V: LA INTELIGENCIA EMOCIONAL EN LA PSICOTERAPIA BREVE CON NIÑOS Y ADOLESCENTES
1. SOBRE EMOCIONES
2. TAREAS ADAPTATIVAS
3. INTELIGENCIA EMOCIONAL
APÉNDICE 10
ANEXO
CAPÍTULO VI: EL TRAUMA PSÍQUICO INFANTIL Y SU ABORDAJE DESDE UN MODELO DE PSICOTERAPIA BREVE
1. DEFINICIÓN
2. ABORDAJE
3. EL TRABAJO CON LA MEMORIA IMPLÍCITA. EMDR
4. EMDR Y LA PSICOTERAPIA BREVE CON NIÑOS Y ADOLESCENTES
5. CASOS CLÍNICOS
CAPÍTULO VII: LAS TERAPIAS NARRATIVAS EN LA PSICOTERAPIA BREVE CON NIÑOS Y ADOLESCENTES
1. LAS HISTORIAS
2. NARRATIVA Y PSICOTERAPIA
3. NUESTRA PROPUESTA
APÉNDICE 11
APÉNDICE 12
APÉNDICE 13
APÉNDICE 14
CAPÍTULO VIII. LA ESTIMULACIÓN BILATERAL Y LAS TERAPIAS NARRATIVAS
1. INTRODUCCIÓN
2. REVISIÓN DE ALGUNOS CONCEPTOS IMPRESCINDIBLES
3. NUESTRO CASO: MANUEL
BIBLIOGRAFÍA
A José Luis, a Juan y a José Luis júnior. A Paloma y a Nacho.
Sin ellos no habría podido escribir este libro.
UNA ADVERTENCIA
Cuidado, tiene entre sus manos un libro cuya lectura comporta un cierto riesgo, puede herir algunas sensibilidades. Me explico: si cree en todo aquello que le hicieron memorizar en la universidad (alguno de sus profesores ni siquiera trataba pacientes, ¿recuerda?), este no es su libro; si cree que la psicoterapia con niños consiste en modificar su conducta, «adiestrarlos» para que mejoren sus resultados académicos (por ejemplo), tírelo lejos; si le parece que el psicoterapeuta que trata con niños es el equivalente al encargado del taller de chapa y pintura: «arréglemelo» y ya vengo a recogerlo cuando esté, su lectura perjudicará gravemente su autoestima; si cree, en suma, que la psicoterapia con niños es como creía que era (y las escuelas dominantes en psicología mantienen), busque en otro lado, hay muchos manuales para ello.
Begoña Aznárez ha escrito otra cosa, una obra de destilación de conceptos y práctica, de empatía y conocimiento, de biografía y relación, de Psicoterapia con Niños y Adolescentes de verdad, con todos los actores en el escenario del drama que supone la contemplación del sufrimiento familiar encarnado en esta personita.
Begoña Aznárez, en mi opinión la mejor psicoterapeuta del mundo, le ofrece, en realidad, una guía para el arte de convertirse en psicoterapeuta.
Avisada y avisado queda.
José Luis Marín
Presidente de la Sociedad Española de Medicina
Psicosomática y Psicoterapia (SEMPyP).
A MODO DE INTRODUCCIÓN
Quiero aclarar, antes de empezar siquiera, que, en general, voy a utilizar en este manual la palabra «niño» para referirme tanto a niños como a niñas, e incluso para abarcar también a adolescentes de ambos sexos. Esto simplificará mi tarea a lo largo de todo este texto, pues no tendré que nombrar cada vez a unos y a otros. Así mismo, cuando mencione a los terapeutas que trabajamos en psicoterapia con niños y adolescentes, lo haré refiriéndome en general al «psicoterapeuta infantil».
También debo añadir que, en algunos momentos, seguramente voy a hablar de «mamá» para referirme a la figura principal de apego.
Espero disculpen las molestias de todo tipo que puedan generar estas restricciones, les aseguro que es solo una cuestión de comodidad por mi parte. Gracias por la comprensión.
Creo, del mismo modo, conveniente explicitar dos o tres cuestiones más: la primera es que el modelo que propongo está diseñado fundamentalmente para trabajar en la práctica privada, que es donde yo he generado mi experiencia. Esto no implica que la línea general de actuación no sea extrapolable a otros ámbitos, pero, aun así, considero imprescindible aclararlo. En mi opinión, el enfoque y, sobre todo, la mirada me parecen extrapolables a cualquier otra esfera de intervención. De hecho, todos los años tengo alumnos en mis clases que proceden de ámbitos diferentes donde trabajan con niños en condiciones muy distintas a las que yo manejo y que me han obligado a adaptar mis respuestas a sus necesidades y siempre, siempre, hemos encontrado la manera de aplicar los principios fundamentales del modelo a las especiales circunstancias de su contexto concreto. En este sentido, por ambas partes nos hemos enriquecido, sin duda.
La segunda cuestión es que, como verán, es esencialmente común para el trabajo con niños o con adolescentes. Esto es así porque, en mi opinión, a nuestra consulta siempre viene un niño traído por un adulto, ya sea el primero un niño de 6 años que viene de la mano de sus papás, un adolescente de 16 que se debate entre ser él quien acompañe a su propio niño interno o permitir que sean sus padres quienes lo hagan (o tiene la suerte de que estos insisten en acompañarlos a los dos, a ese que parece grande de 16 y al pequeño que casi ni se ve), o bien un adulto de 43 que trae de la mano a su niño interno asustado y huidizo. A mi juicio, siempre, SIEMPRE, hay que ver, reconocer y legitimar al niño. Y es con él, por supuesto, con quien debemos trabajar principalmente.
Además, tengo que advertirles de que temo que este no sea un manual al uso y que, si bien expone un modelo bien estructurado de intervención (se desarrollan mínimamente la mayoría de conceptos teóricos), quizá echen en falta indicaciones precisas para algunas cuestiones o momentos concretos pues, por un lado, creo en la intuición y el buen hacer del clínico y la necesidad, por tanto, de verse tomando decisiones según las respuestas de su paciente y, por otro (y asociado a esto primero), considero la psicoterapia un arte. Decía Pablo Picasso que «el arte es la mentira que nos ayuda a ver la verdad». Pues eso, completamente de acuerdo con el gran maestro: cada terapeuta deberá elaborar la «mentira» necesaria y exigida para que su paciente pueda alcanzar a vislumbrar y hacerse cargo de la verdad, de su verdad. No en vano es la magia la herramienta más eficaz con la que cuenta el ser humano para hacerse cargo de la realidad. Y, necesariamente entonces, el psicoterapeuta se irá construyendo con la propia experiencia.
También quiero comentarles que pueden plantearse leer el manual sin seguir el orden en el que están expuestos los capítulos, pero lo cierto es que encontrarán más valioso, creo, hacerlo ordenadamente, pues unos epígrafes van completando y complementando a otros, y solo es posible extraer todo el jugo de alguno de ellos si se ha leído el anterior. Sobre todo, recomiendo no saltarse el capítulo IV: El poder de la magia. Es un capítulo imprescindible, en mi opinión, que incluso recomendaría leer en primer lugar, antes que nada más, pues expone las bases sobre las que estructuro todo el modelo. Si no entienden o no comparten lo que en él expongo, puede que no merezca la pena que sigan leyendo…
Para terminar, agradezco profundamente que se hayan decidido a prestar atención a lo que he escrito en este pequeño manual y espero que les sea de alguna utilidad.
CAPÍTULO I: SENTANDO BASES
1. ¿EXISTE LA PSICOTERAPIA INFANTIL?
El primer rasgo que distingue la particular manera de trabajar en psicoterapia con niños y adolescentes que propongo es mi profunda convicción de que esta (la psicoterapia infantil, digo) no existe; y que pienso que la manera en la que generalmente se ha venido desarrollando desde sus comienzos no debería seguir existiendo… No se alarmen, no quiero llamarles a la sublevación (o quizá un poco sí…). No estoy planteando con ello la organización de un movimiento en contra del ejercicio de nuestra maravillosa profesión de psicoterapeutas con los más pequeños de nosotros, no, más bien al contrario, mi intención es reivindicar la necesidad urgente de una revisión de cómo se ha venido haciendo hasta ahora. Por el bien de todos.
¿Por qué digo que no existe la psicoterapia infantil? Porque el ser humano se construye en relación. Esa relación que se va generando a través del vínculo que desarrolla con sus figuras de referencia. Y por lo mismo, su «reconstrucción», cuando se está en conflicto y este no se está pudiendo manejar satisfactoriamente, supone la revisión y actualización de ese vínculo. La intervención psicoterapéutica con niños y adolescentes es, por tanto, a mi juicio, siempre, una intervención en relación y sobre la relación. No deberíamos, pues, hablar de una psicoterapia «de», «con», «sobre» o «para» el niño o el adolescente, sino de una psicoterapia de, sobre con o para la relación de estos con sus progenitores, sus padres o, en definitiva, sus principales figuras de apego.
Y digo que no se debería seguir ejerciendo como se ha venido haciendo hasta ahora porque, a mi entender, lo que ha venido haciéndose (y todavía se practica y se demanda) tiene mucha semejanza con lo que estamos acostumbrados a hacer cuando llevamos el coche al taller: lo dejamos en las manos de un profesional convencidos de que algo funciona mal, pedimos un presupuesto, nos lo dan, lo aceptamos, nos lo arreglan y, una vez reparado, pagamos y nos lo llevamos. Pues algo así es lo que se tiende a hacer con niños y adolescentes, lo que suelo llamar psicoterapia de taller del automóvil: dejo al niño, me lo reparan y, después de pagar lo que debo, me lo llevo funcionando adecuadamente. Juzguen ustedes…
Por tanto, lo que voy a desarrollar a continuación es un modelo de intervención en psicoterapia con niños y adolescentes partiendo de la base de que es imprescindible un estudio exhaustivo de la relación. ¿Y qué supone esto? Pues profundizar en el vínculo de apego; en las influencias sistémicas sobre dicho vínculo y sobre la particular manera de expresarse en condiciones normales y en conflicto; en el peso de cuestiones aparentemente banales como el nombre que elegimos para nuestros hijos o el lugar que ocupan en la fratría, si fueron buscados o vinieron sin ser esperados, si tienen un sexo u otro, si sienten que mamá les quiso o no…; en la importancia de las supuestas pequeñas cosas del día a día como las comidas, la hora de acostarse, el juego, los deberes, la televisión, los cuentos, los amigos, los deseos, las emociones, el ejercicio físico, y si mamá y papá fuman, se quieren, se respetan, regulan adecuadamente sus conflictos, sintonizan cada uno con las necesidades del otro y las de sus hijos…, si dedican tiempo completo a la pareja y a los niños o si no paran nunca en casa…
Atendamos a los condicionamientos sistémicos, pues las familias son sistemas que tienden a favorecer la disfuncionalidad para mantener equilibrios internos y esto, con frecuencia, provoca y sostiene el sufrimiento. No voy a desarrollar mucho más estas ideas tan magníficamente expresadas por otros autores en otros libros, solo quiero insistir en no pasar por alto conceptos como lealtades, mandatos o transmisión transgeneracional… Pues estamos hablando de un concepto de vital importancia: la pertenencia. Pertenecer nos configura. Nos construimos a través de relaciones dentro de un sistema, sus leyes no nos van a ser ajenas.
Así mismo, y como ya decíamos en el párrafo anterior, el tipo de vínculo que desarrollamos con nuestras figuras de apego también supondrá un condicionante de la «construcción» de un individuo. Tampoco pretendo que sea este el espacio donde explicar y profundizar en la teoría del apego fundada principalmente sobre la figura de John Bowlby (psiquiatra-psicoanalista infantil británico experto en separación y pérdida), pero sí, una vez más, invitar a su estudio y, desde luego, resaltar la importancia de su conocimiento y consideración a la hora de trabajar en las consultas de psicoterapia. En este sentido, no nos pueden ser ajenos conceptos como sintonía emocional, regulación, base segura o modelos de funcionamiento internos.
Como me gusta decir en clase, el niño nunca viene solo a la consulta, trae tras de sí mucho más de lo que podemos imaginar a simple vista. Así que, no echemos un simple vistazo, miremos despacito, con lupa y tomemos nota con buena letra…
No soy la primera, ni mucho menos, en reclamar este tipo de mirada sobre el ejercicio de la psicoterapia infantil, pero, después de muchos años de experiencia, me gustaría compartir lo aprendido y, de esta manera, aportar mi granito de arena.
2. EL PSICOTERAPEUTA
Otra cuestión importante que conviene aclarar desde el primer momento, está relacionada con el papel que desempeña el psicoterapeuta en esta compleja intervención con el niño y sus padres. Por mi experiencia, creo que podemos hablar de tres tipos fundamentales de terapeutas infantiles:
1. Aquellos que se creen salvadores. Sienten que lo son tanto del niño como de la familia.
2. Los que van de víctimas. Son esos que se quejan permanentemente de los papás de los niños convencidos de que ese crío estaría infinitamente mejor con ellos.
3. Los que resultan unos auténticos perpetradores. Estos, frecuentemente, se alían con los padres en un discurso rancio y caduco en el que conceptos como disciplina y «eran otros tiempos» se blanden como espadas frente al niño.
Me parece imprescindible crear consciencia del peligro de caer en una de las posiciones del «triángulo dramático». Es fácil hacerlo, pues tendemos a colocarnos enseguida en uno de esos lugares cuando nos relacionamos. Así pues, debemos trabajar con consciencia y no perder mentalización a la hora de manejarnos en la consulta. Y si lo hacemos, hagamos lo que sea para darnos cuenta (preferiblemente supervisión que es algo sano, saludable y yo sostengo que imprescindible para el adecuado ejercicio de nuestra profesión…)
Me gusta el término de tutores de resiliencia que propone Boris Cyrulnik. «Hacer que nazca un niño no basta, también hay que traerlo al mundo», dice este autor. Seamos esas figuras que acompañan a padres e hijos en la experiencia de incorporarse en el mundo, esas que sostienen, evitan juzgar, escuchan, estudian, apoyan, limitan, dirigen, acompañan, comprenden, anticipan, aportan… Esas que saben de necesidades y las tienen en cuenta, y han aprendido a hacerlas ver y comprender y legitimar y cubrir. Esas que reconocen el miedo y sus diferentes maneras de expresión. Que dejan los miedos y las necesidades personales a un lado para focalizar en las de los padres y el niño, y que son expertas en localizar recursos, habilidades y talentos que tan fuera quedan de la narrativa que se escucha en las primeras sesiones, cuando los padres, el colegio y los pediatras bombardean con todo lo que supuestamente anda mal en el niño. Fomentemos el trabajo en equipo, en relación. Trabajemos juntos y disfrutemos juntos de los éxitos que esto conlleva.
Vuelvo a utilizar las palabras de Boris Cyrulnik: «Si concebimos que un ser humano no puede desarrollarse más que tejiéndose con otro, entonces, la actitud que mejor contribuirá a que los heridos reanuden su desarrollo será aquella que se afane por descubrir los recursos internos que impregnan al individuo, y, del mismo modo, la que analice los recursos externos que se despliegan a su alrededor».
Debo añadir que, aunque me gustan las familias y hablaré de ellas y de sus circunstancias, no estoy proponiendo una clásica intervención familiar. Hay muchas diferencias entre los modelos de intervención psicoterapéutica familiar y el modelo que aquí presento. Pero no son incompatibles, por supuesto. En cada caso habrá que decidir la idoneidad de un tipo de intervención u otra y, a veces, será necesario complementarlas para obtener los resultados óptimos.
Y a modo de compendio para terminar el capítulo, querría expresar que se hace evidente que, en este modelo, la participación de los padres en el supuesto proceso psicoterapéutico de sus hijos es incuestionable.
3. EL MÉTODO
El método que les ofrezco en este manual supone comenzar por una buena evaluación. Como les comentaré más adelante, no concibo una intervención en psicoterapia sin un psicodiagnóstico. Creo que puedo asegurar que solo me lo salto cuando tengo muy claro que la demanda encaja en la categoría de trauma simple. Y, aun así, un par de días de recoger información imprescindible para confirmar que podemos aseverar ese diagnóstico, son estrictamente necesarios. En ese caso, intervengo con EMDR sobre el acontecimiento que considero responsable de la sintomatología y no enredo más, a padres e hijos, en un proceso tan largo y complejo, como, lógicamente, innecesario.
Pero los casos de trauma simple que vemos habitualmente en la consulta son los menos. Por ello, aunque expongo la forma de intervenir en estos casos en el capítulo VI sobre el trauma infantil y la ejemplifico con un caso, con lo que me voy a extender a lo ancho y largo del manual es con un modelo que comienza con una evaluación. El capítulo siguiente la explica detalladamente e incorpora un apéndice donde se recogen los puntos (y las comas…) de cada parte del proceso a lo largo de cinco sesiones.
Después, vemos en el capítulo III, el que se titula El informe, un esquema detallado no solo de lo que hemos recogido durante la evaluación y de cómo explicárselo a los padres en la entrevista de devolución, sino también un resumen argumentado de cómo estructuramos la intervención que explican los capítulos del manual dedicados a la inteligencia emocional, el trauma infantil y las terapias narrativas, pues son los elementos clave, a mi entender, sobre los que sostener los cambios que deseamos operar en la relación padres-hijos.