Kitabı oxu: «El lienzo»

| Stein, BenjaminEl lienzo / Benjamin Stein. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Adriana Hidalgo editora, 2021.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descargaTraducción de: Claudia Baricco.ISBN 978-987-8388-44-11. Narrativa Alemana. I. Baricco, Claudia, trad. II. Título.CDD 833 |
narrativas
Título original: Die Leinwand
Traducción: Claudia Baricco
Editor: Fabián Lebenglik
Diseño: Gabriela Di Giuseppe
1a edición en Argentina
© 2010 Verlag C.H. Beck
by VERLAG C.H.BECK oHG, München
www.chbeck.de
Este libro fue negociado a través de Ute Körner Literary Agent, S.L., Barcelona - www.uklitag.com
© Adriana Hidalgo editora S.A., 2021
www.adrianahidalgo.com
Maqueta original: Eduardo Stupía
ISBN Argentina: 978-987-8388-44-1
Queda hecho el depósito que indica la ley 11.723
Prohibida la reproducción parcial o total sin permiso escrito de la editorial. Todos los derechos reservados.

La traducción de esta obra fue subsidiada por el Goethe-Institut, que cuenta con el apoyo financiero del Ministerio Federal de Relaciones Exteriores de Alemania.
Índice
Portadilla
Legales
Notas preliminares
Zichroni
1
2
3
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5
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9
10
11
Glosario
Notas preliminares
Wechsler
1
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8
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Glosario
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Dos senderos principales y senderos secundarios que van entrecruzándose nos conducen a través de esta novela. Detrás de cada portada se halla un posible punto de partida de la trama. Queda, pues, librado a usted o al azar por dónde comenzar a leer. Puede usted seguir la historia hasta la mitad del libro, luego darlo vuelta y continuar desde el otro lado. Para tomar alguno de los senderos secundarios no tiene más que dar vuelta el libro al cabo de cada capítulo y retomar la lectura de la otra línea narrativa allí donde usted había dejado antes. También, por supuesto, puede usted elegir libremente su propio camino.
Zichroni
No sabemos qué es verdad,
dices tú. Lo único que podemos decir
es qué es lo que cuenta.
1
Durante mucho tiempo creí que yo tenía algo así como un sexto sentido. No es que viera muertos o algo parecido que se hubiese podido considerar sobrenatural. Más bien lo contrario. Me parecía que poseía una capacidad para percibir aquello verdaderamente vital en las personas, una capacidad para percibir aquello que las movía o que les impedía hacer algo, ese núcleo que quizás ellos mismos en un momento de franqueza hubieran denominado su yo.
La esencia de una persona no está escrita en su rostro. No se puede percibir en el sonido de su voz. No se puede oler y ni siquiera se siente su sabor en la gota de sudor en la sien en el instante del miedo. Si uno pretendiera confiar en el tacto, estaría completamente perdido, pues el que toca y el que es tocado se confunden en el contacto, y uno no puede decir nunca si en ese momento uno no percibe más de uno mismo que del otro que es a quien uno aspira a conocer. Y tampoco es una mezcla de todo esto.
No, aquello de lo que hablo no se puede percibir por medio de los sentidos habituales. Es una combinación de todas las percepciones táctiles, todos los olores, sonidos, imágenes y sabores con los que se han cruzado nuestros sentidos a lo largo del tiempo y que no hemos olvidado. Nuestros recuerdos son los que hacen de nosotros lo que somos. Nuestra memoria es el verdadero asiento de nuestro yo.
Los recuerdos, empero, son mudables; están siempre dispuestos a cambiar. Cada vez que recordamos algo modificamos, filtramos, separamos y unimos, añadimos, dejamos algo de lado y así paulatinamente con el transcurso del tiempo vamos reemplazando aquello que fuera originalmente por el recuerdo del recuerdo. ¿Quién podría decir entonces qué ocurrió realmente una vez?
El olvido, afirma a la ligera alguno de mis colegas, es la costra de la psiquis. Pero así como debajo de la costra crece nueva piel para completar el proceso de curación, también debajo del olvido surge algo nuevo. He podido observar esto una y otra vez en mis clientes. Pues aquel sexto sentido que constituyó la base de mi éxito como psicoanalista y en el que siempre pude confiar fue: un sentido de los recuerdos.
Yo podía oler, gustar, sentir y ver los recuerdos de otras personas, y no estoy seguro de si debo llamarlo un don. Pues de hacerlo debería preguntarme: ¿un don otorgado por quién? Y allí de donde vengo sólo existe una respuesta a esta pregunta: Ha-kadosh Baruj Hu –el Santo, bendito sea Él– o si no Satán, el eterno Tentador, y estaría sólo en mí ofrecer la evidencia del verdadero origen de este don. Pues todo don, me dirían, contiene tanto un dejo de bien como de mal y en última instancia está en manos de quien lo recibe convertirlo en una bendición o en una maldición.
Yo tenía quince años cuando una marea de imágenes, sonidos, olores y sentimientos penetró en mí como un metal al rojo vivo extinguiendo de mi ser todo rastro de rasgo infantil y todo vestigio de mi infancia. Yo estaba sentado frente a mi padre, con la cabeza gacha, esperando que me impusiera una penitencia que bien podía presumir que cambiaría violenta e irrevocablemente mi vida.
Pero creo que debo volver un poco atrás en la historia para que se pueda comprender la naturaleza de ese instante en el que probablemente se haya decidido mi vida, y para poder transmitir una sensación del tipo de castigo que yo esperaba en ese momento. Cuando digo violentamente, no me refiero con ello a ningún castigo corporal. Era más bien la violencia del corazón, el que, al partir de la absoluta convicción de estar haciendo lo único correcto, sofoca dentro de sí todo sentimiento encontrado.
Nací en el barrio de Meah Shearim, en Yerushalayim. El primer varón después de tres niñas y cinco años y medio menor que mi hermana mayor. Aquello no era algo inusual en nuestro vecindario. Sólo la edad de mis padres podía haberse considerado llamativa, pues ambos pasaban ya bastante la treintena. En un lugar como aquel sólo había tres explicaciones posibles para esto. O bien habían tardado en casarse porque en sus familias había habido algo no del todo kosher: el fatídico influjo de un mal de ojo, por ejemplo, sinónimo de una perniciosa melancolía; o si no irrefrenables teives que, líbreme Dios, habían apartado a un miembro de la familia del único camino verdadero de la Torá. La segunda posibilidad que entraba en consideración era que no fuera su primer matrimonio. La tercera explicación posible, esto es, que sus raíces judías no pudieran rastrearse hasta los pies mismos del Monte Sinaí, no hubiera constituido mácula menor.
En una sociedad donde rigen las más estrictas normas basta con apartarse mínimamente de lo que se espera para que ya se sospeche de uno. Y quizás era por eso que yo a menudo tenía la sensación de que mis padres siempre hacían un poco más de lo que parecía necesario, que siempre estaban un poco más dispuestos que los demás a ceñirse a la estricta línea de lo que se esperaba; para de este modo ser, si no reconocidos, al menos aceptados.
El apartamento de mis padres era pequeño. Había tres cuartos. Uno era el de las niñas. El segundo pertenecía a mis padres y estaba cerrado con llave. En el tercero, el más grande, apenas si cabían una alacena, un estante con las ediciones de los comentarios de Rashi y la Guemará, una mesa extensible para comer y el número justo de sillas para los miembros de la familia y uno, dos huéspedes. Allí se desarrollaba la vida familiar, pues las cocinas –había incluso dos, la cárnica y la láctea, a un lado y otro del pasillo– eran tan minúsculas que apenas si cabían allí un fregadero, una cocina y una angosta mesada.
Mi nacimiento constituyó una bienvenida ocasión para buscar un nuevo apartamento. Era impensable que yo compartiera el cuarto con mis hermanas; y el cuarto de mis padres era tabú. Permaneció cerrado con llave. Incluso si hubiesen querido colocar mi cama allí, hubiera sido sólo una solución de corto plazo, pues no estaba permitido que los niños durmieran más de un año, quizás dos, con sus padres.
El nuevo apartamento quedaba a pocas cuadras del viejo. Para la mudanza mis padres pidieron prestado un carro de carga de madera. Dos muchachitos de la casa de al lado ayudaron a cargar las cosas. Y esto aunque los vecinos desaprobaban abiertamente que nos fuésemos del barrio. Es que la nueva casa, si bien no quedaba a más de doscientos metros de la otra, pertenecía ya a otro mundo.
Nos mudamos a la Rechov Malkei Israel, en el barrio de Geula, nombre que significa algo así como redención. Al hacerlo no sólo cruzamos una frontera lingüística –allí no se hablaba ídish, sino ivrit–, sino que también hicimos un viaje en el tiempo de aproximadamente cien años y descargamos nuestro mobiliario y nuestros enseres del hogar en otro continente del mundo judío. En Geula no se veían sólo sombreros negros. Y el hecho de que mi padre abriera un negocio y de que en lugar de pasarse de la mañana a la noche inclinado sobre los libros sagrados lo hiciera sólo una o dos horas al atardecer no era allí motivo para romper una amistad.
Desde aquel instante previo a que me comunicaran mi castigo sé que aquella mudanza salvó no sólo mi vida, sino también la de mis padres. Ya sólo a unos pocos cientos de metros del centro de la santidad deben haberse sentido infinitamente más a gusto, mucho menos bajo la presión de tener que demostrar algo y, como lo sé desde aquel instante, de tener que fingir.
Durante años, sin embargo, no tuve ni la menor idea de esto. Es que no fue que mi padre se liberara, por ejemplo, del caftán. Y obviamente a mí me envió a la cheder de nuestro antiguo barrio, donde aprendí a leer y también los distintos tipos y el orden de los sacrificios en el antiguo templo. Y como yo aprendía bien y no llamaba la atención, no fue menos obvio que luego no entrara en consideración ninguna otra yeshivá que la que quedaba junto a aquella cheder. Y seguramente se asumía que cuando tuviera diecinueve o veinte años y estuviera casado y acabara de ser padre, estudiaría en el mismo kollel en el que lo hacía mi padre por las tardes luego de cerrar el negocio. Todo como era debido y como si no hubiera cambiado nada, salvo que el Eterno no había querido hallar ninguna vivienda adecuada para mi familia en Meah Shearim y por eso nos había enviado fuera a Geula; ¿como una prueba quizás?, ¿quién podía saberlo?
Más fácil de resolver fue el interrogante de qué era lo que se escondía detrás de la puerta permanentemente cerrada del cuarto de mis padres. La respuesta fue literalmente puesta a mis pies, bajo la forma de una de las dos llaves que mis padres solían llevar siempre consigo.
Al principio no supe de quién era esa llave que un día encontré directamente delante de la misteriosa puerta. Pero moría por averiguarlo, pues no podía creer que después de tantos años hubiese caído en mis manos por descuido. Cuando finalmente, tras hesitar unos instantes, abrí la puerta y entré en la habitación prohibida, menos lo podía creer aún. Al cabo de unos breves segundos de apresuradas miradas y sin haber cambiado nada de lugar en el cuarto, ni haber tocado siquiera, descubrí cuál era el secreto.
Era diciembre. El cielo flotaba, fresco y claro, sobre los portales del barrio, y la luz del sol penetraba en la pequeña habitación a través de las ventanas que daban a la calle. Iluminando lo oculto hacia lo que me condujo directamente. Lamiendo las paredes, el armario, la cama, dirigió mi mirada hacia una angosta estantería, alta hasta el techo y llena de libros... libros goy, libros prohibidos.
Era una estantería de ensueño, llena de un conocimiento que yo había anhelado, un conocimiento que hacía estallar los límites del cosmos de las estrechas calles y callejuelas de nuestro barrio y podía transportarme más allá de las estrictas fronteras dentro de las que yo vivía. En las hileras de libros que tenía delante había libros de autores sobre los que mi padre me había contado unos pocos días atrás, como si se hubiera sentido urgido de ponerme sobre la pista, de incitarme a develar el misterio y abrir esos libros como una puerta a un espacio hasta ese momento prohibido y cuidadosamente cerrado con llave que durante mucho tiempo le había estado reservado sólo a otros.
Los nombres –de Freud, Jung, Poe y Wilde– habían surgido en una conversación que habíamos tenido sobre el tratado del Talmud que yo estaba estudiando en ese momento en la yeshivá, el Berajot. Casi lo estaba terminando cuando, al cabo de muchos grandes folios llenos de astutas deducciones de leyes, me había topado con uno de esos pasajes agádicos que eran los que más me gustaban, pues eran pasajes plenos de emoción: nada de leyes, nada de cálculos sino: historias; e historias sobre sueños, su interpretación y su significado; dos cosas que, como yo había aprendido en la Guemará, eran dos cosas absolutamente diferentes.
Con la frase inicial de aquel pasaje había tenido problemas: Un sueño no interpretado, decía allí, es como una carta no leída. Y luego decía: Todos los sueños siguen la boca. No importaba, enseñaban los sabios, qué viéramos en un sueño, este sólo alcanzaría significado a través de su interpretación. Ahora bien, una vez pronunciada la interpretación, esta cobraba existencia y se cumpliría.
¿Pero por qué había que abrir la carta?, le había preguntado yo a mi padre. Y si debía ser así, ¿por qué había que dejar que otro lo hiciera, cuando la interpretación podía imprimir a nuestra vida un rumbo fatal que no habría tomado de no haber uno soñado o al menos de no haberse interpretado el sueño?
Yo tampoco entendía por qué, si un sueño en sí carecía de valor, luego, siguiendo la boca de su exégeta, tendría la potencia para transformar nuestras vidas, para traernos fortuna o desventura; así como así, como si Dios hubiera lanzado los dados sin importarle en lo más mínimo cómo cayeran. Y si al final de todo esto era efectivamente así, había preguntado yo, entonces: ¿es que realmente debíamos soñar o no?
Claro que sí, dijo mi padre. Los sueños, insistió, tenían absolutamente el poder de transformar nuestras vidas. Pruebas de ello había de sobra y también buenas razones para confiar a otros la interpretación de nuestros sueños. Nosotros sólo éramos capaces de ver en ellos lo que nuestro yo estaba dispuesto a ver. Y lamentablemente algunas almas estaban condicionadas a ver catástrofes en cada señal, como remolinos de tinta en las aguas más cristalinas, mientras que otros, en cambio, no verían ni la sombra de un peñasco gigante, ni siquiera cuando esta se cerniera sobre ellos y todo a su alrededor se sumiera en la oscuridad.
¿Pero qué tipo de pruebas debían ser?, pregunté. Le pedí que me diera ejemplos más concretos que los del Talmud, que me parecían demasiado de otra época como para poder tomarlos como referencia. Y mi padre me contó sobre “El pozo y el péndulo” de Poe y relacionó esta historia con las curaciones de los psicóticos en la cueva de serpientes, con el hombre lobo y con El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde, una novela en la que la puñalada al corazón asestada a un retrato mata al hombre pintado en él.
Yo no tenía ni idea de cómo sabía mi padre todo aquello. Poe y Wilde no aparecían ni en la Torá ni en el Midrash y de poesía se hablaba en la yeshivá a lo sumo cuando se trataba de himnos a los querubines y serafines que rodeaban el trono del Eterno.
Yo escuchaba con atención a mi padre. Cuán importante era soñar, había dicho al final alzando las cejas, eso ya lo sabíamos por Isaías. Según el profeta, la palabra sueño no significaba otra cosa más que la expresión de un deseo: ¡que me fortalezcas!
¡Que me fortalezcas...!, dije entonces susurrando para mis adentros. Me encontraba frente a un estante lleno de sueños y no tenía más que extender la mano para dejar que me fortalecieran; no quería esperar un segundo más. Mi mirada se desplazó agitada por los lomos de los libros. Conteniendo el aliento extendí la mano y tomé un delgado volumen que supuse me resultaría fácil de esconder.
En la viñeta de la tapa se veía a un joven dandy. Estaba sentado en un sillón de cuero delante de un caballete, fumando. Tenía el cigarrillo colocado en una larga boquilla de plata; entre sus dedos parecía como si sostuviera con gracia irreverente un pincel. Pero no estaba pintando. Lo que hacía era contemplar un ligero paño negro que cubría la pintura que estaba en el caballete dejando así abierto a la fantasía del observador imaginarse qué era lo que estaba pintado en el lienzo que había detrás.
Ese libro, pensé, era para mí. Estaba absolutamente convencido de haber hecho la elección correcta. Robaría El retrato de Dorian Gray, y esperaba que mi falta sólo se hiciera visible como un purpúreo resplandor sobre un lienzo cuidadosamente cubierto y no en mi rostro, de modo que nadie pudiera descubrir en él mi delito.
Oculté el libro debajo de mi camisa, me aseguré de no haber tocado nada ni haber cambiado nada de lugar y salí de la habitación sin volver la vista atrás. Cerré la puerta lo más silenciosamente posible, giré la llave, la saqué de la cerradura y volví a dejarla en el mismo sitio donde la había encontrado antes, a un palmo de distancia del umbral de la puerta.
Escondí el libro en mi cama. Pasé el resto del día yendo de un lado a otro con las manos frías y el corazón agitado. Cada tanto iba como si fuera casualmente hasta la puerta de la habitación de mis padres para cerciorarme de que la llave seguía allí. En un momento al atardecer, cuando ya estábamos todos en casa y yo volví a echar un vistazo, la llave había desaparecido. Nadie la mencionó, ni para decir que se había perdido ni que la habían encontrado. De no haber existido ese botín de ensueño que tenía debajo de mi colchón, no hubiera podido decir a ciencia cierta si alguna vez realmente la llave había estado delante de la puerta y yo había entrado en el cuarto. Todo aquello podía haber sido también parte de un sueño en el que había caído inmerso mientras reflexionaba sobre las palabras de mi padre, para quien los sueños eran medicina.
Leí las primeras páginas del libro por las noches, en el baño. Pero hasta de noche me daba miedo que llamara la atención si me quedaba más tiempo allí. En la cama no me animé a leer, pues no estaba permitido leer los libros sagrados en la cama. Si alguien entraba en ese momento a mi cuarto y me encontraba leyendo en la cama, iba a tener que dar explicaciones de inmediato. Finalmente, que yo me pasara las noches en el escritorio y siguiera estudiando el Talmud quizás me lo creerían, pero se preocuparían de que esto me robara el sueño. Con toda facilidad aquello podía derivar en un pequeño interrogatorio en el transcurso del cual yo a lo mejor me delataría.
No, no podía leer el libro en casa. Pero me moría de intriga. Había conseguido leer lo suficiente como para tener una primera impresión de quiénes eran el pintor Basil Hallward y Lord Henry Wotton y para echar un breve vistazo al retrato de Dorian Gray que acababa de ser terminado: un inocente cuadro que aún no dejaba sospechar en lo más mínimo en qué habría de convertirse. El diálogo entre Harry y Basil ya no había logrado entenderlo cuando había hojeado las páginas en el baño. Debía volver a empezar a leer desde el principio y leer y leer, lo más rápido posible.
Que el instinto del mal hace enloquecer a una persona es algo que le había oído decir al rabino con bastante frecuencia. El instinto del mal anidaba en nosotros, nos susurraba argumentos al oído, nos manipulaba a nosotros y a nuestra razón para finalmente ofuscar completamente nuestro espíritu y tomar posesión de nosotros. Así era cómo comenzábamos a hacer el mal con la firme convicción de que lo que hacíamos no estaba en absoluto mal. Así de hábil era el Entorpecedor y el Tentador. Y precisamente por ello había que estar atentos y resistirse a él donde fuera que su susurrante voz se elevara para hacernos débiles.
Es el día de hoy que no podría afirmar con seguridad cuándo y qué me susurró. Pero lo que sé es que no me resistí. La curiosidad me hizo escuchar y seguir de buen grado cada una de las argumentaciones que virtió en mis oídos. Claro que sí recuerdo ese instante que fue su primera verdadera victoria, ese instante en el que giré la llave en la cerradura de la puerta del cuarto prohibido. Y también recuerdo el triunfo del Tentador cuando tomé el libro del estante y me lo guardé debajo de la camisa. Debe haber reído. Yo no tenía ni idea de cuán rápidamente iría barranca abajo con mi juicio.
Ya a la mañana siguiente no resistí más. Saqué el libro de debajo del colchón y lo llevé a la yeshivá. Cuando llegué allí, lo escondí debajo de mi volumen del Talmud y esperé con ansias que el rabino se retirara del aula después de su droshe matutina y nos dejara estudiando de memoria el fragmento del día.
Cuando al final se fue, saqué El retrato de Dorian Gray de debajo de los folios. Coloqué mi Guemará, abierta en la página correspondiente, en el atril. Delante coloqué el libro robado. Y en serio creí que nadie se daría cuenta de que yo ese día no estaba estudiando; al menos no los caminos de Dios, sí los de la literatura.
En el profundo silencio de la sala de estudio y con la falsa seguridad que yo sentía, avancé rápidamente. Mis ojos se fueron deslizando volando por las páginas. Fui absorbiendo el texto renglón por renglón, página por página. Una y otra vez cerré los ojos para imaginarme vívidamente la escena que describía Wilde. Y lo lograba.
En un momento tuve incluso la sensación de que ya no me encontraba más en Yerushalayim, sino en el atelier de Basil Hallward o en el salón de Dorian Gray. No sólo veía el retrato delante de mis ojos, sino que sentía que hasta podía tocarlo. Palpé la primera pequeña mancha escarlata que apareció en la pintura, y no estuve seguro de si aquella falta que se había hecho visible y palpable era realmente la de Dorian Gray y no quizás la mía.
Había cerrado los ojos. Había entrado en un sueño. La sensación era cálida, auténtica y electrizante. Había pasado a otro mundo.
El rabino, empero, no estaba soñando. Cuando de pronto sentí su pesada mano sobre mi hombro, abrí los ojos. Pero no lo miré. Me quedé inmóvil. Aún existía una mínima chance de que no se hubiera dado cuenta de lo que me había ocurrido. Al fin y al cabo podía suceder que uno se quedara dormido un instante sobre los libros. Él tomó el libro, lo cerró y echó un rápido vistazo a la contratapa donde, de haberse tratado de un libro hebreo, hubiera debido encontrarse el título. Creo que lo hizo automáticamente, pues ese era el lado del que era de suponer había abierto siempre los libros que había considerado dignos de lectura. Pero de ese lado lo único que figuraba era el número de registro del libro y el nombre de la editorial –Penguin Books–, nada más. Entonces se detuvo un instante, y yo pude sentir literalmente el desprecio que se iba alzando en su interior.
Tú, dijo y lo hizo con voz muy, muy baja mientras se inclinaba sobre mí, recoges ahora mismo tus cosas y te vas a tu casa. Y le dices a tu padre que venga a verme. Puede recoger el libro en la oficina del Rosh Yeshivá.
Tú..., y lo dijo susurrando tal como lo había hecho con el primer tú y hesitó un momento, evidentemente estás en el sitio equivocado.
¿Qué pasó?, preguntó mi padre cuando conforme a mi deber le comuniqué que me habían enviado de vuelta a casa y que él tenía que ir a hablar con el Rosh Yeshivá.
Estaba soñando, respondí, lo cual no dejaba de ser verdad. Mi padre se quitó las gafas y me miró a los ojos.
¿Eso es todo?, preguntó.
Sí, eso es todo, mentí aumentando con ello aún en un buen grado más mi falta. No tenía ni idea del tipo de castigo que me esperaba. Sólo podía presumir que sería uno de proporciones bíblicas. Al fin y al cabo no sólo había manchado de vergüenza mi propio nombre, sino también el de mis padres. ¿Qué opinión merecían padres que no podían mantener a sus niños alejados de la barata y mundana inmundicia de las novelas en inglés? ¿Qué se podía esperar de la educación que se podía impartir en un hogar que no estaba en condiciones de impedir siquiera que yo llevara incluso esos libros a la yeshivá, exponiendo imprudentemente a mis compañeros a esas mismas perniciosas influencias?
Durante algunas horas aún, quizás hasta el día siguiente, y aunque presa del miedo, yo podría continuar con mi vida actual, pues mi crimen no se había hecho público aún. Un paño negro cubría todavía el cuadro con la imagen de mi alma ahora manchada por mis sueños y las insinuaciones del Tentador. Sólo por un breve tiempo más continuaría siendo un muchacho normal de quince años de una familia jaredí de Geula...
Estuve en capilla sólo dos horas y media. Mi padre no hesitó un momento y salió para dirigirse a la oficina del Rosh Yeshivá. Jamás supe exactamente lo que se habló allí.
Esperé en mi habitación. Sentado en la cama con las piernas flexionadas contra mi pecho, con la vista fija, a través de la puerta abierta, en la desierta mesa de la sala, con el mantel de hule con flores de malva color rojo-púrpura que se ponía los días de semana y, en el centro, la frutera de plata llena de manzanas verdes. Traté de imaginarme cómo recibiría el Rosh Yeshivá a mi padre, cómo iniciaría la conversación y cómo se iría transformando el rostro de mi padre cuando el director le extendiera lentamente el libro por encima del gran escritorio y mi padre lo reconociera: aquel sueño bajo la forma de páginas impresas que yo, su hijo, había sustraído de la secreta cámara del tesoro.
Cuando regresó finalmente, al principio sólo pude oírlo. Dejó su sombrero sobre el pequeño armario que estaba junto a la puerta, se quitó el caftán y lo colgó cuidadosamente en una percha. Por lo que podía oír, sus movimientos parecían de algún modo enlentecidos. Pensé que quizás quería detener el tiempo o al menos estirarlo, alisar sus arrugas para no tener que encontrarse y no tener que hablar ya mismo conmigo. Efectivamente no vino a mi cuarto. Por la puerta abierta lo vi sentarse en su silla a la mesa del comedor. Apoyando los codos sobre esta, hundió el rostro entre sus manos.
No creo que estuviera llorando. Pero seguramente sopesaba mentalmente los posibles desenlaces de esta historia que yo había echado no sólo sobre mis espaldas, sino sobre las de él y las de toda nuestra familia. Y estoy seguro de que mientras lo hacía sabía perfectamente que yo estaba sentado en mi cama observándolo.
Quizás, pensé, aquello ya era parte del castigo: hacerme presenciar su desconcierto y soportar su silencio. Un silencio en el cual, como un pequeño planeta en medio del espacio infinito, no existía en ese momento nada más que la cabeza de mi padre apoyada en sus manos, atravesada seguramente por miles de pensamientos, llena de susurros y quizás también de gritos en los que se sopesaban y descartaban castigos y muestras de afecto, y donde reproches y palabras de apaciguamiento luchaban por ganar la supremacía.
No pude soportarlo. Me levanté de la cama, atravesé muy lentamente la puerta, me dirigí hacia donde estaba él y me senté a su lado en la mesa. Dos minutos, tres quizás, permanecí sentado mudo junto a él, silencio contra silencio, como si el tiempo entre nosotros se hubiera congelado y se hubiera detenido. Uno de nosotros, pensé, debe reaccionar, decidirse a hacer un movimiento, a pronunciar una palabra y así quebrar el silencio. Y cuanto antes sucediera esto, mejor.
Mi padre, empero, no reaccionó. Parecía que apenas respiraba. Quizás ya no se encontraba más allí, había emprendido un viaje que lo había llevado lejos de mí, de aquel cuarto, de nuestros vecinos, de nuestro barrio, a lo mejor hasta muy lejos de la ciudad. Yo quería que retornara y hablara conmigo, no importaba lo terrible e irrevocable que pudiera ser lo que tuviera que decirme.
Podía pronunciar el nombre del Eterno, pensé. A lo mejor era de buen agüero y hacía que se despertara. Al verse en la necesidad de responder, lo sacaría de ese estado ausente. Y así fue pues que extendí la mano en dirección a la frutera de plata que había en el centro de la mesa. Tomé una manzana y susurré: Alabado seas tú, Señor nuestro Dios, Rey del Universo, creador del fruto de este árbol.
Dio resultado. Mi padre respondió.
Amén. Lo dijo en voz baja, como si no fuera más que un tímido intento de respuesta. Y cuando di ruidosamente un mordisco en la manzana, alzó la cabeza y me miró.
Tiempo después yo me preguntaría una y otra vez qué podía haber sido lo que había desencadenado aquel aluvión de imágenes, sonidos y sentimientos que siguió luego. ¿Había sido el nombre del Eterno? ¿Había sido aquel penetrante ruido de la manzana partiéndose entre mis dientes, ese ruido que había roto aquel silencio que apenas unos instantes antes se había elevado como un muro insoslayable entre mi padre y yo? ¿O era que la insoportable tensión que había sufrido durante horas y que de pronto había cedido al morder la manzana me había preparado para ese instante en que aprendí a ver, oler, oír y sentir de un modo totalmente nuevo para mí? No lo sé.
No podía masticar. El trozo de manzana ardía en mi lengua y en un instante mi boca se inundó de saliva. Pero tampoco podía tragar y el líquido me corrió por la comisura de la boca mientras mi mirada, dominada por una fuerza invencible, quedaba clavada en las pupilas de mi padre. Tuve la sensación de penetrar en él con mi mirada, de caer en sus ojos y hundirme en ellos. Fui dando tumbos, caí, envuelto en el aroma de infinitas matas de malvas, sumergido en la acidez de la manzana verde en mi boca. Un resplandor plateado había ante mis ojos, y cuando los cerré porque la luz me enceguecía, desde lo lejos o más bien surgiendo de una profundidad inalcanzable me llegaron los sonidos de un violín.
Vi a mi padre empacando cajas. Detrás de él, de un tamaño tan pequeño que no era natural y como flotando sobre su hombro izquierdo, descubrí a un niño. Estaba jugando; pero mi padre sólo escuchaba el ruido de las hojas que estaba ordenando. Estaba ocupado sacando papeles de carpetas y rompiéndolos en pedazos minúsculos, pila por pila, carpeta por carpeta. Luego se volvió y tomó libros de una estantería. Los fue empacando cuidadosamente en cajas pero no sin antes haberlos hojeado rápidamente, quizás para cerciorarse de que no había quedado ninguna nota de papel entre sus páginas. Pues algo era evidente: los papeles de las carpetas le pertenecían. O mejor dicho: le habían pertenecido y en ese momento precisamente lo que estaba haciendo era abandonar estas posesiones y destruir todo lo que pudiera haber anotado alguna vez en esas páginas.
Apiló los libros en las cajas. Una mano invisible fue sacando una tras otra de allí. Al final él quedó en medio de una pila de pedazos de papel en un cuarto vacío. Y también los pedacitos de papel se esfumaron; y recién cuando ya sólo quedaron muy pocos, dos puñados quizás, se inclinó y los recogió. Los sostuvo como si hubiera sacado agua de una fuente. Y para que los valiosos restos de su ataque destructivo no se le escurrieran por entre los dedos, los acercó a los labios y los lamió con la lengua. Se introdujo los pedazos de papel en la boca y masticó, muy lentamente y mucho tiempo, y tragó...
La masa resultante fue descendiendo dificultosamente por su pecho como una densa mucosidad y en su vientre cobró la forma de una llave. Él se abrió la camisa, se levantó la camiseta y hundió resuelto la mano para tomarla. Sus dedos perforaron la piel. Tomó la llave, la extrajo y la sostuvo firme en la mano ensangrentada. El orificio en su vientre se cerró lentamente. Yo oí un sonido metálico en su respiración que poco a poco fue tapado por el quejido del violín. Y cuando la herida en el vientre de mi padre ya se había cerrado y nada, nada de sangre, ni siquiera una cicatriz recordaba que él había arrancado algo de su interior... entonces apareció en la imagen una delgada mano de mujer que se extendió para tomar la llave. Como mi padre no la soltaba, se estiró y estiró hasta finalmente romperse. Una jarra virtió agua en las manos. El violín enmudeció.
Mi padre se volvió y se puso un caftán aparentemente nuevo. Resuelto se envolvió en la lustrosa tela negra como en una cortina. Se pasó el cinturón alrededor de las caderas y lo ajustó; un poco demasiado quizás para poder respirar libremente, pero lo suficientemente ajustado para que las palabras que él hubiera querido decir permanecieran atrapadas en su interior. Luego la oscuridad se cernió en torno suyo, no negra, sólo oscuridad.
Yo aún sentía el sabor de la manzana ácida, sólo que más suave, como si alguien la hubiera sumergido en miel. Reinaba el silencio en el espacio negro, hasta que se abrió una puerta, la puerta de la habitación de mis padres; primero sólo una hendija, luego completamente. Vi a mi padre parado en el umbral. La luz de diciembre entraba inundando la sala desde sus espaldas. Él salió de la habitación, cerró la puerta y metió la mano en el bolsillo del pantalón para sacar la llave. Titubeó, tembló. La llave cayó al piso, a un palmo del umbral de la puerta. Pero mi padre no se agachó para recogerla.
Yo abrí los ojos y solté la manzana. Esta se desplomó sobre las malvas, rodó un poco sobre la mesa y cayó al suelo con un golpe seco. Mi padre se levantó. Se acercó a mí y tomó mi cabeza entre sus grandes manos. Ahora, lo supe, debía anunciarme el veredicto. Pero yo no sentía miedo.
Amnon ben Yehuda, dijo, y fue la primera y última vez que me llamó por mi nombre de pila y patronímico. No puedes continuar en la yeshivá. No puedes continuar aquí de ninguna manera. Llamaré al tío Bollag en Zúrich. Lo mejor será, concluyó, que te mandemos a Suiza.
2
El hecho de que mi padre me enviara lejos fue –y no exagero al decirlo– la más grande prueba de amor que recibí en mi vida. Se podría pensar que mi padre tuvo que vencerse a sí mismo para hacerlo, pero yo creo que más bien hizo honor a su propio espíritu cuando decidió enviarme a Zúrich con el tío Natán.
Nadie en nuestro barrio se enteró de adónde había ido. La versión oficial era que estaba estudiando en una estricta yeshivá de Brooklyn, en Nueva York. El que volara vía Zúrich cada vez que iba a visitar a mis padres, lo que sucedía con la suficiente esporadicidad, se explicaba por el hecho de que mi padre tenía familia en Suiza; queridas tías, tíos y primos que también querían verme cuando iba a Europa.
La verdad es que Natán Bollag no era ningún hermano de mi padre. No estábamos emparentados en absoluto. En realidad él era un gran amigo de mi padre de la época de antes de que se casara con mi madre y partiera con ella hacia Meah Shearim para formar allí una familia.
El tío Natán no tenía hijos. Vivía solo, lo que ocasionalmente era motivo para que algunos fruncieran el ceño. Nadie podía explicar la razón por la cual no había encontrado esposa ni la había buscado, pues ni a primera ni a segunda vista se hacía evidente ningún motivo que explicase por qué se había quedado solo, sin pareja.
Natán Bollag había nacido el mismo año que mi padre. Se habían conocido de niños, habían vivido en la misma casa, habían ido a la misma escuela. Pero en un determinado momento de sus vidas habían tomado diferentes decisiones en lo que respectaba a su futuro. Mientras mi padre había optado por Yerushalayim y había dejado que le buscaran una esposa con la cual se instalaría en Meah Shearim, el tío Natán había decidido ir a Amberes a aprender el oficio de tallador de piedras preciosas con un pariente. Allí aprendió todo lo que había que aprender sobre diamantes y otras piedras preciosas y semipreciosas. Aprendió técnicas de facetado artístico y a convertirlas en joyas tan valiosas que ninguno de nuestros conocidos se hubiera podido permitir jamás adquirir ni siquiera una de ellas.
Una vez concluidos sus estudios, había viajado primero a Namibia y poco después a Rusia, pues había desarrollado una pasión por un tipo muy especial de piedras preciosas. Lo que a él le fascinaba eran los demantoides, unos granates que iban de un color verde claro ligeramente amarillento a un verde más oscuro con tintes marrones y que con menor frecuencia se podían encontrar también de un profundo color verde esmeralda. El tío Natán había descubierto su amor por estas piedras cuando estas eran aún apenas conocidas. Desde el principio había buscado siempre específicamente los ejemplares más raros de más de un quilate, sobre todo los de los Urales. Estos se caracterizaban por sus inclusiones amarillo-doradas de crisolita. Estas impurezas denominadas “en cola de caballo” semejaban manojos de hebras de oro y hacían que las piedras presentaran una gran riqueza en facetas que iban del verde al dorado.
Lo que le entusiasmaba tanto al tío Natán de los demantoides era el hecho de que su especial belleza proviniera de algo que en un diamante hubiera disminuido enormemente su valor: la inclusión de esas impurezas. Para el tío Natán los demantoides eran la prueba concreta de su teoría de que una vida dedicada sólo y exclusivamente a la Torá y sólo regida por esta, una vida como aquella por la que se había decidido mi padre, no era lo mejor a lo que uno podía aspirar. Estaba firmemente convencido de que había que combinar el sentido de lo sagrado y el temor reverencial ante ello con una adecuada dosis de mundo profano. En síntesis: educación secular y una profesión, dominio de varios idiomas y profundos conocimientos de filosofía y arte eran, en su opinión, requisitos indispensables en la vida, si es que con esta uno quería honrar al Eterno.
El éxito de su negocio parecía darle la razón. Se hizo un nombre en Zúrich como joyero, vendiendo sobre todo joyas con demantoides diseñadas por él mismo. Esa era su forma de hacer pública su convicción a cambio de una buena paga.
No era el único que tenía estas ideas. Estas tenían una larga tradición, sobre todo en Alemania, de donde provenía originalmente su familia. No obstante, la consecuencia con la que el tío Natán vivía sus convicciones tenía algo fuera de lo común, lo que de tanto en tanto le otorgaba incluso hasta un dejo de libertinaje. En el apartamento de Natán Bollag, que más bien parecía una biblioteca con facilidades para comer y dormir, había abiertamente estanterías con todo tipo de libros imaginables. Si a alguien no le gustaba esto, a él simplemente no le interesaba que lo visitara. Con toda naturalidad iba al teatro y a la ópera y tenía una debilidad por la pintura.
Después de los demantoides, empero, la literatura era para él lo más grande. Si se quiere, él era el custodio de la llave de toda una cámara del tesoro llena de sueños. Su pasión surgía del hecho de que para él todos los artistas, en tanto creadores de una obra de inconfundible profundidad y belleza, eran espíritus que servían al Eterno. Apenas si importaba que se tratara de música, de una pintura, de una piedra tallada de un modo particular o de un poema. En cada verdadera obra de arte él veía resplandecer el rostro del Eterno; y así pues para él el arte era servicio religioso y el artista, ayudante del Eterno en esa obra siempre renovada que era la consecución de la perfección del mundo.
Puede ser que aquel día de diciembre en Geula yo haya llegado a ver hasta lo más profundo de los dolorosos recuerdos de mi padre. El que en lugar de castigarme y someterme a la más estricta vigilancia y a las más inexorables reglas, me enviara a Zúrich, me parece, sin embargo, una prueba de que él me conocía mejor que lo que yo lo conocía a él e incluso mejor que lo que yo me conocía a mí mismo. Quizás la manzana en la que yo había mordido para romper el silencio que había entre nosotros le había recordado el verde de los demantoides rusos de Natán Bollag y me había confiado a él, pues podía imaginar que mi tío me puliría de la forma correcta, haciendo brillar las inclusiones del mundo profano en mi ser.
Natán Bollag no dudó en aceptar el pedido de mi padre de recibirme en su casa. Incluso se negó a que mis padres le enviaran dinero para afrontar los gastos de comida y de estudio. Creo que le gustó la idea de esa pseudoadopción; como pequeña compensación por el triste hecho de que él carecía de hijos propios. Ocuparse ahora, aparte de sus piedras preciosas, de mí, la oveja negra de la familia, a la que habían enviado al extranjero, le venía de perilla, pues encargarse de mi formación y de mi educación le ofrecía la oportunidad de poner a prueba en forma empírica la solidez de sus ideas.
Muchachos jasídicos de peyes al viento, caftán y sombrero redondo armado había también en Zúrich. No obstante la ropa que llevé de Yerushalayim quedó de inmediato guardada en el armario. El tío Natán me había comprado un traje negro con chaleco y un elegante sombrero borsalino duro. Cortarme un poco los peyes era algo en lo que no podía ni pensar, ya que de algún modo eran mi boleto de regreso a casa y debían cubrir la historia de que me habían enviado a la yeshivá jasídica en Nueva York. Pero ya desde un principio dejé de enrollarlos cuidadosamente en los rulos cada noche y durante el día los llevaba alrededor de la cabeza, debajo de la kipá. Con eso ya pasé a verme como un piadoso yehudi suizo y no como un enviado de un shtetl ubicado a mil millas de distancia hacia el este y cientos de años atrás.
De inmediato fui inscripto en la escuela judía de varones Beis Sefer Le-Bonim en la Edenstrasse, una escuela de turno completo que, aparte de impartir una extensa formación en las materias sagradas y en hebreo, también tenía inglés, francés y el programa completo de las escuelas no religiosas hasta completar la escuela secundaria, sin incluir, empero, el año adicional que habilitaba para cursar estudios universitarios. Tuve que entrar a un curso tres años por debajo de mi edad para intentar siquiera ponerme al día con el plan de estudios de los colegios suizos. Era todo lo opuesto a un juego de niños. Con todo, con el idioma tenía menos problemas de los que había temido. Con mis amigos y durante el día en la yeshivá de Meah Shearim había hablado ídish. Ahora en Zúrich comprendía casi todo. Sólo al principio me costó un poco hacerme entender.
En la Edenstrasse el día comenzaba apenas pasadas las siete con la oración matinal. Teníamos clases hasta el atardecer. De ocho a diez de la noche los días de semana y el domingo a la mañana venía a casa un profesor particular para ayudarme a preparar los temas y las materias que no había tenido en la escuela anterior.
Al teatro y a la ópera el tío Natán seguía yendo como antes solo. Yo tampoco llegaba a leer novelas. Cuando me acostaba a eso de las once de la noche, se me cerraban los ojos y al instante caía muerto en un sueño profundo.
Estudiaba a destajo y tanto hasta que ya no me entraba nada más en la cabeza. Me puse al día rápidamente y ya a los diecisiete, un año antes de lo esperado, pude pasar al último año.
El tío Natán estaba orgulloso de mí y yo también lo estaba.
La sola ropa no bastaba obviamente para hacer de mí un suizo. Yo iba a la escuela en Zúrich, pero no vivía allí. Vivíamos en el Enge, un barrio predominantemente judío no muy lejos del lago. Apenas si me enteraba algo de la ciudad más allá de lo que veía cuando recorría el trayecto triangular que unía el apartamento, la escuela en la Edenstrasse y la sinagoga de la Freigutstrasse.
El régimen era estricto, tanto en la escuela como en casa. Mis días estaban llenos de actividades casi sin momentos libres y todos esperaban de mí puntualidad y esmero. No había tiempo para sueños.
Viniste aquí para estudiar, le gustaba decir a mi tío cuando yo expresaba mis deseos de ver más de la ciudad o al menos de la vecindad, de ir al lago, de ir a las montañas. Para estudiar, decía y me señalaba la pila de libros de estudio que tenía sobre la mesa. A mi edad era lo mejor que podía hacer.
Prácticamente no tenía contacto con extraños. El tío Natán decía con orgullo que él era un ortodoxo moderno, pero eso no significaba que uno no cuidara de permanecer dentro del propio círculo, el círculo de los yehudi, como él decía. Así había menor peligro de que yo entrara en contacto con las tentaciones de una ciudad europea moderna; con las goyim najes, como las llamaba el tío Natán; y lo pensaba de un modo tan despectivo como sonaba la expresión. Al teatro y a sus libros, no obstante, que en Geula también hubieran sido clasificados dentro de esa categoría, por supuesto no los incluía.
Visto así, apenas si hacía alguna diferencia si mi cuarto de estudio se encontraba en Zúrich o en Yerushalayim. No obstante yo era consciente de que –más allá de lo estricto de mis horarios, de todo lo que debía estudiar y de mi aislamiento– ahora vivía en otro mundo diferente al de antes, un mundo que era precisamente tan diferente que yo no me sentía prisionero dentro de él. Por el momento aquello me bastaba, aunque sólo pudiera extraer mis conocimientos exclusivamente de libros de estudio.
Poco antes de los exámenes finales en Beis Sefer Le-Bonim osé, sin embargo, hacer un intento de fuga. Para mi tío estaba totalmente claro que yo debía completar el año que me capacitaba para estudiar en la universidad. También yo había dado eso por sentado. Nunca habíamos hablado, sin embargo, de en qué colegio debía cursar el año adicional. En Zúrich no había un colegio secundario judío que incluyera este nivel. Muchas familias enviaban a sus hijos a Londres o a Francia a colegios judíos con internados dignos de confianza. Yo creía, no obstante, que el tío Natán quería seguir teniéndome a su lado; y eso significaba pasar a un colegio de Zúrich. Yo estaba entusiasmado con la idea, porque yendo a un colegio tal me conectaría por fin con el mundo no judío de Zúrich, satisfaría mi curiosidad y podría descubrir las sorpresas que ofrecía la vida más allá del Enge.
No era que yo me imaginara nada escandaloso. Pero ya para empezar en esos colegios las divisiones no estaban separadas por sexos. Y mis horas más productivas, desde la mañana hasta la tarde temprano, las dedicaría a las materias seculares. Los libros sagrados, por su parte, deberían contentarse con los restos de atención que me quedaran por las tardecitas. Y también por primera vez en mi vida no me encontraría bajo control religioso desde la mañana a la noche. Yo no tenía ninguna intención de apartarme de la buena senda, pero estaría más que contento si no me sentía observado a cada paso que daba.
Así pues, le pregunté al tío Natán qué colegio de la zona había elegido para mí.
Él soltó una breve carcajada. ¿Estás loco o qué?, dijo. Aquí en Zúrich no hay ningún colegio para ti. Y a continuación, tras esta afirmación con la cual puso un abrupto final a mis esperanzas de un poco más de libertad, me comunicó cuál era su visión para mi futuro próximo.
Mi padre, comenzó, le había dado vía libre en lo que se refería a mi formación. Pero que no me equivocara. Cualquier otra cosa que no fuera un colegio religioso en el que completara mis estudios hasta obtener el nivel necesario para seguir estudios universitarios con por lo menos el mismo nivel de Beis Sefer Le-Bonim quedaba absolutamente descartado. Así pues, debía hacerme a la idea de pasar los próximos tres o cuatro años en un internado.
No tardé mucho en enterarme de qué era exactamente lo que el tío Natán tenía en mente para mí. Al final de un Shabat poco antes de las vacaciones vino a mi cuarto. Traía en la mano dos billetes de avión; a los Estados Unidos. Apenas concluidas las clases nos iríamos de viaje para visitar mi nuevo colegio. Estaba convencido, dijo mi tío, de que había encontrado el lugar adecuado. El director, empero, había insistido en que nos presentáramos personalmente. Y a él le parecía bien ir y hacerse una idea del establecimiento in situ.
Se trataba de un establecimiento con un campus con highschool y una yeshivá de corte moderno para cursar estudios secundarios ubicado en Pikesville, en el condado de Baltimore. El complejo había sido fundado en 1933. Aún existe. Actualmente estudian allí setecientos jóvenes y en ese entonces ya no eran menos de quinientos.
El concepto educativo estaba tomado de la Yeshiva University de Nueva York. Los alumnos primarios y los estudiantes secundarios debían recibir sobre todo una educación ortodoxa y dedicarse a estudiar en forma intensiva las tradiciones orales y escritas, pero sin por ello tener que renunciar a un estudio universitario. Así pues, efectivamente muchos estudiantes se preparaban en Pikesville para luego hacer sus estudios en la YU en Nueva York y llegar a convertirse en abogados, rabinos o profesores de religión.
El director de Pikesville enseguida estuvo persuadido de que yo era un alumno para su colegio. El tío Natán le contó de dónde venía y con cuánta decisión había estudiado los últimos años para ponerme al día en las materias que no había tenido los años anteriores. Aquello lo impresionó. Y el hecho de que yo fuera casi dos años mayor que los demás alumnos de mi futura división no le pareció un problema.
Lo que quería estudiar más adelante, dijo mi tío sin haber discutido previamente conmigo sobre esto, eso yo todavía no lo sabía. Quizás también aún era muy temprano. Pero los estudios en Pikesville debían dejarme todas las puertas abiertas para el futuro. Al fin y al cabo podía ser que yo finalmente me decidiera por una carrera científica.
Si bien con estos comentarios mi tío había pasado absolutamente por encima de mí, me tranquilizaron un poco. Pues me pareció percibir que al menos quería dejar en mis manos la decisión de qué carrera seguir después. Yo no creía mucho que aún pudiera ablandar su decisión de mandarme a Pikesville. Lo intentaría. Me lo propuse firmemente. Pero no creía tener muchas chances reales de hacerlo cambiar de opinión. Así pues, recorrí el campus de Pikesville con la clara sensación de que estaba explorando aquel pedacito de mundo que me había sido asignado para los próximos años.
El programa diario que me describió el director se parecía mucho al de mi escuela de Zúrich. También allí la jornada comenzaba alrededor de las siete y media. Y también allí se reservaba la mañana para los estudios judíos. “Inglés”, es decir, las materias seculares, se daba recién a partir de las dos y media de la tarde y sólo por cuatro horas, incluidas las pausas. Los seder del Talmud y de Musar comenzaban enseguida después de la cena, a las siete. Y se esperaba que uno por lo menos estudiara hasta las nueve de la noche. Muchos alumnos seguían estudiando incluso hasta las once o las doce de la noche. Y así es como debía ser, dijo el director.
La televisión al igual que los periódicos y las revistas, salvo contadas excepciones, estaban prohibidos. Los libros no religiosos había que presentarlos y se debía obtener permiso para leerlos. También se debía solicitar autorización para cualquier paseo a la ciudad, paseos –y en esto el director no dejó lugar a duda– que no eran bien vistos.
La vida se desarrollaba dentro del campus. Sólo una vez por mes los que vivían en Baltimore o poseían familia allí estaban autorizados a pasar el Shabat fuera de la yeshivá. Casi no había vacaciones durante las cuales los alumnos podían viajar a sus casas, sólo tres semanas en verano y diez días respectivamente para Pésaj y Sucot.
Los jóvenes, concluyó el director, iban allí a estudiar, no a divertirse.
No me sorprendió que el tío Natán sonriera al oír esto. Las mismas palabras podrían haber salido de su boca. Interiormente yo me preparé a tener que esperar por lo menos otros tres años hasta poder extender mis estudios más allá del ámbito de lo religioso.
No prohibir la literatura abiertamente era una hábil jugada. Ahora bien, si uno quería ser dueño de sus propias lecturas, también en Pikesville debía moverse en el marco de la ilegalidad. Y las consecuencias podían ser como en Geula, cuando me habían atrapado a los quince años leyendo El retrato de Dorian Gray. Pero con una diferencia: no podía esperar otro día de suerte. Si iba a Pikesville, no debía llamar la atención. Tenía que adaptarme y esperar pacientemente que esos años también algún día pasaran. La perspectiva de esta espera no me alegraba demasiado.
De regreso en Zúrich, no obstante emprendí un tímido intento de hacer que mi tío cambiara de opinión.
¿Por qué en los próximos tres años, le pregunté, tenía que dedicar también tres cuartas partes de mi tiempo a los doce tomos del Talmud y otros libros sagrados cuando un mundo increíble de conocimientos seculares y todo el universo de la gran literatura me estaban esperando? Yo prácticamente no tenía ni idea de cómo se movía uno en el mundo exterior y sobre todo de qué era lo que realmente movía a ese mundo. No eran seguramente las sutilezas talmúdicas que yo debía aprender de memoria día tras día.
Pronto cumpliría diecinueve años y no sabía nada. Al menos eso es lo que sentía. Pensé en los demantoides del tío Natán. Y lo dije también.
¿Qué era lo que brillaba en mí? No había en mí rastro alguno de corte brillante. No tenía color. Me sentía como una lente de aumento, como un simple pedazo convexo de cristal colocado sobre las apretadas líneas impresas de una hoja del Talmud.
El tío Natán escuchó con atención lo que tenía para decirle. No me contradijo, no alzó la voz. Parecía tomarme a mí y a lo que yo decía absolutamente en serio. No daba la impresión de estar enojado, sino más bien pensativo.
Ya hablaríamos sobre aquello, dijo. Al día siguiente debía ir a verlo al negocio. Apenas pasada la hora de cierre. Tenía que enseñarme algo.
Agitado esperé al atardecer del día siguiente delante del escaparate de la joyería. Las rejas que cubrían las grandes vidrieras ya estaban bajas; la decoración, reducida a las pocas piezas que se podían dejar de noche en el escaparate apenas iluminado por una tenue luz. En el interior del local estaba oscuro. Comencé a ir y venir delante de la vidriera hasta que algo se movió en el interior.
Oí el sonido de un manojo de llaves. Con un ruido seco los pesados pestillos de acero se corrieron destrabando la puerta. Y por un instante sentí como si el tío Natán no me estuviera abriendo simplemente las puertas de su negocio, sino como si me estuviera dejando entrar en la fortaleza de sus sentimientos y pensamientos, muy frecuentemente impenetrables, para que yo pudiera hacerme una idea de las cosas que lo movían y por cuya causa se había decidido a lo que fuera que se hubiese decidido.
No pronunció una palabra cuando finalmente se encontró de pie delante de mí en la puerta abierta del negocio; a dos pequeños peldaños, que había que subir para entrar, por encima de mí, en la semipenumbra del marco de la puerta parecía un gigante. Me hizo un gesto con la mano para que entrara, volvió a cerrar la puerta y me dio a entender que lo siguiera.
Fuimos atravesando todo el local, pasando a lo largo de las vacías vitrinas, hasta su despacho. Una de las cajas fuertes en las que por las noches guardaba las piezas de mayor valor se encontraba abierta. El tío Natán se dirigió directamente hacia ella y sacó de su interior un pequeño cofrecillo, un sencillo estuche para joyas de cartón negro. Lo abrió y sobre una almohadilla de terciopelo rojo descubrí un demantoide de un profundo color verde oscuro que debía tener seguramente entre tres y tres quilates y medio.
¿Qué opinas de esta piedra?, oí que me preguntaba mi tío.
Aquello me sorprendió. Yo ya había visto algunas piedras, pero nunca las había observado demasiado exactamente ni le había dedicado demasiada atención a todos los detalles de color, inclusiones y pulido como hubiera sido necesario para poder emitir un juicio fundado.
El tío Natán sacó la piedra del estuche, me hizo un gesto para que me acercara y colocó el demantoide bajo la clara y cálida luz de la lámpara de trabajo que tenía en su escritorio.
El color de la piedra era intenso, diáfano y absolutamente parejo. Observé las inclusiones, un haz de finísimos filamentos dorados que emanaban todos de un mismo punto y se abrían en un manojo que presentaba una delicada torsión sobre su propio eje. Al girar la piedra bajo la luz parecía como si chispas de fuegos artificiales hubieran quedado atrapadas y solidificadas en su interior sin haber perdido por ello ni calor ni brillo.
Es bella, dije y sentí algo de vergüenza, porque siendo de hecho casi el hijo adoptivo del mayor especialista en demantoides de la ciudad, no era capaz de decir nada más preciso.
Sí, dijo mi tío sin que pareciera molestarle en lo más mínimo que mi opinión sobre la piedra fuera de tal vaguedad.
Sí, repitió y tras una breve pausa continuó diciendo mientras nuevamente sostenía la piedra directamente delante de mis ojos: ¿Cuánto espacio ocupa la crisolita en esta piedra?, preguntó.
Yo dudé.
Cinco por ciento quizás, respondí, probablemente diez por ciento.
¿No una cuarta parte?, preguntó mi tío. ¿No podría ser una cuarta parte o incluso más?
De ninguna manera, repliqué. Daría la impresión de que hubieran rellenado la piedra con hebras doradas, sería demasiado.
Yo opino lo mismo, dijo el tío Natán. Esa sensación de chispas voladoras no podría surgir jamás si la inclusión no tuviera el espacio suficiente en medio del verde.
Bajó la mano y volvió a depositar la piedra sobre la almohadilla de terciopelo. Y mientras cerraba el estuche y lo llevaba a la caja fuerte para guardarlo allí bajo llave, agregó: Una buena lección sobre el tema de las proporciones, ¿verdad?
Así que aquella era, pensé, la decisión definitiva: yo iría a Pikesville, en Baltimore, y pasaría por lo menos otros tres años más dedicando tres cuartas partes de mi tiempo al kodesh y un cuarto de mi tiempo al “inglés”.
En un primer momento sentí como si me encerraran en una jaula. En la escala de la coherencia religiosa, cuando había llegado a Zúrich, yo me había ubicado en algún punto entre mi padre y mi tío, quien por ello me había parecido mi salvador. Entretanto –no podía interpretar de otra manera mi sensación de opresión– me debía haber ido alejando cada vez más de Geula y acercando cada vez más a mi tío. Ahora me encontraba frente a frente delante de él y quería pasarlo.
Pero él no se movía de su sitio.
3
Aquel verano viajé a Geula a ver a mi familia sólo por una semana. Aún recuerdo bien el reverberar del aire caliente que aquel agosto cubría el barrio como una campana abrasadora, enlenteciendo todo debajo de ella casi hasta el letargo; los pasos de los transeúntes, los gestos, sí, hasta el flujo de las conversaciones.
Tras unas pocas horas de actividad a la mañana temprano, alrededor del mediodía las calles iban quedando desiertas. Los gatos reposaban perezosos a la sombra en los umbrales de las casas. No soplaba la más mínima gota de viento. En el aire flotaba el olor acre de la lana impregnada de sudor y del polvo. Olía fuertemente a seres humanos, aunque apenas si se veía a alguien afuera. Recién cuando entraba la noche, volvía un poco de vida a las calles; pero aún a esa hora persistía la sensación de que toda la ciudad estaba a punto de sufrir un golpe de calor, de desvanecerse, de paralizarse definitivamente.
Se veía como detrás de un velo y cada sonido llegaba a los oídos como pasado a través de algodón. Bebíamos té de menta frío y cantidades de agua con cardamomo. Pero parecía que cada trago que uno bebía abandonaba el cuerpo directamente a través de la piel de modo que la sed apenas si se saciaba.
En medio del calor de aquel agosto no daban muchas ganas de hablar y yo sospecho que es por eso que conservo un recuerdo tan tranquilo y despreocupado de aquella visita a mi familia.
Mi padre estaba muy contento con mi graduación en Beis Sefer Le-Bonim y no lo estaba menos con lo que había organizado para mí para los próximos años el tío Natán. Cuán de acuerdo estaba con la educación que me daba el tío Natán me lo mostró el último día de mi visita.
Pasé la mañana con él en su negocio, un local ubicado en la calle principal del barrio, donde vendía exclusivamente talit. Colgaban doblados en pequeñas perchas y envueltos en bolsas de plástico en largos anaqueles. Si uno hacía toda la recorrida, quedaba sorprendido al ver la cantidad de variedades de chales de oración que había. Mi padre tenía por supuesto todos los tamaños: desde talit para los Bar Mitzvá de los niños hasta prendas de enormes dimensiones que en las bodas los amigos del novio extendían en forma de baldaquino sobre la pareja. La mayoría eran los clásicos de color blanco con franjas negras en los laterales. Pero ya estos se diferenciaban según la cantidad, el ancho y la disposición de estas franjas. En lo que a esto respecta, cada persona sigue una determinada tradición y vincula cada diferente diseño con un significado particular.
Para las grandes festividades había toda otra colección en blanco puro. Al lado se hallaban los preferidos por los místicos, en diferentes tonalidades de blanco, con o sin brillosas franjas de seda intercaladas.
Para la clientela menos atenta a la tradición, mi padre tenía también modelos con bordados en plata o en oro así como también en otros colores, por ejemplo, azul y blanco para los sionistas, con franjas bordó para los reyes secretos o el modelo arcoiris para los individualistas empedernidos.
En las vitrinas de cristal se exponían los modelos más caros, aquellos con anchos hilos de plata o con planchuelas de plata formando el atará, una banda con las más diversas formas y diseños que le daba peso al talit y hacía que sentara bien en los hombros. Con todo derecho se podía afirmar que en el negocio de mi padre se podía hallar el talit adecuado para cada gusto y bolsillo.
Aparte de esto mi padre ofrecía también un servicio especial. Por más bellos o extravagantes que pudieran ser los modelos de su colección, no había que olvidar que en realidad el talit sólo se lleva por un motivo, esto es, para cumplir con el sagrado mandamiento de los tzitzit, los cuales, según lo que establece la Torá, deben colocarse en cada una de las puntas de toda prenda de vestimenta de cuatro esquinas. Sólo se puede cumplir con esta obligación llevando una prenda así. Pero cuando alguien le compraba un talit a mi padre, no bastaba en absoluto con elegir el modelo adecuado.
Todos los talit ya venían con tzitzit. A la vasta mayoría de los clientes de mi padre, empero, ni en sueños se les hubiera ocurrido usar también aquellos tzitzit. Esto se debía a diferentes motivos. Importaba absolutamente de dónde provenían, de qué lana estaban hechos, cuál era el largo y el espesor de los distintos hilos. Sí, e incluso el tema de si, desde el momento en que se había esquilado a la oveja pasando luego por el hilado hasta llegar a los tzitzit terminados, todos los involucrados en el proceso de su producción habían sido conscientes de que estaban participando en el cumplimiento de una mitzvá era de fundamental importancia para muchos clientes de mi padre. Lo más importante para ellos, sin embargo, era cómo y quién había anudado los tzitzit.
Así pues, en la pared detrás de la caja había colgados sets de tzitzit de la mayor variedad. Los había de los más diferentes largos, calidades y tonalidades de blanco. Una vez que el cliente había elegido el tipo adecuado, mi padre procedía a cortar los tzitzit de fabricación industrial que traía el talit comprado y a anudarle a mano los nuevos.
Los tzitzit cortados iban a parar al shaimos, una gran caja de cartón que estaba colocada contra la pared debajo de los sets de tzitzit. Allí se juntaba lo que no se podía arrojar a la basura: libros sagrados ya ilegibles, por ejemplo, y todos los impresos que uno ya no necesitaba más, pero que contenían alguna variante del nombre del Eterno. Cuando la caja de cartón estaba llena, se la llevaba al cementerio y se enterraba su contenido.
Algunos clientes quizás dudaban sobre si hacer que mi padre anudara los tzitzit o si no era mejor hacerlo ellos mismos. Sin embargo, cuando veían el shaimos con los tzitzit cortados, sabían que quien los atendía allí era alguien en quien se podía confiar.
Según de dónde fueran originarios los clientes, los tzitzit del talit debían anudarse de forma distinta. Cada hilo, cada nudo y cada vuelta tenían un significado.
Para ciertos jasídicos y para los místicos en cada esquina del talit mi padre debía hacer un segundo ojal en la tela y bordearlo con algunas puntadas. Una vez hecho esto, abría el nuevo set de tzitzit que habían comprado y verificaba cada uno de los dieciséis hilos. Se cercioraba de que cuatro de los hilos fueran aproximadamente un tercio más largos que los demás y se los colocaba sobre los hombros. Recién entonces comenzaba el verdadero procedimiento.
Se superponían las esquinas del talit y se las sujetaba con un broche de madera que estaba fijado en el canto de la mesa. Luego mi padre tomaba tres hilos más cortos y uno largo. Superponía cuatro puntas de los hilos y los alisaba. Luego los pasaba por el ojal en la esquina del talit haciendo que de un lado y del otro del orificio quedaran dos partes iguales. Sujetaba entonces la punta superior de los hilos con un broche para la ropa que durante el transcurso del día, cuando no lo necesitaba para atar los tzitzit, llevaba en el reverso de su caftán.
Tras dejar un lazo de aproximadamente medio centímetro medido desde el borde de la esquina, a esa altura mi padre unía los hilos, que ahora estaban divididos en dos grupos de cuatro, haciendo el primer doble nudo de modo tal que entonces le quedaban ocho hilos: siete del mismo largo y uno algunos centímetros más largo que se necesitaba para atar. Con este hilo más largo se iba envolviendo, en sentido contrario a las agujas del reloj, los otros siete hilos juntos en forma bien ajustada y de modo que cada vuelta quedara bien visible.
Al cabo de un cierto número de vueltas, se volvían a separar los hilos en dos grupos de cuatro y se hacía un segundo doble nudo; luego venía otro segmento con vueltas y un doble nudo y así se continuaba hasta que quedaban cuatro segmentos envueltos y un total de cinco dobles nudos. Si se había hecho todo correctamente, al final la parte sobrante del octavo hilo se había usado completa y exactamente para envolver los demás, y las partes libres que quedaban de los ocho hilos tenían todas la misma longitud.
Ya de niño mi padre me había explicado el significado profundo de los tzitzit, del tipo y la cantidad de vueltas y nudos. Todos estos elementos constituyen símbolos de palabras y unen esas palabras de modo inextricable con su significado.
Existen diversas concepciones en lo que hace al exacto número y secuencia de las vueltas, las cuales expresan en forma codificada una respuesta a la pregunta de por qué se atiene uno a las leyes. Los sefardíes dan diez vueltas, luego cinco, luego seis, luego cinco; en este orden. Estos números corresponden a las cuatro letras del nombre del Eterno.
Los askenazíes, en cambio, dan primero siete vueltas, luego ocho, luego once y luego trece. Los dos primeros segmentos representan el primer par de letras del nombre sagrado; el tercer segmento, el segundo par de letras. El cuarto, finalmente, tiene el mismo valor numérico que echod –único–, de modo que la combinación de las vueltas representa Hashem echod: el Eterno es único.
Estoy seguro de que existen más variantes de nudos y vueltas, pero secretas, variantes que los que realmente saben llevan en forma oculta. Pero ellos no dejarían que ni siquiera mi padre les anudara los tzitzit.
A mí siempre me había encantado observar a mi padre mientras trabajaba. Tenía una habilidad increíble y gran práctica, y probablemente hubiera podido anudar los tzitzit aún dormido. Lo que me gustaba era la idea de que unos pocos movimientos de la mano y un pensamiento bastaban para llenar cosas muy simples de un profundo significado. Me gustaba la reverencia ante una sola letra, un nudo o un número, puesto que ellos eran las partes más pequeñas de una gran obra que Ha-kadosh Baruj Hu había creado por su voluntad y mediante la palabra.
Mi padre llevaba los tzitzit a la manera sefardí. Esto no se correspondía con nuestro origen, pero yo también los llevaba así; acorde a la norma que dice que la costumbre del padre es ley para sus hijos. Él nunca me había explicado por qué lo hacía y yo no había visto en ello nunca nada más que una pequeña libertad que él se permitía, una rebelión absolutamente inofensiva. Como todas las demás tradiciones y costumbres, en tanto su único hijo varón, él me había legado también esta pequeña rebelión y yo la había conservado, como correspondía a un hijo.
Aquel último día de mi visita a Geula, sin embargo, todo cambió: con un gesto sin palabras de mi padre. Me había pedido que lo acompañara al negocio porque me quería regalar un nuevo talit. Quería que lo estrenara en la yeshivá de Pikesville. Debía ser un buen augurio para mi viaje a Baltimore y mi vida allí, un símbolo de la nueva etapa que comenzaba en mi vida.
Yo esperé que mi padre me eligiera uno. Pero precisamente eso es lo que él no quería. Se paró en medio del negocio y extendió el brazo señalándome toda su colección. Yo podía elegir libremente.
No debía ser entonces, me dije, ninguno de los talit comunes, como los que había llevado hasta ese momento, de color marfil y con anchas franjas negras en el borde. Si debía ser un símbolo de lo que yo deseaba para mis años venideros, entonces debía buscar en otro anaquel.
Me dirigí hacia donde estaban los talit con franjas de seda color crema que llevan quienes indagan en el conocimiento que nos llega a través de las historias. Aquellos hombres que en cifras y palabras descubren el mundo y que con palabras y cifras hacen visibles mundos. Era absolutamente consciente de que mi elección podía resultar presuntuosa. ¿Pero cuál era el problema de que yo forjara planes, de que tuviera deseos e intereses y de que esperara poder realizarlos?
Mi padre no hizo comentario alguno sobre mi elección. Mejor dicho, quizás lo que siguió fue su comentario, aunque lo fuera sin palabras, de modo simbólico. Tras examinar el talit extendido bajo la luz, se volvió y se dirigió a la mesa junto a la caja donde estaba fijado el broche de madera que utilizaba para sujetar las esquinas y anudar luego los tzitzit.
Los tzitzit, dijo mi padre, los quería elegir él.
Yo estuve de acuerdo. Él tomó un set de hilos largos y relativamente anchos de la pared detrás de la caja. Eran de un blanco algo más amarillento que el talit. Serían tzitzit pesados, y saltarían a la vista en las esquinas llamando la atención del eventual observador sobre aquella parte de la prenda que constituía el motivo por el cual la llevaba.
Me enseñó los hilos y yo asentí con un gesto.
En silencio comenzó con su tarea, cortó los tzitzit y los arrojó al shaimos. Luego abrió el paquete con los hilos de lana y los revisó. Por un instante me distrajo un ruido que vino de afuera. Miré por la vidriera a la calle. Cuando me volví de nuevo hacia mi padre, él ya había hecho el primer doble nudo y con mano entrenada estaba pasando el shamash, el hilo más largo, alrededor de los otros. Pero no se detuvo al cabo de diez vueltas, como yo había esperado, sino ya al cabo de siete y entonces fijó el primer conjunto de vueltas con el segundo doble nudo. Luego, entre los nudos restantes, siguieron ocho, once y trece vueltas.
Eran tzitzit askenazíes, como los que le hubiera podido pedir el tío Natán a mi padre.
Cuando terminó la primera esquina, examinó el trabajo y, para estar seguro, volvió a contar las vueltas entre los nudos; en ese momento se me cruzó la idea de que podía haberlo hecho intencionalmente. Luego, cuando sin decir una palabra repitió el mismo procedimiento en las otras tres esquinas de mi nuevo talit y finalmente me extendió mi regalo con una sonrisa, me di cuenta de que no me había equivocado.
Ni una palabra. Sólo una sonrisa... y un gesto que alguien de afuera que nos hubiera estado observando ni siquiera habría percibido. Para mí, empero, significó mucho. Lo abracé fuertemente antes de tomar mi regalo y salir a la calle.
De regreso en Zúrich le enseñé orgulloso mi regalo al tío Natán. A él no le pasó en absoluto desapercibido que en el futuro yo quería llevar blanco. Los tzitzit no los vio. Yo tuve que llamarle la atención sobre ellos. El tío Natán frunció los labios sorprendido.
Eso me suena a tu padre, dijo. Cuando se trata de cosas verdaderamente importantes no las puede expresar en palabras. Pero no pienses que ya te considera adulto y que por eso a partir de ahora ya puedes tomar las decisiones por tu cuenta.
Ese comentario me hirió. Él no sabía cómo había sido el gesto de mi padre y cómo había sido el abrazo.
Pero, prosiguió el tío Natán, como corresponde a tzitzit como es debido, con ellos tu padre te ha dado un mensaje cifrado.
Eso no lo entendí. Yo creía haber comprendido muy bien lo que había querido decir mi padre. Y justamente el que no dijera nada y lo expresara sólo con un gesto me había parecido algo muy tierno.
Mi padre había aprendido ya de grande a atar los tzitzit, me explicó el tío Natán, recién a los veintitantos. En Yerushalayim se había inscripto en una yeshivá para baalei teshuva, esto es, para hombres que regresaban a la fe o más bien a la vida practicante. Allí le habían asignado como compañero de estudios a un yehudi marroquí. Este también había emigrado a Israel recién hacía unos meses, pero ya sabía lo que mi padre tenía que aprender. Y lo ayudó en todo lo que estuvo a su alcance, con gran dedicación y una paciencia inagotable. Mi padre contaba a menudo sobre su compañero de chavrusa y estaba convencido de que no sólo le debía conocimiento, sino, en rigor, toda su nueva vida.
En agradecimiento él había llevado los tzitzit como este sefardí de Marruecos; en agradecimiento a su amigo y para recordarse siempre a sí mismo que él había elegido conscientemente seguir ese camino.
Si hoy tu padre te ha puesto otros tzitzit, dijo mi tío, es que quiere darte un buen consejo para el camino y expresar un deseo. El consejo es: en la nueva yeshivá elige cuidadosamente a tu compañero de chavrusa. Lo que aprendas ahora, contará más que de dónde vienes. Y el deseo: que este amigo te apoye como lo apoyó a tu padre su amigo sefardí.
Esta revelación no me inquietó. Lo que sentí es que simplemente se develaba otro secreto.
Pero sí hubo algo que me perturbó. En ese momento me quedó en claro que todo lo que yo había visto y sentido cuando mi padre estaba sentado enfrente de mí en la mesa del comedor de nuestro apartamento de Geula, todo aquello no había sido en absoluto producto de mi alocada imaginación. Los libros, los papeles rotos, la llave y hasta las manos ensangrentadas... Yo había visto los recuerdos de mi padre.
4
La breve lección de mi tío sobre la correcta proporción entre estudio de la Torá y estudios seculares no fueron sus últimas palabras sobre el tema colegio en Zúrich versus yeshivá. A menudo me he preguntado por qué no volvió a tratar el tema directamente, sino que prefirió hacerlo dando un rodeo a través de la literatura. Quizás creía que lo que me dijera me quedaría más grabado en la memoria si suscitaba en mí diversas asociaciones. Y si mi suposición es correcta, tenía razón al pensar así, pues es el día de hoy que aún recuerdo bien sus explicaciones.
El tío Natán me aconsejó que los últimos días antes del comienzo del nuevo ciclo lectivo me tomara las cosas con calma, que fuera al lago, al cine y quizás también... que leyera. Hasta me buscó personalmente un libro en su biblioteca, una novela rusa.
Me gustaría conversar contigo sobre el libro, cuando lo hayas terminado, dijo.
Yo no perdí un segundo. Por fin mi tío había abierto el tesoro de su biblioteca para mí. Y por lo visto me había puesto en las manos una joya muy especial. Nunca le había hecho caso de tan buena gana. Tomé el libro y me dirigí al lago para descubrir qué era lo que mi tío quería que descubriera.
Saliendo del Enge bajé al Mythenquai y me senté en un banco al sol. Y así pues, sin ser consciente de ello, me coloqué en la misma situación de la escena con la que comenzaba el libro.
No en Zúrich, sino en el Moscú de fines de los años veinte se desarrollaba aquella escena: en un particularmente caluroso atardecer de mayo y en un banco cerca del bulevar de los Estanques de los Patriarcas. En el banco estaban sentados dos literatos, Mijail Alexandrovich Berlioz, jefe de redacción de una importante revista literaria, y el poeta Iván Nicolaievich Ponirev, que escribía bajo el seudónimo de Besdomni, “Sin Techo”.
El paseo del bulevar, que corría a la sombra de altos tilos, se encontraba –algo sumamente inusual para aquel sitio y a esa hora– prácticamente desierto. Aquello, empero, no llamó la atención de ambos hombres pues se hallaban profundamente ensimismados en la conversación literaria que estaban sosteniendo.
Resultaba que Besdomni había compuesto un largo poema antirreligioso a pedido de la redacción. Al protagonista, nada menos que Jesús de Nazaret, el poeta se había afanado en pintarlo con los tonos más sombríos. Berlioz, empero, y para gran sorpresa del autor, no estaba en absoluto satisfecho con la obra.
Había que reescribir completamente el texto, comunicó el jefe de redacción. El poeta, continuó en su exposición, había logrado dar vida de un modo extraordinario a la figura de Jesús; de ningún modo era una figura simpática, no, en absoluto, pero sí una figura viva. Y exactamente allí, concluyó Berlioz, radicaba el problema.
Ponirev, alias Besdomni, no lograba seguir del todo a su crítico. Si había logrado pintar al sujeto de modo realista y por lo tanto verosímil, dotándolo, no obstante, de los deseados rasgos negativos, ¿cómo podía decirse que había fracasado en su propósito?
El problema, le explicó Berlioz, radicaba en el simple hecho de que justamente ese tal Jesús de Nazaret no había existido nunca. Besdomni no tenía que pintarlo como un personaje antipático, reaccionario o un pervertidor, sino simplemente reportar el hecho de que ese Jesús a quien medio mundo invocaba en medio del delirio religioso no había existido nunca jamás. Era una ficción, un puro engendro de la fantasía y de la retrógrada necesidad de las masas de creer en algo o en alguien; o ambas cosas a la vez.
No había ni una sola religión oriental, dijo Berlioz, en la que no hubiera una virgen inmaculada que diera a luz a un dios. Los cristianos no habían inventado nada nuevo, habían creado a su Jesús siguiendo esos mismos modelos.
Es en esta línea, instruyó Berlioz al poeta, que debes trabajar fundamentalmente.
Besdomni iba a tener justo en ese instante una iluminación. Pero en ese preciso instante los interrumpieron. Se acercó a ellos un hombre, aparentemente un extranjero, pues llevaba un traje caro con zapatos y guantes haciendo juego y en la mano un bastón con un puño que tenía la forma de la cabeza de un perro caniche. Aquel extranjero, que había aparecido como de la nada, escuchaba con suave deleite las explicaciones del redactor en jefe.
¿Son ateos?, preguntó el forastero. Y ambos, Berlioz como también así el poeta, respondieron fervorosamente que sí. No sin dejar de mostrar una cierta cultivada arrogancia, se mantuvieron firmes cuando el extranjero comenzó a referirse a las famosas cinco pruebas de la existencia de Dios.
Aquellas llamadas pruebas, remarcó Berlioz, ya habían sido suficientemente refutadas por la ciencia.
A la siguiente pregunta del peculiar forastero sobre quién –si no Dios– dirigía los designios del mundo en general y de los hombres en especial, respondió Berlioz con profunda convicción: el hombre mismo, ¿quién si no?
El extranjero no podía adherir sin más a aquella opinión. Para dirigir ya fuera sólo a un hombre o a masas de hombres, objetó, –y ni hablar de todo el universo– se requería de un plan para un período medianamente razonable de tiempo. Pero el hecho era que el hombre era mortal y que, para mayor desgracia aún, moría muy repentinamente.
Por ejemplo, podía suceder absolutamente que un cierto caballero, mientras iba urdiendo planes y suponía erróneamente que estaba gobernando su propia vida y la vida de otros, se resbalara en la calle –por así decir, al pisar un charco de aceite de girasol que Anushka había volcado en un descuido– y hallara repentinamente la muerte, porque el tranvía que se acercaba a toda velocidad lo decapitaba.
Y en ese caso, preguntó el forastero, ¿cree usted en serio que ese hombre lo determinó así? ¿No cree usted más bien que sería más adecuado suponer que fue otro quien lo dispuso así para él?
Ambos literatos guardaron silencio. Habían comenzado a no sentirse a gusto.
Y en lo que hacía a la cuestión de la existencia de Jesucristo, el forastero contradijo enérgicamente al jefe de redacción. Aquel Jesús de Nazaret, de ello no cabía la menor duda, había existido realmente. Quien afirmara lo contrario era en el mejor de los casos un necio. Pues él, el extranjero, no sólo había sabido de él, sino que en aquella época hasta se había encontrado personalmente con él.
Aquello tranquilizó a los literatos. Pues que el forastero no sólo era un extranjero, sino que además estaba absolutamente loco, era ahora algo más que evidente. Pese a todo continuaron escuchando el relato del forastero sobre el encuentro del mencionado Jesús con Poncio Pilato, el gran procurador de Judea, pues el narrador consiguió hacer su relato no menos vívido que lo que había logrado hacer el poeta Besdomni con su tendencioso poema. Ante sus ojos vieron la capa forrada color rojo sangre del procurador. Pudieron oír sus pasos pesados de soldado de caballería cuando, como les relató el forastero, apareció aquel día catorce del mes de primavera Nissan en la galería acolumnada del palacio de Herodes...
¡Literatura!, exclamó para sí el redactor en jefe con gesto de reconocimiento. Reaccionaria, absolutamente anacrónica, eso seguro, ¡pero literatura!
Y literatura más, literatura menos, a pesar de su convicción, luego de que el forastero acabara y se hubiera despedido, ya a los pocos pasos Berlioz se resbaló en un charco de aceite de girasol. Cayó en las vías del tranvía y el coche de la línea 4 que se aproximaba a toda velocidad lo atropelló y lo decapitó. Y mientras el forastero consideraba esto simplemente como otra prueba más absolutamente válida de la existencia de Dios, el poeta Besdomni perdió la razón en ese mismo instante.
Berlioz, dicho sea de paso, no era el único en el libro que sufría una muerte repentina. Y casi se podía decir que no le había tocado un mal destino, pues como fuera había podido morir sin que su vida fuera antes desarticulada y devastada como les sucedía a algunos otros de los protagonistas. Es que aquel verano temprano no era otro quien andaba atareado por Moscú bajo la figura del mago de magia negra Voland que el mismo Satán en persona: inmortal, sin escrúpulos y con toda seguridad ningún ateo. Puso tan de cabeza el mundo de los materialistas científicos como ningún moscovita se lo hubiera podido imaginar jamás.
Me levanté del banco del Mythenquai recién cuando se puso el sol y yo había terminado de leer el libro. Estaba lleno de entusiasmo. Me zumbaba la cabeza. Sentía como si tambaleara el mundo a mi alrededor.
Mi tío no podía creer que yo hubiera devorado El maestro y Margarita de Bulgákov en un solo día. Pero mi mirada ligeramente afiebrada lo convenció. Asintió con un gesto de aprobación. Pareció alegrarse de que la literatura pudiera entusiasmarme de tal modo. Esa noche, sin embargo, no quiso hablar aún conmigo sobre el tema.
Hay tiempo, dijo, hasta que tu cabeza se haya vuelto a aplacar un poco. Y dijo esto con una sonrisa que yo no supe cómo interpretar.
A la mañana siguiente en el desayuno, empero, llevó directamente la conversación al Maestro, a Berlioz, Besdomni y Voland, ese forastero que había alterado totalmente la ordenada vida socialista de Moscú. Quería llegar a Berlioz y Besdomni y la conversación que habían mantenido ambos con el extranjero mientras, sin sospechar nada, Anushka derramaba el aceite de girasol.
Así como el mago de magia negra Voland había irrumpido en el mundo de los dos literatos rusos... exactamente de ese modo, dijo mi tío, habría pronto otros que intentarían también irrumpir en mi mundo.
El tío Natán comenzó a hablar y hablar sin parar y me dio un verdadero discurso sobre la manía de los yevónnim, como llamaba despectivamente a los griegos, es decir, de aquellos a quienes debíamos nuestro colegio secundario denominado Gymnasium y las universidades, eso sí, pero también una visión del mundo en su opinión extremadamente peligrosa e insostenible.
Tú, dijo, y al hacerlo me miró con una mezcla de preocupación y vigoroso fervor, tú te encontrarás con una cantidad de yevónnim, que se reirán de ti y de tus opiniones, para quienes Ha-kadosh Baruj Hu es sólo una quimera y que por ello –al igual que Besdomni y Berlioz en la novela de Bulgákov– están absolutamente convencidos de que es el hombre y sólo el hombre quien gobierna su propio destino.
Por más corta que sea su cinta métrica, miden todo con ella. Todo se categoriza, se clasifica, se califica y se mete a la fuerza en tablas. Y parece que eso es sensato y tiene mucho sentido y aporta a la adquisición de conocimientos. Es sólo que lamentablemente consideran sus parciales mediciones como una cartografía del universo e insisten en ver sus teorías como una verdad fundada; esto hasta que no aparece una nueva teoría que logra imponerse como la nueva verdad fundada.
Con demasiada poca frecuencia, dijo mi tío, aparece en las universidades gente como Voland. Con demasiada poca frecuencia irrumpe lo inconmensurable en el edificio de esas supuestamente seguras teorías e hipótesis. Y así te ocurrirá una y otra vez que se rían de ti cuando tú, por ejemplo, veas una flor como la encarnación de la fuerza creadora del Eterno y no, como esos estudiosos, como el producto de un proceso de desarrollos evolutivos inefablemente largos y determinados básicamente por el azar.
Para lo vago que no encaja en ninguna de las teorías corrientes, para lo que se resiste a ser medido y categorizado, en síntesis, para lo fantástico o llamémoslo mágico, aquello que ha movido a las místicos de todas las religiones desde hace siglos: para todo ello allí afuera, en el mundo yevónnico de las supuestas ciencias exactas, no hay lugar. Y se burlarán de ti, si tú insistes en sostener que existe algo por encima de ti y de los demás seres humanos, y que nosotros, los seres humanos, como mucho podemos ser socios del Eterno, pero con toda seguridad nunca los que gobiernan, los que dirigen, quienes poseen el plan universal.
Lo infame del caso no es que tengan una opinión distinta. Lo infame del caso es que sin cesar intentan presentar su pequeño conocimiento como si fuera la verdad. Pero la verdad no existe. Nadie la posee. Todos nosotros no tenemos en nuestras manos más que fragmentos de ella. Y como no sabemos qué es verdad, tenemos que decidir qué es lo que cuenta para nosotros. Y si algo cuenta o no, eso no depende de mediciones ni de certificados. Se mide en otras balanzas: sentido versus vacío, por ejemplo, o la idea de una voluntad eterna más allá de nosotros versus la pura nada.
Como era mi tío quien decía esto, la elección de las palabras no podía ser azarosa. Cuando él decía yevónnim, en la palabra vibraba todo el fatal significado de Malchus yavan ha-R’shaah, del “infame reino de los griegos”, como se lo denomina en la plegaria Al hanisim que se reza para Janucá: “En los días de Matitiahu, el Asmoneo, hijo de Yohaná, el Sumo Sacerdote, y sus hijos, cuando el infame reino de los griegos se levantó contra Tu pueblo Israel para hacerles olvidar Tu Torá y violar los decretos de Tu voluntad...”.
Destrucción del pueblo por asimilación era el lema de aquellos días: competencias deportivas en lugar del estudio de la Torá, filosofía en lugar de las leyes divinas. Así pues, si mi tío hablaba de yevónnim, y de los peligros de las costumbres yevónnicas allí afuera, en los recintos de la ciencia, esto sólo podía significar que realmente consideraba aquellas influencias como un potencial peligro mortal para el alma judía del niño que tenía bajo su tutela.
¿Pero no estaban allí de nuevo las palabras de los administradores del miedo, las frases que yo había oído con tanta frecuencia de boca de mis maestros en la yeshivá de Meah Shearim? Yo no podía creer que mi tío hiciera causa común con aquellos para quienes cada desviación del camino prescripto conducía sin falta a las bocas de fuego del Gehinom: una falda demasiado corta, por ejemplo, una clavícula femenina al descubierto y ni hablar de una voz femenina cantando o de la exposición a la vista del cabello de una mujer casada.
No, si con toda su educación mi tío decía algo así, aquello sólo podía significar que para él se trataba de algo sumamente serio, porque aquello de lo que me estaba advirtiendo realmente constituía una amenaza para mi vida. Así pues, le creí y me propuse cuidarme de las ideas yevónnicas y de sus tentaciones. Al mismo tiempo, empero, me propuse afinar todos mis sentidos para poder captar esa dimensión de lo inconmensurable y de lo inexplicado que había en el hombre y en el mundo.
Mentiría si dijera que en ese momento ya resolví dedicarme a la psiquis humana y en especial a sus afecciones y su curación. Hasta los yevónnim estaban aún dispuestos –al menos en aquel entonces– a percibir y aceptar en ella un vestigio de lo fantástico, de lo irreal. Pero cuando yo pensaba en algo fantástico, pensaba en cuadros que envejecían en lugar del retratado o en aceite de girasol derramado, en síntesis: en literatura, en eso mágico surgido a lo mejor de la fantasía humana; aunque quizás tampoco.
El discurso del tío Natán a poco de mi partida tuvo un efecto concreto: me fui decidido a no tomar la yeshivá de Pikesville sólo como una estación de paso camino a la universidad. Había logrado refrenar mi curiosidad con la suficiente pizca de miedo y así volver a dirigir mi energía al estudio del Talmud.
Pese a todo, el primer semestre en la nueva yeshivá me resultó sumamente difícil. Los días eran interminablemente largos. Esto puede que se haya debido sobre todo a que durante los primeros seis meses de mi estancia en Pikesville no se cumplieron ni el deseo que mi padre había cifrado en los tzitzit de mi nuevo talit ni los temores de mi tío.
Del tratado que discutimos durante aquella época apenas si me quedó algo. Estudiábamos el Kiddushin –los esponsales– probablemente para estar preparados para los deberes que –lo antes posible tras nuestra graduación– nos esperaban en el futuro.
No habíamos podido elegir nuestros compañeros de estudios. Estos nos fueron asignados por los rabonim siguiendo un estudiado plan. Repartieron a los muchachos teniendo en cuenta país de origen, lengua materna y pertenencia religiosa. Preferentemente se puso juntos a muchachos que no tenían la misma lengua materna y que por lo tanto por lo general tampoco provenían del mismo país. Al fin y al cabo entre ellos debían hablar hebreo y no inglés, francés o ídish como en sus casas.
Asimismo los rabonim preferían cuando ambos no provenían del mismo ámbito religioso. También había una buena razón para ello. En Pikesville se seguía la escuela lituana, es decir, se seguían las ideas y los métodos didácticos de los antiguos gedolim de Lituania. Aunque se aclararan diferencias entre distintos usos y costumbres, se tendía claramente a esta escuela. Así pues, si ambos compañeros de estudios provenían de diversos círculos religiosos –uno era, por ejemplo, jasid, el otro, yekke, como me había criado el tío Natán– era menos probable que se aliaran en contra de las opiniones de los profesores. En caso de duda, los usos y costumbres de ninguno de los dos coincidían con los que se privilegiaban allí y para ambos constituía un ejercicio igual de duro el someterse de buen grado a la educación que allí se impartía y que era la razón por la cual nos habían enviado a todos a Pikesville.
Mi compañero de chavrusa era de Francia. Era bajito y delgaducho, tímido y todo lo opuesto a hablador. No sólo físicamente tenía algo infantil. Quería que lo llamaran Dani, pese a que seguro se llamaba Dan o Daniel. Ni siquiera eso puedo decir ya a ciencia cierta.
Estudiar con Dani no era ningún placer, pues él era algo así como un mero depósito de palabras. Aprendía rápida y minuciosamente de memoria y esto tanto los textos como sus interpretaciones autorizadas. No era alguien para discutir, probablemente por el sencillo motivo de que para él no había nada que discutir, ya que todas las preguntas relevantes se podían leer y memorizar con sus correspondientes respuestas.
Las horas de chavrusa con Dani eran agotadoras. Yo siempre estaba medio dormido, pese a que todos los días volvía a hacer el esfuerzo de poner ímpetu en el estudio y mantener la concentración. Pero simplemente no lo conseguía. Jamás lograba que Dani se dejara tentar por la idea de ver alguna vez un pensamiento desde otro lado. Cuando yo lo intentaba, me interrumpía raudo y decía: Pero no dice eso en el libro.
Es difícil tener que pasar gran parte del día con alguien al que uno no se puede imaginar ni remotamente como amigo. Entre las cosas que me interesaban no había nada que pudiera compartir con Dani. La posibilidad de pedir cambiar de compañero de chavrusa, empero, quedaba absolutamente descartada. Por un lado, Dani sabía más de lo que teníamos que estudiar que yo y los rabonim enseguida me hubieran advertido que yo sólo podía ganar con ese grupo de estudio. Por otro lado, seguramente lo hubiera herido.
El hecho de que al final, una vez concluido el primer semestre, cuando volví a Pikesville después de pasar las vacaciones de Pésaj con el tío Natán, mi situación cambiara de modo fundamental y en mi vida irrumpiera lo inconmensurable, sí, lo mágico, eso se lo debo a una cruel decisión del Eterno, esto es, a la decisión de hacer que otro muchacho, Eli Rothstein, padeciera grandes miedos.
5
Eli Rothstein era, como yo, mayor que los demás, pues él también había perdido años. En todo caso se podía considerar así. Él, no obstante, discutía que ese año y medio que había pasado en diversas clínicas y en cama en su casa hubiera sido tiempo perdido.
Poco después de cumplir los diecisiete años había comenzado a sentir durante días una presión inusual en los ojos. No había tomado en serio estos síntomas. Era algo desagradable, pero consideró que como mucho se trataba de una reacción alérgica. Era primavera y la madre de Eli ya sentía los efectos del primer polen de hayas y abedules flotando en el aire. Sufría desde hace años de alergia al polen. A Eli le parecía lo más probable que él hubiera heredado esto de su madre y que de allí en más tuviera que pasar los meses de primavera como ella sonándose la nariz y restregándose los ojos. Como fuera, por algo así no iría al médico.
Un amigo de la familia, que en su tiempo libre se dedicaba a estudiar los escritos de medicina de Maimónides, les informó, empero, a Eli y a sus padres que aquella presión podía provenir de una falla en el riñón derecho. Como con sus dichos consiguió preocupar a la madre de Eli, ya no quedó más que ir al médico. Este no halló explicación alguna para aquella rara presión. No prestó la menor atención tampoco a la teoría del riñón, pero accedió a ordenar un análisis de sangre y a enviar la orina de Eli al laboratorio para su estudio.
Ya al día siguiente el médico llamó por teléfono a Eli y le dijo que fuera a verlo a su consultorio. En el examen de orina habían hallado rastros de sangre, por lo que por ahora efectivamente existía la sospecha de que algo en los riñones de Eli no funcionara bien. De qué se trataba exactamente se pudo observar con claridad en el ultrasonido. Eli tenía un tumor en el riñón derecho.
Pocos días después Eli empacó por primera vez su pequeña maleta para su internación en una clínica. Mientras él yacía en la mesa de operaciones con la espalda al descubierto, el histólogo efectuó una biopsia rápida y confirmó que el tumor de Eli era un carcinoma. Le extirparon el riñón y el tejido linfático adyacente. Y como los médicos no podían decir con seguridad si las células cancerígenas ya habían invadido los tejidos colindantes o si incluso ya se habían colado en el flujo sanguíneo, tras la operación para Eli comenzó la verdadera tortura. Como era joven y estaba en buenas condiciones físicas, se lo sometió a todo lo posible para exterminar el cáncer, donde fuera que este se hubiera podido extender. Comenzó con una quimioterapia. Luego debió someterse a sesiones de rayos y aquello continuó con un tratamiento autoinmune que se prolongó varios meses.
Eli soportó todo esto estoicamente, aunque de vez en cuando tuviera la sensación de que aquello era un engaño o de que al menos estaban cometiendo un error absoluto y directamente lo estaban envenenando con la radiación y los medicamentos. Lo único que había sentido era una presión en los ojos que por él hubiera ignorado. Ahora, en cambio, había días en los que se sentía realmente cercano a la muerte. Y cuando se miraba en el espejo y contemplaba su cráneo pelado y su rostro sin cejas, ya no cabía ninguna duda de que por lo menos ahora estaba gravemente enfermo.
Había días en los que la idea de llegar a morir tan joven, en forma absolutamente inmerecida, despertaba en él una verdadera ira hacia el Eterno. ¿Cuál podía ser la justicia divina cuando el Eterno lo sentenciaba a muerte sin causa alguna antes de que hubiera podido comenzar a vivir realmente y merecer quizás un castigo tal?
Al cabo de un día de fuertísimas náuseas y dolor de cabeza pidió hablar con el rabino, pues esperaba que hubiera una explicación para todo lo que le estaba sucediendo.
Su Rav no dio muchas vueltas. Si es que existía una explicación, dijo, a lo mejor Eli la hallaría por sí mismo, quizás recién al cabo de los años. Lo único que podía hacer era resistir y activar todas sus fuerzas físicas y espirituales para vencer el cáncer.
El Eterno, dijo también el Rav, respetaba a todo el que estuviera dispuesto a luchar con él por la propia vida. Tenía que leer el Tehilím siempre que tuviera la oportunidad de hacerlo y tenía que aprender Mishná, pues cada mishná que se aprendía poseía un valor curativo; y no sólo para él, sino para todo su entorno. No se podía descartar que su enfermedad no se refiriera en sí a él, Eli, el muchacho de diecisiete años, sino a alguna otra cosa cercana a él que requiriera curación.
Quizás la explicación que ansiaba Eli era esta: que el Eterno lo había elegido para esta tarea justamente porque consideraba que sería capaz de llevarla a cabo. Si él estudiaba y reparaba así los posibles daños existentes en su entorno, entonces, dijo el Rav, por ese camino también podía ser que al final el cáncer desapareciera.
Eli no quedó del todo convencido con esta interpretación. Pero al menos en la lectura que hacía su rabino radicaba una posible explicación de la enfermedad, y eso era más y en todo caso mejor que ser sólo una víctima y hallarse totalmente desvalido a merced de ella. Si existía la posibilidad de que un tikún a través del aprendizaje pudiera enmendar el mundo a su alrededor y con ello indirectamente también su propia situación, entonces él quería hacer todo lo que fuera necesario para ello.
No quería confiar sólo en sus ruegos limitándose a decir Tehilím. Resolvió que aprendería tanta mishná como le fuera posible en el estado en el que se encontraba en ese momento. Y si se trataba de un tikún, entonces también quería aprender algo que se relacionara con reparaciones y con construir. Así fue que optó por el tratado Mikvaot, un tratado que, como ningún otro del Talmud, vincula cuestiones muy concretas –en este caso referidas a la construcción de baños rituales de inmersión– con cuestiones profundamente espirituales relativas a la pureza ritual y la impureza.
Apenas comenzó a estudiar, a Eli le quedó en claro que efectivamente había elegido el tema más adecuado para su situación. En el caso de una mikvé se trata de agua de una fuente que no ha sido tocada por los hombres, ya sea una gota de lluvia, una pila que se ha llenado directamente de una fuente natural, un río que no ha sido encauzado o también del mar. Esta agua denominada “viva” posee la facultad de absorber como un filtro todo rastro de destrucción, en especial todo rastro de la muerte; constituye un filtro que une y neutraliza la energía destructiva e incluso la transforma en algo constructivo convirtiendo tumah en taharah, impureza en pureza.
Toda una serie de folios estaban dedicados a una sola cuestión: de qué se trataba efectivamente cuando se hablaba de tumah y taharah. La lectura que sostenía que la tumah era un estado destructivo que surgía por contacto con la muerte es la que ya de primera instancia a Eli le pareció la más probable. El hecho de que el encuentro con la muerte, la sensación de ser rozado por las alas del ángel de la muerte, pudiera transformar de manera radical a una persona era algo que Eli había vivido en carne propia. Tras un contacto tal uno podía verse invadido por la inseguridad y el miedo y con ello por una gran debilidad y así uno mismo podía caer fácilmente en las cercanías de la muerte.
Era obvio que sólo un agua tal fuera adecuada para una mikvé, esto es, un agua que no hubiera pasado por ningún tipo de tubería fabricada por el hombre ni tampoco hubiera sido tratada de ningún modo por el hombre. Pues la verdadera tumah, al menos así lo sentía Eli, residía en el miedo ante la muerte y en todos los procesos psíquicos destructivos que surgían cuando se entraba en contacto con esta. Se trataba, entonces, de un fenómeno profundamente humano.
Lo que también persuadió de inmediato a Eli fue que si bien la más mínima gota de “agua viva” absorbe tumah, la capacidad de transformación, sin embargo, es una cuestión de cantidad. El “agua viva” sólo puede transformar la tumah si hay un volumen suficiente como para que un hombre adulto pueda sumergirse completamente en ella. Así como el contacto de la muerte atraviesa toda el alma, también el agua que purifica el alma de ese contacto debe envolvernos por completo.
Para el estudio, de eso Eli estaba convencido, debía valer lo mismo que para el tikún por inmersión en una mikvé. No bastaba aprender una mishná para curar las heridas internas y externas de su cuerpo. Y menos bastaba para extraer los miedos de su interior o incluso los venenos de la quimioterapia que le habían insuflado en el cuerpo semana tras semana y que le habían infligido tales daños que aún al cabo de meses no volvía a crecerle el cabello.
Así pues, en la medida de lo posible, Eli estudió todo lo que se podía aprender sobre las mikvaot, su construcción y las leyes relacionadas. Pasó las largas horas de sus días de enfermo leyendo incontables libros, estudiando todos los días hasta quedarse dormido sobre ellos.
Sus estudios tuvieron un efecto inmediato: ya no tuvo más la sensación de estar perdiendo tiempo de ese probablemente breve lapso de vida que le había sido concedido. Por un lado, no dudaba de que estudiando lo que estaba haciendo era luchar y de que con cada minuto de estudio ganaría días, si no años de vida. Por otro lado creía firmemente que, aunque el estudio no pudiera salvarlo a él, de ese modo estaría dedicando cada minuto hasta su muerte a un gran tikún y que así al menos le arrebataría a la muerte la victoria sobre su alma.
Eli se sumergió tanto en el tema de la mikvé y de la posibilidad de transformación a través del “agua viva” que fue inevitable que llegara a la idea de que sólo una tevilá podía curarlo de forma efectiva. Decidió, en un principio, no comentar con nadie sus planes. Quería buscar una mikvé que estuviera más allá de toda duda. Sólo había una mikvé posible, pensó, una que ya existía en los tiempos del Templo Sagrado y donde se habían sumergido los cohanim. Pues los sacerdotes que servían en el templo y cuyas vidas dependían de presentarse ante el Eterno en estado de absoluta pureza, no se habrían entregado, como tampoco él, a construcciones dudosas. Sólo a una persona le confió Eli su deseo de hallar una mikvé tal: a aquel amigo de la familia que estudiaba los escritos médicos de Maimónides y que por ello lo había enviado a ver al médico con el diagnóstico absolutamente correcto de un padecimiento de riñón.
Lo que Eli ignoraba era que aquel amigo desde entonces se hacía reproches. Pues también él estaba persuadido de que las enfermedades que devoran a los hombres desde adentro llegan a tomar posesión del cuerpo a través de antenas y canales de la psiquis. Así pues, en lo más profundo de su alma no estaba seguro de si Eli ya estaba efectivamente enfermo cuando él le había dado su diagnóstico o si no había sido más bien la verbalización de aquella suposición la que recién había implantado la enfermedad en el cuerpo de Eli.
Un resto de duda persistía. Y quizás esta fuera precisamente el resultado de su encuentro con Eli, con la inexplicable presión en su ojo y con el tumor; el resultado del encuentro con la muerte que se había deslizado en el interior de un muchacho joven, aún apenas adulto: la fuente de su tumah absolutamente personal que ahora persistía adherida a él bajo la forma de esa duda de sí mismo.
Enseguida estuvo dispuesto a ayudar a Eli a hallar la mikvé adecuada e incluso le prometió viajar con él adonde fuera.
Ambos buscaron con tal denuedo que pronto hallaron un sitio que parecía adecuado. Era una mikvé ubicada en un bosquecillo cerca de Yerushalayim. Constaba de tres pilas de piedra natural de la profundidad de un hombre dispuestas en forma aterrazada; la superior era alimentada por una fuente que surgía del fondo y las tres se conectaban por derrame. Las pilas ya habían sido usadas como mikvé hacía más de dos mil años. En aquel entonces aquello significaba para los sacerdotes una caminata de más de una hora desde el templo y luego de regreso. Si habían hecho tal esfuerzo para sumergirse en aquellas aguas, pese a que junto al muro exterior de Yerushalayim se hallaba una mikvé junto a otra, debía tratarse de un sitio que ya en aquel entonces se consideraba algo especial y de una idoneidad fuera de toda duda.
La decisión de viajar a Yerushalayim fue rápida. En numerosas charlas con los médicos y los padres de Eli el amigo de la familia despejó toda duda sobre si, en ese estado, el viaje no debilitaría demasiado a Eli. Al contrario, aseguró: lo traería de vuelta tan sano que no se notaría más todo lo que había sufrido ese año, es más, ni se notaría que alguna vez había estado enfermo. Finalmente los médicos y los padres dieron su consentimiento, a pesar de que no creyeran seriamente ni un segundo que el estado de Eli pudiera mejorar realmente con el viaje.
Los dos no perdieron un minuto y fueron directamente del aeropuerto de Tel Aviv a Moza, cerca de Yerushalayim. No permanecieron mucho tiempo allí. En el crepúsculo las pilas eran como profundos agujeros negros bajo un espejo. Eli se desvistió en silencio y se sumergió desnudo en la mikvé. Se sumergió dos veces y cuidó de quedarse flotando durante varios segundos con los dedos de las manos y de los pies extendidos y los ojos bien abiertos sin tocar nada. Cuando salió del agua, tenía el rostro encendido. Tomó la toalla y se secó a toda prisa pese a que no tenía frío. Ya no era más, así creyó sentirlo, el que había ido hasta allí.
Naturalmente nadie supo si Eli Rothstein estaba curado realmente. Y si era así, ¿quién podía decir si debía su curación a las diversas terapias de los médicos o efectivamente a su tevilá en las aguas de Moza? Pero algo era seguro: Eli estaba absolutamente convencido de que de la mikvé había salido a una nueva vida, una vida sin el veneno de los medicamentos, sin enfermedad y sobre todo sin ningún tipo de miedo a la muerte. Y eso era lo único que contaba.
No había podido asistir a la escuela durante un año y medio, pero en ese tiempo había aprendido más que lo que hubiera podido aprender en cualquier escuela de este mundo. Así pues, no era ninguna sorpresa que no viera de ningún modo esos meses como tiempo perdido.
Llegó a Pikesville en mitad del semestre. Cuando se presentó junto con sus padres ante el Rosh Yeshivá, irradiaba tal fuerza de voluntad que aquel no tuvo la menor duda de que Eli podría ponerse al día en las materias que no había cursado.
Tras superar todos aquellos miedos y luchas se lo veía mucho más maduro que los demás alumnos de nuestro año. Y como Eli Rothstein, quizás por un capricho del Eterno, había debido pasar por sufrimientos, como había tenido que luchar contra la muerte y por esa razón no había podido asistir a la escuela un año y medio, y como al igual que yo era considerablemente mayor que nuestros demás compañeros de año: por estos motivos el Rosh Yeshivá decidió que a partir de ese momento sería mi compañero de chavrusa.
A diferencia de Dani, Eli no sólo estaba dispuesto a cuestionar cada detalle de lo que estudiábamos, sino que esto le divertía. Estoy seguro de que los rabonim no sabían lo que pensaba sobre nuestro plan de estudios. Pues en ese caso lo hubieran considerado una influencia peligrosa y probablemente lo hubieran echado de la escuela.
El núcleo de su tesis, que ya me expuso gustoso a poco tiempo de llegar, consistía en la idea de que en realidad no nos habían enviado a Pikesville para estudiar la Torá. Nuestra formación tenía como verdadero objetivo, pensaba, adoctrinarnos, llenarnos completamente de ideología, pero de una forma que debía parecer absolutamente natural, de modo que nosotros incorporáramos todo lo que se nos enseñaba con la sensación de que estábamos bebiendo directamente de fuentes de inspiración divina y de que lo que estábamos metiendo en nuestras cabezas no era otra cosa más que la pura y auténtica verdad.
Eli no le negaba valor a todo. Podía ser que efectivamente para algo sirviera. Pero a lo que él no estaba dispuesto era a someterse sin rechistar y sin pensar a un lavado de cerebro.
Si realmente lo que quieres es aprender la Torá, dijo, si realmente te interesan las verdades, entonces debes entender y tener siempre presente que eso no es lo que aprendemos aquí.
¿Por qué, por ejemplo, preguntó, las clases de Torá para los niños pequeños comienzan con el Vayikra, el tercer libro de Moisés, y no con el primero? Los niños aprenden todos los detalles del servicio sacrificial en el templo, un oficio sangriento y prácticamente incomprensible para niños de cinco o seis años. Sería más lógico si comenzaran las clases con la historia de la Creación y la vida de nuestros antepasados.
Pero entonces, dijo Eli, se enterarían del asesinato de Caín, del alcoholismo de Noé y de su inhumana maldición a los descendientes de Ham, del incesto de Lot con sus hijas, del engaño de Jacob a Esaú y de las visitas al burdel de Yehudá quien al fin y al cabo fue el antepasado de los reyes judíos. Y luego ya les costaría más creer ciegamente en una determinada interpretación de la realidad y ya harían preguntas desde el comienzo.
Yo estaba dispuesto a darle la razón a Eli. Él podría haber sembrado dudas y podría haber hecho tambalear seriamente todas mis convicciones. Pero no lo hizo. Me arrebató ilusiones y en su lugar puso algo incomparablemente más valioso. Es que la crisis que había vivido y la experiencia de Moza habían convertido a Eli Rothstein en un joven vasallo, si no incluso en un caballero del Eterno. Sólo que estaba firmemente convencido de que el verdadero conocimiento de la Torá recién comenzaba allí donde terminaba la ideología, donde ya no se trataba de poder y ventajas en conflictos de intereses, sino ya sólo del ser humano como individuo y del Eterno y de ese pedazo de realidad mundana entre ambos.
La visión de las cosas de Eli despertó mi entusiasmo. Y no dudé un segundo en creerle absolutamente que en los misterios del “agua viva” radicaba más verdad que en el sangriento oficio de los sacerdotes y todas las complicadas leyes que los sabios extraían de la letra más pequeña de la Torá.
La desconfianza ante cualquier ideología me viene de él. Lo que no entendí en ese momento y me resistí a comprender aún muchos años después es el hecho de que son precisamente esas ideologías las que llevan la voz cantante afuera, en el mundo; y que no son los místicos, sino los ideólogos los que escriben la historia y finalmente deciden qué se dice que es verdad y qué no.
Eli Rothstein era de Nueva Jersey, pero tenía la suerte de que una hermana de su madre vivía en Baltimore. Así pues, le otorgaron permiso para pasar el fin de semana libre que nos tocaba una vez por mes fuera de la yeshivá con la familia de su tía. Como la tía de Eli no tenía problema en recibirme a mí también durante el fin de semana, la amistad con Eli me trajo también la ventaja de poder salir del campus por lo menos una vez por mes.
Esos fines de semana yo lo acompañaba a Eli con todo gusto, pero no sólo porque podía salir dos días de la escuela. Tampoco se debía solamente a que los domingos podíamos hacer lo que quisiéramos: nadar, leer, jugar al ajedrez e ir al cine o lo que se nos ocurriera. El principal motivo era Rivka, la prima de Eli, de la que me enamoré apasionadamente.
Cuando hoy pienso en aquellos tiempos, tengo la sensación como si a más tardar a partir de que cumplí los quince años mi vida hubiera seguido un plan perfectamente elaborado por el Eterno, el que fue disponiendo cada detalle de mi biografía de tal modo que paso a paso, encuentro tras encuentro me fuera acercando a mi destino. Así fui virtualmente empujado hacia mi sentido de los recuerdos. Y a Eli le agradezco haber comenzado finalmente a creer en él y el aceptarlo como un don del Eterno.
Aunque Eli me había contado sin pudor alguno todos los detalles más íntimos de su enfermedad y de su experiencia verdaderamente mística en la mikvé de Moza, yo había guardado reserva y no le había contado nada de mis vivencias, las que probablemente también pudieran denominarse místicas. Había callado sobre lo que había ocurrido aquel día en Geula cuando estaba sentado a la mesa enfrente de mi padre. Y también había callado y no le había dicho que todo lo que había visto en esos instantes, algún tiempo después había demostrado ser verdad.
El hecho de que finalmente hablara con Eli sobre esta experiencia se debió a la confianza que él había puesto en mí a priori. Y a las circunstancias bajo las cuales me enamoré de su prima Rivka. Pues este enamoramiento comenzó también con una visión.
Quiero decir: no puedo afirmar con seguridad si me enamoré de la prima de Eli a causa de la visión o si los sentimientos que inesperadamente se abalanzaron sobre mí en el momento de nuestro primer encuentro fueron de hecho los que provocaron la visión.
Jamás nos tocamos. Hubiera sido algo impensable. Y sin embargo la primera vez que tuve enfrente a Rivka, a la debida distancia, bastaron segundos para saber cómo olía su pelo, cómo se sentían sus caderas a través de la tela de su vestido... y sus labios...
Fue mi primer beso. Y lo viví ante la mirada de toda la familia de Rivka. Y lo viví aunque seguramente estaba a dos metros de distancia de ella y ni siquiera la estaba mirando. Pues mi mirada enseguida huyó de sus ojos. Cuando Eli nos presentó, lo miré a él y fueron los labios de él los que observé mientras él pronunciaba mi nombre. Pero también fueron los brazos de él con los que abracé a Rivka. Por la nariz de él aspiré el aroma del pelo y del cuello de ella, y con la lengua de él saboreé el beso que ella se había dado con él, con Eli, quizás hacía un año o recién hacía poco.
La excitación que sentí fue quizás tan abrumadora porque la sentí a través del recuerdo de él, recuerdo en el que probablemente había vuelto a sentir esa excitación una y otra vez, volviéndose cada vez más intensa con cada recuerdo antes aun de que se mezclara con mi propia excitación.
Es tímido, dijo Rivka. Me lanzó una mirada fulminante y rio, probablemente porque allí estaba yo frente a ella mudo y con la cara toda colorada y seguramente daba la impresión de que me desplomaría en cualquier instante.
Cuando volví en mí, dos cosas estaban claras: por un lado, que en ese mismo instante me había enamorado apasionadamente de aquella muchacha, y por otro, que me había vuelto a sumergir en el recuerdo de otra persona, lo que quería decir que aquello era algo especial y semejaba de algún modo las experiencias que había vivido Eli en las aguas de Moza.
Imposible hablar sobre ninguna de las dos cosas con mi único amigo. Ya me hubiera costado bastante confiarle que me había enamorado. Pero más difícil me hubiera resultado, para mí hubiera sido algo absolutamente imposible, contarle que no sólo sabía del beso, sino que yo había besado a Rivka con sus labios y sintiendo cada matiz de lo que él había sentido.
Aquel fin de semana al menos le conté a Eli sobre mi primera visión y que luego el tío Natán había corroborado cada detalle de lo que yo había visto, oído y sentido.
¿Creía él que aquello podía ser algún tipo de don especial?, le pregunté.
Por supuesto, respondió, sin dudar un segundo si creerme o tenerme por un mentiroso o un fanfarrón.
Tras contestarme, se detuvo y me observó. Yo sonreí como para mostrarle que no existía ningún tipo de peligro. Por mí nadie se enteraría de si yo sabía o no lo que había pasado entre su prima y él.
Como si hubiera comprendido esto perfectamente, él también sonrió y dijo: Rivka es para enamorarse.
Lo sé, respondí.
6
Hay cosas, decía siempre Eli, a las que sólo es posible aproximarse si uno está dispuesto a cuestionar todo e incluso a destruir en forma absolutamente consciente algunas cosas para dejarlas atrás. Para él la prueba más clara de ello era su curación en la mikvé. Si él hubiera creído únicamente en el dogma y sólo se hubiera dejado operar y que lo llenaran de medicamentos, no hubiera sobrevivido. De eso estaba convencido.
Lo que le había sucedido en Moza iba más allá de cualquier tipo de conocimiento científico. No se podía explicar ni repetir por medio de series de mediciones ni de experimentos clínicos. Había surgido de adentro de él mismo y se había producido gracias a su confianza en el Eterno y su firme voluntad. En esa curación de su cuerpo por medio de su propia alma, las aguas de la mikvé habían actuado simplemente como catalizador. El acto mental era el que había doblegado y transformado la materia. Nadie podría convencerlo de lo contrario.
Lo que no le quedaba, empero, claro a Eli era si él había podido concentrar sus fuerzas mentales en grado tal sólo por casualidad, o si detrás de aquello residía un principio que había que descubrir y comprender para poder ayudar también a otra gente así como él se había ayudado a sí mismo.
Si en aquel momento alguien hubiera espiado nuestras conversaciones, a Eli lo hubiera tachado de sabihondo y a mí de hipercrítico ante todo lo que él decía. Yo, obviamente, lo veía de otra manera. Yo tenía una cantidad infinita de preguntas a las que nuestros rabonim no respondían, del mismo modo en que el tío Natán y mi padre también hubieran rehuido una respuesta, porque esas preguntas llevaban al más extremo límite de lo que, desde el punto de vista religioso, se consideraba sancionable.
Ante mis ojos Eli era sobre todo un valiente. No le daba miedo buscar y dar respuestas y no le importaba si sus opiniones, de hacerse públicas, lo convertían en sospechoso. La forma en que manejaba las fuentes, su incansable búsqueda y las conclusiones que sacaba de sus hallazgos ya me parecieron en ese entonces una expresión de sabiduría, de esa sabiduría que como sea uno no puede adquirir, sino que como máximo se recibe como un don: al cabo de muchos años de vida o bajo la forma de experiencias que a uno lo marcan fuertemente. Del conjunto de los rabinos históricos él había elegido a dos como modelo: Elazar ben Azaria y Elisha ben Avuya.
Ya a los diecisiete años Elazar ben Azaria había sido nombrado Nasi y como tal había presidido el Sanedrín en Yavne. Tras su elección, el Eterno había hecho que de la noche a la mañana su cabello y su barba se volvieran canos para taparles la boca a los críticos empedernidos que decían que Elazar era demasiado joven e inexperto y se oponían a su elección.
Elisha ben Avuya era conocido en el Talmud sólo como Ajer, “el otro”, pues su nombre no debía ser nombrado por nadie más, debía ser borrado. Él había conseguido lo que sólo llevaron a cabo tres rabonim antes que él y después que él: ascender con la sola fuerza de su espíritu a los siete palacios celestiales, llegar a estar en el Pardes delante del trono del Esplendor divino y ver al Eterno entre sus cohortes de ángeles.
Este ascenso o en realidad descenso a las profundidades de la experiencia mística no era, sin embargo, la causa de su proscripción. Se lo llamó Ajer, porque tras su regreso a este mundo se había apartado del camino de la Torá. Y no es que hubiera perdido el respeto ante la ley, al contrario. Era uno de los más grandes maestros de su tiempo y continuó enseñando a alumnos en forma individual. En el Talmud se narra una escena que hizo reflexionar a Eli durante semanas: durante el Shabat Elisha ben Avuya fue cabalgando por la ciudad profanando así públicamente el día sagrado de descanso. A su lado, empero, iba su alumno y Elisha le iba enseñando la ley que él estaba violando en ese mismo instante. Cuando llegaron al límite del Shabat, límite que su alumno no debía cruzar, Elisha detuvo su caballo y le indicó a su alumno que a partir de ese momento no debía seguirlo. El alumno regresó. Elisha continuó cabalgando.
Las escrituras no ofrecen una explicación concluyente sobre el porqué de la abjuración de Elisha a la vida fiel a los preceptos. Una historia, empero, intenta poner la causa en un paradójico incidente del que Elisha ben Avuya habría sido testigo.
Prácticamente en ninguna mitzvá menciona la Torá explícitamente una recompensa a esperarse. Son dos los casos en los que efectivamente promete la recompensa de una larga vida: en el caso del mandamiento “Honrarás a tu padre y a tu madre” y en del precepto shiluaj haken.
Del mismo modo en que está prohibido sacrificar según el rito religioso judío a un animal joven el mismo día que a su madre, la Torá prohíbe tomar a los pichones de un nido cuando la madre lo puede ver. Hay que espantarla para que no tenga que presenciar cómo se le arrebata la cría.
Así pues, la historia que se narra de Ajer cuenta la historia de un joven que sale a dar un paseo con su padre. El padre descubre un nido en un árbol y le pide al hijo que cace los pichones para preparar luego una sabrosa comida. El joven no duda en cumplir con el deseo del padre. Se trepa al árbol y resuelto intenta espantar a la madre que está preparada para defender a sus pichones. Cuando finalmente se da por vencida y sale volando y el joven quiere tomar a la cría del nido, el muchacho se resbala, cae del árbol y muere.
Según se narra, Elisha ben Avuya habría observado la escena desde cierta distancia. El hecho de que el joven muriera exactamente en el mismo instante en el que estaba cumpliendo ambas mitzvot por cuya observación la Torá promete expresamente larga vida, habría sido lo que hizo que Elisha ben Avuya perdiera la fe y se convirtiera en aquel otro.
Eli descreía absolutamente de esta explicación. ¿Podía ser que alguien, preguntaba, que había estado tan cerca del Eterno como era posible, pudiera perder su fe ante la sola vista de una simple paradoja?
Eli no sólo estudiaba la Guemará, como se esperaba de nosotros. En parte con gran esfuerzo, se iba abriendo paso también por los escritos de Luria, El libro de la Creación y el Sohar, libros místicos que en realidad a nosotros –jóvenes, solteros y sin hijos– aún nos estaban prohibidos.
Casi no había nada que lo pusiera más furioso que el concepto de un Dios bueno. Si el Eterno debía abarcar todo y además había creado al hombre a su imagen y semejanza, entonces debía reunir todos los atributos posibles del ser humano. Quien hablaba de un Dios bueno, postulaba Eli, cerraba los ojos al verdadero conocimiento del Eterno, que podía ser tan cruel, celoso, iracundo e injusto como amoroso, es decir, en definitiva impredecible.
Alguien como Elisha ben Avuya no hubiera visto las cosas de otro modo. Con toda seguridad no hubiera perdido su fe en el Eterno y en su doctrina por una vivencia como aquella. De haber sido así, afirmaba Eli, no hubiese difundido esta doctrina y continuado aceptando alumnos y enseñando. Eli consideraba mucho más probable que Elisha hubiera consolado al padre.
Su hijo, le hubiera dicho probablemente al padre, había cumplido ambas mitzvot cuya observación traerían larga vida en uno, y en el mismo instante e inmediatamente había recibido la mayor recompensa posible, esto es, su parte eterna del mundo venidero, parte que ya ninguna transgresión u omisión podía hacerle perder en esta vida, porque el Eterno lo había hecho morir en el mismo instante en el que su vida se había realizado.
El que el Talmud presentara esa historia como una posible explicación de por qué Elisha ben Avuya había abjurado de su fe, a Eli le parecía un ardid. Como él estaba dispuesto a atribuirle a Dios toda cualidad posible, podía esperar cualquier cosa del Eterno, por más improbable o incluso absurdo que pudiera parecer.
No era de ningún modo que Eli pretendiera apartarse de la ley en cuyo marco habíamos sido educados. Pero había decidido que jamás se contentaría con las primeras respuestas que aparecieran. Había decidido hacer valer su derecho a dudar y cuestionar. Y él más bien siempre le daría prioridad a una interpretación que fuera más allá de lo obvio y que quizás precisamente por ello revelara del modo más verdadero la poesía del accionar divino en el mundo; una poesía que justamente también podía ser una poesía del espanto.
Mientras Eli se dedicaba a sus estudios con un rigor verdaderamente sagrado, para mí eso de sopesar y hacer malabarismos con distintas posibilidades era más bien un juego. Eli estaba convencido; yo como mucho coqueteaba con sus ideas. Su forma categórica de sondear todos los límites y de ajustar consecuentemente el propio accionar a los nuevos conocimientos que había adquirido por sí mismo a veces me parecía demasiado radical. Aquello no iba conmigo, pues jamás fui un luchador. Además yo nunca estaba totalmente seguro de mí mismo y de mis posibilidades como para poder presentarme de la forma en que lo hacía Eli y defender mis opiniones.
Donde más se hacía evidente mi inseguridad era en lo referente a mi “sexto sentido”. Ya comenzaba con el hecho de que yo seguía como antes sin querer creer que efectivamente se trataba de un don. Ni siquiera ese beso de Rivka que había sentido en mis propios labios como si hubiera estado realmente en el lugar de Eli, ni siquiera esta excitante experiencia del beso me pudo convencer. No quería que ni el menor comentario ni una pregunta ni una alusión me lo recordaran o se lo recordaran a Eli. Estaba dispuesto a cerrar el tema de las dos visiones que había tenido, y entre las cuales también habían pasado años, como si fueran puras casualidades. Hubiera preferido ser alguien absoluta y totalmente común y corriente en lugar de tener que aceptar que el Eterno me había obsequiado con un talento que yo no sabía manejar.
Si aceptaba realmente por un momento que aquello podía ser más que lo que estaba dispuesto a admitirme a mí mismo, me invadía de inmediato una agitación interior, sí, verdadero miedo. ¿No había penetrado en los recuerdos de mi padre, lo que quería decir, en su alma? ¿Al sentir yo también y no sólo ser testigo de las demostraciones de cariño entre Eli y Rivka no había perturbado la intimidad de la pareja? Sentía como si a mi padre y a Eli les hubiera arrebatado secretos de los que no debía haber sabido nunca.
Los recuerdos íntimos y los secretos personales uno quizás los comparte con alguien que es realmente un muy buen amigo. Pero es siempre un regalo. Uno se decide, habla y revela tanto como uno quiere. Yo ni siquiera había pedido permiso. Nadie había querido compartir sus secretos conmigo. Habían sido robados y puestos a mi merced. Yo no podía decir si el ladrón era yo o quizás el Eterno. En cualquier caso era yo quien se quedaba con el botín: sensaciones que nunca había tenido y experiencias que nunca había vivido de golpe me pertenecían.
No me podía imaginar que un talento como ese, si es que era un talento, viniera del Eterno. Más bien hubiera dicho que se trataba de un trastorno o de una enfermedad que debía ser superada, o de una tentación a la que había que resistirse.
Obviamente no pude olvidar aquellos episodios. Y tampoco Eli olvidó lo que le había contado en aquel momento de descuido. No sé cuántos meses o incluso años habían pasado desde entonces cuando me preguntó directamente. Quería saber si había tenido más visiones y si ya había pensado cómo quería usar mi don.
Al principio traté de evadir la pregunta, pero Eli no cedió. Y así fue que finalmente también le conté lo que había visto cuando él me había presentado a Rivka.
Al principio calló consternado, pero enseguida se recuperó. El hecho de que yo se lo contara recién en ese momento, era prueba suficiente de que podía contar con mi discreción. Ahora él ya estaba totalmente convencido. Yo seguía dudando. ¿Qué pasaba si aquella vez en Geula había sido sólo el miedo al castigo y luego, cuando la conocí a Rivka, sólo mi imaginación erótica mezclada con un toque de celos los que habían disparado aquellas intensas fantasías?
Simplemente no creo, dije, que haya sido más que una casualidad.
Eli sacudió decididamente la cabeza. ¡Si en mi visión yo realmente había experimentado con todos los sentidos –y eso es lo que él suponía– lo que él había sentido cuando besaba a Rivka, entonces no podía tener ninguna duda! Nadie podía imaginarse en forma tan vívida cómo se sentía realmente un beso como ese. Y si yo había podido vivir durante unos segundos en el corazón de sus recuerdos como si estuviera dentro de su piel, entonces, dijo Eli, eso no podía ser de ningún modo una casualidad. El Eterno había abierto su mano y me había extendido un regalo que yo no tenía más que aceptar.
Aunque así fuera, repliqué, ¿cómo podía saber yo si el regalo no era más bien una maldición o también una prueba? ¿Cómo podía estar seguro de que –y allí me interrumpí abruptamente– no era un pecado usar ese talento en lugar de reprimirlo?
Esta objeción hizo que Eli casi se pusiera furioso. Dijo que era un pusilánime y sostuvo que el Eterno no regalaría a nadie un talento como ese si no quería que también se lo desarrollara, se lo refinara y se lo usara. Un pecado –ya que yo usaba esa palabra– sería a lo sumo rechazarlo, no querer admitirlo y dejarlo morir. Sería lo mismo que si me negara a comer o a respirar: una manifiesta rebelión contra Su voluntad.
Si seguía bien el razonamiento de Eli, mi don era una misión. ¿Pero en qué consistía esta? No tenía ni idea de para qué podía resultar útil mi talento.
Eli al menos lo sospechaba.
Había tanta gente que estaba presa en sus recuerdos como en un calabozo. Las clínicas psiquiátricas estaban llenas de pacientes que sufrían por no poder expresarse y transmitir sus recuerdos, pacientes a los que nadie creía o que no podían creerse a sí mismos, porque sus recuerdos eran demasiado horrendos para ser creíbles. A mí no tendrían que contarme nada. Yo no tendría más que mirarlos y establecer contacto con ellos y con sus recuerdos para comprenderlos verdaderamente. Y comprender era ya un tercio de la curación.
La idea de verme en el futuro arrojado una y otra vez a los más tremendos abismos del ser humano cada vez que tuviera enfrente a un paciente así y no fuera sólo un observador, sino que me sumergiera en su lugar en sus recuerdos me causó pánico. ¿Se suponía que estaba predestinado a revivir voluntariamente y con todos mis sentidos torturas ajenas para ayudar a otros? Argumentando Eli se había ido excitando más y más.
¡Qué inmensas posibilidades!, exclamaba Eli entusiasmado sin darse cuenta de cuánto me espantaba a mí esta perspectiva.
Eli tenía razón. No importaba cuán grande fuera mi miedo, no tenía sentido rebelarme contra el Eterno y el plan que seguramente tenía para mí. Me llevó mucho tiempo comprender esto y mucho más tiempo resignarme a ello. Y quien me ayudó a hacerlo fue Eli: dándome la prueba de que de ninguna manera se podía hablar de casualidad. Esta prueba casi nos cuesta nuestra amistad. Algunas semanas después de aquella conversación en la que Eli había defendido tan acaloradamente sus argumentos y, en lugar de animarme, me había generado un miedo terrible, un atardecer golpeó a la puerta de mi habitación en el internado.
¡No abras!, dijo cuando yo ya estaba por apretar el picaporte para abrir: ¡Espera un momento!
¿Qué tienes?, pregunté apoyando el oído contra la puerta.
Necesito un consejo, se oyó apenas decir desde el otro lado. Pasó algo.
La voz de Eli no sonaba como si estuviera haciendo una broma. No era tampoco su forma de ser. Pero yo no entendía por qué no debía dejarlo entrar para hablar sobre el problema.
¿Y por qué no quieres entrar?, pregunté.
Del otro lado de la puerta, en el corredor, se hizo silencio unos segundos. Luego sonó como si Eli se apoyara con las palmas de la mano en la puerta, con la boca casi pegada a la madera para susurrar así en mi oído como si fuera a través de una membrana amortiguadora.
¿Me ves, Amnon?, preguntó.
¡Claro que no!, respondí.
¿Y tampoco sientes nada?, preguntó entonces.
No, respondí. Aparte del hecho de que estás raro...
Si abres la puerta y me ves, susurró Eli, sabrás probablemente cómo están las cosas, quiero decir, en lo que hace a tus visiones.
Si era una prueba o un juego, no me gustaba. Pero quería saber qué había ocurrido y por qué Eli se comportaba de ese modo tan extraño. Así pues, no esperé más y abrí de golpe la puerta. Luego todo fue muy rápido y no estoy seguro de recordar cada detalle o sólo algunas imágenes y la atmósfera cargada de aquel instante cuando entró Eli, vino hacia mí y con ambas manos me agarró de los brazos.
Sentí dolor, pero no fueron las manos de Eli que me agarraban fuertemente las que me hicieron doler, sino aquello que sucedió.
Apenas me tocó, me sentí transportado a un cuarto oscuro, desconocido. No podía ver nada, pero sentía el contacto de una piel desconocida en mis muslos, en mi vientre y en mis labios. Estaba sudando. Una ola de inmenso deseo se elevó dentro de mí para inundar como un febril escalofrío mi vientre y mi cabeza. Alguien me abrazaba fuertemente y también mis manos se aferraban a un delgado y tenso cuerpo. Entre quedos jadeos íbamos moviéndonos y apretándonos el uno contra el otro como queriéndonos fundir en el otro.
Yo no sabía que aún estaba enamorado de Rivka y cuánto lo estaba. El deseo era irresistible y sus caricias no hacían más que encenderlo más. Pero lentamente aunque de forma incontenible algo fue reptando por mi pecho, como una víbora hirviente bajo pleno sol que se retira a las sombras y al hacerlo va dibujando en la arena una línea serpenteante. La víbora fue reptando hasta bien profundo en mi interior y se quedó allí.
Al menos tan fuerte como mi deseo fueron los celos que sentí cuando me di cuenta de que no era a mí a quien Rivka le entregaba toda su ternura, sino a él: a Eli.
No puedo decir lo que sucedió después. Cuando abrí los ojos, estaba acostado en mi cama con la camisa abierta y los pies descalzos. Estaba oscuro, la puerta estaba cerrada. Estaba solo.
Ni por un instante creí que aquello podía haber sido un sueño. Cuando cerraba los ojos, seguía sintiendo el vientre de Rivka contra mi vientre, sus labios sobre mi piel y sus largos y delicados dedos deslizándose entre mis cabellos. También seguían allí los celos pero convirtiéndose ahora en violenta ira.
¡Cómo podía haberme hecho eso Eli!, bramaba dentro de mí. Y por más ridículo que suene, en ese momento efectivamente pensé sólo en mí, en lo ofendido que me sentía y en mi decepción. Pero Eli no podía saber de ninguna manera que yo estaba enamorado de su prima. Hasta había intentado ocultármelo a mí mismo y jamás se lo había contado.
Independientemente de aquello, Eli y Rivka se encontraban ahora ante un problema mucho mayor. Se amaban. Lo que había sentido había sido tan intenso que no me cabía la menor duda. Era evidente que lo que yo sentía por Rivka no se podía comparar con lo que había entre Eli y ella. No podía imaginarme que alguien me hubiera amado jamás o alguna vez me fuera a amar como Rivka amaba a Eli. A ella le importaba él, a Eli, ella; a mí sólo me importaba yo mismo. Esto era innegable y el hecho de que, con todo lo que había vivido a través de Eli en mi visión, al final simplemente amenazara con hundirme en los celos y la envidia, me hizo ver que yo quizás ni siquiera podía ser un verdadero amigo. Nunca antes había sentido que no valía nada. Ahora lo sentía.
Di parte de enfermo y me quedé dos días en cama. Eli pasó varias veces y golpeó la puerta. Pero yo no respondí. No quería hablar con él y menos verlo. La sola idea de que la última experiencia que había tenido con él pudiera repetirse hacía que volviera a surgir en mí esa agria mezcla de envidia y celos de la que tenía que librarme antes de poder volver a mirar a mi amigo a los ojos.
Al tercer día Eli me pasó una carta por debajo de la puerta. Yo al principio dudé sobre si leerla o no, pero no pude vencer la tentación.
No tenía ni idea de lo que planeaban hacer los dos. Yo ni siquiera sabía si Eli tenía en cuenta que no tenía necesidad de contarme nada. Suponía que sí, pues aquella tarde cuando había estado de pie delante de mi puerta y me había pedido que no abriera aún, había insinuado algo en ese sentido. Efectivamente ahora sabía cómo estaban las cosas; y no sólo en lo que hacía a las visiones, sino también en cuanto a qué opinión podía tener de mí y de mis cualidades humanas.
Yo quería saber si Eli había sospechado cuán cerca llegaría a estar yo de él y Rivka. No hallé ningún indicio al respecto en su carta. Creo incluso que él no tenía la más mínima idea de lo que significaba realmente no sólo poder observar a otra persona, sino fundirse totalmente con ella dentro de la visión.
La carta era breve y objetiva. Rivka y él, ponía, se casarían, y muy pronto. Quería hablar a toda costa conmigo, no sólo porque quería cerciorarse de que no era que yo lo despreciaba por la transgresión que había cometido y por eso mi rechazo, sino también porque yo debía ser su testigo cuando firmara la ketuba con Rivka.
Nuestra amistad, pensé, nunca habría sido una verdadera amistad si esto ahora nos separaba. Eli no tenía ninguna culpa. No podía saber qué era lo que yo sentía por Rivka; y aunque lo hubiera sabido, ese amor entre ambos no tenía por qué tener consideración de aquellas chispas de enamoramiento que ardían dentro de mí. Le respondí y por un vecino de cuarto le envié la carta en la que me explicaba y le pedía que me diera un par de días más.
Nadie, salvo los novios, se entusiasmó con la novedad de que Eli y Rivka se querían casar. Si bien la Torá no prohíbe expresamente el matrimonio entre primos, era una unión que cualquier rabino hubiera desaconsejado. Las madres de ambos refunfuñaron, el padre de Rivka se opuso incluso abiertamente y el resto de la familia sacudió la cabeza en señal de desaprobación.
Pero Eli no hubiera sido Eli si hubiera permitido que lo hicieran desistir de casarse con Rivka. Había dormido con ella y le había susurrado al oído la promesa de matrimonio. Ahora sólo se necesitaba un truco inocente para arrancarles a padres y rabonim el consentimiento. Ellos no habían ocultado que habían estado juntos; lo habían admitido abiertamente. Luego de eso, Rivka sólo hubiera podido casarse con otro hombre si un tribunal de rabinos emitía oficialmente una carta de divorcio. Eli hubiera tenido que firmar esa acta denominada guet y entregársela a ella. Ningún Ben Din, sin embargo, podía obligar a dos amantes que no tenían prohibido casarse a declarar el divorcio y a aceptarlo.
En una charla a solas, Eli le había descripto al padre de Rivka cuál era la situación ante la ley. A este obviamente no le había causado ninguna gracia. Más allá del problema de que no se podía obligar a los jóvenes, lo asustaba la idea de tener que sostener un debate tan desagradable para él ante los ojos de toda la comunidad. Sólo le quedó optar entre la desaprobación o la abierta indignación de parte de los miembros de la comunidad y de los parientes. Así pues, eligió el mal menor y se resignó a lo inevitable.
Que los dos se amaban era algo que saltaba a la vista, pues ya no se esforzaron más por ocultarlo ante los ojos de los demás. Como fuera su hija tendría un amante esposo, al que todos conocían desde niño y también estimaban. Además, en la conversación a solas había demostrado que se había convertido en un Talmid Jajam que se sentía como en su casa en los recovecos de la ley tal como ellos lo hacían en su propia sala.
Me recluí una semana. Luego sentí que podía volver a salir de mi habitación y encontrarme con Eli. Lo busqué y lo encontré en la biblioteca. Nos abrazamos y no fueron necesarias más explicaciones. El siguiente fin de semana lo teníamos libre. Eli me invitó a pasar el Shabat en casa de su tía.
También estaría Rivka, dijo. ¿Tenía algún problema...?
No, pude responder aliviado. Yo podría seguir hablando maravillas de su prima y futura esposa, pero ella le pertenecía a él.
Bien, dijo tan aliviado como yo. Tendríamos la tarde entera del Shabat para nosotros. Seguramente teníamos algunas cosas de qué hablar.
Así es, le di la razón. Durante la semana en la que me había recluido había tomado conciencia de muchas cosas sobre las que quería hablar sin falta con un amigo.
En Erev Shabat viajamos, entonces, a la casa de la tía de Eli. Cuando llegamos, Rivka estaba leyendo en la sala. Eli la saludó con la mano desde la puerta. Rivka cerró el libro, se levantó, le arrojó un beso con la mano pero no se acercó más. Durante toda la tarde intercambiaron largas miradas y hablaron entre ellos en voz baja, pero no se rozaron ni una sola vez. Después de todo lo que yo había sentido con ellos, me resultaba increíble que consiguieran atenerse a las leyes y evitar todo contacto.
En presencia de Rivka, en sí de cualquiera que no fuera Eli, obviamente yo no podía hablar de lo sucedido. Recién al día siguiente, después de comer y de dormir un rato, salimos a dar un largo paseo por Baltimore.
¿Me resultaba posible dejar un momento de lado el contenido de mi última visión para analizar más o menos objetivamente cómo se había desarrollado y su naturaleza intrínseca?, quiso saber Eli.
Yo había pasado gran parte de la semana anterior intentando exactamente eso. Me había dado cuenta de que estaba aún muy lejos de poder ayudar a alguien con mi talento. Ya comenzaba con el hecho de que yo no sabía si iba a poder ver algo, ni cuándo ni bajo qué circunstancias. Una vez más, como en las dos ocasiones anteriores, las imágenes me habían sobrevenido en forma arrolladora. Había quedado a merced de los acontecimientos sin tener la más mínima chance de poder controlar su desarrollo.
Lo que me parecía más problemático era, empero, que si bien yo me había sumergido en otro yo, nunca había dejado de ser totalmente yo mismo. Había sentido la piel de Rivka y el deseo de Eli y su amor por ella como sólo él mismo podía haberlos sentido. Pero aquella víbora había ido reptando por mi pecho. Esa superposición de emociones ajenas y propias me dejaba en claro que, al menos por el momento, yo no podía ayudar a nadie con mi don. Esta vez había podido distinguir claramente qué sensación era mía y cuál no. Pero dudaba de poder lograrlo siempre. Si no sabía de quién eran los pensamientos que pasaban por mi mente y de quién eran los sentimientos que experimentaba durante una visión, la imagen que se extendería ante mí habría de ser siempre un vago collage hecho de elementos propios y ajenos.
Exactamente eso había pensado él, replicó Eli, cuando había dicho que el Eterno esperaba de nosotros que trabajáramos en nuestros talentos. El primer paso era aceptarlos y comprenderlos en su verdadera naturaleza. Una vez logrado eso, uno podía hacer progresos, crecer y afinar las propias habilidades.
En este momento tú mismo eres tu propio obstáculo, dijo. No consigues replegarte de tu propio yo de tal modo que tus propias sensaciones se desvanezcan completamente. Pero ese ejercicio de replegarse era algo que, de todos modos, la ley exigía de nosotros.
Él lo llamó bitul azmo, lo que significa algo así como autorestricción o más exactamente: disminución del propio ego. Si yo quería, me prometió, dejaría por un tiempo sus escritos místicos y estudiaría conmigo Musar. Podíamos comenzar con el Mesilat Yesharim de Ramjal, un texto de Ética que describía “la senda de los rectos” como un proceso gradual de autoconocimiento y autocontrol.
Bitul azmo no significaba desaparecer como ser humano, sino más bien alcanzar un nivel de humildad que le permitiera a uno continuar aspirando a alcanzar un objetivo pero liberado de todo egocentrismo.
Me sorprendió que viniera con un concepto como el de humildad. Yo había supuesto que era más bien una porción de “conocimiento griego”, como hubiera dicho el tío Natán, lo que yo necesitaba; una formación científica, por ejemplo en Medicina, para poder comprender al menos básicamente lo que sucedía en mi cuerpo y qué era lo diferente en mí comparado con Eli, quien no tendría que vérselas nunca en su vida con el hecho de que recuerdos ajenos se transfirieran a su propio yo. ¿Pero humildad? Ese concepto me sorprendió, sobre todo saliendo de su boca.
También él, reconoció, tenía un largo camino por delante. Lo sabía y por eso no nos haría mal a ninguno de los dos reflexionar sobre la humildad y ensayar algunos de los ejercicios que recomendaba el Ramjal.
¿Estás seguro?, pregunté aún escéptico.
Por supuesto, dijo Eli, al parecer sin poder creer que aquello no me persuadiera de inmediato. ¿Qué más pruebas necesitas?, preguntó. El Eterno actúa en el mundo como un artista en cuya mano hasta un simple grano de arena puede convertirse en una piedra preciosa.
Recordé el atardecer en Zúrich cuando mi tío me había pedido que fuera a su negocio para enseñarme su más bello demantoide. El tío Natán había intentado hacerme comprender que todos los conocimientos seculares no me servirían de nada si no los revestía de un manto de conocimiento de la Torá. Y Eli me explicaba ahora que, si yo alguna vez quería ayudar a alguien con mi don, lo que tenía que hacer era seguir a los maestros de Musar por ese sendero del bitul azmo que ellos habían trazado.
La boda de Eli y Rivka se celebró pocas semanas después en el seno de la familia íntima. Yo acompañé a Eli a la bimá durante su solemne Aufruf como novio; el día de la boda, tal como era su deseo, firmé como testigo de la ketuba de Rivka y los acompañé a los dos bajo el baldaquino rojo rubí cuando él le colocó el anillo y se dio lectura a la ketuba.
Es un dicho que no todas las bodas se celebran en el cielo. Si uno observaba, empero, cómo se miraban los dos, cómo hablablan entre ellos, con cuánta ternura se rozaban discretamente al pasar, no cabía duda alguna de que su unión había sido determinada y sellada por una instancia superior.
Pulsuz fraqment bitdi.