Kitabı oxu: «Espiritualidad y Mística Popular»
Bernardo Olivera
Espiritualidad y mística popular católica

Olivera, Bernardo
Mística y piedad popular / Bernardo Olivera. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Talita Kum Ediciones, 2016.
Libro digital, EPUB
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ISBN 978-987-46145-1-3
1. Religión Cristiana. I. Título.
CDD 230
© Talita Kum Ediciones, Buenos Aires, 2015
www.talitakumediciones.com.ar
editorial@talitakumediciones.com.ar
Primera edición, diciembre de 2015
ISBN: 978-987-29114-9-2
Primera edición digital, febrero de 2016
ISBN 978-987-46145-1-3
Diseño: Talita Kum Ediciones
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Digitalización: Proyecto451
Índice de contenido
Portadilla
Prólogo
Introducción
1. Espiritualidad
Vida teologal
La fe
Fe y Encuentro
Fe y “Ojos de Jesús”
Carnet de identidad
Celebración litúrgica
2. Mística
Mística y Religiones
Don y conquista
Misterio
Mística Cristiana
Místicos/Místicas
El Místico Pascual
Calvario
Resurrección
Abnegación y cruz
Experiencia mística
3. Pueblo
Aclaraciones previas
La Iglesia
Pueblo y Familia de Dios
Incorporación y pertenencia
Espiritualidad y Mística popular
Mestizaje latinoamericano
Raíces históricas
Cultura y culturas
Cultura y fe católica
Documento de Puebla
Documento de Aparecida
Magisterio latinoamericano
Evangelii gaudium
Encuentro fecundante
Liturgia y Piedad popular
Piedad popular y élites ilustradas
Expresiones concretas
Culto a las imágenes
Devoción a María: Guadalupe
Devoción a los Santos: san Juan Diego
Conclusión
Bibliografía
PRÓLOGO
Hoy en día nadie pone en tela de juicio que la Iglesia latinoamericana ha hecho un camino de “autoconciencia” en lo que respecta a la religiosidad del Pueblo de Dios y de los pueblos que habitan la tierra. Desde el inmediato postconcilio hasta la reunión del Episcopado latinoamericano en Aparecida, el camino –tal como se ve reflejado en los documentos del magisterio– ha sido una “peregrinación” en el mejor sentido de la palabra (como camino comunional de búsquedas y encuentros).
Pero los documentos del magisterio –que en sí mismos son también un reflejo de esta autoconciencia– no son lo único que se debe tomar en cuenta. El Pueblo de Dios en su conjunto también ha ido haciendo un proceso largo y a veces penoso (pienso aquí en las repercusiones de actitudes clericales como querer “limpiar” los templos de santos o de llamar “superstición” a muchas de las prácticas de la piedad popular). En algunos casos han sido caminos de “resistencia” y, en muchos otros, han sido procesos de adaptación e incorporaciones culturales. Para citar un ejemplo, no cabe duda de que la creciente urbanización que se produjo en América Latina desde los años sesenta y que hoy contemplamos en nuestras megápolis propició diversos rostros para las expresiones de la piedad o la mística popular.
Este nuevo libro que nos presenta Bernardo Olivera –monje trapense y actual abad del monasterio de Azul, en la provincia de Buenos Aires– vuelve a recorrer, en cierto sentido, la “peregrinación” a la que aludíamos más arriba. El padre Bernardo ya había escrito brevemente sobre el tema de la piedad católica en los años 1980 y 1989. (1) También lo había hecho, desde diversas perspectivas, sobre la Mística Cristiana. (2) Ahora en este libro nos invita a recorrer el camino de una nueva síntesis entre la espiritualidad cristiana, la piedad popular y la dimensión mística de la fe. Nos ayuda de esta manera a recibir y a agradecer como un don la dimensión mística y sapiencial de la espiritualidad de nuestro pueblo. Es por ello que el libro lleva por título Espiritualidad y mística popular católica.
El camino que vamos recorriendo a lo largo de las tres partes del libro, que se encuentran íntimamente relacionadas, nos presenta diversos testigos y escenarios históricos, distintos modos de aproximación al ser humano y a su sed de trascendencia. Nos salen al encuentro las etimologías griegas y latinas; la palabra de Dios comprendida, rumiada y saboreada; la historia de nuestra Patria Grande y de sus pueblos originarios; los santos latinoamericanos, en particular san Juan Diego; los Papas de estos últimos tiempos, el beato Pablo VI, san Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco; teólogos contemporáneos, Padres de la Iglesia y sus Doctores y Doctoras; particularmente presentes están los padres de la tradición cisterciense, en los que Bernardo Olivera ha bebido como en “el propio pozo”. En fin, los paisajes por los que vamos “peregrinando” poco a poco nos van conduciendo a la convicción de “la indiscutible presencia, en América Latina, de una espiritualidad y de una mística popular cristiana y católica, portadora de una Buena Noticia con innegable fuerza evangelizadora”.
El papa Francisco, también testigo ocular de estas realidades en el Pueblo de Dios, durante su reciente exhortación apostólica, Evangelii Gaudium, se hacía eco del magisterio episcopal latinoamericano en Aparecida y decía:
En ese amado continente, donde gran cantidad de cristianos expresan su fe a través de la piedad popular, los Obispos la llaman también “espiritualidad popular” o “mística popular”. (3)
De esta forma entran en el magisterio universal de la Iglesia la conjunción de los términos “piedad popular”, “espiritualidad popular” y “mística popular”. Es por ello que el mismo Francisco, en su reciente viaje por América Latina le decía al clero, a los religiosos y religiosas y seminaristas reunidos en el santuario mariano nacional de El Quinche:
“Volveremos ahora a nuestras tareas, interpelados por el Santo Pueblo que nos ha sido confiado. Entre ellas, no olvidemos cuidar, animar y educar la devoción popular que palpamos en este santuario y tan extendida en muchos países latinoamericanos. El pueblo fiel ha sabido expresar la fe con su propio lenguaje, manifestar sus más hondos sentimientos de dolor, duda, gozo, fracaso, agradecimiento con diversas formas de piedad: procesiones, velas, flores, cantos que se convierten en una bella expresión de confianza en el Señor y de amor a su Madre, que es también la nuestra.” (4)
Que la lectura de este libro del padre Bernardo nos ayude a todos a vivir agradecidos por el don que hemos recibido en la piedad sencilla de este Santo Pueblo de Dios.
FERNANDO M. GIL
Facultad de Teología, UCA
1. Cf. Olivera, Bernardo. “Carta sobre la Piedad Católica, 10 de noviembre, 1980”, en: En María. Catecismo mariano contemplativo, Buenos Aires, Claretiana, 1983, pp. 55-63; cf. también, “Ejercicio sobre la Piedad Católica”, en: En Soledad y Solidaridad. Ejercitatorio mariano contemplativo, Buenos Aires, Asociación Amigos de Soledad Mariana, 1989, pp. 269-313.
2. Cf. Olivera, Bernardo. Carta circular del Abad General sobre la Mística Cristiana, 26 de enero de 1999; íd., Sol en la Noche. Misterio y Mística Cristiana desde una experiencia monástica, Biblioteca Cisterciense, Vol. 1, Burgos, Monte Carmelo, 2001; íd. “Solus Deus Vacare Deo: hacia una Mística Cristiana renovada”, Nova et Vetera, 26, 53 (2002) 13-27; traducido al inglés: “Toward a Renewed Cistercian Mysticism”, Cistercian Studies Quarterly 38, 1 (2003) 91-120, retomado en: Evangelio, Formación, Mística: escritos de renovación monástica II, Zamora: Ediciones Monte Casino 2004, 155-174.
3. Francisco, Evangelii Gaudium, 124.
4. Francisco, Discurso en el Santuario Nacional Mariano El Quinche. Quito, miércoles 8 de julio de 2015.
INTRODUCCIÓN
Este libro consta de tres partes íntimamente relacionadas: espiritualidad, mística y pueblo, aunque no siempre estas relaciones estén explicitadas. El autor prefiere dejar esta tarea en manos de los lectores.
Esta introducción es una afirmación y presentación de convicciones. En la conclusión, una comparación sirve para resaltar lo ya afirmado. El cuerpo de la obra demuestra la veracidad y los límites de las afirmaciones, y muestra también el proceso que conduce a ellas.
Es fácil darse cuenta de que el título aúna positivamente las tres partes de nuestra reflexión, es decir: existe una espiritualidad popular que, bajo ciertas condiciones, se convierte en experiencia mística del Misterio en el seno de la Iglesia católica, Pueblo de Dios.
Esto implica que la espiritualidad popular es:
trinitaria (por Cristo, en el Espíritu y hacia el Padre),
cristológica (Dios y hombre, muerto y resucitado por nuestra salvación),
pneumatológica (el Espíritu como agente de la vida espiritual),
mariana (María es Madre que acompaña y acoge),
teologal (fe, esperanza, caridad),
eucarística (culmen de la liturgia y vida cristiana),
eclesial (unidos en la comunión de los santos y en el pueblo de Dios) y
solidaria (al servicio del prójimo).
Y esto mismo lo encontramos, aunque de una forma peculiar, en la espiritualidad popular tal como existe en Latinoamérica. Se podrían señalar también otras características; una espiritualidad:
devocional (múltiples medios expresivos y de entrega de sí mismo a Dios),
laical (la mayoría de los bautizados son los protagonistas),
trans-social (participan en ella diferentes estratos sociales, aunque se densifica en los estratos más pobres),
evangelizadora (comenzando al interior de esta)
y alimentada por la Palabra de Dios (que le llega por diferentes medios).
Todo esto, concretamente vivido, se puede sintetizar así: Dios crucificado por amor a los pecadores, dando a su misma Madre como Madre nuestra; respondiendo nosotros con fe, esperanza y amor a fin de que obre el Espíritu Santo; siendo solidarios en el bien, rechazando el mal y celebrando la vida.
El adjetivo “popular” puede despistar: ¿a qué se refiere concretamente? Se trata del “pueblo”: este es el sujeto de esta espiritualidad. Y en este pueblo, los sencillos, humildes y pobres ocupan un lugar central y privilegiado. Pero esta espiritualidad abarca todos los sectores sociales y hasta es vínculo que reúne a hombres y mujeres de pueblos y naciones políticamente diferentes. Quizá este “pueblo” no conozca conceptualmente las normas eclesiásticas ni los dogmas. Quizá tenga una escasa formación catequética, pero tiene cultura cristiana y católica, basada en tradiciones recibidas y comunicadas y, en momentos de persecución, él ha sido capaz de derramar su sangre en defensa de su fe.
La historia de nuestra “Patria Grande” nos muestra una gran variedad ya en los mismos orígenes, y su pluralidad se vio aumentada con las diferentes olas migratorias. Se suscita entonces una pregunta: ¿podemos hablar hoy día de unidad cultural en América Latina? El Documento de Aparecida nos da un inicio de respuesta afirmativa en este sentido:
En la nueva situación cultural afirmamos que el proyecto del Reino está presente y es posible, y por ello aspiramos a una América Latina y Caribeña unida, reconciliada e integrada. Esta casa común está habitada por un complejo mestizaje y una pluralidad étnica y cultural, en el que el Evangelio se ha transformado (...) en el elemento clave de una síntesis dinámica que, con matices diversos según las naciones, expresa de todas formas la identidad de los pueblos latinoamericanos (520).
No somos un mero continente, apenas un hecho geográfico con un mosaico ininteligible de contenidos. Tampoco somos una suma de pueblos y de etnias que se yuxtaponen. Una y plural, América Latina es la casa común, la gran patria de hermanos de unos pueblos a quienes la misma geografía, la fe cristiana, la lengua y la cultura han unido definitivamente en el camino de la historia (525).
La existencia de esta “casa común” tiene importancia capital; por esto se puede hablar de “pueblo latinoamericano” y, en consecuencia, de un “sujeto colectivo” de la espiritualidad popular, pese a las diferencias regionales. De todos modos, este tema da para mucho más ya que las culturas son dinámicas y cambiables, y la historia suele traer sorpresas.
Desde hace ya tiempo muchos se han peguntado qué sucederá con la espiritualidad popular ante los embates del secularismo ideológico o ateísmo antropocéntrico, con su séquito de hedonismo, consumismo, voluntad de poder y dominio. ¿Acaso no estaba anunciada la muerte de la religión y la sola pervivencia de la fe interior?
El secularismo y la espiritualidad popular consideran al mundo en forma divergente: todo se explica por sí mismo o todo depende de la Providencia divina; pura inmanencia o trascendencia operante.
Hasta el momento presente, el secularismo no ha arrasado con la espiritualidad popular, pero la ha erosionado con la ayuda de los medios de comunicación social. No es exagerado decir que estamos en situación de riesgo. Pero, si la religión es el corazón de la cultura, y si esta cultura está sellada en Latinoamérica por el cristianismo de tradición católica, creemos entonces que difícilmente la ideología secularista podrá acabar con la espiritualidad popular sin antes arrasar con nuestra cultura. Una cultura popular evangelizada tiene más recursos frente a los embates del secularismo que una mera suma de creyentes; posee, además, valores que pueden provocar el desarrollo de una sociedad más justa y creyente. (5)
Y, si la catequesis está al servicio de: personalizar la fe mediante el encuentro con Jesucristo; promover la dimensión contemplativa; alimentar la gratitud y favorecer un encuentro poético y sapiencial con la creación; podemos pensar que, quizás, en el futuro, la espiritualidad popular podría redimir a la ideología secularista y a su cortejo.
Por la ley de la polaridad, el racionalismo secularista científico-técnico dio lugar a un irracionalismo fundamentalista mágico-supersticioso. Solamente la vida teologal es capaz de renovar la fe frente a la in-creencia, la religión ante la i-rreligiosidad y la razón frente a la i-rracionalidad.
Por otro lado, el avance de las sectas y algunas formas de religiosidad sin compromiso carcomen la espiritualidad de nuestro pueblo. Se puede constatar fácilmente que ha disminuido el número de católicos y, entre los que lo siguen siendo, disminuyen los bautismos y matrimonios. Por eso, la evangelización sigue siendo un imperativo a fin de que todos tengamos más vida en Cristo.
Sea como sea, es claro que el cristianismo latinoamericano, mayoritariamente católico y minoritariamente evangelista, está pasando hoy día por un cambio profundo. La urbanización, la democratización y el racionalismo secularista son las principales causas de esta transformación.
Se dice que entre el 70 y el 80 % de los latinoamericanos viven en ciudades: esto implica un cambio enorme en relación con un pasado no tan lejano. En las causas de este fenómeno se encuentran las migraciones del mundo rural, de otras regiones y de otros países que convierten a las grandes ciudades en laboratorios de cultura tan plural cuanto compleja. Allí conviven pobres y ricos, profesionales y artesanos y, lo que es peor, mucha gente sin trabajo estable o justamente remunerado. Obviamente esto influye en la espiritualidad popular y reclama seguimiento y cuidado pastoral a fin de que la “ciudad terrena” se convierta en la “Ciudad Santa” que desciende del cielo. Nuestra fe cristiana nos enseña que Dios vive en la ciudad (6), lo que no significa que esté ausente en los campos y desiertos.
Mientras esto tiene lugar, el pueblo se auto-evangeliza siendo fiel y expresando su fe de manera tal que la comunica a nuevas generaciones. Y, con frecuencia, en muchos fieles la espiritualidad popular se convierte en mística popular o entrada experiencial en el Misterio de Dios en Cristo. Porque Dios vive también en la ciudad, pues vive en el corazón de cada bautizado.
5. Francisco, Evangelii gaudium 68.
6. Documento de Aparecida 509-514.
1
ESPIRITUALIDAD
La palabra “espiritualidad” tiene una historia más bien compleja, esto explica que el término denote una gran variedad de vivencias humanas y que las definiciones más conocidas no coincidan entre sí.
El término proviene del francés spiritualité, el cual, deriva a su vez del latín spiritualitas-is. Detrás de esta terminología encontramos el verbo latino spirare (soplar, aspirar, respirar) y el sustantivo spiritus, el cual traduce al griego pneuma y al hebreo ruah. En sentido amplio y general, la espiritualidad designa la relación interior del hombre con Dios, relación posibilitada por el Espíritu.
No faltan hoy día cristianos secularizados que intentan quitarle a la fe (teologal) todo lo sobrenatural y teológico, reemplazando estas dimensiones con una hermenéutica crítica y científica de la fe bíblica. Se llega así a concebir la espiritualidad como una experiencia subjetiva, en la que la fe verdadera es una construcción humana y la experiencia, una realidad psicológica, natural y útil. ¡Nos encontramos muy lejos de nuestra concepción de la espiritualidad cristiana!
La espiritualidad cristiana consiste en vivir en el Espíritu de Cristo o, desde otra perspectiva, vivir de fe obrando por el amor. Y esto significa vivir como hijos y hermanos, como hijos del Padre y hermanos unos de otros. Para esto es necesario creer y obrar en consecuencia. En otras palabras:
La espiritualidad cristiana es
una vida filial y fraterna en el Espíritu,
por Cristo y hacia el Padre.
Vida acogida con fe,
obrada en el amor
y anticipada por la esperanza.
Por su misma naturaleza, esta vida, casi sobra decirlo, es eclesial; no hay duda sobre esto. La Iglesia es una comunidad de fe, esperanza y caridad, reunida en virtud de la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. (7) La Palabra de Dios y los Sacramentos, especialmente el Bautismo y la Eucaristía o Cena del Señor, son los medios que alimentan y hacen posible esta vida.
La divina Revelación nos enseña también que la Virgen María es Madre del Verbo encarnado, Jesucristo; y por eso mismo es también Madre de su místico cuerpo, que somos nosotros, su Iglesia. Ella, la Mujer Nueva, llena del Espíritu que la hace fecunda, es Madre nuestra en el orden de la gracia, Madre de nuestra vida en Dios. Claro está que María, en cuanto redimida, aunque en forma inmaculada, es también miembro de la Iglesia. En ella, la Iglesia encuentra toda su perfección evangélica; ella es modelo pleno y acabado de vida en el Espíritu de Cristo. Por esto, ella es creyente, seguidora y discípula de su Hijo, Jesús.
Todo esto es común, aunque con variados matices, a las diferentes Iglesias cristianas, tanto reformadas como evangélicas, ortodoxas y católica. Además, en el seno de una misma Iglesia, la espiritualidad se diversifica. Consideremos, por ejemplo, la forma de vivir la fe común, que es diferente para los laicos, para el clero y para los religiosos dentro de nuestra Iglesia católica. Para complicarlo todavía más, estas espiritualidades pueden recibir por otros factores (personas inspiradas, cosmovisión, cultura, situación eclesial y, sobre todo, la Divina Providencia) diferentes énfasis que dan lugar a distintas modalidades de vivir la fe y, en consecuencia, distintos tipos de espiritualidad. Finalmente, las distintas culturas no son ajenas tampoco a las causas de la diversidad de espiritualidades.
Vida teologal
En su sentido más amplio, la gracia divina es todo don de Dios ordenado a la nueva vida conferida en Jesucristo. Considerada en su causa, la gracia es la benevolencia divina fundada en la insondable Vida Trinitaria, que quiere comunicarse y hacernos partícipes de su Misterio. Si se considera la miseria e indigencia del hombre a quien se dirige dicha comunicación, la gracia se puede denominar misericordia.
Desde el punto de vista de sus efectos, la gracia es el don derivado de la benevolencia de Dios; este puede ser:
Externo: constituyendo una realidad objetiva y presente en la historia, a saber: la Sagrada Escritura, la Iglesia y los sacramentos. Se trata de dones que acompañan la Alianza y la Encarnación; mediante ellos somos conducidos al conocimiento y amor de Dios.
Interno: es recibido en el acto de la justificación y puede ser:
Gracia gratis data o carismas.
Gracia actual: siempre transitoria, ilumina la mente y robustece la voluntad.
Gracia gratum faciens, santificante o habitual, llamada también de las virtudes y dones. De por sí es permanente y transforma el alma y las facultades. Es el principio de la vida espiritual.
Pero Dios no solo nos llena y eleva con sus dones sino que Él se dona a sí mismo. Y esto se cumple por la venida y morada de las tres Personas divinas en nuestras almas: Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él (Jn 14, 23). Y esta presencia de Dios en nosotros, llamada presencia de inhabitación, se atribuye al Espíritu Santo que nos ha sido dado (Rm 5, 5).
La gracia habitual o santificante es el principio interno permanente de la vida espiritual. Ella nos transforma interiormente, nos hace partícipes de la naturaleza divina (2 Pe 1. 4) y nos permite entablar una relación interpersonal con Dios, quien nos acepta en su amistad. El don de la gracia trae aparejada una exigencia, una invitación a un nuevo modo de vida, que es concretamente:
Vivir de una manera digna del Señor, agradándole en todo, fructificando en toda obra buena y creciendo en el conocimiento de Dios (Col 1, 10-14).
Con la gracia santificante recibimos unos principios permanentes de actividad espiritual. Las virtudes teologales, fundadas en la gracia, son los principios dinámicos del encuentro personal con Dios. Reconociendo los límites de todo gráfico, podemos presentarlas así:
| Revelación divina y respuesta teologal | |
| Dios se revela | Nosotros respondemos |
| Con Palabra de Verdad, testimoniada por los hechos salvíficos. | Escuchando y viendo con el oído y los ojos de la fe, la cual nos permite asentir al Verdadero. |
| Motivado por el Amor. | Adhiriéndonos, por la fuerza de la caridad, al que es Bueno. |
| Prometiendo su Plenitud. | Deseando y confiando, por medio de la esperanza, alcanzar nuestra Felicidad suprema. |
Si la gracia es el inicio de la vida eterna, las virtudes teologales son el movimiento hacia Dios. Y pueden distinguirse entre sí según diferentes aspectos de dicho movimiento:
Con la fe emprendemos el camino. En la vida eterna, la fe será sustituida por la visión, meta de la peregrinación.
Con la esperanza, nuestra intención y nuestro deseo se dirigen hacia la posesión de Dios. Ella será sustituida luego por la comprehensión.
Mediante la caridad ya se posee a Dios, y se efectúa la unión con Él. En el cielo se convertirá en fruición.
Las virtudes teologales existen compenetradas entre sí. Esta inclusión se funda en la unidad del movimiento hacia Dios y en la función integradora de la caridad, la cual es: vínculo de perfección (Col 3, 14) y forma de las virtudes, pues las orienta hacia el Fin sobrenatural. (8) Como la caridad es, además, principio de la relación interpersonal con Dios, la fe y la esperanza se personalizan en la medida de la intensidad del amor.
El Doctor de la fe, san Juan de la Cruz, nos dice que la fe teologal está hecha de amor en su mayor parte, así como el amor teologal está hecho de fe. A medida que aumenta la oscuridad de la fe y se van perdiendo las claridades que procura la inteligencia, la persona va echando cimientos en el amor: sin otra luz y guía, sino la que en el corazón ardía. Aquesta me guiaba, más cierto que luz del medio día... Este amor, crecerá, poco a poco en la intuición del Misterio y permitirá un conocimiento sabroso de este: ha nacido entonces la sabiduría. A esta fe fundida con el amor, nuestro Doctor la llama “contemplación”. (9)
Finalmente, todos sabemos que la vida teologal (gracia y virtudes) supone la naturaleza humana, la sana y la eleva. Este principio básico se puede extender también a la cultura en la que vivimos los bautizados. Se comprende así la afirmación del papa san Juan Pablo II en su Carta encíclica Fides et ratio: la forma en que los cristianos viven la fe está también impregnada por la cultura del ambiente circundante y contribuye, a su vez, a modelar progresivamente sus características (71).
El principio recién enunciado tiene consecuencias muy concretas en relación con las espiritualidades. Cada una de ellas es hija de una época, un lugar y una cultura determinada. Respecto a la fe, podemos decir que, sin dejar de ser fe cristiana, posee un elemento cultural que lleva a vivirla y expresarla en formas diferentes según distintas culturas. La vivencia de la fe cristiana en Japón no es igual a la vivencia francesa; ni esta última será idéntica a la de Madagascar.
La fe
Ya que la fe es el inicio y la compañera que posibilita la búsqueda y el encuentro con Dios en Cristo, parece importante tener claro lo que es. El papa Francisco, con la ayuda de su predecesor (o a la inversa), nos ofrece varias aproximaciones a la realidad de la fe en su primera Carta Encíclica, Lumen fidei:
La fe nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor, un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y construir la vida (4).
La fe nos abre el camino y acompaña nuestros pasos a lo largo de la historia. Por eso, si queremos entender lo que es la fe, tenemos que narrar su recorrido, el camino de los hombres creyentes (8; cf. 46).
La fe “ve” en la medida en que camina, en que se adentra en el espacio abierto por la Palabra de Dios (9).
La luz de la fe no disipa todas nuestras tinieblas, sino que, como una lámpara, guía nuestros pasos en la noche, y esto basta para caminar (57).
En su vida, María ha realizado la peregrinación de la fe, siguiendo a su Hijo (LG 58). Así, en María, el camino de la fe del Antiguo Testamento es asumido en el seguimiento de Jesús y se deja transformar por él, entrando a formar parte de la mirada única del Hijo de Dios encarnado (58).
La fe es la respuesta a una Palabra que interpela personalmente, a un Tú que nos llama por nuestro nombre (8).
Creer significa confiarse a un amor misericordioso, que siempre acoge y perdona, que sostiene y orienta la existencia, que se manifiesta poderoso en su capacidad de enderezar lo torcido de nuestra historia (13).
Sin un amor fiable, nada podría mantener verdaderamente unidos a los hombres (51).
Para la fe, Cristo no es solo aquel en quien creemos, la manifestación máxima del amor de Dios, sino también aquel con quien nos unimos para poder creer. La fe no solo mira a Jesús, sino que mira desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una participación en su modo de ver (18).
“Tocar con el corazón, esto es creer” (31).
La fe, puesto que es escucha y visión, se transmite también como palabra y luz (37).
Es posible responder en primera persona “creo” solo porque se forma parte de una gran comunión (39).
Todo esto lo conjuga el Catecismo de la Iglesia Católica diciéndonos: la fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios, y es, al mismo tiempo e inseparablemente, el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado (150). Es decir: es adhesión a la Persona y asentimiento a su Palabra.
Todo cristiano, desde el papa hasta el más simple de los bautizados, desde el teólogo más ilustrado hasta el fiel más pobre y simple, está llamado a crecer en la fe; caso contrario, esta no se convertirá en visión. ¡Hasta la Virgen María, concebida inmaculada y no necesitada de ulterior purificación, tuvo que peregrinar en la fe a lo largo de su vida! Este crecimiento implicará para nosotros una dolorosa purificación. La teología espiritual nos enseña que nuestra fe crece:
Según el objeto, aquello “en qué creemos” (Credere Deum = creer a Dios):
≈ Presupuesto: “Dios existe, crea y salva”, “Trinidad y Redención”, “Dios Uno y Trino, crea y salva por Cristo, en la Iglesia”.
≈ Crecimiento:
Aprendiendo, por medio de la catequesis y la teología, el contenido de la Revelación.
Descubriendo nuevos aspectos ocultos en la Palabra de Dios.
Penetrando más hondamente en la revelación del Misterio.
Según el motivo: “por qué creemos” (Credere Deo = creer por Dios):
≈ Crece purificando más y más el motivo (la autoridad divina: el Dios que existe y se revela no puede engañarse ni engañarnos) y despojándose de otros motivos (necesidad de seguridad, utilidad y sublimidad de la revelación cristiana, confianza en el magisterio de la Iglesia, aprecio por los creyentes...) que puedan suplantar o empañar la autoridad de Dios. Así nos adherimos más y más a Dios por Dios mismo, sabiendo que esta adhesión es un don divino totalmente gratuito. La fe crece y se fortalece creyendo. (10) Esto no significa que la fe sea un movimiento ciego del espíritu: es razonable creer y existen motivos para ello.