Kitabı oxu: «Érase un río»

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BONNIE JO CAMPBELL (1962) creció en una pequeña granja de Michigan con su madre y sus cuatro hermanos y puede que sea una de las únicas beneficiarias de una beca Guggenheim que sabe cómo se castra un cerdo. Cuando se marchó a Chicago a estudiar filosofía, su madre alquiló su habitación. Después se recorrió EE.UU. y Canadá haciendo autoestop. Un día vio en una farola de Phoenix un cartel del célebre circo Ringling Bros. and Barnum & Bailey y se unió a la caravana vendiendo granizados. Los demás vendedores eran tipos rudos, desdentados, tatuados y llenos de cicatrices. La gente prefería el puesto de Bonnie Jo porque parecía la vecina inocente de la puerta de al lado. Se sacó mucha pasta. Más tarde ascendió los Alpes en bicicleta y organizó viajes de aventura por Rusia, los países bálticos y Europa del Este. En 1992, tras obtener un máster en matemáticas, comenzó a escribir sobre la vida en las pequeñas localidades rurales de Michigan. Es autora de dos novelas y tres colecciones de relatos y ha sido nominada al National Book Award en dos ocasiones. Actualmente reside con su marido y otros animales en las afueras de Kalamazoo. Estudia Kobudō, «el camino antiguo del guerrero», el arte marcial ancestral de Okinawa, y le gusta pasar el rato con sus dos burros: Jack y Don Quijote. En su refugio subterráneo ideal para el fin del mundo habrá arroz, frijoles, frutos secos, hortalizas deshidratadas, agua, una buena reserva de guantes y calcetines (porque es de pies fríos), material para escribir y todo Dickens. Su bar favorito es el Tap Room, donde suele haber peleas. Le gusta estar donde está la vida. La gente de ese bar son los personajes que pueblan sus relatos, su tribu. Aunque conviene señalar que ya no bebe ni se pelea tanto como antes, porque necesita estar despejada por las mañanas para poder escribir.

ÉRASE UN RÍO

ÉRASE UN RÍO

Bonnie Jo Campbell

Traducción Tomás Cobos


Título original:

Once Upon a River

W.W. Norton & Company, Inc., 2011

Primera edición: Septiembre 2019

Segunda edición: Agosto 2020

© Bonnie Jo Campbell, 2011

© 2019 de la traducción: Tomás Cobos

© de esta edición: Dirty Works S.L.

Asturias, 33 - 08012 Barcelona

www.dirtyworkseditorial.com

Traducción: Tomás González Cobos. Me ayudaron a afinar la puntería Ione Harris, Tracy Rucinski, Javier Lucini y Gabriel Range.

Diseño de cubierta: Nacho Reig

Ilustración: © Antonio Jesús Moreno «El Ciento»

Maquetación y correcciones: Marga Suárez

ISBN: 978-84-19288-18-9

Producción del ePub: booqlab

A todos los niños criados por lobos

Mi hogar está en el agua, detesto la tierra.

El hogar está en el agua, detesto la tierra.

Mi hogar está en el agua, detesto la tierra.

Antes la muerte que quedarme a ser tu perro.

«See See Rider», tradicional




1

El río Stark fluía por el meandro de Murrayville como la sangre por el corazón de Margo Crane. Le gustaba remar contra corriente para ver patos joyuyos, patos de lomo blanco y águilas pescadoras, para buscar salamandras tigre entre los helechos. Otras veces dejaba la barca a la deriva para concentrarse en la búsqueda de tortugas pintadas que se calentaban al sol sobre árboles caídos y contar garzas en la colonia que había junto al cementerio de Murrayville. O amarraba la barca y subía por pequeños arroyos para recoger cangrejos, berros y minúsculas fresas silvestres. Tenía los pies insensibles contra las piedras afiladas y los cristales rotos. Al nadar, Margo tragaba a veces pececillos vivos y sentía que el río Stark se movía en su interior.

Caminaba entre las raíces serpentinas para apresar culebras de agua y dejar que el hierro limpiara las heridas de sus mordeduras inofensivas. En alguna ocasión engañaba a una tortuga lagarto para que se aferrara a una rama con sus mandíbulas y entonces se la llevaba al abuelo Murray, que cocía la carne para hacer sopa y les decía a los niños que comer tortugas lagarto era como comer dinosaurios. Margo era la única a la que el viejo aceptaba llevar cuando iba a pescar o a inspeccionar las trampas para animales, porque ella era capaz de sentarse sin hablar durante horas en la proa de La Rosa del Río, su barca de madera de teca. Margo sabía que, cuando sentía la tentación de hablar o gritar, lo que debía hacer era callarse, observar y escuchar. El viejo la llamaba Duende o Ninfa del Río. Sus primos la llamaban Ninfómana o Ninfo, pero por lo general no cuando el viejo andaba cerca.

Margo –Margaret Louise, según la partida de nacimiento– y sus primos conocían bien las aguas fangosas y los remolinos, la arena y el cieno entre los dedos de los pies, y con aquellos materiales llenaban envases de plástico que antes habían contenido queso fresco y helado, y tamizaban el barro con las manos para modelar precarias estalagmitas y húmedos castillos. Excavaban en las orillas, hurgaban la tierra y tallaban las raíces para crear cavidades y túneles que se desmoronaban. Si un niño se quedaba demasiado rato en un terreno blando y se hundía hasta las rodillas, bastaba con que diera una voz y los demás acudían a rescatarlo. Pasaban los veranos desnudos o casi desnudos, recogiendo lombrices en los bosques musgosos y huevos de rana de los nidos viscosos bajo las ramas sumergidas. Construían balsas uniendo troncos del río con cuerdas de embalar. Todos aprendieron a leer en la superficie del agua las amenazas ocultas en el fondo. Una vez, cuando Margo tenía ocho años y Junior, su primo favorito, nueve, rescataron a un tío suyo que se había caído borracho al río.

Todos pescaban en los brazos muertos del río mojarras de oreja azul, peces sol y percas de roca, pero evitaban la zona por debajo de la fábrica metalúrgica Murray, donde una cañería de desagüe vomitaba al río un mejunje de aguas residuales, aceite industrial y disolventes; allí había peces con extraños tumores, ampollas en torno a la boca y las agallas deshilachadas. Algunos días de viento, el humo de color arcilloso de la central flotaba por todo el cauce, subía hasta alcanzarlos a través de las mosquiteras de los porches, y penetraba en sus casas por los tablones del suelo y los intersticios de las puertas.

Los Murray eran una tribu terca, y Bernard Crane no lo era menos por haber sido el hijo bastardo de Dorothy Crane y el viejo Murray durante una infidelidad pasajera, olvidada en el tiempo por una esposa que, pese a (o quizá por) su naturaleza indulgente, murió joven. El anciano rogó a Dorothy Crane que le diera al niño su apellido, pero en el certificado de nacimiento ella puso «padre desconocido». Algunos decían que Dorothy tenía sangre india y que por eso Bernard era tan bajito, y otros decían que aquella mujer no había tenido suficiente leche para su bebé porque el viejo se había negado a abandonar a su legítima esposa, mientras que otros, entre ellos Cal Murray, negaban que Bernard fuera uno de los Murray. Con todo, años después, cuando Bernard Crane –a quien todos llamaban Crane a secas– y su mujer, Luanne, tuvieron una preciosa hija de ojos verdes, el río experimentó un corto periodo de reconciliación, y todos los Murray acogieron a Margo. La madre de la pequeña llegó incluso a disfrutar del aprecio de las otras mujeres durante una temporada. Las más de las veces, sin embargo, la tachaban de «espíritu libre», y no lo decían como un cumplido.

Cuando el tiempo lo permitía, Margo y sus primos nadaban todo el día. Hasta en las épocas de sequía en que el nivel del río bajaba tanto que podía atravesarse a pie, nadaban hasta el caserón de los Murray en la orilla norte, donde la tía Joanna horneaba pan o tendía la colada, donde el tío Cal los dejaba a veces tirar al plato con fusiles o a dianas con escopetas del calibre 22. Nadaban también en dirección contraria, hasta la sombreada casa de Crane, donde Luanne se tendía a menudo en una tumbona al extremo del muelle flotante, el único lugar soleado en aquel terreno, con el bikini desabrochado. Luanne se tumbaba a dorarse como los panes de Joanna en el horno, y no levantaba la cabeza ni abría los ojos si no era para beber el vino blanco aguado que tenía en un frasco lleno de hielo medio derretido. Desprendía un aroma a manteca de cacao que llegaba hasta el agua y los chicos no podían dejar de mirarla.

Por las tardes, Margo volvía a casa remando, nadando o dejando la barca a la deriva, y su madre, al anticipar el regreso de su hija, se despertaba, se ponía en pie sobre el muelle, a veces con paso vacilante, con una toalla lista para Margo, su toalla preferida, demasiado grande y con un dibujo de jungla verde. A Margo le castañeteaban los dientes mientras su madre la arropaba y la abrazaba. Solo entonces sentía Margo el dulce perfume a vino en el interior de la nube de manteca de cacao. Luanne le decía: «¡Cuidado, Margaret Louise!», mientras pasaban abrazadas del muelle a la orilla, en dirección a la casa. Inspeccionaban en el porche el cuerpo de Margo por si tenía sanguijuelas y rociaban de sal a las que se resistían. Después de ducharse las dos, Luanne solía irse a la cama con la botella de vino a ver la televisión, o comenzaba sus doce horas de sueño, pero Margo se enroscaba en el sofá a esperar a que regresara su padre del segundo turno en la fábrica metalúrgica Murray, hojeando a veces su libro de Annie Oakley, cuya cara seria nunca se cansaba de examinar. Annie tenía una imagen muy natural con sus fusiles y escopetas, y a Margo le parecía lógico que todas las chicas tuvieran un rifle de caza. Cuando se lo contó a su madre, Luanne le respondió con voz cansada que no comprendía cómo «podía disparar Annie Oakley tantas veces sin matar a nadie, sin cargárselos a todos», y Margo no volvió a mencionar el tema.

Después de una gran tormenta o un deshielo repentino, el río se metamorfoseaba en una tromba frenética que transportaba corriente abajo todo tipo de objetos: barcas mal amarradas o fragmentos de muelles arrastrados contra los árboles. Sobre la orilla aparecía un variado revoltijo de cosas: bidones de doscientos litros, boyas cubiertas de moho aún atadas a sus cuerdas de nailon y cadáveres de animales. Y la inundación se tragaba lo que los Murray no habían fijado a la tierra por una u otra razón: arena de los areneros, los excrementos de la media docena de cerdos del pastizal, postes del huerto y enrejados para tomates del verano anterior, juguetes y escudillas para perros, miles de cartuchos utilizados cerca de la granja. Cada año, las inundaciones arrasaban las guaridas de las ratas almizcleras, ahogaban topos, se llevaban los barriles para hacer hogueras, erosionaban el terreno y desgajaban grandes masas de tierra. Un mes de febrero, después de un deshielo precoz, los Crane perdieron un montón de leña que habían apilado demasiado cerca de la orilla.

La muerte del abuelo de Margo, cuando ella tenía catorce años, afectó a toda la familia como una de aquellas riadas de finales del invierno, lo enfrió todo, acabó con la vieja generación y con cualquier pegamento o vínculo que hubiera mantenido unidos a los Murray. Cuando la dejaban, Margo solía pasar largos ratos en la galería junto al lecho del abuelo enfermo. Después del funeral, Margo salió con el tío Cal, cargó quince cartuchos en la Marlin del calibre 22, como Annie Oakley, deslizó la correa hasta el hombro y se dedicó a apuntar por la mirilla de hierro. Como el primer tiro salió desviado, Cal le sugirió que se sentara con las piernas cruzadas y apretara más la correa. Los catorce disparos posteriores acertaron en la diana de papel, concentrados en una zona justo a la izquierda del centro. Doce disparos dieron en el mismo sitio, perforando un agujero de poco más de un centímetro.

–¿Qué ha sido eso? –dijo Cal, pasando el dedo por el papel agujereado–. Yo no he disparado así en mi vida. Es impresionante.

Cal se atribuía el mérito de haberle enseñado a disparar, pero, aunque Margo había sido consciente de la ayuda de su tío, había sentido con la misma intensidad que era la escopeta misma quien la guiaba. La escopeta la estabilizaba, al tiempo que la tristeza afinaba su puntería.

Cuando Cal Murray se encargó de la presidencia de la fábrica metalúrgica, exigió a sus hijos que fueran a trabajar en verano en lugar de pasarse el día explorando el río. En torno a esa época, la madre de Margo comenzó a ponerse maquillaje y a desaparecer durante varias horas por la tarde. Siempre regresaba al anochecer, hasta una noche de julio en la que Margo se encontraba sola junto al muelle. Su red de pesca, demasiado grande, contenía un pedo de lobo gigante, blanco como la luna, más gordo que su cabeza. Margo se levantó y se subió al muelle con el champiñón de cráneo blanco en la mano, con la intención de trocearlo y freírlo para cenar. La pequeña casa de los Crane estaba en la oscuridad. Cuando encendió la luz de la cocina, se encontró una nota en la mesa. La leyó y releyó, pero no fue capaz de descifrar su código. Luanne había dicho muchísimas veces que no soportaba vivir en aquel lugar, pero seguía allí. Margo se rascó el tobillo y encontró una sanguijuela gorda. No tuvo la paciencia de resecarla con sal, sino que agarró un cuchillo de carnicero, aplastó con el mango de madera la cabeza de la criatura y lo retorció hasta que el amasijo sanguinolento cayó en las baldosas de la cocina.

Es posible que la decadencia de la fábrica metalúrgica Murray tras la muerte del viejo Murray y el desempleo que provocó fueran inevitables, a juzgar por las tendencias económicas de finales de los setenta, o quizá la culpa la tuviera la gestión de Cal. Quizá lo que ocurrió con el tío Cal y Margo después del Día de Acción de Gracias fuera igualmente inevitable. Margo acababa de terminar de fregar una segunda pila de cacharros y platos, y su tía Joanna la echó de la cocina.

–Ve a divertirte con los otros niños –le dijo Joanna–. Anda, fuera.

–Voy a ponerme los vaqueros –dijo Margo.

Llevaba un vestido de mangas largas, que Joanna le hacía ponerse cuando iba a la iglesia, aunque fuera solo para donar latas de conservas. El vestido no le quedaba mal por arriba, pero le caía por debajo de las rodillas.

–¿Qué tiene de malo llevar ropa de chica? –le preguntó Joanna–. Ve a decirle a tu primo Junior que deje ya los discos de rock & roll. Que ponga un poco de country.

La fiesta estaba en su apogeo, y desde los altavoces colgados de los árboles atronaba «Smoke on the Water». Joanna la acompañó hasta la puerta, le arrojó la chaqueta sobre los brazos y la empujó al frío del exterior. Margo se subió el vestido y lo plegó por la cintura para acortarlo. Era la primera fiesta sin el abuelo Murray y Margo echaba de menos su imponente presencia. Atravesó la hierba helada hasta llegar a su padre, que estaba enfrascado en una conversación sobre soldar. Como no le hacía caso, se acercó al sitio donde estaban cortando el cerdo asado. El tío al que Margo había salvado de ahogarse, Hank Slocum, estaba rebanando tiras de carne y las ponía en una bandeja grande de aluminio. Margo se quedó a mirar un rato hasta que se vio el blanco de los huesos del animal. Hank Slocum vivía con su mujer y sus seis hijos en un par de caravanas a menos de un kilómetro de la finca de los Murray. Julie Slocum, que seguía siendo una chivata, aunque ya tenía trece años, estaba coqueteando con su primo Junior, que estaba sentado con las piernas cruzadas junto al tocadiscos, sin hacerle caso. Billy Murray, varios meses mayor que Margo, estaba mangoneando a unos niños pequeños, incluidos sus hermanos gemelos, Toby y Tommy. Margo vio cómo les ordenaba que fueran a cuatro patas hasta donde estaban los hombres jugando a la herradura y escupieran en sus cervezas espumosas. Los hombres no se daban cuenta y cada vez que uno de ellos acercaba el vaso de plástico a los labios, Billy y los niños se partían de risa. Margo estaba tumbada en compañía del labrador negro, Moe, con quien mantenía una conversación de gruñidos y ladridos, cuando sintió la bota de su tío Cal en las costillas.

–Eh, Duende, si quieres ir a cazar, tendrás que aprender a desollar los ciervos.

Margo se levantó y se volvió a subir el vestido. Cal tenía fama de soltar cumplidos a las chicas si eran bonitas, así que todas se esforzaban por estar guapas.

–Si quieres aprender ahora mismo, te puedo enseñar –dijo arrastrando las palabras.

Aunque su padre le había dicho que no se acercara a los hombres cuando bebían –incluido él mismo–, Margo siguió al tío Cal hasta el cobertizo encalado. Se alisó el pelo para asegurarse de que no tenía un mechón rebelde. La estufa de leña se había apagado, pero aún hacía calor en el interior, así que Cal se quitó la chaqueta y la tiró al suelo de tierra. Margo se sorprendió al ver que Cal la atraía hacia él, de modo que tropezó y le empujó sin querer contra el ciervo destripado, que se balanceó, impregnando el aire de olor a sangre.

Cuando Cal le besó la cabeza, Margo apretó la cara contra el pecho amplio de su tío y sintió la camisa gruesa de franela en su mejilla. Le encantaba el olor a cuero que desprendía Cal, aunque estaba mezclado con carne de cerdo y cerveza. Cal la envolvió con sus brazos y la elevó hasta que sus caras estuvieron juntas, algo que hubiera entrado dentro de la normalidad cuando ella era una niña pequeña. Acababa de cumplir los quince.

–¿Quieres venir a cazar conmigo mañana, a las cinco de la mañana?

Margo asintió, aunque había visto el pánico en la cara de su tía Joanna cuando Cal sugirió varios días antes que iba a llevarse a Margo a cazar en el primer día de la temporada en lugar de a uno de sus cinco hijos varones. Margo agitó las piernas como si estuviera nadando.

Mientras la sostenía a medio metro del suelo, Cal la besó en la boca y susurró:

–¿Qué tal? No está tan mal, ¿no?

Margo se quedó sin aliento. Había besado a varios chicos en la escalera del colegio y a un amigo de Junior en la cabaña abandonada río arriba; había probado todo tipo de besos: suaves e intensos, rápidos y lentos. Después de asegurarse de que Junior estaba dormido, Margo y el amigo de su primo se habían quitado la ropa. Margo pensaba que nadie sabía que había llegado hasta el final con él, pero quizá Cal sí. Cal la llevó en brazos como si fuera una recién casada al pasar el umbral de la casa. Era un hombre muy guapo, la madre de Margo siempre lo decía. Cuando Cal colocó a Margo sobre su chaqueta enorme en el suelo de tierra, Margo intentó respirar con normalidad. Cuando las manos de Cal comenzaron a tocarla, intentó pensar en la vez que su tío le enseñó a disparar, colocando sus manos y sus brazos, diciéndole que «apretara» el gatillo, que no «tirara» del gatillo. Para el tirador, el disparo tenía que ser una sorpresa, según Cal, aunque todos sus gestos fueran en esa dirección.

–Eres preciosa –susurró Cal–. Impresionante.

Cal era el hombre más guapo del pueblo, según decía su madre, pero ¿dónde estaba su madre para explicarle lo que estaba pasando ahora? Margo sabía que aquello no era normal, y sabía que su padre estaría furioso, pero no dijo «no». Decir «no» habría sido como disparar una bala: no habría manera de hacer que el proyectil retrocediera. Cuando todo esto hubiera acabado, podía aprender a gritar «no», pero por ahora confiaría en Cal. La chaqueta se desplazó debajo de su cabeza, de forma que cuando se giró para mirar hacia la puerta, tenía la oreja contra la tierra. Notó un olor a sangre, moho y orín de ratón cuando Cal se colocó encima de ella. La luz dorada de la ventana orientada hacia poniente le calentaba la mejilla, y allí vio la cara de una chica. En un primer momento Margo pensó que era su propio reflejo, pero era Julie Slocum. La chica se tapó la boca con una mano y desapareció.

–¿A que no ha estado tan mal? –dijo Cal después.

Sabía que Cal no esperaba ninguna respuesta. Nadie esperaba nunca ninguna respuesta de ella. Ni siquiera los profesores. Antes de responder a cualquier pregunta que plantearan en el colegio, siempre sentía la necesidad de preguntarse cuál era su relación con todas las demás cosas que sabía. Ella respondía horas después, cuando estaba sola en su barca estudiando los insectos sobre la superficie del río. Le resultaba más fácil resolver los problemas de matemáticas en la cabeza mientras remaba; le resultaba más fácil entender cómo se dividían las células cuando estaba bajo el agua.

«¿Había estado tan mal?». Margo se subió las bragas. Pensó que, si no se concentraba en la respiración, se olvidaría de respirar. Miró a su alrededor para comprobar si había cambiado algo más. El cuerpo del ciervo no había cambiado, ni las telarañas, ni el olor a sangre. El tío Cal tenía la misma sonrisa. Margo sintió la necesidad de salir de la cabaña, de analizar todo esto desde fuera para comprender lo que había pasado.

Entonces entró como un vendaval el padre de Margo. Cal se estaba levantando, abrochándose la bragueta, cuando su padre, apenas más alto que Margo, abrió la puerta de un puntapié y le dio una patada a Cal en la boca con la bota de trabajo. Margo oyó un crujir de huesos y en el suelo rebotaron dos perlas rojiblancas, los dientes del tío Cal. Los medio hermanos, famosos por su temperamento, se pusieron a gruñir como osos. Cal le dio un puñetazo a Crane en la mandíbula tan fuerte que Margo oyó cómo se rompía un hueso.

La tía Joanna se presentó en la cabaña justo después de que el padre de Margo le golpeara con la cabeza a Cal con tanta fuerza que le rompió una costilla. Alrededor se formó un grupo de doce espectadores, quizá más, unos dentro de la caseta, otros en la puerta o en la ventana sucia. Julie Slocum entró y le pasó la mano por el pelo a Margo. Margo percibió el olor a queroseno en la chica, por los calefactores que tenía su familia en las caravanas. Cal estaba ahora tumbado en la tierra, y encima de él se veía la columna vertebral de Joanna, inclinada sobre su marido. Le limpió la sangre de la boca con un pañuelo y le susurró unas palabras con tono furioso. En voz baja, Cal se defendió, pero de pronto todo el mundo se quedó callado.

–Esta zorra me ha atraído hasta aquí, pero te juro que no la he tocado –dijo.

Todo el mundo se quedó en silencio hasta que Julie retrocedió en dirección a la puerta. Alguien tosió y la gente comenzó a murmurar.

Joanna le lanzó una mirada a Margo.

–¡Maldita seas! –le dijo.

Margo miró a Cal entrecerrando los ojos, observándole como a través de la mirilla de hierro de la escopeta Marlin, a la espera de una explicación o un guiño, lo que fuera, un gesto que sugiriera que no había dicho aquello en serio. La ruptura entre Margo y el resto de la familia, que había comenzado con la muerte del abuelo de Margo en enero y la marcha de su madre en julio, era ahora completa. Hasta su padre, que sangraba al lado de Margo por la mejilla y la boca, parecía distante mientras le decía que se levantara.

En el asiento delantero de la camioneta, su padre le exigió que le contara lo que había pasado, pero Margo no dijo nada. Llevó el coche hasta el aparcamiento de la comisaría y le rogó a Margo que entrara con él. Durante un momento forcejeó con Margo, pero ella se agarró a la palanca de cambios con la mano izquierda y al reposabrazos con la derecha y sujetó fuerte. No había opuesto resistencia a Cal, pero estaba aprendiendo a marchas forzadas la lección de la resistencia. Esa noche, en casa, desvelada en la cama, oyó la llamada de un búho. «Uh uh, ¿quién eres tú?». Ella susurró imitando el sonido. Se imaginó apuntando y disparando al ave en su estúpida rama de cedro. Desde la ventana, se veían las luces en la casa de los Murray al otro lado del río y se oía una música suave.

A la mañana siguiente, Margo se despertó por los lamentos de su padre en la habitación de al lado. Abrió el pestillo de la puerta de la habitación con un cuchillo para untar y le encontró en la cama, con olor a licor de moras, la cara hinchada y cubierta de sangre coagulada. Le pidió a Margo que le trajera una lata de cerveza. Margo sacó el paquete intacto de doce cervezas que había junto al frigorífico y lo tiró fuera del porche de un puntapié, de forma que se fue rodando por la hierba hasta pararse bajo la ventana de su padre, con el cartón reventado. Abrió una lata y dejó que la espuma le llenara la mano, dio un trago largo a lo que quedaba y lo escupió. Depositó la lata en un tocón. Puso una segunda lata, sin abrir, en la horcadura de un árbol e hizo una pausa para escuchar el arrullo de una huilota en la tierra escarchada. Con un chillido igual de melancólico, le pidió al pájaro que se fuera. Colocó una tercera lata bajo un grupo de cañas de frambuesas. Fue colocando una a una todas las latas en el bosque. En una mano tenía el fusil de caza de su padre, del calibre 20, y en su bolsillo tenía doce cartuchos. Se alejó unos metros, metió cuatro en el cargador, cargó una ronda en la recámara y pulverizó la primera lata. Absorbió el retroceso sin inmutarse. Recargó, apretó la culata con más fuerza contra el hombro, disparó otra vez y observó cómo explotaba la segunda lata. Un chorro de espuma salió disparado a un metro del suelo. Fue reventando las latas, una a una, en la penumbra, hasta hacerlas añicos, parando solo para recargar. Inspiró profundamente el dulce aroma a pólvora. Cada disparo emitía un eco a través del bosque, sobre la superficie del agua.

En la habitación de su padre se encendió una lámpara. Tenía que llevarle al hospital. Mientras esperaba a que saliera, escuchó el flujo del agua junto a ella, bajando por el río Stark, de camino a la presa de Confluence, al otro lado estaba el río Kalamazoo y, por último, el lago Michigan. En sus oídos aún resonaban los disparos. El hombro le palpitaba.

2

Un año después, el domingo antes del Día de Acción de Gracias, arrodillada entre dos cedros en la penumbra que precede al alba, justo por encima de su casa, Margo observaba a un ciervo macho con seis puntas en las astas que buscaba bellotas entre el lecho de hojas heladas. Margo tenía todo el tiempo del mundo para examinar a la criatura, con sus pezuñas oscuras, sus patas esbeltas y su pecho moreno, tan ancho como el de un hombre, con su pesada corona, su barba blanca y su mirada fiera. El ciervo levantó la cabeza, con los orificios nasales dilatados como si captara el aroma de una cierva. Margo levantó la escopeta contra el hombro y apretó la mejilla contra la culata. Tuvo la impresión de que el río guiaba su brazo y su vista mientras apuntaba al corazón y los pulmones, apretaba el gatillo y ¡pum! Fue al levantarse cuando se dio cuenta de que tenía la rodilla mojada y se le estaba formando hielo en el tejido de los vaqueros.

Se encendió la luz en el cuarto de su padre. Una vez en el exterior, tras vestirse y ponerse las botas, Crane se puso a menear la cabeza y refunfuñar al ver a Margo arrastrando al ciervo en un trineo hasta el columpio que había en la parte trasera de la casa. Era la tercera pieza que se había cobrado en cinco días.

–Se acabó, no vas a volver a cazar, hija –dijo Crane, y a continuación la ayudó a serrar las patas y a colgar al animal atándole una cadena al cuello. Su padre se sentó en un tocón de roble a la orilla del río y afiló su cuchillo de carnicero contra una piedra. Más abajo, el agua corría negra y gélida.

–¿Me has oído, Margo? Se acabó la caza. Respóndeme. ¿Has perdido el habla?

–Te he oído –dijo ella, con una voz apenas más alta que un suspiro.

Durante el verano y el otoño Margo había recibido clases de tiro y caza en el club juvenil 4-H con el señor Peake, y se había sentido reconfortada cuando el hombre declaró que, gracias a su «calma natural», sería una buena tiradora.

–Te puedo preparar las dianas que quieras, pero se acabaron los ciervos.

Margo asintió, pero se quedó mirando un objeto en medio de la niebla gris, un papel naranja colgado en el haya que se alzaba junto al camino. Entre los arces, los robles y las castañuelas había un haya de tronco liso en el que Luanne había ido marcando, con un cascanueces, las líneas de la altura y las edades correspondientes de Margo. Con gran sigilo, Margo se dirigió hacia el árbol rodeando la casa.

–El congelador está lleno, Margo. Tenemos carne de sobra.

Crane miraba corriente arriba, con los ojos entrecerrados, como si recelara del horizonte rosado.

Margo caminaba con pasos ligeros, pero las hojas heladas crujían bajo sus pies.

–Da igual que tengas dieciséis años, tienes que cumplir la ley –dijo Crane.

Tocó con el filo del cuchillo el borde de una caja de cerillas para comprobar el corte y después se guardó las cerillas en el bolsillo. Le dio un par de pasadas más al cuchillo contra la piedra de afilar. Aunque era un hombre bajito, tenía una voz poderosa que viajaba lejos.

–Con la licencia que llevas en la chaqueta solo puedes cazar un ciervo, Margo, no tres.

El día inaugural de la temporada de caza, el jueves, habían descuartizado el primer ciervo, y pasaron la tarde envolviendo unas cuantas chuletas y filetes en papel verde para congelar. La mayor parte de la carne, sin embargo, la transformaron en hamburguesas con una picadora atornillada a la mesa de la cocina, mezclando la carne magra de venado con sebo de vaca de la tienda en la que trabajaba ahora Crane, por un salario reducido a la mitad de lo que ganaba antes. Habían destripado el segundo ciervo que mató Margo y, tras varias llamadas telefónicas, pusieron el animal muerto en la parte de atrás de la camioneta, cubierta con una lona, y se la entregaron a un hombre que tenía ocho hijos y acababa de perder su trabajo en la fábrica Murray.

Al girarse, Crane vio que Margo se alejaba discretamente sin prestarle atención. Dejó el extremo del cuchillo clavado en el tocón y se levantó.

–Por amor de Dios, hija, aunque no respondas, escucha lo que te estoy diciendo.

Margo se puso de puntillas, pero el papel naranja estaba grapado demasiado alto en el árbol. Entonces Crane se materializó junto a ella, con los ojos fijos en el papel escrito a mano.

«Fiesta anual de los Murray por Acción de Gracias, viernes 23 de noviembre», decía la nota, que indicaba la dirección, Stark River Road, como si no lo supieran todos los Murray. También había un dibujo sencillo de un cerdo, un pavo y un pastel, añadidos por la tía Joanna, sin duda; nadie más se habría molestado en decorar las invitaciones.

–Hijo de perra –dijo Crane, apretando tanto la mandíbula que se le tensó el músculo delante de las orejas. Saltó varias veces para intentar agarrar el papel, pero no lo alcanzó.

Margo sospechó que quizá quien trajo la nota fue su primo Billy, que ya era tan alto como Cal, el de las orejas de soplillo, el que le amargaba la vida a Margo en el instituto. Hacía un mes su primo casi la atropelló cuando volvía a casa –tuvo que saltar a una cuneta llena de zarzas– y Margo se la devolvió metiendo una marmota muerta en los asientos de atrás del Chevrolet Camaro de Billy en el aparcamiento del instituto. Para vengarse, Billy la asaltó en los pasillos, armado con unas tijeras, y le cortó un trozo de su larga coleta morena. Ella le mintió a su padre, le contó que se lo había hecho ella. Crane hizo un gesto de desaprobación y, cuando ella le entregó el mechón de pelo, lo enrolló alrededor de la mano y se lo metió en el bolsillo de la chaqueta, igual que había hecho con la nota de la madre de Margo.

Junior Murray solía ir a buscarla al instituto, pero el día después de que Cal le sorprendiera fumando marihuana por tercera vez en el verano, le mandó a una academia militar al oeste. Antes, a Margo le gustaba ir a escondidas a ver a Junior en la cabaña abandonada río arriba que su primo bautizó como la «Casa de la Marihuana». En alguna rara ocasión, Margo había dado alguna calada, pero no le gustaba el sopor que le producía la hierba. A veces, de camino a la cabaña, Margo veía a su prima Julie Slocum sentada sola a la orilla del río, cantando junto a un transistor. Le hubiera gustado hablar con ella. Pero si Julie no se hubiera entrometido un año antes, nadie habría sabido lo que había pasado entre Margo y Cal, y todo habría seguido igual.

Cuando Crane se alejó echando chispas, Margo pasó los dedos por las cicatrices de la corteza lisa del haya. Antes de irse, Luanne había medido a Margo, que entonces tenía catorce años, y como aquel año no había crecido nada, Luanne no hizo ninguna marca.

–Será que ya está –dijo–. Ya has dejado de crecer.

Crane regresó con la motosierra y tiró del motor hasta que arrancó con un rugido. Margo se apartó justo antes de que su padre clavara la punta de la motosierra en el haya, a la altura de los muslos. Saltó serrín y, con un tajo limpio y rabioso, el árbol adolescente se separó de sus raíces. El árbol era más alto de lo que Margo pensaba y la copa aguantó enganchada en un roble palustre antes de soltarse, no sin antes llevarse consigo una rama del roble. Al aterrizar entre la camioneta de Strong y la casa, el haya aplastó una madreselva que siempre había desprendido un olor dulce en primavera. Crane plantó el pie sobre el tronco talado y cortó unos pedazos de leña. Cuando llegó a la altura de la invitación, la trituró con la motosierra. A Margo le sorprendió lo mucho que tardó en destruirse la palabra «Murray».

–Tendrá cara el hijoputa –dijo Crane.

Margo tragó saliva.

–Hija, si tienes algo que decir, dilo. A esta hora de la mañana no aguanto esa cara tan seria de pasmarote.

Crane cortó media docena más de leños, y después apagó el motor y depositó la motosierra en la parte de atrás de la camioneta.

–¿Vas a hablar de una vez?

Margo pensó en negar con la cabeza, pero se abstuvo.

–No nos va a insultar de esta manera –dijo Crane antes de meterse en la parte delantera de la camioneta y cerrarla de un portazo. Al arrancar, el tubo de escape vomitó una nube negra y las ruedas traseras de la camioneta Ford penetraron en la capa de hielo del camino de dos sentidos. Cuando ya no se le veía, Margo oyó el sonido de la gravilla al paso de la camioneta y, después, el ruidoso tubo de escape al cruzar el puente río abajo.

No, aún no estaba lista para hablar de todo aquello. Y no estaba lista para mandar a su tío Cal «a que se pudriera en la cárcel», como decía su padre. Ojalá Crane tuviera más paciencia con ella. Si no se hubiera puesto tan desquiciado con la motosierra esta mañana, Margo podría haberse alzado apoyándose en las manos de su padre para alcanzar el papel. Lo habría arrancado y lo habrían quemado junto con la basura de la cocina. Ahora se había convertido en una lluvia de confeti naranja por todos lados, y cada pedacito le recordaría a Crane el tema de la invitación todos los días, hasta que llegara la primera gran nevada. E incluso varios días después, la cartulina soltaría una sangre naranja en la nieve, y hasta la primavera siguiente, cuando la nieve ya se hubiera fundido, habría restos de la invitación.

Margo volvió al columpio, pasó el brazo alrededor del ciervo suspendido y miró en dirección al río. Quizá la invitación no fuera un insulto dirigido contra Crane. Seguramente era una señal de que, al menos por un día, podían olvidarse del jaleo del año pasado y juntarse para comer, beber y divertirse. A Margo le encantaría ver a Joanna, que le había enseñado a cocinar, algo que no había aprendido de su madre; Luanne era capaz de quemar hasta el agua, como solía decir Crane. Joanna estaría haciendo ya los pasteles del viernes: fruta picada, manzana, calabaza y nueces. A los chicos se les daba bien abrir las nueces con martillos, pero se cansaban enseguida de sacarlas de sus cáscaras, de modo que al final el trabajo siempre recaía en Joanna y Margo. Sus primos habían sido casi como hermanos, aparte de Billy, que siempre le tendría rencor por el hecho de que el abuelo le hubiera dado a ella, y no a él, la barca de teca, La Rosa del Río. Si Cal se disculpaba por lo que había hecho y lo que había dicho, y si le devolvía a su padre el trabajo en la metalúrgica Murray, todo estaría otra vez en orden. Su padre podría dejar la bata azul turquesa de tendero y ponerse el viejo uniforme con el nombre CRANE bordado en letra cursiva roja sobre un parche blanco encima del bolsillo del pecho, y ganarían suficiente para pagar la factura del dentista.

Margo recuperó el cuchillo afilado del tocón y volvió al ciervo suspendido, el más grande de los tres que había matado hasta ahora. Ya había atado el intestino ciego y quería acabar cuanto antes con la primera, larga, incisión, porque sabía que esta tercera vez no sería más fácil que la primera o la segunda. Todo resultaba más sencillo después de ese corte inicial, cuando el animal muerto se convertía en carne. Le había sorprendido que matar fuera la parte fácil. Crane podía ayudarla a destripar y a desollar al animal si ella se lo pedía, pero el abuelo Murray siempre había insistido en lo importante que era hacer las cosas por sí misma. Estiró los brazos e insertó el cuchillo dos centímetros y medio en la carne, justo debajo de donde se juntaban las costillas. Tiró hacia bajó con fuerza, apretando con firmeza el canto del cuchillo con la mano libre, desvistió al ciervo del pecho a los testículos, desgarrando piel, carne y grasa, y después, mientras las tripas se desparramaban sobre el fregadero galvanizado, cerró los ojos.

Se oyó el estampido de un tiro en la granja Murray, al otro lado del río, y Margo soltó el cuchillo en el fregadero repleto de entrañas humeantes. Se oyó un segundo tiro. Los cuatro beagles de los Murray comenzaron a ladrar y a arrojarse contra la madera y el alambre de las paredes de la perrera. El labrador negro emitió un quejido que sobrevoló el agua del río. A Margo le gustaba leer tumbada con la espalda apoyada en aquel perro, y a veces se lo llevaba en la barca y nadaba con él. El verano pasado, Crane le había prohibido nadar o atravesar el río por el motivo que fuera.

Sonó un tercer disparo desde la otra orilla.

Margo había temido que llegara aquel día, el día en que Crane mataría a su tío. Y ahora Crane iría a la cárcel y ella se quedaría sola. Margo no había recibido noticias de su madre desde que se largó un año y medio antes. En su nota, un papel azul con un dibujo de garzas que había dejado en la mesa de la cocina, decía: «Querida Margaret Louise, espero que sepas que no te estoy abandonando. Me gustaría llevarte conmigo, pero primero necesito encontrarme y aquí no lo puedo lograr. Cuida de tu padre, me pondré pronto en contacto. Te quiere, Mamá». Margo temía que, si no cuidaba del papel con precaución, la tinta azul oscuro se evaporaría, las garzas abandonarían la nota y el papel mismo se disolvería sin dejar más rastro que un aroma a cacao y unas gotas de vino.

El eco de un cuarto disparo atravesó el río.

Margo examinó la zanja que había cavado en la tierra semihelada para enterrar las tripas del ciervo. Sabía que tenía que actuar rápido para ocultar el crimen cometido por su padre. Agarró la pala y la sierra de la mesa de cortar venado, las arrojó a la barca y remó hasta el otro lado. Amarró la embarcación y remontó la orilla. Sintió náuseas al pasar junto a la cabaña encalada, pero siguió andando hasta que vio el nuevo Chevrolet Suburban blanco de Cal. Estaba hundido sobre sus neumáticos deshinchados. Cal estaba de pie junto al vehículo, una figura alta, de hombros anchos, que le gritaba a la retaguardia abollada de la camioneta Ford de Crane que acababa de arrancar para irse.

–Crane, ¡hijo de perra! ¡Acababa de estrenar las ruedas!

Margo dejó caer su peso, aliviada, contra la caseta.

La tía Joanna estaba junto a Cal; llevaba un vestido con mandil y sin rebeca, con una manzana en la mano en carne viva y un pelador en la otra. Margo estaría incluso dispuesta a perdonarle todo a Cal si eso implicaba que podía quedarse con Joanna pelando manzanas en la cocina enorme de los Murray con la estufa de leña encendida, escuchando a Joanna cantar o hablar sobre sus estudiantes de cocina del club 4-H, al que antes pertenecía Margo.

El miércoles, la víspera de Acción de Gracias, Margo estaba sentada junto al río, observando la finca de los Murray, cuando bajó un ciervo trotando por el camino junto a la cabaña blanca en dirección a la orilla. Bebió y después miró río abajo, ofreciéndole a Margo su perfil perfecto. Margo levantó el arma, colocó la mira en un punto justo al lado de la pata delantera y después apuntó ligeramente por encima para compensar el efecto de la gravedad a aquella distancia. Con una calma absoluta, hundió la bala en el corazón y los pulmones del animal y absorbió el retroceso. No estaba segura de ser capaz de acertar a treinta metros, pero el ciervo se derrumbó sobre las rodillas y cayó en la arena, como en un gesto de reverencia. Esperó unos minutos por si salía algún Murray al oír el ruido, pero nadie salió a investigar. Margo se llevó el cuchillo largo en la barca, con la esperanza de no tener que utilizarlo para rematar al ciervo cortándole la yugular –una posibilidad sobre la que le había advertido el señor Peake–, pero estaba muerto cuando llegó a su lado. Tenía la intención de llevárselo, para que no se lo quedaran ni el tío Cal ni Billy.

Rodeó el pecho y el cuello del ciervo con los brazos y trató de levantarlo, pero era demasiado pesado. Levantando los cuartos traseros, se las arregló para meter la mitad del animal en la barca, pero le resultó imposible mover la parte delantera. Por último, se le ocurrió meterse, con la cabeza por delante, bajo el torso. Maniobró bajo el cuerpo del animal, sobre el barro frío, hasta encontrarse con el vientre contra el suelo, totalmente aplastada bajo el ciervo. Olió el almizcle y la orina; olió la sangre, la tierra, el musgo, el sudor; sintió el peso cálido sobre su cuello y su espalda. Cuando el ciervo estuvo sobre su espalda, con la nariz, la chaqueta, los pantalones y los calcetines manchados de barro, temió asfixiarse. Recordó que el señor Peake le recomendó calmarse antes de disparar, ralentizando la respiración y los latidos. Reunió todas sus fuerzas, alzó la cabeza bajo la barbilla del ciervo y se incorporó lentamente. Se puso de rodillas, de forma que ahora llevaba al ciervo como si fuera una capa sangrienta. A continuación, se alzó para que el ciervo resbalara por su espalda. Cayó con un ruidoso golpe sobre la proa de La Rosa del Río. Dos patas sobresalían sobre el agua. De camino a casa, le costó remar contra la corriente por el peso del ciervo.

Al llegar del trabajo, Crane se encontró a Margo arrastrando el cuerpo caliente y flexible del ciervo de diez puntas de la barca a la orilla.

–¡Maldita sea!

Margo dejó de arrastrar y le miró.

–No puedes seguir así, hija –dijo, negando con la cabeza–. Te van a multar y no tengo suficiente dinero para pagarlo. Dios, me encantaría echar un trago ahora, solo un trago.

Margo volvió a tirar del ciervo, pero una de las patas se había enganchado en unas raíces de hiedra venenosa. Pegó varios tirones, sin soltar el ciervo, por el temor a que se le cayera por la orilla y tuviera que empezar de nuevo.

–Escucha –dijo Strong–. Los Murray podrían hacer una llamadita y, como los mamones de los guardas de Michigan abran el frigorífico, vamos a tener un buen lío.

Margo sabía que no había por qué preocuparse. Cal ni siquiera había denunciado a Crane por dispararle a las ruedas el otro día. Sabía que su padre no iba a entender por qué tenía que matar a esos ciervos –ni siquiera ella lo entendía–, pero el caso es que cuando tenía a uno en el punto de mira, sentía la necesidad de abatirlo, era una necesidad tan natural como respirar.

Cuando Margo se puso a tirar del ciervo otra vez, Crane saltó a la orilla y liberó la pezuña y la pata de las raíces. Con una mueca de desesperación, ayudó a su hija a subir el ciervo por la orilla, y después lo elevaron con la polea.

–Eres una cazadora de primera, eso sí. No sé de dónde has sacado esa puntería, pero siempre aciertas cuando apuntas.

Le dio una palmada en la espalda, apartando un poco de tierra y dejó el brazo apoyado en el hombro de la chaqueta de Margo.

–¿Has estado tirando del ciervo en el barro?

Margo le sonrió. Se dio cuenta de que era la primera vez que su padre le pasaba el brazo por el hombro desde que ganó el primer premio en el concurso de tiro 4-H el mes pasado. Ella había presenciado cómo el señor Peake le decía a su padre que su hija era una tiradora «asombrosa», y también que era casi un milagro si se tenía en cuenta que disparaba con una vieja escopeta Remington 510 de su padre con la mira de hierro.

–Margo, no te olvides de que eres el único motivo en este mundo por el que estoy vivo y sobrio. –Olfateó el aire y después la chaqueta de su hija–. Pareces un ángel, pero hueles como un ciervo en celo.

Mientras Crane entraba a por el cuchillo, Margo se olió la manga. Vio, al otro lado del río, a Billy saliendo del granero, arrastrando por las patas la barbacoa para asar el cerdo sobre la tierra helada, avanzaba apenas un metro con cada tirón. La barbacoa estaba hecha con un barril de combustible de mil litros cortado en dos. Margo había tenido suerte de que no la hubiera visto nadie.

Al mismo tiempo, la tía Joanna salía de la casa con unas botas de goma y un chaquetón de tela a cuadros, tirando de un extremo de un alargador eléctrico de color naranja. Caminó hasta la plataforma, también hecha con barriles, con una guirnalda de bombillitas navideñas de colores que ya centelleaban entre sus manos. El año pasado Margo había ayudado a su tía a poner alcayatas por el borde de la plataforma, para que tuviera un aspecto festivo al anochecer, con todas aquellas luces reflejadas en el agua. Después de la fiesta del día de Acción de Gracias, los Murray subían la plataforma a tierra firme para protegerla de las heladas y las inundaciones.

–Sé que echas de menos a tu tía Joanna –dijo Crane cuando regresó junto a ella–. Sé lo duro que es vivir sin madre. Pero ni se te ocurra ir a esa fiesta.

–Tengo madre –susurró ella–. En algún lugar.

Al otro lado del río, a Joanna se le cayó el cordel con las bombillitas en el río, y Margo vio el bamboleo del extremo de la guirnalda en el agua y las lucecitas encendidas varios metros corriente abajo. Es muy posible que Joanna se estuviera riendo mientras capturaba las bombillas en la corriente fría, pese al riesgo de electrocutarse. En aquel momento Margo oyó en su mente la voz de Joanna que decía: «¡Déjate de agobios y canta conmigo, Duende! A nadie le gustan las chicas hurañas».

Había sido Joanna la que había sacado el libro de Little Sure Shot1 de una estantería para Margo en cuanto la chica mostró interés en disparar. Todos los chicos Murray se habían negado a leer historias sobre una chica. En el dibujo de la portada, alguien había pintado a Annie Oakley una barba y un bigote con una cera negra, pero Margo había logrado borrar casi todo, y solo quedaba una sombra gris sobre la cara de Annie. A Margo le generaban curiosidad las extrañas vestimentas con que iba cubierta Annie de la cabeza a los pies, incluido el cuello alto y las calzas que vestía bajo la falda. A Margo le encantaba analizar la expresión melancólica en la cara de Annie.

Margo sabía que Crane quería que conociera gente que no fuera de la familia. Y Margo sentía curiosidad por otros chicos en el colegio, pero ellos pensaban que su silencio era pretenciosidad, y que su lentitud al responder durante la conversación era estupidez. Crane quería que Margo hablara más, pero la calma y el silencio del año pasado habían alimentado en ella un deseo de más calma y silencio, y no estaba segura de que aquella situación fuera a acabar. El silencio le permitía rumiar no solo sobre Cal y lo que había ocurrido el año pasado, sino también sobre su abuelo, para evocar el contacto de su piel acartonada, para recordar la tristeza y el miedo que había expresado el anciano en la galería ante la cercanía de la muerte. El silencio le devolvía el sonido de los suspiros que se le escapaban a su madre cuando, en ciertos días de invierno, se sentía demasiado deprimida para levantarse. Margo no estaba segura de si sería capaz de seguir desplazándose hacia el futuro mientras el pasado no cesara de reclamar su atención.

–No te das cuenta de lo que te ha hecho esa gente –dijo Crane cuando vio la intensidad con que Margo observaba a Joanna. La agarró por los hombros–. Si hubieras declarado contra Cal, le habrían encarcelado. Joder, ¡te violó! Me lo dijo la hija de Slocum.

La soltó y se fue en dirección a la casa a grandes zancadas y con un gesto de exasperación.

«Violar» sonaba a algo brusco y violento, como hacer que alguien vacíe la cartera ante la amenaza de una navaja, como disparar a alguien o robar una televisión. Lo que Cal había hecho era más suave, más personal, como contagiarle un virus. Ella no había expresado rechazo ante lo que le había hecho Cal en el cobertizo; incluso había sentido cierta curiosidad por lo que estaba pasando. Sin embargo, todo aquel año lo sucedido había estado reconcomiéndola y Margo había tenido tiempo de formular ese rechazo en su mente.

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1 Un libro sobre Annie Oakley (1860-1926), una famosa tiradora estadounidense que participó en el legendario espectáculo de Buffalo Bill, en el que se recreaba la vida en el salvaje Oeste. (N. del T.)

3

El Día de Acción de Gracias, Margo y su padre comieron pechuga de pavo, con el relleno comprado en el ultramarinos, patatas y salsa de arándanos de lata. Jugaron al rummy hasta que Crane se quedó dormido en la silla. La mañana siguiente, el viernes, Margo preparó huevos revueltos con tostadas. Sonó el teléfono y, al colgar, Crane dijo:

–Va a venir Brian Ledoux a por la carne. Te va a dar dinero.

Margo asintió.

–Guárdate el dinero –dijo Crane–. Te lo has ganado. Igual te hace falta para munición. Pero no quiero que vuelvas a matar más ciervos, Margo. Me llevo el fusil. No hace falta que me lleve también la escopeta, ¿no? Nadie va a matar un ciervo con un disparo de un calibre 22, aunque me temo que igual tú sí eres capaz.

Ella negó con la cabeza.

–Prométemelo o me llevo también la escopeta.

–Te lo prometo –susurró ella.

–No te vendrá mal tener algo con lo que protegerte si viene uno de los Murray. Pero no hagas nada a no ser que no tengas otra opción. Piensa antes de disparar. Piensa en las consecuencias.

Margo asintió.

–Y no olvides que no puedes ir a esa fiesta. Si pones los pies en la finca de los Murray, voy en la camioneta y te traigo a casa de la oreja.

Ella volvió a asentir, sin saber cuánto tiempo más sería capaz de soportar el encarcelamiento. El próximo verano tenía la intención de nadar, le daba igual lo que dijera su padre.

–Volveré a las siete. Cenaremos juntos, Margo. Tenemos pavo de ayer y voy a comprar un pastel de manzana si tienen en la tienda. Estoy haciendo las cosas lo mejor que puedo. Sabes que eres el único motivo por el que tengo ganas de vivir, ¿verdad?

La miró hasta que ella asintió, y después introdujo el fusil en su funda y movió el asiento de la camioneta para meterlo detrás. Margo apreciaba su cariño, pero era una carga demasiado grande ser el único motivo por el que alguien tenía ganas de vivir.

Después de que Crane se fuera, Margo sacó la escopeta y disparó a una diana con reinicio automático que su padre había soldado para ella en su antiguo trabajo. Tenía cuatro blancos colgantes por debajo que giraban el recibir un impacto, y cuando disparaba al quinto se reiniciaban todos. Repitió el ciclo veinte veces sin fallar ni una vez, recargando con cada disparo. Se había puesto, incluso, los tapones de espuma amarillos que tanto recomendaba el señor Peake; le había dado a Margo una bolsa llena, junto con un montón de dianas de papel. A continuación, sacó del baño el espejito con el que se afeitaba su padre, lo colocó contra la culata del arma y disparó de espaldas, por encima del hombro, copiando uno de los trucos de Annie Oakley. Después de veintipico disparos desviados hacia el monte, acertó en el centro de una diana de papel fijada a un trozo de contrachapado, y a continuación dio en el blanco diez veces seguidas. Los disparos la calentaron, de manera que se desabrochó la chaqueta Carhartt, un abrigo de su padre del que se había apropiado.

Por la tarde se sentó en la orilla y se comió un sándwich de huevo frito con pan de molde comprado en la tienda. Joanna habría horneado al menos una docena de hogazas para la fiesta, además de un bizcocho con canela para el día siguiente. Margo elevó la escopeta y apuntó al otro lado del río, a toda la gente que se fue presentando a la fiesta de los Murray. Después de varias horas, cuando el viento cambió de dirección, empezó a oler el asado de carne. Se oía la música de los altavoces al aire libre. Apuntó a Billy.

–¿Te vas a cargar a unos cuantos invitados?

La voz del hombre la sobresaltó. Iba en el asiento del piloto de un barco pontón, una embarcación de algo más de cuatro metros de largo que derivaba hacia ella. En el flanco decía Playboya. Estaba tan reconcentrada que no había oído el motor. Bajó la escopeta y descendió hasta la orilla del agua y después se subió al muelle. Cuando la embarcación se acercó lo suficiente, estiró el brazo y agarró el lateral. Dos de los tres hombres a bordo tenían barba y el pelo rizado y negro; eran tan parecidos que uno podría haber sido un clon del otro. El tercero, más delgado y rubio, estaba dormido en un banco a babor. El hombre moreno al timón era Brian Ledoux, amigo del abuelo, aunque era de la edad de Crane. El que estaba de pie a su lado tenía el mismo cuerpo gigantesco, pero con la piel pálida, por lo que contrastaba más con su pelo oscuro. Había algo extraño en su mirada.

–¿Tienes un ciervo para mí? –dijo Brian.

Margo señaló el animal, destripado y sin piel, sobre una lona azul bajo el columpio.

–Hablé anoche con tu padre, me contó que eres una auténtica cazadora, Maggie. ¡Y con esa escopeta, además! –dijo, guiñando.

No sabía por qué Brian la llamaba Maggie, pero le gustó su sonrisa.

Los dos hombres subieron el cuerpo muerto a la embarcación y le pasaron la lona por encima. Ella había estado en la cabaña de Brian con su abuelo, por lo general cuando no había nadie más. La cabaña estaba a más de cuarenta y cinco kilómetros río arriba, en una parte salvaje del río, sin ruta de acceso ni electricidad. Parecía que la vivienda se apoyaba sobre pilotes, como si quisiera estar más cerca del agua de lo que ya estaba. En aquella zona los árboles, según recordaba Margo, eran altos y estaban recubiertos de musgo y hiedra venenosa. Se acordaba sobre todo de una vez que alguien había atrapado una zarigüeya en una trampa. El abuelo estaba a punto de dispararle, pero Margo señaló a las crías que llevaba metidas en su bolsa peluda, doce criaturas diminutas de color rosa con los ojos saltones, y con los miembros y las narices translúcidas. Al ver lo fascinada que estaba su nieta, el abuelo soltó a la torpe madre.

–Yo admiraba a tu abuelo, que en paz descanse –dijo Brian–, pero tengo que reconocerte que no me caen tan bien los otros Murray de Murrayville.

–Brian le saltó un par de dientes a Cal –dijo el otro hombre de barba, que era bizco de un ojo. Su voz era más aguda que la de Brian y parecía más nervioso.

–El muy capullo me despidió –dijo Brian–. No se atrevió a hacerlo en persona, sino que envió a un secretario. Así que fui a su despacho y le dije lo que pensaba. Me dijo que no le gustaba mi conducta, así que pensé que le convenía una lección de buena conducta, para que supiera reconocerla la próxima vez.

Del hombre borracho que estaba dormido en el banco brotaron unas palabras semigruñidas. Se removió sobre los cojines y Margo vio que tenía bigote.

–¿Va a despertar alguien a ese imbécil? O le tiramos por la borda –dijo Brian. Los dos hombres se rieron.

–No, cariño –protestó el borracho.

–Al parecer han vuelto a ponerle dientes en la boca a Cal –dijo Brian–. Me dan ganas de romperle unos cuantos más a ver si son capaces de ponérselos otra vez.

Margo se preguntó si Brian sabía que también Crane le había roto los dientes a Cal. Se preguntó si habían sido los mismos.

–Te presento a mi hermano, Paul. Pauly, te presento a la chica de mis sueños. La más guapa del río. Si llevaras las gafas, seguramente te desmayarías igual que Johnny, ahí tumbado. –Y dirigiéndose a Margo–: Estoy tratando de que mi hermano no toque las drogas. Aquí el único subidón que queremos es el de remontar el río.

–No hace falta que le cuentes eso, hombre –dijo Paul.

–Tranquilo, no va a decir nada –dijo Brian, guiñando–. Ya casi le he curado de esa mierda, Maggie.

–¿Te puedes callar de una puta vez, Brian?

Paul se giró de manera que estaba mirando a Margo con su ojo izquierdo, y ella se preguntó si estaría ciego del otro.

Margo aceptó dos billetes de veinte de Brian –más de lo que esperaba– y se los guardó en el bolsillo de los vaqueros. Los pantalones le empezaban a quedar pequeños, pero no quería malgastar el dinero para la munición en unos nuevos.

El hombre tumbado en el barco volvió a gimotear.

–Te apuesto cinco dólares a que Johnny se cae encima del ciervo –dijo Paul.

–Pues que se frote con él si le parece romántico –dijo Brian.

Tenía otra vez la mano, enorme, sobre el timón, y Margo vio que el dorso estaba cubierto de cicatrices, líneas blancas, como si alguien le hubiera cortado muchas veces sin lograr hacerle daño. A Margo le hubiera gustado tocarle, para saber cómo era el tacto de aquellas cicatrices.

–Pásate un día a vernos río arriba, Maggie –dijo Brian–. Ya sabes dónde está la cabaña.

El rubio rodó hasta caerse del banco, encima de la lona del ciervo, pero no se despertó. Brian y Paul estallaron en risotadas. Cuando el hombre pasó la mano abierta por el cuarto trasero del ciervo, Maggie sonrió también.

–Vámonos –dijo finalmente Paul, lanzando miradas sucesivas a Margo y a Brian–. Si es que tú y la menor sois capaces de separaros.

–No me canso nunca de una chica que no habla –le dijo Brian a Paul, e hizo rugir el motor de la embarcación–. Adiós, Maggie.

Los hombres remontaron la corriente. Margo observó cómo iba empequeñeciendo el pontón hasta desaparecer en la curva del río. Justo al otro lado, Junior Murray se encontraba en los peldaños que llevaban a la puerta de la cocina del caserón; quizá acababa de llegar de la academia militar. Joanna, que estaba fuera, soltó la cacerola que llevaba y le abrazó durante un buen rato antes de entrar con él en la casa.

Incapaz de estar más tiempo sin hacer nada, a eso de las cinco Margo se subió a su barca. Colocó la escopeta en la parte de atrás y dejó que la embarcación derivara hacia abajo con la corriente para que nadie la viera venir. Entonces remó hacia arriba y amarró La Rosa del Río al sauce que estaba junto a la caseta blanca donde había empezado todo el embrollo. Dio unas patadas a la hierba helada para calentarse. Apuntó varias veces con la escopeta al suelo escarchado, como si hubiera visto un conejo. Cuando vio una ardilla que se detenía un momento junto a la cabaña, cerró los ojos, levantó el arma hasta situarla contra el hombro y la mejilla, apuntó a ciegas y al cabo de unos segundos abrió los ojos. La tenía encañonada casi a la perfección. La ardilla se alejó saltando. Entonces oyó los tintineos y los gritos del terreno de jugar a la herradura, y los lamentos de la voz de Hank Williams. La siguiente canción era «Folsom Prison Blues» de Johnny Cash. Se preguntó qué pasaría si subía y agarraba una lata de refresco de la mesa, se servía un trozo de pastel y actuaba como si no pasara nada. Como si fuera parte de la familia otra vez.

En casa, al otro lado del río, había movimiento. La camioneta Ford de Crane llegó por el camino de entrada, horas antes de lo previsto. Salió del vehículo azul, entró en la casa, salió de nuevo y miró al otro lado del río. Margo se dio cuenta de que iba a ver la barca atada en el lado equivocado, así que se apresuró hacia el agua para saludarle con la mano y que así supiera que no estaba en la fiesta, pero al llegar al punto donde su padre podría haberla visto, Crane ya estaba otra vez dentro de la camioneta. Al arrancar, los neumáticos de Crane escupieron barro desde debajo de la capa de escarcha. Margo se felicitó por el hecho de que Cal no anduviera por allí. Pero entonces, como si su pensamiento lo hubiera hecho aparecer, se materializó en el camino de la orilla, en dirección hacia ella, con andares de borracho. Quizá Crane le había visto, quizá esa era la razón por la que se había metido en el vehículo en lugar de gritar desde el otro lado del río. Margo reculó en silencio y se agarró al manzano que había a su lado, y desde allí subió a la plataforma de madera que el abuelo y Junior habían construido hacía varios años. Se arrodilló a observar y oyó los pasos de Cal, que se acercaba. Cuando se detuvo junto al cobertizo, estaba solo a seis metros de Margo, tan cerca que podía ver sus parpadeos, podía ver que le faltaba uno de los botones en la camisa de cuadros que llevaba bajo su chaleco Carhartt abierto. Se preguntó si habría una chica en la caseta, pero a través de la ventana sucia de cristal solo se veía un ciervo desollado que colgaba del techo. No se apreciaba bien, pero parecía más pequeño que todos los que había cazado ella aquel año.

Cal se colocó mirando hacia el río. Apoyó el vaso de plástico con cerveza en el alféizar de la ventana que había junto a la puerta, de manera que estaba de perfil entre Margo y la caseta blanca. Margo oyó el ruidoso tubo de escape de Crane en el puente, río abajo, pero Cal se encendió un cigarrillo sin prestar atención al sonido. Vio cómo inhalaba Cal, cómo se hinchaba su pecho y se desinflaba después al exhalar una nube azul. El aire era más frío que en el Día de Acción de Gracias del año pasado. La plataforma estaba elevada, de manera que Margo alcanzó a ver el techo de la camioneta Ford de su padre cuando aparcó junto a la cerca, a unos cien metros de distancia. Cal se llevó las manos a la bragueta. Al parecer no había oído el ruido de la camioneta al abrirse ni el portazo al cerrarse. Apuró el cigarrillo y miró hacia abajo, a su pene, a la espera de que saliera algo. Margo se movió para cruzar las piernas, apretó la culata de la escopeta contra el hombro y miró a su tío Cal por la mira.

Ralentizó la respiración y el latido del corazón con el fin de concentrarse mejor. Su padre había amenazado con matar a su tío, y era probable que viniera a hacerlo. Margo pensó que Crane no podría sobrevivir encarcelado por el delito que iba a cometer. Sabía que Crane no iba a disparar a un hombre que estuviera herido o tirado en el suelo. Se preguntó si acaso no sería mejor abatir ella misma a Cal antes de que llegara Crane: mejor herido que muerto. Margo apuntó a una de las botas de trabajo de Cal. Desde esa distancia, la bala atravesaría el cuero y el aislamiento penetrando en el tobillo.

Margo elevó la escopeta fijándose en el lateral de la rodilla derecha de Cal y pensó que podría hacerle añicos la rótula.

Apuntó al muslo. Durante un instante, Cal no sabría qué le había alcanzado. ¿Una herradura desviada? ¿El aguijón de un avispón? Si la bala le rozaba por la parte delantera del muslo, seguiría en dirección a la pared del viejo cobertizo para acabar enterrada en el suelo de tierra.

Años atrás, Billy y Junior habían sujetado a Margo en el suelo y le habían metido una lombriz en la boca, y ella se había vengado poniendo decenas de lombrices en la cama de sus primos. Después de eso, Junior había dejado de recoger a Margo en el colegio. La vez que se había vengado de Billy con una mofeta muerta que él había metido antes en la barca de su prima, Margo había tenido que soportar el baño de tomate al que le obligó Joanna –una consecuencia que, como señaló su padre, no había previsto–, y aun así le apestó el cuerpo toda una semana. Pero había merecido la pena frotarle la mofeta por la cara y el pelo a Billy. Sus primos le hacían rabiar, disfrutaban con los chillidos que a veces arrancaban a su prima, pero también le tenían miedo porque siempre ajustaba cuentas. Salvo en el caso de Cal.

Mientras Crane se acercaba al lugar donde se ensanchaba el sendero, Margo se dio cuenta de que su padre había dejado el fusil en la camioneta. Verle desarmado era tan chocante como verle por primera vez sin barba hacía un año en el hospital: para coserle le habían afeitado la cara por los puntos en la mejilla y la mandíbula, y nunca se la había vuelto a dejar. En la tienda de alimentación no dejaban que los empleados tuviesen barba. Debajo de la chaqueta llevaba todavía su mandil azul de trabajo; aún no había acabado la jornada, solo había venido a comprobar si su hija estaba bien. Y no había venido a vengarse, solo había venido a llevársela «de la oreja» como había advertido. Por muy enfadado que estuviera, su padre nunca iba a dispararle a Cal, ni en un millón de años. Y era mejor así, era mejor que fuera ella quien tuviera que hacerlo.

En aquel momento su padre le habría rogado que «pensara antes de actuar», pero ella ya lo había pensado mucho y ahora solo tenía un breve instante para hacer algo.

Margo metió un cartucho en la escopeta sigilosamente y el cerrojo emitió un ligero clic al cerrarlo. Cal estaba todavía concentrado en la meada. Miró hacia el río. Margo analizó el lateral de su cabeza y fue consciente de que no era una disculpa lo que buscaba. Bajó la mira hasta un punto en el pecho de Cal y después apartó la mirada, para fijarse en su padre, que se acercaba con las manos vacías. Era increíble que Crane hubiera sido capaz de hacerle daño a un hombre tan grande el año pasado. Margo temía que en la próxima pelea su padre se llevara algo más que la mandíbula rota.

Con estos cartuchos de Winchester para armas de larga distancia, Margo había disparado, a diez pasos, miles de veces. Había disparado desde aquel mismo árbol años antes, había disparado, con éxito y sin él, a ardillas que pasaban corriendo, pero Cal estaba quieto. Margo dirigió el cañón de la escopeta hacia la mano de Cal, que aún sujetaba suavemente su pene, del que salía un chorrito. Apuntó justo al lado del pulgar. Cal le había enseñado a disparar a latas de hojalata, manzanas y bobinas de hilo colocadas en el poste de una valla, y tenía la estabilidad necesaria para arrancarle la punta del pene sin tocar ninguna otra parte de su cuerpo. Y entonces Cal soltó su miembro, alcanzó el vaso del alféizar y dio un trago, dejando un blanco despejado.

Al grito del rifle le siguió un impacto apagado de sangre Murray al salpicar la pared blanca de la caseta. Sujetó el arma firmemente mientras disparaba, sin parpadear, y oyó una última herradura que tintineaba en el terreno de juego. La boca de Cal se abrió en un alarido, pero debió de ser en ese tono que solo perciben los perros de caza. Margo agarró la rama que tenía encima para no perder el equilibrio, sujetando la escopeta con la otra. Cerró los ojos para prolongar ese momento perfecto y terrible y postergar el siguiente, cuando el aire se llenaría de voces.

4

Durante varios segundos, tuvo la sensación de que el asunto estaba zanjado. Cal y ella estaban en paz, empatados, y ahora todos podrían reanudar sus vidas como antes del jaleo. Vio llegar a su padre, pero no se fijó en que Billy corría hacia ellos, con un fusil en una mano. Crane extendió la mano hacia el árbol y agarró la mano de Margo. Al tirar, Margo cayó encima de él. Su padre sujetó la escopeta con torpeza mientras la ayudaba a levantarse, y a ella se le enredó la chaqueta por delante. Billy vio a Crane con la escopeta. Vio que su padre estaba en el suelo y la sangre en los pantalones de Cal y la pared. Cal también tenía sangre en la cara. Billy apuntó con su fusil al pecho de Crane.

–¡Baja eso, Billy! –gritó Crane acercándose a él–. ¡Macarra acelerado!

–Has disparado a mi padre, cabrón.

Cal estaba tratando de abrocharse la bragueta.

–Baja el arma ya –dijo Crane.

–¡Billy, no! –dijo Margo, pero su voz apenas se oyó.

Quizá Crane no se dio cuenta de que estaba apuntando con la escopeta Remington mientras se acercaba a Billy. Y Billy tenía la mirada fija en Crane, de modo que no vio que Cal se estaba poniendo en pie y haciéndole gestos desesperados.

–Baja el arma ya –dijo Crane–, antes de que alguien acabe herido.

Margo recuperó su voz en el momento en que Billy disparó. Sonó como el aullido de un perro. Crane reculó tambaleándose. Billy le sonrió maliciosamente a Margo como para decir que ella no era la única con buena puntería, pero la sonrisa se le borró al instante.

Crane cayó pesadamente de espaldas y Margo se puso de cuclillas a su lado. Olía a metal, como si la sangre que vertía su pecho fuera hierro líquido, como si hubiera trabajado demasiados años en la metalúrgica de Murray para estar hecho todavía de carne y sangre. El abuelo Murray había muerto lentamente, había desaparecido de manera gradual, por lo que Margo tuvo tiempo de imaginarse la vida sin él, pero Crane, con los ojos desorbitados, murió de manera instantánea. Cal cayó de rodillas. Se dirigió a Billy con la voz tensa.

–¡Imbécil! ¿Qué has hecho?

Billy estaba aturdido.

–Te ha disparado en la polla, papá. Me iba a disparar.

Margo vio en la cara de Cal el dolor, el miedo y, después, los cálculos.

–Llama a una ambulancia –dijo Cal con un hilo de voz. Se abalanzó hacia delante y le arrebató el fusil a Billy–. Que alguien vaya a buscar a Jo. Decidle que han disparado a un hombre. Me cago en todo, ¡salid echando leches ya!

Al oír las órdenes de Cal, dos muchachos Murray y dos Slocum, que estaban observando la escena, echaron a correr.

Crane tenía el pecho destrozado. La tela de la bata azul de trabajo estaba empapada de sangre. Joanna llegó al lado de su marido y le pasó un brazo alrededor del cuerpo.

–Estás cubierto de sangre –dijo, sin aliento. Le tocó la entrepierna.

–Estoy bien –susurró Cal–, pero Billy ha disparado a Crane. El muy imbécil ha disparado a un hombre en el corazón con una bala para ciervos. Llama a una ambulancia.

–Ya he llamado –dijo Joanna. Soltó un grito al ver a Crane.

Uno de los primos de Cal, que había sido enfermero militar, se colocó entre Margo y su padre y colocó las dos manos en el pecho de Crane. Golpeó rítmicamente, de manera que salió más sangre, pero abandonó el intento de reanimación en menos de un minuto. Se apartó y Margo le sustituyó.

–Disparó a papá –dijo Billy entre gimoteos–. Mira la sangre de papá. Tenía esa escopeta. Pensé que iba a matarme, y también a papá.

Margo tenía el rostro en dirección al pecho de su padre, pero sintió la mirada de Cal. Cuando se volvió y sus miradas se cruzaron, reconoció en sus ojos una expresión que conocía en su propio padre, una expresión que decía: «Ten cuidado, piensa en las consecuencias». La cara de Cal estaba húmeda por las lágrimas, aunque no estaba llorando exactamente.

–¿Cal? –dijo Joanna– ¿Es verdad?

–Es verdad –dijo Cal con voz pausada–. Crane me disparó. Pensé que iba a disparar otra vez. Billy me estaba protegiendo.

Joanna se movió como a cámara lenta. Se quitó su chaquetón de cuadros, apartó a Margo –quien se sintió incapaz de oponerse– y cubrió la cabeza y el pecho de Crane. Margo apretó la cara contra la lana del chaquetón. Joanna fue hacia Billy y le abrazó. Él se sumergió en el abrazo de su madre y sollozó. Apareció Junior, que le quitó la escopeta a Cal y la apoyó contra el cobertizo. Margo no había visto a Junior en cinco meses. Se arrodilló a su lado y la abrazó durante unos momentos, antes de que Joanna le pidiera que fuera a por el coche.

Los dos policías del condado que se encargaban de Murrayville llegaron varios minutos después, cuando el crepúsculo daba paso a la oscuridad. Confiscaron la escopeta de Crane y el fusil de Billy y los envolvieron en plástico. Dijeron que había una ambulancia de camino.

–Que alguien traiga un trapo para limpiarle la cara a esa pobre chica –dijo el más grande de los dos, y Margo dejó que la tía Carol Slocum le pasara un paño caliente y húmedo por la cara.

Margo escuchó cómo mentía Cal a los agentes con voz tensa. Con el aliento entrecortado, les contó que Crane había ido a por él con la escopeta, que Crane le había roto los neumáticos del coche varios días atrás. Había temido, dijo, que ocurriera algo así. Cal implicó a Margo en la mentira que condenaba a Crane pero que les salvaba a Billy y a ella. Dijo que la chica podía quedarse con ellos hasta que encontraran a su madre.

A continuación, los agentes se dirigieron con amabilidad a Margo. Ella asintió cuando le preguntaron si su padre había disparado a Cal y había apuntado a Billy. Repitió entre susurros lo que había dicho Cal. Detestaba tener que hablar con policías y, aunque había sentido la tentación de decirles la verdad de lo que había pasado, no tuvo fuerzas para contradecir la versión de Cal. ¿De qué habría servido? Su padre ya estaba muerto y la verdad no iba a servir a ninguno de los vivos. No deseaba que metieran a Billy en la cárcel por asesinato. Quería arreglar cuentas con él a su manera, como siempre habían hecho. Un agente se llevó a Billy. Junior y Joanna siguieron al coche de policía en el Suburban blanco de la familia.

Al llegar la ambulancia, los enfermeros comprobaron las constantes vitales de Crane y negaron con la cabeza, y uno de ellos hizo una llamada telefónica. Pese a las protestas de Cal, le obligaron a entrar en la ambulancia, de forma que Margo y otras doce personas se quedaron esperando en el frío al médico. La tía Carol Slocum insistió a Margo para que entrara en la casa a calentarse, pero ella no quiso dejar a su padre. Cuanto más tiempo se abrazaba a su cuerpo, más parecía suscitar el recelo de los otros, como ocurrió cuando compartió con su abuelo las semanas previas a su muerte. El resto de la familia había evitado al abuelo en sus últimos días y Margo les había compadecido por no atreverse a ver esa última parte de su vida, cuando el dolor había convertido a aquel hombre inmenso y autoritario en una persona callada y meditabunda.

Ahora todos eran Murray alrededor de Margo. Por primera vez en un año, formaba parte de aquella familia, aunque en unas circunstancias desafortunadas. Cuando Julie Slocum se acercó a ella, Margo le agarró el brazo.

–Suéltame –dijo Julie intentando apartarse.

Margo la miró a los ojos.

–Mamá, me está haciendo daño –gritó Julie, y todo el mundo las miró.

–¿Por qué tuviste que chivarte a mi padre?

–Estás cubierta de sangre –dijo Julie–. Me estás manchando.

–El año pasado. Ahí empezó todo –dijo Margo. Tenía el brazo de Julie agarrado como un remo. La chica había crecido y ahora tenía unos pechos voluminosos. Había cierta dureza en su cara.

–Cal ya no te quiere para nada –dijo Julie, y le dio un golpe a Margo en la muñeca con su mano libre.

Cuando Margo la soltó, Julie se puso en pie y se alejó.

Los policías quedaron aparentemente satisfechos con el testimonio mínimo de Margo. Al parecer, también pensaron que Margo se encontraba entre parientes y estaría bien esa noche. ¿Para qué iba a necesitar una Murray una trabajadora social o un lugar para dormir en Murrayville? Carol Slocum agarró a Margo y le limpió la cara de nuevo con un trapo caliente. El médico tardó dos horas en llegar en una furgoneta blanca. Para entonces, Margo tenía los dedos irritados del frío. El ayudante del médico la separó con delicadeza de su padre. Lo envolvieron en una funda de plástico y lo metieron en la furgoneta. Margo se quedó mirando el vehículo mientras se alejaba. El río fluía en dirección a la funeraria, que estaba a siete kilómetros río abajo, junto al cementerio, en la orilla opuesta al almacén de la fábrica Murray, que ocupaba dos hectáreas de Murrayville bajo su techo de chapa.

Un grupo de mujeres formaba un círculo alrededor. Los hombres que quedaban estaban borrachos o atolondrados por la agitación. Unos cuantos niños agotados curioseaban con ojos brillantes. Tenían las orejas rojas y las mejillas encendidas. Alguien debería meterles en la cama, pensó Margo.

–¿Te quedas aquí esta noche? –dijo una mujer.

Margo negó con la cabeza y, con una voz tan clara como le fue posible, declaró:

–Primero tengo que ir a mi casa.

–¿Sabes dónde está Luanne? –preguntó otra mujer que estaba a varios metros, con gesto de curiosidad.

Confusa en un primer momento, Margo pensó que alguien lo sabría y podría responder. Cuando su madre desapareció, Cal a menudo le preguntaba a Margo dónde estaba. Decía que quería ponerle los puntos sobre las íes por haber abandonado a su hija, y que quería obligarla a volver.

Cuando una mujer a la que no conocía la rodeó con el brazo, Margo se apartó y se dirigió hacia el agua, donde se metió en La Rosa del Río. Ojalá hubiera podido llevarse el cuerpo de su padre a la otra orilla, igual que había hecho con el ciervo. En el débil claro de luna, se quedó inmóvil para observar las botas de trabajo Red Wing que Crane le había comprado varios meses antes, cuando llegó a la conclusión de que los pies ya no le crecerían más. Varias gotas de la sangre de su padre brillaban sobre el cuero engrasado. Puso en marcha la barca impulsándose con un remo.

Cuando estuvo en el muelle de su casa, se bajó y amarró la embarcación. El agua estaba negra como el betún. En el entierro de su abuelo, el pasado mes de enero, todos se habían sentido desconsolados por el dolor: Luanne lloraba junto a Cal y la hermana mayor de Cal, y Joanna intentaba consolar a sus hijos. Margo había sentido el deseo de tirarse al agua helada y dejarse llevar por la corriente. Lo único que la retuvo fue el cuerpo rotundo de su padre a su lado.

Margo se quitó la chaqueta y las botas y las colocó en la base del muelle. Se quitó los calcetines y los metió en las botas. Ya tenía los pies entumecidos por el frío. Se adentró en el agua. Dejó que los pies desnudos se deslizaran en el fango gélido, se alejó más de la orilla, hundiendo los pies en el fondo del río, y gritó sin emitir sonido alguno cuando el agua le llegó a los muslos. Avanzó hasta que su nenúfar –como lo llamaba su madre– se quedó electrificado por el frío. Al otro lado, la gente iba y venía iluminada por las luces del jardín, y ella procuró no hacer ruido para que no la viesen y vinieran a rescatarla. Las caderas de Margo se resistían a la corriente y el vientre se le tensó cuando el frío llegó a su altura, y en última instancia el corazón se le encabritó en el pecho. Le entró un escalofrío por la electricidad que desprendía su propio cuerpo, y sintió las carpas y los pinchazos de los siluros. Se imaginó a las serpientes de agua y las culebras negras dando vueltas en torno a sus piernas. En lugar de sentirse atrapada en el río, que podía congelarla o ahogarla, experimentó una intensa y dolorosa sensación de libertad. Sin su padre, no estaba ya atada a nadie, y con el flujo del agua a su alrededor, se sentía absolutamente viva.

Imaginó el aroma de la mantequilla de cacao en el aire frío, aquel olor que nunca dejaba del todo la piel de su madre, ni siquiera en invierno, cuando se untaba con una loción de cacao después de ducharse. Margo se agarró al muelle flotante y logró liberar su pie derecho del fango. Sacó el otro pie desnudo con las mismas dificultades, casi olvidándose de su padre en medio del esfuerzo. Llegó a rastras a la orilla.

Llevó las botas a la cocina, donde reinaba un frío cortante. Crane había desconectado la caldera para ahorrar dinero, con la idea de calentar la casa con leña. Margo tenía planeado cortar astillas para encender el fuego, pero no había tenido tiempo, y ahora no sabía si iba a ser capaz de agarrar el hacha o ni siquiera hacer un gurruño de papel de periódico con los dedos helados. Miró a su alrededor. Había tres sillas de pino. Y en la esquina estaba la trona de madera, hecha de arce. Margo trajo el hacha del porche y golpeó la trona con la culata, y luego volvió a hacerlo. Cuando la vieja estructura comenzó a desarmarse, siguió hasta convertir la madera en pequeños fragmentos que se desparramaron por el suelo de la cocina. Con esas astillas y unas hojas de periódico, logró prender el fuego.

Se calentó las manos con las llamas, y acto seguido se ocupó con el hacha de las demás sillas. Mientras el fuego crepitaba, se quitó la ropa húmeda y se envolvió en una manta. La madera de las sillas generaba tanto calor que seguramente toda la creosota salió por la chimenea. Por último, introdujo dos leños partidos que encontró junto a la chimenea y se metió en la cama de su padre. Antes de dormirse, sintió el olor a tabaco y al azufre de las cerillas, a espuma de afeitar y al moho de la casa ribereña. Notó el olor a río en cada rincón de la casa, en cada molécula del aire, en cada poro de su propio cuerpo. Hasta el fuego olía a río, hasta las llamas.

5

Al día siguiente, Junior entró en la casa sin llamar, algo normal entre los Murray, pero que sacaba de quicio al padre de Margo.

–Son más de las doce. Todo el mundo está preocupado por ti –dijo, sentándose en el borde de la cama donde Margo estaba tumbada–. He venido a decirte que va a venir la policía.

–¿Cómo?

–Ricky trabaja en el ayuntamiento y ha oído que van a venir. Ricky está en la cocina.

–¿Y para qué van a venir?

Margo oyó el ruido de un vehículo que aparcaba fuera.

–Parece el sonido de un coche de policía. Seguramente quieren preguntarte algunas cosas. Tienen que asegurarse de que todo está bien. La ley dice que los policías tienen que acosar a todo aquel que no los pueda ni ver.

–Han venido los polis –gritó Ricky desde la cocina. Ricky, su tío más joven, era el hermano pequeño de Cal y tenía veinte años. Estaba estudiando para ser asistente jurídico.

Margo se envolvió con las mantas, se incorporó y se apoyó contra su primo. Tenía miedo de que Junior se fuera si no le decía nada.

–Te he echado de menos –susurró.

–Yo también a ti, Margo –dijo Junior, y la abrazó–. He echado de menos a todo el mundo. Me dan ganas de morirme al pensar que tengo que volver a esa academia.

Alguien llamó a la puerta y, cuando se oyeron voces en la cocina, Junior se levantó.

–Será mejor que te tapes las tetitas antes de salir.

Margo se recolocó la manta. Cuando su primo salió del cuarto, se puso unos vaqueros de Crane, uno de sus jerséis de cuello alto y una camisa de franela. Se dirigió a la cocina, donde había dos agentes hablando con Junior, que era el más alto de todos. El policía más bajo, al que en el colegio todo el mundo llamaba «agente Mike», dijo:

–Queríamos asegurarnos de que estás bien, Margaret.

–¿Ves?, todo el mundo estaba preocupado por ti, Margaret –dijo Junior.

Margo tenía la impresión de que su primo se estaba burlando del policía, pero no comprendía exactamente de qué forma.

–Tenemos que echar un vistazo, para saber si hay algo que nos ayude a entender por qué iba a disparar el señor Crane a Cal y a Billy Murray. ¿Tenía un diario o algo así?

Margo negó con la cabeza. De Crane no iban a encontrar otra cosa escrita que una lista de la compra anotada en una caja de cerillas vacía. No iban a encontrar escrita en ninguna parte la rabia que sentía contra Cal.

–¿Hay más armas por aquí? ¿Pistolas que no estén declaradas? ¿Podemos mirar?

Margo se encogió de hombros, lo que interpretaron como un sí.

–Cal Murray nos ha dicho que, si tu padre no tenía dinero, él se encargaría de los gastos de la funeraria –dijo el policía más alto cuando renunciaron a encontrar algo interesante–. ¿Quieres que te llevemos en coche a casa de Cal?

Ella negó con la cabeza.

–¿Estás segura?

–Quiero ir con mi barca –dijo. Como siguieron mirándola, le entró miedo de que no se fueran–. Mi madre va a venir a por mí. En cuanto oiga lo de mi padre.

–La llevaremos a nuestra casa, agente Mike –dijo Junior, adoptando un tono de boy scout eficiente.

–Infórmanos cuando hables con tu madre –dijo el agente Mike–. Es posible que tengamos que hablar con ella. Y nos pondremos en contacto otra vez dentro de unos días si necesitamos una declaración adicional.

–Y si hay algo para tu madre en la herencia, tendremos que localizarla –dijo Ricky.

Margo sabía que no habría herencia. Crane aún debía dinero a un tipo por su Ford, que tenía diez años, y también tenía deudas con el dentista. Había mandado a Margo a revisiones y limpiezas bucales cada seis meses; hasta cuando estaba borracho o en paro, la había mandado con un billete de veinte dólares para pagar.

–No habrá juicio, ¿no? –dijo Junior.

–Nadie niega que tu hermano actuó en defensa propia, pero aun así ha matado a un hombre. Alguien le estará interrogando ahora mismo.

–Lo siento, Margaret –dijo el agente Mike. Mostró una tarjeta de visita y la puso en la encimera–. Llámame si necesitas que te acerque a casa de Cal. O para lo que quieras.

–Nuestro más sentido pésame –dijo el policía más grande.

Cuando cerraron la puerta, Ricky Murray tomó la palabra:

–Tenemos que encontrar los papeles de tu padre, cualquier documento oficial. Si dejó testamento, tenemos que encontrarlo.

Margo tenía los ojos hinchados de llorar y, cuando se agachó junto a la cama de su padre, le dolió la cabeza. De debajo de la cama sacó una caja de latón de color verde militar. Fue como una violación ponerla en la mesa de la cocina y abrirla delante de Ricky y Junior. Lo primero que vio en el interior fue su coleta, envuelta en papel parafinado. En un sobre abultado, encontró decenas de fotos de su madre sonriendo a la cámara de oreja a oreja. Aunque Luanne rara vez sonreía de manera que se le vieran los dientes, siempre mostraba esa sonrisa falsa cuando aparecían las cámaras. No había fotos de sus padres juntos, ni siquiera una foto de la boda. La única foto de Crane era una imagen diminuta y oscura en su carné de empleado de la fábrica metalúrgica Murray.

En un sobre de uso administrativo había un trozo de papel a rayas con unas palabras escritas a mano: «Última voluntad y testamento. Me gustaría ser incinerado y que no se gaste dinero en misas. Denle todo lo que tengo a mi mujer y mi hija. Me temo que no es mucho. Firmado, en plena posesión de mis facultades mentales, Bernard Crane, 14 de octubre de 1971». Margo habría tenido casi ocho años en aquella época. No había ocurrido nada malo aún.

–Está todo muy claro –dijo Junior–. ¿Se han ido ya los policías?

–Ya no están –dijo Ricky.

–Llegó el momento de fumar.

Junior sacó algo del bolsillo de su chaqueta vaquera. Era una bolsita de plástico en la que había varios porros. Se sentó en la mesa de la cocina.

–¿Qué les ha pasado a las sillas?

Margo se encogió de hombros y se sentó a su lado.

–No te deberían haber dejado volver anoche.

Junior enderezó uno de los porros con cuidado y lo encendió con un mechero blanco. Dio una calada de un humo denso y se lo ofreció a Margo.

–No sé.

Margo tenía los pies colgando al lado de los de Junior. Se fijó en que a su primo le habían cortado el pelo en la academia, de forma que ya no se le rizaba en la nuca. La noche anterior se había enterado de que iba a volver a la academia otra vez después del fin de semana de la fiesta, así que quizá se trataba de la última vez que le iba a ver.

Conteniendo el humo, le dio un codazo a su prima y dijo con voz de pato.

–Esto te va a sentar bien. Cuando el abuelo murió, estuve tres meses colocado.

Margo aceptó el porro, dio una calada larga y tosió. Se lo pasó a Ricky, que inhaló mientras miraba el testamento, dándole la vuelta varias veces, aunque no había nada escrito por detrás.

–Es una pena que no lleve el sello de un notario –dijo Ricky.

La siguiente vez que Junior le pasó el porro, Margo inhaló profundamente y aguantó el humo. No le gustaba sentirse desorientada, pero fumó con la esperanza de que la marihuana aplacara el dolor. Se pasaron el porro en silencio hasta que se acabó. Entonces Ricky empezó a revolver los papeles de la caja de manera más meticulosa.

–Papeles de divorcio –dijo–. Firmados hace ocho meses.

A Margo le entraron ganas de dar otra calada. Crane nunca había mencionado nada de un divorcio.

Junior estaba leyendo el contrato de la casa con una intensidad absurda. En la tercera página habían firmado Cal y Crane.

–¿Te vas a quedar con Cal y Joanna? –preguntó Ricky.

–Mamá dijo que tendrás que quedarte con nosotros –dijo Junior, que ahora escrutaba la tarjeta de empleado de Crane–. No puedes estar sola cuando tienes quince años. ¿Puedes quedarte en algún otro sitio?

–El día veinte hice dieciséis.

–Si te quedas con tus tíos –dijo Ricky–, los policías no estarán obligados a mandarte a los servicios sociales.

–¿Los servicios sociales? –Margo le quitó a Junior el carné de su padre. Había oído que los niños de los que se ocupaban los servicios sociales acababan viviendo en centros de acogida, con desconocidos que les hacían cosas raras. Y estaba segura de que eso supondría vivir lejos del río.

–Ojalá estuvieras tú en casa, Junior –dijo Margo con una voz que le sonó ralentizada–. Entonces me resultaría más fácil quedarme en vuestra casa.

–Ojalá. Volveré en Navidad. Quizá pueda convencerles de quedarme después.

Ricky y Junior parecían moverse a cámara lenta mientras sacaban los papeles de la caja: certificados de nacimiento, la titularidad de la camioneta Ford. Margo se fijó en que había otra cosa: un sobre rosa con una dirección escrita a mano en la esquina superior izquierda, una dirección en Heart of Pines, en el estado de Michigan. No llevaba el nombre de su madre, pero Margo reconoció su letra elaborada e inclinada hacia la izquierda.

–Papá tenía algunos papeles en la encimera, junto a la tostadora –dijo Margo, y cuando los ojos de Junior y Ricky se desviaron hacia el montón de facturas de Crane, Margo sacó el sobre de la caja y se lo metió en el bolsillo de atrás. Sacó su certificado de nacimiento y el de Crane y los apartó a un lado.

–¿Sabes si tenía otras propiedades? –preguntó Ricky–. Necesitamos saber qué tenía.

–Pero si tú no eres abogado –dijo Junior.

–¿Y qué? Alguien tendrá que revisarlo todo. Y Ninfo no va a poder pagarse un abogado.

–La camioneta, la sierra eléctrica y las herramientas –dijo Margo. Se secó los ojos y la nariz con la manga. No mencionó el fusil ni la escopeta.

–¿Y ahorros? –preguntó Ricky. Fue al baño y salió con un rollo de papel higiénico para que Margo lo utilizara como pañuelo. Ella desenrolló un trozo.

–Con todo el dinero que le sobraba pagaba la finca. O el dentista.

–Según el contrato de la finca, parece que la casa pasa a mi padre tras dos impagos –dijo Junior–. Es una locura. Espero que el dentista no te reclame los dientes.

–¿Seguro de vida? –preguntó Ricky.

Ella negó con la cabeza.

Junior sujetó una de las muchas fotos de Luanne y asintió.

–¿Sabes dónde está tu madre? Papá siempre dice que habría que traerla a rastras de vuelta a Murrayville. A lo mejor viene por sí sola ahora.

–Mira esto –dijo Ricky, mostrando una foto de cuerpo entero de la madre de Margo sonriendo con un bañador de dos piezas–. Parece una estrella de cine. Me acuerdo de cuando se tumbaba al sol sin la parte de arriba.

Margo se secó las lágrimas con la manga.

–Un poco de tacto, hombre –dijo Junior mientras le daba una patada a Ricky.

–Lo siento, Ninfo. Todos la echamos de menos.

A Margo le habría gustado encontrar una foto de su madre con la imagen que ella recordaba, con su sonrisa triste o, incluso, frunciendo el ceño. A veces, en invierno, Luanne se pasaba en la cama días enteros. Dejaba que Margo se acurrucara con ella o leyera un libro en la cama. A Luanne parecía reconfortarle la presencia de Margo.

Ricky Murray sacó de la caja de latón una cartera de cuero de color marrón chocolate, idéntica a la que llevaba su padre, y se la pasó a Margo, que sacó de su bolsillo los billetes de veinte dólares enrollados que le había dado Brian Ledoux, los alisó y los puso en la cartera. Metió también la tarjeta de empleado de la metalúrgica y los certificados de nacimiento doblados.

–¿Sabías que tu padre quería que lo incineraran? –dijo Junior.

Ella dijo que no con un gesto.

–No hay dinero para pagarlo.

–Ya has oído a los policías, se encargará mi padre.

Margo asintió. Aunque el sentimiento de tristeza era poderoso, la hierba la había ayudado; Junior tenía razón. Quizá pudiera sobrevivir a la muerte de su padre si permanecía así, anestesiada.

Junior encendió un segundo porro y, después de exhalar, dijo:

–No puedo volver a fumar hasta Navidad. Es complicadísimo meter cualquier cosa en esa cárcel. Le prometeré a mamá y a papá lo que sea con tal de que me dejen volver a casa. O encontraré la forma de escaparme a Alaska a trabajar en un barco de pesca como el tío Loring.

–¿Crees que Billy irá a la cárcel? –preguntó ella.

–No sé lo que le va a pasar al cabeza loca de mi hermanito. Sé que acabaría en el cuarto de aislamiento si fuera a mi academia. –Junior se puso de pie–. Tengo que irme a casa, Ninfo, o sea, Margo, y Ricky tiene que volver a trabajar. Él nos puede dejar en casa. Vamos.

–Quiero llevar mi barca.

–¿La barca del abuelo? Podemos volver luego a por ella.

–Tengo que ducharme antes. Por favor, dejadme sola un rato.

–Muy bien. No tardes mucho –dijo–. Será mejor que vayas a tiempo de ir con mamá a la iglesia esta noche. Quiere que vayamos todos.

–Te prometo que iré pronto. Pero dejadme.

Junior la abrazó y le dio un porro en una bolsita, diciendo:

–Por si acaso.

Se puso un caramelo mentolado en la boca y le dio otro a su prima, y luego se fue con Ricky.

Cuando Margo se quedó sola, sacó el sobre de su bolsillo trasero, lo abrió y aplanó la carta, escrita en un papel rosa a juego con el sobre, con un dibujo de un flamenco:

Querido Bernard:

Siento que haya tenido que ser así lo del divorcio. Sé que mi lugar nunca estuvo allí con tu gente. No me siento capaz de ver a Margaret Louise ahora. Sería demasiado doloroso. Me pondré en contacto contigo otra vez, cuando mi situación sea mejor, y cuando podamos visitarnos, ella y yo. Por favor no utilices esta dirección salvo en caso de emergencia, y por favor no la compartas con nadie.

Un abrazo, Luanne.

Más importante era la dirección que había puesto en el sobre: Dog Leg Road 1121, Heart of Pines, Michigan. Heart of Pines se encontraba a unos cincuenta kilómetros río arriba, algo más allá de la cabaña de Brian Ledoux. Era una población con muchos bungalós de alquiler, restaurantes y bares, un lugar en el que vendían artículos de caza y pesca. Había tardado un día en ir y volver cuando fue con su abuelo en lancha. Más allá de Heart of Pines, el río era poco profundo y no se podía navegar.

Revisó la caja de latón una vez más, eligió tres fotos de su madre y las metió entre las páginas de Little Sure Shot. Puso el libro en la vieja mochila militar de su padre, que tenía una inscripción que decía CRANE. Llenó la mochila con su ropa favorita, además de algunas bandanas, un cepillo y pasta de dientes, jabón, una botella de champú, unas herramientas y unas dianas de papel, y lo que su padre denominaba «emergencias femeninas». Cuando salió, no pudo apartar la vista de la superficie del río; quizá era por la marihuana que había fumado, pero el río estaba resplandeciente al sol del atardecer como si estuviera hablándole con el reflejo de la luz, como si la invitara a remar. Metió en La Rosa del Río la mochila militar, dos chalecos salvavidas, una lona de nailon, un bidón de ocho litros y la mejor caña de pescar de su padre. Se subió, colocó los remos y se alejó de la orilla de un empujón.

Cruzó el río en dirección a la casa de los Murray, remando con lentitud al principio, lo que la llevó corriente abajo y la obligó a dar paladas con fuerza para remontar. Al desatar la barca, había sentido la opresión que le causaba el rechazo de su padre hacia los Murray. Sin él, podía cruzar el río y nadar cuando quisiera, y podía acariciar a los perros de los Murray sin que se lo prohibieran a gritos. Crane ya no podía enfadarse con ella, y ella ya no sería la razón por la que él –ni nadie– seguía entre los vivos. Quizá, si se esforzaba por recordar esto, podría sobrevivir sin él. El pensamiento de tener que sobrevivir sin él la hizo llorar otra vez.

Margo se dirigió hacia la cabaña blanca; vio que alguien había limpiado la sangre de la pared y había puesto en el suelo, en el lugar donde cayó su padre, un recorte de fieltro del tamaño de una manta. Margo tomó el sendero que llevaba a la carretera. Cuando vio la camioneta Ford todavía aparcada en el camino de gravilla, la escena le pareció tan normal que no le hubiera sorprendido ver a Crane sentado detrás del volante. Tras inspirar profundamente varias veces, abrió la puerta de la camioneta y movió el asiento, pero no encontró el fusil. Sería una faena si la policía se había llevado el fusil y también la escopeta. Si Cal o alguien de la familia se lo habían llevado, lo encontraría en el despacho de Cal, junto a la sala de estar, con el resto de las armas. Margo se preguntó cómo estaría mejor, con los Murray o sin ellos.

Se acercó a la casa y se escondió detrás de unos arces. Moe, el perro, tiró de su cadena y gimoteó. Si Margo se mudaba a vivir con los Murray, tendría que esperar a que su madre viniera a por ella, y era imposible saber cuánto tardaría. Al cabo de una eternidad, salió Joanna y puso en marcha el Suburban. Margo se agachó. Oyó las voces de los chicos que discutían, quizá eran los gemelos. Salió Junior, que sujetó la puerta para Cal y bajó lentamente los escalones a su lado, en dirección a la entrada de la finca. Cal caminaba con pasos cortos, como si estuviera aprendiendo a andar. Junior abrió la puerta del pasajero y extendió su brazo, ofreciéndoselo a su padre.

–No me hace falta ninguna ayuda –dijo Cal en un tono crispado.

Subió al asiento del pasajero y Junior se metió en la parte de atrás. Por último, uno de los gemelos entró por detrás para sentarse entre sus padres. Ninguno miró en dirección a Margo. Todavía estaban encendidas las luces de Navidad en la plataforma del muelle, con los colores eclipsados por la luz del atardecer. La misa del sábado por la tarde los mantendría lejos de casa al menos una hora y media. Por lo general, Joanna iba sola con los niños más pequeños –Cal tenía el mismo interés por la religión que el padre de Margo–, pero es probable que aquel día Joanna los hubiera convencido de la necesidad de rezar por Billy y poner paz en sus almas. Es posible que Joanna pensara que, ante la situación actual, convenía que la familia se dejara ver en público al completo. Quizá Cal quería mostrar que no estaba tullido.

Margo subió los escalones, encontró la llave de la puerta debajo de la maceta donde siempre la guardaban, la introdujo en la cerradura y la volvió a colocar en su sitio. En la cocina la temperatura era agradable por la estufa, cuya intensidad habían bajado para conservar el calor hasta que volvieran. La casa olía a bizcocho de canela. Margo olió también la sopa de pavo, lo que quería decir que Joanna, pese a los acontecimientos de la noche anterior, había cocido los huesos de pavo, como siempre, después de la fiesta. La última vez que Margo había estado en aquella sala luminosa y amplia había sido el Día de Acción de Gracias del año anterior, cuando estuvo ayudando a Joanna a limpiar los platos, antes de unirse a la celebración. Margo pasó a la sala de estar, donde había discutido con Billy muchos años sin sentirse incómoda; sin embargo, en el último año, Billy se había convertido en un desconocido y le asustaba. La casa de los Murray nunca le parecía vacía, ni cuando no había nadie dentro. Siempre estaba llena de aromas, calidez y energía. Aquella tarde sintió los espíritus de los Murray en los rincones, en las lámparas y en las paredes. Incluso en los días en que se sentía bienvenida en aquel lugar, prefería quedarse en la cocina. Cuando iba al salón a ver la televisión, se sentaba en el suelo, junto a la silla de Cal, y a veces él le acariciaba la cabeza y decía: «Buena chica». En aquellas ocasiones, Billy solía susurrar «Buen perro» o «Buena Ninfo», pero a ella le daba igual.

Sin embargo, después de lo que había ocurrido, no podía quedarse allí. ¿Dónde iba a dormir mientras esperaba a que volviera su madre?

Encontró un papel y un lápiz y escribió una nota: «Queridos Joanna y Cal: Gracias por vuestra generosa oferta para quedarme a vivir con vosotros. Mi madre quiere que vaya a vivir con ella, pero me ha pedido que no diga dónde es. Por favor, no se lo contéis a nadie. Un abrazo, Margaret». Dejó la nota en la mesa de la cocina.

Margo se adentró en el despacho de Cal, un cuarto en el que ella nunca entraba. No dejaban entrar a los niños y era una regla que todo el mundo respetaba. Olía a Cal, a cuero y aceite para armas, a espuma de afeitar al limón. También olía levemente a sudor y a whisky.

El armario de las armas no estaba cerrado con llave. Era posible que, conmocionado como estaba, se hubiera olvidado de cerrarlo bien, o quizá su confianza en que nadie iba a tocar sus armas era tan grande que nunca echaba la llave. Abrió las dos puertas. Dentro había una docena de escopetas y seis fusiles de caza del calibre 12, pero no estaba el de su padre, que era del 20 y tenía sus iniciales grabadas en la culata.

El corazón de Margo le latió con fuerza mientras sacaba la Marlin, la escopeta que Cal le había dejado utilizar en ocasiones especiales, porque era como la de Annie Oakley, según decía. Margo acarició la ardilla tallada en la culata de nogal y la palanca de cromo. Cal la mantenía lubricada y pulida. Le recorrió una descarga eléctrica al rozar el gatillo dorado. La última vez que había disparado con ella llevaba una bandolera de cuero atada, pero la habían quitado y solo habían dejado los tornillos de las eslingas. Levantó el rifle hasta el hombro y lo apuntó hacia la ventana. Apretó la mejilla contra la culata y dirigió la mira hacia una cinta naranja grapada al poste de una valla. Si se iba a marchar de este lugar y de todos sus rincones familiares, necesitaría esta arma. Se guardó una caja de cartuchos del 22 y agarró la Marlin con la mano izquierda. Sintió que los fantasmas de los Murray la observaban mientras volvía a la cocina. Tomó la hogaza de bizcocho de canela de la encimera y salió por el mismo lugar por el que había venido. El labrador negro encadenado en el exterior ladró y, aunque sabía que debía darse prisa, Margo se arrodilló al lado del perro, procurando mantener el bizcocho alejado de sus mandíbulas.

–Moe, te he echado mucho de menos. Tendría que haber venido a verte, lo sé.

Se apartó del perro, que ladró mientras ella se alejaba. También ladraron los beagles desde la caseta de los perros. Cuando llegó hasta la barca, tenía tal temblor que, en lugar de soltar el arma en el asiento de atrás, la dejó caer al río helado. La sacó rápidamente, pero no llegó a evitar que se sumergiera del todo.

Sacudió la escopeta y la secó tan bien como pudo con una toalla. Encogida por el frío y por el miedo a que la vieran, puso la escopeta sobre la lona y la envolvió como a un bebé. Tuvo la sensación de que el ruido que hizo al entrar en La Rosa del Río se oyó por todo el río y el bosque. Dio unos cuantos mordiscos al bizcocho, lo primero que comía en todo el día. Cuando dejó la orilla, sintió un deseo irresistible de dejarse llevar por la corriente, de derivar río abajo. Pero su madre se encontraba río arriba, así que comenzó a remar.

6

Cuando Margo oyó tres disparos seguidos, el sonido la desconcertó y su primera reacción fue pensar en disparar a modo de respuesta. La temporada de caza todavía duraría unos cuantos días más. Cuando vio las caravanas de camping de los Slocum en la orilla norte, remó con toda la fuerza que pudo para pasar lo antes posible y que no la vieran. Varios centenares de metros más allá, el río trazaba una curva y Margo oyó voces y risas que venían del exterior de la cabaña abandonada que Junior llamaba la Casa de la Marihuana. Llevó la barca hasta el banco de arena que había justo debajo de la cabaña y decidió esperar a la oscuridad total para no correr riesgos. Se quitó los guantes de trabajo de cuero y se echó aliento en las manos. La diminuta cabaña era propiedad de los Murray y hasta tres años antes la utilizaba uno de los hermanos del abuelo para pescar los fines de semana. Margo se puso a escuchar las voces adolescentes. Se oyó la risa de una chica que explotaba como un arma automática, pero el sonido se amortiguó tras el ruido de un portazo. Cuando todo quedó en silencio durante un rato, Margo subió la orilla para ver mejor.

Un venado de cola blanca se estaba acercando al río a poco más de veinte metros, cerca del muelle. Margo sacó seis cartuchos de un bolsillo y los metió en el cargador de la Marlin, accionó la palanca con el mayor sigilo posible y puso el seguro del percutor. Le encantaba la sensación de la escopeta cargada en las manos. Cuando el ciervo se paró en la orilla y se giró para mirar en su dirección, Margo contuvo la respiración. Con el rifle apoyado en una rodilla, observó al animal, contó diez puntas en su cornamenta y distinguió una cicatriz en carne viva con forma de V en la mejilla, quizá por una pelea con otro macho. Con un calibre 22, podía tumbarlo si le acertaba en un ojo o en la sien. El ciervo bajó la cabeza para beber en el río. La Marlin de palanca era un poco más pesada que la escopeta de cerrojo de su padre, pero al apuntar el arma se sintió ligera y libre de cansancio.

–¡No dispares! –susurró una voz femenina a sus espaldas. El ciervo se asustó al oír el ruido, plegó las patas y se alejó brincando de la orilla.

Margo se apartó del río de un salto, se subió a la barca y la alejó de un empujón.

–Eh, ¿eres la prima de Junior? ¡Ven con nosotros! –gritó la chica. Margo siguió remando. La chica le dijo a otra persona–: Creo que era la prima de Junior.

Margo reconoció la voz. Era una de las amigas de Junior, una chica de la que una vez Ricky dijo que era «una zorra». Carraspeó y logró responder:

–No tengo primos. Me llamo Annie.

Margo remó río arriba, calentándose en la lucha contra la corriente. Estaba contenta de que la chica hubiera evitado que disparara al ciervo. La carne se habría estropeado en la orilla. Margo remó con más intensidad cuando se dio cuenta de que, con las prisas, no había cerrado la puerta de los Murray con llave. Se preguntó si Joanna le haría a su familia otro bizcocho de canela para reemplazar el que se había llevado ella. Después de dos horas de remar con fuerza en la oscuridad, encontró un tramo poco profundo, maniobró para situarse encima, en un lugar invisible para cualquier embarcación que pasara, y amarró la barca a las raíces de un árbol. Se acurrucó en el saco de dormir, en el asiento de atrás, de la misma manera que se acurrucaba en el sofá a la espera de Crane y se quedó dormida. Mecida por el movimiento del río, durmió a pierna suelta, como un bebé, y se despertó el día siguiente cuando el sol estaba en lo alto. Se despertó fría, rígida y sin saber dónde estaba, y también aliviada de que nadie la hubiera molestado. No había oído a nadie gritando su nombre, pero sentía que alguien la vigilaba. Movió los dedos para calentárselos en el interior de las botas y vio en la orilla un ciervo enorme. Como se sentó e hizo ruido con la lona, el ciervo se giró, mostrando una herida en forma de V, y se adentró en la espesura. Margo se comió la mitad del bizcocho y comenzó a remar de nuevo.

A mitad de la tarde, Margo avistó una gasolinera en la orilla donde repostaban las lanchas, y donde una persona sin miedo a que la vieran podría amarrar su embarcación y comprar un sándwich y unas patatas fritas con solo alejarse unos metros del agua. Margo se escondió en el canal de una pequeña casa situada en un islote, más abajo de la estación de servicio. No había nadie en la casa. Se preguntó cómo sería vivir en una isla así, rodeada por el agua. Se encontraba a dieciocho kilómetros de Murrayville y sabía que solo podía recorrer un kilómetro y medio por hora remando contra corriente.

Al caer la tarde vio acercarse un ciervo de diez puntas, de forma que se puso a remar otra vez. Detrás oyó el aleteo de un ave grande, pero al girarse no había nada. Pasó a la altura de la gasolinera sin que la vieran, y después no había más que bosques y campos iluminados por la luna, casas y chalés con muelles flotantes hechos de barriles que aún no habían retirado para el invierno. En la oscuridad, acompasó el ritmo de los remos a la respiración. Vio la parte de atrás de concesionarios y tiendas de maquinaria. Algunos sitios le eran familiares: un acantilado en el que habitaban las golondrinas en verano, un muro de piedra y una torre que, según le dijo su abuelo, habían construido los indios, unos árboles antiguos cuyas ramas colgaban sobre el agua en un gesto que a Margo le pareció de generosidad, de la manera que el abuelo había sido generoso, o grande y elegante de la manera que la tía Joanna siempre le había parecido grande y elegante. El reflejo de las luces de seguridad sobre la superficie del agua le recordó a Margo que su madre se encontraba más adelante. Remó gran parte de la noche, mordisqueando el bizcocho hasta que se acabó. Cuando se sintió demasiado cansada para tener los ojos abiertos, ató la embarcación a una rama y durmió de nuevo.

Se despertó a la mañana siguiente al oír un chapoteo junto a la barca y, cuando miró al agua oscura, vio la cara furiosa de su padre. Enseguida se dio cuenta de que era su propia cara cansada, enmarcada por sus cabellos oscuros. Tenía las mejillas y los labios cortados por el frío, y le dolían los músculos. Se puso en marcha lentamente, cambiando de lado cada vez que llegaba a una curva, consciente de que el cauce era somero y lento en la parte interior de las curvas, y rápido y profundo en el exterior de los meandros. Mientras recorría una curva cerrada, se acordó de que su abuelo decía que esos recodos del río eran solo temporales, que, con el tiempo, cuando pasaran miles de años, el río corregiría su curso para tomar el camino más directo, por muchas casas que hubiera construido la gente en medio, por muchos muros de contención o barreras de hormigón que le pusieran, por muchas escolleras que levantaran. El río perseveraba, según el abuelo, y al final la gente tendría que rendirse. En aquel momento, Margo resolvió no rendirse en su intento de domar al río. Sin embargo, ahora cayó en la cuenta de que era posible que el abuelo estuviera hablando de su propia casa, el caserío de los Murray, que acabaría engullido por el río. Era posible que lo que estuviese diciendo era que los Murray no serían siempre los reyes del río. Era probable que lo que a Margo le había parecido eterno, el paraíso fluvial de los Murray, fuera transitorio a los ojos del hombre que lo había creado.

Por la tarde del segundo día completo de remar, el cansancio y el hambre superaban los niveles que había conocido hasta entonces. Con cada golpe de remo sentía que se estaba licuando. Hizo un alto varias veces para reposar las manos en el agua. Cuando vio que caía nieve a su alrededor, pensó que ella misma se acabaría disolviendo antes de llegar a su destino, al igual que los copos que caían en el agua. Al sentir calambres en las piernas, se dejó llevar hacia atrás por la corriente durante un instante, observando los mismos árboles que con gran esfuerzo acababa de rebasar. Se deslizó delante del muelle encalado que con tanta dificultad había superado hacía unos minutos. Pasó por delante de una garza ceniza, de más de un metro de altura, que se erguía sobre varios centímetros de agua helada, y la imagen la despertó. Para evitar que el río la siguiera arrastrando, se dirigió hacia un banco de arena. Se dio la vuelta para observar el ave, que debería haber emigrado al sur varios meses antes. La garza erizó todas las plumas de la cabeza y el cuello y lanzó un picotazo al agua. Se tragó un pez de la longitud de un dedo y después se echó a volar río arriba. Margo abrió la bolsita de plástico que le había dado Junior. Sacó el porro y lo encendió con una cerilla que llevaba en la mochila. Se fumó la mitad, con la esperanza de anestesiarse, pero como se sintió revuelta tiró lo que quedaba al río. Al cabo de varios minutos estaba aún más hambrienta.

Al llegar el crepúsculo la cabeza le daba vueltas. Los efectos agradables de la marihuana se habían disipado varias horas antes, y le había quedado un vacío que comenzaba en su estómago rugiente y se extendía por todo el cuerpo. También la cantimplora estaba vacía. Era ya noche cerrada cuando apareció ante ella una cabaña conocida, sobre pilotes, como un milagro, con una luz débil reflejada en las ventanas. Sobrepasó la casa para tener margen de maniobra, pero, al detenerse, la corriente la empujó hacia atrás demasiado rápido y tuvo que intentarlo de nuevo. Trató de flexionar los dedos en torno a los remos, pero se le habían congelado y agarrotado dentro de los guantes de cuero. Las veces que había visto aquel lugar con su abuelo era de día. La luz vacilante del farol le daba un aire misterioso. Brian la había invitado a que se pasara de visita, pero ella había pensado entrar furtivamente en su ausencia. Desde allí había solo unos cuantos kilómetros hasta Heart of Pines.

Remó otra vez hasta sobrepasar la cabaña, orientando la barca hacia la orilla, y agarró el muelle que se le venía encima, de modo que casi se le aplastó la mano entre la barca y el embarcadero. Atracó junto al pontón Playboya, que había visto varios días antes. Al otro lado del muelle había una lancha de pesca de aluminio. La embarcación de Brian chocó varias veces con su barca, pero la proa estaba amarrada junto a la orilla. Se acercó a la cabaña a pie, sin llevar nada más que la escopeta, y haciendo el menor ruido posible. Le llegaron voces de hombres mientras subía los peldaños de madera. La columna de humo que emitía la chimenea olía a cerezo. A varios metros de la cabaña, observó una pila de leños que ocupaba todo el espacio entre dos árboles y que llegaba a la altura de la cadera. Aunque rudimentario, aquel lugar parecía listo para enfrentarse al invierno, y daba la impresión de que allí se encontraba alguien dispuesto a quedarse a vivir, no solo a pasar los fines de semana. Había una cuerda de tender atada cerca del muelle. Margo entró en silencio en el porche con mosquiteras y se quedó varios minutos en el exterior de una puerta de cristal. Distinguió a Brian y a Paul dentro, con su barba y pelo negro. Habían pasado muchas cosas desde hacía tres días, la última vez que los vio. Brian se levantó y abrió la puerta, sin soltar su mano de cartas.

–¿Quién anda ahí?

Margo inspiró profundamente.

–¡Madre de Dios! –dijo Brian, plegando las cartas en un pequeño taco–. ¿Es un fantasma precioso o es que ha venido la doncella del río a bendecirme? Entra, no te quedes fuera con este frío, y cierra la puerta.

El hombre regresó a la mesa, se sentó y se reclinó en su silla para contemplarla mejor. Parecía verdaderamente abrumado por la presencia de Margo. Paul estaba sentado de espaldas a la puerta, mirando por encima del hombro, bizqueando de un ojo.

–Madre de Dios, Brian. ¿Qué hace una mujer aquí con una escopeta? ¿Va a dispararnos?

–Ponte las gafas, Pauly. Es Maggie Crane –dijo Brian.

Margo habría llorado por el alivio de encontrarse en un lugar donde descansar. Estaba agradecida de no hallarse a la intemperie, pero el tamaño de los dos hombres le asustaba. Los dos eran tan altos como Cal y más gruesos. Estaba a su merced. Si no le daban nada de comer, se moriría de hambre; si la echaban, probablemente se congelaría; si querían obligarla a que hiciera lo que fuese con ellos, seguramente lo conseguirían.

–Baja la escopeta, Maggie, y siéntate aquí.

Brian apartó una silla de la mesa y dio una palmada en el asiento. Margo apoyó la culata de la Marlin en el suelo de pino y el cañón en un rincón, junto a una escoba. Se sentó en la silla junto a Brian.

–Has venido justo a tiempo de ver mi mano ganadora –dijo Paul.

Margo no sabía por qué antes pensó que los dos hombres se parecían. Tenían el mismo tamaño y rasgos parecidos –pelo y barba oscuros, ojos azules–, pero mientras que Brian tenía los hombros anchos y el abdomen musculoso, Paul tenía los hombros y la tripa redondeados. Brian llevaba el pelo demasiado corto para llevar una coleta como Paul. La cara de Paul era más delgada y pálida, y tenía toda la concentración en las cartas, que ahora puso boca abajo a regañadientes. Sacó unas gafas del bolsillo de su chaleco con forro de borrego y se las puso. Un ojo parecía más grande a través de las gafas y el otro estaba medio cerrado. Margo no podía apartar la vista de él.

–Con una sola mano no vas a compensar tu racha de cinco años seguidos perdiendo, desgraciado –dijo Brian.

–La semana pasada te gané.

–Y una mierda. –Brian se volvió hacia Margo–. Hemos oído lo de tu padre. Lo sentimos. Trabajé con él un par de años en el tratamiento térmico. El viejo Murray decía que era listo y preciso. Es lo que siempre decía de él. Le quería como a un hijo. Aunque claro, era hijo suyo, ¿no? Nunca he sabido muy bien cuál era la historia.

–Yo también lo siento –dijo Paul–. No llegué a conocerle, pero debe ser muy duro.

–Paul y yo perdimos a nuestro padre hace cinco años, y no fue fácil, ni siquiera para nosotros, hombres hechos y derechos. Y eso que el muy mamón nos pegaba de lo lindo.

–Vaya que si nos pegaba –dijo Paul–. El muy cabrón nos zurraba y así nos hizo duros.

–Nos hizo los cabrones que somos ahora –dijo Brian.

Paul sonrió y se quitó las gafas. Uno de los ojos seguía entrecerrado.

–¿Por qué no te las dejas puestas para poder ver? –dijo Brian.

–Me dan dolor de cabeza. Tú ocúpate de tus ojos.

–Cuando éramos pequeños, le disparé a mi hermano con una escopeta de aire comprimido y le dejé ciego del ojo derecho, así que ahora tengo que cuidar de él –dijo Brian.

–Tú no cuidas de mí, capullo.

–Así se libró de Vietnam. Igual le salvé la vida –dijo Brian.

–¿Podemos acabar la partida?

–En el otro ojo tiene poca vista por lo típico. De darle mucho al manubrio –dijo Brian guiñándole un ojo a Margo–. Ya nos avisó el cura.

–¿Te quieres callar de una puta vez, Brian?

Margo se quitó los guantes de cuero y los puso en la mesa. Los dedos seguían encogidos.

–Oh, pobre Maggie. Paul, esta chica se está congelando. Mira los dedos.

Brian puso las manos de Margo entre las suyas y les exhaló aire caliente. Antes, cuando ella les echó aire caliente, no sirvió de mucho, pero el enorme cuerpo de Brian –sus pulmones tenían que ser muy voluminosos también– generó calor de verdad. Pese a sus recelos, sintió el deseo de descansar su cabeza contra el cuerpo de Brian.

–Señorita Maggie, espero que no te moleste la pregunta, ¿pero no estarán tus familiares preguntándose dónde estás ahora? –dijo Paul.

–Sus familiares son los Murray, Pauly. ¿A ti te gustaría estar con esos hijos de puta?

–Aun así, su familia querrá que esté con ella –dijo Paul–. ¿Y su madre?

–Su madre se largó y la abandonó hace un año y medio, se escapó con un hombre de Heart of Pines. Maggie, ¿es allí donde vas? ¿Con tu madre?

Margo tomó aire lentamente. No se le había ocurrido que quizá Brian conociera a su madre.

–Dame dos cartas –dijo Paul.

Brian soltó las manos de Margo y le dio a Paul dos cartas, y tomó otras dos para él. Paul agarró las cartas con tanta fuerza que las yemas de los dedos se le pusieron blancas.

–Mañana te ayudaremos a ponerte en marcha, donde sea que vayas –dijo Brian–. No te preocupes, aquí estarás bien esta noche.

–Entiendo que una mujer quiera abandonar a su marido –dijo Paul, con cierta cólera en la voz–, pero ¿qué tipo de mujer abandona a un hijo? ¡Además a una hija! Mi mujer preferiría estar muerta antes que dejar a sus hijos.

–Nosotros no podemos juzgar eso –dijo Brian, cogiendo las manos de Margo otra vez. Tras frotarlas de manera intermitente durante varios minutos, comenzaron a recuperar el color. Margo quería sentarse junto a la estufa de leña, pero sabía que si lo hacía nunca querría abandonar su calor intenso. Como si le estuviera leyendo la mente, Brian se levantó, sorprendiéndola de nuevo con su enorme tamaño, y alimentó la estufa con unos leños de un montón que había detrás.

–También he oído otro rumor –dijo Paul–. Brian también lo ha oído. Maggie, ¿es verdad que tu padre le cortó la polla de un disparo a Cal Murray?

Paul tenía una voz temblorosa. Margo se sintió segura sentada junto a Brian, que parecía tranquilo y confiado.

–No hace falta ser vulgar, Pauly –dijo Brian, con una sonrisa que daba a entender que apreciaba este tipo de vulgaridades. Después frunció el entrecejo–. Pero quizá es mejor que sepas los rumores que circulan por ahí, Maggie.

–¿Tenéis un poco de agua? –susurró Margo.

–¡Sabe hablar! –dijo Brian–. Nunca te había oído. Bueno, no digas nada si no quieres. Mañana hablaremos.

–Brian no cree que tu padre hiciera lo que dice la gente –dijo Paul.

–Lo mismo da –dijo Brian–. Esta noche te quedas aquí. Y te ayudaremos a llegar donde quieras. O puedes quedarte el tiempo que te parezca. ¿Tienes que ir a casa al funeral?

Margo negó con la cabeza. No habría ningún funeral, ninguna ceremonia.

Brian sirvió un vaso de agua de una cazuela en la encimera.

–Hervimos el agua del pozo por seguridad –dijo.

Margo se bebió el vaso entero y aceptó otro.

–Y también te hará falta comer algo, Maggie –dijo Brian–. Tenemos sobras de trucha y un trozo de filete del venado que cazaste. Me lo llevé para hacerle a tu padre un favor, pero ahora me alegra haberlo hecho, porque yo no he cazado ninguno. Quizá todas las chicas guapas están atrayendo a todos los ciervos y no nos dejan nada a los hombres grandes y feos.

Pese a las quejas de Paul por el nuevo retraso en la partida, Brian encendió la cocina a propano, y en unos minutos le ofreció a Margo un plato naranja en el que había carne, un trozo de pescado con su espina, un par de pedazos de patatas y unas judías verdes aceitosas con algo de tocino. Mientras Paul y Brian jugaban, ella comió. Cuando Brian le pasó un trozo de pan de molde blanco, Margo rebañó el plato con él.

–No comes nada mal –dijo Paul– para ser una chiquilla.

–Es verdad, come muy bien.

Margo dejó de masticar el pan.

–No pares –dijo Brian–. Es bueno que tengas apetito. Si no comes, no vives. Hay gente que, cuando le ocurre una desgracia, deja de comer y se queda en los huesos.

Con el último trozo de pan, rebañó un poco de pescado que quedaba en la espina.

–Pauly, ¿te puedes creer esta increíble aparición que se nos ha presentado en casa buscando ayuda?

–Si te digo la verdad, Brian, no me entusiasma la idea. ¿Cuántos años tienes?

–Dieciocho –respondió tranquilamente Margo.

–¿Vienes a quedarte con nosotros, entonces? –preguntó Brian, lanzándole un guiño–. ¿Para hacerme tortitas por las mañanas y decirme que soy guapo? Porque llevo tiempo buscando una chica así.

–Por amor de Dios –dijo Paul–. ¿Cuánto has bebido, Brian? Si tiene dieciocho, tiene la mitad de años que tú. Hay que andarse con cuidado con mi hermano, Maggie. Se busca los problemas él solito.

–¿Quieres más comida? –preguntó Brian. Le dio un trago a un licor de jengibre que tenía en un frasco casi vacío y se lo ofreció a ella.

Ella negó con un gesto, pero no estaba tan segura sobre si rechazar la comida.

–Pobre corderito –Brian enroscó el tapón de la botella.

–Deberías estar con tu madre ahora mismo –dijo Paul, con un gesto de desaprobación–, no ahí fuera.

–Has dicho que sabes dónde está –susurró Margo. Buscó en un bolsillo, abrió su cartera y sacó el sobre con la dirección en una esquina.

–Hace más de un año andaba por ahí –dijo Brian tras analizar el sobre–. La vi una docena de veces en Heart of Pines con un hombre llamado Carpinski. Esa podría ser la dirección. Nunca le dije nada a tu padre, pero era muy atractiva. Se fue después de varios meses, creo. Alguien me comentó que se fue a Florida. No llores, bonita.

–Pues claro que tiene que llorar –dijo Paul–. Es una chiquilla.

Margo se secó los ojos con la servilleta de papel que había estado utilizando como pañuelo.

–Encontraremos a tu madre. Voy a hablar con Carpinski. Es un tío legal, vive en una casita en Dog Leg Lake. Puedes quedarte aquí hasta que la encontremos.

–Brian, ¿estás loco? Al final te van a detener.

–Me van a acabar deteniendo por una cosa o por otra, y si es por ayudar a una chica, pues mejor que sea por eso.

Brian olía a tabaco, a licor de jengibre y a río, y al avivar el fuego intensificó los olores a comida de la cabaña. Calentó la habitación tanto que Paul se quitó el chaleco con forro de borrego.

–Cal Murray es un hijo de puta –dijo Brian otra vez, con cara de recriminación–, y su mala sangre se la ha pasado a la próxima generación, a ese chico, Billy. ¿Van a meterle en la cárcel por lo que hizo?

–Lo pagará –dijo Margo en voz baja.

–¿Has oído, Pauly? La chica se va a vengar. Así es como se superan las cosas, Maggie. Tu padre era buena persona y Cal Murray y su hijo no le llegaban a la altura del betún.

Margo se volvió a concentrar otra vez en los ojos desiguales de Paul. Cuando sintió que él se molestaba, apartó la mirada y se refugió mirando la espalda de Brian, igual a un muro infranqueable a su lado.

–¿Quieres decir que nadie te está buscando ahora? –dijo Paul.

Ella negó con un gesto, aunque no estaba segura.

–¿Cuántos años tienes, de verdad? –dijo Paul.

–Dieciocho.

–En contra de lo que afirma mi hermano, no he tocado a una menor desde que tenía quince años –dijo Brian.

–¡Joder! –dijo Paul, irritado.

–Paul, ¿qué te pasa? Nos enseñaron a acoger a las almas perdidas. ¿O quieres decir que no podemos ayudarla porque es guapa?

–Solo digo que tendrías que tener cuidado en tu situación. –Paul se volvió hacia Margo–. Y ella tendría que tener cuidado contigo.

–Mientras no andes guardando drogas por aquí otra vez, no tienes que preocuparte por mí, Pauly.

Brian le pasó un brazo por detrás a Margo y la acercó un instante.

–Te digo que tendría que estar con su madre o con quien sea –dijo Paul.

–No te preocupes, Maggie, encontraremos a tu madre, donde quiera que esté. La gente no desaparece así por las buenas –dijo Brian.

–Por mucho que lo intenten –añadió Paul, con un gesto de desaprobación.

Margo tiritó. La sangre le latía en el estómago lleno. Flexionó los dedos de las manos y movió los de los pies en el interior de las botas.

–Joder, Brian, te buscas los problemas tú solo. Van a denunciar su desaparición.

–Yo no me busco los problemas –dijo Brian. La soltó para depositar las cartas en la mesa–. Pero de algún modo los problemas me acaban encontrando, ¿a que sí, hermanito?

–Te creas los problemas tú solo –dijo Paul–. Pregúntale a cualquiera de los tipos con los que te has pegado últimamente. Si es que aún respiran.

Brian dio una calada profunda al cigarrillo. Margo sintió un cambio en el ambiente de la sala, que se llenó de tensión, hasta que Brian sacudió la cabeza y se rio soltando una bocanada de humo.

–Escucha, Paul. No voy a abandonar a la chiquilla con este frío, así que hazte a la idea de que va a estar sentada a esta mesa tanto tiempo como quiera.

–Bueno, hay algunos que tenemos que trabajar mañana –dijo Paul.

Antes de irse a su casa, metió en la cabaña la mochila de Margo, que estaba en La Rosa del Río. Brian preparó el sofá con una sábana algo húmeda y un edredón grueso que trajo de la habitación. Mientras ella se arropaba, Brian alimentó otra vez la estufa y puso más leños encima para que se secaran, y después se arrodilló en el suelo, junto a ella. La envolvió bien por los lados para protegerla de las corrientes. Cuando por fin Margo cerró los ojos de cansancio, Brian la besó en la boca. Ella estaba demasiado cansada para sobresaltarse, así que le dejó hacer.

–No te preocupes por nada, Maggie –dijo, después de separar la cara.

Ella sabía que, hasta que encontrara a su madre, no tendría ningún sitio donde ir, y se preguntó si podría sentirse acogida allí. Estiró la mano y le agarró de la barba, que era suave, y le atrajo suavemente hacia ella. Aunque solo estuvieron en contacto sus bocas, tuvo la sensación de que él la estaba besando con todo el cuerpo, lo que a un tiempo le atemorizó y le revigorizó la piel. Cuando la lengua de Brian entró en su boca, a Margo se le erizó el pelo de los brazos y las piernas. Todavía estaba besándola cuando Margo sintió que despertaba de un sueño prolongado, aunque probablemente solo había pasado en torno a un minuto. Aquel largo beso calmó su tristeza. Tuvo la impresión de que podría vivir y respirar dentro de ese beso húmedo. Cuando por fin Brian se apartó, ella tenía los labios hinchados.

–Oh, Maggie –dijo meneando la cabeza–. Será mejor que duermas un poco.

Él le apartó el pelo de la cara, le besó la frente y se fue a la cama. Ella agradeció que él dejara la puerta abierta. Así se sentiría menos sola.

Cuando Margo se despertó, todavía estaba oscuro fuera. La habitación estaba iluminada con la llama al mínimo de la lámpara de queroseno. Escuchó para ver si había algún búho, pero no se oyó nada. Se sintió otra vez contrariada por el hecho de que su madre se hubiera ido de Heart of Pines. Tenía todo el sentido que su madre quisiera irse a Florida, un lugar donde tendría calor todo el año. Los inviernos habían sido muy duros para Luanne.

Margo había disparado a Cal, y por eso Billy había matado a Crane. La conclusión de este análisis en mitad de la noche era que era ella misma la que, indirectamente, había disparado en el pecho a su padre. Se incorporó en el sofá. No quería estar dentro de su propia piel y tampoco tenía ganas de estar sola. Aunque habrían pasado ya horas desde que había besado a Brian, todavía podía sentir la fuerza de su boca. El edredón y el ambiente estaban impregnados de su olor. Aún podía saborear el humo y el sabor a licor de jengibre que había estado bebiendo Brian. Aún podía sentir su barba en el cuello.

Se remetió el edredón por debajo del cuerpo, pero el viento que entraba por las ventanas era demasiado frío para el fuego de la estufa, que estaba casi extinguido. Si se quedaba a vivir allí una temporada podría ayudar a Brian a poner plásticos en las ventanas. Y podría mantener vivo el fuego mientras él estaba fuera. Se levantó, echó un leño en la estufa y puso otro encima. Subió la luz del farol. Se echó el edredón sobre los hombros y se acercó a la puerta de la habitación. No sabía si Brian sería capaz de forzar a una chica, pero él no podría forzarla si era ella la que acudía a él por voluntad propia. Se quedó junto a la cama hasta que vio el brillo de los ojos de Brian a la luz de la lámpara.

Brian apartó los cobertores –un saco y una sábana– para hacerle espacio en su cama doble y ella atravesó el cuarto hasta llegar a la cama. Se quitó los vaqueros y se metió en la cama vestida con ropa interior y una camiseta. Puso el edredón por encima de los dos.

–Madre de Dios –susurró Brian–. Mira lo que me has traído. ¿Estás segura, Maggie?

Ella asintió.

–Dilo –exhaló él– y no te rechazaré.

–Sí, estoy segura –susurró ella.

Estaba segura de que esta era la mejor defensa que tenía contra el frío del invierno, la mejor manera de asegurarse de que no la obligarían a ir con Cal y Joanna ni la entregarían a los servicios sociales. La mejor forma que tenía a su alcance, ahora que no podía aguantar estar sola en la cama. Su cuerpo se sintió recalentado de inmediato por la cercanía de Brian, encendido en cada punto que él tocaba.

–¿Has estado con algún hombre antes?

Ella asintió y después susurró:

–Sí.

Brian le recorrió con las manos los brazos, la cadera y los muslos, y ella dejó que él la moldeara y la calentara. Ella observaba a Brian y él la observaba a ella. Cuando estuvo con el amigo de Junior, se había sentido torpe, pero a Brian era fácil seguirle. Cuando sus músculos se tensionaron, las manos de Brian siguieron moviéndose por todo su cuerpo y se alejó un efímero recuerdo de Cal. Cuando las manos de Brian se deslizaron bajo su camiseta, la tela de algodón pareció disolverse, y cuando le bajó las bragas hasta las rodillas, Margo tuvo la impresión de que las movía su voluntad y no las manos de él. Brian puso una mano entre sus piernas, su boca en la boca de Margo y después en su tripa, y después colocó su cuerpo encima de ella. Pese a su enorme tamaño, ella no sintió que fuera pesado. Margo se agarró a sus brazos y vio que él formaba una casa a su alrededor, que su enorme cuerpo se convertía en una morada en la que ella podría vivir y sentirse segura. Él tenía los ojos abiertos, todavía la miraba, con el reflejo naranja de la luz de la lámpara de queroseno del otro cuarto. Se dio cuenta de que él estudiaba cada detalle de su cuerpo, y esto la hizo admirar cada parte de sí misma. Cuando ella le tocaba, sentía que sus brazos eran tan poderosos como los de él, y sus manos, pequeñas y encallecidas, le parecían tan capaces como las manos de gigante de Brian.

Se le tensó el cuerpo cuando él la penetró, pero después se relajó y se acompasó a su ritmo. Movió las manos hinchadas a lo largo de sus brazos. Tocó con la punta de los dedos el relieve de cicatrices, como espaguetis, del dorso de sus manos. Quería sentir las cicatrices en su cara. Cuando el placer la desbordó, cerró los ojos.

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Yaş həddi:
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Litresdə buraxılış tarixi:
13 noyabr 2024
Həcm:
374 səh. 8 illustrasiyalar
ISBN:
9788419288189
Naşir:
Tərcüməçi:
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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