Kitabı oxu: «El misterio del Atlas de Oliva»

Diez Suricatos 
© del texto: Borja Galmés Belmonte
© corrección del texto: Equipo BABIDI-BÚ
© de esta edición:
Editorial BABIDI-BÚ, 2020
Fernández de Ribera 32, 2ºD
41005 - Sevilla
Tlfn: 912.665.684
www.babidibulibros.com
Primera edición: noviembre, 2020
ISBN: 978-84-18499-16-6
Producción del ebook: booqlab
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra»

Índice
1 El primer día de clase
2 El Atlas de Oliva
3 Un secreto inesperado
4 Agosto de 1501
5 La pandilla se pone en marcha
6 La investigación de Tania
7 La visita al museo
8 La búsqueda se reinicia
9 Otra vez en el museo
10 Bajo la cruz de Santiago
11 Arcetri 1636
12 Los dos genios
13 A los pies del caballo
14 Cónclave en el centro comercial
15 La real acequia (1575)
16 La clave del caballo
17 Nochebuena
18 De nuevo en clase
19 Un sencillo paseo
20 El abuelo
21 El ojo del Rey Jorge
22 Real observatorio astronómico de Madrid: diciembre de 1808
23 Roam
24 La persecución
25 Los pliegos
26 El destino final
27 Un guiño del destino
28 Su legítimo dueño
Epílogo
A mis padres que tanto me enseñaron.
A mis hijos a quienes tanto quisiera enseñar.
1
El primer día de clase
Cuando Tania oyó el despertador de su madre, ya llevaba un buen rato despierta. Por lo menos media hora. Y eso, para alguien a quien le gusta dormir, era un tiempo más que notable. Pero aquel día no era un día como los demás. No solo terminaban las vacaciones de verano, lo que suponía el inicio de un nuevo curso escolar, sino que, además, ella y su hermano Guille estrenaban instituto. Sus padres habían decidido, ya a mediados del curso anterior, cambiarlos al colegio del barrio. Por tanto, tendrían que esforzarse para hacer de nuevo amigos, tratar con profesores diferentes, etc. Ella ya estaba mentalizada desde hacía tiempo, pero para Guille fue un duro golpe cuando se enteró. El único consuelo para este era que seguirían juntos, pues, a pesar de que el hermano de Tania aún no tenía edad para ir al instituto, resultaba que el centro del barrio era lo que llamaban un CEIPSO, es decir un centro de educación infantil, primaria y secundaria.
Al escuchar los pasos de su madre, Tania se levantó de la cama de un respingo, se calzó sus zapatillas de estar por casa y se dirigió a la cocina con la intención de preparar su desayuno y el de su hermano. Aunque Guille ya tenía diez años, cuatro menos que ella, seguía preparándole el desayuno. Quizás era una costumbre adquirida desde hacía tiempo, seguramente fruto del sentido de la responsabilidad que siempre había mostrado Tania desde pequeña. Alguien le había comentado alguna vez que eso era el síndrome del hermano mayor. Sea como fuere, no le importaba hacerlo, y hasta le gustaba la sensación que experimentaba al ver la cara de su hermano sintiéndose cuidado y protegido por ella. Lo cierto era que, desde muy pequeñitos, siempre se habían llevado muy bien. Bueno, a veces se peleaban, como todos los hermanos, pero se querían mucho.
Guille se levantó bastante más adormilado que Tania, y llegó hasta la cocina junto con su madre.
—Vamos, chicos, que hoy es el primer día y no podemos llegar tarde —dijo esta.
Tras un par de vasos de leche, unas tostadas y algunos gritos y carreras, ya estaban listos para afrontar el gran reto que se les planteaba por delante.
Al llegar a la entrada de su nuevo centro escolar, ambos no pudieron evitar pararse en seco y compartir una mirada cómplice que denotaba una especie de vértigo por adentrarse en ese pequeño mundo envasado entre aquellos muros, a sabiendas de que aún no habían hecho méritos suficientes como para acreditar su pertenencia a él.
Tania entró en su clase intentando pasar desapercibida, aunque, muy a su pesar, rápidamente fue consciente de cómo la mayoría de las miradas la seguían. Lamentablemente, ella era la extraña, la nueva. Se sentó con urgencia en el primer pupitre que encontró libre, lejos de las primeras filas y, mirando hacia la nada, esperó unos interminables minutos hasta que llegó la profesora de lengua. Mientras esta se presentaba como la señorita Adela, su nueva tutora, Tania no dejaba de murmurar en su interior.
—Que no diga nada de los nuevos, que no diga nada de los nuevos…
—Y, además, hoy damos la bienvenida a una alumna nueva en este curso. ¿Quieres ponerte de pie y presentarte a tus compañeros, hija? —indicó, para desgracia de Tania, la señorita Adela.
Aquello no podía empezar peor. Se levantó tímidamente y con voz trémula dijo:
—Hola, me llamo Ta-Tania —tartamudeó sin poder evitarlo.
—¿Tatania? —repitió la señorita Adela, mientras una carcajada resonaba en toda la clase.
«Perfecto —pensó—. ¡Me acaba de crucificar! De esta ya no me recupero».
Las primeras horas de clase transcurrieron sin más incidencias, lo que supuso un gran alivio para Tania. Cuando sonó el timbre para salir al recreo, esta se acordó repentinamente de su hermano. Había estado tan ensimismada con su estreno en el nuevo colegio, que no se había parado a pensar hasta ahora qué tal le habría ido a Guille. Confiaba en que hubiera tenido mejor suerte que ella. Así que, nada más salir de clase, se puso a buscar a su hermano entre los alumnos de su curso. Tras unas cuantas vueltas al recinto, finalmente lo encontró acurrucado en una esquina del patio de los de primaria, con la cabeza entre las rodillas. Inmediatamente, se acercó hasta él.
—¿Qué te pasa, Guille? —le preguntó Tania al oírle sollozar.
Guille levantó levemente la cabeza y volvió a refugiarla entre sus brazos.
—Es un día difícil, ¿verdad? —dijo su hermana.
—Creo que hoy se han reído de mí. No sé si seré capaz de hacer amigos en este cole —murmuró él.
Entonces Tania se sentó junto a su hermano y, juntando sus cabezas, lo abrazó fuertemente. Así permanecieron largo rato, hasta que una voz los sacó de su ensimismamiento.
—Guille, ¿sabes jugar de portero? Nos falta uno.
Al levantar la mirada, vieron a uno de los niños de la clase de Guille con el balón apoyado en jarras en la cintura. Guille se secó las lágrimas lo más rápida y disimuladamente que pudo, se levantó y se fue con él. Tania vio cómo su hermano se incorporaba al partido que estaban jugando los chicos de su clase, mientras, sin darse cuenta, su boca dibujaba una media sonrisa. Según se alejaba del campo de fútbol, pensó:
«Pues sí, debe de ser el síndrome del hermano mayor».
Los días de clase fueron sucediéndose de un modo tal, que pronto Tania sintió como si hubiese estado en aquel centro desde hacía muchos años. El entorno se fue haciendo familiar de un modo muy natural. Y lo más importante, ella y su hermano empezaron a entablar amistad con sus compañeros. Tania se llevaba bien con todos los de su clase. Bueno, con casi todos. Porque luego estaba Maikel. Maikel era el típico gallito que anda buscando el conflicto a todas horas, de esos que piensan que lo que distingue a un tío por encima del resto es el músculo y la chulería mal llevada. Y para colmo, dado que era repetidor, el año de más que sacaba al resto de compañeros de clase le confería una especie de absurdo estatus superior al de los demás.
Por suerte, Tania había hecho bastante amistad con un pequeño grupo. Especialmente con Eva, con la que había descubierto que compartía numerosas inquietudes. Eva era una chica despierta, generosa y divertida, a pesar de que, a veces, podía parecer algo brusca. De hecho, su principal defecto, o cualidad quizás, consistía en que decía las verdades de forma excesivamente explícita y gratuita.
Y luego estaban Camilo y Álex. Milo, como le gustaba a Camilo que le llamasen, ya que su nombre le resultaba un poco anticuado, era de esas personas que tienen cierta tendencia natural para atraer la calamidad sobre ellos mismo. De aquellos que hacen reír a los demás sin pretenderlo. Pero, por encima de todo eso, era un chico con un gran corazón. Y Álex era una persona un poco tímida, demasiado callada a veces, pero de esos amigos en los que siempre puedes confiar. La verdad es que habían constituido una pequeña pandilla un tanto heterogénea y dispar, pero que funcionaba perfectamente como conjunto.
2
El Atlas de Oliva
Hacía ya unos días que se notaba cómo las tardes se acortaban precipitando el ocaso. Dado que no tenía deberes y sus padres no la dejaban ver más la tele ni podía jugar al ordenador entre semana, Tania se entregó a uno de sus hábitos furtivos favoritos, que no era otro que el de husmear y hojear los libros antiguos de su padre. La estantería del salón exhibía una importante colección de facsímiles, gran parte de los cuales habían sido del abuelo Guillermo, lo cual hacía que aquellos ejemplares tuvieran mayor valor aún para su padre. No sabía muy bien por qué, pero a Tania todos esos libros la atraían de un modo casi mágico. Le encantaba abrir sus tapas y descubrir sus páginas cuajadas de escrituras indescifrables, de delicados dibujos de mil colores, o de mapas que parecían pintados por un niño... Pero era algo que debía hacer siempre a escondidas, pues sus padres se enfadaban si la veían trajinando entre aquellos libros. Así que, tras prepararse un colacao, cogió su taza y se adentró en el salón sin ni tan siquiera encender la luz, que ya iba siendo necesaria, y se plantó frente a aquella estantería. ¿Por cuál empezaría hoy? ¿Por el Imago Mundi? ¿Por el Historia Rerum? Aquellos nombres en latín que no llegaba a entender del todo eran como un canto de sirenas para Tania. Sin saber muy bien por qué, su mano se dirigió hacia el Atlas de Oliva, un pequeño libro en el que aparecían dibujados algunos mapas antiguos. Según su padre, ese libro, que lo había conseguido casualmente en un mercadillo medieval de Arganda del Rey, era el más auténtico de todos. La mayoría de los volúmenes de aquella pequeña biblioteca eran facsímiles, no carentes de valor, sin duda, pero realizados con medios modernos. Sin embargo, este era algo más. Parecía ser también una copia exacta, pero casi de la misma antigüedad que el original. Su padre lo había llevado en alguna ocasión a analizar por diversos expertos en la materia. No se trataba de ningún facsímil actual, ya que no tenía registro alguno. Todo parecía indicar que se trataba de un libro realmente antiguo. Sin embargo, todos coincidían en que no había constancia de ninguna copia del Atlas de Oliva que se hubiera realizado en el Siglo XVII, fecha a la que parecía pertenecer aquel volumen, a tenor de los materiales y técnica utilizados. Así pues, aquel era, sin duda, el libro más misterioso de toda la colección de su padre, y quizás por eso, era el que mayor fascinación despertaba en Tania.
Cuando cogió el pequeño volumen, no pudo evitar deslizar sus dedos por encima de las filigranas arabescas repujadas sobre el cuero de sus tapas. A continuación, abrió el libro con cuidado y comenzó a recorrer, uno por uno, los increíbles mapas antiguos que iban apareciendo con cada vuelta de página, mientras aspiraba ese peculiar olor que desprendían aquellas hojas gruesas y acartonadas, al tiempo que trataba de reconocer los lugares allí representados. De repente, escuchó las llaves de su padre tintineando en la cerradura de la puerta, acompañadas de un: «hola, ya estoy en casa».
Nerviosa, cerró bruscamente el códice para colocarlo de nuevo en su sitio. Sin embargo, la premura hizo que derramara sin querer algo de su colacao sobre el libro. Tania se sintió aterrada. Había manchado el interior de la tapa de uno de aquellos preciados volúmenes. No se atrevía ni a imaginar el disgusto que aquello supondría para su padre. Abatida por el sentimiento de culpabilidad, colocó de nuevo el libro en la estantería, pensando que, quizás, cuando se secase la mancha, no se notaría. Acto seguido, salió hacia el hall para dar un beso a su padre. Aquel beso le supo a traición, lo que hizo que se retirara a su cuarto con el corazón agitado por todo lo que había sucedido en tan solo unos segundos.
Por la noche, mientras cenaban, Tania permaneció en silencio.
—¿Te pasa algo, Tania? —preguntó insistente su madre.
—No —respondió ella—, no me pasa nada.
—¿Estás segura? —insistió su padre.
—No, solo estoy cansada. Ha sido un día duro en el cole —aseveró esta, aumentando su sentimiento de culpa con una mentira más.
Tras la cena, Tania estaba ansiosa por poder acercarse a la librería y comprobar cómo había quedado el libro. Pero la permanente presencia de sus padres en el salón se lo impidió, de modo que tuvo que reprimir su impulso hasta mejor ocasión.
A la mañana siguiente, arrollada por la premura habitual de los días de clase, tampoco pudo comprobar el estado del libro, así que de nuevo tuvo que contener su impaciencia y posponer la revisión.
Durante toda la jornada estuvo pensando en ello, especialmente en el disgusto que se llevaría su padre al ver su más preciado tesoro literario destrozado por un simple colacao.
Cuando por fin llegó a casa tras las clases, Tania sacó sus llaves de la mochila y abrió la puerta con cierto sigilo. Definitivamente, le gustaba aquella sensación de independencia y madurez que le confería el tener sus propias llaves y poder entrar en casa sola. Tras el saludo al aire de rigor para comprobar quién había, percibió una sensación extraña. Era difícil de explicar, pero algo resultaba distinto en el ambiente. Quizás la ausencia de respuesta a su saludo, quizás la quietud que parecía percibirse más allá de aquel inusual silencio… Mientras intentaba analizar qué era lo que le causaba aquella sensación de extrañeza, vio a su padre acercarse pausadamente por el pasillo. ¡Eso era lo extraño! Su padre estaba en casa a una hora que no resultaba habitual. Pero ¿solo eso era lo extraño? El gesto serio y rígido de su padre le confirmó que había algo más.
—Tania, ven un momento al dormitorio, por favor. Allí están tu madre y tu hermano.
—¡Ya está! Lo ha descubierto —murmuró Tania para sí pensando en el libro—. Pero ¿qué pintan mamá y Guille en esta historia? Me parece que el castigo va a ser antológico.
Sin embargo, cuando entró en la habitación de sus padres, los rostros compungidos de su hermano y de su madre le hicieron entender que no se trataba de una regañina por un libro.
—Tania, siéntate, por favor —dijo su madre—. Acabamos de venir del hospital. Por la mañana han tenido que ingresar a la abuela Lucía con un fuerte dolor en el pecho. Su corazón estaba enfermo, y, finalmente, no ha podido resistir. Tania, la abuela ya no está con nosotros.
Tania tardó unos segundos en reaccionar. Al principio, no era del todo consciente de lo que le estaba diciendo su madre. Apenas pudo balbucear unas pocas palabras.
—Pero ¿¡cómo que ya no está!? Si el domingo estuvimos jugando con ella. ¡Y habíamos quedado en que este fin de semana íbamos a hacer tortitas juntas!
Fue entonces, al abalanzarse sobre su mente la imagen de la cocina de su abuela vacía, al darse cuenta de que ya no habría nadie allí para hacer aquellas tortitas, ni para hacer manualidades ni jugar a las cartas, cuando se hizo plenamente consciente de lo que le estaban diciendo sus padres. Una especie de sensación de calor y mareo se precipitó bruscamente sobre su cabeza, haciéndola estallar en el llanto más sincero que jamás había experimentado. Su padre la agarró fuertemente en un abrazo que casi le hacía daño, pero que, por otro lado, necesitaba con urgencia. A aquel abrazo se les unieron su madre y Guille, compartiendo un llanto ahogado que Tania pensaba que no acabaría nunca.
Había transcurrido casi media hora desde que le informaron de la muerte de su abuela, pero Tania seguía enormemente confusa. Creía entender lo que significaba morirse, pero ahora se daba cuenta de que no era así. Nunca imaginó el vacío tan enorme que queda tras una noticia de ese tipo. Jamás habría adivinado la enorme sensación de extrañeza que resulta al saber que ya no volverás a hablar, a mirar, a escuchar a aquella persona a la que tanto quisiste. Era la primera vez que experimentaba este sentimiento. Sus abuelos paternos habían fallecido siendo ella muy pequeña, de modo que para Tania no eran sino un recuerdo postizo, adoptado por empatía hacia su padre. Pero esto, esto era distinto. Además, la abuela Lucía era una persona muy especial, con la que siempre había tenido una enorme complicidad. Y ahora, aquella complicidad se había esfumado, sin que nadie le hubiese pedido permiso. ¡¡No era justo!!
Fue entonces cuando se acordó de su abuelo. Había estado tan inmersa en su dolor, que apenas había tenido tiempo de pensar en cómo se encontraría su abuelo Ramón. Ni siquiera había preguntado por él.
Por ello, se acercó a su madre y, con la voz un poco tomada aún, le preguntó:
—Mamá, ¿cómo está el abuelo? ¿Dónde está?
Su madre, intentando reprimir las lágrimas, le contestó que se hallaba en el tanatorio.
—Yo me voy ahora para allá. Papá se quedará de momento con vosotros hasta que venga la tía Rosa.
—¿No puedo ir contigo? —preguntó Tania.
—No me parece muy buena idea, hija. Lo de los tanatorios es un trago difícil. Creo que sería mejor que te quedases aquí. Además, seguro que tu hermano agradecerá tenerte cerca en estas circunstancias.
—Vale, pero dale un beso muy grande al abuelo de mi parte.
—Se lo daré. Sé que le encantará —contestó su madre sin poder contener, ahora sí, un par de lágrimas silenciosas que circundaron su rostro.
La jornada había sido demasiado intensa, y, ahora que estaban en la cama ella y su hermano Guille, Tania se sentía agotada, pero sin poder conciliar el sueño. Sus padres aún seguían en el tanatorio, mientras ellos permanecían en casa con la tía Rosa, la cual se había esforzado por tenerlos distraídos. Pero, a pesar de sus generosos intentos, ninguno de los dos había conseguido quitarse de la cabeza lo sucedido. Tania estuvo un buen rato dando vueltas en la cama de un lado para otro, incómoda, intranquila. Con sigilo, se levantó y se asomó al cuarto de su hermano. Al verlo, sintió cierta envidia sana, pues, por la quietud del bulto que se perfilaba entre sus sábanas, imaginaba que este ya había conseguido conciliar el sueño. Sin embargo, un tenue sollozo entrecortado le hizo darse cuenta de su equivocación.
—Guille, ¿estás bien? —murmuró Tania.
—Yo creo que no —contestó Guille con una ingenua sinceridad que conmovió a Tania.
—¿Quieres que me acueste contigo? —preguntó esta.
—Vale.
Tania se acurrucó junto a su hermano, que seguía sollozando de un modo casi mudo.
—No llores más, Guille.
—Es que no puedo dejar de pensar en lo que me gustaría que la abuelita Lucía me diese un abrazo. Y eso ya no va a pasar nunca más.
A Tania se le saltaron las lágrimas al escucharlo. Lo agarró fuertemente, juntando sus cabezas como solían hacer cuando compartían alguna preocupación, y así permanecieron un tiempo indefinido, hasta que el cansancio hizo sucumbir a su hermano en un sueño abotonado por pequeños y entrecortados resoplidos. Y, extrañamente, en la quietud de la incipiente noche, por primera vez desde que había conocido la noticia de la muerte de su abuela, Tania sintió un poco de paz. Entonces susurró.
—Abuela, TE QUIERO.
Y, cerrando los ojos, dejó que el recuerdo de su abuela Lucía la meciera hasta dormirse.
3
Un secreto inesperado
Habían trascurrido ya casi dos meses desde lo de la abuela Lucía, y el ambiente en casa seguía siendo algo triste. Estaba claro que no era fácil asimilar lo sucedido, especialmente en días como este, cuando llegaba el fin de semana, que era cuando solían verse con los abuelos para comer juntos o hacer cualquier plan con ellos. Una de las actividades favoritas de los abuelos era, sin duda, salir a andar por la sierra. Y, aunque últimamente ya no podían hacer grandes caminatas, el mero hecho de pasear entre sus bosques, junto a sus ríos, etc., constituía siempre un plan perfecto. Pero ahora, la cosa había cambiado. Mamá tenía que ir de vez en cuando con su padre para ayudarle en su día a día. Guille y ella no habían vuelto a la casa de los abuelos desde entonces, y eso era algo que quería retrasar todo lo posible, sabedora de que le resultaría muy difícil estar entre aquellas paredes sin la presencia de la abuela.
En estos pensamientos andaba Tania, cuando oyó la voz de su madre:
—Niños, me bajo un momento a comprar unas cosas que necesito. Os quedáis solos un rato. Portaos bien —dijo su madre sentenciando con el archiconocido golpe que daba la puerta de la calle al cerrarse.
El padre de Tania había salido temprano, así que, efectivamente, estaban solos en casa. Aquello despertó en ella ese instinto tan característico suyo de responsabilidad y protección hacia su hermano, lo que la empujó a salir de su habitación y husmear por la casa hasta localizar a Guille y comprobar lo que estaba haciendo. Lo encontró en su cuarto jugando, como de costumbre, con sus Lego.
—Qué raro… —murmuró para sí en tono irónico.
Al verse en casa sin sus padres y con su hermano ocupado, pensó en acercarse una vez más a la biblioteca de su padre. Y entonces, de golpe, se acordó.
—¡¡El Atlas de Oliva!!
Con todo lo ocurrido, no se había vuelto a acordar del desaguisado que había causado en aquel preciado libro. Así que, no sin cierto nerviosismo, se acercó hasta la estantería donde descansaba el códice. Tania posó su mano sobre el lomo y tiró con suavidad de aquel libro, como si creyera, de un modo un tanto pueril, que por tratarlo con mimo el problema habría de resultar menor. Sin embargo, al abrir su tapa, pudo comprobar que no era así. Sobre la guarda del libro se extendía una enorme mancha de color marrón que ocupaba casi media página. Al verlo, de forma instintiva, lo cerró con brusquedad. Enseguida notó cómo su corazón se aceleraba. Volvió a abrir el libro y comprobó con mayor certidumbre el alcance de los daños. Era incluso peor de lo que había imaginado. Aquello iba a suponer un gran disgusto para su padre, y no estaba el ambiente para más enfados. Entonces, se le ocurrió una idea. En algún sitio había oído que se podían limpiar las manchas de las páginas de los libros pasando suavemente un algodón mojado en alcohol por la zona afectada. No sabía si esto sería una buena o mala idea, pero algo había que intentar. Así que, sin pensárselo dos veces, se acercó con urgencia hasta el armarito donde se guardaban los medicamentos y, cogiendo un trozo de algodón, lo mojó levemente en alcohol. A continuación, abrió el libro y comenzó a deslizar el algodón con delicadeza sobre aquella ominosa mancha de colacao. Después de hacer un primer barrido, parecía que, afortunadamente, la intensidad de la mancha había disminuido. Aún se notaba demasiado, pero ya no era aquel manchurrón marrón que tanto la había asustado. Tania se acercó hasta la ventana buscando aquella agradecida luz matinal que entraba por el cristal inundando el salón, para ayudar a secar el alcohol, con la idea de intentar una segunda limpieza. Mientras soplaba sobre la página para acelerar el secado, percibió algo que llamó su atención. En toda la zona afectada por la mancha se podían entrever lo que parecían ser unas palabras escritas. Con enorme curiosidad y sorpresa, Tania inclinó un poco el libro intentando que la luz del sol incidiera sobre él del modo más adecuado posible. Efectivamente, parecía que, por debajo del papel, había algo escrito. El texto estaba incompleto, pues solo había aflorado la parte tratada con alcohol. Si quería verlo en su totalidad, tendría que impregnar toda la página. Tras armarse de valor y sentenciar con un «de perdidos al río», comenzó a frotar el algodón sobre toda la superficie. Como si de un juego de aquellos de rasque y gane se tratase, poco a poco fue apareciendo la totalidad del texto. Tania no salía de su asombro. No acertaba a entender si aquello era de verdad o si se trataba de una broma tonta de un libro que al final iba a resultar que no era tan antiguo. Se sentía absolutamente desconcertada. Intentó leer del tirón el texto completo, pero estaba escrito en una lengua que rápidamente identificó como latín.
Se quedó un buen rato inmóvil, sin saber cómo reaccionar, hasta que el tintineo de unas llaves la sacó de su ensimismamiento. Su madre volvía de la calle, lo cual le hizo dar un respingo, cerrar bruscamente el libro y volver a colocarlo precipitadamente en la librería, como si nada hubiera ocurrido.
—Tania, ayúdame con las bolsas, por favor —le pidió esta.
—Ummh… sí… claro —contestó Tania.
—¿Te pasa algo hija? Te noto rara —preguntó su madre.
—¿Eh? No, nada, estaba pensando en mis cosas.
—¡Ay!, qué felices sois los jóvenes que podéis ocupar vuestra mente en cosas intrascendentes.
En otras circunstancias, Tania le habría rebatido ese argumento a su madre, defendiendo la trascendencia de los asuntos de una niña de su edad. Sin embargo, seguía demasiado aturdida por el hallazgo realizado en el atlas. Cuando por fin consiguió reaccionar, se acercó a su madre y le preguntó:
—Mamá, ¿puedo usar un rato el ordenador para un trabajo que tengo que preparar para el lunes?
—Sí puedes, pero cuidado dónde te metes en internet, ¿de acuerdo?
—Sí, mamá, ya lo sé —contestó ella.
Tania comenzó a buscar rápidamente traductores de latín. Pensaba, como piensan la mayoría de las personas de su generación, que obtener la traducción iba a ser algo inmediato. Pero rápidamente se topó con una realidad bien distinta. Tras introducir en el ordenador el texto en cuestión, se dio cuenta de que, según el traductor que eligiese, obtenía resultados muy dispares. Tania recordó entonces haber oído alguna vez a sus padres hablar precisamente del latín, pues estos eran lo suficientemente mayores como para haberlo estudiado en el instituto, y de algo que ellos llamaban «inclinaciones» o «declinaciones». No sabía muy bien de qué se trataba, pero sí recordaba haberles oído decir que con el latín no bastaba con conocer el significado de las palabras para entender una frase. Había que conocer las terminaciones de las palabras o algo así. Aquello se le había quedado grabado en la memoria, pues le pareció una característica sumamente compleja para una lengua. Y ahora, mira tú por donde, se topaba con esa dificultad. Recopilando las diferentes traducciones obtenidas, comprobó que el mensaje tenía que ver con el reflejo de una cruz en un cuadro y que eso escondía un secreto de una orden. Aquello, decididamente, no tenía ningún sentido. Por más que intentaba desentrañar aquel enigmático texto, no conseguía hilvanar una frase inteligible. Había buceado por todos los traductores de latín de la red, bueno, por todos los gratuitos, claro, y no terminaba de aclarar el misterio.
«No sé si estoy haciendo el idiota», pensó en un momento dado, pues no tenía muy claro si lo que había encontrado era algo importante, algún tipo de clave relacionada, como parecía indicar el propio texto, con un secreto tan antiguo como el libro, o si se trataba simplemente de una tomadura de pelo y, finalmente, aquel Atlas de Oliva que tanto apreciaba su padre, no había de resultar el libro valioso que siempre pensó.
Sin embargo, la curiosidad de una niña de su edad, y más en el caso de Tania, era muy superior al desaliento que cabría deducir de forma racional ante una situación como aquella.
—¿Qué tal va ese trabajo, hija? —preguntó su madre que asomaba inesperadamente la cabeza tras el marco de la puerta.
Tania dio un bote sobre la silla e, instintivamente, comenzó a minimizar las pantallas de los diferentes traductores en los que había probado suerte.
—Bien, mamá, pero déjame tranquila que me desconcentras —respondió ella sin tan siquiera levantar la mirada de la pantalla del ordenador.
—Bueno, bueno, perdone su eminencia —respondió su madre en un tono claramente irónico.
Tania siguió trabajando en aquella frase durante gran parte de la mañana, hasta que llegó su padre. Rápidamente, guardó en un archivo todo lo que había conseguido, que no era mucho, y apagó el ordenador. Por un lado, se moría de ganas de contarle a sus padres lo que había encontrado y de pedirles ayuda para descifrar aquel enigma. Sin embargo, si descubrían el estropicio causado en el libro, tenía la seguridad de que las cosas se iban a poner muy tensas. Y bien sabía que no estaba el «horno para bollos». Además, el supuesto enigma hallado en el atlas, seguramente no fuera tal misterio, sino algún tipo de broma absurda, lo que no aportaría nada bueno a aquella situación. Más bien al contrario, posiblemente fuese la prueba de que aquel libro no tenía el valor que su padre siempre le había conferido. Estaba claro, pues, que lo mejor era, de momento, mantenerlo todo en secreto.
4
Agosto de 1501
Rodrigo se encaramó en lo alto de la cofa del barco, donde acostumbraba a pasar largas horas escudriñando el horizonte. Le gustaba enormemente la sensación del aire contorneando su rostro mientras miraba desde arriba el ir y venir del resto de marineros sobre la cubierta. Pensaba que aquella era la sensación más parecida a volar que un ser humano pudiera experimentar. Rodrigo estaba convencido de que algún día el hombre inventaría un artilugio que le permitiera surcar los cielos. Pero, mientras tanto, él era el único aeronauta.
Sin embargo, últimamente no disfrutaba tanto de sus estancias en las alturas, pues sabía que las cosas no andaban muy bien por el Mare Nostrum, motivo por el cual debía permanecer alerta. Las incursiones de los otomanos en la parte occidental de su querido mar habían puesto en pie de guerra a las principales potencias marítimas. Y la decisión adoptada por los reyes Isabel y Fernando de expulsar a moros y judíos de la recién reconquistada península, no había hecho sino agravar esta situación. Aquello había servido de detonante para que el sultán otomano Bayecid II tomara la decisión de enviar naves al oeste del Mare Nostrum en su auxilio.
Apenas hacía dos veranos de la batalla de Zonchio. Y lo que es peor, tan solo unos meses desde el asedio de Cefalonia, en el cual, él sí había participado. Había sido una campaña larga y sumamente dura. Una campaña de las que dejan una huella indeleble en todos sus participantes. Acomodado sobre el soler de cofa, Rodrigo comenzó a rememorar aquellos intensos meses. Desde el mismo momento en que la flota a las órdenes de Gonzalo Fernández de Córdoba atracara en el puerto de Cefalonia para unirse a los venecianos que allí aguardaban, tuvo un mal presentimiento. Y no solo por lo inexpugnable que se mostraba la fortaleza de San Jorge, tomada por los turcos unos cuantos años antes, sino porque esta estaba defendida por los temidos jenízaros. Apenas eran unos pocos centenares de ellos, muy inferiores en número a las tropas hispano-venecianas. Pero unos centenares dispuestos a defender aquel sitio hasta la muerte si fuera necesario, pues, no en vano, su fama de feroces guerreros los precedía.
Ya durante la larga y convulsa travesía que los había llevado desde Málaga hasta Sicilia, camino de Cefalonia, había oído hablar mucho de los jenízaros. Durante dicha travesía, había tomado por costumbre trajinar junto a un viejo marinero curtido en múltiples batallas, mientras saboreaba las historias que este relataba acerca de estos guerreros turcos. Según le había oído contar, los jenízaros eran niños robados y adiestrados desde su infancia en las artes de la guerra y en el manejo de todo tipo de armas. Eran prácticamente esclavos, pues sus vidas pertenecían en todo al sultán. Vivían con costumbres monásticas, y recibían una impecable educación en arte, literatura, idiomas, etc., por lo que, a pesar de ser soldados, eran sumamente cultos.
Casi sin pretenderlo, el sencillo hecho de escuchar la profunda voz labrada por el salitre marino de su veterano compañero, acompasado por el crujido del mar al ser rasgado por la proa de la embarcación, se había convertido para él en una necesidad.
Mas todo cambió una brumosa mañana cuando, como de costumbre, subió a la cubierta para limpiar el salitre adherido a la madera. Miró en derredor, en busca de su habitual compañía sin poder hallarla. Anduvo largo tiempo preguntando a los demás compañeros por el viejo marinero, sin recibir más respuesta que gestos de ignorancia, hasta dar con el galeno, quien le confirmó que el viejo había muerto la noche anterior. Al parecer llevaba varios días enfermo. El racionamiento de comida y agua al que se veían sometidos desde hacía algunas semanas como consecuencia de la escasez de víveres, ya que la ausencia de viento estaba alargando en exceso la navegación, habían agravado la enfermedad hasta su fatal desenlace. Rodrigo se sintió completamente abatido. No solo por la pérdida en sí, que para él sería insustituible, sino por el hecho de ser consciente, casi como si de un bofetón se tratara, de que, tras tanto tiempo a su lado, no se había percatado de que estaba enfermo. Y lo que casi le dolía más es que ni tan siquiera le había llegado a preguntar nunca su nombre. En medio de tanta desolación, fue extrañamente consciente de que, en algún lugar sumido en el silencio de aquellas profundas aguas, descansaría para siempre aquel viejo y anónimo contador de historias.
Tras el necesario aprovisionamiento en Sicilia, la flota hispana continuó su navegación hacia Cefalonia. Allí, junto con tropas venecianas, prepararon el asedio a la fortaleza de San Jorge, donde se atrincheraba el regimiento turco. El terreno era muy escarpado y pedregoso, de modo que les resultaba muy difícil montar toda la artillería y maquinaria de batalla. Rodrigo recordaba el desánimo que compartían la mayoría de los soldados al observar aquel inexpugnable enclave situado en lo alto de la montaña. Y para colmo, las historias que circulaban entre la soldadesca acerca de aquellos feroces guerreros, en nada contribuían al optimismo general. Más bien, parecía que iba a resultar, y así fue, una campaña extenuante. Sin darse cuenta, Rodrigo se convirtió en uno de los asiduos contadores de historias a la luz de las hogueras que encendían los soldados en el campamento para combatir el frío nocturno con el que el invierno se dejaba entrever. En realidad, no hacía sino reproducir lo que el viejo marinero le había contado en el barco. Y ello le hacía sentir un cierto protagonismo al que no estaba habituado, pero al que no le resultaba complicado acostumbrarse. Y, además, rememorando aquellos relatos, sentía rendir un cierto homenaje a su anónimo y ya desaparecido compañero de travesía.
Las jornadas de asedio fueron transcurriendo entre escaramuzas infructuosas y largos periodos de tensa inactividad, mientras el invierno arreciaba y los víveres comenzaban a escasear. La situación empezó a ser crítica en las primeras semanas de diciembre. Todo ello llevó a su capitán a tomar la decisión de emprender un ataque final a gran escala. Y, con tal fin, prepararon todo para que, el día 24, como preludio de la Nochebuena, tuviera lugar dicho ataque. La noche anterior la pasaron entera disparando la artillería contra los muros de la fortaleza. Aunque no causaron grandes destrozos, sin duda, los jenízaros debieron pasar una noche infernal. A decir verdad, ellos también pasaron una noche terrible, pues, si ya era difícil dormir al arrullo de los morteros, la tensión que precedía a cualquier enfrentamiento hacía que conciliar el sueño resultara del todo imposible. Saber que te hallas ante el que podría ser tu último día en este mundo, es un amargo trago del que ni los más avezados y veteranos soldados se libran.
Con las primeras luces de la mañana, comenzó el que, para bien o para mal, había de ser el asalto definitivo. Las tropas hispano-venecianas atacaron la fortaleza por dos frentes, para así dividir a las fuerzas jenízaras. La lucha era encarnizada. Desde la lejanía, Rodrigo podía observar cómo caían flechas y piedras sobre sus compañeros provocando innumerables bajas. Él formaba parte de un batallón que aguardaba la orden para abrir un tercer frente. Y, por fin, la orden llegó. Como la mayoría de ellos, Rodrigo se santiguó casi más por superstición que por fe, tragó saliva y se lanzó a la carrera junto con sus compañeros, como formando parte de un único organismo en el que cada uno de sus pequeños miembros ya no pensaba por sí mismo, sino que se dejaban empujar por una especie de realidad superior. Lograron abrir una brecha en la muralla y, con la ayuda de un pequeño puente que habían construido los días previos, pudieron acceder al adarve de la fortaleza. Por suerte para ellos, encontraron poca resistencia en su avance, ya que la mayoría de los efectivos turcos se encontraba librando batalla en los otros dos puntos de confrontación. Esto les proporcionó una posición de ventaja tal, que permitió cambiar el rumbo de la contienda. Sin embargo, la ferocidad de aquellos jenízaros, dignos de tantas historias oídas y contadas, los llevó a luchar encarnizadamente hasta la muerte, pues en ningún momento contemplaron la rendición.
Cuando todo terminó, Rodrigo, quien aun sin creérselo del todo seguía vivo, se sentó sobre los restos de la muralla tratando de desacelerar su corazón. Tras unos largos minutos, alzó la vista y miró a su alrededor. Habían vencido. La fortaleza era suya. Pero el coste humano había sido terrible. La mayoría de los soldados que las noches anteriores habían estado sentados a su alrededor escuchando historias, yacían ahora muertos por doquier, dibujando una espantosa imagen, de esas que nunca llegan a desaparecer del recuerdo. Y entre las filas turcas había sido aún peor. No quedaba ni un solo jenízaro con vida. No alcanzaba a comprender qué lleva a un ser humano a renunciar a la rendición cuando la lucha está perdida, a costa de la propia vida. No cabía duda de que aquellos jenízaros eran unos guerreros muy especiales.
Un extraño halo en el horizonte rescató a Rodrigo de la abstracción de aquellos amargos y, por desgracia, imborrables recuerdos, devolviéndolo súbitamente a la cofa del barco. Se estiró y entornó los ojos para poder escudriñar de un modo más incisivo el horizonte. A pesar de la bruma matutina que barnizaba toda la lontananza, enseguida reconoció las siluetas que, difuminadamente, se dibujaban en la lejanía.
—¡¡Barcos!! —gritó con todas sus fuerzas.
De repente, todo el devenir de los marineros se detuvo bruscamente, como si un viento gélido hubiera congelado a la tripulación.
Tras unos segundos de reacción, se oyó la voz del contramaestre.
—Triana, ¿por dónde?
Triana era el apelativo con el que todo el mundo lo conocía. De hecho, muy pocos sabían su verdadero nombre. Pero eso a él no le importaba. Más bien al contrario, le gustaba que lo llamaran así, pues aquello le servía para tener siempre presente su querida tierra natal. Aquella tierra de la que llevaba separado tanto tiempo y a la que tanto añoraba. Aquella tierra a la que no sabía si algún día volvería.
—Sobre la amura de estribor —contestó.
Como si de una coreografía se tratara, la tripulación al completo, capitán incluido, giró bruscamente la cabeza en la dirección indicada. La mayor parte de ellos hubieron de acercarse hasta la borda para lograr atisbar la presencia de un conjunto de navíos.
—¿Se distingue pabellón, mi capitán? —preguntó con voz preocupada el contramaestre.
Trascurrieron unos minutos interminables hasta que, por fin, la voz del capitán confirmó aquello que todos más temían.
—¡Kemal Reis!
El sencillo pero contundente nombre de aquel almirante turco cayó como un jarro de agua fría sobre la tripulación.
Al poco tiempo, ya se podían distinguir los característicos perfiles de los dromones bizantinos recortados contra el horizonte. Y, para mayor inquietud, a nadie se le escapaba que estos navegaban a favor del viento, mientras ellos lo hacían en ceñida por amura de estribor.
—¡Preparados para virar! —espetó el capitán al contramaestre, el cual comenzó a dar las órdenes pertinentes.
—¡Arriad la cangreja! ¡Verga mayor en cruz y timón a babor! ¡Rápido, panda de ineptos! ¡¡Quiero este barco virando ya!!
La urgencia del contramaestre acentuaba la preocupación que todos sentían ante la situación que se presentaba. Sin velas en popa, la embarcación cayó rápidamente a sotavento. No obstante, había que contener la maniobra para evitar orzar en exceso, lo que podría llevarlos a virar en redondo. Una vez situados con el viento por la aleta de estribor para aprovechar mejor el velamen del barco, se oyó la voz contundente del contramaestre:
—¡A toda vela!
Al poco de aquella orden, comenzaron a ganar velocidad. Era un auténtico espectáculo ver la proa de aquel navío rasgando las aguas que salpicaban por encima de la regala de las amuras, mostrando así todo su poderío. Las jarcias se tensaban al tiempo que la arboladura comenzaba a crujir, como si el propio barco resoplara por el esfuerzo que estaba realizando. Sin embargo, se trataba de una embarcación demasiado grande y cargada como para poder escapar de los ágiles dromones turcos, especialmente teniendo en cuenta la distancia a la que aún se hallaban de la costa valenciana.
En apenas media hora, ya resultaba fácil distinguir las velas latinas de la flota otomana que se les venía encima de un modo inexorable, empujada, no solo por la fuerza del viento, sino también por la de sus innumerables remeros. Y un solo barco nada podía hacer frente a aquel contingente sino rendirse.
Cuando ya era evidente el hecho de que iban a ser prisioneros de Kemal Reis, pues presentar batalla sería un suicidio, el capitán mandó inutilizar los cañones y tirar por la borda algunas de las más codiciadas posesiones que transportaban. Con ello pretendía que aquella captura le resultara lo menos beneficiosa posible al almirante turco.
En medio de la confusión, Rodrigo bajó sigilosamente a los compartimentos bajo cubierta, y se puso a hurgar nervioso entre unos viejos pergaminos que mantenía allí escondidos. Cuando por fin encontró los que buscaba, hizo un pequeño rollo con ellos y se los escondió bajo sus ropas. Se disponía a subir de nuevo a la cubierta cuando, unos golpes secos sobre el costado de babor, terminaron de confirmar lo inevitable. Al salir de nuevo, vio cómo innumerables garfios enclavados sobre la borda del barco servían ahora de ayuda a los otomanos para abarloar el buque, preparando así el abordaje. En cuestión de segundos, la cubierta se infestó de piratas turcos blandiendo sus yataganes de un modo casi aterrador. El capitán rindió el barco sin presentar batalla para evitar muertes innecesarias. Los otomanos arriaron velas y cambiaron el pabellón.
Ahora eran prisioneros de Kemal Reis.
Pulsuz fraqment bitdi.