Kitabı oxu: «La campaña escarlata»

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LA CAMPAÑA ESCARLATA

Brian McClellan

Traducción: Federico Cristante


Esta secuela vertiginosa de Promesa de Sangre lleva al lector a ser testigo de las eternas luchas de poder, llenas de intrigas políticas y militares en un mundo de fantasía salpicado de pólvora”.

—Publishers Weekly.

“Una entrega sumamente gratificante que hará desear ansiosamente la conclusión”.

—Kirkus.

“La Campaña Escarlata es una secuela fantástica que recomiendo sin reservas a los amantes de la fantasía, desde la más oscura a la épica. No soy un fanático furioso de demasiados autores, ahora lo soy de McClellan”.

—Grimdark Magazine.

“Seguimos los pasos de Taniel, Tamas y Adamat en esta segunda entrega. La revolución ha llegado para quedarse en Adopest. La promesa que inició McClellan en el primer libro es altamente recompensada en esta entrega”.

—Lucila Quintana, editora.

Título original: The Crimson Campaign

Edición original: Orbit Books

© 2014 Brian McClellan

© 2022 Trini Vergara Ediciones

www.trinivergaraediciones.com

© 2022 Gamon Fantasy

www.gamonfantasy.com

ISBN: 978-84-18711-45-9

Índice de contenido

Portadilla

Citas elogiosas

Legales

La campaña escarlata

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Epílogo

Agradecimientos

Nuestros autores y libros en Gamon

Brian McClellan

Sinopsis

Manifiesto Gamon

Para Michele, la única. Mi amiga, mi colaboradora y mi amor.




Capítulo 1

Adamat se encontraba completamente quieto en medio de un frondoso seto que había fuera de su casa de verano, y observaba por las ventanas a los hombres que había en el comedor. La casa era una vivienda de dos plantas y tres habitaciones ubicada en el bosque, al final de un camino de tierra. Para llegar al poblado había que caminar unos veinte minutos. Era poco probable que alguien fuera a oír los disparos.

O los gritos.

Cuatro de los hombres de lord Vetas estaban en el comedor, bebiendo y jugando a las cartas. Dos de ellos eran corpulentos y musculosos como caballos de tiro. Había un tercero de estatura mediana, con una gran barriga que le caía por debajo de la camisa y una barba negra tupida.

El último hombre era el único al que Adamat reconocía. Tenía la cara cuadrada y su cabeza era tan pequeña que era casi cómica. Su nombre era Roja el Zorro, y era el luchador más pequeño del circuito de boxeo sin guantes que el Propietario dirigía en Adopest. Se movía más rápido que la mayoría de los boxeadores por necesidad, pero no era popular entre el público y no luchaba a menudo. Adamat no tenía ni idea de qué podía estar haciendo él allí.

Lo que sí sabía era que temía por la seguridad de sus niños, sobre todo de sus hijas, frente a un grupo de malvivientes como aquellos.

—Sargento —susurró Adamat.

El seto se movió, y Adamat divisó el rostro del sargento Oldrich. Tenía la mandíbula bien definida, y la tenue luz de la luna dejaba ver el bulto del tabaco en una de sus mejillas.

—Mis hombres están en posición —respondió Oldrich—. ¿Están todos en el comedor?

—Sí. Adamat vigilaba la casa desde hacía tres días. Durante todo ese tiempo, se mantuvo al margen y observó a aquellos hombres gritarles a sus hijos y fumar cigarros en su casa, dejar caer la ceniza y derramar cerveza sobre el mantel bueno de Faye. Conocía sus hábitos.

Sabía que el gordo de la barba se quedaba arriba, vigilando a los niños todo el día. Sabía que los dos matones corpulentos escoltaban a los niños a la letrina mientras Roja el Zorro hacía guardia. Sabía que aquellos cuatro hombres no dejaban solos a los niños hasta la noche, cuando se ponían a jugar a las cartas en la mesa del comedor.

También sabía que, en esos tres días, no había visto señales de su esposa o de su hijo mayor.

El sargento Oldrich le colocó una pistola cargada en la mano.

—¿Estáis seguro de que queréis ir a la cabeza? Mis hombres son buenos. Sacarán ilesos a los niños.

—Estoy seguro —dijo Adamat—. Son mi familia. Mi responsabilidad.

—No dudéis en apretar el gatillo si alguno se dirige hacia las escaleras —dijo Oldrich—. No queremos que tomen rehenes.

Los niños ya eran rehenes, quería responder Adamat. Se tragó sus palabras y se alisó con la mano la pechera de la camisa. El cielo estaba nublado y, ahora que se había puesto el sol, no había luz que pudiera revelar su presencia a los que estaban dentro. Salió del seto y de pronto recordó la noche en la que lo habían mandado llamar del Palacio del Horizonte. Esa fue la noche en la que todo aquello había comenzado: el golpe de Estado, luego el traidor, luego lord Vetas. En silencio, maldijo al mariscal de campo Tamas por meterlos a él y a su familia en el conflicto.

Los soldados del sargento Oldrich cruzaron cautelosamente el desgastado camino de tierra junto a Adamat y se dirigieron hacia el frente de la casa. Él sabía que había otros ocho detrás. Dieciséis hombres en total. Tenían la ventaja numérica. Tenían el factor sorpresa.

Los matones de lord Vetas tenían a los niños de Adamat.

Adamat se detuvo en la puerta de entrada. Algunos de los soldados adranos, con sus uniformes de color azul oscuro imposibles de ver en la oscuridad, tomaron posición debajo de las ventanas del comedor, con los mosquetes listos. Adamat observó la puerta. Faye había elegido aquella casa, en lugar de una más cercana al poblado, en parte a causa de la puerta. Se trataba de una puerta de roble fuerte, con goznes de hierro. Ella sentía que una puerta pesada haría que su familia estuviera más segura.

Él nunca había tenido el valor de decirle que el marco de la puerta estaba plagado de termitas. De hecho, Adamat siempre había querido reemplazarlo.

Dio un paso hacia atrás y lanzó una patada justo a un lado del pomo.

La madera podrida explotó por el impacto. Adamat entró en el vestíbulo y levantó la pistola mientras doblaba la esquina.

Los cuatro matones entraron en acción. Uno de los grandullones brincó hacia la puerta trasera que llevaba a la escalera. Adamat mantuvo la pistola firme, disparó y el hombre cayó.

—No os mováis —dijo Adamat—. ¡Estáis rodeados!

Los tres matones que quedaban se quedaron mirándolo paralizados en el sitio. Vio que sus ojos se clavaban en su pistola ya usada, y los tres corrieron hacia él al mismo tiempo.

Las descargas de mosquetes de los soldados que estaban fuera hicieron estallar las ventanas y en la sala llovieron fragmentos de cristal. Los matones que quedaban cayeron, excepto Roja el Zorro. Avanzó tambaleándose hacia Adamat con un cuchillo en la mano, con la manga empapada de sangre.

Adamat cogió la pistola por el cañón y le dio a Roja un culatazo en la cabeza.

Y así, sin más, todo había terminado.

Los soldados entraron en el comedor. Adamat se abrió paso entre ellos y subió la escalera a toda prisa. Primero revisó las habitaciones de los niños: todas vacías. Finalmente, la habitación principal. Abrió la puerta con tanta fuerza que casi la arrancó de los goznes.

Los niños estaban acurrucados todos juntos en el estrecho espacio que había entre la cama y la pared. Los hermanos mayores abrazaban a los más pequeños, protegiéndolos lo mejor posible entre sus brazos. Siete rostros asustados le clavaron la mirada a Adamat. Uno de los mellizos lloraba, sin duda a causa de las explosiones de los mosquetes. Unas lágrimas silenciosas se deslizaban sobre sus mejillas regordetas. El otro asomó la cabeza tímidamente desde su escondite, debajo de la cama.

Adamat lanzó un suspiro de alivio y cayó de rodillas. Estaban vivos. Sus niños. Los pequeños cuerpos se apiñaron a su alrededor, y él sintió que las lágrimas le brotaban espontáneamente. Las manos diminutas se extendieron hacia él y le tocaron el rostro. Extendió los brazos lo más que pudo, aferró a todos los niños que le fue posible y se los acercó.

Adamat se limpió las lágrimas de las mejillas. No era apropiado llorar frente a los niños. Tomó una gran bocanada de aire para recomponerse y dijo:

—Ya estoy aquí. Estáis a salvo. He venido con los hombres del mariscal Tamas. —Hubo más abrazos y sollozos de alegría, hasta que Adamat pudo restablecer el orden—. ¿Dónde está vuestra madre? ¿Dónde está Josep?

Fanish, su segunda hija, ayudó a acallar a los otros niños.

—Se llevaron a Astrit hace algunas semanas —dijo tirando de su larga trenza negra con dedos temblorosos—. La semana pasada vinieron y se llevaron a mamá y a Josep.

—Astrit está a salvo —dijo Adamat—. No os preocupéis. ¿Dijeron dónde llevarían a mamá y a Josep?

Fanish negó con la cabeza.

Adamat sintió que se le caía el alma a los pies, pero no permitió que su rostro lo expresara.

—¿Te han hecho daño? ¿Os han hecho daño a alguno? —Su mayor preocupación era Fanish. Tenía catorce años, ya era prácticamente una mujer. Tenía los hombros desnudos debajo de su fino camisón. Adamat buscó hematomas y suspiró aliviado al no encontrar ninguno.

—No, papá —dijo Fanish—. Oí hablar a los hombres. Ellos querían, pero...

—Pero ¿qué?

—Vino un hombre, cuando se llevaron a mamá y a Josep. No oí su nombre, pero estaba vestido como un caballero y hablaba en voz muy baja. Él les dijo que si nos tocaban antes de que él les diera permiso, los... —Ella se quedó sin palabras y se puso pálida.

Adamat le dio una palmada en la mejilla.

—Fuiste muy valiente —le dijo con dulzura para tranquilizarla.

Por dentro, Adamat ardía. Una vez que Adamat hubiera dejado de serle útil a Vetas, este sin duda habría dejado a sus hijos a merced de esos matones sin pensarlo dos veces.

—Los encontraré —dijo.

Volvió a darle una palmada en la mejilla a Fanish y se puso de pie. Uno de los mellizos le cogió la mano.

—No te vayas —le rogó.

Adamat le secó las lágrimas al pequeño.

—Volveré enseguida. Quedaos con Fanish.

Adamat se liberó de sus hijos. Aún quedaban por salvar un niño más y su esposa; más batallas por ganar antes de que pudieran volver a estar reunidos a salvo.

Encontró al sargento Oldrich fuera de la habitación, esperando respetuosamente con el sombrero entre las manos.

—Se llevaron a Faye y a mi hijo mayor —dijo Adamat—. Los demás niños están a salvo. ¿Quedó vivo alguno de esos animales?

Oldrich mantuvo la voz baja para que los niños no pudieran oírlo.

—Uno recibió un balazo en el ojo. Otro, en el corazón. Fue una descarga afortunada. —Se rascó la parte posterior de la cabeza.

Oldrich no era viejo en absoluto, pero el pelo se le estaba encaneciendo por encima de las orejas. Tenía las mejillas enrojecidas a causa de la tormenta de violencia. Su voz, sin embargo, se mantenía serena.

—Demasiado afortunada —dijo Adamat—. Necesitaba que quedara alguno con vida.

—Uno está vivo —dijo Oldrich.

Cuando Adamat entró en la cocina, Roja estaba sentado en una de las sillas con las manos atadas por detrás de la espalda, sangrando por las heridas de bala que tenía en el hombro y en la cadera.

Adamat extrajo un bastón del paragüero que había junto a la puerta de entrada. Roja miraba hosco el suelo. Era un boxeador, un luchador. No caería fácilmente.

—Tienes suerte, Roja —dijo Adamat señalando las heridas de bala con el extremo del bastón—. Puede que sobrevivas. Si recibes atención médica pronto.

—¿Te conozco? —dijo Roja resoplando. Salpicó con sangre su camisa de lino sucia.

—No. Pero yo te conozco a ti. Te he visto pelear. ¿Dónde está Vetas?

Rojas inclinó el cuello hacia un lado y lo hizo sonar. Su mirada era desafiante.

—¿Vetas? No lo conozco.

Debajo de la ignorancia fingida, a Adamat le pareció percibir un dejo de reconocimiento en la voz del boxeador.

Colocó el extremo del bastón contra el hombro de Roja, justo a un lado de la herida de bala.

—Tu jefe.

—Vete a la mierda —dijo Roja.

Adamat presionó con el bastón. Podía sentir que la bola seguía allí dentro, apoyada contra el hueso. Roja se retorció. En su favor, no emitió sonido alguno. Un boxeador sin guantes, si era bueno, aprendía a aceptar el dolor.

—¿Dónde está Vetas? —Roja no respondió. Adamat se acercó—. Quieres sobrevivir a esta noche, ¿no?

—Lo que me hará él será peor que cualquier cosa que me puedas hacer tú —dijo Roja—. Además, no sé nada.

Adamat se alejó de Roja y le dio la espalda. Oyó que Oldrich avanzaba, seguido del golpetazo pesado de una culata de mosquete impactando contra el vientre de Roja. Adamat permitió que la paliza continuara por unos momentos, y luego se volvió y le hizo un gesto a Oldrich para que se alejara.

El rostro de Roja se veía como si hubiera luchado algunos asaltos contra SouSmith. Se inclinó hacia delante y escupió sangre.

—¿Adónde se llevaron a Faye? —“Dímelo”, rogó Adamat en silencio. “Por tu bien, el de ella y el mío. Dime dónde está”—. El muchacho, Josep. ¿Dónde está?

Roja escupió en el suelo.

—Eres tú, ¿verdad? ¿El padre de estos mocosos estúpidos? —No esperó que Adamat respondiera—. Íbamos a violar a todos esos niños. Comenzando con los más pequeños. Vetas no nos lo permitió. Pero tu esposa... —Roja se pasó la lengua por los labios rotos—. Ella estaba dispuesta. Pensó que no seríamos muy duros con los pequeños si ella nos tomaba a todos.

Oldrich se adelantó y golpeó el rostro de Roja con la culata de su mosquete. Roja cayó hacia un lado y dejó escapar un quejido ahogado.

Adamat sintió que todo su cuerpo temblaba de la ira. No Faye. No su hermosa esposa; su amiga y compañera, su confidente y madre de sus hijos. Cuando Oldrich se preparó para volver a golpear a Roja, Adamat levantó una mano.

—No —dijo—. Esto es su día a día. Tráeme un farol.

Cogió de la nuca a Roja, lo levantó de la silla y lo sacó a empujones por la puerta trasera. Roja tropezó y se cayó contra un enorme rosal que había en el jardín. Adamat lo puso de pie, asegurándose de tirar del hombro herido, y lo empujó para que siguiera caminando. Hacia la letrina.

—Mantén a los niños dentro —le dijo Adamat a Oldrich— y trae algunos hombres.

La letrina tenía el ancho suficiente para albergar dos asientos; algo necesario en una casa con nueve niños. Adamat abrió la puerta mientras dos de los soldados de Oldrich sostenían a Roja entre ellos. Tomó el farol que le ofrecía Oldrich e iluminó el interior de la letrina para que Roja pudiera verlo.

Adamat cogió la tabla que cubría el agujero de la letrina y la arrojó al suelo. Olía a podrido. Aun habiendo anochecido ya, las paredes estaban llenas de moscas.

—Yo mismo cavé este agujero —dijo Adamat—. Tiene dos metros y medio de profundidad. Debería haber cavado uno nuevo hace años, y la familia lo ha estado usando mucho últimamente. Han estado aquí todo el verano. —Iluminó el agujero con el farol e inspiró con un gesto exagerado—. Ya está casi lleno. ¿Dónde está Vetas? ¿Adónde se llevaron a Faye?

Roja miró a Adamat con desprecio.

—Vete al diablo.

—Ya estamos allí —dijo Adamat.

Cogió a Roja de la nuca y lo obligó a entrar en la letrina. Casi no entraban los dos juntos. Roja forcejeó, pero la fuerza de Adamat aumentaba por su ira. Adamat derribó a Roja y le metió la cabeza en el agujero.

—Dime dónde está —le susurró.

No hubo respuesta.

—¡Dímelo!

—¡No! —La voz de Roja resonó en la caja que formaba el asiento de la letrina.

Adamat presionó la parte posterior de la cabeza de Roja. Unos centímetros más y el otro tendría el rostro lleno de excrementos. Adamat se tragó su propio asco. Aquello era cruel. Inhumano. Pero también lo era tener de rehenes a la esposa y a los hijos de alguien.

La frente de Roja tocó la superficie de la mierda y él dejó escapar un sollozo.

—¿Dónde está Vetas? ¡No volveré a preguntarlo!

—¡No lo sé! No me dijo nada. Solo me pagó para que mantuviera a los niños aquí.

—¿Cómo te pagó? —Adamat oyó las arcadas de Roja. El cuerpo del boxeador tembló.

—En kranas, en efectivo.

—Tú eres uno de los boxeadores del Propietario —dijo Adamat—. ¿Está al tanto de esto?

—Vetas dijo que fuimos recomendados. Nadie nos contrata para un trabajo a menos que el Propietario nos dé permiso.

Adamat apretó los dientes. El Propietario. La cabeza del mundillo criminal adrano y uno de los miembros de la junta de Tamas. Era uno de los hombres más poderosos de Adro. Si sabía lo de lord Vetas, podía significar que había sido un traidor desde el principio.

—¿Qué más sabes?

—Hablé poco más de veinte palabras con el sujeto —dijo Roja. Balbuceaba entre lágrimas, y sus palabras salían como resoplidos entrecortados—. ¡No sé nada más!

Adamat lo golpeó en la parte posterior de la cabeza. A Roja se le aflojó el cuerpo, pero no perdió el conocimiento. Adamat lo levantó del cinturón y lo obligó a meter el rostro en la porquería. Lo levantó un poco más y empujó. Roja se agitó y pateó con fuerza mientras trataba de respirar en medio de la orina y de la mierda. Adamat tomó al boxeador de los tobillos y empujó hacia abajo, lo que hizo que Roja quedara atascado en el agujero.

Adamat se volvió y se alejó caminando de la letrina. La furia no le permitía pensar. Destruiría a Vetas por hacer que su esposa y sus hijos pasaran por todo aquello.

Oldrich y sus hombres se mantuvieron al margen, observando a Roja mientras se ahogaba en la podredumbre. Uno de ellos se veía descompuesto en la tenue luz del farol. Otro expresaba su aprobación asintiendo con la cabeza. Entonces la noche estaba silenciosa, y Adamat llegaba a oír el canto constante de los grillos del bosque.

—¿No vais a hacerle más preguntas? —dijo Oldrich.

—Él mismo lo dijo: no sabe nada más. —Adamat sintió que se le revolvía el estómago, y volvió a mirar las piernas de Roja, que seguían sacudiéndose. La imagen mental de Roja violando a Faye casi detuvo a Adamat, pero luego le dijo a Oldrich—: Sacadlo de ahí antes de que muera. Luego enviadlo a la mina de carbón más profunda que tenga la Guardia de la Montaña.

Adamat juró hacerle algo peor a Vetas cuando lo encontrara.

Capítulo 2

El mariscal de campo Tamas se encontraba sobre la entrada sur de Budwiel, observando el ejército keseño. Aquella muralla era el punto más austral de Adro. Si arrojaba una piedra hacia delante, esta aterrizaría en territorio keseño, y quizá rodara por el declive del Gran Camino del Norte hasta llegar a los piquetes keseños apostados en los bordes de su ejército.

Las Puertas de Wasal, un par de riscos de unos ciento cincuenta metros de altura, se elevaban a ambos lados, divididos por miles de años de erosión ocasionada por el agua que fluía desde el mar Ad, atravesaba el Camino de Surkov y alimentaba los campos de grano de la Expansión Ámbar, en el norte de Kez.

El ejército keseño había dejado las ruinas humeantes del Pico del Sur hacía solo tres semanas. Los informes oficiales estimaban que el ejército que había asediado la Fortaleza de la Corona contaba con doscientos mil soldados, acompañados por seguidores de campamento que incrementaban ese número a casi setecientos cincuenta mil.

Según sus exploradores, ahora el número total sobrepasaba el millón.

Una pequeña parte de Tamas se encogía de miedo ante semejante número. El mundo no había visto un ejército de ese tamaño desde las guerras de la Desolación, hacía más de mil cuatrocientos años. Y en ese momento se encontraba a su puerta, intentando arrebatarle su nación.

Tamas podía reconocer a los soldados nuevos sobre las murallas por el volumen de los gritos ahogados que lanzaban al ver al ejército keseño. Casi podía oler el miedo de sus propios hombres. La expectativa. El terror. No estaban en la Fortaleza de la Corona, fácilmente defendible por unas pocas compañías. Aquello era Budwiel, una ciudad comercial de unos cien mil habitantes. Las murallas estaban en mal estado y había demasiadas entradas, además demasiado anchas.

Tamas no permitió que su cara reflejara el miedo. No se atrevía. Enterró sus preocupaciones tácticas, el terror que sentía a causa de que su único hijo estuviera en coma en Adopest, el dolor que aún le atravesaba la pierna a pesar de los poderes curativos de un dios. Su semblante no mostraba nada, salvo el desdén por la osadía de los comandantes keseños.

Unas pisadas constantes resonaron en las escaleras de piedra que había detrás de él, y se le unió el general Hilanska, comandante de la artillería de Budwiel y de la Segunda Brigada.

Hilanska era un hombre de un sobrepeso excesivo, tenía unos sesenta años, era viudo hacía diez y era veterano de las campañas gurlas. Le faltaba el brazo izquierdo a la altura del hombro, se lo había arrancado una bola de cañón hacía unos treinta años, cuando Hilanska aún no era capitán. Él nunca había permitido que ni su brazo ni su peso afectaran su desempeño en el campo de batalla, y solo por eso tenía el respeto de Tamas. Por no mencionar que sus cañoneros podían arrancarle la cabeza a un soldado de caballería en pleno galope a casi setecientos cincuenta metros.

Dentro del Estado Mayor de Tamas, cuyos integrantes habían sido elegidos por sus capacidades y no por su personalidad, Hilanska era lo más cercano que Tamas tenía a un amigo.

—Los he estado observando aumentar sus filas durante semanas y no dejan de impresionarme —dijo Hilanska.

—¿Por sus efectivos? —preguntó Tamas.

Hilanska se inclinó sobre el borde de la muralla y escupió.

—Por su disciplina. —Extrajo el catalejo de su cinturón, lo extendió con un tirón bien practicado de su única mano y se lo llevó al ojo—. Todas esas malditas tiendas blancas como el papel, alineadas hasta donde llega la vista. Parece una maqueta.

—Alinear medio millón de tiendas no hace que un ejército sea disciplinado —dijo Tamas—. Yo he trabajado con comandantes keseños. En Gurla. Mantienen a sus hombres a raya por medio del miedo. Eso hace que tengan un campamento limpio y bonito, pero cuando se enfrentan a otros ejércitos, no tienen resistencia. Se quiebran a la tercera descarga. —“No como mis hombres”, pensó. “No como las brigadas adranas”.

—Espero que tengas razón —dijo Hilanska.

Tamas observó a los centinelas keseños haciendo sus rondas a poco menos de un kilómetro de distancia; estaban perfectamente a tiro de los cañones de Hilanska, pero no valía la pena gastar la munición en ellos. El cuerpo principal del ejército acampaba unos tres kilómetros más allá; sus oficiales temían más a los magos de la pólvora de Tamas que a los cañones de Hilanska.

Tamas se aferró al borde de la muralla de piedra y abrió su tercer ojo. Sintió una oleada de mareo, y luego pudo ver con claridad el Otro Lado. El mundo adquirió un brillo color pastel. En la distancia se veían luces, que refulgían como los fuegos de una patrulla enemiga durante la noche: el fulgor de los Privilegiados y de los Guardianes de Kez. Tamas cerró el tercer ojo y se masajeó la sien.

—Aún lo estás considerando, ¿verdad? —preguntó Hilanska.

—¿Qué?

—Invadir.

—¿Invadir? —preguntó Tamas con tono burlón—. Tendría que estar loco para lanzar una ofensiva contra un ejército diez veces más grande que el nuestro.

—Tienes esa mirada, Tamas —dijo Hilanska—. Como un perro tirando de su cadena. Te conozco hace demasiado tiempo. Ya has dicho que tienes la intención de invadir Kez si se te presenta la oportunidad.

Tamas observó a esos centinelas. El ejército de Kez estaba tan alejado que sería casi imposible pillarlos desprevenidos. El terreno no ofrecía una buena cobertura para lanzar un ataque nocturno.

—Si pudiera llevar a la séptima y a la novena hasta allí manteniendo el factor sorpresa, podría atravesar el corazón de su ejército y estar de regreso en Budwiel antes de que supieran qué les había pasado —dijo Tamas en voz baja.

El corazón se le aceleró con solo pensar en eso. No debía subestimarse a los keseños. Tenían la ventaja numérica. Aún les quedaban algunos Privilegiados, incluso después de la batalla por el Pico del Sur.

Pero Tamas sabía de lo que eran capaces sus mejores brigadas. Conocía las estrategias de Kez y estaba al tanto de sus debilidades. Los soldados keseños eran reclutados de la inmensa población de campesinos. Sus oficiales eran nobles que habían comprado sus ascensos. No eran como sus hombres: patriotas, hombres de acero y de hierro.

—Algunos de mis muchachos estuvieron explorando un poco —dijo Hilanska.

—¿Ah, sí? —Tamas sofocó la irritación de ver interrumpidos sus pensamientos.

—¿Conoces las catacumbas de Budwiel?

Tamas asintió con un gruñido. Las catacumbas se extendían debajo del Pilar Oeste, una de las dos montañas que constituían las Puertas de Wasal. Eran una mezcla de cavernas naturales y artificiales, utilizadas para alojar a los muertos de Budwiel.

—Su acceso está prohibido para los soldados —dijo Tamas, sin poder evitar el tono de reproche.

—Ya lidiaré con mis muchachos, pero quizá quieras oír lo que tienen que decir antes de hacer que los azoten.

—A menos que hayan descubierto una red de espionaje keseña, dudo que sea relevante.

—Mejor aún —dijo Hilanska—. Encontraron un camino por donde enviar a tus hombres a Kez.

Tamas sintió que el corazón se le aceleraba ante la idea.

—Llévame con ellos.

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Yaş həddi:
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Litresdə buraxılış tarixi:
13 noyabr 2024
Həcm:
676 səh. 11 illustrasiyalar
ISBN:
9788418711459
Naşir:
Tərcüməçi:
Rəssam:
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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İkinci seriyada kitab "Los magos de la pólvora"
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