Kitabı oxu: «Sielf y la legión de los guardianes»
BRIGGETTE RODRIGUEZ
SIELF
Y LA LEGIÓN DE LOS GUARDIANES

Rodriguez, Briggette
Sielf y la legión de los guardianes / Briggette Rodriguez. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-87-1979-5
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.
CDD A863
EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA
www.autoresdeargentina.com info@autoresdeargentina.com
Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723
Impreso en Argentina – Printed in Argentina
Dedicado a aquellos seres extraordinarios
que hicieron y hacen mi vida extraordinaria.
Mi familia y amistades.
Parte 1
Primer sueño: la pulsera
Era un hermoso día soleado de verano y el cielo estaba despejado. Entre la multitud de personas una pequeña niña caminaba a prisa junto a sus compañeros de escuela. Se disponían a un día de excursión en el zoológico.
—Niños, despacio... —repetían las maestras que acompañaban a los treinta y cinco alumnos.
La pequeña, de siete años, llevaba una túnica amarilla como sus compañeros, sin embargo a ella le quedaba más grande, quizá por ser la más bajita de su curso aunque siempre resaltaba por sus cabellos ondulados de color castaño.
Su prisa se debía a las ansias por ver a los osos, sus animales favoritos y cuando finalmente llegaron al cautiverio de los osos, la aglomeración de niños y niñas que se disputaban un lugar para observar le impedía observarlos al quedar relegada.
—Quítate enana, yo llegué primero —la echó uno de los compañeros más fastidiosos.
—Tonto… —murmuró la pequeña intentando ver a los osos desde otro lugar sin poder conseguirlo, entre el público y sus compañeros era difícil ubicarse en un lugar adecuado para vislumbrar a sus animales favoritos. Fue entonces que su enojo se sincronizó con el rugir de uno de los osos, un rugido que obligó a retroceder a todos despejando el mirador que inmediatamente fue ocupado por la niña. En cuanto pudo observar descubrió que no se parecían a los osos de sus cuentos y mucho menos a los de peluche, sin embargo verlos en su forma original hizo que le gustaran aún más.
Al caer la tarde todos continuaron caminando hasta llegar a un patio de comidas que contaba con juegos infantiles y un laberinto hecho de arbustos. De inmediato formaron grupos para sentarse a comer sus aperitivos; en ese momento la niña vio a un nene pequeño llorar por un globo que, escapando de sus manos, volaba a pocos metros de allí. Sin dar aviso alguno se dispuso a alcanzar el globo, pero de inmediato un fuerte viento llevó el globo a ingresar al laberinto hacia donde ella también corrió para alcanzarlo.
—¡Te tengo! —dijo sonriendo al tomarlo —Uy...¿cómo llegué hasta aquí? —se preguntó al descubrir que no solo estaba dentro del laberinto sino que además no sabía por dónde regresar.
El tiempo transcurrió y la pequeña no lograba hallar la salida, los últimos rayos del sol se veían hacia lo alto, cada muro le parecía cada vez más enorme pero sin darse por vencida siguió caminando en diferentes direcciones hasta que oyó algo que la paralizó por completo.
Bajo el telón de la noche que empezaba a caer apareció detrás de ella una criatura parecida a una pantera pero cubierta en sombra.
—Oh... no —murmuró la niña con un sobresalto que la hizo soltar el globo. Intimidada por el acecho de la sombría criatura dio un paso atrás, respiró hondo y empezó a correr a toda prisa en dirección opuesta, sin rumbo alguno.
El temor que la embargaba era inaudito aunque no lo suficiente como para paralizarla. Poco a poco, la oscuridad se fue disipando y mientras ella corría la luna llena empezó a brillar iluminando su camino. De repente apareció junto a ella un cuerpo luminoso con figura humana que se desplazaba en su misma dirección, la pequeña observó con asombro la misteriosa aparición que dejó al descubierto a un extraño niño cuyos cabellos eran de color gris que brillaban como la luna, vestido con una túnica blanca y descalzo.
—¡Sielf! ¡Estás en peligro! —dijo llamándola por su nombre y tomándole la mano—¡Ven conmigo! ¡Pronto estarás a salvo!
Sielf no comprendía nada, tan solo sabía que debía seguir corriendo hasta hallar una salida. Ambos seguían una dirección que los hacía impactar contra los muros de arbustos una y otra vez sin complicación alguna, era como si atravesaran cortinas de humo. Finalmente lograron salir del laberinto. Una vez en el exterior Sielf pudo dar una bocanada de aire y recuperar el aliento, se sentía a salvo, sin embargo el peligro continuaba.
—Por favor, dame tu brazo; es hora —dijo el niño mientras hacía aparecer alrededor de la muñeca de Sielf una extraña pulsera que lucía cuatro piedras incrustadas, de color verde, celeste, azul y rojo.

—¿Quién eres? ¿Qué es esto? —preguntó la pequeña observando el objeto detenidamente.
—Me llamo Zefis y esta es una pulsera mágica —explicó —forjada para protegerte del mal, te hará invisible para ellos y visible para los guardianes. A partir de ahora deberás usarla siempre, crecerá conforme tú lo hagas y solo con ella los guardianes te encontrarán.
—¿Quiénes son los guardianes? —preguntó desconcertada.
—Lo sabrás al cumplir dieciocho años, para ese entonces todo será develado —explicó mientras se desvanecía.
Imprevistamente la fiera salió del laberinto y saltó para atacarla, ella lanzó un fuerte grito y cayó sentada sobre el césped. A pocos pasos, la criatura maléfica miró en derredor y comenzó a alejarse como si no percibiera su presencia, pronto apareció otra al acecho pero luego de olfatear cerca del lugar donde Sielf se encontraba tampoco la registró. De algún modo Sielf se había hecho invisible para ellos, entonces se puso de pie y aún con miedo las observó marcharse hasta desaparecer.
Parte 2
El internado espada y pluma:
los alumnos extranjeros
El sobresalto de aquella escena la obligó a despertar bruscamente, aquello no había sido más que un sueño. Lo supo en cuanto miró a su alrededor, aún se encontraba en el lugar donde estuvo inicialmente, recostada sobre una gran cantidad de paja situada en la parte trasera de una vieja camioneta de carga. Su cuerpo no era el de una niña de siete años sino el de una joven de diecisiete a punto de cumplir los dieciocho.
“Querida Sielf esta pulsera es un reliquia familiar y deberás usarla todos los días de ahora en adelante...”. Las palabras de sus abuelos, con quienes se crió después de la muerte de sus padres en un accidente automovilístico, resonaron en su remembranza. Sus ojos se depositaron sobre su pulsera, era la misma de aquel sueño.
—Mis abuelos me la regalaron, recuerdo el momento, así que ese sueño no es más que ... un simple sueño —se dijo así misma en un susurro mientras escuchaba de fondo el ruido que producía el motor de la vieja camioneta celeste donde viajaba.
Transitaban sobre una pista rodeada de enormes árboles que conforme a la distancia se hacían más numerosos. La razón de estar en aquel lugar se debía a que Sielf decidiera concurrir a la Escuela Internado Espada y Pluma, situada en las profundidades del viejo bosque, hacia la que se dirigía.
Muchos jóvenes se rehusaban a estudiar en aquel lugar debido a la distancia y principalmente por las historias que se contaban del bosque que rodeaba el establecimiento, pues según los rumores estaba encantado y sucesos extraños acechaban en cada rincón. Sin embargo ella se propuso estudiar su último año en esa escuela ignorando ese tipo de relatos. Era bastante escéptica respecto de ellos, postura que adquirió de sus abuelos quienes nunca avalaron la existencia de seres o mundos mágicos.
La vieja camioneta donde viajaba no pertenecía a algún familiar sino a una pareja del campo a quienes había pedido el favor de trasladarla después de lamentar haber perdido el autobús.
—Espero no volver a perder el bus la próxima vez que venga—, musitó mientras observaba en el cielo las nubes grises que amenazaban precipitaciones, recriminándose no haber considerado el pronóstico del tiempo y prestado más atención a los horarios de los buses.
—Aquel objeto en la galería se veía tan interesante —repasó recordando la vidriera de una tienda cerrada ante la que se detuvo a contemplar un antiguo arco sin flechas—, en fin... de todas formas aún estoy a tiempo y esta podría ser una buena oportunidad para explorar un poco, quizás una vez dentro del Internado no se me permita salir, oí que son muy estrictos —reflexionó como si su pensamiento fuera un monólogo confidencial.
La lluvia que se iniciaba la distrajo del recuerdo. Rápidamente buscó el piloto guardado en el interior de la mochila, su color amarillo facilitó que lo encontrara al instante. Se cubrió la espalda, introdujo los brazos en las mangas y levantó la capucha cubriendo totalmente sus cabellos ondulados y castaños que se había trenzado. Le agradaba de cierto modo sentir el impacto de las gotas de lluvia contra su resbaladizo traje y la frescura que de aquellas gotas emanaba.
Entre sus manos llevaba un folleto con la ubicación del Internado Espada y Pluma, le echó un rápido vistazo para que la lluvia no lo arruinara, en ese preciso momento la camioneta se detuvo. Al levantar la mirada descubrió que ya habían llegado a la carretera que conducía al Internado, tal y como estaba marcado en el folleto, ella debía seguir por un camino alterno. Desde la ventana del chofer escuchó al conductor indicarle que tendría que continuar sola a partir de ese cruce pues ellos tomarían otra ruta. Sielf dio las gracias, se colocó la mochila de viajero y se apresuró en bajar su bicicleta. Mientras lo hacía se acercó una pequeña niña detrás de ella, su piel morena y cabellos ondeados contrastaba de forma especial con sus ojos pardos color miel y llevaba puesta una túnica naranja como el fuego de los rayos del sol. Sielf no la había visto antes pero supuso que se trataba de la hija de las personas de la camioneta.

—Hola —saludó Sielf mientras terminaba de bajar su bicicleta —, ¿viajabas con ellos? no te vi cuando subí a la camioneta —dijo esbozando levemente una sonrisa. Sin decir nada, la niña sonrió y extendió los brazos ofreciéndole una verdosa manzana.
—¿Es para mí? —preguntó Sielf esperando que le contestara, la pequeña afirmó con un ligero movimiento de cabeza —. Muchas gracias —dijo la joven cuando la niña colocó la manzana sobre su mano y giró para guardársela en el bolsillo del piloto. Al volverse advirtió que la niña había desaparecido. Consideró que habría subido al vehículo, que ya se alejaba, así que levantó los brazos para despedirse de ellos suponiendo que la verían por el retrovisor.
El camino a seguir era otro tramo largo, con una carretera rodeada de numerosos árboles, Sielf se ajustó la mochila, subió a su bicicleta Aurorita heredada de su abuela y se puso en marcha. La lluvia se había convertido en una tenue garúa que poco a poco se fue disipando hasta dar lugar a un brillante sol.
El paisaje era hermoso y el aire con aroma a césped húmedo le resultaba agradable, elementos que hacían placentero su andar. Durante la marcha se detuvo algunas veces para levantar y observar hojas secas.
Otra vez este hábito..., se dijo así misma esbozando una leve sonrisa. No recordaba desde cuándo la acompañaba esa costumbre de levantar hojas secas que le llamaban la atención cada vez que paseaba bajo los árboles. Al cabo de un rato sus piernas se cansaron de pedalear, aún tenía camino por recorrer así que tras cruzar un puente decidió detenerse para descansar.
Con pasos lentos descendió hacia el río que cruzaba bajo el puente y se sentó sobre el césped a orillas de él, sacó su botella con agua, bebió y la guardó. Su sed se había apaciguado no así los pensamientos respecto de lo solos que habían quedado sus abuelos con su partida; le preocupaba que tuviesen dificultades para realizar los quehaceres del hogar o algo cotidiano.
Basta, ellos estarán bien, se animó a sí misma, sacudiendo levemente la cabeza en un intento por librarse de aquellas ideas. Buscó la manzana en el bolsillo de su piloto y una vez que la sostuvo la acercó a su boca para darle una mordida pero en ese instante se detuvo pues se le ocurrió reservarla para más tarde; una vez más la guardó en su bolsillo.
Los rayos de sol se depositaron sobre su cuerpo, la calidez que emitían la invitó a cerrar los ojos. Después de batallar con el cansancio de una jornada ajetreada, terminó por ceder y, poco a poco, sin darse cuenta, se quedó profundamente dormida sobre el verdoso césped.
—¡Cielos! —exclamó al despertar luego de un rato. Los últimos destellos del sol se terminaban de ocultar dejando un rastro de color naranja y violeta en el cielo —Pronto oscurecerá, ya debo irme —dijo tras levantarse bruscamente lamentando que su siesta se hubiera prolongado tanto.
Un ave extraña se posó sobre una rama frente a ella, su aspecto era fúnebre y su cuerpo tenía una sombra que la envolvía por completo.
Qué especie desconocida, pensó al advertirla, entonces vino a su mente la viva imagen de aquella criatura de sombra que había aparecido en el sueño y se asombró de que volviera a su mente ese pensamiento.
Empezó a llover copiosamente, Sielf tomó sus cosas, subió a su bicicleta y se puso en marcha dejando atrás al ave que, emitiendo un sonido singular, alzó vuelo.
Mientras Sielf avanzaba le pareció extraño ver cada vez más aves sobre las ramas de los árboles, pero su atención estaba centrada en pedalear rápido para llegar antes de que oscureciera por completo. Más adelante, advirtió que un centenar de ellas la sobrevolaban y acercándose empezaban a picotearla.
—¡Oh… no! ¡Basta! —exclamó asustada, obligándose a pedalear con mayor energía ante aquel ataque repentino, sin embargo, por más que aceleró las aves volvieron a atacarla hasta que debido a ello y a la poca visibilidad perdió el control de la bici y se desvió bruscamente hacia el medio de la carretera que apenas podía vislumbrar. La oscuridad había caído como un manto espeso sobre el bosque. Fue entonces cuando vio brillar una de las piedras de su pulsera y segundos después cayó bruscamente sobre el concreto mojado. Al ponerse de rodillas sintió a las aves picotearla pero fue cegada por los faroles de una moderna camioneta color negro que se aproximaba a toda velocidad, puso los brazos delante suyo y se ensordeció con la ruidosa bocina, mientras que las aves desaparecieron en el acto. Antes de embestirla el auto frenó bruscamente a pocos centímetros de ella, ni siquiera le dio tiempo de gritar. Sielf sintió como si su corazón se hubiese detenido, todo fue rápido, tenía miedo pero también alegría de estar con vida. Ahora se encontraba inmóvil, de rodillas sobre el suelo con su mochila a un extremo. Escuchó el abrir y cerrar de una de las puertas, aún tenía la vista empañada, sin embargo pudo distinguir la figura de una persona aproximándose.
—¿Estás bien? —le preguntó un sujeto en voz alta, ataviado con un piloto color marrón y una capucha que casi le cubría todo el rostro.
—Sí, estoy bien... —mintió la joven sin mucho éxito pues la expresión de su pálido rostro indicaba lo contrario.
—¿Qué te pasó? —dijo el sujeto mientras la tomaba del brazo cuidadosamente ayudándola a ponerse de pie.
—Yo solo... —balbuceó Sielf —no estoy segura... caí...
—Déjame ayudarte—interrumpió el desconocido mientras levantaba sus pertenencias antes de que ella lo hiciera —. Vas al Internado Espada y Pluma, ¿verdad?
—¿Cómo lo sabes? —contestó Sielf mientras lo observaba tratando de ver su rostro oculto.
—Por este folleto —contestó mostrando el papel con el mapa al Internado que la joven había guardado cuidadosamente en su bolsillo —Yo también voy, puedo llevarte —dijo amablemente.
—Creo que podré llegar sola... —opinó quitando la tierra de su ropa.
—¿En serio? —preguntó el joven señalando la cadena rota de su bicicleta —¿Acaso irás caminando?
—Hallaré una forma de repararla... —murmuró la joven.
—Debes ser citadina y pensar que voy a secuestrarte o algo así, ¿no? —dijo ante el silencio de la joven —Bueno, aquí tienes la prueba de que soy estudiante y voy hacia donde te diriges —explicó mostrando su carnet de alumno.
—Bien, de acuerdo... —aceptó sujetando su mochila para subir al asiento delantero luego de que el joven le abriera la puerta.
Una vez dentro se encendieron las luces, parecía seguro. Mientras aguardaba Sielf vio al joven guardar su bicicleta en la parte trasera, poco después ingresó al auto, retiró su capucha descubriendo el rostro y se mantuvo en silencio mientras puso la camioneta en marcha. Ella lo observó detenidamente, tenía grandes ojos y cabellos marrones de un tono similar al de los osos pardos Kodiak. En cuanto la descubrió observándolo le sonrió levemente, ella desvió la mirada y se mantuvo en silencio percibiendo su rostro reflejado en la ventana. Hacia fuera no podía distinguir con nitidez el paisaje, solo hasta donde alcanzaba la luz de los faroles delanteros, el bosque alrededor de la carretera parecía una gran muralla negra.
—¿Sielf? —dijo de repente el joven —¿Te llamas Sielf?
—Sí...—afirmó ella —¿Cómo lo sabes?
—Tu mochila llevaba ese nombre escrito —explicó sonriendo —¿Lo escribiste tú?
—No, no fui yo, lo escribió mi madre antes de que yo naciera —explicó la joven.
—Parece tener sus años.
—Sí que los tiene —dijo la joven —, le perteneció a mi abuelo, él se la entregó a mi madre y ella me la dio a mí.
—Qué coincidencia, también tengo una reliquia familiar —comentó el joven mostrando un extraño collar cuyo dije era una pequeña esfera —. Era de mi abuela, ella se lo regaló a mi padre y él me la obsequió, es un pedazo de hueso pulido de mi tatarabuelo... —dijo ante la desconcertada mirada de la joven —¡Nahhh!... es solo un extraño tipo de piedra —agregó sonriendo.
—Por poco te creo —sonrió la joven con alivio mientras observaba el collar detenidamente.
—Hubiese quedado mejor si tuviera mi nombre grabado —agregó él.
—¿Cómo te llamas? —preguntó ella.
—Soy Tom.
—¿Tom? —repitió Sielf —Me es familiar.
—Cielos, estás lastimada —dijo Tom señalando sus raspones —Ten, usa esto—añadió entregándole un pequeño botiquín con varios utensilios de medicina.
—Gracias —contestó la joven despegando un par de apósitos.
—¿De dónde eres Sielf?
—Creí que lo sabías... citadina... de una ciudad lejos de aquí ¿y tú de dónde vienes?
—No quise ofenderte, ni decir que los citadinos sean paranoicos... —interrumpió Tom —¡Uy! disculpa por eso último.
—Si con paranoicos te refieres a evitar subirse al auto de un desconocido pues sí, soy y quizás seamos paranoicos todos.
—Jamás juzgaría esa forma de pensar pero tratándose de elegir entre aquella situación o quedarse a solas en este bosque al anochecer, yo preferiría mil veces la primera opción —comentó el joven.
—¿Por qué?
—Porque no tienes idea del mal que habita en estos bosques.
—¿Mal? ¿Quieres decir secuestradores?
—Ahí va… paranoica de nuevo... —dijo Tom.
—Solo bromeaba —exclamó la joven sonriendo —. Te pusiste muy serio cuando dijiste “el mal que habita en estos bosques”, ¿eso qué quiere decir?
—Me refería a seres malignos.
—Espera… ¿qué? Ay… no puede ser. ¿Acaso hablas de fantasmas y cosas así?—preguntó Sielf en tono de burla.
—Obvio, ¿qué otra cosa podría ser?
—Tom yo no creo en…
—Espera, espera —la interrumpió el joven —, a lo que vayas a responder te pido que por favor le añadas también un porqué.
—¿Te parece que existe alguna explicación razonable para explicar la existencia de algo irrazonable?
—Me perdí un poco —comentó Tom —, entonces dejando de lado cualquier argumento cientificista explícame desde tu experiencia ¿por qué no crees en fantasmas, espíritus, etcétera…? y digo etcétera porque supongo que no crees en muchas cosas más.
—Así es, criaturas mágicas, encantamientos, etcétera, etcétera y todo eso, no. No creo.
—¿Por qué…? —cuestionó Tom con desconcierto.
—¿Te parece que deba decirte por qué? Porque no es posible —afirmó Sielf con convicción.
—¿Y qué te hace pensar que no lo es?
—Porque no tengo de donde sostener lo contrario, simplemente no existe —contestó finalmente —Ay, no quiero hablar de esto.
—Bien, respeto tu punto de vista —comentó Tom mirándola fijamente —aunque no sea nada firme.
—Olvídalo... Qué extraño eres —murmuró la joven. De repente un extraño ruido provino de su estómago, tenía hambre.
—¿Qué fue eso? —preguntó el joven sonriendo tras escuchar el ruido.
—No es nada... —dijo Sielf introduciendo su mano en uno de los bolsillos, descubrió que aún tenía la manzana verde. La observó y la volvió a guardar.
—Hummm, creo que deberías comer eso... —opinó Tom.
—Claro que no, es mi amuleto de la suerte —opinó sonriendo levemente.
—¿Perdón? ¿Qué? —interrumpió el joven confundido —Si acabas de decir que no crees en…
—¿Qué problema tienes con que yo crea o no crea en ciertas cosas? —interrumpió la joven.
—Ninguno, ninguno. El problema lo tendrás tú si no comes algo ahora —dijo sonriendo.
—Es que no me apetece una fruta sino más bien el paquete de chocolates que tengo en mi mochila, pero lo comeré más tarde.
—Y yo soy el extraño... —murmuró Tom guardando silencio unos minutos —Yo vengo de más lejos, más allá del pueblo y la ciudad —dijo cruzando miradas con la joven—¿Recuerdas que me habías preguntado de dónde venía?, te estoy contestando.
—¿O sea que eres extranjero?
—Algo así... creo que en parte sí y en parte no y es que mis abuelos me hablaron mucho de este lugar, de sus campamentos y excursiones en este bosque —comentó manifestando cierta nostalgia —y saber todo eso creo que no me hace tan extranjero... —hizo una pausa —¡Cielos!, es increíble todo lo que esos relatos sobre la naturaleza son capaces de enseñarle a un niño, aprendí mucho de esas historias. Ojalá hubiese tenido la oportunidad de vivirlo personalmente.
—Debes estar feliz de estar aquí ahora.
—Así es, estar aquí es como ver a un maestro y amigo, lástima que se haya corrompido... y perdona que insista con ello pero, en lo posible, evita entrar al bosque, sobre todo de noche... —dijo cruzando miradas con la joven, quien contuvo una carcajada pensando que se trataba de una broma.
—Está bien, está bien —aceptó ella en tono burlón.
Ambos se quedaron en silencio. El rostro de Sielf se mantuvo con una expresión neutra hasta que llegaron a una carretera iluminada lo cual indicaba que estaban cerca al Internado. La joven bajó los vidrios de la ventanilla, la lluvia se había convertido en una tenue garúa, entonces observó cómo se iban aproximando a la puerta principal del Internado Espada y Pluma y, una vez frente a la entrada, atravesaron un muro cubierto de ramas que dividía los bosques y la gran estructura académica. En el interior había un camino previo a las instalaciones del Internado con un centenar de flores a su alrededor, tan diversas como coloridas, que hacían más agraciadas a las esculturas que se levantaban por doquier. Y detrás de todo ese edén se hallaba el Internado, tan grande como una mansión pero con un visible rasgo de historia y antigüedad.
Tom estacionó el auto en donde se lo indicaron, descendió y abrió la puerta para que Sielf bajara.
—Olvidé preguntar si eres estudiante de último año —dijo el joven.
—Sí, ¿y tú?
—Qué coincidencia, yo también —comentó mientras ambos iban a la maletera de la camioneta. Al intentar sujetar su bicicleta Sielf no pudo evitar un quejido de malestar, aún le dolían los brazos por la caída.
—Déjame ayudarte —sugirió Tom extrayendo la bicicleta sin dificultad y posándola en el suelo.
—Gracias —dijo la joven al tiempo que un relámpago trajo consigo una lluvia más densa.
—Vaya clima que nos tocó, dejaremos tu bici aquí. Ahora tenemos que entrar... —opinó Tom sujetando una maleta que luego dejó en la entrada bajo techo antes de ingresar a la oficina de recepción junto a la joven.
—Buenas noches, qué feo clima el de hoy ¿no le parece? —dijo mirando a una señora cordial que se acercó solícita.
—Soy Rosa —se presentó —¿Son nuevos estudiantes?
—Sí —dijeron ambos al mismo tiempo mientras tomaban asiento.
—Bienvenidos al Internado Espada y Pluma. ¿Dejaron sus pertenencias en la entrada?
—Así es —respondió Tom.
—Yo no, pues lo mío solo es esta mochila —contestó la joven.
—De acuerdo, ahora les iré pidiendo a cada uno sus pases —dijo Rosa refiriéndose a un carnet específico de cada alumno que además de contener sus datos servía para diferenciar los grados y para marcar sus asistencias a los cursos.
—Aquí está el mío —dijo la joven cuyo aspecto sucio y desaliñado por su reciente infortunio llamaba la atención de modo tal que Rosa no pudo disimular la sorpresa que le generó ver a Sielf mientras entregaba su carnet color verde.
—Bien, probablemente ambos están informados acerca del reglamento interno así como la historia de la institución. Todo eso estaba en el folleto que se les dio el día que presentaron la solicitud de inscripción así que solo les reiteraré dos cuestiones que algunas veces pasan desapercibido. En primer lugar, el Director de la Escuela Internado, el señor Suus, es un hombre que se interesa y atiende las inquietudes de sus alumnos, no duden en hablar con él en cuanto surja alguna inquietud, siempre y cuando sea en horario de oficina. Él suele estar en su despacho en el ala oeste —Rosa indicó la dirección del sector con la mano —. Y en segundo lugar, deberán ser muy cuidadosos con las obras de arte que se exhiben en el lugar, cualquier daño o perjuicio de alguna de las piezas será penalizada, de más está decirles que tienen prohibido acercarse a ellas y, peor aún, tocarlas. Forman parte de la historia de este lugar así como la colección de nuestro director —explicó seguido de un relámpago estremecedor que hizo que las luces se apagaran y se volviesen a encender al segundo —y por cierto, no se asusten si se va la luz. Las tormentas suelen causar apagones pero no duran mucho.
—Gracias por la información —agradeció Sielf.
—Seremos muy cuidadosos con las obras de arte —opinó Tom.
—¿Alguna pregunta?
—¿Empezó la ceremonia de apertura? —consultó la joven mientras firmaba un papel.
—Finalizó hace unos minutos —contestó Rosa mientras guardaba en su archivero aquel papel —casi todos están en sus habitaciones.
—Claro... ya es tarde —dijo Sielf viendo poco alumnado transitando los pasillos.
—De todos modos, si tienen dudas respecto de lo que se informó en la ceremonia lo pueden consultar aquí —sugirió Rosa amablemente —, y si ambos desean cenar algo, tienen tiempo hasta treinta minutos más para acercarse a la cocina. ¿Saben los horarios del comedor?
—Sí —contestaron ambos al mismo tiempo.
—Ahora joven, permíteme tu carnet —solicitó Rosa.
Tom entregó un carnet igual al de Sielf pero de color rojo. Apenas Rosa lo observó no pudo evitar esbozar una leve sonrisa.
—Así que también eres extranjero —dijo mientras le hacía entrega de unos formularios —. Es curioso, este año tuvimos varias solicitudes de alumnos de fuera, al parecer el Internado se está volviendo famoso.
—Me alegro —comentó Tom entregando los papeles bajo la mirada de Sielf —, muchas gracias, Rosa.
—De nada, gracias a ti por elegirnos —contestó la mujer cordialmente.
—Tengo una pregunta —dijo la joven después de un silencio —, ¿es posible que encuentre aquí repuestos para bicicleta? Tuve un accidente mientras venía y se rompió la cadena de mi bicicleta.
—No lo creo... nadie suele venir en bici por temor al bosque, el traslado se realiza básicamente en autobús, de vez en cuando en transporte particular o una que otra motocicleta en el caso de los más osados —murmuró la señora —¿Tú viajaste en bici hasta aquí?
—Casi... Dime, ¿por qué le temen al bosque?
—Está encantado y criaturas malignas merodean en su interior —explicó Rosa —pero volviendo a tu pregunta inicial, en el pueblo hay muchas bicicleterías, lo que podríamos hacer es conseguir que alguien te haga el traslado para que puedas llevarla al pueblo.
—Eso sería de mucha ayuda —contestó la joven esbozando una sonrisa.
—Te estaremos informando, mientras tanto la dejaremos en el estacionamiento, y por la ubicación de tu habitación me parece que la podrás ver desde tu ventana.
—¡Genial!, gracias. Y disculpa, tengo una última pregunta... ¿Cómo llego a mi habitación?
—Cierto, ahí les digo. Por poco me olvido también de entregarles esto —recordó Rosa proporcionando a cada uno la llave de su habitación —. Como sabrán las habitaciones de hombres y mujeres están separadas, son individuales aunque el baño se comparte —dijo asomándose junto a ellos a la salida de la oficina —. Sielf, siguiendo este pasillo llegarás a un pequeño jardín, cruzas por ahí en la misma dirección y luego giras hacia tu derecha, allí encontrarás las escaleras a las habitaciones de las chicas; mientras que para llegar a las habitaciones de hombres, Tom caminas hasta el final de este otro pasillo y giras a tu izquierda, allí están las escaleras que conducen a las habitaciones de varones. ¿Alguna pregunta?
—No, creo que es todo —comentó Tom.
—Muchas gracias —dijeron ambos jóvenes.
—Gracias a ustedes, hasta luego —se despidió Rosa mientras los vio salir.
—Aquí nos separamos —comentó Tom en cuanto se encontraron con los pasillos que orientaban a los cuartos —, seguramente te veré mañana.
—Sí, muchas gracias por haberme traído.
—No fue nada... solo tengo una duda... —dijo el joven —¿No deberías ir antes a la enfermería?
—¿Por esto? —contestó Sielf mostrando sus vendajes improvisados con apósitos —Para nada, no fue grave, estoy bien, solo necesito un cambio de ropa urgente —dijo luego de ver las luces parpadear después de otro relámpago.
—Que descanses —dijo él dirigiéndose hacia el pasillo que le habían indicado seguido de otros compañeros —Ah… Sielf, ¡no te metas en líos! —exclamó de repente provocando que automáticamente todos se giraran a observar a la joven de aspecto casi andrajoso cuya trenza estaba totalmente desarmada. Ella solo lo miró y como respuesta levantó una mano haciendo un gesto de negación, luego caminó por el pasillo indicado.
En un principio pensó que llegaría pronto al final del recorrido, y durante su andar se tomó su tiempo para contemplar algunos cuadros y esculturas. Fue entonces que las luces se apagaron generándole un leve sobresalto, apenas podía vislumbrar por dónde seguir. De inmediato se detuvo bruscamente en cuanto estuvo frente a una puerta vidriada, la luz que género otro relámpago le permitió ver que se hallaba delante de un gran salón con enormes ventanales.
Fascinante, se dijo en cuanto pudo distinguir a través de los cristales la figura de una escultura inusual. Estirando la mano, tras maniobrar el picaporte, comprobó que la puerta permanecía cerrada. En ese momento volvió la energía y se iluminó el lugar, pudo ver que aquella escultura representaba a un guerrero arrodillado, lo cual le generó cierta pena.
Será mejor que me vaya, pensó retomando su camino, tal y como les había dicho Rosa, casi no había nadie en los corredores, la mayoría de los estudiantes se encontraba en su habitación.
En cuanto la joven cruzó el pequeño jardín, vio una pequeña fuente con el agua en calma, luego de atravesar ese espacio encontró las escaleras al dormitorio de mujeres. Subió con prisa hasta un pasillo angosto y rodeado de numerosas habitaciones.
—Aquí es —se dijo al ver una puerta con el número 7, su habitación. Abrió la puerta con llave, encendió las luces y colocó la mochila sobre el piso. Miró a su alrededor; un librero, una cama, un ropero y una mesita junto a la ventana. Echó un vistazo a la habitación y estirando los brazos se acercó a la ventana. Genial, pensó al ver que tenía vista a una parte del jardín y al estacionamiento.
—Allí estás, vieja amiga—, musitó al observar a través del vidrio su bicicleta entre un par de motocicletas. Respiró hondo e intentó ver hacia el bosque fuera de los muros del Internado, sentía curiosidad por recorrer tan inmenso lugar pese a los comentarios de peligrosidad absurdamente justificados para ella.
Cansada, empezó a sentir sueño, entonces se quitó el piloto sucio y húmedo, lo extendió y lo sacudió fuertemente haciendo salir disparada a la manzana, justo en este instante retumbó un relámpago que no solo apagó y encendió las luces en cuestión de segundos sino que además dejó en segundo plano el sonido de la manzana verde rodando bajo la cama.
—Uy, qué hambre —se dijo en cuanto oyó otro ruido, el de su estómago rugiendo pero esta vez por el paquete de chocolates guardado en la mochila. Sentada al borde de la cama probó un bocado de la barra de chocolate cuyo amargo sabor y la sensación del cacao derritiéndose en su boca hicieron que la llegada le resultara más placentera.
—Gracias abuelo, pensó al recordar cuando se lo había obsequiado.
Más tarde se dirigió a los baños que se encontraban a pocos metros, allí encontró las duchas, se dio un baño, cepilló sus dientes y volvió a su habitación. Después de ponerse el pijama, lentamente se recostó en la cama abrazando la almohada con aroma a lavanda. En cuanto las frazadas la envolvieron hasta la cabeza cerró los ojos y al cabo de un rato empezó a soñar…
Parte 3
Segundo sueño:
socorrista de dragoncillos
Durante el sueño se reconoció a sí misma, pero tenía la apariencia de una niña de siete años que recién acababa de llegar a la casa de playa de sus tíos una mañana fría de invierno.
Sus ojos se fijaban en el mar a través de un par de ventanas mientras todos a su alrededor hablaban sobre ella.
—Abuela —decía la voz de Virginia, una de sus tías —entiendo que tú y el abuelo quieran mucho a la pequeña pero pienso que no es correcto que ustedes se hagan cargo, ya transcurrió mucho tiempo desde el fallecimiento de sus padres.
Esa reflexión era una de las muchas opiniones que respecto de la niña se hacían. En un momento aparece en escena una mujer mostrándole algunos objetos que había conservado de su difunta madre, entre las pertenencias, un par de aretes de plata y un colorido chullo peruano de lana. Sielf pregunta si puede quedárselos y su tía Isabel acepta con una sonrisa. La pequeña contempla durante un rato los aretes y luego se los coloca cuidadosamente y cubre su pequeña cabeza con el chullo que contrasta de modo especial con su sweater fucsia de manga larga que no permite ver su pulsera y un jardinero celeste. Depente aparece Mosa, la cachorra bóxer de la casa y le arrebata el chullo, Sielf la persigue por todos lados hasta finalmente verla entrar a una habitación cuya puerta está semiabierta. Una vez allí se detiene, las luces están apagadas, en el fondo se puede percibir una silueta, la ventana con las cortinas cerradas. Entonces ingresa lentamente, abre las cortinas iluminando todo el lugar, recién ahí comprende que está en un ático lleno de antigüedades, muebles y objetos tan cubiertos de polvo como de olvido. Advierte que Mosa sale corriendo de la habitación y deja detrás suyo algunas hojas extrañas de color rojo regadas en el piso, Sielf levanta una de las hojas y la observa con detenimiento, no tiene la apariencia de las hojas de los árboles que allí crecen, piensa que es extraño y de repente ve su chullo bajo una peculiar mesa de madera cubierta por un pulverizo mantel. Lentamente se arrodilla y se mete bajo la mesa donde la invade un agradable aroma a madera y parece correr una misteriosa brisa. La pequeña deja su chullo y se dispone para salir del otro lado, pero aparece bajo las raíces de un árbol sin ramas, el único de muchos otros que permanecen intactos, erigidos y llenos de una frondosidad de peculiares hojas rojas.
Respira profundamente y sonríe mientras corre por doquier hasta recostarse sobre un cúmulo de hojas secas. De pronto, algo sale huyendo de debajo de ellas haciendo que la pequeña se incorpore con rapidez y descubra que se trata de un pequeño dragón de color rojo. Él la mira fijamente a los ojos y en ellos no solo se ve reflejada sino que a su vez siente miedo y, asombrosamente, puede oír en su mente un pedido desesperado de ayuda, luego la criatura huye. Sielf permanece casi estupefacta hasta que escucha una caballeriza acercarse por lo que decide esconderse entre unos arbustos.

—¡Maldita criatura! —exclamó uno de los jinetes con despotismo —¿Y ahora? ¿Dónde se metió?
—No debe andar muy lejos —agregó otro jinete.
—¡Fue hacia allá! —coincidieron varias voces al advertir unas huellas que se perdían en el bosque y toda la caballería las siguió con prisa.
—Ay… no... —murmuró Sielf —lo van a cazar, ¡tengo que ayudarlo! —se impuso mientras corría con prisa entre los árboles. En esa carrera tropezó bruscamente con un niño que corría desde otro lado en su misma dirección.
—¿Quién eres? —exclamó el niño malhumorado —¿Acaso estás ciega?
—La próxima vez fíjate bien por dónde caminas —contestó la pequeña invitando al niño a ponerse de pie. Este la miró con desdén pero estrechó su mano logrando incorporarse con ayuda de Sielf. El pequeño vestía una túnica azul marino, tenía la piel muy blanca y el cabello negro que contrastaba de manera especial con sus enormes ojos azules.
—¡Cielos!, quieren atraparlo... —añadió Sielf refiriéndose a la criatura.
—¡No lo permitiré! —interrumpió el niño —Por cierto, aún no me has dicho quién eres —inquirió —insistió—Ah, espera…, ya lo sé, por tu tamaño debes ser un gnomo de la aldea Nimis.
—¿Que yo qué? ¡Claro que no! —se quejó Sielf —Sé que soy bajita, en realidad soy una niñ…
—Escucha... —la interrumpió el niño —No me importa si eres un gnomo o no pero por tu bien será mejor que te alejes, esos tipos están de cacería y uno podría pisarte o el dragoncillo al que persiguen podría comerte.
—Te equivocas, no me pasará nada —aclaró Sielf —, de hecho vi a los cazadores y pude esconderme de ellos sin problemas; además el dragoncillo es inofensivo y está en peligro, lo sé porque pude oír cuando me pidió ayuda.
—Imposible... —murmuró el pequeño con ojos de asombro —¿me estás diciendo que conoces el lenguaje de los dragones?
—No lo sé, solo pude escucharlo... ¿acaso sabes por qué?
—Vaya, ¡esto es genial! ¡Un gnomo que puede escuchar dragones! —dijo el niño sonriendo.
—Oye… ¡no soy un gno...! se indignó Sielf.
—Desde ahora te llamaré Socorrista de Dragoncillos.
—¿Socorrista de Dragoncillos?... —murmuró la pequeña —eso no suena tan mal —dijo esbozando una leve sonrisa —, aunque todavía no me has dicho por qué pude escucharlo y además interpretar su ruego de auxilio.
—Tampoco lo sé pero eso solo significa una cosa. Que pudiste oír su corazón porque proteges, así que Socorrista de Dragoncillos... ¿te gustaría acompañarme a buscar al dragoncillo en apuros para librarlo de los cazadores?
—Por supuesto —contestó Sielf.
—¿Por dónde se fue?
—¡Espera! —exclamó la niña —¿Cómo sé que no eres uno de ellos?
—¿Yo?, ¿un cazador? ¡Claro que no! —contestó el pequeño con voz enérgica —Todo lo contrario, estoy en contra de esta absurda cacería, pero nadie me escucha.
—Entiendo, tampoco estoy de acuerdo —murmuró Sielf.
Puestos de acuerdo, ambos pequeños caminaron por el bosque en búsqueda del dragoncillo fugitivo. Aún era de día pero la maleza de los árboles se hizo más espesa y apenas permitía que se filtraran leves rayos de sol, de ese modo el ambiente se tornó más oscuro a medida que se fueron adentrando al bosque. A su paso iban destruyendo una que otra trampa, sin lograr ver a la criatura perseguida.
—Años atrás esta cacería no existía —comentó el niño —, los dragoncillos eran cuidados y respetados, incluso se les temía tanto como a los dragones adultos, y podían salir a jugar en los bosques sin sus padres sabiendo que estarían a salvo.
—¿Por qué empezaron a cazarlos? —pregunto Sielf.
—Todo empezó cuando una odiosa hechicera al servicio del rey descubrió que el corazón de los dragoncillos poseía una llama de fuego poderosa capaz de mantener las calderas encendidas del castillo e incluso de un pueblo durante meses. Fue entonces cuando el rey decretó su cacería sin medir las consecuencias. Se inició así una caza masiva que por poco extingue a los dragones de este reino y otras regiones.
—¡Es horrible! —exclamó Sielf con repudio.
—Lo sé —concordó el pequeño —y si bien transcurrieron muchos años desde entonces ese decreto aún no fue abolido por lo cual los dragoncillos siguen en peligro. Al parecer nadie se preocupa por ellos, tan solo sus padres, los dragones. ¡Cómo me gustaría que uno de ellos les diera una paliza a esos cazadores!
—¡Eso es! —exclamó la pequeña —¡Debemos llevar al dragoncillo con sus padres!
—¿Ves esa torre? —dijo el niño señalando a los lejos una fortificación —, allí yace un hechizo que envuelve este reino con una barrera antidragones, así que sus padres no podrán ingresar.
—¿Pero si existe esa barrera cómo es que los dragoncillos logran entrar?
—Porque esa barrera solo le impide el ingreso a los dragones adultos mientras que los dragoncillos son libres de cruzarla mas no de salir a menos que usen uno de éstas —comentó mostrando tres varillas muy finas de plata.
—¿Para qué son?
—Resulta que la plata neutraliza durante segundos el hechizo de la barrera —explicó el niño —así que nuestro amigo solo podrá cruzar la barrera mágica usando una de estas varillas en forma de collar. Así de simple, Socorrista de Dragoncillos.
—Bien ¡hagámoslo! —incitó la pequeña.
—¡El dragoncillo! —clamó el niño dirigiéndose a la maleza —¡Se fue por allá!
—No grites, se asustará —pidió Sielf siguiendo al muchacho.
Ambos corrieron sin rumbo, pero se detuvieron poco después al encontrar nutrida maleza, a paso lento se fueron abriendo paso entre las plantas; el silencio invadía todo a su alrededor lo cual les permitía avanzar en dirección al ruido de las pisadas del dragoncillo, sin embargo las enredaderas les hicieron creer que aún caminaban sobre una superficie cuando en realidad debajo de ellos había una pequeña inclinación que los hizo caer estrepitosamente, rodando hasta llegar a los pies de unas misteriosas ruinas.
—¿Estás bien? —se preguntaron al unísono.
—Cielos… ¿dónde estamos? —preguntó Sielf mientras se incorporaba junto a su nuevo amigo.
—Vaya... —dijo con asombro el niño —son las ruinas de un jardín real —confirmó admirando la majestuosa entrada junto a Sielf.
—Auch… me duele una rodilla —se quejó ella.
—¿Estás herida?, si quieres podemos parar con la búsqueda —ofreció el pequeño.
—Descuida, no pasa nada —lo tranquilizó Sielf —, ¿crees que él se esconde allí?
—Creo que sí... —opinó el niño señalando las pisadas de la criatura que se perdían en esa dirección —Vamos Socorrista de Dragoncillos —la apuró apartando los arbustos de la entrada y abriéndose paso lentamente.
Una vez dentro de aquel jardín real en ruinas, no sólo quedaron asombrados por la majestuosa estructura que había logrado mantenerse en pie sino por la cantidad fabulosa de flores, arbustos y maleza que había en cada rincón.
Sielf no pudo evitar contemplar algunas de las flores desde cerca, el perfume que emanaba de ellas era muy agradable. Entonces algo más llamó su atención. Se trataba de un viejo escudo sobre una especie de altar en medio del lugar.
—Nunca antes había visto ese símbolo... —anunció el pequeño contemplando la figura de una espada de pluma.
—¿Acaso no es de este reino? —preguntó Sielf.
—No, no lo es... y tampoco está en ningún libro de escudos reales... qué extraño.

—Mira, allí está el dragoncillo —interrumpió Sielf asomándose a un cúmulo de flores amarillas, detrás de ellas se escondía la criatura —Hola... —saludó sonriéndole—, hemos venido a ayudarte.
—Cazadores malos... —murmuró la criatura.
—Nosotros te ayudaremos a escapar de ellos —contestó la pequeña entendiendo la miedosa voz del dragoncillo.
—Bien —dijo el niño observando a la criatura detenidamente —debemos sacarlo de estos terrenos y llevarlo con su madre lo antes posible —. Una trompeta resonó cerca de donde se encontraban y oyeron los galopes de las cabalgaduras acompañados de numerosos aullidos.
—¡No puede ser! ¡Es la caballeriza del reino! —advirtió el niño —y al parecer trajeron lobos para seguir el rastro.
—¿Lobos?
—¡Sí, lobos, los usan para cazar! Debemos irnos ahora mismo o lo encontrarán.
—¡Mira, allí hay unas escaleras que descienden! —señaló Sielf.
—¡Es un viejo pasaje! ¡Podría ser nuestra salida! —dijo el niño corriendo junto a ella en aquella dirección.
Los tres bajaron por las escaleras y llegaron a un pasaje pero el acceso estaba restringido por unos barrotes.
—¡Cielos! ¡De prisa a los arbustos! —exclamó la pequeña y junto a su amigo y el dragoncillo se escondieron entre unas plantas, desde allí los aullidos empezaron a sonar cada vez más cercanos y en cuanto aparecieron los lobos uno de ellos los encontró. Corrieron para esconderse en otro lugar seguro sin embargo uno de los jinetes atrapó a Sielf.
—¡No! ¡Suéltame! —exclamó la pequeña.
—Y tú, ¿quién eres? —le preguntó otro hombre de la caballeriza —No puede ser, ¡es una humana!
—¡Que me sueltes! —increpó la pequeña mientras le daba una patada en la rodilla a su captor quien inmediatamente la soltó.
—¡Déjenla en paz! —gritó el niño al salir de su escondite —¡Ella es un gnomo!
—Príncipe, ¿qué hace aquí? —dijo el líder de la caballeriza —Ya déjenla —ordenó de inmediato —. Es amiga de Su Majestad.
—¿Príncipe? —murmuró Sielf.
—Escuche señor, no debería estar aquí —dijo el líder —. En el castillo deben estar como locos buscándolo, le sugiero que usted y su amiguita salgan de aquí. Este no es un lugar para jugar.
—¡El dragoncillo no les pertenece! —exclamó Sielf.
—Tienes razón, no me pertenece... aún —dijo el sujeto con soberbia —, así que déjennos trabajar.
—¡Jamás! —gritó enérgicamente el niño.
Al terminar de decir esta palabra, tras un feroz rugido varios jinetes fueron inesperadamente embestidos por un dragón adulto color marfil que había traspasado la barrera y con la cola golpeó a todos los de la caballeriza provocando que huyeran junto a sus lobos de aquel lugar.
—¡Corran! —gritaron las voces.
—¡Príncipe vuelva aquí! —suplicaron desde lejos pero el niño no los escuchó.
—¡Es un dragón errante come dragoncillos! ¡Corre! —gritó el pequeño sujetando a Sielf de la mano en dirección a unas ruinas donde podrían refugiarse pero la pequeña se volvió y miró al dragón del que escapaban. Notó que no solo se mantenía quieto sino que tampoco manifestaba intenciones de atacarlos.
—¡Aguarden! ¡No quiere atacarnos! —opinó deteniéndose antes de entrar al escondite.
—¿¡Qué haces!? ¡Socorrista de Dragoncillos! ¡Te matará! —exclamó el niño observando el momento en el cual la valiente niña se acercó a la fiera. Al instante la criatura se transformó en una mujer de cabellos blancos con vestido color marfil.
—¡Es una bruja! ¡Igual que la odiosa Vala! —advirtió el pequeño al ver el cambio —¡No te acerques!
—Queridos, no teman —dijo la misteriosa mujer haciendo una reverencia —. No estoy aquí por ustedes o el dragoncillo y tampoco es la primera vez que visito estos jardines, de hecho los conozco desde hace tiempo. Estoy aquí porque en él existen flores que encierran néctar mágico donde encuentro la materia prima de mis pociones —explicó con voz pausada —, en cuanto vi a esos hombres y lo que pretendían hacer con el dragoncillo no pude evitar darles un escarmiento, por eso me transformé en dragón errante para ahuyentarlos y ayudarlos a ustedes a escapar pues tampoco estoy a favor de la cacería de estas criaturas y de ninguna otra. Por lo tanto, no soy como Vala, al contrario, me avergüenza que hechiceras como ella usen su magia para malos fines. ¡Qué decepción que existan individuos como ella y esos cazadores! No obstante, debo admitir que me devuelve la esperanza encontrar seres como ustedes que no solo protegen a estas criaturas sino que también las respetan.
—Agradecemos tu ayuda —dijo Sielf esbozando una sonrisa.
—No fue nada —contestó la mujer —Será mejor que se apresuren y liberen al dragoncillo antes de que manden a los soldados del reino, si siguen aquel pasaje encontrarán el lado opuesto de la barrera donde aguarda la madre de la criatura.
—No podemos usar ese pasaje, hay barrotes en la entrada —se quejó el pequeño.
—No ahora —murmuró la mujer mirando en esa dirección —, pueden seguir su camino.
—¿Y tú, adónde irás? —preguntó Sielf —Ten cuidado, no dejes que te encuentren.
—Por ahora me iré, empero pienso volver pronto, cuando haya terminado de elaborar una poción que ayudará a esos dragoncillos... —aseguró.
—¿Qué clase de poción? —preguntó el pequeño con interés.
—Una que logrará destruir el encantamiento que mantiene esta barrera antidragones y atrapa dragoncillos.
—Quiere decir que... —dijeron ambos pequeños con rotunda alegría.
—Así es... Yo y varios hechiceros amigos míos, estamos cerca de hallar la forma de destruir ese encantamiento junto con esa torre.
—¡Ese día tendrán todo mi apoyo! —exclamó el niño.
—Serás el primero en saberlo —aseguró la mujer.
—Socorrista de Dragoncillos ¿tú también vendrás? —le preguntó el pequeño a Sielf.
—¡Por supuesto!, me encantaría —dijo con entusiasmo, luego hizo una pausa —Pero... no sé si pueda... —murmuró.
—Ánimo pequeña, siento una gran fuerza y misterio en ti, en especial valentía. Gracias a tu coraje el dragoncillo está vivo y eso jamás será olvidado... —comentó la mujer despidiéndose —Ya saben el camino a seguir.
—Adiós —se despidieron los pequeños llevando al dragoncillo, retomando su andar rumbo a las escaleras que descendían y conducían al pasaje. Efectivamente la entrada ya no tenía barrotes de manera que pudieron ingresar y con ayuda de una antorcha iluminaron el camino a seguir.
Al cabo de un rato hallaron las escaleras que ascendían hacia la salida, allí se toparon con la barrera, una especie de escudo que envolvía todo el lugar apartando el bosque.
—¡Rayos! —exclamó de repente el niño —¡Las varillas de plata no están! —dijo alarmado mientras las buscaba en sus bolsillos.
—¿Estás seguro? —preguntó Sielf.
—Sí, no están ¿ahora qué haremos Socorrista de Dragoncillos?
—Tranquilo, tengo algo que quizás pueda servir —dijo mostrando uno de sus aretes de plata —esto perteneció a mi madre, es de plata, seguramente servirá.
—De ninguna manera. Debe haber otra forma —se negó el niño tras pensar en lo significativo que podía ser ese objeto para la pequeña —, debemos volver y buscar las varillas.
—Insisto —dijo Sielf mirándolo con firmeza —, no hay tiempo, me sentiré feliz de que lo uses.
El pequeño hizo silencio, la miró fijamente y aceptó. Con sumo cuidado ató el arete en un pedazo de cuerda que luego colocó alrededor del cuello del dragoncito a modo de collar. Entonces todos se miraron, había llegado el momento de despedirse.
—Eres libre —dijo Sielf acariciando la cabeza del dragoncillo —. Ahora estarás a salvo.
—Ve con tu madre, amigo —lo invitó el pequeño.
—Gracias, no los olvidaré —dijo la criatura adelantándose unos pasos y antes de cruzar la barrera se volvió para mirarlos por última vez. Luego cruzó y las luces celestes y azules del cerco iluminaron los rostros de Sielf y del príncipe, en expresiva felicidad. Un rugido de la madre del dragoncillo dándole la bienvenida a su hijito con caricias, los convenció de haber obrado con justicia. Poco después observaron que los dragones alzaban vuelo juntos.
—Este fue el día más fascinante de toda mi vida —exclamó el niño mientras volvía al lado de Sielf por el mismo camino que habían tomado para llegar a la frontera del bosque.
—¿En serio?—preguntó Sielf. En cambio para mí fue súpermegahiperarchifascinante.
—¿Y eso qué significa? —le preguntó el príncipe en cuanto la vio reír —... la verdad es que no lo hubiese logrado solo y por eso te debo las gracias.
—Fue trabajo en equipo —comentó la pequeña —y ambos dimos nuestro mejor esfuerzo.
—Sí —afirmó el niño —, perdóname por haberte gritado en un principio.
—¿A eso le llamas gritar?, si escucharas hablar a mi tía Virginia sabrías lo que es gritar —comentó Sielf.
—Si es así procuraré no tener que visitarte.
—…y eso no es todo, en esa casa también se encuentra la morada de Mosa… —murmuró la pequeña con intenciones de asustar al niño —una criatura peluda, de cuatro patas y con mucha saliva.
—Hummm..., entonces tendrás que venir a visitarme.
—No temas, Mosa es un perro —dijo Sielf entre risas ascendiendo las escaleras a todo trote para contemplar, quizás por última vez, las ruinas del jardín mágico —¡Jamás olvidaré este lugar!
—Socorrista de Dragoncillos... ¿por qué le dijiste a la hechicera que no sabías si volverías? ¿Acaso no eres de este reino? —preguntó de repente el niño.
—No, no lo soy... vivo lejos de aquí... —Sielf detuvo su andar en medio de muchas flores —Soy una niña... es decir... humana... —aclaró tímidamente bajo el asombro del niño.
—¿Sabes quién eres? —dijo el pequeño luego de una pausa —Tú eres la valiente Socorrista de Dragoncillos, mi nueva mejor amiga —aseguró ante la sonrisa de la pequeña —. Así que espero volver a verte pronto para otra próxima aventura. ¿Prometido?
—Prometido —confirmó la pequeña estrechando la mano de su nuevo amigo mientras un viento empezaba a soplar fuerte revoloteando los pétalos de algunas flores —. De hecho quizás vuelva mañana a la misma hora —dijo mientras salían de aquel lugar.
—Entonces vendré a buscarte —dijo el pequeño esbozando una sonrisa.
—¿Escuchaste eso? —dijo la pequeña al oír voces.
—Me están llamando —anunció el pequeño —debería irme pero antes te acompañaré al lugar de donde viniste, así me aseguraré de que ellos no te encuentren.
—Los humanos no son bienvenidos por aquí, ¿cierto?
—No es eso. Te contaré todo mañana.
—De acuerdo —y juntos caminaron rumbo al bosque donde Sielf había estado en el inicio de la aventura. Una vez allí se despidieron esperando volver a verse muy ponto.
Con esta escena, de repente, el sueño de la joven Sielf llegó a su fin…
Parte 4
El internado espada y pluma:
los alumnos extranjeros
De repente abrió los ojos y se levantó bruscamente. Las imágenes del sueño se iban disipando lentas, junto con la frase “Socorrista de Dragoncillos”. Sielf no comprendía los motivos por los cuáles había tenido aquel sueño que mezclaba sucesos que parecían reales con sucesos de cuento de hadas.
—Ese arete... —se dijo así misma mientras pisaba el suelo descalza aún —, ese arete es el mismo que perdí hace mucho tiempo... —reflexionó a media voz abriendo su cofre de alhajas donde conservaba solo un arete del par.
¿Por qué soñé esto?, se preguntó, entonces contuvo la joya en la palma de la mano durante unos segundos, luego suspiró y sin más lo guardó nuevamente en el cofre enfocando la mirada en la ventana cubierta por cortinas que los rayos de sol intentaban atravesar. Lentamente se aproximó y las corrió de par en par iluminando su habitación. Era de día y a su vez el inicio de cursada en el Internado. Curioseó la hora en su reloj y comprendió que su clase de deportes había empezado y ni siquiera había desayunado.
—¡Tardísimo! —exclamó mientras revoloteaba todo dentro de su mochila y después de pasar por el baño terminó de vestirse y descendió a toda prisa las escaleras que se interceptaban con otro pasillo. En cuanto dejó el último peldaño tropezó bruscamente con un muchacho que venía como una exhalación desde otro lado. En el choco inesperado ambos cayeron bruscamente al suelo.
—¡Ay, lo siento mucho! —se disculpó Sielf —¿Estás bien? —preguntó mirando a la persona con quien había tenido el inoportuno encontronazo. Guardó silencio y se avergonzó al ver que se trataba de un apuesto joven de finas facciones además del tono pálido de su rostro que contrastaba con sus cabellos negros y expresivos ojos azules. El muchacho, vestido de negro y con un extraño collar al cuello, llevaba un viejo libro, que rodó al piso tras el tropiezo.
—¿Acaso estás ciega? ¡Fíjate por donde caminas! —le recriminó inesperadamente rompiendo toda calma que la joven hubiese percibido al principio en él —Deberías tener más cuidado.
—Tú también venías distraído —se quejó Sielf —, de lo contrario me hubieses evitado.
Ambos se miraron con desdén. El joven tenía una expresión neutral para el tono de voz que usaba, sus penetrantes ojos la observaban con detenimiento.
—Te pedí disculpas —dijo ella una vez más.
—Aceptadas —agregó él refunfuñando mientras se ponía de pie y levantaba algunas hojas sueltas del libro con la cubierta de una extraña hoja, y que protegió más que a sí mismo cuando cayó al piso.

Esa hoja..., se extrañó secretamente Sielf al verla.
—¿Piensas quedarte ahí en el suelo o qué? —preguntó el joven mientras extendía su mano invitándole a ponerse de pie.
—Es mejor que seguir hablando contigo —contestó Sielf poniéndose de pie sola, sin embargo apenas lo hizo, el joven sujetó su mano.
—¿Qué haces? Ya estoy de pie, no necesito de tu caballerosidad retardada... —dijo Sielf viendo que observaba con fascinación la pulsera que ella llevaba en la muñeca.
—¿A qué se debe tanta prisa? —preguntó el muchacho soltándole la mano, como si hubiese quedado estupefacto tras descubrir la pulsera de Sielf.
—Intento llegar a tiempo a clases —aseguró ella mirando hacia el campo de deportes —¿Y tú?
—Yo intentaba encontrar a alguien... pero creo que ya lo hice... —murmuró en voz baja.
—¿Disculpa? —interrumpió la joven.
—Soy Zaell —dijo de repente volviendo su mirada a ella —, ¿y tú eres…?
—Sielf —contestó luego de una pausa.
—¿No te parece que corres demasiado para llegar a una clase donde te harán correr?
—No es asunto tuyo.
—Como tú digas, debo irme —dijo tras escucharla —, y no vuelvas a ser tan torpe —agregó con una leve sonrisa.
—Tú fuiste el torpe —contestó Sielf viéndolo perderse entre otros estudiantes —Ufff, qué molesto, pensó refunfuñando, y decidió pasar primero por el salón comedor donde tomó un desayuno a base de tostadas y un vaso de leche. Luego se dirigió al campo de deportes ubicado lejos de las instalaciones del Internado.
Una vez que llegó el instructor le recriminó la hora en que entraba, los demás alumnos habían hecho el respectivo calentamiento, ahora ella lo llevaría a cabo sola. Sin más demoras el instructor le indicó el sendero por el que debía trotar, este conducía al bosque neblinoso y apenas era visible entre los helechos. Sin embargo el instructor fue claro y le advirtió que no se desviara del sendero o se perdería, ella solo escuchó, asintió con un ligero movimiento de cabeza y luego de un suspiro empezó a trotar.
—Si supiera todo lo que corrí para llegar hasta aquí, al fin ese tal Zaell tenía razón—, se dijo a sí misma.
Aún tenía la barriga llena y eso le hizo más lento el trote, solo esperaba alejarse lo suficiente para empezar a caminar, al cabo de un rato sus pasos fueron más lentos y su trayectoria se alternó entre ir a veces sobre el sendero y otras por el bosque, hasta descender por completo varios pasos hacia su interior.
—Qué lindas hojas —susurró mientras levantaba una seguida de otra a medida que se adentraba entre el follaje —pero ninguna es como la de aquel libro...—aseveró recordando la hoja que había visto en la cubierta del viejo libro de Zaell.
Tampoco es que ande buscando precisamente esa hoja, pensó caminando cada vez más lejos del sendero hasta tomar asiento en un pedazo de tronco sobre el césped, estaba húmedo y tenía algo de musgo. Una por una observó en detalle las hojas que había encontrado, luego echó un vistazo a su alrededor, se puso de pie y caminó unos pasos más levantando un par de hojas secas. La niebla cubría el ambiente aunque eso no la incomodaba.
Un extraño silencio se apoderó del lugar, las avecillas que inicialmente hacían eco habían dejado de cantar y Sielf tuvo la sensación de estar siendo observada. El crujir de unas ramas detrás de ella la obligó a voltear rápidamente. Pudo distinguir la silueta de un individuo bajo un manto negro desaparecer entre la maleza.
—Rayos... ¿qué fue eso? —se intranquilizó recordando las advertencias de Tom acerca del bosque. Intentó regresar al sendero pero en cuanto retomó la dirección por la cual había descendido no encontró más que arbustos y árboles, no importaba por donde caminase siempre terminaba en el mismo lugar.
—No puede ser... me he perdido, pero ¿cómo? —, se inquietó abriéndose paso entre unas ramas caídas, fue cuando escuchó un ruido que le escarapeló todo el cuerpo, era el rugir de un animal oculto entre los arbustos.
Los vellos de sus brazos se erizaron del miedo, aquel ruido no provenía de un animal amistoso. Sielf dio un paso atrás y en cuanto iba a dar el segundo, el rugido se aproximó y de entre los arbustos apareció una extraña criatura de cuatro patas, similar a un zorro pero cubierta en sombras.
—Otra vez esos animales de sombras—, susurró dejando caer todas las hojas que atesoraba en las manos.
Los amenazantes colmillos de la criatura la obligaron a retroceder y en cuanto pudo agarrar una rama del suelo se la arrojó dándole una mínima oportunidad para escapar.
Corrió a toda velocidad pero a pesar de hacer diversas maniobras la criatura no la perdía de vista, tampoco tenía idea hacia donde escapar pero no se detuvo a pensarlo. En la huida su campera se enganchó en unos arbustos haciendo que se detuviera bruscamente, y en un rápido movimiento consiguió quitársela antes de que la criatura saltara sobre ella.
Sielf se sentía asustada, su vida corría peligro. No obstante el miedo no conseguiría paralizarla y se prometió hacer lo posible por ponerse a salvo. La fiera se detuvo, Sielf creyó que se había dado por vencida, pero no fue así, pues pegó un chillido que hizo aparecer dos criaturas sombrías que fueron cercándola.
—No puede ser… —se dijo así misma al ver que la piedra verde de su pulsera emitía un resplandor y al instante tuvo la sensación de estar siendo conducida a un lugar sin salida. Inquieta, atravesó unos arbustos y descubrió que había llegado al borde de un precipicio donde se elevaba un árbol semiseco a metros del acantilado que daba a un caudaloso río. Sin pensarlo dos veces Sielf trepó con agilidad las ramas del árbol e intentó subir lo más alto posible, lejos del alcance de aquellas tres criaturas feroces que empezaron a trepar sin éxito y con ira arañaron el tronco con intención de amedrentarla para obligarla a bajar.
Poco a poco la niebla empezó a disiparse y un enorme oso café emergió de entre los árboles haciendo retroceder a las fieras con un fuerte rugido.
—¿Osos? ¿Aquí?... —tartamudeo Sielf al distinguir un enorme animal de espeso pelaje, patas fuertes y gruesas, con uñas recias y ganchosas, y con una peculiar piedra preciosa de color verde sobre su frente.
Sielf, sorprendida, permaneció aferrada al árbol, no tenía seguridad de que el oso estuviera de su lado. Entonces se llevó a cabo una batalla, el oso se enfrentó a las criaturas con arriesgada valentía y a pesar de que las fieras se volvieron más numerosas con el pasar de los minutos el peludo animal no se amilanó y, sin dar marcha atrás se mantuvo como una barrera entre Sielf y sus atacantes. Era evidente que el peludo animal no pretendía lastimar a los otros, sino espantarlos, evitando que se acercasen a la joven. De repente las fieras fueron retirándose una tras otra, hasta que quedaron solo dos criaturas sombrías, una de las cuales saltó sobre el cuello del macizo animal dejándole una profunda mordida que terminó por derribarlo bruscamente. La joven, sin poder contenerse lo ayudó arrojando sobre la fiera una pesada rama que terminó por ahuyentarla.
El oso yacía herido en el suelo, aún quedaba una criatura maligna que empezó a rodear el árbol para atacar la joven, quien bajando sigilosa le tiró piedras para alejarlo antes de trepar nuevamente al árbol, aunque esta vez el tronco seco se inclinó hacia el río.
—¡Oh, cielos! —exclamó Sielf en cuanto descubrió que el tronco la dejó suspendida sobre el río y en peligro de caerse. Levantándose con dificultad el oso se reincorporó y en el momento en que se acercaba al tronco del árbol seco, Sielf cayó al río.
Nadó a la superficie pero la corriente la arrastraba sin darle la oportunidad de avanzar, desde allí se sorprendió al ver al oso corriendo río abajo en la dirección que ella iba.
—¡Ayuda! —exclamó repetidas veces, pero el peludo animal, mal herido, estaba imposibilitado de seguirle el rastro y quedó atrás.
Sielf siguió esforzándose por mantenerse a flote pues nadar contra la corriente era imposible y no pudo evitar desesperarse por la situación que la abrumaba así como por las criaturas que aparecieron corriendo en su misma dirección. En ese mismo momento la piedra azul de su pulsera emitió otro resplandor.
—¡¿Qué está pasando?! —se preguntó esforzándose por tomar aire. Observó correr del otro lado del río un lince robusto de gran tamaño con orejas grandes, erguidas y ciertos pinceles de pelo negro con una especie de gema azul sobre la frente. La forma en que corría mientras ingresaba al agua daba la impresión de que no había agua bajo sus pies, aunque a cada paso que daba las fieras caían sobre él y antes de que él alcanzara a la joven el río llegó a su fin y Sielf cayó al vacío.
La atracción de la gravedad era inaudita, Sielf apenas podía sentir su propia respiración debido a la agitación colosal del agua que caía sobre ella. Su pulsera brilló una vez más, en esta oportunidad una piedra de color rojo de la cual emanó un fuerte resplandor y pronto su cuerpo aterrizó bruscamente sobre una base plumífera que la apartó del agua en solo cuestión de segundos.
—¡¡Oh no!! —gritó desde lo alto al descubrir que había caído sobre un águila gigante —¡No puede ser! —se alarmó sujetándose con fuerza. Desde la altura pudo contemplar todo a su alrededor, era increíble verla volar con sus alas inmóviles y firmes.
—Esto no está pasando —se dijo a sí misma —tiene que ser un sueño —aseveró frotándose los ojos, no obstante no importaba cuantas veces lo hiciera, el imponente ave no desapareció, se mantuvo sobrevolando a grandes alturas hasta descender cerca al sendero en dirección al Internado y en cuanto pudo recostar sus patas sobre un árbol descendió una de sus alas hasta el suelo haciendo que la joven bajase por ella a tierra firme. Sielf comprendió que la estaba ayudando y bajó cuidadosamente y con premura.
Una extraña sensación de miedo y pleno agradecimiento caló en lo más profundo de su ser, tanto el oso, como el lince y el águila tendrían por siempre su gratitud.
—¿Qué son ustedes? ¿Quiénes son ustedes? —balbuceó tras observar que también poseía una piedra sobre su frente, de intenso color rojo con aspecto de rubí. De inmediato el ave alzó vuelo revoloteando primero a su alrededor. Luego Sielf caminó con prisa sobre el sendero rumbo al Internado.
Parte 5
El internado espada y pluma:
los alumnos extranjeros
—¡Sielf! —dijo una voz desconocida entre los árboles —¡Sielf! —insistió.
—¡Aquí estoy! —respondió al llamado la joven corriendo hacia dónde provenía la voz, considerando que debía tratarse de algún compañero del Internado.
—¡Sielf! —exclamó una misteriosa joven de piel blanca y cabellos igual de blancos que acababa de aparecer —Hola, me llamo Shirley, soy estudiante del Internado y miembro del grupo de búsqueda —dijo con voz calmada.
—Gracias por venir—expuso Sielf con nervios —pero no es seguro aquí, tenemos que irnos pronto.
—No me agradezcas —comentó serena —, primero dime cómo estás. ¿Te hiciste daño?
—Estoy bien, creo, pero debemos apresurarnos antes de que... —guardó silencio al recordar las extrañas criaturas y los animales con piedras en su frente.
—¿Antes de qué?
—Nada..., es solo que pronto oscurecerá y le tengo fobia a la oscuridad —mintió.
—Ya veo —dijo la joven de piel y cabellos blancos, dando varios pasos sinuosos entre la arboleda por la cual caminaban ambas rumbo al Internado —¿Cómo fue que te perdiste?
—Aún no estoy segura, caminé a pocos metros del sendero y después no pude volver, desorientada no encontré el camino de regreso —explicó mientras recuperaba el aliento —¡Me alegro tanto de estar con vida!
—¿Ocurrió algo más después de eso? ¿Algo que pusiera tu vida en riesgo?
—No —respondió Sielf.
—Descuida, lo importante es que te hallas a salvo... —murmuró la misteriosa joven —Oh, estás mojada y tus rodillas se ven muy lastimadas —aseguró al ver un raspado sangrante asomándose a través del pantalón rasgado de Sielf —¿Te duele mucho?
—No tanto —contestó Sielf limpiando uno de los raspones —, no me parece grave.
—Déjame ayudarte —sugirió la misteriosa joven observando detenidamente las heridas —, necesitan aires —dijo soplando sobre las lastimaduras con delicadeza.
—No te molestes, no será necesario; mis familiares hacían lo mismo cuando era niña, de hecho aún recuerdo que soplaban mis raspones diciendo que ello los curaría. Y, no creerás que eso es cierto… ¿o sí?
—Mira —dijo de repente la joven misteriosa —desde aquí se puede ver el campo de deportes del Internado, ahora podrás volver. Me quedaré aquí y buscaré a mis compañeros para que sepan que ya estás bien, ¿te parece?
—Sí, muchas gracias —contestó Sielf viéndola desaparecer entre las ramas y luego prosiguió su marcha hasta llegar al Internado. Allí descubrió un grupo de personas aglomeradas que sostenían una conversación.
—¡Es ella! —exclamaron las voces al verla.
—Yo me hago cargo —dijo el instructor de la clase de deportes, en medio de los murmullos. Dirigiéndose a Sielf le preguntó si estaba bien y qué había sucedido. Durante el relato de la joven, el hombre permaneció atento pero ella nunca dijo una sola palabra acerca de la persecución de las criaturas sombrías y la aparición del oso, el lince o el águila.
—Debes ir a la sala de enfermería —ordenó el profesor después de oírla atentamente.
—La acompañaré —interrumpió Tom que acababa de aparecer.
—De acuerdo —aceptó el instructor.
—Sielf, qué gusto que estés bien —se alegró el joven —. Creo que esto es tuyo... —dijo entregándole la campera totalmente deshilachada —¿por qué está así?, ¿qué te pasó? Te advertí que no ingresaras al bosque.
—¡Basta Tom! —exclamó la joven —Solo tropecé y caí.
—Así es, te caíste al río, ¿cierto?
—Nunca dije eso.
—No es difícil adivinar, es la razón por la cual luces empapada... —aseguró Tom observando con desconfianza el bosque.
—Y tú... ¿cómo encontraste esto? —preguntó Sielf mostrando la campera.
—Salí a buscarte —explicó mientras un fuerte viento deslizó la bufanda verde que llevaba puesta alrededor de su cuello dejando al descubierto una importante herida, Sielf la observó detenidamente y recordó haber visto una herida similar en el oso a causa de la mordedura de la criatura sombría durante la batalla. Le impresionó aún más haber relacionado ambas cosas y desvió su mirada hacia el suelo ignorando lo recién visto. Rápidamente Tom levantó la bufanda y se cubrió con ella —. Vamos Sielf, te acompañaré a la enfermería —comentó adelantándose unos pasos. Ella lo siguió y no intercambiaron comentario alguno.
—Sielf volveré en breve, tengo algo que hacer, no me tardo —dijo Tom al llegar a la puerta de la enfermería.
Un poco confundida Sielf aguardó a la entrada, al verla la enfermera la invitó a pasar y recostarse sobre la camilla, Sielf se mantuvo en reposo mientras la veía preparar algunos utensilios. Acercándose luego a la joven le preguntó qué le dolía y dónde se había lastimado.
—Tengo una leve raspadura en el brazo, me la hice ayer, las heridas de mis rodillas son más recientes.
—Jovencita aquí no hay nada... —dijo la enfermera indicándole las rodillas.
Sielf permaneció en silencio después de comprobar que en las piernas no tenía herida alguna, habían desaparecido por completo. ¿Cómo?, se preguntó y al instante recordó a la misteriosa joven de pelo blanco.
—¡Shirley! —exclamó sin poder contener el asombro evocando cuando ella había soplado sobre sus heridas.
—¿Qué? —preguntó la enfermera —¿Quién es Shirley? No comprendo. ¿Está segura de no haber sufrido una contusión en la cabeza?
—No que yo sepa... —contestó Sielf con preocupación.
—Iré por un calmante jovencita, espere aquí —dijo la enfermera saliendo del lugar. Apenas ella se retiró de la sala Tom abrió la puerta con prudencia. Al ver a Sielf aún recostada en la camilla se acercó diligente.
—Sielf, ¿qué ocurre?
—Lo ignoro, Tom, pero me están pasando cosas muy extrañas desde que llegué —respondió en tono inquieto.
—¿A qué te refieres?, ¿qué tipo de cosas?.
—Ni siquiera sé por dónde empezar... —dijo asustada.
—Tranquila, puedes decírmelo —dijo el joven —¿Acaso no confías en mí?
—Lo haré luego de que te curen la herida en el cuello —dijo directa —pude verla cuando se te cayó la bufanda - eso es más urgente ahora.
—Herida… ¿cuál herida? —preguntó Tom.
—Esa que escondes bajo tu bufanda —contestó Sielf mirándolo fijamente.
—Sielf, no tengo nada —insistió él.
—Vamos, deja de mentir, no es chistoso —puntualizó ella con preocupación.
—Te estoy diciendo la verdad —dijo Tom deslizando su bufanda —mira, puedes comprobarlo, no tengo nada en el cuello. Acercándose Sielf verificó que eran ciertas las afirmaciones de Tom. De inmediato abandonó la camilla y retrocediendo frente a él mantuvo distancia.
—A eso me refería con cosas extrañas... —murmuró asustada, sentimiento que contrastaba con la simpatía que hasta entonces le generaba Tom —¿Acaso fue Shirley?, ¿ella también hizo desaparecer tu herida? —dijo luego de una pausa.
—¿Por qué dices eso…?
—Por favor, solo dime la verdad.
—Lo siento, no sé cómo ayudarte —contestó el joven sin mucha convicción.
—Me preguntaste antes si confiaba en ti. Bien sabes que confiaba en ti pero ahora no más... —le contestó la joven saliendo a toda prisa de aquel lugar.
Sielf caminó lentamente por los pasillos de la Escuela Internado, aún llevaba la ropa húmeda y los cabellos alborotados. Se sentía loca de remate sin saber porqué. Ahora desconfiaba de todos, y lamentaba haber perdido la amistad que halló en Tom. Entonces oyó el sonar de un timbre, era el anuncio de que las clases habían finalizado, todos los estudiantes salieron de las aulas y llenaron los pasillos. Sielf intentó ubicar el rostro de la misteriosa joven entre el gentío estudiantil sin hallarla.
Será mejor que me vaya a descansar, pensó rumbo a su habitación con pasos cada vez más lentos por lo exhausta que se sentía. Pasó, una vez más, frente a las puertas vidriadas del gran salón, desde allí observó la estatua del guerrero arrodillado que la impactó de manera singular la noche anterior. Su vista se perdió en esa figura durante unos minutos, había algo en ella que capturaba poderosamente su atención; luego prosiguió su andar.
En su habitación, alistó ropas limpias y se fue a ducharse. Antes de entrar en la ducha apoyó su pulsera sobre un estante del baño como solía, pues ese era el único momento en que se desprendía de ella. Mientras el agua le caía en el cuerpo, relajada, no pudo evitar recordar cuando cayó de la cascada, dio un suspiro con los ojos cerrados. Abriéndolos nuevamente desvió la mirada a las piedras de la pulsera y rememoró las palabras de sus abuelos, “deberás usarla siempre”. Saliendo de la ducha la tomó entre las manos.
¿Por qué brillaron hoy?, nunca antes lo habían hecho..., se dijo mientras la colocaba alrededor de su muñeca, luego se envolvió con el toallón, miró sus rodillas sin rastro siquiera de cicatriz. Luego del reconfortante baño se recostó y, enseguida concilió un sueño plácido y reparador.
A la mañana siguiente, su tercer día de escuela, un deslumbrante sol invadió su habitación, ni siquiera había corrido las cortinas la noche anterior y esa claridad la ayudó a despertar. Abrió los ojos, se levantó y se alistó para bajar a desayunar.
—Hoy será un gran día —se animó a sí misma.
En el salón comedor tomó una bandeja e hizo la fila para retirar su desayuno, todo se veía apetitoso, desde las frutas hasta los yogures y panes.
—Disculpa ¿acaso no eres tú la chica que se perdió ayer? —le preguntaron dos voces detrás de ella y se rieron.
—¡Sí! ¡Eres tú! … Hay que ser muy torpe para perderse, ¿no? —siguió uno de los compañeros burlándose. Sielf no les dirigió ni la mirada y se apuró a ubicar sobre su bandeja los aperitivos.
—Oye, ¿así de perdida serás en general?, ¿no te gustaría perderte con nosotros? —dijo uno de los atrevidos con intenciones de sujetarla del hombro para obligarla a voltear. Sin embargo alguien lo detuvo inmovilizando su mano con fuerza, Sielf seguía con la mirada puesta en la bandeja y el ceño fruncido, no había percibido siquiera que quien terminó por correr de la fila a esos sujetos era Zaell, quien intervino después de presenciar las burlas. Distraído, otro estudiante tropezó y lo atropelló por accidente causando un efecto dominó que terminó por empujar a la joven.
—¡Basta! —exclamó Sielf, entonces vio a Zaell e inmediatamente pensó que él había estado burlándose de ella.
—¡Tú…! —lo acusó.
—¿Yo qué? Espera... no hice nada —aclaró —Vaya, ¿en serio te vas a comer todo eso? —añadió al ver la bandeja de Sielf, con intenciones de seguir conversando, sin embargo ella continuó su rutina sin prestarle atención.
No había asientos en el comedor por lo que Sielf decidió comer fuera donde además había un clima agradable. En cuanto pudo tomar asiento en la última banqueta disponible se acercaron a ella dos compañeras.
—Hola —la saludaron mientras comía —, ¿podemos sentarnos aquí?
—Claro —aceptó Sielf con una leve sonrisa corriéndose para compartir la banqueta con las dos chicas.
—Soy Emily.
—Y yo Charlotte.
—Ayer te vimos —dijo Emily —estamos en la misma clase de deportes.
—Entonces ya deben saber quién soy.
—Pues sí. Sielf, ¿verdad?
—La misma.
—Lo que pasó ayer ya es pasado —comentó Charlotte.
—Sí, por más de que hayas sido la primera estudiante que se pierde en estos bosques no debió ser grato que te lo reiteren todo el tiempo —comentó Emily que solía hablar de más aunque sin malas intenciones —¡qué bueno que pudiste sobrevivir para contarlo!
—Emi, basta... —murmuró Charlotte.
—Y eso no fue todo, sino que además todos estuvieron preocupados —prosiguió Emi —sobre todo tu amigo, el que te acompañó a la enfermería.
—Debe ser genial venir a cursar el último año escolar con amigos —opinó Charlotte.
—¿Se refieren a Tom? —preguntó Sielf manifestando en su rostro que estaban equivocadas —No, él y yo no somos amigos.
—Ah, entonces ¿son novios? —interrumpió Emily.
—No somos ni amigos ni mucho menos novios. De hecho lo conocí el día que llegué al Internado —respondió Sielf.
—Parecían más que conocidos… —dijo Emily —Veo que me equivoqué en esta conclusión, igual estoy segura de que Tom y ese misterioso chico que viste de negro se conocen desde hace tiempo.
—¿Zaell? —exclamó Sielf mostrando interés.
—Me gusta el nombre —exclamó Emily—, ¿lo conoces?, ¿no es lindo?, ¿es tan caballeroso como dicen por ahí?
—¿Quién? ¿Zaell?, para nada. Solo nos saludamos una vez y vaya que es muy molesto —explicó —. Dime, ¿por qué dijiste que él y Tom se conocen de hace mucho?
—Porque apenas llevan dos días aquí pero siempre se reúnen a hablar cerca del invernadero con una chica de cabellos blancos y otro chico, y de forma desenvuelta, como si se conocieran de antes —explicó Charlotte.
¿Chica de cabellos blancos? debe ser ella..., pensó Sielf sospechando que se trataba de Shirley.
—Por casualidad, ¿saben si tienen una hora fija de encuentro? —preguntó en voz baja.
—Solo sabemos que se reúnen desde que llegaron —respondió Charlotte.
—¿Conoces a la chica? —preguntó Emily.
—Creo que sí... —contestó Sielf dando el último sorbo a su jugo de naranja.
—Entonces conoces a los tres de ese grupo —dijo Emily —, ... ¿es cierto lo que dicen de ellos?
—¿Qué es lo que dicen?
—Ciertos alumnos comentan que andan en algo raro.
—Y los estudiantes que están aquí hace años aseguran que son los alumnos de intercambio más extraños que ha tenido el Internado —agregó Charlotte —y que aunque su permanencia sea temporal en el instituto, al parecer, no vinieron solo a estudiar.
—¿Eso qué significa?... —murmuró Sielf.
—Podría significar cualquier cosa —opinó Emily.
—Me parece que exageran —dijo Charlotte con una carcajada.
—Por casualidad... ¿se sabe de dónde vienen? —preguntó Sielf.
—Solo sabemos que son extranjeros —explicó Emily —y aunque hayan venido de por aquí, seguro lo hicieron juntos.
—No, no llegaron juntos... —dijo Sielf recordando la oportunidad que se encontró con Tom.
—Bueno... rumores —dijo Charlotte.
—¡Qué sería de nosotros sin ellos! —se rió Emily.
—… Ahí van más misterios... —murmuró Sielf —, lo que me faltaba en mi último año escolar.
—Cierto, a diferencia de todos los que estamos aquí tú eres la única que se inscribió para cursar el último año en esta escuela —comentó Charlotte —en realidad, tú y los alumnos de intercambio.
—Cuéntanos Sielf ¿por qué viniste a hacer el último año de tus estudios a esta Escuela Internado? Es curioso que hayas hecho toda una trayectoria en otro lugar y de repente decidas hacer el último año aquí —acotó Emily.
—Decidí venir por mi madre —dijo la joven.
—¿Tu madre te obligó? —interrumpió Emily.
—No es eso. Verán, ella falleció el día que nací y uno de sus deseos en vida fue que yo viniera a estudiar a este lugar, a la Escuela Internado Espada y Pluma —explicó con una leve sonrisa. Le resultaba, de algún modo, grato hablar de su madre, volver a mencionarla era para Sielf como volver a traerla a la vida —, y a pesar de que demoré mucho en venir, finalmente me las arreglé para hacerlo, por lo menos, para cursar el último año.
—Lamento lo de tu mami —dijo Emily.
—También yo —dijo Charlotte —, si llegas a precisar algo cuenta con nosotras.
—Muchas gracias —dijo Sielf.
De inmediato se oyó por altavoz en todo el campus un llamado desde las oficinas del Internado, estaba dirigido a Sielf, le pedían que se acercase a la oficina de alumnos.
—¿Por qué me llamarán…? —preguntó poniéndose de pie —Fue un gusto, chicas. Nos vemos en otro momento —se despidió. Luego pasó al comedor, dejó la bandeja y se encaminó hacia las oficinas.
En cuanto se presentó le informaron que tenía una llamada de sus abuelos. En aquella escuela no estaba permitido el uso de celulares, ni siquiera otro aparato tecnológico como notebook o tablets, tan solo se podían usar las computadoras disponibles en la sala de computación en las mismas instalaciones. De tener necesidad de comunicarse los alumnos podían acudir a recepción para pedir y usar el teléfono sin dificultad, a su vez serían avisados en caso de recibir alguna llamada personal.
Apenas Sielf sostuvo el auricular del teléfono se alegró de escucharlos, aunque habían pasado pocos días desde que los vio por última vez los extrañaba mucho. El motivo de la llamada era para recordarle que faltaba un día para su cumpleaños número dieciocho y, aunque lo deseaban, no podrían visitarla el fin de semana debido al repentino resfriado del abuelo. Le preguntaron qué regalo de cumpleaños le gustaría, al parecer la abuela quería enviarle alguna sorpresa especial. Sielf se emocionó pero consideró mejor pedir solo una torta para festejar el día en que se encontraran. Después de saludarse con inmenso afecto se despidieron, Sielf le deseó mejoría al abuelo y les mandó abrazos y besos a ambos, esperando volver a verlos pronto. Luego colgó el teléfono y se retiró de la oficina.
—Cielos, mi cumpleaños número dieciocho es mañana, por todo lo ocurrido lo olvidé por completo, pensó mientras caminaba rumbo a su aula. Sorpresivamente había visto a Zaell caminando con su antiguo libro a toda prisa por un pasillo rumbo a los jardines alejados del Internado, y ella se detuvo detrás de una columna para observarlo.
Pulsuz fraqment bitdi.