Kitabı oxu: «Entre el amor y la lealtad»

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© 2020 Candace Camp
© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Entre el amor y la lealtad, n.º 265 - mayo 2020
Título original: Her Scandalous Pursuit
Publicada originalmente por Mira Books, Ontario, Canadá.
Traducido por Amparo Sánchez Hoyos
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-334-4
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
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Prólogo
Londres
Diciembre de 1556
Una mujer corría por la estrecha calle, pegada a la pared bajo el voladizo de los edificios. No había tiempo que perder. Iba por delante de ellos, gracias a Dios uno de los golfillos de Jamie le había dado el aviso, pero sabía que no andaban lejos. Y dado que él ya tenía el mandato judicial que permitía su arresto, no iba a perder el tiempo.
El odio ardía en su corazón, odio hacia el hombre que buscaba destruirla. Hal le había dicho que el hombre solo quería su invento, pero Hal era un buen hombre, demasiado dispuesto a pensar lo mejor de los demás. Él no conocía el corazón de la oscuridad, pero ella sí.
Entró en el patio y abrió la puerta de golpe dejando que se cerrara de un portazo a su espalda.
—¡Hal! Ya vienen.
Cruzó el taller a la carrera y se dirigió a la zona de estar de la familia. Un cazo colgaba del soporte metálico que había en la chimenea, donde el fuego ardía suavemente. Su idea había sido comer antes de marcharse, pero ya era demasiado tarde. Subió corriendo las estrechas escaleras hasta la planta superior, donde estaban los dormitorios. Daba a la calle y era más espaciosa que la de abajo. En ella estaban los dormitorios. Era una casa espaciosa, y motivo de orgullo para ella. Se le había dado bien, había prosperado. Pero de repente se veían obligados a huir de la ciudad, como vulgares delincuentes.
Hal estaba en la habitación de los niños, llenando un zurrón, y se puso de pie de un salto, dejando el resto de sus pertenencias tiradas en el suelo. Guy, el mayor, también se volvió, su rostro pálido bajo el tenue resplandor de la vela.
—¿Ya están aquí? —preguntó Hal con voz angustiada.
—Todavía no. Pero no tardarán. Debemos darnos prisa.
Él asintió y agarró el abrigo de Guy para echárselo al niño por los hombros. Mientras, ella se acercó a la cuna y tomó al bebé. El bebé no se despertó, limitándose a volver la cabecita y acurrucarse al calor de su madre.
—Alice —susurró ella, rozando los oscuros rizos con sus labios—. Mi amada niña.
Conteniendo las lágrimas, envolvió al bebé en su mantita, tapándole la cabeza para protegerla del frío.
A continuación se volvió hacia Hal y vio que ya se había puesto el abrigo. Le entregó al bebé y él la agarró del brazo.
—Venid con nosotros, amor.
—No puedo. Sabéis que no puedo —contestó ella con voz temblorosa—. Debo destruirlo.
—Esa malvada cosa —la habitualmente agradable expresión se oscureció—. Ojalá…
—Lo sé. Yo también desearía lo mismo. Pero debéis poner a los niños a buen recaudo. Y yo debo deshacer el mal que he creado —le entregó a Alice y se agachó para besarle las mejillas y a él en la boca.
Con el brazo que tenía libre, Hal la rodeó y se fundieron en un abrazo.
—Sígueme. Prométeme que me seguirás.
—Lo haré.
Hal la besó apresuradamente, apasionadamente, y bajó las escaleras.
Ella se arrodilló ante Guy, enderezándole el lazo del abrigo y grabándose en la memoria el rostro de su hijo.
—Sé fuerte. Ayuda a tu padre.
—Lo haré —el niño asintió bruscamente—. Los mantendré a salvo.
—Lo sé —el niño se parecía mucho a ella, quizás demasiado. No era de los que miraban atrás o cedía. Siempre embestía. Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero las contuvo y lo besó siguiendo el mismo ritual, un beso en cada mejilla, antes de abrazarlo por última vez—. Cuídate.
Ella se levantó y el niño la miró con solemnidad.
—No volveré a veros jamás, ¿verdad?
—Siempre estaréis conmigo.
El niño corrió escaleras abajo y ella lo siguió. El bebé estaba en la silla, todavía dormida, el hatillo de Hal en el suelo. Hal había empujado a un lado el pequeño arcón y levantaba la trampilla del suelo. Un aire frío y oscuro surgió del interior.
Hal tomó el zurrón y pasó la cinta sobre su cabeza, ajustando el bulto sobre su espalda. Ella se dirigió a la alacena y tomó su diario, junto con el athame guardado en su funda. Acercándose a él, metió ambas cosas en el zurrón.
—¡Eso no! —él se apartó—. No. Sácalo. No quiero nada de eso.
—Tenéis que llevarlo. De lo contrario lo tendrá él. Guardadlo. Protegedlo. Prometédmelo.
Los ojos de él emitieron un ardiente destello y, por un instante, ella pensó que iba a negarse, pero entonces agitó una mano en el aire, como si apartara sus pensamientos a un lado.
—Lo prometo —él se inclinó para recoger al bebé. Ella encendió la mecha de la gruesa vela de sebo en el interior de la lámpara de hojalata y se la entregó. Él sostuvo la lámpara sobre el oscuro agujero—. Ven, hijo.
Guy miró a su madre y, por un segundo, asomó a su rostro el aterrorizado niño, pero rápidamente bajó la escalera. Hal se agachó para entregarle la lámpara al niño. Se irguió y la miró a ella. No habló, su mirada lo decía todo.
Ella tuvo la sensación de ahogarse en la tristeza que empezaba a llenar su pecho. Sin embargo, asintió y consiguió sonreír.
—Buena suerte, mi amor.
Su familia desapareció, dejando únicamente un negro agujero. Durante un instante ella no pudo moverse, todo su cuerpo gritándole que los siguiera. Sin embargo, reprimió el cobarde impulso y se apresuró a bajar la trampilla antes de arrastrar el pequeño arcón de nuevo a su sitio.
A pesar de su promesa, era consciente de que no los seguiría. No iba a conducir a sus enemigos hasta su familia. Nadie iba a molestarse en buscarlos, era a ella a quien querían. A ella y su creación.
Apartó el cazo del fuego y corrió a su taller. Eligió tarros con hierbas y un pequeño salero con sal. Sería mucho mejor si pudiera encender el brasero y trabajar en la mesa, pero no había tiempo. Debía confiar en que bastaría con el fuego de la chimenea. Tras acercar un taburete, se subió e insertó una llave en el armario más alto para abrirlo.
Introdujo un brazo en el interior y sacó un pequeño objeto envuelto en terciopelo. Incluso a través de la tela sentía el calor en su mano. El latido del poder. Aquello le pertenecía. Era la culminación del trabajo de toda su vida, el fruto de su conocimiento y habilidad. Y debía destruirlo.
Regresando al fuego, se arrodilló y desenvolvió el objeto, que brilló a la luz de las llamas. Sin embargo ella no se permitió mirarlo. Arrojó un puñado de hierbas al fuego, uno tras otro. No estaba segura de que fuera a funcionar, pero tenía que intentarlo.
Había buscado el conocimiento, pero, de algún modo, el camino que había seguido para que la condujera hacia la sabiduría había cambiado, conduciéndola hacia el poder. Era embriagador, seductor, pero en el corazón de ese poder residía el mal. Debía ser destruido. Tan solo esperaba que no fuese demasiado tarde. Con una mano agarró el colgante que colgaba de su cuello. Con la otra… tomó el objeto infernal.
Se volvió hacia el fuego y estiró el brazo. Intentó invocar las palabras en latín, pero se negaban a surgir. La mano le temblaba. Fuera, se oía el retumbar del trueno. Comprendió que su creación estaba luchando contra ella. Fuera se oían unas pisadas de botas y una orden emitida como un ladrido. Su voz.
Un golpe de nudillos retumbó contra la puerta. Ella agarró el objeto con más fuerza. Le cortaba la piel, pero apenas lo notaba. El familiar cosquilleo empezó a trepar por su brazo. Un canto de sirena le susurró al oído: ella podría detenerlos. Si volvía el objeto contra sus enemigos, estaría a salvo. Podría estar con su familia.
Pero no. No debía ceder a la tentación. Utilizarlo solo lo haría más fuerte, haría que renunciar a él fuera más difícil. Había jurado dejar de utilizarlo. Había jurado evitar que nadie, sobre todo él, lo utilizara jamás.
Algo mucho más fuerte que un golpe de nudillos sacudió la puerta. Otra vez. Y otra vez más. La puerta se abrió de golpe. Ella se levantó de un salto y se volvió hacia los intrusos. Los hombres del obispo irrumpieron, con sus espadas. Detrás de ellos lo vio a él. El hombre que había sido su mentor. El hombre en quien había confiado. El hombre que la había delatado ante las autoridades.
El odio latió en su interior y, sin pensárselo dos veces, extendió el brazo hacia ellos, sujetando en la mano el instrumento que había creado.
—¡Deteneos!
Un vendaval entró por la puerta abierta, llenando toda la habitación, haciendo volar todos los papeles del taller. Un rayo iluminó la escena, y ella sintió erizarse el vello de la nuca. El aire crujió entre ella y sus enemigos, cargado de energía, las luces centelleaban y estallaban.
Los soldados se detuvieron en seco, como si se hubieran estampado contra un muro, las manos paralizadas sobre las empuñaduras de las espadas. El miedo inundó sus rostros al comprender que no podían moverse, inmovilizados y debilitados por la crepitante, punzante, energía.
Ella sabía que su miedo se convertiría en terror si supieran hasta dónde llegaba el poder que era capaz de ejercer con su creación. La gente susurraba que era capaz de hablar con los muertos. Decían que era capaz de devolverlos a la vida. Que era capaz de arrancar de la muerte a un hombre moribundo. Pero lo que no sabían era que del mismo modo podía enviar la muerte a un hombre vivo.
Su sonrisa era letal mientras empezaba a cantar, casi en un susurro. No debería haberlo hecho, no debería haber seguido utilizándolo, pero no podía detenerse. No quería detenerse. Una sensación de placer la invadió mientras sentía el poder salir de ella, hacia ellos. Vio el horror en sus rostros cuando empezaron a sentir las sacudidas en sus corazones y los espasmos que recorrían sus extremidades. Ella aumentó la energía, viéndolos palidecer a medida que la vida se les escapaba.
Miró al hombre que había sido su mentor y que se había convertido en su jurado enemigo. Pero no fue miedo lo que vio en su rostro, sino avaricia y envidia. Él codiciaba su poder, ansiaba poseer el objeto. Haría cualquier cosa para conseguirlo, incluyendo acusarla de herejía y enviarla a la muerte. Su alma se había ennegrecido por su ansia de poder.
Y el suyo también lo estaría si continuaba. Debía detenerse. Debía librar al mundo de su mal. Pero la oscuridad que habitaba su interior la llamaba seductoramente: si lo utilizaba, sería libre. Si lo utilizaba, podría hacer siempre su voluntad.
Soltando un grito, se desembarazó de su esclavitud y se volvió. Lo oyó gritar «¡No!» y lo vio lanzarse hacia delante, pero demasiado tarde. Ella arrojó la creación al fuego.
Capítulo 1
Londres
Diciembre de 1868
Thisbe confiaba en que la clase magistral del Instituto Covington resultaría instructiva. Lo que no había esperado era que fuera a cambiar su vida.
Minutos después de que hubiese comenzado la charla, sintió un extraño cosquilleo en la nuca y se volvió hacia atrás. Un joven estaba de pie en la entrada de la abarrotada sala de conferencias, la mirada fija en ella. Rápidamente apartó los ojos y Thisbe se volvió de nuevo hacia el conferenciante. Llevaba toda la semana esperando a que llegara esa conferencia, pero de repente le costaba centrar su atención en el orador. Su mente estaba ocupada en el hombre que estaba junto a la puerta.
Siendo una mujer que trabajaba en un mundo de hombres, estaba acostumbrada a ser el objeto de las miradas de los demás, miradas que iban desde las más lascivas hasta las más sorprendidas, pasando por algunas bastante siniestras ante su atrevimiento. Normalmente las ignoraba, pero ese hombre… no sabía por qué le resultaba tan diferente de todos los demás, pero la intrigaba.
En su pecho estalló una extraña consciencia que nunca había sentido allí hasta entonces. No fue reconocimiento, pues estaba segura de no haber visto a ese hombre jamás en su vida. Tampoco se parecía a la vaga y omnipresente sensación que sentía hacia su mellizo, Theo. Era más parecida a una oleada de excitación y descubrimiento, parecida al estremecimiento de anticipación cuando estaba desarrollando un experimento. Pero, en esa ocasión, la sensación de certeza se mezclaba con la anticipación, aunque no tenía ni idea de qué podría ser aquello sobre lo que tenía tanta certeza.
Empezó a girar de nuevo la cabeza hacia atrás, pero, justo en ese momento, el hombre se sentó en el asiento junto al suyo. Tenía la cabeza agachada y no la miró, limitándose a sentarse. Sacó un pequeño cuaderno de notas y un pequeño lápiz y empezó a garabatear. Increíblemente, la peculiar sensación que anidaba en el interior de Thisbe aumentó y se caldeó mientras lo contemplaba. ¿Qué tenía ese hombre para hacerla sentirse así?
Solo alcanzaba a ver su perfil, y ni siquiera bien del todo, ya que estaba inclinado sobre sus notas, pero lo que veía la atraía. Era joven, quizás solo un poco mayor que ella. Sus cabellos eran gruesos y de un color marrón oscuro, un poco demasiado largos y revueltos. Daba la sensación de que se los había cortado él mismo. ¿De qué color eran sus ojos? Ojalá pudiera verlos mejor. Era alto y delgado, sus largas piernas ocupando todo el espacio entre el asiento y la fila de delante. Sus dedos también eran largos y flexibles, y se movían ágilmente sobre el cuaderno de notas. La imagen le produjo una punzada en el estómago.
De nuevo se volvió hacia el conferenciante, no queriendo que su vecino la descubriera observándolo. Al parecer se había perdido bastante, pues el hombre hablaba sobre números atómicos. Volvió a tomar notas, aunque no en la cantidad y a la velocidad que el hombre sentado junto a ella. Sin duda la agilidad era en parte la causa de que su escritura fuera apenas legible. ¿Cómo conseguiría leer lo que había escrito él mismo?
El hombre ni se volvió hacia ella ni habló, pero por el rabillo del ojo ella lo descubrió mirándola una y otra vez, sus miradas breves y casi furtivas. ¿Era tímido? Podría ser, aunque la timidez era una cualidad con la que ella no estaba muy familiarizada, dada la naturaleza de su familia. O, quizás, simplemente le sorprendiera la presencia de una mujer en una reunión de la sociedad científica.
Thisbe se volvió de nuevo hacia él y mantuvo la mirada fija, de modo que la siguiente vez que él la miró, se encontró con sus ojos. El hombre abrió los suyos y sus mejillas se tiñeron de rosa, antes de devolver la mirada a su cuaderno de notas. Había acertado, era tímido. Y sus ojos eran de un hermoso y cálido color chocolate. Un color encantador.
Ella se sintió agudamente consciente de ese hombre. Sentía el calor de su cuerpo y olía su olor, una suave mezcla de hombre y colonia. Eso, también, le provocó una punzada en el interior.
A su alrededor sonaron aplausos y Thisbe comprendió que la conferencia había terminado. Aunque con retraso, ella también aplaudió y se levantó, al igual que todos a su alrededor. Su vecino también se levantó de un salto, dejando caer el cuadernillo y el lápiz, y agachándose para recuperarlos. El lápiz rodó hacia ella y se detuvo junto a su falda. Él recogió el cuaderno y se irguió, contemplando el lápiz. Se movió ligeramente y se guardó el cuadernillo en el bolsillo antes de dedicarle otra mirada, cargada de añoranza, a su lápiz.
Sin duda iba a tener que hablarle. Thisbe aguardó, guardándose su propio cuadernillo y lápiz en el bolsito. Los aplausos habían concluido y a su alrededor todo el mundo empezaba a marcharse. El hombre arrastró los pies y empezó a alejarse. Era evidente que, si quería hablar con él, tendría que comenzar ella.
—¡Señor! —Thisbe recogió el lápiz. El hombre se alejaba—. Señor —ella lo siguió, y alargó una mano, tocándole el brazo.
Él se volvió tan deprisa que ella casi chocó contra él.
—¡Oh! Señora. Señorita. Yo, eh…
—Me parece que esto es suyo —Thisbe le mostró el lápiz mientras lo observaba de cerca.
Tenía un rostro agradable y los cálidos ojos marrones estaban bordeados de unas espesas pestañas negras.
—¡Oh! —las mejillas del hombre volvieron a teñirse de rojo—. Yo, eh, gracias —tomó el lápiz y sus dedos se rozaron, provocándole a ella un cosquilleo por todo el cuerpo. Él dejó caer el lápiz en el interior de su bolsillo, pero no se movió del lugar, ni dejó de mirarla—. Yo, eh, ha sido una conferencia estupenda, ¿verdad?
Thisbe sintió una oleada de triunfo. Ese hombre también quería hablar con ella. Aunque era evidente que la misión de encontrar un tema de conversación debía recaer en ella.
—Sí, el instituto Covington a menudo ofrece conferencias interesantes. La señora Isabelle Durant ofreció una interesante charla sobre botánica el mes pasado. Por supuesto, no todas las discusiones son científicas.
—¿La señora Durant? —preguntó él sorprendido.
—Sí. Lleva años siendo una ávida recolectora e ilustradora de flora salvaje. Ha publicado varios libros.
—Entiendo. Lo siento… la botánica no es un campo con el que esté especialmente familiarizado. Me temo que yo, eh, que no he oído hablar de ella.
—Por desgracia, muy pocas personas la conocen. Su trabajo es ampliamente ignorado por sus compañeros científicos, porque es mujer. El instituto Covington es bastante avanzado —ella sonrió—. Permite que las mujeres pertenezcan a él, que den conferencias y que asistan a ellas. Por eso vengo aquí tan a menudo.
Thisbe no añadió que Covington era el apellido de soltera de su madre, y que su madre había financiado considerablemente la institución para que abogasen por la educación femenina. Con el tiempo había comprobado que era mejor no sacar a la luz el apellido familiar. La gente no volvía a comportarse del mismo modo cuando averiguaban que Thisbe era hija de un duque. De un duque con fama de raro.
—Me alegra que lo haga —él sonrió y el corazón de Thisbe dio un vuelco en su pecho.
—Me he dado cuenta de que llegó tarde.
—Por decirlo suavemente —él volvió a sonreír—. No pude abandonar antes el trabajo. Lo siento… espero no haberla molestado —parecía más relajado y tan poco interesado en marcharse como lo estaba la propia Thisbe, aunque la sala de conferencias estaba prácticamente vacía.
—No, no me ha molestado en absoluto —eso, por supuesto, era mentira, aunque la molestia que ese hombre había causado era de una índole totalmente distinta de la que él pensaba—. Pensé que quizás le gustaría tomar prestadas las notas que tomé antes de su llegada —ella sacó el cuaderno de notas del bolsito y se lo ofreció.
—¿Está segura? —preguntó él mientras lo tomaba—. ¿No las quiere conservar?
—Ya me las devolverá cuando haya acabado —Thisbe se encogió de hombros—. ¿Tiene intención de asistir a la siguiente conferencia?
—Sí —contestó él de inmediato, la mano cerrándose sobre el cuaderno. En esa ocasión, Thisbe estuvo segura de que, cuando sus dedos se rozaron, no fue por accidente.
—No sé muy bien de qué trata.
—Eso no importa. Quiero decir que seguro que será interesante.
—Pues entonces podrá devolverme las notas —sin embargo, un mes se le antojaba mucho tiempo. Y por eso se sintió feliz cuando una nueva idea surgió en su mente—. O también… ¿tiene intención de asistir a las conferencias de Navidad en el Royal Institute? Yo estaré allí. El señor Odling va a dar una conferencia sobre la química del carbono.
—Sí. Las conferencias comienzan el día después de Navidad, ¿verdad?
—Creo que habrá unas cuantas —ella asintió.
—Excelente. Aunque no puedo evitar preguntarme cómo pueden las propiedades del carbono dar para varios días.
—¡Vaya! Veo que la química no es lo suyo.
—No especialmente. Pero veo que usted sí está interesada en la química.
—Es el trabajo de mi vida —contestó Thisbe—. Llevo estudiándola desde los diecisiete años. Bueno, desde antes en realidad, pero a los diecisiete la convertí en mi objetivo.
—¿En serio? ¿Y dónde ha…? —el hombre rápidamente disimuló su sorpresa—. Quiero decir que, pues, que, ¿la ha estudiado?
Thisbe soltó una pequeña carcajada. Por lo menos había intentado disimular su sorpresa.
—Mi familia le da mucha importancia a la educación… de todos, tanto de los chicos como de las chicas. Aprendí junto a mis hermanos. Y, después, estudié en Bedford College. Hasta este año me temo que a las mujeres no se nos permitía graduarnos en la universidad de Londres.
—Una escuela para mujeres. Entiendo. Qué interesante —observó él con aspecto de hablar en serio, lo cual no solía ser frecuente—. Siempre pensé que no era justo que Oxford y Cambridge no admitiesen mujeres —hizo una mueca—. Aunque a mí tampoco me habrían admitido. No a un insignificante hijo de obrero.
Desde luego había sido buena idea ocultar sus conexiones con la aristocracia.
—Son la cuna del esnobismo.
—Yo estudié en la universidad de Londres. Bueno, durante dos años. Hay muy pocas clases de temas científicos.
—Efectivamente —era uno de los principales reproches de Thisbe contra la educación inglesa, el segundo después de sus prejuicios contra las mujeres—. Inglaterra va muy por detrás de otros países en reconocer la importancia de la investigación científica.
—Sigue considerándose un hobby propio de un caballero —él asintió—. Se pone demasiado énfasis en la filosofía y las lenguas muertas.
—Sí —su padre y ella habían mantenido acaloradas discusiones sobre ese tema—. Por eso me fui a Alemania a estudiar con herr Erlenmeyer.
—¡Emil Erlenmeyer! ¿Lo dice en serio?
—Sí. ¿Lo conoce?
—Por supuesto. ¡Su teoría sobre el naftaleno es brillante!
A continuación se lanzaron a una animada discusión sobre el naftaleno, los anillos de benceno y la experimentación, que duró varios minutos. Hasta que no apareció el señor Andrews en la puerta y carraspeó Thisbe no se dio cuenta de que no quedaba nadie más allí. Ni siquiera se oía ruido en el vestíbulo.
—¡Oh! Me temo que el señor Andrews querrá cerrar la sala de conferencias —por supuesto, el señor Andrews les permitiría quedarse si ella se lo pidiera, pero no había ningún motivo para que el pobre hombre permaneciera allí por un capricho suyo.
—¡Oh! —el joven miró a su alrededor—. No me había dado cuenta de que…
—Yo tampoco.
Se dirigieron hacia la salida.
—Que tenga un buen día, señorita —saludó Andrews con una reverencia.
Afortunadamente no se había dirigido a ella como «milady», como solía hacer en el pasado. Thisbe había logrado quitarle esa costumbre, aunque de vez en cuando aún se le escapaba. Era evidente que le perturbaba. No se sentía cómodo dirigiéndose a ella como «señorita Moreland» y, al parecer, era incapaz de llamar a su madre otra cosa que no fuera «Ilustrísima».
Permanecieron en el vestíbulo. A Andrews aún le llevaría un rato recoger la sala de conferencias, de modo que disponían de unos minutos.
—Lo siento —continuó ella, deseosa de proseguir con la conversación—, no hemos hecho otra cosa que hablar de mis intereses. Ni siquiera le he preguntado cuál es su campo.
—Ya, bueno —él la miró con cierto recelo—. Estoy trabajando en un proyecto con el profesor Gordon.
—¿Archibald Gordon? —Thisbe lo miró fijamente—. ¿El que cree en fantasmas?
—Eso es lo único que se dice de él —el joven suspiró—. Pero se trata de un respetado científico.
—Era un respetado científico hasta que empezó a coquetear con fraudes como la fotografía de espíritus —espetó Thisbe antes de sonrojarse—. Lo siento, eso ha sido una grosería. Todo el mundo me acusa de ser demasiado franca. No pretendía… menospreciar sus convicciones. Si usted es un espiritista… —sería muy decepcionante, pero, por supuesto, eso no era algo que pudiera decirle.
Para su inmenso alivio, él sonrió.
—No se preocupe. No me ofende, ni tampoco soy espiritista. No creo en supersticiones o leyendas. En Dorset, donde yo me crie, son muy abundantes y mi tía solía contarme historias de fantasmas y magia y cosas como corazones de buey atravesados con espinas en la chimenea para evitar que la bruja bajara por ella, esa clase de cosas. Yo sabía que eran tonterías. Pero uno no puede ignorar que la gente haya visto imágenes espectrales, y no me refiero a esos que aseguran haber visto a lady Howard en su carruaje fantasma recorriendo las marismas. Me refiero a esas personas que se despiertan y descubren a un ser querido de pie junto a su cama.
—Eso son sueños. Todo el mundo tiene sueños raros de vez en cuando.
—Pero rechazarlo sin más es ignorar la evidencia. Personalmente, dudo que la fotografía de los espíritus logre capturar la imagen de los fantasmas, pero hay que tener en cuenta las pruebas que existen. El señor Gordon vio las fotografías, vio cómo se tomaban, y no vio ninguna señal de fraude, y por eso cree en ello. Debe admitir que nadie ha logrado explicar cómo los fotógrafos de espíritus logran que aparezca la imagen fantasmal sobre la placa fotográfica.
—Puede que no, pero ¿no hubo una mujer en Boston que afirmó que el fantasma de una de las fotos era en realidad una foto suya que le habían hecho en el mismo estudio? Yo diría que esa es una prueba concluyente.
—Y por eso me cuesta creerlo —él asintió—. Pero, si aceptamos la palabra de esa mujer como prueba, ¿cómo podemos rechazar la de todas esas personas que aseguran que esas imágenes pertenecen a sus seres queridos? Sin duda una madre sabrá reconocer a su propio hijo.
—En mi opinión, un familiar doliente tienen tantos deseos de creer que se trata de la persona que ha perdido, que imagina sus rasgos en esa foto y los identifica con ese ser querido. Las imágenes son pálidas y difusas, ¿no es así? Un bebé vestido con traje de cristianar y gorrito no es fácil de distinguir de cualquier otro vestido igual y, si el rostro está algo borroso, no resultará difícil ver lo que quieras ver.
—¿Y si usted también lo viera? ¿Y si tuviera la evidencia ante sus ojos?
—Seguiría mostrándome escéptica.
—Eso no me cabe duda —él soltó una carcajada.
—Sin embargo —continuó Thisbe—, si pudiera demostrarlo con absoluta certeza, sin asomo de duda, tendría que creérmelo.
—Y eso precisamente es lo que intentamos hacer —el rostro del joven se iluminó de entusiasmo—. Estamos haciendo experimentos. Mi objetivo es demostrar, o refutar, la presencia de un espíritu que permanezca después de la muerte. Me da igual cuál sea la hipótesis correcta. Lo que me importa es la investigación. En este mundo hay muchísimas cosas que desconocemos, que no vemos. Muchas de las cosas que ahora sabemos habrían sido tildadas de imposibles hace cincuenta, incluso veinte, años. El telégrafo, por ejemplo. ¿Quién habría creído que se podría enviar un mensaje a alguien a kilómetros y kilómetros de distancia, y en un instante? O la fotografía. La electricidad. Y sin embargo siempre estuvo allí… pero no lo veíamos.
En opinión de Thisbe, investigar fantasmas no podía considerarse ciencia, pero le gustó la alegría en la mirada del joven, la pasión que traslucía por aprender e investigar. Así se había sentido ella toda su vida, con esa ansia por saber, la excitación del descubrimiento. Le había gustado ese hombre nada más verlo, pero en ese mismo instante tuvo la convicción de que era importante.
—¿Y cómo pretenden demostrar la teoría? —preguntó.
—Necesitamos encontrar la herramienta adecuada. Piense en todas esas estrellas que no éramos capaces de ver antes de que se inventara el telescopio. Todos esos detalles minúsculos que nos resultaban invisibles hasta la invención del microscopio. ¿Y si los espíritus de las personas hubiesen estado allí todo el tiempo, y simplemente no teníamos la capacidad para verlos?