Kitabı oxu: «Sueño En El Pabellón Rojo»

Şrift:

Cao Xueqin

UUID: 83e5a36b-ec8a-44df-8b29-139af309f077

Este libro se ha creado con StreetLib Write

https://writeapp.io

UUID: 82f65ee5-6287-4aee-a3c7-ac3d42049637

Este libro se ha creado con StreetLib Write

https://writeapp.io

Índice

  Capítulo I

  Capítulo II

  Capítulo III

  Capítulo IV

  Capítulo V

  Capítulo VI

  Capítulo VII

  Capítulo VIII

  Capítulo IX

  Capítulo X

  Capítulo XI

  Capítulo XII

  Capítulo XIII

  Capítulo XIV

  Capítulo XV

  Capítulo XVI

  Capítulo XVII

  Capítulo XVIII

  Capítulo XIX

  Capítulo XX

  Capítulo XXI

  Capítulo XXII

  Capítulo XXIII

  Capítulo XXIV

  Capítulo XXV

  Capítulo XXVI

  Capítulo XXVII

  Capítulo XXVIII

  Capítulo XXIX

  Capítulo XXX

  Capítulo XXXI

  Capítulo XXXII

  Capítulo XXXIII

  Capítulo XXXIV

  Capítulo XXXV

  Capítulo XXXVI

  Capítulo XXXVII

  Capítulo XXXVIII

  Capítulo XXXIX

  Capítulo XL

  Capítulo XLI

  Capítulo XLII

  Capítulo XLIII

  Capítulo XLIV

  Capítulo XLV

  Capítulo XLVI

  Capítulo XLVII

  Capítulo XLVIII

  Capítulo XLIX

  Capítulo L

  Capítulo LI

  Capítulo LII

  Capítulo LIII

  Capítulo LIV

  Capítulo LV

  Capítulo LVI

  Capítulo LVII

  Capítulo LVIII

  Capítulo LIX

  Capítulo LX

  Capítulo LXI

  Capítulo LXII

  Capítulo LXIII

  Capítulo LXIV

  Capítulo LXV

  Capítulo LXVI

  Capítulo LXVII

  Capítulo LXVIII

  Capítulo LXIX

  Capítulo LXX

  Capítulo LXXI

  Capítulo LXXII

  Capítulo LXXIII

  Capítulo LXXIV

  Capítulo LXXV

  Capítulo LXXVI

  Capítulo LXXVII

  Capítulo LXXVIII

  Capítulo LXXIX

  Capítulo LXXX

  Capítulo LXXXI

  Capítulo LXXXII

  Capítulo LXXXIII

  Capítulo LXXXIV

  Capítulo LXXXV

  Capítulo LXXXVI

  Capítulo LXXXVII

  Capítulo LXXXVIII

  Capítulo LXXXIX

  Capítulo XC

  Capítulo XCI

  Capítulo XCII

  Capítulo XCIII

  Capítulo XCIV

  Capítulo XCV

  Capítulo XCVI

  Capítulo XCVII

  Capítulo XCVIII

  Capítulo XCIX

  Capítulo C

  Capítulo CI

  Capítulo CII

  Capítulo CIII

  Capítulo CIV

  Capítulo CV

  Capítulo CVI

  Capítulo CVII

  Capítulo CVIII

  Capítulo CIX

  Capítulo CX

  Capítulo CXI

  Capítulo CXII

  Capítulo CXIII

  Capítulo CXIV

  Capítulo CXV

  Capítulo CXVI

  Capítulo CXVII

  Capítulo CXVIII

  Capítulo CXIX

  Capítulo CXX

  Notas

  Familias

  Mapa

Capítulo I

En sueños, Zhen Shiyin ve el Jade de las

Comunicaciones Trascendentales.

En la miseria, Jia Yucun se enamora de una

flor del gineceo.

Así empieza el capítulo que abre esta novela. Su autor, que ha vivido largo tiempo entre sueños e ilusiones, admite que al emprender la escritura de estas Memorias de una roca [1] ocultó los verdaderos hechos de su vida detrás de la ficción de un jade al que llama «de las Comunicaciones Trascendentales»; por eso el primer nombre que emplea para un personaje es el de Zhen Shiyin [2] .

Pero ¿cuáles son los hechos recogidos en este libro y quiénes son los personajes?

El autor declara:

Habiendo fracasado en todo cuanto emprendí en este mundo atareado y polvoriento, vine en recordar a todas las muchachas que antaño me rodearon. Entonces, como un trueno, me asaltó la idea de que cada una de ellas me había superado en conducta y raciocinio. ¿Cómo yo, orgulloso de mi condición de varón, podía ser menos que una mujer? Pero ya la vergüenza estaba de sobra y el arrepentimiento era inútil. Sí, realmente no había nada que hacer.

En ese momento decidí divulgar de qué manera, cubierto de sedas y delicadamente atendido por el favor imperial gracias a los méritos de mis antepasados, contravine la bondad de mis padres y los buenos consejos de maestros y amigos hasta disipar la mitad de mi vida sin haber aprendido un solo oficio. No puedo eludir mi responsabilidad, pero tampoco permitiré que, por culpa de mis errores o el deseo de ocultar mis defectos, se desvanezcan en el olvido aquellas adorables muchachas que conocí. Que hoy viva humildemente en una choza con techo de paja y ventanas de estera, horno de arcilla y lecho de lianas, no ha de impedir que abra de par en par las puertas de mi corazón. La brisa matinal, el rocío nocturno, los sauces en el umbral y las flores de mi patio me animan a tomar el pincel; y, aunque no sean grandes mi instrucción y mis talentos literarios, poco importará que escriba esta historia con palabras falsas y en lengua vulgar si ha de servir para dejar testimonio de todas esas jóvenes adorables, Por eso he llamado a mi segundo personaje Jia Yucun [3] .

En este capítulo, las palabras «sueño» e «ilusión» que utilizo sirven para alertar la vista del lector, al mismo tiempo que dotan de sentido mi obra.

¿Saben ustedes, dignos lectores, cómo nació este libro? Su origen puede parecerles fantástico, pero no duden que, si se acercan a él con ánimo dispuesto, descubrirán que su lectura encierra mucho interés y puede ser de gran provecho. Permítanme explicárselo de manera que no quede en ustedes sombra de duda sobre el particular.

Cuando la diosa Nüwa necesitó rocas para reparar la bóveda celeste [4] acudió al Acantilado de lo Insondable, en la Montaña de la Inmensa Soledad, con la intención de fundir treinta y seis mil quinientos y un bloques de piedra, cada uno de doce zhang [5] de altura y veinticuatro de superficie sobre el suelo, de los que sólo empleó treinta y seis mil quinientos. El sobrante lo abandonó al pie del Pico de la Cresta. Azul. Aunque parezca extraño, aquella roca, después de ser templada por el fuego, había cobrado una esencia trascendental. Como el destino de las demás fue servir para remozar la bóveda celeste y sólo ella había sido desechada para tan alto menester, día y noche los pasaba en lamentaciones, desconsolada y llena de vergüenza.


La roca al pie del Pico de la Cresta Azul.

Anónimo de la dinastía Qing (edición de 1791).

Cierto día, mientras la roca se lamentaba de su suerte, vio venir a lo lejos a dos monjes, uno budista y otro taoísta, de porte imponente y apariencia distinguida. Se le acercaron y allí mismo se sentaron a conversar. Hablaron primero de montañas entre nubes, mares de bruma, dioses e ilusiones taoístas; luego, de las glorias y riquezas de los hombres. Al oír sus palabras, la roca se turbó con el profundó deseo de conocer ese mundo de los hombres y disfrutar ella también del placer y la felicidad. Se compadeció de sí misma por su rudeza y, sin poderse contener, habló en la lengua del género humano. Dijo al bonzo y al taoísta:

—Maestros, disculpad a este torpe discípulo que apenas es digno de saludaros. Me maravillan las glorias y riquezas de ese mundo del cual os he oído hablar. Mi cuerpo es áspero pero mi alma tiene algo trascendental, y como cuando os veo con vuestros hábitos entiendo que no sois gente ordinaria, sino con talento para salvar al mundo y virtud para procurar beneficios a la humanidad, os suplico que seáis bondadosos conmigo y me permitáis descender a ese mundo, donde pueda disfrutar algunos años de riquezas y placeres. Os quedaría agradecido eternamente por este inmenso favor.

—¡Bonitas palabras! —El bonzo y el taoísta sonrieron—. Es verdad que en el mundo de los hombres existen alegrías, pero también es cierto que no son eternas. Se dice que, allí, en la belleza se esconde el defecto, y que sólo se consigue el objetivo perseguido después de vencer muchos obstáculos. Además, en un santiamén nace del placer la tristeza, y todo, personas y cosas, se esfumará un día convirtiéndose en un sueño e ingresando en el vacío. No ir sería más sensato por tu parte.

Pero la roca estaba decidida y continuó con sus ruegos. Ambos inmortales supieron que sería imposible convencerla, así que suspiraron resignados:

—Siempre que uno permanece inmóvil mucho tiempo acaba deseando el movimiento, y todo lo que existe nace de la Nada. Puesto que tanto insistes conocerás esos placeres, pero no te arrepientas cuando las cosas te vayan mal.

—¡No me arrepentiré! —exclamó la roca.

—Tu alma es inteligente pero tu cuerpo es áspero, y además careces de algún valor extraordinario —prosiguió el bonzo—; por eso tendrás que prosperar en el mundo de los hombres haciendo un enorme esfuerzo. Ahora te ayudaré con la magia del budismo. Cuando termine el kalpa [6] retornarás a tu forma natural para poner fin a este proceso. ¿Estás de acuerdo?

La roca asintió, profundamente agradecida. Entonces el bonzo recitó ciertas fórmulas de encantamiento y puso en práctica toda su magia, de modo que redujo la roca gigante a un simple trozo de jade no más grande que un colgante de abanico; y poniéndolo sobre la palma de su mano le dijo sonriendo:

—Tienes la apariencia de un objeto precioso, pero todavía careces de auténtico valor. Te grabaré encima algunos caracteres para que la gente perciba de un simple vistazo que eres algo especial; entonces podremos llevarte a algún reino civilizado y próspero, a una familia culta de rango, a un lugar donde abunden las flores y los sauces, a un hogar de placer y de lujo donde te puedas establecer cómodamente…

La roca no cabía en sí de gozo.

—Maestros, ¿cuáles son esos dones maravillosos que me concederéis? ¿Y dónde pensáis llevarme?

—No preguntes —le advirtió el bonzo—. Ya lo sabrás a su debido tiempo.

Dicho lo cual se guardó el jade en la manga [7] y emprendió la marcha con el taoísta, pero se ignora en qué dirección.

Pasados quién sabe cuántos siglos y kalpas, otro taoísta conocido como el reverendo Vanidad de Vanidades llegó, en su búsqueda del Dao [8] y la Inmortalidad, hasta la Montaña de la Inmensa Soledad, el Acantilado de lo Insondable y el pie del Pico de la Cresta Azul. Sus ojos se posaron sobre la antigua inscripción todavía discernible de una enorme roca, y la leyó entera. Era un relato del rechazo sufrido por aquella piedra cuando se hizo la reparación del cielo, así como de su transformación en un jade y su posterior traslado al mundo de los hombres por el budista del Espacio Infinito y el taoísta del Tiempo Interminable; de las alegrías y tristezas, encuentros y despedidas, tratos cálidos y fríos que allí había experimentado. Detrás había un poema budista:

Indigno de ser parte del cielo,

¡tantos años en vano pasé en la tierra…!

Aquí se narra mi vida en los dos mundos,

¿a quién pediré que la divulgue?

Luego aparecía el nombre de la región donde la roca había ido a parar, el lugar exacto de su encarnación y la relación de sus aventuras, incluidos triviales asuntos familiares y versos livianos compuestos para aliviar las horas de ocio. No obstante, no figuraban los nombres de la dinastía, del año y del país, de modo que Vanidad de Vanidades concluyó:

—Hermano Roca, considero que la historia en ti grabada tiene cierto encanto y merecería alguna difusión; sin embargo observo que no figuran la dinastía ni el año, ni se encuentran referencias a ministros dignos y leales ni a cómo manejaron el gobierno y la moral pública. Sólo aparecen unas cuantas muchachas singulares en pasión y en locura, en pequeños dones o intrascendentes virtudes, pero incomparables en cualquier caso con aquellas damas de gran talento que fueron Ban Zhao y Cai Yan [9] . Aunque la transcribiera no sería del interés de nadie.

—Maestro, ¿cómo puede ser tan implacable? —protestó la roca—. Si la fecha no aparece bastaría con situar esta historia en las dinastías Han o Tang [10] , pero ya que ése es un tópico común a todas las novelas, una manera de evitarlo sería transcribir sencillamente mis propios sentimientos y peripecias. ¿Qué necesidad hay de señalar tal o cual fecha precisa? Además, los lectores comunes prefieren la literatura liviana a los libros de Estado. Ya hay demasiadas obras que contienen anécdotas vilipendiosas contra soberanos o ministros, calumnias sobre las esposas o hijos de los demás, descripciones licenciosas y violentas… ¡Y son todavía peores esos escritos lujuriosos de la escuela de la brisa y la luz de luna que corrompen a los jóvenes con el veneno de su asquerosa tinta [11] ! En cuanto a las novelas galantes, aparecen a montones siendo todas iguales y ninguna deja de frisar la impudicia, llenas como están de alusiones a jóvenes apuestos y talentosos y a muchachas bellas y refinadas de la historia; no obstante, para poder insertar sus propios poemas, el autor inventa héroes y heroínas manidos frente al inevitable villano intrigante, como aquellos pérfidos bufones de las obras de teatro… En esas novelas, llenas de contrasentidos y ridículamente engoladas, incluso las criadas acaban hablando con pedantes palabras sin sentido. ¡Eran mejores aquellas muchachas que yo mismo conocí en mis días de juventud! No me atrevería a ponerlas por encima de todos los personajes de anteriores obras, pero la historia de cada una puede servir para disipar el tedio y las preocupaciones, y los pocos versitos que he intercalado pueden provocar alguna que otra sonrisa y añadir gusto al vino… En cuanto a las escenas de despedidas tristes y jubilosos encuentros, de prosperidad y decadencia, todas son puntualmente ciertas y no han sufrido la más pequeña modificación para producir alguna sensación especial o apartarse de la verdad. En estos tiempos, la preocupación cotidiana de los pobres es comer y vestir, mientras los ricos no tienen hartura: ocupan su ocio en aventuras galantes, en acumular riquezas o en complicarlo todo. ¿Qué tiempo les queda a unos y a otros para leer tratados políticos y morales? Ni quiero que la gente se maraville con mi historia ni exijo que la lean por placer; sólo espero que les sirva para distraerse sentados en torno al licor y los manjares, o en el curso de alguna huida de las tribulaciones terrenales. Dedicando su atención a esta obra y no a otras vanas actividades podrán quizás ahorrar sus energías y prolongar sus vidas, librándose del daño que producen las disputas y rencillas o la aburrida persecución de lo ilusorio. Además, este relato ofrece a los lectores algo nuevo, distinto a esos trillados y rancios revoltijos de despedidas y súbitos encuentros, repletos de talentudos eruditos y adorables muchachas: Cao Zijian, Zhuo Wenjun, Hongniang, Xiaoyu [12] y los demás. ¿No le parece, Maestro?


El bonzo tiñoso y el taoísta cojo.

Anónimo de la dinastía Qing (edición de 1791).

El reverendo Vanidad de Vanidades consideró sus palabras y volvió a leer cuidadosamente estas Memorias de una roca. Descubrió que contenían condenas a la traición y críticas a la adulación y al mal, y que no habían sido escritas para pasar la censura de los tiempos; pero en todo lo concerniente a las correctas relaciones entre los hombres y al encomio de actos virtuosos superaba a otros libros repletos de voluminosas descripciones de príncipes benefactores, ministros benévolos, padres complacientes e hijos henchidos de amor filial. Aunque el tema principal era el amor, se trataba sencillamente de una crónica de acontecimientos reales superior a aquellas falsas obras envilecidas que tratan de citas licenciosas y aventuras disolutas. Y, en fin, como no abordaba en absoluto acontecimientos de actualidad transcribió de principio a fin lo grabado y se lo llevó para buscar quien lo editara.

A partir de entonces el taoísta Vanidad de Vanidades percibió que todos los fenómenos del mundo nacen de lo vacío y despiertan la pasión, y como él convirtió la pasión en los fenómenos y desde los fenómenos percibió lo vacío [13] , se cambió el nombre por el de «monje Apasionado». Modificó también el título de la obra por el de Crónica del monje Apasionado.

Kong Meixi, de Donglu [14] , sugirió otro título: Precioso espejo de la Brisa y la Luna. Más tarde, Cao Xueqin pasó diez años en su pabellón de Luto por el Rojo revisando la obra y redactándola cinco veces sucesivas. La dividió en capítulos, a cada uno de ellos puso un encabezamiento y designó el libro con el título definitivo de Las doce bellezas de Jinling [15] . Luego añadió la siguiente estrofa:

Un reguero de lágrimas tristes,

páginas llenas de palabras absurdas.

Dicen que su autor está loco,

¿pero quién leerá su escondida amargura?

Ahora que tenemos claro el origen de la historia, veamos lo que había grabado sobre la roca.

Hace mucho tiempo la tierra entró en declive por el sudeste, y en aquel lugar había una ciudad llamada Guau [16] . El barrio de la puerta Chang de Gusu era uno de los más elegantes, ricos y bellos del mundo de los hombres. Al otro lado de la puerta se encontraba la calle de los Diez Lis [17] , en la que venía a desembocar el pasaje de la Humanidad y la Pureza; allí había un viejo templo muy pequeño conocido, por su forma, como templo de la Calabaza. Cerca vivía Zhen Fei, cuyo nombre social era Shiyin. Su esposa, nacida Feng, era una mujer virtuosa y digna con un fuerte sentido de la moral y la decencia. Aunque ni muy rica ni muy noble, su familia era muy respetada en aquella localidad.

Zhen Shiyin era un hombre tranquilo y sencillo. En lugar de afanarse por la riqueza o el rango disfrutaba cultivando flores, sembrando bambúes, bebiendo vino o escribiendo poemas. Disponía de su tiempo casi como un inmortal, pero una cosa le faltaba: había cumplido más de cincuenta años sin un hijo varón; sólo tenía una hija de tres años llamada Yinglian.

Cierto agobiante día de verano, mientras se encontraba leyendo en su estudio, dejó caer Zhen Shiyin el libro de sus manos y, apoyando la cabeza en el escritorio, se quedó profundamente dormido. En sueños viajó a un lugar desconocido donde divisó a un monje budista y a otro taoísta que se aproximaban enfrascados en una animada charla. Oyó que el taoísta preguntaba al bonzo:

—¿Dónde piensas llevar ese estúpido objeto?

—Ten paciencia. El telón está a punto de alzarse para un drama de amor, pero hay actores que aún no han cobrado vida. Voy a colocar este estúpido objeto entre ellos para que viva la experiencia que desea.

—Así que otra tanda de amorosos pecadores se dispone a un nuevo drama a través de la reencarnación… —comentó el taoísta—. ¿En dónde tendrá lugar la representación?

—Es una historia entretenida. Nunca habrás oído una cosa igual. Al oeste, sobre las márgenes del Río Sagrado, junto a la Roca de las Tres Encarnaciones [18] , crecía una planta de Perlas Bermejas regada cada día con dulce rocío por el jardinero Shenying, del palacio del Jade Rojo. Con el paso de los meses y los años la planta de Perlas Bermejas bebió las esencias del cielo y de la tierra y el alimento de la lluvia y el rocío hasta despojarse de su naturaleza vegetal y adquirir forma humana, si bien sólo la de una muchacha. Se pasaba los días vagando más allá de la Esfera del Dolor de la Despedida, saciando su hambre con el fruto del Amor Secreto y aplacando su sed en el Mar de la Pena Rebosante. Como no podía corresponder a las atenciones que le prodigaba el jardinero, anidaba en sus entrañas un sentimiento de ternura infinita que la obsesionaba. Precisamente en esos días, aprovechando la paz y la prosperidad de la dinastía reinante, Shenying deseó cobrar forma humana para poder visitar el mundo de los hombres. Formuló su deseo a la diosa del Desencanto, que vio una oportunidad para que Perla Bermeja pudiera saldar su deuda de gratitud. «Él me dio dulce rocío —dijo Perla Bermeja—, pero yo no tengo agua para compensar su bondad. Si baja al mundo de los hombres me gustaría acompañarlo; así podré saldar mi deuda derramando por él las lágrimas de toda una vida.» Esto indujo a muchos otros espíritus amorosos que no habían expiado sus pecados a ir con ellos y participar también en ese drama.

—Extraño asunto —comentó el taoísta—, nunca había oído hablar del pago de una deuda en lágrimas. Imagino que este relato será más fino y detallado que las vulgares historias de brisa y luz de luna.

—En los viejos relatos sólo se aportan unos pocos rasgos sobre las vidas de los personajes mediante algunos poemas —dijo el bonzo—, pero nunca se exponen los detalles íntimos de la vida familiar o las comidas cotidianas. Además, la mayor parte de las historias de brisa y luz de luna se ocupan de citas secretas y fugas, y nunca han expresado el verdadero amor entre un joven y una muchacha. Estoy seguro de que cuando esos espíritus desciendan a la tierra veremos locos de amor, enloquecidos por el deseo carnal, gente sensata, mentecatos e individuos indignos distintos a los de obras anteriores.

—¿Por qué no aprovechamos nosotros también esta oportunidad para bajar y liberar a unos cuantos de los sufrimientos que les esperan? Sería una buena acción.

—Precisamente venía pensándolo. Pero antes debemos llevar este estúpido objeto al palacio de la diosa del Desencanto para entregárselo. En cuanto todas las almas soñadoras bajen al mundo de los hombres podremos hacerlo nosotros, pero hasta ahora sólo ha bajado la mitad.

—En ese caso estoy listo para acompañarte —dijo el taoísta.

Zhen Shiyin había oído cada palabra de aquella conversación, pero ignoraba qué podría ser ese «estúpido objeto» al que se referían, de manera que no pudo resistir la tentación de averiguarlo y acudió a ellos con una reverencia.

—¡Saludos, maestros inmortales! —dijo con una sonrisa, y apenas hubieron devuelto el saludo prosiguió—: Esta oportunidad de escuchar su conversación sobre causas y efectos ha sido extraordinaria, pero soy demasiado torpe para comprenderla; si pueden ilustrarme un poco sobre el particular prometo escuchar atentamente, pues percibo que su sabiduría puede procurarme la salvación.

Ambos inmortales sonrieron.

—Se trata de un misterio que no podemos divulgar. Cuando llegue el momento piensa en nosotros. Quizás entonces consigas escapar de las llamas.

Al oírlo, Shiyin supo que no debía insistir más.

—Sé que no debo inmiscuirme en un misterio —dijo—, pero al menos podrían enseñarme el estúpido objeto que acaban de mencionar.

—Si quieres saber de qué se trata, tu destino es verlo una sola vez —dijo el bonzo sacándose de la manga un bellísimo fragmento de jade traslúcido y entregándoselo a Shiyin.

En el anverso tenía grabadas las palabras «Jade Precioso de las Comunicaciones Trascendentales». Antes de que Shiyin pudiera observar con atención unas líneas de caracteres más pequeños grabados en el reverso, el budista se lo arrancó de las manos diciendo:

—Hemos llegado a la Tierra de la Ilusión.

Y, acompañado por el taoísta, pasó a través de un arco de piedra que mostraba la siguiente inscripción: «Tierra de la Ilusión del Gran Vacío». Sobre ambas columnas, en perfecta simetría:

Cuando se toma lo falso por verdadero, lo verdadero se torna

falso; cuando de la nada surge el ser, el ser permanece nada.

Shiyin quiso seguirlos, pero oyó de repente un pavoroso estrépito, como si las montañas se desplomaran o la tierra se resquebrajara. Despertó con un grito y miró en torno suyo. Allí estaba el sol brillando sobre las hojas de los plátanos. El sueño se había esfumado.

En ese momento se acercó la nodriza con Yinglian en brazos, y Shiyin pensó que su hija estaba más bella y adorable cada día. La tomó en brazos y la apretó contra su pecho, jugó con ella unos momentos y luego la llevó a la puerta para que viera pasar un cortejo que en ese momento desfilaba. Ya se disponía a entrar cuando, desde el otro lado de la calle, vio acercarse a un bonzo y a un taoísta riendo y platicando mientras gesticulaban como locos. El budista iba descalzo y tenía la cabeza tiñosa; el taoísta cojeaba y llevaba el cabello revuelto. Al llegar a la puerta de Shiyin, viendo a la niña, el bonzo prorrumpió en lamentos:

—¡Ay, señor! ¿Qué hace en sus brazos esa criatura de triste destino? ¡Será la desgracia de sus padres!

Pensando que el hombre desvariaba, Shiyin lo ignoró.

—¡Entréguemela! —gritó entonces el budista—. ¡Entréguemela!

Shiyin perdió la paciencia, apretó con más fuerza a la niña y se dispuso a entrar en su casa. El monje, señalándola con el dedo, dejó escapar una rugiente carcajada y recitó:

Me río de ti: quieres cuidar a esa tierna criatura

que habrá de ser un nenúfar sepultado por la nieve.

Cuídate de lo que llega: la fiesta de los Faroles:

evanescencia del humo cuando la llama se apaga [19] .

Shiyin lo oyó claramente y quedó pensativo, como si todo aquello le recordara algo. Justo cuando iba a preguntar la procedencia de ambos, el taoísta le dijo al bonzo:

—Aquí se separan nuestros caminos; cada uno debe ocuparse de sus propios asuntos. Te espero dentro de tres kalpas en el monte de Beimang [20] ; juntos podremos ir hasta la Tierra de la Ilusión para decirle a la diosa del Desencanto que la deuda está saldada.

—Muy bien —asintió el budista.

Y ambos se desvanecieron sin dejar rastro.

Fue entonces cuando Shiyin comprendió que no eran simples mortales, y lamentó no haberles prestado la debida atención. Sus lastimosas cavilaciones fueron interrumpidas por la llegada de un letrado pobre que vivía en las proximidades, en el templo de la Calabaza. Tenía por apellido Jia, y su nombre era Hua; su nombre social, Shifei, y Yucun era su seudónimo literario. Era el último de una estirpe de eruditos y funcionarios oriunda de Huzhou [21] . Sus padres, que habían consumido el patrimonio familiar, murieron dejándolo solo en el mundo. Puesto que nada ganaba quedándose en casa encaminó sus pasos a la capital con la esperanza de lograr una posición y restaurar su fortuna. Hacía dos años que había llegado, y cuando hubo gastado todo su dinero decidió mudarse al templo, donde se ganaba precariamente la vida trabajando como pendolista. De ahí que Shiyin lo viera con frecuencia.

Tras saludar a Shiyin le preguntó:

—¿Qué mira parado en la puerta, señor? ¿Algo que ocurre en la calle?

—Nada. Mi hijita lloraba, de manera que la saqué a jugar. Has llegado justo a tiempo, porque estaba empezando a aburrirme. Entra y ayúdame a pasar este largo día de verano.

Ordenó a un criado que se llevara a la niña y condujo a Yucun a su estudio, donde un muchacho sirvió el té. Apenas habían intercambiado algunos comentarios cuando entró un sirviente para anunciar la llegada de un tal señor Yan.

Shiyin se excusó diciendo:

—Disculpa mi descortesía. ¿Te molestaría esperarme unos minutos?

—Nada de formalismos, estimado amigo —dijo Yucun incorporándose—, soy un invitado habitual en su casa y no me importa esperar.

Cuando Shiyin salió del cuarto, Yucun se dedicó a hojear algunos libros hasta que oyó a alguien toser en el jardín. Se acercó a la ventana y vio a una joven sirvienta recogiendo flores; tenía los ojos brillantes y las cejas llenas de gracia, y, aunque no era propiamente una belleza, su gran encanto hizo que Yucun la contemplara absorto. Cuando se disponía a marcharse con sus flores, la sirvienta levantó de pronto la mirada y vio a un hombre que, aunque mal vestido, era apuesto, con un rostro abierto de labios firmes, cejas como cimitarras, ojos como estrellas, nariz recta y mejillas agradablemente curvadas. Se volvió pensando: «A pesar de sus harapos es un hombre de buen porte. Debe tratarse de Jia Yucun, del que mi señor habla todo el día y al que con gusto ayudaría si se le presentase la ocasión. Sí, ciertamente debe tratarse de él, nuestra familia no tiene otros amigos pobres. Con razón dice mi señor que es el tipo de hombre que no permanecerá mucho tiempo en su situación». No pudo resistir la tentación de volver a mirarlo un par de veces, lo que llenó de júbilo a Yucun, quien pensó que la muchacha se había prendado de él y que tenía buen juicio y era una de las pocas personas que podían apreciar su valor más allá de su mísero aspecto.

En ese momento volvió el sirviente e informó a Yucun de que el inesperado visitante se quedaría a cenar, lo que hacía inútil su espera. Se marchó por un corredor que conducía hasta la puerta lateral. Cuando también se hubo marchado el señor Yan, Shiyin no volvió a llamar a Yucun.

Llegó la fiesta del Medio Otoño [22] y, tras la cena familiar, Shiyin hizo colocar otra mesa en su estudio y fue paseando bajo la luz de la luna hasta el templo para invitar a Yucun.

Desde aquel día en que la doncella de los Zhen se volvió para mirarlo, Yucun se complacía pensando en su aprecio y le dedicaba sus pensamientos constantemente. Contemplando la luna llena, volvió a evocarla e improvisó el siguiente poema:

No sé si ocurrirá lo que deseo;

a menudo me toma la tristeza.

Me frunce el ceño la melancolía,

pues volvió su camino para verme.

Sombra soy en el viento, y me pregunto

si ella será quien me acompañe siempre.

Si viene a tocarme la luz de la luna,

que lleve mi amor a su pabellón.

Cuando lo hubo recitado, Yucun se revolvió el cabello y, suspirando al pensar en lo mucho que faltaba para poder ver realizadas sus ambiciones, declamó el siguiente pareado:

El jade del cofre quiere un buen precio alcanzar,

el alfiler del joyero muy alto espera volar [23] .

Shiyin, que llegaba en ese preciso momento, lo oyó con claridad y, bromeando, le dijo:

—Veo que tienes grandes ambiciones, hermano Yucun.

—Nada de eso, no aspiro a tanto —respondió Yucun algo incómodo—. Simplemente recitaba versos antiguos. ¿A qué se debe el placer de esta visita?

—Esta noche es el Medio Otoño, comúnmente conocido como la fiesta de la Reunión, y pensé que te sentirías muy solo en este templo. En mi humilde casa tengo un poco de vino y me pregunto si aceptarías compartirlo conmigo.

Yucun no necesitaba mayor aliento:

—Oh señor, su bondad conmigo es excesiva. Nada me gustaría más.

Y se encaminaron hacia el patio delantero, frente al estudio de Shiyin. Pronto terminaron con el té y pasaron a catar vinos y degustar platos selectos. Primero bebieron pausadamente, pero con la charla fueron elevándose sus espíritus y se volvieron audaces. De todas las casas del vecindario llegaban sonidos de flautas y cuerdas, y por todas partes se oían canciones. Y, sobre todo ello, la luna brillaba en todo su esplendor. Copa tras copa, fue creciendo la alegría de los dos hombres.

Yucun, casi borracho, no pudo contener su euforia e improvisó un cuarteto a la luna:

El día quince la luna llena

baña con luz pura las balaustradas de jade.

Cuando surca los cielos su luminosa esfera,

alzan su mirada los hombres de la tierra.

—¡Excelente! No creo que dure siempre tu actual pobreza. Estos versos tan buenos auguran un rápido progreso. Pronto estarás caminando sobre nubes. Permíteme felicitarte —exclamó Shiyin llenando otra copa.

Yucun la bebió de un trago y después suspiró.

—No crea usted que son incongruencias de borracho —dijo—. Estoy seguro de que si tuviera ocasión saldría airoso en los exámenes oficiales, pero no tengo dinero para el viaje y la capital está lejos. Mi trabajo de pendolista no me permite reunir bastante.

—¿Por qué no me lo dijiste antes? —exclamó Shiyin—. A menudo he pensado en el asunto, pero ya que nunca lo mencionabas no quise ser yo quien abordase el tema. Ser un hombre de pocas luces no me impide saber lo que se le debe a un amigo. Afortunadamente las próximas oposiciones provinciales tendrán lugar este año; debes trasladarte a la capital cuanto antes y dar muestra de tus conocimientos en la prueba primaveral. Para mí será un privilegio correr con los gastos del viaje y aun con otros que puedan surgir.

Y a renglón seguido mandó traer unos cincuenta taeles de plata y dos juegos de ropa para el invierno.

—El diecinueve es un buen día para viajar [24] —prosiguió Shiyin—. Puedes alquilar un sampán y emprender el camino hacia el oeste [25] . ¡Qué feliz seré cuando te vuelva a ver el próximo invierno, alcanzadas ya las encumbradas cimas!

Yucun aceptó el dinero y la ropa con unas reverencias formales de agradecimiento, y sin añadir más sobre el asunto siguieron bebiendo y conversando. Estuvieron juntos hasta la tercera vigilia [26] , momento en el que Shiyin despidió a su amigo y volvió a su cuarto, donde durmió hasta muy entrado el día. Al despertar recordó lo convenido durante la noche y se puso a escribir dos cartas de presentación de Yucun para algunos amigos funcionarios de la capital que podrían alojarlo.

Mandó a un sirviente que avisara a Yucun, pero aquél volvió con el siguiente recado:

—Dice el bonzo del templo de la Calabaza que el señor Jia partió a la capital esta mañana durante la quinta vigilia. Le pidió que le dijera que los eruditos no son supersticiosos en cuanto a los días favorables o nefastos, sino que actúan guiados por la razón. Todo ello le ha impedido despedirse personalmente.

Shiyin no tuvo más que resignarse.

Los días pasan rápido cuando no ocurren cosas notables. En un abrir y cerrar de ojos llegó la alegre fiesta de los Faroles y Zhen Shiyin encargó a su sirviente Huo Qi que llevara a su hija Yinglian a ver los fuegos artificiales y las linternas ornamentales. Hacia la medianoche Huo Qi dejó a la niña sobre los escalones de una casa mientras orinaba un poco más allá, y cuando volvió había desaparecido. La buscó toda la noche en vano, y al alba, desesperado e incapaz de presentarse ante el señor sin su hija, huyó a otro distrito.

La ausencia de su hija alarmó a Shiyin y a su esposa. Mandaron a los sirvientes en su busca, pero todos volvieron sin noticias. Era la única hija de esta pareja de edad madura, y su pérdida los volvió locos. Lloraron día y noche y se sintieron tentados de acabar con sus vidas. Un mes más tarde Shiyin enfermó a causa del dolor, y tras él su esposa.

Por si fuera poco, el decimoquinto día del tercer mes lunar se declaró un incendio en el templo de la Calabaza. En un descuido mientras disponía el ritual, el bonzo prendió un vaso de aceite; el fuego se extendió rápidamente a una ventana de papel, y, como la mayoría de los edificios vecinos tenían paredes de bambú, las llamas corrieron de casa en casa hasta que la calle entera ardió como un monte incendiado. Soldados y civiles intentaron aplacar el siniestro, pero el fuego escapaba a todo control. Duró toda una noche y destruyó no se sabe cuántas casas antes de consumirse. El hogar de los Zhen, contiguo al templo, quedó reducido a un montón de cenizas. Aunque unos pocos sirvientes tuvieron la fortuna de escapar con vida, al pobre Shiyin no le quedó sino patear el suelo y suspirar.

Se fueron a vivir al campo, pero en años anteriores las cosechas se habían malogrado a causa de las inundaciones y la sequía, los bandidos bullían por la región apoderándose de los arrozales sin dar respiro a la población, y las expediciones punitivas de las tropas del gobierno no hacían sino empeorar las cosas. Ante la imposibilidad de vivir allí, Shiyin se vio obligado a vender su tierra y acudir con su esposa y dos sirvientas a ponerse bajo la protección de su suegro Feng Su.

Feng Su, oriundo de Daruzhou, era un simple granjero, pero también un hombre rico al que agradó muy poco la lamentable llegada de su hija y su yerno. Por suerte, a Shiyin le quedaba un poco de dinero de la venta de sus tierras y pidió a Feng Su que lo invirtiera en alguna propiedad donde poder vivir en adelante. Sin embargo, su suegro lo engañó: invirtió sólo la mitad de lo recibido y le entregó unos campos exhaustos y una cabaña destartalada. Shiyin era un erudito que ignoraba todo acerca de los negocios y la agricultura; fue sobreviviendo durante un par de años mientras perdía paulatinamente todos sus bienes y Feng Su lo perseguía con sus reproches y, a sus espaldas, se quejaba ante toda la gente de su incompetencia, ociosidad y extravagancia.

Al golpe sufrido por Shiyin el año anterior y a las penurias que siguieron, vino ahora a sumarse la amarga evidencia del error cometido al confiar en su suegro. Entrado ya en años, y tan cercano a la miseria y la enfermedad, empezó a verse con un pie en la tumba.

Un día que se esforzaba por distraer sus tribulaciones paseando por las calles apoyado en su bastón, se le acercó de pronto un monje taoísta que andaba como un loco dando cojetadas, con sandalias de cuerda y cubierto de harapos. A gritos recitaba:

Los hombres anhelan la inmortalidad,

pero nunca olvidan los lujos y el rango.

¿Dónde andan ahora los grandes de antaño?

Las hierbas silvestres recubren sus tumbas.

Los hombres anhelan la inmortalidad,

pero nunca olvidan la plata y el oro;

se pasan la vida amasando dinero

para que la muerte les selle los ojos.

Los hombres anhelan la inmortalidad,

pero no olvidan a las bellas esposas

que juran amor eterno a sus maridos

y se vuelven a casar en cuanto mueren.

Los hombres anhelan la inmortalidad,

pero traen hijos al mundo sin cesar;

padres cariñosos veréis a montones,

¿quién ha visto que un hijo ame a su padre?

Hacia el final del parlamento, Shiyin se acercó:

—¿Qué es eso que recitaba a gritos? —preguntó—. Me dio la impresión de que trataba acerca de la vanidad de todas las cosas.

—Algo entiendes si eso has comprendido —respondió el taoísta—. Has de saber que en este mundo todo lo bueno tiene su fin, y que acabar es bueno, pues todo lo bueno se acaba. Mi canción se llama Todas las cosas buenas se acaban.

Con su natural inteligencia, Shiyin comprendió en el acto lo que le estaba diciendo. Sonriendo le contestó:

—Espere un momento. ¿Puedo hacer una glosa sobre lo que acaba de decir?

—Por supuesto —dijo el taoísta.

Y entonces Shiyin recitó:

Chozas humildes y salas vacías

donde colgaron antaño blasones;

hierbas marchitas, álamos resecos

que vieron cantar, danzar a los hombres.

Las telarañas recubren las vigas labradas,

retorna la gasa verde a los ventanales rotos;

frescos siguen y perfuman los afeites,

¿por qué en un segundo encanecen las sienes?

Ayer mismo acogió unos huesos la arcilla amarilla

y hoy rojas linternas alumbran el nido de los amantes;

ayer hubo unos hombres cargados de plata

que hoy son mendigos que todos desprecian.

La muerte ajena les hace suspirar,

pero ignoran que ya está llamando a su puerta.

¡Con qué celo a sus hijos educan!

¿Quién les asegura que bandidos no serán?

Con un joven noble la hermosa quiere casarse,

¿quién supone que en el Barrio Rojo [27] ha de acabar?

Un hombre se queja de su rango inferior

y le ponen entonces un cepo en el cuello.

Ayer apreció mucho su abrigo raído,

y hoy se queja de que le queda larga su túnica morada. [28]

Todo es lucha y tumulto en el escenario:

apenas uno acaba su canción, hay otro cantando.

Es locura incomparable confundir

con él propio hogar los parajes extraños,

y al final nuestro esfuerzo consiste

en coser las ropas que otra gente lucirá.

—¡Eso es! —exclamó satisfecho el taoísta excéntrico y cojo dándole una palmada en la espalda.

—Vamos —añadió escuetamente Shiyin. Y colgando de su hombro la alforja del monje, sin pasar por su casa, echaron a andar.

La noticia corrió por el vecindario y pronto llegó a la esposa de Shiyin, que se echó a llorar con desconsuelo. Tras consultar con Feng Su, éste organizó una búsqueda exhaustiva que no dio resultado alguno, con lo cual ella se vio obligada a volver al hogar de sus padres. Afortunadamente le quedaban dos doncellas, y así las tres, cosiendo día y noche, ganaban lo suficiente para pagar a Feng Su los gastos que ocasionaban. A regañadientes, Feng tuvo que aceptarlo así.

Un día la mayor de las doncellas se encontraba comprando hilo en la puerta cuando oyó a unos hombres que gritaban para despejar la calle, y a la gente comentando la llegada del nuevo gobernador. Se ocultó en el umbral para observar. Primero pasaron los soldados y los agentes de dos en dos, luego pasó un palanquín que llevaba a un funcionario con bonete de gasa negra y túnica roja. La doncella miró sorprendida y pensó: «Ese rostro me resulta familiar. ¿No lo habré visto antes?». Pero una vez que entró ya no volvió a pensar en el asunto.

Aquella noche, cuando ya se disponían a dormir, oyeron un clamor de voces y unos fuertes golpes en el portón. Unos mensajeros de la prefectura ordenaron a Feng Su que se presentara para ser interrogado por el gobernador. Al oírlo, Feng Su se quedó boquiabierto y consternado. ¿Acaso iban a continuar las calamidades?

Capítulo II

La dama Lin fallece en la ciudad de Yangzhou.

Leng Zixing describe la mansión Rongguo.

Dice un poema:

Si se ganará en el juego, quién lo sabe de antemano.

El incienso se consume, se acaba el té, pero aún quedan.

Para hacer augurios de fortuna o decadencia

hay que buscar quien contemple todo con ojo imparcial.

Al oír tanto barullo en el portón de su casa, Feng Su salió a atender a los mensajeros.

—Dígale rápido al señor Zhen que salga —gritaron.

—Me llamo Feng, no Zhen —respondió él con una risita aduladora—. Es mi yerno el que se llama Zhen, pero hace dos años que se fue para entrar en religión. ¿Es a él a quien buscan?

—Cómo quiere que lo sepamos. Cumplimos órdenes del gobernador. Si es usted su suegro acompáñenos para aclarar todo este embrollo ante Su Señoría; así nos ahorraremos otro viaje.

Y sin darle tiempo a protestar se lo llevaron a rastras ante la mirada temerosa de los suyos, que ignoraban tanto como él lo que significaba aquello. Hacia la segunda vigilia, Feng Su regresó de muy buen humor. Le preguntaron qué había sucedido y contestó:

—El nuevo gobernador, Jia Yucun, es de Yangzhou y un viejo amigo de mi yerno. Cuando pasó por nuestra puerta vio a Jiaoxing comprando hilo y supuso que Shiyin se había mudado aquí. Cuando le expliqué todas las desgracias que le habían sucedido, así como su partida, se mostró muy afectado. Preguntó también por mi nieta y le conté que había desaparecido durante la fiesta de los Faroles. «¡No hay problema! —dijo Su Señoría—, ordenaré una investigación exhaustiva y la encontraré.» Acabada nuestra charla, cuando ya me iba, me entregó dos taeles de plata.

El relato de Feng Su entristeció profundamente a la esposa de Zhen.

Así pasó la noche, y a primera hora de la mañana llegó un mensajero de Jia Yucun con dos bolsas de monedas y cuatro piezas de brocado para la señora Zhen, como muestra de gratitud. También había una carta confidencial para Feng Su en la que el gobernador le pedía que persuadiera a su hija con el fin de que ésta le permitiera tomar a su doncella Jiaoxing como segunda esposa. Feng Su expresó ruidosamente su júbilo a pedos. Ansioso de complacer al gobernador forzó el consentimiento de su hija, y aquella misma noche hizo subir a Jiaoxing en un pequeño palanquín y la llevó a la prefectura.

No hace falta que nos detengamos en la satisfacción de Yucun, que entregó a Feng Su cien monedas de oro y envió muchos presentes a la señora Zhen pidiéndole que cuidara su salud en tanto averiguaba el paradero de su hija. Feng Su regresó a su casa, donde ya lo podemos dejar.

Jiaoxing, la doncella que se había vuelto para mirar a Yucun en Gusu, nunca hubiera podido sospechar que una mirada lanzada al azar pudiera tener consecuencias tan extraordinarias. Y tanta fue su suerte que al año de su matrimonio tuvo un hijo, y seis meses después la esposa oficial de Yucun cayó enferma y murió. Entonces Jiaoxing la sustituyó mejorando aún más su posición:

Tanto ha mejorado su condición

una mirada lanzada al azar.

Tras recibir el dinero que Shiyin le entregara en Gusu, Yucun había emprendido viaje a la capital. Tuvo tanto éxito en los exámenes oficiales que pasó a ser graduado de Palacio [1] , y luego consiguió su nombramiento provincial. Ahora había sido ascendido a gobernador.

Administrador capaz, Yucun era sin embargo codicioso y despiadado, y su arrogancia e insolencia le habían procurado la enemistad de sus superiores. En menos de dos años éstos encontraron la oportunidad para acusarlo de falsedad constante, manipulación de los ritos y, bajo la apariencia de honradez, conspiración con sus feroces subalternos para fomentar disturbios en su distrito haciendo insoportable la vida de la población. Indignado, el emperador decretó su destitución. La llegada del edicto alegró el corazón de todos los funcionarios de la prefectura, pero Yucun siguió mostrándose tan jovial como siempre a pesar del tormento y la rabia que sentía. Después de dejar el cargo reunió todo el dinero atesorado durante su mandato y regresó a su ciudad natal, fijando allí su residencia. Cuando se hubo instalado, viajó por el imperio día y noche sin más carga que la brisa a sus espaldas y la luz de la luna en sus mangas.

Uno de esos viajes lo llevó de nuevo a Yangzhou [2] , donde descubrió que el comisionado de la Sal de aquel año era Lin Ruhai. Este Lin Ruhai, nacido en Gusu, había quedado tercero en el concurso imperial y recientemente había sido ascendido a censor. El emperador lo había nombrado comisionado para la Inspección de la Sal y llevaba en ese cargo poco más de un mes. Cinco generaciones atrás, uno de los antepasados de Lin Ruhai había sido elevado al rango de marqués. El privilegio fue concedido por tres generaciones; luego, gracias a la benevolencia de Su Majestad Imperial se extendió a una generación más. Merced a ese favor especial el padre de Lin Ruhai había llegado a disfrutar del título, pero él, en cambio, había sido destinado a hacer carrera a través del sistema de exámenes, puesto que su familia era culta además de noble. Pero lamentablemente no era prolífica, a pesar de contar con varias ramas. Lin Ruhai tenía primos, pero no hermanos o hermanas. Ahora era un cuarentón cuyo único hijo había muerto el año anterior a la edad de tres años [3] . Tenía varias concubinas, pero el destino no le había concedido un nuevo hijo, y no había manera de remediarlo. Su esposa, nacida en la familia Jia, le había ciado una hija, Daiyu, que a la sazón tenía cinco años. Sus padres la amaban con locura, puesto que era muy inteligente y bella, y decidieron procurarle una buena educación que compensara y ayudase a olvidar la pérdida del único hijo varón.

Resultó que Yucun había cogido un enfriamiento que lo mantuvo postrado en la cama de su posada más de un mes. Agotado por la enfermedad, y escaso de fondos, andaba buscando un lugar donde convalecer cuando dos viejos amigos le informaron de que el comisionado de la Sal necesitaba un preceptor. Gracias a su recomendación Yucun obtuvo el puesto, y con él la seguridad que necesitaba. Afortunadamente sólo le fue encomendada una niña a la que acompañaban dos doncellas, lo que, sumado a la mala salud de la muchacha, que hacía irregulares las lecciones, aliviaba bastante sus obligaciones.

Un año había pasado cuando inesperadamente enfermó la madre de su alumna, y murió al poco tiempo. Durante la enfermedad fue atendida por la niña, que luego adoptó un luto riguroso. Vistas las circunstancias, Yucun estuvo a punto de renunciar al empleo, pero Lin Ruhai le pidió que lo mantuviera con el objeto de no interrumpir la educación de su hija durante el período de luto. En los últimos tiempos el dolor había provocado una recaída en la delicada salud de la niña, y eso la obligaba a abandonar el estudio durante varios días consecutivos. Entonces Yucun, aburrido, adoptó la costumbre de pasear después de las comidas siempre que el tiempo lo permitiera.

Uno de esos días fue paseando hasta las afueras de la ciudad para disfrutar del campo. Llegó a unas exuberantes arboledas y unos bosquecillos de bambú situados entre colinas y enhebrados por arroyos serpenteantes. Entre el follaje, medio oculto, había un templo. La entrada estaba en ruinas y las paredes se desmoronaban. Sobre la puerta, una tabla lucía la siguiente inscripción: «Templo de la Perspicacia». Flanqueándola había otras dos tablas enmohecidas en las que alguien había escrito estos dos versos:

Aunque mucho acumuló, olvidó retener la mano;

sólo al final del camino pensó en desandar sus pasos.

«A pesar de su tópico lenguaje, estos versos contienen una verdad muy grande —pensó Yucun—. Nunca he visto nada parecido en todos los templos que he visitado. Quizá se oculte detrás la historia de alguien que ha saboreado las amarguras de la vida, algún pecador arrepentido. Entraré a preguntar.»

Dentro del templo sólo encontró a un viejo bonzo tembloroso cocinando unas gachas. Algo decepcionado, Yucun le hizo unas cuantas preguntas. Además de sordo, el bonzo demostró tener el espíritu oscurecido, ya que masculló respuestas incoherentes.

Yucun salió disgustado y decidió mejorar su estado de ánimo bebiendo unas copas en la taberna del pueblo. Al entrar, se levantó uno de los hombres que allí estaban y lo saludó con una sonora carcajada:

—¡Tú aquí! ¡Quién lo hubiera pensado!

Era Leng Zixing, un anticuario al que había conocido en la capital. Como Yucun apreciaba su capacidad de iniciativa y sus habilidades, mientras Zixing gustaba de los conocimientos literarios de Yucun, ambos habían llegado a congeniar convirtiéndose en muy buenos amigos.

—¿Cuándo has llegado, hermano? —preguntó Yucun alegremente—. No sabía que anduvieras por aquí. ¡Qué casualidad haberte encontrado!

—A finales del año pasado fui a mi casa y, de regreso a la capital, me detuve para visitar a un viejo amigo que tuvo la amabilidad de pedirme que me quedara. Como no tengo mucha prisa, he interrumpido mi viaje un tiempo. Me marcho a mediados de mes. Hoy mi amigo estaba ocupado, así que salí a dar un paseo y me senté aquí a descansar. ¡Quién me iba a decir que me encontraría contigo!

Sentó a Yucun a su mesa y pidió más comida y más vino. Bebieron lentamente mientras comentaban todo lo que habían hecho desde su separación.

—¿Hay alguna noticia de la capital? —preguntó Yucun.

—Poca cosa —respondió Zixing—, pero dicen que en la casa de uno de tus nobles parientes ha sucedido algo curioso.

—No tengo parientes en la capital, no sé a quién te refieres.

—Aunque no pertenezcas al mismo clan llevas su mismo apellido.

Yucun preguntó a quién se refería.

—A la familia Jia de la mansión Rongguo [4] . No es para que te avergüences del parentesco…

—Ah, esa familia —rió Yucun—. Sinceramente, nuestro clan es muy grande. Desde los tiempos de Jia Fu, de la dinastía Han del Este, las ramas se han multiplicado tanto que ahora uno encuentra a los Jia en cada provincia. Es imposible seguir el rastro de todos. Aunque la rama Rong y la mía se encuentran en el mismo registro ellos están tan encumbrados que nunca hemos reclamado parentesco, de modo que nos hemos ido separando paulatinamente.

—No creas, amigo mío. Tanto la rama Rong como la Ning han decaído. Ya no son lo que eran.

—¿Cómo puede ser? Antes eran muy numerosos.

—Sí, ya lo sé. Es una larga historia.

—El año pasado —dijo Yucun—, cuando fui a Jinling a visitar las ruinas de las Seis Dinastías [5] , pasé por la Ciudad de Piedra [6] y por delante de las puertas de sus antiguos pabellones. La mansión de Ningguo [7] estaba situada al este, y la mansión de Rongguo al oeste, y ambas se unían ocupando más de la mitad de la calle. Cierto que no había mucha gente ante sus puertas, pero por encima de los muros pude divisar imponentes salas y pabellones, y la opulencia de los árboles y colinas artificiales de los jardines traseros. Nada sugería una casa en decadencia.

—No eres muy listo para ser graduado de Palacio —replicó Zixing riendo—. Como dice un viejo refrán: «Un ciempiés muere pero no se cae». Aunque no son tan prósperos como antaño, siguen estando por encima del resto de las familias oficiales. El número de miembros de sus familias crece y sus compromisos se incrementan cada vez más, pero tanto los de arriba como los de abajo, los señores como los sirvientes, están tan acostumbrados a los honores y a la vida fastuosa que nadie sabe guardar para el futuro. Dilapidan el dinero día tras día y desconocen la palabra ahorro. Puede que sigan dando la misma impresión de esplendor, pero lo cierto es que sus bolsillos están a punto de agostarse. Aun así, ése no es su peor problema. Quién hubiera imaginado que cada una de las nuevas generaciones de este noble y erudito clan sería inferior a la que la precedió.

Sorprendido, Yucun objetó:

—Pero una familia tan culta y entendida en cuestiones de ritos seguro que conoce la importancia de una buena formación… No estoy seguro en cuanto a las otras ramas, pero siempre me ha parecido que en estas dos casas se preocupan mucho por la educación de sus hijos.

—Pues precisamente de esas dos casas estoy hablando —confirmó Zixing lamentándose—. Escucha. El duque de Ningguo y el de Rongguo eran hermanos de madre. El mayor, Ningguo, tuvo cuatro hijos; al morir heredó el título el mayor de ellos, Jia Daihua, que también tuvo dos hijos. El mayor de ellos, Jia Fu, murió a los ocho o nueve años dejando el título a su hermano menor, Jia Jing. Pero éste anda tan enredado con el taoísmo que no piensa sino en destilar elixires. Para poder dedicar todos sus esfuerzos a la búsqueda de la inmortalidad, cedió su título a un hijo que tuvo cuando era joven llamado Jia Zhen, de manera que, en lugar de volver a su lugar natal, se ha quedado en las afueras de la ciudad codeándose con los sacerdotes taoístas. Jia Zhen tiene un heredero llamado Rong que acaba de cumplir dieciséis años. Jia Jing se desentendió de todo asunto mundano y Jia Zhen nunca ha estudiado y sólo vive para los placeres. Está poniendo la mansión Ning patas arriba, pero nadie se atreve a pararle los pies.

Después de una pausa prosiguió:

—En cuanto a la mansión Rong, allí es donde ha tenido lugar el extraño suceso al que me refería. Cuando murió el duque de Rongguo le sucedió en el título su hijo mayor, Jia Daishan, quien se casó con una hija del marqués Shi de Jinling, que le dio dos hijos, Jia She y Jia Zheng. Jia Daishan murió hace muchos años, pero su esposa, la Anciana Dama Viuda, vive aún. Su hijo mayor, Jia She, heredó el título. Al menor, Jia Zheng, que era el favorito de su abuelo, le gustaba mucho el estudio desde niño y esperaba hacer carrera por el sistema de exámenes, pero cuando Jia Daishan murió dejando un memorial de despedida para el emperador, éste, por consideración a su antiguo ministro, no sólo confirió el título a su hijo mayor sino que además se interesó por el menor. Recibió a Jia Zheng en audiencia, y como favor adicional, le confirió el rango de secretario asistente con instrucciones para que se fuera familiarizando con los asuntos de la Junta de Obras, donde ahora es subsecretario. Su esposa, la dama Wang, dio a Jia Zheng un hijo llamado Jia Zhu, quien aprobó el examen de distrito a los catorce años y se casó antes de los veinte. Jia Zhu tuvo un hijo; después cayó enfermo y murió. El segundo vástago de Jia Zheng y la dama Wang fue una hija que nació el primer día del año. Pero más sorprendente aún fue el nacimiento de otro hijo que llegó al mundo con un pedazo de jade brillante en la boca que incluso tiene grabadas unas inscripciones. Por eso le pusieron el nombre de Jia Baoyu [8] . ¿No te parece éste un suceso extraordinario?

—Ciertamente. Ese muchacho tendrá un porvenir fuera de lo común.

—Sí, eso dice todo el mundo. —Zixing sonrió con ironía—. Por eso la abuela lo mima tanto. El día de su primer cumpleaños, Jia Zheng puso a prueba su temperamento colocándole delante todo tipo de objetos para ver cuál elegía. Aunque te parezca mentira, ¡los ignoró todos salvo el colorete, las polveras, los adornos para el pelo y unos pendientes! Su padre montó en cólera y predijo que el chico llegaría a ser un libertino disoluto. Por eso no lo quiere mucho, a pesar de que el niño sigue siendo el favorito de la abuela. Ahora debe tener siete u ocho años y dicen que es muy travieso y que posee una inteligencia extraordinaria. Tan pequeño como es, dice las cosas más extrañas. Declara que las niñas están hechas de agua y los chicos de barro. Dice que se siente tan limpio y fresco entre las muchachas que los hombres le parecen sucios y apestosos. ¿No es absurdo? Lo más probable es que luego se dedique a perseguir mujeres como un loco.

—No necesariamente. —La voz de Yucun adquirió una súbita gravedad—. Nadie sabe cómo llegó al mundo. Pienso además que el padre se equivoca si considera que el muchacho es un depravado. Para entenderlo es preciso haber leído mucho y tener una amplia experiencia, ser capaz de reconocer la naturaleza de las cosas, captar el Dao y comprender el Misterio.

Habló con tal seriedad que Zixing le pidió que explicara sus palabras.

—Salvo los muy buenos y los muy malos —prosiguió Yucun— todos los hombres se parecen bastante. Los muy buenos nacen en tiempos propicios, cuando el mundo está bien gobernado; los muy malos, en tiempos de calamidad, cuando el peligro acecha. Ejemplos del primer suceso son Yao, Shun, Yu y Tang, el rey Wen y el rey Wu, el duque de Zhou y el duque de Zhao, Confucio y Mencio, Dong Zhongshu, Han Yu, Zhou Dunyi, los hermanos Cheng, Zhang Zai y Zhu Xi [9] . En cuanto al segundo, ahí tienes a Chi You, Gong Gong, Jie, Zhou, Qin Shi Huang, Wang Mang, Cao Cao, Huan Wen, An Lushan o Qin Hui [10] . Los buenos traen orden al mundo, los malos lo precipitan a la confusión. Los buenos encarnan la inteligencia pura, la verdadera esencia del cielo y la tierra; los malos, la crueldad y todo lo perverso, la esencia del mal. El presente es un reinado próspero y duradero en el que el mundo está en paz, y tanto en la ciudad como en el campo hay mucha gente dotada de buenas esencias. El exceso de tanta buena esencia, al no tener donde ir, se transforma en dulce rocío y en brisas amables que se dispersan por los Cuatro Mares.

Tras una pausa continuó:

—Pero la esencia de la crueldad y la perversidad no tiene un lugar bajo el brillante sol y los cielos serenos, de manera que se aquieta en las cavernas y en las profundidades de los valles. Si el viento la mueve o las nubes la presionan, entonces se agita y permite que escapen algunos de sus fluidos. Si alguno de éstos se encuentra con la esencia pura, el mal siente envidia del bien y el bien se niega a ceder frente al mal. Ninguno prevalece sobre el otro. Es como el viento, la lluvia, el relámpago y el trueno, que no pueden desvanecerse sin más, sino que luchan hasta consumirse. Buscando alguna vía de escape, estas esencias penetran en algunos seres humanos, que llegan al mundo como encarnación de ambas. Esos seres no llegan a convertirse en sabios ni en hombres perfectos, pero tampoco en perfectos canallas. Están dotados de una inteligencia pura que los eleva por encima de sus semejantes, pero su perversidad y su conducta extravagante les hacen caer igualmente por debajo de los demás hombres. Cuando nacen en el seno de familias ricas y nobles, esas personas se convierten en extravagantes soñadores; si nacen en familias pobres pero cultas, se vuelven eruditos o ermitaños de alma noble; si nacen en hogares humildes y desgraciados, nunca llegan a ser correos de alguna prefectura o sirvientes de amos vulgares, sino más bien actores o cortesanas célebres. Vimos en el pasado a ese tipo de gente en Xu You, Tao Qian, Ruan Ji, Ji Kang y Liu Ling, las dos familias de Wang y Xie, Gu Hutou, Chen Shubao, el emperador Minghuang de la dinastía Tang, el emperador Huizong de la dinastía Song, Wen Feiqing, Mi Nangong, Shi Manqing, Liu Qiqing y Qin Shaoyou [11] . Ejemplos más recientes son Ni Yulin, Tang Bohu y Zhu Zhishan [12] . Hay otros casos como Li Guinian, Huang Fanchuo, Jing Xinmo, Zhuo Wenjun, Hongfu, Xue Tao, Cui Yingying y Zhaoyun [13] . Todos ellos, cada uno en su terreno y en su época, fueron esencialmente idénticos.

—¿Estás diciendo que tales personas serán príncipes o ladrones, según triunfen o fracasen en lo que emprendan?

—Exactamente. Creo que no sabes que desde mi destitución he estado viajando por diferentes provincias; pues bien, me he cruzado con uno o dos niños extraordinarios. Por eso pienso que ese Baoyu que has mencionado; pertenece a la misma categoría. Te pondré un ejemplo bastante cercano: ¿Conoces al señor Zhen, el que fuera director de la facultad provincial de Jinling?

—¿Quién no lo conoce? Las familias Zhen y Jia están relacionadas y mantienen una estrecha amistad. He tratado de negocios con los Zhen en muchas ocasiones.

—Pues bien, cuando estuve el año pasado en Jinling alguien me recomendó a los Zhen como preceptor residente. Me sorprendió encontrar una casa tan grande que además supiera combinar la riqueza con la educación. Ese tipo de trabajo no se encuentra fácilmente, y no dudé en aceptarlo. Sin embargo, a pesar de que sólo estaba iniciando su aprendizaje, era más difícil enseñar a mi discípulo que a un aspirante a los exámenes provinciales. Escucha una muestra de las absurdas cosas que decía: «Necesito que dos muchachas me acompañen mientras estudio; de lo contrario los caracteres se me confunden en el cerebro y no puedo aprenderlos». A sus sirvientes les dijo: «La palabra “muchacha” es tan pura y honorable que ni los supremos títulos budistas y taoístas se le pueden comparar. Vuestras bocas sucias y vuestras lenguas viperinas nunca deben violarla: antes de pronunciar esa palabra os enjuagaréis la boca con agua pura o té fragante. Si no lo hicierais, los dientes os crecerán torcidos y se os clavarán en las mejillas». Tenía un carácter temible y podía llegar a ser increíblemente terco y violento, pero apenas concluían las clases se iba con las muchachas y entonces se transformaba en tolerante, sensible y gentil. Su padre le zurró en más de una ocasión hasta casi matarlo, pero eso tampoco mudó su carácter ni un ápice. Cuando el dolor se le hacía insufrible empezaba a gritar: «¡Hermana! ¡Hermanita!». Una vez, en los aposentos interiores, las muchachas se burlaron de él diciéndole: «¿Por qué nos llamas cuando te están zurrando? ¿Quieres que intercedamos por ti? ¿No te da vergüenza?», y tendrías que haber oído su respuesta: «La primera vez que grité no sabía que eso me aliviaría el dolor, pero luego descubrí que funcionaba como por ensalmo. Por eso ahora grito “¡hermana!” en lo peor de la paliza». ¿Has oído alguna vez algo tan absurdo?

Y añadió:

—Por amor a su nieto, la abuela llegaba a menudo a ser descortés conmigo, e incluso a culpar a su propio hijo. Por eso renuncié al empleo. Lo más probable es que un muchacho así pierda su herencia y desperdicie los buenos consejos de maestros y amigos. La lástima es que las jóvenes de su familia son admirables…

—¡Igual que las tres muchachas de la familia Jia! —dijo Zixing—. Yuanchun [14] , la hija mayor de Jia Zheng, que nació el primer día del año, fue seleccionada en el Palacio Imperial y nombrada institutriz por su bondad, su piedad filial y sus talentos. La segunda, Yingchun [15] , es hija de una concubina de Jia She. La tercera, Tanchun [16] , es hija de una concubina de Jia Zheng. Xichun [17] , la cuarta, es hermana menor de Jia Zhen, de la mansión Ning. Las llaman «las muchachas Primavera» porque todas tienen el carácter chun en sus nombres. Tanto quiere la Anciana Dama a estas nietas que las pone a estudiar a su lado, en la mansión Rong. De todas tengo muy buenas referencias.

—Prefiero el sistema de la familia Zhen para poner nombres a las hijas —comentó Yucun con desagrado—. Las llaman como a los varones en vez de utilizar nombres floridos como Primavera, Rojo, Fragante o Jade. ¿Cómo ha podido Ja familia Jia rebajarse a prácticas tan vulgares?

—No lo entiendes —repuso Zixing—. A la mayor la llamaron Yuanchun porque nació el día de Año Nuevo [18] . Por eso las otras también llevan la primavera en sus nombres. En cambio, todas las mujeres de la generación anterior tenían nombres como los de los varones. La esposa de tu respetado amo, el señor Lin, que era hermana de Jia She y de Jia Zheng de la mansión Rong, se llamaba de soltera Jia Min. Si no me crees, pregúntalo a tu regreso.

Con una carcajada Yucun golpeó la mesa:

—Con razón mi alumna siempre pronuncia mi en vez de min [19] , y al escribirlo se come uno o dos trazos. Me tenía muy intrigado el motivo, pero ahora lo comprendo. Entiendo, además, por qué habla y se comporta de manera tan distinta a la del común de las damitas de hoy en día. Ya sospechaba yo que debía tener una madre muy especial. Si es nieta de la casa Rong, eso lo explica todo. Lástima que su madre muriera el mes pasado…

—Era la menor de las cuatro hermanas, pero ahora también ha desaparecido —dijo Zixing—. Ya no queda ninguna. Y ya veremos los esposos que encuentran para las hijas de la nueva generación…

—Ciertamente —asintió Yucun—. Hace un momento mencionabas al hijo de Jia Zheng, el que nació con un jade en la boca, y te referiste a un niño que dejó su hermano mayor. ¿Y qué hay de Jia She? ¿No tiene hijos?

—Después del nacimiento de Baoyu, Jia Zheng tuvo otro con su concubina, pero de ése no sé nada. O sea, que tiene dos hijos y un nieto. Pero vete a saber cómo son. También Jia She tiene dos hijos. El mayor, Jia Lian, ya tiene más de veinte años y hace dos se casó con una sobrina de la dama Wang, la esposa de Jia Zheng. Este Jia Lian, que se ha hecho con un cargo de subprefecto, no se interesa por los libros pero es muy hábil para las cosas del mundo; vive con su tío Jia Zheng y le ayuda en sus negocios. Desde que se casó se ha visto desplazado por su esposa, una mujer a la que todos elogian. Dicen que es muy guapa y elocuente, y tan astuta y llena de recursos que no hay hombre a su alrededor que se le pueda comparar.

—Todo eso confirma lo que te estaba diciendo. Lo más probable es que todos estos a los que hemos estado aludiendo sean una mezcla de esencias buenas y malas. Todos se parecen.

—Olvídate ya del bien y del mal —protestó Zixing—. No hemos hecho sino chismorrear como comadres. Bébete otra copa.

—Hablando y hablando, ya he bebido demasiado.

—El chismorreo acompaña bien el vino. ¿Por qué no bebes un poco más?

Yucun miró por la ventana.

—Se está haciendo tarde. Pronto cerrarán las puertas de la ciudad. Volvamos dando un paseo y continuemos nuestra charla por el camino.

Dicho lo cual pagaron la cuenta, y ya se disponían a partir cuando una voz resonó a sus espaldas.

—¡Enhorabuena, hermano Yucun! ¿Qué haces aquí, en pleno campo?

Yucun volvió bruscamente la cabeza y vio…

Capítulo III

Amparándose en un personaje influyente,

Jia Yucun recupera su cargo perdido.

Abandonando a su querido padre, Lin Daiyu

emprende viaje a la capital.

Volviéndose, Yucun vio que se trataba de Zhang Ruguei, oriundo de esa localidad y antiguo colega que, tras haber sido depuesto de su cargo por los mismos motivos que él, había regresado a Yangzhou. Ahora bien, Ruguei estaba moviendo los hilos necesarios para encontrar un destino, ya que corría el rumor de que en la capital había sido decretada la restitución en sus cargos de los antiguos funcionarios apartados del servicio. Por eso había felicitado tan efusivamente a Yucun en cuanto lo vio, y, una vez intercambiados los saludos de rigor, no tardó ni un momento en darle la buena nueva. Naturalmente Yucun se alegró, y, después de unos cuantos comentarios nerviosos y apresurados, cada uno se marchó por su lado.

Leng Zixing, que lo había oído todo, propuso inmediatamente a Yucun pedir a Lin Ruhai que gestionase el apoyo de Jia Zheng en la capital. Aceptando el consejo, Yucun volvió para confirmar la noticia en la Gaceta de la Corte, y al día siguiente expuso su caso ante Lin Ruhai.

—¡Qué feliz coincidencia! —exclamó él—. Resulta que, desde la muerte de mi esposa, mi suegra ha estado muy preocupada porque mi hija no tuviera quien la criase, y ha enviado dos juncos con criados para llevarse a la niña a su lado, a la capital, pero yo he retrasado la partida mientras ha estado enferma. Me preguntaba cómo podría devolverle a usted el favor que me ha hecho instruyéndola durante todo este tiempo, y esto me da la oportunidad de mostrarle mi aprecio. Descuide. Escribiré una carta a mi cuñado pidiéndole que haga lo que pueda por usted, como modesta compensación por todo lo que le debo. No se preocupe por cualquier gasto que se ocasione, también eso lo aclararé con él.

Yucun hizo una profunda reverencia y dijo:

—¿Me permite preguntarle qué cargo ostenta su respetable cuñado? Temo ser demasiado vulgar para importunarlo.

Ruhai sonrió:

—Mis humildes parientes pertenecen al mismo clan que usted. Son los nietos del duque de Rongguo. Mi cuñado mayor, Jia She, cuyo nombre de cortesía es Enhou, heredó la graduación de general del primer rango. El segundo, Jia Zheng, cuyo nombre de cortesía es Cunzhou, es subsecretario de la Junta de Obras. Es hombre modesto y generoso como su abuelo. Por eso le escribiré exponiéndole su caso. Si se tratase de algún funcionario arrogante y frívolo yo estaría deshonrando sus altos principios, hermano, y a mí me resultaría despreciable hacer una cosa así.

Sus palabras confirmaron lo que Zixing había dicho el día anterior en la taberna, y Yucun dio de nuevo las gracias a Lin Ruhai.

—Para el viaje de mi hija a la capital he elegido el segundo día del mes que viene —prosiguió Ruhai—. ¿No piensa que a ambos les convendría emprender juntos la jornada?

Yucun asintió prontamente y con profunda satisfacción; luego tomó los presentes y los gastos para el viaje, y comió las viandas que Ruhai le había preparado.

Su alumna Daiyu, que acababa de reponerse de sus males, casi no pudo resistir la idea de separarse de su padre, pero a la postre tuvo que acatar los deseos de su abuela.

—Tengo casi cincuenta años y no pienso volver a casarme —le dijo su padre—. Tú eres joven y tu salud es delicada. No tienes madre que te cuide, ni hermanos o hermanas que se hagan cargo de ti. Yo me quedaré mucho más tranquilo sabiendo que estás con tu abuela y con tus primas. ¿Cómo puedes negarte?

Y la niña partió en un mar de lágrimas acompañada por su ama y algunas sirvientas mayores de la mansión Rong, seguida en otro junco por Yucun y dos pajes.

En su momento llegaron a la capital e hicieron su entrada. Yucun se acicaló, y acompañado de sus pajes se dirigió a la puerta principal de la mansión Rong, donde entregó una tarjeta de visita presentándose como «sobrino» de Jia Zheng.

Jia Zheng, que ya había recibido la carta de su cuñado, le hizo pasar enseguida. Yucun tenía una apariencia impresionante y su conversación distaba mucho de ser vulgar. Dado que Jia Zheng simpatizaba con los eruditos y que, al igual que su difunto abuelo, disfrutaba honrando a los letrados dignos y ayudando a los que estuvieran en apuros, y dado además que éste venía recomendado por su cuñado, Yucun recibió un trato extraordinariamente bueno y toda la ayuda que se le pudo prestar. El mismo día que lo solicitó al trono, Yucun fue rehabilitado y se le indicó que esperase un destino. En menos de dos meses fue enviado a Jinling para ocupar el cargo vacante de gobernador de Yingtian [1] . Despidiéndose de Jia Zheng, eligió un día para trasladarse a tomar posesión de su nuevo cargo. Pero basta ya de hablar de Yucun.

Volvamos a Daiyu. En el embarcadero la esperaban un palanquín de la mansión Rong y unas carretas para su equipaje. Su madre le había hablado mucho del esplendor de la casa de su abuela, y durante los días anteriores se había sentido impresionada por los alimentos, la ropa y la conducta de las sirvientas de rango inferior que la acompañaban. Decidió que debería comportarse con sumo cuidado en su nuevo hogar y mantenerse en guardia todo el tiempo, sopesando cada palabra para no ser el hazmerreír en un momento de descuido. Mientras era trasladada a la ciudad avistó a través de la cortinilla de gasa del palanquín la agitación en las calles, y una multitud como nunca antes había visto.

Tras lo que le pareció un lapso muy largo, llegaron a una calle en cuyo lado norte dos grandes leones de piedra flanqueaban un inmenso portón triple cuyos tiradores eran cabezas de animales, y delante del cual se hallaban sentados diez o doce hombres elegantemente ataviados. El gran portón central estaba cerrado, por lo que la gente entraba y salía por las dos puertas laterales. La puerta principal tenía encima una tabla con grandes caracteres: «Mansión de Ningguo construida por Mandato Imperial». Daiyu comprendió que allí vivía la rama mayor de la familia de su abuela.

Siguiendo un poco hacia el oeste alcanzaron otro imponente portón triple. Era la mansión Rong. En lugar de pasar por la gran puerta central, lo hicieron por una más pequeña del lado oeste. Los portadores llevaron el palanquín un tiro de arco más allá, lo posaron en un recodo y desaparecieron. Las sirvientas que acompañaban a Daiyu ya se habían apeado y se acercaban andando hasta ella. En ese momento tres o cuatro jóvenes de diecisiete o dieciocho años, muy bien vestidos, alzaron el palanquín y avanzaron, seguidos por las criadas, hasta una puerta decorada con diseños florales colgantes tallados en madera. Allí los jóvenes se retiraron y las sirvientas levantaron las cortinillas del palanquín, ayudaron a Daiyu a apearse y la sostuvieron mientras cruzaba el umbral.

En el interior galerías bordeadas por barandas conducían hasta un corredor con tres aposentos en cuyo centro descansaba un biombo de mármol enmarcado en sándalo rojo. Por allí pasaron al patio mayor del edificio principal, y cruzándolo llegaron a cinco aposentos de vigas talladas y columnas decoradas. A cada lado de estos aposentos había otros cuartos con pasadizos techados. De los aleros colgaban jaulas con loros de colores, tordos y otras aves.

Varias sirvientas vestidas de rojo y verde se levantaron sonrientes de la terraza para dar la bienvenida a Daiyu.

—Precisamente hablaba de usted la Anciana Dama —dijeron a gritos—. Aquí está.

Tres o cuatro sirvientas se precipitaron a levantar el cortinaje de la puerta, y pudo oírse una voz que anunciaba: «Ha llegado la señorita Lin».


Lin Daiyu.

Gai Qi (edición de 1879).

Al entrar Daiyu, se le acercó una anciana de cabellos plateados flanqueada por dos criadas. Supo que se trataba de su abuela, pero antes de que pudiera saludarla con un koutou [2] , la anciana la rodeó con sus brazos.

—¡Corazón! ¡Carne de mi carne! —exclamó, y prorrumpió en sollozos.

Todos los presentes se cubrieron el rostro y lloraron, y la propia Daiyu no pudo reprimir las lágrimas. Cuando finalmente las demás lograron calmarla, Daiyu hizo un koutou ante su abuela. Ésa era la Anciana Dama Viuda de la familia Shi mencionada por Leng Zixing, la madre de Jia She y de Jia Zheng, que ahora empezaba a presentarle a los miembros de la familia.

—Ésta es la esposa de tu tío mayor, Ésta es la esposa de tu segundo tío. Ésta es la esposa de tu difunto primo Zhu…

Daiyu las fue saludando una por una.

—Traed a las niñas —dijo la abuela—. Hoy podemos dispensarlas de sus clases en honor de esta visitante llegada de lejanas tierras.

Salieron dos doncellas a cumplir la orden, y casi inmediatamente después aparecieron tres jóvenes acompañadas por tres amas y cinco o seis sirvientas.

La primera muchacha era algo gordita y de estatura mediana; sus mejillas tenían la textura de los lichis recién madurados y su nariz era suave como la grasa de ganso. Recatada y amable, parecía de trato fácil. La segunda tenía los hombros caídos y la cintura fina; era alta y delgada, de rostro ovalado, cejas bien marcadas y hermosos ojos danzarines. Se veía elegante y de mente ágil, con un gran aire de distinción. Mirarla era olvidar todo lo vulgar. La tercera aún no había terminado de crecer y conservaba un rostro de niña. Las tres vestían similares túnicas y faldas, idénticos brazaletes y tocados.

Daiyu se incorporó para saludar a sus primas, y después de las presentaciones tomaron asiento mientras las doncellas servían el té. Ahora la charla se centró en la madre de Daiyu. ¿Cómo había caído enferma? ¿Qué remedios recetaron los médicos? ¿Cómo fueron organizadas las ceremonias del entierro y del luto? Inevitablemente, la Anciana Dama fue la más afectada por el relato.

—De todos mis hijos, tu madre era mi preferida —le dijo a Daiyu—. Ahora ella me ha precedido en la partida sin concederme siquiera ver su rostro por última vez. ¡Contemplarte me rompe el corazón!

Y volvió a tomar a Daiyu entre sus brazos y a llorar, mientras las demás se esforzaban en consolarla.

Impresionó a los reunidos la buena educación de Daiyu, pues a pesar de sus pocos años y de su evidente mala salud tenía un aire de natural distinción. Al observar lo frágil de su apariencia le preguntaron qué remedio o tratamiento había estado empleando.

—Siempre he sido así —dijo Daiyu con una sonrisa—. Tomo medicinas desde que me destetaron. Muchos médicos célebres me han examinado, pero ninguna de sus recetas ha surtido efecto. Recuerdo que me contaron como en mi tercer año de vida sé acercó a la casa un monje de cabeza tiñosa que quiso llevarme con él para que me hiciera monja. Mis padres no quisieron saber nada del asunto, y el bonzo dijo: «Si no soportan separarse de ella, lo más probable es que nunca mejore. El único remedio es impedirle que oiga llorar a nadie y vea a otros parientes que no sean su padre y su madre. Solo así llevará una existencia tranquila». Claro que nadie prestó oídos a semejantes sandeces, y ahora sigo tomando píldoras de ginseng.

—Qué casualidad —dijo la Anciana Dama—, aquí estamos haciendo esas píldoras. Me encargaré de que también hagan para ti.

En ese preciso instante estallaron unas risotadas en el patio trasero y una voz exclamó:

—¡Llego tarde a saludar a la visitante que llega de lejanas tierras!

Sorprendida, Daiyu pensó: «Aquí la gente es tan respetuosa y solemne que todos parecen estar conteniendo la respiración. ¿Quién puede ser esa persona tan ruidosa y engreída?».

Así pensaba Daiyu cuando entró por la puerta trasera un tropel de matronas y doncellas rodeando a una joven. A diferencia de las otras muchachas, ésta venía ricamente ataviada y resplandecía como un hada. Perlas y otros dijes sujetaban su tiara de filigrana de oro. Sus peinetas tenían la forma de cinco fénix enfrentados al sol, y su gargantilla de oro puro la de un dragón enroscado con incrustaciones de gemas. Llevaba pendientes de perlas y aretes dobles de jade rojo y, prendidas de la falda, borlas de color verde alverja. Vestía una casaca ceñida de satén rojo bordada con mariposas y flores de oro; sobre su Capa turquesa, forrada en piel de ardilla blanca, diseños de seda multicolor; en su falda de crepé verde esmeralda, dibujos floreados. Tenía los ojos almendrados de un fénix; las cejas inclinadas, largas y lánguidas como hojas de sauce. Su figura era esbelta y sus modales vivaces. Mostraba su rostro un encanto primaveral que ocultaba una malicia latente, y antes de que sus labios carmesí llegaran a abrirse vibró el tintineo de su risa.

Daiyu se levantó de inmediato a saludarla.

—Todavía no la conoces. —La Anciana Dama soltó una risita—. Es el terror de esta casa. En el sur la llamarían Pimiento Picante. Llámala simplemente Fénix Picante.

Daiyu no supo cómo dirigirse a ella hasta que sus primas acudieron en su ayuda.

—Es la esposa del primo Lian —le dijeron.

Aunque nunca la había conocido, Daiyu sabía por su madre que Jia Lian, el hijo de su tío mayor Jia Shen, se había casado con la sobrina de la dama Wang, la esposa de su segundo tío. Había sido educada cómo un muchacho y recibido el nombre escolar de Xifeng, «Hermano Fénix». Daiyu la saludó enseguida sonriéndole:

—Prima.

Xifeng la tomó de la mano y acto seguido la miró de pies a cabeza. Luego, la condujo de vuelta a su lugar junto a la Anciana Dama.

—¡Bien! —exclamó con una carcajada—. Es la primera vez que pongo mis ojos encima de una criatura tan encantadora. ¡Todo su porte es distinguido! Nada tiene que ver con su padre, yerno de nuestra anciana abuela. Más parece de los Jia. Con razón tu anciana abuela no podía dejar de pensar en ti y sólo de ti hablaba. ¡Pobrecilla mi desdichada primita, perder a su madre tan temprano!

Dicho lo cual se enjugó unas lágrimas con su pañuelo.

—Acabo de secar mis lágrimas. ¿Acaso quieres que vuelva a empezar? —dijo la anciana con aire juguetón—. Tu joven prima llega de un largo viaje y su salud es delicada. Acabamos de conseguir que cese su llanto, así que no empieces tú ahora.

Xifeng trocó automáticamente su dolor en alegría.

—¡Claro! —gritó—. Ver a mi primita me sumió en dolor y alegría al mismo tiempo, y por eso olvidé a nuestra anciana abuela. Merezco que me apaleen.

Tomando a Daiyu de la mano le preguntó:

—¿Qué edad tienes, prima? ¿Ya has empezado tus estudios? ¿Qué medicinas estás tomando? No debes echar de menos tu casa entre nosotros. Si te apetece alguna comida especial o algo para jugar, no dudes en pedírmelo. Si las doncellas y las viejas amas no se portan bien contigo, dímelo enseguida.

Entonces se volvió a las sirvientas:

—¿Ya habéis entrado el equipaje y las cosas de la señorita Lin? ¿Cuánta gente ha traído? Daos prisa y disponed un par de cuartos donde puedan descansar.

Entretanto habían servido dulces y té, y, mientras Xifeng los repartía, la dama Wang le preguntó si había distribuido la asignación mensual correspondiente.

—Ya se distribuyó —confirmó Xifeng—. Acabo de llevar a una gente al almacén trasero de arriba para buscar brocado, pero a pesar de que buscaron durante largo rato no pudieron encontrar del tipo que nos describió ayer, mi señora. ¿Es posible que su memoria le haya jugado una mala pasada?

—No importa que no haya de ese tipo —dijo la dama Wang—. Tú elige dos cortes para hacerle alguna ropa a tu primita. No olvides buscarlos esta noche.

—Ya lo he hecho —respondió Xifeng—. Sabiendo que mi prima podía llegar en cualquier momento preferí dejar todo listo. El género está en sus habitaciones esperando que usted lo inspecciones. Si lo aprueba lo enviaré enseguida.

La dama Wang sonrió con un leve gesto de aprobación.

Después fueron retirados el té y los dulces, y la Anciana Dama ordenó a dos amas que llevaran a Daiyu a saludar a sus dos tíos.

Inmediatamente la dama Xing, esposa de Jia She, se incorporó para sugerir:

—¿No sería más sencillo que yo misma llevara a mi sobrina?

—Muy bien —accedió la Anciana Dama—, y ya te puedes quedar allí.

Asintió la dama Xing y luego pidió a Daiyu que se despidiera de la dama Wang, tras lo cual fueron acompañadas por las demás hasta el vestíbulo. Fuera, frente a la puerta decorada, unos pajes esperaban junto a una carroza de laca azul con visillos verde esmeralda a que subieran la dama Xing y su sobrina. Luego, las doncellas dejaron caer las cortinillas y dieron a los porteadores la orden de partir. Éstos llevaron la carroza hasta un lugar despejado donde le aparejaron una mula dócil. Salieron por la puerta lateral del oeste y desde allí se dirigieron hacia el este, más allá de la entrada principal de la mansión Rong, hasta cruzar un gran portón de laca negra y detenerse frente a una puerta ceremonial.

Cuando los pajes se hubieron retirado, se alzaron las cortinas y la dama Xing condujo a Daiyu hasta el patio. A la muchacha le dio la impresión de que esos patios y edificios aún debían formar parte del jardín de la mansión Rong, pues observó, después de cruzar tres puertas ceremoniales, que los salones, los aposentos laterales y los corredores techados eran más pequeños pero todavía de muy buena factura. No tenían el esplendor imponente de la otra mansión, pero no les faltaban árboles, plantas y jardines de rocas.

Al entrar en el salón central fueron saludadas por una multitud de concubinas y doncellas muy maquilladas y ricamente vestidas. La dama Xing invitó a Daiyu a tomar asiento, mientras enviaba a una sirvienta a la biblioteca para pedir a su esposo que viniera.

Un momento después la mensajera volvió con el siguiente recado:

—Dice el señor que no se ha sentido muy bien estos últimos días, y que un encuentro con la joven dama no haría sino turbar a ambos. Que por el momento no se encuentra con ánimo para hacerlo. Que la señorita Lin no debe entristecerse o incomodarse, sino sentirse como en su casa junto a la abuela y sus tías. Que quizá sus primas le parezcan algo tontas, pero le servirán de compañía y ayudarán a distraerla. Que si alguien la tratara mal debe decírnoslo y no considerarnos extraños.

Daiyu se había incorporado respetuosamente para recibir el mensaje. Poco después volvió a levantarse para partir. La dama Xing insistió en que se quedara a cenar.

—Gracias, tía, es usted demasiado amable —dijo Daiyu—. Hago mal en negarme, pero no estaría bien que demorase más la visita a mi segundo tío. Le ruego que me disculpe y me permita quedarme en otra ocasión.

—Tienes razón —dijo la dama Xing, y a continuación ordenó a varias sirvientas mayores que acompañasen a su sobrina de vuelta en el carruaje, hecho lo cual Daiyu se despidió. Su tía la acompañó hasta la puerta ceremonial, y después de dar algunas instrucciones adicionales a las sirvientas esperó hasta que hubieron partido.

De vuelta en la mansión Rong, Daiyu volvió a apearse. Las amas la llevaron hacia el este, a la vuelta de una esquina, y luego a través de un elegante salón de entrada que daba a un gran patio. El edificio norte tenía cinco grandes secciones, y alas a cada lado. Ése era el eje de toda la finca, más impresionante de lejos que los aposentos de la Anciana Dama.

Daiyu comprendió que se trataba de la principal edificación interior, pues una ancha avenida conducía directamente hasta su puerta. Una vez dentro del salón levantó la vista y llamó su atención una gran tabla azul sobre la que había nueve dragones dorados y, en enormes caracteres también dorados, la siguiente inscripción: «Salón de la Felicidad Gloriosa». Luego, unos caracteres menores registraban la fecha en que el emperador había obsequiado esa tabla a Jia Yuan, duque de Rongguo, y, por fin, el sello imperial.

Sobre una gran mesa de sándalo rojo tallado con dragones se elevaba un viejo trípode de bronce verde de tres pies de altura. De la pared colgaba un gran rollo con el dibujo de unos dragones negros cabalgando sobre las olas, y a su lado descansaban un vaso de vino de bronce con incrustaciones de oro, y un bol de cristal. Apoyados en las paredes se alineaban dieciséis sillones de cedro, y, sobre éstos, dos paneles de ébano con el siguiente pareado grabado en plata:

Las perlas de los sentados en torno a esta mesa brillan más que el sol y la luna;

las insignias de honor de los huéspedes relumbran en el salón como nubes iridiscentes.

Bajo el texto unos caracteres diminutos informaban de que éste había sido compuesto por el príncipe de Dong’an, que firmaba Mu Shi y se consideraba paisano y viejo amigo de la familia.

Las amas llevaron a Daiyu a este salón principal, puesto que la dama Wang rara vez lo utilizaba y prefería para su descanso tres cuartos del lado oriental.

El enorme kang [3] situado junto a la ventana estaba cubierto con una alfombra importada de color escarlata. En el centro había unos cojines rojos y unos cabezales de color turquesa; unos y otros estaban adornados con medallones de dragón que decoraban igualmente un largo colchón de color amarillo verdoso. A cada lado, una mesita de laca en forma de flor de ciruelo. Sobre la de la izquierda había un trípode, unas cucharitas, unos palillos y un recipiente para el incienso; sobre la mesa de la derecha, un estilizado florero de porcelana del horno de Ruzhou [4] con flores de la estación, así como tazones para el té y una escupidera. Al pie del kang, frente a la pared occidental, cuatro sillones tapizados de rojo brillante salpicado de flores rosadas, a cuyos pies había un escabel. A cada lado había una mesa con tazas de té y floreros. No es preciso describir detalladamente el resto del cuarto.

Las amas pidieron a Daiyu que se sentara sobre el kang, en cuyo borde había dos cojines de brocado. Sin embargo, ella consideró que hacerlo hubiera sido petulante, y eligió uno de los sillones del lado oriental. Las doncellas sirvieron té, y Daiyu las fue estudiando mientras lo bebía. Observó su maquillaje, su ropa y su conducta, claramente distintos a los que se daban en otras familias. Antes de que hubiera terminado su té entró una doncella con un abrigo de seda roja y casaca de satén azul sin mangas ribeteada de seda, que anunció con una sonrisa:

—La señora pide a la señorita Lin que vaya a sentarse junto a ella.

Inmediatamente las amas condujeron a Daiyu por el corredor oriental hasta un pequeño aposento con tres cuartos orientado al sur. Sobre el kang situado bajo la ventana descansaba una mesita cargada de libros y un servicio de té. Apoyados en la pared había un cojín de satén azul bastante usado, y una almohada. La dama Wang estaba sentada frente a la pared oriental, sobre una manta de satén azul que revelaba un uso considerable, con otro cojín y otra almohada. Invitó a su sobrina a sentarse frente a ella, pero Daiyu, intuyendo que ése era el lugar de su tío Jia Zheng, eligió uno de los tres sillones contiguos al kang, que tenían unas fundas punteadas de negro bastante gastadas. Su tía tuvo que insistirle mucho para que se sentara a su lado.

—Hoy es día de ayuno para tu tío; podrás verlo en otra ocasión —dijo la dama Wang—. Quisiera decirte una cosa. Tus tres primas son excelentes muchachas y seguro que te llevarás muy bien con ellas en las clases, o aprendiendo a bordar o jugando. Pero quien me preocupa es mi terrible hijo, la ruina de mi vida, que nos atormenta a todos como un verdadero demonio. Hoy ha ido al templo a cumplir un voto, pero ya le verás la cara cuando regrese esta noche. Simplemente no le prestes atención. Ninguna de tus primas se atreve a provocar su enfado.

A menudo su madre le había hablado a Daiyu de ese sobrino nacido con un trozo de jade en la boca, de su conducta cerril, de su aversión al estudio y de su pasión por jugar en los aposentos de las mujeres; y los mimos de su abuela lo hacían aún más incontrolable. Así, supo que era a él a quien se refería la dama Wang.

—¿Mi tía se está refiriendo a mi primo mayor, el del jade en la boca? Mi madre me hablaba de él a menudo. Sé que tiene un año más que yo, que su nombre es Baoyu, y que a pesar de sus travesuras es muy bueno con sus primas. ¿Por qué habría de provocar su enfado? Además, pasaré todo mi tiempo con las demás muchachas en los aposentos interiores, mientras que nuestros primos estarán en los patios exteriores.

—No lo entiendes —respondió riendo la dama Wang—. No es como los demás muchachos. Como es el preferido de su abuela, que siempre ha querido tenerlo cerca, se ha acostumbrado a vivir en los aposentos interiores, entre muchachas. Si no le hacen caso se queda tranquilo y, aunque se aburre, puede entretenerse gritando a alguno de sus pajes. Pero si las muchachas lo alientan lo más mínimo, entonces su entusiasmo le lleva a cometer todo tipo de diabluras. Por eso no debes prestarle atención, pues si un instante es encantador, al siguiente se vuelve recalcitrante y duro y un minuto más tarde está dando alaridos de lunático. No se le puede tomar en serio.

Daiyu prometió tenerlo en cuenta. A continuación una doncella anunció que la cena sería servida en los aposentos de la Anciana Dama. Entonces la dama Wang condujo a su sobrina a través de una puerta trasera por un corredor que avanzaba hacia el oeste, y a través de una puerta lateral, hasta un ancho camino que iba de norte a sur. En el lado sur había un bonito anexo de tres cuartos que daba al norte; en el lado norte había una gran pared-biombo pintada de blanco, detrás de la cual una puerta conducía a un cuarto.

—Allí vive tu prima Xifeng —dijo la dama Wang señalando el lugar—, así que la próxima vez ya sabes dónde encontrarla. Si necesitas algo, basta con que se lo digas.

Junto al portón, varios pajes muy jóvenes peinados con dos rodetes permanecían atentos a cualquier orden. A través de un salón de entrada que iba de este a oeste, la dama Wang condujo a Daiyu hasta el patio trasero de la Anciana Dama. Al cruzar la puerta posterior se encontraron con mucha gente allí reunida que empezó a disponer mesas y sillas en cuanto apareció la dama Wang. Li Wan, la viuda de Jia Zhu, sirvió el arroz, mientras Xifeng distribuía los palillos y la dama Wang servía la sopa.

La Anciana Dama ocupó sola un diván a la cabecera de la mesa, dejando dos asientos vacíos a cada lado. Xifeng tomó de la mano a Daiyu y la llevó hasta el primer lugar de la izquierda, pero la muchacha se negó con insistencia a tal honor.

—Tu tía y tus cuñadas no cenan aquí —precisó su abuela con una sonrisa—. Además hoy eres una invitada, así que debes ocupar ese lugar.

Daiyu obedeció mientras murmuraba una disculpa. Luego, la Anciana Dama dijo a la dama Wang que se sentara, y después pidieron permiso para sentarse las muchachas Primavera: Yingchun se acomodó la primera a la derecha, Tanchun la segunda a la izquierda y Xichun la segunda a la derecha. Las doncellas prepararon espantamoscas de crin, recipientes para enjuagarse la boca y servilletas, mientras Li Wan y Xifeng, de pie detrás de las comensales, les presentaban un plato tras otro.

El cuarto exterior hervía de amas y doncellas, y sin embargo no se oía ni una tos. La cena transcurrió en silencio, y apenas hubo acabado llegó el té en unas pequeñas bandejas. Lin Ruhai había inculcado a su hija las virtudes de la moderación, previniéndola del daño que causaba al aparato digestivo beber té directamente después de una comida. Pero aquí muchas costumbres eran distintas a las de su casa, y Daiyu consideró que tendría que adaptarse a esos nuevos usos. Por eso aceptó el té, y cuando vio que aparecían los recipientes para enjuagarse la boca, optó por hacer como las demás. Cuando se hubieron lavado las manos reapareció el té, esta vez para ser bebido [5] .

—Vosotras os podéis marchar ya —dijo entonces la Anciana Dama—. Quiero charlar con mis nietas.

Inmediatamente la dama Wang se levantó, y tras unos cuantos comentarios protocolarios emprendió la salida, seguida por Li Wan y Xifeng. Entonces la abuela preguntó a Daiyu qué libros había estudiado.

—Acabo de leer los Cuatro Libros [6] , pero soy muy ignorante —dijo Daiyu, quien, a su vez, preguntó qué estaban leyendo las otras muchachas.

—Sólo conocen unos cuantos caracteres, demasiado pocos para leer un libro.

No había terminado de decir estas palabras cuando se oyeron pasos en el patio y apareció una doncella que anunció: «Ha llegado el señor Baoyu».

Daiyu se preguntó entonces qué clase de bribón sin gracia o de tonto; sería, y sintió pocos deseos de conocer a criatura tan estúpida en el instante mismo en que entraba. Lucía una diadema dorada con incrustaciones de joyas y una guirnalda en forma de dos dragones combatiendo por una perla. Vestía una casaca roja de arquero con un bordado de flores y mariposas doradas, atada con una banda de palacio con Borlas de muchos colores. Cubriéndolo todo llevaba un abrigo de satén japonés color turquesa, adornado con relieves de flores dispuestas en ramos de a ocho. Sus botas de corte eran de satén negro con suelas blancas. Tenía el rostro radiante como una luna otoñal, la piel fresca como las flores primaverales al alba. Llevaba el cabello sobre las sienes recortado con una precisión que parecía proceder de un tajo de navaja. La negrura de sus cejas parecía trazada con tinta, sus mejillas eran rojas como flores de durazno, y sus ojos brillantes como los rizos de un lago en otoño. Hasta en sus momentos de furia parecía sonreír, e incluso con el ceño fruncido conservaba cierta candidez en la mirada. Al cuello llevaba un collar dorado en forma de dragón y un cordón de seda de cinco colores del que colgaba un bellísimo fragmento de jade.

La brusca aparición de Baoyu sobresaltó a Daiyu. «¡Qué raro! —pensó—. Es como si lo hubiera visto antes. Me parece tan familiar…»

Baoyu presentó sus respetos a la Anciana Dama y luego, por indicación de ésta, acudió a ver a su madre. Poco después regresó, vestido ya de otra manera. Ahora llevaba el cabello corto en pequeñas trenzas sujetas con seda roja y recogidas sobre la coronilla en una sola, gruesa, negra y lustrosa como la laca, con cuatro grandes perlas prendidas a lo largo de la misma y ocho colgantes dorados en su extremo. Su abrigo, de dibujos floreados sobre un fondo rojo vivo, no era nuevo. Llevaba todavía el collar, el precioso jade, un amuleto en forma de candado con su nombre búdico, y un amuleto de la buena suerte. Por debajo asomaban pantalones de satén floreado verde claro, calzas con puntos negros y bordes de brocado, y unos zapatos escarlata de suela gruesa. De tan claro, su rostro parecía empolvado; y sus labios, como pintados con carmín. Tenía una mirada llena de afecto y una conversación salpicada de sonrisas. Pero donde más se manifestaba su encanto natural era en las cejas, pues sus ojos emitían un mundo de sentimientos. Sin embargo, a pesar de lo atractivo de su apariencia era difícil percibir qué yacía bajo ella.

Mucho tiempo después alguien hizo, un admirable retrato de Baoyu en estos poemas, escritos sobre la melodía Xijiangyue («La Luna sobre el Río del Oeste»):

Angustia y melancolía cortejaba sin razón,

y a veces se comportaba como idiota o loco.

Aunque fue de porte apuesto,

díscolo y vacío tuvo el corazón.

Obtuso, no comprendía sus deberes;

terco, no se aplicaba en sus estudios.

Fue temerario en extravagancia,

y no escuchó el reproche y la difamación.

Privilegios y tesoros no sabía disfrutar;

cuando pobre, no podía soportar los sufrimientos.

Lástima que derrochara sus años mejores

defraudando al país y a su familia.

Era el inútil más grande del mundo,

no tiene par su indignidad.

Petimetres y noblecillos, permítanme aconsejar:

¡No imiten la perversidad de este joven!

Sonriéndole a su nieto, la Anciana Dama le riñó:

—¿Qué es eso de mudarse de ropa antes de saludar a nuestra invitada? Date prisa en presentar tus respetos a tu prima.

Baoyu había visto a su prima al entrar, y enseguida había adivinado que se trataba de la hija de su tía Lin. Se apresuró a hacer una reverencia, y tras el saludo tomó asiento. Al mirarla de cerca la encontró distinta a las otras muchachas. Tenía el ceño elevado, pero a la vez no fruncido; sus elocuentes ojos mostraban alegría y dolor al mismo tiempo; su delicada fragilidad le daba un aire singular. Sus ojos brillaban de lágrimas, su aliento era leve y suave. En reposo parecía una flor adorable reflejada en un estanque; al moverse semejaba un flexible sauce meciéndose al viento. Se la veía más inteligente que Bi Gan [7] , más delicada que Xi Shi [8] .

—Yo he visto antes a esta prima —observó Baoyu.

—Otra vez con tus tonterías —dijo su abuela riendo—. ¿Cómo la podrías haber conocido?

—Su rostro me resulta familiar. Tengo la impresión de que somos viejos amigos que se vuelven a encontrar después de una larga separación.

—Tanto mejor —la Anciana Dama se rió—. Eso significa que podréis ser buenos amigos.

Baoyu fue a sentarse junto a Daiyu y volvió a mirarla fijamente.

—¿Has leído mucho, prima? —preguntó.

—No —dijo Daiyu—. Sólo he estudiado un par de años y aprendido unos cuantos caracteres.

—¿Cómo te llamas?

Se lo dijo.

—¿Y tu nombre de cortesía?

—No tengo.

—Entonces te pondré uno —propuso con una risita—. ¿Qué mejor nombre que Pin-pin [9] ?

—¿De dónde has sacado eso? —intervino Tanchun.

—De la Verificación general de hombres y objetos antiguos y actuales, que dice que en Occidente hay una piedra llamada dai que puede sustituir al grafito para pintar las cejas. Como las cejas de la prima Lin se ven medio fruncidas, ¿qué mejor nombre de cortesía para nuestra prima que esos dos caracteres?

—Te lo estás inventando todo —terció Tanchun.

—Fuera de los Cuatro Libros, casi todas las obras son inventadas. ¿Soy acaso el único que inventa cosas? —replicó con una sonrisa.

Y a continuación, para espanto de todos, preguntó a Daiyu si ella tenía una piedra de jade.

Imaginando que pensaba en su propia piedra, ella respondió:

—No, supongo que es un objeto demasiado extraordinario como para que cualquiera tenga uno.

Y en ese momento, inopinadamente, Baoyu sufrió un ataque de furia. Se arrancó el jade y lo arrojó con rabia al suelo.

—¡¿Qué tiene de extraordinario?! —rugió—. Ni siquiera sirve para distinguir a la buena gente de la mala. ¿Cuáles son sus facultades trascendentales? No me interesa nada este trasto.

Todas las doncellas se abalanzaron consternadas a recoger el jade, mientras la Anciana Dama tomaba desesperada a Baoyu entre sus brazos.

—¡Monstruo perverso! Rúgele a la gente si estás furioso, pero no tires ese precioso objeto del que depende tu vida.

Con el rostro cubierto de lágrimas, Baoyu sollozaba:

—Aquí ninguna de las muchachas tiene uno, sólo yo. ¿Qué grada tiene entonces? Ni siquiera esta prima recién llegada, adorable como un hada, tiene uno. Lo que demuestra que no sirve para nada.

—Una vez lo tuvo —le mintió la anciana para tranquilizarlo—, pero cuando tu tía agonizaba y no quería dejar atrás a tu prima, lo mejor que se le ocurrió a ella fue que su madre partiese con el jade. Fue como enterrar a los vivos con los muertos y reveló la piedad filial de tu prima. Por eso el espíritu de tu tía puede ver a su hija todavía. Te dijo que no tenía un jade por no jactarse de ello. ¿Cómo te atreves a compararte con ella? Y ahora vuelve a ponértelo con cuidado antes de que tu madre se entere.

Tomó el jade de manos de una de las doncellas y se lo puso ella misma. Y Baoyu, que había creído la historia, olvidó el asunto.

Entró en ése momento un ama preguntando qué aposentos se destinarían a Daiyu.

—Trasladad a Baoyu al cuarto interior de mis aposentos —dijo su abuela—. Por el momento la señorita Lin puede ocupar el bishachu [10] . Con la primavera haremos un arreglo distinto.

—Abuela, querida abuela —alegó Baoyu—, déjame quedarme en el exterior del bishachu. Estaré muy bien en esa cama del cuarto de fuera. ¿Por qué mudarme a un sitio donde sólo sería una molestia?

Tras dudarlo un momento, la Anciana Dama accedió. Cada uno sería atendido por un ama y una doncella, mientras otras personas estarían a su disposición durante las guardias nocturnas. Xifeng ya había hecho llegar al aposento de Daiyu una cortina floreada de color lavanda, cobertores forrados de satén y colchones bordados.

Daiyu sólo se había hecho acompañar por el ama Wang, su vieja nodriza, y por Xueyan, una doncella de diez años que también la servía desde niña. Consideró la Anciana Dama a Xueyan demasiado joven, y al ama Wang demasiado vieja para ser de utilidad, por lo cual cedió a Daiyu una de sus propias sirvientas, una doncella de segundo grado llamada Yingge. Al igual que Yingchun y las otras damitas, Daiyu recibió, además de su nodriza, cuatro amas de compañía, dos doncellas de servicio personal que cuidaran de su aseo y cuatro o cinco muchachas para barrer los cuartos y llevar recados.

El ama Wang y Yingge acompañaron a Daiyu hasta el aposento de gasa verde, mientras que el ama Li, la nodriza de Baoyu, iba con su doncella principal, Xiren, a prepararle al muchacho la cama grande del cuarto exterior.

Xiren, cuyo nombre original era Zhenzhu, había Sido una de las doncellas de la Anciana Dama. Tanto se preocupaba la anciana por el bienestar de su nieto que, para asegurarse de que estuviera bien atendido, le cedió a su favorita. Baoyu sabía que su apellido era Hua [11] , y recordaba un verso que decía: «La fragancia de las flores atrapa a los hombres.» Por eso había pedido a su abuela autorización para cambiarle el nombre y llamarla Xiren [12] .

Xiren era muy leal. Cuando cuidaba de la Anciana Dama no pensaba sino en la Anciana Dama, y tras recibir el encargo de cuidar a Baoyu no pensaba sino en Baoyu. Sólo le preocupaba que éste fuese demasiado terco y no escuchara sus consejos.

Aquella noche, cuando ya Baoyu y el ama Li dormían, Xiren se dio cuenta de que Daiyu y Yingge aún estaban despiertas en los cuartos interiores. Entró allí de puntillas en ropa de dormir, y preguntó:

—¿Por qué está aún despierta, señorita?

—Por favor, hermana, siéntate —la invitó Daiyu con una sonrisa.

Xiren se sentó al borde de la cama.

—La señorita Lin ha estado llorando de preocupación todo este tiempo —dijo Yingge—. Dice que el mismo día de su llegada ha provocado un ataque de ira a nuestro amo. Nunca se lo hubiera perdonado si ese jade llega a romperse. He estado tratando de calmarla.

—No lo tome en serio —dijo Xiren—. Temo que más adelante lo verá comportarse de manera más absurda todavía. Si se deja preocupar por su conducta no tendrá un solo momento de descanso. No debe ser tan sensible.

—Recordaré lo que me has dicho —prometió Daiyu—. ¿Pero puedes decirme de dónde vino ese jade suyo y qué dice la inscripción que lleva?

Xiren contestó:

—En toda la familia no hay nadie que sepa de dónde procede. Tengo entendido que fue encontrado en su boca cuando nació, y que ya tenía un agujero para pasarle un cordón. Déjeme traerlo para enseñárselo.

Pero Daiyu no aceptó, pues ya era tarde.

—Puedo mirarlo mañana —concluyó.

Charlaron un poco más y se fueron a dormir.

A la mañana siguiente, Daiyu fue a presentar sus respetos a la Anciana Dama y de allí pasó a los aposentos de la dama Wang, a la que encontró discutiendo con Xifeng una carta llegada de Jinling. Estaban acompañadas por dos matronas que habían traído un mensaje de la casa del hermano de la dama Wang.

Daiyu no comprendió lo que sucedía, pero Tanchun y las demás sabían que el tema de discusión era Xue Pan, el hijo de la tía Xue de Jinling. Amparándose en sus poderosos parientes, Xue Pan había mandado apalear a un hombre hasta matarlo y ahora estaba a punto de ser juzgado en la corte de la prefectura de Yingtian. Al ser informado de esto, Wang Ziteng, el hermano de la dama Wang, había enviado esas mensajeras a la mansión Rong para pedir que la familia Xue fuera invitada a la capital.


Xiren.

Gai Qi (edición de 1879).

Capítulo IV

Una muchacha infortunada se tropieza

con un hombre infortunado.

Un bonzo de mente confusa propone

una sentencia confusa.

Daiyu y las otras muchachas habían encontrado a la dama Wang discutiendo asuntos familiares con unas mensajeras enviadas por su hermano; así supieron que su sobrino Xue Pan estaba implicado en un caso de asesinato. Como la vieron tan ocupada, las muchachas buscaron a Li Wan.

Li Wan era la viuda de Jia Zhu, el cual había muerto joven dejando afortunadamente un hijo, Jia Lan, que a la sazón tenía cinco años e iniciaba su aprendizaje. El padre de Li Wan, Li Shouzhong, un notable de Jinling, había sido responsable del Colegio Imperial. Todos los vástagos de su clan, hombres y mujeres, se habían dedicado al estudio de los clásicos, pero cuando él llegó a ser cabeza de su familia impuso la idea de que la mujer más virtuosa es la mujer sin talento. En consecuencia, los estudios de su hija Wan alcanzaron sólo el nivel suficiente para poder leer unas cuantas obras: los Cuatro libros al alcance de las muchachas y Biografías de mujeres ejemplares; obras que le sirvieran para aprender algunos caracteres, conocer los méritos de las mujeres dignas de anteriores dinastías, y le permitieran dedicar toda su atención al bordado y otras labores domésticas. Por eso la llamó Li Wan y le dio el nombre de cortesía de Gongcai [1] . Así pues, esta joven viuda que vivía en la opulencia era sin embargo madera muerta o cenizas frías, y el mundo exterior no despertaba su interés. Aparte de atender a sus mayores y cuidar a su hijo, su única ocupación consistía en acompañar a las muchachas cuando bordaban o leían. En su calidad de invitada, Daiyu disfrutaba de esas reuniones, y la compañía de sus primas le hacía sentirse como en casa, salvo en los momentos en que echaba de menos a su padre.

Pero volvamos a Jia Yucun. Apenas hubo tomado posesión de su nuevo cargo de gobernador de Yingtian cuando llegó a su despacho un caso de homicidio. Dos hombres habían reclamado a la misma doncella, a la que ambos aseguraron haber comprado. Ninguno quiso ceder ante el otro, y uno de ellos había sido golpeado hasta morir. Yucun citó al denunciante para que prestara declaración.

—La víctima era mi amo —testificó el denunciante—. Compró una doncella ignorando que había sido secuestrada, y pagó en plata. Nos dijo que la llevaría a casa cuando pasaran tres días, ya que ésa sería una fecha propicia, pero cuando acudimos a recogerla resultó que el secuestrador la había vendido en secreto a la familia Xue. Fuimos a exigirles que nos entregaran a la muchacha, pero, con su dinero y sus sólidos padrinos, los Xue roncan tranquilos en Jinling. Sus matones dieron una paliza a mi amo, a consecuencia de la cual murió, y después de haberlo matado desaparecieron junto a su señor sin dejar rastro, quedando atrás para dar la cara unas cuantas personas sin responsabilidad. Hace un año les puse una demanda, pero quedó en nada. Suplico a Su Señoría que arreste a los criminales, castigue a los malvados y ayude a la viuda y al huérfano. ¡La gratitud del muerto será eterna!

—¡Qué escándalo! —exclamó Yucun indignado—. ¿Cómo es posible que se cometa un crimen y los asesinos escapen impunemente?

Ya se disponía a cursar la orden para que fueran detenidos e interrogados los parientes de los criminales y así poder descubrir su paradero, cuando un asistente que estaba junto a su mesa le lanzó una mirada de advertencia. Como no comprendiera la razón de tal gesto, Yucun no siguió adelante y, dejando el tribunal, se dirigió a su despacho. Una vez allí ordenó que salieran todos los presentes a excepción de aquel asistente, que se prosternó ante él y luego le dijo con una sonrisa:

—Su Señoría ha llegado muy alto en el mundo oficial. ¿Me recuerda todavía, ocho o nueve años después?

—Me suena tu cara, ciertamente, pero no sé de qué.

—Ya se sabe que los altos funcionarios tienen mala memoria —dijo el asistente—. ¿Así que Su Señoría ha olvidado el rincón donde empezó, y todas las cosas que vivió en el templo de la Calabaza?

El desconcertante comentario devolvió a la mente de Yucun, con el estrépito de un trueno, todo su pasado. Ese asistente había sido novicio en el templo de la Calabaza, y cuando el incendio lo dejó en la calle, harto ya de la rutina monacal, decidió trabajar en una oficina del gobierno. Aprovechó para dejarse crecer de nuevo el pelo y obtener el empleo de asistente. Por eso Yucun no lo había reconocido.

—Así que somos viejos conocidos… —dijo el gobernador tomándole la mano. Lo invitó a sentarse, pero el asistente declinó el honor y Yucun insistió—: Fuimos amigos en mis días de penuria y además estamos a solas. ¿Cómo vas a quedarte de pie todo el tiempo si vamos a conversar largamente?

Entonces, con muchísimo respeto, el asistente se apoyó en el borde de una silla. Yucun le preguntó por qué le había impedido con su gesto cursar las órdenes de detención.

—Supongo que ahora que Su Señoría ha venido a ocupar el cargo de gobernador no habrá dejado de copiar el Amuleto Protector de los Funcionarios de esta provincia… —dijo el asistente.

—¿Amuleto Protector de los Funcionarios? ¿Qué es eso?

—No me diga que nunca ha oído hablar de él. Si es así, no durará mucho en el cargo. En los tiempos que corren todos los funcionarios tienen en su poder una lista secreta de las familias más poderosas, ricas y encumbradas de su provincia, y en cada provincia existe una lista semejante. Ofender inadvertidamente a una de esas familias puede costarle a uno no sólo el cargo sino también la vida. Por eso lo llaman Amuleto Protector. Y resulta que esa familia Xue que acaba de ser mencionada no es de las que Su Señoría se pueda permitir ofender. Si este caso no fue resuelto antes se debió a que su antecesor quiso tener un gesto de deferencia hacia ellos.

Entonces se sacó de la manga una lista, escrita en pésimos versos, de las familias más notables de ese distrito; contenía anotaciones acerca de su genealogía, sus diferentes rangos y sus ramas familiares. Comenzaba diciendo:

Los caballos de oro

y las alas de jade

de los Jia de Jinling

no son bisutería [2] .

Descendieron veinte ramas del duque de Ningguo y del duque de Rongguo. Sin contar las ocho ramas de la capital, existen otras doce en su distrito natal.

Vasto palacio de A Pang [3] ,

digno de un mandarín,

no caben en tus salones

todos los Shi [4] de Jinling.

Descendieron dieciocho ramas del marqués Shi de Baoling, primer ministro. Diez en la capital, diez en el distrito natal.

Si el Rey Dragón del Mar Este

desea un lecho de jade

debe pedirlo a los Wang,

y todo el mundo lo sabe.

Descendieron doce ramas del conde Wang, el gran mariscal. Dos en la capital, las demás en el distrito natal.

La riqueza de los Xue [5]

se diría una nevada;

hierro les parece el oro,

y las perlas, como grava.

Descendieron ocho ramas del señor Xue, secretario imperial, ahora a cargo del Tesoro.

Antes de que Yucun pudiera terminar de leer la lista sonó una campana en la puerta y fue anunciado un tal señor Wang. Se volvió a poner su túnica y su bonete oficiales, y tras haber atendido al visitante en el tiempo que tarda en ser despachado un almuerzo regresó a pedir más información.

—Estas cuatro familias están estrechamente ligadas —prosiguió el asistente—. Tocar a una es tocar a todas; honrar a una es honrar a todas. Se ayudan y se encubren. El Xue acusado de asesinato es uno de los de la lista. No sólo cuenta con el apoyo de las otras familias, sino que además tiene muchísimos amigos y parientes con influencia en la capital y en provincias. Ése es el hombre a quien quiere arrestar Su Señoría.

—Y si ésa es la situación, ¿cómo vamos a solucionar el caso? —preguntó Yucun—. ¿Debo entender que tú sabes dónde se esconde el asesino?

—No lo ocultaré a Su Señoría. No sólo conozco el escondite del asesino, sino también al secuestrador que vendió a la muchacha y al pobre diablo que la compró. Pero déjeme exponerle los hechos. La víctima, Feng Yuan [6] , era hijo de una familia de notables menores de la localidad. Sus padres murieron cuando él era joven; no tenía hermanos y sobrevivió lo mejor que pudo con su escasa fortuna. Cumplió dieciocho o diecinueve años sin haber sentido nunca interés por las mujeres. Pero quién sabe si como pago por pecados de una vida anterior, fue a encontrarse con este secuestrador y, en cuanto vio a la muchacha, quedó prendado y se decidió a comprarla para convertirla en su concubina. Juró no volver a tener enredos con hombres y no tomar otra esposa. Buscando un día favorable, insistió en recogerla pasados tres días, pero ¿quién iba a suponer que entretanto el secuestrador la vendería en secreto a los Xue para embolsarse el pago de ambas partes? El caso es que le echaron el guante antes de que lograra su propósito y lo apalearon hasta casi matarlo, pero las dos partes se negaron a que les fuera devuelto el dinero, y ambas exigieron que se les entregara a la muchacha. Fue entonces cuando el joven Xue, que nunca cede un milímetro a nadie, ordenó a sus matones que se deshicieran de Feng Yuan, quien murió al cabo de tres días a consecuencia de la paliza que le dieron.

Y prosiguió:

—El joven Xue ya había fijado una fecha para trasladarse a la capital, pero dos días antes de su partida vio a la muchacha y decidió comprarla y llevarla consigo, ignorando los problemas que ello le acarrearía. Luego, después de haber matado a un hombre y raptado a una muchacha, partió con su gente como si nada hubiera sucedido, dejando atrás a los de su clan y a unos cuantos servidores para que arreglaran el asunto. De todas formas, para él no era un asunto grave arrebatar una vida. Por cierto, ¿sabe usted quién es la muchacha?

—¿Cómo voy a saberlo?

—De alguna manera es la benefactora de Su Señoría —el asistente soltó una risita—. Se trata de Yinglian, la hija de aquel señor Zhen Shiyin que vivía junto al templo de la Calabaza.

—¡Diablos! —exclamó el atónito Yucun—. Me dijeron que había sido secuestrada a los cinco años. Pero ¿por qué no la vendieron antes?

—Este tipo de secuestradores se especializa en robar niñas pequeñas para criarlas en algún lugar apartado hasta que cumplen once o doce años. Entonces las llevan a otro lugar, les ponen precio según su presencia y las venden. Solíamos jugar con Yinglian todos los días. A pesar de que han pasado siete u ocho años y ya es una hermosa muchacha de doce o trece, sus rasgos no han cambiado. Quien la hubiera visto antes no tiene dificultades para reconocerla ahora. Además, nació con un lunar entre las cejas del tamaño de un grano de arroz, lo que la hace inconfundible. Por casualidad vivía yo en unas habitaciones que alquilaba el secuestrador, y un día aproveché para preguntarle a la muchacha abiertamente. Le habían dado tantas palizas que tenía miedo de hablar; insistía en que el secuestrador era su padre, y que la vendía para pagar sus deudas. Cuando quise sonsacarle más información se echó a llorar y dijo que no recordaba nada de su infancia. No me cabe ninguna duda de que es la hija del señor Zhen. El día que el joven Feng la vio y pagó su dinero, el secuestrador se emborrachó. Entonces Yinglian suspiró: «Se acabaron por fin mis penalidades». Sin embargo, volvió a ellas cuando se enteró de que Feng sólo vendría a buscarla pasados tres días; Me dio tanta pena que, en cuanto salió el secuestrador, envié a mi esposa para que la consolara. Mi esposa le dijo: «La insistencia del señor Feng en esperar un día propicio para llevarte con él es señal de que no te tratará como una sirvienta. Además, se trata de un caballero muy distinguido, bastante adinerado, que nunca se interesó por las mujeres en el pasado y que sin embargo ahora paga por ti un precio muy alto. Ten paciencia un par de días. No tienes razones para preocuparte». Entonces la muchacha se animó algo pensando que pronto tendría un hogar que podría llamar el suyo. Pero este mundo está colmado de decepciones: al día siguiente fue vendida a los Xue. Cualquier otra familia hubiera estado mejor, pero este joven Xue, conocido también como el Tirano Tonto, es él rufián más perverso de la creación. Derrocha el dinero como si fuera estiércol. Se armó una gran gresca, y luego se la llevó a rastras más muerta que viva. Ignoro desde entonces qué ha sido de la muchacha. Lástima que Feng Yuan comprara la muerte en lugar de la felicidad, ¿no le parece?

—No fue casualidad, sino un pago por los pecados cometidos en sus vidas anteriores —respondió Yucun con un suspiro pensativo—. De otro modo, ¿por qué había Feng Yuan de fijarse precisamente en Yinglian? En cuanto a ella, después de todos estos años de sufrimiento en manos de su secuestrador, por fin entrevió una salida con un hombre que la amaba. De haberse casado con él todo hubiera salido bien, ¡pero ocurrió esto! Los Xue son más ricos que los Feng, y seguro que un tarambana como Xue Pan tiene muchas doncellas y concubinas y vive sumido en el desorden. Nunca podrá serle fiel a una sola muchacha. Ese romance fue un sueño vacío, el encuentro fortuito de una pareja infortunada. Pero basta ya. ¿Cuál es la mejor manera de zanjar este asunto?

—Su Señoría demostró su habilidad en el pasado —dijo el asistente con una sonrisa—. ¿Por qué hoy está tan corto de ideas? He oído decir que su nombramiento se produjo por intercesión de los Jia y de los Wang, y este Xue es un pariente de los Jia. ¿Por qué no nadar a favor de la corriente y devolverles el favor arreglando el caso de manera que pueda volver a mirarlos a la cara?

—Hay mucho de cierto en lo que dices, pero está por medio la vida de un hombre. Además, me han vuelto a brindar el favor imperial y estoy empezando una nueva vida. Debería hacer lo posible por demostrar mi gratitud al emperador cumpliendo con mi deber. ¿Cómo puedo ignorar la ley? No concibo la posibilidad de actuar de esa manera.

El asistente sonrió:

—Su Señoría tiene razón, pero en el mundo de hoy eso no conduce a nada bueno. Acuérdese de las viejas máximas: «Un caballero ha de saber amoldarse a las circunstancias» y «El hombre superior es aquel que persigue la fortuna y evita el desastre». Actuando como acaba de decir, no sólo le será imposible responder a la confianza puesta en usted por el emperador, sino que además expondrá su propia vida. Más vale que lo piense detenidamente.

Yucun inclinó la cabeza. Después de un largo silencio preguntó al asistente:

—¿Y qué sugieres tú?

—Tengo un plan excelente. Cuando Su Señoría vea el caso mañana, haga gran alarde de envío de órdenes y edictos; entonces el asesino no se presentará y el denunciante insistirá en su denuncia, con lo que podrá detener a algunos miembros del clan y a algunos sirvientes para ser interrogados. Mientras tanto yo, entre bastidores, arreglaré la cosa para poder informar de la «súbita muerte por enfermedad» de Xue Pan; con ese fin obtendré el testimonio de su clan y de las autoridades locales. Su Señoría podrá reclamar la posibilidad de consultar a los espíritus a través de la tablita de escritura mágica [7] . Haga instalar una en el tribunal e invite a militares y civiles como observadores. Entonces podrá decir: «El espíritu declara que Xue Pan y Feng Yuan fueron enemigos en una existencia anterior y estaban destinados a enfrentarse en ésta para dirimir sus diferencias; que Xue Pan, acosado por el fantasma de Feng Yuan, ha muerto a consecuencia de una extraña enfermedad; que puesto que todos estos problemas han sido ocasionados por el hombre que secuestró a la muchacha, cuyo nombre es tal y tal, éste debe ser tratado de acuerdo con lo dispuesto por las leyes». Y así sucesivamente. Yo me encargaré de que el secuestrador confiese, y cuando todo sea confirmado por el espíritu la gente quedará convencida. Como los Xue son muy ricos puede hacerles pagar quinientos o mil taeles por los gastos del entierro de Feng Yuan, cuyos parientes son gente insignificante que se ha metido en esto por el dinero. El dinero de los Xue les tapará la boca. ¿Qué le parece mi plan a Su Señoría?

—¡Inadmisible! —Yucun se resistió—. Tendré que meditar todo esto detenidamente para evitar tanta palabrería huera.

Su reunión se prolongó hasta bien avanzada la tarde. Al día siguiente se citó ante la corte de justicia a numerosos sospechosos que fueron cuidadosamente interrogados por Yucun, quien descubrió que, en efecto, los Feng eran una familia insignificante cuyo interés en el caso radicaba en obtener más dinero para el entierro, y que era a los tercos Xue, a través de sus poderosos parientes, a quienes se debía la enmarañada situación del caso y el que éste hubiera quedado pendiente. Yucun interpretó la ley adecuándola a sus propios intereses y emitió una sentencia arbitraria. Los Feng recibieron una buena cantidad de dinero y dejaron de ocasionar problemas. Yucun escribió sin pérdida de tiempo a Jia Zheng y a Wang Ziteng, comandante general de la guardia metropolitana, para informarles de que los cargos contra su digno sobrino habían sido retirados, y que en consecuencia no había razón para seguir preocupándose.

Yucun había dado por cerrado el caso gracias a la sugerencia del asistente que había sido novicio en el templo de la Calabaza, pero, temeroso de que ese hombre revelara pormenores de sus tiempos de miseria, fue acumulando faltas en su expediente hasta que consiguió exiliarlo en una lejana región.

Hablemos ahora del joven Xue, el que había comprado a Yinglian y ordenado matar a palos a Feng Yuan. Procedía de una familia culta de Jinling, pero la pérdida de su padre en la infancia lo había convertido, como único hijo y heredero, en un engreído malcriado por su madre. El resultado fue que llegó a ser un atontado inútil. Eran ricos gracias a un ingreso del Tesoro Estatal en calidad de proveedores de la Casa Imperial. El nombre del joven Xue era Pan, y su nombre de cortesía Wengi. Desde Los cinco o seis años se había mostrado excéntrico en los hábitos e insolente en el lenguaje. En la escuela sólo aprendió unos cuantos caracteres, despilfarrando su tiempo en peleas de gallos, equitación y viajes de placer. A pesar de su condición de proveedor de la corte ignoraba todo sobre negocios u otros asuntos mundanos, por lo cual recurrió a las viejas relaciones de su abuelo con el fin de obtener una bien remunerada sinecura en el Ministerio de Hacienda, mientras dejaba el negocio en manos de sus agentes y de los viejos servidores de la familia.

Su madre viuda, Wang de soltera, era la hermana menor de Wang Ziteng, comandante general de la guarnición metropolitana, y hermana también de la dama Wang, esposa de Jia Zheng, de la mansión Rongguo. Tenía alrededor de los cuarenta años y Xue Pan era su único hijo, como queda dicho. Pero también tenía una hija, dos años menor que el hermano, cuyo nombre de infancia era Baochai; se trataba de una niña bella y delicada, de natural refinada. Mientras vivió su padre la hizo estudiar, resultando en ello diez veces mejor que su hermano, pero tras la muerte de su progenitor, comprendiendo que Xue Pan no serviría de gran ayuda a su madre, dejó los estudios para dedicarse a las labores del hogar y a la administración de la casa, compartiendo así sus cargas y preocupaciones.

Ocurrió que, en su infinita bondad y en su deseo de honrar la cultura, alentar la etiqueta y descubrir talentos, así como de seleccionar consortes y damas de compañía, el emperador solicitó a la Junta que confeccionase una lista de las hijas de ministros y familias notables de entre las que serían elegidas compañeras de estudio virtuosas y con talento para las princesas. Por otra parte, como desde la muerte del padre de Xue Pan todos los gerentes y administradores de las oficinas de la proveeduría de diversas provincias habían empezado a embaucar al muchacho, los negocios de las diversas tiendas de la familia en la capital habían empezado a declinar. Así fue como Xue Pan, que desde tiempo atrás venía oyendo comentarios sobre los esplendores de la capital, consiguió tres buenos pretextos para visitarla: En primer lugar, escoltar a su hermana para la selección imperial; en segundo, visitar a sus parientes; por último, solventar las cuentas del negocio y decidir futuras acciones. Ni que decir tiene que el verdadero motivo de su viaje era contemplar los panoramas de la gran ciudad.

A partir de ese momento dedicó su tiempo a hacer el equipaje, empaquetar sus cosas de valor y preparar productos típicos para obsequiar a parientes y amigos. Ya había sido fijado un día favorable para la partida cuando se encontró con el secuestrador que vendía a Yinglian. Impresionado por la belleza de la muchacha, la había comprado enseguida. Cuando Feng Yuan la reclamó, Xue Pan, apoyándose en su poderosa posición, ordenó a sus matones que golpearan al joven hasta matarlo, tras lo cual encomendó la solución del asunto a gentes de su clan y emprendió el viaje con su madre y su hermana. Una denuncia por asesinato era para él una bagatela fácilmente solucionable con un poco de inmundo dinero.

Días más tarde les sorprendió en el camino, ya en las afueras de la capital, la noticia de que su tío Wang Ziteng había sido promovido a comandante general de nueve provincias con orden de inspeccionar las fronteras. Xue Pan se dijo jubiloso: «Precisamente iba pensando en lo fastidioso que iba a ser tener un tío que limitara mis andanzas en la capital. Ahora ha sido ascendido y se marcha, lo que demuestra la bondad del cielo».

A su madre le sugirió:

—Aunque tengamos casas en la capital no hemos vivido en ninguna desde hace diez años o más. Puede incluso que los vigilantes las hayan alquilado. Mandemos a alguien por delante para que vaya disponiendo una.

—¿Para qué tantas molestias? —preguntó ella—. Al llegar debemos visitar primero a nuestros parientes y amigos, y podemos quedarnos un tiempo con tu tío o tu tía. Ambos tienen mucho espacio. ¿No sería más sencillo que nos instaláramos allí y nos tomemos con calma lo de abrir las casas?

—Pero al tío acaban de ascenderlo y partirá a la provincia, con lo que es posible que su casa ande muy revuelta. Parecerá de lo más desconsiderado caerle encima como un enjambre de abejas.

—Puede que tu tío esté a punto de partir para ocupar su nuevo cargo, pero todavía queda la casa de tu tía. Año tras año nos han invitado a la capital, y ahora que estamos a punto de llegar y tu tío se está preparando para ausentarse una larga temporada, seguro que la tía Jia insistirá en que nos quedemos con ella; Les parecerá muy raro que lleguemos con tanta prisa por abrir una de nuestras propias casas. Sé lo que buscas. Temes quedarte con el tío o la tía porque te pueden imponer restricciones. Preferirías vivir por tu cuenta, libre para hacer lo que te plazca. Si es así, anda y búscate alojamiento. Yo he pasado todos estos años lejos de tu tía, y las dos queremos estar algún tiempo juntas. Tu hermana vendrá conmigo, ¿te parece bien?

Consciente de que no podría enredar con palabras a su madre, Xue Pan se vio obligado a ordenar a sus sirvientes que se dirigieran directamente hacia la mansión Rong. Mientras tanto, la dama Wang, que para su alivio ya había sido informada de los buenos oficios de Yucun en la liquidación del caso contra Xue Pan, empezaba a vivir la angustia del ascenso de su hermano y su traslado a un puesto fronterizo, ya que se enfrentaba a la solitaria perspectiva de no tener a nadie de su propia familia a quien poder visitar. Pero unos días más tarde recibió el anuncio de que su hermana había llegado a la capital con sus hijos y toda la casa, y que todos se estaban apeando en ese mismo momento frente al portón principal.

Radiante, la dama Wang se precipitó al salón de recepción con su hija y su nuera para recibir al grupo e introducirlo en la mansión. Es innecesario demorarse en la mezcla de pena y delicia de dos hermanas que se volvían a encontrar en el ocaso de sus vidas, ni en sus risas, sus lágrimas o sus recuerdos.

La dama Wang llevó al grupo a que presentase sus respetos a la Anciana Dama, y luego ellos distribuyeron los obsequios que habían traído. Una vez hechos los honores a toda la familia, se organizó una fiesta de bienvenida en honor de los recién llegados. Cuando hubo presentado sus respetos a Jia Zheng, Xue Pan fue llevado por Jia Lian a visitar a Jia She y a Jia Zhen.

Jia Zheng envió a su esposa este recado: «Mi cuñada ya ha visto muchos otoños y primaveras, y mi sobrino es joven e inexperto. Si viven fuera de esta casa, el muchacho acabará metiéndose en líos. Hay más de diez cuartos vacíos en el patio de los Perales Fragantes, en la esquina nordeste de la finca. Que los dispongan, y pide a tu hermana y a sus hijos que se alojen allí». Antes de que la dama Wang pudiera hacerlo llegó también un recado de la Anciana Dama: «Invita a tu hermana a quedarse aquí de modo que podamos estar todos juntos». La tía Xue accedió de buen grado. De esa manera habría alguien que vigilase a su hijo, cuya vida en el exterior habría de acarrear inevitablemente nuevos conflictos. Luego, le dijo en privado a la dama Wang que una presencia prolongada como la suya implicaba que ella misma correría con sus gastos domésticos. La dama Wang sabía que eso no suponía ninguna dificultad para la familia Xue, y por tanto aceptó. Por fin, la tía Xue y sus hijos se mudaron al patio de los Perales Fragantes.

El patio, donde el duque de Rongguo había pasado sus últimos años, era pequeño pero encantador; tenía doce aposentos, entre ellos un vestíbulo; los dormitorios estaban en la parte trasera. Tenía su propia puerta a la calle, que era la que usaba el servicio de los Xue, y un pasaje que iba desde la puerta sudoeste hasta el patio oriental del cuarto principal de la dama Wang. Todos los días, después del almuerzo o al caer la tarde, la tía Xue recorría ese camino para reunirse cota, la Anciana Dama o con su hermana.

Baochai, por su parte, pasaba su tiempo con Daiyu, Yingchun y las otras muchachas, feliz de poder leer, jugar al weiqi [8] o coser con ellas.

Sólo Xue Pan, temeroso de que su tío lo controlara tan estrictamente que no le permitiera ninguna independencia, se mostró inicialmente descontento con el arreglo. Pero de momento tuvo que conformarse, ya que su madre había tomado la decisión y la familia Jia les presionaba para que se quedaran. No obstante, ordenó a su gente que tuviese preparada una de sus casas para cuando decidiera mudarse.

Antes de un mes mantenía un trato familiar con la mitad de los hijos y sobrinos de la familia Jia, y todos los jóvenes ricos y elegantes que allí había disfrutaban con su compañía. Un día se reunían para beber, otro para contemplar las flores, y pronto fue asiduo de las timbas y las visitas a cortesanas, de manera que Xue Pan se volvió diez veces peor que antes.

A pesar de que Jia Zheng era conocido por su excelente método en la educación de sus hijos y el mantenimiento de la disciplina en su hogar, lo extenso de su familia le impedía estar presente en todas partes. Por su parte, como nieto mayor del duque de Ningguo, Jia Zhen había heredado el título de cabeza del clan y era responsable de sus asuntos públicos y privados, pero a esa gran responsabilidad se unía un carácter elevado que le impedía tomar en serio las banalidades cotidianas y prefería dedicar su ocio a la lectura o al weiqi. Por eso, y dado que el patio de los Perales Fragantes estaba a dos patios de distancia de sus aposentos y tenía una puerta a la calle por la que la que se podía transitar libremente, los jóvenes hacían lo que les venía en gana. En esas condiciones, al poco tiempo Xue Pan había olvidado toda idea de mudanza.

Capítulo V

Visitando en sueños la Tierra de la Ilusión,

la diosa del Desencanto revela a Baoyu

el destino de las doce bellezas.

Bebiendo el licor de los inmortales, Baoyu escucha

las melodías tituladas Sueño en el Pabellón Rojo *.

En el capítulo cuarto dejamos a la familia Xue cómodamente instalada en la mansión Rong. Pero ahora volvamos a Daiyu.

Desde su llegada a la mansión había recibido mil muestras de cariño por parte de la Anciana Dama, que la trataba exactamente igual que a Baoyu y dejaba a Yingchun, Tanchun y Xichun, las muchachas Primavera, en un segundo plano de su afecto. La relación entre Daiyu y Baoyu se había estrechado más que las demás: durante el día paseaban o se sentaban juntos, de noche dormían en el mismo cuarto; coincidían en todos los asuntos cotidianos… Y entonces apareció Baochai.

No era mucho mayor que ellos, pero su educación y su encanto encandilaban a todos, y todos la tenían en su consideración por encima de Daiyu. Claro está que a los ojos del mundo no hay nadie que no tenga algún encanto; en este caso, una era adorable como una flor y la otra tenía la gracia de un sauce; cada una era encantadora a su manera, de acuerdo con su particular temperamento. Pero la generosidad, el tacto y la buena disposición de Baochai contrastaban con la displicente reserva que mantenía Daiyu, de manera que sus virtudes acabaron ganando el corazón de sus inferiores, y casi todas las doncellas gustaban de platicar con ella. Todo esto empezó a despertar los celos de Daiyu, aunque Baochai ni siquiera llegara a sospecharlo.

Por su parte, Baoyu era todavía un niño insensato y testarudo que trataba por igual a hermanos, hermanas y primos, y no hacía distinción entre parientes cercanos y lejanos. Pero como él y Daiyu compartían las habitaciones de la Anciana Dama, la relación con la muchacha era más estrecha que con los demás parientes; y de tan estrecha se volvió íntima, aunque precisamente por eso a veces él llegara a ofenderla con su desconsideración y sus exigencias.

Un día que habían reñido y Daiyu lloraba una vez más en la soledad de su alcoba, entró Baoyu arrepentido de su falta de tacto para intentar reconciliarse con su prima. Y tan bien lo hizo que poco a poco consiguió levantarle el ánimo.

Como la floración de los ciruelos del jardín de la mansión Ning se encontraba en todo su apogeo, la señora You, esposa de Jia Zhen, invitó a la Anciana Dama, a la dama Xing, a la dama Wang y a las demás a dar un paseo para disfrutar del espectáculo. La señora You, acompañada de Jia Rong y de su esposa, acudió personalmente a cursar la invitación. La Anciana Dama y las demás aceptaron, y después del desayuno pasearon por el jardín de la Fragancia Concentrada y bebieron primero té y después vino. No pasó de ser una reunión informal de las mujeres de ambas casas sin nada digno de ser reseñado.

El caso es que Baoyu, que las acompañaba, se fatigó pronto y quiso echarse a dormir un poco. La Anciana Dama ordenó a sus sirvientas que lo atendieran bien y lo trajeran de vuelta cuando hubiera descansado. Qin Keqing, esposa de Jia Rong, intervino entonces con una sonrisa:

—Aquí tenemos un cuarto dispuesto expresamente para el tío Baoyu. Confíemelo a mí sin ningún temor, venerable abuela.

Y, volviéndose a sus amas y doncellas, les indicó que la siguieran con su joven señor.

La adorable y esbelta Qin Keqing era, por su conducta amable y tranquila, la favorita de la Anciana Dama entre todas las esposas de los bisnietos de las ramas Ning y Rong. Por ello permitió a Baoyu ir con ella en la seguridad de que quedaba en buenas manos.

Qin Keqing condujo al grupo a un aposento interior, donde Baoyu se fijó en una hermosa pintura que figuraba «Un erudito estudiando a la luz de una antorcha». Le produjo aversión inmediatamente, sin ver siquiera quién era el autor. Entonces leyó el pareado que acompañaba el dibujo:

Quien conozca a fondo los asuntos terrenales,

obtendrá la sabiduría.

Quien capte profundamente los sentimientos humanos, dominará el arte de escribir.

Esas dos líneas le hicieron sentir tanto rechazo por el lugar, a pesar de su lujo y su refinamiento, que pidió ser llevado a otro sitio.

—Pero si éste no le gusta, ¿a qué otro aposento lo llevaremos que no sea el mío? —preguntó la anfitriona riendo—. Sea, venga entonces a mi cuarto.

Baoyu asintió con una sonrisa, pero una de sus amas protestó:

—No está bien que un tío duerma en el cuarto de la esposa de su sobrino.

—¡Vaya! —repuso sonriendo Keqing—. No ofendo a mi tío si digo que es todavía un niño. A su edad no tienen sentido tales prejuicios. ¿No vieron a mi hermano cuando vino el mes pasado? Estoy segura de que es más alto que mi tío Baoyu.

—¿Cómo no lo conocí? —preguntó Baoyu—. Tráelo que lo vea.

Las mujeres se echaron a reír:

—Está a muchos li de aquí, ¿cómo lo vamos a traer? Ya lo conocerá en otra ocasión.

Cuando llegaron a la alcoba de la joven señora fueron recibidos en el umbral por un aroma sutil que nubló los ojos de Baoyu y le derritió los huesos.

—¡Qué bien huele aquí! —exclamó.

Al entrar vio sobre el muro una pintura de Tang Bohu [1] que figuraba una dama durmiendo bajo las flores de un manzano silvestre en primavera. Dos rollos lo flanqueaban, donde el erudito Qin Guan [2] , de la dinastía Song, había escrito:

El ligero frío que envuelve el sueño es el frescor de la primavera.

El efluvio que toma los sentidos del hombre es el aroma del vino.

Sobre el tocador había un finísimo ejemplar procedente de la galería de espejos de la emperatriz Wu Zetian [3] ; a su lado, en una bandeja de oro sobre la que alguna vez danzó la favorita Zhao Feiyan [4] , descansaba el membrillo que An Lushan arrojara contra Tai Zhen [5] hiriéndola en un pecho. En un extremo de la alcoba estaba el diván en el que había dormido la princesa Shouchang [6] en el palacio de Hanzhang; sobre el diván, las cortinas de perlas que enhebrara la princesa Tongchang [7] .

—Qué bien se está aquí —repitió Baoyu extasiado.

—Puede que mi alcoba sea digna de una inmortal —respondió Keqing con una sonrisa mientras extendía con sus propias manos una mantilla de seda lavada por Xi Shi [8] . Después, acomodó la almohada nupcial que había sido utilizada por Hongniang [9] . Amas y doncellas acostaron a Baoyu y salieron del cuarto, quedándose sólo cuatro como compañía: Xiren, Meiren, Qingwen y Sheyue. Keqing les dijo que esperasen en la terraza y se entretuvieran mirando a los gatitos y a los cachorros de perro que allí había, y procuraran evitar los ruidos que jugando hacían los animales.

En cuanto cerró los ojos, Baoyu se quedó dormido. Soñó que Qin Keqing caminaba delante de él, y la siguió distraídamente por un largo sendero hasta que llegaron a una escalinata de mármol blanco con barandas de color rojo, entre verdes árboles y arroyos cristalinos. Era un lugar apenas hollado por el hombre, fuera del alcance de los polvorientos torbellinos. En su sueño pensó contento: «Éste es un lugar agradable. ¡Si pudiera pasar aquí la vida entera! Lo cambiaría gustoso por mi hogar, donde mis padres y maestros me castigan cada día». Y ya se dejaba llevar por tanto gozo cuando oyó que alguien cantaba desde la otra ladera de una colina:

El sueño primaveral se alejó ya con las nubes.

Flores Caídas se pierden flotando por la corriente.

Escuchad este consejo, oh juventudes amantes:

No sigáis cortejando el inútil sufrimiento.

Baoyu reconoció la voz de una muchacha y, antes de que acabara la canción, vio como aparecía desde detrás de la colina y se acercaba a él. Su apostura y la gracia con la que caminaba no eran las de una mortal. Lean, si no, su descripción:

Acaba de dejar la sombra de los sauces, y se acerca entre las flores. Su belleza sorprende a los pájaros en los árboles del patio, y un momento después se dibuja su silueta en la rotonda. Al moverse, las mangas de su vestido de hada despiden un aroma embriagador de almizcle y orquídea. Con cada crujido de sus prendas de loto tintinean sus zarcillos de jade.

Los hoyuelos sonrientes de sus mejillas se dirían un capullo de durazno primaveral; sus negros cabellos jaspeados de azul, un cúmulo de nubes. Sus labios son cerezas maduras, y dulce es el aliento de sus dientes de granada.

Nieve que arremolina el viento es la curva de su cintura. Deslumbrantes son sus perlas y esmeraldas; oro tierno el dibujo de su frente.

Ya disgustada o ya radiante, entra o sale entre las flores, avanza o retrocede flotando como alada sobre un lago.

Tiene fruncidas las cejas de mariposa nocturna, y a la vez en ellas acecha una sonrisa. De sus labios entreabiertos, como a punto de decir algo, no brota sonido alguno cuando rauda se desliza sobre sus pies de loto y parece, en plena pausa, a punto de emprender el vuelo.

Su tez inmaculada es pura como el hielo, lisa como el jade; magnífico su vestido de espléndidos dibujos. Dulce es su rostro, compacto de fragancia, tallado en jade. Se mueve como un fénix danzando o un dragón en pleno vuelo.

¿Su blancura? Flor de ciruelo primaveral vista a través de la nieve. ¿Su pureza? Orquídeas otoñales cubiertas por la escarcha. ¿Su serenidad? Un pino en un valle, solitario. ¿Su belleza? El crepúsculo reflejado en un límpido estanque. ¿Su gracia? Un dragón avanzando contra una comente sinuosa. ¿Su espíritu? Luz de la luna sobre un río escarchado.

Ante ella, Xi Shi sentiría vergüenza y Wang Qiang [10] se sonrojaría. ¿Dónde nació esta maravilla? ¿De dónde viene?

Nadie en la tierra de las hadas se le puede comparar. No tiene igual en las pobladas cortes celestiales.

¿Quién puede ser esta belleza?

Invadido por el júbilo ante la aparición del hada, Baoyu le hizo una reverencia y suplicó:

—Hermana hada, dime de dónde vienes y adónde vas. Ya ves, yo me he perdido… ¿Podrías tú ser mi guía?

—Mi hogar está sobre la Esfera del Dolor de la Despedida, en el Mar de la Pena Rebosante —le respondió el hada—. Soy la diosa del Desencanto; vengo de la Gruta Fragante, que está en el Monte de la Primavera que se Expande, en la Tierra de la Ilusión del Gran Vacío. Yo gobierno en la tierra sobre los romances y los amores no correspondidos, el dolor de las mujeres y la pasión de los hombres. No hace mucho que se congregaron en este lugar las reencarnaciones de algunos amantes de otros tiempos, y he venido buscando la ocasión de prodigar amor y deseo. Nuestro encuentro no es casual.

Y añadió:

—Mi reino no está lejos de aquí. Sólo te puedo ofrecer una taza de té de las hadas cosechado con mis propias manos, una jarra de licor que yo misma preparé, la presencia de cantantes y bailarinas, y doce nuevas canciones de hadas tituladas Sueño en el Pabellón Rojo. ¿Me acompañas?

En pleno deleite, Baoyu olvidó a Keqing y siguió a la diosa hasta un arco de piedra sobre el que aparecía grabada la siguiente inscripción: «Tierra de la Ilusión del Gran Vacío». Sobre ambas columnas lucía el siguiente pareado:

Cuando se toma lo falso por verdadero, lo verdadero se torna falso;

cuando de la nada surge el ser, el ser permanece nada.

Más allá del arco se divisaba una puerta palaciega en la que se leía: «Mar del Dolor y Cielo del Amor». Un pareado que flanqueaba esta inscripción decía:

La pasión, tan firme como la tierra, encumbrada como el cielo, no conoce freno desde tiempo inmemorial.

Qué difícil es para los jóvenes apasionados, para las muchachas melindrosas, saldar las deudas de brisa y de luz de luna.

«¡Vaya! —pensó Baoyu—, me pregunto qué significa “la pasión desde tiempo inmemorial” y qué serán esas “deudas de brisa y de luz de luna”. No me desagradaría experimentar alguna de esas cosas.»

Él no lo sabía, pero acababa de convocar hasta las profundidades de su corazón a un espíritu maligno.

Siguió a la diosa a través de la segunda puerta; cruzaron dos salas idénticas, una a cada lado, cada una con su tablilla y su pareado. No tuvo tiempo de leer los versos, pero fue descifrando los nombres: Aposento de la Vanidad, Aposento de los Celos, Aposento de las Lágrimas Matinales, Aposento de los Suspiros Nocturnos, Aposento de los Deseos Primaverales y Aposento del Dolor Otoñal.

—¿Por qué no me enseñas esos aposentos, diosa? —preguntó.

—Contienen archivos en los que están escritos el pasado y el futuro de muchachas de todo el mundo —le respondió—. Tus ojos humanos y tu envoltura mortal impiden que te sean mostrados.

Pero Baoyu no aceptó la negativa, y tanta fue su insistencia que finalmente ella cedió.

—De acuerdo. Puedes entrar y echar un vistazo.

Feliz, Baoyu alzó los ojos y vio sobre una tablilla el nombre «Aposento de las Infortunadas» flanqueado por dos versos:

Ellas mismas procuraron su tristeza otoñal, su dolor en primavera;

y ahora, ¿para quién su belleza de flor, su claridad de luna?

Comprendió el sentido de los versos, y extrañamente sobrecogido llegó hasta un lugar donde había más de diez grandes armarios sellados, cada uno de los cuales tenía el nombre de una localidad. No se interesó por más provincia que la suya, y buscó presuroso su lugar natal. Encontró un armario que rezaba: «Primer registro de doce bellezas de Jinling». Cuando preguntó acerca del significado de la leyenda, la diosa le respondió:

—Ése es el archivo de las muchachas más hermosas de tu provincia. Por eso se llama «Primer registro».

—Siempre oí decir que Jinling es un lugar muy grande —repuso Baoyu—. ¿Por qué entonces sólo doce muchachas? Sólo en mi familia, y contando a las sirvientas, hay más de cien bellezas.

—Hay muchas en tu provincia, es cierto, pero aquí sólo figuran las de primer grado. Los siguientes armarios contienen el registro de las de segundo y tercer grado. En cuanto a las demás, no son suficientemente hermosas como para que se lleve cuenta de su vida.

Baoyu miró en los dos armarios siguientes y vio que tenían escrito: «Segundo registro de doce bellezas de Jinling» y «Tercer registro de doce bellezas de Jinling». Abrió la puerta del tercero, extrajo el archivo de su interior y lo abrió. La primera página lucía un dibujo en tinta, no de figuras o paisajes sino de nubes oscuras y niebla espesa [11] . Al lado había unos versos:

Extraña la luna clara cuando ha pasado la lluvia

y ya se desvanecieron las tornasoladas nubes.

Su corazón es más alto que lo más alto del cielo

pero su persona es humilde, y su rango inferior.

Su encanto y su inteligencia despiertan envidia y celos;

las calumnias le traerán una muerte prematura.

¡Cuánto sufrirá en vano su enamorado dueño!

En la página siguiente, Baoyu vio pintados un ramo de flores y una esterilla raída. Una leyenda decía:

En vano es complaciente y amable,

en vano ella es orquídea y osmanto.

Todos envidian al actor que la conquiste.

Su señor no la ama; nadie sabe por qué [12] .

Incapaz de entender nada, dejó el libro. Abrió la puerta del otro armario y extrajo el segundo archivo. Vio en la primera página la imagen de un fragante osmanto sobre los lotos marchitos de un estanque agostado, y unos versos:

Sus raíces son fragantes como el loto,

pero amargo es el camino de su vida.

Cuando en dos terrenos crezca un árbol,

su alma dulce por fin descansará [13] .

Perplejo, dejó ese volumen y tomó el primer archivo. La primera página mostraba dos árboles secos de los que pendía un cinturón de jade. Al pie de un montón de nieve había una horquilla quebrada. Cuatro versos decían:

Ay, que una tiene las virtudes de la esposa de Leyang;

ay, que la otra tiene el ingenio de la sobrina de Xiean.

Aquel cinturón de jade queda colgado en el bosque,

y sepultada en la nieve aquella horquilla dorada [14] .

Tampoco este poema sugirió nada a Baoyu. Sabía que la diosa no le iba a ayudar a entenderlo, pero a la vez no se resignaba a dejar el libro. Pasó otra página y vio el dibujo de un arco del que colgaba una cidra. Aquí la leyenda era:

Durante veinte años ha aprendido a distinguir lo cierto de lo falso.

Las flores del granado ya se abren frente al portón del palacio.

¿Hay algo comparable al inicio de la primavera?

Cuando el Rinoceronte y el Tigre se encuentren, retornará al Gran Sueño [15] .

En la página siguiente había dos figuras volando una cometa mientras, mar adentro, una muchacha lloraba sobre un barco cubriéndose el rostro con las manos. Al lado había estos versos:

Tiene talento, hermosos ideales,

pero nació muy tarde para encontrar la suerte.

El día Brillante y Blanco la despedirán llorando junto a la orilla del río,

y sólo en sueños volverá a su casa [16] .

Luego venía un cuadro de nubes errabundas sobre una corriente de agua, con la leyenda:

De qué le sirve una familia noble y rica

si ya en la cuna se quedó sin padres.

Triste y sola contempla ahora el ocaso:

fluye y desaparece el río Xiang,

y las nubes de Chu se van volando [17] .

En la hoja siguiente había un dibujo de un hermoso trozo de jade caído en el fango, con la siguiente estrofa:

Es su único anhelo la pureza,

pero cómo vivir en un mundo vacío;

es fina como el jade y noble como el oro,

pero ha de acabar sepultada en el fango [18] .

Venía después la imagen de un lobo feroz persiguiendo a una hermosa doncella. Rezaba el veredicto:

Eres un lobo ingrato:

sólo al tenerla te has vuelto feroz;

ella, bella flor y sauce tierno,

antes de un año viajará al sueño del mijo amarillo [19] .

En la página siguiente, una muchacha sentada leía un sutra en la soledad de un viejo templo. Decían los versos:

Traspasó con su mirada la primavera fugaz;

dejó elegantes vestidos, tomó las prendas budistas.

¡Qué pobre es esta hija de familia noble y rica

hoy sentada, solitaria, bajo la estatua de Buda [20] !

Luego aparecía una hembra de fénix encaramada sobre una montaña de hielo, con la sentencia:

Este fénix llega al mundo mientras corren malos tiempos.

Su habilidad y su juicio son admirados por todos,

mas él obedece, ordena después, por fin la repudia.

Volverá a Jinling llorando, a la casa de su padre [21] .

Aparecía en la página siguiente una aldea solitaria con una bonita muchacha hilando en una humilde cabaña. Y estos versos:

La nobleza no resiste los reveses de la vida;

los parientes no visitan a una familia en ruinas.

A la abuela Liu la madre ayuda por un azar;

y la abuela asistirá a la hija infortunada [22] .

Al pasar la hoja vio Baoyu la siguiente lámina: una belleza en traje ceremonial junto a un tiesto de orquídeas. La leyenda rezaba:

Cuando el ciruelo y el durazno

dan frutos sus flores se marchitan;

ninguna comparable con la orquídea.

Pero no provoca envidia su pureza de agua o hielo:

sólo de burla servirá a los otros [23] .

Y luego el cuadro de una bellísima mujer tendiendo una soga para ahorcarse de las vigas de un edificio muy alto, con la sentencia:

El amor es infinito como el mar y como el cielo.

La reunión de dos lascivos en lujuria acabará.

No es que venga todo mal de la casa de los Rong,

pues el desastre en verdad empezó en la mansión Ning [24] .

Baoyu habría continuado leyendo, pero la diosa, conocedora de su rápida inteligencia, temió que se divulgaran los secretos del cielo. Por eso, cerrando el libro, le dijo con una sonrisa:

—¿Por qué no me acompañas a contemplar los extraños paisajes de este lugar en vez de andar rompiéndote la cabeza con esos tontos jeroglíficos?

Él dejó los archivos como en sueños y la siguió a través de arcos de perlas y cortinas bordadas, columnas pintadas y vigas talladas. No hay palabras que puedan describir los aposentos de brillante bermellón, los suelos adoquinados de oro, las ventanas blancas como la nieve y los palacios de jade, las flores de hada, las plantas exóticas y las hierbas fragantes. Mientras gozaba de tanta maravilla, interrumpió a Baoyu la risa de Desencanto: «¡Salid pronto a dar la bienvenida a nuestro honorable invitado!». Aparecieron entonces varias hadas adorables como capullos de primavera, cautivadoras como la luna de otoño, que llegaban meciendo sus mangas de loto y haciendo vibrar sus emplumadas prendas. Al ver a Baoyu reprocharon a la diosa:

—¿Es éste tu invitado? ¿Para esto tanta prisa? Nos dijiste que hoy vendría el espíritu de la hermana Perla Bermeja a visitar su antiguo hogar. A él esperábamos, ¿por qué traes aquí a esta sucia criatura que no hará sino contaminar este ámbito de puras doncellas?

El comentario dejó perplejo a Baoyu, que se sintió intolerablemente vulgar y sucio y deseó en aquel momento poder esfumarse. Pero Desencanto le tomó la mano.

—No comprendéis —explicó a las hadas—. Hoy fui a la mansión Rong en busca de Perla Bermeja, pero al pasar por la mansión Ning me encontré con los espíritus del duque de Ningguo y del duque de Rongguo, que me dijeron: «Desde el inicio de esta dinastía, y durante varias generaciones, nuestra familia ha disfrutado de buena reputación, rango y fortuna. Cien años más tarde vemos como nuestra riqueza se agota fatalmente. Tenemos muchos descendientes, pero el único digno de continuar nuestra obra es nuestro bisnieto Baoyu. Es excéntrico y terco, y poco inteligente, pero no deja de despertar en nosotros algunas esperanzas. Sin embargo, la fortuna abandonó a nuestra familia y no hay nadie que le pueda mostrar el camino correcto. Qué suerte que te hayamos encontrado, diosa. Te suplicamos que le adviertas de los peligros que entraña la lujuriosa asechanza de las mujeres, para que así pueda escapar de sus garras y tomar el sendero correcto. Entonces los dos hermanos seremos felices». Me pareció bien lo que me pedían y traje al muchacho. Para empezar, le permití hojear los registros de las jóvenes de su casa. Como no entendió nada, quise que probara aquí la ilusión de la delicia carnal. Quizás así pueda despertar más tarde a la verdad.

Dicho lo cual hizo entrar a Baoyu, y todos se sentaron. En el aire flotaba un aroma sutil, y él preguntó si estaban quemando incienso.

—Este aroma no existe en tu polvoriento mundo, así que no lo reconocerás —le dijo Desencanto con una sonrisa—. Procede de las esencias de diversas plantas exóticas jóvenes que crecen en los sitios umbrosos de algunas célebres montañas. Se destila de la resina de cada precioso árbol, y su nombre es Médula de Múltiple Fragancia.

Mientras Baoyu escuchaba maravillado, unas jóvenes sirvieron un té de aroma tan puro, sabor tan exquisito y calidad tan refrescante que Baoyu volvió a preguntar su nombre.

—Crece en la Gruta Fragante, que está en el Monte de la Primavera que se Expande —le contestó Desencanto—. Es una infusión de hojas espirituales y del rocío nocturno que cubre las flores de hada; su nombre es Mil Flores Rojas en una Caverna.

Agradeció Baoyu la respuesta; después miró a su alrededor. Vio laúdes de jaspe, valiosos trípodes de bronce, pinturas antiguas, libros de poemas… Pero lo que más le gustó fue el carmín y el talco derramado, y las huellas de saliva de las bordadoras bajo la ventana [25] . De la pared colgaba este pareado:

Tierra donde el paisaje es tranquilo y prodigioso,

Cielo en el que nadie puede hacer nada.

Perdido entre tanta admiración por cuanto le rodeaba, preguntó los nombres de las hadas. La diosa las presentó como Hada de los Sueños Amorosos, Gran Señora de la Pasión, Dorada Doncella Portadora del Dolor e Iluminada del Dolor Transmitido.

Al cabo de un momento unas niñas trajeron mesas y sillas, y dispusieron el licor y los manjares. Las copas de vidrio rebosaban de néctar y las tazas de ámbar estaban colmadas de ambrosía. Baoyu preguntó qué le daba al licor su extraordinario aroma.

—Este licor está hecho fermentando los estambres de cien flores y la savia de diez mil árboles, y mezclándolo luego con médula de unicornio y leche de fénix —respondió la diosa—. Lo llamamos Diez Mil Suavidades en una Misma Copa.

Mientras Baoyu sorbía el licor, doce jóvenes danzarinas se acercaron a preguntar qué debían interpretar.

—Las doce nuevas canciones llamadas Sueño en el Pabellón Rojo —ordenó Desencanto.

Las bailarinas empezaron a tocar suavemente sus crótalos de sándalo y a pulsar delicadamente las cuerdas de sus liras de plata. Y cantaron:

¿Quién plantó las semillas del amor…?

Pero la diosa las interrumpió para advertirle a Baoyu:

—Las canciones que vas a escuchar no se parecen a esas que interpretan en las obras de teatro de tu polvoriento mundo, que siempre corresponden a distintos personajes: eruditos, muchachas, guerreros, viejos o payasos; y que se distinguen según los nueve modos establecidos para el sur o el norte. Nuestras canciones son lamentos espontáneos por una persona o por un suceso, y son fáciles de acompañar con instrumentos de viento o de cuerda; pero ningún ser ajeno a este mundo puede apreciar sus calidades, y dudo por tanto que puedas llegar a calar realmente su sentido. Si no vas leyendo el texto al mismo tiempo, te parecerán insípidas como cera masticada.


Sueño en el Pabellón Rojo.

Anónimo de la dinastía Qing (edición de 1815).

Dicho lo cual, ordenó a una doncella que trajera las letras de las canciones de Sueño en el Pabellón Rojo. Entregó el manuscrito a Baoyu, que fue siguiendo el texto mientras escuchaba.

CANCIÓN PRIMERA

PRÓLOGO A UN SUEÑO EN EL PABELLÓN ROJO

¿Quién plantó las semillas del amor

en la primera hora del mundo?

Llegaron de la pasión desbordada,

desde la brisa y la luz de la luna.

Días de desconsuelo y soledad.

En esta tierra de dulces anhelos

quiero cantar secretos dolorosos,

triste elegía del jade y el oro:

quiero contar mi Sueño en el Pabellón Rojo.

CANCIÓN SEGUNDA

UNA VIDA MALGASTADA

Dicen que el oro y el jade se emparejan,

pero yo sólo quisiera cumplir

la promesa de la planta y la piedra.

Diferente me siento a la ermitaña

que vive sola en la límpida nieve,

y echo de menos al hada preciosa

que en los bosques umbrosos habitaba.

Lástima que no exista lo perfecto:

dicen que forman pareja feliz,

pero en ellos anida el desconsuelo [26] .

CANCIÓN TERCERA

VANO ANHELO

Ella es flor inmortal.

Él es jade perfecto.

¿Por qué habrán de verse en esta vida

si así no está escrito?

Mas si en verdad es ése su destino,

¿por qué ha de impedirse su amor?

En vano una suspira,

el otro anhela en vano.

Ella es reflejo de luna en el agua;

él es apenas flor en un espejo.

¡Sus ojos los anegan tantas lágrimas!

Pueden correr del otoño al invierno,

desde la primavera al verano [27] .

Baoyu no captó el valor de estos cantos quebrados y crípticos, pero la lastimera música que los acompañaba envenenó sus sentidos. Sin preguntar por su origen ni indagar acerca de su significado, siguió escuchando para pasar el tiempo.

CANCIÓN CUARTA

FUGACIDAD DE LA VIDA

A la cima del honor sube a buscarla la muerte:

ella verá con sus ojos que ya perdió cuanto tuvo.

La incertidumbre marchita su corazón perfumado.

A la casa de sus padres, más allá de las montañas,

en sueños manda un recado: que su hija ya se fue

a las Fuentes Amarillas: que se recojan temprano [28] .

CANCIÓN QUINTA

SEPARACIÓN DE LOS SERES QUERIDOS

Entre la lluvia y el viento recorrerá tres mil li

lejos de su hogar y de la sangre de su sangre.

Pero teme entristecer en la vejez a sus padres

y por eso les avisa: «No lloréis por vuestra niña.

Siempre estuvieron escritas la buena y la mala suerte;

es el sino, que gobierna los encuentros y partidas.

De este día en adelante viviremos separados;

que cada uno se cuide fiado en su propia mano.

Me despido, no lloréis por vuestra pequeña indigna» [29] .

CANCIÓN SEXTA

DOLOR EN EL JÚBILO

Todavía está en la cuna, y ya sus padres han muerto;

aunque el lujo la rodea, ¿alguien habrá que la quiera?

Por suerte nació mujer tan sincera y tan valiente

que nunca consideró los halagos de los hombres.

Ella, frescor de la brisa, parece luna brillando

sobre aposentos de jade donde ha pasado la lluvia.

Con un hombre inteligente y muy apuesto

podrá vivir largos años; podrá tomar la revancha

de su infancia desdichada.

Pero las nubes se esfuman por la torre de Gaotang,

y se va secando el lecho por donde el Xiang fluía.

No han de cambiar con sus quejas su destino los mortales [30] .

CANCIÓN SÉPTIMA

DESPRECIADA POR EL MUNDO

Orquídea hermosa nació, su talento es el de una

inmortal y, sin embargo, sus rarezas maravillan:

detesta los manjares más sabrosos, las ricas sedas.

Ignora que inspira odio su pureza, que desprecia

el mundo su perfección.

Se marchitará a la luz del candil de un viejo altar,

se acabarán los afeites y los rojos pabellones;

pasará la primavera, la belleza se ajará.

El camino polvoriento irá manchando su cara,

como cuando acoge el fango a un hermoso jade blanco.

Delfines de casas nobles por ella en vano suspiran [31] .

CANCIÓN OCTAVA

LA UNIÓN DE LOS ENEMIGOS

Bestia del monte Central,

lobo implacable y salvaje que ignoras la gratitud:

disfrutas, desenfrenado, del lujo y de los placeres;

desprecias la más primorosa flor del jardín ducal

como a un sauce silvestre en el camino;

pisoteas a la niña como a una mujer vulgar

hasta marchitar su alma,

ay,

antes de que pase un año [32] .

CANCIÓN NOVENA

PERCEPCIÓN DE LO EFÍMERO EN LAS FLORES

Fugaces, ve cruzar tres Primaveras:

ya no le importa la flor del durazno

ni el sauce verde;

apaga el fuego de su juventud

por gozar de la paz de un cielo calmo.

No digan que estalla el durazno contra el cielo,

ni que hierven las nubes de damascos floridos:

¿quién ha visto una flor que resista el otoño?

Los hombres, quejumbrosos, desfilan por la aldea

entre los álamos;

bajo los verdes arces los espíritus gimen;

cubren las hierbas secas

las tumbas hasta el horizonte.

Y es ésta la verdad:

el hombre que ayer fue pobre trabajó afanosamente

para mudar su fortuna,

y aun a las flores maltrata

la mudanza de las estaciones.

Nadie puede escapar a la amargura

del nacimiento o de la muerte,

pero dicen que en Occidente crece un Árbol de la Sal

cargado de frutos de la inmortalidad [33] .

CANCIÓN DÉCIMA

ARRUINADA POR LA PROPIA ASTUCIA

Tanta astucia y tanta intriga procurarán tu ruina.

Roto en vida el corazón,

y muerta, de qué te sirve

el talento.

Una mansión noble y rica, una familia en paz…

todo acabará en el suelo, disperso, mustio, hundido.

En vano media vida te afanaste,

pues como un mal sueño a media noche,

como una mansión que se derrumba,

triste, como el guiño triste

de una lámpara extinguiéndose,

súbitamente es dolor lo que hace un momento alegría.

Ay, en el mundo de los hombres

todo es mudable y fugaz [34] .

CANCIÓN UNDÉCIMA

UN PEQUEÑO GESTO DE AMABILIDAD

Un pequeño gesto amable, y una amiga agradecida

que se encuentra por azar:

La buena acción de su madre

le valió la recompensa.

Hay que ayudar a los hombres que viven en la miseria,

y no seguir el ejemplo de su tío desalmado

o de su primo el ingrato,

que por amor al dinero

descuidan a sus parientes.

La fortuna y la desgracia

son las sumas y las restas

que hace el Cielo, tan exactas

que no se pueden cambiar [35] .

CANCIÓN DUODÉCIMA

EL ESPLENDOR LLEGA TARDE

El amor es la imagen de un espejo;

fama y rango sólo un sueño;

belleza y juventud pasan veloces.

Deja de hablar de cortinas bordadas,

de las mantas con aves del amor:

no retrasan la cita con la muerte

la tiara de perlas, la casaca de fénix.

No ha de pasar penurias la vejez,

pero hay que pensar en los hijos y nietos.

Un tocado oficial alegra a un hombre

(¡cómo destella su sello dorado!),

y sube hasta el poder con majestad.

Pero está cerca el oscuro sendero

que conduce a las Fuentes Amarillas.

¿Dónde están los generales de antaño?,

¿dónde los orgullosos estadistas?

Hoy ya no son sino nombres vacíos

que admira la posteridad [36] .

CANCIÓN DECIMOTERCERA

TODAS LAS COSAS BUENAS SE ACABAN

La primavera se acaba; de las decoradas vigas

un polvo fragante cae.

Galante y bella como la luna,

ella es la raíz profunda

del ocaso familiar.

La antigua tradición decae con Jing,

y en la casa Ning se apresta la ruina.

Responsable es la pasión [37] .

EPÍLOGO

LOS PÁJAROS SE DISPERSAN HACIA EL BOSQUE

Los funcionarios se arruinan,

los ricos dilapidan sus tesoros;

los que hicieron el bien han escapado

a las zarpas de la muerte;

los que no practicaron la clemencia

encuentran su justo pago;

los que una vida tomaron

ahora pagan con la suya;

la que adeudaba sus lágrimas

saldó hasta la última gota.

No es casual el castigo

por pecar contra los otros:

predestinados están encuentros despedidas;

en una vida anterior hay que buscar las razones

de cualquier muerte violenta,

y será afortunado quien disfrute

en la vejez de rango y riquezas.

Quien la esencia del mundo supo ver

huyó del mundo,

mientras los obstinados y necios

calcinan su vida.

Arruinados los plantíos,

regresan los pájaros al bosque;

después de tanta mudanza,

¡qué deshabitado y limpio

queda el blanco y vasto campo!

Se disponían las hadas a entonar la segunda tanda de canciones, cuando la diosa del Desencanto percibió el aburrimiento que producían en Baoyu. «¡Muchacho tonto! —pensó—. Sigues sin entender nada.»

Con la excusa de que estaba borracho y quería dormir los efectos del licor, Baoyu pidió a las hadas que no siguieran cantando. Desencanto ordenó que retirasen la mesa y lo condujo a un perfumado aposento con cortinajes de seda, el más lujoso que Baoyu había visto en toda su vida. Cuál no sería su sorpresa cuando vio allí a una inmortal que le recordó a Baochai por su encanto, y por su gracia a Daiyu. No salía de su asombro, y Desencanto le dijo:

—En tu polvoriento mundo son muchos los aposentos de verdes ventanas y las alcobas bordadas de ricas y nobles familias que son profanados por hombres libidinosos y mujeres disolutas. Peor aún, desde tiempos inmemoriales todos los canallas libertinos han establecido diferencias entre el amor a la belleza y el deseo carnal, entre el amor y la lujuria, para esconder el horror de sus acciones. El amor a la belleza conduce a la lujuria tanto como el deseo. Ésta es la causa de los placeres de nube y lluvia.

Y la diosa concluyó:

—Lo que más me gusta de ti es que eres el hombre más lujurioso que jamás habitó el mundo.

—¡Diosa! ¡Estás equivocada! —protestó el aterrado Baoyu—. Mis padres siempre me castigan por mi aversión al estudio, ¿cómo me voy a arriesgar encima a que me consideren «lujurioso»? Todavía soy muy joven, ni siquiera conozco el significado de esa palabra.

—Mira —replicó Desencanto—, aunque parezca muy establecido en qué consiste el vicio de la lujuria, lo cierto es que no existe una sola, y que una no es igual a otra, y que cada una tiene matices diferentes. En el mundo polvoriento hay libertinos cuya única holganza es la belleza física, el canto, el baile, la farra interminable y, siempre, el placer carnal, los incesantes juegos de nube y lluvia. Quisieran poseer a todas las bellezas de la tierra para saciar sus deseos de un minuto. Son criaturas soeces avezadas en la lujuria carnal. Tú, en cambio, naciste con una naturaleza apasionada, con una locura de amor que llamamos «lujuria de la mente». Consiste en algo que puedes captar intuitivamente, pero no describir con palabras. Esto, que te convierte en grata compañía para las mujeres, te hace aparecer extraño y aberrante ante los ojos del mundo, y por tanto objeto de burla y desprecio. Hoy, tras encontrarme con tus dignos antepasados, los duques de Ningguo y de Rongguo, y escuchar su sincera súplica, para mayor gloria de las mujeres no pude aceptar que fueras condenado por el mundo. Por eso te traje aquí y te honré con licor divino y té de las hadas para intentar luego desperezar tu mente con sutiles canciones. Ahora me dispongo a entregarte a mi hermana menor Jianmei, cuyo nombre infantil es Keqing [38] . Esta noche, favorable para los encuentros amorosos, se consumará vuestra unión. Así, una vez que hayas comprobado la naturaleza ilusoria de los placeres en la tierra de las hadas, comprenderás la vanidad del amor en tu mundo polvoriento. De hoy en adelante podrás corregir tu conducta y prestar toda tu atención a las enseñanzas de Confucio y Mencio, y a la administración de la sociedad y el pueblo.

Dicho esto, siguió hablando y lo inició en los secretos del sexo. Después, empujándolo hacia el cuarto, cerró la puerta y se marchó.

Baoyu hizo todo lo que la diosa le había dicho, tal como ella le había indicado.

Podemos correr un velo sobre su primer acto amoroso.

Al día siguiente, Baoyu y Keqing se sentían tan unidos y tan cómodos intercambiando caricias, que una separación les resultaba intolerable. Cogidos de la mano salieron a dar un paseo. De pronto se encontraron en una espesura de espinos infestada de lobos y tigres. Un torrente de aguas negras les cerraba el paso, y no había puente por donde salvarlo. Empezaba a dominarles el pánico cuando apareció Desencanto.

—¡Alto! ¡Alto! —gritó—. ¡Volved antes de que sea demasiado tarde!

Petrificado, Baoyu preguntó:

—¿Qué lugar es éste?

—El Vado del Extravío —le contestó Desencanto—. Tiene cien mil pies de profundidad y mil li de ancho, y no hay barca que lo lleve a uno a la otra orilla; sólo una almadía con el Maestro Madera al timón y el Acólito Cenizas con la pértiga. No aceptan pago en oro o plata, y únicamente transportan a los que están destinados a ello. Vosotros habéis llegado aquí por casualidad, pero, si hubierais caído allí dentro, de nada hubieran servido mis consejos.

Y no había terminado de pronunciar estas palabras cuando, sobre el Vado del Extravío, sonó un estrépito como de truenos, y hordas de monstruos y demonios del río se abalanzaron sobre Baoyu para arrastrarlo hacia dentro. Empezó a sudar gotas frías y abundantes como la lluvia, y en su terror gritaba:

—¡Keqing! ¡Keqing! ¡Ayúdame!

Xiren y las otras doncellas se apresuraron a tranquilizarlo cogiéndolo entre sus brazos:

—No tenga miedo, señor Bao —le decían—. Estamos aquí.

Qin Keqing estaba en la terraza dando instrucciones a las doncellas para que los cachorros de gato y los perritos que jugaban no hicieran ruido, cuando oyó que Baoyu, desde su sueño, gritaba desesperado su nombre infantil.

«Nadie aquí lo conoce —pensó sorprendida—. ¿Cómo ha podido gritarlo en sueños?»

Por cierto:

Ocurren extraños encuentros en un sueño secreto.

Soy el amante más obstinado que vieron los tiempos.

* En algunas versiones, al principio de este capítulo aparecen los siguientes versos:

Bajo edredones bordados,

dormido de primavera,

siguiendo en trance a una diosa

deja el mundo terrenal.

¿Quién visita la Tierra de los Sueños?

El más obstinado amante

que vieron nunca los tiempos.

Capítulo VI

Por primera vez, Baoyu conoce las sensaciones

de la nube y de la lluvia [1] .

Por primera vez, la abuela Liu visita la mansión

Rongguo *.

Qin Keqing quedó perpleja al oír su nombre de infancia pronunciado en sueños por Baoyu, pero prefirió no preguntarle nada. En cuanto a Baoyu, se sentía aturdido y confuso, como si le faltara algo. Unos servidores le trajeron una cocción de longyan [2] , y tras tomar un par de sorbos se levantó. Xiren se acercó para ayudarle a arreglarse la ropa y, al rozarlo, sintió a lo largo de su muslo algo frío y viscoso. Asustada, retiró la mano y le preguntó qué le sucedía; Baoyu se turbó como un camarón y le apretó la mano.

Xiren era una muchacha inteligente. Tenía dos años más que Baoyu y ya sabía sobre las cosas de la vida. El estado del muchacho le reveló lo que había sucedido, y, sonrojándose ella también, le ayudó a ordenar su ropa sin hacer más preguntas.

Fueron a reunirse con la Anciana Dama, y tras cenar apresuradamente volvieron a su cuarto. Aprovechando la ausencia de las otras doncellas y amas, Xiren le dio ropa limpia y le ayudó a ponérsela.

—Por favor, hermanita, no se lo digas a nadie —suplicó Baoyu, avergonzado. Con una sonrisa, ella le preguntó:

—Pero ¿qué ha soñado para ponerse así?

—Es una historia muy larga —respondió Baoyu, y le contó detalladamente su sueño concluyendo con la escena en la que Desencanto le inicia en el «juego de la nube y la lluvia». Xiren se turbó oyéndolo y, con una risita, se cubrió la cara.

Baoyu, que no era indiferente a la amabilidad y la coquetería de Xiren, la atrajo hacia sí y le pidió que siguiera con él las enseñanzas de la diosa. Ella intuyó que, habiendo sido entregada a Baoyu por la Anciana Dama, aquella no era una licencia indebida. Acabaron probándolo en secreto, y afortunadamente no fueron descubiertos. Desde aquel día Baoyu trató a Xiren con una consideración especial; ella, por su parte, le sirvió con más fidelidad que antes. Pero dejemos este asunto por el momento.

Hablemos de la mansión Rong. Sin ser demasiado grande la habitaban tres o cuatrocientas personas, entre señores y sirvientes, y, a pesar de que no hubiera mucho ajetreo, eran muchas las cosas que atender cotidianamente. Describirlas es más difícil que desenredar una madeja de cáñamo. Justo cuando me estaba preguntando por qué suceso o criatura iniciar dicha descripción, apareció de pronto una persona humilde llegada desde más de mil li de distancia, insignificante como un grano de mostaza, que precisamente aquel día visitaba la mansión en razón de un lejano parentesco con la familia. Empezaré, pues, por su propia familia.

¿Conocen ustedes el nombre de esta familia y su remota vinculación con la mansión Rong? Si piensan, llegados aquí, que este asunto es trivial y carece de importancia, entonces, queridos lectores, mejor harían en dejar este libro y elegir otro que fuera más de su agrado. Pero si consideran que esta insensata historia les puede ayudar a matar el tiempo, entonces permitan que yo, la estúpida roca, me demore en los detalles.

El apellido de la humilde familia que acabo de mencionar era Wang. Se trataba de gente aldeana cuyo abuelo había conocido al abuelo de Xifeng, el padre de la dama Wang, cuando trabajaba como funcionario de bajo rango en la capital. Deseoso de vincularse a los poderosos Wang, «se unió a la familia» atribuyéndose la calidad de sobrino. En aquel tiempo sólo la dama Wang y su hermano mayor, el padre de Xifeng, que habían acompañado a su padre a la capital, conocían la existencia de este remoto «pariente» del clan. El resto de los Wang la ignoraba.

El abuelo había muerto dejando un hijo, Wang Cheng, quien, a la vista de las estrecheces que pasaba la familia en la capital, la había enviado de vuelta a su aldea natal, situada en las afueras. No hacía mucho que Wang Cheng había muerto dejando un hijo, Gouer, que a su vez había tenido, de su matrimonio con una muchacha de la familia Liu, un hijo llamado Baner y una hija de nombre Qinger. Aquella familia de cuatro miembros vivía cultivando la tierra. Gouer trabajaba de sol a sol mientras su esposa atendía las faenas de la casa, por lo cual tuvieron que llevarse con ellos a su suegra, la abuela Liu, para que cuidara de los niños. Era una anciana viuda que había corrido mucho mundo y que ahora se mantenía a duras penas con dos mu [3] de tierra pobre, sin hijo que la ayudara; por eso la idea de ser acogida en casa de su yerno no pudo sino alegrarla, y ella hizo lo posible por serles de utilidad.

El otoño había terminado y avanzaba el frío. A falta de alimentos para enfrentarse a él, Gouer bebía en este momento unas copas para ahogar sus preocupaciones y descargaba su enfado en la familia. Su esposa no se atrevía a replicarle, pero la abuela Liu no estaba dispuesta a seguir soportando la situación.

—Disculpa que me entrometa, yerno —dijo—. Los aldeanos somos gente honrada y sencilla que comemos según el tamaño de nuestro tazón. A ti, en cambio, te malcrió tanto tu padre de pequeño que ahora eres un mal administrador. Cuando tienes dinero no guardas para mañana; cuando te falta, te enfadas. Esa actitud no es la de un hombre. Aunque vivamos fuera de la capital, estamos a los pies del emperador y las calles de Chang’an [4] están cubiertas de dinero para aquellos que saben cómo conseguirlo. ¿De qué sirve en casa tu malhumor?

—¡Qué fácil es para usted hablar desde el kang! —replicó Gouer—. ¿Acaso quiere que salga a robar? ¿O quizás que asalte a alguien?

—¿Quién te lo está pidiendo? Lo que te digo es que pensemos juntos alguna solución. ¿O es que esperas que las monedas de plata lleguen rodando solas?

—¿Cree usted que habría esperado tanto tiempo si hubiera una salida? —refunfuñó Gouer—. No tengo parientes con rentas ni amigos en cargos oficiales, y, aunque los tuviera, lo más seguro es que me ignorasen. ¿Qué puedo hacer?

—No estés tan seguro —dijo la abuela Liu—. El hombre propone y el cielo dispone. O sea, que proponer es cosa nuestra. Piensa un plan, confía en Buda y, quién sabe, quizás pronto obtengas resultados. La verdad es que yo ya tengo una idea. En los viejos tiempos, los tuyos se unieron a los Wang de Jinling, y entonces, hace de eso veinte años, los trataron bien. Claro que después, por puro amor propio, no os habéis acercado a ellos y cada vez os habéis ido alejando más. Recuerdo que en una ocasión fui en su busca con mi hija. Su segunda dama era realmente generosa, muy agradable y sin ínfulas. Ahora es la esposa del segundo señor Jia de la mansión Rong. Tengo entendido que se ha vuelto muy caritativa y siempre anda guardando arroz y dinero para entregarlo a budistas y taoístas. Su hermano ha sido destinado a la frontera, pero estoy segura de que esa dama Wang se acordará de nosotros. ¿Qué perdemos con intentarlo? Quizás nos ayude en nombre de los viejos tiempos. Si está dispuesta a hacerlo, uno de sus cabellos será más grueso que nuestra cintura.

—Mi madre tiene razón —terció la hija—. Pero ¿cómo van a franquear unos desgraciados como nosotros el portón de la mansión Rong? Lo más probable es que sus porteros se nieguen a anunciamos. ¿Por qué ir a pedir una bofetada?

Pero Gouer, atraído por la sugerencia de su suegra, se rió de la objeción de su esposa y propuso:

—Ya que ésta es idea suya, madre, y como antes ya fue en busca de esa dama, ¿por qué no se acerca mañana por allí a ver de qué lado sopla el viento?

—¡Vaya! El umbral de una Casa noble es más profundo que el mar, ¿y quién soy yo para cruzarlo? Los sirvientes de la mansión Rong no me conocen; de nada serviría que fuera.

—Eso no es problema. Le diré cómo hacerlo. Se lleva con usted al pequeño Baner y pregunta por el mayordomo Zhou Rui. Si consigue verlo, vamos bien; este Zhou Rui tuvo negocios con mi padre y solía mantener buenas relaciones con nosotros.

—Yo también lo conozco, pero ¿cómo me recibirá después de tanto tiempo? Veo que tú estás demasiado asustado para ir, y mi hija es demasiado joven para andar exhibiéndose así. Yo, en cambio, tengo edad suficiente cómo para no temer un desaire. Si tengo suerte la compartiremos, e incluso si no regreso con algo de dinero mi viaje no habrá sido en vano, pues nunca está de más ver algo de la buena vida.

Celebraron a coro el comentario, y aquella misma noche el asunto quedó arreglado.

Al día siguiente la abuela Liu se levantó antes del alba para asearse y dar instrucciones a Baner. Como a todo niño de cinco o seis años, la perspectiva de un viaje a la ciudad le producía una gran excitación y le hacía acceder a cuanto se le dijera.

Una vez en la ciudad preguntaron por la calle de Ning y Rong. La abuela Liu se intimidó, al ver tantas literas y caballos y no se atrevió a llegar hasta los leones de piedra que flanqueaban la puerta principal de la mansión Rong, así que, finalmente, tras, sacudirse el polvo de la ropa y dar sus últimas instrucciones a Baner, se acercó tímidamente a la puerta lateral, donde unos sirvientes corpulentos y arrogantes, enfrascados en una animada conversación, tomaban el sol sentados sobre unos largos bancos.

La abuela Liu se acercó y los saludó. Los hombres la miraron de arriba abajo, antes de dignarse preguntarle qué quería.

—He venido a ver al señor Zhou, que llegó con la dama Wang cuando ésta se casó —les dijo sonriendo—. ¿Sería tan amable uno dé ustedes, caballeros, de decirle que estoy aquí?

Los hombres la ignoraron y continuaron su charla hasta que uno de ellos le dijo:

—Espere en esa esquina a que salga alguien de la familia.

—¿Por qué engañarla y hacerle perder el tiempo? —intervino un hombre mayor. Luego le dijo a la abuela Liu—: El viejo Zhou ha salido de viaje al sur, pero su esposa se ha quedado. La casa está a las espaldas de la mansión. Da la vuelta hasta el portón trasero y pregunta allí por ella.

Tras darle las gracias, la abuela Liu tomó a Baner y siguió sus instrucciones. Había en la puerta trasera varios mercachifles con sus mercaderías, y muchos niños de los sirvientes se arremolinaban en torno a los que vendían golosinas y juguetes.

La anciana detuvo a uno de los niños y le preguntó:

—Hijo, ¿sabes si está en casa la señora Zhou?

—¿Qué señora Zhou? —respondió—. Tenemos tres señoras Zhou y dos abuelas Zhou. ¿En dónde trabaja?

—Es la esposa de Zhou Rui, que llegó con la dama Wang.

—Ah, si Venga conmigo.

Cruzó delante de ella la puerta trasera y señaló un grupo de casas.

—Vive allí. ¡Tía Zhou! ¡Tía Zhou! —llamó el niño—. ¡Aquí hay una abuela que la busca!

La señora Zhou salió a ver quién era, y, al verla, la abuela Liu se adelantó gritando:

—¡Hermana Zhou! ¡¿Cómo estás?!

Ella tardó en reconocerla, hasta que respondió con un gesto de alegría:

—¡Pero si es la abuela Liu! Ha pasado tanto tiempo que casi no la reconozco. Pase y siéntese.

La abuela entró sonriendo y comentó:

—Cuanto más alto es el rango, peor es la memoria. ¿Cómo te ibas a acordar de mí?

La señora Zhou le dijo a una doncella que sirviera té, luego miró a Baner y exclamó:

—¡Pero cuánto ha crecido este chico!

Después de un breve intercambió de preguntas corteses preguntó a la abuela si sólo estaba de paso o venía con algún propósito concreto.

—Vine especialmente a verte, hermana, y también a interesarme por la salud de la dama. Sería estupendo que pudieras llevarme a verla, pero si no es posible te rogaría al menos que le transmitieras mis respetos.

El ruego de la abuela Liu dio a la señora Zhou una idea bastante aproximada de los motivos de aquella visita. Como Gouer había ayudado a su esposo a comprar unas tierras, le era imposible negarle el favor a la abuela. Además, estaba deseando mostrar que ella era alguien en aquella mansión.

—Descuide, abuela —le dijo con una sonrisa—. Ha venido usted hasta mí con la mejor intención y debe dar por supuesto qué la ayudaré a ver al verdadero Buda, aunque mi trabajo no consista en anunciar a los visitantes. Aquí cada uno tiene su tarea. Mi esposo, por ejemplo, sólo se dedica a cobrar los arriendos de la tierra en primavera y en otoño, y a servir de acompañante a las damas cuando salen. Pero, puesto que está emparentada con la dama Wang y ha venido a pedirme ayuda como si yo fuera alguien, haré una excepción y anunciaré su llegada. Ahora bien, debo decirle que las cosas aquí han, cambiado mucho en los últimos cinco años. La dama ya no se ocupa de muchos asuntos y deja todo en manos de la esposa del segundo señor. Por cierto, ¿quién diría usted que es ella? La sobrina de mi señora, la hija de su hermano mayor, la que tenía por nombre de infancia «Hermano Fénix» [5] .

—¡No me digas! —exclamó la abuela Liu—. Ya le pronosticaba yo grandes cosas. En ese caso tengo que verla hoy mismo.

—Claro. Ya le digo que ahora Su Señoría prefiere no ocuparse de demasiados asuntos, y deja en manos de la joven señora incluso la atención a la mayoría de los visitantes, Si no puede ver a Su Señoría, y tampoco a la joven, será como si no hubiese venido.

—¡Bendito sea Buda! Cuánto te agradezco tu ayuda, hermana.

—No diga eso. Quien ayuda a los demás, a sí mismo se ayuda. Sólo necesito decir una palabra y no supone molestia ninguna.

Envió a su joven doncella a ver si se había servido la comida de la Anciana Dama.

—La joven señora Feng no puede tener más de veinte años —comentó la abuela Liu—. ¡Habrá que verla administrando una casa tan tremenda como ésta!

—Y no conoce ni la mitad de la historia, abuela. A pesar de su juventud lo administra todo mejor que nadie. Además, se ha convertido en una belleza. ¡Hábil es una palabra muy corta para describirla! Ah, y hablando no se le puede comparar la elocuencia de diez hombres. Ya lo irá descubriendo usted por sí misma. Si algún defecto tiene, es ser demasiado dura con sus inferiores.

En ese momento regresó la doncella.

—La Anciana Dama ha terminado de comer, y la segunda señora está con la dama Wang.

La señora Zhou indicó presurosa a la abuela Liu:

—¡Vamos! Aprovechemos la hora de la comida. Luego se junta tanta gente a tratar negocios que no podríamos ni echar una mirada, y mucho menos durante la siesta.

Se bajaron del kang y se cepillaron la ropa. Tras darle a su nieto las últimas instrucciones, la abuela Liu siguió a la señora Zhou por unos caminos sinuosos que conducían a los aposentos de Jia Lian, y esperaron en un pasillo mientras la señora Zhou franqueaba un biombo colocado en la puerta principal y hablaba con Pinger, la doncella de confianza de Xifeng, que había llegado a la mansión como parte de la dote de su señora y se había convertido en concubina de Jia Lian. Después de explicarle quién era la abuela Liu, la señora Zhou dijo:

—Ha hecho un largo viaje para presentar sus respetos a la dama. En los viejos tiempos Su Señoría la recibía siempre, así que estoy segura de que también lo hará ahora; por eso la he traído. Cuando llegue tu señora le contaré toda la historia. No creo que me riña por haberme tomado demasiadas libertades.

Pinger decidió invitarlas a que tomaran asiento, y Zhou salió a buscar a la abuela y al niño. Mientras subían las escaleras del salón principal, un soplo de perfume les dio la bienvenida al levantar una joven doncella una cortina de lana roja. La abuela Liu no supo por qué, pero se sintió como si caminara sobre el aire; tan deslumbrada estaba por todo lo que veía en el aposento que la cabeza le daba vueltas. Sólo alcanzaba a hacer saludos por doquier, chasquear la lengua y exclamar:

—¡Bendito sea Buda!

Encontraron a Pinger de pie junto al kang del cuarto oriental, que era el dormitorio de la hija de Jia Lian. Miró inquisitivamente a la abuela y la saludó de modo algo seco pidiéndole que tomara asiento.

El vestido de seda de Pinger, sus dijes de oro y plata, su rostro hermoso como una flor, hicieron que la abuela Liu la confundiera con su señora; iba a saludarla como tal cuando se dio cuenta de que la muchacha y la señora Zhou se trataban como iguales, y comprendió que no era más que una doncella de las favoritas.

La abuela Liu y Baner se sentaron sobre el kang mientras Pinger y la señora Zhou se acomodaban en el borde, una enfrente de otra. Unas doncellas trajeron té, y mientras la anciana lo sorbía oyó un ruido acompasado, como el de un cedazo de harina. Al mirar a su alrededor buscando el origen del ruido vio una caja adosada a una de las columnas del cuarto; tenía debajo una especie de pesa colgada que se mecía.

«¿Qué será eso? —se preguntó—. ¿Para qué servirá?» En ese instante le sobresaltó un fuerte ¡dong! similar al tañido de una campana o unos carrillones de bronce; el sonido se repitió ocho o nueve veces. Antes de que pudiera resolver el misterio entraron corriendo varias doncellas que exclamaron:

—¡Llega la señora!

Pinger y la señora Zhou se levantaron y dijeron a la abuela Liu que esperase allí hasta que la avisaran. Y allí se quedó aguzando los oídos, conteniendo la respiración, esperando en silencio. En la distancia se oyeron unas risas. De diez a doce sirvientes pasaron por el salón camino de otro aposento interior, mientras dos o tres de ellos aparecieron con unas cajas de laca. Al darse la orden de poner la mesa, la mayoría de las mujeres despejaron el recinto y sólo se quedaron unas cuantas para poner los platos. Siguió otro largo silencio, tras el cual aparecieron dos mujeres que traían una mesita baja cubierta de platos de carne y pescado que fueron colocados sobre el kang. Cuando vio tanta comida, Baner pidió carne ruidosamente; la abuela le dio dos bofetadas diciéndole que se mantuviera callado y aparte.

En ese momento apareció la señora Zhou para invitarles a pasar; la abuela Liu levantó a su nieto del kang y lo llevó hacia el salón. Tras unos susurros de coneja por parte de la señora Zhou, la abuela la siguió lentamente hasta el cuarto de Xifeng.

Una cortina de tela suave con dibujos de flores escarlata pendía de unos ganchos de bronce ante la puerta, y sobre el kang próximo a la ventana sur había una alfombra con los mismos colores. Apoyado en el tabique de madera de la parte oriental había un respaldo y un cojín de brocado con dibujos de cadenas, y al lado una escupidera de plata.

Xifeng vestía una capucha de marta cibelina oscura con una banda de perlas, que era su prenda de andar por casa. Lucía también una chaqueta floreada de color rojo durazno, una capa turquesa forrada de piel de ardilla gris y una falda importada de crepé color carmín forrada de armiño. Estaba sentada con una postura rígida, deslumbrantemente maquillada, y revolvía las brasas de su estufa con un pequeño atizador de bronce. Junto al kang estaba Pinger, que sostenía una tacita cubierta sobre una pequeña bandeja de laca; pero Xifeng, con la cabeza inclinada, ignoraba el té mientras no dejaba de atizar las brasas.

—¿Por qué no la has hecho pasar todavía? —preguntó por fin.

Al levantar la cabeza para coger el té, vio delante de ella a la señora Zhou con sus dos acompañantes. Hizo ademán de incorporarse y los saludó con una radiante sonrisa. A la señora Zhou le llamó la atención que no hubiera hablado antes.

La abuela Liu hizo ante Xifeng repetidos koutou, y ésta dijo:

—Ayúdala a levantarse, hermana Zhou; no debe hacerme reverencias. Dile que se siente. Soy demasiado joven para recordar cuál es nuestro parentesco, así que no sé cómo llamarla.

—Ésta es la anciana de la que le hablé —dijo la señora Zhou a modo de introducción.

Xifeng asintió con la cabeza.

La abuela Liu ya se había sentado al borde del kang, y Baner se escondió detrás de ella. A pesar de la insistencia para que se adelantara e hiciera una reverencia, se riego a moverse de donde estaba.

—Los parientes que no se visitan acaban distanciándose —observó Xifeng—. Quienes nos conocen dirían que ha estado descuidando nuestra amistad; los mezquinos, que no nos conocen tan bien, pensarían que miramos por encima del hombro a los demás.

—¡Bendito sea Buda! —exclamó la abuela Liu—. Somos demasiado pobres para andar de un lado a otra. Aunque Su Señoría no nos diera con la puerta en las narices si viniéramos de visita, sus mayordomos nos tomarían por pidienteros.

—¡Vaya manera de hablar! —rió Xifeng—. Nosotros sólo somos pobres funcionarios que intentan vivir a la altura de la reputación de sus abuelos. Esta casa tan grande es sólo una enorme cáscara vacía que nos legó el pasado. Como dice el adagio, «hasta el propio emperador tiene parientes pobres»; cuanto más nosotros.

Preguntó a la señora Zhou si había avisado a la dama Wang.

—Esperaba que la señora me lo ordenase —respondió.

—Anda y mira si está muy ocupada. No la molestes si tiene visita, pero si está libre infórmala y trae su respuesta.

Cuando la señora Zhou hubo salido con el encargo, Xifeng ordenó a las doncellas que dieran unos confites a Baner. Estaba haciéndole unas preguntas a la abuela Liu cuando Pinger anunció la llegada de un tropel de sirvientes que venían a dar cuenta de los asuntos que tenían a su cargo.

—Ahora tengo visita. Que vuelvan esta noche —dijo Xifeng—. Haz pasar sólo a los que traigan algo urgente.

Pinger salió, y luego volvió para decir:

—No traen nada urgente, así que les he dicho que se retiren.

En ese preciso instante llegó la señora Zhou.

—Su Señoría está ocupada —dijo—. Espera que usted atienda a los visitantes y les agradezca su interés. Si sólo han venido a saludarla, transmítales su agradecimiento; si traen otro asunto, que lo expongan.

—No traigo ningún negocio en particular —intervino la abuela Liu—. Sólo vine a saludar a Su Señoría y a la señora Lian, en vista de nuestro parentesco.

—Si no trae nada especial, bien está —dijo la Señora Zhou, guiñándole un ojo a la abuela—. Pero si lo trae, debe saber que decírselo a la segunda señora es como decírselo a Su Señoría.

La abuela Liu captó la sugerencia y, con el rostro enrojecido de vergüenza, tragándose el orgullo, empezó a explicar abiertamente el motivo de su visita.

—En realidad, señora, creo que no debería tratar este tema en mi primera visita. Pero como he hecho un camino tan largo para pedir su ayuda, más valdrá que hable…

En ese momento se oyeron unos pajes en la segunda puerta que anunciaban la llegada del joven señor de la mansión del Este; interrumpiendo bruscamente a la abuela, Xifeng preguntó:

—¿Dónde está el señor Rong?

Se oyó un ruido de botas, y tras él apareció un apuesto joven de diecisiete o dieciocho años. Esbelto y elegante con su abrigo de pieles ligeras, llevaba una faja enjoyada, ropa fina y un espléndido sombrero. La abuela Liu no supo si levantarse o permanecer sentada, y en ese momento deseó poder esfumarse.

—Siéntate —dijo Xifeng al muchacho con un gesto.

Y a la abuela:

—Es mi sobrino.

La abuela Liu se acomodó con mucha cautela al borde del kang.

Jia Rong anunció jubilosamente:

—Tía, mi padre me envía a pedirle un favor. Espera mañana la llegada de un huésped muy importante, y pregunta si podría llevarse prestado ese biombo de vidrio para kang que le regaló nuestra tía abuela Wang. Se lo devolverá enseguida.

—Llegas tarde —repuso Xifeng—. Ayer mismo se lo presté a otra persona.

Jia Rong soltó una risita y se acercó medio arrodillado al pie del kang.

—Si no me lo presta, tía, voy a recibir otra paliza, esta vez por no saber pedir las cosas adecuadamente. ¡Tenga piedad de su sobrino!

—No sé por qué siempre parecéis imaginar que todas las cosas de los Wang son especiales. ¿No tenéis bastantes cosas propias? —contestó Xifeng.

—Nada que se pueda comparar. ¡Por favor, tía, sea usted buena!

—De acuerdo, ¡pero ay de ti si le pasa algo!

Ordenó a Pinger que buscara las llaves de los cuartos de arriba y que reuniera gente de confianza para entregar el biombo.

—Yo he traído gente para cargar con él —el rostro de Jia Rong enrojeció, y sus ojos brillaron—. Me encargaré personalmente de que tengan cuidado.

Ya se iba cuando, de repente, Xifeng le ordenó que volviera.

La gente de fuera pasó la voz:

—Señor Rong, que vuelva usted.

El joven regresó a ver qué quería su tía. Xifeng, pensativa, dio un sorbo a su té y luego dijo riendo:

—Déjalo, vuelve después de la cena. Ahora tengo visita y no es el momento de decírtelo.

Jia Rong se retiró lentamente sin dejar de mirarla.

Por fin la abuela Liu se sintió cómoda para hablar, y dijo:

—El motivo de que haya traído conmigo a su sobrino de usted es que sus padres no tienen qué comer, y el invierno empeorará las cosas. Sí, por eso lo he traído. —Tocó con el codo a Baner—. ¿Qué te dijo tu papá? ¿Para qué te mandó aquí? ¿Sólo para comer dulces?

La manera vulgar que tenía la abuela de expresarse hizo sonreír a Xifeng.

—No diga más. Ya entiendo.

Y preguntó a la señora Zhou:

—¿Ha comido ya la abuela?

—Salimos tan temprano y con tanta prisa que no nos dio tiempo a comer nada —dijo rápidamente ella.

Xifeng hizo traer comida para los visitantes, y a la señora Zhou le dijo que dispusieran una mesa para ellos en el cuarto del este.

—Hermana Zhou, encárgate de que no les falte nada —dijo Xifeng—. Yo no puedo acompañarlos. Cuando los hubo llevado al cuarto, Xifeng volvió a llamar a la señora Zhou para que le contara qué había dicho la dama Wang.

—Su Señoría dice que no pertenecen realmente a nuestra familia. Su Señoría también dice: «Las familias se unieron por llevar el mismo apellido y porque su abuelo fue funcionario en el mismo lugar que nuestro anciano señor. En estos últimos años los hemos visto poco, pero, cuando han venido, nunca han vuelto con las manos vacías. Como sus visitas son bienintencionadas, no debemos tratarlos mal. Si piden ayuda, la señora debe actuar según su propio entendimiento».

—Ya decía yo que era muy raro que siendo parientes no supiera absolutamente nada de ellos.

Mientras Xifeng hablaba, volvieron la abuela Lin y Baner de su comida con enfáticas muestras de gratitud.

—Ahora siéntese y escúcheme, estimada abuela —dijo Xifeng alegremente—. Sé lo que me estaba insinuando hace un rato. No deberíamos esperar a que los parientes llamen a nuestras puertas para acudir en su ayuda, pero aquí tenemos muchos problemas, y ahora que Su Señoría va envejeciendo se olvida a veces de las cosas. Además, cuando hace poco acepté encargarme de los asuntos de la casa no llegué a informarme exhaustivamente de nuestros contactos familiares; por otra parte, a pesar de que aparentamos prosperidad debe comprender que una casa tan grande tiene sus dificultades, aunque le cueste creerlo; Pero en fin, como ha venido desde tan lejos y es la primera vez que solicita mi ayuda, no puedo permitir que se vaya con las manos vacías. Afortunadamente ayer mismo me dio Su Señoría veinte taeles de plata para la ropa de las doncellas, y todavía no los he tocado. Si le parecen suficientes, acéptelos por el momento.

Las referencias a problemas y dificultades habían acabado con todas las esperanzas de la abuela. Por eso le llenó de júbilo la promesa de los veinte taeles.

—Ay —exclamó—, yo sé lo que es pasar: apuros. Pero un camello, aunque esté muerto de hambre, es más grande que un caballo y, sea como sea, uno solo de sus cabellos es más grueso que nuestra cintura.

La señora Zhou le hacía señas a la abuela para que no hablara con esa ordinariez, pero a Xifeng no parecía importarle y se reía sin parar. Envió a Pinger a que trajera la bolsa con la plata y una sarta de monedas, y lo entregó todo a la anciana.

—Aquí hay veinte taeles para que le hagan ropa de invierno al niño —dijo Xifeng incorporándose—. Si no los acepta, pensaré que lía he ofendido. Con las monedas pueden alquilar una carreta para volver a vernos cuando tengan tiempo, como debe hacerlo todo pariente. Pero ya es tarde y no debo: hacerles perder más tiempo. Presente mis saludos a su gente, y espero que no me olviden.

Tras expresar una vez más su agradecimiento, la abuela Liu tomó la plata y las monedas y salió detrás de la señora Zhou.

—¡Alabado sea Buda! —exclamó la señora Zhou—. ¿Por qué tuvo usted que decir lo de «su sobrino»? A riesgo de ofenderla, tengo que decirle una cosa: aunque se hubiera tratado de un auténtico sobrino, no lo debía haber dicho. El señor Rong sí que es un sobrino verdadero, ¿de dónde iba a sacar ella un sobrino como Baner?

—¡Querida hermana! —La abuela Liu estaba radiante de alegría—. Cuando la vi me aturullé y no supe lo que decía.

Así charlando llegaron hasta la casa de Zhou Rui, donde se sentaron un momento. La abuela Liu quiso dejar un trozo de plata para que los hijos de la señora Zhou se compraran golosinas, pero ésta se negó a aceptarlo porque sumas tan pequeñas no significaban nada para ella. Luego, infinitamente agradecida, la abuela partió por la puerta trasera. Por cierto,

Cuando las cosas marchan bien es normal la caridad;

alguien profundamente agradecido es mejor que parientes o amigos.

* En algunas versiones aparecen los siguientes versos encabezando este capítulo:

A la puerta de los ricos llama un día,

y hasta los ricos se quejan de estrecheces y de faltas;

no le regalan mil piezas de oro,

pero resultan de la misma sangre.

Capítulo VII

Mientras Jia Lian se divierte con Xifeng,

a ella le traen unas flores de la corte.

En un banquete de la mansión Ningguo,

Baoyu conoce a Qin Zhong *.

Cuando hubo despedido a la abuela Liu, la señora Zhou acudió a informar de su visita a la dama Wang. Las doncellas le dijeron que su señora había ido a charlar un rato con la tía Xue, y se dirigió hacia la puerta lateral que daba al patio del este; por fin llegó al patio de los Perales Fragantes. Sentada sobre las escaleras de la terraza encontró a Jinchuan, la doncella de la dama Wang, que jugaba con una muchacha a la que ya se le dejaba crecer el pelo. Supuso que la señora Zhou venía por asuntos serios, y le hizo un gesto señalando la puerta.

Apartando sin ruido la cortina, la señora Zhou entró. Encontró a la dama Wang y a su hermana absortas en una charla sobre asuntos domésticos y no se atrevió a interrumpirlas, así que pasó directamente a los cuartos interiores; allí, acompañada por su doncella Yinger, Baochai, con el cabello recogido en un moño y un vestido de andar por casa, estaba copiando el dibujo de un bordado. La muchacha dejó el pincel sobre la mesita que tenía sobre el kang y ofreció asiento a su visitante.

—¿Cómo está usted, señorita? —preguntó la señora Zhou mientras se sentaba en el borde del kang—. Hace días que no la veo por aquella parte de la casa, ¿acaso la ha molestado Baoyu?

—¡Qué ocurrencia! Me he encerrado aquí un par de días a causa de una vieja dolencia.

—¡Ay, señorita! ¿Qué me dice? ¿De qué se trata? Lo mejor sería llamar a un médico para que la vea y le recete un remedio; con unas cuantas medicinas se pondría bien enseguida. La falta de salud en una edad como la suya es algo que hay que tomar muy en serio.

—¡No me hable de medicinas! —exclamó Baochai riendo—. El cielo es testigo de todo el dinero que hemos malgastado en médicos y medicinas para curar mi mal. Ni médicos ni pócimas me han servido de nada. Un día apareció un bonzo tiñoso que se decía especialista en enfermedades misteriosas; le invitamos a pasar y me diagnosticó un humor colérico traído desde el útero materno. Me dijo también que gracias a mi constitución fuerte no era un asunto muy serio. Las píldoras normales no me ayudaban nada, y él me recetó unas medicinas exóticas de allende el mar [1] junto a un paquete de polvos aromáticos traídos de quién sabe dónde. Me mandó tomar una píldora cada vez que sufriera un ataque. Es extraño, pero los remedios del monje me han servido de mucho.

—¿Y qué receta es esa de allende los mares? Si me la dice, señorita, la recordaré y quizá sirva para otros que tengan el mismo problema. Ésa sería una buena acción.

—Pues mejor sería que no preguntase —rió Baochai—. Pero si lo quiere saber le diré que es el más fastidioso de los remedios. No tiene muchos ingredientes y son fáciles de obtener, pero cada uno de ellos ha de ser cogido en el momento preciso. Ha de tomar doce onzas de estambres de peonías blancas, que florecen en primavera; doce onzas de estambres de lotos blancos, que florecen en verano; doce onzas de estambres de hibiscos blancos, que florecen en otoño, y doce onzas de estambres de ciruelos blancos, que florecen en invierno. Los cuatro tipos de estambre han de secarse al sol durante el siguiente equinoccio primaveral, y luego hay que mezclarlos con los polvos aromáticos. Después tiene que coger doce dracmas de agua de lluvia caída el día de la Lluvia Inicial [2] …

—¡Ay, señorita! —interrumpió la señora Zhou—. Todo eso llevaría unos tres años. ¿Y qué pasaría si no llueve el día de la Lluvia Inicial?

—Precisamente. No siempre se puede contar con ello. Si no llueve, entonces hay que esperar. Además, hay que reunir doce dracmas de rocío del día del Rocío Blanco, doce dracmas de escarcha del día de la Caída de la Escarcha, y doce dracmas de nieve del día de la Nieve Leve. Hay que mezclarlo todo con los otros ingredientes, y después hay que añadir doce dracmas de miel y doce de azúcar para hacer píldoras del tamaño de Ojos de Dragón que deben ser conservadas en un jarrón viejo de porcelana, que a su vez hay que enterrar bajo las raíces de las flores. Cuando sobreviene el mal se desentierra el jarrón y se toma una píldora con doce fen de filolendro cocido.

—¡Buda bendito! ¡Y qué complicación! —exclamó la señora Zhou—. Pueden pasar diez años hasta que se haya logrado reunir los ingredientes.

—Nosotros tuvimos la suerte de reunirlos, y después de que se fuera el bonzo pudimos seguir sus instrucciones y tener lista la pócima en sólo dos años. Hemos traído las píldoras, que ahora están enterradas bajo uno de los perales.

—¿Y no tiene nombre esa medicina?

—Sí que lo tiene. El bonzo tiñoso nos dijo que se conoce con el nombre de «Píldoras del Aroma Frío».

—¿Y cuáles son los síntomas de su enfermedad, señorita? —siguió preguntando la señora Zhou.

—Poca cosa; a veces tengo leves ataques de tos y me falta el aire, pero con una píldora se arregla.

Antes de que pudieran continuar la conversación, la dama Wang preguntó quién había entrado.

La señora Zhou salió apresuradamente y aprovechó para contarle La visita de la abuela Liu. Cuando hubo terminado y se disponía a salir, la tía Xue la detuvo:

—Espera un momento —le dijo—. Quiero que te lleves algo.

Llamó a Xiangling, la muchacha qué estaba jugando con Jinchuan, que entró haciendo sonar la cortina.

—¿Me ha llamado, señora? —preguntó.

—Alcánzame esa caja —ordenó la tía Xue.

Xiangling le trajo una caja de brocado.

—Contiene doce nuevos diseños de flores de gasa que se hacen en la corte —explicó la tía Xue—. Ayer me acordé de ellos y me pareció una lástima dejarlos por aquí arrinconados cuando las niñas los pueden usar. Los quise enviar ayer mismo, pero me olvidé de hacerlo; aprovechando que estás aquí los puedes llevar tú misma. Dales dos a cada una de tus tres damitas; de los seis que quedan dale otros dos a la señorita Lin y el resto al Hermano Fénix.

—Qué amable eres pensando en ellas —comentó la dama Wang—. Pero ¿por qué no los guardas para Baochai?

—Ay hermana, no sabes lo rara que es Baochai. No le gusta llevar flores ni maquillarse.

Al salir con la caja, la señora Zhou volvió a encontrarse con Jinchuan, que seguía tomando el sol en las escaleras.

—Dime —le preguntó—, ¿no es ésa Xiangling, la muchacha de la que tanto se habló, la que compraron poco antes de venir a la capital y que es la causa de todo ese lío del asesinato?

—Así es —dijo Jinchuan.

En ese momento se acercó Xiangling sonriendo. La señora Zhou le tomó las manos, la observó atentamente y se dirigió de nuevo a Jinchuan.

—Es una muchacha muy bella. Me recuerda a la esposa de Rong, en nuestra mansión del Este.

—Sí, yo también le encuentro un aire —asintió Jinchuan.

La señora Zhou le preguntó a Xiangling a qué edad había sido vendida, dónde estaban sus padres, qué edad tenía ahora y de dónde venía. La muchacha se limitó a mover la cabeza y repetir que no se acordaba, encogiendo el corazón de las dos mujeres.

La señora Zhou se fue a llevar las flores a la parte trasera del aposento de la dama Wang. No hacía mucho que la Anciana Dama había considerado inconveniente que todas sus nietas vivieran apiñadas en sus habitaciones, así que se había quedado sólo con la compañía de Baoyu y de Daiyu, y había mandado a Yingchun, Tanchun y Xichun, a vivir en tres pequeños cuartos de la parte trasera de los aposentos de la dama Wang, bajo el cuidado de Li Wan. Por eso la señora Zhou se detuvo primero allí, donde encontró a unas cuantas doncellas esperando ser convocadas al salón.

En ese momento se alzó la cortina y salieron Siqi y Daishu, doncellas de Yingchun y de Tanchun, llevando una taza y un platito cada una. Eso significaba que sus jóvenes señoras estaban juntas, así que la señora Zhou entró y, en efecto, las encontró jugando al weiqi junto a la ventana. Les entregó las flores, explicando de dónde procedían. Las dos muchachas dejaron el juego y se inclinaron para agradecer el obsequio; después ordenaron a las doncellas guardar los regalos.

Mientras entregaba las flores, la señora Zhou comentó:

—No está la cuarta damita. Me pregunto si estará con la Anciana Dama.

—¿No está en el cuarto de al lado? —respondieron las doncellas.

La señora Zhou entró en el cuarto contiguo. Allí estaba Xichun riendo y parloteando con Zhineng, una joven monja del convento de la Luna en el Agua. Xichun preguntó a la señora Zhou qué quería. La caja fue abierta y explicado el regalo.

—Precisamente le estaba diciendo a Zhineng que algún día yo también me haré monja, y va usted y aparece con esas flores… —dijo Xichun—. ¿Dónde me las pondré si me afeito la cabeza?

Siguieron algunos comentarios, hasta que Xichun ordenó a su doncella Ruhua que guardase el regalo.

La señora Zhou preguntó a Zhineng cuándo había llegado y qué había sido de su calva y excéntrica abadesa.

—Llegamos esta mañana a primera hora. La abadesa presentó sus respetos a la dama Wang y después marchó a la mansión del señor Yu ordenándome que la esperase aquí.

—¿Ha recibido ya el dinero y la donación para incienso que se entregan el día quince de cada mes?

—Lo ignoro —dijo Zhineng.

Xichun preguntó quién era la persona encargada de las donaciones a los diversos templos.

—Yu Xin —informó la señora Zhou.

—Ése debe ser el motivo de que acudiera su esposa en cuanto llegó la abadesa y de que estuvieran cuchicheando un rato —comentó Xichun entre risitas.

Después de conversar unos momentos con la monja, la señora Zhou anduvo por el corredor, pasó frente a la ventana trasera de Li Wan y, bordeando el muro oeste, entró en las habitaciones de Xifeng por la puerta lateral. En el salón principal, frente a la puerta de la alcoba, encontró a Fenger, quien rápidamente le hizo un gesto para que pasara al cuarto del este. La señora Zhou entró de puntillas y encontró a una nodriza que arrullaba con palmaditas a la hija de Xifeng.

—¿Todavía está echando la siesta tu señora? —le preguntó en un susurro—. Ya es hora de que alguien la despierte.

Mientras el ama negaba con la cabeza, llegó desde la alcoba de Xifeng un ruido de risas y la voz de Jia Lian. Después se abrió la puerta y salió Pinger con una gran palangana de cobre ordenando a Fenger que la llenara de agua para llevarla de nuevo al interior. Acercándose a la señora Zhou, le preguntó:

—¿Qué le trae de nuevo por aquí, tía?

La señora Zhou explicó su encargo y le entregó la caja. Pinger extrajo cuatro flores y se las llevó, volviendo al poco rato con dos de ellas para que Caiming las entregara a la esposa del señor Rong, en la mansión Ning. Hecho esto, pidió a la señora Zhou que transmitiera el agradecimiento de Xifeng a la tía Xue.

Entonces la señora Zhou se dirigió a las habitaciones de la Anciana Dama. En el salón de entrada se dio de bruces con su propia hija vestida con sus mejores galas.

—¿Qué haces tú aquí? —le preguntó su madre.

—¿Cómo está usted, madre? —contestó, alegre, su hija al encontrarla—. La esperé mucho tiempo en casa, pero como no llegaba decidí acudir a presentar mis respetos a la Anciana Dama y precisamente ahora me disponía a visitar a la dama Wang. ¿Dónde ha estado? ¿No acabó todavía? ¿Y qué es eso que lleva en la mano?

—¡Ay! La abuela Liu no ha tenido un día más oportuno para venir de visita, y me he pasado toda la mañana con ella de un sitio para otro; después, la señora Xue me pidió que entregase estas flores a las jóvenes damas, y todavía estoy en ello. Pero algo quieres de mí cuando vienes a buscarme a estas horas…

—Pues sí, madre. Resulta que su yerno salió el otro día a tomar unas copas y acabó metido en una pelea. Alguien, no sé por qué, ha estado propagando calumnias, acusándole de tener un pasado turbio. En la prefectura le han abierto un expediente por el que podría ser enviado a su tierra natal. He venido a pedirle consejo. ¿A quién podemos recurrir para que nos ayude?

—Ya lo imaginaba —contestó la madre—. Un lío por nada. Su Señoría y la señora Lian están ocupadas, así que será mejor que vuelvas a casa y me esperes allí mientras le llevo estas flores a la señorita Lin. ¿Por qué preocuparse tanto?

—De acuerdo, pero vuelva en cuanto pueda —dijo la hija al partir.

—Claro que sí. Vosotros los jóvenes no sabéis nada de la vida, y siempre andáis preocupados —dijo la señora Zhou mientras la miraba alejarse.

Daiyu no estaba en su cuarto, pero la señora Zhou la encontró en el de Baoyu tratando de resolver con él un rompecabezas de nueve anillos; al entrar la saludó con una sonrisa y le dijo:

—La señora Xue me pidió que le trajera estas flores para que las lleve en el pelo, señorita.

—¿Flores? Déjeme verlas —dijo rápidamente Baoyu alargando la mano.

Al abrir la caja vio las dos ramitas con flores de gasa de la corte. Mirándolas en la mano de Baoyu, Daiyu preguntó:

—¿Soy yo la única que recibe este regalo, o también las otras muchachas lo han recibido?

—También las otras lo han recibido. Para usted hay dos, señorita.

—Ya lo suponía —se quejó Daiyu con tono amargo—. Sólo cuando las demás han elegido las suyas recibo yo las mías.

La señora Zhou no supo qué decir, pero Baoyu desvió la conversación:

—¿Y qué hacía usted allí, hermana Zhou?

—Fui a llevar un recado a Su Señoría, que estaba con la señora Xue, y ésta me pidió que a la vuelta entregase las flores.

—¿Qué hace Baochai? ¿Por qué no ha venido por aquí estos últimos días?

—Está un poco enferma.

Baoyu dijo inmediatamente a sus doncellas:

—Que una de vosotras vaya a verla y le diga que la señorita Lin y yo la hemos enviado a preguntar cómo se encuentran estos días nuestra tía y nuestra prima. Mirad qué tiene y qué medicina está tomando. Debería ir yo personalmente, pero le podéis decir que acabo de volver de las clases y estoy también un poco acatarrado. Iré en otro momento.

La señora Zhou salió justo cuando Qianxue se ofrecía para llevar el recado.

El yerno de la señora Zhou no era otro que el viejo amigo de Jia Yucun, el anticuario Leng Zixing, quien al verse comprometido en un juicio relativo a la venta de unos objetos había pedido ayuda a su esposa. Confiada en el poder de sus amos, la señora Zhou no se preocupó demasiado; y en verdad solucionó el problema aquella misma noche pidiéndole el favor a Xifeng.

Cuando se encendieron las lámparas y se hubo cambiado de ropajes, Xifeng fue a ver a la dama Wang.

—Ya me encargué de los regalos que nos enviaron hoy los Zhen —informó—. En cuanto a los nuestros, se los envié junto a las cestas que trajeron para recoger sus viandas de Año Nuevo.

La dama Wang aprobó su informe con un gesto, y Xifeng prosiguió:

—También he preparado nuestros regalos de cumpleaños para la madre del conde de Linan. ¿Quién piensa que debería entregarlos, señora?

—¿Por qué me consultas esas minucias? Mira tú misma qué cuatro mujeres están desocupadas y haz que los entreguen.

Sonriendo, Xifeng continuó:

—Hoy he recibido una invitación de la cuñada You para que mañana pase el día con ellos. Suerte que precisamente mañana no tengo nada especial que hacer.

—Y aunque lo tuvieras, tampoco importaría. Generalmente nos invita a todos y te sueles sentir incómoda. Ya que esta vez te ha invitado a ti sola, está claro que pretende que te diviertas un poco, así que no la decepciones. Aunque tuvieras cosas que hacer, deberías ir.

Xifeng estuvo de acuerdo.

Justo en ese momento entraron Li Wan, Yingchun, Tanchun y las otras chicas a dar las buenas noches, hecho lo cual se retiraron a sus habitaciones.

Al día siguiente, después de su aseo, Xifeng avisó a la dama Wang de su partida y acto seguido fue a ver a la Anciana Dama. Cuando Baoyu supo que se marchaba insistió tanto en acompañarla que Xifeng tuvo que acceder y esperar a que se cambiara de ropa. Luego subieron a un carruaje y se dirigieron rápidamente a la mansión Ning.

En la puerta ceremonial encontraron un tropel de concubinas y doncellas que da señora You, esposa de Jia Zhen, y Qin Keqing, esposa de Jia. Rong, habían reunido allí para darles la bienvenida. Tras saludar a Xifeng con su habitual ironía, la señora You acompañó a Baoyu a tomar asiento en la sala de recepción.

Cuando Keqing hubo terminado de servir té, Xifeng preguntó:

—Y bien, ¿para qué me habéis invitado? Si tenéis algo bueno para mí, dádmelo de una vez. Tengo cosas que hacer.

Antes de que la señora You o Keqing pudiera responder, replicó riendo una concubina:

—En ese caso no debería haber venido. Aquí no puede esperar que todo sea a su antojo, señora.

Entró Jia Rong a presentar sus respetos, y Baoyu preguntó si estaba en casa Jia Zhen.

—Ha salido de la ciudad a visitar a su padre —le respondió la señora You—. Parece que te aburres ahí sentado, ¿por qué no sales a dar un paseo?

—Casualmente —dijo en ese momento Keqing— está aquí mi hermano, aquel al que tantas ganas tenía de conocer el tío Bao. Quizás ande por la biblioteca, ¿por qué no va a echar un vistazo, tío?

Baoyu hizo ademán de bajarse del kang, pero la señora You y Xifeng lo detuvieron:

—Espera. ¿Por qué tienes tanta prisa? —y ordenaron a unas cuantas doncellas que lo acompañasen—. Procurad que no se meta en líos —advirtieron—. Aquí no está la Anciana Dama para retenerlo.

—¿Y por qué no invitamos al joven señor Qin a que venga aquí? —sugirió Xifeng—. Así podré verlo yo también. ¿O acaso no lo puedo conocer?

—Mejor harías no viéndolo —repuso la señora You—. No se parece a nuestros muchachos con sus modales rudos y groseros. Los Qin están mejor educados. ¿Qué pensará el joven cuando vea a un terror como tú? Se reiría de ti.

—Soy yo la que se ríe de los demás —sonrió Xifeng—. ¿Cómo va a reírse de mí un muchacho?

—No es eso, tía —dijo Jia Rong—. Es que es muy tímido y no tiene mucho mundo. No sería usted bastante paciente.

—Aunque se tratase de un monstruo insistiría en verlo, ¡pareces tonto! Tráelo ahora mismo o te daré una buena bofetada.

—¿Cómo me iba a atrever yo a desobedecer una orden suya? —dijo Jia Rong con una risita—. Ahora mismo lo traigo.

Jia Rong volvió acompañado de un joven algo más delgado que Baoyu y aún más apuesto. Sus rasgos eran hermosos, su tez clara, sus labios rojos, su porte agraciado y sus modales agradables, pero era más tímido que una niña. Hizo una cortísima reverencia ante Xifeng y preguntó por su salud con voz apenas audible.

Encantada, Xifeng dio un ligero codazo a Baoyu y le dijo:

—Ahora debes cederle tu lugar.

Se inclinó para cogerle las manos, e hizo sentar junto a ella al joven recién llegado; luego le preguntó su edad y los libros que estaba estudiando. Descubrió que su nombre escolar era Qin Zhong.

Como era el primer encuentro entre Xifeng y Qin Zhong, pero aquélla no había traído los regalos de rigor, algunas de sus doncellas corrieron de vuelta a casa para consultar con Pinger, quien, conocedora de la estrecha amistad que existía entre su señora y Qin Keqing, decidió que había que obsequiar al muchacho con un regalo de importancia. Les entregó un corte de seda y dos pequeños medallones de oro que llevaban inscrito el deseo de que su poseedor obtuviera el número uno en los exámenes de palacio. Al recibir los regalos, Xifeng los entregó disculpándose porque eran demasiado poca cosa. Keqing y las demás expresaron elocuentemente su agradecimiento.

Después del almuerzo, la señora You, Xifeng y Qin Keqing se sentaron a jugar a los naipes, permitiendo que los dos muchachos buscasen por su cuenta un entretenimiento.

Al ver a Qin Zhong, Baoyu se sintió impresionado. Tras un momento de estupefacción se enredó en tontas divagaciones: «¿Cómo puede haber alguien semejante en el mundo? —pensó—. Comparado con él no soy más que un sucio cerdo o un perro sarnoso. ¿Por qué tuve que nacer en una familia noble? Si fuera el hijo de un erudito pobre o de un funcionario de bajo rango, tal vez sería su amigo desde hace mucho tiempo y habría merecido la pena vivir. A pesar de mi alto rango sólo soy un tocón de madera podrida fajado con sedas y satenes, una cloaca repleta de viandas y licores. Riqueza y nobleza son un veneno para mí».

Para Qin Zhong, en cambio, el porte impresionante de Baoyu y su ingeniosa conducta oscurecían su lujosa vestimenta, sus hermosas doncellas y sus apuestos pajes, y pensaba: «Con razón todos quieren a Baoyu. ¿Por qué me tocó nacer en una familia pobre, sin posibilidad de ser su amigo? ¡Qué tremenda barrera separa la riqueza de la pobreza! Es sin duda una de las mayores desgracias de esta vida».

Y así, ambos estaban sumidos en necias cavilaciones. De pronto Baoyu preguntó a Qin Zhong qué estaba leyendo y, tras la sincera respuesta de su compañero, se enzarzaron en una animada conversación que les hizo sentirse muy cerca el uno del otro. Después aparecieron el té y algunos platos.

—Nosotros dos no beberemos vino —dijo Baoyu—. ¿Por qué no colocamos uno o dos platos sobré, ese pequeño kang de la habitación de adentro y así no las molestamos?

Y entraron a tomar su té. Tras servirle a Xifeng vino y algo de comer, Keqing pasó por donde estaban los dos muchachos para decirle a Baoyu:

—Tío Bao, su sobrino es joven. Si dijera algo inconveniente debe pasárselo por alto; hágalo por mí. A pesar de su timidez es un niño terco que siempre busca que las cosas se hagan a su antojo.

—No te preocupes, déjanos solos —dijo Baoyu riendo—. Estamos bien.

Tras aconsejar a su hermano que se portara bien, Keqing volvió con Xifeng.

Algo más tarde, Xifeng y la señora You mandaron recordar a Baoyu que si deseaba algo de comer de donde ellas estaban, no tenía más que pedirlo. Baoyu lo agradeció, pero no sentía ningún interés por la comida, tantas eran las ganas que tenía de conocer más cosas acerca de la vida de su nuevo amigo.

—El año pasado murió mi preceptor —le confió Qin Zhong—, y mi padre está ya tan viejo y tiene tantos achaques, y además está tan ocupado, que todavía no ha podido buscar un sustituto. En mi casa lo único que hago es repasar lecciones antiguas. De todos modos, para el estudio se requiere uno o dos compañeros afines con quienes discutir las cosas de vez en cuando, y así poder aprovechar mejor el tiempo.

—Yo pienso igual. Nosotros tenemos una escuela para los miembros del clan que no pueden contratar a un maestro. El mío volvió a su tierra natal el año pasado, así que por el momento yo también estoy sin preceptor. Hasta que vuelva el año que viene, mi padre quiso que asistiera a esa escuela para repasar las lecciones, pero mi abuela no lo permitió porque pensó que tantos chicos juntos crearíamos problemas, y, como además estuve unos días enfermo, no se volvió a hablar del asunto.

Baoyu prosiguió:

—Si, como dices, tu padre está preocupado por tu educación, ¿por qué no le dices en cuanto vuelvas a casa que te vienes a estudiar a nuestra escuela? Yo seré tu compañero y podremos ayudarnos el uno al otro. Sería estupendo.

—El otro día, cuando mi padre tocó el tema del preceptor, habló muy bien de la escuela que tienen aquí —respondió Qin Zhong entusiasmado—. Tenía la intención de venir a discutirlo con el señor Zhen, pero al final no quiso molestarlo con semejante minucia, con lo ocupado que está aquí todo el mundo. Tío Bao, si le parece que puedo moler su tinta o lavar su tintero arreglémoslo cuanto antes; no perderíamos el tiempo, tendríamos numerosas oportunidades de conversar, nuestros padres se quedarían tranquilos y podríamos ser buenos amigos, ¿no sería formidable?

—Descuida. Vamos a decírselo a tu cuñado y a tu hermana, y también a la hermana Xifeng. Cuando vuelvas se lo puedes decir a tu padre, y yo le hablaré a mi abuela. No hay razón para que esto no se arregle cuanto antes.

Cuando terminaron de tratar el asunto ya estaban encendiendo las lámparas, y los dos salieron a mirar como jugaban las mujeres. Cuando se contaron los puntos resultaron perdedoras, una vez más, Keqing y la señora You, y se acordó que su castigo fuera invitar a una comida y a una función de ópera al cabo de dos días. Luego siguieron conversando un poco más.

Acabada la cena, y en vista de que había caído la noche, la señora You sugirió llamar a dos sirvientes para que acompañasen a Qin Zhong de vuelta a casa, y Varias doncellas salieron para prepararlo todo. Cuando volvieron, les preguntó quién acompañaría al muchacho.

—Jiao Da —respondieron las doncellas—. Pero está otra vez borracho diciendo impertinencias.

—¿Y por qué enviarlo a él? Cualquiera de estos jóvenes puede acompañarlo. ¿Por qué elegir a Jiao Da?

Xifeng intervino:

—Siempre he pensado que eres demasiado permisiva. ¿Cómo puede hacer y deshacer de ese modo un simple sirviente?

—Seguramente conoces a Jiao Da —suspiró la señora You—. Ni el señor ni tu primo Zhen pueden controlarlo. De joven acompañó a nuestro bisabuelo en tres o cuatro expediciones, y le salvó la vida sacándolo a cuestas de un campo de batalla sembrado de cadáveres. Él mismo pasaba hambre, pero los alimentos que robaba eran para su señor; después de pasar dos días sin agua, el primer medio tazón que consiguió también fue para su señor, y él se contentó con beber orines de caballo. Todo esto le valió ser tratado con una consideración especial en tiempos del bisabuelo, y ahora ya nadie puede meterse en su vida. Con los años le ha ido perdiendo respeto a las apariencias; lo único que hace es beber, y cuando está borracho insulta a todo el mundo. Una y otra vez les he dicho a los mayordomos que lo borren de la lista y no les encarguen más tareas, pero ya ves que hoy me lo mandan de nuevo.

—Claro que conozco a Jiao Da, pero de todos modos deberías poder manejarlo —replicó Xifeng con sorna—. Destínalo a alguna granja lejana y asunto zanjado.

Después preguntó si estaba ya listo su carruaje.

—Listo y esperándola, señora —informaron los encargados.

Xifeng se levantó para salir y condujo a Baoyu hacia la salida. La señora You y las demás los acompañaron hasta el salón principal, desde donde vieron a los palafreneros esperando en el patio a la luz de los faroles de mano.

Como Jia Zhen no estaba en casa, aunque tampoco hubiera podido hacer nada, Jiao Da estaba desbocado. Completamente borracho, se encaró con el intendente general y con sus injusticias llamándolo «cobarde fanfarrón» y «valiente con los débiles».

—¡Guardas todas las tareas fáciles para los demás, pero cuando se trata de acompañar a alguien en plena noche recurres a mí! ¡Maldito hijo de puta! ¡Vaya intendente general! ¡Puedo levantar la pierna más arriba de tu cabeza! ¡Desde hace veinte años lo único que siento por esta casa es desprecio! ¡Y no me hagáis hablar de vosotros, bastardos, pandilla de hijos de puta! —gritaba señalando al grupo de criados.

Indiferente a los gritos que le daban los otros sirvientes para que se callara, siguió maldiciendo como un poseso mientras Jia Rong acompañaba a Xifeng hasta su carruaje. A Jia Rong ya le resultó imposible pasar por alto este incidente; insultó a Jiao Da y ordenó a sus hombres que lo amarrasen.

—Mañana cuando esté sobrio le preguntaremos qué significa esta lamentable conducta —dijo.

Jiao Da, que tenía muy mala opinión de Jia Rong, se abalanzó contra él redoblando sus gritos:

—¡No te hagas el amo delante de Jiao Da, hermanito Rong! ¡No ya un mocoso como tú, sino gente de tanto peso como tu padre o tu abuelo nunca se han atrevido a enfrentarse a mí! ¡A mí me debéis los cargos oficiales, los títulos elegantes y las riquezas! ¡Tu bisabuelo construyó todo esto arriesgando su vida, y nueve veces lo rescaté yo de las fauces de la muerte! ¡Deberíais estarme agradecidos, y en vez de eso vienes a hacerte el amo! ¡Mejor harías cerrando la boca! ¡Si dices una palabra más, te hundiré una hoja roja y la sacaré blanca! —dijo el borracho confundiendo las palabras.

—¿Por qué no te deshaces de una vez de ese canalla cerril? —preguntó Xifeng desde el carruaje—. Sólo trae problemas. Si esto llega a oídos de nuestros parientes y amigos se revolcarán de risa con la falta de disciplina que hay en esta casa.

Mientras Jia Rong asentía, unos cuantos sirvientes, indignados por el exceso de Jiao Da, se lanzaron sobre él y se lo llevaron a rastras hacia los establos. Entonces soltó una sarta de improperios que implicaron también a Jia Zhen:

—¡Dejadme! ¡Dejadme que vaya al templo de los Antepasados a llorar por mi antiguo señor! —gritaba rabioso—. ¡Poco sospechó que estaba engendrando una pandilla de degenerados, un caserón repleto de perros y perras en celo que pasan los días arrastrándose entre cenizas [3] o acostándose con sus jóvenes cuñados! ¡A mí no me engañan! ¡Aquí cuando se tiene un brazo quebrado se esconde en la manga!

Tantos despropósitos aterraron a los sirvientes, que amarraron al borracho a toda prisa y le llenaron la boca de barro y de bostas de caballo.

Xifeng y Jia Rong simularon que no habían oído nada, pero Baoyu, desde el carruaje, había seguido con atención el exabrupto de Jiao Da.

—¿Has oído, hermana? —preguntó a Xifeng—. ¿Qué quiere decir eso de «arrastrarse entre cenizas»?

Furiosa, Xifeng le respondió a gritos:

—¡Basta ya de tonterías! ¿Qué te pasa ahora a ti? ¡No sólo escuchas las sandeces de un borracho, sino que encima haces preguntas! ¡Espera a que volvamos y se lo cuente a tu madre! ¡Verás como lo pagas con una paliza!

—Hermana —suplicó temeroso Baoyu—. Prometo no volver a hacerlo.

—Eso está mejor. En lo que hay que pensar ahora es en hablar con la Anciana Dama para que te envíe junto a tu sobrino Qin Zhong a la escuela.

Mientras hablaban, llegaron a la mansión Rong.

Y como se suele decir:

La buena apariencia allana el sendero de la amistad.

La mutua atracción inicia a los muchachos en el estudio.

* En la versión manuscrita más antigua, al principio de este capítulo aparecen los siguientes versos:

Las doce flores más bellas,

¿quién las ama tiernamente?

Si quieren saber su nombre

cuando se encuentren con él,

es Qin su apellido y vive

al sur del río Yangzi.

Capítulo VIII

Hablando del Jade y el Oro,

Yinger presiente el destino de su señora.

Visitando a Baochai, Daiyu se siente un poco celosa *.

En cuanto hubo llegado y presentado sus respetos, Baoyu expuso a la Anciana Dama su deseo de asistir a la escuela del clan junto a Qin Zhong. Le habló sobre el incentivo que para él supondría tener un amigo y un compañero de estudios; alabó con toda sinceridad el admirable carácter y las adorables virtudes del otro muchacho. Xifeng, que se encontraba a su lado, lo apoyó diciendo:

—Dentro de un par de días vendrá Qin Zhong a presentarle sus respetos.

Y aprovechando el buen humor que a la anciana le habían causado las noticias de su nieto, la invitó a una ópera.

A pesar de su edad, a la Anciana Dama le entusiasmaba cualquier cosa que rompiera la monotonía. Cuando llegó el día y la señora You vino a invitarla, llevó consigo a la dama Wang, a Daiyu, a Baoyu y a los demás para que disfrutaran con ella del espectáculo.

Al mediodía la anciana se retiró para descansar. También se recogió la dama Wang, amante de la paz y la tranquilidad. Entonces Xifeng, sola, se acomodó en el lugar de honor y disfrutó plenamente hasta que cayó la noche.

Después de acompañar a su abuela, Baoyu habría regresado a ver de nuevo el espectáculo, pero temió que su presencia molestara a Keqing y las demás, y como entonces recordó que todavía no había ido personalmente a interesarse por la salud de Baochai, decidió hacerle una visita. Puesto que recelaba que algo se lo impidiera si pasaba por el salón principal, y además le desazonaba la posibilidad de encontrarse con su padre, decidió tomar el camino más largo para no tropezarse con nadie.

Sus amas y doncellas lo esperaban para ayudarle a quitarse los trajes ceremoniales, pero él salió de nuevo sin cambiarse de ropa. Lo siguieron hasta que cruzó el segundo portón, convencidas de que regresaba a la otra mansión; pero, en lugar de ello, Baoyu dio la vuelta hacia el nordeste por detrás del salón. Sin embargo, allí fue a darse de bruces con Zhan Guang y Shan Pingren, dos protegidos de su padre, que se le acercaron sonrientes. Uno le echó un brazo por encima de los hombros y el otro le cogió una mano.

—¡Pequeño bodhisattva! —exclamaron—. Qué deliciosa sorpresa. Hacía mucho tiempo que no lo veíamos.

Ya se iban tras presentarle sus respetos, interesarse por su salud y charlar un rato, cuando un ama les preguntó si venían de donde estaba el señor.

Asintieron con un gesto, y dirigiéndose a Baoyu con un guiño:

—No se preocupe, Su Señoría está durmiendo en el estudio del Sueño en Declive. —Y siguieron su camino.

Estas palabras hicieron reír a Baoyu, que continuó hacia el norte. Y ya apretaba el paso en dirección al patio de los Perales Fragantes cuando del edificio de la administración salieron Wu Xindeng, el administrador principal; Dai Liang, el administrador de los graneros, y otros cinco sirvientes. Al ver a Baoyu se dirigieron hacia él y adoptaron una actitud de respetuosa atención. Uno de ellos, Qian Hua, que no veía a Baoyu desde hacía tiempo, se adelantó para hincar una rodilla en tierra [1] . Con una leve sonrisa, Baoyu le ayudó rápidamente a incorporarse mientras los demás decían alegremente:

—El otro día vimos unos doufang [2] suyos, joven señor. Su caligrafía ha mejorado mucho. ¿Cuándo nos regalará algunos para adornar nuestras paredes?

—¿Dónde los vieron? —preguntó Baoyu.

—Están en muchos sitios —le respondieron—. Todo el mundo los alaba, y mucha gente viene a que consigamos algunos.

—No merecen ser conservados —protestó Baoyu entre risas—, pero si quieren alguno sólo tienen que pedírselos a mis pajes.

Cuando él echó a andar, los otros siguieron su camino. Pero acabemos de una vez con esta digresión.

Al llegar al patio de los Perales Fragantes, Baoyu acudió en primer lugar a saludar a su tía Xue, a la que encontró distribuyendo las tareas domésticas entre sus doncellas. Presentó sus respetos a la tía, que lo abrazó fuertemente.

—Ay mi niño —dijo alegremente—. Qué suerte que hayas venido, sobre todo en un día frío como éste. Ven aquí y súbete al kang, que está calentito.

Ordenó que sirvieran un té caliente.

—¿Está en casa el primo Pan? —preguntó Baoyu.

—El primo Pan es como un caballo sin jinete —suspiró ella—. Siempre está fuera de aquí, de un lado a otro. No para en casa ni un solo día.

—¿Está mejor mi prima Baochai?

—Sí, gracias. Fue muy amable por tu parte haber mandado el otro día a interesarte por su salud. Ahora está en su cuarto, ¿por qué no entras a verla? Además, allí hace menos frío. Ve con ella. Yo me reuniré con vosotros apenas haya terminado aquí.

Baoyu bajó del kang y se encaminó a la habitación de su prima, en cuya puerta colgaba una cortina de seda roja algo gastada. La levantó y entró.

Baochai estaba cosiendo sobre el kang. Llevaba su lustroso cabello recogido en un moño sobre la cabeza, una chaqueta acolchada del color de la miel, un chaleco rosado con forro de piel de comadreja marrón y blanco, y una falda de seda amarilla. Su indumentaria no era ostentosa, y ya estaba un poco usada. Sus labios no necesitaban carmín ni sus cejas azuladas requerían pincel alguno; su rostro era como un disco de plata, y sus ojos almendras que parecían flotar en el agua. Algunos consideraban que su actitud reservada era un manto para ocultar la estupidez, pero dentro de su gravedad rezumaba sencillez.

Baoyu, sin dejar de contemplarla, le preguntó:

—¿Estás mejor, prima?

Baochai levantó la vista y se incorporó rápidamente.

—Ya estoy mucho mejor —dijo—, gracias por preocuparte.

Le hizo sentarse junto a ella en el borde del kang y mandó a Yinger que sirviera té. Mientras preguntaba por la Anciana Dama, las tías y las primas, admiró la indumentaria de Baoyu, que llevaba una diadema de filigrana de oro con una gema incrustada, una guirnalda de oro en forma de dos dragones luchando por una perla, una casaca de arquero de un color verde amarillento con bordados de serpientes y forro de piel de zorro blanco, y una banda con mariposas multicolores bordadas. Pendía de su cuello un medallón de la longevidad, un talismán con su nombre grabado y el precioso jade que apareció en su boca cuando vino al mundo.

—Había oído hablar mucho de ese jade, pero nunca lo había visto —dijo Baochai acercándose a él—. Déjame que lo vea bien, hoy que tengo la ocasión.

Baoyu se inclinó y, quitándose la piedra del cuello, la puso sobre la palma de Baochai. Era del tamaño de un huevo de gorrión, iridiscente como las nubes del alba, suave como un dulce de leche cuajada, cubierto de vetas de mil colores. Ésa era la forma que había adquirido la estúpida roca del pie del Pico de la Cresta Azul, en la Montaña de la Inmensidad. Tiempo después, un poeta escribiría estos versos:

Es un absurdo creer que Nüwa reparó el cielo,

y más escribir las memorias de una roca

que, dejando el Gran Vacío de silenciosos espíritus,

otra forma asumió, pestilente y rastrera.

Perdida la fortuna, pierde el oro su brillo;

corren malos tiempos y no brilla el jade hermoso.

Altas colinas de huesos anónimos

fueron antaño señores y damas.

Más abajo reproduciremos los caracteres que el bonzo tiñoso había grabado en la estúpida piedra, y que registraban su transformación.

Como el jade era tan pequeño que cabía en la boca de un recién nacido, sería un sufrimiento para la vista de nuestros lectores reproducir los caracteres a tamaño natural; por eso los hemos ampliado a una escala que permita su estudio a la luz de una lámpara o incluso con una copa de más. Insistimos en este punto para que nadie comente burlón: «¡Cómo sería la boca del niño en el útero para que pudiese contener tan tremendo objeto!».

Pues bien, el anverso rezaba:

Jade Precioso de las Comunicaciones Espirituales

Nunca perder, nunca olvidar

Vida eterna, duradera prosperidad


Y el reverso decía:

Expulsa malos espíritus

Cura males misteriosos

Predice fortuna y desgracia


Baochai le dio varias vueltas al jade para leer en voz alta la inscripción no una, sino dos veces, y después riñó a Yinger:

—¿Qué haces ahí con la boca abierta en lugar de traernos el té?

Yinger respondió pasmada:

—Señorita, esas dos líneas coinciden con las palabras de su medallón.

—¿Tu medallón también tiene una inscripción? Déjame verlo —exclamó Baoyu no menos sorprendido.

—No le hagas caso. No tiene un solo signo grabado.

—Pero yo te dejé ver el mío —protestó Baoyu.

Sintiéndose acorralada, dijo Baochai:

—Bueno, es verdad que tiene una inscripción de la buena suerte. Por eso lo llevo siempre conmigo a pesar de lo incómodo que es.

Se desabotonó la roja chaqueta y sacó un collar de oro adornado con relucientes perlas y joyas. Baoyu cogió rápidamente el medallón y vio dos inscripciones, una a cada lado, en forma de ocho diminutos caracteres:

Nunca partir, nunca abandonar

Fresca juventud, eterna duración

Baoyu leyó el texto dos veces, y dos veces repitió el de su jade.

—Pero, prima, la inscripción de tu medallón coincide perfectamente con la de mi jade —declaró entre risas.

—Se la dio un bonzo tiñoso —informó Yinger—, y dijo que había que grabarla sobre un soporte de oro.

Pero antes de que pudiera decir más, Baochai la interrumpió riñéndole por no haber traído el té. Luego desvió la conversación preguntando a Baoyu de dónde venía. Él, que ya se había acercado lo suficiente, percibió una fragancia dulce y fresca que no pudo identificar.

—¿Con qué incienso perfumas tu ropa? —preguntó a Baochai—. Nunca he olido semejante aroma.

—No me gustan los inciensos perfumados que no hacen sino apestar la ropa buena como si hubiera estado junto al humo.

—Pero ¿cuál es ese perfume?

Baochai pensó un momento la respuesta.

—Ah, debe ser la píldora que tomé esta mañana.

—¿Qué píldoras son esas que huelen tan bien? ¿No me das una para que la pruebe?

—No seas bobo —rió Baochai—. Las medicinas no se toman por gusto.

En ese momento un sirviente anunció la llegada de Daiyu, que entró acto seguido.

—¡Ah! —exclamó al ver a Baoyu—. He elegido un mal momento para venir.

Baoyu se levantó sonriendo para ofrecerle asiento, y Baochai preguntó alegremente:

—¿Por qué?

—De haber sabido que él estaba aquí no hubiera venido.

—Tu respuesta me intriga todavía más —dijo Baochai.

—O todos aparecen juntos, o nadie llega —comentó malignamente Daiyu—. Si él viniese un día y yo al siguiente, espaciando nuestras visitas, entonces tendrías compañía diaria y no te sentirías ni muy sola ni demasiado distraída. ¿Qué tiene de misterioso lo que digo, prima?

Baoyu observó que vestía una capa encarnada de piel de camello que se abotonaba por delante.

—¿Está nevando? —preguntó.

—Desde hace un buen rato —respondieron las doncellas.

—¿Habéis traído mi capa?

—¿Ves como tenía razón? —exclamó Daiyu—. En cuanto yo llego, él se va.

—¿Quién ha hablado de irse? —contestó Baoyu—. Sólo quiero estar preparado.

—Nieva y se hace tarde. Quédese aquí con sus primas —propuso el ama Li—. Su tía ha preparado algo de comer en el cuarto de al lado. Yo enviaré a una doncella a que recoja su capa y diré a los pajes que no lo esperen.

Baoyu aceptó la sugerencia, y el ama salió a despedir a los pajes.

Mientras tanto, la tía Xue ya tenía dispuesta la merienda. Cuando Baoyu elogió las patas de ganso y las lenguas de pato servidas unos días antes por la señora You, aparecieron otras tantas de la casa adobadas con granos de orujo que la tía dio a Baoyu para que las probara.

—Sabrían aún mejor con vino —insinuó sonriendo.

Inmediatamente su tía hizo traer el mejor vino de la casa.

—Por favor, señora Xue, nada de vino —protestó el ama Li.

—Sólo una copa, amita —suplicó Baoyu.

—¡De ninguna manera! Si su abuela o su madre estuviesen aquí no me importaría que bebiera una jarra entera, pero todavía no he olvidado la reprimenda que me echaron durante dos días seguidos sólo porque algún zopenco irresponsable quiso caerle en gracia dándole un trago de vino a mis espaldas. No tiene usted idea de lo granuja que es, señora Xue; y la bebida le saca a relucir todo lo malo. Cuando tiene un día de buen humor la Anciana Dama le deja beber a su antojo, pero otros días no le permite probar ni una gota. Y siempre soy yo la que se mete en líos.

—No te preocupes, mi pobre vieja —dijo riendo la tía Xue—. Anda y bebe tú también una copa. Cuidaré de que Baoyu no se exceda, y, si la Anciana Dama dice algo, yo asumiré la responsabilidad.

Y ordenó a sus doncellas:

—Llevad al ama Li a beber unas cuantas copas que la protejan del frío.

De esta manera, el ama no tuvo más remedio que ir a beber con los demás sirvientes.

Apenas hubo salido, dijo Baoyu:

—Que no calienten el vino, lo prefiero frío.

—Nada de eso —repuso su tía—. El vino frío te hace temblar la mano al escribir.

—Primo Bao —intervino burlona Baochai—, cada día tienes oportunidad de aprender algo nuevo. ¿Cómo no has entendido que el vino se bebe caliente? Si está caliente, sus vapores se disipan pronto; frío, se queda en tu cuerpo y absorbe calor de tus órganos vitales. Y eso no es bueno, así que deja de hacerlo.

El consejo parecía sensato, de manera que Baoyu dejó el vino y pidió que lo calentaran. Daiyu, durante la discusión, había estado sonriendo de manera enigmática mientras mordisqueaba pepitas de melón. Su doncella Xueyan le acababa de traer una pequeña estufa de mano.

—¿Quién te ha pedido que me trajeras una estufa? —preguntó Daiyu—. Muchas gracias. ¿Acaso pensaste que aquí me estaría congelando?

—Zijuan temió que estuviera pasando frío, señorita, y me pidió que se la trajera.

Con la estufa en los brazos, Daiyu respondió:

—Así que tú haces lo que ella dice, pero en cambio lo que yo te digo te entra por un oído y te sale por el otro. Cumples las órdenes de Zijuan más rápidamente que si se tratara de edictos imperiales.

Baoyu sabía que en realidad todos esos comentarios de Daiyu iban dirigidos a él, pero su única respuesta fue una serie de risitas, y Baochai, consciente de que ésa era su manera de actuar tampoco le prestó excesiva atención. Sin embargo, la tía Xue protestó:

—Siempre has sido delicada y soportado mal el frío. ¿Por qué te habría de disgustar la consideración de los demás?

—No lo entiende, tía —repuso Daiyu con una sonrisa—. Aquí no tiene importancia, pero en cualquier otro lugar la gente podría ofenderse. ¡Enviar una estufa desde mis aposentos como si mis anfitriones no dispusieran de una! En vez de considerar a mis doncellas demasiado quisquillosas, la gente pensaría que siempre me comporto de esta manera inaceptable.

—Tomas demasiado en serio estas cosas —dijo la tía Xue—. Nunca me hubiera pasado por la cabeza semejante explicación.

Mientras tanto, Baoyu ya se había bebido tres copas. El ama Li regresó para llamarle la atención, pero lo encontró muy entretenido hablando y riendo con sus primas, y sin intención alguna de dejar de beber.

—Sólo un par de copas más, amita —suplicó.

—Más vale que tenga cuidado —le advirtió ella—. Hoy está en casa el señor Zheng, y a lo mejor quiere ver cómo lleva sus lecciones.

Descorazonado, Baoyu dejó su copa lentamente y agachó la cabeza.

—¡No sea aguafiestas, ama Li! —protestó Daiyu.

Y dirigiéndose al muchacho:

—Si el tío te llama podemos decir que la tía Xue no te deja salir. Tu ama ha bebido demasiado y ahora quiere hacernos cargar a nosotros con los efectos del vino.

Y dándole un codazo cómplice para animarlo continuó:

—No le hagas caso, ¿por qué razón no podemos divertirnos?

—Señorita Lin, no le anime usted a seguir bebiendo —exclamó el ama Li—. Sus consejos son los únicos que él escucha.

—Pero si no le estoy animando a nada —dijo Daiyu enfadada—, y tampoco me tomo la molestia de darle consejos. Es usted demasiado escrupulosa. La Anciana Dama siempre le da vino, ¿por qué no iba a poder beber un poco en casa de su tía? ¿Está sugiriendo que es una extraña y que él no debe actuar aquí con confianza?

Divertida, pero a la vez irritada, el ama Li contestó:

—¡Vaya, vaya! Cada una de sus palabras corta más que un cuchillo, señorita. ¿Cómo se le puede ocurrir semejante cosa?

Ante la discusión, ni Baochai con toda su seriedad pudo reprimir una sonrisa. Pellizcó una mejilla de Daiyu y exclamó:

—¡Pero qué lengua tiene la muchacha! No sabe una si enfadarse o reír.

—No te preocupes, hijo mío —sentenció la tía Xue—. No tengo nada bueno que ofrecerte, pero me sentiría muy mal si de un disgusto que tuvieras aquí te resultase una indigestión; así que bebe cuanto quieras, que yo responderé. Y no tienes que irte antes de la cena; y lo mismo si te excedes bebiendo: puedes quedarte a dormir.

Ordenó que calentaran más vino y continuó:

—Beberé un poco con vosotros y luego cenaremos.

Al oírla, Baoyu recuperó el buen humor.

Su ama dijo a las doncellas:

—Quedaos con él y no le quitéis el ojo de encima. Voy a casa a cambiarme de ropa y regreso enseguida.

Y le pidió a la tía Xue susurrando:

—Por favor, señora, no le conceda caprichos y no le deje beber demasiado.

Apenas salió el ama Li, las dos o tres sirvientas que quedaron, mujeres maduras y desaprensivas, salieron también a divertirse por su cuenta dejando sólo a dos doncellas, jóvenes y ansiosas por complacer a Baoyu. Con mucha habilidad, la tía Xue impidió que el muchacho bebiera demasiado, y a la hora de la cena Baoyu apuró dos tazones de sopa de piel de pollo y brotes de bambú adobados, y medio tazón de migas de arroz verde. Para entonces ya habían terminado Baochai y Daiyu, y todos bebieron un té fuerte, lo que tranquilizó a la señora Xue.

Poco después, terminada su propia cena, Xueyan y otras tres doncellas acudieron para atenderlos, y Daiyu preguntó a Baoyu:

—¿Estás listo para partir?

La miró de soslayo, con los párpados medio cerrados:

—Me iré cuando tú te vayas.

Daiyu se levantó inmediatamente.

—Hemos pasado aquí casi todo el día; ya es hora de que nos vayamos. Pueden estar preocupados.

Mientras se despedían llegaron sus ropas de abrigo, y Baoyu agachó la cabeza para que una doncella le ayudara a ponerse la capucha. Ésta la sacudió y empezó a pasársela por encima de la cabeza.

—¡Para, para! No seas tan tosca, boba —protestó Baoyu deteniéndola—. ¿No sabes cómo se pone una capucha? Deja que lo haga yo mismo.

—¡Pero qué escándalo! —dijo Daiyu poniéndose de pie sobre el kang—. Ven aquí. Déjame ayudarte.

Baoyu se acercó a ella, que le puso suavemente una mano sobre la coronilla y colocó el filo de la capucha sobre su guirnalda.

—Así está mejor —le dijo al tiempo que echaba hacia adelante el pompón de terciopelo rojo del tamaño de una castaña—. Ahora ya puedes ponerte la capa.

Mientras Baoyu lo hacía, la señora Xue comentó:

—Ni una de las amas que os trajo está aquí, ¿por qué no esperáis un poco?

—¿Por qué tendríamos que esperar nosotros a las sirvientas? —preguntó él—. Ya están las doncellas para acompañarnos. No nos pasará nada.

Sin embargo, para mayor seguridad, la tía Xue hizo que les acompañaran dos amas mayores. Después de dar las gracias a su anfitriona los dos jóvenes se dirigieron a los aposentos de la Anciana Dama, que aún no había cenado. Se mostró muy complacida al saber de dónde venían, y cuando se percató de que Baoyu había estado bebiendo lo mandó directamente a su cuarto, prohibiéndole que volviera a salir de noche. Después preguntó quién estaba a cargo del muchacho.

—¿Dónde está el ama Li? —preguntó al saberlo.

Las doncellas, que no se atrevían a revelar que había vuelto a su casa, le respondieron:

—Estaba aquí hace un momento; seguramente ha salido con algún encargo.

Tambaleándose un poco, Baoyu se volvió para decir por encima del hombro:

—Vive mejor que nuestra abuela, ¿por qué pregunta por ella? Sin sus sermones yo viviría unos días más.

Después salió, y al llegar a su cuarto sus ojos tropezaron con el pincel y la tinta sobre su escritorio.

Qingwen lo saludó con una sonrisa y exclamó:

—¡Vaya tipo! Me hace moler tinta durante toda la mañana porque no se siente bien; luego se sienta, escribe tres caracteres, tira el pincel y se va. ¿Sabe que nos ha tenido esperando todo el día? Póngase ahora mismo a trabajar y acabe con toda esa tinta.

Recordando lo ocurrido por la mañana, Baoyu preguntó:

—¿Dónde están los tres caracteres que escribí?

—¡Pero está borracho! —dijo Qingwen riendo—. Justo antes de partir a la otra casa me pidió que los colgara sobre la puerta, y ahora me pregunta dónde están. Los colgué yo misma; busqué una escalera para hacerlo porque no me fiaba de que nadie lo hiciera bien. Todavía tengo las manos entumecidas por el frío.

—Lo había olvidado. Deja que te caliente las manos.

Y tomó las manos de Qingwen entre las suyas mientras ambos contemplaban la inscripción sobre el dintel. En ese momento entró Daiyu, y él le preguntó:

—Dime sinceramente, prima, ¿cuál de estos tres caracteres está mejor escrito?

Daiyu levantó la cabeza y leyó: «Estudio de las Nubes Rojas».

—Los tres son buenos. No sabía que fueras tan buen calígrafo. Alguna vez tienes que hacer una inscripción para mí.

—Ya te estás burlando —rió Baoyu.

Y volviéndose a Qingwen:

—¿Dónde está Xiren?

Qingwen señaló con la cabeza el kang de la habitación interior, donde Xiren yacía vestida.

—Muy bien —dijo—, pero todavía es temprano para dormir. En la otra casa había para desayunar un plato de panecillos rellenos de nata de soja, y como sé que te gustan le pedí a la cuñada You que me los guardara para la cena, de manera que los envió aquí. ¿Los has recibido?

—¡No me diga! —contestó Qingwen—. Al verlos comprendí que eran para mí, pero como ya había desayunado los dejé. Entonces entró el ama Li y los vio: «Baoyu no los querrá, se los llevaré a mi nieto». Y se los llevó.

Qianxue entró con el té, y Baoyu dijo:

—Bebe un poco de té, prima Lin.

Las doncellas se echaron a reír:

—Hace un rato que se ha ido, y le ofrece té.

Tras beber media taza recordó algo y preguntó a Qianxue:

—¿Por qué me trajiste este té? Esta mañana hicimos un té de rocío de arce y te dije que tomaba todo el sabor sólo después de tres o cuatro infusiones.

—Sí, guardé el otro té —le respondió ella—, pero el ama Li insistió en probarlo y se lo bebió todo.

Fue demasiado para Baoyu. Cogió la taza y la estrelló contra el suelo, salpicando la falda de la doncella. Luego, poniéndose en pie, exclamó furioso:

—¡¿Acaso es vuestra abuela, para que la tratéis con tanto respeto?! Sólo porque me amamantó unos cuantos días se comporta como si fuera más importante que mis antepasados. Ya no necesito una nodriza, ¿por qué tengo que aguantar un vejestorio como ése? ¡Mandadla de una vez al infierno y todos viviremos más tranquilos!

Quiso ir directamente a ver a su abuela para que despidiera al ama Li, pero Xiren, que sólo fingía dormir esperando que Baoyu acudiera a jugar con ella, se levantó rápidamente y corrió a calmar los ánimos. No se había inmutado cuando él preguntó por los panecillos, pero cuando sufrió uno de sus arrebatos de furia e hizo añicos la taza pensó que había llegado el momento de intervenir.

Llegaba en ese instante una doncella enviada por la Anciana Dama para averiguar a qué se debía tanto ruido.

—Acabo de servir un poco de té —dijo Xiren—, la nieve de mi zapato me hizo resbalar y he roto una taza.

Luego tranquilizó a Baoyu.

—De manera que se ha decidido a despedirla. Bien. A todas nosotras nos gustaría irnos, ¿por qué no aprovecha para despedirnos a todas? A nosotras no nos importaría y usted podría conseguir gente que le sirviera mejor.

Enmudecido por esas palabras, Baoyu permitió que le ayudaran a subir al kang y le quitaran la ropa. Seguía mascullando, pero a duras penas podía mantener los ojos abiertos. Xiren le quitó del cuello el precioso jade, lo envolvió en su propio pañuelo y lo puso bajo el colchón del muchacho para que al día siguiente, a la hora de ponérselo, no estuviera frío.

Baoyu cayó dormido como un lirón sobre la almohada. En ese momento llegó el ama Li. Enterada de que estaba borracho no se atrevió a suscitar nuevos problemas, y se fue más tranquila después de asegurarse de que dormía.

A la mañana siguiente, Baoyu supo que Jia Rong había venido desde la otra mansión trayendo a Qin Zhong para que presentara sus respetos. Corrió a dar la bienvenida a su nuevo amigo y presentarlo a la Anciana Dama, que quedó encantada con su hermoso porte y sus modales agradables, Convencida de que sería un excelente compañero de estudios para Baoyu, le invitó a quedarse a tomar el té y a cenar, y luego ordenó a los sirvientes que lo llevaran a conocer a la dama Wang y el resto de la familia.

Qin Keqing era muy querida en aquella casa, y su hermano, por las cualidades que lo adornaban, empezó a ganarse de tal modo el cariño y la simpatía de todos, que hasta le hicieron regalos al despedirse. La Anciana Dama le obsequió con una bolsita que contenía una pequeña efigie de oro representando al dios de las Oposiciones Oficiales, que simboliza la armonía entre el azar y el talento.

—Vives tan lejos —le dijo— que el viaje puede resultarte excesivo por el frío o el calor. Serás bien recibido si te quedas aquí y consideras ésta como tu casa. Quédate con tu tío Baoyu y no participes en las gamberradas de esos granujas ociosos.

Qin Zhong aceptó de buen grado el ofrecimiento y regresó a su casa a informar de lo que había dicho la Anciana Dama. Su padre, Qin Ye, un viudo a punto ya de cumplir los setenta años, era secretario de la Junta de Obras. Al no tener hijos propios había adoptado a un niño y una niña de un orfanato, pero el niño murió pronto. Keqing quedó como hija única, y al crecer se convirtió en una muchacha de considerable gracia e inteligencia; y como Qin estaba remotamente vinculado a la familia Jia, se arregló la boda de Keqing con Jia Rong.

En cuanto a Qin Zhong, había nacido cuando ya su padre había pasado la cincuentena. Su preceptor había muerto el año anterior, y Qin Ye aún no le había encontrado un sustituto; por eso el muchacho se dedicaba a repasar lecciones en casa. Para que no perdiera su tiempo, el viejo Qin había pensado en algún momento acercarse a los Jia para estudiar la posibilidad de que se pudiera enviar a su hijo a la escuela que ellos tenían, pero quiso la fortuna que Baoyu y Qin Zhong se conocieran.

El anciano se alegró mucho cuando se enteró de que la escuela de los Jia estaba dirigida por Jia Dairu, un venerable erudito confuciano bajo cuya tutoría era de esperar que Qin Zhong hiciera grandes progresos y hasta consiguiera un nombre.

Qin Ye era un funcionario pobre, pero todos los Jia, los encumbrados y los humildes, valoraban tanto las riquezas y los rangos que el viejo secretario arañó las paredes hasta conseguir veinticuatro taeles de plata que sirvieron de generoso regalo de ingreso. Luego llevó a Qin Zhong a que presentara sus respetos a Jia Dairu, tras lo cual esperaron a que Baoyu fijara una fecha para que ambos empezaran las clases.

Por cierto:

De saber que mañana acarreará problemas,

¿quién enviaría a su hijo a estudiar hoy?

* En la versión más antigua del manuscrito aparecen los siguientes versos encabezando este capítulo:

Aromático es el té Médula de Fénix recién hecho que se guarda en el antiguo trípode,

y el licor más transparente se conserva en la copa esmeralda.

No digan que no es hermosa la belleza de seda,

pero vean a la muchacha de oro junto al muchacho de jade.

Capítulo IX

Dos amigos entrañables ingresan en la escuela del clan.

Una calumnia hace volar los tinteros por el aula.

Qin Ye y su hijo tuvieron que esperar poco tiempo para recibir de la familia Jia un recado indicándoles la fecha del inicio de las clases; y es que Baoyu, en su ansiedad, sólo pensaba en reunirse cuanto antes con su amigo, de manera que había enviado a casa de Qin Zhong una nota en la que le pedía que acudiera en el corto plazo de dos días para marchar juntos a la escuela esa misma mañana.

El día fijado, antes de que Baoyu despertase, Xiren ordenó cuidadosamente sus libros y útiles escolares, y luego se sentó entristecida en el borde del kang esperando que el muchacho abriera los ojos para ayudarle en su aseo matinal.

—¿Por qué estás triste, hermana? —le preguntó delicadamente Baoyu cuando la vio allí sentada—. ¿Acaso me echarás de menos mientras estoy en la escuela?

—¡Qué cosas tiene! —sonrió Xiren—. El estudio es indispensable si se quiere ser algo en la vida, pero recuerde que en clase debe concentrarse sólo en sus libros, y fuera de la escuela debe pensar sólo en su familia. No se mezcle en las trastadas de los otros muchachos; no tendría gracia que su padre le sorprendiera en alguna. Sé que le han aconsejado dedicarse en cuerpo y alma al estudio, pero tampoco exagere la nota o terminará abarcando más de lo que puede apretar y su salud se resentirá. Por lo menos eso me parece a mí. Piénselo.

Baoyu iba asintiendo a todo lo que ella le decía.

—He hecho un paquete con sus abrigos de piel y lo he entregado a sus pajes —prosiguió Xiren—. Abríguese si siente frío en la escuela; piense que ya no estaremos nosotras allí para cuidarlo. También he dado a los pajes carbón para su estufa de mano; cuide de que esos vagos chapuceros la mantengan llena. Si no está todo el rato detrás de ellos no moverán un dedo y dejarán que se congele.

—No te preocupes —la tranquilizó Baoyu—. Sé cuidarme solo cuando estoy fuera. Pero tú no te quedes aquí tan triste, y visita de vez en cuando a mi prima Daiyu.

Cuando estuvo vestido, Xiren le sugirió que fuera a presentar sus respetos a sus padres y a la Anciana Dama. Después de dar unas breves instrucciones a Qingwen y a Sheyue, Baoyu se despidió de la Anciana Dama, que también le tenía preparados unos cuantos consejos. Luego fue a ver a su madre, y por fin acudió al estudio de su padre.

Ese día Jia Zheng había vuelto temprano y estaba hablando con unos secretarios cuando entró Baoyu a presentarle sus respetos y anunciarle su marcha a la escuela.

—No me avergüences con toda esa palabrería sobre la escuela —le dijo desdeñosamente su padre—. En mi opinión sólo sirves para holgazanear por ahí. Manchas mi suelo cuando lo pisas y mi puerta cuando te apoyas en ella.

—Su Señoría es demasiado duro con el muchacho —terciaron sus secretarios, que, incorporándose, se habían dirigido inmediatamente hacia Baoyu—. Con unos cuantos años de escuela su digno hijo revelará su temple y conseguirá un nombre, no le quepa la menor duda. Ya no es un niño. Además, ya se tiene que marchar; es, casi la hora del desayuno.

Y mientras decían esto, dos de ellos empujaron a Baoyu fuera del estudio.

Jia Zheng hizo llamar entonces a los acompañantes del muchacho, y acto seguido tres o cuatro fornidos mocetones que habían estado esperando fuera entraron a hincar una rodilla ante él.

Al reconocer a Li Gui, el hijo de la anciana nodriza, Jia Zheng le preguntó:

—¿Qué aprendió durante el tiempo que le estuviste acompañando en sus lecciones? Yo te lo diré: una sarta de disparates y unos cuantos trucos hábiles. En cuanto pueda te azotaré hasta despellejarte, y luego le ajustaré las cuentas al zote ese.

Aterrado, Li Gui se arrodilló completamente, se despojó del gorro y golpeó repetidamente la cabeza contra el suelo mientras exclamaba:

—Señor, señor, yo sería incapaz de decir una mentira. El joven amo ha estudiado tres volúmenes del Libro de los Cantos, y ha llegado hasta «You-you braman los venados, hojas de loto y lentejas de agua» [1] .

La involuntaria tergiversación del verso original hizo que los reunidos soltaran una carcajada, y hasta Jia Zheng no pudo reprimir una sonrisa.

—Aunque estudiara treinta volúmenes más, sólo estaría engañando a la gente —insistió—. Transmite mis saludos al director de la escuela y dile de mi parte que obras como el Libro de los Cantos y los Ensayos Clásicos no son más que una pérdida de tiempo. Mejor sería que obligara a sus alumnos a recitar de memoria los Cuatro Libros.

Li Gui prometió cumplir el encargo y, como su señor ya no tenía más instrucciones que darle, se retiró.

Baoyu, entretanto, se había quedado en el patio conteniendo el aliento. En cuanto vio salir a los sirvientes se alejó con ellos a toda prisa.

Sacudiéndose el polvo de la reverencia, Li Gui y los demás se quejaron:

—¡¿Qué le parece?! ¡Nos va a despellejar vivos! Otros criados ganan cierto prestigio sirviendo a sus amos, pero todo lo que nosotros sacamos en claro sirviéndole a usted son insultos y palizas. Apiádese de nosotros en adelante.

—Ánimo, hermanos míos —contestó Baoyu con una sonrisa—. Mañana os convidaré.

—¿Quiénes somos nosotros para esperar convites, pequeño antepasado? Nos bastaría con que escuchase nuestros consejos de vez en cuando.

Ya estaban de vuelta en los aposentos de la Anciana Dama, que charlaba con Qin Zhong desde hacía un buen rato. Los dos muchachos se saludaron y se despidieron de la anciana.

En ese momento Baoyu recordó que aún no se había despedido de Daiyu y fue corriendo hasta su cuarto, donde la encontró ante el espejo, junto a la ventana. Cuando la informó de que se iba a la escuela ella sonrió.

—Muy bien —dijo—, de manera que te vas «a quitarle ramas al laurel en el palacio de la Luna» [2] . Siento mucho no poder ir a despedirte.

—No cenes hasta que yo vuelva, querida prima. Vendré a mezclar tu colorete.

Charlaron unos instantes más, y después Baoyu se giró para irse.

—¿No vas a despedirte también de tu prima Baochai? —le insinuó malignamente Daiyu cuando ya echaba a andar.

Baoyu respondió con una sonrisa y finalmente emprendió la marcha con Qin Zhong.

La escuela de la familia Jia, que no estaba a más de un li de distancia, había sido fundada varias generaciones atrás con el propósito de que los miembros del clan que carecieran de recursos para contratar a un preceptor pudieran, a pesar de todo, educar a sus hijos. La mantenían los miembros que ostentaban cargos oficiales, quienes aportaban para su mantenimiento cuotas variables dependiendo de la cuantía del sueldo de cada uno. Un miembro anciano del clan que gozara de buena reputación entre los demás era seleccionado para dirigir la educación de los muchachos.

Una vez que fueron presentados a los demás alumnos, Baoyu y Qin Zhong se enfrascaron en el estudio y desde ese día se hicieron inseparables; todas las mañanas marchaban juntos a la escuela, siempre regresaban juntos y, a menudo, gracias al favor de la Anciana Dama, Qin Zhong permanecía varios días seguidos con la familia Jia. De hecho, la anciana lo trataba como a uno más de sus propios nietos y le regalaba ropa, zapatos y otras cosas necesarias cada vez que constataba la insolvencia de su padre. En menos de un mes, Qin Zhong había trabado excelentes relaciones con la mansión Rong al completo.

Como Baoyu siempre obedecía inclinaciones harto diferentes a las que correspondían a su posición, le dijo un día a Zhong con su habitual falta de respeto a los convencionalismos:

—Somos de la misma edad, y además compañeros de estudio. Olvidemos que somos tío y sobrino, y seamos únicamente hermanos y amigos.

Al principio Zhong se resistió a aceptar la propuesta, pero como Baoyu insistía en llamarlo «hermano», o bien empleaba su nuevo nombre social, él empezó a hacer lo mismo.

Aunque todos los alumnos de esta escuela pertenecían al clan Jia o eran parientes políticos, «un dragón engendra nueve vástagos, cada uno diferente», y era inevitable que entre tantos muchachos hubiera algunos individuos de baja estofa, serpientes entre dragones.

Los recién llegados eran notoriamente hermosos; el rostro de ambos estaba dotado de la frescura de las flores. Qin Zhong era tan tímido y gentil que a menudo se sonrojaba como una niña; Baoyu era por naturaleza discreto y modesto, considerado con los demás y de conversación amena. Y tan íntimo era su trato que sus condiscípulos empezaron a sospechar lo peor y a murmurar a espaldas de la pareja, haciendo correr feas calumnias dentro y fuera de la escuela.

Por si fuera poco, Xue Pan no tardó en enterarse de la existencia de dicha escuela, y como la sola idea de tantos muchachos reunidos despertaba sus instintos más bajos, se inscribió en ella como alumno. Pero era «como el pescador que tres días pesca y dos pone a secar su red». La cuota de ingreso que entregó a Jia Dairu fue realmente un derroche, ya que no tenía la menor intención de aprovecharla para estudiar. Su único objetivo era conseguir algunos «hermanitos de adopción» en la escuela; de hecho, varios muchachos habían cedido ya a la tentación de su dinero y habían terminado por caer en sus garras. Pero no es necesario detenernos en este asunto.

Sí es preciso decir que entre estos últimos había dos jóvenes sentimentales cuyos verdaderos nombres no han podido ser establecidos con certeza, ni tampoco la rama familiar a la que pertenecían. Eran conocidos, por su buena presencia y su encanto, con los apodos de Perfume Añorado y Jade Enamorado. A pesar de ser objeto de admiración general, nadie se acercaba a ellos por temor a Xue Pan.

También Baoyu y Qin Zhong se sintieron atraídos por estos dos muchachos, pero sabiendo que eran amigos de Xue Pan no quisieron tomar ninguna iniciativa, aunque por parte de Perfume Añorado y Jade Enamorado la atracción fuera recíproca. El caso es que ninguno de los cuatro se atrevía a desnudar su corazón, y cada día, desde cuatro pupitres distintos, cuatro pares de ojos cruzaban sus miradas. A la vez que buscaban pasar inadvertidos, las insinuaciones y las alusiones les iban permitiendo desvelar sus pensamientos. Pero ocurrió que algunos granujas descubrieron su secreto y empezaron a levantar las cejas, guiñar un ojo, toser o carraspear a espaldas del cuarteto.

Esta situación se mantuvo durante algún tiempo, hasta que un día, por una de esas cosas de la suerte, Jia Dairu tuvo que volver temprano a su casa a ocuparse de unos asuntos y dejó a los muchachos como tarea un verso de siete caracteres que debía ser rimado con otro, más el anuncio de que al día siguiente seguiría explicándoles los clásicos. Dejó a su nieto mayor, Jia Rui, como encargado de la escuela. Entonces, aprovechando que Xue Pan prácticamente había dejado de asistir a las clases, Qin Zhong sé puso a hacerle guiños a Perfume Añorado enviándole mensajes secretos. Ambos pidieron permiso y salieron al patio trasero para poder conversar tranquilos.

—¿Se preocupan tus padres por tus amistades? —se interesó Zhong.

No había terminado de pronunciar esas palabras cuando una tos les hizo volverse consternados. Era su compañero de clase Jin Rong. Perfume Añorado era un muchacho de genio vivo; incómodo y molesto le espetó:

—¿Qué pasa? ¿Por qué toses? ¿Acaso no podemos hablar si nos viene en gana?

—¿Y si Vosotros podéis hablar, por qué no puedo toser yo? —replicó Jin Rong deshaciéndose en risitas—. Pero hablemos claramente en vez de andar siempre a hurtadillas. Por fin os he atrapado con las manos en la masa, y es inútil que lo neguéis. Si me dejáis a mí probar primero no diré nada, pero en caso contrario os echaré encima a toda la escuela.

Indignados y con el rostro encendido los dos muchachos preguntaron:

—¿En qué nos has atrapado?

—¡Los he pillado con las manos en la masa! —gritó Jin Rong mientras reía y aplaudía—. ¡A la rica tortilla! ¡Vamos, muchachos; a comprar una tortilla!

Los dos muchachos corrieron hacia Jia Rui para quejarse por el insulto de Jin Rong, pero Jia Rui era un bribón sin escrúpulos y ávido de dinero que aprovechaba la situación en la escuela para desplumar a los muchachos. En el caso de Xue Pan, había hecho la vista gorda a su lamentable conducta, e incluso la había alentado, a cambio de dinero, pitanzas y otros favores. Pero Xue Pan era veleidoso como una lenteja de agua, hoy flotando al este y mañana al oeste. La reciente adquisición de nuevos amigos le había hecho olvidar a Perfume y Jade, por no hablar de Jin Rong, al que a su vez ellos habían sustituido. Ahora que todos ellos habían sido descartados, Jia Rui no tenía quien intercediera por él, y en lugar de culpar a la volubilidad de Xue Pan la había tomado con Perfume y Jade. Pasaba igual con Jin Rong y con los demás; todos habían tomado ojeriza a los dos muchachos, y la llegada de Qin Zhong y Perfume Añorado con la queja no había hecho sino acrecentar la aversión que le inspiraban. Jia Rui no se atrevió a reprender a Zhong, pero la tomó con Perfume abrumándolo de insultos y acusándole de crear problemas.

Tras semejante chasco, Perfume y Qin Zhong volvieron a sus pupitres con gesto sombrío mientras Jin Rong, con aire triunfante, meneaba la cabeza y chasqueaba la lengua sin parar de proferir calumnias; todo ello resultó excesivo para Jade Enamorado, que inició con él una discusión desde su pupitre.

—Yo los he visto en el patio —insistía Jin Rong—. Discutían dónde y cómo encontrarse. Más claro, agua.

Y prosiguió, indiferente a quién pudiera oírlo, a pesar de que alguien ya estaba montando en cólera. ¿Y adivinan quién era? Se trataba de Jia Qiang, un descendiente directo del duque de Ningguo que había sido criado por Jia Zhen tras la muerte prematura de los padres de aquél. Ahora tenía dieciséis años y era todavía más apuesto y atractivo que Jia Rong, del cual era inseparable. Ahora bien, «cuanta más gente, más rumores», y los descontentos criados de la mansión Ning lo único que hacían bien era difamar a sus amos. Cuando los chismes de la servidumbre acerca de la sospechosa amistad entre los dos muchachos llegaron a oídos de Jia Zhen, éste, temeroso de convertirse él mismo en blanco de sospechas, dio a Jia Qiang una casa en las afueras para que viviera allí por su cuenta.

La inteligencia de Jia Qiang era sólo comparable a su belleza, pero su asistencia a la escuela no era sino la fachada que escondía su acendrada afición a las peleas de gallos, las carreras de galgos y los burdeles. Ninguno de los otros miembros del clan se atrevía a cruzarse en su camino, ya que era un protegido de Jia Zhen y contaba además con el apoyo de Jia Rong, ¡y dada su intimidad con ellos no iba a permitir que nadie maltratara impunemente a Qin Zhong! Su primera intención fue tomar abiertamente partido por él, pero pensándolo mejor llegó a la siguiente conclusión: «Jin Rong, Jia Rui y toda esa banda de desaprensivos andan del brazo del tío Xue, que siempre me ha tratado bien. Si me enfrento a ellos irán con el cuento al viejo Xue, y eso hará que nuestra relación se resienta. No obstante, si no hago nada seguirán corriendo esos comprometedores bulos. Debo encontrar una manera de taparles la boca sin quedar mal». Aduciendo una pequeña urgencia fisiológica, abandonó el aula; con toda discreción buscó a Mingyan, uno de los pajes de Baoyu, y le contó la historia de tal manera que unas cuantas frases fueron suficientes para provocar su indignación.

Mingyan, aunque joven e inexperto, era el más servicial de los pajes de Baoyu, y Jia Qiang le había dicho que los insultos contra Qin Zhong afectaban también a su señor y que si la actitud de Jin Rong era pasada ahora por alto se tomaría mayores libertades la próxima vez. Mingyan, a quien siempre le había gustado hacer gala de fuerza, se lanzó inmediatamente, alentado por Jia Qiang, a desafiar a Jin Rong. Olvidando el comportamiento que correspondía a un criado, le gritó:

—¡Oye, tú, Jin! ¿Qué diablos te has creído?

En ese momento Jia Qiang se sacudió el polvo de las botas, se arregló la ropa, observó la altura del sol y pensó: «Es hora de retirarme». Pidió permiso a Jia Rui para irse temprano puesto que tenía que arreglar ciertos asuntos, y éste no se atrevió a impedírselo.

Para entonces Mingyan ya le había propinado un puñetazo a Jin Rong mientras lo retaba a pleno pulmón:

—Lo que nosotros hagamos no es asunto tuyo. ¡Enfréntate a tu señor Ming, si tienes agallas!

La clase entera quedó estupefacta.

—¡Mingyan, cómo te atreves! —gritó a su vez Jia Rui cuando pudo reaccionar.

Lívido de ira, Jin Rong dio un alarido:

—¡Rebelde! ¿Cómo te atreves a hablarme así, esclavo? ¡Tengo que hablar con tu amo!

Y soltándose de un tirón fue hacia Baoyu y Qin Zhong.

¡Paf! Un tintero lanzado por mano anónima zumbó cerca de la cabeza de Jin Rong y acabó su trayectoria estrellándose contra el pupitre siguiente, donde se sentaban Jia Lan y Jia Jun.

Jia Jun era un tataranieto del duque de Rongguo, hijo único de una madre tempranamente viuda. Ocupaba el mismo pupitre que Jia Lan, al que le unía una firme amistad. Este impertérrito e irascible bribonzuelo había contemplado indiferente a uno de los amigos de Jin Rong lanzar un pesado tintero contra Mingyan, pero cuando la piedra cayó ante él destrozando su recipiente de agua y salpicando de tinta sus libros decidió que aquello era más de lo que podía soportar.

—¡Criminales! Si queréis pelea, la tendréis —dijo a gritos mientras daba tirones de su propio tintero.

El tímido Jia Lan intervino para señalar a su amigo que ése no era asunto suyo, pero Jia Jun no le hizo el menor caso. Como su tintero estaba fijado al pupitre, y no fue capaz de arrancarlo, desistió de utilizarlo como arma arrojadiza y optó por echar mano de su bolsa, lanzándosela al culpable; pero como era pequeño y débil erró el blanco, y la bolsa fue a caer con enorme estrépito ante las narices de Baoyu y Qin Zhong esparciendo libros, papeles, pinceles y tinta. Por si no había suficiente confusión sobre el pupitre, rompió también la taza de Baoyu, de manera que el té fue a sumarse a aquel desaguisado.

Jia Jun arremetió contra el muchacho que había lanzado el tintero, mientras Jin Rong se hacía con una vara de bambú y empezaba a dar golpes a diestro y siniestro en el pequeño y atestado recinto.

El primero en probar la vara fue Mingyan.

—¡¿Pero qué estáis esperando?! —rugió éste a los otros pajes de Baoyu, que no se hicieron de rogar.

—¡Ahora veréis para qué sirven las armas, hijos dé la gran puta! —Y diciendo esto se lanzaron a la carga, uno armado con la tranca de una puerta y otros dos blandiendo látigos.

Jia Rui hacía esfuerzos desesperados por contener a los contrincantes, pero nadie le hacía caso y al poco tiempo aquello parecía una casa de locos. Varios muchachos se lanzaron alegremente a la trifulca emprendiéndola a puñetazos con los que ya estaban ocupados y no podían responder; los más apocados se replegaron, y el resto, de pie sobre sus pupitres, aplaudía y reía a carcajadas mientras jaleaba a los combatientes. La escuela parecía una caldera hirviendo.

Al oír el estrépito, Li Gui y los demás criados entraron en el aula a detener la gresca. Cuando preguntaron cómo había empezado contestaron todos a un tiempo, cada uno acusando a los demás. Li Gui soltó una maldición y echó fuera a Mingyan y a los demás pajes.

Qin Zhong tenía una herida en la cabeza producida por la vara de Jin Rong, y Baoyu se la limpiaba con la solapa del abrigo. En cuanto el orden fue restablecido dijo a Li Gui:

—Reúne mis libros y trae mi caballo. Voy a informar de esto al maestro. Fuimos insultados, pero cuando le presentamos una queja formal al señor Jia Rui nos culpó a nosotros, permitió que nos ofendieran y llegó a alentarlos para que nos golpearan. Naturalmente, al vernos así vejados, mi paje Mingyan salió en nuestra defensa, y entonces ellos se unieron para apalearlo. A Qin Zhong le han roto la cabeza. ¿Cómo podemos seguir estudiando aquí después de esto?

Li Gui le pidió por favor que no se precipitara.

—Tranquilícese, señor Bao, el venerable maestro fue a ocuparse de sus asuntos y se vería muy mal que ahora nos presentáramos nosotros a molestarlo por una tontería. Mi opinión es que estos problemas deben resolverse sobre el terreno y que no hay necesidad de importunar al anciano caballero.

Y señalando a Jia Rui continuó:

—Usted es el responsable de todo este lío. En ausencia del profesor es usted quien está a cargo de la escuela: si alguien se porta mal debe castigarlo. ¿Cómo permite que lleguen las cosas a este extremo?

—No he dejado de gritar que se detuvieran —contestó Jia Rui—, pero ninguno me hizo caso.

—Discúlpeme si le hablo con toda franqueza, señor —insistió Li Gui—. Su propia conducta deja mucho que desear, y Ja consecuencia es que estos muchachos no le obedecen. Si este asunto llega a oídos del maestro lo pagará usted caro, así es que mejor sería que se diera prisa en poner punto final a este incidente.

—¡¿Punto final a qué?! —intervino Baoyu airado—. No toleraré que no se escuche mi versión.

—Y yo no volveré a esta escuela si se permite a Jin Rong que siga viniendo —dijo Qin Zhong sollozando.

—¡Buena idea! —exclamó Baoyu—. ¿Por qué tenemos que ser nosotros los que nos vayamos mientras ellos siguen acudiendo a la escuela? Voy a contárselo todo a la familia y conseguiré que los expulsen.

A continuación preguntó a Li Gui la rama de la familia a la que pertenecía Jin Rong.

Después de pensarlo un momento Li Gui respondió:

—Más vale que no me lo pregunte. Si se lo digo, lo único que conseguiré es que se sigan produciendo discordias entre parientes.

—¡Es el sobrino de la señora Jia Huang del callejón del Este! —terció Mingyan por la ventana—. No sé de dónde ha sacado el atrevimiento para provocamos; la señora Jia Huang es su tía por parte de padre, y una pedigüeña que se pasa el día halagando a la gente y arrodillándose ante la señora Lian para conseguir algunos regalos que luego empeña. ¿Cómo la vamos a respetar, si no vale una mirada?

—¡Cierra la boca, jodido perro! ¡Lo único que faltaba aquí es que tuvieras la lengua tan larga! —rugió Li Gui.

—De modo que Jin Rong es el sobrino de la cuñada Jia Huang —dijo Baoyu con desdén—. Hablaré con ella sobre este asunto.

Y se dispuso a partir después de ordenar a Mingyan que entrara a empaquetar sus libros. Cuando hubo terminado, el paje sugirió exultante:

—Permítame ir a mí. Le diré que la Anciana Dama quiere hablar con ella. Alquilaré un carro para traerla, y así usted podrá hablarle en presencia de su abuela. ¿No es eso más sencillo?

—¡¿Pero es que quieres morir, imbécil?! —gritó Li Gui—. Espera a que volvamos y verás la paliza que te doy; sin contar con que les diré al señor y a la señora que fuiste tú quien empujó al amo Baoyu a este trastorno. ¡Todo lo queme ha costado tranquilizarlo para que ahora vengas tú, que empezaste este embrollo, a echarle más leña al fuego!

Ante la amenaza, Mingyan no se atrevió a replicar. Jia Rui, por su parte, temeroso de sufrir las consecuencias de que aquello siguiera adelante, se tragó su orgullo y suplicó a Qin Zhong y a Baoyu que olvidasen el asunto.

Tras hacerse un poco el duro, Baoyu cedió:

—De acuerdo, no diré nada. A cambio, Jin Rong tiene que disculparse.

Jin Rong se negó al principio, pero Jia Rui, Li Gui y los demás lo acosaron.

—Tú has empezado esto —le decían—. A ti te corresponde terminarlo.

Presionado de tal manera, Jin Rong acabó por ceder y se inclinó ante Qin Zhong con un puño cerrado dentro del otro a la altura de los labios [3] . Pero Baoyu no estaba dispuesto a aceptar sus disculpas como no hiciera un koutou completo.

Deseando terminar cuanto antes, Jia Rui le susurró a Jin Rong:

—Recuerda el proverbio: «Un asesino lo único que tiene que perder es la cabeza». Haz el koutou y acabemos de una vez.

Por fin, Jin Rong se prosternó ante Qin Zhong.

Quien quiera saber lo que pasa, que escuche el próximo capítulo [4] .

Capítulo X

Por su propio bien, la viuda Jin se traga su amor propio.

El doctor Zhang diagnostica una enfermedad

con profundos análisis.

En el capítulo anterior, las fuertes presiones y las órdenes de Jia Rui para que se disculpara habían obligado a Jin Rong a hacer un koutou ante Qin Zhong. Al terminar las clases, de camino a su casa, el recuerdo de la humillación sufrida enfurecía cada vez más a Jin Rong: «Qin Zhong sólo es el cuñado de Jia Rong; ni siquiera es hijo o nieto de la familia Jia —cavilaba colérico por el camino—. Está en la escuela gracias a un favor especial, exactamente igual que yo, pero su amistad con Baoyu le permite mirar por encima del hombro a los demás. Si al menos se comportase correctamente… Pero esos dos deben pensar que los demás estamos ciegos. Hoy los sorprendí coqueteando, ¿qué tengo yo que temer si todo esto sale a la luz?».

—¿En qué lío te has metido ahora? —preguntó su madre, nacida Hu, al oírlo llegar refunfuñando.

Cuando el muchacho le contó lo sucedido, ella le reconvino:

—Tuve que perseguir a tu tía importunándola continuamente para que la señora Xifeng de la mansión del Este te consiguiera una plaza en la escuela de la familia. ¿Qué sería de nosotros sin su ayuda? No nos podemos permitir un preceptor. Además, allí te dan de comer gratis, ¿no es cierto? Eso nos ha permitido ahorrar bastante en estos dos últimos años, y gracias a eso puedes llevar esa ropa elegante que tanto te gusta. Y gracias también a la escuela has conocido al señor Xue, que nos ha ayudado en este tiempo con no menos de setenta u ochenta taeles de plata. Si te expulsan por esa pelea no esperes que te encuentre otra escuela como ésta; te aseguro que eso sería más difícil que trepar hasta el cielo, así que más vale que te entretengas con algo tranquilo antes de ir a dormir. Sí, será lo mejor.

Jin Rong tuvo que reprimir su cólera y sujetar la lengua, y pronto quedó dormido. A la mañana siguiente volvió a la escuela como si nada hubiera acaecido.

Hablemos ahora de su tía paterna. Se había casado con Jia Huang, que pertenecía a aquella generación de la familia que empleaba en sus nombres el radical de «jade» [1] . Ya sabemos que no todos los miembros del clan eran tan ricos como los de las mansiones Ning y Rong; pues bien, Jia Huang y su esposa vivían de una menguada renta y con frecuencia acudían con halagos a suplicar la ayuda de Xifeng y la señora You.

Como ese día hacía buen tiempo y no tenía nada que hacer, la esposa de Jia Huang, nacida Jin, fue a visitar a su cuñada y a su sobrino acompañada de una sirvienta. Durante la conversación, la madre de Jin Rong describió detalladamente los sucesos ocurridos en la escuela el día anterior. El relato encolerizó inmediatamente a la tía Huang.

—Jin Rong es tan pariente de los Jia como ese joven idiota de Qin Zhong —exclamó—. ¿Cómo puede haber gente que se arrastre de esa manera a los pies de los ricos? Sobre todo cuando su comportamiento es tan lamentable. Y en cuanto a Baoyu, no hay motivo para que se le trate con tantos remilgos. Voy ahora mismo a la mansión del Este a hablar con la señora You y luego informaré a la hermana de Qin Zhong. ¡A ver quién tiene aquí la razón!

—Ay hermana, no he debido contártelo —dijo la madre de Jin Rong presa de ansiedad—. No les digas nada, por favor. Ya no importa quién tenga razón, y si esto se embrolla aún más acabarán expulsando a mi muchacho de la escuela; aparte de que no podemos costearnos un preceptor, gastaremos mucho más en ropa y alimentos.

—¡Como si eso fuera a ocurrir! —replicó ufana la tía Huang—. Tú déjame a mí que hable con ellas, y ya verás como solucionan el caso a nuestro favor.

Ignorando las súplicas y protestas de la viuda, mandó a su sirvienta alquilar un coche y se encaminó a la mansión Ning, donde se apeó frente a la pequeña puerta del este para entrar andando. En presencia de la señora You, toda su indignación desapareció como por ensalmo. Charló con falsa amabilidad y extrema afectación durante unos momentos, y luego preguntó:

—¿Cómo no veo por aquí a la joven señora Keqing?

—No sé qué le pasa —contestó la señora You—. Hace dos meses que no le viene la regla, y sin embargo los médicos dicen que no está encinta. Sufre vahídos, y por las tardes está demasiado cansada para moverse o hablar. Yo le he dicho: «No es necesario que te fatigues viniendo todas las mañanas y todas las tardes a presentar tus respetos; limítate a descansar, y si vienen parientes yo los recibiré. Me disculparé en tu nombre si los mayores preguntan por ti». También le dije a mi hijo Rong que no permitiera que nadie la cansara o molestase, para que pueda reposar tranquilamente hasta que se reponga: «Si quiere algo especial de comer, que me lo pidan; si no lo tenemos se lo pediremos a Xifeng». Si algo malo le llega a suceder, ni con una linterna encontrarías en todo el mundo una muchacha que valiera lo que ella, tan hermosa y tan amable. Se ha ganado la voluntad de los mayores y de todos nuestros conocidos. En fin, que llevo unos días terriblemente preocupada. Esta mañana fue a verla su hermano Zhong. La verdad es que es demasiado inexperto para entenderlo, pero no le debía haber contado esas historias sabiendo que estaba enferma. Incluso admitiendo que hubiese sido víctima de una injusticia, no se lo tenía que haber dicho. Parece que ayer hubo una pelea en la escuela; otro muchacho lo amenazó y hubo insultos. Pues bien, él se lo contó todo a su hermana con pelos y señales, y ya sabes cómo es ella: agradable y capaz, pero también demasiado sensible y todo se lo toma a pecho; no hay detalle, por pequeño que sea, que no rumie durante varios días. Ese carácter que le hace preocuparse por todo es lo que le ha acarreado la enfermedad. Por eso, al enterarse de que alguien había abusado de su hermano montó en cólera, furiosa contra los perros inmundos que se dedican a sembrar el desorden y a hacer correr calumnias, y trastornada también porque Qin Zhong no estudia con empeño dedicándose de lleno a los libros, y en el fondo es ése el origen del problema. Total, que el resultado ha sido que no quiere ni ver el desayuno. En cuanto me enteré fui a tranquilizarla. A su hermanito le despaché una buena reprimenda y lo mandé a casa de Baoyu, en la otra mansión. No he vuelto aquí hasta que no la he visto tomar medio tazón de sopa de nido de salangana. Ay hermana, no te puedes imaginar lo preocupada que estoy. Hoy por hoy no tenemos buenos médicos en la casa, y esta enfermedad me tiene en ascuas. ¿Tú sabes de algún médico?

La furiosa determinación que la señora Huang había mostrado ante su cuñada, todas las cuentas que iba a arreglar con Keqing, se disiparon ante el espanto que le produjeron las palabras de la señora You; de tal manera que, tragándose su amor propio, se hizo la tonta y se retiró discretamente más allá del país de Java.

—No, no conozco a ninguno —contestó—, pero, por lo que me dice, bien podría estar embarazada. De todos modos, cuide de que no la traten a ciegas, pues un diagnóstico equivocado podría ser peligroso.

—Yo pienso igual —asintió la señora You.

En ese momento entró Jia Zhen, que al ver allí a la esposa de Jia Huang preguntó:

—¿No es ésta la señora Huang?

Ella se adelantó para saludarlo.

—No la dejes marchar sin que haya comido en casa —dijo Jia Zhen a su esposa, y a continuación salió del cuarto.

La tía Huang había ido hasta allí a quejarse de cómo había tratado Qin Zhong a su sobrino, pero después de las palabras de la señora You no tuvo valor para mencionar el hecho, y mucho menos para quejarse. Aún más: el amable recibimiento de Jia Zhen y la señora You había trocado su indignación en placer. Después de un rato de amable charla, se despidió.

—¿Qué buscaba? —preguntó Jia Zhen a su esposa una vez que la señora Huang se hubo marchado.

—Nada en especial —respondió la señora You—. Cuando llegó parecía algo excitada, pero se fue calmando cuando se enteró de la enfermedad de nuestra nuera y vio nuestro estado de ánimo. Eso fue lo que le impidió quedarse a comer, como tú sugeriste. Pero volviendo a nuestra nuera; pienso que debes encontrar cuanto antes un buen médico. Los que la han estado viendo son unos ineptos que no han hecho sino oír los síntomas que les hemos descrito y luego adornarlos con palabras altisonantes. Es verdad que se toman muchas molestias, incluso hay tres o cuatro que vienen varias veces al día, le toman el pulso, hacen junta de médicos y escriben sus recetas; pero sus brebajes no han servido para nada. Es malo para un enfermo tener que cambiarse de ropa tres o cuatro veces al día y estar incorporándose continuamente para que lo pueda ver el médico.

—¿Y por qué se cambia tanto esa chica boba? —preguntó Jia Zhen—. Si coge un enfriamiento no hará sino empeorar. Así no se puede. Las prendas más delicadas no son nada comparadas con su salud; puede usar una muda nueva cada día, si a eso vamos.

Luego prosiguió:

—Lo que vine a decirte es que hace un momento he visto a Feng Ziying. Me preguntó por qué estaba tan preocupado y le conté que tenía a la nuera enferma y no encontraba un buen médico que me dijera si estaba enferma o embarazada, y si corría peligro o no. Pues bien, Feng conoce a un médico de nombre Zhang Youshi que fue su preceptor en la infancia; al parecer se trata de un hombre muy instruido, con un amplio conocimiento de la medicina y que diagnostica muy bien. Ha llegado a la capital este año para comprarle a su hijo un rango oficial, y está parando en casa de los Feng. Quizás el destino quiera que sea él quien cure a nuestra nuera, quién sabe. El caso es que he mandado a un sirviente con mi tarjeta invitándolo a venir. Tal vez hoy se haya hecho ya demasiado tarde, pero estoy seguro de que vendrá mañana; sobre todo porque Feng Ziying me prometió pedírselo en cuanto llegase a casa. Esperemos a que la haya visto este médico Zhang.

La noticia animó mucho a la señora You, que cambió de conversación:

—¿Cómo celebraremos pasado mañana el aniversario de tu padre?

—Precisamente vengo de presentarle mis respetos —contestó Jia Zhen—. Lo he invitado a que viniera aquí para recibir el homenaje de la familia, pero me dijo: «Estoy acostumbrado a una vida tranquila y no quiero que me moleste todo el barullo de tu casa. Ya sé que a lo que me invitas es a recibir los koutou de todos, habida cuenta de que es mi cumpleaños, pero yo preferiría cien veces que cogieras mi ejemplar comentado de Recompensas y castigos y lo hicieras copiar con nitidez y luego imprimir. ¿Por qué no recibes tú en tu casa a las dos familias en vez de traerlos aquí? Tampoco me envíes regalos. En realidad, tampoco tienes por qué venir tú pasado mañana; puedes hacer tu koutou ahora mismo, si con eso te sientes mejor. Si el día de mi aniversario traes a saludarme a un montón de gente me disgustaré seriamente contigo».

Jia Zhen continuó:

—Como fue tan vehemente en este punto, no me atrevo a volver. Más vale que ordenes a Laisheng que prepare los dos días de banquetes. Tienen que estar muy bien servidos. Puedes ir personalmente a la mansión del Este a llevar las invitaciones a la Anciana Dama, las damas Xing y Wang y también a Xifeng.

Mientras Jia Zhen hablaba, Jia Rong había entrado a presentar sus respetos y la señora You le contó lo que había dicho su esposo.

—Hoy tu padre se ha informado acerca de un buen médico —añadió—. Lo hemos mandado llamar y vendrá seguramente mañana; debes explicarle todos los síntomas de tu esposa.

Apenas Jia Rong hubo asentido y dado el primer paso para retirarse, se topó con el paje enviado a invitar al médico Zhang.

—Fui a la casa del señor Feng con la tarjeta de Su Señoría —le informó el paje—. El médico me dijo que el señor Feng ya le había hablado del asunto, pero que se encontraba tan cansado de su ronda de visitas que aunque acudiera le sería imposible tomar el pulso. Procurará descansar bien esta noche y vendrá mañana. Ah, y añadió: «En realidad sé muy poco de medicina y no debería asumir una responsabilidad tan grande, pero ya que el señor Feng me ha hecho el honor de recomendarme a tu señor, no debo corresponder con una negativa. Anda y díselo a tu amo. En cuanto a la tarjeta de Su Señoría, no soy digno de conservarla». Por eso la he vuelto a traer. ¿Me hará el favor de transmitir a su padre el mensaje, señor?

Jia Rong trasladó a sus padres el recado, y después hizo llamar a Laisheng y le ordenó que preparase un festín de dos días. El mayordomo marchó a empezar los preparativos.

Al mediodía siguiente llegó el médico. Jia Zhen lo llevó al salón de recepción y le pidió que tomase asiento. No se atrevió a abordar directamente la cuestión hasta que hubieron tomado el té.

—Estimado señor —dijo al médico—, lo que ayer me contó el señor Feng acerca de su carácter, sabiduría y profunda ciencia médica colmó mi admiración.

—No paso de ser un empírico ignorante —respondió el doctor Zhang—, pero ayer, cuando me enteré por boca del señor Feng de que la familia de Su Señoría respeta a los simples letrados, y condescendió a llamar a mi humilde persona, supe que no podría negarme a venir. Lo que siento es carecer de conocimientos que cubran sus expectativas.

—Ah, señor, es usted demasiado modesto. ¿Podría reconocer a mi nuera? Confío en que sus grandes conocimientos aliviarán nuestra ansiedad.

Jia Rong acompañó al médico hasta la cama de Keqing.

—¿Es ésta su digna esposa? —preguntó el galeno.

—Sí, señor —contestó Jia Rong—. Siéntese, por favor. ¿Quiere que le describa los síntomas antes de que le tome el pulso?

—¿Le importaría hacerlo después? Ésta es la primera vez que visito su honorable mansión y de no ser por la insistencia del señor Feng nunca me hubiera atrevido a venir, escasos como son mis méritos. Antes de informarme de los síntomas, permítame tomarle el pulso a su esposa y luego calibre usted lo acertado de mi diagnóstico. Entonces podremos prescribir algo eficaz y presentarlo a la consideración de su señor padre.

—Veo que es usted una autoridad —respondió Jia Rong—. Lamento que no lo hayamos encontrado antes. Examínela y díganos si tiene cura. Eso tranquilizará a mi padre.

Unas sirvientas apoyaron sobre una almohadilla el brazo de Keqing y le levantaron la manga para dejar su muñeca al descubierto. El médico tomó primero el pulso de la muñeca derecha, palpándolo un buen rato antes de pasar a la izquierda.

—Vayamos fuera a sentarnos —dijo cuando hubo terminado.

Jia Rong lo llevó a otro cuarto, donde tomaron asiento sobre el kang. Una criada trajo té, y cuando terminaron de beberlo preguntó:

—¿Qué dice su pulso, doctor? ¿Tiene cura?

—Tiene un pulso distal izquierdo profundo y agitado que denota una situación febril producto del débil latir del corazón; el pulso medio profundo y leve indica una anemia producto de un hígado pesado. Su pulso distal derecho es leve y débil, lo que indica debilidad pulmonar; un pulso medio tenue y desganado nos señala que hay en su hígado un elemento Madera demasiado fuerte para el elemento Tierra del bazo. La debilidad del corazón propicia un Fuego que se manifiesta en menstruaciones irregulares e insomnio. La deficiencia sanguínea y el hígado pesado provocan dolor en las costillas, menstruaciones retrasadas y melancolía. La debilidad de los pulmones produce vahídos, sudores en la madrugada y una continua sensación de mareo. El predominio del elemento Madera en el hígado sobre el elemento Tierra en el bazo causa pérdida de apetito, laxitud generalizada y dolores en las extremidades. Éstos son los síntomas que deduzco de mi lectura del pulso de la dama. Discrepo absolutamente con la opinión de que este pulso indique un embarazo [2] .

Una anciana que había estado atendiendo a Keqing exclamó:

—¡Es exactamente así! Este médico debe ser un vidente. No hay que decirle nada. Varios médicos de la casa la han reconocido ya, pero ninguno se acercó a la verdad. Uno dice que se trata de un embarazo, otro que es enfermedad; éste declara que no se trata de nada importante, el otro que sufrirá una crisis en el solsticio de invierno… No consiguen ponerse de acuerdo. Por favor, señor médico, díganos qué debemos hacer.

—Esos colegas han retrasado la curación de tu señora —contestó el doctor—. Si hubiera tomado la medicina adecuada cuando perdió su primera regla, a estas horas ya estaría bien. La falta de un tratamiento adecuado sólo podía desembocar en éstos problemas. Opino que sus posibilidades de recuperación son de tres sobre diez. Si esta noche, después de tomar mi receta, duerme bien, entonces las posibilidades se podrían duplicar. A juzgar por su pulso tu señora tiene un carácter muy fuerte y una insólita inteligencia, lo cual la hace irascible y predispuesta a la preocupación, lo que a la postre le afecta el bazo. El elemento Madera de su hígado ha generado humores calientes que a su vez le han desarreglado la menstruación. Creo que no me equivoco si pienso que las reglas de tu señora han tendido a la irregularidad y a retrasarse varios días.

—No se equivoca usted —contestó la mujer—. Nunca las ha tenido antes de tiempo; siempre dos o tres días después de lo normal. En alguna ocasión se le han retrasado hasta diez días.

—Ya veo —observó el doctor—. Ése es el origen de su mal. Si hubiera tomado un tónico para regular sus reglas todo esto se habría podido evitar. Evidentemente nos encontramos ante un caso de abatimiento generalizado producido por escasez de agua y exceso de madera. Ya veremos cómo responde a la medicación.

Y a continuación escribió y entregó a Jia Rong la siguiente receta:

BREBAJE PARA MEJORAR LA RESPIRACIÓN,

FORTALECER LA SANGRE Y SERENAR EL HÍGADO

Ginseng 0,2 onzas; Atractylodes macrocephala (desecada en recipiente de arcilla) 0,2 onzas; Pachima cocos de Yunnan 0,3 onzas; raíz de la Rhemmania lutea (cocida al vapor) 0,4 onzas; Aralia edulis (cocida en vino) 0,2 onzas; peonía blanca (cocida) 0,2 onzas; Lingusticum wallichii 0,15 onzas; Astragalus mongholicus 0,3 onzas; Cyperus rotundus (elaborado) 0,2 onzas; Bupleurum falcatum (remojado en vinagre) 0,08 onzas; Dioscorea opposita (cocida) 0,2 onzas; genuina goma Dong-e (preparada con conchas de ostra molidas) 0,2 onzas; Cerydalis ambigua (cocida en vino) 0,15 onzas; regaliz seco 0,08 onzas.

Utilícese como coadyuvante siete semillas de loto de Fujian sin pepitas y dos dátiles rojos grandes.

—Excelente —comentó Jia Rong al leer la receta—. Doctor, ¿puede decirme si su vida corre peligro?

—Un hombre de su inteligencia comprenderá que a estas alturas de la enfermedad es imposible vaticinar cuánto durará. Veamos cómo responde al tratamiento. Mi humilde opinión es que este invierno no hay peligro, y que si supera el equinoccio de primavera podremos pensar en su curación.

Sensatamente, Jia Rong no volvió a insistir sobre este punto. Tras acompañar al doctor hasta la puerta, enseñó a sus padres la fórmula magistral y les contó todo lo que había dicho el médico.

—Ningún otro ha sido tan concreto —comentó la señora You a su marido—; su receta debe ser buena.

—No vive de la medicina —comentó a su vez Jia Zhen—. Sólo ha venido como un favor especial a nuestro amigo Feng Ziying. Con su ayuda quizás exista la posibilidad de que nuestra nuera se cure. Veo que su receta exige ginseng; pueden usar para elaborarla ese jin de primera calidad que compramos el otro día.

Jia Rong se retiró para ordenar la compra de los ingredientes, que luego fueron preparados y administrados a su esposa. Para conocer el resultado de la medicación, lean el siguiente capítulo.

Capítulo XI

En la mansión Ning se celebra el aniversario de Jia Jing.

Jia Rui se encuentra con Xifeng y la desea.

Y llegó por fin el aniversario de Jia Jing. Jia Zhen hizo llenar dieciséis grandes cestas con los platos más selectos y las frutas más exóticas de su despensa, y las mandó con algunos criados a Jia Rong para que las llevase a su abuelo.

—Antes de presentarle tus respetos, asegúrate de que tu abuelo está de buen humor —advirtió Zhen a su hijo—. Dile que no me he atrevido a ir personalmente, respetando sus deseos, pero que estoy reunido con toda la familia para rendirle homenaje y desearle larga vida.

Cuando Jia Rong se hubo marchado empezaron a llegar los invitados. Primero aparecieron Jia Lian y Jia Qiang, que preguntaron, tras observar la disposición de los asientos, qué tipo de espectáculo presenciarían.

—El proyecto original de Su Señoría era invitar al anciano señor, así que no preparó representaciones teatrales —respondieron los criados—, pero anteayer supo que el anciano caballero no acudiría y entonces nos mandó contratar a unos cuantos actores y músicos jóvenes que en este preciso momento se están preparando en el escenario del jardín.

A continuación llegaron la dama Xing, la dama Wang, Xifeng y Baoyu. Salieron a darles la bienvenida Jia Zhen y la señora You, cuya madre ya había llegado. Después del intercambio de saludos, los huéspedes fueron invitados a tomar asiento. Jia Zhen y su esposa sirvieron personalmente el té.

—La Anciana Dama es nuestra venerable antepasada —dijo Jia Zhen con una sonrisa—. Mi padre sólo es su sobrino, y si nos hemos atrevido a invitarla ha sido porque ahora hace buen tiempo y los crisantemos de nuestro jardín están en su mejor momento. Pensamos que para ella sería una agradable distracción contemplar a todos sus hijos y nietos divirtiéndose; sin embargo, no nos ha honrado con su presencia.

—Hasta ayer mismo tenía planeado venir —contestó Xifeng antes de que lo hiciera la dama Wang—, pero justo anoche vio a Baoyu comiendo melocotones y no pudo resistir la tentación de comerse uno casi entero. Ha tenido que levantarse dos veces antes del amanecer, y esta mañana se encontraba cansada. Me pidió que les dijera que no podría venir, pero que esperaba que le mandasen algunos platos fáciles de digerir.

—Eso lo explica todo —dijo Jia Zhen—. A la Anciana Dama le gustan mucho las fiestas animadas; su ausencia en ésta debía obedecer a algún motivo concreto.

—Xifeng me dijo el otro día que la esposa de Rong no se encuentra bien, ¿qué le ocurre? —preguntó la dama Wang.

—Es una extraña enfermedad —contestó la señora You—. El mes pasado, durante la fiesta del Medio Otoño, estuvo divirtiéndose toda la noche con la Anciana Dama y con usted, y llegó en perfecto estado. Pero hace veinte días empezó a debilitarse y ha ido perdiendo el apetito conforme pasaban los días. Hace dos meses que no le viene la regla.

—¿No estará embarazada? —preguntó la dama Xing.

En ese momento fue anunciada la llegada de Jia She, Jia Zheng y los demás caballeros, que se encontraban ya en el salón de recepción. Jia Zhen salió rápidamente a recibirlos.

La señora You prosiguió:

—Algunos médicos pensaron que podía tratarse de un embarazo, pero ayer mismo la vio uno excelente que nos recomendó Feng Ziying, y según este hombre no se trata de un embarazo sino de una grave enfermedad. Le recetó una medicina y hoy, después de tomar la primera dosis, ya siente menos mareos, aunque no haya todavía otros signos de mejoría.

—Sé que si pudiera hacer el más mínimo esfuerzo la tendríamos hoy aquí con nosotros —observó Xifeng.

—La viste aquí el día tres, cuando nos visitaste la última vez —dijo la señora You—. Estuvo de pie varias horas porque el afecto que siente por ti le impidió retirarse.

A Xifeng se le saltaron las lágrimas, y después de una pausa exclamó:

—Las tormentas aparecen sin previo aviso, y la mala suerte llega de la noche a la mañana. ¡Si la enfermedad arrastra a una muchacha tan joven, entonces la vida no merece vivirse!

Mientras hablaba entró Jia Rong, que saludó a los visitantes y dijo a su madre:

—Le acabo de llevar las cestas de comida a mi abuelo. Le dije que mi padre está aquí atendiendo a Sus Señorías y que, según su deseo, no iría a visitarlo. El abuelo quedó muy complacido y me pidió que les dijera a usted y a mi padre que atendieran a los mayores mientras nosotros lo hacíamos con los más jóvenes. También quiere que se impriman y distribuyan cuanto antes diez mil ejemplares de Recompensas y castigos. Ya se lo he dicho a mi padre. Ahora me voy; debo supervisar la comida de los parientes.

—Espera, hermanito Rong —intervino Xifeng—, ¿cómo está hoy tu esposa?

El rostro del joven se nubló:

—Bastante mal. Pase a verla de camino a su casa y constátelo usted misma, querida tía.

Y se marchó sin decir más.

La señora You preguntó a las damas Xing y Wang si preferían comer allí mismo o en el jardín, donde ya se estaban preparando los actores.

—¿Por qué no comemos aquí y después salimos? —sugirió la dama Wang.

La dama Xing secundó la propuesta, con lo cual la señora You ordenó que se sirvieran las viandas. Como respuesta, se oyó un grito unánime desde la puerta y todas las doncellas corrieron en busca de los platos, que cubrieron las mesas en un santiamén. La señora You condujo a la dama Xing, a la dama Wang y a su propia madre a los lugares de honor, mientras ella compartía una mesa con Xifeng y Baoyu.

—Hemos venido para desear larga vida al venerable caballero en su aniversario, y da la impresión de que nos estamos rindiendo homenaje a nosotros mismos —comentaron la dama Xing y la dama Wang.

—Al señor le gusta el recogimiento —observó Xifeng—. Lleva tanto tiempo viviendo como un asceta que parece un inmortal. Sin duda ya sabrá, con su divina intuición, lo que acaban de decir.

El comentario de Xifeng produjo la hilaridad de todos los presentes. Las damas, que habían terminado de comer, se enjuagaron la boca y se lavaron las manos. Cuando ya salían al jardín, dijo Jia Rong a su madre:

—Todos mis parientes han terminado de comer. El señor She tiene que arreglar unos asuntos en casa, y el señor Zheng se ha marchado porque no le atraen estos espectáculos. El tío Lian y el primo Qiang ya se han llevado a los demás a ver la función.

Y agregó:

—Han llegado tarjetas y presentes de los príncipes de Nan’an, Dongping, Xining y Pekín; del duque de Niu, del de Zhenguo y de otros cinco duques más, así como del marqués Shi de Zhongjing y de otros siete marqueses más. Ya le he dicho a mi padre que he ordenado llevar los regalos a la administración y anotar su entrada en los libros. Las tarjetas de «muy agradecido» ya han sido entregadas a los mensajeros, que recibieron las propinas y comieron algo antes de marcharse. Ahora, madre, ¿pasarán ustedes al jardín?

—Sí, vamos. También nosotras hemos terminado de comer.

—A mí, señora, me gustaría ver antes a la esposa de Rong —dijo Xifeng—. ¿Me podría reunir con ustedes más tarde?

—Es una buena idea —aprobó la dama Wang—. Dile que hemos preguntado por ella, y que iríamos todas si no temiéramos fatigarla.

—Mi nuera siempre te escucha con respeto y sigue tus consejos —dijo a su vez la señora You—. Me quedaré más tranquila si vas a verla y la animas, pero ven a reunirte con nosotras en el jardín en cuanto puedas.

Baoyu pidió permiso para acompañar a Xifeng.

—Anda, ve si quieres, pero no tardes en volver —permitió su madre—. Recuerda que se trata de la esposa de tu sobrino.

Entonces la señora You condujo a las damas Xing y Wang, y a su propia madre, hasta el jardín de la Fragancia Concentrada, mientras Xifeng y Baoyu marchaban con Jia Rong a visitar a Keqing.

Entraron en la alcoba sin hacer ruido, y cuando la enferma hizo un esfuerzo para incorporarse Xifeng protestó:

—No te muevas, que te marearás.

Se adelantó a tomar la mano de Keqing exclamando:

—¡Ay, qué delgada te has quedado en los pocos días que he tardado en volver a verte! —Y se sentó a su lado.

También Baoyu preguntó por la salud de su sobrina; luego, tomó una silla y se sentó frente a ella.

—Traed té inmediatamente —ordenó Jia Rong a los criados—. Mi tío y mi tía están sin una gota.

Con la mano de Xifeng entre las suyas, Keqing se esforzó en sonreír.

—Ser miembro de una familia como ésta es más de lo que merezco —dijo con un hilo de voz—. Mis suegros me tratan como a su propia hija, y aunque su sobrino es joven nos tratamos con consideración y nunca nos hemos peleado. Todos los miembros de la familia, viejos y jóvenes, por no mencionarla a usted, querida tía, han sido para mí la bondad misma y no me han deparado sino amabilidad y respeto; ahora que he caído enferma he perdido toda mi fuerza de voluntad y me atormenta no poder expresar mi agradecimiento como una buena nuera. Pero ya no está a mi alcance. Dudo que llegue a final de año.

Mientras Keqing decía estas cosas, Baoyu contemplaba pensativo la pintura que representaba una dama durmiendo bajo las flores de un manzano silvestre en primavera, y el pareado de Qin Guan:

El ligero frío que envuelve el sueño es el frescor de la primavera.

El efluvio que toma los sentidos del hombre es el aroma del vino.

Recordó embelesado el sueño de la Tierra de la Ilusión del Gran Vacío que había tenido en aquel mismo cuarto, y los comentarios descorazonadores de Keqing atravesaron su corazón como diez mil saetas; le empezaron a brotar lágrimas de los ojos.

Xifeng también se sentía desconsolada, pero como no quería inquietar más a la enferma se propuso distraerla y animarla.

—Pareces una viejecita frágil, Baoyu. La cosa no es tan grave como quiere hacemos creer la sobrina —dijo, y volviéndose a Keqing—: ¿Cómo es posible que una persona de tu edad imagine tantas locuras sólo porque se sienta un poco indispuesta? ¿Acaso quieres empeorar?

—Le iría mejor si comiera más —intervino Jia Rong.

—Su Señoría dijo que no tardaras mucho en regresar —le recordó Xifeng a Baoyu—, así que no te demores inquietando a Keqing y preocupando a Su Señoría.

Y dirigiéndose a Jia Rong:

—Lleva al tío Bao con los demás; yo me quedaré aquí un poco más.

Jia Rong se llevó a Baoyu hasta el jardín de la Fragancia Concentrada, mientras Xifeng se quedaba consolando a Keqing y susurrándole al oído algunos consejos bienintencionados.

Cuando llegó la tercera criada que la señora You enviaba a buscarla, Xifeng se levantó y dijo a Keqing:

—Cuídate mucho. Volveré a verte. Y no te preocupes, levanta tu ánimo: ese médico tan bueno que nos han recomendado es un signo claro de que te vas a poner bien.

—Aunque se tratase de un inmortal, tía, él podría curar mi enfermedad, pero no evitar mi destino —respondió Keqing con una triste sonrisa—. Ahora sé que sólo es cuestión de tiempo.

—Pero ¿cómo vas a mejorar con semejantes ideas en la cabeza? Tienes que ver el lado positivo de las cosas. De todos modos, he oído que el médico dijo que, incluso si no te curas, el peligro no llegará hasta la primavera. Estamos a mediados del noveno mes, así que te quedan cuatro o cinco meses hasta que se cumpla el plazo. Es un tiempo suficiente para reponerse de cualquier enfermedad. Otra cosa sería si nuestra familia no pudiera permitirse el ginseng, pero tus suegros podrían procurarte sin problemas un kilo diario; cuanto más el par de onzas que necesitas. Anda, ahora descansa, yo me voy al jardín.

—Siento mucho no poder acompañarla, querida tía —dijo Keqing—. Vuelva otra vez cuando tenga tiempo para qué podamos hablar.

Xifeng volvió a sentir que las lágrimas llenaban sus ojos.

—No te preocupes, vendré en cuanto tenga un momento libre —prometió.

Acompañada por sus propias doncellas y por algunas de la mansión Ning tomó un sendero que serpenteaba hasta la puerta lateral del jardín, donde quedó pasmada ante una visión extraordinaria:

Amarillos crisantemos alfombrando el suelo,

verdes sauces por las laderas,

un hermoso puentecillo sobre el torrente Ruoye [1] ,

senderos zigzagueantes que suben a Tiantai [2] .

De la roca, brotan manantiales cristalinos,

y flota vaporosa la fragancia

de las mil flores de los enrejados.

Los árboles mecen sus copas rojizas,

hermosos como un cuadro de frondas dispersas.

Ya refresca el viento otoñal;

ya callaron las doradas oropéndolas

y ahora, bajo el tibio sol, cantan los grillos.

Al sudeste, las cabañas anidan entre las colinas;

al noroeste, los pabellones meditan sobre el agua de un lago.

Una flauta sutil hechiza los sentidos humanos,

y muchachas vestidas de seda pasean por el bosquecillo

añadiendo encanto a la escena.

Paseaba Xifeng gozosa con lo que veía cuando, de detrás de una colina artificial, apareció de improviso un hombre que le dijo:

—Saludos, cuñada.

Sobresaltada, retrocedió un poco y preguntó:

—¿Señor Rui?

—¿Y quién si no? ¿No me reconoces?

—Claro que sí, pero me has asustado.

—El destino ha propiciado nuestro encuentro, cuñada —dijo Jia Rui mientras la devoraba con los ojos—. Hace un momento me escabullí del banquete para dar un paseo tranquilo por este lugar apartado, ¡y aquí te vengo a encontrar! Sí, debe ser el destino…

Xifeng, con su inteligencia, vio a través de él:

—Con razón mi esposo siempre te está elogiando —le respondió con una sonrisa, fingiéndose contenta—. Ahora que te veo y te oigo hablar entiendo lo sensible, perspicaz y divertido que eres. En este momento tengo prisa, pues me espera Su Señoría, pero quizás podamos volver a vernos otro día.

—A menudo he deseado visitarte y presentarte mis respetos, pero pensé que tú, tan joven, te negarías a recibirme.

—¡Qué tontería! —fingió Xifeng—. ¿Acaso no somos de la misma familia?

Alentado por su inesperada buena suerte, Jia Rui se dispuso a intentar allí mismo atrevimientos mayores, pero Xifeng le dijo:

—Debes darte prisa antes de que pregunten por ti y te hagan beber de más como castigo.

Medio paralizado por la emoción, Jia Rui se alejó lentamente, no sin volverse para mirar una vez más a Xifeng, quien deliberadamente aminoró el paso hasta que lo vio desaparecer. «Puede conocerse el rostro de un hombre, pero no su corazón —pensó sombría—. Como ese canalla intente propasarse conmigo lo mataré con mis propias manos para que sepa de lo que soy capaz.»

Al volver otra colina vio a varias matronas que corrían sin aliento hacia donde estaba ella.

—Nuestra señora nos envía en su busca —exclamaron jadeando—. Estaba muy preocupada porque usted no llegaba.

—Vuestra señora es un monstruo de impaciencia.

Continuaron su paseo, y Xifeng preguntó cuántas escenas habían sido representadas ya. Le respondieron que ocho o nueve. Llegaron a la puerta posterior del pabellón de la Fragancia Celestial, donde Baoyu se entretenía con unas doncellas.

—Ojo con las travesuras, primo Baoyu —le advirtió.

—Todas las damas están en la galería, señora; subiendo esas escaleras —le señaló una de las chicas.

Xifeng se recogió la falda para subir las escaleras y encontró a la señora You esperándola en el rellano.

—Sois uña y carne, tu sobrina y tú. Ya pensaba que nunca lograrías separarte de ella —bromeó—. Mañana mismo puedes mudarte aquí y quedarte con ella. Anda, ahora siéntate un poco con nosotras y deja que brinde por ti.

Después de solicitarlo a las damas Xing y Wang, Xifeng se sentó y cruzó algunos comentarios amables con la madre de la señora You; luego, se cambió de lugar y se colocó junto a la anfitriona para beber vino y admirar el espectáculo. La señora You hizo traer el programa y, entregándoselo, le pidió que eligiera unos cuantos actos.

—¿Cómo voy a elegirlos yo estando Sus Señorías? —dijo Xifeng.

—La anciana señora You ya eligió varios —respondieron las damas Xing y Wang—. Ahora te toca a ti escoger un par de buenos actos para nosotras.

Xifeng se levantó en un gesto de obediencia. Tomó el repertorio y señaló «La resurrección» [3] y «La rapsodia» [4] . Al devolverlo comentó:

—Cuando hayan terminado este «Doble título honorífico» que están representando ahora, quedará el tiempo justo para estas dos.

—Sí —dijo la dama Wang—, ya deberíamos dejar descansar un poco a nuestros anfitriones; sobre todo conociendo su inquietud.

—¡Pero venís tan poco por aquí…! —protestó la señora You—. Quedaos un poco más, es temprano todavía.

Xifeng se levantó para mirar abajo y preguntó:

—¿Dónde están los señores?

—Se han ido a beber al pabellón del Alba Prolongada —contestó una de las amas—. Se llevaron a los músicos.

—Nuestra presencia los cohíbe —comentó Xifeng—. ¿Qué estarán tramando?

—¿Cómo quieres que todo el mundo sea tan correcto como tú? —bromeó la señora You.

Siguieron con las bromas y las risas hasta que concluyeron las representaciones, se llevaron el vino y apareció el arroz. Después de cenar dejaron el jardín y fueron a beber té al pabellón principal; luego, mandaron por sus carruajes y se despidieron de la anciana señora You. La joven señora You, junto a todas las concubinas y doncellas, la acompañaron hasta los carros, donde ya esperaban los jóvenes junto a Jia Zhen. Éste suplicó a la dama Xing y a la dama Wang que volvieran al día siguiente, pero la dama Wang declinó la invitación.

—Hemos pasado aquí todo el día y estamos fatigadas. Mañana tocará reposo.

Todo el tiempo que los visitantes tardaron en introducirse en sus carruajes para emprender la marcha, lo pasó Jia Rui con los ojos clavados en Xifeng.

Cuando Jia Zhen y los demás volvieron a entrar en la casa, Li Gui trajo el caballo de Baoyu, que fue trotando detrás del carro de su madre hasta llegar a su casa. Cuando Jia Zhen y los jóvenes hubieron cenado, la reunión terminó de disolverse. No es preciso detallar las diversiones que ofrecieron a sus parientes al día siguiente, segundo de homenaje a Jia Jing.

Xifeng empezó a visitar con más frecuencia a Keqing, que si bien unos días parecía mejorar un poco, se mantenía generalmente en una situación estacionaria, para dolor de su esposo y de sus suegros. Por su parte, en las frecuentes visitas que hacía a Xifeng, Jia Rui se encontraba invariablemente con que había salido a la mansión Ning.

Se aproximaba el solsticio de invierno, que ese año coincidiría con el día treinta de la onceava luna, y, a medida que se iba acercando, tanto la Anciana Dama como la dama Wang y Xifeng iban preguntando diariamente por la salud de Keqing. La respuesta siempre era la misma: la enferma no mejoraba, tampoco empeoraba; seguía igual.

—Es alentador que una enfermedad no empeore en este tiempo —le dijo la dama Wang a la Anciana Dama.

—Sí —respondió la apenada anciana—. Cualquier cosa que le sucediera a mi adorada niña me partiría el corazón.

Afligida, mandó llamar a Xifeng y le dijo:

—Vosotras siempre habéis sido buenas amigas. Mañana es el primer día de la decimosegunda luna; pues bien, quiero que vayas a verla pasado mañana y veas cómo está. Si ha mejorado algo, ven y dímelo; eso me quitaría un enorme peso de encima. Luego dispon las comidas que solían gustarle y envíaselas.

Xifeng prometió hacerlo así, y el día dos, después del desayuno, se encaminó a la mansión Ning a ver a Keqing. Aunque no parecía haber empeorado se notaba extenuada. Xifeng sel sentó y conversó con ella un rato animándola y asegurándole que no había motivo de alarma.

—En la primavera sabremos si me curo o no —dijo Keqing—. Quién sabe, quizás me recupere puesto que ha pasado el solsticio de invierno y no estoy peor. Dígales a la Anciana Dama y a la dama Wang que no se preocupen. Ayer me comí dos de los pasteles de batata rellenos de dátiles que me enviaron, y parece que me han sentado bien.

—Mañana te enviaremos más —prometió Xifeng—. Ahora me voy, tengo que ver a tu suegra antes de correr a informar a la Anciana Dama acerca dé tu salud.

—Por favor, mis respetos para ella y la dama Wang.

Con la promesa de transmitírselos, Xifeng fue a sentarse con la señora You, que le dijo:

—Dime sinceramente cómo la has encontrado.

Xifeng agachó la cabeza:

—Parece que hay poca esperanza. Yo en tu lugar empezaría a organizar el funeral. Quizás así podamos burlar la mala suerte.

—Ya he mandado hacer los preparativos en secreto, pero no he conseguido buena madera para tú ya sabes qué, así que por el momento me he desentendido.

Después de beber el té y charlar un rato más, Xifeng dijo que tenía que volver a informar a la Anciana Dama.

—No se lo digas todavía —le pidió la señora You—. No la alarmes.

Xifeng asintió y se marchó. A su regreso le dijo a la Anciana Dama:

—La esposa de Rong le envía sus respetos. Dice que se encuentra mejor y que no debe usted preocuparse. En cuanto esté un poco más recuperada vendrá ella misma a hacer su koutou.

—¿Qué impresión te dio?

—Creo que no hay nada que temer por el momento. Está animada.

La Anciana Dama quedó pensativa, y luego dijo:

—Anda ahora a cambiarte de ropa y descansa un poco.

Xifeng se retiró y, de camino a su cuarto, fue a informar a la dama Wang. Luego, Pinger la ayudó a ponerse un vestido de andar por casa entibiado junto al fuego, y con él se sentó y preguntó qué había ocurrido en su ausencia.

—Nada especial —le contestó la doncella al tiempo que le pasaba un tazón de té—. Vino la esposa de Lai Wang a traer los intereses de esos trescientos taeles. Ya los he guardado. El señor Rui mandó otra vez a preguntar si estaba en casa para venir a presentarle sus respetos.

—¡Ese canalla! ¡Parece que está buscando su ruina! —gruñó Xifeng—. Pues bien, que venga, ¡y ya verás lo que pasa cuando aparezca esa bestia!

—¿Por qué tiene tanto interés en venir?

Xifeng le describió el encuentro en el jardín de la mansión Ning durante la novena luna, y todo lo que en él había dicho.

—El asqueroso sapo quiere comer la carne del cisne celeste —dijo desdeñosamente Pinger—. Ese bruto no sabe lo que es la decencia. Ser capaz de imaginar lo que imagina le hace digno de un mal filial.

—Que venga —insistió Xifeng—. Yo sé cómo tratarlo.

Qué le ocurrió a Jia Rui durante su siguiente visita es suceso que se narra en el siguiente capítulo.

Capítulo XII

La astuta Xifeng tiende una trampa

funesta a su pretendiente.

Jia Rui comete el error de mirarse

en el espejo de la brisa y la luna.

Mantenían Xifeng y Pinger esa conversación en el capítulo anterior cuando en eso fue anunciada la llegada de Jia Rui.

—Que pase —ordenó Xifeng inmediatamente.

Encantado de haber sido recibido por fin, Jia Rui la saludó irradiando efusivas sonrisas. Ella, por su parte, le ofreció asiento con grandes muestras de consideración y lo invitó a tomar té. Él se sintió como en éxtasis cuando la vio vestida con ropa liviana dé andar por casa, y mientras ardía en deseo le preguntó:

—¿Cómo no ha llegado todavía tu esposo Jia Lian?

—No sé —contestó ella.

—¿No será que se ha encontrado por el camino con alguien que le impide volver a su hogar? —sugirió Rui entre risitas.

—Es posible. Los hombres sois así; cualquier cara bonita os embruja.

—No todos, cuñada. Yo no soy de ésos.

—¿Pero cuántos hay como tú? Ni uno entre diez.

Jia Rui, loco de alegría por el halago de Xifeng, se frotó las orejas y las mejillas e insinuó:

—Seguro que te aburres mucho, sola durante todo el día.

—Cierto —contestó ella—. De hecho siempre estoy esperando que alguien me visite para entretenerme con su charla.

—Yo tengo mucho tiempo libre, cuñada, ¿te gustaría que viniese a distraerte todos los días?

—Bromeas —respondió Xifeng riendo—. ¿Cómo puedo esperar que vengas todos los días?

—¡Que me parta un rayo si no hablo en serio! Si no me he atrevido a venir antes es porque todo el mundo me decía que eras una persona temible y te ofendías por cualquier cosa. En cambio, ahora veo lo amable y encantadora que eres. Puedes estar segura de que vendría aunque me costara la vida.

—Ciertamente eres más comprensivo que Jia Rong y su hermano —dijo Xifeng—. A ellos se les ve tan educados que cualquiera pensaría que son personas comprensivas, pero al cabo resultan unos estúpidos, incapaces de calar en los corazones.

Espoleado aún más por el elogio, Jia Rui siguió arrimándose a Xifeng mientras miraba la bolsa que llevaba colgada en la cintura y le preguntaba si podía ver sus anillos.

—Por favor —susurró la joven—, ¿qué van a pensar las doncellas?

Él se retiró inmediatamente, obedeciendo con la misma celeridad que si se hubiera tratado de un edicto imperial o un mandato de Buda.

—Será mejor que te vayas —le dijo Xifeng sonriendo.

—No seas tan cruel, cuñada —protestó Jia Rui—. Deja que me quede contigo un poco más.

—Éste no es lugar conveniente durante el día, con tanta gente entrando y saliendo —le susurró ella—. Vete ahora, pero vuelve esta noche durante la primera vigilia y espérame en el pasaje de entrada del oeste.

—No te burles de mí. ¿Cómo voy a esconderme allí si por ese lugar pasa la gente sin parar, de un lado a otro?

—No te preocupes —le dijo Xifeng tranquilizándolo—. Daré permiso a todos los pajes del turno de noche para que se retiren y, una vez cerradas las puertas, nadie más podrá pasar.

Exultante de alegría, el joven Rui se alejó convencido de que esa misma noche saciaría el deseo que sentía por Xifeng.

Así pues, a la hora convenida llegó a tientas hasta la mansión Rong, introduciéndose en el pasaje poco antes de que fueran atrancadas las puertas. Era una noche muy oscura y no se veía un alma. Las puertas de los aposentos de la Anciana Dama ya habían sido cerradas y sólo una de entrada quedaba abierta en el este. Rui esperó durante un rato conteniendo la respiración y atento a cualquier ruido, pero nadie venía. Entonces, con súbito estrépito, cerraron también la puerta oriental. Estaba furioso, pero no se atrevía a hacer el mínimo ruido. Sigilosamente se acercó a la puerta y la encontró firmemente atrancada; los muros, por otra parte, eran demasiado altos y carecían de agarres para intentar escalarlos. Salir de allí era imposible.

El pasaje era un espacio desolado que cruzaban todas las corrientes de aire. En pleno invierno, de aquel recinto vacío se enseñoreaba un frío viento del norte que caló los huesos del joven pretendiente, de manera que casi vino a perecer congelado.

Así llegó el alba y apareció una matrona para abrir la puerta oriental. Cuando se dirigió hacia la del oeste para ordenar que también por allí franquearan el paso, Jia Rui aprovechó para escabullirse como un rayo, con los brazos cruzados sobre el pecho y las manos atenazando los hombros. Afortunadamente no había nadie por allí a esa hora tan temprana, y así pudo huir corriendo a su casa sin ser visto.

Jia Rui, huérfano desde muy joven, había sido tomado a su cargo por el venerable Jia Dairu, su abuelo, un hombre severo que nunca le concedió libertad por temor a que se diera a la bebida o al juego y descuidara sus estudios. La ausencia de su nieto hasta ja madrugada siguiente enfureció a Jia Dairu, quien pensó que había estado bebiendo, o en las timbas, o en las casas de putas; pero en ningún momento sospechó la verdad del asunto.

Atemorizado y empapado en sudor frío, Jia Rui trató de zafarse de las preguntas de su abuelo mintiendo:

—Estuve en casa de mi tío y como se me hizo tarde me obligó a que pasara allí la noche.

—Nunca te habías atrevido a dejar la casa sin mi permiso —tronó el abuelo—. Mereces una paliza por escaparte de esta manera, y otra más por haber intentado engañarme.

Le propinó treinta o cuarenta estacazos con una vara de bambú, lo privó de alimentos y le hizo estudiar los textos de diez días de escuela arrodillado en el patio. La paliza, el estómago vacío y tener que permanecer de rodillas expuesto al viento leyendo ensayos aumentaron el malestar que sentía después de su noche de frío en el pasaje de la mansión Rong.

Pero, todavía demasiado envanecido para entender que Xifeng estaba jugando con él, aprovechó la primera ocasión que se le presentó, un par de días más tarde, para acudir a su encuentro. Ella le reprochó no haber cumplido su palabra, mientras él hizo vehementes alegatos de inocencia y varias veces, de rodillas, golpeó con su cabeza el suelo. Viéndolo tan rendido, Xifeng urdió otro plan para desengañarlo.

—Espérame esta noche en el cuarto vacío del pasillo que hay detrás de este aposento —le dijo—. Pero cuida esta vez de no cometer errores.

—¿Lo dices en serio? —preguntó él.

—Si no me crees, no vengas.

—Vendré. Vendré aunque me cueste la vida.

—Y ahora vete.

Suponiendo que esta vez todo marcharía bien, Jia Rui se retiró.

Cuando se hubo marchado Jia Rui, Xifeng convocó un consejo de guerra y preparó minuciosamente la trampa mientras el joven se consumía de impaciencia en su casa, pues, para su desesperación, uno de sus parientes había venido de visita y se había quedado a cenar. Cuando por fin se despidió, las lámparas ya estaban encendidas y Rui tuvo que esperar a que su abuelo se retirase a dormir para poder ir corriendo a la mansión Rong a esperar en el punto acordado. Daba por el cuarto zancadas nerviosas, como una hormiga sobre una parrilla caliente, pero no se oía ni se divisaba a nadie.

—¿Vendrá realmente? —se preguntaba—. ¿O también esta noche tendré que congelarme?

En ese momento hizo su entrada un bulto oscuro. Seguro como estaba de que se trataba de Xifeng, Rui olvidó toda cautela, y en cuanto la figura cruzó el umbral se le echó encima como un tigre hambriento o un gato saltando sobre un ratón.

—¡Cuñadita! ¡Querida mía! Me estoy muriendo de ganas —decía arrastrándola hasta el kang mientras la cubría de besos y se echaba mano al pantalón mascullando incoherencias—: ¡Madre mía! ¡Madre mía!

Pero el cuerpo que tenía entre los brazos no exhalaba ni un murmullo.

Ya se había bajado los pantalones y se disponía a entrar en faena con gran agitación cuando un súbito destello le hizo levantar la vista. Allí estaba Jia Qiang con una tea en la mano.

—¿Quién anda ahí? —gritó Qiang, a lo que respondió entre grandes risas la figura que Rui había tumbado sobre el kang:

—¡Es el tío Rui, que me quiere dar por el culo!

Cuando Jia Rui volvió la vista al kang y vio que a quien tenía debajo era a su sobrino Jia Rong, deseó que se lo tragara la tierra. En su confusión intentó emprender la huida, pero Jia Qiang lo atrapó al vuelo:

—¡Eh, ¿dónde vas?! La tía Xifeng ya le ha contado a la dama Wang que has estado haciéndole proposiciones, y que para ahorrarse tus favores te ha tendido esta trampa. La dama Wang se ha desmayado de la impresión, y a mí me han enviado aquí para cogerte con las manos en la masa, ¡así que ahora mismo te vienes conmigo a verla!

A Jia Rui se le fue el alma del cuerpo:

—¡Sobrino!, ¡sobrinito! —suplicó—, dile que no me has podido encontrar. Díselo y mañana te recompensaré generosamente.

—Bueno, quizás lo haga —contestó Jia Qiang—. Depende de cuánto estés dispuesto a pagar. Pero no puedo aceptar tu palabra así como así: tienes que darme tu promesa en blanco y negro.

—¡¿Pero cómo voy a poner por escrito una cosa así?!

—Eso no es problema.

Jia Qiang desapareció y volvió con útiles de escribir:

—Tú escribe que me debes tantos taeles en concepto de deudas de juego, y asunto concluido.

Rui firmó un pagaré por cincuenta taeles, que Qiang se metió en un bolsillo. Pero cuando éste le dijo a Jia Rong que se fuera, el otro muchacho se negó amenazando con destapar todo el asunto a la mañana siguiente. Al oír aquello, Jia Rui le hizo un koutou desesperado, pero como no valían súplicas tuvo que firmar un nuevo pagaré por otros cincuenta taeles.

—Si lo ven salir me culparán a mí —dijo Jia Qiang—. La puerta de la Anciana Dama está cerrada y el segundo señor está en el salón examinando unas cosas que han llegado de Jinling, de manera que no puede salir por allí. Tendrá que hacerlo por la puerta trasera, pero si alguien lo ve estaremos en las mismas. Iré a ver si hay alguien; aquí no se puede quedar, porque pronto empezarán a traer las cosas de Jinling. Le buscaré otro escondite»

Apagó la luz y llevó a Jia Rui hasta el pie de una escalera del patio.

—Éste es un buen sitio —susurró—. Ponte en cuclillas en ese rincón hasta que volvamos, y no hagas ruido.

Los dos primos se fueron mientras Jia Rui se agazapaba obedientemente al pie de la escalera. Se disponía a aprovechar la espera meditando acerca de sus desgracias cuando oyó un ruido encima de él; al levantar la vista, un orinal le descargó de pronto todo su contenido por la cabeza. Se le escapó un grito de asco, pero inmediatamente se tapó la boca con una mano y no volvió a hacer más ruido a pesar de que estaba cubierto de inmundicia de los pies a la cabeza y tiritaba de frío. Entonces llegó Jia Qiang.

—¡Ahora! ¡Sal rápido!

Al oírlo, Jia Rui echó a correr por la puerta trasera en dirección a su casa como alma que lleva el diablo. Para entonces ya había sonado la tercera vigilia y tuvo que llamar a la puerta. El criado que le abrió quiso saber por qué llegaba en tan lamentable estado.

—Estaba muy oscuro y me caí en un pozo ciego —mintió.

Al llegar a su cuarto se quitó la ropa y se lavó. Sólo entonces comprendió, furioso, la trampa que le había tendido Xifeng, pero aun así, al recordar sus encantos, le dieron ganas de tenerla entre sus brazos. Enloquecido de deseo, no pudo dormir en toda la noche. Ahora bien, a pesar de lo que deseaba a Xifeng, de allí en adelante no se atrevió a acudir a la mansión Rong.

Tanto Jia Rong como Jia Qiang le presionaban para que les librara sus cien taeles, con lo cual, al temor de ser descubierto por su abuelo y a la infeliz pasión que lo consumía, vino a sumarse ahora el peso de las deudas contraídas, sin contar la dura carga de las lecciones cotidianas. A sus veintidós años, soltero todavía y locamente deseoso de la inaccesible Xifeng, era inevitable que acabara partiéndose los dedos de la mano. Con ello, más los efectos combinados de dos noches glaciales pasadas a la intemperie, no tardó en caer enfermo. Empezó a notar el corazón como hinchado, la boca no le sacaba sabor a nada, las piernas le blandeaban, sentía los ojos como anegados en vinagre, por las noches lo asaltaba la fiebre y durante el día lo vencía el cansancio; perdía esperma cada vez que orinaba, y sangre cada vez que tosía. En menos de un año Jia Rui contrajo sucesivamente todas estas enfermedades, de manera que ya no podía sostenerse y, cada vez que dormía, ganado por el terror, deliraba con gran profusión de disparates.

Muchos médicos intentaron curarlo de cien maneras: le administraron decenas de kilos de cinamomo, raíces de acónito, caparazones de tortuga, tubérculos de liriope, poligonáceas y cosas por el estilo. Todo en vano. Con la primavera su estado empeoró.

Su abuelo buscaba sin cesar nuevos médicos, pero nada resultaba. Por otra parte, los remedios de ginseng puro superaban las posibilidades económicas de Jia Dairu, de manera que acabó pidiendo ayuda a la mansión Rong. La dama Wang encargó a Xifeng que pesara dos onzas para Jia Rui.

—Todo el que teníamos en reserva se gastó el otro día en las medicinas de la Anciana Dama —mintió Xifeng—. Usted me dijo que las raíces sobrantes fueran enviadas a la esposa del general Yang, y así lo hice.

—Pues si no queda aquí, que pidan en casa de tu suegra; o quizás puedan darnos un poco en casa de tu primo Zhen. Ayudar a salvar la vida de ese joven sería una buena acción.

Sin embargo, en lugar de hacer lo que se le había ordenado, Xifeng reunió menos de una onza de trozos de mala calidad, y los despachó a casa de Jia Dairu con la indicación de que aquello era todo lo que había en casa de Su Señoría. A la dama Wang le dijo que había reunido las dos onzas y las había enviado, según su deseo.

No había un remedio que Jia Rui, en su deseo de aferrarse a la vida, no probara. Pero todo el dinero se gastaba en vano.

Cierto día apareció limosneando un taoísta cojo que dijo ser especialista en curar enfermedades originadas por el pago de pecados cometidos en vidas anteriores. Jia Rui lo oyó e inmediatamente ordenó en voz alta a los criados que lo hicieran pasar, esforzándose desde el lecho en hacer una reverencia al recién llegado. Cuando el monje entró, Rui se aferró desesperadamente a sus manos suplicando:

—¡Cúrame, bodhisattva! ¡Sálvame la vida!

—No hay medicina que pueda curar su mal —dijo gravemente el taoísta—, pero puedo entregarle un objeto precioso que le hará sanar si lo contempla cada día.

Y diciendo esto sacó de su bolsa un espejo bruñido por ambas caras en cuyo mango se podía leer la siguiente inscripción: «Espejo mágico de la brisa y la luz de luna».

—Este tesoro procede del Salón del Gran Vacío, en la Tierra de la Ilusión —dijo el monje—. Lo hizo la diosa del Desencanto para sanar los males que resultan de la lujuria y las pulsiones insensatas. Como tiene la facultad de preservar las vidas de los hombres lo he traído a este mundo con el fin de que pueda ser utilizado por caballeros inteligentes, jóvenes, apuestos y de altos ideales. Ahora bien, sólo debe ser mirado su reverso y bajo ningún concepto se puede mirar la parte delantera. No lo olvide. Volveré a recogerlo dentro de tres días; en ese plazo ya estará curado.

Dicho lo cual se fue, sin que la insistencia para que se quedara pudiera impedírselo.

—Prodigioso —pensó Rui cogiendo el espejo—. Lo miraré a ver qué sucede.

Lo levantó y miró el dorso, tal como le había indicado el taoísta. ¡Diablos! ¡Allí había un esqueleto espantoso! Cubriéndolo inmediatamente, maldijo al monje cojo: «¡Qué cerdo! ¡Asustarme de esta manera! ¿Y qué habrá en el anverso?».

Vencido por la curiosidad le dio la vuelta al espejo, y allí, sorprendido, vio a Xifeng que lo llamaba con gestos. Ganado por el éxtasis, se sintió elevado y absorbido hacia su interior, donde por fin pudo abandonarse con su amada a los envites de la nube y de la lluvia. Cuando hubieron terminado, Xifeng lo condujo de vuelta a la salida del espejo y se despidió cariñosamente de él. Al abrir los ojos, de nuevo en su lecho, dio un grito de espanto: el espejo se le había caído de las manos y de nuevo mostraba el terrible esqueleto del reverso. Sudaba intensamente y se encontraba mojado de semen, pero el joven no se daba por satisfecho. Otra vez le dio la vuelta al espejo y se miró en su cara falaz; otra vez Xifeng volvió a llamarlo; otra vez acudió él. Cuatro veces más repitió la operación, pero cuando se disponía a despedirse de su amada por cuarta vez aparecieron súbitamente dos hombres que le pusieron cadenas de hierro en el cuello y las muñecas, y se lo llevaron a rastras.

—¡Dejadme el espejo! —gritó desesperado.

Ésas fueron sus últimas palabras.

Los sirvientes, que estaban cerca de su cama cuidándolo en su enfermedad, habían observado varias veces como miraba el espejo y lo dejaba caer para luego, con ojos ansiosos, recogerlo de nuevo. Pero esta vez, cuando el espejo cayó de sus manos no hizo ningún esfuerzo por recuperarlo. Cuando se acercaron ya había exhalado su último suspiro, y bajo sus muslos, helado y viscoso, un charco de esperma empapaba la sábana.

Enseguida lavaron el cadáver, lo vistieron y prepararon el féretro, mientras su abuelo se abandonaba a una pena incontrolable y maldecía al taoísta.

—¡Este espejo del diablo! —gritaba Jia Dairu—. Hay que destruirlo antes de que siga haciendo daño.

Y mandó encender una hoguera para fundirlo.

En ese momento una voz clamó desde el espejo:

—¿Por qué me miraron por delante? Han sido ustedes quienes han tomado lo falso por verdadero, ¿por qué he de ser yo el arrojado al fuego?

Al mismo tiempo que el espejo decía estas palabras, entró el taoísta cojo dando grandes zancadas y gritando:

—¿Quién pretende destruir el espejo mágico dé la brisa y de la luz de luna?

Y, agarrándolo, desapareció de un salto como impelido por una ráfaga de viento.

Jia Dairu dispuso inmediatamente los funerales de su nieto y anunció por todas partes su muerte, notificando que a los tres días del óbito se salmodiarían sutras y que el séptimo día tendrían lugar las exequias. El ataúd con el cadáver de Jia Rui permanecería en el templo del Umbral de Hierro hasta que pudiera ser llevado de vuelta a su lugar natal.

Todos los miembros del clan llegaron a dar el pésame. Jia She y Jia Zheng, de la mansión Rong, contribuyeron a los gastos con veinte taeles de plata cada uno, y lo mismo hizo Jia Zhen, de la mansión Ning. Otros dieron tres, cuatro o cinco taeles, según las posibilidades de cada uno. Las familias de los compañeros de escuela de Jia Rui reunieron otros veinte. Con estas aportaciones, a pesar de que no disfrutaba de una posición acomodada, Jia Dairu organizó unos funerales lujosos.

Y entonces, inesperadamente, ya hacia el final del invierno, llegó una carta de Lin Ruhai diciendo que se encontraba gravemente enfermo y que deseaba que su hija fuera devuelta a su casa, lo que aumentó la congoja de la Anciana Dama, que tuvo que hacer los preparativos para la marcha de Daiyu. Baoyu, por su parte, a pesar de la enorme aflicción que le produjo la noticia, juzgó que no podía ser un obstáculo entre una hija y su padre.

La Anciana Dama decidió que Jia Lian acompañase a su nieta y la trajera de regreso sana y salva. No es preciso describir los espléndidos regalos de despedida que recibió Daiyu, ni los preparativos para la jornada. Se señaló un día para que Jia Lian y Daiyu se despidieran de todos y, por fin, acompañados por su séquito, emprendieron viaje a Yangzhou.

Quien quiera saber lo que pasa, que escuche el próximo capítulo.

Capítulo XIII

Muere Qin Keqing y se nombra un capitán

de la Guardia Imperial.

Xifeng ayuda a administrar los asuntos

de la mansión Ningguo.

Ausente su esposo, que había emprendido con Daiyu su jornada a Yangzhou por expreso deseo de la Anciana Dama, la vida se le hizo tediosa a Xifeng; encaraba cada noche lo mejor que podía, y bordaba y charlaba con Pinger antes de retirarse desganadamente a dormir.

Cierta noche, cansadas ya de bordar a la luz de una lámpara, Xifeng ordenó a su doncella que perfumara y caldease su manta bordada para irse a dormir. Los ruidos de la tercera vigilia sorprendieron a las dos mujeres calculando con los dedos el tramo del camino al que habría llegado Jia Lian. Poco después Pinger cayó rendida, y a Xifeng se le acababan de cerrar los ojos cuando, confusamente, creyó ver a Keqing entrando en la habitación.

—¡Tía, cuánto le gusta dormir! —le dijo Keqing sonriendo—. Hoy vuelvo a mi casa, pero como usted no podrá acompañarme ni siquiera un trecho del camino no he querido partir sin despedirme antes; además, tengo una inquietud que sólo a usted me atrevo a confiar.

—¿Qué inquietud es esa? —preguntó Xifeng, vagamente consciente.

—Tía, ¿cómo usted, una mujer tan notable que ni los hombres de correaje y gorra oficial sede pueden comparar, ignora ese adagio que dice que la luna se llena para menguar, y el agua colma para rebosar; y aquel otro que avisa de que cuanto más alto sea el ascenso, más dura será la caída? Durante cien años nuestra casa ha prosperado sin cesar y mantenido su esplendor. Pero si un día, en la cima de la buena fortuna, el árbol cae y los monos se desbandan, ¿qué será de esta antigua y culta familia?

Xifeng, asombrada, captó rápidamente el sentido de las palabras de Keqing.

—Sin duda tus temores tienen fundamento. Pero ¿cómo conjurar un peligro tan grande?

—Qué ingenua es usted, tía —contestó Keqing con una risa helada—. Desde tiempo inmemorial, la fortuna ha seguido a la calamidad y la desgracia a los honores, y no está en manos de los hombres poder mantener siempre la misma condición. Lo único que se puede hacer es abastecerse en los buenos tiempos, en previsión de la decadencia futura. Ahora todo marcha bien, salvo dos cosas; encárguese de ellas, tía, y no habrá que lamentar la desgracia en el futuro.

Xifeng le preguntó cuáles eran esas dos cosas, y Keqing contestó:

—A pesar de que cada estación se realizan sacrificios en las tumbas dé nuestros antepasados, nunca se hacen sobre ingresos fijos; y a pesar de que existe una escuela familiar, carece de una financiación segura. Mientras la prosperidad resida en esta casa no habrá problemas para mantener los sacrificios y la escuela, pero ¿de dónde se sacará el dinero cuando lleguen los años de escasez? Le sugiero que, mientras disfrutemos de abundancia, compremos granjas y fincas próximas a las tumbas de nuestros antepasados; así solucionaremos el problema de los sacrificios. En cuanto a la escuela familiar, debería ser trasladada al mismo lugar Que todos los miembros de la familia, viejos y jóvenes por igual, establezcan reglas por las cuales cada rama se turne anualmente en la administración de la tierra, de sus ingresos y de los sacrificios. Los tumos impedirán disputas y maniobras desleales, hipotecas y ventas. De esa manera, incluso en el caso de que la familia fuera confiscada, sólo podrían arrebatarnos nuestras pertenencias personales, pero no las fincas que produjeran el grano destinado a las ofrendas. Si llegasen tiempos de penuria, los jóvenes podrían retirarse allí a estudiar y trabajar la tierra. Ellos tendrían algún respaldo y no habría necesidad de interrumpir los sacrificios. Sería propio de una visión muy corta no pensar en el futuro creyendo que nuestra actual buena fortuna ha de durar eternamente. Pronto ocurrirá algo maravilloso que echará aceité al fuego y añadirá flores al brocado, pero no será sino un destello, un segundo pletórico. Pase lo que pase, tía, no olvide usted el viejo proverbio: «Siempre se acaban los festines, por abundantes quesean». Piense en el futuro antes de que sea demasiado tarde.

—¿Pues qué cosa maravillosa va a suceder? —preguntó Xifeng, cada vez más asombrada.

—Los secretos del cielo no deben ser divulgados, pero en nombre del amor que nos une le recitaré unos versos que no deberá usted olvidar:

Pasarán tres Primaveras [1] , se marchitarán las flores;

cada una buscará su propio destino.

Antes de que Xifeng pudiera seguir preguntando fue bruscamente despertada por cuatro golpes de la tabla de hierro [2] de la segunda puerta; cuatro golpes: señal de muerte. Y, en efecto, un criado anunció: «La señora Qin Keqing, de la mansión del Este, acaba de fallecer».

A Xifeng empezó a correrle por todo el cuerpo un sudor frío. En cuanto se pudo recuperar de su estupefacción se vistió lo más rápido que pudo y fue corriendo en busca de la dama Wang.

La casa entera hervía ya en lamentos, sacudida por la noticia. Los viejos recordaban la filial conducta de Keqing, los jóvenes su manera cariñosa de comportarse, los niños su simpatía; todos los criados lloraban recordando, abrumados por la pena, su compasión por los pobres y los humildes y su adorable bondad con todos.

Pero volvamos con Baoyu. La partida de Daiyu lo había dejado sumido en el desconsuelo hasta el punto de que había abandonado los juegos y cada noche se dormía abatido. El anuncio de la muerte de Keqing lo arrancó violentamente del sueño. Sintió una puñalada en el corazón y, dando un grito, vomitó una bocanada de sangre. Xiren y las otras doncellas se abalanzaron sobre él para ayudarle a volver a la cama, y le preguntaron ansiosamente qué le sucedía. ¿Debían pedir a la Anciana Dama que llamara a un médico?

—No, no es necesario. Estoy bien —contestó Baoyu—. Ha sido el calor de la impresión, que ha tomado mi corazón y desviado la normal circulación de la sangre.

Volvió a levantarse y exigió que le ayudaran a vestirse para ir inmediatamente a ver a su abuela y luego a la otra mansión.

Xiren estaba muy preocupada, pero no se atrevió a impedírselo.

La Anciana Dama, sin embargo, protestó ante la determinación del muchacho:

—Cuando ocurre una muerte la casa siempre queda insalubre. Además, esta noche el viento sopla muy fuerte. Mañana irás.

Pero Baoyu insistió tanto que la anciana acabó asignándole un carruaje y numerosos criados que lo acompañasen. Cuando llegaron a la mansión Ning encontraron las puertas abiertas de par en par; dos brillantes linternas alumbraban la entrada, una a cada lado. Había un excitado ajetreo y en el aire atronaban unos tristísimos plañidos que salían del interior de la casa.

Baoyu se apeó y echó a correr al cuarto donde yacía Keqing. Al verla lloró. Luego buscó a la señora You, que había sufrido un corte de digestión, y finalmente presentó sus respetos a Jia Zhen.

Mientras tanto habían llegado Jia Dairu con Jia Daixiu, Jia Chi, Jia Xiao, Jia Dun, Jia She, Jia Zheng, Jia Cong, Jia Bian, Jia Heng, Jia Guang, Jia Chen, Jia Qiong, Jia Lin, Jia Qiang, Jia Chang, Jia Ling, Jia Yun, Jia Qin, Jia Zhen [3] , Jia Ping, Jia Zao, Jia Heng, Jia Fen, Jia Fang, Jia Lan, Jia Jun y Jia Zhi.

Bañado en lágrimas, Jia Zhen estaba diciendo a Dairu y los demás:

—Todos en la familia, viejos y jóvenes, parientes lejanos o amigos cercanos, saben que mi nuera era infinitamente superior a mi hijo. Ahora que ella se ha marchado, mi rama está condenada a la extinción. —Dicho lo cual arreció su llanto.

Los hombres allí presentes trataron de consolarlo:

—De nada sirve llorar puesto que ella ha dejado ya este mundo. Ahora lo principal es decidir qué se ha de hacer.

—¿Qué se ha de hacer? —exclamó Jia Zhen golpeándose con el puño la palma de la mano—. ¡Que se disponga de toda mi fortuna para el funeral!

Fue interrumpido por la llegada de Qin Ye, Qin Zhong y algunos de sus parientes, y la señora You con sus hermanas menores. Jia Zhen encargó a Jia Qiong, Jia Chen, Jia Lin y Jia Qiang que atendieran a la gente que iba llegando, mientras él mandaba llamar a algún astrólogo que señalase un día favorable para el entierro.

Se decidió que el cuerpo permaneciera en la casa siete veces siete, o sea cuarenta y nueve días; que el luto empezara tres después del fallecimiento y que se emitieran obituarios; que durante esos cuarenta y nueve días ocho bonzos budistas recitaran en el salón principal el Sutra de la Gran Compasión para liberar las almas de los que murieron antes que Keqing y de los que lo harían después, y ganar indulgencias para las faltas de la difunta; que, ante un altar erigido en el pabellón de la Fragancia Celestial, noventa y nueve taoístas de la secta de la Verdad Perfecta rezaran para que su espíritu quedara limpio de todo pecado, y que luego el ataúd fuera llevado al jardín de la Fragancia Concentrada, donde cincuenta eminencias budistas y taoístas realizarían sacrificios cada siete días hasta alcanzar los cuarenta y nueve estipulados.

Sólo Jia Jing se mostró impávido ante la muerte de la esposa de su nieto mayor. Su propia cercanía a la inmortalidad le impedía mancharse con el polvo mundano dilapidando así los méritos que había adquirido. Por eso, aunque eran a él a quien correspondían, dejó en manos de su hijo Zhen los preparativos fúnebres, y éste pudo dar rienda suelta a su extravagancia.

Para empezar, Jia Zhen decidió que las tablas de cedro que le habían hecho examinar no eran adecuadas para el ataúd de su nuera, y estaba buscando algo mejor cuando en eso llegó Xue Pan a dar el pésame.

—En nuestro almacén hay unas planchas de madera que llevan el nombre Qiang o algo parecido; es un producto de la isla Red de Hierro —dijo Pan al advertir las tribulaciones de Jia Zhen—. Un ataúd hecho con esa madera duraría más de diez mil años. Mi padre la compró por encargo del príncipe Yi Zhong, pero cuando ocurrió su declive el príncipe ya no la pudo comprar. La tenemos todavía almacenada porque nadie se ha atrevido a pagar su precio. Se la haré enviar, si usted quiere.

Encantado por la noticia, Jia Zhen hizo traer la madera de inmediato. Cuando llegaron las tablas, todos se arremolinaron en torno a ellas lanzando exclamaciones de asombro: las destinadas a los costados y al fondo tenían ocho pulgadas de espesor, su granulación era la de una palmera de areca, y su aroma el del sándalo o el almizcle. Cuando se las golpeaba emitían un sonido nítido, como de metal o jade.

Radiante, Jia Zhen preguntó el precio.

—Ni con mil taeles podría comprar esta madera —respondió Xue Pan—. No se preocupe por su valor; sólo necesita pagar el trabajo de carpintería.

Tras agradecer efusivamente el ofrecimiento, Jia Zhen ordenó que se cortaran y barnizaran inmediatamente las tablas, y se construyera el ataúd.

A Jia Zheng le pareció demasiado lujo para Keqing y opinó que hubiera sido suficiente una madera de cedro de la mejor calidad, pero Jia Zhen, que con gusto hubiera muerto en lugar de su nuera, no hizo caso de la objeción.

Se corrió la voz de que, tras la muerte de Keqing, una de sus doncellas, Ruizhu, se había golpeado la cabeza contra una columna hasta reventársela. Todo el clan elogió el acto como una insólita muestra de lealtad, y Jia Zhen ordenó que fuera enterrada siguiendo los ritos reservados a una nieta, con su féretro descansando en el pabellón de la Inmortalidad Alcanzada al lado del de su señora. Otra jovencísima doncella, Baozhu, se ofreció a actuar como ahijada de Keqing asumiendo el papel de deudo principal, puesto que su señora no había dejado hijos. Esto complació tanto a Jia Zhen que impartió órdenes para que a partir de aquel momento Baozhu recibiese el trato de «señorita», reservado a las hijas de la casa. En consecuencia, Baozhu dirigió el duelo como una hija soltera, llorando postrada ante al ataúd como si el corazón se le estuviera desgarrando, mientras los miembros del clan y los criados observaban con impecable decoro el protocolo establecido para tales ocasiones [4] .

Preocupaba a Jia Zhen, de cara al funeral, que su hijo sólo fuera un letrado de Estado, puesto que ello no luciría bastante en el banderín fúnebre e implicaría un séquito reducido, pero quiso la suerte que, el cuarto día de la primera semana de duelo, llegaran criados con ofrendas para el sacrificio enviadas por el eunuco Dai Quan, chambelán del palacio del Gran Esplendor, que apareció en un gran palanquín, bajo dosel oficial y entre estrépito de gongs y tambores abriéndole el paso. Jia Zhen le hizo pasar con gran presteza al pabellón del Zumbido de las Abejas, donde le ofreció té y le expresó, en cuanto tuvo ocasión, su deseo de comprar un rango para su hijo.

—Supongo que para hacer aún más suntuosas las exequias de tu nuera… —le dijo Dai Quan con una sonrisa de complicidad.

—Supone usted bien, señor.

—Casualmente hay un cargo disponible. Se han producido dos vacantes en el cuerpo de los trescientos oficiales de la Guardia Imperial. Precisamente ayer el tercer hermano del marqués de Xiangyang me envió mil quinientos taeles solicitándome una de las plazas; como sabrá, somos buenos amigos, de manera que por consideración a su abuelo no puse impedimento alguno a su petición. La otra plaza ya me la ha solicitado el gordo Feng, gobernador militar de Yongxing, que también la quiere para su hijo, pero todavía no he tenido tiempo de darle una respuesta. Si su hijo la desea, escríbame aquí mismo sus antecedentes familiares.

Jia Zhen mandó inmediatamente a un criado con ese encargo para sus secretarios. El criado Volvió al rato con una hoja de papel rojo. Jia Zhen le echó un vistazo y la entregó a Dai Quan, quien leyó:

Jia Rong, de veinte años de edad, letrado de Estado del distrito de Jiangning, prefectura de Jiangning, Jiangnan.

Bisabuelo: Jia Daihua, comandante en jefe de la Guarnición Metropolitana y, por herencia, general del primer rango con la designación Fuerza Espiritual.

Abuelo: Jia Jing, letrado metropolitano del año Yi Mao.

Padre: Jia Zhen, por herencia, general del tercer rango con la designación Poderosa Intrepidez.

—Lleva esto con mis saludos al viejo Zhao, el jefe de la Junta de Rentas —ordenó Dai Quan a uno de sus criados—. Dile que expida un certificado para un oficial de quinto rango en la Guardia Imperial y que tramite un nombramiento de acuerdo con estos datos. Mañana pesaré la plata y se la haré llegar.

Dicho lo cual partió.

Su anfitrión, incapaz de retenerlo, lo acompañó hasta el palanquín. Antes de que el eunuco subiera, Jia Zhen le preguntó:

—¿Llevo el dinero a la junta o se lo entrego a usted, señor?

—Pese mil doscientos taeles y hágalos llegar a mi casa. Silos lleva a la junta lo esquilmarán —contestó Dai Quan.

Jia Zhen le agradeció el favor prometiéndole que, en cuanto acabara el luto, le llevaría a su indigno hijo para que hiciera un koutou ante él. A continuación se despidieron.

Luego llegaron más lacayos despejando el camino para la esposa de Shi Ding, marqués de Zhongjing. Las damas Wang y Xing, acompañadas por Xifeng, la hicieron pasar al salón de recepción. Después fueron expuestos ante el ataúd los presentes para el sacrificio enviados por los marqueses de Jinxiang y Chuanning, así como los del conde de Shoushan, y al poco tiempo los tres nobles se apearon de sus palanquines. Jia Zhen les hizo pasar al salón de recepción. De esta manera fueron llegando y partiendo innumerables parientes y amigos. Lo cierto es que, durante cuarenta y nueve días, la calle frente a la mansión Ning se asemejó a un mar de enlutados ataviados de blanco, y entre todos destacaban los funcionarios con sus brillantes vestimentas.

Siguiendo las indicaciones de su padre, al día siguiente Jia Rong se puso un traje de corte para ir a recoger su nombramiento, hecho lo cual los letreros fúnebres situados ante el ataúd, así como la insignia del cortejo, fueron puestos a la altura de un funcionario de quinto rango. La tabla con el obituario y el aviso decía ahora: «Exequias de la dama Qin, esposa de la casa de Jia, con quinto rango concedido por decreto de la Corte Celestial». La puerta del jardín de la Fragancia Concentrada que daba a la calle se abrió de par en par, y, sobre unas plataformas erigidas a ambos lados, grupos de músicos vestidos de negro fueron tocando aires fúnebres en los momentos adecuados. El séquito permanecía ordenado por parejas, en perfecta simetría, y dos tablones de color rojo bermellón situados en el exterior de la puerta mostraban en grandes caracteres dorados la inscripción: «Guardia Imperial, defensora de los caminos de Palacio en los patios interiores de la Ciudad Prohibida». Justo al otro lado de la calle se alzaban dos estrados, uno enfrente de otro, para los monjes budistas y taoístas. Allí las leyendas rezaban:

Exequias de la dama Qin de la familia Jia, consorte del bisnieto mayor del duque hereditario de Ningguo, guardia imperial y defensor de los caminos de Palacio en los patios interiores de la Ciudad Prohibida.

En esta tierra de paz e imperio gobernada según la voluntad divina, en el centro de los cuatro continentes, Nos, abate principal budista Wan Xu, Verificador de la Escuela del Vacío y el Ascetismo, y Nos, abate principal taoísta Ye Sheng, Verificador de la Escuela Primordial de la Trinidad, purificados reverentemente, al Cielo elevamos los ojos y ante Buda nos inclinamos.

Humildemente suplicamos a las deidades que manifiesten su divina compasión y den largas muestras de su majestad espiritual en estos cuarenta y nueve días de sacrificios, para que aquellos que han emprendido el largo viaje puedan librarse de sus pecados y sean eximidos del pago de sus deudas…

Y más cosas, todas por el estilo.

Lo que preocupaba ahora a Jia Zhen era que su esposa estaba nuevamente postrada por la enfermedad y no podía ocuparse de los asuntos precisamente en un momento en el que cualquier fallo en el protocolo, en presencia de tantos nobles visitantes, dejaría en ridículo a la familia. Baoyu percibió su preocupación y preguntó:

—¿Por qué sigues tan angustiado, primo, ahora que todo marcha tan bien?

Al enterarse de la razón, exclamó:

—Eso no es problema. Ahora mismo diré a alguien que se ocupe de todo durante este mes, y te garantizo que todo marchará sin tropiezos.

—¿De quién hablas? —preguntó Jia Zhen.

Discretamente, porque estaban rodeados de parientes y amigos, Baoyu le susurró algo al oído.

—¡Excelente! —exclamó Jia Zhen, encantado con la propuesta—. Me ocuparé de eso ahora mismo.

Pidió permiso a los demás y salió con Baoyu, encaminándose al salón de recepción.

Como ése no era uno de los días principales, en los que se celebraban ceremonias, sólo habían venido unas cuantas damas de parentesco cercano a las que estaban atendiendo las damas Xing y Wang, Xifeng y otras mujeres de la casa. Cuando fue anunciado Jia Zhen, las damas visitantes trataron de ocultarse en el cuarto interior, aunque na les dio tiempo. Sólo Xifeng se aprestó a recibirlo con toda compostura.

El propio Jia Zhen se encontraba un poco enfermo, y el dolor le hacía caminar apoyándose en un bastón.

—No te sientes bien —observó la dama Xing—. Después de tus recientes fatigas deberías descansar un poco. ¿Qué te trae por aquí?

Todavía apoyado en su bastón, Jia Zhen hizo un esfuerzo por arrodillarse en señal de saludo y agradecimiento a sus parientes. La dama Xing instó a Baoyu para que se lo impidiera, y éste le trajo rápidamente una silla que Zhen se negó a aceptar.

Con una sonrisa forzada, anunció el motivo de su visita:

—Este sobrino viene a pedir un favor a sus tías y primas.

—¿De qué se trata? —inquirió la dama Xing.

—Ya sabe usted cómo están las cosas, tía. Mi nuera ha dejado esta vida, mi esposa se encuentra enferma y los aposentos interiores andan revueltos. Si mi prima Xifeng aceptara ocuparse de los asuntos de mi casa durante un mes, yo recobraría la tranquilidad de espíritu.

—Ah, se trata de eso —sonrió la dama Xing—. Xifeng es parte de la casa de tu tía Wang, así que es a ella a quien debes pedirle permiso.

—Es joven e inexperta —objetó la dama Wang—. Si condujera mal los asuntos de tu casa, la gente sé burlaría. Mejor será que busques a otra persona.

—Comprendo cuál es su verdadera preocupación —respondió Jia Zhen—. Lo que teme es que ella se fatigue demasiado. En cuanto al manejo de los asuntos, estoy persuadido de que no lo hará mal. En todo caso, cualquier pequeño desliz sería pasado por alto. Desde muy niña la prima Xifeng ha demostrado conocer estas tareas, y desde su matrimonio ha adquirido experiencia en los asuntos de la otra casa. Vengo pensando en esto desde hace varios días, y no hay nadie tan competente como ella. Si no acepta usted en consideración a mí o a mi esposa, tía, hágalo por la difunta.

Y las lágrimas volvieron a correr por sus mejillas.

La única preocupación de la dama Wang consistía en que Xifeng, falta de experiencia en la organización de funerales, se expusiera al ridículo con un mal manejo de situaciones que pudieran surgir; pero la insistencia de Jia Zhen le ablandó el corazón y miró pensativamente a Xifeng sin decir nada.

Para Xifeng no había nada tan gratificante como poder exhibir su capacidad. Aunque conducía la mansión Rong con gran competencia, nunca se le habían confiado grandes acontecimientos, bodas o funerales, y temía que los demás todavía no estuvieran plenamente persuadidos de su eficiencia; por eso anhelaba una oportunidad, y la propuesta de Jia Zhen le produjo un gran placer. Al ver que la vehemencia de éste empezaba a vencer la inicial reticencia de la dama Wang, dijo:

—Puesto que mi primo insiste tanto y la situación es tan urgente, señora, ¿por qué no da su consentimiento?

—¿Estás segura de que podrás asumir una responsabilidad tan grande? —le preguntó la dama Wang en voz baja.

—No veo por qué no iba a poder hacerlo. El primo Zhen ya se ha encargado de todos los arreglos públicos importantes; ahora sólo es cuestión de no perder de vista los asuntos domésticos. Además, en caso de duda no tendría más que consultarle a usted.

El argumento era razonable, y la dama Wang no siguió poniendo objeciones.

—Yo no puedo encargarme de todo, prima —le dijo Jia Zhen a Xifeng—. Suplico tu ayuda; te expreso mi gratitud ahora y volveré a expresártela adecuadamente cuando todo esto haya terminado y pueda ir a visitarte.

Y diciendo esto hizo una profunda reverencia. Antes de que ella pudiera contestar, Zhen se sacó de la manga la tarja de la mansión Ning y pidió a Baoyu que se la entregara.

—Prima, tendrás manos libres —le prometió—. Sólo con enseñar la tarja obtendrás lo que quieras sin necesidad de consultarme. Sólo te pido dos cosas: que no trates de ahorrarme gastos, porque deseo que las cosas salgan bien, y que trates a los sirvientes de mi casa como a los tuyos propios sin temor a que se puedan soliviantar. Fuera de estas dos advertencias, nada me preocupa.

Xifeng no se atrevía a tomar la tarja que le ofrecía Baoyu, y miró a la dama Wang.

—Haz lo que dice tu primo —concedió la dama finalmente—, pero no asumas demasiadas responsabilidades. Si hubiera que tomar decisiones, consulta siempre con él y con tu cuñada.

Finalmente, Baoyu obligó a Xifeng a tomar la tarja.

—¿Prefieres quedarte en mi casa o venir cada día? —le preguntó Jia Zhen—. Venir diariamente puede resultar cansado. Sería más cómodo para ti que mandara arreglarte unos aposentos.

—No es necesario —respondió alegremente la joven—. En la otra casa no pueden vivir sin mí, así que vendré todos los días.

Jia Zhen no insistió, y después de charlar un poco más con las mujeres se marchó.

En cuanto salieron los visitantes, la dama Wang preguntó a Xifeng qué pensaba hacer.

—No me esperen. Me quedaré aquí a ordenar los asuntos antes de regresar.

Así pues, la dama Wang y la dama Xing regresaron primero, mientras Xifeng se retiraba a un pequeño anexo compuesto de tres cuartos a meditar en los siguientes términos: «Primero, lo complicado de esta casa facilita que desaparezcan muchas cosas; segundo, si no se distribuyen tareas los criados eluden su responsabilidad; tercero, la enormidad de los gastos puede llevar a la extravagancia y a la falsificación de recibos; cuarto, si no se diferencia entre tareas pesadas y livianas, unos sufrirán más que otros; quinto, estos sirvientes están tan descuidados que, tanto los que por su prestigio pueden desafiarme como los que no, harán lo posible por no rendir al máximo».

Y ésos eran, en verdad, los cinco rasgos distintivos de la mansión Ning. Para saber si Xifeng consiguió resolver los problemas, escuchen el siguiente capítulo.

Por cierto:

Diez mil hombres no pueden gobernar un Estado;

y qué bien administra la casa una sola mujer.

Capítulo XIV

Lin Ruhai muere en la ciudad de Yangzhou.

Jia Baoyu contempla en el camino al príncipe de Pekín.

Cuando supo que Xifeng se haría cargo de la mansión Ning, Laisheng, el mayordomo principal, reunió a todos sus compañeros y les habló de esta manera:

—La señora Lian, de la mansión del Oeste, viene a supervisar nuestra casa. Debemos ser especialmente cuidadosos en el cumplimiento de sus órdenes. Más vale llegar temprano y salir más tarde, trabajar duro durante este mes y descansar después, o perderemos prestigio ante sus ojos, y ya sabéis lo temible que es: tiene el rostro agrio, el corazón de piedra y cuando se enfurece no conoce a nadie.

Todos estuvieron de acuerdo, y uno de ellos comentó entre risas:

—En realidad nos vendrá bien. A ver si pone orden en este sitio. Las cosas aquí ya están llegando demasiado lejos.

En ese momento llegó la esposa de Lai Wang con la tarja y un recibo por una determinada cantidad de papel para documentos y transcripción de sutras. La invitaron a sentarse y tomar té mientras alguien iba en busca del pedido y lo llevaba hasta la puerta interior, donde se lo entregó. La mujer volvió con su encargo.

Luego Xifeng ordenó a Caiming que confeccionase cuadernos y registros, y mandó llamar a la esposa de Laisheng para exigirle una relación del personal. Anunció que todas las esposas de los criados quedarían citadas con ella a la mañana siguiente, muy temprano, para recibir instrucciones. Revisó por encima la lista y le hizo un par de preguntas a la esposa de Laisheng; después regresó en su carruaje.

A las seis y media del día siguiente apareció Xifeng ante la asamblea de todas las viejas criadas y las esposas de los mayordomos, que no se atrevieron a pasar al cuarto donde ella y la esposa de Laisheng habían entrado a distribuir las tareas; pero desde la puerta oyeron como la primera le decía a la segunda:

—Me parece que la responsabilidad que he asumido en esta casa me hará impopular; yo no soy tan permisiva como vuestra señora, que os dejaba las manos libres, así que no vengáis a decirme cómo se hacían antes aquí las cosas y limitaos a hacerlas como yo diga. La menor desobediencia será públicamente castigada, y no importará el prestigio que pueda tener el infractor.

Hizo que Caiming pasara lista y los sirvientes fueran entrando uno por uno. Luego ordenó:

—Estos veinte, en turnos de a diez, serán responsables de servir el té a los invitados cuando lleguen y antes de que se vayan, y no tendrán más responsabilidades. Estos veinte, también en turnos de a diez, prepararán las comidas y el té diario de la familia, y tampoco ellos tendrán otra ocupación. Estos cuarenta, en dos turnos, se encargarán de quemar incienso, mantener las lámparas llenas de aceite, colgar las cortinas, velar el féretro, ofrendar el arroz y el té del sacrificio y llorar con los que conducen el duelo. Estos otros cuatro serán responsables, en la despensa, de las tazas y platos para el té, y deberán reponer cualquier cosa que falte. Estos cuatro se encargarán de la vajilla y de los recipientes para el vino, y también habrán de cubrir la pérdida de objetos. Estos ocho de aquí recibirán los regalos para ofrendas de sacrificio. Estos ocho, situados en distintos lugares según una lista que les entregaré, supervisarán la distribución de lámparas, aceite, velas y papel para sacrificios. Estos treinta se turnarán para hacer la guardia nocturna, cuidando de que las puertas estén cerradas y no se enciendan fuegos; también barrerán los recintos. Los demás serán asignados a diversos lugares y deberán permanecer en sus puestos. Serán responsables de todo lo que haya allí, desde los muebles y las antigüedades hasta los plumeros, las escupideras o cada hoja de hierba, y deberán reponer cualquier pérdida o daño. Cada día, la esposa de Laisheng hará una inspección general y me informará inmediatamente de cualquier actitud de desidia, de cualquier partida de cartas, borrachera, pelea o simple discusión que se produzca. Si encuentro a alguien demasiado relajado seré implacable, aunque su familia lleve sirviendo en esta casa desde hace tres o cuatro generaciones. Ahora ya tenéis vuestras tareas, y si algo anda mal yo me encargaré del grupo en cuestión; Mis propios criados tienen relojes porque todo, importante o no, debe ser hecho en su momento; encontraréis relojes en los cuartos de vuestros señores. Pasaré lista a las seis y media; vosotros comeréis a las diez. Las solicitudes para los depósitos o los informes deben ser entregados puntualmente antes de las once y media. A las siete de la tarde, después de quemar el papel de sacrificios, haré una ronda de inspección y entregaré las llaves a los del turno de noche. Volveré al día siguiente a las seis y media. No necesito recordaros que debemos esforzarnos al máximo durante este mes; sin duda, cuando haya pasado, vuestro señor os recompensará a todos.

Luego, ordenó la distribución de té, aceite, velas, escobillas de plumas y escobas, e hizo repartir manteles, antimacasares, cojines, alfombrillas, escupideras, banquitos y otros muebles. En el curso del reparto iban siendo cuidadosamente anotados en el registro los sirvientes que estaban a cargo de cada lugar y los artículos que cada uno se llevaba consigo.

Ahora que todos los criados tenían sus respectivas tareas ya no podían elegir los trabajos fáciles y dejar los difíciles sin hacer, ni se producían hurtos como consecuencia de la confusión. Sin importar cuántos visitantes hubiera, todo marchaba sobre ruedas; no como antes, cuando la misma doncella que servía el té tenía que traer también el arroz, o el que acompañaba los duelos también tenía que recibir a los recién llegados. Aquel día terminó el desorden, y con él la negligencia y las sustracciones. A Xifeng, por su parte, le resultaba muy gratificante la nueva autoridad que blandía.

Como La señora You estaba enferma y Jia Zhen había perdido el apetito a causa del dolor, Xifeng hacía traer diariamente de la otra mansión delicadas sopas de arroz y otros bocados exquisitos especialmente preparados para ellos. En compensación, Jia Zhen ordenó que a ella le fuera servida cada día la mejor comida.

Xifeng no temía el trabajo duro. Cada mañana a las seis y media llegaba para pasar lista y ocuparse de cualquier asunto, y luego se sentaba sola en su anexo, sin unirse siquiera a las demás esposas jóvenes para dar la bienvenida a las visitantes que iban llegando.

El día trigesimoquinto, los monjes budistas realizaron los ritos para hendir la tierra en dos, abrir los infiernos de par en par [1] e iluminar a la muerta con linternas en su visita de homenaje al Rey de los Infiernos; arrestar a los demonios e invocar al subterráneo Príncipe Ksitigarbha para que elevase el Puente de Oro, y abrir camino con banderolas. Los taoístas ofrecieron plegarias e invocaciones, rindiendo culto a las Tres Purezas [2] y al Emperador de Jade. Los bonzos quemaron incienso recitando sutras, hicieron sacrificios a los hambrientos fantasmas y entonaron la Penitencia de Agua, mientras trece jóvenes novicias con chancletas rojas y túnicas bordadas recitaban salmos ante el ataúd para que el alma no extraviara su camino. Todo era tráfago y estrépito.

Sabiendo que aquel día podía llegar mucha gente, Xifeng dijo a Pinger que la despertase a las cuatro. Cuando hubo terminado su aseo, su desayuno de leche y sopa dulce de arroz, y se hubo enjuagado la boca, eran ya las seis y media y la esposa de Lai Wang la esperaba con los demás sirvientes. Xifeng dejó el salón y subió a su carruaje, que lucía en la parte delantera, iluminando el camino, dos brillantes faroles de cuerno con unos grandes caracteres que decían: «Mansión Rong».

Se acercó lentamente a la mansión Ning, cuyos faroles, sobre la puerta principal, arrojaban una luz brillante como la del día, iluminando a dos filas de sirvientes ataviados de riguroso blanco funerario. En la entrada principal, cuando sus pajes se hubieron retirado, unas doncellas levantaron la cortinilla del carruaje y Xifeng se apeó ayudada por Fenger; luego entró en la casa escoltada por dos criadas con faroles de mano. Todas las esposas de los mayordomos de la mansión Ning se adelantaron para saludarla.

Xifeng avanzó lentamente a través del jardín de la Fragancia Concentrada hasta llegar al pabellón de la Inmortalidad Alcanzada, donde, al ver el ataúd de Keqing, las lágrimas brotaron de sus ojos como perlas de una sarta rota.

En el patio, unos pajes aguardaban respetuosamente a que ella diera la orden de proceder a la quema de papeles de sacrificio; cuando lo hubo hecho, ordenó también que se presentara una ofrenda de té. Luego se escuchó un gong y comenzó a sonar la música; Xifeng, desde un gran sillón colocado frente al túmulo, prorrumpió en sonoras lamentaciones. Inmediatamente, hombres y mujeres de todos los rangos se sumaron a sus plañidos hasta que Jia Zhen y la señora You le mandaron recado para que refrenara su congoja.

Entonces la esposa de Lai Wang trajo té para que se enjuagara la boca, y Xifeng se levantó para despedirse de los parientes y dirigirse a su anexo.

Todas las criadas asistieron a la revista del día, salvo una portera. La buscaron, y al fin apareció temblando de pánico.

—Sin duda debes considerarte superior a las demás para desobedecerme de esta manera —dijo Xifeng con sorna.

—Todos los días he llegado a tiempo, señora —dijo la mujer—, pero esta mañana desperté demasiado temprano, así que me volví a dormir. Por eso me he retrasado unos minutos. ¡Por favor, señora, perdóneme esta vez que ha sido la única!

En ese justo momento acertó a pasar por allí la esposa de Wang Xing, de la otra mansión, quien lanzó una mirada de reojo a la escena. Sin despedir todavía a la mujer, Xifeng le preguntó qué quería. Ansiosa por arreglar primero su asunto, la esposa de Wang Xing se adelantó a pedir hilo de seda con el que hacer borlas para los carruajes y los palanquines. Xifeng ordenó a Caiming que calculase el número de hilos, cuentas y borlas necesario para dos palanquines, cuatro sillas de manos y otros cuatro carruajes. Considerando correctas las cifras, Xifeng dijo a Caiming que las asentara en el libro y entregó una tarja de la mansión Rong a la esposa de Wang Xing, quien partió con su asunto resuelto.

Xifeng quiso volver a ocuparse del suceso de la sirvienta desobediente, pero antes de que pudiera hacerlo entraron cuatro mayordomos de la mansión Rong con unos pedidos de almacén. La joven señora hizo leer el pedido y señaló dos de los cuatro renglones.

—Estas cifras están equivocadas. Volved cuando hayáis hecho bien la cuenta.

Los dos mayordomos se retiraron abochornados.

Luego llegó la esposa de Zhang Cai, que le entregó un formulario diciendo:

—Ya están listas las cubiertas para los carruajes y las sillas de manos, y ahora vengo por el dinero para el sastre.

Xifeng ordenó a Caiming que asentara ese dinero en el libro, y cuando la esposa de Wang Xing hubo devuelto la tarja y entregado el recibo del contable por la suma correcta, la esposa de Zhang Cai fue enviada a recoger el dinero. Otro pedido de papel para empapelar el estudio exterior de Baoyu fue leído y anotado.

Una vez que la esposa de Zhang Cai dio por concluido el asunto que la había llevado a la mansión Ning en busca de su señora Xifeng, devolvió la tarja y regresó a la otra mansión mientras la otra sirvienta salía a recoger el papel necesario.

Xifeng, por fin, pudo dirigirse a la portera.

—Si hoy llegas tarde tú, y mañana lo hago yo, pronto no quedará nadie aquí. Me gustaría pasar por alto tu falta; pero si perdono la primera, las demás no tardarán en tomarse las mismas libertades. Por eso me veo obligada a darte un escarmiento como ejemplo para todos.

Y, con mirada súbitamente endurecida, ordenó llevar fuera a la mujer y que se le administraran veinte varazos de bambú; luego, mostrando la tarja de la mansión Ning, ordenó a Laisheng que se le descontara el sueldo de un mes. Cuando los demás vieron el ceño terriblemente fruncido de Xifeng, y lo que acababa de hacer, no volvieron a arrastrar los pies para cumplir sus órdenes.

Con los veinte varazos en el cuerpo, la sirvienta castigada todavía tuvo que volver a hacer un koutou ante Xifeng, quien advirtió a los criados:

—Cualquier nuevo retraso que se produzca mañana será castigado con cuarenta varazos, y con sesenta al día siguiente; quien quiera recibir una paliza ya sabe lo que tiene que hacer.

Dicho lo cual les mandó retirarse, mientras la mujer apaleada se escabullía llena de vergüenza.

Después de estas palabras, la gente que estaba escuchando detrás de las ventanas volvió rápidamente a sus tareas. Empezó entonces un sostenido flujo de domésticos de ambas mansiones que llegaban a entregar o solicitar pedidos de almacén.

Los sirvientes de la mansión Ning, después de esa demostración de severidad, trabajaron duramente y, por si acaso, no se atrevieron a desatender sus tareas en ningún momento. Pero acabemos con este tema y volvamos a Baoyu.

Aquel día había muchos visitantes y Baoyu, temeroso de que Qin Zhong sufriera algún desaire, le pidió que lo acompañara a visitar a Xifeng. El joven Qin objetó que ella estaría demasiado ocupada para recibir visitas, y consideraría la suya una molestia.

—¿Nosotros una molestia? —replicó Baoyu—. De ninguna manera. Anda, vamos.

Y llevó a Qin Zhong al anexo donde Xifeng estaba comiendo. Al verlos, ella sonrió.

—¡Vaya con los piernas largas! —dijo bromeando—. Venid a comer conmigo.

—Ya hemos comido —le dijeron.

—¿Aquí o en la otra casa?

—¿Comer aquí con estos tontos? —contestó Baoyu mientras ambos muchachos se sentaban—. Comimos en la otra casa con la Anciana Dama.

Cuando Xifeng terminó, apareció una mujer de la mansión Ning con un pedido de incienso y lámparas.

—Te esperaba, pero creía que te habías olvidado —le dijo Xifeng sonriendo—. Habrías tenido que pagar tú misma todo el material y yo habría salido ganando.

—La verdad es que se me había ido de la cabeza, pero hace un momento me acordé y vine corriendo —comentó la mujer mientras se hacía cargo de la tarja.

Después se retiró, y al cabo de un rato la tarja fue devuelta y la cantidad registrada.

—Usáis la misma tarja para ambas mansiones —observó Qin Zhong—. ¿Qué pasaría si alguien falsifica una y huye con todo vuestro dinero?

—¿Piensas que somos una banda de delincuentes? —preguntó Xifeng riendo.

—¿Y cómo no ha venido nadie de nuestra casa con pedidos? —intervino Baoyu.

—Tú todavía dormías cuando vinieron —contestó la mujer—. Pero decidme, ¿cuándo pensáis empezar vuestras clases nocturnas?

—Nos gustaría empezar enseguida, pero van muy lentos en la preparación del gabinete.

—Si os portáis bien conmigo, aceleraré la cosa.

—¿De qué manera? Están cumpliendo los plazos previstos.

—Necesitan materiales para su trabajo. No pueden mover un dedo si les niego la tarja.

Al oír aquello, Baoyu se sobresaltó y acurrucándose ante ella le suplicó:

—Prima, prima querida, dales la tarja para que puedan tener lo que necesitan.

—Baoyu, estoy muy cansada y me duelen todos los huesos —protestó Xifeng—. ¿Es necesario que me agobies así? No te preocupes, acaban de llevarse el papel para tu gabinete. Debes estar loco si piensas que a nuestros sirvientes hay que decirles también cuándo han de pedir algo.

Baoyu no creyó lo del papel, y Xifeng llamó a Caiming para que le enseñara el registro. En ese momento alguien anunció que Zhaoer había regresado de Yaugzhou, y la joven administradora de la mansión Ning ordenó que lo hicieran pasar inmediatamente. Al verla, Zhaoer hincó una rodilla en tierra.

—¿Por qué has vuelto? —le preguntó ella.

—Me envía el señor a decirle que el día tercero del noveno mes, a las nueve de la mañana, murió el señor Lin. El señor y la señorita Lin acompañan en este momento el ataúd hasta Suzhou, y esperan regresar antes de fin de año. He venido a traer la noticia y los saludos del señor, y a pedirte instrucciones a la Anciana Dama. El señor también me encargó que viera si todos estaban bien de salud y le llevara algunos de sus trajes forrados de piel.

—¿Ya has dado la noticia a las otras damas?

—Sí, señora. A todas.

Dicho lo cual, Zhaoer se retiró.

Sin poder contener una sonrisa, Xifeng dijo a Baoyu:

—Ahora tu prima Daiyu podrá permanecer con nosotros una larga temporada.

—¡Pobrecita! Piensa en lo mucho que habrá llorado estos últimos días —exclamó Baoyu frunciendo el ceño y suspirando.

Xifeng estaba ansiosa por recibir noticias de su marido, pero no había querido pedir detalles a Zhaoer en presencia de terceros. Se sentía tentada de volver a casa, pero la retenían asuntos inconclusos y el temor a hacer el ridículo, de manera que tuvo que controlar su impaciencia hasta la noche, cuando citó a Zhaoer para que le diera todos los detalles de la jornada. Aquella misma noche Pinger la ayudó a elegir alguna ropa forrada de piel, luego calculó cuidadosamente lo que podría necesitar su esposo y finalmente, después de haber empaquetado las cosas, se las entregó a Zhaoer advirtiéndole:

—Cuida bien a tu amo fuera de la casa, y no lo enfurezcas. Procura que no beba demasiado y no le hagas el juego proporcionándole mujerzuelas. Si no lo haces así, te quebraré las piernas cuando vuelvas.


Wang Xifeng.

Gai Qi (edición de 1879).

Para entonces ya había pasado la cuarta vigilia, y cuando llegó a la cama no tuvo ganas de dormir. Un momento después amaneció. Se aseó apresuradamente y partió a la mansión Ning.

Ya se acercaba el día del funeral. Jia Zhen se dirigió hacia el templo del Umbral de Hierro acompañado de un geomántico con él fin de inspeccionar el mausoleo e indicarle al abate Sekong, encargado del lugar, la necesidad de que fueran los muebles más finos y los monjes más notables los que recibieran el ataúd.

Sekong preparó una cena, pero Jia Zhen había perdido el apetito. Como se había hecho muy tarde para volver a la ciudad pasó aquella noche en el cuarto de huéspedes, y a primera hora de la mañana volvió para hacer los preparativos del sepelio. Mandó por delante a unos hombres que pasaron la noche en el templo decorando el mausoleo y preparando el refrigerio y la recepción de la comitiva fúnebre.

Xifeng, mientras tanto, había hecho cuidadosos preparativos eligiendo sirvientes, carruajes y palanquines de la mansión Rong que acompañarían a la dama Wang al funeral, más un lugar donde ella misma pudiera estar durante las honras fúnebres.

Como hacía poco que había muerto la esposa del duque de Shanguo, las damas Xing y Wang tuvieron que enviar presentes para el sacrificio y asistir a sus exequias. Luego sé mandaron regalos de aniversario para la esposa del príncipe de Xi’an. Nació el primogénito del duque de Zhenguo y hubo que hacerle un obsequio. Xifeng, por su parte, tuvo que escribir a su casa y preparar más obsequios para que su hermano Wang Ren los llevara consigo cuando volviera al sur. Además, Yingchun cayó enferma y fue preciso llamar a médicos todos los días, estudiar sus diagnósticos, discutir la causa de la dolencia y tomar decisiones sobre recetas. El caso es que, a medida que se iba acercando el funeral, mil y un asuntos quitaron a la atareada Xifeng hasta el tiempo de comer y descansar. Cuando iba a la mansión Ning, la seguían los sirvientes de la mansión Rong; cuando volvía a la mansión Rong, iban tras ella los sirvientes de la mansión Ning. Pero a pesar de tanto ajetreo estaba de buen humor, y, por evitar cualquier motivo de queja, no rehuía tarea alguna. De hecho trabajó tanto día y noche, lo manejó todo tan bien, que no hubo persona de la casa, sin importar su rango, que no quedara impresionada.

Y llegó por fin el funeral. Las dos compañías de actores de la familia y unos cuantos músicos, bailarines y acróbatas, debían desarrollar un largo programa. El lugar hervía de parientes y amigos. Como la señora You seguía guardando cama, Xifeng hubo de hacerse cargo también de recibir a las visitas, ya que las otras mujeres casadas de la familia eran cortas para el trato, o alocadas, o tímidas ante los extraños, o se dejaban apabullar por la presencia de nobles y funcionarios. Ninguna era comparable con Xifeng y su encanto, su locuacidad y su elegancia. Al no estar obligada a rendir cuentas a nadie, impartía las órdenes que quería y se conducía a su entera voluntad, indiferente a los demás.

Toda aquella noche fue de ajetreo y esplendor, entre tanta ida y venida de faroles y antorchas de los funcionarios y huéspedes.

Cuando con el alba llegó la hora propicia, sesenta y cuatro porteadores vestidos de negro transportaron el féretro, precedido por un gran estandarte mortuorio que llevaba escrita en grandes caracteres la siguiente leyenda:

Féretro donde reposan los restos mortales de la dama Qin de la familia Jia, dama noble del quinto rango, consorte de Jia Rong, guardia imperial y defensor de los caminos de Palacio en los patios interiores de la Ciudad Prohibida; tataranieto mayor del duque de Ningguo, investido del primer rango por la Dinastía de Origen Celeste, Espléndidamente establecida y de Larga Permanencia.

La flamante impedimenta funeraria contribuía al deslumbrante espectáculo, y cuándo el ataúd fue alzado en hombros para emprender la marcha, Baozhu, observando los ritos propios de una hija soltera, hizo añicos contra el suelo una vasija de barro y se lamentó amargamente ante el cadáver.

Entre los funcionarios que asistían al funeral estaban Niu Jizong, conde hereditario de primer grado, nieto de Niu Qing, duque de Zhenguo; Liu Fang, vizconde hereditario de primer grado, nieto de Liu Biao, duque de Liguo; Chen Ruiwen, general hereditario de tercer grado, nieto de Chen Yi, duque de Qiguo; Ma Shang, general hereditario de tercer grado, nieto de Ma Kui, duque de Zhiguo; y Hou Xiaokang, vizconde hereditario de primer grado, nieto de Hou Xiaoming, duque de Xiugo. La muerte de la esposa del duque de Shanguo había impedido que su nieto Shi Kuangzhu, que estaba de luto, asistiera al sepelio. Estas seis familias, más las de Ning y Rong, eran conocidas como las «Ocho casas ducales». También participaban en el cortejo fúnebre el nieto del príncipe de Nan’an y el del príncipe de Xining, así como Shi Ding, marqués de Zhongjing; Ziang Zining, barón hereditario de segundo grado, capitán de la guardia metropolitana y nieto del marqués de Dingcheng; Jianhui, barón hereditario de segundo grado, nieto del marqués de Xiangyang; y Qiu Liang, comandante de guarnición de cinco ciudades, nieto del marqués dé Jingtian. Asimismo, estuvieron presentes Han Qi, hijo del conde de Jinxiang; Feng. Ziying, hijo del general del Divino Valor; Chen Yejun, Wei Ruolan y muchísimos otros hijos de la nobleza. Hubo más de una docena de palanquines, y de treinta a cuarenta sillas de manos para las damas. Entre estos vehículos y los carruajes y sillas de manos de la familia Jia pasaban largamente el centenar. Con el espectacular séquito abriendo el camino, más los espectáculos que se iban desarrollando a lo largo, el cortejo se extendía no menos de tres o cuatro li.

Al poco de iniciarse, llegaron a unos quioscos que desplegaban a la orilla del camino sus toldos de seda multicolor; en ellos se interpretaba música y se realizaban ofrendas ceremoniales preparadas por diversas familias. Los cuatro primeros correspondían a las casas del príncipe de Dongping, del príncipe de Nan’an, del príncipe de Xining y del príncipe de Pekín.

De los antepasados de los cuatro príncipes era el de Pekín el que había ostentado las más altas distinciones, heredadas por sus descendientes. Su actual poseedor, Shuirong, era un joven encantador, modesto y muy bien parecido, que no llegaba a los veinte años. Cuando se enteró de que el tataranieto mayor del duque de Ningguo había perdido a su esposa, el recuerdo de la amistad entre sus antepasados, de los peligros y glorias que habían compartido como una sola familia, le hizo deponer toda consideración de rango y acudir personalmente a presentar sus condolencias. Había instalado un tablado fúnebre junto al camino para ofrecer una libación, e hizo que algunos de sus funcionarios esperasen allí mientras él emprendía el camino a la corte nada más rayar el alba. Concluida la audiencia en la corte se puso la ropa de luto y regresó en un palanquín, precedido por sonoros gongs y sombrillas ceremoniales. Detuvo el palanquín frente al tablado y sus funcionarios se alinearon a ambos lados, impidiendo el paso de soldados y civiles.

En ese preciso momento el espléndido cortejo fúnebre de la mansión Ning, que venía del norte, le cayó encima como un gran alud plateado. Los lacayos enviados por delante para despejar el camino habían informado a Jia Zhen de la llegada del príncipe. Cuando Zhen lo supo detuvo la marcha del cortejo para que Jia She, Jia Zheng y él mismo pudieran saludarlo conforme al ceremonial de Estado. El príncipe correspondió inclinándose afablemente desde su palanquín, tratándolos sin afectación alguna, como a viejos amigos de la familia.

Jia Zhen se dirigió al príncipe con estas palabras:

—Nos sobrecoge el favor que Su Alteza nos dispensa honrando con su presencia el funeral de mi nuera.

—Esa manera de hablar no es propia de buenos amigos —protestó el príncipe, y enseguida ordenó a su mayordomo jefe que presidiera el sacrificio y escanciara una libación.

Jia She y los demás dieron un paso adelante y se inclinaron como muestra de gratitud.

El príncipe de Pekín, que era una persona de trato sencillo, le preguntó a Jia Zheng:

—¿Quién es ese joven caballero que nació con un trozo de jade en la boca? Hace mucho tiempo que lo quiero conocer, pero nunca he podido disponer de un momento adecuado. Seguro que hoy está aquí, ¿me lo presentarán?

Inmediatamente Jia Zheng se retiró para traer a Baoyu. Le hizo quitarse la ropa de luto y lo llevó a conocer al príncipe.

Por su familia y sus amigos, Baoyu se había enterado de los excelentes méritos del príncipe de Pekín, de su talento, su buen porte, su refinamiento y su falta de respeto a los convencionalismos. A menudo había sentido el deseo de conocerlo, pero su padre lo había mantenido bajo un control tan estricto que nunca había tenido la oportunidad. Aquella llamada lo embelesó, y, al llegar donde estaba el príncipe, quedó impresionado por la dignidad con que ocupaba su palanquín.

Quien quiera saber cómo fue el encuentro, escuche el siguiente capítulo.

Capítulo XV

Xifeng abusa de su poder en el templo

del Umbral de Hierro.

Qin Zhong se entretiene en el

convento del Pan al Vapor.

Relatábamos en el capítulo anterior como Jia Baoyu, al levantar la mirada, había visto al príncipe de Pekín tocado con una gorra principesca de alas plateadas y borlas blancas, un traje blanco con bordados de olas en zigzag y dragones de cinco garras, y un cinturón de cuero rojo con incrustaciones de jade verde. Unido a todo ello, su rostro claro como el jade y sus ojos brillantes como estrellas le daban una apariencia realmente formidable.

Baoyu dio un paso adelante para hacer una reverencia, y, al ordenar desde su palanquín que le ayudaran a incorporarse, el príncipe de Pekín pudo observar que el muchacho llevaba una corona de plata en forma de dos dragones emergiendo del mar, una chaqueta de arquero bordada con serpientes blancas y un cinturón de plata con incrustaciones de perlas. Su rostro parecía una flor en primavera y sus ojos eran negros como la laca.

—Haces honor a tu reputación —le dijo el príncipe—. En verdad eres como un precioso jade. Pero ¿dónde está la joya con la que llegaste al mundo?

Baoyu extrajo inmediatamente el jade de entre su ropa y lo entregó al príncipe, que lo examinó con mucho detenimiento y leyó la inscripción.

—¿Tiene realmente poderes mágicos? —preguntó.

—Eso dicen las inscripciones —contestó Jia Zheng—, pero nunca ha sido comprobado.

El príncipe, que había quedado fuertemente impresionado por el jade, alisó el cordón con sus propias manos y lo volvió a poner en el cuello de Baoyu. Luego tomó la mano del muchacho y le preguntó su edad y lo que estaba estudiando.

La claridad y fluidez de las respuestas de Baoyu hicieron que el príncipe se volviera para comentarle a Jia Zheng:

—No hay duda: tu hijo es una cría de dragón o un joven fénix. Me atrevo a vaticinar que este joven fénix, llegado el momento, superará al viejo.

—Mi indigno hijo no merece semejantes elogios —se apresuró a responder Jia Zheng con una sonrisa cortés—. Si sus vaticinios resultasen ciertos, tanta fortuna sólo se debería al favor con que nos honra Su Alteza.

—Para que mi predicción se cumpla existe, sin embargo, un obstáculo —advirtió el príncipe—. Dado el inmenso talento de tu hijo, su abuela y su madre deben haberlo malcriado; la tolerancia es mala cosa para jóvenes como nosotros, puesto que nos hace descuidar los estudios. Yo mismo me perdí por esa ruta, y temo que tu honorable hijo pueda llegar a tomar el mismo camino. Si tiene problemas para estudiar en su casa, que se acerque a mi humilde morada cuantas veces quiera porque, aunque yo mismo carezca de talento, me honran con su visita eruditos notables de todos los puntos del imperio que pasan por la capital. De ahí que mi humilde hogar se vea frecuentemente engalanado con la presencia de hombres eminentes cuyo trato debería mejorar los conocimientos del joven Baoyu.

Jia Zheng se inclinó y aceptó sin vacilaciones. Entonces el príncipe se desprendió de un brazalete que llevaba en la muñeca y lo entregó a Baoyu diciéndole:

—Este primer encuentro entre nosotros ha sido tan imprevisto que no he traído un obsequio adecuado como prueba de mi respeto, pero, por favor, acepta este brazalete de cuentas hecho con las semillas aromáticas de una planta que Su Majestad me regaló hace unos días.

Baoyu tomó el regalo y lo entregó a su padre; a continuación ambos se inclinaron e hicieron unas reverencias formales de agradecimiento. Luego Jia She y Jia Zhen suplicaron al príncipe que regresara el primero, pero se negó con estas palabras:

—La difunta ya abandonó nuestro polvoriento mundo; ya es inmortal. Yo heredé mi título por la gracia del Hijo del Cielo, pero a pesar de eso, ¿qué derecho tengo a marchar delante del carruaje de una inmortal?

Al ver que hablaba en serio, Jia She y los demás agradecieron su respuesta y ordenaron que la música se detuviera para que el largo cortejo pudiera continuar su marcha. Pero dejemos ya este asunto.

Al paso del cortejo se oía un excitado zumbido procedente de la muchedumbre de curiosos que se agolpaba a ambos lados del camino. Los amigos y compañeros de Jia She, Jia Zhen y Jia Zheng habían instalado tiendas para sacrificios cerca de la puerta de la ciudad, y el desfile no avanzó hasta que cada uno de ellos hubo recibido el agradecimiento de la familia. Por fin dejó la ciudad y tomó el camino del templo del Umbral de Hierro.

Jia Zhen y Jia Rong pidieron a los ancianos que subieran a sus palanquines o a sus caballos para continuar la jornada. Toda la generación de Jia She montó en sus carruajes; los demás hicieron el camino a caballo.

Por el campo abierto, lejos de la vigilancia paterna, Baoyu aflojó el freno a su caballo y emprendió una loca cabalgada. Temiendo que sufriera algún percance que luego sería difícilmente justificable ante la Anciana Dama, Xifeng ordenó a un paje que corriera tras él y lo trajera de vuelta al carruaje. Llegó Baoyu de mala gana ante Xifeng, y ésta le dijo:

—Querido primo, eres digno y delicado como una muchacha. No emules a esos monos a caballo. ¿No sería más gentil por tu parte que vinieras a compartir mi carruaje?

Baoyu echó pie a tierra inmediatamente y se acomodó junto a ella. Entre charlas y risas continuaron el viaje hasta que dos jinetes desmontaron junto a ellos y dijeron a Xifeng:

—Señora, nos acercamos a una de las paradas de descanso. ¿Quiere usted detenerse, o prefiere seguir?

Xifeng preguntó si se habían detenido las damas Xing y Wang.

—No, pero Sus Señorías quieren que usted haga lo que crea más conveniente.

Entonces Xifeng ordenó hacer un alto en el camino. Obedeciendo las órdenes de Baoyu, unos pajes fueron en busca de Qin Zhong, que trotaba detrás de la silla de manos de su padre. Al ser avisado por el paje, Zhong observó que el caballo de Baoyu, sin jinete, seguía el carruaje de Xifeng, que se desviaba hacia el norte apartándose del cortejo; dedujo que su amigo debía estar con ella y espoleó su montura hasta alcanzarlos rápidamente. Los tres juntos cruzaron los portones de una granja.

Hacía rato que los sirvientes habían alejado de allí a los hombres, pero como la barraca que les servía de vivienda tenía muy pocas habitaciones, las mujeres y muchachas no encontraron un sitio donde ocultarse para evitar el encuentro con los desconocidos que ya se aproximaban. La aparición de Xifeng, Baoyu y Qin Zhong, con sus exquisitos trajes y sus refinados modales, pasmó a las campesinas. Apenas hubo hecho su entrada, Xifeng ordenó a Baoyu que se entretuviera fuera, y éste llevó a Qin Zhong y los pajes a dar un paseo. Era la primera vez que veía herramientas de las que usan los labriegos, y las palas, picos, azadones y arados, cuyos nombres y utilidad ignoraba, le intrigaron enormemente. Cuando un paje le informó de la utilidad de cada apero, él comentó con un suspiro:

—Ahora comprendo las palabras del antiguo poeta:

¿Quién sabe que cada grano de arroz sobre cada plato

es fruto del fatigoso esfuerzo de un campesino?

En su paseo por la granja encontró una rueca sobre un kang. Aquel artefacto le intrigó todavía más que los utensilios que había visto antes.

—Sirve para hilar el algodón antes de tejerlo —le informaron sus pajes.

Atraído por el instrumento, Baoyu se subió al kang para darle vueltas a la rueda. En ese momento entró una joven campesina de unos dieciséis años que, al verlo, gritó:

—¡Déjela! ¡La va a romper!

Los pajes empezaron a gritarle para que dejase de hablar así a su señor, pero Baoyu, que ya había dejado la rueca, se disculpó:

—Es que nunca había visto una. Sólo quería ver cómo funciona.

—¿Cómo iba a saber alguien como usted lo que es una rueca, señor? —le contestó sonriente la campesina—. Déjeme y se lo enseñaré.

Qin Zhong tiró discretamente de la manga de Baoyu y le dijo al oído:

—¿No te parece simpática?

Baoyu le dio un leve empujón:

—Bribón. Como sigas diciendo tonterías te pego un puñetazo.

Mientras tanto, la muchacha había empezado a hilar. Baoyu iba a decirle algo cuando se oyó la voz de una vieja:

—¡Hija segunda! ¿Dónde estás? ¡Ven aquí!

La muchacha se fue inmediatamente, para decepción de Baoyu.

Entonces un mensajero le trajo, de parte de Xifeng, el recado de que volviera con ella. Ya se había lavado y mudado de ropa para sacudirse el polvo del camino, y pidió a los dos muchachos que hicieran lo mismo, a lo que Baoyu se negó. Los criados llegaron con un servicio de té y una cesta de pasteles traídos expresamente para la jornada, y después de tomar un pequeño refrigerio volvieron a subir al carruaje.

Al ponerse en marcha, Lai Wang entregó un paquete a la familia campesina, cuyas mujeres salieron a agradecer el obsequio a los visitantes. Xifeng no les prestó ninguna atención; Baoyu, en cambio, buscó ávidamente a la hilandera con la mirada. Pero ella no estaba entre aquellas mujeres. Cuando habían recorrido un pequeño trecho del camino apareció con su hermanito en brazos, rodeada de otras muchachas de menor edad con las que reía y parloteaba. Baoyu deseó poder apearse del carruaje y correr a su encuentro, pero, consciente de que se lo impedirían, sólo pudo seguirla con la mirada mientras se alejaban a toda velocidad, hasta que la perdió de vista.

Al poco tiempo se habían incorporado al cortejo fúnebre. Iban por delante los tambores y címbalos del templo, los banderines y los palios. Llegaron por fin al templo, entraron y se celebraron nuevos ritos budistas, otra vez se quemó incienso y el ataúd fue instalado en una de las cámaras laterales del salón interior. Baoyu se preparó para velarlo esa noche.

Mientras, en los aposentos exteriores, Jia Zhen atendía a amigos y parientes varones, algunos de los cuales se quedaron a comer mientras otros se marchaban inmediatamente. Uno a uno, fue agradeciendo a todos su asistencia al funeral. Después, empezando por los de menor rango, se fueron yendo. A eso de las tres ya se habían dispersado todos.

Las damas fueron atendidas por Xifeng en los aposentos interiores, y también partieron primero las de menor categoría. A las dos de la tarde sólo quedaban allí unas cuantas parientes cercanas que permanecerían los tres días de oraciones por la difunta.

Como sabían que Xifeng no podría volver tan pronto a la ciudad, las damas Xing y Wang propusieron que Baoyu regresara con ellas, pero él se negó aduciendo que aquella era la primera vez en su vida que salía al campo. Insistió tanto en quedarse con Xifeng que su madre acabó por ceder y se lo encomendó a la joven.

El templo del Umbral de Hierro había sido erigido en tiempos de los duques de Rongguo y Ningguo, pero aún disponía de tierra suficiente para los enterramientos de los miembros del clan, y de lugares apropiados para el culto. Y como también había cobijo para los vivos, los deudos que acompañaban los restos mortales de los Jia a su última morada podían quedarse allí el tiempo que considerasen conveniente. Ahora bien, los miembros del clan eran numerosos y entre ellos no se ponían de acuerdo sobre el valor del lugar: los pobres se quedaban allí de muy buen grado, pero los ricos, amantes del lujo y la ostentación, argumentaban la incomodidad del sitio y preferían buscar alojamiento en alguna aldea o convento de las inmediaciones, adonde se retiraban después de las ceremonias.

No obstante, en el funeral de Qin Keqing la mayoría de los miembros del clan se alojó en el templo del Umbral de Hierro. Sólo Xifeng consideró que el lugar no resultaba conveniente, y envió a un criado a consultar a la abadesa Jingxu, del convento del Pan al Vapor, la posibilidad de que dispusiera algunos cuartos para ella. «Pan al Vapor» era como se conocía popularmente el convento de la Luna en el Agua, célebre por el excelente pan al vapor que allí se hacía. No estaba lejos del templo del Umbral de Hierro.

En cuanto los monjes hubieron completado sus oraciones y terminado con las ofrendas de té, Jia Zhen, por mediación de Jia Rong, exigió a Xifeng que descansara. Ésta encomendó a sus cuñadas la atención a las visitantes y marchó con Baoyu y Qin Zhong al convento del Pan al Vapor. Demasiado viejo y frágil para soportar las largas exequias, el padre de Qin Zhong había encargado a éste que asistiera a ellas en su nombre; de ahí que el muchacho permaneciera todavía en el lugar.

A las puertas del convento fueron recibidos por la abadesa Jingxu y dos novicias, Zhishan y Zhineng. Tras intercambiar los saludos de rigor, Xifeng se retiró a un cuarto donde se cambió de ropa y se lavó las manos. Mientras se desvestía pensó que Zhineng, la novicia, había crecido mucho y se había convertido en una muchacha muy bonita.

—¿Por qué no habéis venido a visitarnos? —preguntó.

—Hace unos cuantos días le nació un hijo al señor Hu —contestó la abadesa—, y su venerable esposa nos envió diez taeles de plata para que algunas de nuestras hermanas salmodiaran el Sutra Sangre de Parto [1] durante tres días. Hemos estado tan ocupadas que no hemos tenido tiempo para ir a presentar nuestros respetos a su familia.

Pero volvamos a Baoyu y Qin Zhong, que buscaban la manera de entretenerse en el salón cuando entró Zhineng.

—¡Mira quién ha venido! —dijo Baoyu con una sonrisa.

—¿Y qué? —observó Qin Zhong, indiferente a su tono de complicidad.

—No disimules. ¿Se puede saber qué hacías abrazado a ella el otro día en las habitaciones de mi abuela aprovechando que no había nadie? No intentes engañarme, Zhong.

—No digas tonterías. Te lo estás inventando todo —protestó Qin Zhong.

—Bah, es igual. Dile que me traiga té y me callaré.

—¡Pero qué ridiculez! ¿Acaso se negará a traerlo si se lo pides tú mismo? ¿Por qué se lo he de pedir yo?

—Porque si lo haces tú lo traerá con amor; en cambio, si se lo pido yo se limitará a obedecer y no pondrá ningún interés.

Resignado, Qin Zhong dijo a la novicia:

—Hermana Zhineng, ¿puedes traerme té?

La joven Zhineng había estado entrando y saliendo de la mansión Rong desde que era una niña, y conocía a todos sus moradores; con frecuencia había jugado con Baoyu y Qin Zhong, y ahora que tenía edad para comprender qué significaban la brisa y la luz de luna se había prendado del joven y apuesto Zhong, quien a su vez se sentía enormemente atraído por la reciente belleza de la novicia. Nada había sucedido todavía, pero ya existía un recíproco deseo y cierta complicidad entre ambos. Ahora, con una radiante mirada, ella asintió y no tardó mucho en aparecer con una taza de té.

—Dámela —le pidió Zhong con una sonrisa.

—¡Dámela a mí! —exclamó de pronto Baoyu.

Zhineng rió burlona.

—¿Acaso tengo miel en las manos para que se peleen por una simple taza de té?

Adelantándose a su rival, Baoyu arrebató la taza de las manos de la muchacha y la bebió de dos tragos; en ese momento apareció Zhishan con el encargo para Zhineng de que dispusiera la mesa, y poco después volvió para invitarlos a comer algo. Pero el té y los pasteles del convento no despertaban el interés de los dos muchachos, que permanecieron en el mismo lugar y, en cuanto les fue posible, huyeron buscando entretenimiento en otro sitio.

También Xifeng se retiró a descansar, acompañada de la abadesa. Por su parte, cuando vieron que ya no quedaba nadie, las criadas mayores también se fueron a la cama dejando de guardia a unas cuantas doncellas jóvenes de confianza.

La abadesa aprovechó la ocasión para decirle a Xifeng:

—Señora, hay algo que quisiera consultar con Su Señoría, pero antes me gustaría escuchar su consejo.

—¿De qué se trata? —preguntó Xifeng.

—¡Buda Amida! —suspiró la abadesa—. Cuando me hice monja e ingresé en el convento de Shancai, en el distrito de Chang’an, uno de nuestros benefactores era un hombre riquísimo apellidado Zhang. Su hija Jinge hacía frecuentes ofrendas de incienso en nuestro templo. Allí la encontró un joven señor Li, cuñado del prefecto de Chang’an, que se enamoró de ella con sólo mirarla y mandó pedirla en matrimonio. Pero la señorita Jinge ya estaba comprometida con el hijo de un anciano inspector de la guardia metropolitana de Chang’an. A los Zhang les hubiera gustado cancelar este compromiso, pero temían la oposición del inspector, así que dijeron a los Li que habían llegado tarde. El joven Li no se resignó e insistió en su solicitud, lo que puso las cosas muy difíciles para los Zhang. Cuando la familia del inspector se enteró de todo el lío, sin tomarse la molestia de averiguar la verdad, se fueron a casa de los Zhang a gritar: «¿Con cuántos hombres más piensas comprometer a tu hija?». Se negaron a aceptar la devolución de los regalos de compromiso y llevaron el asunto a los tribunales. La familia de la muchacha está desesperada. Han mandado gente a la capital a pedir auxilio y están absolutamente decididos a devolver los presentes. Pues bien, tengo entendido que el general Yun, gobernador militar de Chang’an, mantiene muy buenas relaciones con su familia. Si la dama Wang consiguiera que Su Señoría escribiese una carta al general pidiéndole que tenga una conversación con el inspector, estoy segura de que éste desistiría de pleitear. Los Zhang darían cualquier cosa, toda su riqueza si fuese preciso, a cambio de este favor.

—No lo veo muy difícil —dijo Xifeng—, pero Su Señoría no se molesta por tales asuntos.

—¿Y no podría usted misma, señora, ocuparse del caso?

—No necesito dinero, y no me suelo inmiscuir en problemas de esa índole.

Ante esta respuesta, la abadesa perdió toda esperanza de conseguir el favor. Reflexionó durante un breve silencio y luego dijo con un suspiro:

—Los Zhang saben que estoy recurriendo a su familia, señora. Si ustedes no los ayudan no pensarán que se niegan a molestarse por un asunto tan baladí, o que no quieren el dinero, sino que ya ni siquiera están en condiciones de solucionar un asunto tan nimio como éste.

Eso, naturalmente, picó el amor propio de Xifeng.

—Usted me conoce, hermana —replicó—. Nunca he creído en toda esa palabrería del infierno y el pago por deudas contraídas en vidas anteriores. Hago en cada momento lo que mejor me parece y siempre honro la palabra que doy. Que me traigan tres mil taeles y me encargaré personalmente del asunto.

—¡Bien! —exclamó exultante la abadesa—. ¡Tres mil taeles! ¡Eso no es difícil!

—No soy de las que se entromete en los problemas de la gente buscando su dinero —advirtió Xifeng—. Esos tres mil taeles apenas cubrirán los gastos de los sirvientes que enviaré, y sólo servirán para compensar sus molestias. No quiero ni un centavo para mí. En cualquier momento podría contar con treinta mil taeles si quisiera.

—Claro, claro, señora. Entonces, ¿podría usted hacerme este pequeño favor mañana mismo?

—¿No ve lo ocupada que estoy, solicitada a diestro y siniestro? Pero como me he comprometido, lo resolveré cuanto antes.

—Trivial como es, este problema confundiría a muchos hombres, señora, pero yo sé que usted es capaz de controlar asuntos mucho más graves. Como dice el refrán, «un hombre, cuanto más capaz más ocupado». No en vano Su Señoría le encarga todo lo relacionado con la mansión Rong. Debe usted descansar y no fatigarse tanto.

El fino halago de la abadesa hizo que Xifeng olvidara su cansancio y se lanzara a hablar con creciente entusiasmo.

Mientras tanto, Qin Zhong había aprovechado la oscuridad y la ausencia de gente para correr en busca de Zhineng. Al encontrarla sola en un cuarto de la parte trasera lavando el servicio de té, la abrazó sorprendiéndola por detrás y la besó.

—¿Pero se puede saber qué haces? —exclamó la novicia golpeando desesperada el suelo con el pie y amenazando con gritar.

—Amor mío —suplicó él sin hacer caso de sus amenazas—. Te deseo. Si vuelves a rechazarme esta noche me moriré aquí mismo.

—¿Pero en qué estás pensando? Espera por lo menos a que me haya librado de esta cárcel y de esta gente.

—Eso es sencillo, pero ya sabes que el agua lejana no calma la sed cercana —repuso Zhong citando un antiguo adagio mientras apagaba la lámpara de un soplo y sumía el cuarto en una oscuridad total.

Tomando a la muchacha en brazos, la llevó hasta el kang. En vano Zhineng forcejeó de mil maneras para librarse, pues, como no quiso gritar, él acabó haciendo su voluntad. Se enredaron en los juegos de la nube y la lluvia, y a punto estaban de alcanzar las cimas del placer cuando vieron entrar en el cuarto a alguien que, sin decir palabra, inmovilizó a la pareja apoyando las manos en los riñones de Qin Zhong y dejando caer todo el peso de su cuerpo sobre ellos. Como todo esto ocurrió en medio de un silencio y una oscuridad totales no supieron de quién se trataba, y el joven y la novicia quedaron aterrorizados. En esto, el intruso no pudo aguantar la risa. Era Baoyu.

Qin Zhong, indignado, se incorporó de un salto.

—¡¿A qué estás jugando?! —le dijo.

Y Baoyu:

—¿Harás lo que te diga o armo un escándalo aquí mismo?

Zhineng, aprovechando la oscuridad, se escabulló avergonzada mientras Baoyu sacaba de allí a su amigo.

—¿Lo sigues negando? —le preguntó.

—Eres un canalla. Está bien, haré lo que me digas. Pero, por favor, no grites.

—Dejemos el asunto así. Ya echaremos cuentas a la hora de dormir.

Cuando llegó la hora de irse a la cama, Xifeng, por temor a que el precioso jade desapareciera mientras Baoyu dormía, lo puso bajo su propia almohada. Ella ocupó el cuarto interior, los dos muchachos el de afuera, y las criadas durmieron en el suelo o montaron guardia sentadas.

En relación a las cuentas que Baoyu arregló con Qin Zhong, digamos que lo que el ojo no ve sólo puede ser sospechado, y lejos de nuestra intención inventar nada.

El caso es que a la mañana siguiente la Anciana Dama y la dama Wang mandaron decir a Baoyu que se abrigase bien y volviera a casa si no quedaba más que hacer en el convento. Eso era lo que menos le apetecía a Baoyu, y Zhong, por su parte, incapaz de separarse de su novicia, le instaba para que suplicara a Xifeng que se quedaran un poco más.

A pesar de que las exequias ya habían concluido, todavía quedaban ciertas minucias que atender, por lo que Xifeng decidió que resolverlas podía ocuparle unos días más. Eso le gustaría a Jia Zhen. Además, podría ocuparse del asunto de la abadesa. En cuanto al mensaje recibido de parte de Baoyu, pensó que a la Anciana Dama no le desagradaría saber que su nieto se estaba divirtiendo de lo lindo.

Con estas tres consideraciones en mente, respondió Xifeng a las súplicas de Baoyu:

—Yo ya he terminado aquí, pero si quieres divertirte un tiempo más no me queda otro remedio que complacerte. Ahora bien, partiremos mañana sin falta.

—Sólo un día más, primita; partiremos mañana.

De modo que dispusieron quedarse allí una noche más.

Xifeng envió un mensajero a Lai Wang para que le expusiera en secreto el caso de la abadesa. Lai Wang entendió de inmediato lo que se esperaba de él: partió enseguida a la ciudad para que el secretario mayor escribiera una carta en nombre de Jia Lian, y aquella misma noche marchó con ella al distrito de Chang’an. Como Chang’an no estaba a más de cien li de distancia, el asunto quedó resuelto en menos de dos días. El gobernador militar Yun Guang buscaba desde hada tiempo una ocasión para poder complacer a la familia Jia, y accedió con mucho gusto a solucionar un asunto tan insignificante. Lai Wang trajo de vuelta una carta suya en este sentido.

Mientras tanto, la jornada de más que pasaron en el convento fue aprovechada por Xifeng para despedirse de la abadesa y decirle que, pasados tres días, acudiera a recabar noticias sobre su gestión.

Qin Zhong y Zhineng pactaron una cita que aliviase la intolerable separación que se avecinaba. Es inútil describirla aquí detalladamente.

Xifeng realizó una última visita al templo del Umbral de Hierro, donde Baozhu insistió en quedarse. Más tarde, Jia Zhen se vería obligado a enviar a unas mujeres para hacerle compañía.

Capítulo XVI

Yuanchun es elegida consorte imperial

en el Palacio del Fénix.

Qin Zhong emprende demasiado pronto

el camino de las Puentes Amarillas.

Poco tiempo después quedaron concluidos los arreglos en el gabinete de estudio de Baoyu, que ya había acordado con Qin Zhong el inicio de las clases nocturnas; pero éste, débil de constitución, había contraído una bronquitis a causa de los encuentros secretos con la novicia Zhineng, allá en el campo. De regreso a la ciudad se puso a toser, perdió el apetito, dio señales de gran abatimiento y se vio obligado a permanecer en su casa reponiéndose. Con sus planes por los suelos, a Baoyu no le quedó más que esperar resignadamente la recuperación de su amigo.

Entretanto, Xifeng había recibido la respuesta de Yun Guang, el gobernador militar de Chang’an, y la abadesa pudo por fin informar a los Zhang de que su problema estaba resuelto. El inspector hubo de tragarse su despecho y aceptó sin rechistar la devolución de los regalos de compromiso. Sin embargo, Zhang y su esposa, que formaban una pareja servil y rastrera, habían traído al mundo una hija fiel y afectuosa: cuando Jinge supo que su primer compromiso había sido roto, buscó una soga y, sin alharacas, se quitó la vida. El enamorado hijo del inspector, por su parte, cuando se enteró del suicidio de su antigua prometida, corrió a arrojarse a un profundo río en cuyas aguas pereció, haciéndose así digno de su amada; o sea, que la mala fortuna arrebató a los Zhang y los Li no sólo el dinero sino también a la muchacha. La única que salió ganando fue Xifeng, que pudo disponer de los tres mil taeles sin que la dama Wang ni el resto de la casa supieran nada. Le salió tan bien el negocio que, a partir de entonces, insistió en numerosas transacciones similares a la realizada por mediación de la abadesa. Pero no necesitamos extendernos sobre ellas.

Llegó el aniversario de Jia Zheng. Las dos casas se habían reunido para festejarlo, y en ello estaban cuando un lacayo de los que se encontraban de guardia en el pabellón de entrada a la mansión anunció:

—Su Excelencia Xia, eunuco principal de Seis Palacios, viene con un decreto del emperador.

Aturdidos, sin entender el sentido de una visita tan extraña, Jia She, Jia Zheng y los demás hicieron detener las representaciones y despejar la sala del festín, en donde mandaron colocar una mesa de palitos de incienso encendidos. Entonces se abrió de par en par la puerta central y se arrodillaron para recibir el Decreto Imperial.

No tardó en hacer su aparición Xia Shouzhong, eunuco principal, que llegó cabalgando seguido de un nutrido séquito de eunucos. Pero no llevaba colgado del hombro ningún edicto, ni levantaba nada por encima de su cabeza. Echó pie a tierra frente al salón principal, subió las escalinatas con una sonrisa radiante y, mirando hacia el sur, anunció:

—Por orden especial del emperador, Jia Zheng debe presentarse inmediatamente ante él en el salón del Respetuoso Acercamiento.

Dicho lo cual volvió a montar en su caballo y se marchó, seguido de su compañía, sin haber probado un solo sorbo de té ni haber dicho una palabra más.

Nadie supo qué presagiaba la aparición del eunuco con su mensaje. Jia Zheng se atavió de corte y partió hacia el Palacio Imperial, dejando a toda la familia en vilo. Uno tras otro, la Anciana Dama envió mensajeros a caballo en busca de noticias, pero pasaron cuatro horas antes de que Lai Da y otros cuantos mayordomos llegaran jadeando por la puerta interior mientras gritaban:

—Su Señoría pide que la Anciana Dama acuda de inmediato al Palacio Imperial con las otras damas para agradecer al emperador un enorme favor.

Temiendo lo peor, la Anciana Dama había estado esperando con el corazón en un puño la llegada del mayordomo en el corredor exterior del gran salón, rodeada de las damas Xing y Wang, la señora You, Li Wan, Xifeng, las tres hermanas Primavera y la tía Xue. Al escuchar la noticia exigió a Lai Da mayores detalles.

—Tuvimos que esperar en el patio exterior —le dijo Lai Da—, de manera que no pudimos ver ni oír qué pasaba dentro. Entonces salió Xia, el eunuco principal, que nos felicitó y nos informó de que la mayor de nuestras señoritas había sido nombrada Primera Secretaria del palacio del Fénix con el título de Digna y Virtuosa Consorte. Luego apareció Su Señoría y nos confirmó las noticias del eunuco. Mientras él acude al palacio del Este a presentar sus respetos [1] , suplica que Su Señoría y las damas acudan sin pérdida de tiempo a dar las gracias al emperador.

Un gesto aliviado iluminó de delicia el rostro de las damas, y cada una corrió a ponerse los trajes ceremoniales acordes con su rango. Poco después, cuatro grandes palanquines encabezados por el de la Anciana Dama, al que seguían el de la dama Xing, el de la dama Wang y el de la señora You, se encaminaron al Palacio Imperial. Las escoltaban Jia She y Jia Zhen, también en traje de corte, así como Jia Rong y Jia Qiang.

Y entonces los señores y los sirvientes de ambas mansiones estallaron de júbilo. Los rostros resplandecieron de orgullo, confundidos en un tumulto de risas y comentarios. Sólo Baoyu permaneció indiferente a la alegría general. Y es que unos días antes la novicia Zhineng se había fugado del convento de la Luna en el Agua y había venido en busca de Qin Zhong. Descubierta por el padre del muchacho, se había visto forzada a regresar al convento mientras Zhong recibía una tunda soberana. La ira le valió al viejo una recaída en su crónica enfermedad, hasta el punto dé que murió a los pocos días. Qin Zhong, lleno de remordimientos por la muerte de su padre, cayó también gravemente enfermo. Nunca había sido muy fuerte, y no se encontraba plenamente recuperado dé su bronquitis en el momento de recibir la paliza. Todo ello pesaba tanto en el ánimo de Baoyu que el honor conferido a Yuanchun no fue suficiente para levantarle el ánimo. Por eso el viaje emprendido por su abuela y las otras damas para agradecer el favor imperial, las visitas de felicitación de parientes y amigos, la excitación que recorría ambas mansiones, lo dejaron impasible. Para él nada significaba el contento general, como si todos aquellos acontecimientos nunca hubieran sucedido; su apatía llevó a todos a sentenciar que su extravagancia se había agudizado.

Por suerte, llegó un mensajero de Jia Lian anunciando que Lin Ruhai ya había sido enterrado en el cementerio ancestral y que, una vez concluidas las exequias, Daiyu y él emprendían el camino de vuelta a la capital, adonde llegarían al día siguiente. Algo más animado, Baoyu interrogó al correo y así supo que también venía a la capital, para presentar sus respetos, Jia Yucun, quien gracias a las recomendaciones de Wang Ziteng había sido convocado para aguardar un nombramiento metropolitano. En su condición de pariente lejano de Jia Lian y de antiguo preceptor de Daiyu, Yucun hacía el viaje con ellos. En condiciones normales, la jornada, que transcurrió sin problemas, les hubiera ocupado hasta comienzos del mes siguiente, pero las buenas noticias sobre Yuanchun habían empujado a Jia Lian a apresurar su regreso; viajó día y noche a marchas forzadas, de manera que los tres compañeros cubrieron rápida y felizmente el trayecto de vuelta.

Ante todo, Baoyu quería saber si Daiyu se encontraba bien; las demás noticias no le interesaban. La impaciencia le atormentó hasta el mediodía siguiente, cuando, por fin, fue anunciada la llegada de los viajeros. El jubiloso reencuentro de los dos muchachos se vio enturbiado por el inevitable dolor; cuando hubo pasado la tormenta de lágrimas que se desencadenó, intercambiaron pésames y enhorabuenas.

Baoyu observó discretamente que Daiyu estaba más guapa que nunca, y que su apariencia era aún más extraordinaria. Había traído consigo una enorme cantidad de libros, y no perdió un momento en barrer y limpiar su cuarto, disponer ordenadamente sus cosas y entregar a Baochai, Yingchun, Baoyu y los demás, los papeles y pinceles que les había traído como obsequio. Cuando Baoyu quiso regalarle la pulsera de cuentas que le había dado el príncipe de Pekín, ella protestó.

—No la quiero. Quién sabe qué tipo apestoso la habrá manoseado —dijo arrojando la pulsera a Baoyu, que no tuvo más remedio que aceptar al vuelo la devolución.

Pero volvamos a Jia Lian, quien, después de saludar a toda la familia, se había encaminado a sus aposentos. A pesar de lo atareada que estaba, sin encontrar un momento para sí misma, Xifeng dejó todo de lado para recibir a su marido.

Cuando estuvieron solos, le dijo en broma:

—¡Enhorabuena, Excelencia, venerable cuñado del emperador! Su Excelencia ha hecho sin duda una fatigosa jornada. Su humilde sirvienta, enterada ayer mismo de que hoy se esperaba la llegada de su excelso carruaje, preparó una vulgar copa de vino para ayudarle a sacudirse el polvo de las botas. ¿Se dignará aceptarla, oh cuñado del emperador?

—¿Cómo negarme? ¿Cómo podría hacer una cosa así? —contestó riendo Jia Lian—. El honor es excesivo. Me siento anonadado.

Pinger y las demás doncellas presentaron sus respetos al señor y le sirvieron té; después Jia Lian preguntó a su esposa qué había ocurrido durante su ausencia y le agradeció lo bien que había cuidado sus asuntos.

—Soy incapaz de administrar bien los asuntos —suspiró ella—. Soy demasiado ignorante, tosca y torpe; siempre acabo tomando el rábano por las hojas y, como soy bondadosa en extremo, cualquiera puede conseguir de mí lo que desee. Además, me pone nerviosa mi falta de experiencia; el menor descontento de Su Señoría me impide cerrar los ojos durante toda la noche. Una y otra vez he pedido ser relevada de tanta responsabilidad, pero, en vez de acceder, ella me acusa de perezosa y de no tener interés en aprender. No entiende lo mal que lo paso, el miedo que me produce decir una palabra fuera de lugar o dar un paso en falso. Y ya sabes lo difíciles que son las esposas de nuestros mayordomos: se burlan del más mínimo error y «acusan al olmo señalando a la morera» en cuanto intuyen cualquier indicio de parcialidad por mi parte, y «se sientan en la colina a ver cómo combaten los tigres», «asesinan con espada prestada», «piden soplo ajeno para avivar el fuego», «ven desde una orilla seca a la gente ahogándose» y «no se molestan en levantar un aceitero caído». Todas son maestras en ese tipo de perfidias. Soy demasiado joven para cargar con semejante peso, así que no me obedecen en absoluto. Y por si fuera poco, murió la mujer de Rong y el primo Zhen suplicó de rodillas a Su Señoría que me permitiese ayudarle unos cuantos días. Yo me negué una y otra vez, pero ella insistió tanto que no tuve más remedio que intentarlo. Como siempre, terminé formando un desastre incluso peor que los que suelo en esta casa. Seguro que el primo Zhen todavía está lamentando su insistencia; mañana cuando lo veas discúlpate por mi intervención en sus asuntos y dile que nunca debió confiar en tu joven e inexperta esposa.


Yuanchun, la consorte imperial.

Gai Qi (edición de 1879).

En ese momento se oyeron voces fuera y Xifeng quiso saber de quién se trataba. Pinger entró y dijo:

—La señora Xue envió a Xiangling a preguntar algo. Le dije lo que quería saber y se marchó.

—Por cierto —dijo Jia Lian—. Cuando fui a presentar mis respetos a la tía Xue encontré allí a una bellísima joven; me dije que no podía ser de la casa, y en la conversación me enteré de que se trata de aquella doncella que compraron justo antes de venirse a la capital, acuérdate, la del proceso. Se llama Xiangling, y desde que ese imbécil de Xue Pan la hizo su concubina se le ha afilado el rostro y ha aumentado su belleza. Es demasiado buena para ese idiota.

—¡Vaya! —exclamó Xifeng—. Pensaba que en tu viaje a Suzhou y Hangzhou [2] habrías conocido suficiente mundo, pero está visto que tienes el ojo más grande que el vientre. Si la muchacha te gusta, la cosa es sencilla: la cambiaré por Pinger. ¿Qué te parece? Xue Pan es otro glotón que «tiene un ojo puesto en el tazón y el otro en la sartén». Mira cómo importunó a su madre durante un año entero hasta que consiguió a Xiangling. La tía Xue organizó una fiesta para celebrar solemnemente la entrada de la muchacha en la alcoba de su hijo, porque vio que no sólo era bonita sino también educada, discreta y amable; incluso más que muchas damitas. Pero a los quince días ese tipo ya la trata como a un perro. Es una verdadera lástima…

Un paje de la puerta interior apareció en ese momento con un recado de Jia Zheng para Jia Lian: que lo esperaba en la biblioteca grande. El joven se arregló rápidamente la ropa y partió a su encuentro. Entonces Xifeng preguntó a Pinger:

—¿Para qué diablos mandó la tía Xue a Xiangling hace un momento?

—No era Xiangling —contestó Pinger entre risitas—. Era la esposa de Lai Wang, que está perdiendo el poco seso que tenía.

Y bajando la voz:

—No podía venir antes ni después, no: tenía que esperar a que el señor estuviera en la casa para traerle a usted los intereses del dinero que le prestó. Menos mal que me la tropecé en el salón y no la dejé llegar. Si el señor hubiera preguntado de qué dinero se trataba, usted se habría visto obligada a decirle la verdad. Y con el carácter que tiene, capaz como es de sacar una moneda de una cacerola de aceite hirviendo, al saber que usted dispone de ahorros propios se habría lanzado a dilapidar con mano más suelta todavía. Por eso cogí corriendo el dinero de la buena mujer y le eché una reprimenda sin pensar que usted me escucharía; luego dije delante del señor que se trataba de Xiangling.

—Ya me extrañaba a mí que la tía Xue cometiera la imprudencia de mandar a una concubina justo cuando está el señor en casa. De manera que no fue más que uno de tus trucos…

En ese momento apareció Jia Lian. Xifeng ordenó que trajeran vino y comida, y ambos esposos se sentaron frente a frente. A pesar de tener buena cabeza para el licor, aquel día Xifeng no se atrevió a beber demasiado; iba acompañando a su marido a pequeños sorbos cuando llegó el ama Zhao, la antigua nodriza de Jia Lian, a la que invitaron a sentarse en el kang junto a ellos. El ama Zhao rechazó la deferencia, pero Pinger y las demás ya habían colocado una mesita y un pequeño banco junto al kang, de manera que la anciana no tuvo más remedio que sentarse ante los dos platos de su propia mesa que Jia Lian le ofreció.

—El ama no puede masticar eso —dijo Xifeng.

Y volviéndose hacia Pinger:

—Ese tazón de cerdo fresco guisado al vapor con jamón que vi esta mañana sería perfecto para ella. Llévalo y que lo calienten cuanto antes.

Y a la nodriza:

—Amita, prueba este vino de la fuente de Hui [3] que tu niño ha traído de su viaje.

—Beberé si lo hacen ustedes conmigo —repuso el ama—. Beban sin miedo, que todo consiste en no pasarse. Pero no he venido para eso, sino por un asunto serio que espero, señora, se tome a pecho y me ayude a resolver. Nuestro señor Lian es bueno haciendo promesas, pero llegado el momento olvida lo que prometió. Sí, yo le di mi pecho y gracias a mí es hoy tan grande, pero ahora que soy vieja sólo tengo a mis dos hijos. Nadie se extrañaría si me hiciera un favor; sin embargo, he venido a mendigar a sus pies una y otra vez, y siempre me ha hecho promesas que hasta el día de hoy no ha cumplido. Ahora que ha sucedido este formidable golpe de suerte, seguro que necesitan más brazos; por eso he venido a pedirle ayuda a usted, señora, pues si sólo me apoyara en el señor Lian ya me habría muerto de hambre.

Xifeng se echó a reír:

—Tus dos hijos son para nosotros hermanos de leche, amita. Deja que yo me ocupe de todo. Tú que lo has criado sabes bien cómo es el señor Lian. Se muestra solícito ayudando a extraños, gente llegada de lejos que no tiene los méritos de sus dos hermanos de leche. ¿Quién podría objetar algo si él les echara una mano? Sin embargo, ayuda más a los que vienen de fuera; aunque quizás la gente que nosotros llamamos «de fuera» sea para él «de adentro» [4] .

Las últimas palabras de Xifeng desencadenaron una carcajada general. El ama Zhao no podía dejar de reír.

—¡Buda Amida! —exclamó entre interminables hipidos de hilaridad—. Esto es lo que se llama un juez imparcial. Nuestro señor no cometería la crueldad de tratarnos como a extraños, pero es tan bondadoso que no sabe negarse a las exigencias de otras personas.

—Oh, sí —repuso Xifeng—, pero ocurre que sólo es bondadoso con los que tienen personas «de adentro»; sólo con nosotras, las mujeres, se vuelve inflexible y duro.

—Ay, señora, qué buena es usted. Estoy tan contenta que me parece que voy a beber otra copa de ese excelente vino. Ahora que he conseguido que sea usted quien se ocupe de nosotros, ya no tengo preocupaciones.

Jia Lian, bastante molesto, sonreía con un gesto forzado.

—Basta de tonterías —dijo—. Empecemos ya con el arroz; todavía tengo muchos asuntos que tratar con el primo Zhen.

—Sí, no debes entretenerte. ¿Qué quería tu primo hace un momento? —preguntó su esposa.

—Es acerca de esa visita imperial.

—¿Entonces ya se ha conseguido el permiso? —preguntó Xifeng ansiosamente.

—Aún no, pero te apuesto diez contra ocho a que se consigue.

—¡Qué inmenso acto de bondad imperial! —exclamó ella radiante—. Nunca he tenido noticia de un acto semejante en ningún libro ni ópera sobre los antiguos tiempos.

—Seguro —intervino el ama Zhao—. Pero coniforme me voy haciendo vieja me vuelvo más tonta. Hace días que no oigo hablar de otra cosa, pero no entiendo nada. ¿En qué consiste exactamente esa visita imperial?

—Nuestro actual emperador se preocupa por todos sus súbditos —explicó Jia Lian—. No hay virtud más elevada que la piedad filial y él sabe que, más allá de cualquier consideración de rango, a todos nos une un mismo vínculo de familia. Se pasa día y noche atendiendo a sus augustos padres, pero todo le parece poco para expresar su devoción filial y comprende que las consortes secundarias y las damas de compañía de palacio que han pasado muchos años separadas de sus padres tienen deseos de volver a verlos, puesto que es natural que los hijos echen de menos a los padres, y si los padres enferman, o mueren deseando ver a sus hijos, la armonía del cielo se ve necesariamente afectada. Por eso ha solicitado a sus augustos padres que la parentela femenina de las damas de la corte pueda visitarlas en palacio los días que terminan en dos y en seis de cada mes. Las dos venerables personas se mostraron encantadas por la piedad, la humanidad y la capacidad que mostró el emperador para expresar los deseos del cielo sobre la tierra. En su infinita sabiduría, ambos venerables sabios decretaron que, como la etiqueta de la corte podía impedir a las madres de las damas de palacio complacer plenamente su deseo de estar junto a sus hijas durante las visitas, se les concedería un favor aún más grande. Entonces se promulgó un edicto especial por el que, además del favor de la visita en ciertos días del mes, todas aquellas damas de la corte cuyas casas tuvieran instalaciones adecuadas para recibir un séquito imperial podrían solicitar un carruaje de palacio para poder visitar a sus familiares. Así podrían mostrar su afecto y disfrutar de la reunión con los suyos. El decreto se agradeció con brincos de júbilo. El padre de la dama de honor imperial Zhou ya ha comenzado la construcción de un patio separado para cuando ella lo visite; y Wu Tianyou, el padre de la concubina imperial Wu, está buscando un lugar en las afueras de la ciudad. ¿No son señales de que la cosa es bastante segura?

—¡Buda Amida! ¡Conque se trata de eso! —exclamó el ama Zhao—. Me imagino que nuestra familia también se estará preparando para una visita de la mayor de nuestras damitas.

—Por supuesto —dijo Jia Lian—, ¿a qué si no podría obedecer tanto ajetreo?

—Pues si eso es así —exclamó Xifeng jubilosa—, tendré oportunidad de ver algunas cosas notables. A menudo he deseado haber nacido veinte o treinta años antes para no sufrir el menosprecio de los ancianos por haber visto tan poco mundo. Sus descripciones de cómo nuestro primer emperador recorría el país igual que el antiguo sabio rey Shun [5] son mejores que cualquier relato de historia; pero, ay, yo nací demasiado tarde y me perdí el espectáculo.

—Tales cosas sólo ocurren una vez cada mil años —declaró el ama Zhao—. Yo apenas tenía edad suficiente para recordarlo, pero en esos días nuestra familia se encargaba de supervisar la fabricación de barcos y la reparación de los diques de Suzhou y Yangzhou. Para preparar esa visita imperial nos gastamos muchísimo dinero, un mar de dinero…

—Igual que nosotros, los Wang —intervino Xifeng—. En aquel tiempo mi abuelo era el encargado de los tributos del extranjero, y era nuestra familia la que atendía a los enviados de fuera que llegaban a rendir homenaje. Todos los bienes que llegaban en barcos extranjeros a Guangdong, Fujian, Yunnan y Zhejiang pasaban por nuestras manos.

—Eso se sabe —dijo el ama Zhao—. Todavía se oyen por ahí versitos:

Si el rey Dragón del Mar Este

desea un lecho de jade

debe pedirlo a los Wang,

y todo el mundo lo sabe.

»Sí, señora, ésa es su familia. ¿Y qué me dice de los Zhen del sur del Yangzi? ¡Lo ricos y grandes que eran! Sólo esa familia atendió al emperador cuatro veces. Nadie que no lo haya visto con sus propios ojos podría creerlo: trataban la plata como chatarra, los objetos preciosos se apilaban en montones y nadie se preocupaba de examinar lo que contenían los desperdicios.

—Eso me contaban mis abuelos y mis tíos abuelos; y yo los creía, por supuesto. Lo sorprendente es que una sola familia pudiese tener tanta riqueza acumulada.

—La verdad, señora, es que en atender al emperador sólo gastaban el dinero del emperador. ¿Cómo iba a ser de otra manera? ¿Quién podría gastar tanto dinero en un vano espectáculo?

En ese momento llegaron de parte de la dama Wang a preguntar si Xifeng ya había terminado de cenar; ante el requerimiento, ella devoró rápidamente medio tazón de arroz y se enjuagó la boca. Se disponía a salir cuando un grupo de pajes de los de la puerta interior anunció la llegada de Jia Rong y de Jia Qiang; entonces Jia Lian, a su vez, se enjuagó la boca y se remojó las manos en una palangana que le alcanzó Pinger. Al entrar los jóvenes les preguntó qué deseaban, y Xifeng se quedó a oír la respuesta de Jia Rong.

—Tío, mi padre me envía a decirle que los ancianos señores se han puesto de acuerdo y tomado una decisión. Hemos medido la distancia entre la pared este de una mansión y la noroeste de la otra a través del jardín, y hay tres li y medio, suficiente para construir un patio separado en el que levantar una residencia independiente para la visita imperial. Se ha encargado un plano que estará listo mañana. Pero como debe estar cansado de su viaje, no se moleste en venir. Cualquier propuesta que tenga la podrá hacer mañana a primera hora.

—Agradécele a tu padre su consideración —respondió Jia Lian—. Haré lo que me pide y no iré ahora a su encuentro. Dile que el suyo me parece el mejor proyecto de los posibles y el más fácil de realizar. Cualquier otra solución significaría mayor trabajo con peores resultados. Dile también que si los ancianos señores tienen alguna duda sobre el particular, espero que los convenza para que desistan de cambiar el plan ya trazado. Mañana cuando vaya a presentar mis respetos podremos discutirlo todo detalladamente.

Jia Rong accedió a transmitir el mensaje a su padre, y le tocó el turno a Jia Qiang.

—Mi tío me ha ordenado ir a Suzhou con los dos hijos de Lai Da y los secretarios Shan Pinren y Bu Guxiu, con el encargo de contratar maestros de música y teatro y comprar jóvenes actrices, trajes e instrumentos musicales. Me pidió que le informara.

Jia Lian miró al joven con cierta extrañeza y le preguntó:

—¿Estás seguro de que podrás cumplir el encargo? Tal vez no sea una tarea muy complicada, pero requerirá el manejo de numerosas habilidades.

—Tendré que aprenderlas —respondió alegremente Jia Qiang.

Desde la penumbra en la que se encontraba, Jia Rong le dio un discreto tirón al vestido de Xifeng; ésta captó la sugerencia y dijo a su esposo:

—No te preocupes. Tu primo sabe bien a quién debe enviar. ¿Por qué temes que Qiang no esté a la altura del encargo? ¿Acaso todos nacen capaces? El muchacho ha crecido, y aunque no haya probado su carne ya ha tenido ocasión de ver algún cerdo corriendo, como dice el proverbio. El primo Zhen lo envía como supervisor, no para que regatee y lleve la contabilidad. Me parece una excelente elección.

—No es eso lo que quería decir —protestó Jia Lian—. Sólo quería ofrecer un consejo.

Preguntó a Jia Qiang:

—¿De dónde sale el dinero para todo esto?

—Precisamente veníamos discutiéndolo. El viejo Lai no ve la necesidad de llevar dinero, puesto que los Zhen del sur del río Yangzi nos tienen preparados cincuenta mil taeles. Mañana puede hacerse un recibo que llevaríamos con nosotros, de manera que retiraríamos treinta mil taeles y dejaríamos veinte mil para comprar faroles ornamentales, velas, banderolas, cortinas de bambú y colgaduras de todo tipo.

Jia Lian estuvo de acuerdo.

—Pues bien —intervino Xifeng—, si ya está arreglado, tengo dos hombres que les pueden servir de ayuda.

—¡Qué casualidad! —dijo Qiang forzando una sonrisa—. Precisamente íbamos a pedirle que nos recomendase a dos personas que nos acompañaran, tía. ¿Quiénes son?

Xifeng le preguntó sus nombres al ama Zhao, que había estado escuchando como en un sueño y no se había dado por aludida. Cuando Pinger le dio un ligero codazo despertó y contestó atropelladamente:

—Zhao Tianliang y Zhao Tiandong.

—Toma nota —advirtió Xifeng a Jia Qiang—. Ahora debo volver a mis tareas.

Dicho lo cual se marchó.

Jia Rong la siguió y le dijo al oído:

—Si necesita que le traigamos cualquier cosa, tía, hágame una lista y le diré a Qiang que se ocupe de ello.

—¡No digas sandeces! —le contestó Xifeng—. ¿Pretendes pagarme con mercancías un gesto de atención? Tengo ya tantas cosas que no sé dónde ponerlas. Debes saber que me desagrada tu manera taimada de manejar los asuntos.

Mientras tanto, Jia Qiang le estaba diciendo a Jia Lian:

—Si necesita cualquier cosa, tío, sólo tiene que decírmelo.

—No seas presuntuoso —le contestó Jia Lian con tono burlón—. Ese truco es el primero que se aprende al empezar la práctica de los negocios. Si necesito cualquier cosa te escribiré una carta; ahora no tengo tiempo.

Dicho lo cual acompañó a los dos jóvenes hasta la salida. Luego entraron varios criados a presentar informes. Jia Lian se fatigó tanto que ordenó a los pajes de la puerta interior que no dejasen pasar a nadie más; todos los asuntos deberían esperar hasta el día siguiente. Xifeng no fue a acostarse hasta la tercera vigilia. Pero no es necesario relatar las cosas que pasaron aquella noche.

A la mañana siguiente, después de presentar sus respetos a Jia She y Jia Zheng, Jia Lian se dirigió a la mansión Ning. Acompañado de algunos viejos mayordomos, secretarios y amigos, inspeccionó los terrenos de ambas mansiones, trazó planos para recintos destinados a la visita imperial y estimó el número de trabajadores que se necesitarían.

Pronto estuvieron reunidos los maestros y trabajadores, y empezaron a llegar al lugar innumerables cargamentos de materiales: oro, plata, cobre y estañó, tierra, madera, ladrillos y tejas. Primero se desmontaron los pabellones y los muros del jardín de la Fragancia Concentrada de la mansión Ning, quedando así conectado con el gran patio oriental de la mansión Rong. Asimismo, fueron demolidos todos los cuartos de la servidumbre que allí había.

Como el estrecho pasaje que antes separaba las dos casas era propiedad común de ambas, los terrenos de uno y otro lado podían unirse ahora; y como ya existía un arroyo que procedía de la esquina septentrional del jardín de la Fragancia Concentrada, no hubo necesidad de hacer llegar otro. Para suplir la escasez de árboles y rocas fueron traídos los bambúes, árboles y montículos artificiales de rocas, así como los pabellones y balaustradas del jardín de la mansión Rong, donde vivía Jia She. La proximidad de ambas mansiones facilitó su fusión, ahorrando dinero y trabajo. En términos generales, no fue necesario añadir demasiado.

El conjunto fue concebido por un viejo jardinero llamado Shan Ziye.

Como Jia Zheng no estaba familiarizado con los asuntos prácticos lo dejó todo en manos de Jia She, Jia Zhen, Jia Lian, Lai Da, Lai Sheng, Lin Zhixiao, Wu Xindeng, Zhan Guang y Cheng Rixing. Siguiendo el plano del jardinero surgieron montañas y lagos artificiales, fueron construidos pabellones, se plantaron flores y bambúes. A su regreso de la corte, Jia Zheng no tuvo más que hacer una ronda de inspección y discutir los problemas más importantes con Jia She y los demás.

En cuanto a Jia She, pasó las obras meditando tranquilamente en su casa. Cuando se presentaba el más mínimo problema, Jia Zhen y los demás acudían a consultárselo o enviaban un informe escrito, mientras que él hacía llegar sus instrucciones a través de Jia Lian y Lai Da.

Jia Rong se ocupó de supervisar la fabricación de los utensilios de oro y plata. Por su parte, Jia Qiang ya estaba de camino a Suzhou. Jia Zhen, Lai Da y los demás se encargaron de los trabajadores, de llevar un registro y de mantenerse al tanto de las obras. ¡Imposible describir con palabras el bullicio y la conmoción que pronto dominó el lugar!

Todo ese ajetreo había hecho que Jia Zheng dejara de preguntar por los estudios de su hijo Baoyu, que aprovechaba para holgazanear todo lo que podía. Lo único que empañaba su bienestar era la enfermedad de Qin Zhong, cuya salud empeoraba cada día.

Cierta mañana, cuando acababa de asearse y pensaba pedirle permiso a su abuela para hacer una visita a su amigo, asomó la cabeza de Mingyan detrás del tabique protector de la puerta interior. Al verlo, Baoyu se acercó a él corriendo:

—¿Qué pasa?

—El señor Qin Zhong. ¡Se está muriendo!

Baoyu quedó anonadado.

—¡Pero si estaba consciente cuando lo vi ayer! —exclamó—. ¿Cómo puede estar muriéndose?

—No sé. Me lo dijo un viejo de su casa.

Baoyu fue inmediatamente a avisar a la Anciana Dama, que ordenó a algunos hombres de confianza que lo acompañasen.

—Puedes visitarlo para mostrar tu amistad con tu compañero de clase —le dijo—, pero no te quedes allí mucho tiempo.

Baoyu se cambió de ropa a toda prisa y se puso a recorrer el patio a grandes zancadas mientras esperaba su carruaje. Cuando por fin llegó, se metió en él y partió apresuradamente, escoltado por Li Gui, Mingyan y otros.

Encontraron desierta la puerta delantera de la casa de Qin Zhong y entraron rápidos como abejas hasta los aposentos interiores, asustando a las dos tías y los primos de Zhong, que quisieron esconderse.

Qin Zhong ya había perdido varias veces el conocimiento y había sido trasladado desde el kang hasta un lecho mortuorio. Al percibir la mudanza, Baoyu se echó a llorar.

—No llore, señor —le dijo Li Gui—. Ya sabe usted lo delicado que es el señor Qin. Por el momento lo han trasladado a un sitio más cómodo que el duro kang. Si sigue usted llorando sólo conseguirá empeorar las cosas.

Las palabras de Li Gui consiguieron que Baoyu controlase el llanto y se acercara a su amigo. Qin Zhong, pálido como la cera, tenía la cabeza apoyada sobre una almohada y respiraba boqueando.

—¡Hermano querido! —exclamó—. Soy yo, Baoyu.

Lo llamó varias veces, pero Zhong no respondió. Baoyu insistió varias veces:

—¡Zhong, hermanito! ¡Baoyu está aquí!

Pero Qin Zhong estaba exhalando el último suspiro. Su espíritu, que ya se había separado de su cuerpo, veía llegar en ese momento a un juez infernal escoltado por otros fantasmas. Llevaba un documento en la mano y unas cadenas para llevárselo. Zhong se resistía a ir con ellos, pues no quedaba nadie para administrar los asuntos de su casa y su padre había dejado tres o cuatro mil taeles ahorrados; además, deseaba locamente noticias de Zhineng. Pero los fantasmas se mostraban insensibles a sus súplicas.

—Eres un joven cultivado —se mofaban—. ¿Cómo no conoces el viejo proverbio, «si el Rey de los Infiernos te cita para la tercera vigilia nadie osará retenerte hasta la quinta»? Nosotros, sombras, somos estrictamente imparciales; no como vosotros, mortales, presas del sentimentalismo y los favores.

Y en medio de todo ese trajín oyó Zhong la llamada de Baoyu.

—Piedad, mensajeros divinos —suplicaba—. Permitid que vuelva a decirle a mi buen amigo una sola palabra y después partiré con vosotros.

—¿Pues qué buen amigo es ése? —le preguntaron.

—Jia Baoyu, el nieto del duque de Rongguo.

El juez infernal que parecía ser el encargado de llevárselo reprochó a los demás.

—Ya os dije que le permitierais volver un momento, y no me habéis hecho caso. ¿Qué haremos ahora que nos presenta a ese favorito de la fortuna?

Los fantasmas, confundidos por la actitud de su jefe, protestaban:

—Hace un momento estaba usted furioso, pero ese nombre parece haberle aterrorizado. ¿Por qué sombras como nosotros, que venimos del mundo de las tinieblas, tendríamos que temer a alguien como él, que viene del mundo de la luz? ¿Qué daño nos puede hacer?

—Ya conocéis el proverbio: «Los funcionarios del imperio lo controlan todo en el imperio», ¿no? Igual es en las Fuentes Amarillas: rige la misma ley para espíritus y mortales. No pasará nada si mostramos alguna consideración.

Finalmente, los fantasmas permitieron que el espíritu de Qin Zhong regresara a su cuerpo. El moribundo dio un grito, entreabrió los párpados y vio a Baoyu a su lado.

—¿Por qué no has venido antes? —le preguntó con voz tenue—. Si hubieses tardado un poco más, ya no te habría visto.

Baoyu apretó la mano de su amigo y le preguntó entre lágrimas:

—¿Qué últimas palabras me dejas?

—Sólo éstas: cuando tú y yo nos conocimos nos consideramos por encima del común de los mortales, ¿te acuerdas? Ahora comprendo lo equivocados que estábamos. Deberías dedicarte en el futuro a hacerte un nombre por medio de los exámenes oficiales, a ganar distinciones…

Suspiró largamente y se abandonó en silencio al viaje definitivo.

Capítulo XVII

En el jardín de la Vista Sublime, la composición

de inscripciones pone a prueba el talento.

Los extraviados en el patio Rojo y Alegre exploran

un refugio solitario.

Dio la impresión de que el llanto de Baoyu por la muerte de Qin Zhong no tendría fin. Pasó mucho tiempo antes de que Li Gui y los demás lograran apaciguarlo, e incluso cuando estuvo de vuelta en su casa siguió sacudiéndolo el dolor. Sin contar varias docenas de taeles de plata para los gastos del funeral, la Anciana Dama hizo que preparasen un lote de ofrendas funerarias con las que su nieto acudió a dar el pésame y sumarse al duelo de la familia Qin. Siete días después del óbito tuvieron lugar los funerales y el entierro; aunque no necesitemos demorarnos en los detalles, diremos que Baoyu lloró y echó de menos a su amigo cada día, aunque tales demostraciones de dolor ya no remediaran nada.

Algún tiempo después Jia Zhen, acompañado de sus asistentes, anunció a Jia Zheng la culminación de los trabajos del nuevo jardín, y le informó de la inspección que ya había realizado Jia She.

—Todo está dispuesto para su inspección, tío —le dijo—. Podríamos modificar cualquier cosa que no sea de su agrado antes de que se compongan las inscripciones y los correspondientes poemas para los distintos puntos del jardín.

Jia Zheng meditó unos instantes y luego dijo:

—Las inscripciones son un problema, ciertamente. En principio deberíamos pedirle a la concubina imperial que nos haga el honor de componerlas ella misma, pero es obvio que no puede hacerlo sin conocer previamente el lugar. Por otra parte, si dejamos los diversos pabellones y parajes sin inscripción hasta su visita, entonces el jardín, con todas sus flores y rocas, sauces y arroyos, no mostrará todo su encanto.

—Sin duda es cierto, señor —respondieron a coro sus cultos acompañantes.

—Tengo una idea —dijo uno de ellos—. Las inscripciones de los parajes del jardín no pueden ser obviadas, pero tampoco fijadas definitivamente. ¿Por qué no preparar algunas y componer unos cuantos pareados provisionales para cada lugar? De momento podemos hacer que los pinten sobre faroles en forma de placas y rollos, y cuando Su Alteza se digne honrarnos con su visita podremos pedirle que decida cuáles son los más apropiados. Así se resolverá este dilema.

—Sensata idea —observó Jia Zheng—. Hoy mismo podríamos echar un vistazo e idear algunas. Si son adecuadas, se utilizarán; en caso contrario le pediremos a Jia Yucun que venga a echarnos una mano.

—Seguro que sus propias sugerencias serían excelentes, señor —respondieron—. ¿Para qué llamar a Yucun?

—A decir verdad, ni en mis años mozos fui bueno haciendo versos sobre flores, pájaros o paisajes; y ahora que me siento viejo y me abruman las tareas oficiales he perdido definitivamente el ánimo ligero que se precisa para las bellas letras. Doy por descontado que cualquier intento por mi parte resultaría tan lerdo y pedante que en vez de resaltar las bellezas del jardín serviría para lo contrario.

—No tema por eso —le insistieron sus secretarios—. Uniremos nuestros ingenios y después elegiremos las mejores sugerencias. Así resolveremos el problema.

—De acuerdo —accedió Jia Zheng—. Demos un paseo por el jardín aprovechando el buen día que hace.

Y poniéndose en pie encabezó el grupo mientras Jia Zhen se adelantaba para avisar de su llegada a los del jardín.

Resultó que Baoyu acababa de llegar al jardín, pues seguía sufriendo tanto por la muerte de Zhong que la Anciana Dama había ordenado a sus pajes que lo llevaran allí para que se distrajera.

Al verlo, Jia Zhen se acercó a él y le dijo en tono de broma:

—Viene el señor Zheng; más vale que desaparezcas.

Como un hilo de humo, Baoyu emprendió inmediatamente la huida seguido de su ama y sus pajes, pero al volver la esquina se dio de bruces con el grupo de su padre. Ante la imposibilidad de huir, Baoyu se apartó respetuosamente de su camino.

Ahora bien, no hacía mucho que Jia Zheng había oído al preceptor de Baoyu hablar en tono elogioso acerca de la capacidad del muchacho para componer pareados, comentando que a pesar de su escasa aplicación en el estudio mostraba una considerable originalidad en los ejercicios literarios. Ante el fortuito encuentro, Jia Zheng ordenó a su hijo que lo acompañase. Baoyu no tuvo más remedio que obedecer ignorando lo que su padre deseaba de él.

A la entrada del jardín encontraron a Jia Zhen con un grupo de mayordomos en formación.

—Cierren la puerta —ordenó Jia Zheng—. Veamos qué aspecto tiene desde el exterior.

Jia Zhen hizo cerrar la puerta y Jia Zheng inspeccionó el pabellón de entrada, una edificación con cinco secciones y un techo arqueado de tejas de media caña. Los dinteles y las celosías, finamente tallados con ingeniosos dibujos, no estaban pintados ni dorados; las paredes eran de ladrillo pulido de un color uniforme, y en las escalinatas de mármol blanco se apreciaban dibujos tallados de pasionarias. El impecable muro blanqueado del jardín, que se extendía a un lado y a otro, tenía en su base un mosaico de piedras atigradas. A Jia Zheng le complació la sencillez del conjunto y la ausencia de vana ostentación.

Hizo que volvieran a abrir la puerta, y entraron sólo para encontrar que una verde colina les impedía la visión. Los secretarios lanzaron una exclamación de aprecio por el detalle.

—De no ser por esta colina, uno abarcaría de un vistazo todo el jardín con sólo cruzar la puerta, lo que resultaría bastante insustancial —observó Jia Zheng.

—Sin duda —coreó la compañía—. Sólo un jardinero de gran talento puede haber concebido algo así.

Sobre el monte en miniatura distinguieron unas rocas blancas que semejaban monstruos y fieras, unos yacentes, otros rampantes, y todos tachonados de musgo o cubiertos de plantas trepadoras que casi ocultaban un sendero zigzagueante.

—Sigamos el sendero —decidió Jia Zheng—. A la vuelta saldremos por el otro lado, y así habremos recorrido todo el lugar.

Hizo que Jia Zhen se adelantase y él lo siguió por entre los peñascos apoyado en un hombro de Baoyu. De pronto vio, al levantar la vista, una roca blanca, pulida como la superficie de un espejo; era evidente que estaba destinada a ser el soporte de la primera inscripción.

—¡Alto, caballeros! —dijo sonriendo por encima del hombro—. ¿Cuál podría ser el nombre apropiado para este lugar?

—«Glauca Aglomeración» —dijo éste.

—«Cordillera Bordada» —dijo el otro.

—«Pico del Incensario» [1] —añadió el de más allá.

—«Zhongnan [2] en Miniatura.»

Así fueron apareciendo docenas de sugerencias que no pasaban de ser tópicos. Y es que los secretarios de Jia Zheng tenían plena conciencia de que éste deseaba poner a prueba el ingenio de su hijo. Baoyu también lo sabía, pero esperó a que su padre le exigiera su intervención. Cuando finalmente lo hizo, el joven respondió:

—He oído que los antiguos decían que una vieja cita supera un dicho original, y que es mejor pulir un viejo texto que grabar uno nuevo. Éste no es el promontorio central ni tampoco uno de los parajes principales; a mi entender merece una inscripción sólo porque es un primer paso hacia el resto del jardín. ¿Por qué no utilizar este verso de un antiguo poema: «Escondido sendero que conduce hasta un refugio solitario»? Sin duda un nombre así tendría mayor dignidad.

—¡Excelente! —alabaron los secretarios.

—Nuestro joven señor es sin duda muchísimo más ingenioso y brillante que unos pedantes sin fuste como nosotros.

—No sigan halagando al muchacho —protestó Jia Zheng sin poder evitar una sonrisa—. Sólo ha hecho un ridículo alarde de sus escasos conocimientos. Más tarde podremos pensar un nombre apropiado.

Y continuaron.

Pasaron por un túnel que desembocaba en una hondonada verde con espléndidos árboles y flores exóticas. En el rincón donde más se espesaban los árboles extendía sus márgenes un arroyo cristalino que luego se perdía entre las rocas.

Unos pasos más al norte, flanqueando un claro, se alzaban altos pabellones de vigas talladas y espléndidas balaustradas medio ocultas por los árboles. Al mirar abajo vieron un arroyo de cristal precipitándose en una cascada de nívea blancura, y unos escalones de piedra que descendían hasta una poza entre la niebla producida por la caída del agua. El conjunto, cercado por balaustradas de mármol, era salvado por un puente de piedra adornado con cabezas de bestias con las fauces abiertas. Sobre el puente, un pequeño pabellón en el que el grupo se sentó a descansar.

—¿Y cómo llamaremos a este lugar, caballeros? —preguntó Jia Zheng.

Uno de los secretarios:

—Propongo un verso de El pabellón del Viejo Borracho, de Ouyang Xiu [3] : «Un alado pabellón lo sobrevuela». ¿Por qué no llamarlo pabellón Alado?

—Delicioso nombre, sin duda —opinó Jia Zheng—. Pero como este pabellón está construido sobre una poza, su nombre debería contener alguna alusión al agua. Y ya que lo mencionas, Ouyang Xiu también alude a una fuente «derramándose entre dos picos». ¿No podríamos utilizar la palabra «derramado»?

—¡Evidente! —exclamó otro de los secretarios—. Jade que se Derrama sería un excelente nombre para el lugar.

Acariciándose pensativamente la barba, Jia Zheng se volvió hacia Baoyu para pedirle una sugerencia.

—Me parece bien lo que se acaba de decir, señor —contestó el muchacho—, pero si profundizamos un poco más en el asunto observaremos que aunque «derramado» sea un adjetivo adecuado para la fuente de Ouyang Xiu, que era llamada «El Manantial del Licor», sin embargo resulta poco apropiado para este lugar, que está destinado a ser residencia de la consorte imperial. Deberíamos emplear un lenguaje más cortesano en lugar de expresiones tan poco elegantes. Opino que debería pensarse en algo más sutil.

—¿Se dan cuenta, caballeros? —dijo Jia Zheng soltando una risita—. Cuando sugerimos algo original, él prefiere una vieja cita; ahora que empleamos una vieja cita, él la encuentra demasiado vulgar. Pues bien, ¿qué propones tú?

—¿No sería Fragancia que Rezuma un nombre más apropiado que Jade que se Derrama?

Jia Zheng volvió a tirarse de la barba asintiendo en silencio con la cabeza mientras los demás, ansiosos por complacerlo, se apresuraban a celebrar el notable talento de Baoyu.

—Bueno, bueno —dijo su padre—. Seleccionar dos caracteres para una tabla no es difícil. Veamos si te atreves con un pareado de siete caracteres.

Baoyu sé incorporó, miró en torno suyo buscando inspiración y por fin recitó:

Los sauces del dique prestan su verdor a las almadías.

En las dos orillas las flores expanden idéntico aroma.

Jia Zheng asintió con una leve sonrisa, que fue envuelta por un nuevo coro de alabanzas a su hijo.

Dejaron el pabellón, cruzaron el puente y continuaron su paseo admirando cada roca, promontorio, flor y árbol del camino, hasta que se toparon con los blancos muros de un hermoso refugio en un denso bosquecillo de frescos bambúes. Entraron en él entre exclamaciones de admiración.

Desde la puerta, un sendero techado zigzagueaba hasta unos escalones; al bajarlos, otro sendero, esta vez de lajas, conducía a una pequeña cabaña de tres aposentos en la que se entraba por una puerta situada en el aposento central. Los muebles habían sido fabricados especialmente para el lugar. En el cuarto interior se abría una portezuela que daba a un jardín trasero con un gran peral, un plátano de anchas hojas y dos pequeños patios laterales. Al fondo, por una hendidura de un pie de ancho, corría un arroyo que se precipitaba más allá de los escalones y del refugio y llegaba al patio delantero para, desde allí, alejarse serpenteando entre los bambúes.

—Qué rincón tan agradable. Quien tenga el privilegio de estudiar junto a esta ventana en una noche de luna no habrá vivido en vano —dijo Jia Zheng mirando de reojo a Baoyu, quien agachó los ojos confundido mientras los demás se apresuraban a cambiar de conversación.

—Aquí necesitamos una inscripción de cuatro caracteres —sugirió uno de los presentes.

—¿Qué cuatro caracteres? —preguntó Jia Zheng.

—Sombras del Río Qi [4] .

—Está muy visto.

—¿Rastros del Jardín dé Sui [5] ?

—Digo lo mismo.

—Que el primo Bao sugiera algo —propuso Jia Zhen.

—No vale la pena —objetó Jia Zheng—. Este insolente se dedica a criticar las sugerencias de los demás antes de hacer él mismo una.

—Pero sus observaciones son correctas. ¿Cómo puede decir que no valen la pena?

—No sigan adulándolo de esa manera —advirtió Jia Zheng a los miembros del grupo.

Y volviéndose a Baoyu:

—Hoy estamos dispuestos a tolerar tus desatinos, así que oiremos tus críticas antes que tus propuestas. Veamos, ¿alguna de las sugerencias de estos caballeros ha sido acertada?

—No, señor, ninguna me lo ha parecido —contestó Baoyu.

En el rostro de Jia Zheng apareció de nuevo una sonrisa sardónica.

—¿Y por qué no? —preguntó.

—Éste será el primer lugar en el que se detenga la visitante imperial; es un lugar apropiado para rendir homenaje a Su Alteza. Si lo que queremos es una inscripción de cuatro caracteres, hay muchas antiguas a las que podemos recurrir. ¿Para qué componer una nueva?

—¿Acaso el río Qi y el jardín de Sui no son alusiones clásicas?

—Sin duda, pero suenan demasiado forzadas. Propongo Donde se Posa el Fénix [6] .

Esta vez el coro de elogios fue especialmente intenso mientras Jia Zheng asentía dándose delicados tirones de la barba.

—Ah, pequeño animal —dijo—. Escrutas el cielo mirándolo por un tubo y mides el mar con un calabacín. Tus juicios son lamentablemente limitados. Bien, oigamos ahora tu pareado.

Y Baoyu recitó:

Preparado ya el té, aún es verde el humo del precioso trípode.

Acabada ya la partida, aún están fríos los dedos junto al sereno ventanal.

—Tampoco lo mejora —dijo Jia Zheng meneando la cabeza.

Se disponía a seguir paseando con el grupo cuando una idea le vino a la cabeza, y volviéndose a Jia Zhen le dijo:

—En todos estos pabellones veo sillas y mesas, pero ¿dónde están las cortinas, visillos, adornos, curiosidades y cosas por el estilo? ¿Se han seleccionado objetos adecuados para cada lugar?

—Hemos traído un lote grande de ornamentos que se colocarán en el sitio adecuado a su debido tiempo —respondió Jia Zhen—. En cuanto a las cortinas y visillos, el primo Lian me dijo ayer que todavía no estaban listos. Al empezar las obras hicimos planos con las medidas exactas de cada lugar, y los enviamos para que empezasen la confección. Ayer estaba lista aproximadamente la mitad.

Como ignoraba los detalles, Jia Zheng mandó llamar a Jia Lian y le preguntó:

—¿Cuáles son los diversos objetos? ¿Cuáles están listos y cuáles no?

Jia Lian extrajo una lista de la bota, la consultó e informó:

—De las ciento veinte cortinas de satén bordado con dragones y colgaduras de brocado grandes y pequeñas con diversos dibujos y colores, ochenta fueron entregadas ayer y quedan cuarenta por entregar. Además también entregaron ayer doscientos visillos, y hay doscientas antepuertas de fieltro carmín, doscientas de bambú rojo laqueado con manchas de oro, doscientas de bambú negro laqueado, y doscientas tejidas con hilos multicolores de seda. De estas últimas tenemos ya aproximadamente la mitad, y el resto estará listo hacia el final del otoño. Luego están las cubiertas de las sillas, los manteles, los doseles y las cubiertas de los banquitos: tenemos mil doscientos de cada uno.

Mientras iban caminando y hablando, vieron unas colinas verdes que les cerraban el paso; al bordearlas divisaron unos muros de adobe marrón con albardillas de caña, y cientos de albaricoqueros cuajados de flores brillantes como ágiles llamas o nubes iluminadas por el sol. En el interior de ese recinto había varias cabañas con techo de paja alrededor de las cuales crecían tiernos retoños de mora, olmo, hibisco y espino de flor, cuyas ramas se habían entrelazado hasta formar una doble cerca verde tras la cual, al pie de la ladera, había un pozo de barro con su cabria. Desde allí, hasta donde llegaba la vista, la tierra se dividía en bancales donde se cultivaban legumbres diversas y flores de colza.

—Entiendo el sentido de este lugar —dijo Jia Zheng—. A pesar de ser artificial, su vista despierta la tentación de retirarse al campo. Entremos a descansar un rato.

Pero al disponerse a franquear la puerta de mimbre vieron junto al sendero una piedra lisa esperando una inscripción.

—¡Qué maravilla! —exclamaron asombrados—. Una placa sobre la puerta hubiera estropeado el sabor rústico del conjunto; en cambio esta piedra realza su encanto. Merecería acoger uno de los poemas de Fan Chengda [7] sobre la vida en el campo.

—Hagan sus sugerencias, caballeros —dijo Jia Zheng.

—Como acaba de decir su hijo, una vieja cita supera un dicho original —dijo uno de los secretarios—. Opino que los antiguos ya acuñaron el nombre apropiado para este lugar: Aldea de la Flor de Albaricoque.

—Por cierto, aunque este lugar es perfecto en todos los sentidos, le falta un letrero de taberna como el que usan en las del campo —objetó Jia Zheng volviéndose a Jia Zhen con una sonrisa—. Manda hacer uno para mañana mismo. Que no sea muy vistoso, y que lo cuelguen de una pértiga de bambú sujeta a la copa de un árbol.

Jia Zhen manifestó su acuerdo con la sugerencia de su tío, y luego opinó:

—Otras aves estarían de más en un sitio como éste, pero unos cuantos gansos, patos, gallinas y otras aves de corral no quedarían mal…

La propuesta recibió el beneplácito general. Jia Zheng anotó:

—Aldea de la Flor de Albaricoque es un nombre apropiado, pero ya ha sido utilizado. Tendríamos que encontrar otro más original.

—Cierto —respondieron los demás—. Hay qué encentrar otra cosa.

Sin darles tiempo a pensar, y sin esperar una señal de su padre, Baoyu exclamó:

—Hay un viejo poema que contiene el verso «Sobre albaricoqueros en flor, un letrero de taberna cuelga». ¿Por qué no llamarlo Taberna del Albaricoque a la Vista?

—La idea de aproximación que da ese «a la Vista» es soberbia —exclamaron—, y también sugiere la de Aldea de la Flor de Albaricoque.

—Bah, sería un nombre demasiado vulgar —sonrió Baoyu con desdén—. Un viejo poeta escribió: «La puerta de mimbre conduce a un arroyo fragante de flores de arroz». ¿Qué tal Aldea de la Fragancia del Arroz?

Los secretarios volvieron a subrayar con aplausos su aprobación, pero Jia Zheng los calló con un gesto severo.

—¡Mocoso ignorante! —dijo a Baoyu—. ¿A cuántos autores has leído y cuántos viejos poemas has memorizado para atreverte a hacer semejantes alardes ante tus mayores? Estoy soportando tus tonterías sólo para ponerte a prueba; no vayas a pensar que apruebo tus estupideces.

Dicho lo cual condujo al grupo al interior de una de las cabañas. Era un lugar sin ostentación, con ventanas de papel y asientos de madera. Secretamente complacido, miró a su hijo y le preguntó:

—Bien, ¿qué opinas de este lugar?

Los secretarios le daban a Baoyu discretos codazos para que expresara su aprobación, pero éste, ignorándolos, contestó:

—No se puede comparar con Donde se Posa el Fénix.

—¡Zopenco! —suspiró Jia Zheng—. Tu única preocupación son los pabellones rojos y las vigas decoradas. ¿Cómo puede un gusto perverso como el tuyo apreciar la belleza natural de un refugio tan sereno? He aquí las consecuencias de descuidar los estudios.

—Sin duda tiene usted razón, señor —añadió inmediatamente Baoyu—, pero me pregunto qué querían decir los antiguos cuando afirmaban de algo que era «natural».

Temerosos de que la terquedad del muchacho los pusiera a ellos en apuros, los secretarios intervinieron inmediatamente:

—Si tan claramente comprende tantas cosas, ¿qué dificultad entraña para usted, joven señor, la expresión «natural»? Es obvio que su sentido procede de «naturaleza», es decir, aquello en lo que no interviene el esfuerzo humano.

—Pues por eso mismo no lo entiendo, caballeros —objetó Baoyu—. He aquí una granja cuya presencia en este lugar es evidentemente un artificio. Este paraje se encuentra alejado de cualquier aldea, sin campos cercanos, sin cordillera a sus espaldas, regado por un arroyo huérfano de manantial; sobre él no planea la pagoda de algún templo medio escondido; a sus pies no hay ni la sombra de un puente que conduzca a un mercado; aislado como está, este paraje no tiene punto de comparación con los demás del jardín. Cuando los antiguos hablaban de un «cuadro natural» querían decir precisamente que cuando uno elige un lugar inadecuado para erigir colinas, el resultado siempre tiende a desentonar. Y no importa cuánta habilidad se haya puesto en el empeño.

—¡Fuera de aquí! —tronó Jia Zheng.

Pero cuando Baoyu se disponía a retirarse, su padre cambió de opinión:

—¡Espera! ¡Vuelve! Compón otro pareado, y si no resulta bueno te abofetearé por las dos cosas.

Y Baoyu recitó:

La crecida primaveral hace más verde el lugar donde se enría el cáñamo.

Nubes fragantes envuelven a los que cortan las ramas del laurel.

—¡Mal, mal, cada vez peor! —gruñó Jia Zheng meneando la cabeza mientras conducía al grupo fuera del lugar.

Desde allí el sendero bordeaba una ladera, cruzaba entre flores y sauces, rocas y manantiales, un emparrado de rosas amarillas, una glorieta de rosas blancas, un pabellón rodeado de peonías, un prado, un patio de rosas trepadoras y una orilla sembrada de plátanos. Súbitamente oyeron el murmullo de una fuente brotando de una caverna cuya entrada estaba cubierta de enredaderas. El lugar era delicioso, y así lo confirmaron todos. Jia Zheng pidió a la compañía que sugiriese una nueva inscripción.

—Nada más acorde con la belleza de este sitio que Fuente de Wuling [8] —dijo uno.

—Demasiado común —objetó Jia Zheng—. Además, ese nombre es también el de un paraje que existe en la realidad.

—Entonces, ¿por qué no Refugio del Hombre de Qin?

—Menos aún —intervino Baoyu—. ¿Cómo vamos a utilizar algo que implique una huida ante las tribulaciones? Sugiero Playa de Hierbas y Puerto Florido.

—Eso tiene menos sentido todavía —dijo Jia Zheng con tono de burla—. ¿Dónde están las barcas?

—Vamos a poner cuatro barcas para recoger lotos —confirmó Jia Zhen—, pero todavía no las han terminado.

—Lástima que no podamos cruzar —se lamentó Jia Zheng.

—Podemos dar un rodeo por el sendero que cruza las colinas —dijo Jia Zhen echando a andar a la cabeza del grupo.

Agarrándose a enredaderas y mientras ascendían, los demás lo siguieron. Con la altura fueron divisando flores muertas sobre la corriente, ahora más cristalina que nunca, que se precipitaba por un sinuoso curso flanqueado por sauces llorones y albaricoqueros ocultando el sol. En el aire no había ni una partícula de polvo. Entonces divisaron un puente arqueado de madera con barandillas rojas, tendido bajo la sombra de los sauces. Lo cruzaron, y al otro lado se encontraron ante varios senderos. Pero su atención quedó fijada en un airoso recinto de ladrillos pulidos y tejas impecables que, con su muro ornamental, ocupaba una de las laderas pequeñas de la colina principal.

—Esa edificación se ve aquí muy fuera de lugar —comentó Jia Zheng.

Pero al cruzar el umbral tropezó con unas rocas trabajadas por los elementos, altas y de todas las formas imaginables, que ocultaban la construcción que había visto un momento antes. En lugar de árboles y flores se encontró ahora con una profusión de extrañas plantas trepadoras y rastreras que atigraban las montañas artificiales, crecían entre las rocas, colgaban de los aleros, abrazaban las columnas y alfombraban los escalones. Algunas parecían flotar como cinturones verdes o bandas doradas; otras estaban cargadas de bayas rojas como el cinabrio, o de flores como el osmanto dorado, cuyo aroma penetrante nada tenía que ver con el de las flores ordinarias.

—¡Encantador! —exclamó Jia Zheng—. ¿Qué plantas son éstas?

—Higueras trepadoras y glicinias —le informó alguien.

—¿Y es suya esta extraña fragancia?

—No, no es suya —intervino Baoyu—. En este lugar hay higueras trepadoras y glicinias, ciertamente, pero el aroma procede de las serpentarias. Me parece que aquello es una cineraria, y aquello es malva y regaliz. Esa planta carmín es una ruda, y aquella verde una angélica. Muchas de estas plantas raras aparecen en el «Lisao» y en el Wen Xuan [9] . Son plantas con nombres como Huona Jiangqian, Lunzu Zijiang, Shifan, Shuisong y Fuliu, Lüyi, Danjiao, Miwu, Fenglian… Pero después de tantos siglos los estudiosos no pueden identificarlas, ya que tienen otros nombres…

—¿Quién ha pedido tu opinión? —atajó su padre.

Baoyu retrocedió nervioso y no dijo una palabra más.

A ambos lados del patio había senderos techados a través de uno de los cuales condujo Jia Zheng al grupo hasta una fresca galería dividida en cinco secciones, con terrazas igualmente techadas en los cuatro costados, ventanas pintadas de verde y paredes decoradas con mayor elegancia que todo lo que habían visto hasta ese momento.

—Aquí se podría beber té y tocar la cítara sin necesidad de quemar inciensos exóticos —dijo Jia Zheng con un suspiro—. Éste es un lugar inesperado. Necesitaremos una inscripción que le haga justicia, caballeros.

—¿Viento en las Orquídeas y Rocío sobre las Angélicas? —se aventuró uno.

—Supongo que no tenemos otra alternativa. ¿Y el pareado?

—Tengo uno —intervino otro—. Pero los demás deben corregirlo.

Y recitó:

Al atardecer, la fragancia de las orquídeas envuelve el patio.

A la luz de la luna, el aroma de los lirios flota sobre la isla.

—Muy bien —opinaron los demás—. Lo único que parece inapropiado es el atardecer.

El autor, en defensa de su atardecer, citó un antiguo poema que contenía el verso «Lloran en el crepúsculo los lirios del patio».

—Demasiado triste, demasiado triste.

Otro intervino:

—Señores, someto este otro pareado a su consideración.

Y recitó:

La brisa lleva por los tres senderos [10] la fragancia de las angélicas.

La luna ilumina en todo el patio el dorado de las orquídeas.

Dándose tironcitos de la barba, meditabundo, Jia Zheng parecía estar a punto de proponer él mismo un pareado cuando, al levantar la vista, vio a Baoyu, que ya no se atrevía a decir una palabra.

—¿Y? —le dijo con dureza—. Cuando te toca hablar, permaneces callado. ¿Acaso esperas que imploremos tus enseñanzas?

—Aquí no hay orquídeas ni luna, ni tampoco islas —contestó Baoyu—. Si lo que buscamos son pareados de ese tipo podríamos componer más de doscientos sin problema.

—¿Y quién te obliga a utilizar esas palabras?

—Pues entonces sugiero Puro Aroma de las Alpinias. Y el pareado:

La musa sigue siendo poderosa después de haber escrito bellos versos.

Perfumados serán los sueños si se duermen profundamente bajo los emparrados.

Jia Zheng se echó a reír.

—Eso lo has copiado del verso «Las letras siguen siendo verdes después de haber descrito las hojas del plátano». Es un plagio.

—Plagiar no es malo, siempre que se haga bien —replicaron los demás—. Hasta Li Bai plagió «El pabellón de la Grulla Amarilla» [11] para componer su «Torre del Fénix». Considerando cuidadosamente el pareado propuesto por su hijo, señor, descubrirá en él más vivacidad y poesía que en el original. Incluso parece que el otro pareado fuera un plagio del compuesto por el joven señor.

—¡Pamplinas! —dijo Jia Zheng sin poder evitar una sonrisa.

Dicho lo cual continuaron el paseo hasta llegar a unos altos pabellones rodeados por magníficos edificios conectados entre sí por serpenteantes pasajes. Verdes pinos rozaban los aleros, balaustradas blancas flanqueaban las escalinatas, las figuras de animales relumbraban como el oro y las cabezas de dragones fulguraban con mil colores.

—Éste debe ser el enclave principal —comentó Jia Zheng—. Su único defecto es el exceso de lujo.

—Eso es inevitable —razonó la compañía—. Aunque a Su Alteza le complace la frugalidad, este esplendor es el que corresponde a su elevado rango actual.

Ya estaban bajo un arco de mármol finamente tallado con dragones rampantes y serpientes enroscadas.

—¿Qué inscribiremos aquí? —preguntó Jia Zheng.

—¿Paraíso de Penglai [12] ?

Jia Zheng sacudió la cabeza sin contestar.

Baoyu, por su parte, se sentía extrañamente conmovido ante la visión de aquel paraje, como si ya lo hubiera visto antes. Cuando le fue reclamada una inscripción para el lugar, la desazón le impidió abandonar sus pensamientos. Ignorantes del estado de ánimo del muchacho, los demás supusieron que su ingenio se agotaba y que se encontraba fatigado por el largo paseo, y temerosos de que una excesiva presión tuviera consecuencias desastrosas pidieron a su padre que le concediera un día de plazo.

Jia Zheng, consciente de que la tardanza del muchacho podía tener preocupada a su abuela, le dijo con una sonrisa irónica:

—¡Así que también a ti te faltan a veces las palabras, bribón! Pues bien, te concedo hasta mañana. Pero cuídate como no hayas encontrado para entonces una inscripción. Éste es el lugar más importante del jardín, de modo que esmérate.

Continuaron con la ronda de inspección, y un poco más allá apareció un sirviente anunciando la llegada de un recado de Yucun.

—No tenemos tiempo de ver los demás lugares —dijo Jia Zheng—, pero saliendo por el otro lado nos haremos al menos una idea general.

Dicho lo cual condujo al grupo hasta un gran puente que cruzaba los vítreos cortinajes de una cascada. Este puente era la compuerta por la que entraba el agua desde el exterior. Jia Zheng pidió que se le diera un nombre.

—Ya que ésta es la fuente del Río de la Fragancia que Rezuma, podríamos llamar a este lugar Compuerta de la Fragancia que Rezuma —sugirió Baoyu.

—¡Tonterías! —dijo su padre—. Nada de «Fragancia que Rezuma».

Y así fueron pasando por serenos refugios y cabañas techadas con paja, muros de piedra y pérgolas floridas, un templo retirado entre colinas y un convento medio oculto por la fronda, largos corredores techados, grutas serpenteantes, pabellones cuadrados y quioscos redondos, sin entrar en ninguno de estos lugares. El paseo se había alargado tanto que empezaron a dolerles los pies y se sintieron cansados. Llegaron a un pabellón y Jia Zheng dijo:

—Descansemos aquí un poco.

Pasaron entre melocotoneros en flor y cruzaron un portón en forma de luna, hecho de bambú, por el que trepaban enredaderas en flor. Allí encontraron unas paredes blanqueadas y verdes sauces. A lo largo de las paredes corrían cobertizos, y el roquedal del centro del patio tenía a un lado plátanos y al otro un manzano silvestre con flores de abundantes pétalos rojos, ramas dispuestas en forma de sombrilla, lánguidos zarcillos verdes y pétalos rojos como el cinabrio.

—¡Qué maravilla de flores! —exclamaron—. Nunca las hemos visto tan espléndidas.

—Ésta es una variedad extranjera llamada Manzana Doncella —les dijo Jia Zheng señalando una—. Según la tradición, procede del País de las Doncellas [13] , donde florece con profusión. Pero no pasa de ser una conseja de viejas.

—Y si es así, ¿cómo llegó hasta nosotros el nombre? —preguntaron.

—Es probable que el nombre «doncella» haya sido puesto por algún poeta —observó Baoyu—, pues esta flor tiene el rojo de las mejillas coloreadas y la fragilidad de una muchacha enfermiza. Luego, seguramente, algún bruto inventó esa historia y los ignorantes, con el tiempo, acabaron dándole crédito.

—Explicación plausible —acotaron los demás.

Tomaron asiento sobre unos bancos del corredor, donde Jia Zheng pidió otra inscripción.

—Plátanos y Cigüeñas —sugirió uno.

—Esplendor Poderoso y Tembloroso Fulgor —dijo otro.

Jia Zheng y los demás aprobaron las sugerencias; también lo hizo Baoyu que, sin embargo, objetó:

—Pero sería una lástima…

—¿El qué? —preguntaron a coro.

—El plátano y las manzanas silvestres sugieren el rojo y el verde. Sería una lástima referirse a uno y no al otro.

—¿Qué sugieres entonces? —le preguntó su padre.

—Algo como Fragancia Roja y Jade Verde señalaría el encanto de ambos, me parece.

—¡Demasiado flojo! —opinó Jia Zheng sacudiendo la cabeza.

Dicho lo cual, se dirigió seguido del grupo hacia el edificio, que tenía una disposición extraña, sin divisiones claras entre los diversos cuartos. Sólo había tabiques formados por estantes de libros, trípodes de bronce, materiales de escritura, floreros con dibujos de jardines en miniatura, unos redondos, otros cuadrados, otros con forma de girasol, hojas de plátano o intersecciones de arcos. Tenían bellísimos relieves con motivos tales como «las nubes y los cien murciélagos [14] » o «los tres compañeros del invierno» —pino, ciruelo y bambú—, así como paisajes y figuras, pájaros y flores, volutas, imitaciones de objetos curiosos y símbolos de buena fortuna y longevidad, todos ellos realizados por los mejores maestros, con colores brillantes e incrustaciones de oro y piedras preciosas. El efecto era espléndido; la calidad del trabajo, exquisita. Aquí una franja de gasa multicolor cubría una pequeña ventana, allá una espléndida cortina escondía una puerta. También había en las paredes hornacinas para las antigüedades, liras, espadas, jarrones y otros adornos, que colgaban sin sujeción aparente. La perplejidad y la admiración del grupo por el trabajo de los artesanos no tuvieron límite.

Cruzaron dos tabiques. Y se extraviaron.

A su izquierda vieron dos puertas, y una ventana a su derecha; pero cuando quisieron avanzar, el pasadizo estaba bloqueado por una estantería de libros. Volviéndose, vieron el camino a través de otra ventana, pero al llegar a la puerta se tropezaron con un grupo idéntico al suyo, una inversión de su propia imagen; en realidad estaban contemplando un gran espejo. Lo sortearon y franquearon nuevos umbrales.

—Por aquí, señor —indicó Jia Zhen con una sonrisa—. Permítame llevarlo de vuelta al patio trasero por un atajo.

Les hizo pasar frente a dos biombos de gasa hasta un patio emparrado de rosas. Al pasar junto a la cerca, Baoyu vio ante él un arroyo. Todos exclamaron atónitos:

—¿De dónde viene el agua?

Por toda respuesta, Jia Zhen señaló un punto lejano.

—Llega desde aquella compuerta que vimos en la hondonada —dijo—, luego pasa del valle del nordeste a la pequeña granja, donde una parte del caudal es desviada hacia el sudoeste. Allí se unen ambas corrientes y salen por debajo del muro.

—¡Maravilloso!

Entonces apareció frente a ellos otra colina, y perdieron por completo el sentido de la orientación.

Pero el risueño Jia Zhen les pidió que lo siguieran, y apenas hubieron bordeado la falda de la colina se encontraron sobre un sendero liso, no muy alejado de la entrada principal.

—¡Qué divertido! —exclamaron—. ¡Realmente ingenioso!

Y salieron del jardín.

Baoyu estaba deseando volver con las muchachas, pero al no haber obtenido un gesto de su padre en ese sentido tuvo que seguir sus pasos hasta el gabinete de estudio. De pronto Jia Zheng se acordó de su presencia.

—¿Qué haces aquí todavía? —tronó—. ¿Todavía no has vagabundeado bastante? La Anciana Dama debe estar preocupada. Desperdicia su amor contigo. Anda, lárgate rápido.

Y por fin Baoyu pudo retirarse.

* En su origen, este capítulo y el siguiente estaban unidos con el título: «En el jardín de la Vista Sublime, la composición de inscripciones pone a prueba el talento. / Durante la fiesta de los Faroles, Yuanchun visita a sus parientes». Más tarde fueron divididos en dos para facilitar la lectura o mantener el equilibrio con el resto de los capítulos.

En algunas versiones aparecen, encabezando estos dos capítulos, los versos siguientes:

El lujo provoca envidia,

pero duele la separación.

Aunque ganó fama vacía,

quién conoce su aflicción.

Capítulo XVIII

Durante la fiesta de los Faroles,

Yuanchun visita a sus padres.

Daiyu ayuda a su verdadero amor

pasándole un poema.

En cuánto pudo salir del gabinete de estudio, Baoyu echó a correr atravesando el patio, pero los pajes de su padre se abalanzaron sobre él reteniéndolo por la cintura.

—Suerte ha tenido de que el señor estuviese hoy de buen humor —le dijeron—. La Anciana Dama envió varias veces a preguntar cómo iban las cosas. Debería agradecernos que le hayamos dicho que su padre estaba muy orgulloso de usted; si no lo hubiéramos hecho, ella habría requerido su presencia inmediatamente y usted no habría tenido oportunidad de desplegar su talento. Todos han dicho que sus poemas fueron los mejores. Hoy es su día de suerte, así que nos merecemos una recompensa.

—Habrá una sarta de monedas para cada uno —prometió.

—¿A quién le impresiona una sarta de monedas? —exclamó uno—. Regálenos su bolsa.

Y sin decir «con el permiso de usted» lo despojaron de su bolsa perfumada, su estuche de abanico y otros adornos que llevaba colgando del cinturón.

—¡Ahora lo acompañaremos de regreso! —gritaron.

Uno de los pajes se lo echó a las espaldas y los demás, en tropel, sirvieron de escolta. Así llegaron a los patios exteriores del recinto de la Anciana Dama.

Como, en efecto, la anciana había enviado varias veces a preguntar cómo le iba a su nieto en el paseo por el jardín, su entrada le complació mucho; el muchacho volvía fortalecido por la experiencia.

Al ofrecerle el té, Xiren notó que no le quedaba ni uno de los colgantes de su cinturón.

—Así que esos truhanes lo han vuelto a desplumar… —comentó con una sonrisa.

Daiyu se acercó a comprobar la observación de Xiren. Y por cierto, a Baoyu no le quedaba nada.

—¡Y también les has dado la bolsa que te regalé! —exclamó—. ¡Puedes estar seguro de que no volverás a recibir otra cosa de mis manos!

Dicho lo cual regresó airada a su cuarto, cogió unas tijeras y, furiosa, se puso a cortar en tiras una bolsita de polvo perfumado que Baoyu le había pedido que confeccionase para él.

Al verla tan furiosa, Baoyu comprendió que algo andaba mal y corrió tras ella. Demasiado tarde. A pesar de que la bolsita no estaba aún terminada, el finísimo bordado que lucía era un fiel testimonio del trabajo de la muchacha; por eso a Baoyu le molestó verlo destruido sin motivo alguno. Abriéndose el cuello del vestido extrajo una bolsita que llevaba colgando de su túnica roja.

—¿Y esto qué es? —preguntó, mostrándosela a Daiyu—. ¿Cuándo le he dado yo algo tuyo a otra persona?

Cuando Daiyu comprendió que él apreciaba tanto su regalo que lo mantenía a buen recaudo, se arrepintió de su precipitación y agachó la cabeza sin decir nada.

—¡No tenías por qué haberlo hecho trizas! —le reprochó Baoyu—. Puesto que ahora sé que no te gusta darme nada, ahí tienes también esto.

Y le lanzó la bolsa sobre el regazo.

Ahogándose de rabia, Daiyu se echó a llorar. Tomó la bolsita y blandió las tijeras con la intención de reducirla también a tiras, pero Baoyu, que ya se había dado la vuelta para irse, se abalanzó sobre ella diciéndole:

—¡No, prima, primita, no hagas lo mismo con ésta!

Ella dejó las tijeras para enjugarse las lágrimas y le dijo:

—¿Por qué te comportas así conmigo, amable un momento y cruel al siguiente? Déjame en paz. No puedes tratarme de esta manera.

Y se echó llorando sobre su cama, con el rostro vuelto hada la pared, tratando de secar sus ojos anegados. Pero no podía resistir las disculpas de Baoyu, que la llamaba una y otra vez «prima, primita, primita mía».

Mientras tanto, la Anciana Dama había estado preguntando por el paradero de Baoyu, y al enterarse de que estaba con Daiyu dijo:

—Bien. Que se diviertan juntos un rato. Después de haber pasado tanto tiempo bajo la mirada vigilante de su padre necesita un poco de tranquilidad. Pero cuidad que no riñan. No debéis excitarlo.

Como no podía librarse de Baoyu, Daiyu se incorporó.

—Ya que te niegas a dejarme tranquila, me voy —declaró.

Cuando se disponía a salir, él le dijo sonriente:

—A donde vayas, iré contigo. —Y mientras hablaba se colgó la bolsita de nuevo.

Daiyu intentó quitárselo de encima refunfuñando.

—Primero dices que no la quieres, y ahora te la vuelves a guardar. Me avergüenzas —dijo con una risita.

—Primita, hazme otra bolsa mañana.

—Ya veremos.

Desde allí fueron juntos a los aposentos de la dama Wang, donde se encontraron con Baochai. Hacía un momento que habían llegado las doce jóvenes actrices que Jia Qiang había traído de Suzhou, los instructores que había contratado y el vestuario de las óperas que iban a ser representadas. Todo producía la impresión de una excitación generalizada.

La tía Xue se había mudado a unos aposentos tranquilos y retirados en la parte nordeste de la finca, y el patio de los Perales Fragantes había sido acondicionado para los ensayos. El cuidado de las pequeñas actrices se había encargado a algunas sirvientas de la familia que en otro tiempo habían sido adiestradas para cantar ópera, y que ahora eran venerables matronas; Jia Qiang fue encargado de sus gastos diarios y de proveerlas de cualquier cosa que pudiesen necesitar.

En ese preciso momento llegó la esposa de Lin Zhixiao.

—Ya han llegado las veinticuatro monjitas, doce budistas y doce taoístas, que he traído, y sus veinticuatro hábitos nuevos ya están listos. Viene también esa chica que ha tomado los hábitos sin afeitarse la cabeza; procede de una familia de letrados y funcionarios de Suzhou. De niña tuvo una salud muy delicada y de nada sirvió comprarle novicias que la sustituyeran [1] : su salud no mejoró hasta que ella misma ingresó en la orden budista y se convirtió en hermana laica. Este año cumple los dieciocho y ha tomado los votos con el nombre de Miaoyu. Sus padres han muerto y sólo tiene dos viejas amas y una sirvienta que cuidan de ella. Es muy leída y versada en sutras, y además muy bonita. El año pasado vino a la capital, enterada de que aquí había reliquias de Guanyin [2] y cánones escritos en hojas de pattra. Ha estado viviendo en el convento de Sakyamuni, al otro lado de la puerta del oeste. Su tutora fue una excelente adivina que murió el invierno pasado. Miaoyu quiso acompañar el ataúd hasta su provincia natal, pero en su lecho de muerte su tutora pidió a la chica que no volviese a casa y que permaneciera donde estaba, aguardando algo que le había deparado la fortuna. Y así lo hizo la muchacha.

—¿Y por qué no le pedimos que venga aquí? —preguntó la dama Wang.

—No aceptaría —objetó la esposa de Lin Zhixiao—. Temería ser mirada por encima del hombro por una noble familia como ésta.

—Una joven que procede de familia de funcionarios es, naturalmente, orgullosa —asintió la dama Wang—. ¿Y si le enviamos una invitación por escrito?

La esposa de Lin Zhixiao manifestó su acuerdo y partió. A uno de los secretarios se le ordenó que redactara una invitación, y al día siguiente partieron un carruaje y una silla de manos con criados para traer a Miaoyu. Pero dejemos para más tarde lo que ocurrió con este asunto.

Llegó un criado a pedirle a Xifeng que abriese el almacén y autorizase la salida de la seda que necesitaban los artesanos que estaban confeccionando los biombos. Otro le pidió que guardase los utensilios de oro y plata. Mientras tanto, la dama Wang y sus doncellas atendían también sus ocupaciones.

En medio de aquel trajín, Baochai sugirió:

—No nos quedemos aquí, donde lo único que hacemos es molestar. Vayamos en busca de Tanchun.

Y condujo a Baoyu y Daiyu a los aposentos de Yingchun y las demás muchachas para dejar pasar el tiempo.

La dama Wang y sus ayudantes habían pasado días de agitadísimos preparativos, hasta que, hacia el final del décimo mes, todo estuvo preparado. Los mayordomos ya habían entregado sus cuentas, y también habían sido dispuestos los objetos preciosos y las antigüedades; los parques estaban poblados de grullas, pavos reales, venados, conejos, pollos y gansos que serían criados en los sitios convenientes. Jia Qiang ya tenía listas veinte óperas, y las pequeñas monjas budistas y taoístas habían memorizado diversos conjuros y pequeños sutras.

Jia Zheng, que ya estaba más tranquilo, invitó a la Anciana Dama a una inspección final del jardín para cuidar de que todo estuviese en orden y nada cayera en el olvido. Se eligió una fecha propicia y redactó un memorial al cual el Hijo del Cielo [3] tuvo acceso el mismo día de su presentación. La concubina imperial sería autorizada a visitar a sus padres durante la fiesta de los Faroles, el día quince del primer mes del año siguiente [4] . La noticia causó tal conmoción en toda la casa que las tareas diurnas y nocturnas casi les impidieron celebrar el Año Nuevo.

La fiesta de los Faroles ya estaba a la vuelta de la esquina. El día ocho del primer mes del año llegaron de palacio unos eunucos para realizar una inspección general del jardín y de los aposentos donde se mudaría de ropa la concubina imperial, se sentaría con su familia, recibiría su homenaje, atendería a sus parientes y se retiraría a reposar. Los eunucos encargados de la seguridad apostaron a otros más jóvenes como guardias frente a las entradas de biombos y cortinas que conducían a los cuartos privados. Los miembros de la servidumbre de la casa recibieron instrucciones detalladas acerca de dónde retirarse, dónde hincarse de rodillas, servir la comida o traer recados: todos los requisitos del protocolo debían ser observados con exactitud. Los funcionarios de la Junta de Obras y el jefe de la guardia metropolitana hicieron barrer las calles y las despejaron de vagabundos. Jia She supervisó el trabajo de los artesanos que hacían lámparas ornamentales y preparaban los fuegos artificiales. El día catorce todo estuvo listo, pero aquella noche nadie, humilde o encumbrado, pudo conciliar el sueño.

Al día siguiente, antes del alba, todos los que tenían rango oficial, de la Anciana Dama para abajo, se enfundaron el traje ceremonial completo. Por todo el jardín se veían colgaduras y biombos brillantemente bordados con dragones danzantes y fénix voladores; el oro y la plata relumbraban, trémulas vibraban las perlas y piedras preciosas; un incienso de lirio ardía en los trípodes de bronce, y los jarrones rebosaban de flores frescas. Ni una tos interrumpía el solemne silencio.

Jia She y el resto de hombres esperaron fuera, en la entrada de la calle oeste, y la Anciana Dama y las mujeres hicieron lo propio frente al portón principal delantero. Los extremos de la calle y los pasajes que conducían al portón principal habían sido cegados con biombos.

Ya empezaba a fatigarles la espera cuando llegó un eunuco cabalgando sobre un enorme caballo. La Anciana Dama le hizo pasar y le pidió noticias.

—Todavía tardará un buen rato —informó el eunuco—. Su Alteza almorzará a la una; a las dos y media rezará ante el buda del palacio del Espíritu Precioso; a las cinco acudirá al banquete del palacio del Gran Esplendor y presenciará la exhibición de faroles antes de solicitar el permiso del emperador para venir. Le será difícil salir antes de las siete.

Ante la perspectiva, Xifeng sugirió a la Anciana Dama y a la dama Wang que entraran a descansar y volvieran más tarde.

La anciana y las demás se retiraron mientras Xifeng, que había quedado encargada de todo, ordenaba a los mayordomos que condujeran a los eunucos donde pudieran tomar un refrigerio. Luego hizo traer velas para los faroles. Cuando estuvieron encendidos se escuchó en la calle un estrépito de cascos, y al momento vieron aparecer jadeando a diez o más eunucos que iban batiendo palmas mientras corrían. Al observar aquella señal, los otros eunucos exclamaron:

—¡Llega Su Alteza!

Todos ocuparon inmediatamente sus puestos: Jia She y los jóvenes de la familia, en la entrada de la calle oeste; la Anciana Dama con las mujeres frente al portón principal, todos en silencio durante un largo rato.

Entonces, parsimoniosamente, se acercaron hasta la entrada de la calle oeste dos eunucos uniformados de escarlata. Desmontaron de los caballos, los situaron detrás de los biombos y, dirigiendo sus rostros hacia el este, aguardaron impávidos. Un momento después aparecieron otros dos, luego otros y otros, hasta que hubo diez pares de eunucos alineados. En la lejanía empezó a oírse una música suave.

Se aproximaba un largo cortejo. Varios pares de eunucos portaban banderolas con dragones; otros, abanicos de fénix, plumas de faisán o insignias ceremoniales, así como turíbulos de oro en donde ardía el incienso imperial. Después hizo su aparición una sombrilla amarilla [5] de mango curvo sobre la que iban bordados siete fénix; a su sombra avanzaban un tocado, una manta, una faja y unas chinelas. Luego venían más eunucos portando un rosario, pañuelos bordados, una palangana, espantamoscas y otros utensilios similares.

Por fin, lentamente porteado por ocho eunucos, avanzó un palanquín con palio de oro y figuras de fénix bordadas.

Todos los reunidos, incluida la Anciana Dama, cayeron de rodillas junto al camino. Los eunucos se apresuraron a levantar a la anciana y a las damas Xing y Wang.

El palanquín cruzó el portón principal y llegó hasta la entrada del patio oriental, donde un eunuco provisto de un espantamoscas se arrodilló e invitó a la concubina imperial a apearse y cambiarse de ropa. Luego el palanquín fue llevado adentro y los eunucos se retiraron. Yuanchun se apeó, ayudada por sus damas de compañía.

Observó que los patios estaban iluminadísimos con faroles ornamentales de todo tipo, exquisitamente confeccionados con las más finas gasas. El más alto, un farol rectangular, lucía la inscripción: «Grávida de Favor, Cálida de Amabilidad».

Yuanchun entró en uno de los cuartos y se cambió de ropa; luego volvió a subir al palanquín y la llevaron hasta el jardín. El perfumado humo del incienso adensaba el aire, las flores estaban espléndidas, fulguraba una miríada de faroles y se escuchaban suaves acordes musicales. Faltan palabras para describir aquella escena de serena magnificencia y noble refinamiento.

Llegados a este punto, amables lectores, recuerdo la desolación del pie del Pico de la Cresta Azul, en la Montaña de la Inmensa Soledad, y no puedo sino agradecer al bonzo tiñoso y al taoísta cojo que me hayan traído a este lugar. ¿Pues de qué otro modo habría tenido acceso a semejante visión? Incluso estuve tentado de rendirle homenaje a la familia escribiendo un poema o un panegírico para un farol, pero me contuve, temeroso de caer en la vulgaridad de otros libros. Por otra parte, una oda o un panegírico habrían hecho escasa justicia al encanto de la escena. Además, no escribiéndolos dejo a mis dignos lectores libertad para que imaginen por sí mismos tanto esplendor. Más me vale, en definitiva, ahorrar tiempo y papel, dejar ya esta digresión y retornar a nuestra historia.

Al contemplar desde su palanquín el deslumbrante espectáculo de dentro y fuera del jardín, la concubina imperial suspiró y dijo:

—¡Esto es excesivamente suntuoso!

Un eunuco que llevaba un espantamoscas se le acercó y le rogó que subiera a una barca. Al apearse del palanquín vio un límpido riachuelo cuyos meandros le daban un aire de dragón nadando. Faroles de cristal o vidrio con mil formas proyectaban una luz plateada, clara como la nieve, desde las balaustradas de mármol de las orillas. En lo alto, las ramas invernales de los sauces y los albaricoqueros estaban festoneadas con flores y hojas artificiales hechas de seda y papel de arroz, y de cada árbol colgaban nuevos faroles. Igualmente adorables eran las flores de loto, las lentejas de agua y las aves acuáticas confeccionadas con plumas y conchas que flotaban sobre el lago. A la orilla del lago y en sus profundidades, los faroles parecían competir en la entrega de su luz. ¡Era en verdad un mundo de cristal y piedras preciosas! También las barcas eran espléndidas, con sus faroles, sus exóticos jardines en miniatura, sus antepuertas de perlas, sus cortinas bordadas, sus timones de cañafístula y sus remos de madera aromática. No necesitamos describirlos con mayor detalle.

Entretanto, habían llegado a un embarcadero de mármol. La inscripción del farol que lo coronaba decía así: «Playa de Hierbas y Puerto Florido».

En relación a este nombre, dignos lectores, y a otros como «Donde se Posa el Fénix», recordarán que ya los vimos en el capítulo anterior cuando Jia Zheng puso a prueba el talento literario de Baoyu. Quizá se extrañen de encontrarlos ahora figurando ya como inscripciones. Después de todo, los Jia eran una familia instruida cuyos amigos y protegidos eran gente dotada; más aún, no les hubiera sido difícil encontrar autores de renombre que compusieran las inscripciones. Entonces, ¿por qué acudir a frases pergeñadas por un muchacho? ¿Eran acaso como esos nuevos ricos que dilapidan el dinero como si fuese polvo, y que después de pintar su mansión de carmesí levantan inmensas inscripciones del tipo «Sauces Verdes y Cerraduras Doradas Frente al Portón», «Colinas Azules como Biombos Bordados detrás de la Casa», y encima las consideran el colmo de la elegancia? ¿Es ése el estilo de la familia Jia que aparece en estas Memorias de una roca? ¿Nos encontramos ante un contrasentido? Permitan, permitan que yo mismo, aun en mi estupidez, les explique la situación.

Antes de ingresar en palacio, la concubina imperial había sido criada por la Anciana Dama desde su más tierna infancia. Tras el nacimiento de Baoyu, Yuanchun se convirtió en su hermana mayor y él en su hermano menor; el hecho de que su madre tuviera ya una cierta edad cuando lo trajo al mundo, había hecho que lo amara más que a sus otros hermanos y que le prodigara todo tipo de cuidados. Los dos hermanos permanecieron junto a su abuela y fueron inseparables. Incluso antes de que Baoyu empezara a asistir a la escuela, cuando apenas tenía cuatro años, Yuanchun le enseñó a recitar varios textos y a reconocer varios miles de caracteres. Más parecía una madre que una hermana mayor. Ya en palacio, escribía repetidas cartas a sus padres pidiéndoles que lo educaran bien, pues sin una estricta disciplina nunca llegaría a ser nada en la vida; ahora bien —insistía— si lo trataban duramente también podría llegar a ser fuente de inquietudes. Nunca había dejado de preocuparse amorosamente por él.

Por otra parte, antes de la experiencia del jardín Jia Zheng nunca había prestado oídos al preceptor de Baoyu cuando le decía que su hijo tenía dotes literarias, pero cuando el jardín estuvo listo para la inspección final exigió al muchacho, con el fin de ponerlo a prueba, inscripciones adecuadas. A pesar de que los esfuerzos infantiles de Baoyu distaban mucho de ser inspirados, eran al menos aceptables. La familia no habría tenido dificultades para conseguir la ayuda de famosos hombres de letras, pero les pareció que los nombres elegidos por un miembro de la familia tendrían un interés especial; además, cuando la concubina imperial supiera que eran obra de su adorado hermano menor, sentiría sin duda que sus expectativas no habían sido defraudadas. Por todo ello, fueron adoptadas las inscripciones de Baoyu. No todas habían sido determinadas el día del paseo; algunas las presentó más tarde. Pero dejemos ya este asunto.

Cuando la concubina imperial vio la inscripción «Playa de Hierbas y Puerto Florido» comentó con una sonrisa:

—«Puerto Florido» es suficiente. ¿Por qué también «Playa de Hierbas»?

Apenas el eunuco hubo oído la observación de Yuanchun desembarcó con presteza y corrió a informar a Jia Zheng del comentario de la concubina. Jia Zheng ordenó que se modificara inmediatamente la inscripción.

El bote de la concubina imperial ya había alcanzado la otra orilla, y ella volvió a subir a su palanquín. Ahora, ante ella se extendía el bello salón de un recinto imponente. El arco de acceso lucía la inscripción «Espejo Precioso de los Inmortales del Cielo». Inmediatamente hizo que le cambiaran el nombre por el de «Villa de la Reunión Familiar».

Al entrar en el palacio vio en el patio unas antorchas llameando al cielo, incienso en polvo esparcido por tierra, árboles flamígeros, flores de jaspe, ventanas doradas y barandas de jade; y en el interior cortinas finísimas como antenas de camarón, alfombras de piel de nutria, almizcle ardiendo en los trípodes y abanicos de plumas de faisán. En verdad se trataba de

Puertas de jade, ventanas doradas, morada de los dioses e inmortales.

Palacio de osmanto, alcázar de orquídeas, mansión de la consorte imperial.

Yuanchun miró a su alrededor y preguntó:

—¿Y por qué no tiene nombre este lugar?

El eunuco que la acompañaba cayó de rodillas.

—Porque éste es el palacio principal —dijo—. Nadie ajeno a la corte se atrevió a sugerir un nombre.

Ella asintió con la cabeza y no dijo nada.

Otro eunuco, el maestro de ceremonias, cayó también de rodillas y le suplicó que tomara asiento en un sillón ceremonial para recibir el homenaje de su familia. Al son de una música que se ejecutaba a ambos lados de la escalinata, Jia She y los hombres de la familia fueron conducidos por dos eunucos para que se alinearan al pie de la plataforma, pero cuando una dama de compañía transmitió la orden de la concubina imperial para que se obviara esa ceremonia, todos se retiraron. Entonces la Anciana Dama de la mansión Rong y los demás parientes fueron conducidos por los escalones del este hasta el dosel para que presentaran su homenaje, pero también se les dispensó de esta ceremonia y volvieron fuera.

Acabado el tercer servicio de té, Yuanchun descendió del trono, cesó la música y marchó a cambiarse de ropa en un cuarto lateral. Entretanto, había sido dispuesto un carruaje que la conduciría fuera del jardín a visitar a sus padres.

Primero se dirigió a la sala de recepción de la Anciana Dama a presentar sus respetos a la dueña de la casa, pero, antes de que pudiera hacerlo, su abuela y las demás se hincaron de rodillas para impedírselo. Los ojos de la concubina imperial se llenaron de lágrimas mientras su familia se acercaba a ella para darle la bienvenida.

Apretó las manos de su abuela y de su madre, y los corazones de las tres se colmaron impidiéndoles articular palabra. Sólo se escuchaban sollozos. También la dama Xing, Li Wan, Xifeng, y las primas de la concubina, Yingchun, Tanchun y Xichun, sollozaban quedamente a su lado. Finalmente la concubina imperial controló su dolor y forzó una sonrisa para tratar de consolarlas.

—Desde que fui enviada a ese lugar donde no puedo ver a nadie, no ha sido fácil conseguir una oportunidad para volver a casa y veros de nuevo —dijo—. Y ahora, en vez de charlar y reír, nos echamos a llorar; pronto me iré y quién sabe cuándo podré volver.

Dicho lo cual se echó a llorar otra vez.

La dama Xing y las demás se esforzaron en consolarla, y la Anciana Dama le pidió que se sentara. Así lo hizo Yuanchun, y comenzó otra ronda de amabilidades y lágrimas. Los mayordomos y criados de las dos mansiones presentaron sus respetos desde la puerta, al igual que sus esposas y las doncellas.

Al concluir la ceremonia, Yuanchun preguntó por qué no estaban allí la tía Xue, Baochai y Daiyu.

La dama Wang le explicó que no querían parecer presuntuosas, puesto que no eran miembros de la familia Jia ni tenían rango oficial.

La concubina imperial pidió que fueran inmediatamente llamadas a su presencia, y ya se disponían a rendir homenaje de acuerdo con la etiqueta del Palacio Imperial cuando fueron dispensadas de la ceremonia por orden de Yuanchun. Luego, Baoqin y las demás doncellas que Yuanchun había llevado consigo a palacio hicieron un koutou ante la Anciana Dama, que a su vez, apresuradamente, se lo impidió, enviándolas a tomar el té y los confites que habían sido dispuestos en el cuarto de al lado. También los eunucos mayores y las damas de compañía fueron atendidos por el personal de ambas mansiones, con lo cual sólo quedaron de servicio tres o cuatro eunucos jóvenes.

Cuando las damas de la familia hubieron hablado emocionadamente acerca de la separación y todo lo ocurrido desde entonces, Jia Zheng, desde el otro lado de la cortina que cubría la puerta, indagó por la salud de su hija, que a su vez aprovechó para presentar sus respetos.

Entre lágrimas, le dijo:

—Los sencillos campesinos que viven de legumbres en salmuera y visten bastas telas caseras disfrutan al menos de las alegrías de la vida en familia. ¿Qué placer pueden depararnos los lujos y un alto rango cuando vivimos separados de esta manera?

También llorando, él respondió:

—Su pobre y oscuro vasallo nunca pudo soñar que entre nuestra bandada de vulgares palomas y cuervos pudiera nacer la bendición de un fénix. Gracias al favor imperial y a la virtud de nuestros ancestros, Su Noble Alteza encarna las mejores esencias de la naturaleza y el mérito acumulado de quienes nos precedieron. Y tal fortuna nos ha cabido a mi esposa y a mí. Su Majestad, que encama la gran virtud de la creación, nos ha deparado una muestra tan extraordinaria de su favor, que aun abriéndonos la cabeza estaríamos lejos de pagar una milésima parte de nuestra deuda de gratitud. Sólo me queda agotarme día y noche, cumplir lealmente con mis deberes oficiales y orar para que nuestro soberano viva diez mil años, como lo desean todos los que habitan bajo el cielo. Su Noble Alteza no debe agobiar su valioso corazón preocupándose por sus viejos padres. Le suplicamos que cuide mejor su propia salud. Sea usted cauta, circunspecta, diligente y respetuosa. Honre al emperador y sírvalo bien, para no resultar desagradecida ante la copiosa bondad y la gran amabilidad del Hijo del Cielo.

Luego le tocó a Yuanchun recomendar a su padre que mostrara devoción por los asuntos de Estado, que cuidara de su salud y que pusiera de lado toda ansiedad relativa a la persona de su hija.

Después, Jia Zheng dijo:

—Todas las inscripciones de los pabellones y los refugios del jardín fueron compuestas por Baoyu. Si Su Alteza encuentra que uno o dos de los lugares no lucen el nombre adecuado, le suplico que nos honre poniéndoles otro; eso nos causaría una intensa felicidad.

La noticia de que Baoyu ya podía componer inscripciones le hizo exclamar deleitada:

—¡Así que está haciendo progresos!

Cuando Jia Zheng se hubo retirado, la concubina imperial observó que tanto Baochai como Daiyu descollaban entre sus primas, y que, de hecho, eran incluso más encantadoras que las flores o el jade más fino. Luego preguntó por qué Baoyu no había venido a saludarla. La Anciana Dama explicó que, en su condición de joven sin rango oficial, le parecía presuntuoso acudir sin ser invitado.

Inmediatamente, la concubina imperial hizo que lo llamaran, y un joven eunuco lo introdujo para que rindiese homenaje de acuerdo con el protocolo palaciego. Su hermana lo llamó y tomó su mano; lo acercó a su pecho, le acarició el cuello y comentó con una sonrisa:

—¡Cómo has crecido!

No había terminado de pronunciar esas palabras cuando ya las lágrimas le surcaban otra vez el rostro.

En ese momento, la señora You y Xifeng se adelantaron para anunciar:

—El banquete está dispuesto. Suplicamos a Su Alteza que nos honre con su presencia.

Ella se levantó y pidió a Baoyu que le abriera camino.

Acompañada de las demás entró en el jardín, donde los faroles iluminaban vistas maravillosas. Pasearon frente a Donde se Posa el Fénix, Fragancia Roja y Jade Verde, Taberna del Albaricoque a la Vista y Puro Aroma de las Alpinias; subieron a pabellones, cruzaron arroyos, escalaron colinas en miniatura y disfrutaron los paisajes desde distintos puntos. Cada recinto tenía un amueblado característico, y cada rincón tenía rasgos tan insólitos y frescos que Yuanchun prodigó elogios y aprobaciones. Pero luego dijo:

—En el futuro no se debe gastar tanto, ¡es excesivo!

Cuando llegaron al recinto principal ella les pidió que obviaran la ceremonia y tomaran asiento. El banquete fue espléndido. La Anciana Dama y las demás mujeres de la casa ocuparon unas mesas laterales, salvo la señora You, Li Wan y Xifeng, que iban pasando platos y escanciando licor. Yuanchun pidió pincel y tinta para escribir con su propia mano los nombres de sus lugares favoritos. Para el palacio principal trazó la inscripción «Evocando la Gracia Imperial, Atenta al Deber», y el siguiente pareado:

La compasión de la naturaleza es grande como el mundo; niños y ancianos la agradecen.

La gracia sin precedentes que otorga el emperador honra a estados y continentes.

A todo aquel vasto lugar lo llamó «Jardín de la Vista Sublime»; Donde se posa el Fénix recibió el nombre de «Refugio de Bambú»; Fragancia Roja y Jade Verde fue reemplazado por «Rojo Alegre y Delicioso Verde» y recibió también el nombre de «Patio Rojo y Alegre»; Puro Aroma de las Alpinias pasó a llamarse «Parque de las Alpinias»; a la Taberna del Albaricoque a la Vista la llamó «Aldea donde se Enría el Cáñamo»; al pabellón principal, «Pabellón de la Vista Sublime»; al ala oriental del mismo pabellón, «Torre del Vario Esplendor», y al ala occidental «Torre Fragante». Puso otros nombres como «Cabaña de la Brisa de las Centinodias», «Pabellón de la Fragancia del Loto», «Isla de las Trapas Moradas», «Isla de los Berros»… La concubina compuso una docena de inscripciones más, como «Peral Florido bajo la Lluvia Primaveral», «Hojas de Plátano al Viento del Otoño» y «Cañas en la Nieve Nocturna». Para el resto de las inscripciones no hay lugar aquí. Ordenó también que las que no habían sido modificadas permanecieran.

Luego compuso el siguiente poema:

Abrazando riachuelos y colinas,

hábilmente dispuesto está el jardín.

¡Cuánto trabajo costó este vergel!

No hay en el mundo un lugar igual.

Merece llamarse Vista Sublime.

Con una sonrisa lo mostró a las muchachas y dijo:

—Nunca he tenido talento para versificar, como ya sabéis, pero esta noche estaba obligada a componer unos versos en honor a este lugar. Algún día, cuando esté menos ocupada, escribiré una «Descripción del jardín de la Vista Sublime» y un panegírico titulado «Oda a la reunión familiar» que conmemore esta ocasión. Ahora quiero que cada una de vosotras escriba una inscripción y un poema que la acompañe. Esmeraos, y no os dejéis arredrar por mis pobres intentos. Para mí fue una sorpresa muy agradable que Baoyu pudiera componer inscripciones y poemas. Mis lugares favoritos son el refugio de Bambú y el parque de las Alpinias; luego el patio Rojo y Alegre y la aldea donde se Enría el Cáñamo. A estos lugares debemos dedicarles cuatro poemas especiales. A pesar de que los pareados que hizo Baoyu son encantadores, quiero que ahora, ante mí, escriba cuatro lushi [6] en versos de cinco caracteres para cada uno de estos lugares. Eso me retribuirá los esfuerzos que hice por enseñarle cuando era niño.

Baoyu no tuvo más remedio que acceder, y marchó a devanarse los sesos.

Entre Yingchun, Tanchun y Xichun, la más inteligente era la segunda, pero comprendía que no era rival para Baochai y Daiyu. Aun así, tenía que escribir algo, como las demás. También Li Wan se dio a componer una especie de poema.

La concubina imperial revisó los esfuerzos de las muchachas. He aquí el resultado:

ENSANCHANDO EL CORAZÓN, ALEGRANDO EL ÁNIMO

(Inscripción frontal)

Los paisajes del jardín, únicos y extraordinarios.

Obedeciendo la orden, cojo tímida el pincel.

¿Quién imagina en el mundo tanta belleza reunida?

¡Cómo ensancha el corazón este paseo! ¡Cómo nos alegra el ánimo!

Yingchun

DIEZ MIL MARAVILLAS COMPITEN EN ESPLENDOR

(Inscripción frontal)

La construcción del jardín es imponente y sublime.

Poco es mi talento, pero cantaré sin sonrojarme.

No hay palabras que describan las bellezas que aquí vemos.

Ciertamente, diez mil maravillas compiten en esplendor.

Tanchun

MILAGROS DE LA NATURALEZA

(Inscripción frontal)

Montañas y ríos se extienden hasta el infinito.

Los altos pabellones se alzan entre las nubes.

El jardín se baña en el fulgor del sol y la luna.

La Naturaleza misma se eclipsa ante el jardín.

Xichun

ESPLENDOR Y NOBLEZA

(Inscripción frontal)

Brillantes colinas se entrelazan con el agua de cristal.

No hay una isla de los inmortales tan espléndida y tan noble.

Se confunden con las hierbas aromáticas los abanicos verdes de las cantantes,

y caen las flores del ciruelo tocadas por el vuelo de las rojas faldas de las bailarinas.

Ésta era de prosperidad debería quedar fijada en versos preciosos de jade y perla.

El regreso de la Noble Consorte es como el descenso de una ninfa desde la Torre de Jaspe.

Una vez que ella ha pisado este lugar encantador,

que no se permita la entrada a los pies de los mortales.

Li Wan

UNIÓN DEL ESPLENDOR Y LA DICHA

(Inscripción frontal)

Al oeste del Palacio Imperial hay un parque fragante

donde abundan la luz del sol, los paisajes espléndidos, las nubes favorables.

Los altos sauces convocan al coro a las oropéndolas del valle,

y los esbeltos bambúes llaman al fénix a detener su vuelo.

La piedad filial se consagra con su visita.

Viendo la sabiduría encerrada en su poema,

me avergüenzo de escribir estos versos.

Xue Baochai

UNA TIERRA ENCANTADA, FUERA DE ESTE MUNDO

(Inscripción frontal)

¿Quién sabe dónde se construyó este famoso jardín?

Este paraíso está lejos del mundo polvoriento.

Colinas y riachuelos le prestan su delicia.

Paisajes nunca vistos lo enriquecen.

El perfume de las hierbas se confunde

con el aroma del vino del valle de Oro [7] ,

y las flores alegran la primavera de los salones de Jade [8] .

¡Qué honor nos hace el emperador con sus favores

dejando a sus carros entrar y salir por la puerta de esta casa!

Lin Daiyu

Tras haberlos leído, Yuanchun elogió todos los poemas y luego comentó con una sonrisa:

—Los de la prima Baochai y la prima Daiyu son especialmente buenos. Ninguna de nosotras puede competir con ellas.

Aquella noche, Daiyu hubiera deseado eclipsarlas a todas con un gran despliegue de brillantez, pero cuando la concubina imperial se limitó a pedirles una inscripción y un poema comprendió que sería presunción escribir más, de manera que se limitó a improvisar un poema para la ocasión.

Mientras tanto, Baoyu se encontraba lejos de concluir su tarea. Después de haber escrito sobre el refugio de Bambú y el parque de las Alpinias, se enfrentaba ahora al patio Rojo y Alegre. Su borrador decía:

La primavera tiene recogidas las hojas de jade verde.

Baochai lo miró y, discreta, le dio un leve golpe con el codo.

—No le gustó «Fragancia Roja y Jade Verde» —susurró—, y lo ha cambiado por «Rojo Alegre y Delicioso Verde». Si insistes en utilizar «jade verde» dará la impresión de que estás cuestionando su criterio. Además, siempre tienes a mano demasiadas alusiones a hojas de plátano. Mejor búscate otras.

Baoyu se enjugó la sudorosa frente.

—No se me ocurre ninguna —dijo.

Baochai sonrió:

—Simplemente cambia «jade verde» por «cera verde».

—¿Existe tal alusión?

Ella sonrió burlona dando un chasquido con los labios.

—Si ahora tienes esa memoria, supongo que para tu examen de palacio habrás olvidado hasta los caracteres Zhao, Qin, Sun, Lui [9] . ¿Has olvidado también el verso inicial de ese poema sobre el plátano que escribió el poeta Qian Xu de la dinastía Tang: «Las velas frías no humean, la cera verde está seca»?

A Baoyu se le cayó un velo de los ojos.

—¡Tonto de mí! —sonrió—. ¿Cómo he podido olvidar ese verso? Realmente eres maestra de una sola palabra [10] . De ahora en adelante tendré que llamarte «maestra» en vez de «hermana».

Reprimiendo una sonrisa, Baochai contestó:

—Date prisa y termina, en lugar de andar diciendo sandeces. ¿A quién llamas «hermana»? Tu hermana es esa que está ahí vestida de oro. ¿Por qué me tendrías que llamar hermana a mí?

Pero como no quería entretenerlo con su charla, se fue.

Baoyu perseveró hasta concluir tres poemas, y Daiyu, deprimida por no haber tenido oportunidad de descollar, se acercó al escritorio donde él se esforzaba solo, deseosa de ayudarle escribiendo para él un par de poemas.

Al preguntarle si ya había terminado, Baoyu respondió:

—Sólo tengo tres, y me queda por escribir el de Taberna del Albaricoque a la Vista.

—Déjame hacerlo a mí mientras tú copias los otros.

Caviló un momento con la cabeza agachada, escribió el poema sobre un trozo de papel, lo hizo una bola y lo lanzó contra Baoyu que, al desarrugarlo, vio que era diez veces mejor que sus propios intentos. Radiante de felicidad, copió rápidamente el poema y presentó los cuatro a la consideración de Yuanchun.

Esto es lo que ella leyó:

DONDE SE POSA EL FÉNIX

Los jades elegantes se han fortalecido [11] ,

dignos de recibir al fénix volador.

Los tallos son tan tiernos que parecen destilar

gotas verdes de sus entrañas,

y verde es la frescura que dan sus verdes hojas.

Impiden que el agua de la fuente salpique la escalera.

Conservan el aroma del humo de los trípodes

que llega atravesando los densos cortinajes.

Que nadie altere este damero de sombras,

para que duerma ella su dulcísimo sueño.

PURO AROMA DE LAS ALPINIAS

Las alpinias colman el patio,

y a su aroma se suma el de las trepadoras.

Suaves son como las hierbas de primavera,

y una tierna fragancia exhalan sus bejucos.

Una bruma liviana cubre los senderos sinuosos,

las gotas del fresco rocío mojan los corredores.

¿Quién dice que sólo los hermanos Xie [12]

consiguen en sus versos que canten los estanques?

ROJO ALEGRE Y DELICIOSO VERDE

Todo el día reina el silencio sobre el patio tranquilo.

Una pareja de muchachas son el plátano y el manzano.

En la primavera las hojas del plátano parecen cansadas,

pero no descansan, floreciendo toda la noche, los rojos manzanos

que apoyan sus mangas rojas en las balaustradas,

mientras cubre el plátano las rocas con su niebla verde.

Dos bellezas compiten frente a la brisa primaveral;

su dueña debe cuidarlas y sentir añoranza por ellas.

RÓTULO

Taberna del Albaricoque a la Vista

Un rótulo en lo más alto atrae a los bebedores,

y a lo lejos se divisa una aldea muy tranquila.

Los gansos surcan un lago de algas y nenúfares.

Desde los olmos hasta las vigas, van las golondrinas.

Ya están maduros en su bancal los puerros de primavera;

todo lo impregna la fragancia de las flores del arroz.

En estos buenos tiempos pacíficos y prósperos

nadie sabe qué es el hambre.

Tejedores y labriegos descansan de sus tareas.

Deleitada, Yuanchun exclamó:

—¡Sí que has hecho progresos!

Señaló que el mejor poema era el último, y cambió «Aldea donde se Enría el Cáñamo» por «Aldea de la Fragancia del Arroz». Luego pidió a Tanchun que copiara los once poemas sobre papel ornamental; un eunuco los entregó a Jia Zheng y los demás caballeros, que esperaban afuera. Los elogios fueron encendidos y unánimes. Jia Zheng, por su parte, presentó una composición suya, un panegírico titulado «Oda a la visita».

Yuanchun hizo entregar manjares de leche, jamón y otras viandas a Baoyu y a Jia Lan, que era demasiado joven para hacer otra cosa que presentar sus respetos imitando a su madre y a sus tíos. Por eso no ha sido mencionado antes.

Jia Huan todavía no se había repuesto de una enfermedad contraída en Año Nuevo y seguía convaleciente en sus aposentos. Por eso tampoco ha sido mencionado.

Durante todo este tiempo, Jia Qiang esperó impaciente en la parte baja con sus doce jóvenes actrices. En ese momento un eunuco bajó corriendo a exclamar:

—Ya se han acabado los poemas. ¡Rápido, el programa!

Jia Qiang no perdió un momento en entregarle un programa forrado en brocado, y una lista de los nombres escénicos de las doce actrices. Fueron elegidas cuatro piezas: «El banquete suntuoso», «El festival del Doble Siete», «Encuentro con los inmortales» y «La partida del alma» [13] .

Jia Qiang mandó representar la primera obra de inmediato. Todas sus actrices cantaron maravillosamente y danzaron como diosas, y a pesar de que no pasaba de ser una representación, comunicaban genuino dolor y verdadera alegría.

Apenas hubieron concluido, apareció entre bambalinas un eunuco con una bandeja de oro cubierta de pasteles y dulces, preguntando cuál de las actrices era Lingguan. Al comprender que se trataba de un presente para ella, Jia Qiang lo aceptó gustoso y le hizo agradecer el favor con un koutou.

El eunuco informó:

—Dice la consorte imperial que Lingguan es fantástica, y quiere que represente dos piezas más de su elección.

Jia Qiang accedió inmediatamente y sugirió «Una visita al jardín» y «El sueño sorprendido» [14] , pero, como ninguna estaba en su repertorio, Lingguan insistió en «El Juramento» y «La Disputa» [15] . Jia Qiang acabó cediendo.

La concubina imperial quedó tan encantada que dejó instrucciones especiales para que la muchacha fuera tratada con consideración y cuidadosamente adiestrada, y le dio un premio adicional de dos piezas de satén de la corte, dos bolsitas bordadas, unas chucherías de oro y plata, y diversos manjares.

Luego dejaron el salón de banquetes para visitar algunos lugares que Yuanchun no había visto todavía, entre ellos un convento budista situado entre dos colinas, donde ella se lavó las manos antes de entrar para quemar incienso y venerar a Buda. Como inscripción para el convento eligió «Nave de la Piedad sobre el Mar del Sufrimiento», y entregó presentes a las monjas budistas y a las sacerdotisas taoístas.

Pronto apareció un eunuco a informar de rodillas que la lista de regalos estaba preparada esperando su aprobación; ella la leyó, la encontró satisfactoria y ordenó que los regalos fueran distribuidos. El encargo fue cumplido por los propios eunucos.

La Anciana Dama recibió dos cetros ruyi [16] , uno de oro y otro de jade, un báculo de palo áloe, una gargantilla de cuentas de sándalo, cuatro cortes de satén imperial con dibujos representando riqueza, nobleza y longevidad, cuatro cortes de seda con dibujos representando buena fortuna y larga vida, diez lingotes de oro con dibujos representando «Cúmplanse sus deseos», y diez lingotes de plata con peces [17] y otros dibujos representando la felicidad y la abundancia.

Las damas Xing y Wang recibieron los mismos presentes, salvo los cetros, el báculo y la gargantilla.

Jia Jing, Jia She y Jia Zheng recibieron cada uno dos nuevos libros compuestos por el propio emperador, dos cajas de barras de tintas exóticas, cuatro cubiletes, dos de oro y dos de plata, y unos cortes de satén idénticos a los descritos más arriba.

Baochai, Daiyu y las demás muchachas recibieron cada una un libro nuevo, un espejo fino y dos pares de dijes de oro y plata con dibujos de nueva factura.

Lo mismo recibió Baoyu.

Jia Lan recibió un pequeño collar de oro y uno de plata, un par de medallones de oro y otro par de plata. La señora You, Li Wan y Xifeng recibieron cada una dos medallones de oro y dos de plata, más cuatro cortes de seda.

A esto debemos añadir veinticuatro cortes de satén y cien sartas de monedas recién acuñadas que fueron repartidas entre las criadas y doncellas de la Anciana Dama, la dama Wang y las muchachas.

Jia Zhen, Jia Lian, Jia Huan y Jia Rong recibieron un corte de satén y un par de medallones de oro cada uno.

Los miembros de ambas mansiones que habían sido responsables de la construcción y mantenimiento del jardín, de la elección de muebles y de los diversos recintos que contenía, de la administración del teatro y de la preparación de los faroles, recibieron cien rollos de satenes variados, mil taeles de oro y plata y diversos manjares y vinos de palacio. Además, las cocineras, actrices y juglares recibieron quinientas sartas de monedas recién acuñadas.

Cuando todos acabaron de agradecer los regalos ya eran casi las tres de la madrugada, y el eunuco encargado anunció que era hora de partir. A Yuanchun se le volvieron a anegar los ojos, pero forzó una sonrisa. A pesar de todo, cuando apretó las manos de su abuela y de su madre sintió que no las podía soltar.

—No se preocupen por mí —les suplicó—. Cuídense ustedes. Gracias a la bondad del emperador, ahora pueden venir a visitarme al palacio cada mes, así que tendremos otras muchas oportunidades para vernos. No hay razón para entristecerse.

Pero aunque a Yuanchun se le hacía difícil irse, no podía desobedecer los reglamentos imperiales y no le quedaba más alternativa que subir al palanquín que la conduciría de vuelta a palacio. La casa entera se esforzó en consolar a la Anciana Dama y a la dama Wang, mientras las ayudaban a salir del jardín.

Así ocurrió en realidad…

Capítulo XIX

En una noche hermosa, la Flor [1] da

sus sinceros consejos.

En un día sereno, el Jade [2] expande

su profundo aroma.

Al día siguiente de su regreso a palacio, la concubina imperial se presentó ante el emperador para agradecerle su bondad, y tan complacido quedó el Hijo del Cielo con el relato de su visita al hogar paterno que ordenó sacar de su almacén privado ricas piezas de satén, oro y plata como presente para Jia Zheng y los padres de las demás concubinas que habían gozado del mismo favor. Pero dejemos este asunto.

La reciente agitación provocada por la visita imperial a las mansiones Rong y Ning había dejado a sus moradores exhaustos. El traslado y posterior almacenamiento de los ornamentos y muebles del jardín duró varios días. En Xifeng recayó la mayor responsabilidad. A diferencia de los demás, ella no tuvo un momento de respiro, y, en sus ansias por sobresalir, no se permitió ni un fallo que pudiera dar lugar a un reproche, y se esforzó en sus tareas como si cumplirlas no requiriese esfuerzo. Baoyu, como de costumbre, era el más ocioso entre los habitantes de las dos mansiones.

Cierta mañana apareció la madre de Xiren a solicitar el permiso de la Anciana Dama para llevarse a su hija. Esa misma noche, una vez tomado el té de Año Nuevo en casa, la devolvería a la mansión Rong. Con la partida de Xiren aquel día, Baoyu se quedó solo, así que se dispuso a pasar el tiempo jugando a los dados con las otras doncellas. Ya empezaba a sentirse algo aburrido cuando una sirvienta anunció la llegada de un recado de Jia Zhen invitándolo a la mansión Ning para ver unas óperas y admirar los faroles de Año Nuevo. Mientras Baoyu se mudaba de ropa para acudir a la otra casa, llegó también un regalo de la concubina imperial: un dulce de leche cuajada. La última vez que comieron uno igual, Xiren había disfrutado mucho; recordando aquella ocasión, Baoyu ordenó que le guardaran un poco. Luego, tras despedirse de su abuela, tomó el camino de la mansión Ning.

Le sorprendió que se representaran piezas como El maestro Ting encuentra a su padre, Huang Boyang despliega a los fantasmas en orden de batalla, El Rey Mono siembra el pánico en los cielos o El patriarca Jiang decapita generales y los beatifica. En todas, particularmente en las dos últimas, los dioses, fantasmas, monstruos y ogros ocupaban toda la escena tremolando banderolas, haciendo cortejos religiosos, invocando a Buda y ofrendándole incienso, de manera que el estrépito de los gongs, los golpes de tambor y los gritos se oían desde la calle. Los transeúntes comentaban que sólo en la familia Jia podían darse distracciones tan costosas. Baoyu se sintió incómodo entre tan tosco y ostentoso ajetreo, y se escabulló buscando asueto en otro lugar.

Primero fue a los aposentos interiores a charlar con la señora You y bromear con las doncellas y concubinas que allí estaban. No se despidieron de él cuando salió por la puerta interior, suponiendo que volvía a las representaciones. Los hombres —Jia Zhen, Jia Lian, Xue Pan y los demás— estaban tan entretenidos jugando y bebiendo que tampoco notaron su ausencia; supusieron también que había vuelto dentro. En cuanto a los sirvientes que lo habían acompañado, pensaron que no partiría hasta la caída del sol, y, contando con estar de vuelta para entonces, los mayores se fueron a jugar, beber el té de Año Nuevo con sus parientes o visitar algún burdel o taberna. Los sirvientes jóvenes, por su parte, se apretujaban en el teatro.

El caso es que, al encontrarse solo, Baoyu pensó: «En el gabinete de estudio de esta casa hay colgada una pintura que representa con una fidelidad maravillosa a una bellísima mujer. Debe sentirse muy sola, con tanta agitación. Será mejor que vaya a consolarla un poco», Y, dicho y hecho, se dirigió al estudio.

Al acercarse a la ventana del gabinete oyó unos gemidos que le sorprendieron. ¿Acaso la beldad del cuadro había cobrado vida? Armándose de valor, hizo con la lengua un pequeño agujero en el papel de la ventana y miró por él. No, la belleza del retrato no había cobrado vida de repente. Era su paje Mingyan, que, abrazado a una muchacha, practicaba el mismo juego de la nube y de la lluvia que la diosa del Desencanto había enseñado a Baoyu.

—¡¿Será posible?!

Baoyu irrumpió en el cuarto y los dos amantes, aterrados, se separaron temblando de miedo. Cuando Mingyan vio que se trataba de su amo, cayó de rodillas implorando piedad.

—¡En plena luz del día! ¿Acaso quieres que el señor Zhen te mate? —exclamó Baoyu que, entretanto, ya había mirado de reojo a la muchacha. No era ninguna belleza, pero tenía un aspecto agradable y cierto encanto. La vergüenza la había hecho sonrojarse hasta las orejas, y mantenía la cabeza inclinada sin decir una palabra.

»¡¿Pero te piensas quedar aquí parada todo el día?! —gritó a la muchacha mientras daba una patada en el suelo.

Ella volvió en sí y salió corriendo como una exhalación. Baoyu la siguió mientras le decía a gritos:

—¡No tengas miedo, no se lo diré a nadie!

—¡Por todos los ancestros! —maldijo Mingyan—. ¿Pues qué hace ahora sino divulgarlo a gritos?

—¿Qué edad tiene?

—Dieciséis años. Diecisiete como mucho.

—Que no le hayas preguntado su edad demuestra lo poco que te interesa. La pobre está malográndose contigo. ¿Cómo se llama?

—Es una historia muy rara —contestó el paje con una risotada—. No hay carácter de escritura para su nombre. Dice que su madre, poco antes del parto, soñó con un corte de brocado que tenía dibujos de colores representando la cruz de la fortuna, de manera que cuando ella nació la llamó Esvástica.

—Sí que es extraña la historia… —asintió Baoyu con una risita.

Y luego añadió pensativo:

—Quizá su buena suerte esté por llegar.

—¿Y por qué no está usted asistiendo a las representaciones, segundo señor?

—Estuve allí un rato, pero me aburría tanto que salí a dar un paseo. Así fue como os sorprendí —contestó Baoyu—. Bueno, ¿qué hacemos?

—Nadie sabe dónde estamos —dijo Mingyan sonriendo mientras daba un paso para salir—. Si salimos a divertirnos a las afueras de la ciudad y volvemos más tarde, nadie nos echará en falta.

—No es prudente —observó Baoyu—. Podrían secuestrarnos. Y además, ¡imagínate el lío que se armaría si nos descubren! Mejor será que vayamos a algún sitio cercano desde donde podamos regresar rápidamente.

—Sí, ¿pero dónde vamos? Ése es el problema.

—¿Por qué no buscamos a Xiren? Vamos a verla a su casa.

—Buena idea. No se me había ocurrido —dijo Mingyan—. ¿Pero qué pasará si nos descubren y me dan una paliza por empujarle a usted a la mala vida?

—Déjalo en mis manos —dijo Baoyu.

Entonces Mingyan trajo su caballo y salieron juntos por la puerta trasera.

Afortunadamente la casa de Xiren estaba cerca, de manera que enseguida estuvieron llamando a su puerta. Mingyan entró el primero buscando a Hua Zifang, hermano de la doncella.

La señora Hua estaba con su hija y algunas sobrinas tomando té y dulces cuando oyó gritar: «¡Hermano Hua!». Salió Hua Zifang a ver de quién se trataba y quedó atónito al toparse con amo y criado. Ayudó a Baoyu a desmontar y gritó desde el patio:

—¡Es el joven señor!

La sorpresa fue general, pero la más sorprendida fue Xiren, que salió corriendo hasta donde se encontraba Baoyu y le preguntó, agarrándolo del brazo:

—¿Pero qué hace aquí?

—Me aburría —contestó el muchacho riendo—, así que vine a ver qué hacías.

Aún enfadada, aunque más tranquila, gritó:

—¡Otra vez con sus travesuras! ¿Y no tenía otro sitio donde ir que no fuese aquí?

Y volviéndose a Mingyan:

—¿Quién ha venido con vosotros?

—Nadie —contestó Mingyan—, y nadie sabe que estamos aquí.

La respuesta de Mingyan volvió a preocupar a Xiren, que protestó:

—¡Ambos sois incorregibles! ¿Qué pasaría si alguien os viera? El señor Zheng, por ejemplo. Las calles hierven de gente y carruajes, y si el caballo se encabrita podríais tener un accidente. No es ninguna broma. Sois un par de irresponsables. Y la culpa es tuya, Mingyan. Cuando vuelva le diré a las amas que te den una buena paliza.

A Mingyan no le hizo ninguna gracia.

—¿Por qué me culpas a mí? —se quejó—. El joven señor me insultó y me golpeó para obligarme a traerlo aquí. Yo ya le dije que no viniera. Ea, más vale que nos vayamos.

—No importa —interrumpió Zifang—. Puesto que ya están aquí, de nada vale quejarse. Lo que ocurre es que nuestra casa es pequeña y sucia, y no sabemos dónde ofrecerle asiento al joven señor.

La madre de Xiren, entretanto, había salido también a darles la bienvenida. La muchacha pidió a Baoyu que pasara al interior de la casa; allí había cuatro o cinco muchachas que, al verlo, se sonrojaron y agacharon la cabeza. Temerosos de que el señor tuviera frío, Zifang y su madre le hicieron sentarse sobre el kang, e inmediatamente pusieron a su alcance nuevos dulces y té fino recién preparado.

—Perdéis el tiempo. Lo conozco bien —dijo Xiren sonriendo—. De nada vale ofrecerle esos dulces. Él no come cualquier cosa.

Trajo su propio cojín y lo acomodó sobre el kang para que Baoyu se recostara; luego le pasó su propia estufa de pies. También tomó de su bolsa dos trozos de incienso perfumado en forma de flor de ciruelo, los introdujo en su estufa de mano, volvió a colocar la tapa y la puso en el regazo del muchacho. Por fin, le sirvió un poco de té en su propia taza.

Mientras tanto, su madre y su hermano habían dispuesto cuidadosamente una mesa cubierta de comida, pero nada que él pudiera comer, como bien sabía Xiren.

—No puede volver sin haber comido algo —le dijo ella alegremente—. Coma aunque sea sin gana, para que podamos decir que el segundo señor estuvo en nuestra casa.

Y, tomando unos cuantos piñones, se los entregó a Baoyu sobre un pañuelo.

Baoyu notó sus ojos enrojecidos, y rastros de lágrimas sobre sus mejillas empolvadas.

—¿Por qué has estado llorando? —preguntó en un susurro.

—¿Quién ha estado llorando? Sólo me he restregado los ojos —replicó ella alegremente eludiendo la respuesta.

Xiren observó que Baoyu vestía su túnica roja de arquero bordada con dragones dorados y forrada de piel de zorro. Sobre la túnica llevaba un abrigo de marta gris azulada con flecos.

—¡No se habrá puesto esa ropa nueva sólo para venir aquí! —dijo—. ¿Nadie le preguntó dónde iba?

—No —contestó él—. Me mudé de ropa para asistir a unas óperas en casa de mi primo Zhen.

Ella hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

—Pues lo mejor será que en cuanto descanse un poco vuelva allí. Éste no es lugar para usted.

—Me gustaría que volvieras conmigo —sugirió Baoyu—. Te he guardado algo que te gustará.

—¡Ssssssh! ¿Qué pensarán los demás si oyen eso?

Xiren alargó la mano para tomar el jade mágico de su cuello y, volviéndose a sus primas, les dijo sonriendo:

—¡Mirad! Ésta es la maravilla de la que tanto habéis oído hablar. Siempre habíais querido verla y ahora tenéis la oportunidad. Aunque, en realidad, no tiene nada de especial…

El jade pasó de mano en mano entre exclamaciones de admiración; luego Xiren se lo puso de nuevo a Baoyu colgando del cuello, y finalmente pidió a su hermano que alquilase un palanquín o un pequeño carro cerrado y acompañara a Baoyu de vuelta a casa.

—Ya que voy con él, puede volver a caballo sin miedo a los accidentes —dijo Zifang.

—Ése no es el problema —repuso Xiren—. Lo que temo es que tenga un mal encuentro.

Zifang salió a alquilar un palanquín y, temerosos de seguir entreteniendo a Baoyu, los demás lo acompañaron hasta la puerta. Xiren entregó a Mingyan algunos dulces y dinero para comprar cohetes, advirtiéndole que debía mantener la visita en secreto si no quería meterse en líos. Luego vio subir a Baoyu al palanquín y bajó la cortinilla. Su hermano y Mingyan partieron detrás con el caballo.

Cuando llegaron a la calle de la mansión Ning, Mingyan ordenó al palanquín que se detuviera y le dijo a Zifang:

—Echemos un vistazo antes de entrar, o la gente sospechará cualquier cosa.

La propuesta era sensata, así que, dándole la mano, Zifang ayudó a Baoyu a montar en su caballo mientras el joven señor le pedía disculpas por causarle tantas molestias, y luego entraron deslizándose por la puerta trasera. Dejaremos aquí este asunto.

Durante la ausencia de Baoyu, las doncellas de sus aposentos se estaban divirtiendo de lo lindo jugando a las damas, a los dados y a las cartas mientras comían sin cesar pepitas de melón con cuyas cáscaras habían alfombrado el suelo. El ama Li entró, vacilante sobre su bastón, para saludar a Baoyu y ver cómo estaba. Al ver cuál era la conducta de las muchachas a espaldas de su señor, sacudió la cabeza.

—Desde que me mudé de casa y dejé de venir por aquí tan a menudo como lo hacía antes, os habéis salido de madre —refunfuñó—. Las otras amas no se atreven a pararos los pies, y el señor Baoyu es como un candelabro de diez pies de altura: alumbra a los demás, pero no a sí mismo. Se queja de que los demás son sucios, pero les permite convertir su propio cuarto en una pocilga. Es una vergüenza.

Las doncellas, que lo conocían bien, sabían que a Baoyu no le importaría; y en cuanto al ama Li, se había ido de la casa y carecía de autoridad sobre ellas, de manera que siguieron divirtiéndose sin prestar atención a la anciana. Cuando el ama Li les preguntó si el señor Baoyu comía mucho y a qué hora se acostaba, ellas se limitaron a responder cualquier cosa.

—¡Qué vieja más pesada! —murmuró una.

—¡Un tazón de leche cuajada! —exclamó el ama Li—. ¿Por qué no me lo habéis mandado? Me lo comeré aquí mismo.

Y, cogiendo una cuchara, empezó a dar buena cuenta del confite.

—¡Deje eso! —le gritó una chica—. Es para Xiren. Cuando el señor vuelva nos meterá a todas en un buen lío, a no ser que usted misma confiese que se lo ha comido.

—No puedo creer que sea capaz de hacer una cosa así —dijo el ama indignada—. ¿Qué es esto, después de todo, más que un tazón de leche? No debería ser mezquino conmigo en estas cosas ni en otras. ¿Acaso estima a Xiren más que a mí? ¿Ha olvidado ya quién lo crió? Mamó la leche procedente de la sangre de mi propio corazón, ¿por qué ha de molestarse si tomo un tazón de leche de vaca? Haré una cosa: me lo comeré a ver cómo reacciona. Aquí parecen tener la mejor opinión del mundo sobre Xiren, ¿pero quién es ella? Una muchachuela de medio pelo, ¡si lo sabré yo, que también la he amamantado!

Y mientras hablaba, cada vez más airada, terminó de zamparse el dulce.

—No me extraña que se enfade, abuelita —dijo una muchacha para tranquilizarla—. Los dos son unos maleducados. El señor Baoyu le envía a usted regalos a menudo; no creo que se moleste por una tontería como ésta.

—No hace falta que me des coba, ladina —gruñó el ama—. ¿Acaso crees que no sé que por culpa de Qianxue estuvieron a punto de despedirme a causa de una simple taza de té? Mañana volveré a enterarme de cuál es mi castigo.

Dicho lo cual, salió hecha una furia.

Al rato apareció Baoyu y mandó traer a Xiren. En ese momento vio a Qingwen yaciendo inmóvil sobre su lecho.

—¿Está enferma o es que ha perdido en el juego? —preguntó.

—Iba ganando —le dijo Qiuwen—, pero entonces apareció el ama Li y armó tal escándalo que le hizo perder la partida. Se ha ido furiosa a la cama.

—No deberíais tomar tan en serio al ama Li —dijo Baoyu sonriendo—. Dejadla tranquila.

Cuando llegó Xiren le dieron la bienvenida. Después de preguntarle dónde había cenado y a qué hora había llegado a casa, las demás muchachas recibieron los saludos de la madre y las primas de Xiren. Cuando ésta acabó de mudarse dé ropa, Baoyu mandó que trajeran el dulce de leche cuajada.

—Se lo comió la abuela Li —informaron las doncellas.

Antes de que él reaccionara, intervino Xiren con una sonrisa:

—¡Conque ésa era la sorpresa! Se lo agradezco mucho. El otro día lo comí muy a gusto, pero me produjo dolor de estómago y acabé vomitando. Me parece muy bien que se lo haya comido la abuela; así no se ha desperdiciado. Lo que sí me apetece comer son castañas. ¿Me pela unas cuantas mientras le preparo la cama?

Y Baoyu, suponiendo que ésa era la verdad, se puso a pelar castañas a la luz de una lámpara sin darle mayor importancia al asunto. Ya no quedaba nadie más en el cuarto, y preguntó sonriente:

—¿Quién era la muchacha de rojo que había esta tarde en tu casa?

—Mi prima, la hija de la hermana de mi madre.

Baoyu suspiró con admiración.

—¿Por qué suspira? —preguntó Xiren—. Ya sé lo que piensa; que ella no se merece el color rojo.

—¡Qué tontería! Si una muchacha así no merece el rojo, ¿quién lo merece entonces? La encontré tan encantadora que incluso he pensado lo agradable que sería conseguir que se viniera a vivir con nosotros.

—¿Agradable, dice? —refunfuñó Xiren—. ¿Agradable ser una esclava?

—No seas tan quisquillosa —repuso él—. Vivir en nuestra casa no significa necesariamente ser una esclava. ¿No podría ser nuestra pariente?

—Estamos muy por debajo de ustedes para ser parientes suyos.

Baoyu siguió pelando castañas en silencio, y Xiren se echó a reír.

—¿Por qué se queda tan callado? —dijo—. ¿Lo he ofendido? Mañana mismo puede comprarla por unos cuantos taeles de plata.

—¿Qué esperas que te responda? Sólo quise decir que tenía toda la apariencia de una persona que merece vivir en una casa como ésta mucho más que algunos de los zopencos que hemos nacido aquí.

—No tuvo tanta suerte como usted, pero es la niña de los ojos de sus padres, la mimada de su casa. Acaba de cumplir los diecisiete y ya tiene lista la dote. El año que viene ya estará casada.

La palabra «casada» hizo que Baoyu se sintiera desconsolado.

Con un suspiro, Xiren comentó:

—Desde que vine a esta casa no he tenido muchas ocasiones de ver a mis primas. Cuando regrese a la mía, todas ellas se habrán ido ya.

Sorprendido por lo que acababa de decir la muchacha, Baoyu dejó las castañas.

—¿Qué quiere decir eso de «cuando regreses a tu casa»? —preguntó.

—Mi madre y mi hermano lo estaban comentando hoy. Me dijeron que tuviera paciencia un año más; luego me volverán a comprar.

—¿Y para qué te quieren comprar? —Baoyu estaba realmente atónito.

—¡Vaya pregunta! Yo no he nacido esclava en su familia, señor. Yo tengo mi propia familia. ¿Cuál será mi futuro si me quedo sola aquí?

—¿Y qué pasaría si no te dejo ir?

—No estaría bien. Caramba, si hasta en palacio es norma elegir nuevas sirvientas cada tantos años. Si ellos no pueden conservarlas siempre, ¿por qué iba a poder usted?

Baoyu pensó un poco la respuesta de Xiren, y decidió que tenía razón. Sin embargo, puso una objeción más:

—Supón que la Anciana Dama no permite que te vayas.

—¿Por qué me iba a retener la Anciana Dama? Si yo fuera alguien especial, o me hubiese ganado su corazón o el de la dama Wang hasta el extremo de que no pudieran pasar sin mí, entonces podrían darle a mi gente unos cuantos taeles más para conservarme. Pero no soy nada fuera de lo común; en esta casa hay muchas mejores que yo. Cuando llegué, de niña estuve atendiendo a la Anciana Dama, luego pasé un par de años con la señorita Shi y ahora estoy con usted. Si mi gente viene a rescatarme, es muy probable qué su familia no oponga resistencia; incluso puede que sean tan generosos como para no pedir dinero a cambio. Si usted alega que lo cuido bien, eso no sería considerado un mérito; al fin y al cabo sólo hago mi trabajo. Mi lugar será ocupado por otra igualmente buena. No soy indispensable.

En ese momento le pareció a Baoyu que había todas las razones del mundo para que ella se marchase, y ninguna para que se quedara. Sin embargo, en su desesperación continuó arguyendo:

—Bien, pero si yo le insisto mucho a mi abuela para que hable con tu madre y le ofrezca tanto que ya no desee recuperarte…

—Está claro que mi madre no se atrevería a oponerse a los deseos de la Anciana Dama. Aunque no la trataran bien, o aunque no le dieran un solo tael; aunque simplemente se limitasen a insistir en que me quede, ¿quién es ella para oponerse? Pero su familia nunca ha actuado de esa manera, abusando de su autoridad. Esto no es como ofrecer diez veces el valor de una cosa que le gusta a uno para que el dueño consienta en venderla. Si usted me mantuviera aquí sin razones, no serviría de nada y haría mucho daño a mi familia. La Anciana Dama y la dama Wang nunca harían una cosa así.

Baoyu se quedó pensativo un buen rato, al cabo del cual preguntó:

—¿O sea, que tu marcha es segura?

—Sí.

—¿Cómo puedes ser tan despiadada?

Y suspiró.

—De haber sabido que te irías, nunca me hubiera prendado de ti. Ahora me quedaré aquí completamente solo, como un muerto olvidado —continuó Baoyu.

Dicho lo cual se metió en la cama.

Ahora bien, ocurre que Xiren, al oír a su madre y su hermano comentar su futuro rescate, les había asegurado que Baoyu nunca consentiría en dejarla ir mientras viviera. «Cuando vosotros no tuvisteis qué comer y la única manera que encontrasteis de conseguir algún dinero fue venderme, yo no os pude detener. ¿Qué muchacha puede ver morir de hambre a sus padres? —les dijo—. Tuve la suerte de ser vendida a una familia que me alimenta y me viste como a una hija de la casa, y que no me golpea durante el día ni me hace reproches por la noche. Además, a pesar de que padre ha muerto vosotros habéis conseguido poner a la familia otra vez en pie y ha vuelto la prosperidad a esta casa. Si continuarais en la miseria, habría una razón para rescatarme y luego volver a venderme; pero no hay ninguna necesidad. ¿Por qué hacerlo entonces? Simplemente pensad en mí como si hubiera muerto y no queráis comprarme de nuevo.»

Y lloró y pataleó hasta que su madre y su hermano comprendieron que no cedería y que nunca dejaría la mansión Rong. Después de todo, la habían vendido de por vida, y, a pesar de que sabían que la familia Jia sería lo bastante generosa como para dejarla partir sin dinero por medio, también sabían que allí la servidumbre no era maltratada y recibía de los señores más bondad que severidad. De hecho, las doncellas que atendían personalmente a miembros de la familia, jóvenes o viejos, solían recibir mejor trato que los sirvientes dedicados a otras tareas. Incluso estaban mejor que las hijas de cualquier familia humilde. Por eso la señora Hua y su hijo no insistieron. Por otra parte, la inesperada visita de Baoyu y la aparente intimidad entre amo y criada les habían desvelado cuál era la verdadera situación, reconfortándolos considerablemente: esa intimidad era algo con lo que ni siquiera habían soñado, de manera que dieron el asunto por zanjado.

En cuanto a Xiren, los años le habían mostrado que Baoyu no era un muchacho cualquiera, sino un joven mucho más gallardo y obstinado que los demás, con algunos rasgos de indescriptible perversidad. Los mimos de su abuela le habían hecho tan engreído, que sus padres no habían podido controlarlo con rigor y se había vuelto temerario y testarudo hasta el extremo de perder la paciencia ante todos los convencionalismos. Hacía tiempo que quería hablar con él sobre ese tema, aunque estaba convencida de que nunca la escucharía. Pero los acontecimientos de aquel día le habían permitido sondearlo y ponerlo en buena disposición para recibir una reprimenda. Su silenciosa retirada a la cama le indicó hasta qué punto se encontraba desasosegado y herido. En cuanto a las castañas, había simulado apetecerlas, temerosa de que se repitiera con el tazón de leche cuajada el incidente que había tenido lugar con el té de rocío de arce que le sirvió Qianxue.

Entregó las castañas a las otras doncellas y, dando un afectuoso empujoncito a Baoyu, lo encontró con el rostro bañado en lágrimas.

—¿Por qué se lo toma así? —le dijo—. Si realmente quiere que me quede, me quedaré.

Baoyu intuyó que detrás de sus palabras había algo más, y contestó rápidamente:

—Adelante, sigue. Dime qué más debo hacer para que te quedes. Ya no sé cómo convencerte.

—No necesitamos hablar ahora de lo bien que nos llevamos, pero conservarme aquí es otro asunto. Tengo dos o tres condiciones que ponerle. Si las acepta, entenderé que realmente quiere que me quede y entonces no conseguirá hacerme partir ni un cuchillo en la garganta.

A Baoyu se le iluminó el rostro.

—De acuerdo, ¿cuáles son tus condiciones? —preguntó—. Las acepto todas, querida hermana, queridísima, bondadosa hermana. Aceptaría trescientas condiciones, así que imagínate tres. Todo lo que pido es que os quedéis todas conmigo hasta el día en que me vuelva cenizas flotantes. No, cenizas no, las cenizas guardan un rastro de forma y de conciencia; hasta el día en que me vuelva un jirón de humo dispersado por el viento y ya no podáis estar conmigo ni yo pueda preocuparme por vosotras. Entonces me podréis abandonar, si es eso lo que queréis, y yo también estaré obligado a dejaros ir.

—¡No siga! —lo interrumpió Xiren tapándole arrebatadamente la boca—. Eso es justo lo que quería advertirle. Está diciendo más extravagancias que nunca.

—De acuerdo —aceptó Baoyu—. Prometo no volver a hacerlo.

—Es el primer defecto que debe corregir.

—¡Hecho! Pellízcame los labios si vuelvo a hablar de esa manera. ¿Qué más?

—Le guste o no el estudio, debe dejar de burlarse de él y de hacer comentarios sarcásticos sobre el tema delante de su señor padre y de los demás. Por lo menos simule que le gusta estudiar para no provocar a su padre y darle así oportunidad de hablar bien de usted a sus amigos. Después de todo él piensa: «Durante generaciones los hombres de nuestra familia han sido letrados, pero este hijo mío me ha defraudado, los libros no le interesan y se pasa la vida diciendo locuras en público y en privado, desprecia a los que estudian duro para prosperar en la vida llamándolos viles gusanos en busca de carrera, sostiene que aparte de ese clásico sobre cómo “manifestar la brillante virtud [3] ” todo lo demás es basura producida por antiguos idiotas que no comprendieron al Sabio [4] ». No me extraña, señor, que su padre se enfurezca tanto con usted y se pase el tiempo castigándolo. ¿Qué impresión puede causarle todo eso a la gente?

—De acuerdo —dijo Baoyu riendo—. Ésas eran palabras desbocadas de cuando era demasiado joven para comprender las cosas. No las volveré a repetir. ¿Qué más?

—No volverá a insultar a los bonzos y a los sacerdotes taoístas, y dejará de jugar con los polvos y los cosméticos de las muchachas. Y lo más importante: no volverá a besar el carmín de sus labios y dejará de correr detrás de todo lo que vista de rojo.

—¡Prometido! ¡Prometido! ¿Qué más? ¡Rápido!

—Eso es todo. Sea un poco más cuidadoso con las cosas y no se deje llevar por sus caprichos y antojos. Si hace cuanto le he pedido, prometo estar siempre con usted y no abandonarlo ni aunque envíen una gran silla de manos con ocho porteadores a recogerme.

Baoyu se echó a reír.

—Si te quedas conmigo el tiempo suficiente, algún día tendrás tu silla de manos con ocho porteadores.

—¿De qué me serviría si no me corresponde? —respondió con desdén.

En ese momento apareció Qingwen.

—Ya debería estar durmiendo, señor. Está a punto de cumplirse la tercera vigilia. Hace un momento la Anciana Dama envió a un ama a preguntar, y le dije que ya se había dormido.

Baoyu le pidió que le alcanzara un reloj, y comprobó que era medianoche. Se lavó y se enjuagó la boca otra vez, y luego se desvistió y se echó a dormir.

A la mañana siguiente, al despertar, Xiren sé sintió indispuesta. Le dolía la cabeza, tenía los ojos hinchados y las extremidades le ardían como brasas. A pesar de todo, se levantó e intentó cumplir con sus tareas cotidianas, pero al poco tiempo tuvo que interrumpirlas y echarse a descansar, completamente vestida, sobre el kang. Baoyu avisó inmediatamente a su abuela, y un médico vino a examinar a la doncella.

—Sólo es un catarro —dijo el doctor—. Un par de dosis de medicina descongestionante la pondrán bien.

El médico hizo su receta y se fue. Los ingredientes fueron comprados y el remedio cocido. Xiren lo tomó entero. Baoyu la dejó bien tapada para que empezara a sudar, y se fue a ver a Daiyu.

Daiyu estaba echando la siesta, y, como todas sus doncellas habían ido a ocuparse de sus propios asuntos, el lugar estaba especialmente tranquilo. Baoyu levantó la cortina bordada y entró en el cuarto interior, donde la encontró dormida.

—¡Prima! —le dijo sacudiéndola levemente—. ¿Cómo puedes dormir después de comer?

Al despertar y encontrar allí al muchacho, Daiyu dijo:

—¿Por qué no vas a dar un paseo? Todavía no me he recuperado de la agitación de la otra noche. Me sigue doliendo todo el cuerpo.

—Unos cuantos dolores son poca cosa, pero si sigues durmiendo caerás enferma de verdad. Déjame entretenerte para que te puedas mantener despierta, y entonces te sentirás bien.

—No tengo sueño —dijo Daiyu cerrando los ojos—. Sólo quiero descansar un poco. Ve a jugar un rato por ahí, y vuelve más tarde.

—¿Dónde puedo ir? —Volvió a tocarla cariñosamente—. Todos los demás me aburren.

Daiyu no pudo reprimir una risita.

—De acuerdo —accedió—. Si es indispensable que te quedes, siéntate aquí y charlemos.

—Yo también quiero tenderme —dijo Baoyu.

Y al ver que sólo había una almohada añadió:

—¿Por qué no compartimos tu almohada?

—¡Qué tontería! ¿Acaso no hay más almohadas en el cuarto de fuera? Anda a buscar una.

Baoyu salió y volvió diciendo:

—No me gusta ninguna. Quién sabe qué vieja inmunda las habrá utilizado.

Al oír eso, Daiyu se incorporó, abrió los ojos y se echó a reír otra vez.

—¡Realmente eres el tormento de mi vida! De acuerdo, toma ésta.

Dicho lo cual, y después de haber entregado al muchacho su propia almohada, buscó otra. Se echaron y quedaron tendidos frente a frente. Al observar en la mejilla izquierda de Baoyu una mancha de sangre del tamaño de un botón, la muchacha se inclinó a mirarla mejor y le puso un dedo encima.

Pulsuz fraqment bitdi.

3,77 ₼
Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
08 iyul 2025
Həcm:
2582 səh. 37 illustrasiyalar
ISBN:
9783986772482
Naşir:
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
Yükləmə formatı:

Oxşar kitablar