Kitabı oxu: «Elogio de la experiencia»

Şrift:

CARL HONORÉ

ELOGIO DE

LA EXPERIENCIA

Cómo sacar partido

de nuestras vidas más longevas

Traducción de FRANCISCO J. RAMOS MENA


Algunos de los nombres en este libro han sido cambiados para proteger la identidad de las personas.

Título original inglés:

Bolder. Making the Most of Our Longer Lives.

© Carl Honoré, 2018.

© de la traducción: Francisco J. Ramos Mena, 2019.

© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S.L.U., 2019.

Av. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona

www.rbalibros.com

Primera edición: junio de 2019.

REF.: ODBO540

ISBN: 9788491874546

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

Todos los derechos reservados.

CONTENIDO

1  Introducción. El efecto cumpleaños

2  1. Cómo el envejecimiento se ha hecho mayor

3  2. Ejercicio: in corpore sano

4  3. Creatividad: perros viejos, trucos nuevos

5  4. Trabajo: viejas manos a la obra

6  5. Imagen: el envejecimiento se maquilla

7  6. Tecnología: iEdad

8  7. Felicidad: preocuparse menos, disfrutar más

9  8. Atractivo: ¡me gusta!

10  9. Amores: el corazón no tiene arrugas

11  10. Solidaridad: nosotros, no yo

12  11. Interacción: todos juntos ahora

13  Conclusión. Ha llegado el momento

14  Notas

15  Bibliografía

16  Agradecimientos

A MAURICE Y DANIELLE

En el tema de la edad, la mente manda sobre la materia.

Si a ti no te preocupa, entonces no importa.

MARK TWAIN

INTRODUCCIÓN EL EFECTO CUMPLEAÑOS

Espero morir antes de envejecer.

PETE TOWNSHEND, «My Generation»

Llevo varias décadas persiguiendo una pelota con un palo. Para mí, el hockey es mucho más que mi deporte favorito: es un ejercicio agotador, una oportunidad para salir con los amigos y un vínculo con mis raíces canadienses. También es una forma de esquivar el hecho de que estoy envejeciendo. Mientras juego al hockey puedo dejar de pensar en mi edad y en lo que significa. ¿De qué tendría que preocuparme cuando todavía me siento como un adolescente cada vez que la pelota toca la parte inferior de mi stick?

Pero un día llegó el torneo anual de Gateshead, una ciudad industrial del norte de Inglaterra.

Cuando se acababa el tiempo en el partido de los cuartos de final, mi equipo empataba con los mismos adversarios a los que habíamos aniquilado el año anterior. Podía sentir cómo los nervios y la indignación se apoderaban de todos los miembros de mi equipo. Entonces, en el último minuto de juego, con la tanda de penaltis acechándonos, me saqué de la manga uno de los trucos más difíciles que hay en el hockey.

Para reanudar el juego, el árbitro deja caer la pelota entre dos rivales. Este «saque neutral» constituye una auténtica prueba de fuerza, equilibrio, reflejos, coordinación mano-ojo y velocidad de pensamiento. El objetivo es hacerse con el control de la pelota. Marcar directamente tras un saque es algo muy poco habitual. Sin embargo, en aquel partido de cuartos de final yo hice justamente eso: coloqué la bola en la esquina inferior de la red desde una distancia de cinco metros antes de que nadie pudiera siquiera moverse. Mi oponente en el saque soltó un juramento entre dientes. El portero derrotado estrelló su palo contra el suelo con disgusto. Mi equipo estaba en semifinales, y yo me sentía en las nubes.

Tras los abrazos y los choques de manos que se sucedieron cuando el árbitro pitó el final, y con la imagen del gol todavía repitiéndose en mi cabeza, entré en el vestuario. Allí, al otro lado de una montaña de uniformes de hockey empapados y malolientes, un empleado del torneo hacía una lista de los perfiles del equipo, comparando las edades de sus miembros. El jugador más joven tenía 16 años. ¿Y el más viejo?

—¡Colega, eres tú! —gritó, no sin cierto regodeo—. ¡Eres el jugador más viejo de todo el torneo!

Por entonces yo tenía 48 años, el pelo entrecano y patas de gallo a juego. Pero, pese a ello, la noticia me dejó sin aliento. La alegría de marcar un gol de antología para ganar los cuartos de final se vio eclipsada al instante por la irrefutable aritmética: había 240 jugadores en el torneo, y todos ellos eran más jóvenes que yo. En un abrir y cerrar de ojos, había pasado de goleador a abuelo.

Cuando salí del vestuario y empecé a fijarme en los demás jugadores que participaban en el torneo, se me amontonaron las preguntas… ¿Parezco fuera de lugar? ¿La gente se ríe de mí? ¿Soy el equivalente en hockey del típico tío de cuarenta y tantos que tiene una novia de veintitantos? ¿Debería optar por un pasatiempo más ligero? ¿Quizás el bingo?

Al final nos llega a todos: ese momento glacial y demoledor en el que de repente te sientes viejo. Tu fecha de nacimiento, antaño una mera serie de números en tu documento de identidad, se convierte en una pulla, un memento mori, susurrándote la prueba de que ya vas cuesta abajo y transitas por una vía de sentido único hacia la faja y la mecedora. La vida tal como la conoces, tal como quieres que sea, ha terminado. Empiezas a preocuparte por lo que resulta apropiado para tu edad. ¿Este traje es demasiado juvenil para mí? ¿Este corte de pelo, este trabajo, esta amante, este grupo, este deporte…? El factor desencadenante puede ser un cumpleaños señalado, una enfermedad o una lesión, un desaire amoroso o un ascenso que se te ha escapado en el trabajo. Puede ser la muerte de un ser querido. Para mí fue el hecho de ser el jugador más viejo de un torneo de hockey.

Sin embargo, si examinamos el asunto con más detalle, veremos que también tiene una parte positiva: hoy, un número de nosotros mayor que nunca vivimos lo suficiente para ser abuelos goleadores. Se debe a que el siglo XX ha desencadenado una revolución de longevidad. Las mejoras en materia de nutrición, salud, tecnología, saneamiento y atención médica, junto con la disminución del hábito de fumar y el incremento de los ingresos, nos están ayudando a vivir mucho más tiempo. La esperanza de vida al nacer se ha duplicado con creces a escala global, pasando de 32 años en 1900 a 71,4 años en la actualidad, mientras que en los países ricos la cifra supera actualmente los 80 años. En 1963, Japón empezó a regalar un plato de sake de plata —conocido como sakazuki— a todos los ciudadanos que cumplían 100 años; la tradición hubo de interrumpirse en 2015, pues los centenarios japoneses eran demasiado numerosos.

Eso no quiere decir que en el pasado no hubiera gente que viviera hasta una edad avanzada. Durante la mayor parte de la historia, la esperanza de vida media era muy baja debido a que la mortalidad infantil era muy alta; pero si en la era preindustrial sobrevivías hasta alcanzar la edad adulta, podías terminar viviendo mucho tiempo. Los registros documentales sugieren que hasta un 8 % de los ciudadanos del Imperio romano tenían más de 60 años, y que en los siglos XVII y XVIII más del 10 % de la población de Inglaterra, Francia y España tenían esa edad. Isaac Newton murió a los 84 años. De vez en cuando, las personas extraordinariamente longevas incluso saltaban a los titulares. Inglaterra entera sucumbió al hechizo de un trabajador agrícola llamado Thomas Parr, que antes de morir, en 1635, había afirmado que tenía 152 años. Pese a que se aseguró que había confundido su fecha de nacimiento con la de su abuelo, la opinión pública inglesa se deleitaba con las historias relativas a su espartana dieta («queso casi rancio y leche en todas sus formas, pan basto y duro, y un poco de bebida, en general suero de leche amargo») y su pintoresca vida amorosa, que incluía hacer penitencia por adulterio y criar a un hijo fuera del matrimonio siendo ya centenario. Tal era su fama, que el «Viejo Parr» —como pasó a conocérsele— fue inmortalizado por Van Dyck y por Rubens. Tras su muerte, lo enterraron en la abadía de Westminster.

Aunque nadie ha llegado ni de lejos a vivir tanto como Parr afirmaba haberlo hecho, la revolución de la longevidad, se mire como se mire, representa un gran salto adelante, un inmenso monumento al ingenio humano, un motivo de celebración…, y, sin embargo, a menudo no se percibe como tal. ¿Y por qué no? Pues sobre todo porque nuestra actitud con respecto al envejecimiento no ha ido de la mano con la promesa demográfica que se extiende ante nosotros. En lugar de abrir una botella de champán para brindar por todos esos años adicionales de vida, a menudo no hacemos sino seguir dando vueltas a la idea de que envejecer es malo. En lugar de saborear nuestras hazañas en el hockey, nos asustamos por las entradas de nuestro cabello.

Pensemos en cómo el discurso público suele presentar el incremento de la longevidad como una fastidiosa tendencia que cabe situar junto al cambio climático y la desigualdad económica. Las noticias publicadas en los medios de comunicación con respecto a temas como que actualmente la población centenaria mundial supera las 450.000 personas, o que los mayores de 65 años pronto superarán en número a los menores de cinco, por regla general vienen sazonadas con expresiones como «tsunami plateado» (o «tsunami gris»),* o «bomba de tiempo». Los profetas de la fatalidad advierten que toda esa longevidad comportará esclerosis económica, escasez de mano de obra, el colapso fiscal, el desplome de los mercados bursátiles, el desmoronamiento de los servicios sociales, la guerra intergeneracional y el fin de la innovación. Si no empezamos a relajar las normas relativas a la eutanasia —advierten—, nos veremos inundados de ancianos incontinentes que no pararán de hablar de lo mucho mejor que se vivía en el pasado.

Nuestro propio envejecimiento personal inspira temores similares. ¿Cuándo fue la última vez que conocimos a alguien con ganas de llegar a los 40 o los 50, y no digamos a los 60 o los 70? Es cierto que sobrevivir pasados los 80 o los 90 puede convertirse en motivo de orgullo, pero hasta entonces la propia idea de envejecer suele evocar miedo, angustia, desprecio e incluso repulsión. Nos aferramos a la idea de que envejecer es una maldición, de que a partir de un momento determinado cada cumpleaños nos hace menos atractivos, menos productivos, menos felices, menos enérgicos, menos creativos, menos saludables, menos abiertos de miras, menos adorables, menos fuertes, menos visibles, menos útiles…, en suma, menos nosotros mismos.

El mensaje es el mismo en todas partes: cuanto más joven, mejor. Las señales de tráfico representan a las personas mayores encorvadas sobre bastones, mientras que la industria de los cosméticos vende los productos «antienvejecimiento» como si envejecer fuera una enfermedad. Hoy en día es difícil encontrar una tarjeta de cumpleaños impresa para adultos que no mezcle los buenos deseos con cierto grado de compasión y tono de burla. Recuerdo una de ellas en la que aparece una mujer retrocediendo asustada como en una película de terror de serie B acompañada de las palabras: «¡Dios mío, tienes 30 años!».

La idea de que envejecer es una mierda está arraigada en nuestro pensamiento y en nuestro lenguaje. Si uno se olvida de algo, es que «se está haciendo mayor», mientras que «notar la edad» significa sentirse dolorido, débil e inferior. Disminuimos el valor de los cumplidos añadiendo detrás las palabras «… para su edad», y decimos que los 60 son los «nuevos 40» o que los 50 son los «nuevos 30», como si llegar a los 50 o 60 años fuera algo que se debería evitar, y no algo a lo que aspirar. O consideremos cómo, cuando hablamos de personas que están en la tercera edad, caemos habitualmente en el síndrome del «todavía»: decimos que todavía trabaja, que todavía mantiene relaciones sexuales, que todavía conserva su agudeza mental, como si a partir de una determinada edad seguir relacionándose con el mundo fuera un pequeño milagro. La palabra «viejo» es tan tóxica que la actriz Judi Dench ha prohibido que se utilice en su casa. «Vintage» y «jubilarse» también forman parte de su lista de prohibiciones. «No quiero ninguna de esas antiguas palabras», explicaba poco después de celebrar su octogésimo aniversario.1

Incluso los grupos que están a favor del envejecimiento se esfuerzan por encontrar un lenguaje adecuado para su causa. Jonathan Collie, cofundador de The Age of No Retirement, una organización con sede en Londres, afronta el mismo obstáculo cada vez que escribe un comunicado de prensa o concede una entrevista. «El problema —afirma— es que las dos palabras que necesitas usar son “edad” y “viejo”, pero en cuanto las usas todo el mundo desconecta». Laura Carstensen, directora y fundadora del Centro sobre Longevidad de la Universidad de Stanford, se encuentra con el mismo problema en Estados Unidos. «Llevo más o menos cuarenta años tratando de persuadir a la gente para que utilice la palabra “viejo” con orgullo, pero hasta ahora no he logrado que una sola persona lo haga —explica—. De hecho, incluso yo la evito por temor a que el término pueda ofender».

Retroceder ante el envejecimiento no es nada nuevo. En la Antigüedad, los poetas y dramaturgos griegos y romanos se burlaban despiadadamente de sus mayores. Aristófanes los retrató como seres frágiles, patéticos y propensos a sentir deseos eróticos embarazosos, mientras que Plauto fue de los primeros en poner de moda el tópico del viejo verde. Las obras de los autores medievales, desde Boccaccio hasta Chaucer, están repletas de viejos cornudos. Hace más de dos siglos, Samuel Johnson, creador del primer diccionario de inglés, detectó una tendencia lamentablemente generalizada a infravalorar el cerebro de las personas al envejecer. «En la mayoría de la gente existe una inclinación perversa a suponer que el intelecto de los ancianos decae —escribía en 1783—. Si un hombre joven o de mediana edad, cuando termina una visita, no recuerda dónde ha dejado el sombrero, no pasa nada; pero si se descubre la misma falta de atención en un anciano, la gente se encoge de hombros y dice: “Está perdiendo la memoria”».2

¿Ha cambiado algo desde entonces? Sí, pero no para mejor. Nuestra aversión a hacernos mayores —o incluso simplemente a parecerlo— es hoy más fuerte que nunca. Actualmente gastamos cada año 250.000 millones de dólares en productos y servicios antienvejecimiento. Las personas de veintitantos recurren al bótox y a los implantes de cabello antes de las entrevistas de trabajo, y hasta los adolescentes utilizan procedimientos cosméticos para «refrescar» su apariencia.3

A veces da la sensación de que se haya abierto la veda para cualquiera que supere cierta edad. Cuando los investigadores de la Escuela de Salud Pública de Yale se pusieron a buscar en Facebook grupos organizados que hablaran sobre personas mayores, encontraron 84, que sumaban un total de 25.489 usuarios. Todos los grupos menos uno intercambiaban estereotipos poco halagüeños. En las descripciones de sus sitios, más de una tercera parte se mostraba a favor de prohibir que las personas mayores condujeran, fueran de compras y realizaran otras actividades públicas. Un usuario incluso proponía una solución final para las personas mayores: «Todos los mayores de 69 años deberían enfrentarse inmediatamente a un pelotón de ejecución».4

Aunque pocos llegan al extremo de respaldar la ejecución o la eutanasia, hoy denostar a los ancianos es la última forma de discriminación que se manifiesta abiertamente. Tras el referéndum del Brexit en 2016, donde los ciudadanos de mayor edad votaron abrumadoramente en favor de que el Reino Unido abandonara la Unión Europea, algunos analistas propusieron que se despojara del derecho de voto a los mayores de 65 años. De manera similar, Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook, declaró en cierta ocasión ante un auditorio en la Universidad de Stanford que «los jóvenes son más inteligentes». Tras ganarse el aplauso de los asistentes por mostrar su calvicie por la quimioterapia en la alfombra roja de los premios Grammy, la cantante Melissa Etheridge se quejó de la presión social de la que era objeto para que se tiñera el cabello: «Puedo aparecer calva ante el mundo, pero no canosa».

Incluso los propios investigadores que estudian el envejecimiento sienten esa presión. Tomemos el caso, por ejemplo, de Debora Price, profesora de gerontología social en la Universidad de Mánchester. Cuando nos reunimos en un café londinense a orillas del Támesis, me habla de manera fluida y convincente sobre todos los aspectos del envejecimiento hasta que surge un tema que resulta superior a sus fuerzas: el cabello. Price tiene cincuenta y pocos años, y lleva el pelo oscuro gracias a sus visitas regulares a la peluquería. «Yo afirmaría de manera rotunda que nunca sucumbo a ninguna de esas cosas antienvejecimiento; en cambio, me tiño el pelo, y la única razón por la que lo hago, sin ninguna duda, es para parecer más joven —afirma, algo avergonzada—. Todo esto forma parte de la cultura antienvejecimiento, que está omnipresente, incluso entre los gerontólogos».

También yo soy parte de esa misma cultura. Cuando tenía veintitantos años, mi actitud por defecto cuando veía a alguien mayor de 35 era una mezcla de desdén y de horror. Recuerdo que sonreía irónicamente cuando Martin Amis observaba en Campos de Londres que «… el tiempo aborda su inmemorial tarea de hacer que todo el mundo parezca y se sienta como una mierda». Me deleitaba con hambriento regocijo en el retrato que hacía John Updike de Conejo cayendo en el desánimo de la mediana edad, con su «cintura ancha y su cauto encorvarse…, pistas de debilidad, una debilidad que raya en el anonimato». Cantaba «My Generation» de los Who experimentando un cruel placer al repetir la frase «Espero morir antes de envejecer». Ahora que estoy rondando los 50, me hallo en modo de negación total, haciendo uso de todos los trucos posibles para ocultar al mundo —y a mí mismo— mi propio envejecimiento. ¿Quitar el año de nacimiento en Facebook? Hecho. ¿Vivir en perpetuo desenfoque para evitar llevar gafas de cerca? Hecho. ¿Llevar el pelo corto para disimular las canas? Hecho. ¿Cuánto tardaré en empezar a preocuparme también por mi cuello, siguiendo el ejemplo de Nora Ephron en El cuello no engaña?

A veces, mi propio bochorno por mi edad roza el absurdo. El otro día no podía leer la letra pequeña de una bombilla en una ferretería. Después de un buen rato entornando los ojos, decidí pedir ayuda. A mi alrededor había varios veinteañeros que podrían haber leído el texto en un pispás, pero el caso es que no me atreví a pedírselo: me daba demasiada vergüenza. De modo que, en su lugar, recorrí toda la tienda hasta que encontré a una mujer mayor que llevaba una gafas apoyadas en la nariz.

Esos trucos parecen inofensivos, por más que resulten algo patéticos. Es probable que el lector haya hecho algo similar. Pero, seamos sinceros, no son inofensivos en absoluto. Las pequeñas decisiones como la que yo tomé en la ferretería, o como la que toma Price cada vez que pide hora para teñirse el pelo, acaban convirtiéndose en un gran problema: son esos minúsculos actos de traición y negación, esas microagresiones improvisadas sobre la marcha, esos pequeños suspiros de rendición, los que sustentan el dictado cultural de que el envejecimiento es un proceso vergonzoso de pérdida y declive.

Obviamente, es cierto que envejecer tiene desventajas. Escuchar cómo el carro alado del tiempo se te echa encima a toda velocidad puede ser un fastidio existencial de primer orden. Da igual cuánta col rizada comas o cuántas horas hagas de Pilates: tu cuerpo irá funcionando cada vez peor con el paso del tiempo, a la vez que tu cerebro pierde fuelle. También es más probable que veas enfermar o morir a las personas que amas. Sin embargo, el mayor inconveniente de todos puede ser el mismo hecho de tener que lidiar con nuestra visión tóxica del envejecimiento. Esta no solo nos condena a pasar una gran parte de nuestra vida sintiéndonos fatal por la edad que tenemos, sino que también estrecha nuestros horizontes. Piense en todos los caminos que no transitamos, en todo el potencial que no explotamos y en toda la vida que no vivimos por culpa de esa vocecita dentro de nuestra cabeza que nos susurra: «Eres demasiado viejo para eso». Tener una visión sombría de la tercera edad incluso puede convertirse en una de esas profecías autocumplidas. Diversos estudios revelan que el mero hecho de estar expuestas a ideas pesimistas sobre el envejecimiento hace que las personas mayores obtengan peores resultados en las pruebas de memoria, audición y equilibrio, además de caminar más despacio.5

Me pregunto si no me sucedería algo similar en aquel torneo de hockey. Después de que se revelara mi estatus de abuelo oficial, mi rendimiento disminuyó. ¿Empecé a jugar como yo imaginaba que debía de hacerlo una persona mayor? ¿Empecé a esforzarme demasiado? Nunca lo sabremos. Pero el caso es que, después de que mi equipo perdiera en semifinales, terminé el torneo con algo mucho más valioso que un trofeo de hockey. Concluí con una misión: aprender no solo a envejecer mejor, sino también a vivir mejor el envejecimiento.

Puede que esto no resulte tan quijotesco como parece. ¿Por qué? Pues porque, en cuanto aprendes a ver más allá de los estereotipos, te das cuenta de que la vida a partir de los 30 no es un triste descenso hacia la decrepitud. Nada más lejos de la realidad. Baste pensar en nuestro propio círculo social. ¿Acaso las personas que conocemos entran en una especie de barrena terminal el día en que descubren que ya no pueden participar en las expediciones de aventura que organizan determinadas agencias de viajes exclusivamente para jóvenes? ¡Y una mierda! Si el lector es como yo, seguro que sabrá de un montón de gente que florece a los 40, los 50, los 60 y más. Mis propios padres, de 77 y 83 años, están viviendo la mejor época de su vida: viajar, cocinar, hacer ejercicio, relacionarse, estudiar, trabajar cuando les apetece…

La idea de que las personas mayores son una carga sin nada que aportar resulta claramente absurda. La historia está llena de gente que ha logrado sus mayores éxitos en la última fase de su existencia. Tres siglos después de que Miguel Ángel terminara de pintar los frescos de la capilla Paulina a los 74 años de edad, Giuseppe Verdi estrenaba su mejor ópera cómica, Falstaff, a los 79. El arquitecto Frank Lloyd Wright tenía 91 años cuando terminó el museo Guggenheim de Nueva York. Georgia O’Keeffe realizó extraordinarias obras de arte a los noventa y tantos, mientras que Stanley Kunitz recibió el título estadounidense de «poeta laureado» a la edad de 95. Filósofos como Kant, Gorgias y Catón produjeron sus mejores obras en la vejez. Así pues, ¿quién es más inteligente ahora, Zuckerberg?

Hoy en día, la esfera pública está repleta de personas que realizan cosas extraordinarias pese a estar en la «mitad mala» de su vida. Clint Eastwood ganó su primer Oscar como mejor director a los 62 años, y el segundo a los 74. Mary Robinson lucha contra el cambio climático a sus setenta y tantos. Jane Goodall recorre el mundo a los ochenta y pico dando conferencias sobre su trabajo con chimpancés en Tanzania en las que se agotan las entradas. Warren Buffett va camino de celebrar su nonagésimo cumpleaños como uno de los inversores de mayor éxito del mundo. A sus noventa y tantos, sir David Attenborough rueda documentales de naturaleza que ya han recibido varios premios, mientras que la reina Isabel II de Inglaterra asiste a más de 400 eventos al año.

Actualmente estamos llevando los límites de lo que todos podemos lograr mucho más allá de la primera juventud. Hoy en día, los aficionados de 40 a 49 años corren la maratón de Londres más deprisa que los de 20.6 En 2016, después de someterse a un tratamiento de fertilidad, una mujer india dio a luz a un niño sano a los 72 años. Un año después, un veterano del Día D se convirtió en la persona más anciana en saltar en paracaídas después de realizar un salto a 4.500 metros desde un avión a los 101 de edad. Paralelamente, el cociente de inteligencia ha aumentado de manera constante en todos los grupos de edad, incluidos los mayores de 90 años. «Lo bueno del asunto es que nunca ha habido una época mejor para ser un adulto de edad avanzada», afirma Esme Fuller-Thomson, directora del Instituto sobre Ciclo de Vida y Envejecimiento de la Universidad de Toronto. Incluso el propio lenguaje está evolucionando para reflejar este espíritu optimista. En el siglo XIV, Dante decía que la vejez empezaba a los 46 años; en 2017, las sociedades Geriátrica y Gerontológica de Japón propusieron cambiar la edad en la que se considera a una persona rojin, o mayor, de los 65 a 75 años.

La tendencia a considerar el envejecimiento un privilegio, en lugar de un castigo, está empezando a parecer un auténtico movimiento. Por todas partes surgen iniciativas, como «La edad requiere acción» —una campaña que abarca 60 países—, con el objetivo de ayudarnos a aprovechar al máximo nuestras vidas más longevas. También los gobiernos se están uniendo a esta batalla. Para romper las barreras y los prejuicios entre jóvenes y viejos, el Ministerio de Educación de Francia alienta a los maestros a montar proyectos intergeneracionales durante todo el curso escolar. Para fomentar el aprendizaje permanente a lo largo de toda la vida, actualmente el Gobierno de Singapur da dinero a todos los ciudadanos mayores de 25 años para contribuir a pagarles cursos de capacitación o una carrera universitaria. Por su parte, la Organización Mundial de la Salud se ha comprometido a declarar el decenio de 2020-2030 la primera Década de Envejecimiento Saludable.

También hay activistas individuales que están recogiendo la antorcha. A sus ochenta y pico, la actriz Jane Fonda hace campaña para aprovechar al máximo lo que ella llama el «tercer acto» de la vida. Tras la publicación de su libro This Chair Rocks: a Manifesto Against Ageism en 2016, Ashton Applewhite, una brillante escritora y activista estadounidense, ha hablado en toda clase de foros, desde la organización TED (Technology, Entertainment, Design) hasta las Naciones Unidas. Apareció por primera vez en mi radar en un momento en el que la idea de escribir sobre la revolución de la longevidad me planteaba un montón de dudas: temía que un libro sobre el envejecimiento pudiera resultar sombrío, aburrido y poco atractivo; que no hubiera suficientes cosas positivas en torno al envejecimiento como para superar a las negativas; que atreverse a desafiar el culto a la juventud fuera una empresa descabellada. Buscando algo que me estimulara, organicé una visita al apartamento de Applewhite en Brooklyn, Nueva York.

Una fresca mañana de invierno, la encuentro delante de su casa fotografiando las pintadas políticas de unas vallas que hay al otro lado de la calle. Al día siguiente planea unirse a una marcha en favor de los derechos de las mujeres. Con su cabello corto y rizado, su trepidante oratoria y su humor inclemente, me recuerda al primer jefe que tuve. Me cae bien de inmediato. Nos acomodamos en la mesa de la cocina de su apartamento, que está abarrotado de libros y archivos, con sendos smoothies verdes (¡al fin y al cabo estábamos en Brooklyn!). Una por una, empieza a derribar mis dudas. «Cuanto más piensas en el envejecimiento, más fascinante resulta —me dice—. Envejecer es como enamorarse o ser madre: resulta a la vez difícil, complejo y hermoso. Es el modo como avanzamos a través de la vida, como interactuamos con la sociedad y entre nosotros. ¿Y qué podría haber más interesante que eso?».

Vale, se lo compro. Pero ¿cómo superar la aversión al envejecimiento que parece haber estado presente desde tiempos remotos? ¿Cómo se hace eso? ¿Es posible siquiera? Applewhite asiente con la cabeza: «La verdad es que, cuando te deshaces del miedo opresivo al envejecimiento asociado a la cultura, todo lo relacionado con envejecer se ve mucho mejor —afirma—. Aunque no será fácil».

Que no sea fácil no significa que sea imposible. Uno de los principales motivos para ser optimista es que cada vez más personas en todo el mundo están envejeciendo mejor y de forma más activa que nunca. Navegan alrededor del mundo a los cuarenta y tantos; vuelven a la escuela a los cincuenta y pico; crean nuevas empresas o familias en la sesentena; corren maratones a los setenta y tantos; diseñan o participan en campañas políticas siendo octogenarios; se enamoran a los noventa y pico, y crean obras de arte siendo centenarios. Con ello están generando nuevas expectativas acerca de lo que todos nosotros podemos hacer con nuestras vidas más longevas, además de cargarse el tópico de que una población envejecida representa una carga.

Son también la prueba viviente de que la edad cronológica está perdiendo su poder de definirnos y limitarnos. Hoy lo que importa cada vez más no es tanto en qué fecha nació uno como su forma de pensar, hablar, mirar, moverse, hacer ejercicio, bailar, vestir, viajar y jugar. Lo que nos va a definir en el futuro, mucho más que nuestra edad, son las opciones que elijamos: los libros que leamos, la televisión que veamos, la música que escuchemos, la comida que comamos, las personas a las que amemos, la política que defendamos y el trabajo que hagamos. Este cambio encaja perfectamente en el actual movimiento cultural —más extenso— en favor de la diversidad y la libertad personal. Así, por ejemplo, hoy expresamos la orientación sexual y la identidad de género de una forma que habría sido impensable no hace mucho. Puede que la edad sea la próxima frontera que debamos superar. El Instituto para el Futuro de la Humanidad, con sede en la Universidad de Oxford, reúne a destacados pensadores en matemáticas, filosofía y ciencia con el fin de debatir las grandes cuestiones que afronta la humanidad. Su director, Nick Bostrom, cree que el papel predominante de la edad cronológica ha pasado a la historia: «Lo importante no es cuántos años han pasado desde que naciste, sino dónde te sitúas en tu vida, qué piensas de ti mismo, y qué eres capaz y estás dispuesto a hacer».7

Unos días después de reunirme con Applewhite, voy a visitar la fábrica de fideos de arroz Cho Heng en Tailandia. Este extenso complejo de 12 hectáreas, situado en las afueras de Bangkok, produce anualmente más de 100 millones de dólares en harina de arroz y fideos. Pero lo realmente llamativo de esta empresa es el hecho de que aquí el personal trabaja hasta que la muerte o la discapacidad se lo impiden. El empleado de mayor edad es un jefe de mantenimiento que recorre los terrenos con el cabello llamativamente teñido y el último modelo de iPhone colgado del cinturón. Tiene 86 años. Esta política de conservación de los trabajadores mayores, establecida por el fundador de la fábrica hace casi un siglo, tiene tanto éxito que los funcionarios del Gobierno, conscientes de que la población tailandesa está envejeciendo con rapidez, apoyan a Cho Heng como un modelo que podría seguir otras empresas. Hacia el final de mi visita me siento a hablar con Darunee Kramwong, una limpiadora de 73 años que lleva cuatro décadas en nómina. Se acomoda en el extremo de un sofá de la sala de reuniones, serena y solícita, como una colegiala que aguardara a ser entrevistada en el despacho del director. Con sus finos rasgos y su beatífica sonrisa, tiene ese carisma especial que hace que a los fotógrafos de National Geographic se les caiga la baba. Su voz, a la vez suave y resuelta, y cargada de ironía, me produce cierto placer extático.

Después de empezar trabajando en la cadena de montaje, Kramwong se incorporó al equipo que se encarga de limpiar los laboratorios de alta tecnología de la fábrica, y todavía hace seis turnos de ocho horas por semana. Sus hijos quieren que se jubile, pero a ella le gusta demasiado trabajar en Cho Heng para hacerles caso. «Soy buena en mi trabajo porque conozco muy bien los laboratorios, sé qué tengo que limpiar y qué no —me explica, incorporándose un poco en el sofá—. Mi familia quiere que me quede en casa, pero yo deseo seguir trabajando todos los días porque prefiero hacer cosas, estar activa, ver a las amistades, ganar dinero, ayudar a la gente. Me encanta venir a la fábrica».

Cuando le pregunto si se siente preocupada o limitada por su edad, Kramwong me mira con la misma mezcla de sorpresa y compasión que podría dirigir a un fideo deforme en la cadena de montaje. Me dice que todo lo contrario: sus 73 años son un distintivo honorífico. Se siente un miembro de pleno derecho de Cho Heng, y está orgullosa de que sus colegas más jóvenes le pidan consejo tanto en materia de limpieza como en asuntos amorosos. «Para mí son como hermanos y hermanas —explica—. A veces me toman el pelo y me llaman “abuela”, ¡pero no me importa porque tengo edad suficiente para serlo!». Ríe, y su risa es tan cálida y pura que se contagia instintivamente a todos los presentes en la sala. Me sorprendo a mí mismo pensando: «Si eso es tener 73 años, me apunto».

Envejecer es lo más natural del mundo: dentro de doce meses todos nosotros tendremos un año más. Salvo que se produzca un avance científico de proporciones prometeicas, eso no va a cambiar. Lo que sí puede cambiar es cómo envejecemos y cómo vivimos el hecho de envejecer.

Mi objetivo en este libro es sacar partido al «efecto Kramwong». Entender y aceptar el envejecimiento. Mostrar cómo la revolución de la longevidad puede ser una bendición, en lugar de una carga. Determinar qué podemos hacer todos y cada uno de nosotros, individualmente y en conjunto, para lograr que el proceso de envejecer sea más positivo para todo el mundo.

A tal fin, recorreremos el globo para aprender de las personas que están poniendo en su sitio el culto a la juventud, al vivir cada etapa de la vida en función de su propio valor. Pisaremos la sala de baile con un DJ de ochenta y tantos años en Polonia, frecuentaremos a grafiteros de mediana edad en España y asistiremos al primer concurso de Míster Universo Sénior en Las Vegas. Conoceremos a un jugador profesional de ochenta y tantos años y desafiaremos el tráfico de Bangkok con un conductor de autobús de edad madura. Visitaremos a un grupo de estudiantes que vive en una residencia de ancianos en los Países Bajos, a un septuagenario que enseña trucos de costura a jóvenes «fashionistas» neoyorquinos, así como al octogenario que está detrás de una revolución del reciclaje en Beirut. Incluso nos probaremos un artefacto llamado «traje de envejecimiento» para ver qué se siente teniendo un cuerpo más viejo.

Este libro es también un viaje personal. Al acabar, pretendo dejar de preocuparme por mi edad. Quiero sentirme bien cuando me miro al espejo, ser capaz de pedir ayuda cuando no pueda leer la letra pequeña de una tienda, jugar al hockey contra adversarios lo bastante jóvenes como para ser mis hijos. Quiero más de lo que tiene Kramwong.

En pocas palabras, mi objetivo es no tener miedo de envejecer, y quizás incluso empezar a desearlo. ¿Es mucho pedir? Vamos a averiguarlo.

1 CÓMO EL ENVEJECIMIENTO SE HA HECHO MAYOR

Avejentado… Avejentado…

Llevaré los pantalones remangados.

T. S. ELIOT, «Canción de amor de J. Alfred Prufrock»*

Shoreditch es seguramente el tipo de lugar que Mark Zuckerberg tenía in mente cuando cantó las alabanzas de los cerebros más jóvenes, un lugar que puede hacer que cualquier persona de más de 35 años se sienta un tanto obsoleta. En los últimos años, este rincón del este de Londres se ha convertido en una especie de Silicon Valley en miniatura. Sus estrechas calles están atestadas de firmas de tecnología y empresas emergentes junto con los servicios que suelen acompañarlas: bares de copas, restaurantes de sushi, cafeterías especializadas en café frío… Jóvenes de todo el mundo se desplazan de un lado a otro en bicis y patinetes. Entre hackatones* y pruebas beta, se desfogan y confabulan para dominar el mundo con bretzels sin gluten y cerveza artesanal. Todos los ojos están puestos en el mismo premio: lanzar el próximo «unicornio»,* o, al menos, tener acciones de la empresa que lo haga.

Esta noche estoy en Shoreditch para presenciar la energía empresarial liberada en el negocio del envejecimiento. La ocasión es una iniciativa que promete «acelerar la innovación para mejorar las vidas de los adultos mayores en todo el mundo». Diez empresas emergentes presentarán sus planes de negocio ante un público de empresarios, inversores y expertos en políticas públicas. Luego, los jueces elegirán a un ganador para competir en la final europea. Ya hay dos preguntas candentes en mi bloc de notas: ¿qué entienden los jóvenes innovadores de Shoreditch por «adultos mayores»? ¿Y cómo se proponen mejorar sus vidas?

El lugar del evento es Campus London, el centro de emprendedores de Google. Cuando llego, un joven con un chaleco ajustado camina arriba y abajo como un inquieto centinela, vociferando a través de un teléfono móvil acerca de cierta reunión con inversores en capital riesgo. «¡Les encanta la idea de hacer algo con las personas mayores!», grita. Hasta aquí, todo muy típico de Shoreditch.

En el interior, el vestíbulo está adornado con artilugios de mi juventud que ahora son antigüedades: un iMac original, una radio de transistores, un televisor de rayos catódicos, un proyector de Super 8… Una pared exhibe un eslogan sacado directamente del manual de la empresa emergente: «Más grande. Más brillante. Más audaz. Más valiente». La gente ya está reunida alrededor de una mesa, mordisqueando nachos y burrata. Es un grupo joven. Me acerco a un veinteañero barbudo para preguntarle qué le ha llevado a participar en un evento sobre el envejecimiento. «Yo soy un empresario en serie, de modo que siempre estoy buscando el próximo gran negocio —me dice—. Y en este momento el envejecimiento está en el candelero».

Su tono de mercenario me hace estremecer, pero enseguida recuerdo que se trata de una presentación para captar inversores. La parte positiva es que la sala está repleta de personas inteligentes y capaces que le dan mucho al tarro sobre el tema del envejecimiento y sobre cómo mejorar nuestra experiencia de él. ¿A quién no iba a gustarle eso?

Me siento a escuchar los discursos de presentación. Primero se presenta un dispositivo que mide el riesgo de sufrir una caída y fracturarse la cadera. Luego viene una aplicación destinada a reducir el aislamiento social entre los adultos mayores simplificando la forma de enviar mensajes y compartir fotos. El siguiente es un emprendedor de aspecto lozano y verbo rápido que explica que la mejor manera de abordar el maltrato, la depresión y la desnutrición entre las personas mayores es digitalizar el servicio de cuidadores a domicilio. A continuación se presenta una silla de ruedas «omnidireccional» que sube y baja, además de ir hacia delante, hacia atrás y hacia los lados. La presentación que al final resulta ganadora es la de un agregador web que vende productos para ayudar a combatir la demencia.

Cada una de estas ideas puede ayudar a hacer del mundo un lugar mejor, y el celo de los emprendedores resulta contagioso. Incluso cuando hablan del potencial de beneficios, la mayoría afirma haberse sentido inspirados por la difícil situación de alguien cercano a ellos. El ganador había pasado varios años cuidando de su madre, destrozada por la demencia. Cuando la sala prorrumpe en aplausos, me sorprendo a mí mismo uniéndome a ese mesiánico arrebato.

Sin embargo, a la vez me siento algo desinflado. ¿Por qué? Pues porque todos y cada uno de los productos, de las presentaciones, de los planes de negocios, parten de una misma premisa: ser «más viejo» significa estar solo, ser frágil, olvidadizo, inmóvil, triste o vulnerable. O todo junto. ¿Qué hay de la creciente legión de personas felices y sanas que agarran la tercera edad por el pescuezo? Nada de todo lo aquí expuesto parece tener la menor relevancia para alguien como Darunee Kramwong. O, ya puestos, como yo. Rodeado por la juventud dorada de Shoreditch, y con mi quincuagésimo cumpleaños acercándose de puntillas, entro perfectamente en la categoría de «adulto mayor». Sin embargo, posiblemente pasen muchos años antes de que necesite nada de lo desvelado aquí esta noche. ¿Por qué nadie ha salido a escena con una herramienta para ayudar a alguien como yo a crear una aplicación? ¿O para enseñar a alguien como Kramwong a lanzar una empresa emergente en Shoreditch?

Después del evento, mientras me uno a la cola que se forma fuera para tomar un Uber, se me ocurre que el elenco de presentaciones de esta noche ilustra en qué nos equivocamos con respecto al envejecimiento. Cuando se nos pide que imaginemos lo que significa ser «más viejo», nos inclinamos de manera predeterminada a pensar en lo peor. Considérelo un momento. ¿Qué evoca el envejecimiento en su mente? Si el lector es como yo, o como los bien intencionados innovadores de Shoreditch, lo primero que le vendrá a la cabeza serán cosas mayoritariamente sombrías: declive, decrepitud, ineptitud digital, demencia, muerte… El lamentable y repugnante retrato de Dorian Grey pudriéndose en el desván. El anciano en la residencia jugando por enésima vez al bingo. La abuela a la que le cuesta identificar a un conocido o encontrar el camino de vuelta a casa. El abuelo incapaz de subir las escaleras o de limpiarse el trasero.

Para sacar el máximo partido de nuestras vidas más longevas tenemos que salir de ese modo de pensamiento que tiende siempre a pensar en lo peor. Y para ello, primero debemos entender de dónde proviene nuestra aversión al envejecimiento y cómo ha llegado a convertirse en algo tan arraigado.

Empecemos por dar nombre al problema. En 1969, Robert N. Butler, un gerontólogo estadounidense, acuñó el término edadismo* para describir los «estereotipos y la discriminación sistemáticos aplicados a las personas por ser viejas». Más tarde, la definición se amplió para incluir también la denigración del envejecimiento en sí. Aunque los estereotipos relacionados con la edad suelen ser crueles (los viejos son olvidadizos, tristes, débiles, cascarrabias, poco atractivos, aburridos…), a veces pueden ser amables (los viejos son sabios) o incluso ir dirigidos a los jóvenes (esta generación parece de mantequilla). Pero el efecto neto es siempre el mismo: meter en el mismo saco a todos los que han nacido en un determinado año y hacer que todos vivamos mal el hecho de envejecer.

El edadismo tiene un rasgo distintivo que lo diferencia de otras formas de discriminación, como el racismo o el sexismo: comporta una considerable dosis de desprecio por uno mismo. Un supremacista blanco nunca será negro, y es improbable que un cerdo machista se convierta en mujer. Pero todos nosotros envejecemos. Caer en el edadismo es, pues, denigrar y negar nuestro propio yo futuro. Como dijo el misionero franciscano Bernardino de Siena a principios del siglo XIV: «Todo el mundo desea llegar a la vejez, pero nadie quiere ser viejo».

Entonces, ¿dónde están las raíces del edadismo? El lugar evidente por donde empezar a buscar es la Parca. Benjamin Franklin decía que la muerte y los impuestos son las únicas certezas de la vida, y ni siquiera el contable más inteligente puede ayudarte a evadir ambos. Cada día, unas 150.000 almas abandonan esta mortífera espiral. Y tan cierto como la muerte es nuestro deseo de evitarla. La evolución nos ha dotado de un instinto de supervivencia que nunca tira la toalla. Piense en Ernest Shackleton cruzando los helados mares de la Antártida en un bote salvavidas; o en los supervivientes de aquel avión que se estrelló en los Andes alimentándose de los cadáveres de otros pasajeros para mantenerse con vida.

Incluso quienes creen en una vida de ultratumba rara vez se apresuran a alcanzarla; de ahí que el anhelo de inmortalidad se extienda a través de todas las épocas y culturas. La Epopeya de Gilgamesh, una de las obras literarias más antiguas que se han conservado, nos presenta a un rey sumerio que aspira a vivir para siempre. Más tarde, casi todos los alquimistas de la Europa medieval se enzarzaron en una carrera para descubrir la receta de la vida eterna, mientras que en China varios emperadores de la dinastía Tang murieron después de tragarse elixires de juventud aderezados con mercurio o plomo.

Lejos de disminuir, el apetito por engañar a la muerte se ha agudizado en el mundo moderno. De hecho, la inmortalidad virtual ya está entre nosotros en la medida en que empresas como Forever Identity y Eternime están convirtiendo a sus clientes en avatares y hologramas digitales que seguirán viviendo después de que aquellos respiren por última vez. En el mundo offline, se están gastando miles de millones de dólares en investigaciones encaminadas a pararle los pies al envejecimiento. Una de las muchas teorías que hoy se están explorando es la posibilidad de rejuvenecer a los viejos realizándoles transfusiones de sangre de personas jóvenes. El movimiento para «curar» la muerte incluso tiene su propio representante estrella: un gerontólogo biomédico llamado Aubrey de Grey, que, armado con una barba estilo Antiguo Testamento y una presentación de PowerPoint, recorre el mundo diciéndole a su auditorio que el primer ser humano que vivirá mil años puede que haya nacido ya.

Sin embargo, la posibilidad de poner fin a la muerte todavía está más cerca de la ciencia ficción que de la ciencia propiamente dicha. A pesar de que vivimos cada vez más años, celularmente seguimos estando programados para morir. Un grupo de investigadores de la Universidad de Arizona ha utilizado modelos matemáticos para demostrar que detener el proceso de envejecimiento por completo en organismos multicelulares complejos como los seres humanos es un sueño imposible. «El envejecimiento es matemáticamente inevitable; esto es, seriamente inevitable —explica Joanna Masel, profesora de ecología y biología evolutiva, y una de las principales autoras del estudio—. Lógica, teórica y matemáticamente no hay escapatoria».

El hecho de que la muerte, la «destructora de mundos»,* nos espere a todos al final del camino convierte el envejecimiento en nuestro enemigo. ¿Y cómo iba a ser de otro modo? Cada año, cada mes, cada semana, cada día, cada minuto nos acerca al final al que nadie quiere llegar. Hasta el más pequeño signo de envejecimiento —una arruga, una cana, el crujido de una articulación— es un recordatorio de que la Parca se aproxima, de que se nos está acabando el tiempo que nos queda para hacer todo lo que queremos hacer.

Probablemente, el miedo a la muerte es hoy más intenso. La secularización no solo nos ha quitado el consuelo del más allá, sino que además hemos fastidiado todo lo relacionado con el proceso de morirse. En una gran parte del mundo, la muerte se ha medicalizado e institucionalizado. Cuando nos acercamos al final, la actuación predeterminada es hacer todo lo posible —sea cual sea su coste en dinero, dolor, angustia y pérdida de dignidad— para mantenernos con vida. «Imaginamos que podemos esperar hasta que los médicos nos digan que ya no pueden hacer más. Pero son raras las situaciones en las que los médicos no pueden hacer nada —escribe el cirujano Atul Gawande en su libro Ser mortal: la medicina y lo que al final importa—. Pueden administrar medicamentos tóxicos de eficacia desconocida, operar para tratar de extirpar parte del tumor, introducir un tubo de alimentación si una persona no puede comer: siempre hay algo».1 Esto puede convertir nuestros últimos días, semanas o incluso meses en un infierno digno del Bosco, dejándonos morir enganchados a las máquinas y rodeados de personal médico. Todos hemos visto esa escena en las series de televisión o en nuestra propia vida, y hace que un escalofrío nos recorra el espinazo. La conclusión: «Si el envejecimiento lleva a esto, que no cuenten conmigo».

Pero aun sin la sombra de la muerte, el envejecimiento se da a sí mismo muy mala prensa al transformarnos de maneras no deseadas. Empieza poco a poco, con una disminución de la resistencia, la fuerza y la libido, un empeoramiento de la visión y la audición, y una pérdida de memoria a corto plazo. En la senectud, las cosas pueden ponerse realmente feas. Shakespeare, como de costumbre, es uno de los que mejor han sabido expresarlo. En el discurso sobre las «siete edades del hombre» que aparece en Como gustéis, describe el capítulo final antes de la muerte como una «segunda infancia y un mero olvido, sin dientes, sin ojos, sin gusto, sin cosa alguna». No es de extrañar, pues, que el envejecimiento se excluya de todos los paraísos o utopías jamás imaginados.

Obviamente, no todos experimentan ese shakespeariano nivel de sufrimiento al final de su vida. Hoy en día, nuestras dentaduras están en mejores condiciones. Muchos de nosotros las mantenemos en buen estado hasta el mismo día en que caemos redondos. Otros simplemente soportan un breve periodo «sin cosa alguna». El problema es que ninguno de nosotros sabe con certeza cómo se desarrollará su propio último acto, y la tentación es siempre imaginar lo peor, especialmente ahora que la medicina moderna ha ideado un millón de maneras de mantenernos con vida mucho tiempo después de que pudiéramos preferir estar a dos metros bajo tierra. «Hoy es posible que la angustia por el envejecimiento sea mayor debido a que es bastante seguro que tal cosa va a suceder: hay que tener mala suerte para no llegar a los setenta y más —sostiene Pat Thane, una experta en historia del envejecimiento que trabaja en el King’s College de Londres—. El problema es que no sabes en qué estado te encontrarás cuando llegues».

Esa incertidumbre se ve agravada por nuestra renuencia a pensar seriamente en nuestro futuro. Puedo recordar con bastante claridad cómo era yo a los 40, los 30 o los 20, y es fácil llenar cualquier laguna de mi memoria mirando vídeos y fotografías, releyendo mis propios escritos de la época o consultando a personas que me conocieron entonces. Siento una profunda afinidad con ese yo más joven. En cambio, mi yo futuro es una especie de tabula rasa. Mi vida podría derivar en un millón de direcciones distintas, por lo que construir un retrato de mí mismo a los 60 o los 70, por no hablar de los 80 o los 90, parece el equivalente cognitivo a tratar de entender La broma infinita. La tarea resulta mucho más difícil debido a la estructura del cerebro humano. Nuestros antepasados cazadores-recolectores no tenían ninguna razón para meditar o planear el futuro porque vivían el momento, centrándose en lo que fuera necesario para sobrevivir un día más. «Desde una perspectiva evolutiva estamos orientados a prestar atención al aquí y el ahora, y el presente ejerce un poderoso atractivo en nosotros —explica Hal Hershfield, psicólogo de la Escuela de Gestión Anderson de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA)—. Simplemente no estamos diseñados para pensar en el futuro a largo plazo, y eso genera una desconexión emocional básica con nuestro yo más viejo».

Esa desconexión alimenta el edadismo de dos maneras distintas. En primer lugar, permite que nuestros prejuicios más oscuros sobre el envejecimiento afloren sin restricciones; y en segundo término, hace que resulte más fácil meter a todas las personas mayores en un saco rotulado como «otros», esto es, seres ajenos a nosotros.

Pero si nos esforzamos por imaginar nuestro futuro, y no digamos ya en ver lo mucho de bueno que puede tener, tal vez haya esperanza para poder vincular a nuestro yo envejecido con nuestro yo anterior.

La sabiduría popular nos dice que el pasado fue una época dorada para envejecer, que para nuestros ancestros el envejecimiento no era tanto una carga porque se tenía en alta estima a los ancianos. ¿Fue eso cierto alguna vez? Y, de ser así, ¿qué nos dice de los partidarios del edadismo hoy en día?

Ciertamente, es posible que en el pasado envejecer tuviera ventajas. Los ancianos obtenían prestigio al desempeñar papeles clave en las sociedades tradicionales: recolectar alimentos; enseñar a los jóvenes a fabricar armas, herramientas, cestas y prendas de vestir; cuidar a los nietos; actuar como líderes y consejeros políticos y espirituales… Su conocimiento de la historia, las canciones y la medicina los convertía en el Google de la era anterior a la lectoescritura. Como dice un proverbio africano: «Cuando muere un anciano, se quema una biblioteca».

Muchas de las grandes civilizaciones consagraron la deferencia a la edad en sus leyes. Así, por ejemplo, los ancianos se sitúan en lo más alto de la jerarquía confuciana, y en la Antigua Grecia los hijos podían ser castigados por maltratar a sus ancianos padres. Tanto en el Imperio maya como en el inca, se esperaba que los jóvenes prestaran absoluta obediencia a sus mayores. Del mismo modo que los hombres mayores siempre hablaban los primeros en los consejos públicos de Atenas, Esparta y Roma, así también los templos puritanos de la Norteamérica colonial reservaban los puestos más honorables para los miembros más ancianos de la congregación. Hasta los artífices de la Revolución francesa, que tanto desdeñaban la tradición, intentaron hacer del respeto por la edad un deber patriótico. Para ello crearon una nueva fiesta nacional, la Fête de la Vieillesse, en la que las ciudades rendían homenaje a sus ciudadanos mayores decorando sus casas, invitándoles a desfilar por las calles y cantando himnos laicos en los que se proclamaban sus virtudes. Uno de ellos, que se cantaba en Toulouse en 1797, decía así:

Pero aprende que a esta edad honorable el sabio llega solo a través de la paz. Solo esta proporciona una salud duradera. Los malvados jamás envejecen.

De hecho, algunos consideraban que llegar a una edad muy avanzada constituía una prueba de fortaleza, disciplina y virtud. No era, pues, nada infrecuente echarse años de más, como probablemente hizo el Viejo Parr. En 1647, Thomas Fuller, un clérigo y erudito inglés, advertía de que «muchos ancianos… ponen el reloj de su edad demasiado rápido cuando han pasado de los setenta años, y, envejeciendo diez años en un periodo de doce meses, pronto llegan a los ochenta; y luego, en cuestión de uno o dos años más, suben a los cien».

Además de renombre, la edad también podría conferir una influencia real. En la Antigua Grecia había que tener al menos 50 años para ser miembro de un jurado. Cicerón, un político romano del siglo I a. C., hablaba con entusiasmo de «la gloria suprema de la vejez…, su poder, autoridad e influencia». En el Renacimiento, Venecia elegía al más sabio de entre sus ancianos varones para ocupar el poderoso cargo de dux. Durante una gran parte de la historia, y en diferentes culturas, los padres ejercieron el poder sobre su descendencia controlando las tierras familiares hasta su muerte. En la Europa de los siglos XVII y XVIII, los hombres jóvenes intentaron hacerse con algo de ese prestigio e influencia vistiéndose para parecer mayores. Llevaban pelucas empolvadas y ropa entallada para dar la impresión de tener los hombros estrechos y redondeados, la cintura y la cadera más anchas, e incluso la columna vertebral ligeramente encorvada.

Otra de las ventajas del pasado: era mucho menos probable que te desecharan debido a tu edad cronológica. Los registros documentales eran tan escasos, y los conocimientos de aritmética tan raros, que la mayoría de nuestros antepasados no tenían más que una vaga idea de su edad. Hasta el año 1900, el Gobierno estadounidense no añadió una sección para consignar la fecha de nacimiento a sus formularios censales. Las angustiadas referencias al hecho de cumplir los 30, los 40 o los 50 son raras en los registros históricos debido al hecho de que esas cifras en sí mismas tenían menos significado o poder intrínseco. La idea del abatimiento o la depresión que hoy asociamos al «efecto cumpleaños» le habría parecido risible a cualquier campesino de la Europa medieval o a cualquier burócrata chino de la dinastía Qin, porque tener una determinada edad sobre el papel no te exponía a un torrente de prejuicios. En cambio, lo que te definía eran una serie de hitos —trabajo, matrimonio, paternidad, pérdida de un ser querido, herencia— que podían acontecer a casi cualquier edad.

Comparemos esto con lo que sucede hoy, cuando el hecho de no saber la propia edad se considera un signo de deterioro cognitivo, cuando la edad cronológica determina tantas cosas en nuestra vida: qué anuncios aparecen en nuestras redes sociales; cuánto pagamos por nuestros seguros; o cuándo podemos comprar tabaco y alcohol, mantener relaciones sexuales, estudiar, votar, alistarnos en el ejército, cobrar el salario mínimo, jubilarnos, cobrar una pensión o vivir en una comunidad residencial para jubilados. Hoy en día, cuando nos preguntan la edad, muchos de nosotros nos violentamos un poco antes de responder, porque en nuestra mente estamos calculando qué suposiciones harán los demás, qué sesgos se activarán, una vez que digamos la cifra en voz alta. ¿Pensarán que soy demasiado joven o demasiado viejo? ¿Que me falta experiencia o energía? ¿Que estoy envejeciendo bien o mal? No es de extrañar que la primera sugerencia que aparece cuando tecleamos la frase «Miento sobre…» en el cuadro de búsqueda de Google sea «… mi edad». O que Tinder te cobre una cuota extra para ocultar la edad que tienes. O que California haya aprobado una ley que otorga a los empleados de la industria del cine el derecho a que su fecha de nacimiento se borre de su perfil en las bases de datos de películas en Internet. «Sin esas claras barreras relacionadas con la edad, en el pasado se juzgaba a la gente mucho más por su aspecto, apariencia y comportamiento —explica Thane—. Nosotros tenemos más en cuenta la edad, y probablemente eso hace que resulte más difícil envejecer».

Aun así, los historiadores fruncen el ceño cuando se les pregunta si el pasado fue una época dorada para envejecer. No lo fue. Para empezar, la ausencia de la medicina moderna hacía la enfermedad, la decrepitud y la muerte más difíciles de soportar. Y tampoco es que envejecer garantizara siempre el prestigio y la influencia. Cuando sus mayores se convertían en una carga, las sociedades tradicionales solían matarlos con caprichosa crueldad. Los hopis los abandonaban en chozas especiales; los samoanos y los indios achés del Paraguay los enterraban vivos; los bactrianos de Asia central los echaban a los perros como alimento; los turco-mongoles preferían la asfixia; los antiguos sardos los arrojaban desde lo alto de los acantilados, mientras que los ojibwas del lago Winnipeg y los masagetas y padeos de Asia optaban por el sacrificio ritual. Entre los pueblos del norte de Siberia se esperaba que, cuando un hombre era demasiado viejo para cazar, se suicidara internándose en la nieve.

Es más: cualesquiera que fueran los beneficios que proporcionara el envejecimiento en el pasado, estos siempre se distribuían de forma desigual, y sus principales beneficiarios eran mayoritariamente los varones pertenecientes a la élite. La vejez raras veces era algo bueno para las mujeres o para los pobres. Paralelamente a las muestras públicas de respeto que han pasado a la historia, circulaba también una corriente de desprecio y rechazo hacia los mayores. Artistas, dramaturgos y filósofos los retratan a menudo como personas frágiles, pomposas, feas, avariciosas, estrechas de miras, maliciosas e inapropiadamente libidinosas. Pese a disfrutar de los mejores bancos de la iglesia, en la Norteamérica colonial, los ancianos eran objeto del desprecio comúnmente asociado al edadismo. Increase Mather, un pastor puritano, se lamentaba de que «tratar a las personas mayores con un lenguaje irrespetuoso y desdeñoso solo por su edad constituye un agravio tremendamente escandaloso a los ojos de Dios, pero cuán común resulta referirse a tal o cual persona como “ese viejo”, como una expresión de menosprecio en razón de su edad». Los primeros cristianos temían que el propio Dios pudiera tener cierta vena edadista. El Salmo 71 contiene una conmovedora súplica en ese sentido: «No me deseches en el tiempo de la vejez; cuando mi fuerza se acabare, no me desampares». Pat Thane no hace sino reflejar el consenso generalizado entre los historiadores cuando afirma: «Es un disparate creer que en el pasado se respetaba a los ancianos solo por serlo».

La forja del mundo moderno ha hecho que el envejecimiento resulte aún menos atractivo. Antes del siglo XVI, la gente no creía en el progreso.2 La opinión predominante en la mayoría de las culturas era que el mundo estaba estancado, o incluso en declive; si cabía esperar un futuro mejor, era solo en el más allá. Pero todo eso cambió cuando la Revolución científica nos dio el poder de transformar el mundo, convirtiendo la idea de progreso en un artículo de fe y un punto de referencia cultural. Una vez que arraigó la creencia de que se podía mejorar la condición humana, la vejez —por no hablar de la muerte— empezó a verse como la gran aguafiestas, ya que implicaba perderse la promesa de un futuro mejor aquí en la tierra.

El paso de las sociedades agrarias a las industriales también vino a quitarle algo de lustre a la vida de ultratumba. Los padres perdieron influencia al surgir nuevos empleos que permitían a sus hijos prosperar por sí mismos. La difusión de la alfabetización puso en manos de todos unos conocimientos que antaño eran patrimonio de los mayores. Los rápidos avances tecnológicos hicieron que las nuevas destrezas fueran más codiciadas que la experiencia y las habilidades heredadas. El propio lenguaje empezó a reflejar la pérdida de valor de la edad. A partir de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX, muchas palabras hasta entonces utilizadas para describir a las personas mayores de manera neutral o halagadora pasaron a tener connotaciones peyorativas de las que antes carecían. La expresión «vieja guardia», antaño un distintivo de honor en el ejército napoleónico, pasó a convertirse en sinónimo de reaccionario y corrupto.

A medida que la esperanza de vida media comenzó a aumentar, también lo hizo la inquietud relativa al envejecimiento de la población. Para lidiar con el creciente número de quienes, en palabras de un líder sindical estadounidense, eran «demasiado viejos para trabajar, pero demasiado jóvenes para morir», hacia finales del siglo XIX los estados modernos empezaron a establecer planes nacionales de pensiones, una medida que resultaría tener sus pros y sus contras: la ventaja era que con ello se salvaba a millones de personas de la pobreza en sus últimos años; el inconveniente, que nos dejó atrapados en un ciclo vital de tres etapas —educación, trabajo remunerado y ocio jubilado— que llevaba aparejado la idea de que en algún momento de la sesentena todos pasábamos de manera instantánea de ser productores a convertirnos en meros receptores. En una cultura que mide el valor personal en función de la cantidad que uno aporta al PIB, esta última etapa de la vida, por más que se rebautizara con términos como «años dorados», empezó a verse como una especie de gorronería. En 1967, los Beatles se preguntaban: «¿Me seguirás necesitando, me seguirás alimentando cuando tenga sesenta y cuatro años?».

La revolución de la década de 1960 vino a erosionar aún más el atractivo de la vejez. La humanidad siempre ha admirado el vigor, la fertilidad y la belleza de la juventud —toda la mitología grecorromana es un canto a los cuerpos fértiles—, pero el hecho de ser joven rara vez era un fin en sí mismo. Eso cambió cuando la cultura juvenil, potenciada por la explosión de natalidad de la posguerra, conquistó el mundo con su ropa, su música, su arte, su jerga y su actitud. De repente, y por primera vez en la historia, ser joven era genial, algo codiciado a lo que había que aspirar, lo que venía a colocar una gran diana en la frente de cualquiera que llevara ya unos cuantos años a cuestas. A lo largo de toda la película de los Beatles ¡Qué noche la de aquel día!, estrenada en 1964, el melenudo cuarteto se burla de manera despiadada de un anciano personaje. «¡Pobrecillo! —cantan haciendo gorgoritos—. ¡No puede evitar ser viejo!». Cinco años después, Butler acuñaba el término edadismo.

El feroz individualismo de nuestra época proporciona al edadismo un estímulo adicional. Una dura realidad es que envejecer a menudo significa depender más de los demás. Esa dependencia puede ser trivial, como en el caso de que uno requiera la ayuda de un par de ojos más jóvenes para leer la letra pequeña en una ferretería, o puede implicar necesitar ayuda para cosas tales como lavarse, ir al baño o pagar las facturas. En cualquier caso, esa dependencia hace un mal papel en una cultura que valora ante todo la autosuficiencia productiva.

El consumismo moderno no hace sino empeorar las cosas por cuanto refuerza el mantra de «cuanto más joven, mejor» al potenciar la obsesión por lo nuevo por encima de lo viejo. Y asimismo concibe el envejecimiento como un problema que se puede resolver si uno invierte el suficiente tiempo, dinero y energía en ello. El mensaje que llega de todos lados es tan claro como cruel: envejecer es algo que solo les sucede a los fracasados que no se esfuerzan lo suficiente.

Para ver un ejemplo concreto de cómo la modernización alimenta el edadismo, solo tenemos que dirigir la mirada hacia Asia oriental. Muchos países de esta región geográfica, especialmente Japón, las dos Coreas, Vietnam, Singapur y China, tienen una larga tradición de piedad filial y respeto a los ancianos que hunde sus raíces en el confucianismo. La teoría subyacente es que la reciprocidad —tú me cuidas de pequeño, y yo te cuidaré cuando seas anciano— reduce la ansiedad que rodea al envejecimiento. En la década de 1930, el influyente ensayista chino Lin Yutang sostenía que en Oriente la gente anhelaba envejecer, mientras que los occidentales lo temían. Aún hoy, en muchos países asiáticos, las personas mayores siguen disfrutando de un elevado estatus, al menos sobre el papel. Los japoneses utilizan el sufijo honorífico san como símbolo de deferencia hacia los mayores, y celebran una festividad nacional denominada Día del Respeto a los Ancianos, con obsequios, brindis y fiestas. Es habitual que en los medios de comunicación japoneses aparezcan noticias sobre personas muy mayores que realizan impresionantes hazañas físicas o transmiten sus habilidades en toda clase de cosas, desde el kabuki hasta la fabricación de calzado. Los coreanos celebran su sexagésimo cumpleaños por todo lo alto. En el mundo chino, los niños aprenden desde hace siglos a respetar a sus mayores leyendo unos cuentos populares clásicos conocidos como Las 24 historias ejemplares de la piedad filial. En una de ellas, un niño atraviesa un enjambre de mosquitos para salvar a su madre y a su padre; en otra, otro niño estrangula a un tigre para rescatar a su progenitor.

Cuán profunda ha sido históricamente esa reverencia hacia la edad en los países de Asia oriental es una cuestión abierta al debate, pero lo que sí resulta evidente es que hoy en día ha disminuido. Actualmente, los expertos de la región se hacen eco de sus colegas occidentales al considerar que la población anciana representa un problema. La cultura popular local, con sus estrellas tipo manga y sus grupos de chicos de rostro lozano, con sus Uniqlo, Pokémon y «Gangnam Style», ha pasado a estar ferozmente centrada en la juventud, contribuyendo a impulsar el auge de la cirugía estética. Los cazatalentos de Asia oriental explican que las personas maduras que buscan empleo están eliminando discretamente la fecha de nacimiento de sus currículos. Durante un rifirrafe diplomático en 2017, el Ministerio de Asuntos Exteriores de Corea del Norte jugó la carta edadista al calificar al presidente estadounidense, Donald Trump, de neukdari, un término despectivo habitual para referirse a las personas mayores que podría traducirse como «viejo chocho». Incluso muchos políticos deseosos de seguir trabajando se ven actualmente sometidos a presión para que dimitan por el mero hecho de ser demasiado viejos. Cuando, en 2003, el ex primer ministro japonés Yasuhiro Nakasone se vio obligado a renunciar a su puesto de parlamentario a los 85 años de edad, escribió un haiku pasivo-agresivo para transmitir su consternación: «Todo es teatro humano. / El sol otoñal se está poniendo».3

También el contrato confuciano entre las generaciones se está debilitando en la medida en que cada vez más asiáticos optan por ingresar a sus mayores en residencias de ancianos, en lugar de compartir un mismo techo con ellos. Actualmente, los japoneses se quejan del kaigo-jigoku, o «el infierno de la prestación de cuidados», y dicen que los jóvenes aspiran a dos cosas en la vida: tener un coche propio y no vivir con la abuela. Alarmada por este cambio, China ha tomado medidas para reforzar el estatus de sus ciudadanos mayores. En 2012, los burócratas de Pekín publicaron una versión moderna del manual de piedad filial tradicional. «Enseña a tu madre y a tu padre a usar Internet», sugiere este. «Visítalos con la mayor frecuencia posible los días festivos». Para contribuir a esto último, el Gobierno chino ha aprobado una ley que obliga a los adultos a visitar a sus padres ancianos, y a las empresas, a proporcionar a sus trabajadores el tiempo libre necesario para ello.

La afirmación de Yutang de que Oriente fue antaño menos edadista que Occidente debería servirnos de esperanza. ¿Por qué? Pues porque nos recuerda que la actitud con respecto al envejecimiento no es inamovible. Puede que los seres humanos estemos programados para admirar los cuerpos jóvenes y retroceder ante cualquier cosa que augure la muerte, pero, más allá de eso, nuestro modo de concebir el envejecimiento viene configurado por la cultura; y eso significa que se puede modificar.

Las placas tectónicas de fondo ya están empezando a moverse. Toda la energía empresarial que presencié en Shoreditch demuestra que se está avanzando para transformar nuestra concepción del envejecimiento, para sacar el máximo partido de la tercera edad, en lugar de retroceder asustados ante ella.

Si a lo largo del último siglo nos hemos ido volviendo cada vez más y más edadistas, también podemos invertir la tendencia y serlo cada vez menos en el próximo.

2 EJERCICIO: «IN CORPORE SANO»

Nuestro cuerpo es una máquina de vivir.

Está organizado para eso, es su naturaleza.

LEÓN TOLSTÓI

Diseñar un coche para un conductor anciano era un asunto complicado. Los jóvenes ingenieros no tenían ni idea de lo que era abrocharse el cinturón de seguridad con las articulaciones agarrotadas; o salir de detrás del volante con problemas de equilibrio. Leer los indicadores de un salpicadero con una visión deficiente no formaba parte de su experiencia vital; ni girar los diales con artritis o un sentido del tacto reducido.

Todo eso cambió a principios de la década de 2000, cuando el fabricante de automóviles japonés Nissan inventó un traje que simula las limitaciones físicas impuestas por la vejez. Utilizar uno de esos trajes equivale aproximadamente a echarse treinta años encima, lo que puede resultar muy revelador para las grandes marcas. Saber qué se siente de verdad al habitar en un cuerpo más viejo hizo que a los jóvenes ingenieros de Nissan les resultara mucho más fácil diseñar coches para conductores mayores. Hoy los «trajes de envejecimiento» se utilizan no solo en la industria automotriz, sino también fuera de ella. Los arquitectos, por ejemplo, los emplean para diseñar residencias de ancianos.

Ahora me ha tocado el turno a mí. Una de mis principales preocupaciones con respecto al envejecimiento es que mi cuerpo me traicione, que los dolores y la rigidez que siento al final de mi quinta década no sean más que un presagio del apocalíptico declive que está por venir, que el día en que tenga que colgar mi palo de hockey llegue mucho antes de lo que me gustaría. Es este un temor que ha estado presente en todas las épocas históricas, reforzado por las despiadadas descripciones de personas que han alcanzado una edad muy avanzada. Hace más de 4.500 años, un anciano escriba egipcio afirmaba: «Ha llegado la debilidad… El corazón duerme fatigado todos los días. Los ojos son débiles; los oídos, sordos; la fuerza desaparece debido al cansancio del corazón, y la boca está en silencio y no puede hablar… Los huesos sufren la vejez… Todo sabor ha desaparecido. Lo que la vejez le hace a los hombres es malo en todos los aspectos». El novelista Philip Roth pulsaba el mismo acorde con una concisión escalofriante: «La vejez no es una batalla; es una masacre».

Para afrontar mi temor a envejecer, y quizás incluso llegar a superarlo, necesito experimentar de primera mano qué se siente al tener un cuerpo más viejo; y la única forma de hacerlo es probarme un traje de envejecimiento. El que me pilla más cerca de casa está en el campus de la Universidad South Bank de Londres, una mole de vidrio y hormigón de color naranja situada no muy lejos del célebre teatro Globe, donde se pronunció el shakesperiano discurso de las «siete edades del hombre» hace 400 años. Aquí el traje se utiliza para fomentar la empatía entre médicos, cuidadores y enfermeras, además de como herramienta de investigación.

Sheelagh Mealing, una antigua enfermera con acento de Yorkshire y un talante serio y directo, es la responsable oficial de la conservación del traje. A pesar de que hace poco que le han colocado una prótesis de cadera, camina con energía, como si todavía estuviera haciendo la ronda en una planta de hospital. Sentados en su pequeño despacho, ardo en deseos de ponerme el traje, pero ella insiste en que primero debe hacerme un control de salud. Las preguntas se suceden con rapidez: ¿tomo algún medicamento?, ¿tengo alguna enfermedad cardiaca?, ¿algún problema respiratorio?, ¿trastornos musculoesqueléticos?, ¿cuál es mi estado general? «Hemos de estar seguros de que puede soportar la tensión que le causará el traje», me dice. ¿La tensión? ¿De verdad tener un cuerpo más viejo resulta tan penoso que necesito firmar primero un consentimiento informado? Se me encoge un poco el corazón.

Una vez superado el papeleo, Mealing abre una gran caja que está en el suelo. Resulta que el traje no es en absoluto una prenda única, sino más bien una serie de piezas que recuerdan a los trajes de protección que se emplean para practicar deportes de contacto o desactivar bombas. Todos sus integrantes —el relleno, los guantes, los tirantes, las pesas, el chaleco, el inmovilizador del cuello y las botas— son de color negro y se sujetan con hebillas y cintas de velcro. Se tardan sus buenos diez minutos en ponérselo todo.

Una vez vestido, y con el aspecto de una especie de Robocop en versión pobre, me pongo de pie. Aunque me siento más pesado y un poco inestable, mi primera reacción es de absoluta arrogancia: «¿Y para eso tanto jaleo? —pienso para mis adentros—. ¡Pues no es para tanto! Está claro que a Roth le gustaba mucho dramatizar». Pero Mealing apenas está empezando. Para mermar mi capacidad auditiva, me pide que me ponga unos tapones de espuma en los oídos y que luego me coloque unos auriculares encima. A continuación, viene el momento de elegir unas gafas modificadas para degradar mi visión. Mealing me invita a escoger una enfermedad de un menú impreso que incluye de todo, desde las cataratas hasta la retinosis pigmentaria pasando por la degeneración macular. Es como pedir un café en Starbucks. Opto por el glaucoma. Una vez puestas las gafas, mi visión se oscurece considerablemente, aparte de un pequeño círculo lechoso en el medio. Es como mirar a través de una portilla con el cristal sucio.

Llega el momento de dar un paseo. Mealing me lleva fuera de su despacho, siguiendo el pasillo hacia el ascensor. Una vez que estoy realmente en movimiento, empiezo a notar de verdad el efecto conjunto de los diversos impedimentos que lleva el traje. Me siento torpe, débil, pesado, desequilibrado, vulnerable y hasta un poco asustado. Para compensar mi mala visión y audición, empiezo a menear la cabeza de un lado a otro, como un muñeco de resortes, buscando alguna pista visual o auditiva capaz de atravesar la niebla. A cada paso extiendo las manos para tocar la pared, un extintor de incendios, el brazo de Mealing, cualquier cosa que me proporcione algo de apoyo.

Abajo, en el vestíbulo, las cosas empeoran aún más en la puerta giratoria. Normalmente, las encuentro demasiado lentas, y a menudo las detengo al chocar involuntariamente contra el cristal de delante. Pero esta vez los papeles se invierten. Para la edad artificial que tengo en ese momento, la puerta parece girar como un tiovivo a toda marcha.

«¿Esta es la velocidad normal?», le pregunto a Mealing.

«Sí. Solo que ahora usted se ha ralentizado más de lo que cree», me responde.

Finalmente reúno el coraje para atravesar la puerta, pero entonces esta se detiene porque la hoja de cristal me golpea… por detrás. Al notar que hay otras personas esperando para pasar, siento una punzada de irritación y de vergüenza.

Fuera, en la calle, ocurre lo mismo. Todo el mundo parece moverse muy deprisa, apareciendo repentinamente ante mi vista o adelantándome como atletas olímpicos. No logro cruzar al otro lado de un paso de peatones antes de que el hombrecillo verde desaparezca. Después de unos quince minutos, tengo las piernas cansadas y respiro con dificultad. A medio camino de un tramo de escaleras noto que el sudor me corre por la espalda. «Ahora está tambaleándose y arrastrando bastante los pies —me comenta Mealing—. Y parece menos estable».

Cuando enfilamos la recta final, una joven emerge de una puerta situada a mi derecha. Por su lenguaje corporal deduzco que planea cruzarse en mi camino, pero decido hacer uso de mi preferencia de paso acelerando un poco. Solo que no logro acelerar lo suficiente, pierdo un poco el equilibrio al intentarlo y casi terminamos chocando. Me siento como un idiota.

Cuando vuelvo a quitarme el traje, en el despacho de Mealing, tengo la moral por los suelos. Ser mayor es peor de lo que imaginaba. Mil veces peor. «Es bastante impactante darte cuenta de que ya no controlas tu cuerpo, ¿verdad?», me pregunta Mealing. ¡Y que lo diga! Vuelvo a casa lleno de temor existencial, con una pregunta tintineando en el fondo de mi mente como una irritante campanilla de viento: ¿cómo podemos aceptar el envejecimiento si resulta que de verdad es una masacre?

¿O no?

Poco después de probarme el traje de envejecimiento, tomo un tren y atravieso el canal de la Mancha rumbo al norte de Francia. Mi destino es Roubaix, una pequeña población que en el siglo XIX se hizo un nombre como centro textil. Aquellos días de gloria pasaron hace ya mucho. Las barcazas ya no transportan lana ni prendas de vestir por el viejo canal de la ciudad. Las fábricas que antaño albergaron los telares mecánicos hoy guardan silencio, mientras las tiendas están abarrotadas de ropa hecha en Asia. Hay un alto índice de paro, y casi la mitad de las familias locales viven por debajo del umbral de la pobreza. No hace mucho se calificó a Roubaix como «la ciudad más pobre de Francia». Lo único que hoy atrae aquí a la gente es su velódromo, dotado de la tecnología más moderna.

Cuando llego, me encuentro con un campeonato europeo de ciclismo en pleno auge. Fuera del velódromo hay aparcados coches y caravanas procedentes de todo el continente. En el interior, dos ciclistas recorren a toda pastilla la pista de madera de pino como una difusa pintura fauvista hecha a base de licra, mientras los relojes cronometran su tiempo con una precisión de milésimas de segundo. El recinto de descanso de la parte central ofrece un panorama familiar. Los ciclistas, hombres y mujeres, deambulan entre un bosque de bicicletas de peso pluma que cuestan más de lo que la mayoría de la gente gana en un mes. Ven las carreras, animando a amigos y compañeros de equipo. Comen plátanos y beben agua. Se relajan con masajes y meditación. Algunos calientan pedaleando sin moverse utilizando unos rodillos que emiten un zumbido parecido al de una abeja. Otro está hablando a través de Skype con su familia, que está en Italia. De vez en cuando suena un himno nacional en la megafonía mientras un trío de medallistas sube al podio. Las conversaciones tratan de los tiempos de las carreras, las rutinas de entrenamiento o las últimas novedades en materia de equipamiento.

Yo estoy aquí para superar el trauma de haber utilizado el traje de envejecimiento. ¿Por qué? Pues porque algunos de los ciclistas que recorren zumbando la pista de este velódromo tienen treinta años más que yo.

El cuerpo humano siempre ha sido capaz de seguir prestando un excelente servicio mucho después de su apogeo. A mediados del siglo III, en la provincia romana de Mauritania —la actual Argelia—, enterraron a un hombre a la edad de 50 años; la inscripción de su lápida dice que «murió en la flor de la juventud». Muchos de los Argiráspidas (o «Escudos de Plata»), el cuerpo militar de élite que sirvió a Alejandro Magno en el siglo IV a. C., tenían más de 60 años. Eran los primeros en atacar en combate, llevaban a cabo misiones especiales y realizaban marchas forzadas a través del desierto. En 1165, Hildegarda de Bingen fundó una abadía en el valle del Rin a los 67 años de edad, y dirigió a las monjas que allí residieron hasta su muerte a los 81. Gaston Phébus, el undécimo conde de Foix, murió a los 60 años cuando regresaba de una cacería de osos, en 1391. Un año después, John Hawkwood, un condotiero inglés, participó en una justa en Bolonia a la edad de 72 años.

Miguel Ángel mediaba la sesentena cuando realizó una de las hazañas más agotadoras de la historia del arte: pintar el Juicio final en la pared del altar de la capilla Sixtina. A partir de 1536, pasó cuatro años trabajando encaramado a andamios precarios a una altura de hasta 20 metros del suelo. En un momento dado se cayó y se hizo tanto daño que tuvo que interrumpir el trabajo durante semanas. Un colega pintor, Giorgio Vasari, se mostró sorprendido por su capacidad de recuperación: «Ejecutó los frescos con gran incomodidad, teniendo que trabajar mirando hacia arriba, lo que le dañó tanto la vista que no podía leer ni mirar dibujos si no era con la cabeza echada hacia atrás; y eso duró varios meses… Me sorprende que Miguel Ángel soportara tan bien toda esa incomodidad». Tampoco el Juicio final acabó con él: una vez terminado, siguió produciendo un formidable volumen de trabajo hasta su muerte, a la edad de 88 años.

Hoy en día, la ciencia hace que a todos nosotros nos resulte más fácil encauzar esa misma capacidad de resistencia que mostró Miguel Ángel. Gracias a una mejor nutrición y entrenamiento, así como a un enfoque más inteligente del descanso y la recuperación, los atletas de élite están marcando el camino. En los Juegos Olímpicos de 2008, la nadadora estadounidense Dara Torres ganó tres medallas de plata en natación a los 41 años de edad (de paso, batió el récord mundial en la carrera de relevos de estilos). En los Juegos de 2016, una uzbeka de 41 años llamada Oksana Chusovitina compitió en gimnasia femenina, un deporte tradicionalmente dominado por adolescentes. A principios de ese mismo año, Jaromír Jágr, un jugador checo de hockey sobre hielo, participó en el denominado «Partido de las Estrellas» de la Liga Nacional de Hockey estadounidense cuando tenía 43 años. El jugador de tenis Roger Federer disfrutó de un notable resurgimiento cuando mediaba la treintena, armado con un revés que parecía incluso mejor que en su mejor momento anterior. Después de ganar el Abierto de Australia en 2018, su tercera victoria del Grand Slam en un mismo año natural, a los 36 años se convirtió en el jugador de mayor edad en alcanzar el número uno en la clasificación de su deporte. «No creo que la edad sea un problema en sí misma», declaró.

Allí donde van las estrellas, las seguimos el resto de nosotros. Actualmente, YouTube está lleno de videoclips de gente realizando notables hazañas físicas en la tercera edad. Entre los ejemplos más recientes se incluyen: una mujer de 101 años haciendo rápel en una torre de 94 metros; otra saltando en paracaídas a los 82; un hombre que empezó a levantar pesas a los 87 años y participó en competiciones de halterofilia diez años después; un hombre de 67 años que ha ganado el Premio al Aventurero del Año por Votación Popular de la revista National Geographic por realizar la expedición transatlántica en kayak más larga de la historia; o el maestro de yoga más viejo del mundo, que tiene 98 años.

Casi todas las actividades deportivas que se nos puedan ocurrir, desde el atletismo hasta la natación pasando por el ciclismo y el esquí, el tenis y el hockey, actualmente cuentan con una versión «máster» (o de «veteranos») para aficionados desde los 30 a los 100 años y más. Y aunque más de uno pueda soltar una risita ante la idea de un esquiador septuagenario o un velocista centenario (olvídese de los jugadores de hockey de cincuenta y pico), el deporte en la tercera edad es un asunto serio. Actualmente, los denominados Juegos Mundiales Máster, que se celebran cada cuatro años —una especie de Juegos Olímpicos para mayores de 30 años—, atraen a más competidores que ningún otro evento deportivo del mundo. Y tampoco es que los atletas de más edad se presenten meramente para participar: están ahí para ganar. El rendimiento está mejorando a pasos agigantados en cada uno de los niveles de edad, lo que significa que el atleta medio de 35, 55 o 75 años se hace más rápido, más fuerte y más ágil cada año que pasa. «Estamos justo al comienzo de todo un movimiento que va a redefinir lo que las personas mayores son capaces de hacer», afirma Joe Baker, profesor de la Escuela de Kinesiología y Ciencias de la Salud de la Universidad York de Toronto.

Esto coincide con mi experiencia en el Campeonato Máster de Roubaix. Lo primero que observas en el velódromo es que resulta casi imposible adivinar la edad de un ciclista en la pista. En el recinto de descanso se ven canas, arrugas, michelines y alguna que otra barriga. Sin embargo, una vez que los ciclistas se ponen los cascos, las gafas y la ropa de licra, y empiezan a pedalear, todos parecen casi iguales. Lo único que distingue a los octogenarios de los treintañeros es la velocidad de desplazamiento (también en los deportes de nivel máster más joven equivale a más rápido), pero, dado que todos compiten en sus propias categorías de edad, esa diferencia rara vez se pone de manifiesto.

Sin embargo, lo que realmente llama la atención de Roubaix es el hecho de que algunos de los ciclistas mejoran año tras año. Una cosa es que todo un grupo de edad exhiba un mayor rendimiento que hace una década, y otra muy distinta que haya atletas individuales cuya velocidad aumenta conforme envejecen. Sin embargo, eso es exactamente lo que está ocurriendo aquí.

No mucho después de mi llegada al velódromo, Steve Cronshaw se dirige a la línea de salida para competir en una contrarreloj en solitario que determinará su posición como cabeza de serie en el evento de velocidad. Recorre la pista a toda mecha; las piernas se le mueven como a un personaje de dibujos animados. Cubre los 200 metros en 11,3 segundos, estableciendo un nuevo récord mundial para el grupo de 60-64 años. También ha marcado su mejor tiempo personal. En otras palabras, Cronshaw, un ingeniero inglés jubilado, corre más deprisa a sus 60 años de lo que lo hacía a los 40.

Otros ciclistas presentes en el evento cuentan historias similares. Un hombre de 66 años cubre tanto las 10 millas (16 kilómetros) como las 25 (40,23 kilómetros) más deprisa que hace veinte años. Carolien van Herrikhuyzen, una atleta neerlandesa de 41 años que acaba de establecer una nueva marca personal en los 500 metros, espera seguir recortando segundos de su tiempo en la próxima década. «Soy mucho más rápida que hace diez años —afirma—. Y conociendo mi cuerpo y viendo lo que hacen los atletas mayores, sé que puedo ir aún más deprisa». Uno encuentra ese mismo espíritu de superación incluso en las edades más avanzadas. En 2012, Robert Marchand, un bombero francés retirado, estableció un récord mundial entre los mayores de 100 años recorriendo 14,2 millas (22,85 kilómetros) en una hora; dos años después, a la edad de 102, estableció un nuevo récord al recorrer 16,7 millas (26,88 kilómetros) en ese mismo tiempo. Como dice Cronshaw: «Estamos rompiendo las reglas del envejecimiento».

¿Qué importancia tiene todo esto para los mortales comunes y corrientes que no tienen el menor deseo de dejarse la piel intentando batir récords mundiales de ciclismo? Pues, en realidad, mucha. Aunque a uno no le interese el deporte de competición, incluso si la única actividad física a la que aspira en la tercera edad es salir a caminar o jugar con los nietos, merece la pena prestar atención a las personas como Van Herrikhuyzen y Cronshaw: además de ayudar a crear un mundo donde el deporte sea un pasatiempo aceptable para cualquier edad, constituyen la prueba viviente de que la vejez puede ser algo mucho mejor que la masacre que mencionaba Roth.

Por regla general, el cuerpo humano alcanza su plenitud física alrededor de los 30 años. A partir de ahí, por razones que aún hoy siguen siendo un misterio, se inicia un constante declive. El cabello se encanece y la piel se desgasta. Perdemos estatura, densidad ósea, fuerza y resistencia. Las articulaciones se agarrotan, la visión y la audición se reducen, y las arterias se obstruyen. A partir de la treintena, nos volvemos más susceptibles a las enfermedades, y nuestro riesgo de muerte se duplica cada siete años. La menopausia, que generalmente comienza a partir de los 40 años, pone fin a la fertilidad femenina y puede provocar periodos de angustia física y emocional que pueden durar meses o más. Paralelamente, ambos sexos empiezan a experimentar una desaceleración en sus movimientos, su memoria y su metabolismo. O como bromeaba en cierta ocasión el cómico británico John Wagner: «Con la edad todo se ralentiza, excepto el tiempo que tardan los pasteles y helados en llegar a tus caderas».

Una auténtica pesadilla, ¿verdad? Pues no. Lo bueno es que resulta que no todo es malo, ni mucho menos. En realidad, envejecer nos hace más robustos en algunos aspectos. Algunas de las enfermedades más desagradables —diabetes, leucemia, cáncer de mama— pierden fuerza en la tercera edad. Los dolores de cabeza y las migrañas se hacen menos frecuentes a medida que envejecemos, mientras que las alergias, como la fiebre del heno, pueden desaparecer por completo. El envejecimiento también reduce las posibilidades de sufrir un resfriado común gracias a la inmunidad acumulada con los años.1

El declive relacionado con la edad también se desarrolla más despacio de lo que imaginamos. El control motor y la coordinación mano-ojo, por ejemplo, pueden mantenerse hasta los 70 y más. Ponerse un traje de envejecimiento es una experiencia traumática porque impone a la vez todas las deficiencias posibles, y no hay muchas personas que tengan tan mala suerte en la vida real. La mayoría de nosotros solo padeceremos algunas de las discapacidades que prevé el traje, y además las experimentaremos de una manera lo bastante gradual como para poder adaptarnos a ellas. Lo mejor de todo es que el envejecimiento es un asunto sorprendentemente variable. Parte de la forma en que nuestros cuerpos cambian a lo largo de los años viene determinada por la genética, y, por lo tanto, queda fuera de nuestro control (al menos por el momento). Pero una buena parte depende de nuestro estilo de vida: de nuestra forma de comer, trabajar, hacer ejercicio, dormir, relacionarnos y relajarnos; de nuestra relación con las drogas, el alcohol y el tabaco, y del lugar donde vivimos. Eso nos proporciona a todos, seamos atletas o alérgicos al deporte, un montón de palancas que accionar para tener una vida más larga y más sana.

Los consejos acerca de cómo mantener un cuerpo sano en la tercera edad se remontan a muy atrás en la historia. Galeno, el célebre médico que vivió en la época del Imperio romano, prescribía, entre otras cosas, montar a caballo, lanzar pelotas, comer ciruelas y viajar en barco. Aunque los consejos modernos tienen una mayor base científica, algunos de ellos resultan demasiado espantosos para considerarlos, y no estoy hablando de vivir con una dieta de pasto de trigo y espirulina. Un ejemplo: algunas investigaciones sugieren que la forma más segura de que un hombre alargue catorce años su vida es convertirse en eunuco.2 Pues mire, no, gracias.

Por fortuna, los científicos modernos coinciden en una receta más aceptable para tener un buen estado físico: mantenerse físicamente activo; hacer una dieta saludable; beber alcohol con moderación y no fumar; establecer fuertes lazos sociales; tener un propósito en la vida que te haga levantarte por las mañanas; ser menos materialista, y reír mucho.

De todos los elementos de esta lista, el ejercicio parece ser el que se halla más cerca de la poción mágica. Ya en el año 400 a. C., Hipócrates declaró que era la mejor medicina para el hombre. «Eso es para lo que estamos hechos —sostiene Nick Cavill, investigador de salud pública en la Universidad de Bristol—. Probablemente, todo el mundo sabe lo básico, pero a menudo lo pasamos por alto en nuestra ajetreada vida moderna. Somos cazadores-recolectores. Fuimos diseñados para ser físicamente activos durante todo el día».

Cuando se trata del cuerpo humano, la moraleja de la historia es «o lo usas, o lo pierdes». Aunque la fuerza de agarre tiende a alcanzar su punto máximo mediada la treintena y luego decae rápidamente, los trabajadores de las cadenas de montaje que realizan diariamente movimientos de agarre conservan esa fuerza hasta bien entrada la sesentena. Lo mismo ocurre, por ejemplo, cuando uno toca el piano. Los pianistas profesionales mantienen su velocidad de digitación en la tercera edad, pese a que el resto de nosotros empezamos a perderla a partir de los 30 años.

Se puede extraer una lección similar de las llamadas «zonas azules», como se denomina a aquellas áreas geográficas, repartidas por todo el mundo, donde las personas son más longevas. Esas zonas están llenas de personas de edad muy avanzada que están en muy buena forma física. Actualmente, algunas de ellas son auténticos lugares de peregrinación para expertos y curanderos que buscan el elixir de la juventud. Hace años visité una «zona azul» llamada Vilcabamba, un pueblecito situado en un frondoso valle en el sur de Ecuador. No había allí gimnasios ni velódromos, pero la actividad física estaba integrada en la rutina cotidiana. Los lugareños iban andando a todas partes, y la mayoría de ellos realizaban algún tipo de trabajo manual. No era raro verlos cargando sacos de grano o arreando el ganado hacia los campos cultivados por sus bisnietos. A mitad de una entrevista, cuando mi dictáfono cayó al suelo, una mujer de unos 90 años se agachó para recogerlo con la elasticidad de una gimnasta adolescente.

Pero por fortuna uno no tiene que mudarse a una «zona azul» para que su cuerpo envejezca mejor. Ni tiene que apuntarse a crossfit o contratar a un entrenador personal. A veces basta con realizar pequeños reajustes en la vida diaria: subir las escaleras en lugar de coger el ascensor; levantarse del sofá para cambiar los canales del televisor en lugar de utilizar el mando a distancia, o bajarse del autobús una parada antes, o aparcar el coche más lejos de nuestro destino para caminar más. De manera similar, los ejercicios recomendados por los expertos no resultan especialmente intimidantes. La mayoría aconsejan realizar cada semana 150 minutos de actividad aeróbica moderada, o bien 75 minutos de ejercicio vigoroso, o bien una mezcla de ambos, más un poco de entrenamiento de resistencia. Eso equivale a la modesta cantidad de 15-25 minutos diarios. El ejercicio aeróbico moderado puede ser una caminata a paso ligero o un paseo en bicicleta, mientras que correr ya cuenta como ejercicio vigoroso. Por su parte, el entrenamiento de resistencia puede hacerse levantando pesas o simplemente cargando las bolsas de la compra o cavando en el jardín. Los usuarios de sillas de ruedas pueden obtener resultados similares haciendo rutinas de ejercicio sentados o jugando a las versiones para silla de diversos deportes, desde el bádminton hasta el baloncesto.

Sin embargo, si decides esforzarte un poco más, tu cuerpo te lo agradecerá. Diversos estudios demuestran que el ejercicio regular puede proteger contra los accidentes cerebrovasculares, el cáncer, la diabetes, las enfermedades cardiacas, las caídas y las fracturas de cadera. Puede estabilizar el peso y la presión arterial, así como reducir las posibilidades de morir antes de tiempo. Cuando un equipo de investigadores británicos estudió a un grupo de ciclistas aficionados, hombres y mujeres de edades comprendidas entre los 55 y los 79 años, que habían hecho ejercicio regularmente a lo largo de toda su vida adulta, se asombraron al descubrir lo poco que sus cuerpos habían mermado con el tiempo. No habían perdido fuerza, ni masa muscular, ni (en el caso de los hombres) testosterona, y sus vientres carecían de la típica «curva del cincuentón». Pero lo más sorprendente de todo era que los ciclistas de mayor edad gozaban de unos sistemas inmunitarios tan robustos como los que suelen verse en los veinteañeros.3

Si está leyendo esto y piensa que ya es demasiado tarde para empezar a hacer ejercicio, va a tener que reconsiderarlo. Incluso si hasta ahora ha sido un teleadicto de los que no se levantan del sofá, todavía puede disfrutar de los dividendos del ejercicio. Un estudio realizado en Noruega descubrió que los hombres que empezaban a hacer ejercicio en la cuarentena o la cincuentena reducían el riesgo de padecer un accidente cerebrovascular al mismo nivel que los que llevaban haciéndolo toda su vida.4 Tampoco tiene por qué sentirse culpable cada vez que un amigo cuelgue una foto haciendo triatlón en Facebook, porque el ejercicio está sujeto a la ley de rendimientos decrecientes. En otras palabras: más es mejor, pero solo hasta cierto punto. Como dice Cavill: «Un corredor de maratón o un triatleta no está haciendo mucho más por su salud que alguien que sea razonablemente activo». Conclusión: con un mantenimiento razonable y la actitud correcta, la mayoría de nosotros podemos seguir haciendo cosas asombrosas con nuestro cuerpo.

Este mensaje está calando. Desde Hong Kong hasta Houston, pasando por Hamburgo, las personas se mantienen más activas corriendo, practicando senderismo, montando en bicicleta, remando o simplemente acumulando 10.000 pasos al día. Actualmente, en Estados Unidos, los mayores de 50 años representan más del 40 % de las personas que realizan viajes de aventura, mientras que en el Reino Unido el grupo de viajeros que aumenta con mayor rapidez es el de 65 a 74 años, y prefieren unas vacaciones llenas de acción. Muchos están rompiendo los estereotipos edadistas para ponerse en forma. El grupo de edad de más rápido crecimiento entre practicantes de artes marciales como el taekwondo, el kárate y el aikido es el de mayores de 50 años. En Cosmo City, un municipio situado en las afueras de la ciudad sudafricana de Johannesburgo, las mujeres mayores de 60 años acuden en masa a clases de boxeo.

El auge del ejercicio explica en parte por qué hoy el ciudadano medio mayor de 65 años está en mejor forma que nunca y por qué una gran parte de las cosas malas que asociamos al envejecimiento —ceguera, sordera, accidentes cerebrovasculares, afecciones cardiacas…— aparecen más tarde en la vida. En la Unión Europea, la esperanza de vida saludable a partir de los 50 años está aumentando más deprisa que la esperanza de vida a secas, lo que parece implicar que estamos prolongando los años buenos al tiempo que reducimos lo malo que suele venir antes de la muerte.5 Según el Instituto de Indicadores y Evaluación de la Salud de la Universidad de Washington, un niño británico nacido en 2015 puede esperar vivir seis años más que uno nacido en 1990; y durante cinco de esos seis años gozará de buena salud.6 Se observa una tendencia similar en Estados Unidos, donde la esperanza de vida libre de discapacidad está aumentando entre los mayores de 65 años. «Los nuevos datos revelados en los últimos cinco años son increíbles —sostiene Esme Fuller-Thomson, la especialista en envejecimiento canadiense a la que ya hemos conocido antes—. Todo está mejorando, y a todos los que trabajamos en este campo nos está pillando por sorpresa».7

Sin embargo, no todos se han subido al carro del ejercicio. La inactividad física todavía es una de las 10 principales causas de discapacidad y enfermedad en muchos países. Se calcula que la pereza mata a tantos británicos como el tabaquismo. A escala global, el aumento de las tasas de obesidad en todos los grupos de edad amenaza con contrarrestar los beneficios aportados por la revolución de la longevidad.

Para sacar el máximo partido de nuestras vidas más longevas, tenemos que propagar la revolución del ejercicio. Para ello debemos hacer un montón de cambios. Entre estos, incluir más actividad física en el currículo escolar, hacer del ejercicio un aspecto central en los tratamientos médicos y rediseñar las ciudades para alentar —o incluso obligar— a las personas a andar y pedalear más. Japón está marcando la pauta en lo referente a nuevas ideas para mantenerse activos en la tercera edad. En la Universidad de Sendagaya, que acoge a estudiantes mayores de 60 años, el ejercicio físico está integrado en las actividades entre clases. En una línea similar, los arquitectos japoneses están diseñando casas con suelos inclinados e irregulares que hacen que caminar por su interior requiera un mayor esfuerzo físico.

También hemos de encontrar la manera adecuada de fomentar el ejercicio. Aunque las personas mayores superdeportistas han asestado un merecido golpe al estereotipo de que el envejecimiento tiene que hacernos forzosamente frágiles y débiles, diversos estudios sugieren que su ejemplo puede resultar contraproducente para los simples mortales. Sean Horton, profesor asociado de kinesiología en la Universidad de Windsor, en Canadá, ha asistido a muchas competiciones deportivas de nivel máster como competidor e investigador. Y advierte que no debemos ver a estos atletas como el nuevo ideal de envejecimiento: «Los atletas máster pueden ser un excelente modelo para los jóvenes, pero es posible que ejerzan un efecto negativo en su propio grupo de edad —sostiene—. Parecen tan extravagantes y extremos en sus logros que otras personas mayores los verán y pensarán: “Yo no tengo ninguna posibilidad, nunca podré hacer eso”; y dejarán de intentar practicar cualquier tipo de ejercicio o deporte». Su solución: difundir historias de personas de todas las edades que se mantengan activas en diversos niveles.

En lo referente a obtener un mayor kilometraje de nuestros cuerpos envejecidos, hay otra buena noticia: también nuestro cerebro puede asumir parte de ese trabajo extra. ¿Cómo? Pues gestionando con mayor habilidad la destreza física que nos quede. Los atletas de élite siempre han utilizado ese truco. Los golfistas profesionales envían la pelota cada vez a menor distancia conforme envejecen, pero lo compensan con una mayor precisión. Al final de su carrera, cuando ya no tenía el resorte sobrehumano en las piernas que lo había convertido en una leyenda del baloncesto, Michael Jordan reemplazó aquellos saltos que desafiaban la gravedad inmortalizados en los anuncios de Nike por el estilo de tiro en suspensión conocido como fade away, o «desvanecimiento». La recompensa: unos años más como una auténtica máquina de encestar, allí, en la cúspide de su deporte.

Cuando un jugador sigue prosperando más allá de su plenitud física en el fútbol, a veces los comentaristas dicen que «el primer metro lo lleva en la cabeza». Eso significa que está utilizando su conocimiento superior del juego, de sus flujos y contornos, para mantener su ventaja sobre los rivales más jóvenes que son más fuertes y más rápidos que él. Los investigadores han identificado el mismo fenómeno en los porteros de varios deportes. A pesar de que la edad ralentiza sus reflejos y movimientos, siguen teniendo una buena actuación en la medida en que mejora su lectura del juego y de los movimientos de los delanteros. Los cerebros más maduros incluso aprenden a reconocer y explotar los sonidos producidos por los compañeros y rivales. «Hasta un periodo muy tardío de tu vida puedes compensar una gran parte de lo que pierdes con el envejecimiento gracias a la capacidad de tu cerebro de reorganizarse para hacer las cosas de manera más rápida y eficiente», explica Baker, el kinesiólogo.

Obviamente, este truco que la mente impone a la materia solo funciona durante cierto tiempo. Al final el cuerpo se debilita hasta un punto en el que no hay compensación cognitiva posible capaz de salvar la brecha. Yo no apostaría a que Federer seguirá ganando los Grand Slam de tenis a los 45 años, o a que Jágr jugará el Partido de las Estrellas del hockey estadounidense a los 50.

La mayoría de nosotros, sin embargo, no somos atletas de élite desesperados por seguir una temporada más en las grandes ligas: solo queremos seguir practicando nuestra actividad favorita —ya sea el senderismo, el hula-hoop o el hockey— durante el mayor tiempo posible. Una vez más, los consejos de los expertos en ese sentido resultan tranquilizadores: sigue adelante mientras tu cuerpo aguante, pero reajustando tus expectativas sobre la marcha. Una solución es unirse a una de las ligas «andantes» que están surgiendo actualmente para ofrecer una versión más suave de deportes como el fútbol y el baloncesto, y en las que dichos deportes solo pueden practicarse andando: está prohibido correr. Yo todavía no estoy listo para dejar de jugar al hockey corriendo, pero, de hecho, mi estilo de juego está evolucionando: ya no tengo la velocidad, la fuerza ni la resistencia que tenía hace veinte años, pero mi coordinación mano-ojo es tan buena como siempre, y mi lectura del juego es aún mejor. Aunque ahora marco menos goles, por otra parte acumulo más asistencias explotando la potencia de carrera de mis compañeros más jóvenes. Y lo que es más importante: cada semana espero con impaciencia la noche de hockey.

El mundo de los campeonatos máster cuenta con un ingenioso truco para gestionar las expectativas de lo que el cuerpo es capaz de lograr conforme va envejeciendo: cada cinco años, sus atletas pasan a un grupo de edad superior. Cada vez que entran en una nueva categoría, de repente pasan a convertirse de nuevo en el novato ardiente, el sustituto que aguarda ansioso a dejar el banquillo. Lo divertido del caso es que eso hace que envejecer parezca ventajoso. La madre de un amigo mío empezó a participar en competiciones de natación a los sesenta y pico. Poco después de cumplir los 88 años, anunció que ardía en deseos de llegar a los 90. ¿Por qué razón? «¡Así podré volver a machacar a la gente en la piscina!».

Reajustar las expectativas es algo que también funciona fuera del mundo del deporte. Para poder seguir actuando pasados los 80 años, el pianista Vladimir Horowitz encontró una forma de tocar dentro de los límites que la vejez imponía a su cuerpo. Empezó eliminando las piezas más difíciles de su repertorio. Luego reestructuró el orden de las restantes, tocando en primer lugar las más lentas para acentuar el tempo más rápido de las situadas más adelante en el programa.8

Hay algo que todos podemos aprender de los atletas máster y de los músicos veteranos como Horowitz. En lugar de añorar lo que nuestros cuerpos eran capaces de hacer en el pasado, debemos aprovechar al máximo lo que pueden hacer aquí y ahora. Pero también debemos aceptar que a la larga se agotarán, lo que implica aprender a ver la fragilidad y la vulnerabilidad como parte de la vida, y no como una señal de fracaso.

Sea cual sea nuestra edad, todos podemos proponernos contribuir a hacer del mundo un lugar más acogedor para los cuerpos más viejos. Muchos minoristas de todo el mundo están rediseñando sus tiendas para adecuarlas a los clientes mayores. En Estados Unidos, Sherwin Williams, un proveedor de pinturas, ha añadido más asientos e iluminación, y ha reducido el uso de letra pequeña en los letreros, mientras que CVS, una gran cadena de farmacias, ha instalado alfombras antideslizantes y ha reducido la altura de sus estanterías. En Tokio, una emblemática filial de la cadena de supermercados Aeon actualmente cuenta con un dispensario y una zona de ejercicio donde los clientes mayores pueden jugar al tenis de mesa, tomar clases de aeróbic o caminar por una pista cubierta que circunda la tienda, controlando su ritmo cardiaco sobre la marcha. Para ayudar a los ojos cansados como los míos a leer el texto impreso en sus paquetes de arena para gatos, la marca Arm & Hammer ha incrementado el contraste de color y ha aumentado un 20 % el tamaño de la letra, mientras que la firma de productos alimentarios Diamond Foods ha añadido muescas y ranuras para hacer que sus latas de frutos secos Emerald sean más fáciles de sujetar aun teniendo poca fuerza en las manos.

Es probable que otras empresas sigan el ejemplo. Se debe a dos razones. Para empezar, cada año hay más consumidores mayores en el mundo. Y, en segundo lugar, el diseño que se adapta bien a los cuerpos de mayor edad también suele funcionar con el resto de la gente. Ford lo descubrió cuando creó el Focus. Con la experiencia proporcionada por el uso de trajes de envejecimiento, la empresa construyó un coche más espacioso con un salpicadero cuyos indicadores eran fáciles de leer y con unos controles a los que resultaba sencillo acceder. ¿Y adivina qué ocurrió? Pues que a los consumidores más jóvenes también les encantó: el Focus se convirtió en un éxito de ventas en todos los grupos de edad.

Paralelamente, las empresas emergentes que veíamos en Shoreditch representan solo la punta de un iceberg de innovación en constante expansión que favorecerá a los cuerpos más viejos. Los llamados big data prometen revolucionar la medicina mejorando enormemente nuestra capacidad de detectar, prevenir y tratar las enfermedades vinculadas al envejecimiento, mientras que los dispositivos inteligentes como la tecnología vestible que monitoriza la actividad física y los signos vitales ya nos están ayudando a tomar el control de nuestra salud de una forma que hasta no hace mucho habría parecido ciencia ficción.

La tecnología nos prestará cada vez más apoyo cuando nuestros cuerpos empiecen a menguar. Los robots mejoran constantemente. Cada año que pasa nos acercamos más a un mundo de vehículos autónomos. En 2017, los científicos hicieron historia cuando un hombre paralizado desde el cuello hacia abajo logró mover la mano con la fuerza del pensamiento. Un ordenador descifraba las señales captadas por los implantes eléctricos de su cerebro y luego las enviaba a unos sensores insertados en los músculos del antebrazo. Por primera vez desde hacía ocho años, el hombre pudo tomar una taza de café y comer puré de patatas con un tenedor sin ninguna ayuda.

También seremos testigos del auge de la «ropa eléctrica». Mientras que un traje de envejecimiento dificulta el movimiento de los músculos al aumentar la carga que estos deben soportar, los nuevos trajes eléctricos —similares a los exoesqueletos robóticos, pero mucho más ligeros— prometen hacer justo lo contrario. Hechos de material elástico y liviano, los primeros prototipos, como el Aura Powered Suit, tienen el aspecto de ropa de yoga de alta gama, hasta que uno repara en los pequeños módulos hexagonales que hay en las piernas, las caderas, el torso y la espalda. Estos contienen unos sensores que leen los movimientos y luego utilizan la electricidad para activar las bandas entretejidas en la tela del traje, que a su vez actúan como una especie de «músculos eléctricos», aumentando la fuerza de los músculos reales que hay debajo. La idea no es convertirle a uno en «Iron Man» (o «Woman»), sino hacer que le resulte más fácil sentarse, levantarse, caminar, subir escaleras o simplemente mantenerse erguido. Además, se pueden llevar debajo de la ropa normal. Puedo imaginarme fácilmente vistiendo uno de esos trajes cuando mi cuerpo necesite un empujón extra más adelante en mi vida, sobre todo si alguien inventa una versión diseñada para jugar al hockey.

Aunque en el velódromo de Roubaix no hay ropa eléctrica oculta bajo la licra, aquí todos los ciclistas exhiben un contagioso optimismo en relación con lo que creen que sus cuerpos serán capaces de lograr en el futuro. Para alcanzar ese nivel de esperanza, muchos de ellos tuvieron que superar primero su propio edadismo. Al principio de incorporarse al mundo del ciclismo máster, Cronshaw tenía una visión muy poco compasiva de los cuerpos más viejos que el suyo. Ver aquellas carnes envejecidas cubiertas de licra le causaba repelús. «Cuando me subí a la bici, a los 40 años, pensaba: “¡Mira todos esos tíos plastas que todavía siguen ahí a los sesenta y pico!”», explica, no sin cierta expresión de vergüenza al recordarlo. Pero hoy, casi dos décadas después, es un orgulloso miembro del club MAMIL (siglas de Middle-Aged Men In Lycra, «hombres de mediana edad vestidos de licra»). «¿Cuántos años más tengo por delante? No lo sé, pero me encanta —afirma—. Ahora entiendo que el proceso de envejecimiento no es ni de lejos tan malo como crees que será».

Después de pasar el fin de semana con Cronshaw y los demás ciclistas de Roubaix, estoy empezando a sentir lo mismo. Si ellos pueden seguir manteniéndose en forma en la tercera edad y practicar su deporte favorito sin parecer o sentirse fuera de lugar, entonces también podemos hacerlo el resto de nosotros. Mi crisis existencial en aquel torneo de hockey en Gateshead me parece ahora un poco ridícula. Hasta el recuerdo del traje de envejecimiento está empezando a desvanecerse en mi mente.

Sin embargo, al abandonar el velódromo, mi estado de ánimo se hunde un poco. La caminata me lleva por barrios donde el tráfico de drogas y la pequeña delincuencia son comunes. Ninguna de las personas a las que me acerco en la calle ha oído hablar de los deportes máster o es consciente de que en una cercana pista de ciclismo corren personas de setenta y pico vestidas de licra. Es obvio que los lugareños llevan una vida menos saludable que los atletas del velódromo.

En el camino entablo conversación con Daniel Bertrand, que recientemente ha perdido su empleo como guardia de seguridad. El único ejercicio que hace ahora es ir y volver de la compra o visitar a su hija, que vive a dos calles de distancia. Camina ligeramente encorvado y arrastrando un poco los pies. Sus dientes tienen un aspecto desagradable, mientras que su rostro está surcado de capilares rotos por toda una vida de alcoholismo. Cuando me pide que adivine su edad, rebajo mi respuesta en diez años para evitar ofenderle, pero aun así mi estimación resulta ser acertada: parece tener como mínimo 60 años, pero en realidad tiene 50, la misma edad que yo.

Bertrand es un recordatorio viviente de que la longevidad siempre se ha distribuido de manera desigual, de tal forma que los ricos tienen mayores posibilidades de envejecer bien que los pobres. Ello se debe a que la riqueza hace que envejecer sea más fácil: compra mejores alimentos, mejores viviendas y una mejor atención médica, además de posibilitar más opciones de hacer ejercicio y reducir el desgaste causado por realizar un trabajo agotador. También puede alejarnos del consumo de drogas, de los perjuicios medioambientales y del tipo de acontecimientos estresantes —falta de un hogar, delitos violentos, ruina económica— que parecen acelerar el envejecimiento.

La única forma de compartir los frutos de la revolución de la longevidad de manera más equitativa es reducir la brecha entre ricos y pobres. De ese modo, las personas como Bertrand tendrán las mismas oportunidades de envejecer bien que todos esos ciclistas máster que pasan el fin de semana en su vecindario.

Mientras tanto, yo dejo Roubaix con tres sólidas razones para sentirme mejor en relación con mi propio envejecimiento. La primera es que envejecer no es ni de lejos tan malo como la mayoría de nosotros tememos. La segunda, que hoy tenemos más posibilidades que nunca de modificar nuestro comportamiento para envejecer mejor. Y la tercera, que el mundo está evolucionando de una manera que hará que la vida resulte más fácil para las personas mayores.

Ahora quiero saber si esas mismas razones funcionan en otros aspectos del envejecimiento.

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Litresdə buraxılış tarixi:
14 noyabr 2024
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9788491874546
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