Kitabı oxu: «La "literatura ausente": Augusto Roa Bastos y las polémicas del Paraguay post-stronista»

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Índice de contenido

Prólogo

Introducción

La “incógnita” del Paraguay

Literaturas del Paraguay

Polémicas y exilio

Primera parte: La estrella de la historia

Capítulo 1

Las matrices narrativas en la historia paraguaya

Una tercera posición

Capítulo 2

La matriz “liberal-cretinista”

El discurso de la post-guerra

El cretinismo: construcción de un objeto discursivo

El linaje de una dicotomía

Capítulo 3

La matriz nacionalista

Los Francias de Báez

Las “tácticas” de O’Leary

Los efectos de la polémica

La inflexión colorada: Natalicio González (y Epifanio Méndez)

Las máscaras del nacionalismo paraguayo

Capítulo 4

Los discursos contra-hegemónicos

La primera inflexión barrettiana

La irrupción del marxismo

La cuestión guaraní

Los ensayos de la transición

Segunda parte: El campo intelectual del post-stronismo

Capítulo 5

Post-dictadura y quiebre del frente intelectual

Des-estronizar la cultura

Antecedentes polémicos

La literatura sin pasado

Capítulo 6

Polémica en los medios: la literatura ausente

“Una cultura oral”

El escritor paraguayo y la tradición

Entre la perdiz y el halcón: las respuestas de Roa en Última hora

Las “contrarréplicas” de Última altura

Los “anti-roístas”

Capítulo 7

El trasfondo teórico de la hipótesis roabastiana

“Habría que ver cómo se las ingenia el autor de Mancuello…”

Problemas de sistema literario

Transculturación y después. La aporía de la forma nueva

A modo de hipótesis programática: el carácter transicional de la transculturación

Capítulo 8

Las reescrituras de Mancuello y la perdiz y la lengua del patrón

Mancuello y la perdiz

La transición colorada y el modelo de Villagra

La lengua de Villagra

Tercera Parte: El recurso de la historia

El recurso de la historia

Capítulo 9

El intelectual como traidor. La trayectoria político-intelectual de Roa Bastos en tres etapas

El nacionalismo

La comunidad del exilio

“Hacia el pluralismo democrático en el Paraguay”

Capítulo 10

Guido Rodríguez-Alcalá y las ficciones del autoritarismo

Continuidades entre novela y ensayo

El autoritarismo

Usos del archivo

La matriz liberal

Capítulo 11

Polémica en la ficción: Rodríguez-Alcalá y Roa Bastos

“Hacerse el exiliado”

Exilio interior: reformulación del tópico

“Ecos de Maryland”

Palabras finales

Ajustes y desajustes en la reconfiguración del campo: entre el Premio Nacional de Literatura y la Constitución de 1992

Apología de la polémica

La aporía de la forma nueva

El “cierre” de la transición

Nueva Constitución: nuevo estatuto del guaraní

Bibliografía

Fuentes periodísticas y documentales

Bibliografía citada

La “literatura ausente”:

Augusto Roa Bastos y las polémicas del Paraguay post-stronista

Este libro pertenece a la colección

PARAGUAY CONTEMPORÁNEO

Directoras de Colección

Magdalena López

CONICET - Universidad Nacional de Buenos Aires

Carla Benisz

CONICET - Facultad de Humanidades, Artes y Ciencias Sociales

Universidad Autónoma de Entre Ríos

Ana Couchonnal

CONICET - HiTePAC, Universidad Nacional de La Plata

La “literatura ausente”:

Augusto Roa Bastos

y las polémicas

del Paraguay

post-stronista

Carla Daniela Benisz


Madrid - Santiago - Montevideo - Asunción- Lima - Bogotá - Buenos Aires - México

Benisz, Carla Daniela

La literatura ausente : Augusto Roa Bastos y las polémicas del Paraguay post-stronista / Carla Daniela Benisz ; prólogo de Elvira Narvaja de Arnoux. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : SB, 2018.

Libro digital, EPUB - (Estudios Sociales sobre Paraguay / Couchonnal, Ana; Benisz, Carla Daniela; López, Magdalena; 2)

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-4434-24-1

7

1. Literatura Paraguaya. 2. Narrativa Paraguaya. I. Narvaja de Arnoux, Elvira, prolog. II. Título.

CDD Pa860

© Carla Daniela Benisz, 2018

© Sb editorial, 2018

Piedras 113, 4º 8 - C1070AAC - Ciu­dad Autónoma de Bue­nos Ai­res

Tel.: (+54) (11) 2153-0851 - www.editorialsb.com • ventas@editorialsb.co­m.ar

1° edi­ción en Buenos Aires, septiembre de 2018

Di­rec­tor General: An­drés C. Te­les­ca (andres.telesca@editorialsb.com.ar)

Di­se­ño de cu­bier­ta e in­te­rior: Ce­ci­lia Ric­ci (riccicecilia2004@gmail.com)

Directores de colección: Magdalena López; Carla Benisz; Ana Couchonnal

Que­da he­cho el de­pó­si­to que mar­ca la Ley 11.723

No se per­mi­te la re­pro­duc­ción par­cial o to­tal, el al­ma­ce­na­mien­to, el al­qui­ler, la trans­mi­sión o la trans­for­ma­ción de es­te li­bro, en cual­quier for­ma o por cual­quier me­dio, sea elec­tró­ni­co o me­cá­ni­co, me­dian­te fo­to­co­pia, di­gi­ta­li­za­ción u otros me­dios, sin el per­mi­so pre­vio y es­cri­to del edi­tor. Su in­frac­ción es­tá pe­na­da por las le­yes 11.723 y 25.446.

A mi familia

Al Paraguay que hay en la Argentina

A Nora Bouvet y Amelia Nassi, i.m.

Prólogo

Elvira Narvaja de Arnoux

Facultad de Filosofía y Letras - Universidad de Buenos Aires

Las intervenciones políticas sobre el lenguaje son diversas y pueden implicar, entre otras cuestiones, tanto el planeamiento lingüístico estatal con su incidencia en el sistema educativo y en los medios como las diversas formas de control de la discursividad (por ejemplo, en el área de servicios), o la elaboración de instrumentos como gramáticas, retóricas y diccionarios que disciplinan y establecen jerarquías en el uso, o la producción de ensayos que tematizan el lenguaje y polemizan desde distintas posiciones sociales e ideológicas actuando, más allá del campo intelectual, sobre la opinión de un público amplio.

El libro que presentamos ha optado fundamentalmente por la última posibilidad glotopolítica señalada, analizando detenidamente las polémicas sobre la escritura literaria y la lengua en el Paraguay post-stronista, partiendo de la posición de Augusto Roa Bastos y la recurrente figura de la “literatura ausente”. La notable densidad semántica de ésta y su condición de motor de reflexiones en disputa se deben a que no solo remite a una posible ausencia de literatura nacional sino también a una literatura que ha reprimido en su constitución la otra, la dicha en la lengua ancestral. Pero, asimismo, la imagen es una hipálage, la ausencia no es de la literatura paraguaya sino del escritor que la enuncia, que vive como otros las diferentes formas del exilio y éstas contagian su literatura o, más aún, ésta es expresión del vacío que genera la distancia respecto del lugar que se piensa como propio. La figura le permite a la autora de este volumen analizar la complejidad de los posicionamientos en el campo literario y las estructuraciones y restructuraciones de éste en el período que analiza, el de los cambios políticos durante, sobre todo, la transición; y enfocar otros efectos del exilio compensadores de esas ausencias: la proximidad con una literatura también propia, la de la región, gracias a que Buenos Aires, lugar de residencia de muchos, facilitaba la vinculación no solo con las tendencias intelectuales dominantes sino también con la literatura hispanoamericana y los escritores del interior argentino todavía no consagrados.

Las polémicas que se estudian, como es habitual en el funcionamiento ideológico, ocultan y revelan al mismo tiempo sus condiciones de producción. En estas operaciones las vueltas insistentes a la interpretación del pasado nacional y cierto anacronismo en las representaciones del presente son significativas.

Así, las referencias a la Colonia, Francia, los López y la Guerra de la Triple Alianza funcionan como claves interpretativas del pasado reciente e, incluso, del destino del Paraguay. No debemos olvidar que ellas han sostenido las matrices discursivas del revisionismo nacionalista y del liberalismo de principios del siglo XX y dieron lugar a lo largo del siglo a nuevas formulaciones y variantes. Pero también han seguido incidiendo en las definiciones políticas de los actores involucrados tanto en el debate literario como en la lucha política, por lo menos hasta la caída de Fernando Lugo. Este presidente que destacaba en su tío, Epifanio Méndez Fleitas, su lucha por “el reinado de la justicia y de la dignidad en el partido de sus amores [Colorado] y en la patria paraguaya” (17/1/2008), en su discurso de asunción a la presidencia (15/8/2008) planteó, inscribiéndose polémicamente, también él, en una tradición política: “reconstruir el sueño de José Gaspar Rodríguez de Francia desde el mérito de la solidaridad, la equidad social y la identidad que nos abraza. […] retomar ese nítido mensaje de los López para sumar a nuestra nación el desarrollo de sus potencialidades humanas, productivas y estratégicas”. Además de las dos posiciones dominantes a las que nos referimos, Carla Benisz considera también posiciones contrahegemónicas que polemizan con aquellas y que desde otros imaginarios sociales y políticos se proponen una transformación de la sociedad paraguaya erosionando las certezas que dificultosamente se habían construido.

Por otra parte, las representaciones que los ensayos abordados instauran del espacio de las lenguas, sus contactos y conflictos, atienden más a una clausura estatal previa que a las transformaciones de la sociedad paraguaya en el post-stronismo, en el que las migraciones internas o las que se dirigen hacia otros países disminuyen la población rural y aumentan los núcleos urbanos con nuevas y más profundas desigualdades. Éstas, impuestas por la globalización, desestabilizan también el espacio lingüístico en el que el jopara ocupa un lugar de progresiva importancia impregnando los intercambios cotidianos de una población con diversos grados de bilingüismo y opta, desafiando regularidades y dispositivos normativos, entre formas del castellano o del guaraní paraguayo; aunque no dejen de estar presentes ciertas formas “puras” del guaraní relevadas por los etnógrafos, experimentadas por la poesía y la canción tangara y legitimadas por el aparato escolar. Recordemos que éste implementa a partir de la Ley General de Educación (1998) la presencia del guaraní como lengua que se enseña en todos los niveles educativos siguiendo la declaración de oficialidad de esa lengua en la Constitución de 1992. De esta forma se complejiza el espacio lingüístico, que contemplaban los debates analizados, con una nueva “reducción” del guaraní y se interviene en la relación entre oralidad y escritura, literatura y oratura y variedad alta y baja de la diglosia, lo que la autora aborda, sobre todo, en el tramo final.

Un aspecto importante de la obra es no solo enmarcar los discursos en las condiciones sociohistóricas en las que se produjeron y en los avatares personales de los autores sino también analizar en los textos literarios cómo personajes y relatos exponen, en la dinámica que les es propia, los términos de la polémica y representan, completan, contradicen o muestran las fisuras de las posiciones adoptadas. Las narraciones recrean los conflictos y las negociaciones de las diferencias lingüísticas, las apropiaciones de la lengua del otro y la afirmación de la propia, la apelación a la oralidad y la generación de hibridaciones de diferente tipo, que en todos los casos muestran las ideologías lingüísticas y las valoraciones de los recursos disponibles. Algunos segmentos conforman escenas glotopolíticas literarias en las que Carla Benisz analiza las relaciones de poder que las sostienen y también el lugar ficcional del blanco de la polémica, objeto paródico de la crítica. No es casual, así, que relatos y ensayos dibujen otra figura insistente, la del traidor, que si bien en una primera instancia es la de aquel que no sostiene sus compromisos intelectuales o políticos o que simula posiciones que no asume (lo que, en parte, se debe a los modos de represión imperantes) o que es doblemente extranjero respecto del lugar de origen y el de residencia, puede aplicarse metafóricamente a la escritura literaria que trabaja siempre con una lengua otra resultado de otras manipulaciones y represiones con la que se entabla una relación constitutiva de ajenidad.

En síntesis, la obra que presentamos es una intensa y problematizadora reflexión sobre la literatura paraguaya, a partir de los textos ensayísticos que desde diferentes posturas políticas consideran la cuestión de las lenguas y su relación con la identidad nacional, el papel del escritor en sociedades autoritarias y en democracias incompletas, la paradójica función del exilio en la generación de literaturas nacionales, las dinámicas del campo intelectual y literario y los modos de configurar y reconfigurar los grupos antagónicos. Por otra parte, suministra un instrumental analítico para indagar en los mecanismos de la discursividad polémica gracias a un estudio detenido de cómo los textos, tanto argumentativos como narrativos, exponen el conflicto y se posicionan. Y, finalmente, nos permite pensar desde otro lugar el espacio de la Cuenca del Plata en el que lenguas y literaturas construyen imaginarios compartidos que hacen posibles nuevos vínculos.

Elvira Narvaja de Arnoux

Doctora en Lingüística.

Profesora Titular de Lingüística Interdisciplinaria

y Sociología del Lenguaje (FFyL, UBA).

Directora de la Maestría en Análisis del Discurso.

Introducción
La “incógnita” del Paraguay

La literatura paraguaya, como tal y más allá de alguna obra o autor puntual, ha sido pobremente estudiada. En parte, esto tiene que ver con el escaso tratamiento crítico del tema como objeto de análisis, a nivel regional pero también dentro del campo académico paraguayo. No contamos, siquiera, con una Historia o Historias de la literatura paraguaya de las cuales abjurar su tradicionalidad, criticar su sistematización, reponer sus olvidos o cuestionar sus jerarquías1. Es más, la introducción de la literatura paraguaya en el campo de la literatura latinoamericana quedó signada por la famosa frase de Luis Alberto Sánchez sobre la “incógnita del Paraguay” en su Historia de la literatura americana de 1937. Las repercusiones que la formulación tuvo en Paraguay y su persistencia quedaron parcialmente reflejadas en un ensayo de Hugo Rodríguez Alcalá, “Luis Alberto Sánchez y el Paraguay” (1987, págs. 13-32), aunque en el tono del ensayo impere cierto reproche hacia el escritor peruano por no considerar, aún en 1976 cuando publica la tercera serie de Escritores representativos de América, la obra de escritores como Gabriel Casaccia, Josefina Plá, Arnaldo Valdovinos y el mismo Roa Bastos.

Sin embargo, parafraseando a Ángel Rama, se puede conjeturar que la existencia de determinadas obras pertenecientes a determinados escritores, no hace a una literatura y probablemente la persistencia de la “incógnita” del Paraguay, más allá de la supuesta miopía de Sánchez, se deba más a la falta de crítica que de obras de literatura: “si la crítica no constituye las obras, sí construye la literatura, entendida como corpus orgánico en que se expresa una cultura, una nación, el pueblo de un continente” (Rama, 2008 [1982], pág. 13).

Pero el problema de la incógnita no involucra solo a la literatura del Paraguay. Es significativo que las investigaciones, más o menos recientes, sobre Paraguay, ya sea desde la literatura o desde la ciencias sociales, decidieron detenerse en un marco histórico de larga duración, que arranca desde el siglo XIX, cuando no desde tiempos de la Colonia. Situar una investigación sobre el Paraguay significa reponer el vacío de la “incógnita” que se constituyó en torno a él; esta reposición, por lo general, se da a través de hitos históricos: quizás haya algunas menciones a la Colonia, y a las particularidades lingüísticas y culturales de la Provincia del Paraguay, pero las menciones a la dictadura de José Gaspar Rodríguez de Francia, a los gobiernos de Carlos Antonio y Francisco Solano López, a la Guerra contra la Triple Alianza, como bisagra trágica de la historia paraguaya, a la Guerra del Chaco y al stronismo, son prácticamente invariantes.

En cuanto a los trabajos específicos sobre la literatura paraguaya, también prevalece una organización en torno a determinados hitos. Los críticos suelen describir las tendencias intelectuales del siglo XIX, después del enclaustramiento cultural durante el gobierno de Francia, bajo el influjo del Romanticismo. Según Josefina Plá (1992, pág. 6), la Guerra contra la Triple Alianza “con sus interminables secuelas (1870-1900) favoreció la demora en la actitud romántica, al crear prolongada atmósfera de desorientación y derrotismo”. Para los críticos, este romanticismo tiene más que ver con un aire de época que impregnó las circunstancias y la vida de determinadas personalidades históricas, que con la consolidación de una poética, en un corpus literario más o menos establecido, de características asociables al Romanticismo del siglo XIX en la región. Es así como los dos presidentes que siguieron a Francia, Carlos Antonio López y su hijo Francisco Solano, a través de su obra de gobierno y de los escritos que legaron en función de ella, son catalogados como exponentes principales del Romanticismo del periodo (Amaral, s/f, pág. 64; Rodríguez-Alcalá, 1968, págs. 16-17), junto con funcionarios o periodistas que fungieron de intelectuales orgánicos durante sus gobiernos.

Sin embargo, durante el gobierno de Francisco Solano, se llevó a cabo un proyecto mucho más interesante, desde el punto de vista de la conformación de una lengua literaria. Puesto que, durante la Guerra contra la Triple Alianza, se comienzan a publicar periódicos bilingües o redactados enteramente en lengua guaraní, con el objetivo de propagandizar un mensaje nacionalista para motivar a las tropas en el enfrentamiento contra los aliados, y a utilizar el guaraní como lengua de campaña incluso entre la oficialidad. De este modo, los periódicos Cabichuí y Cacique Lambaré no significaron meramente un medio para la propaganda nacionalista, sino el primer ejercicio de escritura y de publicación en lengua guaraní desde el experimento lingüístico (en realidad, toda una política lingüística) de las reducciones jesuíticas. Se trató, además, de un ejercicio patrocinado desde la órbita del Estado, que implicó la difusión a nivel masivo y popular de la letra escrita e impresa en guaraní y, para ello, la realización del Congreso de Grafía de Paso Pucú en 1867 para el establecimiento de la normativa ortográfica. Quienes participaban de la redacción de la prensa de guerra eran los intelectuales orgánicos del gobierno de López como Natalicio Talavera, Juan Crisóstomo Centurión y Fidel Maíz. Esto además, como sostiene Bartomeu Melià, se trató de un ensayo de literatura popular: “Literatura para el pueblo, si se quiere, pero también popular, pues del pueblo usaban esos escritores la lengua y en él encontraban consonancias profundas. Todo acto de literatura está marcado por la distancia entre oralidad y escritura, sin dejar de ser por ello popular” (1992, pág. 200). A lo que luego, el autor agrega:

Si en la época colonial la literatura en guaraní se identifica con la sociedad de guaraníes de los pueblos jesuíticos a los que ofrece apenas textos religiosos y políticos, a partir de la nueva situación creada con la guerra esta literatura se da a sí misma otro destino y función: el registro poético de las vivencias del pueblo. Más que los historiadores y políticos, más incluso que los educadores –en contra de ellos, a veces– la literatura guaraní sostuvo lo nacional, aunque sea siempre difícil definir qué se entiende por valores nacionales. (Id., pág. 203)

Es necesario dimensionar la importancia de un proyecto lingüístico tal, que es estatal pero que usa la lengua guaraní como lengua de escritura y lengua editada en periódicos de difusión masiva, dirigidos a sectores sociales heterogéneos aunados por el uso de una lengua de origen indígena; un proyecto que la usa, además, para la divulgación de valores nacionales en un momento crítico para el Estado-nación que enuncia ese valor. Con ello no solo se frena, transitoriamente, “el abandono progresivo del guaraní como lengua literaria creada en el seno de las Misiones” (Gómez, 2007, pág. 127), sino que se potencia uno de los rasgos que destacaron al Paraguay desde la Colonia, el hecho de tener como lengua nacional, en tanto factor homogeneizador, a una lengua de origen indígena. Esto constituye, para Ana Couchonnal (2017, págs. 37-56.), uno de los rasgos diferenciales que hacen a lo que ella denomina “primera modernidad” en el Paraguay. La autora explica que desde la Colonia se configuran los primeros elementos estructurales de la nacionalidad flanqueada por una lengua originaria y una territorialidad fuertemente marcada por el relativo aislamiento respecto de las otras jurisdicciones y de la Corona española. Estos rasgos diferenciadores del Paraguay colonial han sido explotados desde diferentes perspectivas, incluso antagónicas; el nacionalismo conservador configuró en torno a ellos la idea de un mestizaje armónico, como origen de la nacionalidad. Otros autores, fundamentalmente Bartomeu Melià, en cambio, se enfocan en los fenómenos políticos y sociológicos para explicar que la comunidad (proto)nacional, en el caso paraguayo, es previa a la institucionalización de un Estado. De ahí, su clásica cita: “El Paraguay, que no siempre ha logrado ser un ‘buen’ Estado –excepto tal vez en tiempos del Dr. Francia– y que mucho menos ha gozado de ‘buenos’ gobiernos, es desde por lo menos el siglo XVII, una ‘buena’ nación” (Melià, 1997, pág. 69).

La derrota del Paraguay por la Triple Alianza también significó el aniquilamiento de aquella experiencia. La generación intelectual posterior a 1870 asoció el guaraní con las “rémoras” del Paraguay pre-bélico y, como tal, un elemento de barbarie que sería necesario erradicar. Las consecuencias de esta política se ven durante todo el siglo XX, en el que recién en los últimos años se ensayaron, con éxito parcial, políticas lingüísticas y educativas en relación al guaraní, empezando por la (nueva) fijación de su ortografía.

Se considera recién a la Generación del 900 como la principal inflexión en la constitución del campo intelectual paraguayo. Raúl Amaral (s/f), uno de los críticos que más ha investigado sobre el tema, entiende al Novecentismo paraguayo como una línea crítica que impregna todo el siglo XX. Esta inflexión se da, fundamentalmente, a través del ensayo histórico y de interpretación nacional, que constituyó un corpus de revisión y reflexión sobre el pasado reciente y que Hugo Rodríguez Alcalá (1987, pág. 22) define como “literatura de la consolación”. En una “Carta literaria” dirigida a Ignacio A. Pane, Fulgencio Moreno explica esta necesidad de recurrir al ensayismo: “Entristecido por la falta de un gran cantor nacional, desciende Ud. a reclamar energías de mi humilde prosa… Yo soy un prosista despeinado que miro las cosas desde un punto de vista práctico… Para cantar nuestras glorias tenemos tiempo, pero para salvar a este país el plazo se va acortando” (cit. por Amaral, 1982, pág. 14). El devastador contexto paraguayo posterior a la Guerra contra la Triple Alianza impuso la necesidad de reconstrucción nacionalista como reacción ante la historia oficial de los vencedores que construía una imagen del Paraguay como un pueblo bárbaro impulsado a la lucha por el temor al tirano Solano López. Como afirma Fulgencio Moreno, para ello recurrió al género “prosaico”, en sentido doble por su escritura y por limitarse a aspectos inmediatos de la circunstancia histórica, del ensayo histórico. Esta reacción, en su forma más influyente, toma cuerpo en la historiografía lopizta que asume la defensa del nacionalismo paraguayo a partir de las figuras de Francia, Carlos Antonio y Francisco Solano López. La escritura de la historia, y con ella casi la totalidad de los trabajos del 900, se basó entonces en una retórica heredada del Romanticismo que asumía la interpretación de los hechos a partir de la acción de heroicidades sobresalientes. Sin embargo, la historiografía revisionista no constituye un corpus único y homogéneo, sino que su recorrido implicó múltiples definiciones y posiciones antes de constituirse en historia oficial y cerrar así la fuga de interpretaciones.

Son los años de expansión del modernismo poético en América Latina, el cual no habría tenido presencia en el Paraguay, según críticos como Anderson Imbert y Max Henríquez Ureña, a quienes Raúl Amaral (1982, págs. 13-14) retoma para refutar. Para el crítico argentino-paraguayo, el modernismo paraguayo está delimitado por la aparición del ensayo de Manuel Gondra sobre Rubén Darío y por la formación del grupo literario La Colmena. Sin embargo, se podría decir que el modernismo, en Paraguay, renovó parcialmente el romanticismo que desde la post-guerra primaba en la poesía paraguaya, al punto que varios de los escritores que Amaral (Id.) antologa como modernistas –Juan E. O’Leary, Goycochea Menéndez, Manuel Ortiz Guerrero– pueden ser calificados, por su estética y lenguaje, de posrománticos. Este desarrollo parcial del modernismo tiene que ver con el rechazo que generaba su apelación al exotismo, dadas las condiciones históricas: “aquel cortejo de princesas, marqueses, abates, cisnes, pavos reales, sátiros, ninfas, etc., aquella evasión del contorno inmediato, no consultaba la realidad del Paraguay –por el contrario: hubiera contribuido a frustrarla– que a treinta años de una post-guerra dolorosa lucha aún por su reconstrucción” (Id., pág. 23).

La élite intelectual del 900, aunque desde distintas posiciones, se enfrascó en el objetivo de explicar su historia reciente y generar así un discurso ordenador tras la catástrofe bélica. La voz más disonante y que polemizaría con todas las posiciones que enunciara la élite, es la del anarquista hispano-paraguayo Rafael Barrett. Así y todo, la literatura de denuncia social y de cierto naturalismo estético que caracteriza a las crónicas barrettianas es fundamental para entender la literatura paraguaya del siglo XX.

Por lo general, hay consenso en considerar que la narrativa paraguaya contemporánea se inaugura después de la Guerra del Chaco (1932-1935). El nuevo conflicto internacional, esta vez con Bolivia, genera una incertidumbre histórica que ya no puede ser canalizada por las seguridades del nacionalismo elitista romántico. En realidad, durante la década de 1930, el nacionalismo es un valor que se disputan discursivamente distintos sectores sociales y políticos. La guerra establece condiciones para que el nacionalismo, la enunciación de la Nación, sea disputado a la élite desde sectores populares y surja entonces una dramaturgia y un cancionero popular en lengua guaraní con motivos épicos pero también sociales, que, además, van a dar cuerpo a Ocara poty cue mi: Revista de composiciones populares. Las canciones del periodo, fundamentalmente la obra de Emiliano R. Fernández, expresan, según Wolf Lustig (s/f), “como ningún otro género de la literatura/oratura paraguaya cierta visión popular de la identidad nacional. Son canciones épicas en el sentido más auténtico de la palabra: míticas e históricas al mismo tiempo explican en forma narrativa cómo se autodefinía el pueblo ‘guaraní’-paraguayo en un momento crucial de su historia”.

Pero además de esta influencia del momento histórico sobre el teatro y la poesía popular, la Guerra del Chaco significaría una toma de conciencia de la realidad nacional que se expresó también en la narrativa en lengua castellana dando forma a la literatura paraguaya contemporánea (Méndez-Faith, 1985; Rodríguez-Alcalá, 1968, pág. 43). Entonces se editan las primeras obras de Gabriel Casaccia. En 1930, publicó Hombres, mujeres y fantoches; a ésta le siguió la colección de cuentos El Guajhú (1938), donde, según Teresa Méndez-Faith (1985 y 1996), comienza a dejarse de lado la retórica nacionalista romántica. Pero es La babosa (1952) la obra que sirve como punto de inflexión para la narrativa paraguaya. Se trata de una novela en la que Casaccia madura los temas y la escritura que serían característicos de su narrativa, y que tiene una acogida positiva a nivel continental. Junto con otras obras del periodo como Follaje en los ojos de José María Rivarola Matto y El trueno entre las hojas de Augusto Roa Bastos, va a posibilitar cierta difusión continental de la literatura paraguaya; una literatura que sin embargo no dejaba de poseer cierto carácter de rareza exótica, la herencia de la “incógnita”, dentro de las letras latinoamericanas. Con sus particularidades, esta narrativa comparte el tratamiento de temas sociales desde un realismo crítico que muestra el influjo que, a largo plazo, ejerció Rafael Barrett. Lo paradójico es que las obras que marcan esta inflexión narrativa son publicadas en el extranjero, fundamentalmente en Buenos Aires, que ofició de puerto cultural para gran parte de los exiliados paraguayos y desde donde vislumbraron una mayor posibilidad de difusión internacional.

La Guerra Civil de 1947 significó, en ese sentido, un mojón importante también para la literatura paraguaya. Puesto que causó la diáspora más importante hasta ese entonces y entre los que debieron salir al exilio, se encontraban muchos de los referentes intelectuales del momento. Hérib Campos Cervera, Elvio Romero y el mismo Roa Bastos (aunque su exilio tendría otras causas) desangran la Generación poética del 40, hito vanguardista de la literatura paraguaya. En 1954 comenzaría la dictadura de 35 años de Alfredo Stroessner.

Se conforman, en esas décadas oscuras, distintos grupos intelectuales, algunos de ellos en torno a revistas como Alcor o Criterio, que intentarían marcar cierto rumbo intelectual en comunicación con los escritores exiliados, aunque se verían continuamente boicoteados por la represión y la censura. Estas revistas contribuyeron a publicar en el Paraguay parte de la obra de los escritores del exilio, así como de otros escritores latinoamericanos. Alcor, por ejemplo, fue dirigida por Rubén Bareiro Saguier y Julio César Troche, publicó participaciones de varios autores del boom, y de lo que se llamó la Generación del 50. Luego de que Bareiro recibiera el Premio Casa de las Américas, por su volumen Ojo por diente, la dictadura lo acusa de comunista, lo apresa y debe exiliarse, con lo cual se interrumpe la publicación de la revista y uno de los principales puentes entre los escritores paraguayos.

En la década de 1960, comienza a salir Criterio, que compartió cierto aire renovador con la manifestación estudiantil de 1969, expresado en sus propios contenidos y editoriales críticos. La revista tendría estrechos vínculos con la oposición anti-stronista. De hecho, muchos de sus colaboradores participarían en la organización guerrillera OPM (Organización Primero de Marzo) y, como explica Méndez-Faith (1996, pág. 100), “Criterio interrumpió sus publicaciones a mediados de 1977 debido al apresamiento de los miembros de su Consejo de Dirección el 21 de julio de ese año”.

Estos “hitos” generacionales o históricos –la Guerra contra la Triple Alianza, la Generación del 900, la Guerra del Chaco, la Generación del 40, el stronismo– son los que suelen organizar el orden de los ensayos crítico-históricos. Algunos tienen interpretaciones cristalizadas, otros no han sido lo suficientemente desmenuzados por la crítica y tienen mucho aún que decir sobre la literatura paraguaya y la latinoamericana, la mayoría es víctima de consensos demasiado arraigados. Más cerca del tiempo, encontramos los “hitos” contemporáneos: la post-dictadura y la transición (así como posteriormente, el luguismo) han sido bastante trabajadas desde las ciencias sociales, pero no sabemos tanto de ellas como factores que reestructuraron el campo intelectual, que instauraron nuevos discursos y debates, que posibilitaron (o cerraron) nuevas escrituras.

Literaturas del Paraguay

Como postuló Ángel Rama (2006 [1975]), al estudiar formatos problemáticos de la ciudad letrada como la gauchesca y la literatura de cordel, las literaturas nacionales se constituyeron sobre el aplanamiento de las distintas secuencias o series que la componen; cada secuencia caracterizada por la lengua literaria, el público al que apunta y sus modos de producción. La propuesta de Rama ayuda a entender las distintas formas literarias, ya sean populares ya de la literatura considerada culta, sin la articulación evolutiva que indica las primeras como primitivas de la segunda. Al mismo tiempo que evita la división binaria entre literatura culta y literatura popular.

La literatura paraguaya también ha transitado un camino plural, puesto que convive con (y también se compone de, dependiendo de las operaciones de inclusión) fenómenos literarios y/o lingüísticos que al mismo tiempo que le otorgan particular espesor, la ponen en interdicción. Podría hablarse de distintas series o secuencias en la literatura paraguaya, ligadas, cada una, a una variedad de su rico universo lingüístico. Por un lado, los escritores más reconocidos del Paraguay, los que han tenido renombre continental, como Roa Bastos, Gabriel Casaccia, Elvio Romero, Hérib Campos Cervera o, aunque en menor medida, Carlos Villagra Marsal y Rubén Bareiro Saguier desarrollan tan solo una de las series de las literaturas del Paraguay, la de la literatura paraguaya en lengua castellana o, más precisamente en castellano paraguayo, variedad resultante de las hibridaciones con la lengua guaraní. Algunos de ellos hacen uso de un castellano en el que subyace la cosmovisión mítica y poética del guaraní, pero siempre tomaron como lengua de base de la mayor parte de su obra a la variedad del castellano, pues era a partir de ella que podrían ambicionar una proyección continental e integrar así el mapa de la literatura contemporánea latinoamericana.

Se trata, en definitiva, del canon y los grandes nombres a partir de los cuales se traza la línea de la literatura paraguaya del siglo XX como fenómeno moderno e integrado a la literatura latinoamericana. Ahora bien, esta serie convive con otras series literarias con las que interactúa al mismo tiempo que marcan sus límites. La literatura paraguaya en castellano (más o menos penetrado por el guaraní), la literatura (también paraguaya) en guaraní, y la literatura guaraní son las series que le dan espesor a las literaturas del Paraguay.

Algunos autores diferencian la literatura “culta” de la literatura popular en función del idioma que se utiliza para cada una. Así, en la poesía que es donde conviven mayoritariamente producciones en ambos idiomas, Villagra-Batoux (2013, págs. 326-327) distingue la literatura en castellano como poesía culta, mientras la literatura en guaraní es literatura popular. La división entre lo culto y lo popular sedimenta los sentidos establecidos por la diglosia. Hay que tener en cuenta que en Paraguay ocurre el particular fenómeno de convivencia, a nivel nacional y no por regiones, de dos lenguas, cuyos uso y valor están divididos de acuerdo a una jerarquía entre una variedad alta (el castellano) y otra considerada baja (el guaraní). A pesar de los esfuerzos actuales por equiparar ambas lenguas a través de la co-oficialidad, esta jerarquía no ha sido modificada significativamente. Así es como el castellano se impone para los contextos formales y escritos, mientras el guaraní lo hace en la intimidad y los afectos, pero también en la ficción, vinculada al anecdotario y al mito, formas asociadas siempre a la oralidad. De modo que la relación problemática entre oralidad y escritura, sobre la que se basa una gran cantidad de estudios críticos en literatura latinoamericana, se transporta aquí en dos lenguas organizadas en función de una relación colonial. Como puede preverse, esta división en registros, el castellano para la escritura formal y el guaraní para lo oral y ficcional, supone una división que amenaza la literatura de ficción y una prueba para la literatura paraguaya en su conjunto.

Bartomeu Melià (1992, pág. 224) desestima la clasificación entre culta y popular cuando consigna que se ha dado en llamar poesía culta en lengua guaraní a las producciones que ocasionalmente realizaran los escritores canónicos en lengua castellana, como Juan O’Leary, Ignacio A. Pane y luego Elvio Romero o Roa Bastos. Prefiero partir de una división relativa entre distintas series de acuerdo a la lengua literaria que las caracterice. De modo que, por un lado, contamos con una literatura en lengua predominantemente castellana, más allá de las hibridaciones que pueda contener del guaraní. Por otro, otra serie basada en el guaraní paraguayo como lengua literaria, que se desarrolla mayormente en los géneros vinculados a la oralidad y que puede ser popular o de vanguardia, oral o escrita. A éstas habría que agregar una tercera serie, la literatura guaraní.

El periodo “clásico” que “reduce” el guaraní a lengua literaria y lengua de escritura es el de las reducciones jesuíticas (1609-1767), cuando se “inventa” –en palabras de Melià (1992, pág. 109)– esa otra lengua que sería el guaraní escrito. El proyecto político y lingüístico de los padres consistía en la evangelización de las distintas parcialidades guaraníes a través de su propio idioma, para lo cual realizaron gramáticas, diccionarios, catequismos traducidos y ediciones en una imprenta propia. No desarrollaré el particular ethos jesuita, como lo definió Bolívar Echeverría (1998), que posibilitó este llamativo experimento lingüístico y colonial, pero sí me interesa destacar que el proyecto sentó las bases para una posible alfabetización en guaraní que luego desembocaría en textos de producción indígena, cartas y catequismos, y una abundante bibliografía colonial en lengua guaraní mucho mayor que la que paralelamente se escribía en lengua castellana.

Luego de la expulsión de los padres, el guaraní quedaría restringido al terreno de la oralidad, salvo por breves intervenciones vinculadas a la coyuntura política, como las proclamas de Belgrano durante su expedición al Paraguay y el himno nacional francista; además de, como ya mencioné, la excepcional experiencia de los periódicos de trinchera durante la Guerra contra la Triple Alianza.

Ya entrado el siglo XX, se vuelven a realizar producciones escritas y publicadas de forma masiva en lengua guaraní y de ese modo se instala en la escritura un sub-mundo poético cuya tradición oral corría paralelo al castellano y que había sido especialmente prolífico, en manifestaciones populares anónimas en torno a la Guerra contra la Triple Alianza. Ocára poty (de 1917) de Narciso Ramón Colmán (Rosicrán) es la primera publicación, exceptuando los periódicos de la guerra, en guaraní desde las reducciones. Se trata de un cancionero en guaraní popular que establece “pautas de expresión lírica que seguirán manteniéndose por décadas” (Melià, 1992, pág. 206)2, cuya influencia puede observarse en el título de una de las publicaciones más importantes de la poesía popular en lengua guaraní, la ya mencionada revista Ocara poty cue mi, que comenzó a publicarse en 1922 y que tuvo gran difusión durante la Guerra del Chaco. Es importante destacar estas ediciones en lengua guaraní, luego de un vacío de tanto tiempo sin publicaciones continuadas, y destacar, además, que esto ya no se da en la lengua normativizada y reducida por los jesuitas, sino en un guaraní popular sedimentado a través del principal factor sobre el que construía su universo semántico, la cultura rural y campesina. Se trata, en definitiva, de la consolidación escrita del guaraní paraguayo.

En esta ocasión, los principales soportes serían revistas, cancioneros y antologías, algunos de gran tirada, pero también canciones y obras de teatro; esto contribuye a que estas producciones se consagren popularmente e independientemente de los mecanismos de legitimación propios de un campo intelectual profesional, tales como la crítica literaria y las instituciones específicas. Por el contrario, se genera un mercado cultural en el que tanto productores como consumidores comparten un código popular, y en el que la escritura funciona como pivote para la expresión oral. Ramos Dávalos explica que:

El primer número del Ocara poty cue mi, fue lanzado el 22 de julio de 1922, con 32 páginas de papel diario, su costo era de 2 pesos y era de pequeño formato. Las tiradas normales eran de 20.000 ejemplares llegando a 22.000 (registrado en acta notarial) como los números 82 y 96. Además, fueron reimpresos los primeros números por la demanda de los lectores. Esta recepción del público motivó a los vates paraguayos a trabajar la pluma, acercándose a la Imprenta de Don Felix Fortunato Trujillo y así ganar un espacio de difusión.

La revista (que tuvo 252 números) también organizó concursos de composiciones, siendo el ganador del año 1927 el poeta Darío Gómez Serrato con su obra “Yvoty reka Mariscal López rérape”, quien a partir de entonces se desempeñó como corrector de las expresiones en guaraní en el Ocara. Las formas lingüísticas eran varias y no se encontraba la unificación en cuanto a la escritura del idioma, lo que propiciaba una disparidad de criterios al respecto.

[...] La influencia sicológica positiva que ejercía el cancionero en el frente de batalla era innegable, al Chaco se enviaban números del Ocara poty cue mi para momentos de esparcimiento del soldado paraguayo. Era la identidad en versos, una confirmación de paraguayidad expresada con soltura y belleza lírica. (Cit. por Castells M., 2011)

Este mercado da continuidad escrita, en las primeras décadas del siglo XX, a lo que se define como oratura3:

Popular, por excelencia, la literatura paraguaya en guaraní tanto o más que nombres de autores, tiene ciertos recursos comunicativos en los que se apoya y de ellos depende casi enteramente: son las revistas, los cancioneros, los grupos musicales y las tablas del teatro, entre los principales. Es una literatura sin libros, si se quiere. Incluso cuando publicada, o es el registro de “oratura” que le precede o se destina a una “oratura” que le seguirá. Los autores son, en la mayoría de los casos, actores, ya como músicos, ya como teatristas. (Melià, 1992, pág. 204)

La oratura comprende un corpus, narrativo y/o poético, de trasmisión oral y cuenta con algunos géneros característicos, como el compuesto, el purahéi, el káso ñemombe’u, los ñe’ ẽnga. Es evidente que Melià emplea el término para sacar este tipo de producciones del ámbito del folklore, darle entidad literaria y ponderar los usos del guaraní por su valor estético. Se trata, para Melià, de modelos de lengua literaria que tendrían un especial desarrollo durante la Guerra del Chaco.

Entonces se instala en el imaginario el modelo del poeta-soldado con la figura de Emiliano R. Fernández, que, como ya adelanté, populariza una poesía de índole épico y enuncia un contenido nacionalista pero de carácter popular y, por momentos, de denuncia social. Si las reducciones significan el momento de creación de una lengua literaria colonial, para Melià (1992, pág. 214), los años treinta significarían el auge de los poetas “clásicos” del guaraní paraguayo: además de Emiliano, se pueden mencionar a Manuel Ortiz Guerrero, poeta bilingüe, que contribuyó con sus versos a la nueva música creada por José Asunción Flores, la guarania, Félix Fernández, Darío Gómez Serrato, Carlos Miguel Giménez y Teodoro S. Mongelós, entre otros. Muchas de sus composiciones llegaron al público masivo como letras de canciones famosas. Así como lo hizo la poesía gauchesca, estos autores todavía siguen una métrica vinculada a la poesía popular en lengua española y a la tradición hispánica, fundamentalmente el octosílabo y la rima asonante. También el teatro en guaraní tendría entonces a su exponente clásico, Julio Correa, fuertemente vinculado a una estética realista y de denuncia social y, sobre todo, con un sentido de interpelación y de llamado a la acción al público, denominada por sus discípulos como teatro popular de vanguardia; sus obras serían prohibidas durante la dictadura de Stroessner.

La toma de conciencia histórica que muchos críticos destacan para explicar la literatura paraguaya post-Guerra del Chaco, se realiza primero y más acabadamente en el corpus de la literatura en guaraní. No solo porque constituye el modelo principal del guaraní paraguayo como lengua literaria, sino, además, porque se convirtió en “hecho social” (Melià, 1992, pág. 214). Es decir, en la coyuntura de una nueva guerra internacional, disputó la enunciación de la nación desde contenidos que habían permanecido, hasta entonces, sin letra escrita y con los que podían identificarse amplios sectores sociales: “la Guerra del Chaco se transformó en un gran potencial de creatividad, donde la crisis nacional hace surgir la pregunta por el ñande reko, ‘nuestra manera de ser’” (Lustig, 1999). Eso se expresa en la lengua vernácula y se desarrolla en un mercado de publicaciones periódicas. De este modo, los poetas clásicos franquean los campos segmentados por la diglosia.

Durante el stronismo, desde el poder se promocionó un uso populista y proselitista del guaraní. Se recurría a él como código compartido con el campesinado y los sectores populares en los actos de campaña; además, Stroessner contó con su propio “himno” popular en guaraní paraguayo, de difusión obligatoria, la polca “Presidente Stroessner”. Mientras, al mismo tiempo, las políticas educativas acentuaban la realidad diglósica4. La labor que realizaron los intelectuales orgánicos del stronismo también obliteró el desarrollo de la literatura en guaraní; ellos postularon una visión idealizada de la “raza guaraní” acorde al nacionalismo de corte autoritario que la dictadura esgrimió como historiografía oficial (Bareiro Saguier, 2007a). Villagra-Batoux (2013, pág. 336) sostiene que, en este contexto, los géneros que irían a proliferar durante la dictadura serían las gramáticas, los diccionarios y las investigaciones lingüísticas.

Sin embargo, aún durante las décadas del setenta y ochenta, se han publicado obras de importancia crucial, como la primera novela en guaraní paraguayo, que a su vez es la primera escrita en lengua originaria en América, Kalaíto Pombéro de Tadeo Zarratea, 19815, la obra de Carlos Martínez Gamba (en el exilio)6 y se gestaría el movimiento más innovador de los últimos años en la literatura paraguaya, la poesía tangara: poesía en lengua guaraní pero de tendencia vanguardista y alto nivel de experimentación. El estilo tangara se “inicia” con el poemario de Ramón Silva, Tangara tangara (1985), y en torno al Taller de poesía Manuel Ortiz Guerrero del Centro Cultural Español “Juan de Salazar”, del que participaban, además de Silva, Miguelángel Meza, Moncho Azuaga, Mario Rubén Álvarez, entre otros. Estos poetas ofrecen ejemplos de los distintos usos del guaraní, ya sea el guaraní paraguayo, ya sea un léxico arcaizante que rescata términos del guaraní indígena y que tiene que ver con los trabajos etnográficos desarrollados por los mismos poetas. Algunas composiciones son artificios poéticos de difícil llegada al público masivo, mientras que otras repiten el camino de los poetas clásicos y difunden la poesía como obra musical. La diferencia principal respecto de la poesía popular que la antecede, es que la poesía tangara abandona la métrica española y experimenta nuevas formas vinculadas a los cantos y ritmos tribales, fundamentalmente pãi y mbya, versos más breves y abundante uso de la iteración y las onomatopeyas; puesto que la sonoridad poética, de acuerdo a esta concepción, está estrechamente vinculada a los sonidos de la naturaleza (Lustig, 1997 y 2003).

Los exponentes de las distintas series pueden polemizar entre ellos, los poetas tangara más indigenistas procuran un guaraní purista y reniegan de la cultura paraguaya por colonial, mientras que los defensores del guaraní paraguayo, como es el caso de Tadeo Zarratea, los juzgan como arcaizantes y elitistas.

Finalmente, es importante diferenciar la literatura paraguaya en lengua guaraní, incluso esta última vertiente vanguardista, de otra serie, la que se ha dado en llamar literatura guaraní. La literatura guaraní es una construcción a posteriori realizada por etnógrafos, fundamentalmente a partir de los trabajos señeros de Curt Nimuendaju Unkel y León Cadogan, quienes tomaron contacto, escribieron y publicaron cantos indígenas guaraníes de las parcialidades apapokúva, ava-katuete, pãi tavyeterã y mbya guaraní. Algunos autores, como Villagra-Batoux (2013, págs. 300-302), establecen una continuidad o transición entre la literatura en guaraní y la literatura guaraní, y consideran que, en todo caso, se trata de variantes de una misma literatura. Sin embargo, de este modo se aplanan no solo las diferencias entre las distintas lenguas literarias, canalizadas a través de distintos dialectos guaraníes, sino la autopercepción de las comunidades productoras de esa literatura, y el valor y la función que se le otorga a esas producciones. Considerar literatura los cantos tribales implica una reducción, operada por etnógrafos y antropólogos, al horizonte de conocimiento occidental y moderno de la expresión poética; para las comunidades productoras, el valor poético está vinculado a la experiencia mítica y religiosa que es la que le confiere sentido. Además, se trata, la literatura paraguaya en guaraní y la literatura guaraní, de dos series que han corrido, casi siempre de modo paralelo. Por un lado, el guaraní paraguayo es un fenómeno netamente colonial, una lengua originaria convertida en lengua criolla y que ha atravesado la historia moderna de la constitución de un Estado-nación; por otro, una comunidad que, a pesar de las contaminaciones e hibridaciones a las que está expuesta, mantiene un universo de sentido mítico y comunitario propio y previo al que es enunciado por el guaraní paraguayo y que no se reconoce como “ciudadana” de esa nación.

La distancia entre el guaraní colonial, incluyendo el guaraní paraguayo moderno, y el guaraní indígena actual no es solo dialectal en el nivel fonológico y morfosintáctico, sino semántico y cultural. […] La literatura indígena en guaraní se distingue claramente de la literatura paraguaya en guaraní; es un fenómeno perceptible incluso al traducir los textos de una y otra literatura en castellano. El arte de la palabra es el arte de vivir; la propia concepción del fundamento de la palabra y el modo como la serie de palabras llega a formar el himno para a su vez hacer participar a los otros en ese fundamento y en ese himno, nos suena hoy a esotérico. (Melià, 1992, págs. 243-244)

No es menor, para el caso, señalar que el lenguaje, para las comunidades guaraníes, tiene un vínculo estrecho con sus creencias religiosas; lo cual se manifiesta en el concepto de palabra-alma. La palabra guaraní transporta el mito en su misma poesía, en su misma disposición estética. Porã, para los guaraníes, implica tanto la belleza como la verdad sagrada; las ñe’e porã son, entonces, las bellas palabras, más precisamente, las palabras adornadas, y las palabras sagradas y verdaderas. Hélène Clastres explica:

[…] así como el adorno es, para los hombres que lo llevan, lo que revela su condición verdadera, del mismo modo es necesario el adorno del lenguaje si se quiere hablar bien. Aquí la metáfora no es un modo de decir que enmascararía el sentido de las cosas; es la única manera de decir aquello que, en verdad, las cosas son.

Don de los dioses, las bellas palabras no designan ni comunican: ellas no pueden más que celebrar a su propia divinidad. Esto es al menos lo que da a entender el “mito” mbyá. Ñamandu, el Padre Verdadero, el Primero, concibió el fundamento del lenguaje humano de una parcela de su divinidad. (1990, págs. 101-102)

Es por eso que el Ayvu rapyta, el volumen publicado por León Cadogan en 1959, implicó un acontecimiento único desde la colonización y un cambio de paradigma, no solo en cuanto a la concepción de la cultura guaraní, sino a la concepción de lo literario. El volumen publicó y demostró la existencia de los textos sagrados, hasta entonces secretos, de los mbya-guaraní del Guairá. El alto nivel de abstracción poética, la existencia de un vocabulario secreto y el reconocimiento de su valor como literatura, más allá de su significado mítico, marcaron los límites de las concepciones tradicionales y occidentales del valor literario. Como explica Melià en la cita anterior, se trata de cantos de producción colectiva y comunitaria, llevados a la escritura luego de una mediación etnográfica, de hecho fueron dictados a Cadogan por miembros prominentes de la comunidad y él debió recurrir a notas lexicológicas para hacerlos aprehensibles al paraguayo contemporáneo.

A partir de esta publicación, la literatura guaraní comenzó a ser una referencia ineludible para los escritores paraguayos. Los poetas tangara alimentarían una estética novedosa a partir de ella, pero además, en su prólogo a Las culturas condenadas, otra compilación de cantos indígenas, pero más contemporánea y que abarca a distintas etnias que habitan suelo paraguayo, Roa Bastos radicaliza sus posiciones sobre la literatura paraguaya en castellano y postula una suerte de superioridad poética de la literatura guaraní. Justamente esta postulación sería uno de los puntos de partida para las polémicas del post-stronismo.

En resumen, el mapa de la literatura paraguaya comprende fenómenos complejos que no se insertarían fácilmente bajo una misma etiqueta. En un trabajo que indaga la elaboración de cancioneros del Norte argentino, Diego Bentivegna (2014, págs. 46-47) sostiene que la delimitación de la poesía popular implica cuestiones de gran envergadura a nivel glotopolítico, como la relación entre una lengua hegemónica y las distintas lenguas indígenas, entre la cultura letrada y la no letrada; así como la labor de los intelectuales, lingüistas y escritores implica posicionamientos políticos, en tanto organizadores de la cultura. Si extrapolamos esas cuestiones al caso paraguayo, en el que la lengua indígena no se reduce a un anclaje folklórico sobre una región determinada, sino que es un fenómeno de extensión nacional, una lengua que cuenta con producciones literarias de distintos niveles, tanto popular como de vanguardia, y que flanquea y delimita la misma producción canónica en lengua castellana, observamos, entonces, la imposibilidad de definir una lengua nacional para una literatura nacional. La utilización de determinada lengua literaria implica, por parte de los escritores, determinados posicionamientos intelectuales y literarios, y operaciones críticas sobre el complejo mapa de la tradición. La incógnita del Paraguay no sería tanto un problema de vacío, sino, por el contrario, de la insuficiencia de los esquemas explicativos heredados.

Polémicas y exilio

La supuesta inmensidad vacía que aparenta un campo poco estudiado puede confundir los posibles caminos, imponer encrucijadas espectrales al investigador o un avance falsamente abierto. La figura de escritor de Augusto Roa Bastos condensa varias de las problemáticas que atravesó la literatura paraguaya durante el siglo XX, por lo que –como afirma Jean Andreu en su ensayo “Lecturas paraguayas”– ofrece en sí misma una posible opción metodológica para acercarse a esta literatura. Pero además, antes que centrarme en un hito histórico, elijo un episodio marginal: las polémicas intelectuales que se dieron alrededor de Roa Bastos apenas caída la dictadura de Alfredo Stroessner. Especialmente, la que Roa protagonizó junto a Carlos Villagra Marsal entre octubre y noviembre de 1989. Aunque, cabe aclarar, el historial polémico encuentra un antecedente en 1982, cuando Juan Bautista Rivarola Matto sale al cruce de supuestas declaraciones de Roa, y continúa durante los primeros años de la transición e involucra a otros escritores, concretamente a Guido Rodríguez-Alcalá. Como lo que me interesa de la polémica es su capacidad de generar posicionamientos en la esfera de la opinión pública, en el marco del campo intelectual, privilegio los textos que circularon justamente de manera pública. Claro que esto no obedece simplemente a un interés arbitrario y personal, sino que lo que da relevancia a la polémica es su relación dialéctica con los procesos sociales y culturales, a los que da forma de enfrentamiento de voces, en el discurso, por lo que, en consecuencia, la polémica contribuye a reconfigurar los grupos de oposición que actúan en el campo intelectual. Por eso, metodológicamente, baso mi corpus en discursos publicados y no en las declaraciones de pasillo o testimonios de la esfera íntima, que, aunque puedan haber sido determinantes, no forman parte de la polémica; pues, como explica Christian Plantin: “la polémica puede desarrollarse sobre la base de un asunto de carácter privado […] pero es necesario que ese conflicto tome un cariz público que ponga en discusión los grandes principios y los grupos de partidarios que se adhieren a ellos (identificados con esos principios)” (2003, pág. 387)7. La polémica es, en definitiva, una intervención sobre la esfera pública e incluso, como afirma Angenot (2008, pág. 13), pretende influir sobre el público antes que sobre el adversario.

A su vez, el público participa de la polémica y no solo como receptor, sino como esfera que delinea, restringe o permite los marcos de lo decible. La eficacia polémica de una enunciación aislada no podría ser mensurada sino por sus posibles repercusiones en el plano social. En este sentido, es importante destacar que la mayoría de los textos que aquí analizo aparecieron en diarios de tirada masiva; Roa y Villagra escriben en Última hora y Hoy, respectivamente. Pero también la novelística de los polemistas sirvió para vehiculizar, a través de la ficción, los conflictos del campo. Esto último fue lo que sucedió con la polémica entre Roa Bastos y Guido Rodríguez-Alcalá, quienes utilizaron sus novelas, Vigilia del Almirante (1992) y Contravida (1994), del primero, y El rector (1991) del segundo, para polemizar a través de personajes en clave.

Si bien estas polémicas se alimentaron de cuestiones extraliterarias vinculadas a los posicionamientos políticos de los escritores durante la transición, el principal disparador de la polémica con Villagra fue una hipótesis de Roa Bastos, respecto de que la literatura paraguaya era una “literatura ausente”:

[…] no como carencia de algunas buenas obras del género narrativo, sino como inexistencia de un corpus de obras cualitativamente ligadas por denominadores comunes; como la falta de un sistema de obras de ficción que traducen en su variedad temática y en sus diversas entonaciones, el temple de una colectividad, los rasgos característicos de su historia, de sus modos de ser, de su ámbito físico y sociocultural: todo eso que de una manera abstracta se suele denominar identidad nacional. (Roa Bastos, 1991b [1986], pág. 100)

En el campo intelectual paraguayo, el episodio aún pervive como un ajuste de cuentas de índole personal, no suele ser considerado como objeto de análisis, es más: muchos críticos o escritores se niegan a “opinar” siquiera sobre el episodio porque involucra vínculos personales. Sin embargo, en la breve cita anterior, se lee una serie de términos altamente problematizados en los estudios latinoamericanos (sistema, corpus, identidad nacional), pero que, en el caso del Paraguay, debutan como centro del debate intelectual recién hacia fines de los ochenta. Desde este punto de vista, la elección de un episodio que puede resultar anecdótico pero condensa una serie de problemáticas estructurales en la literatura paraguaya, permite entrar al campo inexplorado sin vernos desbordados por la escasez de trabajos previos. Y lo hace a través de distintos niveles:

1 Permite abordar el contexto de la democratización, las consecuencias de la dictadura en la literatura y las tomas de posición que los intelectuales elaboran tras su caída, las cuales a su vez tienen que ver con distintas tendencias ideológicas que tienen una larga tradición en la historia intelectual paraguaya.

2 La hipótesis de la “literatura ausente” interpela la literatura paraguaya desde el concepto de sistema literario, y con ello, las implicancias de una literatura nacional justamente en un momento en que la valorización de lo “diferencial” en los estudios literarios pone en cuestión las construcciones en torno a lo “nacional”; y desde la compleja cartografía de la literatura paraguaya, que se desarrolló bifurcada por el bilingüismo y el exilio. Es así que el planteo por una literatura nacional para el Paraguay está doblemente complejizado. Por un lado, porque la lengua nacional –la construcción abstracta que debería soportar esa literatura– implica la siguiente problematicidad: ¿cuál sería la lengua para la literatura paraguaya en un contexto de diglosia que permea continuamente la escritura? Por otro, porque no podemos negar que es una literatura que, además, interactúa fuertemente con espacios que superan la delimitación estatal, fundamentalmente el rioplatense.

3 La reconfiguración del campo intelectual en la post-dictadura vehiculizó a través de polémicas, algunos de los problemas que el contexto imponía a los agentes del campo. En casos como el paraguayo, pero también en casi toda la región, se encuentra, entre los tópicos que se discutían, el de exilio, abordado desde sus implicancias éticas o políticas, antes que estrictamente literarias. A partir de él, cada perspectiva construye o delimita determinada imagen del escritor exiliado. Abordar el periodo para el caso paraguayo permite completar el mapa de la literatura conosureña post-dictaduras y además darle entidad de objeto de investigación a un periodo que si bien ha sido abordado, algunas de sus problemáticas quedan a menudo reducidas al terreno de la chismografía.

En algunos aspectos, el post-stronismo implicó fenómenos similares, sobre campo intelectual y post-dictadura, a lo que se ha investigado para los casos de Chile, Brasil, Argentina y otros; pero no se ha profundizado en estas similitudes que, a su vez, permiten resaltar las particularidades de la literatura paraguaya. Por ejemplo, el exilio reciente fue producto de una etapa histórica que caracterizó a todo el sub-continente, definida en torno a las últimas dictaduras militares, el terrorismo de Estado, coordinado éste regionalmente a través de redes de represión como el Operativo Cóndor y al calor de la Doctrina de Seguridad Nacional. Se trata, en definitiva, de una coyuntura que dejó profundas marcas en la cultura y el campo intelectual. En el plano estrictamente literario, la crítica ha encontrado en estas coordenadas una fuerte bisagra y habla de una generación que habría bebido el caldo amargo de la derrota, mientras el boom se había desarrollado en la etapa del florecimiento de las ideas de cambio social al calor, fundamentalmente, de la Revolución Cubana. Tras esa fuerte ebullición política y cultural, el peso de la derrota fragmentó la experiencia recogida, los logros obtenidos y quebró uno de los procesos más ricos de la literatura latinoamericana.

La noción de compromiso, que hasta los setenta mantuvo su peso específico en el campo intelectual, contribuía a que el apoliticismo o la indiferencia fueran juzgados negativamente. Escapistas o liberales, comprometidos o críticos, los escritores se vieron envueltos en cuestionamientos éticos dentro del mismo campo. Pero es ya en el proceso de democratización, cuyos albores emergen en los últimos años de las dictaduras, cuando estos cuestionamientos se dieron con mayor vigor bajo la forma de polémicas, en las que empiezan a juzgarse las posiciones asumidas ante la derrota. Contribuyó a ello el hecho de que la censura se haya relajado y de que haya aumentado la circulación de publicaciones. Pero, en un plano general, se activa un proceso de reconfiguración del campo intelectual, en el que se pueden observar: la democratización de las instituciones de la cultura en consonancia con la democratización de la sociedad, reacomodamientos en las universidades, reelaboraciones de sus planes de estudio, sus programas y sus marcos teóricos, nuevos posicionamientos en la serie literaria y en la conformación del canon. En términos de Bourdieu, se ve alterado ese “sistema de líneas de fuerza”, la relaciones entre “agentes” y “sistemas de agentes”, que constituye el campo (Bourdieu, 2002 [1966], págs. 9-10). A nivel del sub-continente, el grueso de este proceso abarca la década del ochenta, con repercusiones en los años noventa de acuerdo, en cada caso, con las características de cada campo y de cómo influyó en él el proceso de transición a la democracia.

En este contexto, el fenómeno del exilio tuvo distintas valencias. Por un lado, fue –sin dudas– un fenómeno social y político que implicó preguntas acerca de cómo leer la literatura que se estaba produciendo y publicando en diferentes puntos del exilio latinoamericano. Lo cual, en sus planteos más extremos, involucra una pregunta mayor conectada con cuestiones fundantes: qué conforma la literatura latinoamericana. A esta pregunta apuntan las reflexiones de Ana Pizarro, realizadas justamente en el contexto de la post-dictadura:

¿Es literatura latinoamericana por ejemplo la literatura de los jesuitas que en 1767 son expulsados del continente y que comienzan a constituir en Europa una especie de conciencia de América en el exterior? […] El caso de la literatura de los jesuitas, que constituyen el gran exilio de fines del siglo XVIII, es el antecedente de la literatura del exilio masivo reciente, de los años setenta de nuestro siglo, que todavía está en proceso y decantamiento. Pero plantea problemas similares. En efecto ¿es la literatura latinoamericana la de los exiliados recientes que comienzan a publicar en Europa y los Estados Unidos fundamentalmente, textos en rumano, finlandés, francés? (Pizarro, 1985, pág. 14)

Por otro lado, el exilio también funcionó como tópico en los discursos que dan cuenta de la reconfiguración del campo. En las polémicas, por ejemplo, donde se tensiona el canon y se ponen en duda algunas legitimidades o consagraciones ganadas en el periodo anterior, el tópico del exilio divide posiciones. Éstas tienen que ver con la imagen que se construya del exiliado: muchos enuncian desde ese lugar ambiguo, pero lo construyen como punto de vista casi privilegiado, otros cuestionan la legitimidad del exilio o consideran un abanico de diferentes tipos de exilios no todos justificables, no todos dorados. Un ejemplo epocal de la fuerza de este tópico es la crítica que realiza Ángel Rama a la novela de José Donoso, El jardín de al lado de 1981, en la que Rama destaca el “ajuste de cuentas con el exilio latinoamericano”, el cual ha forjado un “terrorismo” del exilio:

[…] que va constituyéndose en espectáculo tan penoso como aquél de los republicanos españoles que rumiaban su ira y su impotencia por México, Caracas o Buenos Aires, reconstruyendo obsesivamente un pasado heroico que poco tenía que ver con la realidad interior de la patria ni con la circundante de sus patrias de adopción. Esta irrealidad, a que se ve condenado el exiliado, deriva de su específica condición y no es un capricho de su albedrío. (1998 [1981], pág. 175)

Más allá del juicio sobre este “terrorismo del exilio”, descripto ni más ni menos que por un exiliado, el quiebre que significó la instalación de los regímenes dictatoriales, ha producido una fuerte bifurcación entre los exiliados y los que permanecieron en el país. La distancia y la violencia con que fue impuesta, pudieron haber forjado dos formas distintas de percibir el proceso histórico de la dictadura, primero, y de la transición a la democracia, después. A partir de ello podría entenderse la división que se produce entre los escritores exiliados y buena parte del campo, cuando éstos pretenden reinsertarse en medio de un fuerte proceso de cambio y reconstrucción. Así lo afirma José Luis de Diego (2000b, pág. 440), que estudia las polémicas surgidas en los estertores de la última dictadura argentina y considera que “estas ideologías sobre el exilio entran en juego en la reconstrucción del campo intelectual posterior a la dictadura”. En su tesis doctoral, de Diego desarrolla más acabadamente estas “ideologías del exilio”:

El extrañamiento del regreso era doble: ni los exiliados que regresaban eran los mismos, ni tampoco lo eran aquellos con quienes se reencontraban, y que habían debido soportar el exilio interior. Para los proscriptos, quienes se habían quedado en el país habían sufrido, en muchos casos, una suerte de lavado de cerebro: Siscar habla de “zombies”; Adriana Puiggrós, de una “gran frivolidad”. Existía una resistencia a que los recién llegados pretendieran saber qué ocurrió bajo la dictadura mejor que los que la vivieron en carne propia, y la reacción será contra los que con cierta arrogancia se endilgaban un presunto heroísmo en la lucha contra la dictadura “desde afuera”. (2000a, pág. 163)

Del exilio como factor de polémicas, también participan las siguientes reflexiones de Nelly Richard sobre el campo intelectual chileno:

La cantidad de fracturas producidas en el Chile postgolpe afectó no sólo el cuerpo social y su textura comunitaria, sino las representaciones de la historia aún disponibles para un sujeto quebrantado en su memoria y su identidad nacionales. Ya no quedaba historia ni concepción de una historicidad trascendente que no estuvieran enteramente socavadas por la revelación del engaño o del fracaso. Ni la cruel historia oficial de los dominadores ni la dolorosa historia contraoficial de los dominados (una historia construida –éticamente– como reverso, pero igualmente lineal en su simetría invertida) eran ya capaces de orientar el sujeto cultural hacia una finalidad y coherencia de sentido y de interpretación. (Richard, 2007, pág. 26)

Para Richard, los exiliados intentan reconstruir esa linealidad histórica quebrada (Id., pág. 27) y por ello los considera como una interferencia anacrónica en torno a ciertas ambiciones imposibles: identidad, historicidad trascendente, coherencia, sentido, que, salvo por la dimensión ética, se estructuran de la misma forma que el relato del poder. Desde ya que Richard intenta posicionar aquí las experiencias rupturistas del campo chileno de los ochenta; de ahí su caracterización de la lógica setentista que los exiliados querrían reconstruir (diferenciable, según ella, solo por el contenido ético). Sin embargo, su caracterización contribuye a dimensionar, a nivel continental, las fisuras que se producen en el campo intelectual del periodo.

Una particularidad que caracteriza a la literatura argentina y que de Diego (2000a, págs. 132 y ss.) encuentra en las reflexiones de la post-dictadura, es el hecho de haberse forjado un origen en el exilio, el de la Generación del 37; es decir, se cuenta, entonces, ya con posibles respuestas, para el caso argentino, a las dudas que se desprenden de la pregunta de Ana Pizarro acerca de cómo se inserta la literatura del exilio en la literatura latinoamericana. Esto, desde ya, es posible gracias a las características de la literatura argentina y las operaciones críticas que se realizaron sobre ella desde el tomo Los proscriptos de la Historia de la literatura argentina de Ricardo Rojas. De modo que la circunstancia histórica del exilio no quita entidad al carácter de la literatura argentina ni resquebraja su tradición; incluso teniendo en cuenta que el exilio significa también exilio de la lengua. Al contrario, esta tradición aporta un suelo reafirmado por la misma crítica que da entidad a esa literatura:

En los proscriptos, entonces, está el inicio no sólo de la literatura sino de la “historia nacional”; Matamoro irá incluso más lejos: “La Argentina fue antes una literatura que un país” (PQF; p. 229). Independientemente de la validez de esa hipótesis, la actitud de poner la literatura por encima –o en el origen mismo– de la configuración de una nacionalidad permite ser leída también desde los años de la dictadura: si estos exiliados se reconocen en aquellos proscriptos, resulta evidente la deliberada extensión de las fronteras de lo nacional y la necesidad política de negarle al régimen el patrimonio de los rasgos definitorios de la nacionalidad. (Id., pág. 133)

Sin embargo, éste no es el caso de la literatura paraguaya. A pesar de ser un país históricamente expulsor, la relación entre exilio y literatura carece de consensos críticos fuertes, por lo cual las polémicas del post-stronismo significarían, en muchos aspectos, planteos inaugurales o debates inéditos. Entre quienes han intentado abordar, desde la crítica literaria, el hecho del exilio como factor de injerencia para la literatura paraguaya y la construcción de la literatura, podemos mencionar a Josefina Plá y Teresa Méndez-Faith. Josefina Plá (1992) plantea la noción de “perspectivismo”, según la cual, la literatura paraguaya se caracteriza por el “hecho bifronte” de constituirse –desde sus primeros momentos– por escritores extranjeros que aportaron códigos renovadores, pero no encontraron suelo fértil para asentar esas innovaciones, y –por otro lado– por paraguayos exiliados que en el exterior entran en contacto con las corrientes estéticas en vigencia, pero no llegan al público de su propio país. El perspectivismo se refiere a la visión distanciada con la que tanto extranjeros como exiliados han reconstruido aspectos de la cultura e historia paraguayas en sus obras. Concluye que, ya promediado la dictadura stronista, la literatura paraguaya innovadora, incluso la única que garantiza la “lucha por la cultura”, es la del exilio:

Todas las obras considerables de la narrativa de los últimos cuatro lustros han visto la luz en el extranjero. Este hecho, que confirma la tesis perspectivista, sugeriría una defección de la intelectualidad nacional en la lucha por la cultura, si no resultase evidente que sólo desde el exterior tiene esta literatura la posibilidad de soslayar mediatizaciones esterilizantes. (Id.)

Méndez-Faith en su trabajo Paraguay: Novela y exilio (1985) mapea, como puede verse ya en el título, la literatura paraguaya desde los escritores que forjaron su obra en el exilio, puntualmente Augusto Roa Bastos y Gabriel Casaccia. El recorte se basa en la hipótesis de que el mayor desarrollo de la literatura paraguaya se produjo fuera del país, mientras que los escritores que permanecieron en el Paraguay no lograron superar el “exilio interior”:

[…] el drenaje intelectual que ha sufrido el Paraguay en los años posteriores a la Guerra del Chaco, pero en especial a partir de la Guerra Civil de 1947, sumado a la situación política imperante dentro del país y a las condiciones de represión y censura en que se ve obligado a trabajar el escritor que escribe intrafronteras, explican en gran parte –y en especial para las tres últimas décadas– las dos caras de la moneda: por un lado la pobreza cuantitativa y cualitativa de la producción literaria interna, y por otro la relativa riqueza –tanto en cantidad como en calidad– de la del exilio. (Méndez-Faith, 1985, pág. 31)

En esto, Méndez-Faith adscribe a una lectura, la de la negatividad del “exilio interior”, que muchos escritores del periodo (entre ellos, Roa Bastos con su “literatura ausente”) tendrían respecto de las posibilidades de escritura entre el exilio y la represión interna. Como ya adelanté, esta hipótesis fue motivo de polémica en los años de la post-dictadura en distintos puntos de la región8. De modo que Méndez-Faith se posiciona al respecto, asume la condición del “exilio interior” como factor aún más paralizante para la escritura que el exilio mismo, pero no participa concretamente de la polémica, puesto que interviene desde afuera, desde el lugar de la crítica y en la academia norteamericana.

Se pueden encontrar algunas continuidades entre ambas críticas. Méndez-Faith adscribe también, aunque sin mencionar el término, a la idea de “perspectivismo”, pero como dato consensuado en la literatura paraguaya:

[…] los tres narradores que aparecen en la década inicial del siglo –y cuya obra inicia, según consenso crítico generalizado, la narrativa nacional– son extranjeros. Ellos son los argentinos Martín Goycochea Menéndez (1875-1916) y José Rodríguez Alcalá (1875-1958), y el español Rafael Barrett (1877-1910). No obedece al azar el que la narrativa paraguaya se inicie con las obras de tres escritores extranjeros y de que ellas constituyan lo más rescatable y respetable que se haya escrito en el país hasta la aparición de la narrativa contemporánea cuyos más distinguidos representantes, Gabriel Casaccia y Augusto Roa Bastos, desarrollan la mayor parte de su narrativa en el exilio. (Méndez-Faith, 1985, pág. 39)

En definitiva, ambas autoras realizan un diagnóstico negativo de la situación de la literatura paraguaya, solo “salvada”, en parte, por los escritores del exilio. En cuanto a lo que se escribe fronteras adentro, se trata de “escasez literaria”, “pobreza cuantitativa y cualitativa” (Méndez-Faith) o directamente “no hay páginas literarias” (Plá). Sin embargo, como desarrollaré en la Segunda Parte, a pesar de estas posiciones, Josefina Plá quien sí es una personalidad destacada del campo intelectual de la transición, prefiere no intervenir en la polémica de la “literatura ausente”, a pesar de que Roa Bastos se inspirara en algunos de sus artículos críticos para formularla.

Más allá de la valoración que pueda hacerse sobre el fenómeno del exilio crónico paraguayo, es cierto que esta recurrencia ha contribuido a plantear una dinámica de campo intelectual en términos regionales. Si el campo intelectual francés del modelo bourdesiano (Bourdieu, 1995 y 2002) es contenido en una configuración nacional (ésta es la “limitación” que le observan Atamirano & Sarlo, 1983, pág. 85), esa configuración, en cambio, no podría contener ni explicar por sí misma las características del campo latinoamericano, que se vincula con espacios consagratorios y de difusión externos. Esto se relaciona con otro reparo, que le realiza Silvia Sigal (2002), a la perspectiva de Bourdieu a la hora de aplicarla en América Latina. La autora explica que en un campo como el latinoamericano, además del campo de poder, otra fuerza externa a su especificidad influye sobre las instancias y los valores de consagración: los centros metropolitanos de producción cultural e intelectual. Por otro lado, en América Latina, la influencia de lo político ha minado más profundamente el debate intelectual y, en consecuencia, la autonomía del campo es mucho más relativa que en el modelo bourdesiano, pero también es más influyente el rol del intelectual y es a partir de esta doble pertenencia que se constituye y se diferencia el intelectual latinoamericano. Esta diferencia se articula especialmente en el género de la polémica. En tanto las polémicas funcionan como intervenciones que tienden a relativizar la autonomía del campo, es decir, como mediaciones entre el plano de lo social y el intelectual. Murat sostiene que con la polémica: “La pretensión de autonomía de la obra de arte deviene insostenible; el yo social recubre el yo profundo” (2003, pág. 11). Las polémicas, entonces, constituirían un género privilegiado para asumir el rol que Sigal le atribuye al intelectual, como “mediador entre las instancias que la autonomización de los campos separa” (2002, pág. 16).

Es a partir de esa especie de fuga geográfica que se pueden entender las continuas disputas intelectuales en torno a lo regional y lo cosmopolita, lo nacional y lo extranjerizante, y (esto sí es una particularidad del Paraguay) la disputa por la reapropiación de la historia colonial transportada en la lengua. Pero además, a diferencia tanto del campo intelectual paradigmático de Bourdieu como del ejemplo argentino o de otros países latinoamericanos, para los escritores paraguayos el vínculo con las metrópolis está, como dije, regionalizado porque es posible desde una perspectiva regional en la cual el Río de la Plata funciona como un espacio de mediación necesario o, como dice Ticio Escobar (2004, pág. 29, nota 4), como “doble mediación hegemónica”.

Los temas que abordaré a lo largo de este libro nos enfrentan a estas mediaciones múltiples, en las que el espacio rioplatense se convierte en foco de continua injerencia para el país mediterráneo; éste constituye entonces una cartografía particular no lo suficientemente reseñada aún por los estudios latinoamericanos, que sí han sido prolíficos, en los últimos años, en los trabajos sobre el eje andino y el antillismo, por ejemplo. Ello obliga a revisar continuamente los conceptos, como campo intelectual, periferia e incluso literatura nacional, aparentemente solidificados en el campo de la crítica latinoamericana. Es significativo también que sea un “género menor” como la polémica, el que transporta debates históricamente esquivos para la crítica literaria paraguaya, al mismo tiempo que se erige como herramienta de un velado enfrentamiento político y manifestación de la permeabilidad del campo. No tan paradójicamente, el contexto de la post-dictadura, primer episodio de relativa apertura democrática (institucionalmente, al menos) del siglo XX paraguayo, se abre a las discusiones en torno a un programa irrealizado de literatura nacional.

1. El único antecedente mencionable al respecto, aunque, a pesar de su título, no es precisamente una Historia de la literatura, es Historia de las letras paraguayas (de 1947, luego modificada y reeditada como Historia de la cultura paraguaya en 1961) de Carlos R. Centurión.

2. La obra de Rosicrán merecería un análisis más minucioso. Al mismo tiempo que sentó precedentes en cuanto a la escritura y al estudio del guaraní popular, también fue propagandista de un indigenismo nacionalista que armonizaría la colonización española con la herencia indígena y que sería aprovechado por las distintas ideologías del mestizaje (Bareiro Saguier, 2007a; Villagra-Batoux, 2013, págs. 312 y ss.; Melià, 1992, págs. 207 y ss.)

3. El término oratura ha proliferado, a partir de los años sesenta, en los estudios sobre poesía y cultura africanas, en confrontación con los paradigmas y conceptos heredados de las teorías eurocéntricas y al calor de la ebullición de los estudios subalternos en las últimas décadas (Pacor, 2014 y Prat Ferrer, 2007). En nuestra región, es un concepto utilizado especialmente en el caso paraguayo por Bartomeu Melià y otros investigadores.

4. La Constitución de 1967 declara al guaraní y al español como lenguas nacionales, pero solo la segunda como lengua oficial. Esto se especificó en el decreto 38.454 de 1983, que establecía que el estudiante de escuela primaria debería poder “escuchar, hablar, leer y escribir en lengua española; escuchar y hablar en lengua guaraní” (cit. por Villagra-Batoux, 2013, pág. 348).

5. No es menor la publicación de una novela, género central del canon occidental y moderno, en una lengua de origen indígena, y a partir de esto Villagra-Batoux (2013, pág. 351) afirma, para el guaraní, “una clara tendencia hacia la escritura”. Sin embargo, habría que matizar esta afirmación en relación con los fracasos de las leyes de educación bilingüe de la democracia y en relación con la narrativa del siglo XXI que, por el momento, parece preferir la construcción de lenguajes artificiosos e híbridos vinculados más al jopará que al guaraní.

6. Según Tadeo Zarratea (2011), Martínez Gamba es el “padre de la narrativa paraguaya en guaraní”, no por ser el primero, sino por escribir narrativa sostenida y programáticamente.

7. La traducción de la cita, así como de todas las extraídas de bibliografía en idioma extranjero, me pertenece.

8. Un ejemplo de ello es la famosa polémica entre Julio Cortázar y Liliana Heker publicada en la revista El ornitorrinco.

Primera parte

Capítulo 1
Las matrices narrativas
en la historia paraguaya

Los historiadores de las ideas en Paraguay (cf. Sarah, 2009 y 2011, Brezzo, 2009a) suelen coincidir en el reconocimiento de un mojón fundamental en la configuración de las “matrices discursivas” que hacen a la historia paraguaya. Éste es la polémica entre Juan E. O’Leary y Cecilio Báez de 1902-1903, desarrollada por el extraordinario periodo de cuatro meses con intercambios semanales, en la que quedarían sedimentadas las líneas fundamentales de los discursos que, a lo largo de todo el siglo XX, se van a identificar, por un lado, con el revisionismo nacionalista y, por otro, con su contracara liberal.

El revisionismo es inaugurado en el contexto de la polémica por Juan O’Leary. Si bien, como intentaré demostrar, a lo largo del siglo XX el revisionismo no constituyó un relato único y constante, puede caracterizarse, a grandes rasgos, por la revalorización de los gobiernos independientes del siglo XIX, los cuales habrían constituido un proyecto de desarrollo soberano que quedó trunco con la derrota paraguaya en la Guerra contra la Triple Alianza (1865-1870). Por otro lado, el relato liberal tiene en Cecilio Báez a uno de sus principales representantes. Aunque tampoco es uno solo y único, en general, el esquema histórico de la matriz liberal comprende valoraciones completamente inversas respecto de las del nacionalismo. El liberalismo propagandiza en pos de la “modernización” del Paraguay y, a partir de allí, realiza una dura crítica a los gobiernos personalistas del siglo XIX, de los cuales resalta sus continuidades sociales, económicas, culturales y jurídicas con la Colonia. La Guerra contra la Triple Alianza, dentro de este esquema, se explica justamente por la negativa del gobierno paraguayo de adecuarse al proceso político “modernizador” que atravesaba la región. Tras la polémica entre Báez y O’Leary el liberalismo quedó asociado a la hipótesis del cretinismo del pueblo paraguayo, puesto que el relato liberal intentó explicar el apoyo popular hacia los regímenes del Dictador Francia y de los López a partir de una caracterización de la sociedad paraguaya como cretina y sometida, en tanto tal, a la tiranía de sus gobernantes.

En el prólogo a la edición de 2011 del clásico Contribuciones al estudio de la sociedad paraguaya de Mauricio Schvartzman, Darío Sarah sostiene que los canales interpretativos de la historia contemporánea fueron hegemonizados por estas dos “matrices narrativas”, la liberal cretinista y la nacionalista:

Las matrices narrativas que permitieron ensamblar sucesivas explicaciones del Paraguay durante casi todo el siglo XX no fueron muchas, pero aun así, han hecho posible una infinidad de narraciones históricas, sociológicas, políticas, económicas o culturales. Pero si hablamos de su relevancia, de su incidencia, de su capacidad de configurar representaciones e imaginarios, de orientar la mirada tras la búsqueda de hechos o datos, o simplemente de hegemonizar, la lista se acota y no podemos sino decir que solo fueron dos. (2011, pág. 12)

De estas dos matrices, continúa Sarah: “La primera, la que intentó hegemonizar la refundación del Paraguay luego de la gigantesca tragedia finalizada en 1870 –y la que también se inaugura ahí– es la de matriz liberal con más o menos genes spencerianos o mitristas” (Ib.). Después de la Guerra contra la Triple Alianza, la reconstrucción del Paraguay fue llevada a cabo por una élite conformada, en gran parte pero no exclusivamente, por quienes habían estado exiliados en Buenos Aires y regresan a su país tras la derrota del gobierno lopizta. Se trata –en una caracterización a grandes rasgos– de miembros de familias tradicionales que se forjaron en la política desde la oposición a los regímenes de Francia o los López. En Buenos Aires, interactuaron con la dirigencia política que sucedió a Rosas y conspiraron contra el gobierno de su país, lo cual dejó como testimonio un corpus de artículos periodísticos en la prensa porteña en donde polemizaban las posiciones, ya sean de denuncia al régimen paraguayo, ya de apoyo al gobierno y acusación a su vez a los “apátridas”. En este contexto, los exiliados paraguayos congeniaron con las ideas liberales de la Argentina post-Caseros inoculando así los “genes mitristas” (y también sarmientinos) que constituirían el discurso liberal de la generación paraguaya post 70. Como explica Liliana Brezzo: “Como epifenómeno, el enfrentamiento bélico [la Guerra contra la Triple Alianza] actuó sobre el ritmo de transformaciones ya comenzadas y, de hecho, aceleró la adopción de los principios liberales compartidos por los estados de la región desde mediados del siglo XIX” (2010, pág. 202).

Por otro lado, hacia el 900, se observan los primeros atisbos de un campo intelectual con relativo dinamismo en que se da un número significativo de publicaciones (preponderantemente de temática histórica), cierta profesionalización del oficio de historiador (en el trabajo pionero de Blas Garay) y conferencias y debates memorables que se difundieron a través de la prensa; todo ello contribuyó a dar cuerpo al Novecentismo o Generación del Novecientos, en su mayoría, jóvenes nacidos en las postrimerías de la guerra. Justamente, en este periodo a través de trabajos, conferencias y artículos de Blas Garay, Manuel Domínguez y Juan E. O’Leary, entre otros, empieza a conformarse el discurso revisionista y nacionalista paraguayo, que intenta disputarle terreno al liberalismo, cuyo máximo representante intelectual por ese entonces era Cecilio Báez. Es ésa la otra matriz narrativa que identifica Sarah:

La matriz narrativa que salió al paso del discurso liberal, fue ensamblada por los jóvenes intelectuales del 900, interpretando –cuando no anticipando– las sensibilidades continentales inauguradas por Rodó desde Uruguay. Juan O’Leary se hizo con el liderazgo expresivo de esta generación y junto a Manuel Domínguez urdió una nueva matriz narrativa centrada en el carácter o forma de ser del paraguayo –varón–: lejos del cretinismo fundacional imputado por Báez, el paraguayo fue un pueblo, o una “raza” como los tiempos lo denominaban, fundamentalmente homogéneo –de ahí la carátula de lo heterogéneo como extraño y hasta nocivo–, bien fraguado étnicamente, laborioso, fuerte, valeroso, abnegado, e interpretado históricamente por su dirigencia, que lejos de ser tirana, fue la expresión más acabada o un compendio de ese carácter nacional. (2011, pág. 12)

Ahora bien, estas matrices, polémicas entre sí, representarían en realidad una “discusión de familia”, una disputa intra-élite, puesto que “ambos relatos son disonancias dentro de un discurso hegemónico fundacional” (Sarah, 2009, págs. 134-135).

En este mismo contexto, Cecilio Báez retoma los atisbos más positivistas de la generación del 70 y reformula el discurso liberal en torno a su tesis sobre el cretinismo. Según la cual, las décadas de tiranía en el Paraguay (desde su independencia hasta 1870) habrían ocasionado la cretinización del pueblo paraguayo que aceptó inerte, según Báez, los abusos despóticos de sus gobernantes, causa fundamental de la apatía y la corrupción que se mantenía aún entonces. La polémica que sostiene con O’Leary (en ese entonces ambos eran miembros del Partido Liberal) contribuye a forjar y diferenciar las dos líneas interpretativas de la historia paraguaya. La importancia de esta polémica se mantiene incluso para los investigadores actuales que ven en ella una especie de núcleo generador de discursividades. Así lo explica Darío Sarah: “En la antesala del centenario, ambos autores inauguran relatos históricos nacionales, polémicos el uno con el otro, a punto tal que contendieron la hegemonía discursiva durante buena parte del siglo XX en la construcción de la memoria nacional” (2009, págs. 134-135). Por otro lado, la importancia de esta polémica también tiene que ver con que, al desarrollarse en los principales medios de comunicación de la época, concretamente los diarios El cívico y La Patria, contribuyó a una rápida difusión de las dos posiciones y a que el ambiente novecentista asunceno, así como de otras ciudades del interior, se viera conmovido por distintas manifestaciones públicas de apoyo a cualquiera de los dos polemistas.

Si Báez y O’Leary se tomaron como interlocutores, su proyecto era la persuasión social en torno a lo que propagaban cada uno por su lado como certezas desde las que pensar al Paraguay de inicios de siglo. La asimilación social de estos relatos históricos fue inmediata, es decir, no había de conocer sino posteriormente mediaciones –que sí tuvo el relato histórico mitrista, la primera historia nacional de la Argentina− como la divulgación escolar u otras: directo del proferente a la sociedad paraguaya más o menos ilustrada y constituida como foro. (Id., pág. 137)

Constituir el foro es justamente uno de los objetivos pretendidos por el género de la polémica. Si los postulados de la antigua retórica manifestaban, como finalidad principal, la de lograr la persuasión y el convencimiento del otro, el historial del género nos demuestra que esta finalidad, dirigida al adversario, es un artificio que no puede producir más que, como Marc Angenot (2008) tituló su libro, un diálogo de sordos, cuyo objetivo es, en realidad, intervenir sobre un tercero, la esfera pública.

Ahora bien, en este punto y de manera provisoria, me interesa destacar el rol polémico de los relatos solo como momento clave –por su capacidad de difusión, delimitación de posturas y condensación de objetos discursivos– en su potencionalidad generadora de “memorias”: “no sólo estos relatos fueron proferidos desde aquella polémica, sino que se apeló a ellos una y otra vez durante el transcurso del siglo XX, entrampando así a futuras construcciones de memorias, desde otros actores sociales y, obviamente, desde otras pretensiones narrativas” (Sarah, 2009, pág. 145). En esta primera parte, entonces, elijo este episodio puntual, la polémica O’Leary-Báez, para explicar las matrices discursivas porque el episodio nos permite abarcar el arco temporal secular en el que estas líneas de pensamiento actuaron, proyectado hacia el periodo que aquí interesa, el post-stronismo.

Esta visión que establece el “origen” de estos discursos en el período de la post-guerra puede contribuir al error de, implícitamente, corresponderlos, punto por punto, a los programas de los dos partidos tradicionales, la Asociación Nacional Republicana (Partido Colorado) y el Partido Liberal. Pero las dos matrices narrativas permean ambos partidos. Si, por ejemplo, el Partido Colorado en el poder, elaboró un discurso nacionalista para justificar su propio relato, logrando así cierta identificación con el revisionismo, también contó, entre sus intelectuales orgánicos, con exponentes del liberalismo cretinista; así como, en contrapartida, algunos miembros del Partido Liberal tuvieron un fuerte discurso nacionalista. Las matrices serían, así, paralelas que corren acompañando el proceso político paraguayo y de las que los distintos regímenes tomaron los elementos constitutivos de sus respectivos discursos. En este sentido, se puede comprender la hipótesis central de Ana Couchonnal (2012 y 2017) que explica que la modernidad liberal paraguaya, que se instaura en el setenta, fue un proyecto de nación en el que intervinieron ambos partidos y postuló un tipo de sujeto liberal como hegemónico, acorde con lo que se estaba llevando a cabo en el resto de los países de la región que se encontraban entonces elaborando los cimientos ideológicos de sus Estados-nación en ciernes.

Una tercera posición

Volviendo al planteo de Sarah, cabe aclarar que, si bien éste no es original, sí ordena las líneas que forjaron la historia de las ideas en Paraguay. Estas “matrices” tuvieron su foco de origen en momentos significativos de la historia paraguaya, en los que la reflexión se presentó como una herramienta, desde la élite, para la articulación de políticas de Estado. Pero, además, más que discursos con un enclave histórico fijado y cerrado, entenderlos, en cambio, como matrices discursivas o como lo que en análisis del discurso se denomina “formaciones discursivas”1, permite considerar su cualidad proteica y generadora de regularidades que comparten no solo objetos, signos e ideologemas, sino una forma de organizarlos.

La polémica entre el revisionismo y el liberalismo se trata, en efecto, de una disputa intra-élite en la que estas formaciones discursivas antagónicas canalizaron distintas posiciones en el seno de una misma “formación ideológica”, deficitaria de la posición de clase que soporta (Pêcheux, 1997, pág. 146). Es decir que es en lo discursivo donde los sujetos se constituyen como antagonistas, representantes de distintos sectores, de distintas tradiciones históricas, pero ambas líneas, la liberal y la revisionista, contribuyen a la instauración de una “modernidad liberal” posterior a 1870.

Si bien estas matrices dominaron la mayor parte del espectro discursivo, se podría englobar en una “tercera posición” las (distintas) enunciaciones alternativas a esa formación ideológica. Sarah (2009 y 2011) caracteriza una posición de izquierda contra-hegemónica que conjuga distintas matrices y se remonta a Rafael Barrett, incluye a Oscar Creydt y también podría incluir a Bartomeu Melià y Mauricio Schvartzman. El armado de este “linaje” sí es una apuesta de Sarah. Si las matrices hegemónicas se alternaron en el poder, esto es en su capacidad de constituirse en doxa, los discursos contra-hegemónicos se caracterizan por atravesar largos silenciamientos; en la mayoría de los casos, recién tuvieron la difusión editorial que les permitió un público por fuera de los círculos internos, en el post-stronismo. Y ello tiene que ver con que son discursos que le dieron centralidad justamente a sujetos subalternos: el anarquismo y la incipiente organización de la clase obrera del novecientos, el comunismo bajo la égida de la Doctrina de Seguridad Nacional en la dictadura stronista, o la problemática indígena y campesina en un contexto de recolonización.

En primer lugar, y siguiendo el linaje establecido por Sarah, la primera voz contra-hegemónica, justamente en un período dominado por las polémicas entre nacionalistas y liberales, es la de Rafael Barrett, que llega a Paraguay en 1904 para realizar la cobertura periodística del alzamiento liberal. Pero se establece allí, entra en contacto con la realidad social y comienza a escribir sus ensayos de Lo que son los yerbales bajo la presidencia de Cecilio Báez; polemiza con quien había sido amigo suyo, Manuel Domínguez. Siendo uno de los primeros en difundir la prédica anarquista en el Paraguay, colabora con la organización sindical de los trabajadores de la época. Sarah explica que el silenciamiento de la obra de Barrett, como relato alternativo de la historia paraguaya, va de la mano del silenciamiento de los actores sociales a los que ese relato apelaba:

No obstante el cretinismo o el arquetipo nacional, lo heterogéneo ya es rastreable en tiempos de la polémica presentada [la de Báez-O’Leary], en un movimiento obrero que habría de desencadenar en 1906 una huelga nacional de la que la memoria social paraguaya sufre una amnesia casi de ochenta años, hasta que fuera rescatada y divulgada por la historiografía heterogénea (Gaona, 1987: 20-33), para el asombro de varias y varios de nuestra generación. El discurso de Barret [sic] y el relato de aquellas luchas −no podía ser de otra manera− estaban destinados a ser clausurados en tanto también narraciones de nuestra historia. (Sarah, 2009, pág. 148)

También se pueden ubicar en esta heterogénea “tercera posición” a intelectuales como Oscar Creydt, Bartomeu Melià y Mauricio Schvartzman. Cuyas obras quizás no tengan más relación entre ellas que la de erigirse en contra del discurso del poder que correspondió a su tiempo histórico y luchar contra continuos silenciamientos. Respecto de Creydt, Andrew Nickson destaca también su Formación histórica de la nación paraguaya como alternativa, en un contexto acaparado por la historiografía liberal y la nacionalista:

[…] hasta su aparición [de la Formación…], la historia paraguaya fue casi siempre escrita o con un enfoque liberal jurídico-político, resaltando el papel de los derechos formales (Ej.: Breve historia del Paraguay [1965] de Efraím Cardozo) o con un enfoque romántico y racista, resaltando el papel de la “raza paraguaya” y su personificación en héroes de la patria (Ej.: Proceso y formación de la cultura paraguaya [1938] de Natalicio González). En estos escritos uno buscaba en vano encontrar referencias a los movimientos sociales de grupos subalternos y su relacionamiento con los cambios económicos. (Nickson, 2011, pág. 84)

En el Paraguay, la perdurabilidad de las dos matrices hegemónicas, su control del aparato de propaganda del Estado, la fuerte censura durante décadas y la escasez de medios de difusión alternativos contribuyeron a la escasa difusión de una cultura intelectual de izquierda, más allá de los ámbitos partidarios o activistas. Ni siquiera Oscar Creydt, dirigente del Partido Comunista Paraguayo (PCP), a pesar del aparato de cultura que poseía el comunismo internacional a mediados de siglo XX, logró que su Formación… tuviera más difusión que un mimeo; la misma suerte que corrió la obra de Schvartzman.

La lucha contra estos silenciamientos tuvo un escenario privilegiado en el exilio. Por ejemplo, la vida política del PCP se desarrolló fundamentalmente en el Río de la Plata, y fue la gran cantidad de exiliados comunistas la que contribuyó a forjar una cultura de izquierda, mimetizada con la porteña, que en su propio país tenía escasa difusión. Éste fue el contexto de producción no solo de los panfletos de Creydt, sino también de las obras musicales de José Asunción Flores y de los poemarios de Hérib Campos Cervera y Elvio Romero. El mismo caso de Roa Bastos es un ejemplo de la influencia que la izquierda paraguaya generaba en la comunidad de exiliados. De intelectual nacionalista, Roa pasa a asumir –aunque siempre ambiguamente– la perspectiva comunista. Con quien sí construye Roa un linaje explícito es con la obra de Rafael Barrett. En su prólogo a la edición de Ayacucho de El dolor paraguayo, Roa destaca a Barrett no solo como ensayista de la realidad social en el Paraguay, sino como inaugurador del realismo literario, y quien “nos enseñó a escribir a los escritores paraguayos de hoy” (1978, pág. XXX). Sin embargo, advirtió Nora Bouvet: “No creo que Barrett haya enseñado a escribir a los escritores paraguayos, como dice Roa Bastos, pero me consta que en los años 60-70 a él le enseñó a percibir el delirio de la realidad paraguaya” (2011). El rescate que hace Roa de Barrett es un intento de situarlo en un espacio inaugural de la literatura paraguaya del siglo XX y acusar su invisibilidad a un olvido interesado (Roa Bastos, 1978, pág. XXX).

En este sentido, Roa contribuye a esa continuidad algo difusa de los discursos contra-hegemónicos, puesto que –claro está– estas matrices no serían tales si no se reescribieran continuamente en la historia paraguaya. Por otro lado, ya sea desde formulaciones más o menos aggiornadas o sofisticadas, muchas de las afirmaciones que provienen del nacionalismo o del liberalismo siguen poblando los trabajos más contemporáneos, así como se han ramificado en distintas series de discursos y polémicas no saldadas que hacen a las problemáticas más actuales de la historiografía en el Paraguay. Muchos ensayistas o historiadores –reconociéndose o no– han sido continuadores de estos linajes intelectuales, los han reformulado e incluso retomado como ideología de Estado. Es por eso que la comprensión cabal de los debates más actuales requiere de una historización previa de los linajes o matrices que aquellos retoman o discuten. A ello dedicaré los siguientes capítulos.

1. El término proviene de la Arqueología del saber de Foucault (1970), pero luego fue retomado, desde una perspectiva estrictamente discursiva y con un giro althusseriano, por Michel Pêcheux (1978) y a partir de él ha solidificado un trayectoria recurrente en el análisis del discurso.

Capítulo 2
La matriz “liberal-cretinista”
El discurso de la post-guerra

La matriz liberal reconoce un punto inaugural de elaboración intelectual después de la Guerra contra la Triple Alianza, a causa del recambio político que se produce a partir de que muchos exiliados regresan amparados bajo el padrinazgo de los países vencedores, toman posiciones de poder y dan cuerpo a la élite política de la post-guerra. El corpus de ideas que se generaron entonces giró en torno al fuerte cuestionamiento a los gobiernos anteriores (Francia y los López) y, en consecuencia, al apoyo popular que habría sostenido a esos gobiernos y que habría posibilitado su largo mantenimiento en el poder. Es así como la tesis del cretinismo, deficitaria del influjo sarmientino sobre la intelectualidad paraguaya, se hizo necesaria para desterrar los mitos que circulaban sobre el heroísmo popular que enfrentó al ejército aliado. Con cretinismo me refiero al concepto que pretende explicar, desde una óptica supuestamente sociológica y pseudo-cientificista, al modo de los ensayos del positivismo finisecular en el Río de la Plata, la tolerancia del pueblo paraguayo hacia estos regímenes autoritarios; según la tesis cretinista, el pueblo había sido cretinizado por el despotismo y carecía de voluntad democrática y apetito por su propia libertad. Su principal ideólogo es Cecilio Báez, por lo cual, tras su polémica con O’Leary, el cretinismo quedó asociado al pensamiento liberal, como uno de sus ejes centrales.

La Generación del 70 se caracteriza, en términos intelectuales, por propagandizar un ajuste del Estado paraguayo en función al concierto liberal que regimentaba el Río de la Plata y en ello se iba el rechazo unilateral a los proyectos políticos que habían encarnado los gobiernos anteriores. Esta nueva élite (aunque sus miembros no sean del todo nuevos) se nutría de familias tradicionales que regresaban del exilio. En Buenos Aires, estos exiliados habían interactuado con la dirigencia política que sucedió a Rosas y conspiraron contra el gobierno paraguayo, al punto que –llegada la hora del enfrentamiento armado– muchos de ellos conformaron la Legión Paraguaya y participaron en la guerra bajo los comandos aliados. Ejemplo de este influjo es justamente una de las obras fundacionales de la generación, la Constitución del 70, que funciona como bisagra institucional respecto de la organización previa del país. De hecho, Liliana Brezzo explica que: “el estado paraguayo que emergiera tras la guerra se conformó con auxilio de la normativa argentina: la constitución de 1870 fue una copia de esta última, los códigos civil y penal fueron adoptados de forma íntegra”. A lo que agrega:

También la interacción cultural entre la Argentina y el Paraguay se incrementó luego del conflicto, si bien ya desde mediados del siglo XIX, paraguayos opositores al régimen de los López emigraron y cursaron estudios en instituciones educativas argentinas. De hecho, los futuros presidentes del Paraguay como Benigno Ferreira, Pedro Peña, Emilio Aceval y Juan Bautista Egusquiza –entre otros– fueron alumnos del Colegio Nacional de Buenos Aires, del de Concepción del Uruguay y se matricularon en facultades de la Universidad de Buenos Aires. Esta afluencia, decíamos, se intensificó a tal punto que la clase dirigente paraguaya que actuó en las primeras décadas del siglo XX se había formado profesionalmente en la Argentina y trasladó a la sociedad paraguaya lo que en esa época dio en llamarse el standard of life que predominaba en Buenos Aires y del que la prensa dará detallada cuenta. (Brezzo, 2001b, pág. 4)

Para dejar sin ambigüedades la condena al régimen político anterior a la guerra, en 1869, el gobierno provisorio, sostenido en Asunción por las potencias aliadas mientras sus ejércitos aún daban caza a Solano López en el norte del país, decretó que López “queda fuera de la ley, arrojado para siempre del suelo paraguayo como asesino de su patria y enemigo del género humano” (cit. por Brezzo, 2001a, pág. 187). Decreto que no sería revocado sino hasta 1926.

En este contexto se crean varias instituciones que digitarán los discursos de la intelectualidad paraguaya: el Colegio Nacional de Asunción, en 1876, luego y como correlativos a éste, el Ateneo Paraguayo, el Instituto Paraguayo y la Universidad Nacional de Asunción (UNA). Cecilio Báez fue el primer egresado de la Facultad de Derecho de la UNA.

Desde estas instituciones, se contribuyó al discurso de inauguración de un “tiempo nuevo” y de una necesidad de regeneración (concepto caro en esos años) para el pueblo paraguayo; para lo cual no alcanzó la simple condena a los gobiernos anteriores en las personas de los gobernantes, sino también la condena a patrones culturales populares, tradicionales y estructurales de la sociedad paraguaya, fundamentalmente la lengua guaraní. Esta idea de la regeneración necesaria encontró una batería de argumentos en la ideología positivista-higienista, y a través de esta “reja del saber” (Foucault, 2014 [1966], pág. 143), se interpretó, al menos desde este sector de la élite, la guerra.

El guaraní fue especialmente relacionado con la política de aislamiento de Francia1 y era considerado –desde esa impronta positivista– un factor de atraso cultural, por lo cual el gobierno explícitamente prohibió su uso en las escuelas; medida que “fue respaldada por maestros y profesores –en su mayoría contratados en el extranjero– que mostraron su adhesión mediante notas dirigidas al ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública en las que consideraban a la lengua guaraní como perniciosa a la cultura y propia de gente iletrada y poco culta” (Brezzo, 2001a, pág. 166).

En este sentido, positivista, de civilizar al pueblo desde una élite ilustrada, se intentó también incentivar la inmigración como posibilidad de purgar esos factores de “atraso”. Desde esta perspectiva, “este flujo inmigratorio forzaría mayor rendimiento de la fuerza de trabajo nativa, cuya supuesta ‘inferioridad productiva’ era un tema de constante recurrencia en los argumentos de los políticos nacionales y de los inversores extranjeros” (Brezzo, 2010, pág. 207). Así lo explica José Segundo Decoud, fundador de la Universidad Nacional de Asunción, en 1889:

La fisonomía moral de un pueblo no es fácil cambiarla… Era necesario que el elemento extranjero estuviera en mayor número para que pudiera operar el fenómeno de la transformación (de nuestro pueblo), tradicionalmente indolente por más que se diga lo contrario… Son (los hombres de la campaña) muy poco afectos al trabajo y prefieren en su mayor parte la vida haragana y vagabunda… las mujeres se entregan regularmente a las faenas agrícolas, mientras que el hombre duerme tranquilamente la siesta. (Cit. por Melià, 1997, págs. 73-74)

Se puede observar, entonces, en la política cultural y educativa del nuevo régimen, un trasfondo similar al discurso higienista del fin de siglo en Argentina. De hecho, la lógica dicotómica de civilización-barbarie es uno de los núcleos generadores del discurso liberal-cretinista. Si bien, la dicotomía reconoce grandes trazos epocales, más allá del sarmientino, en tanto “es uno de los lugares comunes de la ideología de las clases dirigentes hispanoamericanas, ya atenuada la ‘retórica revolucionaria’, en la etapa de organización de los Estados nacionales” (Arnoux, 2008, pág. 71). Sin embargo, en lo que puede llamarse el campo intelectual paraguayo de la post-guerra, es la impronta sarmientina la que se destaca y esto se explica si tenemos en cuenta el influjo que el escritor argentino ejerció sobre el exilio paraguayo en Buenos Aires.

Si bien la guerra comenzó durante la presidencia de Mitre, siendo éste además el comandante en jefe del ejército aliado durante los primeros años, la fundamentación ideológica de la decisión bélica se basó en el mismo sistema de oposiciones entre la civilización y la barbarie, que Facundo había escenificado desde la trinchera antirrosista. De hecho, antes de Pavón, Mitre se había expresado en oposición a la iniciativa bélica que pregonaba el Imperio brasileño hacia el Paraguay. Mientras que era entonces Sarmiento el que “refleja los pensamientos de los jefes políticos de la ciudad portuaria; el más íntimo y auténtico” (Pomer, 2008, pág. 119). De ahí que la campaña propagandística porteña contra los gobiernos de Carlos Antonio y de Francisco Solano López replicara el mismo esquema argumentativo que se había esgrimido contra Rosas y que –tras Caseros– devino justificativo ideológico de la nueva facción dirigente. En esta sintonía, María José Narvaja explica que, en la prensa argentina, “la guerra fue definida, tanto desde el gobierno argentino como de la prensa partidaria, en los mismos términos que el enfrentamiento que oponía a liberales y federales” (2009). En 1862, tres años antes del comienzo de la guerra y cuando Francisco Solano acababa de asumir el gobierno paraguayo, El Nacional publicó las siguientes líneas de Sarmiento: “si queremos salvar nuestras libertades y nuestro porvenir, tenemos el deber de ayudar al Paraguay, obligando a sus mandatarios a entrar en la senda de la civilización” (cit. por Pomer, 2008, pág. 120). Los Debates, La Nación Argentina o El Nacional fueron las buhardillas liberales, en las que también participaban los paraguayos exiliados. Al respecto, Nora Bouvet explica que:

Intervinieron en la polémica, para defender al Paraguay, el diario porteño La Reforma Pacífica, propiedad de Nicolás A. Calvo, amigo y corresponsal de Solano López y el Semanario de Avisos y Conocimientos Útiles, periódico oficial de Asunción, a cargo de los articulistas Juan José Brizuela y, sin firmar, Nicolás A. Calvo y Juan José Soto. Atacan al Paraguay, desde los periódicos de Domínguez, Sarmiento y Mitre, jóvenes paraguayos liberales radicados en Buenos Aires, y comerciantes opositores al gobierno de su país, la mayoría de ellos emparentados entre sí: Luciano Recalde, Manuel Pedro de Peña, Serapio Machaín, Fernando Iturburu, Gregorio Machaín y Carlos Loizaga, quienes fundan en diciembre de 1857 la Sociedad Libertadora del Paraguay. Los articulistas cruzan difamaciones: “A los señores Sarmiento, Domínguez y Mitre ha cabido la gloria y honor en la iniciativa de levantar su voz humanitaria de argentinos, contra el monopolio del gobernante paraguayo”, escribe Recalde. “¡He ahí, lectores, los regeneradores del Paraguay, los viles instrumentos del Brasil, los hombres de la cruzada libertadora, los pretendidos apóstoles de la civilización!”, contraataca Brizuela. (Bouvet, s/f, págs. 106-107)

La respuesta pro-paraguaya de Brizuela retoma en clave irónica los tópicos del discurso liberal, los cuales vinculan la “regeneración” del país con la “civilización” y la “libertad”, demostrando así lo extendido de estos conceptos, que comparten los liberales tanto paraguayos como argentinos en un gesto de “trasnacionalizar” el liberalismo, a modo de justificar la intervención de la doctrina también en la política paraguaya.

En algunos pasajes de la prensa, Sarmiento incluso adelanta su hipótesis de la tendencia atávica en el pueblo paraguayo de sostener tiranías2 que, años después, forma parte de Conflictos y armonías de las razas en América de 1883, texto en que Sarmiento yuxtapone la lógica de civilización-barbarie a los esquemas positivistas de la época:

El Paraguay no tuvo ocasión de oír la palabra Independencia siquiera, ni la gloria de conquistarla. Conquistó gloriosamente, sin embargo, medio siglo después, su muerte, pereciendo todos sus varones por sostener la más extraña, la más salvaje tiranía que haya producido la extravagancia neurótica de un abogado, apoderándose del gobierno de la raza india, que los jesuitas habían preparado para todas las obediencias y sumisiones, bajo la tutela de todos los directores espirituales, morales y políticos a la vez. (Sarmiento, 1900 [1883], pág. 191)

Esta asociación entre la tiranía, como forma de gobierno del Paraguay independiente, con las misiones jesuíticas ya estaba presente en el clásico de 1845. Allí Sarmiento realizaba la comparación entre Francia y Rosas y exclamaba:

¿No valía la pena de saber por qué en el Paraguay, tierra desmontada por la mano sabia del jesuitismo, un sabio educado en las aulas de la antigua Universidad de Córdoba abre una nueva página en la historia de las aberraciones del espíritu humano, encierra a un pueblo en sus límites de bosques primitivos, y, borrando las sendas que conducen a esta China recóndita, se oculta y esconde durante treinta años su presa en las profundidades del continente americano, y sin dejarla lanzar un solo grito, hasta que muerto, él mismo, por la edad y por la quieta fatiga de estar inmóvil pisando un pueblo sumiso, éste puede al fin, con voz extenuada y apenas inteligible, decir a los que vagan por sus inmediaciones: ¡vivo aún!, ¡pero cuánto he sufrido!, ¡quatum mutatus ab illo! ¡Qué transformación ha sufrido el Paraguay; qué cardenales y llagas ha dejado el yugo sobre su cuello que no oponía resistencia! (2005 [1845], págs. 16-17).

Se sabe que el positivismo finisecular impregnó, no solo el discurso liberal de Sarmiento, sino gran parte de la élite intelectual de la época, desde la novela naturalista hasta la estela de ensayos cubiertos de una retórica cientificista que, aunque más literaria que científica, fue ganando preeminencia en el campo de las ideas. En Paraguay, que –como puede observarse– nunca dejó de existir una estrecha relación con las tendencias intelectuales rioplatenses, este influjo adquirió una inflexión particular, en tanto tenía su objeto de estudio no en un otro configurado desde la fórmula de la invasión exterior, sino en una tipificación del paraguayo autóctono. Es por eso que Ana Couchonnal explica que “el momento fundante del encuentro de dos ‘Otros’ es reactualizado en la guerra como nueva matriz de otredad que se inscribe de pleno en una identidad moderna dependiente que se contrapone en algún punto con la articulación identitaria inicial” (Couchonnal, 2012, pág. 141). Para la autora, la Guerra contra la Triple Alianza funda una configuración de la otredad basada en los elementos identitarios previos al 70 (ella desataca especialmente el guaraní y la ruralidad) y situada, entonces, en un pasado que –como tal– debe ser superado y cancelado.

Comienza entonces, a partir del 70, en el discurso de la élite gobernante, la sucesión de metáforas, tópicos e ideologemas, envuelta en explicaciones de índole biologicista, que refieren a un proceso de “regeneración moral” para acabar con el histórico “atraso”. Francisco Gaona comenta al respecto:

La bandera enarbolada por estos jóvenes líderes inexpertos, fue la del resurgimiento moral de la República. Se preocuparon por crear y estimular la formación de una conciencia civilista, como contrapeso a los restos subyacentes de la dictadura, sin comprender que las dictaduras son el reflejo de especialísimas condiciones económicas, políticas y sociales. El primer vocero de este pensamiento liberal contemporáneo en el Paraguay de la postguerra, fue “La Regeneración”, cuyo cuerpo de redacción, no por casualidad, se hallaba integrado por Juan José Decoud, sus hermanos José Segundo Decoud y Adolfo Decoud, Benigno Ferreira, Juan Silvano Godoy, Juan Bautista Arce y Juan Escalada. Este periódico, cuyo primer número apareció el 1° de octubre de 1869, fue el órgano oficial de una de las primeras agrupaciones de postguerra: el Club del Pueblo, y traía como programa trabajar, por establecer los principios liberales, naturalmente del mitrismo argentino. (1967, pág. 195)

El cretinismo: construcción de un objeto discursivo

Todo este trasfondo de ideas que hegemonizan las décadas del setenta y posteriores, pero que ya habían tenido un marco generador en los debates de la pre-guerra, encuentran en Cecilio Báez al vocero que logra canalizarlas en un discurso representativo, y en el Novecentismo el contexto que permite aflorar, ya de forma diferenciada, este discurso.

Para la Generación del 900, Báez ya era un intelectual destacado y un cabal representante de la élite de su época, pero –como expliqué en el capítulo anterior– es entonces cuando articula el relato base de la historia liberal, la que logra delinearse mejor –como contrapeso– ante el surgimiento de una primera versión del relato nacionalista. De hecho, La tiranía en el Paraguay, uno de los libros más importantes de Báez y en el que me centraré aquí, no es otra cosa que la compilación de los artículos que le dedicara a la polémica con O’Leary y que fueran publicados en El Cívico.

Liliana Brezzo afirma que Cecilio Báez “fue el intelectual más destacado del novecientos y el primero que articuló una lectura del pasado nacional concentrada en un juicio severo sobre la guerra de la Triple Alianza y la larga tiranía que le precediera y que a su entender oprimiera al pueblo y acabara con la ruina y el aniquilamiento de su nacionalidad” (2001a, pág. 167). Esta apreciación de Brezzo tiene que ver no tanto con la originalidad inaugural de las tesis de Báez, sino con la efectividad de su discurso para hacer de tópicos que ya tenían historia para el 70, conceptos u objetos discursivos característicos de una matriz discursiva particular, la liberal. Por ejemplo, Báez amalgama bajo el concepto de cretinismo los factores de “atraso” que los intelectuales de la post-guerra encontraban en los sectores populares, y lo utiliza como marco explicativo de las condiciones sociales e históricas que posibilitaron la guerra.

Los objetos discursivos, lo conceptos y sus reglas de formación, son algunos de los componentes de las formaciones discursivas. Foucault, cuando explica la formación de los conceptos, aclara que no se interesa tanto por “la arquitectura conceptual de un texto aislado” (1970, pág. 97), sino por las relaciones que se dan entre los enunciados. Las reglas de formación de conceptos tienen su lugar no en la “mentalidad” o la conciencia de los individuos, sino en el discurso mismo (Id., pág. 102). Del mismo modo, los objetos discursivos son justamente construcciones del discurso, que no se preexisten a sí mismos, sino que son los discursos los que forman “sistemáticamente” los objetos de los que hablan (Id., pág. 81).

Por su parte, Jean-Blaise Grize (1991), desde una perspectiva más anclada en la materialidad del discurso, también define, al modo foucaultiano, al objeto discursivo como “haz de rasgos” pero distingue, además, algunos procedimientos que contribuyen a la formación del objeto: 1) la puesta en evidencia de los ingredientes o componentes del objeto, lo cual está atado a la intención del autor de resaltar algunos componentes por sobre otros; 2) la especificación del objeto dentro de un domino de pensamiento; 3) la determinación de los objetos, ya sea a partir de características propias del objeto o en relación con otros. Estas operaciones buscan cierto acomodamiento del léxico en función de los objetivos del discurso: “Las operaciones de los objetos permiten a las actividades discursivas establecer el léxico en función de su objetivo” (Grize, 1993, pág. 5). En este sentido, la importancia de distinguir los objetos discursivos, para Grize, tiene que ver con que “es sobre el agenciamiento de los objetos en donde reposan, en definitiva, los razonamientos y las argumentaciones que desarrolla el texto” (Grize, 1991, pág. 108).

Grize también relaciona los objetos discursivos con representaciones sociales, que suelen quedar depositadas en la lengua y constituyen así preconstruidos culturales (1993, pág. 3). Cada enunciado se inscribiría, entonces, en tres lugares de determinación: el de la práctica cotidiana del sujeto, el de la ideología y el de la matriz cultural que es la que le da profundidad histórica a las representaciones (Id., pág. 7).

Me interesa tener en cuenta estas definiciones porque la noción de cretinismo (así como la de regeneración) no le pertenece a Báez, pero es él quien la ubica en un espacio estratégico para su argumentación, y hace así del cretinismo un concepto aglutinador que amalgama vastas posibilidades explicativas acordes a los intereses políticos e intelectuales que motivan su discurso. Esto le permite ordenar, además, muchas de las tesis previas (la explicación por el jesuitismo, la comparación oriental, la dicotomía civilización-barbarie), de forma tal que será su idea de cretinismo la que se convierta en una referencia en el interdiscurso. A ello contribuye su polémica con O’Leary.

En un artículo de 1902 anterior a esta polémica, “Optimismo y pobreza. La ganancia de los bancos. Males y remedios”, publicado en El Paraguay, Báez discute la publicidad del balance positivo del Banco Territorial que había realizado el diario La Patria, lo que considera como parte de una “mistificación” de la realidad. Pero además es en este artículo en donde introduce, casi al final y como parte de la conclusión, el concepto de cretinismo:

El Paraguay es un pueblo cretinizado por secular despotismo y desmoralizado por treinta años de mal gobierno.

Cinco años de titánica lucha pudieron retemplar sus adormecidas fibras por el opio del despotismo. Por eso el pueblo paraguayo desplegó cualidades cívicas en los comicios, a raíz de la conclusión de la guerra; pero la disolución de las cámaras vino de nuevo a matar el naciente espíritu público y he aquí que el pueblo sigue siendo semejante a un cretino, a un ser sin voluntad ni discernimiento. (Báez-O´Leary, 2011, pág. 106)

Esto provocó una respuesta sin firma en el diario La Patria que se centró en defender el balance del banco; para lo cual el texto utilizó un recurso que se repetiría posteriormente en los artículos de O’Leary, la apelación al archivo:

Cuando tuvimos ocasión de censurar al Banco Mercantil que todo lo monopolizaba y que no hacía circular en plaza los fondos que sus amigos le entregaban, y los giros que sus allegados acaparaban, dijo el doctor Báez (El Cívico, 19 de Julio) que no perjudicaban al país los que alzaban el oro, porque sólo advertían con la alza al gobierno que debe poner fin a sus demasías o despilfarros; y ahora, ¡véase la consecuencia!, reprochaba el doctor Báez al Banco Territorial por haber realizado –así lo suponía erróneamente– grandes ganancias en los cambios. (Id., pág. 109)

Pero el autor anónimo también destacó lo que sería luego el eje fundamental de la polémica al titular su respuesta: “Habla el doctor Báez. El cretinismo paraguayo”, es decir, al situar el término “cretinismo” en el lugar destacado del título, el autor direccionó la lectura de la respuesta, pero también la misma relectura de su antecedente, hacia un elemento que no había sido el central en el texto de Báez. Según Liliana Brezzo, este cruce es un antecedente directo de las polémicas entre Báez y O’Leary, pero ella también llama la atención sobre una conferencia de Báez de 1896, que no habría generado controversia y en la que aquél ya hablaba de gobiernos tiránicos y esclavitud del pueblo, pero sin conceptualizarlos como cretinismo y situándolos en el pasado puesto que la sociedad paraguaya ya habría logrado –para 1896– su “regeneración” (Id., págs. 29-32). Aunque Brezzo destaca que este artículo ya adelantaba las tesis centrales de Báez, considero, sin embargo, que el “diagnóstico” de cretinismo al que llega Báez no es un simple agregado, sino el gesto fundamental de toma de posición y, junto con ello, un ladrillo principal de su estructura argumentativa. Ya que, por un lado, el concepto alinea el discurso de Báez con el trasfondo higienista spenceriano de la época, y por otro, éste actúa como causa y consecuencia de los fenómenos sociales e históricos que Báez analizaría en sus posteriores artículos. Todo esto contribuye a dar cuerpo a un concepto que logra atar esa red de significados con la que se había caracterizado al pueblo paraguayo. Se constituye, en definitiva, como objeto discursivo. De todos modos, el primer cruce en torno a las finanzas de los bancos demuestra que el surgimiento de la polémica tiene que ver con un enfrentamiento, por intereses económicos, entre distintos sectores de la burguesía que intentaban constituirse como élite dirigente.

Pero además, Cecilio Báez no esgrime el concepto de cretinismo ex nihilo, sino que lo toma de una conferencia pronunciada por Juan Crisóstomo Centurión (personaje, en sí mismo, complejo y problemático) y que Báez cita en uno de los primeros artículos de La tiranía del Paraguay. Centurión fue un Coronel del ejército de López, formado en Europa durante el gobierno de Carlos Antonio y que, después de la guerra, escribe sus Memorias o Reminiscencias Históricas sobre la Guerra del Paraguay, texto devenido clásico y fuente recurrente del debate histórico sobre el episodio bélico. En la conferencia citada por Báez, Centurión, al describir el régimen de Francia, explica que la base de su gobierno fue el terror, el personalismo y el control de todo ámbito público o privado por parte del dictador, lo cual necesariamente va a conducir a la conformación de un pueblo de “autómatas”, que Centurión denomina –sin desarrollarlo mucho más– como “cretinismo” (cit. por Báez, 1903, pág. 15).

A partir de allí, el cretinismo como anomia del pueblo sirve para explicar una serie de fenómenos que, para Báez, están interconectados: la influencia colonial (española y jesuítica), los regímenes del siglo XIX y su popularidad, la falta de rebeldía del pueblo ante la tiranía, su entrega suicida en la guerra y (lo que es importante destacar) la coyuntura política contemporánea bajo los gobiernos colorados de Carvallo y Escurra. Lo cual puede observarse en las siguientes citas:

La sociedad jesuítica, lejos de haber favorecido la obra de la civilización –que debe consistir en el perfeccionamiento moral del hombre y en el desarrollo moral de la sociedad– mantuvo á los indios en la ignorancia y la torpeza, en el cretinismo y la inercia: razón por la cual prosperó y duró la tiranía embrutecedora del Paraguay. (Báez, 1903, pág. 113)

¿Que [sic] nos dice la historia? ‒Ella nos enseña que una secular tiranía había barbarizado é idiotizado al pueblo paraguayo, que no ha tenido antes de ahora, ni sentido moral, ni sentido político.

Carecía de sentido moral, porque en su profunda ignorancia, y por efecto del terror, lloró la muerte del dictador Francia, amó la tiranía, consideró buena la delación y practicó el amor libre como cosa muy conforme á las leyes del pudor.

En cuanto á sentido político, nunca lo ha tenido, ni lo tiene. La incapacidad del pueblo para el gobierno libre proviene de la tiranía y de la ignorancia.

Tan grande ha sido la incapacidad moral y política de este pueblo, que hasta el presente se halla maneado por los antiguos soldados de López, que son una verdadera calamidad. (Id., pág. 156)

Aquí, los valores del cretinismo están expresados por una serie de términos que funcionan de manera sinónima: “ignorancia”, “barbarizado”, “idiotizado”, “incapacidad moral y política”; todos términos cuyo sujeto es el pueblo, y a los que se puede agregar el “maneado”, adjetivo cuya animalización se traslada al mismo sujeto. Estas características son consecuencia de la Colonia y del experimento jesuita, y explicarían la historia paraguaya (incluso la situación del presente de la enunciación, lo cual se distancia del optimismo del artículo de 1896).

Como vimos, el jesuitismo como piedra fundacional del atraso paraguayo estaba presente en la elaboración sarmientina ya desde su famosa introducción al Facundo y se transfigura en vicio atávico en Conflictos y armonías. Cecilio Báez retoma esta hipótesis, esta vez, sin citar fuente, por lo que probablemente ya era considerada un axioma entre la élite letrada, aunque sí menciona (Báez, 1903, pág. 113) las investigaciones pioneras de Blas Garay que unos años antes había caracterizado a la Compañía, en El comunismo de las Misiones de la Compañía de Jesús, de acuerdo con las corrientes antirreligiosas de la época (Telesca, 2014). De todos modos, Báez no se explaya ni cita a Garay, sino que solo lo menciona como autoridad en la materia. La argumentación de Báez se centra en establecer relaciones entre el pasado colonial y el Paraguay independiente, tesis –la de la continuidad– que en realidad es contrapuesta a lo que sostenía Garay. Para Báez, entonces, el sometimiento a los jesuitas, así como el régimen de encomienda, habrían educado al pueblo paraguayo para la tiranía (1903, pág. 83), y en consecuencia:

Segregado del mundo civilizado por la triple barrera de los grandes desiertos territoriales, de la ignorancia de la lengua castellana y del sistema teocrático-político, implantado por las misiones católicas y por los gobiernos dictatoriales, el pueblo paraguayo ha llegado á ser el más pobre, el más ignorante y el más incapaz para la vida democrática.

Recién después de 1870 puede decirse que el Paraguay ha llegado á incorporarse al movimiento de los pueblos civilizados, y tiene escuelas de verdad, donde el individuo ilustra su espíritu y adquiere conciencia de su personalidad, que antes no la tenía. (Id., pág. 13)

Báez también realiza una caracterización negativa sobre la colonización española, en tanto cultura inferior respecto de las otras potencias colonizadoras, y que también dejaría su influjo en la “tiranía paraguaya”, sintagma a través del cual Báez considera a los gobiernos de Francia y los López como un mismo objeto. La herencia que lega la Colonia al Paraguay independiente es el establecimiento de relaciones feudales de poder a partir de las costumbres arraigadas por instituciones como el adelantazgo y la encomienda (Id., pág. 79 y ss.).

La continuidad entre la Colonia y los regímenes del siglo XIX paraguayo, habilitada por la pervivencia de algunas estructuras jurídicas y burocráticas, niega a la independencia como inauguradora de un nuevo régimen soberano y, en consecuencia, como un avance progresivo para la historia paraguaya; con ello, Báez pervive en una polémica todavía actual respecto del valor emancipatorio que tuvo, fundamentalmente, el gobierno de Francia. Si bien la evaluación que hizo Báez de Francia es más compleja y ocupó un volumen específico, su Ensayo sobre Francia y la dictadura en Sudamérica, esta complejidad fue posteriormente simplificada a los fines polémicos por el mismo Báez. Luego, a lo largo del siglo XX, el trayecto de la “tiranía” como objeto de discurso hizo prevalecer la hipótesis de la continuidad entre la Colonia y el Paraguay francista. Los efectos de esta construcción son importantes para el discurso post-bélico, puesto que considerar a Francia una continuación de la cultura política de las misiones y la Colonia, desestima su carácter revolucionario y niega la posibilidad de que el apoyo que recibió en los congresos que lo votaron, haya sido una manifestación de voluntad popular.

Esta negación se relaciona con la otra hipótesis que presenta Báez, según la cual la tiranía paraguaya corresponde a un modelo oriental de gobierno (Báez, 1903, págs. 36 y ss.). A lo largo de sus artículos, proliferan comparaciones con distintos ejemplos o modelos que remiten a una construcción de lo oriental como sinónimo de barbarie. A través de este esquema opositivo logra que incluso la orden jesuita, una de las instituciones más influyentes de la modernidad occidental3, sea un elemento más en su caracterización del “orientalismo” paraguayo; “la obra de los jesuitas” es, así, “la vuelta al comunismo primitivo, la vuelta á aquel estado social, en que viven aun los despotizados pueblos del Oriente” (Id., pág. 113).

La analogía oriental es uno de los tópicos que caracterizan al Facundo y a la que se le debe un artículo clásico de Ricardo Piglia, “Notas sobre Facundo” (Piglia, 1982). Pero además Liliana Brezzo explica esta analogía dentro del horizonte de conocimiento del siglo XIX, en que la construcción del orientalismo –como la denominó posteriormente Edward Said (1990 [1977])– aportaba los esquemas explicativos de la barbarie:

[…] el Paraguay suscitaba entre los intelectuales y extranjeros del siglo XIX una figura alegórica que recuerda lo que hoy se conoce como “formaciones asiáticas”, dominadas por el despotismo oriental. El aislamiento del mundo exterior, el control de una parte de su producción y explotación de recursos económicos por una parte, y del comercio exterior por otra, ejercida por el Estado; la existencia de un poder centralizado, autoritario y vitalicio en la práctica; la veneración cuasi religiosa de este supremo gobierno por una población masivamente campesina, proporcionaban elementos a estas sumarias definiciones que hacían de Paraguay la “China”, el “Japón de América”; su sociedad era vista, asimismo, como sinónimo de barbarie, entendida como algo inferior, cultural o mentalmente, y equivalente a atraso. (Brezzo, 2010, págs. 202-203)

Es así como, para esta argumentación, los condicionamientos impuestos por la encomienda y el jesuitismo repercutieron en la formación de vicios atávicos de la población paraguaya de principios de siglo XX, indolente respecto de las libertades individuales pregonadas por el liberalismo. Pero, en el discurso de Báez, se puede observar un hiato que se abre entre su programa liberal, que brega por la instauración de la democracia representativa y las libertades individuales, y su diagnóstico positivista, que describe una sociedad animalizada y completamente ajena a la imagen del sujeto racional del liberalismo. Para salvar esta brecha, Báez esgrime su propuesta basada en la educación, o más precisamente, la instrucción.

En la intelectualidad argentina de fines de siglo XIX, la vinculación entre el discurso positivista y la élite dirigente vino a reparar ciertas fisuras en el modelo liberal que, en la práctica, tuvo resultados muy decepcionantes respecto de las esperanzas que en él habían sembrado los intelectuales del exilio rosista. En el discurso de la élite liberal paraguaya, esta combinación entre un paradigma positivista y un programa liberal puede servir para posicionar un modelo de “civilización” que chocaba fuertemente con los rasgos más estructurantes y diferenciales de la sociedad paraguaya, entre ellos la lengua guaraní. También para Báez (1903, pág. 46) uno de los factores que habían contribuido a cretinizar al paraguayo fue justamente el monolingüismo guaraní, fenómeno que –en su momento– había sido parte de la política jesuítica en las reducciones. De modo que, una vez destronado el tirano, lo bárbaro adquirió los límites específicos de lo popular, cristalizado en sus aspectos más significativos, el idioma guaraní y la sociabilidad rural, negados así –desde la óptica dominante– como cultura.

En contraposición, los valores bregados por Báez son, desde ya, los que adaptan un mismo paradigma civilizatorio como normativo para todas las sociedades. Representativas de este modo de pensamiento, propio de su época y de su clase, desde luego, suelen ser sus propuestas para direccionar la educación en Paraguay tendientes a dar cuerpo a una disciplina que trascienda los saberes específicos, la instrucción cívica. Propone, entre otras cosas, que, en tanto: “El gobierno libre, ó sea, el régimen de la libertad organizada, es una creación anglo-sajona”; en consecuencia: “un curso de historia de los Estados Unidos, que es la historia de los progresos de la libertad– se lijitimaría [sic] en nuestros colegios, con preferencia á la historia de los judíos, ó á la de los indios americanos” (Id., págs. 76-77).

En este sentido, importa destacar otro concepto presente en los artículos de Báez, el concepto de “regeneración”. Éste fue recurrente en los años inmediatamente posteriores a la Guerra contra la Triple Alianza, entre miembros de la élite que se encontraban ante la situación de reconstruir el país, bajo la tutela del ejército de ocupación brasileño, y –de este modo– de habilitar discursivamente esta reconstrucción sin que esto implique depositar la culpa en los países aliados. De modo que el tópico de la regeneración habilita una serie de significados que, al mismo tiempo que suponen la construcción de un “nuevo” país, suponen también la necesaria destrucción del anterior, por lo cual la guerra resulta una necesaria purga saneadora de los factores de atraso y de cretinización, factores depositados en el mismo pueblo. Para Báez, el tópico de la regeneración está asociado al de la civilización y a la derrota de “los bárbaros del interior” (expresión que se multiplica en sus artículos para referirse al gobierno del momento). A esto debería apuntar la reforma educativa: “La regeneración de la patria hemos de buscarla y encontrarla en el trabajo y en el estudio, en el ejercicio de los deberes cívicos, en la práctica sincera de las instituciones libres, y no en el culto de las batallas sin gloria de la tiranía” (Id., pág. 191). A diferencia del ensayo finisecular argentino, el liberalismo positivista paraguayo se centró en los “bárbaros internos”, antes que en la amenaza inmigratoria; es por ello que los tópicos de la época rosista mantienen actualidad en el discurso paraguayo. Conflictos y armonías de Sarmiento, que es más tardío, ya centra el foco de la barbarie, a nivel latinoamericano, en la pervivencia de las culturas indígenas (o más bien, lo que Sarmiento caracteriza como indígena, pero que ya serían, entonces, elementos híbridos y transculturados).

En síntesis, del texto de Báez resulta el fenómeno de la “tiranía paraguaya” como objeto discursivo, y se jerarquizan los conceptos de cretinismo y regeneración, que ya poseían antecedentes en la época. De acuerdo con esto, se pueden marcar dos ejes sobre los que intenta intervenir el discurso cretinista. Si bien, por un lado, los factores de barbarización, sus causas, están individualizados en los espacios de poder (los jesuitas, Francia, los López, así como, para Sarmiento, en Rosas), por otro, el saneamiento civilizatorio no se cubre solo con el cambio de régimen, puesto que el cretinismo recae sobre el conjunto del pueblo paraguayo, objeto del así justificado proceso de regeneración. Como los que formaron parte del gobierno paraguayo tras la guerra habían contribuido a la victoria aliada, habían sido fervientes opositores de los López o –en todo caso– ex funcionarios suyos interesados en limpiar su pasado, su accionar en la contienda y su nuevo lugar de poder requerían no solo de una deslegitimación del gobierno paraguayo anterior, sino de la desvalorización del pueblo –principal protagonista del martirologio en que se convirtió la guerra–, y con ello del proceso histórico que, desde la revolución de la independencia, confluyó en la sociedad paraguaya de mediados de siglo. Las tesis cretinistas habilitan la justificación de la guerra como el derrocamiento de un gobierno tiránico cuyo poder descansaba sobre un pueblo bárbaro que, con aceptación pasiva, se aplacó bajo la tiranía. Incluso, como explica Báez, la guerra contribuyó a “des-cretinizarlo”, al menos coyunturalmente, en tanto: “Cinco años de titánica lucha pudieron retemplar sus adormecidas fibras por el opio del despotismo. Por eso el pueblo paraguayo desplegó cualidades cívicas en los comicios, a raíz de la conclusión de la guerra” (Báez-O´Leary, 2011, pág. 106). La guerra, entonces, está justificada como factor de toma de conciencia histórica y despertar cívico por parte de una comunidad que, hasta el momento, permanecía moralmente inerte y sin voluntad, puesto que la delegación de poder a regímenes autocráticos y personalistas no podría explicarse como un acto de voluntad popular desde los parámetros liberales. De modo que, además de haber traído la modernidad política y la apertura económica, la guerra realizó una labor de purgación de los factores de atraso. Se puede rastrear la concreción de este saneamiento en otro testimonio del mismo Cecilio Báez; un discurso de su breve período en la presidencia (1905-1906) considera exitosas las facultades “regenerativas” de la guerra y oblitera cualquier mención a la “cuestión social” del Paraguay de principios de siglo XX:

Como el pueblo no tenía conciencia de su propia personalidad, no podía derribar la tiranía, que cayó por causas independientes de su voluntad. El año de 1870 es para nosotros una de las más memorables etapas de la historia nacional: esa fecha señala el término de los dolores e infortunios del pueblo paraguayo, soportados durante más de cincuenta años de opresión e ignorancia, sin una sola queja ni protesta de parte de la víctima, al par que el comienzo de la era de nuestra regeneración moral y política, por el doble sentido de la instrucción y de la libertad. (Cit. por Gaona, 1967, pág. 191)

La posición de Báez como intelectual orgánico de la oligarquía no le permite otra visión de la historia que la de una línea progresiva que, en el Paraguay, va desde la superación del pasado despótico hacia la instauración de la hegemonía liberal concretada con la Revolución de 1904. Desde ese espacio de poder, Báez apunta algunos de los ejes clave de la visión de la élite respecto del pueblo paraguayo: un colectivo crístico, cuya situación no depende de su voluntad, sino que es consecuencia de la intervención exterior, primero, y del padrinazgo de la élite, después, concretado éste en políticas verticalistas de instrucción, en su sentido de anulación del pueblo como sujeto productor de cultura, considerado otro antes que individuo pleno.

Bartomeu Melià en su clásico ensayo “Una nación, dos culturas” desarrolla las falacias de los apotegmas liberales que aún administraban (y administran) discursivamente el proceso de recolonización de la campaña paraguaya de la década de 1970. La principal falacia a la que apunta el jesuita, y que observa también en los letrados de la post-guerra, es justamente la de la oposición entre civilización y barbarie, que “es el producto del neocolonialismo económico al que a la vez justifica y fortifica” (Melià, 1997 [1975], pág. 75). Este paradigma enajena al pueblo de sus propios instrumentos simbólicos al mismo tiempo que extranjeriza la base material –económica– sobre la que se sustenta su cultura; en consecuencia, “a un pueblo explotado económicamente se le puede dar instrucción y ‘civilización’, pero no una cultura nacional”, porque “si se mantiene la dicotomía civilización-barbarie, o su versión moderna desarrollo-subdesarrollo, la cultura nacional no es posible, ya que no se puede identificar ninguna de las dos culturas como la nacional” (Id., págs. 77 y 76). La instrucción como principal política cultural, la aplicación en ella de pautas foráneas y la desvalorización de la cultura propia –considerada barbarie, no cultura– tienen como objeto la imposición de los valores culturales ajenos en el mismo proceso de imposición de un modelo económico dependiente y predatorio, justamente el modelo extractivista del Paraguay post-bélico. La alternativa, para Melià, es el desarrollo de esa cultura nacional, entendiendo lo nacional como continuación de una comunidad, cuyos ejes centrales estarían justamente en la lengua guaraní y la cultura rural.

De modo que el positivismo, como dispositivo teórico de la élite, no funciona solo como una continuación de las modas intelectuales porteñas, sino que ofrece la posibilidad de desarticular los rasgos diferenciales de la cultura popular paraguaya, los más característicos y tradicionales, pero que además no pueden ser fácilmente sectorizados. Por el contrario, la lengua guaraní, así como la cosmovisión rural y la economía campesina que acarrea, tiene extensión nacional, por lo que los furibundos ataques “regenerativos” de la élite hacia ella tienen que ver con que ponía en interdicción directa los paradigmas de constitución de un Estado moderno con pretensiones de integrarse al mercado capitalista.

El linaje de una dicotomía

La irradiación del discurso de Báez sobre gran parte del siglo XX, no podría haberse producido sin determinadas condiciones del campo intelectual, preocupado en la época por instaurar un discurso acorde al paradigma de la reconstrucción del Paraguay bajo un nuevo orden político. Es por ello que el liberalismo “se presenta como un polo fundador de discursividad” que remite “a la guerra como elemento fundador” (Couchonnal, 2017, pág. 117).

En primer lugar, la polémica, como género, no se explica tanto por los tópicos de los discursos que participan en ella, sino por las condiciones del campo intelectual en que se inscribe. De hecho, esta polémica se enmarca en el momento en que “surge en Paraguay el oficio de historiador y se publican las primeras producciones de ‘historia nacional’” (Brezzo en Báez-O’Leary, 2011, pág. 21). La función del historiador adquiría importancia, incluso a nivel estatal, porque la historia nacional se convirtió en objeto privilegiado de reflexión4.

Como explica Elvira Arnoux: “Para que una esquematización se imponga socialmente es necesario no solo el haz de relaciones a que se refería Foucault respecto de los objetos discursivos sino también su presencia en ‘instrumentos de memoria’ como, en nuestro caso, la historia escolar” (2008, págs. 45-47). Justamente, la historia escolar es un instrumento de memoria privilegiado que contribuye a la institucionalización de un discurso histórico oficial. En el caso paraguayo, el discurso de Báez también se recubrió de oficialidad a través de la enseñanza escolar, ratificando la Guerra contra la Triple Alianza como punto cero del nuevo orden político:

Fue el modelo de Báez el que desde su aparición se adoptó para la enseñanza de la historia en todas las escuelas del país a través de dos manuales escritos por otros autores: el Compendio elemental de Historia del Paraguay, de Blas Garay y el Compendio de Historia del Paraguay, redactado por Leopoldo Gómez de Terán y Próspero Pereira Gamba. Ambos textos coincidían, por ejemplo, en el apartado correspondiente al desarrollo de la Guerra contra la Triple Alianza, en señalar los benéficos resultados que este acontecimiento aportó al país al sacarlo del aislamiento internacional y de la barbarie. (Brezzo, 2001a, pág. 169)

Además en “este esquema historiográfico, que se mantendría vigente por espacio de más de cincuenta años, se manifiesta en términos generales una imagen favorable del pueblo argentino, compartida por los demás intelectuales novecentistas que miraban al extranjero, especialmente al de aquel país, como perteneciente a una cultura superior” (Id., pág. 170).

La actualidad aún da muestras del éxito de la imposición de este discurso, incluso en espacios periféricos. Capucine Boidin (2006) trabaja la historia oral de la Guerra contra la Triple Alianza a través de testimonios contemporáneos recogidos en el departamento paraguayo de Misiones en los que observa la manipulación de la memoria popular efectuada por los partidos Liberal y Colorado. Si bien, como aclaré en el capítulo primero, prefiero evitar la nomenclatura partidaria y centrar el análisis en las matrices del discurso, liberal y nacionalista, el caso puntual que trabaja Boidin muestra, en la memoria oral de campesinos de la base del Partido Liberal, cómo se mantiene el relato respecto del año 70 como nuevo inicio e incluso como cancelación de la vida previa de la comunidad. Esto, según Boidin, se proyecta míticamente en el relato del jaguar –animal simbólico para la cosmovisión guaraní– que se habría aquerenciado en los campos, vueltos a ser monte por el abandono durante la guerra; el jaguar simbolizaría al mismo tiempo desorden social y el inicio de un tiempo nuevo: “El jaguar asesina al hombre paraguayo que busca una vaca cansada abandonada en el camino, asesina a la mujer paraguaya que busca carne cruda. El jaguar prohíbe la instauración de la comunidad política y de la familia. Es un agente del desorden pero también el símbolo de un nuevo ciclo” (Boidin, 2006). Finalmente, la autora explica que: “Esta memoria dramática de la ruptura total ha sido elaborada inmediatamente después de la guerra y fue dominante hasta los años 1920 mientras el partido liberal era también hegemónico” (Id.).

El repaso por el modelo de Báez no resulta significativo para ilustrar, simplemente, un corte histórico del discurso de la élite paraguaya, sino, al contrario, para intentar historizar una matriz discursiva que tiene continuidad hasta la actualidad. La construcción del objeto tiranía, simplificándose a lo largo de sus continuas revisiones y reescrituras, llega a la década del noventa atravesada por la experiencia del stronismo. De este modo contribuye a la formulación de un contra-revisionismo que, inversión axiológica mediante, ordena en un bloque único los gobiernos independientes del siglo XIX, al igual que haría el revisionismo stronista, desde el poder, para posicionarse como continuación de Francia, los López y Bernardino Caballero.

1. Esto también es una construcción del discurso post-bélico, puesto que –durante del gobierno de Francia– no se desarrollaron políticas lingüísticas que tuvieran por objetivo difundir o estudiar la lengua guaraní, como sí habían llevado a cabo –dentro de su esquema colonial, claro está– los jesuitas durante la Colonia. Como dije, no se desarrollan iniciativas de fomento a la lengua hasta la Guerra contra la Triple Alianza. Sin embargo, algunos investigadores consideran que, al ser el régimen de Francia hostil hacia los sectores sociales tendientes al monolingüismo castellano, esto generó un incentivo de hecho para el guaraní (Gómez, 2007, págs. 129 y ss.).

2. Nora Bouvet retoma un artículo de Sarmiento publicado en El Nacional: “A fines de 1855, denuncia que Francisco Solano López había traído de la Francia de Napoleón III ‘el virus de los gobiernos fuertes, el espíritu militar, el amor al fausto y al absolutismo brillante’ que prosperarían en un pueblo con ‘una tradición de servilismo, de obediencia ciega, heredada del guaraní, de la teocracia del jesuita y del terror de cuarenta años del doctor Francia’. Por ello, concluye en que los paraguayos ‘necesitan una larga guerra que los devuelva a sí mismos, que cree reputaciones individuales, y despierte sentimientos de dignidad personal’” (s/f, págs. 101-102).

3. Sobre este aspecto de la orden, pueden verse los trabajos de Bolívar Echeverría, fundamentalmente La modernidad de lo barroco (1998).

4. No solo por la necesidad de la élite de construir un relato legitimador, sino también por la necesidad de argumentar sobre los límites del Chaco paraguayo en litigio, lo cual conduciría a la Guerra del Chaco (1932-1935).

Capítulo 3
La matriz nacionalista
Los Francias de Báez

En cuanto a los antecedentes del nacionalismo también debemos mencionar al mismo Cecilio Báez, especialmente sus ensayos sobre el dictador Francia, compilados en el volumen Ensayo sobre Francia y la dictadura en Sudamérica (Báez, 2005 [1910]). En el prólogo que Raúl Amaral (Id., pág. 2) escribe para el volumen, el intelectual colorado destaca que, por esta obra, sería Cecilio Báez uno de los precursores del nacionalismo revisionista y argumenta para ello la “prueba fundamental”, un artículo de Báez de 1888 que afirmaba:

Para conjurar todos los peligros que amenazaban su independencia y crear una nacionalidad genuinamente paraguaya, apeló al terror, pues tenía que chocar con enemigos internos y externos, y contra costumbres sociales y hábitos inveterados.

A este fin se esforzó en destruir a porteñistas y realistas españoles, que eran los detritus dejados por la dominación española; destruyó los privilegios de la nobleza y del clero; favoreció la población criolla, que era el núcleo de la nacionalidad; proclamó la igualdad de las clases, fomentó el cruzamiento de las razas, y expulsó del país a cuantos eran adictos a la causa de la anexión.

[…] gobernó al país con la más cruda tiranía y despotismo, mientras las Provincias Argentinas se destrozaban en sangrientas guerras civiles, con la misma ferocidad que los musulmanes hacían en otra época la guerra a los cristianos. (Id., pág. 204)

Semejante a un gran artista, fundió en el crisol de su tiranía al pueblo que había entonces y que era una informe amalgama de realistas, porteñistas, y amigos de la política lusitana. Toda esa escoria fue separada y derramada, y no quedó en el fondo sino el elemento puro, que fue la nacionalidad paraguaya, compacta y homogénea. (Id., pág. 208)

Recordemos que, para Grize (1991), en los objetos discursivos concurren diferentes operaciones: de especificación, de determinación y de puesta en evidencia de determinados componentes. Asimismo, sobre los objetos ocurren acciones de “filtraje” y “resalte”, que consisten, respectivamente, en destacar determinados rasgos por sobre otros y en utilizar medios lingüísticos para fijar la atención (Arnoux, 2008, pág. 46 y 2009, pág. 69). En las anteriores citas de Báez, se pueden observar determinados rasgos de la dictadura francista que luego, en La tiranía del Paraguay, serían “filtrados” para enfatizar la tesis de continuidad en la tiranía que es la que usa Báez para polemizar con O’Leary. Claro que no me interesa aquí la rigurosidad histórica del discurso de Báez, sino sus implicancias sociales e intelectuales. Desde este punto de vista, se puede observar que, si bien el texto de 1888 caracterizaba a la dictadura como tiranía, acentúa su aspecto fundacional y las características rupturistas respecto del régimen colonial español. El mismo terror francista era, para Báez, un instrumento separatista que purgó los elementos anti-nacionales (porteñistas, españolistas y pro-brasileños), contribuyó a la solidificación de la población criolla, paraguaya, “pura”, “compacta y homogénea” y, en consecuencia, al surgimiento de la Nación. Es más, la comparación oriental, sinécdoque de barbarie para el discurso liberal, caracteriza a la Argentina bajo el contexto de las guerras civiles, para resaltar su distancia respecto del régimen de Francia que, para ese tiempo, realizaba una obra fundadora.

Si bien, en la Tiranía en el Paraguay, Báez seguiría sosteniendo que Francia es el principal articulador de la independencia paraguaya, no le aporta una función específica a la construcción de la nacionalidad como generadora de valor identitario o fundacional, es decir, la entidad Nación no se erige como valor en sí mismo. Los rasgos de especificidad y de excepcionalidad que resaltaba en 1888 quedarían difuminados posteriormente, y doblemente difuminados en tanto que el año cero de la organización del Estado, para el Báez del 900, sería 1870.

Esta “incoherencia” es utilizada por O’Leary para argumentar que, en realidad, el enaltecedor de tiranos es el mismo Báez, y fue él el que contribuyó a la revisión de la historia que algunos jóvenes del novecentismo estaban llevando a cabo. En un artículo de julio de 1902, previo a la polémica, O’Leary escribió:

El doctor Báez es el único culpable de que haya jóvenes, discípulos de él, que escriban sobre la guerra y protesten CONTRA LAS INFAMIAS DE LA ALIANZA.

[…]

Somos sus discípulos, los continuadores de su obra. Él dio el primer empuje. Nosotros vamos arrastrados por la inercia… (Báez-O’Leary, 2011, pág. 79)

Según Fuentes Armadans (2014, pág. 62), en los primeros años posteriores a 1870, habría dos tendencias historiográficas más o menos diferenciables: la de la Reconstrucción y la de la Regeneración que desarrollé en el capítulo anterior. La idea de regeneración, que identificaba al pensamiento liberal post-bélico, se vehiculizaba a través del periódico homónimo La Regeneración. Mientras que los reconstructores serían los nacidos durante o después de la guerra y los veteranos. Entre ellos estarían las primeras voces del nacionalismo, como José de la Cruz Ayala (“Alón”) y el Cecilio Báez “francista”. Este proto-nacionalismo, que no es más que un liberalismo moderado, es considerado como precursor del nacionalismo del 900 porque comienza a relativizar la imagen demonizada del dictador Francia y reivindica su gobierno como el sedimento de la nacionalidad paraguaya.

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