Kitabı oxu: «Turbulencias y otras complejidades, tomo II»

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TURBULENCIAS Sobre ciencia y otras complejidades. Tomo II © Universidad El Bosque © Editorial Universidad El Bosque © Carlos Eduardo Maldonado Facultad de Medicina Rectora: María Clara Rangel Galvis Primera edición, julio de 2019 ISBN: 978-958-739-166-4 (obra completa / impreso) ISBN: 978-958-739-169-5 (obra completa /digital) ISBN: 978-958-739-168-8 (impreso) ISBN: 978-958-739-171-8 (digital) Editor: Miller Alejandro Gallego Cataño Coordinación editorial: Leidy De Ávila Castro Dirección gráfica y diseño: María Camila Prieto Abello Diagramación: Leonardo Chávez Corrección de estilo: Estefany Escallón I. Hecho en Bogotá D.C., Colombia Vicerrectoría de Investigaciones Editorial Universidad El Bosque Av. Cra 9 n.° 131A-02, Bloque O, 4.° piso +57 (1) 648 9000, ext. 1395 editorial@unbosque.edu.co www.unbosque.edu.co/investigaciones/editorial Impresión: Afán gráfico Julio de 2019 Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en su todo ni en sus partes, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electro-óptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de la Editorial Universidad El Bosque. Universidad El Bosque | Vigilada Mineducación. Reconocimiento como universidad: Resolución n° 327 del 5 de febrero de 1997, MEN. Reconocimiento de personería jurídica: Resolución 11153 del 4 de agosto de 1978, MEN. Acreditación institucional de alta calidad: Resolución 11373 del 10 de junio de 2016, MEN. 808.0665 M15t Maldonado, Carlos Eduardo Turbulencias: sobre ciencia y otras complejidades / Carlos Eduardo Maldonado -- Bogotá: Universidad El Bosque, 2019. 270 p. 2 volúmenes: tablas; 16x24 cm Incluye referencias bibliográficas e índices. ISBN: 978-958-739-166-4 (obra completa / impreso) ISBN: 978-958-739-169-5 (obra completa /digital) ISBN: 978-958-739-168-8 (impreso) ISBN: 978-958-739-171-8 (digital) 1. Periodismo científico 2. Publicaciones científicas 3. Comunicación científica 4. Gestión del conocimiento 5. Filosofía de la ciencia 6. Epistemología de la ciencia I. Universidad El Bosque. Fuente. SCDD 23ª ed . – Universidad El Bosque. Biblioteca Juan Roa Vásquez (Junio de 2019) - NGG

TUR-
BU-
LEN-
CIAS


Sobre ciencia y otras
complejidades
Tomo II

Carlos

Eduardo

Maldonado

CONTENIDO

Complejidad del mundo llamado real

El mejor control político de la sociedad: la bancarización

La vitalidad del impacto local

El precio de la gente

¿Docente? ¡Pobre profesor(a)!

Una vida en la mentira

¿Dormir ayuda a proteger el medioambiente?

Crisis y ciencia (o filosofía). El caso de Francia

Los cuatro demonios del hiperconsumo

De ciencias políticamente incorrectas

La formación de opinión: el ejemplo de J. C. Mariátegui

Ni héroes ni comunidades anónimas

¿Cómo es una cultura de diálogo?

La dificultad de ser veraces

Autoorganización, emergencia y acción social

E. Snowden, el hereje de nuestros tiempos

La clase de gente de las guerras

Al médico, al abogado, al contador… según parece

Contra las disciplinas… ¡complejidad!

Tres sociedades, un solo momento

Ese mal que es el Estado-nación

¿Primavera colombiana?

Parásitos sociales

La impredecibilidad de la geopolítica

Pregunta: ¿por qué no una abstención activa?

La dificultad y complejidad de cambiar el mundo hoy en día

Sociología de las tres dictaduras

Los lenguajes de la política y la información

Deporte, individualidad y país

Ciencia básica en Colombia y América Latina

Ética y política en la derecha y la izquierda en Colombia

Política de jóvenes versus política de viejos. Acerca de la MANE

Estética y política de LGBTI

¿América o Colombia?

Colombia: entre la polarización y más violencia

Colombia 2014-2015: comienzo oficial del posconflicto

Sobre la capacidad de apuesta. Un problema político

El sabor agridulce de las acreditaciones de universidades

Teología de la liberación: ¿remix, reloaded, o segundo tiempo?

El costo institucional del problema agrario

La protesta social como una fiesta

Nosotros en la Tierra

Colombia no está en América Latina

Ni siquiera la crisis le pertenece a España

Religión y sociedad: una visión política

Significado social y político del bullying

Espiar al mejor amigo incondicional

¿Cómo puede la ciencia contribuir a una cultura de paz?

Protesta social y violencia policial

Colombia: más geografía que historia

Sobre los rankings universitarios

De la indignación a la resistencia y de esta a la rebelión

El cálculo político

Ese palimpsesto que es América Latina

La cara oculta de la luna del progreso moral

El lenguaje de la sabiduría

Bibliografía

COMPLEJIDAD

El mejor control político de la sociedad: la bancarización

Existen diferencias notables cuando se estudia el tránsito del capitalismo comercial (siglos XVI-IXVII) al capitalismo industrial (siglo XIX), y de este al capitalismo posindustrial (siglo XX). Se trata de la forma como, para decirlo en lenguaje clásico, el capital controla y domina al trabajo. Un estudio histórico arrojaría nuevas luces al respecto.

Sin embargo, la verdad es que en el siglo XXI, a gran escala, el capitalismo –conservando la misma esencia de siempre–, ha hecho el tránsito a una etapa posterior, a saber: el capitalismo informacional. Como sostiene M. Castells, el capitalismo hizo el tránsito de la fase posindustrial a la informacional porque era la única opción que tenía si quería seguir existiendo. (La sociología, otra ciencia políticamente incorrecta, hablando de Castells, por ejemplo).

Ayer, a los enemigos del capitalismo se los eliminaba físicamente, literalmente. Hoy nada de eso es necesario. La mejor vía por la cual se establece un control político a gran escala consiste en el proceso de bancarización de la economía y bancarización de la sociedad. Es por esta razón que existe un interés sincero por hacer que la clase media crezca, como consecuencia de lo cual la pobreza tiende a disminuir. Por lo menos en términos de los macroindicadores económicos. Como se aprecia, todo sucede exactamente al revés.

Es decir, no existe ningún interés ético ni social por suprimir la pobreza, sino, en realidad, por aumentar la clase media. La razón es que el crecimiento de la clase media se traduce inmediatamente en el crecimiento del consumo. Y la forma más expedita para permitir y a la vez garantizar el consumo consiste en bancarizar al máximo el número posible de la población.

Esta bancarización consiste en dos estrategias paralelas, así: de un lado en facilitar ampliamente créditos de consumo; y de otra parte, al mismo tiempo, pero de manera independiente, otorgarle al máximo número de personas tarjetas de crédito, con cupos pequeños o medianos en su gran mayoría. Cupos que, según los manejos, tienden por lo general a aumentar, incluso en muchas ocasiones automáticamente; esto es, sin que el tarjeta-habiente solicite el cupo de endeudamiento de la tarjeta de crédito. Ambas estrategias garantizan que una amplia franja de la población se endeudará a futuro –¡de eso se trata todo!–, y así el trabajo se convierte en la más importante preocupación de esa creciente clase media.

Los sistemas de crédito –paga mañana lo que consumes hoy–son ubicuos, tanto como lo es el mercado mismo. Crédito para la ropa, para el estudio, para la vivienda, o hasta las vacaciones. La vida entera de las personas está completamente dominada por los analistas de riesgo de los bancos y las entidades financieras, y esa información se usa no únicamente con fines financieros o económicos, sino: sorpresa, además y principalmente, con fines políticos. En una palabra: a la gente (=la oposición o las bases sociales de la oposición) no hay que eliminarlas físicamente; basta con endeudarlas.

Paga mañana lo que consumes hoy tiene una clara expresión en la economía, de acuerdo con J. M. Keynes, la deuda de hoy son los impuestos del mañana (today’s debt is tomorrows’ taxes). Con las consecuencias conocidas: inflación, deuda interna y externa, devaluación, etc.

Que en la crisis económica y financiera alrededor del mundo los bancos sean las entidades que los gobiernos se preocupan por salvar (Grecia, Islandia, Portugal, España, Irlanda...) no es un acto gratuito. Es la forma misma mediante la cual el Estado y el mercado controlan a la población civil, en toda la extensión de la palabra.

Los mecanismos policivos y de seguridad pueden dedicarse a enemigos internos y externos (mafias, terrorismo, etc.), y en numerosas ocasiones también a “pinchar” a la propia sociedad civil. En cualquier caso, el sistema bancario, en general, se dedica al control de la ciudadanía, y en eso exactamente consisten la sociedad del riesgo, los analistas de riesgo, las centrales de riesgo, y demás. Hasta el punto de que, incluso, hay embajadas que otorgan o niegan el visado con base en el cruce de información con las bases del sistema bancario. Y esto sin teoría de la conspiración ni nada semejante.

Quienes tienen deudas a futuro piensan menos en procesos como sindicalización, militancia política y otras formas de acción colectiva. Su vida se define principalmente en torno al trabajo, al mantenimiento del empleo y al pago seguro de las deudas presentes y futuras. Se trata de gente que, literalmente, hipoteca su propia vida a muchos años hacia delante. Esta gente cumple, en el mejor de los casos, con votar, pero es víctima fácil del cuarto poder, a saber: de los grandes medios de comunicación masiva. Al fin y al cabo eso es la clase media: una clase de promedios, estándares, medias y medianas, en fin, como lo señalaba ya en los años 1940 el filósofo argentino J. Ingenieros, El hombre mediocre. (Un libro bien escrito e inteligente).

De esta suerte, la acción colectiva, la protesta social y la oposición quedan cooptadas a través de la bancarización y las deudas con el sector financiero. Con seguridad, el mejor ejemplo lo constituye, grosso modo, el contraste entre Estados Unidos y Europa. En términos generales, Estados Unidos es un país con una deuda pública y privada, colectiva e individualmente mucho mayor que en Europa. Y por ello mismo las acciones sociales de protesta tienen lugar con mayor frecuencia y vehemencia en Europa que en Estados Unidos. Sería interesante adelantar el estudio del fenómeno en América Latina y llevar a cabo un proceso comparativo. Ese es el objeto de otro texto aparte, por espacio y densidad.

La literatura lo tiene bien claro, desde Goethe hasta Thomas Mann, por ejemplo. La banca es el diablo mismo al cual la gente le vende su alma, literalmente. Al final del día el diablo se le aparece a la gente y le obliga a recordar sus promesas. Y si no han cumplido las promesas (deudas crediticias), el diablo se les lleva el alma. No es literatura ni poesía. Es economía y política, algo que el propio Goethe o Mann no lograron vislumbrar en su momento. La muerte del diablo se denomina en el mundo del derecho y la economía la muerte civil. Que no es menos grave ni dramática que la muerte penal o física, por ejemplo.

Digámoslo en términos éticos, filosóficos y políticos: la verdadera libertad, autonomía e independencia de los individuos y la sociedad consiste exactamente en la no bancarización, o por lo menos, la menor deuda con los bancos y entidades financieras. Un nuevo contexto y nuevos marcos para las ciencias sociales, en verdad.

La vitalidad del impacto local

En ecología, las escalas en orden descendiente son la biosfera, los ecosistemas, los biomas, la ecología de paisajes y los hábitats. Para los sistemas vivos, los fenómenos más acuciantes suceden a nivel de sus hábitats. Análogamente, en meteorología, cabe distinguir en general los climas y temperaturas, pero cualquier persona conocedora sabe que los acontecimientos verdaderamente significativos acontecen a nivel de los microclimas. Es aquí en donde emergen y se expanden los más fabulosos fenómenos que ocupan a los meteorólogos.

Pues bien, basta con algunos viajes caprichosos alrededor del mundo, o con una buena lectura, para comprobar una magnífica vitalidad de pensamiento, ciencia y cultura a nivel local, de un lugar a otro, de una latitud a la siguiente.

En efecto, numerosas editoriales locales, o también numerosas publicaciones de universidades en un país o en otro, en una región u otra, da muestra de una producción apasionante de pensamiento, reflexión, análisis y crítica con un evidente impacto inmediato local y, en el mejor de los casos, regional, sin embargo, a nivel nacional, internacional o mundial, esa vitalidad local pasa desapercibida y, finalmente, ignorada, como inexistente.

La inmensa mayoría de tirajes universitarios e independientes rondan las centenas de ejemplares. Incluso en los Estados Unidos, los tirajes universitarios son generalmente del orden de 1000 ejemplares por título. Se busca, con diversos criterios, consumos locales, y al cabo, regionales o nacionales. Los editores, habitualmente conservadores, apuestan a un mercado fijo, o al menor de los riesgos en las inversiones. Esta es, sin lugar a dudas, la principal motivación de los tirajes locales, libros, revistas y demás.

Solo las grandes trasnacionales de la cultura le apuestan a varios miles de ejemplares, y poseen sus propios circuitos de promoción y circulación. A decir la verdad, estadística y culturalmente hablando, las ediciones de las grandes industrias de la cultura constituyen la excepción. Una notable excepción, a decir verdad. Pues la norma es la existencia de autores, pensadores, científicos y artistas de impronta local; en cada caso.

Hace poco leía en Researchgate (un portal académico; o también una de las más importantes redes sociales de académicos en el mundo), que un profesor de Indonesia con frecuencia es invitado por universidades de Nyanmar, Vietnam, Laos, Tailandia, Cambodia y Laos a dictar cursos y conferencias. En otro espectro, por ejemplo, algún prestigioso investigador o autor latinoamericano es invitado con frecuencia a países como Costa Rica, México, Perú, Ecuador, Venezuela y San Salvador. En otro espectro del mapamundi, un prestigioso investigador nigeriano es invitado con frecuencia a participar en eventos académicos y culturales a países como Camerún, Benin, Togo, Ghana, Costa de Marfil, o Gabón. Pues bien, sin duda alguna, los tres profesores, desconectados entre sí, observan el mismo fenómeno que aquí comentamos.

Tres ejemplos conspicuos de tres fenómenos similares de escala local, o regional; según se mire.

La vitalidad local es, asimismo, una enorme dinámica regionalmente concentrada. Se requieren varias circunstancias para que un texto sea traducido a otros idiomas, eufemísticamente llamados mayores o menores. Las traducciones contribuyen mucho a des-localizar el pensamiento y la vida. Y, sin embargo, el gran catalizador de la cultura y la vida es, hoy por hoy, el internet.

Un texto o una obra subida a la web se hace virtualmente inmortal. En contraste con la fabulosa producción local impresa a nivel local en numerosos lugares. El internet permite romper la vieja clasificación de las ciencias sociales del siglo XIX entre geografía e historia. Al fin y al cabo, la propia noción de “cultura” remite siempre a experiencias locales, particulares, concretas. La “cultura” es un concepto conservador por particularista. El polo a tierra, en cada caso, de la experiencia humana.

Numerosas revoluciones locales están teniendo lugar permanentemente en el mundo hoy en día. A nivel de intercambios académicos, artísticos o culturales, o bien, igualmente, a nivel de una ingente producción local de reflexiones, pensamientos y estudios. Se trata de revoluciones que pasan desapercibidas ante la gran mirada superficial de los grandes medios de comunicación masivos. Que siempre tienden a uniformar el mundo y la realidad, a verlos como acontecimientos planos y lineales.

En contraste, la vitalidad local en cada caso es la evidencia de que, análogamente a lo que enseña la geología, los movimientos telúricos siempre acontecen a nivel local, y que lo verdaderamente significativo de los mismos son las réplicas que tienen o pueden tener. Las réplicas y no la fuerza. Las consecuencias y no el primer impacto.

Ahora bien, ¿qué es lo que hace de un texto, un libro o una obra un acontecimiento de orden internacional o mundial? Esta pregunta no tiene una única respuesta. Sin embargo, con seguridad, se trata de las redes, conexiones y repercusiones que, siempre desde la esfera local, tiene o puede tener en otras esferas, redes, lugares y momentos.

Para el autor, se trata, siempre, de una apuesta. En ocasiones, una intuición. Desde luego que van habiendo indicios en el camino. Como quiera que sea, actuamos a nivel local, en ocasiones, con desconocimiento del espectro global del mundo, o bien, igualmente, por momentos, como una apuesta de un impacto mayor. Hoy por hoy se distinguen dos niveles: el impacto social y el impacto científico. El primero apunta exactamente a las expresiones locales que aquí consideramos. ¿El segundo? Bueno, es el objeto de otro texto aparte.

En cualquier caso, los microclimas y los hábitats: las raíces de la acción local.

El precio de la gente

El nombre reciente es un eufemismo y se expresa como coima, soborno o corrupción. Pero la verdad es que la literatura tiene una mejor comprensión del fenómeno: el diablo se acerca en determinado momento a la gente y les compra su alma. Mefistófeles o Fausto. Y las fuentes pueden ir de Goethe a Th. Mann o a Klaus Mann, pero permea buena parte de la literatura ya desde la Edad Media y el Renacimiento.

El diablo dispone de todo el tiempo necesario; y también del dinero que se requiera. Solo espera el momento preciso para su ataque y le pide a la gente: “Ponga un precio”. Para Mefisto el precio no es ningún problema. Lo que espera, desde luego, es una decisión inmediata para un juego a mediano o largo plazo. Hoy compra el alma de la gente, pero cobra el negocio posteriormente cuando el maligno así lo desea.

El maligno es un estudioso de la gente: de sus gustos, sus debilidades, sus necesidades, sus redes de relaciones. Ayer tenía la inteligencia del diablo; hoy dispone de contactos y muchas bases de datos, que trabaja con base en analítica de datos: información que se puede acumular indefinidamente, que no ocupa espacio, que no pesa, pero que se puede utilizar cuando los espíritus del mal así lo desean.

Y es que el Fausto trabaja con dos cosas: los apetitos de las personas y la información que tiene sobre esos apetitos. Su juego es simple, en realidad, pero las ofertas son variadas. Se trata siempre de que la gente le venda su alma al diablo, pero las oportunidades son diversas: en unas ocasiones, se trata de dinero; en otras, de poder, en otras más, de favores que pueden cobrarse con el tiempo, y con intereses. Según los rumores de la política y la cultura, la gente vende su alma también por fama o por virtuosismo, por ejemplo.

Hoy se vende el alma al diablo, pero el diablo cobra el pacto siempre después. El tiempo le pertenece a Belcebú. No ya a quienes han accedido al pacto fáustico.

El desespero juega un papel importante, pero es verdad que también el pacto se funda en el deseo insaciable de algunas personas. Mefistófeles no tiene afán: espera, acecha, casi siempre va a la fija, e induce a la gente a firmar el acuerdo. Usualmente, se trata de una firma de sangre, no necesariamente en el sentido literal, pero sí debido a que se pactan los más profundos deseos y necesidades, los más recónditos sueños, la desesperanza más profunda e inagotable.

Fausto tiene muchos nombres y caras, sus expresiones en el mundo son variadas: están los bancos, el sector financiero, los prestamistas de todo tipo. Están también los facilitadores, los “lobbyistas”, los intermediadores y los facilitadores de toda índole. Están igualmente los poderes de toda clase: los policivos y militares, los eclesiásticos a su manera, los políticos y los sociales con sus caras cambiantes y sus sonrisas prediseñadas.

La lógica del pacto es elemental: se vende hoy lo que se pagará o se cobrará mañana.

“Ponga el precio”, dice Mefisto. “Si me vende el alma yo accedo a la cantidad acordada”. El dinero no siempre interviene, pero es un componente importante; particularmente en el mundo de hoy.

Solo tres condiciones evitan cualquier tentación del maligno:

 Hay que ser sumamente fuertes.

 Hay que ser sinceramente inocentes.

 Hay que ser verdaderamente libres.

Para no caer en las trampas de vender el alma. Solo quienes son fuertes, inocentes o libres evitan caer en las tentaciones del diablo.

Y entonces no saben de coimas, sobornos o corrupción, no tienen en absoluto, precio o las evitan, a veces de manera sutil o abierta y directamente.

Lo cierto es que la mayoría de la gente anda, incluso a veces a pesar suyo, con la cerviz agachada. Se agachan ante la autoridad o el poder, y entonces guardan silencio, ven las injusticias alrededor suyo pero evitan pronunciarse, y terminan por olvidar la acción colectiva. Viven llenos de miedo, de inseguridades, y terminan por aceptar “el estado de cosas” por temor a represalias, o a consecuencias peores. Y entonces han vendido el alma.

Y es que el pacto fáustico es justamente eso: un pacto individual, nunca colectivo. El maligno se acerca a cada uno y divide a quien de los demás. El alma es individual, se ha dicho siempre, y es el alma de cada quien lo que el diablo desea.

Sí, el mal se alimenta de los miedos, los temores y las inseguridades, y eso lo fortalece en cada acuerdo. En el lenguaje de la teoría de juegos, las decisiones del diablo son siempre decisiones paramétricas: porque conoce a la gente, a su gente, el diablo aísla a cada quien de los demás y le hace creer que sus necesidades, que sus deseos, que sus ambiciones son solamente suyas y no competen a los demás.

La corrupción parece ser el nombre de boga de los pactos de Mefisto. Y pareciera que la corrupción sucediera en el ámbito público tanto como en el privado. El derecho ha llegado a llamar al pacto fáustico como fraude, peculado, cohecho, prevaricato y varios nombres más. Pero lo cierto es que el derecho se queda corto, en esta ocasión, con respecto a la literatura.

Para entender el profundo malestar de la cultura, la crisis sistémica y sistemática, la corrupción galopante, pero también la pérdida de capacidad de la acción colectiva, por ejemplo, basta con ir al Fausto de Goethe. Fausto accede a los acuerdo de Mefistófeles en el marco de su amor por Gretchen (o Margarita). Una auténtica tragedia.

La gente tiene precio. Esa es la verdadera tragedia del mundo contemporáneo. Los poderes, las autoridades, los agentes del sector financiero y muchos más lo saben. Y actúan en consecuencia. Han obligado a cada quien a agachar la cabeza. Y vender lo mejor que jamás pudieron tener: su vida. Con lo cual se hacen profundamente débiles, pierden cualquier inocencia –por ejemplo, alegría, o tranquilidad– que alguna vez tuvieron, se convierten en esclavos.

La mayoría de la gente nace libre, pero muere esclava, por el pacto fáustico.

¿Docente? ¡Pobre profesor(a)!

Alrededor del mundo, muy notablemente en los países hispanohablantes, viene hacienda carrera una nueva palabra; casi un nuevo concepto: docente. Desde los colegios hasta las universidades.

Cuando Horacio introdujo el término por primera vez, no pensó en el auge que casi dos mil años después cobraría la palabra. Con un largo período en el que otra palabra ocupó el primer lugar: profesor(a).

Docere, de donde procede, en efecto, el término significa enseñar, sin esto es, instruir, señalar. Y así, docente es el que enseña, el que instruye, el que señala. Un arcaísmo, literalmente, en una época en la que ya no se instruye, pues la instrucción se asimila a la disciplinarización, al amaestramiento y no en última instancia, al adoctrinamiento. En cualquier caso, una relación que sucede en una sola vía: el que enseña y el que instruye hacia el o los demás.

Pues bueno, parece que ya los profesores no son tales, sino “docentes”. Un concepto, hoy en día, de origen eminentemente administrativo. (¿Alguien ha notado que el “ascenso” del concepto de “docente” coincide con su disminución y la superposición de los administrativos? Así, administrativo mata a docente).

Se trata, manifiestamente, de un ejemplo más de esa transvaloración de todos los valores y que coincide y funda a la vez al nihilismo, según Nietzsche. Los valores de ayer se trastocan –se invierten: Umwertung–, adquiriendo hoy una connotación opuesta a la de ayer; y al revés.

Varias observaciones se imponen.

En primer lugar, una de las funciones de un profesor es la docencia –conjuntamente con la investigación y, en ocasiones, la administración–. Pero la vida y las actividades de un profesor no se reducen a la docencia. Por lo menos no en el mejor de los sentidos (pues hay muchos que solo prefieren enseñar; porque eso creen: que enseñan).

Reducir al profesor a la docencia comporta, asimismo, creer que el docente enseña, y el estudiante aprende. Dos relaciones, dos escalas, dos mundos perfectamente asimétricos, así las cosas. Esto es, el docente sabe y entonces enseña, y el estudiante aprende y obedece y sigue al docente. Por eso este califica y aquel se debate por las notas y los grados.

Pero la verdad, en ciencia como en la vida es muy otra. Contradictoriamente, las cosas verdaderamente importantes no se enseñan, ni se pueden enseñar. Solo se enseñan técnicas, reglas, doctrinas, todo lo cual, al final del día, si llega a ser necesario, son cosas con las que se puede dejar de vivir. Las cosas verdaderas no se enseñan. Se aprenden de quien las sabe. Pero quien las sabe no las enseña: las vive. Al fin y al cabo, la verdadera educación es ejemplarizante. Un tema que olvidan todas esas tecnologías que hoy se expresan en conceptos como “competencias”, “aprendizaje significativo”, y demás.

Desde luego que para aprender se requiere de alguien que sepa. Pero quien verdaderamente sabe no enseña: lo cuyo es una forma de vida, bastante más que un oficio o una profesión.

Digámoslo de manera franca: los profesores han sido degradados a “docentes”. Con ello la disciplina y el control han pasado al primer plano. Controles abiertos y sutiles, pero siempre cotidianos. Todo un escándalo para aquellos profesores –por tanto, maestros–como Sócrates, Hipatía de Alejandría, o Abelardo (el mismo de la historia con Eloísa), por ejemplo.

En el caso de las universidades, el uso de “docente” sucede, manifiestamente en dos circunstancias: o bien allá en donde existe un bajo nivel académico o científico, o bien allá en donde los administrativos son prácticamente dioses intocables. Y no es necesario que ambas circunstancias sucedan en espacios diferentes.

Por el contrario, en universidades de prestigio impera el concepto –y más que el concepto–, la relación de/con: profesor(a). Sin la menor duda, lo que se encuentra exactamente en juego es el respeto por el conocimiento, antes que el acatamiento a las normas, los indicadores y la gestión.

En una ocasión, un grupo de profesores de universidades muy destacadas en el mundo asistieron a la acreditación de una Facultad o un programa académico. Y para ser concisos, no aprobaron para nada la mayoría de puntos que estaban evaluando. Y una de las más fuertes conclusiones fue: “En nuestras universidades los administrativos no les dicen a los académicos lo que tienen que hacer”. Hablo del fracaso de un programa o de una Facultad de una muy prestigiosa universidad nacional.

Y en el caso de los colegios, el panorama no parece ser muy distinto. Con una salvedad. El uso de la palabrita “docente” es, en la inmensa mayoría de los casos, un asunto de atavismo, de uso, de costumbre. La gran mayoría de la gente lo usa acrítica e inconscientemente; esto es, de forma irreflexiva.

Es cierto que en materia de lenguaje el pueblo es rey. Pero es igualmente verdad que los procesos de desarrollo mental, cultural y social pasan por una crítica del lenguaje, como de estructuras y relaciones. Hacemos cosas con palabras. El drama no es ese: la tragedia es que en numerosas ocasiones las palabras terminan superponiéndose a las cosas y se sitúan, ellas, en primer lugar sobre las cosas mismas.

Con ilusión o utopía cabe pensar en un espacio y momento en el que quienes se dedican a la educación y hacen de ella una forma de vida puedan (volver a) ser profesores. Pero eso es un tema álgido: pues es un tema de desarrollo mental y cultural. El más difícil de los peldaños en el desarrollo de una organización, de una institución, o de un país.

Una vida en la mentira

La ética es un campo ingenuo e inocuo. Necesario ciertamente, pero incauto y tímido. La ética es la ciencia ficción del mundo cotidiano.

Ante las acusaciones públicas y mundiales de pederastia y la solicitud por parte de Naciones Unidas de informar y entregar a los curas pederastas, el Vaticano –ese mismo de Francisco, el jesuista–hace silencio. Y ese silencio es una forma de mentir.

Ante los medios de comunicación y la comunidad internacional, el presidente disminuye todos los efectos del espionaje y las chuzadas y, sabedor de los tiempos fatuos que vuelven ligera a la memoria, deja pasar la cosa a un segundo plano. Y se sienta con su familia a hablar de sus cosas y del mundo. Como si nada.

O aquel político que en época electoral declara unas cosas abiertamente en la primera vuelta pero luego dice absolutamente todo lo contrario en la segunda vuelta para querer ser favorecido con los votos.

Un militar asesino, en toda la palabra, ha logrado un ascenso gracias a falsos positivos. Y duerme en su cama, en una guarnición militar, conocedor de la unidad de cuerpo y de la fortaleza de la formación doctrinal. El resto le importa un bledo.

Un banquero sabe que las ganancias del sector financiero son muy superiores a las del sector productivo en cualquiera de sus formas gracias a la usura legalizada por el Estado. Usura que obliga a los usuarios de los bancos a pagar muchas veces más un crédito o una compra, y ellos acumular un capital que no podrán gastar en una vida: ni la suya ni la de sus familias. Y por otra parte, se llena la boca hablando de paz, justicia, responsabilidad social empresarial y democracia. Una patología institucionalizada.

Un exministro de agricultura ha favorecido la corruptela y el paramilitarismo distribuyendo ingresos, haciendo préstamos ilegales, permitiendo componendas favoreciéndose a sí mismo y a los otros: mientras abraza a su pequeño hijo en el juzgado donde se decide su suerte. Una mentira abrazando a una pequeña creatura, hasta ahora inocente.

Un profesor universitario es acusado de plagio por sus estudiantes en un doctorado en ciencias sociales y humanas de una prestigiosa universidad pública. El profesor acusa incomprensión y falta menor, y los directivos de la Universidad no se dan por enterados. Y claro, los estudiantes viven con miedo y zozobra. Acaso porque el profesor, entre otras cosas, le entrega puntajes a su Facultad y a su unidad académica.

Un equipo español oculta el precio de un habilidoso jugador, en blanco y negro, como una forma de lavar dinero, en medio de una crisis económica profunda de la cual el país no puede salir. Y su reyezuelo, mientras se divierte en safaris en África con la amante de turno, les habla tembloroso a sus ciudadanos de unidad y fortaleza, ignorando las corruptelas de su hija favorita. La mentira campeando en palacio, en los medios y en las calles.

Un presidente ha auspiciado el paramilitarismo en todas sus formas y su hermano ha sido directamente implicado por internos conocedores, y ambos mienten con descaro y no se les tuerce la cara.

Los casos se multiplican día a día, en todas las escalas: mundial, nacional, departamental, local u hogareña. La mentira es la forma de vida de la mayoría de los hombres públicos. La inmensa mayoría.

Pues bien, existe en inglés una distinción básica muy útil: aquellos que son giver y los que son taker. Esto es, lo que quitan, piden y roban, y los que ofrecen, ayudan, sirven. De manera muy amplia, la casi totalidad de empresarios, militares, políticos, sacerdotes de todo color, administradores y líderes son del segundo tipo. Gente que vive en la mentira –en toda la acepción de lo que le preocupa a la ética–. O, desde el punto de vista científico, a su complemento, la psiquiatría.

Estos son los que enferman al mundo y vuelven a la gente descreída y egoísta; por acción, o por reacción. Los adalides de los valores todos, los mecenas del nihilismo. En una palabra: los hombres de Davos. O del Vaticano. O del poder. En fin, hombres y mujeres que son y representan la quintaesencia del capitalismo, en toda la acepción de la palabra: político y económico, cultural y axiológico.

Ya lo señalaba con descaro Goebbels: una mentira repetida mil veces termina por convertirse en una verdad. Patología social, pandemia mental. O como lo sostenía ese colombiano representante de la extrema derecha, invitando a los suyos contra sus opositores y detractores, Gilberto Alzate Avendaño: “¡Calumnia! ¡Calumnia que algo quedará!”.

Lo verdaderamente incomprensible, desde el más sano de todos los sentidos comunes es, ¿cómo es posible vivir en la mentira? ¡Es tal el grado crónico y crítico de la enfermedad que no les da remordimiento de ninguna clase, que pueden mirar de frente a las cámaras de fotografía y televisión, mientras dicen lo que dicen que es lo que hacen!

¿Cómo hay gente a la que no se le dilatan las pupilas ni tartamudean, ni les tiemblan las manos ante la mentira, el engaño, la corrupción y la muerte? Que eso sucede ya no es tema, en absoluto de la ética, sino de la más refinada psiquiatría.

Esos agentes del poder –los takers, esto es, los tomadores de decisiones como eufemísticamente les gusta denominarse a sí mismos–, enferman a la sociedad a través de sus medios: los de comunicación, los pulpitos, las empresas y los gobiernos. Y hacen de los ciudadanos psicópatas: que oscilan entre dos mundos antagónicos e irreconciliables. Y que en los colegios imprimen cochinadas como educación cívica, educación ciudadana, cultura ciudadana, religión, y demás asignaturas semejantes.

La teología moral se hace una sola con los valores democráticos, y estos una sola cosa con las políticas públicas y privadas en gran escala. Vivir una vida en la mentira: la total patología.

Pues bien, como con acierto sostenía Nietzsche –entre otros–, derrumbar esas escalas de valores no es solamente un acto de valentía, sino, más radicalmente, es un acto de salud (¡y sanidad!) y una afirmación de la vida. Y la afirmación de la vida pasa por señalar que el núcleo mitocondrial de la ética es la psiquiatría. En los tiempos que corren, en la realidad de todos los días.

Afirmar la vida y hacerla posible: esto es una sola y misma cosa con denunciar esa anomalía cultural congénita que es la vida en la mentira. Vivir una vida buena es algo que se dice fácilmente, pero es extremadamente complicado. Significa despertar ese instinto natural de rechazo al olor nauseabundo de la mentira y el engaño.

Porque desde el punto de vista legal conocen todos los trucos para dilatar los procesos jurídicos y la identificación de responsabilidades. Porque, como se dice popularmente, el que hace la ley hace la trampa. Vivir una vida en la mentira es para todos ellos el reino de la impunidad, el paraíso. El más artificioso de los paraísos. Mientras les dura su tiempo...

¿Dormir ayuda a proteger el medioambiente?

Las preocupaciones por el medioambiente son crecientes. Nevadas fortísimas en E.E. U.U., nieve incluso en Arabia Saudí, inundaciones inclementes en Inglaterra y el norte de Europa, tornados en Asia. Al mismo tiempo diversos volcanes se reactivan en Centroamérica, a lo largo de la cordillera de los Andes, o en el sur de Europa. Los efectos del calentamiento global son evidentes, y los argumentos negacionistas se ven cada vez con más dificultades para sostener cosas como la regularidad de los ciclos críticos en la naturaleza, la inocuidad de la acción humana, la inevitabilidad de los procesos naturales...

Pues bien, ante el estado crítico de la crisis medioambiental, numerosos argumentos, estrategias y tácticas se vienen proponiendo y discutiendo.

Una reciente, no poco original, sostiene que dormir contribuye a disminuir los problemas medioambientales. De un lado, porque se consume menos energía (gas, electricidad, petróleo), se consumen menos productos y se genera menos contaminación y también menos polución. Y de otra parte, porque se producen menos desechos – tóxicos, basuras, vegetales, y otros semejantes–. Así las cosas: más vale dormir para que la naturaleza pueda recuperarse mejor, y nosotros, los seres humanos, generar un menor impacto en el medioambiente.

La propuesta de dormir para ayudar a la naturaleza es moderada: basta con que las personas duerman una hora más. Esto, acumulado por los más de seis mil millones de personas y distribuidos en las diferentes zonas horarias del planeta contribuiría enormemente a la salud del planeta. Ya se sabe: pequeñas acciones coordinadas con enormes efectos e impactos a gran escala.

El argumento, bien intencionado, acaso, es ingenuo y, al cabo, falaz. Al fin y al cabo, la entropía generada por el acto de dormir es demasiado baja. En contraste, lo que se necesita no son acciones pasivas (sin ignorar que dormir es una acción humana), sino, por el contrario, acciones de gran impacto coordinadas en diferentes escalas.

La crisis del medioambiente es el resultado del hiperconsumismo, la producción de productos de ciclos cortos de vida, y un estilo de vida desenfrenado y enfermizo, cuya base es el sistema de libre mercado. Producimos y consumimos cosas que no necesitamos ni que queremos.

Ahora bien, vale siempre distinguir –¡y separar!– la crisis del medioambiente de una crisis ecológica. En numerosas ocasiones los medios hablan de crisis ecológica. La expresión está mal empleada. La ecología y la naturaleza no están en crisis. Lo que propiamente se encuentra en crisis es el medioambiente. Y la ecología es una de las muchas herramientas mediante las cuales estudiamos e intentamos resolver esta crisis, al lado de la economía, las políticas públicas, etc.

Los partidarios del preservacionismo son más conservadores y defienden acciones indirectas ante los riesgos, crisis y problemas ocasionados sobre el medioambiente. En contraste, quienes defienden el conservacionismo no descartan las acciones indirectas, pero claman por acciones directas y responsables sobre el medioambiente. Aquellos, por ejemplo, refutan la importancia de la tecnología y la condenan; estos, en contraste, llaman por el desarrollo de más y mejores tecnologías, verdes o limpias.

Pues bien, dormir para ayudar al medioambiente es clásico de una postura preservacionista. El problema es la justificación científica real del propósito. ¡Al fin y al cabo, numerosos monstruos nacen en la pasividad del sueño, y se transforman en pesadillas!

La crisis del medioambiente forma parte –esto es, es un componente– de la serie de crisis sistémicas y sistemáticas a las que asistimos hoy en día. Crisis económica y financiera; crisis social y de confianza; crisis de los partidos y los sistemas políticos; crisis cultural y de valores, para mencionar tan solo algunas de las más populares.

Y a una crisis sistémica solo se la puede atender de manera correspondientemente sistémica; no por tratamientos analíticos, es decir, parciales.

De manera genérica, la crisis del medioambiente es obra del ser humano. Pero, de manera particular, se trata de la crisis ocasionada por el sistema de libre mercado; es decir, el capitalismo. El capitalismo salvaje o el de cara humana (“la tercera vía” y la social–demócrata), en fin, el modelo económico vigente. En una palabra, la crisis generada por el “hombre de Davos”.

Al fin de cuentas, no es la naturaleza la que se encuentra en crisis: es el sistema del capitalismo globalizado el que genera estas crisis, solo que las hace ver en “lo otro”, y no como propias. Las crisis sistémicas y sistemáticas ponen de manifiesto que asistimos a un momento intelectual apasionante en la historia de la humanidad: una auténtica crisis de civilización. Y a una crisis de civilización no se le solucionan las cosas con dormir algo más.

Al fin y al cabo a una inmensa franja de la sociedad que vive en la pobreza, incluso en la miseria; a una franja grande de la población que vive subalimentada y con muy serias dificultades para conseguir trabajo o conservarlo; a grandes grupos humanos perseguidos por grupos armados –legítimos o ilegítimos– para quitarles la tierra y desplazarlos; a ingentes cantidades de seres humanos que viven sin la esperanza y en el día a día, por ejemplo, no se les puede pedir con responsabilidad que duerman una hora más.

Después de todo, como con acierto ha sostenido Leonardo Boff, el principal problema medioambiental en países como los de América Latina se llama pobreza. Y la pobreza es, claramente y de lejos, el principal problema medioambiental del mundo contemporáneo. La pobreza y la inequidad. Y sus vástagos: la violencia y el sufrimiento.

Una noche de sueño plácido no puede ser el punto de partida. Por el contrario, es el resultado de profundas transformaciones del sistema de civilización en el que hemos vivido.

Crisis y ciencia (o filosofía). El caso de Francia

Desde luego que el mundo no está hecho de consensos y mucho menos de unanimidades. Manifiestamente que el mundo no es llano ni plano y que, por el contrario, lo definen montañas, peñascos, abismos y playas. Naturalmente que los seres humanos no son ángeles ni demonios, sino ambas cosas a la vez, en una mezcla que es el resultado de las variaciones del tiempo y de los avatares.

Vivimos tiempos turbulentos, y la predicción a mediano y largo plazo se hace cada vez más difícil. Tan solo, en el mejor de los casos, funciona la predicción a corto plazo; y cuanto a más corto plazo, mejor.

Los titulares de prensa presentan noticias aciagas, y la salud mental es un mal endémico que galopa entre noticieros, páginas web, comentarios llenos siempre de doxa con pretensión de sapiencia, en fin, un aire de desazón, desasosiego y pesimismo contamina los aires que respiran los humanos.

Algo de apocalipsis se ventila en más de una mente, y cada quien trata de ajustarse lo mejor que puede a lo que acontece, mientras sucede lo del instante siguiente. Las crisis se entretejen de múltiples maneras y las organizaciones e instituciones diagnostican y sobre-diagnostican el presente de formas cada vez más variadas.

Un caso notable es Francia, con los ataques recientes por parte de uno de los engendros de la propia civilización occidental, el Estado Islámico. (“Así paga el diablo a quien bien le sirve”, solían decir las tías y las comadronas no hace mucho tiempo). Todo el mundo occidental se solidariza con el país de la Ilustración, la Enciclopedia y la Revolución política de la burguesía. No podía ser de otro modo.

Pues bien, vale la pena fijar la mirada en una de aquellas ventanas pequeñas para la inmensa mayoría de la sociedad. De acuerdo con una prestigiosa revista científica –Science, uno de esos íconos del saber, la ciencia y el descubrimiento–, el principal centro de investigación científica, aquel que reúne acaso a los mejores cerebros del país galo, ha decidido responder de manera creativa a los ataques y la crisis, a los peligros de securitización de la democracia y militarización de la política, dos peligros por los que se deslizan espíritus rancios y peligrosos.

El CNRS (Centro Nacional de Investigación Científica) ha tomado una decisión –colectiva–. Se trata de pedir a científicos y académicos, a investigadores y pensadores, a filósofos y escritores luces. Luces que permitan comprender lo que está sucediendo, pero particularmente luces para entender qué puede suceder a continuación.

La noticia se encuentra en el sitio www.sciencemag.org, y afirma que es necesario un esfuerzo interdisciplinario para comprender el momento presente. En otras palabras, la comunidad pensante entiende que el asunto no puede ni debe quedar en manos de los tomadores de decisión (decision−makers, horribile dictum), manifiestamente no únicamente en manos de comités de crisis y, por tanto, tampoco principalmente en manos de fuerzas de seguridad y agentes del Estado.

Científicos, académicos y pensadores de toda clase deben poder contribuir a la más apasionante y difícil de las tareas de la existencia: comprender el mundo, entender las cosas y lo que acaece. Como es sabido en buena ciencia, una predicción es tan solo el valor agregado que resulta de una buena comprensión, de tal suerte que solo quien comprende bien puede alcanzar, por derivación, una cierta capacidad predictiva.

La buena ciencia ya no predice, en contraste con la ciencia clásica, el modelo de la ciencia normal. Por el contrario, la buena ciencia de punta –como por lo demás la buena filosofía, dicho en passant–, se plantea hoy por hoy desafíos de mayor envergadura: comprender los procesos, los fenómenos, las dinámicas en curso. En tiempos en los que los ritmos se precipitan unos sobre otros, y en los que la información y los datos galopan desbocados.

Desde luego que existen críticas hacia Francia, en muchos órdenes y con numerosas razones. No se trata aquí de tomar partido en términos de culpables y/o inocentes. El mundo se ha tornado magníficamente más complejo. Después de todo, Francia –análogamente a cualquier otro país o nación– es tan solo un gran nombre, una gran palabra.

El comportamiento del CNRS, en cabeza de su presidente Alain Fuchs, es anodino en cualquier país del orbe. No son conocidos otros casos, ni en Estados Unidos ni en Rusia, ni en Brasil ni en la China, por mencionar tan solo, caprichosamente, algunos ejemplos conspicuos, de que el máximo órgano de ciencia e investigación convoque públicamente a los más educados y formados de los ciudadanos a participar con sus herramientas específicas: pensamiento y reflexión, crítica y análisis, síntesis e imaginación, en fin, experimentación y juego a pensar su país, y con él, lo que acontece en el mundo.

Un verdadero ejemplo que señala, dicho sin pasiones, que la Ilustración no ha fenecido del todo, ese movimiento social e intelectual que tenía como uno de sus epítomes el llamado a que cada quien sepa y piense por sí mismo: ¡Sapere aude! (Atrévete a saber). Una idea que en tiempos de mera opinión, de adoctrinamiento e ideologías variopinto suena de lo que fue también en su momento: un grito de rebeldía y revolución, un gesto de autonomía e independencia de criterio propio.

¿Alain Fuchs? Un gran desconocido para el gran público. Químico experto en simulaciones moleculares. Al fin y al cabo, hay que decirlo, la química es en el mundo actual la más social de todas las ciencias sociales; si no, basta con mirar, literalmente alrededor nuestro: desde la mesa en que comemos o escribimos hasta las paredes que nos rodean y mucho más allá. Y la simulación: esa forma particular de hacer ciencia en el siglo XXI, y que supera con mucho a la ciencia normal. La simulación (¡que ni siquiera el modelamiento!), esa expresión tecnológica de aquella condición sin la cual absolutamente nadie puede llamarse a sí mismo investigador ni científico en el mundo actual, a saber: la capacidad para llevar a cabo experimentos mentales y jugar con la imaginación.

Sin eufemismos: la imaginación, la más exigua de todas las herramientas sociales y culturales en tiempos de zozobra. Pero, al mismo tiempo, la más vital de las formas de pensamiento de un sistema vivo.

Los cuatro demonios del hiperconsumo

Está claramente identificado: una de las razones –causas– de la crisis sistémica (crisis del medioambiente, crisis financiera, crisis social, etc.), es el hiperconsumo. El cual consiste, para decirlo de manera puntual en una dúplice característica. Del lado de los productores, la producción deliberada y estratégica de productos de ciclo corto de duración. Y del lado de los consumidores, en el consumo como forma de vida, estándar de vida y estilo de vida; tres cosas diferentes que, en este caso, coinciden y se refuerzan. Ambas características conforman la esencia del capitalismo; o el sistema de libre mercado. Aunque ellas no agotan, en manera alguna, los fundamentos, alcances y fines del capitalismo.

En una semblanza apocalíptica, debemos identificar a los cuatro demonios (jinetes) del hiperconsumo. Estos son:

 La publicidad. En realidad, la publicidad y la propaganda bombardean permanentemente, notablemente a través de los grandes canales y medios de comunicación y en todas sus formas, la necesidad de consumir –adquirir, poseer, exhibir– los productos anunciados. Productos o servicios; espacios o experiencias. Desde un producto determinado hasta un viaje o sistema de vacaciones y demás. Aun cuando los especialistas lo niegan a puño cerrado, la publicidad y la propaganda consiste en la creación de necesidades. Y estas apuntan hacia y se fundamentan en la idea fundamental del capitalismo: el crecimiento de la economía como el crecimiento mismo del consumo.

 El diseño industrial. El diseño industrial –que nace a mediados del siglo XX, pero precedido desde algunos desarrollos de finales del siglo XIX– constituye uno de los pilares del sistema de libre mercado. El diseño industrial precede y funda, al mismo tiempo, a otros tipos de diseño: gráfico, textil, arquitectónico, de moda, y otros. Dicho de manera franca y directa, el diseño conduce hacia la apariencia, acabado, “bonitura” y atracción formal del producto, el servicio o la experiencia. Son numerosos los productos que son líderes en el mercado simple y llanamente por su diseño. El diseño industrial contribuye activamente a la creación de necesidades a partir de la pura representación externa del producto.

 El mercadeo. Uno de los fundamentos del capitalismo es el mercadeo (o marketing), en todas sus expresiones y variantes. Y este se ha venido desarrollando en términos de segmentación y especialización de sectores de la población. Literalmente crea estilos de vida, estéticas, comportamientos, valores y expectativas orientadas todas hacia el consumo activo y al crecimiento de la economía. No es posible ninguna empresa en el capitalismo que no esté sólidamente fundada en campañas de mercadeo, imagen, fidelización del cliente y demás.

 El sistema de crédito. El sistema de crédito es el resultado del sistema de reproducción ampliada que caracteriza al capitalismo, y cuyo estilo de vida está volcado hacia la producción de deseos y promesas, sostenidos y garantizados por el sistema de crédito. Ya sea en la forma de las tarjetas de crédito o en el sistema del “pague ahora y lleve después”, el sistema de crédito es una de las caras de la moneda cuya contracara es el sistema de riesgo, uno de los pilares del capitalismo financiero. El sistema de crédito es, literalmente y sin exageraciones, venderle su alma al demonio: la cosa comprada se paga varias veces más por encima de su valor real, y los intereses de pago desbordan con mucho el valor efectivo de la cosa adquirida.

Pues bien, estos cuatro demonios conforman un solo cuerpo, una hidra de cuatro cabezas, cuya finalidad consiste en crearle necesidades a los seres humanos; necesidades que, bien pensadas las cosas, ellos no requieren en absoluto. Literalmente: antes que satisfacer necesidades básicas, el capitalismo consiste en una generación de necesidades, artificiosas.

La creación de necesidades falsas, ficticias, no es otra cosa que el encadenamiento y la opresión, la atadura y el esclavismo. Nunca fuimos, en toda la historia de la humanidad, tan serviles y tan esclavizados como bajo la égida de estos cuatro demonios del capitalismo. Desde el punto de vista de la dependencia material (=commodities, mercancías), el capitalismo constituye el epítome del encadenamiento y la cosificación del mundo y de la vida.

En efecto, hay gente que no vive: solo vive para trabajar (y eso no es vida), y trabaja para pagar las deudas, y consumir. Un sistema que reduce a la gente a estas condiciones no merece una segunda oportunidad sobre la tierra. Más allá de ideologías, banderas y filosofías, en esto exactamente consiste un sistema de derechas. En generar necesidades que la gente no necesita.

La verdadera libertad, la verdadera autonomía e independencia es muy fácil. Consiste, simple y llanamente, en saber qué queremos y qué necesitamos. Y la inmensa mayoría de las cosas que el mercadeo, el diseño, la publicidad y los sistemas de crédito ofrecen no son otra cosa que delirios y fantasmas, fantasías y tentaciones, promesas de falsa felicidad. Fausto y Mefisto, Belcebú y Baal Zabun. Luzbel y Damián y Kalifax; y tantos otros nombres. El capitalismo es un sistema demoníaco.

Son muchas y permanentes las tentaciones que el sistema de libre mercado nos ofrece para hacernos creer que somos libres y que la vida consiste en consumir. La traducción filosófica del capitalismo es la de un sistema de representación y el dominio de la apariencia. Apariencia y forma, los lenguajes de los cuatro demonios que encadenan a la existencia. O como lo dice algún filósofo francés, el capitalismo convierte a los seres humanos en máquinas deseantes. Desean las cosas, desean los productos que otros consumen, en últimas, desean los deseos de los otros. Con lo cual el capitalismo se revela como un sistema esquizofrénico, generador de esquizofrenia a escala masiva.

En contraste, la salud comienza por los límites del hiperconsumo y atraviesa, de manera necesaria, por ese terreno. La salud individual como la colectiva, la de la sociedad como la de la propia naturaleza.

Todo lo cual nos conduce, por otro camino, al reconocimiento de base, en buena economía, según el cual, una cosa es el crecimiento económico y otra muy distinta el desarrollo económico. Y que una cosa es el crecimiento del mercado, y otra muy diferente el desarrollo humano. Hasta el punto de que el crecimiento de la economía generalmente va acompañado de una reducción de la calidad y la dignidad de la vida. Y el afán del sistema por hacer que crezca la clase media y se consolide es al mismo tiempo el reconocimiento de que esta clase se endeuda y adquiere ritmos de vida –esto es, ritmos de consumo– que terminan por devorar a los individuos.

Más no es mejor (more is not better). Y el tema de base se convierte entonces en la clase de vida que sabemos que queremos, o que sabemos que podemos llevar. Es cierto que vivir en el capitalismo requiere disciplina y fortaleza. Disciplina económica y financiera, por decir lo menos, y fortaleza mental y carácter. Cosas que, como ha sido dicho con acierto, no existen, pues todo ha terminado por volverse líquido, en pensamiento débil, en la vida medida por el salario para el consumo. Falso bienestar, conciencia enajenada.

Pues bien, aún mayor fortaleza y disciplina se requerirá para superar el capitalismo. O lo que es equivalente, más vitalidad se requerirá y, a la vez, será posible con la eventual superación del sistema de libre mercado.

En fin, el reconocimiento y el rechazo del hiperconsumo. Un tema de la mayor complejidad.

De ciencias políticamente incorrectas

Lo dicho: hay ciencias políticamente incorrectas. Se trata de aquellas que son molestas para las buenas conciencias –conciencias sumisas e institucionalizadas–, y para el buen orden y desarrollos de las cosas sin sobresaltos. Es decir, todo lo contrario a la ciencia en general, strictu sensu.

La ciencia supone e implica a la vez una actitud bien determinada, a saber: la crítica. Crítica a los saberes establecidos, a los saberes circulantes, a los supuestos no explicitados, a los implícitos acomodaticios, en fin, a la autoridad sin más. Desde Sócrates hasta Descartes, desde Husserl hasta la Escuela de Frankfurt, por mencionar tan solo algunos pocos ejemplos conspicuos, al azar. Un científico reconocido –F. Dyson– lo dice de manera franca y directa: “El científico es por antonomasia un rebelde”. Claro, supuesto que se habla de quien se mueve en las fronteras del conocimiento, y hace de la innovación, en el sentido al mismo tiempo más amplio y fuerte de la palabra, un asunto propio, una forma de vida.

Por regla general, las ciencias políticamente incorrectas entran en el conjunto de las ciencias sociales y humanas; no tanto de las ciencias llamadas clásicamente naturales y exactas. Ejemplos diáfanos de estas ciencias molestas para la “conciencia política normal” son: la sociología, la antropología, la historia, la estética. La bibliografía acerca de las razones por las cuales cada una de ellas es molesta para las buenas instituciones es amplia y sugerente.

Detrás de cada sociólogo, se decía y se dice, viene un revolucionario. La antropología fue siempre el estudio de lo extraño, diferente, ajeno y exótico; pero no es ya necesariamente de lo controversial “allá”, sino “aquí mismo”. Dentro de las áreas más escandalosas de la antropología, con seguridad se destaca la antropología política, pues usualmente predomina la imagen de la antropología cultural y la física, principalmente. La historia ha sido objeto de amplios debates, todos centrados en el interés por cooptarla versus la crítica a esa cooptación. Ya la historia monumental ha quedado relegada a lugares muy secundarios, y el eje de todos los debates pivota en torno a la historia contemporánea y a la crítica en torno a los mitos fundacionales. Por su parte la estética, como señala con acierto J. Rancière, produce un profundo malestar; la razón es que ella ya no se ocupa exclusivamente del arte, y ciertamente lo bello es solo uno de sus intereses.

En realidad, sin embargo, estas cuatro ciencias o disciplinas (para el caso su clasificación es irrelevante) constituyen solo la avanzada de ese conjunto molesto de las ciencias sociales y humanas.

Hacer ciencia es, en efecto, una cuestión muy difícil en un medio como el nuestro. La razón principal no estriba en su financiación, en la conformación de redes nacionales e internacionales, en la importancia del bilingüismo, en la publicación de artículos en revistas de alto impacto internacional o en la existencia o no de laboratorios, al lado de bases de datos y demás. Todo aquello es ciertamente importante, no cabe duda. Pero la dificultad de hacer ciencia es porque esta demanda de entrada y permite de salida un espíritu libre, crítico. Algún teórico de la ética y la política podría incluso hablar de “democracia radical” al respecto. En contextos de miedo, de violencia sistemática y sistémica, de ideología y adoctrinamiento, hacer ciencia es un asunto extremadamente complicado. Pues lo de la ciencia no consiste ni se reduce a herramientas y a técnicas, sino a estructuras de pensamiento y a formas de vida que se traducen en acciones y palabra abierta.

La división de las ciencias, la errónea creencia de que existen campos, áreas y tradiciones disciplinarias específicas le hace un flaco favor a la formación ciudadana en ciencia y tecnología. La ciencia de punta hoy en día es de carácter no disciplinar. Es lo que genéricamente se designa como inter, trans y multidisciplinariedad y que corresponde en realidad al trabajo integrado, horizontal y mutuamente participativo entre ciencias y disciplinas diferentes con base en los problemas: problemas identificados, problemas de trabajo. Léase bien: problemas, y no ya hipótesis.

En verdad, las ciencias políticamente incorrectas enseñan a tomar distancias con respecto a las reglas y recetas, las normas y las costumbres, el sentido común, la autoridad, el poder y la fuerza. Que son, todos, o bien acríticos, o confesionales y sumisos a intereses ajenos a la propia ciencia y disciplina. Las querellas más agudas incumben a estos grupos de ciencias y disciplinas, y difícilmente a las ciencias de la computación, la química o la biología, por ejemplo. Querellas teóricas que implican acciones reales en el mundo.

Sin embargo, el tema no se queda únicamente del lado de las ciencias sociales y humanas. Más radicalmente, el pensamiento abstracto constituye un motivo de sospecha y de desprecio por parte de las buenas conciencias. Pues bien, los tres ejemplos destacados de pensamiento abstracto son la lógica, la matemática y la filosofía. El colombiano normal ha sido habituado, por múltiples mecanismos y actores, a creer que todo debe ser concreto, aplicado y servir para algo. No en vano la inmensa mayoría de profesionales en Colombia son: administradores, ingenieros, médicos y abogados. Pues bien, estos son en realidad oficios: un oficio es aquello que la gente hace, y lo hace (muy) bien. Una profesión, por su parte, consiste en saber hacer alguna cosa. Y la ciencia, finalmente, es una reflexión, una crítica, una fundamentación o una transformación tanto de los oficios como de las profesiones. Y todo ello implica un espíritu de radicalidad, en el sentido filosófico de la palabra. Baste recordar, por lo demás, que en toda la historia de la humanidad jamás ha habido ni un solo lógico que haya sido partidario de regímenes verticales, dictatoriales, violentos o excluyentes en toda la línea de la palabra. Por el contrario, los lógicos siempre han sido críticos de la normalidad y la verticalidad en toda su extensión. (Con respecto a la filosofía, recuérdese cómo las AUC, por ejemplo, prohibieron en una importante universidad de un departamento de la costa la enseñanza de la misma. En este caso, el malestar que produce consiste en el ejercicio y el llamado a la reflexión, que es crítica).

¿La ciencia, he dicho? El panorama puede ser más amplio y sin ninguna dificultad compete igualmente a la poesía y, por derivación a la literatura. Los espacios que ha ganado la poesía se han logrado al costo de un distanciamiento con respecto a valores, principios y criterios como eficiencia y eficacia, maximización y optimización, entre muchos otros. Es, por antonomasia, el espacio de la libertad del espíritu.

En los tiempos que corren de las llamadas locomotoras (un símil típicamente decimonónico, por lo demás), la más atrasada es la de ciencia y tecnología, algo que ya ha sido reconocido por Tirios y Troyanos. El énfasis parece ponerse, como es efectivamente el caso, en herramientas e instrumentos antes que en estructuras y procesos. Y es que hablar de ciencia y tecnología implica, de entrada el claro reconocimiento de que no existen jerarquías de ciencias y conocimientos, y que, como todo buen organismo, el desarrollo es global e integrado. ¿Dónde está el espacio para la música, por ejemplo? Lo que quiere priorizarse es aquella “ciencia” de impacto inmediato y directo: efectista, como el mal cine.

La formación de opinión: el ejemplo de J. C. Mariátegui

Los artículos y columnas de opinión cumplen varias funciones. Por ejemplo, sirven como arma de denuncia, y entonces van acompañados de datos y valor sólidos. O bien están orientados a tratar, por razones de espacio, un tema puntual, de manera autocontenida. Dependiendo del origen del medio, se ocupan de asuntos locales, siempre importantes, o bien de temas de envergadura nacional o mundial. Incluso, en ocasiones, sirven para plantear gustos propios, posturas personales, comentarios con carácter líquido.

Pero, de otra parte, los hay que redundan en la opinión y sirven solo para exaltar la doxa, que como decía Descartes, es la cosa mejor repartida en el mundo; a saber, el sentido común. Que es, política y culturalmente hablando, siempre, el fundamento de las derechas y los fundamentalismos. Claro, cuando no se ocupan esos artículos y columnas de posturas pseudo-intelectuales. Que las hay de aquellos opinadores que gustan mirar sus textos como la imagen de sí mismos en un espejo.

Aunque, los más valiosos son siempre aquellos artículos y columnas que, en el sentido primero de la palabra forman opinión. Por consiguiente, están ambientados en posturas críticas, en un sano sentido de autonomía e independencia. Y sin bajar la cabeza ni ante Tirios ni ante Troyanos. Hacen más, mucho más, que simple análisis de la realidad o de un acontecimiento.

Hay una figura que en la historia de América Latina fue esencial y que funge como sedimento de la cultura misma. El intelectual. Algo que ya hoy en día no existe; o en muy poca medida.

Nombres como Mariátegui y Estrada, Reyes y Enríquez Ureña, Ingenieros y Arguedas, D. Sarmiento y Arévalo Martínez, Vasconcelos y G. Belli, para no hacer una lista detallada.

Autores reconocidos más allá de su especialidad, más allá de su patria, y con un fuerte sentido de país. Autores que, por lo demás, al mismo tiempo que pensaron su territorio, tuvieron a América Latina en el foco, y fueron conocedores del mundo. Por vivencia propia.

Quisiera considerar aquí un ejemplo conspicuo: José Carlos Mariátegui, peruano (1894-1930). Y su obra cumbre: Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana.

Mariátegui escribe el libro a partir de una serie de artículos dispersos y sin gran articulación de partida, que había publicado en las revistas Mundial, Variedades y Amauta (de la que fue su director), y en el diario limeño El Tiempo. Como lo dice el intelectual peruano: “Mi trabajo se desenvuelve según el querer de Nietzsche, que no amaba al autor contraído a la producción intencional, deliberada, de un libro, sino a aquél cuyos pensamientos formaban un libro espontánea e inadvertidamente”.

La formación de opinión consiste en un dúplice movimiento, así: de un lado, se aportan elementos de juicio fundamentados y con alguna referencia a datos, en función del contexto y el tema; y al mismo tiempo, de otra parte, se busca superar los lugares comunes (=sentido común; doxa; opinión) para elevarlos, en la medida de lo posible, supuestas las limitaciones de tiempo y espacio, a un nivel de concepto.

En otras palabras, la formación de opinión es un ejercicio de reflexión, crítica e independencia con respecto a los lugares comunes. Pues, efectivamente, el sentido común, de suyo, es acrítico. Y sirve bastante poco para procesos de crecimiento, desarrollo y liberación, individual, colectivo o social. Por el contrario, estos procesos requieren, absolutamente, superar los lugares comunes de la opinión y el sentido común.

Mariátegui no cree –con razón– en la objetividad. “Otra vez repito que no soy un crítico imparcial y objetivo. Mis juicios se nutren de mis ideales, de mis sentimientos, de mis pasiones”.

Se trata, a todas luces, de un autor comprometido con el país, con la cultura y la historia nacionales del Perú (en su caso). Y por consiguiente, ajeno a la idea (eso: ideológica, deformada) de objetividad, que acaso el positivismo y el neopositivismo trataron de imponer en algún momento. Cercenando, así, justamente, la vinculación entre la vida y la obra, entre los sueños y el mundo. Dice Mariátegui: “Mi pensamiento y mi vida constituyen una sola cosa, un único proceso. Y si algún mérito espero y reclamo que me sea reconocido es el de –también conforme a un principio de Nietzsche– meter toda mi sangre en mis ideas”.

Quien fuera considerado ya en vida como el más grande ensayista y filósofo latinoamericano. Él, que nunca tuvo ninguna formación académica de fondo. Hecho a pulso y contra viento y marea: un autodidacta. A pesar de –eso sí– haber tomado varios cursos en Lima y en Italia, en Francia, Alemania y Austria y en sus viajes, pero sin haberlos llevado nunca a feliz término. Cosa que, acaso, no lo necesitaba.

Mariátegui es un ensayista socialista, y se reclama del socialismo en sus ideas y pensamiento. “Tengo una declarada y enérgica ambición: la de concurrir a la creación del socialismo peruano”. Y agrega: “Estoy lo más lejos posible de la técnica profesional y del espíritu universitario”.

Pues bien, los Siete ensayos tienen, manifiestamente, la génesis de artículos de periódico y revistas. Impresas en su momento; hoy podríamos decir, además, digitales. El libro, simplificando un poco las cosas, ha incorporado algunas notas de pie de página (habitualmente imposibles en artículos y columnas), y alguna que otra referencia bibliográfica.

Los Siete ensayos comprenden: el esquema de la evolución económica, el problema del indio, el problema de la tierra, el proceso de la instrucción pública, el factor religioso, el regionalismo y centralismo, y finalmente, el proceso de la literatura. A su vez, cada ensayo tiene un lenguaje sencillo y directo, pero crítico y juicioso. Literalmente, cada parágrafo de cada ensayo es autocontenido, y es en la lectura de unos con otros que se aprecia la unidad de la obra. Y, sin embargo, “Ninguno de estos ensayos está acabado: no lo estarán mientras viva y piense y tenga algo que añadir a lo por mí escrito, vivido y pensado”.

Artículos en proceso; ensayos vivos; pensamiento en desarrollo. Con esa salvedad: la especificidad del género “ensayo”, que fue muy bien apropiado, y hecho suyo en cada caso, por parte de los intelectuales latinoamericanos.

Con una idea clara en mente: formar opinión implica para todos ellos algo más, mucho más, que destacar asuntos locales, centrarse en facetas de su ego, o en análisis minimalistas de diverso cuño. Una labor difícil, en verdad.

Cuando existían, en el sentido prístino de la palabra, intelectuales en América Latina. Pues con el tiempo, todos terminaron convirtiéndose en empleados: públicos unos, privados otros: profesores universitarios, consultores, asesores, y demás.

Formar opinión: una expresión que se dice fácil, pero es extremadamente difícil de llevar a cabo. Debido a que la urgencia de los análisis y reflexiones de coyuntura –necesarios siempre–, no permiten una obra, pues al cabo del tiempo se vuelven textos vetustos. Mariátegui es, entre otros, un buen ejemplo de cómo lograr a la vez dos propósitos: artículos pertinentes y una obra inteligente.

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Yaş həddi:
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Litresdə buraxılış tarixi:
22 oktyabr 2025
Həcm:
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ISBN:
9789587391718
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Bookwire
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