Kitabı oxu: «El pericazo sarniento»

Şrift:

El pericazo sarniento

(Selfie con cocaína)

Carlos Velázquez



Gente poseída por las drogas

La cocaína llegó a mi vida como la zapatilla al pie de Cenicienta.

En 1978 Hunter S. Thompson dijo: “Lejos de mí la idea de recomendar al lector drogas, alcohol, violencia y demencia. Pero debo confesar que, sin todo eso, yo no sería nada”. Es una coincidencia escalofriante que lo haya pronunciado el año de mi nacimiento. Cuando leí esta declaración de principios me sentí plenamente identificado. Sin las drogas no sólo no me hubiera dedicado a escribir, sino que jamás me habría sentido un ser humano.

La cocaína acudió a mí cuando más la necesitaba. Estas memorias no son una apología de la droga. Son el testimonio de mi paso por la adicción. Al alcohol, al lsd, pero principalmente a la cocaína.

La soda, el chichiflín, el pascual, el fifí, el corn flakes, la caspa del diablo, doña blanca, etcétera, ha sido con quien he entablado la relación más duradera de mi existencia. La coca me ha acompañado siempre. Como Thompson, sin la cuota de locura que nos proporcionan las drogas no sería nadie. Antes de probarlas mi vida era más aburrida que la de un gusano de granja.

Si algo tiene el infierno es que siempre está dispuesto a rescatarte. A mí me salvó de la inopia para meterme a una lucha que ha durado cuarenta años. El tratar de dejar la cocaína.

La soda me adoptó pero desde hace dos décadas me ha inoculado una angustia que no le deseo a mi peor enemigo. Sin embargo, aquí estoy, en mi esquina, esperando el sonido de la campana para mi próximo asalto.

Qué me empujó hacia las drogas. No lo sé. No es cuestión de clase social. Tampoco creo que se deba a la genética. O a los traumas de la infancia. Es como muchas cosas de este hermoso mundo algo que no tiene explicación.

En una ocasión me preguntaron sobre mi manifiesto consumo de cocaína. Respondí que si éste fuera un país donde las drogas fueran legales el morbo que despierta que un escritor sea adicto estaría en un plano secundario.

Comencé en las drogas antes de adherirme al mundo de la literatura. Algo en común tienen. Yo comencé a drogarme por aburrimiento. Y por la misma razón empecé a teclear. La literatura me dio una ocupación. Y las drogas un abismo. Pero también redención.

Cuando descubrí la cocaína me brotaron lágrimas de felicidad como a Dennis Rodman en 1990 al ser nombrado el defensivo del año.

Smalltown

Cuando se posee ambición no existe peor maldición que nacer en un pueblo pequeño. Lou Reed tiene una canción al respecto. “There’s only one good thing about a small town, you know that you want to get out.” Para convertirte en un adicto es indispensable contar con el deseo de huir. De cualquier cosa. Yo anhelaba escapar de mi circunstancia.

Tuve una infancia descarriada. Fui literalmente un niño de la calle. Vendí chicles a los ocho años por instrucciones de mi abuela. Un acontecimiento me marcó profundamente. Los Rolling Stones sembraron en mí la semilla del mal una tarde que entré a Discos Beto. La portada de Let It Bleed me hablaba desde lo alto de una pared. El vinyl se encontraba flanqueado por discos de heavy metal. La imagen con el pastel me parecía más intrigante que el pentagrama de Shout at the Devil de Mötley Crüe. Yo no lo sabía, pero todo el blues, el country y el rock contenido en el disco estaban ya dentro de mí. Supe entonces que no pertenecía a mi entorno. Que estaba atrapado. Y que era imperativo largarme. Se convirtió en un ritual. Todos los días peregrinaba hasta la tienda de discos para contemplarlo.

Éramos pobres. La casa, un cuartucho donde vivía, goteaba. En temporada de lluvia amarrábamos un plástico enorme a los cuatro extremos del techo. Agujereábamos el hule por el centro y debajo colocábamos un bote, entre el ventilador y la tele. Sólo teníamos una cama. Como me resistía a compartirla con mi madre, dormía en un sillón. Lo que me ocasionó una desviación en la columna. Décadas después, corregirme la postura empecinadamente era la actividad favorita de mi ex esposa rica. Mientras mis años de formación transcurrían en lotes baldíos, vados y el lecho de un río seco, ella estudiaba en el Colegio Alemán, montaba los caballos de la cuadrilla de su padre y recorría el mundo en cruceros.

Fui el único del barrio que no vivía con su padre. Lo que me granjeó una cantidad inagotable de bulin. La culpabilidad que experimentaba mi madre era imbatible. Lo deduzco por la colección de figuras de Star Wars que acaudalé. Estaba rankeado en el tercer lugar de los coleccionistas. Sólo por debajo de dos compas. Este tipo de contrastes, el extremo entre pobreza y posesión, son los que configuran la mente de un adicto. La carencia fortalece el espíritu. Pero el consentimiento le allana el camino a la droga. Quieres evitar que tu hijo sea un atascado, no lo complazcas.

Mi primer contacto con el rock & roll ocurrió una tarde en casa de un pariente. En la mía no había cable. Nuestros fondos se malgastaban en tratar de impermeabilizar la azotea infructuosamente. Lo que necesitábamos era un techo nuevo, es decir una casa nueva. Encendí la tv y me entregué al zapping. Me detuve por coincidencia en mtv Clásico. En la pantalla aparecieron los Ramones interpretando “I Wanna Be Sedated”. Mi concepción de la música era paupérrima. Bailes que organizaban frente a mi puerta. Cholos y pandilleros en pareja tomaban las calles por mandato de la cumbia. Nada me había preparado para la tumultuosa escandalera de los Ramones. Mi mente sucumbió. Y mi vida cambió radicalmente. Abracé el cliché con esplendor. Con la cuota de drogas que ello implica.

Escuchar rock no te obliga a consumir drogas. Conozco a muchos melómanos que no beben. Cuando mi padre nos abandonó entendí este mensaje: edúcate a ti mismo. Y yo elegí la senda del adicto. Cuando Reinaldo Arenas salió de la cárcel, su madre fue por él para llevarlo a casa. Rey prefirió seguir a un grupo de mulatos que jugaban voleibol. Apenas me enteré de la existencia de las drogas salí corriendo detrás de ellas de la misma manera. Mi verdadero hogar por muchas décadas ha sido la adicción.

Cuando el caset desbancó al vinyl todos los locotones de la cuadra me regalaron kilos de lp’s. Fue la mejor navidad de mi vida. Armé una envidiable discografía. Y sin gastar un condenado peso. Que además no tenía. Un domingo, escarbando en un baúl me topé con un viejo conocido: Let It Bleed. Le pregunté al dueño si podía expropiarlo. Con impudicia, por favor, me respondió. Me fui a mi casa y lo puse en el tocadiscos. Supe entonces lo que era la impunidad. El círculo se había cerrado. Que no se culpe a nadie de mi gusto por las drogas. Estaba escrito en una canción.

Nada le ocasiona más prejuicio al adicto que las historias de éxito. Observar a Maradona levantarse de la pobreza es aniquilante. Nada es tan inhumano como sembrar la semilla de la esperanza. Te embruteces de entusiasmo. Incluso te das el lujo de atesorar fe. Hasta que un día comprendes que a ti no te ocurrirá. Y te amargas. Miente quien afirme lo contrario. Ante la imposibilidad de eludirse sólo queda un camino: cobrar venganza. Y no existe mejor revancha contra el mundo que la adicción.

El aburrimiento me condujo a las drogas. El deseo de venganza puede paliarse, pero nadie consigue remontar el tedio, ni Charlie Harper. Sin las drogas, el basquetbol y la música me habría suicidado. Sabía combinarlos. Invertía las madrugadas de mi adolescencia tras el balón. Para soportar las desveladas consumía anfetas. Y nunca faltaba una grabadora en las gradas con algún disco de grunge. Odiaba la escuela. Si conseguí terminar la secundaria fue gracias a Michael Jordan. La única forma de jugar básquet por la mañana era en la escuela. La prepa no la concluí. Deserté en el último semestre. Intenté unirme al equipo. Sin música y sin anfetas no era lo mismo.

Desde pequeño intuí que dentro de mí habitaba un adicto. Lo que no sospechaba era que los que me rodeaban también portaban un drogo en su interior. Excepto algunos timoratos todos en el barrio nos revelamos como consumidores. No pretendo ser víctima de mi propia exageración, pero corrí con la suerte de nacer en el barrio indicado. A unas calles de la zona de tolerancia. Conseguir drogas era fácil a cualquier hora. Mis amistades más longevas datan de esa época. Drogarse con con alguien no lo convierte en tu amigo. Pero si un amigo se droga contigo la relación se fortalece. Bajo el aro conocí a La Peineta, autor de mis tatuajes, y al Pájaro, personajes de este debraye.

Los fines de semana nos metíamos de contrabando a una escuela primaria para organizar retas. Antes de cada juego se prendían un toque. Quien afirme que las drogas y el deporte no combinan, no sólo desconoce todo de Maradona, sino que ignora todo sobre sí mismo. Ahí conocí a Chuy Películas. Un ladrón que se ufanaba de ser el dueño del centro. Asaltaba joyerías y bancos. Lo apodaban Películas por su afición al mal cine. Las tardes las dedicaba a darle carrillón a su videocasetera bien mariguano. Yo era totalmente adoptable y él proclive a amparar huérfanos. Presumía que me entrenaría para sumarme a su banda de atracadores. Cuando iba a enseñarme a disparar cayó preso.

Sin las drogas mi juventud habría sido un desastre peor del que fue. “There’s only one good use for a small town, you hate it and you know you’ll have to leave.” Pero si no puedes irte, drógate.

Mi primer conecte

No recuerdo mi primer beso, pero no he olvidado la primera vez que compré droga.

Desde que mi madre me administró el primer Mejoralito, sabor naranja, me condenó al mundo químico. Nunca me ha gustado la mota. Tampoco me molesta. Pero disfruto provocando a los mariguanos. Son más fundamentalistas que los Testigos de Jehová. Siempre que me manifiesto en contra de la yerba hay trifulca. Una ocasión una chica me preguntó por qué no fumaba. Es droga para pobres, le contesté y se ofendió. Pasé una de las peores veladas de mi vida. Toda la madrugada intentó convencerme de que la fritanga era la salvación de la humanidad. Nos traíamos un antojo feroz, pero después de mi aseveración se negó a acostarse conmigo. Al principio empleó toda la indulgencia que la pachequez puede inducir y cuando descubrió que era inútil, nunca he tenido madera de converso, me tildó de pendejo. Pretendí enmendar mi error, pero era demasiado tarde. Mi jabón corporal está hecho de cáñamo, le dije, no me creyó. Y sí era neta.

Pocas cosas exasperan tanto como un mariguano consuetudinario que no se sabe ponchar. He conocido a varios en mi vida. La mayoría pertenecen al mundillo editorial. Llevan décadas de grifos pero son incapaces de forjar. Si pierden el híter y no cuentan un cigarro a la mano para sacarle el tabaco se les acabó el corrido. Si fuera mariachi, sería otro bulto de esos sin habilidades para liar. De morrito observé cómo se forjaron kilos y kilos de weed, los macizos de mi cuadra tenían doctorado, pero jamás me propuse poner atención de verdad y menos practicar ese arte cada vez más escaso. Lo cual no me impidió comprarme una pipa.

Fumé mota por primera vez a los doce años. Martín, mi medio hermano, y mi primo Tony me iniciaron bajo la amenaza de cortarme los güevos. No era necesario amedrentarme. Soy un Velázquez. No existe hijo de mi padre que no haya probado la droga. No hice click con la yerba. Desconozco el motivo. Lo atribuyo a mi personalidad celerina. Me cuesta la apacibilidad. A los dieciséis me aproximé a la mota por una poderosa razón: por aburrimiento. Comencé a fumar en el barrio. Nunca faltaba quien se prendiera un toque. Poseer droga siempre me ha otorgado una sensación de seguridad. Sea falsa o verdadera no me interesa. La droga en mi poder me tranquiliza. Aunque siempre me invitaron un churro, yo ansiaba mi propia mota. Tras acompañar a uno que otro pacheco a cargar varias veces, decidí que estaba listo para adquirir mi material.

El primer rito de iniciación del adicto es probar la droga, el segundo, comprarla. Como me resistía a acudir solo, a pesar de considerarme preparado para la misión, le pedí a mi compa Don Jilo que me acompañara. Cuando vas a comprar droga lo mejor es que lo hagas con un consumidor. Alguien que sepa qué riesgo corre y que tenga un buen manejo de la situación por si surge un problema. Don Jilo ignoraba a qué se exponía. No era cliente, ni me conocían, pero comprar droga antes de la guerra vs. el narco no era complicado. La bronca era ocultarla. Después de la devaluación de 1994 cincuenta pesos de mariguana equivalían a un guatote que se envolvía con dos planas del periódico.

El Bordo, una zona marginal que todavía existe, era el punto de venta más popular del sector. Una Cartolandia que prosperó gracias a la derrama económica producto del narco. Ahí termina el estado de Coahuila. Del otro lado del lecho seco del río Nazas se localiza el Consuelo, un barrio malandro de Gómez Palacio, Durango. Las colonias tienen dos cosas en común, las divide el vado y las hermana el narcotráfico. En los últimos veinte años han sido protagonistas en el negocio de la droga. Al Bordo lo antecede la Maclovio Herrera, un lugar famoso por ser la cuna de Los Chicos de Barrio, uno de los grupos de música insigne de la ciudad y símbolo de la cumbia lagunera reciente.

Toqué en la misma casa en la que me había presentado en las últimas dos semanas. Mis principales temores eran que no me abrieran o que en lugar de mariguana me dieran caca de vaca. En aquellos años si un díler deseaba darte una lección no te agarraba a tablazos o te disparaba, te surtía de caca de burro o de caballo. No existe un manual para ganarse la confianza de un díler. Un ruco de bigote abrió la puerta y preguntó cuánto. Cincuenta varos. Guachó hacia los dos lados de la calle y desapareció con mi billete. Dos minutos después me entregó la mota. Era demasiada para transportarla encajada en la cintura. Yo traía puesto un chor. Clávatela tú que traes pantalón, le dije a Don Jilo. Le sacateó. No me quedó más remedio que metérmela en los guëvos.

Inicié el camino de regreso con un guato de yerba como tercer testículo. Afuera de la primaria 20-30 nos detuvo una patrulla. Era evidente que nos la habían cuchileado. Por divertirse o por maloras. El díler o cualquier mirón. Es uno de los inconvenientes cuando no te conocen. Te catalogan como un turista. Consideran que no has pagado el derecho de piso. Les caga que sepas dónde se ubica el punto de venta. Y te hacen pagar por contar con esa información. Tú sólo estás debutando. Y ya tienes a la tira encima.

Los polis sabían que traíamos mota. Nos habían señalado. Por eso ni nos interrogaron. Revisión de rutina, informaron al bajarse de la unidad. Antes de que me registraran me puse contra la pared con las piernas separadas. Mi actitud delató a Don Jilo. Lo basculeraron a fondo. A mí sólo me sacudieron el chor por la cintura con la esperanza de que cayera el paquete. Pero no ocurrió. La sangre fría es determinante en estos casos. Tanto si traes cincuenta pesos de mota, un gramo de coca o un cargamento. Don Jilo sudaba de los nervios. Los polis lo manosearon hasta darse por vencidos. Yo conservé la calma. La idea de caer al bote por posesión de unas plantas secas no me decía nada. Nos dejaron ir. Seguro pensaron que nos habíamos deshecho de la mota.

Rellené la pipa apenas llegamos a casa de mi abuela. Sólo yo fumé. Don Jilo nunca había probado la yesca. Y aunque era una estupenda ocasión para hacerlo por primera vez, se abstuvo. Me puse bien mariguano para celebrar que me había graduado. Y con honores. No sólo conecté, también burlé a la policía, dos pasos indispensables para el adicto, en una sola jornada. Pero a pesar de la adrenalina experimentada, el vacío continuaba atosigándome. Para mí la mota no califica como droga. Me parece inofensiva. Aunque la etiquete de vicio para soldados, no tengo nada en su contra. Cuando alguno de mis amigos me cuenta preocupado que su hijo adolescente es pacheco le aseguro que no tiene de qué preocuparse. Nadie ha muerto de una sobredosis de mariguana y los grifos no son proclives a asaltar un banco.

Tras fumar un par de veces el día de mi primer conecte me cayó el veinte de que era un chingo de mota la que tenía en mi poder. Qué güeva fumármela toda. ¿A poco Keith Richards se chingaría todo esto? La tiré toda por el excusado. Un comportamiento clásico del adicto. No habían pasado ni veinte minutos cuando regresé al Bordo, esta vez sin Don Jilo, por otros cincuenta pesos.

No voy en tren, voy en avión

En la puerta del colegio,

con su bolsa de caramelos,

espera para hacerte feliz

El hombre de los caramelos.

orquesta mondragón

Mi primer amor fueron las pastillas.

De morro fui testigo de un episodio en la vida de un anfeto. El Diente, un locotón del barrio, yacía inconsciente mientras su tía trataba de reanimarlo exprimiéndole media naranja en la boca. Llamen a una ambulancia, gritaba la doña desesperada. Nadie movía un dedo. No sufría de un infarto o de un ataque epiléptico. Pregunté qué le ocurría. Anda bien pasadote, alguien respondió. Desconocía qué significaba andar bien pasado, pero fuegos pirotécnicos atronaron en mi mente. Si me hubieran dicho que era Superman debilitado por la kriptonita no me habría causado tanto impacto. Auxilio, se me está muriendo, dramatizaba la doña. Déjelo, se la está pasando a toda madre, le gritaron y se dispersó el manojo de metichones.

En un pasaje de Espera la primavera, Bandini, Fante cuenta que de niño vio a un borracho y decidió que cuando creciera se convertiría en uno. No es que me quemara por repetir la existencia del Diente, pero me arrebataba por revolcarme en esos lodosos terrenos. Y qué se metió, indagué después. Unas pingüas. Pilas. Píldoras. Guasas. Pastas. Pastillas. El Diente era un Arturo. Así les apodaban a los consumidores de Artane, un medicamento indicado para el parkinson.

Que la mariguana es la puerta a otras drogas es un mito. Desencantado del 4/20 jubilé la pipa convencido de que las drogas no eran para mí (ja, qué ingenuo fui). La culpa de mi triunfal regreso la tuvo el basquetbol. La cancha del Monumento Hidalgo fue mi brújula para establecer relaciones con adictos. Enfrente trabajaban Jano y el Ramón (un metodólogo que se estacionó una temporada en la heroína). Jano me presentó al Gaby Rock (guitarrista). Gaby Rock me llevó a la casa del Garbage, alias La Funda (melómano). Y en casa del Garbage conocería al Bordón. Como basquetbolistas callejeros, destechados, nuestro enemigo natural era el sol. Comenzábamos a botar el balón después de las diez de la noche. Mientras, en las gradas sonaba grunge desde una grabadora. Canasteábamos toda la madrugada. Para mantenerme despierto comencé a pucharme pastas.

Debuté en las anfetas con una Artane, me la pasé con un trago de caguama. Qué trastorno. Una golosina de pura euforia. Hasta que no la probé entendí a qué se refería Charly García al clamar “no voy en tren, voy en avión”. Uno de los efectos que me provocaba era la sensación de traer las turbinas de un avión detrás de las orejas. Se convirtieron en mi religión, mi debilidad. Entonces había en el mercado negro tres variedades. Las Artane, los Rebotes o Roche (Lexotanil) y las Reinas (Valium). Comencé con una Artane o Rebote. Luego las combinaba. Mitad y mitad. Y después una de cada una.

Las pastas eran la droga ideal, baratas y fáciles de conseguir. Se transportaban sin borlote. Te las guardabas en la bolsa pequeña del pantalón o si era una te la llevabas puesta. Las mercaba en la colonia La Rosita. Las vendía una señora más chisqueada que Sara Goldfab, la de Réquiem por un sueño. Tocaba a la puerta de una vivienda cochambrosa y me atendía la doña pasadísima. Tenía vitiligo y la costumbre de dejar los cigarros intactos hasta consumirse, luego se comía la ceniza a puños como si fuera pinole. Su chamba consistía en, además de despachar, sacar las pastillas de las carteras y agruparlas en distintos botecitos de plástico. No en pocas ocasiones me mandó a la tienda por cigarros y a cambio me obsequiaba una guasa de pilón.

Siempre que me empedo con mi compa El Peri me endilga la misma anécdota. ¿Te acuerdas cuando me pediste diez varos para unas pilas? No para anfetas, para baterías. Mi mayor diversión consistía en pucharme una pingua, ponerme los audífonos, oprimirle play al Experimental Jet Set, Trash and No Star de Sonic Youth, y salirme a caminar. Me había gastado todo en Roche y no tenía para las doble a. Estaba cautivado por las anfetaminas. Mi vida consistía en arañar dinero, trabajaba y robaba donde podía, para comprar unos casets, pastas, revistas sobre rock y paquetes de Duracell. Era un obseso de los walkman. Llegué a tener hasta cuatro al mismo tiempo. Y soñaba con unos Jordan. No los obtendría hasta 1994.

Se rumoraba que las anfetas te inducían al robo. Me parecía una patraña. No soy de los que le creen todo a los adictos. Si en ocasiones les sigo la corriente es por diversión, no por comprobar ciencia alguna. Pero una tarde que andaba bien Arturito entré a una Soriana y me robé un caset. Tuve distintos empleos: lavaplatos en una pozolería, despachador de pollo frito, chalán de frutería. Mi vida era tan tediosa que tuve que trabajar. Tan mal me encontraba. Las drogas son complejas en relación al trabajo. Cuando amas las drogas de verdad debes talonearle para conseguírtelas. Aunque después te imposibiliten para laborar, en una etapa de la adicción el jale es importante.

Acudí a una entrevista a Walmart para el puesto de encargado de la bodega de panadería. El Moño, gerente del departamento, no podía controlar a sus empeados. Quién chingados va a obedecer a un sujeto con el mote de El Moño. Estaban desesperados y no pusieron atención en quien contrataron. La bronca obedecía a que los pasteleros y los panaderos hacían lo que se les daba su puta gana. Eran una amenaza. Podían partirle su madre a cualquiera. Mi primer semana fue una pesadilla. Apenas terminaba de trapear, tiraban grajea y cuanto ingrediente se les atorara. Establecí un horario para surtirles los insumos pero se lo pasaban por los güevos. Una tarde tuve un enfrentamiento con uno de ellos. Le pregunté si tenía problemas en su casa o por qué se comportaba como un pendejo. Me hizo caca con la mirada. Al término del turno lo tenía clarísimo. Mi caída estaba cantada. En cualquier momento me agarraría, él u otro, a putazos. Tenía que fraguar un plan. Esa noche me fui a la cama pensando en cómo ganármelos.

Los panaderos eran tipos duros, de barrio, pero gente humilde. Se levantaban a las 4:30 am para estar en la panadería a las seis. A las 10:30, hora del almuerzo, sacaban sus lonches de huevo con chorizo y se sentaban en círculo. Algunos bebían agua. Mi tarea, además de tratar infructuosamente de mantener el orden en la boda, era proveerlos de los ingredientes para la preparación de todo tipo de postres y pasteles. Tenía acceso a toda la tienda. Escondidos entre los insumos, comencé a contrabandear de todo. Al día siguiente del incidente les preparé un chicharrón con salsa verde. Calenté unas tortillas y les serví refresco. Me los eché a la bolsa de inmediato. Y me bautizaron como El Conejo, por rata. Desde aquel día dejé de batallar. Puse fin a la anarquía y el gerente de la tienda y El Moño me felicitaron.

Por las mañanas era Bruce Wayne en Walmart y por las tardes me convertía en Batman. A las seis que salía de trabajar me metía una píldora y me dirigía al centro a robar. Al principio sólo hurtaba música para mí. Me parecía un acto noble. Pero el ansia que me provocaban las píldoras me hacía arrasar con lo que estuviera disponible. Me convertí en un vil fardero. Comencé a levantar pedidos en el barrio. Tras visitar varios centros comerciales a las nueve de la noche hacía la entrega de mis pedidos. Estar bajo el efecto de las anfetas me exentaba de todo temor. Siempre he sido un poco cleptómano, pero las pastas me desinhibían por completo. Mi romance con los laboratorios era impecable.

Agarré confianza suficiente para meter a la bodega casets junto a la comida. Después desodorantes, juguetes, chocolates. Al principio eran rigurosos con la revisión al terminar el turno en Walmart, como nunca me encontraron nada se relajaron. Salía de la tienda con la mochila repleta de fayuca. Y mi pequeño imperio habría continuado si no hubiera dado un paso en falso. Una tarde que había saqueado de lo lindo, en lugar de marcharme a casa con mi botín decidí continuar la expropiación. Me atraparon dentro de un supermercado. Antes de que me detuvieran los guardias conseguí deshacerme de la mercancía. Me metieron a la tienda. Me iban a dejar ir, pero abrieron mi mochila, la había dejado en paquetería, y descubrieron el mandado. Me subieron esposado a una patrulla.

Pasé la noche en los separos de la Colón. Me fotografiaron con On the Road de Jack Kerouac en la mano, también me lo había piñado, y salí en el Extra, en la galería de malandros. Aún conservo el periódico. No me presenté a trabajar en Walmart hasta el día siguiente. Me esperaban. El gerente y El Moño me pusieron la edición del Extra en la jeta. Por qué, Carlos, me cuestionó el gerente. Recuerdo cada una de sus palabras. Eres un magnífico elemento. Por políticas de la empresa no puedes conservar el puesto. Qué decentes se comportaron. Habían revisado los videos de la tienda y se enteraron de todo lo que robé, no me levantaron cargos y todavía me indemnizaron. Cuando me quedé a solas con El Moño me encaró para decirme que lo había decepcionado. Por qué, insistía. Le confesé que las pastillas me despertaban un apetito profesional por la uña. Le rompí doblemente el corazón. Váyase, me dijo y se echó a llorar.

No era el único que desfalcaba. En los videos se reveló que los guardias de seguridad escondían televisores en cajas de cartón vacías y por la noche los recogían de los contenedores de la basura. Las empleadas de frutas robaban lencería. Las cajeras se surtían de cosméticos. A todos los metieron al bote. Menos a mí. Siempre estaré agradecido por su generosidad.

Con todo el tiempo del mundo profundicé en las anfetas. Mis héroes eran unos hommies que se metían la cartera entera, doce pastas, al mismo tiempo. Abrían la boca y te las enseñaban perfectamente alineadas en la lengua. Es una habilidad que toma tiempo dominar. Yo no podía medirme con esos jerarcas. Con dos que me puchara era suficiente. Entonces un simple giro del destino modificó los acontecimientos. Me avoracé. Como siempre me ocurre. Comencé a meterme una anfeta al día. Así como la gente se bebe un café por la mañana, yo me puchaba un Artane o un Rebote.

Los primeros cuatro días levité como egresado de Casa Tibet. Al quinto día dejé de ser yo. No recuerdo lo acontecido. La gente bajo tratamiento psiquiátrico refiere que las pastillas las inducen a una especie de éxtasis que las hace sentir como si flotaran sobre nubes de algodón de azúcar. No comparto la analogía. No me derretía de felicidad. Tampoco me la pasaba mal. No registraba. Era como un caset sin cinta.

Cumplidos dos meses colapsé. Supe que habían transcurrido sesenta días a base de pastillas porque tenía seis decenas. La mañana en que me puché la última me acosté sobre mi cama y no pude levantarme. No conseguía moverme. Ni hablar. Pero estaba despierto. Tenía los ojos abiertos. Contemplar el techo era una actividad que me tomaba con la seriedad de un personaje de Samuel Beckett. Escuchaba todo lo que ocurría. A pesar de la bruma en la que me encontraba retengo ciertas imágenes. La histeria de mi madre. El miedo y el llanto. Al tercer día momificado vino la ambulancia. Me internaron en el hospital. Una inyección en la vena me hizo cambiar de canal.

Existe un cuento de Palahniuk en que un adolescente se extirpa a sí mismo el intestino en una piscina. Pegaba el recto al extractor del agua mientras se masturbaba. Se mudan de ciudad. Es el secreto de la familia. Durante muchos años el secreto entre mi madre y yo fue la criogenización a la que me indujeron las anfetas. Técnicamente no era un suicidio ni una llamada de auxilio, sólo le había dado rienda suelta a mi compulsividad.

Me asusté. Estaba enamoradísimo de las pastillas. Pero recibí una lección. Eran cosa seria. Con todo el dolor de mi corazón renuncié a ellas. Fue duro. Me dolió como si me hubieran dejado caer desde un helicóptero.

Pascual days

Las drogas fueron para mi generación lo que el monolito para los simios en 2001.

Cuando cursaba secundaria, La Peineta me robó la flauta. La sustrajo de mi mochila mientras yo jugaba Arcade. Así comenzó nuestra amistad. Aunque no sería hasta una tarde en la cancha de básquet que la música la sellaría. Uno de los vicios de La Peineta es relatar una y otra vez dicha anécdota. Según el cascarrabias llegué muy verga y apañé sus cedés, que descansaban bajo la canasta, y le ordené me vas a prestar éste, el Core de Stone Temple Pilots y éste otro, el Meantime de Helmet y yo te voy a rolar uno de Aerosmith. Se burló de mí el culero. Pump forma parte del panorama de mi educación sentimental. No me avergüenza reconocerlo.

A partir de ese día comencé una amistad con La Peineta que ha durado casi treinta años.

Lo apodaban El Rocker, por greñudo, pero una noche que compró caguamas clandestinas y lo trampó la policía fue rebautizado. Peineta significa soplón. Una regla no escrita de la venta ilegal de alcohol es que si te atrapa la ley no delates a quien te lo vendió. La Peineta vivía en la Miguel Hidalgo. Una colonia incrustada en un costado del Cerro de la Cruz. Era un prángana, como yo. Éramos esos chicos perdidos de “Something in the Night” de Bruce Spingsteen. Existían dos tipos de vale verga. Los que estaban condenados y los que tratábamos de escapar de nuestra condición de pranganotas. La manera que La Peineta eligió para escapar fue tatuando.

La Peineta aprendió a tatuar de manera autodidacta, de la misma forma yo emprendería un proyecto de escritura años después. Comenzó con pura escoria. O como le encantaba decirles, sus víctimas. Puro chemo que con tal de tatuarse gratis permitía a La Peineta ensayar sobre su piel. Apenas perfeccionó el uso de la aguja, empezó a cobrar. De la Miguel Hidalgo, a un costado del Cerro de la Cruz, brincó al estudio de tatuajes de El Pala, también conocido como El Sandalias o El Chancla.

Yo seguía en busca de una droga ya que mis bodas entre el cielo y el infierno de las anfetas habían fracasado y la mota no me seducía. Entonces el polvo maldito hizo su entrada triunfal.

Supe de la existencia de la coca por la televisión. Para mí era tan remota como un viaje a Europa. La asociaba a Hollywood, a Maradona, a Paco Stanley. Era una droga para gente adinerada. New rich. Pero el neoliberalismo hizo lo suyo y la puso en las calles al alcance de pránganas como yo.

Probé la coca a los diecisiete casi dieciocho en el estudio de tatuajes de El Pala. Ese mismo día conocí a José Alfredo, con quien sostengo una amistad a prueba de balas hasta el presente. A José Alfredo lo apodaban El Kevin, por su parecido con el niño de la serie Wonder Years. Apenas tenía quince años. Él no probó la soda, pero el hecho de que estuviera esa tarde ahí era un indicio de lo que pasaría con él años después. Se convertiría en uno de los mejores artistas de México.

Ignoro de dónde la sacaron. Recuerdo que era un putazo. La Peineta, El Pala y yo comenzamos a esnifar. Todo ese aburrimiento que había experimentado desde la infancia desapareció en un segundo. Me sentí vengado. De qué, no lo sé. De lo que sea. Sentí que por fin el mundo había saldado sus cuentas conmigo. Toda mi frustración se desvaneció. Como todos los idiotas que se meten coca, me la creí. Me convencí a mí mismo de que no era un pobre pendejo. De que era distinto a los del barrio. De que haría algo con mi vida.

Vaya que hice algo: drogarme. En ese momento creí en el futuro. Sentí lo mismo que el protagonista de “El Inmortal” de Borges cuando la lluvia le devuelve el habla. Yo había olvidado el lenguaje. Y la coca me lo regresó. Y me dotó de una personalidad.

No faltaría mucho tiempo para topar con pared y descubrir que la coca no es perfecta porque nada es perfecto en los planes perfectos de Dios. En calidad de mientras, nos metimos rayas sin contemplación. El Pala nos inició a La Peineta y a mí, pero él jamás se volvió adicto. Renunció al tatuaje y se convirtió en promotor de box. La Peineta y yo no paramos. La Peineta estuvo varios años esclavizado a la piedra y a mí la coca no me suelta.

Casi nunca pienso en el día en que inicié en la cocaína. Pero de algo estoy seguro por completo, si en mi próxima reencarnación me la ponen delante no dudaré como no lo hice en esta vida.

He iniciado a varias personas en el chichiflín. La mayoría me ha dicho que no siente nada. Se rumora que el cerebro se tarda en reconocer las sustancias. Existen cientos de historias de personas que cuando probaron el lsd por primera vez no les hizo efecto. A mí la coca me pegó de inmediato.

No sospechábamos que éramos adictos. Ni sabíamos lo que hacíamos. No se trataba de un juego, pero tampoco lo tomamos como un acto ceremonioso. Todo adicto tiene una inquietud inherente. Esa curiosidad que busca saciarse es la que lo empuja hacia las drogas. Haces click y comienza un estado mental narrativo que no se detendrá nunca o casi nunca.

Aquel día me fui a mi casa hasta el culo de soda. Tuve dificultad para dormir, pero no tenía contemplado volver a meterme coca. Según yo había sido cosa de una sola vez.

Fue así como empezaron mis días de pascualón.

I was born in a crossfire hurricaine

Si a los 15 años alguien me hubiera dicho que conocería a un narcotraficante, habría sentido lo mismo que si me hubiera dicho que subiría a un cohete con destino a Marte.

Todo mundo sabía quién era Chuy Caguamas. Mi tía Ma-leny, como muchas otras madres del rumbo, huyó hacia el oriente con la intención de alejar a sus familias del barrio bravo.

Chuy Caguamas era compañero de parranda de mi tío El Pellejitos. Su apodo se debía a que se dedicaba a la venta clandestina de cerveza en la colonia La Rosita. Del inocente juego de la chela, Chuy trasbordó al comercio de la cocaína. Fue el que introdujo las famosas “tostadas”. Eran papeles. Grapas que costaban cincuenta pesos. Era tal el estado de bonanza, Zedillo tenía el dólar estacionado en tres pesos y fracción, que los dílers se podían dar el lujo de ofrecer soda por una bicoca.

Vi a Chuy Caguamas emborracharse con mi tío hasta el hartazgo, pero nunca lo consideré un capo. La muestra de que no lo era es que la policía lo atrapó y fue a parar a la cárcel. Un narco de verdad habría contado con el dinero suficiente para sobornar a la ley. Que lo encarcelaran era lo mejor que le podía ocurrir, porque años más tarde, cuando el cártel de Los Zetas comenzó a matar a los dílers de poca monta, habría sido uno de los primeros en la lista.

Quique, alias El Mascafierro, bautizado así por sus braquets, era un degenerado que estaba obsesionado con el sexo anal. Se presumía en el barrio que siempre que pasaba por una coladera se le paraba el pito. Parecía sacado de Kids de Larry Clark. Siempre estaba a la caza de una virgen del ano para dejársela ir por el culo.

Para ser un nini, yo consumía mucha cocaína. Cuando no tenía dinero, nunca faltaba quién me invitara un pase. Una temporada Quique me esponsoreó generosamente. El Mascafierro era gerente de Pollo Santos. Una cadena de venta de pollo frito muy popular en La Laguna, anterior a Kentucky Fried Chicken, por supuesto. Se corría el rumor de que Quique era el picahielo de Carlos Santos, el dueño de la cadena. Un cincuentón de aspecto metrosexual.

Cuando deserté de la prepa trabajé en Pollo Santos. Y cuando Quique se hizo gerente metió a chambear a varios del barrio, entre ellos el desquiciado del Pit. En aquellos años toda la juventud lagunera pasó por Pollo Santos. Era algo así como el Clan del Pie de las Tortugas Ninja.

Quique tenía un vocho tuneado mucho antes de que se pusiera de moda pimpear los carros por estos rumbos. Cuando salía de su jale caía a la plaza de la Martínez Adame. Siempre llegaba con coca. No de la de Chuy Caguamas. Los Pollos le otorgaban al Mascafierro la solvencia suficiente para comprarse un ocho.

Si alguien me hubiera dicho que Torreón se convertiría en una ciudad famosa a nivel mundial hubiera pensado que era broma. Pero cuando estalló la guerra vs. el narco fuimos portada en The Guardian. Y El País nos dedicó la misma atención que a cualquier conflicto de Medio Oriente. En aquellos años a mí Torreón me parecía mortalmente aburrido. Sin embargo, había indicios de que un laboratorio social posmoderno se cocinaba intensamente. El movimiento de cumbia lagunera era un ejemplo de ello. Y ese Torreón seguro que a nosotros nos hacía añorar la vida en otro sitio, era un paraíso de cocaína. Hoy cientos de adictos darían lo que fuera por volver a ese tiempo justo antes de que los Zetas desembarcaran en nuestro desierto.

El Mascafierro era fan de los “primos”. Los primos o pintaditos era coca con tabaco, en algunos casos con mota. Le sacabas algo de tabaco a un cigarro, le metías polvo maldito, le devolvías el tabaco y a fumar. Su efecto era tan nocivo como el de la base, pero menos dañino que el crack, y más volátil. Yo nunca he sido fumador. Tampoco odio el tabaco. Estuve casado con una mujer, el Coronel Kurtz, que estaba tan enviciada con el tabaco que cuando cogíamos teníamos que hacer pausas para que le diera un par de golpes a sus Benson & Hedges.

Nunca fumaba, excepto cuando El Mascafierro me ofrecía un primo. Que era todos los días. Me encantaban. Tras chingarnos el tabiro subíamos en el carro de Quique y dábamos vueltas por el poniente. Esos fueron mis putos Wonder Years.

Si alguien me hubiera dicho que mi primo El Pitufo, que también era primo de La Peineta, desaparecería no lo hubiera creído. Que los Lozano, unos morros del barrio, se conectarían a través del Grande con el Chapo; que Mundo sería calcinado en su taxi; tampoco lo habría tomado en serio. Como tampoco habría creído que conocería a El César.

El César, El Dany y los Lozano se repartieron el poniente de la ciudad apadrinados por el Chapo Guzmán. Carlos Herrera, su mano derecha en Gómez Palacio y Lerdo, fue también intermediario. Con la llegada de Los Zetas los Lozano desaparecerían, el César sería abatido y el Dany atrapado en Zacatecas y después encarcelado, cuando la guerra vs. el narco hizo a Torreón arder.

Un día Quique apareció tarde por la plaza. Pasadas las nueve de la noche. Yo canasteaba con otros pránganas. Se estacionó junto a la cancha y me chifló.

Súbete, me instó.

Enfilamos rumbo a La Durangueña. El barrio malandro por excelencia. Base de operaciones de distintos cárteles desde hace décadas. Nos estacionamos junto a la Casa del Cerro, donde había nacido Torreón como villa hacía más de ochenta años. Subimos a pie.

Lo recuerdo con claridad. Tocamos en una puerta de tela. Se translucía la irradiación de un televisor. Nos abrió El César. Era moreno, de bigote. Lucía una esclava y una camisa de vestir. Saludó a Quique efusivamente. Era su cliente. Yo me quedé como lelo guachando el cuerno de chivo que descansaba junto a una mesa apuntando al cielo.

Quique era más grande que yo. Yo era un niño. Con un chor y unos Jordan 94, en la sala de uno de nuestros más ilustres capos. La transacción, como todas las que se dan en el narcomenudeo fue express. Tres minutos después bajamos del cerro con la coca.

Cuando estalló la guerra vs. el narco pensé mucho en la visita a la casa del César. Me impactó a la distancia porque yo siempre me había quejado de que nunca pasaba nada, pero era al contrario, ocurría todo. Y yo estaba ahí, en el epicentro del desmadre.

En una ocasión Alejandro Almazán me preguntó por qué no había sido narco. La respuesta no la sé. Lo que sí sé es que de haberme decidido a serlo, estaba en el mejor lugar para que me apadrinaran.

La mente es una broma

Si existe una obra sobre la adicción con la que pueda sentirme identificado es Candy de Luke Davies. Como todo contraculturoso leí a Burroughs, pero fue Davis el que hizo que me sudaran las manos con su novela.

Como los protagonistas de Candy, para mí el choque con la droga fue el acontecimiento de mi vida. Entrar en contacto con la cocaína por primera vez es una experiencia inestimable.

La coca es como el amor. Cuando te enamoras de una mujer deseas estar pegado a ella todo el tiempo. Después vienen los contratiempos, pero en una primera instancia, hay que decirlo con todas sus palabras: todo es perfecto.

Dice Burroughs que no es fácil convertirse en un adicto a la heroína. No sé en qué momento me enganché a la coca, sé que de repente mi vida entera giraba en torno a ella.

Si me iba a dar un baño, me daba una línea. Se presume que el agua fría te corta el efecto, yo creo que es un mito, como el de que la leche también te lo corta, yo creo que te pega de manera distinta.

Si salía de bañarme, me daba una línea. No existe nada, hasta la fecha, que disfrute más que darme una raya con la toalla todavía anudada a la cintura.

Si iba a coger, me metía coca. Es cierto que con coca el pito no se para. Depende de la cantidad. Un par de líneas no cortan el apetito sexual. El problema es que después de una segunda viene la tercera y ya te chingaste. Cuando he sido capaz de contener mi consumo, me preparo mis cocteles. Dos líneas no muy gordas, nada de orugas albinas, un suero, para mantenerme hidratado, y diez miligramos de Sidernafil, Viagra, Cialis, Levitra o la marca que se les antoje y a coger toda la noche.

Para salir a la calle, me metía un pase. Porque llegaba a la casa, esnifaba. Es como volver a nacer. Quieres hacer todo bajo la luz de la cocaína, para redescubrir el mundo bajo los efectos de la sustancia.

La coca es una amante caprichosa. No existe mejor compañero para el fifí que el destilado. Whisky con soda es un lugar común, sí, pero es un clásico. Lo he constatado. En general la he mezclado con todo. Con cerveza se lleva bien. Con tinto es un error. Existió un lapso en que la coca se puso tan celosa que no me permitía combinarla con nada.

Sólo toleraba la cocaína. Nada de alcohol. Lo que por supuesto tiene su costo. Para un alcohólico como yo es necesario estar cerca del alcohol. Me proporciona descanso. Muchas veces me ha ocurrido que la coca deja de pegarme. Me meto y ya no me corta la peda. Y pedo duermo. Coco jamás. Por fortuna salí de aquel bache. La coca te induce a mecánicas inextricables. Superado el enamoramiento con el polvo, el sexo pasa a ser algo estorboso. El hipotálamo sólo desea vibrar con droga, a la mierda el placer sexual.

El sexo estorba, el porno acompaña.

El cocainómano es un ser solitario por antonomasia. Incluso antes de entrar en contacto con la droga. Consumirla exacerba su soledad. El mariguano no soporta fumar a solas. Necesita de la cofradía.

Y cuando el coco entra en modalidad de aislamiento no hay nada que entretenga excepto la pornografía. No se puede uno retirar a jugar solitario, leer un libro, ver una película. No. Pero sí a ver gente cogiendo. La maldita pantalla total de Baudrillard. Y por supuesto que no te masturbas. Tu miembro no respondería ni a Kendra Wilkinson de las Conejitas de Hugh Hefner. El porno te exime de enfrentarte a todo aquello que no debes enfrentar bajo los efectos de la coca. Que es tu propia mente.

La mente es una broma. Y la mente intoxicada puede ser una fuente de angustia o de diversión. Si te estás divirtiendo adelante, pero si te vas a poner paranoico, lo mejor es distraerte. Y para eso el porno es ejemplar.

Una muestra de por qué la mente es una broma y cómo funciona. En un viaje a Hermosillo un amigo, Óscar David López, ingirió varios gramos de cocaína. Transitábamos apretujados en el vocho de la novia de Mariano Sosa, un locazo, y una patrulla se nos puso detrás. Pero no nos perseguían. Instantes después nos habían rebasado. Era demasiado tarde. Óscar se había tragado la coca.

Como no surgía el valiente que lo llevara al hospital, le urgía un lavado de estómago, Óscar decidió comerse unas pastillas Halls porque le cortarían el efecto de la coca. No creo que le quitaran el avionazo que traía, sudaba como sentenciado a la horca. Pero no pasó a mayores. Claro que se puso hasta la madre. Las Halls no impidieron que se pasoneara. De ser así no habría muertes por sobredosis y la venta de las pastillas se habría triplicado desde hace chingos de años.

Así juega la mente. Y existe nostalgia en todo adicto por los primeros días en que entabló su relación con la coca. Yo extraño los días en que no me incordiaba para nada. En los que podía consumir sin culpa. Es decir: cuando no tenía una hija.

Conozco personas que nunca han tenido dificultades con la coca. No los envidio. Los compadezco. Pero qué güevos. Amigos míos a los que un gramo les dura dos días. Que se administran de manera quirúrgica. Que van al baño y se meten una puntita cada dos o tres horas. Y uno que es un atascado se mete todo el gramo en cuarenta y cinco minutos y luego anda rogándole a estos monaguillos de la sustancia por un piquito, una esquinita, una puntita.

Me he peleado tanto con la coca a lo largo de mi vida, y por supuesto que hemos tenido sexo de reconciliación. Tengo tanto que reprocharle, aunque también estoy en deuda con ella por aquellos primeros días.

Recuerdo que hasta me creí el mito de que había que ponerse coca en el pito para coger por el culo. De aquella noche sólo me queda el reclamo de la morra que me la mamó toda flácida sin lograr resucitarla.

Sabe a medicina, me dijo.

En las cantinas dejé mis primaveras

Entré a una cantina por primera vez al año de edad. Mi padre solía sentarme sobre la barra. Yo no lo recuerdo. Me lo ha contado mi madre.

Nací a unas calles del sector cantinero de Torreón. El Gota de Uva y El Club Laguna eran lugares legendarios que frecuenté apenas rompí la barrera de la mayoría de edad.

El Pit, Tomasito, El Caballo y yo éramos asiduos a Los Pinos. Nos presentábamos en chor y tenis de básquet a bailar con las ficheras. En lugar de tomarlas por la cintura yo imitaba a Jim Morrison en su baile indio. Mientras pagaras, las ficheras no protestaban.

En una de mis expediciones a Los Pinos conocí a La Yoya. A mí me encantaba su nombre porque me recordaba al yeyo. No me enamoré, no era Henry Miller. Pero toda puta descarriada siempre adopta a un bueno para nada como uno. A la cuarta o quinta visita dejó de cobrarme la fichada. Y un día, me propuso que cogiéramos.

La Laguna era un parque de diversiones para borrachos. Cuando se terminaba la fiesta en Torreón, cruzaba el puente y me entregaba a los brazos de Gómez Palacio. Su zona industrial era una pequeña Tijuana. Presumía de congales sensacionales. Uno era el Imagina. Donde aventaban coca a lo pendejo. Gómez tenía los mejores teibols de la región. En Torreón sólo el Ay Nanitas, que terminaría siendo rafagueado, podía competirle.

En las cantinas se ha desarrollado gran parte de mi biografía. En mi juventud me aislaba en las cantinas a leer. Fue hasta después de los veinticinco años que comencé a juntarme con gente interesada en la literatura.

El gesto de mi padre, de sentarme en la barra antes de que pudiera siquiera hablar, tuvo un efecto metafísico en mí. Siempre que he sentido que el mundo me acorrala corro a refugiarme a una cantina. Soy un fiel devoto de la botana los sábados. Cuando comenzaron a vender coca en las cantinas la vida se simplificó mucho para mí.

Las drogas y las cantinas son mi combinación favorita. Años después me sacaron a patadas del teibol que estaba junto al Sabino Gordo en Monterrey. Entré al baño y vi a un sujeto fumando piedra en una lata. Me la extendió y le di unos jalones. Otro sujeto hizo lo mismo, me entregó una segunda lata de la que me pegué como nene al biberón. Entonces el guardia de seguridad me cayó a madrazos y me aventó a la acera como en las películas.

He perdido la cuenta de las ocasiones en que me he agarrado a putazos en cantinas. Una ocasión me fui sin pagar de Las Quince Letras en Zacatecas. Me habían metido un caballazo. No llegamos a los golpes pero acudió la policía. Estaba con el escritor Antonio Ramos. Nos persiguieron hasta la puerta de nuestro hotel. La mujer de Toño bajó a preguntarle por qué me estaba peleando. Y Toño le respondió: Carlos siempre se pelea.

En el Perches, El Bordón me aventó una cerveza al pecho porque tuvimos una discusión sobre quién era el mejor baterista de rock de la historia. Yo decía la verdad: Keith Moon. El Bordón neceaba que John Bonham. Me le tiré por encima de las cervezas como tacle.

Era de esperarse que perdiera la virginidad gracias a una cantina.

Yo ya había tenido acercamiento sexual con una vecinita. Mientras tanto, mi única mujer era la coca.

Cuando La Yoya me propuso coger le dije que nel. Aunque no me pedía nada por bailar, me quería cobrar el acostón. No la culpo. Era su trabajo. Pero La Yoya me tenía más ganas a mí que yo a ella. Le había confesado que era virgen.

Un día me presenté en Los Pinos y apenas me vio me tomó de la mano y me jaló hasta fuera del congal.

Hoy no tengo ganas de fichar, refunfuñó.

Nos fuimos a una cantinita diminuta junto a Discos Beto. Parecíamos dos cómicos. Yo me levantaba al baño a meterme poquita coca y ella a ponerle al chemo. Jedía a Resistol. Lo había notado desde Los Pinos.

A la segunda cerveza comenzamos a fajar. Traía una falda. Abrió las piernas y me enseñó los calzones negros.

Vamos a coger, me propuso.

No traigo dinero.

Estás de suerte, batito, me dijo. Te voy a fiar.

Nos acabamos las chelas y salimos a la Morelos. Nos internamos en la zonita y cruzamos un pasaje. Entramos al Hotel López.

Paga, me ordenó.

Ya te dije que no traigo varo.

Puta madre, se quejó y sacó dinero para el cuarto.

Yo conocía el hotel, había subido a la azotea a fumar piedra. Entramos al cuartucho. Estaba todo destartalado. Parecía que estábamos en Calcuta.

No tengo condón, le dije.

Perra madre, gritó encabronada y me aventó un billete.

Bajé a la recepción por uno. Cuando regresé La Yoya ya se había descarado. Estaba pegada a su yelito de mango. Se encueró.

Cógeme, ordenó.

Me puse el condón y la penetré. Su mirada cristalina estaba fija en algún punto de la pared. Yo volteaba hacia el lado opuesto, para esquivar la peste a chemo.

Tardé siglos en venirme, estaba muy coco.

Salimos del hotel como a las once de la noche. Dejé a La Yoya en una esquina, chemeando. Jamás la volví a ver.

Al día siguiente lo primero que hice al despertar fue agarrar una lata de aerosol negro y garabatear en letras gigantes en la fachada de mi casa el nombre Raskolnikov.

Pulsuz fraqment bitdi.

11,33 ₼
Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
29 yanvar 2026
Həcm:
171 səh. 2 illustrasiyalar
ISBN:
9786078564446
Naşir:
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
Yükləmə formatı:

Oxşar kitablar