Kitabı oxu: «Sexo y psicoanálisis»

SEXO Y PSICOANALISIS.
Una mirada a la intimidad adulta.
© PÓLVORA EDITORIAL
Av. Antonio Varas 1973, Providencia, Santiago.
ISBN digital: 978-956-9441-66-0
Editor: Lucas Sánchez
Diseño Gráfico y Portada: Francisca Khamis
Corrector de Estilo: Victor Saldaña
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com

Índice
I.- Desarrollos acerca de la intimidad Sexual
I.- La sexualidad como factor teórico clínico. Jaime Coloma A.
II.-Pensando con Winnicott la erótica y el amor en la sociedad Contemporánea. Noemi Lutsgarten.
III.- Exceso y diferencia de los cuerpos, consideraciones hacia una conceptualización de la sexualidad adulta. Rodrigo Rojas J.
IV- Ser: del sexo en intimidad con otro, hacia la Integración. Carmen Gloria Fenieux C.
II.- Quiebres de la intimidad sexual en lo contemporáneo
V.- Sexualidades Contemporáneas : entre los desgarros del apego y la sexuación restitutiva. Irene Meler.
VI.- Algunas reflexiones acerca de la sexualidad en los adultos. Carlos Nemirovsky VII.- Intimidad y soledad en los diálogos – juegos sexuales psicoanalíticos. Una aproximación desde Bion y Winnicott. Fernando Araos y Gabriel Dukes.
VIII.- De la ficción a la Clínica actual: “la vivencia Fóbica” de la sexualidad Femenina. Jennifer Levy.
IX- Si mi padre (hubiese estado) otro gallo cantaría. Historias de vejigas espásticas. Liliana Messina S.
III.- Inscripciones de la Cultura en la sexualidad
X.- Cuerpos sin mentes– mentes sin cuerpos. Judit Szekacs
XI.- Intimidad y sexualidad en la vejez. Jane Garner y Lorenzo Bacelle
Prólogo
El libro “Sexo y Psicoanálisis: una mirada a la intimidad adulta” surgió al interior de nuestro equipo de trabajo a propósito de algunas motivaciones básicas. La primera tuvo relación con la idea fundamental de enfatizar lo sexual y la sexualidad desde un punto de vista concreto, real implicado en la integración psique – soma planteada por Winnicott. En segunda instancia, buscábamos conmemorar a Sandor Ferenczi autor del libro “Sexo y Psicoanálisis” publicado en español en 1959 quien plantea un psicoanálisis más ligado a la corporalidad. Finalmente, otra importante motivación para la realización de este proyecto fue la ausencia de un entramado actual sobre sexo en la literatura psicoanalítica. Tal como lo plantea André Green (1996), los textos psicoanalíticos durante los últimos diez años muestran una falta de interés en la sexualidad quedando muy poco del significado y la función que le atribuyó Freud en su trabajo.
Teníamos en mente la experiencia sexual en sí misma, así como el lugar de la intimidad sexual entre dos adultos. Buscábamos ocupar un espacio dentro del psicoanálisis que considerara al sexo como una realidad cotidiana y real del ser humano. Todo ello, entendiendo que la concretud del acto sexual rememora aquella concretud del origen de nuestra mente, donde lo real y no simbólico ( el cuidado físico y psicológico), otorgado por un otro, tiene un carácter estructurante.
De esta manera, buscábamos acercarnos al individuo desde el ser alojado en la intimidad sexual adulta que define su estar en el mundo, el modo de relacionarse y de sentirse como un sujeto en particular, ligado indudablemente a la fuerza de gravedad del cuerpo que es placer y muerte. Desde esta perspectiva, adherimos a la idea de que las raíces de la mente están atadas al cuerpo y vinculadas con los objetos, todo ello inmerso en una cultura (Green,1996).
Consideramos que el pensamiento winnicotiano que nos convoca entrega las bases para pensar en una sexualidad que funda y constituye nuestro psiquismo. Winnicott apela al sujeto corporal y a su sexualidad como un poderoso factor de elaboración imaginativa inigualable en el psiquismo humano. A través del concepto de Lo Potencial nos enuncia ese espacio intermedio entre lo externo y lo interno que denota al sujeto en la intimidad de la superposición de las áreas de juego.
Nos enfrentábamos con el desafío de escribir acerca del sexo lo cual resulta paradojal, puesto que a pesar de su concretud instintiva, tal como lo pensó Freud hace ya un siglo, está condensado allí - en defensas, síntomas e inhibiciones -, gran parte de la complejidad de la existencia humana. Otro aspecto que dificulta el análisis es el hecho de que el sexo se da en el plano de la experiencia pura no simbólica, difícil de traducir en pensamiento o palabras. Las sensaciones son subjetivas, indecibles, irreductibles.
A pesar de estas dificultades, la convocatoria en torno a este proyecto así como el carácter de nuestros co - autores, -algunos de ellos teóricos importantes en el mundo contemporáneo psicoanalítico-, dan cuenta de la importancia de este tema y la necesidad de buscar instancias de reflexión en torno a él.
Finalmente, agradecemos sinceramente a todos aquellos que con su compromiso de trabajo, entusiasmo y respeto hicieron posible que este proyecto tomara una forma concreta.
Carmen Gloria Fenieux Campos
Introducción
El psicoanálisis ha estado ligado íntimamente a la sexualidad desde sus más tempranos orígenes. Esta ligazón se evidencia en la estructuración y cuerpo metapsicológico del psicoanálisis. El sujeto definido por el psicoanálisis es un alguien sostenido enteramente desde y por su sexualidad tanto en sus raíces, su existencia como en su relación con el mundo. Sin embargo, con el paso del tiempo, en la mayoría de las corrientes de pensamiento psicoanalítico actuales, pareciera ser que la fuerza de esa ligadura ha ido desdibujándose. En “Sexo y Psicoanálisis: una mirada a la intimidad adulta”, quisimos rescatar aquellos orígenes para repensarlos y profundizar en el presente de la clínica y la teoría.
El lector se encontrará principalmente con una perspectiva winnicottiana que dibuja y define esta relación entre sexualidad y psicoanálisis. Este esfuerzo no es menor, ya que implica darle un espacio concreto a las formas y concepciones de la intimidad sexual adulta dentro de un modelo que suele focalizarse en territorios tempranos del desarrollo humano, donde la sexualidad no es llamada a tan temprana escena. Este esfuerzo nos implica como psicoanalistas, en el sentido que nos exige abrirnos al territorio de lo personal íntimo, lo que puede ser removedor y confuso dada la naturaleza de la sexualidad. También, el ejercicio de pensar en el sexo nos lleva a replantearnos lo metapsicológico, lo técnico y lo clínico en el ejercicio de nuestro qué hacer.
El recorrido del libro, como respuesta a la invitación a los autores, nos sorprende encontrándonos con que casi espontánea-forzadamente se ordenan los trabajos en tres dimensiones de la problemática.
En una primera dimensión nos hallamos con un agudo análisis de cada uno de los autores en el que se busca definir la idea y el campo de la intimidad sexual. Este sin duda es un permanente acto de rebeldía, ya que se trata de acotar y asir aquello que parece escabullirse inevitablemente de nuestro mundo de representaciones. Los autores, cada uno por su propio derrotero, dejan evidencia de la erótica como una experiencia con carta de ciudadanía propia. Esta erótica demanda de presencia y consistencia conceptual, pero por sobretodo, exige de comprensión clínica. El énfasis se encontraría en el placer y displacer de la materialidad del psique-soma, así como en la otredad como el gran y singular invitado de la sexualidad más íntima.
Esta erótica tiene una forma particular en la adultez que suele fugarse del análisis. Ello, dada la naturaleza del trabajo psicoanalítico cuyo eje principal es la fantasía. Lo que pareciera escabullirse y/o esconderse del trabajo psicoterapéutico, es un territorio central de la experiencia humana, cual es el cuerpo erótico en su materialidad, en su concretud, en su limitación, en su riqueza y en su complejidad.
Los autores dan cuenta a través de evidencias fenomenológicas y clínicas cómo el cuerpo sexual exige, presiona por su ingreso al espacio terapéutico. Es la queja por la disfunción sexual la que se hace presente en el espacio clínico, hambrienta de una terapéutica que muchas veces pone en cuestión las formas clásicas del psicoanálisis como lo entendemos hoy en día.
Sorprende encontrar que el cuerpo sexual no solo busca placer o a un otro, sino que está permanentemente invitando, en aquello concreto, a una transformación en metáfora poética. Así se evidencia una paradoja: lo sexual íntimo se articula en la permanente presencia y entrecruzamiento de lo metafórico con la materialidad del cuerpo. Es decir, la sexualidad se esculpe entre aquello poético - desdibujado de la razón y enraizado en la experiencia- y la concretud y obviedad de un cuerpo deseante.
De esta manera, Psique revela en este interjuego metafórico-concreto su carácter único y singular. Los antiguos griegos representaban esta concretud metafórica de la psique como sigue. Pensaban que al morir se liberaba en la última expiración una mariposa, representación concreta y poética del alma. PSI como letra griega esboza dicha mariposa. La sexualidad como cuerpo vivo, vulnerable y misterioso, se entrama en ese espíritu de Psique. Espíritu siempre poético, inefable, esencial, que dibuja y esculpe constantemente el limite de lo vivo y lo muerto.
En una segunda dimensión del libro, los autores delinean los “quiebres de la intimidad sexual en lo contemporáneo”. Si bien pudiera el lector creer que va a hallar allí las clásicas líneas sobre lo pre edípico y edípico, se encontrará con un esfuerzo de tramitar a nivel simbólico de la palabras y del entendimiento aquel espacio que transita en el sufrimiento/placer del cuerpo. El lector se hallará con la intención de los autores por dibujar las inscripciones de la sociedad, las formas de vida contemporánea y cómo éstas producen un sujeto que manifiesta singularidades clínicas del padecer sexual adulto (falta de deseo, perversidad, quiebre de la intimidad, rechazo a la sexualidad, disfunción eréctil, etc). Así, a pesar del espíritu poético de la sexualidad, esta se instala por su propia naturaleza humana en los terrenos propios de la cultura definiéndose, mutando y delimitándose mutuamente. Surge así un sujeto sexual que es hijo y padre de la cultura que lo inscribe.
En la ultima parte del libro, en la dimensión “inscripciones de la cultura en la sexualidad”, el lector se topará quizás con lo que Winnicott hubiera nombrado como “el negativo de la cultura”. Es decir, incursiona en aquellos territorios despojados de la propia naturaleza simbólica viva y sexual. Allí las nuevas tecnologías pueden desacreditar la presencia del cuerpo, en una intención tal vez de sustituirlo o robarle significación. También, estas nuevas inscripciones de la cultura abren otras posibilidades de encuentro humano. En ellas, la producción simbólica y erótica alcanza nuevas y diferentes significaciones. La dicotomía de género, hombre- mujer, se desdibuja y da paso a otras modalidades de sexualidad, las ya conocidas como neosexualidades descritas por Joice Mc Dougal, casi impensables en épocas anteriores.
Esta misma forma impregnadora de modelos que gesta el hombre a través de la cultura, atraviesa los ejes etarios de la vida y de la sexualidad. Pareciera ser que la vejez es el grupo etario menos estudiado y más devaluado en lo que a sexo respecta. Esta postergación se relaciona probablemente con consideraciones edípicas de las generaciones anteriores (los padres no tienen sexo) y sin lugar a dudas, por la falta de valor que posee la vejez en nuestra cultura. Nos parece interesante el esfuerzo realizado en el último capítulo del libro, por significar la sexualidad en la vejez como un espacio diverso, posible y principalmente ligado, como siempre ocurre en el sexo, a la individualidad y las circunstancias de cada sujeto.
I.
DESARROLLOS ACERCA DE LA INTIMIDAD
Capitulo I
La Sexualidad como factor teórico clínico
Jaime Coloma A.
La sexualidad es un tema que ha interesado centralmente al psicoanálisis, tanto como constructo teórico, tanto como manifestación comportamental. De hecho, los críticos del psicoanálisis lo caracterizan como un pansexualismo, algo que sólo delata un desconocimiento de esta perspectiva.
Sin duda Freud, sobretodo en sus comienzos le otorgó un carácter preferente, instalándola como factor teórico explicativo fundamental en su análisis de la condición humana. Simultáneamente consideró al niño como un perverso polimorfo, lo que, de alguna manera liga sexualidad con perversidad. Todo esto se configuraba como un factor teórico. No como una condición psicopatológica inherente a la especie humana. Sin embargo muchos críticos, como ya lo dije, lo entendieron como un pansexualismo, atribuyendo sus asertos a una verdadera sexocracia, donde imperaba más que la sexualidad una ponderación sospechosa de las referencias a las conductas sexuales. Hoy persisten prejuicios de esta índole aún en ambientes académicos.
Dentro de la evolución del pensamiento freudiano siempre estuvo presente la conflictiva pulsional, distinguiendo en ella, junto a la sexualidad progresivamente las pulsiones de autoconservación, el abordaje de la realidad, las investiduras objetales, las viscisitudes teóricas de la noción de Yo, la interacción entre instancias y sistemas.
Sin embargo fue la noción de pulsión de muerte lo que opuso a la sexualidad un motivo radicalmente paradojal para la existencia. Queda en evidencia con esta última, la oposición radical del psicoanálisis a toda forma de conductismo, dado que lo tanático no es susceptible de observación, como sí lo es lo relativo a lo sexual. No obstante, pese a esta posibilidad de ser evaluada desde la observación, la sexualidad se constituye, en psicoanálisis, básicamente como teoría, lo que conlleva una propuesta destinada a comprender lo clínico desde un referente más amplio, al mismo modo que la pulsión de muerte.
El psicoanálisis concentra su reflexión sobre los motivos de la conducta, no sobre ella como manifestación independiente. En este sentido, la conducta sexual importa sólo en la clínica como forma u opción de la intimidad adulta. Si se atribuye a este modo de entender las cosas un pansexualismo, todo constructo teórico radical tendría que ser asumido como totalizador y reductor de lo singular. No habría así posibilidad de emitir conceptos fundamentales sobre la condición existencial.
Para un psicoanalista revisar en un paciente las características de su intimidad sexual sólo se justifica en tanto ésta refleja un modo de desarrollo emocional en función de los logros o impedimentos que ha alcanzado en sus relaciones objetales. Vale decir en las posibilidades de representarse al otro como otro. Meltzer decía que no se justificaba que un psicoanalista le pidiera a un paciente descripciones específicas de su sexualidad íntima. Enunciado que rescata la intimidad como un valor del trabajo psicoanalítico.
Sin duda el narcisismo es un forma potente de la sexualidad, en la cual el Yo es gratificado como otro. Vale decir, aún en esta forma tan egocéntrica el peso de lo otro es lo que está presente como catexia sexual. Aunque ese otro sea el propio Yo. A lo que estoy apuntando es a la necesidad de lo sexual como sentido de otredad en todo desarrollo emocional, aunque ese desarrollo se dé encerrado dentro del Yo. La intimidad implica así la consideración del otro como tal. Es un sentido compartido en que el egocentrismo se juega al mismo modo que la empatía.
Esta intimidad a la que aludo es el último sentido de todo lo que pueda investigarse sobre sexualidad. Como lo afirmaba en una ponencia, “es, precisamente, en el registro de lo diferencial donde se logra la sexualidad. La sexualidad como exposición de lo vivo. Si lo pensamos, la mismidad es sinónimo de muerte”. Y la intimidad requiere de otro, aún en el ámbito masturbatorio, ya sea como fantasía o como realidad.
Por otra parte el concepto de sublimación, ya desde Freud, ha constituido, para la pulsión una verdadera carta de presentación en el campo de lo cultural, vale decir el ámbito de lo otro. Siempre este concepto me ha merecido dudas, en tanto representa un modo aceptable socialmente de considerar un término como “pulsión” que, supuestamente, atenta contra la civilidad. Creo que tomar en cuenta la sublimación incluye acomodar socialmente todo aquello que en nuestra diversidad cotidiana se da como primario o primitivo, como si lo primario o primitivo debiera estar excluido de una evolución social deseable. De hecho la intimidad es considerada por algunos como el ámbito en el cual se puede permitir, por acuerdo de la pareja, todo aquello que fuera de ella sería perverso. Vale decir en la intimidad se sublimaría, según este criterio, lo perverso.
Entender así las cosas confirma toda aquella actitud respecto de la sexualidad que la sitúa como algo que requiere de ciertas condiciones para ser aceptable culturalmente. Recuerdo como un sacerdote, bastante liberal (lo que no es decir mucho) nos señalaba, durante mi pubertad, que lo sexual podía incluir cualquier tipo de licencias, siempre y cuando ocurrieren dentro del matrimonio. Se trataba, me imagino, de la tolerancia a la sexualidad en función de la sublimación.
Todo esto merece preguntarse sobre lo peculiar de la sexualidad que implica consideraciones sobre ella tan rebuscadas, al punto que se plantean requisitos especiales para poder llevarla a cabo con libertad. En este sentido la noción de intimidad corre el riesgo de convertirse en una condición para realizar aquello que fuera de ella no podría realizarse. Sin duda esto es obvio y necesario. Sin embargo formular tal cosa, introduce subrepticiamente un rasgo de adecuación que puede convertirse en vehículo de una forma más de la represión. Pese a que , sin duda, la conducta sexual requiere de acomodaciones conductuales, la alusión a la intimidad conlleva un matiz valorativo que incide en qué es permitido y qué no, aunque la afirmación sea que en la intimidad se permite todo.
Es como si se planteara que en la intimidad se “puede” dar la perversión. Término este último que acompaña tácitamente al concepto de sexualidad, como si en su ejercicio se estuviere siempre en los lindes de lo perverso. Aludo a esto porque me parece enigmática la razón por la cual el ser humano que, obviamente, como tal practica frecuentemente la sexualidad, le atribuye estas condiciones que hacen necesario calificar su modo de ser normal.
En otro escrito abordé este tema. Si asumimos el modo cómo pensamos la perversión. Cómo hablamos de la perversión. Lo que decimos de la sexualidad. ¿Nos es propio? ¿Porqué ocurre que la culpa esté tan ligada al ejercicio de la sexualidad, aún cuando ésta se ejerza exclusivamente en el cuerpo de uno? ¿Porqué muchos sienten culpa cuando, en el ejercicio de sus derechos básicos, deciden compartir con otro, el gozo de su propios cuerpos? ¿Porqué puede darse el remordimiento cuando la sexualidad se ejerce sin abuso de nadie, sin engaño? ¿dónde está legitimado el juez que condena el acto por el acto mismo? ¿de dónde proviene su poder? ¿No es algo que proviene, entonces, de un Gran Otro inconsciente, enredado en la historia, en las tradiciones, en los idiomas, en la geografía, en las costumbres, en los climas, articulado simbólicamente en un discurso que nos funda y que nos abre a lo humano?
Sexualidad y perversión tienden a mezclarse imaginariamente de alguna manera. Esto debería abrirnos a la pregunta sobre lo que representa la sexualidad en nuestra condición humana. ¿Qué tiene en su condición más profunda, que nos inclina a optar por normarla, antes que asumirla?
El concepto de pulsión es eminentemente psicoanalítico y, sin duda, especulativo. Sobre todo el concepto de pulsión de muerte. No está consagrado por la comprobación o la evidencia. Sólo permite pensar en el enigma de nuestra existencia, algo que no es posible hacer cuando se logra el acuerdo de la prueba empírica. Cuando la prueba empírica valida o invalida una afirmación, se detiene el pensar. La pulsión es, en cambio, un concepto que se toma o se deja, no se comprueba. Por ver hasta donde llega, diría Freud. La pulsión, que no es el instinto, es concebida actualmente por algunos analistas, como un empuje del sujeto hacia algo que el otro demanda, pero que es vivido como si naciera de sí mismo.
Vale decir que el concepto de pulsión nos permite pensar en aquello que nos mueve ciega, mudamente, hacia algo que se representa como una meta, aunque tal representación sólo disfraza la ceguera del empuje. Es un empuje individual, no de la especie, como el instinto, un empuje que responde a la demanda de lo otro, no a la propia demanda. Cuando Heidegger afirma que la única diacronía tempórea está en la muerte, nos permite pensar como psicoanalistas en esto de la pulsión de muerte. Podría decir que estamos volcados pulsionalmente hacia la muerte. Demandados por ella. Es un horizonte que nos atrae, siendo esta atracción el motor de lo que nos apega a la vida, entendida como un rodeo, un apremio, como una postergación de aquello que se define como último y primordial sentido. Lo que intento decir, con estas aclaraciones, es que en el tema de la perversión, la energía de lo sexual, como vitalidad, sería alterada por esta supuesta pulsión de muerte. La muerte sería el Gran otro de la sexualidad. Su vacío. Su vértigo.
Pienso que el perverso es llevado a su condición por profundas angustias que se remontan a carencias básicas en su origen. Presumiré, en todo origen, la presencia casi pura de esta pulsión de muerte, entendida como la demanda de esa inmediatez con la muerte. Esta demanda sólo se mediatiza cuando hay un ambiente que contiene y que favorece progresivamente el despliegue de una estructura que posiciona al Sujeto y de un Yo que evoluciona y se transforma, según las posibilidades de tal ambiente.
La intimidad de la sexualidad conlleva desarrollar sentidos que fuera de ella se calificarían como perversos, implicando esto que la intimidad se inscribe como una condición que asume y normaliza lo que, en otras condiciones se considera perverso. Me interesa esto por la mencionada asociación entre perversidad y libertad. Pareciera que, muy en el fondo, darse la libertad de ser en todas las particulares formas de la individualidad tiene este trasfondo valorativo que apunta a lo perverso.
El logro de una estructura y de un sistema yoico implica la vivencia de los límites que provienen del discurso que nos saca de la continuidad en el comienzo. Todo lenguaje discontinúa la continuidad originaria. Hace cortes, determina principios de identidad para poder hablar y poder actuar. El principìo de identidad dice: “Lo que es, es y lo que no es, no es”. Es una prohibición al pensar como se me antoje. Se discontinúa la omnipotencia, articulándola en una estructura.
Freud, antes de perfilar el campo del psicoanálisis, en 1895, afirmó en su “Proyecto de una psicología para neurólogos” que “la arquitectura del sistema nervioso serviría al apartamiento y su función a la descarga.” Esta arquitectura se da a través de los ordenamientos de la forma. Por alguna razón, que probablemente tendría que ver con fracasos ambientales, el perverso no se somete a tales dependencias y cortes. Queda, por esto, en los lindes entre la atracción de la muerte y la presencia de la vida. Lo más propio de la perversión es, al decir de Chasseguet-Smirguel, el gozo en la mezcla de todo, de las generaciones, de los sexos, de los orificios del cuerpo. Las mezclas, tan lejos de los ideales cartesianos de mantenerse en ideas claras y distintas. El gozo en el pensar “todo mezclado”, como diría Guillén, implica la mezcla de la continuidad de la muerte con el placer de la diferenciación de la vida. “Uno mandando y otro mandado, todo mezclado”, dicen los versos.
Las diferencias, según lo planteado, hablan, entonces de sexualidad. La búsqueda de las mezclas señalan a la perversión. El riesgo de afirmar esto reside en considerar que un pensamiento que se asiente sobre la clasificación y la jerarquización de las ideas sea necesariamente, por su interés en distinguir, lo opuesto a lo perverso.
Es así la intimidad adulta la que permite que el “perverso polimorfo” que todos llevamos dentro se exprese plenamente y se dé la libertad de ser creativo e imaginativo en la conducta sexual. Sin embargo pareciera ser que lo que principalmente caracteriza esta intimidad es la posibilidad de satisfacer la pulsión muda y extremadamente egocéntrica considerando al otro como otro y no como un objeto de satisfacción y de descarga.
Sin embargo todo esto en la intimidad implica la posibilidad de asumir y expresar la polimorfía de una perversión de un modo adecuado. Se equivocaba Hartmann, en mi criterio, cuando decía que el objeto de estudio del psicoanálisis es la adaptación. Pero no me parece que se equivocaba al darle a la adaptación un sentido tan primordial en nuestra existencia.
El problema está en considerar cuán cerca está la adaptación de lo reprimido, lo que implica que somos adultos en tanto reprimidos. La intimidad como condición para no reprimirse. Sabemos que esto no es cierto. Estamos siempre, cuando nos asumimos como “normales”, sometido a una escala de valores que, sin duda tiene un sentido radical, pero que es apta para instituirse subrepticiamente como forma de la represión. Aún en la intimidad. El psicoanálisis como terapia debería lograr esta liberación.
Capitulo II
Pensando con Winnicott la erótica y
el amor en la sociedad contemporánea
Noemi Lutsgarten
Relaciones entre la satisfacción pulsional y el amor.
1.- En la constitución subjetiva.
2.- En la vida amorosa y en la contemporaneidad.
3.- En la clínica psicoanalítica, en la transferencia.
Freud propone la paradigmática experiencia de satisfacción. En esta experiencia de satisfacción pulsional con el pecho materno se inicia ese primer amor oral canibalístico. Las vicisitudes de esa experiencia van a dejar marcas, satisfacciones gozosas placenteras dolorosas. Primeros sentidos, vividos, sentidos en el cuerpo. Antecesores de sentidos a advenir a ser pronunciados, adjetivados, pero que nunca podrán ser recubiertos totalmente por las palabras. Satisfacciones particulares que han de marcar los senderos de la pulsión, y sus descargas. Sabemos que a estas primeras marcas en este nivel semiótico (Kristeva) pre edípico, se han de agregar otras, simbólicas, ligadas al atravesamiento edípico, a sus elecciones de objeto, a las identificaciones a que éste dio lugar.
Kristeva retoma la relación con el pecho como el prototipo de la relación amorosa, en la que el amor incluye el goce.
Me parece interesante retomar esta perspectiva de la relación entre sexualidad, satisfacción pulsional y amor y pensarla a partir de la noción de experiencia. Hablamos desde el psicoanálisis de experiencia de satisfacción, experiencia de dolor , experiencia de ilusión con Winnicott. La idea de experiencia, no se deja definir con precisiones rigurosas, conserva una raigambre corporal multisensorial.
En relación a la sexualidad, Foucault destaca como fue “puesta en discurso”. Desde fines del siglo XIX, cada vez se habla más de ella. Esta puesta en discurso de la sexualidad queda entramada en nuevas relaciones de poder.
No es lo mismo la época victoriana que corresponde al paradigma de la soberanía que la época actual. Época en la cual Freud descubre el psicoanálisis, en la que el juego de relaciones de poder validaba la sexualidad en especial de la mujer solo dentro del marco del amor consagrado en matrimonio y al servicio de la reproducción.
Destaquemos que esta puesta en discurso de la sexualidad entramada en las relaciones de poder y apoyada en la ciencia como casi único referente del criterio de veridicción, permitió tipificar la sexualidad en normal y anormal, produciendo de este modo efectos de control y de dominación que hacían invivible la satisfacción sexual, para aquellos que no encajaban en los criterios validados de normalidad.
También permitió la creación del psicoanálisis y su método. En relación a la mujer, le dio acceso a la posibilidad del placer en la sexualidad al darle la palabra a las histéricas y reconocer los efectos de la represión de su sexualidad. Religó la sexualidad al placer, a los placeres con la afirmación de que la sexualidad humana era perversopolimorfa. La liberó de su función exclusiva en relación a la procreación, y le otorgó un valor individual como fuente de placer.
Escuchemos a Roland Barthes en su libro “Fragmentos de un discurso amoroso” dice: “El ser amado es reconocido por el sujeto amoroso como “átopos” (calificación dada a Sócrates por sus interlocutores), es decir como inclasificable, de una originalidad incesantemente imprevisible.
Atópico, el otro hace temblar el lenguaje, no se puede hablar de él, sobre él; todo atributo es falso, doloroso, torpe, mortificante. El otro es incalificable, ese sería el verdadero sentido de átopos.
Y continúa Barthes en Lo obsceno del amor, (pág. 194), dice: “La carga moral decidida por la sociedad para todas las transgresiones golpea todavía más hoy la pasión que el sexo. Todo el mundo comprenderá que X... tenga “enormes problemas” con su sexualidad; pero nadie se interesará en los que Y... pueda tener con su sentimentalidad: el amor es obsceno en que precisamente pone lo sentimental en el lugar de lo sexual.”
Me pregunto: ¿esto sigue vigente hoy? ¿Es posible que haya una mayor aceptación de la afectividad en el amor para el hombre? Hay una liberación de la satisfacción sexual, que desliga esa satisfacción de la pareja consagrada como única alternativa o como alternativa dominante en la época victoriana tanto para el hombre como para la mujer.
¿Cómo afecta esa liberación cuando preexiste la tendencia a la retracción y a la escisión como defensa frente a las vicisitudes de la dependencia? El desengaño amoroso suele ser motivo de consulta. La subjetividad actual está más expuesta a sufrirlo, efecto de una mayor posibilidad y libertad de elección y de una mayor frecuencia y legitimación de las separaciones.
¿Qué sucede hoy entre la afectividad, el amor y la sexualidad a partir de estos cambios?
Volvamos a la experiencia de satisfacción acompañados por Winnicott.
Winnicott es un autor que nos trae los modos singulares en que se experimento la experiencia de satisfacción, ese primer amor. Su enfoque se centra en el lugar del Otro en la constitución subjetiva, en la dependencia y sus modos de presentación. Nos habla de satisfacción con o sin ilusión, satisfacción con o sin acoplamiento rítmico. Satisfacciones que se dan en un clima intrusivo traumático. Los ritmos, presencia ausencia de la madre, sus modos de darse, más o menos sensibles, tiernos, seductores, rutinarios, incluso violatorios, dejan su impronta en los destinos pulsionales prerrepresivos, en la fijación a determinados modos y vías de descarga pulsional a sus intensidades, incidiendo en la gramática pulsional, en la condición erótica y en los modos de descarga. Son modos de satisfacción que nos constituyen, somos esos modos de satisfacción.
Por otra parte, la calidad en que se dieron esas satisfacciones incide también en la disposición a creer y confiar en el otro, invitando a investir al objeto y evitando la escisión y sus efectos de empobrecimiento en la investidura pulsional (falso self) .Estas experiencias primarias presubjetivas facilitan o perturban integrar la satisfacción pulsional y la entrega amorosa. Facilitan el goce de la intimidad o llevan a evitarla y a sufrir sus consecuencias.
Resulta interesante considerar con los aportes de Winnicott las vicisitudes prerrepresivas de las pulsiones, el nivel semiótico según Kristeva y su incidencia en la sexualidad y el amor.
“¿Qué quiero en ti más que tú?”
Escuchemos a Barthes.
“Encuentro en mi vida millones de cuerpos. De esos millones puedo desear centenares, pero de esos centenares no amo sino uno.
No puedo clasificarlo puesto que es precisamente el Único, la Imagen singular que ha venido milagrosamente a responder a la especificidad de mi deseo…” “…intuyo que el verdadero lugar de la originalidad no es ni el otro ni yo, sino nuestra propia relación. Es la originalidad de la relación lo que es preciso conquistar”…
Encontramos tanto en Barthes , como en Winnicott el acento en lo que acontece en el seno de la relación que acompaña esa satisfacción con el objeto parcial, lo original de la relación. Acento dado en la intimidad del encuentro, en el entrecruzamiento singular que Winnicott llama “acoplamiento madre criatura”.
La pulsión y sus vicisitudes en el encuentro con el otro. La incidencia de la dimensión amorosa.
Podemos pensar los aportes de Winnicott como una prehistoria de la constitución de la dimensión pulsional desde los modos de darse los inicios de la constitución subjetiva, en los tiempos presubjetivos de la dependencia primaria.
J. A. Miller sostiene que es necesario establecer la relación entre la pulsión y la demanda de amor. La pulsión, como Drang, como empuje, se dirige a otro. Es una demanda muda. En la clínica, la pulsión no se puede interpretar. Se interpreta el deseo.
En los inicios de la constitución subjetiva, frente a la demanda pulsional, el otro puede responder acompañando la satisfacción, como objeto parcial, satisfaciendo o sin satisfacer la demanda de amor. Según Lacan el amor es dar lo que no se tiene. Es, desde su perspectiva, asumir la dimensión de la falta, es, desde la inscripción de esa falta en el psiquismo, que “te anhelo” , y es desde esa misma falta que “te hospedo” y “te dejo partir”.
Consideramos que Winnicott se ocupa fundamentalmente de esa demanda muda. Sus desarrollos son una versión de la respuesta del Otro a la demanda de amor que acompaña la satisfacción pulsional. Respuesta que se transmite en los modos de brindar la experiencia de satisfacción, en el tino, el tacto, el sentido de la oportunidad. En ese sentido, sus aportes enriquecen la perspectiva para pensar la constitución subjetiva, el narcisismo y la dimensión pulsional pudiendo pensarlos en una dimensión intersubjetiva.
En la clínica abren nuevas posibilidades de incidir en la dimensión pulsional. Al incluir el holding, handling, el valor del trato en el tratamiento, el analista brinda nuevas experiencias vividas en transferencia que hacen diferencia en la repetición.
A mi modo de ver, este acontecer entre paciente y analista, que hace diferencia , puede incidir en las escisiones, invitar a investir, y de ese modo intervenir en la dimensión pulsional. Esta experiencia de la diferencia genera nuevas interrogaciones acerca de aquello vivido y no experimentado en tiempos presubjetivos. Facilita también conjeturar construcciones. No es lo mismo que una construcción surja de una experiencia vivida en transferencia, que de la mente del analista.
Pensamos con Winnicot la afirmación, “Amor que consiste en dar lo que no se tiene”. La ilusión no la tiene la madre, no es una posesión, su modo de dar la hace posible, le permite al infans sentirse creador de lo que encuentra, hallar-crear el objeto.
El infans vive el ”ser uno con la madre”, el ser siendo. La madre, juega el “somos uno, somos dos.” Aun cuando da de comer, “se da” a los juegos subjetivantes en el modo de darse. Un darse desubjetivante que permite una apropiación subjetivante por parte del infans. Amor que construye elaboración imaginativa personal. Construye imaginario a medida de la singularidad del encuentro. Recordemos a Barthes, la originalidad de la relación. Esta experiencia puede darse o no. En este primer encuentro, la madre puede también incitar acatamiento, provocar una intrusión, diferentes modos de no poder responder a la demanda de amor.
Dice Barthes: “TE AMO. La figura no remite a la declaración de amor, a la confesión, sino a la proferición repetida del grito de amor.
Fantaseo lo que es empíricamente imposible: que nuestras dos profericiones sean dichas al mismo tiempo: que una no siga a la otra, como si dependiera de ella. De ahí parte un nuevo aspecto del te-amo.
Éste no es un síntoma, es una acción. No es pues suficiente que el otro me responda con un simple significado, aunque sea positivo.
Te amo, dice Pelléas. lo que importa es la proferición física, corporal, labial, de la palabra: abre tus labios y que salga (aunque sea obscena). Lo que quiero, desvariadamente, es obtener la palabra.
¿Mágica, mítica? …
En el mito: el Holandés Errante vaga, en busca de la palabra; si la obtiene (a través del juramento de fidelidad), dejará de errar (lo que importa al mito no es la empiria de la fidelidad, es su proferición, su canto).”
La magia de la proferición del te amo. Como no escuchar una alusión a esa experiencia viva, esa ilusión de identidad primaria experiencia viva de continuidad, revisitada en ese juego de grito de amor, de canto de fidelidad que alcanza el lenguaje en su proferición.
El amor se hace, es acto de amor en el que está presente el cuerpo en acto.
Prehistoria de la pulsión desde los modos de darse la
dependencia primaria
Me interesa discriminar que el hecho de que el holding y la experiencia de ilusión tengan por función el velar el registro de la dimensión pulsional por parte del infans, no implica la inexistencia de las pulsiones y sus destinos en estos tiempos fundacionales del psiquismo. Pienso que lo sexual, lo pulsional y sus destinos, se juega desde el inicio. Los trastornos en el desarrollo del ego deben ser pensados desde el punto de vista de la teoría pulsional, como trastornos en la recepción y tramitación de eso otro pulsional: aquello que proviene del cuerpo del infans y que no pudo ser recepcionado por la madre en un adecuado interjuego entre velarlo y dejarlo operar introduciendo discontinuidad, o sea, iniciando la inscripción de la diferencia, de la falta, de la desadaptación estructurante y necesaria. Sus ideas a cerca de verdadero self, de agresividad primaria no intencional, son ideas que pueden ser pensadas como los modos de la constitución de la dimensión pulsional desde la perspectiva de los modos en que el cuerpo viviente del infans y su demanda pulsional y amorosa pudo o no pudo ser alojada en el acoplamiento madre criatura.
Nuevamente, ¿Qué quiero en ti más que tú? y la idea de supervivencia del objeto.
La idea de supervivencia del objeto y su relación con el erotismo en
el amor.
La supervivencia del objeto alude al modo en que la madre puede responder a ese momento fundacional donde el infans necesita desde su gesto espontáneo alejarse, empujarla, repudiarla y olvidarla para luego reencontrarla, sin cambios de su parte que vehiculicen acusación o amenaza de desamor, de abandono. Esta experiencia de supervivencia es necesaria para terminar de diferenciarse y de instituir el yo distinto y diferenciado del no-yo. La falta de esta respuesta por parte de la madre interfiere el apropiarse del cuerpo, el moverse con libertad y despliegue pulsional que luego va a reflejarse en el despliegue erótico que permite gozar del otro -con el otro exogámico.
Un poder despreocuparse del otro para gozarlo o para gozar con el otro, ha de ser el aval que deja esa capacidad del objeto de “dejarse arrojar” y seguir estando, sin cambios significativos.
Esta idea permite pensar las vicisitudes de la neurosis obsesiva donde, por un lado, un excesivo control y respeto, por el otro se acompaña de actos compulsivos o de ideas obsesivas, que alimentan el sadismo del superyó. Por otra parte, el exceso de control alimenta la omnipotencia del pensamiento y el temor a hacer daño con el deseo. La omnipotencia del pensamiento coexiste con un fallo en la adquisición de la capacidad metafórica, del jugar con esos deseos. La capacidad de jugar con esos deseos “de devorar, apoderarse del otro”, acompañada de arrojo pulsional al hacer el amor es heredera de la supervivencia del objeto. Ese “objeto no protegido” libera al sujeto, le facilita la sustitución y le incita arrojo pulsional.
El goce con el objeto parcial y su relación con la transicionalidad, la capacidad metafórica experimentada en el encuentro.
Pensamos que el objeto parcial, “aquello que quiero en ti más que tú”, condiciona el goce. Si incluimos esta perspectiva de lo que acontece en el encuentro, en la relación, podemos decir, la capacidad metafórica con la que se experimento el encuentro con el objeto parcial dependiente de la capacidad de juego o capacidad metafórica materna y su capacidad de supervivencia condiciona la riqueza del goce en el encuentro amoroso.
Como en la canción el ritmo latino, el “devórame otra vez” se da en una dimensión de juego, que permite tomar al otro como objeto y devorarlo en el juego erótico a la vez que permite amarlo en el sentido de respetar su alteridad.
Nos podemos preguntar si a la capacidad metafórica como capacidad de juego en el psiquismo siempre la ha de acompañar una mayor capacidad de juego erótico. La capacidad metafórica y su creatividad pueden o no trasladarse de la capacidad del juego al juego erótico, dependiendo de los avatares edípicos e identificatorios además de la experiencia de supervivencia del objeto .
Si los efectos de seducción de la madre se dieron dentro del marco de la neurosis, o sea, si se pudo establecer una adecuada represión primaria frente al despertar del deseo y su apetencia pulsional se podrá utilizar las defensas neuróticas, la postergación como defensa obsesiva, la evitación como defensa en la fobia y la insatisfacción como defensa en la histeria.
En la posición perversa el juego debe ser fijo, estereotipado, rutinario, hay una mayor rigidez en la fetichización. Se reniega la dependencia y se pasa al dominio sobre el otro. Podemos pensar que se colapsa el juego en tanto capacidad de variación, Winnicott lo conceptualiza como patologización de la transicionalidad.
Lazo libidinal: discurso epocal y la vergüenza de amar y de enamorarse
Freud diferencia entre retracción de la libido a la fantasía con conservación de libido objetal y retracción narcisista donde la libido se desliga del objeto y retorna al yo.
Winnicott plantea la escisión como una defensa primaria que acontece en los tiempos presubjetivos de la dependencia primaria. Podemos entenderla como una desligación libidinal aun mayor a la que planteaba Freud. Dado que en esta escisión la retracción se daría en tiempos previos a la constitución del yo, de la discriminación yo no-yo, de ahí que la retracción deviene escisión. Podríamos pensar que se conservaría el mínimo lazo para la supervivencia, pero toda la pasión y el erotismo contenido en el verdadero self, quedarían excluidos del acoplamiento inicial con la madre como objeto parcial. Esto lo podemos ver en la patología de falso self.
Winnicott desde su enfoque que contempla las vicisitudes de la dependencia –hacia la independencia- concibe el enamoramiento como reedición en otro nivel de la dependencia amorosa ante la salida de la dependencia con los padres.
Discurso social, escisión y lazo libidinal
Winnicott sostiene que el indicador clínico de la escisión primaria es el sentimiento de futilidad, un “no sentirse vivo”, expresión de una imposibilidad de creer y confiar como secuela de los fallos de sostenimiento primario. Estas vicisitudes inciden en los lazos libidinales, inciden en la capacidad y en la calidad amorosa de los lazos libidinales. Por otra parte, desde distintos campos de conocimiento se piensa a cerca de los efectos del discurso social actual regido por la lógica del mercado en la subjetividad contemporánea. Estar a merced de las fluctuaciones del mercado nos convierte en mercancía. Somos, sí somos “capital humano”, somos “recursos humanos”, productores y/o consumidores. Esto afecta una condición fundamental en la constitución del narcisismo. El ser visto en la singularidad , el ser investido, el ser “his majesty the baby” en el deseo del Otro, el ser “amado tal cual se es” (Winnicott), condición de poder creer y confiar en que “tengo un lugar en el mundo”, en el deseo del Otro. Winnicott se refiere a los fallos primarios como un “dejar caer”, un quedar a merced de angustias inconcebibles ante el déficit de identificación sensible materno.
Desde el discurso social reencontramos estos fallos de sostenimiento, esta amenaza de ser “dejado caer”, ser descartable, en el terreno laboral ante la invalidez que nos torna prescindibles, el paradigma lo podemos encontrar en el drama de los refugiados hoy. Ser dejado caer ante la indiferencia del OTRO: Atender a esta dimensión de los efectos del discurso social, de su maltrato social nos permite revalorizar el valor del trato al paciente en el tratamiento (Winnicott). Es un modo de hacer diferencia en transferencia como modo de desnaturalizar los tratos y maltratos contemporáneos. Un modo de relanzar la ilusión de que es posible el ser visto por el otro un modo de incitar a investir al objeto.
Podríamos pensar que la lógica representada por el poder que adquiere “la empresa” su lógica mercantil, la lógica del mercado neoliberal promueve angustia de desamparo (Freud) como fenómeno epocal. Y que la exposición a la angustia de desamparo promueve la escisión como defensa en la subjetividad contemporánea. Con Winnicott sabemos que la escisión primaria responde a esta exposición. Defensa de escisión, que lleva a la desensibilización que impide la empatía y aleja de la investidura libidinal objetal. Podemos pensar que estas son condiciones desde el entorno social que pueden incitar a la desligación afectiva. Respecto del amor, invitar a la valorización fálica del objeto en el sentido de valorar lo que hay que tener para cotizar en el mercado. Las nuevas tecnologías pueden ser utilizadas para exhibir la cantidad de amigos y de conquistas, para exhibirse y no desaparecer. La ansiedad de ser visto y no desaparecer pueden incrementarse reactivando vivencias de desinvestidura súbita. Una amplificación de recursos para desplegar la competencia, el ser visto en el mercado, que siempre existió pero que hoy se amplifica, produce fenómenos que también pueden perturbar la necesidad de iniciar el duelo cuando se termina una relación, son recursos tentadores que reactivan lo imaginario según Barthes, por ejemplo mirar el facebook del ex, ver con quien está, si existe mi foto o la bajó.
No es lo mismo vivir en épocas de amor romántico donde existieron epidemias de suicidios, o en épocas donde se exalta la independencia, el consumo, y existen las realidades virtuales. Depende de la posición subjetiva que una mayor independencia libere de la endogamia familiar y permita enamorarse, o se transforme en una incitación a la soledad y al aislamiento de los “selfies”. Bajo la fachada de la independencia, debemos prestar atención en la clínica a estas cuestiones, a lo sentimental en términos de Barthes. Sabemos que la oferta erótica, el negocio de la prostitución y sobre todo el de la droga, forman parte de los juegos de poder que también incitan la desligazón afectiva y el ejercicio de una erótica fetichista, y que esto tiene mayor incidencia en los sectores más vulnerables o en los momentos vulnerables como lo son el dolor del desengaño amoroso. Internet permite múltiples despliegues del autoerotismo , del sexo virtual. Facebook puede dar cuenta de la búsqueda del raiting “amoroso”, puede brindar múltiples recursos para establecer nuevos lazos libidinales, promover encuentros y reencuentros relanzando el amor, la amistad y brindando nuevos espacios transicionales. Vale la pena estar advertidos de las ventajas y riesgos del “estar comunicados” por whatsapp.
Una película Argentina
“Medianeras” es la historia de Mariana, Martin y la ciudad. Los dos viven en la misma manzana, uno frente al otro, en diferentes edificios, pero no pueden encontrarse. Sus caminos se cruzan sin saber el uno del otro. Ella sube una escalera y él la baja. El monta en un autobús y ella se apea. Coinciden en el videoclub pero les divide una estantería de películas. Se sientan en la misma fila del cine pero la sala está a oscuras. La ciudad les une y a la vez les separa.
Película argentina que muestra el aislamiento y el refugio en la tecnología, y la dificultad para el encuentro a la vez que demuestra como la tecnología puede ser herramienta de encuentro. Serían las medianeras, metáforas de un individualismo que separa de lo comunitario que pueden reforzar la escisión , y facilitar escindir la satisfacción pulsional de la investidura libidinal con el objeto ¿Modalidades actuales de defensa frente al riesgo amoroso?
Como analistas podemos ampliar la escucha y el registro de la incidencia del discurso epocal en la subjetividad contemporánea. En la era de la comunicación y de la cultura digital encontrar maneras de que se sostenga la dimensión del encuentro. Encuentro con el cuerpo del otro y su dimensión erótica y sensible, encuentro vivo con el otro. El estar comunicados puede tornarse en nuevas modalidades de adicción que obturan el intervalo, que se ofertan para colmarlo y consumir comunicación que aleja del encuentro con el otro, del poder estar solo, del poder estar en intimidad.
Winnicott nos dejó un legado muy valioso en relación a estas temáticas. Es una alegría poder continuar el ponerlo a trabajar, como lo venimos haciendo en esta trayectoria de Encuentros, precisamente Encuentros.
La clínica en Freud
Las vicisitudes amorosas de Dora.
En el historial de Dora, Freud apunta al vínculo con el padre, con el señor K, y con Freud en la transferencia. La frase: “no puedo pensar en otra cosa, no puedo perdonárselo”, pensamiento que obsesionaba a Dora, es interpretado como un exceso de encono, de odio consciente de Dora que encubre la atracción de Dora hacia el señor K. Freud siguiendo sus hipótesis en relación a los deseos eróticos correspondientes a su Edipo positivo, interpreta el no poder perdonar como un pensamiento reactivo a sus deseos reprimidos hacia el señor K. Previo a toda esta situación de su adolescencia que transcurre de los 14 a los 18 años, Freud describe situaciones de alteraciones de carácter de Dora, enfrentamientos sutiles con el padre, un no entenderse con la madre que quería que se dedicara como ella a las tareas domesticas. El modelo femenino de Dora era la tía paterna, mujer que Freud describe como hermana mayor del padre, muy neurótica. La madre es descripta por Freud como poco inteligente y una ama de casa obsesiva. Ya a los 8 años Dora manifestaba síntomas neuróticos y ataques agudos de disnea, insociabilidad histérica, migrañas y tos nerviosa.
Freud reflexiona acerca de la interrupción súbita del tratamiento de Dora, como la “cachetada” que le da en la transferencia, al igual que al señor K en el lago. Agrega algo que considera que no pudo trabajar en la transferencia y que fue el vinculo homosexual con la señora K. Dice Freud que es llamativa la condescendencia con la señora K a diferencia con el señor K y con el padre. En relación a este aspecto, me parece interesante este fragmento del historial donde habla de la Madonna Sixtina de Rafael. Dice Freud:
“El primo le trajo a la memoria una breve estadía en Dresde. Esta vez deambuló como extranjera, pero no dejó de visitar la famosa galería. Otro primo quiso hacer de guía en la recorrida por la galería. Pero ella lo rechazó y fue sola, deteniéndose ante las imágenes que le gustaban. Permaneció dos horas frente a la Sixtina, en una ensoñación calma y admirada. Cuando se le preguntó que le había gustado tanto en el cuadro, no supo responder nada claro. Al final dijo: la Madonna.”
¿En esta imagen de la Madonna, Dora se encontró con algo de esa fascinación con la Madonna calma y admirada? Esa ensoñación calma y admirada, ¿no sería una alusión a la niña en brazos de su madre? ¿No puede ser este relato una descripción de la fascinación ante su anhelo de respuesta a su demanda de amor, que de la Madonna/madre luego se traslado al padre, al señor K y a Freud?
En relación a su condición erótica vemos la vigencia de su erotismo oral, que remite a ese amor primero, oral canibalístico con la madre. Freud describe a Dora como chupeteadora infantil, tenemos también el tema del beso y el tema del cigarro.
En su última sesión, Freud le dice: “tiene que haber sido un serio desengaño para usted, que en vez de un renovado cortejo, sus acusaciones tuvieran por resultado la negativas y las calumnias por parte del señor K… usted imaginó que el cortejo iba en serio y el señor K no cejaría hasta que usted se casara con él”.
Freud recalca el deseo de venganza de Dora. Podemos pensar que esta venganza era una respuesta al desengaño de amor.
Son interesantes las reflexiones de Freud: “¿Habría conservado a la muchacha si yo mismo hubiera representado un papel exagerando el valor que su permanencia tenía para mí, y testimoniándole un cálido interés?... Que no habría podido menos que resultar un sustituto de la ternura que ella anhelaba? No lo sé”.
Podemos ver a Freud debatiéndose entre la justificación de su actitud y la pregunta acerca del valor de testimoniar, a veces, un cálido interés ,ternura, por parte del analista, signo que denote algo del amor, y sus efectos en transferencia, sobretodo en pacientes donde hubo un déficit de esta dimensión y un encuentro demasiado precoz o inadecuado, o a destiempo, con el otro y su dimensión pulsional sexual.
Ser deseable: lo fálico y el Ser = ser uno con la madre – ser el pecho.
Tenemos otras versiones ligadas a las vicisitudes del vínculo primario en relación a la imposibilidad de sentirse deseable. La experiencia de ilusión, esa experiencia de ser uno con la madre, es también la experiencia de ser el pecho como lo deseable, como paradigma de ese objeto, en los tiempos donde no hay diferencia sujeto objeto. La ausencia, o la imposibilidad del otro materno para brindar ese ser el pecho, sería una precondición más allá de las condiciones edípicas, que afectarían el poder sentirse amada y deseada.
La histeria, desde esta perspectiva, sería una obsesión por tener valor fálico, por imposibilidad de haber tenido la vivencia de ser uno con la madre. Ser el pecho y adquirir su deseabilidad.
El elemento femenino puro que brinda la experiencia de ser siendo, de continuidad. El caso Dora y el reconocimiento freudiano a lo que él llamó la homosexualidad en Dora no interpretada, lo podemos pensar a la luz de estas ideas. Esa “homosexualidad” sería la mutilación constitutiva de esa intimidad estructurante con la madre, cosa que la clínica nos muestra reiteradamente en las pacientes histéricas, que en los distintos momentos históricos se visten con los ropajes epocales.
Esta mutilación ataca la confianza en ser amado y deseable y puede perturbar el juego de la seducción dado que este se tiñe fácilmente de instrumento de poder. Pasamos del juego gozoso de la seducción al uso de la seducción como defensa, como herramienta de poder defensivo. Del juego que potencia la atracción a la lucha entre poderes. Esta situación que desde Dora hasta hoy la vemos en la histeria tiene en la actualidad todo tipo de recursos mediáticos y tecnológicos empezando por la pantalla de la televisión para manifestarse.
Otra historia de amor: La joven homosexual
En este historial, Freud historiza las condiciones de su posicionamiento sexual y también da a ver la historia de sus decepciones amorosas, tanto con la madre como con el padre.
En este caso, Freud observa como condición erótica masculina que la mujer que despertaba el amor de la joven era una mujer liviana “la cocott”, a la que la joven la quería redimir.
Otro modo de descarga pulsional lo podemos encontrar en su fijación a la venganza con el padre frente a lo vivido como desamor, su falta de respuesta, que se revivió en la mirada severa y enojosa del padre al verla con la cocott, y que según Freud, tuvo el antecedente infantil de la decepción con el padre frente al embarazo materno que dio lugar al nacimiento del hermanito.
Freud rastrea las predilecciones amorosas y libidinales de la joven que transitan a los 13 y 14 años una “predilección tierna y exagerada por un niñito pequeño, que es atribuida a su deseo de ser madre ella misma. Cuando el niño comienza a ser indiferente, aparece el interés por mujeres maduras, madres, que fueron objetos de reprimendas del padre”.
La satisfacción de las dos orientaciones del deseo, la homo y la heterosexual. Freud recalca en este punto la universal bisexualidad del ser humano. Respecto a la relación de la madre con la hija, Freud relata como la hija era vivida por la madre como una incómoda competidora. “La relegó tras los hermanos, restringió su autonomía en todo lo posible, y vigiló que permaneciera alejada del padre. Por eso la necesidad de una madre más amorosa pudo estar justificada desde siempre en la muchacha”. En este marco, el embarazo de la madre actúa como golpe de gracia frente a la decepción de su complejo de Edipo con el padre (Su demanda fálica dirigida al padre, a partir de su deseo de hijo) que le da el hijo a la competidora odiosa. “Sublevada y amargada, dio la espalda al padre y aun al varón en general. Tras este primer fracaso, desestimo su feminidad y procuro otra colocación para su líbido”.
Dice Freud: “la líbido de todos nosotros oscila a lo largo de la vida. El joven abandona a sus amigos cuando se casa y vuelve a la mesa del café cuando su vida conyugal se ha vuelto insípida”.
El padre con la actitud severa y enojosa, parecida a la de la dama en el momento que decide no verla más, no advierte y no responde a los múltiples dolores y desengaños amorosos acumulativos.
Me parece importante pensar el efecto contratransferencial en Freud, en las vicisitudes de este caso. En un momento determinado la joven trae una serie de sueños en los que el contenido era la cura “de su orientación sexual, la añoranza por el amor de un hombre y por tener hijos, en definitiva la mudanza deseada por los padres y que seguramente en la transferencia se enlazaba a Freud. Freud dice: “le declaré un día que no daba fe a estos sueños, que eran mendaces o hipócritas y que ella tenía el propósito de engañarme como solía engañar al padre. No andaba errado, los sueños de dicha clase cesaron tras ese esclarecimiento. No obstante creo que había una pizca de galanteo en esos sueños, un intento por ganar mi interés y mi buena disposición”. Creo que esta intervención es sumamente interesante para pensarla y para pensar los efectos en que cesaran los indicios de deseo de acercamiento y de galanteo. ¿Es que Freud estaba en lo cierto con lo que dijo o es que el dolor de la nueva decepción al sentirse tratada de engañadora, se inscribió en la serie del desamor, del fallo en la identificación sensible del otro y fundamentalmente de la capacidad del otro de brindarse asumiendo el riesgo amoroso?.
Estas serian algunas de las pinceladas de esta historia de amor y de las vicisitudes de esta historia de amor en la transferencia analítica.
Pondré fin a mi exposición con las descripciones que nos trae Barthes sobre el abrazo en el amor. Abrazo que sostiene una tensión que no se resuelve en síntesis y que responde a nuestra condición de estar vivos .
Barthes dice: “El gesto del abrazo amoroso parece cumplir, por un momento, para el sujeto, el sueño de unión total con el ser amado”.
Fuera del acoplamiento (¡al diablo, entonces, lo imaginario!), hay ese otro abrazo que es un enlazamiento inmóvil: estamos encantados, hechizados. Estamos en el sueño, sin dormir; estamos en la voluptuosidad infantil del adormecimiento. Es el momento de las historias contadas, el momento de la voz, que viene a fijarme, a dejarme atónito, es el retorno a la madre (“en la calma tierna de tus brazos”, dice una poesía musicalizada por Duparc). En este incesto Duparc prorrogado, todo está entonces suspendido: el tiempo, la ley, la prohibición; nada se agota, nada se quiere. Todos los deseos son abolidos, porque parecen definitivamente colmados.
Sin embargo, en medio de este abrazo infantil, lo genital llega infaltablemente a surgir; corta la sensualidad difusa del abrazo incestuoso; la lógica del deseo se pone en marcha, el querer-asir vuelve, el adulto se sobreimprime al niño. Soy entonces dos sujetos a la vez: quiero la maternidad y la genitalidad. (El enamorado podría definirse como un niño que se tensa: tal era el joven Eros.)
Escucho en Barthes lo que en Winnicott es lo femenino puro y lo masculino puro existente en hombres y mujeres.
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Capitulo III
Exceso y diferencia de los cuerpos: consideraciones hacia una conceptualización de la sexualidad adulta
“El cuerpo es lo movido del alma”
Jean-Luc Nancy
1. Cuerpo como síntoma, síntoma en el cuerpo:
En psicoanálisis se suele señalar a todo aquello proveniente del cuerpo como primario, sin considerar que desde su práctica se ha constituido un modelo que implica, parafraseando a Meltzer, una cierta aristocracia de la psique. Ahí, el cuerpo sería entendido como un medio de subsistencia al igual que su propia materialidad, mas sólo un medio. En este gesto el cuerpo se oculta, se escurre como el soma, carente de sentido.
Al parecer, continúa vigente el planteamiento de Descartes sobre la res extensa y la res cogitan, como si entre ellas no hubiera unidad ni menos relación, como si permanentemente olvidáramos el señalamiento de Freud: “Psique es extensa, nada sabe de eso” ((1941[1938], pág 302). Para el diccionario de la Real Academia Española la palabra psicosomático no tiene cabida, lo que evidencia una falla de la cultura en torno la relación entre la psique y el soma. Nuestros pacientes psicosomáticos permanentemente confirman y llaman la atención sobre esta falla, en la que el cuerpo queda relegado al sujeto de la ciencia: la medicina y su tecnología. La neurosis de órgano, que nos plantea Ferenczi, habla de un paciente en el que el órgano toma preeminencia por sobre la psique como si el cuerpo exigiera su presentación, su lugar en la vida del paciente, así como en la teoría, en la clínica y en la cultura.
Desde filosofía fenomenológica, Nancy (2006) va a señalar al cuerpo por sus indicios, en sus palabras: “(…) ‘mi cuerpo’ indica una posesión, no una propiedad. Es decir, una apropiación en legitimación. Poseo mi cuerpo, lo trato como quiero (…) Pero a su vez él me posee: me tira o me molesta, me ofusca, me detiene, me empuja, me rechaza. Somos un par de poseídos, una pareja de bailarines endemoniados.” (pág. 23) Nancy , el filósofo, nos entrega una noción acerca del de la relación psique-soma como una relación viva, conflictuada, en tensión permanente, de mutua propiedad y legitimidad. Diremos que pareciera ser que en la psicosomática dicha relación de legítima apropiación e investidura se quiebra en lo una relación im-propioa. La psicosomática entonces se enfrenta al quiebre que refleja la im-propiedad, pero preguntarse por la im-propiedad es hablar sobre la propiedad y la construcción de dicha propiedad a partir de la concretud del cuerpo.
2. De la apropiación del cuerpo y el cuerpo propio
¿Cómo visualizar la concretud y materialidad del cuerpo? ¿Qué lugares va teniendo en la metapsicología? El psicoanalista Sandor Ferenczi en (1925) va a planteóar un proceso propio del desarrollo y del narcisismo primario, el que se se a detallar elcomo autoerotismo en el quey donde en el que los órganos van siendo investidos en un proceso, que más que placentero, lleva a la estasis libidinal, es decir, a la investidura que no encuentra su vía facilitada. En el autoerotismo la libido inviste cada órgano de un modo anárquico, sin organización alguna. De manera que a partir de Ferenczi no podemos pensar a priori en el cuerpo como un ente unitario, articulado por su propia naturaleza, sino que requiere de “aquel acto psíquico necesario” que articule, que otorgue identidad a aquello que no lo tiene.
Desde le filosofía, Nancy (2006) parecería coincidir con Ferenczi cuando postula a los indicios como lo único que podemos conocer del cuerpo: “¿Por qué indicios? Porque no hay una totalidad del cuerpo, no hay unidad sintética, hay piezas, zonas, fragmentos. Hay un pedazo después del otro, un estómago, una ceja, una uña del pulgar…: la anatomía es interminable, antes de terminar por tropezar con la enumeración exhaustiva de las células. Pero esta última no constituye totalidad” (pág. 27).
De esta manera, la relación con el cuerpo va a implicar un más allá de su concreción de órgano. A partir de Freud, y luego de Winnicott, el más allá pareciera estar ligado al sentido metapsicológico de la palabra “apropiación”, esto es, el reflejo experiencial de la investidura tanto del objeto como de la investidura del cuerpo. Es preciso recordar que toda investidura de objeto finalmente es una alteración del self. Winnicott va a adjudicar a la unidad madre/bebé la condición necesaria para posibilitar dicha investidura, señalando en lo que toca a nuestro tema: el handling materno. Dicho handling le entrega al bebé la posibilidad de ir transformando la vivencia corporal concreta en un “elaboración imaginativa” de dicha corporeidad, mediante la permanente presentación y representación el cuerpo del bebé a su psique y viceversa (Winnicott, 1970b).
Ciertamente no es lo mismo hablar del cuerpo (que nos muestra una relación basada en la indiferencia de la des-investidura) que hablar de un cuerpo o de mi cuerpo, en la que hay una apropiación que constituye el yo en su relación íntima con lo que Freud llama pulsión de apoderamiento.
Hablar de cuerpo entonces es hablar de una relación que Winnicott ya planteó con claridad en la relación psique-soma. Esta relación pareciera estar basada en la mediatización, primero por la madre, y luego por la posibilidad de generar experiencia del sujeto. La legítima apropiación pareciera irestaría entrecruzada por la posibilidad del sujeto de generar sentido a partir del cuerpo, : experiencia, sentido y apropiación se ligan inevitablemente en un nudo que tiene como eje central el propio yo emergiendo desde la posesión del propio cuerpo. El sentido no es más que el sentido del yo en su mundo. Su mundo no quiere decir el mundo, sino que un mundo de experiencias siempre singulares y ¿singulares? construidas a partir de la apropiación constituida luego de la investidura. Al parecer, el yo se compone en su propia posibilidad de generar experiencias. La investidura entrega sentido al yo y su mundo, donde sentido pareciera ser orientación, aquella impronta que le es propia de su cuerpo en su mundo.
Winnicott va a señalar que la “experiencia es un tráfico constante en ilusión, un reiterado acceso a la interacción entre la creatividad y lo que el mundo tiene para ofrecernos. La experiencia es un logro de la madurez del yo para el cual el ambiente suministra un ingrediente esencial. En modo alguno se la alcanza siempre.” (en Rodman, 1990). Winnicott (1962, pág. 60) va a agregar: “Es útil pensar que el material, desde el cual emerge la integración, en términos de motrices y de elementos sensoriales, el material del narcisismo primario”. Así volvemos al cuerpo y la conciencia derivada de su concretud. Concretud que habla de materialidad que no se permite identidad, que no permite fijeza. Sabemos que el cuerpo vivo es transformación (Bion) permanente. Como si Heráclito entrase a nuestras consultas: “No podemos bañarnos dos veces en el mismo río, el agua del río no es la misma, ni yo soy el mismo”. En este ingreso de Heráclito a nuestras consultas habría que poder aclarar una cierta necesidad clínica, y es que si bien “ni el rio es el mismo ni yo soy el mismo”, sin embargo el nombre del río y el mío son los mismos, como coordenadas que permiten chapotear en el agua, el acto de chapotear es lo relevante como juego en el agua, guiado por las coordenadas del registro del nombre.
Cuerpo, entonces, como material de nuestros futuros sueños nos arroja a la continuidad de la existencia pero también a su reverso, es decir al ingreso a la impermanencia de la existencia. No es la muerte en el entendido de la pulsión de muerte ya sea como lo plantea Freud o Klein sino más bien el ingreso de la muerte como la imposibilidad de la identidad, de lo estático, donde el para siempre queda vedado. Es como si el cuerpo nos llevara de la mano al agotamiento en el devenir del río heraclitiano: el cauce es el mismo, no así sus aguas. Mi nombre es el mismo, pero el yo no es el mismo. Esta pareciera ser la impermanencia como imposibilidad de la identidad de lo idéntico. El cuerpo difiere y sólo sabe diferir: difiere de los otros cuerpos, pero además difiere de sí en su historia. Lo anterior arroja al yo a la angustias de lo impensable, al temor a la desintegración y finalmente a la amenaza de locura. De ahí la pregunta del neurótico: ¿quién soy?, como si en su pregunta por definir su identidad se afirmara frente a la propia imposibilidad de la identidad, de una fijeza. El psicótico no se pregunta quién es: lo afirma con certeza delirante. Él es “Saturno”. El paciente psicosomático se pregunta por su enfermedad, por su órgano, y por lo tanto sin saberlo nos lleva de la mano a preguntarnos acerca de la materialidad de nuestra existencia o “el cuerpo como lugar de la existencia” (pág 57) dirá Daniel Álvaro. Al parecer esto estaría en correspondencia con el concepto de Winnicott de self que sería algo así como la experiencia de la existencia en el cuerpo, quizá el movimiento desde la existencia hacia la persona existente pero esta vez asentada en la vulnerabilidad del ser.
3.- Sexo adulto, el cuerpo en el movimiento del con-tacto:
3.1 Freud, la pulsión, objeto y representación.
Al traer la pulsión, Freud nos trae los cuerpos dotados de un modelo cientifizante que al enunciar su concepto de catexis o investidura revela la dimensión económica, necesaria para la ciencia. Si pensamos la pulsión sin duda se ofrece por su autor como un concepto límite entre el soma y la psique, relación inefable, precaria e in-forme, previa a todo formato o formalidad, a toda connotación y denotación sin embargo detonante de toda sujetividad posible. Pulsión como concepto límite de aquello que empuja, que pulsa, que nos lleva al objeto. Objeto en su dimensión económica tal como nos la presenta Freud es manifestación de la construcción necesaria de metapsicología. Esta definición freudiana lleva la urgencia de la defensa frente a la avalancha científica y biologizante de su época, de comités científicos, de las sociedades, mirada que se acaba en el paradigma sujeto del objeto. No obstante se agota en tal diferenciación. En este gesto Freud desvía su mirada a la ausencia del objeto, su representabilidad y la necesaria e inquietante pregunta de época acerca del juicio de realidad. Por contraparte, Freud en dicho modelo define por su negativo la pregunta por la presencia del objeto y de esta manera se deja entrever la dimensión de acontecimiento existencial, sellado en el acto de la investidura que es emergente de la vivencia de satisfacción. Para Freud la presencia conjunta de pulsión y objeto se hace satisfacción, acto psíquico más allá del pensamiento, un más allá del pensamiento que se hace tacto y piel. El mismo autor plantea que en presencia del objeto no se piensa, sino que se satisface. De aquí el sentido de hablar de exceso, del exceso de la palabra, de un cierto acceso a lo impensable, a un des-borde que señala un territorio diverso del pensamiento y del verbo que es profunda inscripción en lo psíquico y de lo psíquico.
3.2 Winnicott, investidura y alteración del self:
A mi juicio, para Winnicott, el acto de investidura es del orden de un acontecimiento existencial, en el sentido inaugural de la posibilidad de la experiencia. El autor va a describir la investidura o catexis como una alteración del self, donde el sujeto ligándose a su objeto se ve transformado (Bion) por dicha investidura. El cuerpo y el self son transformados en el propio acto de ligadura desde la partida y en su creatividad primaria. De esta manera, la erótica adulta emerge en sí misma como una alteración de lo propio y de lo otro, alteración que emerge en el con-tacto excitatorio y que es descarga pulsional y su ligadura implicada. Cuerpos que se tocan, que se alteran en el acto sexual y en la investidura se constituyen en sí mismo en exposición, en aquella extraterritorialidad que se abre en el instersticio de las pieles, de los tactos. La erótica de la desnudez no se encuentra en la cantidad de piel expuesta sino en la exposición a la propia alteración. Pero sin duda dicha investidura o alteración va más allá de lo planteado por el propio Winnicott y en términos de un otro: su cuerpo queda alterado por la significación emocional como parece natural; el otro queda expuesto como umbral y una apertura al infinito de las alteraciones. Aquí la palabra infinito es precisa: la apertura al infinito pareciera ser la exposición del cuerpo al cuerpo del otro. Infinito en la medida que el otro se aleja de toda representación, de toda significación y de todo lo significable, de toda imago. En el sexo el cuerpo del otro se fuga, se escabulle de toda determinación, de toda palabra, de todo pensar y pensamiento posible. En rigor, se señala como el exceso, el con-tacto de los cuerpos como un exceso que no cabe en la representación. El beso de los amantes no tiene re-presentación en su presente, sin embargo es presencia pura, es con-tacto, es orgasmo pero sobre todo alteración, ya nada es igual. Paradójicamente el universo (es necesario señalar que desde la física se mensura el enorme tamaño del universo, por lo tanto se describe su finitud y su hambre de otro, de un afuera del infinito) se hace infinito. El amante nada quiere saber, sólo desea la piel, el con-tacto que se ofrece como ofrenda de un mundo que se abre al sueño como espacio entre los cuerpos. El beso de los amantes da lugar al sueño pero no al sueño del dormir sino que al sueño como dirá Winnicott del “espacio potencial”, que se abre en el con-tacto de los cuerpos. Potencial en el sentido que es potencia del infinito espacio de separación que se llena de la potencia de la ligadura, de futuros sueños, donde la infinita alteración que es el proceso de estar vivo se altera en subjetividad (al tocar la piel del otro, el amante sabe de su propia piel, la unión de las pieles emerge como límite de la piel y por lo tanto como espacio). Extraño sueño el del espacio potencial, ya que es el sueño que surge del codo a codo, del sentir en el con-tacto, un sueño que como territorio es solitario pero que nunca es solo, del sintiente, diría Nancy, de esos quiénes están dispuestos a sentir en el con-tacto, por lo tanto las presencias, la del sintiente en uno como del sintiente en el otro. Su fuerza y potencia nace no de su representación sino de su presentación, por lo tanto de su infinito desconocimiento e ignorancia. Así el cuerpo de la exposición es exposición de la ignorancia, en un sentido muy preciso, del no-saber, porque el saber es captura y representación: los cuerpos son cuerpos de presentación, el cuerpo del otro en el sexo es un cuerpo que no se sabe sino que se fuga , en el tacto al infinito de la satisfacción y para ser precisos del juego erótico.
3.3 Winnicott, fenómenos transicionales: de la gratificación al
espacio potencial.
Es inevitable pensar y re-pensar el trabajo de Winnicott en el territorio de este tercer espacio que él llama primero Transicional y más tarde Potencial. El autor va a definir el espacio potencial como aquel espacio de la experiencia humana que emerge del territorio de la descarga pulsional, de la actividad erótica y autoerótica en el desarrollo humano. Así, los fenómenos transicionales emergen como una zona periférica, aledaña, más bien como un epifenómeno de la descarga pulsional en el encuentro con su objeto y donde el símbolo emergente es el resultado de una co-construcción derivada del encuentro de la “boca y su objeto”. Es importante señalar que el emergente simbólico es objeto presente, es símbolo de la unidad madre-bebé, de su encuentro y de la descarga pulsional, pero sobretodo es de su naturaleza el ser un objeto presente, no reprimible, no introyectable ni internalizable. No es objeto de duelo ni de olvido, sin embargo es objeto destinado a ser “difuminado” y “diseminado”. De esta forma Winnicott inaugura un territorio dentro de la metapsicología del psicoanálisis que se funda es el novedoso estatus del objeto transicional, descrito en su carácter de “difuminable” y de “diseminable” y de cómo dicho acto psíquico se transforma en su heredero que es el espacio potencial. El autor describe un proceso que se podría describir en la siguiente secuencia:
a. Descarga de la carga libidinales constituyendo el par pulsión-objeto.
b. Emergente epifenoménico de los fenómenos transicionales.
c. Surgimiento del objeto transicional. Primer Símbolo.
d. Difuminación, dilución del objeto transicional.
e. Apertura del Espacio Potencial. Espacio de la experiencia humana.
Dicho territorio potencial que se abre a partir de la gratificación pulsional: es un espacio que surge como posibilidad de la experiencia del sujeto humano. Esto se articula desde el territorio de la propia materialidad, del encuentro de los cuerpos del bebé con la madre, que en presencia se gratifica la descarga erótica, este espacio Winnicott lo llamó el territorio intermedio de la experiencia humana y más tarde espacio potencial. Este espacio se caracteriza, a juicio de quien escribe, por dos rasgos: que la experiencia como posibilidad humana se sostiene sobre el carácter simbólico de sus objetos, finalmente objetos de la cultura; y el segundo rasgo es que dicho territorio queda definido por Winnicott como el territorio de los sujetos humanos, en el que se superponen sus “áreas de juego” en lo que llamaríamos un encuentro intersubjetivo. De este modo, Winnicott va planteando que dicho espacio se definiría por su carácter de potencial en el sentido de potencia como posibilidad de experiencia abierta a la significación y de potencia en su carácter de presente o no. Su ausencia se trastoca en un espacio concreto, vacío, carente de significación, más bien dicho como lo que el autor llama “el negativo de la cultura”, el negativo de la experiencia.
Entonces cuando Winnicott plantea la idea de espacio potencial y fenómenos transicionales arroja luz sobre de la difuminación del objeto transicional y apertura del espacio intermedio. Lo anterior permite pensar el espacio potencial como la eclosión de un territorio que se puede pensar como la fuga al infinito ya no sólo como la fuga de aquello que se escabulle sino como la riqueza del (cuando se piensa en fuga nos referimos al equivalente experiencial de lo que sería el punto de fuga en la construcción de la perspectiva en el mundo de las artes.) Es decir, ccomo infinito de significación en ese territorio del encuentro de sujetos que es el espacio potencial. Cuando Winnicott destaca los fenómenos transicionales da cuenta sobre la relevancia de la descarga pulsional erótica, del acto masturbatorio y autoerótico como centro del emergente epifenoménico que sería el objeto transicional. El autor señala que es importante la forma en cómo el bebé chupa con fruición su pulgar, pero lo que él va a observar cómo un fenómeno nuevo y único es el movimiento de los otros dedos, o como surge el tacto sobre el pañal. Resulta llamativo ya que los fenómenos transicionales se apuntalan en la pulsión, pero es justamente aquello que surge en el más allá del registro o territorio de la pulsión lo que excede a la pulsión y que es su exceso, que en su ser presente se excede de la representación, como llamamos al con-tacto de los cuerpos que se abren en el instersticio y se hace espacio potencial.
Pulsión, sexualidad y tacto surgen como puerta al infinito, un más allá de la representación, una apertura a la exterioridad, exceso que se construye en acceso al otro, ya no sólo entendido como objeto del deseo y de la pulsión, sino el otro del con-tacto como acceso a la experiencia. Por exterioridad no se debe pensar sólo en el límite hacia afuera en lo que es mundo externo, tampoco únicamente como estimulación y excitación (menos retirarle su enorme valor y gratificación). Exterioridad pareciera ser la palabra que define el sentir que tiene ligado en sí al Sintiente y a los Sintientes. Nuevamente nos encontramos con la paradoja en el que exterioridad es interioridad: Winnicott advirtió, ¡¡no cabe la pregunta!! Exterioridad no es la exterioridad de las geografías corporales como nos las trae Meltzer en los Estados Sexuales de la Mente, sino que quizás tenga más que ver con la “dimensión cosmológica de la identificación introyectiva”, es decir donde el núcleo del yo en el modelo de Meltzer es al mismo tiempo puerta al Cosmos, al Infinito de la experiencia humana.
Meltzer va a aseverar con certeza que la sexualidad adulta es trabajo. Define de esa manera la dimensión de la fuerza de la pro-creatividad como manifestación de los padres internos. Lo anterior se agota en el devenir de su hipótesis, en los límites de la territorialidad que él mismo autor dibuja, nuevamente el interés teórico por distinguir alucinación de percepción como legitimidad teórica del modelo freudiano lleva a que desde la escuela inglesa del modelo kleiniano el modelo de Meltzer pongan un claro énfasis en la frontera de la geografía corporal y de los objetos. Esta mirada es importante pero deja mudos en el territorio de la sexualidad adulta, en su carácter presencial y presente, en su carácter excesivo. Es por esto que el mismo Meltzer va a plantear que la sexualidad adulta no emerge en la transferencia, planteamiento metodológicamente preciso y de un enorme valor para la clínica, pero que vuelve a cegarnos en torno a la sexualidad en su acto y actualidad.
Pulsuz fraqment bitdi.