Kitabı oxu: «Memorias de una niña rehén (High society)»

Carmen Iriondo
Memorias de una
niña rehén
(High society)

| Iriondo, CarmenMemorias de una niña rehén : high society . - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2014.E-Book.ISBN 978-987-599-358-71. Narrativa Argentina.CDD A863 |
©Libros del Zorzal, 2009
Buenos Aires, Argentina
Printed in Argentina
Hecho el depósito que previene la Ley 11.723
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Índice
No, gracias | 9
El bar de los espejos | 11
Por tu culpa | 15
Homicidio de mi tigre | 18
Una cajita alargada | 21
La careta | 24
Cortarse las venas | 28
El secuestro | 32
Plato único | 34
Sangre en la cabeza | 36
La mesa está servida | 41
Las esclavas y el diablo | 49
Mademoiselle | 52
Las desgracias | 55
Saudades | 59
Padre que se bifurca | 61
Personajes | 67
Réquiem del cisne | 74
Eme a, ma | 78
Ortodoncia | 81
Piano y sangre | 86
Carmenes | 90
Traslados | 93
Hipnosis | 99
Monólogo | 102
Olor a payaso | 104
Con pecado original | 109
Los libros | 113
Educacion sexual | 117
Una mala noticia | 120
Tres vírgenes | 125
Mi caballo, un padre | 130
Zapatillas de punta | 137
Amor de hombres | 141
Dios castiga pero no a palos | 146
¿Qué tenés ahí? | 150
Magia libre | 155
¡Carnaval! | 160
Enfermera | 163
Monólogo bis | 166
El salto | 170
Una colcha de lanita blanca | 173

hartazgos de agrado son peligrosos
Baltasar Gracián
Tengo hambre y quiero volver a casa. Desde el piso 12 donde estoy, se ven unas piernas con pantalones de hombre de oficina esperando el ascensor. Bajo por la escalera para tomarlo en el piso 11.
Las piernas llaman el ascensor que sube con un sonido sospechoso. Al entrar, un escalofrío me recorre la espalda.
Entonces el ascensor se suelta. Cae en picada. Caigo aterrorizada desde una altura de veinte metros, el estómago en la garganta.
Una explosión me ensordece y la frenada del carro me tira al piso. Me muero. Estamos muertos. Me matan. Grito con una voz que no es mía: “¿Qué pasa, por favor?”. Y las piernas del hombre se agitan descontroladas. Parecen sufrir un ataque de epilepsia. Lo que es peor, se sacuden sin advertir que estamos suspendidos en el aire del hueco del ascensor.
—¡Quedáte quieto! —grito desesperada.
Un humo espeso entra desde una pequeña abertura y algo se derrumba encima de nuestras cabezas. El humo espeso es para mí la señal de un incendio. Nos morimos calcinados. Dispuesta a zambullirme ante la mínima luz si se abren esas puertas dobles de metal, adopto la postura de preparación para una carrera, una atleta ciega y a punto de correr: el pie derecho sobre la línea blanca.
El ascensor se suelta otra vez. Otra vez explota, otra vez se cae, otra vez gritamos.
Del lado de afuera retumban voces de hombre. Trato de escuchar atentísima para aferrarme a la posibilidad de no morir. Gritan:
—¿Cuántos son? ¿En qué piso están? No se asusten, no se muevan, quédense quietos que ya llamamos al portero y viene con la llave de seguridad.
No les creo.
Estoy sentada en el suelo y veo, con una mirada líquida, un zapato de hombre debajo mío. Mis brazos se enlazan a una pierna con pantalón gris. La aprieto muy fuerte y apoyo la cabeza contra este último sostén, antes de romperme como un vidrio.
El paracaídas de un oscuro y polvoriento ascensor me devuelve a la vida. Ningún grito podrá detener los recuerdos que se han soltado en esa caída ciega.
It is no use to tell you how much we have loved you because these are commercial matters.
Kisses,
Abelo
[Es inútil decirte cuánto te hemos querido porque éstas son cuestiones comerciales.
Besos,
Abelo]
(Nota encontrada en el escritorio de mi abuelo durante su último viaje a Europa, junto a las indicaciones para el banco e instrucciones para la caja fuerte en caso de emergencia.)
No, gracias
La calle Montevideo era triste y aburrida. Ese barrio contradictorio, de mujeres bien arregladitas que iban a misa a la Iglesia del Socorro o a la del Pilar, mezclaba carros de caballo que vendían algo. La empleada de mi casa esperaba ansiosa la bosta de regalo para su planta de batata en eterno crecimiento hacia el cielo. El portero, gallego llamado Pepe, lavaba demasiado la vereda, ensimismado seguramente en recuerdos melancólicos o en fantasías de una vida más interesante para él y su familia.
Barrio Norte reprimido. Micros grandes que nos llevaban a colegios extranjeros que quedaban muy lejos surcaban las madrugadas oscuras. Pepe, con la manguera en la mano, preguntaba siempre lo mismo:
—¿Qué llevas para el recreo, niña?
Y la pregunta funcionaba como única despedida para una chica asustada por falta de información.
Perón y Eva eran los chivos expiatorios de una clase social que, como decía mi abuela, no supo defender sus privilegios. Desde muy temprano yo me preguntaba qué tendría esa señora para que tantos chicos la quisieran tanto. Y también la mucama, Rafaela, la única de la casa que se hacía cargo de mí.
No hay peor cosa que nacer en el lugar equivocado, ni que volverse anoréxica para demostrar científicamente la equivocación. “Me voy a morir de hambre –decía cada uno de mis gestos–, para ver si ustedes se dan cuenta de que no se puede tapar todo con esa cara de nada”. Mi madre, drogada hasta la extrema paquetería, me pedía por favor que comiera “algo”, llorando sobre un plato de pechuga de pollo que disimulaba la espinaca de adentro para que no me “anemizara”. Mi abuela decía que mi padre era un opio, un “abogado del interior”. Jeroglífico uno, que yo trataba de desentrañar en el silencio de mi casa materna. El “interior” era para mí como las tripas, algo parecido al cuerpo humano pero malo. “Abogado” sonaba mejor a mis oídos nuevos, asociado a médico, a doctor, a señor que leía fuerte mientras caminaba a pasos largos por el pasillo del departamento de la calle Montevideo, y en voz muy alta repetía palabras raras que me mantenían alerta por si anunciaban alguna catástrofe.
Por las noches, mis padres se peleaban, borrachos. Gritaban, se pegaban, golpeaban puertas. “Me mato, te mato, me vas a matar, me estás matando”, y dale con el circo gozoso de una pareja para la que debieran haber pensado en legalizar el aborto. Yo, aterrorizada, pensaba en un oso que tenía y siempre me quedaba rondando para que no lo fueran a romper. También estaba atenta a un tocadiscos a cuerda que me había regalado mi abuela, donde yo escuchaba un solo disco hasta el cansancio. No me acuerdo cuál era, pero me quitaba el susto. Mi temor era que con esos gritos lo terminaran rompiendo. No dormía casi nunca. Vigilaba con los ojos bien abiertos, bebiendo la oscuridad tensa y palpable de un cuarto triste y sin deseo, considerado infantil porque tenía una mesita blanca. Rafaela dormía lejos, ni pensar en que me rescatara. Salir de mi habitación, imposible. Hubiera sido presa de los golpes. Sentía que me odiaban. Y que además yo tenía la culpa de haber hecho las cosas mal. Hasta el día de hoy.
Sin embargo, el producto de la unión de estas dos monaditas no sufría lo que podría suponerse. Se limitaba a observar atónita el comportamiento de los “grandes”. A qué llamar la atención de ellos mediante pataletas, gritos o amenazas. Me dediqué a dejar de comer. Tampoco tuve éxito, salvo en dos felices ocasiones en las que mi mamá me rogó llorando que comiera.
El bar de los espejos
La comida me daba asco. Cualquier color, sabor u olor me producía asco.
El asco nació con una niñera irlandesa. Vieja, con la piel pecosa y el pelo ralo, rubicundo. Un pelo como de lanita, apolillado, artificial, “achampañado” y con canas en la raíz. Esta vieja vomitaba todas las noches en el lavatorio de mi baño. El ruido de ese ritual secreto me producía, además de miedo, una repugnancia que nunca más he vuelto a sentir con tanta intensidad. Miss Helen tenía otra costumbre: bebía la colonia importada de Inglaterra que la abuela compraba para después de mi baño. Por lo tanto, iba Miss Helen por la vida hediendo a un ácido agrio, etílico y sucio. Su piel era como cartón rugoso y de manchas lisas y chatas. Parecía un animalito feo. Pobre Miss Helen. Tampoco a ella la controlaban. Dejaba el lavatorio con algo amarillo y a mí me daban ganas de salir corriendo.
Ese asco inaugural se fue mezclando con casi todas las comidas que me preparaban. La carne de vaca me producía incredulidad, no podía creer que alguien encontrara comestibles esos pedazos sangrantes de carne de ser, con olor a animal, el mismo olor que tenía en la boca un perro que yo adoraba. Como lo amaba, al perro le perdonaba todo. Cuando me obligaban a comer bife, mantenía el bocado durante minutos y minutos dando vueltas en mi boca y esperando una distracción de los mayores para poder escupirlo. Las chauchas verdes me provocaban arcadas, eran un manojo de inmundicia intencional destinada a perjudicarme. Mi comportamiento producía una ira muy espectacular en mi madre, que habitualmente no mostraba sus sentimientos o su interés por mí.
—¡Mocosa malcriada, ojalá te mueras de hambre, para que veas lo que es bueno! —súbitamente cambiaba de tono y se ponía melosa— Gooorda, por favor, trata de comer algo, no puedes vivir así a pan solo, te vas a enfermar. No me hagas esto —casi llorando, pero impaciente— aunque sea un bocado y te doy agua, si no, no hay agua ni dulce de leche, no seas pava, abre la boca, por favor —como en un ejercicio teatral, de pronto muy severa—. ¿No ves que no puedo más?
Pienso que ella buscaba con estos cambios bruscos de tono pescarme con un anzuelo que me enganchara en su manejo. Si yo comía, ella podía retirarse tranquila.
Nunca después pude comer chauchas, las odio, tienen un gusto amargo como las borracheras de mi mamá. Son feas de color y feas de forma.
El olor a pucho, viejo y frío, los ceniceros, a veces con agua, repletos de cigarrillos sin filtro, eran peores que las quemaduras de cigarrillo que me hacía mi mamá cuando estaba muy borracha o drogada. La náusea ante esos papeles de color ocre, húmedos, malolientes, con el tabaco suelto y flotante me obligaba a un esfuerzo para distraer mi atención con cualquier otra cosa... que también me asqueaba. Además de los orejones, las ciruelas secas, el pollo, el queso, la espinaca, la zanahoria, la leche… Supongo que también me daría repugnancia lo que le veía hacer a mi madre desparramada en los sillones con su amante de turno. Tenía un “novio” ciego que medía más de dos metros. Me pedía: “Gorda, llévalo a Alejandro a comprar cigarrillos a la esquina”, con voz cantarina y arrastrada. Yo le tomaba la mano al gigante y, con mis cinco años y mis pocos centímetros, lo conducía a la calle Montevideo para que volvieran a llenarse los ceniceros de la casa tapada por el humo. El hombre se hacía llamar Rasputín. No sé cómo se las arreglaba para escribirme tarjetitas pinchadas con púas de tocadiscos que representaban, según él, pelos de su barba. Tenía los pies monumentalmente grandes y cuando se tiraba encima de mi madre en el sillón del living, yo veía esos zapatos subir y bajar en un movimiento ondulante que se aceleraba progresivamente. Parecía un barco en la tormenta, agravándose en un maremoto con esos dos timones que marcaban un rumbo peligroso. Mami emitía un sonido grave de animal herido o enojado. ¿Eso que hacían los dos, era bueno o malo? ¿Qué pensaría la abuela, que calificaba todo en términos de “Eso es bueno para ti” o “No te conviene porque es malo para la salud”?
En el living había un mueble alargado al que se le abría la tapa. Despedía olor a fábrica u hospital. Mi madre abría Sésamo y adentro se reflejaban vasos y botellas. El mueble estaba forrado de espejos y tenía unas bisagras envejecidas de bronce.
Ponía hielos en un baldecito, después en un vaso, servía whisky con tres golpes, el pucho siempre en la boca y los ojos entrecerrados y me preguntaba: “¿Quieres?”.
Una noche me ofreció soda. Ya tenía mi piyama puesto para irme a dormir y me tendió un vaso.
—¿Por qué no tomas?
—Porque tiene globitos y me da asco.
—Siempre la misma pesada, dale, que es rica la soda.
Pensé en tomar un trago así me dejaba tranquila. No quería irme a dormir sola porque tenía terror a quedar en el cuarto verde con sillón a rayas blancas y verdes, con una ventana abierta a paredes sucias de un pulmón interior.
Ni bien tragué la soda, vomité sobre la alfombra. Mi madre me dio un bife y me gritó:
—¡Boluda!
El asco era imprevisible, aunque se agravaba de noche. Al atardecer, mi madre sufría de una forma vespertina de tristeza, lloraba a menudo e iba perdiendo con el correr del día la escasa compostura que había logrado con la luz del sol. Me escondía debajo de una mesa que había dejado mi padre cuando acabó por irse, a la que previamente tapaba con frazadas que oficiaban de cortinas o telones para resguardarme. Era mi casita de salvación. Temía la llegada de la comida nocturna. La mucama Rafaela ponía un plato sobre la mesa de madera y mármol viejo de la cocina, y el color y el olor de su contenido me revolvían las tripas. Pensaba a propósito en Miss Helen (que salía los fines de semana) y me provocaba el asco deseado. La escena de los ruegos beodos de mi mamá se repetía, y al final partía sin probar bocado al cuarto verde para abrazarme a un tigre roto, regalo de mi tío, que oficiaba de fetiche, para no escapar tirándome por la ventana usando como parapente el batón acolchadito celeste cielo.
Por tu culpa
Las anteojeras religiosas se usaban para resolver conflictos y desatar crueldades. Mi abuela era tan católica pero tan católica que me repetía que yo debía dar gracias a Dios porque ellos me criaban y me daban de comer y me compraban la ropa y me mandaban a un buen colegio. Yo lo que recuerdo es pedirle a ese Dios que me ayudara a no tener tanto miedo. Supongo que le tenía miedo al mismo Dios que me amenazaba con el infierno porque yo era una chica tan mala pero tan mala que ni sus padres querían quedarse con ella.
Gracias, catecismo, por tus primeras y prístinas enseñanzas; por haberme hecho sentir culpable y responsable de todas las desventuras que sucedieron en mi casa. Una vez, mi madre me contó que yo no hubiera tenido que nacer, pero como ella ya había abortado otras dos criaturas, se ve que en este embarazo justo le agarró temor de Dios o distracción o alguna esperanza de que yo arreglara su vida. Vacío y plenitud: mi anorexia selectiva infantil me enseñó a no tragarme todo. De una manera mortífera y riesgosa, aprendí temprano a decir no, y a preferir el armado de un rincón para continuar con mi vida. Mi madre seguía en la cama, despatarrada y mirándome, arrastrando las palabras y repitiendo la paradoja:
—Goooooorrrrdaaaaaaa, ¿por qué no te vaaaas a tu cuarrrrto un raaaaato?
Recién a los doce años me enteraría de que esa manera de hablar respondía a una mezcla de alcohol, pastillitas y jarabe.
Mi tío era hermano de mi madre. A mí me parecía hermoso, gracioso, casi un semidios, pero raro. No se asemejaba a nadie que yo conociera. Le decía Clitemnestra a mi abuela, se reía de mí y me llamaba “culona”, y me regalaba anillos de fantasía que eran a todas luces no apropiados para una niña de mi condición. Tenía como amigos a Paco Jamandreu, el modisto de Evita, un personaje teatral rebosante de entusiasmo y de ironía aplicada: imitaba a sus clientas con una exagerada gestualidad y me hacía reír cuando me pedía que no dijera nada a nadie de lo que estaba oyendo. Dibujaba con las manos vestidos sobre su propio cuerpo, parado frente a la cama de mi madre. Parecía una bailaora revoleando los brazos para describir volados, pinzas, “jabots”, solapas y largos de faldas. Alfredo Alaria era otro de los habitués. Un bailarín de cierta fama que usaba mangas de infinitos volados hasta el codo, como alas de mariposa macho, y andaba así vestido por la calle. Hablaba de los bailarines de su grupo con interjecciones que me hacían comprender admiraciones o rechazos. “Vieron que tiene el culito parado, no como el de la primera fila que parece una pera madura”; y: “Uau, qué papito, mirá lo que tiene”. Otro amigo usaba aros de argolla, valga la expresión literal. A mí no me llamaban para nada la atención. Muy por el contrario, era divertido verlos conversar entre humaredas y vasos repiqueteantes, entre pulseras y aros y carcajadas estrepitosas. Mucho más entretenido que lo que podía ofrecerme el jardín de infantes. Una de sus virtudes era su absoluta indiferencia hacia mi persona de cinco años. Me consideraban de otra especie: mujer, niña y malquerida.
Mi tío perdió la vida en un curioso episodio ocurrido a sus treinta años. Mi investigación llegó hasta el probable asesinato-suicidio, pero mi abuela me dijo que había sido del corazón. Además, me aseguró que había muerto por culpa mía. Porque yo ocupaba las habitaciones que se suponían proyectadas para él, junto a sus padres que eran ellos, mis abuelos. Por mi presencia en la casa, mi tío se vio obligado a irse a vivir solo y entonces… le pasó “eso”. Y yo, mala persona, quedé viva y en su cuarto mientras ella perdía lo único que había querido en su vida. Olé.
Homicidio de mi tigre
El tigrecito peludo, regalo de mi tío Gustavo, dormía apretado contra mi cuerpo. Hacía rato que yo intentaba conciliar el sueño mientras entrecerraba los ojos para imaginar en la penumbra las rayas verdes que empapelaban el cuarto. Había comido nada y, como siempre, no podía dormir. Frío, calor, temor a algo debajo de la cama, al vuelo repentino de un murciélago, un ladrón o una araña tarántula. Un miedo nuevo se había agregado a mi lista: el terremoto. Mi abuela me había contado con detalles cómo en un lugar de la Argentina con nombre de santo, la gente había quedado aprisionada debajo de sus propias casas, aplastadas por los árboles porque la tierra se había movido tanto que se produjeron agujeros y grietas gigantes. Por allí también se caían los más chiquitos, los animales, los viejos y desaparecían los pueblos enteros. Sentía que la cama se movía debajo de mi nuca, el piso temblaba:
—¡Oíme bien, escuchame bien lo que te voy a decir! —gritaba mi mamá—. No te aguanto más, estúpido. ¡Andate de acá que la chica se va a despertar!
Silencio. Me incorporo en la cama y el tigre se cae al piso. Manoteo en la oscuridad y no lo encuentro. La cama se mueve, el edificio parece doblarse y temblar. No me animo a llamarlos.
—¡No me grites! Vos también me tenés harto. ¡Des-con-si-de-ra-da!
Escucho la voz entrecortada de mi mamá que grita, pero a la vez sopla en secreto algo sobre que se van a morir.
—Matate —dice—, de una vez. No amenaces. Ni se te ocurra amenazarme…
Otra vez silencio largo. Pasos arrastrados, swiiiissssh, swiiiish, van a la mesa bar. Ruido de vasos y hielo y la puerta del baño se abre y cierra de un portazo.
¿Será nomás un terremoto? Tengo prohibido levantarme y prender la luz. Me deslizo hasta el suelo, el piso está frío y no se mueve más.
—¡Dale, tomate este traguito y se te pasa todo! —llora y ríe al mismo tiempo mi madre, como la bruja de Blancanieves.
—Quiero dormir —levanta la voz mi papá—. Por favor dejame en paz. Dame ese vaso a mí. ¡Basta! ¡Noooo!
Cachetada. Así le pegan al perro de la abuela. Los cachetes se le bambolean y entonces siento ganas de abrazarlo. Es un cocker con las orejas muy, muy largas, blanco y negro, todo manchado.
—Me quiero morir —dicen los dos.
Me repito en voz alta el número de teléfono de mi abuela por si me quedo sola y la tengo que llamar. En ese instante, encuentro el tigre a ciegas y lo estrujo contra mi cara ayudándome con la mano libre para subirme a la cama.
Vasos. Retintín de cucharitas en el vaso. Todo está demasiado quieto y cuando es así, siempre termina mal.
—Tomá. Matate de una vez. Es una mezcla de pastillas para la tos con whisky. ¡Jajajaja! Espero que no me vayan a romper mi tocadiscos a cuerda y que no me saquen el tigre si lo suelto.
—¿Ahora estás contento que ni respirás? La voy a llamar a tu mamita para que te venga a buscar ya que se quieren tanto. Dale… ¡Abrí los ojos, imbécil! Abrí los ojos, por favor. ¡Movete!
El tigre peludo se me metía adentro de la oreja y sin poder casi respirar, lo aprisionaba contra mi cabeza cada vez más fuerte. Tim se llamaba el tigre. Tim, repetía yo. Tim. Tim. Golpes en las puertas. Tim. Corridas, gritos, voces de hombre, aullidos de mi madre, la voz de Mamita Tere aguda como la de un gallito, la reconocí y me aterré: un pájaro dolorido que grita y grita sin parar. Tim. Salto de la cama y abro la puerta. Miss Helen no está.
Me topo con un médico de delantal blanco posando un aparatito sobre el pecho de mi papá, que está en el suelo tirado boca arriba. Una mujer con guardapolvo celeste como mi maestra de jardín apura la partida empujando una camilla y al verme, dice:
—Cuidado con la nena. ¿Y esta nena?
Retumban palabras: ambulancia, coma, muerto, en boca de mis abuelos paternos. Los maternos no han llegado. Mi papá está muy enfermo y no lo voy a volver a ver.
Había visto un perro morir en el campo. Tenía la boca abierta y respiraba con mucha dificultad. Un ruido a serrucho le sonaba en la garganta. Así estaba mi padre acostado sobre el piso de parqué del pasillo de mi casa. Una camilla con ruedas de goma se lo llevó a la velocidad de un auto de carrera. Mi mamá se tiró en la cama y llorando me pidió que no fuera “pesada” y me durmiera rápido. Cuando me acerqué a su cama estiré mi mano para tocarla y me temblaba como a los viejos amigos de mi bisabuela.
—No puedo más, gorda. Anda a dormir. ¡Ya!
Extraño al abuelo y a la abuela. Tengo miedo. El tigrecito peludo se salvó esta vez, pero no me parece suficiente.
Una cajita alargada
Una cajita alargada, de plata, una forma atractiva, casi un juego o un útil escolar, descansaba desde siempre en la diminuta mesa de luz de mi madre, junto a cantidades indescriptibles de remedios. Adentro había una jeringa de vidrio opaco, muy agradable a la vista como lo son ciertos objetos de adorno, pintada con números y rayitas azules inscriptas en el vidrio igual que en mi termómetro para tomar la fiebre. Parecía inofensiva. Pero la cajita plateada se transformaba como por arte de magia en calentador pequeño, mediante un dispositivo de la tapa que permitía apoyarlo sobre una base. La caja se llenaba de agua, se prendía la pequeña mecha y se ponía a hervir la jeringa. Como los huevos que Miss Helen pasaba por agua. A mí me resultaba misterioso y despertaba mi curiosidad. Cuando este caldero en miniatura hervía, Mami sacaba la jeringa con una pinza de cejas y le colocaba una aguja negra, larga y gruesa que sacaba de un paquete. Como haciendo malabares, tomaba un frasquito con tapa de goma, lo invertía, pinchaba la jeringa con la aguja y el émbolo se movía al compás de la absorción de un líquido que no parecía tener más poder que el agua de la canilla. Me miraba sonriente:
—¿Te animas?
—Nooo. ¡Por favor, no!
—Qué tontuela.
Se subía el camisón con picardía y destapaba el muslo. Algunas veces estaba sin bombacha y sus pelos púbicos me impresionaban mal, como si fuera un bicho desconocido que no debiera estar ahí.
Comenzaba la coreografía montada para la ocasión. Un teatro de títeres perfecto que seguía con los hilos el movimiento previsto. Apoyaba la jeringa llena sobre el mármol de la mesita con una sola mano (Mami era ambidiestra), con la otra colocaba un pedazo de algodón sobre un frasco de alcohol Padilla destapado previamente y lo mojaba, invirtiéndolo. Pasaba el algodón húmedo por el muslo y seguía sonriendo:
—¿Te da miedo?
—Sí. ¿Qué es?
Con la otra mano tomaba la aguja separándola de la jeringa y se la pinchaba en el lugar preciso como si existiera una marca obligatoria. Era tan fuerte esa visión para mí que comenzaba a llorisquear. Mami prendía un cigarrillo con la aguja clavada, y le daba unas pitadas, contenta con mi terror. Demoraba así la inyección del líquido mientras yo no sabía si me iba a quemar con el cigarrillo como otras veces o iba a inyectarse en la pierna.
—No te asustes, gorda, no es nada. Me duele la cabeza. Ay, no llores, gorda. ¿Ves? No me duele.
Entre lágrimas y con cierta fascinación me tapaba los ojos y espiaba entre mis manos cómo se iba inyectando el líquido en la pierna. Me daba mucha impresión, pero reconozco que admiraba su valentía. Como respuesta a mi miedo, ella se reía satisfecha.
Terminado el ritual, me pedía que me retirara de su cuarto. Si yo no obedecía, me amenazaba:
—Entonces te pincho. Mira que te pincho.
Así las cosas, una tardecita depresiva en la que caía la luz mala sobre Buenos Aires, yo trataba de jugar en el cuartito verde. Alguna pantalla amarillenta por la nicotina, filtraba la luz opaca y de bajísimo voltaje e iluminaba el humo, acentuando el olor a pucho reinante en toda la casa. De pronto, un ruido fortísimo. Un golpe seco, vidrios rotos, dos gritos. Aterrada, salí al pasillo. Mi madre yacía tirada en el suelo con los ojos cerrados
igual que la noche de mi papá: estaba muerta junto a la cajita plateada desparramada a su lado, la jeringa rota en mil pedazos y un vaso hecho trizas que despedía hielos resbaladizos.
Tomé mis cinco años a cuestas y fui hasta el teléfono negro de la entrada. Llamé al número que mi abuela había escrito en números negros, grandes, cifras elegantes que permitieron que las dos sobreviviéramos una y otra vez.
La careta
La última noche que pasó mi padre en casa con mi mamá, se pelearon. Gritaron borrachos. Yo me tapaba los oídos con los índices hasta hacerme doler, y soltaba intermitentemente para probar si los chillidos se oían más fuerte. Mi madre dejó marcado en mí un único alarido, comparable a los momentos álgidos de las películas de terror. Ese grito animal, solitario y aislado de la discusión, me hizo saltar de mi cama y zambullirme fuera del cuartito verde.
Yo también grité: frente a mí se encontraba un ser deforme, monstruoso, con las orejas enormes y la boca torcida para la derecha, narigón, casi sin pelo y de piel gomosa y amarillenta. No me di cuenta enseguida de que llevaba puesta una careta de goma. Era mi papá. Se la había colocado pasándola por sobre su cabeza y, tras golpearle la puerta del baño en el que ella lloraba encerrada, la había sorprendido con esa cara espantosa que coronaba su cuerpo, menudo y desproporcionado. Mi padre había deslizado una careta gelatinosa y cubierta de verrugas hasta su cuello delgado y envejecido, aunque era muy joven. Sus piernas delgadísimas contrastaban con la cara verdosa de un demonio salido del infierno pintado en los libros de papel finito que no me dejaban leer. Un monstruo enfermo. Emitía ruidos con la garganta. Parecían arcadas. Yo no podía parar mis alaridos ante aquella visión de la muerte.
Lo que pasó después se precipita como un final buscado. Mi padre comienza a llorar, a pedir perdón, mi madre gesticula enojadísima, yo digo que tengo miedo y repito las palabras por favor, por favor, con mis cinco años de desesperación ya vieja, vuela un vaso por el aire y se rompe en pedazos, el líquido amarillento corre por el parqué oliendo mal. “¡Cuidado con los vidrios!”, me asusta mi madre. Papi se desliza casi desvanecido por una pared, se sienta en cámara lenta en el suelo y llora cada vez más fuerte. Es tremendo descubrir que los padres lloran así. Miss Helen se despierta y balbucea: “Poor favvouuur silenciouu que está la chica, be careful please, señoura…”. Me quiere conducir al cuarto verde de la mano, pero yo tironeo y quiero saber qué pasa.
A la mañana siguiente, mi padre no está. Pregunto adónde fue. Mi madre, desgreñada, sucia y maloliente, no sabe. Cree que desapareció. Miss Helen me consuela contándome que se sentía muy mal de la barriga y se fue a que lo cuidara su mamá. Hasta el día de hoy ésa sigue siendo la explicación de su abandono. Un dolor de panza y su madre que quería cuidarlo.
Después de ese escándalo, mi madre parecía pegada a la cama. En posición fetal sollozaba con los pies fuera de las sábanas. Nunca soportó los pies abrigados, durmió durante toda su vida dejando al aire sus pies chiquitos, blancos, bellos por haber caminado poco, intocados, casi de japonesa. Andaba descalza por la casa y odiaba calzarse o ponerse medias. Un extraño signo de su deseo de libertad y desnudez.
Los pies de mi madre se asomaban siempre con abrupta picardía. En pleno invierno, era tema de conversación obligada en la familia. Cada vez que podía se sacaba los zapatos y las medias, y sus pies descalzos permanecían siempre cálidos, como independientes de la temperatura que reinaba afuera.
Cuando era una beba, y existen muchas fotos que lo atestiguan, restregaba sus piernas y se quitaba los escarpines aunque le pusieran unos que habían inventado adrede, con elástico ajustado para impedirle su decidida acción. Ni bien comenzó a caminar, lo hizo descalza. Seguiría amando el contacto de los pies sobre la tierra a lo largo de toda su vida. Probaron con zapatitos blandos, de napa, de gamuza, de tela. No había caso. Se los quitaba sin hacer escándalo, con la tranquilidad de la convicción, y caminaba descalza. Con los dedos del pie, levantaba todo lo que encontraba en el suelo para no agacharse. La ropa tirada, un peine, un libro, un diario. Pinzaba el objeto en el piso con el dedo gordo enroscado al segundo dedo, y con esta habilidad circense, conseguía seducir a los que la prevenían sobre el frío y la “pulmonía” que se iba a agarrar por no hacer caso. A mí también me pasó esta “sabiduría” heredada del Pitecantropus. Levanté del suelo todos los objetos livianos sin agacharme y hasta llegué a tocar del do al sol en el piano, usando tres dedos del pie sobre las teclas.
Con respecto a su rareza térmica, una fotografía la muestra en París, a upa de su padre, en pleno enero y en medio de la nieve. Aparece vestida con un tapadito de piel de leopardo (en esa época no existía la militancia ecológica), unas polainas de gruesísima lana y un gorro con orejeras a juego con el abrigo. Sobresale su carita blanca, redonda, las cejas pobladas y oscuras, la boca bien marcada, y se ve la nieve cayendo tupida. Mi abuelo está sumamente arropado, con gorro y guantes.
Los pies. Los pequeños pies al aire más blancos que la misma nieve, colgando relajados. Contaban en mi casa que mi abuelo había soportado varios insultos de mujeres que lo retaban en francés a los gritos por maltratar a una niñita. Nadie podía explicarse ese fenómeno.
Esta costumbre representaba a Mami en todo su esplendor. Para mí era como su nombre, una maña propia. Dentro de la casa “vivía descalza”, así decía mi abuela sin darse cuenta de que era una de las pocas formas poéticas con las que se refería a su desdichada hija. Sus pies impecables, a veces negros por la cera del piso, jamás tuvieron el callo plantar que hubiera sido de esperar. Esos pies vírgenes de la aspereza del mundo, de la hostilidad y de la violencia de la naturaleza (Mami caminaba sobre el césped cubierto de cardos, o en los caminos de piedritas) posiblemente expresaran su decisión de no dejarse apresar por el frío que sentían los otros.
—¿No tienes frío en los pies?
No contestaba jamás a esa pregunta. En vez de eso, se pintaba las uñas de un rojo claro, intenso, como los malvones del aljibe que mi abuela detestaba.
Jugaba yo en la alfombra al día siguiente, mirándola de reojo para que no se muriera. Una sola frase dijo. Con esa voz grave de las mujeres fáciles del cine norteamericano de la época.
—Qué solas nos dejó.
Cortarse las venas
Poco tiempo después de que mi madre envenenara a mi padre con pastillas y alcohol (ella siempre sostuvo que eran solamente píldoras para la tos), sucedió lo más temido.
—¿Y Papi?
Silencio denso como respuesta. Largo mutismo de un cuerpo sin tono muscular desparramado en la cama de bronce con dosel y angelitos volando.
—¿Y Papi?
Un ronquido animal salió de la cabeza negra, boca abajo, enredada en el pelo sucio y tupido.
Como un robot pequeño me dirigí a su placard, casi sonámbula, agotada por otra noche sin dormir. Al abrirlo me asaltó otro monstruo más: estaba vacío. Salvo por una sola y única corbata bordeaux que colgaba de una percha de alambre. Una corbata abandonada, oscura, familiar, de hilo de algodón. Yo la llamaba la “lavable estirable” y eso a mi papá le hacía mucha gracia. Me refería al material, un tejido abierto y me gustaba tironear de ella y jugar con su cuello; seguramente el nombre respondía a algún aviso de radio de esa época.
La corbata bordeaux se agigantaba como si la viera a través de una lupa. La veía demasiado. Atraída por esa visión, entré en el ropero. ¡Qué olor a mi papá! Mezcla de colonia y tabaco. Olor a hombre.
Tomé la corbata entre mis dedos pequeños, la estiré, cerré la puerta del placard, con trabajo, porque adentro no tenía manijas y me enrosqué la corbata “lavable estirable” alrededor del cuello. Apreté fuerte una vez, le di otra vuelta y apreté más hasta que el dolor y el ahogo me produjeron una sensación placentera. Escuchaba de lejos, como en un pozo, los gritos de Miss Helen.
—¡Carmen! Where are you? Please! ¡Salgas prounto!
La puerta se abrió de golpe, la luz me encegueció, vi la melena rala de Miss Helen y me ligué una feroz cachetada. Fin del duelo. Principio de mis ideas suicidas.
Nunca supe ni sabré cuánto había de cierto en mis fantasías de muerte. Si realmente pensaba en matarme, o si era una estrategia histérica para llamar la atención. O si había descubierto otra forma de goce. Pero lo concreto es que me pensaba muerta. Chiquitita y muerta. A mi bisabuela Bita la vi muy de cerca cuando murió a los 97 años y me trepé a la cama, con la ayuda de mi abuela, que me alzó “para que la veas mejor, m’hijita”. Como el lobo de Caperucita. Parecía tranquila y aliviada. Tenía un ramito de orquídeas entre las manos blancas y una cruz de flores a sus pies. Mi madre entró de golpe y le gritó a mi abuela:
—¡Necrófila! ¡Déjela a la chica tranquila que no tiene nada que ver! ¡Bájela de ahí, carajo! ¡Es usted la que tiene amor a la muerte, la chica es mía y no quiero que vea a la abuela muerta!
Mi madre trataba a la suya de usted, mi abuela la trataba de tú, lo cual hacía difícil caer en insultos: “Váyase a la mierda”, “Ándate tu primero”, “Tú eres una ordinaria”, “Y usted es una conchuda”.
Esta primera lección impartida por mi abuela me permitió ver a una muerta sobre y desde la cama, mortaja incluida. Sin proponérselo, me enseñó a dejar de respirar. Lo hacía a menudo y contaba hasta cien equivocándome todavía en el orden de los números. El corazón me latía a mil por hora y de pronto, escupía desesperada como un faquir al salir del encierro de un cajón de vidrio blindado. Me imaginaba dejándome atropellar por un auto en la calle. La abuela se asustaba mucho cuando le soltaba la mano y corría por la vereda derecho hacia la plaza. Tenía las dificultades que las de su clase tienen para gritar, la educación que sufren las contiene de tal modo que no les sale ni la voz. Desafinaba como si estuviera cambiando la voz en la adolescencia. Se oía un sonido interplanetario:
—Caaarmen, ten cuidado m’ hija, cuidadito.
Pasaba un auto y yo me imaginaba tirada con las tripas afuera y a mi abuela llorando por la culpa. Había escuchado a las mucamas gallegas decir que el gas de la cocina mataba.
—Olle que si te queda una liave abierta que tienesh que tener cuidado, hombre, que te mata enhseguia y pobre tu abuelita shi te pasha algo, niña.
Yo sabía prender la llave maestra y antes de dormir me regodeaba con esa escena. La llave abierta, yo trepada a la mesada de mármol, cayendo sobre mí misma y enroscándome como mi madre en la cama, casi dormida, pero muerta.
Fue mi mamá quien me enseñó, desde muy chiquita, la manera de cortarme las venas rápido y sin dolor. En su baño tenía una silla de hierro pintada de blanco, amarillenta por la nicotina. El asiento estaba calado con pequeños agujeritos en forma de trébol. Mami comenzaba su acto didáctico tomando dos hojas Gillette y las colocaba con los filos para arriba.
—¿Ves?
—Hmm.
Sin llevarlo a cabo, me mostraba cómo atarlas a los agujeritos de modo que quedaran paradas, perpendiculares a las muñecas del usuario. Levantaba los brazos en ángulo recto con los puños cerrados. Súbitamente daba dos golpes secos simulando cortarse contra el filo refulgente y agregaba, tranquila:
—Después te metes en la bañadera ya llena de agua bien calentita.
—¿¿??
No me parecía mal. Mami ya lo había intentado dos veces. No sé si con esa “técnica”, pero la había salvado la urgencia de la Cruz Azul. Jamás supe si eso era una filial de la Cruz Roja o una secta de los Rosacruces que nombraban en mi casa a la hora de comer, o algo de la masonería que tampoco sabía qué era (los adultos cuchicheaban siempre acerca de quién era o no masón), o una crucecita de esmalte azul que mi abuela guardaba en un alhajero repleto de medallitas. Lo que sí tuve el gusto de ver cada vez que mi madre se emborrachaba, eran las dos cicatrices como lombrices marroncitas en sus muñecas blancas de venas muy azules. Me las mostraba orgullosa.
Mi abuelo tenía en el campo una escopeta, un revolver y un rifle. Salía a cazar con los amigos y era un pésimo tirador. A veces me llevaba en el auto y lo único que oía era la palabra “cuidado”. Tienes que tener cuidado porque esto tiene balas y salen con una velocidad que si te pegan no cuentas el cuento. No pongas el dedo nunca, nunca, nunca en el gatillo, nunca pongas el arma apuntando a ninguna persona ni para arriba ni la toques ni la mires porque te mata. ¡Pum! Una perdiz grande agonizaba bajo los faros del auto. Aleteaba desesperada. Yo me ponía en su lugar y no me parecía terrible. Me parecía peor estar en ese auto lleno de hombres fumadores haciendo de valientes que al final mataban pajaritos y liebres indefensas. Esos machos con olor a pucho y a sudor que nunca se habían animado ni se atreverían a decirme qué era lo que pasaba con mi madre y por qué mi padre se había ido para siempre.
El secuestro
Una noche, mi madre aullaba como una Medea insomne mientras yo trataba de dormir abrazada a mi tigre peludo. Los oídos tapados con los deditos de uñas comidas, timbrazo y golpes en la puerta principal, y la entrada a paso rápido de los abuelos. ¿Dónde está? Aullido. ¿La chica está durmiendo? Aullido. La puerta se abre y entra la luz amarillenta del pasillo. Sin mediar palabra, la abuela despierta a Miss Helen y la apura:
—La llevamos ya.
Tenía puesto mi batón celeste. Cosido en cuadraditos rellenos con espuma. Matelassé. En casa todo era en francés: ton sur ton, quadrillé, trompe l’oeil, sang de boeuf, louche. Me persigue hasta hoy la visión de esa tela celeste con globitos cuadrados a mi lado durante el viaje de ida que emprendí junto a mis abuelos en esa noche fría y neblinosa. Miraba hacia fuera, con los ojos muy abiertos, a través de la ventanilla del Oldsmobile de mi abuelo. Percibía los árboles que se movían ante lo que parecía ser un auto quieto. Me helaba la oscuridad y la enorme dimensión que cobraba la cercanía de la robe de chambre celeste, agigantada como en una percepción de sueño. Mi mamá había gritado muchísimo ante mi partida: “¡Hijos de puta! ¡No se la lleven! ¡No me dejen sola! ¡La chica es mía!”. Pero gritaba acostada en la cama, sin agarrarme de los brazos que yo estiraba hacia ella.
Las luces eran tenues, farolas europeas que cercaban la calle Quintana, hacia donde nos dirigíamos. La abuela llevaba una perchita con un delantal a cuadritos, perdón, quadrillé, amarillo y blanco. Era el atuendo del jardín de infantes que mis abuelos se empeñaban en llamar kindergarten. Y en otra percha, me colgaron a mí. Iban mudos, tiesos y callados en el asiento de adelante sin saber que estaban llevando a cabo un secuestro. En el lugar más hondo yo sabía que ese viaje era definitivo, y que, aunque odiaba el cuarto a rayas verde y blanco, iba a extrañar a mi mamá.
Fui a parar a un escritorio junto al dormitorio de la abuela, en el elegante petit hôtel de tres pisos. La casa tenía una escalera gigantesca y señorial que conectaba los pisos entre sí. Yo bajaba a toda velocidad, montada en la baranda de estilo francés.
Allí, un sofá cama sería mi cuna de rehén, Miss Helen no estaría más, habían aprovechado para prescindir de sus servicios y de su bulimia. Una mucama preparó el sofá como si fuera una cama y la abuela me dijo que me acostara a dormir. Eso fue todo.
Plato único
A la mañana siguiente, después de una noche sin sueño ni sueños, la abuela me acompañó al comedor. Había un plato solo reposando sobre un individual de hilo blanco en la cabecera de una mesa inmensa. Una silla vacía, oblicua a la que supuestamente me estaba destinada, esperaba al “adulto responsable” que en este caso y por esta vez iba a ser mi abuela. El mucamo Jacobo, polaco y obediente, avanzó con una bandeja de pedazos horrorosos de pollo con piel y puré de verduras.
—Me da asco.
La abuela produjo en ese preciso momento una buena acción. Ni siquiera ella se enteraría de que lo que estaba haciendo me salvaría la vida: me preguntó qué quería comer.
—Puré y dulce de leche.
Ordenó ese menú a la cocina, y al rato apareció un plato humeante con puré de papa, simulando espuma de nieve. Me lo comí todo. De postre, dulce de leche. Rico. Como los abrazos distraídos de mi madre. Dulce como su mirada de nostalgia a la que yo confundía con ojos de amor.
Durante veinte años esos serían mis platos únicos. Matizados a veces con algún huevo pasado por agua o una barrita de chocolate. Y pan. Lo demás, la otra comida, quedó fuera de mi mundo y de mi gusto. En la familia me reconocerían por esos “caprichos” y “manías” para comer. Yo comenzaba a saber, de a poquito, que ese rechazo sería una forma de venganza: al decir que no, negaba a toda esa gente que no me brindaba cariño ni me cuidaba. Después de ese almuerzo donde todavía recuerdo el asco que tenía que combatir ante la visión de la cabeza canosa de mi abuela, el cuerpo se me cubrió de urticaria. La aparición repentina de las ronchas inauguró una nueva era: el contacto inesperado y acariciador de mi abuela que cubría la erupción con una pomada de olor acre y con sus manos cuidadas y cálidas. En voz alta y al ritmo de las caricias, iba preguntándole al más allá cuál sería la causa de esa peste abrupta: “¿Manteca? ¿O chocolate, comiste chocolate? ¿El gato? ¿Una planta? ¿Pulgas del perro?”. Me tocaba y el calorcito de sus manos y la textura de la pomada que patinaba sobre mis piernas, panza, espalda, me hacían ronronear de bienestar. Demás está decir que mi cuerpo se encargó de repetir muchas veces ese pedido de contacto. Pero no siempre logré aquella sensación de existir para alguien y de tener un cuerpo.
Sangre en la cabeza
—Tu padre es bígamo.
Otra vez una palabra de sonido familiar pero de tono insultante. ¿Qué querrá decir? Un asaltante, un malvado, un hombre bajito, un bicho, un monstruo o ¿ese señor que volaba hacia el sol con alas de cera?
Él se había ido después de la última pelea de la careta de goma, a vivir a casa de su mamita y papito. Cuando me llevaban a visitarlo siempre estaba en la cama, en el cuarto del fondo. Me parecía que el dolor de barriga del que me contaba Miss Helen iba a ser eterno y se prolongaría hasta que yo fuera una señora. Se mostraba lloroso y evitaba mis ojos.
Mi abuela paterna, Mamita Tere, vigilaba la visita desde una posición lejana y de disimulo. Con un trapito en la mano, en cuanto yo la miraba, se ponía a limpiar canturreando con buena afinación: “Clavelitos, a quien le dooooy… claveles… clavelitos… paraaa los chuurumbeles”. La voz le temblaba de modo casi imperceptible, como cuando los adultos les dicen a los niños que no pasa nada durante la turbulencia fuerte de un avión en pleno vuelo. Usaba mi abuela Tere una pulsera de oro llena de dijes: una carretillita, una flor, un corazón, una inicial, una herradura, y todos ellos sonaban al son de su tarareo. Con ese sonar de fondo, recorría la casa grande y bien decorada, prolija y acogedora gracias a esa señora bondadosa y asustadiza, sobrepasada por la vida.
En el cuarto de baño, amplio y con unas ventanas hermosas y altísimas con vidrios de opalina para que no se viera desde la vereda, ya que estaba en la planta baja, Mamita Tere había dispuesto unos cobertores de material plástico floreado para tapar el inodoro y el bidé. Florcitas marrones y rosa viejo, con ese olor característico y riquísimo del plástico, el hule y el nylon. Los cubrebidé e inodoro estaban terminados con voladitos fruncidos del mismo material, las flores se convertían en ramilletes más pequeños y fascinantes para aquella mirada de nena maricona y futura mujer con alma rococó.
—¡Ay, abuela, no sabes qué geniales que son los cosos que pone Tere en el baño arriba de la letrina! Son de hule blandito, con florcitas y hojitas… Me encantan. ¿Me compras unos así?
—Qué cache.
En la parte de servicio, en un dormitorio arreglado especialmente para ella, dormía la hermana de Mamita Tere, la Tía Pepi, solterona y activa. Junto a su cama, un fanal de vidrio encerraba a un niño Dios apenas tapado con una puntilla, durmiendo con placidez sobre un almohadoncito blanco. Mis ojos perforaban la parte de su sexo. Me preguntaba, confundida, qué tendría debajo de su pañal. No sabía entonces ni lo sé ahora, si el Niño Dios tiene sexo o le dejaron la entrepierna sin tallar por los siglos de los siglos. Si bien el cuarto tenía una alfombra persa muy bonita y una cama de bronce de una plaza y media y cortinas de seda que hacían juego con la colcha, no dejaba de ser un cuarto de mucama arreglado. Desde este margen, la tía espiaba la vida de los de “la casa” con cierto resquemor, supongo, y con la inferioridad propia de quien no está ni siquiera casada y queda relegada al mapa de la servidumbre.
Un domingo, después de un acto en el jardín de infantes en donde hice de reina, fui a almorzar como de costumbre a lo de los abuelos paternos. No estaban todavía, mis primos tampoco y busqué a la tía Pepi en su cuarto. Me gustaban ese rincón encerrado y el gigantesco armario con un espejo enorme que parecía irse encima de la cama por las medidas reducidas del dormitorio. Entré y la vi paradita frente al ropero. Flaquita, de baja estatura y, para mí, viejita. Yo había conocido, el fin de semana anterior, lo que era jugar al rugby y me había impresionado mucho el ruido de los cuerpos golpeando y chocando con violencia legalizada por las reglas del juego. Ese domingo estaba toda vestida de blanco, con zapatos blancos de tiritas, y me miré en el mismo espejo en que se miraba Pepi. De golpe, se me ocurrió y le dije:
—Te hago un tacle.
—¿Un qué? —pareció no entender.
—Un ta —y me tiré de cabeza para tomarle las piernas y derribarla al suelo como había visto hacer a un primo y sus amigos en el campo de deportes. La tía cae arriba mío y me aplasta. Lo veo suceder como en cámara lenta en la imagen invertida del espejo. Ella grita. Yo me ahogo debajo de su peso y la mirada se me nubla de rojo. Cuando vuelvo a abrir los ojos estoy arrodillada en el suelo, frente al espejo. Chorros de sangre caen de mi cabeza sobre el vestido blanco que se tiñe de rojo y se empapa con algo calentito que sale de adentro de mi pelo largo. Un único alarido convoca a las mucamas. Pepi también se descontrola y reza a los gritos, mi abuela Tere que ha llegado en ese instante declara que se va a morir y yo creo que ya me he muerto. Sé que nada va a ser peor que esto en todo mi futuro y que Dios no me va a perdonar nunca y me va a llevar al infierno.
—¿Cómo que te agarró de las piernas? Si no tiene fuerza.
—Llamen a los padres, que vengan los dos que se va en sangre.
—La abuela se va a morir y nos va a matar.
—Fue culpa de ella. Se le tiró encima a Pepi, es una bestia la chica ésta.
Pasó un tiempo eterno y llegaron mis padres que no parecieron sorprenderse. Mi madre me agarró de la mano y me tironeó hacia la puerta de calle. Mi padre me espetó:
—Pobre Mamita Tere, mirá cómo la pusiste de nerviosa.
“Pobre yo”, alcancé a pensar mientras tocaba mi pelo mojado en sangre con la mano que mi madre había dejado libre. No dijeron ni ¡ah! ni ¡oh! ni ¡auch! ni nada. Mis padres parecían fastidiados por la molestia, pero nunca asustados de ver a su única hija con un trozo de cuero cabelludo colgando y empapada en lágrimas y sangre entre sollozos espasmódicos.
Mi padre tenía muy mala cara y estaba furioso conmigo porque la había hecho llorar a su mamá. Me subieron a un auto, me tiraron atrás sola en el asiento. Daba lo mismo. Ellos discutían en el asiento de adelante, algo que tenía que ver con la culpa que había tenido la familia de mi papá. Yo rezaba “ángel de la Guarda, no me desampares ni de noche ni de día” para que se dieran vuelta y me miraran como una señal de interés. Acostada, veía pasar rápidamente los árboles vistos al revés con la luz del sol encegueciéndome y sentía el gusto salado y dulce de mis lágrimas. El movimiento del auto me fue tranquilizando hasta que me obligaron a bajar, no sin antes reprocharme por haber manchado el asiento de tela.
Estamos en el sanatorio. Me atan a una camilla con correas de cuero y viene un médico también enojado que masculla:
—¿Y ahora qué? Es domingo hoy, no estoy para esto. A ver, nena…
Una enfermera seria rapa mi hermoso pelo de un solo lado. No recuerdo haber gritado tanto ninguna otra vez. Me parecía que se me salía la lengua y los ojos se me reventaban. El médico amenazaba con “dormirme” del todo, y yo veía muy de cerca la aguja, el hilo y lo peor, sentía las puntadas en mi cuero cabelludo. Una vez había cosido cuero en el jardín de infantes. Era lo mismo, pero en mi cabeza y tenía miedo de perder las ideas. Me dieron siete puntos. Ya en la calle, mi madre le hizo señas a un taxi y el conductor le pidió “cuidado” al verme vendada. En la calle Quintana, me recibió mi otra abuela con un rictus amargo, y sin saludarme, de la mano me condujo hasta su dormitorio donde me sentó en el sillón. Entró mi tío que pareció divertirse con mi vendaje. Me dijo sonriendo:
—Pareces un indio.
Se fue y al rato volvió con una pluma de plumero. Me la colocó paradita dentro del
vendaje y haciendo el característico sonido y golpeándose la boca con la mano, me bautizó Reina India de la Tribu de los Mapuches.
La mesa está servida
—¡No puede ser! El platito de pan está a la derecha. Le pain à gauche! Le pain à gauche! —masculla con tensión agresiva la abuela ante la mesa puesta. Abre la puerta de la cocina y llama a una de las mucamas. Jacobo ha salido a comprar betún incoloro para los zapatos y la mesa fue tendida por Rolinda, una gallega con el pelo más largo y más poco que se haya visto, unas hebras finas, canosas y larguísimas, casi hasta la parte interna de la rodilla.
Rolinda hace su entrada arreglándose el pelo mediante una hebillita fina que toma sus mechas como hebras de gramínea. Está intentado no morirse de susto. Trae unos platitos del mismo juego del que yace sobre la mesa, prolijo, perfecto, pero acompañado por platitos de pan de cristal o vidrio… a la derecha del comensal.
—No, Rolinda. No. Los platitos de vidrio no tienen ninguna importancia. Lo que sí importa es que el plato de pan siempre tiene que estar a la izquierda. ¿Ve? La persona tiene que tomarlo a su izquierda, al lado de la copa de agua, la de vino va a la derecha y la de agua a la izquierda y los cubiertos de pescado van hacia fuera y los del plato principal hacia adentro y debajo de las copas tiene que poner, así, el cuchillo, tenedor y cuchara de postre. ¿Entiende, Rolinda?
—No, señora, la verdad es que me marean tantas cosas —balbucea Rolinda al borde del llanto.
—Debajo de los individuales de hilo… ¿Ha visto unos cuadrados de paño lenci marrones que hice cortar por la modista? Van debajo de las carpetas para que no patinen y el lustre de la mesa no se resienta con el calor del plato. Búsquelos y después le muestro —solicita con firme paciencia la abuela. Queda moviendo cada pieza con un dedo, al milímetro. Corrige, apenas empujando, la posición de un vaso, de un cubierto o un salero. Junta las servilletas y me pide:
—Carmen, anda ya a buscar servilletas de hilo blancas. Diles así: de hilo blancas con el monograma blanco. Éstas son muy bonitas pero no pegan con los individuales que tienen un poquito de dorado en la punta.
—¿Es tan importante? —pregunto, a pesar de que sé que una cuestión de Estado se juega en el intercambio de piezas. Agrego para aflojar los nervios:
—El centro de mesa es bárbaro. ¿Se llaman “alverjillas”, no?
—No. Son ar-ve-ji-llas. Flores divinas para acompañar estos platos que eran de Mamita Guerrico.
“¿En qué quedamos?” Las “alverjas” no son arvejas. Arvejas es cache. Las flores no son “alverjillas”, sino arvejillas. Me dispongo a ir para la cocina, lugar que la abuela morirá sin conocer. Aparece Jacobo enrojecido por haber llegado tarde. Como un mago con sus guantes blancos dispone cada pieza, cada copa en su lugar. Desliza una belleza infinitesimal con cada movimiento. Es cierto que sabe mucho de poner mesas. Su tic boca-culito-de-paloma está en el pico de frecuencia y velocidad. Deduzco que algo crucial está sucediendo para él. La abuela parece haber recuperado la compostura interior como si su familia hubiera vuelto sana y salva de la guerra. Relajada, me sugiere:
—Hoy si quieres puedes invitar a una amiga y comer en tu cuarto.
Antes de retirarme escucho una disertación acerca de poner o no al final de la comida unas azucareritas individuales de plata que por supuesto hay que lustrar y decidir si van a acompañar un postre complicado que para ciertas personas va con azúcar.
—Miejor nada, siñora, miejor. Muchio cosa junta todo en mesa yiena no caber.
—Tiene razón —la abuela obedece a los consejos y la experiencia de los mucamos rápidamente. Estos saberes, me dijo el abuelo, son incorporados por el servicio y al final saben más que sus patrones. Una vez el abuelo me mostró unas fotos de esclavos en el África que se vendían en la plaza. A veces los cambiaban por comida, porque eran muy pero muy pobres. Eso sí que era un horror, no si el platito de pan va a la derecha o en el medio.
—Vamos a poner el florerito en la entrada, Jacobo. En cambio, en el centro de mesa va el chaud-froid de plata que pongo cuando viene gente de noche. Las flores son demasiado…
—¿Quí es chofuá? No entiender…
Camina la abuela alrededor de la mesa. Una calesita que no se detiene, siempre hay algo que mejorar. Y cuando pregunto para qué sirve la liturgia me dicen que para la “ética” cuando sea grande. ¿Y para qué servirá perder tanto tiempo alrededor de los platos de la mesa? Ahora lo descubro: hay algo que hace que los que no saben de esto se sientan irremediablemente idiotas.
Cuando llega el postre, el mucamo coloca por la izquierda de cada invitado un plato con un bol de vidrio lleno de agua. Por lo general, se produce en la mesa el mismo suspenso que en una película de terror. Los comensales que desconocen este ritual entran en confusión mental y miran con desesperación a derecha e izquierda, para abajo, pensando para qué demonios puede servir el recipiente. Para tomar agua ya están los vasos. Para mezclar o condimentar no se utiliza el agua. Con sadismo, los dueños de casa hacen siempre lo mismo: simulan estar relajados y tranquilos hasta que un invitado intenta tomarse el agua o rociar el pan como en las bendiciones o ponérselo en la cabeza como en carnaval o suicidarse, y entonces recién ahí el abuelo coloca el bol a la izquierda del plato de postre y avanza Jacobo con una fuente llena de cerezas. En la otra mano lleva una salsera con crema. La gente se sirve las cerezas con la mano. Esto también es desconcertante porque se supone que lo fino es lo contrario pero en este caso es así. La señora que casi se toma el agua dice descompuesta:
—No, gracias. Necesito ir al “toilé”.
La abuela se sirve un enorme racimo de cerezas rojas con la mano, las va comiendo de a una, escupe el carozo dentro del cuenco de la palma, y cuando termina, ejecuta una ablución dentro del agua y se lava los dedos. Una pila bautismal inesperada. Sólo faltaría que se persignaran después de comer la fruta.
La señora del “toilé” aparece con la tez color marfil y los rasgos marcados como una momia que hubiera envejecido cien años en el transcurso de su ida al baño. No es para menos. Antes del episodio de la fruta hubo otro que la preparó para una internación en el frenopático donde la internaban a mi mami. El primer plato consiste en una cantidad considerable de choclos. Una fuente de plata impecable, repleta de choclos en una pila piramidal. Maíz humeante, como el que comen los chanchos en el campo, pero calentitos. A la izquierda de cada plato están posados los pinchos ad hoc, unos choclitos de plata, en este caso terminados por un pincho en punta. Hay que tomar estos elementos decorativos por las puntas e introducirlos en los bordes del choclo para poder así no quemarse ni ensuciarse los dedos con la manteca que previamente se coloca con un cuchillito que está en el platito de pan, a la izquierda. La señora y su acompañante hacen exactamente eso. Después de una esmerada observación de los otros, proceden a pinchar los choclos con elegancia. A la señora se le patina instantáneamente el choclo hirviente, enmantecado, que salta como con vida propia hacia el centro de la mesa lustrada de caoba de la bisabuela de mi abuela. Un borde blanco, como cuando aterrizan platos voladores, se marca en el acto sobre la tabla lustrosa. El señor se asusta tanto que se distrae. Y su choclo patina también con peor suerte. Cae sobre la falda de la abuela quemándole una pierna. Ella emite un gritito:
—¡Ay! No se mueva nadie. No pasó nada. Está bien. ¿Jacooooobo? —mientras patea como una loca el timbre debajo de la mesa y sostiene el choclo con las uñas para no quemarse.
Idos los invitados, se repiten las letanías:
—No puedo creer que se quemó el lustre de la mesa. El lustrador vive en un lugar rarísimo. En la calle Rivadavia y no tengo quién me lleve a buscarlo para que la arregle aquí mismo en casa. M’ hija, fíjate en la libreta mía el señor Walter Weinmann que vive en una calle como si te dijera Castelli o algo así. Y mi vestido irá a la tintorería para sacarle la mancha de grasa. Oye, mañana no voy a poder porque viene el que escarda los colchones de lana. Qué horror y esa mesa así no sé, le pondré un mantel hasta que pueda venir el señor del lustre que es todo un señor elegantísimo. Usa sombrero, con eso te digo todo. Estoy harta de estos almuerzos que se complican siempre y a tu abuelo le da todo lo mismo. De paso al lustrador le voy a dar un cajoncito del costurerito que está flojo y la marqueterie se ha ido soltando. Si me pongo a mirar, todos los muebles necesitan arreglo, pero este hombre no puede vivir acá conmigo. Y a ti te veo de mal color hace unos días, color cacatúa. El Marqués de Gastando preguntaba: ¿E perché mía? cuando yo decía cacatúa. Caca túa. ¿Entiendes el chiste?
De grande, cada vez que leía que el Dante o Pavese o Quasimodo escribían “tua” en sus memorables escritos, me saldría: ¿E perché mía?, en un automatismo brusco que seguro resume mi secreto amor por la abuela.
Estamos todos sentados a la mesa con el pan a la izquierda. La puerta del comedor que da a la cocina está tapada por un biombo. Pero el criiiiiccc característico anuncia la pronta entrada de Jacobo, fuente en mano. En la derecha, como acróbata chino, una fuente pesadísima con una tonelada de pescado con ojos y bigotes, perfectamente fileteado, abrazado por unas papitas redondas y limones cortados. Lo menos parecido al fondo del mar. En la otra mano lleva una salsera de porcelana que tiembla en el plato ante el incipiente ataque de pánico que el mucamo está por sufrir. Un tropezón, y se tiene que volver a Polonia.
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