Kitabı oxu: «Tu cruz en el cielo desierto»


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Epígrafe
Tu cruz en el cielo desierto
Sobre la autora
Créditos
Desde ayer las preguntas se divierten o se cierran
al impulso de frutos polvorosos o de islas donde acampan
los tesoros que la rabia esparce, adula o reconviene.
—José Lezama Lima, “Muerte de Narciso”
Fui a Oaxaca porque me invitaron a una feria del libro y también para buscar la penúltima noticia de un amor mal olvidado. Eran las vísperas del Día de Muertos. Mi amor vivía en China, y yo le había propuesto que nos encontráramos en México para que nos viéramos por fin en la carne, pues solo nos habíamos visto en la pantalla del teléfono. Él no me había dicho que sí, ni estaba invitado a esa feria, y además dejamos de hablar un mes antes de mi viaje. Aunque yo sabía que no iba a verlo, esperaba recibir en México un silbido suyo, algo, una constancia de su ausencia. O tal vez quería verme pensar en él en un lugar que él amaba, según dijo, y sobre el que había escrito un libro de poemas que yo no había leído.
No dormí la noche anterior al viaje porque debía estar temprano en el aeropuerto; iba a dormir en el avión. Siempre duermo en los aviones. Las cinco horas de recorrido mañanero de Bogotá a México estarían en el lugar de mi noche anterior. El transcurso sería un tránsito, más que un recorrido: de la vigilia a la vigilia. La llegada sería despertar. El despertar es siempre la llegada al mundo siguiente.
Hoy, después del regreso de Oaxaca, me he dicho dos veces –no con la lengua, sí con el oído–: “Te llegó la hora”. No me lo he dicho refiriéndome a la hora de mi muerte, que es la hora que será llegada, sino a la hora de esto. He necesitado decirme que me llegó la hora que no trae ninguna cosa desde afuera, que a lo mejor no es lo mismo que decir la hora del olvido ni la del recuerdo.
Tal vez “Te llegó la hora” significa “aquiétate”.
Tal vez significa “únete”.
O significa que te volvió el espíritu.
Tal vez la hora inmóvil –vínculo entre un instante y el siguiente– es el espíritu.
Entonces el espíritu es también el movimiento, el paso.
¿Y el alma? ¿Es una médula lumínica?
¿Es el eco de aquello que te dice que te llegó la hora?
¿Tu alma es otro en ti? ¿Es todo en ti?
El alma está quemándose. Es el ardor.
Mi alma: yo por estos días no tengo. Tengo más bien una apremianza de mi corazón. Una idea fija.
Mi corazón late desacompasado. El corazón en el que pienso –el que ahora no tengo adentro y sin embargo tanto insiste– es un renegado, que en la cabeza prueba a quedarse quieto para demostrarme que no puedo hablar sin su salud; que tengo que componerlo, arreglar mi corazón.
No podría decir esto en voz alta.
El corazón estallaría en sollozos si sintiera que se habla así de él.
“Te llegó la hora” significa, tal vez, “Detén el ruido: escribe”.
Mi corazón ya no está yendo hacia otra parte, que es como está cuando busca su deseo. Le he oído que está ocupando el lugar de cámara de mi muerte. Y yo, acurrucada en un nudo de dolor, en el instante de empezar a nacer, ocupo el lugar del corazón roto de mi corazón.
Tengo una presión de aire caliente donde debería respirar: estoy desairada.
Imagino mi corazón como un cuerno: aquello que sale de mí hacia los otros y que yo misma no veo. Él se ha convertido en protuberancia de mi cuerpo, en marca en mi frente, que solo otra podría ver. O es un cuerno en la frente de otra, donde ella no puede verlo ni yo puedo decírselo. Luego nos lo cortan a ambas. Y entonces tenemos en la frente, como la cruz de ceniza, la cicatriz del cuerno que nos defendía.
Eso fue, hace un momento, mi corazón: el cuerno del rinoceronte o el del unicornio medieval que atraían usando como carnada a una virgen. Molían luego el cuerno en un mortero y preparaban con él un remedio para los hombres impotentes; para que un rey estéril lo bebiera con la tristeza y la vergüenza de no tener entre las piernas el cuerno requerido. Mi corazón pulverizado y desleído se convirtió en el sueño de un rey sobrepasado.
Y mi cuerpo: ha habido últimamente horas en que tampoco su imagen comparece. Se deshizo en una fiebre, convertido en la humedad del deseo por mi amor. Ahora su líquido tendría que descomponerse: leche fermentada para que una recién nacida, que soy yo, la beba y crezca emborrachada.
O a lo mejor mi cuerpo se recompone en estas páginas que escribo con el corazón afuera, pidiendo estar en ellas y de ellas recibir una palabra resistente.
¿De dónde me sale esta perseverancia para escribir sin impulso? ¿Sale del tiempo mismo, que me requiere que lo llene?
Escribo esto como una cabeza delante de mi cuerpo, mi corazón y mi alma, en mi casa, al regreso de un viaje, descorazonada en una y otra parte.
Mi corazón no está averiado: está quitado, afuera de mi pecho. ¿Entregado? ¿Aún ofrecido, entre mis manos?
Mi corazón, que se hace el quieto, sigue averiguando.
Mi corazón averiguador es mi mente, que da vueltas en mi pecho, entre rayos. Es un engranaje entre rayos. Chirría y chisporrotea.
Y ese enredo de ruedas, ese corazón de cerebro que da vueltas sobre sí y cuyo sonido, fuera del pecho, se oye como un cabalgar rabioso y dolorido, esa yegua, es el lenguaje demasiado: el lenguaje que trata de hacer algo por mí y por el que doy la vida.
¿El lenguaje es el registro de la esperanza, o de la desesperanza? ¿Es el testimonio de que hay un mundo que sí puede habitarse?
Deseo al lector con tanto ardor. Siempre estoy queriendo ver un país nuevo para allí volver a desearlo a él; para querer que él vea la imagen que yo esté viendo y en la imagen vea la cosa que yo no sabré jamás. Quiero ese jamás. Ese no poder saber. Quiero que el lector mire, desde su propio tiempo –que es mi más allá, que es la salvación–, la hora por donde yo transcurro sin poder llegarme. Tan pronto como intuyo que piso un nuevo país imaginario, deseo allá la compañía de él. Enseguida, sin embargo, sé que él ya llegó en mi barco a un país más nuevo todavía. Persigo al lector, de país en país. Tan apasionadamente.
Mi amor malogrado fue, durante un tiempo, todo mi lector.
Este libro es la historia de una seducción, o es una historia de la seducción, y es la descripción de un lugar donde me puse; de unas leyes que no leí mientras estuve en el reino donde regían y mientras mi necesidad las promulgaba. Es la salida de ese reino. Es la natación de Narciso. Quiero salir y que al final parezca que entré para luego escribirlo; que aquel lugar era este mismo libro que iba a ser; que me quité el corazón para vérmelo de frente: ¿entre las manos de mi amor? Entre las manos de mi imagen.
(¿Un libro que se llamara Natación de Narciso sería también sobre la muerte de Narciso y su transformación en flor?).
Mi amado hablaba de mi oído y de mi oreja. “Adoro tu oído” fue el primer enunciado de su amor. Me halagó que me lo dijera un poeta que rimaba y escandía. Pude haberle contado que no debía a ningún maestro mi oído para la prosa, ni a ninguna sensibilidad para la música, sino a la frecuencia del agua. Que, al tiempo que me hizo crecer con otitis dolorosas, la práctica de la natación –avanzar contando las respiraciones y moviendo los miembros simultáneamente de dos maneras diferentes– me enseñó a escribir con un compás. No le conté eso ni nada más de mi pasado, salvo, caprichosamente, la historia de un amor avasallador que me dejó sin habla durante dos días hace más de veinte años. Tampoco le conté que por las tardes, en la piscina, estaba tomando el hábito de repetir su nombre cada dos brazadas.
Cuando él me dijo que adoraba mi oído, le escribí en el teléfono que quería que se pusiera de pie ante mí y me agarrara la cabeza entre las manos; que me tapara las orejas con las palmas y me mirara. Él respondió que eso hacía y que repetía mi nombre mientras me miraba. Luego escribimos que estaba penetrándome; que estaba encima, de llegada de haberme lamido entre las piernas, y me decía “Hermana” al oído. Todo eso pasaba en diez segundos. El amor por escrito hacía rendir el tiempo.
Yo le escribía los encuentros sexuales en subjuntivo (quiero que hagamos esto, o quisiera que lo hiciéramos: “Que me frotes la verga entre los labios de la vulva”), y él, en indicativo (hacemos esto, estamos haciendo aquello: “Ahora móntame tú, que no puedo apoyarme más. Me duele la muñeca”). La diferencia de modos verbales debió mostrarme que para él todo estaba en efecto sucediendo; que él no requería que nos encontráramos nunca en persona, sino solo así, en fantasma, cada uno en su lado del mundo, haciendo el papel del amor en el teléfono. Sin embargo, cuando hablábamos, se insinuaba una y otra vez la promesa, que me confundía –como me confundía que en el deseo existiera también aquella lesión de la muñeca, que él me había contado que tenía en la realidad de los cuerpos–. Me decía que cuando nos viéramos iba a buscarme cicatrices. Que podíamos vernos en Costa Rica, por ejemplo. Que imaginaba la vida juntos. Que qué increíble. Que nunca antes, siempre, todo.
Lo llamé “Mi amor”. Él quiso que se lo repitiera muchas veces.
Nunca nos tocamos, ni llegamos a estar en una misma habitación, ni siquiera en la misma ciudad del mundo. Él dirigía una residencia para escritores extranjeros en Pekín. Me descubrió en Twitter. Citó textos míos. Se puso a celebrar públicamente cuanto se me ocurría. Le mandé un mensaje interno. Me respondió con la exageración de que todos los días leía de mi último libro. Le conté que enseñaba un curso sobre las tragedias griegas, que leía en traducción, pues lastimosamente no sabía griego. Hablamos de Clitemnestra y Helena de Troya. Me preguntó “¿De quién es Helena?”. Le dije que la épica y la guerra –y toda nuestra tensa literatura– tenían su origen en que una mujer hubiera querido tener dos hombres –y vivir dos vidas–. Empecé a estudiar griego antiguo para ampliarme con otro alfabeto, pues, así como yo estaba en el mundo, mi amor no iba a caberme. Practiqué los viejos caracteres. Pasé tardes y mañanas haciendo tablas de conjugaciones y declinaciones. Él no lo supo, y a mí no me interesaba que le interesara. Yo quería imaginar que el rey a quien me disponía a servir dominaba la lengua griega. No hay muchas cosas que haya aprendido por motivaciones distintas que el deseo por un hombre (y el de ponerme su corona).
Me mandó sus libros por correo desde Pekín, con un “su” antepuesto a su firma y una postal en la que aparecían seis guerreros de barro. Yo le mandé mis libros desde Bogotá, con otra postal, en la que aparecía una tortuga que comía hierba. Derivamos en WhatsApp. Nos escribíamos a todas horas. Él miraba cada paso que yo daba. A mí me parecía una injusticia estar donde estaba. Él me decía que les hablaba de mí en chino a personas que ni me sospechaban. Que mandaba mensajes a editores de Chile, el país de donde era, en los que encarecía mi brillo. Le recomendé un remedio de sauco un día en que se enfermó de tos. Me preguntó si en Bogotá había flamboyanes. Le dije que viniera a ver. Se rio. Le dije que si no íbamos a vernos, debíamos parar. Me preguntó quién quería parar, acaso. Pasamos a llamarnos con video. Lo hicimos en adelante cada día, durante horas.
Era como si me dijeran: “Aguanta”. Y: “Préstate”. Y: “Luego, luego”.
Un día insistí y, como Dios Padre, me dijo: “Cuando menos lo pienses, cuando no me lo preguntes, te diré cuándo nos veremos”.
No nos conocimos, pues él no tuvo la voluntad, sino solo las ganas. No podía.
“Yo ya te conozco”, me dijo. “Te he oído reírte y he visto en YouTube tus conferencias y tus entrevistas”. Yo quería que nos tocáramos. “Pero ya sabes que hay muchas maneras de tocarse”, dijo. “Esta es una. ¿Por qué te insatisfaces?”.
Saber que algo no puede comprenderse no tendría que doler. Aquello a lo que uno se refiere con comprender, en general, es angostar y meter en el discurso.
Incluso cuando da a entender, cuando muestra algo en su coherencia y muestra las relaciones posibles entre dos cosas, el lenguaje no está comprendiendo; simplemente la boca convierte el dolor en otras vibraciones y, para hacerlo, sabe dibujarse como bocado o como beso.
¿El dolor incomprendido, el espejo de Narciso, se compara mejor con la mar salada por venir, o con un manantial dejado atrás, en la llanura?
Yo no voy a comprender nada de este amor y desamor –yo, que creo comprender tantas cosas que tan pocos comprenden–.
Me dijo: “Ahora eres lo que más me importa en el mundo”.
Me dijo: “Ahora dices que te confundí, como si no supieras que yo vivía en China y que era muy difícil que nos viéramos. Me estás viendo con la rabia que te tienes”.
¿Fue bueno conmigo? ¿Fue malo conmigo?
¿Fuiste mala con él? ¿Fuiste buena?
¿Fuimos justos, injustos?
¿Mentimos o dijimos la verdad?
La tentación mortífera del ser humano es decir que otro –o que uno mismo– hizo bien o hizo mal. Eva no comió del famoso árbol por curiosidad, sino por ingenuidad. Creyó que podría emitir un veredicto justo si se metía en la boca el fruto. Sin hambre, tuvo la ambición de hacer que de la boca saliera otro fruto, que era la palabra “bueno” o la palabra “malo”. El árbol del bien y el mal no es el árbol de la ciencia, sino el de la sentencia.
No hubo una prohibición por parte de Dios al precaver al hombre y la mujer sobre el árbol, sino una advertencia contra el desabrimiento de juzgar en lugar de jugar en el jardín. Él los quería y quería cuidarlos, no de lo que no debían, sino de lo que de verdad de verdad no podían: decir qué sí y qué no, qué va y qué no, qué cabe y qué se aparta.
El gusto que tiene el fruto del bien y el mal es el que tiene en la boca el decir que algo me gusta o no me gusta: a papel. El fruto del árbol que quiso Eva prometía la satisfacción en la ignorancia. Su indigestión es el tiempo del trabajo, el tiempo perdido del dolor.
Saber y decir no solo que no sé por qué nos hicimos lo que nos hicimos, sino también que no sé qué fue lo que nos hicimos, es lo humanamente posible. El perdón es reconocer que ninguna narrativa es la verdad.
“¿Cómo puede un hombre ser culpable?”, pregunta K. en El proceso de Kafka, refiriéndose a su inminente condena, de la que no sabe el motivo. “Todos somos seres humanos, tanto unos como otros”.
Al ser mortales, estamos ya todos condenados a la máxima pena: vamos a morir. Nuestra experiencia de la vida es la atención a esa condena sin juicio, o sin un juicio comprensible por nosotros. Veo que el otro morirá (que ya está muerto, por estar vivo) y que así también yo. La consciencia de la ley de la muerte, que siempre se cumple, debería bastar para que nos amáramos: para apretarnos unos con otros, a la espera.
Al juzgar y condenar, me sumerjo en el teatro: afirmo que el otro no es una persona, sino solo un personaje –la caracterización de su falta–, y que no tiene ninguna realidad por fuera de su obrar. Afirmo que yo, que soy igual a él, también soy solo un personaje; que mi única realidad es mi situación en determinado escenario. Al admitir, en cambio, que el otro es una persona que excede sus obras, veo que de la pretensión de contar su historia, si la cuento aislada de todas las historias de todas las cosas existentes, no queda más que un acta o un libreto. Reconozco que no puede conocerse a otro desde la vida mortal, pues cada persona –y cada cosa viva y cada cosa– es infinita, no es nadie y lo es todo; que mi mortalidad no puede juzgar la infinitud, y mi infinitud no sabe juzgar en este mundo. Reclamo entonces la dignidad de la espectadora: de estar imparablemente afuera del mundo, integrada con todas las historias.
El que perdona afirma que lo mortal es el infinito encarnado; que contiene lo inmortal y puede intuirlo. Al contar una historia perdonando, se incluye el acontecer del otro dentro del propio, y este dentro del acontecer de otro más allá. Se abre un tiempo fuera del tiempo, en el que no se muere. Es decir, que el perdón ya sucede de regreso en el lugar de la salvación: en el jardín.
Dios encarnado en cada uno es quien perdona. En el momento de su muerte, sabiéndose mortal e inmortal, Jesús perdona y así trae el otro tiempo a este. En la agonía, le dice a uno de los ladrones que lo flanquean en las cruces vecinas: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso”. Al afirmar el perdón, afirma el hoy de la eternidad.
Así he estado hablándome para poder perdonar a aquel amor por el que me saqué el corazón para jugar un juego confuso. Pero no: estoy tratando de perdonarme a mí, que no quise decirme qué juego era. Me digo que debo pasar a través de este dolor de no entender –a través del deseo–, encaminada a no entender infinitamente otras cosas incontables; encaminada por el sufrimiento mismo, no a través de un camino, como si contara un cuento, sino en las cuatro direcciones que marca una cruz, y clavada en el centro de la cruz: en la pasión.
Mientras me recomiendo transformarme –por necesidad– en quien perdona, soy aún –por deseo– quien se duele. Emprendo este libro como un sufrimiento que no puede vengarse. Como lectura y también como desquite.
“Quitar” tiene la misma raíz de “aquietar”. Hablando, quiero devolver mi quitanza a mi aquietamiento. A mi tranquilidad. Pero en “tranquilidad” se suma a la raíz el prefijo “trans”, de cruzar o atravesar. Debo pensar en la cruz; ver cómo se cruza la pasión. Por ahora, estar inquieta.
Suelo decirles a mis estudiantes que no anuncien al comienzo de sus textos lo que van a hacer en ellos, sino que, de una vez, empiecen lo que harán. Sin embargo aquí estoy yo, señalando lo que escribo cuando ya voy muy entrada en ello. Debe de ser que este libro no comienza. Este libro, que es sobre una no entrada en materia, no entra en materia.
Tu amor te dio esta extraña pista, falsa o verdadera, engañosa o suplicante, de sí mismo: dijo que él no sentía dolor. Ni en un lugar del cuerpo, ni un dolor inubicable. No le había dolido nada cuando se fracturó el fémur años antes de que supiera de ti, menos iba a dolerle estar a quince mil kilómetros de tu casa, por más que se sintiera imantado, como decía, y arrebatado, como decía, y por más que todo el tiempo estuviera ardiendo de deseo y pensando en ti y hablando en la mente contigo y oyendo con tu acento el mundo, como decía.
Tuvo el cuidado de advertir: “Yo no sufro mucho, en realidad. No voy a sufrir. No, porque no tiene sentido”.
Sin embargo, tú recordabas aquel dolor que decía sentir en la muñeca.
¿Por qué ella sí le causaba dolor?
Dijo que tenía bien divididas las habitaciones de su memoria y su imaginación; que podía vivir su vida en compartimientos.
Dijo, también, que no dormía: “Con suerte, dos horas en cuatro días”.
Tú adorabas esa deshumanidad que te asustaba.
Para dar la apariencia de que entiendes algo de lo que él quiso contigo, no deberías hacer este librito, tan sin principio o tan principiante. Más bien tendrías que versionar, hacer ficciones; convertir a tu amor en un personaje –el cazador– y convertirte en otro –la cazadora cazada, temerosa fiera escudriñadora escabullida–. O convertir a tu amor en el cazador temeroso y convertirte a ti en la cazadora arrojada. Construirías dos personajes, que ya no serían ustedes dos, y luego, al leerte, te darías cuenta de que los dos conforman uno solo, como sucede con todos los personajes de una historia. Pues cada personaje que la literatura ha inventado corresponde a una de las partes innumerables de la persona infinita. La tortuga, la liebre, la zorra, el león: todos son lugares del autor y del lector. Pero ¿cómo se hacen las correspondencias? Uno puede decir que el perro del cuento es uno mismo, cuando hace una u otra cosa. Pero ¿puedes también decir que el perro es una válvula de tu corazón, o la punta de tu hígado, o uno de tus nervios? ¿Cómo harías tu anatomía literaria?
Para entender lo que tu amor quiso y lo que quisiste a través de él, tendrías que hacer un número infinito de fábulas, que es lo que ha hecho la humanidad para tratar de entenderse, con la sola ganancia –que es una gran ganancia– de darse cuenta de que el camino de la comprensión de los actos humanos, el de la analogía, es un camino de no llegar.
Para tratar de entender –sin tampoco llegar– podrías también empeñarte en la biografía y la autobiografía –esos alardes–. Podrías atender a tu vida en sus hechos y sus ámbitos, y revelarla y falsearla; confiar en que las cosas tienen lugar en el tiempo de la historia, en la sucesión de las causas y las consecuencias, y confiar tu entendimiento a ese plano de la realidad. Hablarías de tu padre y de tu madre, de la infancia triste que les entrevés, y de la niñez de sus padres, ya ilegible en la memoria. Hablarías del día en que sentiste la urgencia de aprender a leer, y entonces tu madre empezó a enseñarte con devoción y con mayúsculas que sonaban todas amarillas. De las mil doscientas tardes que pasaste en una piscina; del agua clorada que con misericordia te tapó los oídos. De la depresión evidente de tu abuela y la disimulada depresión de tu otra abuela. Del poema que escribiste a los cuatro años sobre el consuelo de que existiera el Sol, que fue celebrado efusivamente por tu padre, lo cual quizá te plantó el imperativo de convertirte en escritora. Tendrías que hablar de las miradas vesánicas que te ha lanzado tu padre. De cada abandono y cada auxilio que han provenido de su mano. De tu terror a su mano. De tu impulso de presumir de su cercanía y de tu desesperada resistencia a su cerco. Tendrías que decir que todas las mujeres que nacemos aquí somos propiedad del padre y que has invertido la vida en tu rescate. Contarías que hoy tu padre y tú dieron juntos un paseo por la ciudad y, en la calle de los anticuarios, aunque casi no te dejaba hablar el soplido que te salía de la grieta del corazón, mencionaste que una amiga te había invitado a pasar el fin de año en Panamá. Contarías que tu padre entonces te contó que a los dieciocho años, después de dejar el seminario sacerdotal, cruzó el canal de Panamá con un amigo rico, en un viaje de Colombia a Colombia, entre Cartagena y Buenaventura, y que su amigo llevaba delicias ultramarinas para el viaje, mientras él llevaba como única golosina un salchichón barato que atesoró o disimuló en su camarote hasta que se mohoseó, y que los marineros griegos le cantaban a la luna llena, y en el barco iba la esposa del capitán, una griega encantada con los mangos, y él le conseguía mangos en los puertos, y, mientras lo escuchabas, tú pensabas en la forma del corazón, que proverbialmente es forma de mango, y veías a tu padre dar esos corazones con galantería y recordabas a tu amor, que se te comió el corazón, y querías ser la novia de un capitán de navío (podría decir “barco”, pero “navío” suena como “novio”), pues alguien que condujera un navío a lo mejor se sentiría bastante vigoroso y no haría contigo tantos confusos trámites como hacen los hombres con las mujeres y las niñas. Tendrías que hablar también de la impaciencia nocturna de tu madre, de las trizas de su cariño roto por la aflicción, de la prohibición de amar a tu padre que su dolor te impuso, de cuando en su casa no se preparaba comida y se dormía a gritos, y del amanecer en que la viste besarse en el portón con un señor y temiste que te consignaría a un internado para reemplazarte con hijas nuevas. Tendrías que hablar del sonido del llanto de todas las mujeres que han sido desdeñadas por los hombres que arduamente trabajaron para que ellas los amaran; de la insuficiencia de plomo que todos los hombres han sentido en la víspera de una mujer; del sigilo de las mujeres que espiaron, detrás de las paredes, las deliberaciones de las sectas, y del momento amargo de los hombres que sintieron la punzada de una traición al aprobar un discurso armado por su amada, y entonces volvieron a la lealtad y el amparo de otros hombres para tachar el discurso y a la amada. Podrías describir la variación que dan a su voz los hombres cuando hacen juramentos (solo que no podrías), y el placer que un hombre siente al ver que una mujer da muestras de creer que él es real (realmente tampoco podrías), y el dolor de la herida de los hombres que han querido y temido rabiosamente ser mujeres y entonces se han puesto a destruir a las mujeres y a destruirse en ellas para abrirse ellos mismos la herida, que es lo que encuentran más parecido a una vagina. Tendrías que conocer y dar a conocer, en su irrepetible e irreparable singularidad, al último hombre que tuvo tu corazón entre las manos; verlo como un árbol del que tu corazón está prendido –en el que tu corazón ha crecido– y observar todas sus ramas y sus hojas, en quietud y en movimiento, y ponerte sus flores en el pelo a sabiendas de que él te mirará –se mirará– con envidia porque la gente no deja que un niño se adorne con flores el pelo. Tendrías que probar sus frutos –sus otros frutos, además de tu corazón, que aquí tal vez te habla–. Y entonces tendrías la ocasión de extrañarte de que los mangos sigan madurando cuando ya están desprendidos del árbol, en el plato o la alacena; de preguntarte por ese destino que el fruto guarda en sí y que lo lleva a seguir cumpliéndose, y de asombrarte de que cumplirse sea endulzarse y ablandarse. También probarías el mango maduro que cayó al suelo sin que nadie lo arrancara: el que se endulzó en el árbol, no en el plato. Tendrías que probarlo en el extremo de su melosidad e imaginar que es tu corazón, que tu padre y tu amado dejaron caer –y que tenía que caer–; que es tu corazón, que te está diciendo que hables.
Dijo: “Sería más fácil que yo me fuera a Bogotá, que para mí será más o menos familiar. China sería para ti un cambio demasiado grande”.
Y entonces yo creí que era el inicio de otra vida.
Pero al día siguiente, dijo: “Estoy feliz de que tú seas tú y estés viva allá, escribiendo”.
Y entonces me entristecí porque entreoí su resolución de seguirme haciendo falta. Se me ocurrió que quería agotarme. Se me ocurrió que quería que atara mi nombre al suyo en gratitud.
Dijo: “Tú estás sola allá arriba”.
Dijo: “Me emociona pensar en los libros que harás”.
Yo sentía que me estaba haciendo un monumento, y me entretenía con el obelisco del monumento.
Ahora se me ocurre que me entregué con tanta voracidad a ese amor para que él me inspirara y, desde lejos, recibir el soplo de este libro inesperado. No se me ocurre cómo agradecerle si no es repitiendo en el corazón su nombre verdadero. Aunque quién sabe cuál será su nombre verdadero.
Decíamos, como todos los amantes: “Hay tantas coincidencias, tantos cruces”.
¿Cómo le olerá detrás de las orejas?
¿Cómo olerá el aire dentro de sus orejas?
Mi amor nunca visto decía que quería ser como yo.
Dijo: “Te envidio”.
Esculcaba en los fondos de Internet para hallar cualquier cosa que yo hubiera escrito o dicho. Celebraba todo y pedía más.
Dijo: “Ya quisiera escribir como tú”.
¿Él sabe que se escribe también con el corazón quitado?, ¿que ahora yo puedo escribir a corazón quitado?
En el momento en que vi en Twitter la foto de aquel hombre que me enaltecía y que tanto insistía en mí, me tendí ante él.
Nunca antes había oído su nombre. ¿Me tendí? ¿Me extendí? ¿Caí a sus pies, o me levanté a revolotear delante de sus ojos? ¿Me prosterné, o lo asedié? Respondí a su atención, que era un llamado de atención, con una atención intensa que exigía su atención de vuelta. Hice el papel que él me pedía, que era el mismo papel que él estaba haciendo, y él hizo el papel que yo necesitaba: el papel de mí.
Escenifiqué mi amor. Durante meses, desde antes de que habláramos hasta cuando lo hacíamos cada día, mientras él me buscaba conversación delante de la gente virtual, yo escribía en Twitter de mi traga, que es como en Colombia llamamos a un amor obsesionante, correspondido o no, y es como llamamos también al objeto de ese amor. Algunos lectores me preguntaban que de quién era que estaba tragada. Otros aprovechaban –si es que en ello hay algún provecho– para declarar quiénes eran sus amores imposibles, o para declarar que su amor era yo. Cuanto más me exageraba, más mi deseo crecía. Al tiempo, crecía el amor en otros.
El primer tuit que escribí en ese escenario abierto en el espacio virtual decía:
¿Ustedes también tienen una traga en Twitter, de un país lejano, a quien nunca han visto, y si ven que no le ha puesto like a su tuit más reciente, se les desinfla la ocurrente vanidad?
Él le puso like, como a todo lo que yo publicaba, y yo creí que sabía que era el referente. Entonces seguí:
A mí no me importaría que mi traga de Twitter no me correspondiera. Lo que me interesa es que trate de ser perfecto. Porque imagínate hacer uno este espectáculo y que no sea por un hombre perfecto.
En Cuba me enseñaron a preparar unos frijoles negros muy buenos. No cuento esto para que mi traga de Twitter quiera que se los prepare, sino para que, si algún día se figura mi semblante en su espejo, me vea comiéndome esos frijoles, que es como más me gusta estar.
Lo mejor de dedicarle versos y glosas a la traga en Twitter es que uno no le dedica versos ni glosas, sino trinos: los meros cantos de las aves, al mejor estilo de los primeros trovadores.
Estate tranquilo, mi traga de Twitter, que cuanto menos caso me haces, yo mejor tuiteo para ser digna de tu saludo. Que cuanto más creces en mí, más me engrandezco yo para albergarte.
¿Una pérdida tristísima en la lengua? Que no se siga usando el verbo adamar, que necesito para describir lo que siento y hago por mi traga.