Kitabı oxu: «Como desees»
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Como desees
Página de créditos
Como desees
V.1: abril de 2020
Título original: As You Wish!
© Cary Elwes, 2014
© de la traducción, Luz Achával Barral, 2019
© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2020
Todos los derechos reservados.
Publicado mediante acuerdo con el editor original, Touchstone, una división de Simon & Schuster, Inc.
Publicado por Ático de los Libros
C/ Aragó, n.º 287, 2º 1ª
08009 Barcelona
info@aticodeloslibros.com
www.aticodeloslibros.com
ISBN: 978-84-17743-85-7
THEMA: ATF
Conversión a ebook: Taller de los Libros
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).
Contenido
Portada
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Página de créditos
Sobre este libro
Prólogo de Rob Reiner
Introducción
1. Mi encuentro con Rob
2. Preproducción y mi encuentro con Buttercup
3. La mesa italiana y mi encuentro con Fezzik
4. «En garde!»
5. Peleando con los R.A.G. en el Pantano de Fuego
6. Asaltar el castillo y estar muerto en su mayoría
7. El circo ambulante de Rob
8. Amod vedadedo
9. Vizzini y el Milagroso Max
10. Un par de contratiempos
11. El Mayor Duelo de Espadas de la Época Moderna
12. Todas las cosas buenas
13. Un final de cuento de hadas
Epílogo de Norman Lear
Agradecimientos
Imágenes
Sobre el autor
Como desees
Descubre los secretos del rodaje de La princesa prometida
Cary Elwes, el actor que da vida a Westley en la adaptación a la gran pantalla de esta clásica historia, nos trae el maravilloso relato de las peripecias durante el rodaje de la película basada en la novela de William Goldman.
La princesa prometida lleva generaciones maravillando a jóvenes y mayores por igual gracias a su combinación perfecta de fantasía, humor e inteligencia. En este delicioso libro, Elwes recoge las anécdotas y divertidas desventuras protagonizadas por algunos de los miembros de su reparto, como Robin Wright, Mandy Patinkin, André el Gigante, Billy Crystal o Wallace Shawn, y comparte con el lector cómo vivieron todos los participantes la inolvidable experiencia de dar vida al mejor libro del mundo.
Acompañado por un prólogo de Rob Reiner, director de la película, Como desees hará las delicias de todos aquellos que disfrutaron y disfrutarán con este clásico del cine.
«Elwes hace que estas memorias sean tan dulces e inocentes como la misma película».
The New York Times
«Con un estilo elegante y enérgico, Elwes demuestra lo felices que fueron durante la producción de La princesa prometida».
Publishers Weekly
«Como desees está repleto de historia sobre el rodaje de una película que se centra en el maravilloso regalo de la narración».
Chicago Tribute
«Elwes ofrece un precioso relato de lo que para mí, y estoy seguro de que para todos nosotros, fue una de las mayores experiencias creativas de nuestras vidas.»
Rob Reiner
Para mi princesita, Dominique
Prólogo
William Goldman dijo una vez en referencia a la industria cinematográfica: «Nadie sabe nada». La princesa prometida es la prueba número 1 en defensa de esta perogrullada.
Cuando empecé mi carrera como cineasta, pensé, inocentemente de mí: «¿Por qué no hacer una película basada en La princesa prometida?». Debería de ser algo sencillo. Es una historia brillante, escrita por uno de los mejores escritores estadounidenses. ¿Por qué no iban a subirse todos al carro? Poco sospechaba que, durante quince años, había sido la historia que ningún estudio quería tocar. Afortunadamente, Norman Lear, mi jefe en Todo en familia y el hombre al que llegaría a llamar mi segundo padre, creía en este maravilloso cuento de hadas fracturado.
Rodar La princesa prometida fue una de las mejores experiencias de mi vida. Viví en Inglaterra durante seis meses, trabajé con viejos amigos y con personas que se convertirían en viejos amigos y dirigí una película basada en el libro que más me gusta del mundo. No hay nada más satisfactorio.
Cuando comienzas una película, tienes una idea de cómo quieres que sea, pero nunca sabes si alguien más compartirá tu interés. En una ocasión, Bill Goldman se refirió al libro que quería en su lápida como una historia excéntrica. Cuando llegó el momento del estreno de la película, nadie tenía ni idea de cómo venderla. ¿Era un cuento de hadas? ¿Una aventura de espadachines? ¿Una historia de amor? ¿O era simplemente una sátira disparatada? Lo cierto es que era, y es, todo eso. Nada fácil de capturar en un tráiler de dos minutos o un anuncio de la tele de treinta segundos.
Tuvimos cierto éxito entre la crítica, pero solo obtuvimos un beneficio moderado. Por suerte, a través de los VHS, los DVD y la televisión, consiguió arraigarse, y durante los últimos veinticinco años, su popularidad ha crecido. No tengo palabras para explicar lo placentero que me resulta cuando gente que la vio por primera vez cuando eran niños me dice cuánto les gusta a sus hijos. Qué emoción saber que una película en la que has participado forma parte del legado a futuras generaciones.
Leer el libro de Cary me ha hecho recordar momentos maravillosos. Elwes ofrece un precioso relato de lo que para mí, y estoy seguro de que para todos nosotros, fue una de las mayores experiencias creativas de nuestras vidas. Nos muestra como solo él puede, a través de la mirada del hombre de negro, el mundo de los RAG, el Milagroso Max y los Acantilados de la Locura. Y lo hace con gracia y estilo. Así que acurrucaos en un rincón acogedor y divertíos asaltando el castillo.
Rob Reiner
Introducción
Nueva York, 2 de octubre de 2012
En el escenario del Alice Tully Hall, en el Lincoln Center, rodeado de miembros del reparto y algunos del equipo, a muchos de los cuales llevaba años sin ver, siento una sensación casi sobrecogedora de gratitud y nostalgia. Nos hemos reunido aquí, en el Festival de Cine de Nueva York, para celebrar el vigésimo quinto aniversario de La princesa prometida, una película cuya popularidad y repercusión abarca, ahora, generaciones.
Ese hecho por sí solo me deja atónito: ¿cómo puede una película concebida de manera tan estrafalaria y modesta alcanzar tan elevada posición en el panteón de la cultura popular? Pero lo que realmente me impresiona, mientras recorro la hilera con la mirada y observo los rostros de mis colegas actores, es lo rápido que ha pasado el tiempo. ¿De verdad hace ya veinticinco años? ¿Un cuarto de siglo? El paso del tiempo se hace notar especialmente en aquellos que faltan, el gran Peter Falk y ese hombre tan dulce como inmenso, André el Gigante.
Pero para contrarrestar la tristeza está la camaradería de estar de nuevo con aquellos que se encuentran aquí esta noche y que estuvieron a mi lado hace tantos años: Rob Reiner, Billy Crystal, Carol Kane, Wallace Shawn, Chris Sarandon, y Mandy Patinkin, por no mencionar a Robin Wright, con un aspecto tan encantador como el día en que la vi por primera vez, hace tantos años. Aunque, pensándolo bien, siempre ha puesto el listón absurdamente alto en lo que a belleza respecta, y no parece haber cambiado. Los únicos que no han podido venir son Christopher Guest y Fred Savage, que, por desgracia, están ocupados con otros proyectos.
Esta es una noche de alfombras rojas y recuerdos, de entrevistas y una proyección llena de risas y alegría. Es también solo la tercera vez que he visto la película completa junto a un público desde su estreno en 1987 en el Festival Internacional de Cine de Toronto. Ese evento previo, aunque exitoso, no produjo exactamente el tipo de respuesta que uno esperaría de una película destinada a convertirse en un clásico.
¿Es justo referirse a La princesa prometida como un clásico? ¿El cuento de hadas sobre piratas y princesas, gigantes y magos, los Acantilados de la Locura y los Roedores de Aspecto Gigantesco? Sin duda alguna, es una de las películas citadas más a menudo en la historia del cine, con frases como:
«Hola. Me llamo Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre. Prepárate a morir».
«¡Inconcebible!».
«Tu furor es un misterio».
«¡Divertíos asaltando el castillo!».
«No te mezcles en una guerra de conquista en Asia».
«La vida es dolor, alteza. Quienquiera que diga lo contrario, pretende engañaros».
«Dormid a gusto y soñad con enormes mujeres».
«No soportaría que murieseis avergonzado».
«Por favor, considérame como una alternativa al suicidio».
«Nos amamos. ¿Crees que ocurre todos los días?».
«Lamento no complaceros».
«¡No soy una bruja, soy tu mujer!»
«El maddimonio. ¡Ede acueddo bendito!».
«Parecéis un hombre decente. Lamentaré mataros…» «Vos también lo parecéis. Lamentaré morir».
«La muerte no detiene al amor. Lo único que puede hacer es demorarlo».
«¡Nunca luches contra un siciliano cuando la muerte está al acecho!».
«Hay pocos bustos perfectos en este mundo. Sería una lástima estropear el tuyo».
Y por supuesto…
«Como desees».
Clásico: una pequeña palabra que conlleva un enorme peso, aunque algunas veces se usa con demasiada ligereza; una reputación ganada con el paso del tiempo, y dada solo a escasas películas que resisten repetidas visualizaciones. Dicho esto, La princesa prometida ha envejecido extraordinariamente bien. Creo que esto se debe, en parte, a la calidad del guion, la dirección y al maravilloso conjunto de actores con los que tuve el auténtico placer de trabajar.
Pese a que son los fans quienes realmente han mantenido vivo el recuerdo de la película, cada uno de nosotros, miembros del reparto, tiene recuerdos de la creación del filme, momentos que han seguido con nosotros a lo largo de los años. Todos tenemos historias sobre encuentros o momentos, como que nos aborden y nos pidan recitar una de las frases favoritas de La princesa prometida. Mandy jura que apenas pasa un día sin que alguien le pida, en alguna parte, que recite las palabras más famosas de Íñigo Montoya, en las que jura vengarse en nombre de su padre.
«Y nunca los decepciono», dice.
Hace poco, leí en alguna parte que a un pasajero le pidieron que abandonara un avión porque su camiseta de Montoya con la famosa frase asustó a uno de los pasajeros que nunca había visto la película. Después de que se lo explicaran, al parecer el pasajero de la camiseta tuvo permiso para permanecer en el avión.
El propio Mandy tiene un largo e impresionante currículum. Ha ganado un Tony, un Emmy y otras muchas incontables distinciones. Pero, como la mayoría de los que estamos en el Lincoln Center esta noche, sabe que algún día en su obituario aparecerá, de forma más prominente que ninguna otra cosa, su relación con La princesa prometida.
Y no le parece nada mal, como al resto de nosotros.
Puede que haya pocos bustos perfectos en el mundo, pero no hay pocos actores que alcancen un nivel de reconocimiento o fama por la popularidad (o, en algunos casos, ignominia, que es otra historia totalmente diferente) de una película concreta y su papel en la misma. Puede convertirse en una bendición o en una maldición; a veces un poco de ambas, dependiendo de las circunstancias. Durante las tres últimas décadas, he aparecido en casi un centenar de películas y series de televisión. He sido protagonista y actor secundario, y he trabajado en prácticamente todos los géneros. Pero haya hecho lo que haya hecho o haga lo que haga, La princesa prometida será siempre la obra con la que más se me relacione; y Westley, con su bigotito y coleta, el personaje al que estaré unido de por vida.
No Tiempos de gloria, que recibió más elogios de la crítica en su estreno y que ganó más premios; no Días de trueno o Twister, ambos éxitos de la taquilla veraniega. Ni siquiera Saw, que fue rodada en dieciocho días con un presupuesto más pequeño que el que la mayoría de las películas se gastan en el catering y recaudó más de cien millones de dólares; y no me quejo.
Cuando comencé La princesa prometida era muy joven y bastante novato en el mundo del cine. Me dieron un papel en una película que, francamente, podría haber sido interpretada como absurda, si no fuera por el hecho de que estaba muy bien escrita, muy bien dirigida y poblada de un elenco con un talento increíble. Mientras miro a Rob Reiner, el director, en el escenario, y a William Goldman, el guionista, que tan hábilmente y con tanto amor adaptó el guion de su igualmente imaginativa novela, pienso en la increíble suerte que tuve de formar parte de este proyecto. De que me sacasen de la relativa oscuridad y me pusieran en un plató con estos dos hombres, con un talento terrible, y este extraordinario elenco.
Mentiría si dijera que teníamos la más mínima corazonada de que nuestra película, hecha con un presupuesto modesto en un periodo de menos de cuatro meses y rodada en Londres y sus alrededores y en el magnífico Distrito de los Picos, en Derbyshire, estaba destinada a convertirse en un clásico. Pero creo que resiste los rigores del tiempo porque parece ser una historia atemporal: un cuento de amor. De héroes y villanos. Y, aunque es una película de los ochenta, no hay nada en la pantalla que delate su fecha de nacimiento (exceptuando, tal vez, a los Roedores de Aspecto Gigantesco).
En lugar de una banda sonora saltarina de tecnopop, tenemos el elegante slide de guitarra de Mark Knopfler; en lugar de peinados cardados y hombreras, tenemos a un espadachín y una princesa con el estilo de la época. Tal vez, la única cosa que sirve como sello temporal es el videojuego de Fred Savage al comienzo de la película (que, por cierto, es lo que arranca la primera carcajada). Es, por supuesto, una película dentro de una película. Un cuento dentro de un cuento, al igual que el libro en sí. Incluso en las escenas entre Peter Falk y Fred Savage, un abuelo que lee a su nieto enfermo en la cama, encontramos una gracia atemporal y una elegancia en las imágenes. Y luego está el diálogo:
«Besándose otra vez. ¿Tienes que leerme el trozo en que se besan?».
¿Qué chico preadolescente no ha dicho o pensado eso? ¿O al menos algo similar? Es el tipo de diálogo que resiste. Que perdura. De hecho, es como un buen vino sin iocaína parece mejorar con el tiempo.
La película, lo creas o no, recibió críticas mayormente positivas, si bien, en ocasiones, algo confusas. Incluso aquellos que alababan la película no sabían muy bien qué pensar. ¿Era una comedia? ¿Una historia de amor? ¿Un cuento de aventuras? ¿Una fantasía? Lo cierto es que era todas esas cosas y más. Pero Hollywood aborrece todo lo que no es fácilmente catalogable, y, en consecuencia, la película no ganó tanto terreno como habría merecido, recaudando la respetable, aunque difícilmente apabullante cifra de 30,8 millones de dólares cuando se estrenó (60 millones de dólares si lo ajustamos por la inflación). Eso quiere decir que recaudó casi el doble del presupuesto, pero, aun así, es solo una décima parte de la película que más recaudó ese año, Atracción fatal, hecha solo una semana antes.
Unos meses después de terminarla, todos seguimos con nuestras vidas y dejamos atrás La princesa prometida. Había otros proyectos, otras películas, familias a las que criar, carreras de las que ocuparse. Y entonces, aunque no puedo precisar el momento en que ocurrió realmente, algo extraño sucedió: La princesa prometida volvió a la vida. Esto puede atribuirse, en gran parte, al momento justo que se vivía; en particular, al nuevo mercado de vídeos que se estaba desarrollando. La princesa prometida se volvió tremendamente popular en formato VHS. Y a través de este medio relativamente nuevo, la película comenzó a ganar terreno, y no solo se alquilaba. Después de un cuidadoso escrutinio a manos de los que hacen estas cosas, quedó claro que los fans no solo la recomendaban a sus amigos y familiares; también compraron una copia para sus propias videotecas domésticas. Se convirtió en ese tipo de película extraña que veían y disfrutaban, y finalmente adoraban, familias enteras. Se pasaban copias de generación en generación, de la misma manera que padres nostálgicos presentaban a sus hijos la magia de El mago de Oz con la intención de compartir una de sus películas favoritas. Lo mismo ocurrió con La princesa prometida. Padres y madres con sus hijos, e incluso sus nietos, podían ver juntos la película y disfrutarla por lo que era. No había nada de condescendiente ni vergonzoso al respecto. Nada ofensivo. Parecía tan inteligente y divertida la décima vez que la veías como la primera.
Hoy, La princesa prometida es considerada una de las películas más populares y de mayor éxito de la historia de Hollywood. Figura en el ranking de «100 años… 100 pasiones» del Instituto Americano del Cine (AFI, por sus siglas en inglés), está en la lista de Bravo de las 100 películas más famosas, y el guion de Goldman aparece en el ranking del Gremio de Escritores de Estados Unidos como uno de los mejores 100 guiones jamás producidos.
Todas estas cosas, y muchas más, me pasaban por la cabeza aquella noche en el Lincoln Center. En algún momento, nos preguntaron qué significaba para nosotros la película. No tuve tiempo de explicar de manera adecuada cómo me sentía exactamente, así que eso es lo que estoy intentando hacer ahora con este libro. Lo cierto es que la película me proporcionó una carrera en el mundo del cine y la vida que tengo hoy en día; una vida que me siento privilegiado de disfrutar. No es una exageración. Hubo otras películas que ayudaron, claro está, pero fue esta la que me dio a conocer en Hollywood y me permitió quedarme allí.
A día de hoy, todavía recibo cartas de niños de todo el mundo, que me envían dibujos y bocetos de piratas que luchan o de princesas que los besan. Incluso tengo que ir con cuidado de no caminar por el pasillo equivocado en Toys “R” Us, por temor a encontrarme, de repente, bajo el asedio de pequeños pillastres con espadas de plástico y escudos.
Todos aquellos relacionados con la película han oído ya historias de bodas inspiradas en La princesa prometida, donde la novia y el novio van vestidos como Buttercup y Westley y el cura recita incluso el diálogo de Peter Cook. O proyecciones nocturnas interactivas a las que hay que ir disfrazado, no muy diferentes de las que se hacen de The Rocky Horror Picture Show, donde se arrojan a la pantalla cosas como cacahuetes después de la famosa frase de Fezzik. Las noches de La princesa prometida en los cines Alamo Drafthouse, un cine-restaurante nacional, se han vuelto tan populares que ahora producen su propio vino de La princesa prometida.
No puedo hablar por todos, pero lo considero una bendición. Sin duda, La princesa prometida se ha convertido en un fenómeno francamente notable. La película cuenta literalmente con millones de devotos. Saben cada frase, conocen a cada personaje, cada escena. Y, si te gustaría saber un poquito más sobre cómo se hizo tu película favorita, visto a través de los ojos de un joven actor que ganó mucho más de lo que había apostado, lo único que puedo decir es… Como desees.
1. Mi encuentro con Rob
Berlín, 29 de junio de 1986
La nota solo decía: IMPORTANTE.
Era un mensaje de mi agente, Harriet Robinson, que un botones había deslizado bajo la puerta de mi habitación en el hotel Kempinski, donde me alojaba.
Inmediatamente, tomé el teléfono y marqué su número. Esa sería la llamada que cambiaría mi vida. Después de que Harriet contestara, me contó que había organizado una reunión importante para mí. Que el director de This is Spinal Tap, Rob Reiner, y su socio de producción, Andy Scheinman, planeaban venir a Berlín para verme.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Para qué?
Harriet dijo que estaban estancados por un programa de preproducción muy apretado y que aún estaban buscando a un actor para que interpretara el papel central de Westley en una versión cinematográfica de La princesa prometida.
—¿La princesa prometida de William Goldman?
—Eso creo, sí —respondió.
No podía creerlo. Había leído ese libro cuando tenía solo trece años. Y ahora el director y el productor habían pensado en mí para interpretar uno de los papeles protagonistas. Por suerte para mí, sus planes no cambiaron.
Un poco de contexto sobre dónde estaba yo en aquel momento. Era un neófito de veintitrés años, que solo había aparecido en un puñado de películas. Pero ya sabía lo que quería de la vida. Sabía que quería ser actor. Había nacido y crecido en Londres, y acudido brevemente a la Academia de Música y Arte Dramático de Londres (LAMDA, por sus siglas en inglés), uno de los centros de formación más prestigiosos para actores de teatro serios. Me gustaba estudiar, pero mi meta final por aquel entonces solo era trabajar como actor, preferiblemente en películas. Además, ya había estudiado lo suficiente cuando me mudé a Nueva York para ir al Actors Studio y al Instituto de Teatro y Cine Lee Strasberg. Después de dejar la LAMDA, contraté a una agente, Harriet, y comencé a hacer audiciones.
Ya había sido asistente de producción en un puñado de películas, incluida la conocida Octopussy de James Bond, donde tuve la experiencia única de que me pidieran llevar en coche, al trabajo un par de veces, al mismísimo Bond, Roger Moore. Os aseguro que estaba hecho un manojo de nervios. Lo único que me pasaba por la cabeza sin parar era: «¿Y si mato a Bond de camino al trabajo en un accidente de tráfico? ¿Qué pasaría? Sin duda, acabaría con mi floreciente carrera en la industria cinematográfica». Ya veía los titulares: «¡Un humilde asistente de producción mata a James Bond!». De hecho, en uno de nuestros trayectos matutinos, el señor Moore levantó la vista de su periódico y dijo, con ese modo suyo tan calmado y compuesto: «Puedes acelerar un poco si quieres».
Para mediados de los ochenta, ya tenía un currículum corto, pero nada mediocre. Mi primera película, estrenada en 1984, fue Otro país, un drama histórico basado en la popular obra West End, de Julian Mitchell, con Rupert Everett y Colin Firth. Había sido coprotagonista de Helena Bonham Carter en Lady Jane, un drama de época dirigido por Trevor Nunn sobre lady Jane Grey, que fue reina de Inglaterra durante nueve días y cuyo corto reinado siguió a la muerte del rey Eduardo VI. Al parecer, esta fue la película que Rob vio, y la que lo convenció para que apostara por mí.
Cuando terminé Lady Jane, Trevor Nunn me ofreció la oportunidad de pasar un año de residente en la Royal Shakespeare Company, de la que era director. Me sentí halagado casi hasta la perplejidad: la mayoría de actores jóvenes habrían matado por una oportunidad así. Pero, por aquel momento, yo vivía en Londres, y sabía que pasar un año con la RSC, por muy prestigiosa que fuera, era el equivalente a hacer una tesis en teatro: el salario ni siquiera cubriría mi alquiler. Aun así, valoré la oferta muy seriamente, ya que venía de un director con un gran talento a quien admiraba y aún admiro muchísimo. Puede que las cosas hubieran sido diferentes si hubiera dicho que sí. ¿Quién sabe? Me arrepiento de muy pocas cosas de la vida que he tenido la suerte de vivir. Pero una cosa parece segura: si hubiera aceptado la residencia en la RSC, no habría estado libre para aceptar el papel de Westley. De hecho, puede que ni siquiera hubieran pensado en mí. Se podría decir que tuve bastante suerte, ya que, por lo que resultó, estaba en el lugar correcto en el momento indicado.
Para cuando Rob Reiner había empezado a buscar a alguien para representar el papel del protagonista masculino, yo tenía un currículum corto, pero tal vez digno de investigar. Ya fuera el destino o una hábil representación, o una combinación de ambas, me tuvieron en cuenta para el papel del mozo de labranza convertido en pirata, Westley; un personaje creado en una renombrada novela que durante mucho tiempo se había considerado imposible de adaptar a la pantalla. Y una novela que ya había leído y disfrutado de niño.
¿Cómo sucedió esto? Bien, resulta que mi padrastro trabajaba en el departamento literario de la William Morris Agency en Los Ángeles y, después de marcharse para trabajar en el cine, produjo el primer guion de William Goldman adaptado de la novela El blanco móvil, de Ross Macdonald. La versión cinematográfica se estrenó en 1966 bajo el mismo título en Gran Bretaña, pero se le cambió el nombre a Harper para el estreno en Estados Unidos, donde tuvo un éxito moderado y ayudó a establecer más el estrellato de su joven protagonista, Paul Newman. Y tampoco le fue mal a Goldman, que ganó un premio Edgar al mejor guion y posteriormente se convirtió en uno de los guionistas más célebres de Hollywood.
Mi padrastro, que era un gran admirador de Goldman, tenía, como es natural, un ejemplar de La princesa prometida en su biblioteca y un día me lo dio para que lo leyera. Sobra decir que me encantó. Recuerdo leer la propia descripción del autor de las «partes buenas» en la novela ficticia de S. Morgenstern:
Esgrima. Peleas. Tortura. Veneno. Amor verdadero. Odio. Venganza. Gigantes. Cazadores. Hombres malos. Bellas damas. Serpientes. Arañas. Dolor. Muerte. Hombres valientes. Hombres cobardes. Hombres fuertes. Persecuciones. Huidas. Mentiras. Pasión. Milagros.
Si eso no es emocionante para un chico de trece años, no sé qué lo será.
Cuando recibí la llamada de Harriet, me encontraba en Berlín rodando una pequeña película indie llamada Maschenka, basada en la novela semiautobiográfica de Vladimir Nabokov, el hombre que nos dio uno de los ejemplos más controvertidos de la literatura del siglo xx, Lolita. La película era una coproducción anglo-finlandesa-alemana y se rodaba tanto en Alemania como en Finlandia.
Esto ocurrió a principios del verano de 1986, solo unos meses después del desastre nuclear de Chernóbil, que causó mucho miedo en aquel momento. De hecho, Harriet me dijo que Rob y Andy habían pensado seriamente en cancelar el viaje por «todo el asunto nuclear ese». Lo que yo recuerdo es que no nos preocupaba demasiado a aquellos que estábamos trabajando en nuestra pequeña coproducción europea. Me acuerdo de una reunión de equipo convocada en un plató en un lugar llamado Katajanokka, en Helsinki, solo una semana antes, y de que nos dijeron que no había nada que temer porque los vientos estaban a nuestro favor y llevarían la lluvia radioactiva en otra dirección. De lo que sí que nos advirtieron fue de que no bebiéramos leche del lugar, como precaución. Al menos no hasta que se declarara que era segura. Como muchos otros del equipo, volví al trabajo rascándome la cabeza, preguntándome si no deberíamos tomarnos el asunto más en serio. Después de todo, estábamos solo a menos de 1300 kilómetros del lugar donde se produjo el accidente. Todo lo que puedo decir es que las pólizas de seguros de la industria del cine de aquel entonces no eran tan sofisticadas como ahora, así que parar la producción no era realmente una opción.
De todos modos, no es exactamente lo que te gustaría oír, pero el espectáculo continuó. Y, hasta donde sé, gracias a Dios, nadie enfermó a causa de la experiencia. Las últimas semanas del rodaje fueron en Berlín, en los estudios Babelsberg, y mientras estaba allí, acabé alojándome en el Kempinski.
Le insistí a Harriet que me diera más información. Me dijo que lo único que sabía era que Rob y Andy querían ver a todos los actores británicos que encajaran en el papel y que, obviamente, estaban interesados en mí. Más tarde, supe que Rob había recibido una llamada de la directora de casting, Jane Jenkins, que le había sugerido que viera Lady Jane y le había dicho que, si le gustaba, tomara un avión para ir a conocerme. Parecía razonable pensar que me encontraba en una buena posición si estaban viajando hasta tan lejos; y no solo eso, sino, además, a una región que podía estar contaminada con material radioactivo. Yo no estaba acostumbrado a ese nivel de interés, y (aunque ahora pasa bastante a menudo) ningún director había venido nunca antes a visitarme durante un rodaje.
—¿Tengo que hacer una prueba para el papel? —pregunté, temeroso de la respuesta.
—Es posible, han venido desde muy lejos —contestó Harriet.
Como actor, en las pruebas pierdes más papeles de los que consigues. Aprendes bastante rápido que la mayoría de las cosas están fuera de tu control y que es mejor «dejarlo en manos de Dios» y «acostumbrarse a las decepciones», como Goldman tan elocuentemente hizo que dijera el hombre de negro en el libro de La princesa prometida. Seguía diciéndome a mí mismo que siempre habría otra película, otro trabajo en el horizonte; que no importaba. Pero en el fondo sabía que no engañaba a nadie, mucho menos a mí mismo. Esto era mucho más que «un trabajo más». Estos eran dos de mis héroes, Bill Goldman y Rob Reiner, ¡trabajando juntos!
~
ANDY SCHEINMAN
Queríamos ver a todos los actores que pudieran interpretar el papel de Westley, y creo recordar que Colin Firth era uno de ellos. Recibimos una llamada diciendo que había un chico al que teníamos que ver en Alemania Oriental. Lo único que recuerdo es que fue justo después de Chernóbil. Y no es que me muriera de ganas de ir a Alemania Oriental. Miré mapas y había áreas grises donde estaba la lluvia radioactiva; no me gustaba la idea. Y Rob decía: «No vayas si no quieres». Pero lo hice. Solo recuerdo meterme corriendo en el hotel, como si fuera a servir de algo. Y dejar atrás una chaqueta de literalmente mil dólares. No tenía tanto dinero y, desde luego, no tenía ninguna otra chaqueta como esa, pero no podía llevarla más. Así que la dejé.
~
Aunque la novela se publicó en 1973 y recibió el aplauso inmediato y una respuesta apasionada por parte de los lectores, ya había cumplido trece años en el momento en que se me ofreció interpretar el papel de Westley. El guion de Goldman, que había adaptado de su propio libro, se convirtió en una especie de propiedad legendaria en los círculos de Hollywood y aquellos al mando en los estudios declararon que se trataba de una película imposible de hacer.
Goldman había escrito él mismo el guion con gran esfuerzo y había declarado hacía tiempo que era su preferido de todos cuantos había escrito. Un auténtico elogio, ya que en aquel momento su obra incluía Marathon Man, Dos hombres y un destino y Todos los hombres del presidente (con los dos últimos había conseguido incluso premios Óscar al mejor guion).
~
WILLIAM GOLDMAN
Iba de camino a California y les dije a mis hijas: «Voy a escribiros una historia; ¿de qué queréis que trate?». Y una de ellas dijo: «¡Princesas!» y la otra dijo algo sobre «que estuviera prometida». Y yo dije «Vale, ese será el título». Me puse a ello, escribí las dos primeras páginas y, luego, paré. Y entonces, años más tarde, retomé y acabé el libro.
~
Y así, pese al impresionante currículum y la pasión de Goldman por la obra, el proyecto parecía destinado a languidecer en lo que se conoce vulgarmente en el mundillo como el «infierno del desarrollo», es decir, a pasar de un estudio a otro sin parar, sin que ninguno de ellos fuera capaz de llevarlo a cabo o sin que nadie se interesara por él. Como el mismo Goldman dijo una vez: «Ni siquiera François Truffaut pudo hacer esta película».
Se convirtió en ese guion legendario sin producir, e incluso se lo etiquetó como tal en la prestigiosa revista francesa de cine Cahiers du Cinéma. Así pues, parecía que el libro favorito del autor estaba destinado a no ver nunca la luz del día…, es decir, hasta que cayó en las manos correctas.
Para aquellos que no lo sepan, hay que mencionar que la carrera de Rob Reiner en ese momento iba, sin ninguna duda, viento en popa. Había dejado de ser una simple estrella de comedias para demostrar ser un director de primera con una diestra habilidad a la hora de mezclar géneros con su trabajo en Juegos de amor en la universidad y, sobre todo This Is Spinal Tap, estrenada en 1984. Todo aquel al que le interesaba la música rock o la comedia se enamoró instantáneamente de la película y memorizó sus diálogos, en su mayoría improvisados. Fue la primera y, tal vez, la mejor de lo que se convertiría en una nueva categoría de cine y televisión, el falso documental, y fue Rob quien dirigió este proyecto con pericia desde su concepción hasta que alcanzó el estatus de película de culto del que disfruta ahora, incluso entre músicos. Tom Petty declaró una vez su debilidad por las viejas y atontadas estrellas del rock y reveló que, a menudo, él y los miembros de su banda se juntaban y recitaban frases de la película antes de salir al escenario. Rob también me dijo que cuando se reunió con Sting para ofrecerle el papel de Humperdinck, el músico le dijo que había visto Spinal Tap más de cincuenta veces y que nunca «sabía si reír o llorar». Para un director o guionista (los coautores de esa película fueron Harry Shearer, Michael McKean y Christopher Guest, que también formaría parte del elenco de La princesa prometida), ese debe de ser el mayor elogio posible.
Hacia la misma época, Rob estaba dando los toques finales a Cuenta conmigo, una adaptación de una novela de Stephen King que sería reconocida como una de las mejores historias que Hollywood jamás ha producido sobre el paso de la niñez a la madurez. Tras mi llegada a Londres, Rob organizó un pase privado para mí en los estudios Pinewood, y recuerdo que me conmovió profundamente. No había visto a unos niños actuando de manera tan honesta desde Los 400 golpes de Truffaut. Al ver This Is Spinal Tap, Juegos de amor en la universidad y Cuenta conmigo, supe que Rob estaba teniendo una buena racha. Sus películas eran muy diferentes en género y tono, y todas funcionaron muy bien. Era un director con una visión única que hacía películas memorables. Realmente, no había nadie más haciendo el tipo de trabajo que hacía él. Así que, con esa impresionante obra a sus espaldas, Rob se ganó el derecho a escoger su próximo proyecto basándose principalmente en lo que quería hacer en lugar de en lo que se esperaba de él. Prácticamente, se le concedió carta blanca. Por lo que tengo entendido, la conversación entre Rob y el entonces jefe de Columbia Pictures, iba a lanzar Cuenta conmigo, fue algo así:
—Lo que quieras —le dijo el jefe del estudio—. Cualquier cosa.
—¿De verdad? ¿Cualquier cosa? —respondió Rob con alegría.
—Sí.
—En ese caso quiero hacer mi libro favorito —respondió Rob.
—¿Cuál es?
—La princesa prometida.
—¡Cualquier cosa menos eso! —replicó al instante.
Y así, el proyecto se estancó durante un tiempo.
Pero Rob era perseverante. Aunque tiene un espíritu extraordinariamente cálido y generoso, y no es propenso al tipo de ego desenfrenado que no es poco común entre las altas esferas del talento de Hollywood, no es ningún pusilánime. De hecho, su clara determinación y su visión fueron las mayores responsables de que la película se convirtiera en una realidad.
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ANDY SCHEINMAN
Por aquel entonces, Bill Goldman ya había contactado con el padre de Rob, Carl Reiner, para llevar a cabo el proyecto. Pero Carl no tenía tiempo, o no sabía cómo hacerlo, o lo que sea. Por el motivo que fuera, simplemente no sucedió. Unos trece años más tarde Rob me dijo: «Creo que es un gran libro y que tendríamos que intentar sacarlo adelante».
En un momento dado, casi lo cerramos con Columbia Pictures. Fue entonces cuando oí una de mis frases favoritas del mundo del cine. El jefe de Columbia dijo: «Ten cuidado con los guiones de William Goldman. Te engaña con su buena escritura».
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El tiempo ha probado, sin duda, que Rob era el hombre adecuado para dirigir el proyecto. Como la mayoría de gente que la ha leído, era un gran admirador de la novela. También tenía una confianza suprema en su habilidad de mezclar los distintos géneros que llenaban sus páginas: amor, aventura, fantasía, drama, comedia, acción. Rob cogía estos elementos y lo ponía todo patas arriba. Se divertía haciéndolo y, a su vez, creaba una película divertida para los demás. Lograr esto requiere mucha seguridad, y no creo que muchos directores en aquel entonces, o ahora, hubieran podido sacarlo adelante.
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ROB REINER
He admirado el trabajo de Goldman desde el primer libro que escribió, The Temple of Gold, y luego, Your Turn to Curtsy, My Turn to Bow. He leído literalmente todos los libros que ha escrito. Cuando estaba escribiendo un libro sobre una temporada en Broadway en 1968 llamado The Season, mi padre representó una obra ese año, titulada Something different, a la que Bill dedicó un capítulo de su libro. Poco después, Bill terminó La princesa prometida y se la envió a mi padre por si le interesaba adaptarlo para una película. Pero él no sabía qué hacer con ella. Ni siquiera sé si la leyó o no, pero me la dio porque sabía que era un gran admirador de Goldman. Tenía veintipocos en aquella época y no había dirigido nada. La leí y tuve una de esas experiencias en las que estás leyendo y sientes que el escritor se ha metido en tu cabeza. Al leer el libro, pensé: «Oh, Dios mío, tengo la misma sensación». Quiero decir que, sencillamente, me enamoré de él. Era lo mejor que había leído jamás. El tiempo pasó, hice Todo en familia y luego inicié mi carrera como director. Después de las primeras películas, pensé: «Bueno, hacen películas basadas en libros»; se me ocurrió buscar qué libro me había gustado especialmente, y recordé La princesa prometida, mi libro favorito de todos los tiempos. Así que inocentemente dije: «Me pregunto si podríamos hacer una película con este». No tenía ni idea, en aquel momento, de que un montón de gente ya lo había intentado: Norman Jewison, Robert Redford, François Truffaut… Aparecía en uno de esos libros de cine como uno de los mejores guiones jamás escritos que nunca habían sido producidos. Hice que mi agencia se pusiera en contacto con Bill para ver si quería reunirse conmigo. Él había visto Spinal Tap y yo estaba acabando mi segunda película, Juegos de amor en la universidad. Por entonces solo tenía el primer corte, pero organicé una proyección para que la viera. Todo esto solo para que Bill aceptara reunirse conmigo.
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Pido perdón a Bill Goldman, a quien no le gusta el término, pero Rob era realmente, a falta de una descripción mejor, un joven autor. Uno cuyo éxito le había permitido hacerse con casi todo el control artístico de sus proyectos. Estrenaba sus películas como él quería que se vieran, ya que se encargaba del último corte en las salas de edición, algo que hoy en día casi no ocurre. Y no usaba su influencia para acumular riquezas abrumadoras con éxitos de taquilla superficiales, sino para abordar algo mucho más ambicioso. Algo cercano y querido en su corazón.
¿Cómo podría alguien no admirar algo así?
Por lo visto, el mismo jefe de Columbia dijo a Rob: «De todos modos, nunca conseguirás los derechos, porque Goldman nunca permitirá que nadie la haga».
Así que Rob decidió seguir adelante y tratar de reunirse con Goldman, quien, para aquel entonces, había vuelto a adquirir los derechos de su propia novela, con el fin de convencerlo para que le cediera el material. Se llevó consigo a la persona que lo acompañaba a todas las reuniones: su compañero de producción, Andy Scheinman. Resultó que el jefe del estudio había sido exacto al describir la reticencia de Goldman hacia que se hiciera la película. Como Rob y Andy descubrirían pronto, era evidente que el escritor había perdido casi todo su entusiasmo por el mundo del cine. No le gustaba cómo los estudios lo habían tratado en el pasado, especialmente en lo que respectaba a este, su proyecto favorito. Y tampoco había tenido ninguna suerte con ellos, ni con nadie más, de hecho, a la hora de emprender aquel proyecto.
A fin de entender mejor el estado de ánimo del señor Goldman, tal vez debería compartir una pequeña historia sobre los diversos intentos de hacer la película. A mi entender, en un momento dado el proyecto recibió inicialmente un «sí» de 20th Century Fox, que compró el libro incluso antes de que fuera publicado, con Richard Lester (famoso por las películas de los Beatles ¡Qué noche la de aquel día! y Socorro) como adjunto para dirigirla. Fue entonces cuando la persona a la que Goldman se refiere como el «tipo de la luz verde» (es decir, quien decide qué proyectos se hacen en el estudio) fue despedida de la Fox. Quiso la suerte que el siguiente «tipo de la luz verde» procediera a vaciar el escritorio de su predecesor (sorprendentemente, una práctica muy habitual en nuestro mundo), para empezar de cero. Fue en ese momento cuando Goldman volvió a comprar a la Fox los derechos de su libro (algo inaudito hasta el día de hoy, me imagino) para proteger su preciada obra e impedir que otra persona reescribiera el guion. Como Bill escribió en la edición del vigésimo quinto aniversario del libro, sintió que él era ahora «el único idiota que podía destruirlo».
Por aquel entonces, ninguno de los grandes estudios estaba dispuesto a tocar el material, excepto uno. Y lo creas o no, el tipo de la luz verde estaba en negociaciones con Goldman cuando también lo despidieron durante el fin de semana, justo cuando estaban a punto de cerrar el trato. Otro pequeño estudio de cine echó el cierre durante las negociaciones. En un momento dado, Norman Jewison, famoso por haber dirigido Jesucristo Superstar, El violinista en el tejado y Hechizo de luna, iba a realizarla como película independiente, pero no recaudó el dinero suficiente ni siquiera con un, entonces, prácticamente desconocido Arnold Schwarzenegger como Fezzik. Después de eso, John Boorman, Robert Redford, e incluso François Truffaut probaron suerte, pero por algún motivo no consiguieron hacerla despegar.
Así que tenía sentido que Goldman se mostrara reticente a dejar que su corazón se emocionara otra vez solo para volver a sufrir una decepción. Supongo que no se había «acostumbrado a las decepciones» en lo que respectaba a este proyecto en particular.
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ROB REINER
Fui con Andy al apartamento de Bill en Nueva York y este abrió la puerta y dijo: «Este es mi libro favorito de todos los que he escrito en mi vida. Lo quiero en mi tumba». En esencia, el subtexto era: «¿Qué vais a hacer con él?» Y, así, entramos en su guarida y hablamos de lo que yo creía que había que hacer con el material. Había leído uno de los guiones y creía que se alejaban tanto del libro que no capturaban realmente la esencia de la novela. Bill estaba tomando algunas notas, y yo no sabía si le gustaba lo que estaba diciendo o no, pero a mitad de la reunión se levantó y fue a la cocina a buscar algo de beber. Yo me giré hacia Andy y le dije: «Dios, espero que esté yendo bien». Lo cierto es que no tenía ni idea. Y entonces, Bill volvió a la sala y añadió: «¡Bueno, yo creo que está yendo fenomenal!». Estaba entusiasmado con el proyecto que le había presentado, y recuerdo salir del apartamento como si flotara. Pensé: «¡Dios mío, esto es lo mejor del mundo!». Ese tipo al que tanto admiraba me había dado, básicamente, el visto bueno para seguir adelante. Entonces, fuimos juntos a conseguir la financiación y lo hicimos. Pero para mí, el punto álgido de mi carrera fue que William Goldman accediera a dejarme llevar a cabo este proyecto.
WILLIAM GOLDMAN
Vinieron a mi apartamento y nos reunimos un rato. Rob había hecho algunas películas fantásticas que me gustaban. Quiero decir, no era Alfred Hitchcock, pero es un gran director. Y personalmente, me cayó bien. Los buenos directores no suelen ofrecerte tanto.
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Por suerte para Rob y para todos nosotros, finalmente consiguió la bendición de Goldman, cosa que fue una hazaña en sí misma. Luego, acudió a su mentor, el productor Norman Lear (el genio detrás de la exitosa comedia de Rob Todo en familia y muchos otros clásicos como Sanford and Son, Día a día, Los Jefferson, Buenos tiempos, Archie Bunker’s Place y Maude), para preguntarle si produciría la película. Lear leyó el guion, y de inmediato, aceptó financiarla. El proyecto sería el segundo de la nueva compañía de Lear, Act III Communications (el primero había sido Cuenta conmigo). El único requisito previo de Lear fue que la película debía cerrar un acuerdo de distribución con un gran estudio, de lo contrario se quedaría sin un céntimo por la que posiblemente sería la película independiente más cara de la historia. Para alivio de todos, Rob consiguió entonces volver a meter el proyecto en la 20th Century Fox. Y, después de unos cuantos falsos comienzos, la productora accedió a regañadientes a distribuir la película, tras lo cual Rob se lanzó de inmediato a la tarea de reunir al reparto.
Las primeras personas a las que Rob contrató para dos de los papeles fundamentales fueron sus colegas Billy Crystal, como el Milagroso Max, y Chris Guest, que interpretaría al conde Rugen. Por supuesto, esto no se trataba solo de un caso de nepotismo. Chris Guest acababa de filmar su brillante actuación como Nigel Tufnel, el tonto pero adorable guitarrista de metal en Spinal Tap. Tanto él como Billy eran estrellas en Saturday Night Live y el propio Billy había protagonizado una de mis comedias estadounidenses favoritas, Enredo.
Había ido de vacaciones a Estados Unidos cuando era joven, en los setenta, con mi padrastro estadounidense. Después del primer viaje, quedé fascinado con todo lo relacionado con aquel lugar. Había muchas cosas por las que emocionarse, y una de ellas era la televisión. En Inglaterra solo teníamos dos canales, mientras que en Estados Unidos la revolución del cable acababa de empezar. Tan pronto como llegué, devoré todo lo relacionado con la cultura pop televisiva americana, pero quedé especialmente fascinado por las comedias (El Show Dick Van Dyke, M*A*S*H*, La isla de Gilligan, La tribu de los Brady y, más tarde, cosas como Enredo y Taxi), esencialmente todos los shows clásicos de la era de oro de la televisión en los sesenta y setenta. Incluidos, por supuesto, todos los shows de Norman Lear. También escuché a los monologuistas de la colección de discos de mi padrastro y me familiaricé con gente como Bob Newhart, Woody Allen, Richard Pryor y Jonathan Winters.
Así que cuando recibí la llamada en la que me dijeron que Rob iba a venir a verme, no estoy seguro de qué me emocionaba más: el estar a punto de conocer a uno de los jóvenes directores de Hollywood de mayor talento o que iba a reunirme con uno de mis ídolos de la televisión. Entendía exactamente lo que estaba en juego en esa reunión. El impacto que este papel podía tener en mi carrera era innegable.
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ROB REINER
Bueno, trato de escoger a gente que sé que puede interpretar el papel. No contrataría a amigos solo por contratar amigos. Pero si son buenos y pueden interpretar el papel, desde luego. El problema al que me enfrenté con La princesa prometida era que tenía que conseguir a un chico joven, apuesto e intrépido, y a una chica joven como coprotagonista. Oh, y un gigante. No es que tuviera un montón de amigos que dieran la talla. Creo que solo había una persona adecuada para cada uno de esos papeles. La película tiene esa especie de atmósfera formal inglesa de un cuento de hadas; ese aire de «antaño». Así que quería que tuvieran acento inglés. Al menos Westley y Buttercup…, el príncipe Humperdinck y el conde Rugen y demás. Había visto a Cary en Lady Jane, pero esa película no era una comedia. Pensé: «Definitivamente tiene el aspecto adecuado. Se parece a un joven Douglas Fairbanks júnior, es muy guapo y es un actor estupendo». Pero no sabía si era gracioso, y se trataba de un tipo de actuación muy especializado: tenía que ser muy auténtico y serio, pero al mismo tiempo, reflejar una ligera ironía. Tenía que haber un equilibrio. Así que volamos hasta Alemania, donde Cary estaba rodando una película.
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Como sucede a menudo cuando se conoce a un director, sabía que me tenían en consideración, pero desconocía si era un favorito o simplemente uno de los muchos candidatos que competían por el papel.
Una voz con acento alemán salió del teléfono, procedía del mostrador de recepción:
—Hay aquí dos señorrres en el vestíbulo que prrreguntan porrr usted. ¿Los hago subirrr?
—Sí. Hágalos subir, por favor —dije, y colgué.
Al abrir la puerta unos minutos más tarde, me sorprendí al ver que me recibían dos de las sonrisas más amplias que he visto en mucho tiempo. Allí estaba: el hombre que había creado a Marty DiBergi y a Meathead, ¡en mi habitación de hotel! La otra sonrisa pertenecía a su mejor amigo y compañero de producción, Andy Scheinman, con la mitad del tamaño que la de Rob, pero con el doble de energía.
Lo que me llamó la atención de estos dos fue su hermosa amistad. Terminaban las frases del otro. De inmediato, me atrapó no solo su encanto personal, que era considerable, sino la pasión que mostraban por el proyecto. Además de bastante divertido (cosa que no es sorprendente, ya que su padre es Carl Reiner), Rob también era muy dulce y tenía una risa infecciosa que se oía hasta en Detroit, como me gusta decir. De hecho, el hombre que conocí estaba muy lejos del atribulado yerno de Archie Bunker. Y era sin duda un narrador nato. Era claramente muy inteligente y un lector voraz, pues así había conocido el trabajo de Goldman. Resulta que su padre también le dio una copia de La princesa prometida para que lo leyera de niño, tal y como había hecho mi padrastro conmigo.
Ahora bien, no es que eso nos hiciera exactamente únicos, pero sin duda inspiró una especie de alianza. Yo conocía la novela, y también parte de la historia detrás de los intentos de llevarla a la pantalla. Además, sabía que en las manos correctas tenía el potencial de ser realmente divertida y conmovedora. Por su obra y su sensibilidad, estaba convencido de que era el hombre adecuado para llevar a cabo el trabajo.
Les ofrecí a cada uno una botella de agua del minibar. Tengo un claro recuerdo de Andy, tan perturbado por la simple posibilidad de estar tan cerca de Chernóbil que no quería tocar nada, mucho menos beber agua.
—Bien, como probablemente sepas, estamos haciendo una película basada en La princesa prometida y creemos que serías un magnífico Westley —dijo Rob, después de acomodarse en una silla.
Rob tiene ese modo sencillo de ir directo al grano de una manera divertida. El «como probablemente ya sepas» sonó prácticamente lírico, casi como si lo alargara de manera cantarina. Creo que mi respuesta fue algo bastante inocuo, tipo:
—Sí, lo he oído. ¡Es genial!
En mi cabeza, estaba pensando: «Por favor, no me hagáis hacer una prueba».
—Bueno, hemos empezado con los preparativos en Londres y nos gustaría hablar contigo sobre la posibilidad de que te unas a nosotros.
La situación mejoraba por segundos. Su semblante era informal y amable. Tenía una forma maravillosa de hacerte sentir cómodo, y mientras charlábamos, mi ansiedad desapareció lentamente. Rob se sorprendió al saber que había pasado un tiempo considerable en Estados Unidos y que estaba íntimamente familiarizado con el mundo de la televisión de los setenta. Allí estaba yo, un actor británico, que estaba trabajando en una película en Berlín, y nuestra conversación giraba mayormente en torno a lo que yo recordaba de mis episodios favoritos de Todo en familia. Pasamos a una charla más general sobre comedia y cultura popular. Entonces surgió Bill Cosby y, de algún modo, (no recuerdo realmente cómo) acabé imitando a Fat Albert, cosa que pareció gustarle a Rob. Les expliqué que había estudiado en el Sarah Lawrence College, así como en otras instituciones prestigiosas de Nueva York.
Hablamos de Saturday Night Live. De nuevo, Rob parecía satisfecho de que yo fuera un admirador de SNL. En aquel momento, no entendí por qué era tan importante para él, pero no pasaría mucho tiempo hasta que lo entendiera. Sabía que hacía falta tener un aspecto concreto para el papel de Westley, y supongo que, en ese sentido, daba la talla, pero, por otro lado, también la daban miles de actores jóvenes. Sin embargo, también buscaban a alguien con sentido del humor. Y tal vez tenía una oportunidad de hacerlos reír, cosa que sorprendentemente conseguí con mi imitación de Fat Albert. Aquello tenía buena pinta, hasta que llegó el momento trágico.
—Mira, la verdad es que creo que es posible que seas el tipo adecuado para esto —dijo Rob—. Pero ¿te importa que leamos un par de frases? Solo quiero oírlas.
¿Por qué? ¿Por qué tenía que hacerme leer? Iba todo tan bien hasta ese momento…
Vale, allá va… El momento de la verdad. La prueba. Lo cierto era que había conseguido más trabajos a través de ofertas directas que de audiciones. Pero no podía pensar en eso ahora. Tenía que echarle valor.
Rob buscó dentro de un sobre que había traído consigo y sacó una copia del guion. Lo abrió por uno de los monólogos de Westley, aquel en que le cuenta a la princesa Buttercup cómo se convirtió en su alter ego, el pirata Roberts, y me lo dio.
Me aclaré la garganta y leí lentamente. Me había pillado en frío y desprevenido, pero, por suerte, conocía la historia y el tono de la novela. También sabía que muchas de las mejores frases de la película tendrían que decirse con un guiño prácticamente imperceptible.
Después de apenas unas frases, Rob levantó la mano.
—Vale, ya es suficiente —dijo.
Me pregunté por un momento si ya había echado todo a perder. Apenas había leído media página.
—¿De verdad? ¿Estás seguro? —pregunté.
—Sí. Entonces, ¿cuánto te queda en esta película todavía? —contestó.
Respiré profundamente, en un intento de ocultar mi emoción.
—Un par de semanas, más o menos.
—Perfecto —dijo Rob—. Vamos a divertirnos mucho haciendo esta película, y con un poco de suerte, si el estudio está de acuerdo, nos gustaría que formaras parte de ella.
Respondí con un ligero tartamudeo, que básicamente quería decir:
—Sí, me encantaría. Gracias.
¿Era eso una oferta? Oh, Dios mío, ¡creo que sí!
Pero, por otra parte, había dicho «si el estudio está de acuerdo». ¿Por qué iban a cuestionar a Rob Reiner, un hombre que ya había mostrado su gran habilidad para escoger al reparto en sus otras películas de éxito? Cambié de tema rápidamente y traté de parecer lo más tranquilo posible. Les pregunté a ambos cuándo volvían a Londres. Tal vez conseguiría que se quedaran a cenar y convencerlos de que, aunque sabía que la prueba había sido un desastre, seguía siendo la persona indicada para el papel. Pero Rob respondió que, de hecho, salían para París esa misma tarde. Aquel era un viaje relámpago. Andaban detrás de un luchador mundialmente famoso para el papel de Fezzik. Eso era todo lo que podían decirme.
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ANDY SCHEINMAN
Bueno, hemos vivido algunas situaciones incómodas. Hubo una mujer que ni siquiera tuvo que hacer una prueba para el papel, ya que se trataba de una actriz muy conocida. Se reunió con nosotros y dijo: «Estoy preparada, dejadme que haga una prueba». Y después de que se marchara, Rob dijo: «Oh, no. No puede hacerlo». ¡Pero ya le había ofrecido el papel!
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—Cuando regresemos, nos pondremos en contacto con tu agente, y si todo va bien, ya veremos cómo lo arreglamos —dijo Rob—. Si te parece bien.
¿Si me parece bien? Claro, sí, me parece bien. No me podría haber parecido mejor.
—Por supuesto —tartamudeé.
Nos estrechamos las manos afectuosamente y nos despedimos. Y estoy bastante seguro de que estaba hablando por teléfono con mi agente antes de que su ascensor llegara al vestíbulo.
—Creo que lo he conseguido —dije sin aliento, por la emoción.
—Vale —contestó Harriet—. Tú espera. Los llamaré.
Tan pronto como colgué el teléfono, tuve un ataque de ansiedad. ¿Hablaba Rob en serio? Tal vez les ofrece papeles a todos los actores con los que se reúne para hacerlos sentir mejor. Sentía que era un hombre al que se podía tomar al pie de la letra. «Mejor no malgastar energía preocupándome», pensé. Pronto llegaría otro papel. Pero no puedes engañarte a ti mismo. En el fondo de mi corazón sabía que este era diferente. Lo quería de verdad.
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ROB REINER
Cary era muy divertido. Hizo una imitación de Bill Cosby. No le pedí que lo hiciera. Simplemente, era un tipo gracioso, y pensé: «Guau, este tío podría hacerlo de verdad». Fue el único al que vi que pensé que podía interpretar el papel. Lo mismo me pasó con Buttercup y Fezzik.
ANDY SCHEINMAN
El casting fue interesante. Para muchos de los papeles no teníamos una segunda opción. No había nadie más a quien escoger. No teníamos una segunda opción para Buttercup, sin duda no teníamos una segunda opción para Fezzik. Y no teníamos una segunda opción para Westley. Si no encontrábamos a esas personas (creo que el último de los candidatos era Cary), la película no saldría. Decir que Cary fue la última pieza del puzle no sería del todo cierto. Cary era el puzle. Quiero decir, André era muy importante, pero Cary era la película, ¿sabes? Y no teníamos a nadie. Queríamos a Errol Flynn, y tenía que ser gracioso, cosa que no creo que Errol Flynn fuera. No es que necesitara ser gracioso, pero debía tener sentido del humor. No se trataba de ser desternillante, pero el papel debía interpretarse con un pequeño brillo en los ojos, y a Cary eso le salía estupendamente.
Recuerdo que nos sentamos, Cary abrió el guion, leyó tal vez cuatro palabras y nosotros dijimos: «Bueno…, este es el tío». No recuerdo exactamente cuánto duró la reunión, pero fue simplemente ¡bum! ¡Es él! Rob hace esto a veces, y es genial. No ocurre a menudo, para ser sincero. Pero de vez en cuando alguien hace una prueba, o viene y se ha pasado toda la noche preparándose para esta gran audición, y está ahí a mitad de la segunda línea de una escena de cuatro páginas y Rob dice: «Ya es suficiente. No necesito oír más. Lo tienes. Es tuyo».
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A la mañana siguiente, Harriet volvió a llamar.
—¿Estás sentado?
—Sí.
—¡Lo has conseguido! —dijo—. Te han ofrecido el papel.
Me quedé sin palabras. Esto era un gran voto de confianza por parte de Rob. A duras penas era famoso. Podrían haber contratado a muchos actores británicos reconocibles y más rentables, que probablemente habrían sido «adecuados» para el papel, con facilidad. Pero me habían escogido a mí. En retrospectiva, casi me pareció demasiado fácil. Desde luego, las audiciones no siempre salen tan bien. Y, en ocasiones, una reunión es solo eso. A veces consigues el papel y otras no. Nunca lo sabes. Supongo que Rob sabía lo que quería, y yo fui lo bastante afortunado como para estar en su campo de visión.
Mientras Harriet repasaba los detalles de mi contrato, yo estaba deslumbrado. Recuerdo decirle que aceptara la oferta de inmediato, antes de que cambiaran de opinión.
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BILLY CRYSTAL
Recuerdo que Rob regresó de Alemania y dijo: «Espera a ver a este tío. Es Douglas Fairbanks júnior, pero también es superdivertido y hace imitaciones». Cary es un tío muy enérgico. Está muy alerta. Y me encanta eso de él. Siempre está tan en armonía con lo que está pasando en el momento. Cuando lo conocí, tuve la misma sensación que Rob: está al mismo nivel que Fairbanks júnior, un joven Errol Flynn; era ese protagonista elegante y sensible que podría hacerte daño si fuera necesario.
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2. Preproducción y mi encuentro con Buttercup
Londres, 2 de agosto de 1986
Unas pocas semanas después de finalizar Maschenka, estaba otra vez en casa, en Londres, que era también la base para la producción de La princesa prometida. Muchos de los miembros del equipo y algunos del reparto ya estaban reunidos. De hecho, la primera lectura previa del guion con el reparto se hizo al cabo de unos días. Poco después de mi llegada, recibí una llamada del despacho de producción. Me dieron instrucciones de que fuera a hacer pruebas de vestuario con la diseñadora, Phyllis Dalton, que había hecho un trabajo fantástico con uno de mis directores favoritos, David Lean, tanto en Lawrence de Arabia como en Doctor Zhivago, por la que ganó un Oscar. Una cosa que sabía con seguridad era que mis atuendos iban a ser de primera categoría. Tenía que encontrarme con ella en Angels, una de las casas de vestuario más antiguas de Londres y ganadora de muchos premios Oscar en esa categoría. Cuando entré en el recibidor, lo primero que vi fue un surtido de trajes ornamentados elegantemente colocados en maniquíes. Tras inspeccionarlos más de cerca, me fijé en que algunos de ellos parecían ser auténticos, del siglo xviii.
En pocos minutos me encontré en la oficina del piso de arriba, donde Phyllis, una modesta y encantadora dama, se presentó educadamente. Nos sentamos y bebimos té mientras charlábamos un poco sobre el papel. Luego, se inclinó hacia delante, agarró una carpeta que había en una mesita de café cercana y procedió a mostrarme algunos de los bocetos que ya había hecho para Westley y el resto de los personajes de la película. Todo estaba ordenado con mucho cuidado y cada boceto incluía muestras de las telas que quería usar. Desde el primer momento, vi que había dado en el clavo en lo que respectaba al tono y el estilo del libro de Goldman. Los colores, las texturas, y el aspecto de los materiales iban más allá de lo que había imaginado. Para Humperdinck y Rugen había finos jubones de terciopelo con intrincados bordados. Para el español, Montoya, una mezcla de arpillera marrón y cuero. El vestido principal de Buttercup sería rojo, holgado y largo, hasta el suelo, y contrastaba bien con el cuero, la gamuza y el algodón negros del hombre de negro.
Después de estudiarlos cuidadosamente, me volví hacia ella y dije:
—¡Guau, Phyllis! Son muy bonitos.
—Oh, gracias. Sabes, es gracioso… Lo cierto es que no me gusta hacer bocetos —respondió de forma inesperada.
—¿De verdad? Pero si se te da genial —dejé escapar, tratando de llevar la conversación hacia una de mis películas favoritas de todos los tiempos—. ¿Qué hay de Lawrence? Seguro que hiciste algunos para esa.
—¡Oh, aquello! —dijo—. Bueno, para esa tuve que hacer más bocetos de los que había hecho jamás.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque muchas de las prendas tenían que confeccionarse en Damasco y era difícil conseguir que los sastres de allí hicieran exactamente lo que queríamos.
Me dijo entonces que ya había hecho algunas pruebas de los trajes para Westley y que le gustaría que me las probara para que la costurera hiciera los ajustes necesarios. Su asistente me condujo al vestidor, donde colgaba de un perchero el traje que se convertiría en icónico: un par de pantalones negros de ante, botas de cuero negro, un cinturón fino negro, un par de camisas negras con volantes y cordones, guantes negros y una máscara negra. Era todo muy elegante y sorprendentemente cómodo. Me probé la camisa ancha y de mangas enormes. Ya había llevado una muy similar para Lady Jane, así que me resultaba familiar. Luego, los pantalones ajustados de ante. Y, finalmente, las botas.
Una vez estuve completamente vestido, me miré en el espejo. Incluso sin la máscara, supe lo que debían de haber sentido Douglas Fairbanks o Errol Flynn al probarse sus trajes el primer día en cualquiera de sus clásicas películas de piratas. Un golpecito en la puerta me sacó de mi ensimismamiento.
—¿Se puede? —La voz de Phyllis atravesó la madera.
—Sí.
Abrió la puerta, me miró, y dijo:
—Aaah… No está nada mal. —Se detuvo a reflexionar—. Pero… hay algo que falta.
Entonces, llamó a su asistente y le pidió que fuera a buscar un poco de satén negro. Cuando esta regresó con la tela, Phyllis me ató un trozo alrededor de la cabeza y otro alrededor de la cintura como un cinto.
—Exacto —dijo—, ¡eso está mejor!
Luego me hizo probar unas máscaras provisionales que había diseñado, que, de hecho, no eran muy diferentes a las que llevó Fairbanks en La marca del Zorro. Pero ninguna de ellas quedaba del todo bien. Phyllis me explicó que, como la llevaría durante la mayor parte de la película, no solo tenía que encajar perfectamente, sino que, sobre todo, debía ser cómoda y que la única forma de conseguirlo era sacando un molde de yeso de mi cabeza. Este es un procedimiento bastante estándar en la producción de películas que incluyen acción, efectos especiales o superhéroes que llevan máscaras, aunque yo no lo había experimentado antes.
Apareció, entonces, una costurera, que colocó unos cuantos alfileres en los pantalones para que fueran todavía más ajustados. Le pregunté a Phyllis si podría ponérmelos sin dificultad una vez estuvieran listos. Me respondió que preferiría coserlos cada día una vez puestos, pero que no sería práctico dado que iba a hacer muchas escenas de acción con ellos. Y, siendo de ante, de todos modos, darían un poco de sí con el tiempo, me explicó. Yo bromeé sobre que ahora sabía cómo se debió de sentir Jim Morrison con sus distintivos pantalones de cuero ajustados.
Me probé un traje hecho básicamente de arpillera y algodón grueso, que serían las ropas de Westley como el famoso muchacho de la granja. Phyllis me dijo que se había inspirado en cuadros de N. C. Wyeth y Bruegel y, a mi parecer, eran muy auténticas, pero ella no estaba del todo satisfecha.
—No, volvamos con estas. Necesitas algún tipo de capucha.
Phyllis dijo que necesitaba un poco más de tiempo para resolverlo y que haríamos más pruebas de vestuario pronto. Después de sacar algunas fotos Polaroid para enseñárselas a Rob, volví a ponerme mis aburridos vaqueros y mi camiseta, le di las gracias a Phyllis, a su asistente y a la costurera, y me fui a casa. El hombre de negro comenzaba a tomar forma.
Al día siguiente, recibí otra llamada de la oficina de producción y me dieron instrucciones sobre dónde ir a que me hicieran un molde de la cara. Viajé hasta los estudios Shepperton, donde se encontraban nuestras oficinas de producción, y visité a la gente del departamento de efectos especiales (conocido como «FX»). Shepperton se encuentra en el condado de Surrey, más o menos a una media hora a las afueras de Londres, y en general está considerado como uno de los grandes estudios de cine europeos. Desde una perspectiva histórica, es el tipo de sitio que tiene un atractivo casi reverencial para la mayoría de gente del mundillo. Entre las películas que se han filmado allí figuran Lawrence de Arabia, ¿Teléfono rojo?, Volamos hacia Moscú, 2001: Una odisea en el espacio, El hombre elefante, Star Wars, Alien, Gandhi…, por nombrar solo algunas.
Trabajé como asistente de producción en mi adolescencia, así que sabía desenvolverme un poco en los platós de cine, pero estar allí, en los famosos estudios Shepperton, como protagonista de una gran película de Hollywood, era una experiencia totalmente distinta. Con el mapa en la mano, fui hasta una de las «tiendas» asignadas a nuestro departamento de FX en el set y me encontré con Nick Allder, nuestro supervisor de efectos especiales. Nick tenía una gran carrera: había trabajado ya en Alien (sí, es su criatura la que se escapa del pecho de John Hurt), El imperio contraataca (para los jedis que estéis leyendo esto, hay una fuerte conexión entre Star Wars y La princesa prometida, de la que hablaré más adelante), Conan el Bárbaro, y La joya del Nilo. Nick, un tipo muy afable, me presentó a su equipo, uno de los cuales estaba ya trabajando en un animatrónico sin terminar de un Roedor de Aspecto Gigantesco (RAG), el mismo que acabaría mordiéndome durante nuestra pelea en el Pantano de Fuego. Estaba hecho de gomaespuma blanca y no tenía pelo, lo que le daba un aspecto todavía más grotesco. Se veían todos los cables y roldanas unidas a los servomotores que permitían que el «titiritero» le moviera la boca. Incluso en esa fase parecía muy efectivo y estaban orgullosos de enseñármelo. Mientras miraba fijamente a los ojos muertos de la rata gigante, me pregunté si Bill Goldman se habría topado con las mismas ratas gigantes que yo me había encontrado cuando vivía en Manhattan; esas del tamaño de un gato y que te hacían detenerte en seco. Ese tipo de ratas que no se asustan de los humanos, caminan con ese contoneo y te miran de esa manera que parece que digan: «Venga, ¿qué vas a hacer?».
Nick me explicó que, mientras que el proceso de cubrirme la cara con yeso húmedo de París era relativamente indoloro, podía ser muy tedioso, ya que tendría que pasar mucho tiempo, tal vez una hora, sentado en una silla con la cara cubierta de dicho material. Me preguntó si sufría de claustrofobia, cosa que ya en sí misma me puso un poco nervioso, a lo que respondí: «No, la verdad es que no», sin tener ni idea de lo claustrofóbico que sería todo el proceso. Entonces, dijo:
—Vamos a cubrirte toda la cabeza, pero te daremos un par de pajitas para que te las metas en la nariz y puedas respirar.
Menos mal.
Él continuó:
—Si en algún momento te sientes incómodo, no puedes respirar o tienes algún tipo de ataque de pánico, simplemente haz un gesto con la mano como si te cortaras la garganta y te quitaremos el yeso.
—Vale —contesté, preguntándome cuántos actores habrían sufrido ataques de pánico antes.
—Solo para que lo sepas —añadió Nick—, si hacemos eso, tendremos que repetir todo el proceso para terminarlo.
Contesté que lo entendía.
—¡Genial! —dijo Nick—. Entonces, empecemos.
Él y sus colegas procedieron entonces a cubrirme la cabeza completamente con vaselina y, luego, con escayola, y me proveyeron de las ya mencionadas pajitas para que me las pusiera en las fosas nasales y respirara. Decir que era claustrofóbico sería quedarse corto, amigos. Era como si te encerraran la cabeza en una calabaza o un casco gigante, pesado y asfixiante, hecho de arcilla. Una hora después, acabaron, y el yeso finalmente se secó. Entonces, lo abrieron cuidadosamente, me lo quitaron de la cabeza, y el producto resultante se utilizó como molde.
Tenía que parecer un pirata. Y no solo un pirata cualquiera, sino el pirata Roberts (vagamente basado en el famoso corsario Bartholomew Roberts), el azote de los siete mares. Se suponía que su identidad debía ser un secreto. Y, mientras que era necesario dar un voto de confianza para asumir que los otros personajes de la película (sobre todo Buttercup) no notarían inmediatamente el parecido entre Westley y el hombre de negro, el público era libre de hacer la conexión (cosa que, por supuesto, hizo). Aun así, tenía que quedar bien. Pese a los muchos esfuerzos por crear docenas de máscaras perfectas, el departamento de maquillaje igualmente terminó poniéndome maquillaje oscuro alrededor de los ojos en algunas escenas para crear una transición sin interrupciones entre la máscara y la piel, de manera semejante a como entiendo que hacen con los actores que interpretan a Batman.
Tras limpiarme la cara, vino a buscarme un asistente de producción que me dijo que Rob quería verme en su despacho. Fuimos hacia la oficina de producción siguiendo las señales que decían BUTTERCUP FILMS, LTD y subimos al piso de arriba. Cuando entré, Rob se puso en pie detrás del escritorio y me recibió con esa cálida sonrisa suya.
—Hola, Cary. ¿Cómo estás? —Uno de los típicos estribillos cantarines de Rob.
—Genial, gracias.
—Me alegro de verte. —Me dio un abrazo de oso.
Habría que remarcar que todos los abrazos de Rob son abrazos de oso.
—Bueno…, ¿cómo ha sido lo del molde de la cara?
—Raro —respondí.
—Sí, ¿verdad? —Se rio—. ¿Te han metido las pajitas por la nariz?
—Sí. Y casi vomito a través de ellas.
Rob se rio entre dientes.
—Ven, quiero enseñártelo todo. Tenemos un equipo estupendo —comentó—. Y quiero que los conozcas.
Fue un detalle por parte de Rob extender la invitación; no hay muchos directores que hagan eso con sus actores durante la preproducción. Pero Rob era diferente. Más tarde sabría que había escogido personalmente a casi todos los miembros del reparto.
Conocí a muchos de ellos durante el día, desde los contables a la gente del departamento de arte y casi todas las personas que estaban en medio. Cada vez que nos cruzábamos con alguien, Rob se detenía y nos presentaba, y, con un entusiasmo constante, decía:
—Y este es Cary. Va a interpretar a Westley.
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CHRIS SARANDON
El equipo era fantástico. Los equipos con los que he trabajado en Inglaterra, en general, son muy divertidos. Muchos de ellos son gente de clase trabajadora, hombres y mujeres, y de trato fácil. Son fabulosos.
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En el departamento de arte conocí a nuestro diseñador de producción, Norman Garwood, con quien acabaría trabajando en dos películas más. Norman es un tipo entusiasta y dulce, y, obviamente, con mucho talento. Había trabajado en dos magníficas películas de Terry Gilliam, Los héroes del tiempo y Brazil, y en El misionero, todas ellas con uno de mis actores de comedia favoritos, Michael Palin (hablaré más sobre él luego). Norman era claramente uno de los favoritos de los Monty Python, lo que para mí lo convertía en alguien perfecto para nuestra producción, dado que yo mismo era un admirador de los Python. Cada centímetro de las paredes estaba cubierto de dibujos maravillosos y pinturas de todos los sets, desde la cabaña del Milagroso Max hasta la suite de Buttercup en el castillo de Florin, y de la habitación de Fred Savage hasta la Fosa de la Desesperación. Eran sencillamente mágicos. Realmente se veía cómo la mitología de la película tomaba forma. Cuando expresé mi emoción ante la imaginería visual que me rodeaba, Norman sugirió a Rob que me ofreciera un tour por los sets que ya se estaban construyendo.
—Oh, sí. ¡Tienes que verlos! —dijo Rob con entusiasmo—. Son una maravilla.
Rob me llevó fuera y caminamos hacia el escenario H, donde carpinteros, yeseros y pintores estaban inmersos en el proceso de construir el plató para el Pantano de Fuego, que comenzaba a llenarse de árboles falsos, enredaderas, lianas y setas gigantes. El nivel de detalle era extraordinario. Recuerdo volverme hacia Rob y decir:
—¡Guau! ¡Es como El mago de Oz!
—Es bastante chulo, ¿verdad? —respondió él.
Entonces, me llevó hasta el escenario C, y cuando entramos en el set me quedé maravillado ante la visión del enorme acantilado donde el famoso duelo entre Westley e Íñigo Montoya tendría lugar. En el estudio de sonido, con su telón de fondo de un cielo azul con nubes, sentí una palpable sensación de… no alivio, sino más bien alegría. No tenía ninguna duda de que Rob lo lograría; simplemente no había imaginado cómo iba a hacerlo. Ahora estaba convirtiéndose en una realidad. Sabía que era la producción más costosa en la que ninguno de nosotros había estado involucrado jamás, y gran parte de su éxito dependía de quien interpretaba a Buttercup y del tío que interpretaba a Westley.
¡Ups!
Mientras regresábamos a las oficinas de producción, le pregunté a Rob sobre el resto del reparto. Mencionó que ya había contratado a sus amigos Billy Crystal y Chris Guest, lo cual era genial. Y que Mandy Patinkin haría de Íñigo Montoya, el español vengador. No recordaba los papeles de Mandy en aquel momento, pero asumí, dado el meticuloso casting de Rob, que sería una elección perfecta. Luego, repasó una alineación estelar de talentos con los que aparentemente estaban en negociaciones, incluido a Wally Shawn para el papel de Vizzini.
—¡Oh, me encanta! —comenté—. Mi cena con André es genial.
—Fabulosa —dijo Rob—. Y creo que también tenemos a Chris Sarandon para hacer de Humperdinck y a Carol Kane para la mujer del Milagroso Max.
—No puede ser —respondí, incrédulo.
—Menudo casting, ¿eh? —Sonaba casi tan emocionado como yo.
Estaba resultando ser una producción mucho más grande de lo que me había imaginado al principio.
—Y tenemos mucha suerte. También hemos encontrado a nuestra Buttercup —añadió Rob—. Nos ha llevado un tiempo, pero hemos dado con ella.
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CHRIS SARANDON
Mi exmujer, Susan Sarandon, había hecho una película con Robert Redford, y, en aquella época, Redford tenía los derechos cinematográficos del libro. Quería hacer la película y le dio una copia para que la leyera. Yo también la leí, y simplemente aluciné. Había una combinación tan maravillosa de aventura, romance, sátira y parodia; el autor se divertía con diferentes géneros. Y simplemente pensé: «Esto es maravilloso, espero que se haga esta película». Pero por supuesto, pasaron los años y no sucedió nada. Así que, haciendo un salto de imagen a muchos años después, de repente recibo una llamada de uno de mis agentes diciendo: «Rob Reiner y Bill Goldman quieren que hagas una prueba para La princesa prometida para el papel del príncipe Humperdinck», y yo contesté: «Madre mía. ¡Esto es un sueño hecho realidad! Adoro ese libro».
CAROL KANE
Tuve la grandísima suerte de formar parte de esto. Recibí una llamada de Rob para participar e interpretar el papel de la esposa de Billy. En aquel momento, estaba haciendo una obra en Williamstown. Creo que ni siquiera lo pensé demasiado. Simplemente dije que sí. La idea de ser la esposa de Billy en un enorme cuento de hadas era algo así como…, bueno, no es algo que te pienses. Simplemente lo haces. Luego leí el guion y me encantó. Entonces, Billy y yo nos juntamos más tarde en mi apartamento de Los Ángeles y nos construimos una especie de vida, una pequeña historia para nuestros personajes.
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Me intrigaba la fascinación de Rob con su descubrimiento de la Buttercup «perfecta».
—¿Cómo la has encontrado? —pregunté.
—Resulta que el director del casting había tenido su foto en la pared todo el tiempo. Pero por algún motivo nunca la convocamos, porque estábamos demasiado ocupados buscando actores británicos.
—¿Quién es? —pregunté con curiosidad.
—Se llama Robin Wright. ¿Has oído hablar de ella?
No era el caso, y lo admití.
Rob asintió.
—Está en ese programa de tele, Santa Barbara; es un culebrón diurno. Pero no te dejes engañar, es maravillosa. Llegó, hizo la prueba ¡y nos dejó alucinados! —continuó Rob—. Espera a conocerla. Oh, Dios mío, ¡te va a encantar!
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ROB REINER
Vi a cientos de chicas, pero tenían que ser como se describía en el guion: la chica más hermosa del mundo. Y tenía que tener acento inglés. Y Robin, pese a que es estadounidense, tiene un padrastro inglés, así que dio con ello de manera muy natural. Era asombrosamente bella y tenía la edad adecuada. Era literalmente la única que vi que podía interpretar el papel.
WILLIAM GOLDMAN
Fui a California porque estábamos buscando a Buttercup. Tenía que ser la chica más hermosa del mundo, y vinieron todas esas chicas guapísimas, y eran preciosas, pero no eran Buttercup. Finalmente, Rob llamó y dijo: «Creo que la he encontrado», y entonces Robin entró en la habitación, hablamos un momento e inmediatamente llamé a Rob y le dije: «¡Cógela!», porque era, como sabéis, simplemente increíble. Y aún lo es.
ANDY SCHEINMAN
Robin era perfecta. Pero ¿sabes qué? La obligaron hacer un año extra en Santa Barbara a cambio de darle tiempo libre para rodar la película, cosa que me pareció bastante despreciable. Pero ella no se quejó. Robin era…, bueno…, quiero decir, es, una chica preciosa. Y el papel lo requería. Pero también había dulzura en ella. Hay muchas mujeres hermosas, muchas actrices hermosas, pero no hay muchas mujeres hermosas que además sean divertidas de verdad. No es que tuvieses que ser hilarante para interpretar a Buttercup, pero debía ser alguien capaz de entender qué partes del guion eran divertidas y el papel, y tener un gran sentido del humor.
Pulsuz fraqment bitdi.