Kitabı oxu: «El maravilloso viaje de Rosendo Bucurú»



Primera edición digital, en Panamericana Editorial Ltda., mayo 2021
Segunda edición, marzo 2021
Primera edición, Carlos Valencia Editores, 1986
Primera edición en Panamericana Editorial Ltda., marzo de 1997
© Celso Román
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Bogotá D. C., Colombia
Editor
Panamericana Editorial Ltda.
Ilustraciones
Jairo Linares Landínez
Diagramación
Jairo Toro Rubio
ISBN 978-958-30-6277-3 (Impreso)
ISBN 978-958-30-6361-9 (epub)
Prohibida su reproducción total o parcial
por cualquier medio sin permiso del Editor.
Hecho en Colombia - Made in Colombia
A María José, Patricia y Valentina.
A los que a pesar de la jaula no pierden
las ganas de vivir.
¿Por qué, preguntó el anciano, temes a los
antiguos dioses, a los que hacían que las
lanzas de los padres de tus padres fueran
resistentes en la batalla, y a esos pequeños
seres que salían de noche de las
profundidades de los lagos y cantaban con los
grillos junto a sus hogares?
En nuestro día fatal ellos seguirán velando
por la hermosura de la tierra.
W. B. Yeats
El corazón de la primavera
Contenido
Capítulo I
Rosendo Bucurú inicia su maravilloso viaje
Capítulo II
La ciudad de los peces bigotudos
Capítulo III
El encargo y el caracol para emergencias
Capítulo IV
El espíritu del agua
Capítulo V
El reino de la noche
Capítulo VI
Selva y la tribu de los adoradores del árbol
Capítulo VII
La ruta de las aves migratorias
Capítulo VIII
El centro de la ciudad
Capítulo IX
La repartición de la luz
Capítulo X
La trampa de las alcantarillas
Capítulo XI
Rosendo y Selva buscan la salida
Capítulo XII
Los extraños sucesos del centro de la ciudad
Capítulo XIII
El regreso
Capítulo XIV
El destino de Rosendo Bucurú
Capítulo I
•
Rosendo Bucurú inicia su maravilloso viaje

Mucho antes de descubrir el mundo fantástico que se ocultaba en el río, en la noche y en el bosque, el niño Rosendo Bucurú ya era un pequeño trabajador.
Empezó a jornalear apenas aprendió a caminar: su primer oficio consistió en llevarle al papá una botella de fresca limonada, endulzada con panela, hasta el rastrojo donde tumbaba malezas con un gran machete.
La botella, tapada con una tusa de mazorca, se balanceaba en la mochila de fique terciada al hombro del pequeño. Con paso seguro, a pesar de andar descalzo, cruzaba la tierra reseca bajo el claro cielo de verano, agachándose bajo el alambre de púas para pasar de potrero a potrero y seguir el sendero abierto por el ganado. Las vacas, sin asustarse, lo miraban andar tranquilamente por entre ellas, y lo seguían con las orejas atentas y los ojos dulces; le olisqueaban la espalda y lo saludaban con un suave mugido, atraídas por el aroma de la limonada.
Desde bien lejos percibía el tintinear de la herramienta cortando los espinos.
−Oooooh... La limonadaaaa... −gritaba el niño.
−Oooooh... Don Rosendoooo... −respondía el papá volviendo la mirada, guardando luego el machete en la funda y secándose el sudor con el trapo rojo que cargaba al hombro.
El niño se acurrucaba en alguna sombrita y miraba al papá desde abajo, con ojos entrecerrados ante tanta luz del mediodía. Era tan grande, era como un gigante que se tomaba la limonada casi sin respirar, a grandes tragos, pero siempre dejándole unos sorbos.
−Ah, qué cosa si está buena −decía con satisfacción y le pasaba la botella a Rosendo diciéndole con cariño−: Tómese ese cuncho, mijo, luego lávela en el río y vuélvase para la casa.
El río rumoroso rompía rápidas espumas entre piedras de musgos y rocíos, a la sombra de grandes caracolíes y tupidas matas de guadua.
Frente al agua fresca que lavaba el arenal de la orilla, Rosendo se sentó en una piedra y se acomodó para beber su limonada.
Cogió la botella con las dos manos, la llevó a los labios y la levantó, pero la limonada no quiso salir. El líquido seguía en el fondo negándose a bajar.
Miró a los lados como preguntando qué pasaba, y sus ojos se encontraron con la mirada, no sabía si burlona, de una rana verde de ojos amarillos que parecía sonreír acurrucada en el follaje.
Puso la botella boca abajo y la sacudió con fuerza, pero nada: como unida al cristal, la limonada permanecía inmóvil allí dentro. Levantó el pico hasta la altura de los ojos, miró por entre el cuello de vidrio como quien mira por un catalejo y vio allá dentro el paisaje del agua teñida por la panela, titilando como un cielo de dulce, los hollejos verdes claro del limón. Y no vio nada más porque la botella salió volando de entre sus manos.

Así fue, como si estuviera viva, pegó un brinco y se paró en la arena de la orilla, invitándolo a jugar al correqueteagarro. Atraído por el juego, el niño se levantó despacito, cauteloso, con los brazos abiertos y el cuerpo inclinado, como si fuera a agarrar una gallina que se queda quieta, acezando con el pico entreabierto, y se escabulle cuando se le acerca el perseguidor.
Eso hizo la botella: rodó y brincó cuando estaba casi entre las manos de Rosendo, huyó con cabriolas de animalito arisco, con gambetas de comadreja y picardías de zorrito.
El tiempo se le iba en ese jaleo feliz de allá para acá, en pleno juego y completa fiesta, sin acordarse de cuántas veces a la semana lo reprendían por quedarse horas y horas sentado en una piedra, embelesado con las torcazas que venían a beber como caballitos en el río; o por jugar a las canoas en las pocetas bullentes de renacuajos; o por gastarse medio día hechizado con el embeleco de las mojarras, que lucían sus escamas peleándose bajo el agua las migajas de arepa que el niño les traía.
La rana verde de ojos amarillos no le perdía un solo paso a las carreras del niño, como si supiera lo que iba a suceder y sus razones tendría para estar tan atenta, porque en uno de sus brincos de conejo, la botella saltó al agua y Rosendo Bucurú, por seguir en la emoción del juego y retozar entre el río, se metió al agua entre carcajadas de alegría. Por seguir tras ella, que ahora nadaba como un pato y se consumía como un pescado, la rápida corriente alejó al niño de la orilla; pero ni tiempo de asustarse tuvo cuando sintió que sus pies no tocaban fondo, porque súbitamente alguien, desde abajo, lo levantó con su lomo sobre la espuma del torrente: era la rana verde de ojos amarillos que le servía de cabalgadura.
−Agárrese bien duro don Rosendo que por fin nos encontramos; vamos para la ciudad de los peces bigotudos, que su majestad el rey Bagre lo manda llamar.
Se lo dijo con una voz que inspiraba tanta confianza, que el niño presintió que este era el comienzo de una gran aventura.
Zambulléndose en la frescura del caudal de su río, la rana avanzó a grandes zancadas. Rosendo Bucurú no podía dejar de reírse, con las traviesas burbujas haciéndole cosquillas en los pies descalzos.
Capítulo II
•
La ciudad de los peces bigotudos

Bajo la corriente los colores eran más tenues, matizados por el agua y desdibujados por la profundidad. A veces le llegaba al pequeño jinete el brillo de las mojarras acercándose como estrellas fugaces, curiosas y tímidas, y alejándose presurosas al reconocer a la rana, enviada especial del rey Bagre.
Siguieron río abajo, más allá de la espuma que hace remolinos entre las piedras de la orilla, donde las mujeres lavan la ropa mientras conversan de amores y dolores.
Al llegar a un recodo donde el caudal forma un gran remanso, la rana se dirigió al fondo. Luego se detuvo en las cavernas de las profundidades, en medio del silencioso paisaje de los naufragios, y le mostró una antigua puerta de oro, apenas visible entre la velada luz submarina, medio oculta por las algas que movía la corriente. A lado y lado la custodiaban un par de fuertes bagres atigrados.
−La entrada a la ciudad de los peces bigotudos −le dijo la rana acercándose a los vigilantes con toda confianza. Los guardias les dieron la bienvenida y los invitaron a seguir.
La enorme y viejísima puerta se abrió lentamente. Con el balanceo movió su cabellera de siglos y dejó salir un resplandor: era la luz de una ciudad hecha toda de caracoles y conchas pulidas, deslumbrante de brillos y destellos reflejados en miles de escamas y lentejuelas suspendidas en el agua mansa.
Rosendo nunca había visto algo como aquello. Si acaso, el mejor recuerdo que tenía era el de su pueblo el día domingo; en la mañana le ponían zapatos y una muda de ropa limpia, y bien bañado y mejor peinado, la mamá lo cogía de la mano o él se asía al borde del canasto que ella cargaba; él recorría con emoción el bullicio de la multitud, maravillado por los colores de las frutas en la plaza de mercado, por los vendedores de baratijas, los comerciantes de pájaros y los culebreros de discurso interminable.
En el pueblo todo era enorme, siempre lleno de gente, de sol, de calor insoportable y de un terrible miedo a perderse de sus padres. Solo la iglesia era fresca, llena de ecos, de penumbra perfumada de incienso, con golondrinas y palomas que volaban sobre el altar, de lado a lado de la cúpula nunca terminada.
Pero esta ciudad en el fondo del río era maravillosa y distinta, como si fuera el eco submarino y mágico de su pueblo, con casas de fantasía llenas de puertas y ventanas abiertas, por las que constantemente circulaban lentos peces de larguísimos bigotes con los que acariciaban al niño en un saludo de bienvenida.
A nadie le corría la prisa. El ritmo de vida de aquella ciudad era la paz que se sentía a lo largo de la gran avenida por donde ahora los atigrados guardias escoltaban al invitado del rey Bagre. Al final de la alameda de caracoles y lentejuelas se erguía majestuoso el palacio de tornasolada conchanácar donde vivía el soberano de aquel país, el pez más viejo y sabio del reino.
En la entrada principal fueron anunciados:
−Don Rosendo Bucurú, caballero en la rana verde de ojos amarillos.
−Que siga −dijo desde adentro la voz de un anciano.
El niño desmontó y flotó suavemente al lado de la rana, se apoyó en uno de sus brazos y dejó que ella lo llevara hacia el claro interior de la gran sala de donde provenía la voz.
Reclinado en un colchón de algas bamboleantes que mullían su lecho de pulidas piedras de río, vio un bagre viejísimo, reposado y enorme.

A Rosendo se le conmovió el corazón al contemplarlo, pues muchas veces había visto a los pescadores sacando bagres con atarrayas y chinchorros, con anzuelos y nasas enormes, rematándolos a duros golpes de garrote, arrastrándolos hasta la orilla donde los destazaban y los cargaban en camiones con hielo que iban a parar a la gran ciudad. Comprendió que el rey de este país realmente debía tener muchos años y mucha experiencia, pues no solo tenía la piel arrugada por el tiempo, sino que esta se veía completamente cubierta de cicatrices; tenía las aletas melladas por las luchas con los hombres del río, y alrededor de la boca le tintineaban anzuelos, le colgaban sedales, y hasta uno que otro arpón partido le erizaba el lomo, como testimonio de las batallas que lo habían convertido en el rey de los dominios acuáticos, en el más hábil en el difícil arte de la supervivencia.
Pulsuz fraqment bitdi.