Kitabı oxu: «Sobre el día del nacimiento el "Fragmento de Censorino". Disertación sobre el "Sueño de Escipión"»

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ISBN: 978-84-24939-28-1

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Índice

PRESENTACIÓN

CENSORINO

INTRODUCCIÓN

BIBLIOGRAFÍA

SOBRE EL DÍA DEL NACIMIENTO

EL «FRAGMENTO» DE CENSORINO

ÍNDICE DE TÉRMINOS

ÍNDICE DE NOMBRES

FAVONIO EULOGIO

INTRODUCCIÓN

BIBLIOGRAFÍA

DISERTACIÓN SOBRE EL «SUEÑO DE ESCIPIÓN»

ÍNDICE DE TÉRMINOS

ÍNDICE DE NOMBRES

NOTAS

CENSORINO
SOBRE EL DÍA DEL NACIMIENTO
EL «FRAGMENTO» DE CENSORINO
•
FAVONIO EULOGIO
DISERTACIÓN
SOBRE EL «SUEÑO DE ESCIPIÓN»

INTRODUCCIÓN, TRADUCCIÓN, NOTAS E ÍNDICES DE

JESÚS LUQUE, MARINA DEL CASTILLO Y CARMEN HOCES

PRESENTACIÓN

La música romana comienza a mirarse desde muy pronto en la griega tanto en el terreno de la práctica como en el de la teoría, el de las disciplinas musicales. Desde fechas tempranas se puede apreciar la presencia de la música en el ideal de la formación del hombre romano, de acuerdo con el modelo griego; ya en el siglo III a.C. hay indicios suficientes de la existencia de una enseñanza musical en los sectores sociales más acomodados: en la comedia republicana1, por ejemplo, la música aparece integrada en medio de las artes que configuran la formación de un hombre libre2.

Y ya en la primera mitad del siglo I a.C., sin olvidar, por supuesto, a Lucrecio, en cuya visión poética del mundo real hay una presencia constante de la música3, dos figuras señeras testimonian la gran importancia4 de las doctrinas musicales en el tejido cultural de la Roma republicana: Varrón y Cicerón; su influencia se dejará sentir en lo sucesivo a todo lo largo y ancho de la tradición musicológica romana.

El Sobre la música formaba parte (libro VII) de los Nueve libros de las disciplinas (Disciplinarum libri IX) de Varrón, junto con la gramática, la dialéctica, la retórica, la geometría, la aritmética, la astronomía, la medicina y la arquitectura. En él parece que el Reatino empezaba planteándose la cuestión del significado de la música tanto en el plano de la estructura psicosomática del hombre como en el más amplio de la ordenación sistemática del cosmos. Desde esas premisas entendía luego las peculiaridades de cada instrumento o el sentido de la presencia de la música en los distintos ámbitos de la vida o la conducta humana, individual y social. A Varrón remontan muchos elementos doctrinales que luego vemos repetidos unánimente en autores romanos posteriores: así ocurre con la propia definición de la música como scientia bene modulandi, que recogen Censorino, San Agustín, Marciano Capela, etc.; con la doctrina de los intervalos, las consonancias y su base aritmética, con la teoría del sonido (vox) y sus clases; o con diversas cuestiones en torno a la relación música-lenguaje, tal como se hace evidente en el campo de la prosodia o de la métrica.

La difusión y arraigo de las doctrinas pitagóricas en la Roma de Cicerón es un hecho comprobado5; el propio autor da muestras en diversas ocasiones6 de que las conocía bien. En el libro sexto de la República, en el pasaje conocido como el «Sueño de Escipión», describió por boca del propio Escipión la «música de las esferas» como una concertación armónica de sonidos distintos, pero sistemáticamente organizados, que son producto del impulso y movimiento de cada uno de los astros en su correspondiente órbita. El pasaje no debía de resultar fácil de entender; abordaba un asunto nada sencillo y lo hacía, además, de una forma breve y esquemática7; es, por tanto, de suponer que diera lugar a más de un comentario y exégesis, que vendrían favorecidos no ya por la autoridad de Cicerón, modelo y punto de referencia en tantos sentidos, sino por la propia temática general de la obra y la visión trascendental que en ella se daba del héroe político, que, por encima de los caducos beneficios terrenales, tiene sus miras puestas en la recompensa inmortal del más allá: a las concepciones platónicas sobre ese más allá y sobre la inmortalidad del alma se les imprimía así un sello genuinamente romano.

Mas, por encima de las diferencias de planteamiento y de objetivos, entre este Cicerón que reflexiona sobre el Estado y el gran filósofo ateniense se debía de reconocer una estrecha relación; de ahí el renovado interés con que parece que se volvió sobre este pasaje del libro final de la República en la época en que una fuerte corriente de neopitagorismo y neoplatonismo dominaba el Occidente latino, tanto cristiano como pagano, a finales del siglo IV y comienzos del V d.C. Prueba de ello son las dos exégesis del Sueño que han llegado hasta nosotros, ambas coetáneas de San Agustín, una de Macrobio y otra de Favonio Eulogio, un rétor que precisamente había sido con toda probabilidad discípulo del obispo de Hipona8.

En ámbito latino, además de éstas de Cicerón y sus comentaristas y de las que recoge luego Boecio, conocemos otra serie de exposiciones sobre la organización tonal de los planetas en las esferas celestiales: las de Higino (Astronomica IV 14, p. 117 Bunte), Plinio (Historia Natural II 84), Censorino (Sobre el día del nacimiento, 13) y Marciano Capela (De nuptiis II 196). Todas ellas tienen en común entre sí y con la de Favonio la contradicción de reconocer sendos intervalos sonoros entre la Tierra y la Luna y entre Saturno y el Cielo, lo cual supone asignar un tono a la Tierra y otro al Cielo, cosa que, sobre todo en el caso de aquélla, entra en contradicción con la idea de su inmovilidad; todas comparten también el hablar bajo la autoridad de Pitágoras.

Esta tradición latina, de probable ascendencia varroniana9, se corresponde con otra griega, que hace también remontar a Pitágoras una exposición similar sobre la estructura tonal de las esferas celestes: la fuente más importante en esta rama griega es un tal Alejandro, mencionado por Teón de Esmirna (Expositio rerum mathematicarum 138 Hiller; que lo llama Alejandro de Etolia10), Calcidio (Commentarium in Timaeum 52)11 y Heráclito, el gramático (Quaestiones Homericae 12, p. 27 Mehl; que lo identifica con Alejandro de Éfeso12); junto a este Alejandro, se insertan en la misma tradición Plutarco (De animae procreatione in Timaeo, 31, p. 1028F) y Aquiles Tacio (Commentarium in Arati Phaenomena 17, p. 43 Maas), quienes, sin embargo, no hacen mención expresa de Pitágoras.

Censorino y Plinio remontan, sin duda, a una fuente latina anterior, quizá Varrón (Marciano Capela depende directamente de Plinio); de la misma fuente procede13, asimismo, Favonio Eulogio y, puesto que los tres autores nombran a Pitágoras como origen y primer promotor de la doctrina que exponen, es de suponer que así lo haría también Varrón, quien pudo haber manejado una fuente griega que hiciera otro tanto o incluso un escrito del propio Pitágoras14.

Higino, en cambio, no depende de Varrón, sino de un escrito griego no identificable con los versos de Alejandro, versos de los que tampoco parecen depender ni Plutarco ni Aquiles Tacio15.

Pues bien, de toda esta trama doctrinal la fuente más importante y rica es el Sobre el día del nacimiento de Censorino, un gramático y filósofo romano del siglo III d.C., que, con actitud claramente ecléctica, aglutinó en dicho escrito distintas doctrinas relativas a la cuestión que indica el título y otras más o menos relacionadas con ella y con la música; es, además, con toda probabilidad Censorino el que más fielmente recoge la tradición varroniana16 que vemos luego perpetuada en tantos otros escritos17.

Alberga, pues, el presente volumen dos obras de gran importancia en la tradición musicológica latina, dos obras, además, en las que las cuestiones musicales se ofrecen estrechamente vinculadas (a través, como es lógico, de la aritmética o la aritmología) con otra serie de saberes sobre el mundo y sobre el hombre. No menor es el interés del escrito anónimo tradicionalmente conocido como «fragmento de Censorino», que, siguiendo la costumbre, adjuntamos a la obra auténtica.

El trabajo que aquí se publica forma parte de la serie Scripta Latina de musica («Escritos latinos sobre música»), uno de los actuales objetivos del grupo de investigación SAMAG (Studium de antiquis musicis artibus Granatense), que, bajo los auspicios de la Junta de Andalucía (Plan Andaluz de Investigación) y del Ministerio de Educación y Ciencia (a través de los sucesivos proyectos que viene teniendo a su cargo), dirijo en el Departamento de Filología Latina de la Universidad de Granada. Se trata, pues, de un trabajo de equipo llevado a cabo por tres miembros del grupo: Marina del Castillo (Favonio Eulogio: introducción, traducción, notas e índices), Carmen Hoces (Censorino: introducción, traducción, notas e índices) y yo mismo (Favonio y Censorino: traducción y notas).

JESÚS LUQUE MORENO,

Granada, 2006

CENSORINO

SOBRE EL DÍA DEL NACIMIENTO

INTRODUCCIÓN

1. El autor

«Censorino, doctissimo artis grammaticae», estas palabras de Prisciano (Institutiones grammaticae, Gram. Lat., ed. Keil II 13, 19) son prácticamente todos los datos de que disponemos sobre Censorino1: que así se llamaba y que era un gramático muy instruido. En otras dos ocasiones habla de él: una, a propósito del acento de las preposiciones2; otra, en relación con la doctrina sobre las letras3. Casiodoro4 nombra a Censorino entre otros gramáticos de tiempos anteriores, junto a Palemón, Focas y Probo, y también habla de su teoría sobre el acento5. Sidonio Apolinar6 y Casiodoro7 se refieren a él como autor del De die natali.

Sobre su vida no sabemos nada: ni su procedencia, ni el año de su nacimiento; sí el año de composición del mencionado escrito, que es establecido por el autor de las más diferentes maneras: una vez según las Olimpiadas (18, 12), otra, según dichas Olimpiadas y a la vez según los años y otras eras (21, 6). Todos estos cómputos apuntan al año 238 d.C., año que conoce cinco emperadores8 y que es testigo de una serie de acontecimientos (motines, revueltas militares, derrocamiento o proclamación de emperadores a capricho por parte de la soldadesca...) típicos de la crisis que en el siglo III sufría el Imperio.

Otro dato autobiográfico proporciona la obrita: que su autor dependía, o había dependido de alguna manera, de un tal Quinto Cerelio, a quien va dedicada.

2. La obra: De die natali

Para situar históricamente esta obra de Censorino dentro de la literatura latina y de su transmisión, puede servirnos la observación de Fuhrmann9 de que la época de la «Antigüedad tardía» es delimitada por dos intervalos casi desprovistos de literatura: el tiempo que va de los Severos a Diocleciano (235-284) y el siglo que va del 650 al 750. Pues bien, el escrito de Censorino pertenece al primer período «vacío», y el más antiguo códice conservado, del que derivan todos los más recientes que han transmitido dicho escrito, fue elaborado en el segundo.

Aunque como obra literaria el Sobre el día del nacimiento se puede clasificar entre las didácticas10, su género no es fácil de definir11: sería una laudatio para conmemorar el cumpleaños de su apreciado protector Cerelio, que, sin embargo, trata un tema científico y que reúne de forma resumida todo lo que había que decir antropológica y cronológicamente sobre la temporalidad del hombre.

Las composiciones literarias «genetlíacas»12, es decir, aquellas que se componían con motivo del cumpleaños de un personaje cualquiera (bien público, bien privado, del círculo de amigos o de la familia) constituían un verdadero género literario, con normas y esquemas bien definidos. Por lo general, el autor aprovechaba la ocasión para cantar las alabanzas del homenajeado o para exhortarlo moralmente13. Era, además, un género bien conocido por Censorino, dada su condición de gramático y lo que podemos deducir de sus palabras (1, 6), cuando afirma que renuncia a componer un trabajo encomiástico o de exhortación moral.

En Censorino, sin embargo, se encuentra bien poco de lo que la preceptiva podía indicar al respecto, pues el tema del encomio, que, según la retórica, era la parte fundamental de este tipo de composiciones, se agota en el capítulo primero. Censorino se aparta, además, de la norma, componiendo como «genetlíaco» una obra docta en la que reúne los conocimientos antiguos sobre lo que precede al nacimiento, sobre el día del nacimiento y sobre todo lo que considera pertinente a dicho día y a las celebraciones sucesivas.

Pero tampoco se muestra nuestro autor como un simple anticuario que se limita a recoger datos de los libros, sino más bien como alguien que pretende dar forma y estructura literarias al material que ha reunido. Sobre el día del nacimiento es ciertamente fruto de una investigación erudita, de un amor por el pasado, de un interés anticuario ya presente en el mundo romano desde Varrón, pero la obra se hace eco también de temas y tendencias fundamentales de su propia época, y así testimonia creencias religiosas y doctrinas filosóficas y científicas coetáneas14, como el cálculo caldeo o la doctrina del gran año cósmico (18, 11). De su condición retórica sobresale la estructura del escrito, su lengua, su estilo, su intención literaria. De su vertiente científica, el conocimiento, elección y elaboración de las fuentes.

La gratulatio propia de su condición de «genetlíaco» está en medio de la obra15, en el capítulo 15, donde se aprecia claramente el engranaje entre la información doxográfica y el homenaje retórico. Delimita dicho capítulo dos partes claramente establecidas: la primera, sobre cuestiones embriológicas y de antropología; la segunda, sobre problemas de cronografía y calendario. En la primera parte hay dos excursos necesarios, uno sobre astrología y otro sobre música: los intervalos en la Harmónica y su pitagórica relación con el embarazo y la relación de la música con el universo y con el hombre.

No puede considerarse el escrito de Censorino propiamente un libro técnico16, pues no pone la mira en ninguna disciplina o profesión, sino que se trata más bien de una instruida charla. No es una colectánea, al estilo de la de Gelio o Solino, pero tampoco un panegírico clásico.

¿Qué es entonces? Quizá sea17 un ejemplo único de ese género que expone con elegancia un tema concreto referido a una personalidad digna de homenaje, al que Varrón había llamado logistoricus, género que Censorino conoce bien, pues cita dos logistorici de Varrón. En realidad, ninguno de estos escritos varronianos se ha conservado y ninguno es reconstruible, pero parece posible la identificación.

Ésta es, pues, la obra por la que Censorino ha pasado a la posteridad, un opúsculo tan breve como variado y denso de temas y cuestioncillas de la más diversa índole, sacadas de los comentarios filológicos18, reunidas y cohesionadas en torno a un tema central con la única finalidad de ofrecer un regalo de cumpleaños a su protector, Quinto Cerelio. No se plantea en clave ética ni en la de un panegírico retórico; en cambio, avanza en la línea de una erudita investigación y discute una serie de asuntos que se pueden poner en relación más o menos estrecha con el cumpleaños, con el «día del nacimiento», según hemos preferido traducir.

Acabamos de decir que todas las pequeñas cuestiones que se tratan en la obra (pequeñas en palabras de Censorino, quien sin duda se refiere a la brevedad con que son tratadas, no a la banalidad de las mismas) giran en torno a un único tema central, y quizá sea ésta la tarea más difícil para el estudioso, la de encontrar un tema que permita resumir el contenido de la obra, o contestar a la pregunta que cualquiera que por primera vez oye hablar de Censorino y de su Sobre el día del nacimiento podría formular: ¿de qué trata la obra?

Veamos primero, esquemáticamente, los distintos temas que se abordan en ella:

PRIMERA PARTE: capítulos 1-15

1. Introducción:

1. Finalidad y características de la obra: valoración de los bienes materiales, dedicatoria a Cerelio, significado de la obra y motivación religiosa del regalo.

2-3. El Genio:

2. El Genio y su culto: sacrificio al Genio.

3. Naturaleza y competencias: definición del Genio, los dos Genios de las casas maritales, otros dioses en relación con el hombre, razón para celebrar el Genio de Cerelio.

4-8. Antropología: concepción y gestación:

4. Origen de la especie: defensores de su eternidad o de un nacimiento originario, orígenes míticos.

5. Origen de la simiente.

6. Desarrollo del embrión: formación, nutrición, diversidad de sexos, parecido de los hijos, nacimiento de gemelos.

7. Duración de la gestación: opiniones sobre la maduración del feto y sobre la duración del embarazo, excurso aritmológico sobre los números 7, 10 y 3 en Hipón.

8. Cálculo de los caldeos, principios generales del sistema, el Zodíaco, doctrina de las perspectivas.

9-13. Opiniones de los pitagóricos:

9. Los dos tipos de gestación.

10. Las leyes de la música, necesarias para comprender la opinión de Pitágoras.

11. La duración de los dos tipos de gestación, notas de aritmología.

12. Relaciones entre la música y el nacimiento: es grata a los dioses, tiene efectos beneficiosos en el hombre.

13. La harmonía del universo.

14-15. Períodos y duración de la vida:

14. Los períodos de la vida y los años climatéricos.

15. Longevidad de algunos hombres célebres. Alabanza de Cerelio.

SEGUNDA PARTE: capítulos 16-24. Cronología.

16. Concepto de tiempo: tiempo (tempus) y eternidad (aevum).

17-24. El cómputo del tiempo.

17. El siglo romano y los juegos seculares. Siglo civil, siglos asignados a Roma.

18. Años grandes: los ciclos de los astrónomos, las olimpiadas, los lustros.

19. El año natural solar, o cíclico, años civiles de pueblos diversos, antiguo año romano.

20. Los años civiles de algunos pueblos itálicos. El año primitivo de los romanos y sus correcciones; la reforma de Julio César.

21. La cronología histórica: los estudios de Varrón; las eras y su duración. El año en que Censorino escribe, según los distintos cálculos.

22. Meses naturales y civiles de diversos pueblos. Los meses civiles de los romanos y sus nombres.

23. Día natural y días civiles de diversos pueblos. Los cuadrantes solares.

24. Las antiguas particiones de la noche y el día entre los romanos. Las horas.

La rica variedad temática quizá resulte a primera vista un tanto inconexa, pero el hilo conductor del que Censorino va tirando, igual que las Parcas tiraban del hilo que hacía pasar las vidas de los hombres, es (más que el día del nacimiento19 o no sólo) precisamente ése, el tiempo, el paso de la vida humana; y, como siempre que el ser humano se para a pensar en esta cuestión, o siempre que se halla en un momento crucial de la vida20, la reflexión se retrotrae a los primeros momentos de esa vida: la creación, la generación de la misma, entendida ésta bien como origen de la especie humana, bien como concepción y gestación de un hombre concreto. Las teorías al respecto ocupan buena parte del principio de la obra, y muchas de ellas se refieren, precisamente, al tiempo de dicha gestación.

La obra empieza con observaciones etiológicas sobre el obsequio que se ofrece al Genio, y sobre el Genio mismo, y pasa a presentar las teorías sobre el origen del género humano; siguen, ligados a esta cuestión, los puntos de vista de los filósofos sobre la procreación del hombre, mientras trata sobre el semen, sobre la formación y alimentación del feto, sobre la causa de la distinción de sexos y de los nacimientos de gemelos y sobre la maduración del feto. El último aspecto lleva a Censorino a la astrología, es decir, al influjo de las estrellas sobre la vida humana, y es ahí donde desarrolla, con referencia a Varrón, la mística numérica pitagórica en relación con la maduración del feto; esto conduce a la música, a su influjo sobre los hombres y sobre todo el universo. Acaba así la primera sección de la primera parte, destinada a las cuestiones que se refieren al tiempo anterior al nacimiento. Es éste el momento en que se dirige hacia los peldaños de la edad de los hombres y a los años críticos para terminar asignando a su protector, Cerelio, que había superado el año crítico de los 49, una perspectiva de longevidad, e intercalando un pequeño panegírico. Con esto concluye la primera parte, que trata de los hombres; sigue ahora la reflexión sobre el tiempo.

Una vez engendrado el hombre y dado a luz, el tema siguiente es propiamente el paso de la vida: las distintas etapas, la duración máxima que cabe esperar, etc. Y esto lleva inexorablemente a reflexionar sobre el tiempo. De nuevo aquí Censorino retrocede a los orígenes de la humanidad para hablar de las distintas eras por las que ésta ha pasado, y de las distintas unidades de medida21 temporales, empezando por el siglo, el año, al que dedica una buena parte, y siguiendo con el mes, el día y las horas. En primer lugar se habla en general sobre el concepto de tiempo; después, de cada una de las denominaciones temporales: el saeculum, los anni maiores, el año cíclico; en especial es tratado el año romano, y en último lugar se pasa a identificar el año 238 según diferentes eras; sigue el examen de los meses y los días. En medio de la exposición de las partes del día y la noche se interrumpe el escrito. Probablemente no sea mucho lo perdido: sería de esperar un cómputo del cumpleaños de Cerelio y quizás otro apóstrofe al protector, aunque algún autor piensa de modo contrario22.

Los límites que impone la colección hacen imposible un estudio ni siquiera somero de cada uno de los contenidos del libro: habría que hablar de religión23, de medicina, de astrología, de cronología, de aritmología, etc. Pero hay un tema que llama poderosamente la atención, y es el excurso sobre música que incluye la primera parte.

Es Censorino el primer autor latino del que se conserva algún escrito sobre música; ya Casiodoro24 se hacía eco del tratamiento especial que la música recibía en el Sobre el día del nacimiento. En la medida en que el tiempo es el hilo conductor de la obra, no es extraño que buena parte de ella se dedique a la música25.

Los capítulos 10, 12 y 13 constituyen un excurso sobre música26, tema que es traído a colación a propósito del tiempo que el feto tarda en madurar para el nacimiento y de las distintas etapas por las que pasa desde la fecundación hasta el momento del alumbramiento: el número de días de cada una de estas etapas es puesto en relación con distintos intervalos y consonancias («symphonia» dice siempre Censorino); los tres reflejan teorías tradicionales de los pitagóricos.

Los tres capítulos forman una unidad en la que se pasa de la música real a la «harmonía» en el hombre, primero, y, luego, en el universo: en efecto, el capítulo 10 está dedicado a la música sonora (musica instrumentalis), y es aquí donde Censorino expone la teoría de los intervalos; el 12 se ocupa del influjo éticomédico de la música (effectus musicae27); por último, el 13 versa sobre la inaudible música celestial (musica mundana), la «armonía de las esferas». Los paralelos en la literatura musical romana son numerosos28.

3. Las fuentes

Como Censorino mismo hace saber, compuso su obrita a partir de diferentes autores, sin aportar mucho de su propia cosecha. Los muchos autores citados29, algunos de ellos muy antiguos, no parecen haber sido consultados directamente, sino a través de escritores posteriores. Esto explicaría, en opinión de algunos30, el que Censorino no cite a Séneca, autor que no figuraba en la doxografía de la época, a pesar de que, como apuntan otros31, en ciertas cuestiones de contenido se dejan sentir ecos del filósofo.

La base del libro la forman distintos escritos de Varrón, y, para la segunda parte, también el escrito técnico de Suetonio sobre el año romano. Las doctrinas transmitidas confieren un gran valor a esta pequeña obra.

De Varrón cita expresamente dos logistorici, el Atticus, de numeris y el Tubero, de origine humana, y, según puede deducirse de los contenidos y de las correspondencias con otros autores, seguramente usó los Disciplinarum libri.

Siendo, como es, clara la dependencia de Varrón, la cuestión de las fuentes se centra, en primer lugar, en saber si Censorino consultó directamente al Reatino o si se sirvió de alguna colección de fragmentos o de algún autor intermedio; en segundo lugar, por lo que respecta a la primera parte del tratado, si Varrón es la única fuente o si cuentan también las obras de Suetonio y si los capítulos musicales derivan del Tubero o de las Disciplinae; finalmente, para la segunda parte, el acuerdo parece unánime en hacerla derivar de las Antiquitates rerum humanarum de Varrón, aunque también se toman en cuenta las obras de Suetonio.

Fontanella observa agudamente que la dependencia de Varrón es tal que podría suponerse incluso en los lugares en que Censorino no lo nombra explícitamente, y llegaría a afectar al propio título de la obra, que corresponde exactamente a perì genethliakês, subtítulo de una sátira menipea de Varrón que debía de tratar el tema de la avaricia, afrontado precisamente en el capítulo primero del Sobre el día del nacimiento32.

En cuanto a la primera cuestión, en general se piensa que Censorino habría utilizado directamente a Varrón33, mientras que para otros autores que muestran paralelos con el nuestro habría que suponer una instancia intermedia.

En cuanto a la segunda cuestión (si en la primera parte son los escritos de Varrón, cuyos Logistorici Tubero y Atticus son citados, la única fuente o si cuentan en ella también las obras de Suetonio), Schanz34 consideró como fuente principal los Prata de Suetonio. En sentido contrario, Diels35, Wissowa36 y P. Weber37 asignaron al Tubero de Varrón una parte mucho mayor.

La segunda parte (caps. 17-24) la hacía Schanz derivar también de Suetonio, tanto del De anno Romanorum como de Prata; Weber, en cambio, otorgaba la primacía al De anno de Suetonio, mientras que para el resto proclamaba como fuente a Varrón (sus Antiquitates rerum humanarum 14-19); Hahn38 intentó demostrar un influjo muy fuerte de las Antiquitates de Varrón en los últimos capítulos.

Para Sallmann39, la primera parte, la antropológica, tendría como fuentes los dos logistorici de Varrón que el propio Censorino nombra; la parte cronográfica derivaría de las Antiquitates; en su opinión40, el dilatado uso de Varrón nunca se realizaría a través de un extracto epigonal, sino que sería fruto de una hábil compilación de distintos escritos.

Hemos dejado para el final la cuestión de las fuentes de los capítulos musicales, que, según dijimos, constituyen un verdadero excurso (como se desprende de la fórmula introductoria «... prius aliqua de musicae regulis huic loco necessaria dicentur» y de la conclusiva «quoniam me longius dulcedo musicae abduxit, ad propositum revertor»), y que están imbuidos del ideario tradicional del pitagorismo, tanto en la teoría de los intervalos como en el relato del descubrimiento de las leyes numéricas de la harmonía por parte de Pitágoras y cuya ascendencia varroniana no se cuestiona; lo que sí se discute es si los contenidos de esta digresión proceden del Tubero, fuente primaria del opúsculo, o de la sección musical de las Disciplinae. Richter41 coincidía con Reeh en considerar las Disciplinae como principal (él añadía «si no exclusivo») modelo, para estos capítulos, ya que, en palabras suyas, el capítulo sobre la teoría de los intervalos contiene referencias a disputas teóricas que sólo en el libro de música de las Disciplinae podrían tener espacio, no en una especulación sobre el nacimiento de los hombres. Pero nos preguntamos si, dado que Censorino liga esa exposición de los intervalos precisamente al nacimiento de los hombres, no cabría pensar que Varrón en su Tubero hubiera podido exponer esta misma teoría de los intervalos ligada a las etapas de la gestación42.

Para Schanz la base de estos capítulos sería un tratado musical de autor desconocido, y para Weber, una fuente pitagórica; para Hahn, por el contrario, el Tubero de Varrón, en el que habría sido usada una fuente pitagórica.

4. El texto

El Sobre el día del nacimiento se ha transmitido sobre la base del Codex Coloniensis 166 (finales del siglo VII o principios del VIII), que, tras haber pasado por Darmstadt, volvió a Colonia en 186743.

De dicho códice dependen los demás conocidos, recentiores, incluido el Vaticanus 4929 (siglo IX), que Jahn (1845) y Hultsch (1867) trataron como una fuente independiente44.

L. Carrion (París 1583, Leiden 1593) fue el primero en usar el Coloniensis. La edición de Heinr. Lindenbrog (Hamburgo 1614, Leiden 1642, Cambridge 1695) sigue aún siendo útil en la explicación de ciertos aspectos del contenido. Hay otra de J. Cholodniak (San Petersburgo, 1889), que Wissowa no conoce y remite para ello a Hultsch45, que hace de ella una desfavorable reseña. La primera edición crítica fue la de O. Jahn (Berlín 1845); siguió luego la de Fr. Hultsch (Leipzig, 1867).

Aunque Sallmann46 afirma que Censorino nunca ha estado tan olvidado como hoy, lo cierto es que el Sobre el día del nacimiento ha experimentado un renacimiento en las últimas décadas; a la propia edición de Sallmann (1983)47, hay que añadir la de Rapisarda (1991), con traducción italiana, introducción, notas y comentario. Existe otra traducción, al ruso, de Cymburskij (1986), que no hemos podido consultar, como tampoco hemos tenido acceso a la traducción de Sallmann (1988). Sí hemos podido manejar la traducción francesa de Mangéart (1843), y la italiana de Fontanella (1992, también con introducción y notas), aunque sólo el primer volumen (caps. 1-11).

Al español creíamos que nunca había sido traducido Censorino hasta que, realizada ya nuestra traducción, nos llegó el número 6 (2001) de la revista de astrología Beroso, dedicado íntegramente al autor y que contiene una pequeña guía de lectura y una serie de breves estudios sobre aspectos concretos, a los que sigue una traducción al castellano, de Pepita Sanchís, que utiliza la edición de Nisard (París, 1866) y que, en general, es bastante correcta; sigue una reproducción de la edición de Cholodniak (San Petersburgo, 1889).

También existen traducciones parciales, como la que en 1933 hizo Bouvet de los capítulos musicales, una paráfrasis más que una traducción en palabras de Sallmann.

La edición que hemos seguido, tanto para Sobre el día del nacimiento como para el Fragmento, es la de Sallmann (1983), de la que nos hemos desviado en muy pocas ocasiones, que quedan indicadas en las notas correspondientes. Son éstas (todas de Sobre el día del nacimiento, salvo una del Fragmento):


1, 1: caelato opere quam materia cariora opere nonnumquam quam JAHN, RAPISARDA.
4, 11: eosque autochthonas vocitarunt vocitari HULTSCH.
5, 2: Parmenides enim tum ex dextris tum e laevis partibus †id ire† putavit id oriri MANUCIO (Venecia, 1581), RAPISARDA.
10, 2: nam sonos scienter tractavere et congruenti ordine 〈ordinem〉 reddidere illorum congruenti ordine reddidere illos JAHN.
10, 4: inter infimam summamque vocem multa esse possunt in ordine positaque diastemata alia aliis maiora minorave in ordine posita quae CÓDICES.
14, 12: minorem nocturnis genesibus, maiorem diurnis scriberent adscriberent RAPISARDA.
17, 14: quod Dioscorides astrologus scripsit quodque RAPISARDA.
18, 2: veteres in Graecia civitates cum animadverterent, dum sol annuo cursu orbem suum circumit, lunam novam interdum 〈duodecies, interdum〉 tridecies exoriri Nos apartamos aquí del texto propuesto por SALLMANN y seguimos el texto de todas las demás ediciones manejadas, que no presentan la conjetura 〈duodecies, interdum〉.
Fr. 11, 2: [modus dicitur Latine] Texto eliminado por SALLMANN (también por HULTSCH), que, por las razones que se aducen en nota ad loc., hemos preferido incluir en nuestra traducción, siguiendo a KEIL, que sí lo mantenía.

5. El «Fragmento» de Censorino

Junto a la obra de Censorino se ha transmitido un epítome sobre las disciplinas. Al parecer, el códice originario sufrió la caída de las últimas páginas; por eso se perdió el final del escrito sobre el día del nacimiento y el principio del tratado que lo seguía. El siguiente copista no notó la pérdida de dichas páginas y escribió juntos los dos escritos. Durante largo tiempo no se reconoció que al de Censorino se le había ligado otro trabajo extraño a él; fue L. Carrion (1583) el primero que advirtió que lo que seguía no pertenecía a la obra, y desde entonces se llama al mutilado escrito habitualmente Fragmentum Censorini, el «fragmento de Censorino», un breve epítome al que, debido al accidente mencionado, le faltan el título y el nombre del autor. En los dos manuscritos principales (el Coloniensis 166, del siglo VII y el Vaticanus 4929, del siglo IX) sigue inmediatamente al Sobre el día del nacimiento.

Se trata de un escrito poco conocido, que, por lo que sabemos, nunca ha sido traducido a lengua moderna alguna48.

Versa sobre cinco temas: cosmografía (tierra, cielo, estrellas), geometría, aritmética, música y, muy ampliamente, métrica. Está redactado sin arte y ofrece de forma concisa un gran número de definiciones y de datos. Parecen ser apuntes, con un marcado carácter enciclopédico, destinados a la enseñanza. El material de estas secciones se expone breve y dogmáticamente en párrafos individuales, quince en total:

1. Sobre la constitución de la naturaleza

2. Sobre la disposición del cielo

3. Sobre las estrellas fijas y las errantes

4. Sobre la tierra

5. Sobre la geométrica

6. Sobre las formas

7. Sobre las figuras

8. Sobre los postulados

9. Sobre la música

10. Sobre el nombre del ritmo

11. Sobre la música

12. Sobre la «modulación»

13. Sobre los metros, esto es, los «números»

14. Sobre los «números» legítimos

15. Sobre los «números» simples

Los párrafos sobre la música son valiosos: en ocasiones resultan oscuros, a veces debido a la presencia de lagunas o corruptelas. En general, facilita la comprensión del contenido la abundancia de loci similes o posibles fuentes, como las que recoge en el aparato correspondiente la edición de Sallmann.

Seguramente fueron textos redactados para lectores todavía versados en la lengua griega, del tipo de los de Censorino y puede que no muy alejados de ellos en el tiempo.

Aunque algún estudioso opina que no se ha perdido nada entre la obra de Censorino y este escrito49, una de las primeras frases (Fr. 1, 1: «Tales de Mileto dijo que el agua es el principio de todas las cosas, y otras opiniones las he referido más arriba») parece corroborar que, en efecto, la exposición no comenzaba ahí y que falta algo.

Los capítulos Sobre la disposición del cielo y Sobre las estrellas fijas y las errantes coinciden literalmente con los Scholia Sangermanensia a los Aratea de Germánico (págs. 105,7107,13; 221-224,4 Breysig); lo cual ha llevado a reconocerles una comunidad de fuentes50.

La métrica es la disciplina tratada en el Fragmento con mayor detalle, lo cual permite la valoración de la doctrina que expone y ha dado lugar a diversos intentos de identificación e interpretación dentro de la historia de las teorías métricas antiguas y su desarrollo en el mundo romano. Schultz51, desde su convicción de que el denominado sistema métrico varroniano o pergameno era más antiguo que el sistema alejandrino, reconocía aquí el escrito sobre métrica más antiguo conservado: lo inducían a ello ciertos aspectos doctrinales como el que los pies métricos se reduzcan a los de dos y tres sílabas, como ocurría entre los rétores (Dionisio de Halicarnaso, Quintiliano) o el que se conceda primacía al hexámetro y al trímetro yámbico; apoyaban también dicha impresión la índole de los ejemplos que aduce el autor52.

Leo53, aun cuando defendía entre los dos sistemas métricos antiguos una relación histórica inversa a la propugnada por Westphal o Schultz, reconocía también en los fragmentos del Ps. Censorino una de las más antiguas fuentes que conservan, según él, en estado puro, la doctrina del sistema derivacionista difundido en Roma por Varrón.

El escrito, por tanto, parece derivar completamente de Varrón o de un extracto del Reatino que circulara en Roma en época de Censorino. En dicho extracto o en el escrito del Ps. Censorino es probable que los ejemplos de autores más antiguos hubieran sido sustituidos por otros de autores más recientes (aunque no más que Horacio, Virgilio o Tibulo; Lucano es el único postaugústeo); esto habría sucedido, sobre todo, en el fragmento final (Sobre los «números» simples), donde, por un lado, se repiten varios de ellos:

Gramm. Lat., ed. KEIL VI 616, 15 = 612, 12 (85, 14 = 79, 12 SALLMANN)

Gramm. Lat., ed. KEIL VI 616, 23 = 613, 19 (86, 4 = 81, 10 SALLMANN)

Gramm. Lat., ed. KEIL VI 616, 27 = 612, 4 (86, 8 = 79, 4 SALLMANN)

Por otro lado, aparecen el comienzo de la Eneida y de la Farsalia usados como en Aftonio (Gramm. Lat., ed. KEIL VI 108)54.

Heinze55, en cambio, que ponía en tela de juicio la existencia de un auténtico sistema derivacionista consolidado como tal ya desde la época de Varrón, no encontraba en este escrito nada específicamente varroniano; es más, según él, ciertos aspectos de la terminología contradicen esta supuesta dependencia: se emplea aquí modus en lugar de rhythmós, y numerus en lugar de métron; Varrón, en cambio, contraponía rhythmus y metrum: Varrón56, fr. 87: rhythmus est pedum temporumque iunctura velox divisa in arsi〈n〉 et thesi〈n〉 vel tempus quo syllabas metimur; latine numerus dicitur57; fr. 8858: metrum est compositio pedum ad certum finem deducta ... vel rhythmus modis finitus59; fr. 8960: Varro dicit inter rhythmum qui latine numerus vocatur et metrum hoc interesse quod inter materiam et regulam61.

El Fragmento fue editado por Jahn, Hultsch y Sallmann en sus ediciones de Censorino; todos ellos siguen así, en cierto modo, la tradición de los códices más antiguos. Los pasajes sobre la música y la métrica fueron también editados por Keil (Gramm. Lat. VI págs. 607 ss.), y los tres últimos capítulos fueron recogidos también por Th. Gaisford62.

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SOBRE EL DÍA DEL NACIMIENTO

SOBRE EL DÍA DEL NACIMIENTO

A QUINTO CERELIO

[1] A los regalos de oro o de plata que brillan, más apreciados a veces1 por el trabajo de cincelado que por la materia, y a los demás halagos de la fortuna de este género abre la boca aquel que vulgarmente se llama rico; [2] a ti, en cambio, Quinto Cerelio, rico no menos en virtud que en dineros, esto es, verdaderamente rico, estas cosas no te cautivan, no porque hayas echado por completo lejos de ti su posesión o incluso su uso, sino porque, formado en la disciplina de los sabios2, con sobrada transparencia has descubierto que este tipo de cosas, situadas en lo resbaladizo, no son buenas o malas por sí mismas sino que se clasifican tôn mésōn3, esto es, a medio camino entre las buenas y las malas. [3] «Estas cosas», como dice el cómico Terencio, «son tal como es el ánimo de aquel que las posee: para el que sabe usarlas, buenas: para aquel que no las usa rectamente, malas»4. [4] En consecuencia, puesto que cada uno es tanto más rico no cuantas más cosas posee, sino cuantas menos desea, riquezas son para ti las del alma sobre todo, y aquellas precisamente que no sólo preceden a las cosas buenas del género humano, sino las que tienen acceso de verdad a la eternidad de los dioses inmortales; cosa que, en efecto, dice Jenofonte el socrático5: «nada necesitar es de dioses; y, lo mínimo, lo más cercano a los dioses». [5] Por eso, aun cuando regalos de valor ni a ti, por la virtud de tu espíritu, te hacen falta ni a mí, por la flaqueza de mis recursos, me sobran, cuanto tiene este libro, conseguido con mis propios recursos, te lo envío a propósito de tu natalicio. [6] En él no he tomado prestados, como la mayoría tiene por costumbre, de la parte ética de la filosofía preceptos para vivir felizmente que pudiera escribirte, ni he rebuscado de entre las artes de los rétores6 lugares7 para celebrar tus alabanzas —a tal pináculo, en efecto, de todas las virtudes has ascendido que todas esas cosas que o sabiamente se aconsejan o elocuentemente se predican con tu vida y tus costumbres las has superado—, sino que he elegido de entre las memorias [commentarii] de los filólogos algunas cuestioncillas que, congregadas, pudieran dar lugar a un volumen de cierta entidad; [7] y esto adelanto que yo no lo hago por afán de enseñar o por ansia de alardear, no sea que contra mí, como dice el viejo proverbio, se diga en justicia: [8] «un cerdo a Minerva»8. Ahora bien, como con tu trato sé que soy yo el que más cosas ha aprendido, para no parecer ingrato a tus beneficios, he seguido los ejemplos de nuestros más sagrados antepasados. [9] Ellos, en efecto, puesto que tenían los alimentos, la patria, la luz, a sí mismos, en definitiva, por regalo de los dioses, de todas las cosas consagraban algo a los dioses, más bien para mostrarse agradecidos que porque pensaran que los dioses estaban necesitados de ello. [10] Y así, cuando habían llevado a cabo la recolección de frutos, antes de nutrirse de ellos, instituyeron el hacer libaciones a los dioses, y, como los terrenos de labor y las ciudades los poseían por encomienda de los dioses, una cierta parte la dedicaron a templos y santuarios donde rendirles culto; algunos, incluso, en pago de una buena salud del resto del cuerpo, hacían crecer su pelo previamente consagrado a dios. [11] Así yo a ti, de quien más en las letras he recibido, te doy en pago estas pequeñas libaciones.

[2] Ahora, ya que el libro se titula Sobre el día del nacimiento9, tómense los auspicios10 a partir de unos votos. Y así, «este día», como dice Persio11, «numéralo con un guijarro mejor12», cosa que además deseo que hagas cuantas más veces sea posible y, como el mismo adjunta acto seguido, «viértele vino puro al Genio». [2] Aquí quizás alguien pregunte qué motivo hay para considerar que hay que verterle vino puro al Genio y no proceder con una víctima: porque, puede verse, según atestigua Varrón en el libro que tiene por título Ático y es sobre los números13, mantuvieron como costumbre y cosa establecida nuestros mayores el que, cuando en el día del nacimiento pagaran el presente anual al Genio, apartaran su mano de la matanza y la sangre, para no quitarle a otro la luz en el día en que ellos mismos la habían recibido.

[3] A fin de cuentas, en Delos, en el altar de Apolo «el Progenitor» [Genitor]14, según acredita Timeo15, nadie mata una víctima. Una cosa es también de observancia en este día, que lo hecho al Genio nadie conviene que lo deguste antes que aquel que hubiere actuado16.

Pero también esto que con frecuencia es preguntado por algunos parece que hay que resolverlo: quién es el Genio o por qué a él precisamente lo veneramos cada cual en nuestro propio natalicio.

[3] El Genio es el dios bajo cuya tutela cada cual, según ha nacido, vive; él, bien porque cuida de que seamos engendrados, bien porque es engendrado a una con nosotros, bien, incluso, porque una vez engendrados nos levanta17 y nos guía como tutor, ciertamente se llama «Genio» a partir de «engendrar»18. [2] Que Genio y Lar son el mismo lo confiaron a la memoria19 muchos viejos (autores), entre los cuales también Granio Flaco en el libro que, dedicado a César, dejó escrito sobre los indigitamenta20. Que éste sobre nosotros tiene la máxima, mejor aún, toda la potestad, es una creencia establecida. Algunos han considerado dos los Genios a honrar con cultos, al menos en aquellas casas que fueran maritales21; [3] Euclides, en cambio, el socrático22, dice que absolutamente todos nosotros tenemos un Genio adjudicado, cuestión que se puede ver en Lucilio, en el libro XVI de las Sátiras23. Al Genio, por tanto, principalmente a lo largo de toda la vida ofrecemos sacrificios cada año, aunque no sólo éste, sino que también existen además otros dioses en número considerable que apuntalan, cada cual en su propia porción, la vida de los hombres; [4] a quien quiera conocerlos lo instruirán suficientemente los libros de los indigitamenta. Pero todos éstos hacen presente el efecto de sus poderes en cada hombre una única vez, razón por la cual no son requeridos con ritos anuales a lo largo de todo el espacio de la vida. [5] El Genio, en cambio, hasta tal punto ha sido puesto a nuestro lado como observador asiduo, que ni siquiera un punto en el tiempo se aparta, sino que desde el seno de nuestra madre, una vez acogidos, nos acompaña hasta el día extremo de la vida. Pero, aun cuando los hombres celebren cada uno solamente su propio natalicio, yo, sin embargo, me veo sujeto cada año a un doble deber en este ritual; [6] pues, como de ti y de tu amistad recibo el honor, la dignidad, el decoro y la protección, en fin, todos los premios de la vida, considero una impiedad si celebrare el día que te me trajo a esta luz con más negligencia que el mío propio. Éste, en efecto, parió para mí la vida; aquél, el fruto y el ornamento de la vida.

[4] Puesto que la edad toma inicio a partir del día del nacimiento y hay antes de ese día muchas cosas que atañen al origen de los hombres, no parece ajeno hablar antes de ellas, que son por naturaleza anteriores. Así, pues, tomándolas de las opiniones que tuvieron los antiguos sobre el origen del hombre, expondré brevemente algunas cosas.

[2] Una cuestión, primera y general, fue traída y llevada entre los antiguos amantes de la sabiduría24, ya que, como consta que los hombres, procreados uno a uno a partir de las simientes de sus padres, con la sucesión de la prole van haciendo brotar muchos siglos, unos juzgaron que los hombres siempre han existido y que nunca han nacido sino a partir de otros hombres y que para su género no ha existido cabeza ni comienzo alguno; otros, en cambio, que hubo un tiempo en que los hombres no existían, y que la naturaleza les proporcionó algún orto y principio. [3] Mas aquella primera opinión, según la cual se cree que el género humano siempre ha existido, tiene como promotores a Pitágoras de Samos, a Ocelo de Lucania y a Arquitas de Tarento y, por descontado, a todos los pitagóricos25; mas también Platón de Atenas26 y Jenócrates27 y Dicearco de Mesina28 y asimismo los filósofos de la antigua Academia29 se ve que no opinaron otra cosa. Aristóteles, incluso, de Estagira30 y Teofrasto31 y además muchos peripatéticos no carentes de notoriedad escribieron lo mismo y de tal asunto aducen un ejemplo, con el que niegan que en absoluto pueda descubrirse si se generaron antes las aves o los huevos, ya que no puede engendrarse el huevo sin el ave ni el ave sin el huevo. [4] Y así también de todas las cosas que en ese mundo sempiterno siempre han existido y existirán dicen que no hubo principio alguno, sino que existe una especie de ciclo [orbis] de seres que generan y seres que nacen, de modo que en él se ve que el inicio de uno cualquiera de los engendrados es a un tiempo también un final. [5] Que, en cambio, creyeran que algunos hombres primigenios fueron hechos por obra de dios o por la naturaleza, hubo muchos, pero tales creencias las trajeron y llevaron en sus estimaciones ora en un sentido ora en otro. [6] Pues, omitiendo lo que las fabulosas historias de los poetas refieren de que los hombres primeros o fueron formados del blando lodo de Prometeo32 o nacieron de las duras piedras de Deucalión y Pirra33, algunos incluso de los mismos que profesan la sabiduría propagan en sus teorías opiniones no sé si más grotescas, pero ciertamente no menos increíbles. [7] Anaximandro de Mileto34, que a él le parece que del agua y la tierra calentadas surgieron bien unos peces, bien unos animales muy semejantes a los peces; que en éstos cuajaron35 los hombres y, como fetos, fueron retenidos dentro hasta la pubertad; que entonces por fin, rotos aquéllos, hicieron su aparición como varones y mujeres que ya podían alimentarse a sí mismos. Empédocles36, por su parte, en su extraordinario canto, que Lucrecio proclama que es de tal manera «que apenas parece él creado de estirpe humana»37, confirma algo así: [8] que primero los miembros uno a uno desde la tierra, por así decir, preñada fueron dados a luz desperdigados; que después confluyeron unos con otros y produjeron la materia de un hombre completo, mezcolanza de fuego y líquido a la vez. Lo demás, ¿qué necesidad hay de seguirlo hasta el fin, si no alcanza a asemejarse a la verdad? Esta misma opinión se mantuvo también en Parménides de Elea38, exceptuadas unas pocas pequeñas disensiones de Empédocles. [9] A Demócrito de Abdera39, por su parte, le pareció por primera vez que los hombres habían sido procreados a partir del agua y del limo. Y no muy de otro modo Epicuro. Éste, en efecto, creyó que, al calentarse el limo crecieron en él primero no sé qué úteros40 adheridos a la tierra mediante raíces y que a los niños que ellos daban a luz les proporcionaron un líquido de leche que se generaba dentro servido por la naturaleza; que éstos así criados y crecidos propagaron el género de los hombres. [10] Zenón de Citio41, fundador de la secta estoica, consideró establecido el principio del género humano desde la aparición del mundo y que los primeros hombres fueron engendrados a base únicamente del sustento del fuego divino, esto es, por providencia de dios. [11] Finalmente, también ha sido creencia divulgada, según la mayor parte de los que estudian la genealogía garantiza, que, de ciertos pueblos que no son de estirpe adventicia, existen unos primeros engendrados de la tierra, como en Ática y Arcadia y Tesalia, y que se suelen llamar autóctonos42. En Italia, la ruda credulidad de los antiguos aceptó sin dificultad que Ninfas y Faunos indígenas dominaron ciertos bosques43. [12] Ahora, en realidad, hasta tal grado de licencia ha avanzado la pasión poética que conciben ficciones apenas tolerables de oír: que después que hay memoria de los hombres44, engendradas ya las gentes y fundadas las ciudades, unos hombres han visto la luz saliendo de la tierra de diversos modos: así en la región de Ática circula Erictonio45 como surgido del suelo a partir del semen de Vulcano, y en Cólquide o Beocia, la tradición de que, sembrados los dientes de una serpiente, surgieron armados los «espartos»46, de los que, habiéndose mutuamente matado unos a otros, sobrevivieron unos pocos, que en la fundación de Tebas sirvieron a Cadmo de ayuda; [13] y asimismo en el campo de Tarquinia se habla de un niño divino sacado con el arado, de nombre Tages47, que habría proferido las fórmulas de la disciplina de la observación de las entrañas48 que luego pusieron por escrito los lucumones49, que tenían el poder en Etruria.

[5] Hasta aquí sobre el origen primero de los hombres. Por lo demás, lo que atañe a los presentes natalicios nuestros y a sus inicios, lo diré, en la medida que pueda, en compendio. [2] Así, pues, sobre de dónde sale el semen no hay coincidencia entre los que profesan la sabiduría. Parménides50, en efecto, pensó que salía ya de la parte derecha, ya de la izquierda51. A Hipón, en cambio, de Metaponto o, como propone Aristóxeno52, de Samos53, le parece que el semen fluye de las medulas y que esto se prueba por el hecho de que, si después de la monta de las reses alguien mata a los machos, las medulas, por exhaustas, no las encuentra. [3] Pero esta opinión la refutan algunos, como Anaxágoras54, Demócrito y Alcmeón de Crotona55; éstos, en efecto, replican que después de la contienda de los rebaños los machos quedan exhaustos no sólo de medulas, sino de grasa y de mucha carne. [4] También crea una opinión ambigua entre los autores aquello de si el parto [partus]56 nace sólo de la simiente del padre, como Diógenes57 e Hipón y los estoicos escribieron, o también de la de la madre, como les pareció a Anaxágoras, Alcmeón y también a Parménides y a Empédocles y Epicuro58.

[5] A su vez, sobre la configuración del parto59 confesó Alcmeón no saber nada con precisión, en la idea de que nadie puede averiguar qué es lo primero que se forma en el niño.

[6] Empédocles, al que en este punto siguió Aristóteles60, juzgó que ante todo crecía el corazón, que contiene sobremanera la vida del hombre; Hipón, en cambio, que la cabeza, en la que está lo principal del alma; Demócrito, que el vientre junto con la cabeza, que son los que más tienen de vacío; Anaxágoras, que el cerebro, de donde vienen todos los sentidos. Diógenes de Apolonia estimó que del líquido se hace primero la carne; que, luego, de la carne nacen los huesos y los nervios y las demás partes. [2] Por contra, los estoicos dijeron que el niño se configura a una todo entero, al igual que a una nace y se alimenta. Hay quienes opinan que esto se hace por obra de la propia naturaleza, como Aristóteles61 y Epicuro62; los hay, que por la potencia del espíritu que acompaña al semen, como los estoicos casi en su totalidad; hay quienes, siguiendo a Anaxágoras63, entienden que hay dentro un calor etéreo que dispone los miembros. [3] Aun así, formado sea como sea el niño, sobre el modo en que es alimentado en el útero de la madre hay una doble opinión: a Anaxágoras, en efecto, y a otros muchos les parece que la comida es administrada a través del ombligo; por contra, Diógenes64 e Hipón65 estimaron que existe en el vientre una especie de prominencia, para que el niño la aprese con la boca 〈y〉 extraiga de ella alimento tal como, cuando ha sido dado a luz, de las ubres de la madre.

[4] Por lo demás, cómo nacen machos o hembras, qué causa hay (de ello), ha sido presentado de forma variada por estos mismos filósofos. Pues Alcmeón66 dijo que de aquél de los padres del que hubo más de simiente, de él se copia el sexo. Por su parte, Hipón afirma que de simientes más inconsistentes se producen hembras; de más densas, machos. [5] Demócrito, en cambio, refirió que se reproduce la naturaleza de aquel de los dos padres cuyo principio67 se hubiera adelantado a ocupar la sede68. Por el contrario, Parménides69 está a favor de que compiten entre sí el de la hembra y el del macho y que se repite la condición de aquél de los dos en cuyas manos quede la victoria. [6] Que a partir del semen derramado desde la parte derecha se engendran machos y a partir del de la izquierda, hembras, es sentir común de Anaxágoras70 y Empédocles71, cuyas opiniones, tal como son coincidentes sobre este aspecto, así lo son dispares sobre el parecido de los hijos; [7] sobre este asunto Empédocles72 en un minucioso informe expone cosas como éstas: si fue parejo el calor en las simientes de los padres, se procrea un macho parecido al padre; si lo fue el frío, una hembra parecida a la madre. Y, si la semilla del padre llega a ser más caliente y más fría la de la madre, será un niño que reproduzca el rostro de la madre; en cambio, si fuere más caliente la de la madre, y más fría la del padre, será una niña que ofrezca parecido con el padre. [8] Anaxágoras73, a su vez, juzgó que los hijos reflejan la cara de aquél de los padres que hubiese aportado más de simiente. Por lo demás, el sentir de Parménides74 es que, cuando las partes derechas hubieren dado las simientes, entonces los hijos son parecidos al padre; cuando las izquierdas, entonces a la madre. Sigue lo de los gemelos; [9] que nazcan de cuando en cuando pensó Hipón75 que se debe a la medida76 de simiente: que ésta, en efecto, cuando es más abundante de lo que basta para uno, se desplaza en dos direcciones. [10] Esto mismo más o menos parece haber sido el sentir de Empédocles77; pues las causas ciertamente por las que se divide no las expuso; tan sólo dice que se parte, y que si una y otra llegan a ocupar sedes igualmente cálidas, uno y otro nacen machos; si igualmente frías, una y otra hembras; que si, en cambio, una, una más cálida y la otra, una más fría, habrá un parto de sexo dispar.

[7] Queda hablar de los tiempos en que los partos suelen estar maduros para el nacimiento78; lugar que debo tratar con mayor cuidado, porque hay que tocar algunas cosas de astrología79 y música y de aritmética.

[2] Ya primero, sobre cuántos meses después de la concepción suelen ser dados a luz los niños, cosa frecuentemente traída y llevada entre los antiguos, todavía no hay acuerdo. Hipón de Metaponto80 estimó que pueden nacer del séptimo al décimo mes; que, en efecto, en el séptimo el parto ya está maduro por el hecho de que entre todos el número septenario es el que más poder tiene, puesto que nos formamos en siete meses, y, añadidos otros tantos, empezamos a mantenernos erectos, y después del séptimo mes nos nacen los dientes, y asimismo se caen después del séptimo año, y en el decimocuarto, a su vez, solemos entrar en la pubertad81; [3] pero que esta madurez que empieza a partir de los siete meses es prolongada hasta los diez, por el hecho de que en todas las otras cosas esta misma es la naturaleza: de modo que a los siete meses o años se añaden [accedant]82 tres, o meses o años, para la consumación; [4] que, en efecto, los dientes le nacen al niño de siete meses y como mucho terminan de hacerse al décimo mes; que en el séptimo año se le caen los primeros, en el décimo, los últimos; que después del décimo cuarto año entran en la pubertad algunos, pero todos, dentro de los diecisiete. [5] A esta opinión otros se oponen en parte y en parte están de acuerdo. En efecto, que la mujer puede parir al séptimo mes lo afirma la mayoría, como Teano la pitagórica83, Aristóteles el peripatético, Diocles84, Evenor85, Estratón86, Empédocles, Epígenes87 y muchos además de éstos, el consenso de todos los cuales no arredra a Eurifonte de Cnido88, que justo esto lo niega por completo sin vacilar. [6] En contra de éste, casi todos los que, siguiendo a Epicarmo89, negaron que se nazca al octavo mes. Diocles de Caristo, sin embargo, y Aristóteles de Estagira tuvieron otro sentir. A su vez, en los meses noveno y décimo, aun cuando los caldeos90 en su mayoría y el mismo Aristóteles, al que he nombrado más arriba, pensaran que el parto puede ser dado a luz, sostienen que no puede ser, por un lado, Epígenes de Bizancio al noveno; por otro, Hipócrates de Cos91, al décimo. [7] Por lo demás, el undécimo mes lo admite Aristóteles solo, todos los demás lo desaprobaron.

[8] Pero ahora hay que tratar brevemente la teoría de los caldeos y explicar por qué piensan que sólo al mes séptimo y al noveno y al décimo pueden nacer los hombres. [2] Ante todo, en consecuencia, dicen que nuestra actuación y nuestra vida están sujetas a las estrellas [stellae], tanto a las errantes [vagae] como a las estables [statae]92, y que el género humano es gobernado por su curso variado y múltiple, pero que en ellas mismas sus movimientos y configuraciones y sus efectos se ven alterados a menudo por el Sol; que, en efecto, el que unas hagan su ocaso [occasus]93 y algunas, su estación [statio]94, y a todos nosotros nos afecten con esta dispar atemperación95 suya se produce por el poder del Sol; [3] y que así aquel que mueve sin cesar las propias estrellas por las que somos movidos nos da el alma por la que nos regimos y es el que más poder tiene sobre nosotros y establece las pautas96 de cuándo, después de la concepción, venimos a la luz; pero que esto lo hace a través de tres perspectivas [conspectus]97. Qué es, a su vez, una perspectiva y cuántos sus géneros, para que pueda comprenderse con absoluta transparencia, adelantaré unas pocas cosas.

[4] Hay un círculo, como dicen, «signífero»98, al que los griegos llaman zōidiakós99, en el que100 se desplazan el Sol, la Luna y las demás estrellas errantes101. Éste está equitativamente dividido en doce partes102 asignadas a otros tantos signos103. El Sol lo mide104 en el espacio de un año; así en cada uno de los signos se demora aproximadamente un mes105. Pero un signo cualquiera tiene con cada uno de los otros una perspectiva mutua, no, sin embargo, uniforme con todos; pues unas son tenidas por más vigorosas, otras, por más endebles. Así, pues, en el tiempo en que es concebido un parto, el Sol es necesario que esté en algún signo y en alguna «partícula»106 del mismo, a la que con propiedad llaman «lugar»107 de la concepción. [5] Ahora bien, estas partículas son en cada signo treinta, y las de todo el Zodíaco, 360 en total. Éstas los griegos las denominaron moîrai108, como se puede ver, por aquello de que a las diosas del destino les dan el nombre de Moiras109, y esas partículas para nosotros son como los hados; pues importa muchísimo con el orto110 de cuál de ellas precisamente nacemos. [6] El Sol, entonces, cuando pasa al próximo signo, aquel lugar de la concepción o lo ve con una perspectiva vacilante o incluso ni lo tiene a la vista; pues muchos han negado rotundamente que las figuras animales [zōidia]111, cuando están próximas entre sí, se vean mutuamente. Por el contrario, cuando está en el tercer signo, esto es, con uno en medio interpuesto, entonces por primera vez se dice que ve aquel lugar de donde partió, pero con una luz particularmente oblicua y sin fuerza; perspectiva que se llama «en hexágono» [katà hexágōnon]112, porque subtiende la sexta parte de la circunferencia; pues, si, de igual forma que desde la primera figura a la tercera, así desde la tercera a la quinta, desde allí prosiguiendo hasta la séptima y sucesivamente se tiran líneas alternando, se inscribirá en esa misma circunferencia una figura de hexágono equilátero. [7] Esta perspectiva algunos no la aceptaron por completo, porque parecía contribuir muy poco a la madurez del parto. [8] Ahora bien, cuando llega113 al cuarto signo y hay dos en medio, ve «en tetrágono» [katà tetrágōnon]114, porque la línea aquella por la que la vista alcanza su objetivo corta la cuarta parte del orbe115. [9] Cuando, asimismo, está en el quinto (signo), interpuestos tres en medio, mira «en triángulo» [katà trígōnon]116, pues dicha vista mide la tercera parte del signífero117, dos visiones éstas, la del tetrágono y la del triángulo, más que eficaces, que mucho aportan al crecimiento del parto. Por lo demás, desde el sexto lugar la perspectiva carece de toda eficacia; [10] pues su línea no forma el lado de ningún polígono. Por contra, desde la séptima figura, que es la contrapuesta, una perspectiva completísima y poderosísima da a la luz a ciertos niños ya maduros, que son llamados sietemesinos, porque nacen en el séptimo mes. [11] Por contra, si dentro de este espacio el útero no hubiere podido madurar, al octavo mes no es dado a la luz —desde el octavo signo, en efecto, como desde el sexto, es ineficaz la vista— sino bien al noveno bien al décimo: [12] el Sol, en efecto, desde la novena figura avista de nuevo la partícula de la concepción en triángulo, y desde la décima, en tetrágono, perspectivas que, como más arriba ya ha quedado dicho, son más que eficaces. [13] Por lo demás, al undécimo no piensan que se nazca, porque, dicen, con un rayo ya lánguido se envía una luz endeble en hexágono; mucho menos al duodécimo, desde donde la perspectiva se tiene por nula. Y así, según esta razón118, los sietemesinos [heptámēnoi] nacen «en diámetro» [katà diámetron]119; los «nuevemesinos»120 [enneámēnoi], a su vez, en triángulo; y los diezmesinos [dekámēnoi], en tetrágono.

[9] Hecha esta explicación del sentir de los caldeos, paso a la opinión pitagórica tratada por Varrón en el libro que se llama Tuberón y que se subtitula Sobre el origen del hombre121; [2] un sistema, desde luego, aceptable antes que ningún otro, que se ve que se acerca lo más posible a la verdad. Otros, en efecto, en la mayoría, aun cuando todos los partos no alcanzan la madurez en un único tiempo, otorgaron, sin embargo, unos únicos y mismos tiempos a la configuración de todos; como Diógenes de Apolonia122, que a los machos dice que se les forma el cuerpo en cuatro meses, y a las hembras, en cinco, o Hipón, que escribe que en 60 días se forma el niño, y que al cuarto mes la carne se hace compacta, que al quinto nacen las uñas y el cabello, que al séptimo ya queda el hombre completo. [3] Pitágoras, por su parte, cosa que era más creíble, dijo que hay dos géneros de parto, uno de siete meses, y otro de diez, pero que el primero se configura según unos números de días y según otros el segundo; y que, de suyo, esos números que en cada uno de los partos aportan algo de mutación, a medida que o la simiente se convierte en sangre o la sangre en carne o la carne en figura de hombre, referidos unos a otros, guardan entre sí aquella razón que guardan las voces123 que en la música se llaman cónsonas [sýmphōnoi].

[10] Pero para que estas cosas queden más abiertas a la comprensión, antes se dirán algunas sobre las reglas de la música necesarias para este lugar; tanto más, precisamente, porque voy a decir unas que para los propios músicos son desconocidas. [2] Pues los sonidos los trataron científicamente y los presentaron en un orden congruente124; ahora bien, en esos mismos sonidos el «modo»125 y la medida de sus movimientos los descubrieron los geómetras126 más que los músicos. Así pues, la música es la ciencia de «modular» bien127; [3] ella, a su vez, reside en la voz128. Mas la voz unas veces es emitida más grave, otras, más aguda. Ahora bien, cada una de las voces simples y emitidas del modo que sea se llama nota [phthóngos]129. La diferencia130 en virtud de la cual una nota es más aguda, y otra, más grave, se denomina «intervalo» [diástēma]131. [4] Entre la voz más baja y la más alta puede haber, ordenadamente dispuestos132, muchos intervalos [diastemata], que pueden ser unos mayores o menores que otros, como aquel que llaman tono [tónos]133 o bien uno menor que éste, el semitono [hēmitónion]134 o bien un intervalo [intervallum] de algunos tonos [toni] 135, dos y tres y más. Pero no todas las voces indistintamente enlazadas a capricho dan lugar en el canto a unos efectos concordables. [5] Al igual que nuestras letras, si se juntan entre sí de cualquier forma y no congruentemente136, a menudo no concordarán en el acoplamiento ni de palabras ni de sílabas, así en la música son unos intervalos [intervalla] determinados los que pueden dar lugar a las «sinfonías» [symphoniae]137.[6] Es, por su parte, «sinfonía» el dulce canto conjunto [concentus] de dos voces dispares enlazadas entre sí. Las «sinfonías» simples y primeras son tres138, a base de las cuales se constituyen las demás: una que tiene un intervalo [diástēma] de dos tonos y un semitono [hemitonion], que se llama diatesaron [dià tessárōn]139; otra de tres tonos y un semitono, a la que llaman diapente [dià pénte]140; la tercera es la diapasón [dià pasôn]141, cuyo intervalo [diástēma] contiene las dos anteriores. [7] Es, en efecto, o de seis tonos, como Aristóxeno y los músicos142 afirman, o de cinco y dos semitonos, como Pitágoras y los geómetras143, haciendo ver que dos semitonos no pueden completar un tono; por lo que también al intervalo [intervallum] de esta medida lo llama Platón abusivamente144 semitono [hēmitónion], pero propiamente diáleimma [diàleîmma]145.

[8] Ahora, en cambio, a fin de que aparezca de forma transparente cómo las voces, aun no cayendo al alcance ni de los ojos ni del tacto, pueden tener medidas, voy a referir el admirable relato de Pitágoras146, quien, franqueando los secretos de la naturaleza, encontró que las notas [phthongi] de los músicos convienen unas con otras según una razón numérica [ratio numerorum]. En efecto, unas cuerdas gruesas por igual y de pareja longitud las tensó mediante pesos diversos, cuerdas que al pulsarlas una y otra vez y no concordar las notas en «sinfonía» alguna, iba cambiando los pesos y, tras haber experimentado insistentemente una y otra vez, captó por fin que dos cuerdas cantaban una con otra [concinebant], lo que es una diatesaron en el momento en que sus pesos relacionados entre sí tenían la razón que tiene el tres respecto al cuatro, un phthongos al que los aritméticos griegos llaman epítritos y los latinos supertertius147. [9] Por contra, la «sinfonía» a la que dicen diapente la encontró en el punto en que la diferencia de pesos estaba en proporción «séscupla»148, la que hace el dos referido al tres, a lo cual llaman hēmiólion. Cuando, a su vez, una cuerda era tensada con un peso dos veces mayor que la otra y había una razón doble [lógos diplasíōn]149, sonaba una diapasón150. [10] Esto también lo probó en unas tibias151 a ver si había coincidencia, y no otra cosa halló. En efecto, preparó cuatro tibias de igual cavidad, dispares en longitud: la primera, por ejemplo, de seis dedos de larga; la segunda, con una tercera parte añadida, esto es, de ocho dedos; la tercera de nueve dedos, un séscuplo152 más larga que la primera; la cuarta, a su vez, de doce dedos, que duplicara a la primera en longitud153. [11] Y así, soplando en ellas y colocadas dos a dos, demostró a los oídos de todos los músicos que la primera y la segunda daban aquella «conveniencia»154 que da la «sinfonía» diatesaron y que allí se daba una proporción supertertia155; que, a su vez, entre la primera y la tercera tibia, donde se da una proporción séscupla156, resonaba la diapente; que, por su parte, el intervalo [intervallum] de la primera y la cuarta, que guarda la proporción doble157, hacía un intervalo [diástēma] diapasón. Pero entre la naturaleza de las tibias y de las cuerdas hay esta diferencia: [12] que las tibias con el incremento de la longitud se hacen más graves; las cuerdas, en cambio, con el aumento del peso que se les añade, más agudas. En uno y otro caso, sin embargo, la proporción es la misma.

[11] Expuestas estas cosas, quizá, por cierto, oscuramente, pero lo más lúcidamente que he podido, vuelvo a lo propuesto: enseñar cuál fue el sentir de Pitágoras sobre el número de días pertinentes con relación a los partos. [2] Primero, según más arriba recordé en líneas generales, dijo que los partos son en total dos, uno menor, al que llaman sietemesino, que sale fuera del útero el día doscientos diez después de la concepción; otro mayor, de diez meses, que es dado a luz el día doscientos setenta y cuatro158. [3] De ellos el primero y menor se halla, por encima de todo, contenido en el número senario. En efecto, lo que de la simiente ha sido concebido los seis primeros días159 es, según dice, un líquido lechoso, después, los ocho siguientes, sanguíneo; ocho que una vez agregados a los primeros seis hacen la primera «sinfonía», la diatesaron. En un tercer paso se agregan nueve días que hacen ya la carne. Éstos, puestos en relación con aquellos seis primeros, hacen la razón séscupla y la segunda «sinfonía», la diapente. Luego, en los doce días que siguen después se hace el cuerpo ya con su forma. La relación también de éstos con los mismos seis produce la tercera «sinfonía», la diapasón, sujeta a la razón doble160. [4] Estos cuatro números, seis, ocho, nueve y doce, conjuntados, hacen treinta y cinco días. Y no sin razón es el (número) senario el fundamento del engendramiento. En efecto, los griegos lo llaman téleios; nosotros, perfecto [perfectus: completo], porque sus tres partes, la sexta, la tercera y la mitad, es decir, el uno, el dos y el tres, completan [perficiunt] dicho mismo número161. [5] Pero igual que los inicios162 de la simiente y aquel fundamento lácteo de la concepción163 se consuman al principio en este número, así este inicio del hombre ya formado y, por así decir, segundo fundamento de la maduración, que es de treinta y cinco días, contado seis veces164, cuando llega al día doscientos diez, es procreado ya maduro.

[6] A su vez, aquel otro parto, que es mayor, se halla contenido en un número mayor, a saber, el septenario, por el que la vida humana entera se halla demarcada165, como escribe Solón166, como siguen los judíos en los números de todos los días167 y se ve que indican los libros rituales de los etruscos168. Hipócrates, también, y otros médicos no muestran otra cosa en los estados de salud del cuerpo; pues cada séptimo día lo observan como crítico [krísimos]169. [7] Y así, igual que el origen del otro parto está en los seis días, después de los cuales la simiente se convierte en sangre, así el de éste, en los siete, e igual que allí el niño se articula en miembros en treinta y cinco días, así aquí, proporcionalmente, en unos cuarenta días. Por eso en Grecia tienen los días cuadragésimos por señalados; en efecto, la embarazada antes del día cuadragésimo no sale a un lugar sagrado y, tras el parto, cuarenta días las recién paridas por lo general están especialmente pesadas y no contienen entre tanto la sangre, y los pequeñines, durante estos días, son débiles y enfermizos, sin sonrisa y no sin peligro; causa por la que, cuando ese día ha pasado, suelen hacer un día festivo; un tiempo al que llaman «de cuarentena» [tesserakostaîon]. [8] Por tanto, estos cuarenta días, multiplicados por aquellos siete iniciales, se hacen doscientos ochenta días, esto es, cuarenta septenas [hebdomadae]170. Pero, como el primer día de dicha última septena es dado a luz el parto, se pierden seis días y se tiene en cuenta el día doscientos setenta y cuatro; número de días que concuerda al detalle con aquella perspectiva tetragonal de los caldeos: [9] en efecto, como el orbe signífero lo recorre en círculo el Sol en 365 días y algunas horas171, es necesario que, quitada una cuarta parte, esto es 91 días y algunas horas, complete el recorrido de tres cuartas partes en los restantes 274 días no plenos, hasta llegar a un lugar desde donde mirar en cuadrado [quadratus] el inicio de la concepción.

[10] ¿De dónde, por otra parte, la mente humana ha podido observar los días esos de mutación y escrutar los arcanos de la naturaleza? Nadie se extrañe. Estas cosas, en efecto, ha llegado a verlas la repetida experiencia de los médicos, quienes, mientras observaban cómo muchas no retienen la simiente que han recibido, llegaron a comprobar que la que era expulsada dentro de los seis o los siete días era de leche y la llamaron flujo [ékrysis], mientras que la que después, de sangre, la que se denomina aborto [ektrōsmós]. [11] En cuanto a lo de que ambos partos se ven contenidos en números pares de días, Pitágoras alaba el impar; sin embargo, no discrepa de su secta; dice, en efecto, que se completan dos impares, 209 y 273, a cuya consumación se añade algo de los siguientes, que, sin embargo, no aporta un día completo; [12] cosa de la que vemos que la naturaleza ha guardado un ejemplo tanto en el espacio del año como en el del mes, al haber aumentado un tanto172 el número impar de días del año, trescientos sesenta y cinco, y haberle añadido al mes lunar algo a sus veintinueve días173.

[12] Y no es, desde luego, increíble que la música sea pertinente respecto a nuestros natalicios174. Ésta, en efecto, ya resida sólo en la voz, como dice Sócrates175, ya, como Aristóxeno, en la voz y en el movimiento del cuerpo176, ya en éstos y además en el movimiento del ánimo, como piensa Teofrasto, lo cierto es que tiene en sí mucho de divinidad y es la que más vale para conmover los ánimos. [2] En efecto, si no fuese grata a los dioses inmortales, que están constituidos por un alma divina, no habrían sido, desde luego, instituidos los juegos escénicos para aplacar a los dioses, ni se emplearía un tañedor de tibia para todos los ritos suplicatorios en las sagradas mansiones; no se celebraría con un tañedor de tibia el triunfo177 en honor de Marte; no estarían atribuidas a Apolo la cítara178; no a las Musas, las tibias y demás instrumentos de ese tipo179; a los tañedores de tibia, por mediación de los cuales son aplacadas las divinidades180, no les estaría permitido u organizar juegos con carácter público181 o tomar alimentos en el Capitolio182 o en los Quincuatros menores, esto es, en las idus de Junio183, vagabundear por toda la ciudad disfrazados con el atuendo que quieran y borrachos. [3] Incluso las mentes de los hombres, divinas también ellas por más que clame en contra Epicuro, reconocen su propia naturaleza a través de los cantos184. En último término, para soportar más fácilmente el trabajo185 incluso en la travesía de una nave recurre el que la rige a la «sinfonía»186.

A las legiones también mientras luchan en formación hasta el miedo a la muerte se les ahuyenta con el classicum187; [4] cosa por la cual Pitágoras, con el fin de impregnar siempre el ánimo de su propia condición divina, antes de darse al sueño y en cuanto se despertaba, según dicen188, acostumbraba a cantar al son de la cítara, y el médico Asclepíades189 devolvió más de una vez mediante una «sinfonía» a su estado natural las mentes de los frenéticos perturbadas por la enfermedad. Herófilo190, por su parte, que profesaba esta misma arte, dice que el pulso de las venas se altera con los ritmos musicales; [5] así que, si en el movimiento tanto del cuerpo como del alma está presente la harmonía191, lejos de toda duda, la música no es ajena a nuestros natalicios.

[13] A esto se añade lo que Pitágoras mostró: que todo este mundo está hecho a base de una razón musical, y que las siete estrellas errantes entre el cielo y la Tierra192, que regulan193 las génesis194 de los mortales195, tienen un movimiento rítmico [énrythmos] y unos intervalos [intervalla] congruentes con los intervalos [diastemata] musicales, y que producen sonidos variados en función cada uno de su propia altura196, de tal modo concordes que cantan en conjunto [concinant]197 una melodía dulcísima ciertamente, pero inaudible para nosotros a causa de la magnitud de la voz, que las estrecheces de nuestrosoídos no son capaces de captar198. [2] En efecto, lo mismo que Eratóstenes199 mediante cálculos geométricos concluyó que el circuito máximo de la Tierra es de doscientos cincuenta y dos millares de estadios200, así Pitágoras indicó cuántos estadios había entre la Tierra y cada una de las estrellas201. Ahora bien, por estadio en esta medición del mundo hay que entender muy claramente el que llaman itálico202, de seiscientos veinticinco pies; pues existen además otros discrepantes en longitud, como el olímpico, que es de seiscientos pies203, o asimismo el pítico, de mil204.

[3] Así pues, de la Tierra a la Luna Pitágoras estimó que hay alrededor de ciento veintiséis millares de estadios, y que eso es un intervalo [intervallum] de un tono205; que, a su vez, de la Luna a la estrella de Mercurio, que es llamada Stilbon206, la mitad de dicho intervalo, como un semitono207; de aquí a Phosphoros208, que es la estrella de Venus, aproximadamente otrotanto, esto es, otro semitono; [4] de allí adelante hasta el Sol tres veces otro tanto, por así decir, tono y medio. Y que, así, el astro del Sol dista de la Tierra tres tonos y medio, lo que se llama diapente209; de la Luna, a su vez, dos y medio, lo que es una diatesaron210. Que del Sol, en cambio, a la estrella de Marte, que tiene por nombre Pyrois211, tanto de intervalo [intervallum] hay cuanto de la Tierra a la Luna, y que dicho intervalo hace un tono; que de aquí a la estrella de Júpiter, que es llamada Phaeton212, la mitad de ese intervalo, lo que hace un semitono; otro tanto de Júpiter a la estrella de Saturno, que tiene por nombre Phaenon213, esto es, otro semitono; de ahí al cielo supremo,donde están los signos, igualmente un semitono. [5] Y que, así, del cielo supremo al Sol hay un intervalo [diastema] diatesaron, esto es, de dos tonos y medio, y que, a su vez, hasta la cima de la Tierra desde ese mismo cielo hay seis tonos, en los que consiste la «sinfonía» diapasón214.

Además de éstas, muchas cosas que tratan los músicos él las refirió a otras estrellas y mostró que todo este mundo es harmónico [enarmónios]; cosa por la que Dorilao215 escribió que el mundo es el instrumento de dios216. Otros añadieron que el mundo es un heptacordo [heptáchordon]217, porque siete son las estrellas errantes, las que más se mueven. [6] Pero para tratar todas estas cosas minuciosamente no es éste el lugar; cosas que, si quisiera agruparlas aparte en un solo libro, me movería aun así en estrecheces. Mejor, ya que la dulzura de la música me ha llevado demasiado lejos, me vuelvo a lo propuesto.

[14] Por tanto, una vez expuestas las cosas que son antes del día del nacimiento, ahora, para que se conozcan los años climatéricos [klimaktērikoí]218, diré cuál ha sido el sentir acerca de losescalones de la edad humana219. [2] Varrón piensa que hay cinco escalones en la edad, divididos por igual, a saber, cada uno, excepto el último, a los quince años; y que, así, en el primer escalón, hasta el año décimo quinto220, están aquellos a los que dicen pueri, porque son puros, es decir impúberes221; en el segundo, hasta el trigésimo año los adolescentes, denominados así a partir de alescere222; que en el tercer escalón estaban los de hasta cuarenta y cinco años, llamados «jóvenes» [iuvenes] por aquello de que pueden ayudar [iuvare]223 al Estado en cuestiones militares; en el cuarto, a su vez, los de hasta el sexagésimo año, habitualmente llamados seniores224, porque entonces por primera vez el cuerpo empieza a senescere225; que de ahí hasta el final de la vida de cada uno queda hecho el quinto escalón, en el que los que están son llamados ancianos [senes], porque en dicha edad el cuerpo ya se resiente con la senilidad [senium]226.

Hipócrates, el médico227, distribuye las edades en siete escalones. [3] El final de la primera pensó que es el año séptimo; el de la segunda, el decimocuarto; el de la tercera, el vigésimo octavo; el de la cuarta, el trigésimo quinto; el de la quinta, el cuadragésimo segundo; el de la sexta, el quincuagésimo sexto; el de la séptima, el último año de la vida humana. [4] Solón, a su vez, hizo diez partes y los escalones tercero y sexto y séptimo de Hipócrates los dividió cada uno en dos, de modo que cada edad tuviera siete años. [5] Estáseas, el peripatético228, a estas diez hebdómadas de Solón añadió dos y dijo que el espacio de una vida completa es de ochenta y cuatro años; término que, si alguien lo sobrepasa, hace lo mismo que hacen los corredores de estadio [stadiodrómoi] y las cuadrigas cuando corren fuera del límite. [6] De que también en los libros proféticos etruscos la edad del hombre se distribuye en doce hebdómadas informa Varrón229; edad que, mientras †se alarga hasta nueve veces siete años gracias a prodigios hechos en privado, puede ser prolongada hasta diez veces siete años conjurando la fatalidad mediante las cosas divinas†230; que a partir, en cambio, del año septuagésimo ni debe pedirse ni puede obtenerse de los dioses; que, por lo demás, después de los ochenta y cuatro años los hombres se alejan de su propia mente231, y que para ellos no se hacen prodigios.

[7] Pero de todos éstos se ve que se han acercado más a la naturaleza232 los que han medido la vida humana por hebdómadas. En efecto, aproximadamente después de cada séptimo año la naturaleza muestra una especie de articulaciones y en éstas algo de nuevo, como también en la elegía de Solón233 nos es dado conocer. Dice, en efecto, que en la primera hebdómada se le caen los dientes al hombre; que en la segunda aparece el vello; que en la tercera nace la barba; en la cuarta, las fuerzas; en la quinta, la madurez para dejar estirpe; que en la sexta se atempera en sus pasiones; que en la séptima se consuman su prudencia y su lengua; que, en la octava —en la que otros dijeron que los ojos se embotan— permanece lo mismo; que en la novena todo se hace más lánguido; que en la décima el hombre se hace maduro para la muerte**234; sin embargo, que en la segunda hebdómada o al comienzo de la tercera la voz se hace más espesa y desigual, a lo que Aristóteles llama tragízein y nuestros antiguos irquitallire235, y de ahí piensan que ellos mismos son llamados irquitalli236, porque entonces el cuerpo empieza a oler a macho cabrío [ircus o hircus]; [8] que, a su vez, de la tercera edad, la de los adolescentes, se hicieron tres escalones en Grecia antes de que lleguen a ser hombres, por lo que llaman al de catorce años «niño» [paîs], «casi efebo» [melléphēbos] al de quince, luego al de dieciséis «efebo» [éphēbos], finalmente, al de diecisiete «ex efebo» [ex ephḗbōn].

[9] Por lo demás, muchas son las cosas que acerca de estas hebdómadas los médicos y los filósofos confiaron a los libros, de donde se hace evidente que, lo mismo que en las enfermedades los días séptimos son mirados con recelo y son llamados críticos [krísimoi], así a lo largo de toda la vida cada séptimo año es peligroso y, por así decir, crítico y se le suele llamar «climatérico». [10] Mas de éstos dijeron los genetlíacos237 que unos son más difíciles que otros, y algunos piensan que se deben observar, sobre todo, los que completan un trío de hebdómadas, es decir, el vigésimo primero, el cuadragésimo segundo, después el sexagésimo tercero, finalmente el octogésimo cuarto, en el que Estáseas fijó el término de la vida. [11] Otros, en cambio, no pocos, declararon un (año) climatérico [klimaktêr] como el más difícil de todos, a saber el cuadragésimo noveno, que es el que completa siete veces siete años; opinión a la que se inclina el consenso de la mayoría; pues los números cuadrados238 se tienen por los más poderosos. [12] En fin, venga aquel Platón, el más sagrado de la vieja filosofía, que pensó que la vida humana se consuma en un número cuadrado de años, pero en el novenario239, que completa ochenta y un años. Hubo también quienes aceptaron uno y otro número, el cuadragésimo noveno y el octogésimo primero, y adscribieron240 el menor a las génesis241 nocturnas y el mayor a las diurnas. [13] Los más juzgaron sutilmente que estos dos números alternan, diciendo que el septenario atañe al cuerpo, el novenario al espíritu; que aquél es propio de la medicina del cuerpo y está atribuido a Apolo; éste, a las Musas, porque las enfermedades del alma, a las que llaman páthē242, la musice243 acostumbra a mitigarlas y sanarlas. [14] Y así declararon que el primer (año) climatérico [klimaktêr] es el año cuadragésimo noveno y que el último es el octogésimo primero; mas que, de suyo, hay uno intermedio, mezcla de ambos, en el año sexagésimo tercero, que configuran bien nueve hebdómadas bien siete enéadas244. [15] Éste, aunque algunos le digan el más peligroso, porque atañe al cuerpo y al alma, yo, sin embargo, lo cuento por menos firme que los demás; pues contiene245 ciertamente uno y otro de los números antes dichos, pero ni uno ni otro cuadrado246, y al igual que no es ajeno ni a uno y ni a otro, así ni en uno ni en otro es poderoso. Y, desde luego, no a muchos de los que la antigüedad [vetustas] celebra con nombre esclarecido se los llevó este año. [16] A Aristóteles de Estagira encuentro; pero él dicen que su natural inestabilidad de humor y los frecuentes achaques de su enfermizo cuerpo hasta tal punto los soportó largo tiempo con la fuerza de su alma que resulta más admirable el que aguantara la vida hasta los 63 años que el que no la prolongara más allá247.

[15] Por ello, sacratísimo248 Cerelio, como ese año que era en grado sumo temible para el cuerpo ya lo has traspasado sin ningún inconveniente, los demás (años) climatéricos [klimaktêres]249, que son más livianos, menos los temo por ti, sobre todo, cuando sé que en ti la naturaleza del alma tiene más dominio que la del cuerpo, y que aquellos varones que fueron de tal condición no se retiraron de la vida antes de haber llegado a aquel año octogésimo primero, en el que Platón no sólo estimó legítimo el fin de la vida sino que lo tuvo legítimo250. [2] En este año también Dionisio de Heraclea251, para irse de la vida, se abstuvo del alimento, y, al contrario, Diógenes, el cínico252, por una indigestión de comida se descompuso, cayendo enfermo de cólera253. Eratóstenes254 también, aquel famoso medidor del orbe de las tierras, y Jenócrates el platónico255, primado de la vieja academia, vivieron hasta ese mismo año. [3] No pocos, también, superadas las molestias del cuerpo gracias al aliento de su alma, traspasaron este límite, como Carnéades256, del que parte la tercera academia, a la que dicen nueva, que vivió hasta el nonagésimo año, o Cleantes257, que cumplió cien años menos uno. Por su parte, Jenófanes de Colofón258 llegó a tener más de cien años. También Demócrito de Abdera259 e Isócrates, el rétor260, dicen que llegaron cerca de la edad de Gorgias Leontino261, del que consta que, de todos los antiguos, fue el más anciano y llegó a tener ocho años por encima de los cien.

[4] Y, si a los que cultivan la sabiduría o bien mediante la fuerza [virtus] de su alma o bien por la ley del hado les tocó una vida duradera, no pierdo la esperanza de que a ti también, mucho tiempo vigoroso de cuerpo y de alma, te aguarde una vejez especialmente larga. ¿Quién, en efecto, de los viejos que ahora admiramos en el recuerdo, decimos que se antepone a ti en prudencia o templanza o justicia o fortaleza? ¿Quién de ellos, si estuviese presente, no concentraría en ti la proclamación de todas las virtudes? ¿Quién se sonrojaría de ser pospuesto a tus alabanzas? Una cosa ciertamente es, a mi juicio, digna de proclamación, el hecho de que, mientras que a ellos casi en su totalidad, aun cuando prudentísimos y apartados lejos de la cosa pública, no les tocó pasar la vida sin encontronazos y odio, por lo común a muerte, tú, sin embargo, que has desempeñado oficios municipales, sobresaliente por el honor del sacerdocio entre los principales de tu ciudadanía, habiendo sobrepasado también en la dignidad del orden ecuestre el grado de los provinciales, no sólo estuviste siempre libre de reproche y ojeriza, sino que junto con la máxima gloria has conseguido también el amor de todos por completo. [5] El ser conocido por ti, ¿quién o de la más alta clase del Senado no lo ha codiciado o de la más humilde de la plebe no lo ha deseado? ¿Quién de los mortales o te vio o supo de tu nombre, que no te ame en el puesto de un hermano carnal y te venere en calidad de padre? ¿Quién ignora que la probidad primera, la lealtad suprema, la benignidad increíble, la modestia y la discreción singular y los demás buenos oficios de humanidad se hallan en ti solo y por cierto en un grado mayor de lo que puede ser relatado por cualquiera como corresponde? Por eso también yo me abstendré de recordarlas ahora. [6] Guardaré silencio incluso sobre tu elocuencia, de la que han sabido todos los tribunales de nuestras provincias, todos los que los presiden, la que, en suma, han admirado la ciudad de Roma y los auditorios sagrados. Ella misma se ennoblece bastante por sí sola por lo presente y por los siglos futuros.

[16] Ahora, en cambio, en la medida en que estoy escribiendo sobre el día del nacimiento, me esforzaré por completar mi tarea, y el tiempo hodierno, en el que sobremanera floreces, lo señalaré con las notas más relucientes que pueda; a partir de él también aquel natalicio tuyo primero quedará con transparencia reconocido. [2] Y tiempo llamo no al día solamente o al mes o al año cíclico262, sino también al que algunos llaman lustro [lustrum] o año grande [annus magnus] y al que dan el nombre de siglo [saeculum]263.

[3] Por lo demás, sobre la eternidad [aevum]264, que es el tiempo unitario y el más grande, no hay mucho que decir por el momento presente. Es, en efecto, inmensa, sin origen, sin final, que siempre fue y siempre ha de ser de la misma magnitud, y no atañe a un hombre más que a otro. Ésta se divide en tres tiempos: [4] el pretérito, el presente, el futuro; de los cuales, el pretérito carece de inicio, de final, el futuro; el presente, a su vez, que es el intermedio, hasta tal punto es exiguo e incomprehensible, que no alberga longitud ninguna, y se ve que no es otra cosa que la conjunción de lo pasado [transactum] y lo futuro; hasta tal punto, además, inestable que nunca está en el mismo sitio, y cuanto transcurre lo arranca del futuro y lo aplica al pretérito. [5] Estos tiempos entre sí, el antes pasado [actum] digo y el por venir, ni son iguales ni tales que uno se vea más largo o más breve que el otro; todo aquello, en efecto, que no tiene límite no admite correlación de medida. [6] Por eso la eternidad no voy a intentar medirla ni en número de años ni de siglos ni, en una palabra, en módulo265 alguno de tiempo finito. Estas cosas, en efecto, con respecto a la edad infinita no son equivalentes ni a una sola hora de la bruma266.

[7] Así, para poder recorrer en su totalidad los siglos267 y demarcar éste nuestro presente, dejando a un lado los áureos y los argénteos y los poéticos de este tipo, exordiaré a partir de la fundación de la ciudad de Roma, nuestra patria común268; [17] y, puesto que los siglos o son naturales o civiles269, primero hablaré de los naturales.

[2] Siglo es el espacio más largo de la vida humana, delimitado por el parto y por la muerte. Por ello los que entendieron treinta años como un siglo mucho se ve que erraron. Que este tiempo, en efecto, se llama generación [geneá] lo avala la autoridad de Heráclito270, porque en su opinión el ciclo de una edad271 consiste en dicho espacio. Ciclo de una edad llama, en efecto, al tiempo en que la naturaleza retorna desde una simiente humana a otra simiente. Este tiempo de la generación ciertamente lo delimitaron otros de otra manera: [3] Heródico272 escribe que a veinticinco años se les dice generación; Zenón273, a treinta. Qué es entonces un siglo, hasta el momento creo que no ha sido examinado al detalle. Los poetas, desde luego, han escrito muchas cosas increíbles, y no menos los historiadores griegos, aunque no era lo suyo que ellos se apartaran de la verdad: como Heródoto, en el que leemos274 que Argantonio275, rey de los tartesios, llegó a tener ciento cincuenta años, o Éforo276, que transmite que los arcadios decían que entre ellos los reyes antiguos, algunos, vivieron hasta los trescientos años. [4] Pero estas cosas, en cuanto que fabulosas, las paso por alto. Mas entre los propios astrólogos277, que buscan la verdad en el estudio sistemático de las estrellas y los signos278, tampoco hay acuerdo en absoluto. Epígenes279 establece en los ciento doce años la vida más larga; Beroso280, por su parte, en los ciento dieciséis. Otros creyeron que puede prolongarse hasta los ciento veinte años, algunos incluso más allá. Hubo quienes pensaban que no hay que calcular lo mismo en todas partes, sino de forma variada a través de las distintas regiones, según sea en cada una la inclinación del cielo con respecto al círculo que lo delimita, lo que se llama clima281.

[5] Pero, aunque la verdad se esconda en la oscuridad, sin embargo, cuáles son en cada comunidad [civitas] los siglos naturales parecen enseñarlo los libros rituales de los etruscos, en los que, se dice, estaba escrito que los inicios de los siglos se establecen así: que, en el día en que las ciudades y pueblos quedaban constituidos, de entre aquellos que en ese día habían nacido, aquel que más tiempo hubiese vivido, delimitaba con el día de su muerte el módulo [modulus] del primer siglo, y que ese día los que quedaban en la comunidad, de entre ellos de nuevo la muerte de aquel que hubiese alcanzado la edad más larga era el límite del siglo segundo; que así luego se determinaba el tiempo de los restantes; pero que, como los hombres ignoraban estas cosas, se enviaban por parte de la divinidad unos portentos, mediante los cuales eran advertidos de que cada siglo había terminado. [6] Estos portentos, los etruscos, tras haberlos observado diligentemente de acuerdo con su pericia en el haruspicio, disciplina282 suya, los relataron en unos libros; por lo que en las historias etruscas, que fueron escritas en el octavo siglo de ellos, como atestigua Varrón, está contenido no sólo cuántos siglos en número fueron dados a este pueblo, sino también de qué magnitud fue cada uno de los pasados o con qué manifestaciones fueron señalados sus finales. Y así está escrito que los cuatro primeros siglos fueron de cien años cada uno; el quinto, de ciento veintitrés; el sexto, de ciento diecinueve; el séptimo, de otros tantos; que entonces precisamente transcurría el octavo; que quedaban el noveno y el décimo, pasados los cuales sería el fin del nombre283 etrusco.

En cuanto a los siglos de los romanos, piensan algunos que vienen marcados por los juegos seculares; [7] cosa que, si tiene crédito seguro, la medida [modus] del siglo romano es insegura. En efecto, los intervalos de tiempo en los que estos juegos deben repetirse, no sólo se ignora de qué magnitud fueron tiempo atrás, sino que ni siquiera se sabe de qué magnitud deben ser. [8] Pues que se estableció de modo que se hicieran cada cien años, esto no sólo lo avala la autoridad de Ancíate284 y otros historiadores, sino que también Varrón en el libro primero De los orígenes de la escena285 lo dejó así escrito: «como se produjeran muchos portentos, y el muro y la torre que hay entre la puerta Colina y la Esquilina hubieran sido tocados desde el cielo286, y por eso los Quince varones287 hubieran acudido a los libros Sibilinos, trajeron por respuesta que se hicieran en honor del padre Dite288 y de Prosérpina289 los juegos tarentinos290 en el campo de Marte durante tres noches, y que se inmolaran tres víctimas negras291, y que los juegos se hicieran cada cien años». [9] Asimismo Tito Livio en el libro CXXXVI: «el mismo año César hizo unos juegos seculares con ingente aparato, que cada cien años —con éstos, en efecto, se delimitaban los siglos— era costumbre que se hicieran»292. Por el contrario, que se repiten cada ciento diez años, tanto las memorias de los Quince varones como los edictos del Divino Augusto parecen atestiguarlo, hasta tal punto que Horacio Flaco, en el poema que se cantó en los juegos seculares, designó ese tiempo de este modo:

Para que, fijo, el ciclo de diez veces once años

vuelva a traer los cantos y los juegos,

tres veces en el claro día y otras tantas en la grata

noche celebrados en mesa293.

[10] Esta discrepancia de tiempos, si se revuelven los anales de los viejos (autores), se encontrará mucha más falta de precisión.

En efecto, que los primeros juegos seculares fueron instituidos, tras la expulsión de los reyes, por Valerio Publícola294 245 años después de la fundación de Roma siendo cónsules Publio Valerio y Espurio Lucrecio295, lo avala la autoridad de Ancíate; según las memorias de los Quince varones, el año 299, siendo cónsules Marco Valerio y Espurio Virginio296. Los segundos fueron, según transmitió Ancíate, siendo cónsules Marco Valerio Corvo por segunda vez y Gayo Petilio, en el cuadringentésimo octavo año después de la fundación de la ciudad297, pero según está escrito en las memorias de los Quince varones, en el año 410, siendo cónsules Gayo Marcio Rútilo por tercera vez y Tito Manlio Imperioso298. Los terceros juegos fueron, según la autoridad de Ancíate y Livio299, siendo cónsules Publio Claudio Pulcro y Lucio Junio Pulo, en el quingentésimo quinto año300, pero, según las memorias de los Quince varones, en el quingentésimo decimoctavo año, siendo cónsules Publio Cornelio Léntulo y Gayo Licinio Varo301. Sobre el año de los cuartos juegos hay una triple opinión: [11] Ancíate, en efecto, y Varrón y Livio manifestaron que fueron retomados siendo cónsules Lucio Marcio Censorino y Manio Manilio, en el año 605 después de la fundación de Roma302. En cambio, Pisón, el excensor303, y Gneo Gelio304, y asimismo Casio Hemina305, que vivía en aquel tiempo, afirman que se hicieron tres años después, siendo cónsules Gneo Cornelio Léntulo y Lucio Mummio Acaico, es decir, en el año 608306; en cambio, en las memorias de los Quince varones se anotan en el año 628, siendo cónsules Marco Emilio Lépido y Lucio Aurelio Orestes307. Los quintos juegos los hicieron César Augusto y Agripa, siendo cónsules Gayo Furnio y Gayo Junio Silano en el año 737308. Los sextos, a su vez, los hizo Tiberio Claudio César, siendo cónsules él mismo por cuarta vez y Lucio Vitelio por tercera, en el año 800309; los séptimos, Domiciano, siendo cónsules él mismo por decimocuarta vez y Lucio Minucio Rufo, en el año 841310; los octavos, los emperadores Septimio y Marco Aurelio Antonino, siendo cónsules Cilón y Libón, en el año 957311.

[12] De ahí es lícito advertir que ni se estableció que estos juegos se repitieran después de los cien años, ni después de los ciento diez. De estos plazos, aunque uno u otro hubiese sido tiempo atrás observado, no sería esto, sin embargo, suficiente argumento por el que alguien pueda afirmar consistentemente que con estos juegos se distinguen unos de otros los siglos, sobre todo cuando desde el principio de la ciudad hasta la expulsión de los reyes, 244 años, no hay autoridad que garantice que se hicieron juegos, un tiempo que, lejos de duda, es mayor que un siglo natural. [13] Y si alguien cree que con los juegos seculares se cortan los siglos, inducido por el solo origen del nombre, sepa que se les pudo decir «seculares», porque por lo general se producen una sola vez en la vida de un hombre, igual que otras muchas cosas, que son poco frecuentes, la costumbre de los hablantes dice usualmente que suceden «tras un siglo».

Pero nuestros mayores, como no tenían averiguado cuánto era por naturaleza un siglo, establecieron uno civil312, con arreglo a un módulo concreto de cien años313. Lo atestigua Pisón314, en cuyo séptimo libro de anales está así escrito: «Roma fundada, al año 600315 emprende el séptimo siglo con estos cónsules, que son cónsules próximos316: Marco Emilio Lépido hijo de

Marco, y por segunda vez Gayo Popilio, ausente». Pero para que los nuestros establecieran este número de años, no faltó alguna causa: primero, el que veían que muchos de sus ciudadanos prolongaban la vida hasta este número; luego, el que quisieron aquí, como, por lo común, en otras cosas, imitar a los etruscos, cuyos primeros siglos fueron cada uno de cien años. [14] Además puede ocurrir lo que refiere Varrón317 y escribió el astrólogo Dioscórides318: que en Alejandría entre aquellos que salan319 a los muertos, consta que un hombre más de cien años no puede vivir, y que eso lo pone de manifiesto el corazón humano de aquellos que murieron íntegros, sin corrupción del cuerpo, porque, pesando durante muchos años el corazón, fueron recopilando los incrementos y disminuciones de cada edad: y que los de un añito pesaban dos dracmas320; los de dos, cuatro, y que así año por año, hasta los cincuenta, se van añadiendo dos; que a partir de esas cien dracmas y a partir del año quincuagésimo se van perdiendo asimismo en cada uno dos; de lo cual resulta evidente que en el centésimo año el corazón vuelve al peso del primer año y que no puede prolongar más la vida. [15] Por tanto, puesto que el siglo civil de los romanos se cumple a los cien años, se puede saber que en el siglo décimo tuvo lugar tu primer natalicio y lo tiene el de hoy. Ahora bien, cuántos siglos se le deben321 a la ciudad de Roma no es cosa mía decirlo. Pero no callaré algo que he leído en Varrón, quien en el libro decimoctavo de las Antigüedades322 dice que hubo en Roma un Vecio, no desconocido en cuestión de augurios, de grandes dotes, equiparable a cualquier sabio en sus dictámenes; que a éste le había oído él decir que, si era tal como transmitían los historiadores acerca de los augurios de Rómulo para fundar la ciudad y acerca de los doce buitres, puesto que el pueblo romano había pasado incólume ciento veinte años, iba a llegar a los mil doscientos.

[18] Hasta aquí se ha hablado sobre el siglo. Ahora hablaré de los años mayores, cuya magnitud hasta tal punto ha sido de forma diversa tanto observada por los pueblos como transmitida por los autores, que unos han juzgado que el año grande consiste en dos años cíclicos; otros, en muchos miles de años323. Cómo es esto ya desde aquí voy a esforzarme en resolverlo.

[2] Las viejas comunidades [civitates] en Grecia, al advertir que, mientras el Sol en el curso de un año da la vuelta a su órbita, la Luna aparece nueva mientras tanto trece veces324 y que esto se produce con una frecuencia de años alternos, juzgaron que doce meses lunares y medio coincidían con un año natural. Y así los años civiles los establecieron de forma que, intercalándolos, hicieran alternar unos de doce meses, otros de trece, llamando a uno y otro por separado año cíclico, y a la conjunción de ambos, año grande. Y a ese tiempo lo llamaban trienio [trietērís] porque la intercalación se hacía cada tercer año325, a pesar de que el circuito era de un bienio y en realidad una dietērís; [3] de donde a los misterios326 que se hacen en honor de Líber en años alternos les dicen los poetas trieterica327. Después, conocido el error, duplicaron este tiempo e hicieron la tetraetērís. Pero a ésta, como volvía cada quinto año, le daban el nombre de pentaetērís328, año grande a base de cuatro años que pareció más ajustado ya que era conocido que un año del Sol329 consta de 365 días y en torno a la cuarta parte de un día, parte que en un cuatrienio completaba un día. [4] Por eso se celebra una competición tanto en la Hélade en honor de Júpiter Olímpico como en Roma en el del Capitolino a la vuelta de cada quinto año330. Este tiempo también, como se veía que era congruente sólo con el curso del Sol y no con el de la Luna, fue duplicado y se hizo la oktaetērís, que entonces era llamada enneaetērís, porque su primer año volvía cada noveno año. [5] Prácticamente toda Grecia estimó que este ciclo [circuitus]331 era verdaderamente el año grande, en la idea de que constaba de años cíclicos completos y de meses completos, como es propiamente lo suyo que suceda en un año grande. En efecto, días completos son 2.922; meses completos, cien menos uno y años cíclicos completos, ocho332. Esta oktaetērís vulgarmente se ha creído que fue instituida por Eudoxo de Cnido333, pero otros dicen que el primero en organizarla fue Cleóstrato de Ténedos334 y que luego otros, de otro modo, a base de meses que había que intercalar de distintas formas, fueron proponiendo sus oktaetērídes, como hicieron Hárpalo335, Náuteles336, Menéstrato337 y asimismo otros, entre los cuales Dosíteo338, cuya oktaetērís se titula precisamente De Eudoxo. [6] Por esto en Grecia muchas prácticas religiosas son observadas con suma ceremonia con este intervalo de tiempo; incluso en Delfos los juegos que se llaman Píticos339 se realizaban antiguamente tras el año octavo340. La más próxima a esta magnitud es la que se llama dōdekaetērís, a base de doce años cíclicos; [7] a este año se le da el nombre de «caldaico», año que los genetlíacos341 tienen acomodado no a los cursos del Sol y de la Luna, sino a otras observaciones342, porque en él dicen que cumplen su ciclo los estados del tiempo, los logros y las esterilidades en las cosechas, así como las enfermedades y las etapas de salud.

[8] Además hay años grandes muy diversos343, como el metónico, que Metón de Atenas344 estableció a base de diecinueve años, y por eso se llama enneadekaetērís y recibe intercalaciones siete veces, y en ese año hay 6.940 días345. Está también el año del pitagórico Filolao346, a base de cincuenta y nueve años, en el que los meses intercalares son veintiuno347; asimismo el de Calipo de Cícico348, a base de setenta y seis años, de tal manera que se intercalan veintiocho meses; [9] y el de Demócrito, a base de ochenta y dos años, igualmente con veintiocho meses intercalares; y también el de Hiparco, a base de trescientos cuatro años, de modo que en él se produzca la intercalación ciento doce veces. En esta magnitud de los años hay discrepancia porque entre los astrólogos no hay acuerdo sobre cuánto más de trescientos sesenta y cinco días completa el Sol en un año o cuánto menos de treinta la Luna en un mes. [10] La Luna, de hecho, no afecta al año grande de los egipcios, que en griego llamamos kynikós, en latín canicularis349, sobre todo, por aquello de que su inicio se toma cuando en el primer día de aquel mes, al que llaman los egipcios Tot [Thōythí]350, sale el astro de la Canícula351. Pues su año civil completo tiene trescientos sesenta y cinco días sin ningún intercalar. Y así un cuatrienio entre ellos es en torno a un día menor que el cuatrienio natural352, y por ello sucede que al año mil cuatrocientos sesenta y uno se vuelve al mismo principio. [11] A este año algunos le dicen también solar [hēliakós] y otros «ciclo de dios» [theoû eniautós]353. Está además el año que Aristóteles354 llama «máximo»355, mejor que «grande», el que completan las órbitas del Sol y la Luna y las cinco estrellas errantes, cuando a una se desplazan de nuevo al mismo signo356 donde una vez estuvieron a un tiempo. En este año la culminación del invierno es el kataklysmós, a lo que los nuestros llaman diluvio; la del verano, a su vez, la ekpýrōsis, esto es, incendio del mundo; pues en estos tiempos alternos el mundo parece ora volverse fuego, ora fundirse en agua. Éste pensó Aristarco357 que era de 2.484 años cíclicos; Aretes de Dirraquio358, de 5.552; Heráclito359 y Lino360, de 10.800; Dión361, de 10.884; Orfeo362, de 1.200; Casandro363, de treinta y seis veces cien mil364. Otros, de suyo, han estimado que es infinito y que nunca vuelve sobre sí mismo.

[12] Pero de todos éstos365 los griegos para marcar los tiempos observan sobre todo las pentaetērídes366, esto es, ciclos367 de cuatro años, a las que llaman olimpiadas [olympiádes]; y ahora entre ellos se cuenta la ducentésima quincuagésima cuarta olimpiada [olympiás] y éste es su segundo año368. [13] El mismo fue el tiempo del año grande para los romanos369, al que llamaban lustro370, así instituido precisamente por Servio Tulio371, de manera que cada quinto año372, una vez hecho el censo de los ciudadanos, se estableciera un lustro373, pero no fue así conservado por la posteridad. [14] En efecto, aun cuando entre el primer lustro fundado por Servio y el que fue hecho por el emperador Vespasiano, siendo él cónsul por quinta vez y Tito César por tercera374, intermediaron poco menos de seiscientos cincuenta años375, lustros, sin embargo, a lo largo de esos tiempos no se hicieron más de 75 y después dejaron totalmente de hacerse. [15] De nuevo, sin embargo, ese mismo año grande se empezó a observar con especial escrúpulo a través de las competiciones capitolinas376. De estas competiciones la primera fue instituida por Domiciano en el consulado duodécimo suyo y de Servio Cornelio Dolabela377. Y así, la competición que ahora este año se ha celebrado se numera como la trigésima novena. En cuanto a lo relativo a los años grandes, se ha hablado bastante por el momento. Ahora es el lugar de hablar de los años cíclicos.

[19] El año cíclico378 es por naturaleza mientras el Sol, recorriendo los doce signos379, retorna al mismo punto de donde partió. De cuántos días era este tiempo no han podido aún los astrólogos encontrarlo con exactitud. Filolao380 manifestó que el año natural tiene 364 días y medio; [2] Afrodisio, 365 y la octava parte de un día381; Calipo382, a su vez, 365; y Aristarco de Samos383 esta misma cantidad y además la 1.623a parte de un día384; Metón385, en cambio, 365 y la diecinueveava parte de cinco días386; Enópides387, 365 y la cincuenta y nueveava parte de veintidós días388; Hárpalo389, a su vez, 365 y trece horas equinocciales390; [3] en cambio, nuestro Ennio, 366. La mayoría, por lo demás, estimó que propiamente es algo incomprehensible e imposible de formular, pero abrazó como verdadero lo que consideraba más aproximado, a saber, 365 días.

[4] Por tanto, habiendo sido entre los varones más doctos tan grande la disensión, ¿qué hay de admirable si los años civiles, que de forma diversa las comunidades [civitates], rudas además entonces, establecían cada una para sí, discrepan tanto entre sí cuanto no concuerdan con el natural? Incluso en Egipto, de suyo, dicen que el año más antiguo fue de un solo mes, que luego después fue hecho por el rey Isón cuatrimestral, y que en última instancia Arminón lo llevó hasta los trece meses y cinco días391. [5] Asimismo, en Acaya392 se dice que los arcadios393 tuvieron primero un año trimestral, y que por ello son denominados prelunares [prosélēnoi]394, no, como algunos395 piensan, porque hayan nacido antes de que el astro de la Luna estuviese en el cielo, sino porque tuvieron año antes de que dicho año se constituyera en Grecia de acuerdo con el curso de la Luna. [6] Hay quienes transmiten que este año trimestral lo instituyó Horus396, y que por ello a la primavera, al verano, al otoño y al invierno se les dice hôrai397 y al año hôros, y a los anales griegos hôroi398, y a los que los escriben horographi399. Y así al ciclo [periodus] de cuatro años, al modo de una pentaetērís, le decían año grande.

[7] Los carios400, por su parte, y los acarnanios401 tuvieron años semestrales y distintos entre sí, de manera que en ellos alternativamente los días aumentaran o envejecieran, y, a base de tales años conjuntados, un año grande402 a modo de trietērís.

[20] Pero para omitir estos años, cubiertos ya por la tiniebla de una profunda vetustez, en éstos también que son de más reciente memoria e instituidos con arreglo al curso de la Luna o del Sol es fácil conocer cuán grande es la variedad a poco que alguien quiera inquirir incluso entre las gentes de Italia sola, por no decir entre los extranjeros. En efecto, de la misma manera que los ferentinos tuvieron un año, los lavinios otro y lo mismo los albanos y los romanos, así también otras gentes. Todos, sin embargo, tuvieron el propósito de corregir sus años civiles con arreglo a aquél único verdadero y natural a base de intercalar meses en modos diversos. [2] Como es largo disertar sobre todos ellos, pasaremos al año de los romanos.

Que el año cíclico en Roma fue inmediatamente desde el principio de doce meses lo escribieron Licinio Macro403, ciertamente, y después Fenestela404. Pero se debe dar más crédito a Junio Gracano y a Fulvio y a Varrón y a Suetonio405 y a otros, que pensaron que había sido de diez meses, como entonces lo era para los albanos, de donde eran originarios los romanos406. Estos diez meses tenían 304 días de este modo: marzo treinta y uno; [3] abril, treinta; mayo, treinta y uno; junio, treinta; quintilis, treinta y uno; sextilis y septiembre, treinta cada uno; octubre, treinta y uno; noviembre y diciembre, treinta cada uno407; de los cuales, los cuatro mayores eran llamados «plenos»; los otros seis, «huecos»408. [4] Después, bien por obra de Numa, según dice Fulvio409, bien, según Junio, por obra de Tarquinio410, los meses se hicieron doce, y los días, 355, a pesar de que la Luna con sus doce meses se veía que completaba 354 días. Y el que rebosara un día o fue un accidente por descuido o, cosa que más creo, por aquella creencia religiosa411 en virtud de la cual el número impar se tenía por pleno412 y más fausto. [5] Lo cierto es que al año de antes vinieron a añadirse cincuenta y un días. Éstos, como no completaban dos meses, a los mencionados seis meses huecos les fueron detraídos un día a cada uno y se les añadieron cincuenta y siete días y de éstos se hicieron dos meses: enero, de veintinueve días, y febrero de veintiocho413. Y así todos los meses empezaron a ser plenos y de un número impar de días, excepto febrero, el único hueco y que por esto es tenido como más infausto que los demás414.

[6] Finalmente, una vez que plugo que se añadiera un mes intercalar de veintidós o veintitrés días en años alternos415, de modo que el año civil se igualara al natural, la intercalación se hizo precisamente en el mes de febrero entre las Terminalia416 y el Regifugio417; y esto se estuvo haciendo largo tiempo, antes de que se percibiera que los años civiles eran algo mayores que los naturales418; una falta cuya rectificación fue tarea encomendada a los pontífices y a arbitrio de ellos se dejó la fórmula de la intercalación419. [7] Pero de éstos la mayoría, por odio o por gratitud, para que alguien saliera más rápidamente de una magistratura o la desempeñara durante más tiempo o para que un adjudicatario de lo público420 se viera en ganancia o pérdida según la magnitud del año, intercalando más o menos, a capricho, una cosa que tenían encomendada para su corrección la depravaron aún más. [8] Hasta tal punto llegó el extravío421 que Gayo César, en calidad de pontífice máximo422, en el consulado suyo, el tercero, y de Marco Emilio Lépido423, para corregir la falta de tiempo atrás, interpuso dos meses intercalares de un total de sesenta y siete días entre el mes de noviembre y el de diciembre, aun cuando ya en el mes de febrero había intercalado veintitrés días424 y hacía aquel año de 445 días, previendo a la vez hacia el futuro que no se produjeran nuevas desviaciones, pues, quitado el mes intercalar, conformó el año civil al curso del Sol. [9] Y así a los 355 días añadió diez, que repartió por los siete meses que tenían veintinueve días de tal manera que a enero, sextilis y diciembre vinieran a añadírseles dos a cada uno; a los demás, uno a cada uno425; y esos días los puso a la parte extrema de los meses, evidentemente para que las prácticas religiosas propias de cada mes no se movieran de lugar; [10] razón por la que ahora, aun cuando a siete meses les correspondan treinta y un días a cada uno, sin embargo, los cuatro así primitivamente instituidos426 se distinguen por el hecho de que tienen unas nonas de siete días; los otros tres y los restantes, de cinco427.

Además, en lugar de la cuarta parte del día, que se veía que tenía que completar al año real, instituyó que, cumplido un circuito428 de cuatro años, en el lugar en que antes solía intercalarse un mes, se intercalara después de las Terminalia un solo día, que ahora se llama bissextus429. [11] A partir de este año así ordenado por Julio César, los demás hasta nuestros días se llaman «julianos»430, y arrancan del cuarto consulado de César; años que, aun cuando lo fueron del mejor de los modos, no fueron, sin embargo, los únicos adaptados al año de la naturaleza. En efecto, también los años anteriores, incluso los que fueron de diez meses, y no sólo en Roma o por Italia, sino también en todas las gentes, en la medida en que era posible, fueron igualmente corregidos. Y así cuando aquí se hable de algún número de años, lo suyo será tomarlos no por otros que los naturales.

Y si el origen del mundo hubiese venido a conocimiento de los hombres, de allí tomaríamos el exordio.

[21] Ahora, en cambio, voy a tratar ese intervalo de tiempo que Varrón llama «histórico» [historikón]. Él, en efecto, transmite que las demarcaciones de los tiempos son tres: la primera desde el principio de los hombres hasta el primer cataclismo431, que por ser desconocida se llama oculta [ádēlon]; la segunda, desde el primer cataclismo a la primera olimpiada432, que, porque en ella se relatan muchas cosas fabulosas, recibe el nombre de «mítica» [mythikón]; la tercera desde la primera olimpiada hasta nosotros433, a la que se le dice «histórica» [historikón], porque las cosas en ella llevadas a cabo se hallan contenidas en las historias verídicas.

[2] El primer tiempo, tanto si tuvo inicio como si siempre existió, no se puede aprehender de cuántos años es exactamente. El segundo no se sabe abiertamente desde luego, pero, sin embargo, se cree que es de alrededor de mil seiscientos años: a saber, desde el primer cataclismo, al que le dicen también «de Ógyges»434, hasta el reinado de Ínaco435 contaron alrededor de cuatrocientos años, de aquí a la caída de Troya436 ochocientos años, de aquí a la primera olimpiada poco más de cuatrocientos; éstos solos, aunque los últimos del tiempo mítico, sin embargo, por ser los que más cerca están de la memoria de los escritores, algunos han querido delimitarlos con mayor precisión. En efecto, Sosibio437 escribió que fueron trescientos noventa y cinco; [3] Eratóstenes438, por su parte, cuatrocientos siete; Timeo439, cuatrocientos diecisiete; Aretes440, quinientos catorce; y muchos más en diversos sentidos, cuyo disentimiento por sí mismo deja claro que es algo impreciso441.

[4] Sobre el tercer tiempo, a su vez, ha habido, desde luego, entre los autores algún disentimiento, que gira tan sólo en torno a seis o siete años. [5] Pero este resto de tinieblas, fuera el que fuera, lo disipó Varrón, y de acuerdo con su habitual sagacidad, ya comparando los tiempos de comunidades [civitates] distintas442, ya contando hacia atrás las desapariciones443 y sus intervalos, desenterró la verdad y mostró la luz mediante la cual puede verse claro el número preciso no de años sólo sino también de días; [6] un cálculo según el cual, si no me engaño, este año, cuyo indicador y título, por así decir, es el consulado de los ilustrísimos varones444 Pío y Ponciano, es el milésimo decimocuarto desde la primera olimpiada, justo a partir de los días de verano, en los que se celebra la competición olímpica445; desde la fundación de Roma, en cambio, el noningentésimo [nongentesimus]446 nonagésimo primero, y en concreto a partir de las Parilia447, desde donde se numeran los años de la ciudad; [7] de aquellos años, en cambio, que tienen el nombre de julianos es el ducentésimo octogésimo tercero448, pero a partir del día de las calendas de enero, desde donde Julio César fijó el principio del año por él establecido; [8] por el contrario, de los que se llaman años «de los Augustos»449, el ducentésimo sexagésimo quinto, a partir también asimismo de las calendas de enero, aunque fue a partir del día décimo sexto antes de las calendas de febrero450, cuando el emperador César451, hijo del Divino452, a propuesta de Lucio Munacio Planco, fue llamado Augusto por el Senado y demás ciudadanos, siendo cónsules él por séptima vez y Marco Vipsanio Agripa por tercera. [9] Pero los egipcios, como llegaron a estar bajo la potestad y los dictados del pueblo romano dos años antes, este año de los Augustos lo numeran como el ducentésimo sexagésimo séptimo; pues lo mismo que por los nuestros, también por los egipcios algunos años fueron llevados a las letras453, como los que denominan «de Nabonazar» [Nabonnazárou]454, porque arrancan a partir del primer año de su mandato, de los cuales éste es el noningentésimo octogésimo sexto; asimismo los de Filipo455, que se numeran desde la partida456 de Alejandro Magno y, continuados sin interrupción hasta éste, suman quinientos sesenta y dos años. [10] Pero los inicios de estos años se toman siempre a partir del primer día del mes que entre los egipcios tiene el nombre de Tot [Thouth]457, y que este año fue el día séptimo antes de las calendas de julio458, aun cuando, hace cien años, siendo en Roma cónsules el emperador Antonino Pío por segunda vez y Brutio Presente459, ese mismo día fue el décimo tercero antes de las calendas de agosto460, tiempo en el que suele la Canícula461 hacer su aparición en Egipto; [11] razón por la que también puede saberse que de aquel año grande, que, como más arriba quedó dicho, se llama solar y canicular y año de dios, ahora transcurre el centésimo año cíclico462. [12] Y los inicios de esos años los he marcado por aquello de que nadie pensara que empiezan a una o desde las calendas de enero o desde alguna otra fecha, cuando en ellos las voluntades de los fundadores son no menos diversas que las opiniones de los filósofos. [13] Por eso el año natural a unos les parece que empieza a partir del Sol nuevo463, es decir, a partir de la bruma464; a otros, desde el solsticio de verano465; a la mayoría, desde el equinoccio de primavera466; a una parte, desde el equinoccio de otoño467; a algunos, desde el orto de las Pléyades [Vergiliae]468; no faltan a quienes desde su ocaso469; a muchos, desde la salida del Perro470.

[22] De meses hay dos géneros: en efecto, unos son naturales; otros, civiles. De los naturales las especies son dos, ya que en parte se dice que son del Sol y en parte, de la Luna. [2] Según el Sol, se hace un mes mientras el Sol recorre entero cada uno de los signos en el orbe del Zodíaco. [3] El lunar es, por su parte, un cierto espacio de tiempo de Luna nueva a Luna nueva471. Los meses civiles son un cierto número de días que cada comunidad [civitas] por institución propia observa, como ahora los romanos, de calendas a calendas. Los naturales son no sólo más antiguos sino también comunes a todas las gentes, los civiles no sólo han sido instituidos con posterioridad sino que pertenecen a una determinada comunidad [civitas].

Los que son celestes472, bien del Sol bien de la Luna, ni son totalmente iguales entre sí ni tienen los días enteros. [4] De hecho, el Sol se demora en Acuario alrededor de veintinueve días, en Piscis, casi treinta, en Aries, treinta y uno, en Géminis, cerca de treinta y dos, y así en los demás de forma desigual; y hasta tal punto no se demora días enteros en cada uno, que su año, es decir, 365 días y no se qué porción hasta ahora inexplorada por los astrólogos, lo divide en sus doce meses473. [5] La Luna, por su parte, completa cada uno de sus meses en alrededor de veintinueve días y medio, pero también éstos entre sí dispares: unas veces más largos, otras más breves.

En cambio, los meses de las comunidades [civitates]474 discrepan entre sí incluso más en número de días, pero los días en todas partes los tienen enteros. [6] Entre los albanos marzo es de treinta y seis días, mayo de veintidós, sextilis de dieciocho, septiembre de dieciséis. El quintilis de los tusculanos tiene treinta y seis días; octubre, treinta y dos; el mismo octubre entre los aricinos, treinta y nueve475. [7] Los que menos parecen haberse equivocado son los que acomodaron los meses civiles al curso de la Luna, como en Grecia la mayoría476, entre quienes se hicieron meses alternos de treinta días cada uno. [8] Nuestros mayores también trataron de emular esto mismo, ya que tenían un año de 355 días477. Pero el divino Julio, viendo que por este procedimiento ni los meses coincidían con la Luna, como procedía, ni los años con el Sol, prefirió corregir el año, de manera que también los meses civiles necesariamente concurrieran con los verdaderos solares, si no uno a uno, al menos todos en conjunto al final del año.

Que los nombres a los diez antiguos meses478 se los puso Rómulo lo avalan con su autoridad Fulvio479 y Junio480; [9] y que en concreto a los dos primeros les dio nombre a partir de sus propios padres: a marzo, a partir de Marte481, su padre, y a abril a partir de Afrodita482, esto es, Venus, de donde se decían originarios sus mayores; a los dos siguientes a partir del pueblo: a mayo a partir de los mayores de edad; a junio a partir de los más jóvenes483; a los demás a partir del puesto en que cada uno estaba: quintilis y sucesivamente hasta diciembre, por el número. [10] Varrón, en cambio, considerando que los romanos tomaron de los latinos los nombres de los meses, enseña con particular penetración que los promotores de éstos fueron más antiguos que la urbe. [11] Y así, cree que el mes de marzo recibió el nombre ciertamente a partir de Marte, no porque fuera el padre de Rómulo, sino porque la gente latina es belicosa; abril, a su vez, no a partir de Afrodita, sino a partir de «abrir», porque entonces casi todo nace y la naturaleza abre los cerrojos del nacer; [12] que mayo propiamente tomó el nombre no de los mayores, sino de Maya484, porque en dicho mes tanto en Roma como antes en el Lacio se hacen los ritos divinos en honor a Maya; que junio, también, de Juno más bien que de «los más jóvenes», porque en ese mes, sobre todo, se rinden honores a Juno485; [13] que quintilis, porque ya entre los latinos estuvo en quinto lugar, y que asimismo sextilis y desde ahí hasta diciembre fueron llamados por sus números. Por lo demás, que enero y febrero fueron ciertamente añadidos después, pero con nombres ya tomados del Lacio: [14] que ianuarius486 tomó el nombre de Jano, a quien está atribuido, y februarius487 de februo: februum es «algo que purifica y purga», y februamenta «purgaciones», igualmente februare es «purgar y hacer puro». Februum, sin embargo, no se le dice a lo mismo en todas partes; pues en cada rito se hace el februum, esto es, la purgación, de una manera. En este mes, por lo demás, en las Lupercales488, cuando se purifica Roma, llevan sal caliente a la que llaman februum; [15] de donde al día de las Lupercales se le suele llamar propiamente februatus y a partir de él luego al mes, februarius.

De estos doce meses sólo los nombres de dos fueron cambiados. [16] En efecto, quintilis fue denominado julio, siendo cónsules Gayo César por quinta vez y Marco Antonio, en el segundo año juliano489. A su vez, el que había sido sextilis, por un decreto del Senado, siendo cónsules Gayo Marcio Censorino y Gayo Asinio Galo, en honor a Augusto se llamó agosto, en el vigésimo año de Augusto490, nombres que permanecen aún ahora, hasta esta época491. [17] Después, sin embargo, muchos emperadores [principes] han cambiado ciertos nombres de los meses denominándolos con sus propios nombres; cosa que o bien ellos mismos poco después cambiaron o bien tras su óbito los nombres prístinos fueron devueltos a sus meses.

[23] Queda decir unas cuantas cosas sobre el día, que, como el mes o el año, es en parte natural, en parte civil. [2] En el plano natural un día es el tiempo desde el orto del Sol hasta el ocaso del Sol, respecto al cual el tiempo contrario es la noche, desde el ocaso del Sol al orto. En el plano civil, en cambio, se llama día al tiempo que tiene lugar en una revolución del cielo, en la cual está contenido el verdadero día y la noche, como cuando decimos que alguien ha vivido sólo treinta días; se deja, en efecto, que se entiendan también las noches. [3] El día de este tipo es delimitado por los astrólogos y las comunidades [civitates] de cuatro maneras: los babilonios, en efecto, establecieron el día desde un orto del Sol hasta otro orto del mismo astro; por contra, en Umbría, por lo común, desde mediodía a mediodía; los atenienses, a su vez, de ocaso a ocaso del Sol. [4] Por lo demás, los romanos estimaron que el día es de media noche a media noche492. Indicio de ello son los cultos públicos e incluso los auspicios de los magistrados, de los que, si algo se lleva a cabo antes de la media noche, se adscribe al día que ha pasado; si algo, en cambio, se hace después de media noche y antes de la luz, se dice realizado en el día que sigue a esa noche. [5] Lo mismo significa el que desde una media noche hasta la próxima media noche los que nacen en dichas veinticuatro horas tienen el mismo día de nacimiento.

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