Kitabı oxu: «Andanzas por la nueva China»
ANDANZAS POR LA NUEVA CHINA

CÉSAR M. ARCONADA
César M. Arconada
ANDANZAS POR LA NUEVA CHINA
Selección y prólogo de
Gonzalo Santonja
COLECCIÓN OBRA FUNDAMENTAL
Responsable literario: Javier Expósito Lorenzo
Cuidado de la edición: Armero Ediciones
Diseño de la colección: Gonzalo Armero
Conversión a libro electrónico: CYAN, Proyectos Editoriales, S.A.
© Fundación Banco Santander, 2017
© Herederos de César Arconada
© Del prólogo, Gonzalo Santonja
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ISBN digital: 978-84-16950-96-6
A la memoria de María Cánovas,
esposa de Arconada, mujer del exilio,
perdida y hallada en su niebla.
Gonzalo Santonja
Astudillo, Moscú, Pekín (los caminos del exilio)
Si vas a emprender el viaje hacia Ítaca
pide que tu camino sea largo,
rico en experiencia, en conocimiento.
Constantino Cavafis, «Ítaca»
I
Poeta entre el clavel y la espada, para Rafael Alberti 1965 fue un año de claveles, marcado por premios como el de Grabado en la V Rassegna di Arti Figurative di Roma, que supuso el espaldarazo de su obra pictórica, y el premio Lenin, con varios libros traducidos al ruso.
Con ese motivo, el autor de Marinero en tierra y María Teresa León regresaron una vez más a Moscú (la visita inicial se produjo en 1932), donde enseguida se encontraron con María Cánovas, la mujer de su viejo amigo y camarada César Muñoz Arconada [1], relación establecida en Madrid a comienzos de los años treinta y especialmente afianzada en la aventura de Octubre, órgano de expresión de la Unión de Escritores y Artistas Revolucionarios (Madrid, 1933-1934), publicación periódica, editorial y guiñol teatral que los unió para siempre, con el hispanista Fedor Kelin y la revista Literatura Internacional / Literatura Soviética [2] como puentes tendidos sobre el pozo negro de la diáspora [3].
Y en aquella ocasión Alberti entregó a María Cánovas una cuartilla con la canción 11 de sus Baladas y canciones del Paraná [4], versos de despedida «recordando a César», con quien tantas conversaciones él y María Teresa tenían pendientes, entre otras, y no la menos cordial, sobre China, invitadas ambas parejas a la «nueva China de Mao Tse-tung» por su Asociación de Escritores, respectivamente en 1955 y 1957, experiencias concretadas en sendos libros de viaje, de fortuna muy desigual.
Así, mientras Sonríe China de María Teresa León, con poemas y dibujos de Rafael Alberti, fue de inmediato publicado por Jacobo Muchnik (Buenos Aires, 1958), el extenso reportaje de César M. Arconada, del que María Cánovas me confió una copia a máquina con correcciones manuscritas de su puño y letra, hasta ahora permanecía inédito, primero frustrada su publicación en Moscú al plantearse la ruptura entre las dos potencias comunistas y después descartada por Ebro, la editorial del PCE (París). Rechazada asimismo en Buenos Aires, todavía aguardaba su turno en el largo proceso, manifiestamente inconcluso, de recuperación de los autores del exilio, una tarea iniciada por José Esteban desde Ediciones Turner antes de la muerte de Franco, cuyo catálogo amparó la reedición de La turbina, la primera novela del autor (Madrid, Ulises, 1930), reimpresa en pugna con el aparato censor [5].
De la propia María Teresa León existe un amplio repertorio de inéditos, con más de cincuenta originales, de diversa extensión y en distinto momento de escritura, reseñados por Juan Carlos Estébanez Gil [6], así como de numerosos autores de los cuales apenas se han rescatado algunas obras, lo que sigue confiriendo actualidad a aquel lamento de Pedro Garfias: «España que perdimos, no nos pierdas», verso de «Entre España y México», escrito a bordo del Sinaia mientras el poeta veía por última vez la costa española [7]:
España que perdimos, no nos pierdas,
guárdanos en tu frente derrumbada,
conserva a tu costado el hueco vivo
de nuestra ausencia amarga
que un día volveremos, más veloces,
sobre la densa y poderosa espalda
de este mar, con los brazos ondeantes
y el latido del mar en la garganta.
Con ese deseo de volver afrontó María Cánovas sus años finales, «desesperada» y con la España oficial de espaldas, aunque ahora la historia se cuente como se quiera. Así me lo explicaba en 1980:
«Estoy desesperada, pues quiero repatriarme y son tantas las teclas que tocar que una no sabe por dónde empezar. Fíjate, cuarenta y pico de años esperando poder volver y cuando puedes se te plantean infinidad de problemas casi insolubles. El primero y principal es el económico» [8].
El exilio no fue una fiesta, y la democracia tampoco regaló nada a los transterrados del común. Más allá de las personalidades señeras, cada cual tuvo que arreglarse como pudo. A María Cánovas, que consiguió regresar en 1984, llegaron a pedirle «un depósito en el banco de 800.000 pesetas que no tengo, para que se le conceda [a su hijo] la nacionalidad española, cuando él es hijo y tataranieto de españoles...» [9]. Las cosas fueron así.
II
Si todo el mundo se ocupase de sus asuntos,
bramó la Duquesa, el mundo marcharía más deprisa.
Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas
César Arconada, que nació y creció en Tierra de Campos, era comunista y militante del PCE. Se exilió en la URSS y escribió Andanzas por la nueva China en la segunda mitad de los años cincuenta, en el fragor de la Guerra Fría, con el bloque soviético férreamente incomunicado. El autor de Urbe, poema vanguardista, y Reparto de tierras, novela social realista, escribió su crónica a partir de esa doble condición: con la nostalgia de «mi meseta castellana de pastores», con las raíces descuajadas y las entrañas removidas [10], y «meditando desde la Plaza Roja», identificado con las directrices del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), escritor en viaje de trabajo por China porque así lo dispuso «el capitán de mi bandera» [11]. Y lejos de ocultarlo, paladinamente lo declara en las primeras páginas del libro, en las que también se acoge al magisterio de dos nombres señeros de nuestra literatura: don Alonso Quijada y Unamuno, definiéndose más por las discrepancias que por las coincidencias.
Don Quijote «tenía la intrepidez de lanzarse sin miedo a toda aventura. No analizaba, no paraba mientes» [12]. Él, sin embargo, analizaba y paraba mientes, y además lo hacía, como acabo de señalar, desde la Plaza Roja y como exiliado comunista español. «He cursado la Universidad de la Plaza, y esto es mucho», concluía, satisfecho de su condición de autodidacta que, convicto de marxismo, se mostraba seguro de haber encontrado «una brújula de oro» [13] en la ortodoxia de un prosovietismo sin fisuras.
Unamuno se movía desde un sentimiento trágico de la vida. Por su parte, él se guiaba por un «sentimiento de responsabilidad, de seriedad», derivado de su adscripción marxista-leninista e identificado con el partido, que a la sazón le requería un reportaje sobre la nueva China del mismo modo que durante la Guerra Incivil le llamó a escribir una novela sobre la resistencia popular en el campo franquista (Río Tajo).
Ahora bien, Arconada era escritor y en cuanto tal respetaba su oficio, siempre en tensión frente al reto de la hoja en blanco. «Pasan los años —confesaba—, se acumulan experiencias, prácticas, y es lo mismo»: tensión e incertidumbre, dudas. Sobre todo al comienzo. Luego, «cuando la obra se empieza es cuando surge la fe y el entusiasmo».
Desde tales planteamientos encaró el autor la tarea. Nada tenía que ver su perspectiva, pongo por caso, con la de Un notario español en Rusia de Diego Hidalgo (Madrid, Cenit, 1929), político radical, diputado en Cortes (1931, 1933), cofundador de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética (1933) y ministro de Guerra durante la insurrección de Asturias, un curioso con intención de neutralidad; y muchísimo menos con la de Manuel Chaves Nogales en La vuelta a Europa en avión. Un pequeño burgués en la Rusia Roja (Madrid, Mundo Latino, 1929), periodista de adscripción liberal que, con errores y aciertos, cuajó una crónica deslumbrante, fustigada desde un extremo y desde el otro. Ni neutralidad ni liberalismo.
Con quien sí presenta Arconada numerosas afinidades y profundas coincidencias es con la María Teresa León de Sonríe China, afinidades y coincidencias no ya de orientación política, que eso iba de suyo, sino en clave de estrategia narrativa y también en cuanto a los medios del viaje. Hidalgo y Chaves se movieron por libre, en función de sus recursos o los de su periódico, mientras Arconada y los Alberti gozaron del apoyo oficial, lo cual se tradujo en facilidades materiales y en un nutrido séquito en el que no faltaron guías, secretarias, conductores, traductores ni médicos, pero también en menos capacidad de decisión de la que tal vez creyeran, llevados a fin de cuentas a los lugares que el partido consideraba idóneos, hablando con quien sus acompañantes decidían y, en última instancia, preguntando y recibiendo respuesta por boca ajena.
En esa situación, desde el principio surgieron discrepancias. Arconada deseaba ir a Yenán, punto final de la Larga Marcha y centro neurálgico de la China comunista desde 1935 a 1948; sus anfitriones albergaban otros planes. Arconada se movía a ciegas, opinaba desde la historia y se dejaba llevar por las intuiciones, pero quienes tutelaban sus pasos habían planificado aquella visita minuciosamente. Nunca se plantaban en una negativa categórica, jamás le llevaban la contraria de manera taxativa. Unas veces justificaban sus decisiones por imperativos de tiempo, otras por las distancias, la falta de comodidades o la dificultad del camino. El tira y afloja se desarrollaba invariablemente con amabilidad en las formas:
«—¡Yenán! —insisto yo.
A decir verdad, no sé en qué parte de China se encuentra Yenán. Pero tengo una idea fija: Yenán. Sé que la fuente del río está en ese lugar [...]. Se me figura que si no voy a Yenán no podré escribir sobre China. ¡Manías! Puede ser. Pero esa manía ha nacido y no puedo ahogarla: es la esperanza de mi pluma.
Chou Nan [con ella estamos tratando el plan de nuestros viajes] no está conforme con que vayamos a Yenán. Nos lo dice con esa suavidad de los chinos, que tiene algo de la suavidad de los lotos. Sonríe para hacer más agradable la negativa.
—Es un viaje difícil, no van a tener ustedes comodidades».
Finalmente irían a Yenán. En esa ocasión Arconada se salió con la suya; en general sucedió lo contrario. «Ermitaño de cerros», el escritor reclamaba espacios abiertos, pueblos perdidos, ríos y bosques; en cambio sus anfitriones le condujeron de cooperativa en cooperativa, de casa del pueblo en casa del pueblo, de trabajador ejemplar en trabajador ejemplar, de héroe en héroe. Puesto a escoger, habría preferido alguna paseata «con mochila a la espalda», pero acababa aceptando. Comunista convencido, alababa el maquinismo, la propiedad colectiva y la forja del hombre nuevo.
La industrialización se le representaba como la panacea, el emblema del progreso. La modernidad triunfante sobre los viejos modos de producción, la sociedad atrasada y las prácticas casi feudales eran asuntos de fondo por lo demás ya vertebradores de La turbina, novela publicada en vísperas de su ingreso en el PCE y de su afiliación a la UGT a través del Sindicato de Empleados de Correos, con el carnet extendido el 27 de mayo de 1931 [14]. Esa convicción venía de lejos, literariamente de los orígenes, porque también se registra en Urbe, su aportación poética a las vanguardias, aunque sin el alineamiento político partidista de estas Andanzas.
Y a veces está presente hasta el desbordamiento. Por ejemplo, en los diversos fragmentos en que, interiorizando los tópicos propagandísticos del sistema, aborda la cuestión espinosa de la reeducación de los capitalistas, proceso que ahora sabemos terrible, aunque resulte evidente que nuestra perspectiva no es ni muchísimo menos la de Arconada. En este sentido, el autor descubre las cartas marcadas de su ortodoxia en el capítulo dedicado a Shanghái, la legendaria ciudad «misteriosa y tenebrosa, el antiguo paraíso de la aventura y los pecados», supuestamente transformada en «una ciudad espiritualmente nueva, purificada por un nuevo humanismo» [15]. Y ese tono alcanza su cenit cuando sus anfitriones, corteses hasta la exquisitez, le sientan a dialogar con un capitalista reeducado, en una amable versión chinesca de las confesiones espontáneas de los procesos de Moscú:
«—En China se oye hablar mucho de la reeducación de los capitalistas. Qué pensar. ¿Usted es, por lo tanto, un ejemplo de esa reeducación?
—Sin duda alguna, aunque estoy muy lejos todavía de la licenciatura de la reeducación. Necesito aprender mucho, y espero aprenderlo con la ayuda del gobierno y del Partido» [16].
Plegado a la humillación, el capitalista desgrana una lección bien aprendida, apurando hasta el fondo el cáliz de las palinodias: «El Partido despliega una gran actividad en la educación de los capitalistas, pero a mi juicio va muy lento». Arconada anotó aquella proclama sin permitirse ningún atisbo de inquietud ante tamaña docilidad. De tal guisa se profesaba entonces la ortodoxia comunista en los países autodenominados del socialismo real, y un refugiado español no era quién para cuestionarla.
A cambio de plegarse de buen grado a los dictados de la verdad oficial, nuestro escritor disfrutó en su viaje de condiciones privilegiadas. Lo descubriría en cuanto el tren saliera de la estación de Pekín. Ya había percibido algo extraño al dejar el hotel, demasiada gente a su alrededor, y todos caminando en la misma dirección: «Li Tsin-suan, ¿pero no vamos solos con usted y el dramaturgo?» [17].
«Aprovechan nuestro viaje para ir a Yenán a sus asuntos».
La sospecha se confirmó enseguida. Claro que aquellas gentes iban «a sus asuntos», pero es que tales asuntos eran precisamente ellos, César Arconada y María Cánovas.
«Pasan las horas, y es claro que nuestro grupo, que al principio, como sucede en los borrosos amaneceres con las cosas, veíamos confuso, se va concretando en forma y en esencia. Nuestra diplomática Li Tsin-suan ya no puede andarse por las ramas. El grupo —diez en total— viene a nuestro servicio, para hacernos liviano y cómodo el viaje.»
Arconada no salía de su asombro («¡Pero si yo soy un pobre diablo, un pelagatos!»), y un tanto abrumado se autojustificaba con la suposición de que, «de haberlo sabido, hasta hubiera renunciado a mi viaje». Sin embargo, ya solo quedaba asentir. Cocinero, conductor y guías, incluso médico («la que yo creía esposa del dramaturgo»). «Hasta qué extremo llega la amabilidad de los chinos», concluye.
Pero no descontextualicemos el libro. Después de la guerra española y sus desastres, después de los campos franceses de internamiento, de las angustias del estalinismo, de la dureza de la vida en la Unión Soviética durante la invasión nazi y de las tensiones de la Guerra Fría, Arconada se dejaba cuidar, escuchando a cambio lo que se quería que escuchase y dando por bueno cuanto le decían tan obsequiosos anfitriones.
III
Viaje de los hombres a través
de su libertad. Se les veía ir de una casa
de tablas podridas, mal compuesta,
a una nuevecita pintada de blanco
con sus grabados y libros y flores.
María Teresa León (1935)
Arconada parte en Andanzas de un afán divulgativo, pone a la historia en diálogo de contrastes con el presente y tiñe de épica nacionalista la crónica de la revolución, engastando la cotidianeidad de la nueva China en el fondo inmemorial de las leyendas. En apariencia sencilla, la estructura de la obra responde a un planteamiento muy meditado, con la escritura al servicio del relato y el estilo plegado a la eficacia, dejando por aquí y por allá cabos sueltos, más adelante unidos en un habilidoso entramado recurrencial.
El componente divulgativo se despeña por «unos capítulos de historia de China resumidos en unas páginas», extractos de manual con redacción enfática y absolutamente previsible. «Empecemos por la aurora de la esperanza para los pueblos: 1917», comienza. Entonces «amaneció en Rusia, pero los resplandores llegaron a todas partes y más a los pueblos, como China, bárbaramente explotados por el imperialismo y el feudalismo» [18], presentación seguida por una cronología elemental («En 1921 se creó el Partido Comunista...», «En octubre de 1934 comenzó la epopéyica Gran Marcha», etc.) rematada por una especie de poema, naturalmente de Mao Tse-tung: «Miles de ríos se deslizan / y miles de montañas se alzan en el camino, / pero nuestro ejército no teme las dificultades: / necesita hacer una Gran Marcha».
Lo mejor del libro descansa sin duda en la mirada del autor, palentino de Tierra de Campos extasiado ante la inmensidad de una geografía gigantesca, con ansias de pastor y más aún de águila para recorrer valles y sobrevolar ríos. Arconada sentía la llamada de la tierra, «el color humano de la arcilla» y «el color alfarero de la sangre», sus tonos blanquecinos en las sequías, como el de los huesos consumidos por el sol. Se dejaba ganar por el grito oscuro de los bosques, hombre de llanura fascinado por la ebullición de los cerros, ora «recostados unos en otros», unidos «como dos amantes», ora guardando las distancias, «mirándose las caras frente a frente». Y soñaba con el enigma de las bocas negras de la tierra, las cuevas, hijas de la naturaleza y de los hombres, que componen la arquitectura de Yenán, «la ciudad que no se parece a ninguna de las que uno ha visto en la vida». Por ahí crece la obra, vivificada por el asombro, la mirada azul, la palabra justa y la descripción envolvente.
Por ahí crece la obra, repito, y también sigue creciendo en los momentos en que Arconada se aventura por el laberinto de las leyendas populares, otro rasgo derivado de su castellanidad, con la infancia marcada por la flor nueva de los romances viejos y los relatos legendarios. Las Andanzas por la nueva China adquieren un ritmo fluvial cuando se olvida de la doctrina, o sencillamente cuando sabe atenuarla, abriendo ventanas a los cuentos intemporales y al horizonte de la intrahistoria de una cultura muchas veces milenaria, viva en el corazón y en los labios de las gentes. Escritor de partido, en esos momentos se revela sobre todo escritor, con el afán proselitista ocultado.
Ocultado con habilidad literaria, pero nunca olvidado. Me explicaré: «La más bella montaña tiene su leyenda...», escribe al hilo de la visita a un pueblo remoto de Hunan. «Una incomodidad» indeseada a juicio del séquito que para él, siempre deseoso de «adentrarse en el campo», es sin embargo un placer. «¿Y cuál era la leyenda de la montaña?» Pues hacía mucho, muchísimo tiempo, «un emperador vino de caza a estos parajes» perdidos y, anda que te anda, venciendo espesuras, surcando valles, «se le ocurrió subir a lo alto», escalar hasta la cumbre más escarpada, «como si dijéramos a la puntiaguda mansión de las nubes», lo que, escalando, escalando, al final consiguió.
«Y cuando había coronado la cumbre» escuchó, sin saber de dónde procedía, «seguramente del cielo», una música deliciosa, una música callada diría Bergamín, que lo inundó de placer. Y luego apareció «un ave de singular belleza». Como flotando en aquella armonía, «parecía estar hecha con sedas y rasos de sueños», suma de prodigios con resultado de éxtasis. Al volver en sí, el emperador la nombró «la más bella montaña y mandó construir un monasterio en la misma cúspide».
Pues bien, «al pie mismo de esta montaña está el pueblo» que acogía la vivienda, «el santuario» familiar de Mao Tse-tung, el emperador de la nueva China, «hoy sede de una cooperativa» flanqueada por un grupo escolar, o sea los monasterios de aquel tiempo remozado [19].
La obra se desliza por tanto desde la historia al presente, pero a un presente refundador de la historia, en el que se incorporan en pie de igualdad las realizaciones y las creaciones míticas y se equiparan los dirigentes revolucionarios a las figuras protohistóricas, sagradas y mitológicas. A las fabulosas edades antiguas se superpone la fabulosa edad revolucionaria, tan destinada a durar y sobrevivirse como aquellas. Arconada había dado con la llave de la técnica proselitista. Sus Andanzas parecían tener el camino de la edición despejado.
El conflicto chino-soviético, sin embargo, lo cerró enseguida, primero en Moscú y años después en París, porque la obra, evidentemente prorrusa, carecía ya de hueco en el catálogo de Ebro, la editorial del PCE plegada a los designios del eurocomunismo. Más difícil aún era su publicación en España [20] bajo el nombre de César Muñoz Arconada, casi el único escritor republicano refugiado en la URSS, borrado de la historia oficial y apenas considerado en las del exilio, fundamentalmente escritas desde México, Cuba, Argentina y Chile, países que recibieron el mayor contingente de la intelectualidad transterrada.
Esa cadena de adversidades se quiebra ahora con esta extensa edición antológica, llevada a término por el empeño decidido de Javier Expósito, responsable literario de la Colección Obra Fundamental, cruz y raya de tantos silenciamientos. Así las cosas, y en expresión cervantina, Andanzas por la nueva China ha llegado por fin a la del alba.
G. S.
1 María Cánovas, que nació en Mahón y falleció en Barcelona (28 de octubre de 1987), fue una mujer moderna, deportista y de cultura que dominaba el ruso y ejerció durante veintitrés años como redactora de La Mujer Soviética. Se casó con Arconada en 1952, tras divorciarse de Marcelino Usatorre (con quien tuvo dos hijos), jefe de la 122 Brigada Mixta de la 27 División del ejército republicano, unidad formada por comunistas catalanes al comienzo de la guerra y cuya comandancia desempeñaba cuando cruzó la frontera (La Bajol, 8 de febrero de 1939), tras combatir en los frentes de Aragón, Segre y Ebro, siendo internado en el campo de Saint Cyprien.
2 Según Natalia Kharitónova, «desde los primeros momentos de su estancia en Moscú» Arconada colaboró en la revista Internatsionálnaia Literatura de la Unión de Escritores de la URSS, cuya edición española apareció en 1942, ocupando en su redacción los cargos de redactor responsable y, desde 1943, redactor jefe. Suspendida la publicación en 1945, reapareció al año siguiente, convertida en Literatura Soviética, cambio que no se limitó al nombre porque, «sustituyendo a una edición española independiente, la revista se transformó en una de las publicaciones de la editorial, única para todas las versiones en las lenguas extranjeras...» (César M. Arconada, Cuentos de Madrid, Sevilla, Renacimiento, 2007 [«Biblioteca del Exilio», 33], prólogo, págs. 29-31).
3 Los Alberti siempre compartieron sus visitas del exilio a la URSS con Arconada, y este participó en los homenajes que les tributaron en Moscú, de algunos de los cuales llegaron ecos a España, por ejemplo del convocado a finales de diciembre de 1962, reflejado por ABC: «En la casa de los escritores de Moscú se ha celebrado un acto de homenaje al poeta comunista español Rafael Alberti. El acto fue presidido por el escritor Ilya Ehremburg [...]. También hablaron el escritor español asimismo comunista César Arconada y el poeta soviético Mijail Suslof», añadiendo que «la prensa rusa ha concedido gran importancia a este homenaje y ha publicado amplias informaciones sobre la figura de Alberti [...], más como comunista que como poeta y escritor». En cuanto a Mijail Suslof, se trata de Mijaíl Súslov (1902-1982), ideólogo del PCUS y responsable directo de las relaciones con el PCE, dirigente con Stalin, Nikita Jrushchov y Brézhnev (ABC, Madrid, 29 de diciembre de 1962).
4 Buenos Aires, Losada, 1954.
5 De hecho, la censura se llevó por delante dos folios de mi introducción (Madrid, Turner, 1975, colección «La Novela Social Española»).
6 María Teresa León. Escritura, compromiso y memoria, Burgos, Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, 2003, págs. 460-463. El repertorio de inéditos incluye creaciones radiales, obras de teatro, apuntes y hasta un reportaje literario sobre Rumanía con más de ciento cincuenta folios, repartidos en veinte capítulos.
7 Pedro Garfias, cordobés que nació en Salamanca (1901) y falleció en México (Monterrey, 1967), ha sido uno de los autores mejor recuperados, aunque su obra no haya alcanzado la difusión merecida, salvo el poema «Asturias», cantado por Víctor Manuel y convertido en una especie de segundo himno regional. La recuperación de Garfias en España ha sido fruto del trabajo de José María Barrera, que en 1993 publicó su Obra poética completa (Écija, Gráfica Sol), y de Francisco Moreno Gómez, editor (Poesía completa, Córdoba, Ayuntamiento de Córdoba, 1989, y Poesías completas, Madrid, Alpuerto, 1997) y biógrafo definitivo del poeta (Pedro Garfias, poeta de la vanguardia, de la guerra y del exilio, Córdoba, Diputación de Córdoba, 1996). El Colectivo Cultural Pedro Garfias de Guadalajara (Jalisco, México), presidido por el doctor Raúl Vargas López, publicó en 2014 una antología excelente de su obra poética, Poblando soledades, dirigida por Vargas y al cuidado de Erika Natalia Juárez Miranda y José Manuel Razo León.
8 Carta fechada en Moscú el 7 de julio de 1980, un folio por ambas caras, a máquina, con añadidos y posdata a mano. Para instalarse en España, María Cánovas necesitaba que se le reconociera la pensión de viuda de oficial de correos, porque su jubilación soviética se reducía a diez mil pesetas y no quería ser una carga para «los míos, muy buenos y muy humanos, como casi todo el pueblo llano».
9 Inmaculada de la Fuente, «María Cánovas», El País, Madrid, 29 de enero de 1985.
10 Andanzas por la nueva China, pág. 1 (cito del manuscrito original en los casos de extractos no incluidos en el presente volumen).
11 Ibid., pág. 7.
12 Ibid., pág. 8
13 Ibid., pág. 10
14 Fondo documental del Ayuntamiento de Astudillo (Palencia), donado por Carmen Usatorre Cánovas, hijastra de Arconada.
15 Andanzas por la nueva China, pág. 299.
16 Ibid., pág. 295.
17 «En Sian convivimos con un magnífico camarada, el dramaturgo Ban In-sian, que nos acompañó a todas partes.»
18 Ibid., págs. 16-21.
19 Andanzas por la nueva China, «Pueblo: Shaoshan; distrito: Siangtan; provincia: Hunan», págs. 455-469.
20 Felipe Muñoz Arconada, que desconocía el título de la obra («un libro sobre la República Popular China, escrito después de su estancia en ella»), me hizo saber que tampoco halló aceptación en Buenos Aires: «Sé que envió copia a una editorial de Buenos Aires, que no consideró oportuna su edición» (Budapest, 10 de febrero de 1975, Archivo GS).
Esta edición
La reforma de la escritura china, o sea el tránsito del chino tradicional, todavía mantenido por varias comunidades, al chino simplificado, promovido por la República Popular, se concretó en 1955 en el Congreso Chino para la Reforma de la Escritura. Allí se nombró un comité que al año siguiente estableció una primera relación de caracteres reformados, corregida en 1964 y 1977, un proceso todavía considerado inconcluso.
Arconada, cuyas andanzas por China se desarrollaron durante los momentos iniciales de dicha reforma, que le interesó en profundidad (véase «Los jeroglíficos y su destino»), se guio por el oído y seguramente también se dejaría aconsejar por sus acompañantes a la hora de transcribir los nombres de ciudades, parajes y personas, de modo que escribió, por ejemplo, Tun Chuen donde habría correspondido normativamente Tongchuan, Chansá por Changsha, Chiniu por Chinu o Si Tsan An en vez de Chang-an.
Esta edición respeta la literalidad del texto, revisado y preparado para la imprenta por María Cánovas, esposa y compañera del autor en aquel viaje, pero hemos procurado normalizar las grafías de los nombres propios que aparecen a lo largo del texto en todos los casos que hemos podido documentar, a partir del sistema tradicional de transcripción usado en Occidente desde el siglo xix o el sistema Wade-Gales, en ocasiones, en lugar del pinyin, que adecúa la fonética al hablante extranjero y es más habitual en la actualidad. Cuando no ha sido posible, por tratarse de lugares ilocalizables, intelectuales locales y personajes populares perdidos en el anonimato, hemos conservado las transcripciones del autor. También hemos corregido erratas y errores de puntuación mecanográficos evidentes, adaptando la acentuación a las normas de la RAE.
G. S.
ANDANZAS POR LA NUEVA CHINA
YENÁN, LA CIUDAD QUE NO SE PARECE A NINGUNA
En alguna fuente nace el río
Hay fuentes que no hacen río, pero no hay río que no tenga madre fuente. Me figuro la nueva vida de China como un río inmenso de limo fecundo y de aguas caudalosas. Y entonces me pregunto: ¿dónde están sus fuentes? Porque quiero ir a buscarlas, a contemplar desde ellas el curso serpenteante, a ver desde lo alto y desde lo niño el proceso de formación: los afluentes que lo acaudalan, los obstáculos que lo cercan, las llanuras que lo ensanchan, los cascajales que lo purifican.
Chou Nan es una mujer fuerte, alta. Entre las menudas chinas parece madre de ellas, aunque Li Tsin-suan, nuestra traductora, tenga dos hijos pareciendo una cría en edad de ir a la escuela. Chou Nan tiene una cara ancha, inteligente, con ojos saltones y vivos que hacen indispensables las gafas. Hay en esta cara algo de intelectualidad nativa: podría tomársela por profesora, hija de profesores.
Con ella estamos tratando el plan de nuestros viajes.
—¡Yenán! —insisto yo.
A decir verdad, no sé en qué parte de China se encuentra Yenán. Pero tengo una idea fija: Yenán. Sé que la fuente del río está en ese lugar, y fuera de esta idea no veo nada. Se me figura que si no voy a Yenán no podré escribir sobre China. ¡Manías! Puede ser. Pero esa manía ha nacido y no puedo ahogarla: es la esperanza de mi pluma.
Chou Nan no está conforme con que vayamos a Yenán. Nos lo dice con esa suavidad de los chinos, que tiene algo de la suavidad de los lotos. Sonríe para hacer más agradable la negativa.
—Es un viaje difícil, no van a tener ustedes comodidades —y mira a mi mujer buscando apoyo en la tradicional debilidad de las mujeres.
Hablarme a mí, ermitaño de cerros, de incomodidades es tiempo perdido. Soy capaz de irme andando, con mochila a la espalda, como un santo peregrino. Así fueron muchos en otro tiempo. Y ella misma nos dice no solo con orgullo —existe en China el legítimo orgullo de haber estado en Yenán—, sino para convencernos de la realidad de las dificultades:
—Yo también estuve en Yenán…
—Tanto mejor para saber que hay gentes a quienes las dificultades no intimidan.
Aquella tarde no quedó decidido nada. Empezó mi incertidumbre. Cuando a los enamorados les sucede tal cosa, se acrece más su amor por la amada. Mi amada era Yenán.
Ese día, en casa sobre la mesa, mi compañera y yo desdoblamos un mapa y nos pusimos a buscar Yenán con esa actitud de acertijo que tiene el buscar en los mapas de nombre dado.
Por fin dimos con él, pequeñito, emboscado su nombre en la confusión de colores, letras, signos. Dimos con él: estaba no muy distante de la Gran Muralla y del río Amarillo.
Tomamos una tira de papel y medimos en el mapa y en la escala la distancia desde el punto ferroviario más próximo. Total, nada: en el mapa, el salto de una pulguita, y aun menos. En la escala, trescientos kilómetros. ¿Pero a quién asustan hoy trescientos kilómetros? No estamos en los tiempos de Maricastaña.
Y en fin, resolvimos: ¡a Yenán como sea!
Vimos otro día a Chou Nan, concretamos sobre otros puntos de nuestro viaje, y ella, tan suave y sutil como otras veces, volvió a insistir en las dificultades. Al fin, por muy de cerros que sea uno, también tiene su pizca de diplomacia, y con el dolor del corazón, herido hasta casi sangrar, tuve que decir:
—Es claro, si no puede ser... ¡Lo siento, pero lo que no puede ser no puede ser!
Parecía como si hubiera en Yenán secretos de Estado, y que yo renunciaba a mis ilusiones para no olfatear lo que maldito si me importaba.
—En fin, ya veremos —nos dijo la camarada Chou Nan no cerrando del todo las puertas, y me figuré que ese era el lenguaje de la famosa cortesía china. Yo, por ejemplo, hubiera dado un portazo…
Y días después, en otra entrevista, se resolvió la cuestión.
—¡Van ustedes a Yenán! —nos dijo sonriente sabiendo lo que nos complacía la resolución.
Y pensando en Yenán, cultivando como una flor amada la ilusión de Yenán, enternecedor las más de las veces he vivido casi dos meses. Íbamos de un sitio a otro, veíamos esto o aquello, todo muy interesante, muy valioso, enternecedor las más de las veces, pero ya siempre regando mi flor de amaranto, mi Yenán querido, esperando el día señalado para emprender el viaje.
Además, por si fuera pequeña mi ilusión, en todas partes donde iba me la acrecentaban. Hablando con algunos camaradas, nos preguntaban a veces:
—¿Dónde van ustedes desde aquí?
—Desde aquí vamos a tales y a tales sitios y después a Yenán.
Casi siempre la exclamación era la misma:
—¡Ah, Yenán! ¡Para nosotros es una ciudad sagrada! Yo también estuve allí...
Y yo sacaba la conclusión de que todas las personas importantes de la nueva China habían estado en Yenán.
Y además, unánimemente, todos la calificaban de lo mismo: ciudad sagrada. Esto me ponía tan ufano que sentía crecérseme el corazón en el pecho. ¿Cómo hubiera sido posible estar en la nueva China y no pisar la ciudad sagrada de la nueva China?, aunque hubiera tenido que ir pisando clavos como los antiguos santos en las peregrinaciones.
Por fin, a mediados de agosto, partimos en avión hacia Sian, capital de la provincia de Shensi, punto de partida para ir a Yenán.
En Sian convivimos con un magnífico camarada, el dramaturgo Ban In-sian, que nos acompañó a todas partes. Ban In-sian es bajo, más bien fuerte, peludo, cosa que no suelen ser los chinos, de cara ancha y enérgica, serio, formal. Tiene cuarenta y tres años, pero no aparenta más de treinta y cuatro. Conozco de antiguo sus facciones: he trabajado algunos años con un tártaro muy parecido a él.
Y otra vez en las conversaciones surge lo mismo: Yenán, ciudad sagrada. En ella vivió durante el período revolucionario, allí estrenó varias obras de teatro. Y de nuevo, con menos insistencia que en Pekín, comienza a insinuarme las dificultades, a decirme que incluso los jóvenes y fuertes regresan con molimiento de huesos. Me propone, en sustitución del viaje, organizar algunas entrevistas con personas conocedoras del Yenán de aquel tiempo.
—¡Por favor!
Si él hubiera sabido de mis inquietudes y mis ilusiones, del mimo con que yo había cuidado mi flor de amaranto, seguro que no me habría hecho proposiciones tan inaceptables.
Un día, de mañana, me dijo nuestro dramaturgo-mentor:
—Mañana salimos para Yenán. A las siete en punto. Iremos en tren cien kilómetros, hasta el final de la línea férrea, y allí nos esperará un auto que hoy ha salido de aquí.
¡Al fin a Yenán!
El tiempo había sido bueno, despejado, caluroso, pero en los últimos días comenzaron esas escalonadas tormentas de verano que se presentan cada día, la de hoy siempre un poco más tarde que la de ayer, como en una carrera de relevos. Y por la tarde llovió.
Al anochecer se presentó Ban In-sian en nuestra habitación con serio semblante:
—Malas noticias. Han telefoneado de allá arriba diciendo que ha llovido durante estos días y que no se puede pasar.
¡Por la Virgen de la Cueva, qué importa un chaparrón más o menos! ¿Qué es un chaparrón, y además en verano? Agua, que no balas de ametralladora.
Pero él insistía en que era imposible salir, en que había comenzado la época de las lluvias y había que renunciar al viaje.
¡Yenán! ¡Yenán! ¡Adiós a la ciudad sagrada, adiós a mi cuidada flor de amaranto! Se me caían las ilusiones encima como la techumbre de un templo. No podía conformarme, no podía creerlo. ¡Volver a Pekín, y tener que decir: volvemos sin ver Yenán, ¡por causa de unos malditos chaparrones! Y, en la amargura de la desilusión, me parecía imposible que pudiese escribir una sola línea sobre China.
—¡Usted es escritor, Ban In-sian, y puede imaginarse lo que esto significa para mí!
—Sí, lo comprendo muy bien, pero es imposible, imposible.
Había sonado la palabra fatal, irreparable, odiada: ¡imposible!
Aquella noche no pude dormir. Hacía tiempo que no me había sucedido nada semejante, aunque debo confesar que soy como un niño: que no me arranquen las ilusiones porque es motivo de berrinche.
A la mañana siguiente se presentó Ban In-sian con mejor talante: traía noticias de no se qué puntos —yo no comprendía nada de eso— diciendo que el tiempo había mejorado y que si hoy no llovía saldríamos mañana.
¡Otra vez la mustia flor que se endereza, regada no con agua, sino con azul de cielo despejado! Aquel día estuvimos viendo una antiquísima pagoda y yo prometí pedir a Buda que no lloviera. La celestial súplica se convirtió en broma de todo el viaje.
Poca amistad y conocimiento he tenido en la vida con Buda, pero sin duda, viendo que yo, aunque infiel, era huésped, accedió a mi ruego: no llovió.
Y al día siguiente, por la mañana temprano, emprendimos el viaje. [...]
La madre tierra
En el verano chino, tan ardoroso, la madrugada es el único instante de fresco alivio. Corre una breve brisa matinal que parece el velo de la noche rezagado en la humedad de los arrozales.
Al salir del hotel para ir a la estación advierto excesivo trajín de gente y pregunto a Li Tsin-suan, la traductora:
—Li Tsin-suan, ¿pero no vamos solo con usted y el dramaturgo?
La traductora que llevamos ahora habla español, y bastante bien. Es emocionante caminar por el interior de China con esta muchachita que habla tu propio idioma, aprendido sin profesores, en las horas libres de su oficina, con el estímulo que impulsa hoy aquí a millares de personas: ser más útil a su nuevo país, a su gran patria.
—Aprovechan nuestro viaje para ir a Yenán a sus asuntos —me dice. Tan pequeñita como una niña, tan joven, tan suave y candorosa a primera vista, y parece como si Li Tsin-suan hubiera estudiado altos cursos en una escuela diplomática.
Nos acomodamos todos en el tren: muchos y con muchos bultos. Viene en el grupo incluso una mujer, y yo pienso que es la esposa del dramaturgo, que tal vez tiene los padres en algún pueblo de la ruta y aprovecha la ocasión para hacerles una visita, y de paso, a la vuelta, traerse unos ricos lomos de cerdo.
Echo a un lado estas minucias. ¡Que sea lo que sea! Es tan agradable subirse a las siete de la mañana a un tren provincial camino de no sé dónde, por el interior de China, que todo lo demás se borra de mi presencia. ¡Y pensar que nos habían prevenido de la incomodidad de este tren con asientos de madera! ¡Pero si no hay mejor placer para mí que ir en este vagón abarrotado de campesinos que vuelven a sus aldeas, con bultos infinitos de compras que han hecho en la ciudad! Me ponen una chaqueta acolchonada para dar blandura al asiento, y la rechazo. Quiero que el tren provincial sea tren provincial, y no burro con arreos de caballo.
Al cabo de una hora, quizá menos, dejamos la línea provincial; la cola del tren se convierte en cabeza, y salimos hacia el norte. La mañana es luminosa como una alberca. Vamos por uno de esos valles planos que son la riqueza agrícola de China. En los horizontes, altas barreras de sierras de picos agudos como dentaduras de grandes dragones. Norias bajo copudos árboles, algodonales en flor, un canal que están construyendo, alguna vez la pagoda enhiesta, como un centinela remoto, un río ancho con puente provisional de madera, rezagos aún, como las troneras que hay en todos los sitios estratégicos, de la guerra de liberación.
En los pueblos se va bajando la gente con sus bultos. Este es un pueblo grande, a lo que parece, y los campesinos, con una disciplina que me asombra, para salir de la estación se ponen de dos en dos, y a su vez los que van a subir al tren también entran en fila, como si esperasen en la calle un autobús.
Pasan las horas, y es claro que nuestro grupo, que al principio, como sucede en los borrosos amaneceres con las cosas, veíamos confuso, se va concretando en forma y en esencia. Nuestra diplomática Li Tsin-suan ya no puede andarse por las ramas. El grupo —diez en total— viene a nuestro servicio, para hacernos liviano y cómodo el viaje. ¡Trágame, tierra! Me muero de vergüenza, quiero meterme debajo del asiento. De haberlo sabido, hasta hubiera renunciado a mi viaje y a mis caras ilusiones. ¡Pero si yo soy un pobre diablo, un pelagatos! ¡Si no he tenido nunca más séquito que el de las gallinas cuando iba al corral a darles de comer y me seguían!... ¡Hasta qué extremo llega la amabilidad de los chinos!
¿Qué funciones cumple cada uno? De momento, en el tren, solo se ha destacado Ni, la que yo creía esposa del dramaturgo. Resulta que esta mujer, de amable sonrisa, también baja, aunque más fuerte que la traductora, es ¡un médico que llevamos para que cuide de nuestra salud durante el viaje, y nuestra salud es excelente! Ha sacado de su botiquín —ahora veo la cruz roja— unas píldoras contra el mareo y nos las hace tomar. ¡Ya no hay otro remedio que entrar por el aro! ¡Que un médico: pues venga, a tomar alguna pócima aunque no la necesitemos!
Hemos dejado atrás el valle fértil y entramos en angosturas: inicios de montaña. Estamos como quien dice a la puerta de un paisaje inaudito de cerros. Al principio me asombra ver, como en Castilla, más aún, porque en tal medida no lo he visto nunca, la tierra terrera, la tierra más tierra de todas las tierras, algo como la madre tierra. Pero más adelante, franqueadas estas puertas, el paisaje es el más terrenal de los paisajes.
Es una tierra de adobe y tejar descarnados, molino inmenso de polvo cuando no llueve y cenagal de barro cuando caen cuatro gotas. Tierra seca de terraplenes, llena de millones de agujeros para lagartijas, para serpientes, para oropéndolas, para hormigas, para águilas y, por último, para el hombre: aquí la casa del hombre es la cueva hecha en los cerros terrosos.
A las dos de la tarde llegamos a Tongchuan, estación terminal del ferrocarril. Mucha gente por el polvo de los caminos y entre los tenderetes de las calles. Carros con carbón de alguna mina próxima o con pesada arena para los tejares. La China de la época de la muralla china. Dan pena los hombres que tiran de los carros como en la China medieval, pero qué se le va a hacer, son los últimos años de tal herencia maldita: pronto las fábricas harán automóviles y los hombres no irán en las bacas sino junto al volante. Dan ganas de ir a las fábricas a gritar: ¡obreros, adelante la industria y el plan quinquenal!
Comemos y descansamos en Tongchuan, en las oficinas del Partido, donde nos reciben los secretarios con su pulcro traje azul y la estilográfica en el bolsillo izquierdo de la guerrera. Es un recinto de modestas casitas. Hay habitaciones dispuestas para pernoctar, no sé si destinadas a viajeros especiales o a los secretarios cuando las reuniones se prolongan en la noche.
Al llegar a estos sitios, lo primero que te encuentras es, como en todas partes, con unos chinos de delicada y suave amabilidad, ya sean altos funcionarios, ya sean mozos que traen el té. Después de darte la bienvenida, te llevan a una habitación grande, con una amplia mesa en el centro, sin duda la mesa de reuniones, y alrededor pequeñas mesas y divanes. Lo primero que te entregan son unos zorros y un palanganero. Con los zorros ya sabes lo que tienes que hacer: sacudirte el polvo. Y con el palanganero…, lavarte. Sí, lavarte, ¿pero cómo? En el agua caliente de la hermosa palangana amarilla con un paisaje de vivos colores, mojas la toalla, restriegas el jabón en ella, y te la pasas por la cara o el cuerpo. No hay que secarse: después de lavarse esto proporciona frescura. Limpias y escurres la toalla y la dejas para que otro, después de cambiada el agua, haga lo mismo.
Mientras tanto ha habido una movilización de muchachos con grandísimos termos, también de colores: hay que tomar té verde con azúcar. (El termo sustituye en China al somovar ruso, y es en cada casa un objeto valioso.)
Comemos, no todos juntos, sino con prevista etiqueta: los demás, en otra habitación, comida china; nosotros, con la traductora, solos, comida europea. Ya sabemos las funciones de otros dos acompañantes: uno es el cocinero para preparar esta comida y el otro es un camarero para servírnosla. Traen provisiones para varios días, incluso botellas de agua gaseosa. ¿Han estudiado todo para hacernos más agradable el viaje?
A las cuatro de la tarde emprendemos el camino en los dos Willys, uno más pequeño, el nuestro, y otro mayor, donde van las provisiones y parte de la gente. Ahora me doy cuenta de la misión de cuatro personas más: dos son los chóferes, y otros dos, uno que viene con nosotros y otro que va con ellos, una especie de guardianes personales, como si dijéramos las autoridades. En el viaje de regreso también actúan.
Pasamos por las huertas del pueblo, entramos luego en una garganta, y al cabo de un rato comenzamos la primera excursión a la meseta. Unas horas después estamos en medio de un extraño mundo geológico, mar solitario de terrosas colinas, ásperas, descarnadas, de matorrales espinosos y de hierbas con olor a tomillo, paraíso de millares de faisanes y perdices.
No estamos en ningún sitio anónimo, sino en una famosa región, conocida en toda China, que se llama «meseta de arcilla». Comienza en los alrededores de Tongchuan, o antes, abarca todo el norte de la provincia de Shensi y llega hasta más arriba de Yenán, junto a la Gran Muralla, casi en los límites de Mongolia.
En el curso del tiempo, las aguas han hecho en estas tierras arcillosas y de margales hendiduras de profundos valles y precipicios. La carretera pasa a veces por estrechísimos ismos: uno piensa que el año próximo el precipicio de la derecha se va a unir con el de la izquierda. Tierra de aluvión por todas partes. Las raíces de los escasos árboles quedan al descubierto y se los ve morir sin tener donde asegurarse. Configuración caprichosa, complicada. Hasta Yenán bajamos a valles y subimos a mesetas once veces por inverosímiles curvas y desniveles al borde de temibles precipicios.
Ahora comprendo yo dos cosas: por qué insistían en las dificultades del viaje y por qué el Partido Comunista eligió esta región, de naturales defensas, como residencia de ejércitos e instituciones. La carretera no es mala en sí, pero en cuanto llueve queda interceptada por los barrizales y los ríos desbordados. Yenán y su región se abastece con camiones, que unas veces pueden llegar y otras se quedan por el camino, en interminables filas, en espera de que se abran los pasos, como en los puertos donde hay montañas nevadas.
Entre estos terrenos, por el límite oriental de la provincia, pasa el Huang He o río Amarillo, famoso entre los ríos del mundo por muchas particularidades: por ser amarillo, color de arcilla, color de tierra, color que toma principalmente de los aluviones de esta meseta; por tener un cauce variable a causa de la tierra que arrastra: treinta y cuatro kilogramos en un metro cúbico, por término medio; en período de fuertes lluvias, cuatrocientos, y excepcionalmente quinientos ochenta; y por sus trágicas inundaciones, tan antiguas como la existencia del propio río: el pueblo lo llama «río del dolor».
De antiguo es la idea de dominar a este potro rojillo, a este «río del dolor». Hay en cada país empresas-sueños que viven largos siglos en forma alada de sueños y que solo se convierten en realidad cuando el pueblo, libre de cadenas, puede realizarlas por sí mismo y para sí mismo. ¡Ya está en marcha, gracias al régimen popular de China, el grandioso proyecto de su transformación! Se harán embalses, centrales eléctricas, canales de irrigación, muros para contener los aluviones; se ahondará su cauce y, en fin, el «río del dolor» se convertirá en el «río de la alegría», porque sus aguas, en los mil ochocientos kilómetros de su curso, serán no ciega furia destructora, sino dócil fuerza sometida por el hombre para darle riqueza y felicidad.
Pasamos por muchos pueblos, pueblos de altura, de meseta, ásperos de vientos, donde todo es de tierra: tapias, paredes, tejados, murallas, capillas religiosas, pozos, todo de tierra, hasta el cuerpo de los chicos que corretean llenos de polvo.
Un mercado en un pueblecito, al repecho de una cuesta. Aquí está el rodeo: burros, mulas, carros, guarnicionería y tenderetes de refrigerio. ¡Ay, me gustaría bajarme, feriar un burrillo y marcharme con él a donde me diera la gana!
El chófer, que no por primera vez hace esta ruta, dice que pronto llegaremos a un pueblo grande. Cierto, pasado un rato descendemos a un valle estrecho, donde la vista descansa de los paredones y el polvo, en el río y en el verdor de los árboles.
Estamos en Guanlin, la tumba del emperador. ¿Qué emperador de qué dinastía? Nadie lo sabe. No ha quedado su nombre, pero después de muerto ha quedado su tumba para dar nombre a su pueblo: la tumba del emperador.
Hacemos un alto en una especie de fortaleza recostada en la montaña, con guardia de soldados. Es un antiguo templo budista, hoy casa del ayuntamiento. Nos recibe la autoridad del distrito, un hombre amable —no hay chino que no lo sea— con bigote negro y recortado, vestido de azul, como todos, con zapatillas negras, y otra vez lo mismo: los zorros, los palanganeros, los termos con el agua caliente y el té.
Pasamos aquí la noche. Yo me creo que estoy en un castillo, y que el hombre silencioso del bigote es el alcalde. La naturaleza tiene aquí algo de oasis. Por algo el emperador desconocido eligió para reposar el único bosque que existe en una ladera.
Por la mañana, muy temprano, cuando el sol no ha descendido aún al valle en su borriquillo, emprendemos otra vez la marcha, subiendo y bajando de valles a mesetas y de mesetas a valles, bordeando estas tremendas erosiones. A las doce del día descansamos en otro pueblo, Tsan Fan, que quiere decir: lugar de tomar té. Pero no tomamos té, comemos. Paramos en el local de una cooperativa, casa del terrateniente en otros tiempos. Tiempos lejanos, porque este pueblo fue liberado en 1935, es decir, trece o catorce años antes que el resto de China.
Presurosos, por el deseo de llegar cuanto antes, otra vez a los coches. De nuevo, horas y horas de marcha, pero ya sin subir ni bajar. Caminamos por un valle, también estrecho, árido, con paredones de tierra que forman desfiladeros. Pero se puede ir más deprisa porque no hay curvas y precipicios temerosos. Un valle, no diría yo ameno, como los clásicos, pero un valle con su correspondiente río Amarillo.
Se van haciendo más numerosas las cuevas, en los pueblos y fuera de los pueblos; habitadas o libres, en los montes, como sitios donde guarecerse, o como cubiles de lobos.
Son las tres de la tarde, y al fondo del valle, después de atravesar un puente de un río casi seco, aparece… ¡Yenán!
La ciudad de las cuevas
Para definir Yenán habría que decir: la ciudad que no se parece a ninguna de las que uno ha visto en la vida.
Es muy difícil explicarla o pintarla porque son cerros hechos ciudad, la naturaleza primitiva transformada en conglomerado humano, una ciudad de casas que no son casas, sino cuevas, una ciudad que tiene la arquitectura gigantesca de la tierra y los montes.
No basta decir: el valle se hace cañón de desfiladero y desemboca en otro valle transversal por donde salta, que no se recrea, otro río caprichoso, si hoy corderito manso, mañana, cuando caigan cuatro gotas, lobo feroz. En la confluencia de otros dos valles que se unen en forma de T está situada la ciudad, con la aguja de una pagoda antiquísima en el cerro de la confluencia, como un vigía en sitio estratégico, como el faro de las miles de águilas que hay en los montes.
No basta decir: y por el llano, junto al río, en la escasa distancia de montes a montes, pasan la carretera y la calle principal, y hay casas de ladrillos, y comercios, y hospitales, y librerías, y un teatro. Todo nuevo, reciente, porque los bombardeos del Kuomintang destruyeron la ciudad que podía destruirse: la que estaba hecha de casas.
No basta decir: y una muralla, vieja, ya en muchos sitios derruida, sube del río a las cumbres de los montes, abrazando, sinuosamente, la primitiva ciudad, la que está en los cerros frente a la pagoda.
No basta decir: todo esto no es suficiente, nadie podrá comprender así el aspecto de esta ciudad extraña y única. Para describirla hay que transformarse en pastor, en águila, acaso en rapaz cogenidos.
El primer elemento de la ciudad es la tierra, igual que en toda esta región. Tierra al descubierto, al desnudo, tierra tierra, como si dijéramos el cuerpo de la tierra, tierra viva, pues la he visto desmoronarse y caer con estrépito delante de una casa cueva; tierra que cuando llueve toma el color humano de la arcilla, el color alfarero de la sangre, y cuando el tiempo es seco, adquiere un color blanco, como el de los huesos o el del sol.
El segundo elemento lo componen los montes o cerros con sus configuraciones, cada uno con su especial relieve, recostados unos en otros con particular actitud, pues hay unos que parecen unirse con fuerza como dos amantes, y otros guardan las distancias, mirándose las caras frente a frente; otros se repliegan fuera de la línea como rezagados; otros, al contrario, parecen la madre venturosa en trance de fecundidad; aquel se ha empinado sobre los otros, este parece que se ha puesto en cuclillas, como suelen ponerse los chinos, y el de más allá dijérase que se esconde avergonzado de las caries que el tiempo le ha hecho.
El tercer elemento está formado por las cuevas en sí, hechas por el hombre donde le ha parecido, aprovechando el terreno, escarnándolo más. Son infinitas bocas negras, fauces de tierra que se abren unas encima de otras sin más orden ni más ley que los que dictan el propio relieve. El hombre se ha adaptado a la tierra, moldeándola. Forma una pared, cava una terracilla, deja unos poyos, abre trepadores caminos, hace un agujero para ventana, otro para que salga el humo. Tiene en cuenta el canal de las aguas y el abrigo del viento. Y a veces en el propio techo de su vivienda siembra maíz. Si compra un burro —solo el admirable burro trepa por los cerros— toma el azadón y le abre una cuadra; si compra un cerdo, le hace cochiquera, y si gallinas, les monta un gallinero de cuatro azadonazos.
Y no digo más de esta ciudad de cerros, de estos cerros vivos. Si os los imagináis, ¡gracias! Y si no, maldecid de mi torpón pincel.
Paran los coches a la entrada de la ciudad, a mano izquierda. Después del recibimiento, huelga decir que caluroso, trepamos, como es natural, hacia el cerro, aunque aquí por escaleras de cemento.
Es un amplio recinto, en diversos planos; los edificios están escalonados en la pendiente. En la última terraza tenemos por pared el cerro, que sigue hacia arriba. En algunas partes, casas cueva; en otras, casas semicueva, como también hay muchas, es decir, una pequeña entrada construida sobre el terraplén, y al fondo la cueva; en otras, pabellones edificados normalmente.
Esto se llama «Departamento de Protocolo». ¿Qué significa tal denominación?, diréis. Eso mismo me pregunté yo: por lo visto en el antiguo Yenán revolucionario era una especie de ministerio de Estado, con hostería para los huéspedes extranjeros. Aquí, en una terraza inmediata, tenía su residencia la Unión de Escritores, en cuatro cuevas de portaladas revestidas de cal. Más arriba aún, departamentos vacíos, viviendas de aquel tiempo de aglomeración.
Hoy ha quedado solo como residencia de huéspedes extranjeros, holgada residencia, como esos palacios antiguos que en la mudanza del tiempo han venido a ser viviendas de una persona. En la parte baja, a la entrada, en unos pabellones, está instalado el Museo de la Revolución; en una terraza superior, los edificios de los comedores y una biblioteca; y más alto aún, en la mitad del cerro, nuestras viviendas y un edificio grande que hace de sala de recepciones; encima de todo esto, casas ajenas con sus corralillos y, trepando más, la cumbre descarnada donde tienen sus nidos cueva las águilas.
Para quitar un poco de desnudez de la tierra, en nuestra terracilla crecen unas flores y unos girasoles. Tenemos enfrente un bajo tapial con un balcón corrido. Se asoma uno, y se ve el extraño panorama de la ciudad, sobre todo los cerros de enfrente, más agujereados que los nuestros. En el estrecho valle resuenan los ecos, como si los ruidos tuvieran alas. Rebuznan cientos de burros, cantan los gallos algareros de la madrugada, y durante todo el día, insistente, se oye una bucólica dulzaina no se sabe dónde.
Me estaría las horas muertas de codos en este vallado, viendo esta naturaleza hecha ciudad, estas hondonadas de la gigantesca meseta de arcilla, unidas por una carretera que se corta y las deja aisladas del mundo.
Sí, las horas muertas.
Pero a la vez no piensa uno solamente en la extraña naturaleza de la ciudad, en su pintoresca fisonomía. Piensa uno, sobre todo, en lo que esta escondida ciudad fue durante diez años en la nueva vida que surgió de estas cuevas, en el renacimiento de un río grande, grande, inmenso, que después fue extendiéndose por toda la inmensidad de China, reviviéndolo todo con sus aguas purificadas y fecundas.
La cueva de la cultura
Hoy, de mañana, volvemos al valle transversal, después de trasponer la puerta de la muralla. Y cruzamos el río por un puente cercano a la ciudad. Marchamos otra vez en dirección a la residencia del Partido y de los dirigentes, pero nos detenemos antes de llegar a ella, en las proximidades del pueblo.
Es otra residencia, peor que la del Huerto de los Nísperos, donde estuvieron en 1946-1947, es decir en la última etapa, la dirección del ejército y la residencia de Mao Tse-tung y los jefes del Partido.
Nos detenemos poco: las mismas casas cueva conocidas, un jardín, la modesta casa campesina donde vivía Mao Tse-tung, un cenador entre los árboles gigantescos y las lilas.
Por esta misma ribera del río, volviendo a la ciudad, subimos a uno de los cerros. Desde el primer día se había detenido la vista en un punto de él, como algo extraño y singular. En el conjunto de las cuevas, apareció una que es como si dijéramos la catedral de las cuevas. Aquí donde todo es tierra frágil y resbaladiza presta a desmoronarse y marchar, hecha barro rojo, al agua de los ríos, esta cueva bajo un caucho enorme tiene, muy bien dicho, algo de prehistórica mole de catedral.
Y cerca de santidades anda, porque la cueva es un antiquísimo santuario, quién sabe, tal vez de los primeros tiempos del budismo. Estamos en el interior del peñasco, y vemos toda la cueva —que es grande y tiene en el centro como una columna también de piedra— esculpida en budas simétricos de poco más de una pulgada. Unos tras otros, una fila encima de otra fila. No existe pared; la pared la construyen los budas esculpidos en la gigantesca piedra. Dicen que hay diez mil; contarlos es imposible. Santuarios con muchos budas son corrientes en China, y cuando la cantidad de budas es incontable, siempre dicen que hay diez mil.
Este viejo santuario, venido a menos como muchas glorias pasadas que el tiempo trastoca, fue la imprenta de Yenán, y sigue siendo imprenta hoy, en la que se tira el periódico de la localidad. En este recinto de múltiples budas, pliegan papeles unos muchachos. En otra cueva inmediata, donde en el centro hay un inmenso buda esculpido en un bloque, están las grandes y numerosas cajas de jeroglíficos chinos [21], y en otra cueva más allá, dos máquinas de imprimir.
Atrás, borrosa, queda la historia de estas cuevas santuario. En lo que pienso ahora con emoción es en las cuevas imprenta. He aquí esta máquina vieja, viejísima, que debe de renquear, que debe de chirriar de dolor de huesos y de vejez. Dejadme que me incline ante ella y la salude. Hay que nombrarla héroe y colocarla en un museo, lo más pronto posible. Yo me la figuro, afanosa, incansable, bajo una luz mortecina, dale que dale, en este cerro de Yenán, tras-tras, tras-tras, pliego va, pliego viene, imprimiendo jeroglíficos en toscos papeles —que luego serían libros, periódicos, revistas—. Y gracias a ti, máquina héroe, las grandes ideas que iban a tomar forma en China se difundían ante los hombres, haciendo, como la tierra madre de un grano ciento, y como el fuego de una chispa mil.
¡Yo te saludo, vieja máquina impresora y obrera; los millones de hombres a quienes has refrescado la mente con el rocío de amanecer de las nuevas idea te deben el homenaje del museo!
21 Se refiere a los ideogramas. (N. del E.)
Bailes y canciones
Sigue amusgado el tiempo, el cielo con fosca careta de nubes. Llueve por las noches, y esta música sobre las ventanas y los tejados, que en ocasiones es tan agradable de escuchar antes de dormir, ahora nos alarma: se nos figura que va a inundar toda la meseta.
Ya hemos identificado al décimo camarada de los que vienen con nosotros para hacernos la vida cómoda y agradable. Es el encargado de organizar las distracciones. Es increíble hasta qué extremos llega la minuciosidad de los chinos.
Y si hay funcionario, tiene que surgir la función. Cada noche, en la sala central del Departamento de Protocolo tenemos alguna distracción variada: unas veces baile, otras cine, otras música. Hoy actúa el conjunto de bailes y canciones de Yenán. ¡Bienvenido el arte!
En China, como en la Unión Soviética, están muy extendidos estos conjuntos, y su larga línea va desde los conjuntos nacionales, famosos en todo el país y en el extranjero, hasta el modesto conjunto de aficionados de una fábrica o de los campesinos de una aldea.
El de aquí es profesional, organizado en la época revolucionaria, y se compone de sesenta personas. Lo dirige Chan Min-lian, un hombre alto, de unos cuarenta y cinco años, de perfil agudo y pelo rizado.
Tiene este conjunto, a mi modo de ver, una característica encantadora: su aroma campesino. No sé por qué, me parece que huele a ese tomillo alto que crece bravío en los cerros.
Y he aquí, salen los muchachos y las muchachas, vestidos de campesinos, a bailar una danza. Lo primero que se destaca es el color. En toda China existe la poesía de los vivos colores, pero más que en ninguna parte aquí en el norte. Hasta las muchachas, por amor a los colores fuertes, llevan en el pelo lazos de cintas rabiosamente verdes, rosa o azules que en la negrura de los cabellos son como mariposas. Lo segundo que uno advierte es la gracia mímica de los bailes. Esta mímica, que en la ópera llega al más culto grado, es como si dijéramos el vuelo del baile, el viento de la danza. Y tercero, la expresividad de la música, que habla, que canta, que expresa todos los sentimientos como si ella misma, independientemente, fuese un ser humano.
Después cantan una canción al héroe de Yenán, Liu Chi-tan [...]: «Es enero, frío en el campo. El año nuevo entra, y allá en el norte, el valiente Liu Chi-tan está decidido a ser comunista…».
Con esa voz aguda de garganta, característica del canto chino, esta canción parece el chillido de un pájaro que vuela libre por los montes.
Luego viene un baile de tambores, y aquí la estridencia de los colores de los trajes —verde, rosa, salmón, rojo— se une a la estridencia del ruido de los porches, hasta envolverlo a uno y embriagarlo con el opio del estruendo, como el de la pirotecnia de los árabes. Y con los ruidos de platillos y tambores le pasa a uno como con los colores estridentes: es necesario verlos utilizados por los chinos para sentir su belleza.
Y el número final es una corta ópera. Y como de las óperas he de hablar cuando llegue la ocasión más directa, solo digo a qué hace alusión: durante el bloque de Yenán se precisaban hoces para recoger la cosecha. El herrero debe hacer la forja de doce en una noche. Pide ayuda a la mujer, pero ella se hace la remolona: ni quiere trabajar ni comprende por qué molestarse. He aquí la idea política de la obra: la incorporación de la mujer al trabajo y a la ayuda a la revolución. La mujer del herrero termina haciendo por él las hoces que los campesinos necesitan.
Una ojeada al museo
Este museo de Yenán tiene, precisamente, el interés del mismo Yenán. Es una partícula del futuro gran museo chino de la Revolución.
Hay aquí de todo, como en cada museo. ¿No os ha pasado alguna vez, en el volar, más que correr, de los tiempos, que os habéis tropezado con un muchachote que visteis en la cuna cuando era pequeño: niño débil, indefenso, que os obligaba a meditar sobre su incierto destino?
Esta comparación entre la cuna de ayer y el mozarrón de hoy surge en Yenán —cuna de la nueva China— a cada momento. Salen del arca los vestiditos infantiles de este hombrón gigante, y es curioso verlos.
Y así también en el museo. Te produce asombro que de aquello proceda esto, que lo pequeño se haya transformado en grande. Y claro, no hay por qué asombrarse: es la ley de la vida y del desarrollo. Pero el corazón también tiene su ley: emocionarse a pesar de las leyes eternas de la naturaleza.
Y emoción es cada piedra de Yenán, y emoción es cada objeto de este museo. Decidme: ¿cómo no emocionarse ante este viejo uniforme del Ejército Rojo, hecho de lienzo burdo y metido luego en anilina azul para teñirlo? ¿Cómo no pararse a contemplar estas falsas pistolas hechas de madera y metidas en fundas de verdad para infundir respeto al enemigo? ¿Y este modelo de ametralladora con el que se hacía ver al enemigo que se tenían sin tenerlas: una lata de petróleo con una sarta de petardos que se encendían dentro? ¿Y estas picas de palo y estas hoces, y estos cañones hechos de troncos de madera?
Las paredes y las vitrinas están llenas de documentos valiosísimos, de los cuales le cuesta a uno arrancar la vista para pasarla a otra parte. Fotografías de héroes, documentos del Partido. Los billetes que circulaban en la región fronteriza, certificados de la propiedad que se daba a los campesinos después del reparto de las tierras, documentos de la Gran Marcha, llamamiento a los soldados y avales de comida…
Y en otra salita, el pensamiento revolucionario en acción, multiplicado por aquella venerable máquina de imprimir que saludamos el otro día en la cueva de los budas. Aquí están las revistas y los periódicos de aquel tiempo, impresos en tosco papel hecho en la misma ciudad. Aquí están los libros de Mao Tse-tung escritos y publicados en Yenán. Aquí, toda la propaganda: libros y folletos sobre la producción, sobre técnica militar, de cultura y educación, de literatura y arte…
Pliegos de aleluyas para impulsar el trabajo de los campesinos, primitivos aperos de labor, un calendario, una chaqueta convertida en harapos, un traje de fiesta de los campesinos en la época feudal de los terratenientes; y no figura el traje de diario porque era la propia piel del bracero…
Palabras de Mao Tse-tung dedicadas al héroe de Yenán, Liu Chi-tan: «Héroe nacional y dirigente de masas». De Chu En-lai: «Durante los cinco mil años de historia ha habido muchos héroes, pero él era un verdadero héroe del pueblo». Y de Chu Te: «Ejemplo del Ejército Rojo».
Como siempre, al salir, se escriben en el libro unas palabras, unas opiniones que expresan tus sentimientos. No sé lo que puse. Algo que suena redondo, que cumple un deber y que ahí queda olvidado para siempre, como una cortesía volandera.
Mas lo que yo hubiera querido poner después de la visita al Museo Revolucionario de Yenán son otras pocas palabras: ¡Gloria al Partido Comunista chino!
La lluvia se ha puesto terca, como uno de los burros de aquí, buenos, pero cabezones. Y estamos «prisioneros» de ella, en Yenán. Ya deberíamos haber salido, que estamos holgando, después de finalizar nuestra labor.
El dramaturgo, jefe de nuestra expedición, como general de unas unidades detenidas en la marcha, se pone en contacto cada día con la naturaleza. Unas veces telefonea a no sé qué parte pidiendo noticias sobre su estado de ánimo, otras a no sé qué pueblo para recibir el parte del estado de los montes, otras habla con determinados trozos de la carretera. Y siempre hay algún enemigo que no quiere permitir dar la vuelta a los «prisioneros», o se interroga al chófer de cada camino que pasa pero ninguno viene más allá de unos kilómetros.
Llevamos aquí cinco días más de la cuenta. Corren rumores de que las provisiones de «comida europea» se acaban, y nuestra traductora, silenciosamente, se ha dado de baja de nuestro comedor y se ha ido al de los camaradas chinos. ¡Me importa un bledo que se acaben! ¡Mejor, así podré comer con los palillos las ricas porquerías que ellos guisan!
Y al fin, después del claro de una noche despejada nos lanzamos a la carretera, casi a la ventura, pues no hay ningún indicio de que las comunicaciones estén francas.
¡Mala está la indina (sic)! Barro espeso de alfarería hay cuanto se quiera. El chófer dice que si arriba, por las cuestas, está así, no podremos continuar. Pero sorteando escollos avanzamos adelante, y a medida que avanzamos más seco está. Vuelven las esperanzas de poder salir de la «prisión».
Pasan los kilómetros. Como hemos partido al amanecer, los tres viajeros de atrás, nuestro «ángel de la guarda», mi mujer y la traductora, cabecean, somnolientos; el chófer trabaja en el volante, y yo, lo que son las cosas, pienso en este viejo cacharro que nos lleva. Es un Willys, cucaracha trepidante, carricoche de caminos, sonajero de chatarra.
Dime, Willys, ¿cómo estás aquí, andando por lugares extranjeros, llevando hoy en tu lomo a un pobre diablo de pluma que, además, acaba de fijarse en ti y te va a sacar en los papeles? No, tú no has entrado aquí legalmente, con factura de aduanas. Tú has venido aquí a malas querencias, a quitar al pueblo chino lo que era suyo. Antes que tú hubo otros: ingleses, franceses, alemanes, japoneses. Y tú eres el último vástago de una familia de opresores. Pero la familia fue lanzada de aquí, y tú quedaste prisionero. ¡Ah, eres un prisionero de guerra! Acaso en el asiento donde voy yo fuese en otros tiempos un general americano, orgulloso de su cargo, de su nacionalidad y de sentirse dueño de la «pobre China», y lo que son las cosas, «la pobre China» te ha hecho prisionero. ¡Trabaja, trabaja, Willys, que de todos modos, por muchos años que te queden de vida, ni tú ni miles como tú podréis pagar lo que aquí habéis trabajado durante siglos!
A mediodía llegamos a un valle y enseguida vemos el panorama: no se puede pasar. Una de dos: o anoche el dramaturgo no se puso en comunicación con el río, o este, huraño, le engañó. Todo puede ser. El río Trchin baja bravo: el agua salta por el puente y se ensancha en la otra ribera. Las aguas traen entre el espeso barro rojo pequeños troncos y raíces que los campesinos del lugar sacan fuera.
Meditación al borde del agua. Nadie se atreve a pasar ni de aquí para allá ni de allá para acá, pero nuestro chófer, que se llama Yoan Kai y es ocurrente e intrépido, se decide, ante la expectación de todos, a hacer la prueba. Pasa él solo con el coche, rasgando la corriente. Y como le sale bien, vuelve a por nosotros y nos cruza. Detrás cruza también nuestro segundo coche. Somos los primeros en pasar desde hace cuatro o cinco días. Pero no habíamos contado con la nueva sorpresa. En la otra orilla, tras una revuelta de la carretera, había un inmenso tapón. Nadie pensaba que alguien pudiera pasar, y camiones, corzos y caballerías de cinco días de estancamiento se habían amontonado, impidiendo el paso.
Y aquí comenzaron a actuar los que hasta aquí no habían actuado: las dos autoridades gubernativas de nuestros coches. En un cuarto de hora a lo más pusieron orden en aquel desconcierto y se abrió un paso en la carretera.
Comimos en el pueblo ya conocido por «la tumba del emperador», y en la costanilla de la tarde llegamos, sin novedad, al término del ferrocarril, donde hicimos noche.
Al día siguiente se dividieron las opiniones de los expedicionarios: quién proponía dejar los coches y marchar en tren, quién seguir en los coches, en los cuales se llegaría antes, aunque también corrían rumores de otro río… La culpa de que nos decidiéramos a ir en coche la tuve yo, que, viejo y todo, siempre estoy dispuesto a correr aventuras, y más cuando en caso de apuros puedo decir: «Tío, sáqueme usted de este río».
Anduvimos y anduvimos por mundos de paredones de tierra, y por sí o por no, a veinte kilómetros del río paramos en un pueblo grande, San-Yveng, a indagar si el paso estaba libre. Este río no era broma: el coche tenía que pasar en balsa. Y bien: nos dijeron en la casa del Partido que el río traía tal corriente que hasta dentro de varios días no podría pasar nadie. Por si acaso, el secretario despachó a un mandadero para ver cómo tenía el pulso el río Jui. Volvió al cabo de un rato, y nos dijo que tenía ínfulas de océano y que era imposible cruzarlo. Habría que dejar los coches y tomar el tren, que pasaba al atardecer por el pueblo.
Y así hicimos. Pasamos varias horas en la casa del Partido, con secretarios jóvenes, simpáticos y deferentes. A la hora del tren —¡válgame Dios la popularidad de tener otra cara que los chinos!— salimos a la calle, a tomar los coches para ir a la estación, y nos encontramos con que todo el callejón estaba invadido de gente que hacía oleadas: primero los niños, después personas mayores, detrás viejos. Y todos nos miraban con tal ingenua curiosidad que uno, aunque azorado, quería sacar la cara nariguda para que se la viesen. Resulta que por este pueblo —felizmente— no había habido nunca extranjeros. Y ahora veían a dos chiquilicuatros inofensivos.
Entrada la noche llegamos por fin a la ciudad de Sian, capital de la provincia.
Si al correr del tiempo, en cualquier parte, algún curioso periodista me pregunta por las sensaciones más luminosas de la vida en mi madurez, yo le diré una corta palabra: Yenán.
PEKÍN, LA CIUDAD DE LA ARMONÍA
Divagaciones sobre el alma de la ciudad
Figuraos: vine en lomos de este dragón de hierro que llamamos tren, con la inquietud y curiosidad del que llega al término de un largo viaje y otros caminos le esperan, a la puerta de la estación, para llevárselo quién sabe adónde y quién sabe con qué compañías. El ferrocarril siempre tiene algo de pasillo que une dos habitaciones, de corredor de tránsito desde un lado al otro. Y resulta que el hombre es así: incluso a este corredor ambulante le toma cariño, lo hace suyo, y cuando lo abandona parece que ha abandonado su segunda casa para entrar en la tercera, completamente desconocida.
Y llegar a la ciudad de tu destino, donde vas a vivir. Se para el tren suavemente, echando las máquinas sus últimos resoplidos de vapor. Saludos, despedidas, nuevas gentes, trajín de equipajes, ruido de carretillas, y te olvidas de una cosa que hubieras querido hacer: despedirte de estos hierros serviciales y decirles: ¡gracias!
Como las estaciones de todo el mundo son parecidas, y se comprende, porque están hechas por una inmensa compañía anónima e internacional que se llama capitalismo, no te das cuenta, al descender de ellas, de dónde estás. Piensas que a lo mejor el dragón ferrado, como en un cuento, te ha jugado una broma, y después de dar vueltas y revueltas por otros paralelos sin fin te devuelve al punto de partida. Hasta el reloj en lo alto parece ser el mismo.
Y de pronto, salgo de la estación, me topo de frente con la plaza que le hace ronda de honor como en un ceremonial, y me restrego los ojos asombrado. ¡Ah, sí, ya veo, no estoy en cualquier parte, estoy precisamente en Pekín! Y me dan ganas de decir a la gente que ha venido a recibirme: olvidaos un momento de mí, por favor, dejadme que me siente en este banco, rodeado de la multitud que espera trenes, a contemplar la plaza y saludar también a esta bella amiga que viene a verme: la ciudad. Ella tiene un alma, y quiero vérsela.
Las plazas de las estaciones pueden definirse como antesalas del país. En ningún sitio mejor comenzaréis a conocer el país que en las plazas de las estaciones. En ellas se reúnen las gentes de todos los sitios, y si observáis cómo se reúnen, qué llevan, qué hacen, qué dicen, tendréis una idea bastante clara de muchas cosas. ¡Lástima que no pueda sentarme ahora en el banco de los hombres sencillos como un sencillo hombre más!
Es fugaz esta visión de la plaza porque entre saludos y parabienes te meten con prisas en un coche y te alejan de aquí como queriendo acelerarte el fin del viaje, que acaba en el reposo del hotel. Y sin embargo… me podéis creer: hoy, al cabo de algún tiempo, cuando Pekín me es casi familiar, vengo algunas veces a la plaza de la estación para refrescar aquella visión primera, desconcertante y asombrosa. ¡Algo vengo buscando! ¡Tal vez el alma de la ciudad!
Y es que la plaza de la estación central de Pekín está situada en un lugar especial, como para impresionar al viajero. La línea férrea entra en la ciudad bordeando la muralla de la ciudad tártara y acaba justamente en una de sus puertas, en la más importante, que comunica la ciudad tártara con la ciudad china.
De pronto se encuentra el viajero con una muralla gigantesca. ¡Cómo será este muro, que me asombra a mí que soy de España, país de murallas y castillos! He contado los pasos que tiene de ancha: treinta y seis. Encima de ella crecen árboles y hasta jardines, hacen los soldados la instrucción, se alzan torres viejas, inmensas, y podrían, si quisieran, hacer que circulasen automóviles.
En las ciudades amuralladas las puertas tienen todas su importancia y su carácter. Son el umbral del entra y sale de la gente, de los autos, de los carros, de las bicicletas, de las cosas, hasta incluso del viento, que también circula de acá para allá. Estas puertas que se abren en la plaza de la estación son las más importantes de la muralla. Forman parte del eje simétrico de esta ciudad de la simetría. Son las Puertas del Sur y el sol les da de frente.
Todas las ciudades tienen un alma, como ya se sabe de sobra, y no puede ser de otro modo porque representan el corazón de una comarca, de una provincia, de un país. Tienen un alma, sí, como todas las cosas de nuestra historia y de nuestra vida, como todo aquello que los hombres han trajinado y trabajado mucho y durante mucho tiempo.
¡Ea, buscadla, y veréis lo difícil que es dar con ella! También cada flor tiene su perfume. Tratad de definirlo, y veréis lo difícil que es. Como si quisierais aprisionar al viento se os escaparía, no podríais encerrarlo en palabras, clasificarlo.
Y lo mismo esa alma de las ciudades, que es vagabunda y compleja, sutil y frágil, escurridiza y transparente. Uno quisiera, como el príncipe feliz que encuentra el pájaro de fuego, hallar esa alma en alguna parte, hecha pájaro o flor, y aprehenderla gozoso del hallazgo. Pero, ¡ay!, lo mismo que la victoria a los paladines, que es fruto de gran batalla, así el secreto de las ciudades solo se obtiene —si se obtiene— después de grandes búsquedas y de afanosas observaciones.
¿Dónde está ese tu secreto, Pekín, dónde está tu alma de ciudad?
Y como es lógico, me va a venir a mis manos, milagrosamente, el pájaro de fuego al primer día, a las primeras miradas. ¡Busquémoslo a través de las calles, de la historia, de los hombres! ¡Busquémoslo a través del pasado, del presente, del ayer y del hoy, de lo viejo y lo nuevo, de lo que está en las puertas de los cementerios, para morir, y de lo que está apuntando, verde, con los surcos de la primavera, para vivir y crecer.
No sé por qué, el corazón me dice que al final del recorrido tendré que venir hasta las Puertas del Sur a tratar de aprehender la alada o inaprensible alma de la ciudad. Pero entonces tal vez venga ya como el paladín va a su última batalla: cargado de trofeos y de experiencias.
Pekín, la ciudad de la armonía
En el lenguaje hiperbólico de la vieja China, la Armonía era la diosa suprema. Armonía quiere decir reglas, concierto, orden, disposición, arquitectura.
Lo primero que asombra en Pekín es su armonía. Todo está hecho con la idea de la armonía, del orden perfecto. Todas las ciudades del mundo están formadas por superposición de épocas. Pekín parece que fue hecho de golpe, de una vez, en una noche y por un poderoso mago. Y gracias a eso pudo el mago arquitecto hacer su composición, tirar sus líneas y formar un conjunto bello percibido por la diosa Armonía. Si me dicen que la mano del diablo —de tantas leyendas— está señalando en una de estas torres, lo creeré. Porque parece una ciudad hecha por un brujo arquitecto en colaboración con el diablo.
Pekín está situado en la fértil llanura del mar. Esta llanura larga, extensa, verde, feraz de aguas y cultivos, es como el rostro sonriente de China. Tras ella está otra China áspera, dura, de montañas profundas que parecen no tener fin. Pekín está casi al lado de una de esas cordilleras, que hace amena su llanura y es barrera contra el soplo arenoso de los desiertos mongoles.
El mago arquitecto tomó esta llanura como un papel blanco y señaló un centro: ese centro, como es lógico en todo orden jerárquico, fue el palacio imperial, extendido de norte a sur en una serie de distintos pabellones. A este palacio hubo que rodearlo de muros, que palacios sin protección jamás se hicieron, y surgió así, en un cuadro central, lo que se llama la Ciudad Prohibida.
El emperador debió de examinar los muros y las altas torres que en las esquinas muy bellamente vigilaban, y no debió de sentirse satisfecho del todo. Quería más seguridad. Entonces el arquitecto pensaría en otro muro protector: en el muro de los fosos y el agua. Y así surgieron junto al palacio, fuera de su recinto, tres lagos: Pei-hai, lago del norte; Nan-hai, lago del sur; y Chon-hai, lago del centro, conocidos hoy como «los tres mares». Estos lagos eran como el espejo del palacio y además fuente de los canales: barrera de agua que bañaba los muros de la Ciudad Prohibida.
En tal estado de la inmensa fábrica arquitectónica, se pensó, no sin armonía, que no hay corte sin cortejo ni señor sin servidores. Tomó el mago la regla de las cuadraturas y trazó unas líneas abarcando los lagos y otros terrenos contiguos. Puso no ya muralla, sino una tapia roja —el rojo y el amarillo eran los colores que correspondían al emperador—, y se trazó así otro cuadro encerrando el cuadrado menor de la Ciudad Prohibida, la ciudad imperial donde vivían los servidores más servidores del emperador.
Mas no acaba aquí la cadena, como esas cajas que se meten unas en otras y que los maestros chinos suelen hacer. El arquitecto pensaría, y estaba en lo cierto, que no hay imperial dignidad sin dignidades, y entonces trazó un cuadrado mucho más amplio para que cupieran muchas, lo cercó con una gigantesca muralla y quedó formada lo que se llama la ciudad tártara, donde vivían, como he dicho, las altas dignidades de palacio.
Todo muro requiere, si no ventanas para ver, por lo menos puertas para entrar y salir. Siguiendo este pensamiento, se abrieron en la muralla, siguiendo las reglas de la armonía, puertas al norte, al sur, al este y al oeste para que pudieran ir y venir las dignidades en la dirección que les placiera o tuviesen menester.
Ahora bien, puertas sin vigilancia poca seguridad tienen, aunque los portones sean ferrados y claveteados. Y surgieron en las puertas, encima de la muralla, unas torres inmensas de cinco pisos, con cinco tejados, que daban belleza a la sequedad de la muralla y, sobre todo, eran vigías despiertos a todos los horizontes.
El emperador, curioso como todo humano, aunque hijo del cielo, quiso ver esta armonía de la tierra, y al lado de su palacio, como continuándolo al norte, se hizo construir una montaña con un mirador central y dos a cada lado, en distintos niveles, y encerró todo en una tapia roja. Esto se llama de diversas maneras: Montaña Pintoresca, Montaña del Carbón, o Montaña de los Diez Mil Años. Unos dicen que está formada con el carbón que los emperadores mongoles tenían en reserva para caso de cerco, otros que está hecha de la tierra que se sacó al formar los lagos, otros, en fin, dicen que era un centinela de la Ciudad Prohibida.
Cuanto más emperador se es, más pompa se tiene. Y entre esa pompa figura el ruido de músicas, cornetas, campanas y tambores. Siguiendo la línea del norte se alzó la torre del Tambor, y a continuación, más abajo, la torre de la Campana. Cuando el emperador salía de palacio para alguna solemnidad, redoblaba el inmenso tambor, con vozarrón de porche, y la campana era golpeada con un hierro —que no tenía badajo—. Estas llamadas eran para que la gente se encerrase en sus casas y cerrase ventanas y puertas, y no osase mirar, ni siquiera por una rendija, al hijo del cielo.
Hecha esta ciudad de ciudades, algo faltaba todavía. De emperador para abajo, toda persona de rango necesita vivir con el rango que le pertenece. Esto se traduce en que necesita palanquines, alfombras, trajes, zapatos, comidas, dulces, regalos, mesas, espejos, biombos, cuadros, relojes y mil y mil necesidades del cuerpo y de los sentidos. Aparte de que, si bien se mira, ¿quiénes son los que levantan las propias ciudades y los palacios? Los emperadores y dignatarios no son, con sus manos limpias.
Entonces se pensó: ¡ah, pues es cierto, todo esto lo hacen los chinos! Y despectivamente ordenaron: «¡Constrúyase una ciudad para los chinos!».
Y junto a un cuadrilátero surgió otro, un poco más ancho y más corto, con idénticas murallas e idénticas puertas y en él se metió a los chinos, necesarios pero despreciables, y el recinto se llamó ciudad china, algo así como ciudad de los pelagatos miserables.
En la ciudad china, acaso por estar al sur, se levantaron dos templos grandiosos: el Templo del Cielo y el Templo de la Agricultura. Cada año, en las fiestas de primavera, iba a ellos el emperador, por una vía imperial de graves losas, puertas y arcos triunfales que partían en Tiananmen hasta la ciudad china. Ese día los chinos, ni que decir tiene, no podían salir a la calle, ni aparecer ante el emperador con su aspecto natural de chinos.
Si a este grandioso conjunto le agregamos, dentro y fuera de las murallas, un sinfín de templos, palacios, pagodas, tumbas, arcos y demás menudos monumentos, tendremos una idea de lo que es el esquema arquitectónico de la muy famosa ciudad de Pekín.
La Montaña de los Diez Mil Años
No tiene diez mil años o acaso sí, quién sabe, mas tiene muchos sin duda. Los sabios, que lo saben todo, dicen que es un parque del siglo xiii.
Hasta ahora estuvo cerrado, porque antes era el mirador de los emperadores, después porque a nadie le importaba un comino abrirlo. Y solo ahora, restaurado como todo, se le ha dicho al pueblo, como en todas partes: ¡entra, son tus posesiones! Y el pueblo, curioso por naturaleza, ni corto ni perezoso lo ha invadido para ver la ciudad desde el centro, de un modo panorámico, y sentirse desde la altura jubiloso de la heredad recién heredada.
¡Qué bien decía el tío Vicente que iba al ruido de la gente! ¡Vamos, vamos con ella! Porque quiero ver su mirada abierta, quiero ver cómo sube erguida, pisando firme, quiero ver su alegre sonrisa, quiero ver el huerto inestimable de su libertad. Las viejecitas, esas viejecitas pulcras, atildadas, de cabellos peinados con una meticulosa escrupulosidad, suben apoyadas en los brazos de sus hijos. Me da gusto verlos: en ninguna parte como aquí se observa la veneración por los viejos, el cariño con que los hijos tratan a los padres y los nietos a los abuelos. Los llevan de la mano, poco a poco, siguiendo sus pasos de ancianidad, pendientes de su mirada.
¡Lo que pensarán estos viejecitos al subir hasta aquí! Muchos llevan todavía los pies mutilados, hechos pezuñas de cabra. Todos son víctimas del feroz feudalismo, que tenía un centro bajo la belleza de estos palacios. ¡Y ahora libres, subiendo apoyados en los hijos, pisando por donde pisaba el emperador, cosa que antes a ningún mortal le estaba permitida! ¡Ellos sí que verán la nueva vida como un camino de jardín!
Es bellísima la vista de Pekín desde este mirador imperial. Si subís de noche veréis el borboteo brillante de las luces perfilando el entorno de las calles y las murallas de las distintas ciudades. La luna pone un velo misterioso en la porcelana de los tejados, y el mármol de los canales, parece que hila seda blanca. Los lagos, de noche, tienen un verde profundo de lotos en primavera y se diría que podría caminarse por ellos como por la hierba de un parque. Da un poco de miedo esta ciudad de tantos mudos palacios. Parece que cada uno es la tumba de muchas vidas, y que todos en conjunto son un inmenso cementerio de grandezas pasadas.
De día, la visión de la ciudad tiene otro aspecto distinto. Los tejados de los palacios, de porcelana amarilla, brillan como si ardiesen, como una llama, como esos encendidos trigales en agosto. El sol cabrillea en las tejas y parece que saltan esos peces de colores, unidos en el mundo, que hay aquí en los estanques: abultados ojos y velos de hadas agitándose continuamente.
La ciudad es alegre y festiva de colores. Infunde respeto la solemnidad de las perspectivas, pero a la vez tiene algo de campesina con sus casas de un piso, los patios cerrados, las calles estrechas y la profusión de árboles que salen de todos los sitios, altos, frondosos, casi gigantes, haciendo que las casas estén, como en el campo, al lado de los árboles, y no como en las ciudades europeas, que los árboles están pequeñitos, al lado de las casas enormes. Y esos lagos, que de noche me parecían misteriosamente profundos, ahora de día me creo que son los estanques de una huerta cuyas aguas riegan bancales de fresca lechuga.
Y la luz de Pekín, ahora en verdad, es blanca, lechosa, me parece mediterránea. Y el paisaje en torno, tan llano, tan suave, tan feraz sin ser frondoso, con familias de árboles alrededor de las casas o de las norias, me recuerda a la huerta de Valencia.
Otra observación de altura: a diferencia de nuestras ciudades, no se destacan los templos. En China, el templo y el palacio tienen la misma arquitectura. El templo es un palacio más, cuando no una casita como en los pueblos. No es ostentoso, dominante, no amedrenta ni amenaza. Lo único que se destaca, allá al fondo, entre los tejados grises, es la cúpula del Templo del Cielo, que es un templo pagano donde no hay ni dioses ni santos, ni representaciones ni figuras.
Dentro de este mirador hay, sobre el pedestal, un buda grande. Solo él, mirando al sur y a los palacios, sin culto, sin esos velitos de sándalo que forman olorosa ceniza, sin la «jada», tela de seda, el regalo más valioso del Tíbet y que a veces tienen los budas en los brazos. Quien desea rezar entra en el recinto interior, se apoya en la barandilla y reza. Posiblemente entrará alguna vieja a rezar. Es casi seguro. Y alguna le agradecerá a él —que no tiene arte ni parte— la felicidad de la nueva vida.
Descendemos por una de las escalinatas. Y abajo, en el paseo, la gente rodea a un árbol, a su vez rodeado de una valla de piedra: dicen que es una valla de castigo porque en este árbol se ahorcó el último emperador de la dinastía Ming. No se colgó por gusto de columpiarse. Hubo una sublevación campesina, y las tropas de los sublevados se acercaban a Pekín, que luego tomaron. El emperador no quiso esperar los acontecimientos, que tal vez le hubieran sido favorables, y se ahorcó. Claro que los manchúes que iban a sustituir a su dinastía también avanzaban hacia Pekín. Su situación no era fácil. Pero, en tales casos, más emperadores han sido los que han huido que los que se han ahorcado.
Como el parque acababa de abrirse y el nombre de él no era muy familiar, la gente conocía el sitio como el «parque donde se suicidó el emperador».
La Ciudad Prohibida
La Ciudad Prohibida solo se puede ver de paso, con ojos de curiosidad. De otro modo sería como meterse en el fondo del mar y fijarte en cada planta rara por separado. La gente así hace: vaga un poco por el palacio, abrumada por tantas cosas.
La curiosidad de los chinos es inmensa. Quieren verlo todo, saberlo todo. Pero aún no están en ese período de enorgullecerse de todo cuanto de valioso han hecho los antepasados. Se enorgullecen de ser dueños, más que de ser ricos. No es que sea la cuestión de los museos grano de anís —el gobierno popular se preocupa de conservar, defender y estudiar la riqueza del pasado—, pero hay otros problemas más importantes. Aún no existen en los museos guías capaces: los que hay son preparados en unos meses; saben poco, y, por consiguiente, no ayudan al visitante a comprender justamente el pasado ni a valorar los objetos que tiene ante la vista.
Dentro de la Ciudad Prohibida hay no un museo, sino muchos. Aunque en ella todo es simétrico, como presidido por el Pabellón de la Suprema Armonía, la extensión y la profusión de edificios hace complicada la visita. Como no escribo una guía, sino mis impresiones, quiero llegar a una síntesis en las ideas.
Un palacio chino —este palacio imperial como supremo palacio— no responde a la idea occidental de palacio: un edificio de varios pisos, grande y suntuoso. El palacio chino es una profusión de edificios que llamamos pabellones. Los pabellones importantes, por ejemplo los del trono, se diferencian de los que son menos sobre todo en la elevación, en el basamento. El pabellón más importante, además de ser el mayor, como corresponde, se alza sobre distintas terrazas, en disminución, con balaustradas de labrados mármoles, y a veces para llegar a la escalera hay que atravesar puentes y canales. El emperador no subía por una vulgar escalera de peldaños; ascendía por una rampa de mármol donde estaban labrados los dragones, símbolo de su poderío.
La configuración del pabellón en sí es la misma en el que sirve de trono que, bajando hasta el otro extremo, en el que habita el pobre campesino y se llama casa. Es una sala larga y estrecha, dividida en tres partes —mayor la del centro— por unas tallas de madera. Las puertas y los ventanales se abren, con preferencia, al mar. Y el pabellón no tiene ventanas sino hojas que se levantan, con cuadritos no de cristales, sino de papel de color, por donde entra la luz pero no las miradas.
La importancia de un pabellón está también en el patio que le sirve de marco, de grandes losas, solemne, inmenso si es el del trono, pequeño si es el pabellón donde vivía una concubina o pequeñísimo si es el que tiene la casa de un campesino. El pabellón principal está encuadrado entre otros pabellones más pequeños y accesorios a los lados, y otro, igual de grande, de frente, comunicándose así unos pabellones con otros por las esquinas de los patios y por las puertas principales.
Y por fin, el tejado, que en los edificios chinos es la culminación de su belleza, como en las chinas de las óperas el peinado con deslumbrantes adornos o en los generales sus gorros de mil pompones titilantes. Los pabellones son de madera, con brillantes columnas rojas revestidas de laca, y estas maderas están profusamente pintadas de vivos colores, lo cual da al pabellón abigarramiento y sensualidad oriental, como las ricas túnicas bordadas.
El refinamiento del arte chino está en el tejado, bellísimo, airoso, con movimiento como la falda de un traje popular; tiene alas, como si fuera un pájaro multicolor; tiene curvas de cisnes que navegasen en el cielo; son quillas de navíos de cuento. Los tejados de los palacios imperiales son de cerámica dorada y en las esquinas de los aleros se ven una tras otra cinco figurillas como duendes, más una cabeza cornuda. Fábulas de antes dicen que los aleros eran así para que los malos espíritus se enredasen en ellos. La misión de estas pequeñas fierecillas era espantarlos. Esa misma misión dicen que cumplen los fieros leones de las entradas de las casas: la de espantar a los malos espíritus. Decían que los tales se metían derechos, puerta adentro, y por eso a la entrada de cada patio, frente a la puerta, hay una pequeña pared blanca, como un biombo, para que los espíritus se den de morros en ella y no sigan adelante.
Hasta el tejado de casa campesina tiene su refinamiento. Hay casas que son de barro, incluso el tejado, y parece que están hechas en un alfar, hay otras de tejados sin cobijas, otras con ellas, y muchas tienen en la cresta como dos cuernos. De cualquier forma que sea, el tejado está unido al edificio, forma un cuerpo con él, está como modelado, tiene una perfección escultórica.
Y basta ya de andar por los tejados, con peligro de caernos. Descendemos. Y ya en las losas (hay que decir que en estas losas crece en las junturas la hierba, y tienen a veces, por encima, un húmedo verdín, que es la alfombra de la soledad y los siglos echada sobre ellas), recorramos esta multitud de pabellones donde vivieron emperadores, emperatrices, príncipes, concubinas, corte y cohorte, servidos y servidores.
El trono, o el tronillo si se trata de una dignidad inferior, se alza en la parte central del pabellón. Separados, como antes he dicho, no por tabiques, puertas o cortinas, sino por un complicado ramaje de talla en madera, hay dos aposentos: uno a la derecha, lugar de recibimiento, y otro a la izquierda, donde tras unas cortinas mosquiteras están las duras tablas de la cama, que aun regias, duras son, con esa fresca esterilla de la cama que sirve de sábana bajera, semejante a la que yo he tenido todo el verano para dormir, pues sábanas y colchones no se pueden aguantar.
Dentro de estas habitaciones aparecen multitud de objetos, de utilidad o decoración, donde está concentrada la esencia del arte chino. El pueblo chino es un maravilloso artífice, sus manos no son de hombre, sino de mago. ¡Por algo decíamos para ponderar la dificultad, la maestría de algo que era «un trabajo chino». La gran escuela china de artesanía, escuela de muchos siglos y de muchos maestros, aparece en estos maravillosos objetos de madera tallada, de cerámica, de jades y piedras preciosas, de marfil, de cristal, de esmalte, de bordados, de plumillas de ave, de paja, objetos todos de tan costosa y perfecta ejecución que seguramente el artista ha dejado en ellos los años fugaces de la vida.
Es aquí donde está concentrado el gran arte chino, decorativo por excelencia, que rodeaba de belleza al hombre, haciéndolo delicado y fino como los mismos objetos. Y estos objetos necesitan su ambiente, la compañía de otros objetos, la convivencia de unos espíritus que sepan comprenderlos. Por eso, cuando una de estas maravillosas obras se aísla, se la cambia de ambiente o la cogemos con nuestras toscas manos —los chinos suelen tener manos delicadas de artífices— y la llevamos a nuestras desnudas habitaciones, pierde su esencia, se marchita, como una flor sin agua, se convierte en bibelot o bujería barata. Son objetos que requieren familia de objetos, ambiente y, alrededor, espíritus delicados, refinados, que los comprendan y los amen. Son la poesía de las cosas, y, por lo mismo, reclaman, alrededor, poesía.
Salimos de los pabellones, patios y corredores que separan los distintos grupos de edificios, y entramos en un pequeño jardín. La residencia de los emperadores tenía grandes jardines, que hoy son recreo de los trabajadores, y otros pequeños, más íntimos, como antesalas floridas de las losas escuetas de los patios.
El jardín tiene, en la naturaleza, el mismo refinamiento que las salas en los pabellones. Los sauces están recortados en forma de sombrilla, los viejos pinos tienen un retorcimiento de dragones, las flores son delicadas y diversas, como hechas exprofeso por artífices; hay plantas con hojas de dos colores: verde y blanco, verde y rojo; los peces de colores son de raras especies, únicas en el mundo, según dicen; obligada en todo jardín, la montañita artificial, con mirador en la cima; hay grutas húmedas y prominencias de piedra con caminitos tortuosos, hay monumentos en las rocas horadadas del mar, de caprichosa forma, hay fuentes, canales, puertecillos, cuevas, aguas tapizadas de lotos, y por todas las riberas, maravillosos sauces que inclinan sus cabellos de tierno verde primaveral.
Y todo esto —perspectivas, pabellones, tejados, colores, jardines, patios, armonía y delicadeza, intimidad y grandiosidad—, todo esto es lo que hace maravilloso y único este palacio-ciudad o esta ciudad-palacio, que de ambos modos puede denominarse.
El sol de oro refulge en el oro cerámico de los tejados, las columnas rojas parecen fuego, los vivos dibujos de la complicada madería semejan fantásticos tatuajes, las agua duermen en los canales como si fueran amantes de los mármoles y estuvieran entre sus brazos…
Y todo esto zumba como un sueño extraño, como la narración de una bellísima leyenda.
Y al final, cuando uno se despierta y su figura vuelve a tomar parte humana, cuando con los propios pies sale uno de este recinto de la perfecta armonía, de la suprema delicadeza, del gusto y el refinamiento, piensa no en el placer de los que todo esto gozaron, sino en la maestría, en el arte de los que todo esto hicieron.
En la sombra quedan los emperadores, y se alza, en su grandeza y sabiduría creativa, el pueblo.
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