Kitabı oxu: «Deseo ilícito»

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28001 Madrid

© 2020 Chantelle Shaw

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Deseo ilícito, n.º 2798 - agosto 2020

Título original: Proof of Their Forbidden Night

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-645-1

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

QUÉ TE PARECE la noticia de que papá esté prometido con la reina de hielo? Isla le ha clavado las garras.

Andreas Karelis se detuvo en seco a pocos metros del helicóptero que lo había llevado a Louloudi, la isla privada de su familia, y miró fijamente a su hermana. Ella había echado a correr a través del jardín para reunirse con él. La estridente voz de Nefeli se había impuesto al ruido que hacían las aspas del rotor al ir perdiendo velocidad.

Desde el aire, la isla, que estaba parcialmente cubierta por campos de olivos y un bosque de cedros, parecía una esmeralda en medio del azul del mar Egeo. Los recuerdos más felices de la infancia de Andreas, en los que escapaba de las expectativas de sus padres como heredero de los Karelis, eran siempre en Louloudi. Tenía casas en California y en la Riviera francesa, además de un ático en Atenas, pero Louloudi era el único lugar al que consideraba su hogar.

–No he tenido noticias de Stelios –dijo secamente. Su hermana abrió los ojos de par en par.

Normalmente, Andreas ejercía un estricto control sobre sus sentimientos y nadie, ni siquiera Nefeli, que era la única persona a la que estaba muy unido, sabía lo que estaba pensando. Sin embargo, no le gustaban las sorpresas, tanto si eran buenas como si eran malas, y lo que su hermana acababa de decirle era ciertamente lo último.

–Pensé que papá te habría llamado por teléfono. Me dio la noticia cuando llegué. Mañana se publicará una nota de prensa para anunciar formalmente el compromiso de papá con Isla, pero él quería compartir la noticia primero con su familia. ¡Dios! –exclamó Nefeli. Su voz subió otra octava–. Ella es el ama de llaves y tiene la edad suficiente para ser su hija. ¿En qué está pensando papá?

Andreas se encogió de hombros para ocultar el violento desagrado que le producían los planes matrimoniales de su padre. La fuerza de su reacción lo sorprendió y le recordó que Stelios era libre para hacer lo que quisiera. Desgraciadamente, no había peor tonto que un viejo tonto, en especial si era un multimillonario viudo que se había quedado prendado de una mujer hermosa y mucho más joven que él.

Una cierta inquietud se apoderó de él cuando visualizó a la mujer que, aparentemente, era la prometida de Stelios. Resultaba innegable que Isla Stanford era muy hermosa. Una rosa inglesa de cabello rubio y cremosa piel. Sin embargo, poseía un aire intocable que a Andreas le producía rechazo. Él prefería a las mujeres muy seguras de su sexualidad y, precisamente por eso, la intensa atracción que había sentido hacía Isla en las pocas ocasiones en las que había coincidido con ella le había dejado absolutamente perplejo.

–Papá la ha traído a Louloudi y ella va a asistir a mi fiesta de cumpleaños este fin de semana –dijo Nefeli con gesto hosco. Entrelazó la mano con el brazo de su hermano mientras los dos se dirigían hacia la mansión–. Tienes que hacer algo, Andreas.

–¿Y qué me sugieres tú?

–¿Por qué no la seduces? Estoy segura de que podrías hacerlo fácilmente. Las mujeres siempre caen rendidas a tus pies y cuando papá se dé cuenta de que la reina de hielo solo había fingido estar interesada en él por su dinero, se librará de ella y todo volverá a la normalidad.

–No quiero correr el riesgo de congelarme –replicó él.

Andreas lanzó una maldición en silencio. No era que tuviera objeción a que su padre volviera a casarse, pero sinceramente no con ella. No con Isla. ¿Por qué no se podía casar su padre con una mujer de edad similar a la de él, una viuda que compartiera los últimos años de la vida de Stelios, en vez de con una rubia de aspecto frío, de inteligentes ojos grises y sonrisa de la Mona Lisa que distraía profundamente a Stelios?

Sus pensamientos retrocedieron dieciocho meses, cuando él acudió a la casa que su padre había comprado en Kensington poco después de la muerte de su esposa. La decisión de Stelios de mudarse a Londres había sido una sorpresa. Después de entregar el abrigo empapado por la lluvia y seguir al mayordomo hasta el salón, había tenido la intención de preguntarle a su padre por qué había elegido vivir en un país con un clima tan infernal.

Sin embargo, su pensamiento se quedó en blanco al ver a la mujer que estaba sentada cerca de Stelios en el sofá. Demasiado cerca. Aquel fue el primer pensamiento al verla, seguido por una imperiosa necesidad de apartarla de su lado. Ella se puso de pie, con la gracia y elegancia de una bailarina de ballet y rodeó el brazo de Stelios con la mano cuando él también se puso de pie. El hecho de que se mostrara tan protectora y solícita con su padre había molestado a Andreas.

–Andreas, por fin has encontrado tiempo para hacerme una visita.

El saludo de Stelios tenía una nota de crítica que Andreas había esperado. Apretó los dientes y dio un paso al frente para darle un beso a su padre en la mejilla.

–Me alegro de verte, papá.

Andreas apenas si se fijó en su padre. Estaba pendiente de la mujer. ¿Quién era? ¿La asistente personal de Stelios, tal vez? Su aspecto no daba pista alguna sobre el papel que desempeñaba en la vida de Stelios. Llevaba un vestido blanco, que tenía las mangas francesas y la falda con un ligero vuelo le cubría hasta por debajo de las rodillas. Un cinturón negro alrededor de la esbelta cintura y unos stilettos negros resultaban muy elegantes. Tenía el cabello del color de la miel y lo llevaba recogido en una coleta que le llegaba casi hasta la mitad de la espalda. Tenía el aspecto recatado de una monja, pero la curva de sus gruesos labios y los altos y firmes pechos sugerían una comedida sensualidad.

Andreas no podía apartar los ojos de ella. Cuando su padre habló, se sobresaltó.

–Permíteme que te presente a mi ama de llaves, la señorita Stanford. Isla, este es mi hijo Andreas.

–Es un placer conocerle –murmuró ella.

–El placer es mío, señorita Stanford.

La intención de Andreas había sido que su voz sonara con ironía, pero la palabra placer parecía flotar en el aire, marcando sus palabras con una ardiente pasión y algo parecido a un desafío. Se dio cuenta de que ella se sonrojaba y abría sorprendida los ojos. Andreas vio confusión reflejada en aquellas grises profundidades.

Había también otro sentimiento. Reconoció una ligera tensión antes de que sus largas pestañas, algo más oscuras que su cabello, bajaran y terminaran con aquella conexión entre ambos. El tiempo pareció detenerse durante un momento. Entonces, cuando ella volvió a cruzar su mirada con la de él, la expresión de su rostro era inescrutable.

Se volvió hacia Stelios.

–Voy a preparar té.

–Gracias, querida.

–Yo prefiero café –dijo Andreas muy secamente.

–Por supuesto.

Isla Stanford esbozó una cortés sonrisa que provocó que Andreas deseara terminar con tanta compostura. Deseaba desesperadamente descubrir si había calor debajo de tanto hielo y si los labios de aquella mujer encajarían la forma de los suyos propios tan perfectamente como había imaginado.

Cuando ella pasó a su lado, su delicado perfume torturó los sentidos de Andreas. Observó el contoneo de sus caderas y, sin poder contenerse, le preguntó:

–¿Necesita ayuda?

–Puedo sola, gracias –respondió ella.

Se había detenido en la puerta y lo miraba con las cejas arqueadas y una expresión de especulación que lo hizo sentirse como un muchacho inexperto.

–¿O acaso no confía que pueda hacer el café al estilo griego, Andreas?

Andreas dejó a un lado sus pensamientos y siguió a Nefeli al interior de la casa.

–Es mejor que te des prisa en cambiarte. Llegas más tarde de lo esperado. Papá ha organizado una cena formal esta noche para celebrar su compromiso con Isla –le dijo con gesto contrariado–. No me puedo creer que esté planeando casarse con ella. Está haciendo el ridículo. ¿Se te ocurre algo que pudiera conseguir que papá recupere el sentido común?

Andreas seguía pensando en la súplica de Nefeli cuando entró en su suite. Se duchó rápidamente y se puso un elegante esmoquin y camisa blanca. Habría preferido ponerse unos pantalones cortos y una camiseta para ir a la playa, pero no le iba a quedar más remedio que sentarse a cenar para celebrar el compromiso de su padre.

Se miró en el espejo y se mesó el revuelto cabello que, instantes antes, había tratado de domar con un peine.

En realidad, sí que se le ocurría algo que pudiera hacer que su padre cuestionara el compromiso con su ama de llaves. ¿Y si le revelara cómo había gozado Isla entre sus brazos cuando la besó en Londres hacía un mes? ¿Tendría Stelios tantas ganas de casarse con ella?

Andreas apretó la mandíbula al recordar la apasionada reacción de Isla. El modo en el que ella había abierto la boca bajo la de él y había dejado escapar un sensual gemido cuando él le introdujo la lengua entre los labios. Reconocía que había besado a Isla para satisfacer su curiosidad, pero ella había puesto a prueba su autocontrol de un modo que no había esperado. Tanto que había preferido acortar su viaje a Inglaterra y había regresado a California al día siguiente.

¿Había decidido Isla apuntar a un objetivo mayor? Stelios era el presidente de Karelis Corp, el negocio familiar que gestionaba la mayor refinería de petróleo de Europa. La empresa también tenía la mayor cadena de gasolineras de Grecia y poseía intereses navieros y bancarios. Andreas era el heredero del imperio empresarial de los Karelis, pero no tenía ninguna prisa por suceder a su padre. Él se había hecho una carrera como piloto de la liga mundial de Superbikes hasta que un grave accidente le había obligado a retirarse de las competiciones.

Ordenó a sus pensamientos a centrarse en el presente y dejó escapar una maldición antes de salir de su suite. Echó a andar por el pasillo y se detuvo frente a la puerta que daba acceso al apartamento privado de su padre y llamó. Si pudiera tener una conversación en privado con Stelios y su prometida antes de cenar, tal vez podría comprender mejor la razón de tan repentino compromiso. No hubo respuesta, por lo que, después de esperar unos segundos, Andreas abrió la puerta y miró en el salón. La puerta que conducía al dormitorio estaba cerrada. El pensamiento de que Stelios estuviera allí con Isla le provocó una sensación muy corrosiva en la boca del estómago.

La puerta del dormitorio se abrió y antes de que Andreas tuviera tiempo de retirarse, el mayordomo salió.

–Pensaba que mi padre y la señorita Stanford podrían estar ahí dentro –explicó Andreas.

–Kyrios Stelios está abajo en el salón. Me ha pedido que venga a por sus gafas –contestó Dinos mientras le mostraba un estuche–. La habitación de la señorita Stanford es la de al lado, pero ya está en el salón también con tu padre.

Eso significaba que Stelios e Isla no compartían dormitorio allí. Andreas salió de la suite y descendió la escalera de mármol. Le parecía un comportamiento poco usual en una pareja que acababa de anunciar su intención de casarse. En realidad, todo lo referente a aquel repentino compromiso resultaba extraño, en especial porque su padre no le había mencionado su intención de casarse durante el último encuentro que tuvieron hacía un mes.

Andreas se dijo que, en realidad, no era asunto suyo si Stelios hacía el ridículo con su hermosa y joven ama de llaves. Si admitía que la pasión había surgido entre Isla y él, podría ser que su padre no lo creyera o que intentara acusarlo de causar problemas. La relación entre ambos nunca había sido muy fluida, en especial después de que Stelios se hubiera visto obligado a elegir entre su esposa y su familia y su amante.

Andreas tenía doce años cuando su padre admitió que había estado viendo a otra mujer en Inglaterra y que tenía intención de romper su matrimonio por ella. La madre de Andreas había quedado destrozada y Andreas se había jurado que jamás volvería a hablar con su padre a menos que él abandonara a su amante y regresara junto a su esposa e hijos. Había esperado que tomando partido por su madre se ganaría su amor, pero ella había seguido tratándole con el mismo desinterés que siempre le había mostrado. Su padre había permanecido casado, pero, a partir de aquel momento, había tratado con frialdad a su hijo Andreas.

Helia Karelis había muerto hacía dos años por una sobredosis de somníferos. Su autopsia había reflejado que había sido un trágico accidente, pero Andreas estaba seguro de que su madre había sabido lo que hacía cuando se tomó un montón de pastillas. También lo estaba de que su madre jamás había superado la traición de su esposo, aunque había ocurrido muchos años atrás. La infelicidad matrimonial de su madre le había demostrado a Andreas que era una locura enamorarse. Evitaba los dramas emocionales de la misma manera que cualquier persona cuerda tomaría medidas de precaución para no entrar en contacto con el virus del ébola.

En cuanto a Isla… Andreas se encogió de hombros. No podía explicar por qué en Londres se había sentido como un adolescente en su primera cita. No era su estilo, por lo que confiaba en que cuando la volviera a ver, la viera como la cazafortunas que sospechaba que era. El modo en el que ella había respondido a su beso, con una dulce pasión que había estado a punto de hacerle creer que era inexperta en temas del amor, debía de haber sido una actuación.

Entró en el salón, donde ya se estaba sirviendo el cóctel previo a la cena y se detuvo en seco. El salón estaba lleno de invitados, entre los que, aparte de los familiares, reconoció a varios representantes de alto rango de la industria petrolífera y miembros del consejo de dirección de Karelis Corp. Esto le sorprendió, dado que se suponía que era tan solo una reunión familiar. Entonces, vio a Isla y sintió que la sangre le rugía en las venas.

Aquella era una Isla muy diferente a la decorosa ama de llaves que había conocido en la casa de su padre en Kensington. Aquella noche, iba vestida de rojo, con un atractivo diseño de corte sirena y resplandecientes joyas alrededor de la garganta, que atraían la atención al ligero abultamiento de los senos sobre el escote del vestido. Llevaba el cabello rubio recogido en lo alto de la cabeza, dejando al descubierto la delicada línea del cuello. El carmín rojo que había elegido aquel día enfatizaba el grosor de sus labios.

Andreas bajó la mirada y vio que el vestido le llegaba hasta la mitad del muslo y que sus largas piernas lo parecían aún más por las delicadas sandalias de alto tacón que llevaba puestas. Isla Stanford era la fantasía de todo hombre y Andreas no era una excepción. Ella lo miró y, en el instante en el que las miradas de ambos se cruzaron, Andreas vio que un ligero rubor le teñía las mejillas. El modo en el que ella tragó saliva le dijo a Andreas que ella era tan consciente como él de la corriente eléctrica que ardía entre ellos. Él le miró la boca, tan jugosa, tan roja y tan atrayente, y sintió que el deseo cobraba vida por debajo de sus pantalones.

Durante un instante, Andreas se olvidó de que Isla asistía a la fiesta como prometida de su padre. Un sentimiento de posesión se apoderó de él y cruzó el salón, decidido a reclamar a la mujer que había ocupado sus pensamientos con demasiada frecuencia en aquellos últimos meses. Isla y él tenían un asunto pendiente.

Sin embargo, justo en aquel momento, su padre terminó de hablar con otro invitado y rodeó la cintura de Isla con el brazo. Andreas entornó la mirada y se detuvo enfrente de la desigual pareja.

–Por fin has llegado –dijo Stelios en tono irritado–. Esperaba que lo hubieras hecho hace varias horas. Estábamos a punto de empezar a cenar sin ti.

–Buenas noches, papá –replicó Andreas secamente–. Señorita Stanford… Perdón si llego tarde. Dije que llegaría en algún momento de la tarde, pero no especifiqué la hora. Además, ignoraba que se iba a celebrar una cena de gala.

–Bueno, al menos ya estás aquí –repuso Stelios–. Espero que nos des la enhorabuena. Isla ha accedido a ser mi prometida.

Aunque Andreas ya lo sabía gracias a la advertencia de su hermana, ver el anillo de compromiso en el dedo de Isla lo llenó de furia. Tenía que ser una broma. Aquel hombre de cabello gris y rostro arrugado no podía casarse con una belleza que tenía que ser al menos cuarenta años más joven que su futuro esposo.

Miró a Isla y notó que a ella le temblaba ligeramente el labio inferior. La tensión sexual se reflejó en sus grandes ojos grises, pero ella se apresuró a ocultarla bajo las espesas pestañas. Isla era suya, maldita sea. Sin embargo, era el brazo de su anciano padre el que le rodeaba la cintura y era el anillo de Stelios el que ella llevaba en el dedo.

–¿Y bien, Andreas? –le animó su padre–. Veo que te sorprenden mis noticias, pero estoy seguro de que estarás de acuerdo conmigo en que soy un hombre muy afortunado al tener una prometida tan hermosa.

Andreas calculó grosso modo que el valor del anillo rondaría las seis cifras.

–Enhorabuena –dijo. Entonces, miró a Isla–. Pareces haber encontrado la gallina de los huevos de oro.

Capítulo 2

QUÉ HOMBRE más insolente! Isla había tratado de contener la ira a lo largo de la interminable cena. No había podido dejar de pensar en el comentario de Andreas. Por suerte, él se había sentado al otro lado de la mesa, pero no había dejado de sentir su mirada azul observándola continuamente. Aquella mirada se había añadido a la tensión que sentía por una situación que ya le resultaba bastante incómoda.

También había sido consciente de las miradas venenosas que le dedicaba la hija de Stelios. Al final de la cena, Stelios se puso de pie y les pidió a todos los invitados que levantaran sus copas para brindar por su prometida. Aquello era llevar la ficción demasiado lejos y las dudas de Isla sobre lo que ella estaba haciendo en Louloudi se habían intensificado.

Suspiró suavemente y abrió las puertas acristaladas para salir a la terraza. Ya había oscurecido y la imponente vista de los jardines, que llegaban hasta el mar, quedaba oculta. Aunque el verano estaba ya llegando a su fin, la noche era cálida y el aire estaba perfumado con el aroma del romero y la lavanda que crecían en grandes macetas de terracota.

Se llevó la mano al collar de rubíes y diamantes que llevaba alrededor de la garganta y, una vez más, comprobó que estaba bien abrochado.

–Me asusta pensar que puedo perderlo –le había comentado a Stelios mientras posaban para los fotógrafos en la sala de juntas de Karelis Corp en Atenas–. El collar debe de valer una fortuna. Me habría sentido mejor llevando algo menos ostentoso.

Stelios había calmado su preocupación y le había tomado la mano para llevársela a los labios y besar el enorme anillo de diamantes que le había puesto en el dedo aquel día, justo antes de que se enfrentaran a las cámaras.

–Estoy seguro de que no tengo que recordarte la importancia de conseguir que nuestro compromiso resulte convincente delante de la prensa. En estos momentos de turbulencias financieras, es vital que la competencia de Karelis Corp crea que soy un líder fuerte. Igual de importante es que quiero ocultar mi enfermedad a mi familia hasta después de que mi hija cumpla veintiún años.

–Sé que estás tratando de proteger a Nefeli, pero creo que deberías decirle la verdad a Andreas y a ella. A tus hijos no les agradará nuestro compromiso. No les caigo bien.

La hija de Stelios apenas había podido ocultar su hostilidad hacia Isla cuando ella visitó a su padre en la casa de Kensington. Y Andreas solo sentía desdén hacia ella. Isla estaba totalmente segura de eso, aunque solo le había visto en unas cuantas ocasiones. En apariencia se mostraba cortés hacia ella, encantador de hecho, pero a Isla no le engañaba. Su aire relajado y su sonrisa no encajaba con la cínica expresión de sus ojos.

No sabía por qué Andreas había mostrado desaprobación hacia ella cuando su padre la contrató como ama de llaves ni por qué la había besado la última vez que había dio a Londres. El beso había sido inesperado y esa era la única razón por la que ella había respondido. O, al menos, eso se aseguraba.

–Te equivocas. Estoy seguro de que mis hijos piensan que eres encantadora –le había dicho Stelios para tranquilizarla–. Necesito que seas tú el foco de atención. A todo el mundo le fascinará mi hermosa prometida y así no se darán cuenta de que he perdido peso. Les hablaré de mi enfermedad cuando sea el momento adecuado. Quiero que Nefeli disfrute de su fiesta de cumpleaños sin saber que yo no estaré presente en el futuro para celebrar cumpleaños con ella.

Isla no podía discutirle el deseo de proteger a su hija. Ella misma comprendía muy bien lo que se sentía ante tal pérdida. Le había llevado mucho tiempo superar la muerte de su madre en un horrible accidente. Desgraciadamente, Stelios había llegado a Inglaterra para buscar a Marion seis meses demasiado tarde. Los sonidos de la fiesta llegaban hasta la terraza, por lo que Isla se alegró de estar en el exterior, alejada de la atención de todos los presentes durante unos minutos. El collar de rubíes le pesaba en el cuello y deseó no haberle permitido a Stelios que la convenciera para ponérselo. Él había insistido en que era el complemento perfecto para los pendientes y el vestido rojo que había sugerido que se pusiera para la cena. El vestido se ceñía a su cuerpo más de lo que a ella le habría gustado y el escote mostraba demasiado para sentirse cómoda. Ella no solía llevar prendas tan llamativas. El objetivo de aquel atuendo tan sensual era, al igual del anuncio del compromiso, alejar la atención de la mala salud de Stelios.

Al escuchar pasos a sus espaldas, sintió que el vello se le ponía de punta. Un sexto sentido le advertía de un inminente peligro. Se quedó inmóvil al escuchar una voz burlona.

–¡Vaya, la futura novia! Eres una chica muy lista, Isla.

El corazón le dio un vuelco, como le ocurría siempre que el hijo de Stelios estaba cerca de ella. Necesitó una gran fuerza de voluntad para darse la vuelta hacia él cuando su sentido común le pedía que saliera huyendo.

–¿Qué quieres decir, Andreas? –le preguntó ella con una sorprendente tranquilidad.

El simple acto de pronunciar su nombre despertó en ella un salvaje calor. Rezó para que él pensara que el rubor que habría en sus mejillas fuera por la cálida temperatura de Grecia. No le gustaba que Andreas Karelis le hiciera sentirse como una torpe adolescente, pero sospechaba que él ejercía el mismo efecto en la mayoría de las mujeres.

La palabra «guapo» se quedaba corta para describir su apostura. Esculpidos rasgos, afilados pómulos, mandíbula cuadrada y una boca muy sensual que parecía haber sido formada tan solo con el propósito de besar. Su cabello era castaño oscuro, de la misma tonalidad del café griego que ella le había servido cuando visitó la casa de su padre en Kensington.

No era su imponente altura ni sus atractivos rasgos, dominados por unos brillantes ojos azules, lo que lo hacían destacar de otros hombres. Andreas poseía una abrasadora sensualidad que Isla era incapaz de ignorar por mucho que lo deseara.

Aunque se había retirado ya del mundo del motociclismo, aún se le consideraba una leyenda del deporte. Su reputación como playboy se veía reforzada por una vida amorosa perfectamente reflejada en las portadas de periódicos y revistas. A Isla no le importaban los escandalosos titulares, pero sabía que a su padre lo disgustaban mucho, por lo que había decidido proteger a Stelios de todo el estrés y la preocupación que pudiera durante el tiempo que a él le quedaba de vida.

Era inexplicable el modo en el que el pulso se le aceleraba y los pechos se le erguían cada vez que estaba cerca de Andreas, pero lo peor era que él sabía el efecto que ejercía sobre ella. Él sonrió y el modo en el que lo hizo le recordó a un lobo que acababa de acorralar a su presa. Durante un instante, Isla pensó en salir huyendo de allí tan rápido como se lo permitieran sus altísimos tacones, pero antes de que pudiera moverse, Andreas la acorraló contra la balaustrada de piedra.

A la luz de la luna, parecía más corpulento y amenazador. Decidió que no había nada que pudiera hacer más que enfrentarse a él. Se obligó a levantar la cabeza y a mirarlo a los ojos.

–Me da la sensación de que, cuando dijiste que yo era muy lista, no se trataba de un cumplido.

Andreas entornó la mirada, pero no antes de que Isla pudiera notar un gesto de sorpresa ante el tono desafiante de su afirmación.

–Hay palabras para describir a las mujeres como tú, pero ninguna de ellas es un cumplido.

Isla parpadeó, sorprendida por la ferocidad de las palabras de Andreas. El gesto de desprecio de su rostro le provocó una presión en el pecho. Entonces, cuando él levantó la mano para deslizar el índice sobre los rubíes del collar, sintió que los latidos del corazón se le aceleraban.

–Muy bonito –dijo con el mismo tono duro que parecía surgir desde muy dentro de él. Después, realizó el mismo gesto con los pendientes que le colgaban de las orejas–. ¿Fueron estas joyas, junto con el anillo que llevas en el dedo, el precio por acceder a casarte con mi padre?

–Yo no tengo precio.

Andreas lanzó una carcajada de incredulidad.

–Dime una cosa, Isla. ¿Por qué se iba a comprometer una mujer joven y hermosa como tú con un multimillonario de mucha más edad que ella si no fuera por una compensación económica?

–¿Acaso crees que soy una cazafortunas?

–Muy bien. Ya te he dicho que eres muy lista.

Aquello era una injusticia. Durante un instante, Isla sintió la tentación de defenderse explicándole la verdad sobre su relación con Stelios. Sin embargo, le había hecho una promesa al padre de Andreas. Seguiría guardando el secreto, un secreto que tendría enormes implicaciones para la familia Karelis y posiblemente para su negocio petrolero. Andreas aún no sabía que Karelis Corp estaba amenazada por una OPA hostil por parte de otra empresa. No tardaría mucho en saber que el compromiso de Isla con Stelios era tan solo para hacer que él pareciera fuerte al frente de la empresa. Tal vez entonces, Andreas tendría que darle las gracias.

–Tu padre y yo tenemos un acuerdo….

–¿Sabe Stelios lo nuestro?

–¿Lo nuestro? –le preguntó Isla con frío desdén–. Nunca ha habido nada entre nosotros.

–Nos besamos apasionadamente en la casa de mi padre en Londres. Theos! La química entre nosotros era explosiva –le recordó Andreas.

Isla se sonrojó. No tenía necesidad de que nadie le recordara un comportamiento tan poco propio de ella. Había declinado la invitación de Stelios para que tomara café con Andreas y él. Con la excusa de tener tareas que hacer, había regresado a la cocina. Sin embargo, más tarde, había sido el propio Andreas el que le había llevado la bandeja a la cocina.

–Gracias, puedes dejar las tazas en el fregadero –le dijo ella esperando que captara la indirecta y regresara al salón con su padre. Sin embargo, él se reclinó sobre la encimera.

–Veo que no estabas mintiendo –murmuró él mientras observaba la bandeja de magdalenas que ella acababa de sacar del horno–. Creía que habías dicho que tenías que hacer tareas solo porque querías evitarme.

–Yo nunca miento –replicó ella mientras centraba toda su atención en colocar las delicadas magdalenas sobre una bandeja para que enfriaran.

–Me alegra oírlo. Tal vez entonces me puedas explicar por qué mi padre se ha quedado dormido en el sillón cuando es aún de día. Sé que los años no pasan en balde, pero siempre ha tenido la energía de un hombre mucho más joven.

Las sesiones de quimioterapia habían terminado por pasarle factura a Stelios, pero Isla no le podía revelar a Andreas que su padre estaba sometiéndose al tratamiento para el cáncer. Y le había dicho que ella no decía mentiras…

–Tu padre ha estado trabajando mucho últimamente –murmuró–. ¿Y por qué iba yo a evitarte?

Le había hecho aquella pregunta para desviar la atención de la salud de Stelios y su plan funcionó. Andreas se acercó un poco más a ella con un pícaro brillo en los ojos. Entonces, le deslizó la mano por debajo de la barbilla y la obligó a levantar el rostro.

–Dímelo tú, omorfia mou. ¿Acaso crees que no he notado cómo me miras cada vez que voy a ver a mi padre?

–Yo no…

El rostro le ardía de vergüenza ante el hecho de que Andreas hubiera adivinado la fascinación que sentía hacía él. Era muy poco propio de ella.

–Claro que sí –afirmó él–. Más aún, deseas besarme…

–Eso no es… –susurró, pero no pudo terminar la frase cuando él bajó la cabeza y acercó los labios a pocos centímetros de los de ella, dejando que su cálido aliento le acariciara la piel.

–Mentirosa.

Entonces, la besó, aunque besar no era una descripción adecuada para el modo en el que Andreas reclamó sus labios con arrogante posesión. Isla capituló ante su maestría, incapaz de resistir la fiera pasión y las descaradas caricias de la lengua de Andreas entre los labios.

El beso no se pareció en nada a lo que Isla había experimentado antes. Otros hombres la habían besado, unos pocos, aunque se podía contar con los dedos de una mano el número de citas que habían terminado en beso. Cuando Andreas la besó, descubrió un lado profundamente sensual de su naturaleza que la escandalizó. Sin embargo, antes de que tuviera oportunidad de explorar cómo él le hacía sentirse, Andreas apartó su boca de la de ella tan abruptamente que Isla tuvo que agarrarse a la encimera de la cocina para no caerse. El duro rostro de Andreas no reveló pista alguna sobre sus pensamientos y salió de la cocina sin decir palabra.

Isla se sintió humillada por su rechazo, lo que evocó dolorosos recuerdos de su adolescencia, cuando se presentó a su padre. Tal vez había sido una ingenua al esperar que David Stanford estaría encantado de conocer a la hija a la que había abandonado cuando tenía pocos meses de vida, pero el hecho de que él insistiera tanto en que no había lugar para Isla en su vida había sido un brutal final para las esperanzas de tener una relación con su padre. Isla se había jurado que jamás permitiría que otro hombre volviera a hacerle daño.

Regresó al presente cuando sintió la presión del muslo de Andreas contra el suyo. No había sido consciente de que él se había movido, pero se encontró atrapada contra la balaustrada. Sintió que la respiración se le cortaba cuando él le deslizó el dedo ligeramente por la mejilla. Se dio cuenta de que había estado observando su sensual boca mientras revivía el beso que los dos habían compartido en Londres. El brillo de los ojos le dijo que él había leído sus pensamientos.

–Háblame de tu romance con mi padre –inquirió él con voz cínica–. Me parece todo muy repentino. Hace unas pocas semanas trabajabas para él como ama de llaves y pareció que no te importaba besarme…

–Ese beso fue un error del que me arrepentí inmediatamente –replicó ella, sonrojándose vivamente cuando él la miró con incredulidad–. Es cierto. Tú eres un playboy que utiliza a las mujeres para tu propio placer y las descarta como si fueran basura cuando estás aburrido de ellas. Me has preguntado por qué acepté la propuesta de tu padre y te lo voy a decir. Stelios es un caballero. Es amable y dulce…

–¿Esperas que me crea que la riqueza de mi padre no ha tenido nada que ver con tu decisión de aceptar esta propuesta de matrimonio?

–No me importa lo que tú creas. La verdad es que quiero mucho a tu padre.

–¿Que lo quieres? –replicó él con tono burlón. Entonces, le agarró la muñeca entre sus fuertes dedos–. Podría besarte ahora mismo y tú no lo impedirías, a pesar de que mi padre, al que tú afirmas querer, y los invitados que han venido para celebrar vuestro compromiso están a pocos metros de nosotros.

Andreas le miró el escote, en el que el pecho subía y bajaba agitadamente. Isla sabía que debería exigirle que la soltara, pero no podía hablar ni casi pensar. El aroma que emanaba de su piel, una mezcla de colonia y de algo muy masculino, la paralizaba por completo. La boca de Andreas, que tan cerca estaba de la de ella, suponía un tormento insoportable. El calor se apoderó de ella y sintió una profunda tensión en la pelvis. Los pechos se le volvieron pesados y ella deseaba… Dios… Deseaba sentir la boca de Andreas por cada centímetro de su piel.

Debía de estar loca para permitirle minar sus defensas de aquella manera. A pesar de que no había sido idea suya fingir el compromiso con Stelios, sería una idiotez sucumbir al deseo que sentía hacia Andreas. Ningún otro hombre la había excitado de la manera en la que Andreas lo conseguía. Ansiaba apretarse contra su cuerpo y arder en su fuego. Sin embargo, resultaba evidente que el beso que habían compartido en Londres no había significado nada para él, dado que se había marchado de su lado sin ni siquiera mirar atrás. Se negaba a ser el juguete de Andreas. Le colocó la mano en el pecho para apartarlo. No supo si sentirse aliviada o desilusionada cuando él bajó los brazos y se apartó de ella.

En ese momento, la luz del interior de la casa iluminó la terraza cuando la puerta se abrió. La figura de Stelios apareció en el umbral.

–¿Isla?

–Estoy aquí –dijo ella. Dio las gracias al cielo por haber recuperado el sentido común y haber impedido que él la besara.

–¿Y qué estás haciendo ahí fuera? –le preguntó Stelios.

–Yo le estaba enseñando a Isla las luces de los edificios más importantes en tierra firme –le dijo Andreas a su padre–. Le estaba explicando que la mansión está en una colina y que, por eso, tiene unas vistas excelentes.

Stelios quedó en silencio unos instantes mientras los observaba a ambos.

–Sí, ya lo veo…

Isla rezó en silencio para que Stelios no hubiera comprendido lo que había ocurrido entre ellos. Resultaba ridículo sentirse culpable. Stelios le había prometido que le explicaría a su familia la razón de aquel falso compromiso después de la fiesta de cumpleaños de Nefeli.

El afecto que Isla sentía hacia él era real y le sonrió cuando entrelazó su brazo con el de Stelios.

–Siento que hayas estado buscándome. Debería haberte advertido de que iba a salir a la terraza para tomar un poco de aire fresco.

–Necesito tu consejo –repuso Stelios–. Mi amigo Georgios está planeando visitar el Museo Británico de Londres y le interesa mucho ver la colección de antigüedades griegas que exponen allí. Le he explicado que tú podrías aconsejarle sobre qué galerías y salas le gustarían más.

–¿Te pasas mucho tiempo en los museos, Isla? –le preguntó Andreas con escepticismo.

–Trabajo como comisaria adjunta del departamento de Roma y Grecia del Museo Británico. El puesto es a tiempo parcial, lo que me permite encajarlo con las horas que trabajo como ama de llaves de tu padre en Londres además de estudiar para mi doctorado en Civilizaciones Clásicas.

Aquella afirmación dejó a Andreas sin palabras. Isla contempló con satisfacción cómo el gesto de burla desaparecía de su rostro y permitió que Stelios la acompañara al salón donde estaban el resto de los invitados. Andreas la había acusado de ser una cazafortunas.

Miró por encima del hombro y vio que él los había seguido hasta el salón para luego tomar una copa de uno de los camareros. Andreas debió de sentir que ella lo estaba mirando, porque se volvió para mirarla directamente a los ojos. Entonces, levantó su copa a modo de saludo antes de tomársela de un solo trago. Isla observó el movimiento de la nuez mientras tragaba.

Andreas era un hombre descaradamente masculino. Isla recordó el contacto de su cuerpo cuando la atrapó contra la balaustrada. Su piel olivácea relucía como el bronce y, cuando se mesó el cabello con las manos, ella ansió poder hacer lo mismo.

Nunca se había sentido tan fascinada por un hombre antes. Había salido con algunos en la universidad, pero siempre había sentido miedo de que pudieran hacerle daño y jamás había querido que ninguna de aquellas relaciones progresara hasta el dormitorio. Precisamente por eso no podía sentir su reacción a Andreas. No le gustaba ni confiaba en él. Entonces, ¿por qué sus sentidos cantaban y parecían hacer cobrar vida a su cuerpo?

Seguramente, tenía el poco deseable título de ser la virgen de más edad en todo el mundo, aunque dudaba que Andreas se lo creyera. La expresión cínica de su rostro cuando vio el anillo de compromiso en el dedo de Isla había indicado perfectamente que estaba convencido de que ella había utilizado sus armas de mujer para cautivar a Stelios.

Capítulo 3

ANDREAS corría con fuerza por la playa, golpeando la arena justo donde las olas rompían contra la costa. El sol estaba alto en el cielo y la temperatura estaba subiendo. Normalmente, salía a correr al alba, cuando hacía menos calor, pero se había despertado tarde, tras una noche bastante inquieta. El sueño le había evitado durante horas. Le costaba comprender su comportamiento la noche anterior, cuando había seguido a Isla a la terraza y había estado a punto de besarla.

Ella le hacía temblar como si fuera un adolescente. La química entre ellos había sido casi tangible y, si ella no le hubiera apartado, dudaba que hubiera podido resistirse.

Estaba convencido de que Isla era una cazafortunas. Andreas había aprendido por experiencia propia que algunas mujeres no tenían escrúpulos y que serían capaces de cualquier cosa con tal de echarle mano a la fortuna de los Karelis. Recordó las mentiras de una ex, Sadie, y todo lo que había sido capaz de contarle a los medios de comunicación cuando él comprendió que tan solo trataba de engañarlo. Debería haberse dado cuenta antes de que Sadie estaba más interesada en sus cuentas bancarias que en él. Por ello, sería capaz de apostar toda su fortuna a que a Isla solo le interesaba la fortuna de su padre. Su aire de vulnerabilidad, que evocaba un instinto de protección en Andreas que ni él mismo había imaginado que poseyera, era sin duda parte de su fingimiento.

Echó a correr más rápidamente, forzándose hasta llegar al límite de su capacidad pulmonar. Llegó hasta el final de la bahía y empezó a subir por las rocas, casi sin fijarse en las increíbles vistas. No podía dejar de pensar en Isla con su sensual vestido rojo ni de recordar lo suave que era su cuerpo.

Ella había insistido en que quería a Stelios. Por supuesto. Qué iba a decir. Sin embargo, a pesar de todo su cinismo, no podía negar que había notado verdadero sentimiento en la voz de ella. También le había sorprendido saber que ella tenía educación universitaria y que trabajaba en un museo. Si hubiera sido una cabeza hueca, habría sido mucho más fácil despreciar la relación que tenía con su padre. Isla Stanford era realmente un enigma. Andreas ya no sabía lo que pensar de ella y eso le irritaba profundamente.

De camino a la mansión, su teléfono empezó a sonar.

–¿Estás seguro de esto? –preguntó, cuestionado al agente al que había pedido investigar el pasado de Isla–. Entiendo. Muy interesante. Sigue investigando, Theo.

Su padre e Isla estaban sentados en el porche, desayunando frente a la piscina infinita. Andreas esperó poder entrar en la casa sin que se percataran de su presencia, pero Stelios lo saludó con la mano. Andreas suspiró y se dirigió hacia ellos.

–Kalimera, papá. Isla…

Mientras realizaba el saludo, le pareció que su padre parecía más delgado que cuando lo vio en Londres hacía un mes. Sin embargo, al mirar a Isla, se olvidó de todo.

En contraposición a la imagen de bomba sexual de la noche anterior, aquella mañana parecía tan pura como la nieve recién caída. Llevaba puesto un vestido color amarillo limón, con unos finos tirantes que dejaban al descubierto sus delicados hombros. Era la primera vez que Andreas la veía con el cabello suelto y deseó poder deslizar los dedos a través de los rubios mechones de sedoso cabello que le caían sobre los hombros y la espalda.

La frustración se apoderó de él. La fascinación que sentía hacia Isla era algo que no había experimentado jamás. Las mujeres entraban y salían de su vida sin impacto alguno. Disfrutaba de su compañía mientras que fuera bajo sus propias condiciones y le gustaba el sexo sin complicación ni compromiso. Tal vez deseaba a Isla tan desesperadamente porque estaba fuera de su alcance.

Andreas se había despertado y había comprobado la tormenta que se había creado en las redes sociales por los planes de matrimonio de su padre. El anuncio había tenido como resultado un repunte en el precio de las acciones de Karelis Corp. A los inversores les gustaban los líderes empresariales fuertes y la noticia de que Stelios se iba a casar con una mujer mucho más joven que él demostraba que aún era una figura a tener en cuenta.

–Me sorprende que hayas decidido emitir un comunicado de prensa para anunciar tu compromiso, papá. Siempre te has mostrado muy crítico cuando mi nombre llegaba a los titulares.

–Una noticia sobre una de tus amantes no es lo mismo que el anuncio de mi futura boda.

–Siempre has mantenido tu vida privada separada de los negocios, pero según me han dicho invitaste a periodistas a la sala de juntas de Karelis Corp para entregarles ese comunicado. Simplemente estoy comentado que no es propio de ti cortejar a los paparazzi.

¿Fue su imaginación o pareció Stelios aliviado de que llegara el mayordomo con el café? Instantes más tarde, Toula, la esposa de Dinos, que llevaba trabajando muchos años como cocinera de la familia en la mansión, apareció en el porche llevando un plato con el desayuno favorito de Stelios, espinacas y queso feta envueltos en pasta filo. Andreas apreciaba mucho a la pareja, que lo habían cuidado cuando él era un niño y lo enviaban a Louloudi a pasar las vacaciones de verano porque su madre prefería que él estuviera lejos.

–Me alegra que ya no compitas con esa moto tuya tan grande –le dijo Toula después de saludarlo–. Siempre rezaba para que estuvieras a salvo. Cuando tuviste el accidente, estuve muy preocupada por ti.

–Como puedes ver, estoy totalmente recuperado –la tranquilizó Andreas, frotándose automáticamente la cicatriz que tenía sobre el pecho con la mano y que quedaba oculta por su camiseta. Era el recuerdo de un accidente que Andreas había sufrido durante una carrera hacía dos años en las que había sufrido un aneurisma de la aorta que casi le había costado la vida.

–Todos nos alegramos mucho de que Andreas por fin haya visto la luz y haya dejado de tontear con motocicletas y de montarlas a velocidades ridículas –comentó Stelios con voz ronca.

Andreas tensó los labios.

–Fui campeón del mundo de Superbikes durante cuatro años consecutivos –le recordó a su padre–. El equipo que tengo es líder mundial en el desarrollo de análisis utilizados para modernizar los motores. Aeolus Racing tiene patrocinadores por valor de cuatro millones de dólares. Yo no diría que eso es tontear.

Stelios frunció el ceño.

–Tu lugar está aquí, en Grecia, no en California. Ya sabes que me gustaría jubilarme y deberías estar preparándote para ocupar mi lugar como presidente de la empresa.

–Tú has pasado en Inglaterra la mayor parte de los últimos dieciocho meses –señaló Andreas–. Cada vez que te visitaba en Londres trataba de hablar contigo sobre Karelis Corp y, en particular, sobre algunos rumores muy preocupantes que había oído sobre la empresa, pero tú te negabas a hablar de nada conmigo.

Un gesto sombrío apareció sobre el rostro de Stelios.

–Necesito estar seguro de tu compromiso con Karelis Corp. Si pasaras menos tiempo seduciendo a mujeres y salieran menos escándalos sobre tu vida personal en los tabloides, yo me sentiría más seguro sobre el hecho de cederte el puesto de más poder en toda la empresa.

Andreas apretó los dientes.

–Sabes muy bien que la mujer que vendió esa historia a la prensa estaba mintiendo.

Sin embargo, el daño a su reputación ya estaba hecho. Cuando Sadie, que era modelo de lencería, le dijo que estaba embarazada, Andreas le pidió una prueba de paternidad. Entre lágrimas, ella lo acusó de no confiar en ella, pero Andreas insistió en hacerse la prueba. En vez de eso, Sadie les vendió a los periódicos una historia en la que decía que Andreas la había abandonado a ella y al bebé que estaba esperando.

La tormenta mediática estalló el mismo día que Andreas tenía que participar en una competición que, si hubiera ganado, le habría dado el título de campeón del mundo por quinta vez consecutiva. Sin embargo, una hora antes de la carrera, Stelios había llamado a Andreas y le había acusado de avergonzar a la familia Karelis y dañar a la empresa. El furioso intercambio de palabras con su padre había contribuido a la falta de concentración que había tenido como resultado un choque a alta velocidad.

–Acepto que esa historia en particular fue incierta, pero tu imagen de playboy no es buena para Karelis Corp –musitó Stelios–. Deberías estar pensando en casarte con una mujer adecuada y sentar la cabeza.

Andreas lanzó un bufido de protesta. Stelios se puso de pie y sacudió la cabeza cuando Isla se puso de pie también a su lado.

–Siéntate y termina tu desayuno, querida –le dijo con voz dulce–. Tengo que llamar a mi abogado, por lo que voy a ir a mi despacho para realizar la llamada.

Isla pareció querer protestar, pero se limitó a observar cómo Stelios entraba en la casa. Después de unos instantes, volvió a tomar asiento y miró con desaprobación a Andreas.

–Tu padre te quiere mucho, ¿lo sabes? –le dijo muy suavemente–. Me ha dicho muchas veces que le gustaría que la relación entre los dos fuera más estrecha.

Andreas se enojó por el hecho de que Stelios hubiera hablado sobre él con Isla. Le parecía una traición.

–Con todos mis respetos –replicó–, la relación que yo tenga con mi padre no es asunto tuyo.

–Tan solo estaba tratando de ayudar. Quiero mucho a Stelios…

Andreas lanzó un bufido de burla.

–Suenas convincente, pero, al contrario de lo que le ocurre a mi padre, a mí no me engañas con el papel de ingenua que tan bien representas. Afrontémoslo, Stelios no es el primer hombre rico de cierta edad que es susceptible a tus encantos. Hace unos años, heredaste una sustancial suma de dinero de un tal comandante Charles Walters, del que eras amiga.

–Es cierto que era amiga de Charles y de su esposa Enid. Me quedé muy sorprendida cuando supe que me habían dejado una cantidad de dinero, pero no hay nada malo ni deshonroso al respecto –replicó ella con las mejillas ruborizadas–. Eran una pareja de ancianos sin hijos que poseían la casa más importante del pueblo en el que crecí. Eran mecenas de la escuela. Cuando yo era una adolescente, trabajé de limpiadora a tiempo parcial en su casa y Charles y Enid me animaron a ir a la universidad. Murieron con pocos meses de diferencia y dejaron legados a varios jóvenes del pueblo con la condición de que el dinero se dedicara a pagar estudios universitarios. Sin su generosidad, yo me habría graduado con una deuda enorme y hubiera tenido dificultad para seguir con mis estudios. ¿Cómo has sabido que me habían dejado dinero? –añadió frunciendo el ceño.

–Has sido investigada –le espetó él, observando cómo sus ojos grises se teñían de ira. A Andreas le dio una cierta satisfacción saber que la había turbado–. Mi familia es una de las más ricas de Grecia y, aunque la seguridad aquí en Louloudi es discreta, le pedí a uno de los agentes que te investigara un poco. Existe el riesgo de que mi padre sea secuestrado por alguna banda criminal a cambio de un rescate.

–Yo no soy ninguna delincuente –repuso Isla arqueando las cejas con indignación–. ¿Sabe Stelios que me has investigado?

–¿Y sabe él que tú heredaste dinero de otro hombre rico?

–Tu padre lo sabe todo sobre mí.

Isla se puso de pie de repente.

–Ojalá creyeras que no le deseo a tu padre daño alguno.

–Stelios no parece él –repuso Andreas poniéndose de pie también. Frunció el ceño al recordar lo agotado que le había parecido su padre al final de la fiesta.

Isla dudó.

–Ha estado trabajando mucho.

El afecto que se reflejó en la voz de Isla evocó un sentimiento en Andreas que él se negaba a reconocer como envidia. Su propia madre no le había mostrado ni ternura ni afecto cuando era un niño y, desde que alcanzó la madurez, había evitado relaciones en las que hubiera sentimientos de por medio, asegurándose que ni quería ni necesitaba amor. Lanzó en silencio una maldición, irritado de que Isla le hiciera cuestionar el estado de su vida, una vida con la que había estado perfectamente satisfecho hasta entonces.

–Tal vez Stelios esté cansado por otra razón –gruñó. Isla lo miró atónita–. Tú eres mucho más joven que mi padre y él podría estar agotándose por tratar de mantenerte satisfecha en el dormitorio.

–Tu padre y yo no somos amantes –dijo ella secamente.

–¿Por qué no? –le preguntó Andreas–. Tengo curiosidad sobre tu relación con Stelios. Os estuve observando a los dos durante la cena de anoche y hubiera jurado ante cualquiera que tú no sientes atracción sexual alguna hacia mi padre.

–No todo tiene que ver con el sexo –le espetó ella–. Las relaciones, las que importan, no la clase de relaciones de las que tú solo pareces capaz, tienen que ver con el respeto mutuo, la amistad y la confianza.

Andreas frunció el ceño, turbado por aquellas fervientes palabras. En una relación ideal, esas serían las cualidades que él querría, pero no creía en los finales felices. Isla parecía muy convincente, pero Andreas estaba seguro de que había algún motivo para que quisiera casarse con su padre.

–Creo que estás decidida a hacer esperar a Stelios hasta después de casarse para permitirle que se meta en tu cama. Como esposa suya, tendrás acceso a su fortuna.

Isla realizó un gesto de contrariedad con el rostro y levantó la mano para abofetearle. Sin embargo, Andreas fue más rápido y le agarró la muñeca antes de que ella pudiera golpearle.

–Yo no lo haría…

–Tienes una mente depravada –le espetó ella muy alterada. Tenía los ojos oscurecidos por la ira y Andreas podía sentir cómo el pulso le latía en la muñeca. El aire entre ellos restallaba de tensión sexual–. No me sorprende que Stelios no… –se interrumpió antes de poder seguir y apartó la mirada de la de él.

–Mi padre no aprueba mi comportamiento. ¿Es eso lo que ibas a decir? –le preguntó. No le debería doler tanto como le dolía.

–No se siente capaz de confiar en ti –musitó Isla–. Ojalá pudieras hablar con Stelios y resolver las diferencias que hay entre vosotros antes de que…

–¿De qué? –le preguntó él frunciendo las cejas.

Isla guardó silencio. Evidentemente, había pensado que era mejor así. Se zafó de él y se dio la vuelta para marcharse. Andreas observó cómo se alejaba de él y lanzó una maldición en voz muy baja.

No resultaba fácil resolver las diferencias que había entre su padre y él. Stelios había sido un padre prácticamente ausente durante la infancia y la juventud de Andreas. Se había pasado la mayor parte de su tiempo ocupándose de Karelis Corp y después con su amante inglesa. Sin embargo, Andreas ya no era un adolescente que lo veía todo blanco o negro. Comprendía cómo la mala salud de su madre, que ella atribuía al ictus que le había dado debido a las complicaciones durante el parto de Andreas, había puesto mucha tensión entre sus padres. Sin embargo, él nunca se había sentido amado por ninguno de los dos. Era el heredero de los Karelis, el que debía hacerse cargo de la empresa que creó su bisabuelo. Su padre no le había perdonado por haber antepuesto su carrera en el mundo del motociclismo a su deber, tal y como el propio Stelios había hecho, poniendo el deber a su familia antes que su felicidad personal.

Estaba deseando que pasara el cumpleaños de Nefeli. Se sentó de nuevo y se obligó a comer la spanakopita que Toula le había preparado. Dentro de unos pocos días, regresaría a California y se concentraría en Aeolus Racing. Tal vez buscara a la pelirroja que había estado flirteando con él en un bar antes de que se marchara a Grecia. Llevaba semanas sin sexo y el celibato no era un estado natural para él. La frustración era sin duda la razón por la inconveniente atracción que sentía hacia la prometida de su padre.

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