Kitabı oxu: «El negocio del fútbol»


El negocio del fútbol
© 2021, Óscar Donato y Christian Solano
© 2021, Intermedio Editores S.A.S.
Primera edición, junio de 2021
Edición
María Alejandra Mouthon
Equipo editorial Intermedio Editores
Concepto gráfico, diseño y diagramación
Alexánder Cuéllar Burgos
Equipo editorial Intermedio Editores
Ilustraciones
Laura Angélica Mendoza
Imagen de portada
iStock
Intermedio Editores S.A.S.
Avenida Calle 26 No. 68B-70
www.eltiempo.com/intermedio
Bogotá, Colombia
Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del editor.
ISBN:
978-958-757-991-8
Diseño epub: Hipertexto – Netizen Digital Solutions
CONTENIDO
Agradecimientos
Prólogo
Introducción Una nota para el lector
Fútbol moderno y posfútbol
Ronaldinho y otros Poètes maudits
La muerte del 10, la muerte del mito
Muñecos de vitrina
Son datos y hay que darlos
Reducir la incertidumbre
La era de la hiperespecialización
El VAR. Cielos y mazmorras de la justicia
El Chelsea tiene la culpa
Comprando belleza
Unos lentes para leer el posfútbol
Los E–Sports y el fútbol
Futblack-Mirror: el fútbol después del covid-19
¿Réquiem para el fútbol?
Bibliografía
Notas al pie
“Todo ha cambiado: el dinero, el patrocinio, los niveles de condición física de los jugadores, la presencia mediática de los entrenadores, el carácter internacional del juego. Y al mismo tiempo, nada ha cambiado: es el mismo juego, veintidós personas pateando una pelota en el césped, tratando de ganar con habilidad y defenderse con coraje”.
SIMON CRITCHLEY
“Lo que más me gusta del fútbol es la pelota. Todo lo demás, cansa”.
DIEGO ARMANDO MARADONA
AGRADECIMIENTOS
Ningún libro se escribe bajo la tutela unipersonal, aunque así aparezca en la portada. En este libro aparecen dos nombres que reconocen y agradecen, en estas líneas, la participación de una serie de personas sin las cuales estas líneas no se habrían escrito, y quizás no tendrían sentido alguno.
Agradecemos pues a Nicolás Samper y Juan Manuel Ruiz por sus consejos, paciencia, tiempo y argumentos puestos a discusión para construir cada una de las reflexiones de este libro. A Juan Pablo Meneses que además de inspirar el concepto que aquí exploramos, nos acompañó con sus apreciaciones y diálogos sobre tal ampliación que le dimos a su propuesta. A profesionales del fútbol como Flavio Robatto, Fernando Signorini, Jaime Arroyave, César Castro y Camilo Becerra por su disposición a resolver nuestras más profundas dudas ligadas al funcionar del deporte. También es menester agradecer a Christian Urrego, Wilder Luis, Jonathan Chávez, Kelly Cabana y Sergio Ruiz, amigos cercanos quienes recurrieron constantemente a la honestidad para dejar sus opiniones sobre los diferentes ejes temáticos que tratamos en estas líneas.
De igual modo, quisiéramos reconocer a Manuel Prada por su valiosa revisión del manuscrito y a Laura Angélica Mendoza el interés y comprensión en el diseño de las ilustraciones; y si de arte se trata, nuestros más sinceros agradecimientos a Carolina Bejarano, por su apoyo infinito, cálido y mistral, y a Sandra Navarro por soportar estoicamente las rabietas, lecturas incesantes, frustraciones y debates que hicieron posible construir el mejor texto posible. Y por supuesto, a nuestras madres, nuestros padres y hermanos que han visto crecer esta insana obsesión por el deporte más popular del mundo.
PRÓLOGO
POR NICOLÁS SAMPER
A la edad de Kauan Basile, la mayoría de los lectores de este libro estaban pensando en –de acuerdo con la época vivida–cambiar algunos envases de vidrio en la cafetería del colegio para obtener un dinero por ellos o imaginando aquel juguete que se quedó en la vitrina porque los padres no pudieron acceder a él. Kauan es un niño de ocho años y juega en las divisiones inferiores de uno de los clubes más grandes de Sudamérica: el mítico Santos que, en medio de su encajonado estadio de Vila Belmiro supo gestionar maravillosos futbolistas de la talla de Pelé y Neymar.
Y Kauan fue noticia hace poco porque Nike, viendo sus tremendas condiciones futbolísticas, decidió hacerle un contrato publicitario de valor desconocido por tres años. Esta postal informativa, que en tiempos de antaño era más recurrente que ocurriera en ámbitos como el cine o la televisión, ya es un asunto corriente en el fútbol. Se están empezando a crear identidades infantiles con aura de estrellas, como les ocurriera en el mundo del celuloide a Mickey Rooney, Drew Barrymore o Macaulay Culkin, con diferentes resultados. En el fútbol ha venido instalándose también desde hace un tiempo esta mecánica: así como hoy existe un Kauan Basile, antes hubo casos similares como los de Neymar, Rodrygo y Messi, que obtuvieron vínculos contractuales con sponsors antes de cumplir los 15. La apuesta, más que por el talento, es por multiplicar el dinero invertido en un niño y que, de paso, como es joven, cargue toda la mochila. La de dólares, pero además la de la presión.
Aunque para una multinacional no será asunto de quiebra poner unos billetes en el muchachito –las ganancias de Nike en el primer semestre fiscal del 2020 alcanzaron, a pesar de la pandemia, los 10 mil millones de dólares–será quiebra para el niño, si es que fracasa en su intento. Una ecuación macabra, malévola, pero ya normalizada y que tuvo como uno de sus máximos referentes a Freddy Adú, al que se le llamó el “nuevo Pelé”, porque descollaba en torneos sub 14 y que terminó siendo un exfutbolista a los 28 años porque simplemente fue mayor la expectativa que la realidad. Obvio, a los 14 años, tiempos en los que era supuestamente incuestionable, firmó un acuerdo de imagen por un millón de dólares. El vínculo se lo acercó Nike.
Así es la vida: el fracaso puede ser más doloroso, más cercano a la burla si se quiere y puede también ser caprichoso, porque la desilusión en esta época va más allá de un penal fallado en el último minuto, o unas manos que dudan a la hora de cortar un centro en las 18; fracaso también es, en tiempos de capitalismo duro y puro, no poder conseguir una figura del fútbol a pesar de tener en la bóveda del banco el suficiente monto como para adquirirlo. Siguiendo la línea brasileña y el estado de actual mercantilización del objeto fútbol –o el objeto posfútbol del que ya los autores nos contarán muchas cosas–es imposible no recordar aquella maniobra que desairó a uno de los precursores en la creación del posfútbol, tal cual lo afirman Christian Solano y Oscar Mauricio Donato en uno de los capítulos que compone este libro: El Chelsea de Londres, equipo que en un momento de oscuridad casi desaparece y terminó siendo adquirido por una libra esterlina y que hoy hace parte de esas instituciones que, a partir de las profusas inyecciones demenciales de capital, se ha hecho poderoso.
Y allí en Londres, Luiz Felipe Scolari quiso cumplir un pequeño capricho: nombrado en el 2008 como DT del mentado Chelsea el adiestrador levantó el teléfono y le marcó a Robinho para decirle que lo necesitaba en su proyecto. Chelsea tendría que acordar el negocio con el Real Madrid, tal vez el club más antipático de la historia, pero eso no tendría mayor inconveniente. Tan contentos estaban en Londres que no vieron con malos ojos mandar hacer camisetas con el nombre de Robinho en la espalda y ponerlas a la venta. El Real Madrid se enteró de esa “barahúnda” y le disgustó que, a partir del marketing previo, se le diera oficialidad al negocio del que aún faltaban flecos por definir. En medio de ese apareció Manchester City y Real Madrid no tuvo líos en ceder a Robinho a los citizens y dejar a los de Stamford Bridge con las camisetas hechas.
Años después llegaría algo así como una venganza retroactiva. Ese Real Madrid soberbio con el negocio Robinho, no paró de rogarle al Chelsea para que les vendieran a Eden Hazard. Fue mucho dinero en el negocio: 160 millones de dólares. El costo del jugador, de rendimientos paupérrimos, habitué de la enfermería y con tendencia a la gordura, ha sido muy alto, de acuerdo a su precario performance. Es como si Chelsea, en lugar de darles a Superman, les hubiera vendido por 160 palos verdes a Bizarro.
No todo es malo: el posfútbol ha llevado a la casa del futbolista un poco más de seguridad en el desempeño de una labor que no tenía tantas protecciones a su alrededor y ciertas libertades de acción que hace 20 años eran imposibles, por cuenta del modelo esclavista que regía los destinos de los que saltan a la cancha. Ojo que eso aún no ha desaparecido del todo, pero aquellos malos comportamientos dirigenciales son cada día más visibles. No hay que olvidar tampoco que en medio de la consolidación del posfútbol se destapó el FIFAGate, capaz de salpicar a las figuras más representativas de los escritorios y que remeció los cimientos de directivos que se lucraron –como siempre–del espectáculo que ellos dominan desde las oficinas a partir de sobornos y componendas. Tal vez nada de esto habría salido a la luz de no ser por la ineptitud de ellos, de los de corbata y cabarets cuando van de comisión, que en un acto torpe utilizaron la banca norteamericana para realizar sus fechorías.
En la parte deportiva, las exigencias actuales han cubierto de hiperprofesionalismo una actividad que, durante años, fue más relacionada incluso con ámbitos bohemios, con noches en vela antes de alcanzar el vestuario y cambiarse con tufo para comenzar la práctica matutina. Hoy sería prácticamente imposible pensar en la supervivencia –futbolística, claro está–en el fútbol de alto nivel de geniales saltimbanquis como lo fueron René Orlando Houseman, Omar Orestes Corbatta y Garrincha. Los tres mágicos wines optarían por el retiro al ir de visita a la casa de Cristiano Ronaldo, adicto al brócoli al vapor y a las 10 mil abdominales y no al Scotch.
Pero y más allá de juicios de valor sobre lo que puede ser bueno o malo, la convivencia de ingredientes nuevos en esta etapa del posfútbol es colosal, tanto que las discusiones de café –que ya no existen tanto–se centran en todo menos en el juego, del que se habla más bien poco. La atención encontró como eje una serie de artilugios que aparecían anteriormente ubicados en las goteras del barrio, pero que, con el irrefrenable cambio de los tiempos, hoy emergen como elementos preponderantes. El juego a veces parece irse a vivir en la periferia y trata de sobrevivir frente a tantos factores paralelos que ahora son arterias principales y es acá donde aparece otra característica de esta “nueva normalidad”: en ocasiones los elementos que coexisten y conviven no son mezclados, sino que son presentados en vías paralelas, lo que parece ser un error craso. Entonces, para usar un ejemplo cotidiano, los mapas de calor –entendiendo que cuando hay calor, indefectiblemente habrá mapa, en especial en la camisa–y los kilómetros recorridos que surgen en medio de las transmisiones deportivas, no sirven de nada si es que esos datos no hacen un diagnóstico que tendría que ir más allá de la obviedad de decir que ese jugador corrió más que el resto. Debe haber una conexión, un trasfondo, una respuesta.
Y justo en ese instante habría que hacer un acápite especial para la manera de hacer periodismo en el posfútbol porque ahí también ha existido un cambio: a veces nos vemos arrollados por tanta novedad a la que finalmente habrá que adaptarse y mientras unos tratan de cumplir con la asignatura de encajar esas fichas para dar un mensaje medianamente armónico y con cierto sustento, otros darán la espalda a la realidad y elegirán el camino de convertirse en “anchor–showman” a punta de gritos y argumentos que incluso pueden ir contra su genuino pensamiento y su propia lógica; es cuando eligen escudarse en ciertos roles y se ponen la careta del pirómano capaz de prender una hoguera en medio de un iglú y es de esta manera que a diario vemos –o padecemos–personajes en los medios que dicen lo que sea con tal de generar ruido para obtener alguna gloria más bien efímera, o recibir el rótulo de “controvertidos” o “polémicos” por cuenta de su propia oligofrenia sin que se permitan pensar por un instante que el ruido lo puede hacer sin ningún problema, una licuadora encendida. Y no dejan de ser fastidiosos ambos: tanto el periodista que busca hacer “ruido”, como la licuadora. Hay un punto a favor del electrodoméstico: siempre tendrá disponible un botón de On/Off. El periodista, no.
El recorrido por cada una de estas esquinas que se congregan en el mundo posfútbol fueron recorridas por dos hombres que se obsesionaron con estos vientos de cambio. Uno, Christian Solano, periodista y tipo que además de contar con un magnífico sentido del humor, también lleva consigo un admirable sentido crítico para donde quiera que vaya. Seguramente uno de los más brillantes de su generación, Solano es un obsesivo de esa metamorfosis que sufre el fútbol y quiso probarse a sí mismo empezando a escribir sobre ese tupido follaje con una mirada particular. Además es un momento especial para Christian –de quien me precio profundamente, además, de ser su amigo–porque sale por primera vez al campo de los libros y el resultado es más que óptimo.
El otro, Oscar Mauricio Donato, ya es un veterano en las lides de la academia y las publicaciones: la filosofía, que lleva consigo en cada acción de su existencia, lo ha conducido a publicar ensayos y libros y él, que también siente que el fútbol merece un espacio más que apreciable, se dio a la tarea de escribir el libro El fútbol como metáfora, un maravilloso compilado de relatos del que recomiendo uno, en especial: “El gol desde una cabina de radio”.
Ambas mentes, la de Solano y la de Donato, se unieron en este propósito y a cuatro manos se lanzaron a explorar la manigua del posfútbol. Ellos, a través de estas páginas, estarán abriendo el camino de esa selva para que podamos ver con mayor claridad el sendero por el que está caminando un deporte antes conocido como fútbol. Vale la pena seguirlos en esta excursión.
INTRODUCCIÓN UNA NOTA PARA EL LECTOR
Los libros sobre fútbol se publican con frecuencia y eso tiene todo el sentido del mundo: es un deporte masivo, es una pasión, es un negocio. Libros sobre fútbol hay de todos los tipos y de todos los calibres: la mayoría de ellos son periodísticos, narraciones épicas sobre sus héroes, sobre efemérides o anécdotas, datos curiosos; o están los que son el resultado y tabulación de la estadística juiciosa. Pero este libro quería pensar el fútbol; quizás este sea su mayor tino y, al mismo tiempo, su mayor desatino. De algún modo, el libro es un análisis de la historia cultural del fútbol y su transformación hasta hoy, un fútbol que se juega sin público en el modo poscovid-19.
Adelantémonos de modo rápido y sencillo. El fútbol es, o era, un deporte moderno. La modernidad es, o fue, un proceso occidental que tenía dos pilares: el sujeto racional y el progreso científico. A partir de las pautas metodológicas que dicho sujeto racional podía formular se podía construir un mundo mejor. La firme creencia en la racionalidad permitió a la sociedad occidental tener un ideal de progreso; así, el progresivo conocimiento del sujeto conduciría al progreso técnico, y este sería el colchón del progreso económico y moral hacia el cual caminaba con paso firme la civilización. Pero los sucesos del siglo XX mostraron su fracaso estrepitosamente, lo cual bien puede ser resumido por la expresión de Goya: “el sueño de la razón engendra monstruos”.
El eco de la caída de ese “gigante con pies de barro” supuso varias alternativas. Una de ellas, de origen francés, extendida por occidente, se denominó “Posmodernidad”. Esta es definida por Lyotard como “el estado de la cultura después de las transformaciones que han afectado las reglas de juego” y en última instancia, se trata, según el filósofo francés, de “la crisis de los relatos” (Lyotard 1990). Es decir, los relatos que antes daban sentido a las cosas están en crisis porque las racionalidades de tales relatos extinguieron o bien su promesa, o bien sus posibilidades y límites. No se trata entonces de una corriente filosófica, sino una postura de estudios críticos de la cultura, que abarca muchas ramas, autores, fuentes, metodologías y disciplinas, y también fenómenos culturales y sociales, como el fútbol.
En general, este tipo de estudios tiene una serie de temas o ejes comunes, entre ellos el de la economía como una producción para el consumo, consumo apoyado en la industria de la información y los medios masivos que, como centro de poder, emiten información de manera excesiva; esta manera excesiva de comunicación, sin importancia del sentido o contenido del mismo, hace parte de la vida entendida como un espectáculo de los individuos más que de las sociedades. Y bajo estos modelos, acá vamos a estudiar el fútbol, mejor dicho, el posfútbol.
A razón de lo anterior, decimos que queremos pensar el fútbol y el paso al posfútbol. Decimos que queremos pensar el fútbol y eso tratamos… tratamos de pensar. El hecho cierto es que el fútbol es un fenómeno cultural que se transformó con esa misma cultura que lo creó. Y de eso hablamos acá. En los diversos textos, que son independientes entre sí, existe un vector general: la relación entre el fútbol y la transformación de la sociedad, su economía, sus ideales, sus logros y sus derrotas. Acá analizamos el juego y el negocio, el uso de los datos y su abuso, el periodismo deportivo y la big data. De este modo, pensamos y analizamos cómo el fútbol pasó de ser ese deporte público, “ese ballet del pueblo obrero”, hasta llegar a ser esa práctica de gamers deslocalizados que hacen mundiales a través de consolas de videojuegos con millones de fanáticos y ganancias. Y es que el postfúfol es mucho más que un deporte de hipercapitalismo. Entonces, un libro así se había imaginado, sobre esto se escribieron buenas notas, pero parece que, como producto editorial, no se había intentado.
Y no es que no se haya hablado antes del tema. En efecto, algunos valiosos comentarios de esto se ven en la tv, se escuchan en la radio, se leen en prensa o en textos académicos. Sin embargo, nosotros hemos decidido dar un paso adicional, pues acá no solo estudiamos la relación del fútbol con el hipercapitalismo, también hemos agregado ataduras con otros elementos también pensados, pero no vinculados. Así que nos preguntamos ¿cuál es la relación del público con esta hipermodernidad y este hipercapital? y ¿qué impacto tiene esto en el desarrollo del juego, en el proceso de formación de los deportistas y en el jugador profesional y su psique? Acá parece haber una insidiosa novedad que se irá revelando en cada capítulo.
Sin duda, un libro como el que estamos presentando se vuelve una jugada llena de intrepidez necesaria. Este libro no es una osadía como las que hace un jugador en la mitad de la cancha y para aplauso del público, o para molestar al rival. Este análisis que hacemos sobre el deporte rey parece necesario porque la ausencia de pensamiento sobre el futbol se paga caro: se paga con la trivialización del oficio periodístico, con la banalidad de lo publicado, con la frivolidad del espectáculo, todo esto le cuesta muy caro a la cultura del fútbol. Además, esta ausencia pasa por alto que el fútbol es mucho más que “once contra once”, y que la profundidad está en la forma de pensar y no en el objeto pensado.
Entonces, y ya para rematar al arco, contemos algo: esta jugada escrita y pensada por un buen rato, es una jugada tejida a nivel multicampo. Fue la unión de un periodista que piensa las cosas con hondura y calado, y un filósofo tranquilo que habla para el público, como si estuviera en radio para todos y no con sus estudiantes del doctorado. La jugada fue propiciada por Christian Solano, el verdadero 10 de estas páginas, que encontró en Oscar Donato el compañero perfecto de fórmula, de gambeta, de charlas y de reflexiones con sentido. Con un prólogo y un epílogo a la maniobra, se sumó por las bandas Nicolás Samper, periodista que ha transitado más allá del banal horizonte que propone el periodismo deportivo de clics y las polémicas con gritos a todo pulmón entre panelistas que analizan un partido de fútbol.
En la opinión de los dos autores de esta arriesgada apuesta, estas páginas son de esas maniobras que se hacen en plena área para provocar el penal de la reflexión, para intentar tirar al arco. Y si no es gol, seguro la osadía nos pega en el palo.
FÚTBOL MODERNO Y POSFÚTBOL
La novedad empieza a ser más relevante que la tradición.
JORGE VALDANO
DEFINIENDO LO MODERNO
En medio del encuentro Sevilla vs. Levante de la temporada 2011–2012 de la Liga Española, centenares de pelotas de tenis volaron desde las gradas del estadio Sánchez Pizjuán al terreno de juego. Esta acción tenía como fin protestar contra los organizadores de La Liga BBVA, que retrasaron el partido en casa de los andaluces media hora por dar preferencia a los últimos minutos del clásico Real Madrid vs. Barcelona.
Un episodio similar vivió la cancha del Eintracht Frankfurt de la Bundesliga en 2018, mientras se enfrentaban al RB Leipzig. Aquí las razones fueron dos: la programación de partidos de la Bundesliga los lunes y la fuerte animadversión de la hinchada de Las Águilas a un equipo patrocinado por una bebida energética que ha incluido su marca en el nombre del club de la ciudad de Leipzig. En las primeras de cambio del año 2020 varias hinchadas del fútbol alemán, entre ellas las del Unión Berlín, Bayern Munich y el Schalke 04, insultaron sin medida a Dietmar Hopp, dueño del Hoffenheim. ¿La razón? La organización de la Bundesliga aprobó una normativa que permite a cualquier persona o consorcio millonario quedarse con el porcentaje mayoritario de un club, cuando la tradición marca que este sea de los socios.
Todos estos hechos no están citados por azar en este texto; tienen algo en común y es la resistencia de los hinchas a las nuevas dinámicas de un mundo neoliberal y globalizado. Como lo vemos, el final de la primera década del dos mil trajo consigo un movimiento nostálgico de fanáticos del fútbol organizados bajo el lema: “Against the modern football” (“En contra del fútbol moderno”). El hincha ha tomado el lugar de veedor y guarda de las tradiciones sagradas del fútbol, pues este último, en tiempos de hoy, vive en una constante división y cambio. El juego se debate entre la remembranza del pasado y el vertiginoso ritmo del presente. El video arbitraje, los fichajes multimillonarios, los equipos chicos novedosamente ricos, las redes sociales, el consumismo, la moda, la globalización y la big data son elementos que han sido progresivamente instalados en este deporte con el ánimo de mejorar el espectáculo.
Todos estos cambios han generado un cisma dentro del deporte más popular del mundo fraccionando al fútbol en dos: “El fútbol de antes” y el “fútbol moderno”. Esta última división se enuncia con una curiosa nomenclatura teniendo en cuenta que el fútbol es una invención que viene de la mano de la modernidad; es decir, tiene como antecedentes históricos hechos determinantes para la configuración de los siglos XIX, XX y XXI.
El nacimiento del fútbol, situado en el último tercio del siglo, está precedido por hechos sociales, económicos, políticos y culturales tan significativos como el Renacimiento (1300–1600), el descubrimiento de América (1492), la Ilustración (1715–1789), la Revolución Francesa (1789–1799) y la boyante Revolución industrial (1760–1840), todos concebidos bajo la denominación histórica de la edad moderna. Así que, si nos ceñimos a una definición cronológica de lo “moderno”, tendríamos que acordar que el fútbol es, de hecho, moderno y no dejará de serlo, está enmarcado en un espacio-tiempo que lo define como tal. De esta manera, es necesario buscar otras definiciones sobre lo que es “moderno” que nos permitan entender cuándo el fútbol es moderno.
Para empezar a aclarar el panorama, hay que ser taxativos y recurrir a la definición más pragmática del término. Lo “moderno”, según la Real Academia Española de la Lengua, tiene entre sus acepciones dos que hacen causa común: “Perteneciente o relativo al tiempo de quien habla o a una época reciente” y “Contrapuesto a lo antiguo o a lo clásico y establecido”. Es decir, es algo “nuevo”. De hecho, la palabra “moderno” viene de “moda”. Bajo esa mirada, cabe perfectamente la definición de lo moderno dada por el filósofo Marshall Berman: “Ser modernos, decía, es experimentar la vida personal y social como una vorágine, encontrarte y encontrar a tu mundo en perpetua desintegración y renovación, conflictos y angustia, ambigüedad y contradicción”. (Berman, 1989)
Entonces; el “fútbol moderno” es un fútbol “nuevo, cambiante y caótico”. Para un deporte con casi dos siglos de existencia y cuyo éxito se basa en la simplicidad y en la permanencia de un modelo sin muchos retoques, los cambios en su desarrollo representan una tormenta de caos que puede modificar para siempre el sentido del juego. Cada propuesta para adicionar cosas al fútbol abre esa gran división histórica entre los conservadores y los reformistas quienes chocan constantemente cuando el statu quo puede verse trastocado. Muchos casos sirven para ejemplificar esta división. Empecemos con el expediente “Fútbol africano”, un episodio con múltiples implicaciones que enfrentó a la FIFA con el continente negro.
La cosa es así: a mediados del siglo XX Europa adoptó una fuerte postura frente a la posibilidad de incluir en FIFA a los países que integraban la Confederación Africana de Fútbol, un símbolo de la unión panafricana en pro de la emancipación e independencia de sus territorios del dominio de las potencias imperialistas. Mientras los conservadores del balón y la burocracia contemplaban como inadmisible que los africanos tuvieran el mismo peso de voto que los europeos ante el máximo ente del balompié mundial, los reformistas, con previas y medidas intenciones como el dirigente brasileño Joao Havelange, se enfrentaron al entonces presidente de FIFA, Stanley Rous, con el ánimo de removerlo de su cargo y mejorar las condiciones del fútbol africano, cosa que nunca pasó.
Otro ejemplo práctico: el discutido video arbitraje y la lucha vigente entre conservadores y reformistas: conservadores como el periodista Santiago Segurola, quien desde su orilla ideológica manifiesta que el VAR es otro intento de “americanizar” el juego. El español va lanza en ristre contra aquellos que quieren incorporar en el fútbol las principales características de los deportes norteamericanos, en los que la tecnología detiene el juego en nombre del espectáculo. Por el lado de los reformistas, se defiende al VAR enarbolando como bandera la búsqueda de justicia. El sacrificio de la fluidez del juego en nombre de la verdad, apelando a una figura panóptica que permitirá castigar al infractor y ofrecer redención al agredido.
Y ¿qué tal si hablamos de los torneos y sus números de participantes? La Copa Mundo ha pasado de 13 equipos desde su primera edición en Uruguay 1930 a una disparatada propuesta de 48 selecciones lanzada al público por Gianni Infantino, presidente de FIFA. Para unos es democratización, para otros, demagogia.
A esta lucha entre bandos tenemos que sumar el juego de prestidigitación corporativa que transformó la palabra “hincha” en la palabra “cliente”. Los hinchas fieles que acompañan a sus equipos ya no son otro condimento más del entorno de un club, sino consumidores de un servicio que pagan por ver desde las gradas o desde los canales premium de televisión. Ya no son parte de una institución, son clientes de la misma. Están afuera, mendigando por victorias perteneciendo a una colectividad artificial. La captación de la emoción para su posterior conversión en dinero es otro de los elementos que caracteriza a nuestro fútbol con respecto al juego de caballeros disputado en las canchas de Sheffield.
En resumidas cuentas, esa es y será la dinámica del fútbol mientras exista. La lucha por imponer voluntades que beneficien al espectáculo y mantengan el espíritu del juego. Un choque entre hinchas y negociantes, emociones y finanzas, talento e intensidad y entre industriales y artesanos. La victoria de las nuevas propuestas frente a la estructura tradicional del juego es la mejor definición del “fútbol moderno”.
EL POSFÚTBOL
El periodista chileno Juan Pablo Meneses, autor del libro Niños futbolistas, apuesta por redefinir la expresión “fútbol moderno” bajo una nueva categoría que permite delimitar con claridad el cuándo y el cómo de este nuevo fútbol.
Meneses aporta el término “posfútbol” a la discusión, entendido como un nuevo deporte originado con la aparición de Lionel Messi en el fútbol profesional. El autor describe un fútbol distópico en el que los equipos más poderosos del mundo buscan niños talentosos de todos los rincones del planeta para enlistarlos en su disciplina. El negocio aquí es hallar talento juvenil a un muy bajo costo para ahorrarse un futuro fichaje multimillonario. (Meneses, 2013)
La historia del crack argentino resume el telos del posfútbol que trae de vuelta los patrones imperialistas que se extinguieron en el siglo XX. Así, del mismo modo en el que Inglaterra, España, Francia, Portugal, Italia y Alemania extraían las riquezas y materias primas de los países en vía de desarrollo del hemisferio sur, los clubes históricos de ese que llaman primer mundo crean innumerables escuelas de fútbol en cada rincón del planeta con el ánimo de captar talentos con la falsa promesa para niños y padres de un futuro bienaventurado en Europa jugando a la pelota. Con Lionel Messi, Barcelona decidió creer en un joven con un problema de crecimiento, pagó su tratamiento y escogió invertir a riesgo en una posible estrella. Al final, los catalanes recuperaron su inversión.
Aunque es muy claro y convincente el concepto de Meneses, podríamos echar unos años atrás en la historia para rastrear el momento en el que el fútbol cambió. El posfútbol no se puede definir con un solo hecho, es el resultado de varios procesos que convergen a través de los años, pero que tuvo como puntapié inicial la década de los noventas.
Hay cinco fenómenos que serán determinantes en la evolución del fútbol en el siglo XXI. Es justo empezar mencionando el “Informe Taylor” (1990), un documento que modificó el mundo del fútbol inglés tras una oleada de violencia hooligan que tuvo sus más trágicos picos con los episodios de Heysel y Hillsborough1. El informe supervisado por el juez Lord Justice Peter Taylor identificó los grandes problemas de seguridad del momento y propuso un paquete de medidas para adoptar en el fútbol británico entre las que se destacan la eliminación de alambrados en las tribunas, la obligación del público de permanecer sentado, la instalación de cámaras de video en los estadios y el registro de los datos de cada hincha que asiste a un partido de fútbol. El modo en que se vivía el fútbol en una cancha tuvo un antes y un después con las recomendaciones del juez Taylor.
En segundo lugar, tenemos el nacimiento de la Liga de Campeones (1992) y la Premier League de Inglaterra (1992), dos torneos fundados sobre los cimientos de la antigua Copa de Europa y la Liga de Fútbol de Primera División de Inglaterra. La primera movida abrió nuevas plazas a países europeos nunca considerados como competitivos; de allí que tengamos que soportar continuamente las previsibles derrotas del Bate Borisov, el Cluj, el Maccabi Haifa, el Astana o el Qarabag en la Champions; y la segunda consolidó el negocio de los derechos de televisión gracias al modelo del fútbol inglés que tuvo en la compañía Sky de Rupert Murdoch su perfecto cliente. Para entender la dimensión del negocio de la Premier, anotemos que en 2018 el torneo recibió cerca de 11 mil millones de euros por los derechos de transmisión de los cinco años siguientes.
Tras crear dos exitosos modelos de competición, llegó como tercer suceso el Coeficiente UEFA (1997) y su perpetuación estadística de los equipos más poderosos de Europa. A través de los números que recoge la Unión de Asociaciones Europeas de Fútbol, se mide el rendimiento de todos los equipos de las ligas del viejo continente y se dictaminan las posiciones que tendrán en sorteos, calendarios y plazas en torneos continentales. Se empieza abrir la brecha entre los clubes poderosos y los equipos de la media.
No podemos pasar por alto en nuestro cuarto punto, el significativo Caso Bosman (1996): un dilema jurídico–deportivo que reivindicó el Tratado de Roma y permitió a los futbolistas europeos jugar en cualquier club del continente sin ocupar plaza de extranjero. Esta es la historia de Jean-Marc Bosman, un futbolista belga sin mucha distinción que rescindió unilateralmente su vínculo con el RFC Lieja luego de que el club quisiera renovarlo con un sueldo considerablemente menor al que recibió durante las anteriores temporadas, para ir al Dunkerque de la segunda de Francia. El fallo que favoreció a Bosman cinco años después determinó que los deportistas no son esclavos y que los clubes no son sus dueños.
En quinto lugar, registramos la aparición de ligas profesionales en países sin tradición futbolera, pero con el suficiente poder económico para sostenerlas. Japón creó su J1 League en 1992; China tuvo la Jia A en 1994 y, por supuesto, los Estados Unidos fundaron una nueva liga bajo el nombre de la MLS como condición necesaria impuesta por la FIFA para la realización del mundial de Estados Unidos 1994. Con este quinteto de hechos fundacionales, el posfútbol recogió su ancla y emprendió camino rumbo al futuro.
Este nuevo deporte inspirado en el fútbol que ya navega por las canchas de nuestro planeta es un fenómeno del nuevo milenio resultante de los incesantes cambios que dejó el final de la historia en el siglo XX. En consecuencia, de la misma manera en que el posmodernismo apuntó a negar los grandes relatos que han definido al mundo, como bien lo retrató el filósofo francés Jean-François Lyotard en su obra La condición postmoderna, la llegada del año 2000 desdibujó poco a poco las narrativas tradicionales del fútbol a favor de la mercantilización. La visión romántica del juego ahora estará mediada por los millones, los rendimientos, los datos, la desigualdad, el fetichismo, el desarraigo y el discurso dictatorial que pondera el resultado sobre todas las cosas.
Bienvenidos al posfútbol.
RONALDINHO Y OTROS POÈTES MAUDITS
Soy un feo simpático que con el tiempo acaba siendo guapo. En el conjunto, al final, parezco guapo.
RONALDINHO
En la jaula infame de nuestros vicios, ¡Hay uno más feo, más malo, más inmundo!
BAUDELAIRE
Antes de que París fuera la ciudad de la luz, el amor y el glamour, antes de que el Boulevard San Michel que desemboca en la Sorbona fuera la pasarela del mundo, y antes de que el Paris Saint Germain fuera el equipo ultra millonario que es hoy, París vivió una transición hacia esta modernidad. Ese paso a la modernidad significó el cambio de esas viejas casas medievales de paredes gruesas, a esos modernos edificios de cristal; supuso el cambio de esas grandes iglesias en piedra y madera como Notre Dame a esas estructuras metálicas como la torre Eiffel. Ese cambio fue trabajado con las manos de esos que el gran poeta francés, Víctor Hugo, llamó Los miserables.
Esa París del amor, de la luz y de los amplios bulevares reposa sobre las vidas de todas las prostitutas, gamines, rateros (que se les llamó así por vivir en las alcantarillas con las ratas), ancianos, delincuentes de poca monta, gente pobre, sucia, patiraja’os, enfermos, improductivos y desechos sin futuro. A todas estas vidas, a la belleza que les habita en medio de su miseria, Baudelaire las vio como a flores, a pesar de la oscuridad del “mal” social que representan para la ciudad luz y su economía formal. Por eso, sus poemas sobre estas putas, viciosos y gañanes se llaman así: Las flores del mal.
A estos poetas que escriben la hermosura de la miseria de estos males sociales se les llamó poetas malditos. Los poetas malditos eran tal cosa porque eran mal vistos y dichos por su familia y su sociedad, pues no quisieron entrar en la lógica del esplendor y lujo de esa nueva vida, la vida moderna. No quisieron entrar en la lógica del esplendor y de la vida moderna porque esto solo podía hacerse al precio de abandonar el placer a cambio de trabajo, el goce a cambio de la explotación.
Con la miseria del mundo moderno que sostiene su esplendor y sus cristales limpios apareció el pueblo obrero, y con el pueblo obrero, el ballet del pueblo obrero, el fútbol. Con el ballet del pueblo obrero y sobre el esplendor y los cristales limpios del fútbol aparecieron también sus poetas malditos. El Trinche Carlovich, el Mágico González, George Best, Paul Gascogine, Eric Cantona y tantos otros. Ronaldo de Assis Moreira, para las autoridades paraguayas, Ronaldinho Gaúcho, para el mundo del fútbol, Ronaldinho para los apasionados, es el último de los malditos
Algunos sostienen que Dihno “no fue el mejor futbolista del mundo porque no quería”. Afirman desde sus casas y cabinas de transmisión que Ronaldinho “se desperdició” por su falta de disciplina. Explican esto con la siguiente teoría: Ronaldinho llegó al fútbol en un momento en que el clásico 10 agonizaba, un jugador con poca capacidad atlética en medio de tanta velocidad del juego no podía rendir lo que se necesitaba; de este modo, él se adaptó a jugar por una banda mientras su estado físico se lo permitió; allí, en la aurora del Barça de Pep, quemó sus últimos cartuchos tras una brillante era con Frank Rijkaard como entrenador producto de su falta de disciplina y su agotada voluntad de competencia.
Pero estas miradas no explican varias cosas. Por ejemplo, decir que Dinho “se desperdició” implica que se está viendo desde la rentabilidad y las ganancias. Desde este ángulo, una parte se usó, otra “se desperdició”, fue un deshecho. Por eso los modernos llaman a los vagos “desechables”, porque no producen y son entonces vidas “desechables”.
Así, desde el ángulo de las ganancias, se critica a este poeta maldito del fútbol. Sin embargo, revisemos: se le está diciendo “desechable” y maldito a quien ganó la Copa Mundo –que a la fecha no ganaron ni Messi ni Cristiano Ronaldo–; a un jugador que ganó Copa Libertadores –cosa que no lograron ni Messi, ni Maradona–; se le tilda así a quien también ganó la Copa América y la Champions League que le fue esquiva al gran Diego, y se calificó así a quien también ganó el Balón de Oro, entre otras cosas. Se acusa a Ronaldinho del delito de ganar todo. De esta curiosa expresión vale preguntar: entonces, si Dinho también ganó sus cositas, ¿por qué esta mirada de jugador “desperdiciado”?
Acá nos podemos plantear varias cuestiones: Y ¿por qué tenía que querer ser mejor jugador si ya era el mejor? ¿por qué tendría que ganar más y esforzarse más para satisfacer la vida de otros por encima de satisfacer su propia vida? ¿Por qué el criterio de lo económico y de los honores tenía que primar en la vida de Dinho sobre el criterio del placer, los amigos y la familia? Y ¿por qué tenía que privilegiar a esos otros que pedían que él fuera mejor si estaba contento así, siendo el mejor y bailando en su casa y en el campo?
¿Quién bailaría por él mientras él se esforzaba en el gimnasio? Estas preguntas no se pueden responder desde la mirada de los que pedían más del brasileño.
Decir que Dinho se desperdició cuando ganó todo es decir algo desde el posfútbol, desde la mirada de la autoexplotación y de lo cuantificable, y quien así habla de Ronaldinho habla desde una mirada autojustificada o autoesclavizada. Quien así habla, de poesía nada sabe, ni siente, ni entiende
¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que está mezclando o licuando el juego mismo del fútbol con el armazón comercial y eficientista de las cosas. Actualmente el mundo es el mundo de las máquinas digitales, un lugar que puede hablar con los ojos puestos en la fabricación masificada de todo, de balones, zapatos, carros y casas, ciudades, jugadores y sociedades. Todo esto se mide desde la dicotomía “rentable –no rentable” para saber qué lugar darle dentro de la maquinaria a esa ficha creada; y desde el ángulo de “eficiente o no eficiente” para saber si tal ficha debe permanecer dentro de la maquinaria. Todo lo que no entra a producir y a ser rentable y eficiente es maldito.
En este sentido, y desde este ángulo, es posible decir que “Ronaldinho se desperdició” y advertir que Dinho “no fue el mejor futbolista del mundo porque no quería”, pero esto es no advertir que, por su deseo o naturaleza, no quería ser parte de esta maquinaria. Esto es quitarle otro encanto a Dinho, su faceta de poeta rebelde y maldito.
Acaso ¿por qué tendría que querer participar de esto? Podemos pensar que cuando llegó del Mundial o de la ceremonia del Balón de Oro pensó en disfrutar la vida; quizás el árbol que cayó sobre su casa le llevó a pensar que él y su familia eran vulnerables y que su sonrisa se apagaría en algún momento. Quizás entendió que vivió en la bisagra de los tiempos, en dos épocas, la del fútbol como victoria y diversión, y la del posfútbol: la del rendimiento, la época del dato y los tiempos de la muerte del 10 y la autoexplotación para el resultado de una victoria apretada.
Es que, en efecto, Dinho vivió la época del fin del 10. El 10 representa a ese jugador que es “El mago”, al famoso “enganche”, al que mágicamente une la nada (no tener posesión del balón) con el ser (el gol, la victoria) representando aquello que da horizonte (de juego) y sentido (de acción) Eso es el 10, o mejor, eso fue el 10. El que vivió en el espacio vacío, allí donde no hay nada y era posible crear. Allí, dirán las futuras generaciones en el museo del fútbol, allí vivió y jugó el 10.
Eso era otra época, decimos los nostálgicos. Estamos en la sociedad de las comidas rápidas, de los resúmenes de los libros, de ir al museo cuando se tenga tiempo para no quedar como inculto en un coctel: hoy no hay tiempo para el lujo, para la pausa que piensa y crea, no hay tiempo para la travesura. La gambeta debe ser no solo un lujo, sino un lujo eficiente. La “culebrita macheteada” del “Mágico” González se debe hacer si genera un gol o un penal, el aplauso del público no es siempre rentable y el divertimento del propio jugador es tan ridículo y mal visto como la vida de un poeta o los “pispirispis” de los cuentos filosóficos.
Entonces, desde la negación del ocio, desde el negocio, desde el fútbol como negocio, este tipo de poetas son malditos. No se puede ni crear ni desperdiciar. Lo que importa hoy es ganar, no jugar, y menos disfrutar. Así, en la era del posfútbol, la ganancia se mide en cifras que indican si se es rentable o no rentable, y para ser rentable se debe ser eficiente; por eso el argumento de la exigencia física en contra de ese dueño de la magia en los pies, el moreno de la risa generosa. Ronaldinho fue rentable mientras su estado físico se lo permitió; después, era un desperdicio tener a ese 9 % del total de las piezas del equipo que reporta tan poco sacrificio, eso no era eficiente, no podíamos verlo caminando por allí, en espacios vacíos, como si fuera un paseante solitario. Estamos en la época del agite (ilusione), use (emplee) y bote (pensione, si se puede…).
No discutamos ahora si una época es mejor que la otra; digamos por ahora que son distintas. Digamos por ahora que la mirada de posfútbol está inserta dentro del mundo que requiere que el ciudadano en su propia “home office” de “emprendimiento” y el jugador en la cancha se autoexploten, que “rindan” como un carro o cualquier otra máquina.
No es extraño que mientras Cristiano Ronaldo dice: “Quiero ganar, independientemente de donde sea”, Ronaldinho dice que “No se trata del dinero, sino del juego en el campo”. Ver a Cristiano es ver al primer y mejor autoexplotado de la industria del posfútbol. Ver a Ronaldinho es ver la sonrisa del artesano que disfrutó ganar todo. Esto nos marca una diferencia entre el fútbol artesanal y el posfúbol industrial.
Se podrá objetar que detrás del caso de Ronaldinho existieron muchos que solo fueron vagos, pero esto no significa que sea mejor ser un autoexplotado. Al “Trinche Carlovich”, que no quiso jugar fútbol profesional, lo siguen admirando, y al “Mágico” González, leyenda de su pueblo y leyenda del Cádiz, se lo quedaron esperando en Barcelona, le tenían miedo por “indisciplinado” y lo querían para jugar con Maradona: pero, ¡qué lujo que se dio González!, vivir tranquilo, amar el fútbol tanto como la noche; no separó la vida, el amor del fútbol y el goce; a sus sesenta y tantos, Maradona decía que lo admiraba y que nunca pudo imitarlo. ¿Querían lujos? Acá lo tienen, a estos “nadie les quita lo baila’o”.
Déjennos a nosotros, los nostálgicos, pensar que el mayor triunfo del neoliberalismo es el esclavo lleno de flash, una disciplinada ficha y engranaje de la maquinaria que lo está usando mientras se siente admirado; déjennos pensar que Dinho fue uno de esos últimos vagos que jugó y vivió como poeta, y gambeteó bien, entre ser un bardo y vago, que el mejor y más caro de los explotados. Déjennos pensar que Ronaldihno fue ese Baudelaire moreno y de pelo largo en la cancha.

Pulsuz fraqment bitdi.