Kitabı oxu: «Amor apasionado - Princesa de incognito»

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28001 Madrid

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

N.º 427 - noviembre 2020

© 2008 Victoria Pade

Amor apasionado

Título original: Hometown Sweetheart

© 2009 Christine Flynn

Princesa de incógnito

Título original: The Rancher & the Reluctant Princess

Publicadas originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2009

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-947-6

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Amor apasionado

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Princesa de incógnito

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Epílogo

Si te ha gustado este libro…


Capítulo 1

DIJISTE que tenías un desatascador y que sabías usarlo, así que te tomé la palabra.

Neily Pratt le estaba tomando el pelo a Charlie, un fontanero a quien conocía de toda la vida. Charlie sólo era uno más de los vecinos de Northbridge, una localidad de Montana, que habían dedicado el domingo a arreglar la vieja casa de Hobbs, un edificio gigantesco de ladrillo situado en lo alto de una colina al final de la calle South, en el mejor barrio del pueblo.

La casa había estado vacía hasta una semana antes, cuando su propietaria, Theresa Hobbs Grayson, se las arregló de algún modo para robar el coche de la enfermera que cuidaba de ella en su residencia de Missoula y conducirhasta Northbridge. En cuanto llegó, abandonó el coche delante de la heladería, caminó la manzana y media de distancia que la separaba de la casa y entró por la puerta del sótano.

Pasaron varios días antes de que se descubriera la presencia de la mujer, que sufría una enfermedad mental. Cuando la policía se presentó en el domicilio, Theresa huyó a un dormitorio del primer piso, se encerró en él y declaró en plena histeria que se negaba a marcharse y que estaba allí para recuperar lo que le habían quitado. Los agentes no tuvieron más remedio que llamar a los servicios sociales del Ayuntamiento; pero en Northbridge, esos servicios se reducían a un solo asistente, Neily Pratt, que ahora estaba a cargo de Theresa y se alojaba en la vieja casa de Hobbs.

Cam, el hermano de Neily, se reunió con ella en el porche desde el que estaba dando las gracias y las buenas noches a todos los que se marchaban.

—¿Estás bien aquí, sola? —preguntó él.

Cam era uno de los policías locales. También había estado trabajando ese día para adecentar la casa.

—Estoy perfectamente —le aseguró.

Neily sabía que su hermano sólo estaba preocupado por su seguridad. Como asistente social, había trabajado con personas que podían suponer un peligro, pero dudaba que la encantadora anciana de setenta y cinco años se encontrara en ese caso.

—¿Ha vuelto a montar alguna escena como la de la noche que la encontramos?

—Theresa sólo me complica la vida cuando insinúo que tendría que marcharse de la casa. Mientras no toque ese tema, es como un corderito… será mejor que se quede aquí hasta que encontremos una solución de largo plazo.

—Por lo menos, la casa está más limpia y ya no hay peligro de incendio. Además, han desatascado la pila de la cocina y remplazado todas las ventanas rotas —observó su hermano.

—Gracias a ti a y a los buenos samaritanos que habéis venido a ayudarme. Os agradezco especialmente lo de las ventanas… abril está siendo bastante cálido, pero refresca de noche y el cartón que tapaba los cristales rotos no servía de gran cosa.

Neily y Cam intercambiaron unas palabras con el electricista, que salía en ese momento. Cuando el hombre se alejó hacia su furgoneta, que estaba aparcada en el vado, ella continuó:

—De todas formas, todavía no he notado síntoma alguno de que Theresa sea violenta. Su humor es cambiante y está muy confundida, pero no es un peligro para nadie. Ni siquiera entiendo cómo logró llegar a Northbridge… pasa casi todo el tiempo en la mecedora del dormitorio principal, en silencio.

—Ya me he dado cuenta. No la he visto en todo el día.

—Ni tú, ni nadie. No quiere que la molesten. Pero yo no podía permitir que estuviera sola, así que…

—Le has buscado compañía —la interrumpió.

—Sí, pero después de prometerle a Theresa que no sería nadie que la hubiera conocido en el pasado. Quién sabe por qué habrá puesto esa condición.

En ese momento salieron tres voluntarios más, entre los que se encontraba Missy Hart, la chica de diecisiete años a quien había contratado para que hiciera compañía a Theresa. Después de otra ronda de agradecimientos y despedidas, Cam dijo:

—Tal vez no debería estar dentro sin vigilancia.

—Seguro que sigue en la mecedora cuando suba a verla, por eso le he dicho a Missy que se podía marchar. Además, como tiene pánico de ver a cualquiera que la conozca, no saldrá del dormitorio hasta que yo le diga que todo el mundo se ha marchado.

—¿Ya te has formado una opinión profesional sobre el estado de nuestra fugitiva senil?

Neily contestó a su hermano porque no suponía ninguna ruptura de confidencialidad. Cam conocía el caso y estaba involucrado en él.

—El examen físico de Theresa no ha mostrado ninguna señal de malos tratos, aunque ella tampoco insinúo tal cosa cuando respondió a mis preguntas. Está bien alimentada, bien vestida y limpia. Pero su cuerpo es una cosa y su cabeza, otra…

—Comprendo.

—Los servicios de Missoula se han puesto en contacto con su enfermera y con su nieto, que vendrán pronto y se encargarán de ella. Bajo mi supervisión, claro está —puntualizó—. Luego haré las entrevistas que faltan y redactaré el informe, pero eso puedo hacerlo aquí, con Theresa y con quien venga a verla.

—Vamos, que Theresa está mentalmente… desconectada —dijo Cam, planteando la cuestión de forma suave.

—Tiene muchos problemas. La memoria le falla y a veces no me reconoce y me llama Mikayla. Cuando le pregunto quién es Mikayla, no puede o no quiere contestar. Pero sea quien sea, parece que le cae bien.

Entre la riada de coches, camionetas y gente que se alejaba a pie colina abajo, Neily vio un todoterreno negro que avanzaba lentamente hacia la casa y que no conocía.

—Como sea otro periodista, voy a tener unas palabritas con él —dijo a su hermano.

Cuando Theresa se había escapado de Missoula, las autoridades la dieron por desaparecida y comenzaron la búsqueda. Y ahora que ya se conocía su paradero, toda una legión de periodistas había descendido sobre la pequeña localidad para conseguir una buena historia.

—Me acercaré a preguntar y me libraré de ellos —declaró Cam—. Por cierto, hermanita… deberías lavarte la cara. La tienes llena de hollín de la chimenea.

El último grupo de voluntarios salió de la casa. Neily tuvo que permanecer en el porche para despedirse de ellos, así que no pudo hacer otra cosa que pasarse la mano por la cara con la esperanza de adecentarse un poco.

Cam volvió unos segundos después. Lo acompañaban una mujer gruesa y un hombre, los ocupantes del todoterreno.

—No era un periodista —le informó—. Te presentó al nieto de Theresa, Wyatt Grayson, y a su enfermera, Mary Pat Gordman.

Neily maldijo su suerte por tener que recibirlos con toda la cara manchada. Por otra parte, su hermano ya le había comentado que tenía la ropa llena de polvo y que su largo cabello, de color chocolate, no podía estar más revuelto. Se mirara como se mirara, su aspecto distaba mucho de resultar profesional. Y eso le molestó más todavía porque el nieto de Theresa resultó ser un hombre atractivo y más o menos de su edad.

Sin embargo, como no podía hacer nada al respecto, fingió que todo estaba bien y adoptó un tono serio pero cordial.

—Encantado de conoceros. Yo soy Neily Pratt, la asistente social de Theresa.

La mujer gruesa no se movió, pero Wyatt Grayson se acercó a ella. Era un hombre alto, seguro, de hombros anchos y lo suficientemente musculoso como para que sus pantalones de color caqui y su polo azul marino no lo disimularan.

Cuando la miró de nuevo, había tal brillo de extrañeza en sus ojos que Neily se creyó en la obligación de justificar su aspecto.

—Lamento recibiros así —declaró—. Hemos estado limpiando la casa y tenía décadas de polvo acumulado.

Wyatt Grayson sacudió la cabeza, frunció el ceño y murmuró:

—No, la no miraba así por eso. Es que se parece a…

—¿A una mujer llamada Mikayla? —preguntó ella—. Porque Theresa no deja de llamarme de ese modo…

—Mikayla —repitió el hombre con su voz de barítono, en tono enigmático—. Sí, eso es, Mikayla.

La respuesta sólo sirvió para aumentar la curiosidad de Neily, pero Wyatt Grayson no explicó quién era y se limitó a ofrecerle la mano.

—Es un placer, señorita Pratt —dijo.

—Neily —corrigió.

Neily ni siquiera supo por qué, pero le estrechó la mano con un entusiasmo poco habitual en ella. Y el contacto fue tan intenso que sintió cada detalle, cada matiz del encuentro entre sus pieles.

Fue una de las cosas más extrañas que le habían pasado en toda su vida, pero significara lo que significara, era evidente que estaba totalmente fuera de lugar en ese momento y se apresuró a apartarse.

Cam rompió el silencio mientras Wyatt Grayson la seguía observando con sus ojos grises, como de peltre.

—Tengo que volver a comisaría, Neily. Mi turno empieza dentro de poco, así que si no me necesitas para nada más…

—No, no, márchate.

Neily logró contestar a su hermano a pesar de que el escrutinio de Wyatt Grayson empezaba a resultarle incómodo. De hecho, se sintió muy aliviada cuando el recién llegado se giró para despedirse de Cam. Pero además de sentir alivio, su cambio de posición le permitió observarlo con más detenimiento. Y podría haberlo mirado durante horas y horas.

Su cabello, de color rubio oscuro y corto a los lados, estaba ligeramente más largo en la parte superior, que llevaba revuelta y le daba un aspecto informal y rebelde. Su nariz tenía una forma perfectamente recta. Sus labios no eran grandes, pero su sonrisa irónica resultaba muy sexy. La estructura de su fotogénica cara parecía una colección de depresiones y ángulos bien definidos, con pómulos altos, mejillas lisas y una mandíbula escultural. Y por si eso fuera poco, sumaba unos ojos grises y sensuales que, según la luz que les diera, adquirían un tono plateado o azul.

Sin embargo, Neily se recordó que su belleza física carecía de importancia para el caso. Wyatt Grayson era uno de los guardianes de su abuela y su atractivo no debía influir en su valoración profesional.

Cuando Cam se alejó hacia el coche, ella preguntó:

—¿Por qué no pasamos dentro?

—¿Cómo está mi abuela? ¿Se encuentra bien? El asistente social de Missoula dijo que no había empeorado, pero no es precisamente joven ni está en posesión plena de sus facultades mentales. Me sorprende que se escapara y que fuera capaz de llegar aquí… Mi hermano y mi hermana están tan asombrados como yo.

Neily los acompañó al interior de la casa, pensando que la preocupación de Wyatt era un buen síntoma; significaba que quería a su abuela.

—El asistente de Missoula tiene razón. Theresa se encuentra aparentemente bien, pero no sé cómo estaba antes y no puedo comparar.

—Siento que ningún miembro de mi familia pudiera venir cuando las autoridades se pusieron en contacto conmigo, el jueves pasado. Mi hermana estaba en México y no pudo marcharse porque se enfrentaba a un problema grave en una de nuestras fábricas y necesitábamos que se quedara allí. Y mi hermano estaba con la policía, en Canadá… alguien se enteró de la desaparición de mi abuela y pensó que podía ganar algún dinero llamando por teléfono y fingiendo un secuestro.

Neily cerró la puerta a sus espaldas y Wyatt siguió con la explicación:

—Yo me quedé solo en Missoula, con toda la conmoción de la búsqueda. Cuando me dijeron dónde estaba mi abuela, los servicios sociales nos acribillaron a Mary Pat y a mí con tantas preguntas y tantos formulismos como si pretendieran evitar que viniéramos a Northbridge. Ha sido una verdadera pesadilla.

—Estoy segura de ello…

Neily prefirió no decirle que estaba en lo cierto, que el asistente social de Missoula había hecho lo posible por retrasar su marcha. Quería asegurarse de que su visita no empeoraría la situación de Theresa.

—La policía me llamó cuando supo que tu abuela estaba en la casa —continuó ella—. He estado cuidándola desde entonces, así que no había prisa alguna.

—De todas formas, no quiero que saques una conclusión equivocada. Todos estábamos muy preocupados por nuestra abuela, y habríamos venido el mismo día si hubiéramos podido —explicó.

Neily llevó a los recién llegados al salón.

—¿Dónde está, por cierto? —preguntó él, mirando a su alrededor.

—Sería mejor que tú y que la señorita Gordman…

—Mary Pat, por favor —intervino la mujer.

—¿Por qué no os sentáis un momento? Iré a ver si Theresa se encuentra en disposición de veros. Lleva todo el día en su dormitorio y me gustaría que saliera un rato.

Ni la enfermera ni el nieto aceptaron la invitación a sentarse, tal vez porque estaban demasiado preocupados por la anciana. Neily se excusó, volvió al vestíbulo y subió por la escalera.

Al llegar a la puerta del dormitorio principal, llamó y entró sin esperar respuesta. Theresa solía estar demasiado perdida en su propio mundo como para oír una llamada.

La anciana estaba justo donde la había imaginado, en la mecedora, moviéndose hacia delante y hacia atrás como si eso la relajara. Theresa Hobbs Grayson era una mujer relativamente pequeña; Neily medía un metro sesenta y le sacaba ocho centímetros más o menos. Tenía el pelo de color sal y pimienta, corto y arreglado, y unos ojos grises que carecían de la pasión y de los tonos diferentes de los ojos de su nieto, pero a pesar de ello, supo que Wyatt habría heredado de su abuela la chispa y también el atractivo, porque Theresa seguía siendo muy guapa.

—¿Theresa? —preguntó.

La anciana no parecía haber notado su presencia en la habitación.

—¿Mikayla?

—No, soy Neily… ¿no te acuerdas?

—Sí, claro… Neily. He vuelto a equivocarme, ¿verdad? —dijo la mujer.

—Tu nieto Wyatt está abajo —le informó.

Los ojos, la cara y hasta la postura de Theresa cambiaron de inmediato. Evidentemente, la noticia le alegraba mucho.

—¿Mi Wyatt? —declaró con entusiasmo.

—Sí, y Mary Pat…

—¿También Mary Pat? —preguntó, decepcionada.

—En efecto.

Theresa se quedó pensativa unos segundos.

—No habrán venido para llevarme, ¿verdad? No voy a marcharme de aquí. No quiero marcharme. ¡No hasta que consiga lo que es mío!

—Lo sé, lo sé. Pero no han venido para llevarte con ellos. Van a quedarse aquí, contigo.

—¿En serio?

Neily notó que en su pregunta había más esperanza y alegría que temor. Eso también era un buen síntoma.

—Claro que sí —contestó—. Entonces, ¿te parece bien que se queden contigo en la casa? ¿Incluso si yo me marcho?

—Oh, sí. Sé que me ayudarán. Me ayudarán a recobrar lo que es mío. Mi Wyatt se encarga de las cosas importantes y Mary Pat cuida de mí… Siempre han sido muy buenos conmigo —afirmó.

—¿Te gustaría bajar al salón a saludarlos?

—¿Están sólo ellos?

—Sí, los demás se han marchado. Y la casa tiene un aspecto mucho mejor… podrás ver lo que hemos hecho mientras estabas en la habitación

—Me gustaría ver a Wyatt y a Mary Pat.

—Pues bajemos.

A Theresa no le costó levantarse de la mecedora ni acompañar a Neily escaleras abajo. En cuanto vio a su nieto y a la enfermera, cruzó el salón a toda prisa y los abrazó como un niño encantado de ver a sus padres tras una separación larga. Era evidente que no les tenía ningún miedo; eso confirmaba la opinión del asistente social de Missoula, quien ya le había dicho que podía dejar el cuidado diario de la anciana en sus manos.

—¡Cuánto me alegro de veros! —declaró Theresa—. Pero Wyatt, ¿dónde están Mikayla y el niño? ¿No han venido contigo? ¡Todavía no he visto al bebé!

El interés de Neily se volvió aún más fuerte al observar que Wyatt Grayson se ponía súbitamente tenso.

—¿No te acuerdas, abuela? Mikayla y el niño, murieron.

Theresa se llevó las manos a la cabeza.

—Oh, lo siento… lo he vuelto a olvidar otra vez. Lo siento, Wyatt, lo siento muchísimo.

—Yo también, pero no te preocupes. Estamos muy contentos de haberte encontrado. Nos has dado el mayor susto de nuestras vidas.

—Tenía que volver a esta casa —afirmó Theresa, con tono de quien comparte un secreto—. Yo nací aquí… ¿Lo sabías?

—Sabíamos que naciste en una localidad pequeña de los alrededores de Billings —contestó—, pero nunca dijiste dónde. No conocíamos el nombre de la localidad, ni sabíamos que poseías una casa en ella.

—El abogado paga los impuestos, y creo que también se ocupa de que alguien la mantenga en buenas condiciones. El abuelo se encargó de organizarlo todo para que yo no tuviera que preocuparme por esas cosas, y ha sido así desde hace muchos años. Pero tenía que volver. ¡Tenía que volver, Wyatt! —exclamó, repentinamente desesperada.

—Tranquilízate, abuela. Ahora que sabemos que estás a salvo, nos sentimos muy aliviados.

—¿A salvo? Sí, estoy a salvo. Aunque tú no lo sepas, soy una mala persona. Pero eso sí, estoy a salvo —declaró.

Neily había contemplado muchas escenas parecidas durante los días pasados; Theresa empezaba a hablar, se liaba y terminaba por decir cosas sin sentido. También había descubierto que intentar razonar con ella en esas circunstancias era totalmente inútil; si la presionaban, no obtendrían más información y además, se enfadaría. Pero su nieto también debía de saberlo, porque se quedó en silencio.

Theresa se acercó a Mary Pat, la tomó del brazo y dijo, como si fuera una niña pequeña:

—Quiero irme a la cama. ¿Me leerás algo para que me quede dormida, Mary Pat?

La enfermera le dio un golpecito en el brazo.

—He traído el libro que empezamos la semana pasada.

—Espero que no lo hayas leído sin mí…

—No he leído ni una palabra.

Wyatt dijo a Mary Pat que iría a buscar su equipaje mientras ella llevaba a Theresa al dormitorio y, acto seguido, se giró hacia su abuela.

—Dentro de unos minutos subiré a darte las buenas noches —afirmó.

—Sí. Dentro de unos minutos —dijo la anciana.

Neily y Wyatt Grayson observaron a Theresa y a Mary Pat mientras desaparecían escaleras arriba.

—Bueno, supongo que ahora somos compañeros de piso —declaró Wyatt.

—No, yo no me quedaré aquí. Os la dejaré a vuestro cuidado.

—Vaya… ¿quiere eso decir que hemos aprobado el examen? —preguntó con ironía.

Antes de que Neily pudiera contestar, él continuó.

—Sé que cuando sucede algo así e intervienen los de servicios sociales, se investiga la situación y a las personas involucradas. No es que me guste, pero no tenemos nada que ocultar y lo comprendo, has hecho lo que tenías que hacer. Todos queremos lo mismo… lo que sea mejor para mi abuela.

Neily se sintió agradecida. Su actitud facilitaba las cosas.

—En efecto, eso es lo que todos queremos —confirmó.

—Y crees que de momento es mejor que nos quedemos en Northbridge, ¿verdad?

—Bueno, Theresa se ha tomado muchas molestias para venir.

—Y que lo digas. Normalmente nos costaba convencerla para que saliera de su casa de Missoula, y cuando la convencíamos, nunca salía sola —explicó—. Hacía tantos años que no conducía un coche, que me sorprende que haya sido capaz. Pero claro, todo lo sucedido es sorprendente…

—De todas formas, ahora parece decidida a quedarse aquí. He hablado con el asistente de Missoula y con el médico que la trata y estamos de acuerdo en que es mejor que no la presionemos con ese asunto. Por lo menos, de momento.

—Para nosotros no es ningún problema. Haremos lo que le haga feliz.

—Magnífico.

—Pero no te vas a quedar…

—No, aunque vendré todos los días.

—Me parece justo —dijo él—. Y ahora, ¿tienes algo que preguntarme?

Neily quería preguntarle quién era Mikayla y cómo habían muerto ella y su bebé, pero no estaba segura de que aquello tuviera alguna relación con Theresa y prefirió tragarse la curiosidad.

—Es tarde. Yo estoy llena de polvo y tú seguramente querrás descansar, así que podemos dejar la conversación para otro día.

—Ahora que mencionas lo del polvo, ¿toda esa gente que he visto al llegar ha estado ayudando a arreglar la casa de mi abuela? —preguntó él.

—Sí, son vecinos del pueblo. Han venido a echar una mano.

—Tal vez debería pagarles…

—No, las cosas no funcionan así en Northbridge. Cuando alguien necesita algo, los demás lo ayudan —le informó.

Él arqueó las cejas, sorprendido.

—Qué detalle.

—Desde luego.

Neily se sorprendió mirándolo con más intensidad de lo normal y decidió que había llegado el momento de marcharse.

—Iré a buscar mi bolsa. La he dejado en el cuarto de estar…

—No conozco la casa, pero por fuera parece muy grande. ¿Por qué te has alojado en el cuarto de estar? Podrías haber elegido cualquier habitación…

—Sí, podría. En el piso de arriba hay cinco dormitorios. Pero no quería arriesgarme a que Theresa se despertara en mitad de la noche y se fugara, así que decidí dormir abajo. Con un ojo abierto casi todo el tiempo —comentó con humor.

—Lo siento —se disculpó—. Si hubiera podido, habría venido antes.

—No te preocupes. Ahora ya estáis aquí. Y después de una ducha y un buen sueño en mi cama, estaré como nueva.

De repente, a Neily le pareció que hablar de camas era algo arriesgado en presencia de aquel hombre, se sentía tan vulnerable y tan consciente de sí misma en su presencia que pensó que se debía al cansancio.

Le dio su número de teléfono y una tarjeta del trabajo. Mientras atravesaban el salón para ir al cuarto de estar, Neily le dio una explicación breve sobre la distribución de la casa. Después, ella recogió su bolsa y él la acompañó a la puerta.

—Si me quedara, esta noche dormiría bien de todas formas. El contratista local ha venido hoy y ha instalado cerrojos en todas las puertas y ventanas para que Theresa no pueda escaparse con facilidad —explicó mientras le daba un manojo de llaves—. Si tu abuela no tiene acceso a esto, podrás dormir a pierna suelta.

Wyatt se guardó las llaves y comentó:

—Al menos, me gustaría pagar los materiales que han comprado para arreglar la casa…

—Se lo diré.

—Diles también que les estoy muy agradecido y que…

—Por supuesto.

Neily abrió la enorme puerta y él la siguió al porche.

—Tengo que sacar el equipaje del maletero —explicó él.

Hacía fresco y faltaba poco para el anochecer. Wyatt Grayson miró a su alrededor y no vio más vehículo que el suyo, así que preguntó:

—¿Dónde está tu coche?

—He venido andando.

—Entonces, permíteme que te lleve a casa…

—Te lo agradezco mucho, pero está muy cerca. Además, estoy segura de que querrás volver con tu abuela —dijo ella—. Vendré mañana, pero si necesitas algo antes o tienes alguna pregunta, no dudes en llamarme por teléfono… aunque sea en mitad de la noche.

—Gracias.

Neily se alejó hacia su casa mientras Wyatt caminaba hacia el todoterreno. Y cuando ya estaba a cierta distancia de él, no pudo resistirse al impulso de mirar hacia atrás para mirarlo de nuevo.

Wyatt había abierto el maletero y estaba cargando el equipaje como si su fuerte y musculoso cuerpo no notara el peso en absoluto.

La boca se le quedó seca.

En sus años como asistente social había sentido compasión, piedad, conmiseración, simpatía, empatía, tristeza, dolor e incluso ira hacia la gente con la que trataba, pero nunca, jamás, lo que sentía por Wyatt Grayson.

Ni siquiera sabía cómo definirlo.

Se parecía terriblemente a la atracción física, pero no podía ser eso.

Y sin embargo, cuando él se giró hacia ella como si tampoco se pudiera resistir a la tentación de mirarla una vez más, Neily sintió un revoloteo de mariposas en la boca del estómago.

Antes de darse cuenta de lo que hacía, alzó una mano y la agitó de un modo coqueto e insinuante.

Wyatt Grayson imitó el gesto.

Del mismo modo.

Capítulo 2

WYATT estaba sentado en la cama, a primera hora del lunes por la mañana, cuando colgó el teléfono. Había mantenido una conversación con sus hermanos, Ry y Marti. Los dos seguían de viaje, Ry en Canadá y Marti en México, pero querían saber cómo estaba su abuela y averiguar qué pensaba hacer el Departamento de Servicios Sociales ahora que se había declarado a Theresa, oficialmente, incapaz de cuidar de sí misma.

Tras informarles y responder a sus preguntas sobre el asistente de Missoula y la de Northbridge, le costó quitarse a Neily Pratt de la cabeza. Y no sólo porque se hubiera dado la vuelta para mirarlo.

No le extrañaba que su abuela la confundiera con Mikayla. Aunque no eran ni mucho menos idénticas, se parecían tanto como si fueran primas. Sobre todo en el pelo, fuerte y de un castaño caoba intenso que llamaba la atención, pero también en la nariz, fina, respingona, tentadora.

Sin embargo, Neily era más baja que Mikayla, incluso teniendo en cuenta que la asistente social llevaba zapatillas deportivas y no zapatos de tacón alto. Tampoco era de piel morena, sino muy blanca, y sus ojos no eran de color avellana sino de un azul tan maravillosamente metálico y profundo que no se cansaba de mirarlos. En cuanto a su cuerpo, la asistente era menos voluptuosa que Mikayla, aunque con curvas suficientes como para gustar a cualquiera.

Intentó dejar de pensar en ella, pero no lo consiguió y empezó a parecerle preocupante. Su encuentro le había afectado mucho; no por la posible investigación del Departamento de Servicios Sociales, puesto que su abuela no había sido víctima de abusos ni de negligencia alguna, sino por su propia respuesta ante Neily Pratt.

Había sentido algo extraño. Algo que lo empujaba a verla de nuevo, a charlar con ella, a admirarla con menos polvo encima. Y eso era alarmante, porque sabía que podía ser un principio y no quería que lo fuera.

Sacudió la cabeza, disgustado con sus emociones, y se preguntó qué le estaba pasando. Acababa de conocer a esa mujer, y desde luego no tenía la menor intención de mantener una relación con alguien después de lo de Mikayla y de los dos años que habían transcurrido desde su muerte.

Habían sido dos años tan terribles que se había convencido de que no volvería a ver la luz del sol en cuestión de sentimientos, tan insoportables, que tuvo miedo de terminar con el tipo de depresión que había llevado a su abuela a aquel estado.

Pero sin saber ni cómo ni por qué, las cosas habían empezado a mejorar. Aunque no estaba totalmente recuperado, aunque la vida le había jugado una mala pasada, ahora veía luz al final del túnel y no quería volver a caer en ese tipo de oscuridad, en el vacío de perder a la persona amada.

La mejor forma de evitar ese peligro era estar solo, no apreciar tanto a nadie como para echarlo en falta si fallecía de repente o si las cosas no funcionaban; y se había mantenido fiel a esa decisión, intentando disfrutar de los pequeños placeres de la vida y manteniéndose alejado de las mujeres. Además, tenía a su hermano y a su hermana con él.

Sin embargo, la aparición de Neily lo había cambiado todo. Se dijo que tal vez se debiera a su parecido con Mikayla, que había despertado emociones enterradas durante mucho tiempo. Pero fuera cual fuera el motivo de aquella atracción, iba a resistirse a ella con todas sus fuerzas.

—Será mejor que empieces enseguida —se dijo en voz alta.

Esperaba que Neily terminara pronto su trabajo y desapareciera para siempre de su vida. Así, no tendrían que verse. Porque nada merecía el riesgo de volver a sentirse en el borde de aquel pozo.

Neily tuvo una jornada laboral muy ajetreada y no pudo ir a la casa de Theresa hasta la tarde del lunes, a última hora. Mary Pat le abrió la puerta, la saludó y dijo:

—Lleva triste todo el día. Wyatt está sentado con ella en el porche trasero.

—Iré a verla. Ya me conozco el camino.

El porche al que la enfermera se refería había sido probablemente un invernadero en los viejos tiempos de la casa Hobbs. Era un lugar pequeño situado en la parte de atrás, completamente cerrado con cristaleras. Hasta los arreglos del día anterior, la mayoría de los cristales estaban rotos, pero los habían cambiado y el sol de abril, que no era muy intenso, se bastaba para calentarlo y hacerlo agradable.

Desde allí se veía gran parte del pueblo, y Theresa y Wyatt se estaban dedicando a disfrutar de las vistas. Sin embargo, Neily prefirió no anunciar su llegada. Quería observar cómo se relacionaban antes de que fueran conscientes de su presencia.

Estaban sentados en dos sillas de mimbre, de espaldas a la entrada, pero en un ángulo perfecto para que Neily los pudiera ver de perfil. La tristeza de la anciana era evidente, su expresión era sombría a pesar de que Wyatt Grayson intentaba animarla con una historia divertida sobre un vendedor de herramientas.

Aunque no había nada alarmante ni extraño en ello, Neily se quedó allí un momento más para poder mirar al nieto de Theresa.

Intentó convencerse de que su interés por él era profesional y totalmente ajeno a su atractivo, a lo bien que le quedaban la camisa y los pantalones de sarga, a sus hombros anchos, al brillo del sol en su cabello rubio y a sus facciones marcadas. Se dijo que sólo los espiaba porque quería observar su relación. Y justo entonces, Wyatt consiguió robarle una sonrisa a su abuela.

—Toc toc —dijo al fin, como si acabara de llegar.

Él se giró inmediatamente hacia ella y la miró con toda la intensidad de sus ojos grises. Theresa, en cambio, siguió contemplando las vistas.

—Mira quién ha venido, abuela… es Neily —anunció, levantándose de la silla.

Theresa no dijo nada.

—Es un lugar precioso para pasar un día de primavera… —comentó la recién llegada.

—Desde luego. Convencerla para venir no ha resultado fácil, pero Mary Pat y yo nos empeñamos y al final lo hemos conseguido —le explicó—. En fin, supongo que no has venido para verme a mí… será mejor que os deje a solas. Sin embargo, ¿podríamos hablar un minuto cuando termines?

—Por supuesto —respondió, encantada con la idea.

—¿Quieres algo de beber? ¿Café? ¿Té?

—No, gracias. Sólo quiero estar un rato con Theresa.

—En tal caso, me marcho.

Wyatt se acercó a su abuela, le acarició el hombro y añadió:

—Espero que no te moleste que me vaya. Te dejo con Neily…

La anciana se limitó a darle una palmadita en la mano y siguió mirando por la cristalera como si aquello no fuera con ella.

Neily se sentó en la silla que Wyatt había dejado vacía.

—No te preocupes, estaremos bien.

Cuando él se marchó, Neily intentó no pensar en lo mucho que le gustaba y decidió concentrarse en su abuela.

—Hola, Theresa. ¿Cómo estás hoy?

Theresa se encogió de hombros, pero no contestó.

Neily miró el paisaje. Desde allí se veía toda la zona de Northbridge que se había urbanizado a partir de la década de 1950; pero no era especialmente interesante.

—¿Te gusta que Mary Pat y tu nieto estén aquí?

—Son buenos conmigo —respondió sin inflexión alguna.

—Entonces, te alegras de que hayan venido…

—Sí.

—¿Y qué hace exactamente Mary Pat?

Neily lo sabía de sobra, pero lo preguntó para darle conversación y averiguar más cosas sobre las relaciones de Theresa.

La anciana se encogió de hombros otra vez.

—Todo. Me trae las medicinas cuando me las tengo que tomar, me prepara la comida, me dice si hace frío y tengo que ponerme un jersey, me recuerda que me cepille los dientes y que me peine cuando se me olvida… casi parece mi madre.

Theresa lo dijo con la misma voz monótona de antes, sin apartar la vista ni un segundo de la cristalera.

—Pero le robaste el coche…

—No tuve más remedio. Tenía que venir, aunque fuera con ella.

Neily notó un fondo de beligerancia y decidió cambiar de tema.

—¿Y qué me dices de tu nieto? ¿También te ayuda?

Theresa volvió a encogerse de hombros.

—Wyatt, Marti, Ry… no sé qué haría sin ellos.

—¿Marti es la hermana de Wyatt?

—Sí, y Ry es mi otro nieto, su hermano.

—¿Te visitan muy a menudo?

—Oh, se preocupan mucho por mí, incluso demasiado. Pobrecillos… me tratan como a una reina y están al tanto de todos mis deseos. Y aquí estoy yo, complicándoles la vida un poco más —contestó.

—¿Eso te lo han dicho ellos? ¿Te han dicho que les complicas la vida?

—No, todo lo contrario. Se desviven por mí.

—Entonces, ¿por qué no les dijiste que querías venir a Northbridge?

Theresa frunció el ceño.

—No podía decírselo —susurró.

Los ojos de la anciana se llenaron de lágrimas. Un segundo después, apuntó hacia el pueblo y declaró:

—Todo eso pertenecía a mi familia, ¿sabes?

—¿A qué te refieres?

—A las tierras donde levantaron esas urbanizaciones.

—Vaya, no tenía ni idea.

—Pertenecían a mi padre. Me las dejó en herencia.

Neily no sabía si estaba diciendo la verdad o si sólo era una de sus fantasías, pero decidió seguirle la corriente.

—¿En serio? —preguntó—. No sabía nada, aunque supongo que ha pasado mucho tiempo desde que vendiste las tierras. Porque las vendiste, ¿verdad?

Theresa no contestó.

—¿Eso es lo que quieres? ¿Recuperar las tierras de tu padre?

La anciana evitó responder a la pregunta.

—Todo era nuestro —insistió—. Desde aquí hasta el horizonte. En la vida se pierden tantas cosas…

—¿Insinúas que perdiste esas tierras de algún modo?

Theresa siguió hablando como si no la hubiera oído.

—Pérdidas, tantas pérdidas. Wyatt lo ha sufrido en carne propia. Y Marti, también.

—No sé qué perdiste exactamente, Theresa, pero lo siento mucho. ¿Te apetece que hablemos de ello?

—No, ya no quiero hablar más. Necesito descansar.

La abuela de Wyatt se levantó y se marchó sin decir una sola palabra más. Neily la siguió hasta el vestíbulo, pero ya había cumplido su objetivo del día: asegurarse de que estaría bien con la enfermera y su nieto.

Mary Pat se acercó entonces e intentó convencer a Theresa para que fuera a la cocina a tomarse un té en lugar de subir a su dormitorio. Sin embargo, no tuvo éxito y al final tuvo que acompañarla al piso de arriba.

Neily acababa de quedarse a solas cuando oyó la voz de Wyatt, que venía del salón y se quedó apoyado en el arco de la entrada.

—Vaya, qué rápido ha sido…

Estaba tan guapo con las manos metidas en los bolsillos, como si fuera un vaquero, que ella se estremeció y tuvo que hacer un esfuerzo para poder hablar.

—Sí, ha sido rápido, pero ya sé lo que necesitaba saber.

—En ese caso, tal vez puedas concederme un par de minutos en lugar de uno…

Neily se dijo que no estaba coqueteando con ella, que su sonrisa era inocente y que, en cualquier caso, sólo les unía el interés por el bienestar de Theresa.

—Bueno, supongo que puedo concederte esos dos minutos —dijo, mirando el reloj—. Pero sólo eso, porque todavía tengo que visitar otra casa. Si necesitas más…

—No, eso será suficiente. Quería darte las gracias por todo lo que has hecho aquí. Durante el desayuno, mi abuela nos habló de los cristales rotos, de las cañerías atascadas y de la suciedad que había por todas partes… nos hemos hecho una idea más aproximada del trabajo que hicisteis ayer, y sinceramente te estoy muy agradecido.

—No tiene importancia.

—También estaba pensando que tal vez podríamos dar una cena para todas las personas que vinieron a echar una mano, pero no sé quiénes son ni cómo podría organizarlo —le confesó.

A Neily le pareció una gran idea. Era una forma apropiada de demostrar su gratitud a los voluntarios de la localidad.

—Si me dices un día, me encargaré del asunto.

—¿Avisarás a todos los que han trabajado en la casa?

—Por supuesto.

—A Mary Pat y a mí nos parece que el miércoles por la noche podría ser un buen momento. ¿Te parece bien a las siete?

—Perfecto.

—Entonces, sólo queda otra cuestión. Necesito comprar comida y cosas para la casa, pero no he visto ningún supermercado en Northbridge…

—No lo has visto, porque no lo hay. Pero tenemos carnicerías, panaderías, verdulerías, tiendas de comestibles, establecimientos especializados… Si quieres, esta noche podría enseñarte dónde está todo y así podrías ir de compras.

—Eso sería magnífico.

Los dos hablaron sin pensar. Ella se ofreció sin darse cuenta de lo que hacía y él contestó demasiado deprisa. Sin embargo, Wyatt comprendió la situación y añadió:

—Bueno, si estás totalmente segura, claro. Puede que no tengas tiempo o que ya hayas hecho otros planes…

—No, sólo tengo que visitar otra casa. Después estaré libre —afirmó, intentando convencerse de que aquello seguía siendo puramente profesional—. Casi todas las tiendas abren hasta las ocho. Cuando termine de trabajar, puedo ir a cenar algo y estar de vuelta alrededor de las seis y media.

—Excelente. Un nativo me va a enseñar la localidad… —bromeó—. Así sabré todo lo que hay que saber.

—Intenta convencer a tu abuela para que venga con nosotros —dijo ella, intentando llevar el asunto a un terreno más seguro.

—Se lo diré, pero me sorprendería que quisiera.

—Puede que a Mary Pat le apetezca…

La estrategia de Neily debió de ser obvia para él, porque sonrió con ironía.

—¿Es que tienes miedo de estar a solas conmigo? Te aseguro que soy inofensivo.

Ella pensó que él podía ser inofensivo, pero su encanto, no.

—No me asusta quedarme a solas contigo. Simplemente, sería una buena ocasión para que conocierais Northbridge.

—Está bien, intentaré convencer a mi abuela, pero dudo que venga. Y si ella se queda en casa, Mary Pat también se quedará.

Neily asintió.

—Bueno, quedamos a las seis y media de todas formas.

—Te estaré esperando. A no ser que prefieras que vaya a recogerte a tu casa… si me das tu dirección, estaría encantado.

—No, será más fácil si vengo yo.

En realidad no era más fácil, pero Neily lo prefería porque así tendría el control de la situación y hasta lograría convencerse de que aquello no era una cita romántica.

Sin embargo, estaba tan nerviosa que volvió a mirar el reloj para disimular su inquietud.

—Será mejor que me vaya. Sé que mi siguiente compromiso me va a mantener ocupada un buen rato…

Wyatt asintió, se apartó del arco y le abrió la puerta de la casa sin dejar de sonreír en ningún momento. Por lo visto, la encontraba muy divertida.

—Te veré esta noche —dijo él, mirándola con intensidad.

—Esta noche —confirmó ella.

Cuando pasó ante Wyatt, Neily inclinó la cabeza con timidez. Y al subir al coche, descubrió que, en el fondo, estaba deseando que Theresa y Mary Pat se quedaran en casa aquella noche.

Capítulo 3

NEILY era muy consciente de que el domingo, cuando conoció a Wyatt Grayson, tenía un aspecto lamentable; y también de que el lunes por la tarde, cuando pasó por casa de Theresa, su ropa, su pelo y su maquillaje mostraban el desgaste de todo un día de trabajo. Por eso, decidió saltarse la cena y dedicar ese tiempo a arreglarse un poco y cambiar la impresión que le había dado.

Sin embargo, intentó convencerse de que lo hacía por ella misma, no por un hombre que la afectaba de un modo completamente nuevo en su vida. Neily tenía cinco hermanos y hermanas y nunca se había sentido fuera de lugar con ellos, ni siquiera en la infancia, pero con Wyatt se comportaba como una niña tímida.

Y eso no podía ser. Sobre todo, porque su trabajo le obligaba a juzgar objetivamente la estabilidad, el comportamiento y el carácter de Wyatt Grayson, lo cual implicaba mantener las distancias y demostrar cierto sentido del decoro y autoridad. Algo que no conseguiría a base de parecer una adolescente impresionable.

Quería tener buen aspecto aquella noche, pero no porque él le gustara, sino porque debía enmendar los errores que pudiera haber cometido.

Mientras se cambiaba de ropa y se ponía un jersey de cachemir y unos pantalones muy ajustados a los que se solía referir como pantalones para una primera cita, se dijo que no tenía ninguna intención de impresionar a Wyatt. Él formaba parte de un caso en el que ella estaba trabajando y cualquier relación personal produciría inevitablemente un conflicto de intereses.

Además, por muy atractivo y encantador que fuera, en Northbridge también había muchos hombres atractivos y encantadores y eso no significaba que se interesara por ellos. Sin embargo, no podía negar que el nieto de Theresa tenía algo que había conseguido desconcentrarla, y fuera lo que fuera ese algo, debía controlarlo y detenerlo a tiempo.

—Déjate de tonterías —dijo en voz alta, mientras se empolvaba la nariz.

Terminó de maquillarse, se soltó el cabello y se lo cepilló antes de alcanzar las tenacillas para rizarse las puntas.

Neily se repitió que controlar sus emociones no sería un problema. Ahora era consciente de lo que sentía cuando Wyatt la tocaba, le daba conversación o simplemente permanecía a su lado; conocía el efecto y sabía cómo resistirse a él. Y cuando estaba decidida a resistirse, no había nada que pudiera quebrar su determinación; crecer con cinco hermanos la había preparado para casi todo.

—Tú sólo eres un caso más para mí, Grayson —se dijo.

Por otra parte, aquella noche tendría la ventaja de que iría en su coche, estaría en su pueblo y trataría de algo perteneciente a su trabajo. Aquello sólo era una forma sutil de conocer mejor al nieto de Theresa y poder determinar si reunía los requisitos necesarios para cuidar de la anciana. No era una cita romántica, no iba a salir con él.

Pero se había puesto sus pantalones especiales. Y el revoloteo que sentía en el estómago no tenía nada de laboral.

—Seguramente piensas que soy un idiota.

Neily y Wyatt estaban sentados en una cafetería de Northbridge. Ella alcanzó la taza de chocolate caliente que le acababan de servir y preguntó:

—¿Por qué lo dices?

—Porque ayer pasé por esta calle, pero no se me ocurrió que fuera la única de Northbridge y pensé que necesitaría que alguien me enseñara la localidad.

Neily frunció el ceño con humor.

—¿Qué dices? Northbridge tiene más calles. Está la calle Main, que va de norte a sur, y la calle South, que está al final de Main y transcurre de este a oeste… si tuerces a la izquierda en la segunda, llegas a la plaza y luego a la escuela y a un montón de casas, ranchos y granjas. Si tuerces a la derecha, a la casa de tu abuela y a otro montón de lo mismo.

—Te has olvidado de las cuatro calles que salen a Main. Tienen seis u ocho tiendas por lo menos… —bromeó.

—Y también hay un semáforo y hasta una cafetería.

—¿Un semáforo y una cafetería? Dios mío, prácticamente sois una metrópolis…

De nuevo, Neily fingió sentirse ofendida.

—Pero vamos a ver, ¿es o no es verdad que has comprado todo lo que querías?

—Es verdad —dijo mientras alcanzaba su taza—. Lástima que tengáis hasta un almacén de maderas y muy poca cosa de ferretería.

—¿Es que necesitas algo más que los tornillos que venden en la tienda de ultramarinos?

—No. Sólo era una observación profesional.

—¿Es que eres policía de ferreterías? —preguntó, tomándole el pelo.

—No precisamente. Pero estás hablando con uno de los dueños de Home Max.

Neily se dio cuenta de que ya no estaba bromeando y preguntó:

—¿En serio? ¿De Home Max?

—En serio. Ya veo que nos conoces…

Home Max era una famosa cadena de establecimientos especializados que vendía todo tipo de materiales de construcción y carpintería, muebles para el hogar, sistemas de iluminación y, en general, cualquier cosa desde una barbacoa hasta un cortacésped para interiores y jardines. La empresa se había ganado últimamente el interés de los medios de comunicación por la apertura de docenas de centros nuevos en el oeste de Estados Unidos y porque estaba destrozando a la competencia.

—Por supuesto que conozco Home Max. Pero no sabía que tú fueras su dueño…

—Bueno, pertenece a mi familia, no sólo a mí —puntualizó—. Marti, Ry, mi abuela y yo somos los únicos accionistas.

—Theresa no me había dicho nada.

—Es que ella no trabaja en la empresa. Incluso olvida que ahora se llama Home Max… ella la conoce como G. y H., que era el nombre que le puso mi abuelo cuando empezó con una ferretería pequeña.

—¿Tu abuelo? ¿Te refieres al marido de Theresa?

—Sí, ya tenía la tienda cuando se conocieron, pero ella decidió apoyarlo con sus escasos ahorros y él cambió el nombre a G. y H., por Grayson y Hobbs. Cuando mi abuelo murió, la ferretería quedó a cargo de mi padre, que era hijo único. El negocio empezó a ir mejor y al cabo de un tiempo ya tenía seis tiendas más… Luego, hace ocho años, mis padres se mataron en un accidente de tráfico y nosotros nos encontramos en una situación complicada.

—¿Complicada? ¿Por qué?

—Porque las grandes cadenas habían empezado a hacernos daño. Estábamos en números rojos y nos hicieron una buena oferta —explicó él.

—¿Y por qué no vendisteis?

—Fundamentalmente, por la abuela. Entonces no estaba mucho mejor que ahora, y necesita un tipo de atención médica que sale cara. La suma que nos ofrecían no era suficiente para asegurar su futuro; y si Marti, Ry y yo nos separábamos, tampoco teníamos la seguridad de que pudiéramos ganar lo necesario…

—Y decidisteis seguir adelante.

—Sí. Decidimos arriesgarnos e intentar competir con las grandes cadenas. Cerramos todas las tiendas menos una, que convertimos en el primer Home Max —explicó él—. Así empezó todo. Y por suerte, salió bien.

—Es evidente que queréis mucho a vuestra abuela. De lo contrario, no os habríais arriesgado tanto.

Él se encogió de hombros.

—Sólo queríamos lo que fuera mejor para ella. Además, nos pareció lo más justo porque a fin de cuentas había invertido todos sus ahorros en la tienda original… Pero también lo hicimos por nosotros. Marti, Ry y yo queríamos seguir trabajando juntos.

A Neily le pareció admirable que se hubieran molestado tanto por Theresa. En lugar de aprovechar la oportunidad y aceptar la oferta que les habían hecho, habían pensado en las necesidades de su abuela y actuado en consecuencia.

Cuanto más sabía sobre Wyatt Grayson, más se convencía de que era un nieto modelo y más le gustaba.

Los dos echaron un trago de chocolate antes de que Neily decidiera aprovechar la ocasión para derivar la conversación hacia la anciana. Además, era una estrategia perfecta para mantenerse en terreno seguro y no pensar en él de forma romántica.

—Has dicho que hace ocho años, el estado de Theresa era más o menos el mismo…

Él asintió con expresión de tristeza.

—Mi abuela ha estado así desde siempre. Sufre depresiones profundas y de vez en cuando pierde el sentido de la realidad… pero ha empeorado con el paso de los años. Sus miedos se transformaron en fobias y al final necesitaba cuidados permanentes. Por eso nos extrañó tanto que fuera capaz de escaparse y llegar aquí.

—¿Y su memoria?

—Tiende a olvidar las cosas que han sucedido hace poco tiempo. A veces cree que algo de hace diez años pasó ayer y, en cambio, es incapaz de recordar lo que acaba de hacer. Está en terapia, pero no ha mejorado casi nada.

—Supongo que ya habréis investigado la posibilidad de que sufriera alguna situación traumática en su infancia…

—Siempre lo ha negado. Dice que su infancia fue perfecta, que sus padres la querían, que ella los adoraba y que su pérdida fue lo más devastador que le ha pasado —declaró Wyatt—. Sé que el fallecimiento de mi abuelo contribuyó a deteriorar más su salud, y supongo que la muerte de mi padre fue la gota que colmó el vaso.

—¿Y nunca mencionó Northbridge ni el hecho de que tenía una casa cuando os hablaba de su infancia feliz? —preguntó con curiosidad.

Wyatt sacudió la cabeza.

—No, sólo decía generalidades sobre el sitio donde creció.

—Entonces, tampoco te dijo que su padre tenía tierras en el pueblo.

Él la miró con sorpresa.

—No, en absoluto. ¿Quieres decir que mi bisabuelo poseía algo más que esa casa?

—Bueno, ayer me dijo que era dueño de todas las tierras que se pueden ver desde el porche de atrás. Ahora están llenas de urbanizaciones.

—¿Será verdad? ¿O se lo habrá inventado?

Neily se encogió de hombros.

—No lo sé, y por supuesto no he oído nada acerca de quién poseía esas tierras veinte años antes de que yo naciera. Pero tal vez deberíamos investigarlo. Puede que sea eso lo que pretende reclamar —contestó.

—¿Crees que se las quitaron? ¿Que alguien se las robó o la estafó?

Neily volvió a encogerse de hombros.

—Sea como sea, supongo que podríamos comprobar los títulos antiguos de propiedades —propuso.

La tristeza de la expresión de Wyatt se convirtió en curiosidad.

—¿Quieres jugar a detectives conmigo?

Ella se rió.

—Eso no encajaría muy bien con mi trabajo.

—Pero sería divertido…

Neily pensó que tenía razón, y también que debía resistirse a sus encantos. Al parecer, los años y años de práctica con sus hermanos no la habían preparado para un hombre como Wyatt.

Miró la mesa, vio que las tazas ya estaban vacías y decidió aprovechar la circunstancia como excusa para poner fin a la conversación.

—Deberíamos marcharnos.

Wyatt no dijo nada. Se limitó a mirarla y a sonreír como si le gustara lo que veía. Sin embargo, no insistió con el asunto de investigar juntos: pagó la cuenta, dejó una propina y la acompañó a la calle.

Cuando llegaron al coche, ella se sentó al volante y él, a su lado. Neily se recordó por enésima vez que debía mantener las distancias, pero Wyatt se lo puso bastante difícil cuando pasó un brazo por encima de su asiento. Y por si fuera poco, era tan grande que parecía llenar el interior del vehículo con testosterona de primera calidad.

Ya habían arrancado y se dirigían hacia la calle South cuando él preguntó:

—¿Y bien? ¿Me ayudarás a investigar? Sé que Northbridge es una localidad pequeña y que podrías decirme dónde preguntar por las propiedades, pero seguramente conoces al funcionario o al empleado que trabaja en ese departamento y eso nos facilitaría mucho las cosas —alegó.

Neily no se pudo negar. Tenía razón.

—Además, piensa que al ayudar a mi abuela sólo estarías haciendo tu trabajo —añadió él.

—Sí, bueno…

Ella quería averiguar todo lo que pudiera sobre el pasado de Theresa, especialmente si servía para entender por qué había regresado a Northbridge. Pero si se mostraba de acuerdo, tendría que pasar más tiempo con su nieto, y aunque salir con él había servido para aclarar muchas cuestiones sobre su familia y la relación que mantenían, no podía negar que su encuentro se había parecido más a una cita con un hombre guapo y divertido que a una simple reunión de trabajo.

—Vamos —insistió él, mientras ella giraba hacia el vado de la casa Hobbs—. Ayúdame. Hazlo por mi abuela… y por el bien de Northbridge.

Neily aparcó el vehículo, pero no apagó el motor. A continuación, lo miró y preguntó:

—¿Por el bien de Northbridge?

—Claro. ¿Qué pasaría si algún canalla le robó esas tierras a mi abuela y resulta que es alguien que conoces? ¿No te gustaría saberlo? Esa rata podría ser el alcalde o alguien con poder que se ha dedicado a hacer más cosas parecidas sin que nadie lo sospechara. Quién sabe si no estará guardándose el dinero de las jubilaciones o haciendo algo ilegal con los fondos públicos…

—Sí, eso sería terrible —dijo ella, burlándose de su tono melodramático.

—De todas formas, estamos hablando de algo que afecta a tu trabajo. Si le hicieron algo malo a mi abuela, tú también debes intervenir.

Neily no quiso puntualizar que ese tipo de problemas no formaban parte del trabajo de un asistente social. En primer lugar, porque sentía curiosidad por el pasado de Theresa, y en segundo, porque investigarlo le daría una excusa perfecta para salir con Wyatt sin tener que admitir que quería salir con él.

—Muy bien, te ayudaré. Pero sólo para hacerme una idea más exacta de la vida de Theresa —declaró.

Wyatt sonrió lentamente, como si su decisión le agradara por motivos ajenos a su abuela.

—¿Te parece bien mañana?

—Theresa está en mi calendario todos los días, pero tengo un horario que cumplir y su caso es el último de la tarde. Llegaremos al juzgado poco antes de que cierren y casi no tendremos tiempo para ver los títulos de propiedad.

—Nos las arreglaremos. Además, mañana tengo que hacer unas cuantas llamadas de trabajo y me viene bien que nos veamos por la tarde.

Neily asintió. Ya estaba deseando que llegara el día siguiente, lo cual resultaba bastante inquietante.

Pero no se echó atrás.

—Gracias por enseñarme el pueblo —dijo él.

—Gracias a ti por la taza de chocolate.

Wyatt se inclinó, y aunque no tenía motivo alguno para esperarlo, Neily pensó que le iba a dar un beso de buenas noches.

Se llevó un buen susto y se apartó con rapidez, pero Wyatt sólo se había inclinado para recoger las bolsas de la compra, que había dejado en el asiento de atrás. Afortunadamente para ella, no pareció darse cuenta de lo sucedido.

—Hasta mañana entonces…

—Sí, a las cuatro y media.

Él le dedicó una sonrisa dulce y sexy.

—¿No prefieres que pase a buscarte?

Neily se dijo que sería mejor que no volviera a quedarse a solas con él en el interior de un coche.

—Bueno, los archivos están en el juzgado —respondió.

—Pues te veré allí a las cuatro y media.

Wyatt asintió y ella esperó a que abriera la portezuela, pero se quedó mirándola con intensidad, como si la estudiara.

Luego, volvió a sonreír y dijo:

—Buenas noches.

Un segundo después, ya había salido del coche. Neily quiso arrancar inmediatamente y marcharse a toda prisa, pero no pudo resistirse a la tentación de permanecer en el vado y admirar su cuerpo mientras se alejaba hacia la casa con las bolsas de la compra.

Todavía estaba empeñada en convencerse de que aquello no era el principio de una relación. Y aun así, fantaseó con lo que habría sucedido si la hubiera besado; si en lugar de girarse para alcanzar las bolsas del asiento de atrás, la hubiera alcanzado a ella.

Capítulo 4

EL martes por la tarde, Neily llamó a la puerta de una casa de campo de las afueras de Northbridge. Dio dos golpes y entró.

—Sela, ¿estás ahí? Soy Neily…

—Ya lo veo. Y vienes con un hombre —dijo una voz jadeante.

La mujer estaba en una esquina del salón, sentada en una silla.

—Es verdad. Acabo de recibir una llamada del hospital y me han dicho que te habías marchado. No podían encontrarte.

—Pues estoy donde les dije que iba a estar. Tú me has encontrado rápidamente, y ellos también podrían si no fueran unos cretinos.

Neily cerró la puerta a sus espaldas y la miró. Sela, una mujer pequeña de ojos azul claro y cabello recogido con una coleta, llevaba la ropa que tenía aquella misma mañana cuando la llevó al hospital.

—El hombre que me acompaña se llama Wyatt Grayson. Seguramente conoces a su abuela, Theresa Hobbs… —le dijo.

—¿Hobbs? Por supuesto que conozco a los Hobbs. Di a luz a mi Thomas la misma semana que Lurene tuvo a Theresa, su hija… Pero, ¿has dicho que es su abuela? Dios mío, me estoy haciendo vieja…

—Sela tiene noventa y seis años —explicó Neily a Wyatt.

—Supongo que si mi Thomas siguiera con vida, ahora podría ser abuelo de un hombre hecho y derecho —comentó Sela, que aparentemente estaba calculando los años—. Siempre me acuerdo de él como era cuando se murió… tenía vuestra edad. Demasiado joven para ser abuelo.

Neily y Wyatt acababan de llegar al juzgado cuando ella había recibido la llamada del hospital. Él había insistido en acompañarla, y el trayecto se convirtió en una tortura porque su presencia en el interior del coche y su colonia especiada la volvían loca.

Caminó hacia la anciana y se sentó en el borde del sofá. Wyatt se acomodó en el extremo opuesto.

—Bueno, ¿qué ocurre, Sela?

—Nada. Sólo quería estar en mi casa y dormir en mi cama. Se lo he dicho mil veces a los del hospital. Me tratan como a una niña de dos años y me hablan como si fuera estúpida, sorda o las dos cosas a la vez.

—Pero tienes neumonía…

—Para tomarme las píldoras no necesito a nadie, y descanso mucho mejor aquí. He intentado explicárselo y no me hacen caso, así que decidí marcharme… Me ha traído Stan Lowell. Le dije que mi coche estaba en el taller —explicó—. Estaba harta de ese lugar.

De repente, Sela miró a Wyatt y cambió totalmente de conversación.

—Theresa Hobbs…. sí, claro. ¡Es horrible lo que le pasó a esa familia! Sólo era una niña cuando perdió a su padre y a su madre. Se habían marchado a Billings porque entonces no teníamos dentista en Northbridge. Y pensar que fue por un simple dolor de muelas… cuando volvían a casa, les pilló una tormenta de nieve. Cuando los encontraron, estaban congelados.

—Sí, es verdad —le confirmó Wyatt—. Yo no lo he sabido hasta hoy. He estado en la biblioteca, consultando periódicos viejos.

Wyatt parecía impresionado por la memoria de Sela, pero a Neily no le extrañó; a pesar de su edad avanzada, era una mujer despierta y en plena posesión de sus facultades. Por eso, decidió probar suerte y ver si se acordaba de algo más.

—Estábamos en el juzgado cuando he recibido la llamada del hospital —comentó—. ¿Tú sabes si el padre de Theresa tenía tierras?

—Sí, desde luego. Y muchas. Valían una fortuna, pero Theresa se las vendió por calderilla a Hector Tyson. Cuando ella se marchó de Northbridge, ese canalla miserable se dedicó a jactarse del gran negocio que había hecho. Se hizo millonario con las urbanizaciones que se construyeron allí. Es una pena, pero Theresa era muy joven y estaba sola; supongo que tras la pérdida de Lurene y Herb sólo pensaba en marcharse.

Sela se encogió de hombros y añadió:

—Pero en realidad no sé lo que pasó. Si realmente quería poner tierra de por medio, ¿por qué se quedó con la casa? Además, ya me habían contado que ha vuelto de repente, en mitad de la noche, como si fuera un ladrón. Me parece muy extraño.

—Es verdad, ha vuelto —dijo Neily—. Desgraciadamente, no todo el mundo tiene tan buena memoria como tú… Theresa tiene ciertos problemas y estamos intentando averiguar lo que le pasa y si podemos hacer algo por ella.

—Si queréis ayudarla, no la enviéis a ese maldito hospital —declaró—. Si permites que te arrastren a ese sitio, estás acabada.

—Pero Sela, tú necesitas cuidados médicos. Tus pulmones no están bien.

—¡Tonterías! Respiro perfectamente. Si no fuera cierto, no podría hablar contigo.

—No respiras tan bien como deberías. Noto la tensión en tu pecho cuando hablas… por eso te llevé a urgencias esta mañana.

Sela la miró con cara de pocos amigos.

—¿Y si te doy mi palabra de que sólo estarás unos cuantos días en el hospital? —continuó—. Sé que normalmente te las arreglas bien sola, pero no creo que ahora sea buena idea. Ni siquiera tienes tus píldoras. Te las has dejado allí.

Sela hizo un gesto de desdén.

—Habría llamado para que me las enviaran. Sé que las necesito.

—También necesitas descansar un par de días en una cama y que te sirvan comidas que no te tienes que preparar.

—Bah… calentar una sopa no cuesta nada.

—Pero mejorarás más deprisa si comes algo más sustancial.

Neily notó que la determinación de la anciana empezaba a flaquear. Sus argumentos la habían convencido.

—Si acepto seguir ingresada unos días, ¿irás a recogerme y me traerás a casa? —preguntó, frunciendo el ceño.

—Te lo prometo. Sé que sabes cuidar de ti misma y no veo razón alguna para que eso cambie. Pero si yo estuviera en tu lugar y tuviera neumonía, me quedaría en el hospital. Tenemos que hacer lo correcto.

Sela soltó un suspiro que sonó a cafetera. Neily se levantó, se acercó a ella para ayudarla a levantarse y dijo:

—Vámonos o te pondrás peor.

—¡Me levantaré yo sola! —espetó—. No necesito bastones ni sillas de ruedas ni cosas así.

Sin embargo, Sela estaba tan débil que no habría podido levantarse sola de la silla. Wyatt lo notó y decidió intervenir.

—Hace tiempo que ninguna mujer hermosa me toma del brazo —declaró—. Tal vez podrías hacerme el honor…

Sela aceptó el ofrecimiento sin dudarlo un segundo.

—Y yo no tenía pretendientes tan guapos como tú desde hace años —dijo la anciana entre risitas.

Sela se giró entonces hacia Neily y añadió:

—No te enfurruñes, niña. Te lo devolveré en cuanto haya terminado con él.

Wyatt sonrió y guiñó un ojo a la anciana. A Neily le pareció tan divertido que soltó una carcajada sin poder evitarlo.

Aquel hombre le gustaba cada día más.

La pizzería local había abierto una sala nueva el fin de semana anterior. Las calles de Northbridge estaban llenas de carteles que lo anunciaban, y después de llevar a Sela al hospital, Wyatt consiguió convencer a Neily para que cenara con él.

Neily pensó que estar con él en un lugar público no sería peligroso y que se encontraría más cómoda entre un montón de gente. Además, quería que hablaran sobre lo que habían descubierto del pasado de Theresa.

Aceptó el ofrecimiento y aparcó el coche junto al de Wyatt, cerca del juzgado. Cuando llegaron a la pizzería, descubrieron que la única mesa libre estaba en un rincón apartado. Pero eso no fue lo peor, el espacio era tan pequeño que sus piernas se rozaban continuamente y ella iba de sobresalto en sobresalto.

No obstante, intentó hacer caso omiso del roce y concentrarse en el asunto de Theresa.

—Sela nos ha ahorrado muchas horas de búsqueda en el sótano del juzgado —comentó, después de que pidieran té helado y pizza—. Parece que tu abuela dijo la verdad con lo de las propiedades de su padre.

Wyatt se encogió de hombros.

—Con mi abuela nunca se sabe.

—¿Querrá recuperar sus propiedades? Si es eso, me temo que será imposible…

—Si es eso —repitió él—. ¿No ha insinuado nada sobre lo que puede ser?

Neily probó su té y esta vez fue ella quien se encogió de hombros.

—No, nada en absoluto. Se limita a repetir que está aquí para recuperar lo que es suyo, pero sin especificar —respondió.

—Sospecho que el dinero que obtuvo con la venta de las tierras fue el que invirtió después en la ferretería de mi abuelo.

—Es muy posible —comentó ella—. A no ser que sus padres también le dejaran dinero u otras propiedades en herencia.

—No, nunca ha hecho el menor comentario sobre ninguna herencia —afirmó Wyatt, tajante—. Pero ahora que lo mencionas, es la primera vez que me pregunto de dónde había sacado el dinero para la tienda.

—¿Sabes a qué se dedicaba tu bisabuelo? —preguntó ella.

—Por lo visto, era un simple carpintero. Supongo que ahorró para comprar esas tierras o que hizo un buen negocio de algún tipo, porque no tenía la impresión de que las cosas le hubieran ido tan bien… Sospeché que algo no cuadraba en la historia al ver la casa de mi abuela. Es muy señorial. Pero le pregunté y me dijo que la había construido él mismo.

—Bueno, imagino que las tierras serían baratas en aquella época. Puede que no le costaran tanto como creemos.

Wyatt probó el té y cambió de tema.

—¿Quién es ese Hector Tyson? Cuando Sela ha hablado de él, me ha parecido que lo conoces y que sigue en Northbridge.

—Sí, lo conozco y sigue aquí. De hecho, todo el mundo lo conoce… es el cascarrabias multimillonario de la localidad —explicó—. Jamás habría imaginado que hizo su fortuna a costa de tu abuela.

—¿De dónde creías que había sacado el dinero?

—Tiene un establecimiento de materiales de construcción. Tal vez parezca poca cosa en comparación con Home Max, pero es la única tienda de ese tipo que hay en la zona. Y aunque los precios de Hector son altos…

—Todo el mundo le compra —la interrumpió—. Es mejor que viajar a Billings o pedir que les envíen los materiales desde allí.

—En efecto —dijo—. Le va tan bien que pensé que era la fuente de su riqueza.

—Ya tendrá unos cuantos años…

—No tantos como Sela. Sólo ochenta y cuatro.

—Es decir, nueve años mayor que mi abuela —calculó—. ¿Crees que hizo algo ilegal para comprarle las tierras?

Neily se volvió a encoger de hombros.

—Si lo hizo abiertamente, debía de ser legal. Tuvo que registrar las propiedades y rellenar todo tipo de papeleo… Además, Northbridge es un lugar muy pequeño y no habría podido estafar a Theresa sin que se supiera.

Wyatt arqueó las cejas..

—Puede que hubiera algo más bajo la apariencia legal de la transacción —comentó él—. Ayer pregunté a mi abuela sobre sus motivos para volver a Northbridge y mencionó a un hombre. No quiso decirme cómo se llamaba, pero insistió en que él le había dicho que todo saldría bien y que ella recibiría su parte.

—Si se refería a Hector, ¿qué pudo hacer que fuera legal y ocultara algo bajo cuerda?

—No tengo la menor idea. Ni siquiera tenemos la seguridad de que el tal Hector sea el hombre al que mi abuela se refería. Podría ser cualquier otro… deberíamos hablar con ella otra vez.

Neily notó que Wyatt siempre hablaba en plural, incluyéndola a ella, en las cuestiones que afectaban a Theresa. El descubrimiento no sirvió precisamente para tranquilizarla, pero en ese momento llegó la camarera con las ensaladas que habían pedido y ella decidió aprovechar la ocasión para cambiar de tema.

—¿Qué es eso que le dijiste a Sela sobre tu visita a la biblioteca?

—Fui a ver si había algo sobre mi abuela o sus padres —respondió tras probar su ensalada—. Pero la venta de las tierras no debió de ser importante, porque en los periódicos de la época no se dice nada al respecto ni aparece ningún comentario que relacione a Hector Tyson con Theresa. Lo único que había era la noticia del nacimiento de mi abuela y una historia sobre la muerte de sus padres.

—Y Sela tenía razón al decir que murieron congelados, ¿verdad?

—Según los periódicos, sí. Mi abuela tenía dieciséis años entonces.

—¿Se marchó inmediatamente de Northbridge?

—Ahora que lo mencionas, no. Ella siempre nos ha dicho que tras la muerte de sus padres se marchó a vivir con una tía suya de Missoula. En el autobús conoció a mi abuelo y se gustaron tanto que se casaron al cabo de tres meses… justo el día en que cumplía los dieciocho.

—En tal caso, pasó por lo menos un año entre la muerte de sus padres y su marcha —reflexionó—. Es extraño que se quedara sola tanto tiempo en Northbridge.

—En efecto. Sus padres fallecieron a mediados de diciembre y ella nació en febrero, luego cumplió los diecisiete al año siguiente. Pero no se marchó a Missoula hasta tres meses antes de cumplir los dieciocho.

—Y supongo que no sabes lo que estuvo haciendo hasta entonces…

—No. Tenemos alrededor de once meses en blanco.

—Y tampoco sabemos si efectivamente estaba sola.

—No, tampoco lo sabemos. Pero todo esto es bastante raro, ¿no te parece? Especialmente si tenemos en cuenta que en algún momento vendió las propiedades a Hector Tyson por un poco de calderilla, como dijo Sela.

La camarera llegó con sus pizzas y las sirvió.

—Parece que tendré que investigar un poco más —añadió él.

Neily no supo por qué, pero se sintió decepcionada al oír que hablaba en singular.

—Eso parece.

Wyatt probó un pedazo de pizza y preguntó:

—Dime una cosa… ¿cómo es que te has especializado en trabajar con ancianitas?

Neily sonrió.

—No es mi especialidad. Los casos de geriatría forman parte de mi trabajo, pero aunque parezca lo contrario, sólo son una parte pequeña —puntualizó—. Tú no me has visto en acción con otras cosas…

Neily se dio cuenta de que su última frase había sonado a coqueteo. Y al parecer, él también lo notó, porque le dedicó una sonrisa y preguntó:

—¿A qué otro tipo de acción te dedicas?

Ella tuvo que contenerse para contestar de forma profesional y no seguir con el juego.

—Soy la única asistente social de Northbridge, así que me encargo de todos los casos que se presentan.

—¿Por ejemplo?

—Básicamente, me llaman si hay sospechas de negligencia o abusos y me encargo de que la gente reciba los servicios que necesita. Incluso he llegado a ayudar a personas que habían perdido sus propiedades en un incendio o por culpa de los bancos —respondió Neily—. Pero también soy consejera matrimonial y familiar, echo una mano en la escuela, apoyo a enfermos con desórdenes emocionales, organizo grupos de socialización en las guarderías…

—¿Grupos de socialización en guarderías? ¿Para qué? Los niños son niños. Juegan, aprenden a distinguir los colores…

—Los niños tienen problemas como todo el mundo —declaró con una sonrisa—. Les hablo sobre el valor del compromiso, de compartir las cosas y tener empatía. Y claro… también jugamos a cosas como qué es comida y qué no lo es.

—¿Cómo?

—Ya sabes, yo preguntó si la pizza es comida y tú respondes…

—Que sí.

—¡Excelente! —dijo con el mismo entusiasmo que dedicaba a los niños—. Luego pregunto si los sacapuntas son comida y tú contestas…

Wyatt soltó una carcajada.

—Que no.

—¿Lo ves? Si fueras un niño pequeño, habrías aprendido que los sacapuntas no se comen. Pero también les hablo de cosas que probablemente no querrás saber.

—No, probablemente no —comentó él, todavía riendo—. Pero vale, ya veo que no te dedicas sólo a las ancianitas… sin embargo, he notado que se te dan muy bien.

Neily se sintió muy halagada por el comentario. No lo pudo evitar. Como tampoco podía evitar sentirse a gusto en su compañía ni divertirse con él.

Por suerte, ya habían terminado de comer. Ahora tenía la excusa para marcharse.

—Bueno, debo irme a casa. No he estado allí desde que amaneció…

—Un día muy largo —comentó—. Pero me he divertido mucho contigo. Lamento haber alargado tu jornada laboral.

—No la has alargado. Terminé hace un buen rato, pero ya es hora de que me marche.

Wyatt pagó la cuenta a pesar de las protestas de Neily. Salieron del restaurante y caminaron hasta el juzgado, donde habían dejado los coches.

—¿Ya has invitado a cenar a todos los que estuvieron trabajando en la casa el domingo pasado? —preguntó él.

—A la mayoría. Pero no te preocupes… varias personas han quedado en avisar a los demás. La casa de tu abuela se llenará de gente.

Neily abrió la portezuela de su vehículo y lo miró. La calle estaba bien iluminada, así que pudo ver su cara perfectamente. Era un hombre muy atractivo. Y a medida que se conocían mejor, se sentía más atraída por él.

—¿Puedo pedirte un favor? —preguntó Wyatt.

—Puedes pedirlo, pero eso no implica que te lo conceda.

—¿Te importaría venir a la cena un poco antes que los demás?

Neily estaba tan encaprichada de Wyatt que pensó que se lo pedía porque quería estar a solas con ella. Pero él no tardó en puntualizar:

—No conozco a nadie, y me vendría bien que estuvieras allí para presentármelos.

—Claro, no hay problema —dijo, decepcionada—. Espero que tu abuela quiera bajar a saludar a los invitados… el domingo pasado se quedó en la habitación.

Wyatt sacudió la cabeza.

—Se lo he preguntado hoy y me ha dicho que no le apetece. Yo la he presionado y me ha prometido que se lo pensará, pero no contaría con ello. Aunque estuviéramos en nuestra casa, con mis hermanos, y ella conociera a todos los presentes, habría pocas posibilidades de que se dignara a bajar.

—Bueno, subiré a verla de todas formas.

—Y ella se alegrará de verte. Le caes bien. Habla mucho de ti, pero nunca ha sido hábil con las relaciones sociales… tal vez podrías apuntarla a uno de tus grupos de la guardería.

Neily sonrió.

—¿Para que aprenda a distinguir lo que se come y lo que no?

—Creo que eso ya lo sabe —contestó con humor.

Sus miradas se encontraron en ese momento. Después, Neily bajó la vista a sus labios y deseó besarlo. Pero la perspectiva no la asustó como la noche anterior, cuando él se inclinó hacia el asiento de atrás del coche para recoger las bolsas. Ahora era distinto. Era la segunda vez que salían y se había divertido mucho con él. Darle un beso parecía lo más natural del mundo.

Ella alzó la barbilla ligeramente, y él bajó la cabeza del mismo modo.

Pero Wyatt se detuvo. Como si acabara de darse cuenta de lo que estaba pasando. Para alivio y también consternación de Neily.

—Bueno, tienes que irte a casa —dijo él con voz suave.

—Sí. Y tú también querrás marcharte.

Wyatt asintió.

—Pero nos veremos mañana por la noche.

—Por supuesto. Llegaré antes para poder presentarte a los invitados.

Él no dijo nada y ella se encontró incómoda con el silencio, así que añadió:

—Gracias por la pizza.

—De nada.

Wyatt se apartó un poco del coche, como para evitar más tentaciones, y ella se sentó al volante.

—Ah, y gracias por ayudarme con Sela. Sin ti, no la habría convencido para que volviera al hospital —le aseguró.

—Ha sido un placer.

Él se alejó hacia su vehículo y abrió la portezuela. Pero no entró. Se quedó en la calle, mirándola con una expresión que no pudo descifrar.

Mientras ella arrancaba y se alejaba de allí, Wyatt se preguntó si debería haberla besado.

Y lamentó no haberlo hecho.

Igual que Neily.

Capítulo 5

TÚ debes de ser Noah, ¿verdad? Noah Perry… —dijo Wyatt a uno de los recién llegados a la cena.

Para entonces había conocido a tantas personas que empezaba a confundir todos los nombres. Además, la gran cantidad de apellidos Perry y Pratt complicaba las cosas a pesar de que intentaba separar mentalmente los segundos de los cinco hermanos de Neily.

—¿O me equivoco y eres hermano de… ? —continuó.

—No, has acertado. Soy Noah Perry —confirmó el hombre—. Y no, no soy hermano de Neily ni primo suyo ni nada por el estilo. Aunque ahora formamos parte de la misma familia… mi hermano Jared se ha casado con su hermana Mara y su hermano Cam con mi prima Eden. Además, mi prima Faith se casará con Boone, el otro hermano de Neily, dentro de un par de días.

Mientras hablaba, Noah se los iba señalando entre las personas que se habían reunido para asistir a la cena de agradecimiento. Al parecer, medio Northbridge había echado una mano el domingo anterior.

—Vamos, que no solamente hay muchos Perry y Pratt sino que además se dedican a mezclarse entre ellos —dijo Wyatt entre risas—. Y dime, ¿va a casarse alguno más?

Lo preguntó de forma inocente, pero inmediatamente después se dio cuenta de que no sabía si Neily estaba comprometida con alguien. Tal vez con un Perry. Quizás, con el propio Noah. Y la idea le molestó.

—No que yo sepa. Pero quién sabe lo que puede ocurrir…

La respuesta de Noah no lo tranquilizó; aunque Neily no fuera a casarse con nadie, eso no impedía que tuviera novio. Pero se dijo que no era asunto suyo y decidió cambiar de conversación para quitársela de la cabeza.

—Si no recuerdo mal, tú eres el contratista del pueblo…

—Exacto.

—Vaya, menos mal, empiezo a sumar dos y dos —afirmó—. Quería hablar contigo sobre la posibilidad de reformar este lugar.

Noah asintió y echó un trago de su cerveza.

—No le vendría mal, desde luego.

—Sé que sería mucho trabajo. ¿Estás disponible?

—Ahora mismo tengo unos cuantos compromisos. ¿En qué tipo de reforma estabas pensando?

Wyatt contestó que quería cambiar la fontanería, la instalación eléctrica, las ventanas y los suelos, además de pintar toda la casa.

—Es decir, una reforma integral —resumió Noah.

—Sí, más o menos. ¿Podrías hacerlo? ¿O es mejor que busque ayuda en otro sitio?

—He construido docenas de casas en este pueblo. Mi equipo y yo podemos con lo que nos echen —afirmó.

—Obviamente, Home Max se encargaría de suministraros todos los materiales que necesitéis —dijo Wyatt.

Noah volvió a asentir.

—No he trabajado mucho con Home Max, pero me gustó lo que vi en la exposición del mes pasado.

—¿Estuviste en ella?

—Sí, por supuesto, y me llevé una buena impresión. Normalmente estoy condenado a trabajar con lo que puedo comprar aquí…

—Supongo que te refieres a la tienda de Hector Tyson. He oído hablar de él.

—En efecto. Home Max ofrece muchas más opciones, y soluciones innovadoras a las que nunca había podido acceder… sobre todo en sistemas de aislamiento. Hector no es hombre de ideas modernas —le comentó—. Y me encantaría probar algunas de las cosas que vi en la exposición.

—Magnífico. Ven cuando tengas un rato libre y te enseñaré la casa, habitación por habitación, para que te hagas una idea más clara de lo que hay que hacer —propuso—. Así podrás hacerme un presupuesto.

—Me parece bien —dijo, antes de echar otro trago de cerveza—. ¿Quiere eso decir que piensas quedarte en Northbridge?

—Francamente, no lo sé.

Wyatt lo dijo mirando a Neily. Esa noche estaba impresionante. Se había dejado el pelo suelto y su cara de porcelana era tan bella que no podía borrarla de su pensamiento. Llevaba unos pantalones tan ajustados que debería haber sido ciego para no fijarse en sus curvas, y una blusa blanca y transparente sobre una camiseta del mismo color que lo estaba volviendo loco.

Parecía encontrarse en su elemento entre la gente. Sonreía, reía, sus ojos azul metálico brillaban y él buscaba una y otra vez alguna excusa para acercarse. Pero ahora estaba hablando con Noah sobre la posibilidad de quedarse allí.

—Las cosas están en el aire —continuó—. En cierto modo depende de Neily, puesto que es la asistente social encargada de mi abuela.

—No te preocupes por Neily. Es una gran profesional —afirmó Noah—. Crecimos juntos… de hecho, fuimos juntos al colegio.

—¿Y cómo es con las familias que investiga? ¿Muy dura?

—Sólo cuando tiene que serlo —contestó—. Pero es justa.

Wyatt asintió y preguntó, para su propia sorpresa:

—¿Sabes si está saliendo con alguien?

—Tengo entendido que no. ¿Por qué lo preguntas? ¿Te interesa?

—Es simple curiosidad —respondió con demasiado apresuramiento—. Me extraña que nadie le haya echado el ojo…

—¿A Neily? —preguntó, extrañado—. Bueno, es que Neily es Neily. Una chica genial, pero…

Wyatt no dijo nada. Noah se encogió de hombros y continuó:

—En fin, supongo yo no la puedo mirar de esa forma. La conozco desde siempre. Es como si fuera una de mis hermanas.

En ese momento, Noah se terminó la cerveza y Wyatt vio la ocasión que estaba buscando para interrumpir la conversación.

—Iré a buscarte otra —afirmó, para impedir que Noah rechazara la oferta.

Al pasar junto a Neily, notó la colonia que se había puesto y tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no hundir la cabeza en la curva de su hombro y aspirar. Aquella mujer le gustaba demasiado. Tanto, que la noche anterior había estado a punto de besarla. Y no había besado a nadie desde Mikayla.

No entendía lo que le estaba pasando. Tras el fallecimiento de su esposa, se había llegado a convencer de que ninguna mujer volvería a despertar su interés. Además, Neily era la asistente social que debía juzgar si él y su familia eran adecuados para cuidar de Theresa.

No debía cometer el error de besarla. No podía mantener una relación con ella. Lo único razonable que cabía en esas circunstancias era resistirse a sus deseos y no cruzar en ningún momento la línea.

Wyatt se conocía bien y sabía que lo que sentía por ella se parecía mucho a lo que había sentido por Mikayla cuando la conoció. Si seguían adelante, aquello no sería una simple aventura romántica. Podía convertirse en algo muy serio, en algo que no se podía permitir, en algo a lo que no se podía arriesgar.

Decidió que si para mantener las distancias necesitaba recordarse el infierno que había sufrido tras la muerte de Mikayla, lo haría.

A fin de cuentas, aunque el recuerdo del dolor fuera leve a esas alturas, la pérdida real había sido tan terrible que haría cualquier cosa por evitarse otra situación parecida.

Aquella noche, cuando Neily encontró a Wyatt en la cocina, dijo:

—Tú lavas y yo seco.

—Gracias, pero Mary Pat…

—Mary Pat se ido a dormir. Le duele la cabeza y le he dicho que yo me encargaría de todo —explicó.

Neily no tenía intención de quedarse en la casa después de que se marcharan los invitados. De hecho, planeaba marcharse antes para evitar la posibilidad de quedarse a solas con Wyatt y volver a sentir la tentación de besarlo.

Precisamente por eso había subido a ver a Theresa. Pero la visita que suponía breve se alargó demasiado porque la anciana se empeñó en que le contara quién estaba en la casa y qué estaban haciendo, a pesar de su negativa a bajar a saludar.

Después, cuando por fin terminó de contestar a todas sus preguntas, se cruzó con Mary Pat. La enfermera se encontraba mal y se le notaba, pero pretendía bajar de todas formas para echar una mano a Wyatt con la limpieza. Neily no pudo permitirlo y la situación terminó allí, en la cocina y a solas con él.

Sin embargo, intentó tranquilizarse. Se limitaría a secar unos cuantos cacharros y luego le daría las buenas noches y se marcharía a casa.

—Yo puedo ocuparme de todo —aseguró él.

Neily sacudió la cabeza.

—Será más rápido y más fácil si lo hacemos entre los dos. Y como tú ya te has remangado, lo lógico es que laves y yo seque.

—Está bien, gracias…

Las mangas enrrolladas a las que Neily se refería eran de su camisa de color azul cielo, combinada con unos pantalones caqui. Tenía un trasero tan bonito y unos brazos tan sexys que no pudo evitar admirarlo.

—Ha sido una gran fiesta —comentó ella, para quitárselo de la cabeza.

—Eso espero. Si estuviera en mi casa, habría organizado algo más llamativo… pero un lugar que llevaba varias décadas deshabitado tiene limitaciones evidentes.

—Descuida, la gente de Northbridge no es dada a excesos de elegancia.

—Pero sí a relacionarse entre ellos. Todos se conocían.

—Claro, es una localidad pequeña.

—Cuando llegué a Northbridge, me pregunté si sería un típico pueblo agradable y pintoresco o uno endogámico y lleno de enemistades enquistadas. Hasta ahora, parece lo primero… ¿O es que la endogamia y los odios están entre bastidores?

Neily se rió.

—Los odios, sí, pero la endogamia la practicamos a cara descubierta —bromeó—. No, ya en serio… Northbridge sólo es una localidad pequeña que antes vivía del campo. Somos exactamente lo que ves.

—Pues esta noche he visto unos cuantos Pratt… ¿Sois siete en total?

—Ocho. ¿Te acuerdas de Karis? Es la que está casada con Luke Walker. La has conocido esta noche… es mi hermanastra.

—¿Hermanastra? ¿De padre, o de madre diferente?

—De madre. Mi padre se marchó cuando éramos pequeños y tuvo dos hijas con otra mujer. Una de ellas murió, pero Karis se vino a Northbridge y conoció a Luke.

—¿Se marchó? —preguntó, sorprendido—. Debió de ser muy duro para vosotros…

—Sobre todo para mi madre. Yo era demasiado pequeña para acordarme… ni siquiera había cumplido los tres años —explicó—. Se fue justo después de que nacieran Boone, Taylor y Jon.

—¿Nacieron al mismo tiempo?

—Es lo que suele ocurrir con los trillizos.

Wyatt sonrió.

—No sabía que fueran trillizos.

—¿No te lo he dicho al presentártelos? —preguntó—. Qué extraño, siempre lo hago…

—Si me lo hubieras dicho, lo recordaría. A fin de cuentas estoy en el mismo caso.

Neily lo miró con sorpresa.

—¿En serio?

—Sí. Marti, Ry y yo somos trillizos.

—Vaya… no me lo puedo creer. Menuda coincidencia.

—Bueno, los trillizos son más raros que los mellizos, pero la posibilidad de que se repita una situación así en una familia que ya ha tenido casos anteriores, es bastante elevada. Quién sabe, puede que tengamos familia común.

Neily se rió.

—Conozco la historia de mi familia y sé que no tenemos ninguna relación con la vuestra —afirmó con humor—. Pero visto lo visto, será mejor que tú y yo no tengamos hijos… nos saldrían de tres en tres.

Wyatt no dijo nada sobre el comentario de Neily. De hecho, pareció cambiar de conversación.

—Esta noche también he conocido a unos cuantos Perry. ¿Es otra familia grande?

—No tanto como la nuestra. Eden, Eve y Faith son primas de Jared, Noah, Kate y Meg.

—Ah… sólo sé lo que me ha contado Noah. No ha sido mucho, pero afirma que muchos de los Perry están casados o a punto de casarse con un Pratt.

—Es cierto.

—Muchos… pero tú, no.

Neily no supo a dónde quería llegar.

—No, yo no.

—¿Y no hay nadie más en tu vida? No llevas anillo de compromiso y nunca has dicho que hayas estado casada, luego supongo que sigues soltera. Pero entre las compras del lunes, la pizza de ayer y la fiesta de hoy… en fin, me he preguntado si no estaría interfiriendo en alguna relación. Es decir, si no estarás saliendo con alguien…

Neily le dio la espalda con la excusa de meter unos platos en el armario de la cocina porque no quería que la viera sonriendo de oreja a oreja. Quería saber si estaba saliendo con otro hombre. Ya no se trataba solamente de Theresa y de sus necesidades, sino de algo bastante más personal.

Ahora debía decidir entre responder a su pregunta o cortar por lo sano y decirle que no podía hablar de cosas personales con una persona involucrada en un asunto de su trabajo. Pero si optaba por la primera posibilidad, podría saciar su propia curiosidad y averiguar más cosas sobre la vida de Wyatt.

Al final, optó por rendirse a sus deseos.

—No estás interfiriendo en nada. En este momento no salgo con nadie.

Neily volvió a la pila en el momento preciso en que Wyatt quitaba el tapón para vaciarla. Se giró hacia ella, alcanzó otro trapo y se apoyó en la encimera.

Su expresión no mostraba sorpresa por la información que le acababa de dar. Sin embargo, parecía alegrarse.

—¿Y tú? —preguntó Neily—. ¿Te está esperando alguien especial en Missoula?

La sonrisa de Wyatt se tiñó con un fondo de tristeza.

—No —dijo, bajando la mirada—. Estuve casado, pero ella falleció.

Neily supo que se refería a Mikayla. Theresa la había mencionado cuando Wyatt y Mary Pat llegaron a la casa, y él tuvo que recordarle que había muerto.

—Mikayla, supongo… Theresa siempre me confunde con ella.

—Sí, Mikayla era mi esposa. Pero te lo dije cuando nos conocimos…

—No, me dijiste que te resultaba familiar. Yo adiviné que sería ella por las confusiones continuas de tu abuela, pero no me explicaste quién era.

Neily ardía en deseos de preguntar por el bebé. Sin embargo, le pareció que no era el momento ni en lugar adecuado.

—Lo siento mucho, Wyatt.

Él arqueó las cejas y se encogió de hombros.

—La vida te ofrece bandejas llenas de fruta… unas están maduras, y otras, podridas.

Neily prefirió no preguntar al respecto porque tuvo la sensación de que no quería decir nada más. Sobre todo cuando se secó las manos muy despacio, con esa sensualidad tan propia de él que la volvía loca, y adoptó una actitud distante.

Wyatt se apartó de la encimera, dejó el paño a un lado y dijo:

—Discúlpame. Es tarde y te estoy entreteniendo.

Neily no supo si lo dijo por consideración hacia ella o porque prefería que se marchara antes que hablar de su difunta esposa. Pero decidió marcharse de todas formas.

—Será mejor que me vaya. Tengo que ver a Sela a primera hora y llevármela del hospital si ya le han dado el alta.

—Pero nos veremos mañana, ¿verdad? —preguntó mientras la acompañaba a la salida.

—Por supuesto —aseguró—. Theresa y yo hemos quedado a tomar el té.

Wyatt alcanzó la chaqueta de Neily, que había dejado en un armario.

—Tengo entendido que mañana por la noche hay un gran partido de baloncesto…

—Bueno, no sé si lo de gran partido es una definición adecuada —comentó ella—. Los chicos de Northbridge se reúnen para jugar a todo tipo de cosas y esta vez le ha tocado al baloncesto. Se hacen llamar los Bruisers… sólo lo hacen por divertirse, pero en las localidades pequeñas hay pocos espectáculos y siempre asiste mucha gente.

Wyatt la estaba mirando otra vez, con aquella sonrisa que le resultaba tan sexy.

—Tenía intención de ir —le confesó—. ¿Te apetece acompañarme? ¿O no te gusta el baloncesto?

—¿Que si me gusta? No me pierdo ningún partido…

Neily lo dijo tan deprisa que tuvo miedo de que notara su entusiasmo y añadió:

—Sería algo bastante inocente. Todo el mundo entendería que un asistente social asista a un partido con alguien involucrado en uno de sus casos.

Ella se dijo que si planteaba la cita de ese modo, de forma puramente profesional, podría limitar el intercambio de información personal tanto como quisiera. Además, ahora tenía un motivo extraordinario para evitar una relación con él: era viudo y había estado enamorado de otra mujer. De una con quien no podía competir, porque estaba muerta.

—Sí, supongo que puedo —concluyó.

—Yo también estaré encantado de ir —ironizó él.

Wyatt la ayudó a ponerse la chaqueta. Cuando ella se giró, se encontraron tan cerca que volvió a pensar en un beso de buenas noches.

Ella se quedó inmóvil, contemplando la cara con la que había soñado una y otra vez. Él la observó con intensidad, como si se estuviera debatiendo. Parecía una repetición de lo sucedido la noche anterior.

Por fin, Wyatt sacudió la cabeza y Neily pensó que no la iba a besar, que había conseguido resistirse a sus deseos.

Pero se equivocaba. Un segundo después, se inclinó sobre ella y la besó suavemente.

Apenas fue el eco de un beso, un roce, una simple caricia. Cuando la miró de nuevo, tenía una sonrisa irónica en los labios.

—Lo sé, lo sé… no debería haberlo hecho —admitió, negando con la cabeza—. Pero debía hacerlo de todas formas.

Neily pensó que ella también era culpable, porque podía haberlo rechazado. Sin embargo, prefirió ceñirse a su confesión de culpabilidad.

—No queremos que alguien piense que no soy objetiva en mi trabajo…

—Ha sido culpa mía. Asumo la responsabilidad. Fusílame cuando quieras.

Ella sonrió.

—No creo que debamos llegar a tanto.

—Siempre y cuando, no lo vuelva a repetir…

Wyatt le había quitado las palabras de la cabeza, así que se limitó a asentir y dijo:

—Tengo que ser imparcial.

—¿Y un beso tan leve bastaría para que dejaras de serlo? —bromeó.

Por fortuna para Neily, Wyatt no esperó contestación.

—Te prometo que mañana seré todo un modelo de buen comportamiento —añadió.

Él le abrió la puerta y ella le dio las buenas noches y salió de la casa.

Sabía que debían mantener las distancias, que era lo mejor para los dos. Pero en el fondo, no estaba segura de poder conseguirlo.

Capítulo 6

A MEDIA tarde del jueves, Neily llegó al despacho y encontró un mensaje de Cheryl Adams en el contestador. Normalmente trabajaba a las órdenes de un funcionario de Billings, pero como el caso de Theresa dependía de Missoula, debía tratar el asunto con ella. Afortunadamente, Cheryl había sido supervisora de Billings durante dos años y se conocían bien.

Descolgó el teléfono y la llamó.

—¿Dígame?

—Hola, soy Neily…

—Hola, Neily. ¿Cómo te va la vida?

Charlaron de cosas intranscendentes durante unos minutos. Después, Cheryl cambió de tono y pasó a los asuntos profesionales.

—¿Qué puedes decirme del caso Grayson? Tengo nuestro informe encima de la mesa, pero necesito el tuyo.

Neily le resumió su evaluación de Theresa y confirmó que estaba de acuerdo con las pruebas médicas y psicológicas realizadas con anterioridad.

—Es increíble que pudiera robar ese coche y llegar a Northbridge —continuó—. Lo único que se me ocurre es que sus motivos sean tan importantes que eclipsaron temporalmente sus problemas y le dieron fuerzas.

—¿Sabes algo nuevo de eso? ¿Ya has averiguado por qué se empeña en seguir allí?

—No. Se limita a repetir lo mismo de siempre —contestó—. Ha vuelto a su comportamiento habitual y no sabe o no quiere explicarse… quién sabe, todavía es posible que se haya inventado toda la historia. ¿No hay nadie en Missoula que sepa algo? Alguien tiene que saber si ha perdido dinero, joyas, lo que sea…

—Hemos preguntado, pero sin éxito. El ama de llaves de los Grayson pensó que estábamos acusando de robo a alguno de sus nietos y los defendió con uñas y dientes. Asegura que le daban todo lo que quería, pero que estaba tan perdida en su propio mundo que no se daba cuenta de nada —explicó Cheryl—. Incluso su nieta, Marti, acompañó a nuestro asistente social a la habitación de la anciana y le enseñó sus pertenencias. Todas estaban aseguradas y coincidían con las de la lista de la compañía aseguradora.

—Bueno, tengo la sensación de que, sea lo que sea que ha perdido, es más importante que un poco de dinero o unas joyas.

—¿Cómo se encuentra físicamente?

—Bien. Los médicos dicen que no tiene síntomas de haber sufrido abusos o negligencia en el tratamiento. Y por lo que he visto, sus nietos y su enfermera la cuidan como si fuera una reina.

—¿Y qué dicen ellos? Me refiero al uno del otro…

—Sus opiniones coinciden, pero también las de Theresa. La anciana está encantada con ellos y no me parece que oculte nada.

—Aquí hemos llegado a la misma conclusión. El ama de llaves vive con su marido, que es jardinero, y los dos hablan muy bien de los nietos y de la enfermera —declaró—. Antes de Mary Pat tuvieron a otra, así que la buscamos y la interrogamos; trabajó con ellos durante años y estaba encantada, pero se marchó porque quería jubilarse… Preguntes a quien preguntes, todos dicen lo mismo. Vecinos, amigos, compañeros de trabajo…

Neily se sintió muy aliviada con las noticias de Cheryl. Confirmaba que no se había equivocado con Wyatt y que no se había dejado influir por lo que sentía por él.

—¿Te han dicho algo en concreto sobre los otros dos nietos? —preguntó, sólo por curiosidad—. ¿Tienen mal genio? ¿Albergan algún resentimiento hacia Theresa? ¿Hay algo sospechoso?

—No, nada en absoluto. Según nuestros informes, son una familia bien avenida donde todos trabajan y cuidan de Theresa juntos y sin problemas aparentes —contestó—. ¿Y tú? ¿Qué puedes decirme de nuestro hombre?

Neily pensó en Wyatt e intentó responder con frialdad.

—Es un hombre con los pies en la tierra. Paciente, tranquilo, comprensivo, inteligente, amable, compasivo con sentido del humor…

Al darse cuenta de que estaba enumerando virtudes que no sonaban precisamente profesionales ni específicamente relacionadas con el caso de Theresa, Neily se detuvo un momento y añadió:

—Es muy cariñoso con ella. No me ha dado la impresión de que la considere una carga.

—Vaya, parece que Theresa está en las mejores manos del mundo. Todos deberíamos tener una familia como ésa, ¿verdad?

—Sí, desde luego.

—Bueno, entonces podemos llegar a la conclusión de que la fuga de Theresa no tuvo nada que ver con ningún posible abuso.

—En efecto. Sólo queda por descubrir si se marchó por sus problemas mentales y emocionales o porque efectivamente hay algo raro en su pasado que ni sus propios nietos conocen —declaró.

—Pero de todas formas, pueden cuidar de ella…

—Sí.

—En tal caso, no hay más que decir. Este fin de semana tengo una reunión de Billings, aunque pasaré el sábado por Northbridge para echar un vistazo personalmente antes de aprobar tu informe. Si tienes tiempo, ve de vez en cuando a visitar a Theresa… pero en principio, creo que podemos cerrar el caso y recomendar que permanezca al cuidado de sus nietos —dijo Cheryl.

—Magnífico.

La conversación volvió de lo profesional a lo personal. Unos minutos después se despidieron y Neily se recostó en el asiento y suspiró. Se sentía como si le hubieran quitado un gran peso de encima.

Nunca había pensado seriamente que su atracción hacia Wyatt hubiera influido en su valoración de Theresa, pero le alegraba saber que el departamento de Missoula compartía sus opiniones. Ahora ya estaba libre de esa preocupación. Libre para explorar otras posibilidades.

Sin embargo, no estaba segura de querer hacerlo. Wyatt era un hombre viudo, con un pasado emocional complejo, y ella ya había cometido un error parecido en otra ocasión. No había nada peor que intentar vivir bajo el fantasma de una esposa muerta. Y para empeorar las cosas, resultaba que ella se parecía físicamente a Mikayla.

No, definitivamente no debía mantener una relación con él.

Era libre para ayudar a Theresa y para ser amiga de Wyatt e incluso para asistir a un partido de baloncesto como el de aquella noche, pero nada más. No quería volver a cometer las equivocaciones del pasado. Y si había podido resistirse a sus encantos cuando estaba involucrada en un caso de su departamento, también podría resistirse en cuestiones puramente personales.

Tomó aire y suspiró otra vez.

Había tomado una decisión y se sentía fuerte. Sabía lo que quería y lo que no quería, y salir con un viudo se encontraba en el segundo caso.

Era lo más lógico, lo más razonable.

Pero su fortaleza tenía un punto débil. No conseguía olvidar el beso de la noche anterior, ni dejar de desear que la besara otra vez.

Capítulo 7

EL jueves por la noche, Neily estaba sentada con Wyatt en las gradas de la cancha de baloncesto del instituto. El partido todavía no había comenzado.

—Hoy he aprendido algo interesante gracias a tu abuela —dijo ella.

—¿Interesante y verosímil? ¿O interesante y cuestionable?

—Yo diría que verosímil. Volvió a confundirme con Mikayla, y cuando la saqué de su error, me miró como si por fin hubiera caído en la cuenta… me dijo que conocía a mis abuelos por parte de mi padre. Que ella y mi abuela habían sido grandes amigas cuando eran niñas —contestó.

—¿Tu abuela sigue con vida? Tal vez podría darnos información…

—Vive en el norte de Wyoming, en Sheridan, pero se ha marchado de crucero y no podré preguntárselo hasta el sábado, cuando vuelva. Tengo intención de ir a verla el domingo. Sólo son tres horas de viaje en coche.

—¿Y tu abuela nunca mencionó a la mía?

—No que yo recuerde. Me ha contado muchas cosas sobre su juventud y sobre los amigos que tenía, pero si alguna vez ha dicho algo específico de Theresa, no me acuerdo.

En ese momento interrumpieron su conversación durante unos segundos para saludar a unos conocidos que también iban a ver el partido de baloncesto. Cuando se quedaron nuevamente a solas, Wyatt dijo:

—Hector Tyson también está fuera. No se habrá marchado con tu abuela, ¿verdad?

—¿Cómo sabes que no está en Northbridge?

—Lo sé porque fui a verlo esta tarde, por eso no estaba en casa cuando pasaste a ver a mi abuela. Quería hablar con él, pero no lo encontré en su domicilio.

—Si me lo hubieras dicho, te habría ahorrado el viaje. Está en Denver. Tyson tiene enfisema y todos los años, en esta época, va al hospital para pasar la revisión.

—¿Lo ves? Conviene conocer a gente del pueblo. Lo único que me han dicho a mí es que se había marchado —dijo.

—Y tardará en volver. Siempre se queda una temporada en Denver, de vacaciones.

—Entonces, tampoco podremos hablar con él…

—No hasta que vuelva. A veces se queda unas semanas y a veces, más. Depende de lo que le apetezca.

El partido empezó en ese momento, así que dejaron de hablar. Wyatt se concentró totalmente en su desarrollo y aplaudía, protestaba o gritaba como todos los demás cuando los árbitros pitaban personal y ordenaban tiros libres.

Neily, en cambio, se divirtió más con la contemplación de su acompañante. Y no sólo porque estuviera magnífico con el polo azul marino que dejaba ver los músculos de su cuello y con los vaqueros que se ajustaban a sus piernas musculosas, sino por su entusiasmo, su falta de timidez y su capacidad para encajar en cualquier situación.

Desgraciadamente para sus intenciones de mantener las distancias, aún no había visto nada en Wyatt que le disgustara.

Cuando el partido terminó, salieron de la cancha como todo el mundo. Pero al llegar al pasillo, él hizo un gesto en dirección contraria a la salida.

—¿Tú estudiaste aquí?

—Sí, aquí hice la secundaria. Los edificios de preescolar y de enseñanza primaria están en otra zona —respondió.

—¿Me lo enseñas?

A Neily le pareció extraño que quisiera conocer el instituto, pero no tenía prisa alguna por alejarse de él y asintió.

—Bueno, ya has visto la cancha, que también sirve de gimnasio. Los vestuarios están allí y…

—Enséñame las clases donde estudiabas.

—Está bien, como quieras.

A medida que pasaban por delante de las aulas, Neily le contaba anécdotas de su época de estudiante.

—En la clase de arte me dedicaba a hacer collages terribles; y en la de cocina, a quemar magdalenas. Pero nunca asistí a clases técnicas ni de mecánica… entonces eran cosas de chicos —explicó.

—Vaya… teniendo cinco hermanos, había supuesto que de pequeña serías un poco marimacho —bromeó él.

—Pues te has equivocado.

—¿Y qué eras entonces?

—¿Cuando estudiaba aquí? Una camorrista, supongo.

Wyatt se rió.

—¿En serio?

Al llegar a la zona del edificio donde estaban las oficinas, Neily se detuvo y asintió hacia el despacho del director.

—En serio. Pasé horas y horas en ese despacho…

—¿Por qué? ¿Por ayudar a viejecitas a cruzar la calle cuando se suponía que debías estar estudiando? —preguntó.

—¿Ya estás otra vez con las viejecitas? Siento decepcionarte, pero era tan rebelde que a mi madre le salieron canas por mi culpa.

Wyatt pareció encontrarlo muy divertido. Sonreía de oreja a oreja como la noche anterior, cuando ella se dio cuenta de que sólo intentaba averiguar más cosas sobre su vida amorosa.

—¿Neily Pratt, la asistente social, era una rebelde?

—Sí, pero no tan mala… no me burlaba de los ancianos ni rompía propiedades públicas ni entraba en casas ajenas. Aunque una vez nos colamos en tu casa para organizar una fiesta. Pero eso fue porque…

—¿Os colasteis en la casa de mi abuela?

—Sí, una vez. Era algo tradicional. Una vieja mansión vacía es una tentación demasiado grande para unos adolescentes.

—No me extraña que hubiera tanto que limpiar. Y yo que pensaba que habíais sido muy amables al echar una mano a mi abuela… sólo estabais limpiando lo que vosotros mismos habíais ensuciado.

Ella se rió.

—Sí, es posible que todos nos sintiéramos algo culpables por eso.

Neily le enseñó más aulas. Le contó que una vez organizó una revuelta en clase de lengua española y le habló de sus travesuras diversas. Y justo al salir del edificio, se encontraron con los miembros de los Bruisers, que se habían estado duchando en el vestuario.

Los jugadores intentaron animarlos para que fueran a tomarse una copa con ellos al Adz, un pub y restaurante local al que todo el mundo iba después de los partidos, pero Wyatt dijo en voz alta, para que lo oyeran:

—Si vamos, tendremos que saludar a montones de personas. Te propongo que vayamos a tomar un helado y que luego demos un paseo.

Neily supo que debía rechazar la invitación, pero la aceptó.

Mientras cruzaban los jardines del instituto para llegar a la calle South, Wyatt dijo:

—Ahora, cuéntame en qué consistía tu rebeldía cuando no estabas en clase.

—Ah, bueno… hacía cosas como escaparme por la ventana del dormitorio para salir con mis amigos o conducir sin carné. Incluso llegué a llamar por teléfono con un móvil robado, pero debo añadir en mi defensa que no sabía que era robado y que además llamé a mi familia para que supieran dónde estaba.

—Por lo visto, no has exagerado nada al decir que eras una rebelde —comentó con humor.

Entraron en la heladería y pidieron dos cucuruchos. Se los comieron tranquilamente, compraron un par de caramelos de menta y luego siguieron el paseo en dirección a la casa de Theresa.

Mientras saboreaban los caramelos, Neily retomó la conversación donde la habían dejado.

—¿Y tú? ¿También fuiste un adolescente problemático? ¿O eras una especie de santo?

La sonrisa de Wyatt fue demasiado malévola como para parecerse a una respuesta negativa.

—Hice unas cuantas gamberradas, pero nunca usé un teléfono robado.

—Vamos, que eras un santo.

Wyatt no sólo no picó el anzuelo sino que pasó al contraataque.

—¿Tenías muchos novios?

—Parece que te has empeñado en que hablemos de mí…

—Venga, satisface mi curiosidad…

Neily no fue capaz de negarse. Además, se estaba divirtiendo mucho.

—Sí, tuve unos cuantos novios. Iba con ellos a todos los bailes, y en cierta ocasión me puse un vestido tan corto que me echaron y me enviaron a casa.

—Me encantaría haberte visto —declaró con una mirada lasciva—. ¿Y tu primer beso?

—Mi primer beso… bueno, fue a los once años. Pero no me lo dieron a mí: lo di yo. Supongo que mi juventud rebelde empezó ese día.

—No, yo me refería al primer beso en serio.

—Ah, eso… fue en tu casa.

—¿Anoche? ¿Te refieres a nuestro primer beso? —bromeó.

—No, no al de anoche —contestó, divertida—. Fue en la fiesta que dimos cuando nos colamos en casa de tu abuela.

Él se rió.

—¿Lo dices en serio?

—Totalmente. Pero en ese momento apareció la policía y nos echaron del edificio. Se suponía que teníamos que quedarnos en el jardín.

—Lamento no haber estado presente…

—¿Y qué me dices de ti? ¿Cuándo fue tu primera vez? —preguntó—. Pero contéstame, no vuelvas a hacerte el misterioso.

Neily le dedicó una mirada de advertencia y contempló su perfil a la luz de la luna. Era un hombre terriblemente atractivo.

—A los diez años —contestó—. Me había enamorado de la chica que nos cuidaba… un día me estaba ayudando a hacer los deberes y decidí aprovechar la ocasión.

—Oh, vamos, eso fue más un desafío que un beso de verdad. Yo he sido sincera contigo, así que tú también tendrás que serlo.

—¿Te refieres a mi primer beso con lengua y los ojos cerrados?

Neily pensó en la caricia de la noche anterior y deseó ser protagonista de uno de esos besos.

—Exactamente —acertó a decir.

—Pues fue con Chrissy Whitman. Yo tenía catorce años y ella, dieciséis, pero me las daba tanto de listo, que no se dio cuenta de que yo no sabía nada de nada. La tomé por los hombros, incliné la cabeza, cerré los ojos, entreabrí los labios, descendí y… fallé.

Neily soltó una carcajada que al menos le sirvió para aliviar la tensión que había acumulado durante su descripción.

—¿Fallaste?

—Al parecer, debí esperar un poco más a cerrar los ojos. Porque en lugar de besar su boca, pasé de largo y le besé el cuello.

—Entonces, eso no cuenta como un primer beso… —declaró, sin dejar de reír.

Él sonrió de forma traviesa.

—Bueno, Chrissy también estaba loca por mí. Se sorprendió un poco, pero tomó las riendas del asunto y yo mantuve los ojos abiertos y aprendí la lección en el intento siguiente —explicó.

Neily se sintió extraña y absurdamente celosa de una chica llamada Chrissy Whitman. Lo encontró tan ridículo que decidió ocultarlo con una pequeña pulla.

—Vamos, que te gustaban las chicas mayores…

Él se encogió de hombros.

—Te hacen ganar experiencia.

Neily volvió a reír.

Unos segundos después llegaron a la casa. Ella caminó hacia su coche y abrió la portezuela.

—Mañana no vendré a ver a tu abuela. Se casa mi hermano Boone y tengo miles de cosas que hacer, así que…

—Lo sé, me ha invitado a la fiesta.

Neily lo sabía perfectamente; de hecho, se había estado preguntando qué tal estaría Wyatt con traje. Pero fingió no saberlo porque no quería darle la impresión de que ardía en deseos de verlo en la fiesta.

—Ah, claro, es cierto… Os ha invitado a Mary Pat, a Theresa y a ti.

—En efecto. Intentaré convencer a mi abuela, aunque dudo que se apunte.

—Pero tú irás en cualquier caso, ¿verdad?

—Desde luego. Incluso les he comprado un regalo de bodas —contestó—. Es una suerte que viniera a Northbridge con mis trajes… pensé que me podrían hacer falta si tenía que ir a un juzgado o a algún acto oficial por el asunto de mi abuela.

—Entonces te veré mañana por la noche…

Neily tenía intención de meterse en el coche y cerrar la portezuela para impedir que se repitiera la situación de la noche anterior, pero se quedó donde estaba.

—Por supuesto.

Wyatt la miró de una forma extraña. Al cabo de un par de segundos, dijo con voz tranquila y ronca:

—¿Sabes una cosa? Cuando no estoy contigo, pienso en cómo debo comportarme y me digo que puedo ser un modelo de buen comportamiento. Pero basta que pasemos un rato juntos para que…

—¿Para que… ?

—Para que desee hacer esto.

Wyatt le puso una mano en la mejilla y le dio una lección de su técnica de beso: inclinó la cabeza, entreabrió los labios y la besó justo antes de cerrar los ojos.

Neily también los cerró entonces. Y lo besó a su vez.

Sin embargo, la experiencia de aquella noche no fue tan leve como la anterior. No fue un roce suave y dulce, ni un contacto apenas desafiante. Aquella noche, Wyatt insistió y lo convirtió en un beso de verdad, un beso profundo, seductor y apasionado que duró un buen rato.

Cuando por fin se apartaron, Neily pensó que no era suficiente. Quería más.

—No sé lo que me pasa —confesó él—. No soy capaz de contenerme contigo.

Él se inclinó de nuevo y la besó otra vez, aunque con más ligereza. Después, se apartó lo justo para que Neily pudiera entrar en el coche, lo cual, hizo.

Mientras arrancaba el vehículo, ella deseó que en lugar de adultos fueran adolescentes despreocupados que podían marcharse juntos a cualquier parte y hacer locuras. Pero no lo eran. Y al igual que él, tampoco sabía por qué le costaba tanto contenerse cuando estaban juntos.

Pulsuz fraqment bitdi.

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