Kitabı oxu: «Siete tumbas, un invierno»
Título original: Seven Graves, One Winter
© Christoffer Petersen, L.P., 2018.
© de la traducción: Cristina Martín, 2020.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2020.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO648
ISBN: 9788491876120
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
NOTA AL LECTOR
SAPAAT
1
MARLUNNGORNEQ
2
3
4
PINGASUNNGORNEQ
5
6
SISAMANNGORNEQ
7
8
9
10
11
12
TALLIMANNGORNEQ
13
ARFININNGORNEQ
14
15
16
SAPAAT
17
18
19
20
ATAASINNGORNEQ
21
MARLUNNGORNEQ
22
NOTA DEL AUTOR
AGRADECIMIENTOS
CHRISTOFFER PETERSEN
¡Ah, eso ha endurecido
cientos de corazones
camino del Polo
de dolores sin nombre!
Nordpolen,
LUDVIG MYLIUS-ERICHSEN (1872-1907)
PARA ISABEL
NOTA AL LECTOR
Siete tumbas, un invierno presenta al policía David Maratse, natural de la costa oriental de Groenlandia. Esta historia, la primera de una serie, tiene lugar después de los sucesos narrados en el segundo libro de la Trilogía de Groenlandia, In the Shadow of the Mountain. Así pues, aunque se hagan algunas referencias a dicho libro, no es necesario leerlo primero para que se entienda. En caso de que algún detalle resulte confuso, delego toda responsabilidad en el agente de policía Maratse, quien insistió mucho, con maneras discretas, en tener un relato propio. Los personajes de Petra Jensen y Gaba Alatak también han aparecido en relatos cortos junto con Maratse. Tampoco es necesario leerlos antes de Siete tumbas, un invierno.
Una vez más, delego toda responsabilidad en Maratse.
Los habitantes de Groenlandia hablan groenlandés, una lengua que tiene por lo menos cuatro dialectos, además de danés e inglés. En muchos aspectos de la vida cotidiana, las lenguas más funcionales son el groenlandés occidental y el danés. Siete tumbas, un invierno está escrito en inglés británico, pero allí donde resulte apropiado, incluye varios vocablos procedentes del groenlandés y del danés, tales como los siguientes:
GROENLANDÉS ORIENTAL / GROENLANDÉS OCCIDENTAL / ESPAÑOL
iiji / aap / sí ;
eeqqi / naamik / no
qujanaq/qujanaraali / qujanaq / gracias
Sapaat
1
Cavaban las tumbas en la falda de la colina, en la dura tierra que se hallaba encajada entre grandes moles de granito. El cementerio no era muy grande, pero sí lo suficiente como para que en él encontraran acomodo las madres, los padres, los hijos y las hijas de Inussuk, desde los tiempos en que la primera tumba reemplazó al último túmulo de piedras y los recién nacidos que sucumbían al invierno dejaron de momificarse. Los inviernos eran igual de oscuros, los veranos igual de luminosos, pero las muertes habían disminuido y la comida, ya viniera del mar, ya de la tienda, resultaba más fácil de obtener. Aun así, seguían cavando tumbas durante el largo verano para adelantarse al oscuro invierno, cuando la tuberculosis tal vez se llevara consigo a un abuelo o a un nieto, una tormenta de invierno quizás acabase con un cazador o una depresión obligase a alguno de ellos a quitarse la vida. Cavaban dos tumbas para los suicidas, con la esperanza de que fueran demasiadas. Cavaban una para la pelea de borrachos, otra para el accidente de pesca, otra más para el niño que había nacido muerto y que sabían que estaba aguardando en el diminuto depósito de cadáveres del centro médico, situado en un lugar al que se llegaba en bote. Cavaban una sexta tumba para los ancianos. La séptima era para el cáncer. Incluso en el Ártico, siempre había cáncer.
Los hombres salieron de las fosas destinadas a los suicidas y descansaron unos instantes apoyados en las palas, contemplando los icebergs del fiordo. Desde el cementerio se disfrutaba de la mejor vista de las montañas que se elevaban a lo lejos y del asentamiento enclavado al pie de la colina, debajo de donde se encontraban ellos. Inussuk estaba atrapado entre dos playas: una negra y suave y la otra formada por guijarros, piedras y conchas. La playa negra daba al sur y al este, y en ella rompían las olas y era absorbida la energía de todas las tormentas porque estaba sembrada de centelleantes pedazos de hielo tan grandes como las manos, el corazón y la cabeza misma de los sepultureros. Los bloques más grandes, que eran icebergs sumergidos, tachonaban la playa y desviaban el agua que se escurría de la colina en dirección al mar. Entre dos pedazos de hielo flotantes iba a encontrarse el cuerpo de la joven a escasa distancia de la playa aquel mismo otoño, pero por el momento los sepultureros no sabían nada.
Apartaron la mirada de la playa y la fijaron en el asentamiento, donde contemplaron la maltrecha madera de las paredes rojas de la tienda de abastos y la casa recién pintada de verde, propiedad del Comité para la Naturaleza, que en aquel entonces estaba ocupada por dos artistas danesas y una niña pequeña. Uno de los hombres señaló con la cabeza en dirección a la casa, mientras la chiquilla jugaba en la arena y la tierra debajo del porche. Los cuarenta y tres residentes adultos de Inussuk estaban convencidos de que las dos artistas eran amantes. Los doce niños que había eran demasiado pequeños para preocuparse por algo así, y se alegraban de contar con una nueva compañera de juegos, una niña de cabello rubio.
—Cincuenta y ocho residentes —dijo el mayor de los dos sepultureros. Rebuscó en la bolsa que descansaba a sus pies y sacó un termo. Cuando desenroscó el tapón, una ráfaga de viento procedente del fiordo levantó un poco de vapor de la boca del recipiente. Sirvió café en una taza esmaltada para su compañero y, a continuación, llenó el tapón del termo para él.
—Aap —contestó el hombre joven mientras se llevaba la taza a la boca. Observó el asentamiento, se fijó un instante en la niña que jugaba en la arena y luego desvió la mirada hacia su hijo, que lo estaba saludando con la mano desde el embarcadero. El pequeño movió los labios y su pecho se agitó al mismo tiempo que gritaba algo; el hombre lo saludó a su vez y recordó, como hacía siempre que veía a Qaleraq, que su hijo era un niño sano, curioso, difícil a la hora de enseñarle cosas pero ansioso por aprender. Qaleraq, a diferencia del hijo de su hermana, vería muchos más inviernos. Cavarían la última tumba para su sobrino nacido muerto, hundirían el borde de la pala tan profundo como pudieran, hasta tocar la capa de permafrost si tenían la energía necesaria, para que el pequeño descansara en lo más hondo de la tierra.
Se terminó el café, tiró los posos a la fosa y volvió a guardar la taza en la bolsa de su compañero. A continuación, se metió en la fosa y empezó a cavar. El hombre mayor se sirvió otro medio tapón de café y lo bebió mientras paseaba la mirada por el cementerio. El mástil de la antena proyectaba una delgada sombra sobre las tumbas de sus padres, cuyas coronas de flores de plástico se veían ya marchitas por el sol del Polo. Se prometió a sí mismo poner otras nuevas, algo que ya se había prometido el verano anterior, cuando cavaron las siete tumbas, más una octava en septiembre, justo antes de que cayeran las primeras nieves del invierno. La neumonía había pillado por sorpresa a un matrimonio de ancianos: el varón, Aput, sucumbió solo una semana después de su mujer, Margrethe. El sepulturero dejó vagar la mirada por el camino, mientras recordaba cómo había ido cargando con los ataúdes, uno detrás del otro, desde la casa del matrimonio hasta el cementerio, antes de recuperar el aliento durante el breve servicio religioso, y cómo había depositado a quienes fueron amigos íntimos de sus padres en dos fosas contiguas. El sendero era empinado y él se conocía cada recodo, cada piedra y cada hoyo. Llevaba casi seis años junto a su compañero más joven, dándose golpes en los dedos de los pies contra las rocas, resbalando sobre las piedras sueltas y tallando escalones.
Seis años, con sus siete tumbas por año.
Inussuk iba encogiendo a medida que el cementerio iba expandiéndose. Los jóvenes y los que poseían estudios abandonaban el asentamiento y se marchaban a otros pueblos mayores y a las ciudades de la costa occidental de Groenlandia. Los niños se iban para acudir al colegio de Uummannaq, regresaban ya con quince y dieciséis años acabado el décimo curso, y se sentían cada vez más aburridos por la tranquila vida que se desplegaba entre aquellas dos playas, frustrados ante la falta de trabajo y dinero. Tan solo un chico había regresado para dedicarse a pescar en las mismas aguas que su padre, mientras que su hermana y una amiga de esta se habían marchado a cursar Estudios Superiores en Aasiaat, una localidad situada más adelante en la costa.
—Oye —dijo el hombre mayor tras terminarse el café.
—¿Qué?
—¿Te has enterado de lo del policía?
—¿Qué policía? —El hombre joven apoyó la pala contra la pared de tierra y salió de la fosa.
—Va a venir la semana que viene.
—¿Aquí?
—Aap —respondió el mayor, y señaló la casa de color azul oscuro que había detrás de la tienda de abastos—. Ha comprado la casa de Aput. —Guardó silencio—. ¿No lo sabías?
—Naamik —replicó el joven. Y después añadió—: Puede ser.
—Deberías escuchar a tu mujer, Edvard. A ella se lo contó mi esposa.
—Ya.
El hombre mayor miró a Edvard a los ojos.
—¿Ocurre algo?
Edvard se encogió de hombros.
—El niño —respondió, y volvió la vista hacia el lugar en el que estaba en aquel momento su hijo, jugando con la niña danesa—. Queremos tener otro hijo, pero a ella le preocupa que pueda sucederle lo mismo que a su hermana. Dice que podría ser por el agua.
—¿Por el agua?
—Contiene metales, de la mina. Los llevan dentro los peces.
—Estas aguas no contienen metales.
—Eso tú no lo sabes, Karl.
—No —aceptó Karl con un suspiro—, no lo sé. —Volvió a enroscar el tapón del termo y lo guardó en la bolsa.Acto seguido, cogió la pala y se dispuso a meterse de nuevo dentro de la fosa. Pero Edvard se lo impidió con una tosecilla—. ¿Qué pasa?
—¿Qué me estabas diciendo del policía?
—Aap, que viene hacia aquí.
—¿A trabajar?
—A vivir.
Edvard sacudió la cabeza y añadió:
—Eso ya lo has dicho, pero ¿va a trabajar aquí como policía?
—Nunca hemos tenido un policía en Inussuk.
—Por eso precisamente te lo pregunto.
Karl se echó a reír.
—¿Estás preocupado por tu licor de fabricación casera? Si lo descubre, posiblemente habrá más levadura en la tienda de abastos, y así podré comer pan recién hecho, para variar.
—Puede ser —respondió Edvard sonriendo—, aunque en ese caso, ¿dónde ibas a conseguir el alcohol, viejo?
—En Uummannaq, como todo el mundo.
—Tú mismo. —Edvard reflexionó unos instantes—. Pero ¿por qué viene aquí ese policía, si no es para trabajar?
—Buuti mencionó que piensa jubilarse, no sé qué de una jubilación anticipada.
—Debe de estar enfermo —dijo Edvard contemplando las dos tumbas que ya casi tenían terminadas.
—Débil e inválido —repuso Karl—. He oído que anda con una muleta, puede que con dos.
—¿Así que se muda aquí procedente de Nuuk?
—Naamik, es de Ittoqqortoormiit.
—¿Tunu? ¿Groenlandia oriental?
—Aap.
—¿Y por qué viene aquí?
—No lo sé. Se lo puedes preguntar tú la próxima semana.
Edvard lanzó un gruñido y saltó al interior de la fosa. Recogió su pala y empezó a cavar mientras Karl hacía lo mismo en la tumba de al lado. Estuvieron trabajando dos horas más y terminaron las tumbas a la vez, como siempre, aunque Karl sospechaba que Edvard aminoraba el ritmo siempre que estaba a punto de finalizar y se ponía a raspar los bordes en lugar de cavar, hasta que su compañero, mayor que él, hubiera terminado.
Karl fue el primero en salir de la fosa y le tendió la mano a Edvard para ayudarlo a subir, un pequeño gesto de agradecimiento a cambio del respeto mostrado hacia sus mayores. Fueron hasta el otro extremo del cementerio, situado más cerca de la cornisa que recorría la falda del cerro y también del oleaje que azotaba las rocas oscuras y húmedas que había allá abajo. Trazaron la forma de las dos tumbas que iban a cavar allí, tan cerca del borde como se atrevieron, y dentro de lo que se consideraba respetuoso, sin condenar a los ocupantes a sufrir vértigo durante toda la eternidad.
Edvard se detuvo un momento en el punto más alejado y contempló el mar. Tocó a Karl en el hombro y señaló una embarcación a motor de tamaño medio que llevaba un rayo dibujado en el casco y que se mecía a la sombra de un enorme iceberg, demasiado próxima a él como para escapar del oleaje y de los fragmentos sueltos si el bloque de hielo empezara a moverse o a partirse. Karl hizo un gesto de preocupación y Edvard se encogió de hombros. Ninguno de los dos reconoció la embarcación. Incluso a aquella distancia sería raro no identificar la forma de una lancha del pueblo o la curva que formaba su proa.
—¿Sabes tú quién es?
—Naamik —contestó Edvard—. Puede que sea alguien de la isla de Disco.
—Quizá.
Los dos sepultureros, apoyados en sendas palas, contemplaron cómo la embarcación se alejaba progresivamente del iceberg y se perdía de vista.Aguardaron hasta que la popa desapareció por detrás del iceberg, y solo entonces sacaron la primera paletada de tierra de las nuevas tumbas. Si pudieran ver a través de la masa del iceberg o por detrás de él, habrían visto a un hombre saliendo del camarote de la embarcación y arrastrando a una joven desnuda por su larga y negra melena. Lo habrían visto abofetearla dos veces. Si el viento hubiera estado soplando en la dirección adecuada, puede que incluso la hubieran oído gritar.
Era una mujer joven, con curvas suaves que definían su sexo. Tenía la piel más oscura que sus amigas europeas, pero más clara que los groenlandeses. Lucía varios hematomas y sangraba por la nariz. El hombre se limpió la mano manchada de sangre de la chica en el estómago de esta, después la arrastró por la cubierta y la arrojó al suelo. Ella agitaba las piernas al igual que un pez ensangrentado y él la abofeteó de nuevo, esta vez con el dorso de la mano, de forma que la nuca de la joven chocó contra la borda de la embarcación. El bote se meció de resultas del impacto. La chica dejó de agitar las piernas y se quedó con sus ojos castaños muy abiertos e inmóviles, fijos en su agresor. Su melena negra estaba esparcida sobre el asiento moldeado en el casco; el hombre apoyó la bota en el asiento, encima del pelo, para que la chica no pudiera moverse del sitio. Acto seguido, alargó un brazo por encima de ella, cogió una bolsa del asiento que había enfrente, abrió la cremallera y sacó varias prendas de ropa de invierno que fue tirándole encima.
—Vístete —le ordenó.
Arrojó la bolsa hacia el interior del camarote y apoyó el peso en la rodilla. La joven, peleando con el pantalón y los calcetines, aguantaba la respiración sin apartar los ojos del hombre. Este retiró el pie con el que le pisaba la melena y le dijo que se incorporase y se pusiera el forro polar y un gigantesco y grueso anorak Canada Goose. Mientras la chica se vestía, él posó la mirada en las aréolas oscuras de sus pechos. La obligó a ponerse de pie y la llevó a rastras por la cubierta.Agarró unas botas de senderismo que había debajo de la rueda del timón.
—Las botas —dijo al mismo tiempo que se las lanzaba.
A continuación, giró la silla situada frente a la rueda del timón y obligó a la chica a sentarse por la fuerza. Ella se mordió el labio y él la asió por el pelo para darle un tirón, un movimiento que le arrancó un sollozo. Esperó a que se pusiera las botas y se atara los cordones. Una vez calzada, tiró nuevamente de ella para ponerla de pie y la empujó hacia el lado de babor de la embarcación, el que estaba más cerca del iceberg.
La chica se agarró a la barandilla, temblando de arriba abajo y sollozando. El hombre la soltó y regresó al timón, y aplicó un poco de impulso para aproximarse más al iceberg. Entonces quitó la marcha y dejó el motor al ralentí. Una nube de humo gris alcanzó el rostro de la chica y la hizo toser.
—¿Cómo dices? —preguntó el hombre.
—He tosido —respondió la joven en danés. Notaba en los labios el sabor de las lágrimas, un sabor salado como el mar.
—¿Qué has dicho? —dijo el hombre al mismo tiempo que la agarraba por el pelo.
—¡No he dicho nada! —respondió ella. El hombre le giró la cara para obligarla a mirarlo—. Nada —dijo en un sollozo.
—Habla en groenlandés, puta —le dijo a la vez que le empujaba la cabeza hacia abajo y sonreía tras arrancarle otro sollozo.
—No sé.
—Exacto.
Entonces la empujó hacia la borda. La chica, llorando, se deslizó hacia el suelo hasta quedar de rodillas. Varias hebras de su pelo quedaron prendidas en el borde de piel de la capucha del anorak cuando el hombre dejó de agarrarla del pelo y le introdujo las manos por debajo de las axilas.
—Fuera de mi barco —le dijo, y la levantó en volandas.
La joven lanzó un chillido y manoteó buscando la barandilla, desesperada por aferrarse a ella, mientras el hombre la pasaba al otro lado de la borda y sus piernas tocaban el agua. Logró cerrar las manos en torno a la barandilla y se agarró con fuerza, lo cual hizo que su agresor, gruñendo por el súbito peso, resbalara sobre la cubierta.
El hombre se puso a propinarle patadas en los nudillos hasta que ella lanzó un chillido y se soltó. Las manos le fueron resbalando por el costado de la embarcación al mismo tiempo que el aire contenido en el interior del anorak se expandía al entrar en contacto con el agua. El frío la hizo expulsar el aire que tenía en los pulmones, y empezó a convulsionarse mientras luchaba por aspirar una última bocanada.
En cuanto la oyó caer al agua, el hombre regresó a la palanca del motor, metió la marcha y se alejó a toda prisa. La joven, con los ojos desorbitados, vio que un poco más allá viraba, rectificaba el rumbo y se asomaba por encima de la borda para observarla. El motor rugió cuando el hombre aumentó la potencia y se dirigió hacia ella a toda velocidad.
La chica, haciendo uso de las escasas fuerzas que le quedaban, palmoteó el agua con los dedos rígidos en su intento por huir del barco nadando. El hombre corrigió el rumbo y pasó tan cerca de la chica que la golpeó en la cara con el duro casco de la embarcación. La cabeza de la joven se hundió en el agua y su melena quedó flotando en la superficie a modo de una maraña de zarcillos y nervios, conectada a lo profundo del agua, en sintonía con su muerte, mientras el hombre frenaba de nuevo, daba media vuelta y aceleraba una vez más hacia ella. La quilla de la embarcación le golpeó la cabeza produciendo una vibración que resonó en todo el casco.
El hombre, sonriendo, describió lentamente un círculo alrededor de la última posición conocida que había ocupado la joven. Luego se acomodó en el asiento tras la rueda del timón y metió la mano en el bolsillo buscando un paquete de caramelos de menta, pero frunció el ceño cuando sus dedos se toparon con las bragas de color topacio de la chica. Volvió a guardárselas en el bolsillo y puso rumbo a la entrada del fiordo mientras los sepultureros cavaban hondo en el cerro que se elevaba por encima de Inussuk.
Marlunngorneq
2
El agente de policía David Maratse dejó escapar un gruñido al sentir otra llamarada de dolor que le subía por las piernas y le llegaba hasta la parte baja de la espalda, formando lo que a él se le antojó un muro de fuego. Le sucedía lo mismo cada vez que levantaba el pie izquierdo, cuando recibía otra punzada de dolor candente que le presionaba los nervios al apoyar la planta en la cinta de correr. Se detuvo un momento para recuperar el aliento, aferrado con los nudillos blancos a las barandillas de la máquina mientras el fisioterapeuta escribía otra nota más en su cuaderno.
—No está mejorando, ¿verdad? —preguntó.
—Eeqqi —respondió Maratse negando con la cabeza. Tomó aire y lo expulsó, una, dos, tres veces, hasta que el dolor fue cediendo—. Vamos otra vez —dijo al mismo tiempo que levantaba el pie izquierdo.
—¿Está seguro?
—Iiji —contestó Maratse—. Sí, estoy seguro.
Sus nervios estallaron en llamas y se derrumbó, entre maldiciones, sobre la áspera superficie de caucho de la cinta. El fisioterapeuta desconectó la máquina y lo ayudó a incorporarse.
—Vamos a sentarnos —le dijo.
—Llevo una semana sentado.
—Y antes de eso, estuvo tumbado —replicó el fisioterapeuta al mismo tiempo que lo ayudaba a acomodarse en una silla— durante tres semanas. Está progresando. Tiene que tomárselo con calma.
—¿Progresando? —gruñó Maratse. Se palpó los bolsillos del pantalón de deporte y, de pronto, se acordó de que el tabaco lo tenía en el bolsillo del anorak, junto a la cama.
—Fumar no ayuda.
—A mí, sí.
—Lo digo en serio —dijo el fisioterapeuta—, con el daño que han sufrido ya sus nervios...
—Fumar me ayuda —insistió Maratse y retó al fisioterapeuta a que le sugiriera lo contrario. El joven se encogió de hombros y escribió más notas en su cuaderno.
Maratse reflexionó unos instantes sobre el daño sufrido por sus nervios; casi le parecía percibir el olor de su carne chamuscada, pues el Chino le había apretado los terminales de su improvisado instrumento de tortura contra el pecho, las piernas, los testículos. Apartó aquella imagen de su mente y calculó la distancia que había hasta la cama.
—Necesito echar un pitillo.
—Voy a llamar para que lo acompañen de vuelta hasta su pabellón —respondió el fisioterapeuta. Dejó el cuaderno y cruzó la sala de entrenamiento hasta alcanzar la silla de ruedas de Maratse, que estaba aparcada contra la pared. Empezó a empujarla, pero se detuvo porque de improviso se abrió la puerta. Sonrió a la mujer policía que entraba en la sala, soltó la silla de ruedas y le dijo—: Es todo suyo.
—¿Ya ha terminado? —preguntó ella, al mismo tiempo que se colocaba un largo mechón de pelo negro detrás de la oreja. Aquel gesto le recordó a Maratse otra mujer que hacía lo mismo: una policía danesa de la patrulla Sirius, la misma que lo había rescatado del Chino.
—Necesito fumarme un pitillo —dijo Maratse señalando la silla de ruedas—. Uno de vosotros tiene que ayudarme.
—Sigue igual de gruñón, ¿eh? —afirmó la policía. Con un suspiro, se guardó en el anorak el sobre que llevaba en la mano, agarró el manillar de la silla de ruedas y la situó a un costado de Maratse. El fisioterapeuta ayudó a la mujer a incorporar al paciente y, mientras ella lo sostenía, cambió una silla por otra. La policía sonrió y miró a Maratse a los ojos—. ¿Otra vez se te ha olvidado cómo me llamo?
—Hola, Piitalaat.
—Me llamo Petra —replicó ella—. Soy la agente Petra Jensen. —Maratse hizo una mueca de dolor al sentir que el fisioterapeuta empujaba el asiento de la silla contra la parte posterior de sus piernas. Petra lo ayudó a sentarse—. ¿Por qué insistes en llamarme así?
—Porque me gusta. —Maratse agarró las barras circulares que había a cada lado de las ruedas, se apartó de Petra y se dirigió hacia la puerta—. Necesito fumar, agente.
—Ya te he oído la primera vez —replicó ella—. Ah, y dentro de poco, ya no seré agente.
Maratse se volvió al llegar a la puerta.
—¿Te has presentado al examen para sargento?
—Sí —respondió Petra—, y he aprobado. Recibiré la confirmación oficial antes de que finalice esta semana.
—¿Es eso lo que hay dentro de ese sobre?
—No. —Petra apretó los labios y se retiró un imaginario mechón de pelo de la cara—. Es otra cosa.
—¿Para mí?
—Me temo que sí. —Petra abrió el sobre mientras acompañaba a Maratse hacia los ascensores—. ¿Quieres que te lo lea?
—Iiji —contestó él, y dejó que el caucho de los neumáticos le raspara las palmas de las manos—, pero solo los puntos más importantes.
—Muy bien —dijo Petra. Fue pasando el dedo por el apretado texto—. Van a concederte la jubilación anticipada, cobrando la totalidad de la pensión. —Hizo una pausa al oír que Maratse emitía un gruñido—. Pero ya no volverás a ser oficial de policía nunca más. Lo siento.
—No pasa nada —replicó Maratse. Al llegar a los ascensores, se detuvo y pulsó el botón de llamada. Ya se esperaba algo así, y la sesión matinal de fisioterapia le había confirmado lo que sabía: que jamás volvería a ejercer de policía.
—¿Todavía piensas ir a Inussuk?
—Iiji.
Petra dobló la carta al mismo tiempo que se abrían las puertas del ascensor.
—No entiendo por qué. Podrías irte a casa.
Maratse fue el primero en acceder al ascensor, se volvió y esperó a que entrara Petra y pulsara el botón de la primera planta.
—Seré policía siempre —afirmó—. Es mejor empezar de cero en un lugar distinto.
—Jubilado —apuntó Petra.
—Es lo mismo. Eso no va a cambiar nada.
—¿De modo que vas a abandonar las brillantes luces de la ciudad y me vas a dejar sola en Nuuk? —Petra se apoyó contra la pared del ascensor y compuso su mejor puchero. Maratse estuvo a punto de echarse a reír, y a ella le agradaron las arrugas que se le formaron al policía en torno a los ojos. Enderezó la espalda cuando el ascensor aminoró y se detuvo. Maratse aguardó a que saliera al pasillo y después salió él también.
—¿Y Gaba?
—No hablemos de él —respondió Petra.
—¿Desde cuándo?
—Desde el pasado sábado por la noche.
Petra se situó detrás de él y agarró el manillar de la silla de ruedas.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Maratse soltando las ruedas. Percibió un olorcillo a gel de alcohol, procedente de un ordenanza que estaba desinfectándose las manos en la puerta del aseo de caballeros, pero enseguida desapareció en cuanto Petra apretó el paso.
—No me apetece hablar de ello.
—Está bien. —Maratse lanzó un suspiro. Petra giró la silla de ruedas y lo condujo de nuevo a su habitación. Lo dejó junto a la cama, y él alargó el brazo para coger su anorak. Petra fue hasta la ventana, se apoyó en ella, cruzó los brazos y miró a Maratse con gesto de enfado—. ¿Qué? —dijo él deteniéndose un momento en la operación de sacar el paquete de tabaco del bolsillo del anorak.
—No me has preguntado.
—Has dicho que no querías hablar de ello.
—Y no quiero. —Volvió el rostro, y después señaló la portada del periódico que descansaba sobre la mesilla de noche—. Eso no ayuda.
—No lo he leído.
—Ese idiota de Seqinnersoq ya está fanfarroneando otra vez. Utiliza el groenlandés como promesa electoral, a modo de arma arrojadiza. Es la única calificación que tiene. —Cogió el periódico.
—¿Cuándo son las elecciones?
—En el mes de mayo. —Petra frunció el ceño—. ¿Es que no ves las noticias?
Maratse se encogió de hombros.
—Yo no voto. —Extrajo un cigarrillo del paquete y se lo encajó en el espacio entre los dientes. Luego agarró el encendedor—. Me marcho afuera.
Petra volvió la portada del periódico en dirección a Maratse y señaló la foto con el dedo.
—Ella no era mucho mayor que esta.
—¿Quién?
—La chica con la que se acostó Gaba el sábado por la noche. —Petra sostuvo el periódico a un lado y observó la fotografía de Malik Uutaaq, de pie al lado de su esposa, con una joven al fondo con aspecto de adolescente—. La chica con la que se acostó Gaba tiene más o menos su misma edad, diecisiete o dieciocho.
Maratse soltó un gruñido y se encaminó con su silla de ruedas hacia la puerta. Cuando salió al pasillo y continuó en dirección a los ascensores, oyó el ruido que hacía el periódico al caer sobre la cama. Petra salió detrás de él. No pronunció una sola palabra hasta que estuvieron acurrucados en la caseta para fumadores que había en el exterior, junto a la entrada principal del hospital Dronning Ingrid. Esperó a que Maratse hubiera encendido su cigarrillo y luego le preguntó:
—¿Por qué no votas?
Maratse dio una profunda calada al pitillo y después le indicó con la cabeza la primera página del mismo periódico, que una paciente estaba leyendo mientras fumaba. Bajó la voz para responder:
—Porque no me fío de los políticos.
—Sin embargo, trabajas para el gobierno, un gobierno formado por políticos —repuso Petra—. Todavía gozamos de cierta autonomía. Deberías tener voz y voto sobre las personas que te dan trabajo.
—Se te olvida una cosa, Piitalaat —dijo Maratse. Petra frunció el ceño, pero él prosiguió—: La policía groenlandesa responde directamente ante Dinamarca. Ellos —añadió, señalando el periódico— no nos dicen lo que tenemos que hacer. Además, ya estoy jubilado.
Enarcó las cejas y le dio otra calada al cigarrillo. Imaginó que sus nervios se relajaban conforme el humo iba inundando sus pulmones. Por un momento, al menos, le pareció haber encontrado la paz.
—Odio que me llames así. Es como si tuvieras que recordarme que soy groenlandesa.
—Es que eres groenlandesa.
—Ya lo sé.
Maratse expulsó una nube de humo en dirección al techo de la caseta. Suspiró al darse cuenta de que se había dejado el anorak en la habitación, otra vez. Apoyó las manos en los muslos y cerró los ojos, y solo los abrió un momento cuando la paciente se levantó para marcharse. La saludó con un gesto de la cabeza y volvió a cerrar los ojos. Petra se sentó en el banco, a su lado.
—¿Qué vas a hacer en Inussuk? —le preguntó.
—Cazar y pescar. —Maratse abrió un ojo cuando Petra le cogió la mano.
—Pero si ni siquiera puedes andar.
—Todavía —replicó él, y cerró los ojos de nuevo.
Petra le apretó la mano, y él cerró los dedos en torno a los suyos. Escuchó el murmullo del viento que barría el polvo de la calle, el graznido del cuervo que arañaba el techo del hospital y el tañido de la campana de una iglesia a lo lejos. Notó cómo el viento le erizaba el fino vello de los brazos y, de repente, se sintió agradecido de que el Chino tan solo le hubiera dejado cicatrices en la piel que no se veía y de que el dolor estuviera oculto en el interior de su cuerpo. Al pensarlo, estuvo a punto de echarse a reír, se extrañó de aquel repentino arrebato de vanidad y se preguntó si no tendría algo que ver con sus treinta y nueve años y con los veintitantos de la persona que le estaba agarrando la mano.
—A lo mejor, te hago una visita —dijo Petra, y volvió a apretarle la mano—, si me das permiso.
—Iiji —respondió Maratse, y abrió los ojos.
—¿Estarás bien?
—Sí.
—¿Y procurarás no meterte en líos?
Maratse reflexionó unos instantes antes de contestar. Desde el punto de vista de su carrera profesional, había salido ileso de su relación con la agente Brongaard, así como de los daños colaterales provocados por esta a raíz de su guerra privada contra la comunidad internacional de inteligencia. Resultaba increíble que aún siguiera vivo, y se preguntó si ella también lo estaría. Admiraba sus agallas, su empuje y su código ético, y, al menos durante un tiempo, había disfrutado de la emoción, del chute de adrenalina que todo ello suponía, tan diferente de lo que experimentaba a diario en su trabajo de policía. Aquello estuvo a punto de acabar con su vida, un hecho del que era muy consciente, si bien mientras duró, en determinados momentos, le había colmado de alguna manera. Y ahora, lo único que tenía que hacer era no meterse en líos.
—Seré bueno —prometió, y se soltó de la mano de Petra.
—De acuerdo —dijo ella, y se levantó. Liberó un mechón de pelo que se le había adherido al velcro del cuello, luego se sacó del bolsillo del anorak el documento de despido de Maratse y se lo entregó—. Será mejor que me vaya.
—Gracias por venir.
—Cuando quieras.
—¿Mañana?
—Déjame adivinar... ¿Necesitas que te lleven al aeropuerto?
Maratse alzó las cejas. «Sí».
Petra asintió con la cabeza y miró la puerta.
—¿Podrás regresar tú solo?
—Descuida.
—De acuerdo.
Petra palmeó ligeramente a Maratse en el hombro, luego dio media vuelta y se marchó. Él aguardó a que hubiera doblado la esquina antes de meterse el sobre debajo de la pierna, salir de la caseta para fumadores y continuar por la pared del hospital en dirección al taller de ambulancias. Saludó con un movimiento de la cabeza al mecánico que estaba trabajando en una de las tres ambulancias que había en Nuuk y se detuvo junto a una larga barra cubierta de óxido, atornillada a la pared del garaje a la altura de las caderas. Aplicó los frenos de la silla de ruedas, se agarró a la barra e hizo fuerza para ponerse de pie. El mecánico levantó la vista cuando Maratse lanzó una maldición contra la barra, antes de maldecir sus propios pies, uno tras otro, mientras avanzaba muy despacio hasta el final de la pared y después daba media vuelta para regresar.
Cuando el dolor alcanzaba su punto álgido, cuando ya pensaba que iba a desmayarse, se imaginaba al Chino con sus palas de electrochoque, y escupía contra la pared y maldecía a aquel tipejo, enviándolo al otro lado del infierno que conocía el hombre blanco, al mundo escarchado de los espíritus más oscuros de Groenlandia, donde la piel quemada era una exquisitez y los ojos enrojecidos solo una molestia previa al comienzo del verdadero tormento.
Se detuvo un momento para limpiarse las limaduras de metal oxidado que se le habían adherido a las palmas de las manos y se las habían teñido de color naranja, y luego agarró la barra otra vez y tiró de sí mismo para ir siguiendo la pared, mientras escupía contra el Chino y maldecía la llamarada de dolor que recorría su columna vertebral, junto con los clavos de hierro candente que le atravesaban las plantas de los pies.
—Volveré a andar —se dijo, y dio otro paso más.
Oyó el estruendo metálico que hizo el mecánico al dejar caer las herramientas, y observó cómo se limpiaba las manos en un trapo grasiento y se encaminaba hasta el otro extremo del taller para ponerse detrás de la silla de ruedas.
Maratse apretó los dientes.
—Solo uno más —dijo.
El mecánico asintió con la cabeza y fue hacia la fila de taquillas que había al fondo. Regresó con una botella de vodka y dos vasos de chupitos sucios y los colocó encima de un barril puesto boca abajo al mismo tiempo que Maratse se abandonaba en la silla de ruedas. Llenó ambos vasos y le entregó uno a Maratse.
—Skål —dijo, y acto seguido chocó su vaso con el de Maratse. Esperó hasta que este hubo apurado su vodka y después le quitó el vaso vacío y se lo cambió por el suyo, aún lleno.
—Qujanaq —dijo Maratse, y a continuación se bebió el segundo vodka—. Gracias.
El mecánico cogió los vasos ya vacíos y los puso junto a la botella de vodka. Pero al ver que Maratse negaba con la cabeza, le puso el tapón a la botella.
—Te esfuerzas demasiado —comentó el mecánico.
—Puede ser.
—Sí, sin duda —El mecánico ladeó la cabeza y miró fijamente a Maratse—. ¿Por qué?
Maratse sacó el sobre que tenía debajo de la pierna y se lo dio al mecánico. Se limpió el sudor de la frente mientras el otro abría la carta y la leía.
—Ahí tienes el motivo —le dijo cuando el otro lanzó un silbido.
—Van a pagarte la totalidad de la pensión.
—No la quiero.
—No tienes necesidad de volver a trabajar. —El mecánico esperó mientras Maratse respiraba hondo. Cuando exhaló, aprovechó para decir—: ¿Quieres ser policía?
—Y tú, ¿quieres ser mecánico? —replicó Maratse recorriendo el taller con la mirada. Señaló con un gesto las manos del otro, manchadas de grasa, y olfateó el fuerte olor a gasóleo.
El mecánico se encogió de hombros.
—Se me da bien —respondió.
—A mí también —repuso Maratse. Indicó la botella—. ¿Me dejarás el vodka cuando te vayas?
—Claro.
Maratse asintió con la cabeza. Dio la espalda al mecánico, se agarró de la barra y se irguió para ponerse de pie. El dolor le recorrió la espina dorsal como si fuera una mecha de fuegos artificiales. Escupió y maldijo hasta que la llamarada se transformó en un hierro candente, pero continuó yendo y viniendo aferrado a aquella barra, hasta que el sol estuvo muy bajo en aquel cielo de finales de otoño y todo el vodka se hubo terminado.
3
Malik Uutaaq sacó una pierna por debajo del edredón de la cama de su hijo y dejó escapar un gemido al mismo tiempo que se incorporaba apoyado en los codos y parpadeaba mirando la luz del sol, que se filtraba por las cortinas. Sacó los pies de la cama e hizo una mueca de dolor cuando se le clavó una afilada pieza de Lego. Sipu se había olvidado de recoger su habitación antes de marcharse al campamento de fútbol. Malik apartó a un lado la pieza de Lego y se levantó. El edredón le resbaló del cuerpo. Cruzó la habitación con paso tambaleante en dirección a la puerta, y lanzó un gruñido al ver el cuarto de baño cerrado y oír el ruido de la ducha que estaba usando su hija, Pipaluk. Se enderezó la cinturilla de los calzoncillos, se agachó para recoger la camiseta del suelo y se la puso mientras bajaba la escalera camino de la cocina. Su mujer no le hizo caso cuando abrió el frigorífico y sacó un cartón de leche.
—¿Has dormido bien? —preguntó él. Su mujer soltó una risa burlona y volvió a concentrarse en sus cereales.
Malik abrió el cartón de leche y bebió directamente, pegando los labios al borde del envase y dejando que le chorrease un poco de líquido por la barbilla. Acto seguido, dejó el cartón con brusquedad sobre la encimera y dijo:
—En algún momento tendrás que hablarme, Naala.
Su mujer dejó caer la cuchara dentro del cuenco y se volvió lentamente para mirarlo. Apoyó un dedo en la encimera y contestó:
—Cuando tú dejes de tirarte a otras, hablaremos. ¿Te parece?
—¿Tirarme a otras?
—Basta —le advirtió Naala levantando una mano.
—¿Crees que por eso volví tarde anoche? —Malik lanzó una carcajada—. Dios. Los celos no te sientan bien. Pero si eso es lo que quieres creer que estuve haciendo...
Naala cruzó los brazos sobre el pecho y miró a su marido con expresión furiosa. Iba a decir algo, pero Malik se lo impidió con otra carcajada.
—Claro que, si tú adelgazaras unos cuantos kilos, a lo mejor yo volvería a casa más a menudo.
—Eres un cabrón.
Naala agarró el cuenco de cereales y se lo lanzó a Malik a la cabeza. Este acertó a esquivarlo echándose a un lado, y fue a hacerse añicos contra el frigorífico. La leche le salpicó todo el cabello, negro y tupido. Se quitó un copo de cereal del hombro mientras su mujer pasaba por su lado como una exhalación y salía de la cocina. Sonriendo, llenó el hervidor de agua y lo puso al fuego a la vez que encendía la radio.
Se preparó un café con una cucharada de gránulos instantáneos mientras el locutor empezaba a radiar las noticias. Añadió un poco de leche, y se detuvo un instante al oír que mencionaban su partido político, Seqinnersoq, el partido del sol.
—Aquí tenemos sol de sobra —comentó, y dio un sorbo al café. Continuó escuchando. El locutor dio paso a Aarni Aviki, el director de comunicación del partido. Sonrió al reconocer la voz nasal de Aarni repasando una lista de puntos prioritarios del programa de Seqinnersoq. Los medios de comunicación ya se habían percatado de la dificultad que mostraba con el idioma groenlandés, ponían de relieve las raíces danesas de su nombre y, a la menor oportunidad, lo llamaban Arne. Malik se maravillaba del control que ejercía su amigo cuando lo presionaban en todas las entrevistas. Pero sabía que para el partido, no había nadie mejor de cara al público que un groenlandés con mezcla de sangre desplegando un esfuerzo considerable por dominar la lengua del pueblo. Malik bebió otro sorbo de café y sonrió ante la simplicidad de todo ello. Los demás partidos se veían obligados a hacer comentarios sobre sanidad, economía y los problemas sociales del desempleo y la vivienda, mientras que Malik había conseguido sostener el discurso únicamente en torno a la cuestión del idioma, gracias al firme empeño de su director de comunicación.
Las cañerías del agua crujieron, y Malik levantó la vista al oír que su hija cerraba el grifo de la ducha. Apagó la radio, se terminó el café y subió la escalera al trote para usar el cuarto de baño antes que su mujer. Le guiñó un ojo en el momento de colarse por la puerta y echar el pestillo, y sonrió cuando la oyó soltar una palabrota y después cerrar de golpe la puerta del dormitorio.
Cuando Malik salió de casa, vio a Pipaluk esperando dentro del coche. Dejó el maletín en el asiento trasero y dio un paso atrás para admirar su automóvil estadounidense, de importación: un Dodge RAM, fruto de su esfuerzo, y uno de los muchos beneficios debidos al hecho de no tener que pagar el IVA en productos internacionales. El sol matinal brillaba sobre la pintura negra y Malik sonrió al verse reflejado en el panel de la puerta. Saludó con la mano a Pipaluk, que iba en el asiento del pasajero, y se subió al coche.
—Pero qué vanidoso eres, papá —le dijo mientras él se abrochaba el cinturón.
—¿Y tú no, princesa? —Le hizo cosquillas en la oreja y jugueteó con el largo pendiente que le colgaba del lóbulo—. Creía que habíamos quedado en que estos eran únicamente para las ocasiones especiales.
—Hacen juego con la ropa que llevo.
—Pero a los profesores no les gustan —replicó Malik, y arrancó el motor.
—Ya no dicen nada, desde que iniciaste tu campaña.
—No —ratificó Malik—, seguro que no.
Salió del camino de entrada para coches y se incorporó a la calle principal, y al llegar al cruce se detuvo. Observó a Pipaluk mientras ella consultaba las redes sociales.
—Acuérdate de traer hoy a casa la ropa de invierno —le dijo, y seguidamente aceleró cuesta arriba en dirección a Qinngorput.
—El año pasado me la dejé en el perchero del guardarropa.
—Sí, y tu madre quiere ver si todavía te vale.
—¿Te ha dicho eso? —preguntó Pipaluk mirando a su padre—. Pensaba que no os hablabais.
—Me lo ha dicho. —Se volvió hacia su hija—. ¿Qué, no me crees?
Pipaluk negó con la cabeza y se concentró en su teléfono. El resto del trayecto lo hicieron en silencio.
Tardó apenas cinco minutos en llevar a su hija al nuevo colegio de Qinngorput, y habría tardado menos si no se hubiera parado a charlar con una de las madres jóvenes, que estaba dejando a su hijo en la clase de párvulos.Ya se había fijado en ella otras veces: en su suave tono de piel, en cómo iba maquillada, en el estilo de ropa que vestía. El niño que tiraba de su mano era muy maleducado, y Malik llegó a la conclusión de que no merecía la pena tomarse ninguna molestia, sobre todo conociendo al padre. Le dio los buenos días a la madre, se despidió de Pipaluk con la mano y puso rumbo al centro del pueblo.
«Es más bien una ciudad», pensó para sus adentros mientras esperaba en una corta fila de vehículos en la rotonda. En Nuuk vivían quince mil personas. Tenía aeropuerto, hospital, juzgado, un puerto internacional y una universidad.
—Eso la convierte en una ciudad —dijo en voz alta al mismo tiempo que el tráfico empezaba a moverse—. Y yo tengo grandes planes para mi ciudad. —Contempló su rostro reflejado en el espejo retrovisor y sonrió.
Según los medios de comunicación y las encuestas por las que había pagado su partido, Seqinnersoq llevaba una buena ventaja a todos los demás partidos y estaba aumentando en popularidad, sobre todo en los asentamientos y en los pueblos diseminados a lo largo de la costa. Incluso en la costa oriental, que era una de las zonas más pobres del país pero regionalmente vinculada a Nuuk, la gente había reaccionado de manera positiva ante la llamada de Malik a renovar la identidad nacional, empezando por el idioma. Seqinnersoq quería que el groenlandés fuera la lengua principal, el inglés la segunda, y que el danés quedase erradicado como idioma de trabajo.
Era así de simple.
Pero Malik sabía que las raíces danesas eran largas y tenaces. Lo bastante delgadas como para meterse por entre las fisuras de la roca madre, por debajo del hielo, al igual que una cepa invasora que no se pudiera extraer sin arrancar con ella una enorme porción de la historia y la cultura de Groenlandia. A Malik la historia no le importaba gran cosa, y la cultura groenlandesa era fuerte, como el idioma, por lo que podría aceptar de mala gana que Dinamarca había desempeñado un papel de apoyo en cierto modo, sobre todo si se analizaba el estado actual del inuktitut, la lengua de los inuits canadienses.
—Pero eso no es necesario que lo mencionemos —dijo, y se miró en el espejo—, ¿verdad?
Su objetivo era la futura independencia de Groenlandia. Él se sentía asfixiado por la influencia que ejercía Dinamarca en su país. Hacía caso omiso de la hipocresía que entrañaba enviar a sus hijos a institutos daneses de educación superior. Al fin y al cabo, eran gratuitos. Pero cada vez que miraba un mapamundi y veía el nombre de Dinamarca escrito debajo de Groenlandia, la isla más grande del mundo, notaba el sabor de la bilis en la garganta y le entraban ganas de vomitar.
Respiró hondo y lanzó un suspiro mientras aparcaba delante del Centro Cultural Katuaq. La forma ondulada que tenía el edificio recordaba las curvas de las auroras boreales que él amaba y echaba de menos cada otoño e invierno.
Apagó el motor y, aunque el corazón de aquella bestia americana quedara en silencio, el suyo latía a un ritmo que lo hacía sudar. Antes de apearse del coche, se secó la frente. Aspiró otra bocanada de aire fresco, recogió el maletín del asiento trasero y cerró con llave.
Aarni Aviki lo saludó con la mano desde su asiento en la cafetería. Malik le devolvió el saludo y atravesó el estacionamiento para entrar en el centro cultural. Se detuvo un momento a pedir un capuchino y un bollo de desayuno, y después se dirigió hacia donde estaba Aarni, sentado a la mesa más alejada de la puerta.
—Te he oído por la radio esta mañana —le dijo Malik al mismo tiempo que tomaba asiento.
Aarni dobló el periódico y lo guardó en el maletín que tenía a sus pies.
—¿Podemos hablar en danés? —pidió susurrando—. Tengo otra entrevista programada justo para antes de comer, y necesito relajarme un poco.
—Por supuesto —respondió Malik. Sonrió cuando la camarera le trajo el café y el bollo, y esperó a que se fuera otra vez para hablar—. Te lo he dicho muchas veces, tienes que relajarte más.
—Eso es un lujo. —Aarni desvió la mirada unos momentos—. Esos gilipollas quieren mi pellejo —dijo, y se volvió de nuevo hacia Malik—. Constantemente.
—Eres un blanco fácil. Es lógico que vayan a por ti. Además —añadió—, de ese modo me dejan a mí tranquilo. —Le guiñó un ojo—. Quizá debiéramos subirte el sueldo, otra vez.
—Sí, no estaría mal.
—Y... —agregó Malik. Hizo una pausa para retirar la espuma de su café con la cuchara—. ¿Tal vez más dinero supusiera mayor vida social? Una chica, por ejemplo. Cualquier cosa de la que pudieran hablar los medios. Para que no especulen acerca de otros temas.
—¿Como que yo sea gay? ¿Te refieres a eso?
Malik se encogió de hombros.
—Tu tendencia sexual es asunto tuyo, Arne...
—No me llames así. —Aarni paseó la mirada por el local—. Si la gente te oye llamarme así...
—Relájate, Arne —le dijo Malik—. Dio un sorbo al café y se lamió la espuma de los labios mientras depositaba la taza en el plato—. Simplemente estoy diciendo que eres un tipo interesante. Pero no es necesario que seas demasiado interesante. Groenlandia es un país pequeño y, en ciertas situaciones, resulta sano que haya una pequeña distracción.
—¿Una distracción?
—Sí.
Aarni se inclinó por encima de la mesa.
—¿Estás diciendo que debería ser más como tú?
—Un poco más como yo, sí.
—Entonces no has leído el periódico esta mañana, ¿verdad? —replicó Aarni, y volvió a recostarse en la silla. Cogió el periódico y se lo pasó a Malik—. Por suerte para ti, no eres el único.
Malik agarró el periódico con el entrecejo fruncido. Empujó su silla hacia atrás a fin de disponer de mayor espacio para pasar las páginas, y luego examinó la portada.
—Este no es el Sermitsiaq.
—No, es el Politiken de ayer, de Dinamarca. Anoche me lo dejaron encima de mi mesa.
—¿Anoche?
—Después de cenar, volví a la oficina a recoger unos papeles. Entonces fue cuando lo vi. Página diecisiete.
El periódico crujía mientras Malik iba pasando las hojas. Se detuvo un momento a leer la página en cuestión, sus ojos recorrieron un artículo tras otro hasta que se centraron en uno que estaba rodeado por un círculo de tinta azul. Luego, dejó el periódico y preguntó:
—¿Lo has marcado tú?
—No —respondió Aarni. Le dio la vuelta a su taza en el plato, empujó su silla hacia atrás y se levantó—. Voy a pedir otro. ¿Tú quieres algo?
Aguardó a que Malik le respondiera, pero se fijó en las arrugas que mostraba su jefe en la frente y decidió dejarlo tranquilo leyendo el artículo. Cuando volvió, encontró el periódico doblado sobre la mesa.
Malik estaba mirando por el ventanal.
—¿Quién ha rodeado ese artículo con un círculo?
—No lo sé —contestó Aarni, y se sentó.
—Tienes que averiguarlo.
—Obviamente.
Malik se volvió al oír que regresaba la camarera con el café de Aarni. Cruzó una pierna sobre la otra y esperó a que se fuera para hablar de nuevo:
—Por lo menos, no se menciona mi nombre.
—Si así fuera, te habrían pedido que hicieras algún comentario.
—Pero alguien...
—Espera un segundo —dijo Aarni, y levantó una mano. Si ahora disfrutaba del cambio que se había operado en el equilibrio de poder de aquella mesa, desde luego estaba siendo lo bastante inteligente como para no demostrarlo—. Vamos a hablar de distracciones, ¿te parece? —Esperó a que Malik respirase hondo—. Ya llevo mucho tiempo sirviéndote de escudo. Creo que los dos sabemos que por eso me contrataste.
Malik lo miró, asintió y apartó la vista.
—Pero el mero hecho de que los medios de comunicación tengan su atención totalmente centrada en mí no significa que tú seas inmune. —Aarni dio unos golpecitos en el periódico con el dedo—. La cultura de partido de la política de Groenlandia que Politiken ha encapsulado de manera tan elocuente es, por suerte para ti, principalmente histórica. Pero tu problema no son los partidos, Malik.
—¿No? —Malik volvió a mirar a Aarni.
—Tu problema es el gusto exótico que tienes con las mujeres.
—¿Exótico?
—De mezcla de sangre, para decirlo de forma escueta. Te gusta el café de tueste medio, no el oscuro. Nunca lo tomas solo, sino con leche...
—Ya he pillado el sentido, Aarni —lo interrumpió Malik. Frunció los labios y añadió—: Explícame lo que significa «políticamente».
—¿Es necesario?
—Supón que sí.
—De acuerdo. —Aarni asintió con la cabeza—. Pongamos el asunto en perspectiva. Los medios de comunicación van a por mí porque yo tengo dificultades para hablar el groenlandés. Están sondeando, esperando a que yo cometa una equivocación y hable en danés. En ese momento me crucificarán por ello, pero es lo único que tienen. Que fuese gay sería un asunto de menor importancia. Sí, perdería toda mi credibilidad, y, teniendo en cuenta los tabúes que rodean a la homosexualidad en este país, mi carrera política quedaría destrozada. Pero mi carrera profesional, no. Esta campaña me ha puesto en el centro de todas las miradas...
—Yo te he puesto en el centro de todas las miradas —replicó Malik, y golpeó la mesa con los nudillos.
—Así es, y te estoy agradecido, y voy a demostrarte hasta dónde llega mi agradecimiento, y... —Se interrumpió porque empezó a vibrar un mensaje entrante en su móvil. Lo leyó, hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y luego terminó la frase—: ... mi lealtad. —Sonrió a Malik, que lo estaba mirando. Cerró la pantalla de mensajes y se guardó el móvil en el bolsillo—. Pero los efectos secundarios que vas a sufrir en política serán mucho mayores para ti. Has hecho ver a todo el mundo que Groenlandia es para los groenlandeses, y eso significa hablar el idioma.
—Es lo que esperan sus habitantes.
—Sí, y eso te reporta una comisión: que todo el mundo hable de ti. Hace que te sientas poderoso.
Malik soltó un resoplido.
—Se te ha olvidado decir «omnipotente».
—Sea lo que fuere lo que sientas, también es tu talón de Aquiles. Tu punto débil. Tu lujuria te hace parecer débil...
—¿Débil?
—Sí, porque tu gusto por las mujeres jóvenes groenlandesas con mezcla de sangre te convierte en el político más hipócrita que se haya visto jamás en la política de Groenlandia —afirmó Aarni y rechazó la reacción de Malik con la mano; ahora le tocó a él golpear la mesa con los nudillos—. Es posible que los groenlandeses denuncien y monten un gran alboroto acerca de la apropiación indebida de fondos, el nepotismo, los pactos por debajo de la mesa que hacen los políticos, pero lo perdonarán y olvidarán todo cuando lo consideren en perspectiva, cuando se les recuerde cuántas cosas se le tienen que dar bien a un político hoy en día, cuántas habilidades precisan dominar, cuán complicada y compleja se ha vuelto nuestra sociedad. Pero tú... —Aarni guardó silencio para reclinarse en su silla—. Cuando te llegue a ti el turno, dirán: «Tenía una sola cosa que hacer». Una sola cosa. Groenlandia para los groenlandeses, hablar el idioma de su país. Si te tiras a otra chica más que hable danés, se enterarán, y eso supondrá el fin de tu carrera política o cualquiera que sea.
Malik empujó el asa de su taza de café con el dedo y la hizo girar en el plato hasta que quedó apuntando hacia Aarni. Miró a su director de comunicación a los ojos y le dijo:
—Acabas de decir que sientes agradecimiento y lealtad.
—Así es. Y es verdad —contestó Aarni—. Ha sido verdad.
—¿Ha sido? ¿Quieres decir que me has sido leal?
—Quiero decir que cuando llegue el momento verás cuán profunda es mi lealtad. Sin la menor duda. Es lo menos que puedo hacer. Mi carrera ya está encarrilada —añadió Aarni, y sonrió—. Y me siento agradecido por ello.
—En ese caso, necesito que hagas una cosa.
—Lo que sea.
Malik señaló el periódico con la cabeza.
—Busca al que ha rodeado ese artículo con un círculo. Averigua qué es lo que saben y qué quieren. Haz eso por mí.
4
La oficina de Nivi Winther se encontraba en el segundo piso del edificio gubernamental, junto a la comisaría de policía de Nuuk. Dado que era la primera ministra de Groenlandia y líder del partido de los socialdemócratas groenlandeses, estaba acostumbrada a mantener una agenda más apretada que los miembros de los partidos minoritarios del país, pero a menudo echaba de menos el pausado ritmo de vida propio del asentamiento en el que había nacido. Incluso Ilulissat, la ciudad más grande del norte de Groenlandia, era un lugar más relajado que la capital, y ya estaba deseando realizar la visita que tenía programada allí para el fin de semana.
Se inclinó hacia delante en su escritorio y tocó la fotografía de su hija, Tinka, en la que se la veía abrazada a su padre Martin, su exmarido. La gente decía que su hija y ella parecían hermanas. Sonrió al pensarlo, y luego contempló la imagen de Martin, aquel danés alto, procedente de Jutlandia occidental.
—De él es de quien has heredado esas piernas tan largas, Tinka —susurró justo un momento antes de que su asistente llamara a la puerta y entrara en el despacho.
Daniel Tukku cruzó el suelo de madera de pino del despacho de Nivi, le colocó delante tres delgadas carpetas y fue tocándolas de una en una.
—Desempleo. Vivienda. Cultura e identidad —recitó—. Dispones de diez minutos antes de la entrevista.
—¿Y solo van a preguntarme por estos tres temas? —replicó Nivi, y alargó la mano para coger la primera carpeta. La abrió con una uña larga y lisa, pintada con esmalte transparente.
—Eso es lo que hemos acordado. —Daniel tocó la tercera carpeta—. Pero el importante es este.
—¿Cultura e identidad?
—E idioma.
Nivi apartó la mirada y suspiró.
—El asunto de la semana entera.
—Y de todas las semanas a partir de ahora hasta las elecciones. Es mejor que vayas acostumbrándote a ello.
—No son capaces de avanzar, ¿verdad?
—Malik Uutaaq no quiere avanzar. —Daniel se encogió de hombros—. Te tiene a ti donde desea tenerte, y el país entero lo está observando.
—Pero no todo el país está de acuerdo con él.
—¿Fuera de Nuuk? Puede que sí.
Nivi apartó la silla y se levantó. Fue hasta la ventana con los pies descalzos y contempló el mar y la línea difuminada del horizonte.
—¿Cómo hacemos para cambiar el discurso?
—Sinceramente, no creo que puedas. Es algo personal. Él quiere que sea personal. Y si yo estuviera en su lugar...
—Harías lo mismo, ya lo sé. —Nivi se volvió—. Recuérdame otra vez por qué decidiste trabajar para mí.
—Porque tú puedes cambiar las cosas. Porque tú no permitirás que el idioma interfiera con la identidad.
—Hablo groenlandés.
—Yo también, pero el danés es cómodo. —Daniel estuvo a punto de esbozar una sonrisa—. ¿Quieres que hablemos en groenlandés?
—¿Con eso resultaré más atractiva a los votantes?
—¿A los votantes de Malik? No. Ellos lo escuchan a él. Y cada vez que tú les ganas en las encuestas...
—Malik le recuerda a la nación que yo estuve casada con un danés, y que tengo una hija que solo habla danés. —Nivi negó con la cabeza—. No es justo, Daniel.
—Tienes razón. No lo es. Y precisamente por eso —dijo señalando las carpetas que descansaban sobre el escritorio— he organizado la entrevista.
—Que debo conceder en danés.
—Porque el periodista es sordo, Nivi. Ese es el motivo.
—¿No podrías haber buscado a otro?
—Qitu no puede ser más groenlandés. La gente le hace caso. Cuenta con el voto de simpatía. Algo que con mucho gusto explotaré yo, si puede sernos de ayuda.
—Pero ¿habla groenlandés?
—Sí, pero le resulta más fácil leer los labios en danés. Los dialectos del groenlandés pueden llegar a ser un problema.
—Recuérdame otra vez cómo se quedó sordo.
—Le ocurrió cuando era pequeño, saltando por entre los bloques de hielo que flotaban en el puerto. Se cayó al agua. —Daniel sonrió al recordar una experiencia parecida—. ¿Qué puede ser más groenlandés que eso?
—Sí, tienes razón. —Nivi se sentó tras su escritorio—. ¿De cuánto tiempo dispongo?
Daniel consultó el reloj.
—De cinco minutos —respondió—. Diez si le ofrezco un café.
—Pues ofréceselo —dijo Nivi mientras iba abriendo las carpetas. Empezó a leer y Daniel salió del despacho. Cerró la puerta tras de sí con suavidad.
Nivi repasó el documento que hablaba de la vivienda y fue asintiendo con la cabeza a cada uno de los distintos puntos. No había nada nuevo. El desempleo, por su parte, sí representaba harina de otro costal, y la promesa de crear puestos de trabajo en la minería y el petróleo suponía una constante fuente de optimismo entre los medios de comunicación, únicamente por detrás del debate sobre la identidad. Sin embargo, a Nivi le resultaba difícil mostrarse optimista cuando Groenlandia dependía de habilidades y tecnología extranjeras. Ella quería impulsar el turismo, aunque los puestos de trabajo que podía ofrecer el sector turístico fueran escasos.
—Estos son los temas que deberíamos estar debatiendo —dijo en voz alta, sorprendida de oír su propia voz. Levantó la vista esperando a medias que Daniel asintiera con la cabeza y se mostrara de acuerdo con ella; pero estaba sola, y la última carpeta le aguijoneaba la conciencia. La miró un instante, y después cogió el teléfono móvil que descansaba sobre el escritorio. Revisó los mensajes y consultó la página de Facebook de su hija. No había actualizaciones nuevas. Resistió el impulso de llamar a Tinka solo para hacer una comprobación. Dejó el teléfono y cogió la última carpeta, leyó el contenido un poco por encima y se levantó. Un segundo más tarde, Daniel llamaba a la puerta.
—¿Preparada? —preguntó asomándose al interior.
—Claro. —Nivi se puso las botas y se subió la cremallera hasta la pantorrilla, seguidamente guardó el teléfono en el bolsillo trasero de los vaqueros y recogió las carpetas apilándolas. Al salir del despacho, se las entregó a Daniel—. ¿Dónde está? —le preguntó.
—En la sala de reuniones.
—¿Cómo se apellida? —dijo mientras andaban.
—Kalia.
—Bien.
Se detuvo un momento ante la puerta de la sala de reuniones, se arregló el flequillo con sus largos dedos y respiró hondo. Le sonrió a Daniel y, a continuación, abrió la puerta.
—Qitu —dijo entrando en la sala a grandes zancadas para estrechar la mano del periodista—. Me alegro mucho de que haya podido venir. —Le hizo una seña a Daniel para que cerrase la puerta y luego se sentó.
Qitu se limpió unas migas de galleta de la camisa y tomó asiento frente a Nivi. Apartó a un lado el café y el platito, y abrió su libreta. Nivi se sorprendió a sí misma buscando la grabadora que los periodistas solían llevar consigo. Hizo un alto, se recostó en su asiento y esperó. La voz de Qitu, cuando empezó a hablar, resultó más grave de lo que ella imaginaba. Se fijó en su boca, observó la línea definida de su mandíbula y después le vio los ojos, y por segunda vez descubrió que aquel periodista la había dejado sorprendida. Estaba con la guardia baja, y la pregunta abierta de Qitu la puso a la defensiva.
—Hábleme de su hija —pidió mientras sostenía el bolígrafo en el aire, encima de la libreta, con sus ojos de color castaño oscuro fijos en la boca de ella.
—¿Mi hija?
—Sí. Hábleme de ella.
—¿No quiere hablar de la vivienda? ¿O del desempleo?
El periodista negó con la cabeza.
—Este artículo es de índole personal. Su asistente ha dicho que Groenlandia necesita conocerla. Para eso he venido aquí.
Nivi se volvió hacia la puerta, pero Daniel ya la había cerrado. Miró a Qitu, reflexionó unos instantes y contestó:
—Muy bien. ¿Qué es lo que desea saber?
Guardó silencio mientras Qitu daba un sorbo al café.
—Hábleme de su hija.
—¿De Tinka? —Nivi sonrió—. Tiene diecisiete años y está en segundo curso de enseñanza secundaria, en el instituto.
Observó que Qitu iba tomando apuntes casi sin mirar la libreta. Por primera vez en su vida, tuvo la sensación de contar verdaderamente con la atención de otra persona, de que Qitu estaba concentrado en ella y en lo que estaba diciendo. Comenzó a relajarse. Se sirvió también un café, y rodeó la base de la taza con las manos para calentarlas. Bebió un sorbo y empezó a hablar.
—Acabo de decir que Tinka tiene diecisiete años, pero la verdad es que actúa como si ya tuviera veintitantos. —Sonrió al recordar los cientos de discusiones que habían mantenido en Ilulissat, un viernes por la noche, antes de que Tinka se fuera a estudiar a Aasiaat y ella se mudara a Nuuk—. Tengo que acordarme de que es una mujer joven y no mi niñita.
—¿Cuánto hace que no la ve?
—¿Cuánto? —Nivi arrugó el entrecejo y se inclinó hacia delante—. Desde el verano, antes de que empezaran las clases. Estuvimos dos semanas en Grecia y, después, un fin de semana en Nuuk.
Qitu escribió otra anotación.
—¿Cuándo habló con ella por última vez?
—Eh —protestó Nivi depositando la taza en la mesa—, ¿de qué va esto?
—Simplemente le estoy haciendo preguntas sobre su hija. ¿Cuándo habló con ella por última vez?
—El jueves por la noche. ¿Por qué?
—¿Antes del fin de semana?
—Sí. Los jueves suelen llegar antes del fin de semana.
Nivi volvió la cabeza al ver que Daniel abría la puerta.
—¿Va todo bien? —preguntó el asistente.
—¿Qué sucede, Daniel?
—¿A qué te refieres?
—Qitu quiere saber cuándo hablé por última vez con Tinka.
Las patas de la silla, forradas con caucho, rozaron la madera de pino del suelo cuando se puso de pie. Se sacó el teléfono del bolsillo y marcó el número de su hija. Mientras esperaba a que Tinka contestara, miró al periodista con gesto furioso. Empezó a dar golpecitos con el pie, y cuando vio que Tinka no contestaba a la primera, pulsó el botón de rellamada.
—Lo más probable es que esté en clase —sugirió Daniel cuando Nivi bajó el teléfono.
Nivi clavó la mirada en Qitu. Sus ojos habían perdido el atractivo del principio, y a Nivi dejó de impresionarla su habilidad para tomar notas y empezó a preocuparla mucho más cuáles podían ser sus motivos. Daniel se acercó a la mesa; Nivi no le hizo caso y cruzó los brazos sobre el pecho.
—Dígame por qué quiere saber eso —ordenó.
Qitu la miró fijamente y luego miró a Daniel.
Nivi se apretó las manos contra el cuerpo. Notaba los bordes del teléfono clavándosele en la piel. Miró a Qitu con el ceño fruncido y le ordenó:
—Dígamelo.
—Estoy trabajando en un artículo.
—¿Acerca de Tinka? —Nivi dio un paso hacia la mesa.
—Nivi... —intervino Daniel en tono suave pero apremiante.
—Cierra la puerta —dijo Nivi. Esperó a oír el chasquido de la hoja al cerrarse y añadió—: Hábleme de ese artículo.
Qitu bajó la mano a la bolsa que tenía a los pies y sacó de ella un ejemplar del periódico danés, el Politiken. Lo puso encima de la mesa, lo abrió e indicó un artículo concreto con el dedo. Nivi se inclinó hacia delante y empezó a leer. Daniel esperó a que terminase y después giró el periódico para poder leerlo también.
—¿Unas fiestas? —dijo Nivi—. ¿Se propone escribir un artículo sobre unas fiestas con políticos en Groenlandia?
—Sí —respondió Qitu.
—Y —Daniel intervino lanzando una mirada a Nivi—, ¿usted cree que Tinka ha estado en una de estas fiestas?
—No solo en una.
La primera ministra se apartó de la mesa y volvió a marcar el número de teléfono de su hija. Al tercer timbrazo, se rindió y marcó otro número, y mientras esperaba, miró a Daniel sin parpadear.
—Esta entrevista la has organizado tú —le dijo.
—Ya.
—De manera que Tinka acude a fiestas. Es una chica joven. —Dio unos golpecitos nerviosos con el pie—. ¿Qué es lo que pretendías?
—Lo siento. ¿Le digo a Qitu que se vaya?
Nivi alzó una mano y empezó a hablar por el teléfono.
—¿Martin? Hola. Oye, tengo que hablar con Tinka. —Aguardó unos instantes, asintió con la cabeza y después dijo—: De acuerdo, llámame otra vez para darme el número de Kaka, por favor. Gracias. —Puso fin a la llamada y miró a Qitu—. Ha estado todo el fin de semana con una amiga.
Qitu asintió, dobló el periódico y cerró la libreta. Acto seguido, se levantó, se echó la bolsa al hombro y metió dentro la libreta.
—El periódico se lo puede quedar —dijo, y echó a andar en dirección a la puerta. Agarró el tirador, se detuvo un momento y se volvió—. Lo siento.
—¿Por qué? ¿Por haber acusado a mi hija de salir de fiesta con políticos? Eso no es un delito.
—Tiene razón. No es un delito.
—Entonces, ¿por qué tiene tanto interés? —Nivi frunció el ceño y se mordió el labio. Bajó la mano y señaló a Qitu—. Aquí está ocurriendo algo más, ¿verdad? —Dio un paso al frente—. ¿Qué es lo que me está ocultando?
Qitu miró a Daniel y esperó a que este le hiciera un gesto de asentimiento. Luego se volvió hacia la primera ministra.
—Estoy escribiendo un artículo acerca de Malik Uutaaq.
—¿Y? —lo apremió—. No mire a Daniel. Dígame qué tiene todo esto que ver con mi hija.
—Uutaaq ha estado este fin de semana en Ilulissat —aportó Daniel.
—Eso no resulta nada raro —replicó Nivi—. Tiene una agenda programada, como la de los demás. Ha acudido a una reunión, en el hotel Arctic. Me lo has dicho tú, Daniel. Tú has estado en esa misma reunión.
—Así es. Allí ha estado. Pero él se ha quedado a pasar el fin de semana.
—¿Y ha asistido a una fiesta con mi hija?
—Puede ser, no lo sé. Pero si...
—¿Si qué? —lo interrumpió Nivi con voz temblorosa, sintiendo que el corazón se le desbocaba en el pecho.
Daniel tragó saliva y miró a su jefa.
—Si él ha estado allí —dijo—, y tu hija también... —Hizo una pausa para tomar aire—. Podríamos utilizar esa información.
—¿Utilizarla? ¿Para qué? —Se volvió hacia Qitu—. ¿Piensa escribir un artículo sobre Malik Uutaaq y mi hija?
Qitu asintió con la cabeza.
—Sí —respondió.
—¿Por qué? ¿Es porque cree que...? —Nivi se interrumpió al comprender qué era lo que estaban insinuando los dos hombres. Sintió que palidecía de golpe y se lanzó sobre la pantalla del teléfono.
—Nivi, espera —le rogó Daniel, y dio un paso hacia ella. Nivi levantó la mano con un dedo extendido, a modo de advertencia, y Daniel se detuvo. Nivi se llevó el teléfono al oído y esperó, y volvió a bajarlo al ver que Tinka no contestaba.
—Está bien —dijo, y respiró hondo—. Está bien. Queréis decirme algo que resulta difícil, así que decídmelo.
—¿El qué? —repuso Daniel.
—Ya lo sabes.
Qitu fue hasta la mesa y se sentó, y apretó su bolsa contra las rodillas a modo de escudo.
—Pensamos que su hija ha tenido relaciones sexuales con Malik Uutaaq. —Aguardó a que la primera ministra reaccionara. Ella frunció los labios e hizo un gesto de asentimiento para animarlo a continuar—. Más de una vez —agregó.
—¿Y queréis utilizar eso —miró a Daniel—, que Malik se haya acostado con mi hija?
—No —respondió Daniel negando con la cabeza—. Lamento que haya sido con tu hija, pero esa no es la razón de que queramos utilizarlo.
—Entonces, ¿cuál es? No lo entiendo.
Daniel se sentó a la mesa y le indicó a Nivi con una seña que hiciera lo mismo. Ella depositó el teléfono encima, se lo quedó mirando unos instantes y luego lo puso boca abajo para ocultar la pantalla.
—Nivi —dijo Daniel.
—Sí.
—Malik cuenta con el voto popular. Ha asumido la posición de superioridad moral, a ojos del pueblo.
—¿En la postura que adopta respecto del idioma y de la identidad? Es patético.
—Y antidanés, y anticolonial.
—No somos una colonia —apuntó Nivi.
—Eso depende de la manera en que uno vea la relación que tenemos con Dinamarca —replicó Qitu.
—Dinamarca está muy lejos de los asentamientos —dijo Daniel.
—Nuuk, también —repuso Nivi.
—Cierto, pero Nuuk sigue siendo Groenlandia.
—¿Y tú crees que las elecciones van a reducirse a eso? ¿A elegir entre partidos prodaneses y el voto popular nacionalista?
—Piénsalo, Nivi —le dijo Daniel—. Sabes que sí.
—La política de Malik se basa únicamente en la lengua que él habla. Si está dentro es por el poder. No tiene ni pizca de capacidad de liderazgo, ni la experiencia necesaria para cuadrar unos simples presupuestos.
—Todo eso no tiene importancia si la gente cree que tan solo quiere lo que sea mejor para Groenlandia.
—Te refieres a la independencia.
—Sí, a eso me refiero.Y no estamos preparados. Lo sabes muy bien. No hay petróleo, y los chinos van detrás de nuestras minas para apropiárselas. Tampoco hay puestos de trabajo. —Daniel guardó silencio—. Tenemos que frenar a Malik, Nivi. Tenemos que desacreditarlo.
—Por medio de mi hija, Daniel. ¿Vais a serviros de ella? —Soltó un bufido—. ¿Habéis pensado, siquiera por un instante, la repercusión que tendrá eso sobre mí? Hará que él parezca fuerte. Si puede acostarse con la hija de su rival político, es capaz de lograr lo que sea.
—No creo que sepa quién es la chica —comentó Qitu.
—¿Cómo?
—No se ha acostado con ella porque fuera hija de usted, sino porque la encuentra atractiva.
—Hay montones de chicas atractivas.
—Pero Malik Uutaaq se acuesta solo con las de un tipo determinado. —Qitu aguardó a que la primera ministra le preguntara qué tipo era aquel, pero no fue necesario. Le quedó claro en la chispa que brilló en sus ojos y en el músculo que se le contrajo en la mejilla.
Nivi se acordó de las largas piernas de su hija, de su piel color nata, de su melena negra y sedosa, y de sus finas cejas europeas. Asintió con la cabeza y dijo:
—Le gustan las chicas danesas.
—No —replicó Daniel—, le gustan las que son mitad y mitad, precisamente aquellas que, según él, no son groenlandesas por tener padres con mezcla de sangre o...
—Porque hablan danés. —Nivi miró primero a Daniel y después a Qitu—. Entiendo —dijo. Acto seguido, se levantó, cogió el teléfono y se dirigió hacia la puerta.
—¿Nivi? —llamó Daniel, y señaló a Qitu con un gesto—. ¿Y el artículo?
Pero Nivi rechazó la propuesta con un gesto de la cabeza y salió del despacho.
Pulsuz fraqment bitdi.