Kitabı oxu: «Témpano de sangre»

Şrift:


Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son producto

de la imaginación del autor o se utilizan de manera ficticia y no deben considerarse reales.

Cualquier parecido con hechos, localizaciones, organizaciones o personajes, vivos o muertos,

es pura coincidencia.

Título original inglés: Blood Floe.

Autor: Christoffer Petersen.

© Paton, Chris, 2018.

Publicado por acuerdo con Copenhagen Literary Agency ApS, Copenhagen.

© de la traducción: Cristina Martín, 2022.

© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S.L.U, 2022.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

rbalibros.com

Primera edición: enero de 2022.

REF: ODBO991

ISBN: 978-84-9187-978-7

EL TALLER DEL LLIBRE, S. L. · REALIZACIÓN DE LA VERSIÓN DIGITAL

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito

del editor cualquier forma de reproducción, distribución,

comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida

a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro

(Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org)

si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra

(www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

Todos los derechos reservados.

Del sol de medianoche,

de la noche invernal,

negra como una tumba,

nada se supo...

Apenas conocíamos

a quienes se perdieron.

Nordpolen,

LUDVIG MYLIUS-ERICHSEN

(1872-1907)

Fra Midnatssolen,

fra Vinternatten,

den gravkammer-sorte,

intet Bud...

Vi kender jo knapt

dem, der blev borte.

PARA EL CLAN HARFELD,

¡TODOS SUS MIEMBROS!

NOTA AL LECTOR

Témpano de sangre es el segundo libro de la serie policiaca ambientada en Groenlandia, que tiene como protagonista al agente de policía David Maratse. Aunque no sea imprescindible, los lectores disfrutarán más de Témpano de sangre si leen antes el primer libro de la serie: Siete tumbas, un invierno.

Maratse y otros personajes, como Petra Jensen y Gaba Alatak, han aparecido también en relatos cortos ambientados en Groenlandia. No es necesario leer esos relatos antes de Témpano de sangre; no obstante, cada uno de ellos contiene información que contribuye a definir el personaje del agente de policía David Maratse.

Si el lector desea leer más cosas sobre el agente Maratse, tal vez le interese la Trilogía de Groenlandia: tres thrillers ambientados en Groenlandia, el primero de ellos titulado The Ice Star, en el que Maratse aparece por primera vez.

Los habitantes de Groenlandia hablan groenlandés, una lengua que tiene por lo menos cuatro dialectos, además de danés e inglés. En muchos aspectos de la vida cotidiana, las lenguas más funcionales son el groenlandés occidental y el danés. Témpano de sangre está escrito en inglés británico, pero allí donde resulte apropiado, incluye varios vocablos procedentes del groenlandés y del danés, tales como los siguientes:

GROENLANDÉS ORIENTAL / GROENLANDÉS OCCIDENTAL / ESPAÑOL

iiji / aap / sí

eeqqi / naamik / no

qujanaq / qujanaraali / qujanaq / gracias

En Groenlandia, de igual manera que el idioma define la identidad, lo mismo sucede con la caza como medio de supervivencia, es decir, para obtener alimento, así como para ganarse la vida con la fabricación de objetos de bisutería hechos de hueso y la confección de prendas de piel y pelo de animal, sobre todo en el caso de las familias que viven en el extremo norte de la isla.

En Groenlandia la caza constituye un aspecto muy importante de la vida cotidiana, y más en concreto la caza de ballenas. Este es uno de los temas que se exploran en el presente libro, y aun cuando nunca sepamos apreciar de verdad —me incluyo a mí mismo— lo fundamental que es la caza para el modo de vida de los groenlandeses, en esta novela se describen varios aspectos de ella como una forma de conocer más a fondo cuán fascinantes resultan Groenlandia y su cultura.

CHRIS

Mayo de 2018

Dinamarca

1

Hasta en la insondable oscuridad del largo invierno del Polo siempre hay luz: la luna que se refleja en la superficie del mar helado; las ondulaciones verdes y blancas de la aurora boreal que se extienden por el cielo negro de la noche; las estrellas, destellos de luz primitiva que escrutan las aldeas y los asentamientos que se aferran como lapas a la desabrida costa occidental de Groenlandia. Las casas añaden un brillo cálido y artificial al proyectar sobre la nieve rectángulos de luz amarilla desde las ventanas de gruesos cristales, en tanto las lucecitas rojas del poste de la radio difunden su resplandor por el cementerio ubicado en la falda de la montaña, que se eleva por encima del asentamiento de Inussuk, y el ascua de un cigarrillo arde con un tono anaranjado a escasos centímetros de los labios de un hombre que, con una pequeña linterna adosada a la cabeza, va paseando el haz de luz de izquierda a derecha mientras busca por la arena de la playa, negra y cubierta de nieve, al inquieto perrillo que no quiere ponerse el arnés.

El agente de policía jubilado David Maratse conocía el lado oscuro de toda Groenlandia. Durante sus años de servicio activo, había visto actos de maldad hasta decir basta, que ni siquiera el invierno más negro era capaz de ocultar. Ahora, con el cigarrillo encajado entre los dientes, acarició el ondeante arnés con las manos desnudas y se pinchó el dedo pulgar con el nudo del hilo encerado que había atado al extremo de una fuerte hilera de puntadas. Le había costado mucho coser el relleno de las hombreras, que tenía el grosor de su dedo meñique, puesto que le supuso una dura tarea dar con el tamaño y las dimensiones adecuadas mientras el hielo del mar iba haciéndose cada vez más denso, y el perrillo correteaba y jugueteaba entre sus rodillas mordisqueando la cinta métrica cada vez que tenía el extremo al alcance de los dientes. Otros cazadores que Maratse conocía habrían mostrado menos paciencia, habrían insistido más y habrían considerado a aquel perro una batalla perdida, pero a él le sobraba el tiempo y además se sentía en deuda y agradecido con el cachorro, porque cuanto más corría tras él menos lo molestaba el dolor de las piernas y menos se acordaba de que ese dolor se debía a que lo habían torturado. Metió el arnés en el bolsillo de su mono provisto de aislamiento térmico y se sentó encima de la piel de reno que había atado al maltrecho banco del trineo de madera con una cuerda confeccionada con piel de foca. La piel de reno, de pelaje hueco, estaba endurecida a causa del frío; notaba cómo se le clavaban los pliegues en las nalgas.

Apagó la linterna que llevaba en la cabeza y se terminó el cigarrillo a oscuras. Ya vendría el animal a él, razonó, porque era lo que hacía siempre que él lo ignoraba. Oyó cómo crujía suavemente la nieve bajo las patas del cachorro al aproximarse, sintió el tacto húmedo de su lengua lamiéndole el dorso de la mano y el frío de su hocico cuando apretó la cara contra el calorcito de su cuello. Maratse pasó los dedos por el pelo del cachorro, perlado de hielo, y le acarició el pecho y los fuertes hombros, hasta que llegó al collar que llevaba en el pescuezo.

—Hola, Tinka —le dijo.

La perrita brincó sobre la nieve cuando Maratse se puso de pie; él la agarró y le sujetó el cuerpo entre las rodillas. Acto seguido, se sacó el arnés del bolsillo, lo estiró y pasó el collar por el pescuezo del cachorro. Luego, le flexionó las patas delanteras y metió primero una y, después, la otra por los huecos triangulares del arnés. Cogió la rígida cuerda que había atado a un extremo del arnés, la sostuvo justo por encima de la cola de la perrita y permitió que esta se liberara de la prisión de las rodillas. A continuación, tirando del cachorro, echó a andar por la playa cubierta de nieve, en dirección al cinturón de hielo y al mar helado, en donde se encontraba anclado el equipo de perros. Dejó al cachorro sujeto a los arreos de la traílla enganchando la correa con ayuda de un pequeño mosquetón. El cachorro se quedó gimoteando cuando él se dio media vuelta y regresó a la playa para ir a recoger el trineo.

—Ya está bien, Tinka.

No se dio ninguna prisa con el trineo, jugueteó con la bolsa y la colgó en los montantes del manillar de la parte trasera, como si fuera un sobre de gran tamaño. Seguidamente, levantó la solapa de lona de la bolsa y echó un último vistazo a su interior, para comprobar que tenía todo cuanto iba a necesitar para el viaje. Los objetos de mayor tamaño, la tienda de campaña de lona, el infiernillo metálico plegable, el combustible, las provisiones y la ropa, estaban amarrados a la parte delantera del trineo, que era largo y ancho, y dejaba justo el espacio suficiente para que se sentara él, en ángulo, entre el cargamento y el manillar. La escopeta que le había comprado al sepulturero Edvard iba enfundada en una bolsa de lona atada al trineo, igual que un rifle a la silla de montar de un vaquero. Agarró el manillar y empezó a empujar el trineo hacia el cinturón de hielo.

—Deja que te ayude.

Maratse saludó con un gruñido a Karl, su vecino, que se acercó haciendo crujir la nieve y asió un lado del manillar del trineo. Entre los dos lo empujaron para calzarlo en el hielo.

—¿Qué tal está tu perra?

—No preguntes —respondió Maratse.

—¿Es la que está enredando todas las cuerdas?

—Exacto.

Karl rio.

—Vas a tener un viaje maravilloso.

—Podrías acompañarme.

—Podría —contestó Karl al tiempo que entre los dos colocaban el trineo a un metro de la traílla de perros anclada al hielo. Dio una palmada para apartar a los perros de los patines del trineo mientras Maratse enganchaba un mosquetón grande a los lazos de la gruesa cuerda que formaba una V entre los extremos curvos de la parte frontal del trineo.

—¿Y por qué no vienes, entonces? —le preguntó Maratse mientras caminaba hacia el nudo de cuerdas atadas a una cadena congelada en el hielo.

—Buuti está preparándolo todo para la comida del jueves y tengo que echarle una mano.

—Hum.

—No te olvides de que estás invitado. —Karl tocó con el pie el montón de cosas que iban atadas al trineo de Maratse.

—No lo olvidaré.

—Bien. —Karl encendió un cigarrillo y le ofreció otro a Maratse—. El trayecto hasta Svartenhuk es muy largo, incluso llevando nueve perros.

—Ya lo sé. —Maratse agarró con la mano el nudo de cuerdas—. Pero puede que no vaya tan lejos. Será una noche, quizá dos. Un corto trecho hasta el borde del hielo. —Enderezó la espalda—. ¿Estás preocupado?

—Naamik —respondió Karl—. Es simplemente que ya no eres policía.

—Lo sé.

Karl expulsó una nube de humo.

—No tienes por qué buscarte problemas —dijo.

—Y no lo hago —contestó Maratse al tiempo que propinaba un tirón a las cuerdas para liberarlas del hielo.

—Yo creo que sí.

Maratse soltó un gruñido y llevó las cuerdas hasta el trineo. Karl se situó en la parte de atrás y sujetó el manillar. El hielo estaba resbaladizo, así que clavó las puntas de las botas en una rugosidad para buscar un punto de apoyo que fuera firme mientras Maratse amarraba a los perros al trineo.

—Ah —exclamó Maratse, y al instante los perros se quedaron quietos un momento, todos excepto Tinka. Dio un paso al frente y repitió la orden, esta vez más fuerte, y Tinka agachó la cabeza. Sin perder de vista a los perros, fue hacia donde estaba Karl y le dijo—: Dile a Buuti que no me meteré en problemas.

—Fui yo el que dijo eso. Ella cree que eres cazador, pero yo sé que sigues siendo policía. Además, yo creo que los problemas te buscan a ti.

—No me pasará nada. —Maratse se terminó el cigarrillo, agarró el manillar del trineo y le hizo una seña afirmativa a Karl para que se apartase.

—Hasta el jueves —le dijo Karl, dándole una palmada en la espalda.

El perro que iba en cabeza era uno de los viejos líderes de la manada de Edvard, una hembra de pequeño tamaño que se llamaba Spirit. Maratse esperaba que lo ayudase a adiestrar a Tinka. Spirit levantó la cabeza, se adelantó hasta colocarse al final de la cuerda y la tensó de un tirón. Maratse lanzó una mirada rápida al resto de los perros y dio la orden de arrancar.

El equipo tiró de las cuerdas y empezó a correr. Todos los perros se colocaron en forma de abanico delante del trineo, salvo Tinka, que corría fuera de la formación, hasta que el impulso de sus compañeros la obligó a ocupar una posición lateral, a la izquierda del trineo. Maratse, corriendo detrás del trineo, aceleró y se situó en el lado izquierdo, para a continuación dar un salto y subirse en el espacio que quedaba entre el manillar y los pertrechos. Acomodó la espalda contra la bolsa del trineo, buscó una postura cómoda para las piernas y sacó el látigo del sitio en que lo había guardado: detrás de la cuerda que amarraba la tienda de campaña al trineo. Desenrolló el látigo, fabricado con tiras de piel de foca y del grosor de un lápiz, y lo dejó correr entre sus dedos hasta que se convirtió en una tira de cinco metros que iba arrastrando por el hielo. Asió relajadamente la alargada empuñadura de madera, hizo restallar el látigo contra el hielo a la izquierda de los perros y sonrió al ver que Spirit tiraba del equipo hacia la derecha. Rectificó la trayectoria haciendo restallar de nuevo el látigo a la derecha y, después, trabó la empuñadura metiéndola por debajo de la cuerda tensada sobre la piel de reno. A continuación, estiró las piernas en diagonal para que los tacones de las botas quedaran hacia un lado, por encima del banco, y apoyó las manos en el regazo. Daba una palmada cada vez que notaba que los perros empezaban a aflojar o cuando los veía girar la cabeza hacia el olor procedente de un agujero perforado en el hielo para pescar que despedían las entrañas de peces congeladas y esparcidas por la superficie.

La mortecina luz sin sol de media mañana fue transformando la negrura del cielo en un gris penitente. Maratse agachó la cabeza, metió la mano en el bolsillo delantero en busca del paquete de tabaco que llevaba y, sonriendo como reacción a lo que estaba pensando, alisó de nuevo con la mano el cierre de velcro del bolsillo.

—Piitalaat me diría que fumo demasiado.

Escrutó la gruesa capa de hielo marino —una anomalía si había que creerse lo que afirmaban los climatólogos— y volvió la cabeza para explorar las sombras de los icebergs inmóviles. Uno de ellos en particular, gigantesco y rematado por tres torres retorcidas, habría encajado de maravilla en alguna de las novelas de ciencia ficción que tanto apreciaba. Sonrió ante la perspectiva de montar el campamento, encender el infiernillo y ponerse a leer a la luz de la lámpara mientras los perros descansaban acurrucados junto al trineo. Cayó en la cuenta de que su jubilación le guardaba oportunidades de sobra y, a pesar del dolor en las piernas, aún era joven, le faltaba un año para cumplir los cuarenta.

El trineo tropezó con una fisura en el hielo, y Maratse descubrió una estrecha grieta de agua líquida, como de un metro de ancho. Dio una palmada, lanzó unos cuantos silbidos y unas cuantas voces de ánimo, y los perros, con Spirit a la cabeza, corrieron más deprisa y arrastraron el trineo y a Tinka hasta el hielo firme que había al otro lado del agua. Maratse se reclinó, orgulloso de su equipo y en paz con su entorno, sintiéndose en comunión con la naturaleza. Dejaron atrás el iceberg de tres torres y las sombras fueron disminuyendo a medida que la montañosa península se aplanaba hasta formar un largo dedo de granito cubierto de nieve que se extendía hasta internarse en el mar helado. Maratse observó la nube de condensación que se formaba sobre el agua, a lo lejos, junto al quebradizo borde del mar. Y también divisó otra cosa: una delgada línea que apuntaba al cielo, como un mástil. Se inclinó hacia delante al mismo tiempo que los perros, súbitamente picados por la curiosidad como él, provocaban una brusca sacudida al trineo. Pero no los reprendió ni los azuzó; llevado cada vez más por la curiosidad, dejó que continuaran avanzando, hasta que vio aparecer la forma del ancho casco de una embarcación amarrada en el hielo que iba perfilándose conforme el trineo se aproximaba a ella.

Los perros habían percibido un olor penetrante, y Spirit tiró de ellos en aquella dirección. Maratse, si no estuviera igualmente fascinado por la forma que se dibujaba en el horizonte, quizá hubiera advertido que Tinka se había abierto paso para situarse junto a la líder del pelotón, y que ahora corría pegada a ella amparándose en su experiencia. Maratse cambió de postura, se puso primero de rodillas y después de pie en el trineo, agarrado al manillar con una mano e inclinado hacia delante.

Frente al barco, en el hielo, había una mancha oscura, una franja de algo desconocido, demasiado estrecha para poder distinguirla a lo lejos, pero no del todo extraña. Maratse ordenó a los perros repetida y pausadamente que se detuvieran.

Sacó la empuñadura del látigo que había metido debajo de la cuerda y se sincronizó para poner un pie en el hielo. Sin hacer caso del dolor en las piernas, corrió hasta la cabecera de la traílla y frenó a los perros haciendo restallar el látigo mientras trazaba ochos en el aire gélido, delante de ellos. Los perros se detuvieron, con pequeños carámbanos de hielo colgando de los hocicos. Maratse fue hasta Spirit y le pasó una mano entre los ojos y por el pelaje de la cabeza. Descubrió un piolet enterrado profundamente en el hielo y amarró a los perros a él; a continuación, desenganchó el trineo y se puso a estudiar la embarcación que tenía enfrente.

Era un barco expedicionario con casco de aluminio reforzado para navegar a través del hielo. Lo había visto en una ocasión anterior, en la costa oriental, mucho tiempo atrás. Reconoció el ancho casco, las generosas dimensiones de la cabina acristalada y el nombre pintado en el costado: OPHELIA.

Estaba amarrado al hielo con dos cabos, cada uno de ellos sujeto por una piqueta. La proa estaba incrustada en el hielo y sellada varios metros a lo largo de cada costado del casco. Las velas, plegadas y metidas en sus fundas; los obenques, cubiertos de escarcha; y las cubiertas, sepultadas bajo varias capas de hielo viejo y nieve nueva. Llevaba allí varios días, tal vez una semana.

Dio la espalda al barco y examinó la mancha que había en el hielo. Del casco de la embarcación partían dos oscuros regueros de sangre que se interrumpían a un metro de donde estaba el trineo; o la sangre se había cubierto de nieve reciente o la herida había sido restañada. Observó las afiladas cumbres semicirculares de la península de Svartenhuk, visibles a lo lejos, y después, volvió a centrarse en el barco. La sangre era más reciente que el hielo de la cubierta. Avanzó un paso y se sorprendió al recordar lo último que le había dicho Karl. Se quitó aquella idea de la cabeza y recorrió los últimos metros que lo separaban del casco de la embarcación. En el costado de estribor, encontró una corta escala de mano, gritó un breve saludo en inglés y, acto seguido, subió a bordo.

Había nevado durante la noche. Tras dar unos pasos por la cubierta, se inclinó para limpiar la nieve de un estrecho ventanuco que tenía la forma de una lágrima alargada. El interior del barco se hallaba iluminado con una luz débil. Maratse apretó la nariz contra el plexiglás, entornó los ojos y, de repente, lanzó una exclamación ahogada al distinguir un cuerpo, un hombre, tendido en el suelo y con un cuchillo de grandes dimensiones que sobresalía de su estómago.

2

En el interior de la cabina flotaba un fuerte olor a sangre y a materia fecal, el último acto físico del moribundo. Maratse apartó el rostro de la escalera que conducía de la cubierta a la cabina. Esperó un segundo y, después, bajó a la cabina apoyando una mano en el mamparo. Recorrió con la mirada el recinto interior del barco, sumido en la penumbra. Había otros dos miembros de la tripulación, un hombre y una mujer, ambos muy delgados, desplomados sobre la mesa, la melena rubia de la mujer flotaba sobre la cabeza calva del hombre. El cuerpo de otro tripulante, una mujer, apareció tumbado en el suelo, como si se hubiera resbalado en la sangre. Tenía sangre en la frente, pegada a su cabello negro y corto. Los brazos se encontraban formando ángulos incómodos, como si la caída la hubiera pillado por sorpresa.

Maratse se adentró un poco más en la cabina, apoyó una mano en el armario que sobresalía en medio de aquel espacio y, al instante, la retiró contemplando la sangre que se le había quedado adherida a la palma y a los dedos. Paseó la mirada por encima del armario siguiendo la generosa salpicadura roja que recorría la pared. Allí, al otro lado del armario, había un quinto tripulante, otra mujer, con los pies apretados contra la base de una estantería, el cuello torcido y la cabeza aprisionada en el rincón, junto al horno. Tenía un cuchillo clavado en el cuello, más pequeño que el del primer hombre apuñalado en el estómago.

Maratse tomó un paño de un gancho que había junto al fregadero y se limpió las palmas de sus curtidas manos, aunque se le quedó un poco de sangre en los pliegues. A continuación, se guardó el paño en el bolsillo del mono y se acercó a la mujer que yacía en el suelo con la intención de examinarla. Al levantar el pie hizo un alto; el suelo estaba cubierto de sangre. Entonces centró la atención en todos los tripulantes desplomados sobre la mesa y alrededor de ella. Retrocedió hasta la escalera, se sentó y rebuscó en su mono hasta que sacó su móvil de un bolsillo interior.

—Necesito hablar con Simonsen —dijo cuando logró comunicar con la comisaría de policía de Uummannaq.

—No se encuentra de servicio.

—Está bien —prosiguió Maratse—. Deseo dar parte de un incidente.

—¿Su nombre?

—David Maratse.

—¿Maratse? ¿Desde Inussuk?

—Iiji.

—Danielsen al habla.

—Danielsen, estoy a bordo de un barco situado en la entrada del fiordo de Uummannaq. Hay dos personas muertas y tres inconscientes.

—¿Dos personas muertas? ¿Está seguro?

Maratse miró al hombre que tenía el cuchillo clavado en el estómago y observó su ropa ennegrecida por la sangre.

—Estoy seguro.

Calló unos instantes al oír a Danielsen tomando apuntes; se percibía el roce del bolígrafo por encima del ruido de su propia respiración.

—¿Y los otros?

—Me parece que aún viven.

—¿No puede comprobarlo?

—Si doy un solo paso más, contaminaré la escena del crimen.

—Necesito saberlo.

—Aguarde un minuto.

Maratse depositó el teléfono en el primer peldaño de la escalera y fue hacia los tripulantes de la mesa eligiendo una ruta en la que la capa de sangre fuera menos espesa. Al girar la cabeza de la mujer rubia, provocó que esta emitiera un leve quejido. En cuanto a su compañero, su brazo se estremeció cuando Maratse le puso los dedos en la muñeca para tomarle el pulso. La mujer desplomada en el suelo con la herida en la frente era la que tenía el pulso más débil. Maratse le examinó la cabeza y observó más de cerca el pico del banco; detrás de una viruta de madera había varios cabellos negros, sellados con más sangre.

Regresó a la escalera y recuperó el teléfono.

—Hay dos mujeres y un hombre, los tres con vida. Una de las mujeres tiene una herida en la cabeza.

—¿Cómo está el hielo?

—Bien a lo largo de la costa. Seis kilómetros al norte de Inussuk hay una grieta de agua líquida. Tendrán que rodearla.

—Esto va a llevar algo de tiempo. Necesito que no se mueva de ahí. ¿Podrá esperar?

Maratse observó la cabeza de la mujer de pelo negro.

—Puedo quedarme, pero tengo que curar la herida de la mujer y examinar a los demás. Creo que los han drogado.

—Adelante. Pero no toque a los muertos.

Maratse volvió la mirada hacia el hombre fallecido, respondió afirmativamente con un gruñido y puso fin a la llamada. Acto seguido, se guardó el teléfono en el bolsillo y dedicó unos momentos a estudiar el interior de la cabina. Aparte de la sangre y de los cuerpos, había poca cosa que sugiriese que había tenido lugar una pelea. En un extremo de la mesa, había varios vasos vacíos, empujados hacia un lado por los codos de los tripulantes. Maratse buscó sin éxito alguna botella de vino, cerveza o cualquier rastro de la clase de alcohol que imaginaba que sería necesario para dejar inconsciente a una persona.

Todo lo demás estaba colocado en su sitio y ordenado. Le vino a la mente la expresión «en perfecto estado de revista», lo que confirmaron las listas plastificadas sujetas a las paredes. Lo único que sabía del Ophelia era que se trataba de un barco alemán diseñado para su uso en las regiones polares. En los mamparos de la cabina había fotos enmarcadas en las que se veía el barco anclado en el hielo mientras realizaba travesías en invierno por el Ártico y por el Antártico. Se utilizaba para atracar en lugares oscuros y aislados.

Tras una primera inspección, los únicos objetos que vio fuera de sitio fueron los cuchillos, que ya no estaban colocados en la barra con imán situada encima del calientaplatos del horno, sino clavados en los cuerpos que tenía delante.

A no ser que se hubieran apuñalado ellos mismos, Maratse no entendía cómo los habían agredido. En el charco de sangre que cubría el suelo de la cabina había una curiosa ausencia de huellas de pisadas de cualquier tipo. Miró a los dos cadáveres, primero al hombre y después a la mujer, calculó que la distancia que los separaba sería de poco más de un metro y, a continuación, examinó la ropa de los tres supervivientes: toda limpia, aparte de las manchas de sangre que tenía la mujer de pelo negro en el hombro del forro polar. Si no se habían matado entre sí, razonó Maratse, a lo mejor había otro miembro de la tripulación escondido en algún sitio del barco.

Miró detrás de la escalera. La luz estaba apagada. Vio un panel de interruptores y probó a subirlos y bajarlos. O no funcionaban o alguien había quitado las bombillas. Miró a la mujer de pelo negro y comprendió que su herida no podía esperar. Se llevó la mano derecha a la cadera, olvidando por unos instantes que ya no llevaba pistola. Dio un paso en dirección a la puerta que tenía a su derecha; estaba abierta, una rendija del ancho de una mano.

—¿Hola?

Aguardó a que alguien le respondiera y avanzó otro paso.

Si había alguien escondido en la cabina, y si ese alguien había asesinado a los dos tripulantes y dejado incapacitados a los otros tres, no iba a suponerle mucho trabajo encargarse de un único groenlandés dentro de un espacio reducido. Apartó ese pensamiento de su mente y dio otro paso más.

El aullido de un perro hizo que a Maratse le diera un vuelco el corazón. Esperó a que se sumaran los demás perros y se dirigió hacia la puerta. La abrió golpeándola con la palma abierta, pero al momento retrocedió de nuevo, porque algo grande y negro cayó al suelo de los dormitorios. Intentó ver algo en aquella oscuridad, miró fijamente la forma desplomada, y sufrió otro sobresalto al oír una voz de mujer.

—Es mi bolsa —dijo la voz en inglés—, un petate. Estaba en mi litera.

Maratse se volvió para mirar a la mujer, que se tocaba la cabeza con la mano.

—Ha debido de caerse.

—¿Y los demás? —preguntó Maratse señalando más allá de ella, hacia la cocina—. ¿Se han caído también?

La mujer se dio la vuelta para mirar en la dirección en que señalaba Maratse. Retiró la mano de la cabeza y lanzó un chillido. El chillido fue cambiando de tono a medida que la energía iba escapándosele del cuerpo. Intentó regresar a la cabina, pero Maratse se lo impidió.

—No —le dijo—, no mire.

—Henrik... —dijo ella pronunciando aquel nombre entre los dedos con que se había tapado la boca. Maratse notó que temblaba cuando él la depositó de nuevo en el suelo.

—Deje que le examine la cabeza.

Maratse puso las manos a ambos lados de la cabeza de la mujer y la giró ligeramente hacia las tenues luces de la cabina.

—Lo que tiene clavado en el estómago —preguntó ella—, ¿es un cuchillo?

—Iiji.

—¿Qué?

—Sí, es un cuchillo. —Maratse la soltó y preguntó—: ¿Cuántos de ustedes hay a bordo? —Al ver que ella no contestaba, agregó—: ¿Cuántos tripulantes?

La mujer se volvió para mirar al hombre al que había llamado Henrik. Maratse pasó por encima de ella y se agachó en cuclillas para bloquear su línea visual. Ladeó la cabeza y la miró a los ojos. Los tenía vidriosos, con las pupilas dilatadas, desenfocados.

—¿Qué es lo que ha bebido?

—¿Bebido? No lo sé —respondió ella.

—¿Cuántos tripulantes son? —Maratse le puso una mano en el hombro—. ¿Cuántos?

—Seis.

—¿Seis? ¿En total?

—Sí.

—No se mueva de aquí —le ordenó. Se incorporó y salvó los dos pasos que había hasta la cabina. Vio una linterna sujeta al mamparo que separaba las puertas de la zona de dormitorios; la cogió y la encendió. Dirigió el haz de luz hacia el interior de la zona de descanso de estribor, por encima del petate negro y hasta el rincón. La luz topó con la cinta reflectante de una vela visible a través de la abertura, cinchada con un cordón provisto de un tope. Encontró más velas guardadas en el rincón de la segunda zona de dormitorios, el haz de luz de la linterna tropezó con una segunda cinta reflectante.

Fue un poco más allá de donde estaba la mujer, alumbró a los otros miembros de la tripulación y, después, el corto tramo de escaleras y el interior de la cocina. Se detuvo al llegar al límite del charco de sangre que cubría el suelo. Si diera un salto, podría alcanzar el primer peldaño, o bien caer resbalando por los tres escalones. Soltó un gruñido y pisó el charco de sangre. Con la segunda zancada llegó al peldaño superior, se agachó para iluminar con la linterna las entrañas del barco, hacia la popa, y a continuación bajó la escalera. En la ducha no había nadie, ni tampoco en el diminuto retrete ubicado al otro lado del pasillo. Encontró otras dos literas a ambos lados del pasillo y, en la proa, un espacio de almacenaje con un cubículo de escasa altura y una trampilla, que aislaba la sala de estar del compartimiento utilizado para guardar más pertrechos.

Maratse se agachó para salir del área de almacenaje y regresó a la generosa sala de estar. Subió la escalera, puso el pie encima de la huella que él mismo había dejado en la sangre y cruzó la cocina para ir a hablar con la mujer. Antes hizo un alto para asomarse por una ventana de la cabina y vio dos pares de luces a lo lejos, en el hielo, más allá de su trineo y de la traílla de perros. Imaginó que sería Danielsen al volante del Toyota de la policía, y abrigó la esperanza de que Simonsen estuviera de mejor humor que la última vez que ambos habían coincidido en la escena de un crimen. Descolgó un botiquín de primeros auxilios del mamparo y fue con él adonde estaba la mujer.

—Ya viene un equipo de socorro —le dijo al tiempo que se agachaba a su lado. Abrió el botiquín y sacó dos torundas de algodón impregnadas en alcohol para limpiarle la herida.

—¿La policía?

—Y una ambulancia.

—Me parece que ya sé lo que ha pasado —dijo la mujer. Pero Maratse la interrumpió negando con la cabeza.

—No quiero saberlo.

—Ha muerto mi amigo.

—La policía viene hacia aquí, podrá contárselo a ellos.

—¿Usted no es policía?

—Eeqqi —respondió Maratse haciendo un gesto negativo con la cabeza—. Estoy jubilado.

—Pero acaba de registrar el barco.

—He sido yo quien lo ha encontrado.

—Ha prestado socorro.

—He dado parte. La policía está en camino.

—¿Por qué no quiere ayudarme? —La mujer se limpió las mejillas con el dorso de la mano.

—He hecho cuanto he podido —contestó Maratse. Se incorporó al oír los motores de varios coches que desaceleraban y el chirrido de unos neumáticos que frenaban sobre el hielo—. Ya está aquí la policía, y también el médico. Ellos la ayudarán.

—No puede marcharse sin más —se quejó la mujer intentando asirle la mano.

Maratse dejó la linterna en el suelo, al lado de ella, y subió la escalera que conducía a la cubierta. Allí se encontró con Danielsen y con el médico italiano, que se disponían a entrar.

—El jefe lo está esperando ahí fuera —informó Danielsen.

Maratse asintió con la cabeza, acto seguido salvó la barandilla y descendió por la corta escala de mano hasta el hielo. Encontró a Simonsen fumando al lado de su trineo y su equipaje. Los perros se agitaban en la traílla, olfateaban el aire y expresaban su aprensión con gruñidos graves. Maratse los hizo callar y se encendió un cigarrillo.

—Dígame, agente —le dijo Simonsen expulsando una nube de humo—. ¿Cómo es posible que siempre sea usted el primero en llegar a la escena de un crimen?

—Es solo la segunda vez, desde que usted y yo nos conocemos.

—Se está convirtiendo en una costumbre.

—Es una coincidencia.

—Resulta sospechoso, más bien.

Maratse dio una calada al cigarrillo y metió las manos en los bolsillos. Simonsen lo miró con los ojos entornados a través de otra nube de humo.

—¿Quiere que le haga un informe?

—¿Un informe? Usted es un civil.

—Acaba de llamarme agente.

—Porque, por lo visto, no parece que vaya a dejarlo. Uno de estos días, esa obsesión suya le va a causar problemas. —Simonsen señaló el barco con un gesto de la cabeza—. Puede que ya se los haya causado.

Maratse sacó el paño de cocina que se había guardado en el bolsillo del mono y dijo:

—He apoyado la mano en una superficie. En ella encontrará mis huellas dactilares. —Le arrojó el paño a Simonsen—. En la sangre que hay en el suelo de la cabina, junto al hombre que tiene un cuchillo de cocina en el estómago, hay huellas de mis botas. Y encontrará otras más que he dejado cuando he ido a inspeccionar el resto del barco. La mujer ha dicho que debería haber seis tripulantes. Dos están muertos, y otros dos están inconscientes, quizá drogados, y hay una mujer que tiene una brecha en la cabeza. El último miembro de la tripulación, el sexto, ha desaparecido. —Maratse tiró la colilla al hielo y se dirigió hacia sus perros—. Ese ha sido mi informe. Puede llamarlo como le apetezca.

—¿Adónde va?

Maratse señaló las montañas que se veían al noreste.

—A Svartenhuk.

—¿Por qué?

—Porque allí es adonde me dirigía.

—¿Cuándo piensa volver?

—El jueves. Me han invitado a cenar.

—¿Pretende ir y volver en tan solo dos días? Ya no. No lo conseguirá.

Maratse se agachó y desenganchó a los perros de la piqueta.

—Ya veremos —contestó, y ató la cuerda al trineo.

—¿Va a contestar al teléfono?

—Puede.

Se volvió y vio que Simonsen había echado a andar por el hielo en dirección al barco en medio de una nube de humo procedente de sus pulmones, y que Danielsen aparecía en la cubierta y le gritaba que se diese prisa. Trabó la traílla de los perros a través del mosquetón y dio dos tirones suaves. Spirit puso al equipo en posición, y él echó a correr junto al trineo. Se subió a él de un salto a la vez que Spirit y el resto de los perros tensaban las cuerdas. Tinka se situó al lado de Spirit, y Maratse se preguntó si estaría tan ansiosa como él por perder aquel barco de vista.

3

El hombre hundía las manos en la nieve como si fueran espadas. Sus dedos se extendían dentro de unas manoplas de lana cubiertas de nieve, congelados, que envolvían cada uno de ellos en telarañas de lana y hielo. Estaban manchados de sangre pero no le sangraban. Los tenía entumecidos, al igual que su mente. Y, sin embargo, un solo pensamiento lo impulsaba hacia delante, una idea que daba zarpazos en su conciencia de igual manera que él daba zarpazos en la nieve. Un día antes, hacía varias horas, no se habría considerado a sí mismo un superviviente, sino un explorador. Dos descripciones igual de inapropiadas para lo que él era en realidad —un investigador—, y para lo que él hacía en realidad —investigar—. Sobrevivir, ser un superviviente, no era un rasgo que apareciera mencionado en la definición de su puesto de trabajo, y no recordaba haber visto que fuera un requisito para embarcarse en la Expedición Ophelia. Él prefería el subtítulo: Expedición Alfred Wegener a Svartenhuk, en Groenlandia. Ello confirmaba la posición que ocupaba dentro del equipo, así como la posición de autoridad de la que disfrutaba en todo lo relativo a Alfred Wegener. Aquellos años de estudio, de noches interminables examinando gruesos libros en alemán y en inglés, enfundándose los guantes para leer polvorientos diarios de campo guardados en los archivos del Instituto Alfred Wegener, de Bremerhaven, y quitándose las gafas para frotarse los ojos cuando investigaba en la base de datos digital de dicho instituto; esos conocimientos habían convertido al investigador en un superviviente. Sabía que existía una cabaña, la cabaña de Wegener, en la base de la montaña por la que estaba arrastrándose a gatas. Los cazadores a los que habían preguntado se mostraron inusualmente reacios a proporcionar detalles o siquiera a reconocer que existiera dicha cabaña, pero él sabía que estaba allí, y ahora tenía que encontrarla.

Siguió gateando con las rodillas clavadas en las rocas cubiertas de líquenes negros que asomaban a la superficie, mientras raspaba las punteras de sus botas de senderismo y rasgaba los codos de su anorak. Lanzó largas retahílas de improperios escupiendo las sílabas con los labios blancos y apretados en un gesto de determinación. Entre una maldición y otra y en los tramos fáciles rezaba, y así ahondaba otro poco en sus raíces espirituales, de igual modo que estaba ahondando en la nieve. Apelaba a Dios, le suplicaba, y cuando la sombra de bordes rectos de un tejado llamó su atención, le dio las gracias por cada puñado de nieve que había arrojado a su espalda y continuó arrastrándose mientras trataba de llegar a la puerta de la cabaña.

El viento, que era la cola de una corriente descendente, le acribillaba la piel desprotegida de las mejillas y arrojaba más nieve, espuma y hielo contra su barbilla, su boca y sus labios azulados mientras daba manotazos para empujar hacia abajo el tirador de la puerta de la cabaña.

—Por favor —dijo viendo que el tirador se mostraba tozudo—. Por favor.

Pero el tirador no se movió. Se limpió los ojos con el duro puño de las manoplas para inspeccionar la cabaña en busca de una ventana. Si fuera necesario, rompería el cristal. Pero la única ventana que había estaba bloqueada con tablones, sellada desde el exterior para evitar que los osos entrasen en la cabaña.

Apoyó la cabeza contra la pintura verde, ajada y desconchada. Iba a morir así, de rodillas, congelado en el sitio, como las víctimas de Pompeya que quedaron petrificadas en posición fetal. Era la más cruel de las comparaciones. Incluso en la muerte, su mente, de entre todas las visiones que era capaz de conjurar, escogía una imagen de intenso calor, una muerte a causa de la lava. Casi le pareció sentir aquel calor en las mejillas, casi imaginó los parches de líquenes burbujeando a ambos lados de la cabaña, consumiéndolo.

—¡No! —exclamó, y el superviviente que llevaba dentro de sí asumió el mando de la situación y advirtió el único detalle que él había pasado por alto. Aquella cabaña estaba diseñada para confundir a los osos polares. Empujó con las manos hacia arriba, y el tirador de la puerta cedió a la vez que la pesada hoja de madera emitía un crujido. Tiró varias veces hacia atrás en un movimiento de vaivén con la puerta, hasta que la nieve acortó el arco previsto, y el superviviente recibió como premio un hueco del ancho de su cabeza.

Era suficiente.

Se tumbó de costado, se mordió el labio e introdujo el cuerpo por el hueco. El viento le cubrió las piernas de nieve y le azotó la cara con una última andanada de agujas de hielo, pero logró entrar. Se desplomó de espaldas y se atragantó, hasta que se dio cuenta de que no estaba ahogándose sino riendo.

Se volvió para quedar apoyado sobre los codos y parpadeó para desprenderse del hielo que se le había formado en las pestañas, como si estuviera viéndolo todo a través de una capa de pegamento. Reconoció la forma de una estufa de leña (casi soltó una carcajada ante lo absurdo de quemar leña en un territorio en el que no había árboles) y se tranquilizó al pensar que en invierno el fuego siempre estaría encendido. Rio al ver los periódicos y la leña menuda que había dentro de la estufa.

«Habrá cerillas. Una caja de la que asomen una o dos, fáciles de agarrar con los dedos fríos». Dieter pensaba en cosas que lo mantuvieran vivo.

Había tres. Tres cerillas asomando de la caja. Sacó una mano de la gruesa manopla de lana y oyó tintinear las partículas de hielo que estaban adheridas al tejido cuando la dejó caer sobre el suelo de madera negra. Acto seguido, encendió la primera cerilla y se quedó contemplando la llama.

Acercó la cerilla al papel. Estaba demasiado duro, y la llama se apagó. Encendió la segunda cerilla y observó cómo la llama se enroscaba en torno al papel y ennegrecía los bordes. Se habría olvidado de añadir madera del cubo de metal al fuego si la insistente vocecilla que tenía en su cabeza no le hubiera recordado: «Enciende la leña menuda».

Hasta la última célula de su cuerpo se sintió complacida, agradecida, abrumada y, cuando el calor de la estufa desplazó el frío hacia las paredes y las llamas iluminaron su rostro, las estanterías, los dos pequeños camastros y el destartalado sillón de madera que mucho tiempo atrás había sacrificado sus patas para proporcionar calor, se puso de pie, fue hasta la puerta y la cerró.

Se acuclilló frente a la estufa y se calentó las manos mientras llevaba a cabo una inspección visual de la cabaña. Recorrió las estanterías buscando latas de conserva, miró a ver si había mantas en las camas y leña en el cubo. Cuando la leña se acabase, recurriría a la madera de los camastros. Se levantó y tomó de la estantería una lata oxidada de raviolis junto con un abrelatas. Al ver que le costaba trabajo, se sentó delante del fuego para calentarse las manos antes de intentar abrirla.

Poco a poco el calor fue penetrando en sus dedos a medida que su carne iba recordando lo que era estar hecha de músculos, nervios y huesos, y no de madera y metal. Las fibras debían poder flexionarse, y el dolor que experimentó al ir recobrando el calor en ellas disparó en su memoria una serie de anécdotas de su etapa de investigador. La capacidad de rememorar dichas historias le había asegurado un sitio en la expedición, a pesar de sus manías y sus rarezas sociales, y ahora esas mismas historias estaban volviéndose ciertas y le estaban salvando la vida mientras abría la lata y la colocaba encima de la estufa.

Oyó de nuevo la vocecilla que le hablaba desde el interior de su cerebro: «Vas a necesitar agua».

Buscó una sartén, encontró una y la llenó con nieve de la que se había colado por la puerta.

Mejor habría sido utilizar hielo, pero no tenía, y no pensaba salir fuera de la cabaña ahora que había entrado en calor. Cruzó las piernas delante del fuego y fue alimentándolo mientras los raviolis burbujeaban dentro de la lata que había colocado encima.

Envolvió la lata con las manoplas, acercó un poco más el sillón a la estufa y oyó cómo la nieve se derretía en la sartén con leves chasquidos conforme iba liberando el aire contenido, mientras comía usando dos dedos a modo de cuchara. Con los pies apoyados en el suelo, las rodillas le quedaban más altas que los brazos del sillón; sonrió pensando que aquello era una especie de aventura liliputiense en la que él representaba el papel de Gulliver. Prefería entretenerse con semejantes pensamientos y distracciones a medida que su mente iba apaciguándose y la vocecilla del superviviente se replegaba hacia las sombras.

Los oscuros rincones de su cerebro, negros como el cielo polar, negros como el liquen, negros como la lava... fríos e inertes, pero fértiles.

Una mente fértil y apasionada.

Aquella idea lo hizo sonreír, pero no le dedicó más que unos segundos. Había cosas que debían suprimirse si uno quería sobrevivir.

Y él tenía que suprimirlas.

Había cosas que hacer.

Había encontrado la cabaña. Quizá había sido suerte, pero no debía dejar a un lado sus conocimientos latentes, sus estudios y su cultura.

Se lamió los dedos y puso la lata en el suelo. Le costó un poco de esfuerzo levantarse del sillón, después registró toda la cabaña, detrás de las estanterías, encima de la estufa, debajo de las camas. Se arrodilló frente a un cajón de madera que yacía tumbado sobre un costado y cuyo contenido, por lo visto, era más valioso que las patas del sillón. Sonrió al ver la breve colección de revistas endurecidas y cubiertas de moho, combadas y grasientas como escamas de jabón. Hojeó un ejemplar de National Geographic, lo dejó en el suelo y, a continuación, puso encima una ajada revista de Playboy y una novela del Oeste danesa que tenía las páginas pegadas unas a otras a causa de la mugre y el moho acumulados. Entonces descubrió otra cosa, un objeto que despertó el interés del investigador y que inundó su cuerpo con una oleada de calor de las que no necesitan fuego alguno.

—¿Qué es esto? —susurró, como si su voz pudiera causar daño a la encuadernación de cuero, agrietar el lomo o incluso transformar el diario que sostenía con las yemas de los dedos en un espejismo del Ártico, en una broma polar.

El cuero le pareció auténtico, sintió su tacto en las gruesas espirales de su piel al pasar un dedo por el lomo. Sacó el diario del cajón desprendiéndolo de los lados de las revistas, que lo tenían aprisionado y que se mostraban reacias a soltarlo. Sabía qué era lo que había encontrado, pero reprimió su entusiasmo con la misma determinación y el mismo desapego que reservaba a sus otros pensamientos, los siniestros, agazapados entre las sombras. Ya se encargaría de ellos cuando llegara el momento, ahora tenía que ser el agudo observador y el objetivo evaluador de todo lo relacionado con el Ártico. Aquel no era el primer ni el único diario ártico que había sostenido entre las manos. Pero si este era el diario perdido de Alfred Wegener, si este era el que se le había encomendado encontrar, entonces podría ser el último que sostuviera en mucho tiempo, quizá para siempre. Lo supo en cuanto abrió sus páginas, que crujieron reaccionando a su contacto, y leyó el nombre, la fecha y el lugar en que había sido escrito. Era el diario de Alfred, el diario perdido, el que coronaría su investigación posdoctoral y le garantizaría un puesto —cualquiera— en el instituto que quisiera elegir.

«En cualquier lugar del mundo».

Esta idea le recordó el teléfono por satélite que llevaba en el bolsillo del anorak. Había hecho su trabajo, tenía refugio, un fuego con que calentarse y algo de comer, y a no mucho tardar iba a tener algo de beber. Fue marcando como cubiertas las necesidades de la jerarquía de Maslow y, como ya había satisfecho las más básicas, se acordó del amor.

Sacó el teléfono del bolsillo del pecho y la antena plegable que llevaba en otro. Le quitó la batería, la calentó con la mano y colocó la de repuesto encima del diario. Después la apartó a un lado. Se quedó mirando el diario por espacio de unos minutos hasta que calculó que la batería ya estaría preparada. Llevó la antena a la puerta, abrió una rendija y plantó el pequeño trípode en la nieve. Cerró la puerta y enroscó la varilla en el teléfono por satélite, insertó la batería, encendió el aparato y esperó a que rastreara una señal.

—Lo he encontrado, Marlene —dijo cuando su mujer atendió la llamada.

—¿Dieter?

—Lo he encontrado.

—Es muy tarde —dijo Marlene.

Dieter aguardó a que su mujer reprimiera un bostezo y después le anunció:

—He encontrado el diario de Alfred Wegener.

—¿Has encontrado la cabaña?

—Sí, y también el diario.

—Eso es genial, cariño, de verdad. Debéis de sentiros todos muy satisfechos.

—¿Cómo dices?

—Que debéis de sentiros todos muy satisfechos. —Marlene elevó el tono de voz y agregó—: Hay retardo.

—Ya.

—¿... dicen los otros?

—¿Qué?

—Vaya, se oye cada vez peor. ¿Qué dicen los otros?

—No hay nadie más. Lo he encontrado yo.

—Ya sé que lo has encontrado tú, y me alegro muchísimo. Pero ¿y los demás?

—¿Los demás?

—Ay, cariño, estoy demasiado cansada para esto. —Marlene calló unos instantes—. Los demás. El equipo. La tripulación. ¿Qué opinan ellos?

—¿La tripulación?

—Sí.

Dio unos pasos hasta donde alcanzaba el cable y respondió:

—No hay nadie más. Lo he encontrado yo.

—¿Estás solo?

—Sí.

—¿Dónde está el resto del equipo?

—No lo sé. La cabaña la he encontrado yo.

Marlene suspiró.

—Puede que la culpa sea de la conexión —dijo—, pero da la impresión de que estés solo.

—Así es.

—¿Dónde está el barco?

—En el hielo. No —corrigió—, en el borde del hielo.

—¿Y la tripulación? ¿Se encuentran en el barco? ¿Están a bordo del Ophelia?

—¿El Ophelia? Puede ser. No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes, Dieter?

Dieter miró fijamente el teléfono. Se pasó una mano por el pelo, giró la cabeza al oír crepitar el último trozo de leña en el fuego y después volvió a mirar el teléfono con el ceño fruncido por el ruido de estática que se oía en la línea. Se acercó el aparato al oído y dijo:

—Lo he encontrado.

—Ya lo sé, cariño. —La línea crepitó por la electricidad estática, y Marlene calló unos segundos—. Me tienes muy preocupada, Dieter.

—Estoy bien —respondió él, y añadió—: tengo que colgar. Te quiero.

Con el dedo entumecido, Dieter pulsó un botón y puso fin a la llamada. Seguidamente, apagó el teléfono y sacó la batería. Sacudió la nieve de la antena y la enrolló al lado de la batería de repuesto que había dejado en el suelo, encima del diario. Puso las piezas en fila, para catalogarlas mentalmente, y después echó otro pedazo de leña al fuego, el último, y también más nieve en la sartén y, por fin, cogió una manta de la cama y se acomodó en el sillón con el diario. Sacó del anorak una linterna de cabeza, la encendió y empezó a leer.

El superviviente que llevaba dentro le había servido para muchas cosas. Lo había ayudado a encontrar la cabaña y a sobrevivir al frío, y ahora iba a ayudarlo a suprimir todo pensamiento acerca de la tripulación, a olvidarse del barco, al menos por el momento. Había otras cosas, más importantes, que tomar en cuenta.

Le vino a la memoria la reunión informativa que habían celebrado en las oficinas del Berndt Media Group una vez que se formó el equipo definitivo. Rememoró a Aleksander Berndt de pie con una mano dentro del bolsillo del pantalón y manejando un puntero láser en la otra. Se sintió fascinado por su pasión, su vehemencia y, no menos importante, su fortuna.

—Esta área de aquí —dijo Berndt rodeando un grupo de montañas que aparecían dibujadas en el mapa del fiordo de Uummannaq proyectado sobre la pantalla— es donde sabemos que estuvo trabajando Wegener en la recopilación de datos antes de morir en la capa de hielo del interior de Groenlandia. Debería haber una cabaña. Los habitantes de esa zona lo saben, pero hasta el momento se han mostrado reacios a confirmarlo. Lo que opino yo —siguió diciendo Berndt mirando al equipo— es que ya están cansados de ver pasar expediciones. Últimamente ha habido muchas, y la nuestra es solo la última de una larga lista. Pero también opino que si ustedes dan con la cabaña, establecen una base de operaciones y llevan a cabo una investigación exhaustiva de la zona, tendrán su recompensa.

—¿Con qué, exactamente? Es una zona muy extensa. Vamos a necesitar más información.

—Ah, Katharina —respondió Berndt sonriendo—, cómo no, debería haber sabido que nuestra capitana sería la escéptica del grupo.

—No soy una escéptica, soy geóloga. He visto bastantes rocas de granito. Si voy a tener que entusiasmarme con algo, me gustaría saber qué es lo que tengo que buscar.

Dieter cerró los ojos unos instantes y dejó que el golpeteo de los cristales de nieve contra las contraventanas de madera y el silbido del viento en las esquinas del techo de bituminosa lo distrajeran del recuerdo de la reunión informativa de Berndt. Cambió el recuerdo del aroma sutil de la carísima colonia que usaba Berndt por los intensos olores del Ártico: a frío, colchones húmedos, moho, líquenes y raíces de la tierra. Pasó los dedos por la rugosa cubierta de cuero del diario y pensó en la recompensa prometida por Berndt.

—Nadie sabe con seguridad qué secreto se halla enterrado en esas montañas —había dicho Berndt—. Wegener lo escondió bien. La cuestión es por qué.

Dieter abrió los ojos y pasó la página. Estaba a punto de averiguarlo.

4

Maratse atornilló en el hielo la última de las piquetas y tensó los vientos de la tienda de campaña. Estudió los nubarrones de nieve que ocultaban las cumbres de Svartenhuk y llegó a la conclusión de que, aunque no se hubiera tropezado con aquel barco, el mal tiempo habría ocultado cualquier cosa que mereciera la pena cazar en aquellas montañas. La luz procedente de la lámpara que llevaba adosada a la cabeza se reflejaba en la franja de nieve que iba alumbrando mientras daba de comer a los perros cabezas de pescado seco que iba sacando del trineo e iba distribuyendo por la delgada traílla que había fijado al hielo. Una vez que todos los perros hubieron comido, se metió en la tienda de campaña, ató la lona de la entrada y montó las paredes, la base, la puerta y la plancha del infiernillo plegable. Juntó todas las chapas tubulares de la chimenea hasta formar una pieza alargada e introdujo uno de los extremos por un ojal de cuero que tenía la tienda. A continuación, encendió el infiernillo y fue preparando el saco de dormir mientras se calentaba el agua en el pequeño hervidor que le había prestado Karl. Se acostó en un jergón dentro del saco de dormir, con una taza esmaltada llena de café a un lado y un grueso libro de bolsillo en las manos. Empezó a leer refunfuñando por la incomodidad, y en una o dos ocasiones entornó los ojos, acercándose y alejándose el libro de la cara. Al cabo de tres páginas, salió del saco de dormir y fue hasta su mochila a buscar las gafas. Después de una segunda taza de café, renunció del todo a seguir leyendo, porque ni siquiera las descripciones más fascinantes de aquel autor de ciencia ficción eran capaces de competir con las imágenes del sangriento interior de aquel barco y de los dos tripulantes muertos. Avivó el fuego con combustible suficiente para una hora o más y después apagó la luz.

Daba igual lo que le hubiera dicho a la mujer del barco, y también cuántas veces se hubiera dicho a sí mismo que no le importaba un pimiento, porque lo cierto era que sí le importaba.

«No puede marcharse sin más», le había dicho ella.

Pero se marchó, y eso lo estaba reconcomiendo del mismo modo que los perros raspaban la piel del pescado seco antes de perforar la cabeza para comerse la carne blanca y congelada que contenía. Cuando cerraba los ojos, veía a los tripulantes muertos, desplomados en sus respectivos rincones de la sala de estar del barco. La primera pregunta que lo atormentaba no era cómo, sino cuándo habían muerto. ¿Las víctimas fueron drogadas, al igual que el resto de la tripulación? ¿Cuántos vasos había encima de la mesa? ¿Eran cinco o seis?

Maratse se quedó mirando cómo se reflejaban las llamas en la portilla de vidrio de la estufa e iluminaban las paredes de la tienda de campaña. Aparte del crepitar de la leña en el fuego, del roce de la nieve que resbalaba por la lona de la tienda y del ruido que hacían los perros agitándose sobre el hielo, oyó a lo lejos el motor de dos vehículos que se perdían en la noche e imaginó que serían el Toyota de la policía y la camioneta de transporte del hospital que hacía las veces de ambulancia, que regresaban a toda prisa a Uummannaq. Otro mundo, su mundo, el que había dejado atrás.

El pequeño camastro plegable emitió un crujido cuando se volvió de costado y cerró los ojos. Los perros se quedaron tranquilos. Maratse se obligó a pensar en otra cosa, la que fuese. Escogió la imagen de la sargento de policía Petra Jensen, Piitalaat, con aquellos mechones sueltos de su melena negra, sus mejillas morenas y suaves, su sonrisa, sus labios fruncidos. Lo último que le vino a la mente fueron los trece años que se llevaban el uno al otro, un detalle no especialmente notorio en Groenlandia, pero sí lo suficiente para apartar otros pensamientos de su cabeza. Sintió en la cara el frío de la montura de las gafas, se las quitó y se puso a escuchar el gorgoteo de la nieve resbalando por un costado de la tienda.

A la mañana siguiente, tuvo que escarbar en la nieve para encontrar las piquetas. Todo le llevó más tiempo: recoger sus cosas, desmontar la tienda, atar los perros a la traílla y amarrarlos a un nuevo puente de hielo que construyó con la estaca de bordes metálicos para el hielo antes de desayunar.

Estaba oscuro. El sol tardaría aún dos meses en volver.

Cargó todas las cosas en el trineo, enganchó a los perros y, a continuación, se montó a la vez que Spirit tiraba del equipo en dirección a Inussuk. Dado que el viaje había quedado interrumpido, regresaban a casa.

Dos horas después pasaron junto al barco. Los perros apenas volvieron la vista hacia él, en cambio Maratse se lo quedó mirando, recordando los regueros de sangre que manchaban el hielo de alrededor. A estas alturas, ya los habría cubierto la nieve, pero el barco quedaría anclado en el hielo a menos que una tormenta y unos vientos cálidos rompieran el mar helado y lo fragmentaran en témpanos, con lo que la escena del crimen sería arrastrada por la corriente. Apartó la vista del barco, dio una palmada y se recostó contra la bolsa del trineo. Cerró los ojos sintiendo cómo el vapor de su respiración se iba enfriando y condensando sobre el pequeño bigote que le crecía en el labio, y se iba adhiriendo a sus pestañas como pequeños diamantes en cada pelo.

Al llegar a la grieta de agua líquida, los perros aminoraron la marcha. El color negro del agua era visible por debajo de una capa fina y caldosa de hielo nuevo. Esta no era lo bastante densa como para unir ambas placas, pero sí lo suficiente para engañar a Tinka, que intentó pisarla. Maratse dio una palmada y azuzó a los perros con dos rápidas órdenes, y ellos llevaron a Tinka y el trineo a suelo más firme para cubrir el último trecho que faltaba para llegar a casa.

Maratse observó que Tinka se quedaba rezagada respecto del perro que iba en cabeza. Se sacudió el agua de las patas y, seguidamente, reanudó la carrera con grandes zancadas para seguir el ritmo del equipo.

—Has aprendido la lección —dijo Maratse sonriendo y reclinándose en el trineo.

No volvió a moverse hasta que los perros subieron al cinturón de hielo de la costa, más llano y fácil de recorrer con la marea baja. Fue frenando a la traílla con órdenes suaves, después se apeó del trineo, asió el manillar y fue caminando detrás de los perros hasta que llegaron a los puntos de anclaje que compartía con Karl y con Edvard. Los perros de sus amigos se pusieron a brincar y aullar nada más ver llegar el equipo. Maratse fue llevando a sus perros de uno en uno hasta la cadena y les fue dando una cabeza de pescado del recipiente de plástico manchado de sangre y de suciedad que había dentro de un arcón de madera. Una vez que hubo descargado todas sus cosas y alimentado a los perros, cogió el trineo y lo subió encima de la caja, para que no pudieran congelarse los patines si la superficie se derretía súbitamente. En la playa no importaba tanto como en el hielo, pero le gustaba hacer las cosas siempre del mismo modo.

Llevó sus pertrechos hasta la casa, los dejó en el porche y abrió la puerta.

El teléfono empezó a sonar antes incluso de que se hubiera quitado las botas. Las apartó de un puntapié, se sacudió la nieve del mono y, en calcetines, fue a la sala de estar. Levantó el auricular al sexto timbrazo.

—Maratse —dijo, y se apoyó contra el marco de la ventana.

—¿El agente David Maratse?

A pesar de la electricidad estática que se oía crepitar en la línea, el acento inglés de su interlocutor le resultó extraño. Aguardó unos instantes y contestó:

—Estoy jubilado.

—¿Pero es usted David Maratse? —Era una voz masculina, de un hombre mayor que él. Y no escandinavo.

—Iiji.

—Me llamo Aleksander Berndt. Soy el propietario del barco llamado Ophelia. —Hizo una pausa y agregó—: ¿Le suena el Ophelia?

—He estado a bordo, sí.

—En efecto, eso me ha dicho el jefe de la policía.

—Simonsen.

—Sí.

Maratse se bajó la cremallera del mono.

—¿Qué es lo que quiere? —preguntó.

—Bueno, seguro que ya supondrá usted que en estos momentos la tripulación de mi barco lo está pasando mal, y yo me encuentro muy lejos. Estoy llamando desde Berlín. Aquí es muy tarde, y necesito poner una serie de cosas en orden, lo más rápidamente posible, para resolver este asunto.

—¿Qué asunto?

—El del Ophelia.

—¿Su barco?

—Mi barco de expedición, sí. Es un barco bastante caro. Se encuentra anclado en el hielo, tengo entendido, sin tripulación. De modo que necesito que usted me ayude.

—No soy marino.

—Lo comprendo, pero es usted policía.

—Lo era.

—En efecto, ya está jubilado. Pero a lo mejor le interesaría ganar más dinero.

—¿Cuidando de su barco?

—No, no exactamente. Ya he dispuesto lo necesario para que alguien proteja el barco por si sobreviene una tormenta. Pero, aunque el Ophelia esté a salvo, la policía no lo dejará libre hasta que el caso se haya resuelto, y eso es con lo que quiero que me ayude usted.

—¿A resolver el caso? —Maratse cambió de postura—. No me interesa.

—¿No? ¿Ni siquiera a cambio de una suma sustanciosa? Puedo hacer que le valga a usted la pena, agente.

—Estoy jubilado.

—Si usted lo dice... Sin embargo, me da la impresión de que no se siente del todo satisfecho con esa situación. Tengo entendido que a principios de este mismo año fue contratado para que ayudara a resolver otro caso, uno relacionado con una joven desaparecida. Como puede ver, agente, he hecho mis deberes, y considero que usted es justamente la persona indicada para agilizar las cosas, y para que yo pueda llevarme mi barco de regreso a Alemania y mis tripulantes puedan volver junto a sus familias. Comprenderá que todas las personas afectadas están atravesando unos momentos muy difíciles. Groenlandia está muy lejos, tan remota y aislada. Para las familias supondría un gran consuelo saber que la compañía y yo estamos haciendo todo lo posible por colaborar en la investigación y acelerar su desarrollo en favor de un desenlace feliz.

—¿Feliz?

—¿He dicho eso? Por supuesto, he querido decir que finalice con éxito.

Maratse se volvió al oír las pisadas de alguien que subía los peldaños de su casa. Era Karl. Lo saludó con la mano mientras su vecino se sacudía la nieve de las botas y abría la puerta.

—Tiene usted visita —advirtió Berndt—. Puedo volver a llamarlo más tarde, darle un poco más de tiempo para que se decida.

—No necesito más tiempo, señor Berndt. No puedo serle de ayuda.

—¿Porque está jubilado?

—Porque no quiero interferir en una investigación policial.

—No le estoy pidiendo que interfiera, le estoy pidiendo que investigue.

—Son la misma cosa, desde el primer minuto en que me involucre.

Berndt suspiró y dijo:

—Me parece que está cometiendo un error, agente.

—Puede ser.

—Pero, más que eso, me parece que los dos sabemos que le va a resultar difícil no involucrarse. Ya se ha involucrado: es usted el que ha descubierto el Ophelia y la suerte que ha corrido su tripulación. ¿No siente al menos un poco de curiosidad por saber qué sucedió? ¿No quiere que el asesino sea llevado ante la justicia? ¿Por eso se ha jubilado?, ¿porque han dejado de importarle todas esas cosas?

—Adiós, señor Berndt.

—Espere...

Maratse puso fin a la llamada y miró a Karl.

—Necesito un cigarro —dijo, y se dirigió hacia la puerta.

—Pensaba que estabas intentando dejarlo.

—Y así es.

Se puso las botas y salió al porche detrás de Karl. La nieve crujía como si fuera caucho cuando se aproximaron a la barandilla y encendieron un cigarrillo cada uno. Maratse se sacudió la nieve del jersey de lana y se subió la cremallera del mono hasta el cuello.

—¿Qué tal tu viaje? —le preguntó Karl.

—Me parece que ya lo sabes.

—Hemos visto por la ventana el coche de policía y la ambulancia —respondió Karl y señaló con el cigarrillo entre los dedos—. Y también los hemos visto volver. ¿Conoces a Sammu, el reportero de por aquí?

—Iiji.

—Pues nos ha contado que ha habido un asesinato a bordo de un barco. —Karl miró fijamente a Maratse mientras fumaba—. Y que fuiste tú el que llamó a la policía.

—Y está en lo cierto, y tú también lo estabas.

—¿Cómo?

—Me dijiste que los problemas me buscaban a mí. Y es lo que ha ocurrido.

—Otra vez.

—Iiji. —Maratse se terminó el cigarrillo—. ¿Cuándo vamos a comer?

—Buuti dice que vengas cuando te parezca bien. A las danesas, les ha dicho que vengan a la hora de cenar.

Maratse soltó una carcajada.

—Seguro que eso las ha dejado perplejas.

—Aap —dijo Karl—. Yo les he dicho que vengan a las seis.

—Muy amable por tu parte.

—Ya. —Karl aplastó el cigarrillo contra la tapa metálica del cubo de la basura sujeto al pasamanos y echó la colilla dentro—. Hasta luego.

Maratse asintió con la cabeza como gesto de despedida y se lo quedó mirando mientras se iba.

Las danesas, es decir Sisse, su hija, Nanna y su pareja, Klara, vivían en la casa contigua a la de Maratse. Eran artistas que trabajaban con materiales naturales arrojados por el mar a la playa o, en invierno, desechados por cuervos, zorros y cazadores. Cuando Maratse llegó a la casa de Karl y Buuti, las danesas ya estaban sentadas a la mesa mientras Nanna jugaba con un látigo para perros que le había confeccionado Karl con un trozo de madera y una cuerda larga. Sisse le dijo a la niña que tuviera cuidado al sacudir el látigo hacia delante y hacia atrás estando presente Maratse, que acababa de entrar en la sala. Buuti le dio un abrazo y lo condujo hasta un asiento al lado de Sisse.

—Ayer te vimos salir —le dijo Sisse rodeando con el brazo a su hija, que en ese momento pasaba por su lado guiando a una imaginaria traílla de perros. La madre le depositó un beso en la cabeza, le quitó el látigo de la mano y le dijo algo de que ya seguiría jugando más tarde, después de cenar. Acto seguido, se volvió hacia Maratse—. ¿Era Tinka la que guiaba al equipo?

—Era Spirit —respondió Maratse—. Tinka tiene que aprender.

—¿Pero está aprendiendo de Spirit? —terció Klara.

—Es la mejor manera.

—A Nanna le gusta Tinka, ¿verdad? —dijo Sisse, y acarició el cabello largo y rubio de la pequeña, que estaba tomando asiento.

—Tinka huele a pescado —contestó la niña.

—A Nanna le gusta dar besos a los perros —explicó Klara.

—Ah, pues no debería hacer tal cosa —intervino Buuti al tiempo que depositaba una gran cazuela en el centro de la mesa. A Maratse le llegó un aroma a carne de foca envuelta en beicon, una maravillosa combinación de carnes procedentes del mar y de la tienda—. Los perros de trineo no son perros domésticos. Son animales de trabajo. Más bien deberías enseñarla a lanzar piedras a los perros para ahuyentarlos e impedir que se acerquen demasiado.

—¿Piedras? —dijo Klara.

—Lleva razón —afirmó Maratse. Se agachó para recoger el látigo de Nanna y examinarlo a la luz. La pequeña observó cómo lo hacía girar entre los dedos—. Si prometes no acercarte a los perros, te enseñaré a usar el látigo.

—¿Qué te parece, Nanna? —le preguntó su madre—. ¿Te gustaría?

La niña asintió enseguida con gesto resuelto.

—Sí —contestó.

—Sí, ¿qué?

—Gracias.

Maratse dejó el látigo en el suelo y asintió con la cabeza cuando Karl les ofreció a todos una cerveza, y sonrió cuando Buuti le puso en el plato una generosa ración de carne con patatas. Permitió que las danesas llevaran la conversación durante la cena, que era lo que hacían siempre en las comidas. Era como si no supieran disfrutar de la comida sin añadirle un montón de palabras. Maratse comió, bebió cerveza, le sonrió a Nanna y levantó las cejas, sí, en señal de afirmación cuando Buuti le preguntó si quería repetir.

La carne de foca se le había asentado en el estómago, y notaba cómo la cerveza lo iba relajando, hasta el punto de que, con el calorcillo que reinaba en el cuarto, empezó a dar cabezadas. Karl le propinó un puntapié por debajo de la mesa, y él levantó la cabeza cuando oyó a Sisse pronunciar su nombre.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Te he preguntado qué es lo que vas a hacer.

—¿Respecto de qué?

—Respecto del barco. Estábamos hablando de eso, y Karl ha dicho que tú has recibido una llamada del propietario. Dice que quiere que lo ayudes.

—Iiji.

—Bueno, ¿y qué vas a hacer?

Maratse dio vueltas a la botella de cerveza entre los dedos y se encogió de hombros.

—No lo sé —respondió.

5

Simonsen se apoyó contra la puerta de la sala designada como depósito de cadáveres del hospital de Uummannaq. Metió las manos en los bolsillos de su anorak de policía y observó a la doctora, que estaba examinando el cadáver del danés hallado en el barco. Una enfermera la iba siguiendo en su periplo alrededor de la mesa metálica, afirmando y tomando apuntes, mientras ella le hablaba a un micrófono que llevaba colgado del cuello con una cadena. La doctora se llamaba Elena Bianchi y era italiana, pero hablaba groenlandés mejor de lo que lo hablaría jamás Simonsen y tenía un nivel de danés más que aceptable, si bien la manera en que pronunciaba algunas de las extrañas vocales del danés lo hizo sonreír. Se estremeció cuando ella lo miró a los ojos, y se reprendió a sí mismo por haberse dejado sorprender contemplándola a ella en vez de atender a lo que estaba haciendo.

—Se habrá dado cuenta de que vamos a necesitar hielo —dijo la doctora—, para los cadáveres.

—Llamaré a la fábrica de pescado —respondió Simonsen.

—Claro que, si continúa trayéndome cadáveres, puede que invierta en una cámara frigorífica. —Elena se limpió la nariz con la muñeca. Luego, señaló la sala con un gesto y agregó—: Aunque no sé dónde iba a poder meterla.

Simonsen dio un paso hacia el cadáver y examinó la herida del estómago. Limpia ya de sangre, parecía insignificante, difícilmente merecedora de la sentencia: «Causa de la muerte: herida por arma blanca en el estómago». Pero sabía que el daño había sido profundo, tenía el cuchillo en la comisaría, dentro de una bolsa de pruebas.

—¿Y la mujer? —Simonsen dirigió la vista hacia atrás, hacia el pasillo que tenía a su espalda. Alcanzó a ver justo los dedos de los pies del segundo cadáver que habían recuperado del barco.

—Cuando haya terminado con este —repuso Elena.

Le tocó al brazo a la enfermera y le dijo algo en groenlandés. Simonsen se apartó a un lado cuando la enfermera pasó junto a él, esperó a que se apagara el taconeo de sus zuecos de plástico por el pasillo y después cerró la puerta.

—No hay mucho que pueda hacer yo por los cadáveres, Elena —dijo—. Estos dos eran de importación.

—Son personas, Torben. Hablas como si fueran coches o lavadoras.

Simonsen soltó una risa de sorna.

—Sería más fácil si lo fueran —repuso.

Elena lo miró un momento a los ojos y después volvió a concentrarse en el muerto.

—No lo dices en serio.

—Ah, ¿no?

—No. Estas personas te importan.

—Quien me importa es la gente de Uummannaq. Simplemente me preocupa el hecho de que estemos teniendo más crímenes de importación de la cifra que nos corresponde.

—¿Estás preocupado por tus estadísticas?

—Estoy preocupado por Aqqa. Somos solo dos. Necesitamos más agentes.

—Pues pídelos.

—No es tan fácil. —Simonsen suspiró—. Siempre podría jubilarme.

—Eres muy joven.

—En septiembre cumpliré cincuenta y nueve.

Elena levantó la vista.

—Tienes un año más que yo.

—Maratse se jubiló a los treinta y nueve.

—Porque lo jubilaron a la fuerza. Ya lo sabes. Precisamente tú sabes mejor que nadie que no se jubiló por decisión propia.

—Pero nadie habla de eso.

Simonsen dio un paso atrás cuando Elena rodeó la mesa para examinar más de cerca la oreja del cadáver. Tomó una torunda de algodón, la introdujo en la cavidad y seguidamente la acercó a la luz. Dio vueltas al algodón entre los dedos y accionó el micrófono para dejar registrado que había observado un residuo de color verde claro.

—¿Qué me dices de las piernas de Maratse? —preguntó Simonsen—. Tengo entendido que hace poco vino a hacerse una revisión.

—Estuvo aquí a principios de noviembre.

—¿Y?

Elena dejó el algodón en un plato de papel. Acto seguido, se quitó los guantes de las manos y los arrojó a una papelera amarilla de residuos biológicos para que fueran incinerados.

—Eso es confidencial —contestó, y fue a abrir la puerta.

Simonsen se le acercó.

—Pero ¿experimenta alguna mejoría?

—Sí —respondió la doctora, y salió al pasillo—. Ayúdame a trasladar a estos dos.

—Eso me parecía a mí —repuso Simonsen al tiempo que empujaba la camilla que había introducido Elena por la puerta.

La doctora cubrió el cadáver del varón con un papel grueso y después ayudó a Simonsen a meter el cadáver de la mujer en el improvisado depósito de cadáveres.

—El hombre murió a causa de su herida, pero dentro del oído tiene algo raro —dijo Elena. Bloqueó los frenos de la mesa con ruedas con un rápido movimiento del pie y fue directamente a examinar el oído de la mujer. Cogió otro par de guantes, buscó una torunda de algodón, tomó una muestra y la examinó a la luz—. Nada —declaró.

—Nada, ¿qué?

—Me estaba preguntando —dijo ella mientras inspeccionaba el otro oído de la mujer— si los dos tendrían algo similar en los oídos.

—¿Como qué?

—Como en Hamlet. —Al ver que Simonsen no reaccionaba, añadió—: Veneno en el oído.

—Yo prefiero las películas bélicas.

—No es una película, sino una obra de teatro. Y está ambientada en Dinamarca.

—Ya sé lo que es Hamlet.

—Quién es, más bien —le corrigió Elena—. Es un nombre de persona.

Simonsen alzó las manos en un gesto de contrición.

—Está bien —dijo—, cuéntame.

—El hombre no tenía marcas de haberse resistido. Casi es como si el cuchillo se lo hubieran clavado en el estómago mientras dormía.

—El resto de la tripulación estaba inconsciente, drogada.

—Ya —dijo Elena—. Con ketamina. También se emplea para tratar los acúfenos poniendo unas gotas en el oído. Puede que no tengamos una cámara frigorífica para los cadáveres, pero nuestra técnica de laboratorio es una maravilla. Vino en cuanto yo la llamé, tomó una muestra de sangre y en una hora identificó la ketamina. Estoy intentando convencerla de que prolongue el contrato. —Señaló la torunda de algodón—. Voy a pedirle que mire si esto también es ketamina.

—¿Y ella? —preguntó Simonsen señalando el cadáver de la mujer que descansaba en la mesa con ruedas.

—Causa de la muerte: arma blanca en el cuello, pero tiene varios cortes aquí... —Levantó el antebrazo izquierdo del cadáver e indicó la muñeca y la base de la mano—. Y aquí. —Bajó el antebrazo y abrió los dedos de la mano derecha—. Se resistió. No estaba drogada.

—El otro miembro de la tripulación, la mujer alemana —dijo Simonsen, e hizo un alto para consultar sus apuntes—, Nele Schneider, dijo que la mujer fallecida tenía una aventura con... —buscó otra página— Henrik Nielsen. El muerto del pasillo. —Se tocó la oreja y agregó—: Uno no echa algo en el oído de otra persona así como así, tiene que estar muy cerca de ella. —Hizo una pausa—. A una distancia íntima. Besándola, quizá.

—Él se habría percatado —repuso Elena—. Pero ¿en un abrazo apasionado? Ella pudo distraerlo. —Levantó las manos en el aire y añadió—: Más vale que no siga adelante mientras pueda. Mira, no es correcto que yo me ponga a hacer especulaciones. El caso es asunto tuyo, jefe.

—Ojalá no lo fuese. —Simonsen se guardó el cuaderno en el bolsillo y señaló con el dedo la herida con desgarro que presentaba la mujer en el cuello—. Entonces ¿fue asesinada?

—Sí.

—¿Cuándo puedo hablar con el resto de la tripulación?

—En estos momentos, se encuentran en observación. La capitana y el hombre están todavía un tanto mareados, pero con Nele Schneider sí puedes hablar.

—Tengo a Aqqa al otro lado de la puerta —dijo Simonsen—. Le ordenaré que la traslade a uno de los despachos de arriba, si a ti te parece bien.

—Me parece bien. Id al despacho contiguo al mío, no hay nadie. —Dejó escapar un suspiro—. Otra vacante que estoy intentando cubrir. Si consigo encontrar un médico para el mes de diciembre, puede que tenga unos días de vacaciones por Navidad.

—¿Cuándo fue la última vez que te tomaste vacaciones?

—En abril.

Simonsen señaló el cadáver.

—Gracias por tu ayuda. —Y dio media vuelta para marcharse.

—¿Te acordarás del hielo?

—Voy a decirle a Anton, el de la fábrica, que te mande un poco.

—¿Hoy mismo?

—Lo antes que puedan —respondió Simonsen. Sonrió y salió de la sala.

Las suaves pisadas de unos zuecos llamaron la atención de Simonsen. Dio las gracias a la enfermera al cruzarse con ella en el pasillo. Se dirigió hacia el ascensor haciendo un esfuerzo para recordar cómo se llamaba; Danielsen lo sabría, porque, por lo visto, conocía los nombres de todas las enfermeras jóvenes groenlandesas y danesas que trabajaban en el hospital. Simonsen encontró a su joven agente entretenido con el teléfono móvil y apoyado contra la pared que dividía las dos salas en las que los tripulantes del Ophelia estaban siendo atendidos mientras seguían en observación.

—¿Qué?, ¿estás ocupado? —le preguntó deteniéndose un momento a ajustarse el cinturón.

—Dos están durmiendo. La mujer finge dormir. Eso es lo que ha dicho la enfermera.

—Bien, pues quiero hablar con ella. Llévatela arriba, al despacho contiguo al de Elena.

—¿No quieres hablar con ella aquí mismo?

—No quiero que nos oiga nadie.

—Está bien. —Danielsen calló unos instantes y después dijo—: ¿Y Maratse?

—¿Qué pasa con él?

—¿Vas a querer hablar con él?

—¿Por qué? ¿Crees que ha podido hacer esto?

—Naamik, desde luego que no.

—Entonces ¿para qué voy a querer hablar con él?

Danielsen se encogió de hombros.

—Es un tío legal, jefe. Es uno de los nuestros.

—Era uno de los nuestros.

—Uno es policía para siempre —le recordó Danielsen.

—Eso díselo a Maratse.

Simonsen dio media vuelta para marcharse.

—¿Por qué no te cae bien? ¿Es por esa agente de la patrulla Sirius?

Simonsen respiró hondo y se volvió. Dio un paso hacia Danielsen y le dijo:

—Esa mujer nos dejó inconscientes de un golpe de pistola, ¿lo recuerdas?

—Aap —respondió Danielsen, y a continuación bajó la voz—, no se me va a olvidar.

—A mí tampoco.

—Pero ¿qué tiene eso que ver con Maratse?

—Maratse la ayudó, Danielsen. Ella estaba detenida por el asesinato de su compañero, y él la ayudó a escapar.

—En realidad, no sabemos qué fue lo que ocurrió.

—Tienes razón —repuso Simonsen afirmando con la cabeza—. No lo sabemos. Pero hasta que lo sepamos, no me fío de él.

Danielsen se guardó el teléfono en el bolsillo y miró a Simonsen a los ojos.

—En fin, con todo respeto, jefe, yo sí me fío. Y espero que algún día, tú también.

—Ya veremos —replicó Simonsen—. Lleva a la mujer al piso de arriba.

Las limpiadoras estaban utilizando el ascensor cuando Simonsen pulsó el botón, así que decidió ir por la escalera. Subió a la primera planta del hospital con el personaje de Maratse aguijoneándole el cerebro. Dobló a la izquierda y, al atravesar la sala de espera, sin detenerse, volvió la mirada hacia el acuario. Peces tropicales en Groenlandia. Cada vez que veía aquel acuario, le venía a la mente la idea de devolver aquellos pececillos al mar. Si no fuera por el placer que proporcionaban a los niños que venían al médico, ya lo habría hecho.

Abrió la puerta del despacho vacío, tomó asiento y puso su cuaderno de apuntes encima de la mesa. Cerró los ojos un segundo, hasta que oyó que se acercaban por el pasillo el chirrido de los zapatos con suela de caucho que usaba Danielsen y las pisadas suaves de unas pantuflas de hospital. Se levantó en el momento en que Danielsen hacía entrar en el despacho a la joven de nacionalidad alemana y le indicaba con un gesto que se sentase. Después se apoyó contra la pared del fondo, al lado de un cartel de los que se utilizan para examinar la vista de los pacientes.

—¿Cómo se encuentra?

Nele miró a Danielsen, después se alisó la bata de hospital por encima de las rodillas y subió la cremallera de su forro polar hasta arriba.

—Tengo frío —contestó.

—Pensaba que ya estaría acostumbrada a eso.

—A bordo del Ophelia hace mejor temperatura.

—Pero usted ha estado en el exterior. Fue esquiando con el resto de la tripulación hasta Svartenhuk, ¿no es cierto?

Nele asintió.

—¿Con toda la tripulación?

—La capitana se quedó a bordo del barco.

—Así que —dijo Simonsen consultando sus apuntes— ¿cinco de ustedes atravesaron el mar helado esquiando y se internaron en las montañas?

—Sí.

—¿Pero solo regresaron cuatro?

—Dieter...

—¿Dieter?

—Nuestro experto en Wegener, Dieter Müller. —Simonsen esperó mientras se formaba una arruga en la frente de la joven—. Yo tenía un lío con él. En la montaña estuvimos discutiendo, él dijo que quería quedarse, y me parece que se quedó.

Simonsen anotó esto último.

—¿A qué se refiere?

—¿No es obvio? —Nele se removió en su asiento. Tenía un brazo doblado sobre el pecho y se pellizcaba el labio inferior con dos dedos, y entre una frase y otra se mordisqueaba la uña—. Regresó más tarde —continuó—. Para entonces, ya debía de haber matado a Henrik y a Antje. Seguro.

—¿Cómo sabe que regresó?

—¿Quién pudo haberlos matado, si no?

—¿Por qué tendría que haberlos matado él?

—Porque Henrik estaba acostándose con Antje.

—La mujer muerta.

—Sí.

—¿Por qué...?

—Porque... —Nele se mordió la uña del dedo pulgar. Por debajo de esta, brotó un fino hilillo de sangre que se le extendió por el dedo—. Porque Dieter estaba celoso.

Simonsen miró a Danielsen. Después miró a la joven, consultó sus apuntes y preguntó:

—¿No acaba de decir que usted tenía un lío con Dieter?

—Sí.

—¿Y sabía que Dieter y Antje estaban liados?

Pulsuz fraqment bitdi.

19 ₼

Janr və etiketlər

Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
27 yanvar 2026
Həcm:
241 səh. 3 illustrasiyalar
ISBN:
9788491879787
Naşir:
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
Yükləmə formatı:

Oxşar kitablar