Kitabı oxu: «Un crimen muy bello»

Título original: A Beautiful Crime. A Novel
© Christopher Bollen, 2020.
© de la traducción: Efrén del Valle Peñamil, 2021.
© de esta edición digital: RBA Libros S.A., 2021.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO892
ISBN: 9788491878247
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
Portada
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
Mapa
Cita
Prólogo
Primera parte. Tender la trampa
1
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Segunda parte. Lo que cae en la trampa
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Epílogo
Agradecimientos
PARA EDMUND WHITE

Puedes ganarte la paz o comprarla.
JOHN RUSKIN
Al amarle, vi grandes casas en construcción que no tardarían en deslizarse hacia el mar, que esperaba agitado.
DAVID WOJNAROWICZ
PRÓLOGO
Por debajo de los gritos de las gaviotas, por debajo de los pisos llenos de turistas desvistiéndose y vistiéndose para la cena, por debajo incluso de la figura menguante de su asesino, un hombre yace desplomado, sangrando. Solo lleva muerto unos segundos. Está tendido boca abajo, el cuerpo retorcido a la altura de las caderas, el brazo izquierdo por encima de la cabeza formando una U. A cierta distancia, visto desde arriba, parece casi como si durmiera. Es la sangre que empapa su camisa rosa la que delata el crimen.
Fuera, el sol se pone en la que es, sin discusión, la ciudad más bella del planeta. Hay muchos muertos en esta ciudad. Arriba, en la habitación del hombre, una guía en inglés recomienda tomar una embarcación que sale de San Michele para visitar toda una isla llena de difuntos. Entre las legiones de cuerpos enterrados allí están el compositor Igor Stravinski, el director de ballet Serguéi Diáguilev y el poeta Ezra Pound.
Esta ciudad se está hundiendo; lleva siglos hundiéndose. Disfrútala mientras puedas. La sangre forma un charco alrededor del cuerpo. Se oyen gritos procedentes de todas direcciones. El asesino corre hacia la salida.
Pero nada de esto ha sucedido aún.
PRIMERA PARTE
1
El avión procedente de Nueva York aterrizó poco antes del amanecer, y sus ruedas se posaron a ciegas en los límites de la pista. Nick Brink despertó al oír el aplauso procedente de los asientos de clase turista y se inclinó hacia delante emitiendo un gruñido animal. Se notaba los músculos del cuello doloridos y dos magulladuras palpitando por encima de la oreja izquierda. En algún lugar de la tensa confusión que sentía por debajo de la cintura, sus piernas estaban completamente dormidas. No era buena idea medir más de un metro ochenta durante un vuelo de nueve horas en un asiento barato. Sin embargo, a medida que el avión aminoraba la velocidad en el aeropuerto Marco Polo, lo único que pensaba era que se sentía afortunado. Porque, a sus veinticinco años, Nicholas Brink no había estado nunca en Venecia.
No se debe juzgar ninguna ciudad mítica por su aeropuerto. Nick, nacido en una ciudad no mítica con un aeropuerto famoso («Dayton enseñó al mundo a volar»), sabía que no debía esperar mucho de las vistas desde su ventanilla. Sin embargo, más allá de la deprimente capa gris de la pista, las escasas palabras extranjeras que pudo ver, USCITA, SICUREZZA e IMBARCO, parecían promesas de amor y música desenfrenada. Lo había conseguido, o casi. La Venecia real flotaba en algún lugar más allá de aquel desierto de hormigón, y a Nick le sobraba tiempo para llegar a ella. No se reuniría con Clay en el Gran Canal hasta dentro de tres horas. Si, por algún milagro, lograba atravesar el aeropuerto en un tiempo récord, tal vez llegaría a contemplar el amanecer desde alguno de los puentes de piedra de la ciudad.
Nick metió los pies en sus zapatos justo cuando el avión se detenía trabajosamente a unos cuarenta metros de la terminal. «No, Dios mío, por favor», rogó. Después de nueve horas encajado como un cadáver en la misma postura, tenía la sensación de que no aguantaría ni diez segundos más.
—Señoras y señores, hay un retraso en la apertura de la puerta —anunció el piloto dirigiéndose al largo tubo lleno de estadounidenses, que respondieron con un suspiro—. Un retraso muy breve.
Nick observó con impotencia cómo la mañana empezaba a derretir el asfalto. Finalmente, un destello de color naranja se deslizó sobre un alerón distante. Cuando la luz del sol alcanzó su ventanilla, Nick volvió la cabeza para mirar por el cristal. «Ya basta», concluyó. Era medianoche en Nueva York.
Finalmente rodaron hasta la puerta, sonó una campanilla y se oyó el ruido de los cinturones de seguridad. Los pasajeros salieron a toda prisa de sus filas para verse inmovilizados de nuevo, y se aferraron a su lugar en el pasillo como insectos en un papel atrapamoscas.
—Estoy haciendo un tour —anunció, sin dirigirse a nadie en particular, un hombre fornido situado delante de Nick. Vestía una sudadera roja de las carreras de la NASCAR y pantalones cortos de nilón muy altos que dejaban al descubierto la línea de su bronceado en los muslos, de color blanco como el talco. Llevaba una almohada pegada al pecho, y sostenía dos tapones para los oídos en la palma de la mano, amarillos y nudosos como dos dientes acabados de extraer—. He quedado con mi primo. Haremos todo el recorrido en autobús. —Se dio la vuelta y fijó la vista en Nick, que no tenía escapatoria—. Milán, Perugia, Florencia, Siena. Seguro que me olvido de alguna. ¿Cómo se llama esa ciudad de las murallas famosas? Pasaremos dos días enteros en Venecia.
Anunció aquella información con una urgencia frenética, como si temiera que esa fuese su última oportunidad de hablar con un estadounidense.
Nick lo escuchó divagar sobre los descuentos en las tarifas de los hoteles y sobre el lujoso autocar de cincuenta plazas con aire acondicionado de última generación. No era la banda sonora ideal para su primera mañana en un país extranjero; le habría gustado arrebatarle los tapones para los oídos y ponérselos él, lanzándole una mirada de desdén. Pero lo que hizo fue asentir con diligencia e incluso improvisar algún que otro entusiástico «Ah, genial». Aunque Nick había vivido siete años en Nueva York, nunca había desarrollado el talento para la grosería. Creía en la amabilidad, igual que creía en su juventud: pensaba que ambas podían salvarlo. Su juventud y su amabilidad eran las llaves maestras de todas las habitaciones del futuro.
—Te lo vas a pasar muy bien —le aseguró Nick.
—Ya —coincidió el joven—. ¿Y tú? ¿Vienes de vacaciones?
Nick sonrió mientras se despejaba el pasillo.
—Espero que no.
Un retraso sucedió a otro: primero en el control de pasaportes y luego en la recogida de equipajes. En esta ocasión no hubo avisos, solo el mismo grupo de pasajeros reorganizado en un tumulto ruidoso y sin distinción entre primera clase y clase turista junto a la cinta transportadora. Cuarenta minutos más tarde, los equipajes de primera clase empezaron a caer por la rampa, cada maleta marcada con una etiqueta de color fucsia fluorescente en la que podía leerse PRIORIDAD. Pero Nick estuvo de suerte. Puede que los operarios italianos confundieran su etiqueta naranja fosforito de EXCESO DE PESO con una clase especial propia, porque su maleta metálica plateada bajó dando tumbos antes que el resto de bultos de clase turista. Nick apoyó el zapato en el borde de la cinta transportadora, levantó la maleta con la etiqueta de EXCESO DE PESO y la dejó en el suelo. Aquella maleta contenía todas sus posesiones.
Fuera, el aire primaveral era húmedo, porque hacía poco que había llovido, y olía a humo de los tubos de escape. Nick hizo rodar la maleta más allá de las puertas automáticas del aeropuerto y se detuvo a ayudar a una pareja de ancianos canadienses para que no se les escapara el equipaje. Nick se desvió de la pasarela, se situó junto a un grupo de italianos que estaban fumando y discutiendo, dejó encima de la maleta una bolsa de cuero que llevaba al hombro y rebuscó hasta que dio con el pasaporte y el móvil. Luego siguió buscando, pero no encontró el mapa de Venecia que le había dado Clay, el que tenía el punto de reunión marcado con un círculo rojo. Con el jet lag, lo único que recordaba era que se trataba de un embarcadero en el Gran Canal. El nombre eran dos palabras. O quizá fueran tres.
Nick se palpó el cuerpo por si llevaba encima el cuadrado de papel doblado mientras iba entrando en pánico con cada inspiración. Podía arruinar el plan en su primera mañana en Venecia. No resultó de mucha ayuda que casi toda la ropa que llevaba puesta fuera prestada, porque los bolsillos le eran tan desconocidos como las habitaciones de la casa de un extraño. Normalmente, para un vuelo tan largo se ponía unos vaqueros o un pantalón de chándal, pero había querido entrar en Venecia como si formara parte de ella. Llevaba una camisa rosa abotonada debajo de una chaqueta de color verde oscuro que abrigaba demasiado para el mes de abril en Italia. Los pantalones de sarga azul marino le resultaban pesados, como si estuviera saliendo del mar con ellos puestos. Los zapatos eran suyos, mocasines de cocodrilo negros para los que había ahorrado durante meses y que, por tanto, casi nunca se ponía. Entre las escamas aún se apreciaba el polvo del armario.
Quizá había sido un error ponerse aquella costosa ropa prestada. El día anterior, en Nueva York, mientras se vestía para ir al aeropuerto, intentó meterse la cartera en el bolsillo trasero de los pantalones y descubrió que la abertura estaba cosida. Nick no sabía si tenía que abrir la costura de un tirón o no. Finalmente la desgarró, pero su ineptitud para manejar unos simples pantalones no es que lo hubiera llenado de confianza internacional, precisamente. Y ahí estaba ahora, registrándose a sí mismo en el exterior del aeropuerto. Luchó contra el impulso de tirar a la basura la chaqueta, ridícula y excesivamente gruesa. ¿A quién iba a engañar con aquello puesto?
Su mano tocó la esquina de un pliegue de papel doblado: el mapa se había colado en el forro de la chaqueta por un agujero. Aliviado, lo atrapó con los dedos y lo sacó. Clay había marcado un embarcadero llamado Ca’ Rezzonico que se hallaba en mitad del serpenteante Gran Canal. Nick no pudo resistirse a sacar la palabra de paseo, elaborando una cantinela con ella —«Ca’ Rezzonico. Ca’ Rezzzooooniccooo. Ca’ Reeeezzoooonicoooo»— y remarcando cada vez más las vocales, hasta deslizarlas por encima de los obstáculos de las consonantes. Solo había memorizado un puñado de expresiones italianas. Por suerte, Clay hablaba italiano. Tiempo atrás, había vivido ocho meses en Venecia. Su experiencia los ayudaría a los dos. «¡Ca’ Rezzoooonicccooooo!».
—¿Ca’ Rezzonico? —repitió una voz femenina, como un pájaro respondiendo a un reclamo.
Nick se dio la vuelta y vio a una mujer delgada de mediana edad con el cabello rubio grisáceo sobresaliendo bajo un sombrero de paja. La sombra del ala le tapaba un poco los ojos y dejaba que fueran sus dientes los que llevaran todo el peso del saludo. Eran tan cuadrados y blancos que parecían fundas.
—¿Nos espera a nosotros? —le preguntó a Nick.
Detrás de ella había una familia estadounidense: un marido flaco y pecoso con un suéter de punto anudado a la cintura, una hija adolescente corpulenta y guapa con un vestido amarillo y un brazo escayolado cubierto de firmas, y un chico de diez u once años con el pelo oscuro que tenía la mirada más fría y sabia de toda la familia. Llevaban un equipaje sensato; cada uno de ellos tenía a su lado una maleta pequeña y no muy abultada. Irradiaban esa especie de liviana desenvoltura propia de los ricos que podían comprar lo que necesitaran en su próximo destino. Los pobres como Nick tenían que actuar como mulos de carga con sus propias pertenencias.
—¿Le envía Giulio? —quiso saber la mujer de mediana edad.
Nick sonrió como pidiendo disculpas.
—Lo siento, me ha confundido con otra persona —dijo, y miró a su alrededor como si fuera su cometido encontrar sustitutos prometedores.
—¡Lynn! —dijo de repente el marido al mismo tiempo que la chica decía «¡Mamá!» con aire quejumbroso. Lynn se rio. Estaba claro que disfrutaba con su papel de payasa de la familia. El esposo bajó la voz—. Ya te dije que Giulio no iba a enviar a nadie.
—¡Pero este joven estaba diciendo el nombre de nuestro embarcadero en voz alta! —repuso ella—. Ca’ Rezzonico. ¡Y tú dijiste que Giulio enviaría a un estadounidense!
Alargó la mano y agarró a Nick del bíceps. A lo mejor, la chaqueta verde oscuro le recordaba a los aparcacoches de su país.
—Y también te dije que cancelé aquel palazzo. Vamos a alquilar uno al otro lado del canal, ¿recuerdas? San Samuele es nuestro embarcadero.
—Ah. —Lynn soltó el brazo de Nick y se lo quedó mirando entre carcajadas—. Lo siento. Realmente pensaba que había venido a buscarnos.
Lo miró fijamente. Con frecuencia, Nick atraía la atención curiosa de las mujeres de mediana edad, como si lo estuvieran evaluando eternamente para ser algún elemento ausente en sus vidas: hijo adoptivo, pareja sexual, chico de los recados, mejor amigo gay.
—No pasa nada —respondió Nick—. Me habría gustado poder ayudarlos.
—¡Y a mí también! —gritó Lynn con teatralidad, como queriendo compensarlo por la confusión—. ¡Con lo guapo que es!
Nick aún no estaba acostumbrado a que lo llamaran «guapo». El torpe y desgarbado adolescente de Ohio aún lo había acompañado durante la primera parte de su veintena. Su atractivo había despertado únicamente en los últimos años (su madre demostró poseer una inusual percepción cuando, de niño, le dijo: «Tú espera; los mejores son los que más tardan»). Se resistió al halago de Lynn. Ruborizado, echó un vistazo al resto de la familia —marido, hija, hijo— como si esperara que cada uno de ellos confirmara el cumplido. Lo que hicieron, en cambio, fue reunir su equipaje, despedirse tímidamente con la mano y seguir los carteles que indicaban una pasarela cubierta para taxis acuáticos.
Había dos formas de entrar en Venecia: en autobús o en barco. Incluso un novato como Nick sabía que la forma de hacerlo con distinción era por mar. Vio a los pasajeros de primera clase y sus equipajes con letreros fucsia revolotear por el mismo camino que la familia estadounidense. Clay le había dicho a Nick que el autobús era barato, fiable, y que estaba totalmente desprovisto de romanticismo. «Toma el autobús y ahórrate el dinero», le había aconsejado. Nick guio su pesada maleta hacia la parada de autobús, al otro lado de la calle. Palpó la cartera para comprobar que seguía enterrada en el fondo del bolsillo trasero de los pantalones de sarga. No podía permitirse perderla: en su interior llevaba los novecientos dólares que había cambiado por euros en el aeropuerto JFK. Era casi todo el dinero del que disponía para gastos. La cartera contenía otro ingrediente esencial para sus planes en Venecia: su antigua tarjeta de visita.
Nick llegó a la mediana de cemento a tiempo de olisquear el combustible quemado del autobús que acababa de perder. Había otro estacionado junto al bordillo, con el motor retumbando pero sin conductor al volante. Nick entró en el vehículo vacío, dejó la bolsa y la maleta en el portaequipajes y se sentó al lado de la ventanilla. El tapizado consistía en un patrón de remolinos de confeti, y una cálida y sibilante halitosis brotaba de las salidas del aire acondicionado. Nick encendió el teléfono.
Cuando la pantalla se iluminó, vio que solo disponía de cuarenta y cinco minutos para llegar a Ca’ Rezzonico. No tenía el nuevo número de teléfono europeo de su novio para avisarlo de que quizá se demoraría.
Apareció un mensaje de texto enviado hacía unas horas. Era de su hermana.
«¡¿Cómo?! ¿Que te mudas a Venecia?».
El mensaje iba seguido de una serie de variaciones sobre el mismo tema.
«Será una broma, ¿no? ¿Y Nueva York qué?».
«¿¿¿¿Nicky????». Solo su hermana y Clay le llamaban Nicky.
«Creía que en Venecia no vivía nadie. Creía que todo eran turistas».
«¡Espera! Ahora empieza mi turno, pero ¿te refieres a Venice Beach, California?».
En la puerta de salida del aeropuerto JFK, Nick había vivido un conflicto de última hora sobre si se iba o no de Nueva York. Se dio cuenta del peligro que entrañaba enviar un mensaje a alguno de sus amigos de Manhattan: podían convencerlo para que se quedara. Todo su plan para Italia dependía de no regresar nunca, así que decidió contactar con su hermana mayor, que vivía en Dayton. Margaret Brink era una fuente segura de contacto sentimental. Además, pensó que al menos un miembro de la familia debía conocer su paradero.
Los hermanos Brink, los dos, Margaret y Nicholas. Margaret era cuatro años mayor. Durante sus infancias, extraordinariamente distintas, habían estado unidos en algunos momentos y distanciados en otros, como dos aparatos de radio que buscan emisoras y, de forma ocasional, sintonizan la misma canción. Eso sucedía cada vez menos a medida que ambos hacían su peregrinaje independiente por la adolescencia. Margaret, rubia decolorada y con tonos caoba oscuro conseguidos en sus citas semanales con la cabina de bronceado, se lo había pasado en grande en aquella época; literalmente, jamás había podido superar los picos de ligues, atenciones y alcohol de su tercer y cuarto años de instituto. El mundo le prometió a Margaret Brink mucho más de lo que podía darle, al menos en su barrio residencial del oeste de Dayton, con sus casas decoradas como granjas y toda aquella competencia social, inspirada en el cosmopolitismo de la cercana Cincinnati. Después de tantos años, Nick aún recordaba la imagen de su hermana en bikini, flotando en la piscina del jardín, envuelta por las trivialidades de sus cinco mejores amigas, también rubias, mientras ella apuntaba con sus ojos de halcón en dirección al más que asequible premio que constituía el chico sin camiseta y con cadena de oro que posaba en la escalerilla. Hay otro Brink en este alegre retablo estival: Nick, de trece años, oculto en las sombras de la ventana del segundo piso que daba al círculo de color azul intenso de agua de manguera y lujuria adolescente. Sus ojos también estaban clavados en el pecho esbelto y los brazos fibrados del chico de la escalera. A aquella edad, el mundo no le prometía nada a Nick, pero le mostraba atisbos de sus magníficas posibilidades.
Nick tuvo la buena suerte de pasar una infancia desdichada. A los dieciocho, no había nada que echara de menos y muy poco que lo retuviese, así que se mudó al este para ir a la universidad. Ningún Brink visitó jamás a Nick en Nueva York. Si alguno de ellos lo hubiera hecho, quizá no habría reconocido al extrovertido joven que vivía allí.
Volviendo la vista atrás, podía admitir que Margaret había sido una hermana aceptable. Lo había cuidado, lo había querido en los momentos adecuados y —quizá eso fuera lo más compasivo que había hecho por él— había pasado por alto las conductas explosivas más secretas que él guardaba en su interior. (Todos los niños tienen miedo de la oscuridad, pero ¿cuántos sospechan, escondidos debajo de las mantas, que es posible que los monstruos sean ellos?) Nick y Margaret no habían hablado ni una sola vez de la obvia inclinación sexual de él; ni ella había preguntado ni él le había brindado la información. Como suele pasar entre hermanos, su relación mejoró cuando estaban en ciudades distintas. Ahora que eran veinteañeros, se enviaban bromas desenfadadas o noticias serias sobre animales por mensaje de texto. Nick había vuelto a Dayton tres veces por Navidad y otras dos por el día de Acción de Gracias en los siete años transcurridos desde que se mudó, y se había quedado como máximo cuarenta y ocho horas en cada visita. El mundo había cambiado drásticamente en siete años. Claro que Dayton era parte del mundo. Claro que también habría cambiado y ya no le importaría con quién elegía tener sexo. Y, sin embargo, Nick se sentía intimidado cada vez que volvía. Para él, pasearse por su ciudad natal como un hombre gay era equivalente a estar en libertad bajo fianza: era libre para dedicarse a sus asuntos, pero todo el mundo lo trataba con gran desconfianza, como si no estuvieran seguros de si había cometido un delito.
Sentado solo en el autobús, habría sido un alivio escuchar la voz atónita de su hermana. «¿Venecia, Italia? ¡Nicky! ¡Estás loco! ¡No puedes mudarte a Venecia como si tal cosa! ¿Quién hace algo así?». Habría servido para confirmar la audacia de su plan. En ausencia de la aprobación de su familia, Nick se deleitaba con su conmoción; en ella percibía una admiración oculta por su don para la supervivencia. Por desgracia, sabía que Margaret no iba a responder al teléfono si la llamaba en aquel mismo instante. Durante el turno de noche como enfermera de urgencias en el hospital Dayton Valley Presbyterian, Margaret estaba sumergida en «carnicerías de hombres», como ella llamaba a cualquiera de los que entraban en camilla entre las dos y las cinco de la madrugada; siempre eran hombres y víctimas de verdaderas carnicerías. Margaret solo tenía veintinueve años, pero ya estaba casada por segunda vez y sufría la tortura de un primer grupo de hijastros. No la habían tenido en cuenta para un ascenso en el hospital. Conducía el mismo coche que le habían regalado sus padres a los dieciséis. La vida en Dayton no había sido fácil para la Margaret Brink adulta.
Nick se dijo a sí mismo que le enviaría una foto de la Piazza San Marco. Si podía, algún día le enviaría un billete de avión.
Los pasajeros empezaron a ocupar los asientos del autobús. Nick se puso de pie para ayudar a una mujer que estaba peleándose con un carrito de bebé plegable. Cuando se sentó de nuevo, miró el teléfono: sus cuarenta y cinco minutos se habían reducido a treinta y cinco. ¿Y si llegaba al embarcadero una hora tarde y no podía encontrarse con Clay y tenía que gastarse todo el dinero en una noche de hotel? Al mirar por la ventanilla para ver si venía el conductor, vio al joven robusto del avión caminando hacia el autobús. Peor aún: estaba saludando directamente en dirección a la ventana de Nick, que se sintió aterrado ante la posibilidad de otro monólogo sobre planes de viaje.
—Tío, guárdame un asiento —dijo el hombre sin emitir ningún sonido.
Cuando llegó al autobús, Nick ya estaba apeándose.
—Me he olvidado una cosa —dijo Nick a modo de disculpa—. ¡Buen viaje! ¡Disfruta de las fuentes!
Cruzó la calle arrastrando la maleta y siguió los carteles que señalaban en dirección al agua. No había renunciado a las comodidades de Nueva York para llegar a Venecia sobre unos lentos neumáticos; iba a entrar en la ciudad como debía ser. Apretó el paso por el pavimento blanco, rezando para que no fuera demasiado tarde. No podía permitirse un viaje en motoscafo ni tenía intención de gastarse el dinero en uno.
El plan que habían concebido él y Clay —un timo inofensivo que saldaría sus deudas y les resolvería la vida durante años— implicaba un único engaño por parte de Nick. En realidad, los únicos requisitos eran mentir de la forma más delicada posible, una simple inclinación de cabeza y unas cuantas frases pronunciadas con una sonrisa tranquilizadora. Para Nick, el problema del plan era evidente: no se le daba bien mentir. Pero aprovecharía el viaje en barco a Venecia para ensayar.
—Ca’ Rezzonico —repitió para sus adentros—, Ca’ Rezzonico. —Y añadió—: San Samuele.
Cuando llegó al muelle del aeropuerto, el cielo ya había oscurecido. Nick observó la caótica actividad del paseo marítimo. Los turistas hacían cola frente a los embarcaderos de madera que se extendían hacia el interior de la laguna salobre. Al final, unas esbeltas lanchas marrones con forma de uña se llenaban de pasajeros. Nick había imaginado las aguas de Venecia tan quietas como un cristal polvoriento, más espejo que movimiento. Pero, sorprendentemente, la superficie estaba agitada y las gaviotas la rozaban, en tensión, antes de remontar de nuevo por encima de las olas. Un motoscafo partió veloz hacia la luz del sol, que asomaba entre las nubes en el horizonte. En la proa había una pareja con las manos entrelazadas. La imagen de aquella pareja alejándose en la embarcación le resultaba tan natural como si su madre se la hubiera enseñado en la cuna: «En nuestro planeta, un romance es así».
La lluvia empezó a golpear la superficie del agua con la ferocidad de una ráfaga de ametralladora y los viajeros que formaban cola fueron a refugiarse bajo los puntos de información. Nick cogió la bolsa con una mano, levantó la maleta con la otra y corrió entre el tumulto de equipajes, niños y paraguas floreados. En el embarcadero más alejado vio a una adolescente tratando de meter su brazo escayolado por la manga de un impermeable. Estaba al frente de la cola con el resto de su familia. Nick corrió hacia ellos al tiempo que un motoscafo se acercaba rugiendo y el padre empezaba a gritar y a gesticular en dirección al capitán.
—Disculpe —exclamó Nick, dirigiéndose a la madre de la familia—. ¿Lynn? —Ella levantó la vista sin mostrar el menor indicio de reconocerlo. Su sombrero de paja había desaparecido y se cubría la cabeza con una revista—. ¿Se acuerda de mí? Soy el hombre que Giulio no envió.
La mujer arqueó las cejas y mostró su dentadura blanca.
—Ah, sí, hola. —Se volvió hacia sus hijos y su esposo—. ¡Mirad quién ha venido! ¡El hombre al que Giulio no envió!
Lynn se había apropiado de su broma y había seguido con ella, cosa que Nick interpretó como un signo positivo. El marido se secó la frente, miró con recelo a Nick y luego se fijó en sus manos, como si esperara que contuviesen algún objeto que habían olvidado.
—¿Dijeron que iban a tomar una lancha a San Samuele? —preguntó Nick.
—Eso es —respondió el padre con frialdad mientras pasaba el equipaje familiar del borde del embarcadero a las manos del capitán.
—Bueno, mi embarcadero es...
—¡Ca’ Rezzonico, ya lo sabemos! —exclamó la mujer—. Chicos, subid antes de que llueva más.
El chico fue el primero en darle la mano al capitán y saltar a la cubierta. La chica hizo una pausa ante el precipicio, temerosa de dar el salto con su escayola. Nick se acercó y la cogió del brazo bueno mientras el capitán la interceptaba agarrándola de la cintura.
—Bueno —balbució Nick, que se había quedado solo con los padres. Cualquier clase de padres lo ponía nervioso, aunque aquellos dos no tenían mucho en común con los suyos. Parecían agotados por la tensión de las últimas doce horas, no por los últimos treinta años—. Quería saber si les importaría que compartiera su taxi acuático —dijo—. Nuestros embarcaderos están uno enfrente del otro. Podemos dividir el precio de la carrera.
—¡El piloto nos pide doscientos cincuenta euros por llevarnos! —aulló el padre—. ¡Porque está lloviendo! ¿Por qué tiene que costar más si llueve? ¿Es que eso modifica la ruta desde el aeropuerto? ¿Es que tengo cara de primo?
—John —protestó su mujer al tiempo que agitaba la revista—, te estás quejando a alguien que te ofrece pagar a medias. —Miró a Nick con cordialidad—. Desde luego que tenemos sitio. De todos modos, si se queda aquí se va a empapar.
—Pero su maleta es enorme. El capitán nos va a cobrar...
—¡John!
—Vale, de acuerdo —repuso John con voz quejosa—. Sí, dividámoslo.
Abriendo el brazo como un maître, Nick los invitó a subir los primeros a bordo. Lynn y John entraron en la cabina, y Nick se detuvo en el embarcadero para abotonarse la chaqueta verde y asegurarse de que le tapaba el bolsillo trasero. Luego pasó la abultada maleta al capitán, que refunfuñó y le cogió la mano para bajar a la cubierta. Nick se agachó para entrar en la cabina y se encaramó a uno de los largos bancos con cromados, tapizados en cuero de color caramelo. El suelo estaba decorado con estrechas franjas de color marrón claro y chocolate. Los «taxis» de Venecia distaban mucho de sus equivalentes neoyorquinos, con su vinilo rasgado. De entrada, parecían valer hasta el último céntimo de los doscientos cincuenta euros que iba a pagar John.
Los niños se sentaron a un lado y los padres al otro, pero todos se quedaron mirando a Nick como si fuera un intruso que había irrumpido en su habitación de hotel. Nick le lanzó una mirada a Lynn, confiando en su amabilidad para aliviar la tensión, pero ella no se ablandó. Todo el trabajo quedaba en manos de Nick.
—Me alegro mucho de que Giulio les enviara a recogerme —declaró.
Los padres y la hija se rieron; el chico, repantigado en la esquina, estudiaba a Nick con una hosca mirada de aburrimiento.
—¡Me cae bien! —concluyó Lynn mientras acariciaba a John con la nariz, como si el hecho de que le gustara un extraño la hiciera más propensa a que le gustara su marido. John le pasó el brazo por encima de los hombros.
—Nuestros embarcaderos están muy cerca —prometió Nick—. Están uno frente al otro en el Gran Canal, así que no tienen que desviarse en absoluto de su camino.
En realidad, no tenía ni idea de si eso era verdad. No hizo más que repetir la afirmación anterior de John. Debió de haber estudiado con más atención el mapa de Clay. ¿Por qué lo había mencionado siquiera? Ya se las había arreglado para meterse en la lancha; ahora ya no podían echarlo. Quizá estaba paliando su propio sentimiento de culpa por hacerles pagar la tarifa entera. Pero, en realidad, ¿qué daño hacía con ello? Habrían pagado el precio total del motoscafo tanto si él iba como si no.
—¿Conoce bien Venecia? —le preguntó John.
La sacudida de la embarcación al arrancar evitó que Nick tuviera que responder. A través de las puertas batientes de la cabina vio al capitán girar el timón y orientar la nave hacia aguas abiertas. El capitán dio una calada a un cigarrillo electrónico, que destelló con los colores del arcoíris.
—¿Es la primera vez que vienen a Venecia? —preguntó Nick.
Lynn se agarró a la rodilla de John, que llevaba unos pantalones chinos.
—¿Tanto se nota? Francamente, no sé por qué hemos tardado tanto en venir. Venecia es el primer lugar que se supone que tienes que visitar. ¡Hemos estado en todas partes menos aquí! —Lanzó una mirada en dirección a su hija—. ¡August, para ya!
August estaba metiendo un bolígrafo por la abertura de la escayola, a la altura del codo.
—Es que me pica —se lamentó.
Según los grafitis de la escayola, que parecían salidos del metro, August caía bien a sus amigos, y algunos de ellos incluso la querían.
—No digo que te merezcas tener el brazo roto, querida, pero deberías haberte dado cuenta de que...
La voz de Lynn se fue apagando. August miró a su madre con el ceño fruncido y ocultó la escayola en los pliegues de su vestido.
Nick la miró compasivamente y sonrió.
—¿Cómo te lo rompiste? —preguntó.
—Esquiando —respondió ella, al tiempo que levantaba la barbilla con determinación—. En Sun Valley, hace dos semanas. Estaba de vacaciones de primavera.
—¡Esquiando, dice! —terció Lynn, como refutando la historia oficial.
Nick decidió que era mejor no preguntarle a August por los detalles del accidente. Esperaba que ella le devolviera el favor en caso de que surgiera algún tema peliagudo.
—Al cabo de un tiempo ya pica menos —le prometió.
—¿No puede pagarse un barco para él? —gritó el chico mientras pateaba los cojines con las zapatillas mojadas.
A Nick los chicos jóvenes le provocaban un miedo irracional desde que él fue uno de ellos. Sus vidas irregulares y ordinarias exigían mucho; víctimas, entre otras cosas.
—¡Magnus! —gritó el padre.
El hombre cerró sus puños pecosos. Al parecer, el tono agudo de la cólera de John asustó más a Nick que al niño, que siguió fulminándolo con la mirada desde el rincón. Nick no querría que John se enfadara con él.
—Lo siento —dijo Lynn—. Está cansado de tantos vuelos. Hemos tenido que tomar enlaces adicionales porque reservamos tarde. Y parece mentira lo difícil que fue encontrar un palazzo en el último momento con habitaciones para cada uno de los niños.
—¡Yo no quiero compartir! —protestó August, aunque a Nick le parecía que esa discusión ya la había ganado.
—Los sacamos de la escuela —susurró Lynn, guiñando un ojo—. No lo pudimos resistir. Y, con lo que hizo August...
Lynn no añadió nada más sobre lo que debió de ser un feo incidente en Sun Valley en el que estuvo implicada su hija, o al menos su brazo. Tras un minuto de incómodo silencio, Lynn pasó a ofrecerle una descripción del palazzo que habían alquilado: las vistas del canal, los chillones e incómodos cuartos de baño art déco y una rosaleda privada con una fuente restaurada. Nick puso su concentración en piloto automático, demostrado la admiración apropiada en las pausas de Lynn. Entretanto, su cerebro cavilaba sobre el siguiente paso de su plan. Era difícil concentrarse con los incesantes —y mareantes— golpes de las olas contra la embarcación.
Nick concluyó que lo mejor sería lanzarse a la piscina mientras aún tuviera el valor para hacerlo. Se palpó ostentosamente los bolsillos delanteros, palmeando los muslos como si estuviera apagando pequeños incendios.
—Creo que he...
Pero el grito de August apagó su voz.
—¡Mirad! —dijo mientras señalaba a través de la ventana mojada por la lluvia—. ¡Venecia!
Nick se inclinó hacia delante con el resto de la familia para mirar a través del estrecho rectángulo. Allí estaba, como una postal inclinada en un marco. De lejos parecía una pequeña balsa en el mar, una balsa en la que se amontonaban tesoros imposibles. El sol relucía en el agua y casi cegaba a Nick, que trataba de distinguir el perfil de la ciudad. Su belleza —o la expectativa de su belleza— le hizo interrumpir la actuación.
—Ha parado de llover —anunció John, que alzó los brazos, desencajó una parte del techo de la cabina y la deslizó hacia delante.
La parte trasera de la embarcación quedó abierta al aire salino. Nick y su familia recién adoptada se encaramaron sobre los asientos y salieron a la proa. El viento cubría sus rostros y brazos de gotitas de agua de mar. Lynn y August estaban temblando. Nick se alegraba de no haberse deshecho de la chaqueta de lana. El atuendo prestado, que no hacía ni media hora había considerado ridículo, estaba demostrando ser práctico para enfrentarse a aquella fría y rutilante travesía por la laguna, más aún cuando pensaba que la familia probablemente no lo habría invitado a bordo si hubiera llevado vaqueros y una camiseta.
—¡Necesito mi teléfono! —ordenó August.
Lynn se apresuró a sacarlo del bolso. La lancha pasó como una exhalación junto a islas cubiertas de vegetación salvaje y columnas derruidas de ladrillo y piedra. Una minúscula bandera italiana ondeaba en la popa de la embarcación, una andrajosa tela tricolor empapada de agua de lluvia. El aeropuerto ya quedaba lejos. En la proa, el capitán estaba fumando un cigarrillo electrónico, las luces titilaban, las gaviotas descendían en picado y Nick creyó atisbar las cúpulas color rosa de San Marco entre la neblina. ¿Cómo podía haberse planteado siquiera coger el autobús?
August le pidió a su madre que le hiciera una foto. Lynn le dijo que Magnus también tenía que salir, lo cual desencadenó que la animosidad que se profesaban Magnus y August tomase direcciones opuestas. Mientras el resto de la familia discutía, John le tocó el codo a Nick:
—No me he quedado con su nombre.
—Me llamo Nicholas.
A Nick no le pareció que hubiera motivo para mentir.
—¿De dónde es?
Nick tenía dos opciones y, técnicamente, ninguna de ellas era mentira. Decidió descartar Nueva York.
—Dayton, Ohio —dijo.
¿Acaso había alguna ciudad en el mundo que diera más confianza?
—Ahhh —susurró John—. Nosotros somos de San Diego, pero mi empresa tiene algunos negocios en Cincinnati. He oído que es fantástica.
—Cincinnati está muy cerca de Dayton —repuso Nick. Tampoco era mentira.
—Los de Ohio son buena gente —dijo John—, gente amable.
Nick había estado oyendo aquel dato durante toda su vida adulta, dicho por personas que nunca habían pisado Ohio. Por algún motivo, el resto del mundo creía tener la necesidad de recordar a los de Ohio su bondad inherente.
—¿En qué trabaja, Nicholas?
—Antigüedades —dijo Nick. No era del todo falso, aunque la verdad habría requerido el uso del pretérito—. Sobre todo, plata.
—Ahhh —murmuró John de nuevo—. Un anticuario.
Nick se volvió hacia él. Pensó que era buena idea estudiar al hombre al que iba a timar. Bajo la luz directa del sol, las pecas de John se multiplicaban como células en una placa de Petri. Todo él parecía estar difuminado incluso estando quieto, con aquel bordado suyo de puntos marrón rojizo arremolinándose en sus frágiles rasgos. Si alguien tuviera que identificar a John en una rueda de reconocimiento, le bastaría con su piel. Nick sabía que la mayoría de los estadounidenses blancos veían a Clay de la misma forma: una imagen borrosa de piel negra. Se preguntó si Italia sería diferente en ese sentido, y si eso era lo que atraía a su novio hacia allí como si fuera un segundo hogar. Quizá era un lugar con menos ira en general. Nick esperaba que fuera así.
—¿Sabe una cosa? —susurró John en tono confidencial—. Hemos heredado un juego de candelabros de plata del tío de Lynn. Siglo XVIII. ¿Boston, quizá? Es lo que él nos dijo. No son muy valiosos, pero ¿quién sabe?
—¿No serán de Paul Revere? —preguntó Nick, solo para calibrar los conocimientos de John sobre el asunto. El hombre se encogió de hombros—. Los candelabros son un objeto raro en la platería estadounidense del siglo XVIII. Pero tiene razón, quién sabe. —John sonrió ante aquella posibilidad apasionante. Nick conocía a la perfección una de las leyes fundamentales del comercio de antigüedades: en casi todas las casas de Estados Unidos estaban convencidos de poseer al menos una reliquia auténtica. En un país joven cuya memoria no era muy fiable, cualquier cosa transmitida durante más de dos generaciones se consideraba un objeto digno de estar en un museo. Pero no importaba: ahora mismo, Nick no estaba en el negocio de los candelabros, sino en el de ganarse la confianza de John—. Si me envía unas fotos, les echaré un vistazo. Sé de algunos coleccionistas a quienes les podría interesar. No le prometo nada, que quede claro.
—¡Por supuesto! —John se metió la mano en el bolsillo de la camisa y sacó una tarjeta de visita—. Envíeme directamente un correo electrónico.
Señaló la dirección impresa debajo de su nombre, JONATHAN ALBERT WARBLY-GARDENER. Nick deslizó la tarjeta en el bolsillo de la chaqueta.
—¡Eh! —gritó Lynn—. ¡Mientras hacéis negocios, os estáis perdiendo Venecia!
Y así era. Un túnel de edificios se cernía sobre ellos, mosaicos musgosos de ladrillo y piedra. Las aguas verdinegras del canal lamían las puertas de madera podrida. El motoscafo pasaba por los angostos callejones, bajo arcos de puentes tan bajos que la cabeza de Nick casi rozaba la parte inferior, junto a un desfile de turistas deambulando por todos lados, la mitad de ellos como ángeles de neón con ponchos impermeables baratos, la otra mitad vestidos para un calor que aún no había llegado. Más arriba había balaustradas, macetas y ornamentos en forma de rombos y cruces de un vetusto mármol sanguinolento. Cada edificio era un nuevo descubrimiento. El grupo permanecía de pie y en silencio, mostrando devoción por la religiosidad de la contemplación. A Nick le encantaba cada uno de los detalles que pasaban ante sus ojos: las sombras de las algas bajo la superficie del agua; las proas de las góndolas oscilando en sus amarraderos; el parpadeo de pieles oliváceas y coladas tendidas en las ventanas más altas. Nick estaba encantado con todo aquello. Una parte de él esperaba sentirse decepcionada con Venecia; la ciudad había estado sobrevalorada toda su vida. Ahora se enfrentaba a la perspectiva mucho más insólita de estar de acuerdo con la opinión generalizada: Venecia era una sinfonía en medio de un naufragio.
—Es fantástico, ¿verdad? —comentó Lynn en voz baja.
La embarcación viró a la izquierda para entrar en el Gran Canal, mostrando a los cinco pasajeros toda una colección de palazzi al otro lado del agua. El capitán gritó por encima del techo de la cabina:
—San Samuele?
Antes de que John pudiera confirmar el embarcadero, Nick le dijo al capitán:
—Ca’ Rezzonico, primi!
Para su ya desafortunado plan era esencial desembarcar antes. El piloto arrugó el rostro en un gesto de incertidumbre.
—Due paradas —titubeó Nick levantando dos dedos—. Primi Ca’ Rezzonico. Luego San Samuele. D’accordo?
El piloto gruñó y volvió a atender el timón.
John abrió la boca para contradecir las órdenes de Nick, pero volvió a cerrarla. Había demasiadas vistas, sonidos y vaporetti cargados de turistas que pasaban muy cerca como para ponerse a discutir quién desembarcaba primero. August agitó su teléfono en dirección a Nick.
—¿Puede...? —preguntó. La paz se había restablecido en la tribu Warbly-Gardener.
Los cuatro miembros de la familia posaron frente al banco de color caramelo, lleno de rasguños de varios siglos de antigüedad. Nick hizo tres fotos. Cuando Lynn exclamó «¡Debería haberse puesto en la foto con nosotros, Nicholas!», le dieron ganas de vomitar.
Nick sabía que no podía esperar más, y se palpó los bolsillos de los pantalones.
—¡Oh, no! —dijo ahogando un grito.
Lynn se sentó en el banco.
—¿Qué sucede? —respondió.
—No me lo puedo creer.
—¿Se encuentra bien? —preguntó John con voz paternal.
Nick debía de estar colorado. Se sentía colorado, o del color que fuera, por el asco que le provocaba aprovecharse de aquellas personas bondadosas y amables. Su único consuelo era el hecho de que nunca lo sabrían. Estaba robándoles un viaje; hasta ahí llegaba su delito, nada más.
—No tengo la cartera. ¡Dios mío! Debo de haberla perdido en el avión.
Lynn se dio un golpe en el pecho con la palma de la mano.
—¿Está completamente seguro?
Nick efectuó un segundo examen superficial de sus pantalones y se pasó las manos por los costados, cuidando de no incluir el bolsillo de atrás. Se quedó mirando a la familia con una expresión de pánico sincero.
—Todo mi dinero y mis tarjetas de crédito.
—¿Ha mirado en la bolsa? —preguntó Lynn.
—¡Buena idea! —replicó Nick. Abrió la bolsa y simuló que rebuscaba en ella. Luego alzó las manos en un gesto de derrota—. No, no está ahí. —Lanzó una mirada de disculpa a John—. Vayamos directos a su parada, San Samuele. No puedo darles la mitad del precio de la carrera. Lo siento.
—No, no —dijo John con voz áspera—. No se preocupe por eso ahora. Lo menos que podemos hacer es dejarlo en Ca’ Rezzonico. Debería llamar inmediatamente a la aerolínea...
—Lo haré. —Nick se golpeó el bolsillo delantero de la chaqueta—. Tengo el teléfono y el pasaporte. Llamaré en cuanto baje de la lancha.
—¿Llevaba todo su dinero en la cartera? —preguntó Lynn—. ¿No tiene nada de efectivo?
¿Es que no había quedado claro? Nick empezaba a sentirse molesto por la credulidad de los Warbly-Gardener. Tendría que seguir interpretando aquella farsa insulsa mientras ellos se negaran a perder la esperanza.
—¿Ha mirado en los cojines de la cabina? —sugirió August—. A lo mejor se ha caído ahí.
—Ya miro yo —chilló Magnus, el único miembro de la familia que no parecía excesivamente preocupado por la pérdida de Nick. Oyeron los ruidos que hacían las manos del chico deslizándose trabajosamente entre las grietas de cuero—. No —informó.
—Ca’ Rezzonico —anunció el capitán cuando el motoscafo se detuvo junto a un desvencijado muelle de madera.
Un inmenso palazzo blanco se alzaba frente a él, separado de las aguas por una franja de asfalto. Al ver el muelle, Nick empezó a sentirse menos culpable. Pronto se habría librado de ellos.
—Bueno, yo me bajo aquí—anunció Nick, y levantó la correa de su bolsa de viaje para ponérsela al hombro—. De nuevo, lo siento por mi parte del precio de la carrera.
—¿Estará bien? —preguntó Lynn, preocupada. Se puso de pie, pero las olas le hicieron perder el equilibrio, y se estabilizó apoyándose en el pecho de su marido.
—No se preocupe. Muchas gracias. Ha sido un placer conocerlos.
Lo decía con sinceridad. Habían recibido juntos el bautizo de Venecia, y les estaba agradecido por su media hora de amabilidad. Quizá volvería a encontrarse con ellos al cabo de veinte años y les confesaría que era demasiado pobre como para poder permitirse el viaje. Dentro de veinte años tendría gracia.
Lynn murmuró algo al oído de su marido. Nick no pudo oír lo que decía y decidió no quedarse a averiguarlo. El capitán estaba tratando de dejar su maleta en el muelle, pero el balanceo de la embarcación frustraba sus esfuerzos. Nick echó una ojeada a los tablones combados de Ca’ Rezzonico, desde donde una larga pasarela de ladrillo se introducía en las oscuras entrañas de la ciudad. Vio una figura avanzando hacia él, un mero punto que se iba haciendo más grande entre dos paredes.
Nick se deslizó por la cabina y dio media vuelta para despedirse por última vez de la familia; pero faltaba uno de ellos. John salía en ese momento por las puertas de la cabina, agachando la cabeza, con un abanico de billetes color naranja en la mano.
—Nicholas —dijo con gravedad—, tome esto. Agitó los billetes de cincuenta, recién salidos del cajero automático del aeropuerto.
—No es necesario. Estaré bien.
—No —repuso John—. Insisto. Son solo trescientos euros, pero le irán bien hasta que pueda organizarse con el banco.
—De verdad, no hace falta. —El pie de Nick buscó a ciegas el escalón—. En serio, ya me han ayudado demasiado. No puedo aceptar nada más.
Lynn salió de la cabina y se aferró al brazo de su marido.
—No diga tonterías. No vamos a dejarlo tirado en Venecia sin un céntimo. Tome el dinero. —John agitó los billetes mientras hablaba—. Estamos contentos de poder ayudarle. ¡Nos sentiríamos fatal si no lo hiciéramos!
—Prefiero que no lo hagan —gimoteó Nick—. No lo quiero.
—Puede devolvérnoslo —razonó John—. Tiene mi tarjeta.
—Por favor —suplicó Lynn—. ¡Si no lo acepta, nos arruinará las vacaciones!
«Qué monstruos —pensó Nick y, justo al mismo tiempo—, qué personas tan maravillosas». Levantó la vista para no tener que mirarlos y la desvió hacia el camino de ladrillos, más allá del embarcadero. Reconoció el bello óvalo de la cabeza de su novio y los andares rápidos y sueltos que propiciaba su cadera derecha. Nick sintió que le daba un vuelco el corazón a causa de la adrenalina y el amor. Nada más importaba, y aún menos aquella estúpida prueba de ver si era capaz de tomarle el pelo a alguien para sacar un viaje gratis. Se dio cuenta de que Clay había cambiado ligeramente de aspecto desde la última vez que se habían visto: tenía el pelo muy corto y llevaba una elegante camisa de rayas blancas y azules. Ambos eran hombres nuevos en Venecia.
—Mándeme un correo cuando haya resuelto sus problemas de fondos —le indicó John—. Puede enviarme el dinero por PayPal. Y no olvide que también tenemos que hablar de ese pequeño negocio.
Aceptar el dinero era más sencillo que dar argumentos para rechazarlo. Nick abrió la mano y se metió los trescientos euros de los generosos Warbly-Gardener en el bolsillo de la chaqueta.
—¿Ha cogido el dinero? —preguntó August, que al salir de la cabina se golpeó la cabeza contra el marco de la puerta.
La caridad se había convertido en un asunto de familia. Solo Magnus —el nuevo miembro favorito de Nick— se quedó en segundo plano, arrellanándose en los cojines como un príncipe.
—Sí —dijo Lynn con un suspiro—. Pero hemos tenido que amenazarlo.
—Hum, si va a estar unos días en Venecia —empezó a decir August—, podríamos...
Pero la invitación se vio interrumpida por el gruñido malhumorado del capitán. Nick tenía que desembarcar ya.
—Permítanme decirles otra vez lo mucho que se lo agradezco —dijo Nick mientras le estrechaba la mano al capitán y se preparaba para saltar al embarcadero.
Su objetivo era la plancha de madera junto a su maleta. Pero, en el momento de saltar, una ola golpeó la embarcación y la hundió un poco. El impacto alteró la trayectoria de Nick, que apenas pudo poner una rodilla y las palmas de las manos en los maderos astillados. La bolsa de cuero repleta le golpeó las costillas y él estuvo a punto de convertirse en una baja prematura en el Gran Canal. Pero, cuando apoyó los pies en el muelle, con la rodilla derecha ardiendo y quizá sangrando, notó la ligereza en el bolsillo de atrás. Movió la mano como un rayo, pero la cartera ya no estaba allí.
Estaba abierta sobre la cubierta, mostrando su abundante reserva de euros junto a la punta del zapato de John. Cuando el capitán alargó la mano para recogerla y devolvérsela a su legítimo propietario, Nick no se atrevió a mirar a la familia. Agarró la cartera con la vista desenfocada.
El capitán dio marcha atrás y la embarcación retrocedió hacia zona abierta. Tres rostros lo miraban por encima de las aguas. En silencio, impasibles, empezando a mostrar ira.
A Nick le temblaban las manos. Se inclinó, el corazón contra la rodilla, respirando fuerte, un temblor le bloqueaba la tráquea y amenazaba con provocar una erupción de lágrimas o de carcajadas. En la lotería de las emociones, no estaba seguro de cuál de las dos acabaría ganando.
—¡Nicky! —gritó Clay nada más doblar la esquina—. ¡Nunca dudé de que fueras a venir! —Nick se puso de pie, tratando de alisarse la chaqueta, tratando de ser el hombre que ayer imaginaba que llevaría esa ropa, pero no estaba funcionando. Clay ralentizó su paso—. ¿Qué sucede?
Nick quiso decir algo duro o ingenioso o, si no era posible, olvidar lo que había pasado y disfrutar de la demencial belleza de Venecia. Clay y él aún eran una pareja nueva, y las primeras impresiones tenían su importancia. Pero había perdido todo su coraje. Así que se limitó a farfullar la verdad.
—Quizá esto no haya sido buena idea. Se me da muy mal ser un delincuente.
Clay cogió la maleta y le pasó el brazo alrededor del hombro. En las sombras del callejón, besó a Nick en la boca.
—No te preocupes. A mí tampoco se me da bien —dijo, y le dio un apretón en el brazo—. Los malos delincuentes son los mejores.
2
La lista de personas que hablaban para homenajear al muerto no era larga.
Era una gélida mañana del pasado febrero en Nueva York. Dentro del vestíbulo de la iglesia, Nick hojeó el programa y, para su alivio, solo vio cinco nombres debajo de COMENTARIOS. La ceremonia conmemorativa de ese día no era la primera a la que asistía en honor de un neoyorquino legendario al que, en realidad, nunca había conocido en vida. En los dieciséis meses que hacía que estaban juntos, Ari había llevado a Nick a media docena de actos como aquel, sin contar funerales o velatorios. Nick habría preferido un funeral. Los dolientes solían estar demasiado apesadumbrados como para hablar mucho, y una sensación de urgencia se cernía sobre el acto, como si el ataúd fuera un carbón ardiendo que tenía que enterrarse antes de que se enfriara y se deshiciera.
Las ceremonias conmemorativas eran algo completamente distinto. Como tenían lugar meses, cuando no años, después de la muerte, aquellas «celebraciones de la vida» le daban a todo el mundo la oportunidad de exhibirse. Las personas hablaban con voces afligidas y agudas. Aprovechaban su momento delante del micrófono para relatar décadas de anécdotas, resaltando el papel que habían desempeñado en las mismas y reservándose las mejores frases. Había quien proyectaba presentaciones de diapositivas; otros aprovechaban para ajustar antiguas cuentas, y otros tenían el valor de cantar. Los funerales respetaban que el sacrificio durase una hora. Pero una ceremonia conmemorativa que empezase a las once de la mañana, como la de Freddy van der Haar, fácilmente podría dar al traste con la mañana entera.
Nick hizo un cilindro con el programa y lo usó para darle un golpecito a Ari en el hombro. Cinco oradores no eran algo demasiado atroz. Podría soportar cinco discursos.
—Eh —murmuró Nick—. ¿De qué murió Freddy?
Pero un coro había empezado a cantar dentro de la capilla, y Ari estaba tirando de él para que dejaran atrás las puertas del vestíbulo y buscaran asiento.
—Están muriendo a montones —dijo Ari en el taxi aquella mañana mientras atravesaban Manhattan.
—¿Quiénes? —preguntó Nick.
—La gente de la vieja escena de Nueva York —respondió Ari dibujando con el dedo una complicada forma en el vidrio empañado de la ventanilla trasera. Nick inclinó la cabeza de un lado a otro, tratando de distinguir la imagen. Lo único que captó fueron los colores borrosos del tráfico de la Segunda Avenida que las líneas más recientes dejaban entrever—. Es muy triste, tanto talento destruido. Ha sido una temporada terrible para ellos.
Ari hacía que la «vieja escena de Nueva York» sonara al nombre de un equipo de fútbol perdedor. Pero Nick sabía a qué se refería su novio. Mientras que Nick era demasiado joven para tener una conexión directa con los artistas y bohemios que causaban impacto en el Manhattan de los años sesenta, setenta y ochenta, Ari había conseguido respirar parte de sus últimos y embriagadores vapores. Desde luego, Ari tenía la ventaja del tiempo y el lugar. Había nacido y crecido en el Upper West Side, hijo único de una familia acomodada, casi bohemia, de judíos sefardíes. A sus cuarenta y tres años, Ari no se cansaba de alardear de que había alcanzado la mayoría de edad en Nueva York, «antes de que Giuliani, la muerte con dientes de conejo, acabara con el jardín entero». Recordaba las noches locas en bares y discotecas que había en una galaxia muy muy lejana antes de la llegada de los teléfonos con cámara. Después de tomar un par de copas de vino, Ari tendía a componer epitafios: «Ya no existe. La gente habla como si Nueva York aún existiera, pero no es así. Ya no está aquí. Quizá se haya trasladado a tu pueblo de Ohio, mientras nosotros estamos atrapados en esta isla, buscándola». Nick, irritado al enterarse por enésima vez de que su ciudad de adopción no era más que un espejismo, tenía que sofocar sus ganas de gritar: «¡Genial, me alegro de que ya no exista! ¡Ahora podemos seguir a lo nuestro sin la presión de tener que estar a la altura!».
Nick quería amar Nueva York en el presente: aquí y ahora, con su actual neón agotador y rutilante. Bueno, quizá no ahora mismo. En febrero, Manhattan era un animal cansado que adoptaba el camuflaje apagado de sus palomas. Febrero era el peor mes en la ciudad, una insípida resaca tras demasiados días festivos. Las ceremonias conmemorativas dirigidas a extraños eran apropiadas para esa estación.
Nick había intentado librarse de la de ese día. ¿Acaso no sería más respetuoso no presentar sus respetos a un hombre muerto al que no conocía? Al despertarse cubierto por tres mantas y un edredón, pensó que sufría una gripe repentina, y tosió un par de veces para comprobarlo. Pero Ari, que estaba tumbado a su lado en posición fetal, lo agarró del pecho con una mano fría que había quedado destapada durante la noche.
—Nada de eso, Nick —protestó—. Vas a venir. Te prometo que será interesante. Van der Haar fue uno de los últimos excéntricos de verdad. Imagínate la de tipos raros y chalados que asistirán. —Al ver que aquel cebo no funcionaba, Ari retiró la mano y buscó el teléfono en la mesita de noche—. No olvides que Freddy también era un cliente.
Nick no podía discutirle ese argumento.
Dentro de la iglesia esperaba encontrar la habitual tristeza de piedra gris y vitrales. En cambio, el espacio, compacto e iluminado por el sol, parecía más un local de culto de un pueblo de Nueva Inglaterra. Había una alfombra ajada de color beis, ventanas abatibles opacas y cojines de terciopelo rojo de lado a lado de los bancos. No había ninguna cruz a la vista, ni tampoco confesionarios. Sin embargo, Nick percibió una bienvenida hostil, una marea de miradas de irritación que le dejaron bien claro que habían llegado tarde, y además, no había impedido que la puerta diera un golpe al entrar. Seis cantantes de góspel —cuatro mujeres negras mayores y dos hombres blancos más jóvenes— daban palmas y se balanceaban en el altar, vestidos de púrpura brillante. Sus voces profundas y armoniosas estaban acompañadas por los monótonos tintineos y crujidos de un antiguo radiador. Ari cogió a Nick de la mano para dejar claro que andaban a la caza de dos asientos juntos, y avanzaron por el pasillo disculpándose, con la espalda levemente inclinada.
Los dos últimos bancos parecían reservados a los indigentes. Varios cuerpos durmientes, envueltos en abrigos raídos, desparramados sobre los cojines. Como consecuencia de ello, las otras diez filas repletas de invitados que habían acudido por Freddy estaban abarrotadas. Susurraban, lanzaban risitas, se llevaban pañuelos de papel a sus ojos húmedos, coqueteaban unos con otros, compraban con sus teléfonos móviles y se aplicaban grandes dosis de maquillaje. Nick vio a alguna celebridad vestida sin estridencias: músicos y artistas redescubiertos tantas veces a lo largo de décadas que sus vidas habían quedado despojadas de cualquier elemento de valor cultural. Algunos de los asistentes tenían un aspecto perceptiblemente adinerado; la mayoría tenía un aspecto perceptiblemente pobre; solo uno o dos de aquellos hombres eran perceptiblemente heterosexuales. Pero todos habían superado ampliamente los sesenta años. En comparación, Ari, con sus rizos morenos y sus tersas mejillas cubiertas por una barba incipiente, parecía un embajador del reino de la juventud. Nick no estaba seguro de qué era él, teniendo en cuenta que su novio le llevaba casi veinte años. ¿El miembro de la juventud? No iban a faltar los comentarios desagradables. Aquellos neoyorquinos picajosos, de vuelta de todo, podían emitir juicios implacables. Incluso los cumplidos más sencillos eran pronunciados con una envoltura insultante: «¡Mira qué chico más mono!». Nick se preguntaba qué estarían haciendo aquella mañana los amigos de su edad. Estarían durmiendo hasta tarde, acostándose o quizá aún se sintieran ansiosos por verlo todo.
Ari había localizado un sitio en la tercera fila. A regañadientes, algunos de los asistentes se movieron para dejarlos pasar. Uno de ellos se quejó, diciendo «Me cago en...», lo cual provocó algunas risas. Nick lamentó no haberse quitado el abrigo antes de sentarse; el radiador era tan eficaz como ruidoso. Técnicamente, su chaquetón de pata de gallo con botones de cuero era de Ari. Una de las ventajas de vivir con un hombre de casi tu misma talla era que el guardarropa se duplicaba o, en el caso de Nick, se cuadruplicaba. A Ari no le había ido tan bien el intercambio. Al principio, le había comprado a Nick unas cuantas camisas y pantalones de calidad para proteger su propio vestuario, pero acabó por comprar con más frecuencia y pasarle el excedente a su novio.
—¿Qué clase de iglesia tiene una alfombra que cubre todo el suelo? —susurró Nick.
—Es cuáquera —respondió Ari—. Probablemente fue la única confesión que dio su permiso para oficiar una misa para un hedonista como él. Además, supongo que el alquiler era barato.
—Pero ¿los Van der Haar no eran superricos? Es que, con ese apellido...
Ari puso unos ojos como platos, sorprendido por la obviedad de la afirmación.
—Ah, sí. Riqueza antigua. De las más antiguas. Fueron una de las primeras familias holandesas de Nueva York. Nick, tú deberías conocerlos por su colección de objetos de plata. ¿Ya te has olvidado de todo lo que has aprendido en Wickston? —Prosiguió con su explicación, pero en un tono más suave—: Cuando yo era niño, en los hospitales y museos había alas que llevaban su apellido. Había incluso una fuente Van der Haar en Tribeca. Pero ya no queda nada de eso. Ha sido sustituido por los nuevos ricos.
—¿De qué murió Freddy? —preguntó Nick de nuevo, pero Ari se inclinó hacia el banco de delante y le tocó el hombro a una mujer. Tenía el pelo canoso, peinado formando una especie de colmena, y los labios agrietados, con pintalabios acumulado en las hendiduras como si fuera un cúmulo de roca sedimentaria.
—Ari, querido, me alegro de que hayas podido venir —susurró—. Siento que esté tan lleno. Deberíamos haber alquilado un espacio más grande. —Se giró un poco más y se agarró al respaldo del banco. Sus dedos, venosos y torcidos como las púas de un rastrillo, estaban rematados por unas uñas de color amarillo canario—. La iglesia deja dormir aquí a los sin techo por la noche. Generalmente los echan por la mañana, pero hoy hacía tanto frío que algunos se han negado a moverse. —Esbozó una sonrisa traviesa—. ¿Qué más da? A Freddy le habría encantado el detalle, ¿no crees?
Nick no estaba muy convencido de que a nadie le hubiese gustado que en su ceremonia conmemorativa también hubiera mendigos refugiados, pero asintió con sinceridad. Ari le presentó a la mujer, Gitsy Veros, galerista de Freddy desde hacía muchos años. Ari le preguntó cuándo había sido la última exposición de Freddy, y Gitsy desplazó dos dedos hacia su barbilla mientras trataba de recordar.
—¿Hace diez años o así? Sus pinturas no se vendían. Sus fotografías, sí. Bueno, cada vez menos. Quizá ahora vuelvan a comprarlas. —Dio un manotazo en el respaldo del banco—. En realidad, no eran lo importante. ¡La verdadera obra de arte era Freddy!
El coro terminó con una nota alta. Gitsy se deslizó de su asiento para aproximarse al altar. A ambos lados del atril había dos pedestales blancos vacíos. Nick se preguntó si, con las prisas de los preparativos matinales, se habían olvidado de poner ramos de flores o retratos enmarcados. Gitsy contó una historia de cuando iba a East Harlem con Freddy a mediados de los ochenta para escuchar a su coro de góspel favorito —«Puede que fuera a ligar y me utilizara a mí para disimular»—. Luego señaló la primera fila y presentó a los oradores. Nick estudió a los cinco ancianos que estaban sentados allí y trató de evaluar la probabilidad de que se extendieran más allá de un periodo humanitario de diez minutos. Los hombres estaban cadavéricos, sus cráneos decorados con zonas de pelo mal teñido, sus cuerpos demasiado delgados para la ropa que llevaban, y dos de ellos iban agarrados a un caminador. Nick trató de hinchar imaginariamente sus pechos vacíos con personalidades que antaño habían sido espectaculares. En esa misma iglesia, en otra ocasión, podrían haber pasado por veteranos o supervivientes de alguna guerra brutal que había acabado con todos sus amigos y familiares. Ser viejo era una guerra en sí mismo, supuso Nick, cogiendo a Ari de la mano. Si aquellos hombres no hablaban mucho tiempo, podrían estar fuera antes de una hora y buscar un restaurante vietnamita en el East Village.
Ari había soltado la mano a Nick. Estaba demasiado atareado volviéndose a observar los bancos del otro lado del pasillo.
—¿Qué estás buscando? —preguntó Nick.
—Quería saber si el chico estaba aquí. —Nick entrecerró los ojos para solicitar más información—. El buscavidas que llegó en el último momento y logró que añadieran su nombre al testamento justo antes de que muriera Freddy —susurró Ari.
Nick gruñó ante la cruda descripción de su novio, y Ari respondió poniendo los ojos en blanco.
—Qué inocente eres a veces, Nick. Les pasa mucho a los ancianos homosexuales con dinero. Lamentablemente, tienden a ser blancos fáciles. Solos, sin hijos, ansiosos de compañía. Aparece un tío atractivo, hace de enfermero con derecho a roce unos meses, los atiende, les jura su amor y se larga con toda la herencia.
—¿Es eso lo que piensa la gente que estoy haciendo contigo? —preguntó Nick, medio en broma y medio en serio.
Ari le dio un golpecito afectuoso en la rodilla.
—¡No me eches la culpa a mí! Yo solo digo lo que he oído. Pensaba que estaría aquí, pero no lo veo.
Nick se unió a la búsqueda, escrutando las filas en busca de otro hombre menor de sesenta años. Tenía curiosidad por conocer el aspecto de ese buscavidas. Cuando era un adolescente, Nick temía convertirse en algo parecido a su tranquilo y desgraciado padre, arreglando radios en su sótano de Dayton. Luego temió convertirse en una versión de su infeliz hermana, atrapada en Ohio. En Nueva York le preocupaba acabar siendo la comidilla de todos, como aquel joven, por su comportamiento con hombres de más edad. Toda la biografía de Nick podía resumirse enumerando las personas en las que temía convertirse.
—Estoy intentando acordarme de su nombre —murmuró Ari—. ¿Cord? ¿Cliff? ¿Clay?
—¿Se ha llevado mucho dinero? —preguntó Nick.
—Bueno, como tú mismo has dicho, Freddy era un Van der Haar. Estoy seguro de que tenía un buen montón de pasta guardado. Además, era propietario de una casa en Brooklyn que ha sido para el chico; eso lo sé seguro. Solo eso ya debe de ascender a un par de millones.
—Un par de millones —repitió Nick atónito.
—Pero el chico se ha vuelto codicioso. Llamó a la tienda para vender parte de la plata que le quedaba a Freddy. Echaré un vistazo a las piezas, pero este asunto...
Ari movió la cabeza con disgusto.
—No creerás que...
Nick juzgó innecesario terminar la frase, pero Ari dejó la pregunta en el aire sin reconocer lo que entrañaba. Gitsy estaba llorando en el atril. Estaba relatando una historia sobre sus visitas a un hospital en los años ochenta, donde introducía marihuana y revistas a escondidas para aliviar el sufrimiento de sus amigos enfermos. Nick se aclaró la garganta y susurró al oído de su novio:
—No creerás que ese chico, el buscavidas, mató a Freddy por su herencia, ¿no?
Ari sonrió burlonamente. La infantil imaginación de Nick era una fuente constante de diversión para él (¿a Nick se le podría perdonar que albergara la sospecha de que el portero del edificio pasaba drogas en la lavandería del sótano?). Ari se encogió de hombros ante aquella acusación tan específica antes de saludar a un conocido al otro lado del pasillo.
Nick clavó el pulgar en el muslo de Ari para recuperar su atención.
—Responde a mi pregunta. ¿De qué murió Freddy?
Ari volvió a encogerse de hombros, introdujo la mano en el bolsillo de la americana y sacó un tubo de caramelos de nicotina. Había dejado de fumar años antes de conocer a Nick, pero había salvado los pulmones solo para poner en peligro su boca.
—Bueno, veamos. Freddy era seropositivo. Tenía hepatitis B. Le diagnosticaron cáncer de pulmón e hígado. Y sus riñones estaban fallando porque también era un alcohólico empedernido de más de setenta años. Creo que cada uno de esos estados competía con los demás por ver cuál acababa antes con él.
—¿Y cuál de ellos ganó?
—Por lo que he oído, ninguno.
Los allí presentes prorrumpieron en aplausos. El anciano más longevo, que también usaba el caminador más barato, se dirigía a trompicones hacia el atril. Llevaba ensartadas unas roñosas pelotas de tenis de color amarillo fosforito en las patas de aluminio del caminador. La gruesa trama del tejido de la alfombra no facilitaba el avance del anciano, y Nick se levantó instintivamente a ayudarlo.
Ari sujetó a Nick del antebrazo y le advirtió:
—No lo hagas. No le gustaría.
Nick volvió a sentarse.
Alguien encendió un foco que colgaba de las vigas y apuntó su acuoso halo hacia el atril. Momentos después, el anciano se situó bajo la luz y agarró el micrófono. Su rostro era una máscara de ojos cerrados y labios invisibles. Entonces, como si lo iluminara el sol, el anciano cambió. Cuando abrió los ojos, parecía haber rejuvenecido varios años, se lo veía ágil y alerta, e incluso apuesto, pensó Nick, como si lo único que necesitara fuese un escenario. Desde los bancos se oyó un rumor de expectativa casi obsceno.
—Damas y gilipollas —chirrió la voz avinagrada del hombre—, capullos y gamberros, gloriosos ángeles de la inmundicia y la virtud de dos dólares. —Se oyeron risas por toda la sala—. ¡Poneos cómodos, porque he esperado ochenta años para poner verde a esa cabrona de Frederica! Cuando la conocí, éramos unos niñatos recién salidos del trullo, solo que él tenía un apellido de oro y lo único que yo tenía de oro era la boca. Nos llevamos bien, como se dice, como dos tucanes en llamas. ¿Quién de aquí no se había metido heroína con Freddy en el setenta y tres?
«Oh, no», pensó Nick. No saldrían de allí en una hora. Lo que harían sería estar allí sentados, en la tercera fila, cada vez más hambrientos y con más calor. Necesitaba quitarse el abrigo desesperadamente. De alguna manera, después del aplauso, las otras personas sentadas en su fila habían robado espacio, mientras que él había perdido los preciosos centímetros que había estado reservando en secreto. No podía quitarse el abrigo sin ponerse de pie, lo cual podía convertirlo en el blanco del anciano del atril. Nick echó un vistazo a Ari, que estaba observando el número de vodevil con una alegre sonrisa. Nick le dio un ligero codazo.
—Eh —murmuró dos veces antes de que Ari saliera del trance—. No me has dicho lo que mató realmente a Freddy.
—Ah —repuso Ari, asintiendo con brusquedad—. Algunos están de acuerdo contigo. Creen que el buscavidas se lo cargó.
—Yo no he dicho que...
Ari chasqueó los dedos.
—Clay. Así se llama. Clay no sé qué. Sí, casi todo el mundo cree que ese tal Clay lo mató para quedarse con el dinero antes de que Freddy pudiera cambiar de opinión. Solo es un rumor. No tengo ni idea de si es verdad. Oficialmente, la muerte de Freddy fue atribuida a una sobredosis.
—¿Una sobredosis? —repitió Nick.
—Eso es —dijo Ari—. Pero, al final, ya fueran drogas, asesinato o enfermedad, todo acaba igual. Todos sabemos lo que mató realmente a Freddy. Murió de Nueva York.
A mitad de la tercera intervención —que se centraba en los años de género fluido de Freddy en Berlín—, Nick le dijo en voz baja a Ari que necesitaba tomar el aire. Al avanzar lentamente pasillo abajo, agachó la cabeza para evitar las miradas asesinas. Abrió la delgada puerta que daba al vestíbulo y la pesada puerta exterior roja que conducía a la parte de abajo de Gramercy Park. Sus pies hicieron crujir el hielo y la sal en los escalones.
El cuerpo de Nick se encogió de frío, que le envolvió el cuello y se deslizó como un cuchillo por las perneras de sus pantalones. Aquel alivio momentáneo de la falta de aire de la iglesia no tardaría en convertirse en su propia forma de tortura, pero de momento agradeció la gélida bofetada en la piel. Se echó el cabello hacia atrás para que el frío se adueñara del sudor de la frente. El calor del radiador de la iglesia se había sumado a la interminable y soporífera rotación de historias sobre Freddy, a tal punto que el pasado empezaba a dar la sensación de ser una temperatura. Allí fuera, en el glacial mediodía, Nick sentía el frío como si fuera el futuro: saludable, tonificante y un motivo para que su corazón bombeara rápido.
Los árboles que se alzaban frente a la iglesia —magnolias, supuso Nick, que ya hacía tiempo que habían quedado reducidas a sus esqueletos— estaban cubiertos de cristales de hielo. La propia iglesia estaba separada del eterno atasco de la Segunda Avenida por un gran parque rectangular con una puerta de entrada de hierro forjado. Al otro lado de la avenida había un hospital y casi todas las personas que paseaban por el parque a aquellas horas eran enfermeras o médicos residentes, a juzgar por las perneras blancas o azul pálido que asomaban bajo sus abrigos. Nick sabía que debía volver a entrar antes de que terminara el tercer orador. Una ausencia prolongada pondría en peligro los puntos que había ganado al sacrificar su sábado por una de las obligaciones de Ari.
De todos modos, se permitió descansar unos segundos apoyado en el muro de cemento junto a la puerta. No le parecía bien sentarse en primera fila en tan concurrida ceremonia. No entendía las referencias porque no había conocido a la persona, así que todas las bromas, desprovistas de ternura, le hacían sentir como si estuviera burlándose del difunto. Se ciñó el cuello del abrigo y observó a los empleados del hospital dando vueltas alrededor de la fuente seca. Una mujer asiática y un hombre blanco cruzaron el parque dando pasos cortos, con sus gorros de lana oscilando al unísono, ambos resbalando en los charcos de hielo y cogiéndose antes de caer. Nick sacó el teléfono para enviarle un mensaje a Leo —«¿Qué hiciste anoche?»—, esperando divertirse con la historia de alguna travesura escandalosa que acabara con su amigo metido en un desvencijado Uber a las siete de la mañana. Pero, mientras Nick leía el historial de sus mensajes de texto, se dio cuenta de que llevaba seis meses haciéndole la misma pregunta a Leo. «¿Qué hiciste anoche? ¿Qué hiciste anoche?». Estaba usando a Leo como informante para mantenerse al día de la actividad nocturna en Nueva York. «¿En qué bar estabas?»; «¿Había mucha gente?». Nick se guardó el teléfono en el bolsillo. Más tarde ya echaría un vistazo a la cuenta de Instagram de Leo.
Una figura solitaria atravesó el parque y rodeó la fuente, y su respiración dejó un rastro blanco en el frío. Cuando el hombre cruzó el charco de hielo, no resbaló ni aminoró el paso siquiera. Era negro, un poco más bajo que Nick, y tenía un cuerpo atlético y delgado con una zancada ligeramente irregular, como si sintiera un dolor sordo en la cadera derecha que intentaba mantener adormecido. Llevaba el cabello corto y encrespado, un poco más largo por la parte de arriba que a los lados. De su cintura pendían unos auriculares, que a Nick le recordaron al tzitzit con flecos que llevaban los judíos ortodoxos debajo del traje.
Cuando el joven salió del parque, Nick se sorprendió al ver que corría directamente hacia la iglesia. Solo aflojó el ritmo para pasar entre dos coches aparcados. Luego se detuvo y observó dubitativo la puerta roja desde la acera, moviendo ligeramente la boca como si estuviera mordiéndose los labios. Apretó los puños en el interior de los bolsillos de la chaqueta y avanzó por el camino de piedras, pateando fragmentos de hielo con sus zapatillas de baloncesto. Al detenerse a la entrada de la iglesia delante de Nick, sacó las manos de los bolsillos, pero las mantuvo cerradas. Tenía la piel de los nudillos agrietada.
Nick se irguió, y el chico miró hacia abajo y lo saludó moviendo levemente la cabeza. Pero su sonrisa, más encías superiores que dientes, cambió por completo la proyección de su rostro. Aquella sonrisa tenía algo de invitación y Nick notó que se ruborizaba. Por suerte, el frío lo disimuló. Nick aprovechó la oportunidad para estudiar al hombre con más atención. Debía de tener más o menos su misma edad, a lo sumo uno o dos años más. Tenía unos ojos serios, o más exactamente unos ojos marrones y suaves bajo un ceño serio. Sus labios estaban muy cuarteados y mostraban las líneas de su dentadura. Nick lo encontró atractivo de un modo que tal vez no se apreciaría en una fotografía.
El chico miró por uno de los paneles de cristal que bordeaban la puerta de la iglesia. A Nick no le pareció que fuera un invitado que llegaba tarde. La gente que había dentro era demasiado vieja y eran blancos. Quizá era el hijo de una de las cantantes de góspel, esperando a que su madre terminara la actuación para acompañarla a casa. Sea como fuere, Nick sabía que el joven no iba a poder ver el interior de la iglesia desde el cristal; las puertas del vestíbulo bloqueaban la visión de la ceremonia.
El chico retrocedió, y sus ojos se dirigieron con renuencia hacia Nick.
—Perdona —dijo con una voz grave, de esas tipo barítono enérgico que adoptan los adolescentes para parecer hombres cuando cogen el teléfono, hartos de que los confundan con sus hermanas—. ¿Sabes si aún se está celebrando la ceremonia por Freddy van der Haar?
—Sí, aún se está celebrando —respondió Nick, un poco demasiado soprano—. Debe de ir por la mitad. —Alargó la mano hacia el bolsillo para comprobar la hora en el móvil, pero se detuvo. Los teléfonos interrumpían las conversaciones y Nick esperaba alentarla, al menos para postergar el regreso a su asiento—. Está a tope. Hay un montón de gente.
—Ah, muy bien —contestó el chico—. Me alegra oír eso.
El desconocido dio una patada en el escalón, pero no extendió el brazo para agarrar el tirador de la puerta.
—Quiero decir que te costará encontrar asiento.
—Ah, no iba a entrar —repuso. Y a continuación observó a Nick con renovado interés—. ¿Sabes si han llegado las flores?
—¿Flores?
—Dos ramos enormes de peonías. Eran las flores preferidas de Freddy. Se suponía que tenían que colocarlas junto al atril.
Nick pensó en los dos pedestales blancos vacíos en el altar.
—Pues no. ¿Eres de la floristería?
El chico se echó a reír, rodeándose el estómago con los brazos. Por primera vez, relajó las manos.
—No, hombre —dijo tras recuperarse—. No soy de la floristería.
Nick estaba a punto de balbucir una disculpa, pero no parecía que hubiera habido ofensa alguna.
—No —añadió el chico—. Soy amigo de Freddy. Solo quería asegurarme de que habían llegado las flores y de que había venido mucha gente. Esos dos ramos cuestan una fortuna.
—Tengo malas noticias —dijo Nick tímidamente—. Creo que no han llegado.
La expresión del chico se endureció.
—¿Lo dices en serio? —Cuando levantó los brazos en un gesto de frustración, Nick atisbó unos calzoncillos azul marino y piel de gallina sin vello a la altura de la cintura—. No me extraña que no contestaran cuando les llamé. ¡Mierda! Freddy habría querido esas flores ahí.
A Nick le costaba sentir aflicción por la ausencia de unas flores, pero estaba claro que, para el joven, aquello significaba algo.
—Lo siento —dijo tratando de ofrecerle consuelo—. Es una ceremonia preciosa, de todos modos. Estoy seguro de que a Freddy le habría encantado.
El chico asintió agradecido mientras enrollaba el cable de los auriculares. Nick notó su mirada y sintió una oleada de calor y miedo, el vértigo habitual de un fugaz coqueteo. Ari siempre acusaba a Nick de tontear con extraños, o de intentar atraerlos con miradas de timidez. A lo mejor era cierto. Pero cuando se veía atrapado con los amigos intelectuales que Ari había hecho en Brown, o con sus colegas de cabello plateado que se dedicaban a las antigüedades o el arte, no podía entretenerse con otra cosa. A sus veinticinco años, los ojos de Nick eran más sabios que su lengua.
—Deberías entrar —dijo Nick—. A lo mejor encuentras sitio.
—No, da igual —dijo, negando con la cabeza—. Esta ceremonia es para los viejos amigos de Freddy. Ellos la han organizado y es para el Freddy que conocieron. No quiero interrumpir.
—No creo que vayas a interrumpir nada —le aseguró Nick sin tener ni idea de si iba a ser así.
Solo intentaba alargar la conversación y conseguir una segunda dosis de vértigo. Sí, Ari tenía razón: a Nick le gustaban los juegos de seducción inofensivos. Y, cuando decidía ser seducido, nada —ni siquiera la disminución del interés por parte del seductor— podía apartarlo de la caza.
—Tú no lo entiendes —dijo el joven—. Sé que interrumpiría. A algunas de esas personas no les caigo demasiado bien. —Nick lo miró con incredulidad—. Pero, en fin, no pasa nada. Yo celebraré mi propia ceremonia de recuerdo para Freddy. Él quería que lo enterraran en el Campo Verano de Roma o en el cementerio Hollywood Forever de Los Ángeles. No pude satisfacer ninguno de esos dos deseos, así que yo mismo esparciré sus cenizas en Venecia.
Había una diferencia abismal entre tener la responsabilidad de hacer llegar unos ramos de flores para honrar su memoria y la de elegir el último lugar de reposo del finado. Nick había juzgado muy mal la relación de aquel joven con Freddy van der Haar. Agitó los brazos en señal de disculpa al darse cuenta de que acababa de invitar a uno de los amigos más íntimos de Freddy a entrar en la iglesia, como si hubiera asumido el papel de portero de la ceremonia.
—Qué imbécil soy. No quería decir...
Pero el chico le tendió la mano con el pulgar hacia arriba y la palma abierta, y Nick estrechó su carne suave y tibia.
—Soy Clay Guillory —dijo el joven con una sonrisa que dejó al descubierto sus encías de color púrpura.
«El buscavidas», pensó Nick, recordando las palabras de Ari, el que había intrigado para hacerse con la herencia Van der Haar. Nick se había imaginado una figura mucho más sospechosa, un chico blanco escuchimizado con el pelo teñido, un bronceado de Florida y las cuencas de los ojos como las cazoletas de un par de cucharas sucias. Nick había interpretado «buscavidas» como un código para evitar decir «chico de compañía» o «prostituto», mientras que Ari quizá solo quería decir «estafador», «timador» o, simplemente, «cualquier joven sin dinero ni medios que osara sobrevivir en Nueva York en estos tiempos».
En todo caso, Nick se reservó su opinión. Él nunca había aceptado dinero a cambio de sexo, pero en sus años de universidad, durante los cuales rozaba el umbral de la pobreza, había tenido algunos devaneos con hombres ricos de una naturaleza inequívocamente transaccional. Nick había sido invitado a cenas caras, le habían comprado un abrigo de diseño y dos pares de zapatillas deportivas y había pasado varios fines de semana en mansiones de Southampton. Una vez incluso le regalaron un Rolex antiguo para su cumpleaños, que perdió de la forma más estúpida al cabo de pocas semanas. Nick nunca había recibido dinero en efectivo por aquellas citas, pero había sido compensado con objetos que podían comprarse con dinero. ¿Existía alguna diferencia? Para Nick, la respuesta era a un tiempo afirmativa y negativa. Nunca le había mencionado aquellos años de hambre a Ari porque temía su reacción. Pero, al mirar a Clay Guillory, se preguntó si debía sentirse impresionado o desconfiar de él. Clay era muy joven y había conseguido hacerse con la fortuna de una familia; de hecho, una de las fortunas más antiguas de Estados Unidos.
Nick llegó a la conclusión de que se sentía a la vez impresionado y desconfiado.
—Soy Nick Brink. Me alegro de conocerte.
Clay fue el primero en retirar la mano y, en el silencio posterior, pareció evaluar a Nick con ojos pacientes.
—Tú no eres uno de los viejos amigos de Freddy —dedujo.
—No, no llegué a conocerlo. He venido con mi novio, Ari Halfon. Es el encargado de...
—¡Antigüedades Wickston! —exclamó Clay, subiéndose la cremallera de la chaqueta hasta la barbilla. Su sonrisa no cambió, pero la chispa pareció desvanecerse—. He hablado con tu novio sobre la plata de Freddy.
—Sí, lo ha mencionado. Yo también trabajo en Wickston. De momento soy asistente, pero...
Nick titubeó y dejó que el viento se llevara aquella frase tan patética.
—La familia de Freddy tenía una de las mayores colecciones de objetos de plata de Estados Unidos. Buena parte desapareció con los años, pero él se quedó con algunos de los últimos objetos. He pensado que os gustaría echarles un vistazo antes de que se los ofrezca a las casas de subastas.
—¡Por supuesto! —asintió Nick antes de abandonar la ilusión de que sería capaz de tasar una colección—. Pero deberías hablar con Ari. Eso está más allá de mis posibilidades.
—¡Pues ya somos dos! —dijo Clay con voz ronca—. Bueno, a lo mejor te veo cuando me pase por la tienda.
—Eso espero —respondió Nick, pecando de exceso de entusiasmo.
El coro empezó a cantar en la iglesia, amortiguado por las dos puertas que los separaban del resto de los asistentes.
—Será mejor que me vaya —dijo Clay. Se dio la vuelta y bajó la escalera con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta. Nick miró cómo se tensaban los músculos de sus piernas con cada zancada—. Solo había venido a comprobar lo de las flores.
Nick se despidió de aquella espalda en retirada. Cuando Clay llegó a la calle, se dio la vuelta y recibió el gesto con otra sonrisa. Mientras cruzaba hacia el parque, Nick sintió una oleada de soledad tan repentina y desconcertante que tuvo que cerrar los ojos para esperar a que pasara. Mucho después de perder de vista a Clay en el tráfico amarillo de la calle Catorce, seguía sentado en el muro de piedra con un atisbo de calor en el pecho.
Para Nick, Clay había existido como un rumor antes de convertirse en una persona real. Cuando se puso en pie para entrar, le vino a la mente que el joven encargado de esparcir las cenizas de Freddy van der Haar también podía ser su asesino.
3
Ari predijo un mal año para la plata.
De hecho, hacía décadas que no había un año excepcional para la plata. La especialidad decorativa de la familia Halfon, otrora sustento de las casas de subastas, que organizaban ventas diarias de antigüedades de plata, había caído despiadadamente en desgracia. Los expertos tenían diversas teorías para explicar la menguante popularidad de la plata: la pérdida del comedor como institución doméstica, la preferencia por lo barato y desechable en lugar de los pesados utensilios que había que pulir antes de que se volvieran negros como el hollín, o el creciente interés por el arte contemporáneo como nuevo símbolo de estatus de la élite global. Nick había desarrollado su propia teoría en los doce meses que llevaba trabajando como subalterno mal pagado pero muy beneficiado de Antigüedades Wickston. Sentía que la semántica debía cargar con parte de la culpa. Había un peculiar lenguaje medieval para los relucientes artefactos que llenaban los estantes metálicos del almacén climatizado de Wickston. ¿Qué narices eran un azafate, una escudilla, un pichel o una ponchera? ¡Por Dios, si no eran más que cuencos, bandejas y jarras! Nick creía que el problema no era que el mundo se había desenamorado de los objetos brillantes, sino que la terminología había hecho que todo el asunto perdiera relevancia. Los clientes bostezaban antes de empezar a tocar la plata; la veían como una aburrida lección de historia. Sin embargo, Nick llevaba en el bolsillo de la camisa una libretita de notas con el vocabulario correcto (como la diferencia entre repoussé y cincelado, a efectos ornamentales). En las tardes solitarias, sentado en el mostrador de Wickston en Park Avenue, Nick se notaba la cabeza pesada a causa del metal, sobrecargada con las descripciones de las antigüedades finas que hasta ahora no habían logrado transmutarlo de simple aprendiz en apasionado connaisseur.
Cuando empezó a salir con Ari hacía dieciséis meses, Nick estaba trabajando como camarero en un lujoso restaurante del West Village. También compartía un apartamento de dos dormitorios en Greenpoint, Brooklyn, con tres compañeros, una situación vital que representaba un problema matemático y que lo animaba a estar fuera de casa hasta las tantas o a dar el salto a una relación a largo plazo. Pero, cuando Ari entró en su vida —había estado una noche en el comedor del restaurante que le correspondía a Nick y, después de dos platos, había reunido el valor suficiente para pedirle el número de teléfono—, parecía mucho más que una vía de escape temporal. Era inteligente, guapo y peludo de la cabeza a los pies, lo que para Nick, que tenía veintitrés años, representaba el culmen de la madurez. Más concretamente, Ari parecía tan estable y seguro como el edificio de apartamentos de Central Park West en el que se había criado. Cuatro meses después de iniciar su relación, el viejo auxiliar de Wickston se había mudado a Escocia para estudiar un posgrado, y Ari le propuso a Nick que cubriera la vacante. «Estoy cansado de que huelas a ternera y a patatas fritas», bromeó. Nick lo vio como una oportunidad para salir del purgatorio de la falta de objetivos de los veintipico. Quizá la plata se le daría bien. En las primeras etapas del amor, todas las transformaciones parecían posibles.
Nick no tardó en darse cuenta de que, por muchos términos arcanos que memorizara, nunca adquiriría el tacto innato de Ari para los metales preciosos. Su novio podía cerrar los ojos, seleccionar un recipiente al azar, pasar los dedos por su trabajada superficie y, únicamente por la densidad y la textura, discernir su edad, su estilo y el artesano que lo había creado. Ari poseía un don asombroso; en un segundo podía distinguir un objeto auténtico de uno falso, un francés estadounidense de un estadounidense hugonote, Boston de Filadelfia, 1770 de 1785. Ver la rúbrica de un grabado en el lateral de una fuente cincelada lo hacía entrar en una espiral de misterio estético e histórico que culminaba dos días más tarde con la declaración de que la fuente había sido producida en 1721 en Nueva York por el orfebre Peter van Dyck como regalo para la boda de una tal Ethel Schuyler con Abraham Lodell. «Mal matrimonio, precioso resultado», bromeaba Ari, chupando uno de sus caramelos de nicotina mientras inclinaba la fuente para que las luces del techo, distribuidas como el cielo estrellado, la iluminaran. Nick no confesó sus puntos flacos: no podía ni imaginarse Nueva York en 1721. Con frecuencia confundía la Constitución con la Declaración de Independencia. No era capaz de recordar cuál fue el follón que provocó la guerra de 1812. Pero Nick imaginó que ya tendría tiempo de enterarse de todos aquellos choques de la historia estadounidense. Ari tenía dieciocho años más que él.
Si algo había aprendido Nick de Ari era a huir de la dispersión y abrazar la concreción. Era un placer recorrer la colección de objetos de plata de un museo con él. La mayor parte de los visitantes pasaban rápido junto a los leones y los tigres de las salas, las enormes poncheras de las ferias de muestras o las espadas ceremoniales británicas. Pero Ari sabía, lo mismo que los zoólogos más doctos, que los milagros de la evolución se observaban mejor en las creaciones más pequeñas y extrañas. Ari le enseñó a Nick a detectar la belleza en los detalles: la ondulada curva de un asa, el borde festoneado de un plato, las diminutas espirales en los remates de unas iniciales grabadas. Era mágico reducir el mundo entero a una tenue marca en un trozo de metal.
Casi todas las mañanas, después de dedicar media hora a las envidias profesionales —qué tratante ha vendido un espolvoreador neoclásico y por cuánto—, Ari se sentaba a su escritorio de caoba en la trastienda, se ponía sus gafas de aumento y estudiaba cada centímetro de una antigüedad que había traído algún heredero agobiado. El lugar de trabajo de Nick consistía en el estrecho mostrador de cristal situado junto a la puerta de la tienda. Los clientes tenían que llamar al timbre, y su entrada era autorizada pulsando un botón instalado debajo de ese mostrador. Oficialmente, Nick era la persona que daba la bienvenida, que reponía los artículos de oficina, que atendía el teléfono, que aceptaba los paquetes, que se encargaba de la vigilancia y que reservaba horas. Esos deberes dispares se resumían en la etiqueta ASISTENTE impresa en su tarjeta profesional de Wickston. Buena parte del contacto directo de Nick con la plata se reducía a abrillantarla en la pila del sótano con una espuma especial que restauraba la pátina.
Wickston podría haber aspirado a una dirección en la zona noble situada por encima de la calle Setenta con Madison Avenue, pero ya hacía tiempo que se había conformado con la calle Sesenta y tres Este, esquina con Park Avenue. Al otro lado de la calle se alzaban torres corporativas de cristal tintado que brillaban a la luz del sol como si estuviesen hechas de hielo negro, y relucían de noche con la fluorescencia perlada de una nave nodriza extraterrestre. La decoración del establecimiento tendía a la majestuosidad del viejo mundo. Las paredes estaban decoradas con guirnaldas de volutas de yeso. Los suelos eran de roble, con un diseño de espiguilla, y Nick no podía resistir el impulso de encajar los pies en las baldosas rectangulares cada vez que cruzaba la tienda: a paso de paloma del escaparate a la trastienda, a paso de pingüino en dirección inversa. En la ventana que daba a la calle se podía leer en letras plateadas: ANTIGÜEDADES WICKSTON, FUND. 1908.
Lo que no mencionaba el rótulo era que sus actuales propietarios llevaban sacando adelante el nombre de Wickston desde 1969. Los abuelos de Ari habían huido de Marruecos a finales de los años sesenta y se habían incorporado, después de mucho resistirse, al masivo éxodo judío del norte de África, una región musulmana. Cuando la pareja llegó a Manhattan, los Halfon se hicieron socios de una renqueante tienda de antigüedades de Wall Street llamada Wickston Idyll. Eliminaron «Idyll», pero se quedaron con Wickston. Como los astutos inmigrantes tratando de ascender en Nueva York que eran, se las arreglaron para acercarse mucho al mismo centro de la ciudad privilegiada dentro de la ciudad privilegiada, aunque sin llegar a meterse por completo en él. Ese objetivo quedó en manos de los padres de Ari, y lo lograron sobre todo por su durabilidad. Decidieron centrar el interés del negocio en objetos antiguos de plata estadounidenses, y vieron cómo el mercado se restringía y la competencia se derrumbaba. En última instancia, los coleccionistas que quedaban invadieron el barrio, con bastón o silla de ruedas, para comprar, vender o autentificar. La referencia del bastón y la silla de ruedas no era una hipérbole: la media de edad del cliente de Wickston estaba en ochenta y pico. Ari bromeaba diciendo que tenía «un cliente joven y vivaz» de setenta y tantos que lograba entrar en la tienda sin ayuda.
Sin duda, las antigüedades de plata eran un negocio moribundo; Ari lo llamaba «el goteo de la plata». Ocasionalmente, sentado solo tras el mostrador, Nick se preguntaba si estaba haciendo su aprendizaje en un campo que desaparecería antes de que pudiera dominarlo. Y lo que era peor, se imaginaba el resultado opuesto: un futuro en el que se vería forzado a mantener en marcha el negocio después de que Ari muriese, un Brink garantizando el legado de los Halfon bajo el nombre de Wickston.
Los padres de Ari, Haim y Deirdre, apenas pisaban la tienda desde su jubilación, pero eran una presencia constante en todos los otros aspectos del Nueva York de Ari. Nick nunca había comprendido el culto a la familia hasta que conoció a los Halfon. Suponía que todas las familias del planeta eran como la suya: una colección de extraños aliados sin mucha rigidez, forzados a compartir una casa hasta que alguno de los miembros pudiera huir legalmente de ella. Los Halfon gozaban del tiempo que pasaban juntos. Hablaban en francés y solo cambiaban al inglés a regañadientes, como para adaptarse a las necesidades especiales de Nick. Por norma, los padres de sus novios ponían a Nick sumamente nervioso porque nunca estaba seguro de hasta qué punto daban la aprobación a su existencia. No era el caso de los Halfon, una familia de maníacos abrazadores. Se tragaron a Nick entero desde el momento en que lo conocieron, con sus brazos delgados y envueltos en cachemira. Ni Haim ni Deirdre rehuían el hecho de que su hijo fuera gay, nada de determinación progresista que ocultara una decepción genética, nada de actitudes lloricas del tipo «Bueno, si estás seguro de que eso es lo que quieres...». Ari le dijo a Nick que había salido del armario a mediados de los noventa, en su primer año de universidad en Brown. Su madre había respondido: «¡No me digas! ¡Y nosotros nos alegramos de que te hayas dado cuenta!», como si sus padres hubieran estado esperando la buena nueva de la Providencia. Cualquier muestra de cariño entre Nick y Ari —un beso en la mejilla, una palmadita en el trasero— activaba los receptores de placer de los Halfon. ¡Su hijo era feliz!
A Nick le gustaban los padres de Ari, en especial Deirdre, con sus bonitos lunares bajo los ojos. Pero la aceptación absoluta, incuestionable, de su hijo por parte de los Halfon tenía un efecto colateral inesperado: hacía que Nick se sintiera como un cobarde por no admitir jamás la verdad ante su propia familia. Quizá si lo hubiera dicho, los Brink también habrían desatado una tormenta de amor. Quizá la infelicidad que cubría como el polvo su casa en un barrio residencial de Dayton se debía a que no había sido sincero, y esa verdad de la que no se hablaba había pendido sobre ellos como un frente de altas presiones mientras se sentaban a cenar y desviaban la conversación de cualquier cuestión relacionada con el corazón. Quizá todo aquel mundo gris de Ohio había sido obra suya. Nick sabía que no era valiente, al menos no cuando era importante, no aún.
«¡Tienes que casarte con mi hijo!», le había dicho impulsivamente Deirdre en su cocina el último Día de Acción de Gracias. Fue después de la cena, y estaba un poco achispada por el coñac que Nick había traído desacertadamente y que nadie más se atrevió a tocar. Deirdre estaba apoyada en los fogones, con la luz amarilla de la campana extractora del horno creando claroscuros en las sombras de su rostro. Por un instante, Nick sintió que podía estar en cualquier cocina de Estados Unidos, con su ronroneante frigorífico y la paz eficiente de sus electrodomésticos de acero. Pero aquella cocina daba a una calle con globos medio deshinchados donde unos tres millones de espectadores se habían reunido esa mañana para ver el desfile del Día de Acción de Gracias, y más allá de aquella cómica avenida se hallaban las heladas extensiones verdes de Central Park. «Deberías casarte con él —prosiguió Deirdre—. Sois perfectos el uno para el otro. Toda la familia te adora. ¿A quién le importa la diferencia de edad? Probablemente, Ari es demasiado tímido para pedírtelo. ¡Hazlo tú!». Ari había entrado en la cocina en aquel momento, y Deirdre fingió limpiar los fogones con la sutileza de un actor de teatro amateur. Ari arqueó las cejas con una expresión de desconfianza y luego soltó una risotada.
Un mes antes de empezar a trabajar en Wickston, Nick se mudó al apartamento de Ari. La excusa oficial para su acelerada convivencia habían sido los ratones. El apartamento de Nick en Greenpoint estaba infestado de roedores, y no era debido al descuido inherente de los cuatro gais veinteañeros que lo compartían. La anciana armenia del otro lado del pasillo se pasaba casi todo el día limpiando su apartamento y se quejaba de que, cada vez que entraba en la cocina, oía un montón de ratones huyendo de allí. Como toda la gente del Medio Oeste, Nick tenía fobia a los bichos de ciudad. Ari declaró que su espacioso apartamento de dos dormitorios en Riverside Drive estaba libre de roedores, y eso fue todo lo que necesitó Nick para aceptar trasladarse allí. Pero la verdadera razón era que, tres meses después de empezar a salir, el mundo no parecía tan interesante si no estaban juntos.
El apartamento de Ari no solo estaba exento de roedores, sino también de alquiler. El suelo era de tablones de madera de cerezo sobre los que Nick caminaba como si fueran trampolines olímpicos. Para sorpresa de Nick, los estantes no estaban abarrotados de antigüedades de plata. En vez de eso, Ari había tomado «prestadas» algunas alfombras y batiks marroquíes de su abuela, y había dejado el resto de las seis habitaciones como espacios blancos y minimalistas con eco, salpicados de lienzos regalados por amigos pintores; no estaban colgados, sino apoyados contra las paredes, lo cual les daba el aire provisional de viajeros en el andén de una estación de metro. El apartamento se encontraba en la sexta planta de un enorme edificio revestido de mármol en la esquina de la calle Ciento cuatro, y las ventanas daban a los árboles de Riverside Park. A medida que avanzaba el año, las hojas caían y revelaban atisbos de color azul pizarra del río Hudson. Y durante los meses más crudos del invierno, gozaban de un espectacular paisaje fluvial desde su dormitorio. Luego llegaba la primavera, como una aguafiestas, y lo ocultaba de nuevo.
Su vecina de arriba llevaba zapatos de diseño con tacón de aguja que mandaban ecos atronadores desde las alturas, pero el resto de los vecinos llevaban décadas en aquel edificio de viviendas de alquiler regulado y eran sobre todo músicos de orquesta: violinistas, violonchelistas, pianistas de concierto y un estridente saxofonista en el segundo piso. Por las mañanas, los ensayos individuales se combinaban para crear una sinfonía de conducto de aire. El mayor remordimiento de Ari era que nunca había dominado un instrumento musical, pero ponía a Schubert en el tocadiscos siempre que podía. Schubert sonaba constantemente en el apartamento de los Halfon-Brink. La sonata para piano en Si bemol mayor de Schubert; el trío para violín en Mi bemol mayor de Schubert; la densa melancolía estrófica de la An den Mond de Goethe, de Schubert. Nick sospechaba que la insistencia en Schubert formaba parte de su educación, como los libros sobre cerámica roja de Nueva Inglaterra con que lo atiborraba Ari, o las clases de cocina vasca a las que lo había inscrito. Ari solía describir a Nick a sus amigos como «muy estadounidense», lo cual entrañaba la idea de que Nick debía esforzarse más en estar un poco «en otra parte». Nick ya había aprendido que los regalos de novios de más edad debían interpretarse como peticiones veladas —«Te he comprado este jersey verde porque me gusta que vistas de verde, ¿comprendes?»—, pero Ari nunca había sido demasiado exigente en ese sentido. Cuando parecía que uno de sus regalos no había tenido éxito, balbucía: «¿No te gusta? Por favor, no te sientas obligado a...». Pero Nick sí sentía una obligación, sobre todo porque le gustaba la versión de sí mismo que, al parecer, Ari quería. Por lo visto, el Nick que podía tararear a Schubert mientras removía una piperrada picante en una cazuela de barro presagiaba su versión correcta. Ese hombre se casaría con Ari.
Aunque Ari a veces le echaba en cara sus coqueteos, daban por sentada que la suya era una relación monógama. Habían superado la incomodidad del sexo en la segunda cita, y la del «te quiero» en la décima. Cuando Nick se instaló en el apartamento, ya quedaban pocos secretos entre ellos, nada de antiguos amantes que enviaran durante la noche algún mensaje con peligrosos recuerdos. Nick pensaba que el sexo con Ari funcionaba a medio gas; apenas follaban, cosa que a Nick no le importaba demasiado porque, hasta entonces, el acto había sido tosco o doloroso. Nick prefería besar a Ari y acariciarle el cuello con la nariz mientras lo masturbaba en la cama. Su tamaño era similar, el de Ari quizá algo más grueso, lo cual excitaba a Nick mientras movía su mano y el codo le daba golpes en la cadera para hacer que Ari se corriera. A Nick le encantaba ver cómo las tormentas crecían y se disipaban en el rostro de su novio.
La noche llegaba temprano en invierno, especialmente cuando uno estaba acostumbrado a las toneladas de luz diurna que impregnaban el apartamento a seis pisos de altura. Ya no salían mucho de noche. Ari ponía a Schubert y se tumbaba en el sofá del salón a leer la última novela o biografía. Ari leía cada noche, un capítulo tras otro, mientras chupaba un caramelo de nicotina después de la cena. Nick observaba sus ojos castaños recorriendo las páginas. Se preguntaba cuántos kilómetros habría leído Ari en su vida si se unían todas las frases. ¿Cuántas vueltas al mundo? ¿Cuánto más lejos que la Luna? Aquella noche, Nick estaba sentado en el alféizar, mirando cómo giraba el disco negro de Schubert. Hacía meses que Nick no veía a amigos de su misma edad, ni bailaba, ni se desmayaba de una borrachera. Antes de Ari, Nick salía casi todas las noches, y cada noche era una ocasión para establecer un récord mundial de cuánto podía divertirse un ser humano en Nueva York. Durante una época sufría resacas prácticamente a diario, pero ahora era incapaz de recordar cómo lograba encajar aquellos dolores de cabeza criminales en los rincones de sus días. Hacía tiempo que Leo había dejado de preguntarle por sus planes nocturnos. La última vez que Nick quedó en un bar de Chelsea, Leo bromeó: «¡Nick, me alegro de que hayas venido de visita! ¿Qué te trae de vuelta a la ciudad?».
—¿Por qué abres la ventana? —preguntó Ari desde el sofá—. Fuera estamos a seis grados bajo cero.
Cruzó los pies y meneó el dedo gordo del pie, grande y peludo, que apuntaba hacia arriba como un signo de admiración.
—El ambiente está muy cargado.
Nick sacó la mano por la ventana y sintió el viento que soplaba desde el agua rumbo al sur, acompañando a los faros de los coches a lo largo de West Side Highway. En el exterior, todo tenía prisa por llegar al centro.
Los domingos, según la tradición protestante, Wickston estaba cerrado. Los lunes, Nick se pasaba la mañana haciendo recados. Eran sobre todo recados de Ari, y al principio le gustaba hacerlo. Había algo adulto en recoger unos zapatos del zapatero, o arenque envuelto en papel de la pescadería de Amsterdam Avenue. A Nick le resultaba exótico, de la misma forma que lo es salir de compras en un país extranjero. Al menos, la primera docena de veces. Al cabo de un año, aquellas tareas ya habían perdido cualquier pátina romántica. El lunes por la mañana después de la ceremonia en memoria de Freddy van der Haar, uno de los trajes favoritos de Ari se había extraviado en la tintorería. Fueron necesarios cuarenta minutos adicionales recorriendo el vestuario móvil de todo el Upper West Side para localizar el traje de tartán extraviado. Nick cogió el autobús y no llegó a Wickston hasta pasadas las dos de la tarde.
Ari estaba sentado en la trastienda, escribiendo en el portátil con sus gafas de montura dorada sobre la nariz. Tenía que enviar un montón de facturas. Una parte importante de los ingresos que permitían mantener abierto Wickston eran las evaluaciones de autenticidad, es decir, certificar que, en opinión de un experto, un objeto se correspondía con la afirmación de un coleccionista. Nick encendió su ordenador con la intención de inventarse una entrada ingeniosa para la nueva cuenta de Instagram de Wickston. A Ari se le había ocurrido la idea de atraer a un público más joven para las antigüedades. Con la gestión de Nick había logrado captar cuatrocientos seis seguidores, que a Ari le parecían una multitud, pero Nick sabía que era prácticamente nada. Nick y Ari se sentaban con frecuencia en ambos extremos de la tienda sin dirigirse la palabra. La sala de exposición era el único lugar en el que Ari no ponía a Schubert. A menudo estaba tan silenciosa como la Luna, y los seis metros de distancia entre ellos eran como seis metros de distancia en el espacio exterior.
Ari empujó la silla hacia atrás, golpeteando la mesa con un bolígrafo.
—Esta mañana hemos tenido un visitante —anunció. Luego esperó ocho golpes de bolígrafo para continuar—. Ese buscavidas del que te hablé, el que metió las zarpas en la herencia Van der Haar.
Los dedos de Nick se quedaron helados sobre el teclado y tuvo que obligarse a moverlos, fingiendo que escribía prolíficamente. La noticia de que Clay Guillory había ido a la tienda desató oleadas discrepantes de entusiasmo y paranoia. Nick se maldijo por no haber llegado antes para ver de nuevo al joven.
Volvió la cabeza para buscar en la expresión de Ari algún indicio de que Clay lo había mencionado. Nick no le había dicho nada a Ari sobre su encuentro delante de la iglesia. Ahora le inquietaba que Clay hubiera hablado de él y que Ari pudiera haber hecho una lectura demasiado profunda, que se lo hubiera tomado como una ocultación intencionada de información, lo cual, sinceramente, era cierto. Nick dejó de fingir que escribía y dijo, con el tono más desinteresado que pudo:
—¿El asesino?
—¿Cómo? —preguntó Ari mientras se quitaba las gafas de lectura.
—En la ceremonia dijiste que era posible que hubiera matado a Freddy por su dinero. ¿Te refieres a ese tío? ¿Al asesino?
—En realidad, nunca llegué a decir eso —repuso Ari—. Lo dijiste tú. Pero sí, ese tío.
Ari abrió un cajón del escritorio y empezó a rebuscar algún objeto de oficina. A juzgar por la reacción, Nick supuso que era bastante probable que Clay no hubiera dicho nada acerca de su encuentro, cosa que lo tranquilizó y lo decepcionó a la vez. Quizá no le había causado impresión alguna. Quizá el chico lo había olvidado un momento después de darle la espalda.
—¿Ha venido a vender la plata de Freddy? —preguntó Nick, sin poder resistirlo.
Ari asintió con una sonrisa de suficiencia.
—Estaba esperando noticias suyas. Telefoneó esta mañana, diciendo que estaba por aquí cerca. Entró al cabo de quince minutos con una caja de cartón con cinco antigüedades de los Van der Haar. Andaba cerca por casualidad. Ya, claro. —Ari puso los ojos en blanco—. Tiene prisa por vender. Yo creo que, si no hubiéramos estado abiertos, habría llevado la caja directamente a Christie’s.
Nick entrecerró los ojos, formulando una pregunta silenciosa, y Ari respondió.
—Por supuesto que le dije que echaría un vistazo. Tu asesino volverá el jueves a buscar su caja.
El jueves. El jueves, Nick se pasaría todo el día sentado a su mesa. ¿Qué tenía de malo un enamoramiento inofensivo? La aventura imaginaria y unilateral de Nick aún podía seguir desplegando sus alas de mariposa ahora que sabía que iba a haber un segundo encuentro entre ellos. Hizo clic en la agenda del ordenador con impasible profesionalidad y examinó las citas del jueves. Ari había quedado para comer con un notable coleccionista de Boston.
—¿No te interesa saber lo que pienso? —preguntó Ari, que buscó debajo de su escritorio y sacó una caja de cartón con el nombre de una marca de pañales para adultos en los laterales. O bien Clay Guillory tenía mucho que aprender en materia de presentación, o bien estaba utilizando una estrategia inteligente para impedir un posible atraco mientras cargaba con una fortuna en plata.
—Me encantaría tomar notas mientras lo examinas —dijo Nick con sinceridad.
—Ah, ya lo he hecho —contestó Ari encogiéndose de hombros—. Estamos hablando de los Van der Haar. No los iba a dejar ahí debajo, cogiendo polvo.
Ari abrió la caja, que contenía cinco piezas envueltas en papel de seda azul claro con el logotipo de Wickston, lo cual significaba que ya las había empaquetado para devolvérselas al propietario. Nick sabía que aquello no era buena señal. Ari podía pasarse semanas analizando las características lumínicas de una vasija. Entonces, Nick se dio cuenta de que había reaccionado con lentitud: la posible venta de cinco objetos auténticos de los Van der Haar habría hecho que Ari bailara extasiado por toda la tienda. Un tesoro de ese nivel habría alcanzado un precio de más de un millón.
—¿No son buenos? —preguntó Nick.
—Peor incluso de lo que me temía —confirmó Ari—. Sabía que ese chico iba a pasar a visitarnos, así que hice mis deberes sobre los Van der Haar. Es imposible fiarse de los registros del patrimonio de la familia. El inventario de los Van der Haar en 1758 contiene más de quince mil piezas de vajilla. Tenían duplicados y triplicados de todo, y eso es solo lo que está en los libros.
La primera línea de defensa del anticuario siempre eran las montañas de documentos históricos: los testamentos y anexos, los inventarios elaborados tras una defunción, los registros de cuentas domésticas, que seguían el rastro de la plata a lo largo de los siglos hasta su adquisición original. Por desgracia, Freddy no era el primer Van der Haar cuyos asuntos personales se regían por el poder del caos. Ari explicó que diversas piezas de plata Van der Haar que se encontraban en venerables museos podían seguirse hasta el momento de su compra. Pero otras muchas eran imposibles de rastrear. Una familia con tantas generaciones como los Van der Haar era un campo de batalla de regalos no registrados y robados, una tetera de plata que se le da a un sobrino para evitar un impuesto de sucesiones, un soporte de apagavelas que una hermana le quita a otra. La futilidad de tratar de esclarecer el enredo administrativo podía incluso con un obseso nato como Ari.
Y ahí era donde intervenía el ojo del experto. ¿El objeto era realmente lo que se decía que era? La primera vez que oyó a Ari comparar la plata colonial estadounidense con el salvaje Oeste, Nick pensó: «Bueno, no creo que sea tan salvaje». Pero Ari tenía razón. A diferencia de Inglaterra, que hacía tiempo que contaba con un gremio regulador y cinco sellos oficiales grabados en todas y cada una de las piezas de plata, Estados Unidos nunca había establecido un criterio, nunca había exigido una marca y nunca había elaborado una regulación para llevar el control de sus artesanos de la plata. Por eso, las piezas del Estados Unidos colonial eran tan fáciles de falsificar. La única evidencia útil grabada en un objeto estadounidense era la marca de la persona que lo había creado y, a veces, incluso ese identificador estaba ausente.
Lo más parecido a esos cinco sellos británicos tan reveladores que Estados Unidos tenía actualmente estaba apilado en el cajón superior izquierdo de Nick: el papel de color blanco hueso con el membrete de Wickston, que Nick introducía en la impresora para emitir un informe de autenticidad. Solo se necesitaba la intrincada firma en tinta azul de Ari. Él era uno de los pocos expertos independientes de la Costa Este que podían bendecir un objeto como auténtico o desterrarlo al limbo de un pasado y un futuro inciertos («Bueno, aún sigue teniendo valor al peso como metal precioso —era la frase que utilizaba con frecuencia para consolar a un coleccionista engañado—, aunque no sea una antigüedad valiosa»). Ari afirmaba ser capaz de descubrir falsificaciones en las colecciones de plata de los museos más venerados del país. Pero, en última instancia, era una cuestión de opinión profesional: la suya contra la del conservador. Ari pensaba que era mejor que esas falsificaciones existieran en la cuarentena eterna de un museo que flotando en un mercado de pringados.
Ari retiró el papel de seda de una de las piezas Van der Haar.
—Es una lástima —susurró—. Todos sabíamos que Freddy había estado vendiendo piezas de su familia de forma privada durante la última década. Ponía una a la venta cada ciertos años y un multimillonario entusiasta se lanzaba a por ella antes de que llegara a las casas de subastas. Las verificaban en Hawkes.
Hawkes había sido, hasta su cierre hacía dos años, el último competidor importante de Wickston en Manhattan. Era propiedad de Dulles Hawkes, un hombre regordete de algo más de sesenta años con un quejumbroso acento británico. Su adicción a la coca era notoria; en lugar de ocultarla, la incorporó a su imagen hasta el punto de que su actitud inquieta y el hecho de que siempre estuviera sudando y tragando saliva eran considerados parte de su excéntrica personalidad. A Nick le parecía deprimente, una de las personas que empañaban el brillo de Nueva York, y no le gustaban las miradas lujuriosas que le dedicaba, pero nunca le preguntó nada cuando se quedaban a solas en una habitación. Ari garantizaba su decencia en un nivel básico: «Dulles es un buen tipo, y tú siempre le has gustado, Nick». A veces, Ari le pedía una segunda opinión.
—¿Esas piezas que vendió Freddy antes eran auténticas? —preguntó Nick, mientras se acercaba al escritorio de Ari.
—Yo siempre he pensado que eran más bien dudosas, pero estaban justo en el límite por el lado bueno. Estas lo están por el lado malo. Y mucho.
Al quitar el papel de seda, apareció una gran jarra de metal, que Ari dejó encima de la mesa. Tenía el color adecuado, un gris cobrizo apagado, opuesto al del papel de aluminio. También tenía la pátina correcta, un acné de abolladuras y cicatrices alrededor de la base. Para los ojos inexpertos de Nick, parecía auténtica.
Ari abrió la tapa y señaló la marca del artesano, SS, grabada en ella.
—Esto ya es una advertencia. Solo está grabada en la tapa. ¿Por qué no en la base de la jarra?
Ari la levantó y la sostuvo para que Nick la examinara.
—Es más ligera de lo que me habría imaginado —dijo Nick.
—¡Exacto! La tapa y el asa son más ligeras que el cuerpo de la jarra. Y si es realmente una Simeon Soumaine, como atestigua la marca, ¿dónde está la ornamentación alrededor de la base? ¿Por qué solo están decoradas el asa y la tapa? No, no tiene el estilo de Soumaine. Soumaine era un hugonote, pero estaba influido por el estilo holandés del Nueva York de la década de 1720.
Ari sacudió la cabeza, expresando su completo rechazo.
—Entonces, ¿es una falsificación?
—Sin duda. Creo que la tapa y el asa podrían, digo podrían, ser auténticas. La soldadura es más bien descuidada. Probablemente, alguien cogió una tapa auténtica y la agregó a la base de una jarra normal y corriente. Tiene las señales correctas, y podría venderse en fotografía. Pero si la sostienes y conoces los instintos de Soumaine...
Ari cogió la jarra y la envolvió de nuevo con el papel de seda.
—Ocurre lo mismo con la salsera, la escudilla, el plato y la ponchera que trajo tu asesino —prosiguió—. Cada una de esas piezas es falsa por una razón distinta. ¡Una incluso intenta pasar por obra de Myer Myers, joder!
Myers fue un orfebre judío neoyorquino del siglo XVIII especialmente apreciado por Ari.
—No creerás que mi asesino... —Nick se estremeció. No era «mi asesino», era el asesino, el asesino de Freddy, salvo que no era ni siquiera un asesino, ¿verdad? Clay no había matado al viejo. ¿O sí? Nick no tenía ni idea. Volvió a empezar—. No creerás que Clay es responsable de crear estas falsificaciones, ¿verdad?
¿Cuántos delitos iban a atribuirle a aquel tío un lunes por la tarde?
Ari murmuró escéptico:
—Podría haber sido él. Es muy posible que fuera Freddy. Pero también podría haber sucedido hace cien años y que entrara por error en casa de los Van der Haar. Las colecciones de todas las familias ricas están plagadas de falsificaciones. Los barones-ladrones del siglo XIX eran aún peores, porque eran compradores compulsivos y se llevaban cualquier cosa que brillara.
Ari tamborileó en la caja que tenía sobre el escritorio. Nick sabía que supuestamente debía llevarla al almacén por seguridad. La manera más rápida de que las falsificaciones se convirtieran en objetos reales era perderlas o que te las robaran. El seguro tendría que cubrir lo que podrían haber sido en lugar de lo que verdaderamente eran.
—Sin embargo —señaló Ari—, la jarra metálica era el fraude más claro de las cinco. Las otras son un poco más pasables. No sé si tu asesino habría podido crear falsificaciones de ese calibre.
—¡Él no es mi asesino! —le espetó Nick—. ¡Deja de llamarlo así!
Odiaba su voz cuando se agitaba y pasaba a los registros altos. Era el niño de nueve años que llevaba dentro, gritando en el patio por miedo a recibir un balonazo, el joven de quince años huyendo entre lágrimas de los matones de la escuela que habían escrito MARICÓN con rotulador en su camisa y lo habían enviado de vuelta al mundo correctamente etiquetado. Aquel chillido hacía que todas esas versiones tristes de Nick renacieran por un instante.
Nick cambió rápidamente de tema.
—¿Y qué impediría a Clay pasar a buscar la caja y llevarla a las casas de subastas para probar suerte allí?
Ari se sentó y cruzó las piernas. Hoy iba muy bien vestido, con una camisa de cuadros blancos y negros y corbata gris de punto con una aguja de oro. La aguja llevaba una esmeralda incrustada; cuando Ari se movía en su asiento, un minúsculo punto de color verde parpadeaba en su pecho. El sollozante Nick de quince años habría dado volteretas en el pasillo de la escuela de haber sabido que algún día podría besar y acariciar a aquel hermoso hombre siempre que quisiera. Bueno, casi siempre. Ari prohibía la actividad sexual en horas de trabajo, cosa que a Nick le resultaba irritante, ya que era cuando (y probablemente la razón por la cual) a él más le apetecía. Levantó la caja de cartón del escritorio y se la apoyó en la barriga.
—No creo que ni siquiera las casas de subastas aceptaran esas piezas —repuso Ari, que estaba convencido de que las casas de subastas tenían un criterio de autentificación considerablemente más bajo—. Ahora que Dulles se ha jubilado, seguramente llamarán aquí para preguntarme si las he visto alguna vez.
—¿Y tú les dirás la verdad?
Ari lo miró con incredulidad.
—¡Pues claro! ¡Y no solo por cortesía profesional, sino porque son falsas!
—Entonces, ¿no podrá venderlas en ningún sitio?
—A través de los canales normales, no. No en Nueva York.
A Nick le daban pena Clay Guillory y la caja de pañales para adultos con objetos de plata que ahora sostenía. Podía imaginarse a Clay pensando que había encontrado la lámpara maravillosa —más de un millón en posibles ventas— para que luego le dijeran que su herencia era un espejismo. Al menos Clay había conseguido la casa de Freddy. Las casas no podían falsificarse.
Ari se quedó mirando a Nick y dijo inequívocamente:
—¿Por qué no le dices que estaré encantado de examinar otras piezas propiedad de Freddy? Cada una de ellas en su propia caja.
Nick se echó a reír.
—¿Que se lo diga yo? ¿A qué te refieres?
Ari cogió el bolígrafo y dio unos golpes en la mesa.
—Volverá el jueves a mediodía. Yo no estaré. Tengo una cita para comer con el viejo Ebershire de Boston.
Nick sintió cómo se ruborizaba. Levantó la rodilla y apoyó en ella la caja para sujetarla con mayor firmeza.
—¡Ari, no puedo! No puedo decirle que su herencia no vale nada.
Su voz amenazaba con quebrarse de nuevo.
—¿Por qué no? —Ari levantó ligeramente la comisura del labio—. Estoy redactando un informe exhaustivo. No tienes más que dárselo. Si insiste, dile que no nos fiamos de la autenticidad de las piezas y que no estamos dispuestos a conseguir un comprador. Es lo único que tienes que decir. En serio, no es tan difícil.
—Es duro. ¿No deberías ser tú quien...?
—Creo que tú puedes hacerlo. —Ari le dio una palmada a Nick en la pierna—. Confío en tu capacidad para entregarle un sobre.
A nadie, ni siquiera a un niño, le gusta que le hablen como tal. Nick vio un nuevo gesto en el rostro de Ari, algo que no estaba seguro de haber visto antes. Se apreciaba en la forma de sus ojos y en la tensión de los músculos de la mandíbula. Le parecía ver celos en el rostro de Ari. A lo mejor Clay había mencionado su encuentro en la escalera de la iglesia. A lo mejor incluso había felicitado a Ari por lo amable que era su novio. A Nick se le ocurrió que quizá Ari había estado esperando todo ese tiempo para que él reconociera que se había encontrado con Clay. Ahora ya era demasiado tarde para confesarlo sin hacer que todo el suceso pareciera más grande de lo que era.
—Si eso es lo que quieres, de acuerdo —dijo Nick con indiferencia—. Le daré la noticia al asesino.
Y se llevó la caja al sótano.
4
En Venecia todo goteaba. El agua caía de los desvencijados toldos blancos de Campo San Barnaba, de los expositores de postales que montaban guardia en la tabaccheria de la esquina y de la nariz de las estatuas que miraban desde las sombras de una iglesia. El chaparrón había durado menos de dos minutos y el sol ya brillaba con un blanco cegador sobre los adoquines.
Clay hubiera deseado un clima más agradable. Quería que Nick fuera testigo de una Venecia llena de posibilidades bajo el calor del Adriático. Pero una tarde fría también tenía sus ventajas. Proporcionaba una capa adicional contra turistas que hacía que los callejones más estrechos fueran casi intransitables. En la opresión de los días más secos y cálidos, los visitantes abarrotaban las calles como un pegamento humano, y los cruceros entraban en la cuenca de San Marco haciendo sonar sus sirenas, que se oían más alto que las campanas de cualquier iglesia. La invasión siempre se intensificaba con la temperatura. Al menos esa había sido la experiencia de Clay desde que se enamoró de la ciudad cuatro años atrás.
Arrastró la pesada maleta de Nick por los adoquines irregulares. El traqueteo de las ruedas imitaba el ruido de los cubos de basura arrastrados hacia el bordillo en los barrios residenciales. Las maletas con ruedas se habían convertido en la banda sonora oficiosa de Venecia, una ciudad que había triunfado durante milenios debido precisamente a la ausencia de ruedas. Clay trató de levantar la maleta para eliminar el ruido, pero solo fue capaz de llevarla tres metros hasta que le fallaron los músculos.
—¿Qué llevas exactamente ahí, Nicky?
—Todo —reconoció Nick con voz mansa.
—Hasta las cazuelas y...
Clay dejó la frase a medias. No quería mencionar cazuelas, sartenes ni ningún otro recipiente de metal por miedo a que Nick recordase a Ari y su vida en Nueva York. Por suerte, Nick pareció no darse cuenta. Sus ojos estaban demasiado ocupados lanzando miradas, como pájaros huidos de la jaula, a las maravillas del barrio de Dorsoduro. Cuando pasaron junto a una barca de madera decorada con escamas que vendía verduras en la orilla del canal, Nick se detuvo en seco con la boca abierta. A Clay, aquella exhibición de absoluta sorpresa de Nick le pareció encantadoramente pasada de moda. Hoy en día, casi todo el mundo se limita a coger el teléfono para hacer una foto. Junto a Nick había tres estadounidenses haciendo precisamente eso: dejar que sus pequeñas máquinas digirieran el mundo por ellos. Pero Nick sacudió la cabeza y balbució:
—¡Dios mío! ¡Tomates frescos directamente de la barca! Es como... como...
No encontró nada con qué compararlo.
Observar a alguien que asimilaba la ciudad por primera vez era un placer por delegación.
—Vamos, hay mucho más —prometió Clay.
Sabía que alentar el amor de Nick por Venecia también significaba alentar el amor de Nick por él. Era como llevar a un novio a tu ciudad natal. Y, como se habían conocido en Nueva York, la ciudad natal de Clay, Venecia era el único reemplazo que tenía. La mirada de Nick se posaba en todos los balcones, se introducía en todos los callejones, mientras que los ojos de Clay estaban fijos en Nick. Aún no podía creerse que hubiera venido. Nick había cumplido su palabra, había roto con Ari, y ahora estaba allí, con su cabello rubio oscuro mojado por la lluvia y peinado hacia atrás, vestido con un traje que no combinaba, como si lo hubiera elegido un campeón de póquer daltónico. Clay había juzgado mal a Nick desde el principio. Cuando se conocieron delante de la iglesia el día de la ceremonia en memoria de Freddy, pensó que Nick era otro de esos muchachitos blancos del Medio Oeste que eran una monada, pero predecibles, que salían con las réplicas adultas de los deportistas y los fumetas que les gustaban en el instituto. Clay estaba bastante seguro de que, fuera como fuese la clase de primer curso de Nick en Dayton, las versiones de Clay escaseaban. Cuando Nick le dijo que salía con Ari Halfon, la expresión de Clay se enfrió solo unos pocos grados. Siempre le había parecido que había un problema de imaginación cuando dos personas atractivas se emparejaban. No se podía culpar a nadie por ser bello, pero sí se podía atisbar un mezquino narcisismo detrás de la necesidad de juntarse con alguien igual de guapo. Era como si no les interesase sumergirse en el batiburrillo discordante del mundo. Ese batiburrillo era el lugar en el que Clay estaba orgulloso de vivir. Pero se había equivocado. Nick había demostrado ser una caja de sorpresas, y allí estaba, en Venecia, tal como había prometido.
Clay aún se sentía incómodo por implicar a Nick en el timo. Cada vez que intentaba convencerlo de que no se metiera, Nick le respondía, casi jactándose de ello: «¡La idea fue mía!». El papel de Nick en el plan no iba a durar más de diez minutos, pero, en cierto modo, era la mayor de las traiciones. Clay llevaba una foto de su objetivo doblada en el bolsillo. La había arrancado de una revista sobre la alta sociedad veneciana para dársela a Nick y que él pudiera memorizar su rostro, si es que no lo había buscado por Internet. Clay alargó la mano libre hacia la foto doblada, pero se detuvo. No había motivo para amargarle a Nick la felicidad en ese mismo instante. Dejaría que siguiera siendo un turista inocente un rato más antes de abordar el feo asunto de la estafa.
Al pasar entre un grupo de palomas que salieron revoloteando, Nick hizo ademán de coger la maleta.
—Deja que la lleve yo. No es necesario que me ayudes con eso.
—No pasa nada —repuso Clay—. Relájate después del vuelo. Voy a necesitar ayuda para pasarla por el puente de ahí delante.
Clay estaba llevando a Nick por un ligero desvío para llegar al apartamento que le había conseguido. Había una ruta más corta por las fondamente que les ahorraba tener que cruzar puentes, pero era mucho menos pintoresca, y Clay quería que Nick apreciara la resguardada actividad de Campo Santa Margherita. La plaza era un enjambre de universitarios que mataban el tiempo en las cafeterías. A lo mejor serviría para convencer a Nick de que Venecia no estaba ocupada únicamente por turistas.
Clay se detuvo al pie de un angosto puente. Llevaba un mes con dolor de estómago. Justo en aquel momento, una leve sacudida eléctrica le recorrió los intestinos, pero lo disimuló con teatrales inspiraciones de levantador de pesas. Nick agarró el otro extremo de la maleta y, entre los dos, la llevaron como una camilla al otro lado del arco de piedra. Mientras descendían, la nariz de Clay notó el hedor dulzón del canal, una bocanada medieval de podredumbre y salmuera. A diferencia del resto de la humanidad, a Clay le encantaba ese rancio perfume veneciano; le recordaba sus primeros días allí, un chico negro de clase media procedente del Bronx y coronado de repente como príncipe de Italia. Meses, incluso años más tarde, después de volver a Nueva York y estar viviendo con Freddy, había habido lugares —ciertos andenes de metro en húmedos días estivales— en los que su nariz percibía aquel tufillo familiar. El viaje en metro desde la casa de Freddy en Bed-Stuy hasta el antiguo barrio de Clay en el Bronx era un tortuoso recorrido de hora y media, y su única recompensa era el olor húmedo de los andenes. El metro empezaba negro, en Brooklyn. Pero, para cuando alcanzaba Manhattan, su piel se había vuelto blanca, y así seguía hasta la calle Ciento dieciséis, cuando se bajaban los chicos de Columbia. Entonces, la serpiente mudaba de nuevo la piel blanca por la negra y seguía con su color original, el color de Clay, hasta sus últimas paradas en el Bronx. A veces encontraba ese olor en la parada de Van Cortlandt Park, otras en la calle Doscientos treinta y ocho, y esperaba allí y respiraba el aroma de las fétidas aguas y las ratas muertas, que le devolvía el hormigueo sentido durante sus primeros días en Venecia.
—Hace que te piquen un poco los ojos —observó Nick, arrugando la nariz—. ¿Se acaba uno acostumbrando al olor?
—Nunca —respondió Clay mientras volvía a coger la maleta.
Ambos pasaron junto a varias heladerías en la periferia de la plaza.
—Siento lo de mi equipaje —dijo Nick—. Sé que pesa mucho. Me gustaría que me dejaras llevarlo.
Las disculpas gratuitas eran uno de sus tics del Medio Oeste. Nick era un coro unipersonal de «perdones» y «lo sientos». Hoy, no obstante, Clay no se metió con Nick por sentirlo tanto. El pobre tenía jet lag y aún estaba conmocionado por haber robado accidentalmente trescientos euros a la familia estadounidense en el motoscafo (a Clay no le habían regalado jamás trescientos euros unos extraños preocupados, ni tampoco le habían invitado a compartir un viaje en una embarcación desde el aeropuerto). Clay se limitó a decir: «No pasa nada. Ya estamos cerca». Habían llegado a la entrada del campo.
La plaza se extendía en un gran rectángulo que, bajo la intensa luz de la una del mediodía, adoptaba el color de la piel de un elefante. Unos cuantos castaños escuálidos empezaban a florecer en el centro. Un puesto de fruta vendía pictóricas esferas rojas y amarillas, mientras que una pescadería cercana presentaba un experimento científico con bidones de plástico y tubos de goma. En el perímetro, parasoles de lona y sillas metálicas ocupaban sus corrales, el terreno asignado a una cafetería indistinguible del asignado a la siguiente. Era una preciosa escena primaveral, aunque Clay nunca olvidó la épica pelea a puñetazos que había presenciado una noche en aquella plaza, a la salida de un bar. No eran meros golpes como en las trifulcas de barrio de su juventud. La violencia desenfrenada duró sus buenos diez minutos, con dos hombres locales cayendo sobre las mesas y saltándose los dientes el uno al otro. Era la única pelea que había visto en sus ocho meses en Venecia, pero le sirvió para recordar que la ciudad era un lugar más peligroso de lo que daba a entender su imagen de postal.
—Ese de allí —dijo Clay, señalando un toldo amarillo— es un lugar estupendo para comer pizza. —Desplazó el dedo unas cuantas tiendas a la derecha—. Y ahí está la cafetería a la que iba cada día después del trabajo. Me quedaba toda la noche, bebiendo vino tinto. Está cerca del apartamento de Daniela, así que puedes acercarte a tomar una copa y ver pasar el mundo.
—Ajá —repuso Nick distraídamente, conteniendo un bostezo. Clay tenía la desagradable sensación de ser un padre enseñando a su aburrido hijo su antiguo instituto. La fatiga se estaba apoderando de Nick y lo hacía balancearse como un zombi y entrecerrar los ojos—. Ni siquiera podemos dormir juntos —exclamó de pronto—. Me habría gustado que estuviéramos los dos en el mismo lugar.
—A mí también —dijo Clay—. Pero eso no le convendría demasiado a nuestro plan, ¿no? No llegaríamos muy lejos.
—Ya, pero...
El frágil intento de discusión por parte de Nick languideció.
—Es solo una semana, dos como máximo, y luego podremos estar juntos todo el tiempo. Podemos ir al sur, a Ravello, o al oeste, a San Remo. Incluso podemos refugiarnos en un hotel aquí en Venecia, en Giudecca.
—Me duelen los pies —protestó Nick en voz tan baja que casi parecía un mensaje que una parte de su cerebro le estaba enviando a otra.
Clay se fijó en los mocasines negros de cocodrilo que llevaba Nick. Eran recién estrenados y, sin duda, le provocarían ampollas en una ciudad en la que había que caminar mucho. Clay se metió la mano en el bolsillo, encontró una moneda de cobre de dos céntimos de euro y se inclinó para insertarla en la ranura del zapato derecho de Nick.
—Tienes que meter una moneda orientada hacia atrás para que te dé buena suerte —explicó Clay—. Solo en uno de los zapatos. En los dos da mala suerte.
Para Clay, la moneda lo cambiaba todo. Parecía que los mocasines fueran de propiedad y no prestados. Se puso de pie y sonrió, suponiendo que aquel gesto de afecto pondría de mejor humor a Nick. Pero lo que hizo Nick fue mirarse el pie, como si se hubiera tomado el pequeño ajuste de Clay como una crítica a su atuendo.
—Gracias —dijo Nick con voz cavernosa—. Al menos, cuando mire hacia abajo, puedo pensar en ti.
Clay soltó una carcajada contrita.
—Nos traerá suerte a los dos. —Empujó a Nick para que cruzara la plaza—. In bocca al lupo. Es lo que decimos en Italia para desear buena suerte. «En la boca del lobo». Y tú respondes «Crepi!», que significa «¡Muere!».
—¿Cómo? ¿De qué estás hablando? ¿Un lobo muere?
Clay decidió limitarse a los hechos básicos.
—Te caerá bien Daniela —le prometió—. Hazme un favor y llévala a cenar ahora que tienes dinero. Por cierto, no la llames trans. No le gusta esa palabra. Es de la vieja escuela. Es una mujer. Ni fluida, ni trans. ¿De acuerdo?
Clay esperó una reacción de Nick. La idea de normalidad de otra persona era siempre como un país extranjero, igual que las ideas propias a ese respecto siempre estaban ampliándose o contrayéndose, expulsando a orgullosos residentes históricos para acoger a apasionantes recién llegados a los que se habría denegado la entrada el año anterior. Clay decidió facilitarle el juicio a Nick.
—Daniela es la mejor persona de Venecia —sentenció—. Hablo en serio.
A decir verdad, Daniela era la única amistad que le quedaba a Clay en Venecia. También había sido la primera amiga de Freddy que había conocido. Fue durante aquel frío otoño, un otoño en caída libre, después de que Clay perdiera toda perspectiva de empleo y se agarrara a la ciudad como a un clavo ardiendo. En cierto sentido, cuando los presentó, fue como si Freddy les hubiera hecho un regalo a Daniela y Clay. Y Daniela lo había tratado como a un miembro de la familia, como a un miembro de pleno derecho de la banda de espíritus bohemios más próximos a Freddy. En última instancia, Daniela demostraría ser la única amiga de Freddy que veía a Clay como parte de ese círculo.
Daniela había nacido en Fráncfort con el nombre de Henrik, hijo de padres que se dedicaban a la banca, y se había mudado a Venecia a los treinta años para convertirse en un expatriado permanente con el nuevo nombre que se había asignado. El único recuerdo del paso de aquella frontera era la cicatriz que le atravesaba el cuello donde antes sobresalía la nuez. Daniela tenía casi setenta años y se ganaba la vida exportando encajes de Burano a ciudades del norte de Europa. Cuando Clay la llamó la semana anterior para preguntarle por la pequeña habitación de invitados en su planta baja de la calle Degolin, fue extremadamente generosa.
—Ah —dijo—, ¡ahora tu amigo puede decir que se aloja en el Daniela!
Clay repitió la broma.
—¡Puedes decirles a todos que te alojas en el Daniela! —La expresión confusa de Nick denotaba que no conocía el famoso hotel de cinco estrellas Danieli, junto a San Marco—. No importa.
Giraron por el lateral de la plaza y se dirigieron hacia un segundo puente que los llevó por encima del mismo canal que habían cruzado. Clay se preguntaba si Nick habría notado el desvío. Imposible. Venecia era un auténtico laberinto. Después de doblar a la derecha y de nuevo a la izquierda, entraron en un túnel donde el estuco se desprendía del ladrillo como si fueran carteles húmedos. Nick tuvo que agacharse para no golpearse la cabeza. Un giro más y Clay abrió una puerta negra que daba a un minúsculo patio de hormigón con el espacio justo para un colgador de ropa y una mesa circular de hierro forjado.
Daniela hizo su aparición como un rastro de color rojo atravesando unas ventanas sucias. Luego salió a la luz del sol, exactamente como Clay la recordaba. Llevaba una blusa roja con botones de ópalo y unos pantalones anchos de color magenta. Su cabello era una creación en bitono rubio y trigueño, con forma de práctica media melena. Sus ojos grises se veían magnificados por unas enormes gafas de montura roja.
—Oh, Clay —exclamó con un residuo de aflicción.
Ya habían llorado dos veces por teléfono, primero en un maratón de dos horas justo después de la muerte de Freddy, y de nuevo la semana anterior, durante unos quince minutos más festivos durante los cuales comentaron recuerdos.
Se besaron en ambas mejillas. Daniela se volvió con la intención de aplicarle el mismo beso doble a Nick, y para lograrlo tuvo que entablar una suerte de torpes negociaciones con disculpas incluidas. Incluso fue necesario que Daniela le susurrara al oído las instrucciones pertinentes.
—Soy europea. Deja que te bese en la otra mejilla, ¿de acuerdo? —Retrocedió y observó la enorme maleta de Nick, mientras se mordisqueaba el dedo pulgar. Se le escapó un «jod...».
—Siento tener que alojarme contigo —dijo Nick torpemente.
Ella se lo quedó mirando con la uña aún entre los dientes.
—¿Por qué?
Y a continuación le lanzó a Clay una mirada pícara que lo decía todo sobre su primera impresión de Nick: «Muy mono, pero no sé si será lo bastante despierto para ti, muñeco».
Clay intentó salir al rescate.
—Creo que Nick se refería...
—Da igual lo que quería decir, ¡bienvenido! —proclamó Daniela con calidez—. De verdad, es un placer tenerte aquí. ¡Qué suerte! ¡Tu primera vez en Venecia! —A Clay le preocupaba que hiciera la broma del Danieli—. ¡Ah, pero primero tomaremos una copa de champán!
Y desapareció en el oscuro interior. Nick permaneció inmóvil, esperando a que lo invitaran formalmente a entrar en el apartamento. Clay lo cogió de la mano y cruzaron juntos el umbral. Le pellizcó afectuosamente el meñique y se sintió aliviado cuando Nick le rodeó el pulgar con su dedo.
El apartamento de techo bajo estaba repleto de toda una vida de benigna acumulación de objetos. En una mesa de cocina estrecha y delgada se amontonaban documentos de trabajo, recibos, facturas y muestras de encaje, apoyados contra las ventanas delanteras. Había jarrones por los que asomaban ramos de flores secas en forma de mopa. Había un pequeño frigorífico (que Daniela abrió para sacar la prometida botella de champán) junto a una lavadora; ambos electrodomésticos sostenían una tabla de madera que hacía las veces de ampliación de la encimera. Había una máquina para practicar remo apoyada en la pared del fondo. Clay se imaginó a Daniela utilizándola cada mañana en su jardín de hormigón con su sentido germánico de la disciplina, una remera estática en una ciudad de gondoleros cantores.
Pulsuz fraqment bitdi.